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Eduardo Rodríguez - Filosofía Práctica

El documento habla sobre la importancia de recuperar la capacidad de asombro que tenemos como niños. Explica que con el tiempo nos volvemos "mundanos" y perdemos esa apertura y disposición a la admiración. Propone que a través de la filosofía y alejándonos de la superficialidad podemos volver a ver el mundo con ojos de niño y apreciar los pequeños milagros de la vida cotidiana que damos por sentados.
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Eduardo Rodríguez - Filosofía Práctica

El documento habla sobre la importancia de recuperar la capacidad de asombro que tenemos como niños. Explica que con el tiempo nos volvemos "mundanos" y perdemos esa apertura y disposición a la admiración. Propone que a través de la filosofía y alejándonos de la superficialidad podemos volver a ver el mundo con ojos de niño y apreciar los pequeños milagros de la vida cotidiana que damos por sentados.
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RECUPERANDO LA CAPACIDAD DE ASOMBRO

Eduardo Daniel Rodríguez

“Filosofía práctica. Encuentros para repensar la vida” Ed. Epifanía. Bs. As. 2007 pág. 31-34

También nosotros fuimos niños alguna vez, pero eso quedó atrás y con ello se perdió esa capacidad innata
para el asombro, esa apertura al mundo, apertura dispuesta a la recepción y la escucha. He visto por allí, sin
demasiado rigor etimológico, asociar la palabra asombro a lo que se muestra sin sombra, entendiendo el prefijo “a”
como “negación de…” Así, asombro sería, por contraposición, lo que aparece a la luz, que se manifiesta, para ello
hay que estar dispuesto a recibir y mirar atentamente.

Más estricta es la noción de admiración… “Ad-mirar” como “mira atentamente hacia…” y si consideramos
que en latín el término mirandum se traduce por lo maravilloso o digno de admiración, podemos concluir que con
nuestra “pasiva actividad” de admirar estamos haciendo lugar a que, si estamos atentos, se nos muestre lo digno de
ser visto por ser maravilloso.

Esto los niños lo hacen sin saberlo, mucho más si los entrenamos para que mantengan viva estas
disposiciones como nos proponían Lipman, Sharp y Kohan. Pero y con nosotros, que ya henos revestido el ropaje
de la adultez, ¿Con nosotros qué pasa?

Volviendo a Gaarder, este nos afirma que la misión de la filosofía, según su entender es ponernos en un
estrecho contacto con este comodín que llevamos dentro y que para eso hay que sacudir el polvo que sobre nuestro
mundo se ha ido depositando con el tiempo, para recuperar aquella primera experiencia de cuando éramos niños y
antes de volvernos “mundanos”

El “polvo del tiempo” es como una pátina grasosa que todo lo sepulta y envejece. Como con esos hermosos
muebles de madera lustrada que se ocultan debajo de la suciedad que se fue depositando sin prisa, pero sin pausa.
Hace falta levantar la superficie oscura para dejar a la luz la veta original y el color natural de una madera que vuelve
entonces, de nuevo, a lucir su más rica entraña.

¡Qué difícil no volvernos “mundanos”! Si al menos conserváramos aquella oreja verde de la que hablaba
Gianni Rodari en el encuentro entre dos pasajeros que imagina en su poema Un signore maturo con un orecchio
acerbo (Un señor maduro con una oreja verde) De estos versos se vale Francisco Tonucci, ese importantísimo
pedagogo italiano contemporáneo que antes cité, para iniciar su obra Con ojos de Niño 1.

“… dígame, esa oreja verde ¿Le es de alguna utilidad?


Me contestó amablemente: Yo soy una persona vieja,
Pues de joven solo tengo esta oreja.
Es una oreja de niño que me sirve para oir
Cosas que los adultos nunca se paran a sentir:
Oigo lo que los árboles dicen, lo pájaros cantan
Las piedras, los ríos, las nubes que pasan;
Oigo también a los niños cuando cuentan cosas
Que a una oreja madura, parecen misteriosas”

1 Tonucci, Francesco. Con ojos de niño, Rei, Buenos Aires, 1991, pág. 21.
1
Pero esa oreja ya está sorda, aturdida por el ruido de la ciudad o la charlatanería superficial de la multitud,
seducida por la publicidad, saturada por la banalidad discursiva de los medios de comunicación. Es una oreja muy
madura, estamos viejos, ¡Sí! Ya lo estamos e incluso en la adolescencia, cuando nos hemos resignado o entregado o
sobreadaptado a un modelo que no muestra fisuras ni ofrece alternativas, salvo para el que las busca y las crea.

Gaarder nos advierte que no es el mundo el que envejece sino que somos nosotros quienes nos hacemos viejos.
Pero a la vez nos recuerda que:

“La capacidad de asombrarse ante la existencia es innata, pero debe cuidarse. Asombrarse ante la existencia
no es algo que se aprende; es algo que se olvida”2

He aquí el desafío de recuperar ese comodín que una vez fuimos y duerme dentro de nosotros y volver a ser
niños, cosa muy distinta de ser “infantiles”.

Por eso hay que dar un paso atrás, para tomar distancia del árbol que no deja ver el bosque y reorganizar
nuestras experiencias y vivencias actuales desde otra perspectiva.

Para que no nos pase lo de aquel extasiado, sin palabras, pero igual queriendo compartir su impresión
señalaba la luna a su interlocutor que quedó mirando el dedo, solo el dedo, cuando había todo un mundo por
descubrir.

Para que no nos olvidemos que el sol sale cada mañana, pero desgraciadamente no sale para todos sino para
un reducido grupo, el de aquellos que quieren verlo.

Ya termino este encuentro, pero con unas palabras prestadas de este enorme poeta y pensador argentino que
es Hugo Mujica:

“Esta experiencia, la originaria, la que originó mi vida, es lo que debemos recuperar: la esperoencia de haber
aparecido en la existencia es haberse recibido, de que somos la vida que se nos regaló, somos el regalo del ser.
Antes de que la sombra de la costumbre ensombreciera el asombro de vivir, antes de que el hombre olvide al niño,
existió la acción de gracias más básica: el asombro de estar vivos, El asombro ante la vida y sus dones: la apertura, la
profundidad más honda del corazón humano, lo que le hace ser más de lo que él es, lo que le hace ser lo que viene a
él. La apertura a través de la cual la vida me habita, me mana y rebasa, me expande y extiende.
Así la palabra gracias, la más simple y generosa de las palabras es la fórmula de exorcismo más poderosa: la que en la
opaca costumbre de vivir dando la vida por descontada, es capaz de encender el asombro de estar vivo. La vida es
celebración (…) La vida es don, y como tal, sin bordes, es generosidad; otra vez: gratuidad. Pero un don
condicionado al tamaño de la recepción, un don que se nos da tanto como nos abrimos a recibirlo”. 3

2 Gaarder, Jostein “Vivamos con asombro” pág. 105


3 Mujica, Hugo. El don más generoso” Relato en revista viva.
2

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