UNIDAD 4: PRINCIPALES TEORÍAS ÉTICAS
DEFINICIÓN Y TIPOS
Una teoría ética es una teoría que intenta fundamentar un determinado código moral,
es decir un conjunto de normas y valores morales, apoyándose para ello en argumentos
racionales.
Las teorías éticas tradicionalmente se han dividido en dos grandes grupos: Las éticas
de la felicidad o éticas de la responsabilidad y las éticas del deber o de la convicción.
1. Las éticas de la felicidad o éticas de la responsabilidad, afirman que la conducta
moral se determina por sus resultados. Una conducta es buena moralmente si nos
permite conseguir un determinado fin, que normalmente coincide con la felicidad.
2. Las éticas del deber, o de la convicción, afirman que la conducta moral está
determinada no por lo que hacemos sino por la intención con que lo hacemos,
independientemente de los resultados que obtengamos (por ejemplo que esto nos
lleve o no a la felicidad).
Características de las éticas de la felicidad
Sus normas están dirigidos a la consecución de un Bien Supremo y Fin Último que
todos los seres humanos perseguimos y que coincide con la felicidad.
La felicidad en las distintas éticas materiales se entiende de diferente manera: placer,
autorrealización, bienes materiales (éxito, dinero, fama, etc.), salvación eterna,
justicia social, utilidad individual o colectiva. Estas éticas, por tanto, son puramente
subjetivas y conducen al pluralismo ético, ya que sus normas dependen de lo que en
cada caso determinemos que nos hace feliz. A veces ni siquiera tenemos códigos
coherentes sino que cambiamos de código según nos interesa: podemos ser egoístas,
altruistas, materialistas y cristianos al mismo tiempo.
Sus normas, por tanto, no pueden ser universales y necesarias, son hipotéticas y no
categóricas, ya que sólo valen bajo ciertas condiciones, pues son medios para
conseguir un fin, la felicidad entendida de una determinada manera, y no todos
perseguimos ese fin ni entendemos la felicidad de esa manera.
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Características de las éticas del deber
Sus normas establecen la forma general o intención con la que debemos actuar sea
cual sea la conducta concreta de que se trate: una conducta es buena si está realizada
con una determinada intención (ejemplo, respetar nuestro deber o ser fieles a
nosotros mismos) independientemente de los resultados y, por tanto, de si mi
conducta me hace o no feliz.
TEORÍAS ÉTICAS DE LA FELICIDAD
Eudemonismo, Hedonismo, Estoicismo, Cinismo y la ética cristiana basada en la Ley
Natural.
EUDEMONISMO
Su creador, Aristóteles (384-322 a. C.) es uno de los pensadores más influyentes de la
Filosofía occidental, vive en Grecia en el siglo IV a. C.
Elaboró una ética de la felicidad llamada "Eudamonismo", porque presupone que el
bien supremo que todos los seres humanos perseguimos es la felicidad (en griego
eudaimonia). Desde luego eso es algo de lo que caben pocas dudas, la tarea de la reflexión
ética será investigar qué es la felicidad y cómo conseguirla.
La primera afirmación de Aristóteles sobre las condiciones materiales necesarias para
ser feliz es que nadie puede ser feliz en ausencia de ciertos requisitos materiales mínimos:
nadie puede ser feliz viviendo en la miseria, la indigencia, la indignidad, la tortura y la
marginación absoluta. Todas estas condiciones materiales son necesarias para una vida
feliz pero no son suficientes, hace falta algo más.
Para averiguar qué más, Aristóteles nos recuerda que todos los seres del universo
poseen una esencia y una función propia y su excelencia consistirá en realizar de la forma
más perfecta posible esa esencia y esa función específica. Por ejemplo: un cuchillo es un
"buen cuchillo" si corta de maravilla, un ojo es un "buen ojo" si permite una magnífica
visión, una semilla es una "buena semilla" si consigue dar lugar a una planta, etc.
