Extracción Libro “Medicina ancestral y epigenética” de Florencia Dafne Raele
MITOCONDRIAS SUPERPODEROSAS
Las mitocondrias son organelas que se encuentran en cada una de tus
células. Hay entre 80 y 2000 en cada una de ellas, dependiendo del tejido
del que hablemos. En ciertos órganos de gran demanda energética como
el cerebro, la retina, los músculos, los riñones y el corazón, podemos
encontrar hasta 10 000.
Producen el 90 % de la energía requerida por el organismo para realizar
todas las funciones vitales, desde un simple movimiento muscular, la
reparación celular, la detoxificación, etc.
Dentro de ellas se lleva a cabo la respiración celular, el proceso mediante
el cual se obtiene energía (en presencia de oxígeno) a través de los
nutrientes que obtenemos de los alimentos. Cada tejido utiliza después
esa energía para realizar su función específica.
Como si fuera poco, además de ser las responsables de mantenernos con
vida al darnos energía, las mitocondrias cumplen muchas otras funciones
fundamentales:
Intervienen en la señalización, el crecimiento y la diferenciación celular.
Juegan un papel crítico en la apoptosis, la muerte celular programada
que se produce en nuestro organismo como mecanismo eficiente para
deshacerse de las células disfuncionales.
La disfunción mitocondrial es considerada hoy en día la causa de varias
enfermedades muy prevalentes, ya que una mitocondria disfuncional no
puede producir energía de forma eficiente, produce un exceso de
radicales libres que afectan directamente nuestro ADN y provoca una
reacción en cadena que afecta a todo lo que los rodea.
ALGUNAS DE LAS ENFERMEDADES RELACIONADAS CON
LA DISFUNCIÓN MITOCONDRIAL SON:
Cáncer
Enfermedad de Alzheimer
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Distrofia muscular
Autismo
Diabetes
Cardiomiopatía, aterosclerosis, enfermedad cardiovascular
Epilepsia/convulsiones
Bipolaridad, depresión, esquizofrenia y otras enfermedades
psiquiátricas.
Enfermedades reumatológicas/neurodegenerativas/autoinmunes
(esclerosis múltiple/fibromialgia).
ADD (síndrome del déficit de atención).
Degeneración macular, cataratas y ceguera.
Alteraciones en el aprendizaje y en el habla.
Falla hepática/renal.
Disminución de la audición.
El deterioro de la función mitocondrial es algo que sucede naturalmente
como consecuencia del envejecimiento: se estima que desde los 30 a los
70 años, se reduce en un 50 %. Pero esta disfuncionalidad puede
potenciarse por varios factores:
Deficiencias nutricionales: por el aumento en el consumo de productos
ultra procesados escasos en nutrientes (altos en hidratos de carbono,
aceites refinados inflamatorios y azúcares, bajos en grasas saludables y
fibras). Vivimos en una sociedad sobrealimentada y malnutrida.
Alteraciones hormonales (que veremos en detalle en el capítulo de
#HORMONAS). Alteraciones en el ritmo circadiano. Comer y dormir en
horarios no propicios y en cantidades inadecuadas.
Estrés. Sedentarismo o ejercicio inadecuado. Comodidad térmica
(desacostumbrarse a pasar frío o calor debido al uso de
calefacción/refrigeración excesiva). Intoxicación (alimenticia y
ambiental). Carencia de oxígeno (que depende de nuestra capacidad
pulmonar, nuestro sistema circulatorio y del ambiente al cual nos
exponemos). Inflamación generalizada (muchas veces como
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consecuencia de los otros factores nombrados).
Lo curioso de la disfunción mitocondrial es que puede no presentar
síntomas notorios característicos o manifestarse como una enfermedad
propiamente dicha, sino como síntomas que cualquier persona puede
atribuir a la edad, al envejecimiento o al cansancio; estos pueden
presentarse simplemente como fatiga crónica, alteraciones en el humor,
altibajos emocionales, atracones, etc.
