Ciencia y Fe: Compatibilidad y Verdad
Ciencia y Fe: Compatibilidad y Verdad
Unidad I: Ciencia y Fe
Fe y Razón
INDICE
INDICE..................................................................................................................................2
INTRODUCCIÓN ..................................................................................................................3
INTELIGENCIA Y VOLUNTAD EN EL ACTO DE FE ...........................................................3
PRECISIÓN DE UNA RAZÓN AMPLIADA...........................................................................5
EL DILATADO USO DE LA FE HUMANA ............................................................................6
COMPATIBILIDAD Y AYUDA MUTUA ENTRE CIENCIA Y FE ...........................................8
¿SON COMPATIBLES LA CIENCIA Y LA FE? ................................................................8
¿LA IGLESIA HA OBSTACULIZADO EL PROGRESO DE LA CIENCIA? .........................11
El caso galileo .................................................................................................................12
¿LOS DESCUBRIMIENTOS CIENTÍFICOS AMENAZAN LAS CREENCIAS
RELIGIOSAS?? ..................................................................................................................16
LA LEYENDA NEGRA DE LA IGLESIA .............................................................................17
EL CIENTIFICISMO Y SUS PATOLOGÍAS........................................................................19
POR QUÉ EL MATERIALISMO NO PUEDE SER ACEPTADO .........................................20
¿En qué se basa el materialismo? ..................................................................................21
LA IDEOLOGÍA TECNOCRÁTICA .....................................................................................24
LA COLABORACIÓN ENTRE CIENCIA Y FE....................................................................27
Las diversas formas de la verdad ...................................................................................27
CIENCIA Y FE ....................................................................................................................30
¿EN QUÉ SENTIDO LA FE PUEDE COMPLEMENTARSE CON EL SABER
CIENTÍFICO? .....................................................................................................................34
CONCLUSIÓN ....................................................................................................................36
Resultados de aprendizaje
▪ Argumenta que la fe y la razón son dos medios racionales para alcanzar la verdad.
INTRODUCCIÓN
La historia concreta de la Iglesia, presentada sin prejuicios, muestra la compatibilidad y, más aún, la
correlación y la ayuda mutua entre la ciencia y la fe, que ha tenido consecuencias prácticas muy
específicas y provechosas. De hecho, la convicción de que el mundo era racional debido a la
sabiduría de su Creador, el empeño por cultivar y desarrollar el mundo tal como Dios indicó a
nuestros primeros padres, etc., se concretó en el afán por transmitir los conocimientos de la
antigüedad que realizaron los monjes copistas y la creación por parte de la Iglesia de ateneos de
estudio que se transformaron en universidades.
Aunque, con cierta frecuencia, se repite que la Iglesia ha obstaculizado el progreso de la ciencia,
basta profundizar en la realidad para darse cuenta que no es así, sino todo lo contrario. En 2.000
años de cristianismo tenemos en un lado de la balanza algunos pocos casos de esa oposición,
mezclados con exageraciones y falsedades, y en el otro lado de la balanza, la conservación de la
ciencia antigua mediante la ingente labor de los monjes copistas medievales, el apoyo sistemático
de la Iglesia al avance científico, el aporte a la ciencia hecho por muchos católicos y otros cristianos,
y un grupo más reducido, al menos hasta principios del siglo XX, de agnósticos y ateos.
Una premisa clave para esta temática es que la creencia o increencia de que Dios existe no depende
solo de la inteligencia, sino también, y en no menor medida, de la voluntad. Como enseña la Fides
et ratio, 19, «si el hombre con su inteligencia no llega a reconocer a Dios como creador de todo, no
se debe tanto a la falta de un medio adecuado, cuanto sobre todo al impedimento puesto por su
voluntad libre». Posiblemente todos conocemos personas muy inteligentes que son creyentes, y
otras igualmente inteligentes que no son creyentes; y también personas poco inteligentes que son
creyentes y otros también con poca inteligencia que no son creyentes. De hecho, la fe no es tanto
una cuestión de inteligencia, sino de voluntad, de querer.
Un ejemplo: el Premio Nobel de Física de 1979 fue concedido a tres físicos por sus estudios sobre
la “teoría electrodébil”. Se trataba del pakistaní Abdus Salam, y de los norteamericanos Sheldon L.
Glashow y Steven Weinberg.
El hecho de que tres personas con una cultura semejante y, probablemente con una
inteligencia similar sean tan distintas en lo religioso muestra que no es la inteligencia, sino la
voluntad la que tiene un papel prominente en la aceptación de la fe, tanto natural como
sobrenatural, como explicaremos más adelante.
Además de una buena voluntad, también es necesaria una razón íntegra, que no esté limitada a
ciertos ámbitos del saber y cerrada a otros, puesto que el uso fragmentario de la misma puede
favorecer diversos errores de raciocinio, incluido el ateísmo. En este sentido, diversos autores, entre
ellos Karl Popper, han alertado contra los riesgos derivados del exceso de especialización y, quizá
por ello, de incomunicación, propio de las ciencias empíricas y sociales, así como de la filosofía. De
ahí la conveniencia de la interdisciplinariedad; así lo señala el Papa Francisco en la encíclica Fratelli
tutti, 204:
Así pues, la razón debe estar abierta a toda la realidad: debe ser una razón ampliada, cosa que no
siempre es fácil encontrar entre quienes se dedican a un ámbito particular del saber.
