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Yo Soy El Camino JN 14 6 Adrienne Von Speyr

Este documento presenta una reflexión sobre el versículo Juan 14:6, en el que Jesús dice "Yo soy el camino, la verdad y la vida". La reflexión explica que Jesús se presenta a sí mismo como el único camino al Padre, y que él encarna perfectamente el camino ordenado por Dios. Jesús recorrió este camino en la tierra a través de su concepción, nacimiento, vida, muerte y resurrección, de modo que ahora él es el camino para que todos los demás puedan llegar al Padre.

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Yo Soy El Camino JN 14 6 Adrienne Von Speyr

Este documento presenta una reflexión sobre el versículo Juan 14:6, en el que Jesús dice "Yo soy el camino, la verdad y la vida". La reflexión explica que Jesús se presenta a sí mismo como el único camino al Padre, y que él encarna perfectamente el camino ordenado por Dios. Jesús recorrió este camino en la tierra a través de su concepción, nacimiento, vida, muerte y resurrección, de modo que ahora él es el camino para que todos los demás puedan llegar al Padre.

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1

YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA1


SAN JUAN 14,6

REFLEXIÓN DE ADRIENNE VON SPEYR

Contenido
YO SOY. ...............................................................................................................................................................2
YO SOY EL CAMINO. ............................................................................................................................................3
YO SOY LA VERDAD.............................................................................................................................................4
YO SOY LA VIDA. .................................................................................................................................................6
NADIE VIENE AL PADRE SINO POR MÍ. ...............................................................................................................8

1 El corazón del hombre, como el de los discípulos de Jesús, se turba frecuentemente ante los acontecimientos imprevisibles de la
existencia (cf. Jn 14, 1). Muchos, especialmente los jóvenes, se preguntan por el rumbo que es preciso seguir. En medio del torbellino
de voces que cotidianamente les acometen, se preguntan qué es la verdad, cuál es la actitud correcta, cómo se puede vencer con la
vida el poder de la muerte. Son cuestiones de fondo, que manifiestan cómo en muchos se despierta una nostalgia de la dimensión
espiritual de la existencia. A estos interrogantes Jesús ya contestó cuando afirmó: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". Corresponde
a los cristianos la tarea de volver a proponer hoy, con la fuerza de su testimonio, este anuncio decisivo. Sólo así la humanidad
contemporánea podrá descubrir que Cristo es la potencia y la sabiduría de Dios (cf. 1 Co 1, 24), que sólo en él se encuentra la plenitud
de las aspiraciones humanas (cf. Gaudium et spes, 45). Juan Pablo II, 25 de enero de 2001. https://pixabay.com/es/photos/cristo-icono-
santa-sof%c3%ada-estanbul-1618197/ IMAGEN DE CRISTO.
2

14,6 Jesus said to him: I am the way, the truth and the life. No one
comes to the Father except through me2. Jesús le dijo: Yo soy el
camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí.

La conversación continúa más allá de la pregunta de Tomás. El Señor no se deja


desanimar ni frenar por la ceguera y el ansia de seguridad del discípulo. Al contrario,
la pregunta se convierte en una ocasión para revelar todo su secreto, en la medida
de lo posible. Por supuesto, en el fondo lo está revelando continuamente, pero la
humanidad no lo comprende. La palabra más sencilla que pronuncia el Señor
contiene un poder tan increíble que, si uno se expusiera por completo a este poder,
quedaría completamente abrumado por él en pensamiento y sentimiento. De dos
maneras podemos tratar de oír las palabras del Señor: o bien como nuestro
entendimiento puede captarlas, como nos convienen, según nuestra mayor o menor
receptividad; o bien tratando de comprender cómo las dijo el Señor. En el segundo
caso, no oponemos nuestra receptividad limitada a su contenido infinito, sino que
dejamos que sea Él mismo el receptor dentro de nosotros. Él es el orador ante
nosotros y el receptor en nosotros. Comprendemos la infinitud de su palabra sólo por
lo que de Él mismo vive en nosotros. Deberíamos hacer esto, pero no lo hacemos;
no le dejamos entrar en este lugar. Siempre queremos recibirlo y comprenderlo por
nosotros mismos. Por eso el Señor no se cansa de seguir hablando hasta que quizá
aprendamos finalmente lo que significa creer. Él dice:

YO SOY3.

