Trabajo Final
Trabajo Final
Resumen: ¿Somos iguales ante la ley? Primero hay que explorar quienes son los sujetos
incluido en el “somos” y que reclaman igualdad ante la ley (tan solo los ciudadanos de
un Estado-nación, los apátrida o los refugiados), luego determinar bajo qué ley se
amparan (Estado-nación) y por último evaluar si se da efectivamente igualdad entre esos
sujetos (ilegalismos y justicia de clase). Antes de poder ser iguales ante la ley hay que
estar frente a ella (p.e. a la mayoría de los animales no les son reconocidos ningún
derecho, en general cualquiera que no tiene el estatuto de ciudadano)
1. La ley no trata a todos los sujetos frente a ella y que la transgreden de la misma forma
(justicia de clase, de género y de raza), y 2. Porque el “nosotros” presupuesto en el
“somos” solo incluye a los sujetos nacionales con ciudadanía, lo que excluye del
amparo ante una ley (aunque sea desigual) a muchas personas.
Pese a ello, y aunque pueda resultar difícil de creer, todos parecen asumir en mayor o
menor medida que la igualdad ante la ley es el algo deseable; desde los líderes de
opinión de la izquierda que justifican la amnistía como un mal necesario para evitar el
mal mayor de que gobierne la derecha, hasta las voces de la derecha que claman contra
Pedro Sánchez y el PSOE por haber destruido la igualdad ante la ley, el Estado de
derecho y la separación de poderes. Ante esta situación, y asumiendo que efectivamente
la igualdad ante la ley es una garantía necesaria en toda sociedad que se presume
democrática, me gustaría plantear: ¿somos realmente todos los ciudadanos iguales ante
la ley? Una preguntada que está emparentada con algunas otras como: ¿se aplica la ley
por lo general de forma imparcial? ¿cómo funcionan los aparatos jurídicos y legales en
nuestra sociedad? ¿de qué manera acostumbra el Estado a actuar ante una transgresión
de su orden legal? Pero antes de poder responder a estas cuestiones es necesario
caracterizar en qué consiste exactamente la igualdad ante la ley.
Lo primero que se debe advertir es que “igualdad” es una noción relacional y como tal
solo adquiere sentido al vincular objetos, personas, circunstancias, etc. La igualdad es
una relación que se establece entre cierto número de elementos respecto a algún
parámetro, p.e. dos montañas pueden ser iguales entre sí en cuanto a su apariencia, su
constitución material, su altura, etc. Razón por la cual no tiene sentido predicar la
igualdad de un elemento aislado sin ponerlo en relación con alguno otro (aunque solo
sea consigo mismo en otro momento temporal). Por lo tanto, la igualdad implica
siempre al menos dos términos o elementos y un parámetro en función del cual se los
compara. En el caso que nos ocupa los términos relacionados son los ciudadanos de un
Estado-nación y el parámetro respecto al cual se postula su igualdad son los derechos (y
obligaciones). Así, la igualdad ante la ley es un principio jurídico-político (presente en
buena parte de constituciones y tratados internacionales) según el cual todos los
ciudadanos de una sociedad política deben estar sujetos a las mismas leyes y gozar de
los mismos derechos civiles y políticos, garantizando así que ningún individuo o
colectivo sea privilegiado o discriminado institucionalmente a razón de su raza, sexo,
orientación sexual, origen nacional, religión, etc. Es un principio que se puede resumir
como un imperativo de imparcialidad por parte de los órganos gubernamentales hacia
sus ciudadanos.
