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Walter Riso. Intimidades Masculinas

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INTIMIDADES
MASCULINAS
Sobre el mito de la fortaleza masculina y la supuesta incapacidad de los hombres para amar
Walter Riso

Biblioteca de autoayuda
FORO VIVIRLIBRE.ORG
Febrero 2007
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Para vivir mejor

Si el invierno dijese: "En mi corazón está la primavera", ¿le creerías?

GIBRÁN JALIL GIBRÁN

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A Nancy, amiga, amante y compañera.


A su manera de sentir y vivir el amor.
A los colores que son su vida y a las flores que son su primavera interior.
A tantos silencios compartidos y al ruido cariñoso de sus abrazos.
Para ella, que bebe de la misma fuente de inspiración donde nació este libro.

CONTENIDO
I NT R O DU CC I ÓN
No es tan fácil ser varón

PARTE I

¿CUÁL SEXO FUERTE?


Algunas consideraciones sobre la supuesta
fortaleza del varón y su natural
debilidad humana

El paradigma de la fortaleza masculina


La desmitificación del héroe

Tres debilidades psicológicas masculinas

1. El miedo al miedo
2. El miedo a estar afectivamente solo
3. El miedo al fracaso
E

l derecho a ser débil

PARTE II

¿PUEDEN Y SABEN AMAR LOS HOMBRES?


Acerca del mito de la insensibilidad masculina y su supuesta incapacidad de amar

El conflicto emocional primario

Sobre la pugna afectiva interior del varón y la falsa incompatibilidad entre agresión y ternura

1. El guerrero interior y el culto a la violencia: la exaltación de los sentimientos negativos

2. El control emocional y la represión de los sentimientos positivos

3. Al rescate de la amistad masculina: cuando el varón quiere al varón

El conflicto afectivo con lo femenino

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INTRODUCCIÓN
No es tan fácil ser varón

Ser hombre, al menos en los términos que demanda la cultura, no es tan fácil. Esta afirmación, descarada
para las feministas y desconcertante para los machistas, refleja una realidad encubierta a la que deben
enfrentarse día a día miles de varones para cumplir el papel de una masculinidad tonta, bastante
superficial y potencialmente suicida.

Pese a que la mayoría de los hombres aún permanecen fieles a los patrones tradicionales del "macho"
que les fueron inculcados en la niñez, existe un movimiento de liberación masculina cada vez más
numeroso, que rehúsa ser víctima de una sociedad evidentemente contradictoria frente a su desempeño.
Mientras un grupo considerable de mujeres pide a gritos mayor compasión, afecto y ternura de
sus parejas masculinas, otras huyen aterradas ante un hombre "demasiado suave". Los padres
hombres suelen exigir a sus hijos varones una dureza inquebrantable, y las maestras de escuela un
refinamiento tipo lord inglés. El mercadeo de la supervivencia cotidiana propone una competencia tenaz y
una lucha fratricida, mientras que la familia espera el regreso a casa de un padre y un marido
sonriente, alegre y pacífico. De un lado el poder, el éxito y el dinero como estandartes de autorrealización
masculina, y del otro la virtud religiosa de la sencillez y la humildad franciscana como indicadores de
crecimiento espiritual.

Una jovencita de 19 años describía su hombre ideal así: "Me gustaría que fuera seguro de sí mismo,
pero que también saque su lado débil de vez en cuando; tierno y cariñoso, pero no empalagoso;
exitoso, pero no obsesivo; que se haga cargo de una, pero que no sea absorbente; intelectual, pero
que también sea hábil con las manos...". Cuando terminó su larga descripción le contesté que un
hombre así sería un interesante caso de personalidad múltiple.

No es tan sencillo ser, al mismo tiempo, fuerte y frágil, seguro y dependiente, rudo y tierno, ambicioso y
desprendido, eficiente y tranquilo, agresivo y respetuoso, trabajador y casero. El desear alcanzar estos
puntos medios, que entre otras cosas aún nadie ha podido definir claramente, creó en la mayoría de los
hombres un sentimiento de frustración permanente: no damos en el clavo. Esta información contradictoria
lleva al varón, desde la misma infancia, a ser un equilibrista de las expectativas sociales: a intentar quedar
bien con Dios y con el diablo.
No me refiero a los típicos machistas, sino a esos hombres que aman a sus esposas y a sus hijos de
manera honesta y respetuosa, pero que no han podido desarrollar su potencial humano masculino por
miedo o single ignorancia. Hablo del varón que teme llorar para que no lo tilden de homosexual, del que sufre
por no conseguir el sustento, del que no es capaz de desfallecer porque "has hombres no se dan por
vencidos", del que ha perdido la posibilidad de abrazar y besar tranquilamente a sus hijos, estoy men-
cionando al hombre que se autoexige exageradamente, que ha perdido el derecho a la intimidad y que debe
mostrarse inteligente y poderoso para ser respetado y amado. En fin, estoy aludiendo al varón que se
debate permanentemente entre los polos de una difusa y contradictoria identificación, ti-atando de
satisfacer las demandas irracionales de una sociedad que él mismo ha diseñado y que, aunque se
diga lo contrario, aún no está preparada para ver sufrir realmente a un hombre de "pelo en pecho".

Muchos hombres reclaman el derecho a ser débiles, sensibles, miedosos e inútiles, sin que por tal razón
se los cuestione. El derecho a poder hablar sobre lo que sienten y piensan, no desde la soberbia ni
para justificarse de los ataques insanos del resentimiento feminista, sino desde la más honda
sinceridad.

Afirmar que el hombre sufre no significa desconocer los problemas del sexo femenino. Las mujeres se han
preocupado por su emancipación desde hace tiempo, y han expresado > su sentir por todos los medies

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disponibles a su alcance: un ejemplo a seguir por los hombres. Sin embargo, no creo que la liberación
masculina deba establecerse sobre la base de la incriminación, la condena y la subestimación por el
sexo opuesto, tal como lo hicieran los pensadores de finales de siglo como Schopenhauer, Nietzsche y
Freud; ni tampoco a partir de una autodestructiva culpa milenaria por todos los desastres de la raza
humana, como lo han querido sugerir algunos varones arrepentidos de su propio género. El mundo
ha sido construido y depredado por ambos sexos. La frase lapidaria de Krishnamurti va dirigida
tanto a hombres como a mujeres: "Si realmente amáramos a nuestros hijos, no habría guerras". Asumir
la responsabilidad absoluta del deterioro del planeta y de la humanidad es un sacrificio innecesario,
además de injusto.

Si consideramos las aparentes prebendas con las que cuenta el sexo masculino, algunas
mujeres se asombran de que ciertos varones mostremos insatisfacción con el papel que nos toca
desempeñar: "¿Liberarse de qué?", "¿Más liberación?`," ¿No les parece que nos han hecho ya
bastante daño apropiándose de todo cuanto hay?". Basta hacer referencia a la insatisfacción
masculina, para que algunas voces femeninas se alcen: "¿Y acaso nosotras no sufrimos?". Nadie lo
niega.

Una mujer que conocí no hace mucho, era incapaz de sostener una conversación con un hombre sin
esgrimir alguna consigna antimasculina. Cuando pude expresarle mis opiniones frente a los problemas
que debemos enfrentar los varones, me echó la culpa de las paupérrimas condiciones laborales a las
cuales eran sometidas las mujeres durante la revolución industrial. Cuando le repliqué que yo todavía
no había nacido en aquella época, se levantó furiosa y se fue, sin antes hacerme personalmente respon-
sable por la explotación que el señor feudal ejercía sobre las siervas de la gleba (obviamente, no sobre
los siervos).

¿Por qué se subestima el sufrimiento masculino? ¿De dónde viene esa extraña mezcla de asombro
e incredulidad cuando un varón se queja de su papel social? Se da por sentado que las supuestas
ventajas de las que goza el hombre son incuestionables, y por lo tanto, cualquier queja al respecto debería
ser considerada como una prueba más del afán acaparador y de la ambición desmedida que lo ha
caracterizado. "¿Cómo es posible que quieran más?". La respuesta es sencilla: querernos menos.
Desde la perspectiva de la nueva masculinidad, las pretendidas reivindicaciones y ganancias del
poder masculino machista son un verdadero encarte.

El nuevo varón quiere estar acorde con un despertar espiritual del cual se ha rezagado
considerablemente, desea menos capacidad de trabajo, más afecto, más acercamiento con sus hijos y
más derecho al ocio. Ya no quiere estar aferrado a los viejos valores verticalitas que fundamentaron la
sociedad patriarcal. El nuevo varón está cansado de ostentar un reinado absurdo y esclavizarte, tan
envidiado por las feministas de primera y segunda generación. Al nuevo varón no lo inquietan los
míticos ideales de éxito, poder, fuerza, autocontrol, eficiencia, competitividad, insensibilidad y agresión.
Les regalamos el botín y deponemos las armas: no nos interesan.

Muchos hombres desean volver a las fuentes originales del poder masculino, que no se alimenta de
la explotación y la imposición sino de una profunda humanidad compartida. La liberación masculina no
es una lucha para obtener el poder de los medios de producción, sino para desprenderse de ellos.
La verdadera revolución del varón, más que política, es psicológica y afectiva. Es la conquista de la
libertad interior y el desprendimiento de las antiguas señales ficticias de seguridad. Tal como dice el
refrán: "No es rico el que más tiene, sino quien menos necesita". Y los hombres debemos reconocerlo:
hemos necesitado de demasiadas cosas inútiles para sobrevivir.

La nueva masculinidad no quiere quedar atrapada en la herencia salvaje y simiesca que tanto
aplaude y festeja la cultura. Tampoco desea reprimir o negar la propia biología, sino superarla,
transformarla e integrarla a un crecimiento más trascendente. El estereotipo tradicional del varón lo ha
mantenido atado al patrón biológico, fomentando y exagerando, directa o soterradamente, un sinnú-
mero de atributos primitivos que ya han perdido toda funcionalidad adaptativa. En la moderna jungla de

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asfalto, "valores" como la fuerza física, la valentía, la violación y la agresión física, sólo para citar
algunos, ya no definen al más apto. En este sentido, pienso que las mujeres han logrado independizarse
mucho más que nosotros de los viejos arquetipos. Insisto: la idea no es suprimir nuestras raíces, ni
reprimir las expresiones naturales que surgen de las mismas, sino cortar aquellos lastres disfuncionales que
nos impiden avanzar hacia una nueva existencia. Es imprescindible desbloquear el estancamiento
evolutivo en el que nos encontramos. Ni la cruel genética determinista ni el ingenuo ambientalismo
relativista: independencia y evolución. Dos claves, dos premisas, dos banderas.

Por último, vale la pena señalar que, aunque a través de la historia se han hecho varias revisiones al
papel del hombre, el cuestionamiento actual del varón parece insinuarse de una manera más profunda
que en las anteriores. A diferencia de la crisis masculina de los siglos XVII y XVIII en Francia e Inglaterra,
donde solamente los hombres de las clases dominantes asumieron un papel más femenino y pacifista
en oposición a la brutalidad masculina previa, el trance actual parece ser más generalizado y radical, no
sólo por la magnitud geográfica sino, además y principalmente, por los valores que afecta. Un nuevo
hombre está naciendo. Algo se está gestando en el varón y no viene de afuera. Ese extraño presagio
masculino, que se hace sentir fuertemente en las nuevas generaciones de adolescentes varones, lleva
implícito un singular mensaje de amor que debemos aprender a descifrar. El presente libro es una con-
tribución a ese objetivo.

PARTE 1
¿CUÁL SEXO FUERTE?

Algunas consideraciones sobre la supuesta


fortaleza del varón y su natural
debilidad humana

Los hombres no somos, definitivamente, tan fuertes como la cultura ha querido mostrar. Más aún,
en muchas situaciones donde sería propicio manifestar la tal fortaleza masculina, ésta brilla por su
ausencia. Independientemente de las causas del estereotipo social que estigmatiza a un varón
recio e indoloro, es indudable que los propios hombres, tal vez en respuesta a las deficiencias de un
ego que necesita ser constantemente admirado, hayamos mantenido y promocionado esta imagen
alterada de la masculinidad que, además de no ser honesta, nos ha traído más desventajas que
ventajas. De hecho, muchos varones están hartos de jugar el papel de un superhombre carente de
adrenalina, inerte ante el sufrimiento y totalmente autosuficiente. Si la mayoría de los hombres
siente miedo, no soporta la soledad, le agobia la idea del fracaso y no muestra el mínimo indicio
de hacer abdominales, ¿de cuál sexo fuerte estamos hablando?

El paradigma de la fortaleza masculina

La fuerza física fue muy importante en los niveles preestatales de la civilización. El poder muscular
permitíaasegurar la vida en dos sentidos fundamentales. Por un lado, hacer la guerra requería de
hombres fornidos que pudieran cargar armas y enfrentar la contienda corporal. Por el otro, si por
cualquier razón el hábitat se volvía hostil y difícil, el músculo comenzaba a ser determinante para la
supervivencia. Cuando las dos condiciones mencionadas ocurrían, los hijos hombres se privilegiaban
sobre las hijas mediante prácticas tan espantosas como el infanticidio femenino y otras barbaridades
demográficas. Los hombres fuertes fueron necesarios y posiblemente, por tal razón, acceder a esta
categoría implicaba un esfuerzo especial.

Los ritos de iniciación masculina que realzan la fortaleza han existido en casi todas las culturas y a
través de todos los tiempos. Desde la severa formación espartana de los griegos y los caballeros de la
Edad Media hasta el traumático servicio militar, todos, sin excepción, parecen compartir el mismo

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principio: para hacerse hombre y ser reconocido como tal, es necesario sufrirIncluso en la
actualidad, muchos grupos tribales y aldeanos someten a sus jóvenes varones a pruebas extraor-
dinarias de fuerza y entrenamiento para resistir el dolor y el miedo, exponiéndolos a elementos nocivos,
mutilaciones físicas y enfrentamientos con terribles alucinaciones provocadas por droga.
Curiosamente, aunque también existen rituales femeninos de pubertad, además de ser muchísimo
más cortos, no están orientados a producir dolor sino aislamiento y tedio. En el hombre, la fuerza; en la
mujer, la paciencia.

Pese a que el poder masculino ha sido trasladado del garrote del troglodita al maletín del ejecutivo, la
fuerza física aún es un requisito importante de masculinidad para muchos hombres y mujeres. Esta
creencia puede generar en los jóvenes varones un trastorno opuesto a la anorexia femenina, pero
igualmente grave: en vez de Twiggy, Charles Atlas. Muchos adolescentes hombres muestran serios
problemas de autoestima y autoimagen porque se perciben a sí mismos como enclenques,
demasiado flatoso alejados del patrón "fornido" tradicional: "Me gustaría tener más espalda","Quisiera ser
más grueso", "Mis brazos son raquíticos", y así. Sentirse alfeñique es una de las torturas más grandes
por las que puede pasar un muchacho. El silogismo es claro, aunque falso: "Un verdadero hombre debe ser
fuerte, la fortaleza está en los músculos. Yo no tengo suficiente desarrollo físico, por lo tanto soy poco
hombre y poco atractivo". Una trampa aristotélica mortal que los puede llevar a incrementar
obsesivamente sus proporciones, de cualquier manera y a cualquier costo, anabólicos
incluidos. En tiempo de playa y sol, la discriminación es clara: las mujeres ocultan su celulitis
envolviéndose en una toalla, y los hombres esconden su escasa caja toráxica debajo de una holgada
camiseta que no se quitan por nada del mundo.

No estoy diciendo que la educación física deba abolirse, indudablemente el cuidado del cuerpo es
importante, además de saludable, pero una cosa es conservarlo y cuidarlo sanamente, y otra muy
distinta hacer que la auto- aceptación dependa en forma exclusiva de las medidas corporales. La
fortaleza física no es una cualidad intrínseca y determinante de la masculinidad, ni mucho menos. Si el
varón reduce su hombría a los músculos, reemplazará el pensamiento por el sudor, y eso sí que es grave.
Pero el problema de la fuerza no termina ahí. La supuesta reciedumbre masculina también implica
valentía, dominancia y seguridad en cantidades industriales. Un paquete de exigencias muy difícil de
obtener. La gran proporción de varones que todavía aspiran a esta quimera son producto de un
condicionamiento valorativo, claramente autodestructivo y deshumanizarte.

¿En realidad necesitamos ser física y psicológicamente tan poderosos como queremos mostrar?
¿Para qué esforzarnos las veinticuatro horas por parecer duros, si de todas maneras nos van a
descubrir cuando nos conozcan mejor? ¿A quién queremos engañar con semejante pantomima?
Muchas mujeres recién casadas, que han tenido noviazgos cortos y no han podido conocer bien a sus
cónyuges, se quejan de que su marido ha cambiado demasiado desde el matrimonio y ya no parece ser
el mismo. Una de mis pacientes relataba así la transformación de su flamante marido: "Es otra
persona... La seguridad en sí mismo, la iniciativa y la gran capacidad para resolver problemas de manera
diligente, que tanto me habían impactado, desaparecieron de la noche a la mañana... Me acosté con
un hombre y amanecí con otro...". En realidad, muchos hombres inseguros se mienten a sí mismos y a
los demás mostrando un patrón de fortaleza inexistente, a la espera de ser aceptados. No es un juego de
seducción, sino un mecanismo supremamente peligroso y dañino para compensar una autoestima
endeble.

Si bien es cierto que un grupo nada despreciable de mujeres aún se inclina ante unos buenos bíceps
(basta con asistir a cualquier película donde Antonio Banderas o Tom Cruise se quitan la camisa para
confirmarlo), y admira a un hombre que enfrente el peligro sin pestañear, debemos reconocer que otra
parte de la demanda femenina ha dejado de exigir este prehistórico requisito. El problema parecería
surgir cuando la mujer de nuestros sueños está, abierta o suterradamente, en el grupo "pro John
Wayne".

Una anécdota apoya lo anterior. Hasta hace poco, en algunos bares de Medellín (Colombia) solía

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haber un servicio muy especial. Además del vendedor de rosas y el guitarrista, existían unos sombríos
personajes que ponían en jaque el orgullo masculino. El sujeto se acercaba con una cajita de la cual
asomaban una manivela y dos cables con dos electrodos gruesos en cada punta. La consigna era
definitivamente insinuante y difícil de ignorar para cualquier varón que se apreciara de serlo: "Pruebe
a ver qué tan hombre es... Pruebe la fuerza... Sólo dos mil pesitos". El reto resultaba ineludible, no sólo
para exhibirnos ante la amiga de turno sino, además y muy secretamente, para reafirmar esa arcaica
reminiscencia de supremacía masculina que, lo quemarnos o no, todavía se ocultaen cada uno de
nosotros. El show comenzaba cuando se contrataba el servicio de choques eléctricos. Ll osado varón
se agarraba de ambos trozos de metal y el "verdugo", con cierta cara de satisfacción ladina, daba
vuelta a la manivela para ver cuánta intensidad podía soportar la víctima. Si se aguantaba bastante,
los vecinos de mesa le mandaban un trago de cortesía y algunos aplausos acompañados de efusivas
felicitaciones, pero si el lado flaco traicionaba al sujeto y soltaba los electrodos demasiado rápido, o
asomaba algún indicio de dolor, era abucheado y su reputación se veía seriamente afectada.

Recuerdo que uno de mis amigos, profesor de literatura y filosofía, una especie de Woody Allen
latinoamericano, quizás influenciado por algunos aguardientes de más, decidió aventurarse a medir su
resistencia al dolor. Creo que debió ser el récord de menor tiempo en toda la historia. Duró tan poco
que el vendedor de choques, quien no perdonaba una, decidió no cobrarle. Ni burlas hubo. Sólo
silencio y algunas miradas de pesar. Su novia, una estudiante de antropología defensora de la
igualdad entre sexos y aparentemente superada de todo vestigio machista, no pudo ocultar su
desconcierto e incomodidad: "¿Qué te pasó?", murmuró en voz baja. Él, frotándose y soplándose los
dedos, se limitó a contestar sinceramente: "¡Es horrible! ¡Me quemó!". Ella, al darse cuenta de su
exabrupto antifeminista, trató de enmendar la metida de pata y lo abrazó con ternura: "No importa, mi
amor... De todas maneras, yo te quiero igual...".

Es evidente que aunque la cosa esté cambiando, la debilidad masculina no se digiere con facilidad.
En particular frente al tema del dolor, pienso que la mujer sale mejor librada que el hombre. Si los
hombres tuviéramos que parir, el planeta estaría despoblado.
La nueva masculinidad no exige tanto. Un hombre débil puede ser tan varonil como femenina una
mujer fuerte. Para ser varones no tenemos que colgarnos de los pulgares, ni rompernos la espalda
levantando pesas, ni soportar estoicamente las angustias y asumir el papel de un decadente Rambo,
un imperturbable Hombre Marlboro o un atlético e insípido Sansón. Basta con que dejemos traslucir lo
que de verdad somos, sin pretender vender una idea distorsionada de lo esencialmente masculino.
Tenemos el derecho a que la natural fragilidad que anida en cada uno de nosotros haga su aparición, y
a no sentir vergüenza por ello. Al que no le guste, que no mire.

La desmitificación del héroe

Tal como afirma Joseph Campbell en El héroe de las mil caras, la aventura del hombre como héroe
aparece una y otra vez en leyendas, tradiciones y rituales de todos los pueblos del mundo: en los
mitos polinesios y griegos, en las leyendas africanas, en los cuentos de hadas célticos y en la mayoría
de los simbolismos religiosos. Siempre, de una u otra manera, el peso de la figura heroica está
presente en la cultura y en la pedagogía que de ella se desprende. Aunque muchos padres
hagan lo posible por no seguir la tradición, la aspiración a ser un paladín se cuela, evidente o
subrepticiamente, en las formas más modernas de entretenimiento infantil y adulto. Las legiones de
superhéroes, escritas y filmadas, invaden el mercado creando valores que recuerdan las épicas más
famosas, obviamente más modernas y domésticas. Cuando un niño juega con la espada o el rayo
láser, cuando manipula algún robot de control remoto o imita a Peter Pan, está representando el oficio
del héroe: el camino y la fórmula para ir a enfrentarse con fuerzas fabulosas y regresar
triunfante. No importa si se trata de dragones, cancerberos, monstruos de mil cabezas o de la
Segunda Guerra Mundial, el cuento es el mismo. Desde Prometen, Jasón, Eneas, Hércules, Moisés y

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Ulises, hasta Robin Hood, el Llanero Solitario, Superman y Robocop, la morfología de las grandes gestas
contiene riesgo, espíritu de aventura, autodeterminación, valentía sin límites, habilidades deslumbrantes
y, claro está, desprendimiento de la propia vida; además, los héroes no conocen el fracaso y casi
siempre son hombres.

No es fácill para un niño renunciar a ser un adalid, si la esperanza de la familia y la humanidad, tal
como muestra la antropología del mito, añora y repite sistemáticamente la misma historia secular de
proezas. Analizado desde un punto de vista más complejo, quizá sea la propia estructura inconsciente
masculina la que posea implícita la sentencia de buscar satisfacer los sueños de grandeza de una
sociedad perturbada, que pretende redimirse a sí misma. Parecería que los héroes hacen falta.

No obstante, para muchos hombres, dentro de los que me incluyo, el antihéroe es nuestro preferido.
Las ventajas saltan a la vista: el antihéroe no debe iniciar ninguna partida (no hay gestas en
tierras lejanas), no hay pruebas que pasar (no se necesitan victorias o iniciaciones), y no hay retorno
triunfante (no hay nada conquistado). El antihéroe rompe el mito y destroza la propia y asfixiante
demanda fantástica de la tradición patriarcal. El antihéroe no quiere doncellas, ni corceles ni rescatar a
nadie; tampoco añora el peligro para ponerse a prueba, ya que no hay nada que probar; se niega a la
demencia brutal del típico combatiente, y no ve a la mujer como una tentación que debe evitar para llevar
a feliz término su gesta ególatra. El antihéroe no quiere ser santo, redentor, emperador, ni dueño de
ningún reino. El antihéroe quiere abrazar en silencio, dormir en calma, amar intensamente y,
¿por qué no?, ser rescatado por alguna heroína valiente y atrevida, de esas que no aparecen en los
cuentos.

El típico varón gasta gran parte de su energía en parecerse al modelo heroico que la cultura le ha
inculcado. No importa si se trata de San Martín, Bolívar, Onassis o Rockefeller, la fantasía está ahí.
Como una espina clavada en su altar ego, el hombre transita por el mundo buscando alguna proeza que
dé un motivo a su vida. Si pudiéramos medir el tiempo que los varones invertimos en este tipo de desvaríos,
sin lugar a dudas quedaríamos sorprendidos.

Nos guste o no, detrás de toda empresa masculina, ya sea económica, deportiva o intelectual, hay un
sentido épico que busca concretarse. ¡Qué agotadora tarea ésta, la de buscar hazañas y romper récords
Guinnes!

En franca oposición a este estilo legendario, la liberación-masculina pretende soltar la mente de tanto
complejo de superioridad y dejar salir al antihéroe personal, ese que gallarda y mansamente reposa
en cada uno de nosotros. Ese que escapa, tropieza, cae, se levanta, insiste, vuelve a caer y arranca. El
que vive y persiste, aunque muchas veces no sabe qué hacer. Me refiero sencilla y llanamente al
varón normal, despojado de todo atributo sobrenatural y sin más carga que su propia identidad.

Tres debilidades psicológicas masculinas

Aunque las fragilidades psicológicas masculinas podrían llenar varios tomos de una enciclopedia
(ellas irán apareciendo a lo largo del presente texto), aquí sólo señalaré tres miedos básicos, por lo
general encubiertos por el ego, comunes a casi todas las culturas, altamente dañinos y
mortificantes para aquellos varones que aún se empecinan en ser duros, intrépidos y osados.
Éstos son: 1) el miedo al miedo, 2) el miedo a estar afectivamente solo y 3) el miedo al fracaso.
Veamos cada uno en detalle.

1. El miedo al miedo

Un hombre miedoso no es bien visto en ninguna parte. Es posible que algunas mujeres de fuerte instinto
maternal se sientan momentáneamente enternecidas, o que algunos varones voluntarios de la Cruz
Roja Internacional se apiaden, pero a la larga o a la corta un desprecio ancestral y muy visceral hace su
aparición. Como sí no hiciera honor a su especie o pusiera en peligro la subsistencia de la misma, el

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varón cobarde es segregado y seriamente cuestionado, no sólo por las mujeres, sino también y principal-
mente por los hombres.

Hace unos años, después de haberme separado, fui a vivir a un nuevo apartamento. Recuerdo que el
portero encargado, un hombre de unos sesenta años, tal vez por mi condición de "solo", se
mostraba especialmente amable y colaborador. Siempre interpreté su actitud servicial como una
forma de solidaridad y complicidad de género. Cuando yo llegaba con una amiga me abría la puerta del
garaje con un guiño, o si recibía alguna visita femenina, su anuncio llevaba implícito un tono de anuencia
con licencia para delinquir. Como si dijera: "Picarón... Picarón... Otra más... Bendito seas entre los varones
de este mundo. ..Ya que yo no puedo, hazlo por mí...". Al otro día, si yo salía a trotar por la mañana, me
saludaba con una sonrisa, una palmadita en la espalda y un comentario agradable sobre el clima y la
salud: "¿Muy cansado el doctor?". Aunque mis reuniones con el sexo opuesto no superaban la media
estadística de cualquier "soltero normal", mi amigo el portoro comenzó a verme como una especie de
ejemplo masculino: "El maestro". Me subía el periódico de primero, vivía pendiente de mi
correspondencia y de mi carro, en fin, una especie de mayordomo inglés, con toque latino y
comunitario.

Todo iba bien hasta que un día, a eso de las once de la noche, me despertó el roce de un objeto tibio,
áspero y algo gelatinoso sobre mi rostro. Al tratar de moverme, el tal objeto comenzó a revolotear sobre
mi cabeza con un estruendo de alas y en círculos, como si se tratara de una flotilla de helicópteros.
Cuando encendí la luz, descubrí que mi pesadilla se había hecho realidad: ¡en mi cuarto había un
murciélago!, que por su tamaño debió haber sido pariente directo de Batman. El miedo a las mariposas
negras, a las asquerosas cucarachas y a los atrevidos murciélagos, es uno de los legados genéticos
de la familia de mi madre, que he tenido que aceptar e intentar vencer sin demasiado éxito; pero un
murciélago en mi dormite-ario, era demasiado. Luego de una especie de guerra campa] durante media
hora, en la cual yo intentaba infructuosamente que el animal saliera por el balcón (pienso que él
intentaba que yo también hiciera lo mismo), decidí recurrir a mi amigo el conserje. En realidad, en esos
angustiosos momentos de taquicardia, piloerección y sudor frío, más que conserje era un ángel de la
guarda. Cuando lo desperté y le conté atropelladamente mi drama, su preocupación inicial se fue
convirtiendo en desconcierto y luego en curiosidad: no sabía si era en serio o en broma. Subió al apar-
tamento y con la agilidad de un cazador, escoba en mano, mató al animal, lo tomó del ala y lo
escudriñó como tratando de entender el origen de mi miedo. Por último me lo mostró, mientras decía
lacónicamente:" ¿Qué quiere que haga con él?". Sólo atiné a contestarle que lo tirara lo más lejos posible, lo
abracé y le di efusivamente las gracias. Sin embargo, al despedirlo pude percibir en su rostro un gesto
apocado y una mirada de profunda decepción mal disimulada.