Por otra parte, no debemos olvidar la necesidad de un cierto tipo fe, de confianza (cum fides) en las
personas, para adquirir conocimientos que son fundamentales para la vida, incluida la ciencia. Por
ejemplo, cuando una persona se plantea seriamente profundizar en el ámbito de alguna ciencia
experimental, lo primero que suele hacer es estudiar los paradigmas creados por los mejores
investigadores de esa materia. Es decir, confía en los autores reconocidos de la misma. En este
sentido, difícilmente se puede encontrar una fuente de saber más extendida que la fe, sea fe
sobrenatural o fe humana; así lo señala la Fides et ratio, 31: «En la vida de un hombre las verdades
simplemente creídas son mucho más numerosas que las adquiridas mediante la constatación
personal. En efecto, ¿quién sería capaz de discutir críticamente los innumerables resultados de las
ciencias sobre las que se basa la vida moderna? ¿quién podría controlar por su cuenta el flujo de
informaciones que día a día se reciben de todas las partes del mundo y que generalmente se aceptan
como verdaderas? Finalmente, ¿quién podría reconstruir los procesos de experiencia y de
pensamiento por los cuales se han acumulado los tesoros de la sabiduría y de religiosidad de la
humanidad? El hombre, ser que busca la verdad, es pues también aquel que vive de creencias».
Así pues, el conocimiento propio de la fe se utiliza y se acepta en el ámbito humano; con mayor
razón puede utilizarse en el ámbito religioso, sin considerarlo un procedimiento arbitrario o
irresponsable, ya que el creyente confía en Dios, que no puede engañarse ni engañarnos.
Ciertamente, la situación epistémica de la fe religiosa es muy diferente respecto a la que podríamos
llamar “fe científica”. Pero distinción no implica oposición, salvo que se considere que la ciencia
experimental es el único conocimiento válido de la realidad. Este enfoque filosófico, llamado
cientificismo, del que hablaremos más adelante, es producto de una ceguera más o menos
intencional respecto a otras dimensiones de la realidad.
A esto hay que añadir que, a medida que la razón ahonda en las verdades últimas, percibe sus
propios límites y anhela la luz de un saber que esté más allá de ella misma. De este modo la razón
se abre connaturalmente a la fe:
«La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la
contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la
verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar
también la plena verdad sobre sí mismo».
«El asentimiento [propio de la fe] proviene todo de la voluntad. Pero esta palabra no debe inducir a
error, pues no se trata de una facultad que actúe sobre el intelecto mecánicamente y como desde
fuera: es el mismo hombre en su capacidad de tender hacia su bien».
De todos modos, el hecho de que la fe sea un asentimiento que no proviene de la razón sino de la
voluntad, hace que sea una luz que nos guía, pero que no se impone; debemos tener en cuenta el
claroscuro de la fe; así lo expresaba Pascal:
Sin pretender abarcar esa amplia realidad, la intención de este curso es mostrar que quienes se
apoyan en la ciencia para refutar la fe sobrenatural, no se basan en la razón humana, ni en la ciencia
como tal, sino en el cientificismo o en un error racional, como veremos más adelante.
Asimismo, la historia concreta de la Iglesia, presentada sin prejuicios, muestra la compatibilidad, más
aún, la correlación y la ayuda mutua entre ciencia y fe, que ha tenido consecuencias prácticas muy
específicas y provechosas. De hecho, las primeras universidades medievales nacieron a partir de
las escuelas palatinas, monásticas y episcopales existentes en la Alta Edad Media. En este ámbito
destacaron las universidades de Oxford y París, fundadas por eclesiásticos en los siglos XI y XII,
respectivamente. Al principio, las universidades solo formaban a los estudiantes en disciplinas
prácticas, para ser clérigos, abogados, funcionarios y médicos. Pero pronto se añadió a esta
enseñanza el desarrollo del “conocimiento por el conocimiento”, considerado parte esencial del
progreso humano.
La existencia bien documentada de esos precursores medievales pone de manifiesto que no es una
casualidad que la ciencia haya logrado su pleno desarrollo en la Europa cristiana.
En verdad, Copérnico no tenía base científica para afirmar más. Su obra, titulada “Acerca de las
revoluciones de las órbitas celestes” estaba dedicada al Papa Pablo III, y su publicación no produjo
ningún conflicto en la Iglesia.
«Encuentra usted curioso que yo considere la comprensibilidad del mundo como un milagro o
misterio eterno. Pues bien, a priori cabría esperar un mundo caótico, que no puede en modo
alguno ser aprehendido por el pensamiento. Se podría, e incluso se debería, esperar que el
mundo estuviera sometido a la ley solo en la medida en que nosotros intervenimos con nuestra
inteligencia ordenadora. [… Pero] el éxito de una empresa de esta clase supone un alto grado
de orden en el mundo, objetivo que a priori nadie estaba autorizado a esperar. Este es el
milagro que se fortalece más y más con el desarrollo de nuestros conocimientos. Aquí se
encuentra el punto débil de los positivistas y de los ateos profesionales».
Albert Einstein
1o) ¿La Iglesia se despreocupa de las cosas de este mundo?: Con el inicio de la Edad Moderna se
inició también una progresiva secularización de la cultura que, en el contexto de la relación entre el
hombre y la naturaleza, acabó acusando al cristianismo y más concretamente a la Iglesia católica de
dos errores antagónicos: hace más de un siglo se decía que la Iglesia se oponía al progreso científico
y técnico; más recientemente se le reprocha que su forma de concebir el dominio de la naturaleza
ha comportado su explotación y originado el problema ecológico. Lynn White, en una conferencia de
1966 publicada en la revista Science, afirmó que la ecología está condicionada negativamente por
la religión y, más concretamente, por la tradición judeocristiana, que favorece la explotación de la
naturaleza, porque la Biblia señala: «Llenen la tierra y sométanla» (Gn 1,28). A este respecto se
debe señalar que, en esa frase, la palabra someter se debe entender como una orientación al servicio
de la naturaleza. En efecto, el término hebreo rādâ (traducido como someter), en su versión original,
se refiere a pastorear, conducir, guiar, sostener; es decir, el texto de la Biblia confía la naturaleza al
hombre, para que pueda dirigirla a su plenitud. Esto se confirma en el texto paralelo de Gn 2,15,
donde se señala que Dios puso al hombre en el jardín de Edén «para que lo labrase y cuidase». La
crítica de White y de otros autores que sostuvieron la misma teoría parecen derivar de un prejuicio:
que la Iglesia no se cuida de las cosas profanas de este mundo, como la ciencia, la tecnología, el
cuidado de la naturaleza, etc. Ya hemos visto que no es así, sino todo lo contrario.
