POR LAS
AZOTEAS
Julio Ramón Ribeyro
Valeria Calle Rodríguez
A los diez años yo era el monarca de las azoteas y gober-
naba pacíficamente mi reino de objetos destruidos.
Las azoteas eran los recintos aéreos donde las perso-
nas mayores enviaban las cosas que no servían para nada:
se encontraban allí sillas cojas, colchones despanzurrados,
maceteros rajados, cocinas de carbón, muchos otros obje-
tos que llevaban una vida purgativa, a medio camino entre
el uso póstumo y el olvido. Entre todos estos trastos yo
erraba omnipotente, ejerciendo la potestad que me fue
negada en los bajos. Podía ahora pintar bigotes en el
retrato del abuelo, calzar las viejas botas paternales o
blandir como una jabalina la escoba que perdió su paja.
Nada me estaba vedado: podía construir y destruir y con
la misma libertad con que insuflaba vida a las pelotas de
jebe reventadas, presidía la ejecución capital de los mani-
quíes.
Mi reino, al principio, se limitaba al techo de mi casa,
pero poco a poco, gracias a valerosas conquistas, fui
extendiendo sus fronteras por las azoteas vecinas. De estas
largas campañas, que no iban sin peligros —pues había
que salvar vallas o saltar corredores abismales— regresaba
siempre enriquecido con algún objeto que se añadía a mi
tesoro o con algún rasguño que acrecentaba mi heroísmo.
La presencia esporádica de alguna sirvienta que tendía
ropa o de algún obrero que reparaba una chimenea no me
causaba ninguna inquietud pues yo estaba afincado
soberanamente en una tierra en la cual ellos eran sólo
nómades o poblaciones trashumantes.
En los linderos de mi gobierno, sin embargo, había
una zona inexplorada que siempre despertó mi codicia.
Varias veces había llegado hasta sus inmediaciones pero
una alta empalizada de tablas puntiagudas me impedía
seguir adelante. Yo no podía resignarme a que este
accidente natural pusiera un límite a mis planes de expan-
sión.
A comienzos del verano decidí lanzarme al asalto de
la tierra desconocida. Arrastrando de techo en techo un
velador desquiciado y un perchero vetusto, llegué al borde
de la empalizada y construí una alta torre. Encaramándo-
me en ella, logré pasar la cabeza. Al principio sólo distinguí
una azotea cuadrangular, partida al medio por una larga
farola. Pero cuando me disponía a saltar en esa tierra
nueva, divisé a un hombre sentado en una perezosa. El
hombre parecía dormir. Su cabeza caía sobre su hombro y
sus ojos, sombreados por un amplio sombrero de paja,
estaban cerrados. Su rostro mostraba una barba descuida-
da, crecida casi por distracción, como la barba de los
náufragos.
Probablemente hice algún ruido pues el hombre
enderezó la cabeza y quedó mirándome perplejo. El gesto
que hizo con la mano lo interpreté como un signo de
desalojo, y dando un salto me alejé a la carrera.
Durante los días siguientes pasé el tiempo en mi
azotea fortificando sus defensas, poniendo a buen recaudo
mis tesoros, preparándome para lo que yo imaginaba que
sería una guerra sangrienta. Me veía ya invadido por el
hombre barbudo; saqueado, expulsado al atroz mundo de
los bajos, donde todo era obediencia, manteles blancos,
tías escrutadoras y despiadadas cortinas. Pero en los
techos reinaba la calma más grande y en vano pasé horas
atrincherado, vigilando la lenta ronda de los gatos o, de
vez en cuando, el derrumbe de alguna cometa de papel.
En vista de ello decidí efectuar una salida para
cerciorarme con qué clase de enemigo tenía que vérmelas,
si se trataba realmente de un usurpador o de algún fugiti-
vo que pedía tan sólo derecho de asilo. Armado hasta los
dientes, me aventuré fuera de mi fortín y poco a poco fui
avanzando hacia la empalizada. En lugar de escalar la
torre, contorneé la valla de maderas buscando un agujero.
Por entre la juntura de dos tablas apliqué el ojo y observé:
el hombre seguía en la perezosa, contemplando sus largas
manos transparentes o lanzando de cuando en cuando
una mirada hacia el cielo, para seguir el paso de las nubes
viajeras.
Yo hubiera pasado toda la mañana allí, entregado
con delicia al espionaje, si es que el hombre, después de
girar la cabeza no quedara mirando fijamente el agujero.
—Pasa —dijo haciéndome una seña con la mano—. Ya
sé que estás allí. Vamos a conversar.
Esta invitación, si no equivalía a una rendición incon-
dicional, revelaba al menos el deseo de parlamentar.
