Neil Faulkner. De los neandertales a los neoliberales.
2012
LA REVOLUCIÓN AMERICANA
En 1764 los británicos que vivían en las Trece Colonias a lo largo de la costa oriental de Norteamérica se consideraban
súbditos leales del rey Jorge III. En 1788, por sus propias decisiones y acciones, se habían convertido en ciudadanos
libres de una nueva república forjada en la revolución y la guerra.
También cambiaron muchas otras cosas. Las Trece Colonias se convirtieron en un estado federal independiente. El rey
y el Parlamento habían sido barridos y en su lugar había un presidente, un Senado y una Cámara de Representantes.
Algunos ricos —leales que habían respaldado al rey— perdieron su fortuna. Otros, que en otro tiempo habían dirigido
sus negocios al modo de barones feudales, se encontraron con que sus arrendatarios ya no les trataban con deferencia.
Las mujeres —al menos algunas— habían ganado desenvoltura. Leían periódicos, creaban escuelas para educar a sus
hijas, se comportaban con «respeto hacia sí mismas», y preguntaban a sus maridos «patriotas»: «¿por qué no puedo
yo tener libertad?».
También para algunos negros las cosas comenzaron a ser diferentes. Los estados de Massachusetts y Vernon habían
abolido la esclavitud, y pronto otros siguieron su ejemplo. Los pocos miles de negros libres a lo largo del río Chesapeake
en 1776 se habían convertido en 60.000 en 1810.
El cambio no fue tan grande como podría haber sido; mucho menor, de hecho, de lo que muchos esperaban, ya que
la Revolución americana (1775-83) no fue solo una lucha por la independencia nacional entre las colonias y el imperio
británico; fue también una lucha entre diferentes tipos y condiciones de americanos, una lucha para determinar el
tipo de república por la que estaban combatiendo.
Los problemas comenzaron al final de la guerra de los Siete Años (1756-63). Los británicos habían derrotado a los
franceses y se apoderaron de su imperio en India y Canadá. Los colonos británicos en América habían desempeñado
un papel, formando milicias que habían combatido junto con los chaquetas rojas regulares para asegurar la frontera
occidental de las colonias. La victoria eliminó la amenaza francesa, y con ella la dependencia americana del apoyo
militar británico. También dejó al gobierno británico cargado de deudas de guerra y con la necesidad de elevar los
impuestos para pagarlas.
Los impuestos británicos sobre el comercio americano tenían tres propósitos: pretendían evitar impuestos más
elevados a los terratenientes británicos; proteger el comercio británico contra la competencia extranjera; y contribuir
a pagar las deudas británicas. En resumidas cuentas, la ley del azúcar (1764), la ley de sellos (1765), las leyes de
impuestos de Townshend (1767) y la ley sobre el té (1773) estaban destinadas a absorber la riqueza americana en
interés de la clase dominante británica. Si los colonos americanos hubieran seguido pagando, la consecuencia habría
sido el estancamiento económico y el subdesarrollo, y a ese peligro se contrapuso el famoso eslogan «ningún impuesto
sin representación». Los americanos, amenazados por los impuestos contra sus intereses, reivindicaron el derecho a
decidir por sí mismos. Entre 1764 y 1775 los esfuerzos británicos se vieron frustrados por la acción directa. Aunque
solo había tres millones de colonos dispersos en las Trece Colonias, y solo uno de cada veinte vivía en una ciudad, se
unieron en un movimiento masivo de resistencia que hizo imposible recaudar los impuestos británicos.
El movimiento se construyó mediante asambleas, manifestaciones, la quema de efigies y la erección de postes de la
libertad. Grupos multitudinarios hacían frente a los agentes de aduanas y a los soldados. Los posibles colaboradores
eran intimidados; los acontecimientos oficiales eran boicoteados; en algunos casos se destruyeron propiedades.
Los boicots fueron llevados a cabo por una multitud urbana militante de artesanos («mecánicos»), pequeños
comerciantes, granjeros e intelectuales disidentes. Los principales activistas se organizaron como «Hijos de la
Libertad». Había ramas en más de 15 ciudades, vinculadas por una organización de «corresponsales» entre las
colonias.
Esa pauta vertebró la resistencia, llevando a veces a choques sangrientos ante los que los británicos tenían que
retroceder. Pero en 1773, después de que todo un cargamento de té de la Compañía de las Indias Orientales fuera
arrojado al mar por cien activistas disfrazados como americanos nativos —el «Boston Tea Party»— los británicos
decidieron que había que ejercer la represión. Se envió al general Cage como gobernador de Massachusetts junto con
tropas para poner en vigor su autoridad y se aprobaron nuevas leyes (las «leyes intolerables») que ordenaban que los
activistas americanos fueran trasladados a Gran Bretaña para ser juzgados allí.
Un Congreso Continental al que acudieron representantes de las Trece Colonias decidió mantener el boicot al té. Se
autorizó a los comités locales el empleo de los medios necesarios para poner en práctica esta decisión y se movilizaron
milicias de colonos para respaldar el poder civil. El Congreso Continental estaba dominado por grandes terratenientes
y comerciantes, como lo estaban, al principio, la mayoría de los comités locales. Pero la «revolución de la elite» pronto
dio paso a «la revolución de las clases medias».