También se ha dicho que la preocupación de los cristianos por el “más allá”, los lleva a descuidar el
“más acá”; pero es más bien al revés: la inexistencia del “más allá” es lo que haría descuidar el “más
acá”; así lo muestra san Pablo: «Si los muertos no resucitan [si no existiera el “más allá”], comamos
y bebamos, que mañana moriremos» (1 Co 15,32). Así pues, la preocupación de los cristianos por
el “más allá” no los lleva a descuidar los problemas del mundo de hoy; si alguien actuara de este
modo, no lo haría por ser cristiano, sino por no vivir coherentemente su cristianismo. En efecto, la
convicción de que la vida eterna depende de nuestra actuación en esta tierra es el mejor incentivo
para vivir un empeño auténtico y duradero por mejorar las realidades terrenas. Más aún, la Iglesia
advierte que «el cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo;
falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación» (Gaudium
et spes, 43). Además, basta con examinar la historia de la Iglesia para constatar que ha fomentado
el progreso científico y social, a la vez que auspicia un uso correcto de las ciencias y de la naturaleza.
EL CASO GALILEO
Sin dejar de censurar el comportamiento que tuvo en este caso el Santo Oficio, también importa
subrayar que no supuso una rémora para la astronomía pues, en general, se siguió enseñando el
sistema copernicano, indicando que era hipotético hasta que pudo demostrarse experimentalmente.
Aunque el fenómeno de la aberración de la luz, descubierto por James Bradley en 1727 mostraba
que la Tierra se movía en el espacio, la prueba científica de que la tierra giraba sobre sí misma y,
por tanto, la realidad de un cierto heliocentrismo la realizó Léon Foucault en 1851 ‒más de dos siglos
después de Galileo‒ con el experimento del péndulo que probaba el movimiento giratorio de la tierra:
no era el Sol el que giraba alrededor de la Tierra.
Además de la falsedad histórica de esos sucesos, se ha podido aclarar incluso el fraude de la famosa
“frase histórica”: esta fue inventada en Londres en 1757 por Giuseppe Baretti, periodista brillante,
pero a menudo muy poco fidedigno.
La realidad es que, después de oír la sentencia, el “verdadero” Galileo (no el del mito) dio gracias a
los diez cardenales –de los cuales 3 votaron por absolverlo– por una pena tan moderada. Era
consciente de haber intentado indisponer al tribunal (compuesto también por hombres de ciencia de
su misma envergadura, a quienes había calificado “de imbéciles”), y en los cuatro días de discusión,
solo presentó un argumento a favor de su teoría de que la Tierra giraba en torno al Sol, y que era
erróneo: decía que las mareas eran provocadas por las “sacudidas” de las aguas, a causa del
movimiento de la Tierra.
Después de la sentencia, fue alojado en la Villa Medici del Pincio; luego se trasladó como huésped
al palacio del arzobispo de Siena, y finalmente llegó a su villa en Arcetri.
También es bueno recordar un evento paralelo, y más funesto, que se conoce muy poco porque no
sirve para criticar la religión: Lavoisier, noble francés considerado el padre de la química moderna,
fue arrestado en 1793 durante la época del terror y condenado a muerte. En el intento de salvarlo se
expusieron al tribunal los trabajos científicos que había realizado, y se dice que el presidente del
tribunal pronunció la siguiente frase: «La república no precisa ni científicos ni químicos»; y Lavoisier
fue guillotinado.
El resumen de estos casos, y otros similares, donde se afirma que la Iglesia se ha opuesto a
la ciencia es que en 2.000 años de cristianismo tenemos en un lado de la balanza algunos
pocos casos de esa oposición, mezclados con exageraciones y falsedades, y en el otro lado
de la balanza la conservación de la ciencia antigua mediante la ingente labor de los monjes
copistas medievales, el apoyo sistemático de la Iglesia al avance científico, el aporte a la
ciencia hecho por muchos católicos y otros cristianos, y un grupo más reducido, al menos hasta
principios del siglo XX, de agnósticos y ateos. En concreto, Antonin Eymieu publicó en 1935
un libro sobre las creencias de 432 científicos del siglo XIX, con los siguientes resultados: 15
eran indiferentes o agnósticos, 16 ateos, 34 sobre los que no encontró datos y 367 creyentes.
Antony Flew en su libro “Dios existe” cita diversos textos de científicos importantes de los siglos
XX y XXI, convencidos de la existencia de Dios. Por eso, «no es descaminado afirmar que
hasta Laplace y Darwin [s. XIX] no hay una sola figura de primera magnitud en el campo de la
matemática, astronomía, física, química o biología que no fuera profunda y sinceramente
cristiana».
A pesar de que, como hemos visto, existe una clara compatibilidad entre la ciencia y la fe
sobrenatural, está muy extendido el supuesto de que la religión está como en retirada, como
amenazada por los descubrimientos de la ciencia. A esto contribuye cierta divulgación de la ciencia
que realmente es divulgación de ciencia “prometida”, de la que se sacan conclusiones “científicas”
que se presentan como opuestas a la religión.
