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Lluvia y Confusión en Covent Garden

Este documento presenta el primer acto de la obra de teatro Pigmalión de George Bernard Shaw. Describe una escena en la que varios personajes buscan refugio de la lluvia en la entrada de una iglesia en Londres. Una madre y su hija esperan que Freddy consiga un taxi, mientras interactúan con otros que también buscan refugio, incluyendo a una vendedora de flores.

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Lluvia y Confusión en Covent Garden

Este documento presenta el primer acto de la obra de teatro Pigmalión de George Bernard Shaw. Describe una escena en la que varios personajes buscan refugio de la lluvia en la entrada de una iglesia en Londres. Una madre y su hija esperan que Freddy consiga un taxi, mientras interactúan con otros que también buscan refugio, incluyendo a una vendedora de flores.

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Pigmalión

Shaw, George Bernard


Teatro

Se reconocen los derechos morales de Shaw, George Bernard.


Obra de dominio público.
Distribución gratuita. Prohibida su venta y distribución en medios ajenos a la Fundación Carlos Slim.

Fundación Carlos Slim


Lago Zúrich. Plaza Carso II. Piso 5. Col. Ampliación Granada
C. P. 11529, Ciudad de México. México.
[email protected]

2
ACTO I

Londres a las 11.15 p. m. Torrentes de fuerte lluvia estival. Silbatos para llamar
taxímetros resonando frenéticamente. Transeúntes corriendo en busca de refugio hacia
el atrio de la iglesia de San Pablo (no la catedral de Wren, sino la iglesia de Iñigo
Jones, en el mercado de hortalizas de Covent Garden), entre ellos una señora y su hija,
en trajes de noche. Todos contemplan lúgubremente la lluvia, salvo un hombre que
está vuelto de espaldas hacia los demás, completamente preocupado con una libreta
de anotaciones en la cual escribe algo.
El reloj de la iglesia da el primer cuarto.

LA HIJA (en el espacio entre las columnas centrales, junto a la que tiene a su
izquierda). - Me estoy helando hasta los tuétanos. ¿Qué podrá estar haciendo Freddy,
que tarda tanto? Hace ya veinte minutos que se fue.
LA MADRE (a la derecha de su hija). -No tanto. Pero ya tendría que habernos
conseguido un coche de alquiler.
UN CIRCUNSTANTE (a la derecha de la señora). -No conseguirá ningún coche,
señora, hasta las once y media, cuando ya vuelvan de dejar a sus quilientes de los
teatros.
LA MADRE. - Pero es que necesitamos un taxi. No podemos quedarnos aquí hasta
las once y media. ¡Es un engorro!
EL CIRCUNSTANTE. - Bueno, no es culpa mía, señora.
LA HIJA. - Si Freddy tuviese un poco de hígados, habría conseguido uno a la
puerta del teatro.
LA MADRE. - ¿Qué podía hacer, pobrecito?
LA HIJA. - Otros consiguen taxímetros. ¿Por qué no consiguió uno él?
Freddy sale corriendo de la lluvia, del lado de la calle Southampton, y se pone
entre ambas mujeres, cerrando un paraguas que chorrea. Es un joven de veinte años,
en traje de noche, con los bajos de los pantalones completamente empapados.
LA HIJA. - Bueno, ¿conseguiste uno?
FREDDY. - No es posible encontrar uno ni para remedio.
LA MADRE.- ¡Oh, Freddy, es preciso que haya uno! No lo habrás buscado en
serio.
LA HIJA. - Es fastidioso. ¿Acaso esperas que vayamos nosotras a buscarlo?
FREDDY. - Te digo que están todos ocupados. La lluvia fue tan repentina… Nadie
estaba preparado. Y todos tuvieron que tomar un coche. Llegué hasta Charing Cross
por un lado y casi hasta Ludgate Circus por el otro. Y estaban todos ocupados.
LA MADRE. - ¿Probaste en Trafalgar Square?
FREDDY. - No había ni uno en Trafalgar Square.

3
LA HIJA. -Pero, ¿probaste?
FREDDY. - Llegué hasta la estación de Charing Cross. ¿Esperabas que me fuese
caminando hasta Hammersmith?
LA HIJA. - No hiciste ningún intento serio.
LA MADRE. - Eres realmente inútil, Freddy. Vé otra vez. Y no vuelvas hasta que no
hayas encontrado un taxi.
FREDDY. - Lo único que conseguiré es empaparme, sin ningún resultado.
LA HIJA. - ¿Y nosotras? ¿Tendremos que quedarnos aquí toda la noche, con esta
corriente de aire y casi nada encima? ¡Puerco egoísta…!
FREDDY.- ¡Oh, muy bien! ¡Iré, iré! (Abre el paraguas y se precipita en dirección del
Strand, pero choca contra una florista que llega corriendo en busca de refugio,
haciéndole caer de las manos la cesta de flores. Un relámpago cegador, seguido
instantáneamente de un estrepitoso trueno, orquesta el incidente.)
LA FLORISTA. - Vamo' Freddy. A ver si mira' dónde pone' lohpie'.
FREDDY. - Perdón. (Sale precipitadamente.)
LA FLORISTA (recogiendo sus flores caídas y volviendo a ponerlas en la cesta). -
¡Vaya modaleh! ¡Do' ramiyeteh de violetah pisotead'en el barro! (Se sienta en el plinto
de la columna, revisando las flores, a la derecha de la dama. No es en modo alguno
una figura romántica. Tendrá unos dieciocho años, quizá veinte, difícilmente más. Lleva
un sombrerito marinero, de paja negra, que ha estado expuesto durante mucho
tiempo al polvo y el hollín de Londres y muy pocas veces, o nunca, fue cepillado. Su
cabello está grandemente necesitado de un lavado; no es posible que su color
ratonesco sea natural. Lleva una chaqueta de imitación de lana, negra, que le llega casi
a las rodillas y le va entallada en la cintura. Tiene faldas castañas y un tosco delantal.
Sus zapatos están terriblemente maltrechos por el uso. Indudablemente va tan limpia
como puede permitírselo. Pero, en comparación con las damas, está sumamente sucia.
Sus facciones no son peores que las de ellas, pero el estado en que se encuentran deja
mucho que desear. Y, además, necesita los servicios de un dentista)
LA MADRE. - Por favor, ¿cómo sabes que mi hijo se llama Freddy?
LA FLORISTA. - ¡Ah, eh su hijo!, ¿eh? Bueno, pueh si usté' hubiese cumplido con
su deber de madre, él no le habería 'ruinado la' floresuna pobre chica para despuéh
'caparse sin pagar. ¿Me lah pagará usté'?
LA HIJA. -No hagas nada de eso, mamá. ¡Qué ocurrencia!
LA MADRE. - Por favor, permíteme, Clara. ¿Tienes alguna moneda de un penique?
LA HIJA. - No. No tengo nada más pequeño que una de seis peniques.
LA FLORISTA (esperanzada). - Puedo darle cambio d'un bíyete de dieh chelineh,
bondadosa dama.
LA MADRE (a Clara). - Dámela. (Clara se la entrega a desgana.) (A la florista.) Vaya,
aquí tienes esto por tus flores.

4
LA FLORISTA. - Muchísimah gracia', señora.
LA HIJA. - Haz que te dé la vuelta. Estas cosas no valen más que un penique el
ramillete.
LA MADRE. - Cierra la boca, Clara. (A la muchacha.) Puedes guardarte la vuelta.
LA FLORISTA. - ¡Oh, graciah, señora!
LA MADRE. - Y ahora díme cómo sabías el nombre de ese caballero.
LA FLORISTA. - No lo sabía.
LA MADRE. - Te oí llamarle por él. No trates de engañarme.
LA FLORISTA (protestando). - ¿Quién ehtá tartando d'engañarla? Lo yamé Freddy,
o Charlie, com'usté' mihma podría 'berl'hecho si hubier'ehtado hablando con un
deheonocido y tártara de mohtrarse agueradable.
LA HIJA.- ¡Seis peniques malgastados! ¡De veras, mamá, habrías podido evitarle
eso a Freddy! (Disgustada, se pone detrás de la columna.)
Un caballero de edad, de tipo bondadoso y marcial, entra, corriendo al atrio y
cierra un paraguas que chorrea agua. Está en el mismo lamentable estado que Freddy,
con los bajos de los pantalones empapados. Viste traje de noche y lleva un abrigo
liviano. Ocupa el lugar de la izquierda que la hija ha dejado vacante.
EL CABALLERO. - ¡Uf!
LA MADRE (al caballero). - Oh, señor, ¿le parece que parará?
EL CABALLERO. - Me temo que no. Hace unos minutos comenzó a llover con más
fuerza que antes. (Se dirige al plinto, junto a la florista, apoya un pie en él y se inclina
para arrollarse las perneras del pantalón.)
LA MADRE.- ¡Oh, qué cosa! (Se aparta con tristeza y se une a su hija.)
LA FLORISTA (aprovechando la proximidad del marcial caballero para establecer
relaciones amistosas con él). - Si yueve máh fuerte, e'señal de que pronto terminará.
De modo que alégrese, jefe. Y cómprele unah floreh 'una pobre chica.
EL CABALLERO. - Lo siento. No tengo cambio.
LA FLORISTA. - Yo puedo darle cambio, jefe.
EL CABALLERO. - ¿De un soberano? No tengo más chico.
LA FLORISTA. - ¡Caray! ¡Oh, cómpreme unah flore', jefe! Puedo cambiarle media
corona. Tom'ehta' por doh penique'.
EL CABALLERO. - Vaya, no seas molesta, pórtate como una buena chica.
(Buscando en los bolsillos.) En realidad no tengo cambio… Espera. Aquí hay tres
medios peniques, si te sirven de algo. (Se retira a la otra columna.)
LA FLORISTA (desilusionada, pero pensando que tres medios peniques son mejor
que nada). - Graciah, señor.
EL CIRCUNSTANTE (a la muchacha).Ten cuidado; dal'una flor por las monedas.
Aquí atrás hay un sujeto que anota cad'una de las palabras que dices. (Todos se
vuelven hacia el hombre que toma nota.)

5
LA FLORISTA (poniéndose de pie de un salto, aterrorizada) - ¡N'hice nada malo
con hablarle'l cabayero. Tengo derecho a vender floreh, si no m'acerco a Facera.
(Histérica.) Soy'na muchacha respetable. Que Dioh m'ampare, no l'hablé máh que para
pedirle que me compr'unah flore'.
Murmullo general, en su mayor parte muestras de simpatía hacia la florista, pero
manifestando desdén hacia su excesiva sensibilidad. Gritos de ¡No'mpies'a gritar!
¿Quién t'hecho nada? Nadie piensa tocarte. ¿Para qué haceh tanto baruyo? ¡Cálmate!
¡Basta, basta!, etc., surgen de los espectadores de más edad, más formales, que la
palmean consoladoramente. Los menos pacientes le piden que cierre el pico, o le
preguntan rudamente qué le duele. Un grupo más alejado, sin saber qué ocurre, se
aproxima y aumenta la batahola con preguntas y respuestas: ¿Qué pasa? ¿Qu'hizo
eya? ¿Dón'stá él? Un pesquisante que anotaba todo lo que decía. ¿Quién? ¿El? Sí, ese
que'stá'í. Le quitó dinero'l cabayero, etc.
LA FLORISTA (abriéndose paso entre ellos, acercándose al caballero y gritando
frenéticamente).- ¡Oh, señor, no deje que me yeve! ¡Usté' no sabe lo qu'eso sinifica
para mí! Arrastrarán mí nombre por el barro y me lanzarán a la caye por hablar a
cabayeros. Me…
EL QUE TOMA NOTA (acercándose a la derecha de la joven, los demás
apiñándose detrás de él). - ¡Vaya, vaya, vaya, vaya! ¿Quién te hace nada?, ¡tonta! ¿Por
quién me has tomado?
EL CIRCUNSTANTE. - N'eh nada. Pares'un cabayero. Mirenlé loh zapato'.
(Explicando, al que toma nota.) Eya creyó custé'ra'n soplón, señor.
EL QUE TOMA NOTA (súbitamente interesado). - ¿Qué es un soplón?
EL CIRCUNSTANTE (poco ducho en definiciones).Es un… bueno, es un soplón,
como quien dice. ¿De qué otro modo podría yamárselo? Un'ehpecie de delator.
LA FLORISTA (todavía histérica). - Juro por la Biblia que no dije ni una sola
palabra…
EL QUE TOMA NOTA (dominador pero afable). - ¡Oh, cállate, cállate! ¿Acaso
parezco un policía?
LA FLORISTA (lejos de sentirse tranquilizada).-Y entonces, ¿por qué'hcribió mis
palabras? ¿Cómo sé si la'hcribió bien? Muéstreme lo qu'ehcribió de mí. (El que toma
nota abre su libretita y la sostiene tranquilamente ante las narices de la florista, aunque
los empujones del genio que trata de leer por sobre su hombro habrían derribado a un
hombre más débil.) ¿Qué'seso? No'sunahcritura correta. No puedo lerla.
EL QUE TOMA NOTA. - Yo sí. (Lee, reproduciendo exactamente la pronunciación
de la joven.) "Alégrese, jefe. Y cómprele unah floreh 'una pobre chica."
LA FLORISTA (profundamente afligida). - Eh porque lo yamé jefe. (Al caballero.)
¡Oh, señor, no deje que me yeve por una palabra! Usté'…

6
EL CABALLERO. - ¡Llevarte! Yo no te he acusado. (Al que toma nota.) De veras,
señor, si es usted un pesquisante, no necesita tomar medidas para protegerme de las
jóvenes, si yo no se lo pido. Cualquiera puede darse cuenta de que la muchacha no
tenía malas intenciones.
LOS CIRCUNSTANTES EN GENERAL (en una demostración contra el espionaje
policial). - ¡Eh claro que no! ¿Qué demonio' l'import'él? Quier'un asenso, es'eh lo que
quiere. ¡Anotando lah palabra' de la gente! ¿Qué dañ'hizo eya? ¡Muy lindo qu'una
muchacha no pueda guarecerse de la yuvia sin ser insultada (La joven es llevada de
nuevo al plinto por los demostradores más simpáticos, y vuelve a sentarse y lucha para
dominar sus emociones.)
EL CIRCUNSTANTE. - No's un pehquisa. Es un maldito fisgón. Es'eh lo qu'es. ¿No
le ven los zapatos?
- EL QUE TOMA NOTA (volviéndose afablemente hacia él). -¿Y qué tal le va a su
familia en Selsey?
EL CIRCUNSTANTE (suspicaz).¿Quién le dijo que mi famili'eh de Selsey?
EL QUE TOMA NOTA. - No interesa. De ahí es. (A la joven.) ¿Cómo es que has
venido tan al este? Naciste en Lisson Grove.
LA FLORISTA (despavorida). - ¡Oh!, ¿qué tien' de malo que m'haya ido de Lisson
Grove? Ni'n cerdo nabería vivid'ayí. Y tenía de pagar cuatro chelin'y sei' peniqueh por
semana. (Llorosa.) ¡Oh, ay, ay, ay!
EL QUE TOMA NOTA. - Vive donde quieras, pero cesa ya con ese ruido.
EL CABALLERO (a la joven). - ¡Vaya, vaya! No puede hacerte nada. Tienes derecho
a vivir donde te plazca.
UN ESPECTADOR SARCASTICO (interponiéndose entre el que toma nota y el
caballero). - En Park Lane, por ejemplo. Me agradaría discutir el problema de la
vivienda, le aseguro.
LA FLORISTA (poniéndose melancólica, con la cabeza gacha sobre su cesta).- Soy
'na buena chica, soy.
UN ESPECTADOR SARCASTICO (sin hacerle caso)¿Sabe de dónde provengo yo?
EL QUE TOMA NOTA (rápidamente).De Hoxton.
Risitas contenidas. Aumenta el interés por la exhibición ofrecida por el que toma
nota.
EL SARCASTICO (asombrado). - Bueno, y, ¿quién dijo que no es así? ¡Caray! ¡Lo
sabe todo, lo sabe…!
LA FLORISTA (todavía dando alas a su sensación de ofensa).-No tiene drecho a
meterse conmigo.
EL CIRCUNSTANTE (a ella).Eh claro que sí. No se lo tolere'. (Al que toma nota.)
Oiga, ¿qué drecho tiene a meterse con gente que no l'hecho nada?
LA FLORISTA. - Que diga lo que quiera. No quiero tener trato' con él.

7
EL CIRCUNSTANTE. - Noh trata como si fuéramoh basura, ¿eh? ¡Me guhtaría verlo
dirigiendo insolencia'n cabayero!
EL ESPECTADOR SARCASTICO. - Sí, ya que quiere andar prediciendo la suerte,
que le diga a él de dónde proviene.
EL QUE TOMA NOTA. - Se crió en Cheltenham, estudió en Harrow y Cambridge y
residió en la India.
EL CABALLERO. - Correcto.
Grandes carcajadas. Reacción en favor del tomador de notas.
Exclamaciones de ¡Lo sabe todo! ¡Se lo dijo bien! ¿Lo oyeron decirle al petimetre
de dónde venía?, etcétera.
EL CABALLERO. - ¿Puedo preguntarle, señor, si se gana la vida con eso en algún
teatro de variedades?
EL QUE TOMA NOTA. - Había pensado en eso. Quizá lo haga algún día.
La lluvia ha cesado y comienzan a alejarse los de la parte exterior del corro.
LA FLORISTA (ofendida por la reacción de la gente). - No's un cabayero, si se
mete con'a pobre chica.
LA HIJA (impacientada, abriéndose paso con brusquedad hacia el frente y
apartando al caballero, que cortésmente se retira hacia el otro lado de la columna). -
¿Qué demonios estará haciendo Freddy? Me pescaré una pulmonía si me quedo un
rato más en esta corriente.
EL QUE TOMA NOTA (para sí, anotando apresuradamente su pronunciación de
"monía"). - Earlscourt.
LA HIJA (con violencia). - ¿Quiere hacerme el favor de guardar para sí sus
impertinentes observaciones?
EL QUE TOMA NOTA. - Le ruego que me perdone. ¿Lo dije en voz alta? No fue
mi intención. Su madre, inconfundiblemente, es de Epsom.
LA MADRE (adelantándose y poniéndose entre la hija y el que toma nota).- ¡Qué
curioso! Me crié en Parque Grandama, cerca de Epsom.
EL QUE TOMA NOTA (estrepitosamente divertido). -¡Ja, ja! ¡Qué nombre tan
singular! Perdón. (A la hija.) Usted quiere un coche, ¿no es eso?
LA HIJA. - No se atreva a hablarme.
LA MADRE.- ¡Oh, por favor, por favor, Clara! (La hija la repudia con un airado
encogimiento de hombros y se retira altaneramente.) Le quedaríamos agradecidas,
señor, si nos encontrara un coche. (El que toma nota extrae un silbato.) Oh, gracias. (Se
une a su hija.)
El que toma nota lanza un silbido penetrante.
EL ESPECTADOR SARCASTICO. - ¡Vaya, ya sabía que era un policía con ropa de
civil!
EL CIRCUNSTANTE. - No es un silbato de policía, sino de deportista.

8
LA FLORISTA (todavía preocupada por dar expresión a sus sentimientos heridos). -
No tiene derecho a difamarme. Mi buen nombre tiene para mí el mihmo valor que'l
d'una dama.
EL QUE TOMA NOTA. - No sé si se han dado cuenta, pero la lluvia ha cesado
hace unos dos minutos.
EL CIRCUNSTANTE. - Así eh. ¿Por qué no lo dijo ante? ¡Y nosotro' perdiendo el
tiempo con suh tontería'! (Sale en dirección del Strand.)
EL ESPECTADOR SARCASTICO. - Puedo decirle de dónde proviene usté'. De
Anwell. Vuélvase aya.
EL QUE TOMA NOTA (colaborando). – Hanwell.
EL ESPECTADOR SARCASTICO (fingiendo una gran distinción de pronunciación). -
¡Gracias, profesor! ¡Jo, jo! Adiós. (Se toca el sombrero con fingido respeto y se aleja.)
LA FLORISTA. - ¡Asustar a la gente d'ese modo! ¿Qué le parecería si si l'hicieran a
él?
LA MADRE. - Ya ha parado, Clara. Podemos ir a tomar el ómnibus. Ven. (Se
recoge las faldas por sobre los tobillos y se dirige apresuradamente hacia el Strand.)
LA HIJA. - Pero, ¿y el coche? (Su madre está fuera del alcance de su voz.) ¡Oh, qué
fastidio! (La sigue, iracunda.)
Todos los demás se han ido, salvo el que toma nota, el caballero y la florista, que
está sentada, arreglando su cesta y compadeciéndose aún a sí misma en murmullos.
LA FLORISTA. - ¡Pobre chica! Ya balitante dura eh su vida sin necidá' de que la
mortifiquen y l'insulten.

1
La h, como se sabe, tiene casi siempre en inglés, a principio de palabra, un
sonido aspirado. Uno de los defectos corrientes de la pronunciación cockney consiste
en la omisión de ese sonido. (N. del T.)
EL CABALLERO (volviendo a su antiguo puesto, a la izquierda del que toma nota).
- ¿Cómo lo hace, si me permite la pregunta?
EL QUE TOMA NOTA. - Una simple cuestión de fonética. La ciencia del lenguaje
hablado. Es mi profesión; y también mi manía. ¡Dichoso del hombre que puede
ganarse la vida con su chifladura! Un irlandés o un hombre del condado de York
pueden ser distinguidos por su pronunciación. Yo puedo localizar el lugar de
nacimiento de un hombre con un margen de error de diez kilómetros. Puedo ubicarlo
en Londres con uno de tres kilómetros. Y a veces con un margen de equivocación de
dos calles.
LA FLORISTA. - ¡ Tendería qu'avergonzarse, cobarde, poc' hombre!
EL CABALLERO. - Pero, ¿puede uno ganarse la vida con eso?
EL QUE TOMA NOTA. - Oh, sí. Y muy bien. Esta es una época de advenedizos. La
gente empieza en Kentish Town con 80 libras esterlinas anuales y termina en Park Lane

9
con cien mil. Quieren olvidarse de su acento natal, pero se traicionan cada vez que
abren la boca. Y bien: yo puedo enseñarles…
LA FLORISTA. - Que s'ocupe de suh propio' asunto' y deje tranqui'una pobre
chica…
EL QUE TOMA NOTA (vehementemente). -¡Mujer, termina, ahora mismo con ese
insoportable lloriqueo, o, de lo contrario, busca el refugio de otro lugar de adoración!
LA FLORISTA (débilmente desafiante). - ¡Tengo drecho a ehtar aquí, si quiero,
igual qu'usté'!
EL QUE TOMA NOTA. - Una mujer que emite sonidos tan deprimentes y
repugnantes no tiene derecho a estar en parte alguna… no tiene derecho a vivir.
Recuerda que eres un ser humano que tiene un alma y el don divino del idioma
articularlo; tu idioma nativo es el de Shakespeare, el de Milton y de la Biblia. Y no te
quedes ahí canturreando como una paloma biliosa.
LA FLORISTA (absolutamente desconcertada, mirándole con una expresión entre
admiración y súplica, sin atreverse a levantar la cabeza). - ¡Ah-ah-ooooiii!
EL QUE TOMA NOTA (extrayendo rápidamente la libretita).- ¡Cielos, qué sonido!
(Escribe, luego contempla lo escrito y lee, reproduciendo con exactitud la
vocalización.) ¡Ah-ah-ooooiii!
LA FLORISTA (divertida por la exhibición y riendo a pesar suyo). - ¡Caray!
EL QUE TOMA NOTA. - ¿Ve usted a esta criatura con su inglés del albañal, con su
inglés que la mantendrá en el arroyo hasta el fin de sus días? Pues bien, señor: en tres
meses podría hacer pasar a esta muchacha por una duquesa en la recepción de
cualquier embajador. Incluso podría conseguirle un puesto de dama de compañía o de
vendedora en una tienda, empleos para los cuales se necesita hablar un inglés mejor.
LA FLORISTA. - ¿Cóm'dice?
EL QUE TOMA NOTA. - Sí, tú, hoja de repollo aplastado; tú, deshonra de la noble
arquitectura de estas columnas; tú, insulto viviente a la lengua inglesa… Podría hacerte
pasar por la Reina de Saba. (Al caballero.) ¿No lo cree usted?
EL CABALLERO. - Por supuesto que sí. Yo mismo soy un estudioso de los
dialectos hindúes. Y…
EL QUE TOMA NOTA (ansioso). - ¿De veras? ¿Conoce al coronel Pickering, el
autor de El Sánscrito Hablado?
EL CABALLERO. - Yo soy el coronel Pickering. ¿Quién es usted?
EL QUE TOMA NOTA. - Henry Higgins, autor de El Alfabeto Universal de Higgins.
PICKERING (con entusiasmo). - ¡He venido de la India para conocerlo!
HIGGINS. - ¡Y yo iba a viajar a la India para conocerlo a usted!
PICKERING. - ¿Dónde vive?
HIGGINS. - Calle Wimpole, 27A. Venga a verme mañana.

10
PICKERING. - Yo paro en el Carlton. Acompáñeme ahora y conversemos mientras
cenamos.
HIGGINS. - Encantado.
LA FLORISTA (a Pickering, cuando éste pasa junto a ella). - Compr'una flor,
bondadoso cabayero. Tengo de pagar el alojamiento.
PICKERING. - No tengo cambio, de veras. Lo siento. (Sale.)
HIGGINS (escandalizado ante la mendacidad de la muchacha).- ¡Mentirosa! Dijiste
que tenías cambio de media corona.
LA FLORISTA (levantándose, desesperada). - ¡Tendrían que reyenarlo de clavos,
tendrían! (Arrojándole la cesta a los pies.) Yévese toda la maldita cehta por seih
penique'.
El reloj de la iglesia da el segundo cuarto.
HIGGINS (oyendo en la campanada la voz de Dios, que le reprocha por su
farisaica falta de caridad hacia la pobre muchacha). - Un recordatorio. (Se quita
solemnemente el sombrero, arroja un puñado de monedas en la cesta y sigue a
Pickering.)
LA FLORISTA (recogiendo media corona). - ¡Ah-ooi! (Recogiendo un par de
florines.) ¡Aaaaaaah-ooii! (Recogiendo medio soberano.) ¡Aaaaaaaaaaaah-oooiii!
FREDDY (bajando de un taxímetro de un salto). - Por fin conseguí uno. ¡Hola…! (A
la joven.) ¿Dónde están las dos damas que se encontraban aquí?
LA FLORISTA. - Fueron a tomar el ónibuh cuan' paró la yuvia.
FREDDY. - ¡Y me dejan colgado con el taxi! ¡Maldición!
LA FLORISTA (con majestuosidad). - N'importa, joven. Yo iré a casa'n taxi. (Se
dirige hacia el vehículo. El conductor tiende la mano hacia atrás y mantiene la puerta
firmemente cerrada. Comprendiendo perfectamente la desconfianza del hombre, la
florista le muestra un puñado de monedas.) El cohto de'n viaje'n taxi no tiene ninguna
'nportancia para mí, Charlie. (El conductor sonríe y abre la portezuela.) ¡Ah! ¿Y la
cehta?
EL CONDUCTOR. - Tiaela'quí. Dos peniqueh máh.
LIZA. - No, no quiero que nadie la vea. (La mete en la parte trasera y se introduce
ella detrás, continuando la conversación a través de la ventanilla.) Adióh, Freddy.
FREDDY (atónito, quitándose el sombrero). - Adiós.
CONDUCTOR. - ¿A dónde?
LIZA.-A Bucknam Pelis (Suckingham Palace).
CONDUCTOR. - ¿Qué quieres decir con eso de Bucknam Pelis?
LIZA. - ¿No sabes dón'stá? En el Green Park, donde vive'. Rey. Adióh, Freddy. No
quiero entertenerte máh. Adiós.
FREDDY. -Adiós. (Se va.)

