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Ana María Shua

Sirena de río

h emecé
Encuentro con Silvia

El centro y la peatonal habían cambiado muchísi-


mo, se habían convertido en un barrio pobre, marginal.
Ya no era el lugar adonde su madre iba a comprar ropa
de invierno antes de volver a Buenos Aires. En aquella
época, para las compras había que aprovechar un día de
lluvia y, como todos hacían lo mismo, cuando llovía
las calles y las galerías del centro de Mar del Plata es-
taban atestadas de mujeres que palpaban ansiosas las
prendas de lana, arrastrando con ellas a sus hijos, a los
que todavía estaban en edad de dejarse arrastrar, para
que se probaran de mal humor los famosos pulóveres.
Ahora las galerías agonizaban, condenadas por los
shoppings. Ahora las calles comerciales eran Güemes
y Alem, pero él había insistido en alojarse cerca de la
plaza Colón, de la playa Bristol, donde había estado
el departamento de sus abuelos. La confitería Boston
resistía, solo que ahora era una sucursal: la Boston se
había convertido en una cadena. Las medialunas, por
suerte, seguían siendo buenas, casi tanto como en su
recuerdo. En esa zona de la ciudad los negocios exhi-
bían en sus vidrieras solamente souvenires baratos,
higrómetros violetas con forma de pez, collares de
10 Sirena de río

caracoles, chafalonía de metal y piedras brillantes, san-


dalias de plástico. En la rambla de la Bristol se veían
pantalones de gimnasia con la raya blanca al costado,
trajes de baño viejos, deslavados, pelos mal teñidos.
Estaban por todas partes. La ropa de los jóvenes se ha-
bía uniformado y sin embargo se los reconocía, como
siempre, eran ellos, los pobres del mundo. Se odió a
sí mismo por el matiz de desprecio que había en su
mirada. Por ellos había militado, por ellos se había ido
del país, por ellos vivía en Madrid desde el año 76.
¿Por ellos? Qué mentira. Ya no podía engañarse con
el desparpajo y la inocencia de la juventud. Y sobre
todo ¿ellos? ¿Así pensaba él, ahora? ¿Ellos y nosotros?
¿Desde cuándo? El Provincial y el Casino estaban igual
que siempre, por lo menos de afuera.
Las ramblas, en plural, era Barcelona. La rambla era
aquí, en su casa. La ciudad que había sido su casa cada
verano de su niñez y su adolescencia. Hacía casi cua-
renta años que no volvía a Mar del Plata, a la Rambla.
Casa tomada. Los balnearios de La Perla, Punta Igle-
sias, la Popular, la Bristol eran de ellos. Pescadores, Las
Toscas. Caminó dejándose llevar por la masa humana.
Ahora buena parte de la rambla estaba ocupada por
una especie de mercado persa, puestitos en los que se
vendían supuestas artesanías, pero sobre todo remeras
estampadas, ojotas de goma, bolsos de colores chillo-
nes, exhibidos en un revoltijo destinado a exaltar su
bajo precio. Y gente, gente, gente. Ellos. Los pobres.
Que ahora, decían las estadísticas, refregándoles en la
Ana María Shua 11

nariz el fracaso de su generación, eran la tercera parte


del país. Lo peor, quizás, era el miedo. Hernán supo
que les tenía miedo. Se justificó pensando en la res-
puesta de Ettore Scola cuando le preguntaron por qué
había pintado de esa manera a sus personajes en la pe-
lícula Brutos, feos y malos. Si yo pensara que la pobreza
hace mejor a la gente, no sería de izquierda, contestó
Scola. Pero yo no soy de izquierda, supo Hernán. Y lo
supo en plural, como se decía en España: un tío de iz-
quierdas. El mundo era una lugar muy raro, la historia
era un devenir caótico, delirante, siempre inesperado
y él ya no creía en las soluciones que en otro tiempo le
habían parecido difíciles de alcanzar pero tan indiscu-
tibles, tan perfectas.
Antes del Torreón se terminaba el mercado y se ali-
viaba la circulación. El Torreón estaba lindo. Con un
cyber, claro. Pero también con su confitería de siem-
pre, modernizada. Tomó un cortado mirando el mar.
Los surfistas eran también algo nuevo. Flotaban apaci-
bles, en espera de una buena ola. El mar era el mismo
de siempre: nunca azul, en varios tonos de verde lejos
de la costa y amarronado en la orilla. Con solo mirarlo
podía sentir en la piel el frío del agua del Atlántico Sur,
que alguna vez le había parecido estimulante.
Y mientras comparaba las imágenes de su recuerdo
con las de la realidad, no pudo dejar de percibir una
mirada que se le clavaba en la cara sin pudor. En una
de las mesas del fondo, una señora de su edad, entrada
en carnes (carnes que rebalsaban apenas la sisa de una
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musculosa demasiado apretada), lo miraba intensa-


