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Arthas - Christie Golden

El documento describe la historia de Arthas Menethil, quien una vez fue un paladín llamado que se convirtió en el Rey Exánime. Para salvar su patria de una plaga, Arthas buscó una espada poderosa pero terminó cayendo en la oscuridad y se fusionó con Ner'zhul para convertirse en el Rey Exánime, señor de los no-muertos.

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Arthas - Christie Golden

El documento describe la historia de Arthas Menethil, quien una vez fue un paladín llamado que se convirtió en el Rey Exánime. Para salvar su patria de una plaga, Arthas buscó una espada poderosa pero terminó cayendo en la oscuridad y se fusionó con Ner'zhul para convertirse en el Rey Exánime, señor de los no-muertos.

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Su maldad es legendaria.

Es el señor de la plaga de los


no-muertos, el poseedor de la hojarruna Agonía de es-
carcha y el enemigo del pueblo de Azeroth. El Rey
Exánime es una entidad de poder incalculable y maldad
sin paragón; su gélida alma ha sido consumida total-
mente por sus planes de destruir todo lo que esta vivo
en… World of Warcraft.
Pero esto no siempre fue así. Mucho antes de que su
alma se fundiera con la del orco chamán Ner’zhul, El rey
Exánime era Arthas Menethil, príncipe de Lordaeron y fiel
paladín de la Mano de Plata.
Cuando una plaga de no-muertos amenazó todo cuanto
amaba, Arthas se embarcó en una misión de trágicas
consecuencias en busca de una hojarruna lo bastante po-
derosa como para salvar su patria. Sin embargo, poseer
esa espada que tanto ansiaba conllevaba pagar un alto
precio: que su nuevo dueño iniciara un aterrador des-
censo a los infiernos. De ese modo, los senderos de la
fortuna acabarían levando a Arthas a través de los
páramos árticos del norte hasta el trono helado, donde
tendría que afrontar, por fin el más tenebroso de los
destinos.
Christie Golden

Arthas
La ascensión del Rey Exánime
Warcraft: World of Warcraft - 5

ePub r1.0
Triangulín 13.12.14
Título original: Arthas, Rise of the Lich King
Christie Golden, 2009
Traducción: Raúl Sastre Letona

Editor digital: Triangulín


Escaneado y OCR: maperusa
ePub base r1.2
Este libro está dedicado a todos los amantes de la mito-
logía del Warcraft. Espero que disfrutéis leyéndolo tanto
como yo he disfrutado escribiéndolo.
AGRADECIMIENTOS

G racias a Chris Metzen (una vez más) por la pasión que ha


demostrado por el juego y su mitología, y a Evelyn Freder-
icksen, Micky Neilson, Justin Parker y Evan Crawford, de Bliz-
zard, por su diligente ayuda en materia de documentación. Un
libro tan voluminoso y con tantos detalles no podría haber sido
escrito sin su apoyo y colaboración.
PRÓLOGO: EL SUEÑO

E l viento aullaba como un niño gritando de dolor.


A pesar de que su hirsuto pelaje les protegía de la tor-
menta, los colmipalas de aquel rebaño se acurrucaron unos muy
cerca de otros para procurarse calor. Formaron un círculo en cuyo
centro temblaban y balaban las crías. Las cabezas, coronadas por
un gran cuerno, se inclinaban hacia la tierra cubierta de nieve; y
todos tenían los ojos cerrados para protegerse de aquella in-
clemente nevada. Su propio aliento les congelaba el hocico mien-
tras resistían en pie como podían.
… Entre tanto, en sus guaridas, los lobos y los osos aguardaban
a que pasara la tormenta; los unos disfrutaban de la compañía de
su manada, y los otros se resignaban a su soledad. No importa
cuánto les azuzara el hambre, nada los sacaría de allí hasta que
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aquel viento penetrante hubiera cesado de ulular y la cegadora


nieve hubiera dejado de caer.

El viento, que rugía desde el océano hasta llegar a la aldea de


Kamagua, azotaba las pieles extendidas sobre unos armazones
hechos con las espinas de grandes criaturas marinas. Cuando la
tormenta amainara, los tuskarr, quienes habían establecido su
hogar en aquel lugar innumerables años atrás, sabían que
tendrían que reparar o reemplazar sus redes y trampas. Sus mora-
das, a pesar de ser muy sólidas, siempre sufrían daños cuando es-
ta tormenta se desataba. Todos ellos se habían reunido en el in-
terior del gran refugio excavado a gran profundidad para pro-
tegerse de la tormenta, y habían cerrado la cubierta de pieles sin
dejar ningún resquicio y habían encendido unas cuantas lámparas
humeantes…
El anciano Atuik aguardaba en silencio y estoicamente el final
de la tormenta, ya que había visto muchas como aquéllas en los
últimos siete años y había vivido mucho. La largura y color am-
arillento de sus colmillos, así como las arrugas de su piel marrón
eran prueba de ello. No obstante, esas tormentas eran más que un
simple fenómeno natural, puesto que tenían un origen
sobrenatural.
Atuik observó a los más jóvenes, que no temblaban de frío, ya
que eran tuskarrs y eso era imposible, sino de miedo.
—Está soñando —murmuró uno de ellos, que tenía los bigotes
erizados y al que le brillaban los ojos.
—Silencio —replicó Atuik de un modo mucho más brusco de lo
que era un principio pretendía.
El niño se sobresaltó y se quedó callado; una vez más el único
sonido que se escuchó fue el gemido de la nieve y el viento.
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Aquel rugido profundo se elevó como el humo, y aunque si bi-


en no era un mensaje articulado en palabras, este repleto de signi-
ficado. En realidad, se trataba de un cántico en el que parti-
cipaban varias voces. El sonido de los tambores, matracas y del
hueso al frotar contra el hueso conformaban un acompañamiento
intenso para aquella llamada sin palabras. Un círculo de postes y
pieles evitaba que aquel viento iracundo azotara la aldea taunka;
asimismo, sus cabañas de techos curvados, que formaban un arco
sobre aquel espacio interior tan amplio desafiando las inclemen-
cias de aquella tierra, eran muy resistentes.
Por encima de los sonidos de aquel ritual antiguo de gran tras-
cendencia, el aullido del viento todavía se podía escuchar. El
taunka que danzaba, un chamán llamado Kamiku, se equivocó en
un paso y su pezuña impactó contra el suelo de una forma un
tanto extraña. Pero recuperó el equilibrio y continuó bailando.
Debía concentrarse. Todo era cuestión de concentración. Era así
como uno doblegaba los elementos para que le obedecieran; era
así como su pueblo había sobrevivido en una tierra hostil e
inmisericorde.
El sudor empapaba y oscurecía su pelaje mientras danzaba.
Tenía los enormes ojos castaños cerrados para poder concentrarse
mejor y las pezuñas volvieron a retomar aquel enérgico ritmo.
Movió bruscamente la cabeza, de modo que los cuernos cortos
hendieron el aire, y agitó nervioso la cola. Otros taunkas bailaban
junto a él. Su calor corporal y el que les proporcionaba aquel
fuego, que ardía con fuerza a pesar de que los copos de nieve y el
viento entraban por la abertura del techo por donde salía el humo,
lograban que la acogedora cabaña mantuviera una buena
temperatura.
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Todos sabían que ocurría allá fuera. No podían controlar ese


viento y esa nieve, como solían hacer en otras ocasiones con fenó-
menos similares. No, porque eran cosa de él. Pero sí podían dan-
zar, comer y reír desafiando a esa violenta tormenta. Eran
taunkas; lo resistirían.

En el exterior el mundo era de color azul y blanco y bramaba


furioso, pero dentro de la Gran Sala hacía una buena temperatura
y todo se hallaba en calma. Allí había una chimenea lo bastante
alta para que un hombre pudiera estar de pie dentro de ella, re-
pleta de gruesos leños que crepitaban al arder; ése era el único
ruido que se escuchaba en la sala. Sobre la recargada repisa de la
chimenea decorada con imágenes talladas de criaturas fantásticas
se hallaba expuesto un cuerno gigante de colmipala. Unas cabezas
de dragones esculpidas hacían las veces de soportes para las ant-
orchas, cuyas llamas brillaban intensamente. Unas vigas fuertes y
enormes sostenían el peso de un salón de banquetes que podría
haber albergado a muchos invitados, donde el color cálido y
anaranjado del fuego ahuyentaba las sombras que corrían a
esconderse en las esquinas. El suelo de fría piedra adquiría un
carácter más agradable y acogedor gracias a las gruesas pieles de
osos, colmipala y otras criaturas que lo alfombraban.
Una mesa larga, muy pesada y de madera tallada ocupaba casi
todo el espacio de la habitación. Donde podrían haberse alojado
unos cuarenta invitados con suma facilidad. Aunque sólo tres
seres se hallaban sentados a la mesa en aquel momento: un
hombre, un orco y un muchacho.
No obstante, nada de esto era real, por supuesto. El hombre
que se sentaba en el lugar de honor de la mesa, en una silla de
madera tallada que recordaba a un trono sin serlo, un poco más
elevada que las otras, lo sabía. Sabía que estaba soñando; que
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llevaba soñando mucho, mucho tiempo. La sala, los trofeos de col-


mipalas, el fuego, la mesa, e incluso el orco y el muchacho, no ex-
istían, sólo formaban parte de su sueño.
El orco, que se encontraba a su izquierda, era muy viejo, pero
seguía siendo fuerte. El parpadeo del fuego anaranjado y las luces
de las antorchas hacían que la espantosa calavera que llevaba
pintada en su rostro de mandíbula prominente apareciera y desa-
pareciera. Tiempo atrás había sido un chamán dotado de grandes
poderes, e incluso ahora, cuando sólo era un producto de la ima-
ginación de aquel hombre, resultaba intimidante.
Sin embargo, el muchacho no intimidaba. En su día pudo
haber sido un niño muy guapo, de ojos grandes y verdes como el
mar, de rasgos hermosos y pelo dorado. Pero ya no lo era.
Aquel muchacho se encontraba enfermo.
Estaba muy delgado, tan escuálido que daba la impresión de
que sus huesos le fueran a atravesar la piel de un momento a otro.
Su mirada, que en una época había sido muy luminosa, se mostra-
ba apagada y hundida, y una fina membrana le cubría los ojos.
Las pústulas plagaban su piel, y al estallar rezumaban un fluido
verdoso. Daba la sensación de que le costaba respirar y su pecho
se estremecía cada vez que jadeaba en cortos intervalos. El
hombre pensó que prácticamente era capaz de ver los fatigosos
latidos del corazón de aquel niño; un corazón que debería haberse
detenido hace mucho, pero que no cejaba en su empeño.
—Sigue aquí —afirmó el orco, señalando con el dedo en direc-
ción al muchacho.
—No durará —replicó el hombre.
El muchacho tosió como si así quisiera confirmar aquellas pa-
labras. La sangre y los mocos salpicaron la mesa que se hallaba
frente a él. Acto seguido se limpió aquel rostro tan pálido con la
manga de su delgado brazo de un modo sumamente grosero. A
continuación inspiró aire para poder hablar con voz vacilante;
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resultaba obvio que aquel esfuerzo estaba poniendo a prueba sus


límites.
—Aún no le has… ganado. Y te lo… demostraré.
—Eres tan necio como testarudo —gruñó el orco—. Esa batalla
se ganó hace mucho.
El hombre se aferró con fuerza a los brazos de la silla mientras
los escuchaba. Aquél era un sueño recurrente que había tenido a
lo largo de los últimos años, y, tras tanta reiteración, le parecía ya
más aburrido que entretenido.
—Ya me he cansado de tanta lucha, Acabemos con esto de una
vez por todas —replicó el hombre.
El orco miró con malicia al muchacho, y su cara de calavera
sonrió espantosamente. El muchacho volvió a toser, pero no se
amedrentó ante el orco. Se enderezó con lentitud y dignidad, y su
mirada lechosa se desplazó del orco al hombre a gran velocidad.
—Sí —replicó el orco—, esto es inútil. Pronto llegará el mo-
mento de despertar. De despertar y adentrarse una vez más en ese
mundo.
Y, a continuación, se giró en dirección hacia el hombre, con un
brillo especial en su mirada.
—De volver a recorrer el sendero que has escogido —añadió.
La calavera pareció desprenderse sola de su cara, para planear
sobre su rostro como si fuera una entidad distinta, y en ese mismo
instante la habitación cambió por completo. Los soportes tallados
que un instante antes eran unos meros dragones de madera se es-
tremecieron y cobraron vida; las antorchas que portaban en la
boca centellaron y proyectaron unas grotescas sombras que no de-
jaban de moverse al agitar sus cabezas. El viento ululaba con
fuerza en el exterior y la puerta de la sala se abrió de par en par de
un golpe. La nieve rodeó a aquellos tres seres. El hombre extendió
los brazos y dejó que aquel gélido viento le envolviera como una
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capa. El orco se rió, y la calavera que flotaba sobre su rostro lanzó


sus propias frenéticas carcajadas de júbilo.
—Deja que te muestre que tu destino está ligado al mío, y que
sólo sabrás lo que es el poder de verdad si lo eliminas a él.
Las violentas ráfagas de soplo glacial habían derribado a aquel
muchacho frágil y delgado de la silla en la que se hallaba sentado.
Pero se incorporó con gran esfuerzo, temblando y dando
pequeñas bocanadas de aire mientras intentaba volver a subirse a
la silla. Entonces, lanzó una mirada al hombre repleta de esper-
anza, miedo y extraña determinación.
—No todo está perdido —susurró, y, de algún modo, a pesar
del orco y de la risa de la calavera, a pesar del aullido del viento, el
hombre lo escuchó.
PRIMERA PARTE
ELEGIDO PARA LA GLORIA
CAPÍTULO UNO

— S ostenle la cabeza, si, así. Bien hecho muchacho.


La yegua, cuyo pelaje era normalmente blanco y ahora
gris por culpa del sudor, puso los ojos en blanco y relinchó. Y en
ese momento el príncipe Arthas Menethil, el hijo único del rey
Terenas Menethil II, que algún día gobernaría el reino de
Lordaeron, agarró con fuerza la brida y murmuró algo en voz
baja.
Entonces, la yegua sacudió la cabeza violentamente, de forma
que poco faltó para llevarse por delante a aquel niño de nueve
años.
—¡Caray, Crin Brillante! —exclamó Arthas—. Tranquila,
muchacha. No pasará nada. No tienes nada de que preocuparte.
Jorum Balnir soltó un gruñido a modo de carcajada.
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—Dudo mucho que pensaras eso mismo si algo del tamaño de


un potro estuviera saliendo de tus entrañas, muchacho.
Su hijo Jarim, que estaba de cuclillas junto a su padre y el
príncipe, se echó a reír al igual que Arthas, quien se desternillaba
de risa a pesar de que le había caído en la pierna la espumosa
saliva caliente de una Crin Brillante que no dejaba de mover la
cabeza.
—Un empujón más, chica —le dijo Balnir para animarla, mien-
tras se acercaba lentamente a la parte del cuerpo de la yegua
donde el potro, encerrado en una reluciente membrana que re-
cordaba a una mortaja, se hallaba a medio camino de su viaje de
llegada al mundo.
Se suponía que Arthas no debería estar ahí. Pero cuando no
tenía clases, a menudo se escabullía hasta la Hacienda Balnir para
admirar los caballos que éste criaba, una actividad que le había
proporcionado reconocimiento y fama, y jugar con su amigo Jar-
im. Ambos jóvenes eran muy conscientes de que el hijo de un cri-
ador de caballos, incluso uno cuyos animales solían ser compra-
dos como monturas por la casa real, no era la compañía más «ad-
ecuada» para un príncipe. A ninguno de ellos le importaba de-
masiado, y, de momento, ningún adulto había intentado poner fin
a aquella amistad. Ese día lo había pasado en la hacienda con-
struyendo fortalezas, lanzando bolas de nieve y jugando a guardi-
as y bandidos con Jarim, hasta que Jorum los había llamado para
que fueran a presenciar el milagro del nacimiento.
Ante lo que estaba presenciando, Arthas concluyó que «el mil-
agro del nacimiento» era, en realidad, algo bastante desagradable.
Nunca imaginó que fuera a haber tantos… «fluidos nauseabun-
dos». Entonces, Crin Brillante gruñó y suspiró de nuevo; sus pa-
tas permanecían estiradas e inmóviles. A continuación se escuchó
un chapoteo y su bebé llegó al mundo.
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Su pesada cabeza cayó a plomo sobre el regazo de Arthas, y


acto seguido, cerró los ojos por un instante. Sus ijadas subieron y
bajaron a medida que tomaba aire. El muchacho sonrió, acarició
aquel cuello húmedo y robusto, aquella crin hirsuta, y dirigió la
mirada hacia el lugar donde Jarim y su padre estaban atendiendo
al potro. Hacía frío en los establos en esa época del año, lo que
provocaba que un humillo emanara débilmente del cálido cuerpo
empapado de sudor de la yegua. Padre e hijo se valieron de una
toalla y paja seca para quitarle al potrillo los restos de aquel in-
quietante manto que recordaba a una mortaja; entonces Arthas
sintió cómo en su rostro se esbozaba una sonrisa.
El potro empapado y gris, que no era más que un conjunto de
patas enredadas y ojos grandes, echó una mirada a su alrededor,
parpadeando ante la tenue luz de farol. Aquellos enormes ojos
castaños se posaron en Arthas. Eres muy hermoso, pensó el prín-
cipe, mientras contenía la respiración por un instante al darse
cuenta de que el tan cacareado «milagro de la vida» era realmente
bastante milagroso.
Crin Brillante intentó ponerse de pie. Arthas se incorporó y se
arrimó a las paredes de madera del establo para que aquel
enorme animal pudiera girarse sin aplastarlo. La madre y el re-
cién nacido se olisquearon mutuamente, y acto seguido, Crin Bril-
lante gruñó y se dispuso a limpiar a su hijo con su larga lengua.
—Oye, muchacho, tienes un aspecto horrible —le señaló
Jorum.
Arthas bajó la mirada para comprobarlo, y le dio un vuelco el
corazón. Vio que estaba cubierto de paja y baba de yegua, se enco-
gió de hombros y dijo:
—Quizá debería meterme dentro de un banco de nieve cuando
regrese a palacio —sugirió con una sonrisa burlona.
Aunque, poniéndose un poco más serio. Añadió a
continuación:
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—No te preocupes. Tengo nueve años. Ya no soy un bebé.


Puedo ir adónde me…
Los pollos chillaron repentinamente y se escuchó la voz atron-
adora de un hombre, y entonces a Arthas se le vino el mundo en-
cima. Se cuadró, intento por todos los medios sacudirse la paja de
encima por última vez de manera infructuosa y abandonó el
establo.
—Sir Uther —dijo con un tono de voz que parecía indicar: «Yo
soy el príncipe y será mejor que no lo olvides», esta gente me ha
tratado con amabilidad. Te ruego que no pisotees a sus aves de
corral.
Ni sus macizos de boca de dragón, pensó, mientras lanzaba
una mirada fugaz a unos montones de tierra levantada cubiertos
de nieve donde unas hermosas flores, de las que Vara Balnir se
sentía tremendamente orgullosa, germinarían en unos cuantos
meses. En ese instante escuchó unos ruidos que le indicaron que
Jorum y Jarim acababan de salir del establo, pero no miró hacia
atrás sino que siguió contemplando a aquel caballero que iba
montado a lomos de un corcel y vestido con una… ¿armadura?
—¿Por qué llevas armadura? —exclamó Arthas—. ¿Qué ha
pasado?
—Te lo explicaré por el camino —replicó Uther con un tono de
voz lúgubre—. Luego enviaré a alguien a recoger tu caballo, prín-
cipe Arthas. Firme cabalgará más rápido que el tuyo aunque tenga
que transportarnos a ambos.
El hombre de la armadura se agachó, y una mano grande se
cerró alrededor del brazo de Arthas para levantarlo por el aire
como si no pesara nada y colocarlo a lomos del caballo delante del
él. Vara, que había salido de la casa en cuanto había escuchado
que un caballo se aproximaba al galope, aún se estaba limpiando
las manos con un trapo, y tenía un poco de haría en la nariz. Tenía
los ojos azules tan abiertos que parecía que se le iban a salir de las
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órbitas, y lanzó una mirada de preocupación a su marido. Uther la


saludó inclinando levemente la cabeza.
—Ya hablaremos de esto más tarde —indicó Uther—. Señora.
A continuación se tocó la frente con una mano cubierta por
una cota de malla a modo de saludo cortés, y espoleó a su caballo
Firme, que también portaba armadura al igual que su jinete, para
que el animal echará a andar.
El brazo de Uther apretaba la cintura de Arthas como si se
tratara de un cinturón de acero. El miedo que sentía el muchacho
se acrecentó, pero logró dominarlo mientras intentaba desem-
barazarse del abrazo de Uther.
—Sé cabalgar —se quejó, de modo que su petulancia disimuló
la inquietud que le embargaba—. Cuéntame que ocurre.
—Un jinete procedente de Costasur ha traído malas noticias.
Haces unos días, cientos de pequeñas embarcaciones repletas de
refugiados de la Ciudad de Ventormenta arribaron en nuestra
costa —afirmó Uther sin aflojar su abrazo.
Arthas dejó de resistirse y estiró el cuello dispuesto a escuchar
con suma atención, mientras aquellos ojos bien abiertos de color
verde mar se clavaban en el sombrío rostro de Uther, quien en ese
momento le espetó:
—La Ciudad de Ventormenta ha caído.
—¿Qué? ¿La Ciudad de Ventormenta? ¿Ante quién? ¿Qué…?
—Eso lo sabremos en breve. Los supervivientes, incluido el
príncipe Varian, están siendo guiados hasta aquí por el que fue en
su día el Campeón de la Ciudad de Ventormenta, Lord Anduin
Lothar. Él, el príncipe Varian y los demás llegarán a Ciudad Capit-
al en unos días. Lothar nos ha advertido de que nos trae unas no-
ticias alarmantes; lo cual resulta obvio ya que algo ha destruido la
Ciudad de Ventormenta. Por eso me han encomendado la misión
de encontrarte y llevarte de vuelta a palacio, príncipe. En este mo-
mento no puedes perder el tiempo jugando con el vulgo.
22/433

Arthas se giró estupefacto y miró hacia el frente de nuevo,


aferrándose con fuerza a la crin de Firme. ¡La Ciudad de Ventor-
menta! Nunca había estado ahí, pero había oído hablar mucho de
esa ciudad. Se trataba de un lugar imponente, de enormes mural-
las de piedra y hermosos edificios. La habían construido para que
fuera muy robusta, para soportar las embestidas de los intensos
vientos de los que había tomado su nombre. Parecía inconcebible
que hubiera caído… Pero ¿quién o qué podría ser tan poderoso
como para tomar una ciudad como ésa?
—¿Cuánta gente traen consigo? —preguntó el príncipe, mien-
tras regresaban a la capital, con un tono de voz bastante más alto
y agudo de lo que le hubiera gustado para poder ser escuchado
por encima del estruendo que provocaban los cascos del caballo.
—No se sabe. Pero sabemos con seguridad que no serán po-
cos… El emisario nos informó de que todos los que han sobre-
vivido vienen hacia aquí.
¿Sobrevivido a qué?, se preguntó Arthas.
—¿Y el príncipe Varian…? —inquirió.
Había oído hablar de Varian durante toda su vida, por
supuesto. Además, conocía los nombres de todos los reyes, reinas,
príncipes y princesas vecinos. De repente se percató de un detalle
que había pasado por alto y abrió los ojos como platos. Uther
había mencionado a Varian, pero no al padre del príncipe, el rey
Llane.
—Pronto se convertirá en el rey Varian. El rey Llane cayó en
Ventormenta.
Esa tragedia individual impacto a Arthas mucho más que el
hecho de que miles de personas se hubieran quedado repentina-
mente sin hogar. La familia de Arthas, compuesta por él; su her-
mana, Calia; su madre, la reina Lianne; y, por supuesto, el rey
Terenas, estaba muy unida. Además, había sido testigo de cómo
algunos monarcas trataban a sus familias, y era consciente de que
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la suya era un caso excepcional. Pero ¿qué tragedia había compar-


able a perder tu ciudad, la vida que conocías y a tu padre al mismo
tiempo?
—Pobre Varian… —asevero, mientras unas lágrimas de com-
pasión asomaban en sus ojos.
Uther le dio unas palmaditas en la espalda un tanto incómodo
por la situación.
—Sí —replicó—. Es un día aciago para ese muchacho.
Arthas se estremeció de repente, y no por culpa del frío que
hacía aquel soleado día invernal. Aquella hermosa tarde, con el
cielo azul y el paisaje cubierto de nieve que se curvaba suave-
mente, se había tornado de improviso para él en una tarde
tenebrosa.

Unos días después, Arthas se encontraba junto a las murallas


del castillo haciendo compañía a Falric, uno de los guardias, a
quien acababa de llevar una taza de té caliente. Tal visita, al igual
que las que solía realizar a la familia Balnir y a las criadas, los ay-
udantes de cámara, los herreros y, en general, a todo siervo que se
hallara en el recinto del palacio real, no era un hecho inusual. Ter-
enas aceptaba con resignación esa costumbre de su hijo, y Arthas
sabía que nunca castigaban a nadie por hablar con él, e incluso a
veces se preguntaba si su padre aprobaba en el fondo que él actu-
ará así.
Falric le sonrió agradecido y agachó la cabeza en señal de
genuino respeto; a continuación se quitó los guanteletes para
poder así calentarse las frías manos con la taza caliente.
Amenazaba con nevar y el cielo tenía un color gris pálido, pero,
hasta entonces, no había hecho un mal día. Arthas se apoyó en el
muro y apoyó la barbilla sobre sus brazos cruzados. Contempló
las onduladas colinas blancas de Tirisfal y recorrió con la mirada
24/433

el camino que llevaba a través del Bosque de Argénteos hasta


Costasur. El camino por el que Anduin Lothar, el mago Khadgar y
el príncipe Varian estarían viajando.
—¿Se sabe algo de ellos?
—No, alteza —contestó Falric, mientras daba un sorbo a aquel
brebaje caliente—. Podrían llegar hoy, mañana o pasado mañana.
Sé que te mueres de impaciencia por verlos, pero probablemente
tendrás que esperar bastante, señor.
Arthas esbozó una sonrisa burlona con los ojos entornados y
risueños.
—Mejor esperar que estar en clase —afirmó.
—Bueno, señor, sabrás mejor que yo lo que tienes que hacer
—replicó Falric con diplomacia, reprimiendo el impulso de de-
volverle la sonrisa.
Mientras el guarda apuraba el té, Arthas lanzó un suspiro y se
giró para observar el camino tal y como había hecho un buen
número de veces antes. Al principio, aquella espera había res-
ultado emocionante, pero, ahora, se estaba volviendo aburrida.
Quería volver a la Hacienda Balnir para saber cómo se encontraba
el potro de Crin Brillante, y se preguntó si sería muy difícil es-
cabullirse del palacio durante unas cuantas horas sin que nadie lo
echara en falta. Falric tenía razón. Lothar y Varian podrían tardar
aún unos cuantos días en…
Arthas parpadeó. Lentamente, levantó la barbilla y entornó los
ojos.
—¡Ya vienen! —gritó, mientras señalaba hacia el horizonte.
Falric se despreocupó totalmente de su té y fue a lado casi al
instante.
Entonces, el guardia asintió con la cabeza.
—¡Tienes una vista muy aguda, príncipe Arthas! ¡Marwyn!
—exclamó. Y otro soldad que se hallaba cerca se puso firme de
25/433

inmediato—. Ve a informar al rey de que Lothar y Varian vienen


hacia aquí. Deberían llegar en una hora.
—Sí, capitán —contestó el joven que saludaba en señal de
respeto.
—¡Ya se lo digo yo! ¡Ya voy yo! —gritó alborozado Arthas,
quien ya estaba corriendo raudo y veloz mientras hablaba.
Marwyn dudó y buscó con la mirada a su oficial superior, pero
Arthas estaba decidido a llegar antes que él para dar la noticia.
Bajó las escaleras corriendo, se resbaló por culpa del hielo y tuvo
que avanzar a saltos el resto del camino. Después atravesó cor-
riendo el patio y se detuvo, tras deslizarse un poco, cuando se
aproximaba a la sala del trono al recordar a duras penas que tenía
que mantener las formas. Era el día en que Terenas se reunía con
los representantes del pueblo para escuchar sus preocupaciones y
hacer lo que estuviera en su mano por ayudarles.
Arthas echó hacia atrás la capucha de su capa roja de paño
rúnico hermosamente bordada. Inspiró aire con fuerza y luego lo
dejó escapar por los labios en forma de una tenue neblina; des-
pués se aproximó a una pareja de guardias a quienes saludó con
una leve inclinación de la cabeza, y éstos, tras responder con un
saludo muy enérgico, se dieron la vuelta para empujar las puertas
y abrirlas de par en par.
En la sala del trono reinaba una temperatura mucho más cál-
ida que en el patio exterior, a pesar de que se trataba de una cá-
mara bastante grande hecha de mármol y piedra que poseía un
techo muy alto con forma de cúpula. Incluso en días nublados
como aquél, la ventana octagonal situada en la cúspide de la
cúpula permitía que la luz natural entrara a raudales. En las
paredes había antorchas encendidas que caldeaban la habitación
y la teñían de un color anaranjado. Un intrincado diseño de pat-
rones circulares rodeaba el sello de Lordaeron que ornamentaba
el suelo; el cual, en esos momentos, se hallaba oculto bajo los pies
26/433

de la gente allí congregada y que aguardaba respetuosamente su


turno para dirigirse a su señor.
El hombre sentando en aquel trono enjoyado situado sobre un
estrado escalonado era el rey Terenas II. Su pelo rubio había ce-
dido paso al gris solo en las sienes y su rostro presentaba alguna
que otra arruga no muy profunda; arrugas provocadas por la risa
más que por fruncir el ceño y que dejaban su marca tanto en el
alma como en el rostro. Iba ataviado con una túnica
primorosamente confeccionada de tonalidades azules y púrpuras,
con bordados de oro relucientes que reflejaban la luz de las ant-
orchas y hacían relucir su corona. Terenas se inclinó un poco
hacia delante, absorto en lo que le decía el hombre que se encon-
traba frente a él, un noble de baja alcurnia cuyo nombre Arthas no
pudo recordar en aquel momento. Sus ojos, de un color azul ver-
doso y penetrantes, se hallaban anclados en aquel individuo.
Como era consciente de que estaba a punto de anunciar la lleg-
ada de alguien muy importante, Arthas simplemente permaneció
en pie contemplando a su padre durante unos instantes. Él, al
igual que Varian, era hijo de un rey, era príncipe por derecho de
nacimiento. Pero Varian ya no tenía padre. Con sólo pensar en la
posibilidad de llegar a ver algún día ese trono vacío, de llegar a es-
cuchar el antiguo himno de la coronación cantado en su honor,
Arthas sintió cómo se le formaba un nudo en la garganta.
Por la Luz, que ese día no llegue hasta dentro de mucho,
mucho tiempo, imploró Arthas mentalmente.
Quizá Terenas percibió la intensidad de la mirada de su hijo y
por eso se giró en dirección a la puerta. Sus ojos se entornaron
por un instante al sonreír y, a continuación, volvió a prestar aten-
ción al peticionario.
Entonces, Arthas se aclaró la garganta y dio un paso al frente.
—Perdona la interrupción, padre. Pero… ¡Ya vienen! ¡Los he
visto! Deberían llegar aquí en una hora.
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El rostro de Terenas se tensó ligeramente. Sabía a quién se


refería. Asintió con un leve gesto y dijo:
—Gracias, hijo mío.
Los allí reunidos se miraron unos a otros; la mayoría de ellos
también sabía a quién se refería y se disgregaron como si la audi-
encia hubiera llegado a su fin. Entonces, Terenas alzó una mano.
—No os marchéis. De momento no llueve y el camino está des-
pejado. Así que llegarán cuando tengan que hacerlo y no antes.
Hasta entonces, prosigamos con lo nuestro —indicó, sonriendo un
tanto pesaroso—. Tengo la sensación de que en cuanto estén aquí,
audiencias como ésta tendrán que ser pospuestas. Así que cuantos
más asuntos solucionemos antes de su llegada mejor.
Arthas contempló a su padre con orgullo. Por eso precis-
amente el pueblo quería tanto a Terenas; y por eso el rey solía
mirar para otro lado cuando su hijo se «aventuraba» a relacion-
arse con el vulgo. Terenas se preocupaba mucho por sus súbditos
y había inculcado ese sentimiento a su hijo.
—¿Quieres que salga a recibirlos montado a caballo, padre?
Terenas examinó a su hijo durante un instante y a continua-
ción le indicó que no con un leve gesto de su cabeza.
—No. Creo que será mejor que no estés presente cuando los
recibamos.
Arthas se sintió como si le hubieran dado un golpe. ¿Cómo no
iba a estar presente? ¡Pero si tenía ya nueve años! Algo muy malo
le había ocurrido a un aliado valioso y un muchacho no mucho
mayor que él había perdido a su padre por culpa de aquel de-
sastre. La ira lo invadió repentinamente. ¿Por qué su padre in-
sistía en protegerlo tanto? ¿Por qué no le permitía asistir a las re-
uniones importantes?
Se mordió la lengua para reprimir la contestación que habría
brotado de sus labios de haber estado a solas con Terenas.
Además, sabía que discutir con su padre en esos momentos,
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delante de toda aquella gente, no iba a servir de nada. Aunque


tuviera toda la razón al respecto. Así que tomó aire y tras hacer
una reverencia, se marchó.
Una hora después Arthas Menethil se hallaba en uno de los
muchos palcos que daban a la sala del trono. Sonrió para sí; aún
era lo bastante pequeño para esconderse bajo los asientos si al-
guien entraba ahí a curiosear o echar un vistazo rápido. Se agitó
inquieto un poco por culpa de los nervios y pensó que en un par
de años ya no sería capaz de hacer algo así.
Pero en un par de años mí padre acabará entendiendo que
merezco estar presente en tales eventos y ya no tendré que
esconderme, reflexionó.
Aquel pensamiento le agradó. A continuación hizo un ovillo
con su capa para usarla de almohada mientras esperaba. La sala
estaba caldeada gracias a los braseros, las antorchas y el calor que
desprendía la gran cantidad de gente que se apiñaba en aquel
pequeño espacio. El calor y el murmullo de las conversaciones lo
arrullaron y casi se quedó dormido.
—Majestad.
Aquella voz potente, atronadora y fuerte hizo que Arthas se
despertara.
—Soy Anduin Lothar, caballero de la Ciudad de Ventormenta.
¡Ya habían llegado! Lord Anduin Lothar, quien en su día fue el
Campeón de la Ciudad de Ventormenta… Arthas salió de debajo
del asiento y se puso en pie con sumo cuidado, cerciorándose en
todo momento de que la cortina azul que cubría el palco ocultase
su presencia mientras miraba a través de ella qué ocurría.
Lothar tiene el aspecto típico de un guerrero, pensó Arthas al
contemplar a aquel hombre. Era alto de constitución fuerte e iba
ataviado con una armadura pesada que portaba con gran facilid-
ad, lo cual indicaba que estaba muy acostumbrado a soportar su
peso. Aunque sobre el labio superior lucía un hirsuto mostacho y
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una barba corta en el resto de la cara estaba prácticamente calvo,


y el poco pelo que le quedaba lo llevaba recogido en una pequeña
coleta. Junto a él se hallaba un anciano ataviado con una túnica
violeta.
Arthas posó su mirada sobre el muchacho que sólo podía ser el
príncipe Varian Wrynn. Era alto y esbelto pero de hombros an-
chos, lo cual indicaba que aquella constitución delgada se
acabaría llenando de músculos algún día, y se le notaba pálido y
exhausto. Arthas se estremeció mientras observaba a aquel joven,
sólo unos años mayor que él, que parecía tan perdido, solo y
asustado. Cuando el rey se dirigió a él, Varian pareció recobrar la
compostura y contestó con suma educación. Terenas tenía mucha
experiencia a la hora de hacer que la gente se sintiera a gusto en
su presencia. El monarca fue despachando poco a poco a la gente
y, cuando sólo quedaban en la sala unos cuantos cortesanos y
guardias, se levantó del trono para saludar a los visitantes.
—Por favor, sentaos —les indicó, y en vez de sentarse en aquel
glorioso trono como le correspondía por derecho, decidió
quedarse en el escalón superior del estrado.
Entonces colocó a Varian junto a él a modo de gesto paternal y
Arthas sonrió.
El joven príncipe de Lordaeron escuchó a escondidas con
suma atención aquellas voces que ascendían hasta el lugar donde
se hallaba y que parecían pronunciar palabras inventadas. Aun
así, mientras observaba al poderoso guerrero de Ventormenta y
estudiaba el semblante lánguido y lívido del futuro rey de ese
reino tan magnífico, Arthas se percató al tiempo que un escalofrío
le recorría la espalda de que nada de aquello era una fantasía, sino
que todo era terroríficamente real, lo cual resultaba muy
aterrador.
Los allí reunidos hablaron de unas criaturas llamadas «orcos»
que de algún modo, habían invadido Azeroth. Eran enormes,
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verdes y tenían colmillos en vez de dientes y una gran sed de san-


gre; además, habían formado una «horda» que avanzaba como
una marea imparable.
—Podrían cubrir toda la tierra de costa a costa —aseveró en
tono serio Lothar.
Esos monstruos eran los responsables del ataque a la Ciudad
de Ventormenta y de haber convertido a sus ciudadanos en refugi-
ados. O en cadáveres, pensó Arthas. El debate se caldeó cuando
alguno de los cortesanos afirmó que no creía nada de lo que es-
taba contando Lothar. Y si bien éste perdió los estribos, Terenas
logró calmas los ánimos y dio por zanjada la discusión.
—Convocaré una reunión con los monarcas vecinos
—anunció—. Estos terribles hechos nos afectan a todos. Majestad,
te ofrezco mi hogar y protección por todo el tiempo que estimes
necesario.
Arthas sonrió. Varian se iba a quedar en palacio. Le agradaba
la idea de que hubiera otro niño noble en el castillo con quien
jugar. A pesar de que congeniaba con su hermana Calia, ésta tenía
el inconveniente de que era chica y dos años mayor que él. Y
aunque también le tenía mucho cariño a Jarim, sabía que las
oportunidades de que pudieran jugar se iban a ver limitadas
debido a las circunstancias. Como Varian, sin embargo, era prín-
cipe por derecho de nacimiento al igual que Arthas, los dos
podrían entrenar, cabalgar, explorar y hacer juntos muchas cosas
más.
—Nos estás insinuando que nos preparemos para la guerra
—dedujo su padre mientras su voz se abría paso entre las med-
itaciones de su hijo con una eficacia tremenda, provocando así
que Arthas cayera presa del desánimo otra vez.
—Sí —replicó Lothar—. Para una guerra de la que dependerá la
supervivencia de nuestra especie.
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Arthas tragó saliva como pudo y, acto seguido, abandonó el


palco tan silenciosamente como había entrado en él.

Tal y como Arthas esperaba, poco tiempo después llevaron al


príncipe Varian a los aposentos de invitados. El propio Terenas
acompaño al muchacho, apoyando en todo momento con del-
icadeza una mano sobre el hombro del joven. No obstante, si se
sintió sorprendido al ver a su hijo esperándolos en los cuartos de
invitados, no lo demostró.
—Arthas, éste es el príncipe Varian Wrynn, futuro rey de la Ci-
udad de Ventormenta.
Arthas hizo una reverencia a su igual.
—Alteza —le dijo a modo de saludo formal—, te doy la bien-
venida a Lordaeron. Ojalá hubiéramos podido conocernos en me-
jores circunstancias.
Varian le devolvió la reverencia cortésmente.
—Como ya le indiqué al rey Terenas, te estoy realmente
agradecido por habernos prestado tu apoyo y ofrecido tu amistad
en estos tiempos tan difíciles.
Hablaba con un tono de voz forzado, tenso y cansado. Arthas
recogió la ropa que Varian se había quitado: la capa, la túnica y
los pantalones; unas prendas excelentemente bordadas y confec-
cionadas a partir de paños rúnicos y tejido mágico. Daba la im-
presión de que Varian había llevado puesta esa ropa casi toda su
vida de lo sucia que estaba. Y si bien era innegable que se había
lavado la cara, aún le quedaban restos de suciedad en las sienes y
bajo las uñas.
—Te enviaré en breve algunos sirvientes con algo de comida y
toallas, agua caliente y un barreño para que puedas refrescarte,
príncipe Varian —le señaló Terenas.
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El rey continuaba refiriéndose a él por su título nobiliario. Era


una costumbre que acabaría cayendo en desuso con el paso del
tiempo, pero Arthas entendía por qué el rey incidía tanto en repe-
tir la palabra «príncipe» en ese momento. Ahora más que nunca,
cuando lo acababa de perder absolutamente todo salvo la vida,
Varian necesitaba saber que aún le respetaban, que aún re-
conocían que seguía perteneciendo a una casa real. Entonces
Varian frunció los labios y asintió.
—Gracias —acertó a decir.
—Arthas, le dejo en tus manos —le indicó Terenas a su hijo
mientras daba una paternal palmadita en el hombro a Varian
antes de cerrar la puerta y marcharse.
Los dos muchachos se quedaron mirándose de hito a hito el
uno al otro. Arthas tenía la mente totalmente en blanco.
Aquel silencio incómodo se prolongó demasiado. Al final,
Arthas no pudo aguantar más esa quietud y dijo:
—Lamento lo de tu padre.
Varian esbozo una mueca de dolor y se dio la vuelta; a con-
tinuación se acercó a los enormes ventanales desde los que se
podía contemplar el lago Lordamere. La nieve que había
amenazado con caer toda la mañana por fin lo hacía y tocaba el
suelo con suavidad cubriendo la tierra como un silencioso manto.
Había tenido muy mala suerte, ya que, en un día claro uno podía
llegar a divisar el castillo de Fenris.
—Gracias —replicó Varian.
—Estoy seguro de que murió luchando noblemente hasta el úl-
timo aliento.
—Fue asesinado —le aclaró Varian con suma franqueza en un
tono de voz carente de toda emoción.
Arthas se giró estupefacto vio el perfil de Varian iluminado por
la fría luz de aquel día invernal y tuvo la impresión de que las fac-
ciones del muchacho permanecían serenas de un modo
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antinatural. Sólo sus ojos castaños, inyectados en sangre y reple-


tos de dolor, parecían albergar algo de vida.
—Un amigo de confianza consiguió convencerle de que hab-
lara con ella a solas. Y esa mujer aprovechó la oportunidad para
matarlo. Lo apuñaló justo en el corazón.
Arthas se quedó mirándole atentamente. La muerte en una
batalla gloriosa ya era difícil de aceptar, pero aquello…
De manera impulsiva agarró al príncipe del brazo y le dijo:
—Ayer vi nacer a un potrillo.
Parecía una estupidez, pero como fue lo primero que se le vino
a la cabeza siguió hablando del tema con suma seriedad.
—Cuando el tiempo mejore te llevaré a verlo. Es la cosa más
increíble del mundo.
Varian se volvió hacia él y lo observó fijamente durante largo
rato. Una amplia gama de emociones surcó su rostro: indig-
nación, incredulidad, gratitud, ansiedad, comprensión. De pronto,
sus ojos castaños se llenaron de lágrimas y Varian apartó la
mirada; cruzó los brazos y se hizo un ovillo, mientras sus hombros
temblaban al ritmo de los sollozos que procuraba acallar como
podía. Pero ya no era capaz de reprimir más sus sentimientos. A
través de aquellos sonidos discordantes y atroces lamentaba la
muerte de un padre, un reino y una forma de vida por los que
probablemente no había podido llorar hasta ese preciso instante.
Entonces Arthas le agarró el brazo y percibió que aquello que sos-
tenía entre los dedos estaba rígido como una piedra.
—Odio el invierno —confesó entre sollozos Varian.
Y la inmensidad del dolor que expresaban esas tres sencillas
palabras, aparentemente incongruentes, impacto a Arthas, quien,
incapaz de ser testigo de tanto dolor ni de hacer nada por alivi-
arlo, le soltó el brazo, se dio vuelta y se dirigió hacia la ventana.
Fuera, la nieve seguía cayendo.
CAPÍTULO DOS

A rthas se sentía frustrado.


Pensaba que en cuanto se corriera la voz sobre los crí-
menes de los orcos, por fin comenzaría su adiestramiento en
serio; quizá junto a Varian, su nuevo amigo del alma. Pero ocurrió
justo lo contrario. La guerra contra la Horda tuvo como con-
secuencia que todo aquel que fuera capaz de empuñar una espada
se uniera al ejército, hasta el más humilde maestro herrero. Vari-
an se apiadó de su joven homólogo e hizo lo que pudo por animar
a su desconsolado amigo durante un tiempo hasta que al fin, un
día, tras lanzar un suspiro y mirarlo con cierta lástima, le dijo:
—Arthas, no te lo tomes a mal, pero…
—Pero soy insoportable.
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Varian hizo un mohín. Ambos se hallaban en la armería,


donde combatían ataviados con yelmos, petos de cuero y espadas
de entrenamiento de madera.
Varian se acercó al estante, donde dejó colgada la espada, y se
quitó el yelmo mientras realizaba esta observación:
—Me sorprende que seas tan rápido y atlético.
Arthas se enfurruñó. Conocía a Varian lo bastante bien para
saber que el príncipe intentaba quitarle hierro al asunto. Hizo lo
mismo que su amigo: colgó su espada y se quitó el equipo de pro-
tección, pero con una actitud bastante hosca.
—En la Ciudad de Ventormenta empezábamos a entrenar
cuando éramos bastante niños. A tu edad, yo ya tenía mi propia
armadura diseñada específicamente para mí.
—No eches más sal en la herida —rezongó Arthas.
—Perdona —replicó Varian mientras le sonreía, a lo que
Arthas respondió esbozando una pequeña sonrisa de mala gana.
A pesar de que su primer encuentro había resultado un tanto
violento en el plano emocional y había estado teñido de tristeza,
Arthas había descubierto que Varian tenía una voluntad de hierro
y una visión bastante optimista de la vida en general.
—Me pregunto por qué tu padre no hizo lo mismo contigo.
Arthas sabía la respuesta.
—Porque intenta protegerme.
Varian adoptó una actitud más seria cuando colgaba su peto
de cuero y añadió:
—Mi padre también intentaba protegerme, pero no sirvió de
nada. La realidad de la vida acaba imponiéndose a nuestros
deseos.
Entonces se giró, miró a Arthas y le advirtió de lo siguiente:
—Me adiestraron para luchar, no para enseñar a luchar.
Podría lastimarte.
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Arthas se ruborizó. A Varian no se le había ocurrido siquiera


sugerir que Arthas podría lastimarlo a él. El príncipe de Ventor-
menta se dio cuenta de que acababa de meter la pata con su
comentario y decidió darle una palmadita en el hombro mientras
hacía este comentario:
—Mira, cuando acabe la guerra y podamos volver a tener un
adiestrador adecuado, iré contigo a hablar con el rey Terenas.
Estoy seguro de que entonces, en menos que canta un gallo, me
estarás dando una buena paliza.

La guerra acabó y la Alianza resultó victoriosa. El líder de la


Horda, el otrora poderoso Orgrim Martillo Maldito, había sido ll-
evado hasta Ciudad Capital encadenado. Ver cómo aquel poder-
oso orco era humillado al ser exhibido por las calles de Lordaeron
había causado una honda impresión tanto en Arthas como en
Varian. El teniente Turalyon, el joven paladín que había derrotado
a Martillo Maldito después de que el orco hubiera asesinado al
noble Anduin Lothar, se había mostrado muy compasivo con la
bestia al perdonarle la vida. Terenas, que en el fondo era un
hombre muy piadoso, respetó esa decisión y prohibió que se ata-
cara a aquella criatura. Si bien es cierto que hubo muchas protest-
as y quejas en un principio, en cuanto vieron que el orco que los
había aterrorizado durante tanto tiempo desfilaba indefenso por
la ciudad mientras era objeto de burla y escarnio, éstas se acal-
laron y la moral del pueblo subió como la espuma. En cualquier
caso, Orgrim Martillo Maldito nunca sufriría ningún daño mien-
tras se hallara bajo la protección del monarca.
Aquélla fue la única vez que Arthas vio a Varian dominado por
el odio, aunque sabía que no podía reprochárselo. Si los orcos hu-
bieran asesinado a Terenas y a Uther, daba por sentado que tam-
bién querría escupir a esas horrendas cosas verdes.
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Deberían matarlo —gruño Varian con los ojos encendidos de


rabia mientras miraba desde los parapetos cómo Martillo Maldito
se dirigía a palacio—. Y ojalá pudiera ser yo quien lo asesinara.
—Lo llevan a Entrañas —señaló Arthas.
No se sabe muy bien cómo acabaron apodando así al conjunto
formado por las antiguas criptas, mazmorras, alcantarillas y
laberínticas callejuelas reales que se encontraban en las pro-
fundidades de la tierra, justo debajo del palacio. Entrañas era
tenebrosa, fría, húmeda y mugrienta; allí sólo habitaban los pri-
sioneros o los muertos, aunque los más pobres de aquellas tierras
siempre se las arreglaban para encontrar la manera de entrar allí.
Si uno carecía de un hogar, era mejor vivir en Entrañas que
quedarse a la intemperie y morir congelado, e incluso Arthas
sabía que si uno necesitaba algo… que no fuera del todo legal,
tenía que ir allí para conseguirlo. De vez en cuando los guardias
bajaban y realizaban una redad en un desesperado pero vano in-
tento de limpiar aquel lugar.
—Nadie sale jamás de Entrañas —le dijo Arthas a su amigo
para reconfortarlo—. Morirá en prisión.
—Me alegro —admitió Varian—. Turalyon debería haberlo
matado cuando tuvo la oportunidad.
Esas palabras que acababa de pronunciar Varian resultaron
ser proféticas. Aunque parecía que las burlas y el odio acumulado
contra él habían hecho mella en el gran líder orco, eso distaba
mucho de ser cierto. Arthas se enteró un día, mientras escuchaba
a escondidas, de que los guardias ya no lo vigilaban tan es-
trechamente. La aparente desmoralización del prisionero les
había llevado a confiarse en exceso. Nadie sabe a ciencia cierta
cómo orquestó Orgrim Martillo Maldito su fuga, porque nadie
sobrevivió para contarlo: les rompió el cuello a todos los guardias
que encontró a su paso. Pero, en un alarde por dejar claro que no
discriminaba a nadie por su estatus social, Martillo Maldito dejó
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un reguero de cadáveres de guardias, indigentes y criminales que


partía de una celda abierta de par en par y recorría toda Entrañas
hasta llegar a la única ruta de escape: las hediondas alcantarillas.
Martillo Maldito volvió a ser capturado poco después y esta vez lo
encerraron en un campo de reclusión. Cuando también se escapó
de allí, la Alianza entera contuvo la respiración a la espera de un
nuevo ataque por su parte. Pero no se produjo. O bien Martillo
Maldito había muerto al fin, o bien habían logrado aplastar su es-
píritu combativo definitivamente.
Habían pasado ya dos años desde todo aquello y ahora se
rumoreaba que el Portal Oscuro a través del cual la Horda había
entrado en Azeroth la primera vez y que la Alianza había
clausurado al final de la Segunda Guerra, iba a ser reabierto o ya
lo habían abierto; Arthas no estaba seguro de ello, ya que nadie se
tomaba la molestia de contarle «nada» a pesar de que algún día
sería rey.
Hacía un día muy hermoso, soleado, claro y caluroso, y le
apetecía salir de Ciudad Capital para pasear a lomos de su nuevo
corcel, al que había llamado Invencible. Se trataba del mismo po-
tro que había visto nacer dos años antes durante aquel desapa-
cible día invernal. Decidió que quizá daría ese paseo más tarde.
Por ahora, prefería pasar por la armería, donde Varian y él habían
entrenado tantas veces y donde el príncipe de Ventormenta lo
había humillada otras tantas. Arthas sabía que si bien su amigo
siempre no pretendía con ello desairarlo, no podía evitar que eso
le molestara.
Ya habían pasado dos años.
Arthas se acercó al estante de espadas de entrenamiento de
madera y se hizo con una de ellas. Al cumplir once años había
dado lo que su institutriz había denominado «el estirón». O, al
menos, ésa era la palabra que ella había utilizado la última vez
que se habían visto antes de decirle: «Ahora ya eres todo un
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hombrecito y no necesitas una institutriz». Pues sí, la espadita


con la que había entrenado a los nueve años era una espada para
niños. Ahora era, efectivamente, todo un hombrecito que medía
más de uno setenta y que con toda probabilidad crecería aún más
a juzgar por la altura de los miembros de su linaje, si es que eso
servía como referencia. Alzó la espada, repartió mandobles a di-
estro y siniestro y, de repente esbozó una sonrisa.
Se abalanzó sobre una de aquellas armaduras antiguas, afer-
rando con firmeza la espada. —¡Eh!— gritó mientras deseaba que
aquello fuera uno de esos repugnantes monstruos verdes que
habían sido un incordio para su padre durante tanto tiempo. En-
tonces se enderezó cuan largo era y elevó la punta de su espada
hasta alcanzar la garganta de la armadura.
—¿Pretendías pasar por aquí, vil orco? ¡Te encuentras en tier-
ras de la Alianza! Por esta vez seré misericordioso contigo.
¡Márchate de aquí y no vuelvas jamás!
Ah, pero los orcos no conocían el significado de la palabra
«rendición» ni del vocablo «honor». Y como eran unas meras bes-
tias, se negó a arrodillarse ante él.
—¿Cómo? ¿No piensas marcharte? Muy bien, te he dado una
oportunidad y la has desperdiciado. Ahora, ¡lucha!
Y arremetió como le había visto hacer a Varian. Pero no contra
la armadura directamente, porque aquel cachivache era muy anti-
guo y valioso, sino contra el espacio vació de al lado. Ataque, blo-
queo, finta, defensa con la espada de todo el cuerpo, giro y…
Profirió un grito ahogado ya que la espada pareció cobrar vida
propia y salió despedida volando. El arma culminó su vuelo es-
trellándose con estruendo contra el suelo de mármol y deslizán-
dose con un chirrido mientras daba vueltas sobre sí misma antes
de detenerse lentamente.
—¡Maldita sea! —juró.
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Entonces miró en dirección a la puerta y se topó de bruces con


el rostro de Muradin Barbabronce.
Muradin era el embajador enano de Lordaeron, el hermano
del rey Magni Barbabronce y uno de los personajes más populares
de la corte por el jovial y absurdo humor con el que se lo tomaba
todo, desde una buena cerveza o unos exquisitos pastelillos hasta
los asuntos de Estado. También tenía reputación de ser un ex-
celente guerrero, astuto y fiero en la batalla.
Acababa de presenciar cómo al futuro rey de Lordaeron se le
había escapado una espada de las manos mientras fingía que
luchaba con orcos. Arthas se percató de que estaba sudando como
un cerdo y tenía las mejillas coloradas, así que intentó recuperar
el aliento.
—Esto… Embajador… Sólo estaba…
El enano carraspeó y miró a otro lado.
—Busco a tu padre, muchacho. ¿Puedes llevarme ante él? Este
lugar infernal tiene demasiados recovecos.
Arthas le señaló una escalera que se encontraba a su izquierda
sin mediar palabra. Después observó cómo el enano se marchaba
mientras reinaba un silencio incómodo.
Arthas jamás se había sentido tan abochornado en toda su
vida. Unas lágrimas se asomaron a sus ojos por culpa de la ver-
güenza que sentía, pero parpadeó con fuerza para evitar que se le
derramaran. Y abandonó aquella habitación raudo y veloz sin ni
siquiera molestarse en recoger la espada de madera.
Diez minutos después ya se sentía libre, tras abandonar a
lomos de un corcel los establos y cabalgar en dirección al Este,
hacia las colinas de los Claros de Tirisfal. Llevaba dos caballos
consigo: un simpático castrado de color gris moteado bastante
mayor llamado Corazón Veraz, sobre el que iba montado y el po-
tro de dos años cuyo nombre era Invencible, que llevaba sujeto
con unas riendas de entrenamiento.
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Desde el mismo momento en que se cruzaron sus miradas, po-


cos instantes después del nacimiento del potrillo, Arthas sintió
que había un vínculo especial entre ellos. El príncipe supo, desde
entonces, que ese caballo sería su corcel, su amigo, el equino de
gran corazón que formaría parte de él al igual, o incluso en mayor
grado, que su armadura o sus armas. Los caballos de buena raza
como aquél podían vivir veinte años o más si se les cuidaba bien;
ésa sería la montura que llevaría Arthas sobre sus lomos con eleg-
ancia en las ceremonias y fielmente en los paseos diarios. No era
un caballo de guerra. Ese tipo de equinos se criaba aparte y era
utilizado para determinados propósitos en determinados mo-
mentos. Dispondría de uno para tales menesteres cuando tuviera
que combatir. De todos modos, Invencible formaría parte de su
vida aunque no lo utilizara en combate; de hecho, ya formaba
parte de ella.
El pelaje, la crin y la cola del semental, que al nacer eran de
color gris, habían pasado a ser de un blanco muy similar a la nieve
que había cubierto el suelo aquel mismo día. Ese color no era fre-
cuente ni siquiera entre los caballos criados por Balnir, cuyos
pelajes «blancos» eran, en general, de color gris claro. Arthas se
había planteado ponerle algún nombre como Nevada o Luz
Estelar; pero al final cumplió con la ley no escrita que suelen ob-
servar los caballeros de Lordaeron, que consiste en bautizar a sus
caballos con un rasgo de la personalidad. Por eso la montura de
Uther se llamaba Firme, y las de Terenas, Valeroso.
La suya era Invencible.
Arthas ardía en deseos de montar a lomos de Invencible, pero
el cuidador de caballos le había advertido de que al tener sólo dos
años, aún le quedaba al menos uno para poder hacerlo, «Con dos
años aún todavía es un bebé», le avisó. «Está creciendo; sus
huesos se están formando. Sea paciente, alteza. Esperar un año no
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es mucho si uno tiene en cuenta que ese caballo estará a su servi-


cio durante más de dos décadas».
Pero para el príncipe un año si era mucho tiempo de espera.
Demasiado. Arthas miró hacia atrás para contemplar el caballo,
impacientándose cada vez más ante el medio galope que, por lo
visto, era el máximo ritmo que con gran denuedo Corazón Veraz
era capaz de alcanzar. En contraste con aquel viejo castrado, el
potro de dos años cabalgaba casi como si flotara, sin apenas real-
izar ningún esfuerzo. Sus orejas estaban erguidas, y sus fosas na-
sales se ensanchaban al oler los intensos aromas del claro. Los
ojos le brillaban y parecía estar diciendo: «Vamos, Arthas… Nací
para esto».
Sin duda alguna, por cabalgar con él una vez no iba a pasar
nada. Sólo pensaba dar un corto paseo a medio galope y luego
volverían a los establos como si nada hubiera ocurrido.
Obligó a Corazón Veraz a reducir la marcha hasta un mero
trote de paseo y ató sus riendas a la rama baja de un árbol. Inven-
cible relinchó cuando Arthas se acercó a él. El príncipe sonrió ante
la suavidad aterciopelada de aquel hocico que acariciaba con la
palma de la mano mientras le dada de comer un trozo de man-
zana. Invencible ya estaba acostumbrado a portar una silla de
montar; conseguir que el caballo se habituara a llevar algo en la
espalda era un paso más que formaba parte de un proceso muy
lento capaz de agotar la paciencia de cualquiera. Pero transportar
una silla vacía era muy distinto a tener que cargar con un ser hu-
mano vivo. Aun así esperaba que todo fuera bien, ya que había
pasado mucho tiempo con el animal. Arthas rezó una plegaria
corta y, rápidamente, antes de que Invencible pudiera apartarse,
se subió a lomos del caballo.
Invencible se encabritó y relinchó con furia. Arthas se agarró a
la hirsuta crin con las manos y se aferró como una lapa a sus
ijadas con toda la fuerza que albergaba en aquellas largas piernas.
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El caballo brincó y corcoveó, pero Arthas resistió. No obstante,


soltó un grito cuando Invencible trató de quitárselo de encima al
pasar a gran velocidad bajo la rama de un árbol. Pero Arthas no lo
soltó.
Poco después Invencible estaba galopando.
O más bien, «volando». O, al menos, eso le pareció a aquel
joven príncipe un tanto mareado, que al agacharse sobre el cuello
del caballo esbozó una amplia sonrisa. Nunca antes había cabal-
gado a lomos de un animal tan rápido; el corazón le latía desbo-
cado, embargado por la emoción. Ni siquiera intentó controlar a
Invencible; lo único que podía hacer era aguantar. Aquello era
algo glorioso, salvaje y hermoso, tal y como lo había soñado.
Serían…
Antes de que pudiera ser consciente de lo que había pasado.
Arthas se encontró volando por los aires hasta que se estrelló con
fuerza contra el suelo. Durante un momento que le pareció eterno
fue incapaz de respirar por culpa del impacto. Luego, se puso en
pie lentamente. Le dolía todo el cuerpo, pero no se había roto
nada.
Sin embargo, Invencible era una mota que desparecía con gran
celeridad en la lejanía. Arthas lanzó un juramento con suma viol-
encia, mientras daba una patada a un montículo y alzaba los
puños. Esta vez no se iría de rositas.

Sir Uther el Iluminado le estaba esperando. Arthas desmontó


con mala cara de Corazón Veraz y le entregó las riendas a un sirvi-
ente que le comentó:
—Invencible ha vuelto sólo hace poco. Tenía un corte muy feo
en la pata, pero estoy seguro de que le alegrará saber que el cuid-
ador de caballos afirma que se recuperará.
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Arthas barajó la posibilidad de mentir, de contarle a Uther que


algo los había asustado e Invencible había salido corriendo. Sin
embargo, resultaba obvio, por las manchas de hierba que le
salpicaban la ropa, que se había caído y Uther jamás creería que,
por mucho susto que se hubieran llevado, el príncipe no hubiera
sido capaz de mantenerse a lomos del buenazo de Corazón Veraz.
—Sabes que no deberías montarlo aún —le regaño Uther sin
miramientos.
Arthas suspiró.
—Lo sé.
—Arthas, ¿acaso no lo entiendes? Si lo presionas demasiado a
esta edad, se…
—Lo entiendo perfectamente, ¿vale? Sé que podría lisiarlo.
Sólo ha sido esta vez. No volverá a pasar.
—Más te vale.
—Sí, señor —replico Arthas hoscamente.
—Te has saltado las clases… una vez más.
Arthas permaneció callado y no se atrevió a alzar la vista para
mirar a Uther. Estaba enfadado, avergonzado y dolorido; sólo
quería darse un buen baño caliente y tomar un té de brezospina
para calmar el dolor. Además, la rodilla derecha se le estaba
hinchando.
—Al menos llegas a tiempo para las oraciones de esta tarde
—le indicó Uther mientras lo observaba de arriba abajo—. Pero
será mejor que te asees un poco.
Lo cierto era que Arthas estaba empapado de sudor y se dio
cuenta de qué también apestaba a caballo. Aunque consideraba
que era un buen olor; un aroma honesto.
—Date prisa. Estaremos en la capilla —le conminó Uther a
Arthas.
Arthas ni siquiera estaba seguro de en qué se centrarían las
oraciones de aquel día, y se sintió un poco mal por eso
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precisamente. La Luz era muy importante tanto para su padre


como para Uther y era consciente de que querían que él fuera tan
devoto como ellos. Si bien no podía refutar la evidencia de que la
Luz era sin duda algo real, ya que había visto con sus propios ojos
cómo los sacerdotes y la nueva orden de paladines obraba verda-
deros milagros en cuestiones de curación y protección, nunca se
sintió dispuesto a sentarse a meditar durante horas como hacía
Uther, o a referirse a la Luz con un tono reverencial como hacía su
padre. Para él era algo que simplemente… estaba ahí.
Una hora después, tras haberse aseado y cambiado de sus ro-
pas de montar por un atuendo sencillo aunque elegante, Arthas se
acercó presuroso a la pequeña capilla familiar que se hallaba en el
ala real.
No era una sala muy grande, pero sí muy hermosa. Se trataba
de una versión reducida de la capilla tradicional que uno podía
encontrar en cualquier ciudad humana, aunque quizá un poquito
más espléndida y fastuosa en los detalles. Por ejemplo: el cáliz es-
taba forjado en oro y tenía incrustaciones de gemas; y la mesa
sobre la que yacía era una antigüedad muy valiosa. Incluso los
bancos estaban almohadillados para proporcionar más comodid-
ad a los fieles, mientras que el vulgo se tenía que conformar nor-
malmente con sentarse sobre la madera desnuda.
Entró sin hacer ruido, se percató de inmediato de que era el
último e hizo un mohín de disgusto al recordar que varios per-
sonajes importantes estaban visitando a su padre. De este modo,
además de los fieles habituales como su familia, Uther y Muradin,
también asistía a la ceremonia el rey Aterratrols, aunque daba la
impresión de estar aún menos contento que Arthas. Pero había…
alguien más. Una muchacha esbelta y bien formada, de melena
larga y rubia, de la que el príncipe sólo podía ver la espalda.
Arthas la examinó con curiosidad detenidamente, se distrajo y
tropezó con uno de los bancos.
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Fue como si hubiera roto un plato. La reina Lianne, que seguía


siendo toda una belleza a sus cincuenta años, se giró al escuchar
ese estrépito y sonrió con afecto a su hijo. El vestido que lucía era
perfecto y llevaba el pelo recogido en una cofia dorada de la que
no se escapaba ni un mechón rebelde. Calia, que contaba ya cat-
orce años y tenía un aspecto tan desgarbado como el de Inven-
cible nada más nacer, le lanzó una mirada de reprobación con el
ceño fruncido. Resultaba obvio que, o bien ya se había corrido la
voz sobre las fechorías de Arthas, o bien simplemente estaba en-
fadada con él porque había llegado tarde. Terenas lo saludó con
una leve inclinación de la cabeza y acto seguido volvió a posar la
vista sobre el obispo que oficiaba la ceremonia. Arthas se sintió
avergonzado por culpa de la desaprobación muda que transmitía
aquella mirada. Aterratrols no le prestó ninguna atención y
Muradin tampoco se giró.
Arthas se sentó encorvado en uno de los bancos de atrás que
estaba apoyado sobre el muro del fondo. Entonces el obispo habló
y alzó los brazos, mientras una tenue luminosidad blanca bor-
deaba su silueta. Arthas ansiaba que la muchacha se diera la
vuelta para poder atisbar fugazmente su rostro. ¿Quién era? Res-
ultaba obvio que debía de tratarse de la hija de algún noble o de
alguien de alto rango; de no ser así, no la habrían invitado a parti-
cipar en aquella ceremonia religiosa íntima y familiar. Caviló
acerca de quién podría ser, ya que estaba más interesado de
averiguar la identidad de aquella moza que en el servicio religioso.
—… y su alteza real, Arthas Menethil —dijo con un cierto tono
cantarín el obispo.
Al escuchar esas palabras, Arthas abandonó sus cavilaciones y
prestó atención; no sabía si se había perdido algo importante.
—Que la bendición de la Luz recaiga sobre él en todo pensami-
ento, toda palabra y todo acto, para que pueda germinar y florecer
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bajo ella y servirla como su paladín —prosiguió recitando el


oficiante.
Arthas percibió cómo una corriente de calma fluía a través de
él mientras recibía la bendición. El agarrotamiento y los dolores
que sentía se desvanecieron dejándolo como nuevo y con una gran
sensación de paz. El obispo se giró en dirección a la reina y la
princesa y añadió:
—Que la Luz brille sobre su majestad, Lianne Menethil, para
que…
Arthas sonrió y espero a que el obispo acabara con las bendi-
ciones individuales, ya que entonces pronunciaría el nombre de la
muchacha. Entretanto, Arthas se apoyó contra la pared de la parte
de atrás de la capilla.
—Y humildemente pedimos que la bendición de la Luz recaiga
sobre Lady Jaina Valiente. Que su sabiduría y su poder de
curación la bendigan, para que…
¡Ajá! La chica misteriosa ya no era ningún misterio. Jaina
Valiente, hija del almirante Daelin Valiente, el héroe de guerra y
monarca de Kul Tiras, era un año más joven que él. Pero lo que
más le intrigaba era por qué estaba ahí y…
—… y que sus estudios en Dalaran den su fruto. Pedimos que
se convierta en una representante de la Luz y que en su papel de
maga sirva a su pueblo con honradez y sabiduría.
Aquello tenía cierto sentido. Iba de camino a Dalaran, la her-
mosa ciudad ubicada no muy lejos de Ciudad Capital. Pero cono-
ciendo las rígidas reglas de etiqueta y hospitalidad que imperaban
en los círculos reales y nobles, se quedaría en palacio unos cuan-
tos días más antes de proseguir su viaje.
Lo cual podría ser muy divertido, pensó.
Al final del servicio, Arthas, que era quien se hallaba más cerca
de la puerta, fue el primero en abandonar la capilla. Muradin y
Aterratrols salieron a continuación; ambos parecían sentirse
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aliviados de que la ceremonia hubiera concluido. Terenas, Uther,


Lianne, Calia y Jaina fueron los siguientes en salir.
Tanto su hermana como la hija de Valiente eran rubias y es-
beltas. Pero ahí acababan los parecidos. Calia era de constitución
delicada y su rostro de piel pálida y suave parecía sacado de un re-
trato antiguo. Jaina, por su parte, poseía unos ojos brillantes y
una sonrisa arrebatadora; además, por la forma de moverse cabía
deducir que estaba acostumbrada a montar a caballo y a viajar a
pie. Era obvio que pasaba gran parte de su tiempo al aire libre ya
que su rostro estaba bronceado y tenía algunas pecas en la nariz.
Arthas concluyó que se trataba de una muchacha a la que no le
importaría recibir un bolazo de nieve en la cara o ir a nadar un día
de mucho calor. Alguien con quien, al contrario que su hermana,
podría jugar.
—Arthas… me gustaría hablar contigo —oyó decir a alguien de
voz áspera.
Arthas se giró y comprobó que el embajador enano se dirigía a
él.
—Por supuesto, señor —replicó Arthas compungido.
Lo único que quería hacer ahora era hablar con su nueva
amiga, porque aunque aún no habían sido presentados, Arthas es-
taba seguro de que se iban a llevar muy bien. Además, probable-
mente Muradin querría regañarlo por el bochornoso espectáculo
de la armería. Al menos, el enano fue lo bastante discreto como
para alejarse discretamente del resto de la gente.
Se giró para encararse con el príncipe; tenía los pulgares
rechonchos metidos en el cinturón y el ceño fruncido por la in-
tensa concentración con la que estaba pensando:
—Muchacho —le dijo—, iré directo al grano. Tu técnica de
lucha es horrenda.
Una vez más, Arthas se ruborizó.
—Lo sé —contestó—, pero mi padre…
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—Sí, tu padre tiene muchas cosas en la cabeza. No deberías


criticarlo.
Entonces, ¿qué quería que dijera?
—Bueno, es que no se me da muy bien eso de tener que en-
señarme a mí mismo a luchar. Ya viste lo que sucede cuando lo
intento.
—Ya. Pero yo puedo enseñarte si quieres.
—¿T… tú me enseñarás?
Arthas, al principio, se mostró incrédulo; luego, encantado.
Los enanos eran famosos por su destreza en combate, entre otras
muchas cosas. Arthas se preguntaba si Muradin también le in-
struiría en el arte de beber cerveza, otra «singular» destreza por la
que los enanos también eran bien conocidos, pero al final decidió
que era mejor no preguntárselo.
—Sí, eso es lo que he dicho, ¿no? He hablado con tu padre y le
parece bien. Ya lo hemos demorado demasiado. Pero dejemos una
cosa clara: no me valen excusas y voy a obligarte a trabajar muy
duro. Y como en algún momento me diga a mí mismo: «Muradin,
estás perdiendo el tiempo», dejaré de ser tu maestro. ¿Estás de
acuerdo, muchacho?
Arthas reprimió una risita, que hubiera estado totalmente
fuera de lugar, al darse cuenta de que alguien que era mucho más
bajito que él le estaba llamando «muchacho».
—Sí, señor —replicó el príncipe fervorosamente.
Muradin asintió con la cabeza y alargó el brazo para ofrecerle
una mano grande y callosa. Arthas le dio la suya. Sonrió y dirigió
la mirada hacia su padre, que estaba inmerso en una conversación
con Uther. Ambos se giraron al unísono para observarlo y entorn-
aron los ojos especulando sobre qué estaría pasando; entonces
Arthas suspiró en su fuero interno. Conocía esa mirada. Ya podía
ir despidiéndose de jugar con Jaina; probablemente ya no tendría
tiempo siquiera de volver a verla antes de que se marchara.
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Se dio la vuelta para observar cómo Calia se llevaba a Jaina, a


la que había puesto el brazo sobre el hombro a modo de gesto
cariñoso. Justo antes de que se atravesara la puerta, la hija del
almirante Valiente giró su cabeza rubia, cruzó su mirada con la de
Arthas y sonrió.
CAPÍTULO TRES

— E stoy muy orgulloso de ti, Arthas —afirmó su padre—.


Por asumir una responsabilidad como ésta.
Durante la semana que Jaina Valiente llevaba como invitada de
honor de la familia real Menethil, la palabra que más veces había
escuchado era ésa: «responsabilidad». No sólo había iniciado ya
su entrenamiento con Muradin, y el dolor muscular y los
moratones solían ir acompañados de la ocasional colleja cuando
Arthas no prestaba suficiente atención en opinión de Muradin;
sino que tal y como Arthas se temía Uther y Terenas habían de-
cidido que había llegado el momento de que la formación del
príncipe se completara en otras áreas. Arthas se levantaba antes
del alba, tomaba un desayuno rápido consistente básicamente en
pan con queso e iba a cabalgar con Muradin. Tras el paseo en
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caballo, les tocaba dar una buena caminata, y siempre era el


jovenzuelo de doce años quien acababa destrozado y agotado.
Arthas se preguntaba si los enanos tenían tanta afinidad con las
piedras que incluso la misma tierra les facilitaba las cosas cuando
caminaban por ella. Ya de vuelta en casa, se bañaba y a continua-
ción recibía clases de historia, matemáticas y caligrafía. Tras al-
morzar a mediodía, pasaba toda la tarde en la capilla con Uther,
rezando, meditando y debatiendo acerca de la razón de ser de los
paladines y la rigurosa disciplina que deben observar. Luego,
llegaba el turno de la cena y después Arthas iba dando tumbos
hasta la cama para dormir el sueño desprovisto de sueños propio
de los que están exhaustos.
Sólo vio a Jaina en contadas ocasiones durante las cenas y al
parecer ella y su hermana se habían convertido en uña y carne.
Finalmente Arthas decidió que ya bastaba y, poniendo en práctica
las lecciones de historia y política que le habían obligado a apren-
der, se acercó a su padre y a Uther para ofrecerse a acompañar a
su invitada Lady Jaina Valiente, a la misma Dalaran.
Como es evidente, omitió decirles que quería hacerlo única-
mente para librarse de sus agobiantes obligaciones por unos días.
Terenas se sintió muy satisfecho ya que la voluntad de su hijo de
asumir responsabilidades era signo de madurez. Jaina mostró una
sonrisa arrebatadora ante aquella propuesta y Arthas consiguió lo
que quería. Todo el mundo quedó contento.
De ese modo, a principios del verano, cuando las flores alcan-
zaban su esplendor, los bosques volvían a estar repletos de ani-
males que uno podía cazar y el sol surcaba por encima de ellos en
un firmamento de color azul brillante, el príncipe Arthas Menethil
se encontró acompañando a una joven damisela rubia de sonrisa
cautivadora en su viaje a la prodigiosa ciudad de los magos.
Habían partido con cierto retraso, pero a Arthas no le importó,
sino que le sirvió para tomar nota de que Jaina Valiente no era
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precisamente muy puntual. No tenían prisa. No obstante, no


viajaban solos, por supuesto. El protocolo exigía que la dama de
compañía y un par de guardias los acompañasen. Aun así sus sir-
vientes siempre iban unos metros por detrás para permitir cierta
intimidad a los jóvenes nobles. Cabalgaron un buen rato y a con-
tinuación pararon para disfrutar de una comida campestre. Mien-
tras degustaban el pan, el queso y el vino aguado, uno de los
hombres de Arthas se acercó al príncipe.
—Señor, con tu permiso, vamos a hacer los preparativos para
pasar la noche en Molino Ámbar. Por la mañana realizaremos el
resto del trayecto hasta llegar a Dalaran. Deberíamos llegar ahí al
caer la noche.
Arthas negó con la cabeza.
—No, proseguiremos el viaje. Podremos pasar la noche en la
zona de Trabalomas. Así Lady Jaina podrá llegar a Dalaran
mañana a mediodía.
Entonces giró la cabeza y sonrió a Jaina.
Ella le devolvió la sonrisa, aunque Arthas alcanzó a atisbar
cierta decepción en su mirada.
—¿Estás seguro, señor? Teníamos previsto dormir bajo techo
aprovechando la hospitalidad de los lugareños. No queríamos que
la dama tuviera que dormir al raso.
—No te preocupes, Kayvan —intervino Jaina—. No soy una
frágil figurita de porcelana.
La sonrisa de Arthas se ensanchó.
Esperaba que Jaina se sintiera precisamente así, como una fig-
urita de porcelana, en unas horas.

Mientras los sirvientes preparaban el lugar donde iban a per-


noctar, Arthas y Jaina fueron a explorar los alrededores. Subieron
a una colina desde la cual pudieron admirar unas vistas sin
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parangón. Al oeste divisaron el pequeño pueblo granjero de


Molino Ámbar e incluso las agujas distantes del castillo del barón
Filargenta. Al este casi se distinguía la propia Dalaran y con más
claridad el campo de reclusión que se hallaba al sur de la ciudad.
Desde el final de la Segunda Guerra, los orcos habían sido envia-
dos a ese tipo de campos. Tal y como Terenas le había explicado a
Arthas, los campos eran una solución mucho más misericordiosa
que simplemente masacrarlos en cuanto se toparan con ellos.
Asimismo, los orcos parecían estar sufriendo una extraña enfer-
medad. La mayoría de las veces que los humanos se tropezaban
con ellos o los cazaban, luchaban con muy poco ánimo y entraban
en los campos de reclusión sin oponer resistencia. Aquel campo
no era el único que existía.
Degustaron una cena un tanto rústica consistente en conejo
asado y cuando oscureció se retiraron a descansar. En cuanto es-
tuvo seguro de que todo el mundo se había dormido, Arthas, que
dormía con los pantalones puestos, se colocó una túnica y rápida-
mente se calzó las botas. En el último momento se le ocurrió que
podría llevarse una de sus dagas por si acaso; así que se la encajó
en el cinturón y se acercó con sigilo a Jaina.
—Jaina —susurró—, despierta.
La muchacha se despertó en silencio y sin sufrir sobresalto al-
guno; sus ojos brillaban bajo la luz de la luna. Arthas se acuclilló y
se acercó el índice a los labios, indicándole así que no hiciese
ruido mientras se incorporaba. Entonces ella dijo en voz baja:
—¿Arthas? ¿Qué ocurre?
Él sonrió.
—¿Te apetece un poco de aventura?
Jaina ladeó la cabeza.
—¿Qué clase de aventura?
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—Tú confía en mí.


Jaina lo miró fijamente por un instante y asintió con la cabeza.
—Vale.
Jaina, como la mayoría de ellos, se había acostado con casi
toda la ropa puesta, de modo que sólo tuvo que calzarse las botas
y echarse la capa para ponerse en marcha. Se levantó, intentó
peinarse la melena rubia con los dedos, aunque lo hizo con muy
poca convicción; asintió con la cabeza.
Jaina seguía al príncipe mientras subían la misma cresta que
habían explorado ese mismo día unas horas antes. El ascenso era
mucho más dificultoso de noche, pero la brillante luna les propor-
cionaba luz suficiente y no resbalaron.
—Ése es nuestro destino —señaló Arthas.
Jaina tragó saliva.
—¿El campo de reclusión?
—¿Alguna vez has visto uno de cerca?
—No, y no quiero verlo.
El príncipe frunció el ceño porque se sentía decepcionado.
—Vamos, Jaina, es nuestra única oportunidad de poder echar
un buen vistazo a un orco. ¿Acaso no te pica la curiosidad?
Bajo la luz de la luna resultaba muy difícil deducir qué
pensaba por la expresión de su rostro, ya que sus ojos eran dos
pozos oscuros envueltos en sombras.
—A mí… Mataron a Derek. A mi hermano mayor.
—Uno de ellos también asesinó al padre de Varian. Han
matado a mucha gente, por eso están encerrados en esos campos.
Es el mejor lugar para ellos. A muchos les disgusta que mi padre
eleve los impuestos para pagar el mantenimiento de esos sitios,
pero… Bueno, ven y juzga por ti misma. Perdí la oportunidad de
poder echar un buen vistazo a Martillo Maldito cuando se hallaba
en Entrañas, y no quiero volver a dejar pasar la oportunidad de
ver un orco.
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Jaina permaneció en silencio hasta que, por fin, suspiró.


—Vale, volvamos —dijo Arthas resignado.
—No —replicó la princesa para su sorpresa—. Vayamos.
—De acuerdo —susurró Arthas—. Cuando estuvimos ahí arriba
de día, me fijé en cómo estaban distribuidas las patrullas de
centinelas. No parece que por la noche difiera mucho la cosa,
salvo por el hecho de que tal vez salgan a patrullar con menos fre-
cuencia. Ya que los orcos han perdido gran parte de su espíritu de
lucha, supongo que los guardias considerarán que no hay muchas
posibilidades de que se produzca una fuga.
Entonces esbozó una sonrisa para reconfortarla.
—Lo cual nos viene muy bien —prosiguió—. Aparte de las
patrullas, siempre hay alguien en ambas atalayas. Ésos son los
guardias con los que debemos tener más cuidado, pero, con
suerte, estarán más atentos a cualquier incidente que se produzca
en la parte frontal del campo que en la trasera, ya que esta última
da a la pared totalmente vertical de una montaña. Si dejamos que
ese tipo finalice su ronda, deberíamos tener tiempo de sobra para
acercarnos a esa pared de ahí a echar un buen vistazo.
Aguardaron a que aquel guardia, que parecía muy aburrido,
pasara junto a ellos; luego esperaron unos instantes más.
—Súbete la capucha —le ordenó Arthas.
Era necesario que se pusieran la capucha porque ambos tenían
el pelo rubio, lo que facilitaba que los guardias pudieran divisar-
los. Jaina parecía nerviosa pero también emocionada, y le obed-
eció. Por fortuna, ambos llevaban capas de color oscuro.
—¿Lista? —inquirió, y ella asintió con la cabeza—. Muy bien.
¡Adelante!
Bajaron el resto del camino deslizándose con rapidez y sin
hacer ruido. Arthas le indicó a Jaina que parara un instante hasta
que el guardia de la atalaya mirara a otra dirección, entonces, con
un gesto, le señaló que avanzara. Corrieron cerciorándose en todo
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momento de que la capucha se mantuviera en su sitio y poco des-


pués se apoyaban en el muro del campo.
Los campos no eran una maravilla en cuestión de diseño, pero
sí eran muy eficientes. Estaban hechos de madera y eran poco
más que unos troncos unidos unos con otros, afilados en la parte
superior y clavados muy profundamente en la tierra. Había
muchos resquicios en ese «muro» por los que unos muchachos
curiosos podían ver lo que había dentro.
Al principio les costó ver algo, hasta que atisbaron varias
siluetas enormes. Entonces Arthas giró la cabeza para poder ver
mejor. Eran orcos, de eso no cabía duda. Algunos de ellos estaban
tumbados en el suelo, hechos un ovillo y cubiertos por mantas.
Otros deambulaban de aquí para allá, prácticamente sin rumbo,
como animales enjaulados, aunque ahí dentro no se percibía el
casi palpable anhelo de libertad propio de toda bestia enjaulada.
Un poco más allá se podía ver lo que parecía ser una familia: un
macho, una hembra y un cachorro. La hembra, que era menos
corpulenta que el macho, sostenía algo muy pequeño cerca del
pecho; Arthas se percató de que se trataba de un bebé.
—Oh —susurró Jaina detrás de él—. Parecen tan… tristes.
Arthas resopló, y entonces recordó que debían permanecer en
silencio.
Rápidamente alzó la vista para observar al guardia de la torre,
pero éste no había oído nada.
—¿Tristes? Jaina, esas bestias destruyeron la Ciudad de
Ventormenta. Querían extinguir a la raza humana. Asesinaron a
tu hermano, por amor de la Luz. No pierdas el tiempo apiadán-
dote de ellos.
—Aun así… Nunca me imaginé que tuvieran hijos —comentó
Jaina—. ¿Ves a la que tiene un bebé en los brazos?
—Pues claro que tienen críos, hasta las ratas tienen crías —les
espetó Arthas.
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Estaba enfadado, aunque quizá debería haber esperado esa


reacción de una niña de once años.
—Parecen bastantes inofensivos. ¿Estás seguro de que deber-
ían estar aquí? —Tras decir esto, giró su rostro, que era un óvalo
blanco bajo la luz de la luna, en dirección a Arthas con la inten-
ción de conocer su opinión—. Retenerlos aquí resulta muy caro.
Quizá deberían ser liberados.
—Jaina —replicó Arthas, quien seguía hablando en voz baja—,
son asesinos. Aunque ahora parezcan estar aletargados, ¿quién
sabe qué podría pasar si son liberados?
Jaina soltó un leve suspiro en medio de la oscuridad y no re-
spondió. Arthas hizo un gesto de contrariedad. Ya había visto
bastante y el guardia que patrullaba la zona volvería a pasar por
ahí enseguida.
—¿Lista para volver?
Jaina asintió, se alejó del muro y corrió junto a él para volver a
la colina. Arthas miró hacia atrás y vio que el guardia de la atalaya
se giraba. Se abalanzó sobre Jaina, la agarró de la cintura y la em-
pujó al suelo, cayendo con todo su peso sobre ella.
—¡No te muevas! —le advirtió—. ¡Ese guardia está mirando
justo en esta dirección!
A pesar de la brusca caída que acababa de experimentar, Jaina
fue lo bastante lista para quedarse inmóvil de inmediato. Con
cuidado, manteniendo su rostro oculto entre las sombras tanto
como era posible, Arthas volvió la cabeza para mirar al guardia.
No consiguió verle la cara a esa distancia, pero por su lenguaje
corporal cabía deducir que estaba muy aburrido y cansado. Tras
un instante que pareció ser eterno y durante el cual Arthas es-
cuchó el latido de su corazón atronando en sus oídos, el guardia se
giró para mirar en la dirección contraria.
—Siento lo de antes —se disculpó Arthas mientras ayudaba a
Jaina a ponerse de pie—. ¿Estás bien?
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—Sí —contestó Jaina, sonriéndole.


Unos instantes después regresaron al campamento y se fueron
a dormir donde les correspondía a cada uno. Arthas alzó la vista
para contemplar las estrellas, totalmente satisfecho.
Había sido un buen día.

A la mañana siguiente llegaron a Dalaran. Arthas nunca había


estado en aquella ciudad, aunque había oído hablar mucho de
ella, claro está. Los magos eran un grupo cerrado y misterioso; y a
pesar de ser bastante poderosos, no solían inmiscuirse en los
asuntos del resto del mundo salvo cuando se requería su ayuda.
Arthas se acordó de cuando el mago Khadgar acompaño a Anduin
Lothar y al príncipe, ahora rey, Varian Wrynn a hablar con Teren-
as, para advertirlos de la amenaza orca. Su presencia había dot-
ado de credibilidad a las afirmaciones de Anduin sobre la ver-
dadera gravedad de la amenaza, ya que quienes lo escuchaban
sabían que los magos de Kirin Tor no se implicaban jamás en
cuestiones políticas salvo en casos de serio peligro.
Tampoco tenían por costumbre seguir el protocolo que regía
las relaciones políticas y diplomáticas, por eso no ofrecían su hos-
pitalidad a la realeza. Únicamente permitieron entrar en la ciudad
a Arthas y su séquito porque Jaina iba a estudiar allí. Dalaran era
muy hermosa, más gloriosa incluso que Ciudad Capital. Parecía
casi imposible que una ciudad pudiera estar tan pulcra y limpia,
pero así era; estaba impoluta como toda ciudad que se precie de
hundir sus raíces en la magia. Había varias torres magníficas que
parecían llegar hasta el cielo y cuyas bases eran de piedra blanca y
sus cúspides de color violeta con círculos de oro. Muchas poseían
piedras radiantes que flotaban a su alrededor. Otras tenían vid-
rieras que captaban la luz del sol. Los jardines estaban en flor, y
de aquellas fantásticas flores silvestres emanaba un aroma tan
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embriagador que Arthas casi se mareó. O quizá era la constante


vibración de la magia en el ambiente lo que le provocaba esa
sensación.
Se sintió muy vulgar y sucio cuando se adentraron a caballo en
aquella ciudad, y prácticamente deseó que no hubieran dormido
al raso la noche anterior. Si hubiesen pernoctado en Molino Ám-
bar, al menos habría tenido la posibilidad de bañarse. Aunque
entonces, Jaina y él no habrían tenido la oportunidad de es-
caparse a espiar el campo de reclusión.
Observó a su compañera de viaje. Sus ojos azules estaban
abiertos como platos deslumbrados y emocionados, y tenía los la-
bios ligeramente entreabiertos. Jaina se giró en dirección a Arthas
y sus labios se curvaron para esbozar una sonrisa.
—Qué suerte tengo de poder estudiar aquí, ¿eh?
—Sí —replicó el príncipe sonriendo por ella.
Jaina actuaba como alguien al que acabaran de dar agua des-
pués de haber pasado una semana en el desierto, pero él se sen-
tía… desplazado. Estaba claro que Arthas no tenía la misma afin-
idad con la magia que ella.
—Según dicen, los forasteros no suelen ser bien recibidos aquí
—explicó Jaina—. Creo que es una pena, ya que me encantaría
volver a verte.
La muchacha se ruborizó, y por un instante Arthas se olvidó
del aire amenazante que desprendía la ciudad y estuvo totalmente
de acuerdo en que le encantaría volver a ver a Lady Jaina
Valiente.
Encantadísimo, de veras.