11
CONDUCTOR. - ¡Oye! ¿Qué's eso de Bucknam Pelis? ¿Qué tieneh tú que hacer en
Buknam Pelis?
LIZA. - Nada, por supuehto. Pero no quería qu'él lo supiera. Yévame a casa.
CONDUCTOR. - ¿Y dónstá tu casa?
LIZA. - En Ángel Court, Drury Lane, junto a la tienda de aceites de Meiklejohn.
CONDUCTOR. - Eso ya's máh comperensible, Judy. (Pone en marcha el coche y
se aleja.)

Sigamos al taxi hasta la entrada de Ángel Court, una pequeña y estrecha arcada
entre dos tiendas, una de ellas la de venta de aceite de Meiklejohn. Cuando se
detiene, Eliza desciende, arrastrando la cesta.
LIZA. - ¿Cuánto?
CONDUCTOR (indicando el taxímetro). - ¿No saben ler? Un chelín.
LIZA. - ¡Un chelín por doh minuto'!
CONDUCTOR. - Doh minutoh o die': eh lo mihmo.
LIZA. - Bueno, pueh no me parece bien.
CONDUCTOR. - ¿Viajahte'lguna vez'n taxi?
LIZA (con dignidad). - Cientoh y mileh de vece', joven.
CONDUCTOR (riéndose de ella). -Te felicito, Judy. Guárdate'l chelín, querida, con
loh mejore'saludo' de la familia. ¡Buena suerte! (Se va.)
LIZA (humillada). - ¡Dehcaro!

Toma la cesta y sube con ella trabajosamente por la calleja en dirección a su


alojamiento, un cuartito con un viejísimo empapelado que se ha desprendido en los
puntos húmedos. Un vidrio roto de la ventana ha sido remendado con papeles. Un
retrato de un actor popular y un grabado con modelos de vestidos, todos
ridículamente fuera del alcance de los medios de Eliza, arrancados de periódicos,
están pegados a la pared. Una jaula de pájaros cuelga de la ventana, pero su inquilino
murió tiempo ha; ahora sólo hace el papel de monumento recordatorio.
Esos son los únicos refinamientos visibles. Lo demás es el mínimo irreductible de
lo que le es necesario a una persona pobre: una miserable cama sobre la que se apilan
todos los trapos que pueden proporcionar algún calor; un cajón de embalar, cubierto
con una tela, sobre él una jofaina con una jarra y, en la pared, un espejito; una silla y
una mesa, los restos de alguna cocina suburbana y un reloj despertador
norteamericano sobre la repisa, encima del hogar que no se usa. El conjunto está
iluminado por un pico de gas que funciona con una moneda de un penique en la
ranura del medidor. Alquiler, cuatro chelines semanales.
Allí, Eliza, crónicamente fatigada, pero demasiado excitada como para acostarse,
está sentada, contando sus nuevas riquezas y soñando y esbozando los planes de lo

12
que hará con ellas, hasta que el gas se apaga, momento en que disfruta por primera
vez de la sensación de poder poner otro penique en el medidor y no verse obligada a
escatimarlo. Este estado de ánimo de prodigalidad no apaga su corrosiva conciencia
de su penuria lo bastante como para impedirle calcular que puede soñar y planear en
la cama más económica y tibiamente, sin necesidad de fuego. De modo que se quita
el chal y las faldas y los agrega a la miscelánea de ropas de cama. Luego se quita los
zapatos a puntapiés y se mete en la cama sin mayores ceremonias.

13
ACTO II

El día siguiente, a las 11 de la mañana. El laboratorio de Higgins en la calle


Wimpole. Es un cuarto del primer piso, a la calle, destinado originariamente a ser la
sala. Las puertas dobles están en el centro de la pared del fondo y las personas que
entran por ellas encuentran, a su derecha, dos altos archivos, formando ángulo recto
entre sí, adosados contra las paredes. En ese rincón hay una mesa de escribir y sobre
ella un fonógrafo, un laringoscopio, una hilera de tubitos de órgano con un fuelle, un
juego de tubos de lámpara para llamas musicales, con mecheros unidos a un enchufe
de la pared por medio de un tubo de goma; varios diapasones de distintos tamaños,
una imagen en tamaño natural representando un corte longitudinal de la cabeza
humana, con los órganos vocales, y una caja con una provisión de cilindros de cera
para el fonógrafo.
Más adentro, del mismo lado, hay una chimenea, con una cómoda poltrona
forrada de cuero en el costado del hogar que está más cerca de la puerta, y un cubo
con carbón. Sobre la repisa hay un reloj. Entre la chimenea y la mesa del fonógrafo hay
un mueble para periódicos.
Al otro costado de la puerta central, a la izquierda del visitante, se encuentra un
armario de cajones poco profundos. Sobre él hay un teléfono y la guía telefónica. El
rincón, más allá, sobre la pared del costado, está ocupado por un piano de cola, con el
teclado puesto hacia el lado más alejado de la puerta y un banco que se extiende a
todo lo largo del teclado. Sobre el piano se ve una frutera colmada de frutas y dulces,
la mayor parte de chocolate.
El centro de la habitación está desocupado. Aparte de la poltrona, el banco del
piano y dos sillas ubicadas junto a la mesa del fonógrafo, hay una silla suelta, que se
encuentra cerca de la chimenea. En las paredes, grabados, casi todos de Piranesi o
retratos a la media tinta. No hay cuadros.
Pickering está sentado a la mesa, dejando unas tarjetas y un diapasón que acaba
de usar. Higgins está de pie cerca de él, cerrando dos o tres cajones del archivo, que
estaban abiertos. A la luz matinal aparece como un hombre robusto, lleno de vida, de
buena salud, de unos cuarenta años, aproximadamente, vestido con una levita negra
de aspecto profesional, cuello de lino blanco y corbata de seda negra. Pertenece al
tipo enérgico, científico, y se interesa sincera, casi violentamente, por todo lo que
puede ser estudiado como tema científico; por el contrario, se asigna muy poca
importancia a sí mismo y a las demás personas y no le interesan los sentimientos
ajenos. Es, en rigor, si no se tienen en cuenta su edad y su estatura, más bien un
chiquillo sumamente impetuoso que "aprende" vocinglera y ávidamente y necesita
tanta vigilancia como un niño para impedirle que produzca daños inintencionados. Su
humor varía entre la agresividad, cuando se encuentra de buen talante, y la

14
impaciencia borrascosa cuando algo le sale mal. Pero es tan enteramente franco y
carente de malicia que continúa siendo agradable aun en sus momentos menos
razonables.

HIGGINS (mientras cierra el último cajón). -Bueno, creo que esto es todo.
PICKERING. - ¡Es realmente sorprendente! No he podido estudiar ni la mitad de
los casos.
HIGGINS. - ¿Le agradaría volver a revisar algunos?
PICKERING (levantándose y acercándose a la chimenea, donde se ubica de
espaldas al fuego). - No, gracias; ahora no. Por esta mañana ya es bastante.
HIGGINS (siguiéndole y deteniéndose junto a él, a su izquierda).- ¿Se cansó de
escuchar sonidos?
PICKERING. - Sí. Produce una tensión espantosa. Yo me enorgullecía porque
puedo pronunciar veinticuatro sonidos vocales diferentes. Pero sus ciento treinta me
revuelcan por el polvo. No logro oír la menor diferencia entre muchos de ellos.
HIGGINS (riendo y acercándose al piano para comer golosinas).- Oh, eso viene
con la práctica. Al principio no se aprecia la diferencia. Pero se continúa escuchando y
de pronto se descubre que son tan distintos como A de B. (Aparece Mrs. Pearce, la
ama de casa de Higgins.) ¿Qué ocurre?
Mrs. PEARCE (vacilando, evidentemente perpleja). - Una joven quiere verlo, señor.
HIGGINS. - ¿Una joven? ¿Qué quiere?
Mrs. PEARCE. - Pues, dice que usted se alegrará de verla cuando sepa a qué ha
venido. Es una muchacha sumamente vulgar, señor. Muy vulgar, por cierto. La habría
echado, pero me pareció que quizás usted quisiese hacerla hablar en sus máquinas.
Espero no haber hecho mal. Pero, de veras, a veces recibe usted visitantes tan
extraños… Confío en que me perdonará, señor…
HIGGINS. - Oh, está bien, Mrs. Pearce. ¿Tiene un acento interesante?
Mrs. PEARCE. - Ah, algo espantoso, señor, en verdad. No sé cómo pueden
interesarle esas cosas.
HIGGINS (a Pickering). - Hagámosla pasar. Hágala pasar, Mrs. Pearce. (Corre a su
mesa de trabajo y toma un cilindro para usarlo en el fonógrafo.)
Mrs. PEARCE (sólo resignada a medias). - Muy bien, señor. Usted decide. (Baja.)
HIGGINS. - Estamos de suerte. Le mostraré cómo grabo los cilindros. La haremos
hablar y yo anotaré los sonidos con el sistema del Idioma Visible de Bell, luego con el
rómico 1 y finalmente hablará ante el fonógrafo, para que usted pueda pasar el cilindro
tantas veces como quiera, con la transcripción escrita a la vista.
Mrs. PEARCE (regresando). - Esta es la joven, señor.

15
La florista entra de gran gala. Lleva un sombrero con tres plumas de avestruz:
anaranjada, azul cielo y roja. Tiene un delantal casi limpio y la mugrienta chaqueta ha
sido cepillada. El patetismo de esta deplorable figura, con su inocente vanidad y su
aire de importancia, conmueve a Pickering, que ya se ha enderezado en presencia de
Mrs. Pearce. Pero, en cuanto a Higgins, la única distinción que establece entre
hombres y mujeres es que, cuando no trata de amedrentar y no está clamando a los
cielos por tener que llevar su cruz de peso pluma, adula a las mujeres como los
chiquillos adulan a sus nodrizas cuando quieren conseguir algo de ellas.

HIGGINS (bruscamente, reconociéndola con no disimulada desilusión y, pueril,


convirtiendo de inmediato la cuestión en una molestia que le resulta intolerable). - ¡
Pero si es la muchacha que anotó ayer por la noche! No nos sirve; tengo todos los
cilindros que quiera de la jerga de Lisson Grove y no pienso gastar otro en ella. (A la
joven.) Vete, no te necesito.
LA FLORISTA. - No sea dehcarado. Tovía no sabe a qué'venido. (A Mrs. Pearce,
que aguarda, en la puerta, nuevas órdenes.) ¿Le dijo que vine'n tasi?
Mrs. PEARCE. - ¡Tonterías, chica! ¿Te parece que a un caballero como Mr. Higgins
le interesa en qué viniste?
LA FLORISTA. - ¡Ah, somos orguyosos! Pues él no tiene'n conveniente'n dar
lesiones. Se lo'í decir. Bueno, yo n'he venid'hacer visita' de cumplido. Y si mi dinero no
es bahtante bueno, pued'ir a otra parte.
HIGGINS. - ¿Si no es suficientemente bueno para qué?

1
Sistema de notación fonética inventado por Henry Sweet (N. T.)
LA FLORISTA. - Par'usté'. Ahora ya lo sabe, ¿eh? He venid'a tomar lesiones. Y a
pagarlas, que n'haya malentendido'.
HIGGINS (estupefacto). - ¡¡Bueno!! (Recobrando el aliento con un jadeo.) ¿Y qué
esperas que yo te diga?
LA FLORISTA. - Bien, si'sté' fuese'n cabayero, podría'nvitarme a que me siente,
me parece. ¿No le dije que vengo por cuehtione' de negocio'?
HIGGINS. - Pickering, ¿invitamos a esta zorra a que se siente, o la arrojamos por la
ventana?
LA FLORISTA (aterrorizada, corriendo hacia el piano, donde se vuelve, acorralada).
- ¡Ah-ah-ooooiiii! (Ofendida y gimoteando.) ¡No permitiré que me yamen zorra cuando
me'ofrecid'a pagar como cualquier dama!
Inmóvil los dos hombres la contemplan desde el otro extremo del cuarto, atónitos.
PICKERING (bondadoso). - Pero, ¿qué es lo que quieres?
LA FLORISTA. - Quiero ser vendedor'en una florería, lugar de vender en l'ehquina
de Tottenham Court Road. Pero no m'aceptarán si n'hablo máh delicadamente. El dijo

16
que m'enseñaría. Bueno, aquí'htoy, dihpuest'a pagarle… no le pido ningún favor… Y
me trata como si fuera basura.
Mrs. PEARCE. - ¿Cómo puedes ser una muchacha tan tonta e ignorante que creas
que puedes pagarle a Mr. Higgins?
LA FLORISTA. - ¿Y por qué no? Sé tan bien com'usté' lo que cuehtan las lesione'.
Y ehtoy dihpuest'a pagar.
HIGGINS. - ¿Cuánto?
LA FLORISTA (acercándose a él triunfalmente). - ¡Así s'habla! Ya me parecía que se
le bajarían los humos cuando viese'na portunidad de recuperar lo que me dio ayer.
(Confidencial.) Había bebid'un poco, ¿eh?
HIGGINS (perentorio). - Siéntate.
LA FLORISTA. - Bueno, si quier'hacer una cuehtión de cumplido…
HIGGINS (atronador).- ¡Siéntate!
Mrs. PEARCE (severa). -Siéntate, muchacha. Haz lo que te dicen.
LA FLORISTA. - ¡Ah-ah-ah-oooii! (Se queda de pie, entre rebelde y pasmada.)
PICKERING (con suma cortesía). - ¿No quieres hacer el favor de sentarte? (Coloca
la silla suelta cerca de la alfombra que está ante la chimenea, entre Higgins y él
mismo.)
LA FLORISTA (tímidamente). - No tengu'inconveniente. (Se sienta. Pickering
vuelve a su sitio de antes.)
HIGGINS. - ¿Cómo te llamas?
LA FLORISTA. - Liza Doolittle.
HIGGINS (grave, declamando). Eliza, Elizabeth, Betsy y Bess fueron al bosque a
coger nidos.
PICKERING. - Encontraron uno con cuatro huevos.
HIGGINS.-Tomaron uno cada una y dejaron tres.
Ríen estruendosamente de su propia gracia.
LIZA.- ¡Oh, no sean tonto!
Mrs. PEARCE (colocándose detrás de la silla de Eliza).- No debe hablar de ese
modo al caballero.
LIZA. - Bueno, ¿y por quél no me dice algo sensato?
HIGGINS. - Volvamos a nuestro negocio. ¿Cuánto piensas pagarme por las
lecciones?
LIZA. - Oh, yo sé lo qu'eh juhto. Un'amiga mía recibe lesiones de francé' por
dieciocho penique' l'hora d'un verdadero cabayero francé'. Y usté' no tendría'l dehcaro
de pedirme lo mismo por enseñarme mi propio idioma como por enseñarme francé'.
De modo que no le daré máh d'un penique. 'Tómelo o déjelo.
HIGGINS (paseándose por el cuarto, haciendo sonar las llaves y las monedas que
lleva en el bolsillo). - ¿Sabe?, Pickering; si se considera un chelín, no como un simple

17
chelín, sino como un porcentaje de los ingresos de esta muchacha, resulta ser el
equivalente total de lo que serían para un millonario sesenta o setenta guineas.
PICKERING. - ¿Cómo?
HIGGINS. - Calcúlelo usted mismo. Un millonario tiene unas 150 libras esterlinas
por día. Ella gana media corona diaria.
LIZA (altanera). - ¿Quién le dijo que yo no gano máh de…?
HIGGINS (continuando). - Me ofrece por las lecciones dos quintos de sus ingresos
diarios. Dos quintos del ingreso diario de un millonario serían alrededor de sesenta
libras esterlinas. Es magnífico. ¡Caramba, es enorme! ¡Es la más grande oferta que se
me haya hecho jamás!
LIZA (levantándose, aterrorizada). - ¿Senta libra'? ¿De qué' stá'blando? Yo no
l'ofrecí senta libra'. ¿De dónde sacaría yo…?
HIGGINS. - Cierra el pico.
LIZA (sollozando). - Pero'h que no tengo senta libra'. Oh…
Mrs. PEARCE.- ¡No llores, muchacha tonta! Siéntate. Nadie piensa tocar tu dinero.
HIGGINS. -Alguien te tocará, sí, con una escoba, si no dejas de moquear. Siéntate.
LIZA (obedeciendo, lentamente).- ¡Ah-ah-ah-oooii! Cualquier' crería qu'usté's mi
padre.
HIGGINS. - Si resuelvo enseñarte, seré peor que dos padres para ti. ¡Toma! (Le
ofrece su pañuelo de seda.)
LIZA. - ¿Para qué's ehto?
HIGGINS. - Para secarte los ojos. Para limpiarte cualquier parte de la cara que
sientas húmeda. Acuérdate: eso es tu pañuelo y eso es tu manga. No confundas el uno
con la otra si quieres llegar a ser vendedora en una tienda.
Liza, completamente desconcertada, le mira con expresión de impotencia.
Mrs. PEARCE. - Es inútil hablarle de ese modo, Mr. Higgins; no le entiende.
Además, no lo hace de ese modo. (Toma el pañuelo.)
LIZA (arrebatándoselo). - ¡Vamo', déme'se pañuelo! Me lo dio a mí, no a usté'.
PICKERING (riendo). -Así es. Creo que debe ser considerado propiedad de ella,
Mrs. Pearce.
Mrs. PEARCE (resignándose). - Se lo tiene merecido, Mr. Higgins.
PICKERING. - Estoy interesado. ¿Qué? ¿Y de la recepción del embajador? Si
cumple con su promesa proclamaré que es usted el más grande maestro viviente. Le
apuesto todos los gastos que demande el experimento a que no puede hacerlo. Y
pagaré por las lecciones.
LIZA. - Oh, es usté' realmente bueno. Gracia', capitán.
HIGGINS (tentado, mirándola). - Resulta casi irresistible. Es tan deliciosamente
baja… tan horriblemente sucia…

18
LIZA (protestando vivamente). - ¡Ah-ah-ah-ah-ooooiii! No soy sucia; me lavé lah
mano' y la cara endennanteh de venir, me lavé.
PICKERING. - Le aseguro que no conseguirá marearla con halagos, Higgins.
Mrs. PEARCE (inquieta). - ¡Oh, no diga eso, señor! Hay más de una forma de
marear a una muchacha. Y nadie puede hacerlo mejor que Mr. Higgins, aunque no
siempre lo haga con intención. Y espero, señor, que usted no le aliente a hacer
ninguna tontería.
HIGGINS (excitándose a medida que la idea comienza a tomar cuerpo en él).-
¿Qué es la vida, sino una serie de locuras inspiradas? La dificultad reside en
encontrarlas. No hay que desechar jamás una oportunidad. No aparecen todos los
días. Haré una duquesa de esta pilluela zaparrastrosa.
LIZA (rechazando enérgicamente esa opinión que se tiene de ella). - ¡Ah-ah-ah-
oooii!
HIGGINS (arrebatado).-Sí, en seis meses -en tres, si tiene un buen oído y una
lengua rápida- podré llevarla a cualquier parte y hacerla pasar por cualquier cosa.
¡Comenzaremos hoy mismo, ahora, en este momento! ¡Llévesela e higienícela, Mrs.
Pearce! Jabón corriente, si no sale de otro modo. ¿Hay un buen fuego en la cocina?
Mrs. PEARCE (protestando). - Sí, pero…
HIGGINS (impetuoso). - Quítele todas las ropas y quémelas. Llame a Whiteley, o a
cualquiera, para que le traiga otras. Envuélvala en papel de estraza hasta que lleguen.
LIZA. - Uhté' n'es un cabayero, n'es, si habla d'ehta' cosa'. Soy'na buena chica,
soy. Y sé cómo son la gente com'usté'.
HIGGINS.- Aquí no queremos tus mojigaterías de Lisson Grove, jovencita. Tienes
que aprender a comportarte como una duquesa. Llévesela, Mrs. Pearce. Y si le da
algún trabajo, zúrrela.
LIZA (poniéndose de pie en un salto y corriendo entre Pickering y Mrs. Pearce en
busca de protección).- ¡No! ¡Yamaré la policía, yamaré!
Mrs. PEARCE. - Pero no tengo lugar para acomodarla.
HIGGINS. - Póngala en el basurero.
LIZA. - ¡Ah-ah-ah-oooií!
PICKERING. - ¡Oh, vamos, Higgins! ¡Sea razonable!
Mrs. PEARCE (resuelta). -Tiene que ser razonable, Mr. Higgins; tiene que ser
razonable. No puede pisotear a todo el mundo de este modo.
Higgins, reprendido, se calma. El huracán es reemplazado por un céfiro de amable
sorpresa.
HIGGINS (con profesional exquisitez de modulación).- ¡Que yo pisoteo a todo el
mundo! Mi querida Mrs. Pearce, mi querido Pickering, jamás tuve la más mínima
intención de pisotear a nadie. Lo único que quiero es que seamos bondadosos con
esta pobre chica. Debemos ayudarla a prepararse para ocupar su nuevo puesto en la

19
vida. Si no me expresé claramente fue porque no quería herir la delicadeza de ella ni la
de ustedes.
Liza, tranquilizada, vuelve sigilosamente a su silla.
Mrs. PEARCE (a Pickering). - Bueno, ¿oyó usted alguna vez algo parecido, señor?
PICKERING (riendo con ganas). - ¡Nunca, Mrs. Pearce, nunca!
HIGGINS (paciente). -¿Qué ocurre?
Mrs. PEARCE. - Bueno, señor; lo que ocurre es que no puede recoger a una
muchacha de este modo, como si recogiese un guijarro en la playa.
HIGGINS. - ¿Por qué no?
Mrs. PEARCE. - ¡Por qué no! ¡Pero si no sabe nada de ella! ¿Qué hay de sus
padres? Y podría estar casada.
LIZA. - ¡Caray!
HIGGINS. - ¡Ahí tiene! Como lo dijo muy correctamente la muchacha, ¡caray!
¡Casada, vaya! ¿No sabe que una mujer de esa clase tiene el aspecto de una fregona
gastada, cincuentona, un año después de haberse casado? LIZA. - ¿Quién se casaría
conmigo?
HIGGINS (recurriendo repentinamente a los tonos bajos más emocionantemente
encantadores de su mejor estilo de elocución).- ¡Caramba, Eliza, las calles estarán
alfombradas con los cadáveres de los hombres que se pelearán por ti, antes de que yo
haya terminado contigo!
Mrs. PEARCE. - Bobadas, señor. No debe hablarle de ese modo.
LIZA (levantándose y cuadrándose con decisión).-Me voy. Ehtá chiflado, ehtá. No
quiero que ningún lunático m'enseñe.
HIGGINS (herido en el punto más sensible por la insensibilidad de ella a sus
habilidades oratorias).- Sí, ¿eh? Estoy loco, ¿eh? Muy bien, Mrs. Pearce; no necesita
pedir esa ropa nueva para ella. Échela a la calle.
LIZA (gimoteando). - ¡Nooo…! No tien' drech'a tocarme.
Mrs. PEARCE. - Ya ves lo que ocurre cuando se es deslenguada. (Indicando la
puerta.) Por aquí, por favor.
LIZA (casi soltando las lágrimas). -Yo no quería ropa. No lah'bría'ceptado. (Arroja
el pañuelo.) Puedo comprarme mih propiah ropa'.
HIGGINS (recogiendo diestramente el pañuelo y cerrándole el paso cuando se
dirige a desgana a la puerta.) - Eres una muchacha perversa y desagradecida. Esta es
mi recompensa por ofrecerme a sacarte del arroyo y para vestirte hermosamente y
convertirte en una dama.
Mrs. PEARCE. - Basta, Mr. Higgins. No lo permitiré. Es usted el perverso. Vuélvete
a tu casa, con tus padres, muchacha, y díles que te cuiden mejor.
LIZA. - No tengo padres. Me dijeron qu'era bahtante grande par' ganarme la vida
y m'echaron.

20
Mrs. PEARCE. - ¿Dónde está tu madre?
LIZA. - No tengo madre. La que m'echó eh mi sesta madrasta. Per'he terminado
con eyos. Y soy'na buena chica.
HIGGINS. - Muy bien, pues. ¿A qué diablos viene todo este alboroto? La chica no
pertenece a nadie… no es de ninguna utilidad para nadie, salvo para mí. (Se acerca a
Mrs. Pearce y comienza a engatusarla.) Usted podría adoptarla, Mrs. Pearce. Estoy
seguro de que una hija sería una gran diversión para usted. Vaya, no hagamos más
alharaca. Llévela abajo y…
Mrs. PEARCE. - Pero, ¿qué será de ella? ¿Se le pagará algo? Sea sensato, señor.
HIGGINS. - Oh, páguele lo que sea necesario; anótelo en el libro de los gastos de
la casa. (Impaciente.) ¿Para qué demonios necesitaría dinero? Tendrá comida y ropas.
Si se le diese dinero se lo bebería.
LIZA (volviéndose hacia él). - ¡Ah, usté's un animal! Eh'na mentira. Nadie me vio
jama' ni rastroh de bebida ncima. (A Pickering.) Oh, señor, usté's un cabayero: no lo
deje que m'hable d'ese modo.
PICKERING (con afable tono de reproche). -¿No se le ocurre, Higgins, que la
muchacha puede tener algún sentimiento?
HIGGINS (mirándola con aire crítico). - Oh, no, no lo creo. No me parece que
tenga ningún sentimiento por el que debamos preocuparnos. (Alegremente.) ¿Los
tienes, Eliza?
LIZA. - Tengo sentimiento', igual que como todo'l mundo.
HIGGINS (a Pickering, reflexivo). - ¿Entiende la dificultad?
PICKERING. - ¿Eh? ¿Qué dificultad?
HIGGINS. - Enseñarle a hablar gramaticalmente. La pronunciación en sí es cosa
fácil.
LIZA. - No quier' hablar gramaticalmente. Quier'hablar com'una dama'n una
florería.
Mrs. PEARCE. - Por favor, Mr. Higgins, ¿quiere no apartarse del tema? Necesito
saber en qué condiciones se quedará la joven aquí. ¿Se le pagará algún sueldo? ¿Y
qué será de ella cuando haya terminado su aprendizaje? Es preciso mirar un poco
hacia adelante.
HIGGINS (impaciente). - ¿Qué sería de ella si la dejase en el arroyo? Respóndame
a eso, Mrs. Pearce.
Mrs. PEARCE. - Eso es cosa de ella, no de usted, Mr. Higgins.
HIGGINS. - Bien, cuando haya terminado con ella, podemos volver a arrojarla al
arroyo. Y entonces volverá a ser cosa de ella. De modo que por ese lado todo va bien.
LIZA. - Oh, no tiene'n poco de corazón adentro. No l'importa nadie máh qu'usté'
mihmo. (Se levanta y toma resueltamente la palabra.) ¡Bahta! ¡Y'ehtoy cansada d'ehto!
(Dirigiéndose a la puerta.) Me voy. Tendría que'vergonzarse, tendría.