La buena noticia es que las mitocondrias no son estáticas: se encuentran
en proceso de crecimiento, muerte y renovación constantemente. Por lo
tanto, para prevenir la enfermedad y el envejecimiento prematuro,
mejorar el rendimiento, aumentar tus niveles de energía y gozar de
mejor salud, es imprescindible aumentar el número de mitocondrias (lo
que llamamos “biogénesis mitocondrial”) y mejorar su funcionalidad. De
esta forma nos garantizamos que cada una de tus células reciba lo
necesario para funcionar de forma óptima.
Esto se logra a través de distintas estrategias que iremos viendo en este
capítulo y a lo largo de todo el libro:
Optimizar la nutrición y la correcta absorción de nutrientes.
Mantener una microbiota saludable.
Estabilizar las hormonas.
Evitar la toxemia y potenciar los sistemas naturales de detoxificación.
Restablecer los ritmos circadianos.
Mejorar el sueño y el descanso.
Exponernos a niveles de estrés controlado (hormesis): ejercicio,
restricción calórica/ayunos, exposición al frío/calor.
Mejorar la circulación y la oxigenación.
DISFUNCIÓN MITOCONDRIAL Y SU RELACIÓN
CON EL CÁNCER
Hace unos años se pensaba en el cáncer como una enfermedad
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puramente genética: se la atribuía a simples mutaciones en la
información genética que derivaban en la replicación celular
descontrolada de células “enfermas”. Las investigaciones se centraban en
descifrar estas mutaciones con el objetivo de desarrollar medicamentos
con el fin de prevenirlas… pero los resultados fueron bastante
decepcionantes, ya que las mutaciones reveladas no seguían
patrones específicos y, por lo tanto, no podían establecerse puntos
blancos de acción terapéutica.
Hoy en día, los investigadores proponen un nuevo enfoque, ya que a
pesar de la variabilidad genética que nos caracteriza, todos los cánceres
comparten una característica común: el daño mitocondrial.
Como vimos anteriormente, las mitocondrias juegan un papel
fundamental en la apoptosis (muerte celular programada). Por lo tanto,
si la mitocondria es disfuncional, esta muerte no se produce y las células
se replican sin una adecuada regulación.
Una característica de las células cancerígenas es que solo pueden
metabolizar glucosa como fuente de combustible (pierden la flexibilidad
metabólica); esto se aprecia fácilmente en un estudio PET scan, al
visualizar cómo al inyectarle glucosa a un paciente oncológico, se localiza
el tumor según el consumo de glucosa: lo que demuestra la gran avidez
de las células cancerígenas por el azúcar. Esto se conoce como “efecto
Warburg”.
El efecto Warburg postula que la carcinogénesis (inicio del cáncer)
deriva de una respiración celular defectuosa causada por un daño en las
mitocondrias. Explicado de manera simple: la célula puede obtener
energía de dos formas distintas, una es a través de la respiración (que se
lleva dentro de la pared de la mitocondria) y otra es a través de la
fermentación.
La respiración (fosforilación oxidativa) requiere de la presencia de
oxígeno y glucosa, para dar como resultado 36 moléculas de ATP (unidad
de energía celular) por cada molécula de glucosa.
La fermentación, por el contrario, se produce en el citoplasma celular, en
ausencia de oxígeno, utilizando glucosa como fuente de combustible y
dando tan solo 2 moléculas de ATP por molécula de glucosa.
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Las células cancerígenas se caracterizan por preferir la glucólisis
anaeróbica (fermentación), aun en presencia de oxígeno, derivando en
un metabolismo energético muy disminuido. Es por esto que este nuevo
enfoque postula que el cáncer es una enfermedad metabólica, porque sus
células pierden la flexibilidad metabólica y no pueden “quemar grasa”,
dependen exclusivamente de esta vía poco eficiente a nivel energético.
Hablaremos en detalle de la flexibilidad metabólica en breve.
