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Shirorinti Rimac

Este documento describe varios aspectos de la religión en el Tahuantinsuyo. 1) La religión incaica carecía de poder espiritual para resistir al evangelio cristiano debido a su enfoque en lo material y colectivo en lugar de lo espiritual. 2) La religión incaica estaba estrechamente ligada al estado y la política, por lo que no pudo sobrevivir a la caída del imperio inca. 3) Los elementos naturales como el animismo, la magia y los tabúes son más importantes de estudiar que la mitología embr

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Shirorinti Rimac

Este documento describe varios aspectos de la religión en el Tahuantinsuyo. 1) La religión incaica carecía de poder espiritual para resistir al evangelio cristiano debido a su enfoque en lo material y colectivo en lugar de lo espiritual. 2) La religión incaica estaba estrechamente ligada al estado y la política, por lo que no pudo sobrevivir a la caída del imperio inca. 3) Los elementos naturales como el animismo, la magia y los tabúes son más importantes de estudiar que la mitología embr

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FACTORES DE LA RELIGION

RELIGION DEL LA TAHUANTINSUYO

Han tramontado definitivamente los tiempos de apriorismo anticlerical, en que la

crítica "librepensadora" se contentaba con una estéril y sumaria ejecución de todos los

dogmas e iglesias, a favor del dogma y la iglesia de un "libre pensamiento" ortodoxamente

ateo, laico y racionalista. El concepto de religión ha crecido en extensión y profundidad. No

reduce ya la religión a una iglesia y un rito. Y reconoce a las instituciones y sentimientos

religiosos una significación muy diversa de la que ingenuamente le atribuían, con radicalismo

incandescente, gentes que identificaban religiosidad y "oscurantismo".

La crítica revolucionaria no regatea ni contesta ya a las religiones, y ni siquiera a las

iglesias, sus servicios a la humanidad ni su lugar en la historia. Waldo Frank, pensador y

artista de espíritu tan penetrante y moderno, no nos ha asombrado, por esto, cuando nos ha

explicado el fenómeno

norteamericano descifrando, atentamente, su origen y factores religiosos. El Pioneer,

el puritano y el judío, han sido, según la luminosa versión de Frank, los creadores de los

Estados Unidos. El Pioneer desciende del puritano: más aún, lo realiza. Porque en la raíz de

la protesta puritana, Frank distingue principalmente voluntad de potencia. "El puritano

escribe había comenzado por desear el poder en Inglaterra: este deseo lo había impulsado

hacia la austeridad, de la cual había pronto descubierto las dulzuras. He aquí que descubría

luego un poder sobre sí mismo, sobre los otros, sobre el mundo tangible. Una tierra virgen y

hostil demandaba todas las fuerzas que podía aportarle; y, mejor que ninguna otra, la vida

frugal, la vida de renunciamiento, le permitía disponer de esas fuerzas”.


El colonizador anglosajón no encontró en el territorio norteamericano ni una cultura

avanzada ni una población potente. El cristianismo y su disciplina no tuvieron, por ende, en

Norteamérica una misión evangelizadora. Distinto fue el destino del colonizador ibero,

además de ser diverso el colonizador mismo. El misionero debía catequizar en México, el

Perú, Colombia, Centroamérica, a una numerosa población, con instituciones y prácticas

religiosas arraigadas y propias.

Como consecuencia de este hecho, el factor religioso ofrece, en estos pueblos,

aspectos más complejos. El culto católico se superpuso a los ritos indígenas, sin absorberlos

más que a medias. El estudio del sentimiento religioso en la América española tiene, por

consiguiente, que partir de los cultos encontrados por los conquistadores. La labor no es fácil.

Los cronistas de la Colonia no podían considerar estas concepciones y prácticas religiosas

sino como un conjunto de supersticiones bárbaras. Sus versiones deforman y empañan la

imagen del culto aborigen. Uno de los más singulares ritos mexicanos -el que revela que en

México se conocía y aplicaba la idea de la transubstanciación- era para los españoles una

simple treta del demonio.

Pero, por mucho que la crítica moderna no se haya puesto aún de acuerdo respecto a

la mitología peruana, se dispone de suficientes elementos para saber su puesto en la

evolución religiosa de la humanidad.

La religión inkaica carecía de poder espiritual para resistir al Evangelio. Algunos

historiadores deducen de algunas constataciones filológicas y arqueológicas el parentesco de

la mitología inkaica con la indostana. Pero reposa en similitudes mitológicas, esto es

formales; no propiamente espirituales o religiosas. Los rasgos fundamentales de la religión

inkaica son su colectivismo teocrático y su materialismo. Estos rasgos la diferencian,

sustancialmente, de la religión indostana, tan espiritualista en su esencia.


