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Introducción al Psicoanálisis

Este documento presenta el resumen de la primera conferencia de Sigmund Freud sobre psicoanálisis pronunciada en la Clark University en 1909. Freud comienza explicando el contexto de su presentación y luego resume brevemente el caso clínico de la paciente del doctor Josef Breuer que marcó el inicio del psicoanálisis. La paciente sufría de histeria y presentaba diversos síntomas físicos y psíquicos. Breuer notó que al hacerla revivir fantasías reprimidas a través de la hipnosis, sus síntomas mejoraban. Esto mar

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Introducción al Psicoanálisis

Este documento presenta el resumen de la primera conferencia de Sigmund Freud sobre psicoanálisis pronunciada en la Clark University en 1909. Freud comienza explicando el contexto de su presentación y luego resume brevemente el caso clínico de la paciente del doctor Josef Breuer que marcó el inicio del psicoanálisis. La paciente sufría de histeria y presentaba diversos síntomas físicos y psíquicos. Breuer notó que al hacerla revivir fantasías reprimidas a través de la hipnosis, sus síntomas mejoraban. Esto mar

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XLVI

PSICOANALISIS*

1909 [1910)

CINCO CONFERENCIAS PRONUNCIADAS EN LA CLARK UNIVERSITY (ESTADOS UNIDOS)

P R IMERA CONFER ENC I A

ONSTITUYE algo nuevo para mí, y q u e no dej a de producirme cierta tur­

C
bación, e l presentarme ante un auditorio del continente americano ,
integrado p o r personas amantes d e l saber, en calidad de conferencian­
te. Dando por hecho que sólo a la conexión de mi nombre con el tema
del psicoanálisis debo el honor de hallarme en esta cátedra, mis conferencias
versarán sobre tal materia, y en ellas procuraré facilitaros, lo más sintéticamente
posible, una visión total de la historia y desarrollo de dicho nuevo método in­
vestigativo y terapéutico.

Si constituye un mérito haber dado vida al psicoanálisis, no es a mí a quien


corresponde atribuirlo, pues no tomé parte alguna en sus albores 934. No había
yo terminado aún mis estudio s y me hallaba preparando los últimos exámenes
de la carrera cuando otro médico vienés, el doctor José Breuer 935, empleó por
vez primera este método en e l tratamiento de una muchacha histérica (1880-1882).
Vamos, pues, a ocuparnos, en primer lugar, del historial clínico de esta enferma,
el cual aparece expuesto con todo detalle en la obra que posteriormente, y con
el título de Estudios sobre la histeria, publicamos el doctor Breuer y yo 936.
Réstame hacer una observación antes de entrar en materia. He sabido,
no sin cierto agrado, que la mayoría de mis oyentes no pertenece a la carre­
ra de Medicina, y quiero disipar en ellos un posible temor, haciéndoles saber
que para seguirme en lo que aquí he de exponerles no es necesaria una especial
cultura médica. Caminaremos algún espacio aliado de los médicos, pero pronto
nos separaremos de ellos para acompañar tan sólo al doctor Breuer en su pro­
pia y peculiarísima ruta.
La paciente del doctor Breuer, una muchacha de veintiún años y de exce­
lentes dotes intelectuales, presentó en el curso de su enfermedad, que duró
más de dos años, una serie de perturbaciones fisicas y psíquicas merecedoras
(*) Über Psychoana/yse, en alemán el original. 935 Doctor José Breuer, Miembro asociado de la
Deuticke, Leipzig-Viena, 1 9 1 0. Real Academia de Ciencias. Conocido por sus tra­
934 Nota de 1 923.-Posteriormente he debido rec­ bajos sobre la respiración y sobre la fisiologia del
tificar esta afirmación en el sentido de reivindicar equilibrio. Nació en 1 842.
la exclusiva paternidad del psicoanálisis. Véase el 936 Varios de mis aportes han sido traducidos al
ensayo titulado Historia del movimiento psicoanalíti­ inglés por el Dr. A. A. Brill, de New York [Selected
co, en este mismo volumen. Papers on Hysteria, New York, 1 909].
SIG MU N D F R E ¡· D O B R 4 S C O M PL I:· T AS

de la mayor atención . Padecía una parálisis rígida de la pierna y brazo den:­


chos, acompañada de anestesia de los mismos y que temporalmente atacaba
también a los miembros correspondientes del lado contrario . Además , pcrlur­
baciones del movim iento de los oj os y diversas alteraciones de la vi sión , di­
ficultad de mantener erguida la cabeza, inten sa «tussis nervosa>>, repugn ancia
a los alimentos. y una vez, durante varias semanas, incapacidad de beber. a
pesar de la ardiente sed q ue la atormentaba . Sufría, por último, una minora­
ción de la facultad de expresión , que llegó hasta la pérdida de la capacidad
de hablar y entender su lengua materna, aí1adiéndose a todo esto estados de
'absence ·, enajenación, delirio y alteración de toda su personalidad , estados
que más adelan te examinaremos con todo detalle.
Ante un tal cuadro patológico os sentiréis inclinados, aun no siendo mé­
dicos, a suponer que se trata de una grave dolencia. probablemente cerebral,
con pocas esperanzas de curación y conducente a un rápido y fatal desenla­
ce . Mas dejad que un médico os diga que en una serie de casos con síntomas
de igual gravedad p uede estar m uy justificada una distinta opinión , más op­
timista . Cuando un tal cuadro patológico se presenta en un individuo j oven
del sexo femenino , cuyos órganos vitales internos (corazón, rií1ón) no muestran
anormalidad ninguna en el reconocimiento objetivo, pero q ue ha pasado, en
cambio, por violentas conm ociones anímicas , y cuando Jos síntomas aislados
se diferencian en ciertos sutiles caracteres, de la forma que generalmente pre­
sentan en las afecciones a q u e parecen corresponder, entonces los médicos no
atribuyen una extrema gravedad al caso y afirman que no se trata de una do­
lencia cerebral orgánica, sino de aquel misterioso estado conocido desde el tiem­
po de los griegos con el nombre de histeria, y q ue puede tlngir toda una serie
de síntomas de una grave enfermedad . En estos casos el méd ico no considera
amenazada la vida del paciente y hasta supone muy probable una completa
curación . Pero no siempre es fácil distinguir una tal histeria de una grave do­
lencia orgánica . No creemos necesario explicar aquí cómo puede llevarse a
cabo un diagnóstico diferencial de este género ; bástanos la seguridad de que
el caso de la paciente de Breuer era uno de aquellos en los que n ingún médico
experimentado puede dej ar de diagnosticar la histeria, enfermedad que, se­
gún consta en el historial clínico, atacó a la j oven en ocasión de hal larse cui­
dando a su padre , al q ue amaba tiernamente, en la grave dolencia que le llevó
al sepulcro . A causa de s u propio padecimient o tuvo la hija que separarse de
la cabecera del querido enferm o .
Hasta a q u í nos ha s i d o provechoso caminar al lado de los médicos, mas
pron to nos separaremos de ellos. No debéis creer que la esperanza de un enfer­
mo en la eficacia del auxilio facultativo pueda aumentar considerablemente
al diagnosticarse la histeria en Jugar de una grave afección cerebral orgánica.
Nuestra ciencia, que permanece aún hasta cierto punto impotente ante las
graves dolencias cerebrales, n o facilita tampoco grandes medios para combatir
la histeria, y e l médico tiene que abandonar a la bondadosa Naturaleza la de­
terminación de la forma y momento en que ha de cumplirse su esperanza prog­
nóstica 937.
Así , pue s , con el diagnóstico de la histeria varía muy poco la situación del

937 Sé que esta afirmación no es ya cierta hoy Si las cosas han variado desde entonces, ello se debe
en día: mas, en mi conferencia, me retrotraía yo y en gran parte a los esfuerzos cuya historia trato de
retrotraía a mit-J oyentes a los años anteriores al de 1880. exponer aquí esquemáticamente.
p S e O • A A S S 1535

enfermo ; mas, en cambio, se transforma esencialmente la del médico . Es fácil


observar que éste se sitúa ante el h istérico en una actitud por completo dife­
rente de la que adopta ant e e l atacado de una dolencia orgán ica, pues se niega
a conceder al primero igual interés que al segundo, fundándose en que su en­
fermedad es mucho menos grave, aunque parezca aspi rar a que se le atribuya
una igual importanci a . El médico, al que sus estudios han dado a conocer tantas
cosas que permanecen ocultas a los oj os de los profanos, ha podido formarse,
de las causas de las enfermedades y de las alteraciones que éstas ocasionan
(por ej emplo. las producidas en el cerebro de un enfermo por la apoplej í a o
por un tumor), ideas que hasta cierto grado tienen q u e ser exactas, puesto que
le permiten l legar a l a comprensión de los detal les del cuadro patológico. Mas,
ante las singularidades de los fenómenos histéricos, toda su ciencia y toda su
cultura anatómico-fisiológica y patológica le dej an en la estacada. No l lega
a comprender la histeria y se halla ante ella en la misma situación que un pro­
fano, cosas todas que no pueden agradar a nadie que tenga en algún aprecio
su saber . Los h istéricos pierden , por tan to, la simpatía del médico, que l lega a
considerarlos como personas que h an transgredido las leyes de su ciencia y
adopta ante e l los la posición del creyente ante e l herej e . Así, los supone capa­
ces de todo lo malo, los acusa de exageración , engaño voluntario y simulación,
y los castiga retirándoles su interés.
No mereció, por cierto , el doctor Breuer este reproche en el caso que nos
ocupa . Aun cuando no halló al principio alivio alguno para su paciente, le de­
dicó, no obstante, todo su interés y toda su simpatía. A ello contribuyeron
en gran manera las excelentes cualidades espirituales y de carácter de la pa­
ciente misma, de las que B reuer testimonia en su historial. Más la cuidadosa
observación del médico halló pronto el camino por el que se hizo posible pres­
tar a la enferma una primera ayuda.
Habíase observado que l a paciente en sus estados de 'absence' y alteración
psíquica acostumbraba murmurar algunas palabras que hacían el efecto de
ser fragmentos arrancados de un contexto que ocupaba su pensamiento . El
médico se hizo comunicar estas palabras, y sumiendo a la enferma en una es­
pecie de hipnosis, se las repitió para incitarla a asociar algo a ellas. Así sucedió,
en efecto , y la paciente reproduj o ante el médico las creaciones psíquicas que
la habían dominado en los estados de a usencia y se habían revelado fragmen­
tariamente en las palabras pronunciadas . Tratábase de fantasías hondamente
tristes y a veces de una poética belleza -sueños diurnos podríamos llamar­
las--, que tomaban, en general, su punto de partida de la situación de una mu­
chacha junto al lecho en que yacía su padre enfermo . Cuando la paciente había
relatado de este modo cierto número de tales fantasías, q uedaba como liber­
tada de algo que la oprimía y retornaba a la vida psíquica normal . Este bien­
estar, que duraba varias h oras, desaparecía de costumbre al día siguiente para
dar paso a una nueva ausencia, que podía hacerse cesar de igual manera, o
sea provocando el relato de las fantasías nuevamente formadas. No había,
pues, posibilidad de sustraerse a l a idea de que la alteración psíquica que se
revelaba en las ausencias no era sin o una secuela de la excitación emanada
de estas fantasías saturadas de efecto . La misma paciente, que en este período
de su enfermedad presentaba l a singularidad de no hablar ni entender su pro­
pio idioma, sino únicamente el inglés, dio al nuevo tratamiento el nombre de
«talking cure» y lo calificó, en broma, de chimney sweeping.
1536 S 1 G M U N D F R E U D . - O B R A S C O M P L E T A S

Pronto pudo verse -y como casualmente- que por medio de este «barri­
do» del alma podía conseguirse algo más que una desaparición temporal de
las perturbaciones psíquicas, pues se logró hacer cesar determinados síntomas
siempre q ue en la hipnosis recordaba la paciente, entre manifestaciones afec­
tivas, con qué motivo y en qué situación habían aparecido los mismos por vez
primera. «Había habido durante el verano una época de un intensísimo calor
y la enferma había padecido ardiente sed, pues sin que pudiera dar razón al­
guna para ello, se había visto de repente imposibilitada de beber. Tomaba en
su mano e l ansiado vaso de agua, y en cuanto lo tocaba con los labios l o apar­
taba de sí, como atacada de hidrofobia, viéndose además claramente que du­
rante los segundos en que llevaba a cabo este manej o se hallaba en estado de
ausencia. Para mitigar la sed que la atormentaba no vivía más que de frutas
acuosas : melones, etc . Cuando ya llevaba unas seis semanas en tal estado, co­
menzó a hablar u n día, en la hipnosis, de su institutriz inglesa, a la que no tenía
gran afecto, y contó con extremadas muestras de asco que u n día había entrado
ella en su cuarto y había visto que el perrito de la inglesa, un repugnante ani­
malucho, estaba bebiendo agua en un vaso ; mas no queriendo que la tacharan
de descortés e impertinente, no había hecho observación ninguna. Después
de exteriorizar enérgicamente en este relato aquel enfado, que en el momento
·
e n que fue motivado tuvo que reprimir, demandó agua, bebió sin dificultad
una gran cantidad y despertó de la hipnosis con el vaso en los labios. Desde
este momento desapareció por completo la perturbación que le impedía beber» 938.
Permitidme que me detenga unos momentos ante esta experiencia . Na­
die había hecho cesar aún por tal medio un síntoma histérico, ni penetrado
tan profundamente en la inteligencia de su motivació n . Tenía, pues, que ser
éste un descubrimiento de importantísimas consecuencias si se confirmaba
la esperanza de que otros síntomas, quizá la mayoría, hubiesen surgido del
mismo modo en la paCiente y pudieran hacerse desaparecer por igual cami­
no. No rehuyó Breuer la labor necesaria para convencerse de ello e investigó,
conforme a un ordenado plan, la patogénesis de los otros síntomas más gra­
ves, confirmándose por completo sus esperanzas . En efecto, casi todos ellos
se habían originado así como residuos o precipitados de sucesos saturados
de afecto o, según los denominamos posteriormente, «traumas psíquicos», y
el carácter particular de cada uno se hallaba en relación directa con el de la
escena traumática a la que debía su origen . Empleando la terminología técnica,
diremos que los síntomas se hallaban determinados por aquellas escenas cuyos
restos en la memoria representaban, n o debiendo, por tanto, ser considerados
como rendimientos arbitrarios o misteriosos de la neurosis. Algo se presentó,
sin embargo, con lo que Breuer n o contaba. No siempre era un único suceso
el que dejaba tras de sí el síntoma ; en la mayoría de los casos se trataba de nu­
merosos y análogos traumas repetidos, que se unían para producir tal efecto.
Toda esta caden a de recuerdos patógenos tenía entonces que ser reproducida
en orden cronológico y precisamente inverso ; esto es, comenzando por los úl­
timos y siendo imprescindibl e para llegar al primer trauma, con frecuencia
el de más poderoso efecto, recorrer en el orden indicado todos los demás.
Seguramente esperaréis oír de mis labios otros ejemplos de motivación de
síntomas histéricos, a más del ya expuesto de horror al agua producido por

