Se perfeccionan o, si se quiere, se vuelven casi inapelables procesos ya advertibles desde
hace
décadas; el primero, el avasallamiento de las industrias culturales de Norteamérica, que
en
materia de lectura imponen (proponer sería un verbo de enorme modestia) dos grandes
zonas del
consumo: los bestsellers (a tal punto identificados con los viajes, que si uno está en casa
de
cualquier modo se abrocha el cinturón de seguridad) y la literatura de autoayuda o
superación
personal.
Internet obliga a un mucho mayor ejercicio de la lectura, así sea fragmentaria y opuesta a
las
prácticas antiguas de concentración, y también distribuye un cúmulo informativo
desconocido y
abrumador. Por ejemplo, lo que hoy los interesados en el mundo entero conocen sobre
Leonardo
da Vinci, el Opus Dei, los templarios, las sectas católicas, etcétera, se debe al éxito de El
código Da
Vinci, que remite a internet.
El universo de la imagen, la iconosfera, desplaza en la vida colectiva al universo del libro. Y
a esta
pérdida de centralidad me refiero en las notas siguientes.
***
Gracias a la lectura, cada persona se multiplica a lo largo del día. El impulso del personaje
de un
relato, de una atmósfera literaria, de un poema, renueva y vigoriza las opiniones morales
y
políticas, vuelve por una hora un poeta o un narrador al que complementa con
imaginación lo
leído, ayuda a situarse ante el horizonte científico o social, vigoriza el sentido idiomático.
Así sea a
contracorriente de algunos textos, la lectura es el ingreso a la racionalidad, la fantasía, la
grandeza
de los idiomas, el don de extraer universos de la combinación de las palabras. Lo afirma
Borges,
que ya lo dijo todo con tal de volvernos su sistema de ecos: «No vivo para leer, leo para
vivir».
¿Ha disminuido el hábito de la lectura? Tal vez sí, y uso el tal vez porque según mi
experiencia,
antes tampoco se leía mucho. Y el analfabetismo funcional se expande por razones
diversas, que
incluyen la falta de hábito social y familiar de la lectura, el desinterés de los gobiernos, la
ausencia
en la educación básica de la recomendación de libros, la decisión (involuntaria) de
considerar
bibliotecas y librerías espacios hostiles y extraños (en México, en 2001, el director del
Instituto
Nacional de la Juventud declaró que el aumento del 15% del IVA a los libros serviría, ya
reconvertido ese dinero en bibliotecas, «¡para que ningún joven tenga que entrar a una
librería!»).
Y la causa mayor es la competencia abrumadora de la iconosfera, del universo de
imágenes. Con
todo, se sigue leyendo porque sin el aprendizaje del lenguaje y sus recursos en distintos
niveles, no
existe la articulación social.
Muy poco se consigue si se quiere obligar a la lectura a las personas o a las comunidades.
Sí hay tal
cosa, como la vocación lectora y los estímulos, y las incitaciones al libro algo consiguen,
pero no
milagros, en el estilo de «Una mañana Gregorio Samsa despertó y comprobó que había
leído de
principio a fin la Encyclopedia Britannica». Se pueden multiplicar las ofertas y el acceso a
los libros,
pero los grandes lectores, los lectores profesionales, por así decirlo, seguirán siendo
minoría.
Por lo demás, se modifica el acercamiento a la lectura. El libro ya no es un signo irrestricto
de
autoridad, no en Latinoamérica, desde luego, donde si alguien quería leer la Biblia
requería hasta
hace medio siglo los «intérpretes calificados», que evitaban los «extravíos». La cultura
fílmica es
hoy otra ruta formativa y lo visual se propone como la vía mayoritaria. Sin embargo, nada
remplaza ni puede remplazar a la lectura en lo tocante a la comprensión de la historia, la
sociedad
y los seres humanos, a la estructuración lógica del conocimiento y al simple hecho de la
comunicación inteligible.
¿Humaniza la lectura? La pregunta es una trampa heredada del tiempo de la superioridad
indiscutible de los letrados y, de manera más enfática, del clasismo de las élites, que se
burlan de
los analfabetos porque éstos no logran, como sí lo consiguen quienes los desprecian,
renunciar al
placer de la lectura. Y si los que se abstienen no se deshumanizan, los lectores tampoco se
humanizan por el mero hecho de serlo, porque la ventaja de frecuentar lo impreso no
consiste en
la superioridad sobre los demás (imposible de obtener por un mero ejercicio óptico), sino
en el
cambio interno; en la certeza de que uno ha sido mejor que de costumbre mientras lee, y
volverá
a remontar algunas de sus limitaciones cuando recuerde lo leído. Así por ejemplo, en
materia de
clásicos —de El Quijote a Cien años de soledad, de la Divina Comedia a Residencia en la
tierra—
sólo sus frecuentadores están al tanto de lo que se habrían perdido de no hacerlo. Y allí
radica su
gran ventaja: en la celebración del tiempo ganado.