¿Por qué, si esto es así, es socialmente percibido como abrumadoramente al revés? El Cardenal
Ratzinger nos da una pista en la homilía de la Misa en la víspera de su elección como Papa:
«¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas
corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento! ... La pequeña barca del
pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevada de
un extremo al otro. Del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al
individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al
sincretismo, etc. […]. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada
como definitivo y que deja como última medida solo el propio yo y sus antojos».
No se trata ahora de explicar causas y efectos de esta situación, pero resulta oportuno referirse a
tres escenarios que favorecen ese proceder: la leyenda negra contra la Iglesia, el cientificismo y la
ideología tecnocrática, que son los temas que desarrollamos a continuación.
Ya se ha aludido a esa leyenda negra sobre Galileo, pero conviene insistir un poco más, y subrayar
que uno de los factores que la impulsan es, paradójicamente, la aceptación acrítica ‒y, a veces, la
difusión‒ que muchos cristianos hacen de las acusaciones de irracionalismo o fanatismo lanzadas
contra la Iglesia, sin controlar su realidad. Vale la pena, por tanto, profundizar en este tema, y señalar
la importancia de enjuiciar lo que oímos o leemos en este ámbito para no incurrir en el error y, aún
menos, difundirlo. Para ello puede ser muy útil la lectura del libro de Vittorio Messori citado.
Aquí resumiremos el prefacio del libro, escrito por el Cardenal Giacomo Biffi, arzobispo de Bolonia,
en el que se refiere al problema pastoral que supone el hecho de que muchos jóvenes educados
cristianamente, a causa de los comentarios de algún amigo, un medio de información, etc., empiezan
a sentir vergüenza por la historia de la Iglesia, lo que los expone al grave peligro de perder la fe. Por
eso, no podemos pasar por alto las críticas sobre pretendidos errores de la Iglesia; es indispensable,
por el contrario, la decisión de examinar todo con tranquila ecuanimidad.
Para ello es oportuno realizar un triple análisis. El primero es de carácter esencialmente teológico:
captar en profundidad lo que es la Iglesia; se trata de adquirir y llevar al nivel de la conciencia una
eclesiología digna de este nombre. Se podrá llegar a comprender en ella que la Iglesia es, como
decía san Ambrosio, una realidad intrínsecamente santa constituida por hombres todos ellos
pecadores, en grado y medida diferente. Aquí está precisamente el prodigio y la belleza de la Iglesia.
El Artífice divino, usando la materia pobre y defectuosa que la humanidad pone a su
disposición, consigue modelar en cada época una obra maestra, resplandeciente de verdad absoluta
y sobrehumana hermosura. Se muestra así verdadero y agudo teólogo no tanto el que se indigna y
escandaliza porque hay obispos que, en su opinión, son unos asnos, cuanto el que se conmueve y
entusiasma porque hay asnos que son obispos.
El segundo tipo de análisis es de índole filosófica. Cuando se habla de culpas históricas de la Iglesia,
se da por descontado ‒aunque el crítico no sea consciente de ello‒ que la Iglesia es la única realidad
que permanece idéntica en el curso de los siglos, y por tanto es la única a quien se pide hacerse
cargo de todos sus errores históricos. ¿Quién le pide cuentas a la actual magistratura por las ideas
y las conductas comunes de los jueces del siglo XVII? O ¿a quién se le ocurre reprochar a las
autoridades políticas de una ciudad actual (alcalde, concejales, etc.) los delitos cometidos por las
autoridades de esa ciudad hace 4 siglos? Es importante advertir que censurar a la Iglesia de hoy por
los sucesos de épocas pasadas, es un implícito reconocimiento de la intangible identidad de la
Iglesia, y un inicio de fe en su naturaleza sobrenatural; posiblemente, esa actitud de quienes se le
oponen provoca la hilaridad de los ángeles en el Cielo. Aquí se podría añadir lo que se dice que
Voltaire señaló en una ocasión: que la Iglesia haya durado XVIII siglos a pesar de los curas, muestra
que es de Dios.
El tercer tipo de análisis nos lleva a verificar con la mayor precisión las acusaciones planteadas: se
trata de examinar la credibilidad de lo que comúnmente se dice y se escribe sobre la Iglesia. Hay
que averiguar la verdad, salvarla de las alteraciones, proclamarla y honrarla. Más de una vez santo
Tomás de Aquino dijo que «cualquier verdad, quienquiera la diga, viene del Espíritu Santo»; pero
tiene que ser una verdad, no una falsedad. Por eso, las falsedades, las manipulaciones y los errores
deben ser desenmascarados y condenados, sea quien sea la persona que los proponga y cuán
amplia sea su difusión. Y es necesario que seamos conscientes del cúmulo de opiniones arbitrarias,
deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre lo que históricamente
concierne a la Iglesia. Ciertamente, si recibo un golpe en la mejilla derecha, la perfección evangélica
me propone ofrecer la izquierda. Pero si se atenta contra la verdad, la misma perfección evangélica
me obliga a empeñarme para restablecerla. Vale la pena recordar una frase que repetía el arzobispo
Fulton J. Sheen: «No hay más de cien personas en el mundo que verdaderamente odien a la Iglesia
Católica, pero sí hay millones que odian lo que ellos creen que es la Iglesia Católica».
La supuesta oposición entre la ciencia y la fe no proviene de la ciencia, sino del cientificismo, una
actitud filosófica que considera la ciencia experimental como el único conocimiento válido de la
realidad; se encuentra en estrecha relación con el positivismo que pretende reducir la ciencia a la
verificación de relaciones entre fenómenos observables, evitando todo lo que traspase ese límite. En
realidad, el cientificismo y el positivismo son contradictorios: su lema, “solo se debe admitir como
cierto lo que puede demostrarse experimentalmente”, no puede demostrarse mediante la
experiencia, luego según sus propios principios, la doctrina del cientificismo no debería aceptarse
como verdadera.