Al cabo de unos días, el desencanto inicial de aquella noche se había transformado en indiferencia.
Había enterrado toda admiración: después de todo, nadie perdona a un ídolo derrumbado. Detrás de
esa aparente fachada de varón "tumbador de locas", que él mismo había fabricado de mí, se escondía
un cobarde incapaz de matar a un mísero murciélago. Me había convertido en un fraude, en un deshonor
para la raza masculina. Aunque no me dejó de saludar, se acabaron los detalles especiales, las
ayudas, los guiños y las palmaditas mañaneras. Ya no importaba cuántas amigas siguieran desfilando
por mi vida: sólo quedó un seco "Buen día" o "Buenas noches", limpio de toda gracia y ajeno a
cualquier simpatía.

Esta depreciación del macho miedoso no es exclusiva de los humanos. En un estudio reciente
realizado con unos bellos y pequeños peces llamados Trinidadianl, publicadopor Scientific
Anucricr7il, los investigadores indagaron qué impacto tenían en las hembras las maniobras (le dos tipos
de pececitos machos (osados y prudentes) frente a un grupo de depredadores de mayor tamaño. Los datos
sorprendieron a los científicos. Los peces que más fanfarroneaban y arriesgaban su vida inútilmente, eran
mucho más apetecidos por la hembras que los que se mantenían alejados del depredador y no hacían
alarde de su valentía. Las hembras preferían pasar más tiempo y entregar sus encantos a los machos
que vivían peligrosamente, en lugar de estar con los cuidadosos y juiciosos. La lógica marcaba que
los pececitos más sensatos y precavidos deberían haber sido los más buscados para el acople, ya que

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eran los que ofrecían más probabilidad de sobrevivir, y por lo tanto, de asegurar la supervivencia de la
especie. Pero las hembras preferían, de todas tiiancras, a los machos audaces y temerarios. Como
si dijeran: "Si pese a todo éstos sobreviven, deben ser mejor exponente para la especie". El Príncipe
Valiente versión acuática.

Es evidente que existe un supervalor, en sus orígenes biológico y ahora cultural, que presiona
despiadadamente al varón hacia la valentía. Ser cobarde es el peor de los insultos, motivo de
reprimenda y hasta de fusilamiento en épocas de guerra. Tampoco creo que el tema esté muy superado
por el sexo opuesto: ellas vigilen nuestros niveles de adrenalina. Si un hombre saltara sobre
una mesa, pálido, tembloroso y gritando ante la presencia de un diminuto ratón que corre a su
alrededor, creo que además de la novia, perdería hasta el apellido. Conozco un caso donde el
matrimonio se suspendió por un incidente similar a éste: "¿Qué puedo esperar de un hombre incapaz
de controlar sus miedos?", manifestaba indignada la candidata a esposarse. Si el de la mesa fuera una
mujer, la irracionalidad de su comportamiento se juzgaría mucho más benévolamente, y se le darían algunos
consejos sanos sobre cómo afrontar al diminuto e insignificante roedor, pero no se atacaría su autoestima.
Ni qué hablar del desmayo masculino: mínimo, la extradición. Hombre que se desmaye es epiléptico o
marica.
Recuerdo el suceso tragicómico de un amigo psicólogo, excelente profesional y con una marcada fobia a los
pájaros, quien cuando estaba en plena cita profesional con una remilgada dama, vio entrar por la ventana
un enorme pájaro negro que se le posó en el hombro. Al encontrarse cara a cara con el animal salió
corriendo, gritando y manoteando para alejar a la inoportuna ave. Más tarde, cuando otra psicóloga
compañera de trabajo logró retirar el pájaro y él se animó a entrar de nuevo en el consultorio, la pa-
ciente se había retirado haciendo mutis por el foro. Como era obvio, nunca volvió. Cuando la
secretaria la llamó para organizar otra cita, ella manifestó su incomodidad: "Puede ser que el doctor sea
muy bueno, pero yo soy algo conservadora en las diferencias hombre-mujer... Me cuesta mucho confiar
en un hombre cobarde... Mejor no renovemos las citas".

¿Quién dijo que el hombre no puede tener miedo? De hecho, hagamos lo que hagamos, ya sea que
recurramos al antiguo chamanismo o a la moderna ingeniería genética, el miedo es la respuesta natural e
inevitable ante situaciones de peligro. Es la manera como la evolución nos equipó para defendernos de
los depredadores, y aunque a los machistas no les guste, parece que va seguir acompañándonos
por algunos siglos más. No estoy promulgando el miedo como una virtud a exaltar, sino como una
característica irremediable con la cual hay que aprender a vivir. Puede que sea exagerado, irracional
y patológico en algunos casos, pero definitivamente es imposible de eliminar de cuajo y para
siempre (a excepción, claro está, de algunos tipos de psicopatía, como Boogie "el Aceitoso" y Harry "el
Sucio").

2. El miedo a estar afectivamente solo.

Existe un déficit psicológico masculino que suele hacerse manifiesto cuando el hombre se ve obligado
a estar solo. Este síndrome de soledad regresiva aparece en situaciones de estrés o en
acontecimientos vitales que impliquen pérdida afectiva como la separación, el rompimiento de un
noviazgo o la viudez. La deprivación afectiva en la vida de un varón tradicional es devastadora y
responsable directa de todo tipo de miedos, inseguridades y depresión.

La adhesión que los hombres establecernos con las fuentes de seguridad afectiva merece ser
investigada más a fondo por la ciencia psicológica. Además del imprescindible sexo que nos puedan
proporcionar nuestras esposas, necesitamos compañía, apoyo y ánimo en cantidades considerables.
Aunque querramos disimular la cosa y mostrar un desapego cercano a la iluminación, sin el soporte afec-
tivo no sabemos vivir. Muchos superhombres exitosos, líderes económicos y políticos, en lo más
reservado de su ser necesitan del consejo y el empujón femenino para seguir adelante. Trátese de un
golpe de estado o de la más riesgosa inversión bursátil, la oportuna sugerencia femenina deja su
marca. La mujer ideal para la mayoría de los varones: orla ninfómana en la cama y una mamá fiera de

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ella; una relación cuasi incestuosa en la cual los hombres proponen y las mujeres disponen.

Un caso particularmente interesante de esta necesidad de compañía femenina lo constituyen muchos


de los habituales asistentes a prostíbulos. Al contrario de lo que generalmente se piensa, el asiduo
visitador de burdeles, además de sexo, también suele buscar afecto. La prostituta, cuando es
verdaderamente profesional, no sólo tiene relaciones sexuales con su cliente, sino que literalmente lo
ama, lo cuida y lo contempla mientras dure el convenio. El hombre solitario, tímido, con pocas habilidades
sociales de conquista, acomplejado, cl que sc siente feo, gordo, flaco o poca cosa, en las casas de citas
puede hallar un lugar de aceptación "incondicional" proporcional al pago. Al no existir rituales de conquista
ni cortejo alguno, el riesgo al rechazo, aunque artificial y comprado, se elimina. No existe el odioso "no", con
el que tanto tenemos que lidiar los hombres, no hay nada que disimular, nada que aparentar o mostrar.
Muchísimos grandes pensadores, filósofos y escritores encontraron en esas sórdidas casas de lenocinio
su mayor fuente de inspiración y una manera de esconder su tímida soledad afectiva. Ciaran decía al
respecto: "La atmósfera de burdel que yo viví resulta inconcebible para los occidentales. Debo decir
que todas aquellas mujeres eran húngaras, y no puede imaginarse mezcla más lograda de sensuali-
dad e instinto maternal. En el Este, el burdel era el único lugar donde podía encontrar algún calor
humano".

No estoy apoyando el comercio sexual, porque pienso que el varón que compra sexo o amor destruye
gran parte de su autoestima, pero debo reconocer que muchas de estas casas de tolerancia han
colaborado como centros de intervención en crisis de un sinnúmero de hombres solos, deprimidos y
potencialmente sumidas. Más allá de cualquier connotación sexual o moral, no es difícil de comprender
el encanto que estos lugares de relax pueden ejercer sobre los varones que sufren de soledad afectiva
severa. Incluso algunos, como Charles Baudelaire en Las quejas de Icaro, han llegado a cuestionar las
supuestas ventajas del amor romántico sobre el pecaminoso amor carnal:

"Los amantes de las putas


Son felices en su hartazgo.
Yo, de estrechar a las nubes,
Tengo los brazos quebrados".

Pese a que muchos hombres viven solos y parecen adaptarse adecuadamente a ese rol, el proceso
psicológico que debe elaborar el varón para llegar a aceptar su soledad afectiva es muy complejo, e
indudablemente más difícil de procesar que el de la soledad femenina. Las estadísticas muestran que
el hombre separado no es capaz de disfrutar de su soltería por mucho tiempo. Un sentimiento de
ansiedad lo empuja a buscar nueva compañera para tapar rápidamente la vacante. Por desgracia, este
acelere lo puede llevar nuevamente a equivocarse: otra vez la que no era.
Cuando un hombre propone e incita la separación de manera segura y reposada a su esposa, pueden
ocurrir dos cosas: o es un varón muy superado o tiene otra. Mi experiencia profesional me ha
enseñado que la segunda opción es la más probable. Aunque la incapacidad para divorciarse se debe
a muchas causas (por ejemplo culpa, sentido de la responsabilidad, amor por los hijos, problemas
económicos), realmente la mayoría de los hombres es cómoda y la separación, por definición,
incómoda. El varón no suele saltar al vacío porque perdería sus principales fuentes de afecto,
seguridad, placer y conveniencia, es decir, hijos, sexo, comida y muchacha de servicio; el paquete
entero, con calor de hogar. Por tal razón, muchos varones funcionan con el principio de Tarzán: No
soltarse de una liana hasta que no se tenga la otra bien agarrada. Cuando un hombrese va de la
casa, casi siempre tiene algo seguro a qué aferrarse, aunque a veces puedan ocurrir "atascamientos
afectivos". Algunos "tartanes" quedan colgados de dos lianas, inmóviles y quietos, con cara de "yo no
fui", atrapadas entre dos mujeres. La una forma parte del bienestar hogareño y la estabilidad maternal; la
otra, del vendaval de emociones, el deseo y la locura incontrolable que le recuerda que aún es joven y
puede rehacer su vida. Por lo general, la que desagota el trancón afectivo es la esposa del implicado.
Veamos un ejemplo:

A. R., paciente de 30 años, casado desde hacía cinco y con dos pequeños hijos, proporcionaba la

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siguiente descripción de su mujer: "Es muy fea... Además su olor me parece empalagoso... Es
mandona y ejerce sobre mí un poder impresionante... Es ocho años mayor que yo y la diferencia se
nota mucho... Debo reconocer que me da seguridad y sabe tranquilizarme cuando estoy nervioso... En
realidad, vivo estresado... Le he dicho que adelgace, que se ponga minifalda y que me seduzca, pero
no es capaz... Cuando ella me busca sexualmente para mí es un verdadero suplicio... No permito que
se me acerque mucho o que me toque... No sé, me incomoda sentir su piel... Ella es buena mujer y me
quiere... Pero no estamos sintonizados en los gustos… Vivo aburrido... No sé qué hacer...".

A. R. había decidido pedir ayuda profesional porque se sentía atrapado en un dilema. Desde hacía un
año y medio sostenía relaciones extramatrimoniales con una joven de 23 años, soltera y dispuesta, de la
cual se expresaba así: "Me encanta... Es fresca y sexy... Su olor me fascina, es amable y comprensiva...
Cuando estoy con ella me siento un verdadero hombre porque me hago cargo de las situaciones... He
llegado a tener hasta cinco orgasmos seguidos... Me gusta cómo se viste y su risa... Sus dientes son
blancos y parejos... Es muy cariñosa... Es como mi alma gemela...". Cuando le pregunté por qué se
había casado y había tenido hijos, no pudo darme una respuesta clara: "No sé... Creo que ella me
convenció... Me dijo que si no nos casábamos se alejaría de mi vida... Lo hice como por obligación...
Quise tener una familia, pero me equivoqué de mujer...".

Pese a toda la evidencia a favor, no era capaz de separarse. Sentía una mortífera mezcla de culpa y miedo
que lo estaba acabando, y aunque el sentimiento de irresponsabilidad era angustiarte, lo era mucho más
el miedo a equivocarse y quedarse sin sus acostumbradas claves de seguridad.

Pasamos varias semanas hablando sobre la posibilidad de la separación, hasta que un buen día, como
era previsible, el romance fue descubierto. Su mujer reaccionó como lo hacen las esposas valientes e
independientes. Le mandó un escueto mensaje: "Te puse la ropa en la puerta, puedes venir por ella
cuando quieras". Contra todo pronóstico, A. R. rogó, llora, suplicó y resuplicó que lo volvieran a recibir,
pero nada conmovió a la ofendida señora. Hoy, después de cuatro meses, vive solo en un pequeño
apartamento y todavía no sabe qué hacer. Aunque su calidad como padre ha mejorado y no
siente tanto la ausencia de sus hijos, ya que los ve más que antes, sigue saliendo con su "alma
gemela" y, en ocasiones, bajo los efectos del alcohol, golpea infructuosamente las puertas de su "ex
mujer" para que lo vuelva a recibir. El dilema sigue vivo: la amante vs la madre adoptiva... Difícil elección.

En el 85`%, de los casos de separación tratados por mí durante veinte años de ejercicio
profesional, la voz cantante la ha llevado la mujer. Lo mismo ocurre en los países ricos: el 90% de los
divorcios es solicitado por mujeres. Si la solvencia económica se los permite, ellas son, definiti-
vamente, más decididas que nosotros. Para la mujer, el desamor puede llegar a justificar cualquier
adiós. 1Ie visto relaciones absolutamente machistas y despóticas eliminarse en un segundo cuando la
mujer, tranquila y amablemente, le dice al hombre que ya no lo quiere y que desea separarse: "Creo que
viviría mejor sola con mis hijos", "Quiero ser libre", "Me cansé de dar", "Quiero encontrarme a mí
misma". Como el personaje de la película Alice, protagonizada por Mia Farrow, muchas señoras
simplemente se cansan del papel de la esposa convencional, e inician una revolución sigilosa que
suele timar por sorpresa al varón. En estas situaciones, el típico macho dominante sufre una revolución
al regazo materno y a las formas más arcaicas de miedo y sumisión. La caída del héroe.Es definitivo: los
hombres tenemos el control afectivo, hasta (pie las mujeres quieran que lo tengamos.

Es indudable que una de las causas de la dificultad masculina para encarar su soledad afectiva está
en el patrón egocéntrico-narcisista, con el cual se educa tradicionalmente al varón. En muchas
estructuras sociales el "hombrecito" todavía se hace acreedor a más privilegios que la "mujercita": la
mayor ración, el primer permiso, el carro a temprana edad, más plata semanal, en fin, una lluvia de
favores y privilegios patrocinados y administrados por ambos progenitores, pero principalmente por las
propias mujeres. Pese a que los padres hombres colaboran bastante para transmitir este legado absurdo
y sexista, no cabe duda de que la batuta está en manos femeninas:"la reina manda en palacio".

Muchas sociedades, que en apariencia se muestran patriarcales, esconden una organización familiar
claramente matriarcal-maternal, donde el poder psicológico reside en las matronas y el económico en el

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varón. Más allá de cualquier consideración sociológica, el dictamen es casi que lapidario: al hombre lo
cría la mujer. Las madres Amamantan, cuidan, acarician, alimentan, abrazan, defienden, regañan, se
preocupan, moldean y aman profundamente a sus hijos varones. Como un enorme "Dolex", lo femenino
está presente durante toda la vida afectiva masculina creando dependencia, adicción y seguridad. Como
decía sarcásticamente Virginia WoolE "Las mujeres han servido todos estos siglos corno espejos que
poseen el mágico y delicioso poder de reflejar la figura del hombre al doble de su taInaflo natural".

No pretendo negar la sana importancia del cuidado femenino, sino ciertos valores erróneos que se
transmiten durante la crianza, y que son aplaudidos e instigados por el padre ausente. Las
"supermamás" no sólo generan en sus hijos hombres un apego a la mujer-niñera, sino un estilo afectivo
supremamente egoísta y ególatra. Al tratar de hacer lo correcto se equivocan. Creo que la
recriminaciónfemenina a los maridos más escuchada en los hogares, debe ser: "Sólo piensas en ti"o "No
sabes compartir".Y es cierto. El varón aprende a ser mejor receptor que dador. Somosexcelentes
receptores de afecto, pero no tan buenos a la hora de dispensarlo. No estoy diciendo que no
sepamos dar amor, sino que preferimos recibir.

Hemos internalizado equivocadamente la idea de que es más importante sentirse satisfecho que
satisfacer, y esta forma unidireccional de vivir el amor nos ha hecho perder el placer de la entrega como
forma de vida: la suerte de tener a quién querer. La fortuna de poder depositar el amor en alguien
puede llegar a ser muchísimo más impactante que la dicha de recibirlo. Una paciente me decía:
"Necesito a quién celar", y con eso lo había dicho todo. Hacer afectivamente feliz a alguien es otra
manera de compartir. Pero los varones no hemos entendido esto: soportamos mejorel no tener a
quién amar, que el no ser amados. Es decir, no sabemos prescindir de la dosis de cuidado,
protección y preocupación con la que nos amamantaron nuestras madres. La idea de un hombre
impermeable, ermitaño, hosco y afectivamente autosuficiente, es más la excepción que la regla.
Necesitamos que se hagan cargo de nosotros, ésa es la verdad.

Los hombres, como veremos más adelante, tendremos que asumir un papel más activo, colaborador y
crítico en la educación de nuestros hijos, si queremos evitar que este esquema de abandono e
incapacidad siga propagándose de generación en generación. Ni el destierro del padre, aje no y distante,
ni la sobreprotección femenina, intensa y asfixiante. No queremos concesiones ni privilegios educativos
que el día de mañana nos incapaciten para hacernos cargo de nosotros mismos. Necesitamos un nuevo
varón que pueda comprender que la soledad vivida desde el dar, es cualitativamente distinta a la que
se siente desde el egoísmo. Si proporcionar amor nos hace feliz, nunca estaremos solos porque
siempre habrá alguien a quien amar.

Desde este punto de vista, sería paradójico que las famosas geishas, blanco de las más duras críticas
feministas, resultaran ser un buen ejemplo para que los hombres narcisistas "merecedores"
aprendieran el arte de complacer. Después de todo, a más de una mujer le gustaría que su marido se
convirtiera, así sea de vez en cuando, en un mimoso y adorable geisho.

3. El miedo al fracaso
Para cualquier varón normal educado en este planeta, la competencia forma parte de su itinerario
cotidiano. Ya sea como desafío y reto, o como idoneidad y suficiencia, el hombre típico se halla
atrapado entre estos -significados básicos de "poder", que definen una buena parte de su existencia.

El valor de la dominancia es un principio rector que ha acompañado al sexo masculino durante toda la
evolución. La sentencia es indiscutible: cuanto más poderoso sea unmacho, más privilegios tendrá para
la supervivencia personal. El dominio sobre los demás miembros garantiza, entre otras prerrogativas, la
alimentación, el respeto y un harén considerable de hembras que envidiaría cualquier sultán. Además,
quien ostenta el poder también genera un sentido de protección y seguridad en sus subalternos y en el
grupo de referencia inmediato. Por tal razón, el dominador suele ser el más apetecido y deseado, tanto
por un sexo como por el otro.

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La atracción positiva que el prestigio del macho produce en las hembras es un factor que se repite
constantemente en el mundo animal, y no sólo en las especies más avanzadas como los primates, sino
también en los niveles más inferiores de la escala zoológica. En una investigación realizada con
hamsters sirios a finales de los años ochenta y publicada por Hormones and Beliavior, los
investigadores compararon qué tanto influía el nivel de dominancia jerárquica de los machos en la
elección que las hembras hacían a la hora de copular. Cuando las inquietas ratonas tenían que decidir
entra ratones "subordinados" o ratones "dominantes", no dudaban mucho: todas elegían sin pestañear
al de más poderío, es decir, al que obedecían los otros, al "macho de la tropa". Lo interesante era
que las hembras no tenían forma de saber cuál era cuál a simple vista. Como los ratones permanecían
atados, no tenían manera de hacer alarde de nada. No había manera de mostrar los arrebatos
agresivos territoriales que caracterizan al macho alfa, como morder o reducir físicamente alos
competidores. No obstante, pese al aparente vacío informacional que rodeaba la situación, todas las
participantes, sin pudor de ningún tipo, decidieron copular con el mandamás.

¿Cómo sabían quién era quién? Muy sencillo y complejo a la vez: un indicador hormonall de
encumbramiento y potestad, patrocinado por la naturaleza, guiaba el olfato de las pequeñas ratoncitas
hacia el ratón de sus sueños. Los machos dominantes emanaban una feromona específica que
no poseían los subordinados. Vale la pena resaltar que las diminutas hembras sirias no tenían un pelo de
tontas; además de las reconocidas ventajas de estar con el "dueño del balón", existía una diferencia
fundamental en la potencia reproductora: mientras los ratones dominantes mostraban cuarenta
penetraciones en media hora, los subordinados sólo alcanzaban un deprimente promedio de dos. Esta
pronunciada preferencia femenina por los machos de rango superior ocurre desde la langosta y los
escarabajos hasta los chimpacés, pasando por el ganado y los ciervos. Un apoyo filogenético a la famosa
aseveración de Kissinger: "El poder es el mayor de los afrodisiacos".

En los humanos, la relación dominancia masculinaatracción femenina también parece estar presente,
aunque de una manera más refinada. Algunas encuestas (véase Gallup, 1993) arrojan datos en verdad
preocupantes para los hombres que quieren sacudirse el papel de abastecedores. En los Estados Unidos
(paradójicamente, cuna del movimiento de liberación femenina), la mitad de las mujeres prefieren que el
hombre siga haciéndose cargo de las funciones de mando, tanto a nivel laboral como en casa. Ser
proveedor no es la vocación más sentida por la mitad de las mujeres.

Querer ser un triunfador a toda costa y por encima del que sea, adquiere en el hombre características
verdaderamente obsesivas. Los varones no sabemos perder, porque si lo hacemos, así sea de vez en
cuando, estaríamos derrochando nuestro principal encanto. Día a día, la compulsiva necesidad de escalar
nos impulsa una y otra vez. Necesitamos ser exitosos, como la mujer necesita ser bella para poder
competir. Un hombre "mantenido" es mucho más horrible que una mujer muy fea. Un varón poco
ambicioso y sin "espíritu de progreso", es definitivamente insulso. Cuando por falta de ambición en el
varón, la mujer se ve obligada a asumir el liderato económico, las consecuencias afectivas para la
pareja pueden ser mortales. Una estocada directa al corazón. La autoestima del varón entra a
tambalear y la admiración, uno de los principales motores donde se fundamenta el amor femenino, deja
de funcionar; cuando esto ocurre, el desplome sólo es cuestión de tiempo. Convivir con un alcohólico
es aterrador, ni qué hablar con un mujeriego crónico, pero con un hombre que sea"poquito", es imposible.
Para los machistas, el alegato inverso es igualmente válido: "Convivir con una mujer cantaletosa,
ineficiente y frígida es doloroso, pero con una mujer que ejerza con éxito su profesión y que sea econó-
micamente independiente, es tortuoso". Por donde se mire, el mandato cultural del varón es claro y sofocante:
"Tu esencia se medirá por el rasero de tus propios logros".

A.G. era una mujer de 36 años, madre de dos hijos y casada en segundas nupcias desde hacía un año.
El nuevo esposo llegó desde otra ciudad para vivir con ella y buscar empleo, con tan mala suerte que el
estado de recesión en que se encontraba el país lo mantuvo fuera de toda actividad. A.G. se mostró
tolerante con la situación, hasta que los ahorros del marido se acabaron y tuvo que hacerse cargo de él.
Después de dos y medio años de noviazgo encantador, donde la comprensión había sido el factor aglu-

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tinante de ambos, un estilo agresivo e irrespetuoso estaba empezando a imponerse en ella. A. G. había
agotado su paciencia e incrementado su prevención:"<-) sé que no es su culpa, pero me siento
explotada... Lo veo en casa sin hacer nada, sentado como un mantenido... ¡Imagínese, el otro día se
despertó a la diez!... Estaba mejor sola... Hubiese preferido un borracho a un vago". Cuando yo le hacía ver
que en realidad no se trataba de un vago, sino de un desocupado, ella se arrepentía y entraba en
razón. Su esposo era un buen hombre, consciente de la situación, que sufría tanto o más que ella.
A.G. mostraba un trato cada día más displicente, plagado de indirectas y malestar que hacían el
clima de vida intolerante. Lo que llamaba la atención era que los ingresos de ella alcanzaban perfectamen-
te para ambos. Pero tener un hombre en casa era incomprensible para mi paciente. Desde su separación,
había sido una luchadora infatigable y se había hecho cargo de la responsabilidad económica de sus hijos,
pero ahora no era capaz. El deterioro de la relación fue tal, que él estuvo a punto de volver a su tierra.

Pero cuando la cosa estaba precisamente al rojo vivo, la diosa fortuna les sonrió y el hombre, con diez kilos
menos de hacer fuerza, consiguió un puesto aceptable. A partir de ese momento, la relación mejoró
como por arte de magia. Al cabo de unos meses, debido a un problema menor con uno de sus hijos,
regresaron a mi consulta y manifestaron estar como en los viejos tiempos. Todo marchaba sobre ruedas.
Se los veía alegres y en paz. Cuando me quedé a solas con él un instante, me confesó en voz baja: "Casi no
salimos de ésta... Aprendí que no puedo quedarme sin trabajo.. .Voy a cuidar el que tengo, si no me
lleva el diablo... La verdad, tengo miedo...". Su aparente tranquilidad no era tal. Solamente atiné a
susurrar un escueto "Sí.. claro...", tratando de disimular un sentimiento de pesimismo y bastante
consideración. No me hubiese gustado estar en sus zapatos. Aunque nunca volví a saber de ellos, sé a
ciencia cierta que san una pareja vulnerable. Mientras las condiciones laborales, económicas y
emprendedoras de su esposo funcionen adecuadamente, A. G. será siempre una flamante y
comprensiva mujer, pero si la fatalidad económica volviera a rondar su hogar, no resistirá demasiado, y él
lo sabe. fue el presupuesto familiar se altere por la situación del país, vaya y pase, pero que el vínculo
afectivo también dependa de ello, no es fácil de aceptar. Demasiado externalista y azaroso para mi gusto.

Si consideramos los beneficios y las recompensas potenciales que produce el prestigio, no es de


extrañar que, con el tiempo, la apetencia por alcanzar y sostener el estatus propio y familiar se convierta
en codicia y adicción al trabajo. Hay hombres a los cuales las vacaciones les producen depresión, y
otros a quienes el ocio les produce estrés. No sabemos manejar ni disfrutar el tiempo libre: o nos
aburrimos o nos sentimos culpables. Un paciente que no llegaba a los cincuenta años,, vicepresidente
de una reconocida multinacional, se sentía "muy rara casi en cano, cuando , estaba en paz. Su
motivo de vida era producir dividendos. Si no había activación autonómica (adrenalina) y presión, se
sentía extraño.

Si algún día nos descubrimos a nosotros mismos pensando de esta manera, habremos entrado a
formar parte de las estadísticas epidemiológicas. Por ejemplo, el índice de suicidio masculino casi
triplica el de las mujeres; algo similar ocurre con el abuso de sustancias. En los países industrializados, la
perspectiva de vida del varón es de ocho años menos que la del sexo femenino, cuando éstas no trabajan;
si lo hacen, la diferencia se reduce. Debido al mencionado estrés masculino, los indicadores de violencia
intrafamiliar e infarto suben alarmantemente. Hasta hace poco se pensaba que las mujeres se
deprimían tres veces más que los hombres: los nuevos resultados muestran que las estamos
alcanzando rápidamente, con claras perspectivas de sobrepasarlas. Por desgracia, aunque la mortali-
dad prematura y la calidad de vida negativa nos aceche, seguimos empecinados en obtener el tan
añorado poder. Es apenas comprensible que algunos varones de avanzada, cansados de escalar
posiciones, alberguen en su más honda intimidad el oculto y traidor anhelo de ser "un amo de casa",
obviamente de clase media-alta o alta. La ambición mata al hombre, más que a la mujer.
Parte de la problemática esbozada hasta aquí sobre el miedo al fracaso, encuentra explicación
en dos peligrosos mitos responsables del aprendizaje social del varón. Estos criterios formativos, o mejor,
deformativos, son malas traducciones culturales de los viejos y prehistóricos parámetros de dominancia
biológica. Ellos son: a) "Vales por lo que tienes", y b) "Todo lo puedes". El primero orienta nuestra atención
hacia los aspectos más superficiales de la vida, y nos separa abruptamente de un sentido de vida más tras-
cendental. El segundo nos priva de la mejor de las virtudes: la humildad.

