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Los cuentos de la guerra
Edición:
© Jaime Iturri
© Editorial 3600
Impreso en Bolivia
2014
A mi papá que a los 58 años decidió volver a la universidad sólo
porque quería aprender, y a mi madre que salía al balcón para verlo irse
con su mochila llena de libros.
Índice
Puta vida...................................................................................... 33
Isabel y el oficial......................................................................... 59
Besos robados............................................................................. 73
A Lúluca,
porque ningún despertar borra lo soñado.
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“Hay toda clase de historias. Algunas nacen al ser contadas, su
sustancia es el lenguaje y antes de que alguien las ponga en palabras son
apenas una emoción, un capricho de la mente, una imagen o una intan-
gible reminiscencia. Otras vienen completas, como manzanas, y pueden
repetirse hasta el infinito sin riesgo de alterar su sentido. Existen
algunas tomadas de la realidad y procesadas mediante la inspiración y
después de ser contadas suceden en la realidad. Y hay historias secretas
que permanecen ocultas en las sombras de la memoria, son como
organismos vivos, les salen raíces, tentáculos, se llenan de adherencias y
parásitos, y con el tiempo se transforman en materia de pesadillas. A
veces para exorcizar los demonios de un recuerdo es necesario contarlo
como un cuento”
II
15
III
IV
16
A los pocos días volvimos a vivir con la abuela. Después
de cenar escuché cómo hablaban ella y mamá, acordando que
no nos llevarían a visitar a papá a la cárcel porque el ambiente
que allí reinaba podría hacemos daño. Sólo ahora entiendo
qué querían decir.
VI
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Traía una larga melena y vestía un sacón con parches en
los codos, un pantalón lleno de agujeros y zurcidos. Al vernos
nos abrazó y besó. Creo que su aspecto asustó un poco a Whi-
palita. A mí no, recordaba su cariño y esa forma de miramos
mezcla de ternura y tristeza.
Lo que sí me asustó, fueron los gritos de papá y de la
abuela después que se encerraron en el escritorio. Vi salir a él
gritando que nosotras éramos suyas y que si le daba la gana
nos haría guerrilleras, revolucionarias (dijo otros términos
más que no recuerdo) o lo que sea. Que habíamos nacido para
ser pobres, para luchar contra los ricos y muchas cosas más.
Finalmente, nos tomó de la mano y salimos los tres juntos a
la calle. De su bolsa sacó chompas, que nos quedaban muy
grandes, para cada una de nosotras.
Recuerdo también que esa noche gritó que él amaba y
odiaba con el revólver en la mano y que lo que de él era no se
lo quitarían ni muerto. Tengo en mi cabeza esa imagen porque
entonces lo imaginé como un cowboy.
VII
18
VIII
19
IX
XI
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Cuando veo la cantidad de libros que tienen notas y rayados
me doy cuenta de la gran cultura que debió tener.
Todo estaba allí, guardado, lleno de telarañas, algunas ho-
jas incluso comidas por los ratones, llenas de polvo, “echadas
al olvido” diría él, y sin embargo, aquí se respira otro ambiente,
es como si esos libros, todos ellos forrados, quisieran contar-
me una historia que incluyendo sus páginas trasciende a ellas.
En uno de sus comentarios, él decía que los libros reproducen
a su manera la realidad; por eso hay veces que pienso que los
que acá se encuentran, quieren contarme, aunque sea en parte,
la historia de quién fue papá.
XII
Viernes:
tu paso ligero
me dejó con el tintero lleno
de palabras y gestos.
Te fuiste más rápido
de lo que mi coraje tardó en tomar valor
y correr a tu encuentro.
Quería, por ejemplo,
invitarte a pasear por el cielo
o simplemente recorrer el suelo.
Sábado:
En mi cuarto viven dos, tu rostro y yo.
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Domingo:
Hice todo esto
para decirte en verso ,
que en estos días de lluvia y calor te han extrañado,
mis poemas, mi pasado y yo.
XIII
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los devaneos amorosos de papá, sino por lo patético que me
parecía un hombre en un mundo de violencia escribiendo a
los treinta años poemas, que bien podían haber sido de un chi-
quillo de dieciséis. Por el contrario, a mi hermana los poemas
le llenan de una euforia que la conduce hasta las lágrimas.
Quisiera de alguna manera poder hablar con Wayra Ale-
jandra, que comprenda, que se vacune. La veo tan aislada, tan
cerrada, tan diferente.
XIV
Nadie, ni tú siquiera,
sabe, como ellas,
de pasiones ocultas
y de emergentes sirenas.
De caballos que vuelan
y de hombres que se entregan.
De anhelantes promesas
y largas esperas.
¿Cómo volar hasta ellas
y fundirse entre sus telas?
Sólo para que sepas,
amor,
que hoy estoy cerca.
23
XV
XVI
XVII
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XVIII
Dentro de mi piel
tú
bordeando cada uno de mis sueños
tocando cada uno de mis vellos.
En la periferia
tú
rondando todos mis sueños
golpeando con tus dedos
tú
Dentro de tu piel
yo
aguas turbias y tranquilas
crepúsculo y sol radiante
En la periferia
yo
tan pleno de tus ataduras
yo
XIX
25
se amarga, es que no tiene entrañas o lo que es peor, es un
miserable.
Traté de tocar este tema con Whipalita, pero ya casi no
puedo hablar con ella. Papá impuso a mamá que sus hijas se
llamaran como los indígenas designan al viento y a su bande-
ra, pero todo parece indicar que este viento tendrá que buscar
otra bandera para hacerla ondear.
XX
ELIJO
XXI
26
humor todo el ambiente se impregnaba, y eso se reproducía
en miles de cosas, porque papá tuvo la rara cualidad o maldi-
ción de marcarnos con su vida a todas nosotras, sobre todo
a mamá a quien nunca pudo hacer feliz. Wayra Alejandra no
recuerda, tal vez porque no quiere recordar, cómo era papá
cuando bebía, por supuesto nunca nos golpeó ni insultó a
mamá; no, lo que hacía era ponerse a llorar en un rincón, él
decía que lo hacía “por sus muertos” , y yo ingenuamente
creía que se refería a sus abuelos. Una vez lo vi sacar su revól-
ver y mirarlo con fascinación, con la misma mirada con la que
de tarde en tarde veía a mamá. Ahora creo comprender por
qué. Creo que papá estaba enamorado de su muerte, y era tan
egoísta que prefería morir como había vivido, y no vivir para
nosotras tres, para nosotras que lo amábamos. Hurgando en
mi memoria recuerdo que una vez le dijo a mamá: “¿Qué es
eso de que es preferible hombres vivos que héroes muertos?
Si por hombres vivos estás designando a esas tristes parodias
de humanos que prefieren vivir de rodillas, entonces yo elijo
ser un héroe muerto”. Y finalmente, eso es lo que logró, pero,
¿para qué? El “héroe” se fue cuando más lo necesitábamos.