Además, es importante tener en cuenta que la igualdad ante la ley acostumbra a ser una
prescripción de carácter relativo y no absoluto. Una igualdad absoluta ante la ley
implicaría tratar mecánicamente igual (de forma casi algoritmizable) a todos los
individuos con independencia de sus singularidades, contextos y circunstancias. Es
decir, en una sociedad política con absoluta igualdad jurídica los menores de 18 años
podrían votar, no existirían en los juicios causas atenuantes (como p.e. la enajenación
mental) o agravantes (como p.e. los antecedentes penales) que apelen al caso particular
del enjuiciado, etc. En cambio, la igualdad jurídica relativa significa la igualdad de trato
a todos los ciudadanos en circunstancias iguales o semejantes, de manera que la
aplicación de la ley sea sensible a la singularidad de cada sujeto sin introducir por ello
discriminaciones ni privilegios. En el primer caso (igualdad absoluta) los aparatos
jurídicos aplicarían siempre los mismos castigos ante las mismas infracciones, mientras
que en el segundo caso (igualdad relativa) se aplicarían los mismos castigos ante las
mismas infracciones siempre y cuando hayan sido cometidas en situaciones similares.
La igualdad ante la ley, como una de las garantías fundamentales de los Estados de
derecho, acostumbra a ser una exigencia del segundo tipo mencionado. Véase por
ejemplo lo declarado por el Tribunal Constitucional Español en la STC 90/1989 del 11
de mayo:
Se trata, comúnmente, de exigir que los órganos encargados de ejecutar y aplicar las
leyes sean por defecto no tanto ciegos, pues deben ser sensibles a cada situación
particular, como imparciales, es decir, que sigan criterios objetivos no contaminados por
sesgos, prejuicios, gustos, preferencias o manías. Que sea así por defecto implica que
quien quiera hacer determinadas excepciones tiene la carga de la prueba y necesita de
razones robustas para justificarlo (“si se introducen elementos de diferenciación para
justificar tratamientos distintos, esos elementos han de ser razonables” ). Por ejemplo,
las leyes contra la violencia de género que socavan la presunción de inocencia de los
varones van a la contra de la igualdad ante la ley (pues introducen un trato distinto en
función del sexo), y sin embargo son medidas cuyos defensores las justifican apelando a
la promoción de la igualdad social, en la medida en que se pretende paliar el machismo
contrarrestando la desigualdad social que implica (en beneficio de los varones) con una
desigualdad ante la ley que beneficie a las mujeres.
Tambien cabe diferenciar entre la igualdad “en” la ley y la igualdad “ante” la ley. El
primero de los casos se refiere las previsiones, prescripciones o exigencias que se
recogen por escrito en los documentos legales, mientras que el segundo a la forma de
hacer valer materialmente esos documentos (“tratamiento desigual tanto en las
previsiones normativas, como en su aplicación concreta”). Nos centraremos en la
segunda por considerar que tiene primacía sobre la primera.
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La igualdad ante la ley es uno de los valores políticos y democráticos que en nuestra
cultura goza de mayor historia. Muchos historiadores y politólogos lo suelen remontar
hasta la democracia de la Antigua Atenas (no sin polémica, sobre todo por su carácter
esclavista) y más concretamente a su famosa consigna de isonomía (del griego isos,
“igual” y nomos, “ley”). Pese a ello se suele asumir que es en el momento histórico de
la modernidad cuando este principio adquiere en Occidente la extensión y validez que
hoy le concedemos. Además, este valor político de la igualdad ante la ley o la igualdad
de derechos de todos los hombres se debe comprender contra el fondo de cosmovisiones
más amplias que postulan una igual dignidad o valor de todos los seres humanos en
cuanto tal (valen como ejemplo la clásica humanitas latina, la tradición cosmopolita o la
noción clásica e ilustrada de sentido común). Algunos de los hitos históricos que en
Occidente se suelen considerar más relevantes para el establecimiento de cierta igualdad
de derechos son: el surgimiento del Derecho Internacional Público moderno en el XVI,
la Revolución Francesa con la Declaración de los Derechos del Hombre y del
Ciudadano (1789), la creación de la Sociedad de Naciones al término de la Primera
Guerra Mundial o la Declaración Universal de Derechos Humanos al término de la
Segunda Mundial.
