SI TAN SOLO ME ATREVIERA
Marcos 5:
24
Fue, pues, con él; y le seguía una gran multitud, y le apretaban. 25 Pero una mujer
que desde hacía doce años padecía de flujo de sangre, 26 y había sufrido mucho de
muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le
iba peor, 27 cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su
manto. 28 Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva. 29 Y en seguida
la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel
azote. 30 Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él,
volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos? 31 Sus discípulos le
dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado? 32 Pero él
miraba alrededor para ver quién había hecho esto. 33 Entonces la mujer, temiendo y
temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de
él, y le dijo toda la verdad. 34 Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y
queda sana de tu azote.
La Biblia está llena de historias conmovedoras que nos enseñan valiosas lecciones. Una de ellas es
la historia de la mujer que tocó el manto de Jesús.
Esta mujer, que sufría de una enfermedad crónica que la había dejado marginada de la sociedad,
tuvo el coraje de acercarse a Jesús en busca de SANIDAD. Con tan solo tocar el borde de su
manto, la mujer fue sanada de inmediato.
La mujer estaba enferma desde hacía doce años y había gastado todo su dinero en médicos, pero
nadie había podido curarla. Sin embargo, ella tenía fe en que si tan solo tocaba el manto de Jesús,
sería sanada.
La mujer se acercó a Jesús por detrás en medio de la multitud y tocó su manto. Al instante, sintió
que su cuerpo se curaba y Jesús se dio cuenta de que había sucedido algo especial. Le preguntó
quién le había tocado y la mujer, temiendo haber hecho algo mal, se acercó a él y le contó toda la
verdad. Jesús la felicitó por su fe y le dijo: «Hija, tu fe te ha sanado. Vete en paz y queda libre de
tu enfermedad».
Esta historia nos enseña que la fe en Dios puede hacer cosas increíbles. La mujer tuvo fe
en la capacidad de Jesús para sanarla y no dudó ni un momento en que su toque curaría su
enfermedad. Su fe fue tan grande que fue capaz de curarse al instante. Además, su fe también fue
recompensada con la bendición de Jesús y la liberación de su enfermedad.
La lección que podemos aprender de esta historia es que no debemos tener miedo de acudir a Dios
en busca de sanación física o emocional. Debemos tener fe en que Dios tiene el poder de sanarnos
y de liberarnos de nuestros problemas. Si tenemos fe como la mujer que tocó el manto de Jesús,
podemos ser sanados y bendecidos por Dios.
Mateo 9:20 Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre
desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde
de su manto; 9:21 porque decía dentro de sí: Si tocare solamente
su manto, seré salva. 9:22 Pero Jesús, volviéndose y mirándola,
dijo: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva
desde aquella hora.
Introducción
La menstruación en el antiguo sistema de la ley era un signo de
INMUNDICIA, y no solo era INMUNDA la mujer que la “padecía”
sino que era INMUNDO todo lo que ella tocara: su silla, su cama,
sus muebles, su ropa, etc. Se incluyen en esta lista todas las
personas tocadas por ella en este periodo, traspasándoseles la
mencionada INMUNDICIA.
Imagínense que el flujo de sangre no se detiene… Por años.
INMUNDA PARA TODA LA VIDA.
Quieren leer…
Levítico 15:19 Cuando la mujer tuviere flujo de sangre, y su flujo
fuere en su cuerpo, siete días estará apartada; y cualquiera que la
tocare será inmundo hasta la noche. 15:20 Todo aquello sobre
que ella se acostare mientras estuviere separada, será inmundo;
también todo aquello sobre que se sentare será inmundo. 15:21
Y cualquiera que tocare su cama, lavará sus vestidos, y después
de lavarse con agua, será inmundo hasta la noche. 15:22
También cualquiera que tocare cualquier mueble sobre que ella
se hubiere sentado, lavará sus vestidos; se lavará luego a sí
mismo con agua, y será inmundo hasta la noche. 15:23 Y lo que
estuviere sobre la cama, o sobre la silla en que ella se hubiere
sentado, el que lo tocare será inmundo hasta la noche. 15:24 Si
alguno durmiere con ella, y su menstruo fuere sobre él, será
inmundo por siete días; y toda cama sobre que durmiere, será
inmunda. 15:25 Y la mujer, cuando siguiere el flujo de su sangre
por muchos días fuera del tiempo de su costumbre, o cuando
tuviere flujo de sangre más de su costumbre, todo el tiempo de
su flujo será inmunda como en los días de su costumbre.