XXII
27
XXIII
XXIV
Ves amada,
nada nos une.
A mí, por ejemplo
28
me gusta el rojo encendido
y a los leones
el verde apagado.
A ellos les queda
un castillo, dos esmeraldas,
y un crucero de champagne.
Y a mí, el ya irrealizable
sueño de escribir
mi mejor poema
en la epidermis
de tu piel.
XXV
Pasión
29
pasión que retuerce
pasión que me desnuda
pequeño, frágil, pobre diablo.
XXVI
30
esporádicos bloqueos de calles. La nota mostraba un mitín
callejero, un grupo de gente rodeaba una tarima, de pronto
subió a ella una mujer con una chamarra demasiado grande y
comenzó a hablar. La cámara buscó su rostro y entonces, por
primera vez en mi vida, vi en ella, los ojos tristes de papá.
31
Puta vida
Federico apareció por el otro extremo del parque, traía un
periódico enrollado en la mano y se paró tranquilamente en
el quiosco del centro, tal como habían acordado. Israel lo vio
venir y reconoció a su viejo maestro. Habían pasado como
quince años desde que se reunieron por primera vez. Muchas
cosas habían cambiado. Una de ellas era que Israel se sen-
tía más cercano que atraído y más compañero que primerizo
seducido. La otra es que el motivo de la cita era totalmente
diferente al de un simple curso de marxismo que los había
reunido “muchas muertes atrás”, como gustaba decir el discí-
pulo cuando se sentía trágico.
—El Comité Central ha decidido encomendarte una tarea
especial terriblemente compleja y difícil, pero conociéndote
como te conozco creo que no le huirás el bulto. Queremos
que investigues la muerte de Eulogio.
Fue como recibir un golpe en la nuca, Israel borró la
sonrisa de su rostro y preguntó:
—¿De quién?
Federico lo miró con una mezcla de cariño, respeto y
empute, y hablando con toda parsimonia reiteró:
—De Eulogio.
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Serafín Condori estaba de mal humor. Tenía el dolor de
cabeza propio de haber tomado singani la noche anterior. En
general, no le gustaba farrear, pero esa vez era diferente, había
sido el cumpleaños de su superior y sus compañeros no sólo
lo obligaron sino que buscaron que beba la mayor cantidad
posible. No habían logrado “voltearlo”, pero el dolor en la
parte superior de su cuerpo atestiguaba que no había escapa-
do impune de los vapores de esa noche de copas.
“Felizmente no me fui con ellos donde las locas”, se dijo.
No era que no le gustaran las mujeres, pero le molestaba de
sobre manera que sus compañeros aprovecharan el hecho de
ser policías para no pagarles ni por los tragos, ni por los otros
servicios. “Ellas se lo buscan”, se dijo porque creía que po-
drían trabajar en cualquier otro lado y que si eran putas era
porque “les gustaba”, pero no le atraía del todo ir con ellas.
Quizá porque también era de los que necesitaba conquistarlas
para poder sentirse mejor.
Eso estaba pensando cuando Pérez le vino a comunicar
que el Coronel quería verlo. Se arregló el traje y fue al encuen-
tro del mandamás.
Querido hermano:
Hace 25 años y un poco más, nos conocimos por prime-
ra vez. Tú sabes que por alguna extraña causa, que todavía no
alcanzo a comprender, no conservo muchos recuerdos de mi
infancia. Pero lúcidamente me acuerdo de nuestro primer en-
cuentro; habían comenzado las clases y mi cumpleaños estaba
cerca. Llevaba orgulloso las invitaciones destinadas a mis ami-
gos y a las chicas más populares del curso que no casualmente
eran las más “lindas” (tan lindas como alguien pude ser a los
cinco años). Ahora pienso en los valores de mierda que esa
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sociedad ya nos estaba transmitiendo. El éxito ya se asociaba
con la belleza y eso que todavía no habíamos descubierto el
“discreto encanto del dinero”. Ni bien te enteraste que yo iba
a dar una fiesta, y aún sin ser mi amigo, te me acercaste y me
amenazaste con romperme el alma si es que no te invitaba.
Ante tan convincentes argumentos que esgrimiste, entré en
razón, me disculpé por el imperdonable, misterioso (y sobre
todo peligroso) error de no haberte invitado y te di una tarjeta.
Con el tiempo, y a medida que te conocí, aprendí a reconocer
en ese tipo de actitudes, tu desesperada lucha por ser acep-
tado, porque los demás te abran un pequeño espacio en su
corazón. Yo lo hice y creo que nunca hubo mejores amigos.
Los años pasaron y nos volvimos a encontrar en los Boy
Scout, donde creamos la patrulla de los marginales, de los que
por uno u otro motivo nos sentábamos en las últimas filas del
curso; los que tenían a los padres divorciados, los que eran
golpeados, los que querían vivir la vida a prisa, los geniales a
los que las apariencias no le interesaba, los inteligentes que no
necesitaban competir porque sabían lo que valían y no tenían
que probarle nada a nadie, los poetas demasiado ocupados en
crear como para poder repetir las estúpidas lecciones y no-
sotros… en búsqueda de nuestra identidad. Ese fue nuestro
refugio y “nido” desde donde soñamos con aprender a volar,
hacia el sol, hacia la libertad, hacia la utopía. Teníamos tantas
ganas de conocer que en poco más de seis años recorrimos la
mitad del país: creo que allí comenzamos a cambiar, aunque
a veces pienso que llevamos siempre dentro de nosotros la
esencia de lo que seríamos después. ¿Recuerdas cómo llorá-
bamos cuando fuimos a La Chojlla y conocimos la vida de
los mineros o cuando fuimos hasta Río Abajo y compartimos
con los campesinos? Y así, volvimos a nacer, por primera vez
abrimos los ojos y vimos la realidad. Fue un tiempo difícil
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porque fue un tiempo de búsquedas de caminos, tan lleno de
dudas y tan mezquino en respuestas.
Nuestros compañeros de curso se enorgullecían de ha-
ber viajado a Disney World, nosotros de conocer primero lo
nuestro. No había día que no nos reuniéramos. Comíamos
juntos, jugábamos juntos en el mismo club de fútbol (que para
variar había sido organizado por nosotros) y leíamos juntos.
Y ahora estas muerto y yo no sé qué coño decirle a tu mamá
y no sé qué coño decirme a mí mismo. Lo que es peor, no sé
a quién coño echarle la culpa de tu muerte, que es la mía en
más de una vía.
38
lo contario puede costarnos el cargo a ti y a mí, con la diferencia
de que yo aún sin ser el jefe de esta repartición tendría el poder
necesario para que a ti te cueste algo más que el trabajo.
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hasta mi casa y allí vas a ver que no te estoy mamando, yo ya
soy de tener. En el camino para que no nos enfriemos nos
compramos un singanacho y le encajamos.
