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Trabajo Final

1. El autor cuestiona si realmente somos iguales ante la ley en nuestras democracias, ya que la ley no siempre trata a todos por igual y excluye de su protección a personas sin ciudadanía. 2. Explora conceptos como igualdad relativa vs. absoluta y diferencia igualdad "en" la ley de igualdad "ante" la ley, centrándose en esta última. 3. Analiza cómo los aparatos punitivos del estado podrían fallar en tratar igualmente los delitos dependiendo de factores como clase social.

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Trabajo Final

1. El autor cuestiona si realmente somos iguales ante la ley en nuestras democracias, ya que la ley no siempre trata a todos por igual y excluye de su protección a personas sin ciudadanía. 2. Explora conceptos como igualdad relativa vs. absoluta y diferencia igualdad "en" la ley de igualdad "ante" la ley, centrándose en esta última. 3. Analiza cómo los aparatos punitivos del estado podrían fallar en tratar igualmente los delitos dependiendo de factores como clase social.

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¿Somos iguales ante la ley?

: un intento de respuesta no ingenua


Adrián Rama

Resumen: ¿Somos iguales ante la ley? Primero hay que explorar quienes son los sujetos
incluido en el “somos” y que reclaman igualdad ante la ley (tan solo los ciudadanos de
un Estado-nación, los apátrida o los refugiados), luego determinar bajo qué ley se
amparan (Estado-nación) y por último evaluar si se da efectivamente igualdad entre esos
sujetos (ilegalismos y justicia de clase). Antes de poder ser iguales ante la ley hay que
estar frente a ella (p.e. a la mayoría de los animales no les son reconocidos ningún
derecho, en general cualquiera que no tiene el estatuto de ciudadano)

1. La ley no trata a todos los sujetos frente a ella y que la transgreden de la misma forma
(justicia de clase, de género y de raza), y 2. Porque el “nosotros” presupuesto en el
“somos” solo incluye a los sujetos nacionales con ciudadanía, lo que excluye del
amparo ante una ley (aunque sea desigual) a muchas personas.

1. Introducción: la igualdad ante la ley en nuestras democracias

Algunos de los acontecimientos políticos que han sucedido recientemente en España,


concretamente la investidura de Pedro Sánchez como presidente del gobierno previa
amnistía del proceso soberanista Catatán, han puesto el reconocido valor democrático de
la igualdad ante la ley en el primer plano del debate público. Un debate que ha suscitado
un aparente cambio de papeles y actitudes en lo que a la igualdad se refiere, puesto que
en esta ocasión es la derecha quien se abandera de la igualdad (cuando en sus programas
políticos no parece una prioridad) al mismo tiempo que la izquierda, esa misma que ha
solido hacer de la igualdad su principal valor político, parece ahora pasarla por alto y
permitir una excepción si con ello consigue los votos necesarios para gobernar (aun a
costa de adoptar una medida que parece tan poco de izquierdas como exonerar el pago
de los fondos públicos desviados para organizar el referéndum).

Pese a ello, y aunque pueda resultar difícil de creer, todos parecen asumir en mayor o
menor medida que la igualdad ante la ley es el algo deseable; desde los líderes de
opinión de la izquierda que justifican la amnistía como un mal necesario para evitar el
mal mayor de que gobierne la derecha, hasta las voces de la derecha que claman contra
Pedro Sánchez y el PSOE por haber destruido la igualdad ante la ley, el Estado de
derecho y la separación de poderes. Ante esta situación, y asumiendo que efectivamente
la igualdad ante la ley es una garantía necesaria en toda sociedad que se presume
democrática, me gustaría plantear: ¿somos realmente todos los ciudadanos iguales ante
la ley? Una preguntada que está emparentada con algunas otras como: ¿se aplica la ley
por lo general de forma imparcial? ¿cómo funcionan los aparatos jurídicos y legales en
nuestra sociedad? ¿de qué manera acostumbra el Estado a actuar ante una transgresión
de su orden legal? Pero antes de poder responder a estas cuestiones es necesario
caracterizar en qué consiste exactamente la igualdad ante la ley.

Lo primero que se debe advertir es que “igualdad” es una noción relacional y como tal
solo adquiere sentido al vincular objetos, personas, circunstancias, etc. La igualdad es
una relación que se establece entre cierto número de elementos respecto a algún
parámetro, p.e. dos montañas pueden ser iguales entre sí en cuanto a su apariencia, su
constitución material, su altura, etc. Razón por la cual no tiene sentido predicar la
igualdad de un elemento aislado sin ponerlo en relación con alguno otro (aunque solo
sea consigo mismo en otro momento temporal). Por lo tanto, la igualdad implica
siempre al menos dos términos o elementos y un parámetro en función del cual se los
compara. En el caso que nos ocupa los términos relacionados son los ciudadanos de un
Estado-nación y el parámetro respecto al cual se postula su igualdad son los derechos (y
obligaciones). Así, la igualdad ante la ley es un principio jurídico-político (presente en
buena parte de constituciones y tratados internacionales) según el cual todos los
ciudadanos de una sociedad política deben estar sujetos a las mismas leyes y gozar de
los mismos derechos civiles y políticos, garantizando así que ningún individuo o
colectivo sea privilegiado o discriminado institucionalmente a razón de su raza, sexo,
orientación sexual, origen nacional, religión, etc. Es un principio que se puede resumir
como un imperativo de imparcialidad por parte de los órganos gubernamentales hacia
sus ciudadanos.

Además, es importante tener en cuenta que la igualdad ante la ley acostumbra a ser una
prescripción de carácter relativo y no absoluto. Una igualdad absoluta ante la ley
implicaría tratar mecánicamente igual (de forma casi algoritmizable) a todos los
individuos con independencia de sus singularidades, contextos y circunstancias. Es
decir, en una sociedad política con absoluta igualdad jurídica los menores de 18 años
podrían votar, no existirían en los juicios causas atenuantes (como p.e. la enajenación
mental) o agravantes (como p.e. los antecedentes penales) que apelen al caso particular
del enjuiciado, etc. En cambio, la igualdad jurídica relativa significa la igualdad de trato
a todos los ciudadanos en circunstancias iguales o semejantes, de manera que la
aplicación de la ley sea sensible a la singularidad de cada sujeto sin introducir por ello
discriminaciones ni privilegios. En el primer caso (igualdad absoluta) los aparatos
jurídicos aplicarían siempre los mismos castigos ante las mismas infracciones, mientras
que en el segundo caso (igualdad relativa) se aplicarían los mismos castigos ante las
mismas infracciones siempre y cuando hayan sido cometidas en situaciones similares.
La igualdad ante la ley, como una de las garantías fundamentales de los Estados de
derecho, acostumbra a ser una exigencia del segundo tipo mencionado. Véase por
ejemplo lo declarado por el Tribunal Constitucional Español en la STC 90/1989 del 11
de mayo:

(…) el artículo 14 de la Constitución Española prohíbe, por una parte, que se dé un


tratamiento desigual tanto en las previsiones normativas, como en su aplicación
concreta, por un poder público, a quienes se encuentren en situaciones esencialmente
similares, y, por otra, que si se introducen elementos de diferenciación para justificar
tratamientos distintos, esos elementos han de ser razonables y no constituir una excusa o
pretexto para producir, de hecho, un tratamiento arbitrariamente desigual, y, por tanto,
discriminatorio. (BOE, 1989) [el énfasis es mío]

Se trata, comúnmente, de exigir que los órganos encargados de ejecutar y aplicar las
leyes sean por defecto no tanto ciegos, pues deben ser sensibles a cada situación
particular, como imparciales, es decir, que sigan criterios objetivos no contaminados por
sesgos, prejuicios, gustos, preferencias o manías. Que sea así por defecto implica que
quien quiera hacer determinadas excepciones tiene la carga de la prueba y necesita de
razones robustas para justificarlo (“si se introducen elementos de diferenciación para
justificar tratamientos distintos, esos elementos han de ser razonables” ). Por ejemplo,
las leyes contra la violencia de género que socavan la presunción de inocencia de los
varones van a la contra de la igualdad ante la ley (pues introducen un trato distinto en
función del sexo), y sin embargo son medidas cuyos defensores las justifican apelando a
la promoción de la igualdad social, en la medida en que se pretende paliar el machismo
contrarrestando la desigualdad social que implica (en beneficio de los varones) con una
desigualdad ante la ley que beneficie a las mujeres.