#FLEXIBILIDADMETABÓLICA
“A PESAR DE LA
VARIABILIDAD GENÉTICA,
TODOS LOS CÁNCERES
COMPARTEN UNA
CARACTERÍSTICA COMÚN:
“EL DAÑO MITOCONDRIAL”
CÓMO RECUPERAR TU FUNCIÓN MITOCONDRIAL
Para entender un poco sobre cómo restablecer la función mitocondrial,
es importante mencionar dos vías de señalización celular que posee
nuestro organismo (mTOR y AMPK).
La mTOR es una proteína relacionada con el anabolismo: el crecimiento y
el desarrollo.
La AMPK, por el contrario, se relaciona con el catabolismo: el reciclaje y
la autofagia.
La autofagia es un mecanismo natural regulado por el cual la célula
degrada o recicla componentes celulares, y es fundamental para la
renovación celular.
Estas dos vías son necesarias pero requieren de una homeostasis
(equilibrio) perfecta. Una expresión excesiva de la mTOR inhibe la vía
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AMPK y puede generar una autofagia deficiente, un desarrollo celular
desenfrenado y, como consecuencia, el desarrollo de varias
enfermedades como el cáncer, la diabetes o el envejecimiento
prematuro. La estimulación de la AMPK, por el contrario, aumenta la
biogénesis mitocondrial y mejora la sensibilidad a la insulina.
Si nos ponemos a analizar las condiciones en las cuales vivimos hoy en
día y las comparamos con las de nuestros ancestros, veremos que
muchas cosas cambiaron. El desarrollo de la tecnología, la
industrialización y el avance de la medicina nos alejaron de nuestras
necesidades biológicas básicas.
Ellos estaban enfrentados constantemente con la adversidad (que como
verán en el cuadro son los verdaderos estímulos para la biogénesis
mitocondrial): pasaban largos períodos sin comer, se exponían a
temperaturas extremas, luchaban y cazaban con el fin de conseguir
alimento. El refugio, el abrigo, el alimento y el descanso eran realmente
placeres que se obtenían con esfuerzo.
Hoy en día sucede todo lo contrario: la comida está al alcance de todos en
todo momento y la calidad dista mucho de la comida real que ellos
consumían. El ser humano busca constantemente la comodidad, el placer
inmediato: no pasar ni mucho frío ni mucho calor, no cansarse o moverse
para trasladarse. Esta falta de adversidad nos lleva a ser cada vez más
débiles. A pesar de que evolucionamos como especie, nuestra biología y
sus necesidades siguen siendo las mismas. No estamos diseñados para la
abundancia en la cual estamos inmersos.
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La hormesis es cualquier proceso en una célula u organismo que
presenta una respuesta bifásica ante un estímulo y el incremento de su
exposición. Cuando se administra la “dosis hormética” ideal, hay una
respuesta biológica favorable.
El concepto de hormesis describe cómo nuestro cuerpo está diseñado
para responder ante ciertos estímulos ambientales; estos estímulos
estresantes deben estar presentes en la cantidad precisa para no generar
un daño (estrés excesivo) ni producir un efecto nulo (si es insuficiente).
Pequeñas dosis de un estrés controlado pueden desarrollar en nosotros
la
capacidad de resistir mejor a él en situaciones futuras.
Un ejemplo es el ejercicio físico: un daño controlado que culmina en la
reparación/crecimiento muscular y por el cual podemos obtener
grandes beneficios. Sabemos que tanto un estímulo deficiente como uno
demasiado intenso pueden resultar perjudiciales para la salud. Se
requiere de la dosis hormética ideal.
Nuestra biología no está diseñada para estar en constante situación de
confort: necesitamos de estos estímulos para volvernos más fuertes.
Debemos buscar la dosis de estrés perfecta, saliendo de la zona de
confort, para generar resiliencia.
Desde ya que no pretendemos remontarnos a vivir exactamente como
vivían los hombres de las cavernas, pero sí podemos aprender de ellos,
ya que son el reflejo de nuestra biología más innata. A continuación,
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veremos cómo introducir dosis horméticas de estresores ancestrales en
nuestra vida moderna con el fin de aumentar la biogénesis mitocondrial.