Estos errores del cientificismo muestran, una vez más, la necesidad de una mente abierta a la verdad
completa, más allá de las fronteras epistemológicas del propio saber. De hecho, esta reducción de
lo racional a lo experimental provoca fatalmente diversas patologías para la misma razón y la vida
de las personas. Así lo expone Benedicto XVI, refiriéndose a quienes sostienen que solo es válido
el tipo de certeza propio de las ciencias empíricas: «Si la ciencia en su conjunto es solo esto,
entonces el hombre mismo sufriría una reducción, pues los interrogantes propiamente humanos, es
decir, de dónde viene y a dónde va, los interrogantes de la religión y de la ética, no pueden encontrar
lugar en el espacio de la razón común descrita por la “ciencia” entendida de este modo y tienen que
desplazarse al ámbito de lo subjetivo. […] La situación que se crea es peligrosa para la humanidad,
como se puede constatar en las patologías que amenazan a la religión y a la razón. [… Por eso, el
Papa se pregunta ¿Cómo podemos evitar esas patologías?] Solo lo lograremos si la razón y la fe se
reencuentran de un modo nuevo, si superamos la limitación que la razón se impone a sí misma de
reducirse a lo que se puede verificar con la experimentación, y le volvemos a abrir sus horizontes en
toda su amplitud».
Conviene asimismo subrayar que, en sentido estricto, esta reducción de la razón establece un canon
que ni siquiera pueden respetar las ciencias experimentales, ya que su progreso requiere que el
científico realice hipótesis, razonamientos, etc., que sobrepasan a lo que puede observar la
experiencia: «Fácilmente se advierte que, quiérase o no, las preguntas “metafísicas” anatematizadas
por el neopositivismo son indispensables también para la misma actividad científica». De ahí la crítica
de Popper: «Los positivistas, con sus ansias de aniquilar la metafísica, aniquilan junto con ella la
ciencia natural». ¿A qué se debe esa descalificación de la metafísica que, por otra parte, es una
base necesaria para la ciencia? El hecho es que muchas de las ciencias positivas se desarrollaron
en un momento en que el pensamiento cristiano perdía su influencia cultural, e incluso que la misma
filosofía se encontraba en una grave crisis; se llegó así a postular que solo las ciencias positivo-
experimentales permitían el acceso a la verdad. Más aún, en la base del positivismo «estaba la
convicción de que el desarrollo de las ciencias positivas era, de suyo, un bien absoluto e
incondicional para el hombre y para la sociedad, que daría la respuesta adecuada al problema del
mal, venciendo la pobreza, la miseria, la degradación, la delincuencia. La ciencia vendría a ser la
religión de los tiempos modernos, la panacea para todas sus necesidades». El que no se haya
logrado esta panacea, evidencia lo ilusorio de la propuesta.
Además de las patologías humanas y sociales del cientificismo ya advertidas, conviene subrayar
que, si una realidad no puede ser plenamente comprendida por un determinado método científico,
esto no comporta la ausencia de tal realidad o la imposibilidad de conocerla a través de otro método.
Debe tenerse en cuenta que todo error intelectual contiene aspectos verdaderos, que son los que
facilitan su aceptación. En el caso del materialismo es importante recordar que los seres humanos
estamos compuestos de materia y espíritu; por eso, cualquier ámbito de nuestra vida, hasta los que
parecen más espirituales, conlleva propiedades materiales: las ideas, las decisiones libres, e incluso
las experiencias místicas, activan diversas partes del cuerpo humano, como las neuronas, las células
gliales, etc.; pero eso no implica que el ser humano no sea otra cosa que neuronas y células gliales,
es decir, pura materia.
Las limitaciones del cientificismo y del positivismo han hecho que los buenos científicos no
acostumbren a ser positivistas.
Christopher Hitchens señala: «Si uno debe tener fe para creer algo, o
creer en algo, entonces la probabilidad de que ese algo posea alguna
verdad o importancia disminuye considerablemente» . Es una frase
efectista, pero nada exacta; si fuera exacta deberíamos replicarle que,
si él está convencido de su propia existencia, la probabilidad de que
efectivamente haya existido resulta considerablemente disminuida.
Richard Dawkins, por su parte, en el libro The God Delusion (El espejismo de Dios), ha escrito: «La
fe es un mal precisamente porque no requiere justificación y no admite argumentos». Pareciera, sin
embargo, que quien no requiere justificación ni admite argumentos es el propio Dawkins que, «en un
libro de casi cuatrocientas páginas, apenas puede aceptar que un solo beneficio humano haya
surgido de la fe religiosa, una visión que a priori es tan improbable como empíricamente falsa. Los
innumerables millones [de personas] que han dedicado sus vidas desinteresadamente al servicio de
otros en nombre de Cristo o Buda o Alá son borrados de la historia humana ‒ y esto por un
autodesignado cruzado contra la intolerancia». Esto ha hecho que algunos ateos, aunque no anti
teístas, criticaran el libro de Dawkins.
Antony Flew (1923-2010) fue uno de los filósofos británicos que, durante
la segunda mitad del siglo XX publicó los argumentos más incisivos en
contra de la significación de todo lenguaje religioso, y específicamente de
la palabra “Dios”, porque decía que su referente no podría ser
adecuadamente individualizado ya que se trataba de una substancia
incorpórea. Según sus propias palabras, «una de las razones que
motivaron mi temprana conversión al ateísmo fue el problema del mal. […
Cuando tenía 16 o 17 años] ya estaba explicando frecuentemente a mis compañeros que la idea de
un Dios que es al mismo tiempo omnipotente e infinitamente bueno es incompatible con los males e
imperfecciones manifiestos en el mundo». Sin embargo, a comienzos del siglo XXI, el argumento de
la finalidad le convenció de la existencia de Dios, afirmando además que las pruebas más
impresionantes de su existencia son aquellas que se apoyan en los recientes descubrimientos
científicos; y se refiere al Big Bang y a la evolución.