Pues bien, el ser humano es feliz cuando desarrolla del modo más perfecto posible su
esencia y su función específica, es decir, cuando se autorrealiza como ser humano. Desde
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luego, los seres humanos realizamos múltiples actividades, muchas, como la nutrición, la
reproducción y el crecimiento, las compartimos con todos los seres vivos, luego no son las
más específicas; otras, como la capacidad de movernos, de sentir o de aprender, las
compartimos con los animales, luego tampoco son las que buscamos. La única actividad
humana que es propia y exclusiva de las personas es la capacidad de pensar y razonar. Así
que seremos buenos y felices si conseguimos que nuestra vida sea lo más racional
posible. Y el medio para conseguirlo es respetar dos tipos de normas a las que Aristóteles
llama virtudes: las Virtudes éticas o morales y las virtudes dianoéticas o intelectuales.
a. Virtudes morales. Debemos practicarlas en nuestra conducta cotidiana. Se definen
cómo el hábito de mantener nuestras emociones, sentimientos y deseos en un
término medio, siendo los extremos, tanto por exceso como por defecto, vicios. Así
que, en las decisiones que tomemos día a día, no debemos dejarnos llevar por
nuestros impulsos, deseos y emociones: ira, rabia, miedo, pasión, impaciencia,
tristeza, pena, alegría, vergüenza, aversión, resentimiento, envidia, orgullo, avaricia,
lujuria, pereza, sino que nuestra guía debe ser siempre la razón, sólo serán buenas
las decisiones racionales, sólo ésas nos conducirán a la felicidad. Ejemplos:
Vicio por exceso Virtud término medio Vicio por defecto
Libertinaje Templanza Insensibilidad
Temeridad Valor Cobardía
Despilfarro Generosidad Avaricia
Ira Justa indignación Pusilanimidad
Descaro Educación Timidez
Hostilidad Amabilidad Adulación
b. Virtudes intelectuales, son dos: prudencia y sabiduría.
1. La prudencia: Nos permite saber dónde está nuestro término medio, que es
siempre algo personal.
2. La sabiduría: Esta virtud nos induce a dedicarnos a las tareas o trabajos más
acordes con nuestra naturaleza racional, los de tipo intelectual, como la
investigación, el estudio, la gestión y la creación. Los trabajos manuales son
considerados menos dignos para el ser humano pues no permiten su realización
plena.
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Debemos fijarnos también en que la virtud es un hábito (una persona no es generosa
por serlo sólo una vez o dos), por tanto se adquiere por repetición de actos, y requiere
esfuerzo e interés; ni se nace virtuoso, ni basta la enseñanza para serlo, sólo lo
conseguiremos si queremos y nos esforzamos.
HEDONISMO
Epicuro (341-281 a. C.), fundó en Atenas su escuela, El Jardín, donde no sólo se
adquirían conocimientos teóricos sino que se ponía en práctica las enseñanzas del maestro,
se aprendía un modo de vida. En ella se admitían incluso mujeres y esclavos.
Según esta teoría el bien supremo, aquello que todos los seres humanos perseguimos
y que nos llevará a la felicidad, es el placer (hedone). Maximizar el placer y minimizar el
dolor es el objetivo prioritario de nuestra vida. El placer se define como:
La ausencia de dolor en el cuerpo
La ausencia de perturbaciones psicológicas o espirituales como son el miedo, la
angustia, las preocupaciones, remordimientos, la tristeza, el estrés y la ansiedad.
La satisfacción de nuestros deseos, incluyendo deseos referidos al cuerpo y deseos
más espirituales como son la amistad, el conocimiento y disfrutar de la belleza.
Además el placer debe ser, si no un estado definitivo sí, al menos, duradero. Por esta
razón, habrá muchos placeres a los que deberemos renunciar, aquellos de los que se derive
a medio o largo plazo un dolor mayor; de la misma manera habrá ciertos dolores y
sufrimientos que serán buenos, aquellos de los que obtengamos un placer que los
compense. La persona sabia es justamente aquella que sabe hacer el "cálculo" y sabe a qué
placeres decir sí y hasta dónde, y qué sufrimientos rechazar o aceptar según convenga.
Para poder hacer ese “cálculo”, Epicuro distingue 3 tipos de deseos y nos da normas
para satisfacerlos y así maximizar el placer y minimizar el dolor:
Deseos:
1. Naturales y necesarios: más que deseos son necesidades primarias y biológicas,
alimentarse, beber y dormir. Su satisfacción siempre hace feliz al hombre.