Hablaremos de:
a) Ritmos circadianos.
b) Ayuno y restricción calórica.
c) Dieta cetogénica.
d) Exposición al frío y al calor.
e) Ejercicio.
f) Exposición a la suciedad y conexión con la naturaleza.
EXPOSICIÓN AL FRÍO Y AL CALOR
Como vimos, la hormesis es un proceso en el cual se expone al cuerpo a
una breve circunstancia de estrés; esta exposición desencadena una serie
de adaptaciones fisiológicas con el fin de volvernos más resilientes al
estresor en caso de que vuelva a presentarse.
La hormesis es una de las formas más eficaces para aumentar la
biogénesis mitoncondrial; el ayuno intermitente, el ejercicio, la
exposición al frío o al calor y la hipoxia son algunas de las prácticas que
lo logran. Ya hablamos de ayunos, ahora hablaremos del resto.
El ser humano busca constantemente satisfacción, y en lo que se refiere a
la temperatura, es pequeño el rango que toleramos y al cual nos
exponemos a diario; el abrigo, las viviendas, el aire acondicionado y las
estufas son algunas de las comodidades que hoy disponemos para estar
la mayor parte del día en una situación de confort absoluta.
Una vez más dejamos de tener contacto con esa adversidad o
variabilidad tan necesaria para optimizar nuestras funciones biológicas,
y así perdimos la capacidad innata de autorregularnos.
Exponerse regularmente a fluctuaciones extremas de temperatura es una
herramienta útil y fundamental para lograr la salud, prevenir la
enfermedad y aumentar la longevidad.
Existen dos tipos de grasa: la grasa parda o brown adipose tissue (BAT) es
un tipo de tejido adiposo presente en mamíferos con características muy
particulares que la diferencian de la grasa blanca; esta tiene una función
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primordialmente de reservorio de energía.
La función principal de la grasa parda, en cambio, es la termogénesis: la
producción de calor en respuesta a temperaturas frías para mantener la
temperatura del cuerpo estable; se la llama “parda” por su característico
color marrón, debido a una mayor vascularización.
Lo interesante de esta grasa es que puede generar energía,
independientemente de los sistemas energéticos convencionales,
utilizando la grasa blanca y la glucosa como energía para generar calor a
través del metabolismo mitocondrial.
En la mayoría de los casos se requiere de ejercicio o restricción calórica
para consumir primero la glucosa en sangre y el glucógeno almacenados,
para luego pasar a oxidar grasa como combustible. La grasa parda oxida
grasas directamente; es un tejido metabólicamente muy activo, por eso,
en ella abundan las mitocondrias.
Esta grasa está presente en nosotros desde que nacemos,
fundamentalmente en la zona del cuello y torso, una característica que
nos permite mantener una temperatura cálida en nuestros primeros
años de vida, pero que con el pasar de los años disminuye.
Tanto el ejercicio, el ayuno y la exposición al frío son prácticas que
“activan” esta grasa y pueden incluso aumentarla, acelerando nuestro
metabolismo y aumentando nuestro gasto calórico diario.
TERMOGÉNESIS INDUCIDA POR EL FRÍO (COLD
THERMOGENESIS) O CRIOTERAPIA
La termogénesis inducida por el frío es una terapia que expone al
organismo a temperaturas muy bajas con el fin de generar un estímulo
hormético y que el cuerpo produzca calor para equilibrar su
temperatura.
Veamos primero sus beneficios:
Fortalece las articulaciones y alivia los dolores osteoarticulares.
Promueve la longevidad al inducir la autofagia.
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La vasoconstricción/vasodilatación de los cambios de temperatura
generados optimizan la función del sistema circulatorio mejorando la
circulación general.
Aumenta la liberación de óxido nítrico en los capilares sanguíneos, que
ejerce efectos de recuperación y regeneración de tejidos mejorando la
eficiencia cardiovascular, el desempeño en el entrenamiento y las
funciones
cognitivas superiores.