Sin arribar a la conclusión de Valcárcel de que el hombre del Tawantinsuyo carecía

virtualmente de la idea del "más allá", o se conducía como si así fuera, no es posible

desconocer lo exiguo y sumario de su metafísica. La religión del quechua era un código

moral antes que una concepción metafísica, hecho que nos aproxima a la China mucho más

que a la India. El Estado y la Iglesia se identificaban absolutamente; la religión y la política

reconocían los mismos principios y la misma autoridad. Lo religioso se resolvía en lo social.

Desde este punto de vista, es evidente entre la religión del Inkario y las de Oriente la misma

oposición que James George Frazer constata entre éstas y la civilización greco-romana.

La sociedad, en Grecia y en Roma -escribe Frazer- se fundaba sobre la concepción de

la subordinación del individuo a la sociedad, del ciudadano al Estado; colocaba laseguridad

de la república, como fin dominante de conducta, por encima de la seguridad del individuo,

sea en este mundo, sea en el mundo futuro. Los ciudadanos, educados desde la infancia en

este ideal altruista, consagraban su vida al servicio del Estado y estaban prontos a sacrificarla

por el bien público. Retrocediendo ante el sacrificio supremo, sabían muy bien que obraban

bajamente prefiriendo suexistencia personal a los intereses nacionales.

La propagación de las religiones orientales cambió todo esto: inculcó la idea de que la

comunión del alma con Dios y su salud eterna eran los únicos fines por los cuales valía la

pena de vivir, fines en comparación de los cuales la prosperidad y aun la existencia del

Estado resultaban insignificantes".

Identificada con el régimen social y político, la religión inkaica no pudo sobrevivir al

Estado inkaico. Tenía fines temporales más que fines espirituales. Se preocupaba del reino de

la tierra antes que del reino del cielo. Constituía una disciplina social más que una disciplina

individual. El mismo golpe hirió de muerte la teocracia y la teogonía. Lo que tenía que
subsistir de esta religión, en el alma indígena, había de ser, no una concepción metafísica,

sino los ritos agrarios, las prácticas mágicas y el sentimiento panteísta.

De todas las versiones que tenemos sobre los mitos y ceremonias inkaicas, se

desprende que la religión quechua era en el Imperio mucho más que la religión del Estado (en

el sentido que esta confesión posee en nuestro evo). La iglesia tenía el carácter de una

institución social y política. La iglesia era el Estado mismo. El culto estaba subordinado a los

intereses sociales y políticos del Imperio. Este lado de la religión inkaica se delinea

netamente en el miramiento con que trataron los inkas a los símbolos religiosos de los

pueblos sometidos o conquistados. La iglesia inkaica se preocupaba de avasallar a los dioses

de éstos, más que de perseguirlos y condenarlos. El Templo del Sol se convirtió así en el

templo de una religión o una mitología un tanto federal.

El quechua, en materia religiosa, no se mostró demasiado catequista ni inquisidor. Su

esfuerzo, naturalmente dirigido a la mejor unificación del Imperio, tendía, en este interés, a la

extirpación de los ritos crueles y de las prácticas bárbaras; no a la propagación de una nueva

y única verdad metafísica. Para los inkas se trataba no tanto de sustituir como de elevar la

religiosidad de los pueblos anexados a su Imperio.

La religión del Tawantinsuyo, por otro lado, no violentaba ninguno de los

sentimientos ni de los hábitos de los indios. No estaba hecha de complicadas abstracciones,

sino de sencillas alegorías. Todas sus raíces se alimentaban de los instintos y costumbres

espontáneas de una nación constituida por tribus agrarias, sana y ruralmente panteístas, más

propensas a la cooperación que a la guerra. Los mitos inkaicos reposaban sobre la primitiva y

rudimentaria religiosidad de los aborígenes, sin contrariarla sino en la medida en que la

sentían ostensiblemente inferior a la cultura inkaica o peligrosa para el régimen social y


político del Tawantinsuyo. Las tribus del Imperio más que en la divinidad de una religión o

un dogma, creían simplemente en la divinidad de los Inkas.

Los aspectos de la religión de los antiguos peruanos que más interesa esclarecer son,

por esto -antes que los misterios o símbolos de su metafísica y de su mitología muy

embrionarias-, sus elementos naturales: animismo, magia, tótems y tabúes. Es ésta una

investigación que debe conducirnos a conclusiones seguras sobre la evolución moral y

religiosa de los indios.

La especulación abstracta sobre los dioses inkaicos ha empujado frecuentemente a la

crítica a deducir de la correspondencia o afinidad de ciertos símbolos o nombres el probable

parentesco de la raza quechua con razas que, espiritual y mentalmente, resultan distintas y

diversas. Por el contrario, el estudio de los factores primarios de su religión sirve para

constatar la universalidad o semiuniversalidad de innumerables ritos y creencias mágicas y,

por consiguiente, lo aventurado de buscar en este terreno las pruebas de una hipotética

comunidad de orígenes.