Además, es notoria en todos los dirigentes de la vida pública, eclesiásticos y
empresarios entre ellos, la ausencia del vocabulario proveniente de la lectura; Ludwig
Wittgenstein lo definió en forma memorable: «Los límites de mi lenguaje son los límites
de mi
mundo». Digo la frase y visualizo a la clase dirigente latinoamericana, y no sólo a ella,
encerrada,
previo ángel exterminador, en el aula de aquel distante y cercano sexto año de educación
privada.
Resultan un tanto desalentadoras las campañas gubernamentales «en favor de la lectura»
(frase
usada hasta el cansancio en México). Desde hace medio siglo en el mundo son
excepciones los
dirigentes de toda índole formados en la lectura. Recuerdo ahora la campaña del
candidato
Vicente Fox. En un encuentro en el Polyforum con intelectuales y artistas, Fox se sinceró:
«A
diferencia de ustedes, que se formaron leyendo libros, yo me formé viendo las nubes».
¿Cuántos
altos dirigentes podrían decir lo mismo? El presidente Bush tal vez no. Él se formó
invadiendo las
nubes.
El alejamiento orgánico de la lectura de parte de la clase gobernante ha tenido, entre
otros, un
costo: la ausencia de medidas de protección. A diferencia de los gobiernos de España, al
tanto de
las ventajas de una política fiscal que aliente a las editoriales, los gobiernos en América
Latina
suelen presionar por más impuestos a libros y editoriales, sin la mínima visión de conjunto
del
asunto. Mi chovinismo me lleva al ejemplo del secretario de Hacienda de México,
Francisco Gil
Díaz, que al defender sus cargas impositivas acusa a los intelectuales de no haber
conseguido que
el pueblo lea, y concluye heroicamente: «Lo único que se lee en México son cómics
semipornográficos». Y sus acciones no le acarrean costos políticos porque en materia de
lecturas
cada quien se conforma con reiterar sus promesas íntimas: «El año que viene sí termino
de leer
este soneto».
Educación y lectura
La masificación de la enseñanza tiene consecuencias positivas en lo cultural. En América
Latina hay
cientos de millones de estudiantes, de educación primaria a posgrado, y si en relación con
otros
países es aún insuficiente el número de inscritos en la enseñanza superior (o
postsecundaria,
como sugería Octavio Paz, no sé si malévolamente), las cifras son altísimas de cualquier
modo. ¿De
qué se habla cuando se anuncia la «catástrofe educativa»? De varios procesos
simultáneos:
La incapacidad de las escuelas públicas y privadas de actualizar los métodos de enseñanza
(y la
falta de recursos para implantar adecuadamente la informática en la enseñanza pública).
La distorsión de las dificultades de la literatura. «No entiendo poesía, se me hace muy
difícil».
La identificación entre lectura y compromisos de adquisición del título universitario.
La deserción sistemática de los obligados a trabajar o, seré más específico, a buscar
empleo; el
crecimiento de la población escolar y la disminución constante de recursos del Estado en
el caso
de escuelas públicas.
El fin de la creencia en las bondades providenciales del título universitario (ya no es cierto
el dicho
antiguo: «Cada abogado trae su pan»).
La falta de previsión en lo tocante a la relación entre universidades y mercado de
empleos.
La conversión de la globalidad en religión civil, adorada en abstracto.
La absoluta falta de planeación. Así por ejemplo, la carrera de más acelerado
desenvolvimiento en
América Latina es ciencias de la comunicación o de la información, poblada de ansiosos de
aparecer en televisión, o de «manipular a las masas» (de seguir así la explosión
demográfica de
esta carrera, se verá el caso insólito de las masas manipulando a las masas). Y la
mercadotecnia es
la nueva carrera universitaria de crecimiento veloz.
En la educación pública la burocracia se expande, son lamentables los salarios de los
profesores,
las instalaciones son ruinosas y los planes de estudios se improvisan cada tres años. La
educación
privada no está mejor, instalaciones aparte en algunos casos, pero sus egresados sí
disponen de
más seguridades, o de alguna; por eso en México a la carrera de administración de
empresas se le
dice «administración de herencias». Así, no obstante la masificación de la enseñanza, los
sistemas
educativos no han variado en lo básico porque la tecnología deja muy atrás a la pedagogía
y no
hay suficiente dinero para la actualización tecnológica.
