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Edmund Kemper: El Asesino de Colegialas

Edmund Kemper es un asesino en serie estadounidense que cometió 10 asesinatos entre 1964 y 1973. En su juventud mató a sus abuelos y fue internado en un hospital psiquiátrico. Tras su liberación, asesinó a 6 estudiantes femeninas, decapitando y descuartizando sus cuerpos. Más tarde mató a su madre y su amiga, decapitando y violando el cuerpo de su madre. Fue condenado a cadena perpetua por sus crímenes.

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Edmund Kemper: El Asesino de Colegialas

Edmund Kemper es un asesino en serie estadounidense que cometió 10 asesinatos entre 1964 y 1973. En su juventud mató a sus abuelos y fue internado en un hospital psiquiátrico. Tras su liberación, asesinó a 6 estudiantes femeninas, decapitando y descuartizando sus cuerpos. Más tarde mató a su madre y su amiga, decapitando y violando el cuerpo de su madre. Fue condenado a cadena perpetua por sus crímenes.

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EDMUND KEMPER

EL ASESINO DE LAS COLEGIALAS

Edmund Kemper Peso 136 kg

Familia

Madre Clarnell Stage

Información profesional

Kemper en una foto de archivo policial de 1973. Ocupación Asesino en serie y prisionero

Información personal Años activo 1972-1973

Nombre de Información criminal


Edmund Emil Kemper III
nacimiento
Cargo(s) Homicidio

El asesino de las Colegialas criminal(es) Canibalismo


Apodo
El Cazador de Cabezas Incesto

El asesino mixto
Condena 8 cadenas perpetuas con derecho a
18 de diciembre de 1948 (72 años) libertad condicional
Nacimiento
Burbank, California,
Encarcelado, abogados afirman qué
Estados Unidos Situación Kemper es feliz en su vida en la
penal prisión y ha rechazado varias
Nacionalidad Estadounidense solicitudes de Libertad condicional

Características físicas

Altura 2,06 m

Edmund Emil Kemper III (Burbank, California; 18 de diciembre de 1948), más conocido
como Edmund Kemper, es un asesino en serie estadounidense al que también se le conoce
como El asesino de las colegialas (Co-ed killer,12 en inglés), que estuvo activo en la década de
1970.

Infancia y juventud
Hijo de Edmund Emil Kemper Jr. y de Clarnell Stage, Edmund Kemper desarrolló un
comportamiento psicopático desde muy joven: torturaba y asesinaba a animales, representaba
rituales sexuales con las muñecas de sus hermanas cuando se enfadaba con ellas y les rompía
sus juguetes a modo de venganza hacia ellas, desmembraba y decapitaba muñecas. Llegó a decir
que, para besar a una maestra por la que se sentía atraído, tendría que matarla previamente.

Si ya de por sí Kemper era extraño, su madre - de la cual se sospecha que tenía trastorno límite
de la personalidad - le obligaba a dormir en el sótano por miedo de que su hijo abusara de sus
hermanas, algo que molestó a Edmund. Lo alimentaba con cabezas de pescado.

El 27 de agosto de 1964, a los 15 años, Edmund tiroteó a su abuela - con la que vivía en un
rancho de unas 7 hectáreas - mientras ésta estaba terminando su último libro para niños. Sin
embargo, la cosa no acabó ahí, puesto que, cuando llegó su abuelo, también lo mató. Acto
seguido, llamó a su madre y la instó a que avisara a la policía, pues había matado a sus abuelos.
Las declaraciones que dio a los agentes fueron las siguientes: él "sólo quería ver qué se sentía
al asesinar a su abuela", y mató a su abuelo porque sabía que se enfadaría por haber matado
previamente a la abuela.

El quinceañero fue internado en el Hospital Estatal de Atascadero y, además de hacerse amigo


de su psicólogo, se convirtió en su asistente. Gracias a su inteligencia, se ganó tal confianza del
doctor que se le permitió el acceso a las pruebas aplicadas a otros internos. Gracias al
aprendizaje que obtuvo de estas pruebas, impresionó a su médico y consiguió el alta - algo muy
cuestionado por otros médicos -, y demostró después que había sellado para siempre su historial
juvenil. Una vez libre, se fue a vivir con su madre a Santa Cruz (California).