Asegurando bien mis armamentos, trepé por el perchero y
salté al otro lado de la empalizada. El hombre me miraba
sonriente. Sacando un pañuelo blanco del bolsillo —¿era un
signo de paz?— se enjugó la frente.
—Hace rato que estás allí —dijo—. Tengo un oído muy
fino. Nada se me escapa… ¡Este calor!
—¿Quién eres tú? —le pregunté.
—Yo soy el rey de la azotea —me respondió.
—¡No puede ser! —protesté—. El rey de la azotea soy
yo. Todos los techos son míos. Desde que empezaron las
vacaciones paso todo el tiempo en ellos. Si no vine antes
por aquí fue porque estaba muy ocupado por otro sitio.
—No importa —dijo—. Tú serás el rey durante el día y
yo durante la noche.
—No —respondí—. Yo también reinaré durante la
noche. Tengo una linterna. Cuando todos estén dormidos,
caminaré por los techos.
—Está bien —me dijo—. ¡Reinarás también por la
noche! Te regalo las azoteas pero déjame al menos ser el
rey de los gatos.
Su propuesta me pareció aceptable. Mentalmente lo
convertía ya en una especie de pastor o domador de mis
rebaños salvajes.
—Bueno, te dejo los gatos. Y las gallinas de la casa de
al lado, si quieres. Pero todo lo demás es mío.
—Acordado —me dijo—. Acércate ahora.
Te voy a contar un cuento. Tú tienes cara de persona que
le gustan los cuentos. ¿No es verdad? Escucha, pues:
«Había una vez un hombre que sabía algo. Por esta razón
lo colocaron en un púlpito. Después lo metieron en una
cárcel. Después lo internaron en un manicomio. Después lo
encerraron en un hospital. Después lo pusieron en un altar.
Después quisieron colgarlo de una horca. Cansado, el
hombre dijo que no sabía nada. Y sólo entonces lo dejaron
en paz».
Al decir esto, se echó a reír con una risa tan fuerte
que terminó por ahogarse. Al ver que yo lo miraba sin
inmutarme, se puso serio.
—No te ha gustado mi cuento —dijo—. Te voy a contar
otro, otro mucho más fácil: «Había una vez un famoso
imitador de circo que se llamaba Max. Con unas alas
falsas y un pico de cartón, salía al ruedo y comenzaba a
dar de saltos y a piar. ¡El avestruz!, decía la gente, señalán-
dolo, y se moría de risa. Su imitación del avestruz lo hizo
famoso en todo el mundo. Durante años repitió su número,
haciendo gozar a los niños y a los ancianos. Pero a medida
que pasaba el tiempo, Max se iba volviendo más triste y en
el momento de morir llamó a sus amigos a su cabecera y
les dijo: “Voy a revelarles un secreto. Nunca he querido
imitar al avestruz, siempre he querido imitar al canario”».
Esta vez el hombre no rió sino que quedó pensativo,
mirándome con sus ojos indagadores.
—¿Quién eres tú? —le volví a preguntar—. ¿No me
habrás engañado? ¿Por qué estás todo el día sentado
aquí? ¿Por qué llevas barba? ¿Tú no trabajas? ¿Eres un
vago?
—¡Demasiadas preguntas! —me respondió, alargando
un brazo, con la palma vuelta hacia mí—. Otro día te
responderé. Ahora vete, vete por favor. ¿Por qué no regre-
sas mañana? Mira el sol, es como un ojo… ¿lo ves? Como
un ojo irritado. El ojo del infierno.
Yo miré hacia lo alto y vi sólo un disco furioso que me
encegueció. Caminé, vacilando, hasta la empalizada y
cuando la salvaba, distinguí al hombre que se inclinaba
sobre sus rodillas y se cubría la cara con su sombrero de
paja.
Al día siguiente regresé.
—Te estaba esperando —me dijo el hombre—. Me
aburro, he leído ya todos mis libros y no tengo nada que
hacer.
En lugar de acercarme a él, que extendía una mano
amigable, lancé una mirada codiciosa hacia un amontona-
miento de objetos que se distinguía al otro lado de la
farola. Vi una cama desarmada, una pila de botellas
vacías.
—Ah, ya sé —dijo el hombre—. Tú vienes solamente
por los trastos. Puedes llevarte lo que quieras. Lo que hay
en la azotea —añadió con amargura— no sirve para nada.
—No vengo por los trastos —le respondí—. Tengo
bastantes, tengo más que todo el mundo.
—Entonces escucha lo que te voy a decir: el verano es
un dios que no me quiere. A mí me gustan las ciudades
frías, las que tienen allá arriba una compuerta y dejan
caer sus aguas. Pero en Lima nunca llueve o cae tan
pequeño rocío que apenas mata el polvo. ¿Por qué no
inventamos algo para protegernos del sol?
