SELLO PLANETA
COLECCIÓN
FORMATO 15 x 23 cm
RÚSTICA
POR LA AUTORA DEL BESTSELLER INTERNACIONAL EL JARDÍN DE LAS MARIPOSAS SERVICIO
DOT HUTCHISON
PRUEBA DIGITAL
Rebecca Sorley es como cualquier otra estudiante de la
¿HASTA DÓNDE
VALIDA COMO PRUEBA DE COLOR
Universidad de Florida e intenta estar al día con sus estu- EXCEPTO TINTAS DIRECTAS, STAMPINGS, ETC.
dios y sus amigos, sobre todo con su compañera de habi-
tación, Ellie, muy propensa a buscarse problemas. Cuando DISEÑO 15/3 sabrina
el cadáver de uno de los alumnos aparece flotando en un
EDICIÓN
PUEDE LLEGAR LA
área infestada de caimanes, la universidad aconseja a los
estudiantes permanecer alejados de los reptiles. Sin em-
bargo, tras el hallazgo de un segundo cuerpo, la policía
tiene claro que no se trata de simples accidentes, pues los
dos jóvenes pertenecían a una fraternidad de reputación DOT HUTCHISON
JUSTICIA dudosa por el trato que da a las mujeres. es autora del bestseller internacional El jar-
dín de las mariposas, La temporada de los
niños perdidos, Los niños del verano y Las
CARACTERÍSTICAS
Las amigas de Ellie recuerdan que esta, en varias ocasio- rosas de mayo, además de A Wounded IMPRESIÓN
Name, una novela juvenil basada en Ham-
POR CUENTA
nes, había amenazado con matar a aquellos chicos que no
let de Shakespeare. Ha trabajado en un
PELIGRO PROFUNDO
aceptaran un «no» por respuesta y empiezan a sospechar campamento de boy scouts, una tienda de
de ella, porque es evidente que el asesino conoce muy artículos para manualidades, una librería y PAPEL
bien a sus víctimas y que está dispuesto a todo para prote- en la Feria Renacentista. Le encantan las
PLASTIFÍCADO
ger a las mujeres. tormentas eléctricas, la mitología, la histo-
PROPIA? ria y las películas que pueden y deben ver-
se una y otra vez.
UVI
RELIEVE
UN ASESINO ANDA SUELTO [Link]
Y NO ES QUIEN IMAGINAS. [Link]
BAJORRELIEVE
STAMPING
@DotHutchison
[Link]/DotHutchison FORRO TAPA
PVP 19,00 € 10296964 HICIERON ALGO TERRIBLE. UN VIGILANTE ANÓNIMO LES HARÁ PAGAR POR ELLO.
Diagonal, 662, 08034 Barcelona GUARDAS
[Link] Diseño de la cubierta: Caroline Teagle Johnson
Fotografía de la autora: © Arabella Blizzard
[Link] INSTRUCCIONES ESPECIALES
C_Peligro [Link] 1
R 21 mm 21/3/22 16:25
DOT HUTCHISON
PELIGRO PROFUNDO
Traducción de Graciela N. Romero
T-Peligro [Link] 3 23/3/22 9:31
Título original: Deadly Waters
© Dot Hutchison, 2020
© por la traducción, Graciela N. Romero, 2022
Título original: A Slow Fire Burning
© Editorial Planeta Mexicana, S.A. de C.V., 2022
© De esta edición, Editorial Planeta, S. A., 2022
© Paula Hawkins, 2021
Espasa es un sello editorial de Editorial Planeta, S. A.
© por la traducción, Aleix Montoto, 2021
Avda. Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona (España)
© Editorial Planeta, S. A., 2021
www.editorial.planeta.es
Avda. Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona (España)
www.planetadelibros.com
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Primera edición: mayo de 2022
ISBN: 978-84-08-25837-7
La página 479 es una extensión de esta página de créditos
Depósito legal: B. 5.681-2022
Composición: Realización Planeta
Primera edición: septiembre de 2021
Impresión y encuadernación: Romanyà Valls, S. L.
Segunda impresión: septiembre de 2021
Printed in Spain - Impreso en España
ISBN: 978-84-08-24636-7
Depósito legal: B. 11.071-2021
Composición: Realización Planeta
Impresión y encuadernación: EGEDSA
Printed in Spain - Impreso en España
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su
transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación
u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser
constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal).
Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún
fragmento de esta obra. Puede contactar con CEDRO a través de la web [Link] o por teléfono en
el 91 702 19 70 / 93 272 04 47.
El papel utilizado para la impresión de este libro está calificado
como papel ecológico y procede de bosques gestionados de manera
sostenible.
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De pequeña, mi abuela juraba que las luciérnagas sabían
cuándo se aproximaba una tormenta. Cuantas más luciér-
nagas había, cuanto más parpadeaban y brillaban, peor iba
a ser la tormenta. Nunca supe si de verdad lo creía o si solo
disfrutaba contándomelo.
Lo cierto es que se pueden creer cosas peores.
Ahora me cuesta dejar de pensar en lo mismo: mi
abuela meciéndose despacio en su porche trasero, rodea-
da por una nube de humo, mientras se fumaba sus dos
cajetillas diarias y me pedía con la voz quebradiza que
contara las luciérnagas en las tardes húmedas del verano.
Esta noche habrá tormenta, un chaparrón, de acuerdo con
mi teléfono, y el aire está cargado de humedad y luciérna-
gas; una primavera más cálida de lo normal ha adelantado
su llegada este año.
Cojo aire y siento cómo la densa humedad se desliza
hasta mis pulmones. La ropa empapada de sudor se me
pega al cuerpo con una sensación desagradable. A juzgar
por esta primavera, se avecina un verano largo y de lo más
caluroso. A estas horas de la noche, el área de descanso
está desierta; estamos demasiado cerca del pueblo para
que los viajeros decidan hacer una parada, e incluso los
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camioneros prefieren seguir por otra ruta. Puede que la
mayoría esté una o dos salidas al sur, en el Café Risqué, y
se acerquen aquí de madrugada en busca de prostitutas,
que saben dónde pueden esperar blancos fáciles. Pero da la
casualidad de que ahora hay un coche en el aparcamiento,
uno deportivo de dos puertas que parece demasiado caro
para estar aquí.
Está aparcado a buena distancia de los edificios, donde
no lo alcanza la tenue luz amarilla de las farolas. Hay un
par de luces más pequeñas a intervalos para que la gente
vea los pabellones y sepa que el espacio con hierba para
pícnics queda interrumpido por el hormigón y la madera
en ciertas partes, aunque no deben usarse por las tardes.
Esas luces están ahí para señalizar, no para iluminar. Por
suerte para mí (y por desgracia para la seguridad en gene-
ral), eso también significa que los pabellones no tienen cá-
maras de seguridad.
Me apoyo en el poste de madera y observo el bosque
que hay más allá del aparcamiento. Esta área de descanso
se construyó cerca de la cima de una montaña, pero no en
lo profundo del bosque; un canal los separa. Hay carteles
por todas partes que advierten que no hay que adentrarse
en el bosque, ya que la visibilidad es escasa y el terreno,
irregular. Algunos letreros tienen una frase añadida deba-
jo: CUIDADO CON LOS CAIMANES.
—Recuérdame por qué estamos aquí.
Me doy la vuelta hacia la voz y veo al chico ebrio tam-
baleándose por el camino. Al parecer, le cuesta un esfuer-
zo extraordinario mantenerse relativamente erguido. Pero
claro, ya estaba superborracho antes de ir a buscarlo con
una botella de vodka barato.
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—Aún nos falta un tramo en coche, cielo —le respon-
do—. Dijiste que necesitabas hacer una parada.
—Sí. —Me mira confundido bajo la luz de la luna, entre
las sombras—. Sí, necesito mear. Pero ¿por qué hemos ba-
jado hasta aquí?
—Los baños están cerrados por mantenimiento. —Se-
ñalo hacia el bosque con un movimiento de la mano—.
Eres un hombre. Te las puedes apañar con el plan B.
—¡Claro que sí! ¡A mear en el bosque se ha dicho!
—Casi parece que se esté animando. Podría ser gracioso,
pero sobre todo es triste; esta es la mejor conversación que
he tenido con él.
