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La Cuestión del Sobrenatural

Este documento presenta una introducción al tema de lo sobrenatural y procede a: 1. Definir lo que se entiende por "sobrenatural" como aquello que está por encima y trasciende lo natural. 2. Exponer el problema central sobre la relación entre lo natural y lo sobrenatural en el ser humano. 3. Describir cómo el tema se originó y desarrolló históricamente, desde los padres de la Iglesia hasta la escolástica tardía.

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La Cuestión del Sobrenatural

Este documento presenta una introducción al tema de lo sobrenatural y procede a: 1. Definir lo que se entiende por "sobrenatural" como aquello que está por encima y trasciende lo natural. 2. Exponer el problema central sobre la relación entre lo natural y lo sobrenatural en el ser humano. 3. Describir cómo el tema se originó y desarrolló históricamente, desde los padres de la Iglesia hasta la escolástica tardía.

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La cuestión del Sobrenatural.

Introducción.

Seguramente, este asunto puede parecer muy desconocido o poco


profundizado incluso para quienes estudian Teología, debido a su complejidad
y la poca valoración que se le ha dado en la actualidad.

Sin embargo, creemos que es un tema importante que en algún momento


de la reflexión teológica hace su aparición, además que sirve para comprender
mejor los contenidos principales de la Antropología Teológica en el cual se
encuentra enmarcado: el Pecado y la Gracia.

Por este motivo, procuraremos exponer lo más sencillamente posible la


llamada “cuestión del sobrenatural” y dejar a consideración de quienes se
interesen en el tema.

Primeramente debemos definir el término en cuestión, luego abordaremos


el problema mismo; en tercer lugar, expondremos el origen y desarrollo
histórico del problema, el aporte de cuatro grandes teólogos que estudiaron el
tema: Karl Rahner, Juan Alfaro, Henri de Lubac y Luis Ladaria. Finalmente, una
valoración general cerrará esta exposición.

Cabe mencionar que el contenido aquí vertido está íntegramente tomado de


LUIS F. LADARIA (20072) Teología del pecado original y de la gracia.
Antropología teológica especial. BAC. Sapientia Fidei Nº 1.

1. ¿Qué es el sobrenatural?
Lo primero que debemos comprender es ¿qué entendemos
cuando utilizamos la palabra “sobrenatural”? Es decir, cuál es la
definición del término.
Etimológicamente, “Sobrenatural” proviene del latín super
(sobre, por encima de) y naturalis (naturaleza, lo natural)
En un sentido simple y negativo, sería entonces todo aquello que
no es natural y está por encima y lo trasciende.
Por lo tanto, es tomado como un concepto abstracto que se
obtiene al distinguir en el ser humano algunos bienes y perfecciones
que son exigidos para su propia perfección humana y los que de ningún
modo pueden ser exigidos por criatura alguna.
Es decir, se distingue como “natural” aquello que le constituye en
su ser como criatura, lo que le es necesario para su constitución
creatural y como “sobrenatural” aquello que lo supera.
Por ejemplo, es natural o propio que el hombre tenga inteligencia,
voluntad y libertad para ser una criatura propiamente humana y no
animal; y es sobrenatural que tenga la Gracia santificante o las virtudes
teologales.

2. ¿Cuál es el problema concreto?


Ahora bien, ¿cuál es el problema que se plantea si hasta en la SE
y en la Tradición existe esa diferenciación entre lo natural y lo
sobrenatural?
Para sintetizarlo y comprenderlo mejor, descomponemos los
elementos del problema:
a. Todo ser humano desde el primer instante de su creación
es llamado a la comunión con Dios en Cristo, y creado
sólo para que sea posible esta comunión. (relación
creatural, natural con Dios)
b. Por lo anterior, sabemos que el ser humano es criatura de
Dios, pero también sabemos que la creaturalidad no es el
único aspecto de su relación con Dios. (condición natural)
c. Unido inseparablemente a la condición natural de criatura,
está la “vocación divina” es decir, el llamado a ser hijos de
Dios. (condición de agraciados o sobrenatural)
d. Por lo tanto, se acepta que el hombre es criatura de Dios y
al mismo tiempo es más que criatura, y ambas son
condiciones gratuitas otorgadas por Dios. (así lo quiso en
su plan de salvación)
e. Más precisamente, el problema consiste por un lado, en
demostrar la gratuidad absoluta de la llamada del hombre
a la comunión con Dios trino, posibilitada por la
encarnación del Hijo y por el don del E.S; y por otro,
mostrar cómo esa gratuidad total no es extrínseca al
hombre, sino que en ese don gratuito y trascendente el
hombre alcanza la perfección a la que está llamado desde
el comienzo de su existencia. Es como constatar que el ser
humano es uno en la duplicidad de las dimensiones
“naturales” (condición de criaturas de Dios) y
“sobrenaturales” (condición de agraciados o hijos de Dios)
no hay oposición ni exclusión.