2. La personalización de la penalidad
La igualdad ante la ley es esencialmente una exigencia de que la justicia sea ciega ante
el estatus social y la personalidad del infractor, que sea neutral, que no castigue
sistemáticamente (admitiendo la posibilidad de errores o fallos puntuales en los
mecanismos judiciales y punitivos) de forma desigual determinadas infracciones por el
hecho de que han sido cometidas por un tipo de individuo.
Si nos basamos en los análisis de Foucault parece que estamos bastante lejos de ser
iguales ante la ley, y no solo por el funcionamiento clasista de la misma, tambien por el
hecho de que lejos de ser ciega, la ley moderna (disciplinaria y post-disciplinaria) ha
pasado de castigar actos a castigar autores, en tanto que pretende corregirlos,
encauzarlos, neutralizar sus peligros, etc. De ahí el hecho de que intervengan en el
poder de castigar tanto jueces, policías y abogados como médicos, psiquiatras,
psicológicos, criminólogos, etc.
“El examen pericial psiquiátrico, pero de una manera más general la antropología
criminal y el discurso insistente de la criminología, encuentran aquí una de sus
funciones precisas: al inscribir solemnemente las infracciones en el campo de los
objetos susceptibles de un conocimiento científico, proporcionar a los mecanismos del
castigo legal un asidero justificable no ya simplemente sobre las infracciones, sino sobre
los individuos; no ya sobre lo que han hecho, sino sobre lo que son, serán y pueden se.
(…) juzgar otra cosa distinta de los delitos: el “alma” de los delincuentes” (26)
“Desde que la Edad Media construyó, no sin dificultad y con lentitud, el gran
procedimiento de la información judicial, juzgar era establecer la verdad de un delito,
era determinar su autor, era aplicarle una sanción legal. Conocimiento de la infracción,
conocimiento del responsable, conocimiento de la ley, tres condiciones que permitían
fundar en verdad un juicio. Ahora bien, he aquí que en el curso del juicio penal, se
encuentra inscrita hoy en día una cuestión relativa a la verdad, muy distinta. No ya
simplemente: “El hecho, ¿se halla establecido y es delictivo?”, sino también: “¿Qué es,
pues, este hecho, esta violencia o este asesinato? ¿A qué nivel o en qué campo de
realidad inscribirlo? ¿Fantasma, reacción psicótica, episodio delirante, perversidad?” No
ya simplemente: “ ¿Quién es el autor?” , sino: “ ¿Cómo asignar el proceso causal que lo
ha producido? ¿Dónde se halla, en el autor mismo, su origen? ¿Instinto, inconsciente,
medio, herencia?” No ya simplemente: “ ¿Qué ley sanciona esta infracción?”, sino:
“¿Qué medida tomar que sea la más apropiada? ¿Cómo prever la evolución del sujeto?
¿De qué manera sería corregido con más seguridad?” Todo un conjunto de juicios
apreciativos, diagnósticos, pronósticos, normativos, referentes al individuo delincuente
han venido a alojarse en la armazón del juicio penal” (26)
[ojo: la justicia no puede ser ciega ante la personalidad, el grupo social y la identidad
del delincuente porque en la medida en que funciona como un mecanismo de seguridad
interviene sobre la peligrosidad de los individuos, sobre el riesgo que supone para la
sociedad, sobre su virtualidad, y es función de ese riesgo que se castigará y se modulara
la pena tratando de neutralizar los peligros. De modo que no somos iguales ante la ley
en el sentido de que los aparatos de justicia obvien la identidad del individuo y se
limiten a juzgar sus actos, desde hace tiempo estamos bajo una justicia personalizada en
la que la igualdad ante la ley por lo tanto no puede consistir en la ceguera ante la
condición del individuo, sino en todo caso en aplicar el mismo castigo ante las mismas
condiciones individuales. ¿Cómo garantizar la igualdad ante una ley y una justicia que
lejos de ser ciegas funcionan en el interior de un dispositivo panóptico? Si, con ayuda de
discursos como el de la criminología, se determina que dos individuos que han cometido
los mismos delitos no son igual de peligrosos, esto es, no tienen la misma probabilidad
de reincidir en el delito (ya sea porque uno tiene un amplio historial de delitos o está
