La inmigración en el mundo urbano Desde los inicios de la inmigración masiva,
Buenos Aires y las ciudades de la región litoral-pampeana recibieron y albergaron a la
mayoría de los extranjeros que llegaba a las costas del Plata. Hacia el fin de la Belle
Epoque, la Argentina urbana se había transformado en un mundo cosmopolita donde
se hablaban numerosas lenguas, se profesaban diferentes religiones y se desarrollaba
una intensa sociabilidad cargada de significados étnicos. En un sentido amplio, ese
país urbano incluía, además de la capital y ciudades como Rosario, Córdoba, Bahía
Blanca o La Plata, a pueblos más pequeños surgidos al amparo de la expansión
económica y demográfica que se había iniciado en los años 1880. Aunque allí no
había barrios étnicos, ni fábricas rebosantes de trabajadores extranjeros, o protestas y
conflictos atribuidos a disolventes ideologías foráneas aportadas por los inmigrantes;
sí se respiraba un clima cargado de representaciones y significados múltiples. Como
en los grandes centros del país, en el interior también cada grupo (incluidos los
nativos) tenía un "stock cultural" que era continuamente recreado a partir de las
nuevas experiencias que se acumulaban en una dinámica social que, a la postre,
regulaba la convivencia plural de un país marcado por la heterogeneidad y envuelto en
una acelerada mutación. ¿Cómo abordar la inmigración en el mundo urbano? ¿Cómo
dar cuenta de la vida de los inmigrantes en la ciudad si, por ejemplo, en 1914 ésa era
la experiencia de más de la mitad de los extranjeros residentes en el país? El recorrido
escogido para intentar tan solo una aproximación al problema, parte de una mirada de
los inmigrantes y sus grupos étnicos en dos dimensiones. 35 36 HISTORIAS DE LA
INMIGRACIÓN EN LA ARGENTINA Una de ellas, aborda la vida cotidiana a través de
la vivienda y el trabajo. La otra, se detiene en las asociaciones mutuales cuyo número
creció desde mediados del siglo XIX, y en la prensa étnica, una manifestación cultural
que tuvo una notable profusión y representó a un amplio arco de nacionalidades y
facciones ideológicas y políticas. Vivir en la ciudad cosmopolita En un país rebosante
de inmigrantes, impactado por un cambio demográfico brusco como el que vivió la
Argentina de fines del siglo XIX y comienzos del XX, la vivienda se transformó en uno
de los problemas centrales del mundo urbano, a la vez que expresó un conjunto de
valores materiales y actitudes que acompañaron el proceso de ajuste de los
inmigrantes a la vida en el nuevo país. Si bien el conventillo ha sido considerado como
la forma más clásica del habitar de los extranjeros recién llegados a la Argentina
urbana, no fue por cierto la única.1 Con experiencias habitacionales previa:., y
perspectivas muy dispares sobre la vivienda, y con redes más o menos densas que
orientaban los primeros pasos del inmigrante en el nuevo país, algunos se alojaban
con sus parientes o compatriotas que los habían precedido en la ruta migratoria, otros
en pensiones adonde convivían con inmigrantes de su mismo grupo étnico, en piezas
subalquiladas, o en los mismos locales donde trabajaban. Desde estos puntos de
partida, esas formas precarias y transitorias de vivir, fueron la salida hacia la vivienda
familiar o hacia la casa propia. Si durante buena parte del aluvión inmigratorio, el
alquiler en cualquiera de sus variantes parece haber sido una de las soluciones más
generalizadas frente al problema habitacional, en los años del Centenario el ideal de la
casa propia se transformaría MARÍA BJERG 37 en una de las representaciones que
surcaron con más fuerza el discurso de la clase dirigente y los ideales de miles y miles
de inmigrantes, que en buena medida coronaban con ese logro el largo y tenaz
tránsito desde sus viejos mundos hacia este lado del mar. Desde la perspectiva de la
dirigencia, la casa propia era, además de un símbolo de las promesas de una
sociedad móvil, un espacio donde el trabajador podría moralizarse y tomar distancia
de un entorno social y políticamente conflictivo. Como escalas de un tránsito hacia
otras forma de habitar, los conventillos, que se concentraban en las cercanías de los
puertos, y en las adyacencias de las zonas fabriles y del ferrocarril, contaban con el
escaso atractivo de la reducida distancia que separaba al lugar de vivir y al de trabajar.
Más allá de ese dato -no menor, por cierto, pues permitía a los recién llegados ahorrar
los costos del transporte-, no eran más que ámbitos sórdidos repletos de inquilinos.
Cuartos poco aireados y sin luz natural, letrinas escasas y deficiente provisión de agua
que se obtenía de un pozo o una canilla común, los transformaba en focos de
infección. El patio, un lugar donde las mujeres lavaban y tendían la ropa, los niños
jugaban, los moradores transitaban hacia el baño o la cocina compartida, era un sitio
promiscuo, una mezcolanza de personas y olores. Las dificultades de una convivencia
plagada de limitaciones desataban airadas discusiones entre sus moradores, sin
embargo, el conflicto más clásico enfrentaba a los inquilinos con los encargados o los
dueños.2 Los primeros, denunciando sumideros infectos, baños insuficientes, falta de
agua y humedades en los cuartos; y los segundos esgrimiendo la existencia de
escándalos, el ejercicio de la prostitución, y la falta de pago del alquiler. Esos motivos
habilitaban el desalojo que lanzaba a los inquilinos a un costoso peregrinaje por
conventillos y pensiones. El cambio de empleo y de vivienda fueron signos de la
transitoriedad en la vida de los inmigrantes en la ciudad. La compra 38 HISTORIAS
DE LA INMIGRACIÓN EN LA ARGENTINA de una casa o la adquisición del lote para
construirla abrían paso a una mayor estabilidad y al asiento de miles de familias
extranjeras. De esa suerte, el conventillo, los cuartos del fondo de casas de parientes
y paisanos, o las construcciones de barro, lata o maderas sobre terrenos usurpados,
eran reemplazadas gradualmente por viviendas "decentes" en barrios de trabajadores
que, en algunos casos guardaban la impronta cosmopolita de la vida urbana, y en
otros mantenían una cierta homogeneidad étnica ya que, configurados a partir de
redes sociales premigratorias, albergaban a personas de un mismo origen nacional o
regional. A su vez, el acceso a la casa propia abrió paso al traslado de una importante
masa de población desde el centro a las zonas periféricas hacia las que, con el
tiempo, se expandió una red de transportes que integraba los barrios a la ciudad. El
crecimiento de la grilla urbana creó nuevas oportunidades laborales para nativos y
extranjeros en rubros como la construcción que, entre la década del ochenta y la
Primera Guerra Mundial, cobró una inusual dinámica, motivada tanto en las obras de
infraestructura, en las que el Estado gastaba ingente: sumas, como en la edificación
de casas y edificios particulares en una época cargada de optimismo y confiada en un
progreso que parecía no encontrar límites. La expansión de los transportes generó una
intensa demanda de mano de obra. La construcción de las redes ferroviarias que
surcaban el país fue una fuente de empleo para miles de extranjeros; en tanto que los
puertos no sólo eran el lugar de arribo de los inmigrantes, sino un centro neurálgico del
crecimiento económico, de la actividad comercial y de la ampliación de la oferta de
trabajo. En Rosario, por ejemplo, que había sufrido un crecimiento demográfico brusco
pasando de casi 51.000 almas en 1887 a algo más de 192.000 en 1910, el puerto fue
el imán que atraía a buena parte de ese ingente flujo de nuevos pobladores. MARÍA
BJERG 39 En otras ciudades más pequeñas como Mar del Plata, el acelerado proceso
de urbanización que tuvo lugar en el cambio de siglo, también habilitó un espacio de
oportunidades laborales. En 1914, la ciudad de veraneo de la clase alta argentina
tenía una población de 25.000 almas y un mercado de trabajo singular. Por un lado, la
construcción de casas y mansiones veraniegas, de hoteles y de obras públicas como
la estación de ferrocarril o el empedrado de las calles, pusieron en movimiento la
construcción y crearon numerosos empleos que atraían a los inmigrantes. Por otro, el
entorno rural demandaba brazos durante la temporada de cosecha a la que acudían
contingentes de hombres de Mar del Plata atraídos por las buenas pagas ofrecidas en
el campo. Esa mudanza de ocupaciones y lugares de trabaje fue configurando un
calendario laboral pautado por las estaciones. En invierno, la construcción se movía
con agilidad, y en verano, la cosecha impulsaba a los trabajadores a salir de la ciudad
y la llegada de los veraneantes daba curso a un sinnúmero de servicios (elaboración
de alimentos, abastecimiento de los comercios, atención de hoteles y bares) que
empleaban a hombres y mujeres de variados orígenes étnicos. Como en tantas otras
ciudades, el mercado de trabajo marplatense tenía una fuerte fragmentación étnica.
Los españoles, que en 1914 representaban al 63% de los extranjeros residentes en el
partido, en su mayoría desempeñaban actividades comerciales (almacenes,
panaderías, bares, hoteles y negocios de indumentaria) mientras qué los italianos
predominaban en la construcción. Parientes y paisanos que se habían iniciado en una
u otra trayectoria laboral orientaban la inserción de los que seguían sus pasos en el
camino de la migración desde Europa a la Argentina y de ese modo en los mundos
urbano y rural del nuevo país (como ocurrió en otras sociedades de migración), el
mercado configuraba un colorido collage de segmentos étnicos a los que, como
veremos en el capítulo 4, los inmigrantes accedían a través de densos entramados de
redes sociales. 40 HISTORIAS DE LA INMIGRACIÓN EN LA ARGENTINA La fábrica
fue otro de los lugares de trabajo y de encuentro de extranjeros y nativos. En ese
lugar, donde se entremezclaban múltiples identidades y experiencias, la mano de obra
inmigrante solía superar a la criolla. Por ejemplo, en los años 1920, la Pirelli Platense
contaba con tres plantas en las que el 65% de los operarios era inmigrante, con una
predominancia absoluta de trabajadores italianos. Otro tanto ocurría con la Algodonera
Flandria en el partido de Lujan, donde la práctica de la recomendación entre los
trabajares de una misma familia u originarios del mismo pueblo en Europa era la forma
de reclutamiento más habitual. Esos lazos de parentesco y amistad, que unían a la
mayoría de los operarios, alimentaban la representación de la fábrica como una "gran
familia" y, de ese modo, se atenuaban la protesta obrera y el conflicto sindical que
conmovieron a las ciudades argentinas durante las primeras décadas del siglo XX.
