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4. ideograma. inogen que
‘eoresenta un ser 0. ea,
2, mandarin. En China ovos
pales aiticos, hombre que tna
su cargo el gobierno de una
dad
EI espejo del mandarin
Un de las historias mds antiguas que se cuentan
del sabio Feng ocurrié durante la época de la gran peste.
Los campos estaban cubiertos de cadaveres insepultos, con
las caras y las manos marcadas por las pequefas llagas de
la enfermedad. Esas marcas parecfan ideogramas’ de una
lengua desconocida; pero, por extrafas que fueran, nadie
ignoraba su significado.
A falta de males, nacié una rivalidad mortal entre
Chou, el mandarin? del Sur, y Dang, el mandarin del
Norte. Dang habia prometido una fortuna a quien se
atreviera a matar a su enemigo. Chou temia por igual a la
peste y a Dang, Por eso habia renunciado a abandonar su
enorme habitacién. Para sentirse mas seguro, hizo que le
fabricaran una cerradura que solo se podia abrir desde el
interior. Su tinica diversién era ataviarse con sus mejores
trajes y mirarse en un gran espejo. Pensaba que el lujo era
una armadura que la muerte no podria atravesar
29Una mafiana,
los sirvientes golpearon a su puerta pero
Chou no le
abrié. Cuando a la tarde derribaron la puerta,
lo encontraron tendido en el suelo, con un tajo en la
Sarganta, la cata hundida en un lago de sangre. A su lado,
una daga de oro, Su médico, el doctor Tsau, pas6 un pafio
embebido en vinagre de cereza por la cara del mandarin.
Pero Chou no reaccioné: estaba tan muerto como los
uetpos que la peste acumulaba sobre los campos, y que
la nieve empezaba a cubrir,
No habfa duda de que el crimen era obra del
mandarin Dang, pero faltaba saber quién de los
habitantes del pa
lacio habia entrado en la sala para cortar
ta garganta de Chou. Intervino en el caso la policia
imperial, que interrogé a los sirvientes, a
los cocineros, a los jardineros y al médico, sin
Conseguir ninguna respuesta. Fue entonces cuando
lamaron al sabio Feng, que vivia en una eabafa alejada,
y que nunca habfa entrado en un palacio,
El doctor sau acompaiié a Feng ala
habitaci6n del mandarin y le mostté el gran espejo, “Los
sitvientes son fécil presa de las supersticiones. Como Ia
Puerta no podia abrirse desde afutera, creen que el asesino
s6lo pudo entrar por el espejo. Han quitado todos los
espejos del palacio, para no morir ellos también’. El
médico rio y los enviados de la policia imperial también
tieron. Todos rieron menos Feng, Solo dijo: “Un espejo
también es una puerta”.
Feng observé todo lo que habja en la habitacién,
aun el calzado del mandarin y los pliegues de las sébanas y
las mariposas que habian muerto por acercarse a la
lémpara. Luego fue a la sala destinada a los tezos, donde el
cadaver esperaba el funeral. Alli pidié que lo dejaran solo
con el cuerpo del mandarin, que permanecia sumergido en
una cuba Ilena de aceite de cedro.
A la mafiana siguiente, Feng se reunié con el doctor
‘Tsau y con los enviados de la policia imperial en la misma
habitacién donde se habfa cometido el crimen. Todos
esperaban el nombre del asesino,
30“La peste es la culpable”, dijo Feng,
__ Extrafa marca para la peste: un tajo en la garganta’,
dijo el doctor ‘Tsau. me
Feng no hizo caso a la broma.
“Chou tomaba fuertes pécimas para dormir, que le daba
su mismo médico, el honorable doctor Tsau. El asesino
aproveché su suefo para dibujar sobre la cara del mandarin
las sefiales de la peste. En la piel del cadaver quedan todavia
restos de tinta roja. Al despertar, Chou supo leer en el
espejo el doloroso fin que le esperaba, y del que su médico
tantas veces le habia hablado. Entonces se corté la garganta.
Hubo un crimen, y las armas fueron un pincel de pelo de
mono, unas gotas de tinta roja y un espejo”.
“GY quién fue el que traz6 esas marcas en su cara?”,
pregunté uno de los enviados de la policia imperial.
“El mismo que luego las borré con un patio
embebido en vinagre de cereza’, respondi6
Feng.
El doctor Tsau no se defendid, y con su
silencio acepté las palabras de Feng. Antes
de que se lo Ilevaran, dijo en un susurro:
“E] mandarin Dang me habia
prometido abundantes tierras y un
cargamento de seda. Ahora obtendré una
soga de seda y un hoyo en la tierra’.
“Afuera la nieve borraba con paciencia
Jas marcas de la peste, y pronto —s
todo estuvo blanco.
© Pablo De Sant
‘clo Guillermo Schavelzon &
‘Asoc,, Agencia Literariae
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