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"Vales por lo que tienes"

Es equivalente a decir, "No importa quién eres". Los varones poderosos y civilizados generan
su propia feromona. No huele, pero se ve. Su manifestación está representada por los típicos signos de
estatus y éxito social, tales como un buen puesto, ropa de marca, tarjeta dorada, carro deportivo,
vivienda lujosa, mayordomos y otros adminículos. No> importa quién sea su portador, estas cosas lo
compensan todo. El dinero, la más evidente señal de supremacía masculina civilizada, genera en el varón
acceso directo a un sinnúmero de reconocimientos y favores específicos para su género. Las
gangas van desde los apetecidos puestos políticos hasta el sometimiento, obviamente condicional, de
algunas bellas damas (por ejemplo Jacqueline Kennedy vs. Aristóteles Onassis).Ya sea en la
antigüedad o en la actual posmodernidad, parecería que la tendencia es la misma: el hombre compra
belleza y juventud, y la mujer seguridad y protección. Zsa Zsa Gabor decía: "Nunca odié lo suficiente
a un hombre como para devolverle sus diamantes".

El poeta latino Horacio, quien murió ocho años antes del nacimiento de Cristo, se quejaba
abiertamente del po der del dinero: "U1 rico por zafio que sea, siempre agrada. Vivirnos en el
siglo del diriero, todo el nnrrrdo se inclina ante el becerro de oro y hasta el amor se
consigue a fuerza de dinero". Y en otra parte, escribía mordazmente: 'La riqueza es una reina
que otorga belleza y hermusura".

Algunos siglos después, los versos de francisco de Quevedo confirman que la percepción no había
cambiado sustancialmente:

¿Quién hace al tuerto galán


y prudente al sin consejo?
¿Quién al avariento viejo
le sirve de río Jordán?
¿Quién hace de piedras pan
sin ser el Dios verdadero? El dinero.

La relación entre poder y poligamia (un hombre con varias mujeres) está documentada en casi todos los
grupos indígenas de América. Cuanto más estatus tenga el sujeto, no importa de qué tipo (brujo, mágico
o económico), a más mujeres puede aspirar. El chaman de los piaroas y los guahíbos, los jefes
motilones, el jaibaná de los chocoanos o el "mama"de los koguis, todos, sin excepción, se hacen
acreedores a más de una compañera.
Sentirse objeto sexual es tan incómodo como sentirse objeto económico. Pero si unas buenas
piernas no dicen demasiado de la vida interior femenina, una abultada cuenta en Suiza dice mucho del
varón que la posee. Mientras las mujeres se deprimen más por desamor (ésa es la lógica), los hombres
nos desmoronamos por las quiebras y las pérdidas económicas (son la principal causa de depresión
masculina). Para muchos hombres de negocios, perder la mujer es casi tan grave como perder la
empresa. Mientras las mujeres suelen competir entre ellas más por lo que son, la mayoría de los varones
rivalizan más por lo que tienen. Aunque hay excepciones, la dirección del vector es evidente: si queremos
dejar verde de envidia a un compañero masculino, simplemente dejemos soltar, como sin querer, una
jugosa inversión en dólares. O, si se trata en definitiva de aniquilar el ego del competidor, y de paso de
levantar el propio, basta con pasearse lentamente frente a él con una escultural supermodelo colgada
del brazo y muerta de la risa. La envidia podría matarlo. Ni siquiera el poseer algún talento especial
(deportista, científico, músico) producirá el mismo efecto: el virtuosismo entre los hombres es
admirado y respetado, pero jamás envidiado. Aunque deberíamos abolir las competencias
personales, si hubiera que tenerlas preferiría rivalizar por lo que soy y no por lo que tengo.

La emancipación de la mujer y su injerencia en el mundo laboral, han creado una variante en toda esta
disyuntiva del competir y el tener: la mujer económicamente exitosa. Para el varón inseguro, el éxito
económico de su pareja es un verdadero castigo del destino. Algunos prefieren la pobreza a tener que

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depender de su compañera. Otros tienden a opacarla, a hundirla y/o a menospreciar sus logros,
esperando así compensar de alguna manera su autoestima herida. Estos hombres pueden competir
económicamente con otro varón, y asimilar la derrota de manera más o menos estoica: "Son gajes del
oficio", pero sentirse económicamente por debajo de tina mujer, es francamente denigrante, inadmisible
y vergonzoso.

La liberación masculina del peso del poder no significa despreocuparse por el soporte material y la
responsabilidad que haya asumido frente a su familia: necesitamos comer, vestirnos y darnos gusto. Lo
que se critica es el sentido que la cultura, es decir, hombres y mujeres, otorga a los privilegios
mencionados. Los indicadores económicos personales, y el poder que de ellos se desprende no agregan
un ápice a nuestro ser. Los varones productivos, no importa la clase social, hicimos depender la auto
aceptación de las conquistas materiales y, al aceptar el juego, perdimos la dignidad natural de nuestro
género y la posibilidad de acercarnos a una vida más pacífica. ¿No se prostituye tanto el que da como el
que recibe? Hay muchas cosas que no podemos comprar, alquilar sí, pero comprar, no. Las bancarrotas
son el método por excelencia para separar a los mejores amigos de los auténticos enemigos.

Si la valía personal comienza a depender de la declaración de renta, será muy difícil que nos amen
por lo que somos; la visión de la vida se hará cada vez más pequeña y superficial. Y aunque en este
preciso instante tu masculinidad proteste y te parezca poco realista mi alegato, no hay duda: vales por lo
que eres y no por lo que tienes.

"Todo lo puedes"

Es lo mismo que decir: "Suicídate en el intento" o "No tienes el derecho a equivocarte". Los hombres
debemos aprender a ser más humildes, y a desprendernos de esa estúpida autosuficiencia que
nos ha caracterizado por siglos. Decir: "No sé" o "No soy capaz", es un acto liberador. Es un descanso
para el alma y la mente. El prototipo de un varón sabelotodo, diligente y solucionador de problemas,
lleva implícita la creencia de que los hombres debemos hacernos cargo de todo y brindar seguridad y
protección por doquier. A veces, indudablemente nos gusta jugar el papel de salvadores, pero no
siempre. La nueva masculinidad quiere disfrutar del privilegio de pedir ayuda sin sonrojarse y de
reconocer los errores con honestidad. No queremos ser los mejores sino vivir en paz, aprendiendo y
disfrutando del arte de saber perder.

En cierta ocasión me tocó confrontar al padre de un paciente varón adolescente. El muchacho no sabía
realmente qué estudiar. Era un joven sensible e inteligente, más inclinado por el área humanista que
por otras profesiones. Pero, como es sabido, para cualquier hombre la elección de la carrera no suele estar
determinada por sus talentos naturales, sino más bien por las posibilidades económicas de la
misma. Para una mayoría significativa, es preferible que el hijo sea un ingeniero mediocre a un
genio de la poesía. En el caso que nos compete, el padre aceptaba algunas de las carreras y mostraba
una posición aparentemente abierta. Sin embargo, mi paciente no quería herir sus sentimientos y, por tal
razón, intentaba hallar soluciones intermedias. Habia descartado la música (su verdadera vocación) y la
antropología. La nueva decisión estaba entre diseño industrial y psicología, cosa que no agradaba
mucho a su padre, sobre todo la segunda. Cuando conversé con el señor, entendí la carga de mi joven pa-
ciente. El padre, un hombre alto, vestido de manera impecable, de un andar; un hablar y un pensar
francamente "exitista", resumió así su posición: "Yo no exijo mucho. Él puede elegir lo que realmente le
guste, pero con dos condiciones: que sea rentable y que esté entre los mejores... Al menos entre los cinco
primeros... Si las cumple, nada le faltará en la vida ..Yo no pretendo influir sobre él... Pero lo importante es
producir... ¿De qué le sirve la profesión si no puede vivir de ella? ¿Acaso se le puede pedir menos?...
la mundo es de los ganadores, y yo ' quiero que mi hijo lo sea". Cuando le contesté que algunos de
esos ganadores perdían la alegría de vivir, no le gustó mucho. Luego de esa cita el muchacho no volvió. Al
cabo de los años, en un concierto inaugural de la Orquesta Filarmónica, cuál sería mi sorpresa al ver a mi
paciente, ya no tan joven, interpretando un solo para violín ante un auditorio extasiado. Si consideramos
el salario de un músico en nuestro medio y su escasa proyección social, me pareció natural que su pa-

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dre no estuviera presente entre los asistentes.

Tener aptitud organizadora, liderazgo y don de mando es virtud de algunos, pero no una obligación
masculina contraída por nacimiento. Muchos varones son torpes, incapaces de ejercer un papel directivo y
poco eficientes a la hora de tomar decisiones, pero tienen otros encantos. Serutoe6caz es bueno y
recomendable, pero no establecer márgenes resulta peligroso. El esquema de "límites insuficientes"
crea en el varón la incapacidad de ser incapaz y la obligación de hacerse cargo exitosamente de las
cosas. El ideal varonil de un reparador ambulante, con taller propio y caja de herramientas aerodinámica,
no es para todos los hombres. Muchos no sabemos quitar un bombillo, no entendemos de mecánica, no
tenemos taladro eléctrico y, lo que parece ser más grave, tampoco sabemos utilizarlo (afortunadamente
los varones negados contamos con la desinteresada ayuda de las páginas amarillas del directorio telefó-
nico). No estoy defendiendo la desidia y el abandono, sino el derecho a ser inútil. A ejercer sin miedo la
opción de dudar y de no saber qué hacer, sin que nos importe demasiado la evaluación social, y sin
autocastigarnos por ello.

Aceptar las propias limitaciones es el mayor de los descansos. El "yo ideal" deja de andar por la
estratosfera y comienza a acercarse honrosamente al "yo real". La verdadera humildad arranca
de la propia aceptación, sin desajustados disfraces ni máscaras grotescas. Psicológicamente al
descubierto, con lo bueno y lo malo a flor de piel. No importa que se noten nuestros errores nos humani-
zan. No importa que debamos reconocer públicamente la ignorancia, nos purifica. Si fuéramos infalibles
nos perderíamos el placer del aprendizaje y la fascinación del descubrimiento. La consigna del varón
buen perdedor es sencilla y reconfortante: "Alégrate, afortunadamente no lo sabes todo, y mejor aún, no
lo puedes todo".

El derecho a ser débil

El paradigma de la fortaleza masculina ha obrado en dos sentidos, ambos negativos para el varón. De
una parte, ha bloqueado de manera inclemente su natural debilidad humana, y por otra, ha promovido
(reforzado) una serie de costumbres claramente exhibicionistas en favor de la supuesta reciedumbre.
Tanto en el primer caso (represión de las emociones primarias), como en el segundo (dependencia de la
aprobación social), las consecuencias son castrantes.

El derecho a ser débil se refiere a la capacidad de aceptar, sin remordimientos de ningún tipo, cualquier
manifestación de ablandamiento, obviamente no patológica. El derecho a sentir miedo, a fracasar, a
cometer errores, a no saber qué hacer, al encantador ocio y a pedir ayuda, no nos alejan de la
masculinidad sino que nos acercan al lado humano de la misma. Ese lado tan especial donde reposa el
andrógino personal y que había sido crudamente descartado por el típico hombre fortachón y rudo.
Cuando mutilamos el derecho a la fragilidad, automáticamente sobre generalizamos el ideal de
valentía y dejamos de reconocer que, en muchas situaciones, la flaqueza debe aflorar. La nueva
masculinidad no desprecia el coraje: lo reconoce, pero no se obsesiona por él.

Ejercer el derecho a ser débil no es irse para el otro lado y proclamar la debilidad como una virtud
recomendable. Rescatar lo delicado no apunta a "travestir" nuestra virilidad, ni a ensalzar un hombre
blandengue, inseguro y pasivo, avergonzado de su sexo y desnaturalizado, tratando de imitar los
valores femeninos. La seguridad en sí mismo, la capacidad de oponerse a la explotación personal, la
persistencia para alcanzar las metas y el espíritu de lucha son valores deseables para cualquier
persona, hombre o mujer. Lo que se está criticando es el miedo irracional a ser débil y la estúpida
costumbre de tener que exhibir el poderío durante las veinticuatro horas, para "cotizar" y ser amado.

La revolución masculina no defiende al hombre híbrido que se oculta detrás de una aparente superación
personal, que no es "ni chicha ni limonada", y que corre despavorido ante la más mínima señal de peligro.
Los "hijos de mami", evitadores persistentes de cuanta dificultad se les atraviesa, no son la aspiración del

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nuevo orden masculino. Y no me refiero al homosexual, sino a esa extraña mezcla que resulta en los
Michael Jackson de este siglo. El varón posee una fortaleza particular que le otorga su propio género, de
la cual no puede ni debe escabullirse. Pero esta diferenciación no sugiere ausencia de dolor o el
desconocimiento de las restricciones que, evidentemente, poseemos. Hay una debilidad seductora y
tierna que no es raquitismo ni enfermedad, sino expresión de la pequeña mujer que llevamos dentro. Y
al decir "pequeña" no hago mención a lo peyorativo del término, sino a la cantidad de feminidad que
debe poseer un hombre, para no dejar de ser varón.

PARTE II

¿PUEDENY SABEN AMAR LOS HOMBRES?

Acerca del mito de la insensibilidad masculina y su supuesta incapacidad de amar

La verdad sea dicha, el "arte de amar " no es una de las virtudes que el varón haya podido
ejercer tranquilamente. La vida afectiva masculina transcurre en una especie de zona endémica,
bastante complicada y muy poco propicia para que el amor pueda crecer en libertad. Nos encanta
amar, pero a veces se nos enreda el hilo y perdemos el rumbo. En realidad, para ser más franco y
parafraseando la jerga hippie, nos hemos preocupado más por hacer la guerra que por hacer
(construir) el amor. Cuando los jóvenes de los años sesenta nos adornábamos con margaritas,
protestábamos por la guerra del Vietnam, recitábamos las cuatro tesis de Mao Tse Túng y poníamos
a tambalear el orden establecido, también intentábamos rescatar el viejo amor perdido por la
humanidad. Por desgracia, no fuimos capaces o no nos alcanzó) el tiempo. Dejamos huellas como las
marcas de un sarampión, algo de rasquiña, un poco de enrojecimiento, pero nada más; no
alcanzamos la cima.

En esa época, los varones nos permitíamos ciertos deslices simpáticos en contra de la acostumbrada
virilidad, aceptados y casi siempre patrocinados por nuestras liberadas compañeras, pero
seriamente cuestionados por la severa y sesuda paternidad. Recuerdo que cuando mis hermanas me
planchaban el cabello (papel y plancha en mano), mi padre me miraba en silencio aneo diciendo: "Esto
no puede ser mi hijo", en cambio, a mi madre siempre le parecía que estaba bien, me quitaba alguna
pelusa de los hombros y me despedía con un gesto apacible de: "Ve con Dios". Camisas floreadas,
pantalones con bota campana, zapatos de tacón o zuecos, predilección por las flores, los atardeceres,
las poesías, Cortázar, Hermane Hese, el Maharishi de turno, Krishnamurti y los Beatles, eran algunos
elementos que conformaban la parafernalia masculina de la época; también odiábamos el jabón, nos
hacíamos trenzas y compartíamos amable y comunitariamente la novia de turno (ellas hacían lo mismo
con nosotros). Había un toque afectivo, un clima de relax, una ambientación psicodélica, donde la ternura
no quedaba excluida y convivía de manera alegre y entretenida con el género masculino. He llegado a
pensar que, en todo ese "proceso revolucionario", los varones también buscábamos un tipo de liberación
personal que ti-ascendía lo ideológico. Había una propuesta afectiva de fondo de la cual nos alimentábamos
en silencio, y disfrutábamos a corazón abierto. Aunque aquello quedó definitivamente atrás, cierta
nostalgia suele hacer su aparición de vez en cuando, una reminiscencia emotiva difícil de enterrar
nos habla en voz baja de lo que podría haber sido y no fue.

Si realmente queremos vivir a plenitud la experiencia afectiva, ¿qué nos impide hacerlo? ¿Qué nos
falta o qué nos sobra? ¿Por qué no arrancamos desaforadamente a querer a cuanta persona se nos
cruce por el camino? Cuando hablo de "zona endémica" me refiero a un conjunto de condiciones,
básicamente psicosociales, que dificultan el intercambio afectivo del varón. Aunque algunos pueblos
tribales podrían escaparse a esta afirmación, la evidencia psicológica muestra que la gran
mayoría de los hombres civilizados estamos inmersos en una cantidad de dilemas obstaculizantes
que no poseen las mujeres. Muchas veces no sólo no sabemos qué hacer con el amor, como si quemara,

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sino que no hallamos la forma de entrar en él sin tanta carga negativa. Para poder amar en paz
debemos aprender nuevas formas de relación, pero también desaprender otras. Modificar viejas
costumbres y demoler aquellas barreras que no nos han dejado ejercer cómodamente el derecho al
amor. No estoy diciendo que seamos incapaces de amar, sino que el intercambio afectivo masculino
está plagado de interferencias. Hay que limpiar estos canales de comunicación y solamente compete al
varón hacerlo.

Señalaré tres conflictos afectivos que han caracterizado la vida amorosa masculina, y que en la gran
mayoría de los hombres aún están por resolverse:

a) el desbalance interior entre sentimientos positivos y negativos, que nos impide tener un libre acceso
a la ternura;

b) la oposición afectiva que mantenemos con el sexo opuesto, que nos impide identificarnos con lo
masculino y acercarnos a lo femenino; y

c) la dificultad de entregarnos a nuestros hijos desde el lado maternal que poseemos.

El conflicto emocional primario

Sobre la pugna afectiva interior


del varón y la falsa incompatibilidad
entre agresión y ternura

En los hombres prevalece una antiquísima dicotomía emocional, mal planteada y aparentemente sin
solución, que nos quita fuerza interior y nos confunde. Desde la más temprana edad,, los varones nos
vemos obligados a magnificar la oposición agresiva-destructiva y a adormecer la aproximación cariñosa-
constructiva. Un doble esfuerzoextenuante y totalmente antinatural. Muchas veces no queremos
guerrear, pero peleamos, y muchas otras queremos llorar, pero nos aguantamos. Como si tuviéramos los
cables invertidos: en vez de controlar los niveles de violencia y liberar los sentimientos positivos,
frenamos la expresión de afecto y soltamos peligrosamente las riendas de la agresión. Veamos este
cortocircuito afectivo con más detalle.

1. El guerrero interior y el culto a la violencia: la exaltación de los sentimientos negativos


La agresión física o verbal, es decir, el no-respeto, o si se quiere, la violación de los derechos a las
demás personas, es exactamente lo opuesto a la experiencia amorosa. Si hay violencia, no hay amor.
Puede haber formas distorsionadas de placer que se entrelazan y confunden con el sentimiento
positivo, como es el caso del sadismo o el masoquismo, pero esto no es amor. La agresión, en cual-
quiera de sus formas, es atentatorio con la expresión de afecto, y altamente contaminante. Los datos
son irrefutables: la mayoría de los niños varones que han sido golpeados pasan a ser golpeadores cuando
son adultos, y no me estoy refiriendo solamente al ataque a las mujeres, sino también a la violencia
entre hombres, que es mucho más frecuente.

La mayor tendencia masculina a la agresión y a otras manifestaciones de dominación, en


comparación con las mujeres, se debe tanto a factores biológico-evolutivos, como socioculturales.
Cuando la herencia de la especie se ve reforzada por los mitos sociales, el resultado suele ser un
cavernario vestido de esmoquin.

El viejo combatiente.

En el caso de la biología, parece muy establecido que los varones paseemos un paquete hormonal que
nos predispone a estar siempre listos para el ataque. Parecería que la violencia está en nosotros. Si a un

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pajarito como el gorrión se le extraen los testículos (pesan un miligramo y tienen un milímetro de
diámetro), el animalito se volverá sumiso, permisivo y apático por el sexo. Ya no será un combatiente por su
propia supervivencia, y sus días estarán contados. Pero si se le inyectara cierta cantidad de esteroides,
especialmente testosterona, el pájaro despertaría de su letargo y adquiriría nuevamente aquellos
comporta mientas que definen a un macho. Volverá a nacer en él una incontenible motivación por el sexo,
la agresión, la dominación y la territorialidad. Lo mismo ocurre en casi todos los animales,
hombres incluidos. En palabras de Carl Sagan: "Cuanta más testosterona tiene un animal, más lejos
está dispuesto a llegar para desafiar y dominar a posibles rivales".

La testosterona también parece explicar por qué en el mundo animal los códigos sexuales se
parecen tanto a los agresivos. `Te amo" Puede significar: "Voy a matarte", o viceversa; es decir, la mala
lectura de estos simbolismos puede ser mortal. Es posible que ésta sea la razón por la cual el
porcentaje de rechazos que sufre un macho chimpancé por parte de las hembras sólo alcanza el 3%.
Muy de buenas y envidiable para cualquier humano.

Aunque los varones también poseemos hormonas femeninas, la testosterona es definitiva para que
la masculinidad se dé. Su ausencia puede feminizar los genitales de un embrión masculino o, si su
cantidad es elevada, puede llegar a masculinizar los genitales femeninos. Pero lo que resulta más
impactante es que la testosterona es una hormona placentera para el macho. Un sinnúmero de
investigaciones atestiguan que los animales aprenden más fácilmente tareas de diversa complejidad, si
el premio es medir fuerzas con otro macho, como si dijeran: "Nada más estimulante que un buen
combate". Los estudios de psicología social sobre los efectos de las confrontaciones de pandillas
callejeras y grupos marginados muestran que en determinadas subculturas urbanas la "lucha por la
lucha" puede ser especialmente gratificarte, y crear tanta apetencia como cualquier droga. Los
rebeldes sin causa, tipo James Dean, han existido desde siempre.

Parecería que un buen cóctel de andrógenos y testosterona definen dos de las más
apetecidas necesidades masculinas: sexo y agresión. El problema real aparece cuando dejamos que
el instinto se desborde: en estos casos estamos frente a una enfermedad psicológica de control de
impulsos. Uno de mis pacientes, golpeador crónico, relataba así su estado de ira incontrolable: "Cuando
me enfurezco, es como si mi vida dependiera de ello... No puedo parar... Cuanto más golpeo y más grita
la persona, más duro pego... En esos momentos no soy yo... 1-hay como otra personalidad en mí... Como
un círculo vicioso del cual no puedo salir...Y cuando caigo en cuenta... ¡Dios mío!... No puedo creer lo que
hice... Pero ya es tarde...". Un círculo mortal y una culpa tardía. El desubique es patente: con la fiereza
necesaria para entrar en la peor de las batallas, pero sin batalla y frente a un contrincante indefenso.

En el mundo femenino la cosa suele ser más pacífica. Pese a que ellas también tienen
testosterona, la cantidad de estrógeno (responsable de limitar la agresividad) y de progesterona (la
hormona que asegura el cuidado y protección de las crías) es mucho mayor en la mujer. Es bueno
señalar que estas diferencias hormonales, aunque distintivas, pueden invertirse si la situación lo exige.
Nunca he estado de acuerdo con el estereotipo de que las mujeres no saben conducir automóvil,
porque muchas lo hacen mejor que cualquiera de nosotros. Pero debo reconocer que existe una extraña
transformación en ciertas señoras choferes que circulan por las congestionadas vías. No sé si la
testosterona se les incrementa o si aprovechan la situación para desquitarse de la opresión machista,
pero algo les ocurre; además, cuanto más grande es el vehículo, peor. No me refiero solamente a esas
disimuladas y casi imperceptibles gesticulaciones insultantes de las cuales he sido víctima en más de
una ocasión, sino a la marcada intolerancia, las provocaciones amenazantes y la poca cortesía que
acompaña su recorrido (por ejemplo, ceder el paso). En determinadas circunstancias, las mujeres
más femeninas pueden llegar a ser tan bravas como el más bárbaro de los vikingos. Más aún, yo diría
que en situaciones límites, cuando la vida personal o la de los seres queridos está en peligro
(pensemos en una madre defendiendo a sus pequeños hijos), la diferenciación sexual se reduce
prácticamente a cero. En estos casos no somos ni de Marte ni de Venus, sino terráqueos enardecidos.

En el tema de las pulsiones agresivas no aprendidas, algunos autores han llegado a considerar que

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el origen de la guerra debe buscarse en una innata tendencia masculina al asesinato. Como si un
brutal instinto criminal empujara a los varones a matarse entre sí. Nada más absurdo.

Los datos antropológicos no parecen apoyar la idea de que la guerra necesariamente forme parte de la
naturaleza humana del hombre. Algunos pueblos primitivos como los habitantes de las islas
Andamán, cerca de India, los shoshoni de California y Nevada, los yahgan de Patagonia, los indios
mission de California, los semai de Malasia y los tasaday de Filipinas, jamás hicieron ni conocen la
guerra. Aunque nos cueste creerlo, nunca practicaron el homicidio intergrupal organizado. En otros
casos, grupos altamente belicosos, como por ejemplo los indios pueblo del sudoeste de los Estados
Unidos, al cabo de una o dos generaciones, sin que hayan podido mediar cambios genéticos, desarrollaron
sólidos patrones de cooperativismo y pacifismo, totalmente opuestos a lo que eran. Si la naturaleza
humana masculina fuera portadora de un germen batallador destructivo, el asesinato debería ser
universalmente aceptado, y tal como lo demuestra la antropología y la psicología transcultural, la cosa
no parece ser así. No obstante, en esto del batallar los estudios han encontrado una clara diferencia
entre hombres y mujeres. Cuando la sociedad está dominada por hombres sin participación femenina
de ningún tipo, las guerras pueden involucrar tranquilamente a personas de la misma etnia, parientes
o vecinos: nadie se salva. Pero en las sociedades donde la supremacía no es totalmente masculina, y
donde las mujeres tienen más injerencia a todo nivel (matrilineales), la guerra nunca envuelve a gente
del mismo grupo racial y lingüístico: /as mujeres cuidan más a los suyos.

El combatiente social

En lo que se refiere a las causas sociales, la cosa es más compleja. Pese a que la testosterona sigue
circulando por nuestras venas, y a que de vez en cuando nos guste un buen enfrentamiento con algún
desconocido que nos miró mal, en el sujeto humano aparecen otros atributos (valores y principios) que
modulan las viejas y aparentemente irrefrenables tendencias arcaicas. El altruismo, la amistad, el
respeto, la cooperación y el sacrificio consciente por los ideales pueden oponerse, y de hecho lo hacen,
a la agresión ciega e indiscriminada. Que no las promocionemos o no las usemos es otra cosa, pero el
recurso existe y está disponible. La biología sólo alcanza a explicar una parte de nuestro
comportamiento, pero no lo justifica. La justificación humana necesita fundamentación ética y/o moral, es
decir, humanización.Tal como decía Jung: "Dejar salir el guerrero interior; para trascenderlo". Si la
ausencia de ambición puede aminorar la guerra, y si el respeto permite crear las condiciones
indispensables para que la agresión disminuya, ¿qué nos impide cambiar? ¿Por qué no podemos
superar al mercenario?

La respuesta es simple. La cultura patriarcal glorifica y promociona una imagen agresiva distorsionada del]
varón: "Si no te llega, tómalo por la fuerza". La enseñanza social no apunta a trascender al guerrero, sino
a exaltarlo y mantenerlo en estado primitivo. Independientemente de la edad, la mayoría de los
quehaceres cotidianos del varón giran alrededor de enfrentamientos altamente competitivos y/o
destructivos. Si analizamos con detalle el contenido de ciertas películas, los juegos de vídeo, la ropa
masculina, algunos deportes exclusivos para hombres, los juguetes y las modernas tiras cómicas
televisadas o escritas, veremos que la apología a la violencia masculina está en pleno auge. Es una
forma de mantener vivo el espíritu depredador que se supone anida en cada pequeño varón. Todavía
retumban sonidos de tambores.

Aunque el valor de la violencia masculina se infiltra de muchas maneras en la mente de un niño, el ensayo
y error, es decir, el aprendizaje que surge de la práctica directa y de la experiencia vivencial de crecer
en el difícil mundo masculino, es el más determinante. Me refiero a la escuela de la calle. A muchos se
nos han olvidado aquellos años de infancia donde teníamos que sobrevivir a una confrontación
íntermasculina francamente amenazante. No importa si era feroz, cruel o sutil: ella estaba allí. Clase
alta, media o baja, guerra campal o guerra fría, si no había capacidad de contraataque, estábamos
psicológicamente acabados. Un buen ejemplo eran los patios de recreo. Ellos representaban el
escenario donde se ejecutaban muchos de los futuros guiones de cualquier varón promedio. Era el
abrebocas de lo que posiblemente ocurriría algún día afuera: el entrenamiento.

