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Ciclo 3

Este resumen contiene 3 oraciones: El documento presenta 4 talleres de diferentes asignaturas para un ciclo escolar. Incluye talleres de ciencias naturales sobre fotosíntesis, respiración y ciclos biogeoquímicos, y un taller de español sobre mitos y leyendas. Finalmente presenta un cuento para realizar una lectura crítica y crear un nuevo final.

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Ciclo 3

Este resumen contiene 3 oraciones: El documento presenta 4 talleres de diferentes asignaturas para un ciclo escolar. Incluye talleres de ciencias naturales sobre fotosíntesis, respiración y ciclos biogeoquímicos, y un taller de español sobre mitos y leyendas. Finalmente presenta un cuento para realizar una lectura crítica y crear un nuevo final.

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Ciclo 3

Nombre______________________________________

Taller 4 Ciencias naturales


Fotosíntesis, respiración, plantas, oxígeno, agua, luz,
contaminación atmosférica
Ciclo 3
Nombre______________________________________

Taller 5 Ciencias naturales


Respiración, sistemas, órganos
Ciclo 3
Nombre______________________________________

Taller 6 Ciencias naturales


Ciclos biogeoquímicos, ecosistemas, ciclo del agua, problemáticas
ambientales
Ciclo 3
Nombre______________________________________

Taller 4 de español
Mitos y leyendas, para entender las diferentes visiones de mundo.
Lectura Critica: Has la lectura del siguiente cuento y crea un nuevo final para la historia,
has esto en un máximo de 3 párrafos.

