IV.
LA ADOLESCENCIA
La idea errónea de que el desarrollo mental concluye alrededor de los once o doce años y que la
adolescencia es simplemente una crisis temporal causada por la pubertad debe ser superada.
Aunque la maduración sexual durante la adolescencia puede generar desequilibrios temporales, es
crucial no limitar el análisis de esta etapa a estos aspectos.
La adolescencia no se reduce a meros desequilibrios temporales; debemos explorar las estructuras
generales del pensamiento y la vida afectiva en esta etapa, entendiendo que los desequilibrios
temporales son comunes en las transiciones del desarrollo psíquico.
A pesar de los desafíos temporales, las características distintivas de la adolescencia no solo
perturban, sino que también fortalecen el pensamiento y la afectividad, proporcionando un equilibrio
superior en comparación con la segunda infancia. Es esencial analizar la adolescencia no solo en
términos de sus perturbaciones momentáneas, sino también considerando las nuevas operaciones
mentales y el desarrollo afectivo, incluido el comportamiento social, que contribuyen a un equilibrio
más sólido en el pensamiento y la afectividad.
A. El pensamiento y sus operaciones
Durante la adolescencia, los adolescentes desarrollan sistemas y teorías abstractas que van más
allá de las realidades cotidianas. A partir de los doce años, experimentan un cambio crucial hacia el
pensamiento formal, marcando el fin de las operaciones concretas de la infancia. Antes de esta etapa,
los niños tienen dificultades para razonar sobre hipótesis o problemas verbales, dependiendo más
de la intuición. Con el pensamiento formal, el razonamiento se basa en hipótesis puras,
independientes de la observación real, representando un nivel superior de reflexión y marcando el
final del sistema de operaciones concretas en los últimos años de la infancia.
B. La afectividad de la personalidad en el mundo social de los adultos.
Durante la adolescencia, se desarrollan operaciones formales y la consolidación emocional a través
de la conquista de la personalidad y la integración en la sociedad adulta. La distinción entre el yo y
la personalidad se hace evidente, destacando que la personalidad surge de la sumisión del yo a
alguna disciplina. El desarrollo de la personalidad comienza en la infancia, pero se construye de
manera efectiva durante la adolescencia.
El adolescente entra en la sociedad adulta mediante la creación de proyectos y sistemas,
desarrollando un pensamiento hipotético-deductivo. Aunque descubre el amor, este se manifiesta a
menudo como una proyección ideal en un ser real. Los programas de vida de los adolescentes
superan lo real, centrándose en relaciones personales y en la reforma de la sociedad.
Las sociedades de adolescentes se caracterizan por discusiones y la búsqueda colectiva de
reformas. La verdadera adaptación a la sociedad se logra cuando el adolescente pasa de ser un
reformador a un realizador. La obra y el compromiso efectivo en la vida adulta restablecen el
equilibrio, pero la metafísica de la adolescencia y sus pasiones preparan para la creación personal y
la continuidad en la vida adulta.