Diferente era el caso de los frigoríficos Swift y Armour establecidos desde 1907 y 1915
en la localidad de Berisso, a pocos kilómetros de La Plata. Allí, el pluralismo de
orígenes de los trabajadores configuraba un espacio cosmopolita que replicaba la
diversidad del mundo urbano en la Argentina de los novecientos. Rusos de Minsk, Kiev
y Odessa; árabes originarios del Líbano, Siria y Palestina; griegos, servios, búlgaros;
checoslovacos, lituanos polacos; españoles, italianos y japoneses, conforman una
muestra variopinta en la que no faltan los nativos. La superposición de nacionalidades
y lenguas dificultaba la comunicación y creaba un ambiente fragmentado poco propicio
para la gestación de alguna forma de identidad obrera común. Por ejemplo, en 1918,
las cámaras frías de la planta de Armour tenían 76 obreros de los cuales 33 eran
árabes de diferentes orígenes, 22 rusos, nueve argentinos, seis italianos, tres
españoles, un armenio, un francés y un griego. Organizados más que como una "gran
familia" como una enorme máquina, los operarios de los frigoríficos realizaban un
MARÍA BJERG 41 trabajo monótono basado en movimientos automatizados propios
del taylorismo, cuya eficiencia y rapidez eran controladas con rigor y severidad por
jefes, mayordomos y capataces que sancionaban a quienes pasaban de un
departamento a otro sin autorización, o perdían tiempo comiendo y conversando. La
mayoría de los trabajadores vivía en los alrededores de las plantas, donde
predominaban conventillos y pensiones. Allí, la dispersión de idiomas y costumbres
cobraba nueva forma en ámbitos donde los inmigrantes se agrupaban con otros de su
mismo origen étnico. Vista en perspectiva, la comunidad de Berisso era sin embargo,
tan cosmopolita y fragmentada como el reducido universo de los frigoríficos. Una
colorida y desordenada muestra de religiones (católicos, musulmanes, ortodoxos),
posturas políticas (monárquicos y republicanos), o tensiones nacionales (servios,
croatas y montenegrinos), predominaban en la vida cotidiana del pueblo. En contadas
ocasiones, las fronteras culturales y lingüísticas que separaban a los trabajadores y
obstaculizaban el desarrollo de lazos de solidaridad obrera, se desdibujaron. Por
ejemplo, cuando las protestas en reclamo de mejores condiciones de trabajo dieron
curso a las huelgas de 1915 y 1917. En su libro sobre los frigoríficos de Berisso, Mirta
Lobato cuenta que en la primavera de 1917, no era sencillo caminar por las calles que
rodeaban la planta de Swift dado que la creciente tensión entre la policía y los
trabajadores solía "terminar en copiosas lluvias de pedradas y en tiroteos que dejaban
como saldo muertos, heridos y detenidos. Los enfrentamientos duraron un par de
meses y cerca de la Navidad, los vecinos agobiados por la agitación que reinaba en
las calles de la pequeña comunidad multiétnica, se organizaron para reclamar la
intervención del gobierno. Poco después, la protesta empezó a resquebrajarse porque
numerosos trabajadores que no podían sostenerse sin percibir el salario, regresaban a
sus puestos. Con la incorporación de nuevos empleados y el reingre 42 HISTORIAS
DE LA INMIGRACIÓN EN LA ARGENTINA so de los huelguistas, la vida en las
fábricas se normalizó. El Año Nuevo encontró al conflicto disipado y a la producción en
plena marcha. Los sucesos de Berisso fueron una manifestación más en el
eslabonamiento de protestas laborales que surcó la primera parte del siglo XX. La
conflictividad urbana ya había tenido picos de inusitada violencia y los trabajadores
extranjeros tuvieron un dramático protagonismo en la época. Aunque los primeros tres
lustros del siglo fueron tiempos de expansión económica, no estuvieron libres de
tensiones animadas por las fuerzas emergentes de la sociedad: el proletariado, los
sindicatos y los partidos políticos. El conflicto comenzó a perfilarse en los albores de
1900 cuando se inició una época de manifestaciones obreras y huelgas generales que,
como la de 1902, prácticamente paralizaron la economía nacional. La inquietud de las
patronales y la reacción de la dirigencia no se hicieron esperar. Antes de que
terminara el año, el Senado aprobó la "Ley de Residencia", una herramienta legal
abiertamente inconstitucional que autorizaba a que, sin ningún trámite judicial, el
Poder Ejecutivo deportarse a extranjeros que perturbaran el orden público y la
seguridad. Por ese entonces, el anarquismo ejercía un fuerte influjo en la clase
trabajadora y sus organizaciones. Los militantes ácratas extranjeros fueron, sin duda,
el principal objetivo y las víctimas más notorias de la nueva ley que también afectó a
pacíficos inmigrantes confundidos con aquellos. La acentuación de la protesta obrera
generó un clima en el que reinaba el miedo a la inmigración y a la revolución, y en el
que se desplegaban repuestas coercitivas a la tensión social a través del uso cada vez
más generalizado de la represión policial. A fines de 1909, Simón Radowitzky, un
joven anarquista de origen judío, asesinó a Ramón Falcón, el jefe de la Policía de
Buenos Aires. Entonces, las complejas relaciones entre el gobierno y los obreros se
tensaron peligrosamente. En mayo de 1910, pocos MARÍA BJERG 43 días antes de la
celebración del Centenario, los sindicatos anarquistas declararon una huelga y el
gobierno respondió estableciendo el Estado de sitio y preparando un gran operativo
represivo que destruyó locales sindicales y encarceló y deportó a dirigentes obreros.
Cuando los anarquista contraatacaron colocando una bomba en el Teatro Colón, la
clase dirigente apuró la aprobación la Ley de Defensa Social, un nuevo elemento
disuasivo del movimiento huelguístico que autorizaba el encarcelamiento de obreros
nativos, ampliando de esa manera los términos de la ley de 1902 que afectaba sólo a
los "agitadores" extranjeros. En ese clima turbulento, cuyo principal escenario era la
ciudad de Buenos Aires, se gestaron las ideas y los reclamos que durante la década
de 1910 iban a llevar a los obreros de las plantas de Berisso a transformar ese
pequeño pueblo en escenario de una prolongada batalla entre patrones, policía y
obreros. Las protestas en las plantas de Swift y Armour que venimos de evocar
engarzan dos momentos emblemáticos de la conflictividad urbana de principios del
siglo XX: la de los años previos a la pretenciosa celebración del Centenario y la que
puso en vilo a Hipólito Yrigoyen en los primeros tiempos de su mandato. La amenaza
social y el temor a la revolución, que habían dominado buena parte de los años que
llevaban al Centenario, se agudizaron con el estallido de la Primera Guerra y el cambio
de signo de la economía local. Afectada por la falta de insumos y de bienes de capital,
la industria entró en una grave crisis y el desempleo arreció entre los operarios
fabriles. Las resonancias locales del fantasma de rojo que asolaba a Europa después
del triunfo de los bolcheviques en Rusia, vinieron a acrecentar los miedos de las
clases dirigentes y a intensificar la represión de las protestas obreras. Un hito de esta
última época fue sin dudas la Semana Trágica, en el verano de 1919. El conflicto
principió con la huelga de los operarios de la metalúrgica Pedro Vasena en Buenos
Aires. 44 HISTORIAS DE LA INMIGRACIÓN EN LA ARGENTINA La planta, que
empleaba numerosos inmigrantes y era conocida por los bajos salarios que pagaba y
por el uso de la fuerza para disuadir a sus trabajadores de la protesta, se había visto
afectada por las restricciones impuestas por la guerra y había sido escenario de varias
huelgas durante el conflicto. En los sucesos de enero de 1919, la represión de los
piquetes obreros se redobló y la presencia policial y militar fue secundada por grupos
paramilitares formados por civiles que representaban a fuerzas de derecha temerosas
de una conspiración revolucionaria. La represión se desató entonces, más que contra
los obreros dé la fábrica, contra los barrios de los inmigrantes sospechados de agitar
el complot. Los judíos de origen ruso y centro europeo y los españoles, en particular
los catalanes, a quienes se vinculaba con el comunismo y el anarquismo, fueron
brutalmente reprimidos a causa de la neurosis de las élites argentinas que establecían
una relación automática entre inmigrantes, huelguistas y conspiraciones políticas. La
integración de los inmigrantes al nuevo país tenía lugar en planos y de formas
diferentes. La lucha obrera que surcó los años iniciales del siglo XX, los puso en
contacto estrecho con ideas y posiciones políticas que, aunque muchos de ellos
habían traído desde el otro lado del mar, para la mayoría no formaban parte de sus
representaciones y les eran enteramente ajenas hasta que las relaciones en el mundo
de trabajo se tensaron rompiendo en una violencia que, de manera paradójica,
también fue parte del sinuoso derrotero de integración a la heterogeneidad que
reinaba en la Argentina urbana. Las asociaciones Momentos y contextos diferentes
gestaron una compleja dinámica de adaptación de los inmigrantes en la que se
engarzaban MARÍA BJERG 45 identidades múltiples. Los ámbitos más "abiertos" de
los conventillos, los barrios de trabajadores y las fábricas, convivían con dominios
autocontenidos donde se preservaban mejor las representaciones étnicas y las
resignificaciones del pasado. El mundo urbano impulsaba a todos, en mayor o menor
medida, a participar de una y otra dimensión de la experiencia migratoria. Aún si la
vida de familia y de hogar transcurría, como ocurrió en numerosos casos en barrios
étnicos o en lugares de trabajo compartidos con compañeros del mismo origen, no era
posible permanecer enteramente ajeno al ambiente babélico de la ciudad, a la mezcla
de texturas y colores culturales. Sin embargo, la vida de los inmigrantes transcurría
también en otras dimensiones en las que las identidades de cada grupo se
sobreponían a los contenidos cosmopolitas de la sociedad, delimitando con relativa
claridad las fronteras culturales. En esa superposición de identidades que, como
sugería Jon Gjerde, eran múltiples y a la vez complementarias, una de las
manifestaciones étnicas de los inmigrantes urbanos fue la creación de un denso tejido
de sociedades mutuales. En las grandes ciudades la proliferación de asociaciones es
más evidente debido a los volúmenes de población, sin embargo los centros urbanos
más pequeños integrados de modo estrecho a la vida y la economía rural, también
fueron escenario de un intenso asociacionismo étnico. No basta más que recorrer hoy
en día cualquier ciudad del interior para ver las viejas sedes de la Sociedad Española,
Italiana o Israelita, como testigos de un tiempo en el que esos edificios simbolizaban
los esfuerzos de creación de una noción objetivada de un pasado premigratorio
común. El mutualismo fue una experiencia muy difundida y el grueso de las
comunidades fundó sus asociaciones. Las había entre los italianos y los españoles,
pero también entre los minoritarios daneses y los caboverdianos. Algunas definían su
identidad apelando a la nación y otras a fragmentos regionales o religiosos, 46
HISTORIAS DE LA INMIGRACIÓN EN LA ARGENTINA como las asociaciones
sefardíes entre los judíos, o la Sociedad Drusa de Beneficencia y la Pan Alauita
Islámica, ambas creadas por inmigrantes sirio libaneses. En cualquier caso, la
sociedad mutual representaba la recreación de una comunidad en la que los
extranjeros podían imaginarse integrados a las representaciones y contenidos
culturales del mundo que habían dejado. El grueso de estas entidades tenía por fin
ocuparse de la salud de sus socios, de la ayuda para conseguir empleo y
eventualmente del pago de seguros de desempleo o de repatriación para compaisanos
indigentes. Las grandes asociaciones crearon también hospitales comunitarios como
el Hospital Italiano, el Español y el Francés de Buenos Aires, fundados durante la
década de 1870. El asociacionismo mutualista creció de modo imponente -en cantidad
de asociaciones y número asociados- durante la última parte del siglo XIX al amparo
de la incontenible marea de extranjeros que llegaban a la Argentina. Fernando Devoto
señala que, en 1914, sólo entre los españoles había 250 asociaciones que reunían a
más de 100.000 socios en todo el país. Las mutuales fueron espacios más caros a los
intereses de las élites étnicas que encontraban en los puestos directivos lugares
propicios para acrecentar o consolidar su prestigio social, que para la masa de
asociados que, según lo demuestran numerosos estudios de caso, tuvieron una
relación funcional y apática con instituciones que se revelaba en la escasa
participación de sus miembros en reuniones, asambleas y elecciones. Más que la vida
institucional y política, los socios buscaban cobertura de salud e información sobre
trabajo. Esto último dio lugar a la conformación de una densa malla de relaciones
clientelares puesto que los líderes no sólo eran los encargados de transformar a los
inmigrantes en sujetos étnicos, sino también los intermediarios entre éstos y las
estructuras mayores de la sociedad receptora, incluyendo las oportunidades
económicas y, en especial, laborales. MARÍA BJERG 47 Este parece haber sido el
caso de la mutual que los daneses fundaron en 1892 y que funcionaba en estrecha
relación con la Iglesia luterana de Buenos Aires. Aunque, como el resto de las
asociaciones étnicas, la Dansk Hjaelpeforening fue creada para brindar prestaciones
de salud, su principal función fue lograr que los inmigrantes que llegaban al puerto de
Buenos Aires encontrasen trabajo en los asentamientos daneses del sur de la
provincia de Buenos Aires, adonde vivía el grueso de esta pequeña comunidad étnica.