La revolución requiere una acción de masas que apoye las reivindicaciones radicales. Los propietarios tienen mucho
que temer. Muchos de ellos están vinculados al sistema económico existente y se aprovechan de él para sacar
beneficios. Todos temen que el pueblo llano, una vez alzado contra la autoridad política, se plantee cuestiones más
profundas sobre la totalidad del orden social. La estrategia de muchos propietarios consistía en mantenerse junto al
movimiento a fin de canalizar sus energías. Para el terrateniente y abogado de Nueva York Robert Livingston, era
cuestión de «nadar junto a una corriente que es imposible frenar» y ceder «al torrente» a fin de «dirigir su curso».
El Congreso, empujado a la revolución por la acción de masas desde abajo, había de hecho aprobado la construcción
de un nuevo aparato estatal. Cada ciudad debía ahora optar entre reconocer la autoridad de los consejeros, jueces,
aduaneros y oficiales de la milicia del rey, o los de los comités de boicot respaldados por el Congreso. La revolución
gira en torno a tales opciones. La «dualidad de poder» —dos autoridades rivales que reclaman cada una de ellas lealtad
política— obliga a todo el mundo a tomar una decisión, ya que no se puede ser leal simultáneamente a ambas.
Los primeros disparos se oyeron en Lexington el 19 de abril de 1775. Los chaquetas rojas británicos mataron a ocho
milicianos americanos e hirieron a otros diez tratando de apoderarse de las armas rebeldes almacenadas en Concord,
aunque al llegar allí descubrieron que ya se habían llevado las armas; a su regreso a Boston se vieron acosados por
docenas de milicianos y asediados en la propia ciudad. La guerra había comenzado.
Las milicias de colonos tuvieron pronto como complemento un Ejército Continental, financiado por el Congreso y bajo
el mando de George Washington, que se convirtió en la expresión militar de los embrionarios Estados Unidos. Los
milicianos defendían sus localidades, pero el Ejército Continental combatía en una guerra nacional.
Los británicos ganaron la mayoría de las batallas —las principales excepciones fueron la de Saratoga en 1777 y la de
Yorktown en 1781—, pero perdieron la guerra, en particular por tres razones: en primer lugar, la geografía favorecía
a los revolucionarios, ya que en las colonias americanas había grandes zonas deshabitadas, lo que imponía una pesada
carga logística a los británicos y ofrecía un terreno ideal a la resistencia guerrillera.
En segundo lugar, los colonos disfrutaban del fuerte y creciente apoyo francés —que al principio solo consistía en
abastecimiento de armas, pero que más tarde supuso una intervención militar a gran escala, tanto terrestre como
marítima. Los británicos tenían que hacer un gran esfuerzo para mantener sus operaciones al extremo de una línea de
abastecimiento marítima muy larga y vulnerable.
En tercer lugar, los revolucionarios se organizaron política y militarmente para una guerra total. El núcleo de la
resistencia lo constituían los «mecánicos», pequeños comerciantes y granjeros del interior, que llegaron a dominar los
comités y milicias locales. Los británicos solo controlaban el territorio ocupado por sus soldados. Los rebeldes, aunque
a menudo eran derrotados, siempre se podían retirar, recuperarse y volver a combatir.
La gente humilde cobró fuerza por su papel en la lucha. Combatían por lo que consideraban «derechos» y «libertades»
antiguas y heredadas, y por una «economía moral» en la que cada uno tenía un papel que merecía respeto y trabajaba
más para la comunidad que para su beneficio personal. Y también combatían por tener una representación en los
asuntos públicos, por una democracia radical donde pudieran votar tanto los pobres como los ricos.
Al final los nobles ideales de 1776 se diluyeron en los acuerdos de paz de 1788. La Declaración de Independencia de
1776 proclamaba que todos los hombres son creados iguales, con derechos inalienables entre los que destacan la vida,
la libertad y la búsqueda de la felicidad; pero la Constitución de 1788 consagró, no la democracia radical y la economía
moral, sino el derecho de propiedad, los mercados libres y una elite dorada de terratenientes, comerciantes y
banqueros. La revolución burguesa americana quedó pues inacabada, en este sentido y en otros. Por encima de todo,
la esclavitud seguía en pie y durante las décadas siguientes se expandió convirtiéndose en un sistema económico
inmensamente rentable. Menos de un siglo después de la revolución, más de 620.000 americanos morirían en un
conflicto aún mayor, la guerra civil, para hacer realidad la proposición proclamada en 1776 de que «todos los hombres
son creados iguales».
La revolución había establecido así el marco de referencia con respecto al que las futuras generaciones de
estadounidenses — hombres y mujeres, blancos y negros, ricos y pobres— contrastarían su estatus. Y no solo eso: en
su propio tiempo alzó el telón de una nueva época de la revolución mundial, ya que solo un año después de la
ratificación de la Constitución estadounidense el pueblo de París asaltó la Bastilla, derrotó un golpe militar e inició la
Revolución francesa.
Esta foto de Autor desconocido está bajo licencia CC BY-NC-ND
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