Annotation
A punto de entregarse a los placeres y
las comodidades de un matrimonio concer-
tado con la joven y bella Reiko, Sano Ichiro
es reclamado en el palacio imperial para des-
cubrir al asesino de Harume, la concubina
favorita del sogún, que ha sido envenenada
mientras se hacía un tatuaje amoroso. Con la
experiencia de sus veinte años de sosakan-
sama —muy honorable investigador de
sucesos, situaciones y personas—, Sano debe
penetrar en el hermético y prohibido mundo
de las mujeres del sogún para intentar
desenmarañar la compleja trama de amantes
y rivales de Harume, que se mueven como
pez en el agua entre las intrigas y ma-
quinaciones políticas del Japón feudal. Y
como si la investigación no fuera de por sí
complicada, Sano descubre con horror que
su flamante esposa, supuestamente dulce y
sumisa, es en realidad una aspirante a
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detective preclara y obstinada, con sorpren-
dentes habilidades guerreras. Empeñada en
ayudar a su marido, las chispas que surgen
entre ambos hacen de su floreciente amor
algo tan emocionante como el misterio que
rodea la muerte de Harume.
Laura Joh Rowland
El tatuaje de la
concubina
Sano Ichiro 04
Título original: The Concubine's Tatoo
Traducción: Gabriel Dols Gallardo
Copyright © Laura Joh Rowland, 1998
Copyright © Ediciones Salamandra,
2002
Publicaciones y Ediciones Salamandra,
S.A.
Mallorca, 237 —08008 Barcelona —
Tel. 93 215 1199
ISBN: 84-7888-799-7
Depósito legal: B-36.343-2002
1ª edición, septiembre de 2002
Printed in Spain
Impresión: Romanyá-Valls, Pl. Verd-
aguer, 1
Capellades, Barcelona
para Pamela Gray Ahearn, con gratitud
Edo
Período Genroku,
año 3, mes 9
(Tokio, octubre de 1690)
1
—Es para mí un honor dar comienzo a
esta ceremonia, por la cual el sosakan Sano
Ichiro y la dama Ueda Reiko se unirán en
matrimonio ante los dioses —anunció con
solemnidad a los presentes en la sala de
audiencias privadas del castillo de Edo el
rechoncho y miope ex superior de Sano,
Noguchi Motoori, que había actuado de me-
diador para el enlace.
En aquella agradable mañana de otoño,
las puertas correderas de la sala per-
manecían abiertas al esplendor escarlata de
las hojas de arce y a un radiante cielo azul.
Dos sacerdotes de vestiduras blancas y altos
tocados negros presidían la sala arrodillados
frente a la hornacina, de la que pendía un
pergamino con los nombres de los kami, las
deidades sintoístas. Bajo éste y sobre una
tarima, reposaban las tradicionales ofrendas,
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redondos pastelillos de arroz y una vasija de
barro con sake consagrado. Cerca de los sa-
cerdotes había dos doncellas que llevaban las
capas con capucha propias de los acólitos de
los santuarios sintoístas. En el tatami situado
a la izquierda de la hornacina, esperaban de
rodillas el padre y los más allegados de la
novia: el majestuoso y corpulento magis-
trado Ueda y unos pocos parientes y amigos.
A la derecha, la comitiva del novio estaba
formada por su anciana y frágil madre; por el
sogún Tokugawa Tsunayoshi, supremo dicta-
dor militar de Japón, ataviado con ropajes de
brocado y el cilíndrico tocado negro propio
de su posición, acompañado de algunos altos
funcionarios; y por Hirata, el vasallo mayor
de Sano. Todas las miradas estaban puestas
en el centro de la sala, el principal escenario
de la ceremonia.
Sano y Reiko estaban rodilla con rodilla
frente a dos mesitas. El lucía negras
vestiduras ceremoniales estampadas con una
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dorada grulla, con las alas desplegadas, di-
visa de su familia; de la cintura pendían sus
dos espadas. Ella llevaba un quimono de
seda blanca y un largo velo blanco del mismo
tejido que cubría por completo su rostro y su
pelo. Delante de ellos había un plato llano de
porcelana que contenía un pino y un ciruelo
en miniatura; un haz de bambú y las estatuas
de una liebre y una grulla: símbolos de
longevidad, flexibilidad y fidelidad. Tras el-
los, arrodillados frente a la mesa reservada
para el mediador, estaban Noguchi y su es-
posa. Cuando los sacerdotes se levantaron e
hicieron una reverencia frente al altar, el
corazón de Sano se desbocó. Su estoica dig-
nidad ocultaba un torbellino de emociones.
Los últimos dos años no le habían traído
más que complicaciones: la muerte de su
amado padre; el traslado desde la humilde
residencia familiar, en el barrio mercantil de
Nihonbashi, al castillo de Edo, sede del
poder en Japón; y un aumento vertiginoso de
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posición, con todos los retos que ello com-
portaba. A veces temía que su mente y su
cuerpo fueran incapaces de soportar aquella
inclemente avalancha de cambios. Ahora es-
taba a punto de casarse con una muchacha
de veinte años a la que sólo había visto en
una ocasión, hacía más de un año, en la re-
unión formal celebrada entre las dos famili-
as. Su linaje era impecable y su padre, uno de
los hombres más ricos y poderosos de Edo;
pero jamás habían conversado y no sabía
nada de su carácter. Apenas recordaba su
apariencia, y no podría verle la cara hasta el
final de la ceremonia. De repente, a Sano la
tradición del matrimonio concertado le
parecía una completa locura: una unión
entre desconocidos potencialmente cata-
strófica. ¿Qué peligroso vuelco había dado su
destino? ¿Era demasiado tarde para escapar?
Desde su minúsculo dormitorio situado
en las dependencias de las mujeres del
castillo de Edo, la más reciente de las
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concubinas del sogún oyó pasos apresurados,
portazos y estridentes voces femeninas. Los
vestidores debían de estar llenos de opu-
lentos quimonos de seda y polvos para la
cara esparcidos por el suelo, en el apresur-
amiento de las sirvientas por acabar de vestir
a las doscientas concubinas y sus doncellas
para el banquete de bodas del sosakan-
sama. Pero Harume, agobiada por la asfixi-
ante presencia de tantas mujeres tras apenas
ocho meses en el castillo, había decidido no
ir a la celebración. La intimidad era algo casi
desconocido en los abarrotados aposentos,
pero sus compañeras de habitación se habían
ido, y el personal del palacio andaba ocu-
pado. Aquel día la madre del sogún, a quien
Harume servía, no había reclamado su pres-
encia. Nadie iba a echarla de menos, o eso
esperaba, porque Harume pensaba
aprovechar al máximo aquel extraño mo-
mento de soledad.
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Echó el pestillo de la puerta y bajó las
persianas. Encima de una mesa baja en-
cendió lámparas de aceite e incensarios. Las
llamas titilantes proyectaban su sombra
sobre los lienzos de papel de las paredes; el
incienso humeaba, dulcemente acre. La hab-
itación se impregnó de quietud y silencio.
Una oscura excitación aceleró el pulso de
Harume. Sobre la mesa depositó un estuche
rectangular laqueado de color negro, con in-
crustaciones de iris dorados, una botella de
sake de porcelana y dos cuencos. Sus movi-
mientos eran pausados y gráciles, propios de
un ritual sagrado. Después se acercó de pun-
tillas a la puerta y escuchó.
El ruido había disminuido; las mujeres
debían de haber acabado de vestirse y es-
tarían de camino hacia la sala del banquete.
Harume regresó al altar que había dispuesto.
Embargada de ansiedad, se compuso el ca-
bello moreno y lustroso, que le llegaba a la
cintura. Se aflojó la faja y separó las faldas de
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su bata de seda roja. Desnuda de cintura
para abajo, se arrodilló.
Se contempló con orgullo. A sus
dieciocho años, poseía la madurez física de
una adulta, pero con el fresco esplendor de la
juventud. Una impecable piel marfileña re-
cubría sus firmes muslos, sus caderas redon-
deadas y su abdomen. Harume se acarició el
sedoso triángulo de vello pubiano con la
punta de los dedos. Sonrió al acordarse de él
y de su mano allí mismo, de su boca contra
su garganta, de su éxtasis compartido. Se
deleitó en su eterno amor por él, que estaba a
punto de demostrar más allá de cualquier
duda.
Para purificar la estancia, uno de los sa-
cerdotes agitó un bastón adornado con blan-
cas tiras de papel y gritó: «¡Que salga el mal,
que entre la fortuna! ¡Zuum! ¡Zuum!»
Después entonó una invocación a los dioses
sintoístas Izanagi e Izanami, venerados pro-
creadores del universo.
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Al oír aquellas palabras conocidas, Sano
se relajó. La intemporal ceremonia lo elevaba
por encima del miedo y la duda; en su interi-
or creció la esperanza. A pesar de los riesgos,
quería ese matrimonio. A la avanzada edad
de treinta y un años, estaba listo para dar
aquel paso definitivo hacia la madurez ofi-
cial, para asumir su lugar en la sociedad
como cabeza de su propia familia. Y estaba
listo para que su vida cambiara.
Los veinte meses que llevaba ejerciendo
como sosakan-sama del sogún —muy honor-
able investigador de sucesos, situaciones y
personas— habían sido un ciclo ininterrump-
ido de crímenes, cazas de tesoros y misiones
de espionaje. Una etapa que había estado a
punto de culminar en tragedia con su viaje a
Nagasaki. Allí, durante la investigación del
asesinato de un mercader holandés, le dis-
pararon, estuvieron a punto de quemarlo
vivo, lo acusaron de traición y casi lo
ejecutan antes de poder demostrar su
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inocencia. Había regresado a Edo siete días
atrás, y, aunque no había perdido su afán por
la búsqueda de la verdad y la entrega de
criminales a la justicia, estaba cansado.
Cansado de violencia, muerte y corrupción.
El año anterior había vivido una trágica rela-
ción amorosa que lo había embargado de una
sensación de soledad y de agotamiento
emocional.
Ahora, sin embargo, Sano esperaba
poder descansar de los rigores de su trabajo;
el sogún le había garantizado un mes de va-
caciones. Tras un compromiso de un año,
Sano acogía de buen grado la perspectiva de
tener vida privada, con una esposa dócil y
dulce que se erigiese en refugio del mundo
exterior. Ansiaba tener hijos, sobre todo un
varón que diese continuidad a su nombre y
heredase su posición. Aquella ceremonia no
era un rito de mero trámite social, sino un
portal hacia todo lo que Sano más quería.
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El segundo sacerdote tocó una serie de
notas agudas y lastimeras con una flauta,
mientras el primero lo acompañaba con un
tambor de madera. Se acercaba la parte más
solemne y sagrada del ritual del matrimonio.
Cesó la música. Una acólita vertió el sake
consagrado en un cazo metálico y se lo llevó
a Sano y a Reiko. La otra les puso delante
una bandeja con tres cuencos de madera de
diferentes tamaños, metidos el uno dentro
del otro. Las acólitas llenaron el primer
cuenco, el más pequeño, con el cazo; hici-
eron una reverencia y se lo tendieron a la
novia. Los allí presentes atendían en expect-
ante silencio.
Harume abrió el estuche laqueado y
sacó una navaja larga y recta de centelleante
filo acerado, un cuchillo con mango de nácar
y un frasco cuadrado y esmaltado en negro
con su nombre pintado en oro en la tapa. Al
disponer aquellos objetos frente a ella, un
temblor de miedo le atenazó la garganta.
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Temía el dolor, odiaba la sangre. ¿Y si al-
guien interrumpía la ceremonia o, lo que es
peor, descubría su relación secreta y prohi-
bida? Su vida transcurría bajo la sombra de
peligrosas intrigas, y había quien quería
verla deshonrada y desterrada del castillo.
Pero el amor exigía sacrificio y requería del
riesgo. Con manos inseguras vertió el sake en
los dos cuencos: uno para ella y otro, ritual,
para su amante ausente. Alzó su cuenco y
apuró la bebida. Lagrimeó con la garganta
abrasada, pero el potente licor la inflamó de
valor y determinación. Cogió la navaja.
Con cuidadosas pasadas, Harume se
rasuró el pubis por completo y dejó caer al
suelo el vello cortado. Después puso a un
lado la navaja y alzó el cuchillo.
Reiko, con la cara aún oculta por el velo
blanco, se llevó a los labios el cuenco de sake
y bebió. Repitió el proceso tres veces. A con-
tinuación, las acólitas lo rellenaron y se lo di-
eron a Sano. Este tomó sus tres sorbos
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imaginando que sentía el calor pasajero de
los delicados dedos de su prometida en la
madera pulida y que saboreaba la dulzura de
su carmín en el borde del cuenco: un primer,
si bien indirecto, contacto.
¿Sería su matrimonio, como él esperaba,
la unión de dos almas afines al tiempo que
una satisfacción sensual?
Un suspiro colectivo recorrió a los
presentes. El san-san-ku-do —el voto de
«tres-veces-tres-sorbos» que sellaba el en-
lace matrimonial— nunca dejaba de desper-
tar conmovedoras emociones. Los ojos del
propio Sano ardían de lágrimas contenidas;
se preguntaba si Reiko compartía sus
esperanzas.
La acólita dejó a un lado el cuenco y
llenó el segundo. En aquella ocasión bebió
primero Sano tres veces, antes de que Reiko
hiciera lo propio. Después de que les pasaran
el tercer y mayor de los cuencos y se bebier-
an su contenido, la flauta y el tambor
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reanudaron la música. Sano se sentía casi su-
perado por la alegría. Ahora él y Reiko es-
taban unidos en matrimonio. Pronto vería de
nuevo su cara...
El contacto del filo acerado del cuchillo
contra su sensible piel rasurada provocó en
Harume un escalofrío. El corazón le estall-
aba, le temblaban las manos. Dejó el cuchillo
y bebió otro trago. Después, cerró los ojos e
invocó la imagen de su amante, el recuerdo
de sus caricias. El humo del incienso empapó
sus pulmones de aroma a jazmín. El ardor la
inundó de osadía. Cuando abrió los ojos, su
cuerpo estaba en reposo, su mente en calma.
Cogió de nuevo el cuchillo. Cortó con len-
titud el primer trazo en el pubis, justo en-
cima de la hendidura de su femineidad.
Manó la sangre carmesí. Harume exhaló
un agudo silbido de dolor; las lágrimas se
agolpaban en sus ojos. Pero se limpió la san-
gre con el extremo de su faja, volvió a beber y
rasgó el siguiente trazo. Más dolor, más
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sangre. Once trazos más, y Harume suspiró
de alivio. Lo peor estaba hecho. El siguiente
paso la enlazaría a su amante de forma
irrevocable.
Abrió el frasco laqueado. La cara interna
del tapón llevaba incorporada una brocha
con mango de bambú cuyas suaves cerdas
estaban saturadas de tinta negra y brillante.
La extendió con cuidado por los cortes; su
fresca humedad era un bálsamo para el dol-
or. Con la faja ensangrentada secó la tinta
sobrante, y tapó la botella. Después, con otro
trago de sake, admiró su obra.
El tatuaje completo, grabado en líneas
negras, era del tamaño de la uña de su pulgar
y adornaba ahora sus partes íntimas: una ex-
presión indeleble de fidelidad y devoción.
Hasta que volviera a crecerle el vello, espera-
ba poder mantenerse a salvo y ocultar su
secreto al resto de las concubinas, al person-
al del palacio y al sogún. Pero incluso cuando
el tatuaje quedara convenientemente oculto,
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ella sería consciente de su presencia. Al igual
que él. Atesorarían ese símbolo del único
matrimonio que jamás celebrarían. Harume
se sirvió otro sake, un brindis privado por el
amor eterno.
Pero cuando bebió, fue incapaz de
tragar. El sake se le derramó de la boca y
cayó por su barbilla. Un extraño cosquilleo le
recorrió los labios y la lengua; notaba la gar-
ganta atorada e insensible, como si estuviera
llena de algodón. Una inquietante sensación
de frío le erizó la piel. Le sobrevino un
mareo. La habitación daba vueltas y las lla-
mas de las lámparas, demasiado brillantes,
danzaban ante sus ojos. Asustada, dejó caer
el cuenco. ¿Qué le estaba pasando?
Una náusea repentina se apoderó de
ella. Doblada y con las manos sobre el es-
tómago, las arcadas precedieron a un vómito
cálido y agrio que le obstruyó la garganta, le
subió por la nariz y se derramó por el suelo.
Resolló y tosió, incapaz de respirar. Presa del
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pánico, Harume se levantó y avanzó hacia la
puerta, pero los músculos de sus piernas
habían perdido la fuerza; tropezó y despar-
ramó los incensarios, la navaja, el cuchillo y
el tintero. Tambaleándose, sin dejar de pug-
nar por respirar, logró llegar a la puerta y ab-
rirla. De sus labios entumecidos brotó un
grito ronco.
—¡Socorro!
El pasillo estaba vacío. Aferrándose la
garganta, Harume fue dando tumbos hacia
unas voces que sonaban distorsionadas y re-
motas. Las lámparas del techo refulgían
como soles y la cegaban. Se apoyó en las
paredes para sostenerse. A través de una
neblina de náusea y mareo, Harume distin-
guió unas formas negras y aladas que la
perseguían. Unas garras trataron de cogerla
del pelo. En sus oídos sonó el eco de unos es-
tridentes chillidos.
«¡Demonios!»
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A continuación las acólitas sirvieron
sake a la madre de Sano y al padre de Reiko,
en honor de la nueva alianza que se había es-
tablecido entre las dos familias, y repartieron
cuencos de licor entre los asistentes, que ex-
clamaron al unísono:
—Omedeto gozaimasu.
—«¡Felicidades!»
Sano vio rostros de felicidad vueltos
hacia ellos. La mirada llena de amor de su
madre lo conmovió. Hirata se pasó una
mano cohibida por la pelusa negra de su
cabeza —afeitada durante su investigación en
Nagasaki-y le dedicó una sonrisa radiante. El
magistrado Ueda asintió en solemne aproba-
ción; el sogún sonreía.
Sano cogió el documento ceremonial de
la mesa que tenía delante y lo leyó con voz
temblorosa.
—Acabamos de unirnos como marido y
mujer para toda la eternidad. Juramos
ejecutar fielmente nuestros deberes
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conyugales y pasar todos los días de nuestras
vidas juntos en sempiterna confianza y
afecto. Sano Ichiro, el vigésimo día del
noveno mes, tercer año Genroku.
Después Reiko leyó su documento,
idéntico al anterior. Tenía la voz aguda, clara
y melódica. Era la primera vez que Sano la
oía. ¿De qué iban a hablar cuando estuvieran
a solas esa noche?
Las acólitas dieron a la pareja unas ra-
mas del árbol saka con tiras de papel blanco
sujetas, y los condujeron hasta la hornacina
para realizar las tradicionales ofrendas mat-
rimoniales a los dioses. Menuda y delgada,
Reiko apenas le llegaba a Sano a los hom-
bros. Sus largas mangas y la cola de su
vestido se arrastraban por el suelo. Hicieron
a la vez una reverencia y depositaron las ra-
mas en el altar. Las acólitas se inclinaron dos
veces frente a éste y dieron dos palmadas.
Los asistentes las imitaron.
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—La ceremonia ha sido completada de
forma satisfactoria —anunció el sacerdote
que había llevado a cabo la invocación—.
Ahora la novia y el novio pueden empezar a
construir un hogar armonioso.
Acosada por los demonios, Harume lo-
gró orientarse de algún modo por los sinu-
osos corredores de las dependencias de las
mujeres y alcanzar la puerta que llevaba al
edificio principal del palacio. Allí estaban las
damas del castillo, vestidas con brillantes y
coloridos quimonos, atendidas por las cria-
das y por unos cuantos guardas. A Harume
empezaban a abandonarle las fuerzas. Entre
resuellos, asfixiada, se desplomó en el suelo.
La multitud se volvió con un sonoro fru-
frú de adornos de seda. Se alzó una
barahúnda de exclamaciones:
—¡Es la dama Harume!
—¿Qué le pasa?
—¡Tiene la boca llena de sangre!
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Sobre Harume pendía un mosaico cam-
biante de caras atónitas y espantadas. Unas
manchas púrpuras ocultaban los rasgos de
aquellas caras conocidas. Las narices se alar-
gaban, los ojos se encendían, bocas lascivas
descubrían sus colmillos. De los hombros
surgían alas negras que se sacudían en el
aire. Los adornos de seda se convirtieron en
el plumaje chillón de unos pájaros monstru-
osos. Hacia ella se extendían ávidas las
garras.
—Demonios —dijo Harume entre
boqueadas—. No os acerquéis más. ¡No!
La aferraron unas manos fuertes; unas
autoritarias voces masculinas proferían
órdenes.
—Está enferma. Avisad a un médico.
—No dejéis que interrumpa la boda del
sosakan-sama.
—Llevadla a su habitación.
El pánico dotó de fuerza a los músculos
de Harume. Mientras lanzaba golpes a
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diestro y siniestro y trataba de respirar, su
voz acudió a ella en un grito de terror:
—¡Socorro! ¡Demonios! ¡No dejéis que
me maten!
—Está loca. No os acerquéis, ¡apartaos!
Es violenta.
La transportaron por el pasillo, seguida
de la horda vociferante y agitada. Harume
luchó por soltarse. Sus captores por fin la
tumbaron y la inmovilizaron de brazos y
piernas. Estaba atrapada. Los demonios iban
a despedazarla y a devorarla después.
Asaltada por aquellos pensamientos es-
calofriantes, Harume sintió agolparse en su
cuerpo una fuerza aún más terrorífica. Una
convulsión desmedida se apoderó de sus
huesos, sus músculos y sus nervios, le tiró de
los tendones y le atenazó los órganos inter-
nos con cadenas invisibles. Presa de la
agonía, gritó mientras su espalda se ar-
queaba y los miembros rígidos se extendían
sin control. Con una cacofonía de chillidos,
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los demonios la soltaron, expelidos por la
fuerza de sus movimientos involuntarios.
Una segunda convulsión, más fuerte, y su
visión se inundó de penumbra. Las sensa-
ciones externas se desvanecían; no veía a los
demonios ni oía sus voces. El golpeteo er-
rático y desbocado de su propio corazón col-
maba sus oídos. Otra convulsión. Con la boca
completamente abierta, Harume era incapaz
de respirar. Su último pensamiento fue para
su amante: con un pesar tan agónico como el
dolor, supo que nunca volvería a verlo en esa
vida. Un último jadeo. Una súplica inarticu-
lada más:
«Ayuda...»
Después, la nada.
Sano apenas oyó los murmullos de
bendición de los presentes, porque las acólit-
as estaban retirando el velo del rostro de su
esposa. Se estaba volviendo hacia él...
Reiko tenía veinte años, pero parecía
más joven. Poseía un óvalo facial perfecto, de
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barbilla y nariz delicadas. Sus ojos, como
pétalos negros y brillantes, resplandecían
con inocencia. Encima de ellos lucían los fi-
nos arcos pintados de sus cejas. El polvo
blanco de arroz cubría una piel tersa, per-
fecta, en contraste con el satén negro de su
cabello, que descendía desde una raya cent-
ral hasta las rodillas. Su belleza dejó a Sano
sin aliento. Entonces Reiko le sonrió: un
tímido esbozo en unos labios rojos y delic-
ados, antes de bajar la mirada con recato. El
corazón de Sano se encogió con una ternura
feroz y posesiva cuando le devolvió la son-
risa. Era todo lo que deseaba. Su vida en
pareja iba a ser pura dicha conyugal, que em-
pezaría en cuanto terminaran las formalid-
ades de la ceremonia.
Los presentes se pusieron en pie cuando
las acólitas escoltaron a Sano y Reiko desde
el altar hasta sus familias. Sano hizo una rev-
erencia ante el magistrado Ueda y le dio las
gracias por el honor de unirse a su clan,
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mientras Reiko hacía lo mismo con la madre
de Sano. Juntos agradecieron al sogún su
protección y a los invitados, su asistencia.
Después, tras un sinfín de felicitaciones,
agradecimientos y bendiciones, la comitiva,
encabezada por el sogún, atravesó las puer-
tas labradas y recorrió el amplio pasillo que
llevaba al salón dispuesto para el banquete
de bodas, donde esperaban más invitados.
De repente, de las profundidades del
castillo llegaron unos gritos agudos y el
sonido de pasos a la carrera. El sogún se paró
y detuvo la procesión.
—¿Qué son esos ruidos? —preguntó, con
las facciones aristocráticas ensombrecidas
por la irritación. Dirigiéndose a sus sirvi-
entes, ordenó—: Id y, ah, averiguad la causa,
y poned fin a...
Por el pasillo se abalanzaban hacia la
comitiva de la boda centenares de mujeres
vociferantes, algunas ataviadas con brillantes
ropajes de seda; otras, con los sencillos
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quimonos de algodón de las sirvientas; y to-
das, con las mangas sobre la nariz y la boca y
los ojos desorbitados por el terror. Tras ellas
irrumpió el personal de palacio gritando in-
strucciones y tratando de restablecer el or-
den, aunque las mujeres no les prestaban
atención.
—¡Dejadnos salir! —gritaban, y empu-
jaban a los miembros de la comitiva contra
las paredes para abrirse camino.
—¿Cómo osan tratarme con tan poco re-
speto estas mujeres? —gritó Tokugawa
Tsunayoshi—. ¿Se han vuelto todas locas?
¡Guardias, detenedlas!
El magistrado Ueda y las criadas pro-
tegieron a Reiko de la estampida, que
aumentó hasta incluir a invitados que, presas
del pánico, salían en aluvión del salón del
banquete. Chocaron contra la madre de
Sano, quien la aferró antes de que cayera.
—¡Si no corremos, estamos perdidas!
—gritaban las mujeres.
33/923
En aquel momento apareció un ejército
de guardias que las condujo de vuelta al in-
terior del castillo. La comitiva de la boda y
los invitados se apiñaron en el salón del ban-
quete, en cuyo suelo se habían dispuesto me-
sas y cojines; un conjunto de músicos asusta-
dos se aferraba a sus instrumentos, mientras
las doncellas esperaban para servir la
comida.
—¿Qué significa esto? —El sogún se en-
derezó el alto tocado negro, que había
quedado ladeado en la refriega—. Ah, ¡exijo
una explicación!
El comandante de la guardia se inclinó
ante Tokugawa Tsunayoshi.
—Mis disculpas, excelencia, pero se ha
producido un revuelo en las dependencias de
las mujeres. Una de vuestras concubinas, la
dama Harume, acaba de morir.
El médico mayor del castillo, vestido con
los ropajes azul oscuro propios de su pro-
fesión, añadió:
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—Su muerte fue causada por una re-
pentina enfermedad violenta. El resto de las
damas huyeron presas del pánico, por temor
al contagio.
Se alzó un murmullo entre los presentes.
Tokugawa Tsunayoshi esbozó un gesto de
sorpresa.
—¿Contagio? —Su cara empalideció, y se
tapó la nariz y la boca con ambas manos para
evitar la entrada del espíritu de la enfer-
medad—. ¿Significa eso que hay una, ah, epi-
demia en el castillo?
Dictador de delicada salud y escaso tal-
ento para el liderazgo, el sogún se volvió
hacia Sano y el magistrado Ueda, los dos
hombres de más alta posición de los allí
presentes.
—¿Qué vamos a hacer?
—Hay que cancelar las festividades nup-
ciales —dijo el magistrado con pesadumbre—
y enviar a los invitados a casa. Ya me encar-
garé de todo.
35/923
Sano, aunque aturdido por tan calam-
itoso colofón para su boda, se apresuró a ay-
udar a su señor. Las enfermedades contagio-
sas eran una preocupación de primer orden
en el castillo de Edo, que albergaba a centen-
ares de los funcionarios de más alto rango de
Japón y a sus familias.
—Por si de verdad se trata de una epi-
demia, hay que poner a las damas en cuaren-
tena para evitar que se extienda. —Sano dio
instrucciones al comandante de la guardia
para que se encargase de aquello y le dijo al
médico del castillo que examinase a la mujer
en busca de síntomas—. Y vos, excelencia,
deberíais permanecer en vuestros aposentos
para eludir la enfermedad.
—Ah, sí, claro —dijo Tokugawa Tsunay-
oshi, aliviado de que otro asumiese el
mando. El sogún se dirigió a sus aposentos y
ordenó a sus funcionarios que lo siguieran,
mientras gritaba instrucciones a Sano—:
¡Debes investigar de inmediato la muerte de
36/923
la dama Harume! —En su temor por su per-
sona, parecía indiferente a la pérdida de su
concubina y al destino del resto de sus
mujeres. Y al parecer había olvidado por
completo las vacaciones que le prometiera a
Sano—. Tienes que evitar que me alcance el
espíritu de la enfermedad. ¡En marcha!
—Sí, excelencia —exclamó Sano en dir-
ección al déspota en retirada y su séquito.
Hirata corrió a su lado. Cuando parti-
eron por el pasillo hacia las dependencias de
las mujeres, Sano miró por encima de su
hombro y vio a Reiko, que arrastraba el traje
nupcial, escoltada por su padre y las criadas.
Sintió una extrema irritación contra el sogún
por renegar de su promesa, y lamentó el re-
traso de las celebraciones de la boda, tanto
públicas como privadas. ¿Acaso no se había
ganado algo de paz y felicidad? Después rep-
rimió un suspiro. La obediencia a su señor
era la suprema virtud de un samurái. El de-
ber se imponía; una vez más, la muerte
37/923
reclamaba la atención de Sano. La dicha con-
yugal tendría que esperar.
2
Las dependencias de las mujeres del castillo
de Edo ocupaban una recogida sección in-
terna del cuerpo central del palacio conocida
como Interior Grande. La ruta de acceso
llevó a Sano y a Hirata por las áreas externas
y públicas del palacio: salones de audiencias,
oficinas gubernamentales y salas de confer-
encias, conectadas por una enrevesada red
de pasillos. Un silencio ominoso había caído
sobre el habitual bullicio del castillo. Los
funcionarios se apiñaban en grupos de los
que surgían inquietos murmullos a medida
que se extendía la noticia de la sorprendente
muerte de la concubina. Guardias armados
patrullaban los pasillos en previsión de más
disturbios. La gran burocracia Tokugawa se
había frenado en seco. A la vista de las graves
repercusiones que podría tener para la
nación una epidemia en la capital de Japón,
39/923
Sano esperaba que la enfermedad de la dama
Harume se revelase como un incidente
aislado.
Una descomunal puerta de roble dec-
orada con herrajes de hierro y grabados flor-
ales sellaba la entrada a las dependencias de
las mujeres: hogar de la madre, de la esposa
y de las concubinas del sogún; de sus criadas,
cocineras de palacio, doncellas y otras sirvi-
entas femeninas. Dos centinelas custodiaban
la puerta.
—Venimos por orden de su excelencia
para investigar la muerte de la dama
Harume —dijo Sano. Hirata y él se
identificaron.
Los centinelas hicieron una reverencia y
abrieron la puerta, que conducía a un es-
trecho pasillo iluminado por faroles. La pu-
erta se cerró detrás de ellos con un leve
chasquido reverberante.
40/923
—Nunca había estado aquí —anunció
Hirata con voz queda y sobrecogida—. ¿Y
vos?
—Nunca —respondió Sano; en su interi-
or se agitaba una mezcla de interés e
inquietud.
—¿Conocéis a alguien que viva en el In-
terior Grande?
En su calidad de sosakan del sogún,
Sano disponía de acceso libre a la mayor
parte del castillo. Conocía bien sus pasajes y
jardines cerrados, la torre, la capilla de los
ancestros, el campo de entrenamiento de
artes marciales, el bosque donde cazaba la
nobleza, las dependencias funcionariales
donde vivía, la sección externa del palacio e
incluso los aposentos privados del sogún.
Pero las dependencias de las mujeres es-
taban vedadas para todos los hombres con
excepción de unos pocos guardias, médicos y
funcionarios cuidadosamente escogidos.
Entre ellos no se contaba Sano.
41/923
—Conozco de vista a algunas de las don-
cellas y a funcionarias de poco rango
—dijo—, y una vez dirigí una escolta militar
que acompañó a la madre y a las concubinas
del sogún en un peregrinaje al templo de
Zojo. Pero nunca he tenido un contacto dir-
ecto con nadie que viva aquí.
Sano experimentó una sensación de
desconcierto al adentrarse en territorio
desconocido.
—Bueno, empecemos —dijo, cargando
su voz de confianza al recordar el aplazami-
ento de sus festividades nupciales. ¿Cuánto
tiempo haría falta para que Reiko y él
pudiesen estar juntos? Se puso en camino
por el pasillo, resistiéndose a la tentación de
andar de puntillas.
El encerado suelo de ciprés relucía y re-
flejaba vagamente las imágenes distorsion-
adas de Sano e Hirata. El artesonado del
techo estaba adornado con flores pintadas.
Las habitaciones desocupadas estaban
42/923
repletas de cofres, armarios y biombos
laqueados, braseros de carbón, espejos, ro-
pas desperdigadas y tocadores atestados de
peines, pasadores y frascos. Las paredes in-
teriores estaban cubiertas de murales dora-
dos. En los baños abandonados humeaban
las tinas redondas de madera. El pasillo es-
taba desierto, pero, tras las celosías de
madera y las paredes de papel, se agitaba un
sinfín de figuras imprecisas. Al paso de Sano
e Hirata, las puertas se entornaban y de ellas
asomaban ojos asustados. En algún lugar
sonaba la melodía melancólica de un sam-
isén. Un agudo murmullo de voces femeni-
nas flotaba en el aire, que parecía más cálido
y olía diferente que en el resto del palacio,
endulzado por el aroma de las esencias y los
ungüentos perfumados. A Sano le parecía de-
tectar también los olores más sutiles de los
cuerpos de las mujeres: ¿sudor, secreciones
sexuales, sangre?
43/923
En aquella poblada colmena, las mismas
paredes parecían expandirse y contraerse
con aliento femenino. A Sano le habían lleg-
ado rumores de ciertos entretenimientos ex-
travagantes que se celebraban allí, de intri-
gas secretas y fugas. Pero ¿qué experiencia
práctica podía aportar él a un misterioso
caso de enfermedad mortal en aquel santuar-
io privado? Miró a Hirata.
La cara ancha e infantil del vasallo rev-
elaba un aire de determinación agitada.
Caminaba con timidez, con los hombros en-
corvados, plantando un pie delante del otro
con exagerada atención, como si temiese
hacer ruido u ocupar demasiado espacio.
Pese a su propia incomodidad, Sano sonrió;
los dos andaban perdidos allí.
Hubo un tiempo en que Sano, hijo de un
ronin —un samurái sin maestro—, se ganaba
la vida como instructor en la academia de
artes marciales de su padre y como tutor de
jóvenes que estudiaban historia en sus ratos
44/923
libres. Los contactos de su familia le habían
garantizado el cargo de comandante de
policía. Había resuelto su primer caso de
asesinato y le había salvado la vida al sogún,
lo cual le había llevado a su actual posición.
Hirata tenía veintiún años, y su padre
había sido doshin, un simple policía de Edo,
de los encargados de las patrullas. Él había
heredado este cargo a los quince años y
había mantenido el orden en las calles de la
ciudad hasta pasar a ser el vasallo mayor de
Sano, un año y medio atrás cuando habían
investigado el famoso caso del asesinato de
los Bundori. Sus orígenes humildes, in-
clinaciones personales y experiencia les eran
de poca ayuda para la tarea que tenían entre
manos, si bien, como se recordó Sano,
habían salido airosos de otras situaciones
difíciles.
—¿Qué haremos primero? —preguntó
Hirata. Su tono cauto era un eco de los re-
celos de Sano.
45/923
—Encontrar a alguien que nos lleve al
lugar de la muerte de la dama Harume.
Pero no fue necesario. Un gran alboroto
los atrajo hacia las profundidades del som-
brío laberinto de habitaciones ocupadas por
incontables mujeres invisibles que susurra-
ban y sollozaban tras las puertas cerradas. Se
cruzaron con médicos de azules ropajes que
correteaban con sus cofres de medicinas a
cuestas; les seguían las sirvientas con
bandejas de té y remedios de hierbas. Se oían
voces que cantaban o gritaban; repiquetear
de campanas, tañer de tambores y crujir de
papeles. En los pasillos flotaba el olor dulce y
alquitranado del incienso. Sano e Hirata loc-
alizaron con facilidad el centro del ajetreo,
una pequeña cámara al final del pasillo.
Entraron.
En el interior, cinco monjes budistas de
túnica azafrán tañían campanas, entonaban
plegarias, tocaban tambores y agitaban ba-
stones con tiras de papel para ahuyentar a
46/923
los espíritus de la enfermedad. Las doncellas
echaban sal en el alféizar de las ventanas y
alrededor de la estancia para purificar unos
limites que la contaminación de la muerte no
pudiera atravesar. Dos funcionarias de pala-
cio de mediana edad, ataviadas con los ro-
pajes grises característicos de su cargo, on-
deaban incensarios. A través de aquella
neblina asfixiante, Sano a duras penas podía
ver el cuerpo amortajado que yacía en el
suelo.
—Por favor, esperad fuera un momento
—les dijo a los monjes, a las doncellas y a las
funcionarias. Lo obedecieron, y entonces se
dirigió a Hirata—: Ve a buscar al médico
mayor.
Después abrió la ventana para que en-
trase la luz del sol y se despejara el humo.
Sacó un pañuelo doblado de debajo de la faja
y se cubrió la nariz y la boca. Tras envolverse
la mano con el extremo de la faja para pro-
tegerse de la enfermedad física y la
47/923
contaminación espiritual, se acuclilló junto
al cuerpo y retiró la mortaja blanca.
El cadáver correspondía a una mujer
joven, maciza y robusta de cuerpo, con las
faldas separadas de forma que quedaban a la
vista sus caderas y las piernas desnudas. La
tersa piel y los rasgos redondeados de su
óvalo facial pudieran haber sido bellos en al-
guna ocasión, pero en ese momento estaban
cubiertos de la sangre y el vómito que
manchaban también su quimono rojo de
seda y el tatami sobre el que yacía. Sano
tragó saliva con dificultad. Por la mañana
había estado demasiado nervioso para
comer; en ese momento, la sensación de
náusea con el estómago vacío era casi abru-
madora. Sacudió la cabeza, apiadado. La
dama Harume había muerto en la flor de la
vida. De pronto, al darse cuenta del extraño
estado del cadáver, frunció el entrecejo.
Su cuerpo presentaba la rigidez propia
de alguien que llevara muerto muchas horas,
48/923
en lugar de minutos: la columna arqueada,
los puños apretados, los brazos y las piernas
extendidos y rígidos, y las mandíbulas en
tensión. Con la mano cubierta, Sano le palpó
el brazo. Estaba duro al tacto, y no cedía, con
los músculos congelados en un espasmo per-
manente. Y los ojos desorbitados de Harume
parecían demasiado oscuros. Al acercarse
más, Sano observó que las pupilas estaban
dilatadas al máximo. Su pubis rasurado
presentaba lo que parecía ser un símbolo re-
cién tatuado, aún enrojecido e hinchado en
torno a las incisiones entintadas: el carácter
ai.
Al oír pasos por el corredor, Sano alzó la
cabeza a tiempo de ver entrar en la hab-
itación a Hirata y al médico del castillo. Se
agacharon a su lado con pañuelos sobre la
boca y la nariz para inspeccionar el cadáver.
—¿De qué enfermedad se trata, doctor
Kitano? —preguntó Sano a través de su pro-
pio pañuelo, que ya estaba húmedo de saliva.
49/923
El médico sacudió la cabeza. Tenía la
cara surcada de arrugas y el pelo, ralo y gris,
recogido en la nuca.
—No lo sé. Soy médico desde hace tre-
inta años pero jamás había visto u oído algo
semejante. El súbito arranque, el delirio viol-
ento y las convulsiones, las pupilas dilatadas,
el fulminante fallecimiento... Para mí es un
misterio; no conozco remedio que lo cure.
Que los dioses nos asistan si se extiende esta
enfermedad.
—Durante mi primer año en la policía
—dijo Hirata—, una fiebre mató a trescientas
personas en Nihonbashi. No con estos sínto-
mas, ni tan rápido, pero causó graves prob-
lemas. Las tiendas quedaron abandonadas
porque los dueños habían muerto o huido a
las colinas. Se declararon incendios porque
la gente encendía velas e incienso para puri-
ficar sus casas y mantener alejado al de-
monio de la fiebre. Las calles estaban llenas
de cadáveres porque no daban abasto para
50/923
retirarlos. El humo de tantos funerales formó
un nubarrón negro que flotaba sobre la
ciudad.
Sano cubrió el cuerpo de Harume con la
mortaja, se puso de pie y se apartó el pañuelo
de la cara; sus acompañantes lo imitaron.
Recordaba la epidemia y temía una repeti-
ción más desastrosa si cabe allí, en el
corazón del gobierno de Japón. Pero, a raíz
de sus observaciones, se le ocurría una al-
ternativa no menos inquietante.
—¿Había mostrado antes la dama
Harume algún indicio de enfermedad? —pre-
guntó al doctor Kitano.
—Ayer yo mismo me encargué de su re-
conocimiento mensual, como hago con todas
las concubinas. Harume estaba sana como
una manzana.
A medida que el miedo de Sano a una
epidemia se desvanecía, se abría paso una
terrible inquietud.
—¿Ha caído enferma alguna otra mujer?
51/923
—Todavía no las he examinado a todas,
pero la funcionaria mayor me ha dicho que,
aunque están alteradas, no presentan ningún
problema físico.
—Ya veo. —Aunque se trataba de la
primera visita de Sano al Interior Grande,
sabía de sus condiciones de abarrotami-
ento—. ¿Las mujeres viven, duermen y se
bañan juntas, comen la misma comida y
beben de la misma agua? ¿Y ellas y el per-
sonal están en contacto constante las unas
con las otras?
—Así es, sosakan-sama —afirmó el
médico.
—Pero ninguna comparte los síntomas
de la dama Harume. —Sano intercambió una
mirada con Hirata que, consternado, daba
señales de empezar a entender—. Doctor Kit-
ano, creo que debemos tener en cuenta la
posibilidad de que la envenenaran.
La expresión de preocupación del doctor
se trocó por una de horror.
52/923
—¡Baje la voz, se lo suplico! —exclamó,
aunque Sano había hablado en tono quedo.
Después de un furtivo vistazo al pasillo, su-
surró—: En los tiempos que corren, el ven-
eno es a menudo una posibilidad en caso de
muerte repentina e inexplicable. —Sano
sabía que en tiempos de paz la gente solía
utilizarlo para atacar a sus enemigos sin de-
clarar una guerra abierta—. Pero ¿sois con-
sciente de los peligros que entraña una afir-
mación como ésa?
Lo era. La noticia de un envenenami-
ento —verdadero o supuesto— crearía un
clima de suspicacia no menos pernicioso que
una epidemia. Las legendarias hostilidades
del Interior Grande experimentarían una es-
calada y podrían llegar a adoptar un cariz vi-
olento. Ya había sucedido en el pasado. Poco
antes de la llegada de Sano al castillo, dos
concubinas habían acabado una discusión
con una pelea en la que la ganadora apuñaló
a la vencida con un pasador del pelo. Hacía
53/923
once años, una sirvienta había estrangulado
a una funcionaria de palacio en la bañera. El
pánico se extendería al resto del castillo, in-
tensificaría las rivalidades y provocaría
duelos mortales entre funcionarios samurái y
soldados.
¿Y qué pasaría si el sogún, siempre sus-
ceptible a los desafíos a su autoridad, veía el
asesinato de una concubina como un ataque
a su persona? Sano preveía una purga san-
grienta de culpables potenciales. En busca de
una posible conspiración, el bakufu —el
gobierno militar de Japón— investigaría a to-
dos los funcionarios, desde el Consejo de An-
cianos hasta los más humildes oficinistas; a
todos los sirvientes, a todos los daimio
—señores provinciales— y sus criados, in-
cluso a los modestísimos ronin. Los sedien-
tos de poder tratarían de escalar posiciones
poniendo en entredicho a sus rivales. Se
amañarían pruebas, circularían rumores y se
54/923
calumniarían comportamientos hasta que se
ejecutara a uno o muchos «criminales»...
—No tenemos pruebas de que asesin-
aran a la dama Harume —dijo el doctor
Kitano.
Al ver lo pálido que estaba, Sano adivinó
que, como médico mayor y entendido en fár-
macos, temía ser el principal sospechoso en
un crimen que comportara veneno. El tam-
poco quería someterse al riguroso examen
del bakufu, puesto que tenía un poderoso en-
emigo que ansiaba su ruina: el chambelán
Yanagisawa. Ahora tenía esposa y familia
política, vulnerables también a los ataques.
En Nagasaki había aprendido las nefastas
consecuencias de ceder a la curiosidad in-
vestigando asuntos delicados...
Aun así, como siempre que empezaba
una investigación, Sano entraba en un ter-
reno donde las cuestiones elevadas pesaban
más que las personales y prácticas. El deber,
la lealtad y el valor eran las virtudes
55/923
cardinales del bushido —el camino del guer-
rero—, fundamento del honor de un samurái.