938 Studien über Hysterie, 3.• edición, pág. 26.


p S e o • A N A L S S 1537

haber visto a un perro bebiendo en un vaso . M as si he de circunscribirme a


mi programa, tendré que limitarme a escasas pruebas . Así, relata Breuer que
las perturbaciones ópticas de la paciente provenían de situaciones tales como
la de que «hallándose con los ojo s anegados en lágrimas, j unto al lecho de su
padre, le preguntó éste de repente qué hora era, y para poder verlo forzó la
vista, acercando mucho a sus ojos el reloj , cuya esfera le apareció entonces
de un tamaño extraordinario (macropsia y estrabismo convergente) , o se es­
forzó en reprimir sus lágrimas para que el enfermo no las viera»939 . Todas
las impresiones patógenas provenían, desde luego, de la época durante la cual
tuvo que dedicarse a cuidar a su padre . «Una vez despertó durante la noche,
llena de angustia por la alta fiebre que presentaba el enfermo y presa de impaciente
excitación por la espera de un cirujano que para operarle había de llegar desde
Viena. La madre se había ausentado algunos instantes y Ana se hallaba sentada
junto a la cama, con el brazo derecho apoyado en el respaldo de la silla. Cayó
en un estado de sueño despierto y vio cómo por la pared avanzaba una negra
serpiente, que se disponía a morder al enfermo . (Es muy probable que en la
pradera que se extendía tras la casa existieran algunas culebras de este género,
cuya vista hubiera asustado a la muchacha en ocasiones anteriores y suministrase
ahora el material de la alucinació n . ) Ana quiso rechazar al reptil, pero se sintió
paralizada ; su brazo derecho, que colgaba por encima del respaldo de la silla,
había quedado totalmente «dormido» , anestesiado y parético , y cuando fijó
sus ojos en él se transformaron los dedos en pequeñas serpientes, cuyas cabezas
eran calaveras (las uñas) . Probablemente intentó rechazar al reptil con su mano
derecha paralizada, y con ello entró la anestesia y parálisis de la misma en aso­
ciación con la alucinación de la serpiente . Cuando ésta hubo desaparecido quiso
Ana, llena de espanto, ponerse a rezar, pero no le fue posible, hallar palabras en
ningún idioma, hasta que recordó una oración infantil que en inglés le habían
enseñado, quedando desde este momento imposibilitada de pensar o hablar
sino en tal idioma» 940. Con el recuerdo de esta escena en una de las sesiones de
hipnotismo cesó por completo la parálisis rígida del brazo derecho, que se man­
tenía desde el comienzo de la enfermedad, y quedó conseguida la total curación .
Cuando, bastantes años después, comencé yo a emplear el método investiga­
tivo y terapéutico de Breuer con mis propio s enfermos, obtuve resultados que
coincidieron en un todo con los suyo s . Una señora de unos cuarenta años pa­
decía un tic consistente en producir un ruido singular, castañeteando la lengua,
siempre que se hallaba excitada y aun sin causa ninguna determinante . Tenía
este tic su origen en dos sucesos que poseían un carácter común : el de haberse
propuesto la paciente n o hacer ruido alguno en determinado momento, viendo
burlado su propósito e interrumpido el silencio, como si sobre ella actuara una
voluntad contraria, por aquel mismo castañeteo . La primera vez fue cuando,
habiendo logrado dormir con gran trabaj o a un hij o suyo que se hallaba enfermo,
hizo intención de no producir ruido alguno que le despertara. La segunda tuvo
lugar dando con sus dos hij o s un paseo en coche, durante el cual estalló una
tormenta que espantó a los caballos. En esta situació n pensó también la señora
que debía evitar todo ruido que excitase aún más a los asustados animales 941.
Sirva este ejemplo como muestra de los muchos contenidos en nuestros Es­
tudios sobre la histeria 942•
939 Studien über Hysterie, 3.' edición, pág, 3 1 . • 941 L. c., 2.' edición, págs. 43 y 46 [caso de Emmy].
940 L . C,, pág. 30. 942 Capítulos de este volumen j u n tos a ulteriores
1 53S S l G M U N D F R E U D - O B R A S C O M P L E T A S

Si me permitís una generalización, por otra parte inevitable en una exposi­


ción tan sintética como ésta, podremos resumir los conocimientos adquiridos
hasta ahora en la siguiente fórmula : Los enfermos histéricos suji·en de reminiscen­
cias. Sus síntomas son residuos y símbolos conmem orativos de determinados
sucesos (traumáticos) . Quizá una comparación con otros símbolos conmemora­
tivos de un orden diferente nos permita llegar a una más profunda inteligencia
de este simbolismo. También las estatuas y monumentos con los que ornarnos
nuestras grandes ciudades son símbolos de esta clase. Si dais un paseo por Lon­
dres, hallaréis, ante una de sus mayores estaciones ferroviarias, una columna
gótica ricamente ornamentada, a la que se da el nombre de Charing Cross. En
e l siglo xm, uno de los reyes de la dinastía de Plantagenet mandó erigir cruces
góticas en los l ugares en que había reposado el ataúd en que eran conducidos a
Westminster los restos de su amada esposa, l a reina Eleonor. Charing Cross fue
el último de estos monumentos que debían perpetuar l a memoria del fúnebre
cortejo 443. En otro lugar de la ciudad, no lej os del puente de Londres, existe
otra columna más moderna, llamada simplemente «The Monument» por los
londinenses y que fue erigida en memoria del gran incendio que estalló el año
de 1666 en aquel punto y destruyó una gran parte de la ciudad. Estos monumentos
son símbolos conmemorativos, al igual que los síntomas histéricos ; hasta aquí
parece justificada la comparación. Mas ¿qué diríais de un londinense que en la
actualidad se detuviera lleno de tristeza ante el monumento erigido en memoria
del entierro de la reina Eleonor, en lugar de proseguir su camino hacia sus ocu­
paciones, c;on la premura exigida por las presentes condiciones del trabajo,
-
o de seguir pensando con alegría en la joven reina de su corazón? ¿Y qué pensa­
ríais del que se parara a llorar ante «el Monumento» la destrucción de su amada
ciudad, reconstruida después con cien veces más esplendor? Pues igual a la de
estos poco prácticos londinenses es la conducta de todos los histéricos y neuró­
ticos : no sólo recuerdan dolorosos sucesos ha largo tiemp o acaecidos, sino que
siguen experimentando una intensa reacción emotiva ante ellos ; les es imposible
libertarse del pasado y descuidan por é l la realidad y e l presente. Tal fijación de
la vida psíquica a los traumas patógenos es uno de los caracteres principales y
más importantes, prácticamente, de la neurosis.
Creo muy justa la obj eción que, sin duda, está surgiendo en vuestro espíritu
al comparar mis últimas palabras con la historia clínica de la paciente de Breuer.
En ésta todos los traumas provenían de la época en que tuvo que prestar sus cui­
dados a su padre enfermo, y sus síntomas no pueden ser considerados sino como
signos conmemorativos de la enfermedad y muerte del mismo. Corresponden,
por tanto, a un gran dolor experimentado por la paciente, y la fijación al recuerdo
del fal lecido padre, tan poco tiempo después de su muerte, no puede considerarse
como algo patológico, sino que constituye un sentimiento normal en absoluto .
Así , pues, concedo que tendréis razón en pensar que l a fijación a los traumas no
es, en la paciente de Breuer, n ada extraordinario. Mas en otros casos, como e l del
tic por mí tratado, cuyos motivos de origen tuvieron lugar quince y diez años
't
:atrás, se muestra con oda claridad este carácter de adherencia anormal al pasado,
y en el caso de Breuer se hubiera también desarrollado probablemente tal ca-

aportes míos sobre histeria se pueden tener ahora en que se halle colocado en el mismo lugar en que éste
una versión inglesa elaborada por el Dr. A. A. Brill, se alzaba. El nombre de Charing. según me comunicó
de New York. el doctor Jones, es una derivación de las palabras
943 El monumento actual no es el primitivo, aun- chfre reine.
p S e O ' A N A L S S 1539

rácter si la paciente no se hubiera sometido, tan poco tiempo después de haber


experimentado los traumas y surgido los síntomas, al tratamiento catártico .

No hemos expuesto hasta ahora más que la relación de los síntomas histé­
ricos con los sucesos de la vida del enferm o . Mas también de las observaciones
de Breuer podemos deducir cuál ha de ser la idea que debemos formarnos del
proceso de la patogénesis y del de la curación. Respecto al primero, hay que hacer
resaltar el hecho de que la enferma de Breuer tuvo que reprimir, en casi todas las
situaciones patógenas, una fuerte excitación, en lugar de procurarl e su normal
exutorio por medio de la correspondiente exteriorización afectiva en actos y
palabras. En el trivial suceso del perro de su institutriz reprimió, por considera­
ción a ésta, las manifestaciones de su intensa repugnancia, y mientras se hallaba
velando a su padre enfermo, cuidó constantemente de no dejarle darse cuenta de
su angustia y sus dolorosos temores. A l reproducir después ante el médico estas
escenas se exteriorizó con singular violencia, como si hasta aquel momento hu­
biese estado reservando y aumentando su intensidad el afecto en ellas inhibido .
Se observó, además, que el síntoma que había quedado como resto de los traumas
psíquicos llegaba a su máxima intensidad durante el período del tratamiento
dedicado a descubrir su origen, l ogrado l o cual desaparecía para siempre y por
completo . Por último, se comprobó que el recuerdo de la escena traumática, pro­
vocado en el tratamiento, resultaba ineficaz cuando por cualquier razón tenía
lugar sin exteriorizaciones afectivas. El destino de estos afectos, que pueden
considerarse como magnitudes desplazables, era, por tanto, lo que regía así
la patogénesis como la curación . Todas estas observaciones nos obligaban a
suponer que la enfermedad se originaba por el hecho de encontrar impedida su
normal exteriorización los afectos desarrollados en las situaciones patógenas, y
que la esencia de dicho origen consistía en tales afectos «estrangulados» eran
objeto de una utilización anormal, perdurando en parte como duradera carga
de la vida psíquica y fuentes de continua excitación de la misma, y en parte su­
frieron una transformación en inervaciones e inhibiciones somáticas anormales,
que vienen a constituir los síntomas físicos del caso . Este último proceso ha sido
denominado por nosotros conversión histérica. Cierta parte de nuestra excita­
ción anímica deriva ya normalmente por los caminos de la inervación física,
dando lugar a lo que conocemos con el nombre de «expresión de las emociones».
La conversión histérica exagera esta parte de la derivación de un proceso anímico
saturado de afecto y corresponde a una nueva expresión de las emociones,
mucho más intensa y dirigida por nuevos caminos. Cuando una corriente afluye
a dos canales tendrá siempre lugar una elevación de nivel en uno de el los, en cuanto
en el otro tropiecen las aguas con algún obstácul o .
Observaréis q u e nos hallamos en camino d e llegar a u n a teoría puramente
psicológica de la histeria, teoría en la cual colocamos en primer término los pro­
cesos afectivos. Una segunda observación de Breuer nos fuerza a conceder una
gran importancia a los estados de conciencia en la característica del proceso
patológico. La enferma de Breuer mostraba muy diversas disposiciones anímicas,
estados de 'absence', enajenación y transformación ·del carácter, al lado de su
estado normal . En este último no sabía nada de las escenas patógenas ni de su
relación con sus síntomas, habiendo olvidado las primeras o, en todo caso, des­
truido la conexión patógena. Durante la hipnosis se conseguía, no sin considera­
ble trabaj o, hacer volver a su memoria tales escenas, y por medio de esta labor
1540 S I G M U N D F R E U D O B R A S C O M P L E T A S

de hacerla recordar de nuevo se lograba la desaparición de los síntomas . Muy


di fícil sería hallar la justa interpretación de este hecho si las enseñanzas y expe­
rimentos del hipnotismo no nos facilitasen el camino . Por el estudio d e l o s fenó­
menos hipnóticos nos hemos acostumbrado a la idea, extraña en un principio,
de que en el mismo individuo son posibles varias agrupaciones an ímicas , que
pueden permanecer hasta cierto punto independientes entre sí , q ue no «saben
nada» unas de otras y que atraen alternativamente a la conciencia . Tales casos,
a los que se ha dado e l nombre de douhle conscience, suelen aparecer también
espontáneamente. Cuando en este desdoblamiento de la personalidad permanece
constantemente ligada la conciencia a uno de los dos estados , se da a éste el
nombre de estado psíquico consciente. y el de inconsciente al que queda separado
de é l . En los conocidos fenómenos de la llamada sugestión poshipnótica, en la
cual e l s ujeto , impulsado por una incoercible fuerza, lleva a cabo, durante el
estado normal posterior a la hipnosis, un mandato recibido en ella, se tiene
un excelente ejemplo de las influencias que sobre el estado consciente puede
ejercer el inconsciente, desconocido para él. y confo rme a este modelo puede
explicarse perfe¡;; t amente el proceso de la histeria. Breuer se decidió a aceptar la
hipótesis de q ue los síntomas histéricos surgían en tales estados anímicos, que
denominó estados hipnoides. Aquellas excitaciones que se producen hallándose
el sujeto en estos estados hipnoides se hacen fácilmente patógenas, dado que en
ellas no existen condiciones favorables a una derivación normal de los procesos
excitantes. Originan éstos entonces un inusitado producto �el síntoma--, q ue
se incrusta como un cuerpo extraño en el estado normal, al que en cambio escapa
el conocimiento de la situación patógena hipnoide . Allí donde perdura un sín­
toma hállase también una amnesia, una laguna del recuerdo, y el hecho de cegar
esta laguna l leva consigo la desaparición de las condiciones de origen del síntoma.
Temo que esta parte de mi exposición no os haya parecido muy transparente.
Pero habréis de tener en cuenta que se trata de difíciles concepciones que quizá
no se puedan hacer m ucho más claras, l o cual constituye una prueba de que
nuestro conocimiento no ha avanzado aún mucho . L a teoría d e Breuer de los
estados h ipnoides ha resultado superflua y embarazosa, habiendo sido abando­
nada por el psicoanálisis actual . Más adelante veréis. aunque en estas conferen­
cias no pueda insistir sobre ello y tenga que ceñinnl' a simples indicaciones,
qué influencias y procesos había por descubrir tras ,r..: los límites, trazados por
Breuer, de los estados hipnoides . Después de l o hasta ahora expuesto estará muy
justificada en vosotros la impresión de que las investigaciones de Breuer no han
podido daros más que una teoría muy poco completa y una insatisfactoria expli­
cación de los fenómenos observados ; pero las teorías completas no caen llovidas
del cielo y hay que desconfiar más justificadamente aun cuando alguien nos pre­
senta, desde los comienzos de sus investigaciones, una teoría sin fallo ninguno
y bien redondeada. Una teoría así no podrá ser nunca más que hija de la especu­
lación y no fruto de una investigación de la realidad, exenta totalmente de pre­
JUICIOS.