Asesinatos

Kemper - de 2,05 m y más de 120 kg - trabajó en diversos sitios hasta llegar al Departamento
Californiano de Transporte, en aquella época conocido como el Departamento de Obras
Públicas en la División de Carreteras en el Distrito 4.

Entre mayo de 1972 y febrero de 1973, Kemper mató a diversas estudiantes que encontraba en
la autopista, a las cuales llevaba a zonas rurales aisladas para matarlas - acuchillándolas, con
arma de fuego o asfixia - y después trasladarlas a su apartamento donde
practicaba necrofilia para posteriormente desmembrar los cuerpos. Usualmente, arrojaba los
cuerpos desmembrados a barrancos o los sepultaba en campos, pero en cierta ocasión enterró la
cabeza de una víctima - de 15 años - en el jardín de su madre en una especie de broma divertida:
él señaló que ella "siempre quiso que las personas la admiraran". Asesinó a 6 colegialas,
incluyendo dos estudiantes de la Universidad de California - donde trabajaba su madre - y una
del Cabrillo College. Reveladoramente, después de discutir con su madre era cuando cometía
los asesinatos.

En abril de 1973, Kemper golpeó repetida y violentamente a su madre hasta matarla con un
martillo de zapatero mientras ésta dormía. La decapitó, violó su cabeza - la cual usó como diana
- y arrojó sus cuerdas vocales al triturador de la cocina. En su declaración, Kemper dijo
que "eso parecía apropiado, tanto como ella me maldijo, gritó y chilló por muchos años".
Finalmente comió parte de sus órganos y durmió cuatro noches con el cuerpo en estado de
putrefacción. Pero la cosa no quedó ahí, invitó a casa a una de las mejores amigas de su madre -
ajena a lo que había ocurrido - y la estranguló.

Se dirigió con el coche hacia el Este, sin escuchar en la radio ninguna noticia sobre sus
asesinatos. Desilusionado, frenó y llamó a la policía para confesar que él era El asesino de las
colegialas. Les confesó qué había hecho y donde podían encontrarle, además de reconocer
su necrofilia y canibalismo.
Durante su juicio alegó locura, aunque fue hallado culpable de ocho cargos por asesinato. Pidió
la pena capital, pero al estar suspendida en Estados Unidos en aquel momento, recibió la cadena
perpetua. Actualmente es uno de los presos de la Prisión Estatal de Vacaville.

Víctimas conocidas de Ed Kemper

 Maude M. Hughey Kemper (66) - 24 de agosto de 1964


 Edmund Emil Kemper (72) - 24 de agosto de 1964
 Mary Anne Pesce (18) - 7 de mayo de 1972
 Anita Luchessa (18) - 7 de mayo de 1972
 Aiko Koo (15) - 14 de septiembre de 1972
 Cindy Schall (19) - 8 de enero de 1973
 Rosalind Thorpe (23) - 5 de febrero de 1973
 Alice Liu (21) - 5 de febrero de 1973
 Clarnell Strandberg (52) - 21 de abril de 1973
 Sally Hallett (59) - 21 de abril de 1973