Se proclama a sí mismo. Dice quién es. Se presenta, se pone en primer plano. Antes,
si hablaba de sí mismo, lo hacía sólo para señalar enseguida al Padre. Ahora se
detiene en sí mismo, porque ahora debe mostrarles el camino que lleva al Padre, y
él mismo es ese camino.

2
Se usa el texto original traducido del alemán que leyó Adrienne para hacer las reflexiones bíblicas.
3 En la expresión “YO SOY”, que Jesucristo utiliza al referirse a su propia persona, encontramos un eco del nombre con el cual Dios se
ha manifestado a Sí mismo hablando a Moisés (cf. Ex 3, 14). Ya que Cristo se aplica a Sí mismo aquel “YO SOY” (cf. Jn 13, 19), hemos de
recordar que este nombre define a Dios no solamente en cuanto Absoluto (Existencia en sí del Ser por Sí mismo), sino también como el
que ha establecido la Alianza con Abraham y con su descendencia y que, en virtud de la Alianza, envía a Moisés a liberar a Israel (es
decir, a los descendientes de Abraham) de la esclavitud de Egipto. Así, pues, aquel “YO SOY” contiene en sí también un significado
sotereológico, habla del Dios de la Alianza que está con el hombre (con Israel) para salvarlo. Indirectamente habla del Emmanuel (cf. Is
7, 14), el “Dios con nosotros”. El “YO SOY” de Cristo (sobre todo en el Evangelio de Juan) debe entenderse del mismo modo. Sin duda
indica la Preexistencia divina del Verbo-Hijo (hemos hablado de este tema en la catequesis precedente), pero, al mismo tiempo, reclama
el cumplimiento de la profecía de Isaías sobre el Emmanuel, el “Dios con nosotros”. “YO SOY” significa pues —tanto en el Evangelio de
Juan como en los Evangelios sinópticos—, también “Yo estoy con vosotros” (cf. Mt 28, 20). “Salí del Padre y vine al mundo” (Jn 16, 28),
“...a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10). La verdad sobre la salvación (la soteriología), ya presente en el Antiguo
Testamento mediante la revelación del nombre de Dios, se reafirma y expresa hasta el fondo por la autorrevelación de Dios en
Jesucristo. Justamente en este sentido el Hijo del hombre “es verdadero Dios: Hijo de la misma naturaleza del Padre, que ha querido
estar “con nosotros” para salvarnos.
3

YO SOY EL CAMINO4.

No un camino, sino el camino. El único camino, junto al cual no hay otro. Él es a la


vez el camino ordenado, recorrido y permanente. Estos tres caminos son uno y no
pueden separarse: juntos forman uno, el camino que es el Señor. Es, ante todo, el
camino ordenado, el camino previsto en el cielo, discutido y dispuesto entre el Padre
y el Hijo: el camino que procede del Padre y vuelve a Él. Toda la extensión de este
camino está metódicamente pensada: todo lo que el Hijo encuentra es un encuentro
consciente, y en cuanto que Él es el camino indicado, todo lo que le sucede está a
su vez ordenado: su concepción, su nacimiento, su crecimiento, su trabajo, su
sufrimiento, su muerte. Todo está trazado hasta el más mínimo detalle, y en su vida
cumple el designio del Padre. Es imposible que se le ahorre nada en el camino
ordenado. Tampoco en su sufrimiento puede haber abreviaturas, ni reducciones.
Todo lo que experimenta debe vivirlo plenamente, sentirlo plenamente, saborearlo
plenamente; cada experiencia está llena hasta el borde. No hay distracción, ni
amortiguación, ni atenuación, porque cada estación de su camino debe poseer la
plena validez prevista en Dios. Todo lo que se ve desde el cielo debe trasladarse
íntegramente a la realidad terrenal. Nada es inadecuado; todo es integral.