SEGUNDA CONFERENCIA

L mismo tiempo que Breuer ensayaba con su paciente la talking cure, comen­
A zaba Charcot en París, con las histéricas de La Salpetriere, aquellas inves­
tigaciones de las que había de surgir una nueva comprensión de esta enfermedad.
p S () 'A N S S 1541

Sus resultados no podían ser todavía conocidos en Viena por aquellos días. Mas
cuando aproximadamente diez años después publicamos Breuer y yo una comu­
nicación provisional sobre el mecanismo psíquico de los fenómenos histéricos,
fundada en Jos resultados obtenidos en la primera paciente que Breuer trató
por el método catártico , nos hallamos por completo dentro de las investigaciones
de Charcot . N osotros considerábamos Jos sucesos patógenos vividos por nuestros
enfermos, o sea Jos traumas psíquicos, como equivalentes a aquellos traumas
físicos cuya influencia en las parálisis histéricas había fijado Charcot, y la teoría
de Breuer de los estados hipnoides no es otra cosa que un reflej o del hecho de
haber reproducido Charcot artificialmente en la hipnosis tales parálisis trau­
máticas.
El gran investigador francés, del que fui discípulo en los años de 1885 y 86,
no se hallaba inclinado a las teorías psicológicas. Su discípulo P . Janet fue el
primero que intentó penetrar más profundamente en los singulares procesos
psíquicos de la histeria, y nosotros seguimos su ej emplo, tomando como punto
central de nuestra teoría el desdoblamiento psíquico y la pérdida de la persona­
lidad. Según la teoría de P. Janet -muy influida por las doctrinas dominantes
en Francia sobre la herencia y la degeneración-, la histeria es una forma de
la alteración degenerativa del sistema nervioso , alteración que se manifiesta en
una innata debilidad de la síntesis psíquica. Los enfermos h istéricos serían in­
capaces, desde un principio, de mantener formando una unidad la diversidad
de los procesos anímicos, siendo ésta la causa de su tendencia a la disociación
psíquica. Si me permitís una comparación trivial, pero muy precisa, diré que el
histérico de Janet recuerda a una mujer débil, que ha salido de compras y vuelve
a su casa cargada de infinidad de paquetes que apenas puede suj etar con sus
brazos. En esto se le escapa uno de los paquetes y cae al suelo . Al inclinarse para
recogerlo deja caer otro , y así sucesivamente . M as no está muy de acuerdo con
esta supuesta debilidad anímica de los histéricos el hecho de que al lado de los
fenómenos de debilitación de las funciones se observen en ellos, a modo de com­
pensación , elevaciones parciales de la capacidad funcional . Durante e l tiempo en
que la paciente de Breuer había olvidado su lengua materna y todas las demás
que poseía, excepto el inglés, alcanzó su dominio sobre este idioma un grado
tal, que le era posible, teniendo delante un libro alemán, ir traduciéndol o al inglés
con igual rapidez, corrección y facilidad que si se tratase de una lectura directa.

Cuando posteriormente emprendí yo l a tarea de continuar por mi cuenta las


investigaciones comenzadas por Breuer, llegué muy pronto a una idea muy
distinta sobre la génesis de la disociación histérica (desdoblamiento de la con­
ciencia) . Dado que yo no partía de experimentos de laboratorio , como P . Janet,
sino de una labor terapéutica, tenía que surgir necesariamente una tal divergencia,
decisiva para todo resultado .
A mí me impulsaba sobre todo la necesidad práctica. E l tratamiento ca­
tártico , tal y como lo había empleado Breuer, tenía por condición sumir al
enfermo en una profunda hipnosis, pues únicamente en estado hipnótico podía
el paciente llegar al conocimiento de los sucesos patógenos relacionados con sus
síntomas, conocimiento que se le escapaba en estado normal. Mas el hipnotismo
se me hizo pronto enfadoso, por constituir un medio auxiliar en extremo inse­
guro y, por decirlo así, místico . Una vez experimentado que, a pesar de grandes
esfuerzos, no lograba sumir en estado hipnótico más que a una mínima parte de
154.: '> 1 G .\t 1 .v n I R !: I D O B R 1 S C O \! 1' L F T A S

mis enfermos, decid1 prescindir del hipnotismo y hacer independiente ck él


el tratamiento catártico. No pudiendo variar a m i arbitrio e l estado psíquico
de la mayoría de mis pacientes. me propus<: trabajar hallúndo�c éstos en estado
normaL empresa que en un principio parecía por compkto insensata y caren te
de toda probabil idad de éxi t o . Se planteaba el problema de averiguar p o r boca
del paciente al go que uno no sabía y que el enfermo m ismo ignoraba. ¿Cómo
podía conseguirse esto? Vino aquí en mi auxilio el recuerdo de un experimento
singularísimo y muy instructivo que había yo presenciado en la clín ica de Bern­
heim. en Nancy . N os enseñaba Bernheim entonces que las personas a las que
había sumido en un somnambul ismo hi pnótico y hecho ejecutar di\ersos actos,
sólo aparcntemc·ntc perdían, al despertar. el rec uerdo de lo sucedido. siendo po­
sible reavivar en el las tal recuerdo hal lúndosc en estado normal. Cuando se inte­
rrogaba al sujeto por los sucesos acaecidos durante su estado de somnambulismo,
afirm aba al principio no saber nada: pero al no contentarse Bernheim con ta l
afirmación y aprcmiarle. asegurándole que no tenía más remedio que saberl o,
lograba siempre que volvieran a su conciencia los recuerdos olvidados.
Este mismo procedimiento utilicé yo con mis pacientes. Cuando llegaba con
alguno de ellos a un punto en que me manifestaba no saber ya más, le aseguraba
yo que lo sabía y que no tenia más que tomarse e l trabaj o de decirlo, l legando
hasta afirmarle que el recuerdo deseado sería el que acudiera a su memoria en el
momento en que yo colocase mi man o sobre su frente. De este modo conseguí.
sin recurrir al h ipnotismo, que los enfermos me revelasen todo lo necesario para
la reconstitución del enlace entre las olvidadas escenas patógenas y los síntomas
que quedaban como residuo de l as mismas. M as era éste un penosísimo procedi­
miento. que l legaba a ser agotador y no podía adoptarse como técn ica definitiva.

N o lo abandoné. sin embargo, antes de deducir. de las observaciones he­


chas en su empleo. conclusiones def1n itivas. Había logrado, en efecto , con­
firmar que los recuerdos olvidados no se habían perdido. Se hallaban a mer­
ced del enfermo y dispuestos a surgir por asociación con sus otros recuerdos
no olvidados. pero una fuerza indetermi nada se lo impedía, obligándolos a per­
manecer inconscientes. La existencia de esta fuerza era indudable, pues se sentía
su actuación al intentar, contrariándola, hacer retornar a l a conciencia del en­
fermo los recuerdos inconscientes . Esta fuerza que mantení a el estado patológico
se h acía, pues, notar como una rt>si.1tencia del enferm o .
En esta idea de l a resistencia he fundado mi concepción de l o s procesos
psíquicos en la histeria. Demostrado que para el restablecimiento del enfermo
era necesario suprimir tales resistencias. este mecanismo de la curación sumi­
nistraba datos suficientes para formarse una idea muy precisa del proceso pa­
tógeno . Las fuerzas que en el tratamiento se oponían. en calidad de resistencia,
a que lo olvidado se hiciese de nuevo consciente, tenían que ser también las que
anteriormente habían producido tal olvido y expulsado de la conciencia los
sucesos patógenos correspondientes. A este proceso por mi supuesto le di el
nombre de represión, considerúndol o demostrado por la innegable aparición
de la resistencia.
M as aún podía plantearse el problema de cuáles eran estas fuerzas y cuáles
las condiciones de la represión en la cual reconocemos ya el mecanismo patógeno
de la histeria . Una investigación comparativa de las situaciones patógenas l le­
gadas a conocer en el tratamiento catártico permitía resolver el problema . En
p S e () N A J. S S 1543

todos estos casos se trataba del naci miento de una optación contraria a l os demás
deseos del individuo y que, por tanto, resultaba intolerable para las aspiraciones
éticas y estéticas de su personalidad . Originábase así un confl icto, una lucha in­
terior, cuyo fin al era que la representación que aparecía en l a conciencia l l evando
en sí el deseo, inconciliable, sucumbía a la represión, siendo expulsada de la
conciencia y olvidada junto con los recuerdos a e l l a correspondientes. La incom­
patibilidad de dicha idea con e l y o del enfermo era, pues, el motivo de l a repre­
sión , y las aspiraciones éticas o de otro género del i ndividuo, las fuerzas represo­
ras. La aceptación del deseo intolerable o l a perduración del conflicto hubieran
hecho surgir un intenso displacer que la represión ahorraba, revelándose así
como uno de los dispositivos protectores de la personalidad anímica.
No expondré aquí más que uno solo de los muchos casos por mí observados,
mas en él pueden verse claramente las condiciones y ventajas de la represión,
aunque, para no traspasar los límites que me he impuesto en estas conferencias,
tenga también que reducir considerablemente la historia clínica y dejar a un lado
importantes hipótesis. Una muchacha que poco tiempo antes había perdido a su
padre, al que amaba tiernamente y al que había asistido con todo cariño durante
su enfermedad -situación análoga a la de la paciente de Breuer-, sintió ger­
minar en ella, al casarse su hermana mayor, una especial simpatía hacia su cu­
ñado, sentimiento que pudo fácilmente ocultar y disfrazar detrás del natural
cariño familiar . La hermana enfermó y murió poco después, en ocasión en que
su madre y nuestra enferma se hallaban ausentes . Llamadas con toda urgencia,
acudieron sin tener aún noticia exacta de la desgracia, cuya magnitud se les
ocultó al principio . Cuando l a muchacha se aproximó al lecho en que yacía
muerta su hermana, surgió en ella, durante un instante, una idea que podría
quizá expresarse con las siguientes palabras : Ahora ya está él libre y puede casarse
conmigo. Debemos aceptar, sin duda alguna, que esta idea que reveló a la con­
ciencia de la muchacha su intenso amor hacia su cuñado, amor que hasta enton­
ces no había sido en ella claramente consciente, fue entregada en el acto a la
represión por la repulsa indignada de sus otros sentimientos. La muchacha
enfermó , presentando graves síntomas histéricos, y al someterla a tratamiento
pudo verse que había olvidado en absoluto la escena que tuvo lugar ante el
lecho mortuorio de su hermana y la perversa idea egoísta que en su imaginación
surgió en aquellos instantes. Luego, en el curso del tratamiento, volvió a recor­
darla, reprodujo e l momento patógeno , dando muestras de una inmensa emo­
ción, y quedó curada por completo.
Quizá pueda presentaros más vivamente el proceso de l a represión y su
necesaria relación con la resistencia por medio de un sencillo símil, que tomaré
de las circunstancias en las que en este mismo momento nos hallamos. Suponed
que en esta sala y entre el público que me escucha, cuyo ejemplar silencio y aten­
ción nunca elogiaré bastante, se encontrara un individuo que se condujese
perturbadoramente y que con sus risas, exclamaciones y movimientos distraj ese
mi atención del desempeño de mi cometido hasta el punto de verme obligado a
manifestar que me era imposible continuar así mi conferencia . A l oírme, pónense
en pie varios espectadores, y después de una breve lucha arrojan del salón al per­
turbador , el cual queda, de este modo, expulsado o «reprimido», pudiendo yo
reanudar mi discurso . Mas para que la perturbación no se repita en caso de que
el expulsado intente volver a penetrar aquí, varios de los señores que han eje­
cutado mis deseos quedan montando una guardia junto a la puerta y se consti-
1544 SI G MU N D F R E U D O B R A S C O MP L E T A S

tuyen así en una «resistencia» subsiguiente a la represión llevada a cabo. Si


denomináis lo «consciente» a esta sala y lo «inconsciente» a l o que tras de sus
puertas queda , tendréis una imagen bastan te precisa del proceso de la represión.

Veamos ahora claramente en qué consiste la diferencia entre nuestras concep­


ciones y las de Janet . N osotros no derivamos el desdoblamiento psíquico de una
insuficiencia innata del aparato anímico para la síntesis, sino que lo explicamos
dinámicamente por el conflicto de fuerzas psíquicas encontradas y reconocemos
en él el resultado de una lucha activa entre ambas agrupaciones psíquicas. De
nuestra teoría surgen numerosos nuevos problemas. En todo individuo se origi­
nan conflictos psíquicos y existe un esfuerzo del yo para defenderse de l os re­
cuerdos penosos, sin que, generalmente, se produzca el desdoblamiento psíquico .
No puede, por tanto , rechazarse la idea de que para que el conflicto tenga la
disociación por consecuencia, son necesarias otras condicionantes, y hemos de
reconocer que con nuestra hipótesis de la represión no nos hallamos al final,
sino muy al principio, de una teoría psicológica. Mas tened en cuenta que en estas
materias no es posibl e avanzar sino paso a paso, debiéndose esperar que una
más amplia y penetrante labor perfeccione en lo futuro los conocimientos ad­
quiridos.
No debe intentarse examinar el caso de la paciente de Breuer desde el punto
de vista de la represión . Su historia clínica no se presta a ello, por haberse logrado
los datos que la componen por m edio del hipnotismo , y sólo prescindiendo de
éste es como podemos observar las resistencias y represiones y adquirir una idea
exacta del verdadero proceso patógeno . El hipnotismo encubre la resistencia
y proporciona acceso a determinado sector psíquico ; pero, en cambio, hace
que la resistencia se acumule en los límites de este sector, formando una impene­
trable muralla que impide una más profunda penetración.