3. ¿Cómo se originó y desarrolló a lo largo de la historia?


En primer lugar, remontándonos a la época de los Padres, se
verifica que no existe expresamente esta discusión pues para ellos no
hay duda que el destino final del ser humano es la visión de Dios o la
llamada “divinización”, la cual es posible gracias a que el Hijo asumió y
elevó la naturaleza humana. Por lo tanto, hay una visión unitaria de la
naturaleza del hombre que se plenifica en Dios; es como decir que la
salvación del hombre es la única plenitud de la creación del mismo y
esta es el presupuesto y comienzo de la salvación; no son dos órdenes
distintos ni superpuestos. Aquí sí se toma al hombre histórico realmente
existente como punto de consideración; él es quien se relaciona con
Dios y en esa relación encuentra su plenitud, no existe otra posibilidad.
Aquí lo sobrenatural no es lo que se opone o supera un orden natural,
sino la visión de Dios, la divinización del hombre, el fin último de la
condición natural.
En segundo lugar, es a partir de la gran Escolástica donde se
empieza a plantear explícitamente el problema; y como dijimos antes,
por considerar el concepto de naturaleza como algo abstracto, sin
conexión con la condición y situación del hombre realmente existente,
sino obtenido a partir de la distinción de aquellos bienes y perfecciones
exigidos y los no exigidos para su propia perfección creatural, natural.
Junto con Santo Tomás el término “sobrenatural” adquiere un
significado preciso y no se usará sólo para referirse a lo divino como en
la Patrística sino que será lo absolutamente gratuito que Dios da al
hombre. En este sentido, lo “natural” del hombre será pensado como lo
que le es debido a su ser como criatura, aquello que sería el hombre
“en sí mismo” en su esencia, sin recurrir a la elevación al orden
sobrenatural. De esta manera, Pedro Lombardo primero, luego Santo
Tomás, distinguen las perfecciones que son debidas a la naturaleza
(como la razón) y aquellas que son plenamente gratuitas, o sea, que no
se deben ni a la naturaleza ni al mérito, son los dones sobrenaturales
(visión de Dios, inmortalidad, etc) y la gracia que exceden el orden de la
naturaleza. Carecer de los dones naturales sería una auténtica
privación, pero no se vería despojada de nada si no se dieran los dones
sobrenaturales.
Los teólogos de los s. XIV y XV en su mayoría con diferencias de
detalle, sostendrán lo que Santo Tomas concluyó: la perfecta felicidad
del hombre puede consistir solo en la visión de la esencia divina. En el
hombre existe un deseo de ver a Dios pero para satisfacer ese deseo,
necesita la ayuda de la gracia. Esto significa perfección mayor.
La anterior reflexión es un progreso, porque pone de manifiesto y
explicita lo que había estado siempre en la conciencia cristiana, la
llamada “doble gratuidad”; es decir, la creación como gratuidad y la
nueva vida en Cristo y su Espíritu que no deriva de aquella sino que es
un nuevo acto de libertad de Dios. Pero al mismo tiempo es un cambio
de perspectiva con respecto a los Padres, pues, a partir de ahora se
empieza a distinguir cada vez más explícitamente entre lo que Dios ha
creado y lo que hubiera podido crear, entre lo que es debido y no es
debido al hombre en cuanto tal; y así se genera la noción abstracta de
hombre en la que coexisten las nociones del hombre que existe y el
hombre que hubiera podido existir. Desde este momento la creación ya
no se considera intrínsecamente orientada a la salvación en Cristo,
sino que se puede pensar al margen de él. Es lo que postulará luego
la hipótesis de la “naturaleza pura”: Dios hubiera creado al hombre con
los bienes que corresponden a su naturaleza, excluyendo la llamada a la
visión beatífica y a la comunión con Dios. A la vez se plantea el
problema de cómo puede ser gratuita la visión de Dios si el hombre tiene
un apetito innato de poseerla. Con Cayetano a la cabeza, otros
teólogos solucionaron el problema negando la existencia del deseo
natural, del apetito innato en el hombre.
A partir de finales del s. XVI, con sus notables excepciones, la
doctrina de la posibilidad de la naturaleza pura y la negación del apetito
natural de ver a Dios, se hacen cada vez más comunes intensificándose
con la polémica con Bayo y la necesidad de garantizar la gratuidad de la
elevación sobrenatural que el famoso teólogo de Lovaina en la práctica
negaba. De a poco, lo que comenzó siendo la hipótesis de la naturaleza
pura se convirtió en un punto de partida para entender el problema del
“sobrenatural” y la doctrina de la elevación y la gracia. Para ello se debía
tener bien en claro qué es lo que se eleva y lo sobrenatural quedará
definido de modo negativo pues será aquello que no pertenece a la
naturaleza. Incluso, al considerar lo natural como un orden cerrado en sí
mismo, se llega a hablar del fin natural del hombre y por otro lado de su
fin sobrenatural. Entre otras explicaciones, se considera que la
naturaleza posee la llamada “potencia obediencial”, es decir, aquella
aptitud meramente pasiva que permite recibir la gracia.
Con esta doctrina neoescolástica, ciertamente, se salva la
gratuidad de los dones sobrenaturales y de la Gracia y permite a la
teología católica mantener la sustancial integridad de la naturaleza
humana después del pecado, o sea mantiene la radical bondad del ser
humano como criatura de Dios aun con la pérdida del don de la gracia,
de allí que la realidad creatural no se corrompe radicalmente después
del pecado. Pero, por otro lado, posee sus puntos débiles. En primer
lugar, el punto de partida es deficitario: la definición de un “orden natural”
en su estado puro, nunca ha existido, solo se supone, porque todos
los hombres que conocemos han sido “elevados” al orden de la Gracia.
En segundo lugar, el contenido de lo sobrenatural se determinaba sólo
negativamente (lo que no pertenece a la naturaleza) sin tomar en
consideración la referencia a Cristo (por quien fueron hechas todas las
cosas) la llamada a la filiación divina desde el principio, es decir, lo que
da sentido a la creación misma y por consiguiente no tiene en cuenta
que la comunicación al hombre de la vida divina no es un añadido
exterior sino su única realización. La naturaleza fue creada con vistas a
la vida sobrenatural, se debe admitir entonces la presencia en nosotros
de un “existencial sobrenatural” que no existiría en la hipotética
naturaleza pura.
Ya hace algunas décadas atrás, como reacción al extrinsecismo
del sobrenatural, se produjo una vuelta a las doctrinas antiguas, en
particular a la tesis de Santo Tomás acerca del “deseo natural de ver
a Dios”. Sin embargo, como suele suceder, algunos cayeron en un
excesivo inmanentismo, de tal manera que el Papa Pío XII en su
encíclica Humani Generis, lamenta que se llegue a afirmar que Dios no
podía crear seres dotados de inteligencia sin ordenarlos y llamarlos a la
visión beatífica; esto equivale a la negación de la gratuidad de la
elevación al orden sobrenatural.
Luego de la Humani Generis, se produjeron interesantes aportes
como a continuación expondremos en forma sintética. Lo que sí se
percibe en la actualidad es que el interés por el tema ha descendido
aunque no desaparecido pues muchos manuales aun lo contemplan y
sigue siendo un tema central para la comprensión cristiana del hombre.