Para ello, la mutual alojaba a los recién llegados en una pensión danesa de la ciudad
hasta que se ponía en contacto con algún productor rural o un comerciante que
necesitaba trabajadores. Una vez obtenido el empleo, si el inmigrante no contaba con
recursos, los fondos de la mutual pagaban el traslado en tren hasta el lugar de destino.
De ese modo, los nuevos inmigrantes que tenían escasos contactos con otros de su
mismo origen o cuyos entramados de redes no eran lo suficientemente densos para
asegurar su inserción, terminaban incluidos a través de las gestiones de la Dansk
Hjaelpeforening en el pequeño mundo étnico de la comunidad danesa. Más allá de las
intermediaciones que contribuían a insertar a los recién llegados en el mundo del
trabajo, de la atención de la salud de sus afiliados, del auxilio en tiempos de
problemas, las asociaciones también fueron un lugar para la sociabilidad. Si las
asambleas y las elecciones despertaban poco interés en la masa de asociados, las
conmemoraciones patrias, los bailes, las bandas de música y las obras de teatro
organizadas en los salones de las mutuales siempre contaban con una concurrencia
nutrida de afiliados y dirigentes que se integraban en un mismo espacio en el que
todos se representaban a partir de su origen étnico compartido y se imaginaban
integrantes de una comunidad. No obstante, los motivos y el lucimiento de afiliados
rasos y dirigentes, diferían. Es esas ocasiones sociales, los líderes étnicos
reafirmaban públicamente su condición de élite. En cada fiesta consolidaban 48
HISTORIAS DE LA INMIGRACIÓN EN LA ARGENTINA sus capitales simbólicos, y su
papel de promotores de mitos que moldeaban la identidad y de mediadores entre los
inmigrantes, la comunidad de pares y la sociedad local. Las razones que convocaban
a la mayoría de los apáticos afiliados a las galas sociales de las mutuales eran mucho
menos intrincadas que las de los dirigentes. Un obrero, un artesano, un empleado de
comercio iban al baile para interactuar con pares, para enterarse de las noticias del
lugar de origen, para intercambiar información sobre trabajos y salarios, para lucir un
traje nuevo, o con la ilusión de cortejar a alguna compatriota guapa. A su modo,
líderes y socios contribuían a la creación de una identidad basada en representaciones
que unían el pasado con el presente, a cuya dinámica se integraban de forma tenaz y
costosa los inmigrantes. La prensa étnica Escrita en uno o varios idiomas, la prensa de
las colectividades inmigradas fue otra de las manifestaciones que contribuyó a
diferenciar a los distintos grupos étnicos frente a la sociedad nativa en la esfera
pública -un espacio constituido y a la vez constituyente de la ciudadanía- a la que
contribuyeron a generar. Entendida como parte de las prácticas culturales que
marcaban y delimitaban identidades, la producción periodística de las colectividades,
prolífica y variada, influía sobre la creación de una comunidad imaginada de la que sus
lectores se sentían parte y en la que se entrelazaban las realidades políticas, sociales
y económicas de la vieja patria y del nuevo país. Un indicador del ritmo vertiginoso de
crecimiento con el que se había inaugurado la década de 1880 impactada, entre otros
hechos, por el aluvión inmigratorio, es la importante cantidad de diarios que se
editaban en la época y cuya circulación traspasaba los deslindes de la capital del país.
En 1887, fue levantado MARÍA BJERG 49 el primer censo de la ciudad de Buenos
Aires que, entre otra valiosa información, recoge datos sobre el estado de la prensa.
En ese año, veinticuatro publicaciones hacían su aparición diariamente, diez de las
cuales se declaraban órgano de alguna colectividad europea. La mayoría era anterior
o contemporánea de los diarios locales más prestigiosos: La Nación, que había
aparecido en 1862 y La Prensa en 1869. Se trataba de publicaciones en idiomas que
apelaban a las corrientes migratorias más destacadas, bien por su número, bien por su
influjo económico y social. En ese tiempo, los italianos, que eran el grupo de
inmigrantes más numeroso, tenían cuatro diarios de gran tirada y circulación: L’
Operaio Italiano de 1873, La Patria Italiana de 1876, La Nazione Italiana de 1883 y Il
Vesuvio de 1887. La Nación y La Prensa editaban 18.000 ejemplares cada una, una
cifra muy cercana a la que en conjunto sacaban a la calle L’ Operaio Italiano y La
Patria Italiana. Por su parte, El Correo Español, publicado por primera vez en 1871,
tiraba 4.000 ejemplares y no estaba lejos de órganos políticos como Tribuna Nacional
o Sudamérica. La prensa en lengua inglesa y francesa superaba esa tirada, la primera,
representada por The Standard y Buenos Aires Herald, editaba 4.500 ejemplares en
tanto que la segunda, con Courrier del Plata y L’Indépendant trepaba a 6.300. La
mayoría de estos diarios había aparecido bastante antes del inicio de la inmigración
aluvial. La llegada de millones de nuevos inmigrantes al país y la-consolidación de
colectividades de antiguo arraigo, impactaron sobre las dimensiones y la variedad de
la prensa étnica. De esa suerte, en la época del Centenario aunque algunos de los
diarios que podían adquirirse en los tempranos años ochenta habían desaparecido, la
mayoría, atravesados por fusiones y cambios de denominación, se habían vuelto
tradicionales en el menú periodístico de la ciudad y del país. Así, El Correo Español se
transformó en sociedad anónima y fue sucedido en 1904 por El Diario Español, en
tanto que los tres diarios italianos 50 HISTORIAS DE LA INMIGRACIÓN EN LA
ARGENTINA se habían reunido en 1892 en La Patria degli Italiani, y en plena Guerra
Mundial se incorporó L’ Italia del Popolo. Nuevos órganos daban cuenta de la fuerza
que iban cobrando grupos migratorios menos numerosos pero con la madurez
suficiente como para dar inicio a empresas de aparición diaria. De este modo, la
migración otomana incorporó Assalam, editado en árabe, en tanto que en 1914 se
publicaba el primer diario en idish, Der Tog, que más tarde sería reemplazado por Di
Idische Zaitung. Si a primera vista pareciera que esta prolífica producción de diarios
étnicos se dirigía a lectores de las comunidades en cuya lengua eran publicados,
observando algunos casos en más detalle, se advierte que, por ejemplo, buena parte
de la prensa inglesa y francesa se orientaba a un horizonte más amplio de lectores.
Así, The Standard, Le Courrier del Plata y más tarde Le Courrier Français, se
especializaron en temas económicos y financieros de vital interés en una época de
acelerada expansión y abundancia de capitales dispuestos a ser invertidos en el nuevo
país. Por ello, estos diarios concitaban la atención de lectores que excedían el marco
más estrecho de la inmigración de habla inglesa y francesa y fueron leídos con
asiduidad, por ejemplo, por la clase alta argentina entre la que la influencia cultural, en
particular de Francia, había tenido notable influjo. Distinto parece el caso de los diarios
italianos o españoles, representantes de grupos migratorios no siempre bien vistos por
la dirigencia liberal local. En buena medida, estaban dirigidos a la propia colectividad y
fueron un medio propicio para que sus dueños y periodistas acrecentasen su
reconocimiento entre los compatriotas. Es importante recordar, que en numerosos
casos se trataba de individuos que, junto a otros representantes de la burguesía
inmigrante, eran parte de la dirigencia de las principales asociaciones de sus
colectividades y que el control de la prensa étnica favorecía su condición de líderes y
de mediadores entre la comunidad de origen y la sociedad local. MARÍA BJERG 51 En
estas publicaciones resonaban los ecos de acontecimientos políticos y económicos de
los lugares de origen de los inmigrantes pero también de los del nuevo país. La prensa
también reflejaba las tensiones, desencuentros y la fragmentación regional que
surcaban a las colectividades. Por ejemplo, el hecho de que hacia fines de la década
de 1880 se editaran en Buenos Aires cuatro diarios italianos pone en evidencia tanto la
importancia de ese grupo étnico como sus disensos internos. Por su parte, en la
prensa española se refleja bien el impacto de los particularismos regionales de la
península trasladados al Plata. De este modo, entre los gallegos a El Eco de Galicia se
le unieron en los albores del siglo XX impresos como Nova Galicia, El Despertar
Gallego, El Correo de Galicia, así como periódicos de origen local o comarcal. Esta
multiplicación alcanzó también a los vascos, asturianos, y leoneses. Cada publicación
expresaba a grupos que intentaban reivindicar los valores de su región vinculando, de
modo más estrecho que la prensa española, el plano de lo simbólico con el de la
compleja y diversa realidad social y política de la península. En esos diarios, los
inmigrantes solían publicar relatos, cartas, cuentos o poemas como expresiones que
recreaban el mundo cultural de origen. ¿Cuál fue la recepción que tuvo la prensa
étnica?, ¿qué papel desempeñó en la reproducción y adaptación de las identidades de
los inmigrantes? Si es cierto que el índice de analfabetismo es un dato a tener en
cuenta cuando se especula sobre el impacto de estos diarios, no lo es menos que la
lectura podía ser tanto una práctica individual como grupal. Cuando se revisa la
historia de las comunidades de inmigrantes, no es raro encontrarse con relatos que
aluden a la lectura de diarios y periódicos en voz alta, como parte de las prácticas
sociales de distintas asociaciones y clubes, o de los bares y almacenes de paisanos.