El estudio comparado de las religiones ha hecho en los últimos tiempos enormes

progresos, que impiden servirse de los antiguos puntos de partida para decidir respecto a la

particularidad o el significado de un culto. James George Frazer, a quien se deben en gran

parte estos progresos, sostiene que, en todos los pueblos, la edad de la magia ha precedido a

la edad de la religión; y demuestra la análoga o idéntica aplicación de los principios de

"similitud", "simpatía" y “contacto", entre pueblos totalmente extraños entre sí.

Los dioses inkaicos reinaron sobre una muchedumbre de divinidades menores que,

anteriores a su imperio y arraigadas en el suelo y el alma indios, como elementos instintivos

de una religiosidad primitiva, estaban destinadas a sobrevivirles.


El "animismo" indígena poblaba el territorio del Tawantinsuyo de genios o dioses

locales, cuyo culto ofrecía a la evangelización cristiana una resistencia mucho mayor que el

culto inkaico del Sol o del dios Kon. El "totemismo", consustancial con el "ayllu" y la tribu,

más perdurables que el Imperio, se refugiaba no sólo en la tradición sino en la sangre misma

del indio. La magia, identificada como arte primitivo de curar a los enfermos, con

necesidades e impulsos vitales, contaba con arraigo bastante para subsistir por mucho tiempo

bajo cualquiera creencia religiosa. Estos elementos naturales o primitivos de religiosidad se

avenían perfectamente con el carácter de la monarquía y el Estado inkaicos. Más aún: estos

elementos exigían la divinidad de los inkas y de su gobierno. La teocracia inkaica se explica

en todos sus detalles por el estado social indígena; no es menester la fácil explicación de la

sabiduría taumatúrgica de los inkas (Colocarse en este punto de vista es adoptar el de la plebe

vasalla que se quiere, precisamente, desdeñar y rebajar).

Frazer, que tan magistralmente ha estudiado el origen mágico de la realeza, analiza y

clasifica varios tipos de reyes- sacerdotes, dioses humanos, etc., más o menos próximos a

nuestros Inkas. "Entre los indios de América - escribe refiriéndose particularmente a este

caso- los progresos más considerables hacia la civilización han sido efectuados bajo los

gobiernos monárquicos y teocráticos de México y del Perú, pero sabemos muy pocas cosas

de la historia primitiva de estos países para decir si los predecesores de sus reyes divinizados

fueron o no hombres-medicina. Podría encontrarse la huella de tal sucesión en el juramento

que pronunciaban los reyes mexicanos al ascender al trono; juraban hacer brillar al sol, caer

la lluvia de las nubes, correr los ríos y producir a la tierra frutos en abundancia. Lo cierto es

que en la América aborigen, el hechicero y el curandero, nimbado de una aureola de misterio,


de respeto y de temor, era un personaje considerable y que pudo muy bien convertirse en jefe

o rey en muchas tribus, aunque nos falten pruebas positivas, para afirmar este último punto".

El autor de The Golden Bough, extrema su prudencia, por insuficiencia de material histórico;

pero llega siempre a esta conclusión: "En la América del Sur, la magia parece haber sido la

ruta que condujo al trono". Y, en otro capítulo, precisa más aún su concepto: "La pretensión

de poderes divinos y sobrenaturales que nutrieron los monarcas de grandes imperios

históricos como el Egipto, México y el Perú no provenía simplemente de una vanidad

complaciente ni era la expresión de una vil lisonja; no era sino una supervivencia y una

extensión de la antigua costumbre salvaje de deificar a los reyes durante su vida. Los Inkas

del Perú, por ejemplo, que se decían hijos del Sol, eran reverenciados como dioses; se les

consideraba infalibles y nadie pensaba dañar a la persona, el honor, los bienes del monarca o

de un miembro de su familia.

Contrariamente a la opinión general, los Inkas no veían su enfermedad como un mal.

Era, a sus ojos, una mensajera de su padre el sol que los llamaba a reposar cerca de él en el

cielo .

El pueblo inkaico ignoró toda separación entre la religión y la política, toda diferencia

entre Estado e Iglesia. Todas sus instituciones, como todas sus creencias, coincidían

estrictamente con su economía de pueblo agrícola y con su espíritu de pueblo sedentario. La

teocracia descansaba en lo ordinario y lo empírico; no en la virtud taumatúrgica de un profeta

ni de su verbo. La Religión era el Estado.

Vasconcelos, que subestima un poco las culturas autóctonas de América, piensa que,

sin un libro magno, sin un código sumo, estaban condenadas a desaparecer por su propia

inferioridad. Estas culturas, sin duda, intelectualmente, no habían salido aún del todo de la

edad de la magia. Por lo que toca a la cultura inkaica, bien sabemos además que fue la obra
de una raza mejor dotada para la creación artística que para la especulación intelectual. Si nos

ha dejado, por eso, un magnífico arte popular, no ha dejado un Rige Veda ni un Zend Avesta.

Esto hace más admirable todavía su organización social y política. La religión no era sino uno

de los aspectos de esta organización, a la que no podía, por ende, sobrevivir.

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