Descubrimientos Literarios y Blogs
Descubrimientos Literarios y Blogs
BLOG
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3.0
A modo de introducción
del post ‘Ventanas y espejos’ [16/11/2006]
A
ntes, el objetivo era dejar hijos que continuaran la sangre familiar, una entele-
quia persistente. Ahora tal vez podamos ser más ambiciosos y aspirar a ser algo
más que la máquina perpetuadora de nuestros genes (Dawkins dixit) ya que
hemos inventado el más poderoso instrumento de inmortalidad: la escritura.
Pero no todo es tan fácil. Decía Borges que bastaba con un libro o unos pocos. Era men-
tira y él lo sabía y, al menos a mí, la sensación de lo inabarcable me desazona. Soporto
mal que el tiempo se me acabe y los libros por descubrir no disminuyan.
Mis lecturas pueden dividirse en dos grupos. Las científicas son, paradójicamente, las
que menos me descubren cosas nuevas. O al menos esa es la impresión que me dejan. A
veces encuentras cuatro o cinco páginas memorables pero lo más frecuente es que en un
buen montón de artículos sólo media docena de párrafos tengan vocación de permanen-
cia. Cierto que debo leerlos porque es mi profesión hacerlo y lo hago con placer pero sin
sorpresa.
A estas alturas los mejores momentos vienen del otro grupo de lecturas. Las de los li-
bros sacados casi al azar de un estante de la biblioteca las conocía hace tiempo. Las de
esas cosas que llamamos blogs han sido una sorpresa reciente. Frecuento blogs de va-
rios tipos pero tengo media docena de los que siempre espero algo más, momentos de
luz.
Son blogs que no estarán nunca en los primeros puestos de los rankings. Ni maldita fal-
ta que les hace. Tienen el feeling de algunas músicas, con entradas únicas, de cantautor,
en un esforzada construcción verso a verso. Son a la vez una ventana y espejo, para
asomarse desde dentro o para atisbar desde fuera, para reflejar al autor y, en momentos
efímeros, al lector.
No creo en eso que llaman “comunidades sociales” en la "blogosfera", pero sí en las
relaciones personales construidas en esta suerte de gota a gota que construye y alimenta
los blogs. Raras relaciones, en la distancia, pero que disfruto intensamente, una sensa-
ción nueva cuando ya creía que lo tenía todo visto. O casi.
No dejeis de escribir.
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1. Golem
G
olem es, en la mitología judaica, un ser fabricado a partir de materia inerte, una
versión primigenia de la criatura de Frankenstein. Podemos usarlo aquí como
una metáfora de la ciencia cuando sobrepasa sus límites y, a modo de aprendiz
de brujo, provoca consecuencias incontrolables e irremediables. También como un re-
flejo de las acciones de aquellos personajes que manejan, manipulan, desinforman, ali-
mentan falsedades o, simplemente, gestionan desde la ignorancia o desde la incompe-
tencia.
27/7/2007 Ampliación
La biblioteca (de Totum revolutum).
Leí El Golem de Gustav Meyrink siendo adolescente y casi lo olvidé. Pero años
más tarde visité a una persona en Ribadesella, un pueblo de Asturias. Era extran-
jero y no recuerdo su nombre pero tenía una biblioteca. El motivo de mi viaje
era intentar verla. Esa persona había sufrido un derrame cerebral hacia unos me-
ses y, aunque lúcido, apenas hablaba por lo que me dio a entender que el que de-
bía hacerlo era yo, que él escucharía. La biblioteca era sorprendente. Estaba
formada por una secuencia de habitaciones, fuera de la casa, construidas en la
ladera sobre el último meandro de la ría. Habitaciones cuadradas que se comuni-
caban entre sí por pequeños vanos y que tenían, de vez en cuando, una mesa y
una silla en el centro. Todas las paredes estaban cubiertas de suelo a techo por
estanterías y éstas estaban repletas de libros, lo mismo que las mesas. Entre mu-
chos otros que ojeé, encontré de nuevo El Golem en una edición alemana de los
años 30. De alguna manera, hablarle del libro fue la llave de su confianza y me
dio la oportunidad de deambular unas horas entre miles de libros, hablando en
parte para él y en parte para mí, encerrados (¿abiertos?) en ese mundo inabarca-
ble donde otras personas habían dejado escritos sus recuerdos, su imaginación y
su experiencia.
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2. Libros, grutas y arqueólogos
Donde un arqueólogo consigue la biblioteca perdida
A
la famosa biblia de Gutenberg le corresponde el honor de ser el primer libro
impreso con el sistema de tipos móviles, mientras que anteriormente era necesa-
rio esculpir, generalmente en madera, las planchas que se usarían para imprimir
en serie cada página. Pero eso fue en Europa. Como en todas estas cosas, en el continen-
te asiático todo se había hecho antes. Parece que los tipos móviles habían sido inventa-
dos por un tal (pronúnciese ) allá a mediados del siglo XI y que eran de arcilla
endurecida al fuego.
Pero hoy quería hablarles del libro impreso más antiguo que se conoce y de su peculiar
aventura. Se trata, cómo no, de un libro chino y ha podido datarse con exactitud: año
868, hace 1138 años.
La historia comienza en un lugar perdido en medio del desierto del Gobi, a cuatro días
de camello de Dunhuang, una población del Norte de China donde confluían los cami-
nos norte y sur de la Ruta de la Seda (8000 km de nada para conectar todo el Sur del
continente asiático).
Ese lugar se ha llamado de varias formas; entre ellas las Grutas de los Diez Mil Budas
o, con algo menos de espectáculo, las grutas de Mogao. Se trata de un gran complejo de
santuarios excavados en un cortado rocoso de algo más de 1.5 km de longitud. Fue un
lugar estratégico donde los viajeros invocaban protección ante el incierto futuro que
suponía internarse en el desierto de Taklamakan o, para los que hacían la ruta de Oeste a
Este, para agradecer el regalo de haber sobrevivido.
El origen de los santuarios se remonta a mediados del siglo IV, cuando al monje Lo-
tsun se le aparecieron mil Budas simultáneamente convenciéndole, supongo que por
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abrumadora mayoría, de la oportunidad de decorar las grutas con imágenes y textos sa-
grados.
Poco a poco las grutas existentes fueron decoradas hasta alcanzar más de mil, de las
cuales quedan actualmente algo menos de la mitad.
Este lugar atesoró pinturas y esculturas durante más de un milenio, circunstancia desco-
nocida para los europeos hasta primeros del siglo XX. Antes había estado allí algún
aventurero y explorador como el ruso Nikolai Mikhaylovich Przhevalsky, o el húngaro
Lajos Loczy, ambos pioneros en la exploración de las remotas regiones del Tibet e
Himalayas (remotas para nosotros, claro).
El caso es que un 12 de marzo de 1907 apareció en Dunhuang un notable personaje lla-
mado Marc Aurel Stein. Stein fue un explorador sobresaliente que acabó siendo nom-
brado Sir por el gobierno británico (aunque era húngaro de nacimiento) y doctor honoris
causa por Oxford y Cambridge, además de obtener la medalla de oro de la Royal Geo-
graphic Society. Nada raro porque Stein abasteció durante décadas al Museo Británico
con tesoros traidos de sus expediciones al Taklamakan, en viajes imposibles donde lo
mismo atravesaba el Karakorum que excavaba en invierno con temperaturas glaciales.
Stein quería ver las grutas poco menos que en plan turista porque acababa de descubrir
en las profundidades del desierto de Lob lo que parecían ser restos del extremo occiden-
tal de la Gran Muralla (y que, por cierto, lo eran, con 2000 años de antigüedad y 500 km
de longitud).