El deterioro del proceso educativo amengua considerablemente la puesta al día cultural.
En la
década de los años setenta se creyó posible o se quiso creer que en América Latina había
cientos o
miles de millones de estudiantes en la lectura. No hay tal por razones diversas, entre ellas
la
inexorable: en cualquier sociedad sólo una minoría lee, y su proporción jamás crece al
ritmo
exacto de la demografía. Lo usual es el consumo de unos cuantos libros (por lo común
entendido
como cumplimiento de tareas de clase) y abundan las copias xerox. El grado xerox de la
lectura. Sí,
es muy importante el volumen de ediciones del Estado y las universidades (absolutamente
desinteresadas en los asuntos de la distribución), pero tampoco son menospreciables la
desidia y
la hipocresía. ¡Ah, esas quejas a gritos de lo caro del libro de quienes jamás protestarían
por el
costo de las bebidas!
El acercamiento a la lectura sólo por obligación desemboca en las «generaciones
fechadas» de
profesionistas, de los que es posible saber, con exactitud pasmosa, sus años de
universidad y de
posgrado por las referencias bibliográficas en su conversación. Y el fenómeno se agrava
con la
inexistencia de un sistema de bibliotecas digno de tal nombre. Son varias las bibliotecas de
Estados
Unidos y Europa que tienen más volúmenes que todas las de México juntas
Pudo y puede ser de otro modo, pero en América Latina nunca se le ha reconocido
provecho
alguno al acto de leer, calificado de «obsesión de grupos»; algo semejante a la Marca de
Caín, el
mismo que no acompaña a Abel por estar ante un libro. Leer «está bien» si se viaja en
avión, si se
está enfermo, si se convalece o si se requieren temas de sobremesa. Hasta allí. Y con esto
pierde la
sociedad, al abandonar una de sus ventajas primordiales: la lectura como estructura
personal del
conocimiento.
Desde los años setenta, y el fenómeno es internacional, se renunció en la enseñanza
elemental de
América Latina a la memorización de fechas, poemas, procesos, y sólo se ha conseguido
potenciar
la amnesia de lo jamás aprendido. Y no se impulsa la lectura desde las instituciones
educativas, ya
que, en el fondo, no creen posible animar a los estudiantes a hacer lo que los funcionarios
desdeñan. Este es el mensaje, no tan oculto: «Lee este libro en memoria de lo que nunca
hojearás
o vislumbrarás siquiera». La mayoría abandona su proceso educativo en el sexto año de
primaria y
otro porcentaje importante lo hace en el ciclo secundario; quienes prosiguen no suelen
ver en la
lectura un instrumento del desarrollo personal, sino un rito de tránsito. El proceso es más
o menos
el siguiente:
Los profesores de primaria y secundaria leen poco porque el salario no les alcanza y, por
eso, no
transmiten lo que no poseen: el placer de la lectura.
Los maestros de enseñanza media y, con frecuencia, de educación superior, no leen
porque sus
sueldos no lo permiten, y muy pocas veces las bibliotecas de sus instituciones tienen el
acervo
conveniente.
Ergo, los maestros transmiten su moraleja de múltiples formas: el libro es prescindible, ya
que a
mí, el maestro, no me impulsó en la vida, y a ustedes, los alumnos, los llevará, si no se
cuidan, a
ser profesores.
Pero, en la práctica, la apatía es notoria y es la minoría
previsible la que lee desde siempre.
El analfabetismo funcional es sin duda la relación dominante con la lectura. Hay una
impresión
dominante: leer es dejar de ver lo interesante, leer es renunciar al ejercicio de la vista. Las
madres
exclaman al ver al hijo o a la hija leyendo: «¿Qué haces allí sentadote? Ponte a hacer algo
útil».
Por lo común, se leen los textos que nada más exigen la atención distraída y fragmentaria,
o el
apego devocional a falsos catecismos (la literatura de «autoayuda»). En América Latina,
los
prestigios literarios suelen darse por fe y no por demostración. El atractivo hipnótico de la
tecnología auspicia generaciones de lectores que no se reconocerían como tales.