—Una sombrilla —le dije—, una sombrilla enorme que
tape toda la ciudad.
—Eso es, una sombrilla que tenga un gran mástil,
como el de la carpa de un circo y que pueda desplegarse
desde el suelo, con una soga, como se iza una bandera. Así
estaríamos todos para siempre en la sombra. Y no sufriría-
mos.
Cuando dijo esto me di cuenta que estaba todo
mojado, que la transpiración corría por sus barbas y
humedecía sus manos.
—¿Sabes por qué estaban tan contentos los portaplie-
gos de la oficina? —me preguntó de pronto—.
Porque les habían dado un uniforme nuevo, con galones.
Ellos creían haber cambiado de destino, cuando sólo se
habían mudado de traje.
—¿La construiremos de tela o de papel? —le pregunté.
El hombre quedó mirándome sin entenderme.
—¡Ah, la sombrilla! —exclamó—. La haremos mejor de
piel, ¿qué te parece? De piel humana. Cada cual dará una
oreja o un dedo. Y al que no quiera dárnoslo, se lo arran-
caremos con una tenaza.
Yo me eché a reír. El hombre me imitó. Yo me reía de
su risa y no tanto de lo que había imaginado —que le
arrancaba a mi profesora la oreja con un alicate— cuando
el hombre se contuvo.
—Es bueno reír —dijo—, pero siempre sin olvidar
algunas cosas: por ejemplo, que hasta las bocas de los
niños se llenarán de larvas y que la casa del maestro será
convertida en cabaret por sus discípulos.
A partir de entonces iba a visitar todas las mañanas
al hombre de la perezosa. Abandonando mi reserva,
comencé a abrumarlo con toda clase de mentiras e inven-
ciones. Él me escuchaba con atención, me interrumpía sólo
para darme crédito y alentaba con pasión todas mis
fantasías. La sombrilla había dejado de preocuparnos y
ahora ideábamos unos zapatos para andar sobre el mar,
unos patines para aligerar la fatiga de las tortugas.
A pesar de nuestras largas conversaciones, sin embar-
go, yo sabía poco o nada de él. Cada vez que lo interroga-
ba sobre su persona, me daba respuestas disparatadas u
oscuras:
—Ya te lo he dicho: yo soy el rey de los gatos. ¿Nunca
has subido de noche? Si vienes alguna vez verás cómo me
crece un rabo, cómo se afilan mis uñas, cómo se encienden
mis ojos y cómo todos los gatos de los alrededores vienen
en procesión para hacerme reverencias.
O decía:
—Yo soy eso, sencillamente, eso y nada más, nunca lo
olvides: un trasto.
Otro día me dijo:
—Yo soy como ese hombre que después de diez años
de muerto resucitó y regresó a su casa envuelto en su
mortaja. Al principio, sus familiares se asustaron y huyeron
de él. Luego se hicieron los que no lo reconocían. Luego lo
admitieron pero haciéndole ver que ya no tenía sitio en la
mesa ni lecho donde dormir. Luego lo expulsaron al jardín,
después al camino, después al otro lado de la ciudad. Pero
como el hombre siempre tendía a regresar, todos se
pusieron de acuerdo y lo asesinaron.
A mediados del verano, el calor se hizo insoportable.
El sol derretía el asfalto de las pistas, donde los saltamon-
tes quedaban atrapados. Por todo sitio se respiraba
brutalidad y pereza. Yo iba por las mañanas a la playa en
los tranvías atestados, llegaba a casa arenoso y famélico y
después de almorzar subía a la azotea para visitar al
hombre de la perezosa.
Éste había instalado un parasol al lado de su sillona y
se abanicaba con una hoja de periódico. Sus mejillas se
habían ahuecado y, sin su locuacidad de antes, permanecía
silencioso, agrio, lanzando miradas coléricas al cielo.
—¡El sol, el sol! —repetía—. Pasará él o pasaré yo. ¡Si
pudiéramos derribarlo con una escopeta de corcho!
Una de esas tardes me recibió muy inquieto. A un
lado de su sillona tenía una caja de cartón. Apenas me vio,
extrajo de ella una bolsa con fruta y una botella de limo-
nada.
—Hoy es mi santo —dijo—. Vamos a festejarlo. ¿Sabes
lo que es tener treinta y tres años? Conocer de las cosas el
nombre, de los países el mapa. Y todo por algo infinita-
mente pequeño, tan pequeño que la uña de mi dedo
meñique sería un mundo a su lado. Pero ¿no decía un
escritor famoso que las cosas más pequeñas son las que
más nos atormentan, como, por ejemplo, los botones de la
camisa?
Ese día me estuvo hablando hasta tarde, hasta que el
sol de brujas encendió los cristales de las farolas y crecie-
ron largas sombras detrás de cada ventana teatina.
