Profesora: Lady Anyelina Milagros Esquia Gómez Grado y sección: IV° A –B- C - D
Después de leer el siguiente texto subraya las ideas principales.
LA IGLESIA EXPERTA EN HUMANIDAD
1. No vivimos aislados
Formamos parte de una comunidad: un país, un pueblo, un barrio..., y en él encontramos un lugar para
satisfacer nuestras necesidades materiales y espirituales. Esta dimensión del ser humano es la sociabilidad:
la persona es, por naturaleza, un ser social.
El cristianismo enseña que el plan salvador de Dios es también un plan de justicia, paz y fraternidad. Y lo
hace así porque la redención de Jesús alcanza al hombre en todas sus dimensiones: corporal y espiritual, y
en su relación social con los demás. En consecuencia, la labor evangelizadora de la Iglesia tiene dos
vertientes que no se pueden separar:
● La transmisión del mensaje de Jesús y de su obra salvadora, especialmente mediante la
predicación de la Palabra de Dios y la administración de los Sacramentos.
● La promoción humana, personal y social. La evangelización incluye la mejora de la vida de las
personas, promoviendo el bien común, la justicia y la solidaridad.
2. Fecundar la sociedad con el Evangelio
La Iglesia no ofrece una doctrina económica ni una ideología política. La finalidad de su enseñanza social es
de orden religioso y moral: propone el marco humano y evangélico que permita renovar la sociedad y sus
estructuras. Este anuncio ha sido constante en la Iglesia desde sus inicios, aunque tuvo un hito importante
en 1891, cuando León XIII publicó la encíclica Rerum novarum, en la que denunciaba las injustas
condiciones de los obreros en la época de la Revolución industrial.
Entonces, la Iglesia comenzó a desarrollar una doctrina que diera respuesta a los nuevos problemas
sociales: el trabajo y los derechos laborales, el derecho a la propiedad, etc. Por eso se la denomina
Doctrina Social de la Iglesia (DSI). Desde ese momento, se han publicado numerosos documentos en los
que actualizan las enseñanzas de Jesucristo a los problemas sociales de cada época. Porque la misión de
la Iglesia está dirigida a los hombres y las mujeres de todos los tiempos.
No cierren los ojos
«Las condiciones de vida de muchos abandonados, excluidos e ignorados en su miseria y su dolor,
contradicen este proyecto del Padre e interpelan a los creyentes a un mayor compromiso a favor de
la cultura de la vida. El Reino de vida que Cristo vino a traer es incompatible con esas situaciones
inhumanas. Si pretendemos cerrar los ojos ante estas realidades no somos defensores de la vida del
Reino y nos situamos en el camino de la muerte». (Aparecida, n.o 358).
3. La persona: protagonista de la vida social
La Iglesia desarrolla su doctrina social a partir de un principio: la inviolable dignidad de la persona humana.
El ser humano, imagen de Dios, está dotado de inteligencia y voluntad, y su más alta vocación es el amor.
De acá deriva la igual dignidad de todas las personas y, de esta, brotan algunas consecuencias:
● El orden social tiene que estar subordinado al bien de la persona. Solo se puede construir una
sociedad justa si en ella se respeta y se cuida a absolutamente todas las personas.
● La dignidad de la persona exige unas determinadas condiciones económicas, sociales,
jurídicas, políticas y culturales. El ser humano es una unidad de cuerpo y alma. Ambas dimensiones
participan, por lo tanto, de su dignidad. Gracias a su cuerpo, la persona humana se inserta en el mundo
y es en él en donde despliega su libertad.
● La persona debe considerar al prójimo como otro yo. La dignidad del ser humano exige el
compromiso de cada uno con el bien de los otros. El ser humano nunca se puede utilizar como medio
para conseguir un fin.
● El hombre y la mujer tienen la misma dignidad y el mismo valor. No solo porque ambos, en su
diversidad, son imagen de Dios, sino, porque en su complementariedad, son imagen de un Dios que es
Amor.
● El ser humano debe descubrir y respetar el valor de las demás criaturas. El mundo es el lugar en
el que se realiza. Su relación con él requiere, por lo tanto, responsabilidad.
«Cuando las mujeres tienen la posibilidad de transmitir plenamente sus dones a toda la comunidad,
cambia positivamente el mismo modo de comprenderse y organizarse en la sociedad. [...] Las mujeres
tienen pleno derecho a insertarse activamente en todos los ámbitos públicos y su derecho debe ser
afirmado y protegido incluso por medio de instrumentos legales donde se considere necesario». (Juan
Pablo II, Mensaje para la XXVIII Jornada Mundial de la Paz, n.o 9)
Un ejemplo a seguir
Monseñor Óscar Romero
Óscar Arnulfo Romero y Galdámez (1917-1980) fue nombrado arzobispo de San Salvador en 1977. En aquella
época, su país vivía un clima de guerra civil, con gravísimos enfrentamientos que habían causado la muerte o
la desaparición de miles de personas y llevado al exilio a más de medio millón de salvadoreños.
En este contexto, monseñor Romero se comprometió con la defensa de los derechos humanos, denunciando la
violencia, exigiendo justicia para los más pobres, los campesinos indígenas, y condenando los atropellos que
sufría la Iglesia, que incluía el asesinato de sacerdotes.