Tambien cabe diferenciar entre la igualdad “en” la ley y la igualdad “ante” la ley. El
primero de los casos se refiere las previsiones, prescripciones o exigencias que se
recogen por escrito en los documentos legales, mientras que el segundo a la forma de
hacer valer materialmente esos documentos (“tratamiento desigual tanto en las
previsiones normativas, como en su aplicación concreta”). Nos centraremos en la
segunda por considerar que tiene primacía sobre la primera.
[Link]
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Aunque en sentido estricto la igualdad ante la ley es un principio que sobrepasa la


actuación de los aparatos punitivos de un Estado, en adelante me centraré en ellos por
considerarlo el ámbito fundamental donde se debería respetar dicho principio.
Comúnmente cuando se clama “igualdad ante la ley” lo que se exige es que los aparatos
punitivos castiguen o sancionen con el mismo grado de severidad dos delitos de la
misma índole independientemente del grupo social al que pertenezcan los individuos
que los hayan cometido. Es la exigencia por una legalidad impersonal que no haga
excepciones ante ciertos individuos y trate a todos de la misma forma en las mismas
situaciones. Lo que preferiblemente debe ir acompañado de una gradación de las penas
y castigos conforme al delito cometido, esto es, a mayor gravedad en la infracción
mayor severidad en el castigo. Pero se debe notar que la proporcionalidad entre
infracción y castigo es una exigencia más general de justicia y no tanto de igualdad.
Podríamos suponer que somos iguales ante una ley desproporcionada que castigase
todos los robos con cadena perpetua y todos los homicidios con pequeñas sanciones
económicas (aunque desde luego no diríamos que estamos una ley justa). Sin embargo,
se pueden imaginar escenarios en que la desproporcionalidad infracción-castigo
compromete la igualdad ante la ley de los ciudadanos; p.e. tomemos el delito del robo y
su gradación en función del valor de lo robado (dejando de lado el resto de las
condiciones tipificadas en el código penal que tambien influyen en su grado de
punibilidad, como si se emplean armas, violencia, extorsión, engaños… si se realiza en
una casa habitada, en un local público, etc.), si los aparatos policiales y jurídicos
persiguen y castigan con mayor intransigencia los robos minúsculos (como los hurtos)
que los mayúsculos (como grandes tramas de corrupción) bien se podría argumentar que
la ley no se aplica de forma igualitaria, dado que algunos tipos de robo, por su
características, acostumbran a ser perpetrados por individuos de determinado estrato
social (es difícil ver implicados a individuos pertenecientes a las clases más pobres en
grandes tramas de corrupción).

La igualdad ante la ley es uno de los valores políticos y democráticos que en nuestra
cultura goza de mayor historia. Muchos historiadores y politólogos lo suelen remontar
hasta la democracia de la Antigua Atenas (no sin polémica, sobre todo por su carácter
esclavista) y más concretamente a su famosa consigna de isonomía (del griego isos,
“igual” y nomos, “ley”). Pese a ello se suele asumir que es en el momento histórico de
la modernidad cuando este principio adquiere en Occidente la extensión y validez que
hoy le concedemos. Además, este valor político de la igualdad ante la ley o la igualdad
de derechos de todos los hombres se debe comprender contra el fondo de cosmovisiones
más amplias que postulan una igual dignidad o valor de todos los seres humanos en
cuanto tal (valen como ejemplo la clásica humanitas latina, la tradición cosmopolita o la
noción clásica e ilustrada de sentido común). Algunos de los hitos históricos que en
Occidente se suelen considerar más relevantes para el establecimiento de cierta igualdad
de derechos son: el surgimiento del Derecho Internacional Público moderno en el XVI,
la Revolución Francesa con la Declaración de los Derechos del Hombre y del
Ciudadano (1789), la creación de la Sociedad de Naciones al término de la Primera
Guerra Mundial o la Declaración Universal de Derechos Humanos al término de la
Segunda Mundial.

2. La personalización de la penalidad

La igualdad ante la ley es esencialmente una exigencia de que la justicia sea ciega ante
el estatus social y la personalidad del infractor, que sea neutral, que no castigue
sistemáticamente (admitiendo la posibilidad de errores o fallos puntuales en los
mecanismos judiciales y punitivos) de forma desigual determinadas infracciones por el
hecho de que han sido cometidas por un tipo de individuo.

Si nos basamos en los análisis de Foucault parece que estamos bastante lejos de ser
iguales ante la ley, y no solo por el funcionamiento clasista de la misma, tambien por el
hecho de que lejos de ser ciega, la ley moderna (disciplinaria y post-disciplinaria) ha
pasado de castigar actos a castigar autores, en tanto que pretende corregirlos,
encauzarlos, neutralizar sus peligros, etc. De ahí el hecho de que intervengan en el
poder de castigar tanto jueces, policías y abogados como médicos, psiquiatras,
psicológicos, criminólogos, etc.

“Bajo el nombre de crímenes y de delitos, se siguen juzgando efectivamente objetos


jurídicos definidos por el Código, pero se juzga a la vez pasiones, instintos, anomalías,
achaques, inadaptaciones, efectos de medio o de herencia; se castigan las agresiones,
pero a través de ellas las agresividades; las violaciones, pero a la vez, las perversiones;
los asesinatos que son también pulsiones y deseos. Se dirá: no son ellos los juzgados; si
los invocamos, es para explicar los hechos que hay que juzgar, y para determinar hasta
qué punto se hallaba implicada en el delito la voluntad del sujeto. Respuesta
insuficiente. Porque son ellas, esas sombras detrás de los elementos de la causa, las
efectivamente juzgadas y castigadas. Juzgadas por el rodeo de las “circunstancias
atenuantes”, que hacen entrar en el veredicto no precisamente unos elementos
“circunstanciales” del acto, sino otra cosa completamente distinta, que no es
jurídicamente codificable: el conocimiento del delincuente, la apreciación que se hace
de él, lo que puede saberse acerca de las relaciones entre él, su pasado y su delito, lo que
se puede esperar de él para el futuro. Juzgadas, lo son también por el juego de todas esas
nociones que han circulado entre medicina y jurisprudencia desde el siglo XIX (los
“monstruos” de la época de Georget, las “anomalías psíquicas” de la circular Chaumié,
los “perversos” y los “inadaptados” de los dictámenes periciales contemporáneos), y
que con el pretexto de explicar un acto, son modos de calificar a un individuo.
Castigadas, lo son con una pena que se atribuye por función la de volver al delincuente
“no sólo deseoso sino también capaz de vivir respetando la ley y de subvenir a sus
propias necesidades”; lo son por la economía interna de una pena que, si bien sanciona
el delito, puede modificarse (abreviándose o, llegado el caso, prolongándose), según que
se trasforme el comportamiento del condenado; lo son también por el juego de esas “
medidas de seguridad” de que se hace acompañar la pena (interdicción de residencia,
libertad vigilada, tutela penal, tratamiento médico obligatorio), y que no están
destinadas a sancionar la infracción, sino a controlar al individuo, a neutralizar su estado
peligroso, a modificar sus disposiciones delictuosas, y a no cesar hasta obtener tal
cambio. El alma del delincuente no se invoca en el tribunal a los únicos fines de
explicar su delito, ni para introducirla como un elemento en la asignación jurídica de las
responsabilidades; si se la convoca, con tanto énfasis, con tal preocupación de
comprensión y una tan grande aplicación “científica” , es realmente para juzgarla, a ella
al mismo tiempo que al delito, y para tomarla a (25) cargo en el castigo” (26)

