Economías populares
Una cartografía crítica latinoamericana
Economías populares: una cartografía crítica latinoameri-
cana / Patricia Aymar ... [et al.]; Compilación de Verónica
Gago; Cristina Cielo; Nico Tassi. - 1a ed. - Ciudad Autóno-
ma de Buenos Aires: CLACSO, 2023.
Libro digital, PDF - (Agendas emergentes)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-813-553-3
1. Economía. 2. Cartografía. 3. Soberanía. I. Aymar, Patricia
II. Gago, Verónica, comp. III. Cielo, Cristina, comp. IV. Tassi,
Nico, comp.
CDD 300
Corrección: Juan Federico von Zeschau
Diseño de interior de colección y maquetado: Eleonora Silva
Diseño de tapa de colección: Ezequiel Cafaro
Foto de tapa: Nicolás Pousthomis
Economías populares
Una cartografía crítica
latinoamericana
Verónica Gago, Cristina Cielo, Nico Tassi
(comps.)
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Equipo Editorial
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Economías populares. Una cartografía crítica latinoamericana (Buenos Aires: CLACSO; agosto
de 2023).
ISBN 978-987-813-553-3
CC BY-NC-ND 4.0
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colaboraciones incumbe exclusivamente a los autores firmantes, y su publicación no
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Índice
11 Introducción
Mapear las economías populares como apuesta analítica
y política latinoamericana
CRISTINA CIELO, VERÓNICA GAGO Y NICO TASSI
PARTE I. LAS ESCALAS Y DISPUTAS
DE LAS ECONOMÍAS POPULARES
55 La emergencia de la economía popular en Bolivia Infraestructuras
de intercambio, circuitos y expansión
NICO TASSI
83 Economías Populares en Chile
Desde la sobrevivencia a la economía de la vida
BEATRIZ CID-AGUAYO Y EDUARDO LETELIER
123 A economia popular no Brasil contemporâneo
Uma análise a partir dos Censos Demográficos 2000 e 2010
SIBELLE DINIZ Y JOÃO TONUCCI
161 Hacia un mapeo de las experiencias de economía popular
en la Ciudad de México
Debates, tensiones y dilemas
JAIME FERNANDO GONZÁLEZ LOZADA Y LUIS ALFONSO CASTILLO FARJAT
7
195 El trabajo de reparto mediado por plataformas
digitales en Quito
Entre la precarización y la acción colectiva
HÉCTOR FABIO BERMÚDEZ LENIS
PARTE II. POLÍTICA, ESPACIOS E INSTITUCIONALIDAD
231 Habitar la ciudad desde las ventas callejeras
Experiencias en la localidad de Suba, Bogotá
MARTHA BERNAL, CESAR GIRALDO Y YENNY RAMIREZ
259 “Los derechos se discuten en el galpón y se ganan en la calle”
La cooperativa Juana Villca entre autogestión del trabajo
e institucionalidad popular
ALIOSCIA CASTRONOVO
295 Irrupción pública y potencia transformadora de las
economías populares-campesinas en las luchas recientes
por la soberanía alimentaria en Argentina
LUIS CABALLERO
323 Desborde plebeyo
Una genealogía de la gestión estatal de lxs ambulantes
en la Ciudad de los Reyes
VÍCTOR MIGUEL CASTILLO
351 La disputa por la economía popular en Honduras
Alianzas público-privadas en Terminal de buses
y Mercado en la ciudad de Danlí
JOSÉ OCTAVIO LLOPIS
385 Efectos de la supervisión de cooperativas de ahorro
y crédito ecuatorianas, periodo 2012-2019
PATRICIA AYMAR JIMÉNEZ
8
PARTE III. ECONOMÍAS POPULARES Y FEMINISTAS
425 Mujer andamio, mujer comal
Trabajo de mujeres y politicidad doméstica-comunitaria en torno
a la sostenibilidad de la vida en colonias populares de Puebla
y Zona Metropolitana del Valle de México
MAGALÍ MAREGA Y CRISTINA VERA VEGA
463 Un enmarañamiento de las fibras
Restos de telas, trozos de vestidos y trapos
MARTIN DE MAURO RUCOVSKY
497 Mirada migrante de las economías populares en tiempos
de pandemia
ANA JULIA BUSTOS
531 Sobre los y las autoras
9
Introducción
Mapear las economías populares
como apuesta analítica y política
latinoamericana
CRISTINA CIELO, VERÓNICA GAGO Y NICO TASSI
Cartografía contemporánea de las economías populares
Las crisis múltiples que han sacudido a la región en los últimos años
visibilizaron de manera dramática tanto las desigualdades estructu-
rales que configuran nuestras sociedades, como sus mutualidades
e interdependencias. Se ha repetido pero no basta con decirlo: en
los tiempos de la pandemia que nos tocó vivir, hemos sido testigos
de la desatención y el desasosiego, de las enormes dificultades y las
respuestas improvisadas en economías familiares, sectoriales y na-
cionales, para enfrentar las crisis sanitarias, económicas y políticas.
La pandemia ha sido una lente de ampliación: puso en evidencia
y aceleró las violencias del capital, sus máquinas predatorias y sus
formas de incrementar la explotación de los cuerpos en múltiples
escalas. Se ha puesto en cuestión la capacidad y la disposición de los
Estados latinoamericanos para atender a las cuestiones más básicas
de la reproducción de las poblaciones, a la vez que se han cristaliza-
do los efectos de décadas de neoliberalismo. La centralidad de los
ámbitos vitales en este contexto ha sido innegable: los alimentos, la
11
salud, la educación y la vivienda tomaron relieve como espacios de
disputa estratégica. A esto se debe también la centralidad de las eco-
nomías populares, intensificando su capacidad de hacer sustentable
la vida colectiva especialmente en los momentos de crisis. De hecho,
las economías populares han funcionado como las principales su-
perficies de inscripción de la crisis y, a la vez, como los espacios de
respuesta a sus efectos más devastadores.
En la crisis de reproducción a la que nos ha llevado la acumula-
ción del capital en su fase neoliberal, vemos la expropiación de lo
socialmente producido a través de su desvalorización y a través de re-
novadas formas de explotación. Los trabajos de cuidados, los trabajos
llamados “informales”, los trabajos precarios de la economía flexibili-
zada, la agricultura familiar de lxs campesinxs pluriactivxs, y muchos
otros, constituyen las labores devaluadas pero esenciales al funcio-
namiento de la producción, la circulación y el consumo. Buscamos
resaltar y reconocer estas prácticas económicas –que son simultá-
neamente políticas, sociales y subjetivas– como aquellas fundamen-
tales para vivir. Si, por un lado, desvalorización e hiperexplotación de
esos sectores del trabajo son dos dinámicas claves que coexisten en
las economías populares, también subrayamos la doble faz: su carác-
ter productivo, vital, capilar y expansivo.
En las economías populares se despliegan relaciones de interde-
pendencia, de reciprocidad y de competencia, de cooperación y de
apuestas políticas. Constituyen hoy una espacialidad de intersección
de economías físicas, afectivas, identitarias, productivas y colectivas
y, por lo tanto, de producción política; a la vez que se inscriben en
procesos de temporalidades largas y de varias capas de memorias
organizativas.
Las crisis no son nuevas para los sectores más empobrecidos. Si
comprendemos las crisis como momentos violentos de ruptura en la
reproducción sistémica y social, que señalan una disputa abierta en-
tre las formas de cooperación, intercambio, explotación y apropiación
12 Cristina Cielo, Verónica Gago y Nico Tassi
que solían funcionar, también comprendemos que son inherentes a
la dinámica histórica del capitalismo (Lebowitz, 2005). Muchas per-
sonas lidian permanentemente con las injusticias que se traducen
como imprevisibilidad de sus proyectos vitales, y que hacen de la
crisis una parte integral de sus horizontes de expectativas. La creación
de prácticas e instituciones, a menudo de carácter ad hoc, amortigua
los efectos de la inestabilidad y permite desplegar un sentido relativo
de continuidad a lo largo del tiempo. Sin embargo, cada crisis abre
una disputa de sentido sobre sus posibilidades y orientaciones para
su “resolución” (que incluyen cambios y re-estabilizaciones).
En el periodo de la crisis sanitaria –pero crisis multilateral al fin–
provocada por la pandemia, y ahora en contextos en los que vivimos
con sus secuelas económicas y la prolongación de sus modificacio-
nes subjetivas, los titubeos institucionales en la atención de algunas
de las necesidades más básicas, el manifestarse de las violencias pre-
datorias del capital en toda su magnitud en momentos agudos de
lucha contra la enfermedad y la pobreza, finalmente visibilizan de
modo ineludible el rol social, político y económico de los sectores
y organizaciones populares de nuestros países. Unos sectores popu-
lares cuyas estrategias y economías han sido repetidamente nega-
das e invisibilizadas a lo largo de las últimas décadas (por hablar de
horizontes cortos). O, si se les prestaba atención, se consideraban
destinadas a ser subsumidas o redimidas por el mundo asalariado
o el empresarial legalizado –supuestamente capaces de absorber a
todxs–; o, con sus prácticas económicas poco ortodoxas, parecían
un doloroso recordatorio de nuestro subdesarrollo e incapacidad de
“progreso”.
Resulta cada día más difícil pensar las sociedades y economías lati-
noamericanas ignorando a estos sectores populares, sus organizacio-
nes y sus modalidades de operar y enfrentarse con el mercado. Nos
encontramos frente a nuevos ejércitos de ambulantes, productorxs y
comerciantes que se reversan cotidianamente en las calles buscando
Introducción 13
hacer frente a la falta de empleo y a formas más o menos nuevas de
pobreza. Pero además nos encontramos con prácticas flexibles y ca-
pilares de distribución de alimentos, de descentralización de la venta
y del comercio entre los sectores subalternos que, si de un lado han
garantizado a ciertos grupos la posibilidad de quedarse encerrados
para protegerse de la enfermedad, del otro han posibilitado esquivar
una crisis alimentaria frente a la escasa capacidad de acción de las
instituciones estatales (GT Economías Populares - CLACSO, 2020).
En algunos casos, la visibilización de las economías populares pa-
rece una consecuencia de procesos progresivamente más profundos
de exclusión social y económica de los sectores populares en una
economía cada vez más marcada por la hegemonía financiera y la
capacidad de lobby político y económico de los grandes conglome-
rados económicos (Rabossi, 2018). En otros, la omnipresencia de la
economía popular en nuestro cotidiano parece el resultado de pro-
cesos novedosos donde, a diferencia de otras épocas y coyunturas en
las que las oportunidades y el crecimiento económico eran aprove-
chados unilateralmente por las clases medias y las élites, los sectores
populares habrían logrado articular una participación a veces exitosa
en ciertos circuitos de producción, comercio y consumo (Arellano y
Burgos, 2010).
Esta contradicción se refleja en la actitud ambigua de estos úl-
timos años de los grandes intereses económicos frente a las eco-
nomías populares. La gran empresa, olvidándose de su ansiada
preocupación por la seguridad jurídica en relación a sus inversiones,
empieza a vincularse con micro distribuidoras y gremios comerciales
populares para que sus productos alcancen los mercados y circuitos
económicos tejidos por las economías populares (Müller, 2018; Ra-
bossi, 2018). Pero, simultáneamente, estos mismos grandes capitales
activan un proceso de criminalización e intentos de disciplinamiento
de las economías populares que han empezado a producir mercan-
cías competitivas y socavar su posición hegemónica en el mercado,
14 Cristina Cielo, Verónica Gago y Nico Tassi
estableciendo formas de control socioeconómico de territorios y
mercados. Se configuran una serie de grupos de presión y legislacio-
nes que buscan contrarrestar las “economías ilícitas” protegiendo los
privilegios económicos de los grandes conglomerados, su posición
hegemónica en el mercado y evitando la competencia (Mortenbock
y Mooshammer, 2018).
Desde la comprensión de las crisis coyunturales a la emergencia
de nuevas disputas comerciales, desde la intervención y definición de
nuestro paisaje cotidiano a la materialización de circuitos económi-
cos inéditos, las economías populares nos proporcionan elementos
ineludibles de análisis de nuestra realidad y cuestionan los tradicio-
nales ordenamientos de visibilidad y legitimidad. Las economías
populares nombran el conjunto de prácticas, circuitos e institucio-
nes cambiantes, a través de las cuales los sectores subalternos hacen
consistir formas variadas de reproducción, de trabajo, de comercio
y también de disputa por la riqueza colectiva. Nombran también,
como veremos, economías con una relación orgánica con los mo-
mentos de crisis, pero que sin embargo no se reducen solo a esa
temporalidad.
Nos interesa una perspectiva para leer de otro modo las crisis
recurrentes que se refieren a fenómenos y actores que se han nom-
brado sucesivamente como informales, domésticos, marginales y de
subsistencia. En general, son definidos en contraste con la institucio-
nalización de la “economía” en su comprensión técnica, cosificada
y desarraigada de su imbricación social y política. Con la especia-
lización de su conocimiento y su abstracción en términos de una
disciplina académica y profesional, la economía llamada “formal” ha
llegado a concentrar un poder desmesurado en manos de institu-
ciones y actores lejanos de la realidad de las mayorías. En contraste
a tal violenta abstracción, la perspectiva de las economías populares
parte de la convicción de que comprender la economía vivida viene
de la mano de quienes la llevan adelante día a día, de su organización
Introducción 15
socio-cultural y política, de sus subjetividades y deseos, de sus prác-
ticas y territorios operativos, sin perder de vista los procesos econó-
micos estructurales que las presionan y las limitan, las estimulan y
las explotan. También en contraste con la desvalorización a las que
se las condena, apostamos a poner evidencia las formas de disimulo y
negación de la dependencia que la economía “formal” o “registrada”
tiene respecto a las economías populares.
Como iremos desarrollando: las economías populares que aquí
tratamos ocupan y constituyen espacios determinados y momentos
específicos. Pero no son solo los espacios de las calles y los mercados,
ni sus tiempos son solo los períodos de austeridad y crisis. Tampoco
se limitan a lugares locales, periféricos, invisibilizados. Sus actividades
producen tramas y se continúan, dan cuenta de la interdependencia
de escalas, de circulaciones y movimientos, a la vez que se componen
de historias, experiencias y futuros que abren escenarios potenciales,
incluso de transición.
Al mapear su “centralidad periférica” (D’Angiolillo et al., 2011) y
sus múltiples conexiones, la cartografía que proponemos disputa la
noción asentada de marginalidad de las economías populares. Los es-
tudios presentados aquí trazan los “espacios del trajín” y circulacio-
nes de las economías populares (Bustos, capítulo 14), siguiendo a sus
protagonistas, quienes desbordan los espacios de las políticas y mo-
vimientos obreros nacionales, así como la oposición entre lo local, lo
nacional y lo global. Nuevas formas organizativas entre trabajadores
de sectores periféricos emergen entre emprendedurismos impuestos
por la precarización y su control digital en plataformas (Bermúdez,
capítulo 5). Más allá de sus adscripciones nacionales, los territorios
de las economías populares concentran y extienden las relaciones
de negociación, disputa y constitución mutua para la reproducción
social, para el trazado de relaciones transnacionales y para un tipo
de inserción en los mercados globales (Tassi, capítulo 1). Enfatizan
el saber-hacer en territorios que son múltiples, que no se restringen
16 Cristina Cielo, Verónica Gago y Nico Tassi
solo a ser descriptos con las fronteras nacionales y que pluralizan lo
que entendemos por trabajo.
El reconocimiento de la extensión y ubicuidad de las economías
populares manifiesta entonces algo que queremos remarcar: su cen-
tralidad en la reproducción social de grandes mayorías. Insistimos
de nuevo en que no son actividades solo asociadas a momentos de
crisis: su relación con las crisis es más compleja. Son prácticas e ins-
tituciones con trayectorias de larga duración, inscritas en los paisa-
jes estables de las inseguridades y en las memorias de resistencia a
patrones excluyentes y coloniales, como demuestra el capítulo his-
tórico que analiza esta genealogía en Perú (Castillo, capítulo 9). La
centralidad de las economías populares para la estructura, la orga-
nización y las condiciones de los sistemas económicos y sociales se
exploran en perfiles de las economías populares en Chile (Cid y Lete-
lier, capítulo 2) y Brasil (Tonucci y Diniz, capítulo 3). En estos relatos
y descripciones, vemos que la importancia actual de las economías
populares para las poblaciones mayoritarias está íntimamente vincu-
lada con transformaciones contemporáneas en la economía política
global y las políticas económicas nacionales.
El capitalismo tardío se ha caracterizado por la flexibilización del
trabajo y el endeudamiento de la subsistencia. Las apuestas espe-
ranzadoras de los gobiernos progresistas latinoamericanos de las
primeras décadas de este siglo, abiertas por la movilización popular,
no lograron sustraerse a las dinámicas extractivas impuestas por los
núcleos más concentrados de las multinacionales. De manera com-
pleja y con tensiones, las economías populares han sido catalogadas
de formas variadas por las políticas de intervención social, a la vez
que incorporadas a lógicas inscriptas en el consumo neoliberal y sus
circuitos financiarizados; de estas dinámicas difícilmente se escapan
incluso los esfuerzos que buscan fomentar las prácticas solidarias
populares, como en el caso de las cooperativas de ahorro y crédito
(Aymar, capítulo 11). Esto ha llevado tanto a la transformación de las
Introducción 17
economías populares a partir de su incorporación en alianzas públi-
co-privadas (Llopis, capítulo 10) como a innovaciones y a una or-
ganización contenciosa para la emergencia de una institucionalidad
popular (Castronovo, capítulo 7).
A su vez, hemos visto gobiernos progresistas y políticas económicas
estructurarse alrededor de las formas, circuitos y economías de estos
sectores populares que habían logrado una capacidad importante de
operación y definición del territorio (Arbona et al., 2015). Las econo-
mías que así se constituyen en intersticios y enclaves de estructuras
desiguales exhiben el dinamismo político de los sectores que confron-
tan múltiples crisis y espacios económicos estratégicos (Caballero, ca-
pítulo 8). Anteceden y escapan de las lógicas neoliberales, sin por eso
garantizar lógicas completamente independientes y solidarias. Estas
complejas dinámicas abigarradas se exploran en capítulos sobre traba-
jadorxs populares y sus espacios de trabajo y de política en Colombia
(Bernal, Giraldo y Ramírez, capítulo 6) y en la diversidad del trabajo
asociativo en México (Castillo y González, capítulo 4).
En relación a estos debates, los estudios empíricos que presenta-
mos en este libro contribuyen al cuestionamiento de las definicio-
nes del trabajo, a partir de caracterizaciones de las labores, espacios
y tiempos centrales para el sustento cotidiano y colectivo. A la vez,
los textos aquí reunidos identifican e interpelan las epistemologías
y las formas institucionales que se limitan a ratificar las relaciones
sociales de poder existentes. En ese sentido, se articulan con la eco-
nomía feminista en su profunda interpelación a nuestros modos de
comprender el “diferencial de explotación” (Gago, 2019) al que se
someten ciertos cuerpos y territorios. Ese diferencial parte de incluir
en la productividad un lugar diferencial que está siempre negado y
desconocido a la vez que hiperexplotado.
Para la economía feminista, el lugar concreto de inicio de ese
diferencial es el trabajo de la reproducción, porque allí se acumula
trabajo gratuito. De allí surge una lógica: la puesta en juego de un
18 Cristina Cielo, Verónica Gago y Nico Tassi
trabajo que no es reconocido como tal, a la vez que es imprescindi-
ble para sustentar la fuerza misma de trabajo, la construcción de las
normas sexo-genéricas que lo erigen como obligatorio a la vez que
lo naturalizan. De un modo similar, las fronteras nacionales que le
imponen distintos estatus de legalidad a lxs trabajadorxs, provocan
una intensificación de la explotación que se arraiga en una diferencia
por cuestiones de raza y de jerarquías de la división internacional
del trabajo. En ese sentido, la noción misma de diferencial alude a
su carácter siempre relacional: la diferencia se estructura como je-
rarquía de sexo, raza y clase. Estas dinámicas las vemos extenderse
en las prácticas para la reproducción en contextos de precariedad fe-
minizada (De Mauro, capítulo 13), prácticas que en sus asociaciones
cotidianas apuntan a nuevas formas de politicidad (Marega y Vera,
capítulo 12). Asimismo, esperamos que esta cartografía múltiple nos
empuje a contrarrestar los ordenamientos de visibilidad, enfatizar las
luchas de los múltiples actores, organizaciones y formas económicas
frente a un modelo económico global que aparece como inexorable-
mente monolítico y bajo comando unilateral del capital.
Un marco histórico
En el continente con los mayores índices de desigualdad del mundo
(Burchardt y Dietz, 2014), las trayectorias de exclusión social y eco-
nómica para las grandes mayorías de la población latinoamericana
tienen una larga historia, entramada en el carácter colonial-patriarcal
del capitalismo. El acceso al trabajo asalariado o la participación en
la economía oficial ha sido prerrogativa de menos de la mitad de la
población latinoamericana, incluso antes de la pandemia (Acevedo
et al., 2021), cuando la región sufrió la mayor pérdida de empleos en
el mundo (Maurizio, 2021). En esta historia, la responsabilidad de su
exclusión a menudo se ha cargado en los hombros de los mismos
sectores excluidos.
Introducción 19
Así, la supuesta incapacidad de trabajadorxs campesinos, informa-
les, e indígenas de adaptarse y hacer frente a las demandas modernas
de una compleja economía global se ha denominado “el problema
indio” (Stefanoni, 2010; Mariátegui, 1955), a lo que se suma una
problemática discusión en nuestro continente de la noción de “raza”
por fuera de los parámetros del mestizaje (Segato, 2010). En una
línea similar podríamos plantear el ocultamiento estructural de la ri-
queza creada por las dinámicas económicas de la reproducción, en
general a cargo de mujeres (Federici, 2004). La historia que reseña-
mos a continuación demuestra que la exclusión de estos actores de
las narrativas, de las cuentas y de las remuneraciones de la econo-
mía oficial depende de la negación de sus formas de hacer, de sus
plataformas de reivindicación y afirmación socioeconómica y de la
centralidad productiva de sus actividades a las economías naciona-
les, regionales y globales. La exclusión de tipo colonial, clasista y por
razones de género, a su vez, es lo que ha organizado formas de inclu-
sión subordinada que también queremos problematizar.
El tren del progreso
La ideología parsoniana (Parson, 1972) preveía la volatilización de
una serie de inefectivas estructuras socioeconómicas tradicionales
naturalmente desplazadas por los procesos modernos de desarrollo.
Tanto las ideas de Parson como las políticas de agencias de desa-
rrollo y gobiernos de países latinoamericanos en los años cincuen-
ta y sesenta fueron articulándose alrededor del auge de un proceso
de modernización y desarrollo bajo la hegemonía estadounidense
(Hart, 1992). La dupla modernización y desarrollo planteaba la acu-
mulación capitalista, la mecanización y la concentración urbana de
los procesos de industrialización –y por ende, la migración del cam-
po– como los nuevos e inevitables “deber-ser” para los países en de-
sarrollo que no querían perder un “tren del progreso” que no espera
20 Cristina Cielo, Verónica Gago y Nico Tassi
a nadie (Prebisch, 1962). Esto se traducía en dos modalidades de
lidiar con lo que se consideraba el atraso. De un lado, una modalidad
darwinista de esperar que aquellas infraestructuras socioeconómicas
vetustas fueran eliminadas por los mismos procesos de moderniza-
ción y desarrollo. Del otro, un proceso de intervención y transforma-
ción para readaptar las organizaciones sociales y económicas de los
excluidos a las modalidades y modernidades del desarrollo oficial.
En pleno auge de la ideología del desarrollo modernizador, uno
de los procesos pioneros de intervención en las infraestructuras so-
cioeconómicas de los excluidos fue el proyecto Perú-Cornell (1952-
1956) financiado por la Universidad de Cornell e implementado en
la comunidad de Vicos en Perú en el que participaron una varie-
dad de intelectuales locales y que marcó la ideología de la época
(Holmberg, 1952). Este proyecto consistió en fomentar la propiedad
privada en desmedro de la propiedad comunitaria de las comuni-
dades andinas; la sustitución de formas locales de trueque por un
sistema monetario; la creación de cooperativas con la intención de
consolidar una formación efectiva de capital; la restricción de cere-
monias y creencias religiosas que producirían un inútil despilfarro de
recursos y energías; y la capacitación de nuevos líderes especializados
en la gestión de lo político y capaces de estimular nuevas ideas, va-
lores e intereses frente a una cultura local supuestamente fosilizada
(Ávila Molero, 2000). De forma similar al proyecto Vicos-Cornell,
otros programas desarrollistas de la época, como el Programa Indige-
nista Andino implementado en Ecuador, Perú, Bolivia y Chile entre
1951-1973 por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), otras
agencias de las Naciones Unidas y los Estados andinos (Prieto, 2017;
Zabala, 2017), buscaron reconducir a actores identificados como
marginales en el camino “correcto” del desarrollo, buscando así des-
estructurar dinámicas locales supuestamente ineficientes para crear
actores “libres” de participar en el mercado (Polanyi, 1959). Vemos
reeditarse lo que Arturo Escobar (2005), investigando la “invención”
Introducción 21
del Tercer Mundo vinculada a los “planes de desarrollo” norteameri-
canos para la región, ha llamado la “fábula de las poblaciones fraca-
sadas”: una narrativa necesaria para imponer sobre ciertas partes del
mundo una serie de pedagogías coloniales y naturalizar su pobreza
como deficiencia cognitiva.
Crecimiento o igualdad
A partir de la década de los setenta, los efectos devastadores de las
medidas desarrollistas empiezan a perfilar procesos migratorios in-
sostenibles desde las regiones rurales, un crecimiento descontrolado
de los centros urbanos, y una consolidación de prácticas de subem-
pleo y de inéditas formas de pobreza entre los actores económi-
cos marginalizados en los nuevos barrios urbanos (Hardoy, 1972;
Roberts, 1980; Singer, 1979). La gestión del desarrollo económico
se va escapando de las manos de instituciones oficiales que ya no
parecen capaces de manejar las consecuencias de las reformas mo-
dernizadoras implementadas en las décadas anteriores, exponiendo
estas mismas instituciones a una serie de limitaciones y dificultades
en relación al acceso al trabajo, viviendas, seguridad social y, más
en general, en la administración de las necesidades enmarcadas en
procesos de “ciudadanización” y de radicalización de demandas eco-
nómicas y políticas.
Es justo en estos años que se acuña la noción de “sector infor-
mal” promovida por la OIT retomando un concepto del investigador
Keith Hart (1973), para describir actividades económicas a pequeña
escala que se han ido multiplicando en los barrios marginales de las
principales ciudades de los países “en desarrollo” y que escapan el
reconocimiento, contabilización, regulación, o protección del Esta-
do, aunque estas mismas actividades generaban formas de empleo
precario para miles de personas desempleadas. Las críticas marxistas
prefirieron hablar de la pequeña producción mercantil (Carbonetto
22 Cristina Cielo, Verónica Gago y Nico Tassi
y Chávez, 1984), pero el concepto del sector informal sirvió para re-
flexionar sobre el crecimiento de la masa laboral que sobrepasaba la
capacidad de absorción del sector industrial y las limitaciones de las
expectativas de integrar al progreso la reserva laboral y modernizar
los sectores tradicionales y así llamados marginales. En este periodo,
los costos y los fracasos de las políticas de modernización incentivan
un debate en relación a las estrategias para reducir la migración, y en
varios países empieza a tomar forma una idea de “crecimiento con
igualdad” en contraste a la ideologizada lectura de la modernización
a toda costa de la década anterior (Dos Santos, 1966).
Los análisis de estampa marxista señalan la fundamentación de
las dinámicas de modernización y desarrollo en una articulación su-
bordinada de las poblaciones campesinas y marginales a las diná-
micas del capitalismo industrial. Demuestran la generación de un
ejército industrial de reserva –además para una industria en reserva
(Albó, Greaves y Sandoval, 1987; Castells et al., 1989)– y un proceso
de “subvención” del capitalismo tanto en términos de mano de obra
barata como en términos de productos rurales y alimentos a bajo
precio para la economía urbana, consecuencia de la reorientación
del baricentro político-económico hacia la industrialización urbana
(Calderón y Rivera, 1984; Lehmann, 1982; Long y Roberts, 1978).
Algunas de estas interpretaciones se van combinando con una
crítica hacia la desnaturalización de lo comunal y de las instancias
organizativas colectivas tradicionales, advirtiendo de la eventual
descomposición de las estructuras económicas campesinas o mar-
ginales al insertarse en la lógica y dinámica de los mercados capita-
listas (Martínez 1994; Regalsky 1994). A partir de la resistencia a la
subestimación y desestructuración de las formas organizativas y so-
cioeconómicas tradicionales, surgen desde los sectores intelectuales
primeras e incipientes propuestas alternativas al capitalismo resca-
tando prácticas locales (Harris, 1987; Razeto, 1990).