—Una vez más, ¡gnoma canija! Te voy a arrancar esas trenzas,


es… ¡Uuuf!
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El escudo impactó de lleno en el rostro protegido por un yelmo


de aquel enano burlón, quien tropezó hacia atrás un par de pasos.
Arthas atacó con su espada, riéndose bajo su yelmo. Entonces, de
repente, se vio surcando el aire y acabó estrellándose de espaldas
contra el suelo. Su campo de visión estaba ocupado totalmente
por una cara provista de una larga barba que se abalanzaba sobre
él; apenas le dio tiempo a levantar la espada para detener el
ataque. Soltó un gruñido, dobló las piernas sobre el pecho, acto
seguido las extendió por completo y alcanzó a Muradin en la bar-
riga. Esta vez fue el enano quien salió despedido hacia atrás.
Arthas bajó las piernas con suma celeridad y se puso en pie de un
ágil salto, entonces cargó contra su instructor, que aún se hallaba
en el suelo. El príncipe propinó al enano un golpe tras otro hasta
que Muradin pronunció unas palabras que, para ser sincero,
Arthas nunca creyó que fuera a escuchar:
—¡Me rindo!
Arthas tuvo que hacer un gran acopio de voluntad para deten-
er el golpe: al haber inclinado ya el cuerpo hacia adelante y tener
que tirar hacia atrás tan de repente, perdió el equilibrio y tropezó.
Muradin permaneció tumbado donde estaba, mientras su pecho
bajaba y subía rítmicamente.
Entonces el miedo se adueñó de Arthas.
—¿Muradin? ¡Muradin!
Una campechana risita ahogada se escapó de entre aquella
barba hirsuta de color bronce.
—¡Bien hecho, muchacho! ¡Muy bien! —exclamó el enano.
Cuando trataba de incorporarse, se encontró con la mano ex-
tendida de Arthas, dispuesto a ayudarlo a ponerse en pie. Murad-
in le dio la mano extremadamente contento.
—Así que, después de todo, prestaste atención cuando te en-
señé mi truco especial.
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Arthas sonrió de alivio tras el susto y de alegría por el halago.


Algunas de las cosas que Muradin la había enseñado las repetiría,
puliría y mejoraría a lo largo de su entrenamiento como paladín.
Pero otras… Bueno, no creía que Uther el Iluminado conociera
esa táctica que consistía en propinar un buen puntapié en el es-
tómago, o el útil truco en el que una botella de vino demostraba
ser realmente eficaz. Había técnicas de luchas y «técnicas de
lucha», y Muradin Barbabronce parecía dispuesto a que Arthas
Menethil llegara a dominar todos los aspectos del combate.
Arthas tenía ya catorce años y había estado entrenando con
Muradin varias veces por semana, salvo cuando el enano se aus-
entaba por razón de sus actividades diplomáticas. Al principio, to-
do había ido como ambas partes esperaban: mal. Arthas acabó las
primeras lecciones magullado, ensangrentado y cojeando. Por
cabezonería, había rehusado que le curaran las heridas e insistía
en que el dolor era parte del proceso de aprendizaje. Muradin
aprobaba su actitud, y se lo demostró presionando aún más a
Arthas. El príncipe nunca se quejó, ni siquiera cuando más de-
seaba hacerlo, ni cuando Muradin se mofaba de él o seguía
atacándolo a pesar de que Arthas estaba demasiado exhausto para
poder sostener el escudo.
Gracias a su testaruda negativa a quejarse o a abandonar las
clases, recibió una doble recompensa: aprendió y lo hizo muy bi-
en, y se ganó el respeto de Muradin Barbabronce.
—Ah, sí. Claro que presté atención, señor —contestó Arthas
sonriendo entre dientes.
—Buen muchacho, buen muchacho —repitió Muradin mien-
tras le daba una palmadita en el hombro—. Y ahora, largo. Hoy ya
te has llevado una buena paliza; te has ganado un merecido
descanso.
Le brillaban los ojos al hablar y Arthas asintió con la cabeza
como si así indicara que estaba de acuerdo con él. Hoy era
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Muradin el que se había llevado una buena paliza. De hecho,


parecía tan contento por lo que acababa de suceder como el pro-
pio Arthas. El príncipe sintió de improviso que lo invadía una
gran sensación de afecto hacia el enano. Aunque Muradin era un
instructor muy estricto, Arthas le había ido cogiendo mucho
cariño.
Se dirigió hacia sus aposentos silbando, pero entonces, unos
gritos repentinos lo dejaron clavado en su sitio.
—¡No, padre! ¡No lo haré!
—Calia, esta conversación debió acabar hace rato. No tienes
nada que opinar al respecto.
—¡Papá, no, por favor!
Arthas se aproximó un poco más a los aposentos de Calia.
Como la puerta estaba entreabierta, prestó atención un tanto pre-
ocupado. Terenas se lo consentía todo a Calia. ¿Qué demonios le
estaba pidiendo que hiciera para que ella le suplicara de esa forma
y utilizara el apelativo cariñoso que tanto Arthas como su her-
mana habían dejado de emplear a medida que se acercaban a la
edad adulta?
Calia lloraba desconsolada. Arthas no lo pudo soportar más y
abrió la puerta.
—Lo siento, no he podido evitar oíros ¿Qué ocurre?
Últimamente, daba la impresión de que Terenas se comport-
aba de un modo bastante extraño, y ahora además parecía haber-
se enfadado con su hija de dieciséis años.
—Esto no es asunto tuyo, Arthas —rugió Terenas—. Le he or-
denado a Calia que cumpla mis deseos. Y me obedecerá.
Calia se derrumbó sobre la cama sollozando. Arthas, presa de
la estupefacción, desplazo la mirada de su padre a su hermana,
Terenas murmuró algo y salió de allí hecho un basilisco. Arthas
volvió a posar su mirada sobre Calia y, acto seguido, siguió los
pasos de su padre.
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—Padre, por favor, dime qué sucede.


—No me interrogues. Calia está obligada a obedecer a su
padre, no hay más que hablar.
Terenas cruzó una puerta que daba a la sala de recepciones.
Arthas se encontró ahí con Lord Daval Prestor, un joven noble al
que Terenas parecía tener en muy alta estima, y una pareja de
brujos de Dalaran que estaban de visita, a quienes no conocía.
—Vuelve raudo con tu hermana, Arthas, e intenta calmarla.
Estaré contigo en cuanto pueda, te lo prometo.
Tras echar un último vistazo a aquellos tres visitantes, Arthas
asintió con un leve gesto de la cabeza y volvió al cuarto de Calia. Si
bien su hermana mayor no se había movido de allí, sus lloros
habían amainado ligeramente. Sin saber qué hacer o decir, Arthas
se sentó en la cama a su lado; se sentía sobrepasado por la
situación.
Calia se incorporó con la cara cubierta de lágrimas.
—Lamento que ha-hayas tenido que ver esto, Arthas, pero qui-
quizá sea mejor así.
—¿Qué quiere nuestro padre que hagas?
—Quiere que me case en contra de mi voluntad.
Arthas parpadeó sorprendido.
—Calia, sólo tienes dieciséis años, ni siquiera eres lo bastante
«mayor» para poder casarte.
Su hermana cogió un pañuelo y se lo acercó a los hinchados
ojos.
—Eso mismo le argumenté yo. Pero nuestro padre me replicó
que eso no es un problema; que íbamos a formalizar los espon-
sales y me casaría el día de mi cumpleaños con Lord Prestor.
Los ojos verdemar de Arthas se abrieron como platos cuando
ató cabos. Por eso estaba ahí ese caballero…
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—Bueno —acertó a decir bastante apurado—, está muy bien


relacionado y… supongo que es guapo. Todo el mundo dice que lo
es. Al menos, no es un viejo.
—No lo entiendes, Arthas. Me da igual lo bien relacionado que
esté o lo guapo o amable que sea. Lo que realmente importa es
que no tengo nada que decir al respecto. Soy… soy como tu
caballo. Una cosa, no una persona. Una cosa que mi padre
regalará como crea conveniente… para sellar un pacto político.
—No… no amas a Prestor.
—¿Qué si lo amo? —replicó con sus ojos azules inyectados en
sangre y entornados por la ira—. ¡Pero si apenas lo conozco! Si ni
siquiera se ha molestado jamás en… Oh, pero ¿qué más da? Ya sé
que es una práctica muy normal entre la realeza y la nobleza. Que
sólo somos peones. Pero jamás me imaginé que nuestro padre…
Ni tampoco Arthas. Lo cierto era que nunca había pensado de-
masiado en la posibilidad de que él o su hermana se casaran algún
día. Estaba mucho más interesado en entrenar con Muradin y
cabalgar a lomos de Invencible. Pero Calia tenía razón. Era algo
bastante común entre la nobleza concertar matrimonios para
mantener o mejorar su posición social y política.
Nunca se imaginó que su padre acabaría vendiendo a su hija
como… como una yegua de cría.
—Calia, lo siento muchísimo —le dijo muy serio—. ¿No tienes
ningún otro pretendiente? Quizá podrías convencer a nuestro
padre de que hay un pretendiente más idóneo para ti…, uno que
también te contente a ti.
Calia negó con la cabeza amargamente.
—Sería inútil. Ya lo has oído. No me lo ha pedido, ni me ha
sugerido que Lord Prestor sería un buen marido…, sino que me lo
ha ordenado.
Su hermana lo miró suplicante.
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—Arthas, cuando seas rey, prométeme… prométeme que no les


harás esto a tus hijos.
¿Hijos? Arthas aún no estaba en absoluto preparado para
pensar en tener hijos. Ni siquiera había una… Bueno, la «había»,
pero no había pensado en ella en…
—A ti… a ti, papá, no te podrá ordenar que te cases con quien
él quiera como a mí… Asegúrate de que te importa esa muchacha
y… y de que a ella le importas. O de que, al menos, le preguntan
con quién quiere compartir su vida y su le-lecho.
Volvió a echarse a llorar; Arthas estaba demasiado conmocion-
ado por la revelación que acababa de oír. Sólo contaba catorce
años, pero en cuatro cortos años tendría ya edad para casarse. De
repente recordó algunos fragmentos de conversaciones que había
escuchado aquí y allá sobre el futuro de la dinastía Menethil. Su
esposa sería madre de reyes. No sólo debería escogerla con cuid-
ado, sino que también, tal y como Calia le había pedido, con el
corazón. Era obvio que sus padres se tenían mucho cariño. Eso se
reflejaba en sus sonrisas y gestos, a pesar de los muchos años que
llevaban casados. Arthas quería eso mismo. Quería una com-
pañera, una amiga, una…
Frunció el ceño. ¿Y si no podía encontrar a alguien así?
—Lo siento, Calia, pero quizá seas más afortunada de lo que
crees. Quizá sea peor tener la libertad de elegir y saber que no has
sido capaz de conseguir lo que deseabas.
—Preferiría pasar por algo así a ser… un mero trozo de carne,
sin duda alguna.
—Cada uno tiene sus obligaciones, supongo —señaló Arthas en
voz baja de modo sombrío—. Te casarás con quienquiera que
padre escoja, y yo me casaré con quien deba hacerlo según dicten
los intereses del reino.
El príncipe se levantó abruptamente.
—Lo siento, Calia —añadió.
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—Arthas… ¿Adónde vas?


No respondió, sino que atravesó el palacio corriendo en direc-
ción a los establos y, sin esperar a un sirviente, ensilló a Inven-
cible él solo. Arthas sabía que huir era una solución temporal,
pero tenía catorce años, y una solución temporal seguía siendo
una solución para él.
Se inclinó sobre la grupa de Invencible, que era una excelsa
combinación de músculo y elegancia y cuya crin blanca le fust-
igaba la cara al galopar. Arthas esbozó una amplia sonrisa. Única-
mente alcanzaba la felicidad absoluta cuando cabalgaba de esa
manera y los dos, montura y jinete, se fundían en un todo glor-
ioso. Su paciencia había sido puesta a prueba hasta extremos
inusitados al tener que esperar tanto tiempo para poder montar
aquel animal que había visto venir al mundo. Pero había merecido
la pena. Formaban un equipo perfecto.
Invencible no quería nada de él, ni le pedía nada; sólo parecía
desear que le dejaran escapar de los confines de los establos del
mismo modo que Arthas anhelaba escapar de los deberes de la
realeza. Y eso era lo que estaban haciendo juntos: escapar.
Se acercaron al lugar donde tanto le gustaba saltar a Arthas. Al
este de Ciudad Capital y cerca de la Hacienda Balnir había un
grupito de colinas.
Invencible aceleró y sus atronadoras pezuñas castigaron la
tierra, mientras ascendía hacia el precipicio casi tan rápido como
si estuvieran en un terreno llano. Giró una y otra vez por es-
trechos senderos, esparciendo piedras con sus pezuñas, mientras
su corazón y el de Arthas latían desbocados embargados por la
emoción. A continuación Arthas guío al caballo hacia la izquierda,
hacia un terraplén; se trataba de un atajo que llevaba a las
propiedades de Balnir. Invencible no dudó, como no había
dudado ni siquiera la primera vez que Arthas le había pedido que
saltara. Tomó impulso y saltó hacia adelante y por un instante
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glorioso, capaz de helarle el corazón a cualquiera, montura y jine-


te volaron. Acto seguido aterrizaron sanos y salvos en aquella
hierba suave y mullida, y reanudaron la marcha.
Invencible.
CAPÍTULO CUATRO

— C omo puede ver, alteza —le indicó el teniente general


Aedelas Lodonegro—, hemos dado un buen uso al
dinero de los impuestos. Hemos tomado toda clase de pre-
cauciones para hacer más seguras estas instalaciones. De hecho,
hay tanta seguridad que somos capaces incluso de celebrar com-
bates de gladiadores.
—Eso tengo entendido —contestó Arthas mientras caminaba
acompañado del comandante de los campos de reclusión en una
ronda de inspección.
Durnholde no era un campo de reclusión propiamente dicho
sino el centro neurálgico de todos los demás. Era enorme, y trans-
mitía una cierta sensación de que allí, de vez en cuando, se celeb-
raba alguna fiesta. Era un día frío pero claro de otoño, y la brisa
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hacía que las banderas blanquiazules que ondeaban sobre el


castillo chasquearan enérgicamente. Mientras paseaban por las
murallas, el viento agitaba la larga melena negra como las plumas
de un cuervo de Lodonegro y tiraba con fuerza de la capa de
Arthas.
—Lo comprobará con sus propios ojos —prometió Lodonegro
esbozando una sonrisa halagadora a su príncipe.
Realizar esa inspección sorpresa había sido idea de Arthas.
Terenas había felicitado a Arthas por su iniciativa y compasión.
«Es lo correcto padre», había aseverado Arthas; y lo había dicho
convencido, aunque la razón que le había impulsado a hacer
aquella sugerencia era satisfacer su curiosidad: quería ver la mas-
cota orco del teniente general. Y añadió: «Deberíamos cercior-
arnos de que el dinero recaudado acaba realmente en las arcas de
los campos y no en el bolsillo de Lodonegro. Y, de paso,
podríamos averiguar si cuida como es debido a los participantes
en los combates de gladiadores; además, así nos aseguramos de
que no sigue los pasos de su padre».
El padre de Lodonegro, el general Aedelyn Lodonegro, había
sido un traidor infame que fue juzgado y condenado por vender
secretos de Estado. A pesar de que sus crímenes habían tenido
lugar hace mucho tiempo, cuando su hijo sólo era un niño, aquella
mancha en la reputación familiar había perseguido a Aedelas a lo
largo de toda su carrera militar. Únicamente gracias a su récord
de victorias en el campo de batalla y a la ferocidad con que
luchaba contra los orcos en particular, había logrado ascender en
el escalafón el actual Lodonegro. Aun así Arthas pudo detectar
que el aliento de aquel hombre olía a licor, incluso a una hora tan
temprana. Sospechaba que esa información no sorprendería a
Terenas pero, de todos modos, no se olvidaría de contárselo a su
padre.
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Arthas miró hacia abajo, fingiendo cierto interés por observar


el gran número de guardias que permanecían tremendamente
firmes en sus puestos. Se preguntó si se mostrarían tan firmes
cuando su futuro rey no los estuviera observando.
—Ardo en deseos de ver el combate de hoy —admitió Arthas—.
¿Tendré la oportunidad de ver a tu Thrall en acción? He oído hab-
lar mucho de él.
Lodonegro sonrió y su perilla recortada con elegancia se sep-
aró para revelar la presencia de unos dientes blancos.
—No estaba previsto que peleara hoy, pero por ti, alteza, lo
emparejaré con los rivales de más alto nivel que hay disponibles.
Dos horas después contemplaron el recorrido y Arthas com-
partió una comida deliciosa con Lodonegro y un joven llamado
Lord Karramyn Langston, a quien Lodonegro presentó como su
«protegido». A Arthas no le cayó bien Langston desde el princi-
pio, por puro instinto, en cuanto se dio cuenta de que sus manos
eran suaves y su comportamiento lánguido. Lodonegro, al menos,
había luchado por obtener aquel rango en el campo de batalla,
mientras que a aquel muchacho, a quien Arthas llamaba así a
pesar de que Langston era mayor que él que sólo tenía diecisiete
años, se lo habían puesto todo en bandeja.
Bueno, a mí también, pensó, aunque también sabía qué clase
de sacrificios se esperaba de un rey. Langston transmitía la sensa-
ción de que nunca se había privado de nada en la vida. Tampoco
lo hizo en aquel instante, ya que se sirvió los mejores trozos de
carne, los dulces más espléndido y regó todo aquello con más de
una copa de vino. Lodonegro, al contrario, comió con modera-
ción, aunque ingirió bastante más alcohol que Langston.
La antipatía que sentía por esos dos hombres se intensificó
cuando entró una sirvienta y Lodonegro la trató como si fuera de
su propiedad, tocándola con descaro. Aquella muchacha de pelo
rubio y vestida de forma sencilla, cuyo rostro no necesitaba de
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artificio alguno para ser hermoso, sonrió como si disfrutara con


ello, pero Arthas alcanzó a ver un fugaz destello de tristeza en sus
ojos azules.
—Se llama Taretha Foxton —comentó Lodonegro y acarició el
brazo de la muchacha mientras ésta recogía los platos—. Es la hija
de mi criado personal, Tammis, a quien seguro verás más tarde.
Arthas le mostró a aquella muchacha su sonrisa más encanta-
dora. Le recordaba un poco a Jaina; por el pelo aclarado por el
sol, por la piel bronceada. La sirvienta le devolvió la sonrisa fu-
gazmente y luego apartó la mirada con recato mientras recogía los
platos. Antes de retirarse hizo una rápida reverencia.
—Dentro de poco tendrás una como ésa, zagal —afirmó
Lodonegro riendo.
A Arthas le llevó un instante entender lo que el militar estaba
insinuando, pero cuando lo hizo, parpadeó sorprendido. Aquellos
dos hombres rieron aún más fuerte y Lodonegro alzó su copa para
hacer un brindis.
—Por las rubias —brindó con un tono de voz meloso.
Arthas miró hacia atrás, a Taretha, que ya se marchaba; pensó
en Jaina y a continuación se obligó a levantar su copa.

Una hora después, Arthas se había olvidado completamente de


Taretha Foxton y de la indignación que había sentido por cómo la
habían tratado. Tenía la voz ronca de gritar y las manos doloridas
de tanto aplaudir; se lo estaba pasando como nunca.
Al principio se había sentido un poco incómodo con todo
aquello. Los primeros combatientes que habían salido a la arena
no eran más que simples bestias que se enfrentaron entre sí, que
lucharon a muerte por ninguna otra razón que el mero disfrute de
los espectadores.
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—¿Cómo son tratadas las bestias antes de hacerlas luchar?


—había preguntado Arthas. Le gustaban los animales y le inco-
modaba verlos utilizados de esa manera.
Langston había abierto la boca para empezar a hablar, pero
Lodonegro lo había hecho callar con un gesto rápido. El teniente
general había sonreído mientras se reclinaba en el diván y cogía
un racimo de uvas.
—Evidentemente, queremos que estén en plenitud de facult-
ades para el combate —le explicó—. Así que una vez capturados,
se les trata muy bien. Como puedes ver, los combates se suceden
con mucha rapidez. Si un animal sobrevive y no es capaz de volver
a luchar, lo matamos enseguida, por piedad.
Arthas esperaba que aquel hombre no le estuviera mintiendo.
Sintió la desagradable sensación de que Lodonegro lo engañaba,
pero decidió ignorarla.
Aquella impresión se desvaneció del todo en cuanto la lucha
enfrentó a hombres contra bestias. Mientras contemplaba el es-
pectáculo fascinado, Lodonegro le comentó:
—A los hombres les pagan bien. De hecho, llegan a ser re-
lativamente populares.
Pero lo de «relativamente» popular no se aplicaba al orco, ya
que era muy famoso. Circunstancia que Arthas conocía y
aprobaba. Era justo lo que estaba esperando: tener la oportunidad
de ver en acción a la mascota orca de Lodonegro, una bestia que el
militar había adoptado y entrenado como gladiador desde que era
un bebé.
Y no se llevó ninguna decepción. Por lo visto, todo lo que había
sucedido hasta entonces era sólo el precalentamiento para ir ani-
mando al gentío. Cuando las puertas se abrieron con un chirrido y
una imponente silueta verde dio un paso adelante, todo el mundo
se puso en pie gritando. Sin saber cómo ni por qué, Arthas era
uno de los que chillaban.
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Thrall era enorme, y dada la impresión de ser mucho más


grande aún porque, obviamente, estaba más sano y era más esp-
abilado que los demás especímenes que Arthas había visto en los
campos de retención. Portaba una diminuta armadura pero no ll-
evaba yelmo y su piel verde se tensaba hasta el límite sobre sus
poderosos músculos. Además, no andaba tan encorvado como los
otros orcos. Los vítores eran ensordecedores. Thrall recorrió en
círculo la arena, levantando los puños mientras alzaba el rostro
para recibir una lluvia de pétalos de rosa que se reservaban para
los grandes eventos.
—Yo le enseñé a hacer eso —aseguró Lodonegro con orgullo—.
Es extraño, la verdad. La plebe lo vitorea a pesar de que lo que
realmente desea es que esta vez caiga derrotado.
—¿Alguna vez ha perdido una pelea?
—Jamás, alteza. Ni lo hará. Aun así la gente seguirá soñando
con su derrota y el dinero seguirá fluyendo.
Arthas posó su mirada sobre Lodonegro y le advirtió:
—Mientras las arcas reales sigan recibiendo un porcentaje ad-
ecuado de sus ganancias podrá seguir celebrando estos combates,
teniente general.
Volvió a observar al orco mientras éste concluía su ronda de
presentación.
—¿Está…? Está totalmente bajo control, ¿verdad?
—Por supuesto —replicó Lodonegro de inmediato—. Fue cri-
ado por humanos y le enseñamos a temernos y a respetarnos.
Entonces Thrall se giró hacia el palco de Arthas, Lodonegro y
Langston como si hubiera oído el comentario, aunque eso no era
posible a causa de los gritos atronadores de la muchedumbre. A
continuación se golpeó el pecho a modo de saludo e hizo una pro-
funda reverencia.
—¿Lo ves? Tengo a ese monstruo domesticado —aseveró
Lodonegro con voz melosa.
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Entonces el teniente general se levantó y agitó una banderita


en el aire, y al otro lado de la arena un hombre pelirrojo de con-
stitución muy robusta agitó otra.
Y Thrall se giró en dirección a la puerta mientras aferraba con
fuerza la gigantesca hacha de batalla que iba a ser su arma en
aquel combate.
Los guardias elevaron la puerta y, antes de que se hubiera
abierto del todo, un oso del tamaño de Invencible salió por allí
disparado. Tenía el pelo del cuello erizado por la tensión y arre-
metió directamente contra Thrall como si lo hubiera disparado
con un cañón; su gruñido se escuchó por encima del rugido de la
multitud.
Thrall no se movió ni un palmo de su sitio hasta el último in-
stante. Entonces se apartó y manejó aquella hacha enorme como
si no pesara nada. De un solo golpe abrió una gran herida en la
ijada del oso y el animal bramó enloquecido por el dolor, retor-
ciéndose y esparciendo sangre por doquier. Una vez más, el orco
no se movió de su sitio, sino que apoyó todo el peso de su cuerpo
en la parte superior de la planta de sus pies desnudos hasta que
decidió entrar en acción con una velocidad que no era propia de
su tamaño. Se encontró con el oso de frente, se burló de él con voz
gutural y en perfecto común[1]; volvió a golpear con el hacha, que
trazó un arco de arriba abajo. La cabeza del oso prácticamente
quedó seccionada del cuello, pero el animal siguió corriendo unos
instantes hasta que se derrumbó y sólo quedó un montón de carne
que se estremecía.
Thrall echó la cabeza hacia atrás y profirió un grito de victoria.
La multitud enloqueció. Arthas se quedó mirándolo de hito a hito.
El orco no tenía ningún rasguño y, por lo que Arthas podía ver,
ni siquiera estaba cansado.
—Esto no es más que el aperitivo —señaló Lodonegro, que
sonrió ante la reacción de Arthas—. A continuación será atacado
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por tres humanos y tendrá una dificultad añadida: no podrá


matarlos, sólo derrotarlos. Se trata más de un combate de es-
trategia más que de fuerza bruta; pero he de confesar que siempre
que le veo decapitar a un oso de un solo golpe me siento muy or-
gulloso de él.
Los tres gladiadores humanos, unos hombres grandes y muy
musculosos, entraron en la arena y saludaron a su oponente y al
público. Arthas observó cómo Thrall los examinaba y se preguntó
si haber enseñado a su mascota orca a ser un luchador tan bueno
había sido una decisión inteligente por parte de Lodonegro. Si
Thrall escapaba alguna vez, podría enseñar a otros orcos esas téc-
nicas de lucha.
Era factible que algo así sucediera a pesar de que la seguridad
se hubiera incrementado. Al fin y al cabo, si Orgrim Martillo
Maldito había podido escapar de Entrañas, un lugar que se
hallaba debajo de un palacio, Thrall también podía escapar de
Durnholde.

Aquella visita oficial duró cinco jornadas. Uno de esos días,


cuando ya era de noche, Taretha Foxton se presentó en los
aposentos privados del príncipe. Arthas estaba desconcertado
porque sus sirvientes no hubieran respondido a la débil llamada
en la puerta y se sintió aún más estupefacto cuando vio a aquella
hermosa muchacha rubia delante de él sosteniendo una bandeja
repleta de manjares. Tenía la mirada clavada en el suelo, pero
como su vestido era bastante «revelador», Arthas se quedó sin
habla.
Taretha hizo una reverencia.
—Mi señor Lodonegro me envía para tentarte con estos man-
jares —le anunció.
77/433

El rubor se extendió por sus mejillas. Y la confusión se


apoderó de Arthas.
—Esto… Dile a tu señor que le agradezco el detalle, pero que
no tengo hambre. Además, no sé qué ha hecho con mis criados.
—Los han invitado a cenar junto a los demás sirvientes —le ex-
plicó sin levantar la mirada del suelo.
—Ya veo, Bueno, el teniente general es muy amable; estoy se-
guro de que mis sirvientes apreciarán el gesto.
Pero Taretha no se movió de su sitio.
—¿Tienes que decirme algo más, Taretha?
El rubor de sus mejillas se intensificó y alzó la mirada. Sus
ojos transmitían calma y resignación.
—Mi señor Lodonegro me envía para tentarle con estos man-
jares —repitió—. Manjares de los que puede disfrutar.
Entonces lo entendió. Lo entendió y se abochornó, y se sintió
contrariado y encolerizado. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para
recobrar la compostura. De hecho, la incómoda situación en que
se hallaba no era culpa de esa muchacha, puesto que era ella la
vejada y humillada.
—Taretha —manifestó—, tomaré esta comida muy agradecido,
pero no me hace falta nada más.
—Alteza, me temo que mi señor insistirá.
—Dile que me siento más que satisfecho.
—Señor, no lo entiendes. Si regreso ahora, me…
Arthas bajó la vista hasta las manos que sostenían la bandeja y
la melena que las cubría. Dio un paso adelante, apartó su pelo y
frunció el ceño al ver las tenues marcas de un color marrón azu-
lado en las muñecas y la garganta.
—Ya veo —admitió—. Pasa entonces.
En cuanto la muchacha entró, Arthas cerró la puerta y se giró
hacia ella.
78/433

—Quédate aquí el tiempo que creas necesario; luego, vuelve


con él. Entretanto daré buena cuenta de estos manjares, aunque
dudo mucho que pueda yo sólo con todo.
Arthas le hizo un gesto para que se sentara mientras él tomaba
asiento en la silla que se hallaba frente a ella y cogía sonriendo un
pastelillo sin más dilación.
Taretha parpadeó sorprendida. Le llevó un instante entender
lo que le estaba diciendo, pero en cuanto lo comprendió, un gesto
cauto de alivio y gratitud se esbozó en su rostro mientras servía el
vino. Después de un rato, la muchacha empezó a responder a las
preguntas del príncipe con algo más que una breve retahíla de pa-
labras corteses. Las siguientes horas las pasaron hablando hasta
que estuvieron de acuerdo en que había llegado el momento de
que volviera con su amo. La sirvienta, mientras recogía la
bandeja, se giró hacia él para decirle:
—Alteza, me agrada muchísimo saber que el hombre que será
nuestro próximo rey es alguien tan bondadoso. La dama que elijas
para ser tu reina será una mujer muy afortunada.
Arthas sonrió y en cuanto la muchacha abandonó la hab-
itación, cerró la puerta para, a continuación, apoyarse un instante
en ella.
La dama que elijas para ser tu reina, repitió mentalmente.
Entonces recordó la conversación que había tenido con Calia al
respecto. Por fortuna para su hermana, Prestor despertó ciertas
sospechas en Terenas y, aunque no se materializaron en nada
concreto, bastaron para que el rey se lo pensara mejor.
Arthas casi había alcanzado la mayoría de edad; ahora era un
año mayor que Calia cuando su padre casi había acabado pro-
metiéndola en matrimonio con Prestor. Pensó que tendría que
empezar a plantearse que, tarde o temprano, debería elegir una
reina.
79/433

Al día siguiente se iba de aquel lugar; ganas no le faltaban de


marcharse.

El frío invernal reinaba en el ambiente. Los últimos días glor-


iosos del otoño ya se habían ido y los árboles, que en su día es-
taban dominados por tonalidades doradas, rojas y anaranjadas,
ahora eran esqueletos desnudos contra un cielo gris. En unos
meses, Arthas cumpliría diecinueve años y sería admitido en la
Orden de la Mano de Plata, para lo que se había estado pre-
parando desde hacía tiempo. Su adiestramiento con Muradin
había terminado meses atrás y había empezado a entrenar con
Uther. Era diferente, pero parecido al mismo tiempo. Muradin le
había enseñado a prestar atención y a tener la firme voluntad de
ganar la batalla fuera como fuera. Por contra, los paladines tenían
un concepto mucho más ritualista de la batalla y se centraban más
en la actitud con la que uno batallaba que en las técnicas con-
cretas del manejo de la espada. Arthas pensaba que ambos méto-
dos eran válidos, aunque se preguntaba si alguna vez tendría la
oportunidad de utilizar lo que había aprendido en una batalla de
verdad.
Normalmente, en esos momentos del día debería estar rez-
ando, pero su padre había partido a hacer una visita por cues-
tiones diplomáticas a Stromgarde y Uther había ido con él. Lo que
implicaba que Arthas tenía unas cuantas tardes libres por delante
hasta que volvieran, y no estaba dispuesto a desperdiciarlas a
pesar de que el tiempo distaba mucho de ser perfecto. Arthas
cabalgó con comodidad sobre Invencible, gracias a la familiaridad
que ya existía entre ellos, aunque las zancadas del animal no eran
tan fluidas por culpa de los pocos centímetros de nieve que
cubrían el suelo. Asimismo podía ver su aliento y el de Invencible
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convertido en humo blanco cada vez que el caballo giraba la


cabeza y resoplaba.
Volvía a nevar, y en esta ocasión no se trataba de blandos co-
pos de nieve que cayeran perezosamente, sino de pequeños
cristales duros que hacían daño. Arthas frunció el ceño y siguió
cabalgando. Un poco más adelante daría la vuelta, se dijo a sí
mismo. Quizá incluso se parara en la Hacienda Balnir. Había pas-
ado mucho tiempo desde la última vez que había estado allí;
además, a Jorum y Jarim seguro que les gustaría conocer a ese
caballo magnífico en que se había convertido su potrillo
desgarbado.
En cuanto se le ocurrió esa idea, no pudo refrenar el impulso
de llevarla a cabo. Arthas obligó a cambiar de rumbo a Invencible
presionándole ligeramente un costado con la pierna izquierda. El
caballo giró en completa sintonía con los deseos de su amo. Como
la nevada era cada vez más intensa y los copos de nieve eran
ahora unas agujitas que se clavaban allí donde su piel permanecía
a la intemperie, Arthas se cubrió la cabeza con la capa para tener
así un poco más de protección. Invencible sacudió la cabeza un
tanto nervioso, como cuando los insectos lo agobiaban en verano.
Aun así galopó por el sendero, con el cuello estirado hacia ad-
elante, disfrutando de aquel esfuerzo tanto como Arthas.
Pronto llegarían al lugar del salto, y poco después antes de re-
gresar a palacio, el corcel recibiría un establo acogedor y su jinete
una taza de té calentito. A Arthas se le estaba entumeciendo el
rostro por culpa del frío y, a pesar de llevar unos buenos guantes
de cuero, las manos no se encontraban mucho mejor. Aunque
tenía las manos heladas, apretó con fuerza las riendas obligando
así a sus dedos a doblarse, y se preparó para el salto de Inven-
cible; pero entonces se recordó a sí mismo que no iba a saltar sino
a volar, iban a volar sobre aquel lugar como…
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… Pero no volaron. En el último instante, Arthas tuvo la es-


pantosa sensación de que las pezuñas traseras de Invencible res-
balaban sobre la piedra helada; acto seguido, el caballo perdió el
equilibrio y relinchó mientras sus patas intentaban hallar frenét-
icamente un asidero seguro en el aire. De pronto Arthas sintió que
le dolía la garganta y se dio cuenta de que estaba gritando al ver
cómo una piedra de forma irregular, y no la hierba mullida cu-
bierta de nieve, se aproximaba a ellos a una velocidad letal. Tiró
con fuerza de las riendas, como si así pudiera hacer algo, como si
cualquier cosas pudiera servir para algo…
El ruido atravesó la neblina de su estupor. Parpadeó y recu-
peró la consciencia gracias al chillido estremecedor de una bestia
agónica que le estaba desquiciando. Al principio intentó acercarse
a la fuente de aquellos gritos horrendos, pero fue incapaz de mo-
verse ya que su cuerpo sufría espasmos involuntarios. Al final lo-
gró incorporarse hasta quedar sentado. El dolor le recorría todo el
cuerpo de arriba abajo, por lo que añadió sus propios gritos
ahogados de agonía a aquella espeluznante cacofonía; en ese mo-
mento se dio cuenta de que probablemente se había roto una cos-
tilla, o quizá más.
La nieve caía con más fuerza que antes. Apenas era capaz de
ver lo que había a un metro de él. Chilló de dolor y estiró el cuello
para intentar divisar…
… a Invencible. Un movimiento llamó la atención de Arthas y
entonces divisó un charco escarlata cada vez más amplio que fun-
día la nieve y desprendía humo por contraste con el frío.
«No», susurró Arthas, y se puso en pie como pudo. El mundo
pareció desaparecer de los bordes de su campo de visión y estuvo
a punto de volver a perder el conocimiento, pero gracias a su in-
quebrantable voluntad logró resistir. Luchando contra el dolor, el
viento azotador y la nieve que amenazaban con derribarlo, se ab-
rió paso poco a poco hasta el animal asustado.
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Invencible revolvía la nieve ensangrentada con sus dos poder-


osas patas traseras ilesas y sus dos patas delanteras destrozadas.
Arthas sintió que se le revolvía el estómago al ver el estado en que
se encontraban las extremidades de su caballo, que antes habían
sido tan largas rectas, inmaculadas y potentes y ahora adoptaban
posturas muy extrañas cuando Invencible intentaba levantarse,
fracasando una y otra vez. Entonces, la nieve y el manantial de lá-
grimas calientes que le recorrían las mejillas difuminaron compa-
sivamente ese dantesco conjunto.
Avanzó a duras penas en dirección a su caballo, sollozando, y
se arrodilló junto al enloquecido animal para intentar… ¿qué? No
se trataba de un mero arañazo. Si ése fuera el caso bastaría con
ponerle una venda enseguida y llevarlo luego a un cálido establo
donde podría disfrutar de un buen puñado de salvado, Arthas se
acercó a la cabeza del animal, ya que quería tocarlo y calmarlo de
algún modo, pero la agonía estaba volviendo loco a Invencible. Y
Arthas no dejó de gritar.
Socorro. Los sacerdotes y sir Uther… quizá puedan curarlo,
pensó.
Un dolor mucho mayor que el que sentía físicamente se
adueñó del joven. El obispo se había marchado con su padre a
Stromgarde, al igual que Uther. Quizá pudiera dar con otro sacer-
dote en alguna aldea, pero Arthas no sabía en donde buscar, y con
aquella tormenta…
Se alejó del animal, se tapó los oídos y cerró los ojos llorando
de tal modo que todo su cuerpo se estremeció. Por culpa de la tor-
menta, jamás podría encontrar a un sanador antes de que Inven-
cible muriera por las heridas o por la congelación. Arthas ni
siquiera estaba seguro de si sería capaz de dar con la Hacienda
Balnir a pesar de que no podía hallarse muy lejos. El mundo era
un manto blanco por todas partes salvo donde yacía el caballo
moribundo, que había confiado tanto en él como para haberse
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atrevido a saltar un terraplén helado y que ahora revolvía con sus


patas un humeante charco carmesí.
Arthas sabía lo que debía hacer, pero no podía hacerlo.
No fue consciente de cuánto tiempo permaneció sentado allí,
llorando, intentando no ver ni escuchar a su adorado caballo ag-
onizante, hasta que por fin, los estertores de Invencible se espa-
ciaron. El animal yacía en la nieve, con las ijadas subiendo y ba-
jando exageradamente porque le costaba respirar, y los ojos en
blanco por culpa del sufrimiento.
Arthas no podía sentir ni las extremidades ni el rostro, pero,
de algún modo, se las arregló para acercarse a aquella bestia.
Cada bocanada de aire era una tortura para él y dio la bienvenida
al dolor. Todo esto era culpa suya. Suya. Entonces colocó la
enorme cabeza del caballo en su regazo y por un momento breve y
misericordioso ya no estaba en la nieve con un animal herido sino
en un establo con una yegua de cría a punto de parir. Durante ese
instante, todo estaba comenzando y no llegando a este final es-
tremecedor, nauseabundo y evitable.
Sus lágrimas cayeron sobre la amplia mejilla del caballo. In-
vencible tembló, con los ojos castaños muy abiertos teñidos de un
dolor ahora silencioso. Arthas se quitó los guantes y acarició con
la mano el hocico de un rosa grisáceo, sintiendo el calor del ali-
ento de Invencible en ella. Entonces, poco a poco, fue levantando
aquella cabeza de su regazo, se puso en pie y con la mano que
había entrado en calor buscó a tientas su espada. Sus pies se
hundieron en el charco rojo de nieve derretida mientras per-
manecía erguido junto al animal caído.
—Lo siento —se disculpó—. Lo siento mucho.
Invencible lo observaba con calma, confiado, como si, en cierta
forma, supiera qué iba a ocurrir y creyera que era necesario.
Aquello era más de lo que Arthas era capaz de soportar, y por un
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instante las lágrimas le nublaron la vista y parpadeó para quitár-


selas de encima.
Arthas alzó la espada y descargó una estocada.
Al menos, eso lo había hecho bien; atravesó el enorme corazón
de Invencible de un solo golpe a pesar de sentir los brazos conge-
lados. Sintió cómo la espada rasgaba la piel y la carne, rozaba el
hueso y se clavaba en la tierra que se hallaba bajo el caballo, In-
vencible se arqueó una sola vez, después se estremeció y a con-
tinuación permaneció inmóvil.
Jorum y Jarim encontraron la príncipe un poco más tarde,
cuando la nevada amainó. Estaba hecho un ovillo y pegado al
cadáver cada vez más frío de aquel animal que hasta hace muy
poco tiempo había sido espléndido, rebosante de vida y energía.
Cuando el mayor de aquellos dos hombres se agachó para le-
vantarlo, Arthas gritó de dolor.
—Lo siento, muchacho —le dijo Jorum con un tono de voz casi
insoportablemente amable—. Siento haberte hecho daño y siento
lo del accidente.
—Sí —respondió Arthas con un hilo de voz—, el accidente. Se
resbaló…
—Con este tiempo no me extraña. La tormenta nos sorprendió
a todos. Tienes suerte de seguir vivo. Vamos… Te llevaremos a
nuestra casa y enviaremos a alguien a palacio para que avise de lo
que ha pasado.
Mientras se incorporaba con la ayuda de los fuertes brazos del
granjero, Arthas le hizo un ruego:
—Entiérralo… aquí. Para que pueda venir a visitarlo.
Balnir intercambió una mirada con su hijo y asintió.
—Sí, claro. Era un corcel muy noble.
Arthas estiró el cuello para contemplar el cuerpo del caballo al
que había llamado Invencible. No pensaba sacar a nadie del error
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de que aquello había sido un accidente, porque era incapaz de


contarle a nadie lo que había hecho.
En ese mismo momento, ahí mismo, juró que si algún día al-
guien necesitaba protección, él se la brindaría; si había que hacer
algún sacrificio por el bienestar de otros, lo haría.
Cueste lo que cueste, pensó.
CAPÍTULO CINCO

E l verano se hallaba en su máximo esplendor y el sol caía in-


misericorde sobre su alteza real el príncipe Arthas Meneth-
il mientras cabalgaba por las calles de Ventormenta. Estaba de
muy mal humor, a pesar de que supuestamente había esperado la
llegada de este día toda su vida. Su armadura de cuerpo entero re-
lucía bajo los rayos del sol y Arthas pensaba que se cocería hasta
morir antes de llegar a la catedral. Cabalgar sobre una nueva
montura sólo conseguía recordarle que aquel caballo, a pesar de
ser fuerte, estar bien adiestrado y ser de buen pedigrí, no era In-
vencible. Su caballo había muerto hacía apenas unos meses y
Arthas lo añoraba amargamente. De improviso se percató de que
se había quedado en blanco respecto a lo que se suponía que tenía
que hacer en cuanto la ceremonia comenzase.
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Junto a él cabalgaba su padre, que parecía ajeno al enfado de


su hijo.
—Este día ha tardado mucho en llegar, hijo mío —aseveró Ter-
enas mientras se giraba para sonreír a Arthas.
A pesar de que el yelmo le molestaba mucho, Arthas se alegra-
ba de llevarlo, ya que ocultaba su rostro y no estaba seguro de si
en esos momentos sería capaz de fingir una sonrisa convincente.
—Así es, padre —replicó el príncipe, manteniendo en todo mo-
mento un tono de voz calmado.
Aquélla era una de las mayores celebraciones que Ventor-
menta había visto jamás. Además de Terenas, muchos otros reyes,
nobles y personajes famosos habían acudido al evento, conform-
ando una suerte de desfile a caballo que recorría las calles
empedradas con losas blancas de la gigantesca Catedral de la Luz;
una catedral que había quedado seriamente dañada en la Primera
Guerra pero que tras su restauración era aún más espléndida que
antes.
Varian, el amigo de la infancia de Arthas y rey de Ventor-
menta, se había casado y ya tenía un hijo. Había abierto las puer-
tas de palacio a todos los monarcas que acudían al evento así
como a sus séquitos. Para Arthas, haber estado con Varian la
noche anterior, bebiendo aguamiel y charlando, había sido el
punto álgido de aquel viaje hasta el momento. Había podido com-
probar cómo el joven traumatizado y herido de hace una década
se había transformado en un rey seguro de sí mismo, apuesto y
equilibrado. En algún momento de la madrugada, entre la medi-
anoche y el alba, habían ido a la armería, se habían hecho con
unas espadas de entrenamiento de madera y habían combatido
durante un buen rato mientras reían y recordaban viejas anécdot-
as con su destreza algo mermada por el alcohol que habían con-
sumido. Varian había sido entrenado para el combate desde muy
niño y siempre había sido bastante bueno, pero ahora era mejor.
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Pero Arthas también había mejorado mucho y fue un digno


contrincante.
Sin embargo ahora todo se reducía a cumplir con las formalid-
ades debidas embutido en una armadura que estaba ardiendo
mientras le reconcomía la sensación de que no se merecía el hon-
or que le iban a conceder.
En un momento raro de debilidad, Arthas le había expresado a
Uther lo que sentía. Aquel intimidante paladín, que desde que
Arthas podía recordar había sido la encarnación misma de la
firmeza inquebrantable de la Luz, había sorprendido al príncipe
con su respuesta:
—Muchacho, nadie se siente preparado. Nadie cree que se lo
merece. ¿Y sabes por qué? Porque nadie se lo merece. La Luz es
pura y simple gracia divina. Somos indignos de ella por nat-
uraleza, sólo porque somos humanos y todos los seres humanos,
incluidos los elfos, los enanos y las demás razas, somos imperfec-
tos. Pero la Luz nos ama de todos modos. Nos ama porque en oca-
siones, rara vez, podemos alcanzar la grandeza. Nos ama por lo
que podemos hacer para ayudar a los demás. Nos ama porque po-
demos contribuir a transmitir su mensaje si luchamos día a día
por ser dignos de ella, a pesar de que sabemos que jamás podre-
mos llegar a serlo realmente.
Dio una palmadita a Arthas en el hombro, esbozó una sonrisa
sencilla, algo poco habitual en él, y añadió:
—Así que cuando estés ante ese altar como yo lo estuve en su
día y pienses que no te lo mereces o que jamás serás digno de la
Luz, debes ser consciente de que estarás sintiendo lo mismo que
todo paladín ha sentido en ese momento.
Eso reconfortó un poco a Arthas.
Tras rememorar su charla con Uther, cuadró los hombros,
echó la visera del yelmo hacia atrás y saludo sonriendo al gentío
que lo vitoreaba alegremente aquel caluroso día de verano. Le
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lanzaron pétalos de rosa y desde algún lugar atronaron las


trompetas. Habían llegado a la entrada de la catedral. Arthas des-
montó y un sirviente se llevó su montura. A continuación, otro
sirviente se le acercó para llevarse el yelmo que se había quitado.
Tenía la melena rubia empapada de sudor y se pasó una mano en-
guantada por ella rápidamente.
Arthas no había estado jamás en Ventormenta y le sorprendió
la conjunción de serenidad y poder que irradiaba la catedral.
Lentamente, subió por las escaleras alfombradas, y agradeció el
frescor del pétreo interior del templo. La fragancia del incienso le
calmó ya que se resultaba familiar; era el mismo que solían utiliz-
ar en la pequeña capilla de la familia.
Allí ya no había un gentío bullicioso, sólo hileras silenciosas y
respetuosas compuestas por personajes prominentes y clérigos.
Arthas reconoció varios rostros: Genn Cringris, Thoras Ater-
ratrols, el almirante Daelin Valiente…
De repente, Arthas parpadeó sorprendido y sus labios se
curvaron para esbozar una sonrisa. ¡Jaina! Ciertamente había
cambiado mucho durante todos los años que habían pasado desde
la última vez que la había visto. Si bien no era una belleza impre-
sionante, era bastante guapa; y la viveza e inteligencia que tanto le
habían atraído de niño aún la hacían brillar y destacar como la luz
de un faro en la noche. Su mirada se cruzó con la de Arthas y le
devolvió una leve sonrisa al mismo tiempo que inclinaba la cabeza
en señal de respeto.
De inmediato, la atención de Arthas se centró en el altar al que
se aproximaba y sintió que la inquietud que sentía se calmaba un
poco. Esperaba tener la oportunidad de hablar con ella después de
que se hubieran cumplido todas las formalidades.
El arzobispo Alonsus Faol lo aguardaba en el altar. Le re-
cordaba más al Gran Padre Invierno que ninguno de los demás
gobernantes que había conocido hasta la fecha. Era bajito y
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corpulento, llevaba una barba larga blanca como la nieve, tenía


una mirada muy viva e incluso en medio de esa solemne ceremo-
nia, Faol irradiaba amabilidad y ternura. El arzobispo esperó a
que Arthas se acercara para arrodillarse ante él respetuosamente
antes de abrir un libro enorme y comenzar a hablar.
—Nos reunimos bajo la protección de la Luz para nombrar
caballero a nuestro hermano. Mediante su gracia, renacerá. Medi-
ante su poder, instruirá a las masas. Mediante su fuerza, com-
batirá a la sombra. Y mediante su sabiduría, guiará a sus
hermanos a la recompensa eterna del paraíso.
Arthas se fijó en que a su izquierda se encontraba un grupo de
varios hombres, y alguna mujer, vestidos con túnicas blancas hol-
gadas, los cuales permanecían inmóviles y expectantes. Algunos
sostenían pebeteros cuyas llamas se mecían casi hipnóticamente.
Otros portaban unas velas enormes. Y el último llevaba en sus
manos una estola azul bordada. A Arthas le habían presentado a
la mayoría de ellos con anterioridad, pero era incapaz de recordar
sus nombres. Eso no era muy habitual en él, ya que realmente se
interesaba por la gente que trabajaba para él y le servía. Siempre
solía hacer un esfuerzo por acordarse de sus nombres.
El arzobispo Faol pidió a los clérigos que bendijeran a Arthas,
y éstos obedecieron. El que llevaba la estola azul se acercó al prín-
cipe para colocársela alrededor del cuello y le ungió la frente con
un óleo sagrado.
—Que por la gracia de la Luz puedas sanar a tus hermanos —le
bendijo el clérigo.
Faol se giró hacia los hombres situados a la derecha de Arthas.
—Caballeros de la Mano de Plata, bendecid a este hombre si
consideráis que es digno de ello.
Al contrario de lo que sucedía con el primer grupo, Arthas
conocía a todos estos caballeros que permanecían en posición de
firmes, ataviados con unas armaduras pesadas y relucientes. Eran
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los paladines originales de la Mano de Plata y era la primera vez


que se reunían desde la fundación de la orden muchos años atrás.
Allí estaba Uther, por supuesto; y también Vadín, el actual gober-
nador de Vega de Amparo, que seguía siendo tan poderoso y eleg-
ante como siempre a pesar de estar envejeciendo; Saidan Dathro-
han y sus impresionantes casi dos menos de altura, y el piadoso e
hirsuto Gavinrad. No obstante, había una ausencia notable entre
su filas: Turalyon, la mano derecha de Anduin Lothar en la Se-
gunda Guerra, que había formado parte de la compañía que había
desaparecido para siempre tras atravesar el Portal Oscuro cuando
Arthas tenía doce años.
Gavinrad dio un paso al frente sosteniendo en las manos un
enorme martillo que daba la impresión de ser muy pesado. La
cabeza tenía runas grabadas y el robusto mango estaba envuelto
en cuero azul. Colocó el martillo delante de Arthas y, a continua-
ción, volvió con sus hermanos. Fue el propio Uther el Iluminado,
el mentor de Arthas en la orden, el siguiente en acercarse a él. Ll-
evaba en las manos un par de hombreras metálicas ceremoniales,
si bien Uther era el hombre que mejor controlaba sus emociones
de todos los que Arthas había conocido hasta la fecha, mientras
colocaba las hombreas en los amplios hombros de Arthas, éste
pudo comprobar que le brillaban los ojos por culpa de las lágrim-
as que intentaba contener. Entonces, Uther habló con una voz po-
tente pero temblorosa de emoción.
—Que tus enemigos perezcan por la fuerza de la Luz.
Su mano reposó un instante en el hombro de Arthas y acto
seguido se retiró.
El arzobispo Faol sonrió al príncipe amablemente. Arthas le
miró a los ojos con tranquilidad, pues ya no se sentía inquieto. Al
fin recordaba todo lo que debía hacer en la ceremonia.
—Ponte de pie y ocupa tu lugar entre tus iguales —le ordenó
Faol.
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Y Arthas le obedeció.
—Arthas Menethil, ¿juras defender el honor y el código de la
Orden de la Mano de Plata?
Arthas parpadeó sorprendido ante la falta de mención de su
título nobiliario. Por supuesto, razonó, me nombra caballero
como hombre, no como príncipe.
—Lo juro.
—¿Juras que caminaras bajo la gracia de la Luz y extenderás
su sabiduría entre tus hermanos?
—Lo juro.
—¿Juras que derrotarás al mal allá dónde se encuentre y pro-
tegerás a los inocentes con tu vida?
—Sí, eh… por mi sangre y honor, lo juro.
Había faltado poco para que se equivocara.
Faol le guiñó un ojo de inmediato para restarle importancia a
su titubeo y, acto seguido, se dio la vuelta para dirigirse tanto a los
clérigos como a los paladines.
—Hermanos y hermanas, que os habéis congregado aquí para
ser testigos de este acto, alzad las manos y dejad que la Luz ilu-
mine a este hombre.
Todos los clérigos y paladines levantaron la mano derecha,
bañadas todas por una luz tenue y dorada. Señalaron a Arthas y
dirigieron el fulgor hacia él. Arthas abrió muchísimo los ojos
maravillado y aguardó a que aquel glorioso resplandor lo
envolviera.
Pero no sucedió nada.
Aquel momento pareció eternizarse.
El sudor empezó a cubrir la frente de Arthas. ¿Qué ocurría?
¿Por qué la Luz no lo rodeaba para bendecirlo?
Entonces los rayos del sol, que entraban a raudales por las
ventanas del techo, se acercaron poco a poco a al príncipe que
seguía de pie ante el altar, solo, ataviado con su brillante
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armadura; por fin, Arthas suspiró aliviado. Supuso que se trataba


del momento del que Uther le había hablado en aquella conversa-
ción. Como no se sentía digno de recibir la Luz, una sensación que
según Uther era muy común entre los paladines; aquel instante se
le había hecho eterno. En ese momento recordó las palabras que
Uther le había dicho: «Nadie se siente preparado… La Luz es pura
y simple gracia divina… pero nos ama de todos modos».
Ahora la Luz lo iluminaba, fluía dentro de él y a través de él; y
se vio obligado a cerrar los ojos para protegerse de aquella lumin-
osidad casi cegadora. Al principio sintió calor y luego creyó que se
abrasaba, por lo que no pudo evitar esbozar una leve mueca de
dolor. Se sentía… examinado muy a fondo, como si lo vaciaran, lo
limpiaran y lo volvieran a llenar. A continuación sintió cómo la
Luz se expandía en su interior y después menguaba hasta un nivel
tolerable. Parpadeó e hizo ademán de recoger el martillo, el sím-
bolo de la orden. Pero cuando su mano ya se cerraba sobre el
mango, se detuvo y alzó la mirada hacia el arzobispo Faol, cuya
benigna sonrisa se ensanchó mientras le decía:
—Levántate, Arthas Menethil, paladín y defensor de Lordaer-
on. Bienvenido a la Orden de la Mano de Plata.
Arthas no pudo evitar sonreír abiertamente al agarrar aquel
enorme martillo. Era tan colosal que, por un breve instante, pensó
que quizá no sería capaz de alzarlo, pero por fin lo logró y lo
celebró con un grito de alegría. Entonces se percató de que la Luz
era la causante de que el martillo pareciera más ligero en sus
manos. Inmediatamente, la catedral se llenó de los aplausos y
vítores que surgieron en respuesta a aquel grito exultante. Los
nuevos hermanos y hermanas de Arthas lo abrazaron, y en cuanto
su padre, Varian y los demás invadieron el altar, la formalidad
que había presidido hasta entonces el acto se vino abajo. Se oyer-
on muchas carcajadas cuando el rey de Ventormenta intentó darle
una palmadita en el hombro y se lastimó la mano al golpear el
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duro metal de las hombreras ceremoniales. Entonces, sin saber


muy bien cómo, Arthas se dio la vuelta y su mirada se topó con el
sonriente rostro de ojos azules de Lady Jaina Valiente.
Una distancia de apenas unos centímetros los separaba, ya que
el gentío, que se había arremolinado en torno al nuevo miembro
de la Orden de la Mano de Plata, les empujaba y acercaba.
Además, Arthas no estaba dispuesto a desperdiciar quizá la única
oportunidad que se le iba a presentar de hablar con ella. Casi de
inmediato rodeó con el brazo izquierdo la cintura esbelta de la
dama y la atrajo hacia sí, Jaina se sobresaltó, pero Arthas no tuvo
la impresión de que se hubiera disgustado. Jaina le devolvió el ab-
razo y rió contra su pecho un instante, tras el cual se apartó son-
riendo aún.
Durante unos instantes, la algarabía de la celebración de
aquella calurosa tarde de verano se desvaneció y lo único que
Arthas veía era esa muchacha sonriente y bronceada por el sol.
¿Sería correcto besarla? ¿Debería besarla? Lo cierto era que de-
seaba hacerlo. Pero mientras se decidía, Jaina se liberó de su ab-
razo y se alejó unos cuantos pasos. Al momento, la muchacha de
pelo rubio se vio reemplazada por otra que tenía el mismo color
de pelo. Calia se rió y abrazó a su hermano.
—¡Estamos tan orgullosos de ti, Arthas! —exclamó.
El príncipe sonrió y le devolvió el abrazo; estaba contento por
la felicitación de su hermana y a la vez pesaroso por no haberse
atrevido a besar a la hija del almirante.
—Serás un magnifico paladín, estoy segura —añadió la
princesa.
—Bien hecho, hijo mío —se congratuló Terenas—. Hoy soy un
padre muy orgulloso.
Arthas entornó los ojos. ¿Hoy? ¿Qué quería decir con eso?
¿Acaso su padre no estaba orgulloso de él el resto de los días? De
repente se enfureció sin estar muy seguro de por qué o con quién.
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Quizá estaba encolerizado con la Luz por retrasar su aprobación;


o con Jaina por apartarse de él justo en el momento en el que
podía haberla besado; o con Terenas, por hacer aquel comentario.
Esbozó una sonrisa por puro compromiso y se abrió paso entre
la multitud a empellones. Ya había aguantado bastante a toda esa
gente. Muy pocos de los invitados le conocían de verdad y, lo que
era aún peor, ninguno le comprendía.
Arthas tenía diecinueve años. A esa misma edad, Varian ya
hacía un año que era rey. Consideraba que a su edad debería
poder hacer lo que se le antojase; además, ahora contaba con la
bendición de la Mano de Plata para guiarlo. No le apetecía
quedarse de brazos cruzados en el palacio de Lordaeron, ni sopor-
tar aburridas visitas de Estado. Deseaba hacer algo… divertido.
Algo que su poder, su posición y sus habilidades le permitieran
realizar.
Y sabía exactamente qué quería que fuera ese algo.
SEGUNDA PARTE
LA DAMA DE LA LUZ
INTERLUDIO

E ra la clase de día que Jaina Valiente odiaba: plomizo, tor-


mentoso y muy gélido. A pesar de que en Theramore
siempre hacía frío por culpa de la brisa del mar, incluso en los
meses más calurosos del verano, aquel viento frío y la lluvia con-
stante que azotaban la ciudad se sentían hasta en los huesos. El
océano se revolvía descontento y el cielo que se alzaba sobre él se
mostraba grisáceo y amenazador. Además, el día no parecía que
fuera a levantar. A lo lejos, los campos de entrenamiento estaban
embarrados, los viajeros buscaban cobijo en las posadas y el doc-
tor VanHowzen tendría que examinar con detenimiento a los pa-
cientes a su cargo para poder detectar cualquier síntoma de enfer-
medad que aquel repentino frío y la humedad pudieran provocar.
Los guardias de Jaina permanecían firmes bajo la lluvia torrencial
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sin emitir queja alguna. Indudablemente, se sentían los hombres


más desgraciados del mundo en aquellos momentos. Jaina or-
denó a uno de sus criados que les llevara el té que acababa de pre-
parar para ella y su tutora, a los leales guardias que cumplían con
su deber allá abajo sin pestañear. Ella podría esperar a que pre-
pararan más.
Entonces, un trueno bramó y se divisó en el firmamento el
destello de un relámpago. Jaina, que se había recogido en aquella
torre donde se hallaba rodeada de los libros y papeles que tanto
amaba, se estremeció y se arropó aún más con su capa; a con-
tinuación se giró hacia alguien que, sin duda alguna, se sentía
mucho más incómoda que ella.
Magna Aegwynn, la antigua Guardiana de Tirisfal, madre del
gran Magus Medivh, y que en su día había sido la mujer más po-
derosa del mundo; estaba sentada en una silla junto al fuego, be-
biendo a sorbos una taza de té. Sus nudosas manos se aferraban a
la taza, en busca de su calor; y su larga melena suelta, blanca
como la nieve recién caída, descansaba sobre sus hombros. Alzó la
vista en cuanto Jaina se acercó y observó mientras la joven se sen-
taba en la silla que se encontraba frente a ella. Nada podía ocul-
tarse a aquellos ojos verde esmeralda, profundos y sabios que no
pasaban por alto ningún detalle.
—Estás pensando en él.
Jaina frunció el ceño y contempló el fuego con detenimiento,
buscando una distracción en esas llamas danzantes.
—No sabía que entre tus habilidades como Guardiana estuvi-
era incluida la capacidad de leer mentes.
—¿Leer mentes? Buf. Es tu semblante y tu porte lo que puedo
leer como un libro, niña. Esa arruga en tu frente aparece cuando
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es él quien ocupa tus pensamientos. Además, siempre te ocurre lo


mismo cuando cambia el tiempo.
Jaina se estremeció.
—¿De veras soy tan transparente?
Las marcadas facciones de Aegwynn se relajaron mientras
daba unas palmaditas a Jaina en la mano.
—Bueno, llevo mil años perfeccionando el arte de la observa-
ción. De modo que se me da mucho mejor deducir lo que piensa la
gente que a la mayoría.
Jaina soltó un suspiro.
—Es cierto. Cuando hace tanto frío pienso en él. Pienso en lo
que pasó. En si hubiera podido hacer algo.
Ahora fue Aegwynn quien suspiró.
—Creo que en mil años nunca me he enamorado realmente, ya
que mi atención ha estado centrada en muchas otras preocupa-
ciones. Pero si esto te sirve de consuelo, he de reconocer que…
también he pensado en él.
Jaina parpadeó sorprendida y un tanto incómoda ante ese
comentario.
—¿Has estado pensando en Arthas?
La antigua Guardiana clavó su penetrante mirada en ella.
—No, en el Rey Exánime. Recuerda que ya no es Arthas.
—No hacía falta, que me lo recordaras —le reprochó Jaina de
un modo un tanto brusco—. ¿Por qué…?
—¿No lo percibes?
Lentamente, Jaina asintió con la cabeza. Había intentado
echarle la culpa de su estado de ánimo al mal tiempo y a las ten-
siones que siempre alcanzaban su cenit cuando hacía tanta
humedad y el clima se tornaba tan desagradable. Pero Aegwynn
acababa de sugerir que había algo más y Jaina Valiente, de treinta
años de edad, gobernante de la isla de Theramore, sabía que
aquella anciana tenía razón. Anciana, pensó, y una sonrisa fugaz
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se esbozó en sus labios cuando aquellas palabras cruzaron su


mente. Ella misma había dejado tiempo atrás su juventud; una ju-
ventud en la que Arthas Menethil había desempeñado un papel
muy importante.
—Háblame de él —le rogó Aegwynn mientras se acomodaba en
la silla.
En ese momento, uno de los siervos apareció con té caliente y
galletas recién sacadas del horno. Jaina aceptó con sumo agrado
aquella taza de té.
—Ya te he contado todo cuanto sé.
—No —replicó Aegwynn—. Me has contado los hechos que
acaecieron, pero yo quiero que me hables de él. De Arthas Men-
ethil. Porque si bien ignoro qué está pasando allá arriba, sí sé con
seguridad que algo sucede y que está relacionado con Arthas y no
con el Rey Exánime. Al menos, aún no. Además…
La anciana sonrió abiertamente y el destello jovial de sus ojos
esmeralda eclipsó las arrugas que le surcaban el rostro cuando
añadió:
—Hace un día frío y lluvioso. Las historias se inventaron para
ser contadas en días como éstos.
CAPÍTULO SEIS

J aina Valiente tarareaba mientras paseaba por los jardines de


Dalaran. Por aquel entonces llevaba ya ocho años en la
ciudad, pero la metrópoli nunca cesaba de sorprenderla. Todo
cuanto había en esa urbe emanaba magia; para ella era casi como
un aroma, una fragancia que inhalaba con una sonrisa.
Claro que parte de esa «fragancia» provenía realmente de las
flores de los jardines de aquel lugar, que estaban tan saturados de
magia como cualquier otro rincón de la ciudad. Jamás había visto
unas flores más sanas y de colores tan intensos y variados, ni
había comido unas frutas y verduras más deliciosas que las que
allí crecían. ¡Y cuánto había aprendido! Jaina tenía la sensación
de que había adquirido más conocimientos en los últimos ocho
años que en toda su vida y gran parte de esa sabiduría la había
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adquirido en los dos últimos años, desde que el archimago An-


tonidas la había nombrado formalmente su aprendiza. Pocas co-
sas le gustaban más que echarse hecha un ovillo bajo el sol acom-
pañada de un vaso de néctar fresco y una pila de libros. Aunque
como algunos de los pergaminos más valiosos que solía leer de-
bían protegerse de la luz solar y del néctar que pudiera
derramarse, también le gustaba quedarse a estudiar en una de las
muchas habitaciones que allí había, ataviada con unos guantes
para no dañar con las manos el frágil papel y así poder examinar
con detenimiento los textos que podían ser inconcebiblemente
antiguos.
Sin embargo, en aquel momento sólo quería deambular por
aquellos jardines, sentir el pulso de la vida bajo sus pies y gozar de
los increíbles aromas. Asimismo, sabía que cuando el hambre la
azuzara, podría arrancar una manzana madura de corteza de oro
calentada por el sol, que comería muy a gusto.
—En Quel’Thalas —dijo a una voz suave y cultivada— hay ár-
boles mucho más altos que estos que componen un glorioso con-
junto de corteza blanca y hojas doradas y cantan bajo la brisa noc-
turna. Creo que algún día deberías ser testigo de ese maravilloso
espectáculo.
Jaina se giró para ofrecer al príncipe Kael’thas Caminante del
Sol, hijo de Anasterian, el rey de los elfos quel’dorei, una sonrisa y
una profunda reverencia.
—Alteza —le saludó—, no sabía que hubieras regresado. Es un
gran placer. Y sí, estoy segura de que me encantaría ver ese mara-
villoso espectáculo… algún día.
Jaina era la hija de un gobernante que no pertenecía a la
realeza, sino a la nobleza. No obstante, como su padre, el almir-
ante Daelin Valiente, gobernaba la ciudad estado de Kul Tiras,
Jaina estaba acostumbrada a relacionarse con la nobleza. Aun así,
el príncipe Kael’thas la hacía sentirse nerviosa. No sabía por qué.
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Era apuesto, ciertamente, poseía esa elegancia y belleza propias


de los elfos: era alto y el pelo, que parecía hecho de oro tejido, le
llegaba hasta la mitad de la espalda. A Jaina siempre le había
dado la impresión de que se trataba de un ser de leyenda en vez
de una persona real. A pesar de que ahora sólo iba ataviado con la
sencilla túnica de color violeta y oro que vestía todo mago de
Dalaran, y no con las suntuosas túnicas que llevaba en actos ofi-
ciales; nunca parecía perder del todo su característico envarami-
ento. Quizá se trataba de eso precisamente, de que… su com-
portamiento se regía por unas formalidades un tanto anticuadas.
Además, era mucho mayor que ella, aunque por su aspecto pareci-
era de su misma edad. Era tremendamente inteligente y un mago
de enorme talento y poder; entre los estudiantes se rumoreaba
que era uno de los Seis, el círculo secreto del que formaban parte
los magos más poderosos de Dalaran. Por todas esas razones,
Jaina concluyó que no debía sentirse como una paleta pueblerina
por encontrarlo tan intimidante.
Kael’thas arrancó una manzana y le dio un mordisco.
—Hay una cierta autenticidad en la comida de las tierras hu-
manas que he llegado a apreciar sobremanera —afirmó mientras
sonreía como si ocultara algo—. A veces, la comida elfa, si bien es
sin duda deliciosa y suele presentarse de forma muy atractiva, le
deja a uno con ganas de probar algo más sustancioso.
Jaina sonrió. Aunque el príncipe Kael’thas procuraba en todo
momento que ella se sintiera cómoda en su presencia, siempre
fracasaba en el intento.
—Pocas cosas son más sabrosas que una manzana y una re-
banada de queso de Dalaran —aseveró Jaina.
Un silencio se impuso entre ellos, incómodo a pesar del ambi-
ente informal del lugar y la calidez del sol.
—Supongo que vas a quedarte aquí una temporada, ¿verdad?
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—Sí. Como el asunto que me llevó a Lunargenta ha quedado


cerrado por ahora, no tendré necesidad de ausentarme en breve.
El príncipe la observó al mismo tiempo que le daba otro
mordisco a la manzana. Jaina sabía que Kael’thas dominaba a la
perfección el arte de mantener el gesto impasible en su bello
rostro pasara lo que pasase, por lo que también sabía que a pesar
de no transmitir ninguna emoción, el elfo en realidad estaba es-
perando que Jaina continuara la conversación.
—Todos estamos muy contentos de que hayas vuelto, alteza.
El príncipe elfo la señaló con el dedo y le espetó:
—Ya te lo he dicho mil veces, prefiero que me llames simple-
mente Kael.
—Disculpa, Kael.
El mago la observó detenidamente y la tristeza ensombreció
sus rasgos perfectos, pero desapareció con tal celeridad que Jaina
se preguntó si se lo habría imaginado.
—¿Cómo van tus estudios?
—Muy bien —respondió Jaina, que por fin pudo relajarse al
derivar la conversación hacia asuntos académicos—. ¡Mira!
La muchacha señaló a una ardilla que estaba posada sobre una
rama muy alta y mordisqueaba una manzana, y acto seguido mur-
muró un hechizo. De inmediato se transformó en una oveja que
esbozó un gesto realmente cómico cuando la rama se rompió ante
el súbito incremento de peso. Sin más dilación, Jaina extendió un
brazo y la ardilla-oveja quedó suspendida en el aire. Con sumo
cuidado la hizo descender al suelo sin sufrir daño alguno. A con-
tinuación la oveja profirió un balido dirigido a Jaina, agitó nervi-
osa las orejas y en un visto y no visto volvió a recobrar la forma de
una ardilla muy confusa. El animal se sentó sobre sus cuartos
traseros, chilló a Jaina furiosa y, a continuación, tras realizar un
movimiento brusco con su suave cola, volvió a subirse al árbol de
un salto.
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Kael’thas soltó una risita ahogada.


—¡Bien hecho! Ah, espero que no hayas vuelto a prender fuego
a algún libro.
Jaina se ruborizó al recordar aquel incidente. Nada más llegar
a la ciudad había tenido que aprender a controlar su capacidad
para convocar el fuego; sobre todo después de que un día, mien-
tras estudiaba con Kael’thas, un volumen con el que había estado
trabajando ardiera accidentalmente.
La reacción del elfo había sido obligar a Jaina a practicar sin
descanso, eso sí, cerca de los fosos de agua que rodeaban el área
de la prisión.
—Esto… No, no me ha vuelto a pasar nada similar desde hace
mucho.
—Me alegro de que sea así —dijo Kael’thas avanzando hacia
ella al mismo tiempo que tiraba la manzana a medio comer al
suelo y sonreía con suma amabilidad—. No hablaba por hablar
cuando te invité a visitar Quel’Thalas. Si bien he de reconocer que
Dalaran es una ciudad maravillosa y que algunos de los mejores
magos de Azeroth viven aquí, y que sé que estás aprendiendo
mucho; creo que te encantaría visitar una tierra donde la magia
forma parte integral de la cultura. Allí la magia no está encerrada
dentro de una ciudad ni se encuentra en manos de una reducida
elite de magos cultivados. Allí la magia es un derecho inalienable
de todo ciudadano. Allí todos estamos amparados por la Fuente
del Sol. Bueno, con todo esto estoy seguro de que he despertado
tu curiosidad, ¿verdad?
Jaina sonrió.
—Así es. Lo cierto es que me encantaría poder visitar algún día
ese reino. Pero creo que de momento puedo avanzar más con mis
estudios quedándome aquí —respondió esbozando una sonrisa
cada vez más amplia—. Donde la gente sabe qué hacer cuando
prendo fuego a los libros.
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Si bien el príncipe sonrió entre dientes, soltó un suspiro teñido


de tristeza.
—Quizá tengas razón. Ahora, si me disculpas… —le comentó,
esgrimiendo una sonrisa irónica—. El archimago Antonidas
quiere que presente un informe sobre mi estancia en Lunargenta.
No obstante, este príncipe y mago espera con ansia una nueva
oportunidad para ser testigo de más demostraciones de cuánto
has avanzado en tu adiestramiento… y gozar de tu compañía dur-
ante más tiempo.
Entonces Kael’thas apoyó una mano sobre el pecho a la altura
del corazón e hizo una reverencia. Como no sabía qué hacer ante
tal gesto, Jaina le correspondió con otra reverencia. Después ob-
servó cómo el elfo cruzaba aquellos jardines con una majestuosid-
ad propia del astro solar: con la cabeza alta y exudando confianza
y elegancia, cual rayos de sol, por todos los poros de su piel. In-
cluso la tierra parecía no desear manchar sus botas ni el dobla-
dillo de su túnica.
Jaina propinó un último mordisco a la manzana y, acto
seguido, también la tiró al suelo. La ardilla que había metamor-
foseado unos instantes antes bajó disparada del tronco para re-
clamar un premio más fácilmente accesible que la manzana que
aún pendía del árbol.
De pronto, un par de manos le cubrieron los ojos.
Se sobresaltó, pero no en demasía, puesto que nadie que pudi-
era suponer una amenaza habría podido quebrantar los poderosos
hechizos de protección erigidos alrededor de aquella ciudad
mágica.
—¿Quién soy? —susurró una voz masculina en un tono
jubiloso.
Jaina, que permanecía con los ojos tapados, caviló rep-
rimiendo una sonrisa.
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—Hum… Como tienes callos en las manos, sé que no eres un


brujo —dedujo—. Además hueles a caballo y a cuero…
Jaina acarició con sus pequeñas manos y muy suavemente los
dedos vigorosos que no la dejaban ver, hasta tocar un gran anillo.
Entonces palpó la forma de aquella piedra y reconoció el diseño:
era el sello de Lordaeron.
—¡Arthas! —exclamó, y la sorpresa y el regocijo se adueñaron
de su tono de voz mientras se volvía para contemplar al fin su
rostro.
Arthas le quitó las manos de los ojos de inmediato y sonrió.
Físicamente no era tan perfecto como Kael’thas; si bien tenía el
pelo rubio como el príncipe elfo, era de una tonalidad tirando a
amarilla más que de color oro tejido. Como era alto y de constitu-
ción fornida, a Jaina le daba cierta sensación de solidez, pero no
de elegancia ni de fluidez de movimientos como ocurría con el
elfo. Kael’thas y Arthas se encontraban al mismo nivel en la jerar-
quía real, aunque Jaina se preguntaba si el elfo pondría eso en
duda en privado, ya que en general los de su raza se consideraban
superiores a los humanos independientemente de su cargo. Y, a
pesar de todo, Arthas transmitía una sencillez y una complicidad
ante las que Jaina se rendía de inmediato, al contrario que lo que
le ocurría con el elfo. A continuación, la muchacha recobró la
compostura y realizó una reverencia.
—Alteza, ésta es una sorpresa de lo más inesperada. ¿Qué
haces aquí, si puede saberse? —inquirió mientras un pensamiento
cruzaba su mente de inmediato, aplacando su efusividad—. Todo
va bien en Ciudad Capital, ¿verdad? Arthas, responde, por favor.
Estás obligado a responder porque como en Dalaran gobiernan
los magos, los seres humanos normales deben mostrarse respetu-
osos y corteses.
Los ojos verdes como el mar de Arthas brillaron debido a su
buen humor.
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—Además, desde que nos escapamos juntos para observar un


campo de reclusión de cerca somos compañeros de tropelías,
¿verdad?
Jaina se relajó y sonrió.
—Supongo que así es.
—En respuesta a tu pregunta he de decir que todo va perfecta-
mente. De hecho, todo está tan tranquilo que mi padre me ha
dado permiso para quedarme aquí a estudiar unos meses.
—¿A estudiar? Pero… pero si perteneces a la Orden de la Mano
de Plata. No te irás a convertir ahora en un mago, ¿verdad?
Arthas estalló en una sonora carcajada y la cogió del brazo
mientras se dirigían a los aposentos de los estudiantes. Con suma
facilidad, Jaina se acopló al ritmo de sus pasos.
—No, qué va. Me temo que tanto esfuerzo intelectual sería algo
que me superaría. Sin embargo, se me ocurrió que uno de los me-
jores lugares de Azeroth para aprender historia y saber más sobre
la naturaleza de la magia, así como otras cosas que todo rey de-
bería conocer, es esta ciudad. Por fortuna, mi padre y el archi-
mago estuvieron de acuerdo conmigo.
Mientras hablaba, Arthas cubrió la mano de Jaina que des-
cansaba sobre su brazo, con la suya propia. Se trataba de un
cortés gesto de amistad, pero Jaina sintió cómo una diminuta
chispa prendía dentro de ella. Alzó la vista para mirarle y dijo:
—Estoy impresionada. Aquel muchacho que me convenció de
que me escapara en plena noche con él para espiar a los orcos no
estaba tan interesado en la historia ni en el conocimiento.
Arthas sonrió para sí e inclinó la cabeza como si le ocultara al-
gún secreto.
—En realidad, sigo sin tener interés alguno por tales materias.
Bueno, a decir verdad, me interesan en parte, pero no son la ver-
dadera razón que me ha impulsado a venir a este lugar.
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—Muy bien, ahora sí que me he perdido. Entonces, ¿por qué


has venido a Dalaran en realidad?
En cuanto llegaron a los aposentos de la muchacha, ésta se de-
tuvo y se volvió para mirarle a la cara mientras dejaba de agar-
rarle del brazo.
Al principio, Arthas no respondió, simplemente sostuvo su
mirada y sonrió de manera cómplice. Acto seguido la cogió de la
mano y se la besó; un gesto cortés del que ya había sido objeto por
parte de otros nobles caballeros. Sin embargo, los labios de Arthas
permanecieron sobre su mano un instante más de lo apropiado;
además, no soltó la mano de inmediato.
Sus ojos se abrieron como platos. ¿Acaso Arthas estaba sug-
iriendo que…? ¿Acaso se las había ingeniado para vencer los
famosos recelos de Antonidas por la gente del exterior, toda una
hazaña, para quedarse en Dalaran simplemente para… estar con
ella? Antes de que Jaina se hubiera recuperado lo suficiente de su
asombro como para hacerle esas preguntas, Arthas le guiñó un ojo
e hizo una reverencia.
—Te veré esta noche en la cena, mi señora.

La cena fue un evento formal. El regreso del príncipe Kael’thas


y la llegada del príncipe Arthas el mismo día habían provocado
que los sirvientes de los Kirin Tor desplegaran una actividad
frenética para poder celebrar aquella cena en un comedor gi-
gantesco utilizado sólo en ocasiones especiales.
Una mesa lo bastante grande para albergar a más de una vein-
tena de personas ocupaba la sala de un extremo a otro. Del techo
colgaban tres lámparas de araña que centelleaban gracias a sus
brillantes velas encendidas, cuyo fulgor se reflejaba en la mesa.
Los apliques de las paredes sostenían unas antorchas y, para
mantener un ambiente acogedor y proporcionar al mismo tiempo
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una buena iluminación, varios globos flotaban cerca de las


paredes preparados para ser invocados, dispuestos a entrar en ac-
ción siempre que se requiriera un poco más de luz. Los sirvientes
rara vez hacían acto de presencia salvo para servir los platos y re-
tirarlos; las botellas de vino se escanciaban solas con sólo darles
un golpe con el dedo. Una flauta, un arpa y un laúd tocaban una
música de fondo muy relajante cuyas elegantes notas surgían de la
magia y no de manos o bocas humanas.
El archimago Antonidas presidía la mesa en una de sus
inusuales apariciones públicas. Se trataba de un hombre alto que
lo parecía todavía más por su complexión en extremo delgada. Su
larga barba era más gris que castaña y estaba totalmente calvo,
pero su profunda mirada permanecía alerta en todo momento.
También se encontraba presente el archimago Krasus, muy tieso y
atento; su pelo reflejaba la luz de las velas y antorchas, bajo cuyo
brillo refulgía con destellos plateados salpicados con reflejos rojos
y negros aquí y allá. Asimismo, muchas otras personalidades de
alta alcurnia se hallaban sentadas a la mesa. De hecho, Jaina era
la persona de más bajo rango de los allí presentes; no obstante,
participaba en la cena porque era la aprendiza del archimago.
Jaina tenía formación militar y una de las lecciones que su
padre le había inculcado era que debía conocer a la perfección
cuáles eran sus virtudes y defectos. «Tanto subestimarse como
sobreestimarse son un craso error», le había aconsejado una vez
Daelin. «La falsa modestia es tan perjudicial como el falso orgullo.
Uno debe saber exactamente qué es capaz de hacer en cualquier
momento y de actuar en consonancia. Seguir otro sendero sería
de necios y podría tener consecuencias fatales en una batalla».
Sabía que dominaba con destreza las artes mágicas. Era inteli-
gente y estaba concentrada en sus estudios. Había aprendido
mucho en el poco tiempo que llevaba allí. Además, era obvio que
Antonidas no la había escogido como su aprendiza por caridad.
111/433

Era consciente de que en ella anidaba el potencial para poder lleg-


ar a ser una maga muy poderosa; sin embargo, no sentía por ello
ese falso orgullo del que le había hablado su padre. Quería alcan-
zar la meta por sus propios méritos y no porque un príncipe elfo
disfrutase de su compañía y la recomendase. Reprimió un gesto
de enfado mientras daba buena cuenta de otra cucharada de sopa
de tortuga.
La conversación giró en torno a los orcos, lo cual no fue una
sorpresa ya que los campos de reclusión se hallaban bastante
cerca de Dalaran. Sin embargo, normalmente la ciudad de los ma-
gos solía considerarse por encima de asuntos tan mundanos.
Kael estiró un elegante y largo brazo para hacerse con otra re-
banada de pan que se dispuso a untar de mantequilla mientras
comentaba:
—Aletargados o no, son peligrosos.
—Mi padre, el rey Terenas, está de acuerdo con esa afirmación,
príncipe Kael’thas —replicó Arthas, mientras sonreía al elfo de un
modo encantador—. Por eso existen esos campos. Si bien es una
pena que cueste tanto su manutención, estoy seguro de que inver-
tir un poco de oro en ellos es un precio escaso que debemos pagar
por la seguridad del pueblo de Azeroth.
—Son meras bestias, animales —espetó Kael’thas; su voz de
tenor se tornó más gutural debido al enfado—. Esos bárbaros inf-
ligieron graves daños a Quel’Thalas con ayuda de sus dragones.
Únicamente las energías de la Fuente del Sol evitaron que
causaran más estragos. Lo cierto es que los humanos podrían re-
solver el problema de proteger a su gente sin necesidad de acribil-
larlos a impuestos: bastaría con ejecutar a esas criaturas.
Jaina recordó la breve visita a los campos de reclusión. Se
había llevado la impresión de que los orcos estaban extenuados,
rotos y abatidos.
Asimismo, se acordó de que también tenían niños.
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—¿Has estado alguna vez en esos campos, príncipe Kael’thas?


—preguntó de manera cortante, sin poder refrenar el impulso de
hablar—. ¿Has visto en qué se han convertido?
Si bien las mejillas de Kael’thas se ruborizaron brevemente,
éste logró mantener una expresión de placidez en su rostro.
—No, Lady Jaina, no. Ni creo que tenga ninguna necesidad.
Veo lo que hicieron cada vez que contemplo los troncos calcinados
de los gloriosos árboles de mi tierra natal, cada vez que presento
mis respetos a aquéllos a los que asesinaron. Además, estoy se-
guro de que tú tampoco los has visto. No me cabe en la cabeza que
una dama tan refinada como tú haya ido a visitar alguna vez uno
de esos campos.
Jaina se cercioró con sumo cuidado de no mirar a Arthas
cuando contestó lo siguiente:
—Si bien su alteza me ha lanzado un cumplido encantador, no
creo que el refinamiento tenga nada que ver con el deseo de que
se haga justicia. De hecho, creo que es bastante probable que una
persona refinada no desee ver a seres inteligentes y conscientes
masacrados como animales. —Sonrió con amabilidad al príncipe
elfo y continuó degustando la sopa. Kael’thas la atravesó con la
mirada, ya que se sentía confuso ante aquella reacción.
—Como en este asunto se aplica la ley de Lordaeron y el rey
Terenas puede hacer lo que crea conveniente en su reino, él es
quien decide al respecto —explicó Antonidas.
—Dalaran y el resto de reinos de la Alianza también deben
contribuir con su peculio a su mantenimiento —aseguró un mago
al que Jaina no conocía—. Por lo tanto, nuestra voz debería ser es-
cuchada en este asunto ya que pagamos unos impuestos por ello,
¿no?
Antonidas desechó el comentario con un gesto de la mano.
—Para mí lo más importante del problema orco no es quién
paga esos campos, ni si realmente son necesarios. A mí lo que me
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intriga es el extraño aletargamiento de los prisioneros. He investi-


gado un poco la historia orca y no creo que estén tan apáticos por
el mero hecho de encontrarse confinados. Ni creo que se trate de
una enfermedad; al menos no de una de cuyo contagio debamos
preocuparnos.
Como Antonidas nunca hablaba por hablar, todo el mundo de-
jó de discutir y se dispuso a escucharlo. Jaina estaba sorprendida.
Era la primera vez que escuchaba a un mago comentar algo acerca
de la situación de los orcos. No dudaba de que Antonidas había
decidido deliberadamente revelar esa información en ese mo-
mento concreto. Al encontrarse presentes en aquella cena tanto
Arthas como Kael’thas, pronto correría la voz por todo Lordaeron
y Quel’Thalas. Era obvio que Antonidas dejaba muy pocas cosas al
azar.
—Si no se trata de una enfermedad ni es una consecuencia dir-
ecta de que estén encerrados —conjeturó Arthas con suma educa-
ción—, entonces ¿de qué crees que se trata, archimago?
Antonidas se volvió hacia el joven príncipe y respondió:
—Según tengo entendido, los orcos no siempre hicieron gala
de una sed de sangre tan brutal. Khadgar me contó que había sa-
bido por Garona que…
—Garona era una mestiza, una mezcla de humano y orco que
asesinó al rey Llane —afirmó Arthas en un tono de voz en el que
ya no había ni el más leve atisbo de buen humor—. Con el debido
respeto, no creo que uno se pueda fiar de nada de lo que diga tal
criatura.
De inmediato, unos cuantos de los allí presentes empezaron a
murmurar en voz baja para mostrar su acuerdo con Arthas, lo cu-
al obligó a Antonidas a alzar una mano para pedir calma.
—Esta información la proporcionó antes de convertirse en una
traidora —alegó—. Y ha sido verificada a través de… otras fuentes.
—El archimago sonrió levemente negándose de manera
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deliberada a identificar cuáles eran esas «otras fuentes» que había


consultado—. Según parece, pactaron de forma voluntaria con
una fuerza demoníaca. Su piel se tornó verde; sus ojos, rojos. Creo
que esa oscuridad procedente de una fuente externa les dominaba
por completo cuando emprendieron la primera invasión. Sin em-
bargo, el vínculo que los unía a esa fuente se encuentra roto hoy
en día. Creo que no se trata de una enfermedad sino de una re-
tirada masiva de energía. Hay que tener en cuenta que la energía
demoníaca es muy poderosa y si uno se ve repentinamente
privado de ella, sufre graves secuelas.
Kael’thas hizo un gesto con la mano para indicar que no acept-
aba ese argumento.
—Incluso si tu teoría es cierta, ¿por qué deberíamos preocu-
parnos por ellos? Fueron lo bastante necios como para confiar en
demonios. Fueron tan inconscientes como para convertirse en
adictos a esas energías corruptas. En mi opinión, no creo que sea
una decisión muy sabia «ayudarlos» a encontrar una cura a su
adicción aunque así lográramos que volvieran a ser un pueblo
pacífico. Ahora mismo están indefensos y desmoralizados. Así es
como yo y cualquiera en su sano juicio preferimos verlos después
de lo que nos hicieron.
—Ah, pero si conseguimos que recuperen el carácter pacífico
de antaño, no tendremos que seguir manteniéndolos encerrados
en esos campos y ese dinero podrá ser utilizado para otros fines
—explicó Antonidas con un tono muy moderado antes de que la
mesa entera pudiera estallar en un sinfín de discusiones—. Estoy
seguro de que el rey Terenas no impone estos gravámenes simple-
mente para llenarse los bolsillos. Por cierto, ¿cómo se encuentra
tu padre, príncipe Arthas? ¿Y tu familia? Lamento no haber po-
dido asistir a tu ceremonia de iniciación, tengo entendido que res-
ultó ser una celebración sin precedentes.
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—La Ciudad de Ventormenta me recibió con los brazos abier-


tos —contestó Arthas, y sonrió con amabilidad mientras daba
buena cuenta del segundo plato: trucha asada con suma del-
icadeza a la parrilla y servida con un revuelto de judías—. Volver a
reencontrarme con el rey Varian fue toda una alegría para mí.
—Según he oído su encantadora reina le ha dado reciente-
mente un heredero.
—Así es. Y si cuando sea mayor el pequeño Anduin sujeta la
espada con la misma fuerza que mi dedo, no cabe duda de que
será un excelente guerrero.
—Si bien todos rezamos para que el día de tu coronación llegue
lo más tarde posible, estimado Arthas, me atrevería a decir que
una boda real sería motivo de regocijo y alborozo —añadió An-
tonidas—. ¿Alguna joven dama ha llamado tu atención o sigues
siendo el soltero de oro de Lordaeron?
A pesar de que Kael’thas parecía concentrado en su plato,
Jaina sabía que estaba siguiendo la conversación con gran interés.
Por eso evitó con sumo cuidado realizar algún gesto que delatara
lo que pensaba.
Arthas no la miró y se limitó a reír mientras se servía un poco
más de vino.
—Ah, eso supondría revelar una información demasiado sens-
ible y le restaría gracia al asunto. Además, aún tengo mucho
tiempo por delante para plantearme cierto tipo de cosas.
Varios sentimientos encontrados se apoderaron de Jaina. Por
un lado, estaba un poco decepcionada, pero por otro se sentía un
tanto aliviada. Quizá fuera mejor que Arthas y ella siguieran
siendo sólo amigos. Al fin y al cabo, había ido a aquel lugar a
aprender para poder llegar a ser la maga más extraordinaria que
su potencial le permitiera ser, no a flirtear. Una estudiante de ma-
gia necesitaba disciplina, debía ser racional y no debía dejarse ll-
evar por las emociones. Tenía unas obligaciones y debía
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cumplirlas con los cinco sentidos puestos en ellas en todo


momento.
Debía estudiar.
—Tengo que estudiar —protestó Jaina unos días después de la
cena, cuando Arthas se acercó a ella tirando de dos caballos.
—Vamos, Jaina —insistió Arthas con una sonrisa—. Hasta el
estudiante más diligente necesita tomarse un descanso de vez en
cuando. Hace un día muy hermoso y deberías estar disfrutándolo.
—Lo estoy disfrutando —replicó.
Y era cierto; se hallaba en los jardines acompañada de sus lib-
ros en vez de encerrada en una de las salas de lectura.
—Un poco de ejercicio te ayudará a despejarte —le aconsejó y
alargó la mano hacia la muchacha sentada bajo un árbol. Jaina
sonrió a su pesar.
—Arthas, algún día serás un rey magnífico —le dijo de manera
burlona mientras le cogía de la mano y permitía que tirara de ella
para ponerla en pie—. Nadie parece capaz de negarte nada.
Arthas se carcajeó ante el comentario y sujetó las riendas del
caballo para que Jaina pudiera montar. Como aquel día vestía
pantalones, unos bombachos de fino lino, pudo montarse a horca-
jadas en vez de a mujeriegas. Un instante después, el príncipe se
subió con suma facilidad a su montura.
Jaina echó un vistazo al caballo que Arthas montaba: se
trataba de una yegua zaina y no del semental blanco que el des-
tino le había arrebatado.
—Creo que nunca te he dicho lo mucho que lamento la muerte
de Invencible —murmuró en voz baja.
El júbilo abandonó el rostro del príncipe, como si una sombra
hubiera ocultado el sol. No obstante, enseguida volvió a dibujarse
una sonrisa en su rostro, aunque menos amplia.
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—Gracias, aunque ya lo he superado. Bueno… he traído vian-


das para poder disfrutar de una comida campestre y tenemos todo
el día por delante. ¡En marcha!
Jaina recordaría ese día durante toda su vida. Fue uno de esos
días perfectos típicos de finales de verano, donde la luz del sol
parece tan densa y dorada como la miel. Arthas impuso un ritmo
muy alto, pero como Jaina era una jinete experta, pudo seguirlo
con facilidad. Se la llevó lejos de la ciudad con el fin de recorrer
amplias campiñas verdes e infinitas praderas. Los caballos
parecían estar divirtiéndose tanto como los jinetes. Las orejas tie-
sas apuntaban hacia delante y las fosas nasales, por las que ol-
fateaban los deliciosos aromas del campo, aleteaban sin cesar.
La comida campestre fue sencilla a la par que deliciosa. Con-
sistió en pan, queso, fruta y un poco de vino blanco de baja
graduación. Después Arthas se tumbó con las manos detrás de la
cabeza para echar una cabezadita; entretanto, Jaina se quitó las
botas para acariciar con sus pies desnudos la suave y espesa
hierba mientras se recostaba contra un árbol con la intención de
leer un rato. El libro se titulaba Tratado sobre la naturaleza de la
Teleportación, y era muy interesante; pero debido al lánguido cal-
or de aquel día, al vigoroso ejercicio y al suave canturreo de las ci-
garras acabó cayendo también en un profundo sueño.