21
HIGGINS (tornando un bombón de chocolate del piano, con los ojos
relampagueándole de malicia). - Toma un bombón, Eliza.
LIZA (deteniéndose, tentada), - ¿Cómo sé qué tienen adentro? He oído 'blar de
muchachah marcotizada' por gente com'usté'.
Higgins extrae el cortaplumas, corta un bombón en dos, se pone una mitad en la
boca, la traga y ofrece a Liza la otra mitad.
HIGGINS. - Símbolo de buena fe, Eliza. Yo me como una mitad, tú te comes la
otra. (Liza abre la boca para replicar y él le arroja el medio bombón en ella.) Tendrás
cajas de ellos, barriles de ellos, todos los días. Te alimentarás con ellos. ¿Eh?
LIZA (que ha tragado el bombón después de haberse casi asfixiado con él). -No
l'habría comido, per' soy demasiado bien'ducada pa sacármelo de la boca. Me voy.
Toni'ré un taxi.
MRS. PEARCE. - Hay otros medios de transporte, muchacha.
LIZA. - Bueno, ¿y qué? Tengo tanto drecho com'cualquiera' tomar un taxi.
HIGGINS. - Lo tienes, Eliza. Y en el futuro tomarás tantos taxis como te plazca.
Recorrerás la ciudad de arriba abajo y en círculo, en taxi, todos los días. Piensa en eso,
Eliza.
Mrs. PEARCE. - Mr. Higgins, está usted tentando a la joven. No es justo. Ella
debería pensar en su futuro.
HIGGINS. - ¿A su edad? ¡Tonterías! Tendrá tiempo de sobra para pensar en el
futuro cuando no tenga futuro alguno en qué pensar. No, Eliza: haz como hace esta
señora. Piensa en el futuro de otras personas, mas nunca en el tuyo. Piensa en
bombones, taxis, oro y diamantes.
LIZA. - No, no quier'oro ni diamante'. Soy'na buena muchacha, soy. (Vuelve a
sentarse, con una tentativa de mostrarse digna.)
HIGGINS. - Y seguirás siéndolo, Eliza, bajo el cuidado de Mrs. Pearce. Y te casarás
con un oficial de la Guardia, de hermosos bigotes, el hijo de un marqués, que le
desheredará por haberse casado contigo, pero se ablandará cuando vea tu belleza y
bondad…
PICKERING. - Perdóneme, Higgins, pero debo intervenir. Mrs. Pearce tiene mucha
razón. Si esta chica se pone en sus manos durante seis meses, para un experimento
didáctico, debe saber perfectamente qué hace.
HIGGINS. - ¿Cómo podría ser eso? Es incapaz de entender nada. Además,
¿entiende alguno de nosotros lo que hace? Si lo entendiéramos, ¿lo haríamos?
PICKERING. - Muy ingenioso, Higgins, pero no tiene relación alguna con el caso
presente. (A Eliza.) Miss Doolittle…
LIZA (anonadada). - ¡Ah-ah-ooii!
HIGGINS. - ¡Vaya! Eso es todo lo que sacará de Eliza. ¡Ah-ah-ooii! Es inútil
explicarle. Como militar, usted tendría que saberlo. Déle órdenes: eso es suficiente

22
para ella. Eliza: vivirás aquí durante los próximos seis meses, aprendiendo a hablar tan
bellamente como una vendedora de florería. Si eres buena y haces todo lo que se te
diga, dormirás en un verdadero dormitorio tendrás comida en abundancia y dinero
para comprar bombones y viajar en taxi. Si eres mala y perezosa, dormirás en la cocina,
con las cucarachas, y serás castigada por Mrs. Pearce con una escoba. Al cabo de los
seis meses irás a Buckingham Palace en un carruaje, hermosamente ataviada. Si el Rey
descubre que no eres una dama, serás llevada por la policía a la Torre de Londres,
donde te cortarán la cabeza como advertencia a otras floristas engreídas. Si no te
descubren, te haré un regalo de siete chelines y seis peniques para que comiences tu
vida de vendedora en una florería. Si rechazas este ofrecimiento, serás una muchacha
sumamente perversa y desagradecida y los ángeles llorarán por ti. (A Pickering.) Y
ahora, ¿está satisfecho, Pickering? (A Mrs. Pearce.) ¿Puedo detallarlo más clara y
honestamente, Mrs. Pearce?
Mrs. PEARCE (paciente). - Creo que sería mejor que me dejara hablar
convenientemente con la joven en privado. No sé si puedo hacerme cargo de ella o
dar mi aprobación al convenio. Ya sé que no quiere usted hacerle ningún daño. Pero
cuando siente lo que usted llama interesarse por el acento de la gente, no piensa
nunca, ni le interesa, lo que pueda pasarle a la gente o a usted. Ven conmigo, Eliza.
HIGGINS. -Muy bien. Gracias, Mrs. Pearce. Transpórtemela al cuarto de baño.
LIZA (levantándose a desgana y con suspicacia). - Usté's un gran valentón, es'eh. Si
no quiero, no me quedaré. Y no dejaré que nadies me cahtigue. Nunca tuv'interéh'n ir
a Bucknam Pelis. Nunca tuve dif'cultades con la policía. Soy'na buena chica.
Mrs. PEARCE. - No repliques, muchacha. No has entendido al caballero. Ven
conmigo. (Abre la marcha hacia la puerta, y la mantiene abierta para que pase Eliza.)
LIZA (mientras sale). - Bueno, lo que dije's cierto. No me'cercaré'l Rey, si me van a
cortar la cabeza. Si'biera sabido'n qué me metía, n'hubiera venido'quí. Siempr'he
sido'na buena chica, y nunca quis'hablar una palabra con él, y no le debo nada, y no
m'importa, y no permitiré que me manden, y tengo mihsentimiento', igual que
cualquiera…
Mrs. Pearce cierra la puerta y las quejas de Eliza no son ya audibles.

Eliza es llevada arriba, al tercer piso, para su gran sorpresa, pues esperaba ser
conducida al fregadero. Allí Mrs. Pearce abre una puerta y la hace pasar a un
dormitorio para huéspedes.
Mrs. PEARCE. - Tendrás que quedarte aquí. Este será tu dormitorio.
LIZA. - Oh, yo no podría dormir aquí. Esto'h demasiado bueno para gente como
yo. Tendría miedo de tocar cualquier cosa. Todavía no soy 'na duquesa, ¿sabe?

23
Mrs. PEARCE. - Tienes que ponerte tan limpia como el cuarto; entonces no le
tendrás miedo. Y te ruego que me llames Mrs. Pearce. (Abre la puerta del tocador, que
ha sido modernizado y convertido en cuarto de baño.)
LIZA.- ¡Dio'! ¿Qué's ehto? ¿Aquí lavan la ropa? ¡Qué batea más rara!
Mrs. PEARCE. - No es una batea. Aquí es donde nos lavamos nosotros, Eliza, y
donde te voy a lavar a ti.
LIZA. - ¿Ehpera que me meta'n eso y me moje toda? Nada d'eso. Me moriría.
Conocí 'una mujer que l'hacía todo' loh sábado' por la noche; y se murió d'eso.
Mrs. PEARCE. - Mr. Higgins tiene abajo el baño para caballeros. Y todas las
mañanas se baña con agua fría.
LIZA. - ¡Puf! ¡Ehtá hecho de fierro es'hombre!
Mrs. PEARCE. - Y tú tendrás que hacer lo mismo, si quieres estar con él y el
coronel y que te enseñen. En caso contrario no les agradaría tu olor. Pero puedes
bañarte con agua tan caliente como quieras. Hay dos grifos: caliente y fría.
LIZA (sollozando).-No podría. ¡No. me atrevo! ¡No's natural; me mataría! Jamáh
'tomad'un baño'n toda mi vida, eh decir, lo que se yamaría'n verdadero baño.
Mrs. PEARCE.-Bien, pero ¿no quieres estar limpia y pulcra y decente, como una
dama? No puedes ser una buena chica por dentro si eres una pazpuerca por fuera.
LIZA. - ¡Buaaa…!
Mrs. PEARCE. - Deja de llorar y ve a tu cuarto y quítate toda la ropa. Luego
envuélvete en esto. (Toma una bata de una percha y se la tiende.) Y vuelve aquí. Yo
prepararé el baño.
LIZA (llorosa). -No puedo. No l'haré. N'ehtoy'costumbrada 'eso. Nunca me saqué
toda la ropa. No'h correto; no'h decente.
Mrs. PEARCE. - Bobadas, chica. ¿No te quitas la ropa todas las noches, cuando te
acuestas?
LIZA (atónita). - No. ¿Por qué habría de quitármela'? Me moriría. Por supuehto que
me quito lah falda'.
Mrs. PEARCE. - ¿Quieres decir que duermes con la ropa interior que usas durante
el día?
LIZA. - ¿Qu'otra cosa tengo'n qué dormir?
Mrs. PEARCE. - No volverás a hacer tal cosa mientras vivas aquí. Te daré una bata
de dormir adecuada.
LIZA. - ¿Y eso quiere decir que tengo que ponerme cosa' fríah y permanecer
dehpierta la mita' de la noche, tiritando de frío?
Mrs. PEARCE. - Quiero convertirte, de una golfa descuidada que eres, en una
muchacha respetable y limpia que puede estar sentada con los caballeros en el
estudio. ¿Quieres tenerme confianza y hacer lo que te digo, o prefieres que te eche,
para así poder volver a tu cesta de flores?

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LIZA. - ¡Pero'h qu'uhté no sabe cómo sufro'l frío! ¡No sabe qué miedo le tengo!
Mrs. PEARCE. - Aquí tu cama no estará fría; pondré en ella una botella de agua
caliente. (Empujándola hacia el baño.) Empieza a desvestirte.
LIZA. - ¡Ah, si'biese sabido qué cosa tan ehpantosa sinifica'htar limpia, n'habría
venido. N'ehtaba conforme cuando vivía tranquila. Yo… (Mrs. Pearce la empuja por la
puerta, pero la deja parcialmente abierta, por si la prisionera quisiera recurrir a la fuga.)
Mrs. Pearce se pone un par de mangas blancas, de goma, y llena la bañera,
mezclando agua caliente y fría y probando el resultado con el termómetro de baños.
Perfuma el agua con un puñado de sales y le añade una pizca de mostaza. Luego toma
un cepillo de mango largo, de aspecto formidable, y lo jabona profusamente con una
pastilla de jabón perfumado.
Vuelve Eliza. No lleva encima más que la salida de baño, que se aprieta
fuertemente en torno al cuerpo; está convertida en un lastimoso espectáculo de terror
abyecto.
Mrs. PEARCE. - Ven, pues. Quítate eso.
LIZA.- Oh, no podría, Mrs. Pearce. ¡De vera' que no podría! Nunca'hecho tal cosa.
Mrs. PEARCE. - Simplezas. Vaya, métete adentro y dime, sí te gusta así de
caliente.
LIZA. - ¡Ah-uu! ¡Ah-uu! ¡Ehtj demasiado caliente…!
Mrs. PEARCE (quitándole diestramente la salida de baño y haciendo caer a Eliza
de espaldas). - No te hará daño. (Pone manos a la obra con el cepillo.) Los gritos de
Eliza son desgarradores.

Entretanto el coronel ha estado discutiendo con Higgins acerca de Eliza. Pickering


se ha apartado de la chimenea para sentarse en la silla, a horcajadas, con los brazos
apoyados en el respaldo, dispuesto a someter a su interlocutor a un interrogatorio.
PICKERING. - Perdóneme que le haga una pregunta directa, Higgins. ¿Es usted
una persona de buen carácter por lo que atañe a las mujeres?
HIGGINS (lúgubre). - ¿Ha encontrado alguna vez a un hombre de buen carácter
por lo que atañe a las mujeres?
PICKERING. - Sí, con frecuencia.
HIGGINS (dogmático, izándose con las manos hasta el nivel del piano y
sentándose en él de un salto). - Bueno, pues yo no. He descubierto que en cuanto
dejo que una mujer trabe amistad conmigo, ella se torna celosa, suspicaz, exigente, un
condenado engorro. He descubierto que en cuanto trabo amistad con una mujer me
hago egoísta y tiránico. Las mujeres lo trastornan todo. Cuando uno permite que se
metan en la vida de uno, descubre que la mujer quiere una cosa y uno quiere otra muy
distinta.
PICKERING. - ¿Qué, por ejemplo?

25
HIGGINS (bajando del piano, inquieto). - ¡Oh, el cielo lo sabe! Supongo que la
mujer quiere vivir su vida. Y el hombre quiere vivir la suya. Y ambos tratan de arrastrar
al otro por la senda equivocada. Uno quiere ir al norte y el otro al sur. Y el resultado es
que ambos tienen que ir al este, aunque odian el viento del este. (Se sienta en el
taburete, ante el piano.) De modo que aquí me tiene, un viejo solterón declarado, y
con todas las posibilidades de quedarme así.
PICKERING (levantándose y quedándose gravemente junto a él).- ¡Vamos,
Higgins! Ya sabe a qué me refiero. Si intervengo en esta cuestión me sentiré
responsable por esa joven. Espero que quede aclarado que nadie se aprovechará de la
situación de la muchacha.
HIGGINS. - ¿Qué? ¿De esa cosa? ¡Es sagrada, se lo aseguro! (Poniéndose de pie
para explicar.) ¿Sabe?, ella será una alumna. Y la enseñanza sería imposible si los
alumnos no fuesen sagrados. He enseñado a hablar inglés a veintenas de millonadas
norteamericanas, las mujeres más bien parecidas del mundo. Estoy acostumbrado.
Tanto me daría que hubiesen sido bloques de madera. Yo podría haber sido un bloque
de madera. Es…
Mrs. Pearce abre la puerta. Lleva en la mano el sombrero de Eliza. Pickering se
sienta en la butaca junto a la chimenea.
HIGGINS (ansiosamente).-Y bien, Mrs. Pearce, ¿todo marcha bien?
Mrs. PEARCE (en la puerta).- Lo molesto porque querría hablar unas palabras con
usted, Mr. Higgins.
HIGGINS. - Sí, por supuesto. Pase. (Ella entra.) No queme eso, Mrs. Pearce. Lo
conservaré como una curiosidad. (Toma el sombrero.)
Mrs. PEARCE. - Manipúlelo con cuidado, señor, por favor. Tuve que prometerle
que no lo quemaría. Pero será mejor que lo ponga en el horno durante un rato.
HIGGINS (dejándolo presurosamente sobre el piano).- ¡Oh, gracias! Bien, ¿qué
quería decirme?
PICKERING. - ¿Molesto?
Mrs. PEARCE. - En lo más mínimo, señor. Mr. Higgins, ¿quiere tener la amabilidad
de cuidarse con lo que dice delante de la joven?
HIGGINS (severo). - Por supuesto. Siempre soy cuidadoso con lo que digo. ¿Por
qué me advierte tal cosa?
Mrs. PEARCE (inconmovida). - No, señor, no lo es cuando se le ha perdido alguna
cosa o cuando se pone un poco impaciente. Ahora bien: delante de mí no tiene
importancia; estoy acostumbrada. Pero no debe maldecir delante de la muchacha.
HIGGINS (indignado). - ¿Yo maldecir? (Enfático.) Nunca maldigo. Odio esa
costumbre. ¿Qué demonios quiere decir con eso?

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Mrs. PEARCE (calmosa). -Eso es lo que quiero decir con eso. Maldice usted
demasiado. No me importa que diga "condenado" y "cuernos", y "qué demonios" y
"dónde demonios" y "quién diablos"…
HIGGINS. - Mrs. Pearce, ¡ese lenguaje en sus labios…! ¡De veras…!
Mrs. PEARCE (sin dejarse apartar del tema). -…pero hay cierta palabra que debo
pedirle que no emplee. La muchacha la usó cuando empezó a sentirse bien en el baño.
Comienza con la misma letra de caramba. Ella no tiene la culpa; la aprendió junto a su
madre. Pero no debe oírla de labios de usted.
HIGGINS (altivo). - No puedo admitir que yo la haya usado alguna vez, Mrs.
Pearce. (Ella lo mira firmemente. El agrega, ocultando una conciencia intranquila con
un aire juicioso) Salvo, quizás, en un momento de excitación extrema y justificable.
Mrs. PEARCE. - Justamente esta mañana, señor, la aplicó a los zapatos, a la
manteca y al pan negro.
HIGGINS. - ¡Ah, eso! No tiene importancia, Mrs. Pearce.
Mrs. PEARCE. - Bien, señor, como quiera. Pero le ruego que no permita que la
joven lo oiga repetirlo.
HIGGINS.- ¡Oh, muy bien, muy bien! ¿Es eso todo?
Mrs. PEARCE. - No, señor. Tendremos que tener mucho cuidado con esa chica en
cuanto al aseo personal.
HIGGINS. - Muy cierto. Bien dicho. Tiene mucha importancia.
Mrs. PEARCE. - Quiero decir, en cuanto a permitirle que sea descuidada con su
vestido o que deje sus cosas en cualquier parte.
HIGGINS (acercándose a ella con solemnidad). -Precisamente. Estaba a punto de
llamarle a usted la atención al respecto. (Se le aproximo a Pickering, quien se divierte
enormemente con la conversación.) Estas cositas son las que tienen mayor
importancia, Pickering. Cuide los peniques y las libras se cuidarán por sí mismas. Y eso
vale tanto en lo que atañe al dinero como en lo referente a las costumbres personales.
(Por fin, ancla en la alfombra de la chimenea, con el aire de un hombre que se
encuentra en una posición inexpugnable.)
Mrs. PEARCE. - Sí, señor. En ese caso puedo pedirle que no baje a desayunarse
con la bata de dormir, o por lo menos que no la use como servilleta hasta el punto en
que lo hace, señor. Y si quiere tener la bondad de no comer todas las cosas en el
mismo plato y de no poner la cazuela de las gachas sobre el mantel limpio, le dará un
mejor ejemplo a la joven. Ya sabe que la semana pasada casi se asfixia con una espina
de pescado que encontró en la mermelada.
HIGGINS (arrancado de la alfombra y volviendo a vagar en dirección al piano). -
Puede que alguna vez haga estas cosas por pura distracción; pero por cierto que no las
hago habitualmente. (Iracundo.) ¡Y de paso: mi bata huele remalditamente a bencina!
Mrs. PEARCE. - Sin duda, Mr. Higgins. Pero si quisiera limpiarse los dedos…

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HIGGINS (gritando). - ¡Oh, está bien, está bien! ¡En el futuro me los limpiaré en el
cabello!
Mrs. PEARCE. - Espero que no se haya ofendido, Mr. Higgins.
HIGGINS (escandalizado al descubrir que se le considera capaz de un sentimiento
poco amable).- ¡En absoluto, en absoluto! Tiene mucha razón, Mrs. Pearce. Me cuidaré
muy especialmente ante la joven. ¿Algo más?
Mrs. PEARCE. - No, señor. ¿Puede ella usar algunos de los vestidos japoneses que
usted trajo del extranjero? No puedo hacer que se vuelva a poner las cosas viejas.
HIGGINS. - Es claro. Como le parezca. ¿Hay algo más?
Mrs. PEARCE. - Gracias, señor. Eso es todo. (Sale.)
HIGGINS. - ¿Sabe, Pickering?, esa mujer tiene las opiniones más extraordinarias
de mí. Heme aquí, un hombre tímido, vergonzoso… Nunca me ha sido posible
sentirme realmente maduro y tremendo, como otros. Y sin embargo ella está
firmemente convencida de que soy una persona arbitraria, dominadora y tiránica. No
acierto a explicármelo.
Mrs. Pearce regresa.
Mrs. PEARCE. - Si me permite, señor, han comenzado las dificultades. Ahí abajo
hay un basurero, Alfred Doolittle, que quiere verle. Dice que usted tiene a su hija aquí.
PICKERING (confidencial). - ¡Uf! ¡Caramba!
HIGGINS (rápidamente). - Haga subir al pillastre.
Mrs. PEARCE. - Oh, muy bien, señor. (Sale.)
PICKERING. - Es posible que no sea un pillastre, Higgins.
HIGGINS. - Tonterías. Por supuesto que es un pillastre.
PICKERING. - Lo sea o no, me temo que tendremos dificultades con él.
HIGGINS (confidencial). - Oh, no, creo que no. Si hay alguna dificultad, la tendrá él
conmigo, no yo con él. Y seguramente le sacaremos algo interesante.
PICKERING. - ¿Acerca de la joven?
HIGGINS. - No. Me refiero al dialecto del hombre.
PICKERING. - ¡Oh!
Mrs. PEARCE (a la puerta). - Doolittle, señor. (Hace pasar a Doolittle y se retira.)
Alfred Doolittle es un basurero de edad, pero vigoroso, ataviado con el traje de su
profesión, incluso un sombrero con un ala de tela negra que le cae sobre la nuca.
Tiene facciones características y bien marcadas y parece igualmente libre de temores y
de remordimientos de conciencia. Posee una voz notablemente expresiva, resultado
de su costumbre de dar rienda suelta a sus sentimientos sin reservas. Su actitud del
momento es la del honor herido y la severa resolución.
DOOLITTLE (a la puerta, indeciso en punto a cuál de los caballeros es su hombre).
- ¿Profesor Higgins?
HIGGINS. - Aquí. Buenos días. Siéntese.

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DOOLITTLE. -Buenos días, jefe. (Se sienta pomposamente.) He venido por un
asunto muy grave, jefe.
HIGGINS (a Pickering). - Criado en Houslow. Creo que la madre debe de ser
galesa. (Doolittle abre la boca, estupefacto. Higgins continúa.) ¿Qué quiere, Doolittle?
DOOLITTLE (amenazador). - Quiero a mi hija, eso es lo que quiero, ¿entiende?
HIGGINS. - Por supuesto. Usted es el padre, ¿verdad? No supondrá que nadie
más la quiere, aparte de usted, ¿eh? Me alegro de ver que le quede alguna chispa de
sentimiento paternal. Ella está arriba. Llévesela inmediatamente.
DOOLITTLE (levantándose, temeroso, desconcertado). - ¿Qué?
HIGGINS. - Llévesela. ¿Acaso cree que le voy a cuidar a su hija?
DOOLITTLE (con tono de reproche). - Vamos, vamos, oiga, jefe. ¿Es esto
razonable? ¿Es lógico aprovecharse de un hombre de este modo? La muchacha me
pertenece. Usted la tiene. ¿Qué salgo ganando yo? (Vuelve a sentarse.)
HIGGINS. - Su hija tuvo la audacia de venir a mi casa y pedirme que le enseñara a
hablar correctamente, para poder conseguir un empleo en una florería. Este caballero
y mi ama de llaves han estado aquí durante todo el tiempo. (Amedrentándole.) ¿Cómo
se atreve a venir para tratar de extorsionarme? Usted la envió adrede.
DOOLITTLE (protestando). - ¡No, jefe!
HIGGINS. - Y yo digo que sí. ¿De qué otro modo podría saber que se encuentra
aquí?
DOOLITTLE. - No acose a un hombre de ese modo, jefe.
HIGGINS. - ¡La policía lo acosará! ¡Esto es una intriga… una conjura para sacarme
dinero mediante amenazas! Telefonearé a la policía. (Se dirige resueltamente hacia el
teléfono y abre la guía.)
DOOLITTLE. - ¿Le he pedido acaso siquiera una moneda de un cuarto de
penique? Que lo diga ese caballero. ¿He dicho una palabra acerca de algún dinero?
HIGGINS (arrojando la guía y yendo hacia Doolittle en actitud amenazadora). - Y
entonces, ¿para qué vino?
DOOLITTLE (dulce). - ¿Para qué podría venir un hombre? Sea humano, jefe.
HIGGINS (desarmado). - Alfred, ¿la obligó usted a hacerlo?
DOOLITTLE. - Le juro que no, jefe. Juro por la Biblia que hace dos meses que no
veo a la muchacha.
HIGGINS. - Y entonces, ¿cómo supo que estaba aquí?
DOOLITTLE (sumamente musical, sumamente melancólico). - Se lo diré, jefe, si me
deja decir una palabra de tanto en tanto. Estoy dispuesto a decírselo. Quiero decírselo.
Estoy esperando la oportunidad de decírselo.
HIGGINS. - Pickering, este individuo tiene un cierto don natural para la retórica.
Observe el ritmo de notas naturales nativas. "Estoy dispuesto a decírselo; quiero

29
decírselo; estoy esperando la oportunidad de decírselo." ¡Retórica sentimental! Esa es
su veta galesa. Explica también su mendacidad y deshonestidad.
PICKERING. - Oh, por favor, Higgins, yo también soy del oeste. (A Doolittle.)
¿Cómo supo que la joven estaba aquí, si no la envió?
DOOLITTLE. - El asunto fue así, jefe. La chica llevó a un joven en el taxi para darle
un paseo. El hijo de la casera, es. El se quedó por aquí, en la esperanza de obtener
otro paseo gratuito. Bueno, ella le hizo volver a buscar el equipaje, cuando se enteró
de que usted estaba dispuesto a dejarla quedarse aquí. Me encontré con el chico en la
esquina de Long Acre y la calle Endell.
HIGGINS. - Taberna. ¿No es verdad?
DOOLITTLE. - El club del pobre, jefe. ¿Por qué no?
PICKERING. - Déjelo que termine con su relato, Higgins.
DOOLITTLE. - El me dijo lo que ocurría. Y yo le pregunto a usted: ¿cuáles fueron
mis sentimientos y mis deberes de padre? Le dije al muchacho: "Tráeme el equipaje",
le dije…
PICKERING. - ¿Por qué no fue a buscarlo usted mismo?
DOOLITTLE. - La casera no me habría permitido sacarlo, jefe. Es de esa clase de
mujeres, ¿sabe? Tuve que darle al chico un penique antes de que pudiera convencerle,
el muy cerdo. Y yo me traje el equipaje, tanto como para hacerle un favor a usted y
hacerme el simpático. Eso es todo.
HIGGINS. - ¿Qué cantidad de equipaje?
DOOLITTLE. - Un instrumento musical, jefe. Unos cuadros, algunas baratijas y una
jaula de pájaro. Ella dijo que no quería ropas. ¿Que podía yo suponer, jefe? Le
pregunto: como padre, ¿qué podía yo suponer?
HIGGINS. - De modo que vino a salvarla de algo peor que la muerte, ¿eh?
DOOLITTLE (apreciativo, aliviado de ver que se le entiende tan bien).-
Precisamente, jefe. Eso mismo.
PICKERING. - Pero, ¿por qué le trajo el equipaje, si quería llevársela?
DOOLITTLE. - ¿He dicho yo algo acerca de llevármela? ¿Lo he dicho?
HIGGINS (decidido). - Pues se la llevará, y a paso redoblado. (Cruza hacia el hogar
y hace sonar el timbre.)
DOOLITTLE (levantándose). -No, jefe. No diga eso. No soy hombre como para
interponerme entre la felicidad y mi hija. Una carrera se abre ante ella, como quien
dice, y… Mrs. Pearce abre la puerta y aguarda órdenes. HIGGINS. - Mrs. Pearce, este
es el padre de Eliza. Ha venido a llevársela. Désela. (Vuelve al piano, con aire de
lavarse las manos de toda la cuestión.)
DOOLITTLE. - No. Esto es un malentendido. Escúcheme…
MRS. PEARCE. - No puede llevársela, Mr. Higgins. Imposible. Usted me dijo que
le quemara las ropas.