afectado por una enfermedad mental), y por lo tanto deben ser castigados diferente, ¿en
qué puede consistir la igualdad ante la ley? Parece que lo máximo a lo podemos aspirar
es a que no interfieran sesgos ideológicos (si es que es posible) a la hora de determinar
la “peligrosidad” de los individuos infractores, como p.e. asumir que alguien es más
peligroso por el hecho de su raza, etnia, sexo, etc. Pero debemos admitir un alto riesgo
de discriminaciones y juicios desiguales en el régimen de una justicia que tiene por
objeto castigar antes el “alma” de los individuos que actos específicos. Podemos
imaginar que en una sociedad ideológicamente racista, machista y clasista, en la que
funcione este tipo de penalidad personalizada los sujetos de derecho difícilmente van a
gozar de igualdad ante la ley y los aparatos de justicia. Pero lo pronto esto solo vierte
una sospecha profunda de que efectivamente seamos iguales ante la ley (siempre y
cuando demos por el cierto el análisis de Foucault y creamos que es extrapolable sin
grandes pérdidas a nuestro contexto social)]
De acuerdo con Foucault la legalidad no tiene por misión reprimir todos y cada una de
las ilegalidades, sino diferenciarlas, utilizarlas, sacharlas provecho. Justicia de clase.
Pero hay otros sesgos que permean la justicia y que a Foucault se le escapan o no parece
interesarle, como el de género o el de raza.
Vigilar y castigar:
“Las condiciones que se deparan a los detenidos liberados, los condenan fatalmente a la
reincidencia: porque están bajo la vigilancia de la policía; porque tienen asignada o
prohibida la residencia en determinados lugar o lugares; porque “no salen de la prisión
sino con un pasaporte que deben mostrar en todos los sitios adónde van y que menciona
la condena que han cumplido”. El quebrantamiento de destierro, la imposibilidad de
encontrar trabajo y la vagancia son los factores más frecuentes de la reincidencia” (273)
“Admitamos que la ley esté destinada a definir infracciones, que el aparato penal tenga
cómo función reducirlas y que la prisión sea el instrumento de esta represión. Entonces
hay que levantar un acta de fracaso” (277)
“Sería preciso entonces suponer que la prisión, y de una manera general los castigos, no
están destinados a suprimir las infracciones; sino más bien a distinguirlas, a
distribuirlas, a utilizarlas (…) La penalidad sería entonces una manera de administrar
los ilegalismos, de trazar límites de tolerancia, de dar cierto campo de libertad a
algunos, y hacer presión sobre otros, de excluir a una parte y hacer útil a otra; de
neutralizar a éstos, de sacar provecho de aquellos. En suma, la penalidad no “reprimiría”
pura y simplemente los ilegalismos; los “diferenciaría”, aseguraría su “economía”
general. Y si se puede hablar de una justicia de clase no es sólo porque la ley misma o la
manera de aplicarla sirvan los (277) intereses de una clase, es porque toda la gestión
diferencial de los ilegalismos por la mediación de la penalidad forma parte de esos
mecanismos de dominación” (278) [ojo: existe una economía general de ilegalismo a
cargo de la penalidad, que se encarga de administrarlos para hacerlos utilizables y
rentables]
“La afirmación de que la prisión fracasa en su propósito de reducir los crímenes, hay
que sustituirla quizá por la hipótesis de que la prisión ha logrado muy bien producir la
delincuencia, tipo especificado, forma política o económicamente menos peligrosa —en
el límite utilizable— de ilegalismo” (282)
“todo un funcionamiento extralegal del poder ha sido llevada a cabo de una parte por la
masa de maniobra constituida por los delincuentes” (285) [ojo: como una suerte de
“policía clandestina”, que hacen las veces de soplones, confidentes, mano dura contra
los motines y las ocupaciones de casas]
“La delincuencia, con los agentes ocultos que procura, pero también con el rastrillado
generalizado que autoriza, constituye un medio de vigilancia perpetua sobre la
población: un aparato que permite controlar, a través de los propios delincuentes, todo el
campo social. La delincuencia funciona como un observatorio político” (287)