Pero el particular concepto del honor de
Sano incluía una cuarta piedra angular no
menos importante: la búsqueda de la verdad
y la justicia, lo que daba sentido a su vida. A
pesar de los riesgos, tenía que saber cómo y
por qué había muerto la dama Harume.
Además, si la habían asesinado y no se
emprendían acciones al respecto, podrían
producirse más muertes. En esta ocasión sus
deseos personales coincidían con los inter-
eses de seguridad y de paz en el castillo, para
bien o para mal.
—Estoy de acuerdo en que aún es pronto
para descartar la enfermedad —concedió
Sano—. Todavía existe la posibilidad de una
epidemia. Concluid vuestro examen a las
mujeres, mantenedlas en cuarentena e infor-
madme de inmediato de cualquier caso de
muerte o enfermedad. Y haced el favor de
encargaros de que alguien se lleve el cuerpo
56/923
de la dama Harume al depósito de cadáveres
de Edo.
—¿Al depósito de cadáveres? —masculló
el doctor—. Pero, sosakan-sama, los habit-
antes del castillo de alto rango no van allí
cuando mueren; los enviamos al templo de
Zojo para que los incineren. A buen seguro
que ya lo sabéis. Además, aún no podemos
retirar el cuerpo de la dama Harume. Hay
que redactar un informe que dé fe de las cir-
cunstancias de su muerte. Los sacerdotes
han de preparar el cuerpo para el funeral, y
sus compañeras tienen que velarla durante
una noche. Es lo que se hace siempre.
En el transcurso de aquellos rituales el
cadáver se deterioraría, y era posible que se
perdieran pruebas.
—Encargaos de que lleven a la dama
Harume al depósito de cadáveres —repitió
Sano—. Es una orden.
Poco deseoso de aclarar por qué quería
que llevaran a la concubina al sitio adonde
57/923
iban a parar los plebeyos y forajidos muertos
y las víctimas de grandes catástrofes como
inundaciones o terremotos, Sano sabía que
una demostración de autoridad a menudo
obtenía mejores resultados que una
explicación.
El doctor salió, y Sano e Hirata inspec-
cionaron la habitación.
—¿La fuente del veneno? —preguntó
Hirata, señalando un punto del suelo cer-
cano al cadáver amortajado. Dos finos cuen-
cos de porcelana descansaban sobre el
tatami; su contenido había oscurecido la es-
tera al derramarse—. A lo mejor estaba con
alguien que le puso el veneno en la bebida.
Sano cogió de la mesa una botella a
juego con los cuencos, miró en el interior y
vio que quedaba algo de liquido.
—Nos la llevaremos como prueba, y los
cuencos, también —dijo—. Pero existe más
de una manera de administrar un veneno.
Tal vez lo inhaló. —Sano recogió las
58/923
lámparas y los incensarios—. ¿Y qué piensas
del tatuaje?
—El carácter ai. «Amor.» —dijo Hirata
con una mueca de asco—. Las cortesanas de
Yoshiwara se señalan de este modo como
muestra de amor a sus clientes, aunque to-
dos saben que en realidad lo hacen para
sacarles más dinero. Pero tenía la impresión
de que las concubinas del sogún eran de-
masiado elegantes y refinadas para rebajarse
a una costumbre tan ordinaria.¿Creéis que el
tatuaje puede tener algo que ver con la
muerte de la dama Harume?
—Quizá. —Sano contempló la navaja, el
cuchillo con la punta ensangrentada y el
vello pubiano del suelo—. Parece que
acababa de terminar el tatuaje cuando
murió.
Recogió los utensilios, descubrió el tint-
ero en una esquina y lo colocó con el resto de
los objetos. Acto seguido, registraron la
habitación.
59/923
Los armarios y cofres contenían edre-
dones y futones doblados, quimonos y fajas,
artículos de tocador, adornos para el pelo,
maquillaje, un samisén y un pincel y una
piedra de tinta, la miscelánea vital de las
mujeres; pero no había comida ni bebida, ni
nada que tuviese aspecto de sustancia venen-
osa. Envuelto en un quimono interior blanco,
Sano encontró un libro del tamaño de su
mano, encuadernado en seda impresa con un
motivo de tréboles de color verde pálido en-
trelazados sobre un fondo malva, y atado con
un cordón dorado. Hojeó las páginas de
suave papel de arroz, cubiertas de minúscu-
los caracteres de caligrafía femenina. En la
primera página estaba escrito: «Diario ín-
timo de la dama Harume.»
—¿Un diario? —inquirió Hirata.
—Eso parece.
Desde el reinado de los emperadores
Heian, hacía quinientos años, a menudo las
damas de la corte ponían por escrito sus
60/923
experiencias y pensamientos en libros de ese
tipo. Sano se metió el diario bajo la faja para
examinarlo más adelante y le dijo a Hirata
con voz calma:
—Llevaré al depósito el sake, el aceite de
la lámpara, el incienso, los utensilios y la
tinta para que el doctor Ito los analice; a lo
mejor es capaz de identificar el veneno, si es
que lo hay. —Envolvió con cuidado los
artículos en la prenda que había contenido el
diario—. Mientras esté ausente, haz el favor
de supervisar el traslado del cuerpo de la
dama Harume; asegúrate de que nadie toque
nada.
Sano oía los murmullos de los sacer-
dotes en el exterior de la habitación y el par-
loteo y el llanto de las mujeres en los aposen-
tos vecinos. Bajó aún más la voz.
—Por ahora, la causa oficial de la muerte
es la enfermedad, y existe todavía la posibil-
idad de una epidemia. Haz que nuestros
hombres difundan la noticia entre los
61/923
habitantes del castillo y ordénales que se
queden en sus dependencias o en sus puestos
hasta que pase el peligro. —Durante el úl-
timo año el número de subordinados per-
sonales de Sano había aumentado hasta al-
canzar un centenar entre detectives, solda-
dos y oficinistas, los suficientes para dar
cuenta de aquel asunto—. Así evitaremos que
se extiendan los rumores.
—Si la dama Harume murió de una en-
fermedad contagiosa —asintió Hirata—,
tendremos que saber lo que hizo, dónde fue y
a quién vio justo antes de morir, de modo
que podamos rastrear la enfermedad y poner
en cuarentena a aquellos con quienes entró
en contacto. Concertaré una cita con la fun-
cionaria mayor de palacio y con la honorable
madre de su excelencia.
La esposa del sogún era una inválida
que estaba recluida en la cama, por cuya in-
timidad y salud velaban unos pocos médicos
y asistentes de confianza. En consecuencia,
62/923
la madre de Tokugawa Tsunayoshi, la dama
Keisho-in, era su constante compañera y fre-
cuente asesora y quien gobernaba el Interior
Grande.
—Pero, si fue un asesinato —prosiguió
Hirata—, necesitaremos información sobre
las relaciones de la dama Harume con la
gente que la rodeaba. Haré discretas
averiguaciones.
—Bien.
Sano sabía que podía confiar en Hirata,
que había dado sobradas muestras de su
competencia y su inquebrantable lealtad
durante el tiempo que habían trabajado jun-
tos. En Nagasaki, el joven vasallo lo había ay-
udado a solucionar un caso difícil, y le había
salvado la vida.
—Y, sosakan-sama, lamento lo del ban-
quete de bodas. —Salieron de la habitación, e
Hirata hizo una reverencia—. Enhorabuena
por vuestro matrimonio. Será un privilegio
63/923
hacer extensibles mis servicios a la honor-
able dama Reiko.
—Gracias, Hirata-san.
Sano correspondió a la reverencia. Apre-
ciaba la amistad de Hirata, que lo había
apoyado a lo largo de un periodo solitario de
su vida. Una de las cosas más duras de aquel
trabajo había sido aprender a compartir la
responsabilidad y los riesgos, pero Hirata le
había enseñado la necesidad —y el honor—
de hacerlo. Estaban unidos por la antigua
tradición samurái de señor y vasallo, abso-
luta y eterna. Contento de dejar las cosas en
manos de confianza, Sano salió del palacio y
se encaminó hacia el depósito de cadáveres
de Edo.
3
La puerta de la mansión que Sano poseía en
las dependencias funcionariales del castillo
de Edo permanecía abierta al resplandor de
la tarde de otoño. Por la calle, donde vivían
otros altos funcionarios del bakufu, acudían
porteadores con regalos de boda de
ciudadanos prominentes que esperaban at-
raerse el favor del sosakan del sogún. Los sir-
vientes los recogían, cruzaban el patio
empedrado y, por la cancela interior, entra-
ban en la casa entejada con paredes de entra-
mado de madera. Allí las doncellas deshacían
el equipaje, los cocineros se afanaban con la
comida y el ama de llaves supervisaba los
preparativos de última hora para la residen-
cia de los recién casados. Los miembros del
cuerpo de detectives de élite del sosakan pu-
lulaban por los barracones y los establos que
rodeaban la edificación, por las oficinas de la
65/923
parte delantera de la casa y por la puerta, at-
areados en ausencia de su señor.
Aislada de ese bullicio, Ueda Reiko,
ataviada aún con su quimono blanco de
novia, permanecía de rodillas en su cámara
de los aposentos privados de la mansión,
entre cofres llenos de sus pertenencias per-
sonales, trasladadas desde la casa del magis-
trado Ueda. La habitación recién decorada
desprendía el dulce olor del tatami nuevo.
Un colorido mural de pájaros en un bosque
decoraba la pared. Un tocador negro es-
maltado, con biombo y armario a juego e in-
crustaciones de mariposas doradas, estaba
ya a disposición de Reiko. La luz vespertina
atravesaba las ventanas de papel con celosía.
En el exterior, los pájaros cantaban en el
jardín. A pesar de lo agradable del entorno y
del hecho de haber pasado a vivir en el
castillo de Edo —la meta de toda dama de su
clase—, Reiko no lograba ahuyentarla infeli-
cidad que pesaba en su espíritu.
66/923
—¡Aquí estáis, mi señora!
O-sugi, la niñera y acompañante de
Reiko, que se había mudado al castillo con
ella, entró en la habitación como un tor-
bellino. Rechoncha y sonriente, O-sugi con-
templó a Reiko con afectuosa exasperación.
—Pensando en las musarañas, como
siempre.
—¿Qué más puedo hacer? —preguntó
Reiko con tristeza—. Se ha cancelado el ban-
quete. Se han ido todos. Y me has dicho que
no saque mis cosas porque para eso tengo a
los sirvientes, y causaría mala impresión que
hiciese algo por mí misma.
Reiko había contado con los festejos
para distraerse de su añoranza y sus
temores. La muerte de la concubina del so-
gún y la posibilidad de una epidemia res-
ultaban, en comparación, triviales. ¿Cómo
iba ella, que en su vida no se había alejado de
la casa de su padre más de unos pocos días, a
vivir allí, para siempre, con un extraño?
67/923
Aunque la ausencia de Sano retrasaba el ver-
tiginoso salto a un futuro desconocido, Reiko
no tenía otra ocupación que sus
tribulaciones.
La niñera chasqueó la lengua.
—Bueno, podríais cambiaros. No tiene
sentido que andéis por ahí con el quimono
de novia ahora que la boda ha terminado.
Con la ayuda de O-sugi, Reiko se de-
sprendió de los ropajes blancos y el quimono
interior rojo, que fueron sustituidos por una
costosa pieza de su ajuar —un quimono es-
tampado con hojas de arce color burdeos
sobre un fondo veteado marrón—, aunque
resultara sosa y apagada en comparación con
sus habituales prendas alegres y brillantes de
doncella. Las mangas le llegaban sólo a las
caderas —y no hasta el suelo como habían
hecho hasta la fecha—, lo apropiado para una
mujer casada. O-sugi le recogió con agujas la
larga cabellera en un peinado nuevo y serio.
Cuando Reiko se colocó delante del espejo y
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observó la desaparición de los símbolos de su
juventud y el envejecimiento de su reflejo, su
infelicidad aumentó.
¿Estaba condenada a una existencia de
reclusión en aquella casa, simple recipiente
de los hijos de su marido, esclava a su autor-
idad? ¿Debían morir todos sus sueños el
primer día de su vida adulta?
La inusual infancia de Reiko la había
hecho poco propensa al matrimonio. Era el
único vástago del magistrado Ueda; su
madre murió cuando era niña, y su padre no
había vuelto a casarse. Podría haber hecho
caso omiso de su hija y encomendar por
completo sus cuidados a los sirvientes, como
otros habrían hecho en su situación, pero el
magistrado Ueda valoraba a Reiko como lo
único que le quedaba de la amada esposa que
había perdido. La inteligencia de la niña
había afianzado su cariño.
A los cuatro años entraba con paso to-
davía inseguro en el estudio de su padre y
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fisgoneaba los informes que escribía. «¿Qué
pone aquí?», preguntaba, señalando un
carácter tras otro.
Una vez que el magistrado le enseñaba
una palabra, jamás la olvidaba. Muy pronto
fue capaz de leer frases sencillas. Aún se
acordaba del placer de descubrir que cada
carácter poseía un significado propio, y que
una columna de ellos expresaba una idea.
Dejaba de lado las muñecas y pasaba horas
plasmando con tinta sus palabras en grandes
hojas de papel. El magistrado Ueda había
dado alas a los intereses de Reiko. Contrató a
tutores que le enseñaron a leer, caligrafía,
historia, matemáticas, filosofía y los clásicos
chinos: asignaturas que se le habrían en-
señado a un chico. Cuando descubrió a su
hija de seis años blandiendo su espada con-
tra un enemigo imaginario, contrató a maes-
tros de las artes marciales para que le en-
señaran kenjutsu y combate sin armas.
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—Una samurái tiene que saber defend-
erse en caso de guerra —dijo el magistrado
Ueda a los dos sensei, reacios a adiestrar a
una chica.
Reiko recordaba el desdén con el que la
trataban y las lecciones destinadas a
disuadirla de aquella ocupación masculina.
Como adversarios para los combates de
práctica le llevaban a chicos más grandes y
fuertes. Pero el espíritu orgulloso de Reiko se
negó a doblegarse. Con el pelo alborotado y
el uniforme blanco manchado de sangre y
sudor, había aporreado a su contrincante con
la espada de madera hasta tumbarlo bajo
una tormenta de golpes. Había enviado al
suelo con una llave a un chico dos veces más
grande que ella. Su recompensa fue el res-
peto que advirtió en los ojos de sus maestros
y las auténticas espadas de acero que su
padre le había regalado, y que había ido
sustituyendo cada año por unas más grandes
a medida que crecía. Le encantaban los
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relatos de batallas históricas, y se ponía en la
piel de los grandes guerreros Minamoto Yor-
itomo o Tokugawa Ieyasu. Sus compañeros
de juegos eran los hijos de los criados de su
padre; despreciaba al resto de las chicas por
débiles y frívolas. Estaba convencida de que,
como única descendiente de su padre, algún
día heredaría su cargo de magistrado de Edo,
y tenía que estar preparada.
La realidad pronto la curó de aquellas
ideas. «Las chicas no llegan a magistrado
cuando crecen —se burlaban sus maestros y
amigas—. Se casan, crían hijos y sirven a sus
maridos.»
Había escuchado a escondidas cómo su
abuela le decía a su padre:
—No está bien que trates a Reiko como a
un chico. Si no acabas con esas ridículas lec-
ciones, nunca aprenderá cuál es su puesto en
el mundo. Hay que enseñarle algunas habil-
idades femeninas, o nunca encontrará
marido.
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El magistrado Ueda había transigido: las
lecciones habían continuado, pero también
había contratado a profesores para que en-
señaran a Reiko costura, arreglos florales,
música y la ceremonia del té. Y aun así se
había aferrado a sus sueños. Su existencia
iba a ser diferente de la del resto de las
mujeres: viviría aventuras, alcanzaría la
gloria.
Entonces, a los quince años, su abuela
convenció al magistrado de que le había lleg-
ado el momento de casarse. Su primer miai
—el encuentro formal entre los futuros novi-
os y sus familias— había tenido lugar en el
templo de Zojo. Reiko, que había observado
la vida de sus tías y primas, no tenía nin-
gunas ganas de casarse. Sabía que las
mujeres debían acatar todas las órdenes y ac-
ceder a todos los caprichos de sus maridos, y
soportar con pasividad los insultos o los
abusos. Hasta el hombre más respetable
podía ser un tirano en su casa, que
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prohibiera hablar a su mujer, la forzara, le
engendrara un hijo tras otro hasta minar su
salud y después la desdeñara para entreten-
erse con concubinas o prostitutas. Mientras
los hombres iban y venían a su antojo, una
esposa de la clase social de Reiko se quedaba
en casa a menos que su marido le concediese
permiso para asistir a ceremonias religiosas
o a reuniones de familia. Los sirvientes la lib-
raban de las tareas del hogar, pero la
mantenían ociosa, inútil. A Reiko el matri-
monio le parecía una trampa que había que
evitar a toda costa. Su primer pretendiente
no contribuyó a que cambiara de opinión.
Se trataba de un rico burócrata de alto
rango en el régimen Tokugawa. Además era
gordo, cuarentón y estúpido. En el
transcurso de una merienda bajo los cerezos
en flor, se emborrachó y realizó comentarios
obscenos sobre sus visitas a las cortesanas de
Yoshiwara. Reiko advirtió con horror que su
abuela y la mediadora no compartían su
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repugnancia: las ventajas sociales y económ-
icas del enlace les impedían ver los defectos
del hombre. El magistrado Ueda esquivaba
la mirada de Reiko, que notaba que su padre
deseaba romper las negociaciones pero era
incapaz de dar con una razón aceptable para
hacerlo. Reiko decidió encargarse ella
misma.
—¿Creéis que Japón podría haber con-
quistado Corea hace noventa y ocho años, en
vez de tener que abandonar y retirar las tro-
pas? —le preguntó al burócrata.
—Bueno, yo..., pues no lo sé, claro que...
—respondió en tono bravucón— nunca lo he
pensado.
Pero Reiko sí. Mientras su abuela y la
mediadora la contemplaban estupefactas y
su padre trataba de disimular una sonrisa,
expuso su opinión —que se podría haber lo-
grado una victoria japonesa en Corea— con
todo lujo de detalles. Al día siguiente, el
burócrata dio fin a las negociaciones
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matrimoniales con una carta que decía: «La
señorita Reiko es demasiado atrevida, irres-
petuosa e impertinente para ser una buena
esposa. Buena suerte para encontrar algún
otro que se case con ella.»
Los siguientes miai con otros hombres
del mismo jaez habían tenido parecido final.
La familia de Reiko protestó, rezongó y por
último se rindió, desesperada. Para ella fue
una gran alegría. Después, en su deci-
monoveno cumpleaños, el magistrado Ueda
la llamó a su despacho y le anunció con
tristeza:
—Hija, entiendo tu renuencia a casarte;
es culpa mía por haber fomentado tu interés
por cuestiones no femeninas. Pero no
siempre podré cuidar de ti. Necesitas un
marido que te proteja a mi muerte.
—Padre, soy culta, sé luchar, puedo
cuidar de mí misma —protestó Reiko,
aunque sabía que su padre estaba en lo
cierto. Las mujeres no ocupaban cargos de
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gobierno, ni llevaban negocios, ni tenían otro
trabajo que no fuera el de sirvienta, granjera,
monja o prostituta. Reiko no sentía el más
mínimo interés por aquellas opciones, ni por
la perspectiva de vivir de la caridad de sus
parientes. Inclinó la cabeza en reconocimi-
ento de su derrota.
—Hemos recibido una nueva propuesta
de matrimonio —anunció el magistrado—, y
te ruego que no eches a perder las ne-
gociaciones, porque puede que nunca nos
llegue otra. Se trata de Sano Ichiro, el muy
honorable investigador del sogún.
Reiko alzó la cabeza de golpe. Había
oído hablar del sosakan Sano, como todo
Edo. Le habían llegado rumores de su
valentía y de un importantísimo servicio
secreto que había llevado a cabo para el so-
gún. Empezó a interesarse. Deseosa de ver a
aquella maravillosa celebridad, accedió al
miai.
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Sano no la defraudó. Mientras ella y el
magistrado Ueda paseaban por los
alrededores del templo de Kannei acom-
pañados por el mediador y por Sano y su
madre, Reiko lo miraba por el rabillo del ojo.
Alto y fuerte, de porte noble y orgulloso, era
más joven que sus anteriores pretendientes
y, con diferencia, el más guapo. Como
mandaba la tradición, no se dirigieron la pa-
labra directamente, pero en sus ojos brillaba
la misma inteligencia que su voz traslucía.
Además, Reiko sabía que había dirigido la
caza del asesino de los Bundori, cuyos trucu-
lentos crímenes habían sumido Edo en el ter-
ror. No era un borracho perezoso que descui-
dase sus deberes por las diversiones de
Yoshiwara. Entregaba peligrosos asesinos a
la justicia. A Reiko le parecía la encarnación
de los héroes guerreros que había venerado
desde su infancia. Tenía la oportunidad de
compartir con él su emocionante vida. Y
cuando miró a Sano, se vio invadida por un
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calor desconocido y placentero. De repente,
el matrimonio no tenía tan mal aspecto. En
cuanto llegaron a casa, Reiko le dijo a su
padre que aceptara la propuesta.
Sin embargo, cuando se fijó la fecha de
la boda, las dudas de Reiko sobre el matri-
monio salieron de nuevo a la superficie. Las
mujeres de su familia le aconsejaban que
obedeciese y sirviese a su marido; los regalos
—utensilios de cocina, material de costura,
accesorios para el hogar— simbolizaban el
papel doméstico que debía desempeñar. Sus
libros y espadas se quedaron en la mansión
Ueda. La esperanza había destellado por un
momento en la boda, inspirada por la visión
de Sano, tan guapo como lo recordaba; pero
en ese momento Reiko temía que su vida no
iba a ser diferente de la del resto de las
mujeres casadas. Su marido había salido
para resolver una importante misión, mien-
tras ella se quedaba en casa. No tenía
motivos para creer que fuera a tratarla de
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modo distinto a cualquier otro. El pánico le
atenazaba los pulmones.
¿Qué había hecho? ¿Era demasiado
tarde para escapar?
O-sugi cogió una bandeja y la dejó en-
cima del tocador. Reiko vio un cepillo
pequeño de bambú, el espejo, la palangana
de cerámica y los dos cuencos a juego; uno
contenía agua; el otro, un líquido oscuro. Se
le encogió el corazón.
—¡No!
—Reiko-chan —suspiró O-sugi—, sabéis
que debéis teñiros los dientes de negro. Es la
costumbre cuando una mujer se casa, una
prueba de fidelidad a su marido. Ahora venid
aquí. —Con amabilidad pero con firmeza
sentó a Reiko delante del mueble—. Cuanto
antes nos lo quitemos de encima, mejor.
Llena de pesar, Reiko mojó el cepillo en
el cuenco y abrió la boca en una mueca ex-
agerada. Cuando efectuó la primera pasada
por sus dientes de arriba, parte del tinte
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negro le goteó en la lengua. Notó un espasmo
en la garganta; la boca se le llenó de saliva.
La mezcla, compuesta por tinta, limaduras
de hierro y extractos de plantas, era terrible-
mente amarga.
—¡Puaj! —Reiko escupió en la palan-
gana—. ¿Cómo puede alguien soportar esto?
—Todas lo hacen, y vos no vais a ser
menos. Dos veces al mes, para mantener el
color. Ahora seguid, y cuidado con manchar-
os los labios o el quimono.
Entre estremecimientos y arcadas,
Reiko se aplicó en los dientes una capa tras
otra de tinte. Por último se enjuagó, escupió
y se puso el espejo delante de la cara. Con-
templó su reflejo con consternación. Los di-
entes, opacos y negros, contrastaban con los
polvos blancos de la cara y el rojo del carmín,
resaltando cada pequeña imperfección de su
piel. Con la punta de la lengua se tocó el in-
cisivo mellado, un hábito que tenía en mo-
mentos de fuerte emoción. A sus veinte años,
81/923
se veía fea y anciana. Sus días de estudio y
práctica de artes marciales habían quedado
atrás; las esperanzas de romance mengu-
aban. Ahora, ¿para qué iba a quererla su
marido si no era para que lo sirviese y
obedeciera?
Ahogó un sollozo y vio que O-sugi la
miraba con simpatía. A ella la habían casado
a los catorce años con un tendero viejo de
Nihonbashi, que le pegaba a diario hasta que
los vecinos se quejaron de que los gritos los
molestaban. El caso había llegado ante el
magistrado Ueda, que condenó al tendero a
una paliza, consiguió el divorcio para O-sugi
y la contrató como niñera de su hija. O-sugi
era la única madre que Reiko había cono-
cido. Ahora el vínculo que las unía se re-
forzaba con la patética similitud de sus situa-
ciones: una rica, la otra pobre, pero las dos
prisioneras de la sociedad, su destino de-
pendiente de los hombres.
82/923
O-sugi abrazó a Reiko y le dijo con
tristeza:
—Mi joven señora, la vida será más fácil
si os limitáis a aceptarla. —Y, con un es-
fuerzo por mostrarse animada, añadió—:
Después de todas las emociones de la boda,
debéis de estar muerta de hambre. ¿Qué me
decís de un poco de té y bollos, de los rosas,
los que llevan pasta dulce de castaña? —Era
la golosina favorita de Reiko—. Ahora mismo
los traigo.
La niñera salió cojeando de la hab-
itación: su brutal marido le había tullido la
pierna izquierda. Ver aquello prendió una
furiosa determinación en el interior de
Reiko. En ese lugar y momento se negó a de-
jar que el matrimonio le lisiara el cuerpo o la
mente. No iba a quedar prisionera en aquella
casa y echar a perder sus talentos y ambi-
ciones. ¡Viviría!
Se levantó y cogió una capa del armario.
Después fue a todo correr a la puerta de
83/923
entrada, donde el personal de Sano descar-
gaba los regalos de boda.
—¿En qué puedo ayudaros, honorable
señora? —inquirió el criado mayor.
—No necesito nada —respondió Reiko—.
Voy a salir.
—Una dama no puede salir a solas, sin
más, del castillo. Va en contra de la ley —dijo
el criado con altivez.
Este organizó una escolta de doncellas y
soldados. Encargó un palanquín y seis
hombres y la instaló en el ornado y mullido
interior de la silla de manos. Le dio al
comandante de la escolta el documento ofi-
cial que concedía paso a Reiko al interior y el
exterior del castillo y después le preguntó:
—¿Adónde le digo al sosakan-sama que
habéis ido?
Reiko estaba consternada. ¿Qué podía
hacer, entorpecida por una comitiva de
dieciséis personas que sin duda darían
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cuenta de todos sus movimientos a Sano y al
resto del castillo de Edo?
—A visitar a mi padre —contestó, acept-
ando su derrota.
Atrapada en el palanquín, recorrió los
serpenteantes pasajes del castillo, entre
atalayas y soldados de patrulla. El comand-
ante de la escolta mostró su pase en los con-
troles de seguridad; los soldados abrieron las
puertas y permitieron que la comitiva
siguiera colina abajo. Por su lado pasaron
samuráis a caballo que avanzaban a medio
galope. Las ventanas de las galerías cubiertas
que coronaban los muros dejaban entrever
los tejados de Edo repartidos por la llanura
de debajo, y el otoñal follaje rojo y dorado a
lo largo del río Sumida. El etéreo pico
nevado del monte Fuji se erigía contra el le-
jano cielo del oeste. Reiko lo veía todo a
través de la estrecha ventanilla del palan-
quín. Suspiró.
85/923
Sin embargo, una vez que salieron por la
puerta principal del castillo y dejaron atrás
las magníficas propiedades amuralladas de
los daimio, Reiko cobró ánimos. En el barrio
administrativo situado en Hibiya, al sur del
castillo de Edo, los altos funcionarios de la
ciudad vivían y trabajaban en mansiones-ofi-
cina. Allí, Reiko había disfrutado de la infan-
cia cuyo final lamentaba ahora tan amarga-
mente. Pero quizá no estaba perdida del
todo.
Al llegar a la residencia del magistrado
Ueda se apeó del palanquín. Dejó a su sé-
quito fuera, entre dignatarios paseantes y
oficinistas presurosos, y se acercó a los
centinelas apostados en los portales techados
de la entrada.
—Buenas tardes, dama Reiko —la
saludaron.
—¿Está mi padre en casa? —preguntó.
—Sí, pero tiene juicio.
86/923
A Reiko no la sorprendía que el concien-
zudo magistrado hubiese vuelto al trabajo al
cancelarse el banquete de bodas. En el patio
se abrió paso entre un enjambre de
lugareños, policías y prisioneros, que espera-
ban a que el magistrado les concediese su
atención, y entró en el edificio de entramado
de madera. Dejó atrás las oficinas adminis-
trativas y se encerró en una sala adyacente al
Tribunal de Justicia.
La habitación, en tiempos un armario,
era apenas lo bastante grande para dar ca-
bida a su único tatami. Sin ventanas, el
cubículo estaba en penumbra y olía a cer-
rado, pero Reiko había pasado en él algunas
de sus horas más felices. Una de las paredes
consistía en una compleja celosía. Por las
rendijas Reiko tenía el tribunal perfecta-
mente a la vista. Al otro lado de la pared y de
espaldas a ella, su padre, con las vestiduras
negras de juez, ocupaba el estrado flan-
queado por sus secretarios. Los faroles
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iluminaban la larga sala en la que el acusado,
con las manos atadas a la espalda, escuchaba
de rodillas sobre el shirasu —una porción del
suelo cubierta de arena blanca, símbolo de la
verdad— que estaba inmediatamente debajo
del estrado. La policía, los testigos y la famil-
ia del acusado aguardaban de rodillas en
hileras en la parte destinada al público; las
puertas estaban custodiadas por centinelas.
Reiko se arrodilló para observar la ses-
ión, como había hecho en innumerables oca-
siones. Los juicios la fascinaban. Mostraban
un lado de la vida que no podía experimentar
de primera mano. El magistrado Ueda le
consentía aquel interés y le permitía utilizar
aquella habitación. Reiko se llevó la lengua a
su diente mellado mientras sonreía a causa
de los agradables recuerdos.
—¿Qué tienes que decir en tu defensa,
prestamista Igarashi? —preguntó al reo el
magistrado Ueda.
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—Honorable magistrado, juro que no
maté a mi socio —dijo el acusado con vehe-
mente sinceridad—. Reñimos por los favores
de una cortesana porque estábamos bor-
rachos, pero hicimos las paces. —El rostro
del acusado estaba surcado de lágrimas—.
Quería a mi socio como a un hermano. No sé
quién lo apuñaló.
Cuando comentaban los casos, Reiko
había impresionado al magistrado por su in-
tuición, por lo que había llegado a apreciar
sus opiniones. Reiko le susurró a través de la
celosía:
—El prestamista miente, padre. Todavía
está celoso de su socio. Y ahora toda la fortu-
na de los dos le pertenece. Presiónalo y
confesará.
A menudo, durante los juicios, le había
dado consejos de este modo y en muchas
ocasiones el magistrado Ueda los había
seguido con buenos resultados; pero, en
aquella ocasión, sus hombros se tensaron y
89/923
volvió ligeramente la cabeza. En vez de inter-
rogar al acusado, anunció:
—La sesión se aplaza durante un mo-
mento. —Se levantó y salió del tribunal.
Entonces se abrió la puerta de la hab-
itación de Reiko. En el pasillo estaba su
padre, mirándola con consternación.
—Hija. —La cogió del brazo y la llevó
hasta su despacho privado—. Tu primera vis-
ita a casa no debía tener lugar hasta mañana,
y tiene que acompañarte tu marido. Ya cono-
ces la costumbre. ¿Qué haces aquí, sola,
ahora? ¿Pasa algo?
—Padre, yo...
De repente, la valiente rebeldía de Reiko
se vino abajo. Entre sollozos, reveló todos
sus recelos sobre el matrimonio, los sueños a
los que no pensaba renunciar. El magistrado
Ueda la escuchó con simpatía pero, cuando
terminó y se calmó, sacudió la cabeza y dijo:
—No tendría que haberte criado para
que esperaras de la vida más de lo que es
90/923
posible para una mujer. Fue un acto de amor
ciego y poco juicio por mi parte, del que me
arrepiento profundamente. Pero lo que está
hecho, hecho está. No podemos ir hacia at-
rás, sólo hacia delante. No debes observar
más juicios ni ayudarme en mi trabajo como
equivocadamente te permití hacer en el pas-
ado. Tu sitio está junto a tu marido.
En el momento en que Reiko veía cer-
rarse para siempre la puerta de su juventud,
un atisbo de esperanza destellaba en el
oscuro horizonte de su futuro. La última
frase del magistrado Ueda le había recordado
su fantasía de compartir las aventuras del so-
sakan Sano. En la antigüedad las mujeres de
los samuráis habían cabalgado hacia la
batalla al costado de sus hombres. Reiko re-
cordó el incidente que había terminado con
los festejos nupciales. Antes, absorta en sus
problemas, apenas le había dedicado un
pensamiento al nuevo caso de Sano; ahora
despertaba su interés.
91/923
—Tal vez pueda ayudar en la investiga-
ción de la muerte de la dama Harume —dijo
en tono meditabundo.
La preocupación afloró al rostro del ma-
gistrado Ueda.
—Reiko-chan —advirtió con voz amable,
pero firme—. Eres más lista que muchos
hombres, pero eres joven, inocente y confías
demasiado en tus habilidades. Cualquier
asunto que tenga que ver con la corte del so-
gún está plagado de peligros. El sosakan
Sano no verá con buenos ojos que interfieras.
Además, ¿qué podrías hacer tú, una mujer?
El magistrado se levantó y condujo a
Reiko al exterior de la mansión, hasta la pu-
erta donde la esperaba su séquito.
—Ve a casa, hija. Da gracias por no tener
que trabajar para ganarte el arroz, como
otras mujeres con menos suerte. Obedece a
tu marido, es un buen hombre. —Después,
haciéndose eco del consejo de O-sugi,
92/923
añadió—: Acepta tu destino, o se hará cada
vez más difícil de soportar.
A regañadientes, Reiko subió al palan-
quín. Al saborear el amargor del tinte de sus
dientes, sacudió la cabeza en triste señal de
reconocimiento de la sabiduría de su padre.
Aun así, ella poseía la misma inteligen-
cia y el mismo ímpetu y valor que lo habían
hecho a él magistrado de Edo, ¡el cargo que
ella habría heredado de haber nacido varón!
Cuando el palanquín emprendió su camino,
Reiko gritó a los porteadores:
—¡Parad! ¡Volved!
Obedecieron. Reiko bajó y entró cor-
riendo en la casa de su padre, hasta su hab-
itación de la infancia. Del armario sacó dos
espadas, una larga y una corta, con similares
empuñaduras y vainas con incrustaciones de
oro. Después volvió al palanquín y se aco-
modó para el viaje de vuelta al castillo de
Edo, abrazada a sus preciadas armas,
93/923
símbolos de honor y aventura, de todo lo que
era y pretendía ser.
De algún modo iba a conseguir una vida
satisfactoria y con sentido. Y empezaría por
investigar la extraña muerte de la concubina
del sogún.
4
En los arrabales de Kodemmacho, próximos
al río, en el sector nordeste del barrio de
mercaderes de Nihonbashi, el conglomerado
de altos muros de piedra, torres de vigilancia
y tejados a dos aguas de la cárcel de Edo se
imponía sobre los canales circundantes como
un tumor maligno. Sano encaminó su mon-
tura por el puente hacia la puerta de entrada
reforzada con hierro. Los centinelas ocu-
paban su puesto en las garitas; los doshin
conducían al interior de la cárcel a delin-
cuentes en espera de juicio, o los llevaban al
campo de ejecución. Como siempre que se
acercaba allí, Sano tuvo la sensación de que
el aire se enfriaba, como si la cárcel de Edo
repeliera la luz del sol y desprendiera efluvi-
os de muerte y podredumbre. Mas Sano
afrontaba de buen grado el peligro de con-
taminación espiritual que el resto de
95/923
samuráis de alto rango evitaba. En el de-
pósito de cadáveres de la ciudad, entre
paredes de yeso desconchado, esperaba des-
cubrir la verdad sobre la muerte de la dama
Harume.
Los centinelas le abrieron la puerta.
Desmontó y condujo su caballo a través del
complejo de barracones, patios y oficinas ad-
ministrativas hasta dejar atrás la cárcel,
donde los aullidos de los presos escapaban
por entre los barrotes de las ventanas.
En un patio cercano a la prisión, Sano
ató su caballo delante del depósito, un edifi-
cio bajo y escabroso de paredes de escayola y
destartalado tejado de paja. Sacó de las alfor-
jas el fardo que contenía las pruebas halladas
en la habitación de la concubina, atravesó el
umbral y se armó de valor para ver y oler los
truculentos trabajos del doctor Ito.
La sala contenía artesas de piedra para
lavar a los muertos, armarios para las her-
ramientas del doctor y un estrado en la
96/923
esquina, lleno de libros y notas. En una de
las mesas, que le llegaba a la cintura, el doc-
tor Ito montaba un grupo de huesos hu-
manos en sus respectivas posiciones. Su ay-
udante, Mura, limpiaba una olla llena de
vértebras. Los dos alzaron la vista de su tra-
bajo e hicieron una reverencia cuando entró
Sano.
—Ah, Sano-san. ¡Bienvenido! —La cara
estrecha y ascética del médico se iluminó por
la agradable sorpresa—. No esperaba veros.
¿No es acaso el día de vuestra boda?
El doctor Ito Genboku, encargado del
depósito de cadáveres de Edo, cuya pericia
científica había sido de ayuda para Sano en
muchas investigaciones, era también un
amigo de verdad, algo raro en el traicionero
régimen político de Tokugawa.
De mirada sagaz y mente despierta a sus
setenta años, el doctor Ito tenía una mata
corta y espesa de pelo blanco, con entradas.
Su larga bata azul oscuro cubría un cuerpo
97/923
alto y enjuto. Otrora estimado médico de la
familia imperial, el doctor Ito había sido des-
cubierto practicando ciencia extranjera pro-
hibida, aprendida por canales ilegales de los
comerciantes holandeses de Nagasaki. A
diferencia de otros rangakusha —estudiosos
del saber de los holandeses—, no lo habían
penado con el exilio, sino que lo habían con-
denado a encargarse a perpetuidad del de-
pósito de cadáveres de Edo. Allí, aunque las
condiciones de vida fueran paupérrimas,
podía experimentar en paz, lejos de las
autoridades.
—Me he casado esta mañana, pero el
banquete de bodas y mis vacaciones se han
cancelado —dijo Sano, y dejó el fardo sobre
una mesa vacía—. Y una vez más, necesito tu
ayuda.
Le explicó la misteriosa muerte de la
dama Harume, la orden que le había dado el
sogún de investigar y sus sospechas de
asesinato.
98/923
—Muy enigmático —dijo el doctor Ito—.
Por supuesto que ayudaré en todo cuanto
pueda. Pero antes, enhorabuena por vuestro
matrimonio. Permitidme ofreceros un regalo
insignificante. Mura, ¿me lo traes, por favor?
Mura, un hombre bajito de pelo gris y
rostro cuadrado e inteligente, dejó a un lado
su olla de huesos. Era un eta, uno de los
parias de la sociedad que trabajaban en la
cárcel como transportadores de cadáveres,
carceleros, torturadores y verdugos. Los eta
también se encargaban de los trabajos su-
cios, como el vaciado de los pozos negros, la
recogida de la basura y la retirada de los
cadáveres tras inundaciones, incendios y ter-
remotos. Su vinculación hereditaria a ocupa-
ciones tan relacionadas con la muerte como
la carnicería y el curtido de pieles los mar-
caba como espiritualmente contaminados,
poco apropiados para el contacto con el resto
de ciudadanos. Pero la adversidad com-
partida forjaba extraños vínculos: Mura era
99/923
el sirviente y compañero del doctor Ito. El
eta hizo una reverencia a su señor y a Sano y
salió de la habitación. Volvió con un pequeño
paquete envuelto en un retazo de algodón
azul que el doctor Ito entregó a Sano.
—Mi regalo en honor de vuestro
matrimonio.
—Arigato, Ito-san.
Sano aceptó el regalo con una reverencia
y le quitó el envoltorio. La tela ocultaba un
círculo plano de un palmo, de hierro forjado
negro: una guarda destinada a encajarse
entre el filo y la empuñadura de una espada
de samurái. La filigrana era una variación de
la divisa familiar de Sano: un elegante perfil
de una grulla de largo pico, con el cuerpo at-
ravesado por la ranura para insertar la hoja y
con las alas de trabajado plumaje desplega-
das. Sano acarició el suave metal y admiró el
regalo.
—Es un humilde presente —dijo el doc-
tor Ito—. Mura recogió restos de hierro por
100/923
la ciudad. Y uno de los conserjes, que era
herrero antes de que lo condenaran por robo
y lo sentenciaran a trabajar aquí, me ayudó a
hacer la guarda por la noche. No es lo
bastante buena para...
—Es preciosa —lo atajó Sano—, y la con-
servaré siempre.
La envolvió con cuidado y la guardó en
su bolsa de cordón, más conmovido por el
gesto amable de Ito que por cualquiera de los
espléndidos regalos que había recibido de
manos de extraños que trataban de ganarse
su favor. Después, para llenar el embarazoso
silencio, extendió su fardo y explicó las cir-
cunstancias de la muerte de la dama
Harume.
—No traerán su cadáver hasta más
tarde, pero hay muchas posibilidades de que
la envenenaran. —Sano desplegó las lám-
paras, los quemadores de incienso, la botella
de sake, la navaja, el cuchillo y el frasco de
101/923
tinta—. Quiero saber si alguno de estos obje-
tos es la fuente del veneno.
A petición del doctor, Mura preparó seis
jaulas de madera vacías y otra más grande
que contenía seis ratones vivos. El doctor Ito
alineó las jaulas sobre la mesa. En las dos
primeras encendió una lámpara y un
quemador de incienso de la habitación de la
dama Harume, metió un ratón gris y escur-
ridizo en cada una de ellas y las tapó con sen-
dos paños.
—De este modo, los ratones quedarán
expuestos a cualquier veneno que haya en el
aceite o el incienso —explicó el doctor—, y
estaremos protegidos de emanaciones
peligrosas.
En la tercera jaula introdujo un platito
con el sake que, en apariencia, Harume había
ingerido poco antes de morir, y otro ratón.
Para comprobar la navaja, el doctor Ito afeitó
una pequeña porción de la espalda del cuarto
roedor; con el cuchillo de mango de nácar
102/923
realizó una incisión superficial en el abdo-
men del quinto ratón, y después metió a los
animales enjaulas separadas.
—Y ahora, la tinta. —El doctor sacó uno
de sus cuchillos de un armario—. Usaré una
hoja limpia para evitar contaminaciones
externas.
Le hizo un corte en el abdomen al sexto
animal, destapó el frasco laqueado y con la
brocha extendió tinta sobre la herida. A con-
tinuación, lo metió en una jaula.
—Ahora, a esperar.
Sano y el doctor Ito observaron las
jaulas. De las dos cubiertas con el paño es-
capaba el apagado rascar de los ratones. El
tercero olisqueó el licor y empezó a beber. El
ratón afeitado deambulaba por su jaula
mientras los otros se lamían las heridas. De
repente se oyó un agudo chillido.
—¡Mira! —señaló Sano.
El ratón al que habían aplicado tinta en
el corte de la barriga se retorcía con la
103/923
espalda arqueada, daba zarpazos en el aire
con las patitas y sacudía la cola de un lado a
otro. Su pecho se agitaba como si tratara
desesperadamente de introducir aire en los
pulmones; tenía los ojos en blanco. Su
pequeño hocico rosado se abría y se cerraba
emitiendo gritos de agonía y, después, un
chorro de sangre. Sano señalaba aquellos
síntomas que coincidían con los descritos
por el médico del castillo en el caso de la
dama Harume:
—Convulsiones. Vómito. Falta de
aliento.
Unos cuantos chillidos y boqueadas
más, un paroxismo final, y el ratón estaba
muerto. Sano y el doctor Ito inclinaron la
cabeza en señal de respeto hacia el animal
que había dado su vida en aras del conocimi-
ento científico. Después comprobaron las
otras jaulas.
—Este ratón está borracho, pero sano
—comentó el doctor al observar al animal
104/923
que daba tumbos en torno al plato de sake,
ya vacío.
El ejemplar afeitado y el del corte cor-
reteaban por sus jaulas.
—Aquí tampoco se observan efectos
nocivos, en apariencia. —Retiró los paños de
las dos últimas jaulas, de las que salieron
nubes de humo acre, para revelar a dos
roedores mareados, pero vivos—. Ni aquí.
Tan sólo la tinta contenía veneno.
—¿Podría tratarse de un suicidio? —pre-
guntó Sano, que aún tenía esperanzas de en-
contrar una solución fácil para la muerte de
la concubina.
—Es posible, pero no lo creo. Incluso si
hubiese querido morir, ¿por qué escoger un
método tan doloroso, en vez de colgarse o
ahogarse? Ésos son los medios más ha-
bituales de suicidio femenino. ¿Y por qué
molestarse en meter el veneno en la tinta, en
lugar de tragárselo sin más?