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DOOLITTLE. - Es cierto. No puedo llevarme a la muchacha por las calles como si
fuese una maldita mona, ¿no es verdad? Dígalo usted mismo.
HIGGINS. - Usted me ha dicho que quiere a su hija. Llévesela. Si no tiene ropas,
salga a comprarle algunas.
DOOLITTLE (desesperado). - ¿Dónde están las ropas en que vino? ¿Las quemé yo
o las quemó su esposa, aquí presente?
Mrs. PEARCE. - Soy el ama de llaves, sí no tiene inconveniente. He hecho pedir
algunas ropas para su hija. Cuando lleguen, podrá llevársela usted. Puede esperar en
la cocina. Por aquí, por favor.
Doolittle, profundamente turbado, la acompaña hasta la puerta, vacila y
finalmente se vuelve hacia Higgins con actitud y tono confidencial.
DOOLITTLE. - Oiga, jefe. Usted y yo somos hombres de mundo, ¿no es así?
HIGGINS.- ¡Oh! Somos hombres de mundo, ¿eh? Será mejor que salga, Mrs.
Pearce.
Mrs. PEARCE. - Yo también creo lo mismo, señor, por cierto. (Sale con dignidad.)
PICKERING. - Tiene usted la palabra, Mr. Doolittle.
DOOLITTLE (a Pickering). - Le agradezco, jefe. (A Higgins, que se refugia en el
taburete del piano, un poco abrumado por la proximidad de su visitante; porque
Doolittle está rodeado de un tufo profesional de basura.) Bueno, la verdad es que me
ha caído usted en gracia, jefe. Y, si la quiere a la chica, no estoy tan empecinado en
llevármela a casa que no esté dispuesto a aceptar un arreglo. Desde el punto de vista
de una joven, es una muchacha sumamente bonita. Como hija no vale lo que costaría
mantenerla. Y por eso se lo digo a usted francamente. Lo único que exijo son mis
derechos de padre. Y usted sería el último hombre viviente en pretender que la deje
irse sin ninguna compensación. Porque ya veo que es usted uno de esos individuos
derechos, jefe. Bien, ¿qué es para usted un billete de cinco libras? ¿Y qué es Eliza para
mí? (Vuelve a su silla y se sienta juiciosamente.)
PICKERING. - Creo que tendría que saber, Doolittle, que las intenciones de Mr.
Higgins son enteramente honestas.
DOOLITTLE. - Por supuesto que lo son, jefe. Si creyese que no eran, pediría
cincuenta.
HIGGINS (asqueado). - ¿Quiere decir que vendería a su hija por cincuenta libras
esterlinas?
DOOLITTLE. - En general, no. Pero para complacer a un caballero como usted
haría muchas cosas, se lo aseguro.
PICKERING. - Pero, ¿es que no tiene moral, hombre?
DOOLITTLE (impávido). - No puedo darme ese lujo, jefe. Y tampoco podría
dárselo usted, si fuese tan pobre como yo. No es que quiera hacer algún daño, ¿sabe?
Pero, si Liza obtendrá algo de esto, ¿por qué no yo también?

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HIGGINS (turbado). - No sé qué hacer, Pickering. Es indudable que, en punto a
moral, sería un crimen darle una moneda a este individuo. Y sin embargo presiento
que hay una especie de justicia tosca en su pedido.
DOOLITTLE. - Eso es, jefe. Eso es lo que yo también digo. Un corazón de padre,
por así decirlo.
PICKERING. - Bueno, yo conozco ese sentimiento; pero, de veras, no me parece
muy justo…
DOOLITTLE. - No diga eso, jefe. No lo mire de ese modo. ¿Qué soy yo, jefes? Les
pregunto: ¿qué soy yo? Soy uno de los pobres indignos, eso es lo que soy. Piense en
lo que eso significa para un hombre. Significa que continuamente tendrá que luchar
contra la moral de la clase media. Si hay algo en vista, y yo trato de sacar mi parte,
siempre sucede lo mismo: "Eres indigno; no te corresponde." Pero mis necesidades
son tan grandes como las de la viuda más digna que haya recibido dinero de seis
distintas instituciones de caridad, en una semana, por la muerte del mismo esposo. No
necesito menos que un hombre digno; necesito más. No como menos vorazmente. Y
bebo mucho más. Necesito alegría y una canción y una orquesta, cuando me siento
deprimido. Necesito diversión, porque soy un hombre que piensa. Bien, pues me
cobran por todo lo mismo que le cobran al digno. ¿Qué es la moral de la clase media?
Nada más que una excusa para no darme nunca nada. Por lo tanto les pido, como a
dos caballeros que son, que no jueguen ese juego conmigo. Yo estoy jugando
limpiamente con ustedes. No pretendo ser digno. Soy indigno y tengo la intención de
seguir siéndolo. Me agrada, y esa es la verdad. ¿Querrían ustedes aprovecharse de la
naturaleza de un hombre para despojarle del precio de su propia hija, que él ha criado
y aumentado y vestido con el sudor de su frente hasta que ella tuvo suficiente edad
como para interesarles a ustedes dos? ¿Cinco libras es un precio irrazonable? Les
planteo la cuestión y dejo la cuestión en manos de ustedes.
HIGGINS (levantándose y acercándose a Pickering). - Pickering, si nos ocupáramos
de este hombre durante tres meses, podría elegir entre un puesto en el gabinete y un
púlpito popular en Gales.
PICKERING. - ¿Qué dice a eso, Doolittle?
DOOLITTLE. - No quiero nada de eso, jefe, muchas gracias. He oído a todos los
predicadores y a todos los primeros ministros -porque soy un hombre que piensa y me
agrada la política o la religión o las reformas sociales igual que cualquier otra
diversión-, y les digo que es una vida de perros por donde se la mire. La pobreza
indigna es mi especialidad. Comparando una posición social con otra es… es… bien,
es la única que tiene un poco de pimienta, para mi gusto.
HIGGINS. - Supongo que tendremos que darle un billete de cinco.
PICKERING. - Me temo que le dará mal uso.

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DOOLITTLE. - No, jefe, le aseguro que no sucederá nada de eso. No tema que
me lo guarde y lo ahorre y viva en el ocio con él. Para el próximo lunes no quedará ni
un penique de él. Tendré que volver a trabajar como si nunca lo hubiese tenido. Y
puede apostar a que no me empobrecerá. Apenas una buena parranda para mí y la
señora, dándonos placer a nosotros mismos y empleo a otros, y satisfacción a ustedes,
cuando piensen en que no ha sido derrochado.
HIGGINS (extrayendo la cartera y colocándose entre Doolittle y el piano). -Esto es
irresistible. Démosle diez. (Ofrece dos billetes al basurero.)
DOOLITTLE. - No, jefe. Ella no tendría el valor necesario para gastar diez libras; y
quizá no lo tendría yo tampoco. Diez libras es mucho dinero; hace que un hombre se
sienta un poco prudente. Y, entonces, ¡adiós a la felicidad! Déme lo que le pido, jefe,
ni un centavo más, ni un centavo menos.
PICKERING. - ¿Por qué no se casa con esa señora suya? Para mí hay límites en lo
que se refiere a alentar ese tipo de inmoralidades.
DOOLITTLE. - Así se lo he dicho a ella, jefe, así se lo he dicho a ella. Yo estoy
dispuesto. Soy yo quien sufre con ello. No tengo ningún dominio sobre la mujer.
Tengo que mostrarme agradable con ella. Tengo que hacerle regalos. Tengo que
comprarle ropas que es un espanto. Soy un esclavo de esa mujer, jefe, y sólo porque
no soy su esposo legal. Y ella lo sabe. ¡Que la sorprendan casándose conmigo! Siga mi
consejo, jefe: cásese con Eliza mientras ella es joven y no sabe lo que hace. De lo
contrario, lo lamentará más adelante. En cambio, si se casa, será ella quien lo lamente.
Pero mejor que lo lamente ella y no usted, porque usted es un hombre y ella no es
más que una mujer y, de todos modos, no sabe cómo se hace para ser feliz.
HIGGINS.-Pickering, si seguimos escuchando a este hombre un minuto más, no
nos quedará ninguna convicción en pie. (A Doolittle.) Creo que dijo cinco libras…
DOOLITTLE. - Muchas gracias, jefe.
HIGGINS. - ¿Está seguro de que no aceptará diez?
DOOLITTLE. - Ahora no. Otra vez, jefe.
HIGGINS (entregándole un billete de cinco libras). - Aquí tiene.
DOOLITTLE. - Muchas gracias, jefe. Buenos días. (Se dirige apresuradamente
hacia la puerta, ansioso de escapar con su botín. Cuando la abre se encuentra frente a
una graciosa y exquisitamente limpia japonesita, ataviada con un sencillo quimono de
algodón azul, decorado hábilmente con pequeños capullos blancos de jazmín,
impresos. Mrs. Pearce la acompaña. El se aparta del paso con deferencia y se
disculpa.) Perdone, señorita.
LA JAPONESITA. - ¡Caray! ¿No conoceh' tu propia hija?
DOOLITTLE ¡Diablos! ¡Es Eliza!
HIGGINS exclamando ¿Que es esto?
PICKERING simultáneamente ¡Cielos!

33
LIZA. - ¿No tengo ahpeto tonto?
HIGGINS. - ¿Tonto?
Mrs. PEARCE (a la puerta). -Por favor, Mr. Higgins, no diga nada que pueda hacer
que la joven se envanezca.
HIGGINS (concienzudamente). - ¡Oh, muy cierto, Mrs. Pearce! (A Eliza.) Sí,
remalditamente tonta.
Mrs. PEARCE. -Por favor, señor.
HIGGINS- (corrigiéndose). - Quiero decir, extremadamente tonta.
LIZA. - Ehtaría perfetamente con el sombrero puehto. (Toma el sombrero, se lo
pone y cruza el cuarto en dirección a la chimenea, con ademanes de elegante.)
HIGGINS. - ¡Una nueva moda, caramba! ¡Y debería ser horrible!
DOOLITTLE (con orgullo paternal). - Bueno, nunca creí que, limpia, pudiese ser
tan bien parecida, jefe. Es un crédito para mí, ¿eh?
LIZA. - Puedo decirte qu'aquí eh fácil limpiarse. Agua calient'y fría de caniya toda
la qu'una quiera. Tuayas ehponjosa'. Y'n soporte para las tuayas, tan caliente que te
quema loh dedo'. Cepilloh suave' para frotarte y una jabonera qu'huele a rosa'. Ahora
sé por qué lah dama' son tan limpias. ¡Me guhtaría que vieran cóm'éh la vida para
gente como yo!
HIGGINS. - Me alegro de que el cuarto de baño haya contado con tu aprobación.
LIZA. - Nada d'eso. No contó con mi 'probación. Y no m'iporta quién m'oiga
decirlo. Mrs. Pearce lo sabe.
HIGGINS. - ¿Qué sucedió, Mrs. Pearce?
Mrs. PEARCE (apaciblemente). - Oh, nada, señor. No tiene importancia.
LIZA. - Buenah gana' tuve de romperlo. No sabía para qué lado mirar. Pero le
colgué'na tuaya'ncima, le colgué.
HIGGINS. - ¿Encima de qué?
Mrs. PEARCE. - Del espejo, señor.
HIGGINS. - Doolittle, ha criado a su hija demasiado severamente.
DOOLITTLE. - ¿Yo? Nunca la crié, como no se llame criarla a darle un correazo de
tanto en tanto. No me culpe a mí, jefe. Pero pronto aprenderá los modales
desenvueltos y despreocupados de ustedes.
LIZA. - Soy'na buena chica, soy. Y n'aprenderé modaleh denvueltoh y
dehpreocupado'.
HIGGINS. - Eliza, si vuelves a decir que eres una buena chica, tu padre te llevará a
tu casa.
LIZA. - Nada d'eso. Usté' no conoce' mi padre. No vino'quí máh que para pedirle
algún dinero par'emborracharse.

34
DOOLITTLE. - Bien, y, ¿para qué otra cosa podría querer dinero? Para ponerlo en
el cepillo de la iglesia, ¿eh? (Ella le saca la lengua. El se irrita de tal manera que
Pickering tiene que interponerse entre ambos.) ¡No quiero desfachateces! ¡Y que no
sepa que te muestras desfachatada con este caballero, o tendrás noticias mías! ¿Me
entiendes?
HIGGINS.- ¿Tiene algún otro consejo que darle, antes de irse, Doolittle? ¿Su
bendición, por ejemplo?
DOOLITTLE. - No, jefe. No soy tan tonto como para enseñarles a mis hijos todo lo
que sé. Ya es bastante con tenerlos, sin eso. Si quiere mejorar la mente de Eliza,
hágalo con una correa. Adiós, caballeros. (Se vuelve para salir.)
HIGGINS (impresionante). - ¡ Espere! Vendrá usted regularmente a visitar a su hija.
Es su deber, ¿entiende? Mi hermano es sacerdote y podría ayudarle en sus
conversaciones con ella.
DOOLITTLE (evasivo). -Por supuesto. Vendré, jefe. Esta semana no, porque tengo
un trabajo lejos. Pero puede contar conmigo para más tarde. Buenas tardes,
caballeros. Buenas tardes, señora. (Se toca el sombrero para saludar a Mrs. Pearce,
que desprecia el saludo y sale. Hace un guiño a Higgins, pensando que
probablemente éste es un compañero de sufrimiento del mal talante de Mrs. Pearce, y
sale.)
LIZA. - No le crean al viejo mentiroso. Antes preferiría que le lanzasen loh perro' a
tener qu'hablar con un sacerdote. Ya no volverán a verle muy pronto.
HIGGINS. -Ni lo quiero, Eliza. ¿Y tú?
LIZA. - Yo no. No quiero volver a verle nunca, no quiero. Eh'na deshonra para mí,
eh, recogiendo basura'n lugar de trabajar en su'ficio.
PICKERING. - ¿Cuál es su oficio, Eliza?
LIZA. - Sacar dinero 'la gente a fuerza de conversación. Su verdero'ficio eh'l de
peón. Y a veceh traba'n él… como'jercicio… y gana bien. ¿No piensa yamarme máh
Miss Doolittle?
PICKERING. - Perdone, Miss Doolittle. Fue una equivocación.
LIZA. - Oh, no tiene'mportancia. Pero'h que fue tan delicado… M'agradaría
tomarme'n tasi hahta l'ehquina de Tottenham Court Road y bajarme y decirle que
m'ehperara, nada máh que para poner 'lah chicah'n su lugar. Pero no leh dirigiría la
palabra, ¿entiende?
PICKERING. - Mejor será que esperes hasta que te consigamos algo realmente
elegante.
HIGGINS.- Además, no deberías alejarte de tus viejas amigas ahora que te has
elevado en el mundo. Eso es lo que se llama vanidad.
LIZA. - Gente com'ésa ya n'éh amiga mía, por cierto. Bahtante se burlaron de mí
cuando pudieron. Y ahora quiero pagarleh con la mihma moneda. Pero'hperaré, 'si me

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van a dar vehtidoh'legante'. Me guhtaría tener alguno'. Mrs. Pearce me dijo que me
darán varioh par'usar en la cama por la noche, dihtinto' de loh qu'use durante'l día.
Pero me parece tirar el dinero, cuando se podría comprar algo que se pueda lucir.
Ademáh, nunca m'agradaría ponerme ropa fría'n una noche d'invierno.
Mrs. PEARCE (regresando). - Vaya, Eliza. Ya han llegado las cosas nuevas; puedes
probártelas.
LIZA. - ¡Ah-ooooiii! (Sale corriendo.)
Mrs. PEARCE (siguiéndola). -Oh, no corras de ese modo, muchacha. (Cierra la
puerta tras de sí.)
HIGGINS. - Pickering, menuda tarea nos espera.
PICKERING (con convicción). - Así es, Higgins.

Parece existir cierta curiosidad en cuanto a cómo fueron las lecciones de Higgins a
Eliza. Bien, aquí va un ejemplo: la primera.
Es preciso imaginar a Eliza con sus nuevas ropas y una sensación extraña en el
cuerpo, producida por un almuerzo, una cena y un desayuno de una clase a la que no
está acostumbrada, sentada con Higgins y el coronel en el estudio, sintiéndose como
un paciente en un hospital, en su primer encuentro con los médicos. Higgins, por
naturaleza incapaz de quedarse sentado, quieto, la perturba aún más paseándose
incansablemente por la habitación. Si no fuese por la confortante presencia de su
amigo el coronel, la joven huiría para salvar la vida, incluso aunque la huida la llevase
otra vez a Drury Lane.

HIGGINS. - Recítame tu alfabeto.


LIZA. - Conohco mi alfabeto. ¿Acaso se piensa que no sé nada? No necito que
m'enseñen com'una chiquiya.
HIGGINS (rugiendo). - ¡Recítame tu alfabeto!
PICKERING. - Recítelo, Miss Dolittle. En seguida comprenderá por qué. Haga lo
que él le dice y deje que él le enseñe a su modo.
LIZA. - Oh, bueno, si trate d'eso… Aheii, beii, ceii, deii… 1
HIGGINS (con el rugido de un león herido), - ¡Espera! Escuche eso, Pickering. Esto
es lo que nosotros pagamos con el nombre de educación elemental. Este desdichado
animal ha estado encerrado durante nueve años en una escuela, a nuestras expensas,
para aprender a hablar y leer en la lengua de Shakespeare y Milton. Y el resultado es
"Aheii, beii, ceii… deii". (A Eliza.) Di ei, bi, ci, di.
LIZA (casi llorando). - ¡P'ero si lo dije! Aheii, beii, ceii…
HIGGINS. - ¡Basta! Di: "Esto es para ti."
LIZA. - Ehto'h para teii.

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HIGGINS. - ¡No! Apoya la lengua en la parte interior de los dientes inferiores y di
"Esto es…"
LIZA. - Ehto… ¡No puedo! Esto…
PICKERING. - Muy bien. Espléndido, Miss Doolittle.
HIGGINS. - ¡Por Júpiter, lo hizo del primer intento! Pickering, haremos de ella una
duquesa. (A Eliza.) Y ahora, ¿te parece que puedes decir ti? No teii, ¿entiendes? Si
alguna vez vuelves a decir beii, ceii, deii, te arrastraré de los cabellos por todo el
cuarto, tres veces. ( Fortísimo.) ¡Ti, ti, ti, ti!
LIZA (llorando). - No puedo dihtinguir ninguna diferencia, aparte de que parece
máh'legante cuand'usté' lo dice.
HIGGINS. - Bueno, pues si puedes distinguir esa diferencia, ¿por qué demonios
lloras? Pickering, déle un bombón.
PICKERING. - No, no. No importa que llore un poco, Miss Doolittle; aprende
usted rápidamente. Y las lecciones no le harán daño. Le prometo que no dejaré que él
la arrastre de los cabellos por el cuarto.
HIGGINS.- Vete a contarle a Mrs. Pearce lo que has hecho. Piensa en ello. Trata de
hacerlo tú misma. Y mantén la lengua hacia adelante, cuando hables, en lugar de tratar
de enrollarla y tragártela. La próxima lección a las cuatro y media, esta tarde. Vete.
Eliza, todavía sollozando, sale corriendo del cuarto.
Y estas son las torturas por las que tiene que pasar Eliza, durante varios meses,
antes de que volvamos a encontrarla nuevamente en su primera aparición en la
sociedad londinense de la clase profesional

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ACTO III

El día de recibo de Mrs. Higgins. Nadie ha llegado aún. El salón, en un piso de


Chelsea, sobre el Embankment, tiene tres ventanas que miran al río y el cielo raso no
es tan alto como lo sería en una casa más vieja de las mismas pretensiones. Las
ventanas están abiertas, dejando paso a un balcón en el que hay macetas con flores. Sí
uno se encuentra mirando hacia los ventanales, tiene la chimenea a su izquierda y la
puerta en la pared de la derecha, en el rincón más cercano a las ventanas.
Mrs. Higgins ha sido educada en la predilección por el estilo Morris y Burne-Jones,
y su cuarto, completamente distinto del de su hijo, de la casa de la calle Wimpole, no
está atestado de muebles y mesitas y zarandajas. En el centro de la estancia hay una
enorme otomana que, conjuntamente con la alfombra, el empapelado Morris, y el
forro de brocado de la otomana y sus cojines, proporcionan todo el adorno y son
demasiado hermosos como para ser ocultados por chirimbolos inútiles. Unos pocos y
buenos cuadros al óleo, de las exhibiciones hechas en la Galería Grosvenor treinta
años antes (los Burne-Jones, no los Whistler), penden de las paredes. El único paisaje
es un Cecil Lawson hecho en la escala de un Rubens. Hay un retrato de Mrs. Higgins,
de cuando desafiaba la moda de su juventud con uno de los hermosos trajes estilo
Rossetti que, caricaturizado por personas que no lo entendían, condujo a los absurdos
del esteticismo popular de la década que comenzó en mil ochocientos setenta.
En el rincón diagonalmente opuesto a la puerta, Mrs. Higgins, pasados ya los
sesenta años y habiendo dejado ya atrás el deseo de tomarse el trabajo de vestirse a la
moda, está sentada, escribiendo, ante una mesita de escribir sencilla y elegante, con el
botón de un timbre al alcance de la mano. Entre ella y la ventana que tiene más cerca
hay una silla Chippendale. Al otro lado del cuarto, más adelante, hay una silla
isabelina, toscamente tallada según el gusto de Iñigo Jones. En el mismo lado se
encuentra un piano. El rincón entre la chimenea y la ventana está ocupado por un
diván con cojines forrados de cretona Morris. Son entre las cuatro y las cinco de la
tarde.
La puerta se abre violentamente y entra Higgins, con él sombrero puesto.

Mrs. HIGGINS (consternada). - ¡Henry! (Riñéndole.) ¿Qué haces aquí, hoy? Es mi


día de recibo. Prometiste no venir. (Mientras él se inclina para besarla, ella le quita el
sombrero y se lo entrega.)
HIGGINS. - ¡Oh, caramba! (Deja caer el sombrero en la mesa.)
Mrs. HIGGINS.- Vete a tu casa inmediatamente.
HIGGINS (besándola). - Lo sé, madre. Vine a propósito.
Mrs. HIGGINS.-Pero no debías haberlo hecho. Lo digo en serio, Henry. Ofendes a
todas mis amistades. Cada vez que se encuentran contigo dejan de venir.

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HIGGINS. - ¡Tonterías! Ya sé que no me es posible mantener una conversación
ligera. Pero a la gente no le importa. (Se sienta en el sofá.)
Mrs. HIGGINS.- No, ¿eh? ¡Conversación ligera, vaya! ¿Y qué me dices de tu
conversación seria? De veras, querido, no digas nada.
HIGGINS. - Debo decir algo. Tengo un trabajo para ti. Un trabajo fonético.
Mrs. HIGGINS. - Es inútil, querido. Lo siento, pero no puedo acostumbrarme a tus
vocales. Y aunque me agrada recibir tus hermosas postales con tu escritura taquigráfica
patentada, siempre me veo obligada a leer las copias en escritura común que tan
previsoramente me envías.
HIGGINS. - Bueno, pues ahora no se trata de un trabajo fonético.
Mrs. HIGGINS. - Pero acabas de decir que sí.
HIGGINS. - No lo es la parte que tú tienes que hacer. He encontrado a una
muchacha.
Mrs. HIGGINS. - ¿Quiere eso decir que una muchacha te ha encontrado a ti?
HIGGINS. - Nada de eso. No me refiero a un asunto amoroso.
Mrs. HIGGINS. - ¡Qué lástima!
HIGGINS. - ¿Por qué?
Mrs. HIGGINS.-Porque nunca te enamoras de nadie que tenga menos de cuarenta
y cinco años. ¿Cuándo piensas descubrir que hay varias mujeres hermosas a tu
alrededor?
HIGGINS.-Oh, no tengo tiempo para ocuparme de mujeres hermosas. Mi idea de
una mujer a quien se puede amar es una que se parezca a ti tanto como sea posible.
Nunca podré llegar a sentirme seriamente atraído por mujeres jóvenes. Algunas
costumbres están arraigadas demasiado hondamente como para ser cambiadas.
(Levantándose bruscamente y paseándose, haciendo sonar las monedas y las llaves
que guarda en los bolsillos del pantalón.) Además, todas son idiotas.
Mrs. HIGGINS. - ¿Sabes qué harías si me amaras de veras, Henry?
HIGGINS. - ¡Oh, por favor! ¿Qué? Casarme, supongo.
Mrs. HIGGINS. - No. Dejar de removerte y sacar las manos de los bolsillos. (El
obedece, con un gesto de desesperación, y vuelve a sentarse.) Eso es. Y ahora
háblame de esa muchacha.
HIGGINS. - Vendrá a visitarte.
Mrs. HIGGINS. - No recuerdo haberla invitado.
HIGGINS. - No la invitaste. La invité yo. Si la hubieras conocido no la habrías
invitado.
Mrs. HIGGINS. - ¡De veras! ¿Por qué?
HIGGINS. - Bien, ocurre que… Es una vulgar florista. La encontré en la calle.
Mrs. HIGGINS.- ¡Y la invitaste a venir a mi casa el día de recibo!

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HIGGINS (poniéndose de pie y acercándose a ella para engatusarla). - ¡Oh, no
pasará nada! Le he enseñado a hablar correctamente y tiene órdenes estrictas en lo
que atañe a su comportamiento. Tiene que atenerse a dos temas: el tiempo y la salud
de todos los presentes… Magnífico día y qué tal le va, ¿entiendes? Y no debe hablar
de tópicos generales. Eso la mantendrá a salvo.
Mrs. HIGGINS. -¡A salvo! ¡Hablar de nuestra salud, de nuestros órganos, quizá de
nuestro cuerpo! ¿Cómo pudiste ser tan tonto, Henry?
HIGGINS (impaciente). - Bueno, pues tiene que hablar de algo. (Se domina y
vuelve a sentarse.) Oh, no pasará nada, no te alarmes. Pickering está conmigo en la
conspiración. Tenemos una especie de apuesta pendiente acerca de si podré hacerla
pasar por duquesa en seis meses. Empecé a trabajar con ella hace unos meses y
progresa admirablemente. Ganaré la apuesta. Tiene un oído muy fino y me ha sido
más fácil enseñarle a ella que a mis alumnos de la clase media, porque se ve obligada
a aprender un idioma completamente nuevo. Habla inglés casi tan bien como tú
francés.
Mrs. HIGGINS. - En todo caso, eso ya es satisfactorio.
HIGGINS. -Sí y no.
Mrs. HIGGINS. - ¿Qué quieres decir?
HIGGINS. - La pronunciación se la he enseñado perfectamente bien, ¿sabes? Pero
no se puede tener en cuenta solamente cómo pronuncia una joven, sino qué
pronuncia. Y ahí es donde…
Son interrumpidos por la criada, que anuncia la llegada de invitados.
LA CRIADA. -Mrs. y Miss Eynsford Hill. (Se retira.)
HIGGINS. - ¡Ay, Dios! (Se levanta, toma precipitadamente el sombrero de la mesa
y va hacia la puerta. Pero, antes de que pueda llegar a ella, su madre le presenta a los
visitantes.) Mrs. y Miss Eynsford Hill son la madre y la hija que se cobijaron de la lluvia
en Covent Garden. La madre es bien educada, tranquila, y tiene la habitual ansiedad
que acompaña a las estrecheces económicas. La hija ha adquirido el aire de
encontrarse sumamente a gusto en sociedad: la bravuconería de la pobreza elegante.
Mrs. EYNSFORD HILL (a Mrs. Higgins). - ¿Como le va? (Se dan la mano.)
Miss EYNSFORD HILL. - ¿Cómo le va? (Le da la mano.)
Mrs. HIGGINS (presentando). - Mi hijo Henry.
Mrs. EYNSFORD HILL. - ¡Su célebre hijo! Hace mucho tiempo que tenía deseos de
conocerle, profesor Higgins.
HIGGINS (lúgubre, sin acercarse a ella). -Encantado. (Retrocede hacia el piano y
hace una brusca inclinación.)
Miss EYNSFORD HILL (aproximándose a él con confiada familiaridad). - ¿Cómo le
va?

