P.
Marek Burzawa msf
Vicario Episcopal para la Familia
Arzobispado de Santiago
FAMILIA EN EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA
INTRODUCCIÓN
Todas las encuestas de opinión pública resaltan la familia como
uno de los valores que más apreciamos en Chile. Pues la familia
es la primera y la más importante comunidad de amor donde se
van aprendiendo las lecciones más esenciales de la vida. En ella
vamos captando vitalmente el valor de cada persona, la
importancia de una libertad responsable, el significado de la
verdad y de la justicia, el sentido del dolor como camino de
crecimiento y la riqueza inagotable del compartir. La familia es
el lugar de la primera sonrisa, donde el hombre reconoce al
hombre a través de la madre, del padre, los hermanos, los
abuelos, los amigos, los vecinos. En la familia se dan los pasos
fundamentales en el conocimiento de sí mismo y de los demás
que van a marcar la manera de ser hombre y de ser mujer.
Es por esta razón que la familia siempre estaba, está y estará en
el centro de la preocupación de nuestra Iglesia. Su Magisterio
trata de aportar mucha luz y claridad en los temas relacionados
con esta primera célula básica de la sociedad.
Es difícil, en breves minutos, presentar toda la enseñanza de la
Iglesia sobre el tema tan complejo y profundo que es la familia.
Por este motivo, voy a resumirla en tres puntos principales: 1. El
designio de Dios sobre la familia, 2. La identidad de la familia
cristiana, 3. La misión de la familia.
1. DESIGNIO DE DIOS SOBRE LA FAMILIA
Para poder comprender la identidad y la misión de la familia
cristiana, es necesario descubrir el plan de Dios para la
humanidad y su designio sobre la familia.
a) El ser humano creado a imagen de Dios
El primer elemento fundamental del plan de Dios para el
ser humano, es que éste es creado a su imagen y
semejanza.
Lo leemos en el libro del Génesis 1,26-27:
Dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y
semejanza. Que tenga autoridad sobre los peces del mar
y sobre las aves del cielo, sobre los animales del campo,
las fieras salvajes y los reptiles que se arrastran por el
suelo”. Y creó Dios al hombre a su imagen. A imagen de
Dios lo creó. Varón y mujer los creó.
Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza y
llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al
mismo tiempo para el amor.
Dios es amor (Juan 4,8) y vive en sí mismo un misterio
de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y
conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en
la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y
consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del
amor y de la comunión (Cfr. Gaudium et Spes, 12). El
amor es por tanto la vocación fundamental e innata de
todo ser humano (FC 11).
Resumiendo este punto, podemos decir que Dios quiere
que el hombre viva en una comunidad, en una familia.
Dios lo quiere porque él mismo no es un Dios de
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soledad, sino que es el Dios Trino, el Dios Comunidad
de vida y amor, el Dios Familia (DP 18, DA 434).
b) La familia fundada por Dios
El segundo elemento, que podemos descubrir en los
relatos de la creación, es que el origen del matrimonio y
de la familia está en Dios Creador y por eso poseen un
carácter sagrado. En este sentido, podemos decir
que la familia es una «institución divina». Por este hecho
no puede el hombre interferir en ellos a su amaño sino
que debe asumirlos tal cual Dios los instituyó.
“Al crear al hombre y a la mujer, Dios instituyó la
familia humana y la dotó de su constitución
fundamental” (Cat. 2203). Fundada por el Creador y en
posesión de sus propias leyes, la íntima comunidad
conyugal de vida y amor se establece sobre la alianza de
los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal
irrevocable. Esto significa, como nos explica Gaudium
et Spes n. 48, que “este vínculo sagrado, en atención al
bien tanto de los esposos y de la prole como de la
sociedad, no depende de la decisión humana.... Es el
mismo Dios el autor del matrimonio, al cual ha dotado
con bienes y fines varios, todo lo cual es de suma
importancia para la continuación del género humano,
para el provecho personal de cada miembro de la familia
y su suerte eterna, para la dignidad, estabilidad, paz y
prosperidad de la misma familia y de toda la sociedad
humana…".