Entre los daneses de Tandil, a principios del siglo XX, eran emblemáticas las
reuniones casuales en la librería e imprenta de Blas Grothe, uno de los 52
HISTORIAS DE LA INMIGRACIÓN EN LA ARGENTINA encumbrados líderes étnicos
de la pequeña colectividad. Grothe era el dueño del Tandils Tidende, el primer
periódico en danés de la Argentina aparecido en 1892. Su librería, ubicada en el
centro de la pequeña ciudad a pocas cuadras de la iglesia luterana danesa, era un
punto clásico de reunión de viejos y nuevos inmigrantes. Los que llevaban tiempo
afincados en Tandil pasaban por lo de Grothe para enterarse las últimas novedades de
la comunidad, y los recién llegados para saber de oportunidades de trabajo, conseguir
alojamiento y pedir recomendaciones. En esas reuniones informales siempre había
alguien que leía en voz alta el periódico danés e incluso las noticias de El Eco de
Tandil (traducidas del español para los que todavía no habían aprendido castellano),
un diario local contemporáneo del Tidende. Los diarios, las asociaciones y su animada
vida social, las romerías españolas, las veladas del XX de Settembre, los bailes a los
que aludíamos, contribuyeron a consolidar identidades abarcadoras (italiana,
española, siria, danesa, judía) que se engarzaban con otras, las del pueblo, la región,
la religión, el parentesco y la familia. Identidades múltiples, que los inmigrantes
recreaban y resignificaban en un sinuoso derrotero de adaptación a la nueva realidad.
Notas 1 Por ejemplo, según Diego Armus y Jorge Hardoy, en Rosario, los conventillos
albergaron a un cuarto de la población entre fines del siglo XIX y el Centenario. Véase
Diego Armus y Jorge Hardoy, "Conventillos, ranchos y casa propia en el mundo
urbano del novecientos", en Diego Armus (comp.), Mundo urbano y cultura popular.
Estudios de Historia Social Argentina, Buenos Aires, Sudamericana, 1990. 2 En
numerosos casos se trataba también de inmigrantes. Por ejemplo, en su Historia de
los italianos en la Argentina, Fernando Devoto señala que, en los años que rondaban
al cambio de siglo, los italianos eran propietarios de numerosos casas de alquiler, en
especial de aquellas que albergaban a menos de diez familias. CAPÍTULO 3 La
inmigración en el mundo rural Colonias y colonizadores. De Esperanza a Nueva
Esperanza La tierra propia, la tierra cultivada, la tierra poblada, fue la expectativa en la
que quizá mejor confluyeron los ideales de los inmigrantes europeos, que llegaban
masivamente al Río de la Plata en la segunda mitad del siglo XIX, y los de la clase
dirigente local cuyo discurso evocaba imágenes bucólicas de un país de colonos y de
productores rurales, de una campaña en la que la tierra sembrada desplazaba a la
soledad de la estancia, en la que los europeos transplantados cual retoños de vid
contribuían con su diligencia y laboriosidad a erradicar la barbarie y a configurar un
paisaje de colonias, campos sembrados, pequeños poblados y prósperas ciudades.
Una expresión de este ideal fue la ley promulgada en 1876 que llevaba el elocuente
título de "Ley de Inmigración y Colonización" y que, como sugerimos en el primer
capítulo, resumía el espíritu de los mentores de la Argentina que mucho antes de la
organización definitiva de la nación habían pensando a la campaña pampeana como
un idílico jardín de agricultores europeos. La ley proponía crear organismos estatales
que, como el Departamento Central de Inmigración y la Oficina de Tierras y Colonias
se encargasen de mensurar, subdividir y entregar a particulares las tierras públicas
con fines colonizadores basándose en un sistema que combinaba varias modalidades
como la colonización estatal y la de empresas particulares e individuos con auspicio y
amparo del gobierno. Ese marco jurídico promovía una colonización agrícola en
pequeñas parcelas. Sin embargo, en la práctica iba a transformarse en un instrumento
legal útil para 54 54 HISTORIAS DE LA INMIGRACIÓN EN LA ARGENTINA que un
puñado de compañías colonizadoras se beneficiasen de su papel de intermediarias en
la venta de tierras públicas a pequeños productores rurales. A pesar de los esfuerzos
por legislarla, la colonización tuvo una corta proyección y aunque varias colonias
florecieron, no lograron fructificar en las imágenes que con tanta recurrencia evocaba
la clase dirigente. Quizá los proyectos de mayor envergadura fueron los que, décadas
antes del aluvión inmigratorio, se iniciaron durante el gobierno de Justo José de
Urquiza. En consonancia con el discurso liberal que animaba a la época, Urquiza trató
de establecer un nuevo orden basado en dos consignas fundamentales: vencer al
desierto y poblar las nuevas tierras con europeos laboriosos. Pero además de hacerse
eco de las ideas de su tiempo, razones locales subyacían al proyecto de colonización
encarado por el presidente de la flamante Confederación. Las tierras de las estancias
de Santa Fe, el exponente más elocuente de la experiencia colonizadora, no poseían
el valor comercial de las de Buenos Aires y estaban pobladas por un ganado de
inferior calidad. El desarrollo de la agricultura aparecía entonces como una salida
rentable para el campo litoraleño desvastado por los ejércitos de la guerra civil y las
incursiones indígenas, sumido en misérrimas condiciones de vida y afectado por un
largo y continuo drenaje de su población que, atraída por Buenos Aires y su campaña
aledaña, abandonaban la provincia. Estimular la llegada y radicación de europeos
sedientos de tierras podía ser una manera de resolver los problemas que aquejaban a
la región. De esa suerte, la segunda mitad del siglo XIX se transformaría en un punto
de inflexión para las provincias del litoral y en particular en el arranque de una colosal
transformación del desolado paisaje santafesino. Poco a poco emergió un mundo rural
poblado en el cual las antiguas estancias ganaderas eran reemplazadas por campos
agrícolas, los tendidos del ferrocarril animaban una comunicaMARÍABJERG 55 ción
cada vez más intensa que contribuía a una dinámica activi- dad comercial que, en
palabras de Ezequiel Gallo, "amenazó con modificar, aunque más no sea
esporádicamente, al secular pano- rama de la hegemonía pecuaria en la economía
nacional". La libre navegación de los ríos sancionada poco después de la bata- lla de
Caseros fue sin dudas una condición inicial para el arran- que de esta nueva era en la
economía y la sociedad santafecinas. La ley permitió un contacto fluido de la provincia
con el mundo externo pero también con el resto del país, aprovechándose de las
condiciones favorables del puerto de Rosario. Santa Fe se su- mergió así en un
crecimiento vertiginoso de sus fuerzas produc- tivas que se mantuvo constante
(aunque no carente de altibajos) hasta los inicios de la Gran Guerra. La acción del
gobierno fue esencial para la expansión agríco- la puesto que se basó en el estímulo a
las empresas capitalistas que emprendieron la colonización de tierras entregadas en
forma gratuita por el Estado o en condiciones muy favorables para su adquisición.
Durante la etapa inicial, que se inauguró a mediados de los años 1850 con la
fundación de la colonia "Espe- ranza" y se extendió hasta finales de los 1870, se
fundaron 70 colonias. El formidable desarrollo que hizo de la región el cora- zón
cerealero del país en el siglo XIX, se concentró en las déca- das de 1880 y 1890. En
quince años se fundaron casi 300 cen- tros agrícolas. Entonces, el papel que el Estado
había tenido en los años inaugurales del proyecto se desdibujó y la colonización
recayó en manos de individuos que compraban grandes exten- siones de tierra en
zonas fronterizas de la provincia y las ven- dían o arrendaban a los agricultores
inmigrantes que afluían masivamente a los campos santafesinos. En el transcurso de
estas décadas, el paisaje social cambió de modo notable. Mientras el primer censo
nacional de población realizado durante la presidencia de Domingo F. Sarmiento,
regis- tró algo más de 89.000 habitantes en la provincia, en el de 1895 56
HISTORIAS DE LA INMIGRACIÓN EN LA ARGENTINA esa cifra había trepado a casi
400.000 personas. Algo más del 15% de la población era extranjera en 1869, en tanto
que en 1895, los inmigrantes constituían el 42% de los habitantes del territorio
provincial. La mayoría de los extranjeros eran originarios de Italia (65% de los
inmigrantes en 1895); los españoles eran el segundo grupo nacional en importancia
(constituían el 13% de la población de origen inmigrante). A estos dos grupos se
sumaba un conglomerado multiétnico de franceses, suizos y alemanes. Una porción
ostensible de todos estos inmigrantes se hallaba radicada en las regiones cerealeras y
colonas, y si bien la numerosa presencia de los suizos y los alemanes en algunas de
ellas había sido la marca distintiva hasta finales de los años 1870, desde entonces los
italianos tomaron la delantera, replicando la tendencia nacional cuando en los años
1880 y 1890 Argentina se transformó en el país que recibió mayor cantidad de
inmigrantes italianos. Del corazón del mundo rural no sólo salió el impulso del
crecimiento demográfico y agrícola de la provincia, sino también de su diversificación
productiva y de su expansión urbana. La transformación de Rosario, la ciudad puerto,
fue proverbial en aquellos años, así como la expansión de los pueblos rurales
gestados al amparo de la feracidad de las tierras cerealeras y de las vías del
ferrocarril. En 1895, la zona agrícola santafesina configuraba un paisaje que bien
habría podido satisfacer el ideal del jardín jeffersoniano que Sarmiento había admirado
en América del Norte y había soñado trasplantar a la pampa. Las numerosas
adaptaciones a las que los inmigrantes debieron hacer frente en el dominio productivo
están en la base de la profunda transformación de la provincia que ellos
protagonizaron. El primer imperativo fue acostumbrarse a encarar el cultivo de la tierra
de un modo bien diferente del que estaban habituados en el mundo campesino
europeo. La agricultura intensiva debió ser resignada y a través de un arduo camino
jalonado por MARÍA BJERG 57 ensayos y errores, fueron extendiendo las unidades
productivas de las 20-25 hectáreas en los años 1860, a las 100-150 en la década de
1890. Además, las nuevas condiciones del cultivo llevaron a introducir cambios en la
maquinaria agrícola. Las primeras innovaciones se hicieron en pequeñas herrerías
donde los propios inmigrantes fabricaban, por ejemplo, arados más livianos que los
que se utilizaban en Europa. Descubrimiento y adaptación fueron los imperativos de la
vida colona y los requisitos del éxito en la empresa cerealera que con frecuencia era
coronada por el pasaje de la condición de arrendatario a la de propietario. Pero la vida
agrícola estuvo signada también por avatares que la volvían dura y azarosa: las
heladas, los altibajos del precio del cereal, la langosta, la inestabilidad política o las
invasiones de los indios. No obstante, la tendencia expansiva parecía ineludible (al
menos hasta mediados de los noventa) y atraía a contingentes cada vez más
numerosos de europeos hacia el mundo rural de la provincia. El signo positivo
comenzaría a mudar hacia finales del siglo XIX en consonancia con la casi completa
ocupación de las tierras libres. A partir de entonces, la expansión de la agricultura
argentina cambiaría su escenario por Buenos Aires y Córdoba, sitios en los que sin
embargo, no iban a repetirse las escenas de colonización que se habían vivido en los
años dorados de Santa Fe. La proverbial expansión de las colonias santafesinas ha
opacado la por cierto más modesta colonización de otra provincia del Litoral: Entre
Ríos. Si los italianos se adueñaron de la escena rural en Santa Fe, al campo
entrerriano le dieron su nota de color los alemanes del Volga y los judíos. Originarios
de territorios que formaban parte del imperio de los zares, estos "rusos" dejaban
perplejos a los pobladores y a las autoridades locales, puesto que lejos de cualquier
expectativa, no hablan "el idioma de Pushkin" -como sostuvo el inspector de colonias
Alejo Peyret en un informe en los años 1890- sino alemán unos, idish los otros. 58
HISTORIAS DE LA INMIGRACIÓN EN LA ARGENTINA Un año después de la sanción
de la ley Avellaneda, una comisión integrada por cuatro agricultores ruso-alemanes
llegó a la Argentina procedente de Brasil buscando tierras propicias para el cultivo de
trigo al que estaban habituados en los campos del Volga. Las favorables condiciones
iniciales con las que los antepasados de estos colonos se habían afincado cien años
atrás en Rusia, comenzaron a revertirse de modo vertiginoso en la segunda mitad del
siglo XIX. La monarquía impuso una intensa rusificación jalonada por el cercenamiento
de los privilegios que estas minorías de agricultores (que incluían a otros grupos
europeos, como los menonitas, por ejemplo) habían gozado desde su llegada al Volga
en el siglo XVIII. Una de las medidas de mayor impacto fue sin dudas la resolución del
zar de dejar sin efecto la exención del servicio militar que habían obtenido en tiempos
de Catalina II. La extensión de la recluta avanzaba entonces de manera peligrosa
sobre la vida productiva de los colonos. El servicio, que se desarrollaba en regiones
alejadas del Volga, duraba entre cinco y siete años y se transformaba en un constante
y prolongado drenaje de fuerza de trabajo joven. Una elocuente cita de Olga Weyne en
su libro Del Rhin al Volga. Del Volga al Plata, evoca los dichos de Juan Detzel, un
inmigrante que llegó a la Argentina en 1914, y que recordaba que el servicio militar
seguía siendo el principal motivo de descontento que impulsaba a los colonos a buscar
otros horizontes, "pues era injusto salir jóvenes de las colonias y volver con canas". El
idioma alemán fue otro de los nervios sensibles tocados por la política de rusificación.