Es por eso que esta mujer se acercó por detrás, en medio de la
multitud, ella no quería ser vista, no quería ser detectada, es más
no podía serlo, todo lo que tocara se haría inmundo. Ella debía
pasar desapercibida.
No obstante la mujer había TRAZADO un plan. El mismo estaba
moldeado por su fe, pero a su vez caracterizado por los
condicionamientos religiosos del pasaje de Levítico.
¿Cuál era el plan?
Seguir a Jesús sigilosamente, como una leona que espera entre
la hierba el momento adecuado para su ataque, pasando
inadvertida, a escondidas, haciéndose invisible, sin que nadie
notara su presencia. Esperar el momento en que una multitud se
agolpara sobre el maestro, o que algún hecho distractor surgiera
imprevistamente. Ella debía aprovechar cualquier acontecimiento
que generase una distracción en el entorno, debía estar atenta al
instante adecuado en el que nadie advirtiera al maestro de su
presencia, ella debía asegurarse que los discípulos no alertaran a
Jesús gritando, “cuidado ahí va LA INMUNDA, LA INMUNDA TE
ESTA POR TOCAR.” eso destruiría su única oportunidad.
El objetivo: Tocar, aunque sea el borde de su manto.
De repente sucede, la multitud se agrupa, Jesús es rodeado, pero
ella no tiene acceso, no puede llegar hasta él.
¿Cómo abrirse camino si ser delatada?
Milagrosamente para ella, aparece un tal Jairo, que es una
autoridad reconocida, el viene desesperado abriendo camino,
quiere llegar a Jesús, quiere hablar con él. Todos los ojos de la
multitud se posan en Jairo. Nunca había sucedido que semejante
autoridad de una sinagoga se rebajara a buscar a Jesús e
intentara hablarle públicamente. Es mas todos saben que en la
sinagoga Jesús es alimento para las críticas y las condenas. Pero
lo que dejó boquiabiertos a todos no fue esto, sino que Jairo al
llegar frente a Jesús se arrodillara a sus pies y le rogara, le
implorara desesperadamente que lo acompañara a su casa para
sanar a su hija. Esto si que era una locura directamente. Nadie lo
podía creer. Era la noticia del momento. Un principal de la
sinagoga, postrado ante Jesús rogándole…y lo que es peor,
invitándole a su casa.
La mujer supo que éste era su momento, que el cielo había
preparado una situación única beneficiosa para ella. Ahora si que
nadie la veía, se había transformado en nada. No existía en la
historia, no existía en el relato. Todos los flashes estaban sobre
Jesús y sobre Jairo, no había lugar para nadie más.
Cuando los protagonistas se dirigen hacia la casa donde se
encontraba la niña enferma, la mujer por detrás se acerca, sin
ruidos, sigilosamente, sin levantar la vista, solo con la imagen de
Jesús en la mente, ahora la imagen de su túnica, su espalda, su
larga cabellera nazarena que se perdía y aparecía en medio de
cientos de cabezas judías que se interponían entre ella y su
esperanza.
-Tan solo tengo que tocar su manto, tan solo tengo que tocar su
manto, solo el borde, solo el borde-, pensaba a los gritos
mientras sorteaba los obstáculos humanos que la separaban
algunos metros de su sanidad.
El último paso… Estira la mano y sin dejar de caminar, toca el
borde del santo manto y… Sucede… Como un presagio de lo que
en el futuro los humanos llamarían corriente eléctrica, siente el
poder entrar en su cuerpo, cauterizando toda arteria defectuosa,
sanando todo su cuerpo al instante, vivificando cada músculo de
su ser.
Sensación única e indescriptible, pero a la vez inconfundible. Su
plan había sido consumado exitosamente. Estaba sana. Ella lo
sabía.