Libros

 Cheney, Margaret, Why: The Serial Killer in America. R&E Publishers: Saratoga, CA
(1992). (Reprinting of the author's The Co-Ed Killer. Walker and Company:New York,
NY (1976). ISBN 0-8027-0514-6.)
 Damio, Ward, Urge to Kill. Pinnacle Books:New York, NY (1974). ISBN 0-523-
00380-3. (Discusses Kemper plus two contemporary Santa Cruz killers: John Linley
Frazier and Herbert W. Mullin)
 Leyton, Elliott, Hunting Humans: The Rise Of The Modern Multiple Murderer.
McClelland & Stewart (2005). ISBN 0-7710-5025-9. (Full chapter on Kemper)
 Ressler, Robert K., Whoever Fights Monsters: My Twenty Years Tracking Serial Killers
for The FBI. (approx. 20 pages on Kemper).
 West, Don, Sacrifice Unto Me. Pinnacle Books:New York, NY (1974). ISBN 0-515-
03335-9. (Story of Kemper and Herbert W. Mullin)
 Douglas, John, Mind Hunter. Pocket Books:New York, NY (1995). ISBN 0-671-52890-
4.
 Lawson, Christine Ann (2002). Understanding the Borderline Mother -- Helping Her
Children Transcend the Intense, Unpredictable, and Volatile Relationship. Jason
Aronson, 129-131,136,139,141,144,278. ISBN 0-7657-0331-9.

Películas y series sobre Kemper o en las que aparece Kemper

The Head Hunter6 (2016): El actor británico Tom Durant Pritchard interpreta a Edmund
Kemper, en la película de producción estadounidense, dirigida por Tom Keeling, que se
ambienta en California, en 1972. Se trata de la primera entrega de la trilogía Serial Thriller, que
también repasa las historias de Ted Bundy y Stephen Peter Morin.

Mindhunter (2017): La serie de Netflix, creada por Joe Penhall y con producción ejecutiva
de David Fincher, presenta en los episodios 2, 3 y 10 de la primera temporada a Edmund
Kemper, interpretado por Cameron Britton, en entrevistas con el agente de la FBI Holden Ford
(Jonathan Groff).8 Se basa en el libro Cazador de mentes: Dentro de la unidad de élite de
crímenes seriales del FBI, de Mark Olshaker y del exagente John E. Douglas, pionero en
desarrollar perfiles psicológicos en la FBI.

Otra referencia se puede encontrar en el anime Monster(2004),basado en él, un asesino de


colegialas de más de dos metros, en la serie se llama Jurgens.
https://es.wikipedia.org/wiki/Edmund_Kemper

https://www.cronicasdelacallemorgue.com/edmund-kemper-diario-asesino-colegialas/

Edmund Kemper, asesino en serie y necrófilo Edmund Kemper es un asesino en serie y


necrófilo que sigue cumpliendo condena actualmente por haber cometido un total de 10
crímenes entre los que se incluyen sus abuelos y su propia madre. Recientemente rescatado su
caso en la exitosa serie de Netflix, Mindhunter, se recordaban sus asesinatos con aquellos
agentes del FBI interesados en lo que esconden las mentes de estos voraces criminales.

Tras una perturbada infancia donde su madre jugó un papel importante en el desarrollo de su
personalidad antisocial, cometió su primer doble asesinato - siendo sus víctimas sus abuelos-,
siendo todavía menor.

Aquello, lejos de detener su instinto depredador, se intensificó. Tras adquirir su Ford, comenzó
a merodear paseando lentamente por las calles en busca de sus víctimas e invitando a subir a
aquellas jovencitas que hacían auto stop.

Eso sí, no sin antes practicar diversas técnicas para ganarse la confianza de las chicas y observar
cuál de todas funcionaba mejor para lograr su objetivo. Edmund Kemper llegó a confesar que,
efectivamente, trataba de redirigir el odio que sentía hacia su propia madre y que, de haberlo
canalizado hacia ella desde el primer momento, todas esas jóvenes todavía seguirían vivas.

A lo largo de este artículo, me adentro en la mente de Kemper para contarte cuáles pudieron ser
sus emociones a la hora de cometer aquellos asesinatos.

El asesino de colegialas. Mi historia.

No tuve una infancia feliz. Esto es sobradamente conocido por todos. Sé que no le gustará a
todo el mundo lo que voy a escribir a continuación, pero también sé lo mucho que les fascina a
otros mi mente. Podría comenzar diciendo que nací en Burbank (California), el 18 de diciembre
de 1948, al fin y al cabo, las historias simples siempre suelen comenzar así. Sin embargo, creo
que resultaría tremendamente aburrido.