105/923
—De modo que la asesinaron. —La con-
sternación empañó la alegría que sentía Sano
al ver sus sospechas confirmadas. Iba a tener
que darle la noticia al sogún, al médico may-
or del castillo y a los funcionarios de palacio;
después se extendería por todo Edo. Para
evitar consecuencias destructivas, Sano tenía
que identificar al envenenador cuanto antes.
¿Qué sustancia mata de forma tan rápida y
horrible?
—Cuando era médico de la corte imperi-
al en Kioto, hice un estudio sobre venenos
—dijo el doctor Ito—. Los síntomas que éste
provoca coinciden con los del bish, un ex-
tracto de una planta nativa de la región del
Himalaya. Hace casi dos mil años que en Ch-
ina y la India utilizan el bish como veneno
para flechas, tanto en la caza como en la
guerra. Una pequeña cantidad introducida
en la sangre es fatal. También hay quien ha
muerto al confundir las raíces de la planta
con rábanos. Pero la planta es rarísima en
106/923
Japón. Jamás he oído de tales casos de en-
venenamiento por aquí.
—¿De dónde pudo proceder el veneno
que mató a la dama Harume? —preguntó
Sano—. ¿Busco a un asesino con un especial
conocimiento de hierbas? ¿Un hechicero, un
sacerdote, un médico?
—Tal vez. Pero hay herbolarios que
venden venenos ilegales a cualquiera que
pueda pagarlos. —El doctor Ito ordenó a
Mura que retirase los ratones. Después ad-
optó una expresión meditabunda—. Esos
mercaderes suelen vender venenos comunes
como el arsénico, que puede mezclarse con
azúcar y espolvorearse sobre tartas, o anti-
monio, que se administra con té o vino. O
fugu, el pez globo venenoso.
»Pero había un hombre que se convirtió
en una leyenda entre médicos y científicos:
un buhonero que viajaba por Japón recopil-
ando remedios en aquellas regiones remotas
y ciudades porteñas donde los lugareños
107/923
poseen conocimientos médicos dejados por
extranjeros antes de que cerraran Japón al
libre comercio internacional. Se llamaba
Choyei, y yo solía comprarle medicinas
cuando pasaba por Kioto. Sabía de fármacos
más que nadie. Comerciaba sobre todo con
sustancias benéficas, aunque también vendía
venenos a científicos que, como yo mismo,
deseaban estudiarlos. Y circulaban rumores
de que sus productos habían causado la
muerte de varios altos funcionarios del
bakufu.
—¿No estará en Edo ahora? —preguntó
Sano—. Si el vendedor de venenos nos in-
formara de algún comprador reciente de
bish, podría resolverse el asesinato de la
dama Harume.
—Hace años que no veo a Choyei, ni oigo
nada de él. Debe de tener mi edad, si todavía
vive. Un tipo raro y huraño que vagaba por
donde le apetecía, sin seguir un plan
108/923
concreto, disfrazado de mendigo. Oí que era
prófugo de la justicia.
Aunque la historia lo desanimó, Sano no
perdió la esperanza.
—Si Choyei está aquí, lo encontraré. Y
existe otra posible ruta para dar con el
asesino. —Sano levantó el frasco de tinta—.
Trataré de descubrir dónde consiguió esto la
dama Harume, y quién pudo haberle metido
veneno.
—¿Tal vez el amante por el que se tatuó?
—sugirió el doctor Ito—. Por desgracia, la
dama Harume no se marcó el nombre en la
carne, como a menudo hacen las cortesanas,
pero es normal que quisiera ocultar su iden-
tidad, si no se trataba del sogún.
—Porque pueden despedir a una concu-
bina, o incluso ejecutarla, por infidelidad a
su señor —asintió Sano—. Y el lugar escogido
para el tatuaje sugiere que deseaba manten-
erlo en secreto. —Volvió a empaquetar las
pruebas—. Tengo previsto entrevistar a la
109/923
madre del sogún y a la funcionaria mayor.
Tal vez puedan darme información sobre
quiénes podrían haber deseado la muerte de
la dama Harume.
El doctor Ito acompañó a Sano hasta el
patio, ya ensombrecido por la llegada del
crepúsculo.
—Gracias por tu ayuda, Ito-san, y por el
regalo —dijo Sano—. Cuando llegue el
cadáver de la dama Harume, volveré para
presenciar su examen.
Después de cargar las pruebas en las
alforjas, Sano montó deseoso de continuar la
investigación, pero reacio a volver al castillo
de Edo. ¿Encontraría al asesino antes de que
el miedo agudizara las peligrosas tensiones
personales y políticas que allí existían?
¿Podría evitar convertirse en víctima de las
maquinaciones y conspiraciones?
5
El crepúsculo otoñal descendió sobre Edo.
En un cielo de poniente de color dorado
pálido, las nubes bosquejaban volutas como
escrituras de humo. En las casas de los
campesinos, las viviendas de los mercaderes
y las grandes mansiones de los daimio —los
señores que tienen tierras—, los faroles bril-
laban sobre las puertas y en las ventanas.
Una luna casi llena salió entre las primeras
estrellas, heraldos de la noche que servían de
guía a una partida de caza que atravesaba el
coto boscoso del castillo de Edo. Porteadores
cargados de cofres con vituallas seguían a los
criados que guiaban a los caballos y a los per-
ros entre ladridos. Delante, los cazadores ar-
mados con arcos avanzaban a pie entre los
árboles, sobre los cuales los pájaros re-
montaban en vuelo vespertino.
111/923
—Honorable chambelán Yanagisawa,
¿no se está haciendo un poco tarde para caz-
ar? —Makino Narisada, el primer anciano,
apresuró el paso para ponerse a la altura de
su superior. Lo siguieron los otros cuatro
miembros del Consejo de Ancianos de
Japón, entre bufidos y resuellos—. Hace un
frío muy desagradable y pronto estará de-
masiado oscuro. ¿No sería mejor que re-
gresáramos al palacio y retomáramos
nuestra reunión con mayor comodidad?
—Tonterías —replicó Yanagisawa mien-
tras enarbolaba su arco y apuntaba la fle-
cha—. La noche es el mejor momento para
cazar. Aunque no distinga a mi presa con
claridad, ella tampoco puede verme. Es un
reto mucho mayor que cazar a la poco sutil
luz del día.
Alto, esbelto, fuerte y, a la edad de tre-
inta y tres años, al menos quince menor que
cualquiera de sus camaradas, el chambelán
Yanagisawa avanzaba entre la espesura a
112/923
paso ligero. La energía mística de la noche
siempre estimulaba sus sentidos. La vista y el
oído cobraban fuerza y claridad hasta hacerle
detectar el más mínimo movimiento. En las
sombras fragantes de los pinos oyó el suave
aleteo de un pájaro que se posaba en un ar-
busto cercano. Se paró en seco y apuntó.
La caza avivaba el instinto asesino de
Yanagisawa. ¿Qué mejor estado de ánimo
para manejar los asuntos de gobierno? Dejó
volar la flecha, que se clavó en un árbol con
un golpe seco. El pájaro huyó ileso y en las
inmediaciones se oyeron los graznidos de
una bandada que alzaba el vuelo presa del
pánico.
—Un disparo magnífico —comentó el
anciano Makino a pesar del tiro. Los otros se
hicieron eco de su alabanza.
El chambelán Yanagisawa sonrió, sin
que le importara haberlo errado. Iba en pos
de una presa más grande, más importante.
113/923
—Entonces, ¿cuál es el siguiente punto
de nuestro orden del día?
—El informe del sosakan-sama sobre el
éxito de su investigación de asesinato y la
captura de una red de contrabando en
Nagasaki.
—Ah, sí.
La furia inundó a Yanagisawa. Sano era
un rival al que no había logrado eliminar, un
hombre que se interponía entre él y su mayor
anhelo.
—Su excelencia quedó muy impresion-
ado por la gesta del sosakan-sama —añadió
Makino; un asomo de satisfacción maliciosa
tiñó sus maneras serviles—. ¿Qué pensáis,
honorable chambelán?
Con ademanes enfáticos y parsimo-
niosos, Yanagisawa sacó otra flecha de su al-
jaba y siguió caminando.
—Hay que hacer algo con Sano Ichiro
—dijo.
114/923
Desde su juventud, Yanagisawa era el
amante del sogún y se había valido de su in-
fluencia sobre Tokugawa Tsunayoshi para al-
canzar la posición de segundo al mando, el
auténtico dirigente de Japón. El talento ad-
ministrativo de Yanagisawa mantenía el
gobierno en funcionamiento mientras el so-
gún sucumbía a su pasión por las artes, la re-
ligión y los jovencitos. Con el paso de los
años, Yanagisawa había amasado una in-
mensa fortuna desviando para sí parte de los
tributos pagados a los Tokugawa por los
clanes daimio y de los impuestos recaudados
entre los mercaderes; además de cobrar por
otorgar audiencias con el sogún. Todos se in-
clinaban ante su autoridad. Mas no le
bastaba con toda esa riqueza y poder. Re-
cientemente había trazado un plan para con-
vertirse en daimio, gobernante oficial de una
provincia entera. Cuatro meses atrás había
desterrado al sosakan Sano a Nagasaki, con
la idea de que sería la última vez que vería a
115/923
su enemigo y la convicción de que había afi-
anzado para siempre su posición como fa-
vorito del sogún.
Pero no lo había logrado. Sano había
sobrevivido al exilio —como a los intentos
previos de Yanagisawa de desacreditarlo— y
había regresado convertido en héroe. Esa
misma mañana se había casado con la hija
del magistrado Ueda que, para Yanagisawa,
también tenía demasiada influencia sobre el
sogún. Tokugawa Tsunayoshi, molesto con él
por haber alejado a Sano, había rechazado
hasta el momento su tentativa de ampliar sus
dominios. El prestigio de Sano en la corte
había ido en aumento. Eso mismo había su-
cedido con otro rival, cuya influencia
Yanagisawa había contrarrestado con facilid-
ad en el pasado. Pero ahora que por fin el so-
gún era consciente de la animosidad entre
sus consejeros, no se atrevía a emplear con-
tra Sano el método que había usado para lib-
rarse de anteriores enemigos: el asesinato. El
116/923
riesgo de que lo descubrieran y castigaran
era demasiado grande. Aun así, tenía que
destruir a su competidor de algún modo.
—Honorable chambelán, ¿acaso no es
bueno que el sosakan-sama proteja Japón de
la corrupción y la traición? —preguntó Ha-
mada Kazuo, partidario cada vez más
entusiasta de Sano—. ¿No deberíamos apoy-
ar su empeño?
Se oyeron murmullos de tímido re-
conocimiento de todos los ancianos excepto
de Makino, el principal cómplice de
Yanagisawa. Un brote de pánico asaltó al
chambelán. Hubo un tiempo en que los an-
cianos aceptaban sus afirmaciones sin obje-
ción alguna. Ahora, por culpa de Sano, es-
taba perdiendo el control sobre los hombres
que asesoraban al sogún y dictaban la polít-
ica del gobierno. Pero no pensaba quedarse
de brazos cruzados. Nadie iba a impedir su
ascenso al poder.
117/923
—¿Cómo osáis llevarme la contraria?
—clamó. Apretó el paso y obligó a los an-
cianos a caminar más rápido entre prontas
disculpas—. ¡Daos prisa!
Paladeaba su obediencia, un record-
atorio de su autoridad, y temía la más mín-
ima señal de debilitamiento, que amenazaba
con hundirlo en la pesadilla de su pasado...
Su padre había sido chambelán del
daimio Takei, gobernador de la provincia de
Arima, y su madre, la hija de una familia de
mercaderes que ambicionaba prosperar me-
diante el enlace con un clan samurái. Ambos
progenitores vieron en los hijos los instru-
mentos para mejorar el rango de la familia.
No escatimaron dinero ni cuidados en su
educación, pero sólo como medios para un
fin: hacerse un lugar en la corte del sogún.
En el más nítido de sus primeros recuer-
dos, Yanagisawa y su hermano Yoshihiro es-
taban de rodillas en la tenebrosa sala de
audiencias de su padre. El tenía seis años y
118/923
Yoshihiro, doce. La lluvia golpeteaba sobre
las tejas; parecía que en esos días jamás bril-
laba el sol. En la tarima estaba sentado su
padre, una figura lúgubre y colosal vestida de
negro.
—Yoshihiro, tu tutor me informa de que
suspendes todas tus asignaturas. —La voz de
su padre estaba cargada de desprecio. A
Yanagisawa le dijo—: Y el maestro de artes
marciales dice que ayer te derrotaron en una
práctica de espada.
No mencionó el hecho de que
Yanagisawa leía y escribía igual de bien que
chicos que le doblaban la edad, ni que Yoshi-
hiro era el mejor espadachín joven de la
ciudad.
—¿Cómo esperáis honrar a la familia de
este modo? —La cara se le puso púrpura de
furia—. ¡Los dos sois unos cretinos inútiles,
indignos de ser mis hijos!
Agarró la vara de madera que siempre
descansaba sobre la tarima y los apaleó.
119/923
Yanagisawa y Yoshihiro se encogieron ante la
dolorosa paliza, tratando de contener las lá-
grimas, que enfurecerían aún más a su
padre. En una sala contigua, su madre reñía
a su hermana Kiyoko por su incapacidad de
sobresalir en las habilidades que debía dom-
inar antes de que pudieran casarla con un
alto funcionario.
—¡Mocosa estúpida y desobediente!
El ruido de las bofetadas, los golpes y los
sollozos de Kiyoko era el telón de fondo con-
stante de aquella casa. No importaba lo que
consiguieran los niños, nunca era suficiente
para satisfacer a sus padres. Aun así, los cas-
tigos habrían resultado soportables si hu-
biesen hallado consuelo en la compañía de
personas ajenas a la familia, o en el amor
recíproco. Pero sus padres lo habían hecho
imposible.
—Esos mocosos están por debajo de ti
—le decía su madre al aislarlos a él y a sus
120/923
hermanos de los hijos de los otros vasallos
del señor. Algún día seréis sus superiores.
Los niños aprendieron que podían evitar
el castigo cargándole a otro la culpa de su
mala conducta. En consecuencia, se odiaban
y recelaban los unos de los otros.
Yanagisawa recordaba haber llorado tan
sólo una vez en aquellos años atroces: el día,
frío y lluvioso, del funeral de su hermano. A
la edad de diecisiete años, Yoshihiro se había
hecho el haraquiri. Mientras los sacerdotes
entonaban sus cánticos, Yanagisawa y Kiy-
oko lloraban con amargura, los únicos de los
dolientes que manifestaban alguna emoción.
—¡Basta ya! —susurraron sus padres
entre golpes—. Qué despliegue tan patético
de debilidad. ¿Qué pensará la gente? ¿Por
qué no podéis honrar a la familia, como hizo
Yoshihiro?
Pero Yanagisawa y Kiyoko sabían que el
suicidio ritual de su hermano no había sido
un gesto de honor. Yoshihiro, el hermano
121/923
mayor, había sucumbido a la presión de ser
el principal depositario de las ambiciones fa-
miliares. Nunca a la altura de las expect-
ativas de sus padres, se había matado para
evitarse más angustias. Yanagisawa y Kiyoko
no lloraban por él sino por ellos mismos,
porque sus padres habían canjeado sus vidas
por un puesto más elevado en la sociedad.
Kiyoko, casada a los quince años con un
acaudalado funcionario, había perdido un
hijo durante una de las palizas de su marido,
y volvía a estar embarazada. Y Yanagisawa,
con once años, llevaba tres como paje y ob-
jeto sexual de su señor. Su ano sangraba con
los asaltos del daimio; su orgullo había su-
frido mortificaciones incluso peores.
Entonces, mientras el humo de la pira
funeraria flotaba sobre el crematorio, se obró
un cambio en el interior de Yanagisawa. El
llanto agotó el sufrimiento acumulado en su
corazón hasta que sólo quedó una amarga
determinación. Yoshihiro había muerto por
122/923
ser débil. Kiyoko era una niña desvalida.
Pero Yanagisawa juró que algún día llegaría
a ser el hombre más poderoso del país. En
aquel momento, nadie volvería a usarlo, cas-
tigarlo o humillarlo. Se vengaría de aquellos
que le hubieran hecho daño. Todos acatarían
sus deseos; todos temerían su ira.
Once años después, Tokugawa Tsunay-
oshi tuvo referencias de un joven cuya
belleza e inteligencia le habían facilitado un
rápido avance entre las filas de los vasallos
del daimio Takei. Tsunayoshi, aficionado a
los varones hermosos, convocó a Yanagisawa
al castillo de Edo. El joven había madurado
de forma espléndida; era deslumbrante-
mente guapo, con ojos oscuros e intensos.
Cuando los guardias de palacio lo escoltaron
a los aposentos de Tsunayoshi, el futuro so-
gún de veintinueve años dejó caer el libro
que estaba leyendo y lo miró embelesado.
123/923
—Magnífico —dijo. Sus rasgos finos y
afeminados se cargaron de admiración. A los
guardias les ordenó—: Dejadnos.
A esas alturas, Yanagisawa conocía sus
limitaciones y sus cualidades. La condición
relativamente baja de su clan impedía su en-
trada en las filas más altas del bakufu, al
igual que la falta de riqueza, pero había
aprendido a sacar partido de los talentos que
le confirieran los dioses de la fortuna. En ese
instante, en los ojos de Tokugawa Tsunay-
oshi observó lujuria, debilidad de mente y
espíritu y ansia de aprobación. Yanagisawa
sonrió para sus adentros. Hizo una reveren-
cia sin molestarse en arrodillarse antes, la
primera de las muchas libertades que se to-
maría con el futuro sogún, quien, humilde en
su arrobamiento, le devolvió la reverencia.
Yanagisawa se acercó a la tarima y recogió su
libro.
—¿Qué leéis, excelencia? —preguntó.
124/923
—El, ah, ah... —Tartamudeando de ex-
citación, Tsunayoshi temblaba junto a
Yanagisawa—. El sueño de las mansiones
rojas.
Yanagisawa se sentó con descaro en la
tarima y leyó del clásico de la novela erótica
china. Su lectura, perfeccionada por el estu-
dio y los castigos de la infancia, era im-
pecable. Hacía pausas entre pasajes y sonreía
con procacidad a los ojos de Tsunayoshi.
Este se sonrojó. Yanagisawa extendió la
mano. El futuro sogún la aferró con avidez.
Llamaron a la puerta, y entró un
funcionario.
—Excelencia, es la hora de vuestra re-
unión con el Consejo de Ancianos. Tienen
que exponeros el estado de la nación y soli-
citar vuestra opinión sobre las nuevas polít-
icas de gobierno.
—Ahora, ah..., ahora estoy ocupado. ¿No
podemos aplazarlo? Además, no creo tener
opiniones sobre nada. —Tsunayoshi miró a
125/923
Yanagisawa como pidiéndole que lo res-
catara. En ese momento Yanagisawa vio el
camino hacia el futuro que había imaginado.
Sería el compañero de Tsunayoshi y apor-
taría las opiniones de las que carecía el es-
túpido dictador. Por mediación de Tokugawa
Tsunayoshi, Yanagisawa gobernaría Japón.
Esgrimiría el poder de vida y muerte que
tiene el sogún sobre sus ciudadanos.
—Asistiremos los dos a la reunión
—anunció. El funcionario frunció el entre-
cejo ante tamaña impertinencia, pero
Tsunayoshi asintió mansamente. Al salir jun-
tos de la habitación, Yanagisawa le susurró a
su nuevo señor—: Cuando acabe la reunión,
tendremos todo el tiempo del mundo para
conocernos mejor.
Cuando Tokugawa Tsunayoshi accedió a
la dignidad de sogún, Yanagisawa paso a ser
chambelán. Antiguos superiores cayeron
bajo su mando. Se apropió de las tierras de
Takei y dejó desamparados al daimio y a
126/923
todos sus vasallos, entre ellos a su padre.
Recibió cartas urgentes de sus empobrecidos
progenitores que le suplicaban piedad. Con
una jubilosa sensación de desquite, denegó
su ayuda a la familia que lo había criado para
ser exactamente lo que era. Pero Yanagisawa
jamás olvidó lo precario de su posición. El
sogún lo idolatraba, pero un sinfín de nuevos
rivales pugnaban por el cambiante favor de
Tsunayoshi. Yanagisawa dominaba el bak-
ufu, pero ningún régimen era eterno.
La voz cascada del anciano Makino sacó
al chambelán de sus cavilaciones:
—Deberíamos estudiar la posible epi-
demia y planear el modo de evitar que tenga
consecuencias graves.
—No habrá epidemia —dijo Yanagisawa.
Las sendas del bosque se desvanecían en la
maraña de árboles a medida que disminuía
el resplandor del cielo, pero Yanagisawa
mantuvo el paso—. A la dama Harume la
envenenaron.
127/923
Los ancianos gritaron de asombro y ex-
clamaron: «¿Envenenada?», «Pero si no
hemos oído nada», «¿Cómo lo sabéis?»
—Oh, sé cómo enterarme de las cosas.
El chambelán tenía espías en el Interior
Grande, así como en todo Edo. Estos agentes
sometían a vigilancia a las personas import-
antes, espiaban sus conversaciones y rebus-
caban entre sus pertenencias.
—Habrá problemas —advirtió Makino—.
¿Qué vamos a hacer?
—No tenemos que hacer nada —dijo
Yanagisawa—. El sosakan Sano investiga el
asesinato.
De repente, un plan cobró forma en su
cabeza. Utilizando el caso de asesinato de la
dama Harume podría destruir a Sano y a su
otro rival. Yanagisawa tenía ganas de dar voz
a su regocijo, pero el plan precisaba extrema
discreción. Necesitaba el tipo de cómplice
que no se encontraba entre la compañía
128/923
presente. Detuvo la procesión en un claro y
se dirigió a su séquito.
—Ya podéis iros.
Los ancianos partieron con alivio; se
quedaron tan sólo los sirvientes personales
de Yanagisawa.
—Deseo descansar y refrescarme
—anunció—. Montad mi refugio.
Los criados descargaron los pertrechos y
erigieron un recinto parecido al empleado
por los generales como cuartel general en el
campo de batalla: colgaron paramentos de
seda de un armazón cuadrado de madera, a
cielo descubierto. En el interior dispusieron
esterillas, faroles encendidos y braseros de
carbón, y sirvieron sake y comida. Apostaron
guardias en el exterior, y Yanagisawa se re-
costó en un futón. En realidad, con el castillo
entero a su disposición, no necesitaba aquel
refugio improvisado, pero le encantaba el es-
pectáculo de ver afanarse a otros hombres
por su comodidad y el aire clandestino de un
129/923
encuentro nocturno al raso. ¿Y acaso no era
él semejante a un general que formase a sus
tropas para el ataque?
—Tráeme a Shichisaburo —le ordenó a
un sirviente, que se apresuró a obedecer.
Mientras esperaba, la punzada sensual
de la lujuria aumentó su excitación. Shichis-
aburo, primer actor de la compañía de teatro
no de los Tokugawa, era su amante de turno.
Versado en la venerable tradición y práctica
del amor masculino, también tenía otras
utilidades...
Al momento se separaron los faldones
de seda y entró Shichisaburo. Era menudo
para sus catorce años, y llevaba el pelo al es-
tilo de un samurái infantil: rapado en la
coronilla, con un mechón trenzado hacia at-
rás desde la frente. Su túnica teatral roja y
dorada cubría una figura tan grácil y esbelta
como el retoño de un sauce. Shichisaburo se
arrodilló e hizo una reverencia.
130/923
—Espero vuestras órdenes, honorable
chambelán —murmuró.
Yanagisawa se sentó en el futón al notar
que se le aceleraba el corazón.
—Levántate y ven aquí. —Saboreaba el
deseo, crudo y salado como la sangre—.
Siéntate a mi lado.
El joven obedeció, y Yanagisawa exam-
inó su cara posesivamente, admirando la
nariz exquisita, la barbilla afilada y los altos
pómulos; la piel suave e infantil, los labios
rosados como fruta deliciosa. Los ojos
grandes y expresivos de Shichisaburo, radi-
antes a la luz de la linterna, reflejaban una
gratificante disposición a complacer.
Yanagisawa sonrió. El chico procedía de una
venerable familia de actores que había entre-
tenido a emperadores durante siglos. Ahora
el gran talento de esa familia, concentrado
en aquel joven, estaba a las órdenes de
Yanagisawa.
131/923
—Sírveme una bebida —ordenó el cham-
belán, y añadió con magnanimidad—: y otra
para ti.
—Sí, mi amo. ¡Gracias, mi amo!
—Shichisaburo alzó la botella de sake—. Oh,
pero el licor está frío. Permitidme que os lo
caliente. ¿Puedo serviros algún otro refri-
gerio de vuestro agrado?
Yanagisawa lo contemplaba con deleite
mientras el joven actor dejaba la botella
sobre el brasero y servía pasteles de arroz en
un plato. Al principio de su relación, Shichis-
aburo hablaba y se comportaba con la tor-
peza propia de los adolescentes, pero era
listo y había adoptado con rapidez el patrón
de discurso de Yanagisawa; ahora las
grandes palabras y las frases largas y com-
plicadas salían de él con fluidez de adulto.
Cuando no se rebajaba como mandaba la
costumbre, también adoptaba el porte del
chambelán: cabeza alta, hombros atrás,
movimientos veloces e impacientes pero
132/923
suavizados por una gracia natural. Aquella
imitación aduladora complacía sobremanera
a Yanagisawa.
Bebieron el sake caliente. Con el rostro
sonrosado por el licor, Shichisaburo dijo:
—¿Habéis tenido un día difícil en el
gobierno de la nación, mi señor? ¿Deseáis
que os alivie?
El chambelán Yanagisawa se tumbó en
el futón. Las manos del actor se desplazaron
por su cuello y su espalda, relajando los mús-
culos tensos y despertando el deseo. Aunque
tentado de darse la vuelta y atraer al
muchacho hacia sí, Yanagisawa se resistió al
impulso. Antes tenían asuntos de los que
tratar.
—Es un honor tocaros. —Los dedos
frotaban, acariciaban, pellizcaban; Shichis-
aburo le susurró al oído—: Cuando estamos
separados, ansío el momento en que volva-
mos a estar juntos.
133/923
Yanagisawa sabía que estaba actuando y
que no había un ápice de sinceridad en todo
lo que decía, pero eso no lo molestaba. ¡Qué
maravilla que alguien lo respetara tanto que
se tomara todas aquellas molestias para
complacerlo!
—Por las noches sueño con vos y... y
tengo que confesaros un vergonzoso secreto.
—La voz de Shichisaburo tembló convin-
centemente—. A veces mi deseo por vos es
tan grande que me acaricio y finjo que me es-
táis tocando. Espero que esto no os ofenda.
—Muy al contrario —dijo Yanagisawa
con una risilla.
El actor, a pesar de su talento y su
estirpe, era un plebeyo, un don nadie. Era
débil, inocente, patético, y otro hombre to-
maría sus palabras como un insulto. Mas el
chambelán Yanagisawa se deleitaba con la
charada como prueba de que ya no era una
víctima desvalida, sino el omnipotente ma-
nipulador de otros hombres. Tenía esbirros
134/923
en vez de amigos. Se había casado con una
mujer rica emparentada con el clan Tok-
ugawa, pero se mantenía apartado de ella y
de su hija de cinco años, para la que ya había
empezado a buscar un enlace políticamente
ventajoso. No le importaba que todos lo de-
spreciaran, mientras obedecieran sus
órdenes. La farsa de Shichisaburo lo excit-
aba; el poder era el afrodisíaco definitivo.
En aquella ocasión el chambelán
Yanagisawa postergó su placer a
regañadientes.
—Necesito tu ayuda en un asunto muy
importante, Shichisaburo —dijo, sentándose
de nuevo.
Los ojos del joven actor rebosaban feli-
cidad, y Yanagisawa casi podía creer que de
verdad se sentía halagado por la petición,
que en realidad era una orden.
—Haré lo que sea por vos, mi señor.
135/923
—Se trata de un asunto del máximo
secreto, y tienes que prometerme que no le
dirás nada a nadie advirtió Yanagisawa.
—¡Oh, lo prometo, lo prometo! —El
chico irradiaba sinceridad—. Podéis confiar
en mí. Dadme la oportunidad. Complaceros
significa para mí más que cualquier otra cosa
en el mundo.
Yanagisawa sabía que no era la devoción
sino la amenaza del castigo lo que mantenía
sometido a sus designios a Shichisaburo. En
caso de que el actor le desobedeciera, lo
despojarían de su posición como estrella de
la compañía teatral de los Tokugawa, lo des-
terrarían del castillo y lo pondrían a trabajar
en algún sórdido prostíbulo. El chambelán
sonrió. «Todos acatarán mis designios y
temerán mi ira...»
Se inclinó hacia Shichisaburo para su-
surrarle. Al inhalar la fragancia fresca y ju-
venil del chico, notó que su virilidad se
alzaba dentro del taparrabos. Acabó de
136/923
transmitir sus órdenes y dejó que su lengua
recorriera la delicada espiral de la oreja de
Shichisaburo. El actor soltó una risita y se
volvió hacia Yanagisawa con encantada
admiración.
—¡Qué inteligente sois para que se os
ocurra un plan tan maravilloso! Haré exacta-
mente lo que me habéis dicho y, cuando
hayamos acabado, el sosakan Sano jamás
volverá a preocuparos.
Por encima del recinto se oyó un batir
de alas. Sin pensarlo, el chambelán
Yanagisawa encajó una flecha en el arco y
apuntó hacia arriba, escudriñando el cielo
azul cobalto, la filigrana negra de las siluetas
de los árboles. Contra el disco de plata de la
luna se recortaba una forma oscura.
Yanagisawa soltó la flecha, que voló invisible.
Un chillido desgarró la calma del anochecer.
Un búho cayó como un plomo en el refugio,
con la flecha clavada en el pecho. Su propia
137/923
presa —un minúsculo topo ciego— estaba
aún aferrada entre sus afiladas garras.
Shichisaburo batió palmas con júbilo.
—¡Un tiro perfecto, mi señor!
El chambelán Yanagisawa rompió a reír.
—Al matar a uno, también cobro al otro.
—El simbolismo era tan perfecto como su
puntería, y el disparo, un presagio venturoso
para su ardid. El triunfo alimentó el deseo
del chambelán. Soltó el arco y extendió la
mano hacia Shichisaburo—. Pero basta de
negocios. Ven aquí.
Los ojos del joven actor reflejaron
fielmente el ansia de Yanagisawa.
—Sí, mi señor.
El murmullo del viento agitó el bosque;
la luna subió y se agrandó. Sobre las paredes
de seda del refugio, dos sombras se fundi-
eron en una.
6
Cuando Sano llegó a su residencia tras la
larga y agotadora cabalgata desde la prisión
de Edo, Hirata salió a la puerta a su
encuentro.
—La madre del sogún ha accedido a
hablar con nosotros antes de sus oraciones
de la noche. Y la otoshiyori, la funcionaria
mayor de palacio, responderá a nuestras pre-
guntas, pero pronto tendrá que hacer su
ronda nocturna de inspección por el Interior
Grande.
Sano dirigió una mirada anhelante hacia
su mansión, que albergaba la promesa de
comida, un baño caliente y la compañía de su
nueva esposa. ¿Con qué pasatiempos tran-
quilos y femeninos habría ocupado el tiempo
desde su boda? Sano se la imaginaba bord-
ando, escribiendo poesía o quizá tocando el
samisén, un remanso de calma entre las
139/923
muertes violentas y las intrigas palaciegas.
Ansiaba adentrarse en él, conocer a Reiko
por fin. Pero la noche descendía con rapidez
sobre el castillo, y Sano no podía hacer es-
perar a la dama Keisho-in ni a su otoshiyori,
ni retrasarse en informar al sogún de que no
había epidemia porque a la dama Harume la
habían asesinado.
Dejó su caballo al cuidado de los guardi-
as y le dijo a Hirata:
—Será mejor que nos demos prisa.
Remontaron la colina por pasajes de
paredes de piedra, dejando atrás patrullas de
guardias con antorchas encendidas. Acos-
tumbrados a ser cautelosos, no hablaron
hasta haber superado el último puesto de
control y estar cerca de palacio, cuyo tejado
de muchos aleros lucía a la luz de la luna. En
sus muros llameaban las antorchas, y había
centinelas a las puertas. El jardín estaba
desierto bajo la luz plateada. Allí, entre sen-
deros de grava y árboles umbríos, Sano le
140/923
contó a Hirata los resultados de la prueba del
doctor Ito.
—Los habitantes y el personal del Interi-
or Grande son sospechosos de asesinato
—dijo Sano—. ¿Han revelado algo tus
indagaciones?
—Hablé con los guardias y su comand-
ante —explicó Hirata—, y también con el ad-
ministrador jefe del Interior Grande. La ver-
sión oficial es que la muerte de Harume es
una tragedia, que todos lamentan. Nadie dice
otra cosa.
—¿Se ha aceptado esa versión porque es
la verdad o simplemente porque sirve para
protegerse? —caviló Sano. Si demostraban
que se trataba de un asesinato, Hirata y él
podrían investigar más allá de las versiones
oficiales. Las mujeres eran las personas más
cercanas a Harume, con el acceso más fácil a
su habitación y al frasco de tinta. Necesit-
aban la cooperación de la dama Keisho-in y
141/923
la otoshiyori antes de entrevistar a las concu-
binas y a las sirvientas.
Los dejaron entrar en palacio, y recorri-
eron oficinas oscuras y silenciosas hasta los
aposentos del sogún. Los guardias allí
apostados les anunciaron:
—Su excelencia se ha retirado. Ha dado
orden de que le informéis a primera hora de
la mañana.
—Decidle que no hay epidemia, por fa-
vor —dijo Sano, para que Tokugawa Tsunay-
oshi no tuviera que preocuparse más de la
enfermedad.
Después Hirata y él se adentraron en el
laberinto del palacio. A medida que se acer-
caban al Interior Grande, un murmullo
agudo fue invadiendo la quietud. Cuando los
guardias abrieron las puertas que daban a las
dependencias de las mujeres, el murmullo
estalló en un alboroto de estridentes voces
femeninas que parloteaban al compás de
142/923
portazos, correteos, chapotear de agua y
movimiento de vajilla.
—Por todos los dioses —dijo Hirata,
tapándose los oídos. Sano se estremeció ante
el estruendo.
En las horas posteriores a su primera
visita, el Interior Grande había recobrado la
que debía de ser su condición habitual. De
camino hacia la estancia privada de la dama
Keisho-in, pasaron por salas atestadas de
bellas concubinas, ataviadas con chillonas
vestimentas, que cenaban de una bandeja, se
acicalaban delante de los espejos o jugaban a
las cartas mientras discutían entre ellas y
daban órdenes a sus sirvientas. Sano vio
mujeres desnudas que se enjabonaban o
aclaraban en altas bañeras de madera, y
masajistas ciegos inclinados sobre espaldas
descubiertas. Todas las mujeres le devolvían
la mirada con una pasividad curiosa que re-
flejaba una aceptación estoica de su papel. A
Sano le recordaban a las cortesanas de
143/923
Yoshiwara: la única diferencia parecía consi-
stir en que aquellas mujeres existían para el
placer público mientras que éstas, sólo para
el del sogún. Cuando atravesaban una sala, la
conversación y la actividad cesaban por un
instante antes de volver a la carga con es-
truendo inalterado. Una funcionaria de ropa-
je gris patrullaba los pasillos junto a un
guardia. En aquella prisión femenina la vida
seguía incluso tras la muerte violenta de una
reclusa.
Sano se preguntaba si alguna de las
mujeres sabría la verdad sobre el fallecimi-
ento de Harume, y la identidad del asesino.
A lo mejor todas la conocían, incluida su
señora.
La puerta de los aposentos de la dama
Keisho-in, situada al final de un largo pasillo,
era como el portal principal de un templo: de
ciprés macizo, rica en dragones grabados.
Sobre ella ardía una linterna; dos centinelas
vigilaban como deidades custodias a unos
144/923
discretos veinte pasos. En cuanto Sano e
Hirata se acercaron, la puerta se abrió sin un
ruido. Una mujer alta salió por ella e hizo
una reverencia.
—La señora Chizuru, funcionaria mayor
del Interior Grande —dijo Hirata.
Le presentó a Sano, que estudió a la
otoshiyori con interés. Tenía algo menos de
cincuenta años; el pelo, pulcramente apilado
sobre su cabeza, estaba surcado de vetas
blancas. Su quimono gris apagado vestía un
cuerpo fuerte y musculoso, como el de un
hombre. El rostro cuadrado de la señora Ch-
izuru tenía también un aire masculino, recal-
cado por una barbilla partida, cejas gruesas y
sin depilar, y una sombra de pelusa negra en
el labio superior. Sano sabía que la tarea más
importante de la otoshiyori era velar a las
puertas del dormitorio de Tokugawa Tsunay-
oshi siempre que dormía con una concubina,
para asegurarse de que ninguna mujer le ar-
rancase favores durante sus momentos de
145/923
vulnerabilidad. Como el resto de las funcion-
arias de palacio, en su momento debió de ser
también concubina —probablemente del so-
gún anterior—, aunque su único atractivo fe-
menino fuera la boca, exquisita como la de
una cortesana de grabado. Contempló a Sano
con los brazos cruzados y una mirada atre-
vida y desapasionada que cortaba de raíz cu-
alquier insolencia.
—Todavía no podéis ver a la dama
Keisho-in —anunció Chizuru. Tenía la voz
grave, pero no desagradable—. Su excelencia
está con ella en este momento.
—Esperaremos —dijo Sano. De modo
que allí era adonde se había retirado el so-
gún—. También necesitamos hablar con vos.
Chizuru asintió, y apareció una pareja
de sirvientas más jóvenes. Intercambiaron
con su superiora una variante muda de
comunicación: miradas oblicuas, asentimi-
entos, un temblor de labio... En aquel ter-
ritorio extraño, hasta el lenguaje era
146/923
diferente. Después Chizuru les dijo a Sano y
a Hirata:
—Asuntos urgentes reclaman mi aten-
ción. Pero en un momento estaré de vuelta.
Esperadme aquí.
—Sí, mi ama —dijo Hirata por lo bajo
mientras la otoshiyori, flanqueada por sus
lugartenientes, se alejaba a grandes zanca-
das—. Si los hombres nos descuidamos, estas
mujeres gobernarán el país algún día.
La otoshiyori había dejado entornada la
puerta de la dama Keisho-in. La curiosidad
fue más fuerte que Sano. Echó un vistazo
rápido. En la habitación en penumbra, una
linterna de techo formaba un nimbo de luz
en torno a una mujer sentada sobre cojines
de seda. Bajita y regordeta, llevaba una hol-
gada bata de satén de reluciente dorado con
olas azules estampadas. Una larga melena
negra, sin asomo de gris, se derramaba por
sus hombros, confiriéndole una apariencia
sorprendentemente juvenil a sus sesenta y
147/923
cuatro años. Sano no veía su cara, que estaba
inclinada sobre el hombre postrado en sus
rechonchos brazos.
Tokugawa Tsunayoshi, supremo dicta-
dor militar de Japón, hundía la cara en los
abundantes pechos de su madre. Sus ropajes
negros oficiales le envolvían las rodillas do-
bladas; su coronilla rapada, sin el bonete
negro de rigor, parecía vulnerable como la de
una criatura. Farfullaba murmullos y
gimoteos: «... tan asustado, tan infeliz...
Siempre quieren cosas de mí... esperan que
sea fuerte y sabio, como mi antecesor, Tok-
ugawa Ieyasu... nunca sé qué decir o qué
hacer... estúpido, débil, indigno de mi
cargo...».
La dama Keisho-in le daba palmaditas
en la cabeza, emitiendo arrullos
tranquilizadores.
—Vamos, vamos, mi niño. —Su voz
quebrada traicionaba la edad que en realidad
148/923
tenía—. Aquí está mamá. Hará que todo vaya
bien.
Tokugawa Tsunayoshi se relajó; sus
gimoteos dieron paso a un ronroneo de satis-
facción. La dama Keisho-in cogió la larga
pipa de plata que estaba a su lado en una
bandeja, chupó, tosió y se dirigió a su hijo en
tono cariñoso.
—Para alcanzar la felicidad tienes que
construir más templos, apoyar a los sacer-
dotes y celebrar más festivales sagrados.
—Pero madre, eso parece tan difícil...
—gimió el sogún—. ¿Cómo voy a
conseguirlo?
—Dale dinero al sacerdote Ryuko, y él se
encargará de todo.
—¿Qué pasa si el chambelán Yanagisawa
o el Consejo de Ancianos se oponen? —La
voz de Tokugawa Tsunayoshi vaciló al men-
cionar la desaprobación de sus
subordinados.
149/923
—Les dices que tu decisión es la ley
—dijo la dama Keisho-in.
—Sí, madre —suspiró el sogún.
Al oír la llegada de pasos por el
corredor, Sano se apartó con prontitud de la
puerta, violento y abatido por lo que había
presenciado. Los rumores acerca de la influ-
encia de Keisho-in sobre Tokugawa Tsunay-
oshi eran ciertos. Ella era una ferviente
budista, dominada por el ambicioso y fatuo
Ryuko, su sacerdote favorito y, según había
oído Sano, su amante. Sin duda, Ryuko la
había convencido de que le pidiese dinero al
sogún. El que tuvieran tanto poder en sus
manos suponía una grave amenaza para la
estabilidad nacional. A lo largo de la historia,
el clero budista había reclutado ejércitos
para desafiar el dominio samurái. Y qué
ironía que Tsunayoshi tuviese sirvientes para
protegerle de concubinas poco escrupulosas,
pero no de la mujer más peligrosa de todas.
150/923
Chizuru dobló la esquina, se acercó a la
estancia de su señora y asomó la cabeza por
la puerta. Tras alguna señal del interior de la
cámara, se volvió y dijo:
—La dama Keisho-in os recibirá ahora.
Entraron en la habitación. La dama
Keisho-in estaba sola, fumando de su pipa.
No había señales del sogún, pero los cor-
tinajes de brocado del fondo se movían,
como si alguien se hubiese escurrido entre
ellos. Sano e Hirata se arrodillaron e hicieron
una reverencia.
—El sosakan Sano y su vasallo mayor,
Hirata —anunció Chizuru, arrodillada cerca
de la dama Keisho-in.
La madre del sogún estudió a sus visit-
antes con franco interés.
—¿De manera que éstos son los hombres
que han resuelto tantos misterios desconcer-
tantes? ¡Qué emoción!
Vista de cerca, no parecía tan joven
como al principio. Su rostro redondo de
151/923
rasgos menudos y regulares tal vez había
sido atractivo en algún momento, pero el
polvo blanco ya no lograba ocultar las pro-
fundas arrugas de su piel. El carmín brillante
de labios y mejillas prestaba una semblanza
de vitalidad que contradecía el blanco venoso
y amarillento de sus ojos. La papada ab-
ultaba por encima de un pecho exuberante
que había caído con la edad, y su pelo negro
poseía la oscuridad uniforme y artificial del
tinte. Su sonrisa revelaba una dentadura en-
negrecida por la cosmética con dos huecos
en la hilera superior que le conferían un as-
pecto vulgar y plebeyo. Y plebeya era, pensó
Sano, recordando su historia.
Keisho-in era hija de un verdulero de Ki-
oto. A la muerte de su padre, su madre pasó
a ser criada y amante de un cocinero de la
casa del imperial príncipe regente. Allí
Keisho-in trabó amistad con la hija de una
distinguida familia de Kioto. Cuando la
amiga se convirtió en concubina del sogún
152/923
Tokugawa Iemitsu, se la llevó al castillo de
Edo con ella y Keisho-in pasó a ser a su vez
concubina de Iemitsu. A los veinte años
había dado a luz a su hijo Tsunayoshi y
hecho suya la condición más alta que una
mujer podía alcanzar: consorte oficial de un
sogún y madre del siguiente. Desde aquel
momento, Keisho-in había nadado en la
abundancia gobernando las dependencias de
las mujeres.
—Mi honorable hijo me ha hablado
mucho de vuestras aventuras —dijo la
dama—; me alegra conoceros.
Con una caída de ojos dedicada a am-
bos, desplegó el encanto coqueto que debió
de encandilar al padre de Tokugawa Tsunay-
oshi. Después, suspiró.
—Pero qué ocasión más triste os trae
aquí: la muerte de la dama Harume. ¡Qué
tragedia! Todas las mujeres tememos por
nuestra vida. —Sin embargo, al parecer no
estaba en la naturaleza de Keisho-in el
153/923
permanecer triste mucho tiempo, pues, con
una seductora sonrisa para Sano, añadió—:
Pero ahora que habéis venido a salvarnos,
estoy más tranquila. Vuestro criado le dijo a
Chizuru que deseáis nuestra ayuda para
evitar una epidemia. No tenéis más que decir
lo que hemos de hacer. Estamos ansiosas de
ser utilidad.