4. ¿Cuáles son las posturas más destacadas?


a. Karl Rahner.
Su punto de partida no es la hipótesis de la “naturaleza pura” o el
hombre que hubiera podido existir, sino el hombre real, el que
Dios ha creado, la esencia concreta, la situación actual del
hombre en la gracia. Dice que la “naturaleza” del hombre es un
concepto residual, es lo que quedaría si quitamos de nosotros
todo el componente sobrenatural o lo que pertenece al orden de
la gracia, en tal sentido no podríamos precisar con exactitud su
contenido o cómo sería esa naturaleza, ese “resto”, porque el
ser humano siempre se encuentra en el orden de la gracia. Pero
también sabemos que la ordenación al fin sobrenatural no puede
ser constitutivo de la “naturaleza” del hombre porque si no, no
sería gratuita. Sin embargo, es un constitutivo ontológico de la
esencia concreta del hombre y así la ordenación a Dios no es
algo accidental o extrínseco al ser humano. Por otro lado, si la
gracia es la autocomunicación de Dios, es indebida y no hay en
la naturaleza humana nada que pueda atraerla ni ningún deseo
que pueda exigirla, sino que es una positiva apertura a ella, una
capacidad de recibir a Dios como un “don”, como un bien
indebido. Rahner afirma que esa apertura es la naturaleza
espiritual de todo ser humano y que está abierta al existencial
sobrenatural, pero no lo puede exigir incondicionalmente; es
como una “potencia obediencial” para la vida eterna, es decir,
una positiva ordenación hacia ella.