Jordan avanza con torpeza. Cuando el camino se con-
vierte en un montón de hierba entre el fango, se resbala,
cae a cuatro patas y se echa a reír.
—Mierda, se me va a llenar todo de barro. ¿Te importa?
—Creo que podremos lavártelo en mi casa —respondo.
—¿No quieres hacerlo ahora mismo?
—¿Que si quiero meterme en la boca barro y pis? Pues
no, la verdad. Vamos, cielo, haz lo que tengas que hacer en
los árboles y así podremos seguir con el resto de la noche.
Se vuelve a reír, pero se levanta y se adentra tambaleán-
dose en el bosque, más allá de la arboleda, hasta perderse
en las sombras. Cerca del suelo, unas luces rojizas demo-
niacas se reflejan en lo que parecen unos ojos, desaparecen
y vuelven a aparecer. Entre el crujido de los pasos de Jor-
dan y el quebrar de las ramitas logro escuchar un profun-
do croar, grillos cantarines y, de vez en cuando, el sonido
de un coche que se dirige al otro lado de la colina por la
carretera. En este silencio relativo, el ruido que hace su
cinturón es sorprendentemente estridente.
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Por suerte, un trueno que estalla sobre nosotros ahoga
el sonido de su orina y hace que mi cuerpo vibre con tal
fuerza que siento un cosquilleo que me recorre los dedos
de los pies dentro de mis zapatillas. Aún queda tiempo an-
tes de que rompa a llover; las nubes aún se concentran en
el sudoeste y tardarán en llegar a cubrir el cielo.
De pronto se oye un gruñido apagado, el crujido de un
hueso al romperse y un grito aterrado y lleno de dolor.
Tras sacar la pequeña linterna de mi bolsillo, la enciendo y
la apunto hacia los árboles. El alcance de la luz solo me
permite ver a Jordan cayendo al suelo y el centelleo berme-
jo de un par de ojos. El caimán se mueve pesadamente ha-
cia atrás, llevándose a Jordan hasta que lo pierdo de vista.
Sus gritos son entrecortados y tensos, pues el alcohol y el
susto atenúan su reacción.
Por lo general, la gente no corre mucho peligro con los
caimanes; esos bichos de cuatro patas nos tienen por lo
menos tanto miedo como nosotros a ellos. Hay más proba-
bilidades de que a los humanos nos muerda un tiburón que
un caimán. Pero es abril y los caimanes están más anima-
dos y hambrientos, ya que se acerca la temporada de apa-
reamiento y se les ha comenzado a quitar el sopor de los
meses de invierno. El año pasado también hubo problemas
con ellos en el canal, pero en invierno la gente se convenció
de que el peligro había pasado.
Por regla general, la gente no es muy inteligente, que
digamos.
Más gruñidos y unos cuantos bramidos se unen al coro
de gritos de Jordan, hasta que un repugnante sonido seco
seguido de un chapoteo acaba con los alaridos. ¿Y si Jor-
dan se ha golpeado la cabeza con una roca? Ni de broma
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T-Peligro [Link] 10 23/3/22 9:29
voy a ir a averiguarlo. Además de haber resultado muy ca-
lurosa, la primavera también ha sido húmeda; días y días
de lluvia que mantienen la humedad por las nubes y hacen
aflorar los nervios de algunos meteorólogos al pensar en la
temporada de huracanes. El agua del canal debe de ser lo
bastante profunda para que los caimanes puedan dejar el
cuerpo de Jordan pudriéndose ahí un buen tiempo.
Dato curioso: estos animales pueden morder pero no
masticar. Dejan que el agua descomponga la comida hasta
que esté lo bastante tierna como para poder arrancarle pe-
dazos y tragárselos enteros.
Mantengo la linterna fija en el punto en el que Jordan
ha desaparecido, y no porque crea que sirve para alejar a
los bichos, sino para poder ver si vienen hacia mí. Pero la
luz no revela el reflejo de ningún ojo ni logro ver escamas.
Es probable que pueda moverme sin peligro.
Me alejo del poste, y mientras me dirijo hacia el camino
principal, me tropiezo con algo en el suelo: las llaves de
Jordan.