2. Naturales y no necesarios: nacen del deseo de los seres humanos de variar y obtener
más placer de la vida. Por ejemplo satisfacer el apetito con una exquisita paella y no
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con un trozo de pan, satisfacer la sed con un zumo y no con agua y dormir en la más
cómoda de las camas. Estos deseos debemos moderarlos.
3. No naturales y no necesarios: el lujo, el poder, la riqueza, la fama, la gloria, el
prestigio y los honores. A estos deseos debemos renunciar pues no se sacian nunca,
cuanto más tenemos más queremos.
Normas:
Por último Epicuro nos propone cuatro normas más que habremos de seguir si
queremos una vida placentera para poder eliminar el dolor espiritual. Se trata de eliminar
cuatro temores, prejuicios, tabúes o supersticiones, que además son fomentados por las
élites que nos gobiernan para someternos:
1. El miedo a los dioses: para eliminarlo basta pensar que no se cuidan de los asuntos
humanos, y desde luego, brujos, sacerdotes y demás son sólo buenos psicólogos.
2. El temor a la muerte: es absurdo temerla, pues mientras estamos vivos no nos afecta
y cuando nos afecta ya no estamos vivos. Tampoco debemos temer al "más allá", pues
tras la muerte no hay más vida.
3. El temor al destino: Epicuro negó el determinismo, nada está escrito, sólo el azar y la
libertad existen. Cada hombre es dueño de su propio destino.
4. El temor al dolor y la infelicidad: si seguimos las enseñanzas de Epicuro respecto a la
moderación y la renuncia a falsos placeres, si aprendemos a desear lo que tenemos y a
no desear lo que no tenemos, conseguiremos sentirnos bien con nosotros mismos,
íntimamente, disfrutando serenamente de los placeres que la naturaleza nos ofrece,
lejos de pasiones que perturben nuestro equilibrio.
ESTOICISMO
¡Domínate y aguanta!, este era el lema de la escuela, Stoa (pórtico) fundada en Atenas
por Zenón en el año 306 a. C. Sus ideas tuvieron un gran éxito siglos más tarde y entre
personalidades de las clases sociales más dispares: esclavos como Epicteto, filósofos como
el cordobés Séneca y emperadores romanos como Marco Aurelio.
Según los estoicos todo el universo y cuanto en él sucede, también, por supuesto, la
vida de cada uno de nosotras y nosotros, está regido, dirigido y determinado por una Ley,
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Principio o Razón Universal que todo controla y domina. Nada escapa a esa ley, el
movimiento de los astros, el crecimiento de un niño y la lectura que estás haciendo de
estas líneas, están férreamente determinados por una cadena de causas inexorable. Todo
ocurre de modo necesario, el destino existe y aún cuando la vida nos pueda parecer
absurda, es en realidad absolutamente racional, sólo que responde a una razón universal
que a nosotros se nos escapa; nuestra pequeña vida absurda, a veces ilógica o injusta,
inconexa y sin sentido, responde, en realidad, a una gigantesca armonía de correlaciones e
interdependencias. Es más, ni siquiera tiene sentido hablar del mal en el mundo (guerras,
catástrofes naturales, amores no correspondidos, muerte de seres queridos), pues nada de
lo que sucede es un mal, juzgarlo así es sólo producto de la estrechez de la visión humana,
que no ve más allá de lo inmediato.
Por todo esto, el ser humano debe vivir de acuerdo con la Razón Universal, vivir en
armonía con el todo, aceptar lo que el destino nos depare aún cuando nos parezca absurdo,
irracional, trágico o doloroso pues sabemos que aunque desde nuestra perspectiva
individual e inmediata lo parezca, no lo es desde la perspectiva universal.
Por ello nuestro bien supremo, aquello en lo que se cifra la felicidad para el
estoicismo, es la ataraxia imperturbabi1idad.