Cierto tiempo después, cuando el sol ya se estaba ocultando,


Jaina se despertó con un poco de frío. Se enderezó, se frotó los
ojos con fuerza, y se percató de que Arthas había desaparecido.
Tampoco se divisaba por ningún lado su yegua. Entretanto, la
montura de Jaina, cuyas riendas se hallaban atadas a la rama de
un árbol, pastaba feliz y contenta.
Se puso en pie contrariada.
—¿Arthas?
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No obtuvo respuesta. Lo más probable era que el príncipe hu-


biera decidido marcharse a explorar fugazmente los alrededores y
volviese en cualquier momento. Aguzó el oído para ver si así es-
cuchaba el sonido de los cascos de un caballo, pero no oyó nada.
Se suponía que aún había orcos campando a sus anchas por
aquellos parajes, o eso decían los rumores. También había pumas
y osos, que aunque resultaban menos extraños, eran igual de pe-
ligrosos. Jaina repasó mentalmente los hechizos que conocía.
Estaba segura de que podría defenderse bastante bien si la
atacaban.
Bueno… bastante segura.
El ataque se produjo de manera repentina y silenciosa.
Sintió un golpe en la nuca que le dejó el cuello frío y húmedo, y
ése fue el único aviso que recibió por parte del agresor. Su
atacante era un borrón que se movía con suma celeridad, que
saltaba de un rincón oculto a otro con la velocidad de un venado y
que se detuvo el tiempo justo para lanzarle otro proyectil. Este úl-
timo le acertó en la boca y se empezó a ahogar… de risa. Dio un
manotazo para sacudirse la nieve y se estremeció mientras parte
de ella se deslizaba bajo la camisa.
—¡Arthas! ¡Ésta no es una pelea justa!
Cuatro bolas de nieve rodaron hasta Jaina como respuesta a su
observación y ella se acercó gateando a recogerlas. Estaba claro
que Arthas había ascendido hasta algún lugar en la montaña
donde el invierno había llegado prematuramente y había re-
gresado con esas bolas de nieve como trofeo. ¿Dónde se había
metido? Entonces percibió de modo fugaz su casaca roja…
La batalla se prolongó durante un buen rato, hasta que ambos
se quedaron sin munición.
—¡Tregua! —gritó Arthas.
En cuanto Jaina expresó que estaba de acuerdo con esa peti-
ción, riéndose de manera tan estruendosa que apenas era capaz
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de pronunciar palabra alguna, Arthas abandonó de un salto su


escondite entre las rocas y fue corriendo hasta ella. El príncipe la
abrazó, riendo también, y Jaina se sintió muy contenta al apreciar
que él, al igual que ella, tenía nieve en el pelo.
—Siempre lo he sabido, durante todos estos años —afirmó
Arthas.
—¿E-el qué?
Jaina había recibido tantos bolazos de nieve que, a pesar de
que se hallaban a finales de verano, tenía mucho frío. Arthas se
percató de que estaba temblando y la abrazó con más fuerza.
Jaina sabía que debía apartarse de él; un abrazo amistoso y es-
pontáneo era una cosa, pero no hacer ademán de apartarse del
abrigo de sus brazos era otra totalmente distinta. Permaneció in-
móvil y apoyó la cabeza en el pecho del príncipe, donde pudo oír
los latidos rítmicos y acelerados de su corazón. Cerró los ojos en
cuanto sintió que una mano le acariciaba el pelo para quitarle la
nieve y escuchó a Arthas decir:
—La primera vez que te vi, pensé que eras una chica con la que
seguro que podría pasarlo bien. Alguien a quien no le importaría
ir a nadar un caluroso día de verano, o… —Se apartó un poco para
quitarle a Jaina restos de nieve de la cara sin dejar de sonreír—. O
recibir un bolazo de nieve en la cara. No te he hecho daño,
¿verdad?
Jaina le devolvió la sonrisa y sintió una repentina oleada de
calor recorriéndola por entero.
—No. En absoluto.
Sus miradas se cruzaron y Jaina sintió una cierta sensación de
rubor en las mejillas. Hizo ademán de dar un paso atrás, pero
entonces el brazo de Arthas la rodeó con tanta firmeza como una
cinta de hierro. El príncipe no cesó de acariciarle la cara, recor-
riendo con unos dedos fuertes y encallecidos la curva que trazaba
su mejilla.
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—Jaina —susurró quedamente, y la muchacha se estremeció


aunque esta vez no fue por culpa del frío.
Aquello no estaba bien. Ella sabía que tenía que apartarse.
Pero en vez de eso, alzó la cara y cerró los ojos.
Aquel beso, el primero que recibía Jaina en su vida, fue muy
tierno y dulce al principio. De inmediato levantó los brazos, que
parecían poseídos por una voluntad propia, para rodearle el cuello
con ellos y apretarse más contra él a medida que el beso se volvía
más y más apasionado. Entonces experimentó la sensación de que
se ahogaba en el mar y él era lo único sólido en el mundo a lo que
podía aferrarse para no hundirse.
Por fin se hacía realidad lo que tanto había deseado. Por fin
tenía en sus brazos a quien tanto había deseado; a aquel joven
que, a pesar de su título real, era su amigo, que entendía su parte
intelectual pero también sabía cómo engatusar a la parte juguet-
ona y aventurera de su personalidad, a la que rara vez tenía la
oportunidad de dar rienda suelta, que rara vez mostraba al
mundo.
Pero aquel muchacho sabía quién era Jaina en todas sus fa-
cetas, no conocía únicamente la parte que ésta exhibía en público.
—Arthas —susurró mientras se aferraba a él—. Arthas…
CAPÍTULO SIETE

A rthas disfrutó de unos cuantos meses estupendos en Dalar-


an, donde descubrió, para su sorpresa, que realmente es-
taba aprendiendo cosas que le serían útiles cuando fuera rey.
Además, también se le presentaban muchas oportunidades de
poder disfrutar de aquel verano que parecía prolongarse más de lo
debido y de los primeros fríos atisbos del otoño. Asimismo, le en-
cantaba cabalgar, a pesar de que cada vez que montaba en un
caballo que no era Invencible sentía una punzada en el pecho.
Y, por encima de todo, podía estar con Jaina.
En un principio no había previsto besarla. Pero en cuanto se
vio con ella entre los brazos, frente a esa mirada deslumbrante
teñida de risa y buen humor, tuvo que hacerlo. Y Jaina había reac-
cionado ante aquélla osadía de la mejor manera posible. No
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obstante, ella tenía un horario mucho más exigente y rígido que el


suyo, por lo que no habían podido verse tanto como hubieran
querido. Cuando se habían visto, casi siempre había sido en pres-
encia de otros. Ambos habían acordado, sin necesidad de hablar
sobre ello, que no pensaban dar pábulo a los rumores.
Eso daba un toque de morbo extra a la relación. Buscaban mo-
mentos robados allí donde podían: un beso fugaz en rincones
oscuros, breves miradas en cenas formales. Su primera «cita»
había sido totalmente inocente desde el principio, y ahora evitaba
conscientemente ese tipo de cosas.
Arthas memorizó el horario de Jaina para poder «toparse»
con ella por casualidad. Jaina, por su parte, buscaba excusas para
deambular por los establos o por el patio donde Arthas y sus
hombres solían entrenar para mantenerse en forma y practicar
sus técnicas de combate.
A Arthas le encantaba saborear el peligro, la emoción que con-
llevaba cada minuto de esa relación clandestina.
En ese momento, el príncipe esperaba a Jaina cerca de un
pasillo muy poco frecuentado, de pie frente a una estantería, fin-
giendo que examinaba los títulos de unos libros. Jaina pasaría por
aquel lugar tras sus clases prácticas de hechizos de fuego. La
muchacha le había contado al príncipe, esbozando una sonrisa li-
geramente azorada, que por costumbre seguía ensayando sus con-
juros en los alrededores de la prisión, por lo cual tenía que cruzar
aquel pasillo para llegar a su habitación. Arthas aguzó el oído y
percibió el sonido ahogado de sus suaves y rápidas pisadas. Sí, ahí
estaba. De inmediato se dio la vuelta, cogió un libro y fingió que
leía mientras con el rabillo del ojo esperaba divisarla de un mo-
mento a otro.
Jaina iba vestida como siempre, con la túnica tradicional de
los aprendices. Su pelo parecía estar hecho del mismo brillo del
sol y su rostro mostraba ese ceño fruncido tan típico en ella que
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indicaba que estaba perdida en sus pensamientos, no que se sinti-


era contrariada. Tan absorta se hallaba que ni siquiera se había
percatado de la presencia de Arthas, quien dejó el libro enseguida
y se adentró raudo y veloz en el pasillo antes de que Jaina se ale-
jara demasiado. Entonces el príncipe la agarró del brazo y la ar-
rastró hacia las sombras.
Como siempre, no consiguió sobresaltar a Jaina ya que ella ya
se había percatado de su cercanía. La muchacha, que apretaba con
fuerza los libros contra su pecho, recibió a Arthas en medio del
pasillo y con el brazo libre le rodeó el cuello para besarlo.
—Bienhallada, mi señora —susurró Arthas mientras la besaba
en el cuello y le acariciaba la piel con su sonrisa.
—Bienhallado, mi príncipe —respondió ella en un susurro
henchido de felicidad al mismo tiempo que suspiraba.
—Jaina —se oyó decir a una voz—, ¿por qué co…?
Jaina y Arthas se sobresaltaron y miraron al intruso. Jaina
soltó un gritito ahogado y sintió que el color le subía a las mejillas.
—Kael…
Si bien el rostro del elfo se mantuvo impertérrito, la ira ardía
en su mirada y la tensión parecía dominarlo.
—Se te ha caído este libro al marcharte —aseveró mostrándole
el tomo—. Te he seguido para entregártelo.
Jaina alzó la mirada para observar a Arthas mientras se
mordía el labio inferior. Si bien Arthas estaba tan conmocionado
como ella, finalmente logró forzar una sonrisa. Sin dejar de mirar
a Kael’thas en ningún momento, rodeó con el brazo la cintura de
Jaina y le dijo:
—Es todo un detalle por tu parte, Kael. Gracias.
Por un instante creyó que el elfo lo iba a atacar. La ira y la hu-
millación envolvían al mago como en una aureola. Kael’thas era
muy poderoso, y Arthas sabía que no tendría ninguna oportunid-
ad si se veía obligado a enfrentarse a él. Aun así mantuvo la
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mirada clavada en la del príncipe elfo, sin arredrarse lo más mín-


imo. Entretanto, Kael’thas apretó los puños con fuerza pero no se
movió ni un milímetro de donde estaba.
—¿Acaso te avergüenzas de ella, Arthas? —murmuró entre di-
entes—. ¿Acaso sólo merece que le dediques tu tiempo y tu aten-
ción si nadie sabe que mantienes un idilio con ella?
Arthas entornó los ojos.
—Actúo así para evitar los terribles estragos que causarían los
rumores —replicó con suma tranquilidad—. Ya sabes cómo son
estas cosas, Kael, ¿verdad? Alguien dice algo que no debe y, en
poco tiempo, todo el mundo cree que es verdad. Protejo su
reputación al…
—¿Proteges? —rugió Kael’thas—. Si realmente te preocuparas
por ella, la habrías cortejado orgulloso a la vista de todos. Como
haría cualquier hombre de bien.
Entonces miró a Jaina y la ira abandonó sus ojos para ser ree-
mplazada por una fugaz expresión de sufrimiento. A continua-
ción, ese gesto también se desvaneció y Jaina no pudo hacer más
que agachar la cabeza.
—Os dejo solos para que podáis disfrutar de vuestra… «cita
clandestina». No temáis, no diré nada.
Kael’thas le lanzó el libro a Jaina con desdén, al mismo tiempo
que soltaba un bufido iracundo. El tomo, probablemente de un
valor incalculable, aterrizó con un golpe sordo a los pies de la
muchacha, la cual se sobresaltó ante aquel ruido inesperado. Acto
seguido, el elfo se marchó en medio del remolino violeta y dorado
de su túnica. Jaina suspiró aliviada y apoyó la cabeza en el pecho
de Arthas, quien le dio unas palmaditas en la espalda con suma
ternura.
—No pasa nada, ya se ha ido.
—Lo siento. Supongo que debería habértelo contado.
El pecho de Arthas se tensó.
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—¿Acaso tienes algo que contarme, Jaina? ¿Acaso tú y él…?


—¡No! —exclamó de inmediato, mientras alzaba la vista para
mirarlo—. No. Pero… creo que le habría gustado que… Mira, es un
buen hombre y un mago muy poderoso. Y un príncipe elfo. Pero
no es…
Su voz se fue apagando.
—Pero no es ¿qué? —le espetó él.
Aquellas palabras brotaron de su boca con más brusquedad de
lo que pretendía.
Kael poseía una serie de atributos que Arthas envidiaba. Era
mayor que él; más sofisticado, experimentado y poderoso; Los
celos crecieron en su interior y sintió un nudo frío y tenso en el es-
tómago. Si el elfo hubiera reaparecido en aquel momento, Arthas
tal vez hubiera intentado abalanzarse sobre él.
Jaina sonrió con dulzura, desfrunciendo el ceño.
—Él no es mi Arthas.
El nudo que Arthas tenía en el estómago se derritió como el in-
vierno ante la llegada del calor de la primavera. Entonces acercó a
Jaina hacia él y la volvió a besar.
Además, ¿a quién le importaba lo que pensara un estirado
príncipe elfo?

El año transcurrió prácticamente sin incidentes. A medida que


el verano daba paso a un otoño fresco, y éste al invierno, las que-
jas acerca del coste de mantenimiento de los campos orcos fueron
creciendo. Pero tanto a Terenas como a su hijo, aquello no les co-
gió de improviso. Arthas continuaba entrenándose con Uther. El
anciano se mantenía en sus trece de que si bien entrenar con
armas era importante, también lo eran la oración y la meditación.
«Sí, debemos ser capaces de matar a nuestros enemigos»,
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afirmaba. «Pero también debemos ser capaces de sanar a


nuestros amigos y curarnos a nosotros mismos».
Arthas pensó en Invencible. En invierno, sus pensamientos
siempre giraban en torno a aquel caballo, y el comentario de Uth-
er le había recordado una vez más el único gran fracaso, la única
gran decepción que había sufrido en la vida. Si hubiera iniciado su
adiestramiento antes, el gran semental blanco aún seguiría vivo.
Nunca le había contado a nadie lo que había sucedido exacta-
mente aquel día nevado. Todos creían que había sido un acci-
dente. Y lo fue, se decía Arthas a sí mismo. No había pretendido
lastimar a Invencible a propósito. Quería a ese caballo; antes que
hacerle daño, habría preferido cortarse una pierna. Si hubiera
comenzado su instrucción como paladín antes, tal y como Varian
había hecho con la esgrima, estaba seguro de que habría sido
capaz de salvar a Invencible. Juró que eso no le volvería a pasar
otra vez, que haría cuanto fuera necesario para estar preparado
ante cualquier situación y evitar quedar a merced de los caprichos
del destino. Siempre haría lo correcto.
El invierno pasó como todos los inviernos deben pasar; y la
primavera regresó a los Claros de Tirisfal. Al igual que había re-
gresado Jaina Valiente, quien para Arthas era una visión tan her-
mosa, vigorizante y bienvenida como las flores que brotaban en
los árboles que ahora despertaban. Había llegado para acom-
pañarlo en la celebración del Jardín Noble, la mayor fiesta
primaveral de Lordaeron y la Ciudad de Ventormenta. Arthas des-
cubrió entonces que quedarse levantado hasta tarde la noche an-
terior a la festividad, degustando vino a sorbitos y rellenando hue-
vos con dulces y otros regalos, no era una tarea tan aburrida si
uno tenía a Jaina a su lado, quien fruncía el ceño de esa forma
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entrañable que era tan propia de ella mientras rellenaba los hue-
vos con cuidado y suma atención y los dejaba a un lado.
A pesar de que no se había hecho ningún anuncio público,
tanto Arthas como Jaina sabían que sus padres habían hablado
entre ellos y habían llegado a un acuerdo tácito por el que daban
su bendición al noviazgo. De este modo, Arthas, a quien su pueblo
ya adoraba, era enviado cada vez con más frecuencia a represent-
ar a Lordaeron en eventos oficiales en vez de Uther o Terenas.
Con el paso del tiempo, Uther se había ido refugiando cada vez
más en el aspecto espiritual de la Luz y Terenas parecía alegrarse
bastante de no tener que viajar.
«Cuando eres joven, resulta emocionante viajar a lomos de un
caballo y dormir bajo las estrellas», le había comentado a Arthas.
«Pero cuando uno tiene mi edad, se conforma con las estrellas
que puede contemplar desde la ventana, y lo de montar a caballo
es mejor dejarlo solo para los momentos de esparcimiento».
Arthas había esbozado una amplia sonrisa al escuchar esas pa-
labras y había asumido con entusiasmo sus nuevas responsabilid-
ades. El almirante Valiente y el archimago Antonidas habían lleg-
ado a la misma conclusión al parecer, ya que cada vez que en-
viaban mensajeros de Dalaran a Ciudad Capital, Lady Jaina Vali-
ente los acompañaba.
—Ven para el Festival del Fuego del solsticio de verano —le ro-
gó Arthas de repente.
Jaina alzó la mirada mientras sostenía un huevo cuida-
dosamente en una mano y con la otra se quitaba un mechón dor-
ado que pendía sobre su cara.
—No puedo. El verano es un periodo de mucha actividad para
los estudiantes de Dalaran. Antonidas ya me ha dicho que espera
que me quede allí toda la estación —le explicó muy a su pesar.
—Entonces seré yo quien vaya a visitarte en el solsticio de ver-
ano y tú podrás venir a verme en Halloween —propuso Arthas.
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Sin embargo, Jaina hizo un gesto de negación con la cabeza y


se rió de él.
—Eres muy insistente, Arthas Menethil. Lo intentaré.
—No; vendrás.
Alargó el brazo por encima de la mesa, que estaba abarrotada
de dulces y huevos vaciados con sumo cuidado y pintados con
colores brillantes, y colocó su mano sobre la de ella.
Jaina sonrió con una pizca de timidez impropia del tiempo que
llevaban juntos, y sus mejillas se ruborizaron.
Claro que iría.
Había varias festividades de menor importancia antes de Hal-
loween. Una era un tanto sombría; otra, muy alegre; y ésta, en
concreto, era un poco ambas cosas. Se creía que, en aquella fecha,
la barrera entre los vivos y los muertos se difuminaba y que los di-
funtos podían ser percibidos por los que aún estaban vivos. La
tradición señalaba que al final de la temporada de la cosecha,
antes de que los vientos del invierno comenzaran a soplar, debía
erigirse una efigie de paja en el exterior de palacio, a la cual se le
prendía fuego al ponerse el sol. Ver a aquel hombre gigante hecho
de paja envuelto en llamas, que brillaba con gran intensidad con-
tra el manto cada vez más extenso de la noche, era un espectáculo
asombroso. Cualquiera que lo desease podía acercarse a la ab-
rasadora efigie, lanzar una rama a sus llamas crepitantes y que-
mar así, metafóricamente, todo aquello que no quisiera portar
consigo en ese periodo de quietud y profunda reflexión propio de
la inactividad forzosa que conllevaba el invierno.
Era un ritual propio de campesinos, cuyos orígenes se re-
montaban a tiempos inmemoriales. Arthas sospechaba que muy
pocos de sus contemporáneos creían de verdad que lanzando una
rama al fuego se resolverían sus problemas, y muchos menos
creían que fuera posible contactar con los muertos. Él, cierta-
mente, no tenía ninguna fe en ese tipo de cosas. Pero se trataba de
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una celebración popular, y gracias a ella Jaina había regresado a


Lordaeron; por esa razón Arthas había ansiado tanto la llegada de
aquel día.
Tenía en mente una sorpresita para ella.
El sol se acababa de ocultar y el gentío se había ido con-
gregando allí desde las últimas horas de la tarde. Algunos incluso
habían traído viandas y aprovechaban la ocasión para disfrutar de
uno de los postreros días de otoño entre las colinas de Tirisfal.
Había guardias apostados por los alrededores pendientes de los
posibles incidentes que solían producirse cuando grandes can-
tidades de personas se reunían en un mismo lugar. Sin embargo
Arthas no esperaba que realmente surgieran problemas. Cuando
salió de palacio, ataviado con una casaca, calzas y una capa de
ricas tonalidades otoñales, los vítores arreciaron. Se paró y saludó
a los allí congregados, aceptó sus aplausos y, acto seguido, se
volvió hacia Jaina y extendió una mano hacia ella.
Si bien pareció sentirse un tanto sorprendida por aquel gesto,
Jaina logró esbozar una sonrisa. Los vítores aclamaron su nombre
junto con el de Arthas bajo aquel cielo que se oscurecía lenta-
mente. Los dos recorrieron el sendero que llevaba al gigantesco
hombre de paja y se detuvieron ante él. El príncipe, entonces, alzó
una mano pidiendo silencio.
—Compatriotas, me uno a vosotros en esta celebración de la
noche más reverenciada del año. La noche en que recordamos a
aquellos que ya no se encuentran entre nosotros y nos de-
shacemos de las cosas que no nos dejan progresar. La noche en la
que quemamos la efigie del hombre de paja como un símbolo del
año que pasa, al igual que los granjeros queman los campos que
han cosechado. Tal y como las cenizas nutren los campos, del
mismo modo este rito alimenta nuestras almas. Asimismo, me
alegro de ver a tantos de vosotros aquí esta noche; tanto como me
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alegro de poder ofrecer el distinguido honor de prender fuego al


hombre de paja a Lady Jaina Valiente.
La aludida abrió los ojos como platos y Arthas se giró hacia
ella, esgrimiendo una sonrisa maliciosa.
—Es la hija de un héroe de guerra, el almirante Daelin Vali-
ente, y llegará a ser una poderosa maga por derecho propio. Como
los magos son los amos y señores del fuego, creo que lo más lógico
es que sea ella quien prenda fuego a nuestro hombre de paja esta
noche. ¿No estáis de acuerdo?
Los allí reunidos rugieron extasiados, como Arthas sabía que
harían. El príncipe hizo una reverencia a Jaina; luego se acercó y
susurró:
—Ofréceles un buen espectáculo… Seguro que les va a
encantar.
Jaina asintió de un modo imperceptible y, acto seguido, se
volvió hacia la muchedumbre, a la que saludó con la mano. Los
vítores se incrementaron. A continuación se colocó un mechón de
pelo detrás de una oreja, revelando así su nerviosismo, aunque
enseguida recompuso el gesto. Después cerró los ojos y alzó las
manos para susurrar un encantamiento.
Jaina iba vestida con prendas de color rojo, amarillo y naranja,
como las bolitas de fuego que se fueron materializando en sus
manos, refulgiendo levemente al principio para luego incrementar
su luminosidad. Entonces miró a Arthas un instante, con tanta in-
tensidad como si ella misma fuera la encarnación del fuego. Sos-
tuvo aquellas llamas en las manos con suma facilidad, destreza y
maestría, y en ese momento el príncipe se percató de que los días
en que su amada apenas controlaba sus hechizos quedaban muy
atrás. No se iba a «convertir» en una maga poderosa; era obvio
que ya lo era, de facto aunque no de nombre.
Jaina extendió ambas manos. Las bolas de fuego saltaron
como una bala disparada desde una pistola y cayeron sobre la
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enorme efigie de paja, que estalló en llamas de inmediato. Los allí


congregados se quedaron boquiabiertos unos instantes, pero en-
seguida se escuchó una atronadora ovación. Arthas esbozó una
amplia sonrisa. El hombre de paja nunca ardía con tanta rapidez
cuando se le prendía fuego con un tizón corriente y moliente.
Jaina abrió los ojos ante aquel estruendo y saludó mientras
sonreía encantada. Arthas se acercó a ella y le susurró:
—Has estado espectacular, Jaina.
—Me pediste que les ofreciera un buen espectáculo —re-
spondió ella con una sonrisa.
—Efectivamente. Pero ha sido un espectáculo demasiado
bueno. Me temo que van a exigir que todos los años prendas fuego
al hombre de paja.
Entonces Jaina se volvió hacia él y le comentó:
—Eso no supondría ningún problema, ¿verdad?
La luz de las refulgentes llamas danzaba sobre ella, ilumin-
ando sus vivaces rasgos, al mismo tiempo que se reflejaban en la
diadema de oro que llevaba en el pelo. Arthas contuvo la respir-
ación mientras la contemplaba. Siempre se había sentido atraído
por Jaina, y la muchacha le había gustado desde el primer mo-
mento. Era su amiga y su confidente, y había sido muy excitante
flirtear con ella. Pero ahora podía verla literalmente bajo una
nueva luz.
Le costó un momento encontrar las palabras.
—No —respondió embelesado—. No será ningún problema, en
absoluto.
Se unieron al gentío que bailaba junto al fuego aquella noche,
lo cual causó graves quebraderos de cabeza a los guardias: Arthas
y Jaina se mezclaron con el pueblo y se dedicaron a darle la mano
a cualquier desconocido y a intercambiar saludos por doquier.
Aunque más tarde consiguieron dar esquinazo a la guardia al per-
derse entre la multitud y se escabulleron de la fiesta sin que nadie
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se diera cuenta. Poco después, Arthas guió a Jaina a través de los


pasillos menos transitados de palacio hasta llegar a sus aposentos
privados, donde casi los sorprendieron unos sirvientes que habían
tomado un atajo para llegar a las cocinas. Para evitarlo tuvieron
que pegarse a la pared y permanecer inmóviles unos instantes que
parecieron eternos.
A continuación entraron en las habitaciones de Arthas, quien,
tras cerrar la puerta, se apoyó en ella y atrajo a Jaina hacia él para
besarla apasionadamente. Sin embargo, fue la tímida y estudiosa
Jaina la que interrumpió el beso. Tomó la mano de Arthas entre
las suyas y lo llevó hasta la cama mientras el reflejo anaranjado de
las llamas del hombre de paja se colaba por las ventanas y danza-
ban sobre su piel.
Él la siguió como si estuviera aturdido, o quizá soñando. Se
quedaron de pie junto a la cama y sus manos se apretaron con
tanta fuerza que Arthas temió que pudiera llegar a romperle los
dedos a su amada sin querer.
—Jaina —susurró.
—Arthas —respondió ella con un gemido y volvió a besar a su
príncipe mientras le acariciaba las mejillas con sus manos. Arthas
estaba abrumado por el deseo y se sintió vacío cuando Jaina se
separó de él. No obstante, la respiración dulce y cálida de la
muchacha acariciaba el rostro de Arthas cuando ella le susurró:
—¿Estamos… preparados para dar este paso?
Arthas pensó en responder de modo jocoso a esa pregunta,
pero sabía a qué se refería en realidad. Arthas nunca había estado
más preparado para permitir que aquella muchacha ocupara en
su corazón el lugar que le correspondía por derecho. Recordaba
que alguna vez había tenido que rechazar a mujeres, como había
sucedido con Taretha; y era consciente de que Jaina tenía aún
menos experiencia que él en aquellos asuntos.
—Yo lo estoy si tú lo estás —susurró con voz ronca.
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Y cuando se inclinó para besarla de nuevo, se topó con aquel


ceño fruncido que le resultaba tan familiar. Mis besos lograrán
que desaparezca ese ceño fruncido que mancilla tu rostro, juró
mientras se tumbaban en la cama. Conseguiré que todo aquello
que te preocupa desaparezca para siempre.
Más tarde, cuando el hombre de paja se había consumido ya y
la única luz que rozaba el cuerpo dormido de Jaina era el frío re-
flejo azul y blanco de la luna; Arthas yacía despierto preguntán-
dose qué les depararía el futuro y sintiéndose plenamente feliz
mientras acariciaba con los dedos las curvas del cuerpo de Jaina.
No había lanzado ninguna rama al fuego del hombre de paja
porque, al presentarse ante él, Arthas se había dado cuenta de que
no había en su vida nada de lo que quisiera deshacerse. Ahora
tampoco lo hay, pensó al inclinarse para besarla. Jaina se desper-
tó con un débil suspiro y lo abrazó.
—Nadie parece capaz de negarte nada —susurró, repitiendo las
palabras que le había dicho el día en que se besaron por primera
vez—, y mucho menos yo.
Él la abrazó con fuerza y sintió un repentino escalofrío sin
saber muy bien por qué.
—No reniegues nunca de mí, Jaina. Nunca reniegues de mí,
por favor.
La muchacha alzó la vista; su mirada resplandecía bajo el frío
fulgor de la luna.
—Nunca lo haré, Arthas. Nunca.
CAPÍTULO OCHO

E l palacio nunca había sido decorado de una forma tan


alegre para el Festival de Invierno como aquel año. Murad-
in, quien siempre había sido un excelente embajador de su pueblo
y sus costumbres, había traído consigo esta tradición enana a
Lordaeron cuando fue destinado a ese reino. Con el paso del
tiempo, la popularidad de dicho festival se había incrementado, y
aquel año la gente parecía tomárselo muy a pecho.
El ambiente festivo se palpaba en el aire desde hacía unas se-
manas, cuando Jaina los había entusiasmado al prender fuego al
hombre de paja de una manera tan teatral. Le habían concedido
permiso para quedarse allí en invierno si así lo decidía, aunque
Dalaran no estaba muy lejos para alguien que era capaz de tele-
transportarse. No obstante, algo había cambiado. Se trataba de
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algo muy sutil y profundo. Jaina Valiente empezaba a ser tratada


como alguien que fuera algo más que la hija del gobernante de Kul
Tiras, algo más que una simple amiga.
La empezaban a tratar como si fuera un miembro de la familia
real.
Arthas se percató de ello por primera vez cuando su madre
convenció a Jaina y a Calia de que debían probarse con ella los
vestidos de gala que lucirían en el baile de la noche del Festival de
Invierno. Si bien en anteriores festivales habían tenido otras in-
vitadas de honor, Lianne nunca antes había querido conjuntar su
vestido y el de su hija con el de la invitada.
Asimismo, Terenas a menudo pedía a Jaina que se uniera a él
y a Arthas cuando celebraban audiencias en las que se sentaban a
escuchar las peticiones de la gente. Ella solía sentarse a la
izquierda del rey, en una posición que casi la igualaba al príncipe,
y Arthas a la derecha.
Arthas supuso que todo lo que estaba sucediendo era la con-
clusión lógica al proceso que ambos habían puesto en marcha. ¿O
no? Entonces recordó las palabras que le había dicho a Calia hace
años: «Cada uno tiene sus obligaciones, supongo. Te casarás con
quienquiera que padre escoja, y yo me casaré con quien deba
hacerlo según dicten los intereses del reino».
Jaina sería buena para el reino. Y también creyó que sería
buena para él.
Entonces, ¿por qué sólo con pensarlo se sentía tan
intranquilo?

La noche anterior al Velo de Invierno nevó. Arthas se hallaba


en pie observando desde un amplio ventanal el lago Lordamere,
que en esa época del año estaba congelado. Había empezado a
nevar al alba y había parado hacía una hora. El cielo era del color
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del terciopelo negro, las estrellas semejaban diamantes helados


que refulgían en la mullida oscuridad y la luz de la luna hacía que
todo pareciera inmóvil, silencioso y mágico.
Una mano suave se entrelazó con la suya.
—Es hermoso, ¿verdad? —afirmó Jaina con calma.
Arthas asintió, sin mirarla siquiera.
—Cuánta munición —añadió la joven.
—¿Qué?
—Que cuánta munición… —reiteró Jaina— para una pelea de
bolas de nieve.
Arthas se volvió hacia ella al mismo tiempo que inspiraba aire
con fuerza. Hasta entonces Jaina no le había permitido ver los
vestidos que ella, Calia y su madre lucirían en el banquete y el
baile esa misma noche, así que se quedó perplejo ante la belleza
sin igual que tenía delante. Jaina Valiente parecía una doncella
hecha de nieve, con unos zapatos que parecían de hielo, un
vestido blanco con reflejos del azul más pálido que cabía imaginar
y una diadema de plata que decoraba su peinado capturando el
cálido resplandor de las antorchas. Pero no se trataba de ninguna
reina de las nieves ni de ninguna estatua, sino de un ser cálido,
suave y vivo cuya melena dorada parecía flotar alrededor de sus
hombros, cuyas mejillas adquirieron un tono rojizo ante la mirada
de admiración de Arthas y cuyos ojos azules brillaron de felicidad.
—Eres como… una vela blanca —afirmó—. De blanco y oro.
Arthas se acercó a su amada para hacerse con un mechón de
su pelo, con el que jugueteó entre sus dedos.
Jaina sonrió.
—Sí —dijo riendo mientras intentaba acariciar los claros
mechones de Arthas—. Nuestros niños casi seguro que serán
rubios.
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El príncipe se quedó helado.


—Jaina, ¿no estarás…?
Entonces ella esbozó una amplia sonrisa.
—No. Todavía no. Pero no hay ninguna razón para creer que
no vayamos a tener hijos.
Hijos. Una vez más, aquella palabra lo petrificó y lo dejó con-
mocionado, presa de una angustia muy peculiar. Jaina estaba
hablando de sus hijos. Su mente voló hacia el futuro; un futuro en
el que Jaina era su esposa, tenían hijos y sus padres habían falle-
cido ya. Un futuro en el que él ocupaba el trono e incluso podía
sentir el peso de la corona sobre su cabeza. Una parte de él an-
siaba desesperadamente que ese porvenir se hiciera realidad. Le
encantaba que Jaina estuviera a su lado, le encantaba tenerla
entre sus brazos, le encantaban su sabor y su aroma, le encantaba
su risa, pura como el tañido de las campanas y dulce como la frag-
ancia de las rosas.
Le encantaba…
Pero ¿y si lo echaba todo a perder?
De pronto fue consciente de que, hasta aquel momento, todo
había sido un mero juego de niños. Pensaba en Jaina como en una
compañera, como lo que siempre había sido desde que eran niños,
salvo por el hecho de que sus juegos eran ahora de un carácter
más adulto. Pero una duda había surgido de improviso en él. ¿Y si
aquel sentimiento era real? ¿Y si de verdad estaba enamorado de
ella y ella de él? ¿Y si era un mal marido y un mal rey? ¿Y si…?
—No estoy preparado para dar ese paso —farfulló.
Jaina frunció el ceño ante aquella afirmación.
—Bueno, no tenemos que tener hijos ya.
Ella le apretó la mano. Su intención con aquel gesto era
tranquilizarlo.
Él soltó repentinamente su mano y dio un paso hacia atrás. Y
entonces su amada arugó aún más el ceño, confusa.
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—Arthas, ¿qué ocurre?


—Jaina, somos demasiado jóvenes —dijo hablando con rap-
idez y alzando un poco la voz—. Soy demasiado joven. Aún
tengo… No puedo… no estoy preparado.
Jaina palideció.
—No estás… Creía que…
La culpa corroía a Arthas. Era justo lo que ella le había pre-
guntado la noche en la que se habían convertido en amantes:
«¿Estamos… preparados para dar este paso?», le había susurrado.
«Yo lo estoy si tú lo estás», había replicado él, y había creído en
aquellas palabras… De verdad había creído que lo decía de todo
corazón…
Arthas la cogió de ambas manos, intentando desesperada-
mente expresar en palabras el carrusel de emociones que sentía.
—Aún tengo mucho que aprender. Aún he de completar mi
adiestramiento. Y mi padre me necesita. Uther todavía tiene
mucho que enseñarme y, además… Jaina, siempre hemos sido
amigos. Siempre me has entendido tan bien. ¿Acaso ya no eres
capaz de comprenderme? ¿Acaso ya no podemos seguir siendo
amigos?
Jaina abrió los pálidos labios para decir algo, pero no brotó de
ellos palabra alguna. Sus manos yacían inertes en las de Arthas,
que las apretaba presa de los nervios.
Jaina, por favor, entiéndelo… aunque ni siquiera yo lo en-
tienda, pensó el príncipe.
—Por supuesto, Arthas —replicó su amada con un tono de voz
muy monótono—. Tú y yo siempre seremos amigos.
Todo en ella hablaba de su dolor y conmoción, desde la pos-
tura del cuerpo, pasando por la expresión del rostro y el tono de
voz. Sin embargo, Arthas se aferró a esas palabras como a un
clavo ardiendo y una oleada de alivio lo invadió de una manera
tan profunda que hasta le temblaron las piernas. Todo iría bien.
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Quizá Jaina estuviera enfadada un tiempo, pero pronto acabaría


por entenderlo. Se conocían muy bien. Ella se acabaría dando
cuenta de que él tenía razón, de que era demasiado pronto.
—Es decir… no tenemos que romper para siempre —dijo im-
pulsado por la necesidad de explicarse—. Será algo temporal.
Tienes que estudiar… Estoy seguro de que he sido una distracción
para ti. Antonidas seguramente estará resentido conmigo.
Jaina no dijo nada.
—Es lo mejor. Quizá algún día, cuando las circunstancias sean
distintas, podamos volver a intentarlo. No es que yo… que tú…
Arthas la atrajo hacia él y la abrazó. Jaina permaneció rígida
como una piedra un instante, pero luego se abandonó a la calidez
de los brazos que la rodeaban. Permanecieron de pie, inmóviles
en aquella sala durante largo rato. Arthas apoyó la mejilla sobre la
lustrosa melena dorada de Jaina, sobre el mismo cabello con el
que, sin duda alguna, habrían nacido sus hijos. Y quizá aún
podrían llegar a nacer.
—No quiero cerrar esta puerta para siempre —señaló en voz
baja—. Sólo…
—No pasa nada, Arthas. Lo entiendo.
Entonces el príncipe se apartó de ella, apoyó las manos sobre
los hombros de su amada y la miró fijamente a los ojos.
—¿Seguro?
Jaina se rió sin ganas.
—Para serte sincera, no. Pero estoy bien. Bueno, lo estaré. Lo
sé.
—Jaina, sólo quiero estar convencido de que esto es lo cor-
recto. Para ambos.
No quiero echarlo todo a perder. No puedo echarlo todo a
perder, pensó el príncipe.
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La joven asintió. Inspiró profundamente, recobró la compos-


tura y le obsequió con una sonrisa… una sonrisa franca, aunque
teñida de sufrimiento.
—Vamos, príncipe Arthas. Tienes que acompañar a tu amiga al
baile.
De algún modo, Arthas y Jaina consiguieron sobrevivir a
aquella noche, incluso a pesar de que Terenas no dejaba de lanzar
miradas llenas de extrañeza a su hijo. Arthas no quería contárselo
a su padre, aún no. En verdad fue una noche muy triste y cargada
de tensión. En un momento dado, cuando se produjo una pausa
en el baile, Arthas se detuvo un instante a contemplar el manto
blanquecino de la nieve y el lago plateado por efecto de la luna, y
se preguntó por qué todo lo malo parecía ocurrir siempre en
invierno.

El teniente general Aedelas Lodonegro no parecía especial-


mente contento de tener una audiencia con el rey Terenas y el
príncipe Arthas. De hecho, daba la impresión de que deseaba
desesperadamente escabullirse de allí sin que nadie se percatara
de ello.
Los años no habían pasado en balde para él, ni en el aspecto
físico ni en su forma de ser. Arthas recordaba a un comandante
apuesto y refinado que, a pesar de su indudable afición a la be-
bida, al menos parecía capaz de mantener a raya los estragos que
el alcohol causaba; pero eso ya no era así. El pelo de Lodonegro
presentaba vetas grises; además, había ganado peso y tenía los
ojos inyectados en sangre. Por suerte, estaba totalmente sobrio. Si
se hubiera presentado a aquella reunión embriagado, Terenas, un
firme defensor de la moderación en todos los ámbitos de la vida,
se habría negado a recibirle.
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En aquella ocasión, Lodonegro se hallaba en presencia del rey


porque había metido la pata hasta el fondo. De algún modo, el
valioso gladiador orco de su propiedad llamado Thrall se había fu-
gado de Durnholde aprovechando que allí se había desatado un
incendio. Lodonegro había intentado ocultar los hechos y había
salido en busca del orco en persona apoyado por un grupo redu-
cido de hombres; pero como un orco verde gigantesco que cam-
paba a sus anchas atraía demasiado la atención, su fuga no se
había podido mantener en secreto mucho tiempo. En cuanto cor-
rió la voz, los rumores se dispararon, por supuesto: se decía que
un rival había liberado al orco para asegurarse así de que sus gla-
diadores ganaran en la arena; que se trataba del plan de una dama
celosa que esperaba así abochornar a Lodonegro; que lo había
rescatado una taimada banda de orcos a los que no afectaba aquel
extraño letargo; que lo había sacado de allí el mismísimo Orgrim
Martillo Maldito; e incluso que habían sido los dragones los que
desataron el incendio con su fogoso aliento tras infiltrarse dis-
frazados de humanos.
Arthas recordaba haberse divertido mucho viendo luchar a
Thrall, pero ya en aquel entonces se había preguntado si habría
sido una buena idea educar y entrenar a un orco. En cuanto Ter-
enas se enteró de que Thrall se había fugado, requirió que
Lodonegro se presentara ante él para informar de la situación.
—Por si no bastara con que adiestraras a un orco para luchar
en combates de gladiadores —le reprochó Terenas—, también se
te ocurrió enseñarle estrategia militar, a leer y a escribir… Así que
he de preguntarte, teniente general… en nombre de la Luz, ¿en
qué estabas pensando?
Arthas reprimió una sonrisa mientras Aedelas Lodonegro
parecía menguar ante sus propios ojos.
—Tú me aseguraste que los fondos y materiales que le propor-
cionábamos se utilizaban ex profeso para mejorar la seguridad de
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las instalaciones y que tu mascota orca estaba perfectamente cus-


todiada —prosiguió el rey—. Aun así, de algún modo, ahora anda
suelto en vez de hallarse encerrado en Durnholde. ¿Cómo es pos-
ible que haya ocurrido algo así?
Lodonegro frunció el ceño y pareció recobrar un tanto la
compostura.
—Sí, es una desgracia que Thrall se haya fugado. Aunque estoy
seguro de que sabes cómo me siento.
Aquél fue un golpe muy bajo que Lodonegro propinó al rey
con muy mala intención, puesto que sabía que Terenas aún tenía
clavada la espina de que Martillo Maldito se hubiera escapado de
Entrañas delante de sus narices. No obstante, no fue una es-
trategia muy certera, ya que Terenas frunció el ceño y añadió:
—Espero que esto no sea una mera consecuencia de un prob-
lema mucho más grave. Como bien sabes, teniente general, a la
gente le cuesta mucho ganarse el pan con el sudor de su frente, y
aún más pagar sus impuestos. Por eso tenemos la obligación de
asegurarnos de que el dinero recaudado se destina a protegerlos.
¿Acaso va a hacer falta que envíe a un representante a Durnholde
para cerciorarme de que los fondos se distribuyen como es
debido?
—¡No! No, no, eso no será necesario. Justificaré hasta el úl-
timo penique gastado.
—Sí —replicó Terenas con una amabilidad engañosa—, lo
harás.
En cuanto Lodonegro abandonó por fin la estancia, tras realiz-
ar varias reverencias rendidamente de camino a la puerta, Teren-
as se volvió hacia su hijo.
—Tú viste a Thrall en acción. ¿Qué opinas de esta situación?
Arthas asintió.
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—No era como imaginaba que serían los orcos. Quiero decir
que… era enorme. Y luchaba con gran fiereza. Resultaba obvio
que era inteligente y que lo habían entrenado bien.
Terenas se mesó la barba pensativo y señaló:
—Todavía quedan reductos de orcos renegados, algunos de los
cuales podrían no estar afectados por la apatía de la que hacen
gala los que hemos encerrado. Si Thrall se topa con ellos y les en-
seña todo cuanto sabe, las cosas podrían torcerse de mala manera.
Arthas permaneció sentado, aunque se enderezó para indicar
lo siguiente:
—He estado entrenando muy duro con Uther.
Era cierto. Ya que no era capaz de explicar a los demás, ni a sí
mismo, por qué había puesto fin a su relación con Jaina, Arthas se
había volcado totalmente en los entrenamientos. Luchaba durante
horas cada día hasta que le dolía todo el cuerpo, agotándose para
así borrar de su mente la imagen del rostro de Jaina.
Había tomado la decisión correcta, ¿no? Y Jaina se lo había to-
mado bastante bien. Entonces, ¿por qué permanecía despierto
por las noches, añorando su calor y su presencia, padeciendo un
dolor que bordeaba la agonía? Incluso había llegado a pasar horas
y horas practicando la meditación silenciosa en un vano intento
de apartarla de sus pensamientos, algo que antes habría consid-
erado una pérdida de tiempo. Quizá si se centraba en el combate,
en saber cómo aceptar, canalizar y dirigir la Luz, podría superarlo.
Superar el hecho de que él mismo hubiera roto con la chica a la
que amaba.
—Podríamos partir en busca de esos orcos para dar con ellos
antes que Thrall.
Terenas asintió.
—Uther me ha hablado mucho de la inmensa dedicación con la
que entrenas. Está impresionado por lo mucho que has pro-
gresado últimamente —le indicó. Y, a continuación, tomó una
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decisión—. Muy bien. Ve a informar a Uther. Prepárate para


partir. Ya es hora de que experimentes por primera vez en qué
consiste una batalla de verdad.
Arthas consiguió a duras penas contener un grito de alegría. Se
refrenó al percatarse del gesto de sufrimiento y preocupación que
se dibujaba en el rostro de su padre. Entonces, y sólo entonces,
tras matar a esos pieles verdes, quizá Arthas pudiera borrar de su
mente la expresión dolida de Jaina instantes después de que él
hubiera dado por finalizada su relación.
—Gracias, señor. Haré que te sientas orgulloso.
A pesar de que los ojos azules verdosos de su padre, tan pare-
cidos a los de Arthas, estaban teñidos de tristeza, Terenas sonrió.
—Eso, hijo mío, es lo que menos me preocupa.
CAPÍTULO NUEVE

J aina atravesó corriendo los jardines, pues llegaba tarde a su


cita con el archimago Antonidas. Le había vuelto a pasar lo
habitual: se hallaba tan absorta en un libro que había perdido la
noción del tiempo. Su maestro siempre la reprendía al respecto,
pero no podía evitarlo. Al cruzar las hileras de manzanos de
corteza de oro, de cuyas ramas colgaban frutos de gran tamaño ya
maduros, sintió un leve ataque de melancolía al recordar una con-
versación que había mantenido en aquel mismo lugar hacía sólo
unos años; cuando Arthas la había sorprendido por la espalda, le
había tapado los ojos con las manos y le había susurrado: «¿Quién
soy?».
Aún añoraba mucho a Arthas y había asumido que siempre lo
echaría de menos. La ruptura había sido algo tan inesperado y
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doloroso. Además, Arthas no había podido elegir peor momento y


Jaina recordaba lo abochornada que se había sentido al tener que
disimular su tristeza durante todo el baile de gala del Festival de
Invierno. Pero tras superar el impacto inicial, Jaina había con-
seguido entender el razonamiento de Arthas. Ambos eran jóvenes
y, tal y como había señalado el príncipe en aquel momento, tenían
responsabilidades que cumplir y un adiestramiento que com-
pletar. Jaina le había prometido que siempre serían amigos, lo
había dicho de todo corazón y se reafirmó en su propósito des-
pués. Sin embargo, para poder cumplir esa promesa, tenía que
cerrar las heridas de su corazón. Y eso era, precisamente, lo que
había hecho.
Desde entonces habían pasado muchas cosas que la habían
mantenido centrada en otros asuntos y ocupada con otros menes-
teres. Cinco años antes, un poderoso mago llamado Kel’Thuzad
había desatado la ira de los Kirin Tor al aventurarse por el sen-
dero de la magia nigromántica contranatura. Kel’Thuzad había
abandonado la ciudad, repentina y misteriosamente, tras sufrir
una severa reprimenda y recibir, de manera muy poco ambigua, la
orden de que cesara esos experimentos de inmediato. Aquel mis-
terio había sido uno de los muchos apoyos que la habían ayudado
a permanecer entretenida los últimos tres años.
Más allá de los muros de la ciudad mágica también habían
ocurrido muchas cosas, aunque la información al respecto era
muy fragmentaria y caótica y estaba plagada de rumores. Jaina
había deducido que Thrall, el orco fugado de Durnholde, se había
proclamado Jefe de guerra de la nueva Horda y había iniciado una
serie de ataques a los campos de reclusión para liberar a los orcos
que permanecían allí encerrados. Más adelante, la propia
Durnholde fue arrasada por ese autodenominado Jefe de guerra y,
por lo que pudo saber Jaina, quedó reducida a ruinas al recurrir
Thrall a la antigua magia chamánica de su poblado. Lodonegro
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también había caído pero, por lo que había llegado a sus oídos, no
se le iba a echar mucho de menos. A pesar de que le preocupaba
que esta nueva Horda pudiera llegar a suponer una amenaza para
su pueblo, Jaina no lamentaba en absoluto que los campos de re-
clusión hubieran sido destruidos. No después de haber sido
testigo de lo que ocurría tras sus muros.
Entonces escuchó unas voces que la sacaron de sus pensami-
entos, una de las cuales trataba de imponerse sobre la otra presa
de la ira. Aquel tipo de discusiones eran tan poco habituales en
aquel lugar, que Jaina se detuvo abruptamente.
—Ya le advertí a Terenas que su pueblo está prisionero dentro
de los confines de sus propias tierras. Y ahora te lo reitero a ti: la
humanidad se encuentra en peligro. Las tinieblas han vuelto a re-
surgir, ¡y el mundo entero se encuentra al borde de una guerra!
Jaina no reconoció aquella voz masculina resonante y potente.
—Ah, ahora ya sé quién eres tú. Eres el profeta incoherente del
que hablaba el rey Terenas en su última misiva. Me interesan
tanto tus majaderías como al rey.
El otro interlocutor era Antonidas, quien se mostraba tan
calmado como aquel extraño insistente. Jaina sabía que lo mejor
que podía hacer era retirarse de allí con discreción antes de que se
percataran de su presencia; sin embargo, la misma curiosidad que
la había llevado a acompañar a Arthas a espiar un campo de re-
clusión de orcos siendo una niña, la impulsó a hacerse invisible
para poder saber más sobre el objeto de su conversación. Se acer-
có a ellos con sumo sigilo hasta que pudo divisar con claridad a
ambos: el primer interlocutor, al que Antonidas había llamado
sarcásticamente «profeta», iba ataviado con una capa y una
capucha decoradas con plumas negras; el segundo, el maestro de
Jaina, iba montado a caballo.
—Creía que Terenas había expresado con meridiana claridad
cuál era su opinión sobre tus predicciones.
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—Tú deberías ser más sabio que el rey. ¡El fin se acerca!
—Ya te lo he dicho antes: no me interesan tus supercherías
—replicó Antonidas de un modo tranquilo pero cortante.
Jaina conocía perfectamente aquel tono de voz.
El profeta permaneció en silencio unos segundos y, acto
seguido, lanzó un suspiro y afirmó:
—Entonces pierdo el tiempo contigo.
Ante la mirada estupefacta de Jaina, la silueta de aquel ex-
traño se difuminó, menguó y cambió de forma, de modo que
donde un momento antes se hallaba un hombre ataviado con una
túnica provista de una capucha, se encontraba ahora un enorme
pájaro negro, que soltó un graznido de frustración, se elevó hacia
el cielo batiendo sus alas y desapareció.
Al instante, Antonidas, sin apartar la mirada del intruso, que
ahora sólo era un punto que se desvanecía en el cielo azul, dijo lo
siguiente:
—Ya puedes mostrarte, Jaina.
Una ola de calor invadió el rostro de la maga, quien murmuró
un contrahechizo y se hizo visible ante su mentor.
—Lamento haberte espiado, maestro, pero…
—Ese necio demente está convencido de que el mundo está a
punto de llegar a su fin. En mi opinión, eso es llevar el tema de la
peste demasiado lejos.
—¿Peste? —inquirió Jaina.
Antonidas desmontó con un suspiro, y, a continuación, prop-
inó un cachete amistoso en los cuartos traseros a su corcel para
indicarle que debía marcharse. El caballo brincó ligeramente y
trotó obediente hasta los establos, donde un sirviente lo atender-
ía. El archimago hizo una seña a su aprendiza para que se acer-
cara. Jaina avanzó hacia él para cogerle de la mano nudosa que su
mentor le ofrecía.
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—Seguro que recuerdas que envié a unos cuantos mensajeros a


Ciudad Capital hace poco —comentó Antonidas.
—Creía que esos mensajes estaban relacionados con el prob-
lema orco.
Entonces Antonidas masculló un encantamiento y, unos in-
stantes después, reaparecieron en sus aposentos privados. A Jaina
le encantaba aquel lugar: el desorden; el olor a pergamino, cuero
y tinta; y aquellas sillas viejas en las que uno podía acomodarse
para perderse en un océano de sabiduría. Antonidas le indicó con
un gesto que se sentara y le bastó simplemente con flexionar un
dedo para que un cántaro les sirviera néctar a ambos.
—Ya, bueno, ese tema también estaba incluido en la agenda;
no obstante, consideramos que una amenaza mayor se encuentra
a nuestras puertas.
—¿Mayor que el renacimiento de la Horda?
Jaina extendió una mano y una copa de cristal, repleta de
líquido dorado, flotó por el aire hasta posarse sobre la palma de la
misma.
—Con los orcos se podía razonar, al menos en teoría. Pero con
una enfermedad no se puede hacer eso. Según los informes que
hemos recibido, la peste se está extendiendo por las tierras del
norte. Por lo que creo que los Kirin Tor deberían prestar más
atención a ese fenómeno.
Jaina lo observó con detenimiento y frunció el ceño mientras
degustaba a sorbos aquel néctar. Normalmente, las enfermedades
entraban dentro de las competencias de los sacerdotes, no de los
magos. A menos que…
—¿Crees que podría tener un origen mágico?
Su maestro asintió con un movimiento de su calva cabeza.
—Es más que probable. Por eso, Jaina Valiente, te voy a pedir
que viajes a esas tierras a investigar ese asunto.
—¿Yo? —exclamó Jaina, y casi se ahogó con el néctar.
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—Tú, sí, tú. Has aprendido todo cuanto tengo que enseñar.
Además, ya es hora de que apliques lo aprendido fuera del abrigo
y seguridad que proporcionan estas torres —le explicó Antonidas,
que le sonrió amablemente mientras su mirada titilaba—.
Además, he dispuesto que un enviado muy especial te ayude con
tu misión.

Arthas holgazaneaba apoyado contra un árbol y con la cara


alzada hacia el cielo disfrutaba de la tenue luz del sol con los ojos
cerrados. Sabía que irradiaba calma y confianza. De hecho, se veía
obligado a tenerla. Sus hombres ya estaban suficientemente pre-
ocupados por todos ellos. No podía dejar que ellos supieran que él
también estaba muy nervioso. Tras tanto tiempo, ¿cómo sería su
reencuentro? Quizá no hubiera sido una decisión tan acertada al
fin y al cabo. Pero los informes sobre la peste no paraban de lleg-
ar, y, por otro lado, sabía que ella era muy equilibrada e inteli-
gente. Todo saldría bien. Tenía que salir bien.
Uno de sus capitanes, Falric, a quien Arthas conocía desde
hacía años, se adentró, con paso firme en uno de los cuatro sen-
deros que conformaban aquella encrucijada para, a continuación,
desandar sus pasos y aventurarse en otro camino. Hacía mucho
frío y su respiración se hacía patente en forma de vaho; además,
su enfado iba en aumento por momentos.
—Príncipe Arthas —osó decir por fin—, llevamos horas esper-
ando. ¿Estás seguro de que ese amigo tuyo vendrá?
Los labios de Arthas se curvaron en una leve sonrisa. No
habían informado a los hombres de quién era la persona a la que
esperaban por razones de seguridad. El príncipe respondió con
los ojos cerrados.
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—Estoy seguro. —Y lo estaba de verdad. Arthas pensó en todas


las veces en las que había tenido que esperar pacientemente a su
amiga—. Jaina siempre suele llegar un poco tarde.
En cuanto aquellas palabras brotaron de sus labios, escuchó
un bramido y unas palabras apenas descifrables:
—¡Yo MACHACAR!
Arthas, como una pantera que hubiera estado sesteando al sol
y se hubiera despertado al sentir el más mínimo rastro de
amenaza, se preparó para hacer frente al enemigo martillo en
mano. Observó el camino y divisó la silueta de una mujer esbelta
que corría hacia él nada más coronar la cima de una colina. Tras
ella surgió lo que Arthas supuso que era un elemental: una man-
cha provista de una cabeza y extremidades muy bastas que giraba
sobre sí misma y parecía estar compuesta de agua de colores.
Y detrás de aquel engendro aparecieron… dos ogros.
—¡Por la Luz! —gritó Falric mientras hacía ademán de salir
corriendo hacia aquel singular conjunto de seres.
Arthas hubiera acudido antes que sus hombres al rescate de la
doncella si no se hubiera percatado de que se trataba de Jaina
Valiente.
La maga esbozaba una sonrisa muy amplia.
—Envaina tu espada, capitán —le ordenó Arthas, al tiempo que
sonreía—. Esa dama sabe cuidar de sí misma.
Así fue. La damisela supo defenderse ella sola de manera muy
eficaz. En ese preciso instante, Jaina se volvió e invocó al fuego.
Arthas se dio cuenta de que esos pobres y estupefactos ogros iban
a salir muy malparados de la refriega; y, efectivamente, en cuanto
el fuego acarició sus cuerpos regordetes y pálidos, los ogros grit-
aron de dolor y de asombro, sin poder creer que aquella pequeña
humana pudiera tener tanto poder. Uno de ellos huyó, como cabía
esperar, pero el otro, incapaz de creerse aún lo que estaba ocur-
riendo, siguió avanzando. Jaina lanzó una estruendosa descarga
152/433

de llamas anaranjadas contra él, que profirió un grito y se der-


rumbó, muriendo calcinado de inmediato. El hedor de la carne
quemada invadió las fosas nasales de Arthas.
Jaina observó cómo el otro ogro huía, a continuación se
sacudió ambas manos y asintió con un leve gesto de su cabeza. Ni
siquiera había empezado a sudar.
—Caballeros, os presento a la señorita Jaina Valiente —les
anunció Arthas arrastrando un poco las vocales, mientras se acer-
caba a su amiga de la infancia y examante—. Es una agente espe-
cial de los Kirin Tor y una de las hechiceras más talentosas de es-
tas tierras. Me da la impresión de que no ha perdido su toque
maestro.
La maga se giró para mirarle y sonrió. No fue un momento in-
cómodo como había temido, sino muy feliz. Jaina se alegraba de
verlo, y Arthas de verla a ella. El príncipe sintió que una oleada de
satisfacción lo invadía por dentro.
—Me alegro de volver a verte —añadió el príncipe.
Aquellas palabras aparentemente corteses, expresaron más de
lo que parecía a simple vista. Y ella lo entendió. Siempre lo había
entendido. Por eso sus ojos centellearon cuando le contestó:
—Lo mismo digo. Ha pasado tanto tiempo desde la última vez
que un príncipe me escoltó.
—Sí —afirmó él, con un tono de voz que revelaba cierto arre-
pentimiento—. Tienes razón.
Aquel momento sí resultó incómodo, lo cual provocó que
Jaina bajara la vista al suelo y Arthas se aclarara la garganta para
decir:
—Bueno, supongo que será mejor que partamos.
La hechicera asintió mientras con un gesto de su mano in-
dicaba al elemental que la había escoltado que podía retirarse.
—Ahora que estos leales soldados me escoltan, ya no necesito
la protección de este amigo —aseveró, al tiempo que obsequiaba a
153/433

Falric y sus hombres con su mejor sonrisa—. Bueno, alteza, dime:


¿qué se sabe acerca de esta peste que debemos investigar?
—No mucho —se vio obligado a confesar Arthas mientras
echaban a andar—. Sólo sé que mi padre me ha enviado a colabor-
ar contigo. Últimamente he estado combatiendo al lado de Uther,
codo con codo, para acabar con la amenaza orca y no he oído hab-
lar mucho de esa peste. De todos modos, doy por sentado que si
los magos de Dalaran quieren saber más al respecto, ese fenó-
meno debe de tener algo que ver con la magia.
La maga asintió sin perder la sonrisa en ningún momento,
aunque ya estaba frunciendo el ceño de esa forma tan habitual en
ella. Arthas sintió una extraña punzada de nostalgia al fijarse en
ese gesto.
—Así es. Aunque no sé a ciencia cierta cuál es el vínculo exacto
entre esa afección y las artes arcanas. Por eso, el maestro An-
tonidas me ha encomendado la misión de informar de cuanto vea
en esos parajes. Deberíamos cerciorarnos de que todo se encuen-
tra en orden en las poblaciones del Camino del Rey. Deberíamos
hablar con los lugareños para comprobar si saben algo que nos
pueda ser de utilidad. Con suerte, no se hallarán aún infectados y
no estaremos ante una grave epidemia sino, simplemente, ante el
brote localizado de alguna enfermedad —le explicó Jaina.
Arthas, que la conocía muy bien, pudo detectar cierto tono du-
bitativo en su voz. Lo entendía perfectamente. Si Antonidas no
creyera que se trataba de algo serio, no habría enviado a su apre-
ciada aprendiza a valorar la situación sobre el terreno; del mismo
modo, el rey Terenas tampoco habría enviado a su hijo.
Entonces el príncipe decidió que sería mejor cambiar de
tercio.
—Me pregunto si la peste tendrá algo que ver con los orcos
—planteó Arthas que insistió en esa teoría a pesar de la expresión
154/433

de sorpresa de Jaina—. Estoy seguro de que habrás oído hablar de


las fugas que se han producido en los campos de reclusión.
—Sí. A veces me pregunto si esa familia que vimos en su día se
encontrará entre los que han escapado —reflexionó Jaina mien-
tras asentía con la cabeza.
—Bueno, si es así, quizá ahora estén adorando a algunos de-
monios —replicó el príncipe, revelando con su lenguaje corporal
que se sentía incómodo con lo que acababa de decir su
interlocutora.
—¿Qué? Creía que esa opción había quedado descartada hace
tiempo; se supone que los orcos ya no tienen acceso a esa energía
demoníaca —replicó la maga con los ojos abiertos de par en par.
—Mi padre nos envió a Uther y a mí a ayudar a defender
Strahnbrad de los ataques orcos. Pero cuando llegamos a esa
ciudad, los orcos ya habían secuestrado a unos cuantos vecinos. A
pesar de que les dimos caza en su campamento, tres hombres
habían sido sacrificados —indicó Arthas encogiéndose de
hombros.
Jaina le escuchaba como siempre hacía, pero no sólo con los
oídos sino con todo el cuerpo, concentrándose en cada palabra
con la intensa meditación que Arthas recordaba. Por la Luz, qué
hermosa era.
—Los orcos afirmaron que los humanos habían sido ofrecidos
como sacrificio a sus demonios. Asimismo señalaron que se
trataba de una exigua ofrenda; es obvio que les hubiera gustado
sacrificar a más víctimas —prosiguió Arthas.
—Antonidas parece creer que esta peste es de naturaleza má-
gica —murmuró Jaina—. Me pregunto si habrá alguna relación
entre ambos fenómenos. Resulta descorazonador saber que han
vuelto a sus perversas costumbres. Aunque quizá se trate de un
caso aislado, de un solo clan.
155/433

—Tal vez sí, o tal vez no —Arthas recordaba la furia con la que
Thrall había luchado en la arena, incluso recordaba que no había
sido nada fácil reducir aquellos orcos que no eran más que
chusma—. Pero no podemos correr riesgos. Si nos atacan, mis
hombres tienen órdenes de matarlos.
De manera fugaz, pensó en la furia que se había apoderado de
él cuando el líder orco le hizo llegar su respuesta al pacto que Uth-
er les había ofrecido a cambio de su rendición. Thrall había orde-
nado asesinar a los dos hombres enviados a parlamentar. Los
caballos habían vuelto sin sus jinetes. Era un mensaje sin palabras
pero el contenido había quedado claro de una manera brutal.
«¡Entremos ahí a despedazar a esas bestias!», había gritado
Arthas mientras empuñaba el brillante martillo que le habían en-
tregado en la iniciación de la Mano de Plata. El príncipe hubiera
partido de inmediato en busca del enemigo si Uther no le hubiera
agarrado del brazo con fuerza.
«Recuerda, Arthas», le habia dicho su mentor con suma
calma, «somos paladines. La venganza no forma parte de nuestro
sendero. Si permitimos que las emociones alimenten nuestra sed
de sangre, nos convertiremos en unos seres tan viles como los
orcos».
Aquellas palabras habían penetrado, de algún modo, en el
muro de ira que Arthas había levantado en torno a su cordura. El
príncipe había observado, con los dientes apretados, cómo se
habían llevado a los caballos asustados cuyos jinetes habían sido
masacrados. Si bien las palabras de Uther habían sido muy sabias,
Arthas había seguido creyendo que les había fallado a los jinetes
de esas monturas. Les había fallado, al igual que había fallado a
Invencible en su día, y ahora estaban tan muertos como aquel
magnífico corcel. Entonces había tomado aire con fuerza para
calmarse y había contestado: «Lo sé, Uther».
156/433

Su paciencia había tenido su recompensa, puesto que Uther,


más tarde, le había encomendado que liderara el ataque contra los
orcos. Aunque ojalá hubiera podido llegar a tiempo para salvar a
esos tres pobres desgraciados que habían sido sacrificados.
Una mano se posó sobre su brazo y eso le hizo volver al
presente. Sin pensarlo dos veces, por puro hábito, cubrió la mano
de Jaina con la suya. La maga intentó apartarla y le obsequió con
una sonrisa ligeramente tensa.
—Me alegro tanto, tantísimo de volver a verte —afirmó el prín-
cipe de manera impulsiva.
La tensión que dominaba la sonrisa de Jaina se esfumó, pas-
ando a ser más sincera mientras cogía a Arthas del brazo.
—Lo mismo digo, alteza. Por cierto, gracias por refrenar a tu
hombre cuando nos hemos encontrado —le indicó, al tiempo que
su sonrisa se hacía aún más amplia—. Ya te lo dije una vez: no soy
una frágil figurita de porcelana.
—Claro que no, mi señora. Lucharás a nuestro lado en las
batallas que nos aguardan —aseveró el príncipe con una
carcajada.
—Rezo porque no se desate ninguna lucha, porque sólo
tengamos que investigar. Pero no titubearé si hay que entrar en
combate. Haré lo que deba hacer. Como siempre he hecho
—afirmó mientras lanzaba un suspiro.
Jaina retiró la mano del brazo de Arthas y el príncipe se sintió
decepcionado, aunque lo disimuló.
—Como todos, mi señora.
—Oh, deja de hablarme así, que soy Jaina.
—Y yo Arthas. Encantado de conocerte.
Jaina le propinó un empujón y ambos estallaron en carcaja-
das. De ese modo, repentinamente, el muro que se alzaba entre el-
los se derrumbó. El príncipe inclinó la cabeza para observarla con
más detenimiento y sintió que la emoción lo embargaba al saber
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que ella se encontraba de nuevo a su lado. Pero como se iban a en-


frentar a un peligro muy real juntos por primera vez, Arthas sen-
tía emociones contradictorias. Quería protegerla pero al mismo
tiempo anhelaba que deslumbrase al mundo al desplegar todo su
talento en esa misión. También se preguntaba si, en su día, había
hecho lo correcto, o si acaso era ya demasiado tarde para una re-
conciliación. Era cierto que le había dicho que no estaba pre-
parado; y era cierto, porque en aquella época no había creído es-
tar listo para asumir ciertas responsabilidades. Pero muchas cosas
habían cambiado desde aquel Festival de Invierno. Aunque otras
no lo hubieran hecho. Asimismo, ciertas emociones contrapuestas
lo desgarraban por dentro, pero logró arrinconarlas todas salvo
una: el placer que experimentaba por el mero hecho de hallarse
en presencia de ella.
Acamparon aquella noche antes del crepúsculo en un pequeño
claro cerca de la carretera. La luna no brillaba en el firmamento,
sólo las estrellas centelleaban en la oscuridad de ébano que se
alzaba sobre ellos. Jaina encendió el fuego con sus poderes a
modo de chanza y conjuró unos panes suculentos y unas bebidas
deliciosas; acto seguido anunció:
—Ya he cumplido con mi parte.
Los hombres se rieron y prepararon el resto de la comida de
manera solícita: ensartaron los conejos en el espetón y sacaron la
fruta de las alforjas. El vino corrió de mano en mano y daba la
sensación de que se trataba más de un grupo de camaradas que
disfrutaban de una velada juntos, que de una unidad de batalla
que investigara una peste mortal.
Después, Jaina se sentó un poco apartada del grupo. Tenía la
mirada clavada en el firmamento y una sonrisa dibujada en sus la-
bios. Entonces Arthas se le acercó y le ofreció más vino. La maga
sostuvo la copa mientras el príncipe le servía y, a continuación,
bebió un sorbo para probar su sabor.
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—Un vino añejo excelente, alte… Arthas —opinó.


—Alguna ventaja tenía que tener ser príncipe —replicó éste.
Arthas estiró sus largas piernas y se tumbó junto a ella, con
uno de los brazos colocado detrás de la cabeza a modo de almo-
hada mientras con el otro sostenía con firmeza una copa sobre el
pecho al tiempo que contemplaba las estrellas.
—¿Con qué crees que vamos a encontrarnos? —inquirió
Arthas.
—No lo sé. Si lo supiera, no me habrían enviado a investigar.
Aunque después de lo que me has contado de tu encuentro con los
orcos, me pregunto si esto no tendrá algo que ver con esos de-
monios a los que adoran.
El príncipe asintió, envuelto en la oscuridad de aquella noche
sin luna. Como enseguida se percató de que la maga no podía
verlo, dijo:
—Estoy de acuerdo. Quizá deberíamos haber traído un sacer-
dote con nosotros para esta misión.
—No nos hace falta. Eres un paladín, Arthas. La Luz actúa a
través de ti. Además, manejas un arma mucho mejor que cu-
alquier sacerdote que conozca —le halagó. Se giró hacia él y
sonrió.
El príncipe esbozó una amplia sonrisa a su vez al escuchar
aquellas palabras. A continuación reinó el silencio por unos in-
stantes, y cuando Arthas se disponía a hacerle una caricia, Jaina
suspiró, se puso en pie y apuró su copa de vino.
—Ya es tarde. No sé tú, pero yo estoy agotada. Te veré por la
mañana. Que duermas bien, Arthas.
Sin embargo, el príncipe no logró conciliar el sueño. No paró
de dar vueltas sobre su improvisado jergón mientras contemplaba
el cielo. Los sonidos de la noche conspiraban para atraer su aten-
ción justo cuando conseguía adormecerse. No pudo soportarlo
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más. Siempre había sido impulsivo, lo sabía, pero… Maldición,


juró mentalmente.
Se quitó las mantas de encima y se enderezó. En el campa-
mento reinaba la calma. Como en aquel lugar no corrían peligro
alguno, no había ningún hombre apostado como vigía. Silen-
ciosamente, Arthas se levantó y se encaminó hacia la zona donde
sabía que Jaina dormía. Se arrodilló junto a ella y le apartó el pelo
que tapaba su bello rostro.
—Jaina —susurró—, despierta.
Al igual que había hecho aquella noche tan lejana en el tiempo,
Jaina se despertó en silencio y sin miedo, parpadeando ante él
presa de la curiosidad.
El príncipe sonrió y le preguntó:
—¿Dispuesta a vivir una aventura?
La maga inclinó la cabeza sonriendo; resultaba obvio que los
recuerdos de aquella noche también volvían a ella.
—¿Qué clase de aventura? —replicó Jaina.
—Confía en mí.
—Siempre lo he hecho, Arthas.
Hablaban en susurros y su aliento era visible en el gélido aire
nocturno. Jaina estaba tumbada de costado y apoyada sobre un
codo; Arthas copió su postura, de modo que con la mano libre
pudo acariciarle la cara. La maga no hizo ademán de apartarse.
—Jaina… Creo que hay una razón por la que volvemos a estar
juntos.
—Por supuesto. Tu padre te ha enviado porque… —contestó
Jaina, mientras fruncía el ceño de esa manera tan típica en ella.
—No, no. Es algo más. Ahora somos un equipo. Tra-traba-
jamos muy bien así.
Jaina permaneció callada. Entretanto, el príncipe seguía acari-
ciando la suave curva de una de sus mejillas.
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—Y… y cuando todo esto haya acabado… quizá podamos…


hablar. Ya me entiendes… —añadió Arthas.
—¿Sobre lo que terminó aquel Festival de Invierno?
—No. Sobre finales no, más bien sobre comienzos. Sin ti sentía
que me faltaba algo. Te he añorado mucho porque me conoces
mejor que nadie, Jaina.
La maga permaneció en silencio durante largo tiempo; acto
seguido suspiró levemente y apoyó una mejilla sobre la mano del
príncipe, quien se estremeció cuando ella giró la cabeza y le besó
la mano.
—Nunca he sido capaz de negarte nada, Arthas —replicó con
un tono de voz que denotaba cierto júbilo—. Sí. Yo también sentía
que me faltaba algo. Te he echado tanto de menos.
Una gran sensación de alivio invadió a Arthas y, a continua-
ción, se inclinó hacia delante para abrazarla y besarla apasionada-
mente. Llegarían hasta el fondo de aquel misterio juntos, lo re-
solverían y regresarían a casa como héroes. Después se casarían,
tal vez en primavera. Arthas quería verla cubierta de pétalos de
rosa. Y, más tarde, llegarían esos niños rubios de los que Jaina
había hablado en su día.
Allí no tenían mucha intimidad, ya que se hallaban rodeados
de soldados, pero aun así compartieron lecho hasta que el frío
amanecer lo obligó a volver renuentemente a su jergón. Aunque,
antes de marchar, rodeó a Jaina con sus brazos y la abrazó con
fuerza.
Luego durmió un poco, reconfortado por la idea de que nada,
ninguna peste, ningún demonio o misterio podría derrotar al
equipo que formaban el príncipe Arthas Menethil, paladín de la
Luz, y lady Jaina Valiente, maga. Superarían aquel desafío, cost-
ara lo que costase.
CAPÍTULO DIEZ

A media mañana del día siguiente se toparon con unas


cuantas granjas esparcidas a lo largo del camino.
—Esa aldea no se halla muy lejos de aquí —afirmó Arthas, tras
consultar el mapa—. Qué raro. Ninguna de estas granjas aparece
en el mapa.
—No —replicó Falric con firmeza.
Había cierto grado de familiaridad en la forma en que se había
dirigido al príncipe; eso era debido a que se conocían desde hacía
mucho tiempo. Arthas confiaba totalmente en la franqueza de
aquel hombre, por eso había colocado a Falric el primero en la
lista de los soldados que quería que lo acompañaran en la misión.
En ese instante, aquel hombre de confianza, cuyo pelo era cada
vez más cano, hizo un gesto de negación con la cabeza y dijo:
162/433

—Yo crecí en esta zona, señor, y estos granjeros en su mayoría


viven aislados del resto del mundo. Sólo visitan las aldeas para
vender sus productos y su ganado.
—¿Hay rencillas entre esta gente y la de las aldeas?
—De ningún modo, alteza. Simplemente, así funcionan las co-
sas en este lugar.
—Si ésa es la relación que mantienen con el resto del mundo
—conjeturó Jaina—, es muy probable que si alguien cae enfermo
se nieguen a pedir ayuda en el exterior. Por tanto, esta gente
podría estar ya enferma y nadie se habría enterado.
—Jaina acaba de plantear una posibilidad que deberíamos ten-
er en cuenta. Veamos qué podemos descubrir gracias a estos gran-
jeros —dijo Arthas mientras ordenaba avanzar a su montura.
Se aproximaron despacio, para que los granjeros pudieran
percatarse de su presencia y prepararse para recibirlos debida-
mente. Si les gustaba vivir aislados y la peste había hecho mella en
aquel lugar, sin duda alguna los granjeros se mostrarían recelosos
ante la súbita aparición de un grupo numeroso de desconocidos.
Arthas recorrió con la mirada la zona a medida que se iban
acercando a la granja.
—Mirad —indicó señalando con el dedo—. La puerta está
destrozada y el ganado se ha fugado.
—Eso no es buena señal —masculló Jaina.
—Tampoco ha salido nadie a recibimos —observó Falric—. O a
enfrentarse con nosotros.
Arthas y Jaina intercambiaron miradas. A continuación, el
príncipe hizo una señal al grupo para que se detuviera.
—¡Bienhallados, granjeros! —saludó en voz alta—. Soy Arthas,
príncipe de Lordaeron. Mis hombres y yo no pretendemos hacer-
os daño. Por favor, salid de vuestras moradas para hablar con
nosotros; tenemos que haceros unas cuantas preguntas con el
único fin de poder garantizar vuestra seguridad.
163/433

Sólo recibieron silencio por respuesta. Entonces el viento arre-


ció y meció las hectáreas de hierba donde deberían haber estado
pastando las reses. Sin embargo, el único sonido que alcanzaron a
escuchar fue el suave susurro de la hierba y el chirrido de sus ar-
maduras mientras se agitaban inquietos a lomos de sus monturas.
—Aquí no hay nadie —afirmó Arthas.
—O quizá estén tan enfermos que ni siquiera sean capaces de
salir de sus casas —replicó Jaina—. Arthas, deberíamos entrar
para comprobar que todo se encuentra en orden. ¡Podrían neces-
itar nuestra ayuda!
El príncipe observó a sus hombres. No daban la impresión de
estar muy dispuestos a entrar en una casa que podría hallarse in-
festada de víctimas de la peste y, la verdad, él tampoco. No ob-
stante, Jaina tenía razón. Se trataba de sus súbditos, a quienes
había jurado ayudar y eso iba a hacer, sin importar las consecuen-
cias, al precio que fuera.
—Vamos —ordenó y, acto seguido, desmontó.
A su lado, Jaina hizo lo mismo.
—No, tú te quedas aquí —le ordenó Arthas.
Las cejas rubias de la maga intentaron juntarse cuando ésta
frunció el ceño y le espetó:
—Te lo he dicho mil veces: no soy una frágil figurita de por-
celana, Arthas. Además, me han enviado a investigar esta peste,
así que si hay víctimas ahí dentro, tendré que comprobarlo con
mis propios ojos.
—De acuerdo —dijo el príncipe, lanzando un suspiro a la vez
que asentía.
Arthas se dirigió hacia la casa. En cuanto se hallaron en el
umbral del jardín, el viento cambió de dirección.
Entonces les alcanzó un hedor horrendo. Jaina se cubrió la
boca con la mano e incluso Arthas tuvo que reprimir las arcadas.
Se trataba de la fetidez empalagosa de un matadero. Pero ni
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siquiera olía a algo que hubiera muerto hacía poco tiempo, más
bien era la pestilencia propia de la carroña. En ese instante, uno
de sus hombres se dio la vuelta y vomitó. Arthas habría hecho lo
mismo de buena gana, pero gracias a su férrea voluntad lo evitó.
Aquel olor nauseabundo provenía del interior de la casa, así que
ya no albergaban ninguna duda sobre qué les había ocurrido a sus
moradores.
Jaina se volvió hacia él, lívida pero decidida a entrar.
—He de examinar…
Unos chillidos horribles, líquidos, se unieron al hedor de la
muerte y desde el interior de la granja emergieron unos en-
gendros a una velocidad asombrosa. El martillo de Arthas brilló
de pronto con una luz cegadora que le obligó a entornar los ojos.
Se giró con gran rapidez, levantó el martillo y se encontró mir-
ando a la cuenca de los ojos de una pesadilla andante.
Aquel engendro iba ataviado con una camisa y un peto muy
bastos, y portaba como arma una horca de granjero. En otro
tiempo, aquel hombre había sido un granjero. Ahora, obviamente,
estaba muerto: la carne verdosa y grisácea colgaba hecha jirones
de su esqueleto y en el mango de aquella horca sus dedos putre-
factos dejaban restos descompuestos. Fluidos negruzcos y coagu-
lados rezumaban de sus pústulas y con un rugido gorgoteante lan-
zó unos esputos repletos de icor que cayeron sobre la cara despro-
tegida de Arthas. El príncipe estaba tan conmocionado por
aquella aparición que la horca estuvo a punto de alcanzar su ob-
jetivo. Por fortuna, reaccionó de inmediato y alzó su arma bendita
justo a tiempo, de modo que el utensilio de labranza salió despe-
dido de las manos del muerto viviente y el radiante martillo siguió
su letal trayectoria hasta impactar contra su torso. El engendro
cayó al suelo y ya no se levantó nunca más.
Pero otros engendros ocuparon su lugar. Entonces Arthas es-
cuchó el fogonazo y el crepitar que solían acompañar las
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descargas ígneas de Jaina y, de repente, otro hedor se añadió a


aquella asquerosa miasma: el de la carne quemada. A su
alrededor, por doquier, escuchó el entrechocar de las armas, los
gritos de batalla proferidos por sus hombres y el crepitar de las
llamas. En un momento dado, uno de aquellos cadáveres vivientes
envuelto totalmente en llamas entró dando tumbos en la casa.
Unos instantes después, el humo surgió por la puerta destrozada.
Entonces el príncipe tomó una decisión…
—¡Retirada! —gritó Arthas—. ¡Jaina! ¡Quema la granja!
¡Quémala hasta los cimientos!
Los hombres de Arthas eran soldados bien entrenados y tenían
experiencia en todo tipo de combates, pero nunca se había en-
frentado a algo así. Sin embargo, gracias a ese entrenamiento con-
siguieron superar su terror y obedecer las órdenes de su señor.
Arthas miró a Jaina. La maga lucía una expresión grave en el
rostro, tenía la mirada clavada en aquella casa y en sus pequeñas
manos el fuego crepitaba con tanta naturalidad que las llamas
parecían tan inocuas como un ramillete de flores.
Una bola de fuego enorme, tan grande como un hombre, hizo
estallar por los aires la morada. Arthas tuvo que levantar un brazo
para protegerse de la explosión. Algunos de los cadáveres anima-
dos habían quedado atrapados allí dentro. Durante un instante,
Arthas contempló fascinado la conflagración, incapaz de apartar
la mirada de la casa. Acto seguido se obligó a centrar su atención
en destrozar a los engendros que no habían perecido en la pira
improvisada. Sólo tardaron unos instantes en matar a todas
aquellas aberraciones. Y esta vez murieron de verdad.
Durante un largo instante reinó el silencio, únicamente roto
por el crepitar del fuego que consumían la casa en llamas. De im-
proviso, el edificio profirió un prolongado suspiro y se desmor-
onó. En ese momento, Arthas dio gracias por no tener que ver
cómo aquellos cadáveres se convertían en ceniza.
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Tomó aire y se volvió hacia Jaina para hacerle una pregunta:


—¿Qué…?
—Los-los llaman los no-muertos —respondió Jaina mientras
tragaba saliva.
La maga tenía la cara cubierta de hollín salvo en los lugares
donde el sudor se había abierto paso.
—Que la Luz nos asista —masculló un Falric totalmente lívido.
Parecía que sus ojos se le iban a salir de sus órbitas—. Creía que
esas aberraciones sólo eran cuentos para asustar a los niños.
—No; son reales, sin duda alguna. Aunque… nunca había visto
uno hasta ahora. Ni esperaba verlos jamás. Los… eh… —Jaina in-
terrumpió su explicación y respiró profundamente para calmarse
y controlar su tono de voz—. Los muertos a veces permanecen en
este mundo, si sus muertes se producen de un modo traumático.
Ése es el origen de las historias de fantasmas.
Las explicaciones de Jaina resultaban muy reconfortantes tras
tanto horror. Arthas se dio cuenta de que sus hombres la es-
cuchaban ansiosos por entender qué demonios acababa de su-
ceder. Jamás se había sentido más agradecido de que su examante
fuera tan erudita.
—Se… se sabe que, en el pasado, algunos poderosos nigro-
mantes lograron insuflar vida a algunos cadáveres. Como pudi-
mos comprobar en la Primera Guerra, cuando los orcos fueron ca-
paces de dotar de vida a esos esqueletos; como en la Segunda, con
la aparición de los entes que acabarían conociéndose como los
caballeros de la muerte. —Jaina prosiguió su explicación como si
estuviera recitando el pasaje de un libro en vez de explicando un
horror que la mente apenas alcanzaba a comprender—. Pero como
antes he mencionado, no había visto ninguno hasta ahora.
—Bueno, ahora sí que están muertos —aseveró uno de los
hombres, a quien Arthas respondió con una sonrisa de ánimo.
167/433

—Gracias a sus espadas, la Luz y el fuego de lady Jaina


—añadió el príncipe, agradecido.
—Arthas, ¿me concedes un momento? —le rogó Jaina.
Se apartaron ligeramente del grupo mientras los hombres se
limpiaban y recuperaban tras aquel desconcertante encuentro con
el horror.
—Creo que ya sé qué vas a decir —aseguró Arthas—. Te envi-
aron con la misión de comprobar si esta peste era de naturaleza
mágica. Por lo visto, así es. Se trata de magia nigromántica.
Jaina asintió con un gesto de la cabeza, sin pronunciar pa-
labra. El príncipe miró de soslayo a sus hombres.
—Aún no hemos llegado a ninguna población importante. Pero
cuando lo hagamos, tengo el presentimiento de que nos vamos a
topar con más… no-muertos.
—Presiento que estás en lo cierto —dijo Jaina con gesto torvo.
En cuanto dejaron atrás aquel conjunto de granjas dispersas,
Jaina se adelantó al resto del grupo para detenerse a
continuación.
—¿Qué estás mirando? —le interrogó Arthas mientras se
colocaba a su altura.
Jaina señaló al frente y el príncipe miró hacia el lugar en el
que la maga tenía clavada su mirada: a lo lejos se divisaba un silo
solitario en la cima de una colina.
—¿Qué sucede con ese granero? —inquirió Arthas.
—Con el granero, nada… —contestó Jaina mientras negaba
con la cabeza—. Sin embargo, fíjate en la tierra de alrededor.
La maga desmontó, se arrodilló y palpó el suelo. A continua-
ción se hizo con un puñado de tierra seca y hierba muerta que se
dispuso a examinar. Tocó un diminuto insecto con el dedo, cuyas
seis patas estaban encogidas tras haber muerto y, al instante, dejó
que la tierra se le escapara de entre los dedos para que una ráfaga
de ligero viento se la llevara muy lejos.
168/433

—Es como si la tierra alrededor del granero se estuviera…


muriendo —concluyó Jaina.
La mirada de Arthas se desplazó de la maga a la tierra y
entonces se percató de que estaba en lo cierto. A varios metros de-
trás de él la hierba era verde y tenía un aspecto saludable. Prob-
ablemente allí el suelo seguía siendo muy rico y fértil. Sin em-
bargo, bajo sus pies y en la zona que circundaba el granero, todo
parecía muerto, como si estuviesen en pleno invierno. No; ésa no
era una buena analogía, puesto que en invierno la tierra duerme,
no muere. Aún queda vida aletargada en ella, dispuesta a desper-
tar con la llegada de la primavera.
Pero allí no se detectaba rastro alguno de vida.
Arthas observó fijamente aquel granero, entornando sus ojos
de color verdemar.
—¿Qué ha podido causar algo así? —preguntó el príncipe.
—No estoy segura. Esto me recuerda a lo que sucedió con el
Portal Oscuro y las Tierras Devastadas. Cuando el portal se abrió,
las fuerzas demoníacas que arrebataron a Draenor su energía vital
se esparcieron por Azeroth y la tierra de alrededor del portal…
—… murió —dijo Arthas para completar la frase de Jaina.
Entonces se le ocurrió una idea.
—Jaina, ¿sería posible que el grano portara la peste? ¿Podría
ser el agente transmisor de… esa energía demoníaca? —inquirió el
príncipe.
—Esperemos que no —respondió la maga preocupada y señaló
las cajas que unos hombres estaban sacando del granero—. Esas
cajas llevan el sello de Andorhal, el centro de distribución de
grano de los distritos del norte. Si ese grano es capaz de extender
la peste, a saber cuántas poblaciones podrían hallarse ya infecta-
das —indicó Jaina.
Pronunció estas palabras casi en un susurro; además, estaba
lívida y parecía enferma. Arthas observó las manos de su
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examante, muy pálidas por culpa del polvo de aquella tierra


muerta. El miedo se apoderó de repente de Arthas y la cogió de la
mano sin más dilación. Cerró los ojos y murmuró una oración.
Una luz cálida lo recorrió por dentro y enseguida pasó a la mano
de la maga. Jaina lo miró confusa y luego bajó la vista para obser-
var su propia mano, envuelta por la mano enguantada de Arthas.
El horror transfiguró su rostro tras haberse percatado de que
había escapado por muy poco de un posible fatal destino.
—Gracias —susurró Jaina.
El príncipe le devolvió una sonrisa temblorosa.
—¡Poneos guantes! ¡Todos debéis llevar guantes en este área!
¡Sin excepción! —ordenó a sus hombres.
El capitán asintió y repitió la orden. Los hombres en su may-
oría iban ataviados con armaduras que los cubrían por entero y,
por tanto, ya llevaban guantes. Arthas hizo un gesto de negación
con la cabeza, como si así pudiera exorcizar la angustia que aún
hacía mella en su corazón. Pero no había razón que justificara tal
inquietud, puesto que ya no percibía ningún rastro de aquel mal
en Jaina.
Gracias a la Luz.
Besó a la maga en la mano. Jaina, conmovida, se sonrojó y le
sonrió con dulzura.
—Cometí una estupidez. Lo hice sin pensar —reconoció Jaina.
—Por suerte para ti, yo estaba a tu lado —respondió Arthas.
—Nuestros papeles se han invertido —afirmó irónicamente
mientras le ofrecía una amplia sonrisa y le besaba para quitarle
hierro a aquel comentario sarcástico.

