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Unamuno: Filosofía y Modernidad Española

Este documento resume la filosofía de Miguel de Unamuno, un influyente filósofo español del siglo XX. Rechazó la erudición escolástica y abogó por una filosofía útil para la vida real de las personas. También se opuso al dogmatismo y defendió la libertad y la democracia. Criticó el positivismo por ignorar la subjetividad y las contradicciones humanas, defendiendo en cambio incorporar lo afectivo y sentimental en la reflexión filosófica. Su pensamiento renovó la filosofía
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Unamuno: Filosofía y Modernidad Española

Este documento resume la filosofía de Miguel de Unamuno, un influyente filósofo español del siglo XX. Rechazó la erudición escolástica y abogó por una filosofía útil para la vida real de las personas. También se opuso al dogmatismo y defendió la libertad y la democracia. Criticó el positivismo por ignorar la subjetividad y las contradicciones humanas, defendiendo en cambio incorporar lo afectivo y sentimental en la reflexión filosófica. Su pensamiento renovó la filosofía
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Unamuno, una filosofía para

sacudir el alma
PorFilosofía&CoÚltima actualización20 abril, 2023
19
min.

Miguel de Unamuno fue un renovador de la universidad y de la filosofía española. Influyó sobre toda la
filosofía posterior con su pensamiento personal y comprometido. Imagen con licencia CC0.
Miguel de Unamuno, uno de los grandes escritores de la
Generación del 98, fue parte de un punto de inflexión en la filosofía
española. En una época dividida entre las antiguas tradiciones
escolásticas y las nuevas tendencias europeas, su pensamiento se
constituye como un hito que abraza una nueva manera de hacer
filosofía, de forma original, sin plegarse al afán cientificista que
permea el pensamiento en Europa.

Por Irene Gómez-Olano

Índice
 1 Un filósofo contra la erudición
 2 Contra todo dogmatismo: defensa de la libertad y la democracia
 3 El rechazo al positivismo y la defensa de la subjetividad y la contradicción
 4 Miguel de Unamuno: del decir al hacer
 5 El problema de España
 6 Crítica a la sociedad de masas
 7 La relación con Dios y la valoración de una fe personal
 8 Sed de eternidad
 9 El «yo» como una ficción
 10 Un antes y un después en la filosofía española
«El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya
dicho que es un animal afectivo o sentimental. Y acaso lo que de
los demás animales le diferencia sea más el sentimiento que no la
razón. Más veces he visto razonar a un gato que no reír o llorar.
Acaso llore o ría por dentro, pero por dentro acaso también el
cangrejo resuelva ecuaciones de segundo grado.»
Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida

Nacía el 29 de septiembre de 1864 Miguel de Unamuno, uno de los


filósofos españoles más influyentes del siglo XX. En un momento
convulso para el país, con la derrota y pérdida de las colonias de
1898 y posterior crisis económica, Unamuno llega al rectorado de
la mayor universidad del Estado. El carro de la modernización al
que se trata de subir todo el país será leído por el filósofo como
una oportunidad para practicar una regeneración filosófica en
clave literaria, que se alejó de otras visiones «modernizadoras»
positivistas.

La Generación del 98 trasladó a la filosofía, la literatura y el arte la


conciencia de que España había sido un país de corrupción,
caciquismo y degeneración. Ramón del Valle-Inclán lo definió
como un «esperpento»; una imagen distorsionada de sí misma. El
retorno de un espejo cóncavo que devuelve una realidad
monstruosa. Unamuno refleja este espíritu en su obra
presentándonos una imaginación creativa que lucha con todo tipo
de monstruos, en una defensa de los límites de la razón.

Como contrapartida a esta crisis de época que no era solo


económica e imperial, sino también cultural y artística, gobiernos
de diferentes signos impulsaron una serie de reformas políticas
que hacían hincapié en la necesidad de transformar radicalmente
la educación y las ciencias. En el año 1900, con el gobierno de
Francisco Silvela se crea el Ministerio de Instrucción Pública, que
impulsó una reforma de la universidad española. En octubre de
este año, Miguel de Unamuno fue nombrado rector de
la Universidad de Salamanca.

La reforma, inspirada en el auge del positivismo de la Europa del


momento, introdujo nuevas especialidades en la sección de
Filosofía. Las cátedras de Metafísica, según señala el historiador
de la filosofía Víctor Méndez Baiges en su libro La tradición de la
intradición: historias de la filosofía española entre 1843 y 1973 , se
convirtieron, de un año para otro, en cátedras de Lógica, siguiendo
este afán modernizador y positivista.