El ruiseñor y la rosa
-Ha dicho que bailaría conmigo si le llevaba unas rosas rojas -se lamentaba el
joven estudiante-, pero no hay en todo mi jardín una sola rosa roja.
Desde su nido de la encina oyole el ruiseñor. Miró por entre las hojas
asombrado.
-¡No hay una sola rosa roja en todo mi jardín! -gritaba el estudiante.
Y sus bellos ojos se llenaban de lágrimas.
-¡Ah, de qué cosa más insignificante depende la felicidad! He leído todo cuanto
han escrito los sabios; poseo todos los secretos de la filosofía y tengo que ver mi
vida destrozada por falta de una rosa roja.
-He aquí por fin el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Le he cantado todas
las noches, aun sin conocerle; todas las noches repito su historia a las estrellas, y
ahora le veo. Su cabellera es oscura como la flor del jacinto y sus labios rojos como
la rosa que desea; pero la pasión ha tornado su rostro pálido como el marfil y la pena
le ha marcado en la frente con su sello.
-El príncipe da un baile mañana por la noche -murmuraba el joven estudiante-, y
mi adorada asistirá a la fiesta. Si le llevo una rosa roja, bailará conmigo hasta el
amanecer. Si le llevo una rosa roja, la tendré en mis brazos. Reclinará su cabeza
sobre mi hombro y su mano estrechará la mía. Pero no hay rosas rojas en mi jardín.
Por lo tanto, tendré que estar solo y no me hará caso ninguno. No se fiará en mí para
nada y mi corazón se desgarrará.
-He aquí el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Sufre todo lo que yo canto:
todo lo que es alegría para mí, para él es pena. Realmente el amor es una cosa
maravillosa: es más precioso que las esmeraldas y más caro que los finos ópalos.
Perlas y granates no pueden pagarle porque no se halla expuesto en el mercado. No
puede uno comprarlo al vendedor, ni pesarlo en una balanza para adquirirlo a peso
de oro.
-Los músicos estarán en su estrado -decía el joven estudiante-. Tocarán sus
instrumentos de cuerdas y mi adorada bailará a los sones del arpa y del violín.
Bailará tan vaporosamente que su pie no tocará el suelo, y los cortesanos con sus
alegres atavíos la rodearán solícitos; pero conmigo no bailará porque no tengo rosas
rojas que darle.
Y dejándose caer sobre el césped, hundía su cara en sus manos y lloraba.
-¿Por qué lloras? -preguntaba una lagartija verde correteando cerca de él con su
cola levantada.
-Sí, ¿por qué? -decía una mariposa que revoloteaba persiguiendo un rayo de sol.
-Eso es, ¿por qué? -murmuró una margarita a su vecina, con una dulce vocecilla.
-Llora por una rosa roja.
-¿Por una rosa roja? ¡Qué ridiculez!
Y la lagartija, que era algo cínica, se echó a reír con todas sus ganas.
Pero el ruiseñor, que comprendía el secreto de la pena del estudiante,
permaneció silencioso en la encina, reflexionando en el misterio del amor.
De pronto desplegó sus alas oscuras y emprendió el vuelo.
Pasó por el bosque como una sombra, y como una sombra atravesó el jardín.
En el centro del parterre se levantaba un hermoso rosal, y al verle voló hacia él
y se posó sobre una ramita.
-Dame una rosa roja -le gritó- y te cantaré mis canciones más dulces.
Pero el rosal sacudió su cabeza.
-Mis rosas son blancas -contestó-, blancas como la espuma del mar, más blancas
que la nieve en la montaña. Pero ve en busca del hermano mío que crece alrededor
del viejo reloj de sol y quizá él te dé lo que pides.
Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía en torno del viejo reloj de sol.
-Dame una rosa roja -le gritó- y te cantaré mis canciones más dulces.
Pero el rosal sacudió su cabeza.
-Mis rosas son amarillas -respondió-, tan amarillas como los cabellos de las
sirenas que se sientan sobre un tronco de árbol, más amarillas que el narciso que
florece en los prados, antes de que llegue el segador con su hoz. Pero ve en busca de
mi hermano, el que crece debajo de la ventana del estudiante y quizá él te dé lo que
pides.
Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía debajo de la ventana del estudiante.
-Dame una rosa roja -le gritó- y te cantaré mis canciones más dulces.
Pero el arbusto sacudió su cabeza.
-Mis rosas son rojas -respondió-, tan rojas como las patas de las palomas, más
rojas que los grandes abanicos de coral que el océano mece en sus abismos; pero el
invierno ha helado mis venas, las heladas han marchitado mis botones, el huracán ha
partido mis ramas, y no tendré ya rosas en todo este año.
-No necesito más que una rosa roja -gritó el ruiseñor-, una sola rosa roja. ¿No
hay ningún medio para que yo la consiga?
-Hay un medio -respondió el rosal-, pero es tan terrible que no me atrevo a
decírtelo.
-Dímelo -contestó el ruiseñor-. No soy asustadizo.
-Si necesitas una rosa roja -dijo el rosal-, tienes que hacerla con notas de
música, al claro de luna, y teñirla con la sangre de tu propio corazón. Cantarás para
mí, con el pecho apoyado en mis espinas. Cantarás para mí durante toda la noche y
las espinas te atravesarán el corazón: la sangre de tu vida correrá por mis venas y se
convertirá en sangre mía.
-La muerte es un buen precio por una rosa roja -replicó el ruiseñor- y todo el
mundo ama la vida. Es grato posarse en el bosque verdeante y mirar al sol en su
carro de oro y a la luna en su carro de perlas. Dulce es el olor de los nobles espinos.
Dulces son las campanillas que se esconden en el valle y los brezos que cubren la
colina. Sin embargo, el amor es mejor que la vida. ¿Y qué es el corazón de un pájaro
comparado con el de un hombre?
Entonces desplegó sus alas oscuras y emprendió el vuelo. Pasó por el jardín
como una sombra y como una sombra cruzó el bosque.
El joven estudiante permanecía tendido sobre el césped, allí donde el ruiseñor le
dejó, y las lágrimas no se habían secado aún en sus bellos ojos.
-Sed feliz -le gritó el ruiseñor-, sed feliz; tendréis vuestra rosa roja. La crearé
con notas de música al claro de luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón.
Lo único que os pido en cambio es que seáis un verdadero enamorado, porque el
amor es más sabio que la filosofía, aunque ésta lo sea. Y más fuerte que el poder,