El más valioso resultado de las observaciones de Breuer fue el descubri­


miento de la conexión de los síntomas con l os sucesos patógenos o traumas,
resultado que no debemos dejar' ahora de considerar desde el punto de vista de
la teoría de la represión. Al principio no se ve realmente cómo puede l legarse a la
formación de síntomas partiendo de la represión. En lugar de exponer aquí una
complicada serie de deducciones teóricas, volveré a hacer uso del símil que antes
apliqué a dicho proceso . Suponed que con la expulsión del perturbador y la
guardia situada a las puertas de la sala no terminara e l incidente, pues muy bien
podría suceder que el expulsado , lleno de ira y habiendo perdido toda clase de
consideraciones, siguiera dándonos que hacer . No se encuentra ya entre nosotros
y nos hemos librado de su presencia, de sus burlonas risas y de sus observaciones
a media voz, pero la represión ha sido vana hasta cierto punto, pues el perturba­
dor arma, desde fuera, un intolerable barullo, y sus gritos y puñetazos contra la
puerta estorban mi conferencia más que en su anterior grosera conducta. En estas
circunstancias, veríamos con gran alegría que, por ejemplo, nuestro digno pre­
sidente, el doctor Stanley Hall , tomando a su cargo el papel de mediador y pacifi­
cador, saliera a hablar con el intratable individuo y volviera a la sala pidiéndo­
nos que le permitiésemos de nuevo entrar en ella y garantizándonos su mejor
conducta. Confiados en la autoridad del doctor Hall , nos decidimos a l evantar
la represión, restableciéndose de este modo la paz y la tranquilidad . Es ésta una
exacta imagen de la misión del médico en la terapia psicoanalítica de las neurosis.
p (} • ¡
.

Para expresarlo mús di rectamente por medio de la imcst ig:ación de los his­
téricos y otros enfermos neuróticos ll egamos al convencimiento de que en ellos
hajátcasodo la represión de la idea que entraña el deseo intolerable. Han l legado
a expulsarla de la conciencia y de la mcm ona . ahorrándose a�í aparentemente
una gran cantidad de dolor. pero e l deseo reprimido perdura en lo inconsciente.
espiando una ocasión de ser activado. y cuando ésta se presenta. sabe enviar a la
conciencia una di sfrazada e irreconocible formación susrirurim 1 Ersot::hildung)
de lo reprimido. a la que pronto se enlazan las mi smas sensaciones displacientes
que se creían aho rradas por la represión . Este producto sustitutivo de la idea re­
primida --el síntoma queda protegido de subsiguientes ataq ues de las fuerzas
defensivas del ro, y en lugar de un conflicto poco duradero , aparece ahora un
interminable padecimiento . En el síntoma puede hallarse, junto a los rasgos de
deformación. un resto de analogía con la idea primitivamente reprimida ; los
caminos seguidos por la génesis del producto sustitutivo se revelan durante el
tratamiento psicoanalítico del enfermo, y para la curación es necesario que el
síntoma sea conocido de nuevo y por los mismos caminos, hasta la idea repri­
mida . Una vez reintegrado lo reprimido a la actividad anímica consciente. labor
que supone el vencimiento de considerables resistencias, el conflicto psíquico
que así queda establecido y que el enfermo quiso evitarse con la represión, puede
hallar. haj o la guía del médico, una mej o r solución que la ofrecida por el proceso
represor. Existen varias de estas apropiadas soluciones que ponen un feliz tér­
mino al conflicto y a la neurosis y que, en casos individuales, pueden muy bien
ser combinadas unas con otras. Puede convencerse a la personalidad del enfermo
de que ha rechazado injustificadamente e l deseo patógeno y hacerle aceptarlo
en todo o en parte: puede también dirigi rse este deseo hacia un fin más elevado
y, por tanto, irreprochable (sublimación de dicho deseo), y puede, por último,
reconocerse totalmente justificada su reprobación . pero sustituyendo e l meca­
nismo --automático y, por tanto, insuficiente-- de la represión por una conde­
nación ejecutada con ayuda de las más altas funciones espirituales humanas,
esto es, conseguir su domini o consciente.

Perdonadmc si no he conseguido exponeros con mayor claridad estos ca­


pitales puntos de vista del método terapéutico llamado psicoanálisis. Las di ficul­
tades no estriban tan sólo en la novedad de la materia. Sobre la naturaleza de Jos
deseos intolerables, que a pesar de la represión logran hacerse notar desde lo
inconsciente y sobre las condiciones subjetivas o constitucionales que tienen
que aparecer conjuntamente en una persona para que tengan lugar un tal fracaso
de la represión y una formación sustitutiva o de síntomas, trataremos en confe-
. .

rencJaS SUCeSIVaS.

TERCERA CON FERENCIA

e OMO no siempre es fácil decir l a verdad, sobre todo cuando es preciso ser
breve, me veo obligado hoy a rectificar una inexactitud en que incurrí
en mi última conferencia. Dij e que cuando habiendo renunciado al hipnotismo
apremiaba a mis enfermos para que me comunicasen lo que se les ocurriera sobre
la materia de que se trataba, indicándoles que sabían todo lo que suponían
haber olvidado y que la idea que surgiese en ellos en aquel instante contendría
1 546 S I G M U N D F R E U D O H li A S 1 '! 11 /' 1 1 1 .-1 S

seguramente lo buscado, había logrado, en efecto, que la primna ocu11 ,·nua del
enfermo traj era consigo el elemento deseado , revelándose cuino l;t olvidada
continuación del recuerdo , y esto no es cierto por com pleto ; si a�í lo n p u s e fue .

en aras de la brevedad . Realmente, sólo en los comienzos del tratamiento pude


conseguir, con un simple apremio por mi parte, que se presentase el ell'lnento
o lvidado . Al continuar con la misma técnica comenzaban siemprl· a aparL·cer
ocurrencias que por carecer de toda conexión con la mater i a tratada no podían
ser las buscadas y eran rechazadas como falsas por los enfermos mismos. ll na
mayor presión por mi parte resultaba ya inútil en estos casos y, por tanto, parecía
constituir un error el haber abandonado el hipnotismo .
En esta perplejidad me acogí a un prejuicio cuya verifieaciún científica fue
llevada a cabo años después en Zurich por C. G . J un g y sus discípulos. Debo
afirmar que a veces es muy útil abrigar prejuicios. Creía yo firmemente L'n la
rigurosa determinación de los procesos anímicos y n o me er a posible aceptar
que una ocurrencia exteriorizada por el enfermo, hallándo s e intensamente fija
su atención en un tema dado, fuera por completo ar bi traria y exenta de toda
relación con dicho tema, o sea con la idea olvidada que procurúhamos hallar.
Que tal ocurrencia no fuera idéntica a la represen tación buscada era cosa que
podía explicarse satisfactoriamente por la situación psicológica supuesta. En
los enfermos sometidos al tratamiento actuaban dos fuer za s contrarias: por un
lado, su aspiración consciente a traer a la conciencia los elementos olvidados que
existían en lo inconsciente ; por otro, la resistencia que ya conocemos y que lu­
chaba para impedir que lo reprimido o sus productos se hicie sen conscientes.
Cuando esta resistencia era nula o muy pequeña, lo olvidado se hacía consciente
sin deformación ninguna, hecho que incitaba a sospechar que la des figuración
de lo buscado sería tanto mayor cuanto más enérgica fuese la resistencia opuesta
a que lo olvidado se hiciese consciente. La ocurrencia del enfermo , que se presen­
taba en lugar de lo buscado, habíase originado , pues, como un síntoma: era
un nuevo y efímero producto artificial sustitutivo de lo reprimido y tanto menos
análogo a ello cuanto mayor fuese l a desfiguración que baj o el influj o de la resis­
tencia hubiese experimentado. M as, de todos modos, tendría que presentar cierta
semejanza con lo buscado, en virtud de su naturaleza de síntoma y dada una
resistencia no demasiado intensa, tenía que ser posible adivinar el oculto elemento
buscado, partiendo de l a ocurrencia manifestada por el enferm o . Esta ocurrencia
debía ser, con respecto al elemento reprimido, algo como una alusión , como una
expresión del mismo en lenguaj e indirecto .

En la vida anímica normal conocemos casos en los que situaciones análogas


a la aquí supuesta por nosotros producen parecidos resultados. Uno de estos
casos es el del chiste . Los problemas de la técnica psicoanalítica me han hecho
ocuparme también de la técnica de la formación del mism o . Expondré aquí un
ejemplo de este género, relativo a un chiste formulado en lengua inglesa .
La anécdota es como sigue 944: Dos negociantes poco escrupulosos, que ha­
bían conseguido reunir una gran fortuna merced a una serie de osadas empresas,
se esforzaban en hacerse admitir en la buen a sociedad, y para conseguirlo les
pareció un buen medio encargar sus retratos al pintor más distinguido y caro

944 Véase El chiste y su relación con lo inco.nsciente


(vol umen 111 de esta edición de Obras completas).
p S (' o ' A ,V A /, S S 1547

de la ciudad, cada obra del cual se consideraba como un acontecimiento en el


mundo elegante. En una gran «soirée» expusiero n después los cuadros y condu­
jeron a l salón en el que se hallaban colgados, uno j unto a otro , a l crítico de arte
más influyente y conocido, con objeto de hacerle pronunciar un j uicio ad mirativo .
El crítico contempló largo rato los retratos, movi ó después l a cabeza como si
echase algo de menos, e i ndicando con l a mi rada el espacio libre comprendido
entre las dos obras de arte , se l i mitó a preguntar : «And where i s the Saviour'?» 945.
Veo que os h a hecho reí r este excelente chi ste, en cuya inteligencia penetraremos
ahora. Comprendemos que el crítico quiere decir: «Sois un par de bribones
semej antes a aquellos entre los cuales se crucificó a l Redentor.» Más no lo d ice
así, sino q u e sustituye esta frase por algo que al pri ncipio parece singularmente
incongruente e inapropiado a las circunstancias, pero que en seguida recon oce­
mos como una alusión a la i njuria que ten í a propósito de exteriorizar y como un
sustitutivo de la misma, que no aminora en nada su valor. No podemos esperar
que en el chiste aparezcan todas aquellas circunstancias que sospechamos exis­
ten en la génesis de la ocurrencia espontánea de n uestros pacientes, pero sí
queremos hacer resaltar la identidad de motivación entre el chiste y la ocurrencia .
¿Por qué no dice el crítico directamente a los dos bribones lo que desea decirles ?
Pues porque junto a s u antoj o de decírselo con toda claridad , en su propia cara,
actúan en él muy buenos motivos contrarios. N o dej a de tener sus peligros el
ofender a personas de las cuales se es huésped y que disponen de los forzudos
puños de una numerosa servidumbre . Puede correrse aquella suerte que en mi
anterior conferencia me sirvió de símil para aclarar el concepto de la «repre­
sión». Por este motivo no exterioriza el crítico directamente l a injuria que se
proponía expresar, sino que la lanza disfrazada y deformada como una alusión
y un desahogo con el cual burla l a coerción que pesa sobre su propósito . A la
misma constelación se debe, a nuestro juicio, el hecho de que el paciente pro­
duzca, en lugar del elemento olvidado que se trata de hallar, una ocurrencia
sustitutiva (Ersatzeinf'all) más o menos deformada.

Es muy apropiado dar, siguiendo el ejemplo de la escuela de Zurich (Bleuler,


Jung y otros), el nombre de complejo de una agrupación de elementos ideológi­
cos conj ugados y saturados de afecto . Vemos, pues, que cuando partimos, en
el tratamiento de un enfermo , de lo último que recuerda sobre un punto deter­
minado, para buscar un complej o reprimido, tenemos todas las probabilidades
de inferirlo si el sujeto pone a nuestra disposición una cantidad suficiente de sus
espontáneas ocurrencias . Dej amos, por tanto, hablar al enfermo lo que quiera
y nos atenemos firmemente a la presuposición de que no puede ocurrírsele cosa
alguna que n o dependa indirectamente del complej o buscado. Si este camino de
hallar l o reprimido os parece demasiado prolij o , puedo, por l o menos, aseguraros
que es el único practicable.
Al emplear esta técnica encontramos aún el obstáculo de que el paciente se
detiene con frecuencia, comienza a vacilar y afirma que n o sabe qué decir, n i se
l e ocurre cosa alguna. S i esto fuera exacto y tuviera razón el enfermo, nuestro
procedimiento probaría ser i nsuficiente . Pero una más sutil observación muestra
que tal falta de ocurrencias no aparece j amás en la práctica, produciéndose tan
sólo su apariencia por el hecho de que e l enfermo, i nfl u ido por las resistencias

945 « Y el Redentor, ¿dónde está ?>>


! 54� S ! G M U N D F R E L' D O B R A S C O M P /. E T A S

disfrazadas baj o la forma de diversos juicios críticos sobre el va lor de la idea


que en él ha surgido , la retiene sin exteri orizarla o la rechaza . Contra esto hay
el remedio de ponerle desde luego al tanto de que ha de senti rse incl inado a
observar tal conducta durante el tratamiento y pedirle que n o se ocupe de ej ercer
crítica alguna sobre sus ocurrencias. De manifestar, ren unciando en absoluto
a una selección crítica, todo aquello que a su imaginación acuda, aunque lo con­
sidere inexacto , sin conexión alguna con la cuestión tratada, o falto de sentido .
Sobre todo, no deberá ocultar nada de aquello que se le ocurra y con lo que le
sea desagradable ocupar su pensam iento . La obediencia a estos preceptos asegura
la consecución del material que ha de ponernos sobre las huellas de los com­
plejos reprimidos.
Este material de ocurrencias, que el enfermo rechaza despreciativamente
cuando se halla bajo el i nfluj o de la resistencia y no bajo el del médico, constituye
para el investigador psicoanalítico el mineral del que, con ayuda de sencillas
artes i nterpretativas, extrae su total contenido del valioso metal . S i queréis
haceros con un rápido y provisional conocimiento de los complej o s reprimidos
de un enfermo, aunque sin penetrar en su ordenación n i en su enlace, podéis
serviros del experimento de asociación , tal y como ha sido perfeccionado por
Jung 946 y sus discípulos. Este pwcedimiento procura al investigador psicoana­
lítico iguales medios que el análisis cualitativo a los químicos ; en la terapia de los
enfermos neuróticos puede prescindirse de él, pero es, en cambio, totalmente
indispensable para la demostración obj etiva de los complej o s y para la investiga­
ción de la psicosis, con tanto éxito emprendidas por la escuela de Zurich .

