El Poder de la Música
Génesis caótica de una heroica sinfonía
Al momento de la invasión alemana en junio 1941, Dmitri
Chostakovich tenía 34 años y trabajaba como profesor de composición
en el conservatorio “Rimski-Korsakov” de Leningrado. Mientras la
mayoría del personal docente del conservatorio fue evacuado a la
ciudad de Tashkent (Asia central), Chostakovich y varios alumnos
decidieron permanecer en Leningrado para defenderlo. A comienzos de
julio comenzó a componer su Séptima Sinfonía con un ardor casi
obsesivo, concebida como una obra patriótica frente a la agresión nazi.
El 5 de julio el diario Leningradskaya Pravda publico una declaración
de Chostakovich donde manifestaba que siempre había conocido el
trabajo pacifico, pero que ahora estaba listo para tomar las armas. Quiso
enrolarse en el Ejecito Rojo pero fue rechazado por su vista deficiente,
luego en la Guardia Civil con igual resultado. Finalmente fue aceptado
en las Brigadas de Voluntarios del Pueblo para cavar trincheras en los
suburbios de la ciudad, siendo luego trasladado a la Brigada de
Bomberos del Conservatorio de Leningrado, participando en misiones
para apagar incendios causados por los bombardeos.
Termino la composición del primer movimiento de su sinfonía el 29 de
agosto y el 17 de setiembre, dentro de la ciudad asediada y bajo las
bombas, Chostakovich anuncio por radio que acababa de finalizar el
segundo movimiento, para levantar el ánimo de sus conciudadanos y
mostrar que, a pesar de todo, la vida seguía su curso normal. Días
después, un recital entre amigos donde interpretaba una versión para
piano de su nueva obra fue interrumpido por un ataque aéreo. Pero eso
no lo amedrento ya que, si las sirenas de alerta lo sorprendían en plena
composición sentado junto a su piano, Chostakovich bajaba con sus
partituras al refugio antiaéreo si era necesario, y proseguía con su
creación durante el bombardeo, sin perder un instante. Acababa de
terminar el tercer movimiento el 29 de setiembre, cuando el 1 de octubre
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Manuel Arce Sotelo
el Cuartel de Defensa evacuo al compositor a un campo de refugiados y
luego por vía aérea hacia Moscú, por orden personal de Stalin7. En
contra de su voluntad, ya que quería permanecer y concluir su obra en
Leningrado, Chostakovich subió al avión que debía sobrevolar las
líneas enemigas con su esposa, sus dos pequeños hijos y el manuscrito
de los tres primeros movimientos de su sinfonía bajo el brazo. Solo
permaneció dos semanas en su nuevo destino ya que las divisiones de
blindados panzers comenzaron a acercarse a Moscú, siendo
nuevamente dirigido el 16 de octubre lejos del frente de batalla, a
Kúibyshev (actual Samara), capital provisional de la URSS. El viaje lo
hizo en el mismo tren en el que eran evacuados los compositores Aram
Khachaturian, Dmitri Kabalevski, el violinista David Oistrakh, el
cineasta Sergei Eisenstein, el escritor Ilya Ehrenburg, entre otras
personalidades. El régimen soviético procedía así en las ciudades
amenazadas por la guerra, para proteger a la elite cultural y a las
agrupaciones artísticas (compañías de danza, teatro, orquestas, etc.) que
se encontraban en peligro. El 27 de diciembre de 1941 Chostakovich
termino en Kuibyshev la composición de su Séptima Sinfonía en Do
mayor op. 60, a la que llamo “Leningrado” en honor a la abnegada y
valiente resistencia de la ciudad mártir asediada por los ejércitos nazis,
con estas aguerrida dedicatoria: "Al histórico enfrentamiento que se
está produciendo entre la razón y el oscurantismo, la cultura y la
barbarie. Dedico mi sinfonía a nuestra lucha contra el fascismo, nuestra
inminente victoria sobre el enemigo. A Leningrado, mi ciudad natal". El
7 A lo largo de toda su vida, Chostakovich mantuvo una tensa relación con el poder soviético. Muchos de sus amigos y
miembros de su propia familia fueron víctimas de la represión estaliniana. Sus problemas con el régimen comenzaron
en enero de 1936, cuando Stalin asistió en Moscú a una representación de su ópera “Lady Macbeth del distrito de
Mtsensk”. Días después, el Pravda (diario oficial del Partido comunista) publica el artículo “Caos en lugar de música”,
con una crítica demoledora de su ópera. Esta obra que había cosechado éxitos desde su estreno en Leningrado en
1934, fue retirada de los escenarios y Chostakovich fue tildado de “enemigo del pueblo”. En numerosas ocasiones el
compositor temió por su vida, y hasta pensó en el suicidio. Dormía vestido y con su maleta lista para cuando los agentes
de la NKVD (Policía secreta) vinieran a detenerlo para deportarlo a uno de los campos de trabajos forzados del Gulag
en Siberia, torturarlo, o colocarlo frente a un pelotón de fusilamiento, lo que finalmente no sucedió. Chostakovich
recobro, momentáneamente, la aprobación de Stalin un año después con su Quinta Sinfonía y sobretodo en 1941 con
la Sinfonía “Leningrado”.
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El Poder de la Música
19 de febrero, aun antes del estreno, Chostakovich se hizo acreedor del
Premio Stalin de primera clase por su nueva sinfonía8.