Subieron hasta la vivienda que estaba en El Alto. Al ver
que la casa y los dos autos existían, el compadre casi se des-
maya y de pura emoción al ver tan próspero a su amigo y, en
parte, seguramente también calculando, que pronto él podría
gozar de esta inimaginable bonanza. Se animó a proponer ir a
comprar otra botella, sólo que ésta sería pagada por él, como
homenaje al triunfo del Genaro.
Flameando como banderas al viento, los dos amigos
montaron en uno de los jeeps que Genaro recién estaba
aprendiendo a manejar, y tal vez por los tragos, o tal vez
porque era todavía chacra, cometió la más imbécil de to-
das las infracciones de tráfico. Ya Israel no recordaba si
se había pasado en la luz roja o se había doblado a con-
tramano, pero si se acordaba que había sido una falta por
demás elemental.
Ocurrió lo inevitable, un policía los detuvo y al ver el
trancazo que traían los remitieron a las oficinas de Tránsito,
allí las cosas se complicaron al detectarse que el vehículo era
robado. Los agentes de criminalística llevaron a patadas a
Genaro hasta la casa y allí decomisaron el segundo vehículo
también robado.
Todo hubiera quedado como un simple hecho criminal
si es que, para mala suerte de todos, la organización no hu-
biera decidido enviar a la casa un correo que traía armas para
reparar. Como pertenecía a la misma célula de Genaro y ya se
conocían, no había descompartimentación posible.
(A momentos Israel imaginaba que aquello era una mala
película de suspenso donde todo se confabula para que las
cosas vayan muy mal.)
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Así, el correo llegó cuando los policías se encontraban
en la casa y trayendo además de las armas, folletería de la or-
ganización.
Lo demás ya Israel no necesitaba que alguien le contara
porque lo había vivido en carne propia desde que los agentes del
Ministerio del Interior golpearon su puerta; al abrir sintió el pri-
mer golpe en la boca del estómago y luego la lluvia de patadas.
Ya en las oficinas de la 20 de Octubre lo peor para él no
fueron los golpes, ni las amenazas de hacerlo desaparecer,
sino el no saber por qué se lo habían “cargado” o quién
había hablado, o si es que lo habían estado siguiendo. Entre
las patadas y puñetes trataba de recordar qué había hecho lo
últimos días y qué había llevado a los “tiras” hasta él. Sabía
que todo dependía de encontrar cuánto es que los interroga-
dores conocían y no darles más información, sin embargo,
en medio de las preguntas cruzadas, improvisar era difícil.
—Así que tú eres el Larry (ese era su seudónimo en ese
tiempo), te estábamos buscando desde hace tiempo y ya sabe-
mos todo de ti. Sabemos tanto que te interrogamos solamente
para comprobar si quieres cooperar o no. Si lo que nos dices
coincide con lo que sabemos, entonces sufrirás menos, si no
te “romperemos” de nuevo.
Israel sabía que eso era mentira, “el que más habla más
recibe”, le había dicho el Choco cuando lo instruyó sobre con-
trainteligencia. “Además la Policía siempre finge saber más de
lo que en realidad conoce”, y eso era cierto porque si hubiera
sabido todo, él ya podía despedirse de la vida. Decidió que lo
mejor era no decir nada, aunque lo destrozaran. Pero de los
golpes pasaron a la picana y al submarino.
—Te vamos a mandar donde el Departamento II, los
milicos te van a tratar peor que nosotros, así que mejor vas
cantando de una vez por todas.
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—Además yo no sé para qué te resistes a hablar, finalmen-
te si estás aquí es porque a ti también te ha vendido uno de esos
indios de mierda que tanto amas—. Eso último fue como si
lo hubieran puesto libre en la calle, pues el saber que no había
sido un error suyo lo que causó su detención le permitió cerrar
el círculo de posibilidades y sentirse, por lo menos, no culpable.
A los cinco días pudo darse cuenta que sólo había una
posibilidad: “Genaro”, y eso le dio más fuerzas para resistir
porque el único nombre que había podido dar “Genaro” era
el suyo y allí moría el hilo del ovillo que la policía había en-
contrado; eso siempre y cuando no lo obligaran a hablar. Al
sexto día lo golpearon hasta que firmara un papel, lo único
que pudo leer de él es que en el último párrafo decía que
había hecho las declaraciones de manera espontánea y sin que
medie ninguna presión sobre él. Ya no aguantaba el dolor y
sabía que iba preso, firme o no firme, lo hizo.
Así conoció la cárcel de San Pedro.
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Finalmente los paras pasaron por la esquina opuesta y
lentamente oímos como los pasos se perdían en la noche. Nos
apresuramos en alejarnos, no vaya a ser que al encontrarnos
volvieran sobre sus pasos. Tenía la llave del cuarto de un ca-
marada que había viajado. Fuimos allí.
Esa primera noche hicimos el amor para descubrir que
aún estábamos vivos.
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Se habían conocido en la organización y la propia lucha
que los había juntado los separó. Sin embargo, en medio de
ese “verano” que les regaló su militancia, trataron de verse
la mayor cantidad de veces, sabiendo que posiblemente, esa
cita era la última, y eso le daba una identidad a la relación,
porque era como el amor de los marineros, no sólo porque
estos “besan y se van”, sino porque entre “puerto y puerto”
pasaban meses de soledad. Ambos sabían que el peligro de
que “una noche se acuesten con la muerte en el mar”, era
más que un mero temor. Era el convencimiento de que vivían
una vida prestada. Y le rendía homenaje a esa vida, amando
de urgencia y poniendo todo de sí, porque, como los aman-
tes furtivos, sabían que cualquier momento podían perderse
y entonces tendrían que conformarse con los recuerdos y la
búsqueda de éstos en otros suspiros. Aunque lo tenían claro,
el momento más difícil era cuando tenían que partir, entonces
Israel salía primero, no sin antes hacerse bendecir por ella que
reía divertida ante su ateo obsesionado por los simbolismos.
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Parado contra la pared del cuarto donde habían encon-
trado a Eulogio muerto y con el cuerpo lleno de heridas y
golpes, Israel experimentaba una mezcla de tristeza y me-
lancolía. Siempre había rechazado a los “llorones” como
llamaba a sus compañeros “sentimentales”. Y hasta se había
cubierto de un cierto cinismo para poder enfrentar al mundo.
Pero ahora experimentaba irrefrenables ganas de llorar. Ve-
nía de la casa de la madre de su amigo y tal vez eso era lo que
más le había impactado, porque de alguna manera recordaba
a su propia mamá. Hace años que no se veían, no solamente
por la clandestinidad, que, por otra parte, en este momento
no era tan fuerte, sino porque no se sentía capaz de enfrentar
el dolor de sus padres cuando supieron que él se había con-
vertido en un combatiente.