—La dama Harume no murió de una en-
fermedad, de modo que no habrá epidemia
—dijo Sano, aliviado al encontrar tan buena
disposición en la madre del sogún. Dados su
rango y su influencia, podía oponerse a la in-
vestigación si así lo deseaba; todas las habit-
antes del Interior Grande eran sospechosas
en aquel caso, incluida ella. En cuanto a los
sentimientos de Chizuru, Sano tenía sus du-
das. La expresión de la otoshiyori permane-
ció neutra, pero su rígida postura era indicio
de resistencia—. La dama Harume fue ases-
inada, con veneno.
154/923
Por un momento, las dos mujeres se
quedaron mirándolo; ninguna habló. Sano
detectó un destello de emoción ininteligible
en los ojos de Chizuru antes de que los desvi-
ara. Entonces la dama Keisho-in exclamó:
—¿Veneno? ¡Qué horror! —Con los ojos
y la boca abiertos, se recostó en los cojines
entre jadeos—. No puedo respirar. ¡Necesito
aire! —Chizuru corrió a ayudar a su señora,
pero la dama Keisho-in la apartó con un
gesto y le hizo señas a Hirata—. Joven,
ayúdame!
Con una incómoda mirada a Sano, el
joven vasallo se acercó a la dama Keisho-in.
Recogió su abanico y empezó a darle aire con
vigor. Pronto su respiración se hizo regular;
su cuerpo se relajó. Cuando Hirata la ayudó a
enderezarse, se apoyó en él un momento y le
sonrió a la cara.
—Qué fuerte y guapo y cortés. Arigato.
155/923
—Do itashimashite —masculló Hirata,
que volvió a su puesto junto a Sano con un
suspiro de alivio.
Sano lo miró con preocupación. Normal-
mente Hirata era capaz de conservar el
aplomo al enfrentarse con testigos de cu-
alquier sexo o clase; en aquella ocasión, se
arrodilló con la cabeza baja y los hombros
hundidos. ¿Cuál era el problema? Por el mo-
mento, Sano reflexionó sobre las reacciones
de estas mujeres. ¿Era la noticia del envene-
namiento realmente una novedad para ellas?
El desmayo de Keisho-in había parecido
genuino, pero Sano se preguntaba si la
otoshiyori supo o sospechó de la posibilidad
de un asesinato con anterioridad.
—¿Quién querría matar a la pobre
Harume? —dijo Keisho-in con tono quejum-
broso. Dio una calada a su pipa y una lá-
grima resbaló por su mejilla, dejando un
surco en el espeso maquillaje blanco—. Una
niña tan dulce, tan encantadora y vivaracha.
156/923
—Entonces recuperó sus maneras coquetas.
Le dedicó a Hirata una sonrisa flanqueada de
hoyuelos—. Harume me recordaba a mí
misma de joven. Hubo un tiempo en que fui
una gran belleza, la favorita de todos. —Sus-
piró—. Y Harume era igual. Muy popular.
Cantaba y tocaba el samisén de maravilla.
Sus bromas nos hacían reír a todas. Por eso
la incluí entre mis doncellas. Sabía hacer fel-
iz a la gente. Yo la quería como a una hija.
Sano miró a Chizuru. La otoshiyori tenía
los labios apretados; exhaló aire una vez: era
evidente que no compartía la visión que su
señora tenía de la chica muerta.
—¿Qué opinión os merecía la dama
Harume? —le preguntó—. ¿Qué tipo de per-
sona os parece que era?
—No me corresponde tener opiniones
sobre las concubinas de su excelencia —con-
testó remilgadamente.
157/923
Sano notó que Chizuru podría hablarle
largo y tendido de la dama Harume, pero no
quería contradecir a su señora.
—¿Tenía la dama Harume algún en-
emigo en palacio que quisiera verla muerta?
—preguntó a las dos mujeres.
—Desde luego que no. —Keisho-in soltó
una enfática bocanada de humo—. Todo el
mundo la quería. Y aquí en el Interior
Grande nos llevamos todas muy bien. Como
hermanas.
Pero incluso las hermanas discutían, y
Sano lo sabía. En el pasado, algunas peleas
en el Interior Grande habían acabado en
asesinato. Para afirmar que quinientas
mujeres, apiñadas en un espacio tan redu-
cido, convivían en completa armonía,
Keisho-in tenía que ser tonta de remate o
una mentirosa. Chizuru carraspeó y dijo en
tono vacilante:
158/923
—Había desavenencias entre Harume y
otra concubina. La dama Ichiteru. No se...
entendían.
Keisho-in se quedó boquiabierta y
mostró el hueco de sus dientes caídos de
forma poco favorecedora.
—¡No! ¡No sabía nada!
—¿Por qué no se entendían la dama
Ichiteru y la dama Harume? —preguntó
Sano.
—Ichiteru es una dama de ilustre linaje
—explicó Chizuru—. Es prima del em-
perador, de Kioto. —Allí era donde vivía
modesta pero dignamente la familia imperi-
al, aunque despojada de poder político y bajo
el dominio total del régimen de los Tok-
ugawa—. Antes de que Harume llegara al
castillo de Edo hace ocho meses, la dama
Ichiteru era la compañía favorita del honor-
able sogún..., al menos, entre las mujeres.
Con una nerviosa mirada a su señora,
Chizuru se llevó una mano a la boca. La
159/923
preferencia de Tokugawa Tsunayoshi por los
hombres era del dominio público pero no, al
parecer, un tema que se tratase en presencia
de su madre.
—Pero cuando Harume llegó, sustituyó a
la dama Ichiteru en el afecto del sogún
—aventuró Sano.
Chizuru asintió.
—Su excelencia dejó de solicitar la com-
pañía de Ichiteru por las noches y empezó a
invitar a Harume a sus aposentos.
—A Ichiteru no tendría que haberle im-
portado —terció la dama Keisho-in—. Mi
pequeño tiene derecho a disfrutar de la
mujer que desee. Y es su deber engendrar un
heredero. Como Ichiteru fracasó a la hora de
concebir un niño, hizo bien en probar con
otra concubina. —Keisho-in soltó una risita,
le guiñó el ojo a Hirata y añadió—: Una que
fuera joven, descarada y fértil, como lo era yo
cuando conocí a mi querido y difunto
160/923
Iemitsu. Ya sabes de qué tipo de chica te
hablo, ¿verdad, joven?
Una mancha roja brillante de bochorno
se encendió en cada una de las mejillas de
Hirata.
—Sumimasen —«Disculpad»—, pero
¿había alguien entre las criadas, los guardias
o las doncellas que no se llevara bien con la
dama Harume?
Moviendo la cabeza, Keisho-in deses-
timó la pregunta con un ademán de su pipa
que salpicó de ceniza los cojines.
—Las criadas son personas de excelente
carácter y disposición. Las entrevisté person-
almente a todas antes de que se les permit-
iese trabajar en el Interior Grande. Ninguna
habría atacado a una concubina favorecida.
Chizuru apretó la mandíbula y miró al
suelo. Un hecho preocupante despuntó ante
los ojos de Sano: la dama Keisho-in era ajena
a lo que sucedía a su alrededor. La otoshiyori
manejaba la administración del Interior
161/923
Grande del mismo modo que el chambelán
Yanagisawa dirigía el gobierno en lugar de
Tokugawa Tsunayoshi. El hecho de que las
dos cabezas del clan que regía Japón fueran
tan débiles y necias —no parecía haber otro
término mejor— no prometía nada bueno
para la nación.
—A veces las personas no son lo que
parecen —sugirió Sano—. Hay gente capaz de
ocultar su auténtica naturaleza, hasta que
pasa algo...
Chizuru se aferró al cabo que le tendían:
era obvio que se debatía entre el temor a
contradecir a la dama Keisho-in y el de
mentirle al sosakan-sama del sogún.
—Todos los guardias de palacio son
hombres que vienen de buenas familias y
tienen excelentes hojas de servicio. Por lo
general también tienen buen carácter. Pero
uno de ellos, el teniente Kushida... Hace
cuatro días, la dama Harume presentó una
queja contra él. Dijo que se había
162/923
comportado de forma inadecuada con ella.
Cuando el personal de palacio no estaba
presente, la rondaba y trataba de entablar
conversación sobre... cosas inapropiadas.
«O sea, sexo», interpretó Sano.
—El teniente Kushida envió cartas ofen-
sivas a la dama Harume, o eso dijo ella
—prosiguió Chizuru—. Llegó a afirmar que la
espiaba mientras se bañaba. Dijo que lo
había conminado una y otra vez a dejarla en
paz, pero él persistía hasta que al final perdió
la cabeza y amenazó con matarla.
—¡Repugnante! —La dama Keisho-in
hizo una mueca y dijo con indignación—:
¿Por qué nadie me cuenta nada?
La mirada afligida que Chizuru le dedicó
a Sano le decía que sí había informado a la
madre del sogún, pero que ella lo había
olvidado.
—¿Y entonces qué pasó? —preguntó
Sano.
163/923
—Me resistía a creer las acusaciones
—respondió Chizuru—. Hace diez años que el
teniente Kushida trabaja aquí y nunca ha
causado ningún problema. Es un hombre
agradable y cabal. La dama Harume llevaba
muy poco tiempo entre nosotros. —El tono
de la otoshiyori daba a entender que Harume
le parecía menos agradable y cabal, y la
probable fuente del problema—. Sin em-
bargo, este tipo de acusaciones siempre se
tratan con rigor. La ley prohíbe que el per-
sonal masculino incomode a las mujeres o
establezca relaciones inadecuadas con ellas.
La pena es la destitución. Informé del asunto
al administrador jefe. El teniente Kushida
quedó temporalmente apartado de sus
tareas, pendiente de la investigación de los
cargos.
—¿Y se llevó a cabo la susodicha invest-
igación? —inquirió Sano.
—No. Y ahora que la dama Harume ha
muerto...
164/923
Los cargos, sin ella que los confirmara,
tenían que retirarse, lo que explicaba que el
administrador jefe se hubiese descuidado de
contárselo a Hirata. Qué suerte para el teni-
ente Kushida que la muerte de su acusadora
le hubiese ahorrado la desgracia de perder su
puesto. Definitivamente, merecía la pena in-
terrogarlos a él y a la envidiosa dama
Ichiteru.
—Concubinas celosas, guardias groseros
—se lamentó Keisho-in—. ¡Qué espanto!
Sosakan-sama, tenéis que encontrar y cast-
igar a quien mató a mi pequeña Harume y
salvarnos a todas de una persona tan mal-
vada y peligrosa.
—Necesitaré que mis detectives regis-
tren el Interior Grande y hablen con las res-
identes —dijo Sano—. ¿Dispongo de vuestra
venia?
—Por supuesto, por supuesto. —La
dama Keisho-in asintió con firmeza.
Después, con un gruñido, se irguió haciendo
165/923
fuerza con las manos e hizo señas a Chizuru
para que la ayudara a ponerse en pie—. Es la
hora de mis oraciones. Pero os ruego que
paséis a verme otra vez. —Le mostró los hoy-
uelos a Hirata—. Y tú también, jovencito.
Se despidieron. Hirata casi salió cor-
riendo de la habitación, y Sano lo siguió, ex-
trañado por la desacostumbrada timidez de
su vasallo. Aunque era consciente de todo el
trabajo que tenían por delante, al salir del
palacio se alegró de que fuera demasiado
tarde para verse con sospechosos o testigos,
y de no tener que encontrarse con el sogún
hasta el día siguiente. En casa lo esperaba
Reiko. Era su noche de bodas.
7
Cuando Sano llegó a casa, los criados sali-
eron a la entrada de su mansión para darle la
bienvenida. Lo liberaron de su capa y sus es-
padas y lo condujeron a la sala, donde ardían
faroles y braseros de carbón; los murales de
las paredes representaban un sereno paisaje
de montaña. Al acomodarse en los cojines de
seda del suelo, sintió que lo abandonaba la
tensión del día y se apoderaba de él una
sensación de felicidad. Hirata había ido a dar
órdenes al cuerpo de detectives y a asegurar
la protección de la finca para la noche. Sano
disponía del tiempo que restaba hasta el día
siguiente. Podía empezar su matrimonio.
—¿Os gustaría comer algo? —preguntó
el primer criado.
Sano asintió y preguntó:
—¿Dónde está... mi mujer? —La frase
sonaba extraña en sus labios, pero tan
167/923
agradable como un vaso de agua después de
una larga y seca jornada.
—Se le ha informado de que estáis en
casa, y ahora mismo viene.
El sirviente hizo una reverencia y salió
de la habitación. Sano esperaba con el
corazón acelerado; se le hizo un nudo en el
estómago. Entonces se abrió la puerta. Se in-
corporó, y Reiko entró en la habitación. Su
desposada llevaba un quimono de seda
naranja mate con un estampado de ásteres
dorados y el pelo recogido con agujas, y port-
aba una bandeja con una botella de por-
celana de sake y dos tazas. Con los ojos rec-
atadamente bajos, se deslizó hasta Sano, se
arrodilló frente a él, dejó la bandeja e hizo
una reverencia.
—Honorable esposo —murmuró—.
¿Puedo servirte?
—Sí, por favor —dijo Sano, fascinado
por su belleza juvenil.
168/923
El ceremonial del sake suavizaba lo em-
barazoso del momento —alguien debía de
haber instruido a Reiko sobre qué hacer
cuando estuviese por primera vez a solas con
su marido—, pero las manos le temblaban al
pasarle la taza a Sano. La compasión mitigó
su propio nerviosismo. Estaban en sus
dominios. De él dependía que Reiko se sin-
tiese a gusto en ellos.
—Espero que te encuentres bien —dijo
mientras llenaba la otra taza de sake y se la
ofrecía.
Reiko alzó la taza con cautela, como si
temiera tocarle la mano.
—Sí, honorable esposo.
Bebieron, y Sano vio que se había teñido
los dientes de negro. Un inesperado torrente
de calor le corrió por la ingle. Nunca había
prestado excesiva atención a aquella cos-
tumbre de las mujeres casadas; en aquel mo-
mento, ver aquella transformación en Reiko
169/923
despertó su deseo. Le recordaba que era suya
tanto en cuerpo como en espíritu.
—¿Te gustan tus aposentos? —Sano
saboreó el licor y la excitación. El pelo reco-
gido de Reiko acentuaba la gracilidad de su
cuello y la inclinación de sus hombros. Había
pasado más de un año desde que estuviera
con una mujer...—. ¿Te has instalado?
—Sí, gracias.
Una vacilante sonrisa dio ánimos a
Sano, pues descubrió que aquella dama de
frío porte no carecía de sentimientos hacia
él. En ese preciso instante entró un criado, le
dio a Sano un paño húmedo y caliente para
que se lavara las manos y puso ante él una
bandeja laqueada con comida. Cuando volvió
a estar a solas con Reiko, ella se apresuró a
retirar las tapas de los platos de sashimi,
trucha al vapor y verduras; luego le sirvió té.
Debía de haber cenado con anterioridad para
atenderlo mejor. Sano estaba encantado con
su sumisión conyugal.
170/923
—Espero que seas feliz aquí —le dijo—.
Si quieres cualquier cosa, no tienes más que
decirlo.
Reiko alzó una cara ansiosa y radiante
hacia él.
—Quizá... Quizá podría ayudarte a in-
vestigar la muerte de la concubina del sogún
—espetó.
—¿Qué? —Debido a la sorpresa, el bo-
cado de pescado que se estaba llevando a la
boca se le cayó de los palillos.
Se habían esfumado la afectación de hu-
mildad y la atractiva timidez de su esposa.
Con la cabeza alta y la espalda recta, Reiko
miraba a Sano directamente a la cara. Sus
ojos lanzaban destellos de osadía nerviosa.
—Tu trabajo me interesa mucho. He
oído rumores de que a la dama Harume la
asesinaron. Si son ciertos, quiero ayudar a
atrapar al asesino. —Tragó saliva antes de
añadir—: Has dicho que si quería algo tenía
que pedirlo.
171/923
—¡No me refería a esto! —Sano estaba
desolado. De las profundidades de su me-
moria surgían escenas de su infancia: su
madre cocinando, limpiando y bordando en
casa mientras su padre se aventuraba fuera
de ella para mantenerlos. La experiencia
había formado la noción que Sano tenía de
un matrimonio correcto. Un aluvión de
razones adicionales le impedía acceder a la
petición de Reiko. Adoptó un tono amable—.
Lo siento. Agradezco tu ofrecimiento, pero
una investigación de asesinato no es apropi-
ada para una esposa.
Esperaba que acatase su decisión, como
había hecho su madre con todas las de su
padre. Pero Reiko replicó:
—Mi padre me ha dicho que ése iba a ser
tu parecer, y lo comparte. Pero quiero traba-
jar, ser útil. Y puedo ayudarte.
—Pero ¿cómo? —preguntó Sano, cada
vez más atónito ante la desaparición de su
sueño de dicha conyugal. ¿Quién era aquella
172/923
chica extraña y obstinada con la que se había
casado?—. ¿Qué podrías hacer tú?
—He recibido educación; sé leer y es-
cribir tan bien como un hombre. Durante
diez años he observado los juicios de mi
padre en el Tribunal de justicia. —A Reiko le
temblaba la delicada barbilla, pero no cedió
ante la desaprobación de Sano—. Entiendo la
ley, y a los criminales. Puedo ayudar a
averiguar quién mató a la dama Harume.
Criada en la mansión del magistrado
Ueda, Reiko debía de haber visto más crim-
inales que el propio Sano. Avergonzado de
verse superado por su joven esposa, también
aborrecía pensar en los espectáculos de viol-
encia y depravación humana que habría
presenciado. Peor aún, le sublevaba la idea
de dejar que aquellos elementos de su tra-
bajo irrumpieran en su vida privada. ¿Cómo
podía ser su casa un refugio si Reiko com-
partía su conocimiento de los males del
mundo?
173/923
—Te lo ruego..., cálmate y deja que te lo
explique —dijo Sano, alzando las manos en
gesto de apaciguamiento—. El trabajo de un
detective es peligroso. Podrías resultar
herida, incluso muerta. —Les había ocurrido
a muchos otros durante sus anteriores casos,
y no iba a dejar que su esposa cayera víctima
de su búsqueda de la justicia—. No sería cor-
recto que te permitiera participar en la in-
vestigación de un asesinato. —Sano retomó
su cena con ademán de dar por zanjada la
cuestión.
—Crees que soy débil y estúpida por ser
mujer —insistió Reiko—, pero sé luchar.
Puedo defenderme. —El ardor encendía sus
preciosos ojos en forma de pétalo—. Y puesto
que soy mujer, puedo entrar en sitios que te
están vedados. Puedo obtener información
de gente que a ti nunca te hablaría. ¡Dame
tan sólo una oportunidad!
Sano empezaba a enfadarse. Recordaba
a su dócil madre cocinando los platos
174/923
preferidos de su marido, llevando la casa
para satisfacer sus necesidades sin pedir
jamás nada para ella misma. En su mundo
de samurái marcado por el servicio sin lim-
ites al régimen de Tokugawa, su propio hog-
ar era el único dominio bajo su control abso-
luto. Ahora Sano notaba que ese control se le
escapaba de las manos y su autoridad mas-
culina se debilitaba frente al desafío de
Reiko. El cansancio minaba su paciencia.
Aunque lo último que quería era una pelea
en su noche de bodas, la cólera se impuso.
—¿Cómo osas llevarle la contraria a tu
marido? —preguntó, arrojando los palillos—.
¿Cómo te atreves siquiera a sugerir que tú,
una niña tonta y cabezota, puedes hacer algo
mejor que yo?
—¡Porque tengo razón!
De un salto, Reiko se puso en pie, con
los ojos que echaban chispas de una furia no
inferior a la de Sano. Se tanteó el incisivo
mellado con la lengua; se llevó la mano al
175/923
cinto como si buscara una espada. Aquella
reacción agresiva y poco femenina indignó a
Sano, a la vez que lo excitó profundamente.
La furia convertía la delicada belleza de
Reiko en el poder puro y femenino de una di-
osa. La rapidez de su respiración y el arrebol
de sus mejillas sugerían la excitación sexual.
A pesar del desagrado por su impertinencia,
Sano admiraba su espíritu valeroso, aunque
no la creyera capaz de investigar un ases-
inato, ni pretendiera dejarle socavar su mas-
culinidad a base de réplicas. Apartó la
bandeja de un manotazo y se levantó, lan-
zando una mirada furibunda a su joven
esposa.
—Te ordeno que te quedes en casa,
donde te corresponde, y no te entrometas en
mi trabajo —dijo, aunque horrorizado por el
vuelco de hostilidad que había dado su rela-
ción. Quería que los dos fuesen felices, y no
iba a conseguirlo hiriendo los sentimientos
de Reiko. Pero ¿qué otra cosa podía hacer?—.
176/923
Soy tu marido. Me obedecerás. ¡Y no hay
más que hablar!
Reiko entrecerró los ojos con desprecio.
—¿Y qué harás si desobedezco? —pre-
guntó—. ¿Pegarme? ¿Mandarme de vuelta
con mi padre? ¿O matarme? —De su gar-
ganta brotó una risa amarga—. Ojalá lo hici-
eras, porque lamento haberme casado con-
tigo. ¡Prefiero morir que someterme a ti o a
cualquier otro hombre!
Su rechazo se le clavó como una
puñalada en el corazón. Herido y furioso,
sentía una irresistible necesidad de afirmar
su poder mediante la posesión física de su
esposa. Su virilidad alcanzó la erección. Dio
un paso adelante y la aferró por los hombros.
La rebeldía valiente de Reiko se des-
vaneció al momento. Se encogió ante la
fuerza de Sano. Cernido sobre ella, notaba la
fragilidad de sus huesos. Los ojos se le llen-
aron de terror, y él supo que no eran los
golpes o la muerte lo que temía. Era la herida
177/923
más cruel que un hombre podía infligirle a
una mujer: el asalto personal a las partes
más íntimas de su cuerpo. Pero, cuando se
cruzaron sus miradas, Sano sintió en ella un
apetito insondable por ese contacto íntimo y
brutal; tenía los labios húmedos y respiraba
de forma rápida y trabajosa. Ante Sano sur-
gió una visión de los dos desnudos y en-
trelazados, resolviendo toda discusión en el
primitivo rito del apareamiento. Y por la ex-
presión de asombro en el rostro de Reiko,
veía que ella también la compartía y deseaba
que se hiciera realidad.
Lentamente, Sano alzó la mano y le tocó
la suave mejilla. Por un largo y tenso mo-
mento, sus alientos se confundieron. De re-
pente, Reiko se desasió de él y salió cor-
riendo de la sala.
—¡Reiko, espera! —gritó Sano.
Sus pasos veloces se alejaban por el
pasillo. Se oyó un portazo. Presa de un caos
de emociones, con el cuerpo aún rebosante
178/923
de deseo, Sano se quedó paralizado, con las
manos cerradas sobre el vacío que ella había
dejado atrás.
En el santuario de su cámara privada,
Reiko echó el pestillo y exhaló un trémulo
suspiro. Notaba el corazón desbocado en el
pecho; le temblaban los músculos. Con
agitación febril, corrió hacia la puerta de la
galería y salió.
Una luna asimétrica y marfileña
derramaba una luz tenue sobre los árboles,
las rocas y el pabellón del jardín. Cantaban
los grillos; ladraban los perros. En algún
lugar de la noche, los guardias patrullaban la
finca y el castillo; pasos, ruido de cascos y
voces bajas recorrían el aire nítido y frío que
olía a escarcha y a humo de carbón. Reiko
daba vueltas por la habitación en gélida
soledad, tratando de poner en orden sus tu-
multuosos sentimientos.
¡Cómo odiaba a Sano por menospreciar
sus deseos, por burlarse de su inteligencia y
179/923
sus habilidades! Y qué enfadada estaba con
ella misma por manejar tan mal la situación.
Tendría que haberse tomado las cosas con
más calma, hacerse la esposa sumisa y
ganarse su afecto antes de abogar por su
causa. Pero sentía que no habría supuesto
ninguna diferencia. Sano era como todos los
hombres, y había sido una insensata por
pensar lo contrario.
—¡Samurái pomposo e ignorante!
Darme órdenes a mí como si fuera una cri-
ada o una niña —masculló, henchida de ra-
bia. Bajo su furia, yacía el sufrimiento som-
brío del desengaño: qué infantil y alocado
parecía su sueño de resolver crímenes y al-
canzar la gloria—. ¡Mejor sería que me hu-
biese hecho el haraquiri antes que casarme!
Mientras caminaba, una cálida sensa-
ción de humedad se deslizó entre sus muslos.
Pensando que le había llegado el periodo, se
tanteó bajo las faldas. Su mano salió man-
chada de una secreción transparente y
180/923
almizcleña: el fluido de la excitación, la
respuesta involuntaria de su cuerpo a la con-
frontación con Sano. Se horrorizó al cobrar
conciencia de una pesadez en el bajo vientre,
del sordo y cálido latido entre sus piernas.
Acuclillada en la galería, afrontó la suma de
sus temores.
No temía las palizas, el castigo habitual
a las mujeres indisciplinadas —el entrenami-
ento en artes marciales le había proporcion-
ado una elevada tolerancia al dolor—, y sabía
de manera instintiva que Sano no era del
tipo de hombres que harían daño a una
mujer en un momento de furia. Pero temía el
acto sexual, un campo de batalla donde la
naturaleza la había hecho vulnerable a la
posesión del hombre. Y el deseo podía so-
meterla al marido que ya la poseía, destruy-
endo su preciada independencia.
Aun así, la aterrorizaba que Sano se di-
vorciara de ella. Si lo hacía, todos la cul-
parían del fracaso de su matrimonio; ningún
181/923
otro hombre la aceptaría. Ella y su familia
padecerían una humillación pública. El es-
pectro de un futuro sombrío como solterona
caída en desgracia que vivía de la caridad de
los parientes se cernía sobre Reiko. Y a pesar
de la rabia que le daba la tiranía de Sano, no
quería dejarlo. Quería experimentar los pe-
ligrosos placeres del amor. Cuerpo y espíritu
lo anhelaban, aunque su pensamiento se en-
cogiera ante la perspectiva de una vida de re-
clusión doméstica y aburrimiento.
Reiko observó el juego de la luna en as-
censo sobre las ramas de un alto pino. De
entre la maraña de emociones en conflicto
había una que identificaba a la perfección:
tenía que hacer que el matrimonio fun-
cionase, pero con sus propias condiciones.
Entró en su estancia y se arrodilló frente
al escritorio. Sobre él descansaban en un est-
ante las espadas que había recuperado
aquella tarde. Molió tinta, preparó una hoja
y cogió su pincel. La desesperación reforzaba
182/923
su determinación. Iba a probarle a Sano que
una esposa podía ser detective. Iba a de-
mostrarle que le convenía tenerla como
partícipe de su trabajo en vez de como es-
clava glorificada del hogar. Haría que la am-
ara por lo que era, no por su idea de lo que
debería ser.
Llevándose la lengua a su diente mel-
lado, Reiko empezó a redactar una lista de
planes para sus indagaciones secretas sobre
el asesinato de la dama Harume.
A solas, Sano decidió a regañadientes no
salir en pos de Reiko: en su presente estado
de furia, confusión y deseo insatisfecho, sólo
conseguiría empeorar las cosas entre ellos.
Acabó de comer, aunque la cena se había en-
friado y había perdido el apetito. Cansina-
mente se levantó, fue a su habitación y se
quitó la ropa. En el cuarto de baño se frotó,
se aclaró, se sumergió en la bañera y después
se envolvió en una bata de algodón. Recorrió
el pasillo y dejó atrás la estancia donde había
183/923
planeado pasar la primera noche con su es-
posa. En la puerta contigua, la pared de pa-
pel de la cámara privada de su mujer
resplandecía a la luz de una lámpara. Sano se
detuvo en el exterior.
La sombra borrosa de Reiko se despo-
jaba de la ropa y se peinaba. Era evidente
que pensaba pasar la noche allí. A Sano le
quemaban las entrañas de deseo. Un fiero
afán de posesión inflamó su furia. A pesar de
la pelea, era su esposa. Tenía derecho a exi-
gir su presencia en el lecho nupcial. Aferró el
picaporte... ... y después dejó que su mano
cayera, sacudiendo la cabeza a medida que la
razón aplacaba a la lujuria furiosa. No podía
sojuzgar a Reiko por medio de la fuerza
bruta, porque no quería una pareja resentida
que lo obedeciese tan sólo porque la sociedad
estipulaba que la mujer debía someterse al
hombre. Seguía anhelando una unión de
amor mutuo. Había sido un día largo y difí-
cil, probablemente no menos para Reiko que
184/923
para él. Habían arrancado con un mal princi-
pio, pero al día siguiente empezarían de
nuevo, tras una noche de descanso. Le
mostraría todas las atenciones posibles. Ella
se daría cuenta de que su sitio estaba en
casa, no en una investigación de asesinato. Y
entonces aprendería a amarlo como su mar-
ido y su superior.
Fue de mala gana a sus aposentos pero,
enfrascado en recrear la discusión con Reiko
y pensar en lo que tendría que haber dicho,
se sentía demasiado tenso para dormir.
Entre los pliegues de ropa tirada en el suelo
estaba el diario que había encontrado en la
habitación de la dama Harume. Lo recogió
con un suspiro. No había nada como el tra-
bajo para apartar el pensamiento de los
problemas domésticos, y tal vez descubriera
algo útil en el registro que la concubina ases-
inada había llevado de su vida y sus
pensamientos íntimos. Se tumbó en el futón
y se acercó la lámpara. Apoyado en el codo,
185/923
abrió la cubierta malva y verde con estam-
pado de tréboles del diario y pasó la primera
página.
El texto estaba escrito con un trazo tor-
pe y plagado de tachones. Como muchas
mujeres, la dama Harume apenas había ten-
ido estudios. Tal vez fuera mejor para ellas,
pensó Sano, a la vista de cómo la educación
superior de Reiko había dado alas a su es-
píritu rebelde. Sin embargo, a medida que
Sano hojeaba el diario, despuntó el talento
natural de Harume para la prosa descriptiva:
Entro en el Interior Grande. Los guardi-
as me conducen por los pasillos como a una
prisionera a su celda. Cientos de mujeres se
paran a curiosear. Dejan de parlotear a mi
paso y me miran: ¡cuánto desdén! Miran y
miran, animales codiciosos y enjaulados que
se preguntan si la llegada de la nueva signifi-
cará menos comida para ellas. Pero sostengo
la cabeza bien alta. Puede que sea pobre,
pero soy más guapa que cualquiera de las
186/923
que veo. Algún día no muy lejano seré la con-
cubina favorita del sogún. Y nadie más se at-
reverá a menospreciarme.
Ninguna de las entradas llevaba fecha,
pero aquélla, la primera, debía datar de poco
después de Año Nuevo, hacía ocho meses,
cuando Harume llegó al castillo de Edo. Sano
leyó por encima los pasajes que describían
las rutinas y los enojos del Interior Grande,
los diversos entretenimientos de Harume y
sus visitas cada vez más frecuentes a los
aposentos del sogún.
Este sitio está tan abarrotado que
tenemos que hacer turnos para comer y
bañarnos. Dondequiera que vaya hay
siempre alguien que topa conmigo, siempre
alguien en el excusado cuando tengo que ir,
las narices de alguien en mis asuntos, el
hedor de alguien en mi nariz. El agua del
baño siempre está sucia cuando me toca, y el
ruido nunca cesa, ni siquiera por las noches,
porque siempre hay alguien que habla,
187/923
ronca, tose o llora. Pero, aunque anhelo estar
a solas, muero de soledad. Las otras me
tratan como a una extraña, y a mí tampoco
me caen bien. Y no hay nada que hacer ex-
cepto lo de siempre. Cada día es igual al an-
terior, y no nos dejan salir lo bastante a
menudo.
Ayer hizo mucho calor, y los truenos
bramaban como dragones furiosos. Nos fui-
mos de merienda a las colinas. Me puse mi
quimono verde con estampado de hojas de
sauce. Bebimos sake y nos lo pasamos muy
bien hasta que de golpe, ¡un chaparrón! Grit-
amos y corrimos a los palanquines mientras
las sirvientas correteaban para recoger las
provisiones. ¡Qué diversión ver a todas
aquellas altivas concubinas mayores em-
papadas y cloqueando como gallinas moja-
das!, sobre todo después de que se burlaran
de mis modales rústicos.
La noche pasada me volvió a recibir su
excelencia. Me puse mi quimono de satén
188/923
rojo con los caracteres de la suerte estampa-
dos para poder darle un hijo y ser rica y feliz
durante el resto de mi vida, como la dama
Keisho-in.
Como Sano había esperado, el diario ín-
timo de Harume se parecía a los que antaño
escribieran las damas de la corte imperial,
que habían dado testimonio de las trivialid-
ades de la vida más que de los sucesos
históricos de importancia. Sobre ocasiones
tan sonadas como la última, Harume no
daba detalles: hasta las jovencitas candoro-
sas sabían que cualquier observación des-
cuidada sobre el sogún podía acarrear una
severa censura, la destitución e incluso la
muerte. Harume también debía de haber
temido que alguna compañera fisgona leyese
su diario y se vengase de la desfavorable
descripción que en él hacía. La dama Ichiteru
y el teniente Kushida sólo aparecían a la mit-
ad de una larga lista titulada «Cosas que me
desagradan de la vida en el castillo de Edo»:
189/923
39. Que me pongan el arroz duro del
fondo de la olla porque las concubinas
mayores se quedan con la mejor comida.
40. Ichiteru, que se cree mejor que
nadie sólo porque es prima del emperador.
41. Los reconocimientos médicos men-
suales y las manos frías del doctor Kitano en
mis partes íntimas.
42. El teniente Kushida, un incordio
espantoso.
En pasajes posteriores no había con-
stancia de enemistades o disputas que pudi-
eran haber llevado a su asesinato. Sano em-
pezaba a amodorrarse. Pasó a la última
página.
Ayer fuimos de peregrinaje al templo de
Kannon. Me encanta el barrio de Asakusa
porque hay tanto ajetreo en las calles que los
guardias y las sirvientas de palacio no
pueden vigilarnos muy de cerca. Podemos
escabullirnos de ellos y pasear por el mer-
cado, comprar comida y recuerdos en los
190/923
puestos, que nos lean la buenaventura, ob-
servar a los peregrinos, los sacerdotes, los
niños y las palomas sagradas: ¡libertad!
Corro entre los tenderetes hacia la
posada. Como de costumbre, ya hay una
habitación reservada para mí, de modo que
me deslizo entre el pinar y los matorrales de
bambú que la rodean como un bosquecillo.
Mi habitación está en el pabellón del
fondo, muy discreta. Entro, cierro la puerta y
espero. Al poco oigo el crujido de unos pasos
en el sendero de grava. Se detienen en el ex-
terior de mi habitación...
Sano ya estaba totalmente despierto y
despabilado. Así que la dama Harume había
aprovechado su libertad para tener citas
secretas.
... y veo su sombra alta y delgada en la
ventana de papel. Hay un agujero en el li-
enzo, y aparece su ojo. Pero no dice nada, y
yo tampoco. Fingiendo que estoy a solas, me
quito poco a poco la capa. Me desanudo la
191/923
faja y dejo que mis quimonos exteriores e in-
teriores caigan al suelo, de cara a la ventana
para que me vea, pero sin cruzar la mirada
con él en ningún momento.
Su sombra se agita. Desnuda, me paso
las manos por los pechos, suspirando y
humedeciéndome los labios. Sus prendas se
separan con un frufrú y se afloja el tapar-
rabos. Me tumbo en los colchones del suelo.
Abro las piernas y mi femineidad queda ex-
puesta a su mirada. Me acaricio con los de-
dos. Cada vez más rápido, gimiendo, ar-
queando la espalda, zarandeando la cabeza
con un placer que en realidad no siento.
Jadea y gruñe. Cuando finalmente grito, él
también lo hace, un sonido feo, como el de
un animal moribundo.
Después me quedo quieta, con los ojos
entrecerrados. Veo que su sombra se aleja de
la ventana y desaparece. Cuando estoy se-
gura de que se ha ido, me visto con rapidez y
corro de vuelta al mercado, antes de que las
192/923
sirvientas de palacio descubran que no estoy
con el resto de las chicas. Por lo que he
hecho, podrían darme una paliza, des-
tituirme o incluso matarme. Pero él es muy
rico y poderoso. Pronto saldrá para Shikoku,
y no volveremos a vernos en al menos ocho
meses. Tengo que sacarle lo que pueda
ahora, a toda costa.
Excitado por aquella estampa erótica, el
propio Sano se sentía como un mirón al espi-
ar la vida íntima de una mujer muerta. Cerró
el libro y sopesó el significado de lo que
acababa de leer. Era probable que Harume
hubiese pensado que cualquiera que leyese la
historia la tomaría por una fantasía, pero
tenía el timbre de la verdad. ¿Quién era su
compañero en aquel juego estrambótico y
por qué jugaba ella si no le proporcionaba
ningún placer? ¿Qué más podía haber pas-
ado entre ellos? Sano enumeró las pistas: un
hombre alto y delgado que era rico y
193/923
poderoso, destinado a una estancia de ocho
meses en aquella isla del sur...
Entonces sonrió. Sabía de alguien que
encajaba con los indicios que Harume había
dejado sobre su enamorado. Sano apagó la
lámpara con un soplido, se tumbó con el
cuello apoyado en el soporte de madera y se
arropó con el edredón. Al día siguiente él y
Reiko se reconciliarían y empezarían su mat-
rimonio feliz. Y también al día siguiente, en
algún momento entre el informe al sogún, la
asistencia al reconocimiento del cadáver de
Harume en el depósito y la entrevista con la
dama Ichiteru y el teniente Kushida, Sano
visitaría al más reciente sospechoso del ases-
inato: el caballero Miyagi Shigeru, daimio de
la provincia de Tosa.
8
Con el aliento escarchado en el aire de la
mañana, Sano e Hirata avanzaban con paso
firme por los pasajes serpenteantes y los
puestos de control del castillo de Edo en su
camino para informar al sogún. Era otro día
claro y despejado, aunque más frío que el an-
terior. El sol espejeaba en las tejas de los
pasajes cerrados, destellaba entre las frondas
de los pinos mecidas por el viento y se refle-
jaba en las armaduras de los guardias que
patrullaban. Las sombras eran precisas como
recortes de papel, y todos los sonidos se dis-
tinguían con claridad: los cascos de los
caballos sobre las losas del camino, el paso
marcial, los gritos. Los gansos surcaban el
vasto cielo azul sin nubes y extendían una
guirnalda de graznidos por encima del
castillo. El aire estaba impregnado de un
195/923
vigorizante olor a hojas caídas y humo de
carbón.
—¿Habéis dormido bien? —preguntó
Hirata, en referencia a la noche de bodas de
Sano, como dejó claro con una mirada car-
gada de intención.
—Bien, gracias —respondió Sano lacón-
icamente, con la esperanza de que Hirata no
siguiera con el tema. Aquella mañana aún no
había visto a Reiko. Había decidido posponer
su próximo encuentro hasta la noche, y
evitar así otra escena desastrosa antes del
trabajo.
Hirata, siempre atento al estado de án-
imo de Sano, dijo:
—Los hombres y yo teníamos planeada
una pequeña celebración para vos ayer por la
noche. Supongo que es una suerte que la
canceláramos para dejaros descansar.
Sabedor de cómo eran las festividades
de noche de bodas, Sano no pudo sino estar
de acuerdo. Esperaba que su reunión con el
196/923
sogún presentase menos contratiempos que
su matrimonio. Pero, aunque había dado por
hecho que la noticia de que no había epi-
demia habría disipado los temores del sogún,
pronto iba a descubrir lo contrario. Tok-
ugawa Tsunayoshi, aposentado en su salón
privado entre guardias y sirvientes, saludó la
llegada de Sano e Hirata con un grito
angustiado.
—Ah, sosakan-sama —aulló—. El ases-
inato de mi concubina me ha perturbado
tanto que esta noche no he podido dormir.
Ahora tengo un dolor de cabeza espantoso.
Tengo el estómago revuelto y, ah, me duele el
cuerpo entero.
Estaba reclinado en la tarima, apoyado
en los cojines con una bata de seda bron-
cínea. Ahora que al fin era consciente de la
muerte de Harume, parecía marchito, pálido
y mucho mayor que los cuarenta y cuatro
años que tenía. Un asistente situó un biombo
frente a la ventana para resguardarlo de los
197/923
paneles de papel resplandecientes de sol.
Otros atizaban los braseros de carbón hasta
calentar la habitación a temperaturas propi-
as de un homo. Un sacerdote entonaba cánti-
cos. El doctor Kitano revoloteaba en torno al
sogún con una taza de liquido humeante.
Sano e Hirata se arrodillaron e hicieron
una reverencia.
—Mis disculpas por importunaros, ex-
celencia —dijo Sano—. Si preferís esperar
para que os informe del estado de la
investigación...
El sogún descartó la sugerencia con un
ademán de la mano.
—Quedaos, quedaos. —Se incorporó
para beber de la taza que le ofrecía el doctor
Kitano, pero de pronto la miró con suspica-
cia—. ¿Qué es esto?
—Té de cenizas de bambú, para
calmaros el estómago.
—¡Tú, ven aquí! —ordenó Tokugawa
Tsunayoshi a uno de los sirvientes—.
198/923
Pruébalo y, ah, asegúrate de que no está
envenenado.
—Pero si lo he preparado con mis propi-
as manos —protestó el doctor—. No hay pe-
ligro alguno.
—Con un envenenador suelto en el
castillo de Edo, toda precaución es poca
—dijo el sogún en tono enigmático.
El sirviente bebió. Instantes después, al
ver que seguía vivo y sano, el sogún apuró la
infusión. Los asistentes hicieron pasar al
masajista, un individuo calvo y ciego. Tok-
ugawa Tsunayoshi señaló el frasco de aceite
que llevaba.
—Probad eso con, ah, algún otro antes.
Un guardia se untó el brazo de aceite.
Acudieron más soldados con pájaros enjaula-
dos para detectar gases nocivos; los criados
cataban los pasteles del sogún. Era evidente
que no le importaba la dama Harume; era su
propia vulnerabilidad la que lo preocupaba, y
con motivo: el asesinato era el método
199/923
habitual del que se valían los guerreros
ambiciosos para derrocar los regímenes y
hacerse con el poder.
—El veneno que mató a la dama
Harume estaba en un frasco de tinta
señalado con su nombre —explicó Sano—.
No cabe duda de que era ella el objetivo del
asesino y no vos, excelencia.
—Eso no cambia, ah, nada. —El sogún
gruñó cuando sus criados lo despojaron de la
ropa y dejaron a la vista sus carnes blancas y
fofas. Un taparrabos cubría su sexo y le sep-
araba las nalgas mustias. Tumbado boca
abajo, añadió—: El envenenamiento fue un
ataque indirecto contra mí. El asesino no se
contentará con matar a una concubina cu-
alquiera. Estoy en, ah, grave peligro.
El masajista le trabajó la espalda con las
manos. Los sirvientes le daban pasteles y té
mientras los guardias emplazaban jaulas por
toda la sala. Sano no estaba de acuerdo con
la visión egocéntrica que Tokugawa
200/923
Tsunayoshi tenía del asesinato, pero a aquel-
las alturas no podía descartar por completo
los temores del sogún. La intriga política era
uno de los posibles móviles del crimen. Sano
le relató el resultado de su entrevista con la
dama Keisho-in y con Chizuru y bosquejó sus
planes de interrogar a la dama Ichiteru y al
teniente Kushida. Mencionó que el diario ín-
timo de la dama Harume apuntaba hacia un
sospechoso adicional, cuya identidad
pensaba determinar.
Un abrupto silencio se adueñó de la
habitación. Sirvientes y guardias cejaron en
sus actividades; las manos del masajista
quedaron suspendidas sobre el cuerpo de
Tokugawa Tsunayoshi. Hirata dio un
respingo. Sano sintió un hormigueo en la
nuca como respuesta a la misma señal in-
audible que había alarmado a los demás. Se
volvió hacia la puerta.
Allí estaba el chambelán Yanagisawa,
majestuoso en sus brillantes vestiduras, con
201/923
una sonrisa enigmática en su bello rostro.
Sirvientes, guardias, criados y masajista se
postraron en señal de veneración. Tras la
apariencia tranquila de Sano latía desbocado
su corazón. Yanagisawa debía de haber es-
tado escuchando detrás de la puerta, y
acudía para obstaculizar su investigación
como había hecho en otros casos.
—Ah, Yanagisawa-san, bienvenido.
—Tokugawa Tsunayoshi sonrió con afecto al
que fuera su protegido y amante de tantos
años—. El sosakan Sano acaba de ponerme al
día sobre su investigación del asesinato de la
dama Harume. Agradeceríamos tu consejo.