Induce la producción de tejido adiposo marrón, que mejora la
sensibilidad a
la insulina y reduce el riesgo de diabetes y otras enfermedades crónicas.
Aumenta el metabolismo basal al inducir el BAT, aumentar la biogénesis
mitocondrial/consumo de oxígeno y regular los niveles de insulina en
sangre.
Optimiza el consumo de grasa y glucosa por el tejido musculoesquelético
al aumentar la cantidad de adiponectina, que es una citoquina secretada
por el tejido adiposo que regula el metabolismo energético, estimula la
oxidación de ácidos grasos, reduce los triglicéridos plasmáticos y mejora
el metabolismo de la glucosa mediante el aumento de la sensibilidad a la
insulina.
Optimiza la función y fuerza muscular.
Aumenta la producción de norepinefrina logrando mayor foco y
atención, razón por la cual disminuye el riesgo de sufrir de patologías
neurodegenerativas.
Reduce síntomas de depresión/ansiedad y trastornos del ánimo.
Disminuye el tiempo de recuperación de lesiones.
Reduce la inflamación y el estrés oxidativo celular.
Fortalece el sistema inmune.
Aumenta el tono del nervio vago (fundamental para estimular el sistema
parasimpático). Veremos esto más adelante. #NERVIOVAGO
Algunos métodos para exponerse al frío son:
Mantener la temperatura de la casa baja/templada.
Aplicar bolsas de hielo o geles fríos en superficies grandes,
fundamentalmente cerca del cuello/pecho.
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Tomar duchas de agua helada o alternar entre frío/calor.
Sumergir la cara en un bol con agua helada y hielo.
Sumergirse en una pileta con hielo (ir aumentando la duración y la parte
expuesta con el tiempo).
Sumergirse en el mar o en un río con temperaturas frías.
Hacer ejercicio al aire libre en invierno.
Utilizar geles criógenos (que pueden untarse en el cuerpo y cubrirse
posteriormente con papel film para potenciar su efecto).
Caminar descalzo sobre la nieve.
Está contraindicado en niños, embarazadas y personas que sufren de
hipertensión arterial o condiciones cardíacas (insuficiencia cardíaca,
arritmias, etc.).
ADVERTENCIA
Los protocolos de crioterapia deben practicarse con prudencia
realizando exposiciones cortas al principio y aumentándolas
paulatinamente a medida que el organismo se vaya adaptando.
Pueden comenzar terminando sus duchas con agua fría durante 15
segundos, e incrementar este tiempo con el pasar de los días. No tiene
por qué practicarse todos los días, pueden realizar esta práctica
esporádicamente.
No utilizar esta terapia apenas terminen de realizar ejercicio físico
intenso. El ejercicio físico es un tipo de estímulo hipertérmico y sus
efectos serán aplacados si los compensan con frío.
WIM HOF, “EL HOMBRE DE HIELO”
Wim Hof es un atleta alemán conocido por su resistencia a
sorprendentes bajas temperaturas. Lleva años realizando prácticas
extremas y autosuperándose, lo que lo llevó a adquirir —entre miles de
logros— nada más y nada menos que 23 récords Guinness.
Algunos de sus logros más conocidos son:
Correr medio maratón (21 k) por el círculo polar ártico descalzo y con
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pantalones de deporte.
Nadar 66 metros debajo del hielo.
Subir las montañas más altas del mundo como el Kilimanjaro y el Everest
sin respiración asistida y vistiendo pantalones cortos.
Correr una maratón por el desierto de Namibia sin beber líquidos.
Quedarse en un contenedor lleno de hielo por más de 110 minutos.
El atleta atribuye su poder de autorregular la temperatura del cuerpo a
unas técnicas de respiración que utiliza, lo que hoy en día es conocido
como “el método Wim Hof” (que combina frío y respiración). Hof asegura
que cualquier persona puede hacer lo que él hace, que nacemos con esa
capacidad, pero debemos entrenarla.
Sus técnicas se han hecho muy populares y se están utilizando para
tratar todo tipo de enfermedades.