En mayo de 2004, Flew participó en un simposio celebrado en la New York Univesity, en donde
anunció que ahora aceptaba la existencia de Dios. En esa ocasión le preguntaron si las
investigaciones recientes sobre el origen de la vida apuntaban a la actividad de una Inteligencia
creadora, a lo que respondió: «Sí, ahora pienso que es así […] casi enteramente a causa de las
investigaciones sobre el ADN. Lo que creo que ha conseguido hacer el ADN es mostrar, por medio
de la casi increíble complejidad de las estructuras que son necesarias para producir (vida), que
alguna inteligencia ha debido participar en el ensamblamiento de estos elementos
extraordinariamente diversos. [Lo que asombra] Es la enorme complejidad del número de elementos
y la enorme sutileza de las formas en que cooperan. La probabilidad de que todos esos elementos
hayan podido encontrarse por casualidad en el momento adecuado es simplemente minúscula. La
enorme complejidad [de los caminos] por los que fueron conseguidos los resultados es lo que me
parece producto de la inteligencia».
LA IDEOLOGÍA TECNOCRÁTICA
las personas y de mejorar las relaciones entre ellas. Sin embargo, la causa de estos resultados
negativos no es la técnica, sino la pérdida del sentido ético de la técnica.
En efecto, «cuando el ser humano se coloca a sí mismo en el centro, termina dando prioridad
absoluta a sus conveniencias circunstanciales, y todo lo demás se vuelve relativo» (Laudato si’, 122).
El problema se agrava en la medida que se absolutiza la propia libertad y se la considera como
fuente única y regla determinante de la verdad y del bien.
La persona ‒el Yo‒ sería la medida de todas las cosas, es decir, sería autónomo, se daría a sí mismo
la ley; el único límite –más teórico que real– vendría dado por la autonomía de los demás. Pero
muchas veces lo que uno quiere hacer, a otro le desagrada; frente a ello, el criterio que se impone
es el de la mayoría, y dado que las masas son fácilmente manipulables por los “poderes fuertes”, el
individualismo acaba teniendo una paradójica propensión totalitaria. Es la dictadura del relativismo,
contra la que nos prevenía el Cardenal Ratzinger.
Es, por tanto, indispensable que la ciencia y la técnica respeten los principios y valores
morales, y que actúen con prudencia teniendo en cuenta el tenor, la finalidad y el modo de
operar de las diversas tecnologías, evitando proponer «soluciones técnicas poco ponderadas
y sobre todo aquellas que ofrecen al hombre ventajas materiales, pero se oponen a la
naturaleza y al perfeccionamiento espiritual del hombre» (Gaudium et spes, 86). Cuando se
usa correctamente la técnica, se asigna al progreso tecnológico su verdadero sentido y, por
consiguiente, su verdadera grandeza: ese progreso procede del hombre y debe dirigirse al bien
del hombre. Más aún, proviene de Dios y a Él se debe finalizar; de hecho, si se rige por una
actitud humanista, el progreso científico y técnico favorece la apertura a la dimensión
trascendente de la persona.
Como dijo Luis Pasteur, «Un poco de ciencia aleja de Dios, pero mucha ciencia devuelve a
Él».
Asimismo, son diversos los métodos para alcanzar esas verdades. Esto comporta que el método de
la ciencia experimental no es apto para explicar las cuestiones propias de la filosofía o de la teología,
o para refutar su pertinencia; al igual que estas últimas no son idóneas para resolver las incógnitas
propias de las ciencias empíricas. En la actualidad, no es difícil admitir que fue un desacierto usar
los textos de la Biblia para negar el heliocentrismo; empero, no es infrecuente encontrar textos
“científicos” con un proceder análogo, pero en sentido opuesto: proponer soluciones a los temas
filosóficos o teológicos empleando los métodos de las ciencias positivas, como si esas soluciones
estuvieran avaladas por la ciencia.
De ahí la importancia de favorecer un diálogo fecundo entre ciencia y fe que respete los respectivos
métodos y que, en cada caso, se adopte el enfoque exigido por el tipo de problemas que se plantean.
La fe puede y debe contribuir a que los científicos vivan y desarrollen su trabajo como un cometido
encaminado a mejorar las condiciones de vida de la humanidad. El saber sagrado se encuentra en
condiciones de señalar caminos para hacerlo, sin entrometerse por ello en asuntos que no son de
su competencia ni atribuirse ningún tipo de tutela sobre la ciencia. En realidad, «la Iglesia está
profundamente convencida de que fe y razón “se ayudan mutuamente”, ejerciendo recíprocamente
una función tanto de examen crítico y purificador, como de estímulo para progresar en la búsqueda
y en la profundización» (Fides et ratio, 100).
En definitiva, no solo la fe puede purificar la razón, también puede suceder al revés: en la conclusión
de este curso veremos un texto de la Fides et ratio, 36, en el que Juan Pablo II señala que los padres
de la filosofía quisieron dar un fundamento racional a su creencia en la divinidad, se reconocieron
las supersticiones, la religión se purificó y el concepto de divinidad se benefició. Los “padres de la
filosofía” fueron Sócrates, Platón y Aristóteles. Puede ser provechoso recordar que Sócrates fue
acusado y condenado a muerte por corromper a la juventud, basándose en que algunos de sus
discípulos atentaron contra los principios de la democracia ateniense; pero el cargo principal que se
le hizo fue de impiedad porque no adoraba a los dioses que la ciudad tenía registrados y, además,
introducía otros seres demoníacos nuevos; en realidad, Sócrates, dándose cuenta que la religión de
Atenas tenía algo de irracional, «aplica la razón a la crítica de la religión y por eso purifica la religión
tradicional» . Aquí se vislumbra el conato de purificación filosófica de la religión ateniense.