Desde su llegada, los colonos habían logrado mantener su lengua mediante la
educación de sus hijos en sus propias escuelas. Una legislación que aseguraba el
privilegio de vivir en Rusia sin hablar ruso y una vida que traspasaba escasamente los
contornos de la colonia, habían hecho posible que aún en los años 1870 los niños de
la comunidad fuesen educados por el Lehrer y el Schulmeister en el idioma de sus
MARÍA BJERG 59 ancestros, en el que también profesaban y mantenían su fe
religiosa cristiana, ya católica, ya protestante. Sin embargo, el cambio de orientación
de la política del zar impondría un coto a esos privilegios exigiendo la enseñanza del
ruso en las escuelas de los colonos. A este cercenamiento de derechos, se sumaba un
problema estructural que afectaba no sólo a los alemanes sino al grueso de los
agricultores, fuesen o no inmigrantes, gozasen o no de privilegios. Durante la segunda
mitad del siglo XIX, la falta de tierras y el atraso del mundo rural sumieron a los
campesinos en una economía tradicional que apenas les permitía sobrepasar el nivel
de la subsistencia. En el caso particular de las colonias alemanas, a partir de 1870, el
gobierno desistió de la entrega anual de parcelas en el Volga, una práctica (vigente
desde los tiempos de Catalina II) que permitía la reproducción familiar y económica y
aseguraba tierra para las generaciones jóvenes. La solución propuesta por las
autoridades fue una alternativa por la que pocos optaron: buscar nuevos horizontes en
Siberia. Ante este panorama, muchas familias del Volga prefirieron encarar un
proyecto más complejo pero con mejores expectativas. América parecía un destino
más propicio que las tierras siberianas y por ello un creciente número de colonos
comenzó a abandonar Rusia con rumbo a Estados Unidos y Canadá en los años 1870.
Una pequeña porción del flujo que partía desde el Volga respondió, sin embargo, a la
política de fomento a la inmigración del gobierno de Brasil, desde donde la Argentina
comenzó a ser percibida como el destino más apropiado para un grupo que arrastraba
una larga tradición de agricultura triguera. Los colonos llegaron en 1878 procedentes
de Brasil amparados en un conveniente acuerdo con el gobierno argentino. El primer
contingente recibiría tierras suficientes para albergar a 200 familias de agricultores
distribuidas en lotes de 45-50 hectáreas; los inmigrantes obtendrían un préstamo para
pagar el pasaje 60 HISTORIAS DE LA INMIGRACIÓN EN LA ARGENTINA desde
Brasil y la manutención del primer año, y además se los eximiría de impuestos y
contribuciones durante los dos primeros años. Podrían organizar sus aldeas siguiendo
el patrón de asentamiento que habían mantenido en Rusia, constituir libremente sus
autoridades comunales, y contar con una escuela elemental en la colonia con la
salvedad de que en ella debería enseñarse además del alemán, el castellano. A pesar
de que la mayoría de los colonos eran católicos, la libertad de culto resultaba un
atractivo adicional para las minorías protestantes (luteranos y reformados) que
conformaban el primer contingente (alrededor de 1.000 personas) que llegó en el
verano de 1878 a las proximidades de Diamante donde el Poder Ejecutivo había
creado la colonia General Alvear recostada sobre el río Paraná y flanqueada por los
arroyos Ensenada y Salto. En poco tiempo, el paisaje y la configuración social y étnica
del "land de los tajamares" iba a sufrir una profunda transformación. La traza de las
aldeas reproducía la forma en que los colonos habían organizado el espacio en el
Volga. En primer lugar, las colonias se distribuían siguiendo criterios religiosos. Así, las
primeras cuarenta familias evangélicas llegadas desde Brasil crearon, a orillas del
arroyo Ensenada, una "aldea madre" (de la cual, con los años, irían desprendiéndose
nuevos asentamientos) llamada Protestante. Sin embargo, más allá de las afiliaciones
religiosas, el peculiar trazo de las colonias era común a católicos y no católicos. Como
las "metrópolis" volguenses, las aldeas entrerrianas estaban tendidas sobre una calle
de 50 metros de ancho que fungía como el eje de la colonia, dividía los lotes y era el
lugar de la iglesia, la escuela y las casas en cuyos fondos amplios se ubicaban las
huertas y los establos. Esa arteria servía de referencia para el trazado de calles
paralelas y transversales más angostas. Resabios del mir ruso (el consejo de gobierno
de la aldea campesina) se advierten en la organización administrativa de las coMARÍA
BJERG 61 lonias, una de cuyas instituciones era un consejo colectivo inte- grado por
tres miembros electos entre los varones casados que los días sábado convocaba a las
asambleas de familia. A esas reunio- nes asistían los agricultores acompañados de
sus esposas y allí se decidían aspectos importantes del funcionamiento de la colonia,
por ejemplo, cuáles tierras debían dejarse en barbecho o para el pastoreo de los
animales, o cuáles terrenos salían en arriendo. En el espacio social y productivo de
sus aldeas, donde se re- creaban representaciones y antiguas prácticas, las familias
logra- ron preservar sistemas simbólicos y creencias que los vinculaban al pasado.
Como ocurrió con otros grupos de inmigrantes, la iglesia y la escuela tuvieron un
importante papel en la configu- ración de una trama de significados que se
decodificaba en ale- mán. Las misas de los colonos católicos y los cultos de los evan-
gélicos se desarrollaban en la lengua que celosamente habían mantenido durante su
estancia en Rusia. Y aunque las autorida- des argentinas se habían mostrado liberales
en materia de culto y educación, al mismo tiempo habían establecido que las clases en
las escuelas de las aldeas debían contemplar la enseñanza del castellano. Sin
embargo, durante las primeras décadas de la co- lonización, los rusoalemanes no
parecen haber respetado las condiciones impuestas por las autoridades locales. Las
genera- ciones nacidas en la Argentina mantenían el alemán como su primera lengua,
"prescindiendo por completo del reglamento y la Ley de Educación" (como sostenía un
despacho de la Direc- ción General de Escuelas fechado en Entre Ríos en mayo
1894). De esa suerte, la educación de los niños rusoalemanes estaba, como en las
colonias de Rusia, a cargo del Lehrer, una figura clave en el mantenimiento de
sistemas simbólicos que aferraban a las jóvenes generaciones nacidas en suelo
argentino a un pasa- do que sus familias habían dejado atrás en el siglo XVIII. Sin
embargo, esta situación, que mantenía a los colonos en "una entidad nacional distinta"
y peligrosamente contribuía a la 62 HISTORIAS DE LA INMIGRACIÓN EN LA
ARGENTINA proliferación de "islas ligüísticas" en el campo entrerriano (en palabras
de Alejo Peyret), no pasó inadvertida para las autoridades nacionales y provinciales
embarcadas, en los años 1890, en una política cultural y educativa que buscaba
afianzar la nacionalidad y que se mantenía particularmente atenta a lugares como
Entre Ríos donde el paisaje rural se poblaba de fragmentos étnicos cuyos contornos,
claramente delimitados, concentraban a numerosos extranjeros de un mismo origen.
La conformación de una identidad aglutinante de la heterogeneidad cultural y religiosa
en una sociedad que había sido impactada por un aluvión inmigratorio, no estuvo libre
de contradicciones y dificultades. No era sencillo imponer la enseñanza de la lengua y
la historia nacional, y la observancia de una compleja liturgia patriótica, sin el
consenso de los colonos. Una de las soluciones de transición fue la de autorizar que la
educación de los niños (no sólo rusoalemanes sino también de otras minorías, como
los judíos, a los que nos referimos más adelante) siguiese a cargo de maestros de su
propia comunidad, con la condición de que fuesen capaces de enseñar en castellano
respetando los lineamientos y contenidos que las autoridades consideraban esenciales
para garantizar que los hijos de los inmigrantes se integrasen a la nación en la que la
mayoría de ellos había nacido. El paso del tiempo disiparía de modo irremediable las
diferencias expresadas en la preservación de lenguas y tradiciones de las patrias de
origen. Sin embargo, tanto entre los inmigrantes como entre sus hijos, la naturaleza
del mundo rural y la reclusión en las colonias contribuyeron a que prácticas y sistemas
simbólicos se mantuviesen resignificados en el dominio de la vida cotidiana hasta bien
entrado el siglo XX. La religiosidad posiblemente fue una de las marcas étnicas más
persistentes. En Entre Ríos o en las colonias rusoalemanas de los partidos
bonaerenses de Olavarría y Coronel Suárez, la iglesia era el centro simbólico de la
aldea. A principios del siglo XX, MARÍA BJERG 63 los agricultores de la colonia Santa
María (ubicada a unos pocos kilómetros del pueblo de Suárez), levantaron una iglesia
que todavía es considerada una de las más pintorescas de la provincia. Con un
exterior sobrio y de estilo neutro, la nota llamativa se la confieren dos imponentes
torres alzándose en medio de la llanura. Su interior, con altares de mármol y columnas
de ónix, contiene un mural y un vitraux que fueron encargados a maestros europeos
por los colonos. En ese templo o en las capillas de las otras colonias, se celebraban
matrimonios endogámicos que también contribuyeron a la persistencia de sistemas
simbólicos y a la creación y recreación de identidades étnicas en el mundo doméstico.
