“El fantasma de la mansión”
Una semana antes de que terminen las clases a nuestra madre se le rompió el auto y
teníamos que ir y volver caminando de la escuela. Un día, llegando a casa, vimos algo que nos
llamó la atención; una mansión aparentemente abandonada.
- Que extraña esa casa. - Comentó mi hermano, Pedro, cuando pasamos.
- Si, me da mala espina. - Contesté yo,
- Además, es muy raro, ¿cómo puede ser que tenga el pasto tan corto? -
- Si, tenes razón, rarisimo. - respondió Pedro mientras miraba la casa con curiosidad.
Después de un largo día de colegio, Pedro y yo decidimos elaborar un plan para explorar la
mansión abandonada.
Cuando volvíamos a nuestra casa, nos sentamos en la vereda para pensar, en el caminito de
baldosas que partía el jardín seco de la casa. El portón de hierro oxidado que daba al patio
estaba abierto y nos daba la bienvenida. En ese momento nos percatamos de algo, estábamos
siendo observados por una chica de aspecto espeluznante, era muy pálida y la piel traslúcida
hacía resaltar ese color enfermizo, como en los rostros de las geishas. En un abrir y cerrar de
ojos, se nos acercó.
- Hola, mi nombre es Adela. - Ante nuestras caras de sorpresa, agregó, -¿Ustedes quiénes
son? - Con duda por su repentino acercamiento, respondimos:
- Somos Pedro y Emma -, Pedro hizo una pausa y prosiguió: - Disculpanos, pero nos están
esperando en casa. -
Cuando finalmente llegamos a nuestro hogar, hablamos sobre aquella niña y se la
describimos a nuestros padres de esta forma; "tenía pecas, dientes amarillos, pelo fino,
rubio, y un muñon en el hombro, puesto que le faltaba el brazo izquierdo."
Y ambos llegamos a la conclusión de que la queríamos conocer a mayor profundidad, así que
al día siguiente pasamos por fuera de la estancia y nuevamente estaba allí, parecía que nos
estuviera esperando. Hablamos con ella y, de manera repentina, nos mostró una foto de su
supuesta casa, luego de observar detalladamente nos dimos cuenta que era igual a la casa
abandonada, solo que en un muy buen estado. Lamentablemente, ella no nos daba mucha
información.
Nos hicimos amigos de ella porque era como una princesa de suburbio, mimada en su
enorme chalet inglés insertado en aquel barrio gris de Lanús, tan diferente que parecía un
castillo. Claro, basándonos en lo que ella nos contaba, ya que por algún motivo siempre se
negaba a llevarnos a pasar la tarde con ella en su casa.
Un día, Adela incitó a Pedro a que la acompañara a entrar a la mansión abandonada, pero a
mi no me parecía, porque era muy peligroso.
- Adela tiene mi misma edad. - Insistía Pedro.
Finalmente, ellos quisieron que los acompañara, y yo acepté porque no quería dejarlos solos
en ese lugar tan tétrico y desconocido. En cuanto entre y avance unos pasos por la parte
exterior, tuve una mala sensación, hacía frío en ese jardín y el pasto parecía quemado. Todo
empeoró cuando entramos en la casa, sentí un zumbido que me ensordeció y me puse a
llorar. Además, Pedro gritó en la oscuridad y mi corazón latía tan fuerte que en ese momento
sentía que me faltaba el aire. Pero yo notaba a mi hermano, que me abrazaba los hombros y
no me soltaba. En ese momento me di cuenta que ese grito no era de él.
Entonces, ¿de quién era ese grito? Ahí note, que la que gritaba era Adela, y entendí que ella
no existía, no había forma de que ella hubiera aparecido tan rápido enfrente nuestro cuando
la conocimos, ni de que hubiera logrado gritar tan exactamente igual a mi hermano. Era un
fantasma, y eso explicaba su aspecto enfermizo, su color que parecía traslúcido, todo
encajaba.
En cuanto a Adela, gritaba y gritaba mientras nosotros intentábamos escapar, llorando y con
la cara completamente pálida. Cuando por fin salimos solo corrimos sin palabras en la
garganta ni la valentía para hablar sobre lo ocurrido. Ya estando en casa solo nos mirábamos
con el trauma escrito en nuestra mirada y sin decir nada.
Desde entonces, todos los días y casi todas las noches vuelvo a esa noche lluviosa.
Poco tiempo después fuimos de vacaciones, pero yo noté muy raro a Pedro, una noche me di
cuenta que escribía algo, como una nota. Siempre viviré con el arrepentimiento de no
preguntarle qué era ni si estaba bien. En esas mismas vacaciones, él se suicidó.
Ese trágico día, él dejó una nota para mi, en la que me confesaba que en sus pesadillas estaba
Adela, veía cosas horribles y me contaba que su muerte sería en las vías del tren, en las que
supuestamente volveríamos a casa. Cuando leí la nota, corrí inmediatamente a las vías, pero
ya era demasiado tarde, para cuando llegué, solamente había quedado de él ese costillar a la
vista y su cuerpo destrozado. Tuve que afrontar los primeros días sola, ya que mis padres
estaban de vacaciones en la costa cuando se tiró bajo el tren.
Actualmente, paso varias veces enfrente de la casa de Adela, y aunque lo he pensado, no me
animo a entrar. Hay una pintada sobre la puerta que me mantiene afuera. "Acá vive Adela, la
niña maldita, ¡cuidado!". Y, cuando pasó, solo recuerdo a mi hermano, su mirada y el miedo
que sentí en aquella casa, con esa niña que parecía no esconder nada, esa horrible noche
aprendí que las apariencias engañan y que nunca debimos entrar allí ni mucho menos haber
confiado en ella.
Delfina Aguirre.
Martina Reguera.
Giuliana Pardal.