Allá le cotillearon que había un monje llamado Wang Yuanlu que ejercía de guardián de
las grutas y que había encontrado una biblioteca en una cueva antes desconocida. Al oir
la historia, a Stein se le pusieron las orejas como a un perro perdiguero y se acercó a las
cuevas para encontrar que el monje estaba ausente y que la gruta en cuestión estaba ce-
rrada a cal y canto con una sólida puerta.
Mientras esperaba al monje taoísta, le contaron que había miles de manuscritos y que la
puerta había sido puesta por orden del gobernador de la provincia, al que había llegado
la noticia.
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Stein se dedicó en las semanas siguientes a engañar al monje. Primero le ofreció dinero
(donaciones para restaurar el lugar), intentó halagarle fingiendo lo interesado que estaba
en las restauraciones (parece que horribles) y finalmente logró interesarle al referirse a
un santo que reverenciaba.
Con esta última estrategia consiguió ganar su confianza, hablándole de los lugares que
había visitado en pos del santo (muy viajero al parecer). Wang acabó enseñándole algu-
nas pinturas donde el santo salvaba libros sagrados sacándolos de India y llevándolos a
China. Esta “santa salvación” de los libros sirvió de turbio argumento para convencerle
de que Stein había llegado con la misión de examinar los antiguos textos y sacarlos del
olvido otra vez.
El momento en el que Wang abre la cueva a Stein queda reflejado en su relato: “una
apretada masa de manuscritos enrollados y apilados en estratos sin orden surgió bajo la
luz de la pequeña lámpara del monje. Alcanzaban los tres metros de altura y llenaban
ciento cincuenta metros cúbicos como pude medir posteriormente” (luego se supo que la
gruta contenía unos 40000 documentos).
Wang no le dejó sacar los manuscritos aunque sí examinarlos uno a uno en una pequeña
cueva vecina. A eso se dedicó Stein durante meses, encontrando que los rollos estaban
en un perfecto estado de conservación. Seleccionaron cientos de ellos convenciendo a
Wang de que los llevarían a un “templo del saber” en Inglaterra a cambio de una dona-
ción al santuario.
Al cabo de un año y medio, una pequeña caravana con 24 cajas llenas de manuscritos y
5 más con pinturas sobre seda llegaron a la British Museum Library (luego British Li-
brary).
Entre estas riquezas estaba el Sutra del Diamante, el libro impreso más antiguo que se
conoce. La datación se debe a que la fecha está escrita en el rollo de casi cuatro metros
de largo: “décimotercer día del cuarto mes del noveno año de Xiantong” que, con la
misma velocidad que yo, habrán identificado sin dificultad como el 11 de mayo del 868.
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El rollo está impreso a partir de 7 bloques de madera. La técnica era, al parecer, pintar
los caracteres sobre papel. Este se superponía a un bloque de madera con lo que se
transfería la imagen especular de lo escrito. Sólo quedaba rebajar a mano la tabla para
poder imprimir cientos o miles de copias.
Actualmente, el Sutra del Diamante se expone en el Museo Británico muy cerca de la
biblia de Gutenberg. Lógicamente, mientras Stein fue un arqueólogo heroico para Occi-
dente, en China se le considera un vulgar saqueador.
Pero no se retiren aún. Rebuscando por internet encuentro un par de maravillas. La pri-
mera es el Digital Archive of Toyo Bunko Rare Books1, donde encontramos el original
escaneado y pasado por OCR de The Thousand Buddhas2 de Stein con magníficas imá-
genes.
La otra es el Sutra del Diamante también escaneado y que podemos desenrollar a volun-
tad3 en Turning the pages4 de la British Library junto con otros 14 libros excepcionales.
Finalmente, la Biblia de Gutenberg5 no ha sido menos y ha sido digitalizada por la Uni-
versidad de Texas.
Actualmente The International Dunhuang Project6 está en proceso de digitalización de
miles de documentos dispersos por varios países. Piérdanse un rato por sus páginas y
que tengan un buen año.
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3. Mujeres y primates
S
omos primates aunque a alguno le duela. Los estudios sobre los grandes monos
tuvieron su época dorada en estos últimos 30 años, entendiendo como tal la de los
pioneros que en la más absoluta incomprensión decidieron dedicar su vida a la
tarea de conocer a nuestros primos buscando información algo más allá de las leyendas
decimonónicas.
Hacer un barrido por unas cuantas especies de grandes monos y sus investigadores es
más que interesante, fíjense:
• Gorila de montaña (Gorilla beringei beringei, una subespecie del gorila oriental).
Dian Fossey (1932, sin formación académica) fue a África en 1963 y se estableció
definitivamente en la zona Virunga en 1966. Aunque se trataba de estudiar la biolo-
gía y comportamiento de los gorilas, Fossey se implicó personalmente de forma
apasionada en su protección y en la lucha contra el furtivismo, tarea tan peligrosa
que acabó con su asesinato en 1985. Recibió un doctorado en zoología por Cam-
bridge en 1974.
• Chimpancé común (Pan troglodytes). Jane Goodall (1934, sin formación academi-
ca) fue a África en 1960 a estudiar los chimpancés y se quedó para siempre. Como
Fossey compartió sus estudios con la lucha contra la caza furtiva. En 1965 creó el
centro de estudios Gombe Stream y recibió un doctorado por Cambridge en recono-
cimiento a sus estudios sobre etología.
• Orangután (dos especies: Pongo pygmaeus y Pongo abelii). Biruté Galdikas (1946,
antropóloga) comenzó su estudio de los orangutanes en 1971 siendo aún estudiante,
estableciéndose en la reserva natural de Tanjung Puting, al sur de Borneo. Respon-
sable de la Orangutan Foundation International7. Como las demás, se implica en su
conservación hasta extremos que deja claros en una entrevista:
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o P.- Ha estado luchando por la conservación durante 35 años. ¿Cómo descri-
biría estos años de lucha?
o R.- ¡Oh, muy, muy difíciles! Cuando intentas evitar que la gente gane millo-
nes de dólares, se utilizan tácticas violentas. Es horrible. Pero no me quejo,
estoy muy contenta de estar viva y de la protección que me ha dado el Go-
bierno indonesio.
• Babuino (Papio sp.). Shirley Strum (1947, antropóloga) estudió los babuinos en Ke-
nia desde 1979, año en que también se implicó en la conservación siendo actualmen-
te responsable del Uaso Ngiro Baboon Project.
Hay ciertas similitudes. Todas son mujeres. Todas se implican más allá de lo puramente
científico. Las tres primeras, las pioneras, fueron convencidas (parece que fácilmente)
por Louis Leakey, el paleoantropólogo, que pensaba que el estudio de nuestros primos
era necesario y conveniente para entender mejor a nuestros antepasados fósiles. Tal vez
Leakey tuvo la intuición de que las mujeres eran más generosas a la hora de no dosificar
el esfuerzo y de entregarse a la dura tarea de años de observación. Y, sobre todo, que
eran más empáticas ante sus objetos de estudio de forma que podían comprenderlos
mejor. No fue mala idea.
Para terminar, una foto de Jane Goodall que me encanta:
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Escrito el 7/6/ 2006, revisado el 29/7/2007.
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4. De la Alhambra a Tombuctú por una biblioteca
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Pagina del Corán de Ceuta, escrito sobre vitela y fechado el 13 de noviembre de 1198.
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En Tombuctú, el fondo Kati no es único, hay más bibliotecas agrupadas en The Tim-
buktu Libraries10: Mamma Haidara, Cedrab, Al-Wangari... Todas ellas están siendo
digitalizadas por lo que su futuro se aclara poco a poco. Y leyendo las sucintas historias
de algunas de ellas, nada tienen que envidiar a la que ha sido objeto hoy de esta entrada.