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Como buen hijo de inmigrante de clase media, realicé mis estudios de primaria en la escuela pública
del barrio. Todos nos conocíamos y formábamos parte de la misma "gallada", por así decirlo. Mis
recuerdos de aquella época son alegres y felices, pero también están anclados en un mundillo de
actividades marciales y pendencieras: burlas, alianzas estratégicas, golpes, patadas, agradar al más
fuerte, explotar a los más pequeños, engatusar a los profesores, correr más rápido, saltar más alto,
escaparse del colegio sin ser visto, orinar más lejos que los otros, decir groserías, tirar tizas,
hacer más goles, no ser suplente en el equipo de fútbol, ganar el primer puesto, agradar al rector, en fin,
la competencia en grado sumo. Recuerdo que en el colegio había un gordo gigante llamado Linares,
al cual yo temía porque había decidido mortificarme la vida. Su método de aniquilamiento era
consistente y sistemático, pero con variantes. Una de ellas consistía en sentarse detrás de mí y darme
papirotazos en ambas orejas. Además de que sus dedos parecían morcillas amarillentas (así es de
severa la memoria), los tres o cuatro grados bajo cero de temperatura invernal ayudaban a que el dolor
se congelara y me durara todo el día. La otra variante era más salvaje y directa, y por alguna razón
que nunca pude entender, también estaba dirigida a mis pobres orejas. De repente y sin motivo
alguno, mientras estábamos en el recreo, se abalanzaba sobre mí, me levantaba como si fuera una bolsa
de basura, me llevaba detrás de unos arbustos y me ponía boca abajo en el piso. Luego se montaba
a caballo sobre mi espalda, me agarraba con fuerza los lóbulos de las orejas y los estiraba sin piedad,
hacia afuera, hasta producir una cortada debajo de cada una de ellas. Cuando había terminado su
desalmada faena salía corriendo, muerto de la risa, junto a un flacuchento encorvado a quien le decíamos
"Toro", porque parecía un pájaro. En esos instantes de tortura y humillación, el patio estaba plagado de
mini enfrentamientos similares, aunque más sutiles y disimulados para evitar sanciones. Cada
subgrupo estaba en su propia contienda. Algunos gritaban, unos corrían detrás de otros, un grupo
saldaba cuentas y el gordo estaba encima de mí. Todo parecía tan normal como Apocalipsis Now.
Eran tantas las veces que esta historia se repetía, que ya nadie nos prestaba atención. Los profesores
parecían vivir en otra dimensión (sobre todo cuando nos hablaban de "la importancia del respeto" en la
clase de religión) y si algún contuso se quejaba, la respuesta era típicamente masculina: "Debes valerte
por ti mismo". Mi madre vivía intrigadísima por las dichosas cortaditas debajo de las orejas,
pero jamás llegó a sospechar que su hijo era víctima de semejante monstruo; además, mi orgullo varonil
me impedía contárselo. En fin, todas mis estrategias de supervivencia eran infructuosas, estaba
atrapado y desamparado. Por fortuna para mi autoestima, la historia tuvo un final feliz. Un día,
posiblemente gracias al alma bendita de mi abuela, llegó un muchacho nuevo al barrio y por lo tanto, al
colegio. Se llamaba Pelozato, era un campesino rudo, alto y fornido, de piel curtida y con- manos que
parecían tenazas. Se había mudado a dos casas de la mía, y luego de saborear las increíbles pizzas
de mi madre, yo había logrado conquistar su amistad y especialmente su paladar. Recuerdo que en
un recreo cualquiera, el gordo, como de costumbre, arremetió contra mi pobre humanidad con una
mueca de placer jadeante, y con la pesadez de un tanque Shennan en cámara lenta, pero esta vez las
cosas fueron distintas. Mi nuevo amigo simplemente extendió uno de sus poderosos brazos y el obeso
agresor cayó de culo, con un estúpido gesto de sorpresa y el tabique de su nariz partido en dos. El
milagro estaba hecho. San Pelozato comió pizzas por muchos años más. Se las había ganado.

Si cambiáramos un poco la escenografía y algunos nombres del relato anterior, no habría mucha
diferencia con aquellas películas de presidiarios de los años setenta: Muerte en San Quintin, Fuga de
Alcatraz o Escape de Gorgona. En
la anécdota relatada está condensada gran parte de la lucha humana por la preservación de la vida, con
sus maldades y sus bondades. El sadismo cruel, el honor, el odio, la complicidad, la sumisión, el
oportunismo, la agresión, el terror, el interés, el altruismo y la amistad, todo formaba parte de
un sistema educativo ignorante y cómplice. En este contexto, la agresión garantizaba la supervivencia,
era definitivamente adaptativa e imposible de eliminar. No teníamos otra opción. Pese a que la
educación ha cambiado, la estructura básica de muchos sociodramas colegiales se mantiene. Es
posible que, en algunos centros educativos modernos, los antagonismos adquieran un carácter más
psicológico, menos épico y más civilizado, pero el tema de la violencia competitiva sigue estando presente.
Los varones siempre nos esforzamos mucho más en mostrar el lado agresivo de nuestra masculinidad, de
lo que las mujeres se esfuerzan en mostrar el lado tierno de su feminidad. De la anécdota relatada está
condensada gran parte de la lucha humana por la preservación de la vida, con sus maldades y sus
bondades. El sadismo cruel, el honor, el odio, la complicidad, la sumisión, el oportunismo, la agresión,

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el terror, el interés, el altruismo y la amistad, todo formaba parte de un sistema educativo


ignorante y cómplice. En este contexto, la agresión garantizaba la supervivencia, era definitivamente
adaptativa e imposible de eliminar. No teníamos otra opción. Pese a que la educación ha cambiado, la
estructura básica de muchos sociodramas colegiales se mantiene. Es posible que, en algunos
centros educativos modernos, los antagonismos adquieran un carácter más psicológico, menos épico y
más civilizado, pero el tema de la violencia competitiva sigue estando presente. Los varones siempre nos
esforzamos mucho más en mostrar el lado agresivo de nuestra masculinidad, de lo que las mujeres se
esfuerzan en mostrar el lado tierno de su feminidad. De manera inexplicable, creemos que la rudeza
nos reafirma, pero nos destruye.

Como dije anteriormente, la nueva masculinidad no desea matar al guerrero, sino aprender a utilizarlo.
La ira es una emoción indispensable para autoafirmarse en los derechos y superar obstáculos, pero
mal utilizada puede ser un arma de doble filo. Cuando la ira está bien procesada se renueva en
asertividad, es decir, la expresión adecuada de sentimientos negativos sin violar los derechos ajenos:
decir "no", expresar desacuerdos, dar una opinión contraria, defender derechos, expresar rabia, y así. La
idea no es castrar al varón y convertirlo en un eunuco falto de toda gracia masculina, sumiso y
manipulable. Tampoco se trata de transformarlo en un chimpancé "inteligente", armado hasta los dientes,
ensayando tiro al blanco: la clave está en aprender a discriminar cuándo se justifica y cuándo no,
expresar la emoción primaria de la ira y darle paso a la consciencia, la autoobservación y los valores.
Cuando la ira obra al servicio de los principios, estamos humanizando al guerrero. El estilo de vida hostil,
exigente y arrogante, que instauró la típica sociedad patriarcal, desvirtuó la lucha natural por la
supervivencia y decretó el abuso del poder como un valor masculino. La consecuencia de este
atropello fue la inhibición violenta de toda expresión positiva emocional.

Más allá de toda transmutación posible y de cualquier intento que permita revaluar el arte de guerrear,
muchos varones estamos cansados de pelear por pelear para tener que sentirnos verdaderos hombres.
A más de uno, la leyenda del indomable nos tiene hartos y saturados. Ya es hora de quitarnos esa
pesada y limitarte armadura, y de poner a descansar al organismo de tanta testosterona. Cuando
disminuyamos los niveles de agresión, entenderemos que lleva más tiempo hacer enemigos que hacer
amigos. Aunque muchos varones pendencieros se sientan tocados en su hombría, no hay alternativa:
para vivir en paz, hay que bajar la guardia.

2. El control emocional y la represión de los sentimientos positivos

La posición de que el varón no siente, es insostenible, además de absurda. La cultura lleva siglos
tratando de eliminar los sentimientos positivos en los hombres, pero no ha sido capaz. Por encima de
todo, tal como lo muestra la historia, la sensibilidad masculina ha hecho de las suyas. Para sorpresa
de muchos y muchas, el hombre ha dejado las huellas de su sentir en diversos campos de la creativi-
dad humana (espiritualidad, arte, ciencia). No estoy negando la posibilidad de que el control económico
y político masculino haya permitido que sobresalieran más hombres que mujeres en estas áreas,
lo que simplemente estoy afirmando es que la capacidad de experimentar el afecto y emocionarse
está presente en el sexo masculino. La ostentación del poder no es suficiente per se para que
ocurra el fenómeno creativo: se necesita de alguien que vibre, y los hombres podemos hacerlo.

El problema del varón no es la atrofia sentimental, sino el miedo a dar rienda suelta, no selectiva, a
todo el potencial afectivo con que cuenta. Como si al sentirse desbordado por la emoción se volviera
más vulnerable, y por lo tanto, más atacable. Dos esquemas maladaptativos obstaculizan la
comunicación afectiva masculina: "Si expreso libremente todos mis sentimientos voy a mostrarme débil y
femenino, y seré rechazado", y "Si me despojo de mis defensas racionales quedaré a merced de los
otros, y se aprovecharán de mí". Miedo y desconfianza en grado sumo.

En realidad, aunque la segunda creencia carece de fundamento (la gente no es tan mala), el primer
pensamiento posee algo de verdad. Contrario a lo que se piensa, la literatura científica y la experiencia
clínica están plagadas de casos donde a los varones no les va muy bien ciando aflojan demasiado su

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reserva afectiva. Las críticas llueven de lado y lado: los hombres dudan de su virilidad y las mujeres
cuestionan su masculinidad. En general, los estudios sobre percepción social de la conducta afectiva
masculina muestran que hay un riesgo real al rechazo. Somos demasiado suspicaces respecto a los
excesos afectivos masculinos. Mientras el varón se mantenga dentro de ciertos límites, la ternura es
soportada por otros hombres y casi que afrodisíaca para las mujeres, pero si se traspasa esa línea
divisoria, la cosa se confunde. Veamos dos ejemplos.

Aunque pueda parecer extrañísimo, no a todas las mujeres les fascinan los hombres tiernos y cariñosos. Los
motives de consulta sobre maridos puro duros y demasiad suaves son más comunes de lo podría
suponerse. Una paciente, no muy contenta con el estilo afectivo de su marido, me decía: "Siempre y
cuando me respete, no importa que se imponga de vez en cuando... Algo de rudeza no cae mal... Me
recuerda que estoy con un hombre... Pero cuando se pone muy meloso y a todo me dice que sí, lo
veo como un bobo... Me provoca sacudirlo...". Ella había logrado que el esposo asistiera a una terapia
conductual para volverse" más fuerte y mandón". Con el tiempo, el indeciso señor logró asumir más o
menos el papel de duro, gritar de vez en cuando, quejarse por la comida y dar algunos portazos,
obviamente sin sentirlo. También comenzó a llegar tarde y a hacerse el indiferente. Ya no se despedía con
un beso amoroso sino con un seco adiós desde la puerta. Si la mujer no accedía a tener relaciones
sexuales, ya no mostraba la comprensión que lo había caracterizado, por el contrario, la respuesta era
definitivamente más primaria, salvaje y populachera: "¡En esta casa se hace el amor con o sin usted,
decida!". Dejó de tener ojos sólo para ella y aprendió a deslizar pícaramente su mirada por otros cuerpos.
En fin, el marido de mi paciente decidió cambiar su estilo natural y jugar el juego del macho duro, con
tal de salvar la pareja y ser aceptado por su mujer. Cuando el hombre quedó "cero kilómetro" y fue
dado de alta con su flamante repertorio varonil a cuestas, mi paciente se mostró efusivamente
satisfecha:"Esto sí parece un marido de verdad". No resistí la tentación de preguntarle: "¿No terne que le
quede gustando el papel y se transforme realmente en un machista recalcitrante y se aproveche de
usted?".

No dudó en contestar: "Tranquilo doctor, a la moda, por más que se la vista de seda, mona se queda...
Si se excede, yo lo cuadro... o usted me ayuda". A ella no le interesaba demasiado un cambio real y
radical en su relación de pareja, sólo quería las ventajas aparentes de un hombre fuerte, sin perder
las ventajas de un hombre dominado. Una fantasía especial y muy personalizada. Lo paradójico es que
muchísimas mujeres darían cualquier cosa por cambiar a su distante marido por otro más dulce, expresivo
y amoroso. Como quien dice: "Dios le da pan a quien no tiene dientes".

Pero el rechazo al varón sensible no ocurre solamente en la discreción de la relación matrimonial. A veces,
la metida de pata es pública y las consecuencias, francamente funestas. Hace algunos años, cuando
estaba empezando carrera, fui al cine con un grupo de amigos a ver la película Campeón, que relataba
una bella y triste historia de las relaciones entre un padre viudo, boxeador, y su pequeño hijo varón. Cada
uno de nosotros iba acompañado de una amiga. La mía me encantaba, y aunque la relación era reciente
existía una evidente atracción mutua de la cual esperaba verme beneficiado. Al apagarse las luces, ni ler-
do ni perezoso le crucé el brazo y entrelazamos nuestras manos. Todo iba a las mil maravillas, hasta que
me adentré en el argumento. El guión cinematográfico era de tal intensidad dramática (ya que todo
hacía prever la muerte del papá y la consecuente orfandad de un niño monito, simpático y pecoso) que
al cabo de un rato más de la mitad de la sala estaba con el pañuelo en la mano. Una situación como ésta,
cómoda y afín con el rol social femenino, puede convertirse en una pesadilla para un varón sensible
(llorón). La tortura suele comenzar cuando una sensación de "nudo en la garganta" arremete desde
adentro con el consiguiente impulso natural de lagrimear, sano y aconsejable, y una fuerza en sentido
contrario infructuosamente intenta apaciguar cinco millones de años de evolución. Los diques de contención
se refuerzan, se intenta tragar a toda costa, la mente piensa en cosas distintas y se esgrimen risitas
tontas, mientras un clima de incomodidad e inseguridad comienza a amenazar el estatus de una
supuesta masculinidad vacilante. Esta lucha interna, según mandan las costumbres, debe ser
ganada por el autocontrol masculino. Por desgracia, ese día, como solía ocurrirme con cierta
frecuencia, mis controles internos fallaron. Pasados algunos minutos, los mecanismos de defensa
sucumbieron a la potencia avasalladora de un lloriqueo cuasi inconsolable, es decir, un llanto de esos

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imposibles de ocultar.

No obstante los argumentos que puedan darse en contra de la represión emocional, del derecho a
sollozar y otros tantos, la realidad es que un muchacho universitario llorando a moco tendido, con
pañuelo prestado, durante la película Campeón, un domingo a las cinco de la tarde, no suele ser
visto como un buen partido ni siquiera por las feministas más avanzadas. Al terminar la película, con mi
hombría seriamente cuestionada por el auditorio inmediato, además de cierta dificultad para respirar, se
hicieron dos filas. En una iban los varones con la obvia alegría que produjo la terminación del suplicio,
tratando de doblegar su activada emocionalidad, golpeándose, empujándose, burlándose de la película o
simplemente hablando de cualquier cosa. En la otra, iban las mujeres "oji-hinchadas", los novios
consolándolas, bastante más atrás... yo. Adiós conquista.
Tirarse a la palestra afectiva no siempre produce las positivas contingencias psicológicas y sociales
esperadas. Por tal razón, aquellos varones dependientes de la aprobación de los demás, no
están dispuestos a pagar el precio: "Reprimir mis sentimientos tiene sus ventajas". No estoy
eximiendo de responsabilidad al varón, ni buscando culpables de la inhibición emocional masculina; en
última instancia, es el hombre quien debe reestructurar su vida afectiva. Sólo estoy mostrando un hecho
evidente: gran parte de la sociedad masculina y femenina aún no está preparada para ver un
hombre efectivamente liberado. Esto lo saben muchos hombres, y se niegan a cambiar.

En los varones, el temor a expresar sus sentimientos positivos puede ser totalmente irreversible.
Recuerdo a un señor de unos cuarenta y cinco años, muy interesado por su crecimiento psicológico y
espiritual, que fue incapaz de decirle "te quiero" a sus padres. Cuando iba a intentarlo, en el preciso
momento de expresar la frase, le sobrevenía un temblor en las piernas y una especie de espasmo le
impedía toda comunicación. Incluso los ojos se le llenaban de lágrimas, pero la verbalización se
bloqueaba totalmente:. Muchos de mis pacientes masculinos mejorarían ostensiblemente su relación de
pareja y con las demás personas si lograran comunicarse y dar retroalimentación positiva: "Estás
muy linda hoy", "Me gustas", "Te admiro", "Te felicito", "Eres una gran persona (un gran amigo o un
gran colaborador)", `Te aprecio", `Te necesito". El famoso y tan añorado, "Te quiero", o el posgrado,
"Te amo", brillan por su ausencia. La excusa masculina siempre es la misma: "No va conmigo", "Me
siento ridículo", "Es como si estuviera en una telenovela", "En realidad nunca le han enseñado",
"
¿Papa qué?", y muchas más.

Las mujeres casadas con hombres afectivamente inhibidos saben a la perfección que el acto
sexual es, en la práctica, el único momento donde pueden disfrutar del contacto afectivo y sentir la
ternura masculina en toda su magnitud. Para muchos varones, la desnudez física es el permiso para la
desnudez psicológica. Los varones debemos comprendes; de una vez por todas, que esa desnudez
afectiva es el mayor estimulante para la mujer. En esos instantes, la comunicación sobrepasa los
umbrales de la represión y el varón se desborda en cariño (es privado y nadie puede verlo). Por
desgracia, luego de la más deliciosa y tierna intimidad, todo vuelve a la "anormalidad". El gesto
cambia, las caricias se alejan, la escafandra vuelve a su sitio y el varón, que hace un insbnte enloquecía
de amor y aullaba de pasión, vuelve al más lúgubre anonimato afectivo y a la misma expresión
aletargada. ¿Por qué hacemos esto? ¿Por qué volvemos al mismo esquema de constipación
emocional? ¿De qué nos avergonzamos? Digámonos la verdad: en el recogimiento del lecho nupcial la
mayoría nos convertimos en los más ridículos monigotes del amor, decimos "cuchi-cuchi", imitamos
al gato, al pato, al oso, al Topo Giggio, hablamos como el "Guille"de Mafalda, pedimos caricias, rascamos
la espalda y hasta estripamos espinillas (y los más audaces hasta se disfrazan de bebé). Creo que
si una cámara escondida filmara las relaciones conyugales íntimas, muchas de las películas
obtenidas no entrarían en la categoría de pornográficas, sino en la de "cómicas" y "aptas para todo
publico".

Pese al lado tierno que a veces aflora, las marcas generacionales han sido brutalmente instaladas en el
disco duro de la mayoría de los varones: "Los hombres no lloran", "Pareces una mujercita", "No me
abraces tanto", "A los hombres no se les mima", "Si muestras tu sentimientos, verán tu lado flaco",

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"Los hombres expresamos el amor de otra manera", "Si eres tierno, te ves ridículo", y así. Como
veremos más adelante, la ausencia de un padre cariñoso que sirva de modelo afectivo ha creado un
enorme vacío en la formación sentimental del hombre. Para un varón educado en la tradicional frialdad
patriarcal, la comunicación afectiva es vista como una forma de flaqueza y desprotección. Es la caída de
todas las defensas y la destrucción del mito en el cual se protegía esa férrea masculinidad temerosa de
ser descubierta. Nos da miedo expresar lo bueno. Necesitamos estar seguros de no hacer el ridículo y de
sentirnos aceptados para abrir la compuerta emocional positiva. Si las condiciones de seguridad no es-
tán dadas, nos enconchamos. El despojo de nuestros mecanismos de defensa requiere tiempo, paciencia
y altas cantidades de comprensión femenina.

3. Al rescate de la amistad masculina:


cuando el varón quiere al varón

Desde el punto de vista terapéutico, es más fácil lograr que un varón exprese sus emociones a una
mujer, que a un hombre. Expresar amor a otro varón es, definitivamente, una terrible amenaza para el
ego masculino; y no me estoy refiriendo a otra cosa que a la pura y sencilla amistad, libre de toda
connotación homosexual, viva o latente. Además del miedo típico "a que me gusten los hombres", la
razón más común del freno emocional intermasculino es el miedo a la burla y a la crítica de otros
hombres, es decir, a perder estatus. Los hombres somos muy severos con aquellos varones que
expresan afecto de una manera demasiado efusiva.

Para un varón reprimido y duro, la exteriorización masculina del cariño es insoportable, le produce
fastidio e incomodidad porque cuestiona y remueve las represiones más escondidas. Dicho de otra
forma: para un varón emocionalmente constipado no hay nada peor que un varón emocionalmente
liberado. Le crispa los nervios. l:n las terapias de grupo de hot7ibres, más de la mitad escapan es-
candalizados cuando deben abrazar y acariciar a sus compañeros. A veces, la deserción ocurre
simplemente porque deben comunicar sus estados internos a otros varones. Estamos tan
acostumbrados a que nos oigan las mujeres, que cuando un varón nos abre el corazón, nos asustamos.

La posibilidad de comunicarse con otros hombres y compartir las experiencias masculinas afectivas, o
de otro orden, es de una riqueza psicológica invaluable. Compartir las vivencias desde y hacia la
masculinidad es una manera de incrementar el autoconocimiento y el crecimiento personal, no hacerlo es
un desperdicio. Recuerdo que cerca de mi casa había un parque donde se reunían grupos de hombres
mayores, ya jubilados, para conversar y tomar el sol. Para nosotros los jóvenes, presenciar esas
reuniones era como un bachillerato acelerado, sin exámenes y sin censura de ningún tipo. Un
laboratorio vivencial donde se reproducía la Segunda Guerra Mundial, la guerra civil española, las mejores
cátedras de anatomía femenina, el problema económico del país, el fútbol, algo de ajedrez y los insultos al
gobierno. Con una facilidad increíble, todo se convertía en polémico, nadie escuchaba a nadie y todos
hablaban al mismo tiempo: un costurero masculino. Ese lenguaje hubiera sido chino para cualquier
mujer. Pero detrás de ese "ruido", aparentemente carente de significado, se escondía el dialecto de la
camaradería, el sentido de pertenencia a un club "sólo para hombres" y un espacio masculino que se
hacía extensivo a la cancha de bochas, al billar o al bar de la esquina. Allí aprendíamos a jugar cartas,
dados y dominó. También aprendíamos el sutil arte de hacer trampas inofensivas, a poner apodos y a
cultivar una amistad que perduraría por años. Más allá de la competencia y las disputas, había un
lugar donde podíamos reír del mismo chiste sin traducciones, y burlarnos de las mismas cosas sin
disculparnos.

Por desgracia, se han perdido la filosofía del café y la pasión que debe acompañar toda buena
conversación. Cada día somos más tímidos y cada día nos aislamos más. Es tragicómico ver cómo el
alcohol logra lo que ninguna terapia es capaz de hacer. Bajo los efectos "embellecedores" de la bebida,
los más rudos exponentes de la insensibilidad masculina se vuelven empalagosamente dulces e
insoportablemente afectuosos, sobre todo con amigos hombres (con las mujeres la cosa es más
sexual): cariños y expresiones efusivas acompañan a un "varón tomado", artificialmente liberado y
descontrolado. Ya en la madrugada, algunos hasta lloran.

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Conmoverse por el sufrimiento de un amigo, ayudarlo, jugársela por él, abrazarlo, expresarle amor
incondicional, carcajearse y hablar, no ya de "hombre a hombre" sino de amigo a amigo, es desmontar
gran parte del sofocante hipercontrol racional al que estamos acostumbrados. Los amigos posibilitan
el diálogo, el chisme interior, la locura que no se permite en casa, el cuento mal contado y el secreto
mal habido. Es una de las mejores maneras de desagotar la represa emocional. Con el tiempo, uno
descubre que la ternura y el cariño compartido entre varones se vuelve tan natural como el juego
entre dos cachorros. El hombre debe volver al hombre. Y no lo diga de manera discriminatoria sino
complementaria, porque en la medida que el varón pierda el miedo al afecto masculino, se acercará más
tranquilamente al amor femenino.

El conflicto afectivo con lo femenino

Sobre el amor por las mujeres y la persistente


malla de tener que oponernos a ellas para definir
la propia masculinidad

La vida de cualquier hombre está todo el tiempo ligada a la de la mujer. Desde el punto de vista
biológico, la programación básica de la vida a nivel embrionario es femenina, nosotros le agregamos
(transmitimos, forzamos o depositamos) el cromosoma "Y" que define el sexo del hombre (la identidad
viene después). Si no existe esta intervención, la tendencia natural es a producir mujeres, pero si aparece
el gen responsable, se produce una formación testicular masculina.

Ahora bien, el testículo fetal debe estar todo el tiempo pendiente de la evolución del embrión: un
mínimo descuido puede crear un caos patológico o alguna deformidad. Durante las ocho o nueve
semanas iniciales, debe haber un esfuerzo permanente para que la diferenciación del feto masculino se
dé. Cuando digo esfuerzo, me refiero a un trabajo extenuarte, a una verdadera contienda con la
tendencia natural a generar hembras. Tal como han sostenido infinidad de biólogos y psicólogos de
diversas corrientes, al macho hay que fabricarlo, mientras que la hembra simplemente está ahí. Ella
ocurre por obra y gracia de la "madre" naturaleza, es decir, si la estructura cromosómica original
sigue su curso, espontánea y tranquilamente, nacerá una mujer. Sin querer pecar de fatalista, este
comienzo biológico es el presagio de un derrotero que definirá gran parte de la vida posterior del varón en
dos sentidos:

a) su origen femenino y
b) la oposición a esta misma génesis para definir su masculinidad.

Mientras estamos en el seno materno, el universo amniótico nos acurruca, alimenta y acaricia.
Permanecemos nueve largos meses metidos dentro de una mujer, siendo totalmente uno con ella y
disfrutando con intensidad del silencioso nirvana de su vientre. En él nos refugiamos, hacemos y
deshacemos a nuestro antojo. En él vivimos el milagro de la vida, donde todo es beneficio y nada es
inversión: el negocio perfecto. Por alguna razón aún no establecida, a los hombres la naturaleza nos
privó del privilegio de brindar este paraíso interior a otros seres. Al menos biológicamente hablando, nunca
podremos decir "nuestras padres" o "nuestros madres". El vientre paterno sólo existe para el padre: no
es compartible ni convertible. Venimos de mujer, ésa es nuestra procedencia, y pese a que algunos lo
vean como una desgracia, muchos varones aceptamos gustosos nuestro origen (aunque debo reconocer
que no nos gusta demasiado pensar o hablar de ello). No hay vuelta de hoja, hasta el más insoportable
machista debe reconocer que en el momento de su nacimiento, cuando pasó del éxtasis interior al ruido
ensordecedor del mundo viviente, lloró, pataleó y protestó enérgicamente. Estar "en" mamá era mejor.

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Pero la relación de dependencia con las mujeres continúa. El idilio prenatal adquiere una nueva forma
después de dar a luz. La relación intrauterina madre-hijo se prolonga de manera extrauterina durante
varios meses, en los cuales la madre sigue prodigando cuidados de todo tipo, cariños, besos y
abrazos. La díada afectiva se hace ahora claramente visible. La simbiosis sigue, pero más cons-
ciente de parte y parte. En el bebé ya existen formas primarias de percepción, y la mente comienza a
formarse. Ya ambos pueden verse, tocarse e intercambiar placer de una forma más directa, atrevida y
erótica. Sin embargo, muy a pesar de los implicados, este amorío, primario y básico para la
supervivencia, se complica. En el varón se suma un nuevo ingrediente, algo que lo hará renegar y lo
obligará a dar marcha atrás. Una especie de infamia ontogenética comienza a tejerse, un mal chiste del
destino y una mala jugada de la vida: la identificación masculina, que a la larga no es otra cosa que
una "desidentificación" femenina.

Tal como dije antes, a diferencia de lo que ocurre en el bebé de sexo femenino cuyo proceso de
identificación ("yo soy una mujer") ocurre de manera natural, fluida y pasiva, el varón debe hacer un giro de
l80) grados, frenar el proceso de identificación en el que venía y reconocer a regañadientes que aquello
que lo contempló, lo colmó de dicha y le dio tanto amor, es de otro planeta o, al menos, no es como él.
Debe renunciar a la mayor fuente de placer conocida, alejarse intempestivamente y comenzar a
desligarse de un "yo" mal habido y de una autopercepción afectiva mal construida; como el cuento de
la leona criada con ovejas que un buen día, al mirarse en un lago, descubre que no es igual a sus
congéneres, sino distinta, de otra raza o casi de otra especie. Aunque no tenemos forma de saberlo, me
imagino que el impacto para un niño debe ser terrible, más aún si consideramos la ausencia del otro
patrón de identificación: la figura masculina del padre. Si al niño le diera por preguntar: "Está
bien, no soy esto, pero entonces, ¿qué soy?", la respuesta lógica, aunque algo indeterminada,
debería ser: "Eres un varón". Y si acaso el supuesto niño volviera a preguntar: "¿Y qué es un
varón?", más de un padre saldría corriendo.