Quizá os interese más saber cómo disparé a mis abuelos cuando tenía 15 años o cómo maté a mi
madre y violé su cabeza decapitada. Ella tuvo la culpa de todo, ¿sabéis? Si la hubiera matado
mucho antes de cuando lo hice, ahora todas aquellas chicas inocentes seguirían vivas. Pero no
quiero adelantarme.

Comencemos por el principio.

La infancia perturbada de Edmund Kemper

Recuerdo tener mucho frío en aquel oscuro sótano. Después de que mis padres se divorciasen en
1957, cuando yo tenía 9 años, mi padre se marchó. Le echaba de menos y mi vida iba de mal en
peor en compañía de mi madre y de mis hermanas. Quien se supone que debía de quererme y
protegerme, me humillaba. Decía que si me mostraba cualquier atisbo de afecto me volvería
gay. También tenía problemas con el alcohol y su conducta violenta física y psicológicamente
me hacía cada día más daño.

Cuando me quedaba encerrado en aquel sótano, donde decía que tenía que dormir todas las
noches porque temía que pudiera hacerle algo a mis hermanas, reflexionaba. Mis sentimientos
comenzaron a ser cada vez más oscuros. Algo estaba creciendo dentro de mi que no lograba
entender todavía qué era aquello. Me ardía el pecho. Me dolía la garganta y se me acumulaban
las lágrimas en los ojos porque yo, en el fondo, quería querer a mi madre. Pero ella no me
dejaba. Fue ella la única y verdadera culpable de todo lo que te voy a contar.

Una vez estaba jugando en el jardín con un gato que teníamos de mascota. Yo tenía 10 años por
aquel entonces y lo que debió ser un juego de niños acabó por ser otra cosa. Comencé a cavar
un profundo hoyo con una pequeña pala que tenía a mano. Cuando vi que fue lo suficientemente
profundo, obligué al gato a meterse dentro y comencé a echarle tierra por encima hasta que
desapareció de mi vista. Esperé.

Después lo desenterré, lo decapité y clavé su cabeza en una estaca. Los gritos de horror me
hicieron sentir bien. Por primera vez, no era yo quien sufría. Eso sí, todavía obtuve más placer
al mentir sobre lo que le había sucedido al gato.

Tres años más tarde, volví a matar a otro gato. Estaba cansado de que mi hermana obtuviese
mejor trato que yo. Estaba cansado de ser un cero a la izquierda constantemente. Lo descuarticé
y metí sus partes en su armario y esperé a que lo descubriese, pero lo encontró mi madre. En el
fondo fue divertido, pero no tanto como esperaba.

Mi madre seguía menospreciándome, burlándose de mi, llamándome <> y negándome cualquier


muestra de cariño. Aunque convivía con ella y mis hermanas, realmente estaba solo y aislado
emocionalmente. Necesitaba encontrar algo que me hiciera sentir bien conmigo mismo, algo en
lo que distraer mi mente y salir de aquella espiral de dolor y sufrimiento al que me tenían
acostumbrado y cansado a la vez. Empecé a desarrollar mis propias fantasías.

Ahí era completamente libre de imaginar todo lo que quisiera y que fuese todo como yo quería.
Cogía las muñecas de mi hermana, las decapitaba y les cortaba las manos. Comencé a jugar a
dos juegos que me apasionaban: la cámara de gas y la silla eléctrica. Esta última era la más
divertida. Yo me sentaba en la silla y mi hermana me ataba. Luego simulaba accionar un botón
y yo comenzaba a temblar y a retorcerme imaginando que una descarga eléctrica potente
recorría mi cuerpo y me achicharraba hasta el último poro de mi piel.

Quizá estos juegos los desarrollase después de dos episodios donde mis hermanas me
empujaron y casi pierdo la vida. Una a la vía del tren y otra al fondo de una piscina donde casi
muero ahogado. Quién sabe… el caso es que mi relación con la muerte ha sido siempre muy
especial.