mente, con ternura. Le devolvió una mirada distraída,
apenas suficiente como para constatar que no la co-
nocía.
Sin embargo, ella se levantó y fue hacia él como si
la atrajera un impulso magnético. Tenía una cara sim-
pática, redondita, con los cachetes caídos, el cuello
arrugado y lindos ojos claros.
—¿No me reconocés? —le dijo en voz baja—. No
lo puedo creer. ¡Pero viniste!
Hernán entrecerró los ojos para eliminar los ele-
mentos superfluos que esa cara había logrado reunir a
través de los años, intentando develar la sobria perfec-
ción que debieron tener alguna vez sus rasgos.
—La fogata, la playa, ¡nuestra promesa!
—¡Silvia! —casi gritó de pronto Hernán.
Esos ojos. ¿Cómo podía haberlos olvidado? Aun-
que no se acordara de la promesa. Silvia se sentó a su
mesa y pidieron cerveza. Como en los viejos tiempos,
se rieron los dos, cuando la cerveza se tomaba sola-
mente en verano. Retomaron la conversación como
si se hubieran visto ayer. Hablaron de las fogatas en la
playa, recordaron las canciones folklóricas que estaban
de moda en aquella remotísima época, La Salamanca,
por ejemplo, ¿quién se acordaba ahora de La Salaman-
ca, o del Puente Pexoa? Y Hernán se enteró (pero di-
simuló que se estaba enterando) de que alguna vez se
habían prometido encontrarse en el Torreón, un cinco
de enero, a las seis de la tarde.
Ana María Shua 13

—Te demoraste un poco —sonrió Silvia.


—Treinta y nueve años y una hora —dijo Hernán.
—Yo vengo todos los años —confesó Silvia, con
una sonrisa hermosa que puso en relieve las mil arru-
guitas que bordeaban sus ojos y las hizo olvidar al mis-
mo tiempo.
—Yo vivo en Madrid. Es la primera vez que vengo
a Mar del Plata. Pero ya ves, estoy aquí. —Por pura ca-
sualidad, pensó Hernán, pero no lo dijo.
—Tenés un poco de acento español.
—Esto no es nada, tendrías que escucharme putear.
Lo primero que me sale es jolines y después, leches. Y
ostia.
Hablaron de los amigos comunes. Del Flaco, del
Colorado… Eran amigos de las vacaciones, de Mar del
Plata, y Hernán no había sabido más de ellos. Silvia, en
cambio, parecía estar enterada de todo.
—El Colo se casó con un gato.
—¡Noooo! Y vos sos mala también, ¿cómo sabés
que era un gato?
—¡Si él mismo lo contaba, de lo más orgulloso! Y
lo peor fue que después de tener hijos la mina engor-
dó, pero engordó de verdad, se convirtió en un tanque
australiano. Al que le fue muy bien es a Jorge, ¿te acor-
dás de Jorge?
—Jaja, no me extraña, Jorge siempre haciendo sus
negocitos…
—Nada de negocitos, se convirtió en un flor de em-
presario, es dueño de una cadena de farmacias.
14 Sirena de río

—¿Y el Flaco?
—Lo mataron, como a tantos. Vos sabés.
Hernán sabía. Y no tenía ganas de avanzar en el
tema. Silvia se dio cuenta y la conversación se desvió
hacia ellos, hacia su pequeña historia.
—¿Te acordás cuando me llevabas en el caño de la
bici y nos caímos?
Hernán no se acordaba de la caída, pero sí de la bicicle-
ta. Esa bici había sido su primer vehículo propio, su pri-
mera y gloriosa sensación de independencia. Se la había
comprado con sus ahorros, todo lo que ganó trabajando
varios meses en el negocio de su abuelo. Su adorada bi-
cicleta azul, la mejor, la más veloz, la que lo llevaba a la
velocidad del pensamiento por las calles de Mar del Plata.
—¡Claro que no te acordás! —dijo Silvia—. ¡Porque
la que se raspó todo el brazo fui yo! ¿Y a vos cómo te
fue? ¿Te recibiste?
—Me recibí, pero no me sirvió de mucho. ¿Qué iba
a hacer en España con el título de abogado? ¿Y vos?
¿Te casaste?
—Ah, mirá qué típico —dijo Silvia, rebelde—. Yo
te pregunto si te recibiste y vos me preguntás si me
casé. Pregunta especial para mujeres. Hice muchas
otras cosas interesantes además de casarme, de tener
hijos. ¡Y hasta un nietito!
—Te casaste con otro… —le contestó Hernán, en
broma.
Pero Silvia no siguió la broma. Algo en ella cambió,
algo en su expresión, en su forma de mirarlo.
Ana María Shua 15