c) La familia – reflejo de la Santísima Trinidad
En tercer lugar, el ser humano, creado a imagen y
semejanza de Dios, debe ser su reflejo vivo. Es así como
la familia se constituye en “una comunión de personas,
reflejo de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu
Santo.” No es reflejo sólo en la comunión de personas,
sino también en su carácter procreador. “Su actividad
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procreadora y educativa es reflejo de la obra creadora de
Dios” (Cat. 2205). Es la forma más cercana como el
hombre puede percibir al Dios Trino.
d) Jesucristo nacido en la Sagrada Familia de
Nazaret
El cuarto elemento que nos permite descubrir la
importancia de la familia, es que Jesús que es el modelo
único universal para el hombre, quiso nacer en una
familia humana.
“Por misterioso designio de Dios, en la Sagrada Familia
de Nazaret vivió escondido largos años el Hijo de Dios”
(FC 86). La Sagrada Familia es, pues, el prototipo y
ejemplo de todas las familias cristianas; es modelo de
toda familia humana en la medida que representa en
forma perfecta “una comunidad de amor y solidaridad”
en la que “se custodia, revela y comunica el amor y la
vida” (FC 17, Cfr. SD 214) en su forma más plena. Es
por excelencia “una comunidad de personas unidas por
el amor, el mutuo interés, por los compromisos tomados
en vista del pasado y del futuro” (cfr. Juan Pablo II
México 2.10.79, n. 21)
Lo más hondo que se puede decir de ella es que es una
comunidad de personas que, unidas en el amor y el
respeto, han gestado vínculos profundos, personales e
inconmovibles, que son fuente de vida plena.
A lo dicho habría que agregarle además que la Sagrada
Familia es modelo porque representa la comunidad
humana que, centrada en Cristo, se hace camino de
salvación. “Jesucristo es la Nueva Alianza, en Él el
matrimonio adquiere su verdadera dimensión. Por su
Encarnación y por su vida en familia con María y José
en el hogar de Nazaret se constituye un modelo de toda
familia” (SD 213).
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2. IDENTIDAD CRISTIANA DE LA FAMILIA
La primera parte de nuestra presentación, recordándonos el
plan de Dios para la humanidad y su designio sobre la familia,
nos entrega ciertos elementos que nos permiten entrar más
profundamente en el tema de la identidad de la familia
cristiana.
Lo haremos, deteniéndonos, principalmente, en cuatro puntos:
1. El matrimonio como fundamento de la familia cristiana, 2.
La familia como la íntima comunidad de vida y de amor, 3. La
familia como “Iglesia doméstica” y 4. La familia como célula
primera y vital de la sociedad.
a) El matrimonio – fundamento de la familia
cristiana
Para la Iglesia es evidente que la familia se establece a
partir de la diferencia complementaria que hace que el
hombre y la mujer estén ordenados el uno al otro para
formar una comunidad estable a partir del amor que
surge espontáneamente entre ellos. En su fundamento se
percibe al ser humano como libre y ordenado
naturalmente al amor. Por esa razón el fundamento de la
familia es el libre consentimiento conyugal de los
esposos. Por ese consentimiento propiamente conyugal
se crea un vínculo estable y surge un proyecto de vida
compartido entre ellos para siempre.
Por lo tanto, la base de la familia es el matrimonio entre
un varón y una mujer, “signo del amor de Dios por la
humanidad y de la entrega de Cristo por su esposa, la
Iglesia” (DA 433). Es también por esta razón que el papa
actual Benedicto XVI dice que reconocer y ayudar al
matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer es
uno de los mayores servicios que se pueden prestar al
bien común y al verdadero desarrollo del hombre y de las
sociedades (Benedicto XVI, Valencia, 09 de Julio de
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2006)
b) La familia – íntima comunidad de vida y de amor
Lo sociedad actual, para adaptarse a la realidad en la
cual vivimos, nos ofrece una variedad de definiciones de
la familia, a veces poco entendibles y muy confusas.
Durante el Concilio Vaticano II, la Iglesia definió la
familia como “una íntima comunidad de vida y de amor”
(Gaudium et spes, n°48).