Si alguien quiere echar un vistazo a algunos manuscritos escaneados aquí están11.
De Tombuctú no puedo ponerles fotos mías pero sí de la Alhambra, uno de los origenes
de esta historia. Y así cerramos el ciclo.
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5. El extraño caso de la babosa que se movía por energía solar
H ablamos de los líquenes hace una temporada en una breve entrada titulada
formas de vida12. Tan breve que, aparte de la foto, sólo decía lo siguiente:
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existe una transferencia génetica del alga a las células de los animales jóvenes antes de
que la simbiosis se establezca.
Un par de referencias:
Mujer, C.V. et al., 1996, Chloroplast genes are expressed during intracellular symbiotic association of
Vaucheria litorea plastids with the sea slug Elysia chlorotica. PNAS, 93(22): 12333-12338.
Rumpho, M.E. et al., 2000, Solar-Powered Sea Slugs. Mollusc/Algal Chloroplast Symbiosis. Plant Phy-
siology, 123: 29-38.
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6. De las cuevas y sus habitantes
La verdad está allí adentro
E n 1689, Johann Weichard Valvasor menciona por primera vez un extraño habi-
tante de las inmensas grutas del karst esloveno. Hubo que esperar hasta 1768
para que se le diera nombre formal por el naturalista austriaco Josephus Nicolaus
Laurenti: Proteus anguinus. Parece ser un ejemplo temprano de robo científico porque
se dice en los programas rosa que Laurenti describió un ejemplar procedente de otro
científico, esloveno él, llamado Giovanni Scopoli. A estas alturas quién sabe…
El bicho fue analizado y sometido a disección por otro personaje llamado Charles
Schreibers cuyo informe, publicado en 1801 en las Philosophical Transactions of the
Royal Society of London, he tenido el placer de encontrarlo en perfecto estado PDF gra-
cias a que esta sociedad ha abierto sus archivos desde el año catapum.
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Los individuos neoténicos no sufren esa metamorfosis, al menos de forma completa,
pero adquieren la madurez sexual y consecuentemente la capacidad de reproducirse. Los
motivos de la neotenia no están claros aunque sí se sabe que la metamorfosis, una cas-
cada compleja de reacciones y cambios, depende estrechamente de la tiroxina, la hor-
mona producida por la glándula tiroides. Al contrario de lo que se creía hace tiempo, el
proteo tiene una tiroides normal así como receptores funcionales de tiroxina pero no
responde a ella (Svob et al., 2005, DOI:10.1002/jez.1401840307). Esta falta de respues-
ta parece debida a una rotura en la cadena de dependencias, que hace que los genes de-
sencadenantes de los cambios morfológicos no se vean afectados por la hormona (Safi
et al., 1997, DOI: 10.1007/PL00006182). La neotenia se produce con cierta frecuencia
en los troglobios aunque en los trabajos que he revisado nadie da una razón para el fe-
nómeno.
Lo mismo pasa con la pigmentación: muchos organismos estrictamente cavernícolas
son blancos o transparentes por ausencia de pigmentos cutáneos, desde los crustáceos
hasta el mismo proteo pasando por los insectos, arácnidos, miriápodos… La ausencia de
pigmentos no permite la vida en la superficie, donde la luz tiene efectos mortales. Abajo
no importa, obviamente, aunque tampoco se sabe la razón de esa característica general.
El habitat del proteo tiene más consecuencias. Vive a temperaturas realmente bajas,
entre 5 y 10 ºC, lo que condiciona su metabolismo. El crecimiento y la madurez son
paralelos a la regresión de los ojos, que son más evidentes en el estado larvario y cuya
progresiva pérdida no depende de que el entorno sea o no oscuro. Aún así, el proteo no
está insensibilizado ni mucho menos: se han encontrado electrorreceptores en la piel, así
como órganos similares a la línea lateral de los peces y una elevada sensibilidad a los
sonidos en el medio acuático (Bulog y Schlegel, 2004, DOI:10.1007/s004240000132).
Otros sugieren capacidad para orientarse usando el campo magnético terrestre, aunque
las pruebas son poco sólidas. Tal vez encontremos algún día un GPS en el sorprendente
bicho o descubramos su parentesco con el “cuélebre”, una serpiente mitológica del Nor-
te de España que, como todas las serpientes mitológicas, era grande y de pésimo carác-
ter.
Primera referencia del proteo:
Schreibers, Charles, 1801, Historical and Anatomical Description of a Doubtful
Amphibious Animal of Germany, Called, by Laurenti, Proteus anguinus, Philosophical
Transactions of the Royal Society of London, 91: 241–264.
16
7. Jirafas, satélites y arena, mucha arena
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Es obvio que algo ha cambiado y que ese lugar no siempre fue lo que ahora, el centro de
la nada. Esta suposición tiene su historia pero hoy sólo les enseñaré la imagen que dió la
primera respuesta. El 12 de noviembre de 1981 un sensor bautizado SIR-A despegó a
bordo de la lanzadera Columbia. SIR son las siglas de Shuttle Imaging Radar, un radar
que estuvo tomando imágenes de la Tierra durante apenas dos días desde 260 km de
altura. Algunas de ellas fueron sobre el Sahara:
La parte coloreada es una vista más o menos convencional tomada por el satélite
Landsat y muestra en un color bastante saturado el mar de arena que cubre esta enorme
zona.
La parte central, en tonos grises, está tomada por el SIR-A y descubre lo que la arena
oculta. Las microondas (este radar funciona en los 1.275 Ghz) pueden penetrar en la
arena incluso más de 5 m siempre que la humedad sea mínima. Esta capacidad de
devolver ecos del subsuelo es suficiente para mostrar que, bajo el actual paisaje se
esconde una antigua red fluvial.
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Hubo ríos aquí hace tiempo pero, como al ejército de Cambises, los cubrió el mar de
arena hace milenios. En efecto, árboles y pastos cubrieron el Sahara, lo que permitió el
poblamiento, la agricultura y la existencia de la fauna representada en las viejas pinturas
rupestres.
¿Cuándo ocurrió este gran cambio? Algunos trabajos se han ocupado de ello.
Uno de ellos habla de un sistema fluvial de unos 800 km de longitud en el Sudeste del
Sahara que fluía hacia el Nilo: el Wadi Howar. Restos de fauna típica de sabana
permiten decir que este valle era fértil hace menos de 4000 años.
Otro menciona que la zona es compleja y en modo alguno homogénea: el Gran Mar de
Arena parece existir desde hace al menos 25000 años aunque hay evidencia de arenas
aún más antiguas, hasta 86000 años, en la actual Túnez.
Otros muestran que hace 9800 años comenzó una época húmeda en Egipto y Sudán que
finalizó hace unos 5000-6000 años. Una realidad compleja.
Algunos autores (El-Baz 1998 por ejemplo) dicen que la arena tiene su origen primario
en la erosión fluvial sobre las masivas areniscas del Sur en las épocas húmedas. Las
arenas han rellenado las depresiones preexistentes que probablemente representaron
extensas zonas de agua en los periodos húmedos.
El Gran Mar de Arena (72000 km2) a caballo entre Egipto, Libia y Sudán muestra
numerosos wadis (valles) secos que discurren desde las montañas de areniscas del Sur
(Oweinat y la meseta de Gilf Kebir). Según este autor, el cambio climático descubrió
estos sedimentos y los expuso a la erosión eólica. Este segundo efecto, propio de la
época más seca, hace intervenir los vientos, que en esta zona son preferentemente del
NE, y que modelan las dunas que hoy conocemos.