Introducción 23
Estos debates sobre la cuestión del desarrollo tienen otro punto
de inflexión en la década del setenta, que está marcada por dictadu-
ras que reprimen un ciclo de luchas obreras, barriales y estudiantiles
y que señalan su aterrizaje violento en nuestra región. El terrorismo
de Estado aniquila un momento de alza de conflictos fabriles, educa-
tivos y políticos, de sus convergencias con distintas fuerzas políticas,
que señalaban momentos de intensa organización popular, de base,
clasista, revolucionaria. Es también el modo en que se inician drás-
ticas reformas neoliberales. En ese sentido, desarmar la resistencia
sindical-obrera-estudiantil implica un paso para la concentración del
poder empresario en alianza militar-eclesial (Basualdo, 2006; Sidica-
ro, 1982) y un disciplinamiento de las clases trabajadoras, conjugan-
do represión y políticas monetaristas, privatización de sectores claves
y arquitectura legal hacia la financiarización de la economía nacional
(Basualdo, 2002).
La informalidad y el ataque al Estado
Así, en la década de los ochenta, las dictaduras represivas abren paso
a la estructuración de la violencia cotidiana de las políticas neoli-
berales, en el mismo periodo en el que los actores rectores de la
economía global critican a los Estados nacionales por su ineficaz ges-
tión de lo público. Los responsabilizan por su incapacidad de resolver
las crisis activadas por las políticas modernizadoras de desarrollo y
por las movilizaciones sociales que amenazan a las inversiones y al
comercio internacional. Este ataque al Estado le imputa una incapa-
cidad de operar como instancia acompañadora del desarrollo local,
y reduce sus intervenciones en los tejidos sociales locales para pro-
mover el libre mercado, canalizando, a la vez, el descontento social
de múltiples sectores hacia el mismo Estado. El proceso es acompa-
ñado por un nuevo posicionamiento de las agencias internacionales
de desarrollo y organismos multilaterales de crédito que vincula la
24 Cristina Cielo, Verónica Gago y Nico Tassi
ayuda económica a los países de la región a procesos estructurales
de endeudamiento, a una liberalización de la noción de derechos
humanos y finalmente al flujo libre de capitales, en un intento de
promover y agilizar la incursión de grandes empresas foráneas en las
economías locales.
Uno de los promotores de estas reestructuraciones neoliberales
es el economista peruano Hernando de Soto (1986). El trabajo de De
Soto fue promovido y promocionado por algunos de los miembros
más relevantes de la tristemente famosa Escuela de Chicago; su Ins-
tituto Libertad y Democracia fue el receptor de fondos contundentes
del Banco Mundial y apoyo del National Endowment for Democra-
cy (NED) y el United States Agency for International Development
(USAID), volviéndose una cantera para la formación de los nuevos
políticos peruanos y sus propuestas de reestructuración económica
(Mitchell, 2005). La idea principal de De Soto es que las actividades
económicas informales y las nuevas formas de subempleo vincula-
das a los procesos migratorios, que escapan tanto a la participación
en la economía oficial como al control del Estado, a veces ilícitas y no
reglamentadas, no deben ser conceptualizadas como expresiones de
un subdesarrollo o atraso social y económico. Más bien, deben ser
comprendidas como el resultado de unas medidas de sobrerregula-
ción de la economía por parte del Estado.
De Soto se posiciona como un promotor de la creatividad y
del fermento económico molecular de los vastos sectores infor-
males limeños llegados desde las provincias, abriendo cancha a las
capacidades empresariales e individuales de estos desconocidos y,
fundamentalmente, incentivando la desregulación de un Estado su-
perburocratizado y dominado por prácticas feudales y procedimien-
tos bizantinos. La obra de De Soto se vuelve una pieza estratégica
para una geopolítica norteamericana que busca revertir las posicio-
nes críticas al capitalismo que habían tomado forma en las déca-
das anteriores con los cuestionamientos y la radicalización popular
Introducción 25
frente a las consecuencias trágicas de las políticas de modernización
y de las dictaduras. En vez de enfatizar el subdesarrollo resultado de
la inclusión desigual en el sistema económica global, De Soto res-
ponsabiliza de la crisis a los Estados locales y nacionales, en la idea de
que es la población misma la que se estaría autoinfligiendo heridas
por no comprender a cabalidad el libre mercado (Mitchell, 2005).
Las contradicciones neoliberales
Los años del neoliberalismo en el continente coincidieron con las
peores crisis económicas para algunos países de la región, profundi-
zando los índices de pobreza y, en algunos casos, alimentando pro-
cesos inéditos de movilidad frente a la insostenibilidad de las crisis
económicas agudizadas: retorno a lo rural, población de las perife-
rias de la ciudad, migraciones arriesgadas en búsqueda de ingresos.
También debemos contabilizar que varias de estas crisis fueron pro-
movidas por la toma de deuda externa, que funcionó como un me-
canismo de control para los momentos de transición democrática y
que se conoció como el período de “crisis de la deuda latinoamerica-
na” o “década perdida” en referencia a los años ochenta (Toussaint,
2004). Es en el medio de estas sucesivas crisis económicas que vuelve
a darse una discusión ideológica entre Estado y mercado.
Primero a partir de las dictaduras, luego refrendadas con posi-
cionamientos como el de De Soto, las políticas neoliberales en el
continente acabaron con las empresas públicas, impulsaron prácticas
de subcontratación laboral, desarmaron la organización popular y,
especialmente, sindical. Si, en algunos casos, las políticas de descen-
tralización del poder estatal crearon marcos normativos para forta-
lecer la organización de los actores locales en la toma de decisiones,
estas mismas políticas neoliberales fragmentaron los movimientos
sociales, las estructuras organizativas populares y las economías au-
togestivas e informales, reduciendo su capacidad de presión frente a
26 Cristina Cielo, Verónica Gago y Nico Tassi
las instituciones y a los intereses de la gran empresa (Torrico, 2008;
Vilas, 1997).
Un ejemplo de estas ambigüedades son las actitudes de las po-
líticas neoliberales hacia sectores económicamente marginalizados
como los campesinos y los indígenas. Por primera vez, en los años
noventa del neoliberalismo (conocidos como el ciclo del “Consenso
de Washington”), aparecen representantes de los pueblos indígenas
y de organizaciones campesinas en los parlamentos y en algunos
de los ministerios, aunque en posiciones secundarias y de escasa
relevancia en las decisiones políticas (Hale, 2004). Si bien la pro-
moción de lo indígena, explícitamente y sustancialmente apoyada
por las agencias internacionales de desarrollo, fomentó un recono-
cimiento legal y cultural de las minorías y mayorías indígenas de
algunos países, no se encontraba exenta de profundas e insidiosas
contradicciones. La promoción de las identidades étnicas por los go-
biernos neoliberales se vinculaba subrepticiamente a un intento de
fragmentar la potencia de los movimientos sociales, de separar a los
campesinos de los obreros e indígenas, y de incentivar las divisiones
entre grupos regionales (Medeiros, 1995). Las políticas multicultu-
rales fueron indisociables, además, de la emergencia de una nueva
fuerza política de la organización indígena, desde Chiapas a las sierras
andinas.
La crítica de la promoción del “indio permitido” o del “indio or-
namental” de Silvia Rivera Cusicanqui (1993) está dirigida al intento
neoliberal de dividir y domesticar a lo indígena a través del reconoci-
miento de derechos culturales e identitarios que finalmente relegan
a lo indígena a un espacio marginal con escasa posibilidad de acceso
a la toma de decisiones políticas y económicas concretas. Para Rivera,
el “indio permitido” faculta su incorporación al paradigma neolibe-
ral, sustituyendo la noción de protesta con la de propuesta. Deja atrás
la reivindicación para apostar a una inerme autenticidad cultural y
finalmente adaptarse a las reglas y formas del poder hegemónico.
Introducción 27
Tal “autenticidad cultural” diluye la potencia de las organizaciones
populares e indígenas que, en sus iniciativas políticas y económicas,
evidencian la posibilidad de ser simultáneamente indígena y global,
popular y moderno, cuestionando las expectativas y cánones civiliza-
torios unidireccionales.
Otra contradicción esencial de la ideología neoliberal se manifies-
ta a partir de los 2000. En esos años, empieza a disiparse la celebra-
ción de la informalidad y del capital social como antítesis al poder
del Estado (Banco Mundial, 1997), en función de la promoción de
las capacidades y libertades individuales orientadas a la penetración
local del neoliberalismo. De hecho, en el nuevo milenio, las agen-
cias internacionales de desarrollo empiezan a quejarse de que sus
inversiones en los países pobres sufren de la falta de un ambiente
regulador sólido (Hart, 2007). La preocupación de las agencias de
desarrollo se asocia a una transformación del escenario económico,
en la que los emprendimientos informales, en vez de única y natu-
ralmente subordinarse a las directivas e intereses de las multinacio-
nales, se aprovechan de la reducción de los costos de la maquinaria,
del transporte y de las tecnologías de comunicación que el mismo
neoliberalismo ha posibilitado, abriendo dinámicas ambivalentes de
autoorganización. Utilizando una serie de recursos informales para
bajar precios y evadiendo los costos de la reglamentación, parte del
sector informal empieza a competir a las grandes marcas. A su vez, es
indisociable este momento de una secuencia regional de protestas y
levantamientos antineoliberales, donde estos mismos sectores subal-
ternos tienen un papel preponderante. En este contexto, las agencias
de desarrollo y las multinacionales que en el pasado promovieron la
desregulación y la flexibilización de acuerdos para eludir la regula-
ción estatal, ahora buscan negar esta flexibilidad a los actores econó-
micos populares.
28 Cristina Cielo, Verónica Gago y Nico Tassi
Las alternativas al capitalismo neoliberal
A principios de este siglo, la contundencia de la crisis neoliberal en la
región es empujada por un conjunto de luchas que buscan poner en
jaque la legitimidad política del neoliberalismo, produciendo enor-
mes protestas, movilizaciones y levantamientos en distintos países
de la región y constituyéndose en revueltas contra la austeridad, las
privatizaciones de bienes colectivos y las distintas medidas de ajuste
estructural que caracterizaron la década de los noventa. En el marco
de estas luchas, toman espacio una serie de propuestas económicas
que buscan cuestionar los preceptos ideológicos del neoliberalismo.
Una de estas propuestas es el paradigma de la economía social y soli-
daria. Aunque la noción de economía solidaria nace en Francia en la
década de los setenta bajo el empuje de movimientos cooperativos,
mutualistas y asociativos, la implementación del neoliberalismo en
América Latina impulsa el debate de esta perspectiva crítica como
contrapunto (Wanderley, 2015). La perspectiva de la economía soli-
daria comparte con la de la economía popular el afán por rescatar la
reproducción de lo social como intrínseca a lo económico. Sin em-
bargo, mientras los promotores del término de economía popular en
los años ochenta planteaban una capacidad de los actores populares
de negociar con las estructuras establecidas del capitalismo a par-
tir de una organización social de las estrategias económicas (Golte
y Adams, 1987; Quijano, 1998), la economía solidaria posiciona la
idea del asociativismo o del comunitarismo –en contraste con el ais-
lamiento del consumidor individual en el capitalismo tardío– para
generar propuestas económicas no capitalistas o anticapitalistas.
La noción de economía solidaria se fundamenta en un proyec-
to político de articulación de diferentes grupos en la generación de
espacios de crítica a la economía de mercado y en el apoyo de las
actividades asociativas de barrios pobres y comunidades campesi-
nas a través de ONGs, iglesias e instituciones (Hillekamp, 2014). En
Introducción 29
América Latina, los gobiernos progresistas de las décadas pasadas
generaron importantes avances en relación a la capacidad de la eco-
nomía social y solidaria para canalizar la energía emergente desde las
organizaciones sociales, facilitando la cohesión de foros y moviliza-
ciones a favor de otro desarrollo, colaborando en estudios técnicos
y empíricos sobre el espacio de la economía solidaria y dando lugar
a debates sobre las dimensiones de la economía solidaria existente
y deseable. En países que tuvieron una fuerte base industrial, como
Argentina y Brasil, la economía solidaria, promovida por las políti-
cas progresistas, se ha vuelto una herramienta de análisis crítico de
los procesos de desindustrialización debido a la crisis neoliberal, la
explotación de los trabajadores y, simultáneamente, de apoyo a las
formas socioeconómicas asociativas que surgen como reacción al
neoliberalismo.
Aunque tienen un anclaje en ciertas prácticas de los sectores po-
pulares, los estudios e iniciativas de la economía social y solidaria
están orientados más por la intención de generar una alternativa al
mercado para orientar y acompañar a los sectores populares y sus
organizaciones hacia modalidades económicas no capitalistas (Cora-
ggio, 1998), que por el estudio empírico de la imbricación de estos
sectores en las tensiones, contradicciones y reconstituciones institu-
cionales de la economía del mercado (Dürr y Müller, 2019; Hille-
kamp, 2014). Así, la perspectiva de la economía social y solidaria ha
contribuido a la diferenciación y el antagonismo entre unas minorías
organizadas y explícitamente posicionadas en contra del mercado y
unas mayorías populares que buscan y sostienen relaciones intermi-
tentes con el mercado. En este sentido, se les caracteriza a estos últi-
mos por sus prácticas individualistas, no necesariamente políticas y
no combativas, segmentando a los sectores populares empobrecidos
según vectores que delimitan lo “verdaderamente” alternativo.
30 Cristina Cielo, Verónica Gago y Nico Tassi
Las organizaciones populares
El falso debate entre Estado y mercado que el neoliberalismo ha ali-
mentado, que se traduce entre colectivismo versus individualismo en la
gestión de lo económico, incentiva la invisibilización de formas organi-
zativas populares que a menudo son compatibles con el mercado, a la
vez que lo disputan y transforman. En nuestra región, estas organizacio-
nes juegan un rol estratégico en la gestión del territorio y de lo público,
en el funcionamiento de los mercados populares, en la reorganización
del tejido social frente a las desestructuraciones promovidas por las
políticas neoliberales de varias décadas. Los procesos fluctuantes –con
muchos altibajos– de industrialización y de modernización en América
Latina han permitido que estas organizaciones populares se hayan so-
brepuesto tanto a un Estado que en su rol de protección y control
alcanzaba a una minoría de la población, como a un libre mercado que
no parecía brindar las garantías y promesas de acceso, igualdad y dere-
chos. En este sentido, toman forma unas modalidades de organización
que tanto el Estado como el libre mercado –definido por los intereses
de la gran empresa– no logran o quieren reconocer.
Con más de cuatro décadas de políticas neoliberales y el debilita-
miento de las estructuras organizativas sectoriales como el sindicato
(fundamentadas en el trabajo y en la defensa de intereses sectoriales),
se asiste a un proceso de re-emergencia de una serie de tejidos socia-
les, políticos y económicos particularistas (García, 2008; García et al.,
2005). Muchos movimientos sociales asumen dinámicas de “inven-
ción” y autogestión del trabajo por fuera del marco asalariado que
despliegan maneras de lidiar con el neoliberalismo, confrontarlo y, a
la vez, disputar recursos y acceso a la ciudad (Gago, 2014). En vez de
tener al Estado como su último referente e interlocutor en términos
de provisión de beneficios y derechos, como en el caso del sindicato,
estas organizaciones populares asientan derechos y organizan territo-
rios en pleno despojo neoliberal (Roig, 2017). Perfilan modalidades,
Introducción 31
regulaciones y estructuras de participación en lo económico por parte
de sectores históricamente excluidos (Harvey, 1989).
En pleno ajuste estructural, estas organizaciones populares se
vuelven protagonistas a la hora de hacer frente a las crisis socioe-
conómicas repetidas, pero también para forjar prácticas y formas de
disputa en el mercado, para generar modalidades de abastecimiento
para unos sectores populares históricamente postergados del acceso
a cierto consumo. Las organizaciones populares se reconfiguran así
en herramientas para ejercer formas de protección y de control, en
instancias para ejercitar formas de participación ciudadana que el
Estado ha paulatinamente reducido (Tassi et al., 2013). Se presen-
cia una transición desde las formas organizativas sectoriales funda-
mentadas en el trabajo, como instancia definitoria de lo organizativo,
hacia modalidades de organización cuya pulsión se basa en tejer co-
nexiones y articulaciones entre diversos territorios, mercados y gru-
pos, generando infraestructuras de intercambio a través de espacios y
temporalidades heterogéneas y desiguales (Urban Popular Economy
Collective, 2022). Así, la capacidad de las organizaciones populares
de proveer servicios, administrar territorios marginalizados, recrear
y gestionar lo colectivo se sobreponen a dinámicas de la estatalidad
con formas y prácticas de la autogestión popular.
La institucionalidad popular promovida por las organizaciones
autogestionarias parece contraponerse al economicismo del para-
digma de la economía informal que hace énfasis en el rol inclusivo
del libre mercado, o en la inutilidad e ineficiencia de las estructuras
públicas. La perspectiva de las economías populares rescata “moda-
lidades diferenciables de la organización empresarial predominante
en el capitalismo contemporáneo” (Quijano, 1998, p. 130). Identi-
fica institucionalidades desde abajo, constituidas al generar formas
de acceso y hacer frente a un mercado cada vez más exclusivo y con-
trolado por pocas manos, institucionalidades que requieren de arti-
culaciones no institucionales para poder funcionar.
32 Cristina Cielo, Verónica Gago y Nico Tassi
Pluralizar las economías populares:
Trabajo, conflicto, duración y extensión
A lo largo de nuestro análisis, nos hemos encontrado con diferentes
modalidades a la hora de comprender la economía y las formas or-
ganizativas de sectores populares que han sido catalogados como in-
adaptados, excluidos, marginados de la participación en la economía
de mercado, y poco cualificados para las reconversiones competitivas
del neoliberalismo. Pero, más que todo, en este trazado de una tra-
yectoria histórica, hemos querido confrontar una serie de narrativas
económicas, los deber ser civilizatorios, falsos debates que han acaba-
do por distraer la mirada e invisibilizar las complejas y heterogéneas
vivencias de los sectores populares.
Lo que buscamos visibilizar con el término de economías popu-
lares son justamente las realidades socioeconómicas de los secto-
res populares de la región. Buscamos reconocer los procesos y las
transformaciones que ensancharon los intersticios económicos pres-
cindiendo de categorías conceptuales inapropiadas (informales, mar-
ginales, ilegales). Esto nos ha llevado a enfocar los ciclos económicos
y transformaciones estructurales que han afectado su cotidianidad
conjuntamente a las formas de apropiación, subordinación, resisten-
cia y reconfiguración de las estructuras o instituciones socioeconó-
micas convencionales para desentrañar las estrategias económicas
populares. Este mirar lo económico desde los sectores populares nos
ha permitido empezar a cuestionar algunas de las tensiones consti-
tutivas por medio de las cuales se han interpretado estos actores: el
Estado vs. el mercado, la producción vs. la reproducción; lo local vs.
lo global; lo moderno vs. lo tradicional.
Por lo que desarrollamos, podemos afirmar que la economía po-
pular se resiste a ser nombrada en singular. Pluralizar las economías
populares es tanto una necesidad que surge de la empiria de sus ma-
nifestaciones múltiples, como de los rasgos que las caracterizan, sin
Introducción 33
lograr sintetizarse en un modelo único. Aun así, es posible señalar y
sistematizar muchos de sus componentes, lógicas y dinámicas que
nos dejan hacer una lectura de conjunto.
¿De qué hablamos, entonces, al referirnos a las economías
populares?
En el ejercicio de una genealogía para situar las economías popu-
lares hay algunos elementos de análisis que construyen su definición
plural. Sabemos de la complejidad de una cartografía cuando quere-
mos extenderla a un alcance regional, con sus historias, coyunturas
y archivos diversos. Aun así, es preciso considerar e identificar ciertas
características clave.
En primer lugar, es necesario ubicarlas en la pregunta general por
las formas que toma el trabajo de una creciente mayoría de la pobla-
ción que no se encuadra en las modalidades del trabajo asalariado
estable. Se puede decir que es una realidad histórica de ciertas zonas
de la economía-mundo (Wallerstein 1995). Sin embargo, la especifi-
cidad de las economías populares de las que nos ocupamos se ubica
en un marco temporal que es el del neoliberalismo contemporáneo:
primero, por el ataque directo a las formas organizativas y las rei-
vindicaciones de los sectores populares; segundo, por el definitivo
abandono social y económico de estos grupos a sus propios recur-
sos. En realidad, en varios países de la región las economías popula-
res mantienen un anclaje en procesos de subordinación y exclusión
económicas de larga trayectoria histórica, como hemos trazado. Lo
que señalamos es que las economías populares abarcan dinámicas
de respuesta popular a los despojos del neoliberalismo y que, de ma-
nera general, confrontan las formas de exclusión de medios y re-
cursos para que una gran parte de la población pueda asegurar su
reproducción.
No es posible presentar una cronología homogénea para los dis-
tintos países de la región. Clivajes decisivos como los procesos his-
tóricos de industrialización, el papel de las economías campesinas, la
34 Cristina Cielo, Verónica Gago y Nico Tassi
composición de la clase trabajadora y las tradiciones políticas se ex-
presan como fracturas temporales diversas a la hora de relevar cómo
ha sido la emergencia y consolidación de lo que llamamos econo-
mías populares. No se trata solo de diferencias de contextos, sino de
elementos disímiles con los cuales las economías populares se en-
samblan, prosperan y mutan. Sin embargo, sí es llamativo cómo hoy
este concepto tiene una resonancia que lo vuelve “operativo” para
pensar en conexión y en convergencia realidades productivas, dinámi-
cas materiales y formas organizativas que atraviesan nuestra región.
Nuestra hipótesis es que podemos leer a través del concepto de
economías populares cómo en los distintos territorios vemos suce-
derse una acumulación de despojos y, a la vez, una capacidad de
acción de esas mismas economías que son las principales afectadas.
Esta suerte de doble existencia se expresa de modos contradictorios,
ambivalentes y no estables pero, sin dudas, nos permite desplazarnos
tanto de miradas victimizantes como de festejos neoliberales del em-
prendedurismo a secas.
En Argentina, por ejemplo, la constitución política de este sujeto
proletario por fuera de las coordenadas tradicionales que caracteri-
zan al movimiento obrero, emerge de manera pública y contundente
con la crisis de 2001. Esto lleva a subrayar dos puntos, que podemos
pensar de modo regional. Por un lado, la conexión de las economías
populares con un momento de crisis de legitimidad del neoliberalis-
mo, conseguido por la movilización popular contra los mandatos de
austeridad. Por otro, la aparición de los movimientos sociales, y en
particular aquellos que hacían de la desocupación su seña de iden-
tidad y de lucha, empujando el debate sobre el trabajo a nuevos ho-
rizontes. Esta dinámica conecta los horizontes de los movimientos
sociales con la cuestión obrera, desarmando la división de los reper-
torios de acción y de demandas con que se solía clasificar desde los
años ochenta de manera diferente esas trayectorias (movimientos
Introducción 35
sociales –incluso, campesinos e indígenas– por un lado, movimiento
de trabajadorxs por otro).
En segundo lugar, conectar la definición de las economías po-
pulares con la emergencia de sujetos políticos novedosos, aún pro-
venientes de largas trayectorias (laborales, migratorias, campesinas,
indígenas, etc.), que los sitúa en íntima relación con formas disímiles
e históricas de conflictividad. Este parentesco no es menor, ya que
cualifica políticamente la visibilidad de estas experiencias, su espesor
histórico. Lo que se estabiliza, entonces, como economías populares
es una combinación lograda de una serie de saberes y formas de
hacer que permiten la reproducción social en territorios fuertemente
marcados por el despojo neoliberal a la vez que reinventan y conec-
tan formas de conflictividad y capacidad concreta de ganarse la vida.
A su vez, el concepto de economías populares rescata la dimen-
sión abigarrada de lo indígena-popular, reivindicando simultánea-
mente la larga duración de sus instancias organizativas y la larga
historia de integración subordinada a la economía de mercado colo-
nial y republicana. Rescata además cómo a partir de estas estructuras
de larga duración se han generado estrategias y formas de participa-
ción en una economía de mercado (que los ha querido excluir conti-
nuamente). Este énfasis en la clave de la conflictividad no siempre es
explícito, no adopta necesariamente gramáticas reconocibles. Inven-
tar formas de producir y circular, que implican gestionar subsidios
del Estado, inventar emprendimientos productivos, ensamblar diná-
micas autogestivas con formas de empresariado popular, intersectar
trayectorias migrantes con modos de comercio feriante y adecuar
una inserción laboral discontinua en rubros preexistentes pero bajo
procesos de fuerte transnacionalización e informalización (textil, por
ejemplo), organiza formas muy distintas de disputa, negociación, ex-
plotación, cooperación y lucha.
En tercer lugar, las economías populares producen un mapa varia-
do, heterogéneo, que se afirma contra la idea de que estas dinámicas
36 Cristina Cielo, Verónica Gago y Nico Tassi
económicas responden exclusivamente a un momento pasajero de
crisis y emergencia. Su temporalidad, como argumentamos, es más
compleja. Se sostienen en el tiempo e incluso son parte fundamental
de momentos denominados de “crecimiento económico”.1 Esto da
cuenta de una versatilidad para fases y momentos diferentes, pero
sobre todo afirma su capacidad de duración.
Así, las economías populares sistematizan de manera discontinua
y polimórfica el paisaje del trabajo por fuera de las espacialidades
laborales reconocidas como tales, a la vez que constituyen un escena-
rio de evidente persistencia y consolidación, cartografiando nuevas
dinámicas de producción de valor y disputa por su apropiación.
Esta temporalidad, sin embargo, también va más atrás, siendo par-
te de un hojaldramiento de historias. Nuestra lectura de las econo-
mías populares se ancla en su carácter abigarrado (Rivera Cusicanqui,
2010), en su capacidad contraintuitiva de combinar simultáneamen-
te y sin sentido de contradicción a resolver, una multiplicidad de
elementos tradicionales y modernos, unas historias, organizaciones y
estrategias locales de largas trayectorias con los más globales proce-
sos de reestructuración económica en la posibilidad de poder leer y
comprender las formas de lo económico, de la modernización y del
desarrollo en nuestra región más allá de las narrativas y los paradig-
mas civilizatorios hegemónicos.
Esto nos lleva a un cuarto punto: no se trata de economías mar-
ginales. Tanto por su extensión territorial creciente, como por su ca-
pacidad de ensamblaje a múltiples escalas; tanto por su persistencia
en el tiempo, como por su manera de crear infraestructura popu-
lar en contextos difíciles; tanto por involucrar a sectores cada vez
más mayoritarios de las poblaciones de nuestros países, como por
1 En Bolivia, las economías populares han sido identificadas como instancias centrales
en la administración y multiplicación del excedente durante los años del proceso de
cambio y en la consolidación del mercado interno (García, 2018; Tassi et al., 2015).
Introducción 37
su dinamismo político, creemos que emerge un carácter que puede
reivindicarse como central y estratégico.
Desafiar a las pinzas binarias
Esta caracterización por medio de la multiplicidad, lo que llamamos
definición plural y relacional, tiene varios afluentes. Pero llega des-
pués de que la economía popular se hizo un espacio propio, abrien-
do zonas liminales y descomponiendo binarismos. Las economías
populares se escapan así de unos pares que, sin embargo, las siguen
de cerca y contornean sus desplazamientos, sus límites y sus desafíos.
El primero es el que traza la frontera entre formalidad e informali-
dad. Vinculado a la conceptualización de Hart referida antes, la zona
de la informalidad ha ido creciendo al punto de contener todo lo
que no consigue el estatuto de formalidad, entendida como inscrip-
ción asalariada registrada.
Si ya esa distinción tiene problemas de base, al aglutinar bajo esas
categorías a las regiones del Tercer Mundo en un esquema de no-de-
sarrollo, no-progreso, no-trabajo, ubicando la división de la falta y de
lo fallido en una clave eurocéntrica, luego de décadas de transforma-
ción de las dinámicas laborales en relación a las transformaciones
neoliberales, la noción de informalidad queda aún más estrecha. Y
esto, porque muchas las características de los procesos de informa-
lización son parte de la precarización que envuelve hoy a todas las
formas del trabajo.
Sin embargo, la noción de informalidad sigue siendo operativa en
el lenguaje de los organismos internacionales, de las caracterizacio-
nes periodísticas y del uso político para designar de modo exclusivo
a poblaciones empobrecidas. De nuevo vemos una suerte de disyun-
ción: como si la precariedad fuese un término para la población tra-
bajadora y la informalidad refiriera menos a trabajadorxs y más a lxs
pobres. Pero esto también se desliza y no es rígido. Funcionando en
38 Cristina Cielo, Verónica Gago y Nico Tassi
espejo con la formalidad, la informalidad no deja de referirse a un
cada vez más amplio sector social, que ya acumula generaciones de
no formalidad en sus trayectorias laborales, y donde la formalidad
no aparece como posibilidad futura. Lo que más bien sutura esta
categoría es la condición de trabajadorxs pobres o bajo procesos de
permanente pauperización, pero a quienes no se termina de recono-
cer bajo la órbita estrictamente obrera.