El periodo de Unamuno como rector atendió a su voluntad


modernizadora. Sus estudios en la Universidad Central (actual
Complutense de Madrid) le habían hecho rechazar el enfoque
neoescolástico de muchos de sus profesores, que creía carente de
interés y pasión. Trató, durante toda su vida, de alejarse del ideal
tradicional de sabio y se consideró, más bien, un escritor.

En este artículo queremos repasar diez claves fundamentales para


entender su pensamiento: desde los objetivos que guiaron toda su
actividad filosófica y literaria hasta su defensa de la espiritualidad
y la fe religiosa en un tiempo de secularización y modernidad.

1 Un filósofo contra la erudición


Su formación universitaria hizo que Unamuno se encontrara a
menudo con que la filosofía española era una disciplina de
eruditos y sabios que nada tenían ya que decirle al mundo real.
Una recopilación de interpretaciones repetitivas de un puñado de
textos en latín y griego que nunca salían de la lógica escolástica.
Las preocupaciones de Unamuno no cabían en los estrechos
límites escolásticos de la universidad decimonónica española.

Apostó por un pensamiento que pudiera pasar el filtro de la propia


conciencia y que resultara de utilidad para la vida real de la
gente, por lo que se trató de dirigir al gran público y no solo a
quienes ya eran expertos en filosofía. Este fue también el punto de
partida de otro de los filósofos más relevantes del momento: José
Ortega y Gasset, y fue una de las claves para que el pensamiento
de ambos cobrara gran relevancia en los debates culturales del
momento, saliendo de las paredes universitarias. Unamuno y
Ortega contribuían así, además, a modernizar la filosofía del
momento.

Unamuno se consideraba a sí mismo un «intelectual», una nueva


figura que estaba surgiendo en toda Europa que acercaba los
debates universitarios y políticos a los medios de comunicación de
masas y la opinión pública. Sus referencias eran, por tanto, las de
algunos de los filósofos europeos que se mantenían alejados de la
constricción académica como Kierkegaard o Nietzsche.

Por este motivo, tomó partido en numerosos debates que se daban


en el seno de la cultura y la política, publicando a favor o en
contra las tendencias intelectuales del momento, como el
positivismo, el socialismo o el evolucionismo. Para él, la filosofía
española ya se ha encargado lo suficiente de asuntos escolásticos
y ahora toca dedicarse a aquello que conmueve y afecta a las
personas: los problemas sociales, la relación con la religión y la fe
y los problemas del espíritu.

2 Contra todo dogmatismo: defensa de la


libertad y la democracia
Su rechazo a la escolástica forma parte de un rechazo más
general hacia todo tipo de dogmatismo, intelectual y
político. Para Unamuno, el pensamiento filosófico académico
español del momento adolece de una total falta de espíritu
autocrítico y cae una y otra vez en los mismos errores, en una
«infilosofía» contaminada por la incapacidad de apertura.

En su libro de 1897 En torno al casticismo, Unamuno se introduce


en un debate muy típico del siglo XIX español en torno a la
tradición heredada. En un momento cultural y político tan
convulso como el que atravesaba el país, Unamuno se pregunta —
como también hicieron muchos otros— sobre el origen de tal
decadencia. La conclusión a la que llega es que esta decadencia
se basa en un dogmatismo donde la unidad de la fe es
incontestable. Este dogmatismo (que se instala tras la
Contrarreforma católica) ha generado una indiferencia hacia todo
pensamiento racional.

La literatura y el pensamiento, defiende, no pueden mantenerse


estancos, quietos, eternos. El futuro no se halla contenido en la
tradición pasada. Apuesta por abrirse al futuro, a la modernidad y
a las influencias extranjeras, no aceptando sin más cualquiera de
ellas, sino analizándolas críticamente y extrayendo de ellas lo
mejor y más útil para pensar los problemas nacionales.

Su profunda crítica al dogmatismo que domina en la universidad


española se relaciona así con la necesidad que ve el intelectual
de hacer servir la literatura y la filosofía para resolver problemas
sociales y políticos. Unamuno está convencido de que la filosofía
puede ayudar a defender valores como la democracia y la libertad,
si se hace combinando una apuesta por el pensamiento racional
con una vocación emocional que incorpore lo afectivo y
sentimental a la reflexión.