“El examen pericial psiquiátrico, pero de una manera más general la antropología
criminal y el discurso insistente de la criminología, encuentran aquí una de sus
funciones precisas: al inscribir solemnemente las infracciones en el campo de los
objetos susceptibles de un conocimiento científico, proporcionar a los mecanismos del
castigo legal un asidero justificable no ya simplemente sobre las infracciones, sino sobre
los individuos; no ya sobre lo que han hecho, sino sobre lo que son, serán y pueden se.
(…) juzgar otra cosa distinta de los delitos: el “alma” de los delincuentes” (26)

“Desde que la Edad Media construyó, no sin dificultad y con lentitud, el gran
procedimiento de la información judicial, juzgar era establecer la verdad de un delito,
era determinar su autor, era aplicarle una sanción legal. Conocimiento de la infracción,
conocimiento del responsable, conocimiento de la ley, tres condiciones que permitían
fundar en verdad un juicio. Ahora bien, he aquí que en el curso del juicio penal, se
encuentra inscrita hoy en día una cuestión relativa a la verdad, muy distinta. No ya
simplemente: “El hecho, ¿se halla establecido y es delictivo?”, sino también: “¿Qué es,
pues, este hecho, esta violencia o este asesinato? ¿A qué nivel o en qué campo de
realidad inscribirlo? ¿Fantasma, reacción psicótica, episodio delirante, perversidad?” No
ya simplemente: “ ¿Quién es el autor?” , sino: “ ¿Cómo asignar el proceso causal que lo
ha producido? ¿Dónde se halla, en el autor mismo, su origen? ¿Instinto, inconsciente,
medio, herencia?” No ya simplemente: “ ¿Qué ley sanciona esta infracción?”, sino:
“¿Qué medida tomar que sea la más apropiada? ¿Cómo prever la evolución del sujeto?
¿De qué manera sería corregido con más seguridad?” Todo un conjunto de juicios
apreciativos, diagnósticos, pronósticos, normativos, referentes al individuo delincuente
han venido a alojarse en la armazón del juicio penal” (26)

[ojo: la justicia no puede ser ciega ante la personalidad, el grupo social y la identidad
del delincuente porque en la medida en que funciona como un mecanismo de seguridad
interviene sobre la peligrosidad de los individuos, sobre el riesgo que supone para la
sociedad, sobre su virtualidad, y es función de ese riesgo que se castigará y se modulara
la pena tratando de neutralizar los peligros. De modo que no somos iguales ante la ley
en el sentido de que los aparatos de justicia obvien la identidad del individuo y se
limiten a juzgar sus actos, desde hace tiempo estamos bajo una justicia personalizada en
la que la igualdad ante la ley por lo tanto no puede consistir en la ceguera ante la
condición del individuo, sino en todo caso en aplicar el mismo castigo ante las mismas
condiciones individuales. ¿Cómo garantizar la igualdad ante una ley y una justicia que
lejos de ser ciegas funcionan en el interior de un dispositivo panóptico? Si, con ayuda de
discursos como el de la criminología, se determina que dos individuos que han cometido
los mismos delitos no son igual de peligrosos, esto es, no tienen la misma probabilidad
de reincidir en el delito (ya sea porque uno tiene un amplio historial de delitos o está
afectado por una enfermedad mental), y por lo tanto deben ser castigados diferente, ¿en
qué puede consistir la igualdad ante la ley? Parece que lo máximo a lo podemos aspirar
es a que no interfieran sesgos ideológicos (si es que es posible) a la hora de determinar
la “peligrosidad” de los individuos infractores, como p.e. asumir que alguien es más
peligroso por el hecho de su raza, etnia, sexo, etc. Pero debemos admitir un alto riesgo
de discriminaciones y juicios desiguales en el régimen de una justicia que tiene por
objeto castigar antes el “alma” de los individuos que actos específicos. Podemos
imaginar que en una sociedad ideológicamente racista, machista y clasista, en la que
funcione este tipo de penalidad personalizada los sujetos de derecho difícilmente van a
gozar de igualdad ante la ley y los aparatos de justicia. Pero lo pronto esto solo vierte
una sospecha profunda de que efectivamente seamos iguales ante la ley (siempre y
cuando demos por el cierto el análisis de Foucault y creamos que es extrapolable sin
grandes pérdidas a nuestro contexto social)]

“Perfil racial” es un criterio normalizado en muchas identificaciones o controles, en el


que se pide la documentación a personas seleccionándolas exclusivamente por su
aspecto físico. Se refiere por tanto a la inclusión de determinadas características raciales
o étnicas en la consideración de una persona como sospechosa de cometer algún tipo de
delito. Las “paradas por perfil racial” es la práctica policial que consiste en detener,
interrogar o registrar a individuos basándose en su apariencia racial o étnica en lugar de
en pruebas concretas de actividad delictiva. Son paradas que normalmente pretenden
comprobar la identidad del detenido y que éste pueda demostrar que su situación es
regular. Los cuerpos de seguridad actúan como si las personas gitanas, latinoamericanas,
africanas o asiáticas fueran un foco de peligrosidad que hay trabajar por neutralizar sin
descanso. Este es el tipo de sesgos discriminatorios que puede introducir una legalidad
personalizada que actuar en función de la peligrosidad (nótese que la peligrosidad de un
individuo es un estado virtual, no refiere a nada hecho sino a su potencialidad, a lo que
se presume que alguien así es capaz de hacer). No somos iguales ante la ley, somos
singulares ante la ley.

3. La gestión de los ilegalismos

De acuerdo con Foucault la legalidad no tiene por misión reprimir todos y cada una de
las ilegalidades, sino diferenciarlas, utilizarlas, sacharlas provecho. Justicia de clase.
Pero hay otros sesgos que permean la justicia y que a Foucault se le escapan o no parece
interesarle, como el de género o el de raza.

Vigilar y castigar:

“La prisión, por consiguiente, en lugar de devolver la libertad a unos individuos


corregidos, enjambra en la población unos delincuentes peligrosos” (271) La prisión no
puede dejar de fabricar delincuentes. Los fabrica por el tipo de existencia que hace
llevar a los detenidos. La prisión fabrica también delincuentes al imponer a los
detenidos coacciones violentas (abusos de poder).