El contenido de la misión ahora estaba más claro que nunca:


debían encontrar y destruir todos los graneros infectados que
pudieran. Al día siguiente, las tropas de Arthas se toparon con un
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par de sacerdotes quel’dorei, que como también habían percibido


que una amenaza se cernía sobre esas tierras, habían venido a
ofrecer su ayuda para sanar cuerpos y almas. Asimismo, les pre-
staron una ayuda mucho más tangible, puesto que indicaron a
Arthas dónde se hallaba el almacén de grano de una aldea a la que
se acercaban.
—Diviso unas cuantas casas ahí delante, señor —informó
Falric.
—Muy bien —respondió Arthas—, avan…
El estruendo de una detonación lo cogió completamente de-
sprevenido y su caballo retrocedió asustado.
—Pero ¿qué…? —alcanzó a decir.
Entonces miró hacia el lugar de donde había surgido el estal-
lido. Si bien sólo atisbó unas siluetas diminutas, apenas visibles,
no cabía duda de que pertenecían a los responsables de la
detonación.
—Eso es fuego de mortero. ¡Adelante! —ordenó Arthas.
El príncipe recuperó el control de su montura, tiró de las rien-
das para obligarla a girar y, de inmediato, galoparon hacia la
fuente de aquel estruendo.
Varios enanos alzaron la vista al percatarse de que el grupo de
hombres del príncipe de Lordaeron se aproximaba. Se sorprendi-
eron tanto de ver a Arthas como éste de verlos a ellos. El príncipe
detuvo su corcel.
—¿A qué demonios estáis disparando?
—A esos malditos esqueletos. ¡Esta aldea del demonio está in-
festada de ellos!
Un escalofrío recorrió la columna de Arthas. Ya podía ver las
familiares siluetas de los no-muertos acercándose con su caracter-
ístico modo de andar.
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—¡Fuego! —gritó el líder de los enanos.


Varios esqueletos estallaron en pedazos que salieron volando
en todas direcciones.
—Bueno, me vendría muy bien tu ayuda —sugirió Arthas—.
Tenemos que destruir un almacén de grano situado al otro ex-
tremo de la ciudad.
El enano se volvió hacia él y lo miró inquisitivo.
—¿Un almacén? —repitió como si no se creyera lo que acababa
de escuchar—. ¿Los muertos vivientes nos atacan y a ti te preocu-
pa un almacén?
Arthas no tenía tiempo que perder en discusiones absurdas.
—Lo que hay dentro de ese almacén es lo que está matando a
esa gente —replicó mientras señalaba los restos de los esquelet-
os—. Y cuando mueren…
El enano abrió los ojos como platos.
—Ah, ahora lo entiendo. ¡Arriba, muchachos! ¡Vamos a ayudar
a las tropas de este flacucho! —ordenó a sus hombres. Después,
observó a Arthas con detenimiento y preguntó—: ¿Por cierto,
quién eres tú exactamente, muchacho?
Incluso en medio de tanto horror, aquella pregunta tan des-
cortés provocó que Arthas sonriera.
—El príncipe Arthas Menethil. ¿Y tú eres…?
El enano permaneció boquiabierto un instante, pero enseguida
recobró la compostura.
—Soy Dargal. A tu servicio, alteza.
Arthas no malgastó más saliva en cortesías e intentó calmar a
su montura lo suficiente como para que siguiera el ritmo de los
demás. Aquel caballo era un corcel criado para batallar, y si bien
no le había dado jamás ningún problema cuando luchaba contra
orcos, estaba claro que no le gustaba el hedor que desprendían los
no-muertos. No podía reprochárselo, aunque el nerviosismo del
animal le llevó a pensar en Invencible, un caballo de gran valor
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que no sabía lo que era el miedo. El príncipe apartó ese pensami-


ento de su mente, puesto que sólo era una distracción. Necesitaba
centrarse, no llorar por un animal que estaba más muerto, sin
duda alguna, que aquellos cadáveres que se movían con tanta tor-
peza y a los que estaban destrozando a morterazos.
Jaina y los soldados cubrían la retaguardia, remataban a los
no-muertos que no habían sido destruidos totalmente por el fuego
de los morteros y acababan con los que surgían por los flancos y a
sus espaldas. Arthas se sentía lleno de energía y podía percibir
cómo fluía dentro de él mientras movía el martillo de un lado a
otro sin parar. Se sentía muy afortunado por la oportuna apari-
ción de Dargal. Había tantos engendros no-muertos, que no es-
taba seguro de que sus tropas hubieran podido con todos de haber
tenido que enfrentarse a ellos en solitario.
Las unidades combinadas de humanos y enanos avanzaron
lenta pero inexorablemente hacia el granero. A medida que se
aproximaban, el número de no-muertos aumentaba, y de ese
modo divisaron los silos a lo lejos, contarlos era una tarea abo-
cada al fracaso. Arthas desmontó de su asustado corcel y cargó
contra los monstruos aferrando con fuerza el martillo que refulgía
gracias al poder de la Luz. Ahora que la conmoción y el horror ini-
cial ya habían pasado, descubrió que destrozar a esos engendros
era incluso mejor que matar orcos. Tal vez éstos fueran seres in-
teligentes y sensibles tal y como Jaina había afirmado, pero los
engendros no eran más que cadáveres que iban de un lado a otro
como marionetas de cuyos hilos tiraba un retorcido titiritero nig-
romántico y que caían al cortar sus hilos.
Arthas esbozó una fiera sonrisa cuando dos no-muertos cayer-
on derribados de un solo golpe de su poderosa arma.
Daba la impresión de que estos engendros llevaban muertos
más tiempo que los de la granja. El hedor que desprendían no era
tan intenso y los cuerpos parecían estar momificados más que
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putrefactos. Varios de ellos, al igual que los de la primera oleada,


sólo eran esqueletos, meros huesos cubiertos de harapos o ar-
maduras improvisadas que avanzaban tambaleándose hacia
Arthas y sus hombres.
El acre olor de la carne quemada inundó las fosas nasales del
príncipe, provocando que esbozara una sonrisa. Una vez más se
sentía afortunado de contar con Jaina. Siguió luchando y
aprovechó una ligera tregua para mirar a su alrededor jadeando.
De momento no había perdido a ningún hombre y Jaina, a pesar
de estar muy pálida por el esfuerzo, estaba ilesa.
—¡Arthas! —gritó Jaina con fuerza y claridad en medio de
aquel estrépito.
El príncipe despachó al cadáver que intentaba decapitarlo con
una guadaña y aprovechó la breve pausa que se pudo permitir a
continuación para posar su mirada sobre la maga: Jaina apuntaba
con las manos hacia lo alto, las palmas brillantes y los dedos relu-
cientes por el fuego.
—¡Mira! —exclamó Jaina.
Arthas se volvió hacia el lugar que la maga le indicaba y
entornó los ojos. Vio un grupo de magos vestidos de negro, vivos a
juzgar por sus movimientos, que realizaban gestos extraños con el
fin de invocar conjuros o dar órdenes para guiar a los no-muertos
que se abalanzaban sobre ellos.
—¡Apuntad ahí arriba! ¡Acabad con ellos! —gritó Arthas.
Los enanos dieron la vuelta a sus cañones y los hombres de
Arthas cargaron abriéndose paso a mandobles entre los no-muer-
tos, con la mirada fija en aquellos seres humanos vivos envueltos
en túnicas negras. Ya sois nuestros, pensó Arthas con sumo
deleite.
En cuanto se vieron atacados por el fuego enemigo, los magos
dejaron de dar órdenes. Los no-muertos a los que habían estado
controlando se desorientaron repentinamente, y si bien seguían
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en pie, carecían de guía. De este modo eran blancos fáciles para


los morteros enanos y los hombres de Arthas, que los despedaza-
ban de un solo golpe. Los magos se agruparon y unos pocos, cuyas
manos revoloteaban por doquier, comenzaron a invocar un hech-
izo. Arthas se percató de que se estaba produciendo un fenómeno
que le resultaba familiar: se estaba formando un remolino en el
aire, lo cual indicaba que intentaban crear un portal.
—¡No! ¡No permitáis que escapen! —exclamó mientras
aplastaba el pecho de un esqueleto con su martillo y, a continua-
ción, describía con él un arco en el aire para reventar la cabeza de
un no-muerto que se acercaba a él arrastrando los pies.
Sólo la Luz sabe de dónde invocaron aquellos brujos a esa
nueva remesa de muertos vivientes compuesta por más esquelet-
os, más cuerpos putrefactos y algo enorme y lívido que poseía de-
masiadas extremidades. El monstruo tenía el torso pálido y relu-
ciente como el de un gusano, atravesado por suturas tan anchas
como la mano de Arthas. Aquella aberración se asemejaba a una
muñeca de trapo surgida de la mente de una niña perturbada. Su
estatura lo hacía destacar por encima de los no-muertos, portaba
unas armas espantosas en sus tres manos y tenía su único ojo
clavado en Arthas.
Entonces Jaina apareció a su lado y le gritó:
—Por la Luz… ¡Esa criatura parece haber sido creada con re-
tales de diversos cadáveres!
—Ya lo estudiaremos después de haberlo matado, ¿vale?
—replicó Arthas y, de inmediato, cargó contra aquel engendro.
El experimento abominable se acercó a él emitiendo una serie
de ruidos guturales y esgrimiendo un hacha tan grande como el
propio Arthas. El príncipe se apartó de su trayectoria, rodó por el
suelo y se puso en pie al instante para cargar contra esa monstru-
osidad desde atrás. Tres de sus hombres, dos de ellos armados
con lanzas, hicieron lo mismo que él; y el monstruo horrendo fue
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despachado con suma celeridad. A pesar de estar batallando con


fiereza, Arthas vio de soslayo que los magos atravesaban atropel-
ladamente el portal y desaparecían todos en cuestión de segun-
dos. Los no-muertos quedaron abandonados, inmóviles y sin
saber adónde ir. La coalición de hombres y enanos acabó con ellos
con facilidad.
—¡Maldita sea! —exclamó Arthas. Una mano le tocó el brazo y
se sobresaltó antes de darse cuenta de que se trataba de Jaina. No
estaba de humor para que lo reconfortasen o le dieran explica-
ciones; tenía que hacer algo, lo que fuera, para compensar la
huida de aquellos hombres ataviados con túnicas negras—.
¡Destruid ese almacén! —ordenó a voz en grito.
—¡Sí, alteza! —replicó el líder de los enanos—. ¡Adelante,
muchachos!
Los enanos avanzaron raudos y veloces, ansiosos por obtener
alguna victoria aquel día. Los cañones avanzaron sobre cadáveres
de no-muertos y aquella tierra muerta hasta que tuvieron el
granero a tiro.
—¡Fuego! —gritó Dargal.
Los cañones bramaron como si fueran uno solo. En cuanto el
granero se derrumbó, a Arthas le embargó una inmensa sensación
de satisfacción.
—¡Jaina, quema lo que queda de ese almacén! —le exhortó.
La maga ya estaba alzando las manos antes de que el príncipe
formulara aquella orden. Trabajamos muy bien en equipo, pensó
Arthas. Una enorme bola de fuego surgió de las manos de Jaina y
el granero y su contenido se incineraron de inmediato.
Aguardaron y observaron cómo ardía, para cerciorarse de que el
fuego no se extendía. La tierra estaba muy seca y un incendio
podría descontrolarse con facilidad.
Arthas se pasó una mano por su pelo rubio sudoroso y en
punta. El calor que desprendía el granero resultaba tan agobiante
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que ansiaba sentir un poco de frescor. Se apartó unos metros y


tocó una pálida aberración muerta con la bota de su armadura. Se
le hundió el pie en la blanda carne y esbozó una mueca de repug-
nancia. Tras examinar el engendro más detenidamente, le dio la
impresión de que ella tenía razón: ese monstruo había sido creado
uniendo diversas partes de varios cuerpos.
Arthas procuró no estremecerse mientras Jaina se le acercaba.
—Esos magos… iban vestidos de negro… —indicó el príncipe.
—Me-me temo que eran nigromantes —apostilló Jaina—. Tal y
como conjeturamos antes.
—Pero ¿qué…? ¡Puaj! —masculló Dargal.
El líder de los enanos los había seguido hasta aquel lugar y, en
cuanto vio la abominación muerta, se le dibujó un gesto de repug-
nancia en la cara.
—Nigromantes. Magos que se han aventurado en el sendero de
la magia negra, mediante la cual se puede levantar y controlar a
los muertos. Resulta obvio que ellos y quienquiera que sea su amo
se encuentran detrás de esta peste —les explicó Jaina.
A continuación alzó la vista y sus serios ojos azules se clavaron
en Arthas.
—Quizá algún tipo de energía demoníaca esté relacionada con
todo esto, pero me temo que nuestras hipótesis iniciales no eran
del todo correctas —añadió la examante de Arthas.
—Nigromantes… Han creado esta peste para tener más carne
de cañón con la que engrosar las filas de su ejército impío —mas-
culló Arthas al tiempo que volvía la mirada hacia las ruinas en-
vueltas en humo del granero.
—Quiero acabar con ellos. No… no; quiero acabar con su líder
—afirmó el príncipe, cerrando los puños con fuerza—. ¡Con ese
bastardo que está masacrando deliberadamente a mis súbditos!
—Pensó en las cajas que habían visto antes y en el sello que
lucían. Alzó la vista del suelo, contempló el camino y añadió—:
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Sin duda alguna encontraremos a ese malnacido, y también las


respuestas que buscamos, en Andorhal.
CAPÍTULO ONCE

A rthas estaba exigiendo demasiado a sus hombres y lo sabía;


sin embargo, el tiempo era un recurso escaso que no
podían desperdiciar. Sintió una punzada de culpa al ver a Jaina
masticando un poco de carne seca mientras cabalgaban. Si bien a
él la Luz le llenaba de energía cuando la utilizaba, Jaina se hallaba
exhausta después del supremo esfuerzo que había tenido que
hacer en la batalla, mientras que los magos extraían su poder de
otras fuentes distintas. Pero no había tiempo para descansar, no
cuando miles de vidas dependían de ellos.
Lo habían enviado a cumplir una misión: descubrir qué estaba
ocurriendo con esa peste y detenerla. A pesar de que el misterio se
iba desentrañando poco a poco, empezaba a dudar de que fuera
capaz de detener aquella enfermedad. Nada era tan sencillo como
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parecía al principio. Aun así, Arthas no iba a rendirse. No podía


rendirse porque había jurado hacer todo cuanto fuera necesario
para detener la peste y salvar a su pueblo; y eso era precisamente
lo que iba a hacer.
Divisaron y olieron el humo que se alzaba hacia el firmamento
antes de llegar a las puertas de Andorhal. Arthas albergó la esper-
anza de que si la ciudad había sido destruida, quizá el grano hubi-
era sido quemado también; pero enseguida sintió un ramalazo de
culpabilidad ante la crueldad inherente a ese pensamiento, Arthas
ahogó el pensamiento con la acción y espoleó a su montura para
que atravesara las puertas de la ciudad con rapidez. Esperaba ser
atacado en cualquier momento.
A su alrededor no había más que edificios calcinados. El humo
negro le irritó los ojos y le hizo toser. Examinó las inmediaciones
a través de las lágrimas que anegaban sus ojos. Allí ya no quedaba
ningún habitante vivo, pero tampoco no-muertos. ¿Qué había…?
—Creo que es a mí a quien buscáis, hijos míos —dijo alguien
con una voz cálida.
El viento cambió de dirección y se llevó el humo. Arthas des-
cubrió entonces una figura envuelta en una túnica negra y que
permanecía de pie muy cerca de ellos. La tensión se adueñó del
príncipe: aquel tipo era el líder de los no-muertos. A pesar de que
el rostro del nigromante apenas se entreveía bajo la sombra que
proyectaba su capucha, Arthas fue capaz de distinguir una sonrisa
de suficiencia y ardió en deseos de borrársela de la cara. Tenía a
su lado a dos de sus no-muertos mascota.
—Y me habéis encontrado. Soy Kel’Thuzad.
Jaina ahogó un grito al reconocer aquel nombre y se llevó una
mano a la boca. Arthas la miró fugazmente, y, acto seguido, volvió
a centrar toda su atención en su interlocutor. No dejó de sujetar
con fuerza su martillo.
180/433

—He venido a haceros una advertencia —aseguró el nigro-


mante—: Dejadnos en paz o la muerte será el único premio a
vuestra inoportuna curiosidad.
—¡Ya decía yo que esta magia corrupta me resultaba familiar!
—exclamó Jaina, con la voz temblorosa por el enfado que sentía.
¡Caíste en desgracia, Kel’Thuzad, por culpa de esta clase de exper-
imentos! ¡Te advertimos de que estabas abocado al desastre! ¡Y no
has conseguido aprender nada nuevo!
—Lady Jaina Valiente —dijo burlonamente Kel’Thuzad—. Me
da la impresión de que la pequeña aprendiza de Antonidas ha cre-
cido hasta convertirse en una mujer. Te equivocas, querida. Al
contrario… como puedes ver, he aprendido mucho.
—¡Vi las ratas con las que experimentaste! —vociferó Jaina—.
Aquello fue horrendo… Y ahora… te atreves a…
—He seguido con mis investigaciones y he perfeccionado el
proceso —replicó Kel’Thuzad.
—¿Eres el responsable de esta peste, nigromante? —inquirió
Arthas la voz en grito—. ¿Estos no-muertos son cosa tuya?
Kel’Thuzad se volvió hacia él y vio que sus ojos brillaban en la
oscuridad de la capucha.
—He sido yo quien ordenó al Culto de los Malditos que dis-
tribuya los granos infectados de peste. No obstante, el mérito no
es sólo mío.
Antes de que Arthas pudiera replicar, Jaina no pudo refren-
arse y preguntó:
—¿Qué insinúas?
—Sirvo al Señor del Terror Mal’Ganis, quien comanda la
Plaga: ¡la fuerza que purificará esta tierra y establecerá aquí el
paraíso de la oscuridad eterna!
La voz de aquel hombre provocó que un escalofrío recorriera a
Arthas a pesar del calor de los fuegos que los rodeaban. No sabía
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qué era un Señor del Terror, pero el significado de la Plaga


parecía estar mucho más claro.
—¿Y por qué, exactamente, va a purificar esta tierra la Plaga?
La boca de finos labios que se hallaba bajo un bigote blanco se
curvó de nuevo para moldear una sonrisa cruel.
—Para limpiarla de vivos, por supuesto. El plan de Mal’Ganis
ya está en marcha. Buscadlo en Stratholme si necesitáis más
pruebas.
Arthas se había hartado ya de tantas insinuaciones y burlas, de
modo que gruñó, asió con fuerza el mango del martillo y cargó
contra el nigromante.
—¡Por la Luz! —vociferó.
Kel’Thuzad ni se inmutó. Permaneció inmóvil y, en el último
instante, el aire que lo rodeaba se retorció, se distorsionó y desa-
pareció. De inmediato, las dos criaturas que habían permanecido
en silencio al lado del nigromante, agarraron a Arthas e in-
tentaron hacerle caer al suelo mientras su fétido hedor competía
con el olor del humo para asfixiarlo. Sin embargo, el príncipe se
resistió y consiguió liberarse de su inmundo contacto. Acto
seguido propinó a uno de ellos un golpe certero en la cabeza y el
cráneo se hizo añicos como un frágil cristal; los sesos se despar-
ramaron sobre la tierra mientras se derrumbaba. A continuación,
Arthas se deshizo del segundo con la misma facilidad.
—¡Al granero! —gritó el príncipe mientras corría hacia su
caballo y se montaba en él de un salto—. ¡Vamos!
Los demás se subieron a sus respectivas monturas y recorri-
eron veloces el sendero principal que atravesaba la ciudad
quemada. Los graneros se alzaban ante ellos. El fuego no los
había tocado a pesar de que las llamas parecían extenderse con
celeridad por el resto de Andorhal.
Arthas obligó a su caballo a detenerse bruscamente y descabal-
gó. Corrió lo más rápido que le permitieron sus piernas hacia los
182/433

almacenes de grano. Abrió la puerta de un empujón, exasperado,


con la esperanza de ver un buen número de cajas apiladas unas
sobre otras. La desolación y la ira se adueñaron de él en cuanto
comprobó que las cámaras estaban vacías salvo por unos di-
minutos granos esparcidos aquí y allá, y los cadáveres de las ratas
que yacían en el suelo. Durante unos instantes contempló la es-
cena impotente, pero enseguida corrió a comprobar el siguiente
granero; y el siguiente. Abrió todas las puertas a pesar de que ya
supiera qué iba a encontrar allí dentro.
Todos los graneros estaban vacíos. Y llevaban así bastante
tiempo, o eso cabía deducir por las capas de polvo que cubrían el
suelo y las telarañas que colgaban de los rincones.
—Ya han enviado las cajas —dijo Arthas con la voz entre-
cortada cuando Jaina se acercó a él—. ¡Hemos llegado muy tarde!
—Golpeó la puerta con su mano enguantada y Jaina se
sobresaltó—. ¡Maldita sea!
—¡Maldita sea! —juró el príncipe.
—Arthas, hemos hecho lo que hemos po…
Se volvió hacia ella furioso.
—Voy a dar con él. ¡Voy a dar con ese bastardo amante de los
no-muertos y le voy a desmembrar lentamente por lo que ha
hecho! Ya veremos si luego alguien lo recompone con suturas,
como ese bicho hecho de retales de cadáveres que hemos com-
batido antes.
Arthas salió de allí a toda prisa, temblando. Había fracasado.
Había tenido al responsable de todo aquello delante de las narices
y había fracasado. El grano se había repartido y sólo la Luz sabía
cuánta gente iba a morir por eso.
Por su culpa.
No. No iba a permitir que algo así sucediera. Iba a proteger a
sus súbditos. Si hacía falta, moriría para salvarlos. Ante tales
pensamientos, Arthas cerró con fuerza los puños.
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—Nos vamos al norte —indicó a los hombres que lo seguían,


que no estaban acostumbrados a ver a su normalmente plácido y
cordial príncipe dominado por tal furia—. Ahí es adónde irá a con-
tinuación. Exterminémosle como la alimaña que es.
Cabalgó como un poseso, galopando hacia el norte, mientras
masacraba casi sin percatarse de ello a los torpes despojos de
seres humanos que intentaban detenerlo. El horror de la peste ya
no le afectaba; su mente se hallaba centrada en el hombre que
tiraba de los hilos y en el repugnante culto que había perpetrado
aquel funesto plan. Los muertos volverían a descansar muy
pronto; no obstante, Arthas debía cerciorarse de que no habría
más.
Un gran grupo de no-muertos se interponía en su camino. Las
cabezas putrefactas se volvieron hacia Arthas y sus hombres, y
echaron a andar hacia ellos.
—¡Por la luz! —gritó Arthas a la vez que espoleaba su caballo.
Cargó contra los muertos, blandiendo su martillo y gritando inco-
herentemente, ventilando su ira y frustración en aquellos objet-
ivos perfectos. Por fin, Arthas aprovechó unos segundos de tregua
para mirar a su alrededor.
Divisó una alta figura envuelta en una capa negra que ondeaba
al viento y que, a salvo del fragor del combate y lejos del campo de
batalla, supervisaba todo sin arriesgar nada. Era como si les es-
tuviera esperando.
Se trataba de Kel’Thuzad.
—¡Ahí! —gritó Arthas—. ¡Está ahí!
Jaina y sus hombres lo siguieron. La maga se abría paso con
sus bolas de fuego y los soldados despedazaban a los no-muertos
que no habían caído en la primera ronda de ataques. Arthas sintió
cómo una justa ira circulaba por sus venas mientras se acercaba
cada vez más al nigromante. Manejaba el martillo sin hacer apen-
as esfuerzo y sin fijarse en los engendros que derribaba. Arthas
184/433

tenía la mirada fija en aquel hombre, si es que a aquel monstruo


se le podía calificar como tal. Aquel ser era el responsable máximo
de la peste: muerto el perro, se acabó la rabia.
Entonces Arthas alcanzó su objetivo. Un rugido salvaje de
pura furia surgió de él mientras trazaba un arco con su deslum-
brante martillo en paralelo al suelo, con el fin de golpear a
Kel’Thuzad a la altura de las rodillas y que éste saliera despedido
volando. Entretanto, sus hombres se abrían camino en esa direc-
ción, con sus espadas desgarrando y desmembrando todo cuanto
hallaban a su paso. Los soldados dieron rienda suelta a su frustra-
ción y cólera para acabar con la fuente de aquel desastre.
A pesar de todo su poder, de toda su magia, daba la impresión
de que Kel’Thuzad podía, efectivamente, morir como cualquier
otro hombre. El golpe que le había asestado Arthas le había
destrozado las piernas y yacía en el suelo con los miembros dobla-
dos en extraños ángulos. Tenía la túnica empapada de sangre de
un negro brillante que destacaba sobre el negro mate de la tela; y
un hilillo de color rojo asomaba de la boca. Kel’Thuzad se incor-
poró apoyándose en los brazos y trató de hablar, pero sólo logró
escupir sangre y dientes. No obstante, lo volvió a intentar.
—Qué ingenuo… qué necio —logró decir mientras tragaba san-
gre—. Mi muerte no supondrá ninguna diferencia a largo plazo…
por ahora… esta tierra sufrirá la Plaga de los no-muertos…
Los codos del nigromante cedieron y, tras cerrar los ojos, se
desplomó.
Su cuerpo se descompuso de inmediato. El proceso de putre-
facción, que debería haber durado días, sucedió en escasos segun-
dos: su carne palideció, se hinchó y se desgarró. Los hombres
profirieron un grito ahogado y retrocedieron cubriéndose al in-
stante la nariz y la boca. Algunos se giraron y vomitaron por culpa
del nauseabundo hedor. Arthas observó aquel espantoso es-
pectáculo horrorizado y fascinado al mismo tiempo y era incapaz
185/433

de apartar la mirada. Por último, unos fluidos manaron a raudales


del cadáver, su carne adoptó una consistencia cremosa y se tornó
negra. La descomposición tan antinatural se ralentizó y Arthas,
por fin, se volvió buscando jadeante aire fresco.
Jaina estaba mortalmente lívida y unas ojeras muy oscuras
rodeaban sus ojos estupefactos. Arthas se acercó a ella y la alejó
de aquella repugnante escena.
—¿Por qué le ha ocurrido eso? —preguntó el príncipe en voz
baja.
Jaina tragó saliva e intentó calmarse. Una vez más, la maga
pareció hallar fuerzas al abstraerse de la situación.
—Se cree que, eh, si los nigromantes no ejecutan sus hechizos
de una forma absolutamente precisa, hum… si son asesinados,
terminan… —la voz de Jaina se fue apagando y, de improviso,
volvió a ser una jovencita que parecía enferma y conmocion-
ada—… así.
—Vamos —le conminó Arthas con amabilidad—. Marchemos a
Vega del Amparo. Hay que avisarlos… Si es que no llegamos tarde.
Dejaron el cadáver allí donde había caído, sin volver a mirarlo.
Entonces Arthas rezó en silencio a la Luz para implorar que no
llegaran demasiado tarde. Si fracasaba de nuevo, no sabía lo que
haría.

Jaina estaba exhausta. Sabía que Arthas quería llegar allí


cuanto antes y compartía su inquietud. Era consciente de que
había muchas vidas en juego. Por eso, cuando el príncipe le pre-
guntó si sería capaz de cabalgar toda la noche sin parar, simple-
mente asintió.
Llevaban cuatro horas cabalgando cuando estuvo a punto de
caerse de su montura. Estaba tan agotada que había perdido la
consciencia durante unos segundos. El miedo se apoderó de ella y
186/433

se aferró a la crin del caballo con todas sus fuerzas para evitar la
caída, se volvió a subir a la silla y tiró de las riendas para que el
corcel se detuviera.
Durante varios minutos permaneció inmóvil, asiendo las rien-
das fuertemente con manos temblorosas; hasta que Arthas se per-
cató de que se había quedado rezagada. Jaina escuchó en la le-
janía que el príncipe ordenaba parar a todos. La maga alzó la vista
para observar en silencio cómo Arthas se acercaba a medio
galope.
—Jaina, ¿qué ocurre?
—Lo-lo siento, Arthas. Sé que quieres llegar lo antes posible, y
yo también, pero… estoy tan cansada que casi me caigo del
caballo. ¿No podríamos parar, aunque sólo fuera un instante?
O un par de días, pensó, que era lo que realmente quería de-
cir. Sin embargo, las palabras que brotaron de sus labios fueron:
—Lo suficiente para comer algo y descansar un poco.
Arthas asintió y la ayudó a bajar del caballo. Después la llevó
en brazos hasta el margen del camino, donde la dejó con sumo
cuidado. Entonces Jaina rebuscó en su alforja con manos
temblorosas y sacó un poco de queso. Estaba convencida de que el
príncipe se alejaría para hablar con sus hombres de inmediato.
Sin embargo, Arthas no se fue, sino que se sentó junto a ella. La
impaciencia emanaba de él como el calor de un fuego.
Jaina mordió el queso y observó a Arthas mientras masticaba,
estudiando así su perfil bajo la luz de las estrellas. Una de las co-
sas que más le gustaban de Arthas era lo accesible, humano y
sensible que era siempre con ella. Pero ahora el príncipe estaba
consumido por unas emociones tan intensas que estaba distante,
como si estuviera a cientos de kilómetros de distancia.
Obedeciendo a un impulso, Jaina alzó una mano para acari-
ciarle la cara. Arthas se sobresaltó, como si hubiera olvidado que
Jaina estuviera allí y, al instante, esbozó una ligera sonrisa.
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—¿Has acabado? —inquirió el príncipe.


Jaina se sintió contrariada. Sólo me ha dado tiempo a comer
un trocito de queso, pensó.
—No —contestó—, pero… Arthas, me preocupas. No me gusta
cómo te está afectando todo esto.
—¿Te preocupa cómo me afecta a mí? —replicó—. Por la Luz.
Mira cómo está afectando a mis súbditos: se mueren y pasan a
convertirse en cadáveres vivientes, Jaina. He de detener esto.
¡Debo hacerlo!
—Claro que debemos acabar con esto, y haré todo lo posible
por ayudarte, ya lo sabes. Pero… nunca te había visto sentir tanto
odio.
Arthas se rió, profiriendo una carcajada gutural y cortante.
—¿Acaso quieres que me haga amigo de los nigromantes?
—Arthas, no tergiverses mis palabras. Eres un paladín. Un si-
ervo de la Luz. Se supone que eres tanto un sanador como un
guerrero y, sin embargo, lo único que percibo en ti es ansia por
acabar con el enemigo —le replicó frunciendo el ceño.
—Empiezas a hablar como Uther.
Jaina no dijo nada. Estaba tan cansada, que le resultaba muy
difícil organizar sus pensamientos de modo coherente. Dio otro
mordisco al queso, concentrándose en obtener el alimento que
tanto necesitaba su cuerpo. Por alguna razón, le costaba mucho
tragar.
—Jaina… sólo quiero que no muera más gente inocente. Eso es
todo. Y… he de admitir que me siento muy contrariado porque no
he podido evitar tanta muerte. Pero en cuanto esto haya acabado,
ya verás como todo volverá a ser como antes. Te lo prometo.
Él le obsequió con una sonrisa y, por un instante, Jaina vio al
Arthas de siempre, al apuesto príncipe. Ella le devolvió una son-
risa que esperaba que lo reconfortara.
—¿Ya has acabado?
188/433

Como solo le había dado dos mordiscos al queso, Jaina guardó


el resto.
—Sí. Prosigamos.

El cielo acababa de pasar del color negro al gris ceniza del alba
cuando escucharon un disparo. Arthas sintió que el corazón le
daba un vuelco. Espoleó su caballo mientras el grupo seguía avan-
zando hacia el norte por aquel largo camino que atravesaba unas
colinas engañosamente tranquilas. Justo a las puertas de Vega del
Amparo divisaron a varios hombres y enanos armados con rifles
que, sin duda, sabían cómo emplear aquellas armas. La brisa
trajo, junto al olor de la pólvora, el dulce aroma del pan recién
hecho.
—¡Alto el fuego! —ordenó Arthas mientras sus tropas as-
cendían al galope por el camino.
Tiró de las riendas de su montura con tanta fuerza que el cor-
cel retrocedió sobresaltado.
—¡Soy el príncipe Arthas! ¿Qué sucede? ¿Por qué vais armados
de esa forma?
Se sorprendieron tanto al ver a su príncipe ante ellos que ba-
jaron las armas.
—Señor, te juro que no te vas a creerlo que está ocurriendo.
—Explícamelo y ya veremos si me lo creo o no —contestó
Arthas.
El príncipe no se llevó ninguna sorpresa al escuchar las
primeras palabras que pronunció aquel hombre: los muertos se
habían alzado y los atacaban. Lo que sí le sorprendió es que em-
pleara el término un vasto ejército. En aquel instante, Arthas miró
a Jaina. Parecía exhausta. Resultaba obvio que el breve descanso
de la noche anterior no le había bastado para recuperar fuerzas.
189/433

—Señor —gritó uno de los exploradores que había enviado


como avanzadilla y regresaba raudo y veloz—, ese ejército… ¡viene
hacia aquí!
—Maldita sea —masculló Arthas.
Aquel reducido grupo de humanos y enanos podía salir vic-
torioso de una escaramuza, pero no de un enfrentamiento contra
un ejército de engendros. De inmediato tomó una decisión.
—Jaina, me quedaré aquí para proteger la ciudad. Ve lo más
rápido posible a informar a lord Uther de lo que está ocurriendo.
—Pero…
—¡Ve, Jaina! ¡Cada segundo cuenta!
La maga asintió. Que la Luz la bendiga a ella y a su sentido
común, pensó Arthas mientras esbozaba una sonrisa de gratitud.
Al instante, Jaina se adentró en el portal que había creado y
desapareció.
—Señor —le escuchó decir a Falric. El tono en que pronunció
esa palabra obligó a Arthas a volverse—, será… mejor que eches
un vistazo a esto.
Arthas miró hacia donde aquel hombre tenía clavada su
mirada y el corazón estuvo a punto de salírsele del pecho. Por to-
das partes había cajas vacías… que portaban el sello de
Andorhal…
Conservando la esperanza de que estuviera equivocado, Arthas
preguntó con voz temblorosa:
—¿Qué contenían esas cajas?
Uno de los hombres de Vega del Amparo lo observó descon-
certado y le contestó:
—Se trataba de un cargamento de grano procedente de An-
dorhal. No tienes de qué preocuparte, mi señor. Ya ha sido dis-
tribuido entre los vecinos para hacer pan con él.
Ése era el olor que había percibido al llegar: no era el típico
aroma del pan recién hecho, sino que tenía un leve olor rancio y
190/433

dulzón. Arthas entendió por fin lo que ocurría. Se tambaleó,


aunque sólo un poco, ante la enormidad de aquel desastre, ante el
verdadero alcance de aquel horror. El grano había sido dis-
tribuido… y de la nada había surgido un enorme ejército de no-
muertos…
—Oh, no —susurró. Los hombres le miraron fijamente y
Arthas intentó volver a hablar, pero no pudo articular palabra
porque la voz todavía le temblaba. Aunque esta vez no de horror,
sino de furia.
La peste no sólo buscaba matar a sus súbditos. No, no; su fi-
nalidad era mucho más siniestra, mucho más retorcida. Buscaba
transformarlos en…
Mientras ese pensamiento cobraba forma en su mente, el
hombre que había respondido la pregunta de Arthas sobre las ca-
jas sufrió un espasmo. Y no fue el único. Un extraño fulgor verde
palpitante rodeó sus cuerpos y creció en intensidad. Se agarraron
el estómago, cayeron al suelo y la sangre manó de sus bocas, em-
papando sus camisas. Uno de ellos extendió la mano hacia Arthas,
implorando que lo curara. Pero Arthas, dominado por la repug-
nancia, retrocedió horrorizado mientras contemplaba cómo el
hombre se retorcía de dolor y moría en cuestión de segundos.
¿Qué había hecho? Ese hombre le había rogado que lo curara,
y Arthas ni siquiera había hecho ademán de mover un solo dedo.
¿Acaso esta afección puede curarse?, se preguntó Arthas sin
poder apartar la mirada del cadáver. ¿Acaso la Luz puede…?
—¡Piadosa Luz! —exclamó Falric—. El pan…
Arthas se sobresaltó al escuchar esas palabras y abandonó el
trance plagado de culpabilidad en el que se hallaba sumido. El
pan… un alimento básico… tan sano y nutritivo… se había conver-
tido en algo letal o aún peor. El príncipe abrió la boca para dejar
escapar un grito con el que advertir a sus hombres, pero fue in-
capaz de articular sonido alguno.
191/433

La peste que contenía el grano actuó antes de que el estu-


pefacto príncipe pudiera encontrar las palabras adecuadas.
Los ojos de uno de los muertos se abrieron, y, al instante, se
enderezó con torpeza.
Así era cómo Kel’Thuzad había creado un ejército de no-muer-
tos en un tiempo asombrosamente corto.
Una risa demente retumbó en los oídos de Arthas: era
Kel’Thuzad riéndose victorioso como un lunático tras el umbral
de la muerte. Arthas se preguntaba si se estaba volviendo loco tras
haber sido testigo de tanto horror. Entonces los no-muertos se
pusieron en pie dando tumbos y el príncipe por fin reaccionó y
sintió que su lengua respondía a sus órdenes.
—¡Defendeos! —gritó Arthas golpeando con su martillo antes
de que el no-muerto tuviera oportunidad de levantarse del todo.
Sin embargo, los demás no-muertos eran más rápidos, y tras
ponerse en pie utilizaron las armas que en vida habrían blandido
para proteger a Arthas. La única ventaja que tenía el príncipe era
que los no-muertos no manejaban muy diestramente armas y la
mayoría de los disparos se alejaban bastante de sus objetivos. En-
tretanto, los hombres de Arthas atacaron con mirada salvaje y
gesto adusto, triturando cráneos, decapitando y machacando a
quienes habían sido sus aliados hacía unos instantes; decididos a
acabar con ellos.
—¡Príncipe Arthas, el ejército de no-muertos ha llegado!
Arthas se giró de inmediato, con la armadura cubierta de san-
gre y vísceras, y abrió los ojos de par en par por la sorpresa.
Eran tantos que la vista no alcanzaba a distinguirlos a todos:
esqueletos que llevaban mucho tiempo muertos, cadáveres frescos
recientemente transformados y pálidas abominaciones con forma
de gusano. Podía percibir el pánico. Habían luchado contra
grupos muy numerosos de esos engendros, pero no contra algo
así, no contra todo un ejército de muertos vivientes.
192/433

Arthas alzó su martillo al aire, que brilló con una intensidad


inusitada y pareció cobrar vida propia.
—¡No cedáis ni un milímetro! —exclamó y su voz ya no
mostraba debilidad ni vacilación ni aspereza ni ira—. ¡Somos los
elegidos de la Luz! «¡No nos vencerán!».
Al instante, la Luz inundó su rostro, cuyas facciones expres-
aban su inquebrantable determinación, y, acto seguido, cargó.

Jaina estaba más agotada de lo que había querido reconocer.


Apenas le quedaban reservas de poder tras tantos días de lucha
sin haber descansado apenas, de modo que se desmayó tras com-
pletar el conjuro de teleportación. Supuso que había perdido el
sentido sólo por un instante, ya que cuando recuperó la conscien-
cia vio a su maestro inclinado sobre ella y ayudándola a levantarse
del suelo.
—Jaina… hija mía, ¿qué ocurre?
—Uther —logró articular Jaina—. Arthas… —Vega del
Amparo…
Alzó una mano y se aferró a la túnica de Antonidas.
—Nigromantes… Kel’Thuzad… reviven a los muertos para
luchar…
Los ojos de Antonidas revelaron su sorpresa. Jaina tragó saliva
y continuó:
—Arthas y sus hombres están combatiendo en Vega del Am-
paro solos. ¡Necesitan refuerzos de inmediato!
—Creo que Uther se encuentra en palacio —replicó An-
tonidas—. Enviaré a varios magos para allá con órdenes de abrir
tantos portales como sean necesarios para transportar a todos los
hombres que hagan falta. Has hecho bien, querida. Estoy muy or-
gulloso de ti, hija mía. Ahora descansa un poco.
—¡No! —gritó Jaina.
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Luchó por incorporarse, pero apenas era capaz de ponerse en


pie. Únicamente su férrea voluntad le permitió vencer el agotami-
ento mientras extendía una mano temblorosa para impedir que
Antonidas se acercara a ella.
—He de volver con él. No te preocupes por mí. ¡Adelante!

Arthas había perdido la noción del tiempo y no sabía cuánto


tiempo llevaba allí luchando. Ondeaba su martillo de aquí para
allá sin cesar, los brazos le temblaban del esfuerzo y los pulmones
le ardían. Sus hombres y él se mantenían aún en pie gracias al
poder de la Luz, que fluía a través de él proporcionándole fuerza y
firmeza. Los no-muertos se debilitaban ante tal poder, aunque ésa
parecía ser su única flaqueza. Tan sólo si se les mataba con un
golpe certero no volvían levantarse. Aunque Arthas se preguntó
fugazmente si era posible matar algo que ya estaba muerto.
Sin embargo, seguían apareciendo más y más, una oleada tras
otra. Sus súbditos se habían transformado en aquellos… en-
gendros. Arthas alzó sus agotados brazos para asestar un nuevo
golpe, cuando de pronto oyó una voz por encima del fragor de la
batalla que Arthas conocía muy bien.
—¡Por Lordaeron! ¡Por el rey!
Los hombres recobraron los ánimos ante el apasionado grito
de Uther el Iluminado y reanudaron su ataque. Uther venía acom-
pañado de un nutrido grupo de caballeros, frescos y curtidos en
mil batallas, que no eludieron a los no-muertos. Por lo visto Jaina,
a pesar de lo extenuada que estaba, había atravesado el portal
junto a Uther y el resto de caballeros. La maga había informado a
los recién llegados de a qué se iban a enfrentar con el fin de evitar
que perdieran unos preciosos segundos presas del aturdimiento al
contemplar por primera vez a ese enemigo tan extraño e ignoto.
Los no-muertos caían con más celeridad ahora y cada oleada era
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recibida con los fieros y apasionados ataques del martillo, la es-


pada y la llama.

El último de los muertos vivientes estalló en llamas, se tam-


baleó y cayó, muerto al fin. Aquel hechizo consumió todas las
fuerzas de Jaina, que se derrumbó cuando le fallaron las piernas.
Alargó un brazo para hacerse con el pellejo de agua y bebió de él
con ganas sin dejar de temblar. Acto seguido dio buena cuenta de
un poco de carne seca. La lucha había acabado… de momento.
Arthas y Uther se quitaron sus respectivos yelmos. El sudor les
había pegado el cabello a la frente. Mientras mordisqueaba la
carne, Jaina observó cómo Uther contemplaba aquella montaña
de cadáveres de no-muertos al tiempo que asentía henchido de
satisfacción. Entretanto, Arthas observaba fijamente algo con
gesto de aflicción. Jaina dirigió su mirada hacia el lugar que
Arthas escrutaba y frunció el ceño sin entender muy bien lo que
pasaba. Los cadáveres se hallaban por doquier; pero en su trance,
Arthas no buscaba el cuerpo hinchado y plagado de moscas de
uno de sus soldados, ni siquiera de un ser humano; sino de un
caballo.
Uther se acercó a su pupilo y le dio una palmadita afectuosa en
el hombro.
—Me sorprende que hayas podido resistir tanto, muchacho
—le dijo henchido de orgullo y con una sonrisa en los labios—. Si
no hubiera llegado a tiempo…
Arthas se volvió hacia él y le espetó:
—¡Lo he hecho lo mejor que he podido, Uther!
Tanto Uther como Jaina se quedaron estupefactos ante
aquella respuesta tan brusca. El príncipe había reaccionado de
manera desproporcionada: Uther no le estaba censurando, sino
halagando.
195/433

—Si yo hubiera tenido una legión de caballeros apoyándome,


habría…
—¡No es el momento de lamerse las heridas del orgullo herido!
Por lo que Jaina me ha contado, lo que hemos combatido aquí es
sólo el principio —le respondió Uther entornando los ojos.
Los ojos verdemar de Arthas volaron hacia Jaina. Aún se sen-
tía dolido por lo que consideraba un insulto y, por primera vez
desde que Jaina lo conocía, ésta se sintió atemorizada ante su
mirada penetrante.
—¿No te has fijado en que las filas de no-muertos se refuerzan
cada vez que uno de nuestros guerreros cae en batalla? —señaló
Uther.
—Entonces, ¡deberíamos atacar a su líder! —replicó Arthas—.
Kel’Thuzad me dijo quién era y dónde hallarlo. Se trata de… un
Señor del Terror o algo similar. Se llama Mal’Ganis. Y se encuen-
tra en Stratholme. Stratholme, Uther. El mismo lugar donde te
convertiste en un paladín de la Luz. ¿Acaso ese lugar no significa
nada para ti?
Uther suspiró cansado y contestó:
—Claro que sí, pero…
—¡Iré allí y mataré a Mal’Ganis con mis propias manos si hace
falta! —gritó Arthas.
Jaina dejó de masticar y lo miró fijamente. Nunca lo había
visto así.
—Tranquilo, muchacho. Aunque eres muy valiente no puedes
creer en serio que podrás matar tu sólo a un hombre que domina
a los muertos.
—Entonces puedes acompañarme si quieres, Uther. Yo voy
para allá, con o sin ti.
Antes de que Uther o Jaina pudieran protestar, Arthas se
subió a lomos de su caballo de un salto, tiró de las riendas para
que el corcel girara la cabeza y se dirigió al sur.
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Jaina se puso en pie, atónita. Arthas se había marchado sin la


compañía de Uther, sin sus hombres… sin ella. Uther se acercó si-
lenciosamente a Jaina y ella negó con la cabeza.
—Se siente responsable de todas esas muertes, Uther —le ex-
plicó al viejo paladín en voz baja—. Cree que debería haber sido
capaz de detener todo esto. —Alzó la vista para mirar a Uther a la
cara y añadió—: Si ni siquiera los magos de Dalaran, aquellos que
advirtieron a Kel’Thuzad de que iba por mal camino, sospechaban
qué tramaba; ¿cómo iba a saber Arthas que el nigromante tenía
planeado este horror?
—Siente por primera vez el peso de la corona —afirmó con
tranquilidad Uther—. Eso es nuevo para él. Pero forma parte de
su aprendizaje, mi señora; forma parte de lo que ha de aprender
para poder llegar a gobernar algún día sabiamente. Fui testigo de
cómo Terenas luchó contra esos mismos fantasmas cuando era
joven. Ambos son buenas personas, ambos quieren lo mejor para
su pueblo, ambos quieren protegerlo y garantizar su felicidad.
—El viejo paladín observó meditabundo cómo Arthas se perdía en
la distancia—. Sin embargo, a veces no queda más remedio que
elegir el mal menor. A veces no hay forma de arreglar las cosas.
Arthas está aprendiendo ahora esa verdad —concluyó el viejo
paladín.
—Creo que lo entiendo, pero… no puedo dejar que cargue él
sólo con esa responsabilidad sobre los hombros —dijo Jaina.
—Y no lo hará. En cuanto los hombres se hayan recuperado y
estén preparados para emprender una larga marcha, seguiremos
su rastro. Además, tú también deberías descansar.
Jaina negó con la cabeza.
—No. No debería dejarle solo.
—Lady Valiente, si me permites un consejo —replicó Uther
con suma delicadeza—, tal vez sería conveniente que le dejemos
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un poco de espacio para que aclare sus ideas. Síguelo si crees que
debes hacerlo, pero concédele tiempo para pensar.
Resultaba obvio qué quería decir. Si bien a Jaina no le gustaba
su consejo, estaba de acuerdo con él. Arthas se sentía angustiado,
furioso e impotente y no estaba en condiciones para razones con
él. Por esas razones, precisamente, no podía abandonarlo a su
suerte.
—Muy bien —concluyó Jaina.
Se montó sobre su corcel y murmuró un hechizo. Y vio que
Uther esbozaba una amplia sonrisa en cuanto se percató de que ya
no podía verla.
—Seguiré a Arthas. En cuanto tus hombres estén listos,
buscadme.
No podía seguirle desde muy cerca. Era invisible, pero no
podía evitar hacer ruido. Jaina apretó con las rodillas las ijadas de
su caballo para que avanzara a medio galope y poder así perseguir
al brillante y taciturno príncipe de Lordaeron.
Arthas espoleó con ganas su caballo; estaba furioso porque no
podía ir más rápido, porque aquel caballo no era Invencible,
porque no había deducido a tiempo que estaba sucediendo y no
había podido detener la peste. La sensación de culpa lo abrumaba.
Su padre había tenido que enfrentarse a los orcos; a unas cri-
aturas de otro mundo que habían entrado a tropel en el suyo para
conquistarlo de manera brutal y violenta. Arthas pensó ahora que
luchar contra orcos no era más que un juego de niños. ¿Cómo se
habrían enfrentado su padre y la Alianza a una peste que, además
de matar gente, en una nueva vuelta de tuerca enfermiza que sólo
una mente trastornada podría encontrar divertida, insuflaba vida
a los cadáveres para que lucharan contra sus propios amigos y fa-
miliares? ¿Acaso Terenas lo habría hecho mejor que él? Por un
momento, Arthas pensó que sí, que Terenas habría resuelto el
rompecabezas a tiempo para detener la peste y salvar a los
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inocentes, pero enseguida se percató de que nadie habría sido


capaz de hacerlo. Ante aquel horror, Terenas habría fracasado
igual que él.
Arthas estaba tan absorto en sus pensamientos que por poco
no vio al hombre que se encontraba en medio del camino. Tiró
con fuerza de las riendas presa del sobresalto y evitó así que su
montura lo arrollara.
Disgustado, preocupado y furioso por haberse visto obligado a
detenerse, Arthas le espetó:
—¡Necio! Pero ¿qué haces? ¡Podría haberte atropellado!
Aquel hombre no se parecía a nadie a quien Arthas hubiera
visto anteriormente, pero aun así le resultó familiar. Era alto y de
espaldas anchas, y lucía una capa que parecía hecha de unas plu-
mas negras y brillantes. Si bien una capucha ocultaba sus rasgos,
sus ojos brillaban con intensidad cuando se alzaron para observar
a Arthas. La barba poblada de mechones grises dejó paso a una
sonrisa blanquecina.
—No me habrías lastimado y necesitaba llamar tu atención
—aseguró con una voz profunda y suave—. Hablé en su día con tu
padre, joven. Pero no me escuchó. Por eso ahora acudo a ti.
Hizo una reverencia y Arthas frunció el ceño, pues parecía más
una… burla que una señal de respeto.
—Debemos hablar —insistió el encapuchado.
Arthas resopló. Ahora sabía por qué ese extraño misterioso
ataviado de una manera tan pintoresca, le resultaba tan familiar.
Según había comentado Terenas, se trataba de una especia de
místico, de alguien que afirmaba ser profeta. Una vez Arthas lo
había visto transformarse en pájaro. Aquel hombre había tenido
el descaro de presentarse ante Terenas en la sala del trono, con la
intención de contarle unos cuantos disparates sobre el fin del
mundo.
199/433

—No tengo tiempo para tonterías —gruñó Arthas, mientras as-


ía las riendas de su caballo, dispuesto a marcharse.
—Escúchame, muchacho. —El tono de burla había desapare-
cido totalmente de la voz de aquel extraño, que restalló cual látigo
y Arthas se vio obligado a escucharle a su pesar—. ¡Esta tierra está
perdida! La sombra se ha cernido sobre ella y ya no puede hacer
nada por impedirlo. Si de verdad quieres salvar a tus súbditos,
guíalos al otro lado del mar… al oeste.
Arthas casi estalló en carcajadas en ese momento. Su padre
tenía razón: se trataba de un demente.
—¿Quieres que huya? ¡Mi hogar se encuentra aquí, y el único
camino que seguiré será el que me permita defender a mis súbdi-
tos! No pienso abandonarlos a su suerte para que sufran una hor-
renda existencia. Daré con el responsable de esta peste y lo
destruiré. Si piensas que actuaré de otro modo, eres un necio.
—Así que soy un necio, ¿eh? Supongo que sí, por haber
pensado que el hijo sería más sabio que el padre —dijo mientras el
brillo de sus ojos revelaban su preocupación—. Ya has escogido tu
camino. Ni siquiera alguien que ve lo que tú no puedes alcanzar a
ver te desviará de tu camino.
—Sólo tengo tu palabra como prueba de que eres capaz de ver
lo que mis ojos no aciertan a divisar. No obstante, sí sé qué veo
ahora, y qué he visto, ¡por eso soy consciente de que mis súbditos
me necesitan!
—No vemos solamente con los ojos, príncipe Arthas. También
lo hacemos con la sabiduría y con nuestros corazones. No me iré
sin hacerte una última predicción. Recuerda que cuanto más in-
tentes destruir a tus enemigos, antes caerán sus súbditos en
manos de aquéllos —le aconsejó el profeta esbozando una sonrisa
teñida de tristeza.
Furioso, Arthas se dispuso a contestar, pero en ese mismo in-
stante el extraño cambió de forma. La capa pareció envolverlo
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como si se tratara de una segunda piel. Unas alas lustrosas de col-


or negro azabache brotaron de su cuerpo mientras menguaba
hasta alcanzar el tamaño de un cuervo. El pájaro profirió un
graznido discordante, que a Arthas le transmitió una sensación de
inmensa frustración, y el pájaro que había sido un hombre se alzó
en el aire, revoloteó y se fue volando. El príncipe observó inquieto
cómo el cuervo se perdía en el horizonte. Aquel hombre parecía…
estar tan seguro…
—Siento haberme escondido para espiarte, Arthas.
La voz de Jaina pareció surgir de ninguna parte. Sobresaltado,
Arthas giró la cabeza bruscamente en un intento por dar con ella.
Al instante, la maga se materializó ante él con aspecto contrito.
—Sólo quiero…
—¡No digas nada! —le interrumpió Arthas.
El príncipe vio cómo su reacción sobresaltaba y sorprendía a
Jaina, cómo esos ojos azules se agrandaban por la sorpresa y, al
momento, lamentó haber hablado de ese modo. Sin embargo,
Jaina no tenía derecho a seguirlo de esa manera, no tenía derecho
a espiarle.
—Sólo quería decirte que ese hombre también acudió a An-
tonidas —insistió Jaina tras un instante de incómodo silencio,
convencida de que tenía que seguir hablando a pesar de la rep-
rimenda—. He-he de reconocer que percibí un poder tremendo en
él, Arthas. —Sin desmontar Jaina se acercó al príncipe y alzó la
cabeza para mirarlo a la cara—. En la historia del mundo, jamás
ha habido nada similar a esta peste de no-muertos. No se trata de
una batalla más, ni de otra guerra más; se trata de algo mucho pe-
or y siniestro. Quizá no puedas usar las tácticas de antaño para
ganar. Quizá ese hombre tenga razón. Quizá sea capaz de ver co-
sas que nosotros no podemos ver… Quizá sí sepa qué va a suceder.
Arthas se apartó de ella y apretando los dientes, replicó:
201/433

—Quizá. O quizá sea un aliado de Mal’Ganis. O un ermitaño


loco. Nada de lo que pueda decir ese chiflado me convencerá de
que he de abandonar mi patria, Jaina. Me da igual si ese tarado ha
visto realmente el futuro o no. Vámonos.
Cabalgaron en silencio durante un instante. Pero entonces
Jaina añadió en voz baja:
—Uther nos seguirá. Sólo necesitaba un poco de tiempo para
que sus hombres pudieran estar preparados.
Arthas seguía mirando al frente; la cólera aún no lo había
abandonado. Jaina lo volvió a intentar.
—Arthas, no deberías…
—¡Estoy harto de que la gente me diga qué debería o qué no
debería hacer! —exclamó. Las palabras brotaron con tal
brusquedad de su garganta que lo sobresaltaron tanto a él como a
Jaina—. Lo que está sucediendo aquí supera todo lo imaginable,
Jaina. Ni siquiera soy capaz de encontrar las palabras para
definirlo. Estoy haciendo todo cuanto puedo. Si no piensas apoyar
mis decisiones, quizá estés de más aquí —añadió mientras la con-
templaba; y al mirarla, su gesto se suavizó—. Pareces tan cansada,
Jaina. Quizá… quizá deberías regresar.
La maga negó con la cabeza. Evitó mirar a Arthas a los ojos y
dijo:
—Me necesitas a tu lado. Puedo ayudarte.
La ira abandonó a Arthas, que cogió a Jaina de la mano. Los
dedos enfundados en metal cubrieron los de la maga con ternura.
—No debería haberte hablado de esa forma. Lo siento. Me
alegro de que estés aquí. Tu compañía siempre es motivo de gozo
para mí.
Tras pronunciar esas palabras, se agachó y besó la mano de su
amiga. Jaina se ruborizó y le obsequió con una sonrisa mientras
dejaba de fruncir el ceño.
—Querido Arthas… —acertó a decir en voz baja.
202/433

El príncipe apretó la mano de la maga y, a continuación, la


soltó.
Cabalgaron el resto del día sin hablar mucho más entre ellos y
se detuvieron a acampar con la puesta de sol. Ambos se sentían
demasiado cansados para salir a cazar carne fresca, así que sólo
comieron un poco de carne seca, unas manzanas y algo de pan.
Arthas miró fijamente el pan que sostenía en las manos. Había
sido horneado en palacio, lo habían hecho con grano cultivado
allí, no en Andorhal. Un alimento sano, nutritivo y delicioso que
olía a levadura y no tenía ese hedor dulce y empalagoso. Un ali-
mento sencillo, básico, algo que todo el mundo, cualquiera, deber-
ía poder comer sin temor.
De repente sintió que se le cerraba la garganta y tuvo que sol-
tar el pan, ya que era incapaz de dar un solo bocado. Se llevó las
manos a la cabeza. Durante un instante, se sintió sobrepasado por
las circunstancias, como si una ola de desesperación e impotencia
se le hubiera echado encima de manera repentina. Jaina no pro-
nunció palabra alguna; no tenía por qué, bastaba su sola presen-
cia para reconfortarlo. Entonces Arthas suspiró profundamente,
se volvió hacia ella y la abrazó.
La respuesta de Jaina fue besarlo con pasión: necesitaba con-
suelo y ánimo tanto como Arthas precisaba su aliento y su apoyo.
El príncipe acarició con las manos su sedoso pelo dorado y se
sumergió en su aroma. Aquella noche, durante unas pocas horas,
se dieron un respiro, se perdieron el uno en el otro y no volvieron
a pensar en la muerte, el horror, el grano infectado con la peste,
los profetas ni en los caminos que debían escoger. Así, el mundo
se tornó más pequeño y tierno y creyeron que estaban solos en él.
CAPÍTULO DOCE

A ún medio dormida, Jaina se despertó y extendió el brazo


para tocar a Arthas. Pero el príncipe no estaba allí. Jaina se
incorporó parpadeando. Arthas ya estaba levantado y vestido, y
estaba preparando algún tipo de cereal caliente para desayunar. A
pesar de que el príncipe sonrió al verla, su mirada expresaba sen-
timientos bien distintos. Jaina, indecisa, le devolvió la sonrisa, re-
cogió su túnica, se la puso y se peinó con los dedos.
—He llegado a una conclusión —le espetó Arthas sin más
preámbulos—. Anoche… no quise mencionarlo, pero debes
saberlo.
Hablaba con un tono de voz totalmente monótono y Jaina
sintió que algo en su interior se estremecía. Por lo menos no grit-
aba como había hecho el día anterior, pero esto era peor. El
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príncipe sirvió un bol de cereales calientes y se lo ofreció a Jaina.


Ésta dio buena cuenta de él mientras Arthas seguía hablando.
—Esta peste… estos no-muertos… —alcanzó a articular antes
de tomar aire con fuerza—. Sabíamos que el grano era el portador
de la peste. Sabíamos que mataba a la gente. Pero es mucho peor,
Jaina. No sólo los mata.
Parecía que las palabras se le atragantaban en la garganta.
Jaina permaneció allí sentada un instante, mientras empezaba a
entender qué quería decir Arthas. Creyó que iba a vomitar los cer-
eales que acababa de comer y tuvo la sensación de que le costaba
respirar.
—Los… transforma, de algún modo. Los convierte en no-muer-
tos… ¿verdad? —inquirió Jaina.
Por favor, dime que me equivoco, Arthas, pensó la maga.
Pero el príncipe no pronunció esas palabras, sino que asintió
con su cabeza coronada por un pelo rubio y añadió:
—Por eso aparecieron tantos a la vez. Si bien el grano llegó a
Vega del Amparo hace poco… lo hizo con el tiempo suficiente para
ser convertido en la harina con la que se hizo el pan.
Jaina miró a Arthas fijamente. Su mente era incapaz de abar-
car… las implicaciones de aquella hipótesis.
—Por eso partí ayer raudo y veloz. Sabía que no podría
derrotar a Mal’Ganis yo solo, pero… Jaina, no podía permanecer
de brazos cruzados… No podía sentarme a acampar y a sacarle
brillo a mi armadura, ¿sabes?
La maga asintió aturdida. Ahora sí lo entendía en toda su
dimensión.
—Y ese profeta… Me da igual que creas que es muy poderoso.
No puedo marcharme sin más y dejar que todo Lordaeron se
transforme en… esto… Mal’Ganis, sea quien sea, sea lo que sea, ha
de ser detenido. Debemos dar con todas y cada una de esas cajas
repletas de grano contaminado y destruirlas.
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Revelar esta impactante información pareció volver a alterar a


Arthas, que se puso en pie para pasear de un lado a otro.
—¿Dónde demonios se ha metido Uther? —inquirió—. Ha ten-
ido toda la noche para llegar aquí.
Jaina dejó a un lado los cereales a medio comer, se incorporó y
terminó de vestirse. Los pensamientos discurrían por su mente a
enorme velocidad en un intento por comprender la situación en
su totalidad y de manera desapasionada, al intentar dar con la
forma de combatirla. Sin mediar palabra, levantaron el campa-
mento y se dirigieron a Stratholme.
El gris ceniza del alba se oscureció por culpa de las nubes que
cubrieron el sol. Empezó a llover con intensidad. Tanto Arthas
como Jaina se subieron las capuchas de sus respectivas capas
para protegerse de la lluvia, pero Jaina se mojó igualmente y llegó
temblando a las puertas de la gran ciudad. En cuanto detuvieron
sus monturas antes de entrar, Jaina escuchó cierto bullicio a sus
espaldas y se volvió. Vio a Uther y a sus hombres ascendiendo por
el camino de tierra, que ahora era prácticamente un lodazal. A es-
as alturas, Arthas ya se había vuelto a encolerizar y recibió a Uth-
er con una amarga sonrisa.
—Me alegro de que hayas sido capaz de llegar, Uther —le
espetó.
Si bien Uther era un hombre muy paciente, esta vez perdió los
nervios. Arthas y Jaina no eran los únicos que soportaban una
fuerte tensión.
—¡Mide tus palabras cuando te dirijas a mí, muchacho! ¡Quizá
seas el príncipe, pero yo sigo siendo tu superior como paladín!
—Como si pudiera olvidarlo —replicó Arthas. El príncipe subió
raudo y veloz a un terreno elevado desde donde podía observar el
interior de la ciudad, al otro lado de la muralla. Aunque no sabía
que buscaba exactamente. Alguna señal de vida, de normalidad,
tal vez. Alguna señal de que habían llegado a tiempo. Cualquier
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cosa que le permitiera albergar esperanzas de que aún podía


hacer algo.
—Escucha, Uther, hay una cosa sobre la peste que deberías
saber. El grano…
El viento cambió de dirección mientras conversaban y el
aroma que alcanzó sus fosas nasales no fue en absoluto desagrad-
able. No obstante, Arthas se sintió como si le hubieran propinado
un puñetazo en las entrañas. Aquel olor, aquel extraño y peculiar
aroma de pan hecho con grano contaminado, era inconfundible
en aquel aire húmedo cargado de lluvia.
Por la Luz, no. Ya lo habían molido, ya habían hecho el pan,
ya…
La sangre abandonó el rostro de Arthas. Sus ojos revelaron
que acababa de comprender el horror que encerraban aquellas
murallas.
—Hemos llegado muy tarde. ¡Demasiado tarde, maldita sea! El
grano… Esa gente… —Intentó explicarlo de nuevo—. Esa gente ya
está infectada.
—Arthas… —comenzó a decir Jaina en voz baja.
—Quizá parezca que ahora se encuentran perfectamente, ¡pero
es sólo cuestión de tiempo que se transformen en no-muertos!
—¿Qué? —exclamó Uther—. ¿Te has vuelto loco, muchacho?
—No —respondió Jaina—. Tiene razón. Si han comido ese
grano, se han contagiado… Y si están infectados… se
transformarán.
Jaina no dejaba de darle vueltas en la cabeza. Tenía que haber
algo que pudieran hacer. Antonidas le había contado una vez que
si algo poseía naturaleza mágica, entonces podía ser combatido
con magia. Si pudieran disponer de algo de tiempo para pensar, si
pudieran calmarse y reaccionar de forma lógica sin dejarse llevar
por las emociones, tal vez podrían hallar una cura para…
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—Hay que purgar toda la ciudad —afirmó Arthas sin buscar la


forma de suavizar sus palabras.
Jaina parpadeó. Estaba segura de que no podía estar hablando
en serio.
—¿Cómo se te ocurre siquiera pensarlo? —gritó Uther a su an-
tiguo pupilo mientras se le acercaba—. Tiene que haber otro modo
de resolver este dilema. No estamos hablando de una puñetera co-
secha de manzanas ¡sino de una ciudad abarrotada de seres
humanos!
—¡Maldita sea, Uther! ¡Debemos hacerlo! —rugió Arthas, en-
carándose con Uther.
Escasos centímetros separaban ambos rostros, y, por un mo-
mento aterrador, Jaina creyó que iban a desenvainar sus armas.
—¡Arthas, no! ¡No podemos hacer eso! —chilló, sin poder
evitar que las palabras abandonaran sus labios.
El príncipe se volvió como un rayo hacia ella; sus ojos de color
verdemar estaban nublados por la ira, el sufrimiento y la deses-
peración. Jaina se percató de inmediato de que Arthas realmente
creía que ésa era la única opción; realmente creía que la única
forma de salvar las vidas de los que aún no estaban infectados era
mediante el sacrificio de los que ya se encontraban condenados,
de los que ya no podían ser salvados. El gesto de Arthas se suavizó
mientras la maga seguía hablando en un intento por decir todo lo
que tenía en la cabeza antes de que el príncipe la volviera a
interrumpir.
—Escúchame. No sabemos cuánta gente hay infectada. Quizá
algunos no hayan probado el grano; otros tal vez no hayan con-
sumido una dosis letal. Ni siquiera sabemos cuál es la dosis letal.
Sabemos tan poco sobre la peste… ¡No podemos masacrarlos
como animales sólo porque tengamos miedo!
Jaina no había elegido las palabras adecuadas y vio que Arthas
se las tomó muy mal.
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—Intento proteger a los inocentes, Jaina. Eso es lo que juré


hacer.
—Esa gente es inocente… ¡Son víctimas! ¡No han elegido con-
tagiarse voluntariamente! Arthas, hay niños ahí dentro. No
sabemos si la peste les afecta o no. Ignoramos demasiadas cosas
sobre esta epidemia como para tomar una solución tan… drástica.
—¿Y qué hacemos con los que sí están infectados? —preguntó
él con una sorprendente y aterradora calma—. Matarán a esos
niños, Jaina. Intentarán matarnos… y procurarán extenderse y
seguir matando. Van a morir de un modo u otro; y cuando se le-
vanten, harán cosas que en vida nunca jamás habrían hecho. ¿Qué
harías tú, Jaina?
Jaina no había contado con verse enfrentada a tamaño dilema
moral. Su mirada voló de Arthas a Uther, y regresó del viejo
paladín al príncipe.
—No… no lo sé.
—Sí que lo sabes —le espetó Arthas. El príncipe tenía razón y
ella lo sabía.
—¿Acaso si estuvieras en su lugar, no preferirías morir ahora
que por culpa de la peste? ¿No preferirías morir como un ser hu-
mano racional a levantarte como un no-muerto que ataque a to-
dos aquéllos a quienes has amado, que destruya todo cuanto
amaste en vida?
La maga frunció el ceño.
—Yo… Ésa sería mi opción personal, sí. Pero no podemos to-
mar esa decisión por ellos. ¿Acaso no lo entiendes?
Arthas negó con la cabeza.
—No. No lo entiendo. Tenemos que purgar esta ciudad antes
de que cualquiera de ellos se transforme. Sufrirán una muerte
misericordiosa; además, la única forma de detener la peste es
poniéndole fin aquí y ahora, de una vez por todas. Y eso es exacta-
mente lo que voy a hacer.
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Unas lágrimas de angustia asomaron a los ojos de Jaina.


—Arthas… concédeme un poco de tiempo. Sólo un par de días.
Puedo teleportarme para consultar con Antonidas, podríamos cel-
ebrar una reunión de emergencia. Tal vez podamos dar con una
forma de…
—¡No tenemos un par de días! —Las palabras brotaron con
una furia inusitada—. Jaina, esta peste hace mella en la gente en
cuestión de horas. Minutos, tal vez. Fu-fui testigo de ello en Vega
del Amparo. No hay tiempo para deliberaciones o discusiones.
Debemos actuar ya. Si no, será demasiado tarde. —Se volvió hacia
Uther ignorando a Jaina—. Como tu futuro rey ¡te ordeno que
purgues la ciudad!
—¡Todavía no eres mi rey, muchacho! Y aunque lo fueras,
¡jamás obedecería esa orden!
Entonces, un manto de silencio cargado de tensión los
envolvió.
Arthas… amado mío, mi mejor amigo… por favor, no lo
hagas, rogó mentalmente Jaina.
—Entonces, he de considerar tu negativa como alta traición
—afirmó Arthas abruptamente con un gélido tono de voz.
Para Jaina aquella réplica fue aún peor que si le hubiera
abofeteado en la cara.
—¿Me acusas de traición? —farfulló Uther—. ¿Acaso has per-
dido la cabeza, Arthas?
—¿Eso crees? Lord Uther, en virtud de mis derechos de
sucesión y del poder soberano de la corona, te relevo del mando y
suspendo a tus paladines de sus funciones.
—¡Arthas! —exclamó Jaina, cuya lengua se había liberado a
causa de la indignación—. No puedes…
El príncipe se giró con gran celeridad y le replicó furioso:
—¡Puedo! ¡Y está hecho!
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Si bien Jaina permaneció con la vista clavada en él, Arthas se


volvió para mirar a sus hombres, que habían observado en silen-
cio y con cautela cómo la discusión se había ido acalorando.
—Aquellos de vosotros que queráis salvar esta tierra,
¡seguidme! El resto… ¡apartaos de mi vista!
Jaina se sintió marcada y asqueada. Iba a hacerlo de verdad.
Arthas iba a marchar sobre Stratholme para acabar con todo
hombre, mujer y niño que se hallara dentro de los confines de sus
muros. La maga empuñó y aferró con fuerza las riendas de su
montura. El caballo agachó la cabeza y su cálido aliento acarició la
mejilla de la maga. Jaina sentía una gran envidia por la total ig-
norancia del animal.
Se preguntó si Uther atacaría a su antiguo pupilo. El paladín
había jurado servir a su padre y seguía teniendo que cumplir su
juramento aunque hubiera sido relevado del mando. Jaina vio que
el caballero tensaba los músculos del cuello y apretaba los dientes
con fuerza. Pero no atacó a su señor.
Sin embargo, la lealtad no refrenó su lengua.
—Acabas de cruzar una línea que nadie debería cruzar jamás,
Arthas.
Arthas le miró brevemente y se encogió de hombros. Se volvió
hacia Jaina, buscando su mirada, y por un instante, sólo un in-
stante, la maga vio lo que había debajo de tanta determinación:
un joven bueno y responsable ligeramente asustado.
—¿Jaina?
Aquella palabra no era sólo una mera palabra. Era tanto una
pregunta como un ruego. Mientras la maga lo miraba de hito en
hito, paralizada como un pájaro ante una serpiente, Arthas le
ofreció una mano enguantada. Jaina la observó un momento,
pensando en todas las veces que esa mano se había cerrado sobre
la suya con delicadeza, en todas las veces que la había acariciado,
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en todas las veces que había brillado con luz sanadora al curar a
los heridos.
Sin embargo, ahora no podía estrechar esa mano.
—Lo siento, Arthas. No puedo quedarme a ver cómo haces
esto.
Entonces la fría máscara del príncipe cayó y ya no pudo ocul-
tar sus sentimientos por más tiempo. La conmoción y la incredul-
idad invadieron su rostro. Jaina no podía soportarlo ya más.
Tragó saliva, los ojos se le anegaron de lágrimas y le dio la es-
palda. Uther la observaba con una mirada que combinaba com-
pasión y aprobación. El viejo paladín le ofreció la mano para ay-
udarla a montar y la maga se mostró agradecida por su firmeza y
serenidad. Jaina temblaba como una hoja y se aferró a su mon-
tura mientras esperaba a que Uther montara en su propio caballo.
Cuando el paladín estuvo listo, cogió las riendas del caballo de
Jaina y los dos se alejaron de aquel indescriptible horror que era
lo peor que se habían encontrado hasta entonces en aquella ter-
rible misión.
—¿Jaina? —escuchó decir a Arthas tras ellos.
La maga cerró los ojos y las lágrimas se deslizaron bajos sus
párpados.
—Lo siento —volvió a susurrar Jaina—. Lo siento mucho.
—¿Jaina…? ¡Jaina!

Le había dado la espalda.