b. Juan Alfaro.
Su aporte radica en mostrar la trascendencia y a la vez la
inmanencia de la Gracia entendiendo el concepto de naturaleza
como “espíritu finito” o “creatura intelectual”: La gracia es
gratuita y trascendente, por la gratuidad y trascendencia de la
Encarnación y a la vez, la gracia es inmanente al espíritu finito,
por la autocomunicación de Dios al hombre realizado en la
Encarnación misma. Con estos conceptos lleva el problema al
marco de la cristología y ese es su merito.
Por otro lado, dado que la plenitud de la gracia se alcanza
en la visión de Dios, ésta también es inmanente y trascendente
al hombre: al ser la visión de Dios una divinización del hombre y
perteneciente al orden de la encarnación, se debe afirmar su
trascendencia respecto del orden natural. Pero también es
inmanente, porque no es un bien accidental sino lo único que le
da su perfección definitiva. De la real posibilidad de esta visión se
debe deducir la existencia en el hombre de un aspecto
ontológico que lo haga “capaz” de llegar a ella.
Aquí surge una paradoja en el espíritu finito, una tensión
entre la condición espiritual que indica la apertura ilimitadamente
al ser y la limitación propia de la creatura: con las solas fuerzas
naturales se llegaría a un conocimiento mediato de Dios y por
analogía aunque siempre imperfecto y nunca plenamente
satisfactorio. En cambio, el conocimiento pleno y satisfactorio de
Dios se da por intuición y sólo por la gracia.
En esta orientación del espíritu finito hacia el absoluto
descubre Alfaro el punto de inserción de la visión de Dios en el
ser creatural del hombre, de manera que esa plenitud, sin dejar
de ser trascendente, es inmanente al hombre. En él hay
realmente una ordenación y un deseo de la visión de Dios;
pero ese apetito innato no lo puede satisfacer por sus propias
fuerzas, pues sólo le da el presupuesto fundamental para
alcanzar aquello que le perfecciona pero no lo exige, en este
caso, la visión de Dios. Aun así, aunque no estuviese llamado a la
visión de Dios, ese deseo seguiría moviéndole a alcanzar un
conocimiento siempre mayor pero nunca satisfactorio, por lo que
sería pensable el concepto de “naturaleza pura”: el hombre sin
la gracia tendría suficiente razón de ser, se daría una cierta
“felicidad natural”, la cual posibilita el carácter gratuito de la visión
de Dios.
En otras palabras, Alfaro aceptaría la hipótesis de la
naturaleza pura para salvaguardar la gratuidad de la Gracia y de
la visión beatifica.

c. Henri de Lubac.
El pensamiento de este autor sobre el tema se encuentra
expuesto con amplitud en su libro, “Le mystère du surnaturel”
aparecido en 1965.
En primer lugar, se opone al pensamiento dualista que
considera lo natural como un orden cerrado en sí mismo y lo
sobrenatural como un añadido exterior que no le afectaría
intrínsecamente. Por lo tanto, prescindirá del concepto de
naturaleza pura: el hombre que existe tiene como único fin la
visión de Dios; si no lo alcanza, no se queda en un estadio de
felicidad inferior, sino que es un “condenado”. De Lubac mostrará
que no es necesario acudir a la naturaleza pura para salvar la
gratuidad de la elevación del hombre; en todo caso, si se
considerara posible una naturaleza y un mundo sin esta elevación
(naturaleza pura) serían tan distintos de los realmente existentes
y no se garantizaría la gratuidad del orden sobrenatural.
En segundo lugar constata que cuando pensamos los
beneficios de Dios, lo hacemos necesariamente en dos tiempos:
primero “Dios me ha dado el ser” (creación) segundo “Dios
imprimió en este ser una finalidad sobrenatural” (redención) Es un
proceder inevitable de nuestro entendimiento, distinguir para
comprender pero no es suficiente ese razonamiento pues, esas
dos dimensiones determinan mi yo actual y nos lleva a pensar en
el designio unitario de Dios que nos constituye en lo que
somos, nos crea y nos salva como único designio, de allí que
no es necesario recurrir al concepto de naturaleza pura.
En tercer lugar, reafirma que el deseo de ver a Dios está
impreso en el alma y esta finalidad única esta en las mismas
raíces de nuestro ser, pero no por ello la visión o la comunión
total con Dios dejan de ser gratuitas. No hay nada en la
naturaleza que lo exija sino que Dios suscita en ella el poder
acogerlo. En este sentido, “Dios no piensa primero en la
creación y luego en la elevación, sino al revés”. Así se explica
la paradoja del ser humano: su fin no está en si mismo sino en
Dios, ese fin sobrenatural no puede ser exigido pero es el único
posible; apetece y tiende naturalmente a un fin que por su
esencia solo puede ser conseguido por la gracia y gratuitamente.
En nosotros está el deseo pero la satisfacción del mismo es pura
gracia. Sólo en la fe se supera la paradoja.
Estas posiciones de De Lubac suscitaron discusiones, pero
se debe rescatar como aporte novedoso su esfuerzo por mostrar
el don amoroso de Dios en el orden presente y la recuperación
del pensamiento de los grandes escolásticos.