Recuerdo salir a escondidas con una bayoneta en busca de una de mis profesoras. Mi hermana
se burlaba de mi, decía que estaba enamorado de ella y que debería besarla. Le dije que antes de
hacer eso tendría que matarla. ¿De verdad pensaba que lo decía de broma? Mi madre me
recordaba casi cada día que ninguna mujer me querría jamás. Me decía que ninguna querría
estar conmigo. Bueno, si estaban muertas no tenían otro remedio. De esta manera sí que podría
obtener algunas muestras de cariño, ¿no?

El asesinato de los abuelos de Edmund Kemper

Odiaba a mi madre. Y no soportaba más la idea de seguir viviendo bajo el mismo techo que ella,
así que me escapé. Me fui en busca de mi padre, pero me llevé una enorme decepción al
enterarme de que se había vuelto a casar. Y no sólo eso, también tenía un hermanastro de la
noche a la mañana. No tardé mucho tiempo en salir de aquella casa. La verdad es que parecía
que no existiera en el mundo un lugar donde quedarme y poder vivir tranquilamente.

Acabé viviendo en casa de mis abuelos paternos y la convivencia no fue mejor. A finales de
agosto de 1964 tuve una fuerte discusión con mi abuela. Me recordaba a mi madre con ese afán
de dominación contante y humillación hacia los demás. Nos tenía capados a mi abuelo y a mi y
no soportaba la idea de haber salido de una cárcel emocional para meterme en otra.
Fui a por un rifle que tenía mi abuelo para cazar y sin inmutarme disparé en la cabeza de aquella
anciana. Me acerqué hacia su cadáver dando dos pasos más y volví a disparar sobre su espalda
un par de veces. La cocina se llenó de sangre en cuestión de segundos. Apoyé la culata en el
suelo y dejé caer mi cuerpo sobre la silla. Respiré.

Escuché como la camioneta de mi abuelo aparcaba delante de la casa y sacaba del vehículo dos
bolsas. Llegaba de hacer la compra. ¿Qué podía hacer? No creía que lo mejor fuese que viera
aquel dantesco espectáculo que había creado en cuestión de segundos. Me acerqué a la puerta y
la abrí. Mi abuelo me miró y me sonrió dándome la bienvenida, pero aquella sonrisa se
desvaneció al verme apuntarle con el rifle. Ni siquiera le dio tiempo a soltar las bolsas antes de
que la bala entrase en su cuerpo y se desplomase en la entrada misma.

Llamé a mi madre. No sé por qué lo hice pero llamé a mi madre. Yo quería quererla. Ella debía
de protegerme y cuidarme. Era mi madre. Le conté lo que acababa de hacer y tras un silencio
me dijo que llamase a la policía. Le hice caso y aguardé pacientemente hasta que vinieron a
detenerme. Yo sólo quería saber qué se sentía al matarla y acabar con esa actitud déspota. Al
abuelo lo maté para que no tuviera que presenciar aquello.

En aquel momento tenía 15 años y los psiquiatras decían que aquellos asesinatos eran algo
incomprensible para mi corta edad. Me diagnosticaron esquizofrenia. Vaya psiquiatras… qué
poco me costó convencerles de que estaba rehabilitado. Y digo rehabilitado porque ellos
pensaban que estaba enfermo, pero ni lo estaba, ni lo estoy ahora. Nunca he estado enfermo. De
hecho, las pruebas de inteligencia que me hicieron dieron una puntuación de 145 puntos. Muy
por encima de la media.

Mi actitud tranquila y sosegada, así como mi amable y educada forma de hablar, me llevaron a
ser un preso modelo. De hecho, por si no lo sabes… llegué a entender cuáles eran las variables
de aquellas escalas de comportamiento que los psiquiatras me hacían hacer y no sólo las pasé,
sino que además las perfeccioné y desarrollé otras tantas. Aprendí mucho con los depredadores
sexuales a los que yo mismo hice estas pruebas poniéndolas en práctica. Me dijeron que cuando
se violaba a una mujer, era mejor matarla después para no dejar pruebas.