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con Raúl, su hijo, que era sólo un año mayor que él. Encandi-
lado como estaba con los juguetes y ropas que sus padres, tíos
y abuelos le habían regalado, lo primero que hizo fue mostrar
sus nuevas posesiones a su amigo. Luego, la pregunta de rigor:
“¿Y a ti, qué te ha regalado el Papá Noel?”. La respuesta lo
dejó atónito: “Nada, porque Papá Noel no llega hasta la casa
de los pobres”.
Nadie pudo responderle por qué los pobres, siendo los
más necesitados, no recibían los regalos finamente empaque-
tados en el Polo Norte, algo que él tanto disfrutaba.
A partir de entonces ninguna Navidad volvió a ser igual
Le gustaba narrar esta anécdota porque para él era de-
mostrativa de por qué había elegido el camino que escogió.
Muchos años después, a menos que tuviera algún tra-
bajo de suma importancia encargado por la organización,
festejaba la Navidad a su manera: con dos botellas de trago
entre pecho y espalda para no ver, para no oír, para no sentir
a los miles de niños harapientos que veían los escaparates
llenos de regalos sabiendo que esa Navidad tampoco Papá
Noel iría a visitarlos.
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Hacían dos semanas ya desde el comienzo de la investi-
gación y hasta el momento todo se había enredado en vez de
aclararse. Israel había hablado con sus contactos en la Policía
y con su gente infiltrada en el Ministerio del Interior. Todos
los organismos de seguridad habían negado cualquier relación
con el hecho. Bien sabía que cada G-2 era independiente y
actuaba no sólo al margen del otro, sino que a veces hasta se
contraponían, pero había algo que no le terminaba de gustar,
y le desesperaba el no saber qué era.
De pronto lo supo. Primero fue una intuición y trató in-
mediatamente de apartarla de su rostro pero no pudo, enton-
ces la idea comenzó a tomar forma, primero confusamente y
luego los cabos comenzaron a atarse con más claridad.
—No—, se dijo —Israel, esto podría ser peor de lo que
pensábamos.
Montó en su coche y mientras manejaba por la autopista
comenzó a recordar su historia con María Elena, ella había
sido su compañera cuando él tenía dieciséis años y recién co-
menzaba a militar. Fue la primera persona que ganó para la
causa. La había conocido en la casa de su profesora de litera-
tura donde a veces se reunían a corregir los exámenes de sus
compañeros. No era que él tuviera especial inclinación por las
letras, pero sacaba el periódico del colegio hasta antes de que
la dictadura suspendiera todas las oportunidades de expre-
sarse que no fuesen a través de hojas clandestinas. Además
la profesora encontraba en él muchas coincidencias. María
Elena le cautivó desde el primer momento. Pese a su tamaño
tan pequeño tenía una especial sensualidad, y él se empleó
a fondo para conquistarla. Con sus zapatos rotos y el pelo
revuelto, con sus uñas negras después de haber manejado el
mimeógrafo y su absoluta candidez en eso que los avezados
y los atrevidos llaman “el arte de amar”, Israel sabía que la
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única posibilidad de lograr que ella posara su mirada sobre él,
era ser sí mismo. Dos poemas, una rosa velozmente robada de
un jardín vecino y la claridad de su mirada en contraste con la
oscuridad de sus ojos, hicieron el resto.
Estuvieron un año juntos y luego decidieron terminar.
No volvieron a hablar más allá de un hola cada vez que se
encontraban en alguna asamblea hasta que cinco años des-
pués en una reunión que se realizaba en su casa, ella le pidió
si se podía quedar a dormir allí porque tenía problemas donde
estaba viviendo. Al principio él se desconcertó pero inmedia-
tamente aceptó. Cuando el resto de los camaradas se habían
ido, se pusieron a hablar y ella le pidió que durmieran esa
noche sin hacer el amor. Él, claro está, accedió.
En muchas otra reuniones, ella le tomaba de la mano y cada
vez que había algo en la casa de él, le pedía quedarse a dormir y
sin disimulo hacía que todo el mundo se enterara. Quizá fue eso
lo que hizo que él sospechara, pues después de mostrarse tan
cariñosa ante los ojos de los demás, en privado se portaba fría
y no quería que ni la tocara. Tardó unos días en darse cuenta
de la verdad, y cuando lo supo, sintió que el mundo se le venía
abajo, así como ahora se sentía cuando creía haber encontrado
las pistas de quién podría haber asesinado a Eulogio.
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diatamente el mayor Caballero me dijo que no metiera más
mis narices en esto y que dejara de joder con eso del informe,
y que hiciera como si éste nunca hubiera existido.
Mi querido hermano:
Sé que el contenido de esta carta te llamará la atención,
sé que quizá en el fondo me censurarás la osadía de poner en
blanco y negro un texto como el que te voy a escribir. Pero
es que sé que en el fondo tú eres el único de los mortales que
conozco que es capaz de entenderme, de asumir mis propios
miedos, y de comprender que ésta no es ni una “arrugada”
frente al enemigo, ni tampoco una “claudicación pequeño
burguesa”, sino un simple momento de necesaria reflexión,
de duda frente a mi propio espejo; pero sabedor que éste es
incapaz de contestarme. Te escribo a ti que sin ser mi sombra
y sin ser mi espejo, eres mi mejor amigo. Hay momentos,
mi querido Israel que siento que finalmente nos han robado
todo, se han llevado nuestros sueños y han hecho que nuestra
lucha se parezca nada más que a una quimera inalcanzable.
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No creas que dudo que algún día alcancemos la victoria, con
seguridad que lo haremos, pero mientras tanto tendremos que
continuar viendo como el mundo se convierte cada día en
más y más egoísta, además de mezquino.
Recuerda la última vez que nos encontramos en Cocha y
luego de abrazarme, me miraste fijamente y me dijiste I can feel
the pasion in your eyes y yo te respodí:
—Y qué carajos quiere decir eso.
Y tú me contestaste: “Es una estúpida canción gringa
cuya letra dice: puedo sentir la pasión en tus ojos”. Me reí,
pero esa era mi forma de disimular y pasé la conversación
hacia otra cosa, tal vez porque sentí vergüenza de lo que me
estaba ocurriendo. Y no era porque descubrieras que estaba
enamorado, eso era lo de menos. Lo que verdaderamente im-
portaba en este caso era que por primera vez en mi vida sentí
que había algo más importante que la causa. “Reminiscencias
pequeño burguesas”, dirás. No lo sé, lo mismo dije cuando
voté por sancionarte esa vez que dijiste que no tenías tiempo
para no sé qué trabajo de mierda y luego publicaste en una
revista un artículo sobre la poesía de Miguel Hernández, en-
tonces también dije: “Si tuvo tiempo para escribir sobre esas
huevadas, es que tenía tiempo para dedicarlo al trabajo que
le pedimos”. Sé que te dolió y porque te dolió te chupaste la
sanción enterita sin decir esta boca es mía.