El príncipe no se lo podía creer. Durante un largo instante se
quedó contemplando fijamente, estupefacto, cómo la silueta de
Jaina se perdía en la lejanía. ¿Cómo podía abandonarlo de esa
forma? Jaina le conocía. Le conocía mejor que nadie en el mundo,
mejor que incluso él mismo. Jaina siempre le había entendido. Su
mente retrocedió de improviso a la noche en la que se habían
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convertido en amantes, bañados primero por el resplandor


naranja del fuego del hombre de paja; y más tarde por el azul
gélido de la luz de luna. Arthas la había abrazado y le había
rogado…
«No reniegues nunca de mí, Jaina. Nunca reniegues de mí, por
favor».
«Nunca lo haré, Arthas. Nunca».
Oh, sí, unas palabras bonitas, susurradas en un momento muy
emotivo; pero ahora, cuando realmente importaba, eso era justo
lo que Jaina había hecho: había renegado de él, le había traicion-
ado. Maldita sea, si la misma Jaina había admitido que de haberse
contagiado hubiera preferido que la mataran a convertirse en algo
que profanase todas las leyes de la naturaleza. Pero ella le había
abandonado a su suerte. Arthas no creía que una puñalada en el
estómago doliera más que aquella traición.
Entonces un pensamiento cruzó su mente de manera fugaz e
intensa: ¿y si Jaina tiene razón?
No. Eso era imposible. Porque si la tenía, estaba a punto de
convertirse en un asesino de masas y sabía que no lo era. Lo sabía.
Meneó la cabeza como para sacudirse el terror que lo aturdía,
se humedeció los labios que se habían secado repentinamente y
tomó aire con fuerza. Algunos hombres se habían marchado con
Uther. Muchos. Demasiados, a decir verdad. ¿Sería capaz de to-
mar la ciudad con los pocos que quedaba?
—Señor, si me permites —acertó a señalar Falric—, yo…
bueno… preferiría que me cortaran en mil pedazos a convertirme
en un no-muerto.
Se alzó un murmullo que expresaba aprobación y el ánimo de
Arthas se inflamó, al tiempo que aferraba con fuerza su martillo.
—Lo que vamos a hacer aquí no es motivo de regocijo
—aseveró—, sino consecuencia de una necesidad imperiosa:
detener la peste, aquí y ahora, con el menor número de bajas
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posibles. Los que se encuentran entre estos muros ya están muer-


tos. Nosotros lo sabemos, ellos todavía no y debemos matarlos
rápida y limpiamente antes de que la peste lo haga por nosotros.
—Miró a sus hombres de uno en uno, orgulloso de aquellos solda-
dos que no habían rehuido sus responsabilidades—. Deben ser
asesinados y sus casas han de ser destruidas para que esas mora-
das no se conviertan en refugio de aquéllos a los que ya no po-
demos salvar —afirmó Arthas, mientras sus hombres asentían y
asían vigorosamente sus armas—. Esta batalla no será memorable
ni gloriosa, sino horrenda y dolorosa. Lamento de todo corazón
que sea necesaria. Pero en lo más hondo de mi ser sé que tenemos
que hacerlo. —Alzó el martillo y exclamó—: ¡Por la Luz!
En respuesta a su grito de batalla, sus hombres rugieron y le-
vantaron sus armas. A continuación, Arthas se giró hacia la pu-
erta, inspiró aire con fuerza y cargó.
Acabar con los que ya habían muerto y se habían sublevado
fue muy fácil. Eran el enemigo; ya no eran humanos sino viles cri-
aturas que una vez habían estado vivas, de modo que aplastarles
los cráneos o decapitarlos no suponía mayor dificultad que acabar
con una bestia rabiosa. En cuanto a los demás…
Los habitantes de la ciudad contemplaron a los soldados y a su
príncipe, primero confusos y luego llenos de horror. Al principio,
la mayoría ni siquiera hizo ademán de ir a por sus armas;
conocían los tabardos que portaban esos hombres que se suponía
que venían a protegerlos y no a matarlos. No alcanzaban a com-
prender por qué los mataban. El sufrimiento se adueñó del
corazón de Arthas en cuanto derribó al primero: se trataba de un
joven, recién pasada la pubertad, que lo miró con unos ojos
castaños teñidos de incomprensión y alcanzó a pronunciar:
—Mi señor, ¿por qué…?
Antes de que Arthas gritara de angustia por lo que se veía obli-
gado a hacer, antes de aplastar el pecho del muchacho de un
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martillazo, se percató por un instante de que su martillo ya no ir-


radiaba Luz. Quizá la Luz también se sentía apenada de que fuera
necesario cometer aquella atrocidad. Si bien un sollozo se gestó en
su fuero interno, logró contenerlo y refrenarlo y, a continuación,
se volvió hacia la madre del muchacho.
Pensó que pasado un tiempo sería más fácil. Pero no fue así.
Es más, cada vez se sentía peor. No obstante, Arthas se negaba a
dar su brazo a torcer. Además, los hombres lo observaban como
ejemplo; si vacilaba, ellos también vacilarían y entonces
Mal’Ganis habría triunfado. Así que mantuvo su yelmo cerrado
para que no pudieran verle el rostro y él mismo prendió las ant-
orchas que quemaron los edificios repletos de gente que se habían
encerrado en su interior. Aquel espectáculo dantesco y los gritos
horripilantes no iban a impedir que cumpliera su cometido.
Fue todo un alivio que algunos ciudadanos de Stratholme de-
cidieran resistirse, puesto que entonces entró en juego el instinto
de autodefensa. Aunque aquellos granjeros no tenían ninguna
posibilidad frente a unos soldados profesionales y un paladín ex-
celentemente adiestrado. No obstante, eso mitigó la horrible
sensación de… bueno, de que los estaban matando como ani-
males, tal y como lo había descrito Jaina.
—Te estaba esperando, joven príncipe.
Aquella voz resonó en lo más profundo de su mente y sus oí-
dos y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Eran una voz potente y…
no había otra forma de describirla… malvada… Lo cual era lógico,
pues pertenecía a un Señor del Terror, o al menos así lo había lla-
mado Kel’Thuzad: un nombre siniestro para un ser siniestro.
—Soy Mal’Ganis.
Algo similar al júbilo se apoderó de Arthas. La presencia del
brujo en ese lugar justificaba sus actos. Mal’Ganis, el responsable
de la peste estaba allí, y cuando los hombres de Arthas, que tam-
bién habían escuchado aquella voz, se volvieron en busca de su
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dueño, las puertas de una casa donde unos ciudadanos se habían


escondido se abrieron de par en par y unos muertos vivientes cuy-
os cuerpos refulgían con un fulgor verde y enfermizo, surgieron
raudos y veloces de ellas.
—Como puedes ver, tus súbditos ahora me pertenecen. Voy a
convertir esta ciudad, casa por casa, hasta que la llama de la vida
se haya apagado totalmente… para siempre —afirmó Mal’Ganis
riéndose.
Aquella risa era perturbadora, profunda, cruel y siniestra.
—¡No lo permitiré, Mal’Ganis! —rugió Arthas, con el corazón
henchido de orgullo por el convencimiento de que lo que hacía era
justo—. ¡Es mejor que estas personas mueran por mis manos que
se conviertan en tus esclavos en la muerte!
El Señor del Terror volvió a reírse y desapareció tan misteri-
osamente como había aparecido; y Arthas regresó al combate al
ver que una multitud de no-muertos cargaba contra él.
Arthas no fue capaz de saber cuánto tiempo les llevó matar a
todo ser vivo, y muerto, de la ciudad. Pero, al fin, lograron com-
pletar su atroz misión. El príncipe estaba exhausto, tembloroso y
asqueado por el olor a sangre y humo, y por el hedor dulzón del
pan contaminado que flotaba en el aire a pesar de que la panader-
ía era ahora un edificio en llamas. La sangre y el icor cubrían lo
que antes había sido una brillante armadura. No obstante, aquello
aún no había acabado. El príncipe sabía perfectamente qué iba a
suceder a continuación y aguardaba a que ocurriera; y un instante
después llegó su enemigo, que descendió del cielo para posarse
sobre el tejado de uno de los pocos edificios que permanecían
intactos.
Arthas se quedó estupefacto. Esa criatura era enorme. Su piel
era de color gris azulado, como si se tratara de piedra que hubiera
cobrado vida. Unos cuernos surgían de su cráneo desprovisto de
pelo, curvándose hacia delante y arriba, y dos poderosas alas
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como las de los murciélagos se extendían a su espalda a modo de


sombras con vida propia. Sus piernas, protegidas por placas
metálicas adornadas con púas e imágenes perturbadoras de
huesos y calaveras, se curvaban hacia atrás y acababan en forma
de pezuñas. La luz de sus refulgentes ojos verdes iluminaba unos
dientes afilados desnudos gracias a una sonrisa de desprecio.
Arthas levantó la vista y observó a aquella criatura presa del
terror e incapaz de creer lo que tenía delante de sus ojos. Había
escuchado relatos sobre él; había visto dibujos en libros antiguos,
tanto en la biblioteca de su hogar como en los archivos de Dalar-
an. Pero contemplar esa cosa tan monstruosa alzándose
amenazante sobre él bajo un cielo carmesí y negro por el humo y
el fuego, era algo totalmente distinto…
Un Señor del Terror era un demonio surgido de las entrañas
del mito. No podía ser real, sin embargo ahí estaba, delante de él
en toda su espantosa gloria.
El Señor del Terror.
El miedo amenazaba con atenazar a Arthas, que sabía que si
dejaba que lo dominara, estaba perdido y moriría a manos de
aquel monstruo… sin siquiera luchar. De modo que hizo acopio de
toda su férrea voluntad y ahogó ese terror instintivo con otra
emoción más positiva: el odio. La furia. Pensó en aquellos que
habían caído bajo su martillo, tanto en los muertos como en los
vivos, tanto en los necrófagos hambrientos como en las mujeres
aterradas y los niños asustados que no entendían que asesinándo-
los intentaba salvar sus almas. Sus rostros le insuflaron nuevas
fuerzas. No podía ser que hubieran muerto en vano. De algún
modo, Arthas logró reunir el coraje necesario para mirar a los ojos
al demonio mientras asía con vigor su martillo.
—Acabemos esto ahora mismo, Mal’Ganis —gritó con voz
fuerte y firme—. Solos tú y yo.
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Ante esa sentencia, el Señor del Terror inclinó hacia atrás la


cabeza y se rió.
—Valientes palabras —observó el demonio con un tono de voz
estruendoso—. Por desgracia para ti, esto no acaba aquí.
Mal’Ganis sonrió ampliamente y sus labios negros se apar-
taron, dejando a la vista unos dientes puntiagudos.
—Tu viaje acaba de comenzar, joven príncipe.
Con un gesto de una mano provista de unas garras largas y
afiladas que brillaban bajo la luz de las llamas que seguían ar-
diendo y consumiendo la gran ciudad, señaló a los hombres de
Arthas y declaró:
—Reúne tus fuerzas y ve a encontrarte conmigo en la tierra ár-
tica de Rasganorte. Allí es donde se decidirá tu verdadero destino.
—¿Mi verdadero destino? —La voz de Arthas se quebró a causa
de la ira y la confusión—. Pero ¿qué…?
Las palabras se ahogaron en su garganta a medida que el aire
que circundaba a Mal’Ganis comenzaba a titilar y a girar conform-
ando un patrón muy familiar.
—¡No! —aulló el príncipe.
Se abalanzó sobre él a ciegas, temerariamente, y habría
acabado partido en dos en un abrir y cerrar de ojos si el hechizo
de teleportación no se hubiera completado. Arthas chilló de man-
era incoherente, blandiendo en el aire su martillo, que apenas
resplandecía.
—¡Te perseguiré hasta los confines de la Tierra si es preciso!
¿Me oyes? ¡Hasta los confines de la Tierra!
Desquiciado, furioso, fuera de sí, blandió su martillo a lo loco
contra la nada hasta que el puro agotamiento le obligó a bajarlo.
Lo apoyó en el suelo y se reclinó sobre él, sudando y temblando a
causa de los sollozos de frustración e ira.
Hasta los confines de la Tierra.
CAPÍTULO TRECE

T res días después, lady Jaina Valiente caminaba por las


calles de lo que hasta hace poco había sido una ciudad or-
gullosa; la gloria del norte de Lordaeron que ahora sólo podía ser
el escenario de una pesadilla.
El hedor era insoportable. Se cubrió el rostro con un pañuelo
generosamente impregnado de esencia de flor de paz en un in-
tento por filtrar parte de aquella pestilencia. Pero tan sólo tuvo
éxito en parte. Fuegos que tendrían que haberse consumido por sí
mismos, o haberse abatido al menos un poco por falta de com-
bustible, continuaban ardiendo y las llamas alcanzaban gran al-
tura. Jaina supo así que eran obra de una magia tenebrosa. La
fetidez de la putrefacción se mezclaba con el olor acre del humo
que le irritaba los ojos y la garganta.
219/433

Los cuerpos yacían en el lugar donde habían caído, la mayoría


de ellos desarmados. Las lágrimas se acumulaban en los ojos de
Jaina y se deslizaban por sus mejillas mientras avanzaba como
sumida en un trance, pasando por encima de los hinchados
cadáveres con sumo cuidado. Un quejido de angustia se le escapó
en cuanto se percató de que Arthas y sus hombres, llevados por
una extraña concepción de la compasión, no habían perdonado ni
siquiera a los niños.
¿Acaso esos cadáveres que yacían inmóviles y rígidos por la
muerte se habrían alzado para atacar a los vivos si Arthas no los
hubiera asesinado? Tal vez. Muchos de ellos sí, seguramente. De
lo que no cabía ninguna duda era de que el grano había sido dis-
tribuido y consumido. Pero ¿se habían comido todo el grano? La
maga nunca lo sabría, y el príncipe, tampoco.
«Jaina, te lo vuelvo a pedir, acompáñame», le había rogado
Arthas con un tono de voz apremiante, pero estaba claro que su
mente se hallaba a miles de leguas de distancia. «Se ha escapado.
He salvado a los habitantes de la ciudad de convertirse en sus es-
clavos, pero… en el último instante se ha escapado. Se encuentra
en Rasganorte. Acompáñame».
Jaina cerró los ojos. No quería recordar esa conversación que
había tenido lugar hacía día y medio. No quería recordar el as-
pecto de Arthas, lo frío, iracundo y distante que le había parecido.
Ni su obsesión por atrapar a ese Señor del Terror, ¡qué era un de-
monio, por la Luz!, sin que le importara nada más.
Jaina tropezó con un cuerpo y sus ojos contemplaron de nuevo
el horror que había desatado el hombre al que había amado… y
seguía amando a pesar de todo; no sabía cómo ni por qué pero,
que la Luz se apiadara de ella, Jaina seguía amando a Arthas…
«Arthas… es una trampa. Es un señor demoníaco. Si-si en
Stratholme fue capaz de eludirte, sin duda alguna te derrotará en
su territorio, donde será más fuerte. No vayas… por favor…».
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Habría deseado lanzarse a sus brazos para obligarlo a


quedarse junto a ella. Arthas no podía ir a Rasganorte; sería su
fin. Y aunque el príncipe había sido el causante del fin de muchas
personas, Jaina había descubierto que era incapaz de desear la
muerte del príncipe.
—Esta masacre… —murmuró—. No me puedo creer que Arthas
haya sido capaz de hacer esto. —Sin embargo, sabía que así era.
Toda una ciudad había perecido a sus manos…
—¿Jaina? ¡Jaina Valiente!
Jaina se sobresaltó y abandonó repentinamente el desagrad-
able trance gracias a una voz familiar que pertenecía a… Uther.
Una extraña sensación de alivio la invadió al volverse en la direc-
ción de la que provenía el saludo. El anciano paladín siempre la
había intimidado un poco; era tan grande y poderoso y… bueno…
estaba ligado de un modo tan íntimo a la Luz. Recordó con una
incongruente punzada de culpa que ella y Arthas se habían bur-
lado en su juventud de la santurronería de Uther. Para ellos
aquella devoción rozaba lo pomposo y lo mojigato y les había res-
ultado muy sencillo reírse del caballero a sus espaldas. Era un
blanco fácil. Sin embargo, hacía tres atroces días, ella y Uther se
habían enfrentado a Arthas.
«Juraste que nunca renegarías de mí, Jaina», la había acusado
Arthas con un tono de voz hiriente como la gélida hoja de un
cuchillo. «Pero cuando más he necesitado tu apoyo, tu compren-
sión, te has vuelto en mi contra».
«Yo no… tú… eh… Arthas, no sabíamos bastante como
para…».
«Y ahora, además, te niegas a ayudarme. Parto a Rasganorte,
Jaina. Sabes que me gustaría tenerte a mi lado para que me ay-
udes a detener el mal. Entonces, ¿por qué no quieres
acompañarme?».
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Jaina hizo una mueca de disgusto. Uther se percató de ello,


pero no dijo nada. Iba ataviado con una armadura que lo cubría
por entero a pesar del calor causado por esos fuegos que ardían de
manera antinatural. Se acercó con celeridad a la maga. En aquel
momento, su gran estatura e imponente presencia transmitían a
Jaina una sensación de fuerza y solidez en vez de intimidación. El
viejo paladín no la abrazó, sino que la cogió con delicadeza de los
brazos con la intención de hacerle sentirse cómoda.
—Supuse que te encontraría aquí. ¿Adónde ha ido, muchacha?
¿Adónde se ha llevado Arthas la flota?
—¿La flota? —inquirió Jaina, abriendo los ojos
exageradamente.
—Ha asumido el mando de toda la flota de Lordaeron y ha
partido con ella. Sólo sabemos que ha enviado un breve mensaje a
su padre al respecto, aunque ignoramos por qué lo han obedecido
sin haber recibido órdenes directas de sus comandantes —aseguró
Uther, aunque más que hablar parecía que gruñía.
—Porque es su príncipe. Porque adoran a Arthas. Además, no
saben qué ha pasado… aquí —respondió Jaina, esbozando una
triste sonrisa.
Una punzada de dolor atravesó las duras facciones de Uther y
el paladín asintió.
—Sí —replicó él con voz queda—. Siempre ha tratado bien a los
hombres que le han servido. Saben que se preocupa realmente
por ellos, darían su vida por él.
Aquellas palabras estaban teñidas de pesar. Eran ciertas, ya
que en su momento Arthas se había merecido contar con una de-
voción incondicional.
«Y ahora te niegas a ayudarme…».
Uther la zarandeó ligeramente, trayéndola de vuelta al
presente.
—¿Sabes adónde ha podido llevar a la flota, hija mía?
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Jaina inspiró profundamente y contestó:


—Vino a hablar conmigo antes de partir. Le rogué que no se
marchara. Le dije que me parecía que se encaminaba directo a
una trampa…
—¿Adónde…? —insistió Uther, inflexible.
—A Rasganorte. Ha ido a Rasganorte a dar caza a Mal’Ganis, el
señor demoníaco responsable de la peste. A quien no pudo
derrotar… aquí.
—¿Un señor demoníaco? ¡Maldito sea ese crío! —explotó Uth-
er. El exabrupto sobresaltó a Jaina—. He de informar a Terenas.
—Intenté detenerlo —reiteró Jaina—. Entonces… él… —Con un
gesto señaló en vano al número casi inconcebible de muertos que
les hacían compañía en silencio. Se preguntó por enésima vez si
podría haber hecho algo más para impedir aquello; si de haber
dado con las palabras adecuadas para conmover a Arthas, habría
podido persuadirlo—. Pero fracasé.
Te he fallado, Arthas. He fallado a toda esta gente… Me he
fallado a mí misma, pensó Jaina.
La pesada mano enguantada de Uther se posó sobre el esbelto
hombro de la maga y entonces el paladín le dijo:
—No seas tan dura contigo misma, muchacha.
—¿Tan obvio resulta que me siento responsable? —comentó,
sonriendo con desgana.
—Cualquiera que albergue una migaja de compasión en su
corazón se preguntaría lo mismo que tú, lo mismo que yo.
Jaina alzó la mirada, sorprendida por la confesión que
acababa de escuchar.
—¿Tú también? —le interrogó Jaina.
El viejo paladín asintió; tenía los ojos inyectados en sangre a
causa de la fatiga, y en las profundidades de su mirada Jaina de-
tectó un sufrimiento tan tremendo que conmovió a Jaina.
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—No podía luchar contra él, puesto que sigue siendo mi prín-
cipe. Pero no puedo evitar preguntarme… si podría haberme in-
terpuesto en su camino. Si podría haber dicho o hecho algo más.
—Uther suspiró y negó con la cabeza—. Tal vez sí, o tal vez no.
Pero el pasado, pasado está, y las decisiones que tomé no pueden
deshacerse. Los dos debemos mirar al futuro, Jaina Valiente. Tú
no has tenido nada que ver con esta… masacre. Gracias por in-
formarme de su paradero.
—Me siento como si le hubiera vuelto a traicionar —confesó la
maga mientras bajaba la cabeza.
—Jaina, quizá le hayas salvado… y no sólo a él sino a todos los
hombres que lo acompañan y que ignoran en qué se ha
convertido.
Jaina se sobresaltó ante las palabras que había escogido el
paladín y le miró a los ojos fijamente.
—¿En qué se ha convertido? ¡Sigue siendo Arthas, Uther!
La mirada del anciano reflejaba una angustia insondable.
—Sí, lo es. Pero ha tomado una decisión espantosa… cuyas
consecuencias aún no alcanzamos a prever. No sé si podrá des-
andar el camino que ha empezado a recorrer —reflexionó Uther
mientras se giraba y observaba los cadáveres—. Ahora sabemos
que los muertos pueden alzarse de la muerte para llevar una exist-
encia que no puede calificarse como vida y que los demonios ex-
isten realmente. Me pregunto si existirán también otros fenó-
menos que creíamos que sólo habitaban en el territorio del mito,
como pueden ser los fantasmas. Si es así, nuestro príncipe camina
directo hacia las fauces del mayor de los espantos.
El anciano paladín hizo una reverencia ante ella y añadió:
—Aléjate de este lugar, mi señora.
—No, aún no estoy preparada —contestó la maga negando con
la cabeza.
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Uther intentó descifrar la mirada de la maga y, acto seguido,


asintió y respondió:
—Como quieras. Que la Luz te ampare, Lady Jaina Valiente.
—Y a ti, Uther el Iluminado.
La maga sonrió lo mejor que pudo y observó al paladín ale-
jarse poco a poco. Sin duda alguna, Arthas consideraría que le
había traicionado de nuevo, pero si de ese modo lograba salvarle
la vida, Jaina podría vivir con ello.
El hedor comenzaba a superar los límites que su testarudez le
permitía soportar. Aun así, Jaina se detuvo para echar un vistazo
rápido a su alrededor. Una parte de ella se preguntaba por qué se
hallaba en aquel lugar; la otra conocía la respuesta. Se encontraba
allí para que aquellas imágenes quedaran grabadas a fuego en su
mente, para entender la verdadera gravedad de lo que había suce-
dido. Nunca, jamás debía olvidarlo. Si bien desconocía si Arthas
podría desandar o no el camino elegido, sí sabía que lo que allí
había ocurrido no debería convertirse jamás en una mera nota a
pie de página en los libros de historia.
En ese momento, un cuervo descendió lentamente del cielo.
Sintió ganas de echar a correr para espantarlo y proteger así los
cadáveres destrozados de aquellos desdichados; pero aquel pájaro
sólo hacía lo que su naturaleza le dictaba. No poseía una concien-
cia que le indicara que lo que estaba haciendo era ofensivo para la
sensibilidad del ser humano. Jaina observó al cuervo un instante
y, entonces, no pudo creer lo que veían sus ojos.
El ave comenzó a difuminarse, a cambiar y crecer, de modo
que, donde momentos antes se había posado un carroñero, se
alzaba un hombre. La maga se quedó boquiabierta al reconocerlo:
era el mismo profeta al que había visto en dos ocasiones.
—¡Tú!
El hombre inclinó la cabeza y le obsequió con una extraña son-
risa con la que le dijo sin pronunciar palabra: Yo también te
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reconozco. Era la tercera vez que veía a esa mujer: la primera


cuando había intentado convencer a Antonidas y la segunda
cuando se había acercado a Arthas. En ambas situaciones, la maga
se había ocultado bajo un hechizo de invisibilidad; no obstante,
resultaba obvio que aquel conjuro no había servido para nada.
—Si bien la muerte podrá permanecer aletargada en estas tier-
ras de momento, no te dejes engañar: tu príncipe sólo hallará
muerte en el frío norte.
Aquellas palabras que le esperó sin miramientos hicieron que
Jaina se estremeciera.
—Arthas sólo hace lo que considera correcto —replicó la maga.
Jaina decía la verdad. Fueran cuales fuesen los defectos de
Arthas, éste había sido totalmente sincero al afirmar que, desde
su punto de vista, purgar Stratholme era la única opción válida
para acabar con la peste.
Esa contestación pareció suavizar la agresividad que anidaba
en la mirada del profeta.
—Lo cual es encomiable —afirmó el profeta—, pero se deja ll-
evar por las pasiones y eso lo condenará. Ahora todo depende de
ti, joven hechicera.
—¿Cómo? ¿De mí?
—Antonidas no me escuchó. Terenas y Arthas, tampoco. Tanto
los reyes de los hombres como los maestros de la magia han dado
la espalda al verdadero entendimiento. Sin embargo, creo que tú
no lo harás.
El aura de poder que envolvía a aquel hombre era evidente.
Jaina casi podía verla girando en torno a él, embriagadora e in-
tensa. El profeta se acercó más a la maga y apoyó una mano sobre
el hombro de Jaina, que le miró con ojos confusos.
—Tú debes llevar a tu gente al oeste, a las antiguas tierras de
Kalimdor. Sólo allí podrán combatir con las sombras y salvar este
mundo de las llamas.
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Jaina miró al profeta a los ojos y supo que decía la verdad. No


la estaba controlando, ni obligando; si no que Jaina sabía, en lo
más hondo de su corazón, que lo que el hombre decía era verdad.
—Ha… —acertó a decir mientras tragaba saliva con dificultad.
Guardó silencio y contempló por última vez el holocausto que
había causado el hombre al que había amado y aún amaba; y por
fin asintió—. Haré lo que me pidas.
Entretanto, que Arthas cumpla el destino que ha escogido. No
tengo otra opción, pensó la maga.
—Llevará tiempo reunirlos a todos y convencerles de que han
de creerme —comentó Jaina.
—No creo que dispongan de ese tiempo. Ya se ha desperdi-
ciado demasiado —observó el profeta.
Jaina alzó el mentón y dijo:
—He de intentarlo. Si sabes tanto sobre mí, seguro que ya
sabes que nunca me rindo.
El hombre cuervo sonrió y dio la sensación de que se relajó un
poco al escuchar esa respuesta. Además, Jaina recibió una
palmada afectuosa en el hombro.
—Haz lo que creas que debes hacer, pero no te retrases de-
masiado. La arena del reloj se acaba con rapidez, y cualquier re-
traso podría resultar fatal.
La maga asintió sin pronunciar palabra; estaba demasiado
sobrecogida para hablar. Había tanta gente a la que debía inform-
ar; entre ellos, el jefe de Antonidas. Si había en el mundo a quien
los magos prestarían atención, sería a ella. Jaina hablaría en
nombre de aquellos muertos y ofrecería su testimonio como
testigo. Hablaría de aquella muerte que había tenido lugar porque
habían creído estúpidamente que no era necesario retirarse a
Kalimdor.
La silueta del profeta menguó y cambió de forma. Se convirtió
de nuevo en la de un pájaro negro que ascendió a gran velocidad
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hacia el cielo con un poderoso batir de alas. De algún modo, en


cuanto le pasó rozando la cara, Jaina percibió que el aire que
desplazaron esas alas negras no olía a carrona, ni a humo, ni a
muerte. Olía a aire limpio y fresco.
A esperanza.
CAPÍTULO CATORCE

R asganorte era el nombre de aquella tierra; y la bahía


Cubredaga, el emplazamiento donde la flota de Lordaeron
había atracado. El agua, profunda y picada a causa del inclemente
viento, era de un color azul grisáceo. Los acantilados estaban
salpicados aquí y allá de tenaces pinos que dotaban de una de-
fensa natural a la pequeña zona llana donde Arthas y sus hombres
acampaban. Además, el agua de una cascada cercana caía a plomo
desde gran altura, provocando una lluvia de espuma. Con todo,
era un lugar mucho más agradable de lo que Arthas había esper-
ado, al menos. Ciertamente no parecía el típico hogar de un señor
demoníaco.
Arthas saltó del bote y avanzó chapoteando hasta la orilla. No
dejaba de mirar a su alrededor sin perder detalle del paisaje que
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lo rodeaba. El viento lloraba como un niño perdido y revolvía su


largo pelo rubio al acariciarlo con sus gélidos dedos. Junto a él,
uno de los capitanes de barco que había tomado el mando de la
flota sin consultar con el rey se estremecía de frío y daba palmas
para intentar entrar en calor.
—Esta tierra ha sido olvidada por la Luz. ¡Apenas se alcanza a
divisar el sol! Si bien este viento ululante le hiela a uno los huesos,
ni siquiera tú tiemblas un poco.
Arthas, un tanto sorprendido, se dio cuenta de que lo que
afirmaba aquel hombre era cierto. Sentía el frío como si lo
acuchillaran sin piedad, pero no temblaba.
—Mi señor, ¿te encuentras bien?
—Capitán, ¿han llegado ya todas mis tropas? —preguntó
Arthas sin siquiera molestarse en responder.
No contestó porque era una estupidez. Claro que no se encon-
traba bien. Lo habían obligado a masacrar a toda una población
para poder detener una atrocidad aún peor. Para colmo, tanto
Jaina como Uther le habían dado la espalda y un señor demoníaco
aguardaba su llegada.
—Casi. Todavía quedan unos pocos barcos que…
—Muy bien. Nuestra prioridad consiste en montar el campa-
mento base con unas defensas adecuadas. No sabemos qué nos
aguarda ahí entre las sombras.
Aquellas órdenes mantendrían al capitán callado y ocupado.
Arthas prestó toda su ayuda y se esforzó tanto como los hombres
que mandaba en erigir un refugio básico para las tropas. Añoró la
capacidad de Jaina para manejar las llamas cuando tuvieron que
encender las hogueras bajo aquella oscuridad y un frío cada vez
mayores. Maldición, la extrañaba tanto; pero aprendería a no
echarla de menos. Le había fallado justo cuando más la necesitaba
y no estaba dispuesto a entregar su corazón a una persona así por
más tiempo. Su corazón debía ser fuerte y no blando, decidido y
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no dubitativo. Si quería derrotar a Mal’Ganis, no podía permitirse


mostrarse débil. No podía albergar compasión.
La noche transcurrió sin ningún incidente. Arthas permaneció
despierto dentro de su tienda hasta altas horas de la madrugada,
examinando con atención los mapas incompletos de la región que
habían conseguido. Cuando por fin se durmió, soñó con algo go-
zoso y aterrador a la vez. Volvía a ser joven, tenía toda la vida por
delante y cabalgaba a lomos del glorioso caballo blanco al que
tanto amaba. Una vez más eran como un solo ser, estaban per-
fectamente acoplados y nada podía pararlos. Pero incluso
soñando, Arthas sintió cómo el terror se adueñaba de él cuando
apremió a Invencible a realizar aquel funesto salto. La angustia,
que no menguaba lo más mínimo por el hecho de saber que era un
mero sueño, recorrió de nuevo todo su ser como un terremoto. Y
una vez más desenvainó la espada y atravesó con ella el corazón a
su devoto amigo.
Pero esta vez… esta vez se percató de que empuñaba una es-
pada muy distinta al arma sencilla y humilde que había sostenido
en sus manos en aquel espantoso momento. Esta vez se trataba de
una espada enorme que debía asir con ambas manos; orna-
mentada con motivos muy hermosos. Las runas brillaban en toda
su extensión. Una niebla gélida y azul emanaba de ella, tan fría
como la nieve sobre la que yacía Invencible. Cuando retiró la es-
pada, Arthas vio que su caballo no estaba muerto, sino que Inven-
cible relinchó y se levantó totalmente curado e, incluso, más
fuerte que antes. El caballo tenía ahora el pelaje luminoso en vez
de mero color blanco y brillaba con intensidad. Entonces Arthas,
que se había quedado dormido sobre los mapas, se despertó y se
enderezó de repente con lágrimas en los ojos y un sollozo de júb-
ilo en los labios. Estaba seguro de que aquello era un presagio.
Si bien el día amaneció gélido y gris, el príncipe se había
puesto en pie antes del alba, deseoso de explorar esas tierras para
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dar con el rastro del Señor del Terror. Arthas sabía que se encon-
traba allí sin duda alguna.
Pero el primer día sólo se toparon con unos pocos y reducidos
grupos de no-muertos. A medida que pasaban los días y explora-
ban más y más terreno, la desesperación empezó a hacer mella en
Arthas.
A nivel racional, era consciente de que Rasganorte era un con-
tinente muy vasto apenas explorado, de que Mal’Ganis era un
Señor del Terror y no sería fácil dar con él, y de que los puñados
de no-muertos con los que se habían topado hasta entonces eran
una buena señal. Pero no la única. Aquel demonio podía estar en
cualquier sitio… o en ninguno. El hecho de que le hubiera reve-
lado que lo esperaría en Rasganorte podría haber sido una
elaborada estratagema para apartar a Arthas de su camino. Así el
demonio tendría vía libre para retomar sus planes y…
No. Si se planteaba las cosas así, se volvería loco. El Señor del
Terror era arrogante y estaba seguro de que, al final, sería capaz
de derrotar al príncipe humano. Arthas tenía que creer que estaba
allí en alguna parte. Debía creerlo. Claro que eso también signi-
ficaba que Jaina tenía razón. Si en efecto Mal’Ganis estaba allí, es-
taba claro que era una trampa. Ninguno de los pensamientos que
rondaban su mente era optimista; y cuantas más vueltas les daba,
más se acrecentaba su inquietud.
Pasaron dos semanas hasta que el príncipe encontró por fin
algo que le hizo abrigar cierta esperanza. Se habían separado en
grupos después de que la primera pareja de exploradores re-
gresara con la noticia de que por delante los aguardaban más
grupos de no-muertos y más numerosos que los anteriores. Y los
encontraron… pero despedazados y muertos, yaciendo sobre la
tierra helada. Antes de que Arthas pudiera formar un pensami-
ento coherente, sus hombres y él se vieron sorprendidos por fuego
enemigo.
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—¡Cubríos! —gritó Arthas.


Todos buscaron parapeto donde pudieron: tras un árbol, una
roca e incluso algún que otro banco de nieve. El ataque cesó tan
abruptamente como se inició y entonces se escuchó un alarido.
—¡Maldita sea! ¡Vosotros no sois no-muertos! ¡Estáis vivos!
Arthas reconoció aquella voz y pertenecía a alguien con quien
nunca hubiera imaginado que pudiera encontrarse en esa tierra
desolada. Sólo había una persona capaz de jurar de manera tan
entusiasta y, por un instante, se olvidó de por qué había ido allí y
a quién estaba buscando. Sólo sintió el júbilo y la nostalgia que
conlleva recordar tiempos pasados.
—¿Muradin? —exclamó Arthas estupefacto, presa del rego-
cijo—. Muradin Barbabronce, ¿eres tú?
El rechoncho enano abandonó la protección que le propor-
cionaba una hilera de armas para observar con cautela a quien
hablaba. El ceño fruncido que dominaba su rostro dio paso a una
enorme sonrisa.
—¡Arthas, muchacho! ¡Quién iba a imaginar que serías tú
quien viniera a rescatarnos!
El enano avanzó hacia Arthas con la cara más oculta que
nunca por una frondosa barba mucho más hirsuta de lo que el
príncipe recordaba, si es que eso era posible. Además, tenía más
arrugas alrededor de los ojos que ahora entornaba debido al júb-
ilo. Muradin abrió los brazos, corrió hacia Arthas y lo abrazó por
la cintura. Arthas se echó a reír, y por la Luz que hacía tiempo que
no se reía; y abrazó a su viejo amigo e instructor. Cuando al fin se
separaron, el príncipe comprendió el verdadero sentido de las pa-
labras que acababa de pronunciar Muradin.
—¿Rescataros? Muradin, ni siquiera sabía que estabas aquí.
He venido a… —empezó a decir, pero entonces calló. Decidió que
era mejor no revelar cierta información de momento, ya que no
sabía cómo reaccionaría Muradin si le contaba la razón que lo
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había traído hasta allí, así que decidió sonreír al enano y añadir—:
Pero eso puede esperar. Vamos, viejo amigo. Hemos montado un
campamento base no muy lejos de aquí. Me da la impresión de
que tanto a ti como a tus hombres os vendría bien comer algo
caliente.
—Y tampoco le haríamos ascos a un buen trago de cerveza
—replicó Muradin sonriendo.
Una sensación de alegría invadió la atmósfera cuando Arthas,
Muradin, Baelgun, lugarteniente de Muradin, y los demás enanos
entraron en el campamento. Incluso el frío eterno de aquel lugar
pareció menguar un poco. Si bien Arthas sabía que los enanos es-
taban acostumbrados a los climas fríos y eran gente robusta y
fuerte, percibió que el alivio y la gratitud asomaban en aquellos
rostros barbudos cuando les ofrecieron unos cuencos de estofado
caliente. Aunque le resultó muy difícil, Arthas se mordió la lengua
para refrenar las preguntas que ansiaban brotar de sus labios
hasta que Muradin y sus hombres fueron atendidos adecuada-
mente. Después indicó con una seña al enano que se uniera a él en
un lugar un tanto apartado del centro del campamento, cerca de
donde se alzaba su tienda.
—Bueno, cuéntame —acertó a decir Arthas mientras su anti-
guo instructor comenzaba a devorar la comida caliente con la reg-
ularidad y aparente insaciabilidad de una máquina gnoma bien
engrasada—, ¿qué estabais haciendo allá arriba?
Muradin dio otro bocado y un buen trago a la cerveza para fa-
cilitar así el tránsito de los alimentos.
—Verás, muchacho, esa información no es algo que uno deba
compartir con todo el mundo.
Arthas asintió, mostrando así que entendía lo que le estaba in-
sinuando. Él también prefería ser cauteloso, por eso sólo unos po-
cos miembros de la flota que comandaba conocían la verdadera
razón por la que se hallaban en Rasganorte.
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—Aprecio que confíes en mí, Muradin.


Al instante, el enano le propinó una palmadita en el hombro.
—Te has convertido en un hombre gallardo, ya lo creo,
muchacho. Bueno, si eres capaz de arreglártelas en esta tierra de-
jada de la mano de la Luz, tienes derecho a saber lo que mis
hombres y yo estamos haciendo aquí. Buscamos un objeto le-
gendario —reveló mientras entornaba los ojos y tragaba cerveza.
Después se limpió la boca y prosiguió—. Mi pueblo siempre ha es-
tado interesado en los objetos únicos y extraños, como bien sabes.
—Así es —replicó Arthas. Recordó haber escuchado en su día
algo acerca de que Muradin había ayudado a fundar una organiza-
ción llamada la Liga de Exploradores, que tenía su sede en Forjaz,
y sus miembros viajaban por todo el mundo para adquirir conoci-
mientos y buscar tesoros arqueológicos.
—Así que se trata de un asunto de la Liga —dedujo Arthas.
—Sí, en efecto. He estado aquí muchas otras veces. Ésta es una
tierra extrañamente cautivadora que no revela sus secretos con fa-
cilidad… Eso la vuelve muy intrigante. —El enano rebuscó en su
alforja, de donde sacó un diario encuadernado en cuero, que daba
la impresión de haber conocido días mejores. Se lo lanzó a Arthas
soltando un gruñido. El príncipe lo cogió y lo hojeó por encima.
Contenía cientos de bocetos de criaturas, paisajes y minas.
—Aquí hay mucho más de lo que parece a primera vista
—afirmó Muradin.
Al ver aquellos dibujos, Arthas no tuvo más remedio que
mostrarse de acuerdo con él.
—Nuestra actividad se centra básicamente en investigar —con-
tinuó el enano—. En aprender.
Arthas cerró el diario y se lo devolvió a Muradin.
—Cuando nos habéis visto, parecíais sorprendidos… de to-
paros con alguien que no fuera un no-muerto. ¿Cuánto tiempo
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lleváis aquí? ¿Y qué es lo que habéis aprendido? —inquirió el


príncipe.
Muradin rebañó los restos del estofado del cuenco con un
trozo de pan y lo dejó limpio como una patena. También se comió
el pan. Después suspiró levemente y contestó:
—Ah, cómo echo de menos los dulces que solía preparar el
pastelero de tu palacio —comentó mientras buscaba su pipa—. En
respuesta a tu pregunta, hace mucho que sabemos que algo raro
sucede aquí. Es como si una… fuerza estuviera creciendo. Se trata
de algo malo y va a peor. He hablado con tu padre al respecto;
creo que este poder no se contentará sólo con Rasganorte.
Arthas reprimió una oleada repentina de sensaciones con-
trapuestas de preocupación y emoción; no obstante, procuró
mantener la compostura.
—¿Crees que podría suponer un peligro para mi pueblo?
Muradin se echó hacia atrás y encendió la pipa. El aroma del
tabaco favorito del enano, cuya familiaridad fuera de lugar en esa
tierra extraña le resultó reconfortante, llegó hasta la nariz del
príncipe.
—Sí, lo creo. Y también creo que estos malditos no-muertos
tienen algo que ver con ello.
Arthas decidió que había llegado la hora de compartir inform-
ación. Con celeridad pero con calma, le contó a Muradin lo que
sabía sobre el grano contaminado por la peste y sobre Kel’Thuzad
y el Culto de los Malditos. También le habló de su primer encuen-
tro con los no-muertos, con aquellos granjeros transformados en
horribles engendros. Le informó de cómo había sabido que
Mal’Ganis, un Señor del Terror encarnado, era quien se hallaba
tras la peste, y de la burlona invitación que el demonio le había
hecho para que fuera a Rasganorte.
También mencionó Stratholme fugazmente.
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—La peste había llegado hasta allí —indicó—. Así que tuve que
cerciorarme de que Mal’Ganis no tenía más cadáveres a su dis-
posición para sus innobles fines.
Con esa información bastaba. Si bien todo cuanto había conta-
do era verdad, no estaba seguro de que Muradin entendiera que
Arthas se había visto obligado a cometer aquel acto horrendo.
Jaina y Uther no lo habían comprendido a pesar de que habían
sido testigos de primera mano de la amenaza a la que el príncipe
se enfrentaba.
—Es un asunto feo. Quizá el artefacto que estoy buscando
podría serte útil para combatir a ese Señor del Terror. De todos
los objetos mágicos peculiares de los que tenemos noticia, éste es
de los más valiosos. Sólo recientemente hemos empezado a obten-
er cierta información sobre él, aunque desde que supimos de su
existencia… bueno, lo hemos buscado sin parar. Me traje unos
cuantos objetos mágicos muy especiales para intentar localizarlo,
pero de momento no ha habido suerte —le explicó el enano.
En ese momento, Muradin dejó de mirar aArthas y sus ojos se
posaron en un lugar situado más allá del príncipe, sobre el
páramo helado que los rodeaba amenazante. Por un instante, el
brillo desapareció de sus ojos para ser sustituido por una sombra
lúgubre que el joven príncipe jamás había visto.
Arthas decidió esperar a que el enano continuara con su his-
toria. Quería evitar dar la impresión de que seguía siendo el
mismo niño impaciente que Muradin sin duda recordaba Murad-
in volvió a centrarse en el presente y miró a Arthas con suma
intensidad.
—Buscamos una hojarruna llamada Agonía de Escarcha.
Agonía de Escarcha. Arthas sintió cómo un leve escalofrío re-
corría su alma al escuchar esa palabra. Se trataba de un nombre
ominoso para un arma legendaria; y aunque había oído hablar de
las poderosas y terribles hojarrunas, eran armas que raramente se
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veían. El príncipe lanzó una mirada fugaz a su martillo que des-


cansaba apoyado contra el árbol donde lo había dejado tras re-
gresar de su encuentro inesperado con Muradin. Era un arma
muy hermosa y él la había tenido en muy alta estima; pero última-
mente la Luz parecía brillar en él de forma muy tenue, y a veces
no brillaba en absoluto.
Pero una hojarruna…
Una certeza repentina se apoderó de él y entonces sintió como
si el destino le estuviera susurrando al oído. Rasganorte era un
lugar muy vasto y no podía tratarse de una coincidencia que se
hubiera encontrado con Muradin. Si pudiera hacerse con la
Agonía de Escarcha… seguramente podría matar a Mal’Ganis,
acabar con la peste y salvar a su gente. El enano y él se habían en-
contrado por una razón. Su encuentro era obra del destino.
Mientras Arthas estaba sumido en sus cavilaciones, Muradin
había seguido hablando. Tras terminar su reflexión, el príncipe
volvió a prestarle atención.
—Hemos venido para hacernos con la Agonía de Escarcha,
pero cuanto más nos acercamos a esa hojarruna, más no-muertos
hallamos. Soy demasiado viejo para creer que se trata de una
mera coincidencia.
Arthas sonrió levemente. Así que Muradin tampoco creía en
las coincidencias. Se sintió reafirmado en su convencimiento de
que el destino guiaba sus pasos.
—¿Acaso crees que Mal’Ganis no quiere que la encontremos?
—preguntó en un susurro el príncipe.
—Sin duda alguna, no creo que le hiciera mucha gracia que
cargaras contra él con esa clase de arma en la mano.
—Me parece que vamos a poder ayudarnos mutuamente —dijo
Arthas—. Nosotros os ayudaremos a la Liga y a ti a dar con la
Agonía de Escarcha y vosotros nos ayudaréis a derrotar a
Mal’Ganis.
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—Parece un buen plan —señaló Muradin, mostrando así su


acuerdo. El humo de la pipa se retorcía a su alrededor conform-
ando unas aromáticas columnas donde se mezclaban el negro y el
azul—. Arthas, muchacho… ¿Te queda más cerveza?
Los días pasaron y Muradin y Arthas intercambiaron impre-
siones. Ahora tenían una doble misión que cumplir: matar a
Mal’Ganis y hacerse con la hojarruna. Al final, decidieron que la
estrategia más inteligente sería seguir avanzando hacia el interior
y enviar la flota hacia el norte para establecer allí un nuevo cam-
pamento. Tuvieron que luchar no sólo con no-muertos sino con
manadas de lobos famélicos y feroces, con unos seres extraños
que parecían mitad lobos, mitad humanos, y con una raza de trols
que daban la impresión de sentirse tan cómodos en aquel gélido
lugar del norte como sus primos en las bochornosas junglas de
Tuercespina. Muradin no se sorprendió tanto como el príncipe
humano cuando se toparon con tales seres. Por lo visto, pequeños
grupos de trols de hielo similares a ésos solían merodear por la
capital enana de Forjaz.
Arthas supo por Muradin que los no-muertos tenían bases allí,
en Rasganorte. Eran unas estructuras extrañas con forma de zig-
urat rodeadas de un aura de magia tenebrosa que habían pertene-
cido a una antigua raza supuestamente extinguida. De hecho, si
aún existían, no parecía que aquellos no-muertos les molestaran
en absoluto. Así que Arthas decidió que no sólo debían destruir
aquellos cadáveres andantes, sino también sus refugios. Aun así
transcurrían los días y Arthas no parecía acercarse más a su meta.
Si bien hallaban muchos rastros de la maldad de Mal’Ganis, eran
incapaces de dar con el Señor del Terror.
Tampoco la búsqueda de Muradin de la tentadora Agonía de
Escarcha tuvo más éxito. Las pistas, tanto arcanas como
mundanas, iban estrechando la zona de búsqueda, pero hasta
ahora la hojarruna seguía habitando en el territorio de la leyenda.
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El día en que todo cambió, Arthas estaba muy susceptible.


Regresaba hambriento, cansado y congelado al campamento am-
bulante improvisado tras otra incursión infructuosa. Se hallaba
tan sumido en su cólera que tardó unos segundos en comprender
lo que ocurría.
Los guardias no estaban apostados.
—Pero ¿qué…? —alcanzó a decir Arthas.
Se volvió hacia Muradin, quien de inmediato aferró con fuerza
su hacha. No había ningún cadáver a la vista. Si los no-muertos
hubieran atacado mientras el príncipe se encontraba fuera, los
cadáveres de sus hombres se habrían alzado, puesto que habrían
sido reclutados por el bando enemigo de la forma más cruel que
cabe imaginar. De todos modos, debería haber sangre o señales de
lucha por doquier… pero no había nada de nada.
Avanzaron con cautela y en silencio. El campamento se
hallaba desierto. Arthas habría jurado que parecía que lo hubier-
an desmontado, salvo por un puñado de hombres que alzaron la
vista cuando lo vieron venir. En respuesta a la pregunta que aún
no había formulado, el capitán Luc Valonante señaló:
—Te ruego que aceptes nuestras disculpas, mi señor. A peti-
ción de Lord Uther, tu padre ha ordenado a nuestras tropas que
regresen. La expedición ha sido cancelada.
Arthas sintió un espasmo en un músculo próximo al ojo.
—¿Mi padre… ha ordenado que vuelvan las tropas… porque
Lord Uther se lo ha pedido?
El capitán parecía nervioso, miró de soslayo a Muradin y, a
continuación, respondió:
—Sí, señor. Quedamos esperar a que regresaras para partir,
pero el emisario insistió. Todos los hombres se dirigen al noroeste
para encontrarse con la flota. Nuestro explorador nos informó de
que los caminos, si es que se les puede denominar como tal, están
en manos de los no-muertos. Así que nuestras tropas están muy
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atareadas abriéndose camino a través del bosque. Estoy seguro de


que podrás darles alcance con rapidez, señor.
—Por supuesto —contestó Arthas forzando una sonrisa a pesar
de que le hervía la sangre por dentro—. Disculpadme un
momento.
Posó una mano sobre el hombro de Muradin y se lo llevó a una
zona donde pudieran hablar tranquilos.
—Vaya, lo siento, muchacho. Resulta tan frustrante tener que
marcharse…
—No.
—¿Cómo? —replicó Muradin, sorprendido.
—No pienso volver. Muradin, si mis guerreros me abandonan,
¡nunca derrotaré a Mal’Ganis! ¡Y la peste jamás se detendrá! —ex-
clamó alzando la voz a su pesar. Algunas miradas teñidas de curi-
osidad se clavaron en él.
—Muchacho, se trata de tu padre. El rey. No puedes contrade-
cir sus órdenes. Eso sería alta traición.
Arthas resopló. Tal vez sea mi padre quien esté traicionando
a su pueblo, pensó, pero no se atrevió a decirlo.
—Desposeí a Uther de su rango. Declaré disuelta su orden. No
tiene derecho a hacer esto. Mi padre ha sido engañado.
—Entonces deberás resolver este entuerto con él cuando re-
greses. Tendrás que obligarle a ver la verdad si las cosas son como
afirmas que son. Pero en ningún caso puedes desobedecerle.
Arthas lanzó una mirada iracunda al enano. ¿Cómo que si las
cosas son como afirmo que son? ¿Qué está insinuando este
maldito enano? ¿Que le estoy mintiendo?, pensó presa de la furia.
—Tienes razón en una cosa: mis hombres son leales a lo que
ellos consideran la cadena de mando. Jamás se negarían a volver
a casa si reciben órdenes directas de hacerlo —observó mientras
se frotaba el mentón pensativo y esbozaba una sonrisa a medida
que una idea iba cobrando forma en su mente—. ¡Eso es! Tan sólo
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tenemos que negarles el modo de regresar a casa. De este modo,


no estarán desobedeciendo… sino que será imposible que
cumplan esas órdenes.
Las pobladas cejas de Muradin se unieron en una sola cuando
éste frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
Arthas le contestó con una fiera sonrisa y, acto seguido, le con-
tó su plan.
Muradin parecía estupefacto.
—¿No crees que te estás excediendo un poco, muchacho? —in-
quirió el enano.
Por el tono de voz que había empleado, estaba claro que
Muradin consideraba que realmente se estaba excediendo un
poco; quizá demasiado. Arthas decidió ignorar el comentario.
Muradin no había sido testigo de lo que él había visto, no se había
visto obligado a hacer lo que él había tenido que hacer. Cuando
por fin se enfrentaran a Mal’Ganis, el enano lo comprendería to-
do. Arthas sabía que derrotaría al Señor del Terror porque debía
hacerlo. Acabaría con la peste, esa amenaza que se cernía sobre su
pueblo. Entonces la destrucción de los barcos no se consideraría
nada más que un ligero inconveniente, un mal menor si se com-
paraba con el bien mayor que se perseguía: la supervivencia de los
ciudadanos de Lordaeron.
—Sé que parece muy drástico, pero no hay otro remedio. No lo
hay.
Unas horas después, Arthas observaba desde la Orilla Olvid-
ada cómo ardía toda su flota.
La estrategia era muy simple: los hombres no podrían regresar
a casa y, por lo tanto no podrían abandonarle, si no había ninguna
nave en la que embarcar. Así que Arthas las había quemado todas.
Había atravesado el bosque acompañado por mercenarios
contratados por él. La idea inicial había sido utilizarlos para
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masacrar a los no-muertos que se encontraran por el camino; y


que después le ayudaran a rociar los barcos con aceite y a pren-
derles fuego. En esa tierra de frío constante y luz tenue, el calor
que desprendían los barcos en llamas era bienvenido de una man-
era un tanto desconcertante. Además, el resplandor del incendio
obligó a Arthas a alzar una mano para protegerse los ojos del
resplandor.
A su lado, Muradin suspiró y negó con la cabeza. Él y los de-
más enanos, que murmuraban en voz baja mientras contem-
plaban el incendio no estaban muy seguros de que el sendero que
el príncipe había escogido fuera el correcto. Arthas observaba
también con los brazos cruzados y expresión solemne en el rostro
cómo el esqueleto envuelto en llamas de unos de sus barcos se
venía abajo estrepitosamente. El frío castigaba su espalda mien-
tras el rostro y el resto del cuerpo le ardían por el intenso calor de
las llamas.
—¡Maldito sea Uther por obligarme a hacer esto! —masculló.
Demostraría a ese paladín… expaladín, mejor dicho… De-
mostraría a Uther, a Jaina y a su padre que él era el único que no
se había desentendido de sus obligaciones, sin importar que conll-
evaran cometer actos horrendos o crueles. Volvería triunfante tras
haber hecho lo que tenía que hacer; tras haber hecho lo que los
débiles de corazón nunca se habrían atrevido a hacer. Gracias a él,
gracias a su sacrificio, gracias a que estaba dispuesto a soportar la
pesada carga de esa responsabilidad, su pueblo sobreviviría.
El estrépito de las llamas que lamían la madera empapada de
líquido inflamable fue tan intenso durante un instante, que ahogó
los gritos de desesperación de los hombres que se acercaban a
contemplar estupefactos el dantesco espectáculo.
—¡Príncipe Arthas! ¡Nuestros barcos!
—¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo vamos a volver a casa?
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Aquella idea se había estado fraguando en un tenebroso rincón


de su mente durante varias horas. Arthas sabía que el pánico se
apoderaría de sus hombres al descubrir que habían quedado vara-
dos en esas tierras. Si bien habían accedido en su momento a
seguirlo, Muradin tenía razón en una cosa: los hombres sabían
que las órdenes de su padre anulaban las suyas y Arthas no habría
podido retenerlos. Y Mal’Ganis habría ganado. Sus hombres no
entendían lo importante que era detener aquella amenaza en
aquel lugar, en aquel momento…
Su mirada se posó sobre los mercenarios que había
contratado.
Nadie los echaría de menos.
Eran gentuza que podía ser comprada y vendida. Si alguien les
hubiera pagado por asesinarlo, lo habrían hecho con la misma
presteza que lo habían ayudado. Había muerto ya tanta gente,
tantas personas buenas, nobles e inocentes. Sus muertes sin sen-
tido clamaban a gritos venganza. Y si los hombres de Arthas no lo
apoyaban de todo corazón, no podría alzarse victorioso.
Arthas no podría soportar la derrota.
—¡Adelante, mis guerreros! —gritó levantando su martillo. Su
arma ya no brillaba con la Luz, pero eso ya no sorprendía a
Arthas. Se limitó a señalar a los mercenarios que trabajaban para
acercar a la orilla los botes repletos de provisiones que habían sal-
vado de los barcos y gritó—: ¡Esos asesinos han quemado
nuestros navíos y os han privado de vuestro regreso a casa!
¡Matadlos en nombre de Lordaeron!
El príncipe encabezó la carga.
CAPÍTULO QUINCE

A rthas reconoció el sonido de las pisadas cortas pero pesa-


das de Muradin antes de que el enano apartase la lona de
la tienda y lo mirara encolerizado. Se observaron fijamente dur-
ante un largo instante y, a continuación, Muradin hizo una señal
con la cabeza indicándole que saliera y se marchó dejando caer la
lona. Durante un momento, Arthas se vio arrastrado en el tiempo
a aquel momento en que siendo niño se le había escapado de las
manos una espada de entrenamiento que había ido a parar a los
pies del enano. Frunció el ceño, se puso en pie y siguió a Muradin
a un lugar alejado del resto de los hombres.
El enano no se anduvo con rodeos.
—¡Has mentido a tus hombres y has traicionado a los mercen-
arios que lucharon por ti! —le espetó Muradin mientras acercaba
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su rostro al de Arthas tanto como le permitía su escasa estatura—.


Ya no eres el muchacho que yo adiestré. Ya no eres el hombre que
fue admitido en la Orden de la Mano de Plata. Ya no eres el crío
del rey Terenas.
—Hace tiempo que dejé de ser un crío —replicó con furia
Arthas, mientras apartaba a Muradin—. He hecho lo que debía
hacer.
Casi esperaba que el enano lo atacara; sin embargo, la ira
pareció abandonar a su antiguo mentor.
—¿Qué te está pasando, Arthas? —preguntó Muradin con voz
queda, teñida de un dolor y confusión infinitos—. ¿Tan import-
ante es la venganza para ti?
—No sabes de qué hablas, Muradin —respondió de malos
modos el príncipe—. Tú no estuviste ahí para ver lo que Mal’Ganis
le hizo a mi patria. ¡Para ver lo que hizo a esos hombres, mujeres
y niños inocentes!
—Pero he oído hablar de ello —le rebatió Muradin con tran-
quilidad—. Algunos de tus hombres han largado más de la cuenta
cuando la cerveza ha soltado sus lenguas. Si bien tengo mi propia
opinión sobre lo que ocurrió… también sé que no puedo juzgarte.
Tienes razón, yo no estuve ahí. Gracias a la Luz no tuve que tomar
esa decisión. Aun así… algo extraño sucede. Estás…
El fuego de los morteros y los gritos de alarma interrumpieron
su discurso. Sin perder un segundo, Muradin y Arthas regresaron
al campamento preparados para luchar. Los hombres aún corrían
caóticamente a por sus armas. Falric bramaba órdenes a voz en
grito a los humanos, mientras que Baelgun organizaba a los en-
anos. Se escuchó en la lejanía el fragor de la batalla y Arthas vio
que el ejército de no-muertos avanzaba hacia sus hombres. Las
manos del príncipe se tensaron en torno al martillo. Aquello tenía
todas las trazas de ser un ataque bien coordinado, y no un en-
cuentro fortuito.
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—El Señor Oscuro dijo que vendrías —anunció una voz que a
Arthas le resultó familiar. El príncipe sintió que le invadía la
euforia. ¡Mal’Ganis estaba allí! No había viajado hasta Rasganorte
por nada—. Aquí concluye tu viaje, muchacho. Vas a acabar at-
rapado y congelado en el techo del mundo y la muerte cómo único
testigo de tu desafortunado destino.
Muradin se rascó la barba mientras recorría la zona con la
mirada. Desde más allá del perímetro del campamento arreciaba
el fragor de la batalla.
—Esto pinta un poco mal —admitió haciendo gala de la cos-
tumbre enana de resaltar lo evidente—. Estamos totalmente
rodeados.
Arthas observaba los acontecimientos mientras se lamentaba
de su suerte.
—Podríamos haberlo logrado —susurró—. Con la Agonía de
Escarcha… lo habríamos conseguido.
Muradin apartó la mirada.
—Bueno… muchacho, he albergado serias dudas sobre esa es-
pada. Y, a decir verdad, sobre ti también.
A Arthas le llevó un segundo percatarse de lo que estaba in-
sinuando el enano.
—¿Me… me estás diciendo que sabes cómo encontrarla?
Muradin asintió y Arthas lo agarró del brazo.
—No sé cuáles son tus dudas, Muradin, pero ahora ya puedes
despejarlas. Mal’Ganis se encuentra aquí. Si sabes dónde está la
espada, llévame hasta ella. ¡Ayúdame a hacerme con la Agonía de
Escarcha! Tú mismo lo dijiste: no crees que a Mal’Ganis le haga
ninguna gracia verme empuñando a la Agonía de Escarcha. Las
tropas de Mal’Ganis superan a las nuestras en número. Sin la
Agonía de Escarcha, caeremos. ¡Sabes que estoy en lo cierto!
Muradin lo observó con una mirada teñida de dolor y, acto
seguido, cerró los ojos.
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—Tengo un mal presentimiento sobre todo esto, muchacho.


Por eso no he querido apresurarme; hay algo en ese artefacto, en
la forma en que ha ido surgiendo la información sobre él que no
encaja. No obstante, me he comprometido a llevar a cabo esta
misión. Ve a reunir unos cuantos hombres para que nos acom-
pañen. Te prometo que daré con esa hojarruna.
Arthas dio una palmadita en el hombro a su viejo amigo. El
destino seguía su curso. Conseguiré esa maldita hojarruna y ar-
ravesaré con ella el tenebroso corazón de ese Señor del Terror.
Me las pagará, pensó Arthas.
—¡Cubrid ese hueco de ahí! —ordenó Falric—. ¡Davan,
dispara!
El estallido del fuego de mortero reverberó por todo el campa-
mento mientras Arthas corría hacia su segundo al mando.
—¡Capitán Falric! —gritó el príncipe.
Falric se giró hacia él y contestó:
—Señor… nos han rodeado por completo. Podremos aguantar
cierto tiempo, pero al final caeremos presas de la extenuación.
Además, todo aquel que caiga pasará a engrosar sus filas.
—Lo sé, capitán. Por eso Muradin y yo partimos en busca de la
Agonía de Escarcha.
Falric alzó las cejas sorprendido y esperanzado pues sabía a
qué se refería. Arthas había compartido lo que le habían contado
acerca de aquella espada, incluido lo referente a su hipotético tre-
mendo poder, con un puñado de sus hombres de más confianza.
—En cuanto se halle en nuestro poder, la victoria será nuestra.
¿Podrás contenerlos hasta entonces?
—Sí, alteza —contestó Falric con una sonrisa, aunque parecía
igual de preocupado que segundos antes—. Contendremos a estos
bastardos no-muertos.
Unos instantes después, Muradin, armado con un mapa y un
extraño objeto brillante, se sumó a Arthas y a un grupo reducido
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de hombres. Su boca componía un gesto de descontento y tenía la


mirada triste, pero caminaba totalmente recto. Falric dio entonces
la señal e iniciaron la maniobra de distracción. Como consecuen-
cia, gran parte de los no-muertos centró sus esfuerzos de impro-
viso en él, dejando la retaguardia del campamento despejada.
—Vámonos —ordenó Arthas gravemente.

Muradin vociferaba indicaciones mientras consultaba unas


veces el mapa y otras un objeto reluciente que parecía emitir luz
de forma errática. Avanzaron lo más rápidamente posible a través
de la profunda capa de nieve en la dirección que indicaba el en-
ano, deteniéndose de vez en cuando para realizar unos descansos
muy breves que aprovechaban para orientarse. El cielo se oscure-
ció, las nubes se acumularon y comenzó a nevar, lo cual ralentizó
aún más la marcha.
Arthas avanzaba por inercia. La nieve hacía imposible ver más
allá de unos pocos metros por delante. Ya no sabía, ni le import-
aba, en qué dirección caminaban; simplemente daba un paso tras
otro mientras seguía a Muradin. Perdió toda noción del tiempo. Y
ya no sabía si llevaba andando por la nieve minutos o días.
Sólo pensaba, presa de la obsesión, en la Agonía de Escarcha.
En su salvación. Arthas confiaba que lo sería. Pero ¿serían ca-
paces de dar con ella antes de que sus hombres fueran derrotados
por los no-muertos y su demoníaco amo? Falric había afirmado
que podrían resistir… cierto tiempo. Pero ¿cuánto? Saber que
Mal’Ganis por fin se hallaba allí, en su propio campamento base, y
no poder atacar era…
—Ahí —indicó Muradin, señalando hacia delante de forma casi
reverencial—. Está ahí dentro.
Arthas se detuvo y parpadeó. Sus ojos se habían reducido a
rendijas para protegerse contra la ventisca y tenía las pestañas
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cubiertas de hielo. Se encontraban ante la entrada de una caverna


inhóspita y de aspecto lúgubre envuelta por la oscuridad de aquel
día gris barrido por la nieve. Dentro parecía haber algún tipo de
iluminación; se trataba de un fulgor tenue, de color azul verdoso,
que apenas se podía distinguir desde el exterior. A pesar de hal-
larse extenuado y congelado, la emoción lo embargó y realizó un
terrible esfuerzo para mover los labios entumecidos:
—Agonía de Escarcha… serás el fin de Mal’Ganis. El fin de la
peste. ¡Vamos!
Otro viento, distinto al que arreciaba hasta entonces, lo em-
pujó, pero el príncipe resistió y obligó a sus piernas a avanzar.
—¡Muchacho! —El grito de Muradin lo despertó de su en-
simismamiento bruscamente—. Un tesoro tan valioso no se deja
ahí sin más para que lo encuentre cualquiera. Debemos proceder
con cautela.
Arthas se sintió contrariado al escuchar esas palabras, pero
como sabía que Muradin tenía más experiencia en la materia, as-
intió, aferró con firmeza su martillo y entró con suma precaución.
El hecho de verse a resguardo del viento y de la nevada torrencial
reavivó su ánimo y, de inmediato, se adentraron todavía más en la
caverna. La luz que había entrevisto desde fuera provenía de unos
cristales de color turquesa y de ciertas vetas de mineral incrusta-
das en las paredes, los suelos y techos de roca; y que brillaban con
una luz suave. Había oído hablar de aquellos cristales luminiscen-
tes y en ese momento se sintió agradecido por la luz que les sum-
inistraban, pues así sus hombres podían concentrarse en blandir
sus armas y no en sostener antorchas. Entonces se percató de que,
en otros tiempos, el martillo habría brillado con el fulgor sufi-
ciente para guiarlos a todos en esa caverna. En cuanto ese
pensamiento cruzó su mente, frunció el ceño y, acto seguido, lo
apartó. Lo de menos era de dónde provenía la luz. Lo importante
es que existía.
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Fue entonces cuando escuchó unas voces. Muradin tenía


razón… los estaban esperando.
Aquellas voces eran profundas, graves y frías y sus funestas
palabras flotaron por el aire hasta llegar a oídos de Arthas.
—Dad la vuelta, mortales. La muerte y las tinieblas son lo
único que os aguarda en esta desamparada cripta. No avancéis
más.
Muradin se detuvo.
—Muchacho —comentó en voz baja. A pesar de todo, el sonido
reverberó hasta el infinito—, tal vez deberíamos hacerles caso.
—¿A quién? —gritó Arthas—. Esto no es más que un último y
patético intento de desviarme del camino que lleva a la salvación
de mi pueblo. Va a hacer falta algo más que unas palabras funes-
tas para que yo abandone este camino.
Avanzó presuroso martillo en mano, dobló la esquina y… se
quedó paralizado intentando asumir lo que veían sus ojos.
Habían dado con los dueños de aquellas voces. Por un instante
le recordaron al obediente elemental del agua de Jaina que la
había ayudado a luchar contra los ogros aquel día tan lejano antes
de que su destino se tornara tan siniestro y horrendo. No ob-
stante, esos seres flotaban sobre el frío suelo de piedra de la cav-
erna y estaban compuestos de hielo y una esencia antinatural en
vez de agua. Además, iban protegidos con una armadura que daba
la impresión de haber crecido a partir de su misma sustancia.
Iban ataviados con yelmos, pero carecían de rostro; tenían guan-
teletes, armas y escudos, pero carecían de brazos.
A pesar de que eran amenazadores, Arthas sólo dedicó una
mirada fugaz a esos temibles espíritus elementales, pues su vista
se vio atraída al instante por la razón que les había llevado a aquel
lugar.
La hojarruna Agonía de Escarcha.
251/433

Se hallaba atrapada en un trozo de hielo mellado suspendido


en el aire y donde las runas que recorrían su hoja por entero bril-
laban con un color azul gélido. Bajo la espada había una suerte de
estrado situado sobre un gran montículo cubierto por una ligera
capa de nieve. Una luz suave, que provenía de algún lugar donde
el techo de la caverna se abría para dejar pasar la luz del día, hacía
brillar la hojarruna. Aquella prisión helada escondía algunos de-
talles sobre la forma de la espada y exageraba otros. La revelaba y
la ocultaba al mismo tiempo, haciéndola aún más cautivadora,
como una amante que se entrevé a través de una cortina vaporosa.
Arthas conocía esa espada; era la misma que había visto en su
sueño nada más llegar a Rasganorte. La espada que no sólo no
había matado a Invencible, sino que lo había traído de vuelta de la
muerte sano y salvo. En aquel momento había pensado que era un
buen presagio, pero ahora sabía que era una auténtica señal. Era
lo que había venido a buscar. Esa espada lo cambiaría todo.
Arthas la contempló embelesado mientras sufría, hasta el punto
de sentir un dolor casi real, a causa de cuánto ansiaba sostenerla
entre sus manos; sufría porque anhelaba aferrar la empuñadura
de aquella hoja para obligarla a trazar con suavidad la trayectoria
del mandoble que acabaría con Mal’Ganis. Aquello pondría punto
final al tormento que asolaba al pueblo de Lordaeron y saciaría su
sed de venganza. Decidido, avanzó hacia ella.
Entonces, un espíritu elemental desenvainó su helada espada.
—Date la vuelta antes de que sea demasiado tarde —le
advirtió.
—¿Aún intentas proteger la espada? —gruñó Arthas, furioso y
un tanto avergonzado por cómo había reaccionado ante la visión
de la hojarruna.
—No —replicó aquel ser de voz retumbante—. Intento pro-
tegerte a ti de ella.
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Durante un segundo, Arthas se quedó mirándolo fijamente,


sorprendido. Al instante negó con la cabeza y sus ojos mostraron
su determinación sin límites. Aquello sólo era un truco. Jamás
renegaría de la Agonía de Escarcha; jamás renunciaría a salvar a
su pueblo. No iba a creer esa burda mentira. De modo que cargó y
sus hombres lo siguieron. Esas entidades cayeron sobre ellos y los
atacaron con sus armas preternaturales; no obstante, Arthas
centró su atención en el líder, que tenía asignada la misión de cus-
todiar a la Agonía de Escarcha. Descargó contra el extraño
guardián toda la tensión que sus esperanzas, preocupaciones,
miedos y frustraciones habían ido acumulando en su fuero inter-
no. Sus hombres hicieron lo mismo en cuanto se giraron para ata-
car a los demás guardianes elementales de la espada. Su martillo
se alzó y cayó, destrozando la armadura de hielo al tiempo que
unos gritos de ira emergían de la garganta de aquel ser. ¿Cómo se
atrevían esas cosas a interponerse entre él y la Agonía de Es-
carcha? ¿Cómo osaban…?
Al tiempo que profería un gruñido agónico final, similar al úl-
timo estertor de un hombre moribundo, el espíritu dejó caer las
extremidades que hacían las veces de manos y desapareció.
Arthas permaneció en pie con la mirada fija en el infinito y
jadeando. El aliento se le escapaba de los labios helados en forma
de vapor. Entonces se volvió hacia el premio que tanto le había
costado ganar. Todas las dudas que albergaba se esfumaron en
cuanto volvió a posar los ojos sobre la espada.
—Contempla, Muradin —le dijo mientras tomaba aire, con-
sciente de que le temblaba la voz—. He aquí la clave de nuestra
salvación: Agonía de Escarcha.
—Aguarda, muchacho. —Las bruscas palabras del enano son-
aron como una orden y fueron como un jarro de agua fría para
Arthas.
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—El príncipe parpadeó, tras despertar de su trance extático, y


se giró hacia el enano.
—¿Qué? ¿Por qué? —inquirió.
Muradin contemplaba fijamente, con los ojos entornados,
aquella espada que flotaba suspendida en el aire y el estrado de
debajo.
—Aquí hay algo que no encaja —afirmó al tiempo que señalaba
con un dedo rechoncho la hojarruna—. Ha sido demasiado fácil.
Mira cómo flota iluminada por una luz que no se sabe de dónde
proviene, como una flor esperando ser arrancada.
—¿Demasiado fácil? —le espetó Arthas mientras lo miraba con
cara de incredulidad—. ¿Cómo puedes afirmar eso cuando te ha
costado muchísimo encontrarla y hemos tenido que combatir con-
tra esos engendros para poder hacemos con ella?
—Bah —resopló Muradin—. Sé bastante sobre este tipo de
artefactos como para sospechar que aquí hay gato encerrado,
como en los muelles de Bahía del Botín.
El enano profirió un suspiro con el ceño aún fruncido.
—Espera… hay una inscripción en el estrado. Déjame com-
probar si soy capaz de leerla. Quizá contenga algún mensaje
relevante.
Ambos avanzaron hacia la espada, Muradin para arrodillarse y
examinar la inscripción, y Arthas para situarse más cerca de
aquella hojarruna que tanto lo atraía. El príncipe echó un vistazo
de soslayo a la inscripción que intrigaba a su mentor. No estaba
escrita en ninguna lengua que él conociera; sin embargo, el enano
parecía capaz de leerla, a juzgar por cómo seguía el curso de las
letras con la mirada. Arthas alzó una mano para golpear el hielo
que le separaba del arma; un hielo suave, resbaladizo y mortal-
mente frío. Sí, era hielo, aunque había algo muy extraño en él. No
se trataba sólo de agua congelada. Ignoraba cómo era capaz de
254/433

saberlo, pero lo sabía. Había algo muy poderoso, casi sobrenatur-


al, en él.
Agonía de Escarcha…, pensó el príncipe.
—Ya sabía yo que reconocería esta escritura. Está escrito en
kalimag, el idioma de los elementales —aseguró Muradin, quien
frunció el ceño mientras leía—. Es… una advertencia.
—¿Advertencia? ¿Sobre qué?
Quizá si quebramos el hielo, dañemos de algún modo la es-
pada, pensó Arthas. No obstante, aquel bloque de hielo sobrenat-
ural parecía haber sido cortado de otro bloque mucho más
grande. Entretanto, Muradin fue traduciendo la inscripción poco
a poco, pero Arthas le escuchaba a duras penas; su atención es-
taba centrada en la espada.
—Quienquiera que empuñe esta hoja blandirá el poder eterno.
Así como su filo desgarra la carne, su poder corrompe el espíritu.
De inmediato, el enano se puso en pie de un salto; parecía más
inquieto de lo que jamás Arthas lo había visto.
—Ay, debería haberlo sabido. ¡Esa hoja está maldita! ¡Demo-
nios! ¡Salgamos de aquí cuanto antes! —gritó Muradin.
El corazón de Arthas le dio un extraño vuelco al escuchar las
palabras de Muradin. ¿Cómo podía plantear siquiera que debían
marcharse? ¿Cómo iba a dejar esa espada ahí, flotando en su
prisión helada, sin ser tocada, sin ser usada, cuando podría otor-
garle un poder inconmensurable? No obstante, tenía que admitir
que si bien la inscripción prometía el poder eterno, también ad-
vertía de que era capaz de corromper el espíritu.
—Mi espíritu ya está corrompido —afirmó Arthas.
Y así era. Había quedado marcado por la muerte innecesaria
de su amado corcel, por el horror de ver a los muertos alzarse y
por la traición de alguien a quien había amado; sí, había amado a
Jaina Valiente: podía reconocerlo en ese momento puesto que su
alma parecía presentarse desnuda ante el severo juicio de aquella
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espada. Había quedado marcado al verse obligado a masacrar a


cientos de personas, por la necesidad de mentir a sus hombres y
silenciar para siempre a los que lo cuestionaban y desobedecían.
Había quedado marcado por tantas cosas. Sin duda alguna, las
marcas que le iba a dejar ese poder, que le iba a permitir en-
mendar un mal terrible, no podían ser más profundas que las ya
sufridas.
—Arthas, muchacho —le rogó Muradin con esa áspera voz tan
característica—. Ya tienes bastantes cosas que afrontar como para
llevar la pesada carga de una maldición sobre ti.
—¿Una maldición? —le espetó Arthas, riendo amargamente—.
Con sumo gusto soportaría cualquier maldición por salvar mi
patria.
Por el rabillo del ojo, el príncipe observó que Muradin se
estremecía.
—Arthas, sabes que soy un enano muy pegado a la tierra, que
no soy muy dado a dejarme llevar por las fantasías. Pero insisto:
esto me da muy mala espina, muchacho. Déjalo estar. Olvídate de
Mal’Ganis. —Deja que se le congele su culo demoníaco en estos
páramos nevados. Olvida todo este asunto y guía a tus hombres
de vuelta a casa.
En cuanto el enano mencionó a sus hombres, una imagen in-
undó la mente de Arthas repentinamente. Los vio rodeados de
cientos de soldados que ya habían sucumbido ante la horrible
peste. Habían muerto para alzarse como pedazos de carne putre-
facta sin cerebro. ¿Qué iba a ser de ellos? ¿De sus almas, su sufri-
miento y su sacrificio? Entonces otra visión ocupó el lugar de la
anterior: se trataba de un enorme bloque de hielo, el mismo hielo
en el que estaba encerrada la Agonía de Escarcha. Ya sabía de
dónde procedía. En su día había formado parte de algo más
grande y más poderoso… El hielo, junto con la hojarruna que con-
tenía, eran un regalo del destino con el que vengar a los que
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habían sucumbido. Acto seguido, una voz susurró en su mente:


Los muertos claman venganza.
¿Acaso la vida de un puñado de hombres era más importante
que vengar el tormento sufrido por aquellos que habían caído de
manera tan horrible?
—¡Al diablo con ellos! —bufó Arthas.
Esas palabras parecieron surgir como una explosión de algún
lugar recóndito de su ser.
—Tengo un deber para con los muertos. Nada podrá evitar que
me cobre venganza, viejo amigo —afirmó el príncipe.
Apartó la vista de la espada fugazmente y se topó con la
mirada teñida de preocupación de Muradin, lo que provocó que
relajara un poco el duro gesto que dibujaban sus facciones.
—Ni siquiera tú —advirtió al enano.
—Arthas… yo te enseñé a luchar. Quise ayudarte a ser un buen
guerrero así como un buen rey. El buen guerrero es aquel que
escoge qué batallas debe librar… y con qué armas —aseveró mien-
tras señalaba con su rechoncho dedo índice a la Agonía de Es-
carcha—. Y ésa es un arma que no debes añadir a tu arsenal.
Arthas colocó ambas manos sobre el hielo que hacía las veces
de vaina de la espada y acercó su rostro a sólo un centímetro de su
suave superficie. Si bien seguía escuchando hablar a Muradin, lo
hacía como si éste se hallara en algún lugar lejano.
—Escúchame, muchacho. Encontraremos otra forma de salvar
a tus súbditos. Ahora marchémonos, regresemos a casa y busque-
mos esa alternativa.
Muradin se equivocaba. Simplemente, no lo entendía. Arthas
tenía que hacerlo. Si se marchaba en ese preciso instante, habría
fracasado una vez más, y no podía permitir que eso ocurriera. Ya
había fracasado demasiadas veces.
Esta vez no sería así.
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Creía en la Luz, porque podía verla y la había utilizado; tam-


bién en los fantasmas y en los muertos vivientes, porque había
luchado contra ellos. Pero, hasta aquel momento, la idea de que
pudieran existir poderes invisibles, o que habitaran espíritus en
los lugares o en las cosas, le provocaba hilaridad. Sin embargo,
ahora su corazón latía desbocado, embargado por la emoción y un
ansia que parecía devorarle el alma. Al instante, las palabras sur-
gieron de sus labios como si poseyeran voluntad propia, henchi-
das de una espantosa determinación.
—Invoco a los espíritus de este lugar —declaró, al tiempo que
su aliento se congelaba en aquel aire quieto y helado y la Agonía
de Escarcha pendía en el aire a escasa distancia de él, aguardán-
dolo—. Quienesquiera que sean, benignos o malvados, ambas co-
sas a la vez o ninguna, puedo percibirlos y sé que me escuchan.
Estoy listo. Lo entiendo. Y les prometo que… estaré dispuesto a
darlo todo, o a pagar cualquier precio, el que sea, si me ayudan a
salvar a mi pueblo.
Durante un momento eterno y terrible no sucedió nada. Se le
heló el aliento, se le cortó y se le volvió a helar mientras un sudor
frío le salpicaba de gotitas la frente. Les había ofrecido todo
cuanto tenía… ¿Acaso habían rechazado su propuesta? ¿Es que
había vuelto a fracasar?
Entonces se escuchó un crujido que le hizo contener la respir-
ación y una grieta quebró de improviso la suave superficie de
hielo. Con gran celeridad ascendió, zigzagueó y se extendió hasta
que Arthas prácticamente ya no pudo ver la espada que albergaba
en su interior. A continuación trastabilló hacia atrás, tapándose
los oídos ante el tremendo estruendo que llenó la cámara.
La urna de hielo que contenía la espada explotó. Varios frag-
mentos volaron por la cámara, convirtiéndose así en unos instru-
mentos cortantes afilados y mellados, que se hicieron añicos al
impactar contra la piedra inquebrantable del suelo y las paredes.
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Al instante, Arthas cayó de rodillas, alzando los brazos de manera


instintiva para cubrirse la cabeza, y escuchó un grito que se inter-
rumpió bruscamente.
—¡Muradin! —llamó el príncipe.
El impacto de un témpano había impulsado al enano varios
metros hacia atrás. Ahora yacía en una posición extraña sobre el
frío suelo de piedra, con una lanza de hielo empalándole el tronco,
del cual manaba la sangre con indolencia. Tenía los ojos cerrados
y la vida parecía haberlo abandonado. Arthas se puso en pie tor-
pemente y se acercó raudo y veloz a su viejo amigo y mentor,
mientras se quitaba uno de sus guanteletes. Rodeó con un brazo
aquel cuerpo inerte, colocó la mano sobre la herida, sin perderla
de vista ni un segundo, mientras anhelaba que la Luz llegara para
iluminarle las manos con energía sanadora y la culpa lo corroía
por dentro.
Así que ése era el espantoso precio que había que pagar: la
vida de un amigo. Alguien que se había preocupado por él, le
había enseñado y lo había apoyado. En ese momento agachó la
cabeza, con lágrimas en los ojos, y rezó.
Esta insensatez es culpa mía. Soy yo quien debe pagar el pre-
cio de esta locura. Por favor…
Entonces, como si se tratara de la caricia familiar de un amigo
muy querido, la sintió llegar. La Luz lo atravesó cual rayo, recon-
fortante y cálida, y el príncipe reprimió un sollozo al ver de nuevo
aquel resplandor envolviéndole la mano. Si bien había caído muy
bajo en las simas de la ignominia, aún no era tarde para alcanzar
la redención. La Luz no lo había abandonado. Lo único que tenía
que hacer era absorberla, abrirle su corazón. Muradin no iba a
morir. Iba a curarlo, y juntos…
Algo se agitó cerca de su nuca. No… era más bien en algún
lugar recóndito de su mente. Alzó la vista con suma rapidez y…
Se quedó anonadado.
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La espada, cuyas runas azules y blancas la envolvían en una


luz fría y magnífica, se había liberado de su prisión para present-
arse ante él. La Luz se desvaneció de la mano de Arthas cuando
éste se puso en pie, prácticamente hipnotizado. La Agonía de Es-
carcha lo aguardaba, como una amante que necesitaba la caricia
del ser deseado para alcanzar la gloria suprema.
Aquel susurro que escuchaba en lo más recóndito de su mente
continuó hablándole: Éste es el sendero que debes seguir. Es de
necios confiar en la Luz cuando te ha fallado en tantas ocasiones.
No pudo salvar a Invencible, y ha sido incapaz de detener el in-
exorable avance de la peste que va a acabar con la población de
tu reino. El poder, la fuerza de la Agonía de escarcha es lo único
que puede hacer frente al poderío de un Señor del Terror.
Muradin es sólo una baja más de esta espantosa guerra.
Aunque, con un poco de suerte, su sacrificio será el último.
Arthas se puso en pie y dio varios pasos tambaleándose hacia
aquella arma radiante; a continuación estiró un brazo en direc-
ción a la espada e intentó alcanzarla con una mano temblorosa,
aún húmeda por la sangre de su amigo. Entonces agarró la em-
puñadura y los dedos encajaron en ella perfectamente, como si es-
tuvieran hechos el uno para el otro.
El frío lo recorrió cual relámpago de arriba abajo, estremecién-
dole los brazos y extendiéndose por su cuerpo hasta llegar al
corazón. Resultó doloroso por un instante y se alarmó y, de re-
pente, se sintió genial, radiante. La Agonía de Escarcha era suya y
él era suyo; la voz de la espada le hablaba, le susurraba, acaricián-
dole la mente como si siempre hubiera estado ahí.
Profirió un grito de júbilo al tiempo que alzaba aquella arma, y
la contempló maravillado y henchido de orgullo. Por fin él, Arthas
Menethil, iba a poder hacer lo correcto gracias a la gloriosa
Agonía de Escarcha, que ahora formaba parte de él como si fuera
su mente, su corazón o su aliento. A continuación se dispuso a
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escuchar con suma atención los secretos que la hojarruna le


revelaba.
CAPÍTULO DIECISÉIS

A rthas y sus hombres regresaron corriendo al campamento,


donde descubrieron que la batalla no había menguado de
intensidad en su ausencia. Si bien sus tropas se habían reducido
en número, no se divisaban cadáveres por ningún lado. Tampoco
esperaba ver ninguno, pues los que caían se alzaban como ad-
versarios al mando de aquel Señor del Terror.
Entonces Falric, con su armadura salpicada de sangre, gritó:
—¡Príncipe Arthas! Hemos hecho lo que hemos podido, pero…
¿Dónde está Muradin? ¡No podremos contenerlos mucho más
tiempo!
—Muradin ha muerto —le informó Arthas.
La fría pero reconfortante esencia de la espada que invadía su
ser pareció flaquear un poco, y el dolor se apoderó de su corazón.
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Si bien Muradin había pagado un alto precio para que el príncipe


se hiciera con aquella arma, ese sacrificio merecería la pena si
gracias a él lograban provocar la caída de Mal’Ganis. El enano
habría estado de acuerdo si hubiera sabido todo cuanto sabía
Arthas, si hubiera comprendido las cosas del modo que Arthas las
comprendía. A pesar de que la noticia de la muerte de su líder
afectó a los hombres de Muradin, continuaron disparando una
ronda tras otra de proyectiles contra las oleadas de no-muertos
que seguían cargando contra ellos.
—No ha muerto en vano. Ánimo, capitán. ¡El enemigo no resi-
stirá mucho más ante los embates de la poderosa Agonía de
Escarcha!
Mientras sus hombres lo observaban con la sombra de la in-
credulidad planeando sobre sus rostros, Arthas se sumó a la
refriega.
Hasta entonces había creído que no había arma mejor que su
martillo bendito, que ahora yacía olvidado en la cripta helada
donde la Agonía de Escarcha había permanecido una vez encer-
rada, pero éste palidecía en comparación con su nueva arma, con
la que infligía muchísimo más daño a sus enemigos. Aunque la
Agonía de Escarcha era más una extensión de su propio ser que
un arma. Enseguida dio con la cadencia adecuada y comenzó a
despedazar no-muertos como si fueran tallos de grano segados
por una guadaña. En sus manos era un arma equilibrada y per-
fecta. A continuación trazó un arco en el aire con ella y de un
golpe arrancó la cabeza de sus hombros a un necrófago. Esparció
huesos de esqueleto por doquier al barrer con la Agonía de es-
carcha todo el espacio a su alrededor. Con otro golpe rítmico der-
ribó a un tercer enemigo. A medida que Arthas se abría paso, los
cuerpos putrefactos se iban acumulando al caer como moscas. En
cierto momento, cuando buscaba a su próximo enemigo, atisbó
que Falric lo observaba. La expresión de su rostro era una mezcla
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de admiración, conmoción y… ¿horror? Seguramente por culpa de


la carnicería que Arthas estaba desatando. La Agonía de Escarcha
parecía bailar una danza mortal en sus manos.
El viento arreció y comenzó a nevar con gran fuerza e intensid-
ad. La Agonía de Escarcha parecía sentirse cómoda en tales cir-
cunstancias, ya que aquella nevada torrencial no pareció impedir
el avance de Arthas lo más mínimo. Una y otra vez la hoja hallaba
su objetivo y caían más y más engendros. Ya había dado su mere-
cido a los peones. Había llegado la hora de acabar con el amo.
—¡Mal’Ganis, cobarde! —gritó Arthas, con una voz que el vi-
ento aullador transportaba con suma facilidad y que incluso a él le
sonaba distinta—. ¡Vamos, muéstrate! ¡Me incitaste a venir aquí
para combatirte! ¡Así que sal y enfréntate a mí!
Entonces el señor demoníaco apareció sonriendo burlona-
mente al príncipe. Era mucho más grande de lo que Arthas re-
cordaba. Se estiró, exhibiendo así su imponente envergadura, con
las alas batiendo en el aire y la cola restallando. Los guerreros no-
muertos a su mando se quedaron paralizados en cuanto chasqueó
los dedos con indolencia.
Esta vez Arthas estaba preparado para no dejarse impresionar
por la espantosa apariencia del Señor del Terror, y no se sintió
desconcertado. Sin apartar la vista de su enemigo, alzó sin mediar
palabra ala Agonía de escarcha y las runas inscritas a lo largo de
su filo centellearon. Mal’Ganis reconoció aquella arma y frunció
levemente sus labios azules.
—Así que te has hecho con la Agonía de Escarcha a costa de la
vida de tus camaradas, justo como el Señor Oscuro afirmó que
harías. Eres más fuerte de lo que pensaba.
Si bien el príncipe escuchó esas palabras, otras le eran susur-
radas en su mente y también les prestó atención. Al instante, una
sonrisa feroz se dibujó en su rostro.
264/433

—Malgasta toda la saliva que quieras, Mal’Ganis. Ya sólo


presto atención a la voz de la Agonía de Escarcha.
El Señor del Terror echó hacia atrás su cabeza coronada por
cuernos y rió.
—Te equivocas. Escuchas la voz del Señor Oscuro —replicó
Mal’Ganis. Entonces apuntó a la poderosa hojarruna con un dedo
puntiagudo rematado por una uña negra—. ¡Te susurra a través
de la hoja que blandes!
Arthas se ruborizó. ¿El amo del Señor del Terror le hablaba a
través de la Agonía de Escarcha? Pero… ¿cómo era eso posible?
¿Acaso se la habían jugado? ¿Es que lo habían engañado para que
cayera directamente en las garras de Mal’Ganis?
—¿Qué te dice, joven humano? —inquirió, esbozando una son-
risa burlona propia de alguien que sabe algo que su interlocutor
ignora. El Señor del Terror se estaba regodeando y solazando ante
el giro inesperado de los acontecimientos—. ¿Qué te dice ahora el
Señor Oscuro de los muertos?
Arthas volvió a escuchar susurros, y esta vez fue él quien es-
bozó una sonrisa burlona, que resultó ser fiel reflejo de la ex-
presión que esgrimía el Señor del Terror. Ahora era él quien sabía
algo que Mal’Ganis ignoraba.
Arthas trazó con la Agonía de Escarcha varios círculos por en-
cima de su cabeza, pues aquella hoja enorme era ligera y elegante
en sus manos y, a continuación, adoptó una posición de ataque.
—Me dice que ha llegado la hora de mi venganza.
Entonces dio la impresión de que los verdes y refulgentes ojos
de Mal’Ganis se le iban a salir de sus cuencas.
—¿Qué? Es imposible que quiera…
Arthas cargó contra él.
—Alzó la poderosa hojarruna y la bajó de inmediato para ase-
star el primer golpe. Ese movimiento sorprendió al Señor del Ter-
ror, pero sólo por un instante, ya que logró alzar su vara justo a
265/433

tiempo para desviar el mandoble. Se apartó de un salto y sus


grandes alas de murciélago crearon una intensa ráfaga de viento
que enmarañó el pelo dorado de Arthas, si bien no afectó a su
equilibrio ni a su celeridad. Atacó al demonio una y otra vez con
aquella hoja que refulgía de impaciencia, controlando sus
acometidas con cierta frialdad y racionalidad, aunque de un modo
rápido y letal cual víbora. En ese instante, un pensamiento cruzó
su mente: La Agonía de Escarcha tiene hambre.
Entonces sintió cómo un escalofrío recorría una parte de él,
impulsado por el temor: ¿hambre de qué?
Eso no importaba. Él, Arthas, tenía sed de venganza y la iba a
saciar. Cada vez que Mal’Ganis intentaba conjurar un hechizo, la
Agonía de Escarcha lo impedía golpeándolo oblicuamente, cort-
ando su carne, hostigándole hasta que llegara el momento de ase-
starle el mandoble mortal. Arthas gritó, sintiendo el ansia y el ím-
petu de Agonía de Escarcha, mientras blandía la hojarruna, que
trazó un arco azulado en su camino para esculpir con nitidez un
surco letal en el tronco de Mal’Ganis.
Una sangre oscura manó a borbotones de la herida para dibu-
jar en el aire una curva alrededor de la cual el viento y la nieve
parecieron retorcerse mientras el fulgor de las runas de la hoja de
la Agonía de Escarcha, empañado en parte por la espesa sangre
demoníaca, iluminaba aquella gloriosa escena.
—Se acabó —afirmó con voz queda.
Todo esto forma parte de tu viaje, de tu aprendizaje, joven
príncipe, le susurró la Agonía de Escarcha. ¿O se trataba en real-
idad del Señor Oscuro del que había hablado Mal’Ganis? Ni lo
sabía, ni le importaba. Con sumo cuidado se agachó y limpió la
hoja con nieve. Pero aún queda mucho, muchísimo camino por
recorrer. Si lo completas, podrás acceder a grandes poderes y
conocimientos.
266/433

Arthas recordó las palabras que Muradin había leído en la in-


scripción de la caverna. En ese instante, una de sus manos se fue
hacia su corazón sin que se diera cuenta de que hacía ese gesto de
manera inconsciente. Aquella hoja ahora formaba parte de él y él
de ella.
La tormenta de nieve empeoraba, pero entonces se percató de
que, sorprendentemente, no sentía frío. Se enderezó, empuñando
a la Agonía de Escarcha, y miró a su alrededor. El demonio yacía a
sus pies sufriendo el rigor mortis. La voz (la de la Agonía de Es-
carcha, o la del misterioso Señor Oscuro) tenía razón.
Aún había más camino que recorrer. Muchísimo más.
El invierno se lo mostraría.
Arthas Menethil asió con vigor la hojarruna, contempló la tor-
menta de nieve y, corriendo, fue a hacerse uno con ella.

Arthas sabía que recordaría el tañido de las campanas toda la


vida. Sólo repicaban con motivo de eventos importantes de
Estado: una boda real, el nacimiento de un heredero, el funeral de
un rey, y todos los acontecimientos que marcaban un antes y un
después en la vida del reino. Pero aquel día doblaban para celeb-
rar que él, Arthas Menethil, regresaba a casa.
Había hecho correr la voz de que volvía victorioso, que había
descubierto al responsable de la peste, había dado con él y lo
había matado, y que ese día glorioso retornaría al lugar que lo vio
nacer. Mientras avanzaba a pie por el camino que llevaba a Ci-
udad Capital, era recibido con vítores y aplausos que expresaban
el agradecimiento de una nación que sabía que su amado príncipe
la había salvado del desastre. Si bien aceptaba tal agasajo como
parte de sus obligaciones, en aquellos instantes sólo pensaba en
ver a su padre después de tanto tiempo.
267/433

En una carta entregada unos días antes por un veloz mensa-


jero había escrito lo siguiente:

«Padre, hablaré contigo en privado para informarte de las co-


sas que he visto y aprendido. Estoy seguro de que ya habrás hab-
lado con Jaina y Uther, y puedo imaginar perfectamente qué te
habrán contado. Sé que habrán intentado volverte contra mí. Te
aseguro que siempre he actuado en defensa de los intereses de los
ciudadanos de Lordaeron. Por fin regreso a casa victorioso tras
haber aniquilado al responsable de esta peste que ha causado es-
tragos entre nuestros súbditos, deseoso de iniciar una nueva era
en nuestro reino».

Los hombres que marchaban tras el príncipe caminaban tan


callados como él y llevaban el rostro tapado por sus capuchas al
igual que Arthas. Aquel gentío no parecía necesitar que los solda-
dos reaccionaran de manera acorde al júbilo que había despertado
su regreso. El puente levadizo estaba bajado y Arthas se dispuso a
cruzarlo. Si bien al otro lado también le esperaba una
muchedumbre alborozada, ésta no estaba compuesta de plebeyos
sino de diplomáticos, nobles de bajo rango y dignatarios que es-
taban de paso, elfos, enanos y gnomos. No sólo se hallaban a pie
de calle ocupando el patio, sino también arriba, en los balcones.
Una lluvia de pétalos de rosas rojas, blancas y rosas cayó sobre el
héroe de aquellas tierras que regresaba a casa.
Arthas recordó que una vez se imaginó a Jaina ante él, el día
de su boda, con esos mismos pétalos cayendo sobre su rostro ilu-
minado por una sonrisa mientras se acercaba para besarlo.
Jaina…
Conmovido por esa fantasía, cogió uno de los pétalos rojos con
una mano enguantada. Lo acarició con el pulgar con sumo cuid-
ado, y, al instante, frunció el ceño en cuanto apareció en él una
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mancha, que se extendió ante sus ojos desecando y destruyendo el


pétalo hasta que se tornó más marrón que rojo en la palma de su
mano. Con un gesto rápido y displicente, se deshizo de aquella
cosa muerta y prosiguió su camino.
Abrió de un empujón las enormes puertas que daban a la sala
del trono que tan bien conocía; una vez dentro, lanzó una mirada
fugaz a Terenas y obsequió a su padre con una sonrisa, oculta en
parte por la capucha. Arthas se arrodilló en señal de respeto, sos-
teniendo a la Agonía de escarcha ante sí; su punta acarició el sello
tallado en el suelo de piedra.
—Oh, hijo mío. Cuánto me alegro de verte de vuelta en casa
sano y salvo —afirmó Terenas al tiempo que se ponía en pie un
tanto torpemente.
El rey tiene mal aspecto, pensó Arthas. Los acontecimientos
de los últimos meses habían envejecido al monarca. Ahora pre-
dominaba el color gris en su pelo y había signos de fatiga en su
mirada.
Pero ya no tenía de qué preocuparse, puesto que, a partir de
entonces, todo iría bien.
Ya no hace falta que te sacrifiques más por tu pueblo. Ya no
debes soportar más el peso de la corona. Yo me puedo ocupar de
todo, se dijo el príncipe.
Arthas se incorporó, provocando con su armadura un tre-
mendo estruendo. Alzó una mano, apartó la capucha que ocultaba
su rostro y aguardó a la reacción de su padre. En cuanto Terenas
se percató del cambio que se había operado en su único hijo, dio
la sensación de que se le iban a salir los ojos de sus órbitas.
El pelo de Arthas, que una vez había sido dorado como el trigo
que había proporcionado sustento a su pueblo, era ahora de color
hueso. Su rostro poseía también la misma lividez, como si le hubi-
eran extraído toda la sangre.
269/433

Ha llegado el momento, le susurró la Agonía de Escarcha en


su mente. Al instante, Arthas se aproximó a su padre, quien se
había detenido en el estrado, mirándolo fijamente de un modo va-
cilante. Si bien había varios guardias apostados por toda la sala,
no serían rivales para él, la Agonía de Escarcha y los dos hombres
que lo acompañaban. Arthas subió con descaro los peldaños
alfombrados que tenía ante sí y asió a su padre del brazo.
Arthas alzó su espada. Las runas de la Agonía de escarcha
brillaron presas de la expectación. Entonces escuchó un susurro,
que no procedía de la hojarruna sino de un recuerdo…
… centrado en un príncipe de pelo oscuro que parecía pertene-
cer a otra vida anterior muy lejana, que le decía…
Fue asesinado. Una amiga de confianza lo mató. Lo apuñaló
en el corazón…
Arthas sacudió la cabeza y aquella voz calló.
—¿Qué ocurre? ¿Qué estás haciendo, hijo mío?
—Te sucedo, padre.
Y el hambre de la Agonía de Escarcha se vio saciada… de
momento.