“Pero esta vigilancia no ha podido funcionar sino emparejada con la prisión. Porque ésta
facilita un control de los individuos cuando quedan en libertad, porque ésta permite el
reclutamiento de confidentes y multiplica las denuncias mutuas, porque ésta pone a los
infractores en contacto unos con otros, precipita la organización de un medio
delincuente cerrado sobre sí mismo, pero que es fácil de controlar; y todos los efectos de
desinserción que provoca (desempleo, prohibición de residencia, residencia forzada,
puestas a disposición) abren ampliamente la posibilidad de imponer a los antiguos
detenidos las obligaciones que se les asignan. Prisión y policía forman un dispositivo
acoplado; entre las dos garantizan en todo el campo de los ilegalismos la diferenciación,
el aislamiento y la utilización de una delincuencia. En los ilegalismos, el sistema
policía-prisión aísla una delincuencia manejable. Ésta, con su especificidad, es un efecto
del sistema; pero pasa a ser también uno de sus engranajes y de sus instrumentos. De
suerte que habría que hablar de un conjunto cuyos tres términos (policíaprisión-
delincuencia) se apoyan unos sobre otros y forman un circuito que jamás se interrumpe.
La vigilancia policíaca suministra a la prisión los infractores que ésta trasforma en
delincuentes, que además de ser el blanco de los controles policíacos, son sus auxiliares,
y estos últimos devuelven regularmente algunos de ellos a la prisión” (287)
“A esto se agregaba una larga maniobra para imponer al concepto que se tenía de los
delincuentes un enfoque bien determinado: presentarlos como muy cercanos, presentes
por doquier y por doquier temibles. Es la función de la gacetilla que invade una parte de
la prensa y que comienza por entonces a tener sus periódicos propios.465 La crónica de
sucesos criminales, por su redundancia cotidiana, vuelve aceptable el conjunto de los
controles judiciales y policíacos que reticulan la sociedad; refiere cada día una especie
de batalla interior contra el enemigo sin rostro, y en esta guerra, constituye el boletín
cotidiano de alarma o de victoria” (292)
“Ahora bien, esta delincuencia propia de la riqueza se halla tolerada por las leyes y
cuando cae bajo sus golpes está segura de la indulgencia de los tribunales y de la
discreción de la prensa” (294)
[En este caso ya si tenemos una impugnación directa de la igualdad ante la ley, por
motivo de un clasismo que le sería característica].
[Esto en sentido estricto no compromete la igualdad ante la ley, pero sí que nos hace ver
que la pretendida igualdad de los sujetos de derecho ante la ley tiene como fundamento
un dispositivo (el de la ciudadanía) que instaura una profunda desigualdad ante los
sujetos que pertenecen a un Estado-nación y gozan por tanto derechos civiles y
políticos, y todos aquellos que por no pertenecer a un Estado constituyen vidas
sacrificables (ante la importancia, la falta de fuerza para aplicar unos supuestos
derechos universales del hombre)].
5. Conclusión
A nadie se le escapa que la ley puede ser igualitaria y sin embargo su aplicación no. La
ley, en el sentido de documento escrito que recoge los derechos y obligaciones
fundamentales de los ciudadanos, bien puede estar redactada de manera que clame por
la igualdad, y sin embargo se aplicada desigualmente como efecto de determinados
sesgos de los jueces y policías que se encargan de aplicarla. Así reza el artículo 14 de la
constitución española: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer
discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o
cualquiera otra condición o circunstancia personal o social”. Si uno juzgase el grado de
igualdad ante la ley en España basándose tan solo en los textos donde están redactados
las leyes, sin duda podría concluir que efectivamente somos iguales ante la ley. Sin
embargo, si se analizan no tanto la ley e en su dimensión escrita como los aparatos
encargados de aplicarla parece muy complicado sostener que somos iguales ante la ley
como no sea en un grado mínimo y casi irrisorio, lo que debería motivarnos como
sociedad para conseguir una aplicación práctica más igualitaria.