Recuerdo que te dije: “Es cuestión de prioridades, cama-
rada Israel”, y hoy me miro y no sé qué mierda es eso de las
“prioridades”, ni qué coño hacer para compartir toda mi vida a
su lado ni qué coño decirte en esta carta desahogo, escrita entre
esta máquina de escribir, mis dudas y unas botellas de singani.
Y ahora hay que esperar cada fin de semana para saber
si él partirá de viaje para poder amarnos con la plenitud de
nuestro sentimiento, para poder viajar a pocos kilómetros
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de acá y sin poder “decirles que detrás la puerta nos amamos
con control”.
Puede estar conmigo uno de cada cinco fines de sema-
na y cuatro de ellos muero esperando, inventándome escusas
para estar en el teléfono que le di y esperar que me llame,
deseando que lo haga y deseando que no lo haga, para poder
volver a ser el mismo antes que esta extraña fiebre me atacara.
No te puedo decir el nombre del que cree que porque se casó
con ella tiene el derecho de pensar que es su propiedad priva-
da, pero sí puedo decirte dos cosas: la primera es que ella es la
mujer de mi vida y la segunda es que si él se enterara, temo lo
que pueda ocurrir. Con los años he aprendido que hay veces
en que la sutil diferencia entre un cornudo conservador y un
cornudo revolucionario es solamente que el segundo busca un
par de citas en los clásicos para su justificar su accionar y el
primero no necesita ni de eso para apretar el gatillo. Sabes que
morir no importa porque tengo aún más miedo a morirme
de vergüenza y dejar de amar. Hemos llegado hasta el punto
en el que el simple acto de amar se ha convertido en un acto
subversivo. Y no te estoy hablando del SIDA, que de por sí
es la manera en que los yanquis se inventaron para poner fin
a nuestros sueños de poder amarnos con todo nuestro ser y
sin importarnos la hipocresía social (o si prefieres le salió de
carambola en su intento de encontrar armas químicas para
destruir a los enemigos de su “libertad” de poder sacarle el
jugo a todo el mundo para que él los puedan seguir siendo
el imperio). No, cuando te digo que amar se ha convertido
en un acto subversivo, quiero decir que es un último refugio
que nos queda. Nunca he podido olvidar cuando esa tarde me
contaste de Maya y de la intensidad de hacer el amor sabien-
do que minutos después podría venir la Policía a buscarte.
Fue una de las veces que ante mí, te olvidaste de la doctrina
51
para definir tus sentimientos. Sé cómo te ha debido costar,
porque finalmente, conocedor como soy de tu apego a las
frases de los clásicos y dado que ninguno de ellos habló sobre
esta situación, no que yo conozca; si miento pido disculpas y
además ruego mandar el texto correspondiente, a ver si así me
ayuda a salir de esta maraña de mierda (je je je), te descubriste
como el hombre lleno de dudas que realmente eres. Bueno,
lo mío, es así, nos amamos sabiendo que este puede ser el
último fin de semana que lo hagamos y sé que, a como está
la vida, ese es un privilegio (sobre todo a la hora de la piel je
je je). Pero también es una joda de mierda que me produce
confusión y temor. Para ponerlo en tus palabras: “Estoy más
perdido que militar en biblioteca”. Algo haremos. Mientras,
recibe un fuerte abrazo.
Tu amigo.
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prefirió ir hasta el escritorio de su superior y entregarlo en
mano propia.
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De: Detective de Primera Serafín Condori Cuentas
A: Coronel Agustín Fernández L.
Referencia: Informe Caso 1418253 A
.........
.........
53
contra de nuestras instituciones.
……………..
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RECOMENDACIONES:
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Genaro, por María Elena y hasta por Julio. Después de haber
terminado, se puso la chaqueta y fue hasta el lugar de la re-
unión a entregar su informe. No le dijo nada a Federico, sólo
le dio la mano y luego el sobre, se fue sin más.
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en precaución, por si la policía lo detenía por error. Busqué
en la libreta hasta llegar a febrero 20, día de su muerte. Allí
había una sola anotación, es más una sola letra, una “F” y, a su
lado decía “Casa Azul” que era como nos referíamos al lugar
donde murió él. Por tanto, Eulogio tenía una reunión ese día
con alguien muy importante, con alguien de la organización
cuyo nombre empieza con “F” y nunca dijo que esa reunión
se había realizado.
Descartó totalmente la posibilidad de que la reunión hu-
biera sido con otra persona que no fuera de nuestra organiza-
ción porque Eulogio sabía perfectamente qué había dentro de
ella y conociéndolo como lo conocía, estoy seguro que jamás
hubiera arriesgado el trabajo de tanto tiempo por nada.
Entonces recordé que un día Eulogio me escribió que
estaba enamorado de una mujer casada. Torpemente, (y ahora
me arrepiento) después de leer la nota, la siguiente vez que
nos encontramos, le dije que se callara y que me tenían sin
cuidado sus líos amorosos, más aún, que él sabía muy bien lo
que yo opinaba de la infidelidad. Me miró con tanta tristeza y
sólo me dijo: “si él se enterara, si él se enterara”.
Cabe entonces, la posibilidad que Eulogio se hubiera
reunido con el tal “F” el día de su muerte. El hecho que Eulo-
gio sólo hubiera escrito la inicial “F” no nos ayuda tampoco,
porque ésta puede ser desde la inicial de un nombre de guerra
hasta un simple apodo, o también la primera letra de un nom-
bre o apellido. Pero, camarada Federico, quién mató a Eulogio
debió ser un cuadro muy importante de la organización, por-
que pocos de nosotros conocíamos donde estaba situada la
“Casa Azul”.
A estas alturas del partido quiero dejar en claro que me
siento incapaz de continuar la investigación y sugeriría cortar-
la aquí. Por los varios problemas que nos podría causar dentro
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de la organización el introducir la duda entre nuestros com-
pañeros. Que entre nosotros y no en la trinchera del frente,
se encuentra el asesino de Eulogio, sugiero quemar inmedia-
tamente este informe y declarar públicamente que un “Es-
cuadrón de la Muerte Ultraderechista” terminó con la vida de
nuestro querido compañero.
Con saludos revolucionarios.
Israel
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Isabel y el oficial
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minan con jinetes destruyendo esas infernales máquinas que
funcionan a fuerza de pólvora.
La realidad fue diferente. Ni bien llegó, lo que O’ Flaguer-
ty conoció fue el hambre y la pobreza de un ejército cubierto
de jirones que por centésima vez se retiraba derrotado. Luego
vinieron las batallas y por primera vez, se cubrió de sangre, pero
no de la suya, ni mucho menos de la del enemigo, sino de su ca-
ballo que se desplomó sobre él, víctima de la metralla. Cuando
logró levantarse, el combate estaba en plena intensidad, vio la
contra carga de la caballería enemiga que avanzaba inexorable
sobre los restos de su batallón diezmado, fue entonces que re-
cogió su sable ensangrentado por el caballo muerto del piso y
esperó que el primer español llegara hasta él.