La interpretación de las ocurrencias que exterioriza el paciente cuando se


somete a los preceptos psicoanalíticos capitales no es el único de nuestros me­
dios técnicos para el descubrimiento de lo inconsciente . A l mismo fin conducen
otros dos procedimientos : la interpretación de sus sueños y la evaluación de sus
ac tos fallidos ( Fehihand!ugen) y ac tos casuales ( Zufa/lshandlugen) .
Confieso a mi distinguido auditorio que he vacilado largo tiempo pensando
si no sería mej o r ofrecer aquí , en lugar de esta rápida y sintética visión sobre
todo el campo del psicoanálisis, una detallada exposición de la interpretación
de los sueños 947 . Un motivo en apariencia secundario y puramente subjetivo
me ha hecho desistir de ello. Parecíame inadecuado y casi escandaloso presen­
tarme en calidad de «onirocrítico» ante personas de esta nación, orientada hacia
fines prácticos, sin previamente hacerles saber la importancia a que puede as­
pirar tal anticuado y ridiculizado arte . La interpretación de los sueños es, en
realidad, la Vía Regia para llegar al conocimiento de lo inconsciente y la base
más firme del psicoanálisis, constituyendo al mismo tiempo un campo de experi­
mentación, en el que todos podemos penetrar y adquirir nuevas e interesantísimas
ideas . Cuando se me pregunta cómo se puede llegar a practicar el psicoanálisis,
respondo siempre que por el estudio de los propio s sueños. Con j usto tacto han
eludido hasta ahora los adversarios de nuestras teorías penetrar en la crítica
de la interpretación de los sueños, o han pasado rápidamente sobre ella con las
objeciones más superficiales . Mas si, por el contrario, llegáis a aceptar las solucio­
nes que e l psicoanálisis da al problema de la vida onírica, n o presentarán ya

946 947
C. G. Jung : Diagnostische Asso::iationsstudien, Véase La interpretación de los sueños (volu-
1906 . m en 11 de estas Obras completas).
}' ,) () • .1 l 'i 4')

dificultad nmguna a vuestros ojos la� n ovedades que pensá i s e nc i e rr a n uestra


disciplina.
Al estudiar los sueños no hay que olvidar que si nuestras producciones oní­
ricas nocturnas presentan , por un lado, la mayor analogía exterior y el más
grande parentesco íntimo con las creaciones de la perturbación mental, por otro,
en cambio, son compatibles con una total salud en la vida despierta. N o consti­
tuye ninguna paradoj a afirmar que quien se limite a mirar con asombro, sin
intentar llegar a su comprensión, estas alucinaciones, delirios y modificaciones
del carácter, que pudiéramos llamar «normales», n o puede tampoco tener la
menor probabilidad de comprender, más que de un modo totalmente profano,
las formaciones anormales de los estados anímicos patológicos. Entre estos pro­
fanos podéis contar a casi todos los psiquiatras actuales. Seguidme ahora en una
rápida excursión a través del campo de los problemas oníricos.
Cuando nos hallamos despiertos acostumbramos considerar tan desprecia­
tivamente nuestros sueños como el paciente las ideas que el investigador psico­
analítico le hace manifestar. Rechazándolos de nuestro pensamiento, los olvida­
mos generalmente en el acto y por completo. N uestro desprecio se funda en
el extraño carácter que presentan aun aquellos sueños que no son confusos ni
descabellados y en el evidente absurdo e insensatez de otros , y nuestra repulsa
se basa en las desenfrenadas tendencias, inmorales y desvergonzadas que, en
alguno s sueños, se manifiestan claramente . En cambio, e l mundo antiguo no
participó de este nuestro desprecio de los sueños, y en la actualidad tampoco las
capas inferiores de nuestro pueblo se dej an engañar con respecto a la estimación
que a los mismos debe concederse, y esperan de ellos, como los antiguos, la
revelación del porvenir.
Por mi parte confieso que n o hallo necesidad de hipótesis mística ninguna
para cegar las lagunas de nuestro actual conocimiento y que, por tanto, n o he
podido hallar j amás nada que confirmara una naturaleza profética de los sueños .
H a y muchas cosas de otro género, y también harto maravillosas, que decir so­
bre ellos.
En primer lugar, no todos los sueño s son e sencialmente extraños al sujeto
que los ha tenido, ni confusos e incomprensibles para él. Examinando los sueños
de los niños más pequeños, desde el año y medio de edad, se halla que son gran­
demente sencillos y fácile s de explicar. E l niño pequeño sueña siempre la realiza­
ción de deseos que han surgido en él el día anterior y que no ha satisfecho. N o e s
necesario ningún arte interpretativo para hallar esta sencilla solución, sino
únicamente averiguar lo que el niño hizo o dij o durante el día anterior al sueño.
La solución más satisfactoria del problema sería, ciertamente, que también los
sueños de los adultos fueran, como los de los niños, realizaciones de sentimientos
optativos provocados durante el día del sueño . Y así es en realidad. Las dificul­
tades que e s necesario vencer para llegar a esta solución van desapareciendo poco
a poco, conforme se va haciendo más penetrante el análisis de los sueño s .
L a primera y m á s importante de las obj eciones e s la de q u e los sueños d e
l o s adultos presentan, e n general, un contenido ininteligibl e q u e no dej a reco­
nocer el más pequeño indicio de una realización de deseos. La respuesta a tal
obj eción es la siguiente : Dichos sueños han sufrido una deformación ; el proceso
psíquico que entrañan hubiera debido hallar originariamente una muy diferente
traducción verbal . Hay que diferenciar e l contenido manifiesto del sueño, tal
y como se recuerda con extrema vaguedad por la mañana y se reviste penosa-
1 5 50 S / G M U N D F R E U D O B R A S C O M P L E T A S

mente y con aparente arbitrariedad de palabras, de las ideas latentes del sueño ,
que permanecen en lo i nconsciente . Esta deformación del sueño es el mismo
proceso que expuse antes en la investigación de la formación de los síntomas
histéricos, e indica que tanto en la formación de los sueños como en la de los
síntomas actúa e l mismo j uego de fuerzas anímicas encontradas . El contenido
manifiesto del sueño es el sustitutivo deformado de las ideas i nconscientes del
mismo, y esta deformación es obra de fuerzas defensivas del yo, resistencias que
durante el estado de vigilia impiden por completo el acceso a l a conciencia, a los
deseos reprimidos de lo inconsciente, y que, debilitados cuando el sujeto duerme,
conservan , sin embargo , energía suficiente para obligar a dichos deseos a envol­
verse en un disfraz. De este modo resulta tan dificil para el sujeto reconocer el
sentido de sus sueños como para el histérico la relación y el significado de sus
síntomas.
Que existen ideas latentes del sueño, y que entre ellas y el contenido mani­
fiesto del mismo se mantiene, en efecto, l a relación antes descrita, son extremos
de los que nos convence el análisis de los sueños, análisis cuya técnica es idéntica
a la psicoanalítica . Se prescinde por completo de la aparente conexión de los
elementos en el sueño manifiesto y se reúnen todas las ocurrencias que, conforme
a la regla psicoanalítica de libre asociación , vayan surgiendo ante cada uno de
dichos elementos, considerados separadamente. Luego, por e l examen del ma­
terial así reunido, podremos inferir las ideas latentes del sueño, de igual manera
que por las ocurrencias del enfermo ante sus síntomas y recuerdos hemos adi­
vinado sus ocultos complej o s . En las ideas latentes del sueño así descubier­
tas puede verse siempre cuán j ustificado está igualar los sueños del adulto a los
de los niños. Lo que ahora se sustituye, como verdadero sentido del sueño, al
contenido manifiesto del mismo es siempre claramente comprensible ; aparece
l igado a las impresiones del día anterior y se revela como realización de un deseo
insatisfecho. El sueño manifiesto, que es el que por nuestro recuerdo conocemos
al despertar, n o puede describirse más que comQ. una realización disfrazada
de deseos reprimidos.
Por medio de una labor sintética puede llegarse también al conocimiento
del proceso de deformación, que convierte las ideas inconscientes del sueño en
el contenido manifiesto del mismo, proceso al que damos el nombre de elabora­
ción del sueño y que merece todo nuestro interés teorético, porque en él podremos
estudiar, mejor que en ningún otro, qué insospechados procesos psíquicos
son posibles en lo inconsciente, o dicho con mayor precisión, entre dos sistemas
psíquicos separados : la conciencia y lo inconsciente . Entre estos nuevos procesos
psíquicos se destacan el de l a condensación y el del desplazamiento. La elabora­
ción del sueño es un caso especial de las i nfl u encias recíprocas de diversas agru­
paciones anímicas ; esto es, de los resultados del desdoblamiento anímico, y
parece en lo esencial idéntica a aquella labor de deformación que, dada una
represión fracasada, transforma en síntomas los complejos reprimidos .
En e l análisis d e l o s sueños descubriréis c o n admiración la insospechada im­
portancia del papel que desempeñan en el desarrollo del hombre las impresiones
y los sucesos de l a temprana infancia. En la vida onírica del hombre prolonga su
existencia el niño, conservando bien sus peculiaridades y deseos, aun aquellos
q u e han llegado a ser inutilizables en la vida adulta. Con el poder incoercible
se presentarán ante nosotros las evoluciones, represiones, sublimaciones y
reacciones por medio de las cuales ha surgido del niño, muy diferentemente
/' S (} S .\ 1551

dispuesto, el hom bre llamado normal, s ujeto, y en parte víctima, de la civili­


zación tan penosamente alcanzada .
Quiero también llamaros la atenci ón sobre el hecho de que en el análisis
de Jos sueños hemos hallado q u e lo inconsciente se servía, sobre todo para la
representación de complej o s sexuales, de un determinado simboli smo , variable
en parte individualmente y en parte tí picamente fij ado, que parece coincidir
con el simbolismo cuya existencia sospecham os detrás de nuestros mitos y
leyendas . N o sería imposible que estas últimas creaciones de los pueblos pu­
dieran hallar su explicación partiendo de los sueños.
H e de advertiros, por último, q ue no debéis dej aros extraviar por la ob­
jeción de que l a existencia de pesadillas o sueños de angustia contradice nuestra
concepción de los sueños como realización de deseo s . Aparte de que también
estos sueñ os angustiosos necesitan ser interpretados antes de poder pronun­
ciarse sobre ellos, hay que hacer observar que, en general, l a angustia no de­
pende tan sencillamente del contenido del sueño como suele creerse , sin conocer
ni tener en cuenta las condiciones de l a angustia neurótica . La angustia es una
de las reacciones defensivas del yo contra aquellos deseos reprimidos que han
l legado a adq uirir una gran energía, y es, por tanto , muy explicable su existencia
en el sueño cuando la formación del mismo se ha puesto excesivamente al ser­
vicio de l a realización de tales deseos reprimidos.
Vemos, pues, que l a investigación de Jos sueños estaría ya justificada en
sí por las conclusiones a que nos lleva sobre cuestiones que sin ella serían tan
difíciles de conocer. Mas nosotros hemos llegado a ella en conexión con el tra­
tamiento psicoanalítico de Jos neuróticos. Por Jo dicho hasta ahora, podéis
comprender fáci lmente cómo l a i nterpretación de los sueños, cuando no es
dificultada en exceso por las resistencias del enfermo , conduce al conocimiento
de los deseos ocultos y reprimidos del mismo y de los complejos que tales deseos
sustentan . Podemos, pues, pasar ahora al tercer grupo de fenómenos anímicos,
cuyo estudio ha l legado a ser un medio técnico para e l psicoanálisis.
Son éstos los pequeños actos fallidos de Jos hombres, tanto normales como
nerviosos ; actos a los que no se acostumbra, en general , dar importancia nin­
guna : el olvido de cosas que podían saberse y que en realidad se saben en otros
momentos (por ejemplo, el olvido temporal de los nombres propios) ; las equi­
vocaciones orales, en las que con tanta frecuencia se incurre ; los análogos erro­
res cometidos en l a escritura y en l a lectura ; los actos de aprehensión errónea,
y la pérdida y rotura de objetos, etc. , cosas todas a las que no se suele buscar
una determinación psicológica y que se dejan pasar considerándolas como
sucesos casuales y resultantes de la distracción, falta de atención y otras con­
diciones análogas . A todo ello se agregan Jos actos y gestos que los hombres
ejecutan sin darse cuenta, y , por tanto , claro está que sin atribuirles condición
anímica alguna, tales como e l j uguetear con los objetos, tararear melodías,
andarse en los vestidos o en alguna parte de l a propia persona y otros manejos
semej antes 948 . Estas pequeñeces, actos fallidos, sintomáticos y casuales, no se
hallan tan desprovistas de s ignificación como parece aceptarse, en general,
por un tácito acuerdo ; muy al contrario , son extraordinariamente significa­
tivas y pueden ser fácil y seguramente interpretadas examinando la situación

948 Véase la Psicopatología d e l a vida cotidiana


(volumen I l l de esta edición de Obras completas).
1552 S 1 G M U N D F R E U D . - O B R A S C O M P L E T A S

en la que se ejecutan ; examen del que resulta que también constituyen mani­
festaciones de impulsos e intenciones que deben ser sustraídos a la propia con­
ciencia o que proceden de los mismos complej o s y deseos que hemos estudiado
como creadores de los síntomas y plasmadores de los sueños . M erecen , por tan­
to, estos actos ser reconocidos como síntomas, y su observación puede con­
ducir, como la de los sueños, al descubrimiento de los elementos ocultos de
la vida anímica. Por ellos revela generalmente e l hombre sus más íntimos se­
cretos, y si aparecen con especiales faci lidad y frecuencia hasta en individuos
sanos, que han logrado llevar a cabo, con todo éxito, la represión de sus ten­
dencias inconscientes , ello se debe a su futilidad y nimia apariencia . No obs­
tante, pueden aspirar tales actos a una más alta valoración teórica, pues nos
muestran que la represión y la formación de sustitutivos tienen también lugar
en condiciones de salud normal .
Observaréis que el investigador psicoanalítico se caracteriza por una estricta
fe en el determinismo de la vida psíquica. Para él no existe nada pequeño, ar­
bitrario ni casual en las manifestaciones psíquicas ; espera hallar siempre una
motivación suficiente hasta en aquellos casos en que n o se suele sospechar ni
inquirir la existencia de la misma, y está incluso preparado a encontrar una
motivación múltiple del mismo efecto psíquico, mientras que nuestra necesidad
casual , que suponemos innata, se declara satisfecha con una única causa psíquica.