He conducido yo hasta aquí porque él había bebido de-
masiado. Como medimos más o menos lo mismo, no ha
hecho falta que ajustara el asiento ni los espejos, y me he
ocupado de hacer desaparecer cualquier indicio de que
he estado en el coche antes de devolverle las llaves. Llevo el
pelo recogido en una gorra y, pese a lo tarde que es, el capó
de los coches se calienta tanto que llega a quemar; puede
que los guantes no sean el último grito pero son prácticos.
En más de un sentido. Hasta me he llevado la botella de
vodka en la mochila para deshacerme de ella más tarde, así
ningún policía intrépido podrá descubrir quién compró
esa marca en concreto durante los últimos días. Aunque
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T-Peligro [Link] 11 23/3/22 9:29
no serviría de mucho en la investigación; si bien la Univer-
sidad de Florida ya no está entre los diez campus con más
fiestas, se sigue bebiendo mucho y esta botella es de las
más baratas en la tienda.
Pero las llaves... Si se las devolví a Jordan, es por algo.
Es importante que parezca que condujo él mismo hasta
aquí. Incluso me he asegurado de aparcar peor que él. Y no
ha sido tarea fácil. Suelen multarlo con frecuencia por
ocupar dos plazas en los aparcamientos de la universidad
porque es un imbécil al que le importa más su coche tre-
mendamente caro que cualquier otra cosa. Por supuesto
que esa no es una razón para matarlo, pero sin duda es un
motivo para no tenerle piedad.
Recojo las llaves por el llavero para evitar que los dien-
tes se marquen en los delgados guantes de piel. Supongo
que podría lanzarlas al bosque con la esperanza de que pa-
rezca que se le cayeron del bolsillo durante el ataque. El
problema con eso es lograr que su ubicación encaje con la
ruta de la matanza, lo que implicaría acercarme al canal
más de lo que quisiera. Hago sonar las llaves con las manos
mientras valoro cada opción.
Tras un rato, vuelvo al coche y me detengo junto a la
puerta del conductor como si acabara de bajarme y de ce-
rrarla. Las llaves caen haciendo un sonido metálico sobre
el asfalto y, con una patada casi accidental, terminan me-
dio metidas bajo el coche. Al chico borracho se le cayeron
sus llaves. Perfecto.
Tengo que contener el impulso de silbar mientras camino
hacia el otro lado del aparcamiento, hasta la rampa que lleva
a la carretera interestatal, a buena distancia de las cámaras
situadas en el edificio principal. Espero a que pase un coche
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T-Peligro [Link] 12 23/3/22 9:29
solitario y luego cruzo corriendo los tres carriles hasta la cu-
neta. La suerte está de mi lado y no se acerca ningún coche
por el sentido contrario, así que puedo atravesar el resto de
los carriles sin detenerme. Cuando al fin llego al otro lado,
protegida por las sombras del área de descanso, y aún fuera
del alcance de las cámaras, me acuclillo y me quito la mochila.
Cuando me aceptaron en la universidad, mi padre y yo
nos pusimos a sopesar los pros y contras de intentar com-
prar un coche. Mi beca cubre casi todos los gastos acadé-
micos, pero los coches son caros. Incluso uno destartalado
sería un gasto importante teniendo en cuenta las repara-
ciones, el mantenimiento y la gasolina. Al final decidimos
que con la red de autobuses de Gainesville me sobraba,
así que me compré una bici. Eso sí, no una cualquiera; la
mía está diseñada para poder guardarse doblada, lo cual
la convierte en una opción perfecta para estudiantes que
disponen de poco espacio. Dos años y medio después, soy
capaz de abrirla con los ojos cerrados.
En menos de cinco minutos pedaleo por el arcén hasta
la próxima salida, que me lleva a los atajos que conducen a
casa. Los truenos que estallan en el cielo me provocan un
cosquilleo que me hace temblar. Cuando miro atrás, hacia
el área de descanso desierta, noto el destello de un relám-
pago en una nube, un brillante resplandor rosa y lila, aun-
que más que los colores en sí, solo se aprecia su reminis-
cencia, y se desvanece tan rápido como las manchas solares
que causa el sol a través de los párpados.
Es hermoso.
Mi abuela siempre contaba que las luciérnagas saben
cuándo va a llover. Sé que no es verdad, pero en una noche
como esta es fácil creerlo.
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