—Me casé con otro, sí. Pero… no debería decirte


esto y sin embargo… Ahora que ya no importa… Me
casé con otro pero nunca dejé de quererte.
Hernán se sobresaltó y trató de quitarle fuerza a
la confesión que Silvia había hecho en voz muy baja,
casi un murmullo, pero con un acento tan intenso, tan
verdadero, que por un momento no supo cómo res-
ponder. Afuera el sol estaba cayendo. Era un atardecer
hermoso y triste.
—Pero Silvia, éramos tan chicos. Te enamoraste de
un recuerdo… Qué sabés quién soy yo, en qué me fui
convirtiendo…
—No me digas así. No me quites la ilusión. Qué me
importa cómo sos ahora. Vos sos mi amor imposible.
¿Ya te olvidaste de nuestros besos en la playa?
No. Hernán no se había olvidado. ¿Cómo olvidarse
de la primera bicicleta, de los primeros besos, de la pa-
sión enloquecida y contenida de la adolescencia? Du-
rante años apenas había pensado en Silvia, pero ahora
el recuerdo se abalanzaba sobre él como una ola gigante
que lo arrastraba a mar abierto, lejos de la playa, lejos de
la costa, a una zona donde la libertad era enorme, ilimi-
tada y la memoria brillaba y todo era posible. De un solo
golpe de ola, toda su historia se deshizo, los castillos que
había construido a lo largo de su vida se transformaron
en arena húmeda, su vida en España se redujo a un largo
paréntesis sin sentido y se entregó a ese sentimiento
extraño que ya no podía negar, supo que también para
él, de una manera subrepticia, arrastrándose por deba-
16 Sirena de río

jo de la realidad cotidiana, olvidado y al mismo tiempo


presente en cada acto de su vida, también para él Silvia
había sido su amor imposible, la única certeza en este
mundo. Comprendió en un instante enorme que cada
uno de los besos que había dado en su vida había sido
apenas una imitación de los únicos besos verdaderos,
los de Silvia en la playa. Porque era la boca de Silvia, sus
labios jugosos que se abrían… como un damasco lleno
de miel, pensó, avergonzado y orgulloso al mismo tiem-
po, tan cursi, ¿pero acaso no es siempre cursi el amor? La
letra de la canción parecía escrita para él, para ellos. Miró
otra vez a Silvia, sus ojos inolvidables, inconfundibles, y
supo que ese era su destino y que él lo había traicionado,
trampeado. Ese hubiera sido su lugar, el único verda-
dero: irse a dormir cada noche con Silvia, en los brazos
de Silvia, con esa mujer gastada, cansada, gordita, que
debió ser la suya, la mujer que había buscado, ahora lo
sabía, en cada una de sus mujeres, sin encontrarla. Pensó
en la piel de Silvia tan joven, tan dorada, tan salada en
su lengua, vibrante bajo la yema de sus dedos, y la deseó
como entonces, como quizás nunca más había deseado
nada, deseó tocarla, sentirla, abrazarla.
—¿Otra vez, Marta? ¡Ya le dije bien clarito que no
la quiero ver por acá! ¡La próxima llamo a la policía!
Silvia se puso de pie casi con violencia, pero an-
tes de irse garrapateó un teléfono en una servilleta. Se
despidió brutalmente, pero con una mirada tan carga-
da de promesas que daba pena. Ahora el encargado del
local le gritaba al mozo.
Ana María Shua 17

—¿En qué idioma te tengo que decir que no la dejes


entrar? ¿No será que vas con algo vos también? Discul-
pe, señor —hablándole ahora a Hernán—, esa mujer
no me gusta, se va con los clientes y qué sé yo qué pasa.
Para mí que les saca plata. Este no es un lugar de esos.
—Es completamente inofensiva, yo no sé por qué
el encargado no la quiere —le confió después el mozo a
Hernán, mientras le cobraba—. Al contrario. Los tipos
consumen más y se van contentos. Y si les saca plata,
qué. Se la ganará. –Miró el número anotada en la servi-
lleta y lanzó una risotada—. Qué caradura esta Marta.
Es el teléfono de acá.
Hernán recapituló la conversación con Silvia-Mar-
ta y se dio cuenta de que en ningún momento ella lo
había llamado por su nombre. Los recuerdos que ha-
bían intercambiado y completado entre los dos eran
los mismos que compartían con toda su generación. El
Flaco. El Colorado. Miró al mozo con una semisonrisa
de complicidad.
—Me di cuenta en el acto. Pero me dio pena, pobre
mujer, por eso le seguí la corriente.
Salió del Torreón con un nudo en la garganta y si-
guió caminando por la Rambla. Playa de los Ingleses
ahora se llamaba Varese, y habían conseguido ampliar-
la, una buena extensión de arena.
Reconoció Playa Chica. Y en Playa Grande, la re-
finada y elegante Playa Grande, se quedó asombrado
al ver el cordón blanco que encerraba los balnearios
y los separaba de la marea humana. También allí para
18 Sirena de río

llegar al mar los ocupantes de las carpas tenían que


abrirse paso a través de una multitud desparramada
sobre la arena, mate con facturas, churros rellenos,
papeles aceitosos, gordas rebosando viejas mallas ne-
gras, muchachos en shorts de fútbol, chicas con el pelo
mal cortado. Antes, el cordón blanco no era necesario.
Antes, los pobres se quedaban en su lugar. Jamás se les
hubiera ocurrido invadir Playa Grande.

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