INTRODUCCION
Rescato de este libro la siguiente cita: “Mayorías y minorías constituyen el todo
nacional, y el respeto entre ellas, su convivencia pacífica dentro de la ley, es base
firme del desarrollo, del imperio de las libertades y de la posibilidad de progreso
social […]. Cuando no se tolera, se incita a no ser tolerado y se abona el campo a
la fratricida intolerancia absoluta, de todos contra todos.
La intolerancia sería el camino seguro para volver al México salvaje y más
violento”. Esto es parte del discurso de Jesús Reyes Heroles, cuando anunció la
reforma política lopez portillista con la cual, según José Woldenberg, inicia la
transición democrática en nuestro país.
Woldenberg da pistas de la línea argumentativa que va a seguir en su libro,
México vivió una transición democrática, pasando de un sistema autoritario a una
germinal democracia, de 1977 a 1996-1997, siendo esto la hipótesis principal de la
obra en comento. Pasamos, deja claro el autor, de tener un partido hegemónico
con elecciones concurridas pero sin competencia, a un sistema electoral y de
partidos democrático. Woldenberg, si bien no se olvida de los déficits de nuestra
germinal democracia, principalmente se ocupa de los cambios en el régimen. Hay
que recordar que México era una democracia de iure, pues en la Constitución así
estaba indicado, pero la realidad era otra, y esto es lo que ocurrió con la transición
en México, se instaló la democracia, a diferencia de otros países de América
Latina en los que se reinstaló ésta; en México llegamos a una nueva realidad, la
democracia no se había llevado a la práctica.
Una explicación para que se desatara este cambio nos la ofrece el autor: las
recurrentes movilizaciones eran en buena medida fruto del éxito económico del
país, un país más moderno, más democrático, menos autoritario.
De 1932 a 1977 la economía había crecido a tasas importante son años en los
que se expande la industria, el sistema educativo y crecen las ciudades, México
estaba preparado para arribar a la democracia, y es así que el autor nos narra los
preparativos de la reforma de 1977, las audiencias públicas y los debates, para
llegar a la constitucionalización de los partidos y su reconocimiento como
“entidades de interés público”, además del registro condicionado para los nuevos
partidos, que se convirtió en uno de los grandes logros en pro de la pluralidad; por
otro lado se modificó la fórmula de integración de la Cámara de Diputados,
creando los diputados de representación proporcional, siendo estos una cuarta
parte del total de la cámara. “Gracias a estas reformas, que vistas en retrospectiva
pueden parecer mínimas, se desató una auténtica transformación”.
Diez años después del comienzo de la transición, México contaba ya con una
integración política plural, aunque aún no había una competencia electoral
equitativa y los comicios no eran el medio por el cual se elegía a los gobernantes
(al menos en los niveles estatal y federal). El retrato de aquel país, veinte años
atrás, es el de un régimen en el que el candidato oficial acude a las campañas
apoyado por los recursos humanos y materiales de los pode-res públicos, los
medios de comunicación dan seguimiento a ese personaje casi exclusivamente y
la posibilidad de que un partido de oposición obtenga una gubernatura y, más aún,
que le sea reconocida, es prácticamente nula.
Paulatinamente, los ciudadanos descontentos dejaron de ser resentidos,
incapaces o antinacionalistas, para convertirse en ciudadanos que expresaban
necesidades, reclamaban ante los abusos de las autoridades y exigían un cambio.
En ese “nuevo” México, el levanta miento zapatista del 1º de enero de 1994 surgió
como el más exitoso de los muchos movimientos y organizaciones que vieron la
luz durante el salinismo. Ernesto Zedillo consiguió recuperar la legitimidad
democrática al ganar en una elección que no fue discutida, aunque sí criticada.
De ahí derivó la reforma de 1996, que no con-siguió ser definitiva como aspiraba
el presidente, pero sí profunda y decisiva. En ésta prácticamente se configuró
nuestro actual sistema de instituciones democráticas, comenzando por la creación
de una autoridad electoral autónoma, culminando con la adopción de numerosas
medidas de seguridad, transparencia y auditoría en materia electoral.