El compositor había previsto que su obra sea estrenada por la Orquesta
Filarmónica de Leningrado pero, debido al bloqueo, los músicos de esta
formación y su director Yevgeni Mravinski fueron evacuados a
Novosibirsk (Siberia). El estreno mundial tuvo lugar en el Palacio de la
Cultura de Kúibyshev el 5 de marzo de 1942 con la Orquesta del Teatro
Bolshói, y el 29 fue estrenada en Moscú en la Sala de Columnas de la
Casa de los Sindicatos, contando con la presencia del compositor,
concierto que fue transmitido por radio al extranjero. Durante esta
premiere moscovita, justo antes del cuarto movimiento, un responsable
de la defensa se dirigió al público para anunciar una alarma aérea; pero
nadie abandono la sala ni se interrumpió el concierto y, al finalizar la
obra, Chostakovich fue ovacionado durante veinte minutos. El
compositor en medio del estruendo de aplausos del auditorio de pie,
sonreía y hacia venias tímidamente detrás de sus enormes gafas; la
poetisa Olga Bergholz, la “Musa del bloqueo” cuyas alocuciones
radiales elevaron la moral de los leningradenses sitiados, presenciaba
este apoteósico triunfo y pensó en ese momento: “Este hombre es más
poderoso que Hitler”. El 12 de abril, el compositor escribe en el diario
Izvestia que el arte en Leningrado se había convertido en un arma contra
el invasor. Posteriormente, como si se tratara de un documento ultra
secreto de alta prioridad, una minúscula caja metálica conteniendo un
microfilm con la sinfonía se envió clandestinamente desde Kúibyshev a
8 En las Memorias de Chostakovich recopiladas por el musicólogo Solomon Volkov, el compositor manifiesta que la
Séptima Sinfonía es en realidad una protesta contra todo tipo de totalitarismo, tanto el de Stalin como el de Hitler,
quien acabo la obra comenzada por el dictador soviético con la Gran Purga de la década de 1930, eliminando a
millones de opositores en toda la Unión Soviética y a más de la mitad del ejército ruso. Entre las víctimas se
encontraba el Mariscal Mikhail Tukachevsky, amigo del compositor, fusilado en 1937 tras ser injustamente acusado
de conspirar contra Stalin y de ser espía de la Alemania Nazi. Leningrado fue la ciudad que más sufrió durante este
periodo de terror que comenzó en 1934 con el asesinato de su alcalde, Sergei Kirov. Tukachevski era el jefe militar
de Leningrado y un gran estratega que propugnaba la modernización del Ejército Rojo. Según el historiador Michael
Jones, si las reformas de Tukachevsky hubieran sido adoptadas antes de la guerra, la Wehrmacht jamás hubiera
podido llegar a Leningrado en el verano de 1941.
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Occidente, por vía terrestre a través Irán, Irak, Jordania y Palestina,
luego por avión pasando por Teherán, El Cairo y Casablanca hasta llegar
a Europa, para luego atravesar el océano en un barco de guerra, en plena
Batalla del Atlántico, hacia Buenos Aires. Finalmente, un avión militar
americano lo llevo hasta Nueva York, donde el microfilm fue entregado
por un grupo de representantes de la Corporación Musical Ruso-
americano en manos de Arturo Toscanini. Declarado antifascista y
crítico de los regímenes totalitarios de Mussolini y de Hitler, este
célebre director italiano emigrado a los Estados Unidos tuvo el
privilegio de dirigir por primera vez la Séptima Sinfonía en
Norteamérica.
El estreno en Occidente tuvo lugar en Inglaterra el 22 de junio de 1942,
primer aniversario del inicio de la “Operación Barbarroja”, con la
Orquesta Filarmónica de Londres y el 29 en el Royal Albert Hall de
Londres. Pocas veces una nueva obra musical había suscitado tanta
expectativa y entusiasmo en el ámbito internacional. En los Estados
Unidos, se desato una verdadera pugna entre los más famosos directores
de orquesta por adquirir los derechos de la primicia: Sergei Kussevitsky
en Boston, Eugene Ormandy en Filadelfia, Artur Rodziński en
Cleveland, Leopold Stokowski y Arturo Toscanini en Nueva York.
Finalmente Toscanini gano la partida y la estreno el 19 de julio con la
Orquesta Sinfónica de la NBC de Nueva York, concierto que fue
transmitido por radio, con una audiencia de 40 millones de personas. Al
día siguiente, el perfil estilizado del compositor en casco, teniendo
como telón de fondo notas musicales en el firmamento de una ciudad
destruida y en llamas, figuraba en la portada de la revista Time, con el
título: “El bombero Chostakovich. En medio de bombas explotando en
Leningrado, él escuchó los acordes de la victoria”. La Sinfonía
“Leningrado” se convirtió así en el símbolo de la resistencia contra el
9
fascismo en todo el mundo .