6. Bibliografía
[Los pagos de fianzas, el hecho de que las multas no sean proporcionales al patrimonio,
la posibilidad de contratar equipos de abogados, los privilegios que se dan a algunos
condenados para elegir prisión, las diferencias en cuanto a las infraestructuras de las
prisiones, los perfiles raciales, las cárceles para mujeres, la indulgencia con los casos de
corrupción (ejemplos: caso Gürtel y ERE), etc. hace que seamos profundamente
desiguales ante la ley] [¿Dónde se infiltran los policías encubiertos? Sobre todo en
movimientos sociales, y tambien en mafias o grupos que operan en la economía
sumergida. Sin embargo apenas se infiltran en las cúpulas de grandes empresas aunque
se sospeche que son corruptas. Policía | Sergio, seis años infiltrado en los movimientos
sociales madrileños - El Salto - Edición General ([Link]) y La diferencia
entre un "agente encubierto" y un policía infiltrado ([Link])
Griñan (de los ERE) se libra de la cárcel a la que le habían condenado por padecer
cancer. ¿Cuántos presos con cáncer hay en las cárceles españolas? – Derecho
Penitenciario
En general los delitos de guante blanco gozan de una mayor impunidad, están menos
perseguidos, menos vigilados, y menos castigados porque se consideran menos
peligrosos para la sociedad en la medida en que no suelen implicar violencia.
“(…) las empresas asociadas con la industria penal cosechan beneficios del sistema que
gestiona los reclusos, y son parte claramente interesada en el crecimiento continuo de
las poblaciones carcelarias” (p. 35)
“(…) las prisiones presentan características solidificadas de este tipo de racismo que
operan de forma clandestina” (p. 43) Afroamericanos, latinos, nativos americanos y
asiáticoamericanos. “Estos racismos se fusionan y están tambien implícitos en las
cárceles. (…) Considérese, por ejemplo, los arrestos y detenciones masivos de gente de
Oriente Medio, Sudasiáticos o de procedencia musulmana tras los ataques del 11 de
septiembre de 2001” (p. 43)
“(…) la evolución del sistema penal posterior a la guerra civil constituyó en muchos
sentidos una continuación del sistema esclavista, que ya no era legal en el mundo
<libre> (p. 49). La composición racial de la población convicta se modificó tras la
abolición de la esclavitud, comenzó la infrarrepresentación de blancos.
“(…) tras la emancipación, un gran número de personas negras se vieron obligadas a
robar para poder sobrevivir debido a sus nueva situación social. Pero fue la
transformación de los robos insignificantes en delitos graves lo que relegó a un número
sustancial de negros a la <servidumbre voluntaria>” (p. 49)
“Los nuevos capitalistas sureños tanto en Georgia como en otros lugares pudieron usar
al estado para reclutar y disciplinar fuerza de trabajo compuesta por presos” (Twice the
work of free labor, 1996, p. 13).
[La población carcelario femenina es en España del 7%, lo que hace que apenas existan
cárceles para mujeres (obligadas a estar lejos de sus familiares) y que en muchas
ocasiones tengan que ser encerradas en cárceles para hombres donde se habilita un
módulo específico para mujeres (no se las separa en función de antecedentes, delitos,
edad, etc. lo que dificulta la reinserción). No suelen existir asistencias médicas
suficientes, ni servicios de ginecología. Las tareas y trabajos que dispone la prisión para
favorecer la reinserción social reproducen estereotipos sexistas, a ellas se las enseña a
coser y a ellos artesanías, mecánica, etc.]