Cuando me retiraba, el hombre me dijo:
—Pronto terminarán las vacaciones. Entonces, ya no
vendrás a verme. Pero no importa, porque ya habrán
llegado las primeras lloviznas.
En efecto, las vacaciones terminaban. Los muchachos
vivíamos ávidamente esos últimos días calurosos, sintiendo
ya en lontananza un olor a tinta, a maestro, a cuadernos
nuevos. Yo andaba oprimido por las azoteas, inspeccionan-
do tanto espacio conquistado en vano, sabiendo que se iba
a pique mi verano, mi nave de oro cargada de riquezas.
El hombre de la perezosa parecía consumirse. Bajo su
parasol, lo veía cobrizo, mudo, observando con ansiedad el
último asalto del calor, que hacía arder la torta de los
techos.
—¡Todavía dura! —decía señalando el cielo—. ¿No te
parece una maldad? Ah, las ciudades frías, las ventosas.
Canícula, palabra fea, palabra que recuerda a un arma, a
un cuchillo.
Al día siguiente me entregó un libro:
—Lo leerás cuando no puedas subir. Así te acordarás
de tu amigo… de este largo verano.
Era un libro con grabados azules, donde había un
personaje que se llamaba Rogelio. Mi madre lo descubrió
en el velador. Yo le dije que me lo había regalado «el
hombre de la perezosa». Ella indagó, averiguó y cogiendo
el libro con un papel, fue corriendo a arrojarlo a la basura.
—¿Por qué no me habías dicho que hablabas con ese
hombre? ¡Ya verás esta noche cuando venga tu papá!
Nunca más subirás a la azotea.
Esa noche mi papá me dijo:
—Ese hombre está marcado. Te prohíbo que vuelvas a
verlo. Nunca más subirás a la azotea.
Mi mamá comenzó a vigilar la escalera que llevaba a
los techos. Yo andaba asustado por los corredores de mi
casa, por las atroces alcobas, me dejaba caer en las sillas,
miraba hasta la extenuación el empapelado del comedor
—una manzana, un plátano, repetidos hasta el infinito— u
hojeaba los álbumes llenos de parientes muertos. Pero mi
oído sólo estaba atento a los rumores del techo, donde los
últimos días dorados me aguardaban. Y mi amigo en ellos,
solitario entre los trastos.
Se abrieron las clases en días aún ardientes. Las
ocupaciones del colegio me distrajeron. Pasaba mañanas
interminables en mi pupitre, aprendiendo los nombres de
los catorce incas y dibujando el mapa del Perú con mis
lápices de cera. Me parecían lejanas las vacaciones, ajenas
a mí, como leídas en un almanaque viejo.
Una tarde, el patio de recreo se ensombreció, una
brisa fría barrió el aire caldeado y pronto la garúa comen-
zó a resonar sobre las palmeras. Era la primera lluvia de
otoño. De inmediato me acordé de mi amigo, lo vi, lo vi
jubiloso recibiendo con las manos abiertas esa agua caída
del cielo que lavaría su piel, su corazón.
Al llegar a casa estaba resuelto a hacerle una visita.
Burlando la vigilancia materna, subí a los techos. A esa
hora, bajo ese tiempo gris, todo parecía distinto. En los
cordeles, la ropa olvidada se mecía y respiraba en la
penumbra, y contra las farolas los maniquíes parecían
cuerpos mutilados. Yo atravesé, angustiado, mis dominios y
a través de barandas y tragaluces llegué a la empalizada.
Encaramándome en el perchero, me asomé al otro lado.
Sólo vi un cuadrilátero de tierra humedecida. La
sillona, desarmada, reposaba contra el somier oxidado de
un catre. Caminé un rato por ese reducto frío, tratando de
encontrar una pista, un indicio de su antigua palpitación.
Cerca de la sillona había una escupidera de loza. Por la
larga farola, en cambio, subía la luz, el rumor de la vida.
Asomándome a sus cristales vi el interior de la casa de mi
amigo, un corredor de losetas por donde hombres vestidos
de luto circulaban pensativos.
Entonces comprendí que la lluvia había
llegado demasiado tarde.
Julio Ramón Ribeyro Zúñiga (Lima,
31 de agosto de 1929-ibídem, 4 de
diciembre de 1994) fue un escritor
peruano, considerado uno de los
mejores cuentistas de la literatura
latinoamericana. Es una figura
destacada de la
generación del 50
de su país, a la que
también pertenecen
narradores como
Mario Vargas
Llosa y Enrique
Congrains
Martin
Por las azoteas
Las botellas y los hombres
(originalmente publicado, por error, como Los hombres y
las botellas)
(Lima: Populibros Peruanos, 1964, 135 págs.)