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El Poder de la Música
Entretanto, el 2 de abril de 1942, el Leningradskaya Pravda anuncio que
el Departamento Artístico de la ciudad estaba preparando una serie de
conciertos sinfónicos, entre los que estaba previsto el estreno de la
Séptima Sinfonía de Chostakovich. Con este ambicioso proyecto, las
autoridades esperaban estimular la resistencia de la sufrida población,
además que se convirtió en un tema de orgullo cívico, patriótico y de
propaganda política. La partitura de 252 páginas en cuatro gruesos
tomos fue lanzada por un avión militar que alcanzo el espacio aéreo de
Leningrado después de sobrevolar de noche casi al ras de la superficie
del lago Ladoga, afín de eludir a los cazas de la Luftwaffe. Karl I1yich
Eliasberg, Karl I1yiich Eliasberg, director de la Orquesta del Comité de
la Radio de Leningrado que había permanecido en la ciudad bloqueada,
amigo y compañero de estudios musicales de Chostakovich, recibió la
enorme responsabilidad de organizar este concierto. Difícil misión, ya
que esta emblemática composición, además de ser la sinfonía más larga
del compositor (sus cuatro movimientos tienen una duración
aproximada de 80 minutos), requiere de mucha energía y exigencia
técnica por parte de los instrumentistas, así como… ¡una formación de
al menos 100 músicos! Al recibir la partitura y ver el imponente efectivo
orquestal que necesitaba, tanto en cuerdas como en instrumentos de
viento y percusión, además de la complejidad y dificultad de la obra, la
primera desesperada impresión del director fue que se trataba de una
empresa imposible; pero había que realizarla sin ninguna replica y a
como dé lugar, ya que las ordenes venían directamente de Andrei
Zdanov, comisario político y responsable de la defensa de la ciudad. Se
trataba de una sinfonía colosal, comparable a la ofensiva militar que el
Frente de Leningrado lanzaría en enero 1944 contra las fuerzas
9 Entre 1942 y 1943, la Séptima Sinfonía fue ejecutada 62 veces en los Estados Unidos por diferentes orquestas,
conciertos con gran éxito y transmitidos en directo por radio. Incluso, muchos de estos conciertos dieron lugar a
manifestaciones públicas en apoyo de la apertura de un segundo frente europeo en la guerra contra el III Reich,
intervención que reclamaba insistentemente la Unión Soviética a sus aliados occidentales. Finalmente, el 6 de junio
de 1944, se abrió el segundo frente en Francia con el desembarco aliado en las costas de Normandía.
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alemanas para liberarla.
En todo caso, no iba a ser la primera vez que la orquesta de Eliasberg
interpretaba una obra simbólica en la ciudad asediada y con un final
victorioso. Su último concierto había sido el 14 de diciembre de 1941
con la “Obertura 1812” de Tchaikovski, obra inspirada en las guerras
napoleónicas, con la derrota y la expulsión de las tropas francesas
invasoras de la Madre patria por el pueblo y el invierno ruso. Después de
este concierto, con la crisis creada por el cerco nazi, el frio y la
hambruna, los músicos faltaban con frecuencia, enfermaban o morían,
razón por la cual se cancelaron definitivamente las actividades de la
orquesta hasta nuevo aviso. Con el encargo de estrenar la Séptima
Sinfonía con una orquesta que llevaba meses de inactividad y diezmada
por la guerra, Eliasberg se puso inmediatamente manos a la obra.
Estableció una lista de los músicos de su orquesta, trazo un círculo rojo
en los nombres de los que sabía que estaban vivos y fue a buscarlos a sus
respectivos domicilios. Con mucho trabajo, consiguió ubicar a solo 15
de ellos, débiles y escuálidos, pero contentos de reanudar los ensayos;
los demás integrantes habían muerto o se encontraban en el frente de
batalla. Entonces se anunció por radio, por altavoces, y se colocaron
afiches por la ciudad pidiendo a todos los músicos, inclusive estudiantes
del conservatorio o profesores jubilados, que comparecieran ante el
Comité de la Radio para su incorporación a la orquesta.
El primer ensayo tuvo lugar el 30 de marzo de 1942. A los músicos les
costó trabajo reconocerse entre ellos debido al aspecto esquelético que
mostraban por los meses de privaciones y sufrimientos. Este ensayo
estaba programado para que durara tres horas, pero tuvo que detenerse
al cabo de solo 15 minutos ya que los 30 músicos reunidos estaban
demasiado débiles para tocar o sostener por largo tiempo sus
instrumentos, se mareaban por el esfuerzo físico, estaban
desconcentrados, con los dedos y los labios cansados. El director, a
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El Poder de la Música
quien le temblaban las manos y en cuyo perfilado y pálido rostro podía
leerse el esfuerzo que le costaba dirigir, tenía que repetir sus
indicaciones una y otra vez. Cuando llego el solo de un trompetista, este
se disculpó por encontrarse exangüe e incapaz de producir una sola
nota; Eliasberg le dio ánimos, el trompetista toco su parte y el ensayo
continuo. La clarinetista Galina Lelyukhina recuerda que el director
tuvo que ser transportado en trineo a los primeros ensayos ya que sufría
de distrofia alimentaria, hasta que las autoridades le consiguieron un
alojamiento más cerca del teatro, proporcionándole una bicicleta para
que pueda desplazarse.
Antes de acometer la sinfonía de Chostakovich y afín de poner en forma
a los músicos, Eliasberg comenzó los ensayos con algunas obras de su
repertorio, como piezas de Beethoven, Tchaikovski y Rimski-
Korsakov. El debut de la orquesta en este riguroso primer invierno de
asedio fue el 5 de abril en el Teatro Pushkin, con extractos de
Tchaikovski. Concierto surrealista en una fría sala, donde los músicos
tenían varias capas de ropas debajo de sus trajes de gala, tocando con
mitones para calentarse las manos. El público llevaba encima
numerosas ropas, unas sobre otras, abrigos y bufandas, de tal manera
que era difícil diferenciar a los hombres de las mujeres; al final del
concierto los aplausos del público fueron en sordina, a causa de los
guantes que les cubrían las manos. Luego vinieron los ensayos de la
Séptima Sinfonía. Con anticipación, se reunió a un equipo de copistas
que trabajo durante días para transcribir las partes de cada instrumento.