Tan completamente fue planeado este camino en el cielo y pensado entre el Padre
y el Hijo, que el plan incluía no sólo la ordenación, sino también su plena realización.
También está ordenado que este camino en su conjunto sea recorrido, y
específicamente por el Señor mismo, que es el prototipo y, por tanto, puede llevar
consigo a todos los demás en este camino. Él corresponde tan completamente al
camino ordenado por Dios a los hombres, que lo encarna plenamente en la tierra: él
mismo es el camino y, por tanto, puede llegar a serlo para todos los demás. Porque
Él es el camino perfectamente recorrido, todo camino es camino sólo a través de Él.
No es un camino especial, cerrado, privado, sino que, como camino perfecto, es
camino para todos. Sin embargo, para todos es una gracia que se les permita
recorrerlo. Él mismo recorre su camino en el amor, sintiendo como una gracia que
se le permita recorrer el camino del Padre. Para él, como hombre que es también
Dios, es una gracia divina permanecer fiel a este camino del Padre. Este amor y esta
gracia pertenecen a la esencia de su camino, y cada persona que lo recorra recibirá,
a través de él, una parte de este amor y de esta gracia. Nadie necesita en este
camino otra cosa que su amor y su gracia. Él tiene, por supuesto, una cierta visión
de conjunto del camino: sabe de dónde viene y adónde va. Pero la visión de conjunto
reside en el camino mismo, en el Señor. Al elegirlo a Él como camino, también hay

4San Agustín afirma que «era necesario que Jesús dijese: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6), porque una vez conocido el
camino faltaba por conocer la meta» (Tractatus in Ioh., 69, 2: ccl 36, 500), y la meta es el Padre. Para los cristianos, para cada uno de
nosotros, por tanto, el camino al Padre es dejarse guiar por Jesús, por su palabra de Verdad, y acoger el don de su Vida. Hagamos
nuestra la invitación de san Buenaventura: «Abre, por tanto, los ojos, tiende el oído espiritual, abre tus labios y dispón tu corazón, para
que en todas las criaturas puedas ver, escuchar, alabar, amar, venerar, glorificar y honrar a tu Dios» (Itinerarium mentis in Deum, I, 15).
Benedicto XVI 22 de mayo 2011. https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/angelus/2011/documents/hf_ben-
xvi_reg_20110522.html
4

que dejarle a Él la visión de conjunto del camino. Quien elige un camino se deja guiar
por él, se confía a él y decide no desviarse de él.

Por último, puesto que este camino es un trecho que hay que recorrer, el Señor es
el camino en marcha, en continuo movimiento hacia el Padre. Su amor al Padre es
un amor en movimiento, y la gracia del Padre es una gracia en movimiento. En este
movimiento, el Señor sigue su camino, sin preguntarse nunca si está cansado o no,
si todavía puede seguir o no, si todavía ve el camino o no. Él es tan completamente
el camino que simplemente lo recorre, con plena confianza en el Padre. Incluso
cuando se adentra en la oscuridad, este camino está siempre lleno de luz. Ningún
tramo es confuso o confuso, sino que todo está claro hasta el final en la luz del Padre.
Y el Señor que recorre su camino es él mismo luz. Pero también él, para ver el
camino, necesita una luz, y esta luz es el Espíritu Santo. A la luz del Espíritu Santo
percibe su camino paso a paso. No quiere ver su camino en su propia luz, sino sólo
en la luz que el Padre le ha dado, la luz del Espíritu Santo. También en esta luz
soporta las tinieblas del sufrimiento. Camina, pues, viendo su camino, pero no por su
propia fuerza, sino a la luz del amor del Padre. Él quiere que también nosotros
seamos camino constante, confiando en Dios. Él recorre el camino, viendo por la luz
del Padre; nosotros lo recorremos a ciegas, en el Señor, llevados por su camino. Él
nos quita toda responsabilidad de vigilar todo el camino y sólo desea que, como Él,
también nosotros recorramos el camino a la luz del amor del Padre, en el Espíritu
Santo.