El chambelán Yanagisawa veía en Sano
un rival por el favor de Tokugawa Tsunay-
oshi, por el poder sobre el débil señor y, en
consecuencia, sobre la nación entera. Por
ello, en el pasado había contratado a asesi-
nos para que lo mataran y a espías para que
desenterraran información susceptible de ser
usada contra él. Había difundido malévolos
202/923
rumores sobre Sano y había ordenado a al-
gunos funcionarios que no colaborasen en
sus pesquisas. Lo había enviado a Nagasaki,
con la esperanza de que allí se metería en
apuros suficientes para acabar con él de una
vez por todas. Y Sano sabía que el chambelán
estaba furioso porque la treta no había
funcionado.
Al regreso de Sano, el sogún y muchos
altos funcionarios se habían dado cita en el
palacio para recibirlo. Durante la recepción,
el chambelán Yanagisawa le había dedicado
una mirada que evocaba imágenes de lanzas,
dagas y espadas, todas apuntadas directa-
mente hacia él.
Sano hizo acopio de fuerzas para un
nuevo ataque mientras Yanagisawa cruzaba
la habitación y se arrodillaba junto a él. Notó
que Hirata se ponía tenso, atento a la
amenaza. Sus adiestrados sentidos captaron
el aroma del chambelán a aceite de gaulteria
para el pelo, humo de tabaco y el
203/923
inconfundible y amargo poso de la
corrupción.
—Parece que el sosakan Sano mantiene
un admirable control sobre la situación
—dijo el chambelán Yanagisawa.
Sano esperó las mofas sobre su carácter,
apenas disfrazadas de alabanza; la ridiculiza-
ción enmascarada de solicitud; las insinua-
ciones de negligencia o deslealtad, todas dis-
eñadas para manipular al sogún de forma
que desconfiase de Sano, pero sin decir nada
que pudiera ser refutado en voz alta. Sano
jamás había mostrado ningún deseo de arre-
batarle a Yanagisawa su poder. ¿Por qué no
podían coexistir en paz? La furia le encendía
la sangre y lo preparaba para una batalla que
siempre perdía.
Sin embargo, Yanagisawa le sonrió,
aumentando su belleza masculina.
—Si hay algún modo en el que os pueda
ser de utilidad, os ruego que me lo hagáis
204/923
saber. Debemos cooperar para eliminar esta
potencial amenaza para su excelencia.
Sano contempló al chambelán con
suspicacia, pero no veía malicia en la mirada
oscura y acuosa de Yanagisawa, sólo una
simpatía en apariencia sincera.
—Ah, qué alegría ver a mis mejores
hombres trabajando juntos en beneficio mío
—declaró el sogún, dándose la vuelta para
que el masajista pudiera trabajarle el
pecho—. Sobre todo porque empezaba a
pensar que no os, ah, llevabais bien. Qué
idea más tonta. —Soltó una risita.
A lo largo de la guerra de Yanagisawa
contra Sano, su señor había permanecido
alegremente ajeno. Yanagisawa no quería
que sus ansias de poder quedaran al descu-
bierto. Para Sano, hablar en contra del
primer representante del sogún equivalía a
hablar en contra de su propio señor: traición,
el mayor deshonor, penado con la muerte.
205/923
Sano se preguntaba qué nueva estrategia
había urdido Yanagisawa para hundirlo.
—Me alegro de contar con vuestra pro-
tección —prosiguió el sogún—, porque el
asesinato de la dama Harume supone una
seria amenaza a todo mi, ah, régimen. Al
matar a una de mis concubinas favoritas, al-
guien quiere asegurarse de que jamás con-
siga un heredero, con lo cual la sucesión
quedará en el aire y se abrirá el paso a una
rebelión.
—Es una interpretación muy perspicaz
del crimen —dijo el chambelán.
El sogún sonrió encantado ante la
alabanza. Cuando Yanagisawa intercambió
con Sano una mirada velada de mutua sor-
presa ante la inesperada sagacidad de su
señor, los recelos de Sano fueron en
aumento. Era la primera vez que surgía entre
ellos un atisbo de complicidad. Pese a su tur-
bulenta historia, Sano albergaba esperanzas.
¿Habría cambiado el chambelán?
206/923
—Me he visto continuamente frustrado
en mi, ah, búsqueda de un hijo —se lamentó
Tokugawa Tsunayoshi—. Mi esposa es una
inválida estéril. Doscientas concubinas tam-
bién han fracasado a la hora de darme una
criatura. Los sacerdotes cantan plegarias día
y noche; me he dejado una fortuna en ofren-
das a los dioses. Por consejo de mi honorable
madre, promulgué los edictos de protección
a los perros.
El sacerdote Ryuko había convencido a
la dama Keisho-in de que, para ser padre de
un hijo, el sogún debía expiar los pecados de
sus ancestros. Dado que había nacido en el
año del perro, el modo de hacerlo era pro-
tegiendo a esos animales. A partir de aquel
momento, se encarcelaba a cualquier per-
sona que hiriese a un can; quien matara a
uno, sería ejecutado. La situación ilustraba la
influencia de Ryuko sobre Keisho-in, y la de
ésta sobre el sogún, influencias que no
habían hecho sino aumentar a pesar de sus
207/923
continuos fracasos para engendrar un
heredero.
—Pero todos mis esfuerzos han sido en
vano. —Tokugawa Tsunayoshi cabeceaba al
ritmo de las presiones del masajista sobre
sus hombros—. A lo mejor todas las concubi-
nas son tan inadecuadas como mi esposa, o
los pecados de mis ancestros son demasiado
grandes para que yo los, ah, supere.
Sano pensó para sus adentros que el
problema no residía en las mujeres ni en los
delitos ancestrales, sino en la preferencia de
Tsunayoshi por el amor masculino. Mantenía
un harén de jóvenes campesinos, samuráis,
sacerdotes y actores con los que pasaba la
mayor parte del tiempo libre. ¿Sería capaz de
fecundar a las concubinas? Sin embargo,
dado que no le correspondía a Sano con-
tradecir a su señor, guardó silencio, al igual
que Yanagisawa.
Un escalofrío de aprensión perturbó a
Sano cuando comprendió que Yanagisawa
208/923
salía ganando con la falta de un sucesor para
el sogún. Sin él, Tokugawa Tsunayoshi no
podía retirarse; el control del bakufu no
podía pasar de manos del chambelán a un
nuevo régimen. ¿Había ordenado
Yanagisawa la muerte de la dama Harume
para ampliar la duración de su hegemonía?
¿Era ésa la razón de cualquiera que fuese el
plan que estaba poniendo en acción? Al re-
cordar el asesinato de los Bundori, del que
Yanagisawa había sido sospechoso, Sano
temió que se repitiera el panorama que casi
le había costado la vida y el honor. ¡Cómo
deseaba creer que el chambelán había
cambiado!
—Mis anteriores problemas para obten-
er un heredero podían atribuirse al destino
—dijo Tokugawa Tsunayoshi en tono que-
jumbroso—. Pero el envenenamiento de la
dama Harume fue un acto de maldad hu-
mana, ¡una afrenta intolerable! Era joven,
fuerte y lozana; tenía grandes esperanzas de
209/923
que triunfara allá donde mis otras mujeres
me habían, ah, fallado. Sosakan Sano, debes
atrapar pronto a su asesino y llevarlo ante la
justicia.
—Sí, es necesario —corroboró el cham-
belán Yanagisawa—. Por el castillo circulan
rumores de conspiración. Habrá serios prob-
lemas si este caso no se resuelve con
prontitud.
«Lo estaba esperando», pensó Sano con
un estremecimiento, al prepararse para com-
batir otro intento de Yanagisawa de hacerle
quedar como un incompetente. Entonces el
chambelán se volvió hacia él y dijo:
—Mi sugerencia es que sigáis el recor-
rido del frasco de tinta desde sus orígenes
hasta la dama Harume, y que determinéis
cuándo y dónde se introdujo el veneno.
Aquella estrategia lógica ya se le había
ocurrido a Sano, que observó a su enemigo
con creciente sorpresa cuando retomó su
discurso:
210/923
—Si necesitáis mi ayuda, estaré en-
cantado de poner mi personal a vuestra en-
tera disposición.
Con mayor resquemor si cabe, Sano
respondió:
—Gracias, honorable chambelán. Tendré
presente vuestra oferta.
Yanagisawa se levantó y le hizo al sogún
una reverencia de despedida, seguida de
otras para Sano e Hirata, que no tardaron en
partir tras él.
—No escatimes esfuerzos ni gastos en
atrapar al asesino de la dama Harume —or-
denó Tokugawa Tsunayoshi entre gruñidos y
jadeos mientras el masajista le golpeaba el
pecho—. ¡Cuento contigo para salvarme a mí
y a mi régimen de la destrucción!
En el exterior del palacio, Hirata
preguntó:
—¿Por qué se muestra tan amable el
chambelán Yanagisawa? Debe de tramar
211/923
algo. No pensaréis aceptar su ayuda,
¿verdad?
Sano se crispó ante la franqueza de su
vasallo al tratar un asunto tan delicado. La
cautela y los buenos deseos tiraban de él en
distintas direcciones. Conocía a Yanagisawa
y no se fiaba de él. ¡Pero qué fácil sería traba-
jar por una vez con la cooperación del
chambelán!
—A lo mejor ha decidido convocar una
tregua —dijo Sano mientras avanzaban por el
jardín.
—Disculpad, pero no lo puedo creer. L
a cautela se impuso.
—Ni yo —estuvo de acuerdo Sano—. En-
viaré espías para que averigüen en qué anda
metido. Ahora, si queremos ganar tiempo,
será mejor que nos separemos para interrog-
ar al teniente Kushida y a la dama Ichiteru.
¿Cuál prefieres?
Hirata adoptó una expresión
meditabunda.
212/923
—Mi bisabuelo y el de Kushida combati-
eron juntos en la Batalla de Sekigahara.
Nuestras familias aún se visitan el día de Año
Nuevo. No me trato mucho con Kushida, me
lleva catorce años, pero lo conozco desde que
tengo uso de razón.
—Entonces será mejor que te encargues
de la dama Ichiteru —dijo Sano—, para que
tu falta de objetividad no perjudique la
investigación.
Tras un instante de duda, Hirata asintió.
—¿Hay algún problema? —preguntó
Sano.
—No, por supuesto que no —respondió
Hirata con rapidez—. Hablaré de inmediato
con la dama Ichiteru.
Sano descartó sus recelos. Hirata jamás
le había fallado.
—Una de las criadas de la dama es una
chica llamada Midori —dijo Sano—. La
conocí en mi primer caso de asesinato.
213/923
Midori, hija del daimio Niu de la provin-
cia de Satsuma, le había ayudado a identifi-
car al asesino de su hermana, acción que
había ocasionado su destierro a un remoto
convento. Sano había empleado sus influen-
cias para llevarla de vuelta a Edo y con-
seguirle un puesto como dama de compañía
en el castillo, una condición deseable para
las chicas de familia distinguida. No había
vuelto a ver a Midori, pero ella le había envi-
ado una carta donde expresaba su deseo de
compensarlo por su amabilidad.
Después de contarle la historia a Hirata,
añadió:
—Asegúrate de hablar con ella y de de-
cirle que trabajas para mí. A lo mejor te da
alguna información de utilidad sobre los
asuntos del Interior Grande.
Se separaron, Hirata de camino a las de-
pendencias de las mujeres para ver a la dama
Ichiteru y a Midori, y Sano en busca del
214/923
teniente Kushida, el guardia de palacio que
había amenazado con matar a la dama
Harume.
9
Sano se abría paso a caballo por las calle-
juelas del barrio mercantil de Nihonbashi,
entre casas de plebeyos y escaparates abier-
tos donde se vendía sake, aceite, cerámica,
salsa de soja y otros productos. Los mer-
caderes regateaban con sus clientes. Peones,
artesanos y amas de casa se agolpaban en las
callejas patrulladas por soldados. Al otro
lado de un puente que sorteaba un canal ja-
lonado de sauces, Sano encontró una verd-
ulería, una tienda de objetos de escritorio y
varios puestos de comida. Los peatones lo
saludaban amistosamente: por un azar no
del todo sorprendente, su búsqueda del teni-
ente Kushida lo había llevado a su propio
territorio.
Cuando le había preguntado al comand-
ante de la guardia de palacio por el paradero
de Kushida, el hombre le había dicho: «El
216/923
teniente ha sido rehabilitado en su puesto,
pero no entra de servicio hasta mañana. Sin
embargo, he oído que desde que lo suspendi-
eron ronda por la Academia Sano de Artes
Marciales.»
Se trataba de la escuela fundada por el
difunto padre de Sano. Él mismo había dado
clases en ella y había planeado dirigirla
cuando su padre se jubilara, pero, al ingresar
en el cuerpo de policía, su progenitor se la
traspasó a un aprendiz. Aun así, Sano jamás
había perdido su amor por el lugar donde
aprendió el arte de la esgrima. Su madre, que
no había querido trasladarse al castillo de
Edo, todavía vivía en la casa contigua a la es-
cuela. Al recibir el ascenso al cargo de
sosakan-sama, se había gastado una parte de
su abultado estipendio en renovar la aca-
demia. En aquel momento, al desmontar en
el exterior de la larga y baja edificación, ex-
aminó con orgullo los resultados. El tejado
combado y lleno de goteras había sido
217/923
sustituido, y la fachada había recibido una
mano de revoque. Un rótulo nuevo y más
grande anunciaba el nombre de la academia.
Su superficie también se había ampliado
hasta ocupar dos casas vecinas. Sano entró.
En el interior, hileras de samuráis ataviados
con uniformes blancos de algodón blandían
espadas, bastones y lanzas de madera en
combates simulados. Gritos y pisadas res-
onaban en una estruendosa cacofonía, el
ruido de fondo de la infancia de Sano. El fa-
miliar hedor a sudor y aceite para el pelo im-
pregnaba el aire. El número de matriculados
había pasado de un puñado a unos trescien-
tos, y el de personal docente, de uno a veinte.
—¡Sano-san! ¡Bienvenido! —Hacia él se
acercaba Aoki Koemon, en su día compañero
de juegos y aprendiz de su padre, en la actu-
alidad propietario y primer sensei. Le hizo
una reverencia y luego se dirigió ala clase—:
¡Atención! ¡Ha llegado nuestro patrón!
218/923
El combate cesó. En perfecto silencio,
todos le hicieron una reverencia a Sano, que
se sentía violento pero también gratificado.
Su reputación le había dado renombre a la
academia. Antes tan sólo estudiaban allí ron-
in y sirvientes de clase baja de clanes poco
importantes. En la actualidad acudían los
vasallos de Tokugawa y samuráis de las
grandes familias daimio, con la esperanza de
atraerse el favor de Sano y adquirir sus afa-
madas habilidades de combate en las clases
que de vez en cuando impartía.
—Continuad donde lo habéis dejado
—ordenó Sano, apenado de que su rango lo
elevase por encima del lugar de su infancia,
pero complacido de honrar el espíritu de su
padre al compartir su éxito con la academia.
El ruido y el ajetreo se reanudaron.
—¿Qué os trae hoy por aquí? —preguntó
Koemon, un hombre bajo y fornido de rasgos
amables.
—Busco a Kushida Matsutatsu.
219/923
Koemon señaló hacia el fondo de la hab-
itación, donde un grupo de hombres recibía
una lección de naginatajutsu —el arte de la
lanza— impartida por un samurái bajo y del-
gado. Su arma de práctica, hecha de bambú,
estaba rematada por un filo curvo de madera
envuelto en algodón.
—Ese es Kushida —anunció Koemon—.
Es uno de nuestros mejores alumnos, y a me-
nudo hace de instructor.
Mientras Sano se aproximaba para hab-
larle, el teniente Kushida hacía una de-
mostración de golpes a la clase. Aparentaba
tener unos treinta y cinco años y llevaba unas
sencillas vestiduras blancas de entrenami-
ento. Tenía la cara arrugada como la de un
mono, y unos ojos que brillaban bajo una
frente estrecha. La mandíbula prominente,
los brazos y el torso largos y las piernas
cortas acentuaban su apariencia simiesca.
Parecía un pretendiente muy poco apropiado
220/923
para una joven beldad como la dama
Harume.
Kushida alineó a sus doce alumnos en
dos hileras paralelas. Después se acuclilló,
sosteniendo la lanza con las dos manos.
—¡Atacad! —gritó.
Los jóvenes arremetieron contra él, lan-
zas en alto, entre aullidos que helaban la san-
gre. Empleada en un principio por los
monjes guerreros, la naginata había sido ad-
optada unos quinientos años atrás por clanes
militares como los Minamoto. Durante las
guerras civiles de Japón hubo ejércitos dis-
persos de lanceros; hasta que las leyes de los
Tokugawa habían restringido los duelos,
bandas de entusiastas campaban por la
tierra, entrenando con diferentes maestros y
buscando oponentes. En aquel momento,
cuando el teniente Kushida entró en acción,
Sano cobró un nuevo aprecio por el poder de
la naginata y respeto por el hombre que la
empuñaba.
221/923
Trazando un círculo vertiginoso,
Kushida danzaba entre sus atacantes como
un remolino que trinchaba el aire con su
lanza. Empleaba cada parte de su arma:
paraba golpes con el asta, lanzaba tajos a sus
contrincantes con el filo acolchado y les hun-
día el extremo romo en el pecho o el es-
tómago. A medida que los cuerpos caían al
suelo, Kushida pareció ganar estatura; su
cara de mono adquirió una ferocidad en-
cendida. Los alumnos gritaban de dolor,
pero Kushida seguía luchando como si le
fuese la vida en ello. Sano veía en él al típico
samurái que mantenía sus emociones bajo
un rígido control y hallaba una válvula de es-
cape en ocasiones como aquélla. A esas altur-
as ya debía de haberse enterado de la muerte
de la dama Harume. ¿Era aquella brutalidad
su manera de expresar el dolor o la manifest-
ación de las tendencias homicidas que le
habían llevado a matarla?
222/923
En unos instantes, todos sus contrin-
cantes estaban postrados, gimiendo y frotán-
dose las contusiones.
—¡Debiluchos! ¡Zopencos haraganes!
—les espetó Kushida. Respiraba traba-
josamente; su coronilla afeitada goteaba su-
dor—. Si esto hubiera sido una batalla de
verdad, estaríais todos muertos. Tenéis que
practicar más.
Entonces vio a Sano. Su cuerpo se puso
tenso y alzó la lanza, como si se preparara
para otro combate. Frunció el entrecejo.
—Sosakan-sama. No habéis tardado
mucho en encontrarme, ¿verdad? —Su tono
de voz era quedo y seco—. ¿Quién os ha hab-
lado de mí? ¿Esa vaca de Chizuru?
—Si sabéis por qué estoy aquí, ¿no creéis
que es mejor que salgamos fuera, donde
podamos hablar en privado? —dijo Sano con
una significativa mirada hacia los alumnos
curiosos.
223/923
Kushida se encogió de hombros y se di-
rigió en silencio hacia la puerta. Se
desplazaba con una gracia nervuda y tirante;
los músculos de sus delgadas extremidades
eran como cables de acero. Sacó un tazón de
agua de un cubo de madera, y Sano lo siguió
a la galería, donde se sentaron. Un desfile
continuo de campesinos y samuráis a caballo
ocupaba la calle.
—Contadme lo que pasó entre vos y la
dama Harume —dijo Sano.
—¿Por qué tenemos que hablar de eso,
cuando ya debéis de saberlo? —Kushida tiró
la lanza, dio un largo trago de agua y le lanzó
una mirada furibunda—. ¿Por qué no me ar-
restáis y punto? Me han suspendido de mi
trabajo; me he deshonrado a mí y al buen
nombre de mi familia. ¿Cómo pueden ir peor
las cosas?
—La pena por asesinato es la ejecución
—le recordó Sano—. Os doy la oportunidad
224/923
de contarme vuestra versión de la historia y,
tal vez, de evitar más deshonras.
Con un suspiro de resignación, Kushida
dejó su taza y se recostó sobre los codos.
—Bah, bueno —dijo—. Cuando la dama
Harume llegó al castillo, yo me sentí... at-
raído por ella. Sí, conozco las reglas sobre el
comportamiento con las concubinas del so-
gún, y siempre las había obedecido.
Sano recordó lo que le había dicho el
comandante de Kushida cuando le preguntó
por el carácter del teniente: «Es un tipo tran-
quilo, serio; no parece tener amigos ni una
vida más allá del trabajo y las artes mar-
ciales. A los otros guardias no les gustan sus
aires de superioridad. Hasta ahora, Kushida
se ha controlado tan bien en presencia de las
concubinas que todos piensan que no le at-
raen las mujeres. Asumió su cargo a los vein-
ticinco años, cuando su padre lo dejó libre.
Nos inquietaba un poco dejar suelto en el In-
terior Grande a un individuo tan joven;
225/923
normalmente escogemos a hombres que ya
no están en la flor de la vida. Pero Kushida
ha durado diez años, más que muchos otros
que han sido trasladados porque se tomaron
demasiadas confianzas con alguna dama.»
—Jamás había dejado que me tentara
ninguna concubina. Pero Harume era tan
bella, tenía unos modales tan alegres y en-
cantadores... —La mirada de Kushida se ab-
landó por el recuerdo. Más para sí que para
Sano dijo—: Al principio me conformaba con
mirarla. La escuchaba hablar con las otras
mujeres y estudiar sus lecciones de música.
Siempre que salía del castillo, me presentaba
voluntario para formar parte de la escolta
militar. Lo que fuera, con tal de estar cerca
de ella.
»Pero pronto quise más. —Su voz cobró
intensidad; parecía deseoso de confesarse—.
Buscaba excusas para entablar conversación
con Harume. Ella era agradable conmigo. Y
aun así no me daba por satisfecho. Quería
226/923
ver su cuerpo desnudo. —Tras la mirada que
Kushida volvió hacia Sano ardía la lujuria—.
De modo que empecé a espiarla. Me quedaba
delante de su habitación mientras se des-
vestía y observaba el movimiento de su som-
bra en las paredes de papel. Después, un día
sin querer dejó la puerta del baño entornada.
Y le vi los hombros, las piernas y los pechos.
—Su voz se convirtió en un susurro sobreco-
gido por el desconcierto—. Aquella visión me
privó de toda cautela.
¿De verdad Harume había dejado la pu-
erta abierta sin querer, o había estado
jugando con Kushida al mismo juego que de-
scribía en su diario? La impresión que Sano
tenía de su carácter era todavía incompleta;
debía saber más de ella. Pero en aquel mo-
mento, al ver en la fea cara del teniente la
mirada angustiada del amor obsesivo, el
corazón se le aceleró. Una obsesión así podía
llevar al asesinato.
227/923
—¿De modo que os insinuasteis a la
dama Harume? —le provocó.
Kushida frunció el entrecejo, como si es-
tuviera furioso consigo mismo por haber
hablado con demasiada franqueza. Se inclinó
hacia delante con los brazos cruzados sobre
las rodillas, clavó la vista en el suelo y dijo:
—Le envié una carta en la que le decía lo
mucho que la admiraba. Pero no llegó a con-
testarme, y empezó a evitarme. Temía
haberla ofendido, así que le escribí otra carta
disculpándome por la primera y suplicándole
que fuera mi amiga. —La voz de Kushida se
tensó; tenía los dedos clavados en los
brazos—. Bueno, pues tampoco me re-
spondió a aquélla. Ya casi no volví a verla;
dejó de hablarme.
»Estaba tan desesperado que dejé de
lado la disciplina y la sensatez. Le escribí
otra carta confesándole que la amaba. Le im-
ploraba que se fugara conmigo para poder
vernos como marido y mujer por una noche,
228/923
y después morir juntos y pasar la eternidad
en el paraíso. Después esperé su respuesta...
¡durante cinco días de sufrimiento con sus
cinco noches! Pensaba que iba a volverme
loco. —Prorrumpió en una risotada es-
tridente y temblorosa—. Entonces, mientras
patrullaba el pasillo, topé por casualidad con
Harume. La agarré por los hombros y le pre-
gunté por qué no había contestado a mis
cartas. Me gritó que la soltara. Ya no me im-
portaba quién lo viera u oyera. Le dije que la
quería y la deseaba y que no podía vivir sin
ella. Entonces...
Kushida apoyó la frente en los brazos;
de él emanaban oleadas palpables de
infelicidad.
—Dijo que por su conducta tendría que
haber adivinado que no compartía mis senti-
mientos. Me ordenó que la dejara en paz.
—El teniente levantó la cara, una máscara de
angustia sombría—. ¡Después de todos mis
sueños, me rechazaba! Me enfadé tanto que
229/923
se me nubló la vista. ¡Por aquella zorra de-
sagradecida había sacrificado la disciplina,
había arriesgado mi posición y mi honor!
»Empecé a sacudirla. Oí que mi propia
voz decía: «Te mataré, te mataré.» Después
se zafó de mí y huyó corriendo. De algún
modo logré sobreponerme y retomar mis
tareas. Al final mi comandante me dijo que
Harume había dado parte de todo lo suce-
dido. Los guardias me expulsaron. No volví a
verla. —Kushida exhaló con energía y miró
hacia el ajetreo de la calle—. Fin de la
historia.
Sano se preguntaba si de verdad lo era.
Un amor prohibido, alimentado a lo largo de
ocho meses, no moría de repente, sin más, ni
siquiera tras la reprobación oficial. Privado
de toda esperanza, podía degenerar en un
odio no menos obsesivo.
—¿Cuánto tiempo pasó entre aquel en-
cuentro con la dama Harume y vuestra ex-
pulsión del castillo de Edo? —preguntó Sano.
230/923
—Dos días. Lo bastante para que Ch-
izuru oyera la queja de la dama Harume y se
la notificase a mis superiores para que pudi-
eran castigarme.
Y lo bastante para que el teniente
Kushida se vengara de la mujer que lo había
rechazado.
—¿Habíais visto esto antes? —Sano sacó
de su bolsa el bote de tinta, ya vacío y lavado,
y se lo dio a Kushida.
—He oído que lo que la mató fue un
frasco envenenado de tinta. ¿Así que es éste?
—El teniente lo puso en la palma de la mano
y agachó la cabeza para que Sano no pudiera
ver su expresión. Con la punta del dedo re-
corrió los caracteres dorados del nombre de
Harume. Después le devolvió el frasco con
una mueca de impaciencia—. Ya sé lo que es-
táis pensando: que yo la maté. ¿No
prestabais atención cuando os he contado lo
que pasó entre nosotros? Me despreciaba.
Jamás se hubiese tatuado por mí. Y no, no
231/923
había visto nunca este frasco. —Y añadió con
amargura—: Harume no tenía por costumbre
enseñarme los regalos de sus amantes.
Sano se preguntaba si Kushida habría
mentido sobre su relación con la concubina.
¿Qué pasaba si en realidad ella había acogido
de buen grado sus insinuaciones y se habían
convertido en amantes? A pesar de la des-
deñosa referencia a él del diario, no res-
ultaba imposible que la concubina, sola y
aburrida, hubiese aceptado a un pretendi-
ente poco agraciado si era la única diversión
a su alcance. A lo mejor había accedido a
tatuarse como prueba de su amor por
Kushida, y era él quien le había llevado la
tinta. Después, temiendo que los descubrier-
an y castigaran, ¿había tratado ella de
romper con él? Al oponerse el teniente
Kushida, Harume podría haberlo denun-
ciado con la esperanza de salvarse. Pero
Sano aún tenía previsto interrogar al señor
de la provincia de Tosa, de quien él creía que
232/923
Harume había escrito en su diario. Y el úl-
timo comentario del teniente planteaba otro
posible móvil.
—Entonces ¿sabíais que Harume tenía
un amante? —preguntó.
—Sólo ahora doy por sentado que debía
de tenerlo, por el modo en que murió.
—Kushida se levantó y se apoyó en el ante-
pecho de la galería de espaldas a Sano—.
¿Cómo iba a saberlo antes? No me hacía
confidencias.
—Pero vos la observabais, la seguíais,
espiabais sus conversaciones —dijo Sano, de
pie junto a Kushida—. Podríais haber ima-
ginado lo que pasaba. ¿Estabais celoso no
sólo por que os rechazaba, sino porque tenía
otro hombre? ¿Los visteis juntos al escoltarla
fuera del castillo? ¿Envenenasteis la tinta
que él le dio?
—¡Yo no la maté! —Kushida agarró la
lanza y la blandió con ademán
amenazador—. No sabía lo de la tinta. Las
233/923
reglas prohíben que los guardias entren en
las habitaciones de las concubinas excepto
en caso de emergencia, y nunca solos.
—Blandiendo la lanza frente a la cara de
Sano para hacer hincapié en sus palabras,
Kushida añadió—: Yo no maté a Harume. La
amaba. Jamás le habría hecho daño de ver-
dad. Y aún ahora la amo. Si viviera, tal vez
llegase a amarme algún día. No tenía
motivos para desear su muerte.
—Excepto que su muerte dio como res-
ultado que se retiraran los cargos contra vos
y os readmitieran en vuestro puesto —le re-
cordó Sano.
—¿Creéis que eso me importa? —gritó
Kushida, con la cara lívida de ira. Los
transeúntes observaban con curiosidad—.
¿Qué más me da la posición, el dinero e in-
cluso el honor ahora que no puedo tener a
Harume?
Sano retrocedió mostrando las palmas
de las manos.
234/923
—Calmaos —dijo, dándose cuenta de
hasta qué peligroso extremo el amor, el sufri-
miento y la ira habían desequilibrado el ra-
ciocinio del teniente.
—¡Sin ella, mi vida ha terminado!
—chilló—. Arrestadme, encerradme,
ejecutadme si lo deseáis, no me importa.
Pero, por última vez, ¡yo... no... maté... a...
Harume!
Kushida profirió estas últimas palabras
entre dientes, y su rostro adoptó la fiera ex-
presión que mostrara durante la práctica de
combate. Blandiendo la lanza, arremetió
contra Sano, que la asió por el asta. Mientras
pugnaban por el control del arma, el teniente
escupía maldiciones.
—No, Kushida-san. ¡Deteneos! —Koe-
mon y los otros maestros se precipitaron
hacia la puerta. Aferraron al teniente, lo sep-
araron de Sano y le arrebataron el arma.
Entre aullidos y sacudidas, lo tumbaron en el
suelo de la galería. Hicieron falta cinco
235/923
hombres para inmovilizarlo. Los alumnos lo
contemplaban consternados. Los
transeúntes aplaudían y animaban. Kushida
se vino abajo entre risas estruendosas e
histéricas.
—Harume, Harume —aullaba, y sol-
lozaba de forma incontrolable.
Un mensajero del castillo llegó a toda
prisa a la academia. De un asta sujeta a su
espalda ondeaba una bandera con el em-
blema de los Tokugawa. Hizo una reverencia
ante Sano y le tendió un estuche laqueado
para pergaminos.
—Mensaje para vos, sosakan-sama.
Sano abrió el estuche y leyó la carta que
contenía, que había sido enviada a su casa
aquella mañana y después llevado hasta allí.
Era del doctor Ito; el cadáver de la dama
Harume había llegado al depósito de Edo. Ito
realizaría el reconocimiento cuando a Sano le
resultara más conveniente.
236/923
—Asegúrate de que Kushida llegue a
casa sano y salvo —le dijo a Koemon. Más
adelante ordenaría al comandante de la
guardia del castillo de Edo que retrasara la
reincorporación del teniente: inocente o
culpable, no se hallaba en condiciones para
el servicio activo.
Después de una parada para ver a su
madre, Sano cabalgó hacia el depósito de
cadáveres mientras analizaba su entrevista
con Kushida. Qué fácil habría sido que el re-
sentimiento y los celos hubiesen convertido
en odio el amor que el perturbado teniente
sentía por Harume. Pero había un elemento
que hablaba en favor de la inocencia del teni-
ente. Por lo que Sano había observado, su
genio se manifestaba en estallidos repentinos
y violentos. La lanza era su arma preferida: si
hubiera querido matar, ¿acaso no la habría
usado? El asesinato de la dama Harume
había requerido una previsión fría y retor-
cida. A su juicio, el envenenamiento parecía
237/923
un crimen más propio de una mujer. Se pre-
guntó cómo le iría a Hirata en la entrevista
con la concubina enemistada con Harume, la
dama Ichiteru.
10
El barrio Saru-waka-cho de los teatros es-
taba situado en las inmediaciones del distrito
Ginza de Edo, que debía su nombre al edifi-
cio donde se acuñaban las monedas de plata
de los Tokugawa. Vistosos carteles anun-
ciaban las representaciones; de las ventanas
abiertas de los pisos superiores de los teatros
surgían música y vítores. En armazones
erigidos como torres sobre los tejados, había
hombres que tocaban el tambor para atraer
al público. Gente de todas las edades y clases
hacía cola delante de las taquillas; los
salones de té y los restaurantes estaban
llenos a rebosar de clientes. Hirata dejó su
caballo en un establo público y siguió a pie
entre la bulliciosa muchedumbre. Por orden
de Sano, había enviado a un equipo de de-
tectives a la búsqueda del mercader ambu-
lante de drogas Choyei y otro, a registrar el
239/923
Interior Grande en pos de veneno y otras
pruebas. Al llegar a las dependencias de las
mujeres para interrogar a la dama Ichiteru,
lo habían informado de que ésta iba a pasar
el día en el teatro de marionetas Satsuma-za.
A medida que se acercaba al edificio, una
creciente aprensión le aceleraba el pulso.
Había mentido al decirle a Sano que no
pasaba nada, tratando de convencerse de que
era capaz de manejar la entrevista con la
dama Ichiteru. Las mujeres no siempre lo in-
timidaban, como había pasado la noche an-
terior con la dama Keisho-in y con Chizuru;
le gustaban, y había disfrutado de muchos
romances con doncellas e hijas de tenderos.
Sin embargo, las damas de hombres poder-
osos despertaban en él un profundo sentimi-
ento de incompetencia. Por lo común, Hirata
se enorgullecía de sus orígenes humildes y de
lo que había logrado pese a ellos. En valor,
inteligencia y habilidad con las artes mar-
ciales, se sabía a la altura de muchos
240/923
samuráis de alto rango; en consecuencia,
podía vérselas con sus superiores varones sin
perder el aplomo. Pero las mujeres...
Su elegante belleza le inspiraba un anh-
elo imposible. Soltero a la avanzada edad de
veintiún años, Hirata había aplazado el mat-
rimonio con la esperanza de prosperar lo su-
ficiente para desposar algún día a una dama
distinguida que no tuviera que esclavizarse
como su madre, llevando la casa y cuidando
de la familia sin la ayuda de criados. Como
vasallo mayor de Sano, había logrado su
meta; su familia había recibido propuestas
de clanes destacados que buscaban una rela-
ción más estrecha con la corte del sogún y le
ofrecían a sus hijas como posibles esposas.
Sano actuaría de mediador y concertaría un
enlace. Pero, aun así, Hirata aplazaba su
boda. Las damas de clase alta le hacían sen-
tirse tosco, sucio e inferior, como si ninguno
de sus logros valiera para nada; jamás sería
lo bastante bueno para relacionarse con
241/923
ellas, por no hablar de merecer a una como
esposa.
Se detuvo en el exterior del Satsuma-za,
un recinto grande al aire libre formado por
paredes de madera erigidas en torno a un
patio. Sobre la entrada, cinco flechas em-
plumadas —símbolo del teatro de marion-
etas— atravesaban una reja de la que
pendían unas cortinas de color añil con el
emblema del establecimiento. Las obras rep-
resentadas se anunciaban en unas banderas
verticales. Un criado sentado sobre una
plataforma cobraba las entradas, mientras
que otro vigilaba el acceso, una angosta hen-
didura horizontal en la pared que impedía
que la concurrencia entrara sin pagar. Hirata
decidió que no iba a dejar que la dama
Ichiteru lo alterase como lo había hecho la
madre del sogún. El envenenamiento —un
crimen indirecto, retorcido— era el clásico
método de las mujeres asesinas, y eso
242/923
convertía a Ichiteru en la principal so-
spechosa del crimen.
—Una, por favor —le dijo al criado, y le
tendió el dinero. Agachó la cabeza para pasar
por la puerta y se encontró en el acceso al
teatro. Había llegado en uno de los interme-
dios que jalonaban la serie de representa-
ciones que ocupaban el día entero, y el espa-
cio estaba atestado de parroquianos que
compraban en los puestos de comida té,
sake, pasteles de arroz, frutas y pepitas asa-
das de melón. Hirata dejó sus zapatos junto
con otros muchos y se abrió paso entre la
multitud, preguntándose cómo iba a dar con
la dama Ichiteru, a la que no conocía.
—¿Hirata-san?
Se volvió hacia el sonido de una voz fe-
menina que lo llamaba por su nombre.
Delante de él había una joven dama varios
años menor que él. Ataviada con un quimono
de seda rojo brillante con un estampado de
parasoles azules y dorados, tenía una negra y
243/923
lustrosa melena que le llegaba hasta los
hombros, mejillas redondas y ojos brillantes
y alegres. Hizo una reverencia y dijo:
—Soy Niu Midori. —Tenía la voz aguda,
cantarina, infantil—. Sólo quería presentarle
mis respetos a vuestro señor. —Una sonrisa
curvó sus generosos labios encarnados y
alumbró unos hoyuelos en sus mejillas—. En
una ocasión me hizo un gran favor, y le estoy
sinceramente agradecida.
—Sí, lo sé... Me lo contó. —Hirata le de-
volvió la sonrisa, cautivado por sus modales
nada afectados, lo que no había esperado en
una mujer de la condición social de Midori.
Su padre era un «señor externo», un daimio
cuyo clan había sido derrotado en la batalla
de Sekigahara, y más tarde había jurado
lealtad a la facción victoriosa de los Tok-
ugawa. Los Niu, aunque despojados de su
feudo ancestral y trasladados a la remota Ky-
ushu, seguían siendo una de las familias más
acaudaladas y poderosas de Japón. Pero
244/923
Midori parecía tan sencilla como las chicas
con las que Hirata se había relacionado.
Sintiéndose de repente alegre e importante,
hizo una reverencia y añadió—: Es un placer
conoceros.
—El placer es mío. —La expresión de
Midori se tiñó de nostalgia—. ¿Se encuentra
bien el sosakan-sama?
Cuando quedó convencida de que Sano
gozaba de perfecta salud, comentó:
—Así que ahora está casado. —Su sus-
piro le indicó a Hirata que Sano le gustaba y
que en algún momento había albergado es-
peranzas de casarse con él. Después lo con-
templó con vivo interés—. He oído hablar
mucho de vos. Erais policía, ¿verdad? ¡Qué
emocionante!
Midori compró una bandeja de té y pas-
teles en un puesto de comidas.
—Permitidme que os ayude —se ofreció
Hirata.
245/923
—Gracias. —Sonrió mostrando sus hoy-
uelos—. Debéis de ser muy valiente para ser
detective.
—No tanto —dijo Hirata con modestia.
Ocuparon un sitio vacío, y le relató algunas
historias heroicas de su carrera policial.
—¡Qué maravilla! —Midori batió pal-
mas—. Y me han dicho que ayudasteis a cap-
turar a una banda de contrabandistas de Na-
gasaki. Oh, cómo desearía haberlo visto.
—No fue nada —aseveró Hirata, crecido
ante su franca admiración. Realmente era
dulce y muy guapa—. Ahora investigo el
asesinato de la dama Harume, y necesito
hablar con la dama Ichiteru. También tengo
algunas preguntas para vos —añadió, record-
ando las instrucciones de Sano.
—¡Oh, bien! Os diré todo lo que pueda
—sonrió Midori—. Venid a sentaros con
nosotras. Podemos hablar hasta que empiece
la obra.
246/923
Hirata la siguió hacia el interior del
teatro, rebosante de confianza. Le había
parecido tan fácil charlar con Midori; con la
dama Ichiteru todo iba a salir a pedir de
boca.
El suelo del soleado patio del teatro es-
taba cubierto de tatamis. Braseros de carbón
caldeaban el aire. El público arrodillado
charlaba en grupos. Enfrente, el escenario
consistía en una larga valla de madera de la
que colgaba una cortina negra para ocultar
de la vista a los titiriteros, al cantor y a los
músicos. Midori condujo a Hirata hasta los
asientos preferentes situados delante del es-
cenario, que estaban ocupados por una
hilera de damas de ricos vestidos, con sus
doncellas y sus guardias.
—La del extremo es la dama Ichiteru.
—De repente Midori parecía tímida,
vacilante—. Hirata-san, os ruego que me dis-
culpéis si me estoy entrometiendo, pero...
debo advertiros de que vayáis con mucho
247/923
cuidado. No sé nada a ciencia cierta, pero
yo...
Siguió balbuciendo, pero en aquel in-
stante la dama Ichiteru se volvió y cruzó una
mirada con Hirata.
Con su cara larga y afilada, su nariz alta
y los ojos estrechos e inclinados, su belleza
clásica parecía sacada de las antiguas pintur-
as de la corte, o de los folletos baratos que
anunciaban a las cortesanas del barrio Yoshi-
wara del placer. Todo en ella reflejaba esa
pasmosa combinación de refinamiento de
clase alta y vulgar sensualidad. Llevaba
pintados unos delicados labios rojos sobre
una boca generosa y exuberante que el ma-
quillaje blanco de la cara no alcanzaba a
ocultar. Su peinado, recogido en ondas por
los lados y suelto por detrás, era sencillo y
austero, pero estaba sujeto por un elaborado
ornamento de flores de seda y peinetas
laqueadas al estilo de las prostitutas de alto
nivel. Su quimono burdeos de brocado le
248/923
caía por los hombros a la última moda pro-
vocativa, pero la piel de su largo cuello y sus
hombros redondeados parecía pura, blanca,
intacta por ningún hombre. La mirada de
Ichiteru era a la par velada y ausente, ladina
e inteligente.
A Hirata le temblaban las rodillas, y un
calor embarazoso se extendía por todo su
cuerpo. Avanzó hacia la dama Ichiteru como
un sonámbulo. Apenas era consciente de que
Midori estaba haciendo las presentaciones y
explicando el motivo de su presencia. Todo
lo que lo rodeaba se fundió en una sombra
borrosa, mientras que sólo Ichiteru per-
manecía nítida y vívida. Jamás había sentido
una atracción tan inmediata por una mujer.
La dama Ichiteru hablaba con el deje
afectado y lánguido de las mujeres de alta
cuna:
—Es un placer conoceros... Desde luego,
os ayudaré con vuestras pesquisas en todo lo
que esté en mi mano...
249/923
Su voz era un murmullo ronco que se in-
filtraba en el cerebro de Hirata como un
humo oscuro y embriagador. Alzó un abanico
de seda que ocultó la mitad inferior de su
cara, y con una caída de párpados y una in-
clinación de cabeza, invitó a Hirata a que to-
mara asiento a su lado. Eso hizo él, diri-
giendo una mirada ausente a Midori cuando
ésta cogió la bandeja de té y empezó a re-
partir los refrescos entre el grupo, con cara
de pena. Después se olvidó de ella por
completo.
—Yo... yo quisiera saber... —balbució,
tratando de poner sus ideas en orden. El per-
fume de la dama Ichiteru lo envolvía en el
poderoso y agridulce aroma de las flores ex-
óticas. A su pesar, Hirata era consciente de
su cortísimo pelo, el disfraz que le había sal-
vado la vida en Nagasaki y que le confería
más aspecto de campesino que de samurái—.
¿Cuál era vuestra relación con la dama
Harume?
250/923
—Harume era una chiquilla pizpireta...
—Ichiteru se encogió de hombros con del-
icadeza, y su quimono resbaló un poco más,
revelando el nacimiento de sus pechos gen-
erosos. Hirata, devolviendo la mirada a su
cara con un esfuerzo sobrehumano, notó que
empezaba a tener una erección—, pero era
una vulgar campesina. Para nada se trataba
de una persona con la que un miembro de la
familia imperial..., como es mi caso..., pudi-
era tener el menor interés en relacionarse.
Ichiteru resopló con altivo desdén. Entre
una neblina de deseo, Hirata recordó la de-
claración de Chizuru.
—Pero ¿no os sentisteis celosa cuando
Harume llegó al castillo y... y... su excelencia
le otorgó vuestro sitio en su, esto, alcoba?
No bien había dicho la última palabra,
sintió deseos de tragársela. ¿Por qué no
había dicho «afecto», o algún otro eufem-
ismo cortés para describir las relaciones de la
dama Ichiteru con el sogún? Mortificado por
251/923
su falta de tacto, Hirata lamentaba que su ex-
periencia policial no hubiese incluido nada
que lo preparase para tratar asuntos íntimos
con mujeres de clase alta. ¡Tendría que haber
dejado que fuese Sano el que interrogase a la
dama Ichiteru! Contra su propia voluntad, se
imaginó una escena en los aposentos priva-
dos de Tokugawa Tsunayoshi: la dama
Ichiteru en el futón, desvistiéndose, y en
lugar del sogún, el propio Hirata. La ex-
citación le enardecía la sangre.
Una sonrisa juguetona asomó a los la-
bios de la concubina; ¿sabría lo que Hirata
pensaba? Con ojos mansamente bajos, dijo:
—¿Qué derecho tengo yo..., una simple
mujer..., a opinar sobre la compañía elegida
por mi señor? Y de no haberme sucedido
Harume, habría sido alguna otra. —Una
sombra de emoción surcó sus rasgos ser-
enos—. Tengo veintinueve años.