Gran parte de la obra de Unamuno es un pensamiento en primera


persona, donde el profesor deja una parte de sí en la reflexión: de
sus angustias, sus anhelos y sus inquietudes. Y también de sus
contradicciones. Porque si algo supone aceptar que el único
pensamiento posible es el pensamiento emotivo y anclado a la
realidad, ello impone un acercamiento a la condición
contradictoria del ser humano
3 El rechazo al positivismo y la defensa de la
subjetividad y la contradicción
El positivismo lógico o neopositivismo es la doctrina filosófica de
moda en la Europa del momento. Se trata de una escuela que
apuesta por aplicar los métodos propios de la ciencia a todas las
ramas de conocimiento y privilegiar la lógica como forma de
razonamiento y conocimiento. Unamuno señalará en En torno al
casticismo que sus obras probablemente horroricen a quien
espere de su filosofía una adhesión a esta corriente de
pensamiento e indica que los positivistas ignoran que el silogismo
es, en realidad, una forma más de hablar, no la vía fundamental de
obtención de conocimiento.
Por este motivo, gran parte de su obra es un pensamiento en
primera persona, donde el profesor deja una parte de sí en la
reflexión: de sus angustias, sus anhelos y sus inquietudes. Y
también de sus contradicciones. Porque si algo supone aceptar
que el único pensamiento posible es el pensamiento emotivo y
anclado a la realidad, ello impone un acercamiento a la condición
contradictoria del ser humano. Por eso, el hilo de pensamiento de
sus protagonistas no siempre es lineal, tiene momentos de ruptura
e inconsistencia. Lejos de ser un descuido de Unamuno, se trata
de un compromiso que el filósofo establece entre la forma y el
contenido de su obra.

La subjetividad es, pues, el único modo de acceso válido al


conocimiento para Unamuno. Porque el conocimiento y la filosofía
siempre son en relación a alguien. Porque lo que estudiamos,
pensamos y nos interesa tiene que ver con nuestros anhelos más
profundos. El amor, la relación con Dios y la pregunta por la
muerte son temas filosóficos porque es aquello que nos conmueve
hasta el punto de que todo lo demás queda en suspenso.
Revista de pensamiento y actualidad
Número 4 ya en librerías
4 Miguel de Unamuno: del decir al hacer
El tono de las obras de Unamuno nunca se alejó demasiado de la
arenga: se trata de textos que tratan de conmover al lector, de
sacudir sus hombros e introducirlo en la praxis, hablando desde el
espíritu. El decir, para Unamuno, solo tenía sentido si en ese
escribir, en la escritura, también se hallaba contenido un hacer,
una praxis. Se opone así a la tendencia en filosofía de considerar
que las abstracciones filosóficas deben elevarse por encima de la
acción. Este es, para Unamuno, uno de los grandes defectos de la
filosofía escolástica tradicional.

Su filosofía no teme inmiscuirse en el terreno de otras disciplinas,


como la literatura o la poesía, porque considera que las
desviaciones son completamente normales cuando el pensamiento
se pone en marcha. Ponerse en marcha implica un
desplazamiento, ir hacia alguna parte. Para Unamuno, es un coste
asumible que la filosofía salga de sus formatos tradicionales y se
adentre en el terreno del arte y la literatura. Son lenguajes,
además, que apelan a la dimensión trágica de la existencia, a lo
que nos conmueve y nos impulsa hacia la acción. Lenguajes que
nos permiten dar cuenta de la dimensión de subjetividad humana,
tan esencial cuando hablamos del pensamiento unamuniano.

Es ampliamente conocido también el suceso que tuvo lugar en la


universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936, en la
inauguración del curso académico, que sirve de ejemplo del
talante del filósofo. Ante las palabras del general franquista Millán
Astray («¡Viva la muerte!»), el entonces rector de la Universidad
respondió:

«¡Este es el templo de la inteligencia, y yo soy su supremo


sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo
siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi
propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque
tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque
convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo
que os falta: razón y derecho en la lucha.»

Por eso, no debe entenderse la defensa de la subjetividad y la


emoción de Unamuno como un abandono de la razón. Sus críticas
a sendos bandos de la guerra civil española fueron motivadas,
precisamente, por lo que él consideraba sinrazones propias de
quien busca la victoria por encima de la verdad. Esto, no obstante,
ha provocado que sea duramente criticado por su diletantismo
político y contradictorio, un elemento que, como vemos, el propio
filósofo utilizaba como recurso para la psicología de sus
personajes.

5 El problema de España
Si hay un tema que haya sido ineludible para los filósofos
españoles de los siglos XIX y XX es el problema nacional. España
es en este momento una potencia imperial venida a menos que
atraviesa una profunda crisis política, económica y cultural. Si
bien la Generación del 98 se estaba dedicando a denunciar los
elementos de decadencia del país, existía todo un movimiento
filosófico en dirección contraria: basado en engrandecer no solo a
la nación en abstracto, sino también su filosofía. Este había sido el
caso, por ejemplo, de la obra de Menéndez Pelayo, que consistía
en engrandecer a España y a su filosofía de manera hiperbólica.