Dicha definición retomó, con mucha fuerza, el Papa Juan
Pablo II, en “Familiaris Consortio”, recordando que “la
familia, fundada y vivificada por el amor, es una
comunidad de personas: del hombre y de la mujer, de los
padres y de los hijos, de los parientes. Su primer
cometido es el de vivir fielmente la realidad de la
comunión con el empeño constante de desarrollar una
auténtica comunidad de personas” (FC 18).
“En el matrimonio y en la familia se constituye un
conjunto de relaciones interpersonales –relación
conyugal, paternidad-maternidad, filiación, fraternidad-
mediante las cuales toda persona humana queda
introducida en la “familia humana” y en la “familia de
Dios”, que es la Iglesia” (FC 15).
c) Familia – Iglesia doméstica
La Iglesia reconoce que la familia católica constituye su
célula fundamental y es el ámbito adecuado por
excelencia para la personalización de la fe. En ella debe
surgir y acrisolarse la vida de la fe como adhesión a
Cristo y como celebración del misterio pascual. Es en
ella donde se debe recibir la primera catequesis. Es en
ella donde se debe aprender a orar, a amar y servir a
Dios por sobre todas las cosas. Es en la familia donde
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adquiere su máxima expresión el sacerdocio universal de
los fieles a través de función sacerdotal de los padres de
familia, educadores de la fe y rostro del Dios providente
para sus hijos. Es en el seno de la familia donde se
celebra en forma personalizada la recepción de los
sacramentos de la iniciación cristiana. El Concilio dice
que “en esta especie de Iglesia doméstica los padres
deben ser para los hijos los primeros predicadores de la
fe, mediante la palabra y el ejemplo, y deben fomentar la
vocación sagrada” (LG 11).
La Conferencia de Medellín se encarga de hacer una
descripción sintética de lo que significa la familia como
Iglesia doméstica. Dice:”Hacer que la familia sea
verdaderamente “Iglesia doméstica”: comunidad de fe,
de oración, de amor, de acción evangelizadora, escuela
de catequesis.” (DM 3,19). La Conferencia de Puebla,
marcada por las palabras del Juan Pablo II en su inicio,
destaca su importancia. “Haced todos los esfuerzos para
que haya una pastoral de la familia. Atended a un campo
tan prioritario con la certeza de que la evangelización en
el futuro depende en gran parte de la “Iglesia doméstica”
(DP 590). Santo Domingo la ve como santuario y cuna
de santidad: “Ser «Iglesia doméstica» que acoge, vive,
celebra y anuncia la Palabra de Dios, es santuario donde
se edifica la santidad y desde donde la Iglesia y el
mundo pueden ser santificados” (Cf. FC 55). Es, sin
embargo, Familiaris Consortio el espacio donde se
presenta una verdadera “Carta Magna de la Iglesia
doméstica”, en la cual Juan Pablo II destaca la
participación de la familia, como “Iglesia doméstica”,
del ser y la vida de la Iglesia, como también de su
misión. Para comprender mejor los fundamentos,
contenidos y características de tal participación, analiza
a fondo “los múltiples y profundos vínculos que unen
entre sí a la Iglesia y a la familia cristiana” (FC 49).
d) La familia - célula primera y vital de la sociedad
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La familia es la célula básica de la cual surge toda la
sociedad. “El Creador del mundo estableció la sociedad
conyugal como origen y fundamento de la sociedad
humana; la familia es por ello la célula primera y vital de
la sociedad” (Vaticano II, Decreto sobre el apostolado de
los seglares Apostolicam actuositatem, 11).
La Familia posee vínculos vitales y orgánicos con la
sociedad, porque constituye su fundamento y alimento
continuo mediante su función de servicio a la vida. En
efecto, como leemos en Familiaris Consortio, “de la
familia nacen los ciudadanos, y estos encuentran en ella
la primera escuela de esas virtudes sociales, que son el
alma de la vida y del desarrollo de la sociedad misma.
Así la familia, en virtud de su naturaleza y vocación,
lejos de encerrarse en sí misma, se abre a las demás
familias y a la sociedad, asumiendo su función social"
(FC 42).