En ese dominio privado, las mujeres se erigieron en custodias de una identidad que se
expresaba, por ejemplo, en las formas del comer y del vestir austero y en una
obstinada permanencia del alemán como primera lengua de comunicación entre
madres e hijos. Pero dejemos ahora a estos colonos y viremos la atención hacia otros
inmigrantes, los judíos, que también salieron de Rusia con rumbo al Plata, aunque
unas décadas más tarde que los rusoalemanes. Cuando el escenario de la expansión
cerealera cambiaba de Santa Fe a la provincia de Buenos Aires, el Barón Maurice
Hirsch, un rico financista europeo, imaginaba una empresa colonizadora que
sustrajese a los judíos de la creciente severidad y la violencia de los pogroms
desatados sobre ellos tras el asesinato del zar Alejandro II, atribuido a un judío. La
discriminación y las agresiones fueron acompañadas por un conjunto de leyes cada
vez más restrictivas que reestablecieron la Zona de Residencia, dentro de la cual se
prohibió a los judíos asentarse fuera de las ciudades y adquirir tierras de labranza en
áreas rurales. A esto se sumaron otras limitaciones como la que imponía cupos para el
ingreso de hebreos en las escuelas secundarias y superiores, o la disposición de 1891
que forzaba a los judíos de Moscú y San Petersburgo a vender sus propiedades y
trasladarse a la Zona de 64 HISTORIAS DE LA INMIGRACIÓN EN LA ARGENTINA
Residencia, cuyo vertiginoso crecimiento demográfico empeoraba día a día las
condiciones de vida. De esa suerte, comenzó una emigración espontánea hacia
destinos cercanos como el imperio Austrohúngaro, Alemania, Francia e Inglaterra, o
más distantes como Palestina y Estados Unidos. En ese contexto el barón Hirsch
gestó un impactante proyecto de colonización en la pampa argentina. Hirsch estaba
convencido de que durante el largo tiempo en que el pueblo hebreo había sido
removido de la agricultura sufrió una degradación que sólo podría ser revertida con el
regreso a la tierra. Con ese propósito, en 1891 fundó la Jewish Colonization
Association (JCA) cuyo objeto era buscar un lugar donde hubiese tierras disponibles
para que los judíos pudiesen vivir libres de los prejuicios religiosos que habían hecho
de ese pueblo un blanco de recurrentes persecuciones. Esa tierra sería dividida en
parcelas y entregada a familias israelitas del este de Europa y de las zonas
occidentales de Rusia. En sus planes originales, Hirsch pensaba trasladar hacia la
Argentina a 25.000 inmigrantes en 1892. Ese número se incrementaría en los años
subsiguientes hasta alcanzar en el plazo de un cuarto de siglo a 3.250.000 personas,
prácticamente el grueso de la judería europea. Este enorme esquema comenzó a
funcionar en agosto de 1891 cuando dos barcos con 468 judíos fondearon el puerto de
Buenos Aires y en diciembre del mismo año llegaron otros 880 colonos. Sin embargo,
durante 1892 entraron al país menos de 1.000 de los 25.000 que contemplaba en plan
original. Aunque los ingresos crecían nunca superaron los 15.000 arribos anuales. De
esa suerte, entre la puesta en marcha del proyecto y 1900, entraron 25.000 judíos por
el puerto de Buenos Aires, y desde entonces y hasta 1914, 87.000. La década de
1920, una época expansiva para la agricultura pampeana, registró un pico de ingresos
motivado seguramente en el impacto que sobre la Argentina como destino alternativo
tuvieron las leyes de inmigración de EsMARIA BJERG 65 tados Unidos que, como
vimos, impusieron cuotas cada más res- trictivas a la entrada de extranjeros. Aunque
buena parte de los judíos que se afincaron en las co- lonias (que en 1927 contaban
con una población de algo más de 33.000 personas) llegó bajo el auspicio y las
condiciones de la JCA, hubo quienes lo hicieron de manera espontánea. Como en
otras comunidades emigradas, también entre los judíos las redes sociales impulsaban
la migración y la elección de destinos. Cartas, pasajes prepagos, información sobre
trabajo o sobre dón- de vivir en los primeros tiempos, circulaban intensamente a través
de contactos entre familiares, amigos y vecinos. Salvador Kibrick tenía diez años en
1904 cuando su familia abandonó Podolia para emigrar a la Argentina, donde vivían
sus abuelos que habí- an llegado al país como colonos de la JCA: Fueron ellos los que
nos mandaron los pasajes para emi- grar [...] pero la primera vez mi madre los
devolvió por- que le resultaba muy difícil emprender el viaje con sus hijos pequeños.
Después del histórico pogrom de Kischi- neff, los abuelos volvieron a enviarnos
pasajes y gracias a ellos pudimos salir del infierno ruso [...] En el puerto de Buenos
Aires nos recibieron nuestros abuelos maternos [...] En Carlos Casares nuestros
abuelos paternos, tíos y demás miembros de la familia -que eran muchos- nos dieron
la bienvenida en la estación y nos ayudaron a ins- talarnos [...] La provincia de Entre
Ríos fue escenario privilegiado de esa colo- nización. En 1892 se fundó "Clara" y en
1894 "Lucienville". En las primeras décadas del siglo XX las colonias se expandieron
hacia el norte entrerriano con la creación de tres nuevos asenta- mientos (Santa Isabel
en 1908, Cohen-Oungre en 1925 y Avig- dor en 1936). Por su parte, en la provincia de
Buenos Aires, en 66 HISTORIAS DE LA INMIGRACIÓN EN LA ARGENTINA 1892, la
JCA fundó la colonia "Mauricio" en las cercanías del pueblo de Carlos Casares,
adonde sus abuelos acogieron a Salvador Kibrick y su familia cuando llegaron de
Rusia. En los albores de 1900 la colonización se proyecté al oeste, en dirección a La
Pampa, con la creación de Barón Hirsch en 1905 y Narcise Leven en 1909. Estos
asentamientos estaban ubicados en regiones poco pobladas y los judíos -como vimos
que ocurría con los rusoalemanes- llevaban una vida replegada sobre la colonia que
marcaba sus prácticas cotidianas y definía sus relaciones con la sociedad local.
Agrupadas en aldeas, las familias inmigrantes se adaptaban tenaz y costosamente a la
vida agrícola, al tiempo que recreaban las instituciones que regulaban su vida
religiosa, social y cultural. Pequeñas sinagogas, baños comunitarios para las
abluciones rituales, escuelas donde los niños aprendían en hebreo de la Torah y el
Talmud, configuraban una trama de sentidos que ordenaba una vida que se distinguía
poco de la que habían llevado en los guetos de Rusia y Europa Oriental. La diferencia
más notoria era, claro está, la práctica de la agricultura de la que habían sido
sustraídos en el Viejo Mundo y en la que, según el ideal del Barón Hirsch, se
"regenerarían". La estricta observancia de un nutrido calendario ritual, la lectura de los
textos sagrados en hebreo y la preservación en el habla cotidiana del idish, ponían a
las colonias en riesgo de transformarse en un mundo cerrado que entorpecería la
integración de los judíos y de sus hijos a la sociedad Argentina. Más arriba decíamos
que las autoridades locales trataban de controlar las escuelas de colectividades
extranjeras y que en Entre Ríos aceptaron de manera provisoria el trabajo de maestros
extranjeros que hablasen español como solución de compromiso para que las
escuelas de inmigrantes garantizasen una enseñanza de orientación nacional. De esa
suerte, Lilia Bertoni cuenta que en 1895 la revista La Educación elogió los esfuerzos
del maestro José MARÍA BJERG 67 Sabash, un egresado de la Escuela Normal de la
Alianza Israelita en París que estaba a cargo de la escuela de la colonia Clara. Desde
el primer día ha impartido la enseñanza en lengua española. Los alumnos de segundo
grado hablan siempre en español, aún durante los recreos [...] pues así lo tienen
prescripto [...] el profesor Sabash explica la Historia Nacional [...] los niños conocen la
geografía nacional [...] en la escuela costeada por la Empresa Colonizadora Judía [...]
se nacionaliza la enseñanza y se instruye a los niños para incorporarse a la obra del
progreso argentino. El artículo remataba elogiando a Sabash al que calificaba como
"un obrero eficiente de la nacionalidad argentina". Estas preocupaciones que entre los
años noventa y los tiempos del Centenario, habían puesto en la mira de los defensores
de la educación nacional a los judíos y los rusoalemanes, se replicaron, (aunque
resignificadas) en las colonias menonitas de La Pampa un siglo más tarde. A fines de
1990, el Ministerio de Educación de la provincia puso de manifiesto su preocupación
porque los niños menonitas de la colonia agrícola "Nueva Esperanza" eran educados
en sus escuelas parroquiales en un idioma que "es un dialecto holando-alemán, con
algunas influencias del inglés [...] un idioma en extremo difícil de comprender, hablado
solo por los menonitas". Esta arrevesada descripción que hace referencia al
Plattdeustch o Bajo Alemán, daba cuenta de la persistencia de la cuestión de la
integración en la sociedad argentina de los hijos de los inmigrantes. Las presiones de
las autoridades educativas para que los colonos menonitas enviasen a sus hijos a la
escuela pública o introdujesen la enseñanza en castellano en la colonia, desataron
una prolongada disputa entre los inmigrantes y el gobierno de la provincia que terminó
a fines de los años 1990 con un acuerdo 68 HISTORIAS DE LA INMIGRACIÓN EN
LA ARGENTINA según el cual los menonitas se comprometían a enseñar castellano a
sus hijos en sus hogares y en las escuelas de la colonia. ¿Quiénes eran esos
granjeros rubios, de ojos claros, parcos y austeros, de oscuros atavíos llamados
menonitas que bregaban a fines del siglo XX por mantener una lengua ancestral? Se
trataba de un grupo religioso originario de Holanda que en el siglo XVIII había migrado
a Ucrania atraído por las políticas de radicación de agricultores europeos durante el
reinado de Catalina II. De manera similar a los alemanes del Volga, los menonitas
obtuvieron privilegios en materia educativa, militar y religiosa que volvieron atractiva la
idea de afincarse en la tierra de los zares. El mundo rural de Ucrania les ofrecía la
posibilidad de vivir en colonias cerradas donde preservar sus cosmovisiones, su
idioma y su estilo de vida regido por estrictos principios de austeridad y ascetismo
cristianos. Los menonitas pretendían vivir "de espaldas al mundo" trazando nítidas
fronteras entre sus comunidades y la sociedad que los rodeaba. Mantener una
existencia social y política separada del resto de la sociedad era clave, entre otras
razones, para defender uno de los principios religiosos que organizaban su vida: el