Reunid ahora todos los medios que para e l descubrimiento de lo escondi­


do, olvidado y reprimido en la vida psíquica poseemos : el estudio de las ocu­
rrencias del paciente provocadas por libre asociación, el de sus sueños y el de
sus actos fallidos y sintomáticos ; añadid a ello la valoración de otros fenómenos
que aparecen durante e l tratamiento psicoanalítico y sobre los que haré más
adelante, al tratar de la «transferencia», algunas observaciones, y l legaréis
conmigo a la conclusión de que nuestra técnica es suficientemente eficaz para
poder cumplir su cometido, atraer a la conciencia el material psíquico pató­
gen o , y poner así término a la dolencia provocada por la formación de síntomas
sustitutivos. E l que en el curso de nuestros esfuerzos terapéuticos logremos
enriquecer y hacer más profundo nuestro conocimiento de la vida psíquica de
los hombres, tanto normales como enfermos, n o puede ciertamente ser consi­
derado sino como un especial atractivo y una ventaj a de esta labo r .
N o sé si abrigaréis la impresión de q u e la técnica a través de cuyo arsenal
acabo de conduciros es de una extraordinaria dificultad . M i opinión es la de
que está proporcionada al objeto cuyo dominio ha de conseguir. Mas lo seguro
es que no se trata de algo que pueda improvisarse, sino que tiene que ser apren­
dido al igual que la técnica histológica o quirúrgica . Quizá os asombre saber
que en Europa hemos escuchado multitud de j uicios sobre el psicoanálisis,
pronunciados por personas que no conocen nada de nuestra técnica ni la han
empleado j amás , y que , no obstante, nos pedían , como por burla, que les de­
mostrásemos la exactitud de nuestros resultados. Entre estos impugnadores
ha habido, ciertamente, personas a las que en otras materias no faltaba la ló­
gica científica y que, por ejemplo, no hubieran rechazado el resultado de una
investigación microscópica por el hecho de no ser apreciable dicho resultado
sin aparato ninguno ; a simple vista y directamente sobre el preparado anató­
mico, no hubieran pronunciado tampoco un j uicio adverso antes de haber
comprobado la cuestión por sí mismos con ayuda del microscopio . Mas, en
1' S e (} • A N A /. S S 1 553

lo tocante al psicoanálisi s , hay que tener en cuenta que la aceptación de sus


teorías tiene que luchar con circunstancias muy desfavorables. El psicoaná­
Jis!" trata de conducir a un reconocimiento consciente los elementos reprimidos
de la vida psíquica y aquellos que han de juzgarla son también hombres que
poseen tales represiones y que quizá sólo a duras penas logran mantenerlas.
De este modo tiene nuestra disciplina que despertar en ellos la misma resis­
tencia que despierta en e l enfermo, y que fáci lmente consigue disfrazarse de
repulsa intelectual, y hace surgir argumentos análogos a aquellos que nosotros
dominamos en nuestros pacientes por medio de la regla capital antes descrita.
Como en los enfermos, hallamos también con frecuencia en nuestros adversa­
rios una extraordinaria inftuenciación afectiva de la capacidad de j uicio, en
el sentido de una minoración de la misma . La soberbia de la conciencia que, por
ejemplo, rechaza tan despreciativamente los sueños, pertenece a los más enér­
gicos dispositivos protectores previstos en general en todos nosotros contra
la revelación de los complejos inconscientes, y ésta es la causa de que sea tan
dificil hacer llegar a los hombres a la convicción de la realidad de lo incons­
ciente y darles a conocer algo nuevo que contradice su conocimiento consciente.

C U A RTA CON FERENCI A

ESEARÉIS saber ahora qué e s l o que con ayuda d e los medios técnicos des­
D critos hemos averiguado sobre los complej o s patógenos y los deseos
reprimidos de los neuróticos .
Ante todo una cosa : la i nvestigación psicoanalítica refiere, con sorpren­
dente regularidad, los síntomas patológicos del enfermo a impresiones de su
vida erótica ; nos muestra que los deseos patógenos son de la naturaleza de
los componentes instintivos eróticos y nos obliga a aceptar que las perturba­
ciones del erotismo deben ser consideradas como las influencias más impor­
tantes de todas aquellas que conducen a la enfermedad . Y esto en ambos sexos.
Sé que esta afirmación no se acepta fácilmente. Hasta aquellos investigado­
res que s iguen con buena voluntad mis trabajos psicológicos se hallan incli­
nados a opinar que exagero la participación etiológica de los factores sexuales
y se dirigen a mí con la pregunta de por qué otros estímulos psíquicos no han
de dar también motivo a los fenómenos de la represión y la formación de sus­
titutivos. A ello puedo contestar que ignoro por qué los estímulos no sexuales
carecen de tales consecuencias y que no tendría nada que oponer a que su ac­
tuación produjese resultados análogos a los de carácter sexual, pero que la
experiencia demuestra que nunca adquieren tal sign ificación e importancia y
que lo más que hacen es secundar el efecto de los factores sexuales, sin j amás
poder sustituirse a ello s . Este estado de cosas no fue afirmado por mí teórica­
mente ; en 1895, cuando publiqué los estudios sobre la histeria, en colabora­
ción con el doctor Breuer, no había yo llegado aún a este punto de vista, que
he tenido forzosamente que aceptar más tarde, conforme mis experimentos
iban haciéndose más numerosos y penetrando más en el corazón de la materia.
Entre vosotros, los que habéis acudido a estas conferencias, se hallan al­
gunos de mis más íntimos amigos y discípulos, que me han acompañado en
mi viaj e hasta aquí . I nterrogadlos, y oiréis de sus labios que también ellos aco­
gieron al principio con absoluta incredulidad la afirmación de la decisiva im-
1 5 54 S I G M U N D F R E L' D O B R A S C O .tf P r E T A S

portancia de la etiología sexual hasta que luego su propia labor analítica los
obligó a aceptarla y hacerla suya.
La conducta de los enfermos no facilita ciertamente la aceptación de mi
discutida teorí a . En lugar de ayudarnos, propo rcionándonos de buena volun­
tad datos sobre su vida sexual, intentan ocultar ésta por todos los medios. Los
hombres no son generalmente sinceros en las cuesti ones sexuales. N o muestran
a la luz su sexualidad, sino que la cubren con espesos mantos tejidos de men­
tiras, como si en el mundo de la sexualidad reinara un cruel temporal. Y no
dej an de tener razón : en nuestro mundo civilizado, el sol y el viento no son
nada favorables a la actividad sexual : n i nguno de nosotros puede realmente
mostrar a los demás su erotismo, libre de todo disfraz . Mas cuando los pacientes
se dan cuenta de que pueden librarse de toda coerción durante el t ratamiento,
arrojan aq uella mentirosa envoltura, y entonces es cuando se halla una en si­
tuación de formar juicio exacto sobre el discutido problema . Desgraciadamen­
te, los médicos no ocupan con respecto a los demás hombres un lugar de ex­
cepció n en lo relativo a la conducta personal ante los problemas de la vida sexual,
y aun muchos de ellos caen dentro de aquella mezcla de gazmoñería y concu­
piscencia que en las cuestiones sexuales rige la conducta de la mayoría de los
«hombres civilizados».

Continuemos ahora la exposJc!On de nuestros resultados . E n otra serie de


casos, la investigación psicoanalítica refiere los síntomas no a acontecimientos
sexuales, sino a vulgares sucesos traumáticos . Mas esta diferenciación pierde
toda su importancia por otro hecho. La labor analítica necesaria para la acla­
ración absoluta y la definitiva curació n de un caso patológico no se detiene
n unca en los sucesos del período de enfermedad, sino que llega en todos los
casos hasta la pubertad y la temprana infancia del paciente, para tropezar allí
con dos sucesos e impresiones determinantes de la posterior enfermedad . Sólo
los sucesos de la infancia explican la extremada sensibilidad ante traumas pos­
teriores, y únicamente por el descubrimiento y atracción a la conciencia de
estas huellas de recuerdos, casi siempre olvidadas, adquirimos poder suficiente
para hacer desaparecer los síntomas . Llegamos aquí al mismo resultado que
en la investigación de los sueños : esto es, que son deseos duraderos y reprimi­
dos de la niñez los que para la formación de síntomas han suministrado su ener­
gía, sin la cual la reacción a traumas posteriores hubiera tenido lugar normal­
mente. Y estos poderosos deseos de la niñez deben ser considerados siempre,
y con una absoluta generalidad, como sexuales.
Ahora s í que estoy cierto de haber excitado vuestro asombro . ¿Hay, pues,
una sexualidad infantil ? - preguntaréis--. ¿No es más bien la infancia una
edad caracterizada por la ausencia del instinto sexual ? Nada de eso : el instin­
to sexual no entra de repente e n los niños al llegar a la pubertad , como nos cuenta
e l Evangelio que el demonio entró e n los cuerpos de los cerdos . El niño posee,
desde un principi o , s u s instintos y actividades sexuales ; los trae consigo al mundo,
y de ellos se forma, a través de las numerosas etapas de una importantísima
evolución, la llamada sexualidad normal del adulto . N i siquiera es dificil observar
las manifestaciones de esta actividad sexual infantil : por el contrario, más bien
e s necesario poseer cierto arte para dej arlas pasar inadvertidas o interpretarlas
erróneamente.
Un favorable destino me ha puesto en situació n de acogerme al testimonio
p () S S 1 555

de un compatriota vuestro . I ndicaré aquí un trabaj o del doctor Sanford Bell,


publicado en 1 902, en el American Journa/ o( Psycho/ogy. Su autor es un antiguo
discípulo de la Clark U niversity, l a misma institución en una de cuyas aulas nos
hallamos hoy reunidos . E n este trabaj o , titulado A pre/iminary srudr of the emo­
tion o/ /o ve hct J I "ecn rlzc sexc s . y aparecido tres ml.os antes de mi ' Tres ensayos
para una teoría sexual ' ( Tomo IV de estas obras completas ) dice el autor la
misma cosa que yo acabo de exponeros : « La emoción del amor sexual no surge
por vez primera en el período de la adolescencia, como se ha pensado
hasta ahora>> * El doctor Sanford Bcll ha trabajado en esta cuestión. muy
a la americana. como diríamos en Europa, reuniendo, en el tran scurso de
quince años. nada menos que 2 . 500 observaci ones positivas. entre ellas XOO
realizadas por él mismo. De los signos por los que se revelan tales enamoramien­
tos infantiles, dice en su trabaj o : «Observando sin pre_; uicio alguno estas mani­
festaciones en cientos de parejas de niños, no puede dudirse el atribuirles u n
origen sexual . E l ánimo más descoso de exactitud tien,, q u e q uedar satisfecho
cuando a estas observaciones se agrega la confesión de ·1quellas personas que ·
en su niñez han experimentado tal emoción con una elevada intensidad y cuyos
recuerdos infanti les son relativamente precisos» * * . Mas cuando el asombro de
aquellos de entre vosotros q ue no quieren creer en la sexualidad infantil llegará
a su grado máximo, será a l oír que mucho s de estos niños tempranamente ena­
morados no han pasado de l a tierna edad de tres, cuatro y cinco años .
N o me admiraría q u e estas observaciones de un com patriota vuestro con­
siguieran vuestro asentimiento con mayor facilidad que las mías. Por mi parte,
he logrado, hace poco, deducir del análisis de u n niño de cinco años 949 , que padecía
una neurosis de angustia -análisis llevado a cabo por s u mismo padre, conforme
a las reglas psicoanalíticas � , un cuadro casi completo de las manifestaciones
instintivas somáticas y de las producciones anímicas en u n temprano estadio
de la vida erótica infantil . Debo también haceros recordar que mi amigo el doc­
tor C. G. Jung o s leía hace pocas horas e n esta misma sala las observaciones
verificadas en el caso de una niña aún menor, que por e l mismo motivo que mi
paciente e l nacimiento de un hermanito- reveló emociones sensuales y for­
···

maciones de deseos y complej o s totalmente análogos . No desespero, pues, de


que lleguéis a familiarizaros con la idea, extraña al principio , de l a sexualidad
infantil , y quiero presentaros todavía el honroso ejemplo del psiquiatra de Zurich
E. Bleuler, q ue aún no hace muchos años manifestaba «que no lograba comprender
mis teorías sexuales» y que posteriormente ha confirmado e n s u totalidad, por
observaciones propias, mi concepción de la sexualidad infantil 9 5 0 .
Es muy explicable que, sean o n o investigadores médico s , no quieran los
hombres saber nada de la vida se;xual del niño . Han o lvidado s u propia activi­
dad sexual infantil, baj o la presión de la educació n civilizadora, y no quieren
que se les recuerde lo que han reprimido. M u y distintas serían las convicciones
a que l legarían si comenzaran sus investigaciones con u n autoanálisis, una
revisión y u n a interpretació n de sus recuerdos infantiles.
Rechazad vuestras dudas y seguidme en la aceptación de la existencia de una
sexualidad infantil desde Jos primeros años 9 5 1 . El instinto sexual del niño se nos
* E n i n g!é:-. Ln d original. ( Nota del T. ) 950 Bleulcr, Sexuelle A bnormitiiten der Kinder, en
** En i nglés en el original. (No ta del T ) Jahrh. der schu·eio. Gessellschall fur Schu/gesundheits­
949 'Análisis d e l a fobia d e u n nii1o d e cinco a ñ o s ' flege. ! X . 1908 .
( v o l u m e n I V de e s t a s Ohras completas) . - 95 1 Cf. 'Tres e nsayos para una teoría sexual ' .
1 556 S 1 G M U N D F R E U D .
- O B R A S C O M P L E T A S