El problema de si existía o no una filosofía propiamente española


pasó a ser un asunto de primer orden. Unamuno forma parte de
los muchos filósofos que hubieron de posicionarse en este debate.
En Vida de Don Quijote y Sancho se pregunta por esta cuestión y
dice que la filosofía española sí que existe, pero que no puede
encontrarse en las universidades, ni en las cátedras. Y mucho
menos en abigarrados tomos de escolástica.

La filosofía española, dice, es una filosofía viva, la de Don Quijote.


Una filosofía crítica con la razón de la ciencia y que se ha
expresado a través de la literatura y el arte. Un pensamiento
volcado al hacer, a la praxis. Es por este motivo que Unamuno se
considera a sí mismo un continuador de esta tradición: renovando
los géneros literarios y atreviéndose a hacer filosofía desde la
novela y la poesía no está introduciendo ninguna revolución
filosófica, sino que está siendo, según él, un digno hijo de la
filosofía quijotesca.

Toda filosofía debe responder, para Unamuno, a las necesidades


más íntimas del ser humano. No debe ser una disertación
abstracta, sino dar respuesta a la condición del ser humano como
ser que siente y sufre. La filosofía académica ha cometido el error
de pensar que a la profunda crisis nacional se podía responder
desde una razón descarnada y violenta con el espíritu. Unamuno
propone una filosofía que «surge del corazón» como el
pensamiento que le hace falta al país. Y este pensamiento, opina,
no está por inaugurar: se encuentra en la literatura y espera letra
a letra a ser rescatado y puesto en valor.

La filosofía española, dice, es una filosofía viva, la de Don Quijote.


Una filosofía crítica con la razón de la ciencia y que se ha
expresado a través de la literatura y el arte. Un pensamiento
volcado al hacer, a la praxis
6 Crítica a la sociedad de masas
La relación entre el yo y los otros será también un tema filosófico
de primer orden en la filosofía europea del siglo XX. Unamuno no
fue ignorante de esta cuestión y se pregunta, en sus obras
repletas de subjetividad, qué papel juega la sociedad en el
individuo. Considera que lo social en el siglo XX pasa por una
sociedad de masas que no es otra cosa que la imposición de
uniformar al ser humano. La extrema racionalidad de la filosofía
europea tiene un correlato social y político: los seres humanos
pasan a ser peones intercambiables en el ajedrez que son las
sociedades capitalistas, ocultando la verdadera naturaleza
humana.

Por eso, su defensa de la individualidad y la subjetividad es


también un posicionamiento político contra una uniformidad
impuesta. Su resistencia a adoptar determinadas corrientes de
pensamiento europeas en el contexto español —tema que le
llevará a un profundo enfrentamiento con José Ortega y Gasset—
se debe precisamente, al riesgo que ve de que se conviertan en la
excusa con la que hacer desaparecer al «yo». No es en el
consumo donde se pueden expresar las angustias humanas. Ni
tampoco en una Ciencia con mayúsculas que se dedique a hacer
abstracciones alejadas de la experiencia. En la relación entre el
yo y el otro el elemento privilegiado en la filosofía unamuniana
siempre será el primer término.

Hay en Unamuno una cierta reivindicación de la autenticidad y una


concepción de la naturaleza humana como algo previo al contexto
en que esta surge. Los personajes de Unamuno se hacen las
preguntas clásicas de la filosofía: la relación con la espiritualidad,
el miedo a la muerte o la reflexión sobre el sentido de la
existencia. Este ser auténticamente humano no puede
expresarse en una sociedad donde la individualidad cada vez
cuenta y se expresa menos.

7 La relación con Dios y la valoración de una fe


personal
La obra más conocida del autor es El sentimiento trágico de la
vida, un libro en el que trata el inacabable tema de la inmortalidad
del alma y el sentido de la vida. En él, Unamuno reivindica la
dimensión espiritual del hombre y su relación con la religión. Pero
no esa religión dogmática que ha gobernado durante siglos el país,
sino una religiosidad casi herética basada en una fe personal.

El libro no es, por tanto, una exhortación religiosa, sino una


invitación a dudar de las certezas espirituales de las que se jacta
la intelectualidad académica de principios de siglo sin regalarle la
dimensión espiritual del hombre a la religión cristiana.

Para Unamuno, la invitación a la fe es, además, una invitación a la


filosofía como reflexión en torno al sentido de la vida. Escribe
Unamuno en este libro que «nos morimos de frío y no de
oscuridad», es decir, que lo que necesitamos son esas hogueras
que nos mantengan calientes en un mundo donde la angustia y el
miedo parecen tener dominio absoluto.