“(…) las prácticas que se realizan en las prisiones de mujeres están generizadas, pero
también lo están las prácticas en las cárceles masculinas. Asumir que las instituciones
masculinas constituyen la norma y que las instituciones femeninas son marginales es, de
algún modo, participar de una normalización de las prisiones” (72)
Mujeres presas han producido un corpus literario sobre sus experiencias en prisiones.
Mostrando “las peligrosas intersecciones que se dan entre el racismo, la dominación
masculina y las estrategias estatales de represión política” (72). Hay prácticas
específicas en las prisiones de mujeres, como los famosos registros exhaustivos o
exploraciones internas.
“Es cierto que los hombres que cometen el tipo de transgresiones que se consideran
punibles (75) por el Estado son etiquetados como desviados sociales. Sin embargo, la
criminalidad masculina siempre se ha considerado <más normal> que la criminalidad
femenina. Se ha tendido a ver a las mujeres castigadas públicamente por el Estado por
su mala conducta como significativamente más aberrantes y peligrosas para la sociedad
que sus muchos más numerosos homólogos varones” (76)
Las instituciones penitenciarias están hechas generalmente para hombres y rara vez se
adaptan para acomodar a las mujeres condenadas. En algunos casos la propuesta de los
reformistas “reclamaba modelos arquitectónicos que reemplazaran las celdas por
pequeñas casas y <habitaciones>, de modo que se pudiera inculcar la domesticidad
dentro de la vida en prisión. (…) En vez e esposas y madres hogareñas cualificadas,
muchas presas, al ser puestas en libertad, se convertían en criadas, cocineras y
limpiadoras para mujeres ricas” (79) [ojo: o ausencia de modelos penitenciarias
específicos para mujeres o modelos que refuerzan los roles de género]
“Sin embargo, este castigo público feminizado no afectó a todas las mujeres de la
misma forma. Cuando las mujeres negras y nativas americanas fueron encarceladas en
correccionales, generalmente fueron segregadas de las mujeres blancas. Más aún,
tendieron a ser sentenciadas, de forma desproporcionada, a cárceles masculinas” (80)
“Tekla Miller, defendió un cambio en las políticas dentro del sistema correccional que
debería tener como resultado (82) que las reclusas fueran tratadas del mismo modo que
los hombres. Sin ningún atisbo de ironía, caracterizaba como <feminista> su propia
batalla por la <igualdad de género> entre los presos hombres y mujeres, y por la
igualdad entre las instituciones de encarcelamiento masculinas y femeninas. (…) No se
le ocurrió que una versión más productiva del feminismo también cuestionaría la
organización del castigo estatal a los hombres” (83) [ojo: exigir igualdad absoluta en las
condiciones de encarcelamiento entre hombres y mujeres no parece que promueva la
justicia, pues ambos sexos acostumbran a tener necesidad específicas, p.e. módulos para
mujeres embarazas, servicio sanitarios capaces de asistir un parto, etc.]
Informe Human Rights Watch sobre abusos sexuales de mujeres en prisiones: “Si has
sufrido abusos sexuales, no puede escapar de tu violador. Las quejas o los
procedimientos de investigación, cuando existen, son a menudo ineficaces, y los
empleados de los correccionales continúan con sus abusos porque creen que raras veces
se los responsabilizará ni administrativa ni penalmente” (85) Los espacios de las
cárceles femeninas están violentamente sexualizados.