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HIGGINS (mirándola fijamente). - La he visto a usted en otra parte. No me imagino
siquiera dónde, pero he escuchado su voz. (Melancólico.) No tiene importancia… Será
mejor que se siente.
Mrs. HIGGINS. - Lamento decir que mi célebre hijo no tiene modales. No le hagan
caso.
Miss EYNSFORD HILL (alegremente). -No se lo hago. (Se sienta en la silla
isabelina.)
Mrs. EYNSFORD HILL (un tanto desconcertada). -En absoluto. (Se sienta en la
otomana, entre su hija y Mrs. Higgins, qué ha apartado su silla de la mesa de escribir.)
HIGGINS. - Oh, ¿he sido grosero? No fue mi intención. Se dirige al ventanal del
centro, a través del cual, de espaldas a los visitantes, contempla el río y las flores del
parque Battersea, en la orilla opuesta, como si fuesen un desierto helado.
Regresa la doncella, precediendo a Pickering.
LA DONCELLA. -El coronel Pickering. (Se retira.)
PICKERING. - ¿Cómo le va, Mrs. Higgins?
Mrs. HIGGINS. - Me alegro de que haya venido. ¿Conoce a Mrs. Eynsford Hill…
Miss Eynsford Hill? (Intercambio de inclinaciones. El coronel pone la silla Chippendale
entre Mrs. Hill y Mrs. Higgins y se sienta.)
PICKERING. - ¿Le ha dicho Henry para qué hemos venido?
HIGGINS (por sobre el hombro). - ¡ Nos interrumpieron, maldito sea!
Mrs. HIGGINS. - ¡Oh, Henry, Henry!
Mrs. EYNSFORD HILL (levantándose a medias). - ¿Molestamos?
Mrs. HIGGINS (levantándose y haciéndola sentarse nuevamente). - No, no. No
podría haber venido más oportunamente. Queremos que conozca a una amiga
nuestra.
HIGGINS (volviéndose, esperanzado). - ¡ Sí, caray! Necesitamos a dos o tres
personas. Ustedes, o cualquier otro, tanto da.
La doncella regresa, seguida de Freddy.
LA DONCELLA. -Mr. Eynsford Hill.
HIGGINS (casi audiblemente, fuera de sus casillas). - ¡Dios del cielo! ¡Otro Eynsford
Hill!
FREDDY (dándole la mano a Mrs. Higgins). - ¿Cónlevá?
Mrs. HIGGINS.- Le agradezco que haya venido. (Presentando.) El coronel
Pickering.
FREDDY (con una inclinación). - ¿Cónlevá?
Mrs. HIGGINS. - No creo que conozca a mi hijo, el profesor Higgins.
FREDDY (acercándose a Higgins). - ¿Cónlevá?
HIGGINS (mirándole como si se tratase de un ladrón).- Juraría que lo he visto
anteriormente. ¿Dónde fue?

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FREDDY. -No lo creo.
HIGGINS (resignado). - Sea como fuere, no tiene importancia. Siéntese.
Le da un apretón de manos y luego lo lanza prácticamente sobre la otomana, de
cara a la ventana. Después da la vuelta y se queda detrás del respaldo.
HIGGINS. - ¡Bien, bien, henos aquí! (Se sienta en la otomana, a la izquierda de
Mrs. Eynsford Hill.) Y ahora, ¿de qué demonios hablaremos hasta que llegue Eliza?
Mrs. HIGGINS. - Eres el alma y el nervio de las veladas de la "Royal Society". Pero,
de veras, resultas un poco molesto en las ocasiones más corrientes.
HIGGINS. - ¿Sí? Lo siento. (De pronto, sonriente.) Supongo que tienes razón,
¿sabes? (Estrepitosamente.) ¡Ja, ja!
Miss EYNSFORD HILL (que considera a Higgins bastante elegible como partido). -
Simpatizo con usted. Yo no se mantener una conversación ligera. ¡Si la gente fuese
sincera y dijese verdaderamente lo que piensa!…
HIGGINS (cayendo en una profunda melancolía). - ¡Dios no lo permita!
Mrs. EYNSFORD HILL (retomando el hilo del tema de su hija). - ¿Por qué?
HIGGINS. - Lo que la gente piensa que debería pensar ya es bastante malo, como
Dios bien lo sabe. Pero lo que realmente piensa es espantoso. ¿Le parece que sería
agradable que dijese lo que yo realmente pienso?
Miss EYNSFORD HILL (alegremente). - ¿Son tan cínicos sus pensamientos?
HIGGINS. - ¿Cínicos? ¿Quién diablos dijo que fuesen cínicos? Quiero decir que no
sería decente.
Mrs. EYNSFORD HILL (seria). -Oh, estoy segura de que no lo dice en serio, Mr.
Higgins.
HIGGINS. - Todos somos salvajes, más o menos, ¿entiende? Se cree que somos
civilizados y cultos… que sabemos todo lo que se refiere a la poesía y la filosofía y el
arte y demás. Pero, ¿cuántos de nosotros conocen siquiera el significado de esas
palabras? (A Miss Hill.) ¿Qué sabe usted de poesía? (A Mrs. Hill.) ¿Qué sabe usted de
la ciencia? (Indicando a Freddy.) ¿Qué sabe él del arte, la ciencia o cualquier otra cosa?
¿Qué demonios creen ustedes que sé yo de la filosofía?
Mrs. HIGGINS (con tono de advertencia). - ¿O de la buena educación, Henry?
LA DONCELLA (abriendo la puerta). - Miss Doolittle. (Se retira.)
HIGGINS (levantándose apresuradamente y corriendo hacia Mrs. Higgins). -"Es
ella, mamá. (Se para en puntas de pies y hace señas a Eliza por sobre la cabeza de la
madre, para indicarle quién es la dueña de casa.)
Eliza, exquisitamente vestida, produce una impresión de tan notable distinción y
belleza, al entrar, que todos se ponen de pie, agitados. Guiada por las señas de
Higgins, se acerca a la madre de éste con estudiada gracia.
LIZA (hablando con pedantesca corrección de pronunciación y gran belleza de
tono). - ¿Cómo está usted, Mrs. Higgins? (Se atraganta levemente cuando hace un

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esfuerzo para pronunciar la H de Higgins, pero sale exitosamente del paso.) Mr.
Higgins me dijo que podía venir.
Mrs. HIGGINS (cordialmente). - En efecto. Y por cierto que me alegro de verla.
PICKERING. - ¿Cómo le va, Miss Doolittle?
LIZA (dándole la mano). - El coronel Pickering, ¿verdad?
Mrs. EYNSFORD HILL. - Estoy segura de que nos hemos encontrado
anteriormente, Miss Doolittle. Me acuerdo de sus ojos.
LIZA. - ¿Cómo está usted? (Se sienta graciosamente en la otomana, en el lugar
que Higgins acaba de dejar libre.)
Mrs. EYNSFORD HILL (presentando). - Mi hija Clara.
LIZA. - ¿Cómo está usted?
CLARA (impulsivamente). -¿Cómo le va? (Se sienta en la otomana, junto a Eliza,
devorándola con los ojos.)
FREDDY (acercándose a Eliza). - Estoy seguro de haber tenido el gusto.
Mrs. EYNSFORD HILL (presentando). -Mi hijo Freddy.
LIZA. - ¿Cómo está usted?
Freddy hace una inclinación y se sienta en la silla isabelina, ciegamente
enamorado.
HICGINS (de pronto). - ¡Caramba, sí! ¡Ahora me acuerdo! (Todos le miran
boquiabiertos.) ¡Covent Garden! (Con acento lastimero.) ¡Qué maldición!
Mrs. HIGGINS. - ¡Henry, por favor! (El está a punto de sentarse en el borde de la
mesa.) No te sientes en la mesa de escribir; me la romperás. -HIGGINS (enfurruñado). -
¡Perdón!
Se dirige al diván, tropezando de paso con el guardafuegos de la chimenea y los
morillos, desenredándose en medio de imprecaciones masculladas y terminando su
desastroso viaje no sin antes haberse dejado caer tan impacientemente sobre el diván
que casi lo rompe. Mrs. Higgins le lanza una mirada, pero se domina y no dice nada.
Sigue una pausa larga y penosa.
Mrs. HIGGINS (al cabo, haciendo conversación). - ¿Le parece que lloverá?
LIZA. - La zona de baja presión que persiste en estas islas en la parte oeste tiene
que moverse lentamente hacia el este. No existen indicios de un gran cambio en la
situación barométrica.
FREDDY. - ¡Ja, ja, qué tremendamente gracioso!
LIZA. - ¿Qué tiene eso de malo, joven? Me parece que lo he dicho bien.
FREDDY. - ¡Matador!
Mrs. EYNSFORD HILL. -Espero que no empiece a hacer frío. La influenza anda
mucho por ahí. Todas las primaveras derriba a nuestra familia entera.
LIZA (sombría). - Mi tía murió de influenza. Así dijeron.
Mrs. EYNSFORD HILL (chasquea la lengua en señal de simpatía).

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LIZA (en el mismo tono trágico). - Pero, en mi opinión, le hicieron clavar el pico.
Mrs. HIGGINS (perpleja). - ¿Clavar el pico?
LIZA.- ¡Síiii, que el cielo la bendiga! ¿Por qué habría de morir de influenza? El año
anterior se curó perfectamente de la difteria. Yo la vi con mis propios ojos. Estaba azul.
Todos creían que se había muerto. Pero mi padre le echaba continuamente ginebra en
la garganta, y volvió en sí tan de pronto que arrancó de un mordisco el cuenco de la
cuchara.
Mrs. EYNSFORD HILL (espantada). - ¡Por Dios!
LIZA (acumulando las pruebas del proceso). - ¿Por qué una mujer de las energías
de ella habría de morirse de influenza? ¿Qué fue de su sombrero nuevo de paja, que
tendría que haberme correspondido a mí? Alguien lo birló. Y yo digo que el que lo
birló es el que la hizo espichar.
Mrs. EYNSFORD HILL. - ¿Qué quiere decir eso de hacerla espichar?
HIGGINS (apresurado). - Es la nueva forma de conversación. Hacer espichar a una
persona significa matarla.
Mrs. EYNSFORD HILL (a Eliza, horrorizada). - ¿Y cree usted que mataron a su tía?
LIZA. - ¡ Qué le parece! Los tipos con los cuales vivía la habrían matado por un
alfiler de sombrero, no ya por un sombrero.
Mrs. EYNSFORD HILL. - Pero seguramente no estuvo bien que su padre le echara
bebida alcohólica en la garganta. Podría haberla matado.
LIZA. - ¿A ella? La ginebra es para ella como la leche materna. Además, él se había
echado tan gran cantidad en su propia garganta que sabía que era buena.
Mrs. EYNSFORD HILL. - ¿Quiere decir que él bebía?
LIZA.-¿Si bebía? ¡Por favor! ¡Una cosa crónica!
Mrs. EYNSFORD HILL. - ¡Cuan espantoso para usted!
LIZA. - Nada de eso. Nunca le hizo daño alguno, que yo pudiese verlo. Pero, por
otra parte, no bebía regularmente. (Alegre.) A rachas, como quien dice, de tanto en
tanto. Y siempre era más bondadoso cuando tenía unos tragos adentro. Cuando
estaba sin trabajo, mi madre solía darle cuatro peniques y le decía que saliera y no
volviese hasta que no se hubiera emborrachado y puesto alegre y amoroso. Hay
muchas mujeres que tienen que hacer que sus esposos se emborrachen para poder
vivir con ellos. (Completamente a sus anchas.) ¿Sabe? lo que pasa es lo siguiente. Si un
hombre tiene un poco de conciencia lo asalta cuando está sobrio. Y entonces se abate.
(A Freddy, convulsionado por carcajadas irreprimibles.) ¡Vaya!, ¿de qué se ríe?
FREDDY. - De la nueva forma de conversación. Lo hace usted tan bien…
LIZA. - Si lo hacía correctamente, ¿de qué se reía? (A Higgins.) ¿He dicho algo que
no debiera?
Mrs. HIGGINS (interviniendo). - Nada en absoluto, Miss Doolittle.
LIZA. - Bueno, es una suerte. (Expansiva.) Porque yo siempre digo que…

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HIGGINS (levantándose y mirando el reloj). - ¡Ejem! LIZA (mirándole,
comprendiendo la insinuación y poniéndose de pie). -Bueno, debo irme. (Todos se
levantan. Freddy va a la puerta.) Encantada de haberla conocido. Adiós. (Le da la mano
a Mrs. Higgins.)
Mrs. HIGGINS. -Adiós.
LIZA. - Adiós, coronel Pickering.
PICKERING. - Adiós, Miss Doolittle. (Se dan la mano.)
LIZA (haciendo una inclinación de cabeza a los demás).- Adiós, todos.
FREDDY (abriéndole la puerta). - ¿Cruza usted el parque, Miss Doolittle? En ese
caso…
LIZA (con dicción perfectamente elegante). - ¿A pie? ¡Cuernos!1 ¡Ni pensarlo!
(Sensación.) Voy en taxi. (Sale.)
Pickering abre la boca y se sienta. Freddy sale al balcón para poder ver
nuevamente a Eliza.
Mrs. EYNSFORD HILL (sufriendo aún de la impresión recibida).-Que no, la verdad
es que no puedo acostumbrarme a las nuevas modas.
CLARA (dejándose caer, descontenta, en la silla isabelina). - Vamos, mamá, no
seas así. Si sigues siendo tan anticuada, la gente pensará que no vamos a ninguna
parte ni visitamos a nadie.
Mrs. EYNSFORD HILL. - Ya lo creo que soy anticuada. Pero espero que no
empieces a usar esa expresión, Clara. Me he acostumbrado a oírte hablar de hombres
llamándoles latosos y a decir que todo es asqueroso y podrido, aunque lo considero
espantoso y poco femenino. Pero esto último es realmente subido. ¿No le parece,
coronel Pickering?
PICKERING. - No me lo pregunte a mí. He estado en la India durante muchos
años. Y los modales han cambiado tanto que a veces no sé si me encuentro en un
ambiente respetable o en el castillo de proa de algún barco carguero.
CLARA. - Es cuestión de acostumbrarse. No hay en ello nada de malo ni de
bueno. Nadie quiere decir nada con eso. Y es tan gracioso y le da un énfasis tan
elegante a las cosas que en sí no son muy ingeniosas… Encuentro que el nuevo estilo
de conversación es sumamente delicioso e inocente en absoluto.
Mrs. EYNSFORD HILL (poniéndose de pie). - Bueno, en fin de cuentas, creo que ya
es hora de que nos vayamos.

1
En el original, Not bloody likely. Bloody es un intensivo vulgar, considerado
como altamente incorrecto en la conversación en sociedad; de ahí la sensación, que en
castellano sólo podría ser producida por un expletivo de más grueso calibre. (N. del T.)
Pickering y Higgins se ponen de pie.

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CLARA (Levantándose). - Oh, sí; todavía tenemos que visitar otras tres casas.
Adiós, Mrs. Higgins. Adiós, coronel Pickering. Adiós, profesor Higgins.
HIGGINS (acercándose melancólicamente a ella y acompañándola hasta la puerta).
- No se olvide de ensayar el nuevo estilo de conversación en las tres casas. No se
ponga nerviosa.
Hable con vigor.
CLARA (toda sonrisas). -Lo haré. Adiós. ¡Todas estas tonterías de la primitiva
mojigatería victoriana!
HIGGINS (tentándola). - ¡ Esas remalditas tonterías!
CLARA. - ¡ Pueden irse al cuerno esas remalditas tonterías!
Mrs. EYNSFORD HILL (convulsivamente). - ¡Clara!
CLARA. - ¡Ja, ja! (Sale radiante, segura de estar a la última moda, y se la oye bajar
las escaleras envuelta en un torrente de argentinas carcajadas.)
FREDDY (hablando al cielo, arrobado). - Bueno, le pregunto… (Se rinde y se
acerca a Mrs. Higgins.) Adiós.
Mrs. HIGGINS (dándole la mano). - Adiós. ¿Le agradaría volver a encontrarse con
Miss Doolittle?
FREDDY (ávido). - ¡Por cierto que sí!
Mrs. HIGGINS.-Bien, ya conoce mis días de recibo.
FREDDY. - Sí, muchas gracias. Adiós. (Sale).
Mrs. EYNSFORD HILL. - Adiós, Mr. Higgins.
HIGGINS. - ¡Adiós, adiós!
Mrs. EYNSFORD HILL (a Pickering). - Es inútil. Jamás podré decidirme a usar esa
palabra.
PICKERING. - No lo haga. No es obligatorio, ¿sabe? Puede arreglárselas
perfectamente sin ella.
Mrs. EYNSFORD HILL. -Pero Clara me persigue de tal modo cuando yo no estoy
prácticamente desbordante con las últimas novedades de la jerga… Adiós.
PICKERING. - Adiós. (Se dan la mano.)
Mrs. EYNSFORD HILL (o Mrs. Higgins). -No debe enojarse con Clara. (Pickering,
comprendiendo, por el tono más bajo con que dice estas palabras, que no se quiere
que él escuche, se une discretamente a Higgins ante la ventana.) ¡ Somos tan pobres y
ella va a tan pocas fiestas, pobrecita…! No sabe cómo comportarse. (Mrs. Higgins,
viendo que tiene los ojos húmedos, le toma la mano con simpatía y la acompaña hasta
la puerta.) Pero mi hijo es agradable. ¿No le parece?
Mrs. HIGGINS. - Oh, sumamente agradable. Estaré encantada de que continúe
visitándome.
Mrs. EYNSFORD HILL. - Muchas gracias, querida. Adiós. (Sale.)

46
HIGGINS (ansioso). -¿Y bien? ¿Es presentable Eliza? (Se precipita sobre su madre y
la arrastra a la otomana, donde ella se sienta en el lugar antes ocupado por Eliza, con
su hijo a su izquierda.)
Pickering vuelve a sentarse en su silla, a la derecha de Mrs. Higgins.
Mrs. HIGGINS. - ¡Tonto!, por supuesto que es presentable. Es un triunfo de tu arte
y del de la modista, pero si piensas por un solo instante que no se traiciona con cada
frase que pronuncia, debes estar completamente loco por ella.
PICKERING. - Pero, ¿no cree que podría hacerse algo? Quiero decir, algo para
eliminar el elemento sanguinario de su conversación.
Mrs. HIGGINS. - Mientras esté en manos de Henry, no.
HIGGINS (ofendido). - ¿Quieres decir que mi lenguaje es incorrecto?
Mrs. HIGGINS. - No, querido. Sería correctísimo… por ejemplo, en una barcaza
del río. Pero no sería correcto en una fiesta.
HIGGINS (profundamente herido). - Pues permíteme que te diga…
PICKERING (interrumpiéndole). -Vamos, Higgins, es preciso que aprenda a
conocerse a sí mismo. Yo no había escuchado un lenguaje como el suyo desde que
solía pasar revista a los voluntarios, en Hyde Park, hace veinte años.
HIGGINS (mohíno). - Oh, bueno, si ustedes lo dicen, admitiré que no siempre
hablo como un obispo.
Mrs. HIGGINS (tranquilizando a Henry con una palmadita). - Coronel Pickering,
¿quiere informarme de cuál es el verdadero estado de cosas en la calle Wimpole?
PICKERING (alegremente, como si esto cambiara el tema de conversación). -
Bueno, yo estoy viviendo allí con Henry. Trabajamos juntos en la cuestión de mis
dialectos indios. Y nos parece sumamente conveniente…
Mrs. HIGGINS. - Perfectamente. Todo eso ya lo sé. Es un arreglo muy sensato.
Pero, ¿dónde vive esa joven?
HIGGINS. - Con nosotros. ¿Dónde habría de vivir?
Mrs. HIGGINS. - Pero, ¿en qué condiciones? ¿Es una sirvienta? Y, en caso
contrario, ¿qué es?
PICKERING (lentamente). - Creo que sé a qué se refiere, Mrs. Higgins.
HIGGINS. - ¡Bueno, maldito sea si yo la entiendo! He tenido que trabajar con la
muchacha todos los días, durante varios meses, para conseguir los resultados que se
han visto. Además, me es útil. Sabe dónde están mis cosas y se acuerda de mis citas y
demás.
Mrs. HIGGINS. - Y, ¿cómo se lleva tu ama de llaves con ella?
HIGGINS. - ¿Mrs. Pearce? Oh, está encantada de que le saque tanto trabajo de las
manos. Porque, antes de que llegara Eliza, solía tener que encontrarme las cosas y
hacerme acordar de mis compromisos. Pero tiene cierta extraña idea acerca de Eliza.
No hace más que decir: "Usted no piensa, señor". ¿No es cierto, Pick?

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PICKERING. - Sí, esa es la fórmula. "Usted no piensa, señor." Ese es el final de
todas las conversaciones acerca de Eliza.
HIGGINS. - Como si alguna vez dejara de pensar en ella y en sus malditas vocales
y consonantes. Estoy extenuado de tanto pensar en ella y de vigilarle los labios y los
dientes y la lengua, para no hablar del alma, que es lo más extraño del conjunto.
Mrs. HIGGINS. - En verdad que son ustedes una hermosa pareja de chiquillos,
jugando con esa muñeca viva.
HIGGINS. - ¡Jugando! El trabajo más difícil que jamás he encarado, no te
equivoques en ello, mamá. Pero no tienes idea de cuan espantosamente interesante es
tomar a un ser humano y convertirlo en otro ser humano completamente distinto con
sólo crearle un nuevo idioma. Es llenar el más amplio abismo que separa a una clase
de otra clase y a un alma de otra alma.
PICKERING (acercando su silla a Mrs. Higgins e inclinándose ansiosamente hacia
ella). -Sí, es enormemente interesante. Le aseguro, Mrs. Higgins, que tomamos a Eliza
muy en serio. Todas las semanas -todos los días, casi- hay un nuevo cambio. (Más
cerca.) Vamos registrando los progresos en cada una de las etapas… tenemos docenas
de discos de gramófono y de fotografías…
HIGGINS (atacándola por el otro oído).- ¡Sí, caramba, es el experimento más
absorbente que jamás haya emprendido! Ella llena nuestras vidas, ¿no es verdad, Pick?
PICKERING. - Estamos siempre hablando a Eliza.
HIGGINS. - Enseñando a Eliza.
PICKERING. - Vistiendo a Eliza.
Mrs. HIGGINS. - ¿Qué?
HIGGINS. - Inventando nuevas Elizas.
¿Sabes?, tiene el oído más extraordinariamente rápido.
Le aseguro, mi querida Mrs. Higgins, que esa chica…
Que el de un loro. La he puesto a prueba…
Es un genio. Sabe tocar el piano maravillosamente…
Con todos los sonidos que un ser humano puede producir…
HIGGINS (hablando La hemos llevado a conciertos clásicos y a cafés…
PICKERING juntos) Dialectos continentales, dialectos africanos, hotentotes.
Cantantes. Y todo le es lo mismo. Ejecuta todo…
Chasquidos, cosas que a mí me costó años aprender, y…
Lo que ha oído en cuanto llega a casa, ya se trate de…
Los aprende en un santiamén, de primer intento, como si los hubiera…
Beethoven y Brahms, o Lehar y Lionel Monckton…
Conocido de toda la vida.
Aunque hace seis meses no había tocado un piano.

48
Mrs. HIGGINS (tapándose los oídos con las manos, visto que ahora los dos
hombres están tratando de superarse mutuamente a gritos y produciéndose un
alboroto intolerable.) - ¡Shhh…! (Se callan.)
PICKERING. - Perdón. (Retira su silla en actitud de disculpa.)
HIGGINS. - Lo siento. Cuando Pickering se pone a gritar, nadie puede deslizar una
palabra en él medio.
Mrs. HIGGINS. - Cállate, Henry. Coronel Pickering, ¿no se da cuenta de que,
cuando Eliza llegó a la calle Wimpole, algo llegó con ella?
PICKERING. - Sí, el padre. Pero Henry se libró muy pronto de él.
Mrs. HIGGINS. - Habría sido mucho más sensato que hubiese ido la madre. Pero,
como no se presentó la madre, se presentó otra cosa.
PICKERING. - ¿Qué cosa?
Mrs. HIGGINS (ubicándose inconscientemente en una época por medio de la
palabra). - Un problema.
PICKERING. - Ah, ya veo. El problema de cómo hacerla pasar por una dama.
HIGGINS. - Yo resolveré el problema. Lo tengo ya casi resuelto.
Mrs. HIGGINS. - No, criaturas masculinas infinitamente estúpidas: el problema de
qué se hará con ella después.
HIGGINS. - No veo ningún problema en ello. Puede irse por su lado y seguir su
camino, con todas las ventajas que le he proporcionado.
Mrs. HIGGINS. - ¡Las ventajas de esa pobre mujer que estuvo aquí hace un
momento! ¡Los modales y las costumbres que incapacitan a una dama refinada para
ganarse su propia vida, si no se le proporcionan los ingresos de una dama refinada!
¿Se refieren a eso?
PICKERING (indulgente, un poco aburrido). - ¡ Oh, por ese lado no ocurrirá nada,
Mrs. Higgins! (Se levanta para irse.)
HIGGINS (levantándose a su vez). - Le encontraremos algún trabajo fácil.
PICKERING. - Se siente bastante feliz. No se preocupe por ella. Adiós. (Le da la
mano como si estuviese consolando a una niña asustada y se dirige hacia la puerta.)
HIGGINS. - De todos modos, es inútil preocuparse ahora. La cosa ya está hecha.
Adiós, mamá. (la besa y sigue a Pickering.)
PICKERING (volviéndose para suministrar un consuelo final).-Hay muchas
soluciones. Haremos lo más correcto. Adiós.
HIGGINS (a Pickering, mientras salen). - Llevémosla a la representación de
Shakespeare en Earls Court.
PICKERING. - Sí, llevémosla. Sus observaciones serán deliciosas.
HIGGINS. - Imitará a todos los que haya visto, cuando estemos de vuelta en casa.
PICKERING. - ¡Espléndido! (Se les oye reír mientras hablan)

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Mrs. HIGGINS (se levanta impacientemente y vuelve a su trabajo en la mesa de
escribir. Quita de en medio, de un manotón, una pila de papeles desordenados, toma
una hoja de su caja de papeles y se pone resueltamente a escribir. Al tercer intento se
rinde, arroja el lapicero, se toma coléricamente de la mesa y exclama:) ¡Oh, los
hombres, los hombres, los hombres!

Es evidente que Eliza no puede pasar aún por duquesa, y la apuesta de Higgins
no ha sido ganada todavía. Pero los seis meses no han transcurrido y, antes de vencido
el plazo, Eliza se hace pasar, efectivamente, por una princesa. Para entrever cómo lo
hizo, imagínese una Embajada en Londres, una noche de verano. La puerta del salón
tiene una marquesina y una alfombra que va hasta el encintado de la vereda, porque
está en su apogeo una gran recepción. Un pequeño gentío está alineado para ver
llegar a los invitados.
Llega un Rolls-Royce. Pickering, en traje de noche, con medallas y
condecoraciones en la solapa, desciende y ayuda a bajar a Eliza, con salida de teatro,
diamantes, abanico, flores y demás accesorios. Higgins la sigue. El coche se aleja y los
tres suben los escalones y entran en la casa; la puerta se abre para dejarles pasar.
En el interior se encuentran en un espacioso vestíbulo del que arranca la gran
escalinata. A la izquierda está el guardarropa de los hombres. Los invitados masculinos
depositan allí sus sombreros y abrigos.
A la derecha hay una puerta que da al vestuario de las damas. Estas entran
cubiertas con sus capas y salen en todo su esplendor. Pickering susurra algo a Eliza y le
señala el vestuario de las damas. Ella entra. Higgins y Pickering se quitan los abrigos y
reciben la contraseña del encargado del guardarropa.
Uno de los invitados, ocupado en la misma operación, está vuelto de espaldas a
ellos. Después de haber tomado su contraseña, se vuelve y se ve entonces que es un
joven de aspecto importante, con un rostro extraordinariamente peludo. Tiene un
enorme bigote que se funde en unas frondosas patillas. Ondas de cabello se apiñan
sobre su frente. Lleva el cabello corto en la nuca y resplandeciente de pomada. Por lo
demás, es sumamente elegante. Tiene varias condecoraciones sin importancia.
Evidentemente es extranjero y se podría adivinar que es un bigotudo miembro de la
Guardia húngara. Pero, a despecho de la ferocidad de su bigote, es afable y locuaz.
Reconociendo a Higgins, abre ampliamente los brazos y se le acerca,
entusiasmado.