8 Sed de eternidad
La religiosidad y espiritualidad humanas no surgen, para el
filósofo, de otra cosa que no sea una irrefrenable sed de eternidad
y un rechazo absoluto a la muerte. Estos y no otros son los
elementos que nos hacen humanos. Somos presa de un deseo de
vida eterna que genera la creencia en la inmortalidad del alma de
la que beben las religiones.

Para Unamuno, uno de los grandes problemas del cristianismo es


que, frente a esta sed de vida, ha planteado un amor al prójimo
que está por encima del amor propio. Lo que propone es que para
que la relación con los otros pueda tener lugar, el punto de partida
debe ser el amor a uno mismo, de forma que el otro viva en mí, que
sea como yo.

Este es un tema que encontramos en obras como las


mencionadas, pero también en el libro El espejo de la muerte. En
estos libros, el autor plantea que la sed de eternidad muestra que
somos seres irracionales en el fondo porque somos un cuerpo que
se resiste a morir. Siguiendo el pensamiento de Spinoza, diríamos
que para Unamuno el ser humano está afectado por el conatus o
potencia de autoafirmación constante.

Para Unamuno, un gran problema del cristianismo es que, frente a


la sed de vida, plantea un amor al prójimo que está por encima del
amor propio. Pero para que la relación con los otros pueda tener
lugar, el punto de partida debe ser el amor a uno mismo, de forma
que el otro viva en mí, que sea como yo
9 El «yo» como una ficción
El género literario de moda a finales del siglo XIX es la novela
realista, representada por escritores como Benito Pérez Galdós o
Leopoldo Arias «Clarín». La propuesta narrativa de Unamuno
rompe con esta tendencia e introduce un nuevo género literario
con un trasfondo profundamente filosófico. Sus novelas serán
«nivolas»: una vuelta de tuerca al género tradicional donde
pretende alejarse de la narración objetiva y en tercera persona.

En su obra Niebla es donde aparece por primera vez referido el


término y donde explora uno de los temas más interesantes de su
pensamiento: la posibilidad de ficcionar al yo. En esta narración,
un joven llamado Augusto decide visitar a Unamuno para discutir
con él sus preguntas en torno al amor y el sentido de la vida.
Unamuno le cuenta que él es su creador y desvela a Augusto como
ente de ficción.

La conversación entre Augusto y Unamuno, donde uno y otro se


acusan de no existir más que como ficción de otro es uno de los
ejercicios más rocambolescos de la literatura española de
principios de siglo. Se trata de una ejemplificación llevada hasta
el absurdo de la naturaleza ficcional del ser humano. Augusto es
una manera de decirse a sí mismo que encuentra Unamuno y es
sobre quien vuelca algunos de sus miedos: que la vida acabe
repentina e inesperadamente, ser producto de un otro de cuya
voluntad dependa toda la existencia y la posibilidad de convertir la
vida en una narración.

10 Un antes y un después en la filosofía


española
La actualidad de la obra de Miguel de Unamuno va mucho más allá
de su corpus filosófico estrictamente hablando. Se trató de un
renovador educativo y filosófico, así como el inaugurador de una
nueva forma de entender la literatura en relación con el
pensamiento filosófico. Sus debates públicos, en especial los
mantenidos con Ortega por el papel que debía tener el
pensamiento europeo en España, fueron enormemente influyentes.

La creación de un género literario (la nivola) que murió con él


dejó, no obstante, un impulso renovador cuyas consecuencias no
terminarían de verse hasta muchos años más tarde. Hoy podemos
ver la influencia de Unamuno en la emergencia de géneros como la
autoficción, que recuerdan a ese Unamuno
de Niebla obsesionado con la posibilidad de ser el personaje
escrito de otro novelista.

Lo interesante de su relación con la filosofía del momento es que,


pese a no adscribir a una corriente de pensamiento concreta,
Miguel de Unamuno nunca dejó de leer y servirse del
pensamiento de autores como Spinoza, Nietzsche, Kant o
Kierkegaard. Podríamos decir que hizo más filosofía con ellos que
quien simplemente siguió al pie de la letra sus teorías filosóficas.
En su afán por construir una filosofía del hacer nunca desdeñó la
importancia del conocimiento y la lectura sosegada y detenida de
sus contemporáneos.

Su pensamiento carece de superficialidad y, pese a ello, es


accesible a todo aquel que quiera aproximarse por primera vez a
su obra, que se encontrará no solo con un pensador de principios
del siglo XX brillante, sino con una filosofía capaz de dar cuenta
de problemas que en gran medida todavía son los nuestros.

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