Ha sido necesario esperar hasta hace apenas unos meses para que se analice una zona
amplia, buscando el diseño de la red fluvial olvidada. Robinson y colegas (2006) lo han
hecho sobre una extensa zona del SE de Libia mediante imágenes tomadas por el
Radarsat-1 canadiense y han delineado dos grandes cuencas fluviales que se extienden
más alla de los 347000 km2 cubiertos por las imágenes. Los autores comparan
morfológicamente la gran cuenca con la actual del Río Negro del Amazonas, con la
salvedad de que el canal africano era 4 veces más ancho. Los dos paleocauces confluyen
en el actual oasis de Kufra, en Libia. Véanlo en la página siguiente.
Lo antiguo y lo nuevo se unen otra vez para dar respuestas a viejas preguntas.
Algunas referencias:
El-Baz, F. (1998), Sand accumulation and groundwater in the eastern Sahara, Episodes, 21(3):
147-151.
Haynes, C.V. (2001), Geochronology and climate change of the Pleistocene-Holocene transition
in the Darb el Arba'in Desert, Eastern Sahara, Geoarchaeology, 16(1): 119-141.
Mathieu Schuster, M. et al. (2006), The Age of the Sahara Desert, Science, 311: 821.
Robinson C.A. et al. (2006) , Use of radar data to delineate palaeodrainage leading to the Kufra
Oasis in the eastern Sahara, Journal of African Earth Sciences, 44 (2): 229-240.
Williams K.K. y Greeley R. (2001), Radar attenuation by sand: laboratory measurements of
radar transmission, IEEE Transactions on Geoscience and Remote Sensing, 39 (11): 2521-2526.
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Mapa de la red fluvial oculta por el actual desierto
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8. Eldorados y otros objetivos improbables
Donde no todos los aventureros son famosos ni terminan sus búsquedas comiendo
perdices
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Y al leerlo me recordó a otro personaje, esta vez español, empeñado en metas igualmen-
te innacesibles. Este se llamaba Jordi Magraner y se ilusionó con encontrar al yeti o
bar-manu en las montañas de Chitral, en Pakistán. Tuvo la misma mala fortuna que
Fawcett y tras unos años de vida en los valles del norte de ese país fue asesinado en el
año 2002.
Fawcett y Magraner son igualmente respetables porque eran personas convencidas de la
razón de su aventura y no hay que mezclarlas con los infames que hacen del engaño su
profesión. Ingenuos, simplemente, pero honrados.
Fawcett dedica los últimos tres capítulos de su libro (escrito en realidad por su hijo a
partir de las notas originales) a exponer una teoría delirante sobre las civilizaciones
perdidas del Amazonas, con evidencia basada en relatos indígenas y leyendas. Algo
muy lejos de sus rigurosos levantamientos topográficos en condiciones imposibles y de
sus notas que permitieron llenar poco a poco los vacíos en los mapas.
Magraner esgrimía argumentos similares (“yo sé que está ahí”) a partir de declaraciones
de pastores y de cuestionarios que paseaba por los pueblos buscando testimonios que
confirmaran aquello de lo que él ya estaba convencido. Su trabajo parece haber sido
realizado con rigor y consecuentemente los resultados fueron claros: nada.
Apenas he encontrado textos suyos, ahora que la web de la Sociedad Española de
Criptozoología parece cerrada pero recordaba haber leído hace un año una
comunicación sobre las características de los sonidos que emiten los bar-manu y las
consecuencias en la comprensión de la evolución del aparato fonador humano. He
reencontrado el texto en otro lugar por si tienen curiosidad, se titula Oral statements
concerning living unknown hominids: analysis, criticism, and implications for language
origins. Es un curioso ejercicio, bien escrito, bien documentado y carente de toda
evidencia.
Escrito el 17/11/ 2006, revisado el 29/7/2007.
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9. Secuencias poco probables: del oso Yogui a CSI
B ueno, no fue el oso Yogui pero sí ocurrió en Yellowstone. Thomas D. Brock era
bacteriólogo y profesor de la Universidad de Wisconsin-Madison y en un paseo
en 1967 se le ocurrió recoger una muestra de un lodo amarillento de un charco
hirviente llamado Mushroom Pool, uno más de los que abundan en el parque.
Mushroom Pool era una charca no apta para el baño: 80 ºC, ácida y llena de azufre,
justo nuestra idea de un infierno ortodoxo. A pesar de ello bullía de vida: una bacteria
que bautizaron después Thermus aquaticus se encontraba muy a gusto en semejante
caldo. Como curiosidad, esta bacteria no lo era. Era un organismo tan diferente que se
acuñó un nuevo Dominio en el árbol de la vida para ella y algunas colegas: Archaea.
Posteriormente se han añadido a este grupo un buen número de especies, todas ellas
diferentes de las bacterias convencionales y de los organismos eucarióticos.
Hasta entonces se suponía que la vida tenía un límite térmico de unos 50-55 ºC pero
aquí se superaba ampliamente el supuesto umbral. ¿Por qué la vida no soporta esas
temperaturas? La causa básica es la desnaturalización de las proteínas y, en concreto de
las enzimas, catalizadores de reacciones orgánicas: la pérdida de la estructura
tridimensional (el “plegado”) hace que dejen de funcionar y el organismo muere.
Cuando cocemos un huevo podemos observar este efecto, aunque sólo sea visualmente:
la albúmina de la clara pierde su aspecto coloidal y se transforma en una sustancia
sólida, de un blanco opaco que pide a gritos un toque de sal y pimentón, pero de donde
ya no saldrá nunca un pollo.
¿Y cómo aguantan estos organismos el calor? En una referencia que he localizado sobre
este asunto, dicen que la resistencia se debe a cambios menores en unos pocos
aminoácidos de la superficie de la proteína; sólo eso hace cambiar drásticamente los
umbrales en los que la vida puede mantenerse.
Estos organismos especialistas en medios más bien cálidos se denominaron muy
apropiadamente “termófilos”. Actualmente hay bastantes más ejemplos, como el que
lleva el bonito nombre de Sulfolobus acidocaldarius que, además, soporta valores de pH
de 1, o los aún más espectaculares Pyrococcus furiosus, que vive a 105 ºC, y Pyrolobus
fumarii, que crece a 113 ºC pero no a menos de los 90 ºC (demasiado frío).
El libro de Brock titulado Thermophilic microorganisms and life at high temperatures
está disponible en internet por si les interesa saber más.
El interés de todos estos organismos es, lógicamente, que contienen enzimas
termorresistentes que podrían potencialmente ser utilizadas en reacciones a altas
temperaturas donde las normales se desnaturalizarían. En el caso que nos ocupa, el de
Thermus aquaticus, se descubrieron varias enzimas de este tipo entre las cuales figura la
llamada TAQ ADN-polimerasa. Las polimerasas son enzimas que tienen como función
principal catalizar la producción de nuevo ADN (o ARN) usando una “plantilla” de
ADN/ARN preexistente.
La TAQ ADN-polimerasa lanzó a la fama la técnica llamada PCR (Polymerase Chain
Reaction) cuyo objetivo es replicar mínimas cantidades de ADN generando copias en
cantidades ingentes lo que permite un análisis efectivo a partir de los minúsculos restos
originales. En la PCR se llega a temperaturas de más de 90 ºC con lo que inicialmente
las polimerasas se desnaturalizaban y había que reponerlas continuamente. La disponi-
23
bilidad de la TAQ ADN polimerasa, termoestable, fue decisiva para la mejora de la téc-
nica que actualmente es completamente automática.
