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El documento es una novela dividida en capítulos que narra la historia de un niño y su difícil relación con sus padres en torno a la alimentación. El niño sufre porque sus padres lo obligan a comer aunque no tenga apetito, lo que genera constantes discusiones.

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El documento es una novela dividida en capítulos que narra la historia de un niño y su difícil relación con sus padres en torno a la alimentación. El niño sufre porque sus padres lo obligan a comer aunque no tenga apetito, lo que genera constantes discusiones.

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Orfancia Athos Zontini

Índice

Portada

Dedicatoria

Cita

Nada me ha hecho nunca tanto daño...

Primavera

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Verano

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

1
Orfancia Athos Zontini

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Otoño

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

2
Orfancia Athos Zontini

Invierno

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Créditos

3
Orfancia Athos Zontini

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4
Orfancia Athos Zontini

A Sara

5
Orfancia Athos Zontini

It’s Alright, Ma (I’m Only Bleeding)

BOB DYLAN

6
Orfancia Athos Zontini

Nada me ha hecho nunca tanto daño como el amor. Al po-

co de nacer, estuve a punto de morir de una her nia estran-

gulada. Mis padres me veían llorar día y noche, y no enten-

dían, se obstinaban en tener me en brazos como si fuera

cuestión de afecto, una nostalgia de la placenta que hubie-

ra que colmar.

7
Orfancia Athos Zontini

Primavera

8
Orfancia Athos Zontini

—Abre la boca, por favor. —Mi madre se acerca con el te-

nedor—. Venga, que se enfría la car ne.

Los perros están en un rincón, ambos con el rabo entre

las patas. En el otro extremo de la mesa mi padre tiene los

ojos fijos en el televisor. Corta un trozo de filete y lo masti-

ca despacio, sin hacer ruido. Se le ensancha la garganta al

bajarle la car ne por ese largo cuello de pájaro. Cierro los

ojos y mentalmente pido un deseo: ¡ahógate, ahógate,

ahógate!

—¡Traga! —estalla mi madre con el tono estridente que

le sale cuando no puede más, un tono que no parece el su-

yo.

—Por favor, baja la voz. —Mi padre señala el televisor.

—Mira que eres..., sabes que le hace daño.

—Ter mino de ver las noticias y lo apago.

Esta historia de que la televisión me hace daño es una

obsesión del pediatra. Dice que me quita el hambre.

Mi madre se levanta de pronto, acerca su silla a la mía y

vuelve a sentarse de golpe. Sus anchas caderas se bambo-

lean mientras la silla cruje bajo el peso.

—Vamos, come —me implora agitando el tenedor.

Los perros levantan el hocico como si mi madre estuvie-

ra enfadada con ellos.

9
Orfancia Athos Zontini

—No tengo ganas. —Le aparto el brazo, pero ella no se

mueve, el tenedor tiembla, el trozo de car ne resbala, se me

cae en los pantalones y de ahí al suelo.

Los perros apenas tardan un segundo en devorarlo.

—Para, mira lo que estás haciendo. —Mi madre coge la

servilleta, la moja y me la restriega en la pier na.

Mi padre no dice nada pero se estira el bigote entre el

índice y el pulgar. Es lo que hace cuando se pone nervioso.

Para él, sólo los idiotas se manchan al comer. Es una de

esas cosas que no soporta, como las uñas negras, las cami-

setas sudadas o ver a alguien llorar.

Mi madre pincha otro trozo de car ne.

—Venga, ya está bien.

Y seguirá así hasta la noche. Lo hace siempre.

La car ne está fría, me la aplasta sobre la boca, y yo sien-

to el acero pinchándome los labios y presionándome los

dientes, que mantengo apretados.

—¡Que abras la boca!

Mi padre mira a su alrededor como si pudiera ver el gri-

to atravesando las paredes y metiéndose en casa de los ve-

cinos.

—No chilles, por Dios.

Mi madre baja el tenedor y grita aún más fuerte.

—¡Yo ya no puedo más! ¿Por qué no intentas tú obligar-

lo a comer?

Cada día es una lucha. Dicen que crezco débil y enfer-

mo, que no soy nor mal porque no tengo un gramo de gra-

sa en el cuerpo, que, comparados conmigo, los otros niños

parecen gigantes. Dicen que tengo que comer, que no es

posible que un niño de mi edad no tenga apetito. Yo no

quiero comer. Pero mi madre no se resigna, sigue dándome

de comer como si ella estuviera muerta de hambre.

Mi padre vuelve a atusarse el bigote y sigue viendo las

noticias.

10
Orfancia Athos Zontini

Me quedo pasmado mirando la pantalla, la espalda se

me dobla sola, extiendo los brazos sobre la mesa, apoyo la

cabeza y mi pelo acaba dentro del plato. Lo tengo tan lar-

go que me confunden con una niña. A mis padres les da

vergüenza, pero no me llevan a la peluquería porque con el

pelo corto parezco aún más flaco.

—¡Ten cuidado! —Mi padre se levanta, arroja la serville-

ta en el plato y se va.

El desprecio en sus ojos es tan grande que me deja sin

respiración.

—Mira lo que has conseguido, ya se ha enfadado papá.

Venga, come. De aquí no te levantas hasta que te ter mines

el plato, aunque tengamos que estar toda la noche.