3. MISIÓN DE LA FAMILIA
Después de haber recordado el plan de Dios para la
humanidad y su designio para la familia, y haber visto algunos
componentes de la identidad de la familia cristiana, ya
podemos preguntarnos: ¿Cuál es la misión de la familia
cristiana?
Siguiendo las enseñanzas de la Iglesia, proponemos cuatro
tareas principales: 1. La formación de una comunidad de
personas, 2. El servicio a la vida, 3. La participación en el
desarrollo de la sociedad y 4. Participación en la vida de la
Iglesia.
a) Formación de una comunidad de personas
Si la familia, como ya hemos dicho, es una íntima
comunidad de vida y de amor, será precisamente el
amor, el principio interior, el motor, la fuerza que
construya esta comunidad de personas.
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¿Qué vendría a ser una familia sin amor?, ¿Un hotel?,
¿Un cuartel?
Es el amor y sólo el amor el que puede crear esa
atmósfera de comunión y de espontánea libertad en la
que se desarrolla armónicamente la personalidad humana
de toda la familia: entre esposos, entre padres e hijos y
demás familiares.
- La primera comunión que se instaura es la de los
cónyuges que hunde sus raíces en el complemento
natural que existe entre el hombre y la mujer, animados
por compartir lo que tienen y sobre todo lo que son. Es
una comunión que se caracteriza por su unidad y por su
indisolubilidad.
Como nos dice la Constitución “Gaudium et Spes” n°
48: "Esta unión íntima, en cuanto donación mutua de dos
personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen la
plena fidelidad de los cónyuges y reclaman su
indisoluble unidad". Esta indisolubilidad es un deseo
expreso del Señor: "Lo que Dios ha unido que no lo
separe el hombre". Y uno de los deberes más preciosos y
urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo.
El hombre y la mujer están llamados a esta comunión
para complementarse. Están llamados a sumar sus
capacidades, a apuntalar sus limitaciones y a armonizar
sus esfuerzos. Son iguales en dignidad, son como las dos
caras de una sola moneda que es el ser humano.
Sobre la base de la comunión entre los cónyuges se
construye la unión más extensa entre todos los demás
miembros.
- El amor entre ellos se desborda en la familia,
empezando por los hijos. La familia cristiana, Iglesia
doméstica, es tarea de todos, todos, pequeños y grandes,
son arquitectos, albañiles y constructores del hogar (Cfr.
FC 21). Pero no olvidemos que los cimientos son los
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esposos y que el hormigón son el amor y la donación
mutua.
Esto exigirá tener muy presente el valor del amor que
exigirá sacrificio y disponibilidad, comprensión y
perdón abundante y sincero. Saber ceder una y otra vez
por el bien mayor. El que cede no es el más débil sino
que tiene más capacidad de respuesta, más amor. Y el
amor como decía Pascal: "Es un artículo maravilloso:
cuanto más se da, más le queda a uno".
b) Servicio a la vida
La segunda tarea, que hace parte integral de misión de la
familia cristiana, es el servicio a la vida.
Aquí, debemos tomar en cuenta dos elementos:
transmisión de la vida y educación de los hijos.
- La transmisión de la vida
No creo que haya alguna antropología, alguna
concepción del hombre, que iguale a la del cristianismo
sobre la persona humana, que es: Criatura llamada a la
vida, hecha a imagen de Dios Creador, colocada por Él
en la cumbre de la creación, elevada a participar de la
vida divina y llamada a una cooperación libre y
responsable en la transmisión de la vida humana.
La fecundidad es una dimensión del hombre y de su
amor. Y hay que verla, hay que reflexionarla, meditarla
como criaturas ante nuestro Creador y abiertos a la idea
de la trascendencia. Como dice Tagore: "Cada niño es
un signo de que Dios no ha perdido su confianza en el
hombre".
Cada uno de nosotros, estamos en la vida por un acto
generoso, por una donación de nuestros padres. Y por
ello estamos destinados a gozar para toda la eternidad de
Dios.
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Preguntémonos: ¿Hay algún sufrimiento o desvelo que
sea comparable a la dicha de cooperar con Dios en dar la
vida a una criatura que está encaminada a gozar de Dios
eternamente?