Ataraxia: permanecer impasibles ante todo aquello que no depende de nosotras y
nosotros, que en ocasiones puede ser el amor, el éxito, la salud, la riqueza,
siempre la muerte y los golpes de la fortuna. Nuestro objetivo es la no
resistencia a lo que es y no puede no ser, a través del autocontrol, el
autodominio, la eliminación de las pasiones (el dolor, el temor, el deseo que
nos encadena, las emociones que nos arrastran); comprender y aceptar lo que
no podemos cambiar. La norma moral para conseguir semejante objetivo es
un férreo dominio de la voluntad, una disciplina casi inhumana.
Cabe plantearse, si todo está determinado, ¿para qué está la ética?, ¿en qué queda la
libertad humana? En realidad todos terminamos por aceptar lo que no podemos cambiar
pero unos lo hacen por la fuerza, es decir con mucho sufrimiento y resistencia, y otros de
buen grado, con aceptación. Pues bien, la libertad consiste en que podemos elegir esa
actitud interior con la que vivimos lo que no podemos cambiar:
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Podemos resistirnos, negarnos y sufrir persiguiendo eso que no es para nosotros en
este momento porque no es un bien universal sino sólo un bien personal y ficticio
(salud, riqueza, éxito, prestigio, fama, bienes materiales, etc.). Entonces aparece la
frustración, el dolor ante el fracaso presente. O por el contrario, si se tiene éxito,
aparece el temor a perder lo que tenemos en el futuro o la constante presión del deseo
y la sensación de “no es suficiente” que separa al hombre de su felicidad.
Podemos adoptar una actitud interior de aceptación, no resistencia, rendición a lo que
ya es y no puede no ser a través del autodominio y la imperturbabilidad.
Salvo esa disposición interior, poco más puede el ser humano elegir ¡pero qué gran
dominio es ese! Esa es la ventaja del sabio sobre el ignorante: saber que todo está
determinado tiene un rendimiento práctico, la imperturbabilidad que nos ahorra el
sufrimiento.
CINISMO
Antístenes fue el fundador de la escuela de los Cínicos (del griego kinos, perro),
llamados así por su extravagante manera de vivir: austeros hasta la mendicidad, "pasando"
de usos, costumbres y convencionalismos sociales. El más famoso de ellos (vivieron en el
siglo IV y III a. C.) vivía en un tonel y satisfacía sus necesidades donde le apetecía, fue
Diógenes. Otro, Crates, abandonó familia y riquezas para ir por el mundo mendigando, y
entre sus filas aparece Hiparchía la primera mujer filósofa que aparece en los libros.
Para los cínicos la meta del ser humano, el bien supremo, la felicidad, debe ser la
autarquía, es decir, la autosuficiencia, la total independencia externa e interna, el bastarse
a sí mismo. Se trata de buscar una moral plenamente emancipada y por ello,
necesariamente, antisocial, pues la sociedad no permite un individuo plenamente
independiente, antes al contrario, nos modela y socializa hasta convertirnos en lo que
necesita que seamos. La sociedad, por una parte, complica enormemente la satisfacción de
las necesidades más primarias por medio de infinidad de convenciones, reglas y usos, y por
otra, convierte al ser humano en esclavo de nuevas necesidades perfectamente superfluas,
mujeres y hombres cada vez somos menos dueños de nosotros mismos. Vivimos inmersos
en una especie de apoteosis de la mercancía, que somete nuestra vida cotidiana a multitud
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de cachivaches. Pero también internamente vivimos encadenados, necesitamos prestigio,
éxito, educación y estima.
La norma moral que los cínicos nos dan para lograr la autarquía es esta: renunciar a
lo social, liberarnos de esas falsas necesidades, seguir los dictados de la naturaleza, llevar
una vida sencilla, frugal y adaptada como la de un animal. No debemos dejarnos guiar por
convenciones, usos y costumbres sociales o legales; son los primeros objetores e insumisos
de la historia..
Los cínicos vieron que ninguna transformación de la sociedad es posible; su crítica fue
la más atrevida y radical, vieron con inquietante lucidez que lo social formaba parte del
problema y no de la solución. La de los cínicos es una moral combativa, de resistencia,
antipolítica, de denuncia. Mordaces y provocativos, fueron los primeros contraculturales:
no respetan mitos, costumbres, instituciones, normas, leyes, ideologías ni religiones.