En sus homilías llamaba a construir una sociedad justa: «Existen entre nosotros los que venden al justo por
dinero y al pobre por un par de sandalias; los que amontonan violencia y despojo en sus palacios; los que
aplastan a los pobres; los que hacen que se acerque un reino de violencia, acostados en camas de marfil; los
que juntan casa con casa y anexionan campo a campo hasta ocupar todo el sitio y quedarse solos en el país».
El 9 de marzo de 1980, monseñor Romero salió ileso de un atentado. Pero el lunes 24 de marzo, mientras
oficiaba una misa en la capilla del hospital Divina Providencia, un pistolero acabó con su vida. Su martirio se
convirtió en un símbolo de la defensa de la dignidad de los pobres y desfavorecidos, aun a riesgo de la propia
vida. En 2015, monseñor Romero se convirtió en el primer salvadoreño elevado a los altares.
4. El clamor de los pobres
Como hemos visto, la práctica de la justicia en el uso de los bienes materiales incluye la preocupación
prioritaria por aquellos que carecen de las condiciones necesarias para llevar una vida digna: alimento,
vivienda, atención sanitaria, educación, etc. Todos estos factores dibujan el dramático rostro de la pobreza.
Ayudar a los pobres no es una mera labor asistencial, como dar dinero, comida o ropa de vez en cuando.
Eso está bien, es necesario y probablemente es lo único que ahora está en tus manos. Pero toda la
sociedad, desde las personas individuales hasta los organismos internacionales, debe trabajar para:
● Resolver las injusticias políticas, económicas, sociales y ambientales que originan la pobreza.
● Promover el desarrollo integral de los desfavorecidos para que puedan vivir dignamente con el
fruto de su trabajo e integrarse en la sociedad.
● Llevar a cabo acciones de solidaridad ante situaciones concretas.
a. La pobreza afecta a la dignidad de nuestros iguales y, por lo tanto, también a la nuestra. Es
misión de todos —y, en especial, de los discípulos de Jesús— responder a este clamor: «Somos
instrumentos de Dios para escuchar al pobre» (Evangelii gaudium, n° 187).
b. Gastar en exceso cuando hay tanta pobreza es contrario a la justicia y a la caridad, que están en el
núcleo de la enseñanza de Jesús. En el evangelio según Mateo (Mt 25,31-46), el Señor dice que en el
Juicio final se nos examinará sobre el amor que expresan las obras de misericordia.
c. Es necesario evitar que, en un entorno de consumo y bienestar, el corazón y la mente se vuelvan
incapaces de ver y de compadecerse del sufrimiento de los hermanos.
d. La opción preferencial por los pobres es el ejercicio prioritario de la caridad hacia los que están más
necesitados.
El Papa invita a considerar las duras palabras de san Juan Crisóstomo: «No compartir con los pobres los
propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos»
(Evangelii gaudium, n.o 57).
La raíz del compromiso
«Nuestro compromiso no consiste exclusivamente en acciones o en programas de promoción y
asistencia; lo que el Espíritu [Santo] moviliza no es un desborde activista, sino ante todo una
atención puesta en el otro considerándolo como uno consigo. Esta atención amante es el inicio de
una verdadera preocupación por su persona, a partir de la cual deseo buscar efectivamente su bien.
[...] El pobre, cuando es amado, es estimado como de alto valor, y esto diferencia la auténtica opción
por los pobres de cualquier ideología». (Evangelii gaudium, n.o 199)
5. Los valores esenciales de la vida social
La aplicación de las enseñanzas sociales de la Iglesia requiere el desarrollo de unos valores sociales
esenciales: la verdad, la libertad, la justicia y el amor. Su práctica hace posible alcanzar la perfección
personal y la transformación social.
● La verdad. Las personas y los grupos sociales deben esforzarse por resolver los problemas sociales
según la verdad, adecuándose a las exigencias objetivas de la moralidad. De este modo, la honestidad
y la transparencia regirán la actuación personal y social.
● La libertad, que es manifestación especial de la dignidad humana. Este valor exige que la sociedad
permita que todo ciudadano sea capaz de realizar su propia vocación personal.
● La justicia, es decir, el respeto de los derechos y el honesto cumplimiento de los deberes.
Actualmente, está seriamente amenazada por la tendencia a recurrir exclusivamente a los valores
relacionados con lo útil y lo materialmente valioso.
● El amor. Las relaciones humanas requieren, además de la justicia, la caridad por la que sentimos
como propias las necesidades de los demás. Solo el amor permitirá renovar desde su interior las
estructuras sociales.
Duchas en el Vaticano
“Las personas que viven sin techo en las calles de Roma tienen a su disposición, en la plaza de
San Pedro, instalaciones en las que se pueden duchar con agua caliente y jabón, usar pasta de
dientes y desodorante, cambiarse de ropa o cortarse el cabello gratuitamente. Se trata de una
iniciativa del papa Francisco que llevan a cabo voluntarios, para ayudar a estas personas a
recuperar su dignidad, a cuidar su higiene y a favorecer su autoestima. También existen dos
hogares de acogida, donde los pobres se pueden quedar durante un mes, mientras se los ayuda
a reintegrarse en la sociedad.”