“... que sepa coser, que sepa bordar, que sepa abrir las puertas para
ir a jugar. Con esta sí, con esta no, con esta señorita me caso yo”. Isabel
sabía que esa era una vieja canción española y que su padre le
había dicho que ahora no era bueno hablar bien de España;
pero pensó: “¿qué importancia tiene una canción? Además
en tantos años de guerra, su padre, sus vecinos y los amigos
de él habían cambiado tantas veces de bando que nunca se
sabía si pronto estaría de nuevo bien hablar de los “godos”,
como despectivamente los llamaban hoy. Pero dejó de pensar
en eso para concentrarse en lo que está haciendo ya que ya iba
a llegar O’ Flaguerty, el hombre con el que se iba a casar, ese
hermoso oficial pelirrojo que Isabel esperaba pudiera “abrir
las puertas para ir a jugar”.
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damas de la alta sociedad se habían reunido para agasajar a los
oficiales y les hacían todo tipo de galas. Isabel tuvo que asistir,
porque cada uno de los hombres “decentes” de la población
debía llevar allí a sus hijos e hijas mayores, pero su madre no
dejaba de mirarla ni por un instante.
Demasiado sabía Doña Roxana que los oficiales de
cualquier ejército (en guerra, y también en paz) toman muy
al pie de la letra aquello del “descanso del guerrero”, y que
la gran mayoría de las damas allí asistentes no dudarían ni un
instante en rendirse ante las armas que en esos momentos
los oficiales exhibían. Claro que no se trataba ni de sables
ni de trabucos, sino de algo mucho más sutil, peligroso y
atractivo: ellos habían salido victoriosos, tenían el mando; y
nada, nada es más atractivo para hombres y mujeres que el
“poder” que vuelve a los feos en buenos mozos y a las poco
agraciadas en hermosas.
Nunca se imaginaría Doña Roxana que al otro extremo de
la fiesta ese joven oficial de veintidós años pensaba igual que
ella. Veía como las damas de sociedad galanteaban con sus com-
pañeros de armas y sonreía al pensar en ese ejército harapiento
cubierto de barro que retrocedía y retrocedía; en las fiebres que
se comieron a más de la mitad de los hombres, en el frío de
la cumbre y en los caballos cubiertos de nieve en la cordillera
de Los Andes. Pese a su edad, James O’ Flaguerty sabía que la
historia hubiera sido muy diferente si la guerra no la hubieran
ganado ellos; entonces, a los que no hubieran fusilado los ma-
ridos y padres de estas damas, ellas los hubieran despreciado.
Nada le parecía más increíble que oír a la orquesta tocando a
todo dar y a tanta gente reír a carcajadas. “¿Y los muertos?”,
pensó O’Flaguerty. “De los muertos no hay quien se acuerde,
ni de los lisiados, ni de los indios que sirvieron en nuestro ejér-
cito”, volvió entonces la mirada hacia su izquierda y descubrió
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como lejano al general José Miguel Lanza, el único comandante
de las montoneras que habían sobrevivido tras casi 15 años de
guerrillas y luchas. Lanza pertenecía más a ese ambiente que la
gran mayoría de los oficiales, pero por alguna cosa se mantenía
aparte, tal vez porque despreciaba a sus iguales, que tantas veces
le habían negado apoyo a la causa y él sabía que ellos tampoco
le querían. Demasiado tiempo había vivido y luchado junto a
indios y mestizos para volver al seno de la “sociedad”.
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de un chasquido.
En ese mismo instante O’ Flaguerty sintió que el caballo
se venía abajo y lo arrastraba hacia tierra. Trató de mover-
se, pero este le pesaba demasiado, trató de empujarlo a un
lado, pero sintió que el brazo izquierdo le quemaba como si
le hubieran metido una espada ardiente. Trató de gritar, pero
tampoco le alcanzaba la voz, con un esfuerzo supremo logró
mover su otro brazo y buscó entre su pecho el escapulario que
Isabel le habla regalado el día en que pidió su mano. Cuando
lo vio todo enrojecido, descubrió que esta vez su uniforme no
estaba sólo manchado de la sangre del caballo. “Qué manera
de morir más estúpida” alcanzó a decir, antes de hundirse en
una noche de mil años.
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Productos de una injusticia
Mi abuelo fue el producto de una injusticia. Su abuela, Doña
Dominga de Tórrez García, viajaba hacia su finca cuando en
medio camino salió a su encuentro el fiel Tomás, su capataz,
para anoticiarle que el niño había nacido en muy buen estado,
pero que ahora estaba un poco resfriado por lo que el doctor
del pueblo había ido a verlo. La señora prefirió que la tierra se
la hubiera tragado.
Inmediatamente pensó: “¿De qué niño me está hablan-
do éste insensato?”, pero prefirió no repetir la pregunta en
voz alta; tal vez porque sospechaba que el subrepticio viaje
de sus dos hijas a la hacienda hacía meses atrás tenía que ver
con esta inesperada cuanto ingrata noticia. Doña Dominga
simplemente clavó las espuelas y seguida por su confundido
capataz corrió hacia la casa principal. Había estado viajando
los últimos tres días a caballo, pero de pronto, el cansancio
fue remplazado por la furia y ésta por la esperanza que el niño
anunciado por Tomás no fuese el de una de sus hijas.
Cuando llegó a la mansión patronal dudó en anunciarse
antes de entrar, pero el temperamento de sus antepasados
castellanos se impuso y abrió la puerta intempestivamente.
Después de recorrer el patio anterior y los cuartos de entrada,
llegó hasta la sala y desde allí escuchó el inconfundible llanto
de un pequeño en uno de los dormitorios de arriba. Esta vez
corrió hasta allí y en la habitación de su hija Pilar encontró a
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ésta junto a un desconocido que estaba estudiando con ojo de
médico primerizo a un robusto niño, un poco moreno para
cometer la ingenuidad de creer que sólo llevaba sangre euro-
pea en sus venas, pero lo suficientemente parecido a su abuelo
como para pretender que era un advenedizo.
Doña Dominga arremetió contra su hija Pilar. Normalmen-
te, no pronunciaba palabras de peón, pero esta vez era demasia-
do. Su hija había traído la desgracia a su familia, llenándola con
el lodo de un hijo natural, un niño sin padre, como cualquiera
de las mitamis que llegaban hasta la casa de los patrones y que al
cabo de un año irremediablemente parían niños de ojos castaños
o moriscos, dependiendo el “linaje” de los hijos de la familia a la
que servían con mirada inexpresiva y rencor milenario.
Pilar no sabía qué era lo que le dolía más, si los golpes de
bastón de su madre o la humillación que el doctor del pueblo
viera la escena.