La noción de economías populares busca abrir otro espacio epis-
témico, económico y político que desborda y a la vez problematiza el
corsé de la informalidad. Primero, por la definición por la afirmativa
de lo que las economías populares efectivamente son, lo que nos
sitúa en otro lugar para debatir el trabajo formal e informal, sus mar-
cos regulatorios y sus horizontes temporales.
No se trata, como muchas veces se insinúa, de romantizar lo que
efectivamente hacen las economías populares. Sino de desplazar la
enunciación de una informalidad asentada en una serie de coorde-
nadas que limitan los modos de pensar los ingresos, las formas or-
ganizativas, la conquista de derechos y la productividad de enormes
contingentes de trabajadorxs. Incluso de profundizar la definición de
clase trabajadora a partir no de una condición asalariada, sino de una
condición de desposeídxs (Denning, 2011).
En este sentido, lo que vemos en las economías populares es,
además, una capacidad de combinar segmentos de trabajo formal e
informal, registrado y no registrado, de aprovechar segmentos pro-
ductivos de uno y otro. También resaltamos la dislocación temporal
de la conquista de derechos, a partir de la institucionalización de
espacios de negociación y la inscripción de beneficios, como algo
que no es ajeno a las posibilidades instituyentes de las economías
populares.
Un segundo binarismo, que es fuertemente puesto en jaque por
las economías populares, es el criticado históricamente por las pers-
pectivas feministas: la distinción producción-reproducción. El trabajo
Introducción 39
reproductivo es visibilizado principalmente por la economía femi-
nista marxista como directamente productivo, porque son sus labores
cotidianas las que hacen posible la reproducción de la fuerza de tra-
bajo y la reproducción de las tramas vitales de modo más amplio. La
locación que se suele dar a ese trabajo reproductivo es el hogar. Sin
embargo, las economías populares se hacen cargo de una enorme
cantidad de tareas reproductivas por fuera del hogar, constituyendo
tareas esenciales en los barrios, las comunidades y las calles.
De nuevo, las economías populares, en intersección con la in-
teligibilidad que provee la economía feminista, nos permite saltar
el torniquete de la división sexual del trabajo espacializada entre el
hogar y el mercado de trabajo. No porque en ellas no exista una
efectiva división sexual del trabajo, sino porque permite visualizar
otra relación entre trabajo productivo y reproductivo. Es desde ahí
que comprende de modo mucho más nítido una indistinción entre
lo reproductivo y productivo que ubica a las economías populares
muchas veces bajo la clave de una reproducción ampliada de la vida.
Finalmente, quisiéramos señalar la incorporación y fusión en
muchas economías populares de elementos de producción, circu-
lación, logística, comercio y consumo, desbaratando la división es-
tanca entre circuitos. Justamente nos parece importante entender la
conexión de circuitos que hace que lxs trabajadorxs de la economía
popular sean politécnicos: productorxs, comerciantes, investigadorxs
de nuevos mercados, innovadorxs.
Este ir más allá de los binarismos, sin embargo, no simplifica las
definiciones que nos proponemos señalar de las economías popula-
res, pero traza otro tipo de definición. Una que no pierde su carácter
contencioso aun sin estar dentro de un binarismo pre-establecido.
Su lógica de multiplicidad no implica que logren hacer siempre equi-
librio y excluir el conflicto. Por el contrario, como señalamos al inicio,
nos parece que así definidas las economías populares pluralizan lo
40 Cristina Cielo, Verónica Gago y Nico Tassi
que entendemos por conflictividad con el capital, poniendo nuevas
gramáticas a los cuerpos del trabajo.
Pensar la economía desde el feminismo,
la ecología y la política popular
A partir de estas claves históricas y analíticas, vemos que las eco-
nomías populares nombran las formas de organizar la producción,
reproducción, circulación y la distribución de la vida para grandes
mayorías dentro de las estructuras económicas contemporáneas,
tensionándolas y adaptándose a ellas, en resistencia a la vez que en
ensamblajes variopintos. Hemos señalado que nuestra perspectiva
de las economías populares se nutre de los aportes feministas que
destacan las relaciones de poder implícitas en las definiciones mis-
mas del trabajo, llevando nuestro enfoque sobre el conflicto capi-
tal-trabajo al plano cotidiano, reproductivo, vital. Cerramos esta
introducción con reflexiones sobre ordenamientos de visibilidad que
ocultan la producción de valor de todas las labores no pagadas o
mal remuneradas, que dependen no solo de las escisiones analíticas
y políticas entre las labores productivas y reproductivas, formales e
informales, sino también de jerarquizaciones entre personas. Es, ade-
más, la diferenciación entre las esferas social y natural lo que permite
la definición de lo explotable y expropiable (Moore, 2020).
Retomamos y ampliamos, entonces, las revalorizaciones y visibi-
lizaciones propuestas por perspectivas feministas, de la explotación
y expropiación de ciertas formas de trabajo, poniendo en relieve la
interdependencia ontológica que cuestiona la antropología del in-
dividualismo posesivo (Macpherson, 1962). La economía feminista
suele concentrarse en discutir el espacio doméstico, en particular las
cocinas y los dormitorios como espacialidades clave de la división
sexual del trabajo. Sin embargo, queremos remarcar que el espacio
doméstico en nuestra región también excede las casas: está formado
Introducción 41
por los espacios barriales y comunitarios. Los espacios domésticos,
en su sentido ampliado, son aquellos que son súper-explotados du-
rante una crisis, los mismos que inventan redes con recursos escasos
y que hace tiempo ya gestionan y conceptualizan una situación de
emergencia. Es ahí donde se enjambra lo que María Mies (2019) de-
nomina súperexplotación. Se trata de un término que con la partícula
“súper” agrega que el capital no solo se apropia del tiempo y trabajo
excedente respecto al tiempo de trabajo “necesario” (es decir, plus-
valor), sino que avanza sobre la apropiación del tiempo y el trabajo
necesarios para la producción de subsistencia. Creemos que es una
clave importante para pensar qué nuevas configuraciones entre pro-
ducción y reproducción hoy están en disputa y cómo se traduce en
las espacialidades domésticas que, sin dudas, incluyen a buena parte
de la trama de las economías populares.
Es más, estas dinámicas en regiones postcoloniales señalan la
continuidad de la extracción histórica en la economía política global
(Mezzadri, 2019). Las divisiones coloniales y categóricas entre los se-
res humanos crean sujetos cuyo trabajo es apropiable; de allí surge la
coincidencia de las tradicionales identificaciones de las economías in-
formales, comunitarias, domésticas y de reciprocidad con poblaciones
racializadas, femeninas y rurales como diferenciales explotables por
el capital (Pulido, 2017). Nuestra perspectiva de economías popula-
res busca pluralizar estas definiciones y cuestionar sus delimitaciones,
trazando las conexiones e interdependencias entre diversos ámbitos
cotidianos, económicos e institucionales y, a la vez, analizando y politi-
zando las distinciones consolidadas (Gago y Gutiérrez, 2022).
Pero la extracción de las regiones postcoloniales no se ha limitado a
la explotación de la labor de lxs indígenas y afrodescendientes, las mu-
jeres y lxs campesinxs, sino a la vez de los territorios que habitan y la
naturaleza que rodea. Aludimos arriba a la apropiación de las energías
no pagadas o mal renumeradas sobre la cual se asienta la acumula-
ción del capital. Autoras como Anna Tsing (2015) y Arnould (2022)
42 Cristina Cielo, Verónica Gago y Nico Tassi
identifican las dimensiones materiales y ecológicas del funcionamien-
to de la economía, abriendo la posibilidad de reconocer las relaciones
y formas de organización socioecológicas, que articulan territorios por
los que circulan cosas, cuerpos, mercancías, comunicaciones. Sus ras-
treos de las conexiones sociales y materiales requeridas para el soste-
nimiento, tal como estas se median por factores biofísicos y también
tecnológicos. Así, sugerimos líneas para ampliar la perspectiva de las
economías populares hacia las ecologías diversas y las materialidades y
circuitos de la reproducción, la producción, en fin, el sostenimiento y
la distribución desigual de estas dinámicas, todas aquellas actividades
y vitalidades que, aunque devaluadas, son catalizadoras de múltiples
tipos de valores. Su relación con lo económico marca las zonas de afi-
nidad y convergencia de estos acercamientos con las perspectivas de la
economía feminista.
Así es que, de modo íntimo, nuestra discusión trae aparejada la
dimensión ecológica de eso que llamamos crisis. Distintas teóricas
feministas han investigado y visibilizado la función económica y po-
lítica de la esfera privada y no pagada del trabajo de mujeres para
ponerla en relación a la colonización y explotación de la naturaleza y
las colonias (Mies, 2019). Ubicar en una secuencia análoga a las for-
mas de aprovechamiento de las mujeres, la naturaleza y las colonias,
articula las dimensiones de género, imperiales y raciales de las que
depende la reproducción sistémica del capital. Señalamos así otro
marco histórico trascendental para esta organización global: la rele-
gación de actividades, potencias y personas sexuadas, espacializadas,
naturalizadas y racializadas a terrenos no-económicos y no-políticos
de la organización vital. En América Latina, las reivindicaciones po-
líticas de estos vínculos han emergido con fuerza en articulaciones
entre movimientos feministas, anti-extractivas e indígenas (Donato,
2007; Ulloa, 2014; Vallejo y García, 2017).
A partir de los estudios en este libro de las trayectorias no lineales
del aprovisionamiento, tanto improvisadas como instituidas, y en sus
Introducción 43
dinámicas heterogéneas, de múltiples escalas y contradictorias, busca-
mos abrir líneas de exploración hacia futuro para comprender también
sus materialidades y politicidades desde perspectivas feministas y eco-
lógicas. El mapeo de economías populares presentado aquí indaga en
las oscilaciones de la demanda social entre la inclusión y la exención de
las estructuras estatales, de desarrollo y del mercado, y cómo, en tales
circunstancias, las economías populares atraviesan diversos espacios
para producir múltiples nociones de riqueza social. Así, apuntamos a
la posibilidad de rastrear las extracciones encadenadas que caracterizan
las conexiones entre el trabajo, sus desigualdades y las colectividades
(humanos y más allá) y disputas que estas constituyen (Cielo y Vega,
2015; Singh, 2017).
Las posibilidades políticas se engendran en la cotidianidad, la or-
ganización y la institucionalización de estas actividades y relaciones
sociales y socioecológicas. Tal como insisten autoras como Barca y
Leonardi (2018), las articulaciones políticas en contra de la lógica
extractiva del capital (Gago y Mezzadra, 2017) dependen del recono-
cimiento de las articulaciones histórico-materiales entre esferas y es-
pacio, territorios y cuerpos, entre distintas formas de extracción. Así
es que las dinámicas de desabastecimiento que impulsan entrecru-
zamientos de migraciones y circulaciones no solo permiten nuevas
formas de acumulación (Mezzadra y Nielson, 2017), sino también
son la base de nuevas formaciones colectivas que se diferencian, se
suman y se articulan a movimientos obreros tradicionales y nacio-
nales. En este sentido, nuestro mapeo de economías populares en
América Latina busca reconocer las formas en que las negociaciones,
cooperaciones y disputas conforman nuevos sujetos políticos que
desbordan lo económico y lo social, y cuya politicidad desborda gra-
máticas reconocibles de los conflictos.
Para esta exploración, organizamos los capítulos en este libro en
tres partes. Los estudios de la primera parte, “Las escalas y disputas
de las economías populares”, analizan las articulaciones que cruzan y
44 Cristina Cielo, Verónica Gago y Nico Tassi
entretejen espacios y territorios, desde barrios y colonias populares,
atravesando calles y mercados centrales, para llegar a circulaciones y
extensiones nacionales, internacionales y virtuales que interpelan y
polemizan la economía del mercado. Estos estudios inician nuestro
mapeo plasmando tanto la ubicuidad de las economías populares
como sus heterogéneos ensamblajes. La segunda parte del libro, ti-
tulada “Política, espacios e institucionalidad”, aterriza en las prácticas
múltiples colectivas y entrelazadas que expresan y animan la orga-
nización y la politicidad de las economías populares, sus encuen-
tros y desencuentros con las instituciones oficiales. Los estudios de
esta sección indagan en las formaciones instituyentes y contenciosas
de las economías populares, en los contextos cambiantes de intere-
ses empresariales y políticas nacionales de gobiernos tanto de corte
neoliberal como progresista, así como en la reinvención de formas
gremiales.
Finalmente, concluimos nuestro mapeo de economías populares
en la región con unos estudios sugerentes que conjugan perspectivas
desde las economías populares y las economías feministas, ensayan-
do experimentos metodológicos e interpretativos. Cerramos el libro
con la apertura que sugiere el acoplamiento analítico entre las “Eco-
nomías populares y feministas”, en la que la potencia de las críticas
feministas se combina con la atención cuidadosa a las emergencias
populares actual y contradictoriamente existentes, a las formas mis-
mas en que la efervescencia feminista de los últimos años ha permito
tensionar y, otra vez, ampliar los horizontes de las economías popula-
res. Los capítulos de esta tercera parte del libro se unen a la polifonía
de lecturas presentadas en esta colección que busca mapear la mes-
colanza compleja de las economías populares latinoamericanas para
disputar las perspectivas binarias, desarrollistas y devaluadoras que
sirven para debilitar y apropiarse de sus fuerzas vitales, pragmáticas y
políticas que sostienen la vida de las mayorías en las geografías que
habitamos.
Introducción 45
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Introducción 51
Parte I
Las escalas y disputas
de las economías populares
La emergencia de la
economía popular en Bolivia
Infraestructuras de intercambio,
circuitos y expansión
NICO TASSI
Ramiro Yupanqui es el presidente de un gremio comercial de uno
de los más renombrados mercados populares de la ladera de La Paz
en Bolivia. Originario de Taraco, una comunidad campesina ayma-
ra a orillas del lago Titicaca, Ramiro realizó su primer negocio a los
16 años revendiendo harina que le había prestado la panadería de
su hermana en los días que anteceden Todo Santos, cuando la pro-
ducción de panes y pasteles para recibir a las almas hace disparar
el precio. Con el pequeño capital acumulado con la harina, Ramiro
viajó a Iquique, en el norte de Chile, donde se metió de “lambiscón”
durante varios días en una tienda/taller de videojuegos electrónicos,
anotándose a escondidas códigos y circuitos en su cuadernito, en
una especie de espionaje industrial casero. Al volver a La Paz, cargan-
do algunos de los circuitos electrónicos encontrados en Chile y tam-
bién botones y joysticks, Ramiro instaló su negocio en un garaje de la
ladera, ensamblando videojuegos a moneda con viejas teles, pedazos
de madera reciclada y consolas hechizas.
55
Eran los años de la hiperinflación en Bolivia (1985), y con muchos
trabajadores despedidos en las calles, el garaje de “tilines” (videojue-
gos) de Ramiro se volvió un emprendimiento provechoso. Un exmi-
nero manco, relocalizado, ejecutivo del sindicato de los “tilineros” de
La Paz y El Alto se le acercó pidiéndole instalar los circuitos y las teles
domésticas para varios de los miembros del sindicato. Así, Ramiro
empezó a trabajar como técnico de electrónica y a inmiscuirse en las
organizaciones gremiales, que justo en esos años se reconvirtieron en
actores sociales y políticos estratégicos frente a un escenario de des-
estructuración del sindicalismo tradicional debido al neoliberalismo
(García 2008).
En el año 1994, unos paisanos de Taraco comerciantes de radios,
teles y máquinas de coser que se habían instalado en la zona co-
mercial de la Eloy Salmón (trayendo familiares del campo con un
sistema de préstamos rotativos), le propusieron a Ramiro viajar a
China con la idea de aprovechar su know-how tecnológico y evitar
que los chinos los estafen. Ramiro se subió al avión “mudo y sordo”,
sin hablar una palabra de inglés, menos de mandarín, llevando enci-
ma 8 mil dólares entre los ahorros de su garaje taller y un préstamo
que había pedido a sus hermanas. Visitaron las fábricas de las cajas
de videojuegos que Ramiro se había anotado en el taller de Iquique.
Entre los cuatro compartieron un mismo contenedor, evitando las
exigencias de las grandes empresas, que a veces obligan a llenar un
contenedor con un mismo producto, aunque negocian de forma
privada y autónoma con los proveedores para no hacerse compe-
tencia. Ramiro trajo copias chinas de Playstation que readaptó en
Bolivia para que sean más resistentes y funcionen mejor, y también
memorias que ensambló en su garaje para armar USB que después
revendió en la zona franca de Ciudad del Este (donde tiene unos
amigos que le aprovisionan de insumos para los videojuegos y en
donde ha aprendido también a arreglar placas, joystick, reguladores
de motor y de corriente).
56 Nico Tassi
Mientras tanto, sus compañeros de viajes, a pesar de la compe-
tencia y la envidia, le ofrecieron un espacio de venta de videojuegos
y electrónica en la Eloy Salmón. Hoy en día, mercados paceños de
origen popular, como la Eloy Salmón o la Huyustus, se han vuelto
referentes para emprendedores de la zona franca de Iquique, que
entablan préstamos y prácticas de venta por consignación con los
comerciantes locales. Entre algunos productores de Yiwu o Guang-
zhou, en China, nombres como “Eloy Salmón” o “Huyustus” están
asociados a clientes confiables, como señala la marca de herramien-
tas “Uyustools”. Además, estas experiencias ejemplifican procesos de
negociación con los productores asiáticos que han logrado readaptar
modelos de videojuegos y línea blanca a las necesidades de los mer-
cados locales y emergentes.
En este capítulo nos proponemos reflexionar sobre la trayectoria
de la economía popular boliviana. En particular, nos enfocamos en
cómo unos grupos populares socialmente y racialmente marginali-
zados por los proyectos civilizatorios nacionales y globales (Rivera,
1993), excluidos de la participación del trabajo asalariado y de la eco-
nomía oficial reconfiguran su marginalización en una posibilidad de
afirmación social y económica. En el artículo evidenciaremos cómo a
través de procesos de consolidación de institucionalidades e infraes-
tructuras comerciales populares que pretendían hacer frente a una
ausencia histórica de las instituciones oficiales, los actores de la eco-
nomía popular boliviana han cristalizado una presencia en el terri-
torio, conocimientos del mercado y estrategias que los reposicionan
como actores clave en la definición de cadenas de abastecimiento y
de las dinámicas económicas.
En las últimas décadas, hemos asistido en Bolivia a un proceso
de crecimiento y visibilización inédita de la economía popular con
una capacidad sorpresiva de incursionar en territorios, mercados, cir-
cuitos de distribución y comercio (Tassi et al., 2013; 2015). Sin em-
bargo, de una forma parecida al “desborde popular” de los ochenta
La emergencia de la economía popular en Bolivia 57
en Perú (Golte y Adams 1987; Matos Mar, 1984), en una coyuntura
de gran polarización social y política como la que vivimos, las nocio-
nes y comprensiones de la economía popular están siendo plaga-
das como nunca por una serie de narrativas despectivas. En los años
noventa, a las economías populares e indígenas se las asociaba con
una alternativa a la economía de mercado (Yampara et al., 2007),
a las relaciones capital trabajo, a veces acabando por afirmar una
mirada folclórica y ornamental de lo indígena (Hale, 2004; Rivera,
1993), relegado a lo rural, a economías de subsistencia (a distancia
de ámbitos corruptores, como las decisiones macroeconómicas y las
políticas). Sin embargo, en los últimos años la presencia cada vez más
marcada de la economía popular en los mercados y en los circuitos
económicos, la interferencia con los intereses de la gran empresa y
su control de cadenas de distribución y mercados (Rabossi y Tassi,
2021), parecen haber vuelto a asociar a la economía popular con una
desviación al modelo correcto de desarrollo que requiere ser recon-
ducida (Hart, 1992).
Nuestro enfoque de la economía popular no se centra en la
identificación de propuestas económicas alternativas; más bien, el
ejemplo al comienzo del texto es una clara referencia a cómo estas
dinámicas se insertan en la economía de mercado con modalida-
des de explotación, mecanismos y estrategias para generar ganancia.
Sin embargo, argumentamos que, en el marco de la economía de
mercado, esta economía popular (con una trayectoria y prácticas de
larga data) ha logrado desarrollar institucionalidades, marcos opera-
tivos y normativos, estrategias económicas que no se enmarcan en
las recomendaciones estatales ni en los manuales de negocios de los
expertos. El artículo se fundamenta en múltiples estudios etnográfi-
cos realizados a lo largo de casi dos décadas, enfocados en las formas
organizativas de la economía popular, sus modalidades de relacio-
narse al mercado y de operar. En este sentido, nuestra contribución
se propone abarcar los ciclos económicos y las dinámicas globales a
58 Nico Tassi
partir de las perspectivas, prácticas y miradas de la economía popular.
Sin querer subestimar las capacidades fagocitadoras del capitalismo
y los intereses y mecanismos de los grandes conglomerados en la
definición de las dinámicas políticas y económicas (Hart, 2015), nos
interesa aquí identificar el rol de la economía popular como actor de
lo económico y de lo global y no solo como simple recipiente.
Infraestructuras de intercambio populares
En Bolivia, tanto la conformación del Estado como de la infraestruc-
tura económica se han anclado en la exclusión de la mayoría indíge-
na y popular. Una minoría criolla monopolizó el control del aparato
burocrático hasta el punto de que el Estado se convirtió en una he-
rramienta para promover los intereses familiares de una diminuta
clase dirigente (Platt, 1982; Rivera, 1993; Zavaleta, 1986). A esto se
sumaba una concentración de la economía oficial en la exportación
de materias primas y, por ende, en el abastecimiento de mano de
obra y alimentos en los centros mineros y urbanos, mientras que las
áreas rurales y periféricas se dejaban en el semi abandono (Arnold y
Hastorf, 2008) y se desatendía el desarrollo de estructuras internas
de aprovisionamiento y distribución (Rojas Ortuste, 2009).
La paradoja de este sistema es que una economía oficial de expor-
tación de materias primas se fundamenta en una incapacidad o des-
interés de controlar la población más allá de los centros urbanos. O
sea, la limitada infraestructura política y económica oficial descarga
tareas de aprovisionamiento estratégicas a los linajes y formas orga-
nizativas indígenas y populares (Glave, 1989; Klein, 1995; Mangan,
2005).
Si a esto sumamos un país mediterráneo con un mercado interno
supuestamente limitado, un elevado costo del transporte –debido
a la falta histórica y crónica de infraestructura– y crisis económicas
repetidas, se perfila el rol económico estratégico de los pequeños
La emergencia de la economía popular en Bolivia 59
emprendimientos y organizaciones populares, capaces de adaptarse
a las crisis recurrentes y de operar en las limitaciones y posibilida-
des que el territorio ofrece para hacer frente al aprovisionamiento y
la distribución de productos básicos (Buechler y Buechler, 1992). A
partir de 2006, al comienzo del “proceso de cambio”, cuando el Esta-
do crea la Administradora Boliviana de Carreteras, el directorio de la
empresa se reunió durante años con organizaciones gremiales y sin-
dicatos de transporte populares con la finalidad de entender dónde
estaban los caminos y cuáles de estos valía la pena mejorar. Duran-
te las primeras elecciones con patrón biométrico en 2009, la Corte
Electoral se dio cuenta, recién a unos pocos días de las elecciones,
que necesitaban unos miles de generadores eléctricos para regiones
rurales no alcanzadas por el programa de electrificación, y la única
opción que le quedó fue negociar su compra con unos transportistas
y comerciantes populares que eran los únicos en el país capaces de
aprovisionarlos en los tiempos requeridos. Lo paradójico de estas di-
námicas es que, mientras en el discurso oficial se tacha a la economía
popular de ser una manga de informales e indigentes que no quieren
adaptarse a las formas modernas de gestión de lo económico y que
cotidianamente eluden a las normas oficiales, debajo de la mesa las
mismas instituciones oficiales tienen que recurrir a ella para su más
básica reproducción: las elecciones (Tassi, 2012). En palabras de un
conocido dirigente gremial –que reflejan una noción muy andina de
‘hegemonía desde abajo’ (Arguedas, 2001)–, “nosotros somos los
miserables que decidimos cómo se mueve la economía” (Jesús Ca-
huana, comunicación personal).
La institucionalidad de los sectores populares
Hay dos temas que vale la pena aclarar en relación a lo que aca-
bamos de describir. Primero, el cómo se consolida este control de
espacios económicos estratégicos por parte de actores populares y,
60 Nico Tassi
segundo, cómo la preocupación inusual por parte de las organizacio-
nes populares de construir mercados e infraestructuras de intercam-
bio, a veces en espacios públicos desatendidos por las instituciones,
les brindaron una inesperada legitimidad a algunos sectores.
En el caso del gremio de los mañazos, unas familias aymara pace-
ñas rescatistas de ganado, instalaron en las primeras décadas del siglo
pasado su propio mercado en pleno centro de la ciudad, obligando
a todos los afiliados durante años a contribuir a la construcción del
mercado con la venta de las pieles de los ganados (Aramayo, 2014).
En una ciudad como La Paz, donde hoy en día la municipalidad des-
empolva narrativas e ideologías higienistas para expulsar al comercio
popular del centro y abrir cancha a las inversiones de grandes empre-
sas, la histórica ausencia de las instituciones en el territorio urbano
ha alimentado la gestión de espacios públicos por parte de una serie
de gremios locales. En el caso de Ramiro, la consolidación de la zona
comercial de la Eloy Salmón se dio gracias a pobladores de zonas
rurales, específicamente de comunidades de la zona de Taraco, que a
través de un sistema de préstamos rotativos (pasanako) aprovisiona-
ban con capital a familiares y parientes de su comunidad para que se
instalaran y desarrollaran el comercio de mercancías. Lo interesante
de la Eloy Salmón es cómo el gremio, que hoy en día preside Ramiro,
empezando con la ocupación de las aceras logró apropiarse de espa-
cios comerciales, desplazar a los antiguos artesanos y transformar un
barrio urbano periférico en un importante polo comercial.
En el mercado de abarrotes Asodimin de El Alto, los miembros
del gremio han adquirido de forma colectiva un terreno baldío, pero
además han adoquinado las calles, traído postes de luz, negocia-
do la provisión de servicios de transporte con los gremios locales y
hasta han puesto el nombre del representante gremial a una calle
del mercado. En Santa Cruz de la Sierra, una asociación gremial de
cuentapropistas nos comentaba con papeles en la mano que su pro-
pio gasto en infraestructuras de mercados y caminos, a través de la
La emergencia de la economía popular en Bolivia 61
recolección de efectivo entre los miembros con un sistema de cuo-
tas, alcanzaba a lo que la alcaldía había invertido en mercados duran-
te casi quince años.
Son estas mismas organizaciones gremiales y asociaciones que
se encargan de funciones económicas clave –desde la entrega de li-
cencias de venta (Lazar, 2008) hasta la limpieza de las calles y de los
puestos– las que sustituyen a las instituciones oficiales. En su capa-
cidad de entremezclar juntas de vecinos con gremios, parentesco y
relaciones de vecindad, estos grupos se encargan de solucionar con-
flictos, a veces hasta crímenes, limitando el acceso de las instituciones
oficiales –consideradas a menudo como estorbo– a estos espacios.
Así, sobreponen una variedad de instancias, desde el control social
entre miembros de un gremio para la señalación de comportamien-
tos sospechosos, hasta elementos disuasorios, como la expulsión del
barrio prevista por la junta de vecinos en caso de comportamiento
antisocial (robo). A la consolidación de esta institucionalidad popu-
lar se suman, por ejemplo, los yatiris (especialistas rituales y adivi-
nos) que se dedican a solucionar robos y decomisos de mercaderías,
encontrando nuevos nichos y significados en el pleno corazón de la
economía global.
Este conjunto de actividades, presencias territoriales y solapa-
miento de organizaciones y grupos permiten evidenciar cómo los
gremios han logrado operar y transformar el espacio público, reba-
sando a las actividades de las instituciones oficiales. Así, se les garan-
tizaba cierta legitimidad a los pobladores de los barrios populares y
también cierta autonomía frente a los pedidos y exigencias de las
instituciones. Finalmente, este tipo de dinámicas evidencian cómo
las narrativas oficiales, tanto de los medios de comunicación como
de las clases media urbanas, que repetidamente identifican a estos
actores como informales, improvisados, que ocupan las calles, que
no pagan impuestos y que viven de espalda al país, son el fruto de un
prejuicio civilizatorio que de una realidad tangible.