aunque éste también lo sea. Sus alas son color de fuego y su cuerpo color de llama;
sus labios son dulces como la miel y su aliento es como el incienso.
El estudiante levantó los ojos del césped y prestó atención; pero no pudo
comprender lo que le decía el ruiseñor, pues únicamente sabía las cosas que están
escritas en los libros.
Pero la encina lo comprendió y se puso triste, porque amaba mucho al
ruiseñorcito que había construido el nido en sus ramas.
-Cántame la última canción -murmuró-. ¡Me quedaré tan triste cuando te vayas!
Entonces el ruiseñor cantó para la encina; y su voz era como el agua reidora de
una fuente argentina.
Al terminar su canción, el estudiante se levantó, sacando al mismo tiempo su
cuadernito de notas y su lápiz de bolsillo.
-El ruiseñor -se decía paseándose por la alameda-, el ruiseñor posee una belleza
innegable, ¿pero siente? Me temo que no. Después de todo, es como muchos
artistas, todo estilo sin nada de sinceridad. No se sacrifica por los demás. No piensa
más que en la música y en el arte; como todo el mundo sabe, es egoísta.
Ciertamente, no puede negarse que su voz tiene notas muy bellas. ¡Qué lástima que
todo eso no tenga sentido alguno, que no persiga ningún fin práctico!
Y volviendo a su habitación se acostó sobre su jergoncito y se puso a pensar en
su adorada.
Al poco rato se durmió.
Y cuando la luna brillaba en los cielos, el ruiseñor voló al rosal y colocó su
pecho contra las espinas.
Y toda la noche cantó con el pecho apoyado sobre las espinas; y la fría luna de
cristal se detuvo y estuvo escuchando toda la noche.
Cantó durante toda la noche y las espinas penetraron cada vez más en su pecho
y la sangre de su vida fluía de su pecho.
Al principio cantó el nacimiento del amor en el corazón de un joven y de una
muchacha; y sobre la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo
tras pétalo, canción tras canción.
Primero era pálida como la bruma que flota sobre el río, pálida como los pies de
la mañana y argentada como las alas de la aurora.
La rosa que florecía sobre la rama más alta del rosal, parecía la sombra de una
rosa en un espejo de plata, la sombra de la rosa en un lago.
Pero el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas.
-Apriétate más, pequeño ruiseñor -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa
esté terminada. Entonces el ruiseñor se apretó más contra las espinas y su canto
fluyó más sonoro, porque cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un
hombre y de una virgen.
Y un delicado rubor apareció sobre los pétalos de la rosa, lo mismo que enrojece
la cara de un enamorado que besa los labios de su prometida.
Pero las espinas no habían llegado aún al corazón del ruiseñor; por eso el
corazón de la rosa seguía blanco; porque sólo la sangre de un ruiseñor puede
colorear el corazón de una rosa.
Y el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas.
-Apriétate más, pequeño ruiseñor -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa
esté terminada. Entonces el ruiseñor se apretó aún más contra las espinas, y las
espinas tocaron su corazón y él sintió en su interior un cruel tormento de dolor.
Cuanto más acerbo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba
el amor sublimizado por la muerte, el amor que no acaba en la tumba.
Y la rosa maravillosa enrojeció como las rosas de Bengala. Purpúreo era el color
de los pétalos y purpúreo como un rubí era su corazón.
Pero la voz del ruiseñor desfalleció. Sus breves alas empezaron a batir y una
nube se extendió sobre sus ojos.
Su canto se fue debilitando cada vez más. Sintió que algo se ahogaba en la
garganta.
Entonces su canto tuvo un último fulgor. La blanca luna le oyó y olvidándose de
la aurora se detuvo en el cielo.
La rosa roja le oyó; tembló toda ella de arrobamiento y abrió sus pétalos al aire
frío de la mañana. El eco le condujo hacia su caverna purpúrea de las colinas,
despertando de sus sueños a los rebaños dormidos.
El canto flotó entre los cañaverales del río, que llevaron su mensaje al mar.
-Mira, mira -gritó el rosal-, ya está terminada la rosa.
Pero el ruiseñor no respondió: yacía muerto sobre las altas hierbas, con el
corazón traspasado de espinas.
A mediodía el estudiante abrió su ventana y miró hacia afuera.
-¡Qué extraña buena suerte! -exclamó-. ¡He aquí una rosa roja! No he visto una
rosa semejante en toda mi vida. Es tan bella, que estoy seguro de que debe tener en
latín un nombre enrevesado.
E inclinándose, la cogió.
En seguida se puso el sombrero y corrió a casa del profesor con su rosa en la
mano.
La hija del profesor estaba sentada a la puerta. Devanaba seda azul sobre un
carrete, con un perrito echado a sus pies.
-Dijisteis que bailaríais conmigo si os traía una rosa roja -le dijo el estudiante-.
He aquí la rosa más roja del mundo. Esta noche la prenderéis cerca de vuestro
corazón, y cuando bailemos juntos, ella os dirá lo mucho que os amo.
Pero la joven frunció las cejas.
-Temo que esta rosa no se armonice bien con mi vestido -respondió-. Además,
el sobrino del chambelán me ha enviado varias joyas de verdad y ya se sabe que las
joyas cuestan más que las flores.
-¡Oh, a fe mía que sois una ingrata! -dijo el estudiante lleno de cólera.
Y tiró la rosa al arroyo. Un pesado carro la aplastó.
-¡Ingrato! -dijo la joven-. Os diré que os portáis como un grosero, y después de
todo, ¿qué sois? Un simple estudiante. ¡Bah! No creo que podáis tener nunca
hebillas de plata en los zapatos como las del sobrino del chambelán.
Y levantándose de su silla, se metió en su casa. -¡Qué bobería es el amor! -se
decía el estudiante a su regreso-. No es ni la mitad de útil que la Lógica, porque no
puede probar nada; habla siempre de cosas que no sucederán y hace creer a la gente
cosas que no son ciertas. Realmente, no es nada práctico, y como en nuestra época
todo estriba en ser práctico, voy a volver a la filosofía y al estudio de la metafísica.
Y dicho esto, el estudiante, una vez en su habitación, abrió un gran libro
polvoriento y se puso a leer.
Ciclo 3
Nombre______________________________________