Arthas dejó actuar a sus nuevos y obedientes siervos. Tras des-


pachar con suma facilidad a los guardias que cargaron contra él
tras morir su padre, regresó con celeridad al patio con un frío
propósito en su corazón.
Aquello fue una locura.
Lo que hasta hacía unos instantes había sido jolgorio se con-
virtió en pánico. Lo que había sido celebración se transformó en
una lucha frenética por salvar el pellejo. Pocos lograron escapar.
Los que habían esperado durante horas para dar la bienvenida a
su príncipe estaban muertos, con la sangre coagulada en sus es-
pantosas heridas, las extremidades mutiladas y los cuerpos
270/433

destrozados. Los embajadores yacían junto a los plebeyos; los


hombres y mujeres, junto a los niños. La muerte los había
igualado a todos de un modo espeluznante.
A Arthas no le importaba cuál sería el destino de aquellos
cadáveres: ser carroña para los cuervos, o convertirse en nuevos
súbditos bajo su mando. Dejaría esa decisión en manos de sus
capitanes, Falric y Marwyn, quienes ahora se hallaban tan pálidos
como él y eran aún más inmisericordes. A continuación, el prín-
cipe desanduvo el camino por el que había venido con una sola
cosa en mente.
Echó a correr en cuanto dejó atrás el patio y los cadáveres, que
permanecían quietos o cobraban vida. Era consciente de que
ningún caballo le dejaría jamás subirse a su grupa, puesto que es-
as bestias enloquecían al percibir su olor y el de quienes lo
seguían. No obstante, había descubierto que no se cansaba; no
cuando le susurraba la Agonía de escarcha (o quizá era en realid-
ad el Rey Exánime quien le hablaba a través de la hojarruna). Cor-
rió raudo y veloz hasta llegar a un lugar que no había visitado en
años.
Unas voces dieron vueltas en su mente; se trataba de recuer-
dos, fragmentos de conversaciones:
Sabes que no deberías montarlo aún.
Te has saltado las clases… una vez más.
Los horrendos gritos de agonía de Invencible retumbaron de
nuevo en su mente. La Luz se detuvo una vez más ante él durante
un espantoso momento, como si dilucidara si era digno o no de su
bendición. El rostro de Jaina cuando él decidió poner fin a su
relación volvió a hallarse ante él.
Escúchame, muchacho… La sombra ya se ha cernido sobre
ella, y ya no puedes hacer nada por impedirlo… Recuerda que
cuanto más intentes destruir a tus enemigos, antes caerán tus
súbditos en sus manos…
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No se trata de una puñetera cosecha de manzanas; sino de


una ciudad repleta de seres humanos…
… Sabemos tan poco sobre la peste… ¡No podemos masacrar-
los como animales porque tengamos miedo!
¡… Has mentido a tus hombres y has traicionado a los mer-
cenarios que lucharon por ti…! Ya no eres el crío del rey Terenas.
Pero aquella gente no podía verlo, no podía entenderlo.
Jaina… Uther… Terenas… Muradin. Todos ellos, en algún mo-
mento, de palabra o con un gesto o una mirada, le habían dicho
que se equivocaba.
Ralentizó sus pasos a medida que se acercaba a la granja. Sus
súbditos habían estado aquí antes que él y ahora en ese lugar sólo
moraban cadáveres que yacían en el suelo sufriendo el rigor mor-
tis. Incluso en aquellos momentos, Arthas aparcó el dolor que
trajo consigo reconocer a los finados; simplemente pensó que de-
bían sentirse afortunados de haber muerto sin más. Se trataba de
un hombre, una mujer y un joven de su edad.
Las bocas de dragón florecían como nunca aquel año. Arthas
se acercó más y extendió un brazo para tocar una de esas hermo-
sas y espigadas flores azules de lavanda, pero titubeó al acordarse
del pétalo de rosa.
Se volvió y caminó hasta una tumba erigida hacía siete años.
La hierba la había invadido, si bien aún podía leerse la inscrip-
ción. Aunque no necesitaba leerla para saber quién estaba enter-
rado ahí.
Por un instante permaneció en pie, más conmovido por la
muerte del que yacía en aquella tumba que por la de su padre a
sus manos.
El poder es tuyo, le dijeron los susurros. Haz con él lo que te
plazca.
Arthas alargó una mano, mientras aferraba con firmeza a la
Agonía de Escarcha en la otra. Una luz oscura comenzó a girar
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alrededor de la mano extendida cada vez más rápido. Después se


desplazó por sus dedos como una serpiente, ondulando y retor-
ciéndose con voluntad propia y, acto seguido, horadó la tierra.
Arthas sintió cómo se conectaba con el esqueleto sepultado ahí
abajo. La alegría lo inundó y las lágrimas se agolparon en sus ojos.
Al levantar la mano sacó a esa cosa ya no-muerta de su sueño de
siete años en la oscura y fría tierra.
—¡Levántate! —le ordenó, y esa palabra salió disparada de su
garganta como un cañonazo.
La tumba erupcionó como un volcán y llovieron restos de
tierra por doquier. Unas patas huesudas arañaron el suelo y unas
pezuñas buscaron asidero en aquel firme inestable, y de pronto
una calavera emergió a la superficie. Arthas lo observó asombrado
y sin aliento, esbozando una sonrisa en su palidísimo rostro.
Te vi nacer, pensó, y entonces recordó una húmeda mem-
brana que envolvía a una diminuta nueva vida que se retorcía im-
potente. Te ayudé a venir a este mundo y contribuí a que lo de-
jaras. Ahora renaces gracias a mí.
El esquelético corcel luchó por abrirse paso entre la tierra y al
fin emergió, plantó sus patas delanteras firmemente y se levantó.
Un fuego rojo ardía en las cuencas vacías de sus ojos. Sacudió la
cabeza, brincó y relinchó no se sabe muy bien cómo, ya que sus
tejidos blandos se habían podrido hacía mucho.
Arthas extendió un brazo tembloroso para tocar a aquella
criatura no-muerta, que relinchó y le acarició la mano con su hue-
sudo hocico. Siete años atrás había llorado unas lágrimas que se le
congelaron en el rostro cuando tuvo que alzar la espada para at-
ravesar el aguerrido corazón de su querida bestia.
Había soportado sólo la pesada carga de esa culpa todo ese
tiempo. Pero ahora se daba cuenta de que todo formaba parte del
destino. Si no hubiera matado a su corcel, no habría podido
traerle de vuelta de entre los muertos. Además, si hubiera estado
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vivo, el caballo lo habría temido. Al ser un no-muerto, en cuyos


ojos anidaba el fuego, con los huesos ensamblados por mor de la
magia nigromántica que Arthas ahora era capaz de manejar gra-
cias al poder que le había concedido el misterioso Rey Exánime, el
caballo y su jinete por fin volvían a estar juntos, por fin podrían
cumplir el destino que siempre habían tenido escrito. Lo que
había ocurrido hacía siete años no había sido un error; Arthas no
se había equivocado. Ni entonces, ni ahora.
Jamás.
Ésa era la prueba.
La sangre carmesí de su padre que teñía a la Agonía de Es-
carcha aún no se había secado mientras por todas las tierras que
ahora gobernaba rondaba la muerte. El cambio estaba próximo.
—Este reino caerá —prometió a su amado corcel mientras
colocaba su capa sobre el lomo huesudo de su montura y se subía
a ella—. ¡Y de sus cenizas surgirá un nuevo orden que hará
temblar los cimientos del mundo!
El caballo relinchó.
Invencible.
TERCERA PARTE
LA DAMA OSCURA
INTERLUDIO

S ylvanas Brisaveloz, antigua general (los cargos y tratamien-


tos los he unificado en minúscula) de la Guardia Forestal de
Quel’Thalas, un alma en pena, y Dama Oscura de los renegados,
abandonó los aposentos reales con el mismo paso rápido y ágil
que le había caracterizado en vida. En ese momento mostraba su
forma corpórea porque la prefería para realizar actividades cotidi-
anas y normales. Si bien gracias a las botas de cuero pisó el suelo
de piedra de Entrañas sin hacer el mínimo ruido, todos giraron la
cabeza para observar a aquella dama única e inconfundible.
Antaño, su pelo había sido rubio, sus ojos, azules, y su piel, del
color del melocotón. Antaño, había estado viva. Ahora su pelo, a
menudo cubierto por una capucha de un tono negro azulado, era
negro como la medianoche y estaba salpicado de mechones
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blancos aquí y allá; además, su piel amelocotonada era ahora de


un tenue gris perla azulado. Iba vestida con la armadura que
había llevado en vida, de cuero con muchos remaches, que rev-
elaba gran parte de su esbelto y muscular torso. Sus orejas se agit-
aron al escuchar los murmullos que había despertado su presen-
cia ahí, pues rara vez se aventuraba más allá de sus aposentos.
Como era la regente de aquella ciudad, era el resto del mundo el
que venía a verla y no al revés.
Junto a ella caminaba presuroso su maestro boticario Faran-
ell, presidente de la Sociedad Real de Boticarios, quien hablaba
animadamente, esbozando una sonrisa de lo más falsa.
—Te agradezco muchísimo que hayas accedido a venir, mi
señora —aseveró, al tiempo que intentaba hacer una reverencia,
andar y hablar, todo a la vez—. Como me comentaste que de-
seabas de que te informásemos en cuanto los experimentos fructi-
ficaran y querías verlos tú misma una vez que…
—Sé perfectamente cuáles eran mis órdenes, doctor —le soltó
Sylvanas cuando descendían por un sinuoso pasillo que llevaba a
las profundidades de Entrañas.
—Por supuesto, por supuesto. Ya hemos llegado.
Entraron en una habitación que a cualquiera con un mínimo
de sensibilidad le habría parecido una casa del terror. Sobre una
mesa enorme, un no-muerto encorvado se afanaba cosiendo los
restos de diferentes cadáveres, mientras canturreaba en voz baja.
Ante lo cual, Sylvanas sonrió y le espetó socarronamente:
—Me alegro de ver a alguien disfrutar tanto con su trabajo.
El aprendiz se sobresaltó al escuchar esas palabras, y, acto
seguido, hizo una profunda reverencia.
En aquel lugar, donde se podía escuchar el zumbido monótono
del chisporroteo de alguna clase de energía, los alquimistas se
hallaban muy ajetreados mezclando pociones, pesando ingredi-
entes y tomando notas. El olor era una combinación de
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putrefacción, sustancias químicas y, de forma un tanto incongru-


ente, el dulce aroma de ciertas hierbas. A Sylvanas le sorprendió
cómo respondió ante la fragancia de esas hierbas, ya que le hici-
eron sentir una sensación extraña… le hicieron añorar su hogar.
Por fortuna, esa emoción no duró demasiado. Tales emociones
nunca se prolongaban mucho.
—Muéstramelo —exigió la Dama Oscura.
Faranell hizo una reverencia y la guió hasta una sala anexa
tras cruzar el área principal y pasar junto a diversos cuerpos mu-
tilados que pendían de ganchos.
Un débil sollozo alcanzó sus oídos. Al entrar, Sylvanas vio vari-
as jaulas que reposaban en el suelo o se balanceaban en el techo
colgadas de unas cadenas; todas ellas estaban ocupadas por los
sujetos con los que experimentaban. Algunos eran humanos.
Otros, renegados. Todos tenían la mirada perdida por culpa del
miedo que se había instalado en lo más hondo de su ser y pro-
longado tanto tiempo que prácticamente los había obligado a ais-
larse en sus propios mundos.
Pero eso no sería así por mucho tiempo.
—Como puedes imaginar, mi señora —le explicó Faranell—,
resulta difícil traer hasta aquí a miembros de la Plaga para experi-
mentar con ellos. Si bien, a la hora de realizar experimentos, nos
da igual utilizar a un renegado que a un miembro de la Plaga. No
obstante, me complace participarte que nuestras pruebas de
campo están muy bien documentadas y han sido todo un éxito.
La emoción embargó a Sylvanas, quien obsequió al boticario
con una extraña aunque hermosa sonrisa.
—Lo cual me llena de orgullo y regocijo —añadió.
El doctor no-muerto se estremeció de satisfacción. Llamó con
una seña a su ayudante, Keever, un renegado cuyo cerebro había
quedado gravemente dañado tras su primera muerte y que hab-
laba entre dientes consigo mismo en tercera persona mientras
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apartaba a dos «conejillos de indias». Uno era una mujer hu-


mana, que por lo visto, si bien no estaba dominada por el miedo y
la desesperación como para perderse en un mundo propio, no
pudo evitar echarse a llorar en silencio cuando Keever la sacó a
rastras de la jaula. Sin embargo, el macho, un renegado, per-
manecía en pie completamente impasible y callado.
—¿Es un criminal? —inquirió Sylvanas mientras observaba
con atención al varón.
—Por supuesto, mi señora —replicó Faranell.
La Dama Oscura se preguntó si sería verdad. Aunque, al final,
no revestía la mayor importancia. Fuera como fuese, aquel sujeto
serviría a los propósitos de los renegados. Entretanto, la
muchacha humana se había arrodillado. Keever se agachó, la tiró
del pelo para que levantara la cabeza, y cuando la mujer abrió la
boca para gritar de dolor, aprovechó para meterle en la boca el
líquido que contenía una copa y, a continuación, se la tapó para
obligarla a tragar.
Sylvanas captó cómo se resistía la mujer. Junto a ella, el
macho renegado aceptó y apuró sin protestar la copa que Faranell
le ofreció.
Todo sucedió muy rápido. La muchacha humana pronto dejó
de resistirse, su cuerpo se tensó y luego sufrió convulsiones.
Keever la soltó y contempló con curiosidad cómo la sangre man-
aba de su boca, nariz, ojos y oídos. En ese instante, Sylvanas posó
la mirada sobre el renegado, quien seguía escudriñándola en si-
lencio, eso provocó que la Dama Oscura frunciera el ceno.
—Quizá no sea tan efectivo como…
Entonces el renegado se estremeció. Luchó por mantenerse en
pie un poco más, pero se debilitó al instante y fue a estrellarse es-
trepitosamente contra el suelo. Todos dieron un paso atrás.
Sylvanas observaba aquella escena absorta, con los labios un poco
separados por mor de la emoción.
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—¿Sufren el mismo mal? —planteó la Dama Oscura a Faranell.


En ese momento, la hembra humana gimió y, acto seguido, se
quedó quieta con los ojos abiertos. Entonces el alquimista asintió
satisfecho a la pregunta de su señora.
—Efectivamente —contestó el apotecario—. Como puede ima-
ginar, estamos bastante…
El no-muerto sufrió un espasmo, se le rasgó la piel por varios
puntos de los que brotó un pus negro y, al momento, también él
permaneció inmóvil.
—… contentos con los resultados —remató Faranell.
—Ya veo —replicó Sylvanas, a quien le resultaba muy difícil
disimular la euforia; la palabra «contento» se quedaba corta para
definir lo que sentía—. Por fin hemos dado con una peste que
mata tanto a humanos como a miembros de la Plaga. Obviamente,
afecta a mis súbditos, dado que ellos también son no-muertos.
La Dama Oscura miró a Faranell con aquellos ojos plateados
brillantes y añadió:
—Debemos cerciorarnos de que este descubrimiento no caiga
en manos equivocadas; las consecuencias podrían ser…
devastadoras.
El apotecario tragó saliva.
—Efectivamente, mi señora, habrá que tener mucho cuidado.
Sylvanas ocultó sus sentimientos bajo una máscara de indifer-
encia mientras regresaba a los aposentos reales. Si bien miles de
pensamientos cruzaban su mente a gran velocidad, uno destacaba
por encima de los demás, ardiendo de un modo tan cegador y
descontrolado como el hombre de paja que prendía todos los
Halloween:
Por fin vas a pagar por lo que has hecho, Arthas. Los hu-
manos que te engendraron serán masacrados, y la Plaga cono-
cerá su fin. Ya no podrás esconderte tras tus ejércitos de títeres
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no-muertos sin mente. Y disfrutarás de la misma piedad y com-


pasión que mostraste por nosotros.
A pesar del gran autocontrol que ejercía sobre sus emociones,
no pudo evitar esbozar una sonrisa.
CAPÍTULO DIECISIETE

M ientras cabalgaba a lomos del esquelético y leal Inven-


cible hacia Andorhal, Arthas meditaba acerca de lo
irónico que resultaba que él, que había asesinado al nigromante
Kel’Thuzad, fuera ahora el encargado de resucitarlo.
La Agonía de Escarcha le susurraba, aunque no le hacía falta
escuchar la voz de la espada (o, mejor dicho, del Rey Exánime, así
quería que la llamara) para sentirse tranquilo. Ya no había vuelta
atrás. Y tampoco deseaba desandar el camino que estaba
explorando.
Tras la caída de Ciudad Capital, Arthas se había centrado en
emprender un peregrinaje que era una suerte de reverso
tenebroso del que habría realizado un paladín. Había recorrido
aquellas tierras a lo largo y ancho, llevando consigo a sus nuevos
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súbditos de ciudad en ciudad, quienes se encargaban de extermin-


ar a la población autóctona. Pensaba que la Plaga (ése fue el
término que utilizó Kel’Thuzad) era un nombre adecuado para es-
os seres. De la misma forma que la autoflagelación y los azotes
eran empleados a veces por algunos de los elementos más excén-
tricos del clero para purgar las impurezas del alma, su Plaga pur-
garía aquellas tierras de la peste de los vivos. No obstante, Arthas
existía entre el mundo de los muertos y el de los vivos; en cierto
modo, seguía vivo, pero el Rey Exánime insistía en llamarle en su-
surros «caballero de la muerte», y el lívido color de su pelo, su
piel y sus ojos parecían indicar que eso era algo más que un mero
título. Aunque no estaba muy seguro de qué significaba, ni tam-
poco le importaba. Le bastaba con saber que era el favorito del
Rey Exánime y que la Plaga se hallaba a sus órdenes. En ese pre-
ciso instante se percató de que, de una manera extraña y retor-
cida, le preocupaba el destino de los miembros de la Plaga.
Arthas servía al Rey Exánime a través de uno de sus sargentos,
un Señor del Terror cuyo aspecto era idéntico al de Mal’Ganis, lo
cual también resultaba irónico, aunque tampoco le preocupaba en
exceso.
«Al igual que Mal’Ganis, soy un Señor del Terror. Pero no soy
tu enemigo», le había asegurado Tichondrius, esbozando una son-
risa que era más bien una mueca de desprecio. «En verdad, he
venido a felicitarte. Al matar a tu propio padre y entregar estas
tierras a la Plaga, has superado la primera prueba. El Rey
Exánime está realmente contento con el… entusiasmo que has
mostrado».
Arthas se sintió desgarrado por dos emociones contrapuestas:
el dolor y el júbilo.
«Ya», replicó, procurando mantener una voz firme ante el de-
monio, «he condenado a todos a los que he amado y todo cuanto
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he querido en su nombre, y no siento remordimiento alguno. Ni


pena. Ni vergüenza».
Entonces, en lo más hondo de su ser, escuchó otro susurro,
que no provenía de la Agonía de Escarcha: «Mentiroso».
Sin embargo, apagó los rescoldos de ese sentimiento de inme-
diato. Esa voz debía silenciarse de algún modo. No podía dejar
que esa duda creciera. Era como una gangrena, que se lo comería
si lo permitía.
Tichondrius no pareció percatarse de la lucha interna que lib-
raba Arthas y, simplemente, señaló a la Agonía de Escarcha al
tiempo que afirmaba:
«La hojarruna que portas fue forjada por mi raza hace mucho,
mucho tiempo. El Rey Exánime te ha otorgado la facultad de
robar almas. La tuya fue la primera que reclamó para sí».
Emociones contrapuestas combatían en el fuero interno de
Arthas, quien contempló la espada con atención. No se le había
pasado por alto la palabra que había escogido Tichondrius:
«robar». Si el Rey Exánime le hubiera pedido su alma a cambio de
salvar a su pueblo, Arthas se la hubiera entregado. Sin embargo,
el Rey Exánime no le había pedido tal cosa, simplemente se la
había arrebatado. Y ahora estaba ahí, encerrada dentro de aquella
arma refulgente, tan cerca de Arthas que el príncipe (mejor dicho,
rey) casi podía tocarla. Pero ¿Arthas había logrado lo que pre-
tendía en un principio? ¿Había salvado a sus súbditos?
¿Acaso importaba?
Tichondrius lo observó con detenimiento.
«Entonces tendré que arreglármelas sin alma», replicó Arthas
sin darle más importancia. «¿Qué quiere que haga el Rey
Exánime?».
La misión que le habían encomendado consistía en reunir lo
que quedaba del Culto de los Malditos para que lo ayudaran a
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alcanzar un objetivo aún más importante: la recuperación de los


restos de Kel’Thuzad.
Según la información que habían recibido, ese montón de
carne pestilente, putrefacta y licuada se hallaba aún en Andorhal,
donde el propio Arthas lo había dejado. Andorhal, el lugar del que
procedían los envíos de grano infectado. Si bien recordó lo furioso
que se había puesto al atacar al nigromante, ahora era incapaz de
sentir cólera. Una sonrisa se dibujó en sus pálidos labios. Aquello
resultaba irónico.
Los edificios que habían ardido en su día no eran más que un
montón de maderas calcinadas. Nadie aparte de los no-muertos
debería estar ahí; y aun así… Arthas frunció el ceño, tiró de las
riendas e Invencible se detuvo, tan obediente en la muerte como
lo había sido en vida. El rey pudo atisbar unas siluetas que se
movían aquí y allá. La poca luz de aquel día gris se reflejaba en
las…
Armaduras, se dijo a sí mismo.
Allí había unos cuantos hombres vestidos con armaduras,
apostados a lo largo del perímetro del cementerio, y uno de ellos
custodiaba una modesta tumba. Entornó los ojos y, acto seguido,
los abrió como platos. No eran unos seres vivos cualesquiera, no
eran unos meros guerreros, eran paladines. Sabía por qué estaban
ahí. Por lo visto, Kel’Thuzad atraía el interés de gente muy
diversa.
No obstante, él había decretado la disolución de la orden. Por
tanto, los paladines ya no deberían existir, y mucho menos con-
gregarse en aquel lugar. Entonces la Agonía de Escarcha susurró
que estaba hambrienta. Arthas desenvainó la poderosa hojarruna,
la alzó para que el reducido ejército de acólitos que lo acom-
pañaba pudiera verla e inflamara así su ánimo y, al instante, car-
gó. Invencible se abalanzó sobre los paladines, y Arthas pudo
comprobar cómo la estupefacción se apoderaba de los rostros de
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los hombres que vigilaban el cementerio en cuanto se abalanzó


sobre ellos. Si bien lucharon con gallardía, al final su resistencia
fue inútil; el príncipe pudo ver en sus ojos que eran conscientes de
ello.
Justo cuando acababa de extraer la Agonía de Escarcha del
cadáver del paladín al que acababa de matar, y de sentir el júbilo
de la espada al hacerse con otra alma, escuchó un grito:
—¡Arthas!
Se trataba de una voz que había escuchado con anterioridad,
pero como era incapaz de relacionarla con su dueño, se volvió
hacia el hombre que le había llamado.
Éste era muy alto, y su presencia, imponente. Se había quitado
el yelmo, y fue su frondosa barba la que hizo recordar a Arthas
quién era.
—¡Gavinrad! —exclamó sorprendido—. Cuánto tiempo.
—No el suficiente. ¿Dónde está el martillo con el que te ob-
sequiamos? —inquirió Gavinrad, escupiendo prácticamente las
palabras—. Es el arma de un paladín. Un arma de honor.
Arthas recordó que ese hombre había sido el que colocó el
martillo a sus pies durante su ceremonia de ingreso en la orden.
Qué limpio, auténtico y sencillo le había parecido todo en aquel
momento.
—Ahora poseo un arma mucho mejor —aseveró Arthas.
Alzó la Agonía de Escarcha, la cual parecía agitarse ansiosa en
su mano y, entonces sintió un impulso imperioso que tuvo que
obedecer.
—Apártate, hermano —le pidió con una amabilidad bastante
fuera de lugar—. He venido a recoger unos huesos viejos. En re-
cuerdo de aquel día y de la orden a la que ambos pertenecimos, no
te haré daño si me dejas pasar.
Las pobladas cejas de Gavinrad se unieron en una sola cuando
escupió en dirección a Arthas.
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—¡No puedo creer que una vez te consideráramos nuestro


hermano! No alcanzo a comprender por qué Uther abogó por ti.
Tu traición ha destrozado a Uther, muchacho. Él habría dado la
vida por ti sin dudarlo: ¿es así como pagas su lealtad? ¡Ya sabía yo
que admitir a un príncipe malcriado en nuestra orden era un er-
ror! ¡Se ha burlado de la Mano de Plata!
La furia se apoderó de Arthas con tal celeridad e intensidad
que casi lo ahogó. ¡Cómo se atrevía a hablarle así a él, un caballero
de la muerte, la mano ejecutora del Rey Exánime! La vida, la
muerte, la no vida… todo ello formaba parte de su dominio. Gav-
inrad había osado escupir sobre su oferta de tregua. Arthas apretó
los dientes con fuerza.
—No, hermano mío —replicó con un gruñido—. Cuando te
asesine y te obligue a levantarte de entre los muertos como mi si-
ervo, y tengas que bailar al son que yo marque, entonces sí que me
habré burlado de la Mano de Plata, Gavinrad.
Arthas le hizo una seña retadora mientras sonreía burlona-
mente. Los no-muertos y los miembros del Culto de los Malditos
que lo habían acompañado hasta aquel lugar aguardaron en silen-
cio el devenir de los acontecimientos. Gavinrad no se precipitó,
mantuvo la compostura y rezó a la Luz, a pesar de que no lo sal-
varía. Arthas permitió que concluyera su rezo y su arma brillara
tal y como lo había hecho en su día el martillo del príncipe. Sabía
que Gavinrad no tenía nada que hacer frente a él, puesto que em-
puñaba la Agonía de Escarcha y el poder del Rey Exánime recor-
ría su cuerpo, que se hallaba a medio camino de los mundos de la
vida y de la muerte.
Tampoco el paladín confiaba en ganar el duelo. Luchó con to-
das sus fuerzas, pero no bastó. Arthas jugó un poco con él, para
calmar así el escozor que le habían provocado las palabras de
Gavinrad; enseguida se cansó y despachó a su antiguo compañero
de armas con un poderoso mandoble. Sintió cómo la Agonía de
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Escarcha tomaba y aniquilaba otra alma más y se estremeció


levemente cuando el cuerpo sin vida de Gavinrad cayó al suelo. A
pesar de lo que le había prometido a su oponente, que ahora yacía
a sus pies derrotado, Arthas dejó que disfrutara del sueño eterno.
Con un gesto brusco ordenó a sus siervos que se dispusieran a
recuperar el cadáver de Kel’Thuzad, a quien había abandonado,
en su día, en el lugar en que había caído para que se pudriera; sin
embargo, alguien (sin duda alguna, los devotos seguidores del
nigromante) se había tomado la molestia de enterrar el cuerpo en
una pequeña cripta. Los acólitos del Culto de los Malditos se di-
eron prisa en encontrar la tumba y con gran esfuerzo lograron
apartar la cubierta. Dentro había un ataúd, que sin más dilación
sacaron de ahí y al que Arthas propinó una patada suave, son-
riendo taimadamente.
—Sal de ahí, nigromante —le ordenó con altivez mientras sub-
ían el féretro a la parte de atrás de un vehículo al que llamaban
«el carro de despojos»—. El poder al que serviste en su momento
vuelve a necesitarte una vez más.
Ya te dije que mi muerte no supondría ninguna diferencia a
largo plazo.
Arthas se sobresaltó. Se había acostumbrado a escuchar voces
en su mente; el Rey Exánime le hablaba a través de la Agonía de
Escarcha casi constantemente. Pero esto era distinto. Reconoció
aquella voz; la había escuchado antes, cuando era arrogante y
burlona y no hablaba en susurros como si quisiera contarle
secretos y ganarse su confianza.
Se trataba de Kel’Thuzad.
Pero ¿qué…? ¿Ahora escucho a fantasmas?, pensó el caballero
de la muerte.
No sólo los oía, sino que los veía. O, al menos, a uno en con-
creto. La silueta de Kel’Thuzad se fue formando lentamente
delante de sus ojos; era translúcida y flotaba en el aire, y sus ojos
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eran dos pozos oscuros. Se trataba de él sin ningún género de du-


das. Entonces sus labios espectrales se curvaron para esbozar una
sonrisa de complicidad.
Tenía razón sobre ti, príncipe Arthas.
—Ya te has entretenido bastante —se oyó decir a Tichondrius
con una voz poderosa y grave que pareció surgir de la nada.
En ese momento, el espectro (si es que en realidad había es-
tado ahí) desapareció. Arthas estaba desconcertado. ¿Acaso se lo
había imaginado? ¿Estaba perdiendo la cordura a la vez que el
alma?
Tichondrius no se había percatado del estado de agitación de
Arthas, abrió el féretro y observó con gran asco su contenido: el
cadáver casi licuado de Kel’Thuzad. El caballero de la muerte des-
cubrió que podía soportar el hedor mejor de lo que había esper-
ado, aunque no dejaba de ser espantoso. Parecía que había pasado
una eternidad desde que había golpeado al nigromante con su
martillo y observado la rápida descomposición del cadáver.
—Los restos están demasiado descompuestos. No soportarán
el viaje a Quel’Thalas.
Arthas se aferró a esa mención para dejar de pensar en lo que
tanto le inquietaba.
—¿Quel’Thalas? ¿La tierra dorada de los elfos? —inquirió el
caballero de la muerte.
—Sí. Únicamente las energías de la Fuente del Sol de los altos
elfos podrán resucitar a Kel’Thuzad —le explicó el Señor del Ter-
ror, frunciendo el ceño—. A cada instante se descompone más y
más. Arthas, debes robar una urna muy especial que los paladines
traen hacia aquí bajo su custodia. Si introduces los restos del nig-
romante en ella, estarán protegidos durante el transcurso del
viaje.
El Señor del Terror esbozó una sonrisa de suficiencia. Daba la
sensación de que aquella misión era mucho más de lo que parecía
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a primera vista. Arthas abrió la boca para hacer una pregunta,


pero enseguida la cerró. De todos modos, Tichondrius no se la iba
a responder. Se encogió de hombros, se subió a lomos de Inven-
cible y cabalgó hacia el lugar donde le habían ordenado ir.
Entonces escuchó tras él la tenebrosa risa del demonio.
Tichondrius tenía razón. Por el camino avanzaba lentamente
una pequeña comitiva funeraria cuyos integrantes viajaban a pie.
Se trataba del funeral de un militar o de un dignatario import-
ante; Arthas reconoció la parafernalia habitual en estas ceremoni-
as. Varios hombres ataviados con armaduras marchaban en fila;
en el centro, un hombre sostenía algo entre sus fuertes brazos. La
tenue luz del sol se reflejaba en su armadura y sobre el objeto que
portaba: la urna de la que Tichondrius le había hablado. De re-
pente, Arthas comprendió qué era lo que le había hecho tanta gra-
cia al Señor del Terror.
El físico del paladín era muy peculiar, y su armadura, única. Al
instante, Arthas asió la Agonía de Escarcha con manos tembloro-
sas. Intentó reprimir la miríada de sensaciones confusas y per-
turbadoras que le embargó y ordenó aproximarse a sus hombres.
El cortejo fúnebre no era muy numeroso, si bien estaba repleto
de guerreros de renombre; no obstante, rodearlos fue sumamente
fácil. Los paladines desenvainaron sus armas pero no atacaron,
sino que se volvieron hacia el hombre que custodiaba la urna,
aguardando instrucciones. Uther (no podía ser otro) observaba a
su antiguo aprendiz y parecía tener la situación bajo control.
Mantuvo el gesto impasible, aunque su rostro parecía surcado por
más arrugas de las que Arthas recordaba. Sin embargo, sus ojos
ardían con la ira de los justos.
—El perro vuelve a lamer sus vómitos —aseveró Uther, pro-
nunciando esas palabras como si fueran los chasquidos de un
látigo—. No sabes cuánto he rezado para que no te entrometieras
en este acto.
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Arthas se estremeció levemente. Y con una voz áspera replicó:


—Soy como una moneda falsa… siempre vuelvo a aparecer.
Por lo que veo, sigues considerándote un paladín, a pesar de que
disolví tu orden.
Uther se echó a reír, aunque se trataba de una risa teñida de
amargura.
—Como si pudieras disolverla a tu capricho. Yo sólo respondo
ante la Luz, muchacho. Como hiciste tú en su momento.
La Luz. Aún la recordaba. Le dio un vuelco el corazón y, por un
instante, sólo por un instante, bajó la espada. Al punto regresaron
los susurros, que le recordaron qué clase de poder poseía ahora,
insistiendo en que el sendero de la Luz no le había proporcionado
lo que anhelaba. Y en ese preciso momento, Arthas aferró vig-
orosamente la Agonía de Escarcha una vez más.
—Hice muchas cosas entonces —replicó el caballero de la
muerte—, que ya no volveré a hacer.
—Tu padre gobernó estas tierras durante cincuenta años y tú
las ha reducido a escombros en cuestión de días. Pero, claro,
destruir y aniquilar es tan fácil, ¿verdad?
—No te pongas melodramático, Uther. A pesar de que me
agrade recordar tiempos pasados contigo, no tengo tiempo que
perder. He venido a llevarme la urna. Dámela y te prometo que
morirás con rapidez.
A éste no lo iba a perdonar. Ni aunque implorara clemencia. Si
le suplicaba, no lo dudaría. Había demasiada mala sangre entre
ellos. Demasiados desencuentros y sentimientos intensos.
En ese instante, el rostro de Uther sólo transmitía una emo-
ción: ira. Miró fijamente a Arthas, sintiéndose ultrajado.
—¡Esta urna guarda las cenizas de tu padre, Arthas! ¿Acaso
quieres mear sobre ellas por última vez antes de dejar que su
reino se pudra?
Arthas sintió un repentino escalofrío.
291/433

Padre…
—No sabía qué contenía —masculló, tanto para sí como para
Uther.
Así que ésa era la trampa que ocultaba esa misión, la razón por
la que el Señor del Terror había sonreído cuando le había dado in-
strucciones al caballero de la muerte. Porque sabía qué había den-
tro. Arthas se veía sometido a una prueba tras otra. ¿Sería capaz
de luchar contra su mentor? ¿Sería capaz de mancillar las cenizas
de su padre? Si bien estaba harto ya de esa situación, reprimió la
furia al hablar mientras desmontaba y desenvainaba la Agonía de
Escarcha.
—Aunque tampoco importa. Me haré con lo que he venido a
buscar de una forma u otra.
La Agonía de Escarcha no paraba de hablarle a su mente, ni
de empujar su mano, de pura ansia por batallar. Arthas adoptó
una posición de ataque. Uther lo observó por un momento, y, acto
seguido, alzó despacio su arma resplandeciente.
—No quería creérmelo —aseguró el viejo paladín con cierta
aspereza en la voz. Entonces, Arthas se dio cuenta horrorizado de
que las lágrimas asomaban a los ojos de Uther—. Cuando eras
más joven y egoísta, lo achacaba a que sólo eran cosas de niños.
Cuando seguiste manteniendo esa actitud testaruda, lo justifiqué
diciéndome que cualquier joven siente la necesidad de dejar de
estar a la sombra de su padre. Y en Stratholme… Que la Luz me
perdone, incluso allí… recé para que encontrases tu camino y
fueras capaz de ver el error que habías cometido. Nunca he po-
dido enfrentarme al hijo de mi señor.
Arthas esgrimió una sonrisa forzada mientras ambos trazaban
un círculo alrededor del otro.
—Pero ahora lo crees.
—La última promesa que le hice a tu padre, a mi amigo, fue
que sus restos serían tratados con respeto, a pesar de que su
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propio hijo lo había asesinado salvajemente, cuando se hallaba


desprevenido y desarmado.
—Morirás por culpa de esa promesa.
—Es posible —replicó Uther, sin que pareciera importarle de-
masiado—. Prefiero morir honrando esa promesa que vivir bajo tu
yugo. Me alegro de que tu padre esté muerto. Me alegro de que no
tenga que ver en qué se ha convertido su vástago.
Ese comentario le dolió. No se lo esperaba. Se detuvo, mien-
tras las emociones pugnaban en su corazón, y Uther, quien
siempre había vencido al príncipe, se aprovechó de ese breve
titubeo para abalanzarse sobre él.
—¡Por la Luz! —gritó, echando el martillo hacia atrás y
trazando con todas sus fuerzas un arco cuyo objetivo era Arthas.
Aquella arma luminosa se aproximó al caballero de la muerte
con tanta rapidez que pudo escuchar al aire gemir al rasgarlo.
Se apartó de un salto justo a tiempo y sintió cómo el aire le
acariciaba la cara en el momento en que el arma pasó junto a él a
una velocidad de vértigo. El rostro de Uther transmitía una sensa-
ción de calma y concentración… y una determinación asesina.
Desde su punto de vista, tenía la obligación de matar al hijo
traidor para impedir que el mal se extendiese.
A su vez, Arthas sabía que tenía la obligación de matar al
hombre que una vez fue su mentor. Debía romper con todo lo que
le ataba al pasado… definitivamente. Si no, siempre cabría la pos-
ibilidad de que sucumbiera a la peligrosa tentación de la com-
pasión y el perdón. Al tiempo que profería un grito incoherente,
bajó con celeridad a la Agonía de Escarcha para atacar a Uther.
Éste bloqueó la acometida con el martillo. Los dos hombres
forcejearon, con los rostros separados por escasos centímetros y
los músculos temblando por el tremendo esfuerzo, hasta que el
paladín soltó un gruñido, empujó a su pupilo hacia atrás y éste
trastabilló. Uther siguió atacando. Si bien la calma reinaba en su
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rostro, sus ojos ardían con las llamas de la fiereza y la resolución;


parecía luchar como si su victoria fuera inevitable. Aquella confi-
anza absoluta en sus posibilidades desconcertó a Arthas, cuyos
embates eran poderosos pero erráticos. Jamás había derrotado a
su mentor…
—¡Ha llegado tu hora, muchacho! —rugió Uther.
De repente, para horror de Arthas, el paladín se vio envuelto
en una luz brillante. Ya no se trataba sólo de su martillo sino de su
cuerpo; daba la sensación de que todo su ser fuera la verdadera
arma de la Luz que iba a derrotar a Arthas.
—¡Por la justicia de la Luz! —aulló el anciano paladín.
El martillo descendió. El aire abandonó los pulmones de
Arthas en cuanto recibió el impacto en el torso. Si bien la ar-
madura le salvó, quedó destrozada a consecuencia del mandoble
atizado por el radiante martillo que empuñaba el beato paladín. El
caballero de la muerte cayó al suelo y su espada voló de sus
manos; la desesperación lo embargaba al intentar respirar o in-
corporarse. Había dado la espalda a la Luz, la había traicionado. Y
ahora ésta se cobraba venganza por medio de Uther el Iluminado,
su gran campeón, infundiendo a su viejo mentor la pureza de su
brillo y determinación.
El resplandor que envolvía al paladín se incrementó y Arthas
esbozó un gesto de agonía en el momento en que la Luz abrasó
sus ojos y su alma. Se había equivocado totalmente al renegar de
ella; ahora la piedad y el amor de la Luz se habían transformado
en el ser radiante e implacable que tenía ante él. Alzó la vista para
contemplar esos pozos de luz blanca que eran los ojos de Uther, al
tiempo que las lágrimas se asomaban a los suyos mientras
aguardaba el mandoble mortal.
Nunca llegó a saber si se había hecho con la espada sin darse
cuenta, o si ésta había saltado a sus manos ella sola. Era imposible
deducirlo en medio del terrible caos mental que sufría en aquel
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momento. Lo único cierto es que, de improviso, sus manos se cer-


raron sobre la empuñadura de Agonía de Escarcha, cuya voz
resonó en su mente.
Toda Luz tiene su sombra, todo día tiene su noche, e incluso
la vela más brillante puede apagarse.
Al igual que la vida de los más iluminados.
Arthas inhaló aire con fuerza, llenó de aire los pulmones y,
sólo por un segundo, se percató de que la Luz que rodeaba al
paladín se atenuaba. Entonces el mentor alzó el martillo para
propinar el golpe definitivo.
Pero su pupilo ya no estaba allí.
Si Uther era un oso enorme y poderoso, Arthas era un tigre
fuerte, ágil y rápido. Por muy fuertes y bendecidos por la Luz que
estuvieran el martillo y su portador, su arma no era rápida, ni su
estilo de lucha, muy ágil. Sin embargo, la Agonía de Escarcha, a
pesar de ser una hojarruna enorme que debía empuñarse con las
dos manos, parecía casi capaz de combatir por sí sola.
El caballero de la muerte avanzó de nuevo, esta vez sin titu-
bear, y luchó con fervor. No dio respiro a Uther el Iluminado; no
le permitió ni un instante de calma, de modo que el paladín no
pudo preparar su arma para descargar un martillazo demoledor.
Ante el cambio de actitud operado en Arthas, su mentor abrió los
ojos como platos estupefacto, pero los entornó al punto, haciendo
gala de una inquebrantable determinación. No obstante, la Luz
que había emanado con tanta intensidad de su poderosa constitu-
ción iba atenuándose segundo a segundo.
Menguando ante el poder que el Rey Exánime proporcionaba
a Arthas.
La Agonía de Escarcha caía con fuerza una y otra vez; sobre la
cabeza reluciente del martillo, sobre el mango, sobre el hombro de
Uther, sobre el estrecho espacio entre la parte de la armadura que
cubría el cuello y las hombreras, golpeando con saña…
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Uther el Iluminado gruñó y trastabilló hacia atrás. Le había


herido y estaba sangrando. El martillo, enorme y radiante, cayó
de su mano inerte: la Agonía de Escarcha prácticamente le había
seccionado el brazo. De un mandoble melló la coraza del viejo
mentor; otro más en el mismo lugar la partió y rasgó la carne de
debajo. El tabardo azul y dorado del paladín (aquéllos eran los
colores de la Alianza por la que éste había luchado en su época)
aleteó hecho añicos sobre la nieve mientras su dueño caía de ro-
dillas como un pesado fardo. El paladín alzó la vista. Respiraba
con dificultad. Un hilillo de sangre se le escurría de la boca hasta
la barba aun así, en su rostro no se divisaba señal alguna de que
estuviera dispuesto a rendirse.
—Espero que haya un lugar especial para ti en el averno,
Arthas —le dijo, y tosió por culpa de la sangre que se le acumulaba
en la garganta.
—Tal vez nunca lo sepamos, Uther —replicó Arthas con gran
frialdad, al tiempo que izaba a la Agonía de Escarcha para asestar
el golpe final. La impaciente espada casi parecía dar saltos de
alegría—. Pretendo vivir eternamente.
La hojarruna cayó, atravesando la garganta de Uther, silen-
ciando sus desafiantes palabras, partiendo su gran corazón. Murió
casi al instante. Acto seguido, Arthas tiró de la espada para liber-
arla del cadáver y dio un paso atrás, temblando. No obstante, esos
temblores sólo se debían a que estaba liberando tensión y se sen-
tía exultante.
Se arrodilló y recogió la urna. La sostuvo en sus manos dur-
ante un buen rato y, a continuación, se dispuso a romper el sello y
darle la vuelta para vaciarla. Las cenizas del rey Terenas cayeron
cual lluvia gris, como harina contaminada por la peste, y se espar-
cieron por la nieve. El viento cambió de un modo abrupto de dir-
ección y aquel polvo gris, que era lo único que quedaba del rey, se
alzó dando vueltas en el aire, como si algo lo impulsara y fue a
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caer sobre el caballero de la muerte. Sorprendido, Arthas dio un


paso hacia atrás y se protegió la cara con las manos. Ese gesto in-
stintivo provocó que se le cayera la urna, que aterrizó en el suelo
con un sonido sordo. Cerró los ojos y apartó la cara, pero no lo
bastante rápido, de modo que tosió violentamente por culpa de
esas cenizas amargas que lo ahogaban. De improviso, el pánico se
adueñó de él. Se limpió el rostro con sus manos enguantadas, con
la intención de deshacerse del fino polvo que le bloqueaba la gar-
ganta y la nariz y le irritaba los ojos. Escupió, y, al punto, sintió un
tremendo ardor en el estómago.
Arthas tomó aire con fuerza y realizó un gran esfuerzo para
calmarse. Instantes después se puso en pie, tras haber recobrado
la compostura. Si sentía algún tipo de emoción, la había encer-
rado a buen recaudo en lo más recóndito de su ser y ni siquiera
era consciente de su existencia. Con rostro imperturbable, regresó
al carro que transportaba los restos fétidos y prácticamente licua-
dos de Kel’Thuzad y le entregó la urna con brusquedad a un
miembro de la Plaga.
—Mete al nigromante aquí dentro —le ordenó.
A continuación se montó sobre Invencible.
Quel’Thalas no se hallaba muy lejos.
CAPÍTULO DIECIOCHO

A lo largo de los seis días que tardaron en llegar a las tierras


de los altos elfos, Arthas habló con el espectro de
Kel’Thuzad y muchos pasaron a engrosar sus filas.
Partió de Andorhal hacia el este, con los carros de despojos
rechinando a su paso, atravesó las aldeas del campo de Pie-
dramácula, el huerto de Dalson y el vergel de Gahrron, y cruzó el
río Thondroril para llegar a la parte oriental de Lordaeron. Las
víctimas de la peste se alzaban por doquier y con una mera orden
mental lo seguían como perritos falderos. Cuidar de ellos era muy
fácil, pues se alimentaban de cadáveres. Todo era tan… pulcro y
ordenado.
Si bien Arthas esperaba que tanto las víctimas de la plaga
como las abominaciones creadas a partir de la unión de los restos
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de diversos cadáveres, así como los espectros de los caídos, se uni-


eran a su bando, se encontró con un nuevo aliado inesperado: uno
que lo sobrecogió, lo consternó y luego supo apreciar encantado.
Su ejército se hallaba a medio camino de Quel’Thalas cuando
los divisó por primera vez. En la lejanía, al principio le dio la im-
presión de que la tierra se movía. No, no era así. Se trataba de
cierto tipo de bestias. ¿Quizá de reses u ovejas que se habían es-
capado de sus establos y rediles cuando sus dueños se habían
transformado en muertos vivientes? ¿O tal vez de osos o lobos que
buscaban comida y se daban un festín con los cadáveres? Arthas
profirió un grito entrecortado y agarró a Agonía de Escarcha con
fuerza; parecía que los ojos se le iban a salir de sus cuencas de
pura incredulidad.
No se movían como cuadrúpedos. Correteaban a toda prisa,
desplazándose por las colinas y los pastos como…
—Arañas —murmuró.
Bajaban en manadas por las laderas, conformando una alfom-
bra morada y negra de aspecto amenazador. Impulsadas por sus
múltiples patas, avanzaban con celeridad para alcanzar a Arthas.
Se acercaban a él… Se…
—Son los nuevos guerreros que el Rey Exánime envía a su fa-
vorito —le explicó el incorpóreo Kel’Thuzad.
Al parecer, Arthas era el único que podía ver y escuchar a
aquel espectro, con quien había estado conversando largo y ten-
dido los últimos días. El espectro se había centrado en sembrar
las semillas de la sospecha y la duda en la mente del caballero de
la muerte. No sobre sí mismo… sino sobre Tichondrius y los de-
más demonios.
«No se puede confiar en los señores del terror», le había acon-
sejado. «Son los carceleros del Rey Exánime. Te lo contaré todo…
cuando vuelvas a caminar por los senderos de este mundo».
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A pesar de que habían tenido tiempo suficiente para conocerse


bastante bien, Arthas no dejaba de preguntarse si Kel’Thuzad le
estaba proporcionando esa información a modo de cebo para cer-
ciorarse de que el caballero de la muerte cumplía su misión.
Mientras esperaban a que aquellas pseudoarañas los alcan-
zaran, Arthas le interrogó:
—¿De veras me ha enviado estos… engendros? Pero ¿qué son?
—En su día fueron nerubianos —respondió Kel’Thuzad—. Los
descendientes de la raza antigua y orgullosa de los Aqir. Cuando
estaban vivos, eran tremendamente inteligentes y sólo perseguían
un objetivo: eliminar a cualquiera que no fuera como ellos.
Arthas observó a aquellas criaturas arácnidas con
repugnancia.
—Estupendo. ¿Y ahora qué?
—Estos seres cayeron combatiendo a aquél al que servimos,
quien los ha hecho regresar de la muerte. Su señor, Anub’arak, los
ha transformado en no-muertos, y ahora han venido a ayudarle,
príncipe Arthas. Para alcanzar la gloria en el nombre de nuestro
señor y en el de usted.
—Así que cuento con arañas no-muertas para luchar contra los
elfos de Quel’Thalas —reflexionó Arthas.
Eran enormes, horrendas y mortíferas. Se aproximaban apre-
suradamente sin dejar de gorjear acompasando su paso al de los
cadáveres, espectros y abominaciones.

El Rey Exánime, fuera quien fuese, tenía cierto gusto por lo


melodramático.
La llegada de Arthas estaba siendo observada, claro está. Los
elfos contaban con unos exploradores que tenían fama de ser ex-
celentes. Lo más probable era que para cuando Arthas se hubiera
percatado de su presencia, ya habría corrido la voz de su llegada.
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Pero eso no importaba. Había conseguido reunir un ejército real-


mente impresionante y no albergaba ninguna duda de que, a
pesar de las irritantes advertencias de Kel’Thuzad, sería capaz de
penetrar en aquella tierra maravillosa y eterna, desplazarse por
ella con presteza y encontrar la Fuente del Sol.
Habían capturado a un prisionero, un joven sacerdote que, al
actuar de un modo desafiante, había revelado sin querer cierta in-
formación crucial, que Arthas estaba dispuesto a emplear muy
sabiamente. Además, había otro preso que, al contrario que el
clérigo, estaba dispuesto a traicionar a su pueblo y a su tierra con
tal de obtener el poder que Arthas y el Rey Exánime le habían
prometido.
Al caballero de la muerte le sorprendió lo poco que le costó al
mago elfo apuñalar por la espalda a los suyos. Le sorprendió y le
inquietó. Arthas había sido muy querido por su pueblo, al igual
que su padre antes que él. Había disfrutado de la afectuosa
aprobación de aquellos que le servían. Se había tomado el tiempo
necesario para aprenderse sus nombres y escuchar sus historias
sobre sus vidas y sus familias. Había deseado que lo amaran. Y
sus súbditos le habían demostrado su cariño con su lealtad al
líder, tal y como el capitán Falric había hecho en su momento.
Arthas daba por sentado que también los líderes elfos eran
amados por su gente. Éstos, a su vez, daban por hecho que su
gente les sería leal. Aun así, el mago elfo había traicionado a su
pueblo por la mera promesa de obtener poder, por el simple y ru-
tilante embrujo del poder.
Los mortales siempre podían corromperse, manipularse o
comprarse.
Observó a su actual ejército y sonrió. Sí, eso estaba mucho me-
jor. Aquí no había problemas de lealtad, ya que aquéllos a quienes
lideraba no tenían otra opción que obedecerle ciegamente.
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—Todo… —afirmó jadeando el explorador— es cierto.


Sylvanas Brisaveloz, general de la Guardia Forestal de Lunar-
genta, conocía muy bien a ese elfo. La información de Kelmarin
era siempre muy precisa y detallada. Escuchó sin querérselo
creer, sin atreverse a creerlo.
Todos estaban al tanto de los rumores, por supuesto. Una
peste se estaba extendiendo por las tierras humanas. No obstante,
los quel’dorei creían hallarse a salvo en su terruño natal, donde
habían resistido al ataque de dragones, orcos y trols durante
siglos. Estaban convencidos de que lo que sucedía en territorio
humano no les afectaría.
Pero no fue así.
—¿Estás seguro de que se trata del príncipe Arthas Menethil?
Kelmarin asintió, al tiempo que seguía intentando recuperar el
aliento.
—Sí, mi señora. Escuché cómo lo llamaban así los que le sir-
ven. Por lo que he podido ver, no creo que los rumores que lo
acusan de haber asesinado a su padre y de ser el instigador de las
calamidades que han asolado Lordaeron sean exageraciones.
Sylvanas escuchaba con atención, con sus ojos azules cada vez
más abiertos, presa del asombro, mientras el explorador le con-
taba un relato que parecía demasiado increíble para ser verdad
sobre cadáveres que cobraban vida (tanto los recién muertos
como los ya resecos y consumidos), sobre criaturas enormes y de-
sprovistas de mente creadas con remiendos de distintos cuerpos,
sobre bestias extrañas capaces de volar y que se asemejaban a es-
tatuas de piedra que habían cobrado vida, sobre seres gigantescos
que recordaban a arañas, que le hacían pensar en las historias
sobre los supuestamente extinguidos Aqir. También le habló del
olor… Kelmarin, que no era dado a exagerar, hablaba pestes del
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hedor que precedía a aquel espantoso ejército. Los bosques, el


primer bastión defensivo de esas tierras, sucumbían al paso de las
extrañas máquinas de guerra que el príncipe llevaba consigo. A
Sylvanas le vino a la memoria el recuerdo de los dragones rojos
que habían incendiado aquellos bosques no hacía tanto tiempo.
Lunargenta había resistido sus acometidas, claro está, pero los
bosques habían sufrido muchísimo. Tanto como sufrían ahora…
—Mi señora —concluyó Kelmarin, mientras alzaba la cabeza y
la miraba afligido—, si consigue entrar… no creo que nuestras
fuerzas sean suficientes para derrotarlo.
Esa amarga afirmación prendió la mecha de la ira que necesit-
aba para reaccionar.
—Somos los quel’dorei —le espetó, a la vez que se en-
derezaba—. Nuestras tierras son inexpugnables. No entrará aquí,
no temas. Primero ha de hallar la forma de romper los encantami-
entos que protegen Quel’Thalas. Luego debe ser capaz de hacerlo.
Enemigos mucho mejores y más sabios han intentado arrebatar-
nos nuestro reino. Ten fe, amigo mío, en el poder de la Fuente del
Sol… y en la fortaleza y voluntad de nuestro pueblo.
Mientras llevaban a Kelmarin a un lugar donde pudiera beber,
comer y recuperar fuerzas antes de volver a su puesto, Sylvanas se
volvió hacia sus guardias y les dijo:
—He de ver a ese príncipe humano con mis propios ojos.
Reunid a las primeras unidades de combate. Si Kelmarin está en
lo cierto… será mejor que nos preparemos para un ataque
preventivo.

Sylvanas estaba tumbada boca abajo encima de la gran puerta


que, junto a la abrupta cordillera montañosa que la rodeaba, con-
tribuía a proteger sus tierras. Llevaba una armadura de cuero que,
aunque la cubría por completo, le resultaba muy cómoda, y un
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arco colgado a la espalda. Ella, Sheldaris y Vor’athil, los dos ex-


ploradores que habían ido por delante y aguardado a que ella lleg-
ara con el grueso de los guardias, observaban la escena aterrados.
Tal y como les había advertido Kelmarin, habían percibido el
hedor de aquel ejército putrefacto antes de divisarlo.
El príncipe Arthas cabalgaba a lomos de un caballo esquelético
de fiera mirada y portaba una espada enorme a la espalda, que la
general reconoció al instante como una hojarruna. Los humanos
ataviados con ropajes oscuros se apresuraban a obedecer sus
órdenes, al igual que los muertos. Sylvanas tuvo que hacer de tri-
pas corazón mientras recorría con la mirada la amplia gama de
cadáveres en descomposición que conformaba ese ejército y dio
gracias en silencio porque el viento hubiera cambiado de direc-
ción y alejara la pestilencia de ella.
Les explicó el plan por señas, con esos largos dedos que se
desplazaban con suma rapidez, y los exploradores asintieron, in-
dicándole así que la habían entendido, tras lo cual se retiraron y
ocultaron, silenciosos como sombras, mientras Sylvanas volvía la
vista hacia Arthas, que no parecía haberse percatado de nada.
Seguía teniendo aspecto de humano a pesar de que estaba pálido
y su pelo no era dorado, como recordaba que se lo habían
descrito, sino blanco. Entonces, ¿cómo podía soportar estar
rodeado de muertos… ese horrible hedor, esos seres grotescos? Se
estremeció y procuró concentrarse. Los no-muertos que obed-
ecían al príncipe simplemente permanecían en pie aguardando
órdenes. Los humanos (son nigromantes, pensó Sylvanas, sin-
tiendo una repugnancia enorme) estaban muy ocupados creando
nuevas monstruosidades para hacer de centinelas. Transmitían la
sensación de que la derrota era algo inconcebible para ellos.
Esa arrogancia sería su fin.
304/433

La General forestal esperó y observó al enemigo hasta que sus


arqueros estuvieron en posición. Había hecho caso a las adverten-
cias de Kelmarin y convocado a dos tercios de sus guardias. Creía
firmemente que Arthas no podría echar abajo las puertas mágicas
de los elfos que protegían Quel’Thalas. El príncipe ignoraba
muchas cosas sobre ellas como para ser capaz de hacer algo así.
Ella misma hasta ahora no había creído ciertas cosas hasta que las
había visto con sus propios ojos. Lo mejor era acabar con esa
amenaza ahí mismo y en ese momento.
Cruzó su mirada con las de Sheldaris y Vor’athil, quienes
movieron afirmativamente la cabeza, dándole a entender que es-
taban listos. Sylvanas hubiera preferido atacar sin más, para coger
al enemigo desprevenido, pero no podía actuar así por cuestiones
de honor. De ese modo, nadie podría afirmar jamás que Sylvanas
Brisaveloz, General de la Guardia Forestal, había defendido su
tierra natal por medios indignos.
—Por Quel’Thalas —susurró con un hilo de voz.
Acto seguido se puso en pie y gritó con una voz clara, melodi-
osa y potente:
—¡No sois bienvenidos en estas tierras!
Arthas obligó a dar la vuelta a su corcel esquelético (Sylvanas,
por un momento, se apiadó de la pobre bestia) y se encaró con la
General forestal, atravesándola con la mirada. Los nigromantes
callaron y se giraron hacia su señor, aguardando instrucciones.
—Soy Sylvanas Brisaveloz, general de la Guardia Forestal de
Lunargenta. Os aconsejo que volváis por donde habéis venido.
Los labios de Arthas (la general se dio cuenta entonces de que
eran de color gris y estaban enmarcados en una cara blanca como
la de un muerto, aunque, de algún modo, parecía seguir vivo) se
curvaron para formar una sonrisa. Aquello le divertía.
—Eres tú quien debe volver por donde has venido, Sylvanas
—afirmó, omitiendo deliberadamente su rango.
305/433

La voz del príncipe podría haber poseído un agradable tono de


barítono si no fuera porque algo lo enfatizaba. Algo que provocó
que, al escuchar esa voz, incluso el bravo corazón de la general de-
jara de latir unos segundos, de tal modo que tuvo que hacer un
gran esfuerzo para no estremecerse.
—La Muerte ha llegado a tu tierra —añadió Arthas.
La general entornó sus ojos azules y le espetó desafiante:
—Adelante. La puerta de los elfos que brinda acceso al reino
localizado en su interior está protegida por nuestros encantami-
entos más poderosos. No podrás cruzarla.
Acto seguido colocó una flecha en su arco; aquélla era la señal
de ataque. Al punto, el aire se llenó con el zumbido repentino de
decenas de flechas que surcaron el cielo. Sylvanas apuntó al prín-
cipe humano (o que antaño había sido humano), dispuesta a acer-
tar como siempre. La flecha silbó mientras se dirigía rauda y veloz
a la cabeza desprotegida de Arthas. Pero un instante antes de que
alcanzara su objetivo, percibió un destello de color blanco
azulado.
Sylvanas se quedó estupefacta. Arthas había alzado su espada
a una velocidad inimaginable y partido la flecha en dos. Las runas
de su hoja eran la causa del frío resplandor azul y blanco que
había visto. El príncipe le obsequió con una amplia sonrisa y le
guiñó un ojo.
—¡Al ataque, muchachos! ¡Matadlos a todos para que se trans-
formen en siervos míos y de nuestro señor! —exhortó Arthas.
Su voz reverberó con ese extraño zumbido que le confería un
gran aura de poder. La general carraspeó y volvió a apuntar. Pero,
ahora, el príncipe humano estaba en movimiento y el caballo
muerto lo transportaba con una velocidad y una agilidad sobren-
aturales; en ese momento se dio cuenta de que sus horrendas tro-
pas habían pasado a la ofensiva.
306/433

A medida que convergían hacia los guardias, le recordaron a


un enjambre de insectos que se movía al unísono a la perfección,
como si todos ellos conformaran un solo cuerpo sin mente. Los
arqueros tenían las siguientes instrucciones: acabar primero con
los vivos y, luego, despachar a los muertos con flechas llameantes.
La primera descarga de flechas acabó con la mayoría de los miem-
bros del Culto de los Malditos. La segunda dio como resultado que
docenas de flechas en llamas se incrustaran en aquellos cadáveres
andantes. Pero a pesar de que esos engendros avanzaban a
trompicones, y de que algunos se habían deshidratado tanto que
eran una yesca perfecta y otros poseían unos cuerpos putrefactos
henchidos de fluidos inflamables, eran tantos que el sino de la
batalla fue cambiando lentamente.
De algún modo, se las ingeniaron para subir gateando por los
muros casi verticales de tierra y piedra donde se hallaban aposta-
dos los guardias.
Algunos de ellos, por fortuna, estaban demasiado descom-
puestos para seguir avanzando, y sus extremidades putrefactas se
desgarraban y caían. Pero ni siquiera eso los detenía. Seguían pre-
sionando y escalando hacia los guardias que ahora empuñaban
espadas en vez de arcos. Se trataba de guerreros experimentados
en la lucha cuerpo a cuerpo contra enemigos cuyo avance podía
ser frenado por la pérdida de sangre o de las extremidades. Pero
contra aquellos engendros…
Unas manos cadavéricas, más parecidas a unas garras que a
un miembro humano, agarraron a Sheldaris. La guardia pelirroja
luchó con fiereza y un gesto adusto en el semblante, profiriendo
gritos desafiantes que Sylvanas no fue capaz de oír. El enemigo se
acercó a Sheldaris, la rodeó y cayó ante el empuje enemigo; la
general sintió un inmenso dolor al contemplar su fin. Disparó una
flecha tras otra, una tras otra, casi más rápido que el pensami-
ento, totalmente concentrada en su tarea. Por el rabillo del ojo vio
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cómo una de aquellas grotescas criaturas aladas de piel gris y, en


apariencia, tan dura como la piedra, descendía en picado a tres
metros de ella. Su rostro recordaba al de un murciélago y gruñó
jubiloso al raptar a Vor’athil, con la misma facilidad con la que
habría arrancado una fruta madura de un árbol. Sus dedos se
clavaron con fuerza en los hombros del explorador y la sangre
salpicó a Sylvanas, mientras esa cosa ascendía hacia el cielo con
su premio.
Vor’athil intentó librarse de las garras de aquel engendro, y,
tanteando a ciegas, alcanzó su daga. Sylvanas dejó de apuntar a
los no-muertos, que se hallaban a sus pies gimiendo continua-
mente, para centrarse en la monstruosidad que volaba por encima
de ella. Disparó y acertó justo en el cuello de la bestia.
Sin embargo, la flecha rebotó, sin llegar a causarle ningún
daño. Aquella criatura sacudió la cabeza y gruñó, cansada de jugar
con Vor’athil. Alzó una mano y rajó la garganta del explorador con
sus garras y, a continuación, lo dejó caer con indolencia y planeó
en el aire en busca de nuevas víctimas.
Sylvanas lamentó su muerte en silencio mientras contemplaba
cómo caía a tierra el inerte cuerpo de su amigo, que, por casualid-
ad, fue a impactar contra el montón de miembros del Culto de los
Malditos que los guardias habían asesinado momentos antes.
De pronto la general profirió un grito ahogado.
Los miembros del Culto se movían.
Se movían a pesar de que las flechas sobresalían de sus cuer-
pos y de que a veces un solo cadáver tenía ensartadas más de una
docena de esos misiles de plumas brillantes.
—No —susurró asqueada, al tiempo que su mirada horrorizada
se clavaba en Arthas.
El príncipe la miraba directamente a ella, esbozando aquella
maldita sonrisa y, al instante, asió la hojarruna con una vigorosa
mano enguantada. Levantó la otra mano e hizo un leve gesto; en
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ese mismo momento, otro humano asesinado se estremeció y se


puso en pie con torpeza, mientras se sacaba una flecha del ojo
como si se quitara un bicho de la ropa. El ataque que había lan-
zado contra las tropas de Arthas no había hecho ninguna mella en
ellas. Todos cuantos caían se alzaban de la muerte gracias a la
tenebrosa magia de su líder. El príncipe se percató tanto de que la
general se acababa de dar cuenta de lo que sucedía realmente
como de que la furia se asomaba a sus ojos y, entonces, su sonrisa
se tornó en carcajada.
—¡Te lo advertí! —gritó el príncipe, elevando la voz por encima
del fragor de la batalla—. Aun así, sigues proporcionándome nue-
vos reclutas…
Volvió a hacer un gesto con la mano y otro cuerpo se retorció
como si tiraran de él hacia arriba y lo obligaran a ponerse en pie.
Se trataba de un humano de piel bronceada que había sido esbelto
y musculoso, cuya melena negra estaba recogida en una coleta,
dejando a la vista unas orejas puntiagudas. La sangre manaba de
los cuatro agujeros de su garganta, conformando unos riachuelos
rojos, y su cabeza se mecía erráticamente como si el cuello hubi-
era sufrido demasiado daño y no pudiese soportar su peso más
tiempo. Unos ojos muertos, que habían sido azules como el cielo
del estío, buscaron a Sylvanas. Entonces, despacio al principio, se
fue acercando a ella.
Se trataba de Vor’athil.
En ese momento sintió que la puerta a sus espaldas se es-
tremecía levemente. Estaba tan distraída por la carnicería y la re-
surrección de los engendros que deberían haber permanecido
muertos, que no había reparado en que las máquinas de asedio
del enemigo habían tomado posiciones. Esas aberraciones del
tamaño de un ogro, que parecían estar formadas por diversos
cadáveres, también estaban machacando la puerta. Al igual que
aquellas enormes criaturas arácnidas.
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Algo golpeó el muro, emitiendo un sonido no muy fuerte y pe-


culiar, y, acto seguido, un líquido empapó a Sylvanas. Por una
fracción de segundo, su mente se negó a aceptar lo que acababa
de presenciar, pero de pronto lo vio todo con claridad meridiana.
Arthas no sólo estaba resucitando a los cadáveres de los elfos
caídos, sino que estaba lanzando sus cuerpos (más bien trozos de
ellos) contra Sylvanas a modo de proyectiles.
La general tragó saliva con dificultad, y, a continuación, dio la
orden que unos instantes antes jamás habría soñado que pronun-
ciaría algún día.
—¡Shindu fallah na! ¡Retiraos a la segunda puerta! ¡Retiraos!
Los que aún quedaban en pie (ay, los pocos desdichados que,
al menos, vivían y seguían luchando, cumpliendo órdenes) la obe-
decieron de inmediato. Reunieron a los heridos y los cargaron
sobre sus hombros. Sus rostros pálidos y bañados por el sudor re-
flejaban el mismo terror que se había adueñado de ella, que con-
tenían como podían. Huyeron. No había otra palabra para de-
scribir lo que hicieron. No se trataba de una retirada ordenada,
sincronizada y marcial, sino de un sálvese quien pueda. Sylvanas
corrió junto a los demás portando algún herido lo mejor que
pudo, a la vez que un montón de pensamientos confusos se agit-
aban en su mente.
Escuchó tras ella un estrépito inconcebible hasta entonces: el
crujido de la puerta al romperse, seguido del rugido de los no-
muertos al celebrar su triunfo. En ese momento sintió cómo el
corazón se le encogía, presa de una agonía infinita.
El príncipe humano lo había logrado… pero ¿cómo? ¿Cómo?
Su voz fuerte y resonante, bajo la cual discurría una indefinible
corriente tenebrosa y horrenda, se alzó sobre aquel estruendo.
—¡La puerta de los elfos ha caído! ¡Adelante, mis guerreros! ¡A
por la victoria!
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En cierto modo, para Sylvanas, lo peor, lo más aterrador de


ese grito jubiloso con el que Arthas se regodeaba era el… «afecto»
que lo envolvía.
En ese momento agarró de la manga a un joven que corría
junto a ella.
—¡Tel’kor! —vociferó Sylvanas—. Ve a la meseta de la Fuente
del Sol. Cuéntales lo que hemos visto. Diles que… se preparen.
Tel’kor era lo bastante joven para permitir que la decepción se
asomara fugazmente a su apuesto rostro al darse cuenta de que no
iba a quedarse a combatir; no obstante, asintió con su cabeza
coronada por una melena rubia en señal de comprensión.
Sylvanas vaciló un instante.
—¿Mi señora?
—Diles que… hemos sido traicionados.
Si bien Tel’kor palideció al escuchar esas palabras, volvió a
asentir y partió raudo y veloz cual flecha. Era un buen arquero,
pero Sylvanas no se engañaba a sí misma: uno más no marcaría
ninguna diferencia en la batalla que se avecinaba. No obstante, si
los magos que controlaban y dirigían la energía de la Fuente del
Sol supieran a qué se enfrentaban… tal vez tuvieran una
oportunidad.
Huyeron en dirección norte y, cuando sus tropas cruzaron el
puente, la general se detuvo de improviso a medio camino, se dio
la vuelta y miró hacia atrás.
Sylvanas se quedó boquiabierta. Aunque esperaba contemplar
la llegada de Arthas y su siniestro ejército, que conformaba un
conjunto bastante espantoso de por sí, compuesto de centenares
de no-muertos, abominaciones, engendros voladores parecidos a
murciélagos y grotescos seres arácnidos que avanzaban con una
determinación implacable, no esperaba ver lo que iban dejando a
su paso.
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Como si fuera el rastro dejado por una babosa, o un surco


abierto por un arado, la tierra que hollaban los pies de los no-
muertos se tornaba oscura y estéril. Aún peor; Sylvanas se acordó
de que cuando los orcos quemaron los bosques, siempre supo que,
pasado un tiempo, acabarían recuperándose. Pero eso… se ase-
mejaba a una horrible cicatriz que traía consigo la muerte; era
como si las energías antinaturales que se empleaban para empu-
jar a esos cadáveres estuvieran matando la tierra por la que se ar-
rastraban torpemente. Aquellos engendros eran veneno para la
tierra. Ahí se estaba empleando una magia tenebrosa de la peor
calaña que cabía imaginar.
Una magia que debía ser neutralizada.
Se detuvo sólo un instante, aunque le dio la impresión de que
llevaba paralizada una etemidad.
—¡Parad! —gritó con fuerza, claridad y una gran determ-
inación—. Combatiremos aquí mismo.
Sus tropas se quedaron desconcertadas, pero al cabo de unos
segundos comprendieron qué tramaba su líder. Con suma rap-
idez, la general dio las instrucciones pertinentes, que fueron obe-
decidas de inmediato. Si bien muchos de ellos permanecieron
quietos, conmocionados al contemplar por primera vez la espan-
tosa herida que se abría en la tierra y que tanto había horrorizado
a su general, enseguida recobraron la compostura. Ya habría
tiempo de pensar en cómo purificar la tierra mancillada. Por
ahora tenían que impedir que esa espantosa cicatriz se extendiera
aún más. Aunque aquel hedor anunciaba la llegada del ejército
enemigo, Sylvanas y sus guardias ya se habían familiarizado con
él, muy a su pesar. Ya no los turbaba como antes. La general
siguió apostada en el puente, con la cabeza erguida y la capucha
negra levemente retirada hacia atrás de tal modo que mostraba
parte de su pelo dorado. Las huestes de no-muertos ralentizaron
su marcha hasta detenerse, perplejas ante la nueva situación. Los
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horrendos carros y las espantosas catapultas también se pararon


con estrépito. El caballo esquelético de Arthas se encabritó, lo que
obligó al príncipe a agacharse para acariciar su huesudo cuello
como si se tratara de un animal vivo, con el fin de calmarlo.
Sylvanas sintió que las náuseas la invadían cuando aquel en-
gendro respondió al gesto de su amo; un acto de ternura que viol-
aba todas las leyes de la naturaleza.
—Por el cielo —exclamó Arthas de un modo gracioso, pronun-
ciando esa palabra de manera casi afectuosa—. Este puente no
puede ser una de esas imponentes puertas de los elfos de las que
tanto he oído hablar.
Sylvanas se obligó a esbozar una sonrisa y replicó:
—No, no lo es. Aun así, te aseguro que atravesarlo será todo un
reto para ti.
—Así que es un mero puente, mi señora… Bueno, uno siempre
ha de tener en cuenta que los elfos son capaces de colocar una
melena de papel a un gato y afirmar luego que es un león.
La general observó aquel ejército impío por un instante, al
tiempo que la ira se abría paso entre el gesto de complacencia
forzada que dominaba su semblante.
—Has logrado atravesar la primera puerta, asesino, pero no
conseguirás cruzar la segunda. ¡La puerta interior que da a Lunar-
genta sólo puede abrirse con una llave muy especial sobre la que
nunca podrás poner tus sucias manos!
Entonces Sylvanas hizo un gesto con la cabeza a sus acom-
pañantes, quienes cruzaron el puente corriendo para unirse a sus
compañeros al otro lado.
El buen humor abandonó a Arthas y sus pálidos ojos cen-
tellearon. Una mano enguantada se tensó sobre la hojarruna,
cuyas inscripciones parecieron estremecerse.
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—Pierdes el tiempo, mujer. No puedes impedir lo inevitable.


Aunque he de admitir que me divierte observarte ir de acá para
allá desquiciada.
Sylvanas soltó una carcajada iracunda y satisfecha que le salió
del alma.
—¿Crees que huyo de ti? Por lo visto, nunca antes habías
peleado con elfos, ¿verdad?
En la vida hay algunas cosas deliciosamente simples, se dijo
la general. En ese momento, Sylvanas alzó una mano y lanzó un
artefacto incendiario que si bien no era de naturaleza mágica, sí
era muy práctico; acto seguido se dio la vuelta, echó a correr y el
puente explotó. Los árboles les dieron la bienvenida y se ar-
quearon sobre ellos, con sus tonos dorados y plateados, para ocul-
tarlos del enemigo. Antes de alejarse demasiado, escuchó algo que
le hizo sonreír de oreja a oreja.
—Esa general me está empezando a sacar de quicio.
Sí. Voy a sacarte de quicio. Voy a hostigarte como un gorrión
a un halcón. Elrendar divide en dos el Bosque Canción Eterna; te
costará hallar la forma de cruzarlo con esas máquinas de
guerra, pensó Sylvanas. Sabía que así sólo lograrían retrasarlo,
nada más. Pero si lograban demorarlo el tiempo suficiente, quizá
podrían enviar un mensaje.
La preocupación revoloteó cual pájaro por su mente. Arthas
había dado la sensación de estar absolutamente convencido de
que sería capaz de neutralizar la magia que protegía las puertas de
los elfos. Ya había demostrado ciertos conocimientos al respecto
al haber destruido la primera puerta. Claro que la primera no es-
taba blindada con la misma magia que la segunda. Por lo que
había visto, la arrogancia era algo innato en él, pero… ¿cabía la
posibilidad de que destrozara las puertas? Aquella duda que la re-
concomía y la había impulsado a añadir una advertencia final al
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mensaje que Tel’kor iba a entregar a los magos se volvió a agitar


en su fuero interno.
¿Acaso Arthas lo sabía todo sobre la llave?
CAPÍTULO DIECINUEVE

E l traidor, un brujo llamado Dar’Khan Drathir, debería


haberles facilitado mucho las cosas. Y hasta cierto punto
así fue, no cabe duda. Si no, Arthas no habría conocido jamás la
existencia de la Llave de las Tres Lunas: un objeto mágico que
había sido separado en tres cristales lunares escondidos en ciertos
lugares ocultos fuertemente custodiados por todo Quel’Thalas.
Según le había contado aquel elfo traidor (que se sentía feliz de
haber traicionado de esa manera a su pueblo), cada templo se
había construido sobre una intersección de Líneas Ley, de un
modo similar a la Fuente del Sol. Las líneas Ley eran como los
vasos sanguíneos de la tierra, que transportaban magia en vez de
un fluido escarlata. Al estar interconectados de esta forma, los
cristales creaban un campo de energía llamado Ban’dinoriel: el
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Guardián de la Puerta. Lo único que debía hacer era localizar esos


emplazamientos en An’telas, An’daroth y An’owyn, matar a los
guardias y encontrar los cristales lunares. Pero aquellos elfos
habían resultado ser más duros de lo esperado y suponían todo un
desafío.
En ese momento, Arthas estaba montado a horcajadas sobre
Invencible, acariciando con indolencia la Agonía de Escarcha,
mientras reflexionaba sobre cómo esa raza aparentemente tan
frágil era capaz de resistir las embestidas de su ejército. Porque
las fuerzas del príncipe eran ya un auténtico ejército compuesto
de muchos centenares de soldados, todos ellos muertos y, por
tanto, más difíciles de despachar de forma sistemática.
La inteligente estratagema de la general de la Guardia Fore-
stal, consistente en hacer volar por los aires el puente, había
hecho perder a Arthas un tiempo precioso, ya que el río discurría
por Quel’Thalas hasta que se encontraba al este con una serie de
faldas de montañas, que suponían el mismo problema para
desplazar sus máquinas de guerra que el río.
Aunque les llevó bastante tiempo, al fin lograron cruzarlo. Mi-
entras cavilaba para dar con una solución, algo se revolvía en un
lugar recóndito de su mente; se trataba de una sensación de hor-
migueo cuya naturaleza era incapaz de precisar. Enfadado, hizo
caso omiso de aquella extraña sensación y ordenó a varios de sus
devotos y leales soldados que levantaran un puente; un puente
compuesto de carne putrefacta. Decenas de ellos se adentraron en
el río y simplemente se tumbaron ahí, conformando una capa de
cadáveres que se superponía a la anterior, hasta que hubo
bastantes como para que los carros de despojos y las catapultas
pudieran atravesarlo dando tumbos. Algunos de los no-muertos
ya no servían para nada después de aquello, puesto que sus
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cuerpos habían acabado demasiado destrozados o despedazados


para mantener la cohesión de sus distintas partes. A éstos Arthas
los liberó de su control de una manera casi misericorde, con-
cediéndoles así una muerte de verdad. Además, sus cuerpos cor-
romperían la pureza del río. Otra forma más de ir haciendo mella
en el enemigo.
El príncipe pudo cruzar el río con suma facilidad, claro está.
Invencible se lanzó al agua sin titubeos, lo que le recordó a Arthas
el salto fatal que ese caballo dio en su día en pleno invierno,
cuando resbaló en las heladas rocas al impulsarse, al obedecer cie-
gamente la voluntad de su amo, tal y como hacía ahora. Aquel re-
cuerdo le vino a la memoria de forma inesperada, de tal modo que
por un instante fue incapaz de respirar al verse dominado por el
dolor y la culpa.
El recuerdo desapareció con la misma facilidad con que había
surgido. Ahora todo era mejor. Ya no era un niño con problemas
emocionales, desgarrado por la culpa y la vergüenza, sollozando
sobre la nieve mientras alzaba la espada para atravesar el corazón
de su leal amigo. Tampoco Invencible era ya un ser vivo normal,
de manera que una espada ya no lo lastimaría. Ahora ambos eran
más poderosos, más fuertes. Invencible viviría eternamente, al
servicio de su amo, como siempre había hecho. No volvería a su-
frir sed, ni dolor, ni hambre, ni agotamiento. Y él, Arthas, ob-
tendría todo cuanto deseara en cuanto lo deseara. Ya no tenía que
aguantar los silencios cargados de desaprobación de su padre, ni
más regañinas del santurrón de Uther. Ni tenía que soportar las
miradas teñidas de dudas de Jaina, con el ceño fruncido en ese
gesto tan propio de…
Jaina…
Arthas sacudió la cabeza de lado a lado con fuerza. Jaina había
tenido la oportunidad de unirse a él, pero había rechazado su
oferta. Había renegado de él, a pesar de haber jurado que nunca
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haría algo así. No le debía nada a esa mujer. Ahora sólo respondía
ante el Rey Exánime. Esos pensamientos tranquilizaron al prín-
cipe, que sonrió y dio unas palmaditas en las protuberantes
vértebras a aquella bestia no-muerta, que sacudió su huesuda
cabeza a modo de respuesta. No cabía duda de que la hermosa y
tenaz general de la Guardia Forestal era la causa de la perturba-
ción, que le había llevado a cuestionarse, aunque sólo fuera por
un momento, si era prudente seguir ese sendero. Ella también
había tenido su oportunidad. Arthas había ido allí con un objet-
ivo, que no consistía en acabar con Quel’Thalas y sus moradores.
Si no hubieran mostrado resistencia, los habría dejado en paz.
Pero había sido la lengua afilada y la actitud desafiante de aquella
general la que había traído la perdición a su gente, no él.
El agua se filtraba por las juntas de la armadura, de tal forma
que los pantalones, la camisa y el gambesón que llevaba bajo la
protección metálica se empaparon. Sin embargo, Arthas no sintió
nada. Un momento más tarde, Invencible apareció en la ribera
opuesta. Finalmente, el último de los carros de despojos traqueteó
por la margen del río, y los cadáveres que aún se hallaban en buen
estado caminaron a trompicones hasta la orilla. El resto yacía en
el lugar donde habían caído, con aquellas aguas hasta entonces
cristalinas fluyendo por encima y a su alrededor.
—Adelante —indicó el caballero de la muerte.

Los guardias se habían retirado a la aldea Brisa Pura. En


cuanto se recuperaron de la conmoción, los lugareños hicieron to-
do cuanto estaba en su mano por ayudarlos, desde atender a los
heridos hasta ofrecerles las armas de las que disponían así como
su colaboración en la batalla. Sylvanas ordenó a aquellos que no
podían luchar dirigirse a Lunargenta lo más rápido posible.
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—No os llevéis nada —les aconsejó, al tiempo que una mujer


asentía y se apresuraba a ascender la escalerilla que llevaba a la
planta de arriba.
—Pero si en las habitaciones de arriba tenemos…
Sylvanas se volvió y le lanzó una mirada furibunda.
—¿Es que no lo entiendes? ¡Los muertos se acercan! ¡No se
cansan, no aflojan el paso y nuestros caídos pasan a engrosar sus
filas! Los hemos retrasado sólo un poco. ¡Coge a tu familia y
márchate!
Si bien la respuesta de la general de la Guardia Forestal pare-
ció sorprender a la mujer, obedeció y apenas perdió unos segun-
dos en reunir a toda la familia antes de emprender el camino a la
capital, presurosa.
No podrían frenar a Arthas por mucho tiempo. Sylvanas eval-
uó el estado de los heridos con un vistazo fugaz. No se podían
quedar ahí. Había que evacuarlos a Lunargenta. Los que todavía
se encontraban fuertes como un roble, a pesar de ser pocos,
tendrían que seguir arrimando el hombro. Quizá deberían sacrifi-
carlo todo, ya que habían jurado defender a su pueblo, al igual
que ella. Había llegado la hora de la verdad.
Entre Elrendar y Lunargenta había una torre. Como estaba se-
gura de que Arthas daría con la forma de cruzar el río y continuar
avanzando y mancillando aquella tierra con esa cicatriz de color
morado y negro, pensó que la torre sería un buen lugar para per-
trecharse. Las vías de acceso eran muy estrechas, lo cual impedía
que los no-muertos se les echaran encima en gran número (una
estrategia que había provocado el desastre entre los elfos);
además, el edificio constaba de varias plantas con vistas al exteri-
or, desde donde la general y sus arqueros podrían infligirles
mucho daño antes de que…
Sylvanas Brisaveloz, general de la Guardia Forestal de Lunar-
genta, tomó aire y se calmó, se refrescó la cara con agua, pues se
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sentía acalorada, bebió un buen trago de aquel líquido reconfort-


ante y se puso en pie para preparar a los hombres que aún
quedaban ilesos y a los heridos que podían caminar, para lo que,
sin duda alguna, sería la batalla final.

Llegaron con el tiempo muy justo.


A medida que los guardias marchaban hacia la torre que iba a
ser su bastión, el aire, que poco antes era dulce y fresco, se vio
contaminado por el olor nauseabundo de la putrefacción. Allá ar-
riba, arqueros montados sobre sus dracohalcones surcaban el
firmamento. Aquellas criaturas enormes, doradas y escarlatas
sacudieron sus cabezas serpentinas y tiraron de las riendas,
descontentas. Ellas también olfateaban la muerte y eso les per-
turbaba. Jamás esas hermosas bestias se habían visto obligadas a
prestar un servicio tan aterrador. Uno de los jinetes hizo una seña
a Sylvanas y ésta respondió con otra.
—Acaban de divisar a los no-muertos —informó con calma a
las tropas, que asintieron—. Ocupad vuestras posiciones. Deprisa.
Obedecieron como una máquina gnoma bien engrasada. Los
jinetes de los dracohalcones partieron hacia el sur, en dirección al
enemigo que se aproximaba. Una unidad de arqueros y guerreros
expertos en el combate cuerpo a cuerpo avanzaba también presur-
osa en busca del ejército rival, conformando así la primera línea
defensiva. El resto se desperdigó por la base de aquella estructura.
No tuvieron que esperar mucho.
Si albergaba alguna débil esperanza de que las filas del en-
emigo hubieran menguado por culpa de la demora, ésta se hizo
añicos como un cristal delicado que cae sobre un suelo de piedra.
Pudo divisar la espantosa vanguardia de aquel ejército: no-muer-
tos en descomposición, seguidos por esqueletos y unas abom-
inaciones gigantescas que portaban unas armas enormes en cada
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uno de sus tres brazos. Por encima de ellos volaban unas criaturas
que parecían hechas de piedra, trazando círculos como buitres.
Están atravesando nuestras líneas… Qué cosas tiene la
mente, pensó Sylvanas con un leve toque de humor macabro.
Ahora que, sin ningún género de dudas, se acercaba la hora de su
muerte, una antigua canción no paraba de dar vueltas en su
cabeza; una que a ella y a sus hermanos les encantaba cantar,
cuando la perfección reinaba en el mundo y estaban todos juntos:
Alleria, Vereesa y su hermano menor, Lirath, en el crepúsculo,
cuando unas tenues sombras de espliego extendían sus discretas
capas y el dulce aroma del océano y las flores inundaba aquellas
tierras.
Anar’alah, anar’alah belore, shinfuƒallah na… Por la luz, por
la luz del sol, altos elfos, nuestros enemigos están atravesando
nuestras líneas…
Al principio lo hizo de manera inconsciente: su mano se fue
sola para coger el collar que adornaba su esbelto cuello. Era un re-
galo de su hermana mayor, Alleria; no obstante, no se lo había en-
tregado Alleria sino uno de sus tenientes en su nombre, llamado
Verana. Alleria había desaparecido a través del Portal Oscuro
cuando intentaban evitar que la Horda pudiera volver a cometer
atrocidades en Azeroth así como en otros mundos.
Nunca regresó. Alleria había fundido un collar que sus padres
le habían dado, y con cada piedra preciosa hizo un collar para
cada una de las hermanas Brisaveloz. La de Sylvanas era un za-
firo. Se sabía la inscripción de memoria: Para Sylvanas. Siempre
te querré, Alleria.
La general aguardó, asiendo el collar, sintiendo el vínculo que
siempre le había proporcionado con su hermana muerta; poco
después, poco a poco, apartó la mano. A continuación tomó aire
con fuerza y gritó:
—¡Atacad! ¡Por Quel’Thalas!
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No había manera de detenerlos. En verdad, no esperaba


hacerlo. Por las expresiones que vio en las caras ensangrentadas y
sombrías que la rodeaban, se dio cuenta de que los guardias lo
sabían tan bien como ella. El sudor le empapó el rostro. Sus mús-
culos acusaron la fatiga, pero, aun así, Sylvanas Brisaveloz luchó.
Disparó sus flechas, tensando y liberando la cuerda de su arco una
y otra vez, a tal velocidad que sus manos eran un borrón para la
vista. Cuando aquel enjambre de cadáveres se acercó tanto que las
flechas resultaban inútiles, se deshizo del arco y empuñó la es-
pada corta y la daga. Se volvió y atacó, profiriendo gritos incoher-
entes mientras batallaba.
Cayó otro más y su cabeza abandonó su posición sobre los
hombros para abrirse como un melón tras ser pisoteada por uno
de los suyos. Dos monstruosidades más se abalanzaron sobre ella
para ocupar su lugar. Pero Sylvanas seguía luchando como uno de
esos linces salvajes que moraban en el Bosque Canción Eterna,
canalizando su dolor y su furia a través de la violencia. Se llevaría
por delante a todos los que pudiera antes de caer.
Están atravesando nuestras líneas…
El enemigo, lejos de aflojar la presión, se acercó y la pestilen-
cia de la descomposición casi la abruma. Eran demasiados. Aun
así, Sylvanas no cejó en su empeño. Lucharía hasta que le aban-
donaran las fuerzas, hasta que…
Los cadáveres dejaron de repente de presionar. Se hicieron a
un lado y permanecieron inmóviles. Sylvanas, jadeante, bajó la
vista para contemplar la colina.
Ahí estaba, aguardando a lomos de su corcel no-muerto. El vi-
ento jugueteaba con su pelo blanco mientras no apartaba la
mirada de ella. Aquel hombre había sido un paladín. Su hermana
se había enamorado de uno de ellos. Sylvanas se alegró
muchísimo de que Alleria estuviera muerta para no poder ver
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esto, para no poder ver lo que un antiguo campeón de la Luz le es-


taba haciendo a todo cuanto los Brisaveloz amaban y querían.
Arthas alzó la hojarruna brillante a modo de gesto formal.
—Te felicito por tu coraje, elfa, pero la batalla ha concluido.
Por extraño que parezca, eso sonó como un cumplido.
Sylvanas tragó saliva, aunque tenía la boca más seca que la
arena del desierto. Aferró con más vigor aún sus armas y le
espetó:
—Entonces libraré mi última batalla aquí, asesino. Anar’alah
belore.
Los grises labios del príncipe se crisparon.
—Como quieras, general de la Guardia Forestal.
Ni siquiera se molestó en desmontar. El corcel esquelético re-
linchó y galopó directo hacia ella. Arthas sostenía las riendas con
la mano izquierda, y con la derecha empuñaba su colosal arma.
Sylvanas sollozó una sola vez. Ni un solo grito de miedo o arre-
pentimiento brotó de sus labios. Únicamente un sollozo corto y
discordante plagado de ira e impotencia, de odio, de justa furia
por ser incapaz de detener a aquel ejército, a pesar de que lo había
dado todo, incluso la vida.
Alleria, hermana, allá voy.
Se encontró de frente con aquella hoja letal, que apartó con
sus armas, las cuales se hicieron añicos al impactar contra la es-
pada del príncipe. Entonces la hojarrruna la atravesó. Estaba tan,
tan fría, que la horadó como si estuviera hecha de hielo.
Arthas se inclinó hacia ella, sin apartar en ningún momento la
mirada de la general. Sylvanas tosió y unas gotitas de sangre
salpicaron la cara, pálida como el hueso, del príncipe. ¿Era cosa
de su imaginación, o percibió un destello de arrepentimiento en
las todavía apuestas facciones de él?
Arthas tiró de su arma hacia atrás y Sylvanas cayó, desangrán-
dose. La general se estremeció sobre el gélido suelo de piedra; ese
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movimiento le causó un dolor agónico que la recorrió de arriba


abajo. Una de sus manos se dirigió estúpidamente hacia la herida
abierta en su abdomen, como si con ella pudiera cerrarla y deten-
er aquella sangría.
—Acaba ya con esto —susurró Sylvanas—. Me merezco… una
muerte rápida y limpia.
La voz del príncipe flotó hasta ella desde algún lugar lejano
mientras se le cerraban los ojos.
—Después de todos los problemas que me has causado, lo úl-
timo que pienso hacer es garantizarte la paz eterna que conlleva la
muerte, mujer.
El miedo se apoderó de ella por un instante, pero enseguida se
desvaneció al igual que todo lo demás. ¿Acaso Arthas la iba a
hacer regresar de entre los muertos como uno de sus torpes
engendros?
—No —murmuró la general, con una voz que parecía provenir
de muy, muy lejos—. No te… atreverás…
Entonces el mundo desapareció. Todo desapareció. El frío, el
hedor y el dolor insoportable. Se encontraba en un lugar cálido y
acogedor, oscuro y reconfortante. Sylvanas se dejó hundir en
aquellas tinieblas que eran bienvenidas. Por fin podía descansar;
por fin podía desembarazarse de esas armas que había portado
tanto tiempo para proteger a su pueblo.
Y entonces…
Sintió una terrible agonía, como nunca antes había experi-
mentado, y, de inmediato, Sylvanas supo que cualquier dolor
físico que hubiera sufrido jamás podía compararse a aquel tor-
mento. Se trataba de una agonía del espíritu, provocada porque su
alma abandonaba su cuerpo sin vida para ser atrapada en una
prisión. Porque… la arrancaban, la seccionaban, la separaban de
aquel acogedor santuario donde reinaban el silencio y la quietud.
La violencia del acto se sumó al exquisito tormento. Sylvanas notó
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cómo un grito se iba formando, abriéndose camino desde lo más


recóndito de su fuero interno hasta llegar a unos labios que sabía
de algún modo que carecían de sustancia corpórea; se trataba de
un gemido de sufrimiento profundo y penetrante que no era sólo
suyo, que helaba la sangre y detenía los corazones.
La negrura desapareció de su vista, pero los colores no volvi-
eron. Aunque no necesitaba rojos, ni azules, ni amarillos para ver
a su torturador, pues era de color gris, blanco y negro en un
mundo de color. La hojarruna que le había arrebatado la vida y
consumido su alma brillaba y relucía; la mano libre de Arthas se
izaba haciendo un gesto para arrancarla del cálido abrazo de la
muerte.
—Ahora eres un alma en pena —le dijo el príncipe—, porque
así lo he decidido. Ahora puedes expresar tu dolor con tu voz,
Sylvanas. Te concedo ese don. Es mucho más de lo que he dado a
otros. Al hacerlo, causarás dolor a los demás. De este modo, de la
forestal que has sido, hasta hace poco, un incordio, pasas a ser mi
sierva.
Aterrorizada más allá de lo imaginable, Sylvanas flotó por en-
cima de su cuerpo destrozado y cubierto de sangre, contemplando
sus propios ojos inmóviles; acto seguido volvió a posar la mirada
sobre Arthas.
—No —replicó, con una voz apagada y espeluznante, aunque
reconocible como la suya—. Jamás seré tu sierva, asesino.
Entonces el príncipe hizo un gesto insignificante, contrajo de
forma casi imperceptible un dedo enguantado y, acto seguido,
Sylvanas arqueó la espalda, presa de una terrible agonía, y otro
grito nació arrancado de su interior; en ese instante se percató,
con una profunda y atroz sensación de pena, de que estaba total-
mente indefensa ante él. Se había convertido en una herramienta
para él, al igual que los cadáveres descompuestos y las abom-
inaciones lívidas y hediondas.
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—Tus guardias también son nuestros siervos ahora —afirmó


Arthas—. Son mi ejército.
El caballero de la muerte titubeó, y un cierto tono de arrepen-
timiento pareció teñir su voz cuando dijo:
—Esto no tenía por qué haber ocurrido. Quiero que sepas que
tu destino, el de tus hombres y el de tu pueblo ha venido marcado
por las decisiones que has tomado. Bueno, he de llegar a la Fuente
del Sol, y tú me ayudarás a lograrlo.