Despreciaban la nobleza, la fama y sobre todo el dinero, cristalización de todas las
relaciones sociales. Afirmaban la abolición de lo público y lo privado y de las diferencias
entre seres humanos por razón de raza, lengua, patria o sexo. Y lo mejor de todo es que
predicaron con el ejemplo: la propaganda por la acción, su norma fue renunciar a las
pseudo-necesidades que la civilización nos crea y vivieron como predicaron.
En cierta ocasión un sacerdote de la diosa Ceres, madre de los dioses, le pidió a
Antístenes (446-366 a. C., hijo de padre ateniense y de un esclava) dinero para el culto, a lo
que aquel replicó irónicamente que ya sabrían los dioses cumplir con el deber filial de
mantener a su madre. En otra ocasión viendo que unos sacerdotes llevaban preso a alguien
cogido mientras robaba en un templo, dijo: "los ladrones grandes conducen preso al
pequeño". Oyendo cómo un sacerdote prometía las delicias del más allá a unas personas, le
aconsejó que se suicidase de inmediato para no demorar más el disfrute de tanta maravilla.
Contra la pretensión de superioridad basada en la patria o en el linaje, Antístenes recordaba
a los atenienses que por haber nacido en suelo ático su nobleza era equiparable a la de los
caracoles y langostas. Diógenes (412-323 a. C.) acuñó el término Cosmopolita, y así vivió
siempre, como ciudadano de todas y ninguna parte. Famoso es su encuentro con Alejandro
Magno quién le ofreció pídeme lo que quieras, a lo que nuestro filósofo contestó apártate
que me tapas el sol.
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LA LEY NATURAL
La ética cristiana es una ética de la felicidad en la que ésta consiste en llegar a ser
dignos ante Dios y, así, merecedores de la vida eterna. Ello se consigue siguiendo los
preceptos de la Ley Natural.
Se debe a Santo Tomás de Aquino (1224-1274) la formulación más precisa e
influyente del concepto de "ley natural". Para Santo Tomás, la Ley Natural es la parte de la
Ley Eterna, ley con la que Dios rige toda la Creación, que concierne a los hombres, seres
racionales y libres creados a imagen y semejanza de Dios.
El ser humano se siente naturalmente inclinado a seguir la Ley Natural cuyo
precepto fundamental es hacer el bien y evitar el mal. De ese precepto fundamental se
siguen otros 3 secundarios que dan contenido al bien:
El precepto de conservar la vida, es bueno todo lo que conserva la vi d a y malo lo que
la acaba (tendencia natural que compartimos con todos los seres)
El precepto de procrear y cuidar de la prole (tendencia que compartimos con los
animales)
El precepto de buscar la verdad y especialmente la suma verdad que es Dios
(tendencia exclusiva del ser humano)
La Ley Positiva, la que los seres humanos elaboramos en nuestros ordenamientos
jurídicos, debe ser la realización jurídica y política de tales disposiciones naturales, según
los problemas y circunstancias de cada tiempo. La ley positiva ha de respetar los preceptos
inmutables de la ley natural. Se establece así la subordinación de la política respecto de la
moral y de ésta a la religión. Todos los fundamentalismos religiosos ya sean cristianos,
islámicos o judíos se basan en esa subordinación.
La Iglesia Católica sigue insistiendo en que la Ley Positiva debe subordinarse a la
Ley Natural. Las controversias actuales respecto al uso que pueda hacerse de determinadas
investigaciones y técnicas biológicas (pensemos en las polémicas sobre las células madre y
sobre las aplicaciones terapéuticas de la ingeniería genética), respecto al matrimonio entre
personas del mismo sexo o el uso de métodos anticonceptivos son un claro ejemplo.
Sin embargo, hoy no existe desde las ciencias naturales ni humanas un consenso
acerca de la idea de naturaleza humana. Las sociedades occidentales, en la actualidad, se
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caracterizan por una pluralidad de concepciones morales y religiosas. Otras doctrinas, de
carácter laico o religioso, reivindican su espacio. La relación entre tales doctrinas o credos
y la estructura jurídico-política del Estado de derecho, que debe reconocerlas al mismo
tiempo que vela por el cumplimiento de la ley sin excepciones, es uno de los grandes temas
éticos de nuestro tiempo.
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