Al principio, el proyecto encontró poco entusiasmo; muchos músicos
alegaban, no sin razón, que era una obra demasiado compleja para las
difíciles circunstancias que todos estaban viviendo. En efecto, se trataba
de una sinfonía monumental, que requería no solamente de una orquesta
profesional de primer nivel, pero con más efectivos de lo normal, con
músicos en buen estado físico y anímico para interpretar una obra tan
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Manuel Arce Sotelo
larga y exigente. Es decir, prácticamente todo lo contrario de lo que
podía ofrecer por el momento la reconstituida y debilitada orquesta de
Eliasberg. Pero el director se mostró firme e intransigente, acabando con
todo tipo de protesta al amenazar con retirar las raciones adicionales a
aquellos que persistían con estas reclamaciones.
Los ensayos se llevaban a cabo seis días a la semana en el Teatro
Pushkin, de diez de la mañana a una de la tarde, tocando al principio
pequeños fragmentos de la sinfonía. Pero las condiciones eran
realmente poco propicias para llevar a buen término esta grandiosa
obra. Como menciona el clarinetista Viktor Koslov, en estos primeros
ensayos se hablaba más de comida y de la hambruna que de música, se
descansaba más que se tocaba. Un funcionario encargado de supervisar
la actividad de la orquesta, informo que el primer violín se estaba
muriendo, el ejecutante de tambor había fallecido mientras se dirigía al
trabajo, y al cornista le quedaba poco tiempo de vida. Se usaron ladrillos
calientes para temperar el frio de la sala de ensayo; aun así, tres
intérpretes murieron durante este periodo preparatorio. En diferentes
oportunidades fueron interrumpidos por ensordecedoras sirenas que
anunciaban un bombardeo inminente, de tal manera que algunos
músicos debían trocar sus instrumentos por un casco para ocuparse de
las defensas antiaéreas o participar en la extinción de incendios,
mientras los otros se dirigían a los refugios antiaéreos. Sin embargo,
paulatinamente, las condiciones fueron mejorando. Los músicos
recibieron raciones adicionales de alimentos donadas por civiles
entusiastas, a pesar de sus propias carencias, así como meriendas extras
en la cantina del teatro. La duración de los ensayos se fue alargando,
coincidiendo con el creciente interés despertado entre los músicos por
interpretar la famosa sinfonía dedicada a su ciudad, llegando a reunirse
para practicarla hasta dos veces por día, excepto los domingos.
A petición de Eliasberg y para completar el efectivo orquestal que
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El Poder de la Música
requería la obra, las autoridades militares enviaron un comunicado
aprobado por el propio Stalin, ordenando que todo aquel soldado que
fuera músico dejara las armas y se presentara inmediatamente a los
ensayos. Con el apoyo del comandante del Frente de Leningrado, el
10
Teniente General Leonid Govorov , también fueron incorporados
intérpretes de las bandas militares, inmenso aporte para la orquesta,
porque lo que más faltaba eran instrumentistas de viento. Algunos de
ellos venían a los ensayos en uniforme militar con el salvoconducto
especial “Orquesta de Eliasberg” para que no los tomen por desertores
en los puestos de control, y luego regresaban a las líneas de combate.
Era el caso de dos trombonistas, el soldado ametrallador M. Smoliak y
el oficial superior Mikhail Parfionov, quien después de los ensayos
debía realizar tareas de defensa civil en el cementerio Piskayorsky,
enterrando pilas de cadáveres en fosas comunes.
Según la oboísta Edith Katya Matus que conformo la orquesta, la
Séptima Sinfonía nunca se hubiera podido ejecutar en la ciudad sitiada
sin la férrea voluntad del director Eliasberg, quien impuso una
disciplina estricta para que sus músicos se sobrepusieran y rindieran lo
máximo. Y es que, por el esfuerzo físico en particular de los
instrumentistas de viento, estos desfallecían y algunos se desplomaban
en pleno ensayo. Aun así, el director les quitaba la ración de pan a los
músicos que tocaban mal su parte o llegaban tarde, incluso si el motivo
del retraso había sido el entierro de algún familiar cercano; hasta
10 En abril 1942, Leonid Govorov fue nombrado Jefe del Frente de Leningrado en reemplazo
del Teniente General Mikhail Khosin, relevado por su incompetencia. Brillante experto en
artillería, Govorov había destacado en la guerra contra Finlandia (noviembre 1939 – marzo
1940) y en la batalla de Moscú (septiembre 1941 – abril 1942). Durante la ofensiva soviética
denominada “Operación Centella” (enero 1943), los Frentes de Leningrado y de Voljov,
separados por varios kilómetros, lograron encontrarse tras ataques coordinados, abriendo
una brecha en las líneas alemanas, gracias a la cual se levantó parcialmente el sitio de la
ciudad. Un año después, con los dos Frentes reunidos más el refuerzo de la Flota del Báltico
y su aviación, Govorov lanzo una colosal ofensiva con la mayor concentración de artillería
jamás reunida por el Ejecito Rojo, rompiendo definitivamente el cerco de Leningrado.
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Manuel Arce Sotelo
amenazo con quitar la cartilla de racionamiento a aquellos que faltaran a
un ensayo. A pesar de su aparente frialdad, su extrema rigidez y la
criticas de su trato severo, Eliasberg supo ganarse poco a poco la
admiración y la confianza de sus músicos dando el ejemplo de su
abnegada dedicación. Se quedaba estudiando la sinfonía después que
todos se iban, repasaba las partes individualmente y por secciones con
los músicos que así lo requerían, los animaba para que den lo mejor de
ellos durante los ensayos, se preocupaba que cada uno tenga, además de
su partitura, un score completo de la sinfonía para que se impregne de la
obra.