62 Nico Tassi
Las estructuras de regulación
El otro elemento importante es que la institucionalidad popular
que acabamos de describir no se limita al control de los espacios
comerciales. El proceso de autonomía y auto-organización que estos
actores perfilaron también se refleja en la generación de infraestruc-
turas de intercambio que permiten la operación de sus transacciones
económicas. De hecho, uno de los requisitos fundamentales de la
economía popular es crear un sistema de reglamentación de lo eco-
nómico que se constituye a través de tejidos de relaciones con múl-
tiples agentes que operan en los mercados. Este tejido de relaciones
transciende a menudo las organizaciones sectoriales y territoriales, y
teje vínculos con productores, comerciantes, transportistas y consu-
midores, a lo largo de espacios distintos. En otras palabras, se arma
un tejido de relaciones múltiples que permite establecer formas de
confianza y de control social de las transacciones económicas y que
articula múltiples tipos de actores para que el funcionamiento de la
economía popular, su capacidad de movilizarse, expandirse o retraer-
se, no sea dependiente de los caprichos de las instituciones oficiales
o de la capacidad de lobby de algún conglomerado.
Un ejemplo interesante es el de las vendedoras de comida en la
calle, o “comideras”. En este contexto, las regulaciones oficiales, en
términos de higiene e inocuidad, generalmente reproducidas de los
códigos de otros países “más avanzados y modernos”, se vuelven in-
apropiadas para unas formas y hábitos locales que además permiten
mantener los precios accesibles a una multiplicidad de consumido-
res. Es más, las mismas comideras desarrollan una serie de normas
higiénicas propias, ancladas en las posibilidades y limitaciones loca-
les. Por ejemplo, dado que la mayoría de las vendedoras cocinan los
productos en la casa y los transportan para la venta a lugares estra-
tégicos (escuelas, iglesias y mercados), las comideras necesitan de
un tipo de ollas de dimensiones específicas que puedan caber en un
La emergencia de la economía popular en Bolivia 63
minibús y que además sean fácilmente manejables y transportables,
para evitar contratar un taxi. Las necesidades específicas del contexto
y los vínculos con los productores de ollas inducen a los productores
de El Alto a saltear los estándares internacionales de producción para
aprovisionar un tipo de producto apto para la lógica y las formas lo-
cales, de las dimensiones requeridas y, además, livianos para ser más
fácilmente manejado.
Particularmente en El Alto, estas son las modalidades de opera-
ción de la ciudad entera. Los cooperativistas mineros que operan
formas de explotación en pequeña escala, con inversiones en maqui-
narias y costos fijos limitados, y a veces pasando por encima de las
normas medioambientales (cuyos costos a menudos no son amor-
tizables por una pequeña empresa cooperativa), en vez de recurrir
a sofisticadas tecnologías de importación recurren a las conexiones
y conocimientos locales en ingeniería de las fundiciones populares
alteñas. Estas producen trapiches y trituradoras a medida de las exi-
gencias de las cooperativas mineras y sus modalidades de operación,
pasándose por encima patentes de producción y estándares produc-
tivos impuestos por la gran empresa. Las mismas fundiciones, por su
capacidad de proveer tambores de frenos y repuestos mecánicos no
disponibles en el mercado, se encuentran articuladas con los trans-
portistas que, por ejemplo, prefieren reparar sus modelos antiguos
para no cambiarse a unos modelos nuevos con muchos componen-
tes electrónicos no aptos para las carreteras no asfaltadas y las áreas
rurales alejadas, donde es necesario que el mismo chofer pueda arre-
glar cualquier desperfecto.
Este conjunto aparentemente disperso de actividades se va con-
formando en un verdadero sistema económico de empresas, em-
prendimientos, organizaciones y actores económicos populares
encadenados además con una capacidad de empezar a perfilar una
lógica y una estructura propia de reglamentación. Estos vínculos
también se establecen, por ejemplo, a través de un sistema de finanza
64 Nico Tassi
informal, por ejemplo, con un tejido de préstamos múltiples y so-
brepuestos a menudo complementado por los préstamos de insti-
tuciones bancarias. La posibilidad de comprar a crédito y hasta de
sacar préstamos a un proveedor –a veces a pesar que el proveedor
tenga tasas de interés mayores que los bancos– permite una mayor
vinculación con el proveedor, cuyo interés es ahora que el negocio
deudor crezca para que su crédito pueda ser pagado y, por ende,
busca formas de protegerlo y apoyarlo. Desde el lado del proveedor,
la conveniencia de estos préstamos y “relaciones de casero” es clara.
Garantiza una mayor eficiencia en la distribución de sus productos
como también una menor preocupación de que sus productos no
se vendan.
Si un comerciante compra a un proveedor “carero” y se da cuen-
ta de que es más conveniente comprar a otro, la estrategia del co-
merciante popular es simplemente la de disminuir los pedidos al
primer proveedor en vez de cortarlos de forma drástica y definitiva,
para evitar que el proveedor “se resienta”. En cada transacción eco-
nómica hay un proceso de construcción de relaciones y de un tejido
de suporte en el que apoyarse en momentos de dificultad, y que se
revela instrumental para que el comercio ocurra. De hecho, si el co-
merciante no sigue comprando al primer proveedor, a este le puede
“dar envidia” y puede buscar obstaculizar el acceso al mercado o a
sus transacciones. En otros casos, hemos visto cómo las transaccio-
nes comerciales están constantemente acompañadas por un sistema
de intercambio de favores capaces de generar un tipo de sociabili-
dad o reciprocidad pública y obligada que, por ejemplo, le impide
al transportista que se encuentra cargando unos miles de dólares de
productos sin un contrato escrito de escaparse con toda la mercancía
sin que él o su familia sea víctima de un proceso de rápida expulsión
de las redes económicas populares.
Lo que hemos visto es cómo organizativamente, los gremios de
transporte, comercio y las asociaciones de productores se solapan a
La emergencia de la economía popular en Bolivia 65
través de la expansión de un sistema de relaciones que permite que
los lazos económicos sean constantemente complementados a nivel
social, político y a veces hasta religioso, no solo para amplificar el
control del territorio económico sino para garantizar el correcto fun-
cionamiento de las transacciones económicas, evitando potenciales
estafas y robos en una economía que opera fuera, o tangencialmente,
del marco de la ley.
Lo que estas dinámicas señalan es una larga historia de organiza-
ciones populares invisibilizadas y marginalizadas, y que, sin embargo,
logran sobreponerse, sustituir y a veces rebasar las propias institucio-
nes oficiales en el control del territorio. Como hemos visto, esta insti-
tucionalidad popular, esta capacidad de literalmente crear mercados
y estructuras de intercambios, la habilidad de controlar territorios,
permite a los actores y organizaciones de la economía popular no ser
dependientes de las decisiones de las instituciones oficiales o de unas
normativas copiadas de los países desarrollados que constantemente
los perjudica y los expulsa. O sea, les permite articular un marco nor-
mativo anclado en sus necesidades y formas de operación (Arbona
et al., 2016). Se trata de un tipo de institucionalidad que, a pesar de
ser originalmente pensada en términos de resistencia a procesos de
exclusión salarial y racial, se encuentra enfrentada con la posibilidad
de reconfigurarse en una herramienta proactiva en la definición de
prácticas y formas de lo económico.
Las estrategias económicas populares
Después de abarcar los alcances de la institucionalidad popular, en
esta sección intentaremos evidenciar cómo su presencia en el terri-
torio se puede traducir en una herramienta para articular mercados
y espacios económicos dejados en los márgenes por la económica
oficial, y captar una serie de demandas emergentes. En este senti-
do, hay dos elementos que quisiéramos rescatar. El primero es la
66 Nico Tassi
capacidad de la economía popular de identificar posibilidades pro-
ductivas y comerciales emergentes, de desarrollar formas y prácticas
específicas para responder a las exigencias de las demandas internas,
y de conectar mercados y, a veces, desarrollar rutas y cadenas de dis-
tribución en un país históricamente despreocupado por estas –esto
frente a la tendencia del empresariado local de abrir franquicias de
grandes marcas a cuyos modelos y tendencias se deberían adaptar
las heterogéneas demandas locales (Rivera, citado en Soruco, 2012)–.
El segundo, es evidenciar cómo la institucionalidad popular y su pre-
sencia capilar en el territorio, en vez de direccionarse a monopolizar
los mercados, imponer modelos y formas de consumo –como a me-
nudo pasa en el caso de grandes conglomerados que controlan la
distribución y/o la venta al detalle (Ross, 2004)–, han adaptado su
oferta a grupos de consumidores emergentes, han flexibilizado su
producción y estrategia de comercialización, agilizando el acceso al
consumo de grupos históricamente postergados.
El ejemplo de Gregorio y Mary ilustra estas potencialidades arti-
culadoras entre diferentes mercados y su capacidad de responder y
adaptarse a las posibilidades emergentes. Gregorio, empezó su activi-
dad comercial importando del Perú condimentos como ají, orégano,
ajo, pimienta y canela, que redistribuía a vendedores minoristas que
revendían en las ferias de provincia. Al darse cuenta que los ingre-
dientes de la cocina nacional empezaban a tener una demanda cada
vez más amplia, también en aquellos territorios alejados y de fron-
tera, Gregorio decidió dedicarse a la producción y procesamiento de
condimentos, y establecer su propia marca abriendo su fábrica en El
Alto.
Su esposa Mary, originaria de Chuquisaca, empezó a viajar al sur
del país, quedándose allá durante largas temporadas para traer ma-
teria prima como ají y ajo tupizeño, estableciendo formas de pro-
ducción “al partir” con comadres productoras. Una vez producidos
y embolsados los condimentos, Hilarión –un fraterno de Mary y
La emergencia de la economía popular en Bolivia 67
Gregorio que es también miembro de la fraternidad Chacaltaya– re-
coge los productos para repartirlos por el Norte amazónico. En su
recorrido de varios días, a lo largo de la carretera del Norte amazó-
nico –donde pasa días manejando por áreas despobladas–, Hilarión
se apoya en gremios de vivanderas y comideras asentadas en la ruta,
asociaciones de mecánicos, transportistas y también colonos que
han empezado a ofrecer servicios, logrando generar presencia, redes
y articulaciones a lo largo de zonas extensas del territorio nacional.
Estos actores, gremios y asociaciones articuladas a lo largo de regio-
nes remotas permiten generar tanto formas de apoyo mutuo como
prácticas de control social y del espacio para que este tipo de activi-
dades económicas puedan operar.
En la ciudad de Cobija, en la frontera amazónica con Brasil, Hi-
larión entrega los condimentos a miembros de una cooperativa de
orureños, originarios de la comunidad de Orinoca, que tienen una
larga historia de asentamiento en Cobija y distribuyen los productos
que llegan de las tierras altas y del sur a una variedad de pueblos
de colonizadores que se establecieron en la frontera. De esta forma,
el ajo de Potosí y el ají chuquisaqueño alcanzan los mercados y las
mesas de familias del Norte amazónico que históricamente habían
dependido a nivel gastronómico y alimenticio de los productos de
la cocina brasileña. Esto genera un inusual eje económico norte-sur
–perpendicular al eje tradicional La Paz-Cochabamba-Santa Cruz–
que involucra una red de productores, colonos, transportistas y co-
merciantes capaz de generar articulaciones a lo largo del territorio y
mantener cadenas de aprovisionamiento y distribución.
En un país con fuerte contrastes tanto sociales/raciales como
económicos –entre el sector primario exportador y la economía in-
formal–, una de las fallas estructurales de la economía nacional ha
sido a menudo identificada con una tendencia a generar ‘economías
de enclave’, es decir, espacios económicos, políticos y sociales dis-
tintos que no generan articulaciones virtuosas entre sí, ni generan
68 Nico Tassi
conocimientos ni estrategias colectivas orientadas a una mayor com-
petitividad (Wanderley, 2003). Lo interesante de las articulaciones
económicas y territoriales que estamos observando es que parecen
fundamentadas en la capacidad de leer e identificar demandas y
mercados emergentes en regiones alejadas y de conectar territorios y
economías que se pensaban como irreconciliables, debido tanto a la
segmentación económica como racial.
Estamos frente a un proceso donde las instancias organizativas
de los mercados locales tienen una capacidad de conectar diferentes
mercados y regiones, en una combinación inédita de formas loca-
les de “anclaje” territorial y control de los espacios comerciales con
unos “circuitos y redes” menos concentradas y más extensas. Estas
redes y circuitos no son algo totalmente nuevo. De hecho, ya desde
la colonia una larga tradición de redes y circuitos populares e in-
dígenas transfronterizos resultaban estratégicos en las dinámicas de
aprovisionamiento y distribución de bienes básicos y de minerales
(Glave, 1989; Llanque y Villca, 2011).
Lo novedoso es la tendencia de esta combinación de “anclaje” y
“circuitos” para reconfigurar territorios, rutas económicas, alimen-
tar mercados más allá de los centros urbanos y de las antiguas zo-
nas de gravitación y definir las instituciones y economías oficiales. El
otro elemento rescatable de este proceso es que esta institucionali-
dad popular basada en “anclaje” y “circuitos” no pretende estable-
cer procesos de monopolización de los mercados. Más bien, lo que
observamos es cómo la economía popular aprovecha su presencia
capilar en el territorio, las rutas y los mercados para afinar su lectura
de las demandas de los mercados emergentes y desarrollar una com-
prensión más matizada de las transformaciones económicas. A dife-
rencia de los grandes conglomerados que aprovechan su capacidad
de lobby, su control del mercado y su distribución para imponer pro-
ductos, modelos y lógicas comerciales, la ventaja comparativa de la
economía popular es su presencia en territorios múltiples y su tejido
La emergencia de la economía popular en Bolivia 69
de conexiones e informaciones que les brinda una mayor facilidad
para leer demandas y mercados, y adaptarse a sus transformaciones
en un contexto donde la gran empresa y las grandes marcas no lo-
gran afinar su oferta a un tipo de demanda heterogénea.
Durante sus viajes de negocio a China, cuando Ramiro identifica-
ba productos con potencial comercial para el mercado boliviano, él
activaba una red impresionante de contactos –amigos, parientes, ca-
seros, ahijadas– en diferentes ciudades del país para que le realizaran
un estudio casero de mercado rápido, para ver si su producto tenía
potencialidad. Aparte de la precisión y la confianza en estos estudios
caseros, lo que siempre nos impactaba de estas dinámicas era la ca-
pacidad de manejar simultáneamente información de varias docenas
de diferentes mercados, y demandas a menudo diminutas. A me-
diados de la anterior década, los talleres metalmecánicos de El Alto
empezaron a carrozar buses para el transporte de pasajeros logrando
introducir al mercado un producto que se adaptaba a los bolsillos de
transportistas de origen campesino para el transporte urbano rural.
Lo interesante de estas dinámicas es que las redes y acceso a la in-
formación habían permitido a los talleres metalmecánicos de El Alto
percatarse de forma más rápida que el Estado y las empresas de la
demanda de los sectores rurales por medios de transporte. Lo que los
talleres del El Alto lograron fue producir buses a mitad de precio que
los modelos importados y adaptados a las necesidades del transporte
rural, como piezas más resistentes para los caminos no asfaltados.
La ideología económica oficial pone al centro de la narrativa en
unos cuantos conglomerados globales que se auto-atribuyen la ca-
pacidad de predefinir la economía y la sociedad. Esta narrativa está
siendo puesta en cuestión por el mismo desinterés, desvincula-
ción y falta de atención de estos conglomerados en cómo se está
transformando el mercado y sus fuerzas vivas. Esto parece abrir la
puerta a una serie de actores y grupos populares que, más bien, han
apostado para el mercado como herramienta para no someterse al
70 Nico Tassi
poder y control de las fuerzas oficiales. Si los conglomerados tienden
a centralizar y pretenden digitar mercados y consumos, las econo-
mías populares parecen afincarse en su comprensión más fina de la
transformación de la demanda, gracias a su presencia capilar en los
mercados y territorios y a su capacidad de responder capilarmente a
demandas heterogéneas y mercados específicos.
Esta extrema familiaridad con el mercado y sus transformaciones
se refleja en las modalidades de los emprendimientos de las empre-
sas familiares. En el contexto descrito, el pequeño productor popular
aspira no solo a desmarcarse de la dependencia de la gran empresa,
sino que se encuentra confrontado por una transformación muy rá-
pida de demandas y mercados, buscando acceder a nuevos. Ya no
puede mantenerse aislado en lo productivo, sino que se encuentra
obligado a tejer vínculos con mercados alejados y a mantener una
pata constantemente en el mercado para medir sus fluctuaciones. El
vínculo constante y directo con comerciantes y demandas locales le
permiten el acceso a un tipo de información económica estratégica
que lo reposiciona recursivamente en lo productivo lanzándose al
diseño de nuevos modelos con una rapidez y una sintonía con el
mercado local que no siempre logra la gran empresa. Si generalmen-
te en los distritos productivos de pequeñas empresas se pensaba en
las economías de escala (o en las externalities) como producidas por
las sinergias entre productores (Marshall, 1920), en los procesos de
la economía popular se van produciendo sinergias importantes entre
productores y comerciantes reconfigurando una supuesta relación
antitética entre los dos.
Así se encuentra, por ejemplo, familias donde diferentes miem-
bros se dedican al taller y a la producción mientras que otros al co-
mercio y a la importación de productos del mismo rubro. De hecho,
uno de los elementos más característicos en la gestión de las econo-
mías populares es un tipo de empresas familiares donde cada miem-
bro de la familia se hace cargo de gestionar de forma independiente
La emergencia de la economía popular en Bolivia 71
un rubro o un sector de la empresa familiar. Por ejemplo, en una
pequeña tienda de electrónica como la de Ramiro, muy a menudo
las teles pertenecen al hijo, los celulares a la madre y los videojuegos
al padre, y cada uno de los miembros de la familia maneja de forma
autónoma su propia caja. A diferencia de las empresas familiares de
los distritos productivos italianos (Putnam et al., 1994), donde la au-
toridad patriarcal concentra las decisiones de la familia, el capital y
las estrategias económicas, en el caso de los emprendimientos popu-
lares bolivianos se le brinda a cada miembro la gestión autónoma del
negocio, la constitución de sus propios canales de aprovisionamien-
to y distribución, y hasta el manejo independiente de “capitales”. De
hecho, cada miembro de la familia maneja sus propios “capitales”
siendo cada capital un monto específico en dinero para reinversiones
y que se va multiplicando o va disminuyendo después de cada tran-
sacción pero que, sin embargo, se lo mantiene y gestiona de forma
separada de los otros capitales (familiares o personales). Esta moda-
lidad de manejo de la empresa familiar tiene un anclaje específico
en la larga duración de las trayectorias socioculturales aymara y par-
ticularmente en la sobreposición de autonomía y dependencia en
las relaciones familiares (Albó, 2006). Sin embargo, esto se combina
con una necesidad muy específica de la coyuntura actual por reducir
los riesgos en una economía de elevada volatilidad y que, en el caso
en que una de las inversiones familiares no resulte exitosa, la empre-
sa familiar pueda seguir subsistiendo y no entre en bancarrota. En
plena modernidad, globalización y capitalismo tardío, estos actores
económicos populares siguen impulsando estrategias, estructuras
sociales y organizativas específicas que les permiten no solo posicio-
narse como recipientes de procesos y flujos globales, sino como gru-
pos y actores capaces de moldear mercados, circuitos económicos,
estrategias de gestión.
72 Nico Tassi
Economía popular y cambio de escala
Generalmente, hay dos modalidades bajo las cuales los actores de la
economía popular pueden crecer y expandirse. La primera es a tra-
vés de procesos de acumulación originaria ilícita vinculadas a prácti-
cas como el narcotráfico, el robo de autos o el contrabando (Blanes,
2017), y, cada vez más, en los últimos tiempos, la explotación laboral
de sus pares. En otras palabras, relegando la economía popular al ám-
bito de la evasión de las normas “compartidas”. La segunda modali-
dad es integrarse a las cadenas globales de valor (Gereffi et al., 2005),
o sea, la adaptación de las empresas y formas de la economía popular
a las modalidades de la gran empresa (que supuestamente tendría la
capacidad de jalar a las pequeñas empresas hacia el camino correcto
del crecimiento y del desarrollo). A pesar de que efectivamente mu-
chos estudios empíricos han desmentido esta posibilidad, se la sigue
descaradamente proponiendo como una solución al “problema” de
las economías populares (PNUD, 2005).
Estas dos narrativas sugieren que es inimaginable un tipo de ex-
pansión o transformación económica como la descrita en el caso
de Ramiro. Quisiéramos cerrar este capítulo con unas descripciones
de las formas de expansión en clave global de la economía popular
y particularmente evidenciando su vínculo y articulación con Chi-
na. Vale la pena evidenciar que los actores económicos populares
bolivianos no se han vinculado con las grandes empresas y fabricas
semi-estatales chinas, sino con una multiplicidad de pequeños dis-
tritos productivos que a pesar de ser desconocidos en los análisis
oficiales del panorama económico chino, constituyen un elemento
estructural en las dinámicas de desarrollo y crecimiento del gigante
de ultramar (Moraga, 2019).
Hasta en su relacionamiento con China, muchos emprendedores
populares como Ramiro han optado por relacionarse con un tipo de
productor con el que pueden negociar con cierta horizontalidad sin
La emergencia de la economía popular en Bolivia 73
que les impongan modelos, productos, cantidades y formas de ope-
ración en lo económico. De hecho, hay una serie de ventajas, en re-
lación a la gran empresa, que los distritos productivos rurales chinos
proporcionan a un emprendedor popular boliviano: 1) le permiten
comprar en pequeñas cantidades (sin el techo mínimo que imponen
las grandes marcas e industrias) y a su vez le permiten compartir
los contenedores con otros comerciantes adaptando el transporte
global a las necesidades de pequeños emprendimientos; 2) le per-
miten readaptar el producto a las necesidades y especificidades de
la demanda local (enviar modelos desde Bolivia, mejorar la calidad,
cambiar la talla) y hasta crear una marca boliviana producida en Chi-
na, dado que la estrategia económica de los fabricantes chinos parece
mucho más orientada a responder a una multiplicidad de demandas
de diferentes países, culturas y posibilidades económicas, en vez de
apostar por unos modelos estándar y uniformes (una marca) para
revender a nivel global; 3) no imponen estrategias de marketing o
metas de venta, lo que permite al comerciante popular una mayor
autonomía en la gestión de su negocio.
El resultado de estas dinámicas es que empieza a tomar forma
un proceso de superposición entre los círculos económicos locales
y los chinos capaces de perfilar unos circuitos y cadenas de alcance
global no necesariamente definidas por los grandes conglomerados
y con una capacidad de definir prácticas económicas adaptadas a las
modalidades de los pequeños emprendedores.
En el caso de Moisés, un importador de la Huyustus, cuando via-
ja a China se queda hospedado con la familia del productor, Gao,
a veces hasta dos tres semanas. Moisés nos comentaba que en los
meses de verano era difícil aguantar el calor y que hubiera preferido
quedarse en un hotel con aire acondicionado. Sin embargo, el que-
darse en la casa de Gao le permitía familiarizarse con una serie de
personas, emprendedores, expedidores, revendedores, maximizando
su capacidad de control social sobre las transacciones económicas y
74 Nico Tassi
su comprensión del funcionamiento de las dinámicas locales. En el
caso de la hija de Moisés y de su ahijada, que empezaron a viajar a
China en la última década, lograron acceder gracias a la intercesión
de Moisés a unos productores paisanos de Gao (Gao es originario
de un pueblo de Zhejiang y tiene varios parientes y paisanos insta-
lados en ciudades chinas que se dedican a la producción y venta de
diferentes productos textiles). Como forma de agradecimiento por
la información estratégica proporcionada, Moisés estuvo obligando
a su hija y ahijada a utilizar la agencia de expediciones que la hija de
Gao tenía en Ningbo, a pesar de que no fuera la más conveniente por
la distancia desde el lugar de producción.
Gao por ejemplo, cuando se enteró que la hija de Moisés quería
viajar a China, a los pocos días le sorprendió con una carta de invi-
tación que él, como dueño de empresa, extendía a la hija de Moisés
facilitándole el acceso a la visa. De forma parecida, Moisés no salía de
La Paz sin regalos para Gao y su familia. En una sobremesa en la casa
de Gao en Shaoxing, Moisés y Gao estuvieron hablando de cómo el
hermano de Gao estaba teniendo problemas en sacar la licencia para
abrir un consultorio dental. En su siguiente viaje, Moisés apareció
en la casa de Gao sorprendiéndolo con un diploma de odontólogo
de una universidad boliviana a nombre del hermano. En los años
noventa y principio de los dos mil, uno de los regalos más aprecia-
do eran los pasaportes bolivianos. Nos hemos cruzado con comer-
ciantes que traían pasaportes en blanco de Bolivia a China para su
compadre o socio chino en una época en la que el Estado chino
proporcionaba una serie de incentivos fiscales y económicos para los
extranjeros que invertían en China.
El elemento interesante es cómo estas cadenas globales de base
popular muestran un entrelazamiento de circuitos de parentesco
y de negocio que se concretizan en vínculos de compadrazgo o de
matrimonio entre bolivianos y chinos. Por ejemplo, es el caso de la
familia Pancara, productores de ropa deportiva en una zona popular
La emergencia de la economía popular en Bolivia 75
de La Paz, que lograron abrir una mini-fábrica de pelotas y balones
en sociedad con su “compadre” chino en un barrio en las afueras del
puerto de Ningbo e instalaron una hija con estudios en comercio
internacional en China para hacer “control de calidad” (en realidad,
para controlar que los productos del taller respondan a los pedidos
y para identificar productos chinos que puedan ser compatibles con
los mercados bolivianos). Felipa, una comerciante antigua de la zona
comercial popular de La Paz especializada en la venta de material de
escritorio, se ha vuelto madrina de bodas de Li un forwarder chino
excargador del puerto más conocido en la familia como el compa-
dre Li-machi, siendo Limachi un apellido popular de origen aymara.
Felipa esponsoreó la luna de miel de Li en el Salar de Uyuni y unos
paisanos de Li han abierto una empresa de venta mayorista de me-
dias en La Paz utilizando los depósitos de la familia de Felipa. Este
solapamiento de circuitos de negocio y parentesco, aceitados por in-
tercambios de regalos y favores, se vuelve estratégico para generar
formas de confianza, control social e institucionalidad para que esta
economía pueda operar.
Por supuesto es el matrimonio la forma más idónea para “em-
parentar” los negocios chinos con los bolivianos. Originaria de una
familia rural en la frontera con Chile, Fidelia se ha casado con Chang,
cuya familia se especializa en la producción de ropa y tejidos en
una aldea de la zona de Qintiang en la provincia china de Zhejiang.
Después del matrimonio, el hermano de Fidelia aprovechó de los
contactos y las conexiones históricas de su familia con Iquique para
establecer su propio negocio en la zona franca, en el intento de de-
sarrollar en clave comercial las relaciones con la nueva familia china.
Mientras el hermano se especializó en la importación de electrónica,
los recién casados empezaron a importar cosméticos primero de un
tío de Chang que migró a Tailandia para instalar un taller de produc-
ción de cosméticos en Bangkok y después de un primo que empezó
a producir copias de cosméticos coreanos en su pueblo en China con
76 Nico Tassi
el apoyo del otro hermano de Fidelia que hoy vive en China. De las
varias parejas chino bolivianas, el caso de Fidelia y Chang nos parecía
interesante por la cristalización de una empresa familiar semi-formal
y multinacional que importa a Iquique y Bolivia cosméticos, tejidos,
y electrónica pero también productos de cuero que llegan desde el
taller de un pariente de Qintiang, establecido en Italia, cerca de Flo-
rencia, logrando visualizar un vínculo de diferentes grupos y diáspo-
ras a lo largo múltiples países.
Lo que nos parece importante rescatar de estas dinámicas es
cómo estas economías supuestamente circunscritas a lo local están
empezando a perfilar circuitos, modalidades de articulación global,
rutas de lo económico que potencialmente se pueden revelar estra-
tégicas para la economía de la región. De hecho, los vínculos con
China que acabamos de describir se anclan en unos actores multi-
funciones y en una estructura económica ramificada y flexible, ba-
sada en lazos familiares y capaz de articularse de forma rápida, por
caminos menos burocráticos, a proveedores y compradores translo-
cales, sorteando las formalidades administrativas, los intermediarios,
las formas de control y las imposiciones de instituciones y empresas
convencionales. Lo sorpresivo de estos procesos es cómo en estas
transacciones globales se siguen utilizando herramientas socioeco-
nómicas tradicionales como el parentesco, el intercambio de favores
y regalos, es decir, círculos familiares de negocios para que la econo-
mía logre operar. No solo esto nos hace dudar de la conversión natu-
ralizada de estos sectores populares en empresarios individualizados,
sino además nos muestra un ensanchamiento de las redes populares.
En este sentido, esta expansión de los círculos de negocio populares
hace también más difícil cortar el vínculo con las formas y relaciona-
mientos de las economías populares para volverse en un empresario
“formal” (Rangel, 2019). En otras palabras, también se ensanchan las
posibilidades y las opciones adentro de estas economías populares
que se han ido conectando, como hemos visto en el caso la familia
La emergencia de la economía popular en Bolivia 77
Pancara a cuya hija “profesional” logra encontrar un nicho adentro
de las redes, circuitos, círculos de negocio y mecanismos familiares
de la economía popular.