O sea, que cuando vemos a Greg Sanders usar la pipeta para introducir un líquido sobre
una muestra de sangre ya sabemos lo que está comenzando: una PCR automatizada en
un aparato llamado termociclador y que usa una enzima aislada a partir de una
arqueobacteria encontrada en este charco de Yellowstone (no se dejen engañar por su
aspecto inocente).
Mushroom Pool
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10. Formas de viajar: del Camino de Santiago a la psicodelia
Donde los viajes toman diferentes sentidos acordes con los tiempos
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tivamente simple con un fuerte poder hemostático y potenciador de las contracciones
del útero, un descubrimiento relevante para la medicina.
El siguiente paso en la peculiar biografía de este hongo se produjo hacia 1940, cuando
un tal Albert Hoffman estaba trabajando en la síntesis artificial de la ergobasina para la
empresa Sandoz. Hoffman contaba después el ambiente en los laboratorios: 6 personas
(3 químicos y sus ayudantes) trabajando en la misma sala en cuestiones diferentes, con
pésima ventilación y ningún lujo ni comodidad.
En 1938 generó combinaciones diversas de alcaloides que fueron mayoritariamente
descartadas por su escaso interés médico y que fueron almacenadas y condenadas al
olvido. Sin embargo, Hoffman volvió a sintetizar en 1943 unos centigramos de una de
esas sustancias, etiquetada con el número 25. Durante la purificación y cristalización
tuvo que parar el trabajo tal como refleja en un informe de aquel momento:
Last Friday, April 16, 1943, I was forced to interrupt my work in the laboratory
in the middle of the afternoon and proceed home, being affected by a remarkable
restlessness, combined with a slight dizziness. At home I lay down and sank into
a not unpleasant intoxicated-like condition, characterized by an extremely
stimulated imagination. In a dreamlike state, with eyes closed (I found the
daylight to be unpleasantly glaring), I perceived an uninterrupted stream of
fantastic pictures, extraordinary shapes with intense, kaleidoscopic play of
colors. After some two hours this condition faded away.
Los efectos que notó le llevaron a probar cantidades mínimas de la sustancia. El 19 de
abril de 1943, a las 16:20 h, diluyó en agua unos 250 microgramos. A las 17:00 h
descubrió el enorme poder psicoactivo de la sustancia, dietilamida del ácido lisérgico,
más conocida hoy como LSD. Hoffman se había tomado una dosis que casi triplicaba la
considerada posteriormente “normal”.
La LSD es probablemente el alucinógeno más potente que existe: su dosis activa
mínima es de menos de 1 microgramo por kg, entre cinco mil y diez mil veces la
actividad de la mescalina.
El producto fue utilizado en psiquiatría durante años, vendido normalmente bajo el
nombre de Delysid, y se difundió ampliamente a partir de los años 60 en los [Link].
coincidiendo con el movimiento hippie. Posteriormente fue prohibida a pesar de no ser
adictiva y de no tener los efectos colaterales devastadores de la heroína, la droga que
acabó siendo el verdugo de una generación que pudo ser mágica.
26
11. El trompetista de jazz y el científico absorto
L
a pregunta de qué o quién es un científico no es irrelevante. Hay personas que
quieren ser tomadas por tal para que sus afirmaciones ganen credibilidad. Otras
usan el término “investigadores” con fines semejantes. Que algunos de estos
personajes se llamen investigadores es como si yo me compro una caja de gubias
y pretendo pasar por ebanista: un fraude.
Intentaré hoy contarles mi visión de este asunto. Por un lado, y con la venia de los
matemáticos, definiría “científico” como un conjunto borroso. Es decir, la pertenencia a
este conjunto no es una dicotomía sí/no sino que responde a una escala continua en el
rango 0-1. En el 1 estaría gente como Ramón Margalef o Mariano Barbacid y en el 0
estarían el alcalde de Valdescorriel o mi querida suegra (cada uno con sus
peculiaridades).
Yo, en este caso, propongo extender la escala hacia los números negativos dando cabida
a la antipertenencia. Así podríamos incluir personajes de todos conocidos que intentan
vender gato por liebre haciendo de la mentira una forma de vida.
Mi opinión es que aproximarse al 0 en la escala no significa nada negativo. Lo sería, en
cambio, para valores menores que 0 donde, en el sentido que le estoy dando a esta
historia, predominaría la superstición y la creencia irracional sobre el conocimiento
crítico.
Creo que si todos estuviéramos en valores positivos, aunque fueran pequeños, la
sociedad avanzaría en ese camino que ya he desarrollado en posts anteriores.
La pregunta directa ¿qué es un científico? no es más difícil de responder que ¿qué es un
músico?. En el primer caso es “el profesional de la ciencia”, es decir, aquella persona
que hace de la práctica de la ciencia su profesión. En el segundo sería lo mismo: el
profesional de la música. Pero si un día compro una trompeta y me dedico a amenizar
las tardes a mis vecinos eso no me convierte en músico. Ser un profesional es algo más
que dotarse de herramientas: es necesario conocer la profesión, los materiales, saber leer
las partituras, conocer las técnicas adecuadas en cada caso... y eso son años de trabajo y
práctica.
En el caso de la ciencia ocurre lo mismo: un científico debe tener un buen conocimiento
de sus herramientas y de las técnicas de su disciplina. Como en la música, sólo cuando
la técnica deja de ser un obstáculo se puede entrar en la fase de creatividad.
Un científico es, por tanto, un profesional de la ciencia con un cierto dominio de su
oficio. Y del mismo modo que si yo empiezo a tocar la trompeta con estusiasmo el resto
de la orquesta sabría inmediatamente que no soy músico y que intento engañarles,
trabajos como los de Von Daniken o Immanuel Velikovsky, por poner ejemplos
conocidos, son muy fáciles de reconocer como un fraude desde el punto de vista de la
ciencia. La pertenencia del autor al conjunto “científicos” tendría valores próximos a -1
porque ignora o viola las reglas del método científico, que son las que hacen que la
ciencia tenga un nivel elevado de credibilidad.
Dentro de los profesionales de la música o la ciencia tendremos diferentes grados de
originalidad y de creatividad. También encontraremos de todo en calidad, desde los me-
diocres hasta los virtuosos. Es cierto que en la ciencia hay pocos solistas porque ya no
suele ser un ejercicio individual. Hay directores de orquesta, que marcan líneas de traba-
jo, distribuyen tareas y coordinan para que todo suene lo mejor posible. También pue-
den reconocerse pequeños grupos de rock, orquestas de cámara y hasta grandes sinfóni-
27
cas. Hay buenos intérpretes de obras ajenas, también hay compositores, otros se dedican
a la innovación paseando por las fronteras de lo ya conocido…
También hay diferentes personalidades y algún rasgo común. Por ejemplo, no he
conocido ningún buen científico ni músico (esos que pasan del 0,8) al que no le
apasione su trabajo. Eso es fácil de entender porque al ejercicio de la ciencia o de la
música no se llega rápida ni fácilmente. Los que llegan lo hacen a fuerza de voluntad y
de mucho trabajo aunque como premio pueden decir que se dedican a lo que más les
gusta, lo que hace de estas profesiones algo privilegiado.
Por eso, al mentiroso, al estafador, se le reconoce por la falta de oficio y la ausencia de
trayectoria, lo que lleva a productos de mala calidad, desafinados cuando no
cacofónicos. Para investigar hace falta algo más que vestirse de bata blanca (un tópico
de todas formas): hay que saber ciencia, su historia, sus éxitos y sus fracasos, sus
métodos, sus técnicas...