Gracias a esta disciplina tenaz, la sinfonía fue tomando forma semana
tras semana. En junio los ensayos se realizaron en la Gran Sala de la
Filarmónica donde se daría el concierto y, desde finales de julio, la
duración de los ensayos se aumentó de entre 5 a 6 horas por día. No
obstante, debido al esfuerzo solicitado, la orquesta pudo tocar
solamente una vez la sinfonía de principio a fin, durante el ensayo
general del 6 de agosto, tres días antes del concierto, el cual fue
anunciado con bombos y platillos a todo lo largo de la Perspectiva
Nevski, la histórica y principal avenida de la ciudad.
Este increíble acontecimiento iba tener lugar cuando Leningrado se
encontraba en el momento de mayor peligro. El 4 de julio, la ciudad de
Sebastopol en ruinas, había caído ante las fuerzas de la Wehrmacht
después de ocho meses de asedio. Entonces Hitler ordeno que la
artillería pesada (incluido el descomunal cañón “Dora”) y cinco
divisiones que habían participado en el sitio de Sebastopol, se
desplazaran desde Crimea hasta Leningrado en vista de una próxima
gran ofensiva alemana, la “Operación Nordlich”. El objetivo era arrasar
Leningrado de una vez por todas, ya que el bloqueo no había conseguido
doblegarlo.
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El Poder de la Música
El triunfo de la música sobre la adversidad
Finalmente llego el 9 de agosto de 1942, el día tan esperado del estreno
en la Gran Sala de la Filarmónica. Se escogió esta fecha simbólica ya
que Hitler, confiado en la inminente y rápida capitulación de la ciudad
sitiada, tenía ya impresas las invitaciones para asistir justo ese día a un
lujoso banquete que hubiera tenido lugar para celebrar su victoria en el
Hotel Astoria de Leningrado, frente a la catedral de San Isaac y a pocas
cuadras de la Filarmónica.
A las seis de la tarde, precediendo el concierto, la radio soviética
transmitió un discurso del director Eliasberg:
“Camaradas, éste es un gran acontecimiento en la vida cultural de
nuestra ciudad. Es la primera vez que van a escuchar, dentro de
unos momentos, la Séptima Sinfonía de Dmitri Chostakovich,
nuestro destacado conciudadano. Su sinfonía nos invoca a la
fuerza en el combate y a la fe en la victoria. La interpretación de la
Séptima en la misma ciudad sitiada es el resultado del invencible
espíritu patriótico de los leningradenses, de su fuerza, su fe en la
victoria, su voluntad de luchar hasta la última gota de su sangre y
de lograr la victoria sobre sus enemigos. ¡Escuchen, camaradas!”
Una hora antes del concierto, bajo la iniciativa del general Govorov, la
armada rusa desato la “Operación Borrasca”, nombre clave para el
lanzamiento de miles de proyectiles de alto calibre sobre las baterías
alemanas, cuya ubicación fue localizada exactamente con días de
anticipación. Esto, con el propósito de evitar en lo posible ataques
sorpresivos de la Wehrmacht sobre la sala de la Filarmónica, la cual
estaba situada a menos de 11 kilómetros del frente y podía ser un blanco
fácil por estar muy iluminada esa noche. Además de inutilizar la
artillería pesada alemana y mantenerla en silencio por lo menos durante
la ejecución de la obra, otro objetivo de esta operación era impedir que
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Manuel Arce Sotelo
despeguen los aviones de la Luftwaffe para bombardear la ciudad y la
sala de concierto. En este ambiente de calma aparente e irreal, tanto la
población, como las tropas soviéticas y las líneas enemigas escucharon
la sinfonía, en una suerte de guerra psicológica para realzar la
combatividad de los soldados rusos y los civiles, así como un ataque
táctico contra la moral de las tropas nazis que sitiaban Leningrado. Para
tal fin se instalaron enormes y potentes altavoces en sitios estratégicos,
plazas y parques de la ciudad, y otros dirigidos hacia el frente de
combate. Además, el concierto fue transmitido en directo por radio a
toda la Unión Soviética y a los aliados del mundo libre.
Con mucha antelación al estreno, el público acudió en masa y se apiño a
la entrada del auditorio. La enorme audiencia estaba compuesta por
líderes del partido comunista local, el general Govorov en persona con
parte de su Estado Mayor, marineros y soldados rasos, pero sobre todo
por civiles, débiles y demacrados, vestidos con sus mejores trajes para
esta velada excepcional. Nadie quería perderse este evento único, y
muchos pensaban que asistir a este concierto seria quizás lo último que
harían en sus vidas. Cuando la sala estuvo repleta, el numeroso público
que no pudo entrar se reunió en las afueras del teatro que permaneció
con las ventanas abiertas, y alrededor de los altavoces. Finalmente, el
director Eliasberg salió al escenario, vestido con un frac demasiado
grande para su extrema delgadez, y la orquesta se puso de pie, todos
vestidos de gala, con las mejillas hundidas y los pómulos salientes, pero
con un brillo particular en los ojos por el sentimiento de que estaban a
punto de participar en una increíble aventura musical, sin precedentes
en la historia de la humanidad. Entonces se encendieron todos los
magníficos candiles colgantes de cristal de la Filarmónica, como para
una solemne ceremonia, iluminación total de la sala que no se había
utilizado en toda la guerra y que fue acogida por el público con muestras
de admiración. Luego se dirigió un foco de luz hacia la orquesta para dar
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El Poder de la Música
un poco de calor a los músicos ya que, a pesar de ser una noche de
verano, todos sentían frio por el frágil estado físico en que se
encontraban.