Taller 5 de español
Elementos no verbales (corchetes, negrillas, comillas, guiones,
etc.)
Lectura critica: Realiza un análisis detallado del personaje principal del siguiente cuento,
como es su personalidad, cuales son sus motivaciones, que cosas le gustan, que cosas le
disgustan etc.

"Felicidad clandestina" (1971) - Clarice Lispector


Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio pelirrojo. Tenía un
busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos planas. Como si no fuera
suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero
poseía lo que a cualquier niña devoradora de historias le habría gustado tener: un papá
dueño de una librería.

No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos; incluso para los cumpleaños, en vez
de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del papá. Para
colmo, siempre era algún paisaje de Recife, la ciudad en donde vivíamos, con sus puentes
más que vistos. Detrás escribía con letra elaboradísimas palabras como “fecha natalicia” y
“recuerdos”.

Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda
ella era pura venganza. Cómo nos debía de odiar esa niña a nosotras, que éramos
imperdonablemente monas, delgadas, altas, de cabello libre. Conmigo ejercitó su sadismo
con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las
humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le
interesaban.

Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como por
casualidad, me informó de que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro grueso, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer,
para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día
siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.

Hasta el día siguiente, de la alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no


vivía, nadaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.

Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo,
sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había
prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me
fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y
ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de
Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los
siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, anduve
brincando por las calles y no me caí una sola vez.

Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era
sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y
el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en
su poder, que volviera al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el
transcurso de la vida, el drama del “día siguiente” iba a repetirse para mi corazón palpitante
otras veces como aquélla.

Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? No lo sé. Ella sabía que, mientras la hiel no se escurriese
por completo de su cuerpo gordo, sería un tiempo indefinido. Yo había empezado a
adivinar, es algo que adivino a veces, que me había elegido para que sufriera. Pero incluso
sospechándolo, a veces lo acepto, como si el que me quiere hacer sufrir necesitara
desesperadamente que yo sufra.

¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: “Pues
el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se
lo presté a otra niña”. Y yo, que no era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se
ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.

Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa,
humildemente, su negativa, apareció la mamá. Debía de extrañarle la presencia muda y
cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una
confusión silenciosa, entrecortada de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba
cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, esa mamá buena, entendió al fin.
Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: “¡Pero si ese libro no ha salido
nunca de casa y tú ni siquiera quisiste leerlo!”.

Y lo peor para esa mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el
horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos observaba en silencio: la potencia de
perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento
de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó
a su hija: “Vas a prestar ahora mismo ese libro”. Y a mí: “Y tú te quedas con el libro todo el
tiempo que quieras”. ¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubieran regalado el libro:
“el tiempo que quieras” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía
de querer.

¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano.
Creo que no dije nada. Tomé el libro. No, no partí brincando como siempre. Me fui
caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo
contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho
caliente, el corazón pensativo.

Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después
el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a
cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con
mantequilla, fingí no saber en dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por
unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la
felicidad. Para mí la felicidad habría de ser clandestina. Era como si ya lo presintiera.
¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… Había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina
delicada.

A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin
tocarlo, en un éxtasis purísimo.

Ya no era una niña más con un libro: era una mujer con su amante.
Ciclo 3
Nombre______________________________________

Taller 6 de español
El cuento latinoamericano y colombiano
Lectura critica: Después de leer el cuento, entre todos los integrantes de la clase van a
hacer en papel craft un mural representativo del cuento.

El almohadón de plumas (1917) - Horacio Quiroga


Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su
marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con
un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una
furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la
amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.

Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva
e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio
silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de
palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas
paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los
pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su
resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por
echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer
pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró


insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín
apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con
honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos,
echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el
llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó
largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida.
El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso
absolutos.

-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran
debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada… Si mañana se despierta como hoy,
llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha
agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba
visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en
pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi
en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con
incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y
proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba
en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que


descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no
hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó
de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se
perlaron de sudor.

-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

-¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de
estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido,
acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre
los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa,
desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta
Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca
inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

-Pst… -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio… poco hay que
hacer…

-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía
siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada
mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la
vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada
en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la
abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que
le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos
que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces
continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de
la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de
los eternos pasos de Jordán.

Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un
rato extrañada el almohadón.

-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de
sangre.

Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos


lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y
temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.

-Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del
comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la
sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a
los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había
un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le
pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca
-su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi
imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo,
pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en
cinco noches, había vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas
condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente
favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

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