YO SOY LA VERDAD5.

El Señor es la verdad porque es el testigo del Padre. No es simplemente una palabra


verdadera que el Padre pronuncia: como Palabra, es toda la verdad del Padre. Lo
que él declara del Padre, lo que el Padre atestigua en él, no es una sola palabra, una
sola frase, una sola verdad, cuyo objeto -lo que se atestigua- se opone a ella como
una cosa distinta, segunda. Antes bien, el Hijo, como Palabra y testigo, es a la vez
la realidad y la prueba de lo dicho y testimoniado. Él mismo es la garantía entre el
testigo y lo atestiguado, el dicho y lo dicho. No es una palabra vacía, sino la Palabra
eterna y eternamente cumplida del Padre; no sólo su semejanza, sino su imagen; no
sólo su promesa, sino también su cumplimiento; en esto es la verdad. En esto declara
lo absoluto de sí mismo. Si sólo fuera el camino, seguiría existiendo la posibilidad de
relativización. Todavía se podría pensar en otros caminos; se podría imaginar el
propio camino de otra manera. Se podría concebir el propio camino del Señor como

5 Vivimos en una época en la que se es más bien escéptico con respecto a la verdad. Benedicto XVI ha hablado muchas veces de
relativismo, es decir, la tendencia a creer que no hay nada definitivo, y a pensar que la verdad está dada por el consenso general o por
lo que nosotros queremos. Surge la pregunta: ¿existe realmente "la" verdad? ¿Qué es "la" verdad? ¿Podemos conocerla? ¿Podemos
encontrarla? Aquí me viene a la memoria la pregunta del procurador romano Poncio Pilato cuando Jesús le revela el sentido profundo
de su misión: "¿Qué es la verdad?". Pilato no llega a entender que "la" Verdad está frente a él, no es capaz de ver en Jesús el rostro de
la verdad, que es el rostro de Dios. Y sin embargo, Jesús es esto: la Verdad, la cual, en la plenitud de los tiempos, "se hizo carne", que
vino entre nosotros para que la conociéramos. La verdad no se aferra como una cosa, la verdad se encuentra. No es una posesión, es
un encuentro con una Persona. (S.S. Francisco, 15 de mayo de 2013) https://es.catholic.net/op/articulos/16217/cat/566/yo-soy-el-
camino-la-verdad-y-la-vida.html#modal
5

algo cambiante y temporal. Pero ahora dice de sí mismo lo más absoluto que se
puede decir. Él es la verdad plena, la plenitud de la verdad. Toda verdad parcial
encontrada en el mundo sólo existe si tiene un lugar dentro de su verdad y es capaz
de abrirse a su verdad, de elevarse a su verdad. Esta evolución de nuestra verdad
hacia su verdad es la garantía de que nuestra verdad tiene parte en la suya y no cae
fuera de la verdad eterna como mentira. En esta apertura, nuestra verdad se mide
con la suya, que es absoluta, y es aceptada y reconocida como verdad. En la medida
en que una verdad parcial esté dispuesta a entregarse y abrirse a la verdad total,
participará de esta verdad total. Todo lo que conocemos en el mundo y en nuestra
vida, lo que experimentamos, vemos, pensamos, disfrutamos y soportamos, es
verdad parcial, y respecto a todo ello podemos cuestionarnos repetidamente si es
verdad. Porque a menudo parece ser falso, lleno de engaño e ilusión. Será verdad si
tiene espacio dentro de la verdad del Señor. En nuestra vida no agotaremos ni
comprenderemos esta verdad del Señor que todo lo abarca. El Señor tampoco nos
lo pide. Sólo nos exige que evaluemos las pequeñas verdades parciales que
podamos sondear según tengan o no cabida dentro de su verdad y permanezcan
subordinadas a Él. Toda verdad terrena que nos inspira, o quizá nos parece
infinitamente grande, de modo que nos colma por completo, tiene derecho a
colmarnos, y podemos entregarnos a ella, si se cumple una condición: si tiene cabida
dentro de la verdad omniabarcante del Señor.