Las consecuencias económicas y geopolíticas de estas prácticas
han sido a menudo desestimadas. Por ejemplo, en su articulación
rápida y directa con empresas familiares chinas, dichos actores han
revertido el proceso económico que había consolidado Miami como
centro intermedio en las relaciones entre Asia y América Latina. De
un lado, las empresas intermediarias de Miami proveían la seguri-
dad jurídica para inversionistas asiáticos. Del otro, ubicaban los có-
digos y las formas, tanto para dar préstamos como para cobrar de
los emprendedores latinoamericanos. Las dinámicas de la economía
popular trazan una articulación rápida y directa entre la empresa fa-
miliar china y los emprendedores populares bolivianos, sorteando las
redes de negocios convencionales y la dependencia de las empresas
intermediarias de Miami. Lo que esto parece dibujar son unas rela-
ciones económicas no hegemónicas, que logran evitar la mediación
del gran capital y la gran empresa, y que perfilan modalidades de par-
ticipación en lo económico de estos actores con ciertos márgenes de
autonomía. Lo interesante de estos márgenes de autonomía es que
perfilan modalidades de operación en lo económico (o de estrategias
de tejer cadenas de aprovisionamiento o de estudiar el mercado) que
no necesariamente necesitan del asesoramiento de la gran empre-
sa sino que logran anclarse en una serie de prácticas y estrategias y
configuraciones locales de larga duración articuladas con dinámicas
translocales.
Conclusiones
En Bolivia la economía popular surge de un acumulado de historias,
estructuras y luchas de los sectores populares y de un posiciona-
miento específicos de muchos gremios y actores económicos que
78 Nico Tassi
revindican su pertenencia a unos sectores que no se habían benefi-
ciado de préstamos a fondo perdido por los gobiernos de turno, de
licitaciones del Estado, de políticas financieras y descuentos imposi-
tivos, en otras palabras, de un trato privilegiado de las instituciones
oficiales. De hecho, muchos de estos actores económicos populares
no habían tenido acceso a la educación formal y menos a las escue-
las privadas, prerrogativas de los retoños de la diminuta burguesía
local, a formas de seguridad social y al salario. Esta reivindicación de
lo popular se centraba en sus formas de operación en el territorio,
conocimientos de los mercados y en el rol de modalidades organiza-
tivas propias frente a las históricamente impuestas por el Estado o las
agencias internacionales. Un dirigente del gremio de los trabajadores
en carne comentaba que “lo que hemos logrado construir aquí na-
die nos hubiera podido proporcionar”, tal vez ni las instituciones, ni
las ONGs, ni las empresas (Alejandro Chipana, en entrevista con el
autor, 13/03/2004). En este sentido, nos parecía interesante rescatar
un concepto propio de estos actores –lo “popular”–, frente a una
historia intelectual larga que los sigue definiendo por lo que no son
(“informales”, no formales), o por lo que deberían ser: indígenas or-
namentales que no deberían entrometerse en el mundo corrupto de
las decisiones políticas y económicas del país (Hale, 2004).
Estos deber ser en relación a lo indígena y lo popular han acaba-
do por invisibilizar lo que los sectores populares estaban gestando,
sus redes y formas organizativas de largo alcance, su fermento ex-
perimentador. Creo que lo más interesante de la propuesta de la
economía popular en Bolivia ha sido su capacidad de estructurar
modalidades de intercambio, estructuras de reglamentación de lo
económico, su control de los espacios comerciales y sus formas de
distribución, sus modalidades de comprender territorios y mercados
que han puesto en vilo los tradicionales monopolios –económicos y
cognoscitivos– de empresas, marcas e instituciones. A veces esto ha
sido posible con prácticas de explotación y auto-explotación, a veces
La emergencia de la economía popular en Bolivia 79
utilizando y apropiándose de las mismas tecnologías (trasporte, co-
municación, electrónica en general) que las formas del capitalismo
tardío proporcionaban, combinándolas con estructuras y formas
“tradicionales” en plena globalización.
Puede ser que la economía popular sea un trampolín para la in-
tegración (de algunos) de los emprendedores populares en las for-
mas y prácticas oficiales de lo económico. Pero también la economía
popular puede perfilarse en un desafío a las narrativas establecidas
y a los monopolios naturalizados de los grandes conglomerados (lo
que induce cada vez más a las autoridades a intervenir y a crimina-
lizar a la economía popular), mostrando formas de participar en lo
económico sin seguir el camino definido por los deber ser oficiales
y evidenciando posibilidades de ser simultáneamente indígena/po-
pular y global y moderno cuestionando las expectativas y cánones
civilizatorios del mundo ilustrado.
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82 Nico Tassi
Economías Populares en Chile
Desde la sobrevivencia
a la economía de la vida
BEATRIZ CID-AGUAYO Y EDUARDO LETELIER
Introducción
Tanto la pervivencia de relaciones económicas precapitalistas, como
las insuficiencias del desarrollo de un capitalismo periférico y la debi-
lidad de la acción redistributiva del estado en Chile y probablemente
en el conjunto de América Latina, han conducido históricamente a
la conformación y mantención de un sector económico heterogé-
neo, denominado genéricamente como economía popular, que se
articula en torno a estrategias familiares, colectivas y comunitarias
que buscan asegurar la reproducción de la vida, cuya significación
se hace particularmente visible en períodos de crisis económica. A
esta deriva histórica se suma la expresión de nuevas precariedades y
estrategias de resistencia, negociación e hibridación económica, apa-
rejadas con la globalización.
¿Cuál es el tamaño real de estas economías populares en Chile?
¿Debe entenderse como la economía de los márgenes, y como tal,
debe regularse e incluirse? ¿O, por el contrario, es posible pensarla
desde la autonomía y el sustento y no solo desde la sobrevivencia y
carencia? ¿Cuándo y cómo los ejercicios de economías populares
83
dejan de ser prácticas de sobrevivencia y comienzan a perfilarse como
dinámicas de construcción que tienen como horizonte el impulso de
procesos de generación de territorios autónomos sobre la base del
despliegue de economía locales y gobernanzas comunitarias?
Este conjunto de preguntas son particularmente relevantes en
Chile, donde se ha vivido un progresivo declive en el reconocimien-
to de la economía popular, a contar de la década de los ochenta
–durante la dictadura militar–, denominada como la edad de oro
de la economía popular en Chile (Nyssens, 1997). En dictadura, las
reformas neoliberales no solo afectaron desproporcionadamente a
los más vulnerables, sino que también llevaron a muchos trabaja-
dores calificados a la informalidad, quienes portaron expectativas y
capacidades políticas y culturales mayores al tejido organizacional
y económico popular (Bauwens y Lemaître, 2014). En un contexto
dictatorial –donde las actividades políticas fueron reprimidas–, flore-
cieron organizaciones económicas populares que abordaban tanto
cuestiones de subsistencia como de representación. La transición a la
democracia gubernamentalizó este tejido organizacional a través de
redes clientelares de servicios públicos, a la vez que consolidó una po-
lítica de libre mercado. En este contexto, la identidad del “poblador”
se fue desintegrando, siendo reemplazada por un amplio y despoliti-
zado tejido de economía informal: cuentapropismo y microempresa
familiar, sector que en su conjunto es abordado por las institucio-
nes de desarrollo, desde un discurso del microemprendimiento, que
desmovilizó el mundo popular, y que, sin embargo –como veremos
en el caso del resurgimiento de las ollas comunes–, reaparece como
viejo topo de la historia (usando la también la vieja metáfora de Sha-
kespeare y Marx) en momentos de crisis.
Buscando abordar estas preguntas, el documento se compone
de cuatro partes. La primera de ellas revisa algunos aspectos sobre
la discusión que se hace sobre economía popular en América La-
tina. En la segunda parte, en base a una perspectiva de economía
84 Beatriz Cid-Aguayo y Eduardo Letelier
política postestructuralista, se propone observar las economías po-
pulares desde las apuestas de deconstrucción del capitalocentrismo
y resemantización de lo económico. La tercera parte avanza en un
primer ejercicio de deconstrucción del capitalocentrismo, mediante
el dimensionamiento de las economías populares en Chile, a par-
tir del análisis de estadísticas oficiales y estudios realizados sobre
algunos aspectos particulares de la misma. La cuarta parte com-
plementa el análisis cuantitativo, enfocándose en algunas activida-
des comunitarias no remuneradas, que constituyen la faceta más
invisibilizada de las economías populares. De este modo, se busca
reducir semánticamente el tamaño y la importancia de la econo-
mía de capital, presentando algunos procesos descritos en nuestra
investigación colaborativa con organizaciones económicas popular,
del mundo urbano y del mundo rural. En particular, mostramos al-
gunos procesos recientes asociados a las llamadas “ollas comunes” y
centros de abastecimiento popular, presentes en Chile en tiempos de
la dictadura y que han experimentado un importante resurgimiento
durante la pandemia COVID-19. Visitamos también algo de nuestro
trabajo con organizaciones productoras campesinas en el centro-sur
de Chile en contextos de neoliberalismo y cambio climático. En base
a ello, buscamos reconocer los elementos transformadores y de po-
lítica prefigurativa (Nicolisi, 2020), que algunas de estas experiencias
desarrollan y que permiten, desde ahí, repensar relaciones económi-
cas más sostenibles y que contribuyan a la reproducción de la vida.
En su conjunto, nos hacemos parte del debate sobre el carácter de
la economía popular como movilización y activación económica del
mundo popular en la búsqueda de solución autónoma a sus propias
necesidades y carencias, y cómo esta transita desde el nivel de sub-
sistencia a la existencia de organizaciones económicas que no solo
contribuyen a un progresivo mejoramiento en su calidad de vida,
sino que participan de una discusión efectiva de las formas reales de
transición y democratización económica. El texto concluye con una
Economías Populares en Chile 85
lista preliminar del conjunto de elementos que no solo dan viabili-
dad y continuidad a estos ejercicios, sino que permiten su escalabili-
dad económica y contribución política.
Discusiones en torno a la economía popular en América Latina
En el año 1972, la Organización Internacional del Trabajo (OIT)
acuñó el concepto de “sector no estructurado” de la economía para
designar las actividades no reconocidas, registradas, protegidas o re-
guladas, desarrolladas por los trabajadores pobres. En el año 1991 se
destacó del sector sus “formas de explotación y de trabajo infrahu-
manas”, por lo que la organización se sustrajo de promover su desa-
rrollo como vía para crear empleos. Esta posición contrastó con el
enorme crecimiento global que tuvo la economía informal durante
las siguientes décadas. Durante los años noventa, la OIT denominó
como “informal” al sector no reconocido ni protegido jurídicamen-
te. Se lo describió como vulnerable, carente de protección jurídica
o social, con escaso acceso a infraestructura, subvenciones, créditos,
con ingresos bajos e irregulares, y frecuentemente confundido con
actividades delictivas. Se reconoció, sin embargo, que este sector in-
formal poseía sus propias normas, acuerdos, instituciones y estruc-
turas informales o grupales de ayuda mutua y solidaridad. En suma,
la OIT comparó a la economía informal con su concepto de trabajo
decente, provisto de un conjunto de seguridades y amparado por
diversos acuerdos internacionales en la materia (OIT, 2002).
La reestructuración productiva que trajo aparejada la globaliza-
ción transformó los conceptos de vulnerabilidad, informalidad y pre-
cariedad, extendiéndolos a nuevos grupos sociales de formas inéditas.
Esto llevó a la misma OIT, en el año 2016, a proponer el concepto
de “empleo atípico” (i.e. non-standard employment) para designar la
creciente heterogeneización de formas de empleo en el mundo, in-
ducidas por dinámicas de especialización flexible y deslocalización de
86 Beatriz Cid-Aguayo y Eduardo Letelier
industrias (International Labour Office, 2016). Tales empleos com-
prenderían el trabajo por cuenta propia, junto a nuevas modalidades
de trabajo a tiempo parcial, pago por producto (maquila) y subcon-
tratación laboral, entre otras formas de empleo precario.
El desarrollo del concepto de economía popular, por su parte,
emerge “situado” en un contexto político e identitario por parte de
los propios pobladores como movimiento social en los años ochenta.
Es “descubierto” por las ciencias sociales, cuando los pobladores se
vuelven una fuerza política importante (entendida como distinta en
componentes y contexto al proletariado de los años setenta, como
fuerza política) (Nyssens, 1997). A partir de este descubrimiento, se
la entiende como un medio de resistencia contra la exclusión y la
precariedad económica, política, cultural y social.
Las teorizaciones sobre las economías populares se dividen en-
tre visiones neoclásicas y estructuralistas, que las comprenden
como parte o en articulación con la economía de capital; y visiones
post-estructuralistas, que encuentran en la economía popular ciertos
principios organizacionales y políticos para pensar en otras formas
de relación económica. La visión teórica neoclásica, comprende y
subsume a la economía popular como extensión de un supuesto
espíritu empresarial universal, que se desarrollaría por fuera de los
controles institucionales (De Soto, 1987). Las visiones estructura-
listas, por su parte, ven a la economía popular como economía de
subsistencia de tipo informal, pero vinculada al sector formal de la
economía. Por ello, sus estrategias de subsistencia y de generación
de ingresos pueden generar ganancias y aumentos de productividad
para empresas formales, a través de mecanismos como la terceriza-
ción y precarización laboral, la maquila o la negociación en mercados
asimétricos.
Por otra parte –y en colaboración activa con las organizaciones del
mundo popular–, se desarrolla una concepción alternativa del fenó-
meno de las economías populares, que las define como un proceso
Economías Populares en Chile 87
distinto –aunque vinculado– con el sector capitalista, con sus pro-
pios principios organizadores y que incluso subraya sus potenciali-
dades políticas transformadoras. Sarriay y Tiribia (2004) definen a
la economía popular como el conjunto de actividades desarrolladas
por los sectores populares para garantizar, a través de la utilización
de sus recursos y fuerza de trabajo, la satisfacción de sus necesidades
básicas. Así, trasciende a la obtención de ganancias para centrarse en
la reproducción ampliada de la vida, adquiriendo diferentes configu-
raciones y significados históricos. Razeto y Calcagni (1989) incluyen
en la economía popular actividades que se desarrollan a nivel indi-
vidual, familiar, organizacional, caritativo e, incluso, ilegal, y que van
desde la pura sobrevivencia, hasta la subsistencia y la estrategia de
vida. Estas actividades consideraran procesos asociativos, cooperati-
vas, unidades económicas populares personales o familiares, además
de un sector financiero popular y solidario.
Para Coraggio et al. (2010), la economía popular es uno de los
subsistemas de la economía, junto a la economía empresarial-capi-
talista y la economía pública. Para estos autores, el sector de la eco-
nomía popular
abarca las unidades domésticas (hogares y comunidades) y sus ex-
tensiones (asociaciones, mutuales y cooperativas, redes de coope-
ración, representaciones, etc.), orientadas a la reproducción de las
vidas de sus miembros, grupos y comunidades particulares, en las
mejores condiciones a su alcance y con criterios que pauta su cul-
tura (p. 9).
De este modo, la economía popular sería más que simplemente la
suma de emprendimientos autogestionados. De acuerdo a los mis-
mos autores, el componente elemental de la economía popular es
la unidad doméstica, entendida como un grupo de personas, vin-
culadas de manera sostenida, que son –de hecho o de derecho, por
88 Beatriz Cid-Aguayo y Eduardo Letelier
relaciones de parentesco, afinidad o contrato– solidaria y cotidiana-
mente responsables de la obtención y distribución de las condicio-
nes materiales necesarias para la reproducción inmediata de todos
sus miembros. Una unidad doméstica puede abarcar o articular uno
o más hogares, entendiendo como hogar al grupo que comparte re-
cursos o un presupuesto para la alimentación, la vivienda y otros
gastos básicos.
Esta perspectiva vincula la economía popular con la posibilidad
de construcción de otra economía, puesto que en ella subsisten an-
tiguas relaciones sociales de producción que podrían ser el embrión
de una nueva cultura del trabajo (Tiriba, 2001). Ello alcanza incluso
reconocimiento institucional en Ecuador, donde se consagra la Eco-
nomía Popular y Solidaria y tiene importantes paralelos con la eco-
nomía social por su carácter asociativo y multifuncional (Nyssesn,
1997). Su ejercicio desafía económica y políticamente el mercado
autoregulado como modelo principal de organización y desarrollo.
Barkin (2017), por ejemplo, reconoce en la economía popular, la
organización de formas alternativas de asegurar el sustento de las
comunidades, apoyadas en valores como diversidad, coordinación,
cooperación, acción política concertada, y reconstrucción de nuevos
sentidos de identidad. Para Coraggio (1995), materializar esta poten-
cialidad requiere que los sectores populares logren dar organicidad a
sus actividades para fortalecerse y confrontarse con los otros sectores
de la economía global.
Las economías populares como ejercicios de desconstrucción,
resemantización y performatividad económica
Uno de los elementos conceptuales quizás más interesantes del
concepto de economía popular, es la resemantización que se hace
del concepto clásico de economía informal propuesto desde la
OIT. Mientras que el concepto de economía informal comprende
Economías Populares en Chile 89
el conjunto de prácticas desarrolladas por el mundo popular en
términos de carencia, el concepto de economía popular subraya el
ejercicio de autonomía y organización desarrollado por los sectores
populares para la resolución autogestionaria de sus propias necesi-
dades y la realización de sus propias aspiraciones, en los términos de
lo definido por Coraggio et al. (2010). Es un fenómeno que debe ser
reconocido en su alteridad, potenciado, e incluso politizado, antes
que regulado o criminalizado.
Resemantizar lo económico es un elemento central para pen-
sar en guiones y proyectos alternativos, ampliando el universo de
posibilidades políticas (Gibson-Graham, 2006). Ello pues, los rela-
tos hegemónicos sobre lo económico condicionan y limitan nues-
tras posibilidades de imaginación respectos de nuestros territorios.
Más aún, cuando estos relatos han sido elevados a rango científico,
lenguaje matemático, y orientación teleológica y evolucionista, con-
tribuyen a modelar la acción y procesos económicos que aparente-
mente describen. Esto es lo que Callon (2011) denomina el proceso
por el cual la “economía disciplina” ha ido creando la “economía
cosa”. O, como dijo Karl Polanyi mucho años antes, la constitución
de una gran profecía autocumplida.
Los relatos económicos hegemónicos definen al capitalismo
como la forma económica naturalmente dominante, coextensiva a
la totalidad del espacio social y con atributos como poderoso, gene-
rativo, total, coherente, autorregulado y evolutivo. Estos relatos han
contribuido a fagocitar las relaciones económicas diversas de los te-
rritorios. Así, cada trabajador independiente, precario, informal, arte-
sano o comerciante, es conceptualizado como un microempresario,
un empresario en desarrollo. Y aquellas formas que no logran sub-
sumir discursivamente –como es el caso de las economías indígenas
y campesinas– se las folkloriza o invisibiliza etnocéntricamente, sin
tomar en cuenta su pervivencia en el tiempo y su singular práctica.
Esta configuración discursiva es una forma de violencia epistémica
90 Beatriz Cid-Aguayo y Eduardo Letelier
sobre otras formas de economía y limita la generación de discursos
transformadores. Para ello, es necesario teorizar el capitalismo desde
la parcialidad, la fragmentación, la heterogeneidad y la contingencia,
permitiendo las condiciones discursivas para dar cuenta de la dife-
rencia económica y para cultivar sujetos capaces de habitar espacios
económicos no capitalistas.
El enfoque de economías diversas reconoce que la economía está
constituida por diversas formas organizativas y los actores económi-
cos responden a diversas lógicas de valoración y acción. El enfoque
reexamina las prácticas sociales para revelar su pluralidad y, por lo
tanto, disminuir la hegemonía capitalocéntrica, permitiendo la afir-
mación de alternativas (Gibson-Graham et al., 2013; Healy, 2009),
donde las personas están activamente involucradas en recuperar el
control sobre los procesos económicos (Eskelinen, 2020). En esta
línea, los conceptos clásicos de arraigo/incrustamiento (Polanyi,
2007; Sahlins, 1997) y de economía moral (Scott, 1976; Thompson,
1979), nos recuerdan que los actores económicos y sus relaciones
no son “naturales”, sino institucional e intercolectivamente creados.
Más recientemente, desde la perspectiva de antropología simétrica
(i.e. Actor Network Theory) –parte del proyecto fuerte de los estudios
de ciencia y tecnología–, se ha desarrollado un cuerpo analítico que
subraya la performatividad de lo económico, mostrando cómo nues-
tras categorías conceptuales contribuyen a definir el mundo econó-
mico que habitamos: el capitalismo es así “la teoría de su propia
práctica y la práctica de su propia teoría” (Callon, 2011, p. 173).
En base a la idea de juegos de lenguaje de Wittgenstein (1968),
Callon (2015) define economización como el conjunto de acciones
que transforma y formatea instituciones, comportamientos, afectos,
sentimientos, de manera que encarnen cierta concepción de eco-
nomía. También define mercadización (i.e. marketization) como
la expansión gradual del imperio de la mercancía y de los mode-
los financieros de evaluación. Así la economía-disciplina produciría
Economías Populares en Chile 91
agentes calculadores, habilitando modos específicos de cálculo,
juicio, apego y deseo (Pahk, 2017) y contribuyendo a organizar los
mercados a través de procesos de filtración, purificación, imposición,
calculabilidad y gubernamentalidad. La teoría, entonces, progresi-
vamente consolida la realidad económica a través de los ajustes y
refinamientos mutuos entre representación y la materialidad (Mu-
niesa, 2014). Sin embargo, estos procesos de economización y mer-
cadización pueden ser llevados de diversas maneras conduciendo a
diversos tipos de mercados, habitados por comportamientos, insti-
tuciones y sentimientos diversos. Más aún, Butler (2010) analizando
la performatividad del mercado subraya cómo la falla y alteración es
constitutiva de cualquier operación performativa, estando en per-
manente riesgo de ser subvertida, posibilitando así la agencia (Pahk,
2017) y el reconocimiento de la diversidad económica.
De esta manera la economía popular, como concepto teórico y
como práctica colectiva, puede constituir un ejercicio de reseman-
tización y performatividad económica que contribuya a repensar la
hegemonía discursiva del capitalismo y a abrir el universo de posi-
bilidades de construcción económica y política. Esto viene a ser un
proyecto especialmente relevante en un país como Chile, donde el
capitalocentrismo como hegemonía parece estar profundamente
consolidado y solo recientemente resquebrajado por los procesos de
revuelta social del año 2019.
Descontruyendo al capitalismo:
el tamaño de las economías populares en Chile
A partir de estas reconsideraciones sobre las economías populares, el
presente apartado busca avanzar en un ejercicio de desconstrucción
del capitalocentrismo, mediante el dimensionamiento de las econo-
mías populares en Chile, empleando estadísticas oficiales y estudios
realizados. Este ejercicio se basa en la definición operacional propuesta
92 Beatriz Cid-Aguayo y Eduardo Letelier
por Coraggio et al. (2010) para el caso de las sociedades latinoamerica-
nas, planteando que el sector de la economía popular asume la carga
fundamental de gestión de las condiciones para la reproducción de la
fuerza de trabajo y de la población, a través de:
i. El trabajo no remunerado de autosustento y cuidado huma-
no que se realiza en los hogares;
ii. El trabajo familiar de producción de bienes y servicios para el
intercambio no monetario (en redes de trueque, en la comu-
nidad, entre vecinos, etc.);
iii. La venta de fuerza de trabajo asalariada en el sector público
o privado de la economía, el trabajo autónomo y otras for-
mas de trabajo a cambio de ingresos monetarios o en especies
(jornaleros, peones, etc.);
iv. El trabajo familiar de producción de bienes y servicios para el
mercado a cambio de la obtención de ingresos;
v. El trabajo asociativo y autogestionado desarrollado en orga-
nizaciones formales o informales (cooperativas y asociaciones
de diverso tipo: de productores, de comercialización, de abas-
tecimiento de medios de consumo o de insumos, de financia-
miento, de servicios colectivos, etc.) para producir bienes o
servicios para el autoconsumo, para el intercambio no mone-
tario o para su venta en el mercado.
Bajo esta premisa, los autores plantean incluso que los emprendi-
mientos que pueden ser analíticamente diferenciados como organi-
zaciones mercantiles, aparecen subordinados al conjunto de recursos
y capacidades y a la lógica de la unidad doméstica, así como a sus cri-
terios de cálculo económico y organización del grupo familiar, antes
que a la lógica y criterios propios de una empresa de capital. Por con-
siguiente, es usual tomar como forma prototípica de organización
de la economía popular a los emprendimientos socioeconómicos
Economías Populares en Chile 93
populares autogestionados por sus trabajadores, sean comunitarios,
asociativos, familiares o individuales –a veces llamados “microem-
presas”–, cuyos fines no son el lucro, sino la obtención de medios
para la reproducción digna de la vida de sus miembros.
Estas consideraciones llevaron a identificar métricas específicas
para evaluar la relevancia de las economías populares, de acuerdo
a su propia naturaleza y objetivos. En particular, el tiempo de tra-
bajo y la generación de ingresos para cubrir los requerimientos de
reproducción de las unidades domésticas y sus extensiones asociati-
vas, aparecen como dos indicadores de primera significación. De este
modo, a partir de ambos indicadores se desarrolló una búsqueda en
estadísticas oficiales y estudios específicos que nos permitiera dimen-
sionar el tamaño de este sector económico en Chile en sus diferentes
dimensiones: trabajo de cuidados, trabajo familiar de producción de
bienes y servicios, producción destinada al autoconsumo familiar y
diversas formas de trabajo y producción de bienes y servicios orien-
tadas a cubrir la reproducción de unidades domésticas. En lo que
sigue, desarrollamos cada uno de estos componentes.
Trabajo no remunerado de autosustento y cuidados
en los hogares
Para el dimensionamiento del trabajo no remunerado de autosus-
tento y cuidados que se realiza en los hogares de Chile, se cuenta con
un reciente estudio que utiliza el concepto de costo de reemplazo
especializado para valorar este tipo de trabajos (Comunidad Mujer,
2019). En particular, el estudio utiliza la Encuesta Nacional de Uso
del Tiempo realizada por el Instituto Nacional de Estadísticas, y la
Encuesta de Caracterización Socioeconómica (CASEN) realizada por
el Ministerio de Desarrollo Social, ambas del año 2015.
En la Tabla 1 se presentan las horas de trabajo y el valor econó-
mico asociado a las actividades de trabajo doméstico y de cuidados
94 Beatriz Cid-Aguayo y Eduardo Letelier
no remuneradas. Puede observarse que estas actividades domésticas
representarían 19.537 millones de horas anuales de trabajo y un va-
lor económico equivalente al 27,9% del PIB de Chile. Es decir, tres
veces el PIB minero del país (Comunidad Mujer, 2019). Otra compa-
ración relevante se puede hacer en relación a la cantidad de puestos
de trabajo o fuerza de trabajo empleada en el trimestre móvil mar-
zo-mayo del año 2015. Comparativamente, solo las horas de trabajo
destinadas por los hogares al trabajo no remunerado, doméstico y de
cuidados, equivalían al 105,1% del empleo total generado en Chile
en tal período.
Cabe destacar aquí que estos resultados comprenden al conjunto
de los hogares de Chile, independientemente de que, en sus activi-
dades remuneradas laborales o productivas, puedan ser adscritos al
sector de la economía capitalista, pública o popular. Sin perjuicio de
esto, es posible suponer que, a mayores ingresos, los hogares exter-
nalizan el trabajo doméstico mediante la contratación de personal
doméstico remunerado. Por lo cual, una proporción mayor de estos
servicios son brindados en hogares de menores ingresos, asimilables
a las economías populares.
Tabla 1: Número de horas (millones) y valor económico de trabajo doméstico
y de cuidados no remunerado, 2015
Valor económico
Horas Jornadas Equivalentes
Actividad (millones de US$ del
(millones) Completas Anuales
2015)
Trabajo de cuidados
5.263 2.436.574 16.161
domésticos no remunerado
Trabajo doméstico no
12.882 5.963.889 42.672
remunerado
Trabajo doméstico no
remunerado para otros 1.393 644.907 4.366
hogares
Total de trabajo doméstico
y de cuidados no 19.537 9.044.907 63.199
remunerado
Fuente: Elaboración propia a partir de Comunidad Mujer (2019).
Economías Populares en Chile 95
En cuanto al dimensionamiento del valor económico de la producción
destinada al autoconsumo familiar, a partir de datos de la Encuesta
Nacional de Uso del Tiempo (ENUT), el estudio de Comunidad
Mujer (2019) estimó en 1,4 horas diarias promedio y 170 millones de
horas a nivel agregado, las destinadas a la producción de bienes para
el autoconsumo. Sin embargo, consideró en este tipo de actividades
solamente el “realizar actividades de construcción, ampliación o repa-
raciones mayores de la vivienda” (O42) y la “recolección de leña para
calefaccionar o cocinar” (O63), contenidas en la ENUT.