pacifismo. En la Rusia de Catalina II, el status de campesinos libres y la autonomía de
sus colonias los eximían del servicio militar. Empero, los privilegios comenzaron a
perder vigencia en la segunda mitad del siglo XIX. Sometidos como sus vecinos
rusoalemanes a las presiones de la rusificación, la recluta forzosa y la escasez de
tierras hacia donde expandir las colonias, los menonitas también abandonaron Rusia
durante los años 1870 para establecerse en Canadá y Estados Unidos. Desde allí, en
la década de 1920 tuvo lugar una nueva migración hacia México, Paraguay, Bolivia y
Brasil. A mediados de los años 1980, procedentes en su mayoría de las colonias de
México y Bolivia, llegaron a la Argentina ciento veinte familias menonitas que se
radicaron a 40 kilómetros de la ciudad de Guatraché en la provincia de la Pampa y
fundaron MARIA BJERG 69 "Nueva Esperanza", en una estancia de 10.000 hectáreas
que fue comprada por los colonos. Nada tenía que ver esta experiencia colonizadora
de fines del siglo XX con los proyectos que dieron origen a las colonizaciones de
Santa Fe y Entre Ríos. Sin embargo, aunque no se enmarcaban ni en un discurso ni
en una política de fomento del asentamiento de agricultores europeos en zonas de
población dispersa y de escaso desarrollo agrario, podemos advertir algunos rasgos
comunes entre ambas experiencias. Por un lado, la tierra como símbolo e imagen
motivadora de la migración es crucial en las representaciones de los menonitas, que
sólo pueden garantizar la observancia de "una vida de espaldas al mundo" si se
afincan en el campo. Por otro lado, la colonización de la antigua estancia ganadera
también dio origen a una gradual pero persistente modificación de los patrones
productivos tradicionales y del paisaje. El espacio abierto, dominado por la producción
agrícola y ganadera extensiva y el hábitat disperso fue dando paso a una colonia
conformada por nueve "campos" que incluyen la tierra para el cultivo de trigo (una de
las principales actividades económicas del grupo), los graneros, las casas, los huertos
y los tambos. Esos "campos" están comunicados por una densa red de calles
interiores, y tienen escuelas y dos iglesias. En el pequeño mundo que alberga "Nueva
Esperanza", las mujeres con sus tradicionales vestidos oscuros, sus pañuelos
estampados y sus delantales, son las encargadas de cultivar hortalizas y frutales, de
ordeñar y hacer quesos, de cuidar las aves del corral y de producir para la economía
doméstica. Los hombres, no menos sobrios en su atavío que sus mujeres, cultivan en
el campo abierto y establecen los escasos vínculos que la colonia tiene con el mundo
exterior participando del mercado. Además, todos cuidan que las generaciones
jóvenes mantengan su vida dentro de las fronteras culturales trazadas a partir de los
estrictos principios religiosos que animan las tramas de sentido del 70 HISTORIAS
DE LA INMIGRACIÓN EN LA ARGENTINA grupo. Para ello es esencial que los niños
se eduquen en las escuelas de la colonia y obtengan sólo una instrucción elemental
centrada en las Sagradas Escrituras y desarrollada en Plattdeutsch, el idioma en que
una y otra vez en contextos tan dispares corno Ucrania, Paraguay o la Pampa, se ha
reproducido una cosmovisión que descansa en la defensa de la austeridad, del
sectarismo pietista, del aislamiento y del pacifismo. Esos pequeños y pintorescos
jardines surgidos del fomento estatal, de la acción de compañías privadas, o de la
iniciativa particular de un grupo que busca amparo para sus ancestrales tradiciones,
revelan una parte de las experiencias de los inmigrantes europeos en el mundo rural
de la Argentina. Que la colonización fracasó como proyecto general y que las
imágenes de una campaña habitada por agricultores que labraban parcelas más o
menos pequeñas y animaban el crecimiento de pueblos y prósperas ciudades, no se
concretaron más que de manera parcial, es una afirmación que pocos se atreverían a
discutir. Sin embargo, eso no debería ocultar las huellas que el ideal colonizador
gestado por los mentores de la nación dejó en el campo pampeano al remediar los
golpes que la turbulencia de las primeras décadas del siglo XIX le había infligido al
Litoral y al transformarse luego en la piedra angular del primer boom agrícola. Es más,
las colonias le imprimieron un contenido étnico a numerosos fragmentos del territorio
de Entre Ríos, Santa Fe, Buenos Aires y La Pampa dejando profundas marcas en el
paisaje: el collage de sembradíos que lucían un degradé de dorados y verdes; las
pintorescas casas de los menonitas de Guatraché, las torres de la iglesia rusoalemana
de Coronel Suárez irguiéndose en medio de una llanura de límites desdibujados, o el
cementerio judío recostado a la vera de un camino vecinal en Carlos Casares, son
elocuentes testimonios de ello. MARÍA BJERG 71 Los inmigrantes en las estancias y
las chacras £n lo que resta de este capítulo hablaremos de otras experiencias de
inmigrantes en el mundo rural que tuvieron lugar por fuera de los proyectos
colonizadores. Volvamos entonces a mediados del siglo XIX y ubiquémonos en el
campo del norte de la provincia de Buenos Aires. Esas tierras que configuraban la
vieja frontera mientras se intentaba, no sin dilaciones y obstáculos, la expansión de la
provincia hacia el sur del río Salado, fueron un punto de atracción de los irlandeses,
escoceses y vascos que iban a dedicarse a la explotación del ganado lanar, una
actividad económica que se constituiría en el primer jalón de la ganadería capitalista
argentina. Desde mediados de la década de 1850 la producción de lana se transformó
en el primer renglón de las exportaciones de la economía del litoral que se dirigían
hacia los mercados de Francia, Bélgica y Estados Unidos. La oveja, un animal sin
valor hasta hacía poco tiempo, desplazaría al vacuno de su lugar de preeminencia en
la campaña de Buenos Aires. La demanda del mercado internacional dio impulso al
refinamiento del ganado y a innovaciones técnicas y de producción. Los estancieros
comenzaron a demandar más mano de obra para propulsar la mejora de los pastos y
el cercado de los campos, la construcción de galpones para la esquila, corrales para
las majadas, puestos para los pastores y depósitos para la lana. Al calor de los
cambios productivos, los campos de la provincia comenzaron a atraer a abultados
contingentes de nuevos pobladores que migraban de las provincias del interior del país
o desde Europa. Entre los últimos, los irlandeses llegaron durante las décadas de
1840, 1850 y 1860. Al principiar esa etapa, Irlanda estaba atravesando por una
profunda crisis económica. Inglaterra era el primer mercado de venta de la producción
agrícola y ganadera irlandesa y, a la vez, el principal obstáculo para el desa 72
HISTORIAS DE LA INMIGRACIÓN EN LA ARGENTINA rrollo de su manufactura textil
que, rendida ante la competencia inglesa y sin tarifas proteccionistas, ya casi había
desaparecido en la segunda mitad de la década de 1820. En un mundo rural de
grandes propietarios, arrendatarios, cottiers que poseían parcelas menores de dos
hectáreas o contratos de subarriendo a corto plazo, y trabajadores rurales sin tierra, el
alza de los precios agrícolas y ganaderos había sido la causa de una corta etapa de
expansión económica a principios del siglo XIX de cuyos beneficios se habían
apropiado los sectores más acomodados del campo. La caída de los precios en los
años 1830 comenzó a revertir la situación de bonanza y acentuar las condiciones de
pobreza de los pequeños productores y del proletariado rural. La dieta irlandesa
dependía cada vez más de la papa, que en los años cuarenta era el único alimento de
un tercio de los pobladores. Cuando la roya provocó el fracaso de varias cosechas
entre 1845 y 1850 se agravaron los problemas estructurales de la economía
provocando una coyuntura de crisis y una hambruna cuyas principales víctimas fueron
los pequeños arrendatarios, los cottiers y los trabajadores sin tierra. En la dramática
disminución de la población es donde la debacle económica y social se mostró más
elocuente: ochocientas mil personas murieron y un millón y medio emigró. En los años
1840 y 1850, los partidos ubicados al sur de la ciudad de Buenos Aires fueron los
primeros receptores de una porción de esa migración que se dirigía de manera masiva
hacia Inglaterra y Estados Unidos. Desde Cañuelas, San Vicente, Chascomús y
Ranchos, los asentamientos irlandeses fueron expandiéndose con el correr de las
décadas hacia Mercedes, Suipacha, Carmen de Areco, Exaltación de la Cruz, Lujan y
San Andrés de Giles, y desde allí hacia zonas fronterizas como Rojas, Chacabuco, 25
de Mayo, Bragado y Saladillo. En esa región, la ganadería ovejera se había
transformado en el rubro más expansivo de la economía, y en él se insertaron los
MARÍA BJERG 73 inmigrantes que llegaban desde Irlanda: La cría de ovejas
presentaba una serie de ventajas: la experiencia que muchos irlandeses tenía en esa
actividad en sus lugares dé origen, el hecho de que la producción pudiese encararse
con un pequeño capital inicial, y el recurso a la fuerza de trabajo de la familia y la
parentela. En pocas ocasiones, más allá de la esquila que era muy laboriosa, un
pequeño productor necesitaba recurrir a brazos ajenos al hogar. En su libro sobre la
inmigración irlandesa, Hilda Sabato y Juan Carlos Korol, reconstruyeron una
trayectoria de acceso al mercado de trabajo y de tierras que estuvo jalonada para la
mayoría de los irlandeses por el conchabo como trabajador rural asalariado, la
aparcería o el arriendo, .y la propiedad. Los recién llegados solían conseguir empleo
como peones en las estancias de sus compaisanos, o en las sheep farms durante las
temporadas de esquila. Tiempo después, esos peones conseguían un contrato de
aparecería con su patrón, donde una parte ofrecía el trabajo y la otra la tierra y las
ovejas. Allí se iniciaba un camino de acumulación que para la mayoría podía terminar
en el arriendo o en la compra de una chacra ovejera/y para la minoría en la propiedad
de grandes extensiones y de majadas numerosas. En la expansión de la corriente dé
inmigrantes irlandeses y en la configuración de un espacio productivo con una fuerte
impronta étnica, los contactos interpersonales entre Irlanda y Argentina, y entre los
recién llegados y los que llevaban tiempo afincados, jugaron un importante papel.