BIGOTES.- ¡Maestro, maestro! (Abraza a Higgins y le besa en ambas mejillas.) ¿No


se acuerda de mí?
HIGGINS. - No, no me acuerdo. ¿Quién demonios es usted?

50
BIGOTES. - Su alumno, su primer alumno, su mejor y más grande alumno. Soy el
pequeño Nepommuok, el joven maravilloso. He hecho famoso su nombre en toda
Europa. Usted me enseñó fonética. No puede haberse olvidado de mí.
HIGGINS. - ¿Por qué no se afeita?
NEPOMMUCK. - No tengo su imponente aspecto, su mentón, su frente. Cuando
me afeito nadie se da cuenta de que existo. Ahora soy famoso. Me llaman Cara
Peluda.
HIGGINS. - ¿Y qué está haciendo aquí, entre todos estos petimetres?
NEPOMMUCK.- Soy intérprete. Hablo treinta y dos idiomas. Soy indispensable en
estas fiestas internacionales. Usted es un gran especialista en el dialecto Cockney,
ubica a un hombre en su lugar natal, en Londres, en cuanto el individuo abre la boca.
Yo ubico a cualquier hombre en Europa.
Un mayordomo baja corriendo la gran escalinata y se acerca a Nepommuck.
MAYORDOMO. - Se le necesita arriba. Su excelencia no puede entender al
caballero griego.
NEPOMMUCK. - Gracias, sí, inmediatamente.
El mayordomo se retira y desaparece entre el gentío.
NEPOMMUCK (a Higgins). - Ese diplomático griego finge que no habla ni
entiende el inglés. No puede engañarme. Es hijo de un relojero de Clerkenwell. Habla
el inglés tan atrozmente que no se atreve a pronunciar una palabra por miedo de
descubrir su origen. Yo le ayudo a fingir, pero le hago pagar bien cara la ficción. Les
hago pagar a todos. ¡Ja, ja! (Se precipita escaleras arriba.)
PICKERING. - Este sujeto, ¿es realmente un experto? ¿Podría descubrir a Eliza y
extorsionarla?
HIGGINS. - Lo veremos. Si la descubre, habré perdido mi apuesta.
Eliza sale del vestuario y se une a ellos.
PICKERING. - Bien, Eliza, ahora empieza la cosa. ¿Estás dispuesta?
LIZA. - ¿Está nervioso, coronel?
PICKERING. - Terriblemente. Me siento como me sentí antes de mi primera
batalla. La primera vez es la que mete miedo.
LIZA. - Para mí no es la primera vez, coronel. He hecho esto cincuenta, cien veces,
en mi pequeña pocilga de Ángel Court, en mis sueños. Y ahora estoy soñando.
Prométame que no dejará que el profesor Higgins me despierte. Porque, si lo hace,
me olvidaré de todo y hablaré como lo hacía en Drury Lane.
PICKERING. - Ni una palabra, Higgins. (A Eliza.) Bueno, ¿lista?
LIZA. -Lista.
PICKERING. - Vamos.
Suben, Higgins el último. Pickering susurra al mayordomo, en el primer descanso.

51
EL MAYORDOMO DEL PRIMER DESCANSO. - Miss Doolittle, el coronel Pickering,
el profesor Higgins.
EL MAYORDOMO DEL SEGUNDO DESCANSO. - Miss Doolittle, el coronel
Pickering, el profesor Higgins.
Al final de la escalinata se encuentran el embajador y su esposa, con Nepommuck
pegado a ésta, haciendo los honores.
ESPOSA DEL EMBAJADOR (tomando la mano de Eliza) - ¿Cónlevá?
EMBAJADOR (lo mismo). - ¿Cónlevá? ¿Cónlevá, Pickering?
LIZA (con una hermosa gravedad que aterra a la dueña de casa). - ¿Cómo está
usted? (Pasa al salón.)
ESPOSA. - ¿Es su hija adoptiva, coronel Pickering? Causará sensación.
PICKERING. - Muy amable de su parte el haberla invitado. (Sigue adelante.)
ESPOSA (a Nepommuck). - Averigüe todo lo que pueda de ella.
NEPOMMUCK (con una inclinación). - Excelencia… (Desaparece entre los
invitados.)
EMBAJADOR. - ¿Cónlevá, Higgins? Esta noche tiene usted aquí a un rival. Se
presentó a sí mismo como su alumno. ¿Es algún experto?
HIGGINS. - Puede aprender un idioma en dos semanas… Conoce docenas de
idiomas: señal segura de que es un tonto. Como fonetista no sirve para nada.
ESPOSA. - ¿Cónlevá, profesor?
HIGGINS. -¿Cómo está usted? Deben ser terriblemente aburridas para usted,
estas cosas. Perdone mi colaboración. (Sigue adelante.)
En el salón principal y los contiguos la recepción está en pleno auge. Pasa Eliza.
Está tan preocupada por su prueba que camina como una sonámbula en un desierto,
en lugar de hacerlo como una debutante que hace su presentación entre una
muchedumbre elegante. Todos dejan de hablar para mirarla, admirar su vestido, sus
joyas y su personalidad extrañamente atractiva. Los más jóvenes se ponen de pie
sobre las sillas para verla.
El Embajador y su esposa llegan de la escalinata y se mezclan a sus huéspedes.
Higgins, lúgubre y despectivo, se acerca al grupo en que están conversando.
ESPOSA. - ¡Ah, he aquí al profesor Higgins; él nos lo dirá! Háblenos de esa
maravillosa joven, profesor.
HIGGINS (casi malhumorado). - ¿Cuál joven maravillosa?
ESPOSA. - Usted lo sabe perfectamente. Me dicen que jamás se ha visto nada
semejante en Londres desde que la gente se ponía de pie sobre sus sillas para
contemplar a Mrs. Langtry.
Nepommuck se une al grupo, lleno de noticias.
ESPOSA. - Ah, por fin está usted aquí, Nepommuck. ¿Ha averiguado ya algo
acerca de la señorita Doolittle?

52
NEPOMMUCK. - Lo he averiguado todo. Es una impostora.
ESPOSA. - ¡Una impostora! ¡Oh, no puede ser!
NEPOMMUCK. - Sí, sí. No puede engañarme a mí. Su apellido no es Doolittle.
HIGGINS. - ¿Por qué?
NEPOMMUCK. - Porque Doolittle es un nombre inglés. Y ella no es inglesa.
ESPOSA. - ¡Ah, qué tontería! ¡Pero si habla perfectamente el inglés!
NEPOMMUCK. - Demasiado perfectamente. ¿Puede encontrarme a alguna inglesa
que hable el inglés como se debería? Sólo los extranjeros que han aprendido a
hablarlo lo hablan bien.
ESPOSA. - La verdad es que me aterrorizó por la forma en que dijo Cónlevá. Tuve
una maestra que hablaba así y le tenía un miedo mortal. Pero, si no es inglesa, ¿qué
es?
NEPOMMUCK. - Húngara.
TODOS LOS DEMÁS. - ¿Húngara?
NEPOMMUCK. - Húngara. Y de sangre real. Yo soy húngaro. Mi sangre es real.
HIGGINS. -¿Le habló usted en húngaro?
NEPOMMUCK. - Sí. Se mostró muy inteligente. Me dijo: "Por favor, hábleme en
inglés. No entiendo el francés". ¡Francés! Fingió no conocer la diferencia que hay entre
el francés y el húngaro. ¡Imposible: conoce ambos idiomas!
HIGGINS. - ¿Y la sangre real? ¿Cómo descubrió eso?
NEPOMMUCK. - Instinto, maestro, instinto. Sólo las razas magiares pueden
producir ese aire de derecho divino, esos ojos decididos. Es una princesa.
ESPOSA. - ¿Qué dice usted, profesor?
HIGGINS. - Digo que es una jovencita londinense corriente, salida del arroyo y
enseñada a hablar por un experto. Apuesto a que es de Drury Lane.
NEPOMMUCK. - ¡Ja, ja! ¡Ah, maestro, maestro! Está usted empecinado en su
especialidad de los dialectos cockney. El arroyo londinense es el único mundo que
existe para usted.
HIGGINS (a la esposa del embajador). - ¿Y qué dice Su Excelencia?
ESPOSA. - Oh, es claro que estoy de acuerdo con Nepommuck. Por lo menos
debe de ser una princesa.
EMBAJADOR. - No necesariamente legítima, por supuesto. Quizá morganática.
Pero esa es, indudablemente, la clase a la que pertenece.
HIGGINS. - Me aferró a mi opinión.
ESPOSA.- ¡Oh, es incorregible!
El grupo se disuelve, dejando solo a Higgins. Pickering se le une.
PICKERING. - ¿Dónde está Eliza? No tenemos que dejarla sola.
Eliza se une a ellos.

53
LIZA. - No creo que pueda seguir soportando mucho más esto. La gente me mira
de tal modo… Una anciana acaba de decirme que hablo exactamente como la reina
Victoria. Lamentaría mucho haberle hecho perder la apuesta. Hice lo mejor que pude;
pero nada podrá hacer que me parezca a esta gente.
PICKERING. - No la has perdido, querida. La has ganado diez veces.
HIGGINS. - Salgamos de aquí. Ya he tenido bastante del parloteo de estos tontos.
PICKERING. - Eliza está cansada. Y yo tengo hambre. Salgamos y cenemos en
alguna otra parte.

54
ACTO IV

El laboratorio de la calle Wimpole. Medianoche. No hay nadie en el cuarto. El reloj


de la repisa da las doce. El fuego está apagado. Es una noche de verano.
De pronto se oye a Pickering y Higgins subiendo la escalera.

HIGGINS (llamando a Pickering). - Oye, Pick, cierra con llave, ¿quieres? No volveré
a salir.
PICKERING. - Bien. ¿Puede acostarse Mrs. Pearce? Ya no necesitamos nada más,
¿no es cierto?
HIGGINS. -¡Dios no lo quiera!
Eliza abre la puerta y se la ve en el descansillo iluminado, ataviada con todas las
galas con que acaba de ganar la apuesta para Higgins. Se acerca a la chimenea y
enciende las luces eléctricas. Está cansada; su palidez contrasta intensamente con sus
ojos y cabello oscuros. Y su expresión es casi trágica. Se quita la capa, pone el abanico
y los guantes sobre el piano y se sienta en el taburete, cavilando, silenciosa. Higgins,
en traje de noche, con abrigo y sombrero, entra, llevando una chaqueta de fumar que
ha tomado abajo. Se quita el sombrero y el abrigo, los deja caer descuidadamente
sobre el soporte para revistas, hace lo mismo con su chaqueta, se pone la de fumar, y
se deja caer, fatigado, en la butaca, junto a la chimenea. Entra Pickering, similarmente
ataviado. También él se quita el sombrero y el abrigo y está a punto de dejarlos caer
sobre los de Higgins cuando vacila.
PICKERING. - Digo yo: Mrs. Pearce se enfadará si dejamos estas cosas tiradas en
la sala.
HIGGINS. - Oh, déjalas caer al vestíbulo por sobre la baranda. Las encontrará allí
por la mañana y las guardará. Pensará que estábamos borrachos.
PICKERING. - Y lo estamos, un poquito. ¿Hay alguna carta?
HIGGINS.- No me fijé. (Pickering toma los abrigos y los sombreros y va a la planta
baja. Higgins comienza a canturrear, entre bostezos, una melodía de La Fanciulla del
West. De pronto se interrumpe y exclama:) Quisiera saber dónde demonios están mis
pantuflas.
Eliza le mira sombríamente; luego se levanta y sale.
Higgins vuelve a bostezar y continúa canturreando.
Pickering regresa, trayendo varias cartas.
PICKERING. - Nada más que circulares, y este billet-doux para ti, con una corona
en el membrete. (Deja caer las circulares en el guardafuego de la chimenea y se queda
de pie sobre la alfombra, de espaldas a la chimenea.)
HIGGINS (lanzando un vistazo al billet-doux). - ¡Un prestamista! (Arroja la carta al
montón de circulares.)

55
Eliza regresa con un par de enormes pantuflas maltrechas. Las pone sobre la
alfombra, ante Higgins, y vuelve a sentarse como antes, sin pronunciar una palabra.
HIGGINS (bostezando otra vez).- ¡Ah, Señor! ¡Qué noche! ¡Qué pandilla! ¡Qué
estúpido juego! (Levanta una pierna para desatarse el zapato y ve las pantuflas. Las
mira como si hubiesen aparecido por su propia voluntad) Oh, están ahí, ¿eh?
PICKERING. - Bien, estoy un poco cansado. Primero, el garden party; luego, la
cena; por fin, la recepción. Demasiadas cosas buenas. Pero has ganado tu apuesta,
Higgins. Eliza logró convencer a todos, con gran facilidad, ¿eh?
HIGGINS (fervientemente). - ¡Gracias a Dios que eso ya ha terminado!
Eliza se sobresalta violentamente, pero ellos no lo advierten. Se recobra y vuelve a
asumir su actitud pétrea.
PICKERING. - ¿Estuviste nervioso en el garden party? Yo lo estuve. Eliza no
parecía nada intranquila.
HIGGINS. - Oh, no lo estaba. Yo sabía que se portaría bien. No, lo que me ha
fatigado es la tensión del trabajo de todos estos meses. Fue bastante interesante al
comienzo, cuando estábamos en la parte de la fonética. Pero después me sentí
mortalmente aburrido. Si no me hubiese decidido a hacerlo, habría abandonado toda
la cuestión hace dos meses. Fue una idea tonta; todo ello resultó una lata.
PICKERING. - ¡Oh, vamos! El garden party fue terriblemente excitante. El corazón
me palpitaba como no sé qué.
HIGGINS. - Sí, durante los tres primeros minutos. Pero cuando vi que ganaríamos
sin esfuerzo alguno, me sentí como un oso enjaulado, enfermo de no tener nada que
hacer. La comida fue peor: eso de estar sentados allí durante una hora, atiborrándonos
de comida, sin nadie con quien hablar, aparte de esa maldita tonta de mujer elegante.
Te lo aseguro, Pickering: basta de eso para mí. Basta de duquesas artificiales. Todo el
asunto ha sido, sencillamente, un purgatorio.
PICKERING. - Es que no has sido introducido adecuadamente en la rutina social.
(Acercándose al piano.) A mí me gusta meterme en ella de tanto en tanto. Me hace
sentirme joven nuevamente. De todos modos, fue un gran triunfo, un triunfo inmenso.
En una o dos oportunidades me asusté al ver que Eliza estaba haciéndolo tan bien.
Muchas de las personas de verdadera posición social aristocrática no saben hacerlo en
absoluto; son tan tontas que creen que la elegancia y la distinción les nacen
naturalmente y, por lo tanto, no aprenden jamás. Siempre hay algo de profesional en
la cuestión de hacer una cosa superlativamente bien.
HIGGINS. - Sí, eso es lo que me enfurece: la gente tonta que no conoce ni
siquiera su tonto oficio. (Levantándose.) Sea como fuere, ya hemos terminado con ello.
Y ahora puedo irme a dormir sin sentir miedo por el día de mañana.
La belleza de Eliza se torna asesina.

56
PICKERING. - Creo que yo también me acostaré. Sin embargo, ha sido un gran
día, un triunfo para ti. Buenas noches. (Sale.)
HIGGINS (siguiéndole)- Buenas noches. (Por sobre el hombro, ya en la puerta.)
Apaga las luces, Eliza y dile a Mrs. Pearce que no me prepare el café por la mañana.
Tomaré té. (Sale.)
Eliza trata de dominarse y de sentirse indiferente mientras se levanta y se dirige a
la chimenea para apagar las luces. Está a punto de gritar. Se sienta en la butaca de
Higgins y se aferra con fuerza de los brazos de la misma. Finalmente, cede a sus
impulsos y se arroja con furia al suelo.
HIGGINS (afuera, desesperado). - ¿Qué demonios he hecho con mis zapatillas?
(Aparece en la puerta.)
LIZA (tomando las pantuflas y arrojándoselas con todas sus fuerzas, una detrás de
la otra).- ¡Aquí están sus pantuflas! ¡Y aquí! ¡Llévese sus pantuflas, y ojalá que nunca
pueda tener un día de suerte con ellas!
HIGGINS (atónito). - ¡Qué diablos…! (Se le acerca.) ¿Qué ocurre? Levántate. (La
levanta.) ¿Sucede algo malo?
LIZA (sin aliento). -No le sucede nada malo… a usted. Le he ganado la apuesta,
¿no es verdad? Eso le basta. Aparentemente yo no importo.
HIGGINS. - ¿Que tú me has ganado la apuesta? ¡Insecto presuntuoso! Yo la gané.
¿Por qué me arrojaste estas pantuflas?
LIZA.- Porque quería aplastarle la cara. ¡Tengo ganas de matarlo, animal egoísta!
¿Por qué no me dejó en el lugar de donde me sacó… en el arroyo? Da gracias a Dios
porque ahora todo ha terminado y puede volver a arrojarme allá…¿eh? (Crispa
nerviosamente los dedos.)
HIGGINS (contemplándola con frío asombro). - Parece que, en fin de cuentas, la
señorita está nerviosa.
LIZA (lanza un grito ahogado de furor e instintivamente trata de clavarle las uñas
en la cara).
HIGGINS - Sí, ¿eh? Guarda las uñas, gata. ¿Cómo te atreves a ponerte furiosa
conmigo? Siéntate y quédate quieta. (La arroja groseramente en la butaca.)
LIZA (vencida por la fuerza y el peso superiores). - ¿Qué será de mí? ¿Qué será de
mí?
HIGGINS. - ¿Cómo demonios quieres que sepa qué será de ti? ¿Qué me importa
qué pueda ser de ti?
LIZA.- ¡No le importa! ¡Ya lo sé! Y si me muriese, tampoco le importaría. No soy
nada para usted… menos aun qu'esah pantuflas.
HIGGINS (tronante). -Que esas pantuflas.
LIZA (con amarga sumisión). - Que esas pantuflas. No creí que ahora tuviese mayor
importancia.

57
Una pausa. Eliza, desesperanzada y aplastada. Higgins, un tanto inquieto.
HIGGINS (con su tono más altanero). - ¿Por qué has hecho esta escena? ¿Puedo
preguntarte si tienes alguna queja acerca del trato que se te ha dispensado aquí?
LIZA. - No.
HIGGINS. - ¿Se ha portado alguien mal contigo? ¿El coronel Pickering? ¿Mrs.
Pearce? ¿Alguno de los criados?
LIZA. -No.
HIGGINS. - ¿Supongo que no pretenderás que yo te he tratado mal?
LIZA. - No.
HIGGINS. - Me alegro de saberlo. (Modera su tono.) Quizá estés cansada después
de la tensión del día. ¿Quieres beber una copa de champaña? (Se dirige hacia la
puerta.)
LIZA. - No. (Recobrando sus modales.) Gracias.
HIGGINS (nuevamente afable). - Esto se te ha venido preparando desde hace
unos días. Supongo que era natural que te sintieras ansiosa en cuanto a la fiesta. Pero
eso ya ha terminado. (La palmea bondadosamente en el hombro. Ella se estremece.)
Ya no existen motivos de preocupación.
LIZA. - No. No existen ya para usted. (De pronto se levanta y se aparta de él,
yendo hacia el taburete, donde se sienta y se cubre el rostro.) ¡Oh, Dios! ¡Ojalá
estuviese muerta!
HIGGINS (boquiabierto, contemplándola con sincera sorpresa) - ¿Por qué? En
nombre del cielo, ¿por qué? (Razonable, acercándosele.) Escúchame, Eliza. Toda esta
irritación es puramente subjetiva.
LIZA. - No entiendo. Soy demasiado ignorante.
HIGGINS. - No es más que la imaginación. Abatimiento y nada más. Nadie te hace
daño. Nada va mal. Vé a la cama, como una buena chica, duerme, y se te pasará. Llora
un poco y di tus oraciones. Eso te consolará.
LIZA.-Ya he oído sus oraciones. "¡Gracias a Dios que todo ha terminado!"
HIGGINS (impaciente). - ¿Y qué? ¿No agradeces tú a Dios por que todo haya
terminado? Ahora eres libre y puedes hacer lo que quieras.
LIZA (conteniéndose, desesperada). - ¿Para qué sirvo? ¿Para qué me ha hecho
usted útil? ¿Adonde iré? ¿Qué haré? ¿Qué será de mí?
HIGGINS (comprendiendo, pero nada impresionado). - Ah, eso era lo que te
preocupaba, ¿eh? (Hunde las manos en los bolsillos y se pasea según es su costumbre,
haciendo tintinear lo que tiene en los bolsillos, como si por pura bondad
condescendiera a discutir un tema trivial.) Si yo fuera tú no me preocuparía. Supongo
que no tendrás gran dificultad en ubicarte en alguna parte, aunque no me había dado
cuenta clara de que te ibas. (Ella le mira rápidamente. El no la mira. Examina la frutera
que hay sobre el piano y decide que comerá una manzana.) Podrías casarte, ¿sabes?

58
(Muerde un gran trozo de manzana y lo masca ruidosamente.) Es preciso que sepas
que no todos los hombres son solterones decididos como yo y el coronel. La mayoría
de los hombres son casaderos (¡pobres diablos!). Y tú no eres mal parecida. En
ocasiones produce placer mirarte. No ahora, es claro, porque estás llorando y te has
puesto tan fea como el mismo demonio. Pero cuando estás en tus cabales eres lo que
yo llamaría atractiva. Es decir, para la gente que tiene intenciones de casarse,
¿entiendes? Vé a acostarte y descansa un poco. Y luego levántate y mírate en el
espejo. Y entonces no te sentirás tan desdichada.
Eliza vuelve a mirarlo y no se mueve. El ni se da cuenta de la mirada. Come su
manzana con una expresión de dicha en la mirada, ya que se trata de una fruta
deliciosa.
HIGGINS (en una feliz integración de la idea). - Seguramente mi madre te
encontrará algún sujeto que te convenga.
LIZA. - En la esquina de Tottenham Court Road no nos prestamos a esos manejos.
HIGGINS (despertando). - ¿Qué quieres decir?
LIZA. - Yo vendía flores. No me vendía a mí misma. Ahora que me ha convertido
en una dama, no tengo otra cosa que vender que a mí misma. Ojalá me hubiese
dejado donde me encontró.
HIGGINS (lanzando resueltamente el corazón de la manzana al guardafuego). -
Pavadas, Eliza. No insultes las relaciones humanas metiendo en ellas toda esta
cantilena de comprar y vender. No necesitas casarte con el individuo, si no te gusta.
LIZA. - ¿Y qué otra cosa puedo hacer?
HIGGINS. - Oh, montones de cosas. ¿Qué hay de tu antigua idea de una florería?
Pickering podría instalarte en una; tiene carradas de dinero. (Ahogando una risita.)
Tendrá que pagar por todos estos trapos que has usado hoy. Y eso, con el alquiler de
las joyas, producirá un hermoso agujero en un par de billetes de cien libras… ¡Pero si
hace seis meses te habría parecido el paraíso tener una florería propia! ¡Vaya, ya te las
arreglarás! Yo tengo que ir a acostarme. Me siento espantosamente soñoliento. De
paso: bajé a buscar algo y me olvidé de qué se trataba.
LIZA. - Sus pantuflas.
HIGGINS.- ¡Ah, sí, es claro! Tú me las tiraste.' (Las recoge y está a punto de salir,
cuando ella le habla.)
LIZA. - Antes de que se vaya, señor…
HIGGINS (dejando caer las pantuflas de la sorpresa de oírse llamar señor por ella).
- ¿Eh?
LIZA. - La ropa, ¿es mía o del coronel Pickering?
HIGGINS (volviendo a entrar, como si la pregunta fuera el colmo de lo
irrazonable). - ¿Para qué cuernos le serviría a Pickering?

59
LIZA. - Podría quererlas para la próxima muchacha que usted recoja para hacer
experimentos.
HIGGINS (escandalizado y ofendido). - ¿Así opinas de nosotros?
LIZA. - No quiero oír nada más de eso. Lo único que quiero saber es si hay algo
que me pertenezca. Mis ropas fueron quemadas.
HIGGINS. - Pero, ¿qué importa eso? ¿Por qué necesitas comenzar a preocuparte
por ello en mitad de la noche?
LIZA. - Quiero saber qué puedo llevarme. No quiero que se me acuse de robo.
HIGGINS (ahora profundamente herido). - ¿Robo? No deberías haber dicho eso,
Eliza. Revela falta de sentimientos.
LIZA. - Lo siento. No soy más que una muchacha vulgar e ignorante. Y en mi
situación tengo que ser cuidadosa. No puede haber sentimientos entre gente como
usted y gente como yo. Por favor, ¿quiere decirme qué es lo que me pertenece y qué
lo que no me pertenece?
HIGGINS (enfurruñado). -Puedes llevarte toda la maldita casa, si quieres. Salvo las
joyas. Son alquiladas. ¿Estás satisfecha? (Se vuelve y está a punto de salir, sumamente
encolerizado)
LIZA (bebiéndose su emoción como si fuese néctar, y enfureciéndole aun más para
provocar una nueva provisión). - Un momento, por favor. (Se quita las joyas.) ¿Quiere
llevarse éstas a su cuarto y ponerlas bajo llave? No quiero correr el riesgo de que se
pierdan.
HIGGINS (furioso). - ¡Tráelas aquí! (Ella se las pone en las manos.) ¡Si me
pertenecieran a mí, y no al joyero, te las metería en esa garganta desagradecida! (Se
las mete descuidadamente en los bolsillos, adornándose inconscientemente con los
extremos de las cadenas, que sobresalen.)
LIZA (quitándose un anillo). - Este anillo no es del joyero. Es el que usted me
compró en Brighton. Ahora no lo quiero. (Higgins lo arroja violentamente a la
chimenea y se vuelve hacia ella tan amenazadoramente que la joven se acurruca contra
el piano, se cubre el rostro con las manos y exclama:) ¡No me pegue!
HIGGINS. - ¡Pegarte! ¡Criatura infame!, ¿cómo te atreves a acusarme de semejante
cosa? ¡Eres tú quien me ha pegado! ¡Me has herido hasta lo más hondo del corazón!
LIZA (estremeciéndose de gozo).- ¡Me alegro! Por lo menos me he cobrado una
parte de lo que me hizo.
HIGGINS (con dignidad, en su mejor estilo profesional).- Me has hecho perder los
estribos, cosa que muy pocas veces me sucedió anteriormente. Prefiero no decir nada
más esta noche. Me voy a acostar.
LIZA (descarada). - Será mejor que le deje una nota a Mrs. Pearce acerca del café,
porque no seré yo quien le diga nada al respecto.