La identidad de los humanos, es decir, el autorreconocimiento personal, ocurre mediante un principio


que se conoce con el nombre de "fenómeno de mirarse al espejo". Nos autodefinimos en la medida que
nos vemos en relación con los otros. Cuando el niño descubre atónito que se estaba mirando en el
espejo equivocado, debe comenzar a distanciarse mental y afectivamente, y debe mirar para otro
lado: buscar otro espejo. Esta ruptura de género con la fuente primaria, es decir, la mamá, requiere de
una reacción antagónica y un oposición activa. Aunque no nos guste demasiado, la naturaleza obró así: la
masculinidad Comienza a definirse por el desprendimiento de lo femenino. Mientras que en el
proceso de identificación femenino, la cercanía afectiva y la relación con su fuente de alimentación y
cuidado fortalece la concordancia de género, en el hombre es al revés. Al varón, la correspondencia
de la propia identidad no le viene dada, debe trabajar para obtenerla. Debe tratar de hallar un punto
medio donde no se retire demasiado, lo cual sería poco recomendable para su posterior vida afectiva
(odio o indiferencia a las mujeres), ni tampoco debe quedar atrapado en un vínculo infantil, lo cual
sería catastrófico (afeminamiento o complejo de Peter Pan). Este proceso de mantener a raya a la mujer
para poder encontrar su propia identidad, genera un desgaste enorme de energía en los varones,
además de angustia, culpa, odio y amor, mezclados y agitados. Pero la cosa no termina aquí.

Hacia los dos o tres años, tanto los niños como las niñas intentan la separación de género; los
juegos son distintos y se prefieren amiguitos del mismo sexo. Los muchachitos parecen desarrollar
cierta fobia a las niñas, y éstas, cierto pesar por la "bobada" masculina. Los muchachitos, antes de entrar
en la preadolescencia, pueden llegar a tener verdaderas pesadillas sobre la posibilidad de ser una niña
enmascarada, o lo que es lo mismo, una niña en el cuerpo de un niño. El mayor terror y el peor insulto
para un muchacho de esa edad es que le digan niña.

Sin el menor ánimo de parecer víctimas y ateniéndome exclusiva y objetivamente al desarrollo


psicológico-afectivo masculino: ¡qué ajetreo tan agotador éste de ser varón! Primero, en lo embrionario,
debemos agregar una "Y" que solamente poseemos los varones y que no parece estar programada
de manera tan natural por la biología. Después, la desilusión y la cruel aceptación de que no se es
mujer, es decir, soy una especie de marciano. Más tarde, cuando la cosa parece estar tranquila, nos

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sobreviene un trastorno obsesivo no registrado aún por la psiquiatría: "Para ser varones debemos
diferenciarnos de las niñas", más aún, cuanto menos nos parezcamos, más hombres seremos. En vez
de aprender a ser varones reafirmando lo que tenemos que hacer, lo aprendemos por defecto, es
decir, por lo que no tenemos que hacer. Para rematar la cosa, durante casi toda la vida a muchos varones
les asalta el pavoroso miedo, algunos dicen que la duda, de ser homosexuales. O sea, además de todo
lo anterior, también hay que cuidarse de ser homosexual (nuevamente oponerse) y, como es obvio,
hay que diferenciarse de ellos. ¡Qué falta hace un papá!

En cierta ocasión fui invitado por una asociación de mujeres para hablar sobre este tema. Cuando
terminé de explicar el problema de la identificación masculina, la mitad de las asistentes tenían los ojos
llorosos, y la otra mitad mostraba un claro sentimiento de compasión y pesar: "Pobres... Lo que les toca
sufrir...". En verdad, no supe si debía agradecer el gesto o deprimirme con ellas.

Es apenas natural que en este contexto de búsqueda de lo viril, la gran mayoría de los hombres
adquiera el vicio, generalmente no consciente, de tener que estar todo el tiempo mostrando que son
verdaderos varones. La masculinidad es mucho más irllportante para nosotros, de lo que la
feminidad es para las mujeres. Realmente, equivocamos el camino. Podríamos orientar nuestras
energías fundamentales a descubrirnos a nosotros mismos, sin definir tantos territorios y linderos inútiles
con lo femenino. El absurdo está planteado así y mantenido por siglos: en los varones, la
masculinidad depende de cómo se resuelva la feminidad. Ridículo en grado sumo. El desatino
está, precisamente, en que no hay nada que resolver. Es posible que no tengamos mucho que hacer en lo
embrionario, pero sí podríamos mejorar la manera como la cultura administra los procesos infantiles de
identificación masculina. También podríamos crear nuevos métodos educativos para la
socialización de niños varones, reestructurar la concepción que los adolescentes tienen de las mujeres, y
trabajar activamente para vencer el miedo a la expresión de sentimientos positivos. En fin, hay mucho por
hacer, si en verdad existiera la motivación.

Esta insistente arremetida contra lo femenino comienza a suavizarse cuando; hacemos un


descubrimiento desconcertante, y casi que traidor a la causa: ¡las mujeres nos dejan de parecer
horribles y además, nos gustan! „Dios mío... ¿Cómo es posible?... Ellas me gustan...", exclamaba
seriamente preocupado un paciente varón de doce años, sorprendido de sí mismo. Este hallazgo es tan
estremecedor y avergonzante, que suele ser mantenido en secreto por algún tiempo, hasta que
alguien más valiente sea capaz de comentarlo en el grupo de referencia. Así, descubrimos que
por fortuna no somos los únicos. En verdad, cualquier muchacho aquejado de enamoramiento siente
el más grande alivio al ver que sus compañeros de género están en las mismas y, como suele ocurrir,
hasta el más duro de la barra está "afectado". Como una epidemia de origen desconocido, los temibles
combatientes antifeministas van deponiendo las armas y entregándose mansamente, uno a uno, al
enemigo. Un contrincante mucho más poderoso, en apariencia pasivo y supremamente encantador,
que no perdona.

Junto al virus afectivo que nos revuelca sin remedio en el amor adolescente, en el varón se hace evidente
una nueva fuerza con el vigor de mil soles, punzante y demoledora, que definirá gran parte de la
existencia masculina posterior, y de la que hablaré en la tercera parte del libro: la atracción sexual. Esta
nueva energía termina de hacer añicos esos años de "protesta viril", como los llamaba Adler, y la balanza
definitivamente comienza a inclinarse. Las paradojas de la vida: tanta repulsa, tanta negación por lo
femenino, para regresar a ellas. Del destete, al "tete". El retorno a la mujer y la aparente conciliación
con el otro sexo, deja expuesto de una vez por todas el conflicto básico del varón, el dilema atracción-
repulsión hacia lo femenino, que guiará y determinará gran parte de su futura vida amorosa.

Aunque hay muchísimos estilos afectivos masculinos, y aunque algunos pueden llegar a superponerse
para crear subtipos, señalaré los que considero más importantes frente al impedimento que genera la
oposición a lo femenino. Según como se intente resolver este conflicto básico, serán las formas de
relacionarse afectivamente: muy rca, malo; muy lejos, también. Los que no son capaces de alejarse
lo suficiente del vínculo maternal inicial, permanecen en una relación infantil y/o culpable. Los que se dis-

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tancian demasiado, pueden oponerse al amor femenino con indiferencia y/o agresión. Los que logran
reestructurar un buen punto de equilibrio, alcanzan a reconciliarse con ellos mismos y con el amor
femenino. Dejaré al hombre conquistador compulsivo, al que sufre de "donjuanismo", para el
apartado de la infidelidad.

1. El hombre apegado-inmaduro

Este hombre no ha logrado desarrollar su virilidad. Es un varón altamente dependiente y todavía agarrado
al cordón umbilical. Quedó apresado en la relación maternal y no logra separarse del vínculo y traspasar
la frontera de la autonomía. Por lo general, es el típico hombre incompleto, débil, aniñado y posiblemente
afeminado. El rasgo principal está en el apego y en el miedo a ser varón. Asumir su identidad masculina
le produce pánico, porque deberá alejarse de sus señales de seguridad. Este tipo de hombre no sabe ni
puede amar, porque está demasiado concentrado en sí mismo, en sobrevivir y en ser amado. Es un
narcisista egocéntrico, pero no por convencimiento sino por inmadurez afectiva. Al resolver el conflicto a
favor de la madre, el estancamiento le impide el desarrollo de una identificación normal con su rol
masculino. Lo que verdaderamente necesita es una nodriza, alguien que se haga cargo de él y lo asista.
Un hombre así, es un niño grande que se niega a crecer, un Pantagruel afectivo que ya no puede
desarrollarse en ningún sentido: ni para afuera, ni para adentro.

Cuando el hombre apegado-inmaduro siente que el sustento afectivo se debilita, es decir, cuando
prevé el distanciamiento, entonces activa la estrategia retentiva del niño, la cual consiste en agarrarse
desesperadamente de la mamá como si se tratara de una prolongación de su ser: "¡Mi mamá es mía!","
¡Váyase!","¡No la toque!". En estos hombres empieza a funcionar una forma especial de celos cuando
sienten, real o imaginariamente, que están perdiendo la seguridad que les brinda su pareja. Entonces
persiguen, vigilan, recogen pistas, registran, se ofenden, agreden y/o alejan a todo ser que pueda
robarles o distraer la atención de la mamá-mujer. Este tipo de celos es la manifestación más primaria del
apego. La posesión se convierte aquí en la manera de apoderarse a la fuerza de la fuente de seguridad,
y de garantizar el suministro necesario de confianza para seguir sobreviviendo en el regazo materno.
La motivación básica del celoso-apegado-inmaduro no es rescatar el ego lastimado (como el machista),
ni defenderse del engaño (como el paranoide), sino evitar enfrentar la realidad de la propia identificación.
Cuando la cosa se pone grave, estamos ante la tristemente célebre celotipia, una enfermedad que
requiere de ayuda profesional.

Si su pareja es extremadamente maternal, la combinación es mortal e incestuosa, aunque


compatible. Algunas mujeres, encartadas con este tipo de relaciones, crean un cierto reto personal, y
movidas por un optimismo francamente desbordante, intentan enseñarle al grandulón a ser adulto, es
decir, a ser varón: otra vez lo maternal. Esta noble cruzada termina, evidentemente, coartando aún más
la poca autonomía masculina que puede haber existido, y agregando más dependencia a la relación. El
peligro radica en que el apego, aunque no lo parezca, es contagioso. Entonces el resultado suele ser un
doble apego, simbiótico, fuera de lugar y a destiempo. Ella adopta al bebé.

2. El hombre culpable-sumiso

Este tipo de varones hace un jugada mental supremamente autodestructiva. No contentos con los
avatares y la complejidad del proceso de ser hombre, deciden echarse al hombro una nueva carga:
la culpa. Como si el inconsciente se reprochara a sí mismo: "Para ser hombre tuve que renegar de mi
madre y traicionar su amor". Un Judas afectivo de la peor calaña. Negar a Jesús fue algo espantoso, pero
negar a la madre es una monstruosidad genética.
Estos hombres muestran una actitud reverencial y servicial para con las mujeres, realmente sospechosa.
A ellas obviamente les encanta que sean atentos, amables y buenos anfitriones, que les den la
razón en cualquier controversia, que se muestren abiertamente feministas y que pidan disculpas todo el
día. Pero esta seducción no es buena educación sino un acto de compensación, un tipo de in-
demnización. Si pudieran devolverse en el tiempo, serían transexuales, o al menos, solterones
empedernidos. Cuando oigo:`Tu marido es un santo de canonizar", de inmediato me pregunto: "¿Qué

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tipo de santo será, virtuoso o culpase?". Ser bondadoso y conciliador por vocación es algo respetable,
pero ser sumiso por necesidad, es lamentable.

Estos hombres muestran un aparente amor incondicional por sus mujeres y una tolerancia sin límites, que
no es otra cosa que la penitencia auto impuesta para reparar el supuesto daño afectivo original de
separarse de la madre, que trasciende la pareja y se hace extensivo al sexo femenino en su totalidad.
Reivindicarse frente a las mujeres del mundo puede ser bastante agotador. Además, por pura
estadística, a más de una dama puede parecerle atractiva la idea de someter de vez en cuando a su
pareja; después de todo, él lo quiere así y parece disfrutarlo. El hombre culpable-sumiso se siente
internamente miserable y sin derecho a un amor respetable, y por tal razón el castigo suele convertirse
en fuente de placer. Por donde se mire, es malo y contraproducente. Estos hombres aceptan complacidos
el maltrato. Verlos en acción es desagradable hasta para las mismas mujeres.

Hace poco me tocó presenciar una de estas autolaceraciones públicas en un grupo de amigos. El
hombre en cuestión debía traer unas medicinas para su suegra, pero debido a un problema laboral
imprevisto llegó bastante retrasado a la comida en su propia casa. La verdad sea dicha, en
general había sido un hombre muy puntual y juicioso (su mujer siempre sabía dónde estaba), pero
esta vez se había retrasado. Cuando llegó, ya todas las parejas invitadas estábamos cómodamente
instaladas, saboreando un delicioso aperitivo y tratando de calmar a su mujer, quien fumaba y
bufaba al mismo tiempo. Al verlo entrar, sin mediar saludo de ningún tipo, le gritó a pulmón lleno: "¡Te
dignaste a venir!". Él se limitó a esbozar una sonrisita lamentable. Ella se le acercó con paso firme, en
verdad parecía un escuadrón de la policía montada del Canadá, le arrancó el paquete de medicinas
y literalmente le gruñó. Él se quitó el saco, se aflojó la corbata, que en esos momentos más parecía
una soga al cuello, pidió disculpas por llegar tarde y se dejó caer pesadamente, por pura
gravedad, en un sillón enorme y mullido que casi se lo traga. Sentado ahí se veía como un niñito
regañado y acongojado, lo cual se notaba más por la insistencia en buscar permanentemente la
mirada de su malencarada mujer, para ser absuelto.

Al cabo de un rato, cuando por suerte el clima y la temperatura ambiente parecían mejorar, mi
amigo tuvo la mala suerte de tumbar y romper una botella de Chivas 24 años, regando el
preciado líquido sobre una bellísima y pálida alfombra persa sin muchos arabescos. El accidente,
debo ser sincero, me dolió más por el desperdicio del contenido que por el tapete. A la dueña de
casa, como es obvio, le pareció al revés. Volvió a gruñir, esta vez con un sonido similar a un
elefante marino, y soltó una frase que logró transformar nuestras expresiones en muecas: "¡Calvo
huevón, usted no sirve para nada!". No fue precisamente una expresión muy poética, ni ejemplo de
la mejor diplomacia, pero por encima de todo, fue humillante. Todas nuestras miradas, como ocurre
con el público asistente a un importante partido de tenis, buscamos al unísono los ojos de nuestro
infortunado amigo, los cuales estaban más achinados, rojos y chiquitos que de costumbre. Luego,
otra vez al unísono, dirigimos la mirada hacia ella esperando algún tipo de rectificación, pero se
reafirmó en lo dicho, sin hablar. Entonces, todos nos paramos al tiempo, como impulsados por algún
resorte invisible, para colaborar de alguna manera en el accidente, hacer un break y des-
congelar el cuadro de tragedia. Él, luego de semejante insulto, obviamente se mostró un poco
más adusto y serio, pero en realidad estaba más dolido que ofendido. Con el transcurrir de la
noche, ante la insistente indiferencia de ella, no aguantó más y en un acto de expiación sin
precedentes, le pidió disculpas públicamente y un beso para hacer las paces, a lo cual ella accedió
de mala gana.

Aunque algunos elogiaron la nobleza del varón arrepentido y su acto de contrición, la mayoría de
los comensales, hombres y mujeres, intercambiamos un acuerdo implícito, muy gestual y secreto, de
no aprobación. Lo interesante del relato es que la bravura de nuestra amiga anfitriona sólo hace
aparición con su pareja. Con otras personas es una mujer tierna, amable y tolerante. Algo similar
ocurrió con la primera esposa de mi buen amigo, y con la mayoría de las mujeres que le conocí a
lo largo de su vida: al cabo de un tiempo, todas mostraban el mismo patrón agresivo. Él se
encargaba de que fuera así.

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El varón culposo coloca su cabeza en el cadalso y dice: "Si me amas de verdad, destrúyeme y así
podré amarte", pero el amor, por definición, es ausencia de destrucción. El amor sincero es energía
creativa. Intervenir en este suicidio afectivo es supremalriente dañino para cualquier mujer, porque
desvirtúa la verdadera esencia del amor y compromete, no solo la salud mental de la víctima, sino también la
del verdugo. Parafraseando a Erich Fromm: "El amor es la expresión de la illtirjiidad entre dos seres
humanos, siempre y cuando se preserve la integridad de cada uno" (las negrillas son
mías).

3. El hombre esquizoide-ermitaño

Este hombre se caracteriza por un estado afectivo plano generalizado, pero especialmente con las
mujeres: ni deseo, ni amor. El esquizoide-ermitaño, hasta la edad adulta se mantuvo con firmeza en la
oposición a lo femenino, y solucionó el conflicto atracción-repulsión con la mujer mediante el
distanciamiento. No hay mayor alejamiento afectivo que la indiferencia: "Ellas no existen", "Puedo vivir
sin ellas" o simplemente, "No me importan". No es autonomía ni sana independencia, sino
desconexión emocional y sexual. Muchas mujeres son víctimas de estos hombres "disociados "que no
parecen responder a ningún tipo de seducción y provocación, como si fueran de plástico. Ermitaños del
amos; temerosos de que la mujer los arrastre y los despersonalice, se atrincheran en una soledad
afectiva ilimitada. Un paciente con estas características describía así su tortuoso sentimiento hacia lo
femenino: "No nos engañemos, doctor... Como hombre, usted alguna vez debe haber tenido la
sensación espantosa de ser succionado, aspirado hacia ellas... ¿Qué puede haber más parecido a la
muerte que las cavernarias y gelatinosas paredes de un vientre o una vagina?". Le respondí que
mi visión de las mujeres no era tan sombría, ya que lasasociaba más con la vida que con la muerte.
Él, como si se tratara de un terapeuta experimentado, durante varias citas intentó convencerme
sobre la existencia de ese lado femenino oscuro y pernicioso, afortunadamente sin éxito.

Estos hombres ausentes tomaron muy a pecho las consignas antifeministas del desarrollo masculino, y
las internalizaron para el resto de sus días. Mataron el amor y se suicidaron en el intento. El
síndrome del ermitaño es peligroso para muchas mujeres sedientas de amor, porque estos
hombres no dan indicación, ni sugieren, ni ponen sobre aviso a la parte interesada sobre su inca-
pacidad de amar: sencillamente no les importa. Frente a esta incompetencia afectiva, no hay nada
que hacer. La mujer debe retirarse y olvidarse del asunto. El desinterés es la más cruel y silenciosa
de las armas para destruir la autoestima de cualquiera. Una mujer víctima de un hombre así, me decía:
"No entiendo, doctor, por qué me trata mal... He sido cariñosa y amable... No me habla ni me
determina... Es como si le estorbara y me tuviera fastidio... Quiero entender...". Le dije que no había
nada que comprender. Él era peligroso y ella debía alejarse: "Para poder entenderlo deberías sufrir
de su misma enfermedad, pero si la tuvieras, no te interesaría nada de él, porque estarías en una
especie de limbo afectivo... Él no puede dar más...Ya no sabe cómo hacerlo, se le olvidó... U quizá
nunca lo supo... ¿No crees que mereces algo mejor?... Alguien que realmente te ame sin tantas
complicaciones... Te has convertido en la traductora de su intrincado mundo emocional...
Recogiendo pistas, analizando, infiriendo.. .Y mientras tanto, ¿dónde está el amor?...Tu relación
se ha vuelto un problema para resolver y no algo para disfrutar... Nada de lo que hagas lo hará
cambiar... Eres mujer, y por ese solo hecho estás en el polo opuesto de su existencia... Aléjate de él...
Sálvate...". Al cabo de unas semanas de trabajo intenso, así lo hizo.

4. El hombre agresivo-destructor

Pese a que los disparadores de la agresión masculina son variados (por ejemplo
insatisfacción sexual, estrés crónico, desorden antisocial de la personalidad, abuso de
sustancias), existe una violencia que se circunscribe principalmente a la relación afectiva. En el
hombre agresivo-destructor la motivación principal del alejamiento femenino es el odio. La
agresión manifestada por estos varones no es pasiva como en el esquizoide, sino activa y
directa. El conflicto latente con lo femenino se manifiesta en múltiples y violentas rupturas con

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la mujer de turno. Hay un profundo rencor y una marcada incapacidad de perdonar a las
mujeres. Ellas siempre son vistas como malas, manipuladoras, explotadoras y poco confiables,
pero contradictoriamente, deseables. Este hombre no puede amar porque sus energías
están concentradas en procesar una ira que ensombrece el amor, lo oculta y lo eclipsa. Su
clave, ojo por ojo; su norma, la ley del más fuerte; su motor, la desconfianza. El dilema
queda planteado así:"Me alejo con dolor y me acerco con rabia","No te perdono, pero te
necesito".

Como es obvio, suelen ser furibundos machistas y mostrar abierta subestimación por lo
femenino, pero no con la apatía y la displicencia que caracteriza a los esquizoidesermitaños,
sino con brutalidad. En estos varones, la ambivalencia frente al sexo opuesto está
especialmente resaltada: odian a la mujer y al mismo tiempo la desean con intensidad;
precisamente es esto 10 que no pueden perdonarse a sí mismos. En cierto sentido, cuando
atacan a sus parejas se están autocastigando por débiles, por no tener la valentía de
proclamar su independencia de una vez por todas y de ser consecuentes con el rechazo
que sienten por ellas. La mejor opción para las mujeres víctimas de esta violencia masculina,
es escapar, tan rápidamente como en el caso de los ermitaños, pero muchísimo más lejos.

Cuando hablo de violencia no me refiero sólo a la agresión física, deplorable y demandable, sino a
la psicológica, no siempre demandable y tanto o más peligrosa que la anterior. El odio puede
manifestarse como menosprecio, falta de admiración, rechazos afectivos, críticas permanentes,
poca amabilidad, insensibilidad por el dolor del otro, burlas y otras formas de no aceptación. El
irrespeto psicológico no deja marcas visibles, pero es el que más duele. Si alguna mujer intenta
valientemente sanar el odio de un varón así, saldrá muy mal librada. El hombre agresivo-des-
tructor es como un incendio que se aviva con el agua: a más amor y comprensión, más
rencor. Un estos casos, con el amor no basta.

5. El hombre veleta

Este hombre es una especie de revuelto afectivo. Es el varón de identidad fluctuante, a quien
nadie, ni los psicólogos más experimentados, pueden entender. Posee todos los elementos de
los estilos anteriores, mezclados en desurden e intercambiables de acuerdo con su
conveniencia.
Un poco de culpa, algo de agresión, cierta indiferencia y dosis esporádicas de apego enloquecen a
cualquiera. Por lo general, las madres de estos sujetos no han sido muy cuerdas y han generado en
sus hijos una total falta de identidad, no ya sexual, sino psicológica. Como si se tratara de una
personalidad límite, pero anclada en lo afectivo, estos individuos son impredecibles y altamente
contradictorios, ya que se pasan jugando todos los papeles al mismo tiempo, sin llegara consolidar un
estilo en cuestión. El conflicto con lo femenino se encuentra en estado puro, posiblemente con la
efervescencia de los primeros meses de vida. Estos hombres bordean los límites del amor, lo tocan, lo
rozan, lo registran por encima, pero no son capaces de establecerse por mucho tiempo en relaciones
afectivas estables, entre otras cosas porque la mayoría de las mujeres les huyen. El problema salta a la
vista. Pueden llegar a ser algo seductores y mitómanos, pero sin alcanzar a ser el típico don Juan.
Cuando una mujer tiene la mala suerte de caer en este agujero negro emocional, es devorada en
un instante; se anula y desaparece como persona. La solución para estos casos turbulentos de
desestructuración psicológica debe ser categórica y terminante: tratamiento psiquiátrico,
medicación abundante y entregarse a la Divina Providencia.

6. El hombre afectivamente estructurado

Este varón ha logrado diferenciarse, sin apegarse y sin crear antagonismos y rivalidades enfermizas
con las mujeres. No le teme a la mujer que hay afuera, ni a la que hay adentro. Su estilo afectivo con el
sexo opuesto está determinado por un distanciamiento equilibrado, sin odios (hombre agresivo) ni
indiferencias (hombre esquizoide), y por un acercamiento sin miedos irracionales (hombre

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apegado) ni antiguas culpas (hombre sumiso). El hombre estructurado no se somete porque se


respeta a sí mismo, ni genera violencia porque respeta a los demás. Sabe qué debe negociar y qué
no. No es un dechado de virtudes, pero es capaz de amar. Este nuevo varón no está fraccionado, no se
mueve en el incesante vaivén del conflicto atracción-repulsión, ve el dilema, lo admite e intenta
superarlo. Sabe que aunque su masculinidad surja de lo femenino, tiene timón propio y un rumbo
personal y específico. Entiende que la separación infantil de lo femenino es simplemente el inicio de un
proceso para seguir creciendo como hombre.
Reconoce que al atacar lo femenino está violentado una parte muy importante de sí mismo, pero también
tiene claro que el hombre blando es un ropaje prestado de dudosa procedencia, que no le queda bien.
Al contrario del machista, que elimina por decreto lo femenil, el varón emocionalmente reconciliado
ama su lado femenino, lo cuida, lo incluye en su vida cotidiana y deja que se manifieste cuando
así se requiera. De acuerdo con la demanda, puede ser tan maternal como la mujer más tierna o
tan furioso como el más bravo de los guerreros, pero luego, cuando la situación se restablece,
regresa tranquilamente a su nivel basal y a la potencialidad mixta del ying y el yang que su
masculinidad le permita. Al sanarse internamente, no debe hacer demasiados esfuerzos para
acomodarse al amor, sólo deja que éste ocurra y se manifieste.
Cuando suelo hablar de este hombre afectivamente estructurado, la respuesta inmediata de
algunas escépticas damas es: "¡A verlo!", como diciendo, "No creo que existan" o "Nunca he conocido
uno". Sin embargo, y por fortuna, estas mujeres se equivocan. Aunque no hay muchos, el nuevo
varón afectivo, libre de oposición negativa a lo femenino, existe. Pero como resulta evidente, estos
hombres no duran mucho en el mercado interpersonal ya que son rápidamente detectados por las
consumidoras afectivas. Cada día hay más hombres que se acercan a su lado femenino de manera
sana e intentan amar de manera conciliadora. Cada día hay más hombres que aceptan participar en
grupos de reflexión masculina, donde se profundiza y estudia con seriedad su papel social y afectivo.
El hombre afectivamente estructurado no es un invento, una fantasía o un deseo futurista para el
año 3000: existe hoy. En este preciso instante, en el aquí y el ahora, infinidad de jóvenes están
tomando como suyas las premisas de una paz generacional con el sexo opuesto. El advenimiento de
esta masculinidad amorosa ya es imparable. Ésa es la verdad.

Que algunas personas no lo vean, es otro cantar. Quizá, ciertas mujeres puedan estar sesgando la
información a favor de algún esquema maladaptativo, siendo víctimas de hombres no aptos para el amor,
respondiendo a viejas experiencias afectivas negativas, visitando lugares inapropiados o simplemente no
creando las condiciones adecuadas para que estos reconciliados y pacíficos varones se les acerquen. Es
importante no generalizar lo negativo. El dicho popular cuasi feminista: "Todos los hombres son iguales",
además de ser estadísticamente erróneo, parecería mostrar que en el fondo muchas mujeres son
marxistas sin saberlo. Duela a quien le duela, hay hombres que han hecho las paces con su feminidad
original. Y aunque no resaltan con claridad entre la multitud, están ahí. Podemos ser escépticos,
pesimistas crónicos o simplemente no creer, pero como ocurre con las brujas: "Que los hay, los hay".

El conflicto con la paternidad

Sobre el amor por los hijos


el oficio de la paternidad maternal

Como veo las cosas, más allá de cualquier cliché romántico, ser padre es una bendición: ¿qué se
puede transmitir más grande que la vida? Reconocemos un origen casi sagrado en la maternidad, pero
no le otorgamos demasiada trascendencia al hecho de ser padres. La teoría del instinto maternal ha
creado un efecto de halo antipaternal y una evidente distorsión sobre su desempeño, como si el varón
sufriera de una especie de incapacidad congénita que lo inhabilita para la crianza infantil. Las escenas
de papás "encartados"cargando bebés recién nacidos mientras las felices parturientas, cuñadas y
suegras miran con condescendencia la natural torpeza masculina, es claramente sexista, además de

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ofensiva. Claro que, para suavizar las cosas, en algunas propagandas de seguros de vida y talcos para
niños, el padre derrama una o dos lágrimas antes de "desencantarse"rápidamente del bebé (no vaya a
ser cosa que lo estrangule sin darse cuenta), mostrando que el primate civilizado posee un lado tierno.

