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Cuentos de aceptación y amistad

El cuento trata sobre Adalina, una hada sin alas que debe superar las dificultades que le supone su discapacidad. Con la ayuda de los animales del bosque, que se convierten en sus amigos, Adalina demuestra en una prueba que puede ser una buena reina a pesar de no tener alas ni mucha magia, sorprendiendo a todos con un espectáculo mágico creado gracias al poder de la amistad.

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Cuentos de aceptación y amistad

El cuento trata sobre Adalina, una hada sin alas que debe superar las dificultades que le supone su discapacidad. Con la ayuda de los animales del bosque, que se convierten en sus amigos, Adalina demuestra en una prueba que puede ser una buena reina a pesar de no tener alas ni mucha magia, sorprendiendo a todos con un espectáculo mágico creado gracias al poder de la amistad.

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Valores

Aceptarnos tal como somos. Alegrar a los


demás
Enseñanza
Todo lo que nos hace diferentes nos hace a la vez especiales, y siempre hay formas de aprovechar
esos dones
Ambientación
Una ciudad y los lugares con niños más desfavorecidos
Personajes
Un niño y un payaso

Cuento
Pepito Chispiñas era un niño tan sensible, tan sensible, que tenía cosquillas

en el pelo. Bastaba con tocarle un poco la cabeza, y se rompía de la

risa. Y cuando le daba esa risa de cosquillas, no había quien le hiciera

parar. Así que Pepito creció acostrumbrado a situaciones raras: cuando

venían a casa las amigas de su abuela, siempre terminaba desternillado

de risa, porque no faltaba una viejecita que le tocase el pelo diciendo "qué

majo". Y los días de viento eran la monda, Pepito por el suelo de la risa en

cuanto el viento movía su melena, que era bastante larga porque en la

peluquería no costaba nada que se riera sin parar, pero lo de cortarle el

pelo, no había quien pudiera.

Verle reir era, además de divertidísimo, tremendamente contagioso, y en

cuanto Pepito empezaba con sus cosquillas, todos acababan riendo sin
parar, y había que interrumpir cualquier cosa que estuvieran haciendo. Así

que, según se iba haciendo más mayor, empezaron a no dejarle entrar

en muchos sitios, porque había muchas cosas serias que no se podían

estropear con un montón de risas. Pepito hizo de todo para controlar sus

cosquillas: llevó mil sombreros distintos, utillizó lacas y gominas ultra

fuertes, se rapó la cabeza e incluso hizo un curso de yoga para ver si

podía aguantar las cosquillas relajándose al máximo, pero nada, era

imposible. Y deseaba con todas sus fuerzas ser un chico normal, así que

empezó a sentirse triste y desgraciado por ser diferente.

Hasta que un día en la calle conoció un payaso especial. Era muy

viejecito, y ya casi no podía ni andar, pero cuando le vio triste y

llorando, se acercó a Pepito para hacerle reír. No le tardó mucho en

hacer que Pepito se riera, y empezaron a hablar. Pepito le contó su

problema con las cosquillas, y le preguntó cómo era posible que un hombre

tan anciano siguiera haciendo de payaso.

- No tengo quien me sustituya- dijo él, - y tengo un trabajo muy serio

que hacer.

Pepito lo miró extrañado; "¿serio?, ¿un payaso?", pensaba tratando de

entender. Y el payaso le dijo:

- Ven, voy a enseñartelo.

Entonces el payaso le llevó a recorrer la ciudad, parando en muchos

hospitales, casas de acogida, albergues, colegios... Todos estaban llenos

de niños enfermos o sin padres, con problemas muy serios, pero en


cuanto veían aparecer al payaso, sus caras cambiaban por completo y se

iluminaban con una sonrisa. Su ratito de risas junto al payaso lo

cambiaba todo, pero aquel día fue aún más especial, porque en cada

parada las cosquillas de Pepito terminaron apareciendo, y su risa

contagiosa acabó con todos los niños por los suelos, muertos de risa.

Cuando acabaron su visita, el anciano payaso le dijo, guiñándole un ojo.