Por eso los buscadores sinceros del chupacabras desconocen el análisis del ADN y los
grabadores entusiastas de psicofonías no saben qué es el ACI y los estudiosos de la
transmisión del pensamiento no saben qué es la estadística no paramétrica: porque no
dominan sus herramientas, porque quieren saltarse el esfuerzo y la adquisición de los
conocimientos necesarios para hacer bien su trabajo. Y eso no los coloca muy altos en la
escala ni hace de su trabajo algo demasiado fiable (¿se han fijado en mi delicadeza?).
28
12. De ratones paracaidistas y otras leyendas vivas
N
o sé si les comenté que estoy de vacaciones en un pueblo de Tierra de Campos.
Para los de fuera les diré que se llama así a un paisaje de Castilla donde los ár-
boles han sido sustituidos por campos de trigo, centeno y girasoles. Apenas
ondulado, algunos chopos y álamos flanquean los ríos y en cada pueblo no falta
la iglesia, una o más, construida cuando se hacían esas cosas.
A falta de convento, estoy en una casa pequeña de adobe, con las paredes revestidas de
barro mezclado con paja, ya que aquí nunca hubo piedra, y vigas de madera. Este
pueblo no es Macondo pero tampoco desmerecería en una novela.
Por la tarde, cuando afloja el calor, la gente saca las sillas a la calle y se sienta a hablar.
Los temas son limitados porque la vida no aporta muchas novedades y la política, que
tanto da de sí en otras tertulias, es del color único del cacique local.
La Castilla profunda tiene fama de hosca, de silencios cuando pasas a su lado y eres
forastero mientras te siguen con miradas tan expresivas como la de Charles Bronson.
A veces me acerco en bicicleta hasta otro pueblo donde me dejo caer por el bar antes de
comer. Este me gusta porque se considera que la cháchara en las mesas es privada pero
si se produce de un lado a otro de la barra (mostrador, se decía antes) es pública y
puedes intervenir sin mayores problemas. Si lo haces con acierto puede que la dueña,
buena conversadora, te invite a una ronda rellenando el vaso sin preguntarte.
El otro día lo hizo dos veces porque la conversación derivó sobre los topillos, unos
roedores cuyas poblaciones sufren variaciones demográficas explosivas de vez en
cuando, según venga la primavera. La explicación local es otra, por supuesto:
—Pues este año el ICONA no ha soltado ratones.
—No, pero soltaron serpientes porque el otro día mataron una grande en X por la tarde
de esas que no hay por aquí.
—Mientras no hagan como en XX, que soltaron chacales.
Aquí, la dueña, que no me quitaba ojo desde el principio de la conversación, me rellenó
por primera vez el vaso a ver si me sacaba del estado cataléptico.
La media hora siguiente fue de lo más ilustrativo. ICONA fue el acrónimo del Instituto
Nacional para la Conservación de la Naturaleza, organismo extinto hace un par de
décadas aunque aquí sigan sin enterarse. Y allí intenté explicar los rudimentos de la
dinámica de poblaciones bajo un amable pero impermeable silencio. Intenté decirles que
yo conocí bien el ICONA y que jamás soltaron ratones ni serpientes, que eso era una
leyenda recurrente. Que la serpiente que mataron en X la otra tarde fue en mi calle y que
era una culebra de agua, una Natrix despistada de apenas 90 cm, inofensiva, de las que
hay en el arroyo de más abajo. Que XX era mi tierra natal, Asturias, donde aún hay
lobos y zorros pero nunca chacales, especie que sólo puede verse en España en los
documentales de la tele.
Mi poder de convicción fue escaso y dio lugar a que surgieran otras pruebas de mi
ignorancia.
—Entonces usted tampoco creerá que…
Y en ese “que” reaparecieron todos los mitos rurales que aprendí en mi infancia: las
lechuzas que entran en las iglesias a beber aceite de las lámparas (siguen haciéndolo,
parece ser, aunque ya no hay lámparas de aceite). O las serpientes que entran a la cuadra
(la corte en Asturias) a mamar leche de los tetos de las vacas. O que las vacas paren con
29
luna menguante o que cuando el mochuelo se pone pelmazo desde la torre de la iglesia
es que va a morir alguien.
El segundo vino que me puso la dueña fue cuando uno comentó que el ICONA tiraba
los ratones desde avionetas pero que, como se mataban muchos, habían terminado
metiéndolos en bolsas con agua. Atados rápidamente de cuatro en cuatro, los echaban
por la ventanilla. El que tenía la mala suerte de caer debajo se espachurraba pero los
otros, rota la bolsa antes de ahogarse, salían corriendo empapados pero felices.
Finalmente, la variante más eficaz fue, parece ser, tirarlos con pequeños paracaídas,
siempre de noche para que la gente no se diera cuenta.
Los argumentos manejados eran irrebatibles: “pues lo vio fulano, que estaba a la puerta
de la bodega”, o “me lo dijo el médico, que un hermano suyo vive en Madrid”. Razones
de autoridad ante las cuales no caben doctorados en biología.
La conversación siguió agradablemente, aderezada con pimientos picantes fritos, hasta
que llegó la hora de comer. Al irme me recomendaron sinceramente que no fuera
caminando por la chana de noche, una especie de páramo local, porque a veces se oyen
voces.
Escrito el 8/8/ 2006, revisado el 29/7/2007.
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13. Gurús de arte y ensayo
Donde declaro mi apostasía de algunos gurús de la cultura y casi caigo en el intimismo
A
llá por los 70 del siglo pasado se pusieron de moda los cines de arte y ensayo.
En Oviedo, donde yo estudiaba, había sólo uno, que se llamaba Palladium. Eran
tiempos en los que vestíamos con el uniforme de la época. Los fachas de abrigo
loden, zapatito fino y pelo con gomina (me sigue pareciendo de pésimo gusto); los pro-
gres, de chirucas, pelo más casposo y anorak. No creo que sea necesario matizar qué
grupo era el asiduo al Palladium.
Ahora debo reconocer que íbamos a ese cine casi como otros van a la misa, con cara de
transcendencia, como si se tratara de una ceremonia de iniciación por capítulos, a
película por semana. Como esos que ahora flipan con Coelho13, vamos.
Vimos mucho cine. Desde alguna rareza como "If..." con un primigenio Malcolm
McDowell (creo que fue su primera película) y con un subtítulo que nos iba al pelo: an
anarchist punk dream.
Pero de repente todo se vino abajo: se les ocurrió hacer un ciclo de Pier Paolo Pasolini.
Y ahí acabó todo el encanto, el anarchist punk dream y la madre que lo trajo. Como
consecuencia del shock ahora defiendo que Pasolini es el peor director de cine de la
historia, con bodrios infumables de los cuales sitúo en primer lugar Il Vangelo secondo
Matteo (versión original subtitulada), seguido muy de cerca por casi todos los demás
Edipo Re, Teorema, Porcile, su trilogía erótica... Para finalizar con Salò o le centoventi
giornate di Sodoma, banal, ofensiva, zafia y, lo que es peor para el cine,
insoportablemente aburrida. Pasolini rompió el encanto y la sensación reverente que
teníamos ante supuestos gurús del arte.
Le debemos un favor, por tanto, pero no está solo. Habiendo hecho apostasía de Pasolini
no me costó nada vomitar por otros directores como Rainer Wender Fassbinder cuyo
mayor bodrio fue probablemente Querelle. Pero tampoco se salvan otros directores de
culto. ¿Ejemplos? Pues el mismísimo Stanley Kubrik, que después de los venerables
'Senderos de Gloria' o 'La naranja mecánica' engendra 'El resplandor' o, al final ya de su
vida, Eyes Wide Shut, que parece una pasarela de descerebrados.