Estos estereotipos sociales, manejados y divulgados sobre todo por los hombres, han bloqueado en
parte las potencialidades masculinas para ejercer una adecuada paternidad. Mientras la maternidad
es un factor de realización personal donde la felicidad es lo determinante, la paternidad es
experimentada por muchos varones con miedo y una enorme carga de responsabilidad. A veces, el
sentimiento de alegría por ser padres se ve empañado con preocupaciones de otra índole, y el placer se
nos va de las manos. Los hijos sólo son asimilables desde una actitud más positiva. La vivencia de la
paternidad debe romper con el angustioso sentido del deber que ha instaurado el mito del proveedor,
para regresar a la sensibilidad básica que produce el mero hecho de ser papá. No estoy diciendo que
ignoremos los problemas obvios que conlleva la crianza, sino que veamos también el lado bueno de la
misma. Crear vida es uno de los hechos más significativos de la existencia humana, y si no
alcanzamos a vislumbrar la magia que esto encierra, la paternidad se disipará en un conflicto de
intereses, mal planteado e inexistente: "Mis hijos o yo", en vez de: "Mis hijos y yo".

1. El padre ausente
La ausencia masculina en los procesos de crianza es indiscutible. Impulsados por los ya mencionados
ideales de estatus, éxito y logros materiales, los padres emigramos al mundo de la competencia y
olvidamos la familia. Muchas veces, cuando tomamos conciencia del distanciamiento, el mal ya está
hecho. Algunos de mis pacientes necesitaron de un infarto o un cáncer para darse cuenta de algo tan
elemental. Si los padres hombres hiciéramos la cuenta del tiempo real que dedicamos a nuestros hijos,
entraríamos en sopor. Por "tiempo real" entiendo estar con los cinco sentidos puestos y toda la atención
disponible para ellos. Lo triste es que el retiro físico produce retiro afectivo. El refrán: "Ojos que no ven
corazón que no siente", no sólo es aplicable a los celos.
A diferencia de lo que antes se pensaba en psicología, hoy sabemos que la asistencia y el cuidado
paternal son determinantes en las primeras etapas del desarrollo infantil, tanto en animales como en
humanos. Los cariños de mamá son imprescindibles, pero si además están los de papá, mejor. Los
estudios etológicos muestran que los cachorros de distintas especies, criados por ambos padres,
sobreviven mejor y crecen más rápido que aquellos criados solamente por la madre. En el mundo
civilizado ocurre algo similar.
Es a partir de los quince meses en adelante cuando el niño busca la referencia masculina, el otro
espejo del que hablábamos anteriormente. Si encuentra a un papá sensible y cariñoso, el alivio es
evidente: "Al fin, otro igual que yo", pero si lo encuentra a medias, es decir, física pero no
psicológicamente, se ve obligado a movilizar otras energías compensatorias, que hacen más daño que
bien.
Evidentemente, ciertos aprendizajes masculinos se facilitan considerablemente si el padre está
presente. Hay cosas que, aunque muchas madres las hacen bastante bien, los padres podemos hacerlas
mejor. Por ejemplo: responder ciertos interrogantes sobre el desempeño sexual masculino, las
preocupaciones que surgen de la socialización con otros niños varones, los miedos frente a la derrota y el
fracaso, la conquista femenina, la mejor manera de jugar algunos deportes, los complejos
masculinos, en fin, la lista sería interminable. No obstante, pese a la importancia del papel del padre
como "educador", la amistad de éste con los hijos es muy importante, sobre todo con los hijos del
mismo sexo. El compañerismo y la "complicidad" de género bien entendida, fortalecen y aceleran los
procesos de aprendizaje social, producen menos prevención hacia las personas del mismo sexo, y
amplían el rango de comunicación interpersonal. Cuando un padre varón se despoja de su
papel aséptico de "transmisor de conocimientos"o "papá proveedor", y se acerca a su hijo
desde una experiencia más vivencial y humana, todo resulta más fácil. Ahí, la masculinidad no es ya
una especulación conceptual ni literatura barata, sino sentimiento en acción. Parafraseando al biólogo
Maturana: "Los valores se contagian al vivirlos". La paternidad sólo existe y se realiza en la convivencia,
lo otro es puro "bla bla".

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Un relato personal puede servir de ejemplo. Mi padre era un hombre extremadamente trabajador, y
por lo tanto ausente. Era viajante de comercio y se movía de correría en correría. Algunas veces,
cuando me daba "papitis", intentaba traspasar la atmósfera de silencio que lo envolvía, pero sin
resultado alguno. Él no me dejaba entrar con facilidad, ni yo persistía demasiado en el intento. En
realidad, me daba miedo conocerlo porque no sabía cuánto dolor iba a encontrar. Nuestra relación
siempre estaba mediada por un espacio invisible, por una película aislante de parte y parte, que nos
prohibía estar juntos. Desde esa distancia era imposible, para mí, acceder a su experiencia y
enriquecer la mía: era difícil aprender de él.

Pero en esta historia de relación hay un antes y un después.Una noche cualquiera, él estaba en el
balcón tomando aire, yo había terminado de estudiar y me senté a su lado. Al cabo de un rato le
pregunté si le pasaba algo porque lo veía muy pensativo, él me contestó que no me preocupara, que todo
estaba bien. Pero yo lo veía triste y metido en la madeja de sus pensamientos. Le hablé de unas
cuantas cosas sin importancia y volví a insistir sobre su semblante fatigado. Después de unos instantes
de mutismo compartido, me confesó que teníamos que entregar el apartamento porque ya no podía
pagar las cuotas, y me pidió que le guardara el secreto y que no le fuera a decir nada a mis hermanas
ni a mi mamá. Como es obvio, no supe qué decir. A los trece años no hay mucho que opinar y menos
sobre un tema así. De nuevo opté por la prudencia del silencio, hasta que al cabo de unos minutos,
para mi sorpresa total, irrumpió abruptamente en llanto. Sin vergüenza alguna, como si yo no estuviera
presente, con la indecencia que sólo otorga el sufrimiento, lloró como lo hubiera hecho yo o cualquier
otro niño.

Me asusté muchísimo. Ver llorar a un hombre adulto impacta, aún no estamos acostumbrados, pero ver
llorar al padre espanta. Por fin, entre tímido y compasivo, atiné a ponerle la mano sobre el hombro y
más tarde, cuando acumulé coraje, logré abrazarlo con fuerza y quedarme así un rato, pegado a él. Esa
noche me contó muchas cosas de su vida, sus viejos amores (yo pensaba que nunca había tenido uno),
su juventud, sus aspiraciones, sus desengaños, sus locuras de juventud, sus alegrías y sus
inseguridades. Desempolvó los archivos del pasado y me los entregó. La capa de dureza que nos había
separado por años había desaparecido. Su masculinidad y la mía, al fin, habían hecho contacto. Pese
al dolor y las lágrimas, esa noche fue mágica porque descubrí al papá hombre, le miré el alma cara a
cara, y precisamente en ese instante comencé a comprenderlo. Cuando me abrió su corazón me convertí
en su amigo y él en mi maestro.

De todas maneras, tuvimos que dejar el apartamento y la vida siguió su curso. Aunque nunca fuimos
íntimos, porque a veces la soledad nos distanciaba, las puertas siguieron abiertas de par en par. Si
queríamos las cruzábamos, si no, ahí estaba la opción. La verdadera amistad no es otra cosa que eso:
una alternativa afectiva dispuesta a ser activada en cualquier instante que se necesite. Si está posibi-
lidad existe entre padre e hijo, se vuelve indestructible, tierna y casi milagrosa.

2. Hacia un padre maternal


¿El sexo masculino posee la capacidad para ejercer una paternidad responsable y afectuosa en la
crianza? ¿Existe la paternidad-maternal? La respuesta, definitivamente, es sí. En la escala zoológica los
ejemplos abundan. El cuidado paternal aparece en los invertebrados, las aves, los peces y los
mamíferos. Muchas especies como el cangrejo, el pez altruista, los renacuajos, los ciervos ratas, los lobos,
los perros salvajes, los chacales, los monos tití y los hombres que asumen la nueva masculinidad, sólo
para citar algunos, pueden hacer perfectamente las veces de madres cuidadoras (por ejemplo dar de
comer, lavar, entrenar, jugar y cargar a las crías).
Es interesante señalar que, en muchas especies, el cuidado paternal retrasa el acto reproductivo
del macho, y permite que los ciclos reproductores de ambos géneros se acoplen en una sincronía
común de apareamiento. En estas especies paternales, la competencia sexual de los machos
desciende durante la crianza y las hembras pierden momentáneamente su ventaja, en términos de

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poder sexual. Es decir, si asumimos con seriedad el papel de padres involucrados activamente
en la crianza, es probable que nuestra libido baje. Como si la naturaleza nos dijera: "Si vas a
dedicarte a esto utiliza todas las energías disponibles, porque la cosa es complicada". Educar no es
tarea fácil.

La gran mayoría de los varones con problemas psicológicos tienen malos recuerdos de sus padres
hombres, pero no por el daño recibido sino por el afecto negado. Las investigaciones muestran que la
presencia de un padre frío y afectivamente distante es mucho más nociva y peligrosa que un padre
ausente. Muchos padres acariciadores y cariñosos con sus hijos varones, cambian bruscamente cuando
éstos comienzan a crecer. El pensamiento es evidentemente discriminatorio: mientras que a las hijas
mujeres se las puede mimar con tranquilidad durante toda la vida, con el hijo varón hay que tener
ciertos cuidados especiales: "No vaya a ser que se nos vuelva afeminado". De esta manera, de un día
para otro, sin previo aviso de ningún tipo, las reglas cambian. El contacto físico paternal cede su lugar a
un nuevo trato, más duro y distante. Si el niño es sensible, este corte repentino se internaliza como
rechazo y, con el tiempo, si no se compensa de alguna forma, puede transformarse en resentimiento o
dependencia compulsiva. La creencia irracional de que la ternura, ya sea materna o paterna, produce
varones homosexuales, aún está viva en la mayoría de los hombres. Si el asunto fuera tan sencillo, los
enemigos del homosexualismo ya hubieran barrido con él.

Retirarse afectivamente de los hijos varones lo único que produce es dolor y pérdida. El hombre posee las
mismas necesidades afectivas que la mujer, y necesita de las mismas fuentes dadoras de amor. Ya se
trate del padre o de la madre, lo que realmente importa para el desarrollo psicológico de un niño es la
"presencia afectiva". La estancia física no es suficiente, hay que dar amor en grandes cantidades para
que la tarea esté bien hecha; el amor debe sentirse en carne y hueso. El padre maternal no es otra cosa
que eso: un padre tierno y cariñoso, sensible y compasivo, interviniendo activamente en los procesos
educativos de sus hijos, ya sea sancionando o administrando normas. Un buen padre se nota y hace bulla.

Es bueno resaltar que, si la sanción paternal ocurre en el contexto de los sentimientos positivos, el niño
integra la experiencia de manera constructiva, pero si los castigos del padre suceden en un vacío
afectivo, sólo dejan daño y resentimiento. Por tal razón, el respeto al padre que se origina en una
relación cálida y amorosa, siempre estará asentado en la admiración y el agradecimiento. En cambio, los
padres que inducen el típico miedo autoritario, sólo obtienen un acataniento por decreto-ley, una
aceptación obli fiada. Cuando le pregunto a mis pacientes, mujeres y varones, qué sienten por su
padre, y obtengo por respuesta un simple y conciso: "Respeto", durante varias citas me quedo
investigando su pasado. Un amor reverencia] siempre es dudoso.

No obstante, ser más cariñosos, estar más comprometidos y pasar más tiempo con nuestros hijos
no es suficiente, si no se disfruta de ello; hacerlo de mala gana es peor. Si asumimos la paternidad
con culpabilidad o como sentido del deber, enredamos la relación. Es normal que en ciertos momentos
no querramos saber de ellos, que nos generen estrés y hasta algo de fastidio (ejercer el oficio de padre no
es una panacea), pero si el amor está activado, la "obligación" no molesta demasiado. El amor, si es
verdadero, cura y relaja. Cuando mis hijas estaban pequeñas y yo llegaba absolutamente agotado
por estar oyendo problemas durante todo el día, la llegada estaba amenizada por unos sonoros:
"¡Papi!","¡Papi!,"¡Papi!". Corrían a toda velocidad hacia la puerta, saltaban sobre mí y me escalaban
como una estatua humana. Pese a mi fatiga, ellas siempre sabían tocar alguna tecla para reactivar mi
olvidada sonrisa. Así, como por arte de magia, el cansancio se trasmutaba en regocijo.

El nuevo varón quiere comprometerse y participar decididamente en la crianza de sus hijos. Sin
embargo, no desea anularse como persona. Ser papá no significa autoeliminación psicológica
ni sacrificio ciego, sino integración balanceada de todo lo que la vida representa. Ser padre no
implica descuidar la amistad, la recreación, los hobbies, la pareja y la vida profesional. Lograr este
punto medio no es fácil. Estas aspiraciones masculinas de regresar a la paternidad con prudencia, no son
mal vistas por el sexo opuesto; todo lo contrario. Los resultados hallados hasta el momento confirman

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que si la paternidad es asumida con excesivo empeño, las madres pueden generar ciertas resistencias a
compartir su papel. El hombre puede ser percibido como un "metido" y un estorbo: 'Bueno es
culantro, pero no tanto". Parecería que cualquier cambio en la paternidad debe mantenerse dentro de
ciertas proporciones y teniendo en cuenta a la pareja. Como es evidente, hay un acuerdo implícito: los
nuevos varones quieren reivindicar su rol de pudres, pero no de tiempo completo, y las mujeres
quieren recibir la ayuda sin sentirse desplazadas.

3. El varón "embarazado"

Aunque no podemos parir físicamente, siempre he pensado que los padres también nos embarazamos.
Sin desconocer las dificultades evidentes del embarazo físico femenino, es bueno saber que el varón
también pasa por un estado de "gravidez psicológica". Nosotros esperamos, sufrimos, hacemos fuerza,
nos asustamos, reímos, lloramos y fantaseamos a la par. Estamos todo el tiempo ahí, sin saber qué
hacer y pujando a distancia. Muchos maridos se cambiarían gustosos por sus mujeres, aunque muertos
del miedo, al ver la complejidad de un trabajo de parto. Es cierto que no sentimos lo mismo, pero sentimos.
No estoy subestimando, ni mucho menos, la labor femenina, sino explicando qué ocurre en el interior del
varón. He conocido hombres que sienten las mismas náuseas de la mujer y vomitan más que ellas, he
visto a algunos tener contracciones, y a otros hasta cambiar el caminado. No sé si se trata de una
imitación, una solidaridad inconsciente o algún tipo de feromona femenina no detectada sino por los
hombres, pero nos alteramos y descompensamos. En cierto sentido, también damos a luz; a nuestra
manera, pero lo hacemos. Algo ocurre con el varón en estado de gestación, que aún no podemos
explicar claramente desde la psicología.

Es curioso ver cómo reaccionan los hombres frente a sus esposas durante la espera de un hijo.
Aunque las respuestas psicológicas masculinas al embarazo pueden ser variadas y contradictorias, no
obstante, pese a su diversidad, es posible definir cinco tipos básicos de varones en estado de
gestación.

Un primer grupo ni se da por enterado. Para ellos, tener un hijo es como comprar un carro o un problema
metafísico de otra galaxia. No se preocupan ni viven la espera, se muestran ajenos y totalmente
ignorantes del evento, como si la embarazada fuera la vecina o el hijo fuera de otro. No hay placer, ni
dudas, ni miedo, ni celos: nada. El asunto no es con ellos. Cuando por presiones de la mujer se ven obli-
gados a intervenir de alguna manera, lo hacen de mala gana y mal hecho. Es apenas comprensible que
semejante actitud genere un rechaza mortal en los familiares de la encinta, y depresión profunda en la
mujer. Si hay algún vestigio de humanidad latente en ellos, al nacer el bebé y poder vivenciar de una
manera más directa y real la paternidad, comienzan a comportarse de manera normal.

Un segundo grupo está conformado por aquellos maridos a quienes les da por el enamoramiento. El
sentimiento por sus esposas se hace exponencial. Las adoran, las cuidan, las consienten y las aman
profundamente, mucho más que antes de la concepción. En estos hombres, como el empaque es doble,
se produce una curiosa mezcla entre sus roles de padre y esposo: por amar a su hijo, aman a su esposa,
y al amar a su esposa, aman a su hijo. Un hombre orquesta afectivo y un derroche de cuidados a manos
llenas. No importa el lugar, la hora o el precio, para ellos no hay limitaciones: "Tus deseos son órdenes
para mí"; un genio sin lámpara, dispuesto y listo para lo que quieran mandar. Mientras dure la gestación,
será el mejor yerno y el ejemplar marido que ella siempre añoró; pero en cuanto nazca el bebé, sufrirá' un
inmediato retroceso a sus viejas costumbres afectivas. El "Ceniciento "vuelve al trabajo y a la lucha diaria.
Nacido el infante, se acaba el encanto y, otra vez, de príncipe a renacuajo. Para su mujer, cada parto es la
oportunidad de sentirse amada, al menos por unos meses.

Un tercer grupo está configurado por padres que se sienten relegados. Estos maridos, al enterarse del estado
de su señora, se vuelven paranoicos. Un temor oscuro y egoísta los lleva a sentirse desplazados antes
de tiempo. Su pensamiento es que ese nuevo ser les quitará el cariño de su esposa o, al menos, los
bajará de puesto. La relación con el bebé es claramente ambivalente y de competencia. Aunque
disimulen, la preocupación se les hace manifiesta. Preguntan poco, intervienen lo mínimo, evitan el

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tema e intentan que su pareja cada día se acerque más a ellos, pero no por amor, sino por miedo a
perder privilegios. Estos hombres desarrollan una celotipia filial. Aunque al comienzo no suelen aceptar
mucho al recién nacido, al cabo de algunos meses se resignan a compartir el amor y los cuidados de
su mujer con el nuevo invasor.

El cuarto grupo está constituido por aquellos maridos que muestran rechazo por la mujer embarazada.
El fastidio se hace evidente. Estos varones, al enterarse de que van a ser padres, sufren una profunda
transfiguración emocional: si antes eran maridos tiernos y delicados, ahora no. La mera aproximación de la
mujer les produce incomodidad. Algunos sienten repulsión ante la sola idea de tener sexo, y otros, de
manera totalmente irracional e infundada, sienten miedo a lastimar la criatura que viene en camino. No
sabemos, a ciencia cierta, por qué ocurre este fenómeno, pero en esta etapa de engorde un porcentaje
considerable de hombres decide ser infiel. Más aún, muchos matrimonios se desbaratan en esta
época. El marido, que había sido austero en cuestiones femeninas, se convierte en un don Juan
empedernido, ávido de nuevas experiencias y desconsiderado con la situación. No es que sean
antipáticos y groseros a propósito, simplemente no les nace. Pueden asumir sus responsabilidades
y prepararse para recibir al niño en forma adecuada, pero el desamor que sienten por la madre de su
futuro hijo es evidente, y duele. Un ambiente de frialdad, hasta entonces desconocido, envuelve a la
pareja. Estas mujeres suelen ver la posibilidad de otro embarazo con verdadero terror.

El quinto grupo está formado por los hombres que disfrutan sanamente de la experiencia de la paternidad
sin involucrar a la pareja en forma patológica. Pese al nerviosismo natural que acompaña el
acontecimiento, la dicha es plena. La relación con sus esposas no cambia sustancialmente; aunque la
calidad de los cuidados mejora (ahora son dos), no se establecen lazos enfermizos de inseguridad o
dependencia extrema. Para los varones maduros y equilibrados, el embarazo es una buena oportunidad
para estrechar nuevos vínculos con la mujer amada, y mejorar los anteriores.

El derecho al amor

El varón, por más que lo pintemos como supermacho insensible, en tanto persona posee la capacidad
innata de intercambiar afecto. El amor es la red sutil en la que se asienta la convivencia, y el lugar donde
prospera lo esencialmente humano. En la ocurrencia del amor nos mezclamos y nos comunicamos de
muchas formas. Es en el amor donde los valores se certifican y donde el lenguaje cobra significado.

El derecho al amor libre y responsable es tan importante como el derecho a la salud y a la alimentación.
Sin la opción del amor se cierra la puerta a la vida, tal como lo confirman las enfermedades
psicológicas que se originan en las pérdidas y en la soledad afectiva; en el desamor sólo hay desolación.
Perder la posibilidad de ser mediadores y "sentidores" del amor es desconocer millones de años de
evolución, y negarse a dar el gran paso que define el sentido de lo humano. Es en la vinculación con
otros cuando de verdad nos reconocemos a nosotros mismos. No hay sabiduría, si no hay
relación.

La especie humana es increíblemente sensible a la vivencia amorosa. Cada uno de nosotros se


comporta como una antena a través de la cual el amor pasa, entra, sale y vuelve a entrar. Repito: el
ser humano es un facilitador natural del afecto, y un promotor innato del intercambio emocional. Lo
masculino y lo femenino, entonces, sólo san modalidades idiosincráticas de refracción afectiva: dos caras
de la misma moneda. Aunque pueda haber diferencias de forma, ambos palpitan y reaccionan ante el
impacto energético del amor.

La nueva masculinidad tiene clara consciencia de los obstáculos que no le han permitido realizarse en
el amor interpersonal, y por eso intenta superarlos. Ejercer el derecho al amor es resolver el dilema
emocional interior a favor de la ternura, sin eliminar la ira saludable que, por derecho propio, nos
pertenece; es acercarse a lo femenino de manera constructiva y sin oposiciones desgastantes; es
permitirnos el derecho a la intimidad que genera la paternidad maternal con nuestros hijos, sean

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mujeres o varones; es dejar de rivalizar y competir ridículamente con otros hombres y fomentar en forma
abierta la amistad intermasculina.

Por último, el derecho al amor es poner a trabajar nuestra bioquímica en la dirección correcta y ser
capaces de llorar, abrazas; acaricias; contemplar, reír, mimar y sonreír, si nos da la gana de hacerlo. Es
poder sentir con mayúsculas, en colores, en alta tensión, sin miedos, sin censuras y de cara a la
humanidad que nos pertenece. Emocionarse al compás de otros es darle a nuestra vida una nueva sin-
tonía, y descubrir que la soledad afectiva no es otra cosa que una mala elección. En palabras
deVivekananda: "¿Qué es el amor humano? Es más o menos una afirmación de esta unidad: ¡Soy
uno contigo, mi esposa, mi hijo,mii a mi go! ".

PARTE III
LA SEXUALIDAD MASCULINA

Un problema para resolver

La dependencia sexual masculina

El deseo irresistible y désbocado por las mujeres es una realidad que afecta a la generalidad de los
hombres. La gran mayoría de los varones, tarde que temprano, nos rendimos al incontenible impulso
que nos induce, sin compasión y desalmadamente, no ya a la reproducción sino al placer del sexo
por el sexo. La dependencia sexual masculina se hace evidente en el erotismo que tiñe prácticamente
toda nuestra cultura: la demanda es desesperada y la oferta no tiene límites. El incremento
alarmante de violaciones, prostitución, abuso infantil, acoso sexual y consumo masivo de pornografía

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violenta, entre otros indicadores, evidencian que en el tema de la sexualidad algo se nos salió de
las manos. La prevalencia de parafilias (un tipo de trastorno sexual) que se producen violentamente y
contra la voluntad de las otras personas, como el sadismo sexual y la pedofilia (preferencia sexual
por los niños), ha aumentado ostensiblemente. Los hombres mantenemos un liderazgo definitivo
en esto de las desviaciones sexuales, ya sean peligrosas, simpáticas o inofensivas. En el maso-
quismo, que es donde menos mal estamos, aventajamos a las mujeres en una proporción de
20 a 1. Las otras alteraciones como el exhibicionismo, el fetichismo (actividad sexual compulsiva ligada a
objetos no animados como ropa, zapatos, lencería de mujer, etc.), el voyeurismo (observar ocultamente
actividades relacionadas con lo sexual), el travestismo, y el sadismo y la pedofilia que ya nombré, no
parecen existir en el 99% de las mujeres. Por el contrario, los llamados trastornos del deseo sexual, es
decir, desgano por el sexo, son mucho más frecuentes en mujeres que en varones.

El sexo ejerce sobre nosotros, los hombres, la mayor fascinación. De una manera no siempre consciente
pensamos casi todo el día en eso, nos gusta, nos atrae, lo extrariamos, lo necesitamos como el aire y, lo
más importante, lo exigimos. Si algún osado varón decide eliminarlo de una vez por todas, sin cirugías y a
plena voluntad, la tarea suele quedarle demasiado grande; nadie está exento. Mientras una mujer
promedio puede estar tranquila durante meses sin tener sexo, el varón normal, al mes o mes y medio,
empieza a sentir cierta inquietud interior que luego se transforma en incomodidad, y más tarde en
barbarie. La libido comienza a nublarle la vista y a maltratar su organismo, e incluso su inteligencia
comienza a debilitarse. Un mal humor y cierta quisquillosidad imposible de ocultar afectan su entorno
inmediato, sobre todo cuando amanece. La mayoría de los hombres, salvo honrosas excepciones como
los eunucos y algunos célibes, no sabe ni puede vivir sin esta tremenda fuerza vital funcionando. El sexo
nos quita demasiado tiempo y energía. Si esto no es adicción, se le parece mucho. La famosa frase de
Cesare Pavese: "Los hombres estarnos locos, la poca libertad que nos concede el Gobierno, nos la
quitan las mujeres", adquiere especial significado en lo que a sexualidad se refiere.

La nueva masculinidad quiere canalizar esta primitiva y encantadora tendencia. Jamás


eliminarla, no está de más la aclaración, sino reestructurarla, reacomodarla y tener un control más sano
sobre ella. No estoy hablando de ”asexualizar" al varón, eso sería desnaturalizarlo; el sexo nos gusta y
eso no está en discusión. A lo que me refiero es a romper la adicción, a querer más nuestro cuerpo y a
diluir un poco más el sexo en el amor, a ver qué pasa. Ni la restricción mojigata, aburrida y poco creativa
que maligniza y flagela la natural expresión sexual, ni la decadencia de la sexualidad manifestada en
un afán compulsivo y desordenado por el éxtasis, que no nos deja pensar y nos arrastra a la humillación.

Tres aspectos han colaborado para que la adicción y la decadencia de la sexualidad masculina sea una
realidad: el antropológico-social, el cultural~educativo y el biológico. Aunque todos están entrelazados,
los separaré para que puedan verse mejor.

Un primer factor lo encontramos en el culto al falo. Desde tiempos inmemoriales y en casi todas las
culturas, estatales, tribales y preestatales, han existido ceremoniales de veneración al miembro
masculino, a su tamaño y a sus funciones mágicas. La mitología griega y romana está llena de enredos
amorosos donde los dioses varones hacen uso y abuso de sus atributos sexuales. También muchas
divinidades menores y criaturas eróticas, como los sátiros y los silenos, los faunos perseguidores
incansables de las ménades y los Hermes, eran marcadamente fálicas. Pero, sin lugar a dudas, los
mayores adoradores del falo fueron los romanos. La fiesta anual del dios Liber estaba representada por
un tronco en forma de falo, al igual que el Matunus Tununus, que concedía fertilidad a las recién
casadas. Un dios especialmente reconocido en el panteón romano era Príapo, hijo deVenus y Baco (el de
las famosas bacanales), cuya imagen física marcadamente desproporcionada dejaría boquiabierto a
más de un experto en efectos especiales. Incluso, en su honor se le ha dado el nombre de priapisrno
a una enfermedad que consiste en la erección constante y dolorosa del pene, que puede durar
horas y que necesita intervención médica. Los amuletos de apariencia fálica eran de uso común, y el
mejor antídoto contra el mal de ojo. Se consideraba, además, que cualquier objeto en forma de falo,
colocado sobre las puertas de las casas, ejercía un papel protector. La representación del pene erecto
aparecía en toda la decoración hogareña romana y por la ciudad entera, pero no obstante, su utilización
no obedecía a intenciones pornográficas, sino a la creencia de que el falo era un símbolo saludable de

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vida.

La adoración fálica adoptó distintas formas rituales a lo largo de la historia. En ciertos puebla~
primitivos, y no tan primitivos, las mujeres se frotaban sobre unas piedras verticales fijas llamadas
menhires, para aumentar así su fertilidad. Las culturas precolombinas y americanas están plagadas de
figuras fálicas, destacando su poder sanador y milagroso. El pene también a veces se involucraba en
las batallas; los historiadores relatan cómo los guerreros celtas se lanzaban al ataque totalmente
desnudos y con sus miembros viriles en erección, como prueba de vigor y potencia, con el objeto de
impresionar a sus enemigos (algo similar ocurre en los primates). En épocas más recientes, la veneración
fálica se hizo más sutil. Pareciera existir un efecto paradójico: cuando la cultura reprime o intenta bloquear
excesivamente la sexualidad, ella se desvía a formas más indirectas de expresión artística, religiosa y
social. Por ejemplo, en la Inglaterra victoriana, bajo el imperio de la flagelomanía, las modas
resaltaban exageradamente las figuras femeninas mediante el uso de corsés y prendas superajustadas
que hoy podrían escandalizar a más de una señora. A su vez, los diseños mobiliarios estaban sobrecar-
gados de curvas sinuosas, eróticas y evidentemente sensuales. La sexualidad es el instinto que menos
se doblega.