Para el autor de esta historia mínima de la transición democrática en México fue el
momento culminante de la transición. La alternancia en el poder, que final-mente
ocurrió en el 2000, habría sido imposible sin el conjunto de reglas que permitieron
competencias electorales equitativas y confiables. No carece de razón. Una
democracia electoral es aquélla en la que los ciudadanos, a través de su voto,
deciden quiénes los representarán en los órganos legislativos y quiénes tomarán
las decisiones en los órganos de gobierno. Elecciones así serían imposibles sin la
existencia de garantías para la expresión, la asociación política y la participación
libre de los ciudadanos. El voto no sólo es expresión de la voluntad ciudadana,
sino también del entramado institucional que lo posibilita.
La transición a la democracia en México marcó el rumbo político de nuestro país
durante el último cuarto del siglo XX, pues puso en el centro de la agenda política
el extendido reclamo social de contar con elecciones limpias, justas y
competitivas.
Mauricio Merino denominó "la transición votada". Ésa es, ni más ni menos, la
relevancia del tema de esta historia mínima que quiere ofrecer una narrativa
concisa pero bien documentada de un período que si bien puso su atención en las
elecciones como bien dice Woldenberg tuvo consecuencias más allá de lo
electoral, impactando profundamente al sistema de partidos y de la representación
política en nuestro país.
La Transición Democrática
El texto tiene por objeto dar cuenta de lo que fue ese trayecto, de la mecánica de
la transformación, caracterizada por una secuencia de creciente conflictividad
política y de operaciones reformadoras que permitieron que el marco institucional
garantizara que la voluntad de los ciudadanos decidiera en las urnas. Fueron, es
cierto, reformas electorales de muy diferente calado, que surgieron siempre como
respuesta a protestas sociales importantes y que resultaron a veces preventivas
como la de 1977, o muy reactivas y hasta regresivas como la de 1986, o de gran
proyección como la de 1996.
La transición democrática alude a un proceso de mayores proporciones: su tema
de fondo es el de una sociedad modernizada que ya no cabía ni quería hacerlo en
el formato político de partido hegemónico; México se hizo más complejo, diverso,
plural: un solo partido, una sola coalición, ya no podía representar ni conciliar
todos los intereses, proyectos y pulsiones de un país que crecía y se diversificaba
aceleradamente.
La transición democrática es, en realidad, la historia de ese acomodo: encontrar
una fórmula para una vida política moderna acorde con nuestra verdadera
modernidad social.
Considero que la propuesta de fechas precisas para marcar el inicio y la
conclusión de la transición democrática es importante porque demuestra que para
Woldenberg, no se trató de un evento único, sino de un proceso y que es posible
identificar un horizonte delineado y concreto que fue el de edificar elecciones
democráticas.
Al ir haciendo el recuento de cada una de las fases de la transición, Woldenberg
recrea cómo fueron evolucionando las demandas concretas que iban dando pie a
las diferentes reformas cuyo cometido era otorgarle confianza a las elecciones,
siempre identificando en qué contexto social y político se fueron sucediendo.
Si bien, al inicio el reclamo estuvo centrado en que el sistema electoral y el de
representación se abrieran a la participación de nuevas corrientes políticas, en un
ambiente caracterizado por la ausencia de libertades políticas, los cambios se
dieron como él dice: "por goteo" y con un claro control del sistema sobre los
mismos.
Lo cierto es que woldenberg recrea una serie de acontecimientos des de López
portillo hasta la presidencia Vicente fox y eventos que fueron desatando los
cambios o como se le denomina la transición que ha sufrido México.
Por ejemplo una serie de conflictos en 1977, posterior a ello en 1988 cuan do un
partido de izquierda y el congreso llevaron una serie de reformas que pusieron los
cimientos firmes para la edificación de elecciones confiables, el evento del
asesinato de un candidato presidencial el cual en si momento marca otro rumbo
en el país
Otra eventualidad importante es la creación del Instituto Federal Electoral (IFE), el
Tribunal Federal Electoral (TRIFE) y que se puso en el centro de la demanda la
construcción de un padrón electoral confiable y vigilado para asegurar su
integridad de los mexicanos.
Entonces esto desemboco en una serie eventos, reformas y demás que permitió
dice woldenberg la transición.