¿Cuán duro debió ser el castigo que el atolondrado gale-
no se vio obligado a intervenir? ¿Cuán inmensa debió ser su
furia contra esa mujer que golpeaba con la fuerza del orgullo
herido, que se escuchó a sí mismo diciendo?:
—Yo soy el padre de la criatura y la voy a reconocer ade-
más de casarme con su hija.
Mi tatarabuela no lo pensó dos veces, su furia de pronto
se convirtió en una complaciente sonrisa, conocía a la familia
del doctor y era de su agrado; y aunque no compensaba la
vergüenza por lo menos la atenuaba. Además, pensó que si
ella se había enterado por casualidad, no había razón para que
sus iguales en La Paz supieran la verdad. Podía simplemente
decir que su hija y el doctor se habían casado en París a donde
viajarían de inmediato y en medio de las sombras.
Después de todo, ella sabía que el doctor hablaba perfec-
tamente francés. Dentro de dos años podrían volver, con un
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niño un poco “crecidito”, pero le achacarían la “culpa” a la
excelente alimentación europea.
La abuela Dominga pensó todo eso en segundos y quizá
por la prisa se le olvidó un pequeño detalle: su futuro yerno
hablaba francés porque desde hace cinco años y hasta hace dos
meses atrás había estado estudiando en la “Ciudad Luz”. Por lo
que, no existiendo todavía la hoy tan conocida “inseminación
artificial”, mal podía ser el padre de la criatura, cuyos ojos reve-
laban en este momento el asombro de conocer de manera tan
intempestiva y de forma tan anormal a la madre de su madre.
También, pudo ser que doña Dominga reparó en las inexorables
cuentas del calendario de la reproducción y le importó muy poco
ya que “apellido es apellido”, y el resto…. problema de su hija.
La boda se celebró con la pompa de una reina, finalmente
era la hija mayor, y a ella asistieron todos los amigos y familia-
res, menos, claro está, la incómoda e impertinente criatura que
convenientemente se quedó a buen recaudo. Sólo después que
todos los invitados se hubieran ido, doña Dominga, que para
enfatizar su enojo con su hija Pilar no había querido hablar con
ella desde el día en que descubriera el bebé en la finca, quiso
escuchar a la angustiada recién casada que detrás del cuerpo de
su flamante esposo se atrevió a confesar su secreto. El niño no
era de ella sino de su hermana que previendo la reacción de la
madre ya estaba rumbo a la casa de familiares más acogedores y
comprensivos en Potosí, donde contarían la consabida historia
de la “joven viuda madre de una pequeña criatura”.
Doña Dominga se resignó ante lo inexorable y tuvo la
suerte de que su Dios (y su úlcera perforada) se la llevaron
rápidamente hacia el camino sin retorno.
Quedaron, sin embargo, el matrimonio, mi abuelo, que
nació dos años después, y este cuento; todos ellos productos
de una injusticia.
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Besos robados
A Flor Young,
mi amiga y mi
cómplice.
Fue el año en que él se fue hacia ese lejano país helado bus-
cando un poco de paz para su alma aturdida. Deambuló por
esas calles desérticas descubriendo que el mundo era ancho,
anchísimo, pero que como dijo el novelista, sobre todo, era
ajeno. Vio como todo lo que le habían dicho de los países de
nieve era mentira, porque la realidad sobrepasaba, y por mu-
cho, la más terrible pesadilla que le hubieran contado. Com-
probó que no importaba cuantos kilómetros pusieron entre
él, su dolor y sus dudas, porque de todas maneras cargaría con
todo ello hasta que volviera a creer, perdón, hasta que pudiera
volver a creer. Halló que si había pensado que el mundo de
solidaridad en el que había creído estaba convertido en polvo
en su tierra, aquí ni ese polvo existía porque se endiosaba el
egoísmo y se declaraba “hombre del año” al que acumulaba
más dejando menos para los demás, en desmedro de los poe-
tas, los estudiosos y los maestros. Comprobó que se habían
llevado a un hombre preso acusándolo de loco por el único
“delito” de repartir billetes en la calle y vio que el mundo del
“paraíso” tenía los valores trastrocados, o que, por lo menos
para él, vivir en un mundo así, era la peor forma de morir,
porque era morir de vergüenza y de egoísmo.
Y entonces se sintió más solo que nunca. Él había
abandonado su sur de montañas y selvas, de hombres de
corazón de barro y mujeres de pasiones de trópico, buscan-
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do refugiarse en el conocimiento, en medio de los libros
y de la información. Buscando respuesta a por qué de sus
viejos hermanos de combates y pasiones, sólo los medio-
cres y unos pocos nostálgicos se quedaron vegetando en la
lucha y viendo que cada día eran menos y menos. A por qué
los que fueron más “radicales” se incorporaban al “éxito”
convirtiéndose en la negación de los hombres que un día
proclamaron buscar. Y por qué los más talentosos llevaban
una vida de autodestrucción buscando en el alcohol y en
emociones cada vez más fuertes olvidarse que su vida se iba
como arena.
Fue a buscar conocimientos huyendo del mundo de los
hombres, para vivir en el mundo de los libros, tratando de
que por lo menos ellos le explicaran por qué una mañana de
granizo blanco, él había dejado que las dudas que lo visita-
ban de tarde en tarde, se convirtieran en algo más fuerte que
su fe.
Y aprendió. !Oh, cuanto aprendió! Se llenó de infor-
mación, de datos, de libros. Leyó en dos idiomas, buscó en
archivos y bibliotecas, en periódicos y novelas, en clases uni-
versitarias y reuniones de poetas. Entonces, descubrió que
ni aún eso bastaba para apagar su sed, porque en medio de
esas páginas, finalmente impresas o artesanalmente hechas a
mano, no había respuestas, sino sólo pistas para comprobar
o desechar. Pero además, descubrió que el “conocimiento”
sin acción era como esa mujeres bellas que llenaban las playas
de esa ciudad, esclavas de su propia hermosura, que las ha-
cía vacías, asediadas hasta que, como las flores cortadas para
adornar floreros, se convirtieran en “basura” seca. O como
esos hombres que llenaban horas y horas de su vida en el gim-
nasio sólo por la ambición de poder poner en la mesa de su
comedor unas cuantas de esas flores, podadas de la vida. Los
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vio esclavos de su propio espejo, de la estrechez de sus sueños
y de su incapacidad de ver el cielo en toda su plenitud.
Y se sintió fuera del mundo, lejano habitante de una es-
tación espacial en la que los hombres trabajen para todos y
donde la gente lea para compartir sus conocimientos y no
para competir aplastando a los demás.
Buscó entonces a los “utopistas”, que dos siglos antes de él,
también habían venido hasta estas tierras a formar “comunas”
llenas de sueños y creyéndose capaces de construir el mundo que
su sociedad les negaba. Fue de nuevo a los libros, preguntó a los
maestros, cuestionó a los poetas. Pero no encontró ni una sola
huella de ellos, ni una sola página, ni un recuerdo, como si nunca
hubieran existido, como si nada hubieran dejado, ni siquiera la
ilusión que, fracasados por lo menos lo habían intentado.