¿Cómo se forman, se amplían o, de ser el caso, se reducen las generaciones de lectores,
las hoy
llamadas escuetamente el Mercado del Libro? La pregunta surge de un proceso marcado
por la
crisis de la industria gráfica y la industria editorial, la captura creciente de los puntos de
venta por
libros que sólo lo son en apariencia (esoterismo, consejos para obtener éxito instantáneo,
etcétera), las inmensas dificultades de distribución y la carencia (histórica) de proyecto
cultural de
las instituciones gubernamentales, carencia que los programas más ostentosos no
resuelven. Que
el problema es grave lo exhiben las declaraciones extremistas. En 1992, Jaime Labastida,
director
de Siglo XXI, fue categórico: «Lo que hace falta no son campañas de promoción de la
lectura, ni
que los libros tengan mejores precios, ni tampoco que existan más bibliotecas y librerías.
No
necesitamos este tipo de estímulos porque los estímulos son mentales. Cuando hay
verdadero
interés, la actividad de la lectura se desarrolla por sí misma» (El Universal, 28 de diciembre
de
1992).
Y en cuanto a «los estímulos
mentales», de ser éstos los que imagino, surgen de factores muy variados: las tradiciones
de
familia y comunidad, la vida estudiantil, las redes amistosas, las modas, las tendencias
místicas y
paramísticas, los deseos de superación, los descubrimientos personales que, como sea, en
ese azar
que nunca lo es tanto, necesitan bibliotecas, precios accesibles que persuadan a los
lectores de
mínimos recursos, campañas permanentes de incitación a la lectura, sistemas eficaces de
distribución de la vasta y nunca muy distribuida producción estatal, etcétera. Los métodos
—si se
quiere convencionales— de acercamiento al libro distan de haberse agotado, entre otras
cosas
porque nunca se han intentado de manera rigurosa y sistemática, pese a la abundancia
relativa de
ediciones de libros de calidad que no contrarrestan la falta de proyectos nacionales, la
abundancia
burocrática y la sujeción de todos los planes a los relevos de gobierno.
¿Qué significa la escasez de lectores y cuáles son sus causas? Entre ellas están:
El peso, tan señalado, de las rutinas televisivas. En la primera mitad del siglo, al menos en
las
clases medias, aunque también en sectores obreros, el periódico forma parte de los
hábitos
hogareños, y el civismo de los niños se inicia al oír a sus familiares discutir
interpretaciones y
noticias como parte de su vida cotidiana. Esto ahora sólo ocurre excepcionalmente
durante los
noticieros televisivos, y en lo tocante a la prensa, se confina a los escándalos. El morbo sí
es pasión
genuina de los lectores y los divulgadores de lo leído a medias.
Al respecto, Octavio
Paz declaró: «Los escritores mexicanos trabajamos en condiciones particularmente
desventajosas:
nuestra industria editorial es raquítica, las ediciones son ridículas por lo que se refiere al
número de ejemplares, y aun así penetran muy difícilmente en un público que no lee. Y no
lee porque no
se ha inculcado en los hogares, ni en las escuelas, el amor a la lectura. La indiferencia ante
el libro,
general en los pueblos hispánicos, se convierte entre nosotros en una suerte de horror.
Para la
mayoría de nuestros compatriotas leer un libro es una excentricidad, una curiosidad
psicológica
que colinda con la patología. Esto ha sido el resultado de años y años de ruidosas
campañas de
alfabetización» (La Jornada, 16 de enero de 1993).
Las dificultades adquisitivas se acrecientan. La lectura se encarece y se «privatiza», y el
problema
se acentúa por la escasez de bibliotecas públicas. Falta hablar de las tecnologías que hoy
se
proponen como remplazo del libro. Su potencialidad es asombrosa, y muy probablemente
determinarán los procesos de la enseñanza. Pero en la medida en que un niño o un joven
o una
persona adulta se encuentre con objetos poblados de signos descifrables, de los que
extrae
conocimientos sobre el ser humano, información, deleite, sentido del humor, gozo y
cultivo del
idioma, en esa medida la resurrección se garantiza.
Sensacionalismo
Derechos de los lectores
Los derechos de los lectores distan de estar garantizados en la mayor parte de las
publicaciones
que, por lo demás, ni siquiera los consideran. Esto se debe, entre otros motivos, a:
El criterio cortesano que jerarquiza las noticias (primero, lo que le interesa al gobierno; ya
después, si hay espacio, lo que le interesa a la sociedad).
La lectura sigue siendo un acto profundamente personal. Y al Estado y la sociedad les
corresponde
crear las condiciones para que quien lo desee tenga a su alcance las facilidades o las
oportunidades para ejercer como lector, rango nada menospreciable de los placeres de la
subjetividad. ¿Una conclusión? Tiré mi corazón al azar y me lo ganó la lectura.