—Ya comprendo. —Hirata recordó que
las concubinas se retiraban pasada esa edad,
252/923
para casarse, convertirse en funcionarias de
palacio o regresar con sus familias. Así que
Ichiteru le llevaba ocho años. De pronto las
castas jovencitas a las que había sopesado
como posibles esposas le parecían sosas, car-
entes de atractivo—. Bien, pues, esto... —dijo,
intentando encontrar la línea de interrog-
atorio que había emprendido.
Una doncella le pasó a la dama Ichiteru
un plato de cerezas secas. Cogió una y le dijo
a Hirata:
—¿Compartiréis nuestro refrigerio?
—Sí, gracias. —Agradecido por la dis-
tracción, se llevó una cereza a la boca.
Ichiteru frunció los labios y los abrió.
Lentamente insertó la fruta, empujándola
con la punta de un dedo. Hirata se tragó la
cereza entera sin querer. Había visto a
bastantes mujeres comer de aquella forma,
con cuidado de que la comida no les tocase
los labios y borrara el carmín. Pero, en el
caso de la dama Ichiteru, parecía el colmo
253/923
del erotismo. Sus dedos largos y suaves
parecían diseñados para coger, acariciar, in-
troducirse en orificios corporales... Aver-
gonzado por sus pensamientos, dijo:
—Nos han llegado informes de que no os
entendíais con la dama Harume.
—El castillo de Edo está lleno de chis-
mosas que no tienen nada mejor que hacer
que criticar a los demás —murmuró. Volvió
la cara y extrajo primorosamente el hueso de
la boca.
La mano de Hirata se estiró por volun-
tad propia. Ichiteru depositó el hueso en su
palma. Estaba caliente y húmeda de su
saliva. Contempló a la concubina con impot-
ente lujuria hasta que sonó el insistente y
ruidoso claqueteo de las castañuelas de
madera. Levantó la vista y comprobó que el
público había llenado el teatro; la obra es-
taba a punto de empezar. Un hombre vestido
de negro se situó delante del escenario.
254/923
—El Satsuma-za les da la bienvenida al
estreno de Tragedia en Shimonoseki, basada
en una historia real sucedida hace poco
tiempo. —Recitó los nombres del cantor, los
titiriteros y los músicos, y después gritó—:
Tozai!—«Escuchad.»
De detrás del cortinaje surgió una mel-
ancólica melodía de samisén. Por encima,
apareció un telón de fondo con un jardín
pintado. La voz incorpórea del cantor emitió
una serie de lamentos y entonó:
—En el quinto mes del año dos de Gen-
roku, en la ciudad provincial de Shimono-
seki, la bella y ciega Okiku espera el regreso
de su marido, un samurái que está en Edo al
servicio de su señor. Su hermana Ofuji la
consuela.
El público prorrumpió en vítores cuando
entraron en escena dos marionetas femeni-
nas con cabezas de madera pintada, largo
pelo negro y brillantes quimonos de seda.
Una tenía una bonita cara de pena; sus ojos
255/923
estaban cerrados para indicar la ceguera de
Okiku. Mientras la figura simulaba sollozar,
la voz del cantor adoptó un falsete femenino:
—Oh, cómo echo de menos a mi querido
Jimbei. Hace tanto que se fue; moriré de
soledad.
Su hermana Ofuji era fea y tenía el en-
trecejo fruncido.
—Tienes suerte de tener un hombre tan
bueno —dijo el cantor en tono más grave—.
Laméntate por mí, que no tengo marido.
—Después, informó al público—. En su ce-
guera, Okiku no ve que Ofuji está enamorada
de Jimbei y que su hermana envidia su
buena fortuna y la quiere mal.
Okiku entonó una triste canción de
amor, acompañada del samisén, una flauta y
un tambor. El público se agitó, expectante; se
alzó un sonoro murmullo de conversaciones:
el silencio durante las representaciones no
era uno de los hábitos de los aficionados al
teatro de Edo. Hirata, con el hueso de cereza
256/923
aún aferrado en la mano, obligó a sus
pensamientos a volver a la investigación.
—¿Sabíais que la dama Harume iba a
tatuarse? —preguntó.
—Mi relación con Harume no era lo
bastante estrecha para dar lugar a confiden-
cias. —Desde detrás de su abanico, Ichiteru
honró a Hirata con una mirada que le pasó
por encima como un hálito cálido—. Me han
llegado unos rumores asombrosos... De-
cidme, si me permitís el atrevimiento... ¿En
qué parte de su persona estaba el tatuaje?
Hirata tragó saliva.
—Estaba en su, esto... —titubeó. ¿De
verdad desconocía la ubicación del tatuaje?
¿Era inocente?—. Estaba, eh...
Un ligerísimo asomo de regocijo curvó
los labios de la dama Ichiteru.
—Encima de la entrepierna —masculló
Hirata. La vergüenza lo inundó como una
marea de agua hirviendo. ¿Lo había manipu-
lado Ichiteru deliberadamente para que
257/923
recurriera a un término tan grosero? Era tan
provocativa y elegante a la vez... ¿Cómo iba a
lograr finalizar la entrevista? Desconsolado,
Hirata fijó la mirada en el escenario.
La canción de Okiku había terminado.
Un bello y taimado samurái de madera entró
furtivamente en escena.
—El hermano pequeño de Jimbei, Ban-
nojo, está enamorado en secreto de Okiku y
la quiere para él —narró el cantor. Bannojo
hizo señas a Ofuji. A escondidas de la ciega
Okiku, la pareja conspiraba; la celosa Ofuji
accedió a dejar entrar en la casa al codicioso
Bannojo aquella noche. La música dio un
giro discordante, y murmullos de inquietud
recorrieron al público. Hirata se aferró a los
jirones de su integridad profesional.
—¿Habíais estado en la habitación de la
dama Harume antes de su muerte?
—preguntó.
—Resultaría degradante entrar en la
habitación de una simple campesina. Eso...
258/923
—la mirada encubierta de Ichiteru adquirió
un velo de insinuación— no se hace.
Si no había entrado en la habitación de
Harume, ¿significaba que no había tenido
oportunidad de envenenar la tinta? A pesar
de su adiestramiento policial, Hirata era in-
capaz de pensar con discernimiento o de
seguir la lógica del interrogatorio, porque el
comentario de la dama Ichiteru lo había
herido en el corazón de su inseguridad. Se
sentía vulgar en su presencia; parecía que lo
rechazaba, como había hecho con Harume,
como si fuera indigno de que lo tuviera en
cuenta. La humillación agudizó su deseo.
En escena, apareció un nuevo decorado:
una alcoba, con una luna en cuarto creciente
en la ventana para marcar la noche. La bella
Okiku dormía mientras Ofuji dejaba entrar a
Bannojo en la habitación.
Okiku despertó y se sentó.
—¿Quién anda ahí? —El cantor confirió
a su voz un tono agudo, asustado.
259/923
—Soy yo, Jimbei, que he vuelto de Edo
—respondió el cantor por Bannojo, y después
explicó—: Su voz se parece tanto a la de su
hermano, y ella tiene tantas ganas de ver a su
marido, que se cree la mentira.
La pareja entonó a dúo una canción de
júbilo. Después cada uno arrancó la faja del
otro. Las ropas cayeron y dejaron a la vista
los grandes pechos de ella y el enhiesto ór-
gano de él. Esa era la ventaja del teatro de
marionetas: podían mostrarse escenas de-
masiado explícitas para los actores de ver-
dad. El anfiteatro se llenó de vítores subidos
de tono cuando Okiku y Bannojo se abraz-
aron. Hirata, sumamente excitado, apenas
podía soportarlo. Con una gran erección,
temía que la dama Ichiteru y todas las demás
advirtieran su estado. Trató de adoptar un
tono formal.
—¿Habéis visto alguna vez un frasco de
tinta cuadrado, negro y laqueado con el
260/923
nombre de la dama Harume escrito en oro
sobre la tapa?
Tragó saliva y se atragantó. Mientras
Ofuji espiaba al otro lado de la puerta, Ban-
nojo montó a Okiku. Entre la música sinu-
osa, los gemidos del cantor y las estentóreas
exclamaciones del público, las marionetas
simularon el acto sexual. Hirata no sabía
dónde meterse, pero Ichiteru observaba el
drama con sosegada indiferencia.
—Cuando una ve un hermoso recipiente
de tinta... una da por sentado que es para es-
cribir cartas... —Otra mirada fugaz—. Tal vez
cartas de... amor.
La última palabra, pronunciada en un
susurro, le provocó a Hirata un escalofrío. La
dama Ichiteru se llevó la mano a la sien,
como si pretendiera retirarse un mechón de
pelo rebelde. Sin mirarlo, bajó la mano y de-
jó que la amplia manga de su quimono cay-
era sobre el regazo de Hirata. La ingle le pal-
pitó al repentino contacto del pesado tejido;
261/923
respiró sofocado. ¿Lo había hecho sin querer
o adrede? ¿Cómo debía reaccionar?
Trató de concentrarse en el drama que
seguía en escena, donde había llegado la
mañana acompañada del inesperado regreso
de Jimbei, el marido de Okiku. Una Ofuji tri-
unfante lo informó de que su esposa y su
hermano lo habían traicionado. Jimbei, el
adusto y noble samurái, interpeló a su mujer.
Okiku intentó explicar el cruel ardid del que
había sido víctima, pero el honor clamaba
venganza. Jimbei atravesó el pecho de su es-
posa de una estocada. Ofuji le suplicó que se
casara con él, jurándole amor eterno, pero
Jimbei salió en pos de su artero hermano.
Al abrigo de su manga, la dama Ichiteru
posó su mano en el muslo de Hirata y em-
pezó a masajearlo. Hirata notaba su roce
como si fuera en la carne desnuda, cálido y
suave. Resollando, esperó que el público es-
tuviese demasiado absorto en la obra para
darse cuenta. La dama Ichiteru no alteró su
262/923
expresión impasible. Pero ahora él sabía que
su actitud provocadora era intencionada.
Había manejado el encuentro hasta llegar a
ese punto.
En el mercado de la ciudad, Bannojo oyó
la noticia de la muerte de Okiku, corrió a la
casa y mató a la traicionera Ofuji. En ese in-
stante, llegó Jimbei. Al compás de una
música enloquecida, los gritos del cantor y
los berridos de ánimo del público, los
hermanos desenfundaron sus espadas y
lucharon. Hirata, ajeno casi por completo a
la tragedia, sintió que su excitación
aumentaba cuando la mano de la dama
Ichiteru trepó furtivamente hasta su entrepi-
erna. Aquello no debería estar pasando.
Estaba mal. Ella pertenecía al sogún, que
haría que los mataran a los dos si llegaba a
saber de aquel devaneo. Hirata sabía que de-
bía detenerla, pero la emoción del contacto
prohibido lo mantuvo inmóvil.
263/923
El dedo de Ichiteru bordeó la punta de
su virilidad. Hirata se tragó un gemido. Una
vuelta y otra. Después aferró el rígido mástil
y empezó a manipularlo. Arriba y abajo. El
corazón de Hirata daba brincos; su placer fue
en aumento. En escena, el marido ultrajado,
Jimbei, asestaba la estocada fatal a su
hermano. La cabeza de Bannojo salió volan-
do. La mano de Ichiteru se desplazaba arriba
y abajo con hábiles movimientos. Tenso y sin
aliento, Hirata se acercaba al borde del
clímax. Se olvidó de la investigación, ya no le
importaba que alguien los viera.
Entonces Jimbei, abrumado por la pena,
se hizo el haraquiri junto a los cadáveres de
su esposa, su hermano y su cuñada. De re-
pente, la obra acabó y el público rompió a
aplaudir. Ichiteru retiró la mano.
—Adiós, honorable detective... Ha sido
un encuentro muy interesante. —Con ojos
modestamente bajos y la cara oculta por el
abanico, hizo una reverencia—. Si necesitáis
264/923
mi ayuda para algo más... no dudéis en
hacérmelo saber.
Hirata, privado del alivio que necesit-
aba, la miró boquiabierto y lleno de frustra-
ción. Por la conducta de Ichiteru, se diría que
el incidente no había llegado a producirse.
Demasiado confuso para hablar, se levantó
para irse, pugnando por recordar lo que
había averiguado en la entrevista. ¿Cómo
podía ser una despiadada asesina una mujer
a la que tanto deseaba? Por primera vez en
su carrera, Hirata sentía que su objetividad
profesional lo abandonaba.
Desde detrás de los cortinajes del escen-
ario se oyó la solemne voz del cantor:
—Acaban de presenciar una historia real
que ilustra cómo la traición, el amor prohi-
bido y la ceguera ocasionaron una terrible
tragedia. Les agradecemos su asistencia.
11
Los eta —los manipuladores de cadáveres—
situaron el cuerpo amortajado sobre la mesa
del taller del doctor Ito en el depósito de
Edo. Sano y el doctor observaban cómo Mura
desenvolvía los pliegues de paño blanco. Los
ojos de la dama Harume estaban vidriosos, y
la descomposición galopante había empali-
decido su piel. El hedor dulzón y
nauseabundo de la podredumbre impregnó
el ambiente. Aún llevaba el manchado
vestido de seda roja; su cara y su pelo en-
marañado seguían sucios de sangre y vómito.
Ciertamente, Hirata se había asegurado de
que nadie tocase la prueba. Consciente de lo
que cabía esperar, Sano experimentó tan
sólo una punzada momentánea de repulsión,
pero el doctor Ito parecía conmocionado.
—Tan joven... —murmuró. Como con-
servador de la morgue, había examinado un
266/923
sinfín de cuerpos en peores condiciones;
pero su cara se pobló de unas arrugas de dol-
or que lo avejentaron. Con voz sombría
añadió—: Yo tuve una hija.
Sano recordaba que la hija pequeña de
Ito había muerto de unas fiebres a la misma
edad que Harume. Desde que lo arrestaran,
también había perdido el contacto con sus
otros hijos.
Sano y Mura guardaron silencio, con las
cabezas bajas en señal de respeto por el dolor
de su amigo, expresado en tan pocas oca-
siones. Después el doctor Ito carraspeó y
habló con su habitual tono seco y
profesional:
—Bueno. Veamos qué puede decirnos la
víctima sobre su asesinato. —Caminó en
torno a la mesa mientras estudiaba el
cadáver de Harume—. Pupilas dilatadas; es-
pasmo muscular; vómito de sangre: sínto-
mas que confirman mi diagnóstico original
de envenenamiento por toxina para flechas.
267/923
Pero a lo mejor eso no es todo. Mura,
¿podrías quitarle el vestido?
A pesar de su carácter transgresor, el
doctor Ito respetaba la costumbre de dejar
que los eta manipularan los cuerpos. De ahí
que Mura realizase la mayor parte del tra-
bajo físico de los reconocimientos, bajo la su-
pervisión de su señor. En aquel caso, cogió
un cuchillo y desgarró la ropa para separarla
del cuerpo rígido de Harume. Los pezones
oscuros y el tatuaje ejercían un violento con-
traste con su cérea palidez. Sus miembros
eran lisos y estaban perfectamente depila-
dos, su piel sin mácula. Sano se sentía
grosero al violar la intimidad de una mujer
que sin duda se había tomado tantas molesti-
as por su cuidado personal.
El doctor Ito se inclinó sobre el torso del
cadáver con el entrecejo fruncido.
—Aquí hay algo. —Y extendió un
pañuelo blanco de algodón sobre el abdomen
de Harume para protegerse del
268/923
contaminante contacto de los muertos. Palpó
y apretó con los dedos.
—¿Qué es? —preguntó Sano.
—Una hinchazón. Tal vez sea efecto del
veneno o de cualquiera otra anormalidad.
—El doctor se irguió y miró a Sano con ex-
presión grave—. Pero he tratado a muchas
mujeres a lo largo de mi carrera médica. O
mucho me equivoco, o la dama Harume es-
taba en las primeras etapas del embarazo.
Un abrumador peso de desconsuelo
sacudió el pecho de Sano como el badajo de
hierro de una campana de templo. Un em-
barazo implicaría preocupantes ramifica-
ciones para el caso, y también para él.
La mirada del doctor Ito transmitía una
preocupación y una comprensión tácitas,
pero no era de los que se acobardan ante la
verdad.
—La disección es el único modo de
asegurarnos.
269/923
Sano tomó aliento y lo contuvo,
manteniendo a raya el miedo que lo
atenazaba. La disección, un procedimiento
asociado a la ciencia extranjera, era tan ilegal
entonces como cuando arrestaron al doctor
Ito. En el curso de otras investigaciones,
Sano se había expuesto al destierro y al des-
honor en aras del conocimiento. Hasta la
fecha, el bakufu no había descubierto su par-
ticipación en prácticas prohibidas —incluso
los espías más ávidos evitaban el depósito de
Edo—, pero Sano temía que se acabara su
suerte. Le aterrorizaba verificar el estado de
Harume y los consiguientes peligros. Sin em-
bargo, un embarazo ofrecía una miríada de
posibles móviles para su asesinato; si no los
investigaba, tal vez nunca identificara al
asesino. Por otro lado, jamás rehuía la ver-
dad. Suspiró con resignación.
—Muy bien —le dijo al doctor—.
Adelante.
270/923
A una señal de su señor, Mura sacó un
cuchillo largo y delgado de un armarito. El
doctor Ito retiró el pañuelo del abdomen de
la dama Harume y, sobre él, esbozó en el aire
marcas con el índice.
—Corta aquí y aquí, así.
Con cuidado, Mura insertó la aguzada
hoja en la carne muerta, trazó un largo tajo
horizontal por debajo del ombligo y dos per-
pendiculares más cortos, uno a cada extremo
del primer corte. Retiró las capas de piel y
tejido y dejó a la vista los intestinos, rosados
y enroscados.
—Sácalos —ordenó el doctor Ito.
Cuando Mura los cortó y los depositó en
una bandeja, se desprendió un intenso hedor
fecal. A Sano se le revolvió el estómago; el
aura impura de la contaminación ritual lo
envolvía. No importaba las veces que hubiera
presenciado disecciones, seguían enfermán-
dole el cuerpo y el espíritu. En la cavidad del
cadáver de la dama Harume vio una
271/923
estructura carnosa en forma de pera del
tamaño de un puño. De ella nacían dos tubos
finos y curvados cuyos extremos se abrían en
abanicos fibrosos parecidos a anémonas de
mar, para unirse a dos saquitos como uvas.
—Los órganos de la vida —explicó el
doctor.
La vergüenza exacerbaba la incomodid-
ad de Sano. ¿Qué derecho tenía él, un
hombre y un extraño, a observar las partes
más íntimas del cuerpo de una mujer
muerta? Pero una creciente curiosidad movía
su atención mientras Mura rajaba la matriz y
la dejaba abierta. El interior albergaba una
espumosa cápsula interna de tejido. Y, acur-
rucado en su interior, un minúsculo bebé
nonato, como una salamandra rosa y des-
nuda, no más largo que el dedo de Sano.
—De modo que tenías razón —dijo
Sano—. Estaba embarazada.
La cabeza bulbosa del niño em-
pequeñecía su cuerpo. Los ojos eran
272/923
manchas negras en una cara apenas form-
ada; las manos y los pies, meras zarpitas
fijadas a unos miembros endebles. La piel es-
taba surcada de venas rojas finas como hilos
que se extendían entre un arrecife de huesos
delicados. Un cordón retorcido comunicaba
el ombligo con el revestimiento del útero. Un
vestigio de cola alargaba la diminuta raba-
dilla. Sano contemplaba esta nueva maravilla
lleno de asombro. ¡Qué milagrosa era la
creación de la vida! Pensó en Reiko. ¿Se con-
sumaría su problemático matrimonio y
tendría hijos que sobrevivieran, como no lo
había logrado aquél? Sus esperanzas
parecían tan frágiles como la criatura
muerta. Después, las preocupaciones profe-
sionales y políticas eclipsaron sus problemas
domésticos.
¿Había muerto la dama Harume porque
el asesino quería destruir al niño? Los celos
podrían haber impulsado a la dama Ichiteru
o al teniente Kushida, rival y pretendiente
273/923
repudiado. Sin embargo, le vino a la mente
un motivo más ominoso.
—¿Puedes determinar el sexo de la cri-
atura? —preguntó.
El doctor Ito extendió el niño con la
punta de una sonda de metal y examinó los
genitales, un minúsculo brote entre las
piernas.
—Sólo tiene unos tres meses. Es demasi-
ado pronto para saber si habría sido niño o
niña.
Aquella incertidumbre no alivió las pre-
ocupaciones de Sano. El niño muerto podría
haber sido el tan deseado heredero del so-
gún. Alguien podría haber asesinado a la
dama Harume para menoscabar las posibil-
idades de continuidad del mandato de Tok-
ugawa. Aquella explicación suponía una
grave amenaza para Sano. A menos que...
—¿Es posible que el sogún hubiera en-
gendrado un hijo? —El doctor Ito dio voz al
pensamiento no expresado de Sano—. Al fin
274/923
y al cabo, las preferencias sexuales de su ex-
celencia son bien conocidas.
—El diario íntimo de la dama Harume
hace referencia a un romance secreto —dijo
Sano, y describió el fragmento— Su amante
podría ser el padre de la criatura, si es que no
se limitaron al tipo de actividades que
Harume relató. Quizá lo averigüe hoy cuando
visite al caballero Miyagi Shigeru.
—Os deseo suerte, Sano-san.
La cara del doctor reflejaba los deseos
de Sano. El caso se complicaba; un peligro
mortal ensombrecía la investigación. Si el
niño pertenecía a otro hombre, Sano estaba a
salvo. Pero si era del sogún, el asesinato de la
dama Harume, pasaba a ser traición: era no
sólo el homicidio de una concubina, si no el
de la propia carne de Tokugawa Tsunayoshi,
un crimen merecedor de la ejecución. Y si
Sano fallaba a la hora de llevar al traidor
ante la justicia, también él podía ser casti-
gado con la muerte.
275/923
12
Por las calles de Nihonbashi avanzaba una
procesión de soldados y sirvientes, ataviados
con la grulla dorada del emblema de la famil-
ia Sano, escoltando un palanquín negro con
el mismo símbolo grabado en sus puertas.
En su mullido interior iba Reiko, tensa y ner-
viosa, ajena a las pintorescas escenas del Edo
mercantil. Desobedecer las órdenes de su es-
poso acarrearía a ciencia cierta el divorcio y
la vergüenza al clan Ueda, pero seguía de-
cidida a continuar con su ilícita investiga-
ción. Tenía que demostrar su competencia
tanto a Sano como a sí misma. Y para ad-
quirir la información necesaria debía em-
plear todos los recursos que poseía.
Bajo la superficie de la sociedad de Edo
se extendía una red invisible compuesta por
esposas, hijas, familiares, criadas, cortesanas
y otras mujeres vinculadas a los poderosos
277/923
clanes samurái. Ellas recogían hechos con
tanta eficacia como la metsuke —la agencia
de espionaje de los Tokugawa— y los difun-
dían de palabra. La propia Reiko era un es-
labón de aquella laxa pero eficiente red.
Como hija de un magistrado, a menudo
había intercambiado noticias del Tribunal de
Justicia por información exterior. Esa
mañana se había enterado de que Sano había
identificado a dos sospechosos del asesinato,
el teniente Kushida y la dama Ichiteru. Las
buenas costumbres no le permitían encon-
trarse con dos extraños sin que un conocido
común los presentara antes, y no osaría ar-
riesgarse a la ira de Sano abordándolos dir-
ectamente. Sin embargo, la fuerza de la red
femenina de información residía en su capa-
cidad para sortear ese tipo de obstáculos.
El cortejo rodeó el mercado central de
alimentos, donde los vendedores regían
puestos atestados de rábanos blancos, cebol-
las, cabezas de ajos, raíces de jengibre y
278/923
verduras. Los recuerdos llevaron una sonrisa
a los labios de Reiko. A los doce años se
había escapado de casa de su padre en busca
de aventuras. Disfrazada de niño, con un
sombrero para taparse el pelo y espadas a la
cintura, se había confundido con la multitud
de samuráis que paseaban por las calles de
Edo. Un día, en ese mismo mercado, había
topado con dos ronin que robaban en un
puesto de frutas y pegaban al pobre
vendedor.
—¡Alto! —gritó Reiko, desenvainando la
espada.
Los ladrones se rieron.
—Ven a por nosotros, niño —la incit-
aron, con las armas desenfundadas.
Cuando Reiko acometió a estocadas y ta-
jos, el regocijo de los ladrones se tornó en
sorpresa y luego en furia. Sus aceros chocar-
on con el de ella muy en serio. Los compra-
dores huyeron; los samuráis que pasaban
por allí se metieron en la refriega. Reiko se
279/923
asustó; sin pararse a pensarlo había provo-
cado una buena trifulca. Pero le encantó la
emoción de su primera batalla real. Mientras
luchaba, alguien le dio un codazo en la cara;
escupió un trozo de diente roto. Luego llegó
la policía, desarmó a los espadachines y los
redujo a base de porrazos; les ató las manos
y los hizo desfilar hacia la cárcel. Un doshin
agarró a Reiko. Mientras forcejeaba se le
cayó el sombrero. Su larga cabellera se
derramó.
—¡Dama Reiko! —exclamó el doshin.
Se trataba de un hombre amable que a
menudo se paraba a conversar con ella
cuando visitaba la casa del magistrado por
asuntos de negocios. Gracias a ello, después
Reiko no se encontró en la cárcel con el resto
de camorristas, sino de rodillas en el tribunal
de su padre.
El magistrado Ueda la miraba furibundo
desde el estrado.
—¿Qué significa esto, hija?
280/923
Temblando de miedo, Reiko se lo
explicó.
Su padre no perdió el semblante adusto,
pero una sonrisa de orgullo pugnaba por sa-
lir de su boca.
—Te sentencio a un mes de arresto dom-
iciliario. —Era el castigo habitual para
samuráis camorristas cuando no había
muertes de por medio—. Después buscaré
una vía de escape más apropiada para tu
energía.
Desde aquel momento el magistrado la
había dejado presenciar los juicios, a condi-
ción de que se mantuviera alejada de las
calles. El diente roto, aunque la avergonzaba,
era también su trofeo de batalla, el símbolo
de su valor, su independencia y su rebelión
frente a la injusticia. En el momento
presente, mientras el palanquín la introducía
por una calle de tiendas con carteles vistosos
sobre unos portales con cortinas, sentía la
misma emoción que en aquella lejana batalla
281/923
y los juicios que había observado. Tal vez
careciera de experiencia como detective,
pero sabía instintivamente que por fin había
encontrado el uso adecuado para sus
talentos.
—¡Deteneos! —ordenó a sus escoltas.
El cortejo hizo un alto y Reiko se apeó
del palanquín. Cuando corrió por la calle, sus
escoltas trataron de seguirla. Pero Reiko no
tardó en perderlos entre la multitud, form-
ada en su mayor parte por mujeres, como
bandadas de pájaros parlanchines con sus
alegres quimonos. En aquellas tiendas
vendían pócimas de belleza y ornamentos
para el pelo, maquillajes y perfumes, pelucas
y abanicos. Los pocos hombres presentes
eran tenderos, dependientes o escoltas de las
damas. Reiko se escabulló bajo la cortina añil
de la entrada a la tienda de Soseki, un afa-
mado tratante de ungüentos.
La sala, iluminada por ventanas y clara-
boyas abiertas, contenía anaqueles, armarios
282/923
y cubos llenos de toda sustancia embellece-
dora imaginable: bálsamos medicinales,
aceites y tintes para el pelo; jabón y produc-
tos para eliminar imperfecciones, así como
brochas y esponjas para aplicarlos. Los de-
pendientes atendían a sus clientas. Reiko de-
jó los zapatos en la entrada y avanzó por los
atestados pasillos. Se paró en el mostrador
de esencias de baño.
Allí había una mujer de casi cuarenta
años que llevaba el quimono azul de las joro,
las funcionarias de palacio de segundo
grado. Delgada hasta resultar escuálida, con
el pelo recogido hacia arriba, se dirigía al de-
pendiente en tono autoritario.
—Me llevaré diez frascos de todas las es-
encias: de pino, de jazmín, de gardenia, de
almendra y de naranja.
El dependiente tomó nota del pedido. La
joro reunió a sus sirvientas y se dispuso a
partir. Reiko la abordó.
283/923
—Buenos días, Eri-san —dijo con una
reverencia.
Se trataba de una prima lejana por parte
de madre, en un tiempo concubina de
Iemitsu, el anterior sogún. En la actualidad,
estaba a cargo de proveer a las necesidades
personales de las dependencias de las
mujeres; era, por tanto, una funcionaria de
poca importancia a la que sin duda Sano re-
legaría al final de su lista de testigos. Pero
Reiko sabía que Eri también era el centro de
la rama palaciega de la red de cotilleos fe-
meninos. A través de las criadas, Reiko había
seguido la pista de Eri hasta el Soseki, y pre-
tendía aprovecharse de lo que su prima
conocía. Pese a todo, Reiko se dirigió a Eri
con cautelosa timidez.
—¿Me concedéis un minuto para char-
lar? —Desde la muerte de su madre, el clan
Ueda había mantenido escasos contactos con
la familia de Eri. La posición de su prima la
había aislado más si cabe, y Reiko suponía
284/923
que podía guardarle resentimiento a una
pariente más joven, más guapa y bien cas-
ada. Pero Eri acogió a Reiko con una ex-
clamación de entusiasmo.
—¡Reiko-chan! Cuánto tiempo. La úl-
tima vez que te vi no eras más que una niña;
cómo has crecido. ¡Y encima casada! —An-
tigua beldad, Eri había perdido la hermosura
de su juventud. La edad se le manifestaba en
las raíces grises del pelo teñido y en las plan-
icies demacradas de su rostro, pero el calor
de sus ojos y su sonrisa no habían disminu-
ido. «Cuando Eri te miraba —recordaba
Reiko—, te sentías especial, como si dispusi-
eras de su completa atención.» Sin duda ése
era el modo en que había embelesado a su
señor, y por lo que ahora lograba que la
gente le contara secretos—. Ven conmigo
donde podamos hablar tranquilas.
Al momento, estaban cómodamente in-
staladas en una trastienda, con sake, frutas
secas y pasteles, cortesía del propietario.
285/923
Dado que las damas de alto rango no podían
beber en los salones de té públicos ni comer
en los tenderetes, muchos establecimientos
del barrio ofrecían espacios en los que las cli-
entas podían tomarse un refrigerio. Aquellas
habitaciones, vedadas a los hombres, a me-
nudo servían de centro de intercambio de co-
tilleos. A través de las paredes de papel,
Reiko vislumbraba las sombras de otras
mujeres, oía su parloteo y sus risas.
—Ahora cuéntame todas las novedades
de tu vida —dijo Eri mientras servía una taza
de licor caliente para cada una. Reiko en-
seguida relató a su prima todo lo concerni-
ente a su boda, los regalos que había recibido
y la decoración de su nuevo hogar. A duras
penas consiguió contenerse antes de rev-
elarle sus problemas con Sano, maravillada
ante el talento de Eri para extraer informa-
ción personal. ¡Qué gran detective habría
sido! Pero Reiko no pensaba partir habiendo
contado más de lo que había descubierto.
286/923
—Estoy muy interesada en el asesinato
de la dama Harume —dijo mientras mord-
isqueaba un melocotón seco—. ¿Qué sabes
de eso?
Eri dio un sorbo de su taza y vaciló.
—Tu marido investiga el asesinato, ¿ver-
dad? —Una repentina cautela enfrió sus
maneras, y Reiko percibió la desconfianza de
Eri hacia los hombres en general, y el bakufu
en particular—. ¿Te ha enviado a
interrogarme?
—No —confesó Reiko—. Me ordenó que
me mantuviera al margen de la investiga-
ción. No sabe que estoy aquí, y se enfadaría
si se enterase. Pero yo quiero resolver el mis-
terio. Quiero demostrar que una mujer
puede ser tan buen detective como un
hombre. ¿Me ayudarás?
Una chispa de malicia iluminó los ojos
de Eri. Asintió y levantó una mano.
287/923
—Antes tienes que prometerme que me
contarás todo lo que sepas sobre los pro-
gresos de tu marido en el caso.
—De acuerdo. —Reiko reprimió una
punzada de culpabilidad por su deslealtad
hacia Sano. Era justo: tenía que pagar el pre-
cio de la información que necesitaba y, al re-
chazar Sano su colaboración, ¿acaso no se
había ganado el castigo de que todas las
mujeres de Edo conocieran sus actividades?
Aun cuando el recuerdo de su deseo agitara
su corazón, la determinación de Reiko no
flaqueaba. Dio cuenta de las noticias co-
sechadas entre las doncellas que escuchaban
a escondidas mientras limpiaban los barra-
cones de los detectives de Sano—. Hoy mi
marido se entrevista con el teniente Kushida
y la dama Ichiteru. ¿Podría alguno de ellos
haber asesinado a Harume?
—Las mujeres del Interior Grande hacen
apuestas sobre quién de los dos lo hizo —dijo
Eri—. La dama Ichiteru va en cabeza.
288/923
—¿Cómo es eso?
Eri esbozó una triste sonrisa.
—Las concubinas y sus damas de com-
pañía son jóvenes. Románticas. Inocentes.
Las tribulaciones de un pretendiente re-
chazado conmueven sus tiernos corazonci-
tos. No entienden cómo un hombre pueda
amar a una mujer tanto como Kushida
amaba a la dama Harume, y al mismo
tiempo odiarla lo bastante para matarla.
—Pero habrá pruebas que hayan llevado
a otras mujeres a creer que Kushida es
culpable.
—Cielos, hablas igual que un policía,
Reiko-chan. Tu marido es tonto si no acepta
tu ayuda. —Soltó una carcajada—. Pues bien,
te diré algo que es probable que él
desconozca y que no va a descubrir. El día
antes de que expulsaran al teniente Kushida,
un guardia lo pilló en la habitación de la
dama Harume. Tenía las manos en el
289/923
armario donde guardaba la ropa interior. Al
parecer Kushida quería robarle algo.
«O meter el veneno», pensó Reiko.
—El incidente no llegó a ser denunciado
—prosiguió Eri—. Kushida es el oficial super-
ior de aquel guardia y lo obligó a mantener
silencio. Nadie se habría enterado de lo suce-
dido si una doncella no los hubiese oído dis-
cutir y me lo hubiese contado. El guardia
nunca hablará, porque se juega el puesto si la
administración de palacio descubre que ha
protegido a alguien que ha quebrantado las
reglas. —Eri hizo una pausa—. Y yo no difun-
dí la historia porque Kushida jamás había
dado problemas y parecía un suceso sin im-
portancia. Ahora me gustaría haber acudido
a Chizuru. De haberlo hecho, a lo mejor
Harume no habría muerto.
Tras las excusas de Eri, Reiko veía el
auténtico motivo de que hubiese guardado
silencio: a pesar de su experiencia mundana,
su corazón era tan tierno como el de esas
290/923
jóvenes concubinas; también le tenía sim-
patía al teniente Kushida. Pero había dejado
clara la oportunidad que tuvo para el
asesinato.
—¿Por qué se tiene a la dama Ichiteru
por la principal sospechosa? —preguntó.
Eri frunció los labios; era evidente que
la concubina le inspiraba tanto desagrado
como pena Kushida.
—Ichiteru oculta bien sus emociones;
por sus modales, nadie adivinaría que sentía
por Harume algo que no fuera desprecio
hacia una campesina de baja estofa. Jamás
admitirá lo rabiosa que estaba cuando el so-
gún dejó de dormir con ella porque prefería a
Harume.
»Pero un día del verano pasado las dam-
as fueron de excursión al templo de Kannei.
Estaba reuniéndolas para el viaje de vuelta,
cuando oí gritos en el bosque. Corrí y me en-
contré a Ichiteru y a Harume en el suelo,
peleándose. Ichiteru estaba encima de
291/923
Harume y le pegaba, gritando que la mataría
antes que dejar que le arrebatara el lugar de
favorita del sogún. Las separé. Tenían la ropa
sucia y la cara ensangrentada y llena de
arañazos. Harume lloraba, e Ichiteru estaba
enloquecida de furia. Las mantuve a distan-
cia y les dije a las demás que se habían las-
timado por una caída en el bosque.
—¿Y tampoco se notificó este incidente?
Eri sacudió la cabeza.
—Podría haber perdido mi puesto por
no saber mantener el orden entre las chicas
que estaban a mi cargo. Ichiteru no quería
que nadie se enterara de que se había com-
portado de una forma tan poco digna. Y
Harume tenía miedo de meterse en líos.
En opinión de Reiko, la dama Ichiteru
tenía un motivo mucho más claro para el
asesinato que el teniente Kushida. La concu-
bina también había amenazado a Harume, y
podría haber rematado el ataque
envenenándola.
292/923
—¿Vio alguien a la dama Ichiteru en la
habitación de Harume o sus inmediaciones
poco antes de su muerte?
—Cuando pregunté entre las mujeres,
todas dijeron que no. Pero eso no significa
que Ichiteru no fuera allí. Podría haber ido a
escondidas cuando nadie la veía. Y tiene ami-
gas que mentirían por ella.
Móvil y posible oportunidad, decidió
Reiko. La dama Ichiteru parecía cada vez
más sospechosa pero, para demostrar su
culpabilidad, Reiko necesitaba un testigo o
pruebas.
—¿Me dejarías hablar con las otras
mujeres y me ayudarías a registrar la hab-
itación de Ichiteru? —preguntó.
—Mmmm. —Eri parecía tentada, pero
después frunció el entrecejo y sacudió la
cabeza—. Mejor no arriesgarse. Va contra las
reglas llevar extraños al Interior Grande. In-
cluso tu marido necesitará un permiso espe-
cial, aunque dudo que encuentre nada.
293/923
Ichiteru es lista. Si es la asesina, se habrá
deshecho del veneno que le sobrara.
Reiko estaba decepcionada, pero no de-
masiado. Tan sólo le hacía falta encontrar un
modo de sortear las reglas, las mentiras y los
subterfugios que protegían el Interior
Grande.
Eri la contemplaba con preocupación.
—Prima, espero que no vayas demasiado
lejos jugando a los detectives. Aparte de tu
marido, hay otros hombres en el bakufu a los
que no les gusta que las mujeres se entro-
metan en asuntos que no son de su incum-
bencia. Prométeme que serás sensata.
—Lo seré —prometió Reiko, aunque la
referencia desdeñosa de Eri a sus empeños la
molestó. Cuando un hombre investigaba un
asesinato, se consideraba trabajo y cobraba
por él. Pero una mujer sólo podía «jugar» al
mismo oficio. Sin pararse a pensar, Reiko
dijo—: Eri, creo que sería fantástico tener un
trabajo de verdad en el castillo, como tú.
294/923
¿Estás contenta de haberte convertido en
funcionaria de palacio en vez de casarte?
La boca de su prima se torció en una
sonrisa de lástima afectuosa por su
inocencia.
—Sí, me alegro. He visto demasiados
matrimonios malos. Disfruto de mi autorid-
ad. Pero no idealices mi posición, Reiko-
chan. La conseguí complaciendo a un
hombre, y sirvo bajo los dictados de otros
hombres. La verdad es que no soy más libre
que tú, que sirves sólo a tu marido.
Aquella deprimente verdad convenció a
Reiko de que debía encontrar su propio cam-
ino en la vida. Después, al ver una súbita ex-
presión de congoja en el rostro de Eri,
preguntó:
—¿Qué pasa?
—Acabo de recordar una cosa —dijo
Eri—. Hará unos tres meses, en plena noche,
la dama Harume se puso gravemente en-
ferma con dolor de estómago. Le di un
295/923
emético para hacerla vomitar y un sedante
para que durmiera. Pensé que le habría sen-
tado mal la comida y no me molesté en in-
formar del problema al doctor Kitano porque
por la mañana ya estaba mejor. Y, al poco
tiempo, una daga le pasó rozando en una
calle llena de gente del distrito de Asakusa, el
Día Cuarenta y Seis Mil. —Era un popular
festival religioso—. Nadie sabe quién la lan-
zó. Jamás se me ocurrió que los dos sucesos
estuviesen relacionados, pero ahora...
Reiko vio lo que Eri quería decir. Con el
calor del verano, los alimentos estropeados a
menudo causaban indigestiones. Las armas
que salían disparadas durante las batallas
entre bandidos o samuráis duelistas ponían
en peligro a los transeúntes inocentes. Sin
embargo, a la luz del asesinato de Harume,
otra posible explicación conectaba estos dos
accidentes.
—Parece que alguien intentó matar a
Harume con anterioridad —comentó Reiko.
296/923
Pero ¿era la dama Ichiteru, el teniente
Kushida o alguien todavía desconocido?
13
Tras dejar el teatro de marionetas Satsuma-
za, Hirata cabalgó sin rumbo por la ciudad.
Transcurrieron las horas mientras revivía
cada minuto pasado con la mujer que de-
seaba pero que jamás tendría. No podía
pensar en nada que no fuera la dama
Ichiteru.
Al final, pese a todo, su excitación física
remitió lo suficiente para que cobrara con-
ciencia de sus acciones. En lugar de trabajar
en la investigación del asesinato, había per-
dido una mañana entera en ensoñaciones sin
futuro. Y había viajado inadvertidamente
hasta su antiguo territorio: la jefatura de
policía, situada en la esquina meridional del
distrito administrativo de Edo. Al ver los
conocidos y altos muros de piedra y el alu-
vión de doshin, presos y agentes que at-
ravesaban las custodiadas puertas, Hirata
298/923
recobró el sentido común. Se dio cuenta de lo
que había sucedido, y se maldijo por
estúpido.
La dama Ichiteru había evitado respon-
der a todas sus preguntas. ¿Cómo iba a expli-
carle a Sano que había fracasado al indagar
si Ichiteru tenía móvil y oportunidad para el
asesinato de la dama Harume? Había es-
tropeado por completo el crucial interrog-
atorio de un sospechoso importante. Ahora
era capaz de admitir que las evasivas de
Ichiteru manifestaban su culpabilidad.
Además, pensó Hirata con abatimiento, una
mujer de su clase no coquetearía con un
hombre de la suya, si no fuera por motivos
poco escrupulosos.
Aun así, reconocerlo no hacía que dejara
de desearla, ni de esperar que fuera inocente,
y que ella también lo deseara a él. Aunque
temía otro episodio de fracaso y humillación,
anhelaba verla de nuevo. ¿Debería volver al
teatro y exigirle respuestas claras? Sus
299/923
entrañas bullían de sangre caliente ante la
idea de estar con Ichiteru y acabar lo que
habían empezado. A regañadientes decidió
que no se hallaba en condiciones de conducir
un interrogatorio objetivo; antes tenía que
recuperar el control sobre sus sentimientos.
Además, Hirata tenía otras pistas que invest-
igar aparte de la dama Ichiteru. Por fortuna,
sus instintos de detective lo habían llevado al
lugar adecuado.
Entró en el complejo de la policía.
Después de darle su caballo a un mozo de
cuadras, cruzó el patio rodeado por los bar-
racones que una vez habitara como doshin y
entró en el edificio principal, una laberíntica
estructura de madera. En la sala de recep-
ción, los agentes firmaban su entrada o
salida de servicio y entregaban delincuentes.
Desde una plataforma elevada, cuatro em-
pleados despachaban mensajes y atendían a
los visitantes.
300/923
—Buenos días, Uchida-san —saludó
Hirata al empleado jefe.
Uchida, un hombre mayor de rostro
bonachón, le dedicó a Hirata una sonrisa de
bienvenida.
—Bueno, bueno, mira a quién tenemos
aquí. —La comisaría siempre era una fuente
de información y Uchida, por cuyo despacho
pasaba toda esa información, había de-
mostrado muchas veces ser un valioso con-
fidente—. ¿Cómo va la vida en el castillo de
Edo?
Tras el intercambio de cortesías, Hirata
le expuso el motivo de su visita.
—¿Algún informe sobre un viejo mer-
cachifle que vende drogas raras?
—Nada oficial, pero he oído un rumor
que a lo mejor te interesa. Algunos jóvenes
de familia rica de mercaderes de los distritos
de Suruga, Ginza y Asakusa supuestamente
han localizado una substancia que induce
trances y hace que el sexo sea más divertido.
301/923
Como no hay ninguna ley que lo prohíba, y
los consumidores no sufren ni causan ningún
daño, la policía no ha arrestado a nadie. Se
dice que el traficante es un hombre con el
pelo blanco y sin nombre. —Uchida soltó una
risilla—. Es a él a quien buscan los doshin,
sobre todo, creo, para probar ellos la droga.
—Un hombre con pociones de placer
también podría tener venenos —dijo
Hirata—. Parece que podría tratarse del que
ando buscando. Si se llega a saber algo de su
paradero, házmelo saber.
—Encantado, si tú me recomiendas a tus
amigos importantes cuando repartan los as-
censos. —Uchida le guiñó un ojo.