CIENCIA Y FE
Antes de entrar directamente a dilucidar las relaciones entre la ciencia y la fe, puede ser oportuno
explicar las relaciones entre fe y cultura humana. La ciencia es un ámbito de la cultura, pero enfocarlo
desde un punto de vista más amplio facilita reconocer que los diversos aspectos del ser humano
poseen vínculos estrechos con la fe sobrenatural.
Cada persona nace y crece en una cultura, en la que encuentra los elementos que contribuyen
a su desarrollo personal: la persona necesita la cultura para humanizarse, pero al mismo
tiempo la trasciende y es capaz de transformarla. De ahí derivan un derecho y un deber: el
derecho de recibir la educación y la formación pertinente, y el deber de favorecer, de acuerdo
con las propias posibilidades, aquellos aspectos de la cultura que son más propiamente
humanos y de contrarrestar las posibles incoherencias, a fin de promover una auténtica cultura
humanista, es decir, conforme al ser humano. Por eso, el mundo «necesita una profunda
renovación cultural y el redescubrimiento de valores de fondo sobre los cuales construir un
futuro mejor»; esos valores derivan de la naturaleza humana que, «en cuanto se compone no
solo de materia, sino también de espíritu, y por tanto rica de significados y fines trascendentes,
tiene un carácter normativo incluso para la cultura» (Caritas in veritate, nn. 21 y 48). Es decir,
no cualquier costumbre o institución cultural es idónea para el cabal desarrollo de las personas.
En consecuencia, una cultura que desatiende el elemento espiritual y religioso acaba por
deshumanizar al ser humano: «El punto central de toda cultura lo ocupa la actitud que el
hombre asume ante el misterio más grande: el misterio de Dios» (Centesimus annus, 24). Así
pues, sin identificar fe y cultura, es preciso poner todos los medios para resguardar su
concordancia: «Frente al desarrollo de una cultura que se configura como escindida, no solo
de la fe cristiana, sino incluso de los mismos valores humanos, […] la Iglesia es plenamente
consciente de la urgencia pastoral de reservar a la cultura una especialísima atención. Por eso
la Iglesia pide que los fieles laicos estén presentes, con la insignia de la valentía y de la
creatividad intelectual, en los puestos privilegiados de la cultura, como son el mundo de la
escuela y de la universidad, los ambientes de investigación científica y técnica, los lugares de
la creación artística y de la reflexión humanista» (Christifideles laici, 44). La misión de la Iglesia
y de los cristianos en este ámbito es garantizar que cada cultura favorezca el pleno desarrollo
de todos los hombres y el bien de las diferentes sociedades y de toda la humanidad.
«Las condiciones de vida del hombre moderno han cambiado tan radicalmente en sus
aspectos sociales y culturales, que se puede ya hablar de una nueva era en la historia humana.
De ahí que estén abiertos nuevos caminos para perfeccionar este estado de civilización y darle
una profundidad mayor» (Gaudium et spes, 54). Al comunicar la fe, la Iglesia desea que los
cristianos la integren profundamente en su vida, que hagan verdaderamente “suyo” el modo
cristiano de pensar, sentir y reaccionar: «Hay que evangelizar no por fuera, como si se tratara
de añadir un adorno o un color externo, sino por dentro, a partir del centro de la vida y hasta
las raíces de la vida» (Evangelii nuntiandi, 20). El Magisterio de la Iglesia desempeña en esta
tarea un papel muy importante, que se lleva a cabo en gran medida a través de las enseñanzas
cristianas, que los pueblos necesitan para su salud espiritual y muchas veces también
temporal. Pero esta tarea requiere que los fieles cristianos la tomen en sus manos como una
responsabilidad derivada de su vocación, y hagan llegar de modo capilar su fe y el ejemplo de
su conducta cristiana a todos los rincones de la vida social y profesional.
Esta es una tarea que corresponde a todos los fieles: la fe «exige a los cristianos el esfuerzo
de entregarse con mayor diligencia en la construcción de una cultura que, inspirada en el
Evangelio, reproponga el patrimonio de valores y contenidos de la Tradición católica». Por eso
san Juan Pablo II indicaba: «La síntesis entre cultura y fe no es solo una exigencia de la cultura,
sino también de la fe […] Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no
totalmente pensada, no fielmente vivida». También puso de relieve que la cultura presupone y
exige una noción integral de la persona, entendida en la plenitud de su vocación temporal y
espiritual. Esta concepción personalista conduce a la afirmación de que «para crear cultura
hay que considerar íntegramente, y hasta sus últimas consecuencias, al hombre como valor
particular y autónomo, como sujeto portador de la trascendencia de la persona. Hay que afirmar
al hombre por él mismo y no por ningún otro motivo o razón: ¡únicamente por él mismo!».