El Señor nos da esta verdad como fe, amor y esperanza. Son nuestra participación
en la relación entre el Padre y el Hijo. En esta relación con el Padre, el Hijo es la
verdad, y en ella es también el prototipo de la fe. Porque en ella asume toda la verdad
del Padre, no sólo teóricamente, sino viviéndola, más aún, siéndola. No hay la menor
distancia entre el reconocimiento de la verdad del Padre y la vivencia de esta verdad
como propia del Hijo. En esta plena certeza entre la recepción de la verdad del Padre
y la vivencia de la verdad, el Hijo es el arquetipo de la fe. Pero precisamente en esta
unidad es ya amor, porque sólo en el amor se cierra la brecha entre el conocimiento
y la vida. Es el amor el que se conforma con el conocimiento de tal modo que se
convierte en vida, porque el amor vive enteramente en la asimilación de la verdad y
de la vida del amado. La esperanza es el principio de la continuidad y expansión de
este amor, la perpetua apertura del Hijo encarnado al Siempre Más de la verdad del
Padre. La fe, el amor y la esperanza forman juntos una unidad indivisible. Cada uno
refuerza al otro, y ninguno debilita al otro. En su unidad expresan la vida en la verdad,
es más, la verdad misma.

Esta verdad se expande y estalla en todas direcciones 6. A primera vista, es una


exigencia infinita que mira y apunta en todas direcciones simultáneamente. Nos

6 Ahora bien, cuando Jesucristo dice: ((Yo soy la Verdad)), este vocablo adquiere una grandeza incomparable. ́El, el Hijo de Dios, y la
verdad absoluta, son la misma cosa. El fan ático es el hombre que descubre una pequeña verdad y lo subordina todo a ella. Para él,
todo lo que no se ajusta o adapta a esta pequeña verdad, no existe. Por esta verdad es capaz de dar la vida, de enemistarse con su
mejor amigo, de hacer cosas que le repugnan: frente a esta insignificante verdad que ha descubierto, se comporta como una cosa. Pero
cuando Cristo dice: ((Yo soy la Verdad)) y, en cuanto tal verdad, viene a salvar al mundo, no es posible adoptar ante Él ninguna postura
fan ática. El hombre redimido por Cristo no se comporta frente a Él como una simple cosa, sino que encuentra un sitio para él en la
6

sentimos atraídos a responder y suscribirla en todos sus aspectos al mismo tiempo.


En la voluntad de corresponder a esta exigencia, uno comienza a amar, y en el amor
uno se siente abrumado de nuevo por su infulidad7. Pero precisamente porque el
Hijo, en la fe, en el amor y en la esperanza, está tan completamente abrumado por
la verdad del Padre, él mismo se convierte en la verdad: cuando ve la vida infinita del
Padre y se sabe derramado en el Infinito por ella, él mismo recibe y se convierte en
la luz eterna. La chispa que brota por doquier en la fe, el amor y la esperanza,
encendiéndolo todo y reavivándose siempre, es el Espíritu Santo. Así, él es también
el testigo de este amor, su objetivación infinita. En la vida humana, un testigo perturba
la intimidad de los amantes. En Dios, por el contrario, es el sello infinito de esta
intimidad. Un hijo puede perturbar a sus padres en la intimidad de su amor. El Espíritu
Santo, en cambio, es el estímulo eterno de la intimidad entre el Padre y el Hijo. Un
testigo mundano perturba porque puede hacerse evidente una incongruencia entre
el sentido infinito del amor y sus expresiones finitas. El Espíritu Santo, sin embargo,
da testimonio de que el amor entre el Padre y el Hijo se expresa sin límites, además
de totalmente. En este amor queda abolida toda fijación, porque el Espíritu Santo
deja que de cada cumplimiento surja una nueva promesa.