- ¿Ves ahora qué trabajo tan serio? Por eso no puedo retirarme, aunque

sea tan viejito.

- Es verdad -respondió Pepito con una sonrisa, devolviéndole el guiño-

no podría hacerlo cualquiera, habría que tener un don especial para la risa.

Y eso es tan difícil de encontrar... -dijo Pepito, justo antes de que el

viento despertara sus cosquillas y sus risas.

Y así, Pepito se convirtió en payaso, sustituyendo a aquel anciano

tan excepcional, y cada día se alegraba de ser diferente, gracias a

su don especial.
Amistad y superación
Enseñanza
Los amigos son el mejor apoyo para superar las dificultades y llevarnos donde no podemos llegar
solos
Ambientación
El bosque de las hadas
Personajes
Una hada y los animales del bosque

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Adalina, el hada sin alas


Llévate estos cuentos

Cuento
Adalina no era un hada normal. Nadie sabía por qué, pero no tenía alas. Y

eso que era la princesa, hija de la Gran Reina de las Hadas. Como era

tan pequeña como una flor, todo eran problemas y dificultades. No sólo no

podía volar, sino que apenas tenía poderes mágicos, pues la magia de las

hadas se esconde en sus delicadas alas de cristal. Así que desde muy

pequeña dependió de la ayuda de los demás para muchísimas

cosas. Adalina creció dando las gracias, sonriendo y haciendo amigos, de

forma que todos los animalillos del bosque estaban encantados de

ayudarla.
Pero cuando cumplió la edad en que debía convertirse en reina,

muchas hadas dudaron que pudiera ser una buena reina con tal

discapacidad. Tanto protestaron y discutieron, que Adalina tuvo que

aceptar someterse a una prueba en la que tendría que demostrar a todos

las maravillas que podía hacer.

La pequeña hada se entristeció muchísimo. ¿Qué podría hacer, si

apenas era mágica y ni siquiera podía llegar muy lejos con sus cortas

piernitas? Pero mientras Adalina trataba de imaginar algo que pudiera

sorprender al resto de las hadas, sentada sobre una piedra junto al río,

la noticia se extendió entre sus amigos los animales del bosque. Y al poco,

cientos de animalillos estaban junto a ella, dispuestos a ayudarla en lo

que necesitara.

- Muchas gracias, amiguitos. Me siento mucho mejor con todos vosotros a

mi lado- dijo con la más dulce de sus sonrisas- pero no sé si podréis

ayudarme.

- ¡Claro que sí! - respondió la ardilla- Dinos, ¿qué harías para sorprender a

esas hadas tontorronas?

- Ufff.... si pudiera, me encantaría atrapar el primer rayo de sol, antes

de que tocara la tierra, y guardarlo en una gota de rocío, para que cuando

hiciera falta, sirviera de linterna a todos los habitantes del bosque.

O... también me encantaría pintar en el cielo un arco iris durante la

noche, bajo la pálida luz de la luna, para que los seres nocturnos pudieran

contemplar su belleza... Pero como no tengo magia ni alas donde


guardarla...

- ¡Pues la tendrás guardada en otro sitio! ¡Mira! -gritó ilusionada una

vieja tortuga que volaba por los aires dejando un rastro de color

verde a su paso.

Era verdad. Al hablar Adalina de sus deseos más profundos, una ola de

magia había invadido a sus amiguitos, que salieron volando por los aires

para crear el mágico arco iris, y para atrapar no uno, sino cientos de

rayos de sol en finas gotas de agua que llenaron el cielo de

diminutas y brillantes lamparitas. Durante todo el día y la noche

pudieron verse en el cielo ardillas, ratones, ranas, pájaros y

pececillos, llenándolo todo de luz y color, en un espectáculo jamás visto

que hizo las delicias de todos los habitantes del bosque.

Adalina fue aclamada como Reina de las Hadas, a pesar de que ni

siquiera ella sabía aún de dónde había surgido una magia tan

poderosa. Y no fue hasta algún tiempo después que la joven reina

comprendió que ella misma era la primera de las Grandes

Hadas, aquellas cuya magia no estaba guardada en sí mismas, sino

entre todos sus verdaderos amigos.

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