Y se sintió aún más solo. Hasta que apareció ella, con su
propia idea de una estación interplanetaria donde los humanos
trabajasen solamente tres días una semana y cuatro la siguiente
(pero doce horas por jornada, “para no aburrirse”) y así, po-
der disfrutar a plenitud del resto del tiempo, sin las absurdas
interrupciones de la rutina. Apareció ella, cuestionando ese
mundo de verde papel y dinero plástico, inquiriendo con sus
ojos inteligentes por otros mundos cuestionados, pero sobre
todo, cuestionadores.
Y entonces, él recuperó el alma y perdió el asombro de
verse solo en medio de tantos millones, comenzó a hablar
de sus montañas donde la nieve no se funde nunca, de su
pueblo de hombres de manos de cuero, de mujeres que parían
y a los pocos minutos continuaban la marcha como si sólo se
hubieran detenido unos minutos a descansar, de sus fiestas
comunales, de sus compadres y comadres; que eran doble-
mente hermanos y hermanas porque uno los escogía, del Tío
de la Mina, de los Achachilas y de los Pututus de guerra.
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Ella le habló de su costeño país de origen, de la lucha por
la igualdad de su género, de su increíble capacidad de viajante
exploradora de nuevos horizontes donde posar sus sueños y
de su vocación de maestra que la llevó a dedicar su cerebro
favorecido a formar hombres y no a ganar dinero. Le habló de
sus jornadas de 14 horas enseñando en cinco lugares y de su
sueño de ir a un lejano safari fotográfico.
Él continuó con capítulos enteros sobre su gente y
por qué debería marcharse de nuevo hacia ellos. Las horas
pasaron tan rápidamente entre esas miradas e historias com-
partidas que nunca hubo lugar para que el deseo superase
la afición de compartir el alma. Hablaron de los amores de-
vorantes que les quitaron el sueño y dejaron huella, y de los
que sin horadar en ellos les dejaron paz. Se contaron sus
mutuos compromisos con amores cómodos y conformes,
y su terrible imposibilidad de hacerlos felices porque ellos
mismos no lo eran. Era como sin haber sido ni espejo ni
sombra, reconocieran en el otro las viejas experiencias y se
juraron que tenían el derecho a ser felices.
La noche del adiós él le rogó que se fueran a construir su
añorada estación espacial en medio de sus montañas de nieve
que ardía. La vio dudar y entonces le ofreció quedarse, inven-
tando que “la revolución estaba donde estaba uno mismo”.
Cuando se despidieron él intentó besarla y ella dijo un simple
“no” lleno de miedos de quién sabe que un paso más, un beso
más, y nada volvería a ser igual.
Se volvieron a ver muchos años después, cuando él lle-
vaba unas cuantas cicatrices nuevas en el cuerpo y todavía
más en el alma, y cuando pese a que en sus ojos aún brillaba
esa obstinada decisión y esa chispa de vida e inteligencia,
estaban más tristes que nunca. Se volvieron a reunir cuando
ella había fotografiado el África, Oceanía y el Asia; y había
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enseñado a centenares de niños el valor de compartir y la
importancia de construir.
Luego de otra interminable noche de recuerdos y con-
fesiones, él se atrevió a posar sus labios de nuevo sobre los
de ella y volvió a escuchar un “no”, seguido de un “No, por
favor, no dejes de besarme nunca más”.
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Jody, la gata y el ratón
Capítulo introductorio (y no se imaginan cuánto), con periodista que
comprueba, otra vez, que las manos sirven para algo más que para teclear
en la computadora y donde el susodicho termina dando gracias a los
indígenas. Suspenso al final, “como debe ser”.
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pechosas. Fuimos a parar de buenas (recalco lo de buenas) a
primeras (recalco lo de primeras) a su cuarto.
Tímido y dudoso le pregunté ¿qué estudias en la “U”?
—¿En la U? No, se rió, yo estoy en colegio todavía. Ten-
go quince años.
“¡A la mierda, esto tiene cárcel!”, recuerdo que pensé,
mientras mi quijada tocaba el suelo.
Avanzó hacia mí, me abrazó y comenzó a besarme. ¿Cuál
gata? Ésta era una leona. Debía retomar la iniciativa, así que le
dije “despacio, la primera vez duele”.
Se rió en mi cara “ya lo sé” me dijo, “pero eso fue hace
dos años”.
Mis ojos se abrieron aún más. Seguramente para saber si
podían salirse de las órbitas, Jody dijo: “y por si te preocupas
tengo puesta una T de cobre”.
¿Se imaginan? Era la mujer inteligente e independiente
que había buscado toda mi vida. Y tenía quince años.
Hicimos el amor y al que le dolió fue a mí. A mis treinta y
cinco años ya no estoy para estos trotes. Bueno, para trotes sí,
pero esto era una maratón de 42 kilómetros. Ahora entiendo
porque el griego que corrió la primera murió al concluirla.
Había decidido emigrar (mucho gusto, ha estado increí-
ble, para mí también fue inolvidable, te llamo mañana y todo
eso) cuando escuché que la puerta de su casa se cerraba.
Miré con desesperación la cama. Era una de esas moder-
nas, con cajones abajo, así que no tenía donde esconderme.
Tampoco había un salvador closet y las ventanas tenían rejas.
“No te preocupes” dijo ella, y por la forma en que me
miró adiviné que debía estar aterrado. ¿Por qué? De eso les
hablaré ligeramente más adelante.
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Capítulo no muy importante (¿y entonces por qué está aquí?, dirá
el editor. Es su lío, yo no estoy para contentarlo. “Querido aprieta varias
veces la tecla delete y asunto sellado”). Donde se narra encuentros de
Catch-as-can a la luz de ronquidos (sí ya sé es un sinsentido, pero si el
editor quiere que lo tache nomás) y porque los amantes predicen el final.
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Capítulo final de un amor ídem. Sabrosas descripciones con
portaligas y frente al Lago Sagrado de los Incas. Despedida con espalda
adolorida y beso en la puerta de su casa… (¡How romantic!)
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Al regresar, caminamos por todo El Prado tomados de
la mano. Era nuestro último desafío, lo mismo que besarnos
largamente en la puerta de su casa. No sé si sus padres nos
vieron, pero si fue así tuvieron el buen tino de no decir nada.
Luego Jody partió a Brasil.
Nos escribimos fogosas cartas que seguramente un día
de estos transcribiré para ustedes. Incluso me mandó un juego
de fotografías en las que aparecía desnuda. Por supuesto, nun-
ca las scanearé para ustedes. Ni siquiera quise preguntar quién
había tomado las fotos. Sé que ahora Jody está en Francia,
conociendo a la Monalisa y seguramente a un par de monos
rugosos. Me dejó una plantita en maceta que cada año rebro-
ta. Y claro está, mi cuasi lesión de disco.
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