Muchos pensadores, religiosos, científicos y filósofos también han contribuido a la devoción fálica.
Algunos, como Aristóteles, llegaron a atribuir al semen propiedades celestiales, considerándolo un fluido
metafísico y la esencia misma de la vida y la identidad. En esa época el pene se convirtió en el
parlador de los fluidos quinéticos en estado puro: una expresión de la divinidad. La mujer era considerada
un simple reseworio material, un mal necesario para que el varón pudiera transmitir el alma. La
personal¡dad y los caracteres heredados sólo eran responsabilidad del sagrado líquido masculino.
Otros, como San Agustín y Leopardo da Vinci, le achacaban al pene vida propia y alertaban sobre los
peligros y otras consecuencias interesantes si el falo actuaba según su voluntad. El primero, unos mil
años antes, más recatado y religioso, aconsejaba control voluntario a discreción y procreación sin placer
para controlar al pequeño travieso. El segundo, más científico y desfachatado, sugería menos
vergüenza y más exhibicionismo masculino: vestirlo y adornarlo como si se tratara de una
personita, y pasearlo con orgullo. Pero tanto para uno como para el otro, el pene era algo que poseía
vida propia, y algo de razón tenían si consideramos que la erección es un fenómento puramente
automático.

La segunda causa debernos buscarla en los patrones de educación sexual del varón, si es que los hay.
La sociedad occidental es indudablemente discriminatoria frente a la mujer. La cultura no sólo es más
tolerante y permisiva ante la sexualidad masculina, sino que la promueve y anima. Se ve bien que el
varón dé muestras precoces de su capacidad de procreación: "Macho como su padre", y no se ve muy
bien al hombre casto y sin experiencia sexual. Muchas mujeres aún esperan que sea el varón quien
les enseñe. El mundo de las recién casadas está repleto de esposas decepcionadas por la escasa
habilidad de sus maridos. Algunas han llegado a creer que la luna de miel es una especie de curso
sexual intensivo, donde se pueden ensayar maromas y luchas grecorromanas creadas y supervisadas
por un marido sobrado en experiencia. La contradicción asoma claramente: mientras por un lado
alentamos la sexualidad masculina en los jóvenes como prueba de virilidad, la ética moral y religiosa
predica la abstinencia como una virtud recomendable, tanto para el alma como para el cuerpo. No
obstante, la mayoría de los padres y madres, incluso los más estrictos en cuestiones normativas rela-
cionadas con la moral y las buenas costumbres, suelen hacer la vista gorda y dejar que el pobre
muchacho se desfogue de vez en cuando, eso sí, con altura y corrección.

Uno de los mayores miedos de los padres hombres es a tener un hijo homosexual; por eso, cuantas más
muestras de heterosexualidad ofrezca el vástago, mejor. Recuerdo que cuando mi primo tenía cinco años
le comentó a su padre, inmigrante napolitano y machista, que si era verdad que los hombres también
podían hacerlo entre sí. Aterrorizado por la pregunta, mi tío decidió cortar la cosa de raíz y crear inmunidad
de por vida: "¡Cuidado! ¡Los hombres que hacen eso quedan inválidos!". Fue tajante y contundente.
Mi primo y yo nos miramos, como diciendo: "¡Qué interesante!". El problema fue que nuestro
consejero sexual no previó las consecuencias. A los pocos días, esperando que cambiara un semáforo

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en rojo, vimos pasar a un señor de mediana edad en silla de ruedas. Nuestra impresión fue enorme.
Estábamos observando la prueba viviente de la depravación masculina. La marca del peca do hecho
realidad, desfilaba tranquila y descaradamente frente a nuestros ojos. No sólo no pudimos disimular nues-
tra sorpresa, sino que decidimos tomar partido y ser solidarios con la causa de los verdaderos machos.
Al instante, sacamos la cabeza por la ventanilla y, ante la mirada atónita del pobre señor y demás
transeúntes, comenzamos a esgrimirlas sagradas consignas: "¡Mariquita!',"iMariquita!",
"¡Degenerado!", "¡Ya sabemos lo que hiciste!", "¡Mariquita!"... En fin, las arengas fueron tan efusivas y
explícitas que mi tío se pasó el semáforo en rojo, no sin antes preguntar si habíamos enloquecido.
Necesitamos varias sesiones extras de "educación sexual" para comprender que la cosa no era tan
drástica, y que había excepciones. En realidad, según la experiencia de mi tío, solamente algunos
hombres que hacían el amor con otros hombres se volvían parapléjicos.

Deberíamos ser más sinceros con nuestros hijos. Más allá de cualquier juicio de valor al respecto,
hay que preparar mejor a los pequeños varones para enfrentar su vida sexual. Se da por sentado que el
hombre viene, desde el nacimiento, con el don sexual en su haber, y pese a que la existencia de este
instinto es innegable (es posible detectar erecciones en fetos desde los siete meses), no es suficiente
para que un buen desarrollo psicosexual tenga lugar. La información inadecuada y distorsionada sobre
el tema crea una ambivalencia ética-biológica (pecado vs. placer), la cual suele disimularse en una doble
vida culturalmente aprobada y amparada en el matrimonio: esposa y moza. Una honesta educación
sexual masculina, sin mentiras ni falsos principios, está por construirse; el problema es que no parece
haber muchos instructores dispuestos a ayudar. Mientras tanto, millones de hombres se entrenan y
aprenden el complejo arte de la infidelidad, sin ser vistos.

Una tercera variable que predispone marcadamente a la adicción está relacionada con el placer biológico.
Tratando de no caer en reduccionismos organicistas, entre hombres y mujeres hay una tajante diferencia
biológica en lo que se refiere a la relación que se establece entre placer sexual y procreación. Aunque en
el hombre el goce sexual no siempre está atado a la eyaculación, ya que puede haber orgasmos sin
eyaculación o viceversa, casi en la totalidad de los casos, orgasmo (placer) y eyaculación van de la mano.
Es decir, para procrear de manera natural (olvidémonos un instante de los bebés probetas y de la
fertilización in vitro), el varón sólo puede hacerlo desde el placer. Si no hay excitación, es bastante difícil,
si no imposible, depositar los espermatozoides necesarios para que se dé la concepción. Venimos
equipados para sentir el sexo de manera intensa y vigorosa. Hasta hace poco, cuando los métodos
artificiales de procreación estaban en pañales y la naturaleza mandaba, la conclusión era
definitiva: si se acababa el placer sexual, se acababa la especie. Esta hipótesis, más allá de excusar o
justificar cualquier exceso sexual masculino o el atropello de los derechos femeninos, simplemente podría
estar indicando una de las causas del escaso autocontrol masculino frente a su actividad sexual.

La mujer funciona distinto. Aunque ella posee una gran capacidad para sentir y disfrutar del sexo tanto
o más que nosotros, el orgasmo femenino no es una condición biológica directa para la concepción. Miles
de casos de embarazos producto de violaciones lo atestiguan, como también aquellas mujeres
inorgásmicas que son madres; esto es irrebatible. El deseo sexual puede inducir a la mujer a tener más
relaciones y aumentar la probabilidad de que quede embarazada, pero esto no implica que el orgasmo
intervenga directamente en la gestación. Galeno pensaba que existía un semen femenino imprescindible
para la procreación, que al juntarse con el semen masculino formaba el embrión. Esta posición era muy
feminista para la época, ya que al ser el orgasmo femenino un requisito esencial para la fecundación, los
moralistas cristianos de aquellos tiempos no tenían más remedio que aceptar el placer femenino y
reivindicar el derecho de la mujer a sentir. Sin embargo, la posición de Galeno no sólo chocaba con la
realidad, sino con los respetadísirnos y temibles dogmas aristotélicos que decían lo contrario. Al final
de la Antigüedad, Aristóteles era el vencedor, tal como atestiguan san Jerónimo y san Agustín, e incluso
Alberto el Grande en el siglo XIII. Pero en los siglos XVI y XVII, los médicos, más orientados al quehacer
científico, y un grupo importante de filósofos, retomaron nuevamente la teoría de Galeno. La disputa
siguió por varios cientos de años, sin definiciones drásticas y tratando de quedar bien con los
padres de la Iglesia y la ciencia médica. Además, la cosa tenía un claro matiz teológico, porque
nadie podía dudar de un placer sexual femenino, pero éste debía tener alguna utilidad para la procreación
para que pudiera ser aceptado por la doctrina cristiana. Por último, para resumir la cosa, la salida

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diplomática intermedia entre Galeno y Aristóteles fue reconocer salomónicamente que, si bien el
goce femenino no era condición necesaria para la fecundación, lo era para su perfección: se decía que los
niños que habían sido concebidos con placer sexual femenino debían ser más sanos y perfectos que los
que eran concebidos sin placer sexual maternal.

En la actualidad, parece haber acuerdo en que el aporte biológico femenino) a la supervivencia de la


especie, más que el orgasmo, es el afecto y el amor hacia el recién nacido. No hablo del instinto maternal
freudiano tradicional, sino de la importancia que la proximidad afectiva adquiere para la conservación de la
vida en todo el proceso de gestación y crianza, y más allá. El amor intenso de la madre no sólo garantiza
el cuidado prenatal, sino el complejo aprendizaje social posterior del niño (el más prolongado de cuanta
criatura viviente existe). En su paquete genético la mujer trae una marcada predisposición a disfrutar del
"dar afectivo", y no me estoy refiriendo al pernicioso concepto de abnegación, determinista y
autodestructivo, al que solían ceñirse nuestras abuelas, sino al acto de amar con decoro. La mayor
profundidad afectiva de la mujer respecto del varón es un hecho. Qué tanto se deba a factores genéticos o
sociales está por verse.

La perspectiva presentada muestra claramente que en la conformación de la dependencia sexual


masculina se entrelazan lo biológico y lo cultural de manera compleja. Sin embargo, pese a su
larga y aplastante tradición, esta tendencia negativa está comenzando a revertirse. Una sexualidad
masculina que se desarrolla fundamentalmente lejos de la adicción, y más cerca del afecto, se está
gestando. Este cóctel, asombroso y extraño para muchos varones, produce una nueva e interesante
forma de éxtasis, más intensa e impactante y mucho más sana.Y es apenas natural, porque cuando la
energía sexual masculina se fusiona con la del amor ocurre una gran explosión interior que
rebasa todo apego y nos coloca en el umbral de la trascendencia. En realidad, cuando esta
comunión se da estamos tan cerca de la iluminación que no podemos hacer otra cosa que morirnos de
la risa.

¿Qué tan importante es el afecto


para la sexualidad masculina?

1. Primero sexo, después afecto

Si a un hombre común y corriente una mujer desconocida y muy atractiva, tipo Kim Bassinger o algo
similar, le pidiera de buenas a primeras que tuvieran relaciones sexuales, no me imagino al supuesto
señor diciendo: "No sé... Nos acabamos de conocer... Soy un hombre casado…" o "Hágame el
favor y respete! ¡Por quién me ha tomado!", o "Lo lamento Kim, pero no te amo". La gran mayoría de los
hombres, en semejante disyuntiva, no dudaría un instante en tirarse al ruedo sin importarle demasiado las
consecuencias; al menos, no habría mucha repulsa. Más aún, el estereotipo social del hombre viril y
dispuesto no deja demasiadas opciones: un hombre que no acepte las insinuaciones femeninas es
definitivamente "dudoso", además de poco caballero. Ésa es la premisa de todo buen semental que
se precie de serlo.

La belleza física en una mujer coqueta puede llegar a idiotizar a los hombres. Recuerdo el impacto que
produjo Sharon Stone en la película Bajos instintos, cuando hizo aquel inolvidable cruce de piernas,
aparentemente sin ropa interior. El impacto en los varones fue de tal magnitud que después de meses
todavía se escribían artículos, se hacían programas, mesas redondas y todo tipo de foros para debatir el
sentado de la bella actriz. Incluso hoy en día la imagen sigue apareciendo en distintos flashes publicita-
rios, con el claro propósito de activar la libido masculina. Más recientemente, un desfile de ropa interior
produjo revuelo en el país porque una joven modelo desfiló con un vestido de baño "seda dental" y con
dos minúsculas florecitas en cada seno. Todos los medios de comunicación dedicaron un espacio
considerable a comentar sobre las profundas implicaciones d(,l tamaño de la prenda, los muslos, las
caderas, el busto de la señorita y qué tan bien sujetadas estaban las florecitas que cubrían sus pezones.
Los entrevistadores hombres, periodistas de talla internacional, no sólo perdían la compostura sino

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también parte de su reconocido talento. Algunos decían "admirar" las caderas, otros "respetaban" la rótula,
el peroné y la tibia de la entrevistada, y la mayoría emitía sonidos guturales mientras rendían
pleitesía a las proporciones cintura-cadera de la encantadora muchacha. Las preguntas más sensatas
provenían de las periodistas mujeres.

Siempre me he preguntado qué puede sentir una mujer atractiva y de buen cuerpo en un mundo de
hombres desesperados por poseerla. Supongo que de un lado, cal poder más tremendo, y del otro, el
hartazgo del acoso sexual. Pero además, de alguna manera, debe estar presente el miedo a envejecer.
El culta a la belleza femenina, instaurado por el deseo masculino y mantenido por la punzante crítica de las
propias mujeres, ha creado un culto por la juventud y las proporciones, que raya en lo obsesivo. La sagaz
Agatha Christie caricaturizaba así la cosa: "Un arqueólogo es el mejor marido que una mujer pueda tener;
cuanto rnás envejezca ella, más se interesará él". Habría que preguntarse qué podría ocurrirle
psicológicamente a un hombre muy buen mozo y sexy frente a una feminidad donde, si bien
existe la sexualidad, el afecto también tiene mucho peso. Parecería que las mujeres son más
benévolas con nuestro físico.

Los hechos hablan por sí solos: el afecto no parece ser tan importante para los hombres a la hora de
establecer relaciones sexuales, al menos en el inicio. Sin embargo, a excepción de los famosos
"caprichos genitales", el afecto es el principal factor de mantenimiento de lo sexual. O dicho de otra for ma,
el amar garantiza la duración del deseo. No importa cuántas cirugías, liposucciones y mesoterapias se
haga la mujer: si el hombre no la ama, tarde que temprano la candela se acaba. Los métodos artificiales,
si no hay afecto, sólo prolongan la agonía del deseo: el amor es el mejor cirujano estético.
Cuando un varón se satisface sexualmente con una mujer por la que no siente sino atracción física,
al cabo de un rato sale despavorido. Escapa de inmediato, porque una vez eliminado lo fisiológico
solamente queda el hastío, la saciedad y el disgusto. La mujer que minutos antes podía haber hecho de
él lo que quisiera, pierde de inmediato su poder y la ventaja se invierte. La eyaculación se lleva toda
atracción, y el varón queda, por así decirlo, desagotado y libre de todo apego (al menos por unas
cuantas horas o días, hasta que las hormonas vuelvan a alborotarse). Pero si hay amor, el fastidio
pascana no existe. Por el contrario, cuando el afecto está presente, luego de la relación sexual nace una
calma compartida, unas ganas enormes de abrazar y consentir a la mujer que nos hizo feliz. No hay
asco ni pasión, sólo ternura al por mayor.

Los hombres no solamente somos capaces de separar el sexo del afecto, sino que a veces les hacemos
tomar rumbos opuestos. Como decían algunos abuelitos de aquella época: "La esposa es para
respetar y la amante para gozar". Muchos varones se encaprichan con un cuerpo y quedan
atrapados exclusivamente en el placer que les brinda la compatibilidad física, casi que morfológica,
donde ni siquiera la belleza tiene mucho que ver. Eso no es amor, sino obstinación sexual.
Podemos babear de ganas, pero es imposible enamorase de una estructura ósea y corporal al
margen de quien la lleva. Podemos adherirnos como una hiedra, pero no más. Lo que uno
realmente ama es el ser que está metido en la vestimenta de lo físico. En el contexto del amor, la piel
acaricia, y en lo sexual, solamente excita.

¿Qué peso tienen en la atracción masculina otros aspectos como personalidad, inteligencia,
humor, amabilidad y otros atributos no físicos? La respuesta es clara: para que un hombre se enamore, la
manera de ser de la mujer es determinante. Si el deseo queda aislado de cualquier otra afinidad, no
habrá relación afectiva sino sexo en estado puro. Cuando conocemos a una mujer muy bella, pero sin otro
atractivo, automáticamente nos convertimos en seres fisiológicos con un solo objetivo en mente. Pero si
la mujer nos gusta también en un sentido psicológico y/o espiritual, aunque el objetivo inicial no suele
descartarse, nos volvemos más afectivos y menos sexuales. De todas maneras, salvo excepciones, la
regla queda definida de la siguiente manera: el hombre entra por el sexo, y si encuentra lo que
le gusta, llega al amor; si no es así, se devuelve. La mujer entra por el amor, y si todo va
bien, llega al sexo. Cuando la cosa funciona, nos encontrarlos en la mitad del cansino. Los
hombres tenemos claro que si la mujer nos agrada como~ persona, el deseo sexual simplemente es la
llave para seguir avanzando. Incluso, muchas veces la que más nos gusta no es la más sexy, aunque

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esta última pueda seguir activándonos la testosterona.

2. El equilibrio afectivo-sexual en la vida de pareja

Por todo lo dicho hasta aquí, queda claro que la relación que se establece entre sexo y afecto, y las
ponderaciones que hombres y mujeres hacemos al respecto, son determinantes para comprender
muchos problemas de pareja. Para la mayoría de los hombres una relación afectiva sin sexo es
inconcebible, además de insoportable. Para las mujeres, una relación de pareja sin cariño es insostenible
y aterradora. No quiero decir que lo sexual no sea importante para ellas sino que, sin afecto, es
incompleto. Los problemas comienzan cuando se rompe el equilibrio entre las necesidades de uno y otro.
Mucho amor y nada de sexo, o viceversa, predisponen a la ruptura.

G. y R. llevaban 15 años de casados. Ella (G.) era una mujer de 35 arios, arquitecta y excelente
madre de tres hijos. Él (R.) un profesional de las finanzas de 37 años, económicamente exitoso y muy
buen padre. Pese a tener todas las condiciones a favor, algo andaba mal, o muy mal. R. se sentía
sexualmente insatisfecho: "Ella es una mujer muy fría... No es que no acceda a tener relaciones, incluso
pone de su parte, sino que no se suelta ...Yo no la veo disfrutar... No toma la iniciativa... Imagínese que
lo hacemos una vez por mes... Creo que nunca ha logrado el orgasmo... Me gustaría que fuera más
sensual, más atrevida... más ardiente… Me sueño con una mujer más apasionada, a quien le
guste ser creativa en la cama y que no vea la relación sexual como una obligación, sino como el
mejor de los disfrutes ...El otro día le pedí que me hiciera un striptease y casi me mata... Me
pregunto, ¿qué le cuesta hacerlo si sabe que eso me hace feliz?... Es como si yo tuviera hambre y ella
no quisiera darme el pan que le sobra. ..Ya estoy cansado de esta situación... Usted entiende que si
la cosa sigue así, no respondo...". G. estaba igual o peor de insatisfecha, pero por otra razón: "A
veces lo odio... úl no ha podido entender que las mujeres necesitamos cariño y afecto... No sé si seré
muy anticuada, pero a mí me motivan los ambientas románticos... Eso de venir y montarla a una
como un animal, no me gusta... Yo necesito ternura, cariño... Sentir que me admira y me quiere... No
entiendo por qué no me da lo que necesito... A veces pienso que no me quiere ... (llanto prolongado).
Si quiere a alguien que le haga locuras en la cama, ¡que se busque una prostituta!... Nunca tiene una
palabra linda para mí... Los hombres me miran y yo sé que soy atractiva, pero soy fiel ...Yo lo amo
de verdad, pero si la cosa no cambia creo que es mejor que nos separemos...".

Ellos estaban inmersos en la disputa de nunca acabar: sexo vs afecto. Alguien tenía que empezar a
ceder. Pero R. se había criado en una familia muy poco comunicativa y expresiva. Su manera de
expresar afecto estaba bastante restringida, y no era una persona asertiva en el amor. G. había sido
educada bajo el patrón religioso tradicional y su familia era archiconservadora. Mostraba cierta
timidez social y una evidente inhibición a todo lo que tuviera que ver con lo sexual. Para ella, el
afecto era una especie de refugio para manejar su ansiedad y poder vivir más tranquilamente su
sexualidad. La paralización era de lado y lado. El verdadero miedo de fondo era el mismo: no satis-
facer a la pareja. ¿Quién debería dar el primer paso?

Al cabo de varias citas, R. reconoció que era él quien debería iniciar el proceso terapéutico. Los
bloqueos psicológicos que presentaba G, necesitaban de mucha paciencia y tiempo, y aunque los
impedimentos afectivos de R. también mostraban un grado de dificultad considerable, era más fácil
para él abrazar, besar y acariciar, que para ella liberarse sexualmente. El afecto es la puerta que
primero debe abrirse en todos los casos de pareja. Cuando R. fue cambiando, G. también. A
veces había retrocesos, pero lentamente y guiados por el vínculo que los mantenía unidos, lograron
acoplarse. Creo que G. jamás bailará la "danza de los siete velos" o visitará a escondidas un
pornoshow, pero logró avanzar significativamente en su capacidad y exploración sensorial. R. tuvo
que hacer un esfuerzo para comprender que "sexo no es igual a orgasmo", y ampliar su vivencia
de la sexualidad para darle cabida a más cosas; su entrenamiento consistió en entender el
funcionamiento sexual femenino desde una nueva perspectiva. Aprendió a crear los ambientes
previos propicios para que G. se sintiera cómoda, a acariciarla, a convertir la paciencia en parte

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fundamental del placer y a ver la sexualidad como parte del amor. R. asimiló una nueva manera de
disfrutar. De hecho, al ver que ella sentía placer, más se motivaba a seguir con las recomendaciones,
que más que ejercicios sexuales tipo Masters y Johnson eran estrategias de acercamiento afectivo. R.
descubrió algo muy importante para cualquier ser humano, pero especialmente para el hombre: si se
desea recibir, hay que dar.

Para la gran mayoría de las mujeres, el afecto puede ser tan incitante como la más poderosa de nuestras
fantasías. En verdad, si creamos un vínculo afectivo sólido, todo es posible. Si el varón se convierte en
un dador sincero de afecto, estará abriendo puertas desconocidas. Y si además cuenta con algo de
suerte hallará que, detrás de su apacible y mesurada mujer, posiblemente se esconda una Afrodita
alocada, con un toque de Cleopatra y mucho de Mesalina.

3. El buen amante

Muchos hombres inseguros y con problemas de autoestima se acercan a lo sexual con la idea de
probarse a sí mismos qué tan hombres son. Cuando se topan con una feminista de avanzada, que exige
placer sexual a lo macho, estos varones no disfrutan por quedar bien y cumplir el papel de un
desmedido e incansable amante, que más se parece a un "consolador" automático que a un hombre
haciendo el amor. Todavía hay varones que miden su masculinidad por el rendimiento sexual cuantitativo
que logren alcanzar. Por ejemplo, una creencia que aún se fo menta en el ambiente masculino es que la
eyaculación retardada es una de las cualidades básicas que todo buen amante debe poseer para
satisfacer a una mujer: "Cuanto más me demoro, más gozan". Esta afirmación, además de incorrecta,
muestra un claro desconocimiento de lo femenino. Para la mayoría de las mujeres, el eyaculador retar-
dado, aunque pueda producir satisfacción sexual, deja serias dudas afectivas: "¿Será que no me desea o
no le gusto lo suficiente y por eso demora la eyaculación?" o "Si realmente me deseara mucho, no
aguantaría tanto". Un hombre sexualmente aguantador no es sinónimo de buen amante, ni mucho
menos. Incluso ciertas mujeres pueden llegar a preferir a un eyaculador precoz, porque se sienten
más deseadas: "Prefiero saber que se muere de ganas por mí, a satisfacerme sexualmente yo sin
que él pueda venirse".

Vale la pena resaltar que el desempeño sexual masculino es especialmente sensible y fácilmente
alterable, por diversas variables que no siempre son afectivas. Por ejemplo, la impotencia puede estar
relacionada con ausencia de deseo, pero también con un deseo incontenible que produce en el varón
miedo a fracasar y, por tanto, debilitación de la erección. El estrés, un mal sueño, el cansancio, el ejercicio
físico excesivo, Una mala alimentación, las preocupaciones y los sobregiros bancarios, entre otras muchí-
simas causas, pueden ser tan buenos o mejores predictores del trastorno que el desamor. Recordemos que,
para el varón típico, el sexo no siempre va emparentado con el afecto. Un consejo útil para las mujeres: el
comportamiento del miembro viril no parece ser un buen test para medir el amor interpersonal.

Una sexualidad más sana debe comenzar por acabar con el mito del semental, y ejercer el libre
derecho a fracasar en la cama, al menos desde el punto de vista del rendimiento sexual. Es absurdo
medir al varón por el número de orgasmos y de espermatozoides por minuto. En determinados sectores
de la población latina, aún se escuchan calificativos como "Fulanito no sirve", refiréndose a hombres
estériles o poco dispuestos al coito. La importancia del linaje y el discutible honor de transmitir el
apellido, han creado una valoración excesiva del atributo reproductor. Mientras que la mujer infértil es
vista con pesar y consideración, el varón estéril es evaluado como defectuoso e incompleto. Un hombre
que no es reproductor, no es tan hombre. Si se considera la importancia excesiva que la sociedad
otorga a la potencia reproductora masculina, es apenas entendible que los varones con este
tipo de dificultades generen depresión, ansiedad, culpa y serios problemas de autoestima. Se ven a sí
mismos como imperfectos, carentes de hombría y con cierta "invalidez viril" que les impide hacerse
merecedores del amor femenino.

Pero para consuelo de algunos, el drama de la esterilidad masculina parece ser un problema más

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generalizado: la calidad y la cantidad de semen está disminuyendo alarmantemente en los los


hombres. En los últimos cincuenta años, el varón promedio ha disminuido el número de
espermatozoides por mililitro a la mitad (de 113 millones en 1940, a 66 millones en 1990), así como el
peso de sus testículos. Ciertos pensadores, futuristas machistas y vanguardistas, creen que más
que por los contenedores de plástico, los calzoncilos apretados o los factores ecológicos, la verdadera
razón de esta significativa baja espermática estriba en una estrategia evolucionista para detener la na-
talidad y para desmontar el monopolio sexual femenino. Otros piensan que es la oportunidad para
dejara un lado la paternidad responsable o irresponsable. La verdad es que aún no sabemos las razones
de este preocupante descenso que, de continuar así, pronosticaría una esterilidad global en los hombres
del planeta en la próxima mitad del siglo.

El buen amante, por si a alguien le interesa, no se mide por el tamaño del pene (no tiene nada que ver), ni
por la eyaculación retardada (que no es otra cosa que una disfunción sexual tan preocupante como
la eyaculación precoz), ni por el número de orgasmos por minuto (eso es más importante en los ratones y los
gorilas). Al buen amante hay que buscarlo en "el antes" y "el después" del acto sexual, en los
prolegómenos y en las despedidas. El buen amante es un buen amador, que juega una y otra vez las
distintas facetas del amor; sin desligarlo del placer. Es el que se entrega plenamente, pero también el
que sabe recibir sin restricciones. Ni narcisismo insoportable (exclusivamente receptor sexual-afectivo), ni
sumisión decadente (exclusivamente dador sexual-afectivo). La nueva sexualidad masculina es una
experiencia encantadora y fascinante, que necesariamente debe tocarse a cuatro manos y a toda
máquina. En su Informe sobre caricias, Benedetti explica bellamente la importancia de este "toque"
especial:

1
La caricia es un lenguaje
si tus caricias me hablan
no quisiera que se callen

2
La caricia no es la copia
de otra caricia lejana
es una nueva versión
casi siempre mejorada

5
Corno aventura y enigma
la caricia empieza antes
de convertirse en caricia

6
Es claro que lo mejor
no es la caricia en sí misma
sino su continuación

La fidelidad masculina: ¿utopía o realidad?

1. Algunas comparaciones hombre-mujer

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Aunque no son mayoría, es posible encontrar hombres fieles, es decir, varones con una fuerte
convicción hacia la monogamia y un firme dominio sobre sus más recónditos y elementales impulsos. La
fidelidad, tal como he dicho en otros escritos, no es ausencia de deseo sino autocontrol y evitación a
tiempo. La lealtad en el varón, más que por un estado natural de rectitud hacia la mujer amada, está
determinada por su fuerza de voluntad y el imperturbable propósito racional de evitar el engaño: "Quiero
mantener mi relación", "No me interesa destruir lo que tengo", "Quiero darle el regalo de la
exclusividad a la mujer que amo", y valoraciones por el estilo.

Si consideramos la innegable vulnerabilidad sexual masculina a la promiscuidad y las tentaciones de la


civilización moderna, el esfuerzo del varón por mantenerse fiel requiere además de autobservación
sostenida, metas a corto plazo de esas que recomiendan Alcohólicos Anónimos, por ejemplo: "Hoy no voy a
delinquir". En cambio, la fidelidad femenina no suele necesitar de tanto monitoreo, a no ser que la
susodicha entre en desamor. Si la mujer empieza a dudar del amor que siente por el marido o el no-
vio, y alguien interesante para ella le pisa los talones, entonces la cosa se pone grave. Aquí, el autocontrol
requerido para mantenerse en el terreno de la fidelidad, mínimamente, es el de un faquir
experimentado: el afecto empuja tanto o más que el sexo.