Hacia el final de este trabajo, Wolden-berg insiste en este asunto y sostiene que
no hay posibilidades de truco ni secreto, pues los resultados de cada casilla están
en manos, lite-ralmente, de los representantes de los partidos políticos, a la vista
de cualquier persona que los quiera consultar en Internet. Las características de
seguridad y cer-teza que tiene el sistema son conocidas por todos los partidos
políticos, pero, desafortuna-damente, en algo que se calificaría de desleal-tad
institucional, ni los partidos ni sus candida-tos admiten la participación que tienen
en su puesta en marcha, ni contribuyen a la difusión de sus características. Por el
contrario, prefie-ren señalar al sistema electoral mexicano como uno marcado por
la desconfianza. Es esta desconfianza la que hace que nuestras elecciones sean
tan complejas y para algunos tan caras; pero no veo en los partidos, protagonistas
de esta historia, disposición por cambiar la situación. La desconfianza es un
elemento que no logramos superar durante los años de la transición y que
continúa afectando la vida política de México. Como país, conseguimos establecer
la regla de la mayoría para decidir quiénes nos gobernarán y representarán, pero
aún no lo-gramos asimilar la incertidumbre en los resulta-dos como otra regla
esencial de la democracia. Aún tenemos campañas en las que to-dos los
competidores, sin excepción, recurren a conductas irregulares o francamente
ilegales para tratar de poner el resultado a su favor. Y ello es así porque entre
nosotros todavía hay personas que no aceptan la derrota legal y legí-tima de su
candidato. Aún hay incertidumbre y desconfianza en los adversarios políticos. Se
teme que si gana una opción partidista distinta a la que ca-da uno de nosotros
prefiere, el destino del país será incierto. Falta aprender a confiar más en que las
instituciones marcharán bien, indepen-dientemente de quién las encabece. Falta
aprender que el error humano puede ser corre-gido o evitado a través de la
aplicación de re-glas, procedimientos y mecanismos institucio-nales de
racionalidad, certeza y auditoría. Es indispensable que todos los ciuda-danos
conozcan sus instituciones, sepan cómo funcionan y qué esperarían y exigirían de
és-tas. Es necesario, también, reconocer que nuestro país no es el de treinta o
veinte años atrás.
Reconocer los avances resultantes del cambio político en México no significa
renunciar a los principios e ideales: significa tener clari-dad de lo que se ha
conseguido para entender lo que aún falta por hacer y cómo conseguirlo. Hay, sin
duda, todavía mucho por hacer. En el conocimiento de nuestro pasado, en la
comprensión de nuestro presente y en la clari-dad sobre lo que deseamos para el
futuro están las claves para superar los desafíos que tene-mos como país. El libro
Historia mínima de la transición democrática en México es un esfuerzo que nos da
claridad para entender nuestra historia re-ciente; sólo así pensaremos
óptimamente en un mejor futuro. La Historia mínima de la transición de-mocrática
en Méxicoes una obra de consulta sencilla, a la que podemos recurrir para docu-
mentar información indispensable en el estudio de la materia electoral. En sus
páginas no sólo se hallarán datos históricos y estadísticas, sino también una
herramienta para comprender me-jor los procesos de cambio político en nuestro
país. José Woldenberg sintetiza con acierto un proceso de transformación que
llevó veinte años. Para conseguirlo, aprovechó sin duda la visión de primera mano
que tuvo al ser prota-gonista de acontecimientos decisivos. Desde las
organizaciones ciudadanas, perímetro, des-de los partidos políticos más tarde, y
desde el Consejo General del IFE, el autor fue protago-nista y testigo privilegiado
de la historia que relata. Narrado con un lenguaje desenfadado, por momentos
coloquial, con el que el Wolden-berg nos transporta y nos transforma de lecto-res
en oyentes de una historia con nombres propios, que a los mayores nos resultan
cerca-nos, y a los jóvenes por lo menos conocidos. Es una historia contada por
quien la vivió, pro-tagonizó en diversos momentos y desde distin-tas posiciones,
pero siempre ubicado en la congruencia, siempre desde el ángulo izquierdo del
escenario, desde el flanco del respeto insti-tucional; siempre con una convicción
construc-tora y con un compromiso indudable con su país. Concluyo con otra frase
de Camilo José Cela: “La más noble función de un escritor es dar testimonio,
como acta notarial y como fiel cronista, del tiempo que le ha tocado vivir”. Me
parece que en este libro, igual que en sus pu-blicaciones anteriores, José
Woldenberg cum-ple sobradamente con esa noble función