Esta idea no va en contra ni niega la doctrina de la
Iglesia sobre la paternidad responsable. Más bien la
afirma y ayuda a los esposos a tomar conciencia de su
misión de padres responsables y así tomar una decisión
delante de Dios, con generosidad y sentido humano y
cristiano que esté de acuerdo con su alta tarea de
cooperadores del amor de Dios Creador.
Y esta misión de la familia de estar a favor de la vida es
ahora más urgente que nunca donde ha surgido una
mentalidad contra la vida que se ha difundido
extensamente con la ayuda de poderosos medios
económicos y de los medios de comunicación social. Por
esta misma razón, el Documento de Aparecida nos
recuerda que “la vida es regalo gratuito de Dios, don y
tarea que debemos cuidar desde la concepción, en todas
sus etapas, y hasta la muerte natural, sin relativismos”
(DA 464).
Por esta misma razón, los obispos chilenos, en el número
76 de su Carta “Matrimonio y Familia: una Buena
Noticia para la humanidad” dicen que “Somos y
queremos ser la Iglesia de la Vida. Es nuestra vocación”.
- La educación de los hijos
El segundo elemento de esta tarea de servir a la vida es
la educación de los hijos.
El Concilio Vaticano II en la declaración sobre la
educación cristiana de la juventud nos recuerda que
"puesto que los padres han dado la vida a los hijos,
tienen la gravísima obligación de educar a la prole y por
tanto hay que reconocerlos como los primeros y
principales educadores de sus hijos. Es pues, deber de
los padres crear un ambiente de familia animado por el
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amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que
favorezca la educación integral, personal y social de los
hijos" (Gravissimum educationis, n°3).
Este derecho - deber es:
- Esencial, porque está relacionado con la transmisión
de la vida.
- Original y primario, respecto al deber educativo de los
demás.
- Insustituible e inalienable y por tanto no puede ser
totalmente delegado o usurpado por otros.
Permítanme cinco aspectos de esta tarea educativa de
los padres:
1. En cuanto a los valores: Los padres deben ser en
primer lugar educadores de auténticos valores de la vida
cristiana, que son los que forman el ser de sus hijos (Cfr.
FC 37).
2. Los hijos deben crecer en una justa valoración de los
bienes materiales. Adoptando un estilo de vida sencillo y
austero. Y convencidos de que "El hombre vale más por
lo que es que por lo que tiene" (FC 37)
3. Deben crecer con el sentido de la verdadera justicia y
del verdadero amor, como servicio desinteresado a los
demás, especialmente a los más pobres y necesitados
(FC 37).
4. En cuanto a la sexualidad: Los padres, ante una
cultura que banaliza la sexualidad, interpretándola y
viviéndola de una manera reductiva y empobrecida,
deben de proporcionarles, por una parte, una educación
sexual clara y delicada, y por otra, una valoración y
estima de los principios morales como garantía para un
crecimiento personal y responsable en la sexualidad
humana (FC 37).
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5. En cuanto a la Fe: Esta misión de la educación exige
que los padres eduquen a sus hijos en la Fe. Los padres
deben ser los primeros catequistas. La secularización de
la sociedad y en muchos lugares también la laicización
de las escuelas son exigencias claras de volver al
ambiente familiar como base para la educación en la Fe.
Es precisamente el Concilio Vaticano II quien insiste en
que la familia es el ambiente de la educación cristiana
por excelencia (Gravissimum educationis, n°3). Y el
Papa Benedicto XVI dice que la familia ha sido y es
“escuela de la fe y palestra de valores humanos y
cívicos” y que es insustituible para la educación de los
hijos (DI 5).
Todo esto no quiere decir que la familia sea la única y
exclusiva comunidad educadora, no. Pero sí, es la
principal y la primera. Por lo tanto, los padres no pueden
permitir que las otras personas o instituciones o, incluso,
el Gobierno los prive de este deber y derecho de educar,
en todos estos aspectos, a sus hijos.
c) Participación en el desarrollo de la sociedad
La tercera tarea de la familia cristiana es su participación
en el desarrollo de la sociedad.