Al instalarse el silencio, el director levanto la batuta y en aquel momento
comenzó a resonar con fuerza la vigorosa melodía que da inicio a la
Sinfonía “Leningrado” en la Gran Sala de la Filarmónica, recreando
musicalmente el ambiente apacible y optimista de la ciudad antes de la
guerra. Cuando apareció el “tema de la invasión” con el ritmo en
ostinato de la caja clara que viene desde lejos, un largo susurro
estremeció la sala. Este rumor se fue disipando con el crescendo
progresivo de la percusión junto con toda la orquesta, fundiéndose en
las fanfarrias amenazadoras de los vientos, evocando los bombardeos
en picado de los terribles Stukas, el avance implacable de los panzers, la
irrupción brutal de la guerra en la vida cotidiana. La sinfonía prosiguió
con la melodía en forma de danza del segundo movimiento, pasaje
matizado de esa cruel ironía y sarcasmo característicos de las obras de
Chostakovich, reflejo de los conflictos interiores del compositor y del
martirologio de su propio pueblo victima de las dictaduras. La
apasionada atmosfera del Adagio iniciada por los vientos, prosiguió con
un pasaje de intenso dramatismo expuesto por las cuerdas, alternando
momentos de paz y de vehemente agitación, como las patéticas
imploraciones de un réquiem, ante la crueldad de la guerra y el tormento
de la ciudad asediada.
Felizmente el concierto continuo con el último movimiento sin ser
interrumpido por los bombardeos, pero con el temor latente por parte
del público y la orquesta de que ocurriera alguno en cualquier momento.
Un sentimiento de inquietud en la postrimería de la lucha, el cenit de una
próxima gloria pero lograda a un precio tan alto que la alegría es
mesurada, fueron las principales emociones transmitidas por este cuarto
movimiento que lleva acertadamente la indicación de Allegro non
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Manuel Arce Sotelo
troppo. Después de una hora de ejecución, cuando la sinfonía se
acercaba a su exaltado y épico desenlace, con la grandiosa presencia de
los metales en medio de bombos y platillos triunfantes, algunos músicos
comenzaron a tambalearse y parecían próximos a desfallecer. Entonces,
en un gesto espontaneo y solidario, el público se puso de pie para
insuflarles ánimo y que pudieran continuar hasta la conclusión de la
obra. De esta forma, como sería la victoria real y definitiva conquistada
años más tarde después de tanto dolor y sufrimiento, unidos en un solo
impulso y con la misma voluntad para contrarrestar el trágico destino, el
público y la orquesta llevaron juntos la sinfonía a su clímax final, con
tanta energía, que parecía que el teatro mismo y sus columnas se
estremecían con ellos.
Cuando la orquesta toco el último acorde, por un momento la sala quedó
sumida en un silencio religioso que dio paso a los primeros débiles
aplausos, los cuales fueron rápidamente seguidos de una atronadora y
apoteósica ovación que se prolongó durante más de una hora. El
eufórico auditorio no podía contener su emoción, la gente se abrazaba y
lloraba de felicidad, con un sentimiento de triunfo, de dignidad
recuperada, de superioridad, de fraternidad, aplaudiendo con orgullo y
frenesí a sus músicos, porque sentían que habían sido testigos y
participado al comienzo de un acontecimiento extraordinario. En el
fondo, todos eran conscientes que un pueblo como ellos que, a pesar de
estar cercados y condenados a la inanición total y a la muerte, había
podido interpretar esta monumental sinfonía en medio de sus enemigos,
un pueblo así, había demostrado a sus verdugos a través de este
memorable desafío musical que no podría ser vencido, y que ¡nunca se
iba a rendir!
De pronto una niña subió al escenario, se acercó a Eliasberg y le entrego
un ramo de flores. Este hecho usual al final de una velada musical, era
una situación excepcional en este casi milagroso estreno, ya que nadie
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El Poder de la Música
se explicaba de donde salían esas frescas flores en una ciudad en ruinas y
devastada por la guerra. Este simple acto realzo aún más la desbordante
alegría que ya reinaba entre el público, y se convirtió en una sublime
visión que muchos recordarían más tarde con la misma emoción.
Después de la heroica sinfonía, esas hermosas flores que el conmovido
director agitaba en sus manos para todos los presentes, eran como una
promesa de tiempos mejores, una esperanza de vida que surgía entre los
escombros.
Los músicos fueron invitados a un banquete organizado por las
autoridades, que para muchos fue la primera comida digna de ese
nombre desde el comienzo del asedio. Chostakovich envió un telegrama
de felicitaciones a la orquesta y a su director. Cuando Leningrado fue
finalmente liberado casi un año y medio más tarde, cada músico recibió
una medalla especial. Eliasberg fue considerado como “héroe de la
ciudad”, reconocido como Artista Meritorio de la República Socialista
Federativa Soviética de Rusia y condecorado con la Orden de la Estrella
11
Roja en 1944 .
Posteriormente, la prensa extranjera califico la interpretación de la
Séptima Sinfonía en la ciudad sitiada como un hito en la historia de la
“Gran Guerra Patria”, siendo considerada como un verdadero preludio
de la victoria final de la Unión Soviética sobre las fuerzas del III Reich.