60
HIGGINS (formalmente). - Que se vaya Mrs. Pearce al infierno y que el café se vaya
al diablo. (Salvaje.) ¡Y maldita sea mi propia locura, por haber malgastado mis
conocimientos duramente conquistados, y los tesoros de mi aprecio e intimidad, en
una desalmada rata de albañal! (Sale con impresionante decoro y arruina toda la
escena pegando un portazo.)

Eliza se arrodilla en la alfombra para buscar el anillo. Cuando lo encuentra piensa,


durante un instante, qué hacer con él. Finalmente lo deja caer en la frutera y sube al
piso de arriba, colérica.
El moblaje del cuarto de Eliza ha sido aumentado con un enorme ropero y un
suntuoso tocador. La joven entra y enciende la luz. Se dirige al ropero, lo abre, y saca
un traje de calle, un sombrero y un par de zapatos, que arroja sobre la cama. Se quita
el traje de noche y los zapatos. Luego toma una percha acolchada del ropero, cuelga
en ella cuidadosamente el vestido de noche y guarda todo en el ropero, que cierra con
un portazo. Se pone sus zapatos de paseo, su traje de calle y el sombrero. Toma el
reloj-pulsera del tocador y se lo coloca en la muñeca. Se calza los guantes, toma el
bolso y se dirige a la puerta. Cada uno de sus movimientos expresa su furiosa decisión.
Se lanza una última mirada en el espejo.
De pronto saca la lengua. Luego sale del cuarto, apagando antes la luz eléctrica
en el interruptor de la puerta.
Entretanto, afuera, en la calle, Freddy Eynsford Hill, transido de amor, contempla
el segundo piso de la casa, en el que una de las ventanas está aún iluminada.
La luz se apaga.

FREDDY. - Buenas noches, querida, querida, querida.


Eliza sale, cerrando la puerta con violencia tras de sí.
LIZA. - ¿Qué está haciendo aquí?
FREDDY. - Nada. Me paso aquí la mayor parte de mis noches. Es el único lugar en
que me siento feliz. No se ría de mí, Miss Doolittle.
LIZA. - No me llame Miss Doolittle, ¿me oye? Liza es bastante para mí. (Se rinde y
le toma de los hombros.) Freddy, usted no cree que yo sea una desalmada rata de
albañal, ¿no es cierto?
FREDDY. - ¡Oh, no, no querida! ¿Cómo puede imaginarse una cosa semejante?
Eres la más encantadora, la más hermosa…
Pierde todo dominio de sí mismo y la ahoga a besos. Ella, hambrienta de
consuelo, responde del mismo modo. Permanecen así, abrazados.
Llega un policía de edad.
POLICÍA (escandalizado). - ¡Vamos! ¡¡Vamos!! ¡¡¡Vamos!!!
La pareja se suelta apresuradamente.

61
FREDDY. - Perdone. Acabamos de comprometernos.
Sale corriendo.
El policía menea la cabeza, pensando en cuando él estaba enamorado y en la
vanidad de las esperanzas humanas. Se aleja en dirección opuesta, con lentos pasos
profesionales.
La huida de los enamorados les lleva a Cavendish Square. Se detienen allí para
reflexionar acerca de lo que harán ahora.
LIZA (sin aliento). - ¡No me asustó poco, ese policía! Pero tú le contestaste bien.
FREDDY. - Espero que no te haya apartado de tu camino. ¿Adonde ibas? | LIZA. -
Al río.
FREDDY. - ¿Para qué?
LIZA. - Para hacer un agujero en él.
FREDDY (horrorizado). - Eliza querida, ¿Qué quieres decir? ¿Qué ha ocurrido?
LIZA. - No es nada. Ya no tiene importancia. Ahora no hay nadie más en el mundo
que tú y yo, ¿verdad?
FREDDY.- Ni una sola persona.
Vuelven a abrazarse y son nuevamente sorprendidos por un policía, esta vez
mucho más joven.
SEGUNDO POLICÍA. - ¡A ver, ustedes dos! ¿Qué es esto? ¿Dónde creen que
están? Váyanse de aquí, a paso redoblado.
FREDDY. - A la orden, señor: paso redoblado.
Vuelven a huir, y se encuentran en Hanover Square antes de detenerse para una
nueva conferencia.
FREDDY. - No tenía idea de que la policía fuese tan infernalmente gazmoña.
LIZA. - Es trabajo de ellos echar a las muchachas de las calles.
FREDDY. - Tenemos que ir a alguna parte. No podemos vagar por la calle toda la
noche.
LIZA. - ¿No? Creo que sería maravilloso vagar para siempre.
FREDDY. - ¡Oh, querida!
Se abrazan otra vez, inconscientes de la llegada de un taxi que se arrastra
lentamente.
CONDUCTOR. - ¿Puedo llevarles, a usted y a la dama, a alguna parte, señor?
LIZA. - ¡Oh, Freddy, un taxi! Lo que necesitábamos.
FREDDY. - Pero, maldito sea, no tengo dinero.
LIZA. - Yo tengo mucho. El coronel piensa que jamás habría que salir a la calle sin
diez libras en el bolsillo. Pasearemos toda la noche. Y por la mañana iré a ver a la
anciana Mrs. Higgins para preguntarle qué puedo hacer. Te hablaré de ello en el taxi.
Y la policía no nos molestará en él.

62
FREDDY. - ¡Espléndido! (Al conductor.) Wimbledon Common. (El vehículo se
aleja.)

63
ACTO V

La salita de Mrs. Higgins. Esta está sentada a su mesa de escribir, como antes.
Entra la doncella.

LA DONCELLA (en la puerta). - Mr. Henry, señora, está abajo con el coronel
Pickering.
Mrs. HIGGINS. - Bueno, que suban.
LA DONCELLA. - Están usando el teléfono, señora. Creo que telefonean a la
policía.
Mrs. HIGGINS. - ¿Qué?
LA DONCELLA (adelantándose y bajando la voz). - Mr. Henry está excitado. Me
pareció que sería mejor que la previniera, señora.
Mrs. HIGGINS. - Me habría sorprendido si me hubieras dicho que Mr. Henry no
estaba excitado. Diles que suban cuando hayan terminado con la policía. Supongo que
habrá perdido algo.
LA DONCELLA. - Sí, señora. (Saliendo.)
Mrs. HIGGINS. - Sube y díle a Miss Doolittle que Mr. Henry y el coronel están aquí.
Pídele que no baje hasta que yo se lo diga.
LA DONCELLA. - Muy bien, señora.
Higgins irrumpe en el cuarto. Como ha dicho la doncella, se encuentra excitado.
HIGGINS. - ¡Oye, mamá, esto es un fastidio!
Mrs. HIGGINS. - Sí, querido. Buenos días. (El contiene su impaciencia en tanto que
la doncella sale.) ¿Qué sucede?
HIGGINS. - ¡Eliza ha huido!
Mrs. HIGGINS (continuando calmosamente con su escritura). - Debes de haberla
asustado.
HIGGINS. - ¿Asustarla yo? ¡Tonterías! Ayer por la noche la dejamos, como de
costumbre, para que apagara las luces y demás cosas. Y, en lugar de acostarse, se
cambió de ropas y salió inmediatamente. Su cama está sin tocar. Esta mañana, antes
de las siete, vino en un taxi a buscar sus cosas. Y esa idiota de Mrs. Pearce se las dio
sin decirme una palabra al respecto. ¿Qué debo hacer?
Mrs. HIGGINS. - Me temo que nada, Henry. La joven tiene perfecto derecho a irse,
si se le antoja.
HIGGINS (vagando, inquieto, por la estancia). - Pero no puedo encontrar nada. No
sé qué compromisos tengo. Estoy… (Entra Pickering. Mrs. Higgins deja la pluma y se
aparta de la mesa de escribir.)
PICKERING (dándole la mano). -Buenos días, Mrs. Higgins. ¿Le ha contado ya
Henry? (Se sienta en la otomana.)

64
HIGGINS. - ¿Qué dice ese asno del inspector? ¿Has ofrecido una recompensa?
Mrs. HIGGINS (levantándose, asombrada e indignada).- No querrás decirme que
has lanzado a la policía en persecución de Eliza…
HIGGINS. - Es claro que sí. ¿Para qué está la policía, si no? ¿Qué otra cosa
podíamos hacer? (Se sienta en la silla isabelina.)
PICKERING. - El inspector presentó muchas objeciones. Creo que sospechaba que
tenemos propósitos incorrectos.
Mrs. HIGGINS.-Y es natural que lo sospeche. ¿Qué derecho tienen a dirigirse a la
policía y dar el nombre de la joven, como si fuese una ladrona, o un paraguas perdido,
o algo así? ¡Vaya! (Vuelve a sentarse, profundamente, enfadada.)
HIGGINS. - ¡Pero es que queremos encontrarla!
PICKERING. - No podemos dejarla irse de este modo, Mrs. Higgins. ¿Qué
podíamos hacer?
Mrs. HIGGINS. - Los dos tienen tanta sensatez como dos chiquillos. Pero…
Entra la doncella e interrumpe la conversación.
LA DONCELLA. - Mr. Henry, un caballero desea verlo urgentemente. Le han
enviado aquí desde la calle Wimpole.
HIGGINS. - ¡Oh, caramba! No puedo atender a nadie. ¿Quién es?
LA DONCELLA. -Un tal Mr. Doolittle, señor.
PICKERING. -¡Doolittle! ¿Se refiere al basurero?
LA DONCELLA. - ¡Basurero! ¡Oh, no, señor: un caballero!
HIGGINS (respingando, excitado).- ¡Caray, Pick, debe tratarse de algún pariente al
cual ella se habrá dirigido! Alguien que no conocemos. (A la doncella.) Hágalo subir,
rápido.
LA DONCELLA. - Sí, señor. (Sale.)
HIGGINS (ansioso, acercándose a su madre). - ¡Parientes nobles! ¡Ahora nos
enteraremos de algo! (Se sienta en la silla Chippendale.)
Mrs. HIGGINS. -¿Conocen a alguno de sus parientes?
PICKERING. - Solamente al padre, el individuo del cual le hablamos.
LA DONCELLA (anunciando). -Mr. Doolittle. (Se retira.)
Entra Doolittle. Está resplandecientemente vestido como para una boda
distinguida, y, en rigor, podría muy bien ser el novio. Una flor en el ojal, un reluciente
sombrero de copa y zapatos de charol completan el efecto. Está tan preocupado con
el asunto que le trajo que no advierte a Mrs. Higgins. Se acerca a Higgins y le habla
con tono de vehemente reproche.
DOOLITTLE (indicando su propia persona). - ¡Oiga!, ¿ve esto? Usted es el
culpable.
HIGGINS. -¿El culpable de qué, hombre?
DOOLITTLE. - De esto, le digo. Mírelo. Mire este sombrero. Mire esta chaqueta.

65
PICKERING. - ¿Le ha estado comprando ropas Eliza?
DOOLITTLE. - ¿Eliza? No. ¿Por qué habría de comprarme ropas?
Mrs. HIGGINS. - Buenos días, Mr. Doolittle. ¿No quiere sentarse?
DOOLITTLE (desconcertado al advertir que se ha olvidado de la dueña de casa). -
Le ruego que me perdone, señora. (Se acerca a ella y toma la mano que le tiende.)
Gracias. (Se sienta en la otomana, a la derecha de Pickering.) Estoy tan absorto en lo
que me ha ocurrido que no puedo pensar en otra cosa.
HIGGINS. - ¿Qué demonios le ha sucedido?
DOOLITTLE. - No me importaría si me hubiera sucedido. Cualquier cosa puede
ocurrirle a cualquiera, sin que pueda culpar a nadie más que a la Providencia, como
quien dice. Pero esto es algo que me ha hecho usted: sí, usted, Emry Iggins.
HIGGINS. -¿Ha encontrado a Eliza?
DOOLITTLE - ¿La ha perdido?
HIGGINS. - Sí.
DOOLITTLE. - Algunos tienen toda la suerte. No la encontré. Pero ella me
encontrará muy pronto a mí, después de lo que usted me hizo.
Mrs. HIGGINS. - Pero, ¿qué le hizo mi hijo, Mr. Doolittle?
DOOLITTLE. - ¿Qué me hizo? ¡Me arruinó! ¡Destruyó mi felicidad. Me maniató y
entregó en manos de la moral de la clase media.
HIGGINS (levantándose, intolerante, y quedándose de pie junto a Doolittle). -
¡Está delirante! ¡Está borracho! ¡Está loco! Le di cinco libras. Después de eso sostuve
dos conversaciones con usted, a razón de media corona la hora. Y desde entonces no
he vuelto a verle.
DOOLITTLE. - ¡Ah! ¡Estoy borracho!, ¿eh? ¡ Estoy loco!, ¿eh? Dígame una cosa.
¿Escribió usted, o no escribió, una carta a un viejo de Norteamérica que quería donar
cinco millones para fundar Sociedades de Reforma Moral en todo el mundo y que
deseaba que usted le inventara un idioma universal?
HIGGINS. - ¿Qué? ¡Ezra D. Wannafeller! Está muerto. (Se sienta otra vez,
descuidadamente.)
DOOLITTLE. - Sí, está muerto. Y yo estoy perdido. ¿Le escribió usted, o no le
escribió, una carta, diciéndole que el moralista más original que había en la actualidad
en Inglaterra, por lo que usted sabía, era Alfred Doolittle, un vulgar basurero?
HIGGINS. - ¡Oh, recuerdo que después de su primera visita hice una broma tonta
en ese sentido!
DOOLITTLE. - ¡Hace muy bien en llamarla una broma tonta! Me hundió con ella.
Le dio la oportunidad que necesitaba para demostrar que los norteamericanos no son
como nosotros, que reconocen y respetan el mérito en cualquier clase social que se
presente, por humilde que ella sea. Estas palabras figuran en su maldito testamento,
en el cual, Enry Iggins, gracias a su broma tonta, me deja una participación en su Trust

66
del Queso Predigerido, que representa unas tres mil libras al año, con la condición de
que yo pronuncie conferencias para esa Liga Mundial Wannafeller para la Reforma
Moral tantas veces como me las pidan, hasta seis por año.
HIGGINS. - ¡Demonios! ¡Caramba! (Repentinamente resplandeciente.) ¡Qué
ganga!
PICKERING. - Buen negocio para usted, Doolittle. No le pedirán más de un
discurso, después de escucharle.
DOOLITTLE. - No son los discursos los que me molestan. Puedo pronunciarlos en
cantidades, hasta que se pongan azules de escucharme, y no se me moverá ni un pelo.
Pero me opongo a que me conviertan en un caballero. ¿Quién les pidió que hicieran
un caballero de mí? Era dichoso. Era libre. Sableaba a casi todo el mundo cuando
necesitaba dinero, tal como lo sableé a usted, Enry Iggins. Ahora estoy preocupado,
atado de pies y manos. Y todos me sablean a mí. Es una cosa magnífica para usted,
dice mi abogado. ¿De veras?, le digo. Querrá decir que es una cosa magnífica para
usted, le digo. Cuando era pobre y tuve que recurrir a un abogado, en una ocasión,
porque encontraron un cochecillo de bebé en mi carro de la basura, él hizo que me
pusieran en libertad y se libró de mí tan rápidamente como le fue posible. Lo mismo
sucede con los médicos: solían echarme del hospital antes de que pudiera tenerme
sólidamente en pie, y todo gratis. Ahora descubren que no soy un hombre sano y que
no podré vivir si no me revisan dos veces por día. En la casa no me dejan hacer
absolutamente nada; todos me ayudan y me cobran por ello. Hace un año no tenía un
solo pariente en el mundo, aparte de dos o tres que no querían dirigirme la palabra.
Ahora tengo cincuenta, y entre todos ellos no podría reunirse un solo salario semanal
decente. Tengo que vivir para los demás, no para mí mismo: eso es moral de la clase
media. Usted me habla de perder a Eliza. No se sienta tan ansioso; apuesto a que para
esta hora ya está ante mi puerta, ella, que podría mantenerse vendiendo flores, si yo
no fuese respetable. Y el próximo en sablearme será usted mismo, Enry Iggins. Tendré
que aprender de usted a hablar el idioma de la clase media, en lugar de hablar en
buen inglés. Ahí es donde aparece usted. Y apuesto a que por eso me hizo la
jugarreta.
Mrs. HIGGINS. - Pero mi querido Mr. Doolittle, si realmente habla en serio, nadie
puede obligarle a sufrir todo eso. Nadie podría obligarle a aceptar el legado. Puede
rechazarlo. ¿No es así, coronel Pickering? PICKERING. - Creo que sí.
DOOLITTLE (apaciguando el tono en deferencia al sexo de Mrs. Higgins). - Esa es
la tragedia, señora. Es muy fácil decir déjelo. Pero no tengo ánimo para ello. ¿Quién
de nosotros lo tendría? Estamos todos intimidados. Intimidados, señora: así estamos.
Si lo rechazo, ¿qué me espera en mi vejez, sino el asilo? Ya he tenido que teñirme el
cabello para conservar mi puesto de basurero. Si fuese uno de los pobres dignos y
hubiera ahorrado algo, podría rechazarlo. Pero, en ese caso, ¿por qué habría de

67
hacerlo así, puesto que los pobres dignos podrían muy bien ser millonarios, por la
poca felicidad de que gozan? No saben lo que es la felicidad. Pero yo, como uno de
los pobres indignos, no tengo nada que me aparte del uniforme del pobre mantenido
por el Estado, aparte de esas malditas tres mil anuales que me hacen saltar a la clase
media. (Perdone la expresión señora; usted misma la habría usado si hubiese tenido
mis motivos.) Lo tienen atrapado a uno, se vuelva hacia donde se volviere. Es preciso
elegir entre la Squili del asilo de pobres y la Char Bydis de la clase media 1. Y yo no
tengo valor para el asilo. Intimidado: así estoy. Deshecho. Comprado. Hombres más
felices que yo vendrán a buscar mi basura y mendigarán mi propina. Y yo tendré que
mirarles, impotente, y envidiarles. Y eso es lo que me ha hecho su hijo. (Se muestra
abrumado por la emoción.)
Mrs. HIGGINS. - Bien, me alegro de que no haya decidido hacer nada precipitado,
Mr. Doolittle. Porque esto resuelve el problema del futuro de Eliza. Ahora podrá
mantenerla.
DOOLITTLE (con melancólica resignación). - Sí, señora. Ahora se espera de mí que
mantenga a todos con las tres mil anuales.
HIGGINS (poniéndose en pie de un salto).- ¡Bobadas! ¡El no puede mantenerla!
No la mantendrá. No le pertenece. Yo le pagué cinco libras por ella. Doolittle: o es
usted un hombre honrado o es un pillo.
DOOLITTLE (tolerante). - Un poco de las dos cosas, Enry, como todos nosotros; un
poco de las dos.
HIGGINS. - Bueno, pues aceptó mi dinero por la muchacha. Y no tiene derecho a
llevársela a ella también.
Mrs. HIGGINS. - Henry, no seas absurdo. Si quieres saber dónde está Eliza, está
arriba.
HIGGINS (atónito). - ¿Arriba? Entonces la haré bajar inmediatamente. (Se dirige
resueltamente hacia la puerta.)
Mrs. HIGGINS (levantándose y siguiéndole). - Quédate tranquilo, Henry. Siéntate.
HIGGINS. -Yo…
Mrs. HIGGINS. - Siéntate, querido, y escúchame.
HIGGINS.- ¡Oh, está bien, está bien! (Se deja caer sin ninguna gracia en la
otomana, de cara hacia las ventanas.) Pero creo que podrías habernos dicho esto hace
media hora. Mrs.
HIGGINS. - Eliza vino a verme esta mañana. Me contó la forma brutal en que la
trataste.
HIGGINS (respingando nuevamente). - ¿Qué?
PICKERING (levantándose a su vez).- Mi querida Mrs. Higgins, le ha estado
contado cuentos. No la tratamos brutalmente. Casi ni le dirigimos le palabra. Y nos

68
separamos de ella en términos especialmente amistosos. (Volviéndose hacia Higgins.)
Higgins, ¿te mostraste tiránico hacia ella después de que yo me fui a dormir?
HIGGINS. - Precisamente lo contrario. Me arrojó las pantuflas a la cara. Se portó
del modo más insultante. Yo no le proporcioné ni el menor motivo para ese
comportamiento. Las pantuflas me dieron de lleno en la cara en cuanto entré en la
habitación… antes de que hubiese podido pronunciar una palabra. Y me habló con un
lenguaje perfectamente atroz.
PICKERING (estupefacto). -Y esto, ¿por qué? ¿Qué le hicimos?
Mrs. HIGGINS. - Creo que sé bien lo que le hicieron. La joven es, naturalmente, un
tanto afectuosa. ¿No es cierto, Mr. Doolittle?

1
Una muestra de la erudición clásica de Doolittle; se refiere, es claro, a Escila y
Caribdis. (N. del T.)

DOOLITTLE. - Tiene un corazón muy tierno, señora. Se parece a mí.


Mrs. HIGGINS. - Precisamente. Se encariñó con los dos. Trabajó muy
intensamente para ti, Henry. No creo que te des cuenta cabal de lo que significa, para
una chica de la clase de ella, cualquier cosa que tenga relación con el trabajo mental.
Bueno, pues, parece que, cuando llegó el día de la gran prueba y ella se comportó tan
maravillosamente, sin cometer ni un solo error, ustedes dos se quedaron sentados y no
le dijeron ni una sola palabra. No hicieron más que hablar entre sí de cuan satisfechos
estaban de que todo hubiese terminado y de cómo se habían aburrido. ¡Y luego te
sorprendiste cuando te arrojó las pantuflas a la cara! ¡Yo te habría arrojado los
atizadores!
HIGGINS. - Lo único que dijimos fue que estábamos cansados y que queríamos
acostarnos. ¿No es verdad, Pick?
PICKERING (encogiéndose de hombros). - Eso fue todo.
Mrs. HIGGINS (irónica). - ¿Está seguro?
PICKERING. - Absolutamente. De veras, eso fue todo.
Mrs. HIGGINS.-¿No le agradecieron, ni la mimaron, ni le dijeron cuan
espléndidamente se había portado?
HIGGINS (impaciente).- Pero ella sabía todo eso. No le hicimos ningún discurso, si
eso es lo que quieres decir.
PICKERING (con remordimientos de conciencia). - Quizá nos mostramos un poco
desconsiderados. ¿Está muy enojada?
Mrs. HIGGINS (regresando a su lugar, ante la mesa de escribir). - Me temo que no
quiera regresar a la calle Wimpole, especialmente ahora que Mr. Doolittle está en
condiciones de mantenerla en la posición social en la que ustedes la han colocado.

69
Pero dice que se siente completamente dispuesta a hablar con ustedes en términos
amistosos y a olvidar lo pasado.
HIGGINS (furioso). -Sí, ¿eh? ¡Caramba! ¡Ja!
Mrs. HIGGINS. - Si me prometes portarte bien, Henry, le pediré que baje. Si no,
vete a tu casa. Porque ya me has hecho perder bastante tiempo.
HIGGINS. - Bueno, está bien. Muy bien. Pick: pórtate bien. Saquemos a relucir
nuestros mejores modales dominicales para esta criatura que hemos recogido del
fango. (Se arroja hoscamente en la silla isabelina.)
DOOLITTLE (con tono de reproche). - ¡Vamos, vamos, Enry Iggins! Tenga un poco
de consideración hacia mis sentimientos de miembro de la clase media.
Mrs. HIGGINS. - Acuérdate de tu promesa, Henry (Oprime el botón del timbre
que está en la mesa de escribir.) Mr. Doolittle, ¿quiere tener la bondad de pasar al
balcón por un momento? No quiero que Eliza reciba el choque de sus noticias hasta
que se haya reconciliado con estos dos caballeros. ¿Le molestaría?
DOOLITTLE. - Como quiera, señora. Cualquier cosa para ayudar a Enry a
sacármela de encima. (Desaparece en el balcón.)
Aparece la doncella, en respuesta al llamado. Pickering se sienta en el lugar
desocupado por Doolittle.
Mrs. HIGGINS. -Pídele a Miss Doolittle que baje, por favor.
LA DONCELLA. - Sí, señora. (Sale.)
Mrs. HIGGINS. - Pórtate bien, Henry.
HIGGINS. - Me estoy portando perfectamente bien.
PICKERING. - Hace lo mejor que puede, Mrs. Higgins.
Una pausa. Higgins echa la cabeza hacia atrás, estira las piernas y comienza a
silbar.
Mrs. HIGGINS. - Henry, querido, no pareces nada simpático en esa actitud.
HIGGINS (enderezándose). - No estaba tratando de parecer simpático, mamá.
Mrs. HIGGINS. - No tiene importancia, querido. Solamente quería hacerte hablar.
HIGGINS. -¿Por qué?
Mrs. HIGGINS. - Porque no puedes hablar y silbar al mismo tiempo.
Higgins lanza un gruñido. Otra pausa sumamente penosa.
HIGGINS (levantándose de un. brinco). - ¿Dónde demonios está esa muchacha?
¿Es qué tendremos que esperarla aquí todo el día?

Entra Eliza, alegre, ducha de sí misma, con una exhibición abrumadoramente


convincente de desenvoltura de modales. Lleva una cestita de labores y se encuentra
perfectamente a sus anchas. Pickering se siente tan desconcertado que no se pone de
pie.
LIZA. - ¿Cómo le va, profesor Higgins? ¿Está usted bien?

70
HIGGINS (ahogándose). - ¿Si estoy…? (No puede terminar la frase.)
LIZA. - Pero es claro que está bien. Usted nunca se enferma. Me alegro de volver a
verlo, coronel Pickering. (Este se levanta apresuradamente y se dan la mano.) Una
mañana bastante fría, ¿no es verdad? (Se sienta a la izquierda de Pickering; él se sienta
junto a ella.)
HIGGINS. - No intentes este juego conmigo; yo te lo enseñé y no podrás
engañarme con él. Levántate y ven a casa; no seas tonta.
Eliza toma una labor de costura de la cesta y comienza a bordar, sin prestar la más
mínima atención al estallido.
Mrs. HIGGINS. - Muy bien dicho, Henry, por cierto. Ninguna mujer podría
resistirse a semejante invitación.
HIGGINS. - Déjala sola, mamá. Déjala que hable por sí misma. Pronto verás si
tiene una sola idea que no se la haya puesto yo en la cabeza, o una sola palabra que
no le haya puesto en la boca. Te digo que he creado a esa cosa con las hojas
aplastadas de un repollo de Covent Garden. Y ahora pretende hacerse la dama
refinada conmigo.
Mrs. HIGGINS (plácida). -Sí, querido. Pero siéntate, ¿quieres?
Higgins vuelve a sentarse salvajemente.
LIZA (a Pickering, aparentemente sin advertir la presencia de Higgins y trabajando
entre tanto diestramente). - ¿Dejará usted de verme del todo, coronel Pickering, ahora
que el experimento ha terminado?
PICKERING. - Oh, por favor. No hable de eso como si se tratase de un
experimento. No sé por qué, pero me molesta.
LIZA. - Vaya, no soy más que una hoja aplastada de repollo…
PICKERING (impulsivamente). - ¡No!
LIZA (continuando, serena).-… pero le debo tanto que me sentiría muy desdichada
si se olvidase de mí.
PICKERING. - Es muy amable de su parte el sentir de ese modo, Miss Doolittle.
LIZA. - Y no es porque haya pagado mis vestidos. Sé que es generoso hacia todos
con su dinero. Pero fue de usted de quien verdaderamente aprendí los buenos
modales. Y eso es lo que la convierte a una en una dama, ¿verdad? La verdad es que
me resultó sumamente difícil, con el ejemplo del profesor Higgins eternamente
delante. Mi crianza me obligaba a ser igual que él, incapaz de dominarme, usando
palabras insultantes a la menor provocación. Y nunca habría sabido que las damas y los
caballeros no eran así, si no hubiese estado usted allí.
HIGGINS. -¡Bueno…!
PICKERING. - ¡Oh, ése no es más que el carácter de él! No lo hace de intento.
LIZA. - Tampoco yo lo hacía de intento cuando era florista. No era más que mi
carácter. Pero, ya ve: lo hacía. Y, en fin de cuentas: en eso reside la diferencia.