El comienzo de mi carrera criminal: Big Ed, el asesino de colegialas

El 7 de mayo de 1972, me encontraba en el interior de mi Ford Galaxie que había aparcado


frente al apartamento donde vivía. Había alquilado una habitación con un compañero, pero las
dificultades económicas me hacían mantener relación todavía con mi madre. Parecía ser
imposible cortar cualquier tipo de relación con ella.

Afortunadamente ese día no estaba mi compañero, así que tenía barra libre para hacer lo que
quisiera en casa. Observé a mi alrededor y bajé del vehículo. Unos vecinos paseaban por la
acera y nos saludamos con un amable gesto y una forzada sonrisa disimulando complicidad.
Esperé a que se alejaran y abrí el maletero. Allí estaban Mary Ann Pesce y Anita Luchessa. Las
acababa de asesinar. Las apuñalé y las estrangulé.

Saqué a las dos chicas del coche y las metí dentro del apartamento. Una vez dentro, mantuve
relaciones sexuales con ambos cuerpos. Después, las desmembré y fui metiendo sus miembros
en bolsas de basura que abandonaría en un barranco. La siguiente víctima fue Aiko Koo, la
noche del 14 de septiembre de 1971, con la que hice exactamente lo mismo que con las otras
dos. La tercera víctima, Cindy Schall, murió a causa de un disparo el 7 de enero de 1973. Aquí
ya me había atrevido a utilizar un arma del calibre 22 que guardaba en mi Ford y me
acompañaba en cada aventura nueva que iniciaba. A Cindy la llevé hasta la casa de mi madre y
la metí en el armario de mi antigua habitación. No se dio cuenta. De hecho, al día siguiente se
fue a trabajar sin percatarse que había dormido toda la noche con un cadáver en el armario de su
hijo.
Por la mañana tuve relaciones sexuales con Cindy, después, retiré con cuidado la bala para
evitar que la policía tuviera una pista tan valiosa, desmembré sus extremidades y la decapité.
Enterré en el jardín el cuerpo, a excepción de la cabeza, que la mantuve conmigo durante varios
días para satisfacer mis fantasías sexuales.

El 5 de febrero de 1973 acababa de discutir, una vez más, con mi madre. Aquellas discusiones
me ponían enfermo y necesitaba salir para calmarme. La policía ya estaba en alerta y buscaba
sin cesar al que estaba arrebatando la vida de tanta chica joven. Afortunadamente no
sospechaban de mí, así que me sentía bastante tranquilo.

Se habían dado cuenta de que todas aquellas jóvenes tenían un punto en común: estaban
haciendo autostop. El consejo que dio es que ninguna se subiera a un vehículo que no tuviera el
logotipo de la Universidad de California, pero mi madre era empleada de aquella Universidad,
así que no me fue difícil hacerme con una.

Como iba diciendo, necesitaba salir para calmarme y fueron Rosalind Thorme y Allison Liu las
que recibieron un disparo cada una y se vinieron conmigo para volver a saciar mi sed. Esta vez
las decapité en el coche, mientras ingeniaba cómo iba a hacerlo mientras volvía a casa con ellas
en el maletero. Mantuve las cabezas en el Ford y llevé los cuerpos dentro de casa. Y sí, como te
estás imaginando… mantuve relaciones sexuales con ellas. A la mañana siguiente me deshice
de los cuerpos, pero no sin antes retirar las balas. Las balas eran algo valioso para la policía, al
igual que lo era la cabeza y las manos. Ahí está la mayor parte de la información para identificar
a una persona. La cabeza, en realidad, es donde está todo. Están los ojos, el cerebro, la boca…
Esa es la persona. Una vez me dijeron que cuando cortas una cabeza el cuerpo ya no significa
nada y tampoco es cierto del todo, ¿sabes? Queda mucho en el cuerpo de una niña sin cabeza.