En efecto, meses antes de la decisiva victoria del Ejército Rojo en
Stalingrado que cambiaría el curso de la guerra, y en el momento en que
los Estados Unidos e Inglaterra sufrían derrotas respectivamente en el
Pacifico y en África del Norte, el estreno de la Séptima Sinfonía en el
11 Después de la guerra, la Orquesta Filarmónica de la ciudad regreso junto con su director Yevgeni Mravinski, de su
exilio en Siberia. Mravinski se impuso en Leningrado, opacando la carrera de Eliasberg quien fue despedido de su
cargo en 1950, dedicándose a dirigir en provincias. El 27 de enero de 1964, Eliasberg dirigió la Séptima Sinfonía en
la Sala de la Filarmónica con 22 músicos sobrevivientes que conformaron la orquesta del sitio, en presencia de
Chostakovich. Pobre y olvidado, falleció en Leningrado el 12 de febrero de 1978. Después del comunismo y en
ocasión del cincuentavo aniversario del estreno de la Séptima Sinfonía, el director de la Orquesta Filarmónica de
San Petersburgo, Yuri Terminakov, abogo por la rehabilitación de Eliasberg, y sus cenizas fueron trasladadas al
prestigioso museo-necrópolis Literatorskie Mostki del cementerio Volkovo de San Petersburgo.
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Manuel Arce Sotelo
agonizante Leningrado puede ser considerado como un primer triunfo
simbólico sobre la hasta entonces invencible e implacable maquinaria
12
nazi .
Y mucho tiempo después de la toma de Berlín por el Ejército Rojo el 2
de mayo de 1945 y el fin de la Segunda Guerra Mundial, los
sobrevivientes de “los 900 días” repetían con orgullo: «¡Troya cayó,
13
Roma cayó, Leningrado no cayó!” .
Conclusión
El poder de la música en circunstancias extremas de conflictos armados
también se manifestó durante la Primera Guerra Mundial. Se trata del
episodio conocido como la “Tregua de Navidad”, que consistió en una
serie de ceses al fuego espontáneos, a lo largo del frente occidental en
diciembre de 1914.
Meses antes, las fuerzas alemanas habían invadido Bélgica siguiendo el
“Plan Schlieffen”, en una carrera táctica para alcanzar rápidamente el
mar y el Canal de la Mancha, de manera a envolver y aniquilar al ejercito
galo para luego concentrar su esfuerzo bélico en el frente oriental. Pero
este plan no tuvo éxito ya que fueron frenados por los soldados
franceses, británicos y belgas en la ciudad de Ypres (Bélgica). Los
encarnizados enfrentamientos dejaron un saldo de 100 000 muertos del
lado alemán y miles de bajas entre los aliados, sin que ninguna de las
partes beligerantes lograra un claro dominio sobre el otro. Hacia fines de
12 En el documental Leningrad and the Orchestra that Defied Hitler realizado por la BBC de Londres el 2016, Maxim
Chostakovich, hijo del compositor, declara que la Sinfonía “Leningrado”, por su carácter victorioso, puede ser
considerada como una verdadera profecía musical. En efecto, en la época en que fue compuesta la Séptima
Sinfonía, todo parecía indicar que la invencible Wehrmacht conseguiría su objetivo de destruir Leningrado junto
con sus habitantes.
13 Entre el 13 y el 15 de febrero de 1945, la aviación aliada bombardeo Dresde (capital de Sajonia) arrasando el centro
de la ciudad con bombas incendiarias y causando miles de víctimas entre la población civil. En 1960, impresionado
por las ruinas de Dresde (entonces situada en la República Democrática Alemana), Chostakovich compuso en tres
días su cuarteto de cuerdas nº 8, el cual fue dedicado “A las víctimas de la guerra y el fascismo”. El cuarteto ruso
“Beethoven” lo estreno el 2 de octubre de 1960 en Leningrado, y desde entonces se ha convertido, junto con su
Séptima Sinfonía, en una de sus obras más famosas e interpretadas.
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El Poder de la Música
1914, el frente occidental quedo estancado en una línea de cientos
kilómetros que se extendía desde el mar del Norte hasta la frontera de
Suiza con Francia, y comenzó así la guerra de trincheras.
Las trincheras en Ypres estaban separadas por apenas 30 metros de
distancia, de manera que los enemigos podían verse y escucharse sin
mayor esfuerzo. Es en este contexto que la noche del 24 de diciembre,
los aliados escucharon el canto en alemán “Stille Nacht” (Noche de
Paz) que se elevaba desde las trincheras enemigas, de las cuales
sobresalían algunos árboles de navidad iluminados y velas encendidas;
británicos y franceses les respondieron con el “Silent Night”, y otros
villancicos en inglés y francés. Estos cantos fueron seguidos de saludos
navideños intercambiados en voz alta entre ambos bandos hasta que, de
común acuerdo, se animaron a salir de sus trincheras para pasar juntos
la Nochebuena, conocerse e intercambiar regalos improvisados,
compartir tabaco, comidas y bebidas, en el “no man's land” que los
separaba. La fraternización continuo al día siguiente, y durante este
cese al fuego pudieron enterrar conjuntamente a sus muertos, un pastor
escoces y un monaguillo alemán celebraron una misa bilingüe, e
inclusive, los enemigos de ayer jugaron juntos un partido de futbol14.