Por lo general, las causas psicológicas de infidelidad son tres: desamor, insatisfacción sexual o
aburrimiento. Si a una relación de pareja coja llega una tercera persona que aporta amor
renovado, sexo apasionado y/o entretenimiento variado y sugestivo, la cuestión se complica y la incó-
moda cornamenta es casi que inevitable. Las tres razones expuestas se ordenan distinto en mujeres y
en hombres. En las primeras, las prioridades para la infidelidad son: desamor; aburrimiento e
insatisfacción sexual. En los segundos, el orden es distinto: insatisfacción sexual, desamor y aburrimiento.

Las estadísticas en América Latina muestran que, en el tema de la infidelidad, los hombres y las mujeres
diferimos en algunos puntos. Los varones somos tres veces más infieles que las mujeres. Sin embargo, los
hombres somos más confiados: siempre crecemos que a nosotros no nos van a, o no nos pueden
engañar. Mientras la mitad de las mujeres piensan que sus maridos le son infieles (y con razón), el 80%
de los varones creemos en la fidelidad de nuestras mujeres (yo diría que ingenuamente si conside-
ramos que una de cada tres mujeres reconoce ser infiel). Desde mi experiencia profesional, diría que la
diferencia fundamental entre la infidelidad masculina y la femenina, además de la mayor frecuencia en
los hombres, está en que los varones son menos conscientes de la infidelidad de sus parejas que las
mujeres, o al menos hacen como el avestruz. Es posible que ésa sea la razón por la cual casi siempre se
enteran mucho después, o de últimos. Dicho de otra forma, aunque haya más hombres infieles, la ma-
yoría de los varones que son engañados por sus mujeres no tiene idea de lo que está ocurriendo y
pondría las manos sobre el fuego por ellas. La quemadura podría ser de quinto grado.

Cuando la mujer decide ser adúltera, la acción delictiva se aproxima al crimen perfecto. Debido a que el
costo social de la infidelidad femenina es considerablemente más grande que el del hombre, y es
posible que también debido a una meticulosidad y astucia natural femenina, pillarla es muy difícil; a
no ser que sufra de enamoramiento crónico y la activación bioquímica la lleve al descuido. Pero en
general, a ellas casi no se les nota y el cuerpo del delito suele permanecer bastante oculto. En cambio, la
habilidad de engañar sin ser visto en el varón, deja mucho que desear. Las pistas suelen ser tan
evidentes que hasta Mr. Magoo en persona las detectaría. A veces, la evidencia en contra es tan
apabullante que el infractor parecería haberlo hecho a propósito. Una de las explicaciones psicológicas
que se da a este lapsus iflfractoris es el de las ganancias secundarias. Cuando el varón es
absurda e ingenuamente descubierto, pueden ocurrir al menos dos beneficios básicos: a) reafirmar
su machismo mostrándole a la mujer que aún cotiza, y/o b) eliminar la culpa y el peso de ser infiel
("Ayúdame a salir de ésta"). La primera es una manera estúpida de recordarle a la esposa quién es
quién, y la segunda una forma de redimirse ante la humanidad.

Por lo general, la mayoría de las personas, hombres y mujeres, perdona la infidelidad de sus
parejas y casi siempre les conceden otra oportunidad. No obstante, en muchos casos "la última
oportunidad" se convierte en costumbre, y es entonces cuando comenzamos a negociar con los

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principios. Una de mis pacientes prefería compartir su marido con otra, a perderlo y quedarse sola. El
esposo, haciendo gala de una extraña forma de honestidad, le contaba con lujo de detalles todo lo que
hacía con la otra mujer, mientras ella se limitaba a "comprenderlo" y a esperar que algún día cayera en
cuenta de su error. En otro caso, igualmente dramático, un hombre ya mayor llevaba dos años
aceptando que su mujer tuviera un amante, para evitar el costo social de la separación y que sus hijos
sufrieran con la noticia.

Aunque no nos guste y estemos en desacuerdo, mientras los hombres sigamos ciegamente el
mandato sexual, y las mujeres sigan encontrando el insoportable vacío afectivo de un varón ausente,
seremos legal y aparentemente monogámicos y en secreto, poligámicos.

2. El "donjuanismo" o el problema de la seducción compulsiva

Además de la premura biológica sexual, la infidelidad masculina también hay que buscarla en la
desatinada necesidad psicológica de autoafirmarse en la conquista: "Cuantas más mujeres tenga,
más macho soy", o de una manera más belicosa: "Cuantas más conquistas logre, más poderoso seré". A
la manera del más valiente de los adelantados, el varón tradicional va acumulando trofeos en su haber de
perseguidor sexual implacable. Conozco hombres que si pudieran coleccionar las prendas íntimas de
sus conquistas femeninas, en realidad habría que decir botines o presas, las expondrían como las
cabezas disecadas de los cazadores de safari. Por ejemplo: "Tanga y brasier perteneciente a N.N., mujer
caucásica, 25 años, morena, de buena familia...", y así.

La leyenda del don Juan, aunque ya hace su aparición en la Edad Media, cobra su máximo
apogeo durante el Siglo de Oro. Tirso de Molina en El Burlador de Sevilla, y Alfonso de Córdoba en La
venganza del sepulcro, al igual que
Calderón de la Barca, Lope de Vega y Cervantes, sólo para nombrar algunos de los más importantes,
dejaron plasmada la personalidad de un prototipo de hombre que, con seguridad, reflejaba algunos
aspectos reales de la picardía masculina de la época. Con una vida dedicada principalmente a
enamorar por enamorar; y a coronar sus objetivos cuasi militares, el don Juan se mostraba con la finura de la
nobleza, la generosidad del rico, la elegancia y el porte del caballero, la arrogancia del poderoso y la
valentía del colonizador. Sus hazañas eran envidiadas por los hombres y deseadas por las mujeres.
Realmente, un peligro.
El moderno atesorador obsesivo de conquistas femeninas ha mantenido al menos dos características
básicas de su ilustre antecesor.

La primera está relacionada con la forma de abordar su presa. Para el típico seductor, en la guerra el
fin siempre justifica los medios, y como en realidad se trata precisamente de invasiones y
ocupaciones, el don Juan no escatima recurso alguno: arremete una y otra vez, corazón en ristre,
propone matrimonios a diestra y siniestra, jura amor eterno en vano, llora cada vez que se necesite
hacer¡(), intenta suicidarse, hace regalos fastuosos, escribe poesías que harían parecer ordinario a Cyrano
e, incluso, de ser necesario, sería capaz de acceder por la fuerza al lecho de su amada; en fin, ya sea
galanteo o forcejeo, el despliegue de tácticas y estrategias no tiene límites, ni cansancio. Como se trata
de un "enamorador profesional", no necesita sentir sino simplemente hacer lo que haría cualquier
enamorado. Más aún, el sentimiento sería un estorbo y el acabóse total de su accionar. El cortejo sólo
necesita ser interpretado adecuadamente, de acuerdo con los cánones sociales que ellas esperan, y por
eso, parte del éxito está en conocer a cabalidad los puntos débiles de las mujeres, activarlos y
mantenerlos despiertos el tiempo mínimo para que se rindan a sus pies. El don Juan es un
encantador de serpientes y un exacerbador de vanidades. Cuando ataca, es certero, inclemente, frío,
desconsiderado y mortal.
La segunda regla que guía las maniobras donjuanezcas es que la cantidad es mucho más
importante que la calidad. Carente de toda estética ególatra, este galán es ciego por naturaleza. Su
norma es la de cualquier comerciante de aves: `Iodo pollo que camina va a parar al asador".
Desde este punto de vista, su misión no es solamente anotar una víctima más, sino hacer que muchas de

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ellas desfallezcan felices de haber sido "amadas", pese a sus defectos. Más de una inmolada con
problemas de autoimagen repetiría gustosa el sacrificio: "Muero contenta, alguien, ¡al fin!, se ha fijado
en mí". No importa ser una ficha más de colección, al menos se es parte de un gran coleccionista.
Muchas mujeres, a sabiendas de que se trata de una farsa, deciden vivirla como si fuera un cuento de
hadas: "¿Quién podrá quitarme lo bailado?". Cuando el don Juan toca la fibra adecuada de alguna mujer
insegura, no sólo crea una nueva pieza de repertorio, sino una esclava de por vida, orgullosa de serlo.

El verdadero don Juan, cuando corona, jamás vuelve a la escena del crimen porque pondría en peligro
su reputación. Si regresara, estaría esperando repetir la dosis de placer con la misma persona, lo cual no
solamente dañaría su reconocida insensibilidad, sino que correría el riesgo de apegarse o, en el peor de
los casos, de enamorarse. El don Juan jamás muere por una estocada, un balazo o una golpiza; por el
contrario, eso lo reafirma y lo hace renacer de sus propias cenizas. Este personaje deja de existir cuando se
enamora. El amor lo acaba y, al mismo tiempo, lo cura porque le quita la motivación fundamental
de seguir por seguir, lo alivia de su compulsión, le quita el sentido enfermizo de su vida, lo absorbe la
pasión del explorador y el reto fundamental de la conquista. En otras palabras, lo humaniza.

Pero en cierto sentido, el amor también lo independiza. Porque afirmarse en el número de mujeres
seducidas no es otra cosa que depender de ellas. Cada "sí" es un parte de victoria con sabor a
derrota. La masculinidad del don Juan se configura en la necesidad de aprobación femenina:
"Necesito que las mujeres me acepten para sentirme hombre", pero no una o dos, sino
todas. "Si cotizo, soy varón".

El seductor empedernido es un hombre inconcluso e indefinido tratando de hallarse a sí mismo


por el camino equivocado. La admiración o la envidia que otros varones puedan sentir de sus
"hazañas", engrandecen su ego pero no le dan seguridad: la confianza sólo proviene del sexo
opuesto.

El don Juan no ha resuelto su problema de identificación, aún permanece aferrado a la madre y al


falso resguardo de no querer evolucionar hacia su propio ser masculino. Es la variante más
peligrosa del hombre apegado-infantil. Pienso que la intención del seductor compulsivo que
caracteriza al "donjuanismo", no es lastimar y martirizar a las mujeres sino encontrarse en la
autoafirmación que genera la conquista alcanzada. Sin embargo, en la desesperación por hallar un
rompecabezas don de pueda encajar, vuelve añicos todo lo que encuentra a su paso. Golpea y
lastima por impotencia, pero no por venganza. El don Juan no odia a las mujeres, las necesita para
sobrevivir; de ahí su gran debilidad y adicción a ellas. Lo que lo vuelve un enemigo público afectivo no
es el rencor y la agresión que caracteriza al sociúpata frío y calculador, sino el miedo infantil a
permanecer solo e indefinida El don jean se mueve en una dimensión oscura e insondable,
donde no puede ver con claridad y menos aún sentir. Pero si el amor hace su aparición y Cupido lo
atraviesa de lado a lado, puede ocurrir el milagro. El monstruo muere en su ley, y por obra y gracia
de alguna mujer compasiva, el terrible don Juan se convierte mágicamente en un manso y sensible
varón.

La conquista sexual masculina:


un desgaste agotador

1. La conquista del macho en el mundo animal

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Por alguna razón todavía no identificada por los biólogos, el ciclo reproductivo en la naturaleza ha
sido organizado de una manera especialmente exigente para los machos. En todas las especies
animales la actividad sexual requiere de una Inversión de tiempo y esfuerzo sorprendente, que:
muchas veces es nefasta para la propia supervivencia. Es realmente impresionante Ver el gasto compe-
titivo, ya sea intimidando a los rivales o persuadiendoa las hembras, al cual deben recurrir Ios machos
para cumplir su designio reproductor. Parecería que en toda la escala zoológica la misión del sexo
masculino es la misma: reproduccción a cualquier precio. Algunos ejemplos hablan por sí
solos.

Se ha encontrado que los carneros montañeses de cuernos más largos son sexualmente más
exitosos, pero este éxito tiene un costo: mueren más jóvenes. Los investigadores han
demostrado que la causa de su muerte prematura se debe al gasto que ocasiona tener que estar
defendiendo constantemente a sus hembras de otros machos. Esta "defensa del harén" elimina
gran parte de las reservas de grasa necesarias para sobrevivir en el invierno y, por lo tanto,
envejecen o fallecen antes que aquellos carneros de cuernos más pequeños. Parecería que en el
reino animal los "cuernos" también son un problema.

La exhibición sexual del ave del paraíso de Nueva Guinea consiste en fabricar un paisaje completo
para atraer a las hembras. Primero limpia un tronco grueso y fuerte, luego teje a su alrededor una
especie de manta y la decora con flores, alas de escarabajos fosforescentes y frutos. Después
hace un techo de un metro de largo y una ventana donde pueda ser observado desde afuera por
las interesadas. Para darle un toque de distinción a la construcción, coloca un tapete de musgo a la
entrada, que adorna nuevamente con frutos y flores. Para terminar, rodea todo el lugar con una
cerca pequeña. Cuesta creer que toda esta inversión de recursos esté destinada exclusivamente
a la conquista. Claro que el saltamontes americano común no está mejor que digamos, ya que su
forma de cortejar consta de un especie de baile de dieciocho posiciones diferentes, más
complicado que la salsa y el tango arrabalero juntos. Y la razón, una vez más, es definitiva:
cuanto mejor ejecute su danza, más novias tendrá.

La regla está definida como sigue: mientras las hembras muestran un mayor grado de
eficiencia y distribución adaptativa de sus recursos básicos de supervivencia, los machos hacen
gala de un despilfarro lamentable y de unas extravagancias seductoras poco prácticas y, en muchos
casos, peligrosas. ¿Por qué es así?

Según los expertos, el ciclo reproductivo está definitivamente monopolizado por las hembras y, por
lo tanto, a los machos les toca competir por sus favores, incluso cuando el número de hembras es
mayor.Y esto no es machismo, sino hembrismo. Toda la estructura biológica animal gira
alrededor de un desfase de apetencias sexuales, donde el poder está concentrado en quien
menos necesite sexualmente al otro. Hapgood dice al respecto: "Todo esto [la eorrrpetericia por
las hembras en el mundo arriraral] parece una imagen muy directa de un sistema bastante común
donde las hembras son todas altamente deseables por igual a los machos, y todos los machos
unifornlenrente poco interesantes para la hembras".

En casi todos los cortejos de apareamiento, el macho debe rivalizar para obtener los encantos
femeninos. Ya se trate del secuestro de la hembra, como ocurre con la abeja de la arena, de la
lucha agresiva y directa que utiliza la serpiente no venenosa, del llamar la atención de manera
incansable como lo hace el salmón, de la definición de territorios de exhibición masculina, como ocurre
en millones de las libélulas machos, o del derecho de residencia que demarca el león, siempre hay
que generar algún tipo de confrontación de género. Peleamos y nos matamos por ellas. Incluso los
espermatozoides compiten. De doscientos millones de células espermáticas, sólo triunfa una. El
óvulo los llama químicamente, los seduce, los atrae hasta que queden unos cuantos: los más aptos. Por
último, con el poder que le confiere la naturaleza, el óvulo decide quién es el donante.

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Los machos braman, chillan, corretean, saltan, lanzan destellos, gritan, aúllan, bailan, corren,
hacen cualquier cosa con tal de ganarse el derecho a la reproducción sexual. Es tanto el apremio, que
algunas especies han creado métodos indirectos para salvar su honor y, de todas maneras,
procrearse. Por ejemplo, ciertas sabandijas insertan su propio esperma en el conducto espermático de
otros machos, para garantizar así que sus genes sean transmitidos: un acto sexual indirecto. Algunos
gusanos parásitos, después de aparearse, sellan el tracto genital de la hembra con una secreción
coagulante, creando un verdadero cinturón de castidad bioquímico. En cierto tipo de moscas, el macho
suelda, por así decirlo, sus genitales con los de la hembra, para no ser removidos jamás. La lista de
estratagemas que utilizan los machos para competir sexualmente entre sí, es interminable; y todo por las
hembras, por el placer de fabricar vida en ellas.

2. La conquista del varón en el mundo civilizado

El abrumarte panorama animal presentado adquiere en el mundo de los humanos matices distintos,
aunque la tendencia básica subsiste: la energía libidinosa sigue siendo el motor. Los rituales de
conquista masculina crean un derrotero más amañado, menos cruento y más civilizado, pero igualmente
competitivo, desgastador y, la mayoría de la veces, tonto. El cortejo social interpersonal, especialmente en
los varones, aporta nuevos ingredientes culturales como mentir, exagerar, esconder, disimular, utilizar
prótesis, aparentar, fingir y engañar. El galanteo humano está diseñado para exhibir las cualidades y
sacar partido de ellas, o inventarlas si fuera el caso.

Ovidio, poeta y pensador romano, algunos años antes de Cristo publicó un manual para seductores
llamado Ars amandi, cuya traducción es el Arte de amar (nada que ver con Fromm). El manual consta de
infinidad de consejos para triunfar en el arte de la seducción. El éxito del texto fue de tal envergadura que
el emperador Augusto lo consideró una de las causas de la corrupción moral reinante en Roma, así que
lo prohibió y desterró al pobre Ovidio.

Aunque el escrito también va dirigido a la mujer, la parte central se refiere a como seducir y mantener
el amor femenino. El autor no escatima esfuerzos para animar a los varones: "Hasta aquélla que creas
más difícil, se rendirá rrl fiu"; advierte sobre el poder de la paciencia: "Tal vez recibas una ingrata
contestación, pidiéndote que ceses de solicitarla; ella en su fuero interno eme que la obedezcas y lo
que quiere es que sigas insistiendo"; recomienda el acoso sexual moderado como forma de halago: 'A
todas les gusta que se lo pidan, tanto a las que lo conceden como a las que lo niel>art"; alerta sobre el
riesgo de que una vez hechos los regalos, la dama se niegue a dar más: 'Tos regalos que le hubieras
hecho podrían obligarla a abandonarte, y de momento e lucraría de tu generosidad sin conceder nada
a cambio. Por esto hay que mantenerla en la esperanza de que recibirá mucho más. Que confíe en que
siempre le vas a dar lo que nunca pensaste... No seas parco en prometer'; recomienda darla impresión
de poseer cierta cultura general, aunque no se tenga: " S i alguna muchacha te pregunta los nombres
de los reyes vencidos y por las tierras, montes o ríos que figuran en la procesión, responde a todo y
afirma lo que no sabes como si lo supieras perfectamente"; y también sugiere un estilo expresivo
particular: "El amante ha de estar pálido..., que el semblante demacrado manifieste las angustias que
sufres..., para alcanzar tus deseos debes convertirte en un ser digno lástima; que quien te vea excla-
me al punto: está enamorado".

Como resulta evidente, el costo de este tipo de conquistas, más que la grasa del carnero (como en
el caso de los carneros montañeses descrito anteriormente), es la integridad personal. A la larga,
vamos en pos de lo mismo que persiguen nuestros predecesores animales, pero de una forma mucho
menos honesta y elegante. El A r s arlrandi es el arte de engatusar a través de la mentira y la propia des-
honra. El ave del paraíso arriba mencionada se cansa y fatiga en su seducción, pero embellece el ritual
porque no necesita mentir; lo ennoblece y lo enriquece con lo que verdaderamente es.

La humanización de la conquista requiere dar un gran salto cualitativo, donde la aproximación del varón a
la mujer permita un contacto más pacífico, menos depredador, y sin tanta premura sexual. La mayoría de
las veces, cuando nos acercamos a ellas, el deseo nos nubla la mente y otras funciones. Al estar

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absorbidos y empujados por la necesidad sexual, no alcanzamos a reconocerlas como personas. Ni


siquiera las vemos. Muchos hombres, luego de la conquista y la culminación del acto, no se acuerdan del
rostro de la mujer con la que estuvieron. No tienen la más remota idea de cómo piensa, qué hace, cómo
vive y qué siente aquella mujer que hace un rato abrazaban y besaban con pasión. No hubo contacto
humano. No estoy diciendo que cada relación necesite de un curso prematrimonial de meses para acceder
a la intimidad sexual; lo que propongo es arrojar algo de luz sobre "el oscuro objeto del deseo", y
quitarle un poco de sexo al arte de seducir.
Pese a que la paranoia femenina de ver al hombre como un especie de pulpo descontrolado está justificada,
a veces se les va la mano. A muchas mujeres les gustaría castrar a más de un varón para poder ser
sus amigas y evitar, de esta manera, cualquier interferencia del deseo. Querer descuartizar al hombre
para ser su amiga, así sea psicológicamente, no deja de ser una perversión. Aunque la amistad
intersexos es una realidad (todos tenemos buenas amigas "con las que no pasa nada"), casi siempre esta
"asexualidad" permanece dormida o latente, pero no muerta. Los casos de "íntimos amigos" que ahora
son esposos, son innumerables. Muchas amigas que no nos provocan sexualmente, pasarían a ser un
manjar luego de algunos meses con ellas en una isla desierta. Para ser amigos de las amigas, o vi-
ceversa, no necesitamos despojarnos de la sexualidad que define el propio género. Ser amiga de un
varón implica correr el riesgo de un piropo, un chiste o algún comentario con "olor a hombre".

Una mujer de 20 años, supremamente atractiva, se ofendía cuando los amigos le hacían algún
comentario sobre sus atributos físicos. En cualquier parte del planeta hubiera pasado lo mismo, pero ella
"exigía" que se hiciera caso omiso de sus escotes, sus provocativas minifaldas y sus pantalones
ajustados. Las afirmaciones masculinas: "Puedo ser tu amigo, te estimo, pero no puedo dejar de reco-
nocer tus encantos físicos..." o "Como pienso que nuestra amistad es muy valiosa y no la quiero perder,
de manera consciente alejo mis malos pensamientos", eran marcadamente ofensivas para ella.

Muchas mujeres se sorprenden de que sus íntimos amigos, "hermanitos"del alma, reconozcan
atractivos físicos en ellas y se lo manifiesten. Nadie puede quitarle al otro el derecho al deseo. No
estoy diciendo que el amigo hombre necesariamente deba ser un “acoston" sexual, molesto y empalagoso,
sino que esa "malicia", en el buen sentido, no se cura ni se extirpa. hl hombre lleva su carga de
masculinidad las veinticuatro horas. Ser amigo de una mujer es entrar en contacto con su feminidad y no
con un ser angelical asexuado, por eso es "amiga" y no "amigo". Lo interesante en cualquier amistad
hombre-mujer es, precisamente, compartir la variedad que ofrece la diferencia de género en la manera
de ver y sentir la vida; como es obvie, teniendo el sexo relegado, alejado, diluido y bajo estricta
vigilancia. Ser amiga de un varón es reconocerlo como tal, como una amalgama de sentimientos
masculinos entrelazados, donde el sexo puede estar en un cuarto o quinto plano, casi
imperceptible, pero"vivito y coleando". La otra opción es la que asume la sabiduría popular, y eso ya
va en gustos: "El mejor amigo de una mujer es un homosexual”

En lo humano, la libido juega muchos más papeles que la mera reproducción mecánica. Los
varones debemos aceptar que cuando dejarnos nuestro comportamiento en manos de las ganas sexuales
la embarramos, nos equivocamos, entregamos reinos, violarnos, robamos y hacemos el ridículo. Cuando
la conquista masculina está dirigida por la típica sobreexcitación instintiva carnal, el varón involuciona,
suplica, miente, paga, ruega, en fin, se humilla. Quizá sea hora de sosegarse y permitir que ellas tam-
bién hagan harte del trabajo. El irrespeto con uno mismo empieza cuando olvidamos el ¡actor humano y
dejamos
que la urgencia fisiológica elija por nosotros. Nos degradamos cuando nos vendemos al mejor
postor, sin pensarlo dos veces y sin importar quién sea. El acercamiento amable es legitimizar y
refrendar a la otra persona como una opción aceptable y merecedora de lo que somos. Ni obligarse
ni obligar, sino facilitar la concordancia mutua. Hace algunos años, en un baño para
caballeros encontré esta poesía anónima, escrita en una pared:

Exigió un seguro de Vida y le di tres.

Exhortó honestidad comprobada no volví n robar.

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Sugirió cumplimiento y jamás llegué tarde.

Aconsejó moderación e intenté el celibato.

Reclamó sigilo y discreción y me volví invisible.

Alentó mi olvido y contraje amnesia.

Pidió que la amara con pasión y desenfado.

Pero estaba ya tan cansado que no fui capaz.

Aunque el sexo esté inmerso en la esencia misma de la seducción masculina (cortejo sin deseo no es
cortejo, sino asunto de negocios), y probablemente así va seguir siendo por muchos miles de años, hay
que aceptar que no es el único motivador de la conquista del varón. La aproximación hacia el sexo
opuesto también está motivada por la búsqueda de compañía, por el compartir las gracias y desgracias
de la civilización (por ejemplo hamburguesas y papitas fritas, cine y televisión), por la conversación infor-
mal, por el filosofar de bar en bar, por la increíble fuerza que genera la genuina amistad hombre-mujer,
por la lujuria oculta y la fantasía anticipada. Lo psicológico, la autoconsciencia para ser más exacto,
le da una nueva extensión al galanteo, y lo lanza mucho más allá del simple cuerpo a cuerpo.

Desde mi punto de vista, la conquista sana en humanos no es más que un conjunto de acuerdos
implícitos (cuanto más silenciosos mejor) para invadirse mutuamente sin perder la soberanía personal. O
dicho de otra forma, es romper en forma respetuosa el territorio del otro, reconociéndolo como un
genuino ser que vale la pena explorar por fuera y, sobre todo, por dentro.

El derecho a una sexualidad digna

Dignificar la sexualidad masculina no significa racionalizar exageradamente el sexo, ni coartarlo: lo


que propongo es abolir la esclavitud sexual a la que hemos estado sometidos. Liberarnos de la obsesión
no implica enterrar la libido, sino trascender con ella. La sexualidad es un regalo. Es el momento en el cual
se produce la muerte psicológica (la mente parlanchina se calla y el maya se va a dormir) y cuando
podemos identificarnos con el universo. Pero si sólo disfrutamos del sexo desconociendo su significado
real, además de quedar aprisionados en lo meramente sensorial, estaremos bordeando el peligroso
sendero de la dependencia. Definitivamente, la sexualidad es mucho más que genitalidad, y si no
vemos esto nunca lograremos aprovechar su increíble magnificencia.

Una sexualidad masculina digna se refiere a una sexualidad que respete la integridad psicológica, tanto
del varón como de la mujer. La sexualidad, cuando es digna, no envilece ni corrompe a nadie, porque no
genera apego.

El derecho a una sexualidad digna es no desintegrarse en la adicción; es humanizar el sexo en la vivencia


del afecto; es no violentarse internamente, ni violentar; es retirarse a tiempo o estar todo el tiempo; es
entender que, al menos en la química corporal, el fin no justifica los medios; es transmutarse en el
otro hasta desaparecer y no asustarse por ello; es no regalarse, ni castrarse, ni someterse para
obtener "favores"; es desnudarse valientemente y luego no querer vestirse; es poner a madurar el placer
para que sepa mejor; en fin, ser digno en el sexo es quererse a uno mismo sin dejar de querer, y
entregarse sin misericordia, sin lastimar ni lastimarse.

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EPÍLOGO

Manifiesto de liberación
afectiva masculina

Algunos varones, conscientes del reto que implica la liberación masculina afectiva, hartos de la represión
emocional a la que hemos estado sometidos por nosotros mismos y por la cultura, en franca oposición a los
valores poco humanistas con los que hemos sido educados, y con un repudio total por la estructura
patriarcal de la que hemos sido víctimas y que, supuestamente, estamos obligados a transmitir,
expresamos y dejamos estipuladas, desde lo más profundo de nuestro sentir, las siguientes reivindicaciones
de libertad emocional Tenemos derecho:

1. A sentir miedo.

2. A ser débiles y a pedir ayuda cuando así lo consideremos.

3. A ser inútiles, a cometer errores y a no saber qué hacer.

4. A fracasar económicamente, a ser pobres y a experimentar el ocio intensa y vitalmente.

5. A vivir en paz, a negarnos a la agresión, a la guerra y a todo tipo de violencia interna y externa.

6. A emocionarnos y a expresar nuestros sentimientos positivos, ya sea física o verbalmente.

7. A estar más tiempo en familia y a participar en la crianza de nuestros hijos.

8. A comunicarnos afectivamente con los demás hombres, y a fomentar la amistad masculina sin

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rivalizar ni competir.

9. A disfrutar del sexo sin ser adictos sexuales.

10. A fallar como reproductores y a no transmitir el apellido.

11. A una sexualidad más afectiva y amorosa.

12. A intentar ser fieles.

13. A no humillarnos en la conquista.

Por último, aunque llueva y truene, tenemos el derecho a que las pequeñas primaveras que llevamos
dentro, aquéllas de que habla Jabil Gibrán, salgan a retoñar cada vez que quieran hacerlo.
Mayo de 1998

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