Una estimación más comprensiva de esta producción es realizada
tanto por la Encuesta Nacional de Caracterización Socioeconómica
(CASEN) como por la Encuesta Nacional de Microemprendimiento
(EME). Sin embargo, el valor económico estimado es imputado a los
ingresos monetarios obtenidos por el hogar o por la microempresa,
respectivamente. De este modo, y a fin de evitar una doble contabi-
lización en el análisis, se optó por considerar el valor de esta produc-
ción para el autoconsumo en el apartado referido a la producción
doméstica para el mercado, a cambio de ingresos.
Sin perjuicio de esto, esta decisión metodológica no debería
introducir un sesgo significativo en las estimaciones del valor eco-
nómico asociado al trabajo no remunerado para el autosustento y
cuidado en los hogares. En particular, un informe del Ministerio de
Desarrollo Social (2014) reportaba una caída relevante de la pro-
ducción para autoconsumo, tanto en zonas urbanas como rurales,
siendo prácticamente nula en las zonas urbanas y no representando
más del 6% del ingreso total de las familias más pobres.
Trabajo familiar de producción de bienes
y servicios para el intercambio no monetario
En cuanto al dimensionamiento del trabajo familiar de producción
de bienes y servicios para el intercambio no monetario (en redes de
96 Beatriz Cid-Aguayo y Eduardo Letelier
trueque, en la comunidad, entre vecinos, etc.), destaca el hecho de
que el mismo estudio de Comunidad Mujer (2019) da cuenta del
trabajo doméstico y de cuidados no remunerado provisto a otros
hogares (Ver Tabla 1). Este representó un total de 644.907 jornadas
equivalentes completas anuales y U$S 4.366 millones al año 2015.
Por su parte, a partir de los mismos datos de la Encuesta Nacional
de Uso del Tiempo (ENUT), el mismo estudio visibilizó la cantidad
de horas destinadas a “actividades comunitarias”, estimándola en
1,5 horas diarias en promedio y 298 millones de horas en total.
Más allá de estos antecedentes relativos a servicios laborales, no exis-
ten estadísticas que permitan identificar qué fracción de la producción
familiar de bienes es intercambiada sin la mediación del dinero. Estos
intercambios solamente son visibles a nivel de la Encuesta Nacional del
Empleo (ENE) y de la Encuesta Nacional de Microemprendimiento
(EME), donde los ingresos en especie son valorizados a precio de mer-
cado e integrados en el ingreso total reportado por trabajadores o mi-
croempresas. Debido a esto, se aplican aquí las mismas consideraciones
metodológicas que en el caso de la producción de los hogares para el
autoconsumo. Es decir, se buscará capturar este efecto en el apartado re-
ferido a la producción doméstica para el mercado, a cambio de ingresos.
Venta de fuerza de trabajo a empresas privadas y públicas
Con respecto al dimensionamiento de la venta de fuerza de trabajo
asalariada en el sector público o privado de la economía, es posible
discutir la inclusión de esta categoría como parte de la producción
de las economías populares en la medida en que los respectivos tra-
bajadores deberían ser contabilizados como parte de los sectores de
empresas capitalistas y empresas públicas, respectivamente, además de
subordinados a las lógicas económicas presentes en cada uno de estos
sectores. Sin embargo, es interesante el ejercicio de valorar la masa
salarial resultante de la venta de trabajo, ya que actúa como poder de
Economías Populares en Chile 97
consumo y demanda sobre una diversidad de bienes y servicios gene-
rados por las economías populares. En este sentido, la Tabla 2 presenta
la estructura de la fuerza de trabajo en Chile, distinguiendo a los tra-
bajadores de acuerdo a su inserción en distintos sectores de empresas,
junto a la fracción de ingresos laborales que recibe cada categoría ocu-
pacional, de acuerdo a lo reportado por la Encuesta Suplementaria de
Ingresos (ESI) del Instituto Nacional de Estadísticas. Puede observarse
la relevancia de los ingresos obtenidos por los trabajadores del sector
privado, en tanto potencial de demanda de bienes y servicios produ-
cidos por las economías populares, más allá de que esta demanda de
consumo sea objeto de disputa entre los emprendimientos de las eco-
nomías populares y las grandes empresas capitalistas que dominan el
sector del comercio al detalle (i.e. retail) y de créditos personales de
consumo, que comprometen una fracción relevante de los ingresos
laborales para el servicio de la deuda. También debe destacarse la rele-
vancia de los ingresos laborales de los trabajadores del sector público,
como potencial de demanda en localidades donde predomina la agri-
cultura familiar campesina.
Tabla 2: Cantidad de Ocupados e Ingresos Totales
según Categoría Ocupacional, 2015
Número Ingresos totales
Categoría ocupacional %
de ocupados (Millones de US$ del 2015)
Empleadores 336.074 6.742 9
Trabajadores por cuenta propia 1.653.194 7.803 11
Asalariados sector privado 5.088.771 44.815 62
Asalariados sector público 921.914 12.225 17
Personal de servicio doméstico 329.561 1.250 2
Total 8.428.470 72.620 100
Fuente: Elaboración propia en base a la Encuesta Nacional del Empleo y Encuesta Suplementaria
de Ingreso del Instituto Nacional de Estadísticas. Trimestre móvil marzo-mayo 2015.
98 Beatriz Cid-Aguayo y Eduardo Letelier
Trabajo autónomo y otras formas de trabajo por ingresos
La misma Encuesta Nacional del Empleo (ENE) nos permite recono-
cer la realidad del trabajo autónomo y otras formas de trabajo a cam-
bio de ingresos monetarios o en especias (jornaleros, peones, etc.),
según participen o no de unidades consideradas microempresas. Es
decir, empresas de 10 trabajadores o menos. En la Tabla 3 puede
observarse que este segmento da empleo al 37% de los ocupados
en Chile, al año 2015. Si a esto sumamos el personal de servicio do-
méstico contratado por los hogares, este segmento de empresas al-
canzaría al 41% de la ocupación nacional. Es decir, aproximadamente
3,3 millones de trabajadores.
Tabla 3: Ocupados según Categoría Ocupacional y Tamaño de Empresa, 2015.
Trimestre Marzo-Mayo 2015
Ocupados
Categoría en la ocupación Total ocupados %
microempresa
Empleador 350.774 297.181 85%
Cuenta propia 1.575.220 1.569.556 100%
Asalariado sector privado 4.950.756 1.046.317 21%
Asalariado sector público 925.913 4.787 1%
Familiar o personal no remunerado 93.723 92.298 98%
Total 8.211.794 3.010.138 37%
Fuente: Elaboración propia en base a la Encuesta Nacional de Empleo del Instituto Nacional de Estadísticas.
Trimestre móvil marzo-mayo 2015.
De acuerdo a la Encuesta Nacional de Microemprendimiento
(EME), al interior de las microempresas pueden diferenciarse dos
tipos de relaciones. Por un lado, se tiene a un universo de 1.569.556
trabajadores por cuenta propia, que trabajan con un familiar no re-
munerado o con algún ayudante o socio, que suman otros 92.298
trabajadores. Por otro lado, se cuentan a 297.181 empleadores que
contratan a 1.046.317 trabajadores asalariados, donde un 83% de
estos empleadores contrata entre uno y tres trabajadores. Para de-
terminar en qué medida estas últimas microempresas representan la
Economías Populares en Chile 99
realidad de un capitalismo incipiente y en qué medida reflejan más
bien la realidad de empleadores (que son, a su vez, trabajadores que
buscan generar ingresos para sus unidades domésticas), la Encuesta
Nacional de Microemprendimiento (EME) informa las ganancias de
cada microempresa, una vez pagados los insumos, servicios y salarios.
De este modo, un 49% de las microempresas obtenían una ganan-
cia igual o menor a un salario mínimo, incluyendo aquí a las que
presentaban pérdidas. Esto indica que, una vez deducidos los costos
de insumos y remuneraciones, el empleador de estas microempre-
sas obtiene lo mínimo necesario para la subisistencia familiar. Ahora
bien, si consideramos el ingreso promedio de los asalarariados del
sector privado reportado para el mismo trimestre y lo comparamos
con las ganancias obtenidas por las microempresas, tenemos que un
70% de los empleadores obtienen menos que el equivalente a dos
salarios mínimos. Finalmente, si tomamos como referente el ingreso
promedio de un trabajador con educación universitaria, el porcen-
taje de empleadores que obtiene menos que este monto asciende
a 82%. En consecuencia, podría decirse que las ganancias de las mi-
croempresas apenas serían suficientes para pagar el costo de oportu-
nidad de las remuneraciones que dejan de percibir los empleadores,
de tal manera que es difícil reconocerlas como empresas de acumu-
lación de capital.
Trabajo asociativo y autogestionado para producir bienes
y servicios
Finalmente, cabe dimensionar como parte de las economías popula-
res el trabajo asociativo y autogestionado desarrollado por organiza-
ciones formales o informales (cooperativas y asociaciones de diverso
tipo: de productores, de comercialización, de abastecimiento de me-
dios de consumo o de insumos, de financiamiento, de servicios co-
lectivos, etc.) para producir bienes o servicios para el autoconsumo,
100 Beatriz Cid-Aguayo y Eduardo Letelier
para el intercambio no monetario o para su venta en el mercado. Su
magnitud puede ser recogida, con diversas salvedades, a través de un
estudio que utilizó el enfoque de cuentas satélites recomendado por
la Comisión Europea (Letelier et al., 2019). En particular, debe tenerse
presente que este estudio no recoge la realidad de asociaciones o redes
de colaboración informales, que puede ser relevante en el caso de la
pequeña producción familiar. En segundo lugar, el estudio reconoce
la existencia de un número indeterminado de asociaciones gremiales,
fundaciones y corporaciones privadas sin fines de lucro, creadas por
empresas capitalistas o por iglesias, cuya operación no se subordina
a las lógicas de las unidades domésticas que conforman la base de las
economías populares. Y, en tercer lugar, debido a limitaciones de in-
formación, este estudio no considera a aquellas sociedades anónimas,
limitadas o por acciones, conformadas por las mismas entidades de la
economía social, en calidad de subsidiarias, o bien creadas por unida-
des domésticas como expresión de su propia asociatividad. Este último
sería el caso especial de diversas sociedades anónimas y sociedades
limitadas creadas por unidades domésticas de la agricultura familiar
campesina, pesca artesanal y similares. Dicho esto, en la Tabla 6 se
presentan los resultados obtenidos en relación al empleo generado en
el sector de la economía social, tanto voluntario como remunerado,
expresado en jornadas equivalentes completas.
Tabla. 6. Empleo e Ingresos de la Economía Social en Chile, 2015.
Indicador 2015
N° de trabajadores remunerados del subsector mercantil 69.453
N° de trabajadores remunerados del subsector no mercantil 244.138
N° de trabajadores remunerados del subsector no mercantil (JCE) 145.254
N° de voluntarios del subsector no mercantil (JCE) 164.865
Fuente: Letelier et al. (2019).
Economías Populares en Chile 101
Considerando estos antecedentes y a modo de ejercicio deconstruc-
tivo, si a los 4.950.756 asalariados del sector privado informados por
la Encuesta Nacional del Empleo (ENE), se les restara el 82% del
empleo generado en microempresas que ganan menos de 4 sala-
rios mínimos, equivalentes a 857.980 trabajadores, y además se le
restaran otros 313.591 trabajadores dependientes que se empleaban
en el sector de la economía social (Letelier et al., 2019), entonces el
empleo que podría atribuirse al sector capitalista propiamente tal
ascendería a 3.779.185 trabajadores. Es decir, solo un 15% superior al
empleado por el segmento de las economías populares.
Síntesis comparativa del dimensionamiento
de las economías populares en Chile
A modo de síntesis, en la Tabla 7 se presenta una visión integrada
de las economías populares en Chile al año 2015, de acuerdo a las
recomendaciones hechas por Coraggio et al. (2010). A efectos de
comparar con el total de ocupados en la economía, se ha convertido
la “ocupación a jornadas completas equivalentes anuales” utilizando
el promedio ponderado del indicador de “horas usuales trabajadas”,
reportado en la Encuesta Nacional del Empleo.
En el Cuadro 1 y Cuadro 2 puede observarse la magnitud de la
ocupación y de los ingresos de las economías populares en relación a
dos variables comúnmente empleadas para dar cuenta de la realidad
macroeconómica de un país, como son el empleo y el PIB. De acuer-
do a estas estimaciones, las economías populares movilizaban una
cantidad de jornadas completas de trabajo equivalentes al 151,4%
del total del empleo u ocupación en Chile, medida en el trimestre
móvil marzo-mayo del 2015. Del mismo modo, la valorización eco-
nómica de las jornadas de trabajo y de los ingresos por venta de
bienes y servicios de las economías populares, daba cuenta de un
monto equivalente al 45,5% del PIB del año 2015.
102 Beatriz Cid-Aguayo y Eduardo Letelier
Tabla 7: Ocupados e Ingresos Totales de las Economías Populares en Chile
Ocupados (Jornadas % del Empleo Ingresos Totales % del PIB
Actividad Completas trimestre móvil (Millones de corriente
Equivalentes Anuales) marzo-mayo 2015 US$ 2015) 2015
Trabajo de cuidados
domésticos no remunerados 2.436.574 30,5% 16.161 7,1%
(a)
Trabajo doméstico no
5.963.889 74,6% 42.672 18,8%
remunerado (a)
Trabajo doméstico no
remunerado para otros hogares 644.907 8% 4.366 1,9%
(a)
Trabajo no remunerado en
servicios de autoconsumo 78.703 1% 457 0,2%
doméstico (b)
Trabajo no remunerado en
137.962 1,7% 1.284 0,6%
actividades comunitarias (c)
Ingresos por venta de
bienes o servicios de
microemprendimientos por 2.468.824 30,1% 28.098 12,4%
cuenta propia y con hasta 4
trabajadores asalariados (d)
Trabajo servicio doméstico
254.982 3,2% 1.250 0,6%
remunerado (e)
Trabajo remunerado en
organizaciones de la economía 186.587 2,3% 8.963 3,9%
social (f)
Notas: (a) Datos obtenidos de Comunidad Mujer (2019). Las horas se han convertido en jornadas completas
equivalentes anuales (JCE) dividiendo este valor por 2.160 horas anuales. El PIB Ampliado informado ha sido
convertido a PIB Corriente, utilizando un tipo de cambio de $704 por dólar.
(b) Elaboración propia en base a Comunidad Mujer (2019). Las horas se han convertido en jornadas completas
equivalentes anuales (JCE) dividendo este valor por 2.160 horas anuales. Para valorizar las horas de servicios de
autoconsumo doméstico se utilizó el valor de $1.891 por hora, reportado para la actividad “Reparaciones menores
del hogar” en el caso de mujeres.
(c) Elaboración propia en base a Comunidad Mujer (2019). Las horas se han convertido en jornadas completas
equivalentes anuales (JCE) dividiendo este valor por 2.160 horas anuales. Para valorizar las horas de actividades
comunitarias se utilizó el valor de $3.035 por hora, reportado para la actividad “Administración del hogar” en el
caso de mujeres.
(d) Elaboración propia en base al promedio ponderado de Horas Usuales trabajadas semanalmente según Categoría
en la Ocupación, de acuerdo a lo reportado en la Encuesta Nacional del Empleo, trimestre móvil marzo-mayo 2015
del Instituto Nacional de Estadísticas. Las horas se han convertido en jornadas completas equivalentes anuales (JCE)
dividiendo este valor por 2.160 horas anuales. Los ingresos por venta han sido estimados a partir del ingreso mensual
y número de meses de operación, informados en la Encuesta de Microemprendimiento, año 2015, del Instituto
Nacional de Estadísticas. Los valores han sido convertidos dólares utilizando un tipo de cambio de $704
(e) Elaboración propia en base a la Encuesta Nacional del Empleo, trimestre móvil marzo-mayo 2015, y a la Encuesta
Suplementaria de Ingresos del 2015 del Instituto Nacional de Estadísticas. Las horas se han convertido en jornadas
completas equivalentes anuales (JCE) dividiendo este valor por 2.160 horas anuales. Los valores han sido convertidos
dólares utilizando un tipo de cambio de $704
(f) Datos obtenidos de Letelier et al. (2019). El número de trabajadores dependientes remunerados ha sido
convertido a Jornadas Equivalentes Completas de acuerdo a la proporción reportada en el estudio de PUC (2017)
Economías Populares en Chile 103
Gráfico 1: Ocupados de las economías populares según actividad
(Porcentaje del empleo nacional en el trimestre móvil marzo-mayo del año 2015).
Gráfico 2: Ingresos de las economías populares según actividad
(porcentaje del PIB a precios corrientes del año 2015).
Resemantizando la economía:
nuevos ejemplos de economías populares
En este aparatado se busca complementar el análisis cuantitativo
previamente desarrollado, aproximándose descriptivamente a algu-
nas experiencias contemporáneas de economías populares en Chile
y que probablemente constituyen las formas más invisibilizadas, tan-
to por las estadísticas oficiales como por los estudios enfocados en
104 Beatriz Cid-Aguayo y Eduardo Letelier
caracterizar la actividad de las organizaciones comunitarias constitui-
das formalmente. Nos referiremos primero al reciente resurgimiento
de los sistemas de alimentación y cocina popular colectiva de ca-
rácter informal –las denominadas “ollas comunes”– en el contexto
de pandemia global y estallido sociopolítico en Chile. Abordaremos
también algunos elementos derivados del aprendizaje en relación a
diversas experiencias de gestión comunitaria en torno a la produc-
ción alimentaria en el centro-sur de Chile.
El retorno de las ollas comunes
En el año 2020, la pandemia representó para Chile y América Latina
un importante deterioro de las estadísticas de empleo. Por ejemplo,
en el trimestre móvil de junio-agosto, se registró una disminución
del 14,5% de la fuerza de trabajo respecto del año anterior. Esta con-
tracción se verificó principalmente en la población económicamente
activa femenina que, por el cierre de escuelas durante las cuarente-
nas, debió abocarse al trabajo de cuidados y sustraerse del mercado
de trabajo formal. Del mismo modo, se verificó una disminución de
19,6% de los ocupados respecto de igual trimestre móvil del 2019
(INE, 2020).
En este escenario, y bajo la consigna “solo el pueblo ayuda al
pueblo”, se constituyeron un conjunto de organizaciones vecinales
y barriales autogestionarias –tales como ollas comunes, canastas fa-
miliares, los centros de acopio, panaderías populares– orientadas a
asegurar la cadena de suministro de alimentos de la población afec-
tada por la pandemia. Las viejas redes de las economías populares de
base barrial, ampliamente documentadas en tiempos de la dictadura,
se volvieron a reconstruir para hacer frente –una vez más– al pro-
blema del hambre. Y han sido nuevamente las propias comunidades
territoriales las que, a través de la organización y la solidaridad, han
Economías Populares en Chile 105
movilizado colectivamente ollas comunes y canastas familiares fren-
te a las deficiencias de la acción estatal.
Estas ollas comunes han sido parte de la historia del país en otros
momentos de crisis económica. Existen registros de los años treinta
de las denominadas “ollas del pobre”; y en los años ochenta, durante
la dictadura, las ollas comunes y comedores populares fueron parte
central y emblemática del movimiento de pobladores. Hardy (1986)
señala que
frente a una necesidad tan básica como es la alimentación y ante
situaciones en que ella se ha visto gravemente vulnerada, numerosos
hombres y mujeres han optado por organizarse para intentar solu-
cionar lo que no ha podido garantizarse desde sus núcleos familiares
(p. 17).
La experiencia del hambre –en el contexto de pandemia y a pocos
meces de un ciclo de movilizaciones sociales– se convirtió en un
símbolo político. Manifestaciones y enfrentamientos se produjeron
en la comuna de El Bosque, Región Metropolitana de Santiago, de-
nunciando la escasez de alimento. Y la palabra “hambre” fue proyec-
tada durante varios días en uno de los edificios céntricos de Santiago,
como hito de la protesta.
Buscando dimensionar la relevancia de esta nueva ola de orga-
nización popular en torno a la alimentación, se realizó un ejercicio
preliminar de catastro de las organizaciones populares en torno a
la subsistencia –ollas comunes, comedores comunitarios, centros de
acopio y redes de abastecimiento popular– implementadas durante
la pandemia. Dicho catastro se realizó aprovechando el propio uso
de las herramientas digitales por parte de las organizaciones –tales
como Facebook y otras redes sociales– para la difusión de su trabajo
y la movilización de apoyos. En base a la información digital publi-
cada por las propias organizaciones, además del requerimiento a las
106 Beatriz Cid-Aguayo y Eduardo Letelier
municipalidades –a través de la Ley de Transparencia– se elaboró
una base de datos que incluyó un perfil de actividades de la organi-
zación, el tipo de organización o red que desarrolla la iniciativa y su
localización geográfica.
En el catastro preliminar realizado –con todos los límites de un
ejercicio desarrollado exclusivamente a través de información públi-
ca en las redes sociales– se pudo identificar a un total de 1.125 or-
ganizaciones populares en torno a la subsistencia. De esta cantidad,
unas 500 eran de la ciudad de Santiago. Por lejos las organizaciones
más habituales fueron ollas comunes (606), seguidas por campañas
solidarias (192), otros tipos de ayuda (asesoría legal, centros de aco-
pio, etc.) (73) y redes de abastecimiento popular (11).
La gran mayoría de las iniciativas de abastecimiento popular
nacieron desde la autogestión y la organización social colectiva, no
interviniendo en ellas iglesias, ONGs o gobiernos locales. Solo un
porcentaje menor (6,6%) contó con algún tipo de apoyo institucio-
nal (principalmente ONGs e iglesias).
Las organizaciones descritas fueron principalmente urbanas, aun-
que puede haber un importante sesgo metodológico asociado al
uso de redes sociales como medio de información. Adicionalmente,
estaban concentradas en las grandes ciudades con actividades eco-
nómicas afectadas por la crisis: ciudades industriales y ciudades mi-
neras. Y al igual que en experiencias anteriores, eran redes vecinales
de mujeres quienes tenían un rol protagónico en su gestión, tanto
en la búsqueda y acopio de alimentos, como en la preparación y
distribución entre sus vecinos. Estas redes movilizan la solidaridad
barrial, vínculos con productores locales, apoyos de organizaciones
externas –incluso de empresas de alimentos–, estableciendo una red
solidaria y cooperadora con otras organizaciones del mundo popu-
lar. En tal sentido, especialmente notable fue el envío de camiones
de papas, desde pequeños productores mapuches a las redes de ollas
comunes.
Economías Populares en Chile 107
Estas redes de mujeres extienden la economía de los cuidados,
desde su espacio doméstico al cuidado ampliado de sus comuni-
dades, sobre la base de la movilización voluntaria de su trabajo y
sus ejercicios de cooperación. Su rápido resurgimiento desmiente la
manida desintegración y despolitización de la identidad de “pobla-
dor”, pues el tejido de economía informal –si bien colonizado por el
microemprendimiento– sigue siendo espacio fértil para este tipo de
experiencias de autogestión solidaria.
Economía en torno a la alimentación
Complementariamente al caso de las ollas comunes y otras formas
de organizaciones económicas populares que han resurgido para en-
frentar la crisis de la pandemia, la investigación desarrollada en los
últimos seis años permite compartir un conjunto de aprendizajes
derivados de iniciativas principalmente ubicadas en sectores rurales
y que practican diversas formas de la llamada economía de proxi-
midad en torno a alimentos comercializados en mercados locales.
Estas iniciativas han sido seleccionadas no por constituir una mues-
tra representativa de la economía campesina, sino por representar
ejercicios de construcción de diferencia y democracia económica.
Sus experiencias representan no las tendencias dominantes –que, sa-
bemos, son más bien sombrías–, sino ejercicios de experimentación
y escenarios de posibilidad en los que las economías populares con-
tribuyen a la construcción de otros futuros posibles. Las experien-
cias documentadas corresponden a una diversidad de productores
agroeocólogicos, pequeños viñateros, queseros, recolectores de fru-
tos de bosque, turismo rural y comunitario, etc. Todas ellos son pro-
ductores y organizaciones económicas campesinas que viven en su
cotidianeidad la experiencia y consecuencias de la primarización de
sus territorios, en tanto las grandes empresas han ocupado gran par-
te de sus sectores, imponiéndoles importantes presiones territoriales
108 Beatriz Cid-Aguayo y Eduardo Letelier
y económicas. Pero al mismo tiempo, todos ellos representan ejerci-
cios no solo de adaptación y resiliencia, sino también de regenera-
ción económica y territorial.
Para documentarlos, se ha empleado un enfoque de cartografía
social (Cid-Aguayo et al., 2021) trabajando en la elaboración de ma-
pas, “dibujados y hablados” por las propias organizaciones, los que
posteriormente han sido georreferenciados y proyectados cartográ-
ficamente y retrabajados por mapas ilustrados. Optar por ilustracio-
nes expresó el carácter subjetivo de los mapas y los textos que los
acompañan, dando cuenta de los matices e intersubjetividades de
sus protagonistas. Hacer los mapas implicó mirar los territorios con
otros ojos y nombrar con otros nombres. Esto es un ejercicio de rese-
mantización que asigna nuevos atributos a realidades ya conocidas,
realzando un nuevo sentido o un ya existente que se quiere recupe-
rar. De esta manera, la ilustración comunica la proyección de futuros
posibles para los territorios.
A partir de estos mapas, se revela un conjunto de organizaciones
económicas campesinas que construye prácticas productivas y rela-
ciones económicas locales muy diversas, que contrastan fuertemente
con las empresas monocultoras que les rodean. Estas experiencias
existen en contextos adversos, donde el territorio es hegemonizado
por grandes empresas orientadas a mercados globales. La coexisten-
cia con estas, les ha significado a las organizaciones diversas dinámi-
cas desfavorables. La primera corresponde a procesos de presión y
desplazamiento territorial, puesto que las empresas ocupan buena
parte de la superficie productiva de los territorios y tienes dinámi-
cas expansivas: buscan comprar o arrendar más terreno, ejerciendo
en ocasiones presiones para la venta. Estas empresas contribuyen
también a la simplificación económica, pues al desplazar otras activi-
dades rurales, han ido disminuyendo la diversidad económica y pro-
ductiva de los territorios. Existen también diversas dinámicas por las
cuales estas grandes empresas cercan a las actividades campesinas.
Economías Populares en Chile 109
La industria forestal, por ejemplo, es muy susceptible de incendios
masivos periódicos, los que no solo arrasan con las plantaciones, sino
también con los poblados y predios vecinos, quemando viviendas,
cultivos e infraestructura productiva. Así también, varios monocul-
tivos, como de paltas, son importantes usuarios –y acaparadores–
de agua, privando de este importante recurso a los productores de
menor tamaño. Finalmente, en algunos casos, las grandes empresas
establecen articulaciones productivas desbalanceadas con los pe-
queños productores. Es particularmente interesante el caso de los
pequeños viñateros, que venden uva, mosto y vino a las grandes em-
presas vitivinícolas. Esta relación, si bien asegura una cierta entrada
económica, condena a los productores a importantes fluctuaciones
de precios, y –más importante– las empresas monopolizan los siste-
mas de distribución, impidiendo el acceso al mercado de los produc-
tores menores. Pese a lo anterior, existen algunas dinámicas en que
la presencia de estas empresas favorece a la pequeña producción. Es
el caso, por ejemplo, de cómo trabajadores de estas empresas –espe-
cialmente los de altos ingresos– demandan los productos y servicios
de la economía campesina; además de las denominadas políticas de
responsabilidad social empresarial, que promueven buenas prácticas
para con las comunidades. En el caso particular del sector forestal,
las empresas han apoyado la comercialización de vinos premium por
parte de pequeños viñateros, y también se han articulado con orga-
nizaciones de recolectores de productos forestales no maderables.
Pese a este contexto, los ejercicios de mapeo relevan organizacio-
nes económicas campesinas que construyen prácticas productivas y
relaciones económicas locales muy diversas en torno a la produc-
ción, elaboración, conservación de alimentos, y que contrastan fuer-
temente con las grandes empresas monocultoras que les rodean. En
ellas rescatan y reinventan prácticas tradicionales y de carácter patri-
monial, como son los lagares de cuero, las vasija de greda, la produc-
ción de queso en leche cruda, y que, a la vez, experimentan en nuevas
110 Beatriz Cid-Aguayo y Eduardo Letelier
tecnologías –de bajo costo– que se articulan apropiadamente con
sus contextos (tales como biodigestores, energías sustentables, seca-
dores solares, tanques de acero para la vinificacación, etc.).
La relación que estos productores desarrollan con su entorno
puede ser bien descrita con el concepto de coevolución. Ellos basan
su producción en ecotipos locales muy resistentes y adaptados a las
condiciones ecológicas territoriales. Este es el caso de la cepa País o
Criolla, que lleva quinientos años en el territorio, que se adapta muy
bien al estrés climático e hídrico de la zona, y que, dada su alta rus-
ticidad, hace innecesario el uso de pesticidas. También es el caso de
razas bovinas que se adaptan a condiciones de humedales y de cordi-
llera; y de semillas locales obtenidas e intercambiadas en las comuni-
dades. De este modo, el uso de especies y variedades locales permite
una producción de bajos insumos, que prescinde de agroquímicos
y promueve prácticas que cuidan el suelo, el paisaje y ecosistemas
locales, tales como reductos de bosque nativo en riesgo de extinción.