En ese momento y como quien roba una preciosa joya y no ha
sido detectado, como quien acaba de hacer algo ilegal y desea
desaparecer como por arte de magia, se detiene y comienza a
regresar, camina en contra de la multitud, se aleja.
Los pasos se le hacen cortos, la multitud le impide la velocidad
en el escape contracorriente, pero no debe desesperarse, alerta
sus oídos pero no levanta la mirada, si hay un momento para
pasar desapercibida ese es ahora.
De repente la multitud se detiene. Algo sucede…
Los protagonistas de la procesión se han detenido. Jesús se ha
detenido. Jairo se ha detenido. Todo el mundo se detiene. El
tiempo se detiene. El silencio inunda las calles de la ciudad.
¡Lo inesperado! El maestro se da vuelta y mirando a la multitud
pregunta lo que nunca a nadie se le hubiese ocurrido preguntar
-¿Quién ha tocado mis vestidos?-
¡La gente realmente estaba sorprendida!, ¿era una pregunta
seria? ¿Acaso este hombre desconocía que lo estaban apretando
desde hacía ya varios minutos?
El silencio, no se retiraba, el tiempo seguía detenido, Jesús
miraba rostro por rostro, el sabía lo que estaba buscando, sabía
lo que estaba diciendo.
Los discípulos siempre lejos de ser conscientes de lo que sucedía
intentan esbozar una explicación, pero la mujer había sido
delatada por su propia honestidad.
¿Podría quedarse agachada y pasar inadvertida?
Si.
Pero toda su vida había sido así, agachada, invisible, intocable.
Toda una vida transcurrida en la sombras, en la humillación, en
no poder tener una pareja, no poder abrazar hijos, toda su vida
estigmatizada con la palabra INMUNDA y lo que es peor, con su
significado impreso en su identidad.
Ya no había nada que perder por eso, “temiendo y
temblando”(Marcos 5.33), es ella ahora quien se abre paso ante
la multitud, es ella quien intenta cual Moisés el cruce del mar
rojo, esta vez un mar rojo distinto… Rojo de ojos malditos, que
miran llenos de juicio, de mentes que piensan mentiras, de
lenguas que hablan calumnias, de manos que extienden su dedo
asesino para señalar a la INMUNDA. Ella conoce ese mar, ha
muerto ahogada miles de veces en él.
El mar en silencio se abre, lento, en cada paso, nadie la acusa,
porque todos saben que el maestro la reprenderá, nadie le grita
porque todos saben que Jesús se ha sentido ofendido por la
contaminación que la inmunda le ha generado, nadie la delata
porque Jesús ha sido el sabio rabino que descubre el oculto
pecado.
El mar se dispone a tragar a su víctima, la encierra, la atrapa y le
impide escapar.
Ella se postra ante Jesús y le cuenta la verdad. Se entrega. No
hay vuelta atrás y piensa “que sea lo que Dios quiera”…
¿Y qué es lo que Dios quiere?
Sorprendentemente para todos los allí presentes Dios quiere
demostrarle al mundo que no hay mar rojo que lo pueda
desafiar… Que Jesús ya no trabajaba con los códigos del antiguo
sistema. Que él no se ha sentido contaminado ni ofendido, sino
sorprendido y agradecido por semejante acto de fe.
Sorprendentemente Dios quiere demostrar que “conforme a la fe
de la mujer, sin importar quién es, le será hecho lo que pide” y
no solo eso, sino que como premio por haberse atrevido recibirá
la salvación como bono incluido.
Jesús anticipándose al milagro que estaba a punto de hacer con
la hija de Jairo quiere dejar en claro, que los milagros no se
hacen según el número de fila en el que te sientas en la iglesia, o
según el cargo ministerial que ostentas, o según la moral y las
buenas costumbres que te hacen digno del maestro, sino según
la sentencia: “Conforme a tu fe te sea hecho”
Otra vez Jesús habilita la fe de la persona y por esa fe la salva y
luego, por gracia y adorno, la sana.
El principal de la sinagoga y la INMUNDA, minutos después,
brindan juntos como iguales por la nueva vida posible gracias a
la gracia que emana del nuevo sistema que este Jesús enorme, e
increíble acaba de instalar.