YO SOY LA VIDA8.

El Señor nombra la vida en último lugar. Hasta cierto punto, deja que tenga su origen
en el camino y en la verdad. La deja nacer y desarrollarse en él y a través de él. La
deja desarrollarse el tiempo suficiente para que termine en Dios, desemboque en
Dios. Esta vida elude los conceptos listos y concluyentes. Es una vida que vive y que,
por tanto, nunca puede ser aprehendida, porque siempre está creciendo y
expandiéndose en virtud de su vitalidad. Es una vida que no se agota en el concepto
terrenal de la vida y, sin embargo, tiene en común con ella que, en su vitalidad, está
en perpetuo cambio. Cambia, sin embargo, dentro de la vida misma y no como la
vida fisiológica, que nace y muere, dejando tras de sí otras generaciones. La vida del
Señor no conoce esa secuencia. No es una serie de procesos biológicos, de
funciones vitales distinguibles que de algún modo dependen unas de otras. Más bien,
su vida, que viene de Dios y va a Dios, es un movimiento único, unificado y eterno
dentro de sus dos límites: de Dios y a Dios. En la medida en que su movimiento es
de ida y vuelta, su vida es una con su camino. Y en la medida en que este movimiento
es la expresión de la vida de Dios mismo, su vida es una con su verdad. Su vida,

verdad: un camino y una vida, la libertad de caminar en la verdad de Cristo hacia la verdad del Padre. El Hombre ante Dios, Adrienne
Von Speyr. 1978.
7 N del T: Infinitud, inulidad, inoculidad (otras opciones de traducción)
8 El hombre, que es una criatura, puede “tener vida”, la puede incluso “dar”, de la misma manera que Cristo “da” su vida para la

salvación del mundo (cf. Mc 10, 45 y paralelos). Cuando Jesús habla de este “dar la vida” se expresa como verdadero hombre. Pero El
“es la vida” porque es verdadero Dios. Lo afirma Él mismo antes de resucitar a Lázaro, cuando dice a la hermana del difunto, Marta: “Yo
soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25). En la resurrección confirmará definitivamente que la vida que El tiene como Hijo del hombre
no está sometida a la muerte. Porque Él es la Vida, y, por tanto, es Dios. Siendo la Vida, El puede hacer partícipes de ésta a los demás:
“El que cree en mí, aunque muera vivirá” (Jn 11, 25). Cristo puede convertirse también —en la Eucaristía— en “el pan de la vida” (cf. Jn
6, 35-48), “el pan vivo bajado del cielo” (Jn 6, 51). También en este sentido Cristo se compara con la vid la cual vivifica los sarmientos
que permanecen injertados en Él (cf. Jn 15, 1), es decir, a todos los que forman parte de su Cuerpo místico. Juan Pablo II, 9 de septiembre
de 1987.
7

pues, está limitada por su principio y su fin en Dios, pero estos límites no son
realmente límites, porque principio y fin son uno y Dios está en él: que no tenga
límites es incluso la característica principal de su vida. Está tan poco limitada que
tiene su origen en la vida eterna y desemboca en la vida eterna, y sin embargo es
cambio eterno, cambio en el amor del Padre así como en el amor al Padre y a
nosotros. Su amor es tan rico que puede cambiar eternamente, sin disminuir ni
alterarse. En toda circunstancia es enteramente él mismo y demuestra su vitalidad
en esta eterna capacidad de transformación. Incluso, y sobre todo, ahora, cuando se
dispone a sufrir, transformando su amor en sentimiento de total desamparo, muestra
la infinita vitalidad y capacidad de cambio de su amor.