En otras ramas de las artes (sensu lato) hay ejemplos sin fin. Por poner algunos
conocidos: ¿qué le pasó a Fernando Sánchez Dragó? Escribió Gárgoris y Habidis, una
historia mágica de España, más falsa que un euro de chocolate, pero atractiva, incluso
apasionante. Y luego, aparte de soltar soplapolleces en mil tertulias de la radio y
televisión nos cuela de rondón cosas como 'El camino del corazón' o 'La prueba del
laberinto', tan vacías como la filosofía de tres al cuarto de Carlos Castaneda.
Y si nos vamos a la pintura, el colmillo me gotea veneno. No quiero entrar en detalles
pero a varios pintores/creativos actuales españoles les dedicaría a decorar papel de
regalo de grandes almacenes. Y gracias.
Aparte de demostrar mi obvia mala leche, con esta entrada quiero insistir en que la
gurulandia del arte es muy similar a las demás, cada santón tiene su secta y sus
prosélitos.
Lo que pasa es que estamos en unos tiempos donde decir que no te gusta nada de lo que
pintó Miró es considerado una herejía, y no poner los ojos en blanco ante algunos per-
sonajes idolatrados por los medios de comunicación te hace muy poco cool. En este
13
[Link]
31
sentido lo siento pero no me gusta Martirio y sus discos-fusión, ni Berlanga con sus
películas-algarabía, ni Amenábar y su "Mar adentro".
Falta de sensibilidad, sin duda. Yo tengo mis preferencias en música, cine y demás, pero
no son a personas sino a obras concretas. Creo que las personas tenemos raros
momentos de lucidez entre periodos grises, por lo que es imposible salvar la obra
completa de nadie (ni siquiera de Borges). A esos momentos mágicos pertenecen The
River de Bruce Springsteen, o Janis Joplin cantando Me and Bobby McGee, o la "Laura"
de
En Lluis [Link] más difícil porque tantas páginas exigen una lucidez perseverante y
la novela
nadie la tiene, tal vez por eso prefiero, por ejemplo, a Juan Rulfo con sus cuentos de
"Pedro Páramo" o "El llano en llamas" o a Borges.
En el cine Coppola crea la luz (o las tinieblas) con Apocalypse Now y Rumble Fish, o la
rareza de Dead Man donde a Johnny Deep se le unen las guitarras atormentadas de Neil
Young.
32
14. De idiomas oprimidos y opresores
Primero pegó el garrotazo el de la izquierda del cuadro, que hago símbolo de una dicta-
dura que hizo del catalán, vasco, gallego y de algunos más un síntoma de traición. Esos
infames consiguieron que el español fuera considerado un patrimonio del franquismo. Y
otros infames consintieron en creerlo, dándoles el patrimonio de una lengua con siglos
de historia y que hablan 400 millones de personas en el mundo.
Y ahora, le toca al de la derecha devolver el garrotazo, marginar allá donde se pueda,
vengar una afrenta que el idioma no hizo sino sus ejecutores.
Las lenguas son inocentes, no así sus hablantes. ¿Y saben cuando la "cuestión lingüisti-
ca" estará normalizada? Pues cuando veamos cumplidos dos hechos, por ejemplo en
nuestro parlamento: que todos los idiomas, lenguas y lo que sea menester sean oficiales
y, simultáneamente, que teniendo el derecho a expresarse en cualquiera de ellas, todas
sus señorías se avengan voluntariamente a debatir en una única lengua de trabajo.
Pero en este país de navaja y posta lobera este ejercicio de generosidad no llegará ma-
ñana.
Mientras tanto les animo a leer un texto de Fulgencio Argüelles14, escrito en 1997 y
publicado entonces en "La Nueva España", diario de Oviedo. Dice todo lo que hay que
decir con una rara mezcla de corazón, lógica y bondad y no merece caer en el olvido.
Sea este mi pequeño grano de arena a la causa de los idiomas inocentes.
14
[Link]
33
15. Azar
E
n 1485, una refriega entre soldados de Al-Ándalus y otros cristianos al mando de
un tal Rodrigo Ponce se resolvió con dos docenas de muertos por bando. Tras el
combate un soldado sarraceno revisaba los cadáveres del enemigo. Uno aún no
era tal y con ojos nublados llegó a ver como el otro desenfundaba una hoja de
metal. Sus miradas se cruzaron y tal vez el musulmán decidió que ya tenía suficiente o
tal vez no era de los entusiastas de la muerte rápida. El caso es que volvió a guardar el
terciado y abandonó al herido a su suerte.
Una suerte que le permitió recuperarse y, tras la conquista de Granada, tener seis hijos
de los que dos sobrevivieron a la infancia.
En el siglo anterior, en 1350, un bisabuelo del soldado vivía en un pueblo de la Alta
Normandía. La peste negra asolaba Europa y les rondaba desde hacía tres años. Abélard
huyó con su familia atravesando Francia y los Pirineos buscando las tierras más cálidas
y acogedoras del Sur. Los bandoleros y el hambre se encargaron de que sólo llegaran él,
su esposa y una hija llamada Adrienne. Por el camino se quedó el resto, hasta contar
once parientes.
Cambió su nombre francés al llegar a Toledo y allí fue cantero, el oficio con el que se
había ganado la vida en las interminables construcciones de las catedrales de Rouen y
de Metz. Murió en un accidente en la construcción del claustro de la catedral de Santa
María pero su hija sobrevivió hasta la nada despreciable edad de 47 años dejando vivos
dos varones y una mujer, Juliana, la abuela del soldado castellano.
Un tataranieto de este participó en la campaña que sofocó a sangre y fuego la rebelión
de Bohemia contra Fernando II. Allí se cruzó, aunque él nunca lo supo, con un tal René
Descartes que también formaba parte del ejército de la Liga Católica. De su compañía
apenas llegaron una docena a España, diezmados más por la enfermedad que por la
guerra. Harto de penar en el nombre de nobles y reyes que nunca vió, se estableció en
un pueblo en las faldas de la sierra de Francia donde le sobrevivieron tres hijas.
Dos milenios antes la cadena era aún más frágil pero ya había avanzado mucho y estaba
muy lejos de su principio, allá en los albores, donde nuestros antepasados ni siquiera
tenían forma humana.
Y hoy, el descendiente de Adrienne y de Juliana, que desconoce su pasado, mira la vida
como si no fuera un regalo, sin darse cuenta de que su presencia, y la tuya, que lees
estas líneas, y la mía, que las escribo, es un acontecimiento de una absoluta
improbabilidad.
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La mío llingua
Fulgencio Argüelles
En aquellos años de los mandilones azules y la leche en polvo el tiempo se alargaba hasta dor-
mírsenos encima, y las canciones de la radio se ensanchaban y se incrustaban por toda la casa
para ser el preludio de la eternidad.
En aquel tiempo en que nadie envejecía había una lengua que estaba prohibida.
Era la mía, aquélla con la que me habían enseñado a hablar. (Escribía Gayo Suetonio Tranquilo,
en sus Vidas: In civitate libera lingua et mens liberae esse debent: En una tierra libre, lengua y
mente deben ser libres.)
En mi pueblo no había libertad.
El maestro, que era gallego y tenía cara de pan recién hecho, nos daba en las uñas con la vara de
saúco cuando se nos escapaban expresiones como: Ta lliento asgaya, toi anoxáu, faime rebul-
guinos, duelme un deu, aterecióse, atapez, ñeva quel pinga’l mocu, méxase pela nueche, man-
quéme nel calcañu, ye llistu comu la fame, fála-y a la oreya y nun retruca, to rixu de dir vela,
nun entamo, escaézseme o nun hai llibertá.