Hirata salió de la jefatura, montó su
caballo frente a la puerta... y pensó de inme-
diato en la dama Ichiteru. Se obligó a con-
centrarse en el trabajo que tenía entre
manos. Suruga, Ginza y Asakusa estaban
separados por una considerable distancia; al
parecer el traficante anónimo de drogas
302/923
cubría todo Edo, y a esas alturas ya podría
haberse trasladado. En vez de entrevistarse
con los doshin que lo habían denunciado,
Hirata iba a explotar otra mejor, si bien no
oficial, fuente de información.
Tal vez la actividad le hiciera olvidar a la
dama Ichiteru.
El gran arco de madera del puente de
Ryogoku salvaba el río Sumida y unía Edo
con los distritos rurales de Honjo y Fuk-
agawa, en las orillas orientales. Por debajo
del puente, balsas y botes de pesca surcaban
el agua, un espejo reluciente que reflejaba el
vívido follaje otoñal de las orillas y el azul del
cielo. Repicaban las campanas de los templos
con tañidos que vibraban sonoros en el aire
despejado.
Los cascos de la montura de Hirata res-
onaron en los tablones de madera del puente
cuando se incorporó al torrente de tráfico
que se dirigía al extremo opuesto; una zona
conocida como Ryogoku Honjo Muko
303/923
(«Ryogoku del Otro Lado»), que se había de-
sarrollado en años recientes a medida que la
población de Edo desbordaba el abarrotado
centro urbano. Habían drenado las maris-
mas, y ahora la ribera estaba jalonada de al-
macenes y embarcaderos. A la sombra del
templo del Desamparo —erigido sobre el
lugar de sepultura de las víctimas del gran
incendio ocurrido hacía treinta y tres años—
había surgido un floreciente barrio mercant-
il. Ryogoku Honjo Muko se había convertido
también en un popular enclave de diversión.
Campesinos y ronin acudían en masa al
amplio cortafuegos y frecuentaban salones
de té, restaurantes, tugurios de cuentacuen-
tos y garitos donde los hombres jugaban a las
cartas, apostaban a las carreras de tortugas o
tiraban flechas a una diana para ganar pre-
mios. Escabrosos carteles con animales sal-
vajes anunciaban una casa de fieras. Los
voceadores gritaban señuelos; los buhoneros
vendían dulces, juguetes y fuegos artificiales.
304/923
Hirata se encaminó hacia una popular atrac-
ción, donde se había congregado una gran
multitud frente a una plataforma elevada.
Sobre ella había un hombre de aspecto
extraordinario.
Llevaba un quimono azul, calzas de al-
godón, sandalias de esparto y una cinta roja
en la cabeza. Un pelo negro y agreste re-
cubría no sólo su cráneo sino todas las partes
de su cuerpo que quedaban a la vista: mejill-
as, barbilla, cuello, tobillos, el dorso de las
manos y de los pies y un poco de pecho en el
escote de su quimono. Unas cejas pobladas
casi tapaban sus ojos brillantes como cuentas
de vidrio; una boca de dientes afilados son-
reía desde su mostacho.
—¡Entrad en la Casa de los Monstruos
de la Rata! —gritaba, señalando una cortina
que tenía detrás—. ¡Veréis al enano de Kanto
y la Bodhisattva viviente! ¡Presenciaréis
otras curiosidades asombrosas de la
naturaleza!
305/923
La Rata no era menos anómalo que sus
monstruos. Procedía de la remota isla
septentrional de Hokkaido, donde, a causa
de los fríos inviernos, a los hombres les
cubría una capa de vello corporal. Los Ainu,
como los llamaban, recordaban a los simios,
eran muy primitivos y, por lo general, mucho
más altos que el resto de los japoneses. Bajo
y nervudo, la Rata debía de haber sido el en-
ano de su tribu, y muy ambicioso. De joven,
había llegado a Edo a buscar fortuna. Un
mercader de tabaco lo había dejado vivir en
la trastienda de su cuchitril, y cobraba a los
clientes por dejar que lo vieran. Su semb-
lante de roedor le había ganado su apodo; su
visión para los negocios había convertido la
oferta suplementaria del mercader en
aquella afamada y lucrativa casa de los mon-
struos. Unos veinte años más tarde, la Rata
ya era propietario del establecimiento, que
había heredado a la muerte de su amo.
306/923
—¡Adelante! —invitó—. ¡La entrada sólo
cuesta diez zeni!
El público, monedas en mano, formó
una cola delante de la cortina. La Rata bajó
de un salto de la tarima para hacerlos pasar;
su ayudante, un gigante de abultada muscu-
latura, recogía el dinero de las entradas.
Hirata se incorporó a la cola. Al ver sus
manos vacías el gigante gruñó y frunció el
entrecejo.
—Es a ti a quien vengo a ver —le dijo a la
Rata.
—Ah, Hirata-san. —Los ojillos brillantes
de la Rata adquirieron un destello de astucia
codiciosa; se frotó las zarpas peludas—. ¿Qué
puedo hacer hoy por vos?
—Necesito información.
La Rata, que campaba por Edo y sus
provincias en continua búsqueda de nuevos
monstruos, también recogía novedades.
Complementaba sus ingresos con la venta de
información selecta. Cuando era agente de
307/923
policía, Hirata lo había atrapado durante una
redada en un burdel ilegal, y la Rata había
trocado su puesta en libertad por informa-
ción, revelándole a Hirata el paradero de un
forajido que llevaba años eludiendo a la
policía de Edo. Desde entonces, Hirata lo
había usado a menudo de confidente. Sus
precios eran altos, pero el servicio era fiable.
—Será mejor que entréis —dijo la Rata.
Hablaba con acento pueblerino y extran-
jero—. La función está a punto de empezar, y
tengo que anunciar los números. Podemos
hablar entre tanto.
Hirata lo siguió al interior del edificio,
donde el público se agolpaba en una angosta
habitación frente al telón bajado de un es-
cenario. La Rata se encaramó a él. Ensalzó
las maravillas que estaban a punto de pres-
enciar y empujó a la muchedumbre a un
frenesí ansioso y vocinglero; entonces
anunció:
308/923
—¡Y ahora os presento al enano de
Kanto!
Se abrió el telón y apareció una figura
grotesca, la mitad de alto que un hombre
normal, con cabeza grande, cuerpo enano y
extremidades cortas. Ataviado con chillones
ropajes teatrales, entonó una canción de un
popular drama kabuki. El público vitoreó. La
Rata se unió a Hirata entre bastidores.
—Busco a un vendedor ambulante de
drogas llamado Choyei —dijo Hirata, y le re-
firió la escasa información que disponía
sobre el hombre.
La Rata exhibió una sonrisa
asilvestrada.
—De modo que queréis saber quién
vendió y quién compró el veneno que mató a
la concubina del sogún. No es cosa fácil dar
con alguien que no quiere que lo encuentren.
Hay muchos escondrijos en Edo.
Hirata no se dejó engañar. La Rata
siempre comenzaba las negociaciones
309/923
haciendo hincapié en la dificultad de obtener
determinada información.
—Treinta monedas de cobre si me lo en-
cuentras para mañana —dijo Hirata—. Si es
más tarde, veinte.
En el escenario, el enano acabó su
canción.
—Disculpad —dijo la Rata. Saltó al es-
cenario y anunció—: ¡La Bodhisattva
viviente!
Entre vítores redoblados, apareció una
mujer. Llevaba un vestido sin mangas para
mostrar sus tres brazos. Adoptó poses que
recordaban las estatuas de muchos brazos de
la deidad budista de la piedad y después in-
vitó a varios miembros del público a apostar
en cuál de las tres tazas puestas boca abajo
se ocultaba un cacahuete. La Rata volvió con
Hirata.
—Cien monedas de cobre, cuando sea
que encuentre a vuestro hombre.
310/923
Siguieron otros números: un gordo dan-
zante; un hermafrodita que cantaba las
partes masculinas y femeninas de un dúo.
Las negociaciones continuaron. Al final
Hirata dijo:
—Setenta monedas de cobre si lo en-
cuentras en dos días, cincuenta si es después,
y nada si yo encuentro a Choyei primero. Esa
es mi última oferta.
—De acuerdo, pero quiero un anticipo
de veinte monedas para cubrir gastos —dijo
la Rata.
Hirata asintió y le dio las monedas. La
Rata las guardó en la bolsa que llevaba a la
cintura y fue a anunciar el número final.
—Y ahora, el acontecimiento que todos
estabais esperando: ¡Fukurokujo, dios de la
sabiduría!
Salió a escena un chico de unos diez
años. Tenía los rasgos diminutos como los de
un bebé, los ojos cerrados y la cabeza pro-
longada en una elevada calva que recordaba
311/923
la del legendario dios. Del público surgieron
gritos de asombro.
—¡Por un suplemento de cinco zeni,
Fukurokujo os dirá la buenaventura! —gritó
la Rata; el público avanzó, presuroso. A
Hirata le dijo—: Para sellar nuestro trato, os
regalo una buenaventura. —Lo llevó al escen-
ario y puso su mano sobre la frente del
niño—. Oh, gran Fukurokujo, ¿qué ves en el
futuro de este hombre?
Con los ojos todavía cerrados, el «dios»
dijo con voz estridente e infantil:
—Veo una bella mujer. Veo peligro y
muerte. —Mientras el público prorrumpía en
«Ohs» y «Ahs», el chico clamó—: ¡Cuidado,
cuidado!
El recuerdo de la dama Ichiteru asaltó
de nuevo a Hirata. Vio su cara adorable e im-
pasible; sintió su mano sobre él; oyó una vez
más la música de las marionetas que sub-
rayaba su deseo. Volvió a experimentar la in-
citante mezcla de lujuria y humillación.
312/923
Incluso al recordar sus artimañas y a pesar
del castigo por tener trato con la concubina
del sogún, anhelaba a Ichiteru con terrorífica
pasión. Sabía que tenía que volver a verla, si
no para repetir la entrevista y arruinar su
reputación profesional, sí para ver adónde ll-
evaría su encuentro erótico.
14
El emblema dorado que lucía sobre la en-
trada a la residencia del caballero Miyagi
Shigeru, de la provincia de Tosa, repres-
entaba una pareja de cisnes enfrentados, con
las alas desplegadas en un círculo plumoso
que se tocaba en las puntas. Sano llegó al
anochecer, cuando los samuráis desfilaban
de camino a casa por las calles en penumbra.
Un anciano criado lo llevó al interior de la
mansión, en cuya entrada dejó los zapatos y
las espadas. El distrito daimio de Edo había
sido reconstruido después del gran incendio;
por tanto, la casa de Miyagi databa de un
periodo reciente. Pero su interior parecía an-
tiguo: la ebanistería del pasillo se había os-
curecido con el tiempo y probablemente
había sido rescatada de una edificación an-
terior. En el aire flotaba un vago olor a dec-
adencia, como si procediera de siglos de
314/923
humedad, humo y aliento humano. En el
salón, una fantasmagórica melodía concluía
en el momento en que el criado hacía pasar a
Sano y anunciaba:
—Honorables caballero y dama Miyagi,
Sano Ichiro, sosakan-sama del sogún.
La habitación estaba ocupada por cuatro
personas: un samurái canoso reclinado entre
cojines de seda, una mujer de mediana edad
de rodillas a su lado y dos bellas jovencitas
sentadas juntas, una con un samisén, la otra
con una flauta. Sano se arrodilló, hizo una
reverencia y se dirigió al hombre:
—Caballero Miyagi, estoy investigando
el asesinato de la concubina del sogún, y
debo haceros unas cuantas preguntas.
Por un momento, todos contemplaron a
Sano con silente recelo. Ardían unas lám-
paras cilíndricas que dotaban a la sala de un
ambiente íntimo y nocturno. El calor de los
braseros de carbón ahuyentaba el frío otoñal.
La divisa de los cisnes de los Miyagi se
315/923
repetía en círculos grabados en las vigas del
techo y en los pilares, en los emblemas dora-
dos de las mesas y en los armaritos laquea-
dos, y en la seda marrón de la bata del
caballero. A Sano le transmitía una sensa-
ción de mundo ensimismado, cuyos habit-
antes percibían a los demás como extraños.
El aura de un perfume, aceite de gaulteria
para el pelo, y un olor almizcleño apenas
perceptible formaban un capullo alrededor
de ellos, como si exudaran su propia atmós-
fera. Entonces habló el caballero Miyagi:
—¿Podemos ofreceros un refrigerio?
Señaló una mesa baja sobre la que había
una tetera, tazas, una bandeja con pipas y
tabaco, y una botella de sake, más un esplén-
dido surtido de frutas, pasteles y sushi.
Según la costumbre, Sano lo rehusó con
educación; fue persuadido y entonces aceptó
cortésmente.
—Me preguntaba si acabaríais
averiguándolo. —El caballero Miyagi tenía el
316/923
cuerpo delgado y desgarbado y la cara larga.
Sus ojos inclinados hacia abajo lucían
húmedos y brillantes, al igual que sus labios
gruesos y mojados. Le pendían bolsas de piel
de las mejillas y el cuello. Su voz cansina era
reflejo de su lánguida postura—. Bueno,
supongo que tendría que haber esperado que
mi conexión con Harume llegaría a saberse
en algún momento; la metsuke es muy efi-
ciente. Lo que me alegra es que haya sido
después de su muerte, cuando ya apenas
puede importar. Preguntadme lo que
deseéis.
Sano no corrigió la impresión del daimio
de que habían sido los espías de Tokugawa
los descubridores de la relación, para así re-
servarse la posible ventaja de mantener en
secreto el diario de la concubina.
—Tal vez debiéramos hablar a solas
—dijo Sano, con una mirada hacia la dama
Miyagi. Necesitaba los detalles íntimos del
317/923
romance, que tal vez el caballero quisiera
ocultarle a su esposa.
—Mi esposa se queda —dijo éste, no ob-
stante—. Ya sabe todo sobre lo mío con la
dama Harume.
—Somos primos, unidos en matrimonio
de conveniencia —explicó la dama Miyagi.
En efecto, tenía un parecido asombroso con
su marido; idéntica tez, rasgos faciales y
figura delgada. Pero su postura era rígida y
sus ojos, de un marrón opaco y sin lustre; su
boca sin pintar mostraba resolución. Tenía la
voz grave y varonil. Mientras que todo en el
caballero Miyagi indicaba debilidad y sensu-
alidad, ella parecía una cáscara seca y dura
en su quimono de brocado—. No necesit-
amos ocultarnos secretos. Pero a lo mejor sí
que necesitamos un poco más de intimidad.
¡Copo de Nieve! ¡Gorrión! —Hizo un gesto a
las jóvenes, que se levantaron y se arro-
dillaron ante ella—. Son las concubinas de mi
esposo —dijo. Sano se sorprendió, porque las
318/923
había tomado por hijas de la pareja. Con un
cachete maternal a cada una, añadió—:
Podéis iros. Seguid practicando vuestra
música.
—Sí, honorable dama —dijeron las
chicas a coro. Hicieron una reverencia y sali-
eron de la sala.
—¿De modo que sabíais que vuestro es-
poso se veía en secreto con Harume en Asak-
usa? —preguntó Sano a la dama Miyagi.
—Por supuesto. —La boca de la mujer se
curvó en una sonrisa que dejó a la vista sus
dientes ennegrecidos por la cosmética—. Yo
me encargo de todos los entretenimientos de
mi señor. Junto a ella, el caballero Miyagi as-
intió con complacencia—. Yo misma selec-
ciono a sus concubinas y cortesanas. El ver-
ano pasado trabé conocimiento con la dama
Harume y se la presenté a mi marido. Yo or-
ganicé cada una de las citas, enviándole
cartas a Harume para decirle cuándo debía
presentarse en la posada.
319/923
Había esposas que llegaban a extremos
increíbles en su afán por servir a sus mar-
idos, pensó Sano. Aunque aquel contubernio
le ocasionaba un hormigueo de repelús, de-
seaba que Reiko poseyera algo de la disposi-
ción a complacer que tenía la dama Miyagi.
—Asumisteis un gran riesgo al encar-
iñaros con la concubina del sogún —le
comentó a Miyagi.
—El peligro me proporciona un gran
deleite. —El daimio se estiró con suntuosid-
ad. Sacó la lengua y sus labios se humedeci-
eron de saliva.
Auténtico devoto de las delicias de la
carne, parecía agudamente consciente de
toda sensación física. Llevaba la bata como si
notara la suave caricia de la seda en su piel.
Cogió una pipa de tabaco de la bandeja de
metal y chupó con lenta deliberación, suspir-
ando al soltar el humo. Parecía casi infantil
en su franco placer. Mas Sano veía una
320/923
sombra siniestra tras los ojos entrecerrados.
Recordó lo que sabía de los Miyagi.
Se trataba de un clan menor, más
célebre por su disipación sexual que por el
liderazgo político. Rumores de adulterio, in-
cesto y perversión perseguían a miembros
tanto masculinos como femeninos, aunque
sus riquezas les eximían de las consecuencias
legales. Al parecer, el actual daimio seguía
las tradiciones familiares, que en algunos
casos incluían la violencia.
Dirigiéndose tanto al marido como a la
mujer, Sano preguntó:
—¿Sabíais que Harume tenía planeado
tatuarse?
El caballero Miyagi asintió y fumó. Su
mujer respondió:
—Sí, lo sabíamos. Fue deseo de mi mar-
ido que Harume le demostrara su devoción
rasgando su cuerpo como prenda de amor.
Yo escribí la carta en la que se lo pedíamos.
321/923
Sano se preguntó si la rigidez de
modales de la dama Miyagi reflejaba una fri-
gidez sexual que descartaba las relaciones
conyugales normales entre ella y su marido.
Desde luego, no poseía ninguno de los at-
ractivos físicos apreciados por un hombre de
su talante. Pero tal vez obtuviera su propia
excitación carnal al procurarle la suya a su
marido; también ella era miembro del in-
fame clan. De la bolsa que llevaba a la cin-
tura, Sano sacó el frasco laqueado cuya tinta
había envenenado a Harume.
—Entonces ¿obtuvo esto de vos?
—Sí, le enviamos el frasco con la carta
—respondió la dama Miyagi con calma—. Yo
lo compré. Mi marido escribió el nombre de
Harume en la tapa.
De modo que los dos tocaron el
recipiente. —
¿Cuándo? —preguntó Sano.
La dama Miyagi recapacitó.
—Hace cuatro días, me parece.
322/923
Aquello habría sido antes de que relev-
aran al teniente Kushida del servicio en el In-
terior Grande, pero después de la denuncia
de la dama Harume. Aunque Kushida
afirmaba no haber tenido conocimiento pre-
vio del tatuaje, y Sano aún no sabía nada de
la dama Ichiteru; esperaba que Hirata ob-
tuviera la información. De momento, los
Miyagi parecían ser los que habían dispuesto
de la mejor oportunidad para envenenar la
tinta.
—¿Os llevabais bien con la dama
Harume? —preguntó Sano al caballero
Miyagi.
El daimio se encogió de hombros con
languidez.
—No nos peleábamos, si es a eso a lo
que os referís. La amaba tanto como me es
posible amar a alguien. Yo obtenía del
asunto lo que quería, y suponía que ella
también.
323/923
—¿Y qué era lo que ella quería? —El di-
ario explicaba el modo en que Miyagi obtenía
gratificación, pero Sano sentía curiosidad
por saber el motivo por el que la bella concu-
bina se había jugado la vida en encuentros
sórdidos y carentes de placer con un hombre
poco agraciado.
Por primera vez, el caballero Miyagi
parecía incómodo y miró a su mujer.
—Harume tenía ansia de aventuras,
sosakan-sama —respondió ésta—. La rela-
ción prohibida con mi esposo la satisfacía.
—¿Y vos? —preguntó Sano—. ¿Qué
opinión os merecía la dama Harume y la
relación?
La mujer volvió a sonreír, una expresión
curiosamente desagradable que recalcaba su
fealdad.
—Sentía gratitud hacia Harume, como la
siento hacia todas las mujeres de mi marido.
Las considero mis compañeras en el servicio
de su placer.
324/923
Sano reprimió un escalofrío de re-
pulsión. La dama Miyagi le recordaba a una
propietaria de burdel de Yoshiwara que aten-
diese los caprichos sexuales de sus clientes
con destreza profesional. Ni siquiera parecía
importarle lo vulgar o pervertida que pudiera
parecer. Desde el pasillo llegaban tenues
acordes de música y el canto de las concubi-
nas. De repente Sano fue consciente de la
quietud de la casa. No oía ninguno de los
sonidos que solían asociarse a la mansión del
señor de una provincia: nada de patrullas, ni
de criados y vasallos atareados. La estructura
maciza de la mansión bloqueaba los ruidos
de la calle y reforzaba la impresión que se
había llevado Sano de mundo cerrado. ¡Qué
casa tan extraña!
—Así que ya veis —dijo el daimio con un
suspiro cansado—, ni mi esposa ni yo
teníamos motivo alguno para matar a la
dama Harume, y no lo hicimos. Echaré
mucho de menos el placer que me
325/923
proporcionaba. Y mi esposa jamás ha sentido
celos de mi relación con Harume o con cu-
alquier otra.
Se levantó de sus cojines e hizo un débil
gesto hacia la bandeja de la comida.
—Permíteme ayudarte, primo —dijo la
dama Miyagi con rapidez, y le sirvió té. Le
puso la taza en la mano izquierda y un caqui
en la derecha. Por un momento sus brazos se
unieron en un círculo y Sano quedó atónito
ante su parecido con los dos cisnes del em-
blema de los Miyagi. Una pareja unida, re-
flejo cada uno del otro, las alas tocándose,
juntas en un enlace extraño pero mutua-
mente provechoso...
El olor almizcleño creció en intensidad,
como si procediera del contacto de la pareja.
Sano percibió entre los dos un profundo vín-
culo emocional no carente de pasión. Sopes-
ando sus declaraciones, descubrió que creía
la declaración de la dama Miyagi de que
aceptaba e incluso instigaba la infidelidad de
326/923
su marido, pero las pretensiones de amor
hacia Harume del daimio tenían menos visos
de verdad. ¿Habría supuesto ella algún tipo
de amenaza para el matrimonio? ¿Había de-
seado su muerte alguno de los dos cónyuges?
—¿Quién más tuvo acceso a la tinta
antes de que llegara a la dama Harume?
—preguntó Sano.
—El mensajero que la llevó al castillo de
Edo —respondió la dama Miyagi—, así como
todos los de la casa. Los sirvientes, los cria-
dos, Copo de Nieve y Gorrión. Cuando traje
el frasco a casa mi marido no estaba, de
modo que lo dejé en esta mesa mientras me
ocupaba de otros asuntos. Pasaron unas
cuantas horas antes de que la mandáramos.
Cualquiera podría haber manipulado la tinta
sin nuestro conocimiento.
¿Se limitaba a exponerlos hechos o se
protegía a ella y al caballero Miyagi diri-
giendo las sospechas hacia los otros
327/923
habitantes de la mansión? A lo mejor alguno
de ellos tenía una rencilla con Harume.
—Mis detectives vendrán e interrogarán
a todo el servicio de la casa —anunció Sano.
El caballero Miyagi asintió con indifer-
encia y comió de su fruta. El jugo le resbaló
por la barbilla; se lamió los dedos.
—Como gustéis —dijo la dama Miyagi.
«Y ahora, la parte crítica y delicada del
interrogatorio», pensó Sano.
—¿Tenéis hijos? —preguntó a la pareja.
Ni marido ni mujer variaron de ex-
presión, pero los adiestrados sentidos de
Sano detectaron una repentina presión en el
aire, como si se hubiese expandido y empu-
jara las paredes. La dama Miyagi permaneció
inmóvil con la vista fija al frente y los múscu-
los de la mandíbula tensos. El caballero Miy-
agi dijo:
—No, no tenemos. —Sus palabras es-
taban preñadas de pesar—. Nuestra falta de
328/923
hijos me ha obligado a nombrar heredero a
un sobrino.
Por la tirantez que se respiraba entre los
Miyagi, Sano dedujo que había tocado una
fibra sensible de su matrimonio. Sospechaba
que cada uno albergaba diferentes sentimi-
entos acerca de su falta de hijos. Y la
respuesta a esa pregunta lo decepcionaba. El
diario íntimo de Harume retrataba a Miyagi
como un mirón que prefería la propia es-
timulación a acostarse con una mujer. ¿Sig-
nificaba esa tendencia, unida a su carencia
de progenie, que era impotente? ¿Era el so-
gún —débil, enfermizo e inclinado hacia el
amor masculino— el padre del hijo de
Harume después de todo?
Sano temía tanto el momento de decirle
a Tokugawa Tsunayoshi que su heredero
nonato había muerto con su concubina,
como la presión añadida para la resolución
del caso. Si fracasaba, el voluble afecto del
sogún no iba a salvarlo de una muerte
329/923
deshonrosa. Y hasta el momento, la entrev-
ista no había incriminado a ninguno de los
Miyagi. Pero Sano no pensaba perder la
esperanza.
—Caballero Miyagi, sobreentiendo que
Harume se desvestía y se tocaba mientras
vos observabais por la ventana —espetó Sano
de golpe. No podía respetar los sentimientos
del daimio a costa de su propia salvación.
—Caramba si es eficiente la metsuke
—dijo Miyagi arrastrando las palabras—. Sí,
es correcto. Pero no alcanzo a entender por
qué mis hábitos íntimos han de ser asunto
vuestro.
La dama Miyagi ni habló ni se movió, y
los cónyuges no se miraban, pero ambos ir-
radiaban hostilidad: aunque se mostraran
abiertos acerca de los romances del daimio,
les molestaba la minuciosidad de Sano.
—¿Llegasteis a penetrar a la dama
Harume? —preguntó.
330/923
El daimio soltó una risa nerviosa y miró
a su mujer. Cuando vio que no le prestaba
ayuda, dijo débilmente:
—De verdad, sosakan-sama, esta in-
tromisión roza lo irrespetuoso hacia mi per-
sona, y también a la de la dama Harume.
¿Qué relevancia pueden tener nuestras rela-
ciones en la investigación de su muerte?
—En un caso de asesinato, cualquier as-
pecto de la vida de la víctima puede ser signi-
ficativo —explicó Sano. No podía mencionar
el embarazo de Harume antes de haber in-
formado al sogún, que montaría en cólera si
se enteraba de una noticia tan importante a
través de cotilleos y no por boca de Sano—.
Responded a la pregunta, por favor.
El caballero Miyagi suspiró y sacudió la
cabeza con los ojos bajos.
—De acuerdo. No, no penetré a Harume.
—¡Pues claro que no! —El estallido de la
dama Miyagi sobresaltó a Sano, así como al
caballero Miyagi, que se puso derecho de una
331/923
sacudida. Su mujer fulminó a Sano con la
mirada—. ¿Acaso creéis que mi marido sería
tan idiota para poseer a la concubina del so-
gún y jugarse la vida? Nunca la tocó; ni
siquiera una vez. ¡Nunca lo haría!
¿No lo haría, o no podría? Ahí estaba la
pasión que Sano había detectado en la dama
Miyagi, aunque no comprendía su
vehemencia.
—Decís que organizasteis la relación de
vuestro esposo con Harume. Aparte del pe-
ligro, ¿por qué os molesta tanto la idea de
que la tocara?
—No me molesta. —Con evidente es-
fuerzo, la dama Miyagi recobró la compos-
tura, aunque un feo rubor manchaba sus
mejillas—. Me parece que ya os he explicado
mi actitud para con las mujeres de mi señor
—dijo con frialdad.
En el silencio que siguió, el daimio se
encogió entre sus cojines como si quisiera
desaparecer. Sus dedos jugueteaban con un
332/923
pliegue de su bata, recreándose en el tacto de
la seda. La dama Miyagi seguía inmóvil y rí-
gida, y se mordía los labios. Del pasillo
llegaban las risas ligeras de las concubinas.
Estaba claro que marido y mujer mentían
sobre algo: ¿su relación con Harume o sus
sentimientos hacia ella? ¿Estaban ya al tanto
de su embarazo porque el daimio era el re-
sponsable? ¿Y por qué ocultar la verdad?
¿Para evitar el escándalo y el castigo por la
relación prohibida? ¿O para evitar los cargos
de asesinato?
—Se está haciendo tarde, sosakan-sama
—dijo por fin la dama Miyagi. Su marido as-
intió, aliviado de que ella hubiese tomado las
riendas de la situación—. Si tenéis alguna
pregunta más, tal vez tendríais la amabilidad
de volver en algún otro momento.
Sano se inclinó.
—Puede que lo haga —replicó mientras
se levantaba. Sin pensar, preguntó al
caballero Miyagi—: ¿Qué posada empleabais
333/923
con la dama Harume para vuestros
encuentros?
Miyagi vaciló.
—La Tsubame, en Asakusa —respondió
por fin.
Cuando el criado lo escoltó de camino a
la salida, se volvió para descubrir que los
Miyagi lo observaban con aire grave e in-
escrutable. En cuanto salió por la entrada,
casi pudo notar que su mundo extraño y re-
servado se cerraba tras él, como una mem-
brana que se sellara. Le quedó una sensación
soterrada e impura, como si el contacto con
ese mundo le hubiera contaminado el es-
píritu. Pero Sano tenía que sondear sus
secretos, por medios indirectos si era ne-
cesario. Tal vez cuando Hirata diera con el
vendedor de venenos, la búsqueda los con-
dujera de nuevo a los Miyagi. Además, la his-
toria de la relación entre el caballero Miyagi
y la dama Harume tenía otra vertiente: la de
ella. Indagar en su vida podía proporcionar
334/923
respuestas que desviaran la amenaza del
fracaso y la ejecución que pendía sobre Sano.
Pero en aquel momento sus pensamientos
apuntaban hacia su hogar.
Sano montó en su caballo y se dirigió
hacia el bulevar. En los portales custodiados
de las mansiones de los daimio los faroles es-
taban encendidos. La luna se alzaba en el
cielo nocturno sobre el castillo de Edo, en-
caramado a su colina, donde esperaba Reiko.
El recuerdo de su belleza y su lozana inocen-
cia asaltó a Sano como una fuerza purific-
adora que se llevó por delante la contam-
inación de su encuentro con los Miyagi. Tal
vez aquella noche él y Reiko pudieran hacer
las paces y empezar de nuevo su matrimonio.
15
Los aullidos de los perros resonaban de una
punta a otra de Edo, como si un millar de an-
imales anunciaran la hora que llevaba su
nombre. La noche sumergía la ciudad en una
oscuridad invernal, extinguiendo las luces y
despoblando las calles. La luz de la luna con-
vertía el río Sumida en una cinta de plata li-
quida. En el extremo de un embarcadero,
corriente arriba lejos de la ciudad, se alzaba
un pabellón. Los faroles suspendidos en los
aleros del tejado iluminaban las banderas
con el emblema de los Tokugawa y los muros
decorados con dragones grabados en oro y
esmalte. El agua reflejaba su imagen inver-
tida y titilante. Había guardias apostados en
el embarcadero y en un pequeño bote an-
clado a cierta distancia de la ribera boscosa,
velando por la seguridad y la privacidad del
único ocupante del pabellón.
336/923
Dentro, el chambelán Yanagisawa, sen-
tado en el suelo cubierto de tatamis, estu-
diaba documentos oficiales a la vacilante luz
de unas lámparas de aceite. Los restos de su
cena estaban esparcidos en una bandeja
junto a él; el humo de un brasero de carbón
flotaba hasta salir por las ventanas de lis-
tones. Aquél era el lugar favorito de
Yanagisawa para sus reuniones secretas, le-
jos del castillo de Edo y de oídos indiscretos.
Aquella noche le habían llegado informes
procedentes de espías de la metsuke que
acababan de volver de misiones en provin-
cias. Ahora esperaba su última cita, que tenía
que ver con el asunto más importante de to-
dos: el estado de su estratagema contra el so-
sakan Sano.
Sonaron voces y pasos en el embarca-
dero. Yanagisawa lanzó los papeles a un
banco con cojines y se puso en pie. Miró por
la ventana y vio a un guardia que escoltaba a
una pequeña figura por el embarcadero hacia
337/923
el pabellón. Yanagisawa sonrió al reconocer
a Shichisaburo, vestido con sus multicolores
ropajes de brocado del teatro. La anticipa-
ción le aceleró el pulso. Abrió la puerta y dejó
entrar una ráfaga de aire frío.
Por el embarcadero, Shichisaburo se
acercaba contoneándose con ritual gracilid-
ad, como si saliese a un escenario de no. Al
ver a su señor, los ojos se le encendieron con
convincente placer. Hizo una reverencia y
cantó:
Ahora danzaré el baile de la luna,
mis mangas son nubes al vuelo,
bailando, cantaré mi alegría,
una y otra vez mientras dure la noche.
Era una cita de la obra Kantan, escrita
por el gran Zeami Motokiyo, que trataba de
un campesino chino que tenía un vívido
sueño en el que ascendía al trono del em-
perador. Yanagisawa y Shichisaburo a me-
nudo disfrutaban representando escenas de
338/923
sus dramas favoritos, y Yanagisawa re-
spondió con los versos siguientes:
Y aun así, mientras dura la noche,
el sol ya brilla en lo alto,
mientras pensamos que aún es de
noche,
el día ha llegado ya.
El deseo difundió calor por el cuerpo de
Yanagisawa. El chico era un actor magistral y
su belleza, cautivadora. Pero, por el mo-
mento, los negocios se imponían al placer.
Yanagisawa hizo entrar a Shichisaburo al pa-
bellón y cerró la puerta.
—¿Has ejecutado las órdenes que te di
anoche?
—Oh, sí, mi señor.
A la luz de las lámparas, el rostro del
actor irradiaba felicidad. Su presencia im-
pregnaba la sala de la fragancia fresca y
dulce de la juventud. Embriagado, el cham-
belán Yanagisawa inhaló con voracidad.
—¿Tuviste algún problema para entrar?
339/923
—En absoluto, mi señor —dijo Shichis-
aburo—. Seguí vuestras instrucciones. Nadie
me detuvo. Fue a la perfección.
—¿Pudiste encontrar lo que
necesitábamos?
A pesar de que estaban a solas,
Yanagisawa no abandonaba su práctica ha-
bitual de hablar con circunloquios.
—Oh, sí. Estaba exactamente donde me
dijisteis que estaría.
—¿Te vio alguien?
El joven actor sacudió la cabeza.
—No, mi señor; fui cuidadoso. —Esbozó
una sonrisa traviesa—. E incluso si alguien
me hubiera visto, no habría sabido quién era
o qué hacía.
—No, no lo habría sabido. —Al
acordarse de su plan, Yanagisawa también
sonrió—. ¿Dónde lo has dejado?
El actor se puso de puntillas para susur-
rarle al oído, y el chambelán soltó una risilla.
—Excelente. Lo has hecho muy bien.
340/923
Shichisaburo aplaudió con regocijo.
—¡Honorable chambelán, sois tan bril-
lante! Seguro que el sosakan-sama cae en la
trampa. —Entonces la duda le hizo fruncir su
ceño infantil—. Pero ¿qué ocurrirá si se le
pasa por alto?
—No te preocupes —dijo Yanagisawa
lleno de confianza—. Sé cómo piensa y actúa
Sano. Hará exactamente lo que he previsto.
Pero, si por algún motivo no lo hace, lo ay-
udaré. —Yanagisawa se rió—. Qué apropiado
que mi otro rival sea el que aporte la her-
ramienta para la destrucción de los dos.
Todo lo que tenemos que hacer es esperar y
ser pacientes. Ahora mismo, se me ocurre
una agradable manera de pasar el rato. Ven
aquí.
Yanagisawa aferró la mano de Shichis-
aburo y tiró de ella hacia él. Pero el chico se
resistió juguetonamente.
—Esperad, mi señor. Tengo una sor-
presa para vos. ¿Me permitís?
341/923
Con una seductora sonrisa, se desanudó
la faja y la dejó caer al suelo. Se quitó cere-
moniosamente el quimono exterior, una
manga después de la otra. Salió de sus pan-
talones largos y sueltos. El deseo inundaba la
garganta y la entrepierna del chambelán
Yanagisawa. No había nadie que se desv-
istiese con un estilo tan grácil. Estaba impa-
ciente por ver qué nueva delicia erótica le
tenía reservada el actor.
Los ojos de Shichisaburo se encendieron
en reflejo de la excitación de su señor. Para
prolongar su placer, hizo una pausa dramát-
ica en su ropa interior blanca. Después se re-
tiró la prenda de los hombros y dejó que cay-
era al suelo. Extendió los brazos en ademán
de triunfo, exhibiéndose a la inspección de
Yanagisawa. Éste contuvo el aliento; le dio
un vuelco el corazón.
El pecho de Shichisaburo estaba surcado
de tajos en carne viva. Recientes y sin curar,
los cortes lucían rojos, cubiertos de sangre
342/923
oscura, destacados contra su piel suave y
hermosa.
El más cruel le seccionaba el pezón
izquierdo. Otro bajaba por su ombligo hasta
el taparrabos. Parecía la víctima de un
ataque salvaje.
—¡Lo he hecho por vos, mi señor! —ex-
clamó Shichisaburo—. Para mostraros que
estoy dispuesto a soportar el dolor y los su-
frimientos por vos.
La automutilación ritual, ejecutada con
dagas o espadas, era una ancestral práctica
mediante la cual los amantes samurái se de-
mostraban lealtad y devoción. En consecuen-
cia, la acción de Shichisaburo no sorprendía
del todo a Yanagisawa, ahora que se había
sobrepuesto al desconcierto inicial. Divertido
por las ansias del chico por complacer, se rió.
—Has hecho bien —dijo.
Shichisaburo se arrodilló. Tomó la mano
del chambelán Yanagisawa y la apretó contra
343/923
la herida de su pecho. Su piel desprendía un
calor febril.
—Con mi sangre, hago juramento de mi
amor eterno por vos, mi señor —susurró.
Sus ojos ardían de pasión: pasión sin-
cera y auténtica. A Yanagisawa se le murió la
risa en la garganta.
—Lo dices en serio, ¿verdad? —musitó
anonadado. Algo tembló en las profundid-
ades de su interior, como la tierra durante un
terremoto—. Todo lo que dices de tus senti-
mientos por mí, todo, es verdad. No estás ac-
tuando. ¡Lo dices de corazón!
El chico asintió.
—Al principio actuaba —reconoció—.
Luego acabé por amaros. —Su sonrisa estaba
cargada de afecto anhelante—. Sois tan bello
y tan fuerte, tan inteligente y poderoso. Sois
todo lo que quiero, todo lo que podría desear
ser. ¡Haría cualquier cosa por vos!
Un torrente de emociones inundó a
Yanagisawa. La primera fue incredulidad de
344/923
que alguien hiciera tamaño gesto de sacrifi-
cio por él. Lo asaltó un vívido recuerdo. El
día que había accedido al cargo de cham-
belán había organizado una fastuosa celebra-
ción en el castillo de Edo, con música, bailar-
ines, entremeses de kabuki, el mejor sake y
los manjares más deliciosos. Todos los in-
vitados varones eran subordinados en busca
de favores. Todas las mujeres eran cortesan-
as compradas con su nueva riqueza. Ni fa-
milia —seguía distanciado de ellos— ni ami-
gos: no tenía. Lo único que les importaba a
los invitados con los que compartió su celeb-
ración era el poder que ejercía. Rodeado de
sonrisas y felicitaciones hipócritas,
Yanagisawa había experimentado una sensa-
ción de completo vacío.
Ahora aquel mismo vacío se abría en un
abismo inconmensurable desde el que aul-
laba la voz de su alma para exigir el amor
que tanto ansiaba pero que jamás había
conocido. Se le saltaban las lágrimas,
345/923
lágrimas que creía agotadas en el funeral de
su hermano, pero que se habían acumulado
en un vasto embalse de soledad. La ofrenda
de Shichisaburo lo conmovía en lo más ín-
timo de su alma. Sentía deseos de abrazar al
chico y sollozar de gratitud, notar sus tiernos
brazos en torno a él mientras se resquebra-
jaba la coraza que blindaba su corazón.
Entonces, desde un tiempo remoto, oyó
la voz de su padre: «...Vago, indigno de ser
hijo mío... patético, deshonroso...».
Yanagisawa rememoró los azotes con la vara
de madera. Volvió a experimentar la ex-
acerbada sensación de no valer para nada, de
ser indigno de amor. Lleno de odio hacia ese
atroz sentimiento, deseoso de hacerlo desa-
parecer, se obligó a acordarse de quién era:
el brazo derecho del sogún. Y quién era
Shichisaburo: nada más que un insignific-
ante campesino lo bastante insensato para
lacerar su cuerpo por otra persona. ¿Cómo
346/923
tenía la temeridad de amar al amo y señor de
Japón?
El anhelo y la gratitud de Yanagisawa se
trocaron en furia. Apartó bruscamente su
mano de la de Shichisaburo.
—¿Cómo osas tratarme con tanta imper-
tinencia? —Le dio una bofetada. El joven act-
or se quedó boquiabierto; el dolor llenó sus
ojos de lágrimas—. Nunca te ordené que me
amases. —Cualquiera capaz de amarlo estaba
por debajo del desprecio—. ¿Cómo te
atreves?
Las lecciones de toda una vida lo in-
undaban de un miedo que avivaba su furia.
El amor hacía vulnerables a las personas, de-
pendientes; el amor sólo podía conducir al
sufrimiento. ¿Acaso no habían desdeñado
sus padres los esfuerzos de su infancia por
complacerlos y ganarse su afecto? El rechazo
había dolido más aún que los golpes. En el
amor de Shichisaburo, Yanagisawa atisbaba
la terrible promesa de un futuro rechazo, de
347/923
más dolor; a menos que hiciese algo para
evitar la amenaza.
—¡Soy tu señor, no tu querido! —gritó
Yanagisawa con voz áspera en su pugna por
controlar sus emociones encontradas—.
¡Muéstrame respeto! ¡Póstrate!
De un manotazo, tiró al suelo al actor
arrodillado. Shichisaburo cayó de bruces.
Horrorizado por su propia crueldad, el
chambelán contuvo el impulso de discul-
parse y ceder a sus ansias de amor. La ne-
cesidad de defenderse pesaba más que cu-
alquier otra.
—Lo siento, mi señor —dijo Shichis-
aburo entre sollozos—. No era mi intención
ofenderos. Pensé que os complacería lo que
he hecho. ¡Mil disculpas!
Se levantó sobre los codos. El cham-
belán Yanagisawa lo golpeó en la mandíbula,
y volvió a caer. Al sacar su soledad a la su-
perficie, al hacerlo vulnerable, el actor lo
había rebajado, había trocado sus posiciones.
348/923
Yanagisawa no pensaba tolerar ese cambio
en la balanza de poder. Presagiaba sufrimi-
entos y desgracias que no quería ni
imaginarse.
De un tirón, arrancó la banda de al-
godón blanco que cubría la ingle de Shichis-
aburo y le separaba las nalgas. Después se
quitó a manotazos su propia ropa. Empotró
al joven actor boca abajo contra el tatami y
se sentó a horcajadas sobre él.
—¡Te voy a enseñar quién es el amo y
quién el, esclavo! —gritó.
Shichisaburo sollozaba y temblaba de
miedo. A menudo se habían divertido
jugando al sexo violento, pero eso no era un
juego, y él lo sabía.
—Si así lo desea mi señor, jamás volveré
a hablar de mi amor —chilló—. ¡Olvidemos lo
sucedido y dejémoslo todo como antes!
No tenían vuelta atrás; entre ellos todo
había cambiado. El chambelán Yanagisawa
aporreó la espalda de Shichisaburo con los
349/923
puños. El chico gimió pero no se revolvió. La
falta de resistencia enardeció todavía más a
Yanagisawa. Agarró al actor por el pelo y le
estampó la cara en el tatami repetidas veces,
mientras trataba a tientas de liberar su erec-
ción del taparrabos.
—Podéis hacerme... lo que... os apetezca
—gimoteó Shichisaburo entre boqueadas de
angustia. Su piel estaba reluciente de sudor;
el hedor de su miedo llenaba la habitación,
pero tuvo valor para hablar—. Acepto... el
dolor. Incluso si... no lo queréis... soy vuestro
para siempre. ¡Haré... cualquier cosa por
vos!
Antes de que la violenta fusión de placer
y furia lo superara, el chambelán Yanagisawa
se dio cuenta de lo que tenía que hacer.
Tenía que poner fin a su relación con
Shichisaburo, o afrontar el desmoronami-
ento de su poder, de todo su ser. Pero, de
momento, el joven actor resultaba demasi-
ado útil para dejarlo. Había ejecutado sus
350/923
órdenes con acierto. El escenario estaba dis-
puesto para la destrucción de Sano y el otro
rival de Yanagisawa. Pero si la trama
fracasaba por algún motivo, tal vez precisase
otra vez de los servicios de Shichisaburo
antes del fin de la investigación.
16
La última tarea del día que Sano debía
desempeñar era atender los informes
presentados por su cuerpo de detectives. En
su despacho, los hombres relataban los pro-
gresos en su caza del traficante de venenos y
la inspección del Interior Grande. Habían
sondeado a doctores y farmacéuticos, sin res-
ultado hasta el momento; las preguntas a las
residentes de las dependencias de mujeres y
los registros de las habitaciones se habían
mostrado infructuosos a la hora de revelar
datos o pruebas de utilidad. Sano dio
órdenes de que se reanudara el trabajo al día
siguiente y asignó un equipo para seguir la
pista del frasco de tinta y la carta desde la
mansión Miyagi hasta la dama Harume.