revela como muy complej o , y es susceptible de una descomposición en n umerosos


elementos de muy diverso origen . Ante todo , es aún independiente de la procrea­
ción, a cuyo servicio entrará más tarde, y sirve, por lo pronto, para la consecución
de sensaciones de placer, de muy diversos géneros, a las que por sus analogías y
conexiones reunimos baj o la común consideración de placer sexual . La fuente
principal del placer sexual infantil es el estímulo apropiado de determinadas
partes del cuerpo , especialmente excitables ; esto es, además de los genitales,
la boca, el ano, la abertura del meato , y también la piel y otras superficies sen­
soriales. Dado que en esta primera fase de la vida sexual infantil la satisfacción
es conseguida en el propio cuerpo y aparte de todo objeto exterior, la denomi­
namos, conforme al término implantado por Havelock Ellis, fase del au toero t isnw .
y llamaremo s zonas erógenas a las partes del cuerpo que intervienen en la con se­
cución de placer. El «chupeteo» o succión productora de placer, observable en
los niños más pequeños, es un b uen ejemplo de una tal satisfacción autoerótica
conseguida en una zona erógena . E l primer observador científico de este fenó­
meno, un pedíatra de Budapest l lamado Lindner, lo interpretó ya como una
satisfacción sexual y ha descrito minuciosamente su transición a otras más eleva­
das formas de la actividad sexual 952 . Otra satisfacción sexual de esta edad infantil
es aquel estímulo masturbatorio de los gen itales, que tan gran importancia con­
serva para l a vida posterior y que m uchos individuos no logran jamás dominar.
Junto a estas y otras actividades autoeróticas , se manifiestan muy tempranamente
en el niño aq uellos componentes instintivos del placer sexual , o como nosotros
acostumbramos decir, de la libido, que presuponen una persona exterior al suj eto.
Estos instintos aparecen en dos formas, activa y pasiva, constituyendo pares
antitéticos . Citaré entre ellos, como los de mayor importancia de este grupo el
placer de causar dolor ( sadismo), con su contrario pasivo (masoq uismo), y el
placer visua l , de cuyas formas activa y pasiva surgen posteriormente el afán de
saber y la tendencia a la exposición artística o teatral. Otras actividades sexuales del
niño caen ya dentro de la elección de objeto, en la cual se convierte en elemento
principal una segunda persona, que debe originariamente su im portancia a consi­
deraciones relativas al instinto de conservació n . Sin embargo, la diferencia de
sexos no desempeña aún en este período infantil un papel deci sivo, y sin cometer
inj usticia alguna puede atribuirse a todos los niños una parte de disposición
homosexual .
Esta desordenada vida sexual del niño, muy rica en contenido , pero disociada,
y en la cual cada instinto busca por cuenta propia, independientemente de todos
los demás, la consecución de placer, experimenta una síntesis y una organización
en dos direcciones principales, de tal manera, que con el término de la pubertad
queda, en la mayoría de los casos, completamente desarrollado el definitivo
carácter sexual del individuo. Por un lado, se subordinan los diversos instintos
a la primacía de la zona genital , con lo que toda la vida sexual entra al servicio
de la procreación, y la satisfacción de dichos instintos queda reducida a la pre­
paración y favorecimiento del acto sexual propiamente dicho . Por otro, la elec­
ción de objeto anula el autoerotismo, haciendo que e n la vida erótica no quieran
ser satisfechos sino en la persona amada todos los componentes del instinto
sexual . Mas no todos los componentes instintivos originales son admitidos en
esta definitiva fijación de la vida sexual. Ya antes de la pubertad han sido sorne-

952 Jahrbuch j ü r Kinderheilkunde, 1 8 79.


p S e () A N A /. S S 1 )57

tidos determinados instintos, baj o la influencia de la educación, a represiones


extraordinariamente enérgicas y han aparecido potencias anímicas tales como
el pudor, la repugnancia y l a moral , que mantienen, como vigilantes guardianes,
dichas represiones . Cuando luego , en la época de l a pubertad , llega la marea
alta de la necesidad sexual , encuentra en las citadas reacciones o resistencias
diques que le marcan su entrada en los caminos, l lamados normales, y la hacen
imposible vivificar de nuevo los instintos sometidos a la represión. Esta recae
especialmente sobre los placeres infantiles coprófilos, o sea los relacionados con
los excrementos, y, además, sobre la fijación a las personas de la primitiva elec­
ción de objeto .

Un principio de Patología general expresa que cada proceso evolutivo trae


consigo los gérmenes de la disposición patológica, en cuanto puede ser obstruido
o retrasado o no tener lugar sino incompletamente. Esto mismo es aplicable al
tan complicado desarrollo de la función sexual , el cual no en todos los individuos
se lleva a cabo sin tropiezo alguno, dejando, en estos casos, tras de sí ora anor­
malidades , ora una disposición a la posterior adquisición de enfermedades por
el camino de la regresión . Puede suceder que no todos los instintos parciales se
someten a la primacía de la zona genital, y entonces el instinto que ha quedado
independiente constituye lo que l lamamos una perversión y algo que puede sus­
tituir el fin sexual normal por el suyo propio. Sucede muy frecuentemente, como
ya hemos indicado, que el autoerotismo no es dominado por completo, defecto
del cual dan testimonio, en tiempos posteriores, las más diversas perturbaciones.
La original equivalencia de ambos sexos como objetos sexuales puede también
mantenerse y resultar de ella una tendencia a la actividad homosexual en la vida
adulta, tendencia que puede l legar en determinadas circunstancias a la homo­
sexualidad exclusiva. Esta serie de perturbaciones corresponde a las inhibiciones
directas del desarrollo de la función sexual y comprende las perversiones y el
nada raro infantilismo general de la vida sexual.
La disposición a la neurosis debe derivarse también , pero con un camino
distinto, de una perturbación del desarrollo sexual . Las neurosis son a las per­
versiones lo que en fotografía el negativo a la positiva. En ellas aparecen como
sustentadores de los complejos y origen de los síntomas los mismos componentes
instintivos que en las perversiones , pero en este caso actúan desde lo inconsciente.
Han experimentado , pues, una represión ; mas a pesar de la misma, pudieron
afirmarse en lo inconsciente . El psicoanálisis nos permite reconocer que una mani­
festación extremadamente enérgica de estos instintos en épocas muy tempra­
nas conduce a una especie de fijación parcial, que constituye un punto débil
en el conjunto de la función sexual . Si el ejercicio de la función sexual normal
encuentra luego algún obstáculo en la madurez, la represión de la época evolu­
tiva queda rota precisamente en aquellos puntos en los que han tenido lugar
fijaciones infantiles.
Me objetaréis quizá ahora que nada de esto es sexualidad . Confieso que
he usado esta palabra en un sentido mucho más amplio del que estáis acostum­
brados a atribuirle . Pero es muy discutible si no sois vosotros los que la empleáis
en un sentido demasiado estrecho cuando la l imitáis a los dominios de la pro­
creación . Haciéndolo así , sacrificáis la inteligencia de las perversiones y la co­
nexión entre la perversión, la neurosis y la vida sexual normal, quedando impo­
sibilitados de reconocer, según su verdadera importancia, los comienzos, fá-
1558 S I G M U N D F R E U D �� O B R A S C O M P L E T A S

cilmente observables, de la vida erótica - somática y psíqu ica-�-- de los niños,


Pero os decidáis o no a dar un más amplio sentido de la palabra discutida, debéis
tener siempre en cuenta que el investigador psicoanalítico concibe la sexualidad
en aquel amplio sentido al que nos conduce la aceptación de la sexualidad infanti l .

Volvamos d e nuevo a l desarrollo sexual del n i ñ o . Quédannos todavía por


examinar en él algunos puntos, que antes, dedicada nuestra atención más a
las manifestaciones somáticas que a las anímicas, de la vida sexual , dejamos es­
capar. La primitiva elección infantil del objeto, cuya naturaleza obedece a la
impotencia del niño para valerse por sí solo, reclama todo nuestro interés. Dirí­
gese, al principio, hacia los guardadores del infantil sujeto y luego , en seguida,
hacia sus padre s . Según me ha demostrado la observación directa de los niños
confirmada por l a investigación analítica de los adultos , la relación del niño
con sus padres n o está en ningún modo exenta de elementos de excitación sexual .
E l niño toma a sus dos progenitores, y especialmente a uno de ellos, como objeto
de sus deseos eróticos , con lo cual no hace generalmente más que obedecer a un
estímulo iniciado por sus mismos padres, cuya ternura posee los más claros
caracteres de una actividad sexual, si bien desviada en sus fines . El padre pre­
fiere en general a la hija, y la madre al hij o , y el niño reacciona a ello con el deseo,
si es varón, de hallarse en el puesto de su padre, o en el de su madre si es hem­
bra. Los sentimientos despertados en estas relaci ones entre padres e hij o s y en las
de los hermanos entre sí no son sólo de naturaleza tierna y positiva, sino tam­
bién negativos y hostiles. El complej o que de este modo se forma está desti­
nado a una pronta represión ; pero ejerce luego , desde lo inconsciente, una magna
y duradera influencia, y debemos manifestar nuestra sospecha de que, con sus
ramificaciones, constituye el complejo nódulo (Kernkomplex) de todas y cada
una de las neurosis, hallándonos preparados a encontrarlo con no menos eficacia
en otros dominios de la vida psíquica. El mito del rey Edipo, que mata a su padre
y toma a su madre por mujer, es una exposición aún muy poco disfrazada del
deseo infantil ante el cual se alzan después, rechazándol o , las barreras del in­
cesto . El Hamlet shakespeariano reposa sobre la misma base, aunque más encu­
bierta, del complej o del incesto . *
E n l a época en que e l niño está todavía dominado por e l complej o nódulo
aún no reprimido, dedica una importantísima parte de su actividad al servicio
de los intereses sexuales ; comienza a investigar de dónde vienen los niños, y
utilizando los datos que a su observación se ofrecen , adivina de las circunstan­
cias reales más de lo que los adultos pueden sospechar. Generalmente, lo que
despierta su interés investigatorio es la amenaza material de la aparición de un
nuevo niño, en el que al principio no ve más que un competidor. Baj o la in­
fluencia de los instintos parciales que en él actúan llega a formular numerosas
teorías sexuales infantiles, tales como las de que ambos sexos poseen iguales
genitales masculinos y que los niños se conciben comiendo y son paridos por el
recto, y que el comercio sexual es un acto de carácter hostil, una especie de sojuz­
gamiento violento . Mas precisamente el incompleto desarrollo de su constitu­
ción sexual y la laguna que en sus conocimientos supone la ignorancia de la forma
del aparato genital femenino (vagina) obligan al infantil investigador a aban-

Strachey comenta que poco después de estas de l a elección de o bjeto e n e l hombre ' , e n este volu-
conferencias adoptó Freud para este compl ej o el nom- m e n ) . (Nota de J. N.)
bre de 'Complej o de Edipo ' ('Sobre un tipo especial
!' () • 1 S S 1 5 5Y

donar su labor, considerándola inútil. El hecho mismo de esta investi gación


infantil, así como las pueriles teorías sexuales a que da lugar, presenta gran
importancia como determinante para la formación del carácter del niño y del
contenido de la neurosis que puede adq uirir posteriormente.
Es inevitable y de todo punto normal que el niño haga de sus padres los
objetos de s u primera elección erótica . Pero su l íbido no debe permanecer tija
en estos primeros objetos, sino tomarlos después únicamente como modelos
y pasar de ellos a personas ext rai'ias en la época de la definitiva elección de objeto .
El desli;;amienro del niño de sus padres se convierte así en un indispensable
deber educativo si el valor social del j oven individuo no ha de correr un serio
peligro . Durante la época en la que la represión lleva a cabo la selección entre los
instintos parciales de la sexualidad y después, cuando ha de debilitarse la in­
fluencia de los padres, la cual ha proporcionado la energía necesaria para estas
represiones, recaen sobre la labor educativa importantes deberes, que actualmente
no siempre son desempeñados de una manera comprensiva y libre de obj eciones .

N o vayáis quizá a j uzgar que con estas discusiones sobre la vida sexual y la
evolución psicosexual del niño nos hemos alejado mucho del psicoanálisis
y de la labor curativa de las perturbaciones nerviosas. S i queréis , podéis des­
cribir exclusivamente el tratamiento psicoanalítico como una segunda educación
dirigida al vencimiento de los restos de la infancia.