El gritaba, señalando a la foto de un gordito con bigote que era más que general (algo así como
un militar superlativo), que el único idioma admisible en aquella escuela (xelada de cutiu) y en
todas las demás escuelas posibles era el idioma del imperio (...que siempre la lengua fue com-
pañera del imperio, dice Nebrija en su Gramática castellana), y al pronunciar don Manuel esta
última palabra se le inflaban tanto los carrillos (papiellos, decíamos nosotros en nuestra lengua
maltrecha) y la cara entera se le ponía tan roja que talmente parecía el fuelle de una gaita.
Después de ejecutar los castigos, los cuales, dado el apego que aún teníamos a nuestras palabras,
eran tenaces y perseverantes, después de azotarnos las uñas con la vara de saúco (también las
usaba de avellano), tocaba con ella el mapa y decía, con la voz transformada (atiplada y lenta
como un susurro de consagración), que España, lo que se dice España, no había más que una.
Yo no alcanzaba a entender qué tenía que ver aquello con el hecho de que nosotros a los nidos
les llamáramos niales, a la babosa llimiagu y xabú al árbol del cual cortaba las varas el maestro.
Tampoco entendía aquella proclamación imperativa y casi sagrada de unidad para un mapa que
estaba decorado con tantos colores diversos.
Yo, en la clase, apenas hablaba, y prefería pasar por tonto (panguatu, decían en mi casa) y no
responder a las preguntas del maestro antes que sufrir la flagelación de las yemas de los dedos.
Pero una vez don Manuel me preguntó: «A ver, tú, mosquita muerta, ¿dónde queda este pue-
blo?» «Onde'l diañu punxo la pata», le dije yo. Las uñas me estuvieron doliendo una semana.
Pero peor fue lo de aquel compañero a quien el maestro interrogó sobre cuál era la profesión
más digna, y la respuesta fue: «Trabayar nel alambre». Aquel día, en clase hubo truenos y re-
lámpagos (restallos y esclarones, que decía mi abuela).
Fui creciendo y aprendiendo nuevas palabras de aquel idioma que nos imponían los maestros, y
también fui olvidando muchas palabras de las que consideraba mías porque con ellas había
aprendido a relacionarme por primera vez con todo lo que me rodeaba y con ellas había expre-
sado mis primeros sentimientos. Me dolía perderlas (algunas ya nunca las he recuperado), pero
era un asunto de supervivencia.
Mi padre me decía (en asturiano, claro) que la diversidad de las lenguas no está en los diferentes
sonidos o signos, sino en una forma distinta de comprender el mundo.
Yo ya iba entendiendo un poco la maniobra política del supuesto imperio. «Esta desigua nun
pue allargase muncho», me decía mi padre, quien, además de ser optimista preceptivo, era un
35
hombre instruido que sabía, entre otras muchas cosas, arameo y latín (lo digo para que alguno
no se confunda, vamos, que nun trafulque los sos camientos).
Un día, los Reyes Magos me trajeron un diccionario de castellano, una escopeta de corcho y
bramante, y un par de naranjas. «Pa que persepas falar comu ellos si algames la Universidá, y
escopeties a tiru fiju coles sos propies pallabres, y te dexe, sin embargu, too esto bon tastu na
boca». Siempre que como naranjas me acuerdo de mi padre.
El año que entré en el intemado, en las vacaciones de Pascua, encontré al maestro en el bar de la
bolera. Estaba borracho y hablaba en gallego. «Cuandu ta chispa fala na so llingua», me dijo
alguien. Yo no me emborrachaba, pero soñaba (que pal casu ye lo mesmo), y lo hacía en astu-
riano.
Pero con el tiempo hasta los sueños aprendieron el castellano. En el intemado había profesores
que restaban puntos a quienes, en los exámenes, se les escapaba alguna palabra asturiana. Otros
no. Otros incluso dejaban escapar de vez en cuando alguna expresión en la lengua de mi infan-
cia. Y entonces yo pensaba que había profesores que creían en eso de la unidad de España como
argumento para correr hacia no sé qué destino en lo universal (como enrollar el mapa de don
Manuel en la bandera del Ayuntamiento y viajar con él a la luna), y que había otros (mucho más
entrañables) que hablaban como se soñaba.
Llegaron los años de Universidad en Madrid y ya fui entendiendo yo aquel asunto de las len-
guas. El profesor de Lengua, en primero de Psicología, habló un día con mofa o ludibrio de los
dialectos de España (deformaciones rústicas del lenguaje, decía él). Los asturianos respondimos
con ímpetu y eficacia a sus argumentos. Tanto, que nos lanzó un desafío: «Si me construís una
gramática de esa lengua vuestra, tenéis un notable sin examen final».
Se reía, pero trabajamos duro, y en el mes de junio tuvo encima de su mesa una gramática com-
pleta del asturiano. Con mucho estupor y algo de fascinación cumplió su promesa. «Quedó-y la
tablica más retorcía que’l rau d’un gochu», dijo alguien.
Ahora yo escribo en castellano, que es una lengua noble –exenta de culpas–, y lloro por aquella
lengua maravillosa (sonora y atrevida como los rabiones de los ríos de la tierra que la parió),
lengua que sigo estudiando y en la que también escribo porque es mía y porque me siento cul-
pable con respecto a ella. «Cuando un pueblo es hecho esclavo, mientras conserve su lengua, es
como si tuviera la llave de su prisión», escribe Daudet en La dernier classe (Contes du lundi).
Ejemplos tenemos muy actuales.
Se me ocurrió este escrito por varios acontecimientos recientes. Por un lado, unos políticos (casi
todos de aquellas familias que creían en la extraña consigna del destino en lo universal y des-
preciaban la lengua de la tierra por ser asunto de pobres y aldeanos ignorantes) han salido a la
palestra (sitio donde se controvierte sobre cualquier asunto) proclamando la no existencia del
asturiano como lengua.
Y entonces a mí me dio mucha lástima y me acordé de la vara de saúco de don Manuel. «Hay
muchos que siempre tienen en la boca el no, con que todo lo desazonan; el no es siempre el
primero en ellos, y, aunque después todo lo vienen a conceder, no se les estima, porque precedió
aquella primera desazón», apunta Gracián, en Oráculo manual y arte de prudencia.
Otro hecho reciente fue la noticia ésa de unos muchachos (probes guajes) castigados a llevar
piedras en las mochilas por no hablar vasco (que es un asunto como aquél del maestro, pero a la
inversa). Y del mismo modo me apesadumbró (mancóme enforma), por idénticos fundamentos,
el abucheo, en un acontecimiento público, a un artista catalán, de los que siempre defendieron la
libertad, por cantar en la lengua de su tierra.
¿Será verdad aquello que escribía Morales en Ardor con ardor se paga de que España es una
suma de intolerancias? A causa de la intransigencia yo ahora debo esforzarme en aprender mi
propia lengua. Confieso que, al hacerlo, siento como que vuelvo a nacer. Puede que algún día
los personajes de mis sueños se vuelvan a expresar en asturiano.
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Pero será despacio (adulces, pasín a pasu...), y, mientras, que cada uno se entienda consigo
mismo como mejor le parezca, y que cada uno descubra en esa palestra (reparada y apuntalada
tantas veces) al político que más disimuladamente le mienta, o a su maestro perdido de la infan-
cia, o a su filólogo más incauto y confidencial. Cometimos un error muy grave: el de hablar a
medias para que todos nos pudieran entender, y ahora vienen diciendo que no sabemos hablar.
¡Ye comu pa mexar y nun char gota!
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