En definitiva, la cultura es una actividad esencialmente humana, que ha sido entregada por
Dios a las iniciativas y capacidades de los hombres. Puede desarrollarse de muchas maneras,
y son precisamente los cristianos, en unión con todas las personas de buena voluntad, quienes
han de hacerlo, considerando la economía, el arte, la política, la literatura, etc., como parte
Ciertamente, ciencia y fe son dos órdenes de conocimiento diferentes, cada uno con su propia
epistemología, que, sin embargo, pueden y deben complementarse entre sí para buscar la
verdad única y profunda. Como señalaba Einstein: «La ciencia sin religión está coja, la religión
sin ciencia está ciega». Esta complementariedad se explica porque tanto la fe como la razón
proceden del mismo Dios, en el que no cabe la contradicción; además, con la Encarnación, el
Hijo de Dios se ha unido, de algún modo, a todo hombre y a toda realidad auténticamente
humana. De ahí que, objetivamente hablando, exista una profunda concordancia entre verdad
humana y verdad divina, entre fe y ciencia; si apareciese algún tipo de oposición, se debería a
un modo incorrecto de plantear el problema o a una falsificación del método propio. Esto puede
suceder cuando la teología o la ciencia olvidan su concreta identidad metodológica y, sin
aceptar sus confines peculiares, exaltan el propio planteamiento como si fuera el único camino
para llegar a la verdad.
razón; y que la Iglesia no prohíbe que “las artes y las disciplinas humanas gocen de sus propios
principios y de su propio método..., cada una en su propio campo”, por lo cual, “reconociendo
esta justa libertad”, la Iglesia afirma la autonomía legítima de la cultura humana, y
especialmente la de las ciencias» (Gaudium et spes, 59).
Cuando se busca la verdad, un correcto diálogo entre la ciencia y la fe evita el peligro de caer
en los errores y exageraciones de los sistemas parciales y favorece a las dos: las ciencias
reciben de la doctrina cristiana los valores profundos de la vida humana; a su vez, la doctrina
de la Iglesia acoge y hace uso de las valiosas investigaciones de las ciencias para realizar su
tarea. Esta sinergia facilita el avance de la ciencia, no porque la fe proponga resultados en el
campo científico, sino porque asegura que el mundo es coherente y finalizado hacia el bien ya
que participa de la verdad y bondad de Dios; de este modo muestra el sentido último del actuar
humano y estimula los esfuerzos para encontrar las soluciones adecuadas: «La fe no ofrece
recursos a la investigación científica como tal, pero anima al científico a continuar la
investigación sabiendo que encuentra en la naturaleza la presencia del Creador» .
capta realmente a Dios mismo, sin poder, no obstante, expresarlo en su infinita simplicidad. Es
preciso recordar, en efecto, que “entre el Creador y la criatura no se puede señalar una
semejanza tal que la diferencia entre ellos no sea mayor todavía” (Cc. Letrán IV: DS 806), y
que “nosotros no podemos captar de Dios lo que Él es, sino solamente lo que no es y cómo
los otros seres se sitúan con relación a Él” (S. Tomás de A., Suma contra gentiles I, 30)»
(Catecismo, 43).
La articulación entre el “cómo” y el “porqué”, que favorece la complementariedad entre razón y fe, es
uno de los mayores retos para la teología actual y, sobre todo, para las representaciones de la fe
que se hacen los creyentes, si se desea compartir el marco racional comúnmente aceptado sobre la
dinámica de la naturaleza, y combinar mejor la trascendencia e inmanencia de Dios en la naturaleza,
como apunta un texto del libro Ciencia, razón y fe del profesor Artigas: «Dios es diferente de la
naturaleza y la trasciende completamente, pero, a la vez, como Causa Primera, es inmanente a la
naturaleza, está presente dondequiera que existe y actúa la criatura, haciendo posible su existencia
y su actuación». Así lo expresaba san Agustín: Dios es «más interior que lo más íntimo mío [es
inmanente a toda criatura] y más elevado que lo más sumo mío [es trascendente a todo lo creado]».
De ahí que las explicaciones de las ciencias deban ser completadas considerando las dimensiones
filosóficas y religiosas del tema, que no rivalizan con la ciencia, ya que no se ocupan de los
conocimientos científicos, sino de su fundamento radical. Así, por ejemplo, creación y evolución se
iluminan y complementan, pues la evolución es el “cómo” de la creación y la creación es el requisito,
a la vez que fundamento último y el “porqué” de la evolución.
Todo lo dicho apunta a que una de las tareas intelectuales más necesarias en el mundo de hoy es
avanzar en el diálogo entre ciencia y fe. Se trata entonces de promover una amistad intelectual entre
aquellas disciplinas que creen en la verdad y en que el hombre puede encontrarla.
Una razón iluminada por la fe es una razón ampliada, que interpela a la ciencia y a la teología, a
creyentes y a científicos. Y así como es necesario evitar la reducción de la razón a un único tipo de
racionalidad, que permanezca ciega ante los vínculos que se dan entre los saberes humanos, la fe
requiere profundizar en la exposición de su contenido, para no mostrarla inconscientemente, como
si fuera “otra respuesta” a los problemas que plantea la ciencia. De ahí que no debamos temer la
purificación que razón (también científica) y fe pueden mutuamente ofrecerse. Nos hallamos, en
definitiva, ante una rica circularidad de la que ya hablaba san Juan Pablo II en su encíclica Fides et
ratio, al referirse a las dos alas para alcanzar la verdad. La fe es por ello una apuesta por la razón y
el primado del Logos. Y es que, cuando se trata de una razón ampliada, no estamos hablando solo
de la razón humana, sino también de la de Dios.
CONCLUSIÓN
Ciertamente, la verdad científica y la verdad religiosa son diversas, pero no se excluyen entre sí, sino
que se complementan; por eso debe existir un respeto mutuo entre ellas, sin acordar el monopolio
de la certeza a un enfoque particular, por importante que sea. De ahí la conveniencia de favorecer
un diálogo fecundo entre ciencia y fe que respete los respectivos métodos y que, en cada caso, se
adopte el enfoque exigido por el tipo de problemas que se plantean. De hecho, como recordó Juan
Pablo II, “La ciencia puede purificar a la religión del error y la superstición; la religión puede purificar
a la ciencia de la idolatría y los falsos absolutos. Cada una puede llevar a la otra a un mundo más
amplio, un mundo en el que las dos pueden progresar”.