“Diversos estudios sobre cárceles femeninas en todo el mundo señalan que el abuso
sexual es una forma de castigo permanente, aunque desconocido, al que se somete
habitualmente a la inmensa mayoría de las mujeres encarceladas” (87)
[ojo: que se supone que los castigos públicos son una economía de los derechos
suspendidos, que en la cárcel uno pierda la libertad, pero el preso está casi despojado de
cualquier derecho merced a los guardias]
Según las Reglas Mínimas para el Tratamiento de los Reclusos (1955) de las Naciones
Unidas la cárcel es un castigo que consiste en la privación de libertad y no se deben
agravar los sufrimientos inherentes a esta situación, de modo que una buena práctica
carcelaria se debe limitar a recluir (humillar, denigrar, maltratar, herir, abusar, etc. son
prácticas que extralimitan el castigo, lo sobrepasan) [ojo: esta extralimitación del
castigo en el contexto carcelario afecta directamente a la justicia, pero tambien a la
igualdad ante la ley, pues en buena medida depende de la cárcel en que cumplas
condena (de sus condiciones, infraestructuras y el personal que trabaje en ella) sufrirás
un sobrecastigo o no]
“(…) el Estado mismo está directamente implicado en la rutinización del abuso sexual,
permitiendo tanto las condiciones que hacen a las mujeres vulnerables a la coerción
sexual ejercida por guardias y demás personal de la cárcel, como aquellas otras que
incorporan en las políticas rutinarias prácticas tales como los registros exhaustivos y las
inspecciones corporales” (88)
“El trabajo carcelario es una mina de oro para las empresas privadas. No hay huelgas.
No hay sindicación. No hay beneficios sanitarios, seguro de desempleo o indemnización
laboral que haya que pagar. No hay barreras lingüísticas ni países extranjeros. Las
prisiones son el nuevo Leviatán que se está construyendo sobre miles de terroríficos
acres de fábricas tras los muros de las cárceles. Los presos introducen datos para
Chevron, hacen reservas telefónicas para TWA, crían cerdos, recogen estiércol y hacen
tarjetas de circuitos, limusinas, camas de agua y lencería para Victoria Secret, todo al
módico precio del <trabajo gratuito>” (L. Evans y E. Goldberg, The prison industrial
complex and the global economy, Berkeley, 1997: panfleto).
“La explotación del trabajo carcelario por parte de corporaciones privadas es una más
de entre las distintas fórmulas de relación que unen a empresas, gobiernos, comunidades
carcelarios y medios de comunicación. Estas relaciones constituyen lo que actualmente
se denomina el complejo industrial-penitenciario. Este término fue introducido por
activistas y académicos como respuesta a la creencia popular que considera el aumento
de los índices de criminalidad como la principal causa del incremento de la población
carcelario. Por el contrario, señalaron, la construcción de cárceles y la consiguiente
necesidad de llenar estas nuevas estructuras con cuerpos humanos han sido dirigidas por
ideologías racistas cuyo objetivo principal ha sido la búsqueda de beneficios” (90)
La prisión se percibe como “un efecto natural, necesario y permanente” (91) del crimen
y la delincuencia. Además, la racialización de las poblaciones carcelarios no es algo
fortuito.
“(…) no fue hasta los años ochenta y la creciente globalización del capitalismo cuando
comenzó a aumentar masivamente el capital invertido dentro de la economía de castigo.
(…) En el contexto de una economía dirigida a una obtención de beneficios sin
precedentes, sin importar el coste humano, y del desmantelamiento concomitante del
Estado de bienestar, las capacidades de supervivencia de los pobres se vieron
constreñidas progresivamente a causa de la amenaza inminente de la cárcel. El proyecto
de construcción masiva de cárceles, iniciado en los años ochenta, creó los medios para
concentrar y gestionar lo que el sistema capitalista había declarado implícitamente como
excedente humano” (95). Lo que se justificaba por la retórica de la seguridad.
“(…) la propuesta que se realiza aquí permite pensar la frontera como un dispositivo
de gobierno, difuminado en multitud de prácticas, formas y tecnologías al interior de
los territorios, cuya función principal se centra en su capacidad de estratificación de
cara a construir distintos grados de ciudadanía, estatus y legitimidad de los sujetos
que se materializan en un acceso desigual a los derechos sociales” (113) [ojo: parece
forzado hablar de “fronteras internas” para referir a todos los mecanismos de
estratificación social, quizás sería mejor hablar de “mecanismos de estratificación”,
“tecnologías de categorización” o “dispositivos de ordenación”]