d. Luis Ladaria.
Retomando aportes de los anteriores y otros teólogos,
Ladaria elabora su propia propuesta.
Rescata que en los momentos álgidos de la discusión
apenas se puso de relieve que el fundamento de la gratuidad de
la elevación del hombre a la comunión con Dios es la gratuidad
de la encarnación misma: no solo es el máximo acto de amor de
Dios y gratuito por excelencia, sino también el fundamento de
todo cuanto existe, Cristo es el primogénito de toda la creación y
nosotros existimos para poder ser imágenes del Hijo, por lo que la
llamada a la comunión con Dios es constitutivo del ser humano,
ese es el designio de Dios y la definición teológica original de todo
el hombre. Este es el punto de partida más adecuado para el
problema del sobrenatural. Dicho en otras palabras, si la
creación no tiene sentido más que para la venida de Cristo y la
comunicación de la vida divina a la criatura capaz de recibirla,
entonces el hombre está pensado para poder recibir la filiación
divina y esa es su más profunda naturaleza, tal como la ha
querido el creador. No existen otros hombres más que los
llamados en Cristo a la filiación divina y esa comunión con Dios lo
plenifica porque no ha sido pensado para otra cosa.
Ahora bien, este don de Dios será siempre gratuito,
aunque Dios nos haya creado para poder dárnoslo, el don del
amor es siempre gratuito, no se puede invocar derechos frente a
él, de lo contrario ya no sería don amoroso. Dando un paso más,
no solo el don concreto de la gracia, sino la misma llamada
inicial a recibirla es gratuita, va más allá de la gratuidad
creatural; es a la vez criatura de Dios y más que esto porque la
llamada divina a la comunión con Dios es una condición
“supracreatural”. Ambos dones son inseparables, totalmente
gratuitos y son dos momentos de un único designio divino.
Eh aquí la condición actual del ser humano, el hombre
que realmente existe y que Dios quiso que existiera; este es el
único punto de partida valido para el estudio del sobrenatural.
Por otro lado, en cuanto al concepto de naturaleza pura,
Ladaria dice que es un concepto limite, sólo necesario para que
quede radicalmente a salvo la libertad total de la encarnación del
Hijo, pero se debe renunciar a descubrir qué es o describir
sus contenidos pues ya no es necesario, es conducirnos a un
fracaso y menos aun desde el punto de partida propuesto.

Conclusión.

Como puede observarse en estas exposiciones, la cuestión del


sobrenatural es un problema complejo y dificultoso. Sin embargo, es notable
que su desarrollo avanza en la consideración del mismo ya no sin referencia
explícita a Jesús y en este sentido, hoy no sería posible considerar el tema de
la vocación divina del hombre o comúnmente llamado del “sobrenatural” al
margen de la cristología.

Más aun, tomando los aportes del último teólogo expuesto, adherimos a
la consideración de que la vocación ultima del hombre es el ser no sólo
criatura de Dios sino también hijo de Dios, dos dimensiones perfectamente
unidas, lo creatural y lo supracreatural, dos momentos del designio final
que el Creador quiso desde el principio para el ser humano y de manera
amorosa y absolutamente gratuita.

Se podría decir que la vocación sobrenatural del hombre es la vocación


natural del hombre y viceversa.

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