El hecho de que emita su mandamiento de amor en el mismo momento en que se


describe a sí mismo como la vida significa que nosotros, amándonos, debemos
también vivirnos, vivir unos para otros -y concretamente dentro de su vida, en él. Su
vida es tan rica que tiene lugar para cada uno de nosotros. Pero nunca
comprenderíamos que hay lugar para nuestra vida en su vida, si Él no nos revelara
una parte particular de su vida a cada uno de los que vivimos para Él. Esta
comunicación de una parte de su vida no implica que haya tenido que dividir y
desgarrar su vida para comunicárnosla, pues el vínculo que une nuestra vida a la
suya es en sí mismo vivo y no tolera divisiones ni fragmentaciones. Él nos da de su
vida, conservando su vida en sí mismo; vierte su propia vida en la vida de los que
son suyos. No se puede decir que sería menos vivo si no engendrara también su
vitalidad en nosotros. Sin embargo, su vínculo vital con nosotros es absolutamente
necesario para su vida. Pero esta necesidad no es de pobreza, sino de plenitud, no
es de necesidad, sino de amor. No es una necesidad a la que nosotros, con nuestros
conceptos y argumentos humanos, podamos llegar y reclamar, sino una necesidad
del amor de Dios, que se nos muestra en la fe y en el amor.

La vida del Señor es una vida de verdad. Toda su vida se basa en la verdad que
tiene del Padre, sin alejarse ni un momento de esta verdad. Él cumple la verdad del
Padre no sólo viéndola y creyéndola, sino sobre todo viviéndola. La vive ante el
Padre, cuando está a solas con el Padre; en el mundo la vive también ante los
hombres, en la medida en que cada tramo de su vida revela, poco a poco, la verdad
del Padre. En esto se repliega a menudo en el Padre, y podría parecer que se
esconde un momento, tal vez para sacar nuevas energías, para descansar en el
Padre. Haga lo que haga, nunca hará nada que no esté en la verdad o que nos
excluya de la verdad. Incluso su retirada hacia el Padre se produce sólo para poder
llevarnos aún más profundamente a la verdad del Padre. Este ser llevados al Padre
significa una inclusión más profunda, a través de la verdad, en su camino. El camino
es el origen del anuncio de la verdad. En efecto, la verdad del Señor no es estática
ni está quieta, sino que está siempre creciendo; está siempre en alguna parte. Ella
misma está en camino: procede de la vida eterna y desemboca en la vida eterna.
Esta misma vida eterna no está parada, sino que es vida eterna. Esta penetración de
camino, verdad y vida se da en el amor. El amor siempre va a alguna parte, siempre
está en la verdad, siempre es vida. Penetra en la intensificación del camino a la
8

verdad y a la vida, de modo que la vida del amor es la más elevada. Uno podría
marcar el camino paso a paso y mostrar que cada parte de él es amor; uno podría
construir todo un sistema de verdad y mostrar que cada parte de él es amor. Pero
todo eso seguiría siendo una cuestión de diferenciaciones; en la vida misma ya no
hay diferenciaciones, porque la vida misma del Señor es amor, y las dos se funden
plenamente la una en la otra. Toda su vida es amor, y todo su amor es vida.

NADIE VIENE AL PADRE SINO POR MÍ.