Además de las cartas y las llamadas de parientes y amigos que ofrecían un trabajo o
un lugar donde alojarse, algunas figuras públicas del grupo contribuían al aumento del
flujo de inmigrantes que llegaban a la campaña de Buenos Aires y a la configuración
de una comunidad hiberno-argentina. Los curas católicos como el Padre Fahy, un
sacerdote que llegó en 1844, fueron piezas claves de articulación del grupo no sólo en
lo espiritual y cultural, sino también en sus aspectos económicos y productivos. La
dispersión que sig 74 HISTORIAS DE LA INMIGRACIÓN EN LA ARGENTINA naba al
asentamiento en el mundo rural del norte y noroeste de la provincia transformó a los
curas en los articuladores entre las distintas comunidades que iban naciendo en cada
partido, y en los encargados de delinear gran parte de los contactos entre recién
llegados sin trabajo y farmers y estancieros en busca de peones o apareceros. La
misa que congregaba a los compatriotas para compartir creencias y una espiritualidad
común se celebraba en las capillas de pueblos como Exaltación de la Cruz, o en las
casas de las estancias. Esas reuniones de devoción religiosa también eran momentos
propicios para la sociabilidad, para que los recién llegados entrasen en contacto con
los que llevaban años viviendo en la región, para conseguir trabajo o trabajadores,
para enterarse de los precios y las condiciones de mercado, para intercambiar recetas
y consejos domésticos y para iniciar cortejos y relaciones amorosas. Alrededor de los
curas y la iglesia católica se organizaba la vida de la comunidad, que con el transcurso
de las décadas fue gestando una trama de instituciones que incluía a numerosas
capillas en los pueblos rurales, escuelas, clubes (los Racing Clubs de Lobos, Carmen
de Areco y Navarro), bibliotecas y periódicos como The Southern Cross, publicado por
primera vez en 1875. Otros inmigrantes vinculados de manera estrecha con la
expansión lanar fueron los vascos. Euskadi, un mundo agrícola y ganadero signado
por la precariedad y el atraso, y caracterizado por la escasa mecanización, daba
impulso a la salida de crecientes contingentes de población. En el paisaje vasco
(español y francés) predominaban los caseríos de familias extensas acostumbradas al
uso intensivo de la mano de obra doméstica en una tierra de la que no siempre eran
propietarios. Como los irlandeses, los campesinos vascos estaban familiarizados con
la ganadería ovina, a la que combinaban con la agricultura de caserío, el cultivo de
frutales, la fabricación de sidra, la recolección de leña y la cría de cerdos. MARÍA
BJERG 75 A la autoexplotación y el estancamiento del campo de Euskalerría, se
sumaba la arraigada tradición de un sistema de transmisión del patrimonio que
favorecía al primogénito como único heredero de la tierra familiar y dejaba en una
situación económica vulnerable a los hijos menores de la familia. Una vez que el
mayor se casaba, sus padres quedaban viviendo en la misma unidad doméstica al
cuidado de la flamante pareja, en tanto que los segundones debían buscar otros
horizontes. Si se trataba de familias más o menos acomodadas, recibían una dotación
que podían emplear para independizarse, casarse o emigrar. Este último fue el motivo
que animó a muchos jóvenes vascos a partir con rumbo a América. Desde la década
de 1840, la provincia de Buenos Aires se transformó en el destino de miles de
inmigrantes vascos que encontraron en algunos partidos del sur de la ciudad de
Buenos Aires, como Barracas al Sud, Chascomús, Magdalena y Navarro, y tras el
desplazamiento de la línea de fronteras más allá del Río Salado, en Tandil y Lobería,
lugares para trabajar y vivir. En los primeros tiempos, esta inmigración, se beneficiaría
(como la irlandesa) de la expansión del ovino. Sin embargo, el lanar no fue el único
atractivo de la campaña bonaerense. El boom económico de mediados del siglo XIX
encontró a los vascos en otros numerosos sectores de la economía. Así lo sugiere
Marcelino Iriani quien utilizó los datos del primer censo nacional de población para
reconstruir fas ocupaciones de los vascos españoles y franceses del partido de
Chascomús. Ladrilleros, albañiles, carpinteros, herreros y carreteros se beneficiaron
de la expansión demográfica y económica de la época del lanar. Por su parte, las
tradicionales fondas vascas, de las que el censo cuenta cerca de una decena en el
pueblo de Chascomús, eran el lugar de alojamiento para los nuevos inmigrantes, a la
vez que una fuente de trabajo e ingresos para las familias que las regenteaban. La
fonda era un ámbito central de la sociabilidad étnica, un punto 76 HISTORIAS DE LA
INMIGRACIÓN EN LA ARGENTINA de encuentro que reunía a quienes llevaban
tiempo afincados en la campaña y a aquellos que hacía poco habían desembarcado
en Buenos Aires, pero que a través de las redes sociales por donde circulaba una
profusa información sobre posibles destinos, trabajo, tierra y alojamiento, habían
iniciado su marcha hacia el interior de la provincia. El fondero (como los curas
irlandeses) hacía de nexo entre esos recién llegados y la comunidad de compaisanos,
y entre quienes buscaban conchabo y quienes necesitaban trabajadores. En los años
1870 los efectos no deseados del auge económico provocado por la expansión de la
ganadería lanar, en particular el excesivo pastoreo de los campos de la provincia,
impusieron la urgencia de una expansión del territorio bonaerense hacia el sur. La
campaña de Adolfo Alsina primero, y la más cruenta liderada por Julio A. Roca,
sustrajeron enormes extensiones de tierra (alrededor de 200.000 kilómetros
cuadrados) del control de los indios y las incorporaron a una economía agraria
exportadora en expansión. El poblamiento y el acceso a las nuevas tierras del sur
provincial tendrían, sin embargo, una naturaleza bien diferente de la que caracterizó a
la expansión agraria de Santa Fe y Entre Ríos. Nada semejante al paisaje de colonias,
chacras y densos núcleos de población que en poco tiempo reemplazó al desolado
campo ganadero de las provincias del Litoral, se vio en la Buenos Aires de finales del
siglo XIX, cuando un vuelco de la ganadería ovina a la bovina y al cultivo de pasturas y
cereales cambió las prácticas productivas y la fisonomía campera. Sin embargo, la
estancia siguió siendo dominante en esta nueva etapa. ¿Cómo tuvo lugar esta
mudanza? La ganadería vacuna, que había sido el eje de la economía pampeana
hasta el boom del lanar, entró en una etapa de expansión estimulada por la demanda
del mercado internacional y por el éxito en los ensayos de enviar a Europa carne
congelada y enfriada. Una producción MARÍA BJERG 77 abundante y de calidad era
esencial para responder a la demanda externa y por ello se mejoraron los planteles
bovinos y se incorporó el cultivo de pasturas artificiales (alfalfares). Las tradicionales
estancias ganaderas comenzaron a entregar sus tierras en arriendo a agricultores -en
su gran mayoría eran inmigrantes europeos- que debían ponerlas en producción por
tres o cuatro años sembrando trigo, maíz y alfalfa. En el cultivo vinculado a la
ganadería se gestó la expansión cerealera de la provincia de Buenos Aires. Aunque en
la última parte del siglo XIX y las primeras décadas del XX se produjo una reducción
en el tamaño de las explotaciones, una intensa movilidad en el mercado de tierras y un
creciente acceso a la propiedad de agricultores inmigrantes y criollos, la estancia
siguió dominando el escenario económico y productivo. Si la expansión del lanar había
ejercido su influjo sobre la renovación de la fisonomía del mundo rural, la agricultura
impulsaría cambios mucho más notorios durante los años de la "revolución del trigo".
Italianos, españoles, franceses, vascos, daneses, holandeses, comenzaron a afluir
hacia el campo atraídos por las promesas de trabajo y tierra. Un colorido mundo
cosmopolita de arrendatarios comenzó a tomar forma en lo que pocas décadas antes
era, desde la perspectiva de la élite política e intelectual argentina, un desierto. Las
estancias (muchas de las que aún en los primeros años del siglo XX concentraban
varias leguas cuadradas de tierra), albergaban a familias de agricultores que
cultivaban en suelo arrendado. Las vías del ferrocarril acompañaban el proceso de
cambio económico y demográfico extendiéndose de modo vertiginoso, y a su vera
florecían pequeños poblados. Las distancias, impuestas en buena medida por la
persistencia de la gran propiedad, alejaban a la pampa bonaerense de la romántica
imagen del jardín soñado por Sarmiento. Sin embargo, el impacto de la agricultura era
tal que el paisaje no permaneció intocado. 78 HISTORIAS DE LA INMIGRACIÓN EN
LA ARGENTINA En 1940, Jens Hansen, un agricultor danés que llevaba un par de
décadas asentado en la zona de Lumb en el partido de Necochea, recordaba sus
primeras imágenes de aquel lugar cuando él y su hermano llegaron en 1908, en los
albores de la expansión cerealera en la zona, para arrendar una porción de las 6.000
hectáreas que formaban la estancia El Nuevo Sol: Cuando llegamos, Lumb era un
desierto sin árboles ni gente. Tenía por única población el boliche de Almada y el
casco de la estancia La Gama perdido entre el único monte de todo el lugar. A fines de
los años 1920 cuando ya había salido en arriendo el campo de Riopiedres y algunas
tierras de El Nuevo Sol se habían vendido, el panorama era completamente diferente.
Había llegado el ferrocarril, más de cuarenta agricultores cultivaban en tierras propias
o arrendadas [...] todas la chacras tenían arboledas abundantes que los agricultores
habían plantado [...] estaba también el edificio de Dannevirke centro de nuestra vida
social y religiosa, y al boliche de Almada se había sumado El Sol, un almacén de
ramos generales. La expansión de la agricultura provocó profundas mudanzas. El
paisaje cambió, la población aumentó, el mundo económico y social se volvió más
complejo con la llegada de inmigrantes europeos, y con el afincamiento de familias de
arrendatarios, aparceros y propietarios en las grandes estancias, otrora pobladas de
ganado y de unos escasos peones y capataces. Ese fue el ámbito de las relaciones
sociales entre nativos y extranjeros en que se articularon nuevas representaciones e
identidades. Refiriéndose a San Antonio, una estancia de la familia Riglos ubicada en
el deslinde de los partidos de Lobería y Necochea, María Reynoso recordaba que a
mediados de los años 1920 "aquello era como un inmenso pueblo lleno de gente
donde había familias danesas, MARÍA BJERG 79 rusas, italianas y de otras naciones,
pero también mucho criollo. Los vecinos eran todos de diferentes países y sólo los
separaban los alambrados porque por lo demás, tenían trato afable independiente de
si eran gringos o no, de si hablaban bien o mal el castellano". Algo parecido ocurría en
la estancia Campo Deferrari, un establecimiento de 4.000 hectáreas donde vivían
quince familias chacareras. Cuatro de ellas eran de origen danés y las restantes
vascas, suizas y argentinas. Ricardo Laursen, un inmigrante de Copenhague, Germán
Worldfradt, un argentino de Tres Arroyos, Valentín Haefeli y dos de sus hermanos que
habían llegado de Suiza a fines de la década de 1880, y Luis Gogeascoechea, un
vasco de Vizcaya, tenían chacras linderas, intercambiaban trabajo y herramientas a lo
largo del año, pero en particular durante la temporada de trilla, y en el invierno solían
compartir la carneada de cerdos. Estos vínculos sociales y económicos parecían tener
al menos dos niveles. De un lado, las relaciones entre inmigrantes de diferentes
orígenes y nativos trasponían con relativa agilidad las fronteras interpuestas por
nociones étnicas, diferencias idiomaticas y religiosas. La vecindad y las necesidades
productivas generaban una arena social cosmopolita. De otro, esos mismos
agricultores italianos, españoles o daneses preservaban un dominio cerrado en el que
los vínculos sociales se establecían y decodificaban sólo en términos de identidad
étnica. La vida parecía regida por identidades complementarias que fusionaban
nociones múltiples expresadas en dominios diferentes. En el ámbito del hogar y de la
familia y en el de las relaciones con el grupo de origen, muchos inmigrantes
manifestaban sus lealtades étnicas preservando el idioma, la dieta, la fe religiosa, y
creando instituciones que se encargasen de dar forma y continuidad en las
generaciones nacidas en la Argentina al sentido de pertenencia a la patria ancestral.
Ello no parecía entrar 80 HISTORIAS DE LA INMIGRACIÓN EN LA ARGENTINA en
conflicto con una identidad que se engarzaba en el pluralismo (o cosmopolitismo) de la
interacción cotidiana en el tejido social local. Al mismo tiempo que compartían
actividades económicas y entablaban relaciones de vecindad con otros extranjeros y
con los nativos, o que participaban de la trama cultural local, los inmigrantes
holandeses de Tres Arroyos fundaban sus iglesias reformadas en las que recreaban
los significados religiosos del pasado, los agricultores daneses organizaban escuelas
en las que maestros y pastores que llegaban desde Dinamarca aseguraban la
reproducción de una identidad basada en la fe luterana y la lengua danesa. En los
pequeños pueblos y las ciudades de la campaña, los italianos tenían sus entidades de
mutuo socorro y los españoles celebraban las tradicionales romerías y los bailes en los
salones de sus clubes.