Al enterarse de esta tregua no oficial en Ypres y que además había
tenido lugar en diferentes sectores del frente occidental, los respectivos
cuarteles generales ordenaron el cese inmediato de la misma, y
tomaron medidas para frenar esta actitud y, sobretodo, ocultarla ante la
opinión pública. Se confiscaron fotografías, correspondencias de
soldados y cualquier otro testimonio en relación a la tregua. También se
aplicó una censura estricta en la prensa, llegándose a confiscar
ediciones enteras de periódicos que informaban sobre este hecho. Sin
embargo, en Londres, el diario The Daily Mirror público un artículo al
14 El 17 de diciembre de 2014, el presidente de la Unión de Federaciones Europeas de Futbol (UEFA) Michel Platini,
inauguro en Flandes (Bélgica) un monumento del recuerdo en el lugar donde se supone fue el escenario de aquel
insólito y simbólico partido durante la Tregua de Navidad de 1914.
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Manuel Arce Sotelo
respecto y una gran foto en primera plana con soldados ingleses
posando junto a sus homólogos alemanes, edición que fue rápidamente
retirada de la circulación por las autoridades británicas. Calificando la
tregua como un acto de alta traición, muchos soldados franceses fueron
fusilados por establecer contacto con el enemigo, mientras que los
alemanes que participaron en la misma fueron reemplazados y enviados
al frente oriental. En los próximos años de la Primera Guerra Mundial,
los altos mandos de los países beligerantes ordenaron intensos
bombardeos la víspera de Navidad y de año nuevo, afín de que no
vuelvan a repetirse hechos similares15.
Sin duda el espíritu navideño tuvo mucho que ver con esta “pequeña paz
de la gran guerra”, esta fraternización inesperada entre enemigos que
tan solo días antes se enviaban obuses desde la retaguardia y se
fusilaban sin piedad desde sus respectivas posiciones. No obstante, cabe
recalcar que el hielo entre ellos fue roto a través de la música y el
intercambio de cantos entre las trincheras. Salvando las distancias,
sucedió un hecho similar en todo el mundo el 2020, al comienzo de la
pandemia de COVID-19. En aquella ocasión, las personas confinadas
en sus hogares, de manera espontánea comenzaron a intercambiar
cantos y músicas con sus vecinos, con quienes quizás tenían poco
contacto, desde sus balcones y patios, en un mensaje de esperanza y
fraternidad frente a circunstancias difíciles e inéditas.
Es interesante recordar una anécdota de profundo significado que
aconteció después de la Segunda Guerra Mundial, en la década de los
50, entre actores del famoso sitio de Leningrado. El director Eliasberg
15 En algunos sectores el alto al fuego duro hasta el 1 de enero de 1915. Al final del conflicto, el sentimiento general era
que, si la tregua se hubiera prolongado una semana más, hubiera sido muy difícil reanudar la guerra. La
intervención inmediata y la severa represión de los altos mandos fue decisiva para que no se extendiera y se
convirtiera en un epis odio fuera de control, o hasta en una sublevación general de las tropas contra sus altos
mandos. El historiador Stanley Weintraub manifiesta que luego de este suceso nadie quería seguir combatiendo y
considera que, si el conflicto se hubiese detenido entonces, probablemente la Revolución Rusa no hubiera
prosperado, y con el Tratado de Versalles no se habría impuesto una paz que Alemania considero humillante, la
cual fue a la larga una de las causas del surgimiento del nazismo y de la Segunda Guerra Mundial.
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El Poder de la Música
se enteró que un grupo de turistas de Alemania del Este, ex soldados de
la Wehrmacht, había viajado especialmente para conocerlo y expresarle
su gratitud. Cuando Eliasberg los tuvo frente a él y les pregunto el
porqué de este inusual pedido por parte de sus antiguos enemigos, ellos
les respondieron: “Por la sinfonía. Estábamos sentados no muy lejos de
ustedes, en las trincheras. Los estábamos bombardeando y los aviones
volaban… Nuestro aeródromo estaba allí mismo. Al fin y al cabo,
teníamos órdenes de destruir Leningrado. Pero nos sentamos en una
trinchera y escuchamos su sinfonía. Y rompimos a llorar y nos
preguntamos: ¿A quién estamos bombardeando?”.
De esta manera podemos constatar que, en las situaciones más extremas
como guerras, hambrunas o pandemias, la música puede realizar aquel
milagro de sacar del fondo de nuestra alma, ese sublime sentimiento
que nos une en la hermandad a la que todos pertenecemos, y que se
llama, humanidad.
Referencias bibliográficas
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tragedia humanitaria del siglo XX”. En: Revista de la Inquisición
(intolerancia y derechos humanos), Numero 18: 159-172.
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creación y recepción de la Séptima Sinfonía “Leningrado” de Dmitri
Dmitriev Chostakovich”. En: Revista NEUMA, Año 9, Volumen 2: 96-
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Jones M. (2016). El sitio de Leningrado 1941-1944. Barcelona:
Editorial Crítica.
Monayan, B. (2015). Leningrado. Asedio y sinfonía. Barcelona:
Galaxia Gutenberg.
Simmons C., Perlina N. (2014). Escritos de mujeres desde el sitio de
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Manuel Arce Sotelo
Leningrado. Ediciones La uña rota.
Volkov S. (1980). Temoignage. Les memoires de Dimitri
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Vulliamy E. (2001). “Orchestral manoeuvres”. En: The Observer, 25
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Weintraub, S. (2001). Silent Night: The Story of the World War I
Christmas Truce. Free Press.
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