El odio crecía dentro de la forma incorpórea de Sylvanas como


un ser vivo. Flotaba junto a Arthas, era su nuevo juguete. Se ll-
evaron su cuerpo y lo arrojaron a uno de los carros de carne para
algún fin enfermizo que el príncipe concibiera. Como si existiera
una cadena que la atara a él, nunca se alejaba más de unos pocos
metros del caballero de la muerte.
Entonces comenzó a escuchar los susurros.
Sylvanas se preguntó si había perdido la cordura en esa nueva
y aborrecible encarnación. Aunque enseguida quedó claro que in-
cluso el refugio de la demencia le era negado. La voz que habitaba
en su mente le resultó ininteligible al principio; además, su estado
de desesperación era tal, que no quería escuchar a nadie. Pronto
supo a quién pertenecía.
Arthas la miraba de soslayo mientras seguía su inexorable
marcha hacia Lunargenta y lo que se encontraba más allá, obser-
vándola con suma atención. En cierto momento, a medida que el
ejército del que formaba parte por obligación avanzaba, destruy-
endo las tierras a su paso, la escuchó con claridad meridiana.
Me servirás para que yo alcance la gloria, Sylvanas. Traba-
jarás duro por el bien de los muertos. Ansiarás obedecer. Arthas
es el primero y el más querido de mis caballeros de la muerte; él
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será tu amo por toda la eternidad, y tu sumisión a él te repor-


tará un gran gozo.
Arthas percibió cómo Sylvanas se estremecía, y sonrió.
Si había pensado que lo despreciaba cuando lo vio por primera
vez frente a las puertas de Quel’Thalas, cuando la tierra maravil-
losa que se hallaba tras ellas era inmaculada y pura y aún no
había experimentado su contacto mortífero; si había pensado que
lo odiaba mientras sus esbirros asesinaban a su gente y los hacían
regresar de la muerte para convertirlos en unos títeres sin mente,
y cuando la empaló con un solo mandoble brutal con aquella
monstruosa hojarruna… eso no era nada comparado con el odio
que sentía ahora. Era como comparar una vela con el sol, un su-
surro con el grito de un alma en pena.
Jamás, replicó a la voz que anidaba en su mente. Arthas
podrá dirigir mis actos, pero jamás someterá mi voluntad.
Obtuvo una carcajada gélida y hueca por respuesta.
El ejército continuó su avance, dejó atrás la aldea Brisa Pura y
el Sagrario del Este. Se detuvieron ante las puertas de Lunar-
genta. La voz de Arthas no debería haberse escuchado en todos
los rincones de la ciudad, pero Sylvanas sabía que así había suce-
dido, ya que se encontraba frente a las puertas de la ciudad.
—¡Ciudadanos de Lunargenta! Os he dado múltiples opor-
tunidades para rendiros y las habéis rechazado obstinadamente.
¡Habéis de saber que hoy, vuestra raza, así como vuestro legado,
perecerán! ¡La misma Muerte ha venido a reclamar el hogar de los
altos elfos!
Exhibieron ante su gente a la general de la Guardia Forestal
Sylvanas Brisaveloz, como ejemplo de lo que les sucedería si no se
rendían. No lo hicieron, y los amó más que nunca por eso, a pesar
de que se veía obligada a servir a su tenebroso amo.
De este modo cayó la rutilante y hermosa ciudad de la magia;
su gloria quedó hecha añicos y reducida a escombros a medida
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que el ejército de no-muertos (la Plaga, así le había oído llamarlos


a Arthas, con un cierto afecto retorcido en su voz) avanzaba. Tal y
como había hecho en otras ocasiones, el príncipe hizo levantarse a
los caídos para que le sirvieran. Si Sylvanas aún hubiera poseído
un corazón, se le habría roto al ver a tantos amigos y seres
queridos caminar torpemente junto a ella, obedientes y desprovis-
tos de mente. Atravesaron la ciudad, la partieron en dos con esa
vil cicatriz de color negruzco y morado, mientras sus ciudadanos
morían y volvían a ponerse en pie de una sacudida con los cráneos
destrozados, o dejando un rastro de vísceras tras ellos a medida
que avanzaban a trompicones.
Había albergado la esperanza de que el canal que separaba
Lunargenta y Quel’Danas fuera una barrera infranqueable y, por
un instante, esa esperanza pareció hacerse realidad. Arthas tiró de
las riendas y detuvo a su caballo, se quedó mirando fijamente las
aguas azules que centelleaban bajo el sol y frunció el ceño. Por un
momento, permaneció sentado sobre su corcel preternatural, con
sus blancas cejas unidas para conformar una sola.
—No puedes llenar este canal de cadáveres, Arthas —se re-
godeó Sylvanas—. Ni aunque utilices para ello a todos los habit-
antes de la ciudad. No puedes avanzar más, cuánto me alegro de
tu fracaso.
Entonces aquel ser que una vez había sido humano, que una
vez había sido a todas luces un hombre, se volvió y sonrió antes
esas palabras desafiantes y devastadoras, provocándole a
Sylvanas un ataque de agonía que la obligó a proferir con sus la-
bios incorpóreos otro grito capaz de desgarrar el alma.
Había encontrado la solución.
Lanzó la Agonía de Escarcha a la orilla y observó casi embe-
lesado cómo daba vueltas en el aire hasta aterrizar con la punta
clavada en la arena.
—La Agonía de Escarcha habla…
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Sylvanas también escuchó la voz del Rey Exánime emanar de


aquella arma impía, al tiempo que, ante su mirada desconcertada,
el agua que besaba la hoja plagada de runas se transformaba en
hielo. Un hielo que sus armas y sus guerreros podrían cruzar.
Le había arrebatado la vida, sus amadas Quel’Thalas y Lunar-
genta y después a su rey antes de la blasfemia final.
Los elfos resistieron en Quel’Danas con todo lo que tenían.
Cuando Anasterian apareció ante Arthas, su magia feroz causó el
caos en el puente helado del caballero de la muerte, pero el prín-
cipe se recuperó. Frunció el ceño, sus ojos centellearon, desen-
vainó la Agonía de Escarcha y asestó un mandoble al rey elfo.
Aunque Sylvanas deseaba desesperadamente que Anasterian
derrotara a Arthas, sabía que eso era imposible. El peso de tres
milenios recaía sobre sus hombros; el color blanco de la melena
que le llegaba casi hasta los pies se debía a la edad, no a la magia.
En su época, había sido un gran guerrero, y seguía siendo un
mago poderoso; sin embargo, ante la nueva vista espectral de
Sylvanas, lo envolvía una fragilidad que nunca había percibido en
él cuando aún se hallaba entre los vivos. Aun así, el rey resistió
con su vetusta arma, Felo’melorn, «Furia de las Llamas», en una
mano y una vara con un cristal brillante en la otra.
Arthas atacó, pero Anasterian ya no se encontraba frente al
corcel que cargaba contra él. De alguna manera, más rápido que el
ojo de Sylvanas, estaba arrodillado, y Felo’melorn dibujó un arco
en paralelo al suelo, seccionando limpiamente las patas delanter-
as del caballo. El corcel chilló y cayó, y su jinete con él.
—¡Invencible! —exclamó Arthas, quien parecía desolado al ver
rodar a aquel caballo no-muerto y cómo intentaba levantarse a
pesar de que le faltaban dos patas.
A Sylvanas le pareció un grito de batalla un tanto extraño
teniendo en cuenta que Anasterian acababa de cobrar ventaja. El
príncipe volvió la cabeza y clavó en el rey elfo una mirada cargada
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de ira y dolor. El caballero de la muerte ahora casi parecía hu-


mano; un varón de la especie humana que acababa de ver cómo
sufría un gran tormento alguien a quien amaba. Arthas se puso en
pie torpemente y volvió a mirar al caballo, y por un instante de
euforia Sylvanas creyó que quizá, sólo quizá…
La Vetusta arma del anciano elfo no era rival para aquella ho-
jarruna, tal y como Sylvanas sospechaba. Cuando ambas hojas se
cruzaron, la más débil se rompió y giró en el aire descontrolada al
caer Anasterian, al serle arrancada y consumida el alma por la re-
luciente Agonía de Escarcha, como les había sucedido a muchos
otros.
El rey yacía sobre el hielo, inerte, con la sangre acumulándose
bajo su cuerpo y la melena extendiéndose cual mortaja; mientras
tanto, Arthas corría hacia el caballo no-muerto para curarle las
patas mutiladas. Tras curarlo, le dio unas palmaditas en los
huesos y el corcel le respondió brincando y acariciando a su amo
con el hocico. Aunque Sylvanas sabía que podía hacer daño a
aquéllos a quienes aún amaba, no pudo soportar tanto dolor y
tanta angustia, tanto odio infinito por Arthas y por todo lo que
había hecho. Echó la cabeza hacia atrás, estiró los brazos al
tiempo que abría la boca, y un grito, hermoso y aterrador a la vez,
fue arrancado de su garganta incorpórea.
Había gritado antes, mientras Arthas la torturaba. Pero
entonces se trataba sólo de su dolor, de su desesperación. Ahora
se trataba de mucho más. Sufría un tormento, una agonía, sí, pero
era más que eso: se trataba de un odio tan profundo que casi era
puro. Escuchó otros gritos de dolor que se sumaban al suyo; vio
cómo varios elfos caían de rodillas tapándose unos oídos que san-
graban. Sus voces callaron y sus hechizos se paralizaron, dejaron
de pronunciar palabras mágicas y pasaron a proferir gritos inco-
herentes teñidos de una profunda pena y un dolor espantoso.
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Algunos de ellos cayeron, las armaduras se les hicieron añicos y


los huesos se les quebraron bajo la piel.
Arthas se detuvo a contemplarla un momento y sus cejas blan-
cas se habían unido, conformando un gesto de concentración: la
estaba evaluando. Sylvanas quería parar. Quería callarse, ahogar
ese grito destructivo que sólo servía para cumplir los fines de
aquél a quien odiaba con tanta fiereza. Al final, Sylvanas, alma en
pena, extenuada de tanto sufrir, calló.
—Qué arma tan increíble ha demostrado ser —murmuró
Arthas—. Podría convertirse en un arma de doble filo. Tendré que
vigilarla.
El espantoso ejército siguió avanzando. Arthas alcanzó la
meseta. Una vez allí, asesinó a los que custodiaban la Fuente del
Sol y obligó a Sylvanas a participar en la matanza. Entonces visitó
la atrocidad definitiva contra su pueblo y se acercó hasta el glor-
ioso estanque radiante que había sido la base del poder de los
quel’dorei durante milenios. Junto a la Fuente del Sol le esperaba
alguien a quien Sylvanas reconoció: Dar’Khan Drathir.
Así que había sido él quien había traicionado a Quel’Thalas.
Quien, incluso más que Arthas, tenía sus manos tan bien cuidadas
manchadas con la sangre de millares de elfos. La furia se apoderó
de ella. Observó cómo un resplandor dorado se reflejaba en las
facciones de Arthas, dulcificándolas y proporcionándoles una
falsa calidez. Entonces, el príncipe vertió en el agua el contenido
de una urna exquisitamente trabajada, y la luz cambió. Se agitó y
tembló, y en el centro del remolino conformado por un fulgor má-
gico corrompido…
… una sombra…
A pesar de todo lo que había visto aquel siniestro día, a pesar
de su transformación, Sylvanas se quedó estupefacta al ver lo que
emergía de la contaminada Fuente del Sol, alzándose y levant-
ando los brazos al cielo. Se trataba de un esqueleto sonriente,
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provisto de cuernos, en cuyas cuencas ardían unas llamas. Unas


cadenas serpenteaban a su alrededor, y unos ropajes morados sa-
lieron volando cuando se movió.
—¡He renacido, tal y como se me prometió! ¡El Rey Exánime
me ha otorgado la vida eterna!
¿Se había desatado tanta muerte y destrucción sólo para eso?
¿Para resucitar a una sola entidad? Tanta masacre, tanto tor-
mento, tanto terror… La indescriptiblemente valiosa Fuente del
Sol había sido corrompida; una cultura que había perdurado
miles de años se había extinguido… ¿para eso?
Contempló espantada a aquel ente exánime que no cesaba de
reír, y lo único que le proporcionó una gota de alivio entre tanto
dolor fue ver morir a Dar’Khan, que había intentado traicionar a
su amo al igual que había traicionado a su pueblo, bajo el filo de la
Agonía de Escarcha, tal y como ella había muerto.
CAPÍTULO VElNTE

A rthas sonrió cuando el frío viento le despeinó y le acarició


el rostro. Se alegraba de volver a estar en la parte más fría
de aquel mundo. No se había sentido a gusto en la tierra de los
elfos, donde siempre era verano y la atmósfera estaba saturada de
los aromas de las flores y plantas. Le recordaba demasiado a los
jardines de Dalaran, donde había compartido tantos momentos
con Jaina; a las bocas de dragón de la Hacienda Balnir. Prefería
que el viento lo purificara y el frío silenciara los recuerdos. Ya no
le servían de nada, salvo para debilitarlo, y de todos modos no
quedaba espacio para la debilidad en el corazón de Arthas
Menethil.
Iba a lomos de Invencible, su leal caballo, como siempre. Lo
había pasado mal en Quel’Thalas, cuando ese bastardo del rey
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Anasterian había atacado con cobardía a su inocente corcel en vez


de al jinete, cortándole las patas, lo que recordaba poderosamente
a la forma en que había muerto Invencible en su día, con las patas
destrozadas. Ese incidente había catapultado a Arthas a aquellos
terribles momentos, lo había estremecido hasta lo más hondo de
su ser, desatando una gélida ira que, al final, le había servido para
combatir con Anasterian. Ante él y a sus espaldas, su infatigable
ejército marchaba por el paso nevado sin que el frío hiciera mella
en él. En algún punto entre sus espantosas filas flotaba un alma
en pena. Arthas había decidido dejar en paz a Sylvanas de mo-
mento. Estaba más interesado en Kel’Thuzad, que se deslizaba a
su lado de un modo sereno, si es que tal palabra se podía aplicar
para describir a un ente exánime. Era el responsable de haber di-
rigido a la Plaga a ese lugar tan remoto y helado, y Arthas no
había cuestionado su decisión hasta entonces. Pero el viaje se es-
taba tornando muy tedioso y sentía curiosidad. El príncipe notó
cómo una sonrisa cobraba forma en sus labios.
—Bueno, espero que no sigas enfadado porque te matara en su
día —le espetó socarronamente.
—No seas necio —replicó el nigromante no-muerto—. El Rey
Exánime me había contado cómo acabaría nuestro encuentro.
Esa afirmación sorprendió a Arthas.
—¿El Rey Exánime sabía que te iba a matar? —inquirió.
Frunció el ceño y bajó la vista para contemplar la espada que
descansaba en su regazo. Ahora estaba callada, aletargada.
Ningún susurro provenía de ella, ni tampoco sus runas vibraban
con su poder.
—Por supuesto —respondió Kel’Thuzad con cierto tono de su-
perioridad en su voz sepulcral—. Te eligió para ser su campeón
mucho antes de que la Plaga se formara.
Arthas se sentía cada vez más intranquilo. Nadie le había pre-
guntado si quería ese destino, ni siquiera le habían advertido de
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cuál sería su destino. Pero ¿lo habría aceptado si lo hubiera cono-


cido de antemano? No. No le gustaba que le manipulasen, aunque
sabía que si quería ser formidable, debía ser templado como cu-
alquier otra arma. Tenía que acercarse paso a paso a su destino;
de no ser así, lo habría rechazado. De no ser así, aún estaría con
Jaina y Uther, y su padre le…
—Si el rey sabe tanto, ¿cómo es posible que los señores del ter-
ror le controlen?
—Porque sirven al que creó a nuestro amo; son los señores de
la Legión Ardiente.
Esas palabras provocaron que un escalofrío recorriera a
Arthas. La Legión Ardiente. Sólo eran dos palabras, pero trans-
mitían una sensación de poder en cierto modo embriagadora. En
su regazo, la Agonía de Escarcha centelleó fugazmente.
—Se trata de un vasto ejército demoníaco que ha consumido
infinitos mundos que se encuentran más allá del nuestro —le ex-
plicó Kel’Thuzad con una voz casi hipnótica, y Arthas cerró los
ojos un instante.
Tras los párpados cerrados vio proyectada una secuencia de
escenas en su mente mientras el ente exánime hablaba. Vio un
cielo rojo sobre un mundo rojo. Una oleada de criaturas surgió de
una cadena de colinas. Corrían como perros de caza, pero no eran
unas bestias normales; poseían unas espantosas mandíbulas
atestadas de dientes, y unos extraños tentáculos que sobresalían
de sus hombros. Unas piedras impactaron contra el suelo, de-
jando a su paso un rastro de fuego verde, las cuales cobraron vida
como una roca animada que marchó sobre sus enemigos.
«Ahora llega para prender fuego a este mundo. Nuestro amo
fue creado para allanar el camino a su llegada. Los señores del ter-
ror fueron enviados para cerciorarse de que nuestro amo
triunfaba».
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Entonces, la escena que Arthas veía en su mente cambió. Se


hallaba ante un portal con muchos ornamentos tallados. Sabía
que se trataba del Portal Oscuro, a pesar de que nunca lo había
visto. Irradiaba un fuego verde y una hueste de demonios se
apiñaba a su alrededor. Arthas sacudió la cabeza y la visión se
desvaneció.
—Así que la peste de Lordaeron, la carnicería de las ciudadelas
de Rasganorte, la masacre de los elfos… ¿todo ello tenía como
único propósito preparar una invasión demoníaca a gran escala?
—Sí. Cuando pase un tiempo, descubrirás que toda nuestra
historia ha sido moldeada por el conflicto que se avecina.
Arthas meditó al respecto. La Agonía de Escarcha se estaba
despertando, sin duda, así que se quitó el guantelete que le cubría
la mano derecha para acariciarla. Era fría como un hueso, tan gél-
ida que incluso la mano del caballero de la muerte, que había sido
templada para tal menester, sufría dolor al tocarla. Arthas volvió a
percibir sus susurros y esbozó una sonrisa.
—Pero hay mucho más que contar, ¿verdad, ente exánime?
—le preguntó a Kel’Thuzad, al tiempo que se giraba para obser-
varlo—. En cierta ocasión me comentaste que los señores del ter-
ror eran los carceleros de nuestro amo. Explícamelo.
Como Kel’Thuzad ya no poseía ni piel ni carne, carecía de un
semblante que pudiera revelar sus pensamientos. Sin embargo,
Arthas dedujo, por el ligero encorvamiento que había adoptado el
cuerpo del no-muerto, que se sentía incómodo. No obstante,
habló.
—La primera fase del plan del Rey Exánime consistía en crear
la Plaga, que erradicaría a cualquier rival que pudiera ofrecer res-
istencia a la llegada de la Legión.
—Como las fuerzas de Lordaeron… y los altos elfos —señaló
Arthas mientras asentía.
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Si bien entonces sintió un ligero nudo en el estómago, sofocó


esa sensación.
—Exactamente. La segunda fase consiste en invocar al señor
demoníaco que prenderá la mecha de la invasión —aseguró el ente
exánime, apuntando con un dedo huesudo en la dirección que
seguían—. Cerca de aquí hay un campamento de orcos que posee
un portal demoníaco que aún funciona. He de utilizar ese portal
para conversar con el señor demoníaco y recibir instrucciones.
Arthas permaneció callado a lomos de Invencible un instante.
Su mente regresó a la época en que había combatido a los orcos
junto a Uther el Iluminado en Strahnbrad. Se acordó de los orcos
que realizaban sacrificios humanos para satisfacer a sus señores
demoníacos. Ese hecho había repugnado y espantado tanto a él
como a Uther. Arthas se había enfurecido tanto que Uther tuvo
que sermonearle acerca de que no debía combatir mientras alber-
gase ira en su corazón. «Si permitimos que nuestras emociones
alimenten nuestra sed de sangre, nos convertiremos en unos seres
tan viles como los orcos», le había reprendido el paladín.
Bueno, Uther estaba muerto y Arthas seguía matando orcos,
aunque ahora trabajaba para los demonios. En ese momento su-
frió un espasmo involuntario cerca del ojo.
—¿A qué esperamos? —les espetó, a la vez que obligaba a In-
vencible a trotar al galope.

Los orcos lucharon con bravura, pero, al final, fue en vano, al


igual que todos los intentos de detener a la Plaga habían sido en
vano. Arthas siguió galopando hacia el frente e Invencible saltó
con destreza por encima de los cuerpos de los orcos caídos. El
caballero de la muerte observó el portal durante un largo rato.
Consistía en tres losas de piedra, elegantes a su manera para
haber sido talladas por una raza tan basta. No obstante, cerca de
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ahí se alzaban unos huesos enormes de animales que brillaban


con un color rojo apagado. En los límites marcados por las losas
de piedra, una energía verde se arremolinaba perezosamente. Se
trataba de una puerta a otro mundo. A Jaina le habría intrigado…
aunque también la habría horrorizado tanto que nunca habría sat-
isfecho su curiosidad. Ésa era su mayor debilidad.
Eso era… lo que la hacía ser quien era…
—Ya me he ocupado de esas bestias —indicó Arthas, sacudién-
dose las manos—. El portal demoníaco es tuyo, ente exánime.
Aquel esqueleto se estremeció de satisfacción, se acercó
flotando al portal y alzó los brazos implorante. Unas escaleras ll-
evaban a la entrada; sin embargo, Arthas se fijó en que aquel ser
exánime no ascendió por ellas, sino que permaneció ante ellas en
señal de respeto, o quizá por un motivo mucho más pragmático:
para no sufrir daños. Arthas no se atrevió a dar un paso adelante y
siguió observándolo todo atentamente a lomos de Invencible.
—¡Yo te invoco, Archimonde! ¡Tu humilde siervo te pide que le
concedas audiencia!
La neblina verde siguió girando. Entonces, Arthas distinguió
una silueta, unas facciones que se asemejaban a pesar de ser dis-
tintas a las de los señores del terror que conocía.
Aquel ser poseía lo que Arthas supuso que era una piel de col-
or gris azulado, aunque no lo podía asegurar por culpa de la luz
verde que lo iluminaba. De lo que no había ninguna duda era de
que el cuerpo de ese demonio irradiaba poder; poseía un torso
musculoso, unos brazos enormes y fuertes y unas extremidades
inferiores semejantes a las de un cabrito; las piernas de Archi-
monde se curvaban hacia atrás y acababan en un par de pezuñas
en vez de pies. Su cola se agitó, revelando así que tal vez la sensa-
ción de calma y de control de la situación que transmitía
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Archimonde no era real. Sus brazos, hombros y piernas estaban


cubiertos por una armadura dorada y brillante, ornamentada con
calaveras y púas. De la barbilla le salían dos tentáculos gemelos,
largos y delgados. Pero el rasgo más impactante de su cara alar-
gada eran sus ojos, de un atroz color verde que resplandecía
mucho más y era mucho más irresistible que la niebla verde que
se arremolinaba en torno a él. A pesar de que Archimonde no se
hallaba ahí, no se hallaba físicamente en este mundo, Arthas se
sintió sobrecogido por la impactante presencia del demonio.
—Me has llamado por mi nombre y he venido, insignificante
ente exánime —habló el demonio, con una voz atronadora que
parecía vibrar en los huesos de Arthas—. Eres Kel’Thuzad,
¿verdad?
Kel’Thuzad inclinó su cabeza coronada por un cuerno. A
Arthas no se le escapó hasta qué punto se humillaba.
—Sí, gran señor. Soy el encargado de invocarte. Te ruego que
me expliques cómo despejar el camino para que puedas entrar en
este mundo, pues sólo existo para servirte, mi señor.
—Debes dar con un libro muy especial —contestó el señor de-
moníaco. Entonces, su mirada se posó sobre Arthas, lo examinó
un instante y, acto seguido, decidió ignorarlo. La furia se iba
apoderando cada vez más del caballero de la muerte.
—Se trata del único libro de hechizos que queda de Medivh, El
último guardián. Sólo sus encantamientos perdidos son lo
bastante poderosos para hacerme llegar a este mundo. Debes ir a
la ciudad mortal de Dalaran, ahí se guarda ese libro. A la hora del
crepúsculo, dentro de tres días, deberás iniciar la invocación.
La imagen del demonio se desvaneció y Arthas siguió contem-
plando largo rato el lugar donde había estado.
Dalaran. El lugar donde más magia se concentraba de todo
Azeroth, con excepción de Quel’Thalas.
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Dalaran. Donde Jaina Valiente había sido adiestrada. Donde


probablemente aún estaría. Al pensar en ella, sintió una fugaz
punzada de dolor.
—Dalaran está defendida por los magos más poderosos de
Azeroth —le indicó a Kel’Thuzad con parsimonia—. No podremos
sorprenderlos. Estarán preparados para nuestra llegada.
—¿Cómo lo estuvo Quel’Thalas? —inquirió Kel’Thuzad, y, acto
seguido, estalló en carcajadas. Unas carcajadas que sonaron
huecas—. Piensa en lo fácilmente que este ejército los aplastó.
Volverá a suceder lo mismo. Además, recuerda que fui miembro
de los Kirin Tor, y amigo cercano del archimago Antonidas. Dalar-
an fue mi hogar cuando sólo era un mortal. Conozco sus secretos,
sus hechizos de protección, las entradas que nunca se les ha ocur-
rido proteger. Me alegro de poder esparcir el terror entre aquellos
que intentaron que abandonara mi sendero y mi destino. No tem-
as, caballero de la muerte. No podemos fracasar. Nada ni nadie
podrá detener a la Plaga.
Arthas detectó cierto movimiento por el rabillo del ojo. Se giró
y contempló ante sí al espíritu que una vez fue Sylvanas Brisaveloz
flotando en el aire. Era obvio que había escuchado toda la conver-
sación y había sido testigo de cómo había reaccionado a las
nuevas órdenes.
—Hablar sobre Dalaran te afecta, príncipe Arthas —le espetó
maliciosamente.
—Calla, espectro —masculló entre dientes.
Arthas recordó, muy a su pesar, la primera vez que cruzó las
puertas de Dalaran escoltando a Jaina. Ahora le resultaba impos-
ible concebir la inocencia con la que había vivido en otro tiempo.
—¿Acaso hay alguien ahí por quién profesas una gran estima?
¿Conservas algún recuerdo agradable de esa persona?
Esa condenada alma en pena no cejaba en su empeño. Arthas
cedió ante el empuje de la ira que sentía y alzó una mano; al
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instante, Sylvanas se retorció de dolor por unos segundos hasta


que la liberó.
—No vuelvas a mencionar este tema —le advirtió—. Centré-
monos en la tarea que tenemos entre manos.
Sylvanas permaneció callada. Sin embargo, en su lívido y es-
pectral semblante se dibujaba una gran sonrisa de satisfacción.

—Puedo ayudar —aseguró Jaina, con un tono de voz tan tran-


quilo que le sorprendió a ella misma.
Le hablaba a Antonidas, su maestro en su familiar, encantador
y maravillosamente desorganizado estudio, del que no apartaba
una intensa mirada.
—He aprendido mucho —añadió la maga.
El archimago seguía mirando por la ventana, con las manos a
la espalda, como si estuviera haciendo algo tan banal como obser-
var a los estudiantes practicar.
—No —replicó el maestro con suma tranquilidad—. Tienes
otras obligaciones que atender.
En ese instante se volvió hacia ella, y el corazón de Jaina se en-
cogió al ver el semblante de su maestro.
—Deberes que tanto yo… como Terenas, que la Luz tenga en su
gloria… eludimos. Por negarse a escuchar a aquel extraño profeta,
acabó asesinado por su propio hijo, y su reino ahora no es más
que un montón de ruinas poblado por muertos.
A esas alturas, Jaina se seguía estremeciendo al oír hablar de
aquellos funestos hechos. Arthas…
Resultaba tan difícil de creer. Lo había querido tanto… y aún
lo amaba. Rezaba en silencio constantemente, sin que nadie lo
supiera, porque su amado se hallara bajo una influencia maligna a
la que no se podía resistir. De no ser así, si hubiera cometido esas
atrocidades por voluntad propia…
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—Ese profeta también acudió a mí, y yo fui tan arrogante como


para dar por sentado que sabía más que él. Bueno, querida, esto
es lo que hay. Todos debemos vivir, o morir, aceptando las con-
secuencias de nuestras decisiones —aseveró Antonidas con una
sonrisa triste.
Las lágrimas se asomaron a los ojos de la maga, pero las con-
tuvo como pudo.
—Permíteme quedarme. Puedo…
—Protege a aquéllos a los que has prometido defender, Jaina
Valiente —le aconsejó Antonidas con cierta severidad en su voz y
su semblante—. Un mago más o menos… no supondrá ninguna
diferencia. Sin embargo, otros dependen de ti en estos momentos.
—Antonidas… —La voz se le quebró al pronunciar aquella
palabra.
No pudo refrenarse más y se abalanzó sobre él para abrazarlo.
Nunca antes se había atrevido a darle un abrazo, puesto que
siempre la había intimidado muchísimo. Pero en ese momento le
pareció tan… viejo. Viejo y frágil, y lo que es aún peor, resignado.
—Niña —le dijo su maestro afectuosamente, dándole unas pal-
maditas en la espalda y esbozando una sonrisa franca—. No, ya no
eres una niña. Eres una mujer, una líder. Aun así… será mejor que
te marches.
Una voz familiar, que provenía del exterior, sonó clara y
fuerte. Jaina se sintió como si hubiera recibido un golpe. Profirió
un grito ahogado al reconocer con espanto a quién pertenecía, y se
apartó al instante de su mentor.
—¡Brujos de Kirin Tor! ¡Soy Arthas, el primero de los caballer-
os de la muerte del Rey Exánime! ¡Os exijo que abráis las puertas
y os rindáis ante el poder de la Plaga!
¿Caballero de la muerte?, se preguntó Jaina, al tiempo que se
giraba estupefacta para mirar a Antonidas, quien le respondió con
una sonrisa lúgubre.
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—Habría preferido que no lo supieras… al menos por ahora


—afirmó su maestro.
El mundo se le vino abajo a la maga. Arthas… estaba… ahí.
El archimago se aproximó al balcón. Hizo unos leves gestos
con sus manos arrugadas por el paso del tiempo, y su voz vio su
volumen aumentado hasta el nivel de la de Arthas.
—Bienhallado, príncipe Arthas —le saludó Antonidas con
cierto tono de reproche—. ¿Cómo se encuentra tu noble padre?
¿Dónde está? ¿En la calle? ¿Lo veré si salgo al balcón donde
se encuentra Antonidas?, pensó Jaina.
—Lord Antonidas —replicó Arthas—, no tienes por qué
mostrarte sarcástico.
Jaina volvió la cabeza y se secó las lágrimas. Intentó hablar,
pero las palabras parecían negarse a salir de su boca.
—Esperábamos tu llegada, Arthas —dijo Antonidas,
manteniendo la calma—. Mis hermanos y yo hemos levantado
auras que destruirán a los no-muertos que pasen por ellas.
—Tu patética magia no me detendrá, Antonidas. No sé si te
has enterado de lo que sucedió en Quel’Thalas. Esos elfos también
se creían invulnerables.
Quel’Thalas. Sólo con pensarlo, Jaina creyó que iba a vomitar.
Estaba en Dalaran cuando corrió la voz sobre lo acaecido en ese
lugar gracias a un puñado de supervivientes que lograron escapar.
También se encontraba allí, por aquel entonces, Kael’thas, el prín-
cipe quel’dorei. La maga nunca lo había visto tan… enfadado, tan
destrozado, tan fuera de sí. Había intentado consolarlo con sus
palabras, pero se había vuelto a mirarla con tal furia que Jaina dio
un paso atrás de manera instintiva.
«No digas nada más», le había replicado de malas maneras
Kael. Para su consternación, la maga se dio cuenta de que el elfo
cerraba los puños con fuerza y apenas era capaz de refrenar el
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ansia que le invadía, que le impulsaba a agredirla físicamente.


«Qué necia eres, muchacha. ¿Ése es el monstruo con el que
yacías?».
Jaina parpadeó estupefacta, asombrada por las duras palabras
que le dirigía aquel hombre tan cultivado.
«Mira, yo…», alcanzó a articular la maga.
Pero a Kael’thas no le importaba lo que Jaina tuviera que
decirle.
«¡Arthas es un asesino! ¡Ha masacrado a millares de inocen-
tes! Tiene las manos manchadas con tanta sangre que ni un
océano podría limpiárselas. ¿Y tú le amabas? ¿Cómo pudiste
escogerle a él y no a mí?», le espetó el príncipe elfo.
Su voz, normalmente meliflua y calmada, se quebró al pronun-
ciar la última palabra. Jaina sintió que las lágrimas anegaban sus
ojos al entender por fin lo que sucedía. El elfo la atacaba a ella
porque no podía hostigar a su verdadero enemigo. Kael’thas se
sentía impotente, por eso se ensañaba con el objetivo que tenía
más cerca: ella, Jaina Valiente, cuyo amor tanto había deseado y
no había logrado.
«Oh… Kael’thas», le dijo la maga con voz queda, «Arthas ha
hecho cosas terribles. Tu pueblo ha sufrido…».
«¿Qué sabrás tú sobre el sufrimiento?», le soltó. «Eres una
niña con mentalidad pueril y un corazón inocente. Un corazón
que entregaste a ese… ése… Los ha asesinado, Jaina. ¡Y, además,
luego ha insuflado vida a los cadáveres!».
La maga lo observó en silencio; sus palabras ya no le afectaban
ahora que conocía la razón que le movía a actuar así.
«Asesinó a mi padre, Jaina, como hizo con el suyo. De-debería
haber estado ahí».
«¿Y haber muerto con él? ¿Junto al resto de tu pueblo? ¿De
qué habría servido sacrificar tu vida?».
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En cuanto aquellas palabras abandonaron sus labios, se dio


cuenta de que no eran las más idóneas. Kael’thas se puso más
tenso que antes y le replicó con brusquedad.
«Quizá habría podido detenerlo. Debería haberlo hecho».
Tras pronunciar esas sentencias, se enderezó, y una extremada
frialdad repentina apagó las llamas que lo habían soliviantado
hasta entonces. Hizo una reverencia exagerada y manifestó:
«Abandonaré Dalaran lo antes posible. Ya nada me retiene
aquí».
Jaina se sintió contrariada ante la vacuidad y resignación que
transmitía su voz.
«Fui un necio de tomo y lomo al creer que los humanos
podrían ayudarme. Abandonaré este lugar repleto de magos viejos
y seniles y jóvenes cegados por la ambición. Ninguno de vosotros
puede ayudarme. Mi pueblo me necesita ahora que mi padre…».
Entonces se quedó callado y tragó saliva con dificultad.
«He de estar con ellos. Con los pocos que aún quedan. Con
aquellos que han sobrevivido, que han renacido bajo la sangre de
esos que ahora sirven a tu amado».
El elfo se marchó indignado, presa de una furia que dominaba
hasta el más recóndito rincón de su elegante y esbelto cuerpo.
Jaina se compadeció de él con todo su corazón.
Y, ahora, Arthas estaba ahí, encabezando el ejército de no-
muertos, transformado en un caballero de la muerte. La voz de
Antonidas la sacó de su ensimismamiento. Parpadeó en un in-
tento de regresar al presente.
—¡Retira tus tropas, o nos veremos obligados a utilizar
nuestros vastos poderes contra vosotros! Toma una decisión ya,
caballero de la muerte. —Antonidas se retiró del balcón y se volvió
hacia la maga, a quien habló con voz normal—. Jaina, vamos a
erigir unas barreras que impedirán la teletransportación
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momentáneamente. Debes irte de aquí de inmediato, o quedarás


atrapada.
—Tal vez pueda razonar con él… Quizá yo pueda… —Tras decir
estas palabras enmudeció, al percatarse de que estaba siendo una
ingenua.
Había sido incapaz de evitar que asesinara a todos esos ino-
centes en Stratholme, o de acompañarlo a Rasganorte, donde es-
taba segura de que le aguardaba una trampa. Por aquel entonces,
Arthas ya había dejado de escucharla. Además, si el príncipe se
hallaba bajo la influencia de algún poder oscuro, ¿cómo iba a
disuadirlo?
Inspiró aire con fuerza y dio un paso hacia atrás; Antonidas
asintió pausadamente ante ese gesto. Tenía tantas cosas que de-
cirle a aquel hombre, a su mentor, su guía. Pero lo único que pudo
ofrecerle fue una sonrisa vacilante ahora que iba a librar la que
con toda probabilidad sería su última batalla. Ni siquiera fue
capaz de despedirse de él.
—Cuidaré de nuestra gente —prometió.
Eso fue lo único que se atrevió a decir. A continuación lanzó
un hechizo de teletransportación y desapareció.

La primera parte de su plan había concluido, y Arthas había


logrado su objetivo: hacerse con el libro de hechizos de Medivh.
Era muy voluminoso y pesado para su tamaño, y estaba encuader-
nado en cuero rojo con el filo dorado. En la cubierta había un
cuervo negro con las alas desplegadas, exquisitamente repujado.
Todavía se apreciaban en el libro manchas de la sangre de An-
tonidas. El príncipe se preguntó si eso le confería más poder del
que ya tenía.
Invencible se agitó a sus espaldas, golpeando el suelo con una
pezuña y sacudiendo el cuello como si aún tuviera una piel que
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pudiera sufrir la picadura de los mosquitos. Se hallaban en la


cima de una colina desde la que se podía divisar todo Dalaran,
cuyas torres reflejaban la luz y refulgían con destellos dorados,
blancos y morados mientras sus calles se inundaban de sangre.
Muchos de los magos que habían combatido contra él horas antes
estaban ahora a su lado, en su mayoría tan destrozados que sólo
podían ser empleados como carne de cañón que lanzar a los
atacantes; no obstante, algunos… algunos todavía podrían resul-
tar útiles: las habilidades de las que habían hecho gala en vida
podrían ser utilizadas en beneficio del Rey Exánime en la muerte.
Kel’Thuzad se sentía como un niño en la mañana del Festival
de Invierno. Examinaba con detenimiento las páginas del libro de
hechizos de Medivh, completamente absorto con su nuevo
juguete. Esa actitud irritó a Arthas.
—El círculo de poder ha sido preparado siguiendo tus instruc-
ciones, ente exánime. ¿Estás listo para comenzar el ritual de
invocación?
—Casi —replicó aquel engendro no-muerto mientras con unos
dedos esqueléticos pasaba la página—. Aquí hay mucho que di-
gerir. El conocimiento de Medivh sobre los demonios es asom-
broso. Sospecho que fue mucho más poderoso de lo que nadie se
imagina.
Un remolino de color negro y verdusco había empezado a
formarse a medida que Kel’Thuzad hablaba. Tichondrius se ma-
terializó antes de que hubiera terminado de hablar. La furia de
Arthas creció al escuchar las palabras que el Señor del Terror pro-
nunció con su arrogancia habitual.
—Pero no lo bastante para escapar de la muerte, eso seguro.
Basta decir que el trabajo que él inició lo vamos a concluir… hoy
nosotros. ¡Qué comience el rito de invocación!
En un abrir y cerrar de ojos, desapareció. Kel’Thuzad flotaba
dentro del círculo. La zona de la invocación estaba delimitada por
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cuatro diminutos obeliscos. El centro lo ocupaba un círculo


resplandeciente, en el cual se habían grabado unas inscripciones
arcanas. Kel’Thuzad llevaba el libro consigo y en cuanto estuvo en
posición, las líneas que conformaban el perímetro del círculo
parecieron cobrar vida al iluminarse con una luz púrpura. En ese
preciso instante se escuchó un chasquido y varios chisporroteos;
al punto, ocho columnas de fuego se alzaron a su alrededor.
Kel’Thuzad se volvió para mirar a Arthas con brillo en los ojos.
—Los vivos que todavía quedan entre los muros de Dalaran
serán capaces de percibir el poder de este conjuro —advirtió
Kel’Thuzad—. No debo ser interrumpido bajo ninguna circunstan-
cia: de lo contrario, fracasaremos.
—Tus huesos están a salvo conmigo, ente exánime —le aseguró
Arthas.
Tal y como Kel’Thuzad había prometido, fue relativamente fá-
cil entrar en Dalaran, asesinar a los que habían preparado encan-
tamientos específicos para combatirlos y llevarse lo que habían
ido a buscar. Arthas se las había ingeniado para matar al archi-
mago Antonidas, el hombre que antaño había creído tan
poderoso.
Si Jaina hubiera estado allí, estaba seguro de que se habría en-
frentado a él. Habría intentado remover los rescoldos de su amor,
como ya había hecho antes. Pero habría vuelto a fracasar,
aunque…
Se alegraba de no haber tenido que pelear con ella.
Arthas volvió a centrarse en el presente de forma brusca: las
puertas se estaban abriendo. El caballero de la muerte curvó sus
labios grisáceos para esbozar una sonrisa. Previamente, la Plaga
había contado con el elemento sorpresa. Si bien era cierto que en
Dalaran vivían muchos magos poderosos, también lo era que no
disponían de una milicia entrenada. Además, no todos los magos
de los Kirin Tor se hallaban en Dalaran. No obstante, como
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habían pasado varias horas desde el ataque inicial y no habían


permanecido ociosos, habían logrado teletransportar todo un
ejército.
Eso era justo lo que necesitaba para no pensar más en Jaina
Valiente ni en el joven que fue una vez. Una buena pelea.
Alzó la Agonía de Escarcha, sintió cómo se estremecía en su
mano y escuchó la suave voz del Rey Exánime acariciando sus
pensamientos.
—La Agonía de Escarcha está hambrienta —les dijo a sus tro-
pas, señalando con la espada a los defensores, cubiertos con ar-
maduras, de la gran ciudad de los magos—. Saciemos su apetito.
El ejército de la Plaga rugió y el aullido angustioso de Sylvanas
se elevó por encima de aquella cacofonía, lo que provocó que son-
riera una vez más. A pesar de que obedecía sus órdenes, el alma
en pena lo desafiaba y el caballero de la muerte se deleitaba con
su sufrimiento al obligarla a atacar a aquéllos a quienes hubiera
preferido proteger. Invencible reunió fuerzas y se lanzó al galope
relinchando.
Si bien algunas de sus horripilantes tropas se quedaron atrás
para defender a Kel’Thuzad, la mayoría acompañó a su líder.
Arthas reconoció el uniforme que vestían muchos de los hombres
que los Kirin Tor habían teletransportado para defender la
ciudad. Antaño habían sido amigos; pero eso formaba parte del
pasado, el cual era tan irrelevante para él como el tiempo que
había hecho la víspera. Cada vez le resultaba más fácil sentir nada
más que la satisfacción que le proporcionaba la Agonía de Es-
carcha al alzarse y caer reluciente, mientras recitaba su canción
de muerte, devoraba aquellas almas y atravesaba las armaduras
con la misma facilidad que si se tratara de huesos y carne.
Después de que cayera la primera oleada de soldados y los hu-
biese traído de la muerte para servir a la Plaga o abandonado
donde habían caído por no ser de utilidad, llegó una segunda.
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Esta vez contaban con el apoyo de magos ataviados con las tún-
icas púrpuras de Dalaran, que llevaban bordado el símbolo del
gran Ojo. Pero Arthas también contaba con ayuda especial.
Por lo visto, los demonios querían proteger a los suyos.
Unas piedras enormes cayeron del cielo con gran estruendo,
dejando con sus colas una estela de un fuego verde bilioso. La
tierra se estremeció allí donde impactaron y de los cráteres surgi-
eron lo que parecían ser unos gólems de piedra, que aquella es-
pantosa energía verde dirigía e impulsaba.
Arthas echó un vistazo a lo que sucedía a sus espaldas.
Kel’Thuzad flotaba en el aire con los brazos extendidos y la cabeza
coronada de cuernos echada hacia atrás. La energía crepitó y
brotó de él; al instante comenzó a formarse un orbe verde. En-
tonces, abruptamente, el ente exánime bajó los brazos y abandonó
el círculo.
—¡Adelante, Lord Archimonde! —exhortó Kel’Thuzad—. ¡En-
tra en este mundo y permítenos disfrutar de tu poder!
El orbe verde centelleó, se expandió, aumentó de tamaño y
brilló con más intensidad aún. De improviso, una columna de
fuego se elevó hacia el cielo y varios relámpagos cayeron fuera del
círculo. Entonces, donde hasta hacía un momento no había ha-
bido nada, surgió una figura alta, poderosa, elegante a su siniestra
y peligrosa manera. Arthas volvió a prestar atención al campo de
batalla. El enemigo se batía en retirada. Al menos los magos sí se
habían percatado de cuál era el devenir de los acontecimientos.
Sus tropas obligaron a sus monturas a dar la vuelta y galoparon
en busca del refugio seguro que les proporcionaba Dalaran (un
refugio que Arthas sospechaba que sería seguro sólo temporal-
mente). En el momento en que huían, una voz grave y potente se
abrió paso entre el fragor de la batalla.
—¡Temblad y desesperaos, mortales! ¡El infierno ha llegado a
este mundo!
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Arthas alzó una mano y, con ese sencillo gesto, el enjambre


que conformaba la Plaga se detuvo y se retiró también. Mientras
galopaba para reunirse con Kel’Thuzad, sin dejar de mirar al gi-
gantesco Señor demoníaco, Tichondrius, teletransportado. Como
siempre, aparecía cuando el peligro ya había pasado.
El Señor del Terror hizo una profunda reverencia. Arthas de-
tuvo a su corcel a cierta distancia: prefería observar de lejos.
—Lord Archimonde, ya está todo dispuesto.
—Muy bien, Tichondrius —replicó Archimonde, y dirigió un
gesto de asentimiento un tanto desdeñoso al demonio menor—.
Puesto que el Rey Exánime no me sirve ya para nada, los señores
del terror del señor pasan a comandar la Plaga.
Arthas se sintió repentinamente agradecido por todas las hor-
as que había pasado meditando. Eso fue lo único que impidió que
la furia y el desconcierto se reflejaran en su rostro. Aun así, Inven-
cible percibió el cambio que se había operado en él y brincó ner-
vioso. El caballero de la muerte tiró de las riendas y la bestia no-
muerta se tranquilizó. ¿Cómo que el Rey Exánime ya no era útil?
¿Por qué? ¿Quién era en realidad y qué le había ocurrido? ¿Qué
sería de Arthas?
—Pronto ordenaré el inicio de la invasión. Pero, primero, me
valdré de estos míseros brujos para dar ejemplo… al reducir su
ciudad a cenizas.
El señor demoníaco caminó erguido y orgulloso, envuelto en
una aureola de autoridad; sus pezuñas se clavaban firmemente en
el suelo a cada paso, su armadura refulgía bajo los colores rosas,
dorados y lavandas de los últimos instantes del crepúsculo. Junto
a él, siempre con la cabeza gacha, caminaba Tichondrius. Arthas
aguardó a que se hallaran a cierta distancia antes de volverse
hacia Kel’Thuzad y estallar hecho una furia:
—¡Esto tiene que ser una broma! ¿Qué va a ser de nosotros?
352/433

—Paciencia, joven caballero de la muerte. El Rey Exánime pre-


vió que todo esto también sucedería. Quizá aún desempeñes algún
papel en su gran plan.
¿Quizá?, pensó Arthas al encararse con el nigromante esboz-
ando una mueca agresiva; no obstante, logró refrenar su ira. Si a
alguien (ya fueran los demonios o el mismísimo Rey Exánime) se
le había ocurrido pensar por un momento que Arthas era una
mera herramienta de usar y tirar, pronto le enseñaría que había
cometido un grave error. Había hecho mucho por la causa, había
perdido demasiado y había dado demasiado para que ahora le de-
jasen a un lado.
Su sacrificio no podía quedar sin recompensa.
No se quedaría sin su justa recompensa.
La tierra se estremeció. Invencible se agitó inquieto, levant-
ando las pezuñas como para minimizar así el contacto con el
suelo. Arthas alzó la vista para contemplar la ciudad de los magos.
A esa hora del día, las torres se mostraban especialmente hermo-
sas, orgullosas, gloriosas, y refulgían ante los colores cada vez más
oscuros del crepúsculo. Mientras observaba, escuchó un crujido.
La cúspide de la torre más alta y bella de la ciudad cayó de re-
pente, lenta e inexorablemente, como si una gigantesca mano in-
visible hubiera estrujado la torre hasta reventarla.
El resto de la ciudad se derrumbó con celeridad, los edificios
se hicieron añicos y se desmoronaron. El estruendo de la destruc-
ción invadió los oídos de Arthas. A pesar de que el estrépito era
ensordecedor, no apartó la mirada del espeluznante espectáculo.
Había instigado la caída de Lunargenta. Había dirigido a la
Plaga en el ataque contra aquella ciudad. Pero esto… la naturalid-
ad, la facilidad con la que ésta acababa de ser destruida… Si bien
había costado mucho doblegar a Lunargenta, Archimonde había
demostrado que podía reducir a escombros las mayores ciudades
humanas sin siquiera hacer acto de presencia.
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Arthas meditó acerca de Archimonde y Tichondrius. Se rascó


la barbilla pensativo.
En su regazo brilló la Agonía de Escarcha.
CAPÍTULO VEINTIUNO

R esulta muy útil poder contar con un ente exánime como


Kel’Thuzad, reflexionó Arthas mientras esperaba en la
cima de aquella verde colina a alguien que le había asegurado que
iría. Era completamente leal al Rey Exánime, hasta el punto de
que había interpretado el papel de perrito faldero de Archimonde
y Tichondrius de forma muy convincente siempre que se hallaba
en su presencia, si eso era lo que se requería de él. Arthas había
optado por callar, pues no se creía capaz de mentir tan bien como
Kel’Thuzad. Esos dos demonios habían considerado que ambos
eran prescindibles. Pronto les demostraría lo equivocados que es-
taban. En un descuido, se habían dejado el libro de Medivh en las
huesudas manos del ente exánime. Además, aquella mente no-
muerta también conocía unos hechizos tan potentes y una magia
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tan poderosa que Arthas sabía que nunca llegaría a comprender


del todo su alcance.
—La tercera parte del plan —le comentó de una manera casual
Kel’Thuzad en cuanto los demonios se hubieron ido, como si es-
tuvieran conversando sobre el tiempo—, era la auténtica clave de
la trama de la Legión.
Arthas recordó entonces lo que Kel’Thuzad le había contado
antes. En primer lugar, habían creado la Plaga, y, a continuación,
habían invocado a Archimonde. El caballero de la muerte se dis-
puso a escuchar con gran interés el resto de las explicaciones de
Kel’Thuzad.
—La Legión pretende, nada más y nada menos, hacerse con
toda la magia de este mundo y acabar con toda la vida que al-
berga. Para lograr tal fin, necesitan consumir las poderosas ener-
gías contenidas en el interior del Pozo de la eternidad de los elfos.
Pero para ello deben destruir el lugar que guarda en su interior la
esencia de vida más auténtica y pura de Azeroth, el Pozo de la
Eternidad, que se encuentra al otro lado del océano, en el contin-
ente de Kalimdor. Esa cosa que podría frustrar los planes de la Le-
gión se llama Nordrassil, el Árbol del Mundo, que concede la in-
mortalidad kaldorei, los cuales están ligados a él.
—¿Los kaldorei? —inquirió Arthas, confuso—. Conozco una
raza de elfos llamada quel’dorei. ¿Acaso se trata de otra rama de
la familia elfa?
—Son la raza primigenia —corrigió Kel’Thuzad mientras hacía
un gesto desdeñoso con la mano—. Aunque esos detalles carecen
de importancia. Lo que importa es que debemos impedir que la
Legión alcance su objetivo. Conozco a un kaldorei que nos
ayudará.
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De este modo, Kel’Thuzad, valiéndose de su magia, teletrans-


portó a Arthas a aquel continente lejano, a esa colina que le
ofrecía unas vistas asombrosas. Los bosques autóctonos eran ex-
uberantes, frondosos y sanos. No obstante, Arthas divisó a lo lejos
que la Legión ya había dejado ahí su huella. En los lugares donde
no habían arrebatado la esencia vital a la tierra, los árboles y las
bestias, habían dejado todo corrompido. Habían, en efecto, devor-
ado toda la vida. En ese momento, Arthas vislumbró una silueta
en la cima de una colina situada más abajo y sonrió. Era el elfo a
quien había estado esperando.
Ciertamente, los elfos de la noche eran muy diferentes a sus
parientes. La piel de éste en concreto era de un color lavanda
pálido, y lucía tatuajes con motivos en espiral y escarificaciones
que seguían patrones rituales. Llevaba un paño negro sobre los
ojos, lo cual no parecía impedir que se manejara con soltura por
esos parajes. Además, portaba un arma que Arthas nunca había
visto. En vez de ser como una espada normal, que se agarra por la
empuñadura de la que surge la hoja, esta arma poseía dos hojas
dentadas que brillaban con el espantoso color verde característico
de todo aquello que las energías demoníacas corrompían.
Por eso dio por sentado que ese elfo había tratado con
demonios.
El caballero de la muerte lo observó un buen rato mientras es-
peraba. El elfo de la noche (que afirmaba llamarse Illidan Tempe-
stira) masculló entre dientes. Según le había revelado Kel’Thuzad
a Arthas, al parecer, el elfo había sido condenado por una can-
tidad innumerable de fechorías, razón por la cual clamaba
venganza y anhelaba obtener un gran poder.
Arthas sonrió.
—¡Después de diez mil años, al fin soy libre! No obstante, mi
propio hermano sigue pensando que soy un villano —se quejó Ill-
idan amargamente—. Pero ya verá. Le demostraré hasta dónde
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alcanza mi poder. ¡Te demostraré que los demonios no tienen


ningún poder sobre mí!
—¿Estás seguro de eso, cazador de demonios? —le preguntó
Arthas con voz insidiosa.
El elfo de la noche se volvió, blandiendo su arma, y le espetó:
—¿Estás seguro de que es tu propia voluntad la que dicta tus
actos?
Si bien aquel elfo podía ser ciego en el sentido literal del
término, Arthas se sentía observado. Illidan gruñó al olfatearlo.
—Hiedes a muerte, humano. Te arrepentirás de haberte en-
contrado conmigo.
Arthas sonrió. Deseaba librar una buena lucha.
—Acércate, entonces —le exhortó para provocarle el caballero
de la muerte—. Seguro que descubres que nuestras fuerzas son
parejas.
Invencible se encabritó y bajó la colina al galope, tan ansioso
por entrar en acción como su amo. Illidan gruñó y corrió a su
encuentro.
Esto recuerda poderosamente a una danza, pensó Arthas
mientras ambos guerreros se encaraban. Illidan era fuerte y ágil;
además, sus habilidades naturales habían sido incrementadas por
los demonios. Arthas tampoco era un soldado corriente, ni la
Agonía de Escarcha una espada ordinaria. La lucha fue feroz y
rápida. Arthas estaba en lo cierto: el combate era muy igualado.
Muy pronto, ambos combatientes se tomaron un respiro,
jadeando con dificultad.
—Podríamos seguir luchando así eternamente —afirmó Illid-
an—. Díme, ¿qué es lo que quieres en realidad?
En ese instante, Arthas dejó de apuntarle con la Agonía de
Escarcha.
—Por lo que has farfullado antes, deduzco que tú y tus aliados
habéis sido atacados por los no-muertos. El Señor del Terror que
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comanda ese ejército de no-muertos se llama Tichondrius. Él


posee un poderoso artefacto mágico llamado la Calavera de
Gul’dan, que es la causa de que estos bosques se encuentren en
ese deplorable estado.
—Así que quieres que la robe, ¿no? ¿Por qué? —inquirió Illid-
an, ladeando la cabeza.
Arthas arqueó sus blancas cejas al escuchar aquella pregunta.
Ese elfo no era un iluso. Por tanto, se merecía una respuesta que
contuviera una verdad a medias.
—Digamos que no le tengo mucho cariño a Tichondrius.
Además, el señor al que sirvo… podría beneficiarse de la caída de
la Legión.
—¿Por qué debería creerlo que me cuentas, despreciable
humano?
Arthas se encogió de hombros y le dijo:
—Ésa es una buena pregunta. Permíteme contestarla. Mi
maestro lo ve todo, cazador de demonios. Él sabe que has buscado
el poder durante toda tu vida. ¡Ahora ese poder se encuentra a tu
alcance!
Entonces esgrimió un puño cerrado enguantado frente a los
ojos vendados de Illidan y, tal y como esperaba, el elfo de la noche
giró la cabeza en respuesta a ese gesto.
—Ahora tienes por fin la oportunidad de hacerte con ese poder
que te permitirá eliminar a tus enemigos —añadió el caballero de
la muerte.
Illidan levantó la cabeza despacio y volvió su rostro hacia
Arthas. Aquel ciego que podía ver tan claramente resultaba muy
inquietante. El elfo dio un paso hacia atrás, asintiendo con la
cabeza pensativo. Sin mediar palabra, Arthas obligó a Invencible a
voltear la cabeza y se alejó al galope.
Kel’Thuzad lo llevaría de vuelta al punto de partida muy
pronto. Todo había discurrido tal y como el Rey Exánime había
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planeado. Sólo esperaba que Illidan fuera tan obediente como


creía. De lo contrario, podían complicarse mucho las cosas.

Ya no pertenecía al mundo de los vivos. Tampoco podía


desobedecer las órdenes de aquel que la había hecho renacer grit-
ando de agonía.
Sylvanas Brisaveloz poseía una voluntad férrea. En cierto
modo, Arthas no había conseguido doblegar del todo su voluntad.
Lo había logrado con otros. ¿Por qué ella era la única que, al pare-
cer, no se había derrumbado por completo ante su poder? ¿Se de-
bía a su fuerza de voluntad, o sólo conservaba parte de su libre al-
bedrío porque, de manera inconsciente, le gustaba atormentarla?
El alma en pena que era ahora probablemente nunca conocería la
respuesta a esa pregunta. Pero si seguía conservando parte de su
voluntad sólo porque a Arthas le parecía divertido, tenía muy
claro que ella sería la última en reír.
Se había prometido a sí misma que eso sería así y Sylvanas
siempre mantenía sus promesas.
Había pasado cierto tiempo en el mundo de los vivos desde
que Arthas Menethil y la Plaga habían asolado su amada patria. Y
habían ocurrido muchas cosas desde entonces.
Su amo se negaba a que lo utilizasen como un mero peón. Se
había aliado con ese arrogante saco de huesos flotantes que re-
spondía al nombre de Kel’Thuzad (el culpable de que la gloriosa
Fuente del Sol hubiera sido corrompida) para conspirar contra el
Señor del Terror Tichondrius y el señor demoníaco Archimonde, a
quien Kel’Thuzad había ayudado a llegar a Azeroth. Sylvanas
había observado con gran atención a Arthas; todo aquello que le
revelara cómo pensaba y cómo luchaba despertaba su interés.
No había tratado de matar a Tichondrius con sus propias
manos, como había hecho con Mal’Ganis. Claro que no. El
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taimado príncipe que una vez fue humano había manipulado a


otro para que hiciera el trabajo sucio por él. Illidan era el nombre
del desafortunado. Arthas se las había ingeniado para manipular
a Illidan gracias a su tremenda ansia de poder, de tal modo que lo
había incitado a robar la Calavera de Gul’dan, un legendario brujo
orco. Pero para poder hacerlo, Illidan tendría que matar antes a
Tichondrius. Arthas se libraría así del Señor demoníaco y el elfo
de la noche se vería recompensado con un artefacto que saciaría
su sed de poder. Presumiblemente, todo había salido según lo
previsto, puesto que ni Arthas ni, por tanto, tampoco Sylvanas,
habían sabido nada de Illidan desde entonces.
En cuanto a Archimonde… Si bien era tan poderoso que había
sido capaz de devastar Dalaran, la gran ciudad de los magos, in-
vocando un solo encantamiento, había sucumbido ante el poder
de la vida que pretendía aniquilar. Sylvanas, ahora, odiaba a los
vivos con la misma pasión que la Legión, por eso recibió la noticia
de su fatal destino con sentimientos encontrados. Los elfos de la
noche habían sacrificado su inmortalidad para vencerlo. El poder
puro y concentrado de la naturaleza destruyó el demonio desde
dentro y, acto seguido, el Árbol del Mundo desató todo su poder
en un cataclismo cuya inconmensurable onda expansiva se sintió
por doquier. Al ser derrotado Archimonde, de quien sólo quedó el
esqueleto, los planes de la Legión de entrar y establecerse en este
mundo no pudieron llevarse a cabo.
Sylvanas se despertó de su ensimismamiento y regresó al
presente al escuchar el nombre de aquel señor demoníaco que tan
mal había acabado y al que no añoraba demasiado.
—Han pasado meses desde la última vez que tuvimos noticias
de Lord Archimonde —afirmó Detheroc, su líder, golpeando con
una pezuña en el suelo en señal de impaciencia—. ¡Ya me he
cansado de ver cómo estos no-muertos se pudren! ¿Se puede
saber por qué seguimos aquí?
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Se encontraban en lo que antes habían sido los jardines del


palacio, donde Arthas, tiempo atrás, había asesinado a su propio
padre no hacía tanto tiempo, aunque parecía una eternidad, y
había azotado con el flagelo de la peste no-muerta a su propio
pueblo. Los jardines también estaban en pleno proceso de putre-
facción, al igual que los moradores de aquella región.
—Se nos había encomendado la misión de vigilar estas tierras,
Detheroc —le reprendió un tal Balnazzar—. Es nuestro deber per-
manecer aquí y asegurarnos de que la Plaga está lista para actuar.
—Cierto —corroboró estruendosamente un tercero llamado
Varimathras—. Aunque a estas alturas ya deberíamos haber reci-
bido alguna orden.
Sylvanas no podía creer lo que acababa de oír. Se volvió hacia
Kel’Thuzad, a quien despreciaba tanto como al caballero de la
muerte, al que parecía servir de buena gana; no obstante, disim-
uló como pudo su animadversión.
—La Legión fue derrotada meses atrás —comentó en voz
baja—. ¿Cómo es posible que no lo sepan?
—Es inexplicable —respondió el ente exánime—. Pero cuanto
más tiempo permanezcan al mando, más queda ligada la Plaga a
la tierra. Si algo no…
Dejó de hablar al verse interrumpido por un sonido que
Sylvanas nunca habría esperado oír en ese lugar: el sonido peculi-
ar de una puerta al ser destrozada y rota. Los dos no-muertos se
volvieron al escuchar aquel ruido y los demonios rugieron con ra-
bia, instantáneamente alerta, desplegando sus negras alas.
Los ojos brillantes y espectrales de Sylvanas se abrieron por la
sorpresa al comprobar que Arthas era quien atravesaba la puerta.
Su caballo no-muerto lo acompañaba haciendo cabriolas. Al no ll-
evar yelmo, su pelo blanco caía suelto sobre su rostro pálido, que
mostraba una sonrisa de satisfacción.
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Sylvanas lo despreciaba tanto. Intentó apretar unos puños in-


corpóreos, pero era tal su control sobre ella que apenas pudo do-
blar los dedos.
La voz de Arthas sonó con fuerza y júbilo.
—Saludos, señores del terror.
Se miraron, visiblemente molestos por su insolencia.
—Gracias por cuidar de mi reino durante mi ausencia. Sin em-
bargo, no se requieren vuestros servicios por más tiempo.
Se quedaron boquiabiertos un segundo. Al final, Balnazzar se
recuperó de la sorpresa y replicó:
—Esta tierra es nuestra. ¡La Plaga pertenece a la Legión!
Ha llegado el momento, pensó Sylvanas.
La sonrisa de Arthas se ensanchó y contestó alegremente:
—Ya no, demonio. Vuestros maestros han sido derrotados. La
Legión se descompone. Vuestra muerte cerrará el círculo.
Sin dejar de sonreír, levantó a la Agonía de Escarcha. Las
runas bailaron y brillaron a lo largo de la hoja. Tiró de las riendas
y el caballo esquelético se abalanzó sobre aquel grupo de tres
demonios.
—¡Esto no ha terminado, humano! —gritó desafiante
Detheroc.
Los señores del terror fueron más rápidos que el corcel de
Arthas. La Agonía de Escarcha gemía presa de la frustración al
hendir sólo aire. Los demonios se habían creado un portal por el
cual desaparecieron. Arthas frunció el ceño, pero gracias a su
buen humor lo olvidó enseguida. Sylvanas se dio cuenta de que, a
pesar de que habían huido, su muerte probablemente sólo sería
cuestión de tiempo.
Arthas alzó la vista para indicar a Sylvanas que se acercara. Se
vio obligada a obedecer. Kel’Thuzad no necesitaba ninguna coac-
ción, flotaba feliz al lado de su maestro como un perrillo faldero.
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—¡Sabíamos que volverías, príncipe Arthas! —exclamó entusi-


asmado el ente exánime.
Arthas apenas se dignó mirar a su fiel siervo. No apartaba la
vista de Sylvanas.
—Me siento conmovido —dijo con sarcasmo—. ¿Tú también
sabías que volvería, mi pequeña alma en pena?
—Sí —respondió Sylvanas con frialdad.
Era cierto, tenía que volver, porque si no, nunca tendría la
oportunidad de vengarse. Arthas movió levemente un dedo, exi-
giendo una respuesta más larga, y dejándola sin aliento cuando el
dolor la sacudió.
—Príncipe Arthas… —agregó el alma en pena.
—No; ahora me vas a llamar rey. Después de todo, ésta es mi
tierra. Nací para gobernar y lo haré en cuanto…
Se detuvo, e inhaló aire profundamente. Abrió los ojos, con la
cara desfigurada por el dolor. Se inclinó sobre el cuello óseo de su
caballo, apretando con fuerza las riendas con una mano en-
guantada. Profirió un terrible grito de agonía.
Mientras Sylvanas observaba la escena, experimentó el mayor
placer que había conocido desde aquel fatídico día en que cayó
Quel’Thalas. Bebió su dolor como si fuera néctar. No tenía idea de
por qué él estaba sufriendo así, pero la banshee saboreó cada se-
gundo de su agonía.
Arthas gruñó y levantó la cabeza. Sus ojos miraban algo que
Sylvanas no podía ver, y extendió una mano implorante hacia ella.
—El dolor… es insoportable —masculló Arthas con los dientes
apretados—. ¿Qué me está pasando?
Al instante dio la impresión de que estaba escuchando algo,
como si una voz desconocida le respondiera.
—¡Rey Arthas! —exclamó Kel’Thuzad—. ¿Necesitas ayuda?
Arthas no contestó de inmediato. Estaba sin aliento. Se incor-
poró despacio, intentando recobrar la compostura.
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—No… no; el dolor ha pasado, pero… mis poderes… han men-


guado —afirmó perplejo.
Si Sylvanas aún hubiera poseído un corazón, éste habría latido
desbocado al oír las siguientes palabras:
—Algo va terriblemente mal.
El dolor se apoderó de él de nuevo. Sufrió un espasmo, echó la
cabeza hacia atrás, profiriendo con la boca abierta un grito mudo
de dolor; las venas del cuello se le habían hinchado de un modo
grotesco. Kel’Thuzad revoloteaba alrededor de su adorado maes-
tro como una quisquillosa niñera. Sylvanas se limitó a observar a
Arthas con frialdad hasta que el espasmo remitió. Poco a poco,
con cuidado, bajó de Invencible. Sus botas hollaron las losas, se
resbaló y cayó sobre el suelo con fuerza.
El ente exánime extendió una mano esquelética para ayudar al
príncipe (no; al rey), que se hallaba a sus pies.
—Llevadme a mis antiguos aposentos —pidió Arthas entre
jadeos—. Necesito descansar. Me espera un largo viaje.
Sylvanas observó cómo se alejaba tambaleándose en dirección
a las habitaciones en que había crecido. Una sonrisa se dibujó en
los espectrales labios de la banshee…
… pudo mover levemente los dedos de las manos un momento
y, a continuación, los dobló del todo para cerrarlos en un puño.

El Bosque de Argénteos estaba extrañamente tranquilo. Unas


tenues neblinas se arremolinaban cerca de la tierra húmeda cu-
bierta de pinos. Sylvanas sabía que si hubiera tenido unos pies
corpóreos, habría sentido la tierra suave y mullida, habría in-
halado el intenso aroma del aire húmedo. Pero no sentía nada, ni
olía nada. Flotaba, sin cuerpo, hacia el lugar de reunión. Y era tal
su impaciencia por llegar, que en ese momento no se arrepintió de
carecer de sentidos.
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Arthas disfrutaba transformando a las hermosas y orgullosas


mujeres quel’dorei, de carácter fuerte, en almas en pena, en vista
del éxito que había tenido con Sylvanas. Le había otorgado a ella,
que había sido su general en la vida, el mando de las banshees
sacudiendo un hueso, como si se tratara de un perro fiel. En breve
iba a comprobar lo fiel que era aquella mascota. Después de oír la
conversación que habían mantenido los señores del terror, había
enviado a una de sus almas en pena a hablar con ellos con objeto
de recabar información.
Los demonios habían recibido a su emisaria con sumo gusto y
habían pedido a su señora que se reuniera con ellos esa noche
para discutir un asunto «que les beneficiaría tanto a ellos como a
la Reina de almas en pena».
En las profundidades del bosque, Sylvanas vislumbró un tenue
resplandor verde y fue flotando hacia él. Tal y como le habían pro-
metido, tres grandes demonios la esperaban batiendo sus alas, un
gesto que revelaba su nerviosismo.
Balnazzar habló primero.
—Lady Sylvanas, nos complace que hayas venido.
—Lo mismo digo —respondió el alma en pena—. Por alguna
razón, ya no escucho la voz del Rey Exánime en mi cabeza. He re-
cuperado mi libre albedrío. Soy dueña de mi voluntad.
Esa voluntad mantenía a raya su euforia. No quería mostrar
sus sentimientos ante ellos.
—Señores del terror, parecéis saber por qué.
Intercambiaron miradas y esbozaron unas sonrisas.
—Hemos descubierto que el Rey Exánime está perdiendo su
poder —repuso Varimathras con un tono de alegría infernal—. A
medida que éste disminuye, también lo hace su capacidad de
mando sobre los no-muertos como tú.
Era una buena noticia, si efectivamente era cierta. Pero
aquella información le resultó poco precisa a Sylvanas.
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—¿Y qué le ocurre al rey Arthas? —insistió con cierto desdén


en su voz al mencionar el título real del caballero de la muerte—.
¿Qué pasa con sus poderes?
Balnazzar agitó una mano de negras garras con sumo
desprecio.
—Dejará de incordiarnos, como un mosquito al que le ha lleg-
ado la hora. Aunque su espada rúnica, la Agonía de Escarcha,
sigue poseyendo poderosos encantamientos, los poderes de
Arthas se desvanecerán con el tiempo. Es inevitable.
Sylvanas no estaba tan segura. Ella también había subestim-
ado a Arthas; en su corazón no sólo albergaba el frío odio que sen-
tía por él sino también la culpa por el papel que había desem-
peñado en aquella sangrienta victoria.
—Vosotros pretendéis derrocarlo y queréis que yo os ayude
—dijo el alma en pena sin rodeos.
Detheroc, que era quien parecía estar al cargo, había permane-
cido en silencio mientras sus hermanos hablaban con Sylvanas. Se
había enfadado y acalorado, pero su expresión se había manten-
ido neutral. Cuando por fin se pronunció, lo hizo con un tono frío
henchido de odio.
—La Legión puede ser derrotada, pero somos los nathrezim.
No vamos a permitir que un humano advenedizo nos la juegue.
Hizo una pausa, mirando al resto uno a uno.
—Arthas tiene que caer —declaró.
El verde brillante de su mirada se posó sobre Sylvanas.
—Nos has estudiado, pequeño fantasma, pero nosotros tam-
bién os hemos estado observando a vosotros. Es evidente que esa
sanguijuela de Kel’Thuzad es demasiado leal para traicionar a su
amo. Parece que se profesan… mutuo afecto —afirmó, conform-
ando una sonrisa maliciosa con sus labios grises—. Pero tú, por
otro lado…
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—Lo odio —le interrumpió el alma en pena, incapaz ya de


ocultar ese sentimiento por mucho que quisiera, puesto que la
aversión ardía ferozmente en su interior—. Muchas cosas nos un-
en, Señor del Terror. Tengo mis razones para buscar venganza.
Arthas asesinó a mi gente y me convirtió en esta… monstruosidad.
Se detuvo un momento. El rencor que le profesaba a Arthas
por lo que éste le había hecho era tan intenso que se quedó sin
habla. Los señores del terror esperaron pacientes, con aire de su-
ficiencia, a que se recuperara.
Si pensaban que podían utilizarla, se equivocaban.
—Colaboraré en tu maldito golpe de Estado, pero lo haré a mi
manera —anunció el alma en pena.
Antes de aliarse con ellos, debían saber que no podrían jugar
con ella.
—No voy a cambiar un amo por otro. Si queréis mi ayuda, ésas
son mis condiciones.
Detheroc sonrió.
—Entonces, todos los aquí presentes destruiremos juntos al
caballero de la muerte.
Sylvanas asintió con la cabeza y una lenta sonrisa se deslizó
por su cara espectral.
Tiene los días contados, rey Arthas Menethil. Y yo… yo soy su
reloj de arena, pensó el alma en pena.
CAPÍTULO VEINTIDÓS

A rthas se acarició la sien, repasando una y otra vez las vis-


iones que había tenido. Antes, siempre se había comunic-
ado con el Rey Exánime a través de la Agonía de Escarcha. Pero
en el mismo instante en que aquel dolor paralizante le golpeó,
Arthas había visto por primera vez al ser al que servía.
El Rey Exánime estaba solo, en medio de una vasta caverna,
tal y como la Agonía de Escarcha había estado aprisionada en el
hielo antinatural. Pero éste no cubría como debiera la forma del
rey. El hielo que lo encerraba se había fracturado, como si alguien
lo hubiera hecho añicos y hubiera dejado los restos mellados allí.
El Rey Exánime se hallaba oculto bajo las sombras del hielo, que
no dejaban vislumbrarlo bien, pero su voz perforó la mente del
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caballero de la muerte mientras gritaba, presa de un agónico


tormento:
«¡El Trono Helado está en peligro! Nuestro poder mengua El
tiempo se está agotando… ¡Debes volver a Rasganorte inmediata-
mente!». Entonces, Arthas sintió como si una lanza le atravesara
los intestinos: «¡Obedece!».
Cada vez que esto sucedía, Arthas se notaba mareado y en-
fermo. El poder que había bombeado a través de él como la adren-
alina cuando era un mero humano lo abandonaba, llevándose
consigo más de lo que le había dado originalmente. Se sentía débil
y vulnerable, algo que nunca hubiera imaginado que ocurriría la
primera vez que aferró la Agonía de Escarcha en sus manos y dio
la espalda a todo aquello en lo que había creído hasta entonces. Su
rostro estaba grasiento por culpa del sudor. Cabalgaba montado
como podía sobre Invencible para reunirse con Kel’Thuzad.
El ente exánime lo estaba esperando, flotando en el aire, con
sus ropas ondeando y un aspecto general que reflejaba
preocupación.
—Así que los ataques se han ido agravando, ¿no es así?
—preguntó Kel’Thuzad.
Arthas vaciló. ¿Podía confiar en el ente exánime? ¿Intentaría
arrebatarle el poder? No, se dijo. El antiguo nigromante nunca le
había fallado. Siempre había sido leal al Rey Exánime y a Arthas.
El rey movió afirmativamente la cabeza. Y se sintió como si la
cabeza se le fuera a salir de los hombros por culpa de aquel gesto.
—Sí. Con mis poderes menguados, apenas puedo controlar a
mis guerreros. El Rey Exánime me advirtió que si no llego a Ras-
ganorte pronto, todo se echaría a perder. Tenemos que partir
hacia allá de inmediato.
Parecía imposible que unas cuencas vacías en llamas pudieran
transmitir sensación de preocupación, pero Kel’Thuzad lo logró.
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—Por supuesto, majestad. Nunca te he abandonado, ni te


abandonaré. Saldremos tan pronto como estimes que…
—Ha habido un ligero cambio de planes, rey Arthas. Nadie irá
a ninguna parte —se oyó decir a alguien desconocido.
Aquello era la prueba fehaciente de que sus poderes se debilit-
aban tanto que ni siquiera había percibido la presencia de sus en-
emigos. Arthas contempló, sumamente sorprendido, cómo los
tres señores del terror le rodeaban.
—¡Asesinos! —gritó Kel’Thuzad—. ¡Es una trampa! Defended a
vuestro rey de…
Pero el ruido que hizo una puerta al cerrarse de un golpe aho-
gó la llamada de auxilio del ente exánime. Arthas señaló a la
Agonía de Escarcha. Desde la primera vez que la había tocado, se
había unido a aquella espada, que ahora parecía muy pesada y
casi sin vida en sus manos. Las runas de su hoja apenas brillaban,
y parecía más un trozo de metal inerte que el arma equilibrada y
hermosa que había sido siempre.
Los no-muertos se abalanzaron sobre él y, por un momento,
Arthas se vio catapultado en el tiempo hasta su primer encuentro
con los no-muertos. Se encontraba de nuevo de pie ante aquella
pequeña granja; el hedor de la podredumbre le resultaba inso-
portable y estaba paralizado por el horror al ver que esas cosas
que debían estar muertas lo atacaban. Hacía tiempo que había su-
perado el horror y la repugnancia que en su momento podía
haberle provocado la existencia de aquellos engendros; es más,
casi había llegado a pensar en ellos con afecto. Eran sus súbditos;
les había purgado la vida para que pudieran servir a mayor gloria
del Rey Exánime. Lo que más le irritaba no era que se movieran y
lucharan ajenos a su voluntad, sino que lucharan contra él. Se
hallaban bajo el control absoluto de los señores del terror. Muy a
su pesar, se resistió con las fuerzas que aún poseía, y lo invadió
una extraña y desagradable sensación.
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Nunca había esperado que él se volviera en su contra.


En el fragor de la refriega, Arthas escuchó la voz de Balnazzar,
que se burlaba de él con regocijo.
—No deberías haber vuelto, humano. Con lo debilitado que te
encuentras, hemos asumido el control de la mayoría de tus guer-
reros. Me parece que tu reinado va a ser breve, rey Arthas.
El caballero de la muerte apretó los dientes y sacó fuerzas de
flaqueza, aunando así más ganas de luchar. No estaba dispuesto a
morir ahí.
Pero eran tantos… Antaño los había dirigido y controlado casi
sin esfuerzo, pero ahora se abalanzaban implacables contra él.
Sabía que carecían de mente, que sólo obedecían al más fuerte.
Sin embargo, de alguna manera… aquello le dolía, porque él era
su creador…
Se sentía cada vez más débil y llegó un momento en que ni
siquiera fue capaz de bloquear un golpe que iba dirigido a su cin-
tura. El sordo impacto de la espada hizo estremecerse a su ar-
madura y, si bien no sufrió ninguna herida grave, le alarmó el
hecho de que el necrófago hubiera logrado superar sus defensas.
—¡Son demasiados, mi rey! —exclamó Kel’Thuzad con su
sepulcral voz, que desprendía tal lealtad que provocó que unas lá-
grimas se asomaran a los ojos de Arthas de forma inesperada—.
¡Corre! ¡Huye de la ciudad! Yo ya me las arreglaré para salir de
aquí por mi cuenta. Nos encontraremos en los páramos. ¡No te
queda más remedio, mi señor!
Sabía que aquel ente exánime tenía razón. Con un grito,
Arthas desmontó torpemente de su corcel. Un gesto de su mano
bastó para convertir a Invencible en un ser incorpóreo, un caballo
espectral en lugar de una montura esquelética y, al instante, desa-
pareció. Arthas volvería a invocarlo cuando estuviera a salvo. Acto
seguido cargó contra el enemigo aferrándose a la debilitada
Agonía de Escarcha con ambas manos y hacía a la hojarruna
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volar de acá para allá, ya que no intentaba matar ni herir a sus


rivales (que eran innumerables), sino simplemente despejar el
camino. Las puertas estaban cerradas, pero era el palacio donde él
había crecido hasta hacerse un hombre y lo conocía como la
palma de su mano. Conocía cada puerta, cada pared, cada pasad-
izo oculto. En vez de dirigirse a las puertas, que no podría fran-
quear él solo, se encaminó a las entrañas del palacio. Los no-
muertos lo siguieron. Arthas corría por unos pasillos que habían
sido las habitaciones privadas de la familia real, y que una vez
había atravesado con Jaina agarrada de la mano. Entonces se
tambaleó y su mente hizo lo mismo.
¿Cómo había llegado a esta situación? ¿A tener que huir por
un palacio vacío de sus propias creaciones, sus súbditos, a quienes
había prometido proteger?
Pero no… los había matado. Traicionó a sus súbditos a cambio
de obtener el poder que le ofrecía el Rey Exánime. Un poder que
se le escapaba como si se tratase de la sangre que manaba de una
herida que no pudiera cerrarse.
Padre… Jaina…
Desterró de su mente aquellos recuerdos. No eran más que
distracciones inútiles. Sólo la velocidad y la astucia podrían
sacarle del apuro.
Los estrechos pasillos limitaban el número de no-muertos que
podían seguirlo; además, cada vez que cruzaba una puerta, la
trancaba con cerrojo para retrasarlos más. Finalmente, llegó a su
habitación y al pasadizo secreto oculto en la pared. Él, sus padres
y Calia… cada uno tenía el suyo, que sólo ellos, Uther y el obispo
conocían. Todos estaban muertos salvo él. Arthas apartó un tapiz
que ocultaba una pequeña puerta, que cerró a cal y canto tras
cruzarla.
Corrió y bajó a trompicones, debido a que se encontraba ex-
tremadamente débil, por la estrecha escalera que le conducía a la
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libertad. La puerta se había camuflado tanto por medios físicos


como mágicos, de modo que era igual que los muros exteriores
principales del palacio. Arthas, jadeando, forcejeó con el cerrojo y,
medio cayéndose, salió al exterior al abrigo de la tenue luz de los
Claros de Tirisfal. El fragor de la batalla llegó a sus oídos y alzó la
vista, mientras recuperaba el aliento. Entonces parpadeó,
desconcertado.
Los no-muertos… se estaban peleando entre sí.
Por supuesto, algunos de ellos todavía estaban bajo su mando.
Seguían siendo sus súbditos…
No. Eran sus herramientas, sus armas, no sus súbditos.
Los observó un momento, apoyado contra la fría piedra. Una
abominación controlada por sus enemigos decapitó a un no-
muerto de grandes orejas y lanzó la cabeza lejos. Se estremeció
asqueado al contemplar a ambos bandos de no-muertos. Unos
seres putrefactos, infestados de gusanos, que caminaban con tor-
peza. Con independencia de quién los controlaba, eran horrendos.
Captó un destello: se trataba de un fantasma un poco triste, que
flotaba en el aire azorado, y que antaño había sido una adoles-
cente. Antaño había estado viva. Arthas la había matado, directa o
indirectamente. Había sido su súbdita. La muchacha aún parecía
ligada al mundo de los vivos. Parecía recordar lo que significaba
ser un humano. Él también podía utilizar ese recurso, también
podía utilizarla. Le tendió la mano a ese engendro espectral que
su ansia de poder había creado.
—He de recurrir a tus habilidades, fantasmita —le dijo,
tratando de ser amable—. ¿Me ayudarás?
El rostro de la cría se iluminó y se acercó flotando a su lado.
—Sólo vivo para servirte, rey Arthas —le contestó con una voz
dulce a pesar de sonar hueca.
Arthas le devolvió una sonrisa forzada. Era más fácil cuando
no eran más que un montón de carne podrida. Pero esto tenía sus
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ventajas, no cabe duda. Sirviéndose de toda su voluntad, convocó


a más y más no-muertos; el esfuerzo le hacía respirar entrecorta-
damente. Vinieron dispuestos a servir al más fuerte. Con un ru-
gido, Arthas descendió sobre aquellos que se atrevían a interpon-
erse en el destino que tanto le había costado labrarse. Pero a pesar
de que cada vez más no-muertos se sumaban a su bando, muchos
más se pasaban al enemigo. Se sentía sumamente débil, y sólo
disponía de esos trozos de carne para protegerle. Temblaba y
jadeaba mientras sostenía a la Agonía de Escarcha con unos
brazos cada vez más cansados. Entonces la tierra tembló y Arthas
contempló cómo no menos de tres abominaciones colosales se di-
rigían hacia él.
Alzó a la Agonía de Escarcha con gesto lúgubre. Él, Arthas
Menethil, rey de Lordaeron, no podía caer sin pelear.
De repente, algo se movió a gran velocidad, acompañado de
unos gritos angustiosos. Al igual que los fantasmas de las aves, es-
os borrones difusos ascendían y descendían hostigando a las
monstruosidades, que ya no se dirigían hacia Arthas sino que
rugían y atacaban a las figuras espectrales, que de pronto parecían
adentrarse en el interior de aquellas criaturas.
Esas cosas viscosas, blancas y agusanadas se detuvieron brus-
camente, y, acto seguido, centraron su atención en los necrófagos
vacilantes que estaban atacando a Arthas. En el rostro pálido del
caballero de la muerte se dibujó una sonrisa. Eran las almas en
pena. Pensaba que Sylvanas lo odiaba demasiado para acudir en
su ayuda, o que, aún peor, como muchos de sus guerreros, se
había convertido en un peón de sus enemigos. Pero, por lo visto,
la antigua general ya no estaba enojada con él.
El sino de la batalla cambió gracias a la ayuda de las abom-
inaciones poseídas por las almas en pena. Unos momentos des-
pués, Arthas trastabillaba, por culpa de una debilidad repentina,
sobre un montón de cadáveres que estaban realmente muertos.
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Las abominaciones se enfrentaron entre sí y se despedazaron de


manera macabra entre ellas. Arthas se preguntó si sus creadores
serían capaces ahora de coser de nuevo lo que quedaba de ellas. A
medida que iban cayendo, los espíritus que habían poseído huían
libres.
—Mi más sincero agradecimiento, señoritas. Me alegro de ver
que vosotros y vuestra señora seguís siendo mis aliados.
Flotando en el aire, respondieron con unas voces suaves y
evocadoras.
—De hecho, gran rey, nuestra señora nos manda a buscarte.
Hemos venido para acompañarte a cruzar el río. En cuanto lo
crucemos, nos refugiaremos en los páramos.
«Los páramos». Kel’Thuzad había utilizado esas mismas pa-
labras. Arthas se sintió aún más relajado. Evidentemente, su
mano derecha sabía lo que hacía la izquierda. Levantó una mano y
llamó, muy concentrado:
—¡Ven a mí, Invencible, a mí!
Al punto surgió un pequeño banco de niebla que giró hasta ad-
quirir la forma de un caballo esquelético. Justo después, Inven-
cible se materializó. Arthas observó complacido que aquello no le
costó mucho esfuerzo; Invencible le quería. Era su única creación
perfecta. El único muerto que nunca, jamás se volvería en su con-
tra, o no más de lo que el gran animal había hecho en vida. Se
montó sobre él con cuidado, haciendo todo lo posible para ocultar
su debilidad a las almas en pena y los no-muertos.
—Llevadme con vuestra señora y Kel’Thuzad. Os seguiré —les
ordenó.
Eso hicieron. Se alejaron flotando de palacio para adentrarse
en el corazón de los Claros de Tirisfal. Arthas se dio cuenta de
pronto de que la ruta que estaban tomando pasaba cerca de la Ha-
cienda Balnir. Afortunadamente, las almas en pena torcieron
hacia una zona de colinas y de allí fueron a campo abierto.
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—Éste es el lugar, hermanas. Descansaremos aquí, gran rey.