Preservar y reproducir tales ecotipos se basa en un activo rechazo a
las prácticas de transferencia genética promovida por los programas
de desarrollo rural y las empresas, y en cuidadosos –y ceremoniales–
sistemas de almacenamiento e intercambio de semillas. Uno de los
ejemplos más hermosos de esta interrelación se expresa en los pro-
ductos fermentados, como el queso, la chicha y el vino, en las que las
prácticas productivas de bajos insumos han permitido que prolifere
la microbiota local, de tal manera que es posible desarrollar procesos
de fermentación sin adicionar levaduras adicionales o cuajos quí-
micos. Como resultado, la coevolución se manifiesta después en la
organoléptica de productos que huelen y saben a los territorios en
que se producen. El uso económico que estos productores hacen de
los territorios y sus agroecosistemas, permiten finalmente su conser-
vación: la agroindustria y el monocultivo forestal, solo encuentra sus
límites de expansión frente a estas comunidades que exitosamente
logran valorizar económicamente el paisaje y sus productos.
Economías Populares en Chile 111
Desde otra perspectiva, es llamativo cómo estos productores y
productoras crean y fortalecen nuevos comunes. Por una parte, han
reivindicado comunes territoriales, disputándolos frente al estado y
las empresas. Por ejemplo, la comunidad de pescadores de La Barra
del Toltén observó cómo los salmones Chinook –escapados de los
primeros ejercicios de producción salmonera– se habían asilvestrado,
deviniendo una invasión biológica que predaba y competía con las
especies nativas objeto de la pesquería tradicional. Mientras tanto, el
marco regulatorio reconocía la propiedad de la empresa sobre estos
salmónidos, prohibiendo su pesquería comercial. La comunidad de
pescadores reconoció este nuevo recurso, modificando sus prácticas
pesqueras para focalizarse en ellos –y disminuir así la presión sobre
las especies nativas– y logró, mediante un proceso de investigación y
negociación política, legalizar la captura de la especie por parte de la
pesca artesanal. De esta manera, comunizaron un recurso que legal-
mente se reconocía como un bien privado, contribuyendo con ello
a disminuir el impacto de una especie invasora en el curso del rio
Toltén y cuidando, así también, ese recurso de uso común.
Un caso similar es el de las organizaciones de recolectores que
han logrado comunizar los productos forestales no maderables. Es-
tas organizaciones basan su estrategia productiva en la recolección
de hongos, hierbas y frutos que crecen en predios forestales, y que
usualmente son propiedad de grandes empresas forestales. Ello les
condujo a conflictos con la industria, pues eran acusados de robo,
invasión de propiedad privada e incluso de provocar incendios. A
través de la organización, conformaron una mesa forestal, aprove-
chando las oportunidades que ofrecieron los procesos de certifica-
ción maderera. Estas organizaciones han legalizado su entrada a los
predios y han reivindicados los productos forestales como un bien
común abierto a la recolección.
Además de crear nuevos comunes, estas comunidades económi-
cas han contribuido a cuidar y revalorizar comunes históricos. Es el
112 Beatriz Cid-Aguayo y Eduardo Letelier
caso de la pequeña viñatería, que ha recuperado la uva país –de gran
rusticidad y adaptación ecoterritorial– y le ha dado nueva valoración,
después de décadas de desprecio y marginación dada por la prefe-
rencia que las grandes viñas y el mercado ha tenido por las cepas
francesas. Este patrimonio genético común campesino fue reconoci-
do con la obtención, en el año 2018, de la denominación de origen
del vino de cepa País del valle del Itata. El nuevo patrimonio biocul-
tural campesino encuentra un nicho en los mercados que valoran
productos territorializados.
Estos procesos de revalorización de lo campesino y sus produc-
tos, constituyen una oportunidad, pero también los hacen objeto de
nuevos procesos de despojo. Por ejemplo, la pequeña viñatería, luego
de hacer obtenido la denominación de origen para la uva país, ahora
enfrenta presiones desde la gran viñatería, que, en la medida que se
seca el valle central, buscan los antiguos valles sureños con más agua.
Así también, las cepas antiguamente despreciadas son apropiadas
por la industria y comercializadas con la denominación de origen.
Si bien solo algunas de estas experiencias forman cooperativas
en el sentido legal, estos ejercicios desarrollan negociaciones éticas
y toma de decisiones políticas sobre lo que tradicionalmente se ha
denominado problema económico (cómo cuidar los bienes comu-
nes, qué producir, cómo consumir para vivir bien colectivamente,
cuánto excedente producir y cómo repartirlo). En ella reconoce y
negocia su interdependencia con otros seres humanos, otras espe-
cies y el entorno biofísico de manera autónoma. Es en el proceso
de negociación y agencia colectiva para el mantenimiento, creación
y circulación de comunes donde se construye comunidad, unas re-
laciones comunitarias socio-naturales, una red de interdependencia
entre agentes (humanos y no-humanos) en un cierto territorio, que
posicionan lo local, colectivo y comunitario como alternativas a vi-
siones capitalocéntricas.
Economías Populares en Chile 113
Conclusiones: de las economías populares
a una economía de la vida
La primera conclusión de este trabajo es que una vez que nos qui-
tamos los lentes del capitalicentrismo para observar las relaciones
económicas, las economías populares dejan de ser un componente
marginal de lo económico para mostrar su enorme relevancia es-
tadística y social, incluso en un país de una economía tan liberal y
moderna como es Chile. De acuerdo con las estimaciones realizadas,
las economías populares movilizaban una cantidad de trabajo supe-
rior a la del total del empleo o fuerza de trabajo ocupada en Chile
(151,4%). Ello pues reconoce el trabajo efectivamente realizado –y
normalmente desconocido– al interior de las unidades domésticas y
las redes comunitaria. Del mismo modo, al valorizar económicamen-
te estas jornadas de trabajo y los de bienes y servicios producidos, el
valor de las economías populares llega a un equivalente al 45,5% del
PIB.
La economía organizada en torno al capital, es también redefi-
nida: no solo tiene una importancia menor a la que usualmente le
reconocemos, sino que también es necesario redefinir muchas de las
actividades y sectores que usualmente le reconocemos como propios.
Cabe acá, por ejemplo, una buena parte de la microempresa, que
tanto por sus montos de producción como por el tipo de relaciones
salariales que moviliza, creemos inadecuado comprenderla desde el
ámbito de la economía de capital, y que, por el contrario, forma parte
integral y dinamizadora de un sector popular de la economía.
Cuando entendemos a las economías populares de forma am-
pliada, como lo hemos hecho en este documento, reconocemos en
ellas a buena parte de la fuerza de trabajo y de la actividad económi-
ca. Deja de ser la economía de los más pobres, para ser propiamente
la economía de la mayoría. Esto es la economía de la mayor parte
de la población que trabaja y se organiza no para la acumulación
114 Beatriz Cid-Aguayo y Eduardo Letelier
de capital sino para el bienestar y la reproducción de la vida de sus
familias y colectivos.
¿Es posible historizar esta abigarrada experiencia económica?
Ciertamente las economías populares –definidas en estos términos
amplios– son parte de la vivencia cotidiana de las familias que pro-
ducen sus condiciones de existencia más allá de cuán incluidos es-
tán en la economía de capital. En el denominado momento de oro
de la economía popular chilena –en tiempos de dictadura militar–,
esta paso a definirse como economía de resistencia –frente a las cri-
sis de los años 1974 y 1982–, anudando sobrevivencia y organiza-
ción económica con resistencia política a la experiencia dictatorial.
Es así cómo las organizaciones económicas populares se entrelaza-
ron al movimiento de pobladores, aprovechando los pocos espacios
de organización en torno a las iglesias barriales, ONGs y canales de
solidaridad internacional. Cuarenta años más tarde, aparentemente
queda poco de este ejercicio de organización económica y resistencia
política. Sin embargo, los hijos y nietos de esos pobladores siguen
intentando ganarse la vida donde la economía de capital los excluye
o los explota. Ahora, estas experiencias de autogestión económica ya
no son leídas en clave de solidaridad, sino que son resignificadas en
otros códigos, colonizadas por otro lenguaje –del microemprendi-
miento y de la microempresa–, pero no por ello dejan de remitir a la
misma experiencia de producir las propias condiciones de existencia
desde los márgenes de la economía del capital. Y, asimismo, cuando
los tiempos económicos y políticos así lo requieren, como es ahora
el caso de la pandemia de COVID-19, las viejas expresiones de la
economía popular vinculadas al abastecimiento solidario, reemergen
con vitalidad y dinamismo.
Ahora bien, estos nuevos actores representan un cambio cuali-
tativo en la composición del mundo popular y sus actividades eco-
nómicas. Muchos de ellos son actores mucho más educados que
la generación que les precede, incluso con educación universitaria.
Economías Populares en Chile 115
Asimismo sus demandas y expresiones económicas muchas veces
trascienden la sola sobrevivencia, sino que hay demandas también
por calidad y estilo de vida. Ello no solo por parte de los oferentes,
sino también desde la demanda, donde nuevos patrones de consu-
mo –asociados al Buen Vivir– expresan en el consumo sus prefe-
rencias políticas. Así, los actores de las economías populares no son
solo los abandonados por la economía de capital, sino también los
desertores de la misma: quienes buscan en esta otra economía es-
pacios de expresividad, libertad y especialmente de dignidad, que no
encuentran como asalariados de la economía de capital. De hecho,
el concepto de dignidad, ha sido el eje central en el nuevo ciclo de
revuelta política que ha vivido Chile, y viene a expresarse económica-
mente en el espacio específico a las economías populares.
La caracterización que presentamos está entonces definida por
pluralidad y liminalidad, como bien se señala en la introducción
de este volumen, escapando de muchos binarismos de las defini-
ciones tradicionales. No es exclusivamente economía de los pobres,
tampoco es siempre sub-registrada ni confinada a los márgenes; su
desenvolvimiento transita entre formalidad e informalidad, entre lo
productivo y lo reproductivo, entre lo individual y lo colectivo, entre
lo solidario y lo empresarial. Lo propio de ella, es su organización no
para la acumulación de capital, sino para el bienestar y autogestión
económica del mundo popular.
Este ejercicio reclasificatorio no es solo un divertimento estadís-
tico para una mejor compresión de la diversidad de lo económico,
sino un ejercicio político que busca reconocer el valor específico de
la economía popular en su contribución a una acción económica
germinal, generativa y del cuidado. Es por ello que se planteó no solo
dimensionar las economías populares, sino reconocer sus ejercicios
de alteridad.
Para finalizar este artículo, se plantean algunas reflexio-
nes sobre cuáles son las contribuciones de estas economías
116 Beatriz Cid-Aguayo y Eduardo Letelier
populares y campesinas en la producción de una economía de la
vida. Específicamente:
1. Contribuyen a diversificar la económica territorial, más allá de
la homogeneización de la gran industria orientada a merca-
dos globales, permitiendo así producir circuitos económicos
locales, regionales y de proximidad. Se crean así mercados de
nicho y de proximidad, que dan valor a estos productos y dis-
minuyen intermediarios.
2. Localizan la riqueza de los territorios y emancipa la capacidad
de trabajo de las personas que en ella participan. Al salir de los
circuitos globales y de la hegemonía de las empresas de capi-
tal, permiten la valoración y circulación local de los recursos
territoriales. Así también, los productos de la creatividad y el
trabajo de las personas involucradas, quedan en los territorios
y sus comunidades, antes de ser drenadas por circuitos globa-
les de acumulación.
3. Muchas de ellas favorecen una práctica de coproducción co-
munidad-naturaleza. En muchas de estas actividades, el pro-
ducto –el vino, el queso, la miel, etc.– lleva impreso el carácter
del lugar, y su producción contribuye tanto al mejoramiento
económico de la localidad como al cuidado del lugar.
4. Este cuidado de un lugar compartido, se expresa en la crea-
ción, cuidado, mantención, ampliación de bienes comunes:
un ecotipo compartido, un río cuidado entre todos, una rece-
ta, praderas, o incluso la misma comunidad de productores.
Los comunes no son bienes que están allá afuera, objetiva-
mente, sino que son creados y cuidados activamente por sus
habitantes.
5. Ello lleva a relaciones reciprocas y cooperadoras entre los ac-
tores de una comunidad. Esto es, economías centradas no en
la productividad sino en las personas y los valores de uso.
Economías Populares en Chile 117
6. Promueven prácticas económicas de bajos insumos –decre-
cientes– en el uso de la energía, del agua, y de otros insumos
externos, que son sensibles a las necesidades de las economías
populares y campesinas que requieren disminuir costos y a la
vez las hacen ecoeficientes. Para ello, son interesantes tantos
la recuperación de prácticas muy tradicionales como el uso de
tecnologías modernas.
Estas historias constituyen espacios de experimentación de otras
prácticas, otras relaciones entre humanos y con la naturaleza. Son
historias de los no poderosos que, cuando dialogan y articulan, re-
presentan otra red, desde abajo, con la tierra que recomponen (sa-
nan). Son prácticas que muchas veces no vemos y aplastamos al
caminar la senda del crecimiento. Otras prácticas de las que tenemos
que aprender, que son útiles para enfrentar el presente y pensar en la
construcción de futuros. Muchos de ellos proponen sistemas econó-
micos regenerativos que permitan restaurar socioecosistemas y crear
oportunidades en los territorios. Apoyarlos, involucra problematizar
algunos elementos básicos, como el acceso y el cuidado de recursos
naturales (como el agua o las semillas), y también promover sellos
de origen y calidad de productos que representen esas prácticas. Esto
es, fomentar procesos locales de producción y consumo.
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Economías Populares en Chile 121
A economia popular
no Brasil contemporâneo
Uma análise a partir dos Censos
Demográficos 2000 e 20101
SIBELLE DINIZ Y JOÃO TONUCCI
Introdução
A crise social, econômica e política que assola o Brasil e a América
Latina, agravada pelas crises sanitárias e ambientais em curso, colo-
caram em relevo os efeitos desastrosos do capitalismo neoliberal e
a insuficiência de políticas sociais compensatórias, na ausência de
transformações mais profundas nas estruturas de distribuição de ri-
queza e poder na região. Essa crise de reprodução social legada por
décadas de neoliberalismo e séculos de colonialismo, subdesenvol-
vimento e dependência no continente, associada a novas formas de
precarização e exploração do trabalho, tem destacado formas de tra-
balho historicamente invisibilizadas mas essenciais à manutenção da
ordem social e dos circuitos de produção, distribuição e consumo
de riqueza. Os trabalhos de cuidado, de prestação de serviços em
pequena escala, do comércio popular e ambulante, de produção de
1 Parte deste texto é derivado da tese de doutorado em economia “Do precário ao
plural: realidades e possibilidades da economia popular no Brasil contemporâneo”
(Diniz, 2016).
123
alimentos, entre outros, muitas vezes organizados de forma flexível e
precária, constituem facetas de uma economia popular atravessada
por vetores de expropriação e exploração (Gago, 2017; 2019).
Este artigo se baseia na hipótese de que o olhar sobre as formas
contemporâneas de trabalho, produção e de consumo na América
Latina, e no Brasil, em particular, deve considerar a economia po-
pular em sua amplitude e heterogeneidade. As formas econômicas
populares passam pelos empreendimentos familiares, individuais e
coletivos, onde a produção se organiza em torno de recursos mate-
riais e fundo de trabalho próprios, com ou sem formalização junto
ao Estado. A noção de economia popular nos permite nomear múl-
tiplas formas de organizar a produção, a reprodução, a circulação e a
distribuição do trabalho e da vida para a maioria das classes popula-
res na região, onde as formas assalariadas de trabalho nunca foram
predominantes (Gago, Cielo e Gachet, 2018).
No caso brasileiro, a ideia de economia popular ganha espaço
nos estudos urbanos e regionais a partir dos anos 1990, amparada
nas análises de Milton Santos sobre o circuito inferior da economia
urbana (Santos, 2008 [1979]), e incorporando as contribuições de
Jose Luis Coraggio (1994; 2000), Luis Razeto (1993), além de es-
tudos brasileiros críticos às ideias clássicas de setor informal e de
economia informal (Cacciamali, 1982). Os trabalhos de Kraychet-
te (2000, 2006), Tiriba (2004), Monte-Mór (2008), Gaiger (2019),
Lago (2019) e Diniz (2020) discutem a relevância da economia po-
pular no Brasil, em articulação aos processos de desemprego estrutu-
ral e de urbanização ocorridos desde o fim do século XX.2 Entretanto,
2 Cabe ressaltar que, no Brasil, a discussão sobre economia popular se entrelaça aos
debates sobre a economia solidária e a economia popular solidária, sob forte in-
fluência da obra e da militância política de Paul Singer (2000; 2002), bem como da
organização e das conquistas institucionais do movimento social ligado à economia
solidária no país (Diniz, 2016). No entanto, este trabalho não propõe tratar dessa
articulação, atendo-se à discussão da economia popular no contexto brasileiro, em
seus sentidos histórico e contemporâneo.
124 Sibelle Diniz y João Tonucci
não ocorreram tentativas de mapeamento extensivo dessas práticas
no país.
Nesse sentido, o artigo apresenta um exercício de leitura da eco-
nomia popular no Brasil a partir dos últimos Censos Demográficos,
realizados em 2000 e 2010. Em que pesem os desafios metodológi-
cos envolvidos, busca-se construir aproximações sobre quem são os
trabalhadores da economia popular e quais as suas relações, explíci-
tas nas características do trabalho, nas configurações familiares e do-
miciliares e na distribuição regional. Para essa construção, partiu-se
de uma adaptação da tipologia de Hirata e Machado (2007) para se
chegar a uma aproximação da economia popular. São combinadas
informações do setor de ocupação do trabalhador com sua posição
na ocupação e, ainda, com a composição do trabalho na família.
Assim, este trabalho busca contribuir para o reconhecimento da
extensão e da ubiquidade da economia popular no Brasil, bem como
reforçar sua centralidade para a reprodução social das maiorias que
constituem os grupos populares, a despeito da visão predominante
que as classifica como minoritárias, transitórias, improdutivas e não
geradoras de valor. Busca, ainda, um diálogo com as leituras críticas
contemporâneas sobre as economias populares, que buscam com-
preendê-las a partir de suas ambiguidades e contradições, ressaltan-
do seu caráter relacional e seus potenciais de construção de práticas e
de subjetividades políticas (Gago, 2017; Gago, Cielo e Gachet, 2018;
Tassi et al., 2012).
Cabe ressaltar que o exercício aqui apresentado não objetiva for-
necer respostas definitivas, mas sim levantar apontamentos e pos-
sibilidades, contribuindo para uma agenda de pesquisa que parta
tanto dos dados secundários quanto de estudos de caso de orienta-
ção quali-quantitativa e que abranjam realidades mais específicas do
ponto de vista de recortes setoriais e territoriais. Na primeira seção,
apresenta-se uma breve revisão do debate sobre economia popular
na América Latina e no Brasil. A segunda seção apresenta os dados
A economia popular no Brasil contemporâneo 125
utilizados e a metodologia aplicada. A terceira seção traz o conteú-
do detalhado da análise empírica realizada. Por fim, as considerações
finais sistematizam os principais resultados, acrescidos de reflexões
críticas sobre a economia popular no Brasil.
A economia popular na América Latina e no Brasil
Apesar dos muitos termos e conceitos envolvidos na discussão so-
bre “economias diversas” (Gibson-Graham, 2008) ou “outras eco-
nomias” (Cattani et al., 2009), este trabalho se ampara na ideia de
economia popular para tratar de um conjunto expressivo de práticas
econômicas e sociais responsáveis pela reprodução de um expressivo
conjunto de trabalhadores no Brasil e na América Latina. Essas práti-
cas, fortemente intensivas em trabalho, organizadas em torno de uni-
dades produtivas individuais e coletivas, formalizadas ou não junto
ao Estado, foram tratadas por autores como Razeto (1993), Coraggio
(1994; 2000) e Kraychete (2000; 2006), em uma tentativa de con-
traponto às noções de setor informal e de economia informal, que
então se colocavam fortemente na América Latina por influência de
teóricos como De Soto (1987; 2001) e pela ação dos organismos
multilaterais.
Mais recentemente, as economias populares vêm sendo pesqui-
sadas e conceitualizadas a partir de abordagens que enfatizam os
antagonismos políticos e as ambiguidades encontradas nas relações
que as múltiplas formas de trabalho que excedem o assalariamento
e a formalidade do Estado estabelecem com os processos de acu-
mulação, despossessão e financeirização (Cielo, 2018; Gago, 2017;
2019). Nessa abordagem, as economias populares aparecem como
uma série de saberes e formas de fazer que garantem a reprodução
social nos territórios de populações marcadas pelo despojo neolibe-
ral, articulando elementos modernos e tradicionais, locais e globais.
126 Sibelle Diniz y João Tonucci
No Brasil e na América Latina, onde as formas assalariadas de
trabalho nunca foram predominantes, as economias populares ocu-
pam historicamente parcela significativa da força de trabalho, além
de garantirem bens e serviços demandados pelos diferentes grupos
sociais e não atendidos pelas formas econômicas empresariais ou
pelo Estado. Essa configuração é balizada pelos processos vivencia-
dos no século XX, quando modernização incompleta e urbanização
acelerada foram acompanhadas pelo acirramento das desigualdades
e pela não consolidação de um Estado de bem-estar social. Tal con-
formação garantiu espaço para redes de solidariedade, ajuda mútua
e economia popular.
Dito de outro modo, a economia popular, com seu componen-
te de solidariedade (Razeto, 1993; Coraggio, 1994; 2000), sempre
existiu em nossa sociedade colonial, como elemento estrutural e
integrado às redes de produção de articulação internacional, mas
teve seu papel transformado nas décadas recentes, tendo em vista as
reconfigurações no mundo da produção e do trabalho. Sob o capi-
talismo pós-fordista e neoliberal, essa economia se coloca, em dife-
rentes graus, como componente da precarização do trabalho. Assim
como ocorre nos países centrais, as redes de organização familiar e
patriarcal do trabalho se integram aos processos de flexibilização e
fragmentação produtivas, acompanhando os movimentos de femi-
nização do trabalho, redução de garantias trabalhistas e queda dos
ganhos reais. No Brasil, o chamado circuito inferior da economia urba-
na (Santos, 2008 [1979]), reconfigura-se em função das mudanças
no nível organizacional, tecnológico, informacional e das finanças,
movendo-se, em grande medida, em função dos movimentos do cir-
cuito superior (Silveira, 2010; 2011). Os dois circuitos parecem, no
entanto, cada vez mais interdependentes, ou seja, as formas produti-
vas que compõem o circuito inferior são cada vez mais cruciais para
o desenvolvimento e expansão do circuito superior.
A economia popular no Brasil contemporâneo 127
No caso brasileiro, seguindo a formulação original de autores
como Orlando Nuñez, Luis Razeto e Jose Luis Coraggio, a econo-
mia popular é pensada como o conjunto de atividades econômicas e
práticas sociais desenvolvidas pelos membros das classes populares,
no campo e na cidade, a partir do uso da própria força de trabalho e
de recursos próprios (Kraychete, 2000; 2006). Sua dinâmica combi-
na a produção doméstica com as relações mercantis, numa conexão
difusa entre valores de uso e valores de troca que não caminha para
o desaparecimento nem para a desconexão com o mercado. O tra-
balho é o principal fator produtivo dessas unidades onde produção
e reprodução se entrecruzam, e cuja organização interna passa pela
produção associada (cooperativas, associações, grupos de compra,
sistemas de troca locais), pequenos negócios familiares e pelo tra-
balho individual (autônomos, “conta própria”), voltados ou não ao
mercado.
Lisboa (2004) identifica Milton Santos como precursor do uso
da categoria economia popular no Brasil, pois esta retoma um con-
junto de características que o autor atribuía ao circuito inferior da
economia urbana em países subdesenvolvidos. Por exemplo, para
Santos (2008[1979]), ao contrário do que assume a dicotomia for-
mal-informal, não se trata de assumir a existência de um conjunto de
decisões racionais e coordenadas em oposição a um outro grupo de
ações irracionais e incorretas. O circuito inferior também é provido
de uma racionalidade, e, ademais, as racionalidades econômicas são
sempre múltiplas.
Nas práticas da economia popular, a racionalidade econômica
está muitas vezes subordinada às necessidades de reprodução das
unidades domésticas, o que implica¸ por exemplo, dificuldade de
substituição de trabalhadores e o grande peso dado ao fator trabalho
frente ao capital. Além disso, um comportamento tido como irracio-
nal ou ineficiente, sob a lógica do capital, pode assumir outro signi-
ficado nas unidades econômicas populares. Por exemplo, a perda de
128 Sibelle Diniz y João Tonucci
emprego de um dos membros na unidade doméstica é vista como
um “custo adicional” do negócio, uma vez que os recursos que se-
riam destinados ao empreendimento costumam ser redirecionados
para o consumo familiar básico (Kraychete, 2006). Assim, os meios
de trabalho se confundem com os meios de reprodução cotidiana. A
produção se une à reprodução, a primeira se subordinando à última,
e não o contrário.
Para Coraggio (1994; 2000), as células da economia popular são
as unidades domésticas que dependem principalmente do exercício
de seu trabalho para se reproduzirem biológica e culturalmente. A
unidade doméstica, enquanto organização econômica característica
da economia popular (fundada sobre relações de parentesco, de afi-
nidade, étnicas, etc.), organiza os recursos e as capacidades de seus
membros (seu fundo de trabalho) para gerir a satisfação de suas ne-
cessidades, tendo como objetivo último a reprodução da vida nas
melhores condições possíveis (reprodução ampliada). Enquanto a
reprodução simples equivale à manutenção da vida dos membros da
unidade doméstica em um nível aceito como mínimo, a reprodução
ampliada denota uma melhora de qualidade de vida ao longo do
tempo, não apenas por maiores rendimentos, mas pelo acesso aos
bens públicos, melhor qualidade do consumo, de relações sociais, de
condições de moradia, etc.
Leituras críticas mais contemporâneas, como aquelas reunidas
neste livro, referem-se às economias populares para nomear um
conjunto heterogêneo de práticas, circuitos e instituições através dos
quais os setores subalternos e populares garantem parte considerável
da sua reprodução, produzindo e trocando valores de uso e merca-
dorias, e disputando a riqueza social. Nessas leituras, as economias
populares se valem de uma enorme quantidade de tarefas reprodu-
tivas e circuitos econômicos que extravasam as fronteiras da unidade
doméstica par as ruas, bairros e comunidades (Gago, 2017).
A economia popular no Brasil contemporâneo 129
Vale ressaltar que, ainda que as economias populares na América
Latina se vinculem aos momentos de crise, elas não se reduzem à
temporalidade da crise, guardando vínculos com processos e práticas
de exclusão e resistência de longa duração no continente. Tampouco
as economias populares estão circunscritas a circuitos locais ou a es-
paços periféricos e marginalizados. Muito pelo contrário, as conexões
territoriais multi-escalares e a centralidade das economias populares
são múltiplas, pluralizando também o que se entende convencional-
mente como trabalho (Tassi et al., 2012; Gago, 2017; Álvarez, 2018).
Nesse sentido, cabe pensar em que medida a economia popular,
em suas múltiplas faces, apresenta-se como característica permanen-
te das economias latino-americanas e em que situações ela se con-
figura como embrião de processos de transformação. Embora seja
frequentemente associada a um movimento conjuntural ou transi-
tório, resultante de processos de desemprego e exclusão, é possível
pensá-la como parte de um processo de organização popular mais
amplo e permanente, calcada em práticas e saberes de longa duração
e sugerindo sua compreensão também como fenômeno político.
Metodologia: identificando a economia popular
Nesta seção, busca-se contribuir para a discussão sobre a configura-
ção contemporânea da economia popular, procurando apreendê-la
empiricamente a partir dos dados dos Censos Demográficos de 2000
e 2010, a despeito de suas limitações. Este exercício se justifica pela
defesa de reconhecimento da economia popular como elemento
constituinte da economia brasileira e orientador de novas leituras
econômicas que permitam proposições inovadoras e modos de re-
gulação alternativos. É justificado, ainda, pela inexistência de sistema-
tizações mais amplas sobre essa economia no Brasil.
De modo mais geral, pretende-se partir dos dados domiciliares
no Brasil para caracterizar os trabalhadores da economia popular e
130 Sibelle Diniz y João Tonucci
suas relações, explícitas nos processos de trabalho, em suas confi-
gurações domiciliares e sua distribuição regional. Que função cum-
pre a economia popular na reprodução das famílias, e no todo do
sistema econômico? E que modificações se deram nesta economia
nos anos recentes, com os movimentos de reconfiguração produtiva
e as transformações significativas no mercado de trabalho? Quais
são seus principais atores, como se organizam em torno da uni-
dade doméstica e quais os meios a partir dos quais organizam sua
reprodução?