1). Si la familia es la célula primera y vital de la
sociedad, sería muy perjudicial que la familia se quedara
convertida en un "Ghetto" sin proyección al exterior. El
desinterés por la comunidad social y la inhibición ante
los problemas que en ella se plantean (como por ejemplo
la manipulación de la persona, de sus derechos
fundamentales...) todo ello acabaría por destruir a la
propia familia.
Por lo tanto, la familia cristiana está invitada a colaborar
de manera original en la construcción del mundo,
haciendo posible una sociedad más humana, más justa,
más honesta y más auténtica (Cfr. FC 43, GS 52).
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No olvidemos que el futuro del mundo y de la Iglesia
pasa por la familia.
2) Si la familia debe servir a la sociedad, no podemos
olvidar el servicio que la sociedad debe proporcionar
para promover y tutelar la familia. La sociedad no puede
dejar su deber fundamental de respetar y promover la
familia misma (FC 45).
La familia y la sociedad tienen una función
complementaria en la defensa y en la promoción del bien
de todos los seres humanos.
d) Participación en la vida de la Iglesia
Por último, hablando de la misión de la familia cristiana,
debemos hablar de su participación en la vida de la
Iglesia.
La familia cristiana está llamada a la edificación del
reino de Dios en la historia. ¿Cómo? Como ya lo
dijimos, la unión y la semejanza entre la familia y la
Iglesia son muy estrechas: La familia cristiana es como
una "Iglesia en miniatura", "Iglesia pequeña", "Iglesia
doméstica".
La familia recibe el amor salvífico de Cristo y está
llamada a transmitir este mismo amor que salva a los
hombres. Recibir y transmitir. Como dice el Documento
de Aparecida, “la familia evangelizada se hace
evangelizadora” (DA 204). La futura evangelización
depende en gran parte de la Iglesia doméstica.
Son muchas las familias y hombres que hay que ayudar:
-A los que buscan la verdad.
-A los que se han alejado.
-A las familias que no creen.
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-A las familias cristianas que no viven coherentemente
la fe recibida.
CONCLUSIONES
Después de haber recordado la enseñanza de la Iglesia sobre la
familia, donde redescubrimos el designio de Dios sobre la
familia, su identidad y su misión, sería bueno preguntarnos: ¿Qué
podemos hacer para que nuestras propias familias correspondan
o, por lo menos, se acerquen a este ideal deseado por Dios y
propuesto por la Iglesia?
Hay dos cosas que nos pueden ayudar mucho en esta tarea: amar
a la familia y ponerla en el centro de nuestra pastoral.
La primera: Amar a la familia significa saber estimar sus valores
y posibilidades, promoviéndolos siempre. Amar la familia
significa identificar los peligros y males que la amenazan, para
poder superarlos. Amar a la familia significa esforzarse por crear
un ambiente que favorezca su desarrollo. Finalmente, una forma
eminente de amor es dar a la familia cristiana de hoy (…)
razones de confianza en sí misma, en las propias riquezas de
naturaleza y gracias, en la misión que Dios le ha confiado. Juan
Pablo II dice: “Es necesario que las familias de nuestro tiempo
vuelvan a remontarse más alto. Es necesario que sigan a Cristo”
(Familiaris Consortio, 86).
La segunda, poner a la familia en el centro de nuestra
preocupación, siempre fue el deseo de Juan Pablo II. Lo dijo en
Puebla en 1979, lo dijo durante la celebración del Año
Internacional de la Familia en 1994. También lo dijeron los
obispos chilenos en 2005 en su carta pastoral “Matrimonio y
Familia – una buena noticia para la humanidad”, invitándonos a
que la Pastoral Familiar sea una dimensión transversal de todos
nuestros esfuerzos pastorales (nº 93).
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Pero no nos olvidemos que la Pastoral Familiar empieza por
casa, es decir: por nuestras propias familias. No nos olvidemos
que el modelo de familia depende de la formación que reciban
nuestros niños y jóvenes en sus propias familias. Con esto quiero
decir que la mejor Pastoral Familiar es la que se inicia desde la
niñez y la juventud en el seno de su propia familia.
¡Muchas gracias!
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