Q U I NTA C O N FERE N C I A

e ON el descubrimiento de la sexualidad infantil y la referencia de los sín­


tomas neuróticos a componentes instintivos eróticos, hemos llegado a
establecer algunas inesperadas fórmulas sobre la esencia y las tendencias de las
neurosis. Vemos que los hombres enferman cuando , a consecuencia de obstácu­
los exteriores o falta interna de adaptación, queda vedada para ellos la satisfac­
ción de sus necesidades sexuales en la realidad, y vemos que entonces se refugian
en la enfermedad, para hallar con su ayuda una satisfacción sustitutiva de la que
les ha sido negada. Reconocemos que los síntomas patológicos contienen una
parte de la actividad sexual del suj eto o a veces su vida sexual entera, y encon­
tramos en el alej amiento de la realidad el propósito capital, pero también el
daño principal de la enfermedad . Sospechamos que la resistencia que nuestros
enfermos oponen a su restablecimiento no e s de constitución simple, sino com­
puesta de varios motivos . No solamente se resiste el yo del enfermo a levantar las
represiones por medio de las cuales ha realizado su evolución, sino que tampoco
los instintos sexuales se resignan a prescindir de sus satisfacciones sustitutivas
mientras permanezaca aún inseguro si la realidad les ofrecerá o no algo mejor.
La fuga en que el sujeto abandona la insatisfactoria realidad para refugiarse
en aquello que por su nocividad biológica denominamos enfermedad, pero que
j amás dej a de ofrecer al enfermo u n inmediato placer, se lleva a cabo por el ca­
mino de la regresión, del retorn o , a fases tempranas de la vida sexual , a las que en
su época no faltó satisfacción . Esta represión e s aparentemente doble : temporal,
en cuanto la líbido, la necesidad erótica, retrocede a grados evolutivos temporal­
mente anteriores, y formal, en cuanto para la manifestación de esta necesidad
se emplean los originales y primitivos medios expresivos psíquicos ; mas ambos
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géneros de regresión se hallan orientados hacia la niñez y se reunen para la cons­


titución de un estado infantil de la vida sexual.
C uanto más se penetra e n la patogénesis de la enfermedad nerviosa, más
se descubre la conexión de las neurosis con otras producciones de la vida psí­
quica humana, aun con las de un más alto valor. Nosotros, los hombres, con las
grandes aspiraciones de nuestra civil ización y baj o el peso de nuestras íntimas
represiones, hallamos la real idad totalmente insatisfactoria y mantenemos, por
tanto , una vida imaginativa, en la cual gustamos de compensar los defectos de la
realidad por medio de la producción de realizaciones de deseos . Estas fantasías
entrañan mucho de la propia esencia constitucional de la personalidad y también
de los impulsos en ella reprimidos para su adaptación a la realidad . El hombre
que alcanza grandes éxitos de su vida es aquel que por medio del trabaj o logra
convertir en realidad sus fantasías optativas . Donde esto fracasa a consecuencia
de las resistencias del mundo exterior y de la debilidad del individuo, surge e l
apartamiento de la realidad ; el individuo se retira a su satisfactoria fantasía y,
en el caso de enfermedad, convierte su contenido en síntomas. Baj o determinadas
condiciones favorables, le será aún posible hallar otro camino que, partiendo
de dichas fantasías, le conduzca de nuevo a la realidad, salvándole de extrañarse
de ella duraderamente por medio de la regresión a lo infantil . Cuando la per­
sona enemistada con el mundo real posee aquello que llamamos dotes artísticas
y cuya psicología permanece aún misteriosa para nosotros, puede transformar
sus fantasías no en síntomas, sino en creaciones artísticas, escapar así a la neu­
rosis y volver a encontrar por este camino indirecto la relación con la realidad 953.
En los casos en que a una persistente rebelión contra el mundo real se une la
falta o la insuficiencia de estas preciosas dotes, resulta inevitable que la líbido,
siguiendo el origen de la fantasía, l legue por el camino de la regresión a la resurrec­
ción de los deseos infantiles y con ella a la neurosis. Este reemplaza en nuestros
días al convento al cual acostumbraban antes retirarse aquellas personas des­
engañadas de la vida o que se sentían demasiado débiles para vivirla.
Permitidme que en este punto exponga el resultado capital conseguido por
la investigación psicoanalítica de los neuróticos y que es el de que las neurosis
n o tienen un especial contenido psíquico que no pueda hallarse también en los
individuos sanos, o como lo ha expresado C. G. Jung, que los neuróticos en­
ferman a causa de los mismos complejos con los que luchamos los sanos. De
circunstancias cuantitativas y de las relaciones de las fuerzas que combaten
entre sí depende que la lucha conduzca a la salud, a la neurosis o a sublimaciones
compensadoras.

Os he ocultado hasta ahora algo que constituye la más importante con­


firmación de nuestra hipótesis de las fuerzas instintivas sexuales de la neurosis.
Siempre que sometemos a un nervioso al tratamiento psicoanalítico aparece en
él el extraño fenómeno llamado transferencia ( Uebertragung) , consistente en
que el enfermo dirige hacia el médico una serie de tiernos sentimientos mezcla­
dos frecuentemente con otros hostiles, conducta sin fundamento alguno real y
que, según todos los detalles de su aparición, tiene que ser derivada de los antiguos
deseos imaginativos devenidos inconscientes. Así, pues, el enfermo vive, en su
relación con el médico, aquella parte de su vida sentimental que ya no puede
953 Véase la obra de O. Rank titulada Der Küns­
t/er, A. Heller. Viena. 1907.
!' S () • .t .\ .) S 1 )6 1

hacer volver a su memoria, y p o r medio d e este viví r de n u evo en la «transferencia»


es como queda convencido. tanto de la existencia com o del poder de tales im­
pulsos sexuales inconscien tes . Los síntomas, que para emplear una compara­
ció n tomada de los dominios de la Quím ica son los precipitados de anteriores
sucesos eróticos ( en el más amplio sentid o ) . no pueden disol verse y ser transfor­
mados en otros productos psíquicos más que a la elevada temperatura de la
t ransferencia. E l médico desempeña en esta reacción. según acertadísima frase
de S. Fercnczi 9 " 4 • el papel de un fcrmento catalítico q ue atrae temporalmente los
afectos q ue en el proceso van q u edando libre s . E l estudio de la transferencia
nos proporciona también la clave para la inteligencia de la sugestión hipnó­
t ica que en un principio empleam os con nuestros enfermos como medio técn ico
para la investigación de lo inconsciente . El hipnotismo se reveló entonces como
un auxiliar terapéutico pero , en cambio , como un obstácul o para e l conoci­
miento científico de la cuestión . pues si hacía desaparecer las resistencias en
determinado campo, no evitaba que se alzasen de n uevo en los límites del mismo,
formando impenetrables murallas que impedían todo nuevo avance . No hay
q ue creer que el fenómeno de la transferencia, sobre el cual no puedo extenderme
aqu í m ucho , desgraciadamente, sea un producto de l a influenciación psicoana­
lítica. La transferencia surge espontáneamente en todas las relaciones humanas,
lo mismo q ue en l a d e l enfermo y e l médico : es, e n general, el verdadero vehículo
de la influenciación terapéutica y actúa con tanta mqyor energía cuanto menos
se sospecha su existencia. Así , pues, no es el psicoanálisis el que la crea, sino que
se limita a revelarla a la conciencia y se apodera de ella para dirigir los procesos
psíquicos hacia el fin deseado . No puedo abandonar e l tema de la transferencia
sin hacer resaltar que este fenómeno es decisivo no sólo para la convicción del
enfermo, sino también para l a del médico . Sé que todos mis partidarios han lle­
gado a convencerse de l a exactitud de m i s afirmaciones sobre la patogénesi s de
las neurosis precisamente por sus experiencias personales en lo referente a la
transferencia, y comprendo muy bien que no se l legue a tal seguridad de j uicio
en tanto no haya efectuado uno por s í mismo psicoanálisis y haya tenido ocasión
de observar directamente los efectos de dicho fenómen o .

A mi j uicio existen, por parte d e l intelecto, dos obstáculos opuestos al re­


conocimiento de las ideas psicoanalíticas : en primer lugar, lo desacostumbrado
de contar con una estricta y absoluta determinación de la vida psíquica, y en
segundo, el desconocimiento de las peculiaridades que constituyen l a diferencia
entre los procesos anímicos i nconscientes y los conscientes que no son familia­
res . Una de las más extendidas resistencias contra la labor psicoanalítica ---tanto
en los sanos como en los enfermos - se refiere al último de dichos factores. Se
teme causar un daño con el psicoanálisis y se siente miedo de atraer a la concien­
cia del enfermo los instintos sex uales reprimidos, como si ello trajese consigo el
peligro de q ue dominasen en él a las aspiraciones éticas más e levadas y le despo­
j asen de sus conquistas culturales. Se observa que el paciente presenta heridas
en su vida anímica, pero se evita tocar a ellas para no aumentar sus sufrimientos.
Podemos aceptar y proseguir esta analogía. E s indudablemente más piadoso no

954 S. Fcrcnczi, Jnrrofl'k tion u n d Uehertragung, en


Jahrhuch fur psychoanal. und psychopath. Forchungen .
1, 2, 1 909.
1 561 S l G M U N D F R E U D --
O B R A S C O M P L E T A S

rozar las partes enfermas cuando con ello no se ha de hacer más q ue causar
dolor. Pero el ci rujano no prescinde de investigar el foco de la enfermedad cuando
intenta una operación que ha de produci r u n restablecimiento duradero , y nadie
pensará en cul parle de los inevitables sufrimientos que el reconocimiento haya
de causar ni de los fenómenos de reacción que s urgen en el operado si con la
intervención quirúrgica alcanza su propósito y consigue que después de una
temporal agravación de s u estado l legue el enfermo a una definitiva curació n .
Análogas s o n las circunstancias d e l psicoanálisis, y éste puede aspirar a s e r con­
siderado al igual de la cirugía. El aumento de dolor que pueda producir al enfer­
m o durante el tratamiento es �dada una acertada técnica� infinitamente menor
que el producido en una intervención quirúrgica, y considerando la gravedad del
mal que de curar se trata, aparece como un elemento nada merecedor de tenerse
en cuenta . El temido resultado final de una destrucción del carácter civilizado por
los instintos liberados de la represión es totalmente imposible, pues este temor
no tiene en cuenta algo que n uestra experiencia nos ha señalado con toda segu­
ridad, y es que e l poder anímico y somático de un deseo, cuando su represión ha
fracasado, es m ucho mayor siendo i nconsciente que siendo consciente, de ma­
nera que con su atracción a la conciencia no se hace sino debil itari o . E l deseo
inconsciente no es susceptible de ser influido y permanece i ndependiente de toda
circunstancia, mientras que el consciente es refrenado por todo lo igualmente
consciente contrario a él . La labor psicoanalítica entra así como un ventaj oso
sustitutivo de la fracasada represión al servicio de las aspiraciones civilizadoras
más elevadas y valiosas.
¿Cuáles son , pues, los destinos de los deseos inconscientes libertados por
e l psicoanálisis, y cuáles los caminos que seguimos para impedir que dañen
l a vida del paciente ? Existen varias sol uciones . El resultado más frecuente es el
de que tales deseos q uedan ya dominados, durante el tratamiento, por la actividad
anímica correcta de los sentimientos más elevados a ellos contrarios . La repre­
sión es sustituida por una condenación llevada a cabo con los medios más eficaces .
Esto se hace posible p o r el hecho de q u e l o q u e se trata de hacer desaparecer son
sólo consecuencias de anteriores estadios evolutivos del yo . E l individuo no
llevó a cabo anteriormente más que una represión del instin to inutilizable,
porque en dicho momento no se hallaba él mismo sino imperfectamente orga­
nizado y era débil ; mas en su actual madurez y fuerza puede, quizá, dominar a
la perfección lo que le es hosti l . Un segundo resultado de la labor psicoanalítica
es e l de que los instintos inconscientes descubiertos pueden ser dirigidos a aquella
utilización que en un desarrollo no perturbado h ubiera debido hallar anterior­
mente . La extirpación de los deseos infantiles no es, de ningún modo, e l fin
ideal del desarrollo. El neurótico ha perdido por sus represiones muchas fuentes
de energía anímica, cuyo caudal le hubiese sido muy valioso para la formación
de su carácter y para s u actividad en la vida. Conocemos otro más apropiado
proceso de la evolución , la llamada sublimación, p o r la cual n o queda perdida
la energía de los deseos infantiles, sino que se hace utilizable dirigiendo cada
uno de los impulsos hacia u n fin más elevado que el inutilizable y que puede
carecer de todo carácter sexual . Precisamente los componentes del instinto se­
xual se caracterizan por esta capacidad de sublimación de cambiar su fin sexual
por otro más lejano y de un mayor valor social . A las aportaciones de energía
conseguidas de este modo para nuestras funciones anímicas debemos probable­
mente los más altos éxitos civilizados. Una represión prematura excluye la subli-
p (J S

mación del i nstinto reprimido. Mas, una vez levantada la represión, queda libre
de nuevo el camino para efectua r la sublimación .
N o debemos, por último, omi t i r el tercero de los resultados posibles de la
labor psicoanalítica. C ierta parte de los impu lsos li bidinosos reprimidos tiene
derecho a una satisfacci ó n directa, y debe hallarla en la vida . N uestras aspi ra­
ciones civilizadoras hacen demasiado difíci l la existencia a la mayoría de las
organ izaciones humanas, coadyuvando a�í al apartamiento de la realidad y a la
formación de la neurosis sin conseguir un aumento de civilización por esta
exagerada represión sexual . N o debíamos engreírnos tanto como para des­
cuidar por completo lo originariamente animal de n uestra naturaleza, ni de­
bemos tampoco olvidar que la felicidad del individuo no puede ser borrada de
entre los fines de n uestra civilizació n . La plasticidad de los componentes sexuales.
que se manifiesta en su capacidad de sublimación, puede constituir una gran
tentación de perseguir, por medio de una sublimación progresiva, efectos civili­
zadores cada vez más grandes. Pero así como no contamos con transformar en
nuestras máquinas más de una parte del calo r empleado en trabaj o mecánico
útil, así tampoco debíamos aspirar a apartar de sus fines propios toda la energía
del instinto sexual . No es posible conseguir tal cosa, y si la limitación de la se­
xualidad ha de llevarse demasiado lejos, traerá consigo todos los daños de un
agotamiento de la tierra de cultivo .
No sé si consideraréis esta última observación como una exageración mía.
Para daros una exacta representación indirecta de este m i convencimiento
recurriré a relataros una historia de cuya moralej a podéis encargaros . La lite­
ratura alemana nombra una ciudad , la Schilda, a cuyos m oradores se atribuye
toda clase de ideas astutas. Cuéntase que poseían un caballo con cuyo trabaj o
y fuerza se hallaban muy contentos ; pero que. según ellos, tenía el caro defecto
de consumir demasiada avena en sus piensos. En vista de ello, decidieron quitarle
poco a poco tan mala costumbre, disminuyendo diariamente su ración en una
pequeña cantidad, hasta acostumbrarle a la abstinencia completa. Durante algún
tiempo, la cosa marchó admirablemente : llegó un día en que el caballo no comió
más que una brizna. y al siguiente debía ya trabajar sin pienso alguno . M a s he
aquí que en la mal'iana de dicho día, el perverso animal fue hallado muerto, sin
que los ciudadanos de Schilda pudiesen explicarse por qué.
N osotros nos inclinaríamos a creer que el pobre caballo había muerto de
hambre, y que sin una ración de avena no puede esperarse que ningún animal
rinda trabaj o alguno .
Debo agradeceros vuestra invitación y la atención c o n la que m e habéis
escuchado.

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