Como será descrito adiante, as respostas às perguntas colocadas
são fortemente restritas pela disponibilidade de informações nas pes-
quisas domiciliares. As bases de dados não permitem, por exemplo,
tratar as conexões multi-escalares da economia popular, que, como
sabemos, transpassam territórios e dinâmicas diversas. Tampouco é
possível identificar as dinâmicas de articulação política das unidades
produtivas, ou suas temporalidades específicas. Apesar disso, enten-
de-se que o exercício aqui apresentado permite iluminar questões a
serem aprofundadas em estudos posteriores, focados em territórios
específicos e em pesquisa primária.
Bases de dados
O Censo Demográfico é a pesquisa de maior cobertura amostral no
Brasil, sendo realizado decenalmente, e compreende dois questio-
nários básicos: o questionário do universo, simplificado, aplicado à
totalidade dos domicílios, e o questionário amostral, aplicado a cerca
de 11% dos domicilios.3 As questões abrangidas pela pesquisa são:
infraestrutura domiciliar, acesso a serviços e presença de bens de
consumo no domicílio, características dos moradores (sócio demo-
gráficas, trabalho e rendimento, deficiências, migração, escolaridade,
3 A fração amostral varia segundo o tamanho da população nos municípios.
A economia popular no Brasil contemporâneo 131
fecundidade e mortalidade). O total de domicílios recenseados foi
de 54,3 milhões, entre agosto e novembro de 2000, e 67,6 milhões,
entre agosto e outubro de 2010. No exercício apresentado, são utili-
zados os dados amostrais, expandidos a partir dos pesos amostrais. A
amostra em análise diz respeito a todos os trabalhadores ocupados
na semana de referência das pesquisas.
A escolha pelo Censo Demográfico se deu por sua cobertura re-
gional, uma vez que abrange as áreas rurais e apresenta representa-
ção amostral no nível municipal. Tendo em vista a inexistência de
sistematizações amplas sobre a economia popular no Brasil, bem
como a heterogeneidade que marca essa economia, do ponto de vis-
ta dos trabalhadores e de sua configuração regional, acredita-se que
a leitura a partir dos Censos Demográficos fornece uma aproxima-
ção adequada à escala e diversidade dessas formas econômicas. Além
disso, a análise dos dois pontos do tempo (2000 e 2010) possibilita
uma visão das grandes mudanças ocorridas na primeira década deste
século.4
Identificação da economia popular
O primeiro desafio metodológico envolvido está na identificação dos
trabalhadores da economia popular nas pesquisas domiciliares, uma
vez que as categorias dessas pesquisas se orientam por critérios em
princípio incompatíveis com a formalização teórica da economia po-
pular. As pesquisas não permitem identificar diretamente as práticas
da economia popular. Sendo assim, o que se propõe é um recorte a
partir das informações disponíveis, que representa um subconjunto
do vasto e heterogêneo universo em discussão.
4 Infelizmente, o Censo Demográfico previsto para 2020 não se realizou, em função
da conjuntura sanitária, política e institucional então vigente no país. A pesquisa foi
a campo no ano de 2022, mas os dados ainda não foram disponibilizados em sua
completude.
132 Sibelle Diniz y João Tonucci
A ideia de economia popular, embora não se confunda com a de
economia informal, abarca, em grande medida, práticas não reco-
nhecidas pelo Estado, de baixa escala e intensivas em trabalho, mui-
tas vezes categorizadas, nos estudos de economia do trabalho, como
parte da “economia informal” ou do “setor informal”. Tendo em
vista essa aproximação, neste percurso metodológico recorre-se ao
trabalho de Hirata e Machado (2007) para a economia informal, que
parte da heterogeneidade característica deste setor para propor uma
tipologia dos trabalhadores nas pesquisas domiciliares do Brasil. Para
os autores, fatores como o histórico familiar e a preocupação com
a qualidade de vida podem orientar a busca pelo próprio negócio,
por jornadas de trabalho mais flexíveis, etc. Nesse sentido, a inser-
ção na economia informal não deve ser caracterizada apenas como
estratégia de sobrevivência, ou seja, suas práticas não devem ser as-
sociadas unicamente a trabalhadores em situação de desvantagem
ou exclusão do mercado, como os de baixa escolaridade. Os autores
propõem, então, uma tipologia que mescla o tipo de unidade pro-
dutiva e o tipo de ocupação para definir categorias de análise, à se-
melhança do colocado por Hussmanns (2004). Partindo de critérios
de produtividade, legalidade e subordinação, propõem a seguinte
classificação, que se orienta pelas categorias de posição na ocupação
e pelos grupos de ocupação nas pesquisas domiciliares brasileiras:
a. O “setor formal típico” ou a “economia formal”, formado pe-
los empregadores, os assalariados com carteira de trabalho
assinada e os trabalhadores por conta própria com formação
específica (profissionais autônomos ou liberais, que apresen-
tam maiores possibilidades de regulamentação do exercício de
trabalho, como médicos, dentistas, advogados, etc.);
b. A “economia informal”, formada por três “setores informais”:
A economia popular no Brasil contemporâneo 133
1. O serviço doméstico, associado à subordinação e à estra-
tégia de sobrevivência, ainda que sob relações formais de
trabalho5;
2. Os trabalhadores por conta própria sem qualificação espe-
cífica e os pequenos empregadores, que podem ou não es-
tar subordinados às firmas capitalistas;
3. O conjunto dos assalariados sem carteira de trabalho assi-
nada, para o qual, assim como no subgrupo anterior, não
há clareza sobre a estratégia seguida pelos indivíduos;
c. Os funcionários públicos estatutários e os militares, que com-
põem uma categoria à parte.
A tipologia de Hirata e Machado (2007) deixa clara a diversidade
de estratégias seguidas pelos trabalhadores no mercado de trabalho
brasileiro, e, sobretudo, a heterogeneidade presente nos subgrupos
(b.2) e (b.3), onde são pouco claros os determinantes da inserção no
chamado setor informal.
O presente trabalho adota um recorte próximo do subgrupo
(b.2) e de um conjunto de adaptações que são descritas a seguir.
Em primeiro lugar, é considerado o conjunto dos trabalhadores por
conta própria com ocupação não ligada a formação específica (supe-
rior ou técnica), ou seja, que não se configuram como profissionais
liberais. No Censo Demográfico 2010, o trabalhador por conta pró-
pria é definido como: “pessoa que trabalhava explorando o seu pró-
prio empreendimento, sozinha ou com sócio, sem ter empregado,
ainda que contando com ajuda de trabalhador não remunerado”.6
Seguindo a proposta de Hirata e Machado, foi realizada uma se-
leção das ocupações de interesse dentre os Grupos de Base da
5 Dadas suas peculiaridades no caso brasileiro, este setor é tratado separadamente nas
análises.
6 Notas metodológicas do Censo Demográfico (2010).
134 Sibelle Diniz y João Tonucci
CBO-Domiciliar7, utilizada como referência nos Censos de 2000 e
2010. Em resumo, não foram incluídas as ocupações dos seguintes
grandes grupos da CBO-Domiciliar:
• Membros superiores do poder público, dirigentes de organi-
zações de interesse público e de empresas, gerentes;
• Profissionais das ciências e das artes;
• Técnicos de nível médio (exceto Artistas de artes populares);
• Trabalhadores de serviços administrativos;
• Membros das forças armadas, policiais e bombeiros militares.
Para além dos trabalhadores por conta própria, buscou-se captar as
unidades produtivas familiares. Mantendo o recorte de ocupações,
foram incluídos os empregadores com até 5 empregados8 e que pos-
suíam no domicílio pelo menos um trabalhador não remunerado
ou empregado sem carteira em ocupações próximas à do emprega-
dor (ocupações no mesmo Grupo de análise, segundo o Quadro 1).
Excluem-se, assim, os empregadores que movimentam mão de obra
de outros domicílios. Essa escolha foi feita devido à dificuldade de se
diferenciar, nas pesquisas domiciliares disponíveis, as práticas da eco-
nomia popular daquelas ditas empresariais, no caso do trabalhador
que declara empregar outro(s). É possível que essa escolha metodo-
lógica implique em uma subestimação da economia popular, tendo
7 Classificação Brasileira de Ocupações.
8 Os empregadores são definidos no Censo Demográfico 2010 como: “pessoa que
trabalhava explorando o seu próprio empreendimento com pelo menos um empre-
gado”. O Censo de 2010 diferencia apenas os empregadores com até 5 empregados
daqueles com 6 ou mais empregados. Acredita-se que o grupo de trabalhadores
da economia popular esteja sobre-representado na primeira subcategoria, uma vez
que as unidades produtivas da economia popular tendem a ser de porte inferior a
5 membros. Entretanto, acredita-se que esse problema é minimizado pelos recortes
apresentados adiante.
A economia popular no Brasil contemporâneo 135
em vista a relevância das relações comunitárias e de vizinhança em
suas práticas e circuitos de produção e circulação de riqueza.
Por fim, são incluídos, dentro das ocupações selecionadas: os
trabalhadores não remunerados em auxílio a trabalhador por conta
própria ou empregador com até 5 empregados residente no domicí-
lio; os empregados sem carteira em auxílio a empregador com até 5
empregados residente no domicílio; e os que trabalham para o pró-
prio consumo. Essas categorias de posição na ocupação são definidas
a seguir, segundo o Censo Demográfico de 2010:
• Empregado: “pessoa que trabalhava para um emprega-
dor (pessoa física ou jurídica), geralmente obrigando-se ao
cumprimento de uma jornada de trabalho e recebendo, em
contrapartida, uma remuneração em dinheiro, mercadoria,
produtos ou benefícios (moradia, alimentação, vestuário, trei-
namento, etc.)”.9
• Não remunerado: “pessoa que trabalhou sem remuneração,
durante pelo menos uma hora completa na semana de re-
ferência, em ajuda na atividade econômica de morador do
domicílio que era conta própria, empregador ou empregado
do setor privado”;10
• Trabalhador na produção para o próprio consumo: “pessoa
que trabalhou, durante pelo menos uma hora completa na
semana de referência, na produção de bens, em atividade da
agricultura, pecuária, caça, produção florestal, pesca ou aqui-
cultura, destinados somente à alimentação de, pelo menos,
um morador do domicílio”;
9 Os Censos Demográficos de 2000 e 2010 adotam as mesmas categorias referentes à
posição na ocupação, à exceção da categoria “aprendiz ou estagiário” sem remune-
ração, que em 2010 foi agregada à categoria “empregado”.
10 Não foram considerados os trabalhadores em auxílio a empregado do setor privado.
136 Sibelle Diniz y João Tonucci
Outra limitação diz respeito ao Censo Demográfico reportar apenas
o trabalho principal, enquanto, em parte dos casos, a atividade na
economia popular pode ocorrer no segundo ou terceiro trabalho
(caso dos pequenos “bicos” nos finais de semana e no tempo livre).
Buscou-se identificar as unidades produtivas segundo o número
de trabalhadores envolvidos dentro do domicílio. O Quadro 1 re-
sume o procedimento de chegada a essas unidades produtivas, que
são denominadas: i) unidade doméstica individual, quando o traba-
lhador atua sozinho em relação aos demais membros do domicílio;
ii) unidade doméstica familiar, quando mais de um trabalhador do
domicílio atuam na mesma ocupação ou em ocupações próximas11.
Quadro 1. Construção do recorte da economia popular,
segundo unidades domésticas
Construção a partir de variáveis de ocupação dos Censos
Unidade produtiva
Demográficos
Unidade doméstica - Trabalhador por conta própria atuando sozinho;
individual - Trabalhador para o próprio consumo atuando sozinho.
- Trabalhadores por conta própria (2 ou mais) do mesmo domicílio
atuando na mesma ocupação ou em ocupações próximas;
- Trabalhador(es) por conta própria do mesmo domicílio atuando
na mesma ocupação ou em ocupações próximas, com o auxílio de
trabalhador(es) não remunerado(s);
Unidade doméstica - Trabalhadores na produção para o próprio consumo (2 ou
familiar mais) do mesmo domicílio atuando na mesma ocupação ou em
ocupações próximas;
- Empregador(es) do mesmo domicílio atuando na mesma ocupação
ou em ocupações próximas, com o auxílio de trabalhador(es)
não remunerado(s) ou empregado(s) sem carteira residentes no
domicílio e em ocupações próximas.
Fonte: Elaboração própria.
Grosso modo, a análise proposta se baseia numa divisão da força de
trabalho ocupada em cinco grandes grupos de trabalhadores:
11 Como ocupações próximas, são consideradas as ocupações dentro de cada grupo
definido no Quadro 2, apresentado adiante.
A economia popular no Brasil contemporâneo 137
• A economia popular, composta pelas unidades domésticas in-
dividuais ou familiares, segundo descrição do Quadro 1;
• Os trabalhadores assalariados informais, ou seja, aqueles con-
tratados sem carteira de trabalho assinada;
• Os trabalhadores domésticos;
• A economia formal, composta pelos trabalhadores assalaria-
dos com carteira de trabalho assinada e pelos profissionais
liberais;
• A economia do setor público, composta pelos trabalhadores
estatutários e pelos militares;
• Outros trabalhadores não incluídos nos grupos acima.
O foco do exercício empírico é colocado sobre as unidades produtivas
de pequeno porte amparadas no fundo de trabalho e em recursos pró-
prios. Acredita-se que esse conjunto de trabalhadores se aproxima das
definições de Razeto (1993) e Coraggio (1994, 2000) para a economia
popular, uma vez que é compatível com as seguintes características:
• O exercício do trabalho é realizado a partir de meios de pro-
dução próprios, podendo contar com mão de obra familiar;
• Escala de organização pequena o suficiente para admitir rela-
ções econômicas interpessoais, não necessariamente interme-
diadas pelo mercado e pela concorrência;
• Ausência de relação sistemática de emprego ou assalariamento;
• Remete a unidades produtivas que se amparam no fundo de
trabalho, em que os meios de produção são muitas vezes par-
te da reprodução familiar, e que se inserem em redes de coo-
peração intra e inter domiciliares.
Considerando-se ainda a grande heterogeneidade de ocupações
dentro do recorte adotado, assumiu-se uma divisão em 3 grupos,
que é apresentada no Quadro 2. O primeiro grupo diz respeito às
138 Sibelle Diniz y João Tonucci
ocupações na agropecuária, caça, pesca e extrativismo. O segundo
abrange as ocupações do comércio e dos serviços. Já o terceiro gru-
po abrange a produção artesanal, a construção civil e as ocupações
ligadas à indústria. A descrição completa das ocupações incluídas em
cada Grupo pode ser encontrada em Diniz (2016).
Quadro 2. Descrição dos Grupos de análise na economia popular
Ocupações consideradas
Grupos de análise Grupo de ocupações (CBO-Domiciliar Censos
2000 e 2010)
Agropecuária, caça, pesca e
Economia popular – Grupo 1 6110 a 6430
extrativismo
3761 a 3764;
Economia popular – Grupo 2 Comércio e serviços
5101 a 5243
Fabricação artesanal,
Economia popular – Grupo 3 7101 a 9922
construção civil e indústria
Fonte: Elaboração própria.
Desse modo, na próxima seção, sempre que se mencionar a econo-
mia popular, faz-se referência ao recorte acima descrito, assumindo
as dificuldades metodológicas tratadas acima, dados os desafios en-
volvidos na aproximação às categorias das pesquisas domiciliares.
Resultados: um perfil da economia popular
Participação no emprego total
Um primeiro resultado que se deve evidenciar é a estabilidade do gru-
po, em termos absolutos, entre 2000 e 2010, o que ocorre a despeito
do aumento da participação dos postos de trabalho formais no total
da economia (Tabela 1). Isso significa que a economia popular perma-
nece como estratégia significativa de inserção para um conjunto de
trabalhadores e de famílias, apesar das melhorias das condições gerais
de renda, escolaridade, moradia, entre outras que se verificaram no
período. Este resultado sugere uma estabilidade da economia popular
A economia popular no Brasil contemporâneo 139
ao longo das décadas, nas América Latina, em oposição a um suposto
caráter transitório e articulado aos momentos de crise.
O conjunto de trabalhadores na economia popular, segundo o
recorte adotado, reunia 16,7 milhões de pessoas em 2000, corres-
pondendo a 25,4% do total de ocupados no país. Esse grupo cresce
marginalmente em termos absolutos, chegando em 2010 a 17,2 mi-
lhões de trabalhadores e 19,9% dos ocupados. A Tabela 1 retrata o
processo de formalização do trabalho que ocorre ao longo da década
de 2000, com um aumento expressivo da participação dos assalaria-
dos com carteira assinada e dos empregadores e autônomos. Tanto o
recorte da economia popular quanto os trabalhadores domésticos e
os assalariados sem carteiraperdem participação relativa no período,
embora signifiquem, em seu conjunto, uma parcela bastante signifi-
cativa do total: 43,7%, em 2010, contra 53,8%, em 2000.
Tabela 1. Trabalhadores da economia popular e em outras categorias
de ocupação, Brasil, 2000 e 2010
2000 2010 2000-2010
Em % Em % Em Cresc.
% %
milhões acum. milhões acum. milhões (%)
Economia popular
7,0 10,6 10,6 7,6 8,8 8,8 0,7 9,4
- Grupo 1
Economia popular
Economia popular 4,9 7,5 18,1 4,1 4,7 13,6 -0,8 -16,8
- Grupo 2
Economia popular
4,8 7,3 25,4 5,4 6,3 19,9 0,6 13,5
- Grupo 3
Trabalhadores
Domésticos 5,0 7,6 33,0 6,0 6,9 26,8 0,9 18,9
domésticos
Trabalhadores Assalariados sem
12,2 18,6 51,6 13,4 15,6 42,4 1,2 10,0
assalariados informais carteira
Assalariados com
22,4 34,2 85,8 37,1 43,0 85,4 14,7 65,3
carteira
Economia formal
Empregadores e
4,2 6,5 92,3 7,0 8,1 93,5 2,7 64,4
autônomos
Economia do setor
Setor público 3,7 5,6 97,9 4,7 5,4 98,9 1,0 25,9
público
Outros * Outros 1,4 2,1 100,0 1,1 1,1 100,0 -0,3 -19,4
Total 65,6 100,0 100,0 86,4 100,0 100,0 20,7 31,6
Fonte: Elaboração própria a partir dos microdados dos Censos Demográficos de 2000 e 2010 (IBGE).
* Não remunerados e produtores para o próprio consumo não incluídos nos demais grupos.
140 Sibelle Diniz y João Tonucci
Os Gráficos 1 a 4 apresentam a distribuição dos trabalhadores segun-
do recortes regionais. A participação da economia popular é muito
significativa nas áreas rurais do país e essa importância se mantém
no tempo, estando aliada, sobretudo, às atividades da agricultura e
pecuária. A economia popular ocupava cerca de metade dos traba-
lhadores nas áreas rurais, nos dois anos.
Já nas áreas urbanas, a economia popular perde participação no
período. Em 2010, a EP correspondia a 11,5% dos trabalhadores nas
capitais, 13,6% nas Regiões Metropolitanas e 14,7% nas áreas ur-
banas. Em 2000, esses valores eram iguais a 16,2%, 16,7% e 19,3%,
respectivamente. A perda de participação é relacionada ao encolhi-
mento relativo dos Grupos 2 e 3, que correspondem às maiores par-
celas da economia popular nessas áreas.
Note-se que a dinâmica dos Grupos 2 e 3 se diferencia conside-
ravelmente entre as áreas urbanas e as rurais. Ao contrário do que
ocorre nas áreas rurais, esses grupos perdem participação sobretudo
nos municípios maiores, nas regiões metropolitanas e capitais, o que
pode estar associado aos processos de formalização do trabalho.
Gráfico 1. Distribuição dos trabalhadores por recortes regionais, 2000
Fonte: Elaboração própria a partir dos microdados do Censo Demográfico de 2000 (IBGE).
A economia popular no Brasil contemporâneo 141
Gráfico 2. Distribuição dos trabalhadores por recortes regionais, 2010
Fonte: Elaboração própria a partir dos microdados do Censo Demográfico de 2010 (IBGE).
Para as grandes regiões, observa-se maior participação da economia
popular no Norte (30,1% do total de ocupados, em 2010), seguido
de Nordeste (28,1%) e Sul (20,5%). Para todas as regiões, nota-se
redução de participação dos três Grupos em análise, destacando-se a
queda mais significativa do Grupo 2 (comércio e serviços). O Sudeste
é a região que registra menor participação da economia popular no
total de ocupados (14%, em 2010, e 18%, em 2000).
Gráfico 3. Distribuição dos trabalhadores por grandes regiões, 2000
Fonte: Elaboração própria a partir dos microdados do Censo Demográfico de 2000 (IBGE).
142 Sibelle Diniz y João Tonucci
Gráfico 4. Distribuição dos trabalhadores por grandes regiões, 2010
Fonte: Elaboração própria a partir dos microdados do Censo Demográfico de 2010 (IBGE).
A Tabela 2 apresenta a distribuição dos trabalhadores nos municí-
pios, segundo o tamanho da população. A participação da economia
popular no total de ocupados varia inversamente ao tamanho do
município, ou seja, é maior nos municípios de menor porte. Embora
se apresente relevante também nas cidades com mais de 500.000
habitantes (11,6% do total de trabalhadores, em 2010), a maior per-
da de participação da economia popular entre os anos ocorre nesses
municípios maiores.
É justamente nos municípios maiores e mais centrais (capitais e
regiões metropolitanas) que ocorrem os maiores avanços no sentido
do emprego formal, que ganha espaço em detrimento dos Grupos 2
e 3 da economia popular. Enquanto o grupo de ocupações ligadas ao
comércio e aos serviços perde participação no período independen-
temente do tamanho do município, o Grupo 3 (fabricação artesanal,
construção civil e indústria) perde mais participação nos municípios
maiores. Deve-se ressaltar, no entanto, que a tendência, em termos
absolutos, é de crescimento do Grupo 2 e retração do Grupo 3.
A economia popular no Brasil contemporâneo 143
Tabela 2. Distribuição dos trabalhadores por classes de municípios
(tamanho da população), 2000 e 2010
Até 20.001 a 100.001 a Mais de
20.000 100.000 500.000 500.000 Brasil
habit. habit. habit. hab.
Economia 2000 28,4 15,4 2,5 0,4 10,6
popular Grupo 1 2010 25,1 14,7 2,6 0,5 8,8
Economia Economia 2000 5,2 7,3 8,5 8,5 7,5
popular popular Grupo 2 2010 3,3 4,5 5,2 5,3 4,7
Economia 2000 5,7 7,4 8,6 7,3 7,3
popular Grupo 3 2010 5,1 6,6 7,3 5,8 6,3
Trabalhadores 2000 6,1 7,8 8,6 7,8 7,6
Domésticos
domésticos 2010 5,9 6,9 7,3 7,1 6,9
Trabalhadores 2000 22,3 20,8 16,6 15,6 18,6
Assalariados sem
assalariados
carteira 2010 21,4 18,8 12,8 12,1 15,6
informais
Assalariados 2000 19,5 28,3 41,6 44,1 34,2
com carteira 2010 27,0 35,6 50,2 51,7 43,0
Economia
formal 2000 3,5 5,3 7,2 9,0 6,5
Empregadores e
autônomos 2010 4,7 6,5 8,6 10,7 8,1
Economia do 2000 5,6 5,1 5,4 6,5 5,6
Setor público
setor público 2010 5,9 4,9 5,1 5,8 5,4
2000 3,7 2,7 1,2 1,0 2,1
Outros* Outros
2010 1,7 1,5 0,9 1,1 1,3
2000 100,0 100,0 100,0 100,0 100,0
Total
2010 100,0 100,0 100,0 100,0 100,0
Fonte: Elaboração própria a partir dos microdados dos Censos Demográficos de 2000 e 2010 (IBGE).
* Não remunerados e produtores para o próprio consumo não incluídos nos demais grupos.
Principais ocupações na economia popular
O Quadro 3 resume as principais ocupações encontradas dentro do
recorte adotado. O Quadro foi construído a partir da tabela completa
de ocupações com suas respectivas participações, que é apresentada
em Diniz (2016). Note-se a grande heterogeneidade de ocupações,
inclusive dentro dos subgrupos analisados.
No que diz respeito à variação entre 2000 e 2010, o Grupo 1
apresentou estabilidade quanto à composição das ocupações, ligadas
predominantemente à agricultura e à pecuária. Destacam-se ape-
nas o crescimento do grupo de pescadores e caçadores e a perda de
144 Sibelle Diniz y João Tonucci
participação do extrativismo florestal. Já no Grupo 3, destaca-se o
crescimento das ocupações ligadas à construção civil e também os
operadores de máquinas de costura (duas maiores participações no
Grupo). A composição das ocupações não varia consideravelmen-
te entre os anos e abrange, para além das confecções e da constru-
ção civil e setores relacionados, a fabricação artesanal de alimentos,
os condutores de veículos particulares e as ocupações nos serviços
produtivos.
O Grupo 2 é aquele que sofre maiores alterações no período,
em termos de composição das ocupações. O maior crescimento
absoluto ocorre entre os vendedores do comércio (maior participa-
ção no Grupo para os dois anos) e as ocupações ligadas aos servi-
ços pessoais: serviços de higiene e embelezamento (segunda maior
participação no Grupo), cuidados de crianças e idosos, atendentes
de enfermagem, parteiras e afins (participações mais baixas). Tam-
bém apresentaram crescimento significativo o grupo de vendedores
a domicílio, catadores de material reciclável, cozinheiros, camareiros,
roupeiros e afins. O grupo de vendedores ambulantes apresenta que-
da significativa de participação no período, assim como os garçons,
“barmen” e copeiros.
Quadro 3. Principais ocupações na economia popular, 2000 e 2010
Grupos de análise Principais ocupações segundo os Censos
Economia popular – Grupo 1 Produtores e trabalhadores agrícolas; pescadores e caçadores;
(Agropecuária, caça, pesca e produtores e trabalhadores na pecuária; produtores
extrativismo) agropecuários em geral; extrativistas florestais.
Economia popular – Grupo 2 Trabalhadores do comércio: vendedores e demonstradores
(Comércio e serviços) em lojas, mercados; vendedores em quiosques e barracas;
vendedores ambulantes;
Trabalhadores dos serviços pessoais e domésticos:
embelezamento e higiene; cuidados de crianças e idosos;
limpeza e conservação de edifícios; serviços domésticos em
geral; vigilantes e guardas de segurança;
Trabalhadores dos serviços de alimentação: cozinheiros,
garçons e copeiros;
Outros: catadores de sucata; vendedores em domicílio;
entregadores.
A economia popular no Brasil contemporâneo 145
Economia popular – Grupo 3 Trabalhadores do setor de confecções: operadores de
(Fabricação artesanal, máquinas de costura de roupas; trabalhadores da fabricação
construção civil e indústria) e instalação de artefatos de tecidos e couros; trabalhadores
artesanais da confecção de roupas; operadores de tear e
máquinas similares;
Trabalhadores da fabricação de alimentos: padeiros,
confeiteiros e afins e operadores na fabricação de pães,
massas e doces;
Trabalhadores da construção civil e relacionados:
supervisores e ajudantes de obras civis; trabalhadores
de estruturas de alvenaria, madeira, metal e compósitos;
trabalhadores de instalações elétricas; estucadores e
gesseiros; pintores de obras e revestidores de interiores;
encanadores e instaladores de tubulações; trabalhadores de
soldagem e corte de metais e de compósitos; trabalhadores
de caldeiraria e serralheria; marceneiros e afins;
Condutores de veículos e operadores de equipamentos
de elevação e de movimentação de cargas: condutores e
operadores polivalentes; condutores de veículos sobre rodas
(transporte particular e distribuidor de mercadorias), veículos
de tração animal e de pedais; trabalhadores de cargas e
descargas de mercadorias;
Trabalhadores de reparação e manutenção: mecânicos
de manutenção de máquinas industriais, de veículos
automotores, de bicicletas e equipamentos esportivos e de
ginástica; eletricistas-eletrônicos de manutenção industrial;
mantenedores de carroçarias de veículos.
Fonte: Elaboração própria a partir dos microdados do Censo Demográfico de 2010 (IBGE).
Os resultados, do ponto de vista das ocupações que ganham espa-
ço entre os dois anos, refletem a dinâmica econômica vivenciada na
década, como o crescimento do setor de serviços, a complexificação
dos processos produtivos agrícolas, o dinamismo da construção civil
e o crescimento dos serviços pessoais, como os de embelezamen-
to e cuidado com crianças e idosos. Cabe notar que as ocupações
da economia popular podem atender tanto a uma demanda local,
como no caso da fabricação artesanal de alimentos, das confecções
ligadas a pequenos consertos e da reciclagem, como se inserir em
processos produtivos mais complexos e internacionalizados, como
no caso das trabalhadoras das confecções que produzem