El asesinato de Clarnell Strandberg, como Edmund Kemper mató a su propia madre

Había vuelto con mi madre. Era ya de noche y me acosté. Mi madre se había ido a una fiesta y
tenía pensado regresar algo tarde, así que no la esperé despierto. Sin embargo, escuché ruidos
que me sacaron de mi profundo sueño. Escuché como subía las escaleras y se metía en la
habitación. Me levanté de mi cama y me dirigí hasta su cuarto abriendo la puerta que había
dejado entornada.

Se había metido en la cama y había cogido un libro. Levantó la vista y me dijo <supongo que
querrás sentarte toda la noche y hablar ahora>. Yo la miré. Permanecí callado un par de
segundos y le dije <no, buenas noches>. Bajó la mirada y siguió leyendo. Entorné la puerta y
bajé hasta la cocina. Me senté durante unos minutos y después abrí el cajón donde guardaba los
cuchillos. Cogí uno. En el suelo, al lado de un pequeño armario que usábamos de despensa,
estaba la caja de herramientas. La abrí y encontré un martillo. Lo cogí. Subí las escaleras y vi
que ya no salía luz por el resquicio de la puerta de su habitación. Entré en silencio y lentamente.
Escuchaba su respiración profunda, lo que me indicaba que ya se había quedado dormida.
Afortunadamente entraba algo de luz de las farolas de la calle por la ventana y pude ver su
cabeza perfectamente. Alcé el martillo y lo bajé con toda la fuerza que mis 2,06 metros y mis
136 kilos me permitieron. Lo hundí en su cráneo. Se escuchó un golpe secó al partirse los
huesos. Dejé el martillo en la mesita. Era el turno del cuchillo. Hundí el filo sobre su cuello,
presionando hasta separar la cabeza de su cuerpo. Con la cabeza aún caliente, mantuve
relaciones sexuales y al acabar. La dejé sobre uno de los estantes de la estantería que tenía en la
habitación su madre. Fui hasta mi cuarto y rebusqué en uno de los cajones de un escritorio que
tenía y sí, allí estaban mis dardos. Volví a la habitación de mi madre y su cabeza se convirtió en
la diana perfecta. Me desahogué gritándole y diciéndole todo lo que había acumulado desde
pequeño mientras los dardos se clavaban por toda su cara. Después cogí su cabeza y la estrellé
contra la pared, lo que terminó de desfigurarla. Le corté la lengua y la laringe y las dejé caer
sobre el triturador de basura. Todo lo devoró, menos las cuerdas vocales que las expulsó.
Apropiado… tras todos los gritos que soporté durante tantos y tantos años.
Después de aquello, escondí a mi madre en el armario, salí a beberme unas copas y me crucé
con la mejor amiga de mi madre. Qué coincidencias… La invité a casa y ella aceptó, así que
cuando entró por la puerta lo primero que hice fue estrangularla. Luego la escondí también en el
armario. Ahora tenía una excusa para cuando las echaran de menos: ambas se habían ido de
viaje juntas. Pero en el fondo no lo soporté. Cogí mi Ford, tres pistolas y munición. Estuve
tomando pastillas de cafeína hasta llegar a Colorado y allí, tras levantar el teléfono confesé los
asesinatos de mi propia madre y su mejor amiga.

Me detuvieron y me enjuiciaron por los asesinatos. Soy un prisionero modelo. He participado en


entrevistas a lo largo de todos estos años que llevo en prisión porque quiero que quienes
estudian mentes como la mía entiendan qué me ocurre. No tengo pudor en hablar abiertamente
de cómo cometí mis asesinatos porque sé que puede ser beneficioso para que detengan a tiempo
a otros que quieren hacer lo mismo que yo.

Concedí las entrevistas para quienes me vieran y estuvieran lidiando con los sentimientos con lo
que yo lidié puedan pedir ayuda. No se tiene bajo control todo el tiempo, es como quien
empieza a fumar y cree que puede dejarlo cuando quiera pero en realidad, eso es mentira para la
mayoría de todos nosotros.

He tenido varias audiencias para concederme la libertad condicional. No puedo salir en libertad.
La sociedad no está preparada para que yo vuelva a ella y no les culpo en absoluto.

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