Hasta ahora se ha esforzado en mostrarnos que podemos vivir en Él; ahora nos
muestra que debemos llegar al Padre en esta vida. Se puede vivir en el Señor, estar
en Él, acompañarle en su camino vivo. Pero hacer esto es ir al Padre. Debe
presentarse independientemente ante el Padre. Esta independencia consiste en
dejarse llevar al Padre a través del Hijo. Esto es aparentemente paradójico. El Señor
ha mostrado que su vida es eterno crecimiento y eterno cambio; ahora muestra que
en este eterno crecer y cambiar está preparado un camino hacia el Padre, un camino
que cada uno debe recorrer. Cada uno de los que se acercan al Padre sólo puede
llegar a él por este camino. Al principio uno parecía estar totalmente protegido y
envuelto en la vida del Hijo. El camino se imaginaba como un camino dentro del Hijo,
permaneciendo en el Hijo. Ahora se hace evidente que todo el camino conduce más
allá del Hijo, hacia algo más: hacia el Padre. Hay un momento en que la cubierta se
rompe y la persona humana sale del Hijo, ante el Padre; un momento en que el Hijo
nos entrega, desnudos y sin cubierta, al Padre. Es un momento peligroso en el que
salimos de la protección del Hijo, ya sin su cobertura. En este momento, en el que el
Hijo nos ofrece al Padre, en el que Él mismo se aparta para ofrecernos al Padre, el
Padre nos verá tal como somos, ciertamente con la gracia que hemos recibido del
Hijo que vive en nosotros, pero sin estar cubiertos por Él. El Hijo ya no está delante
de nosotros, sino detrás. Si Cristo vive realmente en nosotros en este momento, no
tenemos por qué tener miedo ante el Padre. Pero si no viviera en nosotros, sino sólo
a nuestro alrededor, entonces el Padre nos vería sin la compañía del Hijo. Nos vería
más pobres. Nuestra esperanza en ese momento descansa únicamente en el hecho
de que es el Hijo quien nos presenta al Padre. Es él quien nos presenta. En este
momento, Dios debe recordar más que nunca que es el Hijo quien le ha presentado
a los hombres. No debe mirar tanto a los presentados como al que los presenta.
Debe recordar con firmeza el pacto que hizo con el Hijo. Cuando realmente nos toma
en sus brazos, y el camino del Hijo desemboca en el Padre también para nosotros,
entonces es sobre todo por el amor de Dios a su Hijo.

El gesto con el que el Hijo nos ofrece al Padre es el mismo que utiliza una madre
cuando muestra a su hijo. Es un gesto que aprendió de su Madre. Nos lleva como su
Madre le llevó a él, con la misma ingenuidad con la que su Madre le llevó a él. Su
Madre sabía el peso de lo que llevaba, pero no le retiró su amor de madre. El Hijo
sabe a qué precio ha comprado el permiso de llevarnos al Padre. Pero el hecho de
ser nuestro hermano y al mismo tiempo el Hijo de Dios es para él tan
sobrecogedoramente bueno y grande que le hace olvidar el sufrimiento de la
9

redención, como su Madre olvida sus dolores. Ha aprendido de su maternidad a no


desear ver más allá del bienestar momentáneo del niño, a ensimismarse en este
gesto de entrega.

De nosotros desea que en ese momento de entrega no seamos otra cosa que él en
brazos de su Madre: sólo un niño, puramente confiado. Debemos ser sólo lo que
somos: hijos de Dios, que vuelven al Padre por la gracia del Hijo, sin miedo a la
entrega, a la muerte, al amor. Todo lo demás que se pudiera hacer por ansiedad o
preocupación por la propia salvación sólo sería un alejamiento del Señor. Todo lo
que quisiéramos hacer por nosotros mismos sólo lo haríamos contra Él. Lo único que
exige de nosotros es que le dejemos entregarnos al Padre, no para que al final todo
nos salga bien, sino simplemente para que se cumpla su mandamiento: amaos los
unos a los otros. Aquí el Señor es sólo el símbolo del prójimo al que debemos
entregarnos, y cumpliendo su propio mandamiento, nos entrega al Padre.
---***---
Traducido de JOHN: THE FAREWELL DISCOURSES. VOL III. MEDITATIONS ON
JOHN 13 -17. IGNATIUS PRESS. SAN FRANCISCO, EEUU, 1987.

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