Luego los detectives abandonaron la hab-
itación y dejaron solos a Sano y a Hirata para
que pusieran en común sus pesquisas.
352/923
—La jefatura de policía me ha dado una
posible pista sobre el vendedor ambulante
—dijo Hirata—, un viejo que vende afrodisía-
cos por toda la ciudad. Estoy usando a uno
de mis confidentes, la Rata.
Sano asintió en señal de aprobación.
Aquel vendedor de drogas podría haber sum-
inistrado la toxina para flechas que mató a
Harume, y conocía sobradamente las habil-
idades de la Rata.
—¿Y qué hay de la dama Ichiteru?
Hirata hurtó la mirada.
—He hablado con ella. Pero... todavía no
tengo un informe definitivo.
Parecía distraído, y en sus ojos brillaba
una intensidad peculiar. A Sano le preocu-
paban las evasivas de Hirata, así como su
fracaso para obtener información de un so-
spechoso importante. Pese a todo, odiaba
reprender a Hirata.
353/923
—Supongo que mañana será suficiente
para acabar de interrogar a la dama Ichiteru
—dijo.
Su voz debía de haber reflejado algo de
duda, porque Hirata saltó a la defensiva.
—Ya sabéis que no siempre es posible
obtener toda la información de alguien a la
primera. —Se retorcía las manos—. ¿Preferi-
ríais interrogar vos mismo a la dama
Ichiteru? ¿No confiáis en mí? ¿Por lo de
Nagasaki?
Sano recordó cómo su inclinación por
afrontar todos los retos a solas en esa ciudad
casi acaba con él, y que la capacidad y lealtad
de Hirata le habían salvado la vida.
—Por supuesto que confío en ti —dijo
Sano. Para cambiar de tema, le describió el
reconocimiento del cadáver de la dama
Harume y sus entrevistas con el teniente
Kushida y los Miyagi—. Mantendremos en
secreto el embarazo hasta que haya inform-
ado al sogún. Entre tanto, trata de descubrir
354/923
con discreción quién sabía o suponía que
Harume estaba preñada.
—¿Creéis que ella lo sabía? —preguntó
Hirata.
Sano meditó.
—Parece que al menos lo sospechaba.
Mi teoría es que no notificó su embarazo
porque no estaba segura de quién era el
padre, o de si el sogún reconocería al niño
como suyo. —Sano notó que Hirata tenía la
vista perdida en vez de escucharle—.
¿Hirata?
Hirata se sobresaltó y se ruborizó.
—¡Sí, sosakan-sama! ¿Hay algo más?
Si el comportamiento de Hirata no
volvía pronto a la normalidad, pensó Sano,
iban a tener que hablar en serio. Pero, en ese
momento, lo único que Sano deseaba era ver
a Reiko.
—No, nada más. Te veré mañana.
—¿Cómo, que no está en casa? —pre-
guntó Sano al criado que lo recibió en los
355/923
aposentos privados de la mansión con la no-
ticia de que Reiko había salido por la
mañana y todavía no había vuelto—.
¿Adónde ha ido?
—No lo quiso decir, amo. Sus escoltas
enviaron recado de que la habían llevado a
varios puntos de Nihonbashi y Ginza. Pero
no sabemos qué hacía.
Una sospecha desagradable tomó forma
en la cabeza de Sano.
—¿Cuándo volverá?
—Nadie lo sabe. Lo siento, amo.
Irritado por el aplazamiento de su ve-
lada romántica, Sano se dio cuenta de que
estaba hambriento: no había comido desde el
mediodía, un cuenco de fideos en casa de su
madre después de la entrevista con el teni-
ente Kushida. Además, necesitaba limpiar de
su mente el recuerdo de la disección.
—Que me preparen el baño y me traigan
la cena —ordenó al sirviente.
356/923
Ya bañado, vestido con ropa limpia y có-
modamente instalado en el salón cálido e ilu-
minado por las lámparas, Sano trató de
comer su cena a base de arroz, pescado al va-
por, verduras y té. Pero su enfado con Reiko
pronto se convirtió en preocupación. ¿Le
habría pasado algo malo?
¿Lo habría abandonado?
Perdido el apetito, Sano dio vueltas por
la habitación. Se le ocurrió que así debía de
ser el matrimonio para las mujeres: esperar
en casa el regreso de su esposo, temerosas e
inquietas. De repente entendió que Reiko se
rebelase contra el modo de vida que le había
caído en suerte. Pero el enfado lo privaba de
comprensión. Aquello no le gustaba, ¿cómo
se atrevía a tratarlo así? Durante la hora
siguiente, su furia alternó con una creciente
preocupación. Se imaginaba a Reiko at-
rapada en un edificio en llamas o asaltada
por forajidos. Ensayó en su cabeza la
357/923
reprimenda que iba a dirigirle cuando llegara
a casa.
Entonces oyó ruido de cascos en la pu-
erta. El corazón le dio un vuelco con alivio y
furia simultáneos. ¡Por fin! Salió corriendo
hacia la entrada. Allí llegaba Reiko, acom-
pañada de su cortejo. El viento frío le había
conferido una intensa chispa en los ojos y le
había desprendido unos cuantos mechones
del peinado. Estaba absolutamente encanta-
dora, y satisfecha consigo misma.
—¿Dónde has estado? —preguntó
Sano—. No tendrías que haber salido sin mi
permiso, y sin dejar constancia de tu
paradero. ¡Explica qué has estado haciendo
hasta tan tarde!
Los criados, ante el panorama de una
disputa conyugal, se esfumaron. Reiko se
cuadró y adelantó su delicada mandíbula.
—He estado investigando el asesinato de
la dama Harume.
—¿Después de que te ordenase que no?
358/923
—¡Sí!
A pesar de su enfado, Sano admiraba la
entereza de Reiko. Una mujer más débil le
habría mentido para evitar la reprimenda en
vez de plantarle cara. Su atracción por ella
cargó el aire del oscuro pasillo de chispas in-
visibles. Y notaba que ella también lo sentía.
El recato rompió la mirada impasible de
Reiko; se llevó la mano al pelo para ar-
reglárselo; se tocó el diente mellado con la
lengua. Sano se sintió excitado contra su vol-
untad. Se obligó a reír con sarcasmo.
—Investigando, ¿cómo? ¿Qué puedes
hacer tú?
Con las manos entrelazadas y las
mandíbulas firmes en un rígido autocontrol,
Reiko dijo:
—No tengas tanta prisa por reírte de mí,
honorable esposo —dijo con voz cargada de
desdén—. He ido a Nihonbashi a ver a mi
prima Eri. Es funcionaria de palacio en el In-
terior Grande. Me dijo que sorprendieron al
359/923
teniente Kushida en la habitación de la dama
Harume dos días antes del asesinato. La
dama Ichiteru amenazó con matar a Harume
en una pelea que tuvieron en el templo de
Kannei.
Se rió ante la cara de sorpresa de Sano.
—No lo sabías, ¿verdad? Sin mí nunca te
habrías enterado, porque acallaron los dos
incidentes. Y Eri cree que alguien le arrojó
una daga a Harume y trató de envenenarla el
verano pasado. —Reiko describió los sucesos,
y añadió—: ¿Cuánto hubieses tardado tú en
descubrirlo? Necesitas mi ayuda. ¡Admítelo!
Aquel hallazgo situaba al teniente
Kushida en la habitación de la dama Harume
el día en que los Miyagi le enviaron el frasco
de tinta. Kushida podría haber leído la carta
y ver la oportunidad perfecta para adminis-
trar el veneno con el que ya tenía planeado
asesinarla. Reiko también había confirmado
el odio a Harume de la dama Ichiteru. Sano
360/923
estaba impresionado por su habilidad, y
furioso por su falta de remordimientos.
—Unos cuantos hechos sueltos no re-
suelven un caso —le espetó, aunque sabía
que a veces sí—. ¿Y cómo puedo estar seguro
de que tu prima es un testigo de fiar o de que
sus teorías son correctas? Me has desafiado,
y te has puesto en peligro por nada.
—¿Peligro? —Reiko frunció el entrecejo,
confusa—. ¿Qué podría pasarme sólo por
hablar y escuchar?
Aún más airado por la actitud desafiante
de su mujer, Sano perdió la clemencia por su
sensibilidad femenina.
—Cuando era comandante de la policía
tenía un secretario, un hombre aún más
joven que tú. —La voz de Sano enronqueció
al recordar la inocencia infantil de Tsune-
hiko—. Murió en una posada con la garganta
rebanada, en un charco de sangre. No hizo
nada para merecer la muerte. Su único error
361/923
fue acompañarme en una investigación de
asesinato.
Reiko abrió los ojos, estupefacta.
—Pero... tú todavía estás bien. —Su tono
atrevido se había convertido en un murmullo
dubitativo.
—Sólo por gracia de los dioses —replicó
Sano—. Me han atacado con estocadas, dis-
paros, emboscadas y palizas más veces de las
que puedo recordar. Así que créeme cuando
te digo que el trabajo de detective es pelig-
roso. ¡Podrías acabar muerta!
Reiko lo miró fijamente.
—¿Todo eso te pasó mientras investiga-
bas crímenes y atrapabas asesinos? —dijo
con voz lenta y despojada de desdén—. ¿Te
jugaste la vida para hacer lo correcto, aun a
sabiendas de que había quien te mataría para
impedirlo?
La novedosa admiración de su mirada
atribuló más a Sano que su anterior rebeldía.
Sin habla, asintió.
362/923
—No lo sabía. —Reiko dio un paso titu-
beante hacia él—. Lo siento.
Sano estaba paralizado, incapaz incluso
de respirar. Percibía en aquella joven mujer
una devoción por la verdad y la justicia a la
altura de la suya, una voluntad de sacrifi-
carse por principios abstractos, por el honor.
Aquella afinidad de espíritu era una base ir-
refutable para el amor. Saberlo lo emo-
cionaba y lo llenaba de terror.
Pero la cara de Reiko brillaba con el ju-
biloso reconocimiento del mismo hecho.
Tendió una esbelta mano hacia él.
—Entiendes cómo me siento —dijo en
respuesta a su intercambio silencioso. La
pasión exaltaba su belleza—. Trabajemos y
sirvamos juntos al honor. ¿Juntos podemos
resolver el misterio del asesinato de la dama
Harume!
¿Cómo sería, se preguntaba Sano, toda
aquella pasión dirigida a él en el dormitorio?
La idea lo mareaba. La perspectiva de tener
363/923
una compañera que compartiera su misión
era casi irresistible. Anhelaba tomar la mano
que le ofrecía.
Pero no podía conducir a su esposa a la
peligrosa telaraña de su profesión. Y conocía
sus propios defectos, que no quería fomentar
en ella. ¿Cómo iba a vivir con alguien tan
cabezota, temerario y decidido como él? To-
davía acariciaba el sueño de una esposa sum-
isa y un hogar pacífico.
—Ya has oído mis motivos para querer
que te mantengas apartada de asuntos que
no son de tu incumbencia. He tomado una
decisión, y es definitiva.
Reiko dejó caer la mano. El dolor extin-
guió su resplandor como un velo arrojado
sobre una lámpara, pero su determinación
no flaqueó.
—¿Por qué no puedo disponer de mi
vida para arriesgarla si eso es lo que quiero, y
por qué mi honor ha de significar menos que
el tuyo por ser una mujer? —exigió—.
364/923
También yo llevo sangre samurái en las ven-
as. En siglos pasados habría cabalgado a tu
lado en la batalla. ¿Por qué ahora no?
—Porque así son las cosas. Tu deber es
para conmigo, y espero que lo cumplas aquí,
en casa. —Sano era consciente de sonar pom-
poso, pero hablaba con total sinceridad—.
Que hicieras otra cosa no sería más que un
desprecio egoísta y deliberado a tus re-
sponsabilidades familiares.
Reparó en lo irónico de la situación.
¡Que él, que tantas veces había puesto en pe-
ligro sus deberes familiares por causas per-
sonales, criticase a Reiko por hacer lo
mismo! Vaciló y retomó como pudo el hilo de
la discusión.
—Ahora dime para qué has ido a Ginza.
¿Más cotilleos de mujeres?
—Si vas a despreciar mi trabajo, no
mereces saberlo. —La voz melódica de Reiko
revestía un núcleo de acero; su expresión era
no menos fría y dura—. Y si no quieres mi
365/923
ayuda en la investigación, entonces no tiene
importancia. Ahora te ruego que me
disculpes.
Cuando pasó por su lado, Sano experi-
mentó una inmediata sensación de pérdida.
Y no podía dejar que ella dijera la última
palabra.
—Reiko. Espera.
La agarró del brazo. Ella lo fulminó con
la mirada y dio un tirón. La manga se soltó
con un sonoro desgarrón. Después se fue y
dejó a Sano con un largo retazo de seda en la
mano.
Sano la miró durante un momento.
Después arrojó el trozo de manga al suelo. Su
matrimonio iba de mal en peor. Se fue indig-
nado a su habitación. Se vistió para salir a la
calle, puso las espadas al cinto y llamó a un
criado.
—Que ensillen mi caballo.
No podía resolver solo sus problemas.
Por tanto, tendría que consultar a la única
366/923
persona capaz de ayudarlo con Reiko, y que
también podía disponer de información vital
relativa a la investigación del asesinato.
—Buenas noches, Sano-san. Entrad, os
lo ruego.
El magistrado Ueda, sentado en su des-
pacho, no parecía sorprendido por la llegada
intempestiva de Sano. Sobre su escritorio las
lámparas iluminaban recado de escribir, doc-
umentos oficiales y papeles sueltos: era evid-
ente que estaba adelantando trabajo. Le in-
dicó a Sano que se arrodillase frente a él y se
dirigió al criado que lo había hecho pasar a la
mansión:
—Preparad té para mi honorable yerno.
El nerviosismo y la vergüenza atenaza-
ban el estómago de Sano. No estaba acos-
tumbrado a pedir ayuda sobre problemas
personales. Sus apuros con Reiko ponían de
manifiesto una incompetencia de lo más em-
barazosa; un samurái de alto rango debería
ser capaz de tener a raya a una simple mujer.
367/923
La petición de consejo reflejaba una debilid-
ad que no quería revelar a su suegro, al que
respetaba pero apenas conocía. Sano bus-
caba las palabras para obtener ayuda sin per-
der el tipo.
El magistrado Ueda le ahorró el
esfuerzo.
—Es por mi hija, ¿no? —Ante el gesto de
asentimiento de Sano, sus rasgos adoptaron
una expresión de inexorable simpatía—. Me
lo imaginaba. ¿Qué ha hecho esta vez?
Animado por la franqueza del magis-
trado, Sano se desahogó y le contó toda la
historia.
—Conocéis a Reiko. Os ruego que me
digáis lo que tengo que hacer.
El criado les llevó el té. El magistrado
Ueda frunció el entrecejo y adoptó el tono
autoritario que empleaba en el Tribunal de
Justicia.
368/923
—Mi hija es tan inteligente y tenaz que
debéis controlarla con mano firme y
mostrarle quién manda, ¿eh?
Después suspiró y retomó su voz
habitual.
—¿Quién soy yo para hablar? Yo, que
siempre me he plegado a los deseos de
Reiko. Sano-san, me temo que habéis acu-
dido para que os dé consejo a la persona
equivocada.
Se miraron a la cara con atribulada com-
prensión: magistrado de Edo y muy honor-
able investigador, desconcertados por la
mujer que los unía. De repente eran amigos.
—Entre los dos tendríamos que ser ca-
paces de encontrar una respuesta al prob-
lema —dijo el magistrado Ueda, entre sorbo
y sorbo de té—. Siempre he cedido con Reiko
porque no quería quebrantar su espíritu, el
cual admiro a mi pesar. —Un centelleo joc-
oso iluminó su mirada al ver la sonrisa
sardónica de Sano—. Ah, veo que no soy el
369/923
único. Tal vez ahora os corresponda renun-
ciar a vos. ¿Por qué no asignarle una parte
fácil y segura de vuestro trabajo, como llevar
la documentación?
—No se conformará con eso —dijo Sano
con convicción—. Quiere ser detective. Y no
se le da mal —admitió a regañadientes.
Cuando le refirió los hallazgos de Reiko,
al magistrado se le iluminó el rostro de or-
gullo paterno.
—Entonces debe de haber otra cosa que
pueda hacer. Unas indagaciones más encu-
biertas, como las que ha realizado hoy,
pueden resultar muy útiles, ¿eh?
Todos los instintos de Sano se sublev-
aban ante aquella alternativa.
—¿Qué pasa si el asesino la considera
una amenaza y la ataca cuando no esté yo
cerca para protegerla?
A pesar de su enfado con su mujer, la
idea de perder a Reiko lo llenaba de horror.
Se estaba enamorando de ella, descubrió con
370/923
tristeza, y no albergaba muchas esperanzas
de ser correspondido, pero se negaba a re-
nunciar al control sobre su casa.
—Vuestra naturaleza obstinada es un
obstáculo en el camino hacia un matrimonio
feliz —dijo el magistrado Ueda—. Reiko
tendrá que someterse si la forzáis a obedecer,
pero jamás os amará ni os respetará. Por
tanto, me temo que es necesario un com-
promiso de vuestra parte.
Sano suspiró.
—De acuerdo. Intentaré pensar en algo
que Reiko pueda hacer.
Entonces se acordó del otro motivo por
el que había ido a ver a su suegro.
—Tenía la esperanza de que pudierais
proporcionarme algunos antecedentes de los
sospechosos del asesinato. —Cualquier delito
o denuncia contra ellos en el pasado estaría
registrado en los documentos oficiales del
tribunal. A pesar de todos los problemas
matrimoniales de Sano, su boda le había
371/923
aportado un indiscutible beneficio: el con-
tacto con el magistrado Ueda—. ¿Han tenido
problemas con anterioridad el teniente
Kushida, la dama Ichiteru o el caballero y la
dama Miyagi?
—Esta mañana, cuando me he enterado
de que Kushida e Ichiteru eran sospechosos,
he comprobado si tenían antecedentes —rep-
licó el magistrado Ueda—. No hay nada sobre
ellos. Sin embargo, el caso de los Miyagi es
distinto. Recuerdo un incidente sucedido
hace cuatro años. La hija de un guardia desa-
pareció de la mansión vecina a la de los Miy-
agi. Los padres de la chica afirmaban que el
caballero Miyagi era el responsable. La había
atraído hasta su casa y había intentado sedu-
cirla, decían, para después matarla cuando
se resistió.
Sano sintió un cosquilleo de emoción en
el pecho. Quizá el daimio seguía las cos-
tumbres de sus crueles ancestros. Quizá
había envenenado a la chica, y después a
372/923
Harume, por negarse a realizar los actos que
les pedía.
—¿Qué sucedió?
—Unos días después recuperaron el
cuerpo de la chica de un canal. La policía fue
incapaz de dictaminar cómo había muerto.
No se presentaron cargos contra el caballero
Miyagi. El caso sigue sin resolver. —El enco-
gimiento de hombros del magistrado Ueda
manifestaba un arraigado cinismo—. Así fun-
ciona la ley.
—Sí —dijo Sano—. La palabra de un
simple soldado no tendría ninguna posibilid-
ad contra la influencia del daimio.
—La influencia es una amenaza
formidable, Sano-san. —El magistrado le di-
rigió una mirada penetrante—. Poco después
de la muerte de su hija, los servidores del
caballero Miyagi expulsaron al guardia de la
ciudad. No pudo conseguir otro puesto. Él y
su mujer murieron en la miseria. El bakufu
ni los protegió, ni castigó a Miyagi.
373/923
Sano tomó una decisión.
—Hay algo que quiero contaros acerca
del asesinato, algo muy delicado. ¿Me pro-
metéis mantenerlo en el más estricto
secreto?
Ante el asentimiento del magistrado
Ueda, Sano le habló del embarazo de
Harume. Con el entrecejo fruncido, el magis-
trado caviló, vaciló y dijo:
—Dado el embarazo de la dama
Harume, ahora el caso de asesinato está po-
tencialmente relacionado con la sucesión del
poder. Vuestra investigación podría implicar
a ciudadanos poderosos que desean debilitar
el dominio de los Tokugawa quebrantando la
línea de sucesión. Los señores externos, por
ejemplo. O el responsable de muchos de
vuestros problemas pasados.
«El chambelán Yanagisawa.» Al re-
cordar su extraño comportamiento del úl-
timo encuentro, Sano se preguntó con de-
sasosiego si sería una señal de la implicación
374/923
del chambelán en el asesinato. Al principio
aquel caso había parecido sencillo. Ahora lo
amilanaba la perspectiva de desvelar una
conspiración de gran alcance.
—Respeto vuestra habilidad y vuestros
principios —dijo el magistrado Ueda—. Pero
guardaos de hacer acusaciones graves contra
sospechosos influyentes. Si soliviantáis a las
personas equivocadas, tal vez ni vuestro
rango os proteja. —Otra pausa enfática—. Me
preocupa mi hija tanto como vos.
Prometedme que no la pondréis en peligro
de modo temerario.
En la guerra y en la política, a menudo
los enemigos atacaban a los parientes.
—Lo prometo —dijo Sano, sintiendo las
tensiones opuestas del honor y la integridad
profesional, la prudencia y las considera-
ciones familiares. Hizo una reverencia—.
Gracias por vuestro consejo, honorable
suegro. Mis disculpas por molestaros a tan
375/923
avanzada hora. Será mejor que vuelva a casa
y os permita retomar vuestro trabajo.
—Buenas noches, Sano-san. —El magis-
trado Ueda hizo una reverencia—. Haré todo
lo que esté en mi mano para ayudaros a re-
solver el asesinato con el mínimo perjuicio
para nuestras familias. —Después sonrió con
sorna—. Y buena suerte con Reiko. Si con-
seguís domarla, sois más hombre que yo.
Faltaban dos horas escasas para la me-
dianoche cuando Sano regresó al castillo de
Edo. Por entre las colinas soplaba un viento
otoñal ribeteado de escarcha. Una acre hu-
mareda de carbón brotaba de millares de
braseros. La negra bóveda estrellada del
cielo trazaba un arco sobre la ciudad dor-
mida. Sano, arropado en su gruesa capa
mientras avanzaba a caballo por el laberinto
de pasajes amurallados del castillo, se sentía
también más que dispuesto para el sueño.
Había sido una jornada larga y agotadora,
con la promesa de otra igual al día siguiente.
376/923
Ansioso por una cama caliente, Sano entró
en su calle de las dependencias funcion-
ariales del castillo.
Intuyó el peligro momentos antes de
que su vista captase la causa. La zona estaba
completamente a oscuras, aunque tendrían
que haberse visto luces en las puertas de
cada mansión. El barrio parecía anormal-
mente tranquilo y desierto. ¿Dónde estaban
los centinelas y las patrullas de guardia?
Con la mano en la empuñadura de su es-
pada, Sano avanzó poco a poco hacia su casa,
pegado a las hileras de barracones que
rodeaban las mansiones de sus vecinos. A la
luz de la luna vio dos faroles colgados de la
techumbre de una puerta; sus llamas estaban
apagadas. Y debajo, un fardo oscuro tirado
en la calle. Desmontó, atravesado por una
sensación de peligro como una corriente ma-
ligna de viento. Se acuclilló y examinó el
fardo. El corazón le dio un vuelco cuando
discernió los cuerpos inmóviles de dos
377/923
centinelas con armadura, vivos pero incon-
scientes. Dejó atrás su caballo y corrió hasta
la puerta siguiente, donde halló más guardi-
as sin sentido. Sus cabezas presentaban heri-
das ensangrentadas causadas por algún arma
contundente.
Le asaltó la alarma al recordar pasados
atentados contra su vida. ¿Se trataba de una
emboscada tendida por Yanagisawa, que ya
había tratado de asesinarlo en muchas oca-
siones, o por alguien que sabía que aquella
noche iba a salir del barrio solo? La impon-
ente fortaleza del castillo de Edo no era,
como sabía por experiencia, refugio seguro
para un hombre con enemigos poderosos.
¿Era un asesino el que había inutilizado a to-
do aquel que pudiera interferir en su ataque?
Los guardias, que no esperaban una invasión
en tiempos de paz, habían sido presas fáciles.
¿Le acechaba alguien en las sombras?
¿También en su propia casa, allí donde
Reiko, Hirata, el cuerpo de detectives y los
378/923
criados dormían ajenos al peligro? Ahogado
de ansiedad, Sano corrió hasta ella. Los
centinelas heridos yacían inconscientes en el
portal.
—¡Tokubei! ¡Goro! —Sano se arrodilló y
los sacudió—. ¿Estáis bien? ¿Qué ha pasado?
Los hombres recobraron la conciencia
entre gemidos.
—... nos pasó por encima —masculló
Goro—. Lo siento...
Se puso en pie como pudo y se tambaleó
mareado, sujetándose la cabeza.
—¿Quién ha sido? —preguntó Sano.
—No lo he visto. Demasiado rápido.
El portón reforzado estaba abierto. Con
la espada desenvainada, Sano se asomó al
patio. No se distinguía ningún movimiento
en la oscuridad. Indicó a Goro que lo
siguiera, entró con cautela... y tropezó con
los cuerpos inertes de sus guardias de
patrulla. La puerta del recinto vallado interi-
or estaba entornada.
379/923
—Ve a los barracones y despierta a los
detectives —ordenó a Goro—. Diles que hay
un intruso en la casa.
El guardia se apresuró a obedecer, y
Sano se acercó al recinto. Aun consciente de
que era posible que se dirigiera hacia una
trampa, tenía que proteger a los suyos. No
podía esperar a que llegara la ayuda. Ante él
se cernía la mansión a oscuras. Subió sigiloso
los escalones de madera. Hizo una pausa
para escuchar a la sombra de los largos aler-
os de encima de la galería. En algún lugar de
la colina relinchó un caballo, pero del interi-
or de la casa no le llegó ningún sonido. Entró
de puntillas por la puerta y cruzó el porche
de entrada. Arma en ristre, avanzó
sigilosamente por el pasillo. Al llegar a su
despacho se detuvo. Todo su cuerpo se
quedó inmóvil y en tensión.
La tenue luz de una lámpara extendía un
resplandor amarillo por los paneles de papel
de la pared. La puerta estaba cerrada. En
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aquel instante oyó un ruido de pasos en el in-
terior, un cajón que se abría, el crujido del
papel. Al parecer el intruso estaba regis-
trando sus pertenencias. Sano puso dos de-
dos en el pestillo y empujó. El panel de
madera se deslizó en silencio sobre su marco
engrasado. En el hueco que albergaba el es-
critorio de Sano se erguía una figura ataviada
con una capa negra de ceñida capucha.
Estaba rebuscando en un armario, de espal-
das a la puerta.
Sano irrumpió en la habitación y gritó:
—¡Alto! ¡Date la vuelta!
17
El intruso se volvió. Era el teniente Kushida.
Los libros y papeles de Sano estaban despar-
ramados en derredor suyo. Ya había acabado
con los estantes y estaba revolviendo el
armario. Su arrugada cara de mono quedó
flácida por el desaliento. Por un instante per-
maneció inmóvil. Su mirada de pánico pasó
de Sano a las ventanas con barrotes, para
después posarse en su naginata, que estaba
apoyada en la pared de al lado.
—¡No os mováis!
Con un ademán tan rápido que pareció
que el arma saltara a su mano, Kushida agar-
ró la lanza. Pasó como una exhalación por
encima del escritorio, saltó desde la tarima
elevada del hueco y avanzó hacia Sano. Sus
ojos eran negros pozos de desesperación. El
filo agudo y curvo de su arma relucía a la
tenue luz de la lámpara.
382/923
—Ni se os ocurra —advirtió Sano, ad-
optando una postura defensiva acuclillado
con la espada en alto—. Mis hombres lleg-
arán en cualquier momento. —De la entrada
de la mansión llegaba el sonido de gritos y
pasos a la carrera—. Aunque me matéis, no
podréis escapar. Soltad el arma. Rendíos.
El teniente Kushida cargó. Sano saltó a
un lado y la hoja pasó a poca distancia de su
pecho. Trazó un círculo y se preparó para
contraatacar. El teniente trató de clavarle la
lanza en la garganta. Sano paró el golpe. El
choque de los filos lo desplazó de lado. Un
contundente golpe lo alcanzó en la cadera:
Kushida había hecho uso del asta de la lanza,
como debía de haber hecho con los
centinelas. Sano dio un traspié, jadeando de
dolor. Recobró el equilibrio y arremetió con
la espada.
Pero Kushida esquivó con destreza todas
sus estocadas. Enseñando los dientes en una
mueca feroz, estaba en todas partes y en
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ninguna, como un guerrero fantasma que at-
ravesara el espacio a velocidad sobrehu-
mana. La hoja de la naginata aporreaba la
espada de Sano. La contera de metal de su
extremo lo golpeaba en las piernas y la es-
palda. Con un alcance más corto, Sano no
podía acercarse lo bastante para asestarle un
corte. Kushida lo acosaba a tajos y lanzadas
por toda la habitación. Sano saltó hacia atrás
por encima de un cofre de hierro. Se empotró
contra un biombo pintado y después fintó un
revés. Kushida inclinó la lanza para blo-
quearlo. Sano cambió la dirección del golpe
con rapidez. Lo hirió en el brazo, pero el
teniente sostuvo su asalto incansable y llevó
a Sano contra la pared.
Las voces masculinas fuera de la hab-
itación se hicieron más sonoras, más cer-
canas. En el pasillo resonaban los pasos.
—¡Aquí! —gritó Sano, que cada vez per-
día más terreno frente a Kushida.
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Una figura saltó por la puerta. ¡Ayuda,
por fin! Sano miró al recién llegado. El alivio
dio paso al horror.
Vestida con una bata de flores rosas y
blancas, con la cabellera suelta hasta las ro-
dillas, Reiko sostenía con sus dos manos una
espada. Sus bellos ojos brillaban de emoción.
—¡Reiko! ¿Qué crees que estás
haciendo? —gritó Sano mientras esquivaba
el filo letal de la naginata.
—¡Defender mi hogar! —chilló Reiko
como respuesta. Con sorprendente agilidad,
arremetió contra Kushida, con el pelo y las
faldas como estela. Lanzó un mandoble y
asestó un sonoro golpe al asta de la lanza,
que chocó contra una de sus anillas de metal.
Sano se quedó boquiabierto de la im-
presión. Un dedo más arriba o abajo, y
habría partido el asta. Era un golpe digno de
un experto. Pero Reiko era tan menuda, tan
delicada... Sano fue presa del pánico. Se
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interpuso entre el teniente Kushida y su
mujer, blandiendo la espada.
—Esto no es un juego, Reiko. ¡Sal antes
de que te hagan daño!
—¡Aparta! ¡Déjamelo!
El rostro de Reiko presentaba la ex-
presión sublime que Sano había visto a los
samuráis en liza. Atacó de nuevo a Kushida.
Sus hojas chocaron. Reiko evitó con desen-
voltura un contragolpe y lanzó una serie de
golpes que obligaron al teniente a recular.
Pero era imposible que aguantara contra un
enemigo tan formidable. En aquel preciso in-
stante, Sano decidió que nunca debía cederle
ninguna parte de su trabajo. No tenía
mesura. No sabría cuándo pararse.
Se situó junto a su mujer. Mientras
mantenía a raya al teniente Kushida, estiró
su mano libre y empujó a Reiko con todas
sus fuerzas.
Salió disparada por la puerta con un
grito de indignación. Sano oyó un golpe
386/923
cuando su cuerpo topó con la pared del otro
lado del pasillo. Estaba a salvo, pero el
lapsus de atención le pasó factura. La lanza
de Kushida cortó el aire hacia su corazón. Se
apartó de un salto justo a tiempo; el filo le
arañó las costillas. Una sonrisa maligna
afloró a los labios del teniente mientras
seguía blandiendo la naginata. Sano le asestó
más cortes, pero no había manera de que
parara.
Entonces un ejército de samuráis ir-
rumpió en la habitación. Rodearon a
Kushida con las espadas en ristre.
—¡Suelta el arma! —ordenó Hirata.
Acorralado, Kushida se puso en tensión.
Su feroz mirada recorrió las caras de los
hombres de Sano. Dio un paso atrás y bajó
su lanza una mínima fracción.
Y entonces se desató el caos cuando em-
pezó a plantar batalla a los detectives. Las
hojas chocaban con un ensordecedor martil-
leo de acero. Un torbellino humano
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pisoteaba las pertenencias de Sano. Se oían
gritos. Sano se metió de lleno en la refriega,
gritando: «¡No lo matéis! ¡Capturadlo vivo!»
Tenía que descubrir por qué había ido a su
casa el teniente.
Aunque eran diez contra uno, Kushida
luchó con arrojo y desatendió las reiteradas
órdenes de que se rindiera. En el transcurso
de la batalla se rasgaron paredes de papel y
los montantes saltaron en astillas. Inevita-
blemente, las hojas encontraron la carne y el
tatami fue salpicándose de sangre. Al final,
dos detectives asieron a Kushida por detrás.
Hirata y tres más le arrancaron la lanza de
las manos. Forcejearon hasta tumbarlo
mientras él pateaba y se retorcía.
—¡Quitadme las manos de encima!
¡Soltadme! —Eran las primeras palabras que
pronunciaba.
Sano envainó la espada y tomó aliento.
388/923
—Atadlo y vendadle las heridas.
Después llevádmelo al salón. Allí hablaré con
él.
De camino por el pasillo, Sano se cruzó
con Reiko, que estaba allí sola con la espada
colgando de la mano. Le dedicó una mirada
de auténtica hostilidad. Después se volvió y
se fue hecha una furia hacia sus aposentos.
El teniente Kushida estaba de rodillas en
el suelo del salón, con las muñecas y los to-
billos atados a la espalda. Desnudo a excep-
ción del taparrabos y los vendajes ensan-
grentados que cubrían los cortes de espada
de sus brazos y piernas, pugnaba por liber-
arse. Su sudor llenaba la habitación de un ol-
or rancio y repugnante. Hirata y dos detect-
ives estaban en cuclillas a su lado, por si lo-
graba soltarse. Un farol situado sobre su
cabeza lo bañaba en una luz cruda.
Sano daba pasos con la vista puesta en el
teniente cautivo. Su herida era leve, pero
sentía una necesidad primaria e imperiosa
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de acostarse con una mujer, para purgarse
del trauma de la batalla y reafirmar la vida
por medio del acto sexual. Lamentaba que el
deplorable estado de su matrimonio no le
permitiera aquella válvula de escape. El in-
cidente de esa noche había perjudicado to-
davía más la relación entre Reiko y él, tal vez
de modo permanente.
—¿Has atacado tú a los guardias de las
puertas de mi casa y de las otras mansiones?
—le preguntó a Kushida, quien lo fulminó
con una mirada de odio.
—¿Y qué si lo he hecho? —escupió—.
Están todos vivos. Sé cómo herir sin matar.
«Un dechado de arrepentimiento»,
pensó Sano.
—¿Qué hacías en mi despacho?
—¡Nada! —El teniente Kushida se retor-
ció contra sus ataduras, con la cara roja por
el esfuerzo. Hirata y los detectives lo mira-
ban con recelo.
390/923
—Tendrás que esforzarte un poco más,
Kushida —dijo Sano—. Uno no deja fuera de
combate a diez guardias, entra sin permiso
en la morada de otro hombre y revuelve sus
pertenencias sin un motivo. Ahora respón-
deme: ¿para qué has venido?
—¿Qué más da? Inventaréis mentiras
sobre mi y sacaréis vuestras propias conclu-
siones diga lo que diga. —Su cuerpo se pre-
cipitó hacia delante en una torpe embestida
contra Sano. Hirata lo asió y lo hizo retro-
ceder—. ¡Que los dioses os maldigan a vos y a
todo vuestro clan! —Kushida prorrumpió en
un torrente de crudas invectivas.
—Estás en graves apuros —dijo Sano,
manteniendo un tono desapasionado a pesar
de su creciente impaciencia—. Aun con tu
buen expediente, te expones a ser ejecutado
por usar un arma dentro del castillo de Edo,
por allanar mi morada y tratar de alancear a
mi esposa, a mis hombres y a mí. Pero estoy
dispuesto a escuchar lo que tengas que decir
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y recomendar un castigo menor si tus
motivos son lo bastante buenos. De modo
que habla y sé breve. No tengo toda la noche.
El teniente dedicó una mirada furibunda
a Sano y a sus hombres, y probó un último y
enérgico forcejeo contra las cuerdas.
Después se abandonó. Con el cuerpo laxo y la
cabeza gacha, Kushida dijo:
—Buscaba el diario de la dama Harume.
—¿Cómo supiste de su existencia? —pre-
guntó Sano.
Los rasgos de Kushida cobraron una
suerte de tristeza digna.
—Lo descubrí en su armario.
—¿Cuándo?
—Tres días antes de que muriera.
—De modo que mentiste al decir que
nunca entraste en la habitación de la dama
Harume.
Sano se sintió mísero en extremo al re-
cordar que Reiko le había dicho que su prima
situaba al teniente en el dormitorio de
392/923
Harume en ese mismo momento. La inform-
ación de Reiko se había demostrado fided-
igna. La había insultado al ponerlo en duda.
—De acuerdo, mentí —reconoció el teni-
ente, sin ánimo—, porque no estaba en su
habitación para envenenarla, cómo vos
pensabais. Y no he venido aquí para hacerle
daño a nadie. Tenía que conseguir el diario.
Había pensado robarlo de la habitación de la
dama Harume esta noche, cuando entrara de
servicio. Pero el capitán de la guardia me dijo
que habíais pospuesto mi reincorporación al
trabajo. —Kushida le lanzó una mirada llena
de amargura—. Entonces sonsaqué a un
soldado, y me dijo que habíais confiscado el
diario de Harume como prueba. Así que vine
aquí a por él.
Sano deseó haberle prohibido total-
mente el acceso al castillo a aquel guardia
peligroso y desequilibrado. Pese a todo, tenía
la oportunidad de obtener información.
—¿Para qué quieres el diario?
393/923
—La primera vez sólo llegué a leer un
par de páginas. —La voz de Kushida sonaba
cansada, desolada—. Quería descubrir quién
era su amante, y pensé que tal vez hubiera
escrito su nombre en algún punto del diario.
—¿Cómo sabías que Harume tenía un
amante? —Sano cruzó una significativa
mirada con Hirata: el teniente no sólo había
admitido haber entrado en la habitación de
Harume, sino que también se había pro-
curado un móvil más para asesinarla.
Despojado de la combatividad, Kushida
parecía un pequeño y trágico mico.
—Cuando escoltaba a la dama Harume y
a las otras mujeres en sus excursiones, ella se
escabullía del grupo. Tres veces la seguí, y le
perdí la pista. La cuarta la rastreé hasta una
posada de Asakusa. Pero no pude pasar por
la puerta porque había soldados custodián-
dola. No llevaban ningún emblema, y no
quisieron decirme quiénes eran.
394/923
Los hombres del caballero Miyagi, pensó
Sano, que velaban por la intimidad de su
amo durante su cita con Harume.
—Nunca vi al hombre al que eligió en
vez de a mí —continuó Kushida—. Pero sabía
que existía. ¿Por qué otro motivo desa-
parecía de aquel modo? Por las noches no
pegaba ojo preguntándome quién sería y en-
vidiándolo por disfrutar de ella. No soporto
no saberlo. ¡Me está matando! —Sus ojos ar-
dían con una obsesión que no se había extin-
guido, ni siquiera a la muerte de Harume—.
¿Todavía tenéis el diario? —Tenso por la es-
peranza, le imploró—: Os lo ruego, ¿puedo
verlo?
Sano se preguntaba si el teniente tendría
otro motivo de índole más práctica para
tratar de robar el diario. Quizá creyera que
contenía pruebas que lo incriminaban, y
quería destruirlas.
—Cuando estuviste en la habitación de
la dama Harume, ¿encontraste también un
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frasco de tinta y una carta de amor en la que
se le pedía que se tatuase? —inquirió Sano.
Kushida sacudió la cabeza con
impaciencia.
—Ya os lo he dicho, jamás vi ese bote de
tinta. Ni ninguna carta. No buscaba esas co-
sas. Todo lo que quería era un... recuerdo ín-
timo de Harume. —Bajó los ojos y mur-
muró—: Así es como encontré el diario.
Estaba con su ropa interior. Ya os dije que no
sabía lo del tatuaje. Yo no la envenené.
—Tengo entendido que la dama Harume
estuvo gravemente enferma el verano pasado
—dijo Sano— y que alguien le lanzó una
daga. ¿Lo sabías? ¿Fuiste el responsable?
—Sano quería verificar la historia de Reiko, y
al mismo tiempo se preguntaba si el teniente
Kushida temía que el diario lo implicase.
—Lo sabía. Pero si creéis que yo tuve
algo que ver con lo que pasó, estáis equivoc-
ado. —Kushida miró a Sano con desdeñoso
396/923
desafío—. Jamás le habría hecho daño a
Harume. La amaba. ¡Yo no la maté!
Enfrente, brillante como un camino ilu-
minado por el sol en pleno bosque
tenebroso, Sano vio una salida a su personal
dilema. El intento de robo del teniente
Kushida lo convertía en el principal so-
spechoso. Las falsedades previas restaban
credibilidad a sus desmentidos. Si Sano lo
acusaba de asesinato, era prácticamente se-
guro que lo encerrarían: la mayoría de los
juicios terminaban con un veredicto de culp-
abilidad. Sano podría evitar los peligros
políticos de seguir con la investigación, y la
deshonra de la ejecución si fracasaba. Y de-
saparecida una de las mayores causas de
conflicto entre él y Reiko, podrían darle otra
oportunidad a su matrimonio. Pero todavía
no estaba dispuesto a cerrar el caso.
—Teniente Kushida —anunció—, os
pongo bajo arresto domiciliario hasta que fi-
nalice la investigación del asesinato de la
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dama Harume. En ese momento se decidirá
vuestro destino. Entretanto, permaneceréis
en vuestro domicilio bajo guardia perman-
ente; no se os permite salir bajo ningún pre-
texto, excepto un incendio o un terremoto.
—Eran los términos habituales de cualquier
arresto domiciliario, la alternativa a la cárcel
de los samuráis, un privilegio de clase—.
Escoltadlo al bancho —le dijo a los detect-
ives; se trataba del barrio al oeste del castillo
donde vivían los vasallos hereditarios de los
Tokugawa.
Hirata lo miró consternado.
—Esperad, sosakan-sama. ¿Puedo
comentaros algo antes?
Salieron al pasillo y dejaron a los detect-
ives a cargo del teniente Kushida.
—Disculpad —susurró Hirata—, pero
creo que cometéis un error. Kushida está
mintiendo, es culpable. Mató a Harume
porque tenía un amante y estaba celoso.
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Tendría que ser acusado y llevado ante un
tribunal. ¿Por qué sois tan indulgente con él?
—¿Y tú por qué estás tan ansioso por
aceptar la solución fácil cuando acaba de em-
pezar la investigación? —replicó Sano—. Esto
no es propio de ti, Hirata-san.
Hirata se ruborizó y dijo con testarudez:
—Creo que él la mató.
Sano decidió que aquél no era el mejor
momento para arreglar los problemas de su
vasallo, cualesquiera que fuesen.
—Las flaquezas de la acusación contra
Kushida son evidentes. En primer lugar, el
allanamiento es prueba de que está trastor-
nado, pero no necesariamente de que sea
culpable de asesinato. Segundo, el que min-
tiese sobre algunas cosas no significa que de-
bamos descartar todo lo que dice. Y tercero:
si cerramos el caso antes de tiempo, puede
que el auténtico asesino quede libre mientras
se ejecuta a un hombre inocente. Podrían
producirse más asesinatos. —Le contó a
399/923
Hirata la teoría de la conspiración del magis-
trado Ueda—. Si hay una conjura contra el
sogún, tenemos que identificar a todos los
criminales, o la amenaza al linaje de los Tok-
ugawa persistirá.
Hirata asintió a regañadientes y Sano se
asomó por la puerta.
—En marcha. —Después se volvió hacia
Hirata—. Además, no estoy dispuesto a
descartar mis dudas sobre los otros
sospechosos.
Aunque el silencio apesadumbrado de
Hirata lo inquietaba, Sano no pretendía
abandonar su investigación de los Miyagi o
de la dama Ichiteru.
18
De pie en el umbral de la alcoba del sogún, la
otoshiyori Chizuru anunció:
—Excelencia, os presento a vuestra
acompañante de esta noche: la honorable
dama Ichiteru. —Dio tres golpes rituales a un
pequeño gong, hizo una reverencia y se
retiró.
Con parsimonia majestuosa, la dama
Ichiteru entró en la habitación. Llevaba un
gran libro encuadernado en seda amarilla y
vestía un quimono de hombre a rayas negras
y marrones con grandes hombreras. Debajo,
unas bandas de tela le aplastaban los senos.
Su cara estaba desnuda de polvos, sus labios
sin pintar, su