Cojo el trozo de car ne con los dientes y lo mastico infi-

nitamente.

Los perros me imitan con la boca cerrada.

—Hala, traga. Date prisa.

Siento asco, es como si tuviera un calcetín sudado en la

boca.

—Te juro que, igual que te he dado la vida, te la quito.

Mi madre me acaricia la frente como si me estuviera pi-

diendo perdón. Intento zafar me pero es demasiado tarde.

Me tapa la nariz con una mano y con la otra me aprieta la

barbilla hasta que trago.

Sigue así una hora entera, no me deja en paz hasta que

el plato está vacío. El último bocado me lo coloco con la

lengua en el fondo de la mejilla y apoyo la cabeza en sus

blandas pier nas. Ella me acaricia el pelo, y nos quedamos

quietos. Podríamos estar así para siempre.

Después me coge en brazos y se levanta.

—Vamos a la cama, que es tarde.

11
Orfancia Athos Zontini

Acaba de oírse un grito. Ocurre a veces en plena noche.

Son los gritos de los otros niños. Duran un instante y, des-

pués, silencio. Tengo miedo, estoy harto de cerrar los ojos,

abrirlos y encontrar me con la misma oscuridad. Mis padres

me obligan a dor mir con la luz apagada porque el pediatra

ha dicho que así se crece mejor. Doy vueltas en la cama,

con la boca llena de saliva, sigo sintiendo el sabor de la

car ne incluso después de haberla escupido.

Me quito la camiseta del pijama, la extiendo en el suelo

y vomito encima. Con el estómago vacío, hago una bola

con la camiseta y la escondo debajo de las sábanas.

Ahora tengo que esperar a que mis padres se vayan a

dor mir. Después de acostar me, mi madre suele volver a la

cocina. En la mesa, cuando estamos todos juntos, come co-

mo un pajarito, siempre dice que está a régimen, pero de

noche saca de la nevera las sobras de la cena y del almuer-

zo y se lo zampa todo. A veces, para combatir el sueño, me

levanto y voy a espiarla. La veo con los codos apoyados en

la mesa y la cabeza entre las manos, inmóvil, mirando fija-

mente los recipientes vacíos.

Mi padre, después de cenar, se queda despierto hasta

tarde viendo la tele en el salón. De la pantalla sale una luz

gris que ilumina tenuemente el sillón y a él lo deja inmerso

en la oscuridad.

12
Orfancia Athos Zontini

Cada vez me pesan más los párpados. Después, como de

costumbre, llegan esos ruidos que me son tan familiares. Mi

padre abre la puerta de casa, vuelve a cerrarla y después

pasa a las ventanas. Las comprueba todas una por una. No

es capaz de irse a la cama sin haberse asegurado de que

está todo bien cerrado.

Espero a que se meta en su habitación y, en cuanto apa-

ga la luz, me levanto. El suelo del pasillo está frío, pero si

voy descalzo no hago ruido. Los perros se me acercan mo-

viendo la cola y olisquean la camiseta del pijama que llevo

debajo del brazo. En el baño lleno el lavabo de agua y ja-

bón, y froto bien la camiseta. A continuación la escurro,

quito el tapón y salgo.

Los perros me siguen. A la mitad del pasillo reparo en

una respiración ronca y profunda que viene de la oscura es-

calera. Me quedo inmóvil y, un segundo después, se en-

ciende la luz. Mi madre jadea en lo alto de los escalones,

con una mano en la rodilla y la otra apoyada en la pared.

Mis padres siempre se llevan un susto cuando me ven

de repente, pero se les suele dar bien hacer como si nada.

Sin embargo esta vez, quizá porque mi madre no esperaba

ver me levantado a esas horas, cuando aparezco delante de

ella medio desnudo, esquelético y tan pálido como un fan-

tasma, se sobresalta del susto, pierde el equilibrio y cae

por la escalera, rebotando como una pelota.

13
Orfancia Athos Zontini

—Vamos, arriba, que hace un sol espléndido.

Mi madre abre la ventana, y yo me vuelvo hacia la pa-

red.

—Tengo sueño.

Los perros se acercan a la cama. Ringo mete el hocico

debajo de las sábanas y me lame los brazos. Otto se queda

dos pasos atrás, meneando la cola con tanta fuerza que

empieza a jadear.

—Ya sabes que papá se enfada si te levantas tarde.

—Pero estoy de vacaciones.

Hace una semana que acabó el colegio, pero siguen

despertándome temprano porque el pediatra ha dicho que

me tiene que dar el sol lo más posible.

—Anda, venga, ve a lavarte.

Ya casi siento el agua fría en la cara y escondo la cabeza

debajo de la almohada. ¿De qué sirve lavarse? Dentro de

unas horas estaré otra vez sucio.

—Venga, no protestes como de costumbre.

Mi madre aparta las sábanas, y me quedo sin respira-

ción. Es un monstruo, tiene los ojos morados y la nariz hin-

chada, debajo de todo ese maquillaje podría ocultarse

cualquier persona. El miedo me atenaza la garganta mien-

tras ella esboza una sonrisa defor me y me coge de la mano.

14
FIN DEL FRAGMENTO

Sigue leyendo, no te quedes con las ganas


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