71
PICKERING. - Sin duda alguna. Empero, él le enseñó a hablar, y yo no habría
podido hacerlo.
LIZA (trivial).- Es claro; es la profesión de él.
HIGGINS. -¡Maldición!
LIZA (continuando). - Era como aprender en el estilo de moda, nada más. Pero,
¿sabe qué fue lo que empezó mi verdadera educación?
PICKERING. - ¿Qué?
LIZA (interrumpiendo la labor por un momento). - El que usted me llamara Miss
Doolittle, ese día, cuando fui a la calle Wimpole por primera vez. Ese fue el comienzo
del respeto a mí misma. (Sigue bordando.) Y hubo otras cien cositas, que usted no
advirtió porque las hacía con toda naturalidad. Cosas como ponerse de pie y quitarse
el sombrero y abrir puertas…
PICKERING. - ¡Oh, eso no era nada…!
LIZA. - Sí, cosas que demostraban que usted pensaba de mí y sentía a mi respecto
como si me considerase algo mejor que una fregona. Aunque, por supuesto, yo sabía
que se habría portado del mismo modo con la fregona, si ésta se hubiese presentado
en la sala. Nunca se quitó los zapatos en el comedor, mientras yo estaba presente.
PICKERING. - No haga caso de eso. Higgins se quita los zapatos en todas partes.
LIZA. - Lo sé. Y no le culpo. Es su modo de ser, ¿verdad? Pero tuvo tanta
importancia para mí el que usted no fuese así… La verdad, aparte de las cosas que se
pueden aprender (la forma de vestir, la forma correcta de hablar, etcétera), la
diferencia entre una señora y una florista no reside en cómo se comporte, sino en
cómo la traten. Para el profesor Higgins siempre seré una florista, porque siempre me
trata como a una florista y siempre me tratará del mismo modo. Pero sé que puedo ser
una dama para usted, porque usted siempre me trata como a una dama y siempre me
seguirá tratando del mismo modo.
Mrs. HIGGINS. - Por favor, no hagas rechinar los dientes, Henry.
PICKERING. - Bien, es ese un hermoso sentimiento, Miss Doolittle.
LIZA. - Me agradaría que me llamara Eliza, si no tiene inconveniente.
PICKERING. - Gracias, Eliza, por supuesto.
LIZA. - Y me gustaría que el profesor Higgins me llame Miss Doolittle.
HIGGINS.-Antes te veré en el infierno.
Mrs. HIGGINS. - ¡Henry, Henry!
PICKERING (riendo). - ¿Por qué no le contesta con una buena andanada de jerga?
No le aguante esas cosas. Le haría mucho bien.
LIZA. - No puedo. En otra época habría podido hacerlo, pero ahora no me es
posible. Usted me dijo una vez que, cuando un niño es llevado a un país que no es el
suyo, aprende el nuevo idioma en un par de semanas y olvida el propio. Bueno, yo soy
una niña en el país de usted. He olvidado mi propio idioma y no puedo hablar otro

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que el de usted. En eso consiste la verdadera separación con la esquina de Tottenham
Gourt Road. Y el haber abandonado la calle Wimpole la hace definitiva.
PICKERING (intensamente alarmado.) - ¡Oh, pero usted volverá a la calle
Wimpole!, ¿no es cierto? ¿Perdonará a Higgins?
HIGGINS (levantándose).- ¿Perdonarme? ¡Vaya! Que no venga. Que vea cómo
puede arreglárselas sin nosotros. Volverá al arroyo al cabo de tres semanas, si no me
tiene a mí cerca.
Doolittle aparece en la ventana del centro. Con una mirada de digno reproche a
Higgins, se acerca lenta y silenciosamente a su hija, que, de espaldas a la ventana, no
lo ve.
PICKERING. - Es incorregible, Eliza. No volverá al arroyo, ¿eh?
LIZA. - No, ya no. Nunca. He aprendido mi lección. No creo que pudiese volver a
pronunciar uno de los viejos sonidos, aunque lo intentase. ( Doolittle la toca en el
hombro izquierdo. Ella deja caer la labor y pierde por completo el dominio de sí misma
ante el espectáculo del esplendor de su padre.) ¡Aaaaaah-oooi!
HIGGINS (con un graznido de triunfo). - ¡Ahá! ¡Precisamente! ¡Aaaaaah-oooi!
¡Aaaaaa-oooi! ¡Victoria! ¡Victoria! (Se deja caer en el diván, cruzándose de brazos y
desparramándose arrogantemente.)
DOOLITTLE. - ¿Puede culpar a la muchacha? No me mires así, Eliza. He
conseguido cierta cantidad de dinero.
LIZA. - Debes de haber sableado a un millonario esta vez, papá.
DOOLITTLE.-Así es. Pero hoy estoy vestido especialmente. Voy a la iglesia de
Saint George, en Hanover Square. Tu madrastra se casa conmigo.
LIZA (enfurecida). - ¡No irás a rebajarte con esa mujer vulgarota y ordinaria…!
PICKERING (tranquilo). -Debe hacerlo, Eliza. (A Doolittle.) ¿Por qué cambió ella de
idea?
DOOLITTLE (triste). - Intimidada, jefe; intimidada. La moral de la clase media exige
su víctima. ¿No quieres ponerte el sombrero, Liza, y ver cómo me ahorco?
LIZA. - Si el coronel dice que es necesario, yo… te… (Casi sollozando.) ¡Me
rebajaré…! Y seguramente seré insultada por el trabajo que me tomo.
DOOLITTLE. - No temas. Ya no insulta a nadie, ¡pobre mujer! La respetabilidad le
ha quitado todo el fuego.
PICKERING (apretando suavemente el codo de Eliza).- Sea bondadosa con ellos,
Eliza. Pórtese lo mejor que pueda.
LIZA (obligándose a sonreír a pesar de su irritación).- ¡Oh, bueno, para demostrar
que no hay mala voluntad…! Volveré dentro de un instante. (Sale).
DOOLITTLE (sentándose junto a Pickering). - Me siento extraordinariamente
nervioso por culpa de la ceremonia, coronel. Me agradaría que usted estuviese junto a
mí hasta que termine.

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PICKERING. - Pero si ya la pasó otra vez, hombre. ¿No se casó con la madre de
Eliza?
DOOLITTLE. - ¿Quién le dijo tal cosa, coronel?
PICKERING. - Bueno, nadie me lo dijo. Pero yo supuse… naturalmente…
DOOLITTLE. - No, esa no es la forma natural, coronel. No es más que la forma de
hacer las cosas de la clase media. Mi forma ha sido siempre la indigna. Pero no le diga
nada a Eliza. Ella no lo sabe. Siempre he tenido escrúpulos en decírselo.
PICKERING. - Perfectamente. Lo dejaremos así, si usted quiere.
DOOLITTLE. - ¿Y vendrá a la iglesia, coronel, y me ayudará?
PICKERING. - De mil amores. Le daré toda la ayuda que pueda darle un soltero.
Mrs. HIGGINS. - ¿Puedo ir yo también, Mr. Doolittle? Lamentaría mucho tener que
perderme su boda.
DOOLITTLE. - Le aseguro que me sentiré sumamente honrado con sus
condescendencia, señora. Y mi pobre mujer lo considerará como un tremendo
cumplido. Ha estado, últimamente, muy abatida, pensando en los días dichosos que ya
no son más.
Mrs. HIGGINS (levantándose). -Pediré el coche y me prepararé. (Todos los
hombres se ponen de pie, salvo Higgins.) No tardaré más de quince minutos. (Cuando
se dirige a la puerta, entra Eliza, con el sombrero puesto y abotonándose los guantes.)
Iré a la iglesia, a presenciar el casamiento de tu padre, Eliza. Será mejor que vengas en
el coche conmigo. El coronel Pickering podrá ir con el novio.
Mrs. Higgins sale. Eliza llega hasta el centro de la habitación, entre la ventana del
medio y la otomana. Pickering se une a ella.
DOOLITTLE. - ¡Novio! ¡Qué palabra! Hace que uno se dé cuenta de su situación.
(Toma el sombrero y va hacia la puerta.)
PICKERING. - Antes de que yo me vaya, Eliza, perdone a Higgins y vuelva a vivir
con nosotros.
LIZA. - No creo que papá me lo permita. ¿No es cierto, papá?
DOOLITTLE (triste pero magnánimo). - Te la jugaron muy astutamente, Eliza, los
dos deportistas. Si hubiese sido uno solo de ellos, habrías podido comprometerle.
Pero, ¿te das cuenta?, siempre estaban los dos juntos y uno de ellos hacía de dama de
compañía del otro, por así decirlo. (A Pickering.) Muy ingenioso de su parte, coronel;
pero no le guardo rencor. Yo habría hecho lo mismo. Durante toda mi vida fui víctima
de una mujer tras otra, y no les reprocho el que le hayan ganado la partida a Eliza. No
me entrometeré. Es hora de que salgamos, coronel. Hasta luego, Henry. Te veré en
Saint George, Eliza. (Sale.)
PICKERING (suplicante).- ¡Quédate con nosotros, Eliza! (Sigue a Doolittle.)
Eliza sale al balcón, para no estar a solas con Higgins. Este se levanta y la sigue.
Ella vuelve inmediatamente a la habitación y se dirige a la puerta. Pero él sale del

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balcón por el otro extremo y se pone de espaldas a la puerta antes de que la joven
pueda llegar a ella.
HIGGINS. - Bien, Eliza: ya te has cobrado parte de la cuenta, como tú lo llamas.
¿Has tenido bastante? ¿Quieres ser razonable? ¿O quieres algo más?
LIZA. - Usted desea que vuelva únicamente para alcanzarle las pantuflas y
aguantar sus arranques de cólera y ordenarle las cosas.
HIGGINS. - No he dicho que quisiera que vuelvas.
LIZA. - ¡Ah, vaya! Y entonces, ¿de qué estamos hablando?
HIGGINS. - De ti, no de mí. Si vuelves, te trataré como siempre te he tratado. No
puedo cambiar mi carácter. Y no pienso cambiar mis modales. Mis modales son
exactamente los mismos que los del coronel Pickering.
LIZA. - No es verdad. El trata a una florista como si fuese una duquesa.
HIGGINS. - Y yo trato a una duquesa como si fuese una florista.
LIZA. - Entiendo. (Se vuelve, sumamente serena, y se sienta en la otomana, de cara
la ventana.) Igual para todos.
HIGGINS. - Precisamente.
LIZA. - Como papá.
HIGGINS (sonriendo, un tanto desconcertado). - Sin aceptar la comparación en
todos sus puntos, Eliza, es muy cierto que tu padre no es un fachendón y que se
encontrará muy a sus anchas en cualquier situación a que su excéntrico destino pueda
llevarle. (Serio.) El gran secreto, Eliza, no consiste en tener buenos modales o malos
modales o alguna otra forma especial de modales, sino en tener el mismo tipo de
modales para todos los seres humanos; en una palabra: en comportarse como si se
encontrara uno en el cielo, donde no existen los coches de tercera y un alma es tan
buena como otra.
LIZA. - Amén. Es usted un predicador nato.
HIGGINS (irritado). -No hay que fijarse en si te trato groseramente, sino en si
alguna vez me has visto tratar mejor a cualquier otra persona.
LIZA (con repentina sinceridad). - No me importa cómo me trate. No me molesta
que me insulte. No me importaría que me pusiera un ojo negro. Ya los he tenido
anteriormente. (Poniéndose de pie y enfrentándolo.) Pero no quiero que me pasen por
alto.
HIGGINS. - Y entonces quítate del paso. Porque yo no me detendré por ti. Hablas
de mí como si fuese un ómnibus.
LIZA. - Y lo es. No más que impulso y carrera, y ninguna consideración para nadie.
Pero puedo arreglármelas sin usted; no crea que no.
HIGGINS. - Ya lo sé. Yo mismo te lo dije.
LIZA (herida, apartándose de él y poniéndose al otro lado de la otomana, de cara
a la chimenea). - ¡Me acuerdo de ello, pedazo de animal! ¡Quería librarse de mí!

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HIGGINS. - ¡Embustera!
LIZA. - Gracias. (Se sienta con dignidad.)
HIGGINS. - Supongo que nunca te habrás preguntado si yo podía arreglármelas
sin ti.
LIZA (sincera). -No trate de engañarme. Tendrá que pasárselas sin mí.
HIGGINS (arrogante.) -Puedo pasármelas sin nadie. Tengo mi propia alma, mi
propia chispa del fuego divino. (Con repentina humildad.) Pero te echaré de menos,
Eliza. (Se sienta en la otomana, cerca de ella.) He aprendido algo de tus estúpidas
ideas: lo confieso humilde y agradecidamente. Y me he acostumbrado a tu voz y a tu
aspecto. Me agradan.
LIZA. - Pues los tiene ambos en su gramófono y en su álbum de fotografías.
Cuando se sienta solitario sin mí, no tiene más que hacer funcionar el aparato. Carece
de sentimientos que puedan ser heridos.
HIGGINS. - No puedo hacer funcionar tu alma en ningún aparato. Déjame esos
sentimientos y puedes llevarte la voz y el rostro. Ellos no son tú.
LIZA.- ¡Oh, es usted un demonio! Puede retorcerle el corazón a una mujer con
tanta facilidad como cuando le retuerce los brazos para herirla. Mrs. Pearce me lo
previno. Una y otra vez ha querido irse. Y, a último momento, usted siempre la
convencía. Y no le tiene usted ni un poco de afecto. Ni me lo tiene a mí.
HIGGINS. - Le tengo afecto a la vida, a la humanidad. Y tu eres una parte de ella
que se cruzó por mi camino y que fue moldeada en mi casa. ¿Qué más puedes pedir?
¿Qué más puede pedir nadie?
LIZA. - No quiero a nadie que no me quiere a mí.
HIGCINS. -Principios comerciales, Eliza. (Reproduciendo su pronunciación de
Covent Garden con exactitud profesional.) Como u'n ramiyete de violeta'", ¿no es
cierto?
LIZA. - No se burle de mí. Es vil.
HIGGINS. - Nunca me he burlado en mi vida. La burla no concuerda con el rostro
humano ni con el alma humana. No hago más que expresar mi justo desprecio por el
Comercialismo. No comercio con el afecto ni comerciaré. Me llamas bestia porque no
conquistaste ningún derecho sobre mí trayéndome mis zapatillas y encontrándome los
anteojos. Fuiste una tonta. Creo que una mujer que alcanza las pantuflas a un hombre
constituye un espectáculo desagradable. ¿Alguna vez te llevé yo a ti las pantuflas?
Mucho más te aprecio por habérmelas arrojado a la cara. Es inútil que te esclavices por
mí y luego digas que quieres que te aprecien. ¿Quién aprecia a un esclavo? Si vuelves,
vuelve por amistad. Porque no recibirás nada más. Has recibido de mí cien veces más
de lo que yo recibí de ti. Y si te atreves a comparar tus habilidades de perrito, de traer
y llevar pantuflas, contra mi creación de una duquesa Eliza, te daré con la puerta en las
narices.

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LIZA. - ¿Por qué creó a esa duquesa, si yo no le importaba?
HIGGINS (sincero). - Pues porque era mi trabajo…
LIZA. - Nunca se le ocurrió pensar en las dificultades que me ocasionaría…
HIGGINS. - ¿Habría sido creado el mundo alguna vez, si su hacedor se hubiese
preocupado de no provocar dificultades? Crear vida significa ocasionar dificultades.
Hay una sola forma de evitarlas: matando. Advertirás que los cobardes siempre piden a
gritos que se mate a la gente que provoca dificultades.
LIZA. - No soy predicadora; no me doy cuenta de esas cosas. Pero sí me doy
cuenta de que usted no me toma en cuenta.
HIGGINS (levantándose de un salto y paseándose por la estancia). - ¡Eliza, eres
una idiota! ¡Derrocho los tesoros de mi mente miltónica poniéndolos ante ti! De una
vez por todas: entiende que sigo mi camino y cumplo con mi tarea sin que me importe
un rábano de lo que nos suceda a cualquiera de los dos. No estoy intimidado, como tu
padre y tu madrastra. De modo que puedes volver a mi casa o irte al demonio, como
te plazca.
LIZA. - ¿Por qué habría de volver?
HIGGINS (poniéndose de rodillas sobre la otomana e inclinándose hacia la joven).-
Por pura diversión. Por eso te tomé yo.
LIZA (con el rostro vuelto hacia el otro lado). - ¿Y usted podrá expulsarme mañana,
si no hago todo lo que quiere que haga?
HIGGINS. - Sí, y tú puedes irte mañana, si no hago todo lo que tú quieres que
haga.
LIZA. - ¿Para vivir con mi madrastra?
HIGGINS. - Sí, o para vender flores.
LIZA. - ¡Oh, si pudiese volver a mi cesta de flores! ¡Sería independiente de usted,
de mi padre y de todo el mundo! ¿Por qué me arrebató mi independencia? ¿Por qué
se la entregué yo? Ahora soy una esclava, a pesar de mis magníficos vestidos.
HIGGINS. - Nada de ello. Si quieres te adoptaré como hija mía y te señalaré
alguna suma mensual. ¿O preferirías casarte con Pickering?
LIZA (mirándole ferozmente). - ¡No me casaría con usted aunque me lo pidiera! ¡Y
está más cerca de mi edad de que él!
HIGGINS (dulcemente). -Que él, no "de que él".
LIZA (irritada, levantándose). - ¡Hablaré como se me ocurra! ¡Ya no es mi maestro!
HIGGINS (reflexivo).- Aunque, pensándolo bien, no creo que Pickering quisiera. Es
un solterón tan empedernido como yo.
LIZA. - No es eso lo que quiero; ni lo piense. Siempre he tenido hombres de sobra
que me querían de ese modo. Freddy Hill me escribe dos o tres veces por día, hojas y
hojas.

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HIGGINS (desagradablemente sorprendido). - ¡Maldito sea tu descaro! (Retrocede
y se sorprende sentado sobre los talones.)
LIZA.-Tiene derecho a hacerlo, si le place, pobrecito. Y me ama.
HIGGINS (bajando de la otomana). -No tienes derecho a darle esperanzas.
LIZA. - Toda mujer tiene derecho a ser amada.
HIGGINS. - ¿Qué? ¿Por tontos como ése?
LIZA. - Freddy no es un tonto. Y si es débil y pobre y me quiere, puede que me
haga más dichosa que los que son mejores que yo y me tratan tiránicamente y no me
quieren.
HIGGINS. - ¿Puede hacer algo de ti? Eso es lo importante.
LIZA. - Quizá yo pueda hacer algo de él. Pero nunca pensé en que ninguno de los
dos tuviese que hacer nada del otro. Y usted jamás piensa en otra cosa. Yo no deseo
más que ser natural.
HIGGINS. - En una palabra, quieres que esté tan enamoricado de ti como Freddy,
¿no es eso?
LIZA. - No. No es ese el sentimiento que quiero de usted. Y no esté tan seguro de
sí mismo ni de mí. Podría haber sido una mala muchacha, si hubiese querido. Conozco
ciertas cosas más que usted, a pesar de toda su cultura. Las mujeres como yo pueden
doblegar a los caballeros y obligarles a que les hagan el amor; les es muy fácil. Y en el
instante siguiente ambos desean que el otro esté muerto.
HIGGINS. - Por supuesto. Y entonces, ¿por qué demonios estamos riñendo?
LIZA (turbada). - Quiero un poco de bondad. Sé que soy una muchacha vulgar e
ignorante, y usted un caballero culto. Pero no soy el polvo que usted pisa. Lo qu'he
hacido… (Corrigiéndose.) Lo que he hecho no lo hice por los vestidos y los taxis. Lo
hice porque era agradable estar juntos; y fui a cuidarle a usted. No porque quisiese
que me hiciera el amor, no olvidando la diferencia que hay entre nosotros, sino, más
bien, amistosamente.
HIGGINS. - Bueno, es claro. Eso es exactamente lo que siento yo. Y lo que siente
Pickering. ¡Eliza, fuiste una tonta!
LIZA.- ¡No es una respuesta correcta! (Se deja caer en la silla que hay ante el
escritorio, bañada en lágrimas.)
HIGGINS. - Es la única que recibirás hasta que dejes de ser una idiota común. Si
quieres ser una dama, tendrás que dejar de sentirte despreciada cuando los hombres
que conoces no se pasan la mitad de su vida lloriqueando por ti y la otra mitad
poniéndote los ojos negros. Si no puedes soportar la frialdad de mi forma de vida, y la
tensión, vuélvete al arroyo. Trabaja hasta que seas más un animal que un ser humano.
Y entonces haz el amor y riñe y emborráchate hasta que te duermas. ¡Ah, la vida
del arroyo es magnífica! ¡Es real, es cálida, es violenta! ¡Se la puede sentir a través de
la piel más gruesa! ¡Se la puede gustar y oler sin ningún estudio ni trabajo! ¡No es

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como la Ciencia y la Literatura y la Música Clásica y la Filosofía y el Arte! Me encuentras
frío, insensible, egoísta, ¿eh? Muy bien: vete con la gente que te agrada más. Cásate
con algún cerdo sentimental que tenga mucho dinero y un grueso par de labios para
besarte y un grueso par de zapatos para propinarte puntapiés. Si no puedes apreciar lo
que tienes, será mejor que tengas lo que puedas apreciar.
LIZA (desesperada). - ¡Es usted un tirano cruel! ¡No puedo hablarle! ¡Todo lo
vuelve contra mí! ¡Yo soy siempre la que está en el error! Pero usted sabe
perfectamente bien, todo el tiempo, que no es más que un bravucón. Sabe que no
puedo volver al arroyo, como lo llama, y que no tengo otros amigos en el mundo que
usted y el coronel Pickering. Sabe perfectamente que no podría vivir con un hombre
ordinario, después de haberlos conocido a los dos. Y es malvado y cruel que me
insulte fingiendo que cree lo contrario. Piensa que debo volver a la calle Wimpole
porque ya no tengo a dónde ir, sino a lo de mi padre. Pero no esté tan seguro de que
me tiene bajo sus pies y que puede pisotearme y hacerme callar a gritos. Me casaré
con Freddy, lo juro, en cuanto pueda mantenerle.
HIGGINS (pasmado). - ¡Freddy! ¡Ese jovenzuelo tonto! ¡Ese pobre diablo que no
podría conseguir un puesto de mandadero, aunque tuviese el coraje de pedirlo! Mujer,
¿no entiendes que yo he hecho de ti algo digno de ser la consorte de un rey?
LIZA. - Freddy me ama. Eso hace que sea un rey para mí. No quiero que trabaje.
No fue educado para ello como yo. Seré maestra.
HIGGINS. - ¿Qué enseñarás, en nombre del cielo?
LIZA.-Lo que me enseñó usted: fonética.
HIGGINS. - ¡Ja, ja, ja!
LIZA. - Me ofreceré de ayudante a ese húngaro de cara peluda.
HIGGINS (levantándose, enfurecido). - ¡Ese impostor, ese farsante, ese ignorante
rastrero! ¿Le enseñarás mis métodos, mis descubrimientos? ¡Si das un solo paso en su
dirección, te retuerzo el cuello! (Le pone las manos encima.) ¿Me oyes?
LIZA (desafiante, sin resistirse). - ¡Retuérzalo, pues! ¿Qué me importa? Ya sabía
que algún día me golpearía. (El le suelta, golpeando el suelo con el pie, enfurecido por
haber perdido el dominio de sí mismo, y retrocede tan apresuradamente que tropieza
con la otomana y cae sentado en ella.) ¡Aja! ¡Ahora sé cómo tratar con usted! ¡Tonta de
mí que no se me ocurrió antes! No puede arrebatarme los conocimientos que me dio.
Dijo que tenía un oído más fino que usted. Y sé ser cortés y bondadosa con la gente,
que es más de lo que usted puede decir. ¡Aja! (Pronunciando mal de intento, para
irritarle.) Eso será su fin, Enry Iggins, será. (Haciendo chasquear los dedos.) ¡Ahora no
me importa ni esto de sus gritos y sus palabras altisonantes! Pondré un anuncio en los
diarios, diciendo que su duquesa no es más que una florista, discípula suya, que le
enseñará a cualquiera a ser una duquesa, en seis meses, por mil guineas. ¡Ah, cuando
me acuerdo que me arrastraba a sus pies y me dejaba pisotear e insultar, y no tenía

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más que levantar un dedo para ser tan importante como usted…! ¡Tengo ganas de
darme de puntapiés…!
HIGGINS (admirándola).- ¡ Maldita descarada! Pero es mejor que lloriquear, mejor
que buscar pantuflas y encontrar anteojos, ¿no es cierto? (Poniéndose de pie.) ¡Caray,
Eliza, dije que haría una mujer de ti! Y lo conseguí. Me agradas más así.
LIZA. - Sí, ahora que no le tengo miedo y que puedo valerme por mí misma, trata
de reconciliarse conmigo.
HIGGINS. - Por supuesto que puedes valerte por ti misma, tontita. Hace cinco
minutos eras como una piedra de molino que pendiera de mi cuello. Ahora eres una
torre de poder, un acorazado gemelo. Tú y yo y Pickering seremos tres viejos
solterones, en lugar de ser dos hombres y una jovencita tonta.
Vuelve Mrs. Higgins, vestida para la boda. Eliza se torna instantáneamente fría y
elegante.
Mrs. HIGGINS. -El coche espera, Eliza. ¿Estás lista?
LIZA. - Sí. ¿No viene el profesor?
Mrs. HIGGINS. - Por supuesto que no. No sabe comportarse en la iglesia. Hace
observaciones en voz alta acerca de la pronunciación del sacerdote.
LIZA. - Entonces no volveré a verle, profesor. Adiós. (Va hacia la puerta.)
Mrs. HIGGINS (acercándose a su hijo.) -Adiós, querido.
HIGGINS. - Adiós, mamá. (Está a punto de besarla, cuando se acuerda de algo.)
¡Ah, de paso, Eliza! ¡Haz que envíen un jamón y un queso Stilton, ¿quieres? Y
cómprame un par de guantes de piel de reno, número ocho, y una corbata que haga
juego con mi traje nuevo. Puedes elegir tú el color. (Su voz alegre, negligente,
vigorosa, demuestra que es incorregible)
LIZA (despectiva). - El número ocho es demasiado chico para usted, si los quiere
forrados de piel de cordero. Tiene tres corbatas nuevas, olvidadas en un cajón de su
tocador. El coronel Pickering prefiere el doble Gloucester al Stilton; y, además, usted
no aprecia la diferencia entre uno y otro. Esta mañana le telefoneé a Mrs. Pearce para
que no se olvidara del jamón. No puedo imaginarme qué haría usted sin mí. (Sale
majestuosamente del cuarto.)
Mrs HIGGINS. - Me temo que has arruinado a esa joven, Henry! Me sentiría muy
inquieta por ti y por ella, si no supiese que tiene en muy alta estima al coronel
Pickering.
HIGGINS. -¿Pickering? ¡Bobadas! Se casara con Freddy. ¡Ja ja! ¡Freddy…!
¡Freddy…! ¡Ja,,a, ja, ja, ja! (Lanza estentóreas carcajadas mientras cae el telón.

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