No había ninguna señal de Sylvanas ni de Kel’Thuzad. Arthas
tiró de las riendas de Invencible, mirando a su alrededor. Y sintió
una repentina sensación de temor.
—¿Por qué aquí? —exigió saber Arthas—. ¿Dónde está vuestra
señora?
El dolor apareció de nuevo y gimió, agarrándose el pecho.
Invencible se encabritó inquieto, y Arthas se aferró a él como
pudo para salvar el pellejo. El claro de color gris y verde pálido se
desvaneció para ser sustituido por el azul y blanco del Trono He-
lado, extrañamente roto. La voz del Rey Exánime perforaba su
mente: Arthas soltó otro gemido.
—¡Te han engañado! ¡Vuelve a mi lado! ¡Obedece!
—¿Qué está… pasando aquí? —masculló Arthas.
Parpadeó, para ver con claridad, y levantó la cabeza, gruñendo
por el esfuerzo.
Alguien, armado con un arco, salió de detrás de los árboles.
Por un instante pensó que había vuelto a Quel’Thalas y se en-
frentaba de nuevo a los elfos.
Pero su cabello ya no era de color dorado sino negro como la
medianoche, salpicado de vetas blancas. Tenía la piel pálida, con
un cierto tinte azulado, y sus ojos plateados brillaban. Era
Sylvanas y sin embargo no lo era. Esta Sylvanas no era un ser vivo
ni era inmaterial. De alguna manera había conseguido liberar su
cuerpo de donde él había ordenado guardarlo a buen recaudo: un
ataúd de hierro que sería utilizado como tormento adicional en su
contra. Pero se habían vuelto las tornas.
Mientras, acuciado por el dolor, se esforzaba por dar sentido a
lo que estaba pasando, Sylvanas levantó su arco negro, colocó la
flecha y apuntó. Sus labios se curvaron en una sonrisa.
—Tú te lo has buscado, Arthas.
Lanzó la flecha.
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Le alcanzó en el hombro izquierdo, atravesando la armadura


como si fuera tan frágil como el pergamino, añadiendo un nuevo
tipo de agonía a su dolor. No lo entendía; creía que Sylvanas era
una maestra del arco. No podía fallar un tiro mortal a esa distan-
cia. ¿Por qué el hombro? Su mano derecha se alzó de forma
automática, pero se encontró con que ni siquiera podía cerrar los
dedos en torno a la empuñadura. Se le estaban entumeciendo; al
igual que las piernas…
Se derrumbó sobre el cuello de Invencible, haciendo todo lo
posible por aferrarse a su montura con unas extremidades que se
volvían inútiles por momentos. Apenas podía girar la cabeza para
mirarla y acusarla:
—¡Traidora! ¿Qué me has hecho?
Sylvanas sonreía. Estaba feliz. Se acercó a él poco a poco, con
parsimonia. Llevaba la misma ropa que cuando la mató, que rev-
elaba gran parte de su pálida piel de color azul. Curiosamente, su
cuerpo no presentaba cicatrices fruto de las innumerables heridas
que recibió ese día.
—Te he alcanzado con una flecha envenenada especial que
preparé para ti —aseveró mientras se le aproximaba. Se colocó el
arco a la espalda y sacó una daga—. La parálisis que estás experi-
mentando ahora no es más que una fracción de la agonía que tú
me has causado.
Arthas tragó saliva. Tenía la boca seca como la arena del
desierto.
—Acaba conmigo de una vez.
Sylvanas echó la cabeza hacia atrás y se rió de una manera
hueca y fantasmal.
—¿Acaso imploras una muerte rápida… como la que tú me
diste?
La alegría se desvaneció de su rostro tan rápidamente como
había llegado y sus ojos brillaban de furia. Continuó acercándose
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hasta hallarse a sólo un brazo de distancia. Invencible brincó


presa de la incertidumbre y el corazón de Arthas casi se le sale del
pecho del susto que se llevó porque estuvo a punto de caerse.
—Oh, no. Me has enseñado bien, Arthas Menethil. Tú me en-
señaste que era una locura mostrar misericordia hacia los enemi-
gos y un placer atormentarlos. Así que, maestro, voy a de-
mostrarte lo bien que he aprendido la lección. Vas a sufrir tanto
como yo. Gracias a mi flecha, ni siquiera puedes huir.
Como parecía que los ojos eran lo único que Arthas podía
mover observó impotente cómo levantaba el puñal.
—Dale recuerdos al infierno de mi parte, hijo de puta.
No, así no, paralizado e indefenso… Jaina…
De repente, Sylvanas se tambaleó hacia atrás, y la mano pálida
que agarraba el puñal empezó a temblar y soltó el arma. La ex-
presión de asombro en su cara era elocuente.
Un instante después, la fantasmita que había ayudado a
Arthas se materializó, sonriendo feliz al pensar que había salvado
a su rey. A quien era un placer servir.
—¡Atrás, seres sin mente! ¡No caerás hoy, mi rey!
¡Kel’Thuzad! Había venido tal y como había prometido; había
dado con el lugar al que aquella alma en pena traidora había ll-
evado a Arthas. Y no estaba solo. Más de una docena de no-muer-
tos vivientes que lo acompañaban se abalanzaron sobre Sylvanas y
sus almas en pena. La esperanza creció dentro de él, pero seguía
paralizado, sin poder moverse. Observó cómo la lucha estalló a su
alrededor; en unos momentos fue obvio que Sylvanas tendría que
retirarse.
Ella le lanzó una mirada iracunda.
—¡Esto no ha terminado, Arthas! ¡Nunca dejaré de
perseguirte!
Arthas la miraba fijamente mientras se fundía con las som-
bras. Las últimas partes de su cuerpo que desaparecieron fueron
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sus ojos color carmesí. Al volatilizarse su señora, las almas en


pena bajo el mando de Sylvanas se fueron. Kel’Thuzad se acercó
presuroso a Arthas.
—¿Te ha lastimado, mi señor?
Arthas sólo podía mirarlo; la parálisis se había extendido tanto
que no podía ni mover los labios. Unas manos huesudas rodearon
con una delicadeza sorprendente la flecha y tiraron de ella. Arthas
reprimió un grito de dolor cuando ésta salió. Su sangre roja estaba
mezclada con una sustancia pegajosa de color negro, que
Kel’Thuzad examinó cuidadosamente.
—Los efectos nocivos de la flecha desaparecerán con el tiempo.
Parece que el veneno sólo estaba destinado a inmovilizarte.
Por supuesto, pensó Arthas, de lo contrario, no habría neces-
itado la daga. Se sintió aliviado, y entonces el cansancio se
apoderó de él.
Había estado muy cerca (demasiado) de morir. Si no fuera por
la lealtad del ente exánime, la elfa se habría cobrado venganza. In-
tentó hablar de nuevo, y esta vez consiguió decir:
—Me… me has salvado.
Kel’Thuzad inclinó su cabeza coronada con cuernos.
—Me alegro de haber sido de ayuda, mi rey. Pero has de partir
con suma celeridad a Rasganorte. Todos los preparativos para tu
viaje ya están hechos. ¿Qué quieres que haga en tu nombre?
Kel’Thuzad tenía razón. Arthas estaba empezando ahora a sen-
tir cómo algo parecido a la vida regresaba a sus miembros,
aunque aún no le permitiera moverse por sus propios medios.
—He de encontrar al Rey Exánime lo antes posible. Si me de-
moro más… no sé qué me deparará el futuro, ni si volveré
siquiera. Así que quiero que veles por esta tierra. También que te
cerciores de que mi legado perdura.
Confió en el ente exánime no por afecto o lealtad, sino simple-
mente porque la cruda realidad le había demostrado que podía
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confiar en Kel’Thuzad, un engendro no-muerto, fiel al amo al que


ambos servían. Los ojos de Arthas buscaron al pequeño fantasma,
que seguía flotando, sonriente, a pocos metros, y luego se posaron
en las caras estúpidas de los cuerpos en descomposición, que se
tirarían por un precipicio si él se lo ordenara.
No eran más que carne muerta y espíritus desgarrados. No
eran súbditos. Y nunca lo habían sido. No importaba lo que la
sonrisa de aquella fantasmita dijera.
—Será un honor, mi señor. Haré lo que me pides, rey Arthas.
Lo haré.

Ahora poseía un cuerpo, como el que tuvo en su día aunque


modificado, como ella, que también había cambiado. Sylvanas
caminaba con el paso ligero que había llevado en vida, y portaba
la misma armadura. Pero no era lo mismo. Su existencia había
sido alterada irrevocablemente para siempre.
—Pareces preocupada, señora.
Sylvanas despertó de su ensimismamiento y se volvió hacia
aquella alma en pena, una de las muchas que flotaban a su lado.
Ya no podía flotar en el aire con ellas, pero lo cierto es que prefer-
ía la pesadez, la solidez de la forma corporal que había recuperado
para sí.
—¿Y tú no lo estás, hermana? —contestó con sequedad—. Hace
apenas unos días éramos esclavas del Rey Exánime. Sólo vivíamos
para masacrar en su nombre. Y ahora somos… libres.
—No te entiendo, señora. —La voz de la alma en pena era
hueca y confusa—. Nuestra voluntad dicta ahora nuestros actos.
¿No luchaste por eso? Pensé que estarías contenta.
Sylvanas se echó a reír, consciente de que se acercaba pelig-
rosamente a la histeria.
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—¿Qué alegría comporta esta maldición? Todavía somos no-


muertos, hermana, somos monstruos.
Extendió una mano, examinó la piel gris azulada y se dio
cuenta de que el frío se aferraba a ella como una segunda piel.
—¿Qué somos sino esclavas de este tormento?
Arthas le había arrebatado tanto que, aunque, llegado el caso,
prolongase su muerte por un período de días… semanas… nunca
podría hacerle sufrir lo bastante. Su muerte no resucitaría a los
muertos, ni purgaría la Fuente del Sol, ni le devolvería la vida, ni
su piel de melocotón, ni su pelo dorado. Pero sería… maravilloso.
Hacía varios días que Arthas se le había escapado. Su lacayo, el
exánime, había llegado precisamente en el momento más inopor-
tuno. Arthas se había ido a un lugar lejos de su alcance, con objeto
de curarse. Y ella había sabido que había dejado a Kel’Thuzad al
mando de estas tierras asoladas. Pero eso era bueno. Estaba
muerta. Tenía todo el tiempo del mundo para planear una
venganza exquisita.
Un movimiento captó su atención y se puso en pie, tensó el
arco y apuntó, todo a un tiempo. El portal que giraba en el aire se
abrió y Varimathras apareció, sonriendo con condescendencia
ante ella.
—Saludos, lady Sylvanas —dijo el demonio mientras hacía una
reverencia. Sylvanas arqueó una ceja. No creía ni por asomo que
fuera en serio.
—Mis hermanos y yo apreciamos el papel que has desem-
peñado en el derrocamiento de Arthas.
¿El papel que había desempeñado? Hablaba como si se tratara
de una representación teatral.
—¿Derrocamiento? Supongo que se podría llamar así. Más bi-
en se escabulló, eso seguro.
Aquel poderoso ser se encogió de hombros, con las alas ligera-
mente desplegadas.
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—De cualquier manera, eso ya no nos preocupa. He venido a


ofrecerte una invitación formal para unirte a nuestra nueva orden.
Una «nueva orden». No sé qué tiene eso de nuevo, pensó. La
misma esclavitud, pero con un amo distinto. No le interesaba lo
más mínimo.
—Varimathras —repuso con frialdad, sin hacer ninguna rever-
encia—, mi único interés radicaba en ver muerto a Arthas. Ya que
fracasé en mi primer intento de cumplir ese cometido, quiero con-
centrar mis esfuerzos en que los próximos tengan éxito. No
dispongo de tiempo para vuestra política mezquina o vuestras
peleas por el poder.
El demonio se agitó.
—Cuidado, señora. No sería prudente incurrir en nuestra ira.
Somos el futuro de éstas… Tierras de la Peste. Puedes unirte a
nosotros o hacerte a un lado.
—¿Vosotros, el futuro? Kel’Thuzad no acompañó a su querido
Arthas por una buena razón. Pero quizás un ente exánime ren-
acida de la esencia misma de la Fuente del Sol no sea rival para
seres tan poderosos como vosotros.
Su voz destilaba desprecio y el Señor del Terror frunció el ceño
de un modo espantoso.
—Ya he vivido como una esclava el tiempo suficiente.
Tiene gracia cómo se utiliza la palabra «vivir», a pesar de que
uno esté muerto. Los viejos hábitos nunca mueren, o eso parece.
—He luchado con uñas y dientes para dejar de ser el engendro
en que me convirtió esa rata. Soy dueña de mis actos y yo elijo mi
destino. La Legión ha sido derrotada. Vosotros sois sus últimos
restos patéticos. Sois una especie en extinción. No pienso renun-
ciar a mi libertad para someterme a vuestro yugo, so necios.
—Que así sea —siseó Varimathras. Estaba furioso—. Pronto
conocerás nuestra respuesta.
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El demonio se teletransportó, con el rostro contraído en una


mueca.
El sarcasmo de Sylvanas había hecho mella en él, que
temblaba de indignación.
Sylvanas ni se inmutó. Sabía que se enfurecía con facilidad;
además, fue él quien acudió a ella, pensando que no supondría
una gran amenaza.
Iba a necesitar bastante más que un puñado de almas en pena
para luchar contra Arthas.
Precisaría un ejército, una ciudad de los muertos… necesitaría
Lordaeron.
Llamaría Renegados a las almas perdidas que, como ella, no
respiraban, aunque aún poseían voluntad propia. Pero antes de
eso precisaría más ayuda que la que pudieran aportar sus her-
manas espectrales para luchar contra los tres hermanos demonía-
cos. También podía ser que sólo fuese necesario enfrentarse a dos.
Sylvanas Brisaveloz volvió a pensar en Varimathras, en lo fácil
que había resultado manipularlo.
Tal vez ese demonio podría serle útil…
Sí. Los Renegados encontrarían su sendero en este mundo… y
ay de aquel que se interpusiera en su camino.
CAPÍTULO VEINTITRÉS

R asganorte. Arthas tenía la extraña sensación de estar


volviendo a casa. A medida que la costa se hizo visible,
Arthas recordó la primera vez que llegó a aquel lugar, con el
corazón henchido de dolor por la traición de Jaina y Uther, y por
lo que se había visto obligado a hacer en Stratholme. Habían pas-
ado tantas cosas que parecía haber transcurrido una eternidad
desde que, sediento de venganza, vino a este páramo de hielo con
la intención de matar al señor demoníaco responsable de conver-
tir a su pueblo en muertos vivientes. Ahora, Arthas controlaba a
esos muertos y se había aliado con Kel’Thuzad.
Qué extraños giros e ironías tiene el destino.
La primera vez sintió el frío que reinaba en aquel lugar; esta
vez, no. Tampoco lo notaban los hombres que le habían seguido
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lealmente hasta allí, pues el hecho de haber muerto les impedía


percibir tales sensaciones. Sólo los nigromantes humanos se ab-
rigaban para protegerse del viento gélido que suspiraba y gemía, y
de la nieve que comenzó a caer con suavidad mientras echaban
anclas y desembarcaban.
Arthas se desplazó con rigidez del bote a la orilla. Si bien no
sentía el frío que dominaba aquel reino helado, sus poderes y su
cuerpo, estaban muy debilitados. En cuanto puso pie en tierra,
sintió la presencia del Rey Exánime. Ya no escuchaba su voz en su
mente, ya no le hablaba a través de la Agonía de Escarcha,
aunque el tenue resplandor de la hojarruna pareció intensificarse
un poco. No; Arthas percibía la presencia de su amo ahí mismo,
como nunca antes la había sentido. Eso no era lo único que sentía,
ya que una desconcertante sensación de amenaza reinaba por
doquier.
Se volvió para observar a aquellos seres que lo habían seguido
hasta la orilla: necrófagos, espectros, fantasmas, abominaciones y
nigromantes.
—¡Hemos de apresurarnos! —gritó—. Algo amenaza al Rey
Exánime. Debemos alcanzar la Corona de Hielo cuanto antes.
—¡Mi señor! —gritó uno de los nigromantes, señalando hacia
un punto.
Arthas se giró y desenvainó a la Agonía de Escarcha.
A través del velo que conformaba la nieve, pudo ver unas
siluetas de un color dorado y rojizo flotando en el aire. A medida
que se acercaban, el caballero de la muerte fue entornando los
ojos, presa de una mezcla de sorpresa e ira, al reconocer a aquel-
las criaturas y darse cuenta de quiénes debían de ser sus amos.
Se trataba de dracohalcones. Se quedó anonadado. Había ex-
terminado a todos los altos elfos. ¿Acaso algunos de ellos habían
sobrevivido y se habían reagrupado? En tal caso, ¿cómo era pos-
ible que supieran adónde se dirigía y estuvieran esperándole ahí
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para combatirle? Una sonrisa fue dibujándose lentamente en sus


apuestas facciones y no pudo evitar sentir cierta admiración por
ellos.
Los dracohalcones se aproximaron. Arthas alzó a la Agonía de
escarcha a modo de saludo.
—He de admitir —dijo a voz en grito— que estoy sorprendido
de encontrarme aquí con los quel’dorei. Creía que este frío le res-
ultaba demasiado desagradable a una gente tan delicada.
—¡Príncipe Arthas! —Aquella llamada provenía de uno de los
jinetes, cuya montura volaba por encima del caballero de la
muerte. Con una voz clara, vibrante y potente, el jinete añadió—:
Ante ti no tienes a los quel’dorei, sino a los sin’dorei, ¡los elfos de
sangre! Hemos jurado vengar a los caídos de Quel’Thalas. Esta
tierra muerta… ¡será purgada! Esos engendros repugnantes que
has creado descansarán en paz como es debido. Y tú, asesino, al
fin recibirás tu justo castigo.
Al principio, le resultó divertido. Su enemigo era bastante nu-
meroso y Arthas supuso que tal vez se hallaba ante los últimos
miembros de una raza prácticamente extinta. ¿Habían venido
hasta aquel páramo sólo para cobrarse venganza? Pero su sufi-
ciencia enseguida se transformó en irritación. A pesar de encon-
trarse muy débil y fatigado, bramó, dejándose llevar por la ira:
—¡Rasganorte pertenece a la Plaga, a la que pronto te unirás,
elfo! ¡Habéis cometido un terrible error al venir aquí!
Más dracohalcones hicieron acto de presencia, acompañados
de guardias forestales que avanzaban a pie. Las flechas surcaron
el cielo, tantas como copos de nieve caían del cielo, acribillando a
los no-muertos mientras éstos cargaban contra el enemigo. Sin
embargo, la mayoría no cayó; las flechas, siempre que no at-
ravesaran alguna parte vital, no suponían ningún problema para
ellos.
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Arthas ni siquiera se molestó en montar a lomos de Invencible


para abalanzarse sobre el enemigo. La Agonía de Escarcha estaba
hambrienta; pareció recuperar fuerzas y energía, al igual que el
propio caballero de la muerte, con cada una de las flamantes al-
mas que consumía. En el fragor de la batalla, Arthas escuchó una
voz profunda y gélida como la misma Rasganorte, que provenía de
una colina que se alzaba sobre ellos.
—¡Adelante! ¡Por la Plaga! ¡Matadlos en nombre de Ner’zhul!
—vociferó el caballero de la muerte.
A pesar de todo cuanto había visto y hecho, Arthas sintió un
gélido escalofrío al escuchar aquella voz fría como un hueso. Se
arriesgó a alzar la vista fugazmente y abrió los ojos como platos,
estupefacto ante lo que vio.
¡Eran nerubianos! Por supuesto, ésta era su tierra natal. El
corazón le dio un vuelco al verlos avanzar. Podía distinguir sus
siluetas a través del velo que conformaba la nieve, así como la per-
turbadora y familiar velocidad con la que esos seres arácnidos se
lanzaron sobre su presa. Arthas reconocía su mérito a los sin’dorei
, que luchaban con valentía; sin embargo, la Plaga los superaba en
número, y el caballero de la muerte pronto se vio rodeado de un
mar de cadáveres vestidos de rojo y oro. Alzó una mano, y, uno
por uno, los elfos muertos se estremecieron y se pusieron en pie
tambaleándose, con la mirada vidriosa.
—He aquí más soldados al servicio de aquél a quien servimos
—aseveró Arthas, cuya mirada se posó sobre el líder de los
nerubianos.
El caballero de la muerte era mucho más grande que sus es-
birros, entre los cuales destacaba mientras se desplazaban con
una facilidad inaudita por aquel paisaje cubierto de nieve. Se
movía entre ellos como el rey que era, con resolución y precisión.
Trató de encontrar algún rasgo familiar en ese ser tan in-
creíblemente extraño; a los ojos de un humano, Anub’arak parecía
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un cruce entre un escarabajo y los otros nerubianos de aspecto


más arácnido que comandaba. Arthas se percató de que había
dado un paso hacia atrás sin darse cuenta, así que se obligó a no
moverse ni un ápice de donde estaba mientras aquella criatura se
aproximaba.
En cuanto ese engendro absolutamente terrorífico se plantó
ante él, se alzó amenazante y lo miró con sus múltiples ojos. En-
tonces Arthas se dispuso a… saludar a su aliado y habló, procur-
ando mantener la calma.
—Gracias por la ayuda, mi poderoso señor.
Aquella criatura ladeó la cabeza, y sus mandíbulas
chasquearon levemente al hablar en ese tono grave y sepulcral
que tanto inquietaba a Arthas.
—El Rey Exánime me envía para apoyarte, caballero de la
muerte. Soy Anub’arak, antiguo rey de Azjol-Nerub. ¿Dónde está
el otro?
Acto seguido se irguió sobre sus patas traseras y miró a su
alrededor buscando a alguien.
—¿Otro?
—Me refiero a Kel’Thuzad —aclaró Anub’arak con esa voz re-
verberante, una mezcla entre un silbido y un suspiro, que volvió a
retumbar estruendosamente.
Se agachó y observó a Arthas con sus múltiples ojos.
—Le conozco. Conocí y me presenté a Kel’Thuzad cuando vino
a servir al Rey Exánime, como te saludo y me presento ante ti
ahora.
Arthas se preguntó si Kel’Thuzad se habría sentido tan in-
quieto como él cuando conoció a este no-muerto, este rey arác-
nido de una antigua raza. Seguro que sí, se dijo. Cualquiera se
sentiría así.
—Tu pueblo formó parte de nuestras filas la primera vez que
atacamos a estos elfos y vuestra aportación nos vino francamente
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bien —señaló el caballero de la muerte mientras contemplaba de


nuevo a los sin’dorei caídos. Arthas se alegraba de que el
«pueblo» de Anub’arak apoyara a su bando—. Y vuelvo a recibir
vuestra ayuda con sumo gusto. No obstante, no tenemos tiempo
para andarnos con cortesías. Como el Rey Exánime te ha enviado,
supongo que serás consciente de que se encuentra en peligro. De-
bemos llegar a la Corona de Hielo cuanto antes.
—Efectivamente —replicó Anub’arak con su atronadora voz,
tras lo cual meneó aquella cabeza temible y cambió de postura al
tiempo que extendía dos de sus patas delanteras—. Reuniré al
resto de mi gente y marcharemos juntos a proteger a nuestro
señor.
La enorme criatura se alejó rodeada de su gran aura de autor-
idad, con objeto de convocar a sus obedientes súbditos, que corri-
eron hacia él ansiosos. Arthas reprimió un escalofrío y le propinó
un ligero puntapié al cadáver de un elfo caído. Como lo habían
descuartizado, estaba demasiado destrozado para ser útil.
—Estos elfos son patéticos. No me extraña que destruyéramos
su país con tanta facilidad.
—Lástima que no estuviera ahí para detenerte. Ha pasado
mucho tiempo desde la última vez que nos vimos, Arthas.
Aquella voz era melodiosa, suave y culta… y estaba cargada de
odio. El caballero de la muerte se volvió en cuanto la reconoció; le
sorprendía y a la vez le regocijaba encontrarse con su dueño en
ese lugar. Qué giros inesperados e ironías nos depara el destino.
—Príncipe Kael’thas —repuso Arthas sonriendo.
El elfo permaneció a unos metros de distancia, mientras el
fulgor del hechizo de teletransportación se desvanecía. Parecía no
haber envejecido ni un ápice: tenía exactamente el mismo aspecto
que Arthas recordaba. No, exactamente no. Sus ojos azules bril-
laban con el fuego de la ira contenida. No se trataba de la misma
rabia que había visto dibujada en su semblante en su último
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encuentro, sino de una furia gélida cuyas raíces eran muy pro-
fundas. Y ya no vestía de púrpura y azul como los Kirin Tor, sino
con los tonos carmesí tradicionales de su pueblo.
—Arthas Menethil —dijo el elfo, omitiendo su título de forma
consciente. Era evidente que pretendía desairarlo, aunque Arthas
no se sintió ofendido. Sabía muy bien qué título se merecía y, muy
pronto, ese principito también lo sabría—. Siento ganas de escupir
cada vez que pronuncio tu nombre, pero no merece la pena.
—¡Ah, Kael! —replicó Arthas sin dejar de sonreír—. Hasta tus
insultos son innecesariamente enrevesados. Me alegra ver que no
has cambiado, que sigues siendo tan inútil como siempre. Lo cual
me lleva a preguntarme… ¿Por qué no estabas en Quel’Thalas
cuando atacamos? ¿Te sientes satisfecho por haber permitido que
otras personas murieran en tu nombre mientras disfrutabas de las
comodidades y la seguridad de la Ciudadela Violeta? Por cierto,
creo que no podrás volver a disfrutar del confort de la ciudad de
los magos.
Kael’thas apretó los dientes con fuerza y entrecerró los ojos.
—Lo reconozco. Debería haber estado allí. Sin embargo, me
hallaba en otro lugar tratando de ayudar a los seres humanos a
luchar contra la Plaga; la Plaga con la que destruiste a tu propio
pueblo. Tal vez a ti no te preocupen tus súbditos, pero a mí sí me
importan los míos. He perdido tanto… demasiado, por culpa de
los seres humanos. Ya sólo lucho en nombre de los elfos, de los
sin’dorei, los hijos de la sangre. Pagarás por lo que hiciste, Arthas.
¡Lo pagarás con creces!
—Casi estoy disfrutando de esta charla, ¿sabes? Ha pasado
tanto tiempo, ¿verdad? No nos habíamos visto desde que… —El
caballero de la muerte dejó la frase inconclusa y se percató de que
el príncipe elfo sufría un leve espasmo cerca del ojo.
Sí; Kael’thas lo recordaba. Recordaba haberse tropezado con
Jaina y Arthas enzarzados en un apasionado beso. Aquel recuerdo
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también perturbó al caballero de la muerte fugazmente, de modo


que el placer que sentía al infligir ese tormento a Kael’thas se vio
atenuado.
—Sin embargo, he de decir que estoy bastante decepcionado
con estos elfos que lideras. Esperaba que fueran un reto mayor.
Tal vez maté a todos los que merecían la pena en Quel’Thalas
—añadió Arthas.
Pero Kael no mordió el anzuelo.
—Sólo te has enfrentado a una avanzadilla. No te preocupes,
Arthas, pronto te verás ante un auténtico reto. Te aseguro que
derrotar al ejército de Lord Illidan te resultará mucho más difícil
—afirmó el príncipe, esbozando una sonrisa con sus labios
carnosos mientras el caballero de la muerte se sobresaltaba al es-
cuchar aquel nombre.
—¿Illidan es el responsable de esta invasión?
Maldita sea. Más me hubiera valido haber matado a Tichon-
drius yo mismo, en lugar de involucrar a los kaldorei en el plan.
Sabía que Illidan era un ser ávido de poder, pero nunca me ima-
giné que el elfo de la noche pudiera llegar a convertirse en una
amenaza tan grande, pensó el caballero de la muerte.
—Así es. Nuestras fuerzas son inconmensurables, Arthas —le
respondió. Esta vez, su voz sedosa estaba teñida de deleite.
Aquella rata estaba saboreando el momento—. Mientras hablam-
os, se dirigen al Glaciar Corona de Hielo. No lograrás llegar a
tiempo para salvar a tu querido Rey Exánime. Considéralo como
el tributo que has de pagar por lo de Quel’Thalas… y otros
insultos.
—¿Otros insultos? —replicó Arthas con una sonrisa—. Tal vez
debería darte detalles de esos otros insultos. ¿Quieres que te
cuente qué sentía al estrecharla entre mis brazos, al paladear su
sabor, al escucharla gritar mi…?
Entonces el dolor regresó con más intensidad que nunca.
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Arthas cayó de rodillas. Y lo vio todo rojo. De nuevo contempló


al Rey Exánime (o Ner’zhul, como recordaba que lo había llamado
Anub’arak) atrapado en esa prisión de hielo.
—¡Apresúrate! —urgió el Rey Exánime—. ¡Mis enemigos se
acercan! ¡Apenas nos queda tiempo para remediar esto!
—¿Te encuentras bien, caballero de la muerte?
Arthas parpadeó y, acto seguido, se encontró mirando a la cara
(si se la podía llamar así) de Anub’arak. Una de las largas patas
del arácnido estaba extendida hacia él; era su forma de ofrecerle
ayuda para incorporarse. Dudó, pero se encontraba demasiado
débil para ponerse en pie por sí solo. Armándose de valor, se
agarró a aquella pata y se levantó. Era como un palo al tacto, es-
taba seca y parecía… momificada. Se soltó en cuanto pudo per-
manecer en pie por sí solo.
—Mis poderes menguan, pero me recuperaré —contestó, al
tiempo que tomaba aliento y miraba a su alrededor—. ¿Dónde
está Kael’thas?
—Ha huido —respondió el arácnido con una voz fría como una
piedra henchida de desagrado—. Empleó su magia para teletrans-
portarse antes de que pudiéramos despedazarlo.
Una vez más, había recurrido a ese cobarde truco de mago de
la teletransportación. Si los nigromantes de Arthas fueran capaces
de hacer tal cosa, el Rey Exánime no correría ningún peligro. El
caballero de la muerte recordó los otros cadáveres, y sabía que,
sin duda alguna, ése habría sido el destino de Kael’thas si no hubi-
era recurrido a ese truco barato.
—Odio tener que reconocerlo, pero ese maldito elfo tenía
razón —aseguró, mientras se volvía hacia su intimidante aliado—.
Anub’arak… he tenido otra visión sobre el Rey Exánime: se en-
frenta a un peligro inmediato. Illidan y Kael’thas se aproximan.
¡No podremos llegar al glaciar a tiempo!
He fracasado…
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Anub’arak no parecía en absoluto preocupado.


—Por tierra, tal vez no —reflexionó aquella criatura colosal—.
Si bien es un viaje largo y arduo… no nos queda otra alternativa,
caballero de la muerte. El antiguo reino devastado de Azjol-Nerub
se encuentra en las profundidades de esta tierra. Durante muchos
años goberné ese reino. Conozco sus caminos y pasadizos
secretos. A pesar de que ahora atraviesa una época tenebrosa,
podría proporcionarnos un atajo hacia el glaciar.
Arthas alzó la vista. Si pudieran volar como un cuervo, no sería
un viaje largo. Pero si tenían que atravesar el hielo y las montañas
que se erguían ante ellos…
—¿Estás seguro de que podemos llegar al glaciar a través de
esos túneles? —inquirió.
—En este mundo no hay nada seguro, caballero de la muerte
—contestó el nerubiano, y, por un momento, le dio la impresión
de que estaba sonriendo—. Correremos mucho peligro en las rui-
nas. Pero merece la pena correr el riesgo.
Atraviesa una época tenebrosa. Una frase curiosa en labios de
un antiguo señor arácnido muerto. Arthas se preguntó qué signifi-
caría eso.
Estaba a punto de averiguarlo.
Anub’arak y sus súbditos partieron hacia el norte, avanzando a
buen ritmo. Arthas y sus seguidores de la Plaga los siguieron en
cuanto dejaron el océano atrás. El sol se desplazó veloz en el cielo
oscuro, hasta rozar el horizonte. Una larga noche se aproximaba.
Sin detener la marcha, Arthas envió a algunos de sus guerreros a
recoger todas las ramas de árboles y palos que pudieran; tendrían
que quemar muchas antorchas para atravesar aquel peligroso
reino subterráneo.
Después de varias horas de progresar muy lentamente (los no-
muertos no podían sentir el frío, pero el viento y la nieve ralent-
izaban su paso), Arthas se dio cuenta de que, a pesar de las
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palabras irónicas de Anub’arak, una cosa era segura. Nunca


habría llegado a tiempo de salvar al Rey Exánime (y, por tanto,
salvarse a sí mismo) si hubiera realizado aquel viaje por la super-
ficie. Al final, era el instinto de supervivencia lo que le impulsaba
con tanta fuerza a seguir adelante. El Rey Exánime lo había en-
contrado en su día, lo había transformado en quien era. Le había
concedido un gran poder. Arthas lo sabía y se sentía agradecido,
pero aquello no tenía nada que ver con la lealtad, ni con que es-
tuviera en deuda con el Rey Exánime. Si ese ser de poder excep-
cional era asesinado, sin duda alguna, Arthas sería el próximo en
caer, y, como le había dicho a Uther en su momento, tenía inten-
ción de vivir eternamente.
Por fin, llegaron a las puertas que buscaban. Estaban tan cu-
biertas de hielo y nieve que Arthas no las reconoció de inmediato.
Anub’arak se detuvo, se irguió y estiró dos de sus ocho patas para
señalar lo que se encontraba delante de ellos.
Unas piedras curvas que recordaban a unas hoces (o a las pa-
tas de un insecto, se dijo Arthas) sobresalían y sus puntas se en-
trelazaban hasta formar una especie de túnel simbólico. Más ad-
elante se podían distinguir las puertas. Había una araña gigante
tallada sobre ellas. Arthas esbozó un rictus de disgusto, pero
entonces evocó las estatuas que poblaban Ventormenta. ¿Acaso
aquélla era distinta? Tras cruzar la entrada del «túnel» y las puer-
tas, llegaron al corazón de lo que parecía ser un iceberg. Por un
momento, sólo por un momento, Arthas contempló la silenciosa y
enorme figura de Anub’arak, pensó en cómo atrapan las arañas a
las moscas, y se preguntó si estaría haciendo lo correcto.
—He aquí la entrada a un otrora poderoso y antiguo lugar
—indicó Anub’arak—. Yo era su señor, y mis órdenes eran obed-
ecidas sin ser jamás cuestionadas. Era fuerte y poderoso, y no me
inclinaba ante nadie. Pero las cosas cambian. Ahora sirvo al Rey
Exánime, y es mi deber defenderlo.
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Arthas recordó brevemente lo indignado que se había sentido


cuando surgió la peste, su ardiente necesidad de venganza… la
mirada de su padre cuando la Agonía de Escarcha consumió su
alma.
—Cierto. Las cosas cambian —musitó el caballero de la
muerte—. Pero no hay tiempo para la nostalgia.
Se volvió a su nuevo y extraño aliado, sonrió fríamente y
añadió:
—Descendamos.
CAPÍTULO VEINTICUATRO

A rthas no sabía cuánto tiempo habían permanecido bajo la


superficie congelada de Rasganorte, en el antiguo y letal
reino nerubiano. Sólo tenía dos cosas claras mientras caminaba
hacia el exterior, hacia la luz, parpadeando como un murciélago al
que obligaran a salir al sol. Una de ellas era que esperaba llegar a
tiempo de proteger al Rey Exánime. La otra era que se sentía pro-
fundamente aliviado, hasta lo indecible, por poder salir de ese
lugar.
No albergaba ninguna duda de que el reino nerubiano había
sido antaño muy hermoso. Arthas no estaba muy seguro de qué se
iba a encontrar en aquel reino, pero lo que no había esperado de
ninguna manera era hallarse ante esos cautivadores e intensos
colores azules y morados, ni con las intrincadas formas
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geométricas que distinguían en las diferentes salas y pasillos. Si


bien éstos aún conservaban su belleza, eran como una rosa dis-
ecada; algo que si bien todavía era bello, estaba muerto. Mientras
caminaba, percibió un olor extraño que lo impregnaba todo. No
sabía de qué se trataba, ni siquiera era capaz de categorizarlo. Era
acre y rancio a la vez, pero no desagradable, no para alguien acos-
tumbrado a la compañía de muertos en descomposición.
Probablemente, ésa fuera una ruta más corta, tal y como
Anub’arak había prometido; no obstante, habían pagado un alto
precio por cada paso que habían dado. Poco después de haber en-
trado, los habían atacado.
Una decena o más de seres arácnidos surgieron de la oscurid-
ad, chillando de rabia mientras se abalanzaban sobre ellos.
Anub’arak y sus soldados se enfrentaron a sus atacantes sin vacil-
ar. Arthas titubeó una fracción de segundo; a continuación se
sumó a la batalla y ordenó a sus tropas hacer lo mismo. Las vastas
cavernas se llenaron de los chillidos de los nerubianos, del
lamento gutural de los no-muertos y de los gritos de agonía de los
nigromantes que aún estaban vivos, mientras los nerubianos
atacaban con gotitas de veneno. Unas telarañas espesas y pegajo-
sas atraparon varios de los cadáveres más feroces, que quedaron
indefensos a merced de unas poderosas mandíbulas que los de-
capitaron o de unas patas afiladas que los empalaron y les arran-
caron las entrañas.
Anub’arak era una auténtica pesadilla hecha carne. Profirió un
espantoso y cavernoso aullido en su gutural idioma nativo y se
lanzó sobre sus antiguos súbditos con consecuencias devastador-
as. Con las patas, que se movían independientemente unas de
otras, agarró y empaló a sus desventuradas víctimas. Unas pinzas
despiadadas las desmembraron. Y en todo momento, el aire vi-
ciado se vio rasgado por unos gritos que hicieron temblar y tragar
saliva a alguien tan curtido en estas lides como Arthas.
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La escaramuza fue muy violenta y tuvieron que pagar un alto


precio por ella en forma de bajas, pero, al final, los nerubianos se
perdieron entre las sombras de las que habían surgido. Dejaron
atrás a varios heridos; las ocho patas de los desdichados arácnidos
se estremecían de forma violenta y, acto seguido, se enroscaban
sobre sí mismos y morían.
—¿Qué demonios era eso? —preguntó Arthas, jadeando a la
vez que se giraba hacia Anub’arak—. Estos nerubianos pertenecen
a tu estirpe. ¿Por qué se muestran hostiles?
—Muchos de los que cayeron durante la guerra de la Araña
fueron traídos de vuelta de la muerte para servir al Rey Exánime
—respondió Anub’arak mientras señalaba a uno de los cuerpos
con una pata delantera—. Sin embargo, estos guerreros no muri-
eron. Son unos necios que todavía luchan para liberar a Nerub de
la Plaga.
Arthas observó a los nerubianos muertos.
—Unos necios, sí —murmuró, y, al instante, se llevó una mano
al corazón—. Al morir, sólo servirán a aquel contra quien
luchaban en vida.
Cuando finalmente salieron de esos túneles bajo la tenue luz
del mundo exterior, Arthas dio varias bocanadas a aquel aire frío
y limpio; nuevos reclutas recién muertos habían engrosado las
filas de su ejército.
Arthas tiró de las riendas para que Invencible se parara. El
caballero de la muerte temblaba de un modo exagerado; sólo
quería permanecer inmóvil y respirar aire fresco un rato. El aire
enseguida se corrompió por culpa del hedor de su putrefacto ejér-
cito. Anub’arak pasó junto a él y se detuvo un instante para obser-
varlo de manera implacable.
—No hay tiempo para descansar, caballero de la muerte. El
Rey Exánime nos necesita. Debemos cumplir con nuestro deber
como siervos.
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Arthas miró fugazmente al Señor de la cripta. Había algo en el


tono de voz de aquel ser… ¿Resentimiento, quizá? ¿Acaso
Anub’arak servía a su señor porque no le quedaba más remedio?
¿Traicionaría al Rey Exánime si se le presentara la oportunidad?
Y, en concreto, ¿traicionaría a Arthas?
Los poderes del Rey Exánime se debilitaban cada vez más. Al
igual que los de Arthas. Si menguaban demasiado…
El caballero de la muerte contempló la figura del Señor de la
cripta mientras se alejaba, respiró hondo y lo siguió.

¿Cuánto tiempo caminaron entre la espesa nieve y los purific-


adores vientos? Arthas era incapaz de precisarlo. En un momento
dado, casi perdió el conocimiento mientras cabalgaba, de lo débil
que se encontraba.
Recuperó la consciencia con un sobresalto, aterrado por el
vahído que había sufrido, y sacó fuerzas de flaqueza para aguantar
como fuera. No podía fallar, ahora no.
Llegaron a la cima de una colina y Arthas divisó al fin el glaciar
que ocupaba el centro del valle y el ejército que los aguardaba. Se
animó al ver a tantos allí reunidos para luchar por él y el Rey
Exánime. Anub’arak había dejado a muchos de sus guerreros en la
retaguardia, y ahora ahí estaban, estoicos y listos. Sin embargo,
más cerca del glaciar vio otras siluetas pululando. Estaba demasi-
ado lejos para distinguirlos con claridad, pero intuía de quién de-
bía de tratarse. Alzó la vista y se quedó boquiabierto.
El Rey Exánime se encontraba ahí, en las entrañas del glaciar.
Atrapado en su prisión, tal y como aparecía en las visiones de
Arthas. Cuando un nerubiano se acercó presuroso a Anub’arak y
Arthas para informarles de la situación, el caballero de la muerte
le escuchó sin prestarle demasiada atención.
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—Han llegado justo a tiempo. Las fuerzas de Illidan han to-


mado posiciones en la base del glaciar y…
Arthas gritó; un dolor, mucho peor que el que había sentido
hasta entonces, se apoderó de él. Una vez más, su mundo se volvió
del color de la sangre al tiempo que la agonía lo arrasaba por den-
tro. Al hallarse ahora tan cerca del Rey Exánime, el tormento que
compartía con esa poderosa entidad se veía centuplicado.
—Arthas, mi adalid. Por fin has llegado.
—Amo —susurró Arthas con los ojos cerrados, a la vez que se
presionaba ambas sienes con los dedos—. Sí, ya he llegado. Aquí
estoy.
—Hay una grieta en mi prisión, en el Trono Helado, y mis en-
ergías se filtran por ella —siguió hablando el Rey Exánime—. Por
eso mis poderes han disminuido.
—Pero ¿cómo es posible…? —preguntó el caballero de la
muerte.
¿Acaso alguien lo había atacado? No aparecía ningún enemigo
en la visión de Arthas, y estaba seguro de que había llegado a
tiempo…
—Antaño, la hojarruna, la Agonía de Escarcha, también es-
taba encerrada en el trono. La arranqué del hielo para que pudi-
era encontrar su camino hacia ti… y luego te guiara hasta mí.
—Y así lo ha hecho —musitó Arthas.
Como el Rey Exánime se encontraba atrapado en el hielo y no
podía moverse, tuvo que hacer acopio de una gran voluntad para
hacer que la gran espada atravesara el hielo y, así, enviársela a
Arthas. En ese momento recordó el hielo donde había hallado en-
cerrada la Agonía de Escarcha; recordó que tenía los bordes mel-
lados, como si se hubiera desprendido de un trozo más grande de
hielo. Aquel poder tan vasto… había buscado en todo momento
atraer a Arthas a ese lugar. Paso a paso, había conducido a Arthas
hasta ahí. Lo había dirigido. Controlado…
401/433

—Debes darte prisa, mi adalid. Mi creador, el Señor de-


moníaco Kil’jaeden, ha enviado a sus agentes para destruirme. Si
llegan al Trono Helado antes que tú, todo estará perdido. Y será el
fin de la Plaga. ¡Date prisa! Te concedo todo el poder que tengo a
mi disposición.
Una frialdad repentina comenzó a adueñarse de Arthas,
aplacando aquel dolor tremendo y rabioso, calmando sus
pensamientos. Esa energía era tan vasta, tan embriagadora Arthas
nunca había experimentado semejante poder. Así que ésa era la
razón por la cual había sido guiado hasta ahí. Para apurar ese cál-
iz de gélido líquido, para hacerse con las glaciales fuerzas del Rey
Exánime. Abrió los ojos y comprobó que volvía a ver con claridad.
Las runas de la Agonía de Escarcha brillaron de nuevo con gran
intensidad, y una neblina helada surgía de ella y ascendía hacia el
cielo. Arthas sonrió con fiereza, aferró la espada y la levantó en
alto. Cuando habló, su voz clara y sonora viajaba con suma facilid-
ad por el aire seco y frío.
—Acabo de tener otra visión sobre el Rey Exánime. ¡Ha res-
taurado mi poder! Ya sé lo que he de hacer —afirmó, mientras
señalaba con Agonía de escarcha a aquellas figuras diminutas que
se divisaban en lontananza—. Illidan ya se ha burlado bastante de
la Plaga. Intenta acceder a la cámara del trono del Rey Exánime.
Fracasará. Ha llegado la hora de infundirle de nuevo el miedo a la
muerte. Ha llegado la hora de que este juego termine… de una vez
por todas.
Lanzó un grito desafiante y feroz, al tiempo que agitaba por
encima de la cabeza la hojarruna, que se estremeció ansiosa por
devorar más almas.
—¡Por el Rey Exánime! —rugió Arthas, y, a continuación, cor-
rió al encuentro de sus enemigos.
Se sentía como un dios al blandir a la Agonía de Escarcha
como si nada. Cada alma que engullía, lo fortalecía. Por mucho
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que las flechas de los elfos de sangre llovieran sobre ellos, éstos
caían como el trigo ante la guadaña. En un momento dado, Arthas
recorrió con la mirada el campo de batalla. ¿Dónde estaba aquél
al que tenía que matar? Aún no había detectado ni rastro de Illid-
an. ¿Acaso había logrado entrar en…?
—¡Arthas! ¡Date la vuelta y lucha contra mí, maldito seas!
Aquella voz era clara, pura y rebosaba odio. El caballero de la
muerte se volvió.
El príncipe elfo se encontraba a pocos metros; su atuendo de
color rojo y oro destacaba como la sangre entre la implacable
blancura de la nieve sobre la que lucharon. Era alto y orgulloso,
había clavado su vara en la nieve, y no apartaba la mirada de
Arthas. La magia crepitaba a su alrededor.
—No avanzarás más, asesino.
En ese instante, Arthas sufrió un espasmo en un músculo
cerca del ojo. Eso mismo le había llamado Sylvanas. Hizo un gesto
de desprecio y sonrió al elfo que antaño le había parecido tan po-
deroso y cultivado a un joven príncipe humano. Regresó mental-
mente al momento en que Kael le había sorprendido besándose
con Jaina. Arthas, que entonces era un muchacho sabía que no
era rival para aquel mago mucho más poderoso que le superaba
en edad.
Sin embargo, Arthas ya no era ningún muchacho.
—Después de que desaparecieras de una manera tan cobarde
en nuestro último enfrentamiento, admito que estoy sorprendido
de volver a verte, Kael. No deberías enojarte porque yo te robara a
Jaina. Deberías superarlo y seguir adelante. Después de todo, aún
puedes disfrutar de muchas cosas en este mundo. Oh, espera…
No, ya no.
—¡Ojalá te pudras en el infierno, Arthas Menethil! —le maldijo
rezongando Kael’thas, que temblaba de indignación—. Me has
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arrebatado todo cuanto he querido. La venganza es lo único que


me queda.
No perdió más tiempo aireando su rabia y levantó su vara. El
cristal fijado en la punta brillaba intensamente, y una bola de
fuego crepitaba en la otra mano. Un instante después salió dis-
parada hacia Arthas. Entonces, unos fragmentos de hielo cayeron
sobre el caballero de la muerte. Kael’thas era un maestro de la
magia mucho más rápido que cualquiera con el que Arthas se hu-
biera enfrentado hasta ese momento. Logró alzar la Agonía de Es-
carcha justo a tiempo para desviar aquel globo de fuego que se iba
hinchando cada vez más. De los fragmentos de hielo pudo ocu-
parse con suma facilidad. Blandió la gran hojarruna por encima
de su cabeza y los atrajo hacia su hoja como virutas de hierro a un
imán. Sonriendo, Arthas giró la espada y devolvió los trozos de
hielo al mago que los había lanzado. La velocidad de Kael’thas lo
había sorprendido una vez, pero no iba a cometer ese error de
nuevo.
—Quizá deberías pensártelo dos veces antes de volver a atacar-
me con hielo, Kael —comentó el caballero de la muerte en tono
jocoso.
Debía provocar al mago para que actuara precipitadamente.
Como el dominio de uno mismo es clave para poder hacer magia,
si Kael perdía los estribos, sin duda alguna perdería la pelea.
—Gracias por el consejo —replicó Kael con un gruñido, a la vez
que entornaba los ojos.
Arthas asió con fuerza las riendas de su montura, preparado
para arrollar a su adversario; pero, de pronto, la nieve bajo sus
pies brilló con un fulgor anaranjado y se convirtió en agua de in-
mediato. Invencible se hundió medio metro y sus pezuñas resbal-
aron sobre el terreno escurridizo. Arthas desmontó de un salto y
ordenó a la bestia que se alejara a medio galope; entonces aferró a
la Agonía de Escarcha con más determinación que nunca en su
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mano derecha. A continuación extendió el brazo izquierdo y una


oscura bola de energía verde que giraba sobre sí misma se formó
en la palma de su mano y corrió hacia Kael como una flecha dis-
parada por un arco. El mago maniobró como pudo para defender-
se, pero aquel ataque fue demasiado rápido para él. Su cara adop-
tó un tono más pálido y se tambaleó hacia atrás y con una mano
se tocó el corazón. Arthas sonrió cuando parte de la energía vital
del mago lo inundó.
—Te arrebaté a la mujer a la que amabas —le espetó en un in-
tento de inflamar la ira del mago, a pesar de que sabía (y, prob-
ablemente, Kael también lo sabía) que Jaina nunca había amado
al elfo—. Por las noches, la estrechaba entre mis brazos. Sus besos
eran tan dulces, Kael. Me…
—Ahora te detesta —replicó Kael’thas—. Le repugnas y le
asqueas, Arthas. Todo lo que sentía por ti en el pasado se ha con-
vertido en odio.
El caballero de la muerte sintió algo extraño en su pecho. Se
dio cuenta de que no se había planteado nunca qué opinaría Jaina
de él ahora. Siempre había hecho todo lo posible por dejar de
pensar en ella cuando su mente divagaba. ¿Sería cierto lo que el
elfo acababa de decir? ¿De verdad Jaina…?
Una enorme y crepitante bola de fuego se estrelló contra su
pecho, y Arthas profirió un grito mientras caía hacia atrás por la
fuerza del impacto. Las llamas lo envolvieron durante unos pre-
ciosos segundos antes de recuperarse y poder contrarrestar el
hechizo. La armadura le había protegido en gran parte del fuego,
aunque sufría una agonía por mor del calor que había absorbido
ésta, cuyo metal estaba en contacto directo con su piel. Pero lo
que más le aterraba es que hubiera podido sorprenderlo. Si bien
una segunda bola de fuego voló en su dirección, esta vez estaba
listo, y la ferocidad de aquel fuego fue a encontrarse con la letalid-
ad de su hielo.
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—Devasté tu patria… Contaminé tu queridísima Fuente del


Sol. Y maté a tu padre. La Agonía de Escarcha devoró su alma,
Kael. Se ha ido para siempre.
—Se te da bien matar a nobles de edad avanzada —dijo
Kael’thas a modo de burla. La réplica le resultó inesperadamente
dolorosa al caballero de la muerte—. Por lo menos te enfrentaste a
mi padre en el campo de batalla. Pero ¿qué me dices del tuyo,
Arthas Menethil? Se necesita mucho valor para atravesar con una
espada a un padre indefenso que abre los brazos para estrechar a
su…
Arthas cargó, cubriendo la distancia que los separaba con unos
pocos pasos; entonces, la Agonía de Escarcha trazó un arco hacia
abajo.
Kael’thas se defendió con su vara. Por un segundo, el báculo
resistió, pero enseguida se resquebrajó por efecto del violento im-
pacto de la espada.
Pero gracias a esa maniobra, Kael había tenido tiempo sufi-
ciente para desenvainar una centelleante y reluciente arma, una
hojarruna que parecía estar al rojo vivo, en contraste con la
Agonía de Escarcha, que emitía un gélido resplandor azul. Las
hojas de las espadas chocaron. Ambos intentaron empujar hacia
abajo la espada del contrario, tensos por el esfuerzo; cada uno
empleaba su espada para impedir el avance de la hojarruna del
otro. Pasaron los segundos lentamente y Kael’thas sonrió cuando
sus miradas se encontraron.
—Reconoces esta hoja, ¿verdad?
Así era. Arthas conocía el nombre de la espada y el linaje al
que pertenecía Furia de las Llamas, Felo’melorn, la hojarruna
que perteneció a Dath’Remar Caminante del Sol, el ancestro de
Kael’thas, el fundador de la dinastía. La espada era indescriptible-
mente antigua. Había participado en la Guerra de los Ancestros y
en el alumbramiento de los Altonatos. Arthas le devolvió la
406/433

sonrisa. Furia de las Llamas iba a ser testigo de otro importante


hecho histórico: el final del último Caminante del Sol.
—Oh, sí. Vi cómo se partía en dos al chocar con la Agonía de
Escarcha, un instante antes de que matara a tu padre.
Arthas era más fuerte físicamente, y la energía del Rey
Exánime bullía en él. Con un gruñido de cansancio, el caballero de
la muerte empujó a Kael’thas hacia atrás, con la intención de
hacerle perder el equilibrio. Sin embargo, el mago se recuperó al
punto y adoptó con elegancia otra posición de ataque, blandiendo
Felo’melorn, sin apartar la mirada de Arthas en ningún momento.
—La hallé como dices, partida, pero hice que me la reforjaran.
—Las espadas rotas, por mucho que se enmenden, siguen
siendo débiles allí donde se quebraron, elfo —le advirtió Arthas
mientras trazaba un círculo a su alrededor, aguardando el in-
stante en que Kael fuera vulnerable.
Kael’thas se rió al escuchar ese comentario.
—Las espadas humanas, tal vez. Las elfas, no. No cuando se
reforjan combinando magia, odio y una ardiente necesidad de
venganza. No, Arthas. Felo’melorn es más fuerte que nunca, como
yo lo soy. Y también los sin’dorei. Somos más fuertes porque si bi-
en nos han destrozado… nuestra voluntad y determinación es aún
mayor ahora. ¡Y la meta que perseguimos con tanto ahínco es
verte caer!
El ataque fue extremadamente repentino. Kael estaba de pie,
despotricando y, de pronto, Arthas estaba luchando por salvar su
pellejo. La Agonía de Escarcha chocó contra Furia de las Llamas;
el maldito elfo tenía razón… la hoja resistió. Arthas se echó hacia
atrás con suma celeridad, hizo una finta y con un poderoso im-
pulso trazó un arco letal con la Agonía de Escarcha. Kael se apartó
de su trayectoria y se revolvió para contraatacar con una violencia
y una agresividad que sorprendieron a Arthas, quien se vio obli-
gado a retroceder; primero, un paso; luego, dos; hasta que se
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resbaló y cayó. Kael se abalanzó sobre él lanzando un gruñido,


dispuesto a dispensar el golpe mortal definitivo. Entonces Arthas
se acordó de las lecciones que Muradin le había impartido hacía
mucho tiempo, y le vino a la mente el truco favorito del enano.
Dobló las piernas contra el pecho y le propinó a Kael’thas una pa-
tada con todas sus fuerzas. El mago soltó un bramido y cayó de
espaldas sobre la nieve. El caballero de la muerte se puso en pie
jadeando, sostuvo a la Agonía de Escarcha con ambas manos y
lanzó una estocada dirigida al mago.
De alguna manera, Furia de las Llamas se interpuso en su
camino. Las hojas de ambas espadas se fundieron en un abrazo
tenso. La mirada de Kael’thas ardía de odio.
Pero Arthas era más fuerte y dominaba mejor el combate con
armas, y además poseía la espada más fuerte, por mucho que Kael
alardeara de Felo’melorn reforjada. Poco a poco, inexorable-
mente, como Arthas sabía que debía ocurrir, la Agonía de Es-
carcha fue descendiendo hacia el cuello desprotegido de Kael’thas
.
—… ella te odia —susurró el elfo. Arthas gritó, y la furia nubló
su visión por un momento, mientras empujaba la espada hacia
abajo con todas sus fuerzas hasta clavarse…
… en la nieve y la tierra congelada.
Kael’thas se había ido.
—¡Cobarde! —siseó Arthas, a pesar de que sabía que el prín-
cipe no podía oírle.
Esa rata había vuelto a teleportarse en el último segundo.
La furia amenazaba con enturbiar su juicio, así que trató de
dominarse. Había sido una locura dejar que Kael’thas lo sacara de
quicio.
Maldita seas, Jaina. Incluso ahora me hostigas, pensó el
caballero de la muerte.
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—¡A mí, Invencible! —gritó, y entonces se dio cuenta de que le


temblaba la voz.
Si bien Kael’thas no estaba muerto ya no se interpondría en su
camino, y eso era lo único que importaba. Obligó a girar la cabeza
a su esquelético caballo para sumarse de nuevo a la refriega y diri-
girse a la cámara del trono de su amo.
Atravesó la muchedumbre de enemigos como si fueran una
mera marabunta de insectos. A medida que caían, los reanimaba y
los enviaba a luchar contra sus antiguos camaradas. La marea de
los no-muertos era imparable e implacable. La nieve que se acu-
mulaba en la base de la torre de hielo estaba revuelta y empapada
de sangre. Arthas miró a su alrededor, a los últimos focos de lucha
que aún seguían activos. Vio muchos elfos de sangre, pero ni
rastro de su amo.
¿Dónde estaba Illidan?
Entonces, un movimiento rápido y borroso captó su atención y
se volvió. Gruñó para sí. Era otro Señor del Terror. Se hallaba de
espaldas a él, con sus alas negras extendidas y las pezuñas hendi-
das en la nieve.
Arthas alzó la Agonía de Escarcha.
—Ya he combatido y vencido a otros señores del terror
—rezongó—. Vuélvete y enfréntate a mí, si te atreves, o huye al
averno como el demonio cobarde que eres.
Aquel ser se giró lentamente. Unos cuernos enormes
coronaban su cabeza. Sus labios conformaban una sonrisa. Una
venda negra harapienta le tapaba los ojos. Dos puntos verdes bril-
lantes aparecieron en el lugar donde deberían estar los ojos.
—Hola, Arthas.
La voz profunda y siniestra había cambiado, pero no tanto
como el cuerpo del kaldorei. Seguía siendo de color lavanda
pálido y lucía los mismos tatuajes y escarificaciones. Sin embargo,
las piernas, las alas, los cuemos… Arthas comprendió
409/433

inmediatamente lo que había pasado. Así que por eso Illidan se


había vuelto tan poderoso.
—Te veo distinto, Illidan. Parece que la Calavera de Gul’dan te
impactó.
Illidan echó hacia atrás su cabeza coronada con una corna-
menta. Una risa siniestra salió como un estruendo de su garganta.
—Al contrario, nunca me he sentido mejor. En cierto modo,
supongo que debo darte las gracias por ser como soy ahora,
Arthas.
—Entonces demuéstrame tu agradecimiento no interponién-
dote en mi camino —le espetó el caballero de la muerte con un
tono de voz repentinamente gélido, desprovisto de cualquier
atisbo de ironía—. El Trono Helado me pertenece, demonio.
Apártate. Abandona este mundo y no regreses jamás. Si vuelves,
te estaré esperando.
—Ambos servimos a nuestros respectivos amos, muchacho. El
mío exige que destruya el Trono Helado. Me parece que estamos
en desacuerdo —replicó Illidan, al tiempo que levantaba el arma
con la que había combatido a Arthas una vez.
Sus poderosas manos, rematadas en unas uñas afiladas y
negras, aferraron la parte central del arma, y entonces se dio la
vuelta con una agilidad y una naturalidad engañosas. Arthas no
sabía a qué atenerse. Acababa de librar una pelea con Kael’thas de
la que hubiera salido victorioso si ese elfo cobarde no se hubiera
teletransportado en el último instante y el combate había hecho
mella en él. Sin embargo, nada en su aspecto indicaba que Illidan
estuviera cansado.
La sonrisa del señor demoníaco se hizo más amplia al observar
el desconcierto en que se hallaba sumido su enemigo. Se permitió
el lujo de estar un momento más manejando magistralmente esa
inusual arma demoníaca y, acto seguido, adoptó una posición de
ataque y se preparó para combatir.
410/433

—¡No hay vuelta atrás! —bramó el Señor del Terror.


—Tus soldados yacen despedazados o forman parte de mi ejér-
cito —aseveró Arthas mientras desenvainaba la Agonía de
Escarcha.
Sus runas brillaban con intensidad, y la niebla se acumulaba
en la empuñadura. Detrás de la venda, los ojos de Illidan (que
eran mucho más radiantes y de un color verde más vivo de lo que
recordaba) se entornaron al divisar la hojarruna. Si el kaldorei
transfigurado en demonio poseía un arma poderosa, Arthas
también.
—Voy a acabar contigo de un modo u otro —sentenció el
caballero de la muerte.
—Lo dudo —replicó burlonamente Illidan—. ¡Soy más fuerte
de lo que crees y mi amo creó al tuyo! Vamos, peón. Voy a des-
pachar al servidor antes de despachar al patético…
Arthas cargó contra él. La Agonía de Escarcha brilló y se es-
tremeció en sus manos, tan ansiosa por matar a Illidan como él.
El elfo no parecía en absoluto sorprendido por el presuroso
ataque y con suma facilidad levantó el arma de doble filo para
detener el golpe. La Agonía de Escarcha había quebrado espadas
antiguas y poderosas, pero esta vez sólo se estrelló contra aquel
metal verde y brillante.
Illidan le obsequió con una sonrisa mientras se mantenía
firme en su posición. Arthas volvió a sentir cierto malestar. El elfo
de la noche había cambiado al absorber el poder de la Calavera de
Gul’dan, como demostraba el hecho de que físicamente era mucho
más fuerte que antes. Illidan se rió entre dientes, emitiendo un
sonido grave y horrendo; y, a continuación, empujó con fuerza.
Arthas se vio obligado a retroceder y a hincar una rodilla en tierra
para defenderse mientras el demonio se abalanzaba sobre él.
411/433

—Cómo me alegro de que hayan cambiado las tornas —afirmó


Illidan con un gruñido—. Tal vez te mate con celeridad si me pro-
porcionas una buena pelea, caballero de la muerte.
Arthas decidió no malgastar saliva respondiendo a sus insul-
tos. Apretó los dientes y se concentró en repeler los golpes que es-
taban lloviendo sobre él.
Aquella arma era un remolino verde brillante. Podía sentir el
poder de la energía demoníaca que irradiaba de ella, al igual que
sabía que Illidan podía percibir las siniestras tinieblas que alber-
gaba la Agonía de Escarcha.
De pronto, Illidan ya no estaba ahí, y Arthas, que se había
abalanzado sobre él, perdió el equilibrio. En ese momento es-
cuchó un aleteo y se volvió. Illidan volaba por encima de él, y, ba-
tiendo sus grandes alas de cuero, provocó un vendaval y se puso
fuera de su alcance.
Se miraron mientras Arthas intentaba recuperar el aliento.
Entre tanto, pudo comprobar que la batalla también hacía mella
en el Señor demoníaco. Su enorme torso de tonos lavanda brillaba
por el sudor. Arthas se preparó para el siguiente asalto; la Agonía
de Escarcha estaba lista para repeler el ataque de Illidan en
cuanto se lanzara en picado desde el cielo.
Entonces el señor demoníaco hizo algo totalmente inesperado.
Se rió, cambió el arma que sostenía en las manos y, con un movi-
miento fugaz y borroso, dio la sensación de que esa arma se di-
vidía en dos. En cada una de sus poderosas manos ahora sostenía
una espada.
—He aquí las hojas gemelas de Azzinoth —anunció Illidan con
sumo regocijo.
Voló aún más alto, haciendo girar las hojas tanto en la mano
izquierda como en la derecha; Arthas se dio cuenta de que mane-
jaba esas armas con ambas manos con igual soltura.
412/433

—Dos magníficas gujas de guerra. Pueden ser utilizadas como


una sola arma devastadora… o, como puedes ver, dos. Era el arma
favorita de un guardia del Apocalipsis, un poderoso capitán de-
moníaco que maté hace diez mil años. ¿Cuánto tiempo hace que
luchas con esa espada tan bonita, humano? ¿Hasta qué punto la
conoces y la dominas?
Aquellas palabras estaban destinadas a sembrar la duda en el
caballero de la muerte. Pero lograron justo el efecto contrario: en-
corajinarlo. Si bien Illidan podía haber poseído su poderosa arma
durante más tiempo, la Agonía de Escarcha se hallaba ligada a
Arthas y él a ella. No era una espada sino una extensión de sí
mismo. Lo supo desde la primera vez que se le apareció en una
visión, cuando acababa de llegar a Rasganorte. En cuanto puso los
ojos sobre ella y se dio cuenta de que la espada lo estaba esper-
ando, se despejaron todas sus dudas. Ahora sentía cómo se es-
tremecía en su mano, confirmando el vínculo que los unía.
Las gujas del demonio brillaron. Illidan cayó en picado sobre
Arthas, como una piedra. Arthas aulló y contraatacó, dando una
estocada con más seguridad que nunca, alzando de abajo arriba a
la Agonía de Escarcha para alcanzar al demonio, que descendía
de cabeza, en la parte frontal de su cuerpo. Como sabía que ocur-
riría, notó cómo la espada desgarraba profundamente la carne.
Tiró de ella, extendiendo la incisión por todo el torso del señor de-
moníaco y sintió una gran satisfacción cuando el antiguo kaldorei
gritó de agonía.
Sin embargo, aquella rata se negaba a caer. Las alas de Illidan
batieron erráticas y, sin saber muy bien cómo, lograron manten-
erlo en el aire un rato. Entonces, ante la mirada de asombro de
Arthas, su cuerpo pareció cambiar y oscurecerse… como si estuvi-
era hecho de un humo negro, morado y verde que se retorcía
sobre sí mismo.
413/433

—¡Esto te lo debo a ti! —bramó Illidan. Su voz original ya era


grave de por sí, pero, de alguna manera, se había vuelto aún más
profunda.
Arthas sintió cómo un escalofrío le recorría todos los huesos.
Los ojos del demonio brillaban con fiereza en la oscuridad que
giraba sin parar que era ahora su cara.
—¡Este don… este poder te destruirá!
Un aullido abandonó la garganta de Arthas, que cayó de nuevo
de rodillas. Una llama de fuego verde recorrió su armadura, lo ab-
rasó e incluso atenuó el resplandor azul de la Agonía de Escarcha
por un momento. Por encima del grito descarnado y atormentado
escuchó la risa de Illidan. Una vez más, aquel fuego del color de la
bilis se precipitó en cascada sobre él y Arthas cayó hacia adelante,
sin aliento. Pero a medida que el fuego se desvanecía y vio a Illid-
an precipitándose de cabeza con la intención de acabar con él,
sintió cómo la antigua hojarruna, que aún conseguía sostener a
duras penas, lo instaba a recuperarse.
La Agonía de Escarcha era suya, y él, suyo. Unidos eran
invencibles.
Justo cuando Illidan levantó las gujas para proceder a matarlo,
Arthas alzó a la Agonía de Escarcha, empujándola hacia arriba
con todas sus fuerzas. Notó cómo la hoja entraba en contacto con
aquel cuerpo, horadaba la carne y se abría paso muy dentro.
Illidan cayó al suelo con brusquedad. La sangre manaba a bor-
botones de su torso desnudo, derritiendo la nieve a su alrededor
con un sonido sibilante. Su pecho subía y bajaba al ritmo de sus
irregulares jadeos. Las hojas gemelas de las que antes tanto había
alardeado eran ahora totalmente inútiles. Había soltado una de
ellas al caer y la otra seguía en una mano que ni siquiera podía
cerrarse en torno a la empuñadura. Arthas se puso en pie; aún
sentía cierto hormigueo debido a los rescoldos del fuego que le
había lanzado Illidan. Permaneció observándolo largo rato,
414/433

grabando aquella escena con hierro candente en su mente. Pensó


en cómo le iba a rematar, pero prefirió dejar que el inmisericorde
frío lo hiciera por él. Como ardía en deseos de satisfacer una ne-
cesidad mucho más imperiosa, se volvió y alzó la mirada hacia la
torre de hielo que se erigía imponente por encima de él.
Tragó saliva y permaneció inmóvil un instante, sabiendo, in-
conscientemente, que algo iba a cambiar de manera sustancial.
Acto seguido respiró hondo y se adentró en la caverna.
Arthas recorrió, casi como en trance, túneles serpenteantes
que le adentraban más y más en las entrañas de la tierra. Algo
parecía guiar sus pasos, y aunque no se escuchaba ningún ruido,
ni a nadie que osara cuestionar su presencia allí, sintió (en vez de
oír) el zumbido insistente originado por algún tipo de energía.
Prosiguió el descenso, notando cómo aquel poder lo atraía cada
vez más hacia su destino.
Más adelante vio una fría luz azul y blanca. Arthas se acercó a
ella, reprimiendo el impulso de echar a correr, y el túnel dio paso
a lo que supuso que sería la cámara del trono. Justo delante se
erigía una estructura que le dejó sobrecogido y sin aliento.
La prisión del Rey Exánime se hallaba en la cima de esta torre
serpenteante, esta aguja de color azul verdoso, de hielo brillante
que no era hielo que se alzaba como si fuera a atravesar el techo
de la caverna. Un pasillo angosto y sinuoso, que rodeaba aquella
aguja, llevaba hasta la cima. Arthas aún conservaba la energía que
le había concedido el Rey Exánime, por eso no se cansaba; no ob-
stante, a medida que ascendía, un pie tras otro, una serie de re-
cuerdos no deseados pareció lanzarse contra él como una mar-
abunta de mosquitos. Palabras, frases e imágenes desfilaron por
su mente.
Recuerda, Arthas, somos paladines. La venganza no forma
parte de nuestro sendero. Si permitimos que nuestras emociones
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alimenten nuestra sed de sangre, nos convertiremos en unos


seres tan viles como los orcos.
Jaina… Oh, Jaina… Nadie parece capaz de negarte nada, y
mucho menos yo.
No reniegues nunca de mí, Jaina. Nunca reniegues de mí, por
favor.
Nunca lo haré, Arthas. Nunca.
Siguió su ascenso, sin tomarse ni un respiro.
Sabemos tan poco sobre la peste… ¡No podemos masacrarlos
como animales sólo porque tengamos miedo!
Esto me da muy mala espina, muchacho. Déjalo estar. Olvida
esa espada. Encontraremos otra forma de salvar a tus súbditos.
Ahora marchémonos, regresemos a casa y busquemos esa
alternativa.
Un pie tras otro. Hacia arriba, siempre hacia arriba. Unas alas
negras aletearon por su memoria.
Te obsequiaré con un último augurio. Recuerda que cuanto
más intentes destruir a tus enemigos, antes caerán tus súbditos
en sus manos.
A pesar de que estos recuerdos requerían su atención, en su
corazón albergaba una sola imagen, una sola voz, que era más
fuerte y más convincente que todas las demás, que le susurraba y
animaba:
Te acercas, mi adalid. Al fin seré libre… y, entonces, llegará el
momento de tu ascensión al poder, al poder de verdad.
Ascendió, con la mirada siempre fija en la cima, en el enorme
bloque de hielo azul que aprisionaba a aquel que le había llevado
a recorrer ese camino. Se fue acercando cada vez más, hasta que
se detuvo a sólo unos metros de distancia. Durante un largo in-
stante contempló la figura atrapada en su interior, que sólo podía
vislumbrarse parcialmente. Una neblina surgía de la gran masa de
hielo, que impedía aún más distinguir la silueta.
416/433

La Agonía de Escarcha refulgía en su mano. Desde lo más


profundo de esa prisión, Arthas atisbó un tenue destello en
respuesta: dos puntos brillantes de luz azul.
DEVUELVE LA ESPADA, le ordenó la voz profunda y áspera
que resonaba en la mente de Arthas con un volumen insoporta-
blemente alto. CIERRA EL CÍRCULO. ¡LIBÉRAME DE ESTA
PRISIÓN!
Arthas dio un paso adelante y luego otro; mientras avanzaba,
alzó la Agonía de Escarcha y entonces dejó de caminar para cor-
rer. Éste era el momento al que todo llevaba. Sin darse cuenta, un
rugido fue cobrando forma en su garganta hasta que se liberó
justo cuando se disponía a descargar un golpe con su espada con
todas sus fuerzas.
Un crujido colosal retumbó en la cámara cuando la Agonía de
escarcha alcanzó su objetivo. El hielo se rompió, y unos pedazos
enormes salieron volando en todas direcciones. Arthas se protegió
la cara con los brazos, pero los fragmentos pasaron volando sin
causarle daño. El hielo que cubría el cuerpo aprisionado fue cay-
endo a pedazos y el Rey Exánime profirió un grito y levantó los
brazos, cubiertos por una armadura, hacia el cielo. Se escucharon
más bramidos y más crujidos que procedían de la caverna y de
aquel ser; el estruendo era tal, que Arthas se cubrió las orejas
mientras en su semblante se dibujaba una mueca de disgusto. Era
como si el mundo se estuviera desintegrando. De repente, la
figura ataviada con una armadura que era el Rey Exánime pareció
hacerse añicos al igual que su prisión, desmoronándose ante la es-
tupefacta mirada de Arthas.
Dentro no quedaba nada, ni nadie.
Solamente había una armadura, de hielo negro, cuyos trozos
cayeron al suelo con estrépito. El yelmo, que no protegía la cabeza
de nadie, resbaló hasta detenerse a los pies de Arthas, quien
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permaneció observándolo largo rato, mientras un profundo escal-


ofrío le recorría de arriba abajo.
Durante todo este tiempo… había estado persiguiendo un fant-
asma. ¿El Rey Exánime había estado realmente en aquel lugar al-
guna vez? De no ser así, ¿qué había arrancado la Agonía de Es-
carcha del hielo? ¿Quién había pedido ser liberado? ¿Acaso era él,
Arthas Menethil, quién había permanecido encerrado en el Trono
Helado todo el tiempo?
¿Ese fantasma que había estado persiguiendo… era él mismo?
Esas preguntas probablemente nunca tendrían respuesta. Pero
tenía una cosa muy clara. Si la Agonía de Escarcha estaba destin-
ada a ser suya, la armadura, también. Unos dedos enguantados se
cerraron sobre el yelmo, del que sobresalían unas púas, y lo le-
vantó despacio, de forma reverencial, y luego, cerrando los ojos,
se lo colocó en la cabeza.
De improviso, se sintió como si lo recorriera una corriente, y
su cuerpo se tensó al percibir la esencia del Rey Exánime en-
trando en él. Le atravesó el corazón, paralizó su respiración, se es-
tremeció por sus venas, helada, poderosa, avanzando como un
maremoto. A pesar de tener los ojos cerrados, vio tantas cosas…
todo lo que Ner’zhul, el chamán orco, había conocido, visto y
hecho. Por un momento, Arthas temió que toda esa información
lo abrumase; que, al final, el Rey Exánime lo hubiera engañado
para llegar hasta allí y así poder transferir su esencia a un cuerpo
nuevo. De inmediato se preparó para librar una batalla cuyo pre-
mio era el control de su cuerpo.
Pero no hubo ninguna lucha. Sólo una mezcla, una fusión de
esencias. A su alrededor, la gruta seguía derrumbándose. Sin em-
bargo, Arthas apenas fue consciente de ello. Sus ojos se agitaron
convulsivamente tras los párpados cerrados.
Entonces sus labios se movieron. Y habló.
Hablaron.
418/433

Ahora… somos un solo ser.


EPÍLOGO: EL REY
EXÁNIME

A quel mundo azul y blanco se difuminó en la visión de


Arthas. El frío y esos colores puros, cambiaron, se trans-
formaron en los tonos cálidos propios de la madera, el fuego y las
antorchas. Había hecho lo que dijo que haría; había recordado su
vida, todo lo que había sucedido anteriormente, y había vuelto a
recorrer el camino que lo había llevado a sentarse en el Trono He-
lado y a ese estado de sueño tan profundo.
Pero el sueño no había terminado, por lo visto. De nuevo se
sentó a la cabeza de una larga mesa bellamente tallada que ocu-
paba la mayor parte de aquella Gran Sala onírica.
420/433

Y esos dos que tenían tanto interés en su sueño, seguían ahí,


observándolo.
El orco que estaba a su izquierda, de edad avanzada aunque
todavía poderoso, buscó su cara y, a continuación, sonrió; ese
gesto provocó que se extendiera la calavera blanca que llevaba
pintada en la cara. El muchacho de su derecha (demacrado y en-
fermizo) parecía tener peor aspecto de lo que Arthas recordaba
cuando había entrado en el sueño de la memoria.
El chico se humedeció unos labios pálidos y agrietados y
respiró hondo como si fuera a hablar, pero fueron las palabras del
orco las que quebrantaron el silencio.
—Hay mucho más —prometió.
Los recuerdos anegaron la mente de Arthas, entrelazándose y
superponiéndose unos a otros, conformando visiones donde el fu-
turo y el pasado se mezclaban. Un ejército de seres humanos a
caballo, que portaba la bandera de Ventormenta… luchaba junto
a, y no en contra de, una Horda cuyas monturas eran unos lobos
que gruñían. Se habían aliado para atacar a la Plaga. La escena
varió, cambió. Ahora, los humanos y los orcos se atacaban unos a
otros… y los no-muertos, algunos de los cuales vociferaban
órdenes y luchaban sin estar dominados por nadie, por voluntad
propia, guerreaban codo con codo con orcos, unos minotauros de
aspecto extraño y trols.
¿Quel’Thalas… no estaba en ruinas? No, no; la cicatriz que él y
su ejército habían dejado era visible… No obstante, la ciudad es-
taba siendo reconstruida…
Ahora, las imágenes surcaban su mente más rápido, verti-
ginosa, caótica y desordenadamente. Era imposible distinguir el
pasado del futuro. Tuvo otra visión, en la cual unos dragones es-
queléticos destruían una ciudad que Arthas nunca antes había
visto: un lugar caliente y seco atestado de orcos. Y… sí, sí, la
421/433

mismísima Ventormenta estaba siendo objeto de ataques de los


dragones no-muertos…
Unos nerubianos… no, no eran nerubianos, no eran súbditos
de Anub’arak, pero sí estaban emparentados con ellos. Se trataba
de una raza que vivía en el desierto. Sus siervos eran unas cri-
aturas colosales con cabezas de perro, gólems hechos de obsidi-
ana, que atravesaban la arena de un amarillo brillante.
Apareció un símbolo, uno que Arthas conocía: la L de Lordaer-
on, empalado por una espada, pero de color rojo, no azul. El sím-
bolo cambió, se convirtió en una llama roja sobre un fondo
blanco. La llama pareció cobrar vida propia y envolvió el fondo,
quemándolo para revelar las aguas plateadas de una vasta ex-
tensión del líquido elemento… un mar…
… Algo parecía enturbiar la superficie en calma de aquel
océano. La superficie, perfectamente plana hasta entonces,
comenzó a agitarse con violencia, a bullir, como si hubiera tor-
menta, aunque el cielo estaba despejado. Un sonido horrendo,
que Arthas reconoció a duras penas como una risa, le destrozó los
oídos; a ese sonido se unieron los gritos de un mundo arrancado
de su lugar, arrastrado hacia arriba para enfrentarse a la luz del
día, una luz que no había visto en innumerables siglos…
Verde… todo era verde, sombrío, de pesadilla. Unas imágenes
grotescas que danzaban en un rincón recóndito de la mente de
Arthas salieron disparadas antes de que pudiera aferrarlas con
fuerza. Entrevió algo fugazmente que enseguida se desvaneció…
¿Eran unos cuernos? ¿Un venado? ¿Un hombre? Era difícil
saberlo. Aquella figura encarnaba la esperanza, pero había ciertas
fuerzas empeñadas en destruirla…
Las montañas cobraron vida, dieron pasos de gigante, y
destrozaron todo cuanto tuvo el infortunio de cruzarse en su cam-
ino. Con cada una de esas colosales pisadas, el mundo parecía
temblar y agitarse.
422/433

Entonces vio a la Agonía de Escarcha. Al menos sabía qué era,


la conocía muy bien. La espada giró dando vueltas, como si Arthas
la hubiera tirado al aire. Una segunda espada se alzó para encon-
trarse con ella, era larga, un poco tosca pero muy poderosa, y llev-
aba el símbolo de un cráneo incrustado en su temible hoja. Es-
cuchó un nombre… «La Crematoria», una espada que era mucho
más que una espada, al igual que la Agonía de Escarcha. Ambas
entrechocaron…
Arthas parpadeó y sacudió la cabeza. Las visiones inconexas,
caóticas, alentadoras y preocupantes… se desvanecieron.
El orco se rió entre dientes, y el cráneo pintado en su rostro se
extendió. Antaño lo habían llamado Ner’zhul; antaño había
poseído el don de ver el futuro. Arthas no albergaba ninguna duda
de que todo lo que había visto, aunque no lo había entendido del
todo, iba a suceder.
—Mucho más —reiteró el orco—. Pero sólo si recorres el sen-
dero hasta el final.
El caballero de la muerte volvió despacio la cabeza, coronada
por un pelo blanco, hacia el niño. El muchacho enfermo le dirigió
una mirada sorprendentemente clara, y, por un momento, Arthas
sintió que algo se estremecía en su interior. A pesar de todo… el
muchacho no iba a morir.
Y eso significaba…
El muchacho sonrió de manera casi imperceptible, y parte de
su aspecto enfermizo pareció disiparse mientras Arthas se es-
forzaba por dar con las palabras adecuadas.
—Tú… eres yo. Ambos… somos yo. Pero tú… —Hablaba con
suavidad y su voz estaba teñida de asombro e incredulidad—, eres
la débil llama que todavía arde dentro de mí, que aún resiste el
hielo. Representas mis últimos vestigios de humanidad, de com-
pasión, de mi capacidad de amar, de llorar de preocuparme por
los demás. Representas mi amor por Jaina, mi amor por mi padre
423/433

por todas las cosas que me hicieron ser quien fui una vez. En
cierto modo, la Agonía de Escarcha no me lo ha arrebatado todo.
He intentado alejarme de ti… y no he podido. No… no puedo.
Los ojos verdemar del niño se iluminaron, y le ofreció a su otro
yo una sonrisa trémula. El color de su piel mejoró, y ante los ojos
de Arthas, algunas pústulas desaparecieron.
—Ahora lo entiendes. A pesar de todo, Arthas, no me has
abandonado.
Unas lágrimas de esperanza se asomaron a los ojos del
muchacho. Su voz, que ahora era más fuerte que antes, temblaba
de emoción.
—Tiene que haber una razón por la que yo sigo aquí. Arthas
Menethil… has hecho mucho mal, pero la bondad aún anida en tu
alma. De lo contrario… yo no existiría, ni siquiera en tus sueños
—añadió el niño.
Se bajó de la silla deslizándose y caminó lentamente hacia el
caballero de la muerte. Arthas se puso en pie mientras el chico se
acercaba. Por un momento se contemplaron el uno al otro, el niño
que fue y el hombre en que se había convertido.
El muchacho extendió los brazos, como si fuera un niño de
verdad que pide ser cogido en brazos y abrazado por un padre que
lo quiera.
—No tiene por qué ser demasiado tarde —afirmó el niño en
voz baja.
—No —replicó Arthas con voz queda, mirando absorto al
muchacho—. No tiene por qué.
Acarició la mejilla del niño, deslizó la mano por debajo del
pequeño mentón y le obligó a alzar ese semblante esperanzado.
Arthas vio reflejada su sonrisa en sus propios ojos.
—Pero lo es.
La Agonía de Escarcha descendió sobre él. El niño dejó es-
capar un grito henchido de sorpresa por la traición y la angustia
424/433

(como el de la furia del viento que arreciaba más allá de esas


paredes). Por un momento, Arthas se vio ahí en pie, con esa hoja
casi tan grande como él enterrada en su pecho, y sintió un es-
tremecimiento final de remordimiento cuando se encontró con su
propia mirada en los ojos del chico.
A continuación, el muchacho desapareció. Todo lo que
quedaba de él era el amargo lamento del viento que recorría
aquella tierra atormentada.
Se sentía… de maravilla. Con la muerte del niño, Arthas se dio
cuenta realmente de la terrible carga que había supuesto para él
este último vestigio de humanidad. Se sentía ligero, poderoso,
purgado. Inmaculado, como pronto lo estaría Azeroth. Toda su
debilidad, su fragilidad, todo lo que alguna vez le hizo vacilar o
dudar de sí mismo… todo eso había desaparecido.
Ya sólo quedaban Arthas, la Agonía de Escarcha, que cantaba
de felicidad por haberse adueñado de la última pieza del alma de
Arthas y el orco, cuyo cráneo-cara se dividió al esbozar una risa
triunfal.
—¡Sí! —exclamó el orco eufórico, riendo casi como un de-
mente—. Sabía que tomarías esa decisión. Durante mucho tiempo
has luchado con los últimos restos de bondad y de humanidad que
había en ti. Pero eso se acabó. Ese muchacho te refrenaba. Ahora
eres libre.
Se puso de pie y, a pesar de que su cuerpo seguía siendo el de
un orco viejo, se movía con la facilidad y fluidez de un joven.
—Somos un solo ser, Arthas. Juntos, somos el Rey Exánime.
Ya no existe Ner’zhul, ya no existe Arthas, sólo este glorioso ser.
Con mis conocimientos, podremos…
Los ojos casi se le salieron de las cuencas cuando la espada lo
atravesó.
Arthas dio un paso adelante, enterrando la brillante y hambri-
enta Agonía de Escarcha cada vez más en el ser onírico que una
425/433

vez había sido Ner’zhul, el Rey Exánime, y que pronto dejaría de


existir, no sería nada de nada. Con otro brazo rodeó el cuerpo del
orco y aproximó sus labios tanto a la oreja verde de éste, que el
gesto tenía un componente muy íntimo, tan íntimo como el acto
de arrebatar una vida siempre ha sido, es y será.
—No —susurró Arthas—. Nada de podremos. Nadie me dice
qué he de hacer. Ya he conseguido todo cuanto necesitaba de ti…
Ahora el poder es mío y sólo mío. Ahora sólo estoy yo. Soy el Rey
Exánime. Y estoy preparado.
El orco se estremeció en sus brazos, aturdido por la traición, y
desapareció.

La taza de té se hizo añicos al caer de las manos de Jaina, re-


pentinamente sin fuerzas. Jadeó, incapaz de respirar con normal-
idad; el frío húmedo de aquel día gris se había adueñado de ella.
Aegwynn estaba allí y su nudosa mano se cerró sobre la de Jaina.
—Aegwynn… ¿Qué-qué ha pasado? —preguntó con una voz
densa y angustiada.
Las lágrimas anegaron sus ojos de pronto, como si sufriera ter-
riblemente por la pérdida de… algo…
—No es cosa de tu imaginación —le explicó Aegwynn con un
tono grave—. Yo también lo he sentido. Respecto a qué ha sido…
bueno, estoy segura de que ya lo averiguaremos.

Sylvanas se sobresaltó, como si el colosal demonio plantado


delante de ella la hubiera golpeado. Lo cual nunca se hubiera atre-
vido a hacer, por supuesto. Varimathras entornó sus relucientes
ojos.
—Mi señora, ¿qué ha sido eso?
—Él.
426/433

Siempre era él.


Las manos enguantadas de Sylvanas se cerraron en un puño y
se abrieron varias veces seguidas.
—Algo ha sucedido. Algo relacionado con el Rey Exánime. Lo
he… sentido.
Si bien ya no existía un vínculo entre ellos, al menos no uno
por el cual ella estuviese bajo su control, tal vez quedara algún
vestigio del que compartieron en su día. Algo que le advertía de lo
que sucedía.
—Tenemos que apresurar nuestros planes —le urgió a
Varimathras.
Creo que el tiempo se ha convertido de repente en un bien es-
caso que no conviene desperdiciar.

Durante mucho tiempo no había sentido nada. Había per-


manecido en el trono, inmóvil, esperando, soñando. El hielo lo
había llegado a cubrir mientras estaba quieto cual piedra; no era
una cárcel, no, sino más bien una segunda piel.
Entonces no sabía a qué estaba esperando, pero ahora sí.
Había dado los pasos finales del viaje que había iniciado hacía
mucho, mucho tiempo; el día en que las tinieblas se adentraron
por primera vez en su mundo bajo la forma del llanto del joven
príncipe de Ventormenta, que lloraba por su padre muerto. Ese
camino le había llevado, a través de Azeroth, hasta Rasganorte,
hasta este Trono Helado y este cielo abierto. A rebuscar en las si-
mas de su fuero interno y a adoptar la decisión por asesinar a ese
niño inocente que lo refrenaba así como a las partes de sí mismo
que habían moldeado al muchacho.
Arthas, el Rey Exánime, solo en su gloria y su poder, abrió los
ojos lentamente. El hielo que los cubría se partió al hacer ese
gesto y cayó en fragmentos diminutos, como si se tratara de
427/433

lágrimas congeladas. Una sonrisa se formó bajo el yelmo orna-


mentado que cubría sus cabellos blancos y su piel pálida. Se cayó
más hielo por mor de su despertar, que poco a poco cambiaba de
forma, cual partículas de una crisálida de hielo que ya no era ne-
cesaria. Estaba despierto.
—Ha comenzado.
NOTA DEL AUTOR

L a historia que acabas de leer se basa en parte en el juego de


ordenador de Blizzard Entertainment Warcraft III: Reign
of Chaos y su expansión Warcraft III: The Frozen Throne. Estos
títulos fueron lanzados en julio de 2002 y julio de 2003, re-
spectivamente, alcanzaron los primeros puestos en las listas de
ventas fueron elogiados por la crítica y recibieron los premios
«Juego preferido del editor», «Juego de Estrategia del Año»,
«Juego del Año», y otros más de numerosas publicaciones. Más
de cinco años más tarde, Warcraft III sigue siendo uno de los jue-
gos más populares para jugar partidas de multijugador en línea, y
es un elemento básico en los torneos de juegos profesionales de
todo el mundo. Las campañas de un solo jugador permiten a los
jugadores manejar e interactuar con algunos de los más
429/433

poderosos e interesantes personajes de la historia de Warcraft, y


experimentar de primera mano un momento crucial en la historia
de Azeroth.
Escritora americana, Christie Golden es conocida por sus novelas
de terror, ciencia ficción y fantasía, la mayoría de las cuales se
pueden encuadrar en grandes franquicias dedicadas a los juegos
de rol y a los videojuegos.
A destacar su trabajo en la saga de World of Warcraft, Ravenloft o
Star Trek Voyager.
Notas
432/433

[1]
El común es el idioma de los humanos en el WOW. [N. del
T.]<<
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