“La prisión hace posible, más aún, favorece la organización de un medio de


delincuentes, solidarios los unos de los otros, jerarquizados, dispuestos a todas las
complicidades futuras” (272)

“Las condiciones que se deparan a los detenidos liberados, los condenan fatalmente a la
reincidencia: porque están bajo la vigilancia de la policía; porque tienen asignada o
prohibida la residencia en determinados lugar o lugares; porque “no salen de la prisión
sino con un pasaporte que deben mostrar en todos los sitios adónde van y que menciona
la condena que han cumplido”. El quebrantamiento de destierro, la imposibilidad de
encontrar trabajo y la vagancia son los factores más frecuentes de la reincidencia” (273)

la prisión fabrica indirectamente delincuentes al hacer caer en la miseria a la familia del


detenido (274)
“Hay que advertir que esta crítica monótona de la prisión se ha hecho constantemente en
dos direcciones: contra el hecho de que la prisión no era efectivamente correctora y que
la técnica penitenciaria se mantenía en ella en estado rudimentario, y contra el hecho de
que al querer ser correctora, pierde su fuerza de castigo, que la verdadera técnica
penitenciaria es el rigor, y que la prisión constituye un doble error económico:
directamente por el costo intrínseco de su organización e indirectamente por el costo de
la delincuencia que no reprime. Ahora bien, la respuesta a estas críticas ha sido siempre
la misma: el mantenimiento de los principios invariables de la técnica penitenciaria.
Desde hace siglo (274) y medio, se ha presentado siempre la prisión como su propio
remedio; la reactivación de las técnicas penitenciarias como la única manera de reparar
su perpetuo fracaso; la realización del proyecto correctivo como el único método para
superar la imposibilidad de hacerlo pasar a los hechos” (275)

“Admitamos que la ley esté destinada a definir infracciones, que el aparato penal tenga
cómo función reducirlas y que la prisión sea el instrumento de esta represión. Entonces
hay que levantar un acta de fracaso” (277)

“Sería preciso entonces suponer que la prisión, y de una manera general los castigos, no
están destinados a suprimir las infracciones; sino más bien a distinguirlas, a
distribuirlas, a utilizarlas (…) La penalidad sería entonces una manera de administrar
los ilegalismos, de trazar límites de tolerancia, de dar cierto campo de libertad a
algunos, y hacer presión sobre otros, de excluir a una parte y hacer útil a otra; de
neutralizar a éstos, de sacar provecho de aquellos. En suma, la penalidad no “reprimiría”
pura y simplemente los ilegalismos; los “diferenciaría”, aseguraría su “economía”
general. Y si se puede hablar de una justicia de clase no es sólo porque la ley misma o la
manera de aplicarla sirvan los (277) intereses de una clase, es porque toda la gestión
diferencial de los ilegalismos por la mediación de la penalidad forma parte de esos
mecanismos de dominación” (278) [ojo: existe una economía general de ilegalismo a
cargo de la penalidad, que se encarga de administrarlos para hacerlos utilizables y
rentables]

Ley y justicia no vacilan en proclamar su necesaria asimetría de clase. (281)

“Si tal es la situación, la prisión, al “fracasar” aparentemente, no deja de alcanzar su


objeto, cosa que logra, por el contrario, en la medida en que suscita en medio de los
demás una forma particular de ilegalismo, al cual permite poner aparte, colocar a plena
luz y organizar como un medio relativamente cerrado pero penetrable. Contribuye a
establecer un ilegalismo llamativo, marcado, irreductible a cierto nivel y secretamente
útil, reacio y dócil a la vez; dibuja, aísla y subraya una forma de ilegalismo que parece
resumir simbólicamente todos los demás, pero que permite dejar en la sombra a aquellos
que se quieren o que se deben tolerar. Esta forma es la delincuencia propiamente dicha.
No se debe ver en ella la forma más intensa y más nociva del ilegalismo, la que el
aparato penal debe tratar de reducir por la prisión a causa del peligro que representa; es
más bien un efecto de la penalidad (y de la penalidad de detención) que permite
diferenciar, ordenar y controlar los ilegalismos” (282)

“La afirmación de que la prisión fracasa en su propósito de reducir los crímenes, hay
que sustituirla quizá por la hipótesis de que la prisión ha logrado muy bien producir la
delincuencia, tipo especificado, forma política o económicamente menos peligrosa —en
el límite utilizable— de ilegalismo” (282)

“El circuito de la delincuencia no sería el subproducto de una prisión que al castigar no


lograría corregir; sería el efecto directo de una penalidad que, para administrar las
prácticas ilegalistas, introduciría algunas en un mecanismo de “castigo-reproducción”
del que la prisión formaría uno de los elementos principales” (283)

“El establecimiento de una delincuencia que constituye como un ilegalismo cerrado


ofrece, en efecto, cierto número de ventajas. Es posible en primer lugar controlarla
(señalando los individuos, operando infiltraciones en el grupo, organizando la delación
mutua). Al hormigueo impreciso de una población que practica un ilegalismo ocasional,
susceptible siempre de propagarse, o también a esas partidas indeterminadas de
vagabundos que, al azar de sus correrías y de las circunstancias, van reclutando obreros
sin empleo, mendigos y rebeldes, y que aumentan a veces —se vio a fines del siglo
XVIII— hasta el punto de formar unas fuerzas terribles de saqueo y de rebelión, los
sustituye un grupo relativamente restringido y cerrado de individuos sobre los cuales es
posible efectuar una vigilancia constante” (283)

“este ilegalismo concentrado, controlado y desarmado es directamente útil. Puede serlo


con relación a otros ilegalismos: aislado junto a ellos, replegado sobre sus propias
organizaciones internas, concentrado en una criminalidad violenta cuyas primeras
víctimas suelen ser las clases pobres, cercado por todas partes por la policía, expuesto a
largas penas de prisión, y después a una vida definitivamente “ especializada” , la
delincuencia, ese mundo distinto, peligroso y a menudo hostil, bloquea o al menos
mantiene a un nivel bastante bajo las prácticas ilegalistas corrientes (pequeños robos,
pequeñas violencias, rechazos o rodeos cotidianos de la ley), y les impide desembocar
en formas amplias y manifiestas, algo así como si el efecto de ejemplo que en otro (283)
tiempo se le pedía a la resonancia de los suplicios se buscara ahora menos en el rigor de
los castigos que en la existencia visible, marcada, de la propia delincuencia. Al
diferenciarse de los otros ilegalismos populares, la delincuencia pesa sobre ellos” (284)

Ventajas: al diferenciar la delincuencia como tipo de ilegalismo es más fácil controlarla


y además ejerce un papel ejemplarizante con el resto de ilegalismos. “Pero la
delincuencia es además susceptible de una utilización directa” (284):

“La delincuencia, ilegalismo sometido, es un agente para el ilegalismo de los grupos


dominantes. El establecimiento de los sistemas de prostitución en el siglo XIX es
característico a este respecto: los (284) controles de policía y de sanidad sobre las
prostitutas, su paso regular por la prisión, la organización en gran escala de las
mancebías, la jerarquía puntual que se mantenía en el medio de la prostitución, su
encuadramiento por los delincuentes-confidente; todo esto permitía canalizar y
recuperar por una serie entera de intermediarios los enormes provechos sobre un placer
sexual que una moralización cotidiana cada vez más insistente condenaba a una
semiclandestinidad y volvía naturalmente costoso” (285). “Los tráficos de armas, los de
alcohol en los países de prohibición, o más recientemente los de la droga demostrarían
de la misma manera este funcionamiento de la “delincuencia útil”: la existencia de una
prohibición legal crea en torno suyo un campo de prácticas ilegalistas sobre el cual se
llega a ejercer un control y a obtener un provecho ilícito por el enlace de elementos,
ilegalistas ellos también, pero que su organización en la delincuencia ha vuelto
manejables. La delincuencia es un instrumento para administrar y explotar los
ilegalismos” (285)

“todo un funcionamiento extralegal del poder ha sido llevada a cabo de una parte por la
masa de maniobra constituida por los delincuentes” (285) [ojo: como una suerte de
“policía clandestina”, que hacen las veces de soplones, confidentes, mano dura contra
los motines y las ocupaciones de casas]

“La delincuencia, con los agentes ocultos que procura, pero también con el rastrillado
generalizado que autoriza, constituye un medio de vigilancia perpetua sobre la
población: un aparato que permite controlar, a través de los propios delincuentes, todo el
campo social. La delincuencia funciona como un observatorio político” (287)

Más utilidades: en todo lo relativo a la economía sumergida (prostitución, tráfico de


armas, drogas, blancas, blanqueamiento de capital), sirve además como extensiones de
la policía (como confidentes, agentes de represión de motines o de desocupación de
hogares, tambien autoriza su propia existencia una vigilancia permanente de la
población mediante campos documentales justificados por motivos securitarios).

“Pero esta vigilancia no ha podido funcionar sino emparejada con la prisión. Porque ésta
facilita un control de los individuos cuando quedan en libertad, porque ésta permite el
reclutamiento de confidentes y multiplica las denuncias mutuas, porque ésta pone a los
infractores en contacto unos con otros, precipita la organización de un medio
delincuente cerrado sobre sí mismo, pero que es fácil de controlar; y todos los efectos de
desinserción que provoca (desempleo, prohibición de residencia, residencia forzada,
puestas a disposición) abren ampliamente la posibilidad de imponer a los antiguos
detenidos las obligaciones que se les asignan. Prisión y policía forman un dispositivo
acoplado; entre las dos garantizan en todo el campo de los ilegalismos la diferenciación,
el aislamiento y la utilización de una delincuencia. En los ilegalismos, el sistema
policía-prisión aísla una delincuencia manejable. Ésta, con su especificidad, es un efecto
del sistema; pero pasa a ser también uno de sus engranajes y de sus instrumentos. De
suerte que habría que hablar de un conjunto cuyos tres términos (policíaprisión-
delincuencia) se apoyan unos sobre otros y forman un circuito que jamás se interrumpe.
La vigilancia policíaca suministra a la prisión los infractores que ésta trasforma en
delincuentes, que además de ser el blanco de los controles policíacos, son sus auxiliares,
y estos últimos devuelven regularmente algunos de ellos a la prisión” (287)

“Ayudan en la medida de sus medios a la constitución de la delincuencia, es decir, a la


diferenciación de los ilegalismos, al control, a la colonización y a la utilización de
algunos de ellos por el ilegalismo de la clase dominante” (288) [ojo: los ilegalismos de
las clases dominantes necesitan para ejercerse gente que se manche las manos,
delincuentes profesionales]

“A esto se agregaba una larga maniobra para imponer al concepto que se tenía de los
delincuentes un enfoque bien determinado: presentarlos como muy cercanos, presentes
por doquier y por doquier temibles. Es la función de la gacetilla que invade una parte de
la prensa y que comienza por entonces a tener sus periódicos propios.465 La crónica de
sucesos criminales, por su redundancia cotidiana, vuelve aceptable el conjunto de los
controles judiciales y policíacos que reticulan la sociedad; refiere cada día una especie
de batalla interior contra el enemigo sin rostro, y en esta guerra, constituye el boletín
cotidiano de alarma o de victoria” (292)

“Ahora bien, esta delincuencia propia de la riqueza se halla tolerada por las leyes y
cuando cae bajo sus golpes está segura de la indulgencia de los tribunales y de la
discreción de la prensa” (294)

[En este caso ya si tenemos una impugnación directa de la igualdad ante la ley, por
motivo de un clasismo que le sería característica].

4. Los sujetos ante la ley

La ciudadanía como dispositivo jurídico que discrimina entre sujetos de derechos y


vidas desnudas. El estauto jurídico-político de los refugiados, los apátrida, los migrantes
ilegales, etc.

[Esto en sentido estricto no compromete la igualdad ante la ley, pero sí que nos hace ver
que la pretendida igualdad de los sujetos de derecho ante la ley tiene como fundamento
un dispositivo (el de la ciudadanía) que instaura una profunda desigualdad ante los
sujetos que pertenecen a un Estado-nación y gozan por tanto derechos civiles y
políticos, y todos aquellos que por no pertenecer a un Estado constituyen vidas
sacrificables (ante la importancia, la falta de fuerza para aplicar unos supuestos
derechos universales del hombre)].

5. Conclusión

A nadie se le escapa que la ley puede ser igualitaria y sin embargo su aplicación no. La
ley, en el sentido de documento escrito que recoge los derechos y obligaciones
fundamentales de los ciudadanos, bien puede estar redactada de manera que clame por
la igualdad, y sin embargo se aplicada desigualmente como efecto de determinados
sesgos de los jueces y policías que se encargan de aplicarla. Así reza el artículo 14 de la
constitución española: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer
discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o
cualquiera otra condición o circunstancia personal o social”. Si uno juzgase el grado de
igualdad ante la ley en España basándose tan solo en los textos donde están redactados
las leyes, sin duda podría concluir que efectivamente somos iguales ante la ley. Sin
embargo, si se analizan no tanto la ley e en su dimensión escrita como los aparatos
encargados de aplicarla parece muy complicado sostener que somos iguales ante la ley
como no sea en un grado mínimo y casi irrisorio, lo que debería motivarnos como
sociedad para conseguir una aplicación práctica más igualitaria.

Podemos sospechar que la aplicación de la ley no es igualitaria por el funcionamiento de


una penalidad personalizada que la hace especialmente vulnerable ante sesgos
ideológicos (p.e. valga como ejemplo el desfase en EEUU de población negra en prisión
respecto al porcentaje total de ciudadanos), por el funcionamiento de una justicia de
clase persigue y sanciona con más dureza e insistencia los delitos de las clases populares
(p.e. valga como ejemplo el hecho de que el rey emérito de España o Puigdemont no
vayan a cumplir condena por sus delitos), y por último, por el hecho de que existen un
buen número de individuos que ni siquiera están frente a la ley y que no gozan por tanto
de derechos (valga como ejemplo el ingente número de inmigrantes que mueren cada
año en pateras en las fronteras europeas). De modo que, a la pregunta que ha dirigido
este trabajo (¿somos realmente iguales ante la ley?) habré de responder con un
contundente “no”.

En una sociedad ideológicamente racista, machista y clasista no se puede esperar que el


sistema legal no lo sea, desde los policías hasta los jueces y abogados. La neutralidad
legal es tan deseable como difícil de conseguir.

6. Bibliografía

BOE-T-1989-13590 Pleno. Sentencia 89/1989, de 11 de mayo. Cuestión de


inconstitucionalidad 350/1985. En relación con el art. 3.2 de la Ley de Colegios
Profesionales, de 13 de febrero de 1974.
Ejemplos tribunales:

- La intromisión del poder ejecutivo (gobierno) en el judicial compromete la


separación de poderes y con ella la igualdad ante la ley
- [Link]
94944776?s=08
- [A propósito de la pena de prisión que pide la fiscalía para rebelión cientifica]
Mientras tanto -agrega-, las grandes multinacionales como Repsol, que hace dos
años derramó diez mil barriles de petróleo en las cotas de Perú, permanecen
impunes y sin ser llevadas a ningún juicio por estar conduciendo al planeta a
condiciones que ponen en juego la supervivencia de la humanidad. ¿Cómo es
posible que todas estas empresas que cometen crímenes ambientales y sociales
queden impunes, y que por el contrario se persiga a personas que se manifiestan
de forma pacífica para alertar sobre el mayor problema que nos enfrentamos
como humanidad", se pregunta con rabia e indignación.
- "Asombra que un Estado con un gobierno de coalición progresista criminalice a
quienes defendemos el planeta" ([Link])
- [Link]
t=T1uuZeIKKNToMeDIOpoN_A&s=08
- Sobre la amnistía; [Link]
ssm=TW_CM&utm_campaign=echobox&utm_medium=social&utm_source=T
witter&s=08#Echobox=1699721729 y DOCUMENTO: Lee aquí el texto
completo de la ley de amnistía ([Link])
- Las 10 cárceles más lujosas de España - Libre Mercado [En España existe
mucha desigualdad entre las cárceles, algunas cuentan con mucha infraestructura
(piscinas, gimnasios, ordenadores, etc.) y otras con apenas ninguna]

[Los pagos de fianzas, el hecho de que las multas no sean proporcionales al patrimonio,
la posibilidad de contratar equipos de abogados, los privilegios que se dan a algunos
condenados para elegir prisión, las diferencias en cuanto a las infraestructuras de las
prisiones, los perfiles raciales, las cárceles para mujeres, la indulgencia con los casos de
corrupción (ejemplos: caso Gürtel y ERE), etc. hace que seamos profundamente
desiguales ante la ley] [¿Dónde se infiltran los policías encubiertos? Sobre todo en
movimientos sociales, y tambien en mafias o grupos que operan en la economía
sumergida. Sin embargo apenas se infiltran en las cúpulas de grandes empresas aunque
se sospeche que son corruptas. Policía | Sergio, seis años infiltrado en los movimientos
sociales madrileños - El Salto - Edición General ([Link]) y La diferencia
entre un "agente encubierto" y un policía infiltrado ([Link])

Francisco Correa (empresario español, líder de la trama): 51 años. La Audiencia


Nacional lo condenó a 51 años y 11 meses. El cabecilla de la Gürtel logra el tercer
grado tras pasar nueve años en prisión ([Link]) y Sentencia del caso Gürtel:
las condenas definitivas de los principales implicados ([Link])

Griñan (de los ERE) se libra de la cárcel a la que le habían condenado por padecer
cancer. ¿Cuántos presos con cáncer hay en las cárceles españolas? – Derecho
Penitenciario

Juan Carlos I se libra de ser perseguido por trece delitos ([Link])

En general los delitos de guante blanco gozan de una mayor impunidad, están menos
perseguidos, menos vigilados, y menos castigados porque se consideran menos
peligrosos para la sociedad en la medida en que no suelen implicar violencia.

1. Democracia de la abolición, Angela Davis. Madrid: trotta, 2016


[La utilidad socioeconómica de la delincuencia y la no neutralidad de los aparatos de
justicia]

¿REFORMA O ABOLICIÓN DE LAS PRISIONES?

“(…) en la medida en que el sistema carcelario estadounidense aumentó, también lo


hicieron las empresas involucradas en la construcción, provisión de bienes y servicios, y
us de la mano de obra carcelaria. (…) dado que la construcción y funcionamiento de las
prisiones ha empezado a atraer cantidades ingentes de capital -desde la industria de la
construcción hasta la de la salud o la de la alimentación- de manera similar a como lo
hiciera la emergencia (31) del complejo industrial-militar, hemos empezado a referirnos
a todo este sistema como <complejo industrial-penitenciario>” (p. 32)

“(…) las empresas asociadas con la industria penal cosechan beneficios del sistema que
gestiona los reclusos, y son parte claramente interesada en el crecimiento continuo de
las poblaciones carcelarias” (p. 35)

ESCLAVITUD, DERECHOS CIVILES Y PERSPECTIVAS ABOLICIONISTAS EN


TORNO A LAS PRISIONES

“(…) las prisiones presentan características solidificadas de este tipo de racismo que
operan de forma clandestina” (p. 43) Afroamericanos, latinos, nativos americanos y
asiáticoamericanos. “Estos racismos se fusionan y están tambien implícitos en las
cárceles. (…) Considérese, por ejemplo, los arrestos y detenciones masivos de gente de
Oriente Medio, Sudasiáticos o de procedencia musulmana tras los ataques del 11 de
septiembre de 2001” (p. 43)

“En Estados Unidos especialmente, la raza siempre ha jugado un papel central en la


construcción de las presunciones de criminalidad” (p. 45)

“El crimen racializado (la tendencia a <imputar el crimen al color>, en palabras de


Frederick Douglass) no desapareció al mimos tiempo que la esclavitud” (p.47)

“(…) la evolución del sistema penal posterior a la guerra civil constituyó en muchos
sentidos una continuación del sistema esclavista, que ya no era legal en el mundo
<libre> (p. 49). La composición racial de la población convicta se modificó tras la
abolición de la esclavitud, comenzó la infrarrepresentación de blancos.
“(…) tras la emancipación, un gran número de personas negras se vieron obligadas a
robar para poder sobrevivir debido a sus nueva situación social. Pero fue la
transformación de los robos insignificantes en delitos graves lo que relegó a un número
sustancial de negros a la <servidumbre voluntaria>” (p. 49)

“Los nuevos capitalistas sureños tanto en Georgia como en otros lugares pudieron usar
al estado para reclutar y disciplinar fuerza de trabajo compuesta por presos” (Twice the
work of free labor, 1996, p. 13).

CÓMO EL GÉNERO ESTRUCTURA EL SISTEMA CARCELARIO

[La población carcelario femenina es en España del 7%, lo que hace que apenas existan
cárceles para mujeres (obligadas a estar lejos de sus familiares) y que en muchas
ocasiones tengan que ser encerradas en cárceles para hombres donde se habilita un
módulo específico para mujeres (no se las separa en función de antecedentes, delitos,
edad, etc. lo que dificulta la reinserción). No suelen existir asistencias médicas
suficientes, ni servicios de ginecología. Las tareas y trabajos que dispone la prisión para
favorecer la reinserción social reproducen estereotipos sexistas, a ellas se las enseña a
coser y a ellos artesanías, mecánica, etc.]

“(…) las prácticas que se realizan en las prisiones de mujeres están generizadas, pero
también lo están las prácticas en las cárceles masculinas. Asumir que las instituciones
masculinas constituyen la norma y que las instituciones femeninas son marginales es, de
algún modo, participar de una normalización de las prisiones” (72)

“el carácter profundamente generizado del castigo refleja y afianza la estructura


generizada de la sociedad en su conjunto” (72)

Mujeres presas han producido un corpus literario sobre sus experiencias en prisiones.
Mostrando “las peligrosas intersecciones que se dan entre el racismo, la dominación
masculina y las estrategias estatales de represión política” (72). Hay prácticas
específicas en las prisiones de mujeres, como los famosos registros exhaustivos o
exploraciones internas.

Las exploraciones corporales están en el centro de la mira del activismo, en 2001,


Sisters Inside, “lanzó una campaña nacional contra las exploraciones exhaustivas; el
lema de dicha campaña era: <Paremos la agresión sexual del Estado>” (74) Las cárceles
de mujeres están pobladas de prácticas patriarcales opresivas.
Elizabeth Guley Flynn relata su vida en un Correccional Federal para mujeres en su
texto: The Alderson Store: My Life as a Political Prisioner (1972). “Siguiendo el
modelo dominante para prisiones femeninas de aquel periodo, los regímenes de
Alderson estaban basados en la asunción de que las mujeres <criminales> podían ser
rehabilitadas a través de la asimilación de comportamientos acordes a su feminidad,
especialmente relacionados con tareas para cocinar, limpiar y coser. Por supuesto, este
entrenamiento diseñado para producir mejores esposas y madres entre la clase media de
mujeres blancas produjo, de hecho, sirvientas domésticas especializadas entre las
mujeres negras y pobres” (74)

“Es cierto que los hombres que cometen el tipo de transgresiones que se consideran
punibles (75) por el Estado son etiquetados como desviados sociales. Sin embargo, la
criminalidad masculina siempre se ha considerado <más normal> que la criminalidad
femenina. Se ha tendido a ver a las mujeres castigadas públicamente por el Estado por
su mala conducta como significativamente más aberrantes y peligrosas para la sociedad
que sus muchos más numerosos homólogos varones” (76)

“(…) mientras la prisión emergió y evolucionó como la forma más importante de


castigo público, las mujeres continuaron estando sujetas de manera rutinaria a formas de
castigo que no han sido reconocidas como tales. Por ejemplo, las mujeres han sido
encarceladas en mayor proporción en instituciones psiquiátricas que en prisiones. (…)
Así, mientras que los hombres desviados han sido concebidos como delincuentes, a las
mujeres desviadas se las ha entendido como locas. (…) como se aprecia en el hecho de
que las drogas psiquiátricas aún se distribuyan de forma más habitual entre las mujeres
encarceladas que entre sus homólogos hombres” (76) [ojo: el castigo es una función
social compleja no monopolizada por el Estado, opera en hospitales psiquiátricos,
colegios, talleres, familias, etc. Al interior de la familia las mujeres han sido sometidas a
formas de castigo no reconocidas como tal por parte de sus maridos. Quizás la ley a los
que están sujetos los sujetos de derecho sobrepase el ámbito legislativo del Estado y se
subtienda por todo el cuerpo social en formas de reglamentaciones de la conducta cuyas
transgresiones tambien implican sanciones sociales. ¿En qué consistiría una igualdad
ante la norma y no ante la ley?].

“Cuando el discurso sobre la delincuencia y las correspondientes instituciones de


control empezaron a distinguir entre <delincuente> y <enfermo mental>, la distinción
de género se afianzó y continuó estructurando las políticas penales. (…) Y si pensamos
en el impacto de la clase y la raza sobre estas categorías (…) descubrimos que en las
mujeres blancas y ricas tiende a aplicarse la segunda, la enfermedad mental, mientras
que las mujeres negras y pobres tienden a ser vinculadas más bien con la primera, es
decir, con la delincuencia” (77)

Las instituciones penitenciarias están hechas generalmente para hombres y rara vez se
adaptan para acomodar a las mujeres condenadas. En algunos casos la propuesta de los
reformistas “reclamaba modelos arquitectónicos que reemplazaran las celdas por
pequeñas casas y <habitaciones>, de modo que se pudiera inculcar la domesticidad
dentro de la vida en prisión. (…) En vez e esposas y madres hogareñas cualificadas,
muchas presas, al ser puestas en libertad, se convertían en criadas, cocineras y
limpiadoras para mujeres ricas” (79) [ojo: o ausencia de modelos penitenciarias
específicos para mujeres o modelos que refuerzan los roles de género]

“Sin embargo, este castigo público feminizado no afectó a todas las mujeres de la
misma forma. Cuando las mujeres negras y nativas americanas fueron encarceladas en
correccionales, generalmente fueron segregadas de las mujeres blancas. Más aún,
tendieron a ser sentenciadas, de forma desproporcionada, a cárceles masculinas” (80)

“Tekla Miller, defendió un cambio en las políticas dentro del sistema correccional que
debería tener como resultado (82) que las reclusas fueran tratadas del mismo modo que
los hombres. Sin ningún atisbo de ironía, caracterizaba como <feminista> su propia
batalla por la <igualdad de género> entre los presos hombres y mujeres, y por la
igualdad entre las instituciones de encarcelamiento masculinas y femeninas. (…) No se
le ocurrió que una versión más productiva del feminismo también cuestionaría la
organización del castigo estatal a los hombres” (83) [ojo: exigir igualdad absoluta en las
condiciones de encarcelamiento entre hombres y mujeres no parece que promueva la
justicia, pues ambos sexos acostumbran a tener necesidad específicas, p.e. módulos para
mujeres embarazas, servicio sanitarios capaces de asistir un parto, etc.]

“Paradójicamente, las solicitudes de paridad con respecto a las prisiones masculinas, en


vez de crear mayores oportunidades educativas, vocacionales y de salud para las
mujeres reclusas, a menudo han comportado condiciones mucho más represivas. Esto
no es solo consecuencia de las nociones -esto es, formalistas- de igualdad, sino de la
asunción no cuestionada, y más peligrosa aún, de que las prisiones de hombres (83)
deben construir la norma de castigo” (84).
“(…) el abuso sexual -que, como la violencia doméstica, es asta ahora otra de las
dimensiones del castigo privatizado contra las mujeres- se ha convertido en un
componente del castigo institucionalizado tras las muros de las prisiones. Aunque el
abuso sexual guardia-presa no se sanciona como tal, la indulgencia general con la que se
trata a los guardias que abusan sexualmente de las presas sugiere que, para las mujeres,
la prisión es un espacio en el que la amenaza de la violencia sexualizada, que en la
sociedad en general es castigada de forma más eficaz, supone un aspecto rutinario del
conjunto de castigos que se infligen tras los muros de las cárceles” (85)

Informe Human Rights Watch sobre abusos sexuales de mujeres en prisiones: “Si has
sufrido abusos sexuales, no puede escapar de tu violador. Las quejas o los
procedimientos de investigación, cuando existen, son a menudo ineficaces, y los
empleados de los correccionales continúan con sus abusos porque creen que raras veces
se los responsabilizará ni administrativa ni penalmente” (85) Los espacios de las
cárceles femeninas están violentamente sexualizados.

“Diversos estudios sobre cárceles femeninas en todo el mundo señalan que el abuso
sexual es una forma de castigo permanente, aunque desconocido, al que se somete
habitualmente a la inmensa mayoría de las mujeres encarceladas” (87)

[ojo: que se supone que los castigos públicos son una economía de los derechos
suspendidos, que en la cárcel uno pierda la libertad, pero el preso está casi despojado de
cualquier derecho merced a los guardias]

Según las Reglas Mínimas para el Tratamiento de los Reclusos (1955) de las Naciones
Unidas la cárcel es un castigo que consiste en la privación de libertad y no se deben
agravar los sufrimientos inherentes a esta situación, de modo que una buena práctica
carcelaria se debe limitar a recluir (humillar, denigrar, maltratar, herir, abusar, etc. son
prácticas que extralimitan el castigo, lo sobrepasan) [ojo: esta extralimitación del
castigo en el contexto carcelario afecta directamente a la justicia, pero tambien a la
igualdad ante la ley, pues en buena medida depende de la cárcel en que cumplas
condena (de sus condiciones, infraestructuras y el personal que trabaje en ella) sufrirás
un sobrecastigo o no]

“(…) el Estado mismo está directamente implicado en la rutinización del abuso sexual,
permitiendo tanto las condiciones que hacen a las mujeres vulnerables a la coerción
sexual ejercida por guardias y demás personal de la cárcel, como aquellas otras que
incorporan en las políticas rutinarias prácticas tales como los registros exhaustivos y las
inspecciones corporales” (88)

EL COMPLEJO INDUSTRIAL PENITENCIARIO

“El trabajo carcelario es una mina de oro para las empresas privadas. No hay huelgas.
No hay sindicación. No hay beneficios sanitarios, seguro de desempleo o indemnización
laboral que haya que pagar. No hay barreras lingüísticas ni países extranjeros. Las
prisiones son el nuevo Leviatán que se está construyendo sobre miles de terroríficos
acres de fábricas tras los muros de las cárceles. Los presos introducen datos para
Chevron, hacen reservas telefónicas para TWA, crían cerdos, recogen estiércol y hacen
tarjetas de circuitos, limusinas, camas de agua y lencería para Victoria Secret, todo al
módico precio del <trabajo gratuito>” (L. Evans y E. Goldberg, The prison industrial
complex and the global economy, Berkeley, 1997: panfleto).

“La explotación del trabajo carcelario por parte de corporaciones privadas es una más
de entre las distintas fórmulas de relación que unen a empresas, gobiernos, comunidades
carcelarios y medios de comunicación. Estas relaciones constituyen lo que actualmente
se denomina el complejo industrial-penitenciario. Este término fue introducido por
activistas y académicos como respuesta a la creencia popular que considera el aumento
de los índices de criminalidad como la principal causa del incremento de la población
carcelario. Por el contrario, señalaron, la construcción de cárceles y la consiguiente
necesidad de llenar estas nuevas estructuras con cuerpos humanos han sido dirigidas por
ideologías racistas cuyo objetivo principal ha sido la búsqueda de beneficios” (90)

La prisión se percibe como “un efecto natural, necesario y permanente” (91) del crimen
y la delincuencia. Además, la racialización de las poblaciones carcelarios no es algo
fortuito.

Complejo industrial-militar y complejo industrial-penitenciario tienen relacione


simbióticas. “Ambos complejos se apoyan y se refuerzan mutuamente y, de hecho, muy
a menudo comparten tecnologías” (92). “Ambos sistemas generan un gran número de
beneficiosos de procesos de destrucción social” (93). Los presos siempre han
constituido una potencial fuente de beneficios y muchas compañías están interesadas en
perpetuar el sistema carcelario y su producción de delincuentes. P.e. la industria
farmacéutica ha utilizado históricamente presos como cobayas para experimentos.

“(…) no fue hasta los años ochenta y la creciente globalización del capitalismo cuando
comenzó a aumentar masivamente el capital invertido dentro de la economía de castigo.
(…) En el contexto de una economía dirigida a una obtención de beneficios sin
precedentes, sin importar el coste humano, y del desmantelamiento concomitante del
Estado de bienestar, las capacidades de supervivencia de los pobres se vieron
constreñidas progresivamente a causa de la amenaza inminente de la cárcel. El proyecto
de construcción masiva de cárceles, iniciado en los años ochenta, creó los medios para
concentrar y gestionar lo que el sistema capitalista había declarado implícitamente como
excedente humano” (95). Lo que se justificaba por la retórica de la seguridad.

La creciente privatización del sector penitenciario demuestra su rentabilidad económica.


“Los gobiernos federales, estatales y del condado, en acuerdos que recuerdan al sistema
de arrendamiento de presos, pagan a las empresas privadas una tasa fija por cada
recluso, lo que implica que las empresas privadas están interesadas en mantener a los
presos en prisión tanto tiempo como les sea posible, asegurándose de que sus
instalaciones estén llenas” (99) [dentro de la cárcel hay una infrapenalidad que puede
alargar la estancia de los presos. En España no hay cárceles privadas]

2. Fronteras interiores: las prácticas informales en el gobierno de la desigualdad


en España.

“a través de una infinidad de fronteras internas (que toman la forma de leyes,


normas, directivas, reglamentos, controles policiales, obstáculos burocráticos,
trámites, sanciones administrativas, relaciones, tratos, etc.; que operan junto a posos
ineludibles de desigualdades configuradas históricamente), el conjunto de la
población pasa a distribuirse en múltiples posiciones sociales marcadas por
diferencias de estatus, ingresos, formación, garantías sociales, etc.; es decir, por un
acceso desigual a los derechos sociales, laborales y económicos. Esto es
particularmente evidente en el caso de la gestión de los colectivos vulnerables y de
los movimientos migratorios, donde es posible identificar multitud de categorías de
sujetos migrantes y/o vulnerabilizados (en función del origen, de su situación
administrativa, del trabajo y el tipo de contrato, el color de piel, el capital social, el
mayor o menor grado de conocimiento de los dispositivos institucionales, etc.), que
se articulan con otras tantas categorías de sujetos autóctonos y/o legitimados. Es
decir, más que dos caras de la sociedad –los incluidos y los excluidos– tendríamos
un continuo hipersegmentado gracias a los dispositivos de fronteras internas, con
distintas franjas de población incluidas de un modo diferencial. La pertenencia en el
sistema de desigualdad se da por la integración subordinada, implicando un sistema
jerarquizado de integración, en función del acceso desigual a los derechos y la
riqueza” (113)

“(…) la propuesta que se realiza aquí permite pensar la frontera como un dispositivo
de gobierno, difuminado en multitud de prácticas, formas y tecnologías al interior de
los territorios, cuya función principal se centra en su capacidad de estratificación de
cara a construir distintos grados de ciudadanía, estatus y legitimidad de los sujetos
que se materializan en un acceso desigual a los derechos sociales” (113) [ojo: parece
forzado hablar de “fronteras internas” para referir a todos los mecanismos de
estratificación social, quizás sería mejor hablar de “mecanismos de estratificación”,
“tecnologías de categorización” o “dispositivos de ordenación”]

“En el caso de extranjería, donde es el acceso a los derechos de ciudadanía el que


está afectado, tampoco es posible fijar una frontera entre la exclusión y la inclusión
del extranjero como ciudadano. Muy al contrario, las distintas leyes de extranjería
contemplan multitud de formas y figuras para la regularización, cada una con
múltiples subtipos y vías de acceso, que derivan en una fragmentación infinita de
estatus legales, cada uno con una serie de derechos diferenciales asociados, a los que
se superpone la propia condicionalidad de los permisos” (118) Pie de página: “Entre
otras: permiso de residencia por reagrupación familiar, permiso de residencia y
trabajo por cuenta ajena, permiso de residencia y trabajo por cuenta propia, permiso
de residencia por inversión, permiso de residencia sin trabajo, permiso de residencia
por estudios, permiso de residencia permanente, permiso de residencia por razones
humanitarias, permiso de residencia por circunstancias excepcionales, permiso de
residencia de temporada, permiso de residencia de comunitarios, concesión de la
nacionalidad con tiempos de espera diferenciados según el país de procedencia” 118
“En un contexto en el que los derechos sociales no se encuentran garantizados, los
trámites administrativos se convierten en una constante vital, en la medida en que la
propia supervivencia material depende de la concesión de servicios y recursos por
parte de la Administración, así como del reconocimiento que esta hace de la mayor o
menor legitimidad del sujeto (que se traduce en un mayor o menor acceso a
determinados derechos)” (119)

3. Gubernamentalidad liberal, gestión securitaria y sistema punitivo

La “nueva penología” es actuarial (Feeley y Simon, 1992; Simon, 2012): su


preocupación está orientada a las técnicas de identificación, clasificación y manejo
(managerism) de grupos poblacionales, según niveles asignados de peligrosidad. 501

teniendo en cuenta una determinada categoría de sujetos “peligrosos”, la severidad de la


sentencia condenatoria impuesta al delincuente concreto no dependerá tanto de su
peligrosidad individual —deducida sobre la base de presuntos indicios vinculados a la
conducta, los antecedentes o las modalidades del delito—, sino que más bien dependerá
del nivel global de riesgo del grupo en el que se inserta, habita y cultiva sus relaciones:
si el sujeto pertenece a una clase peligrosa, poco importa si subjetivamente es o no
peligroso; será considerado peligroso y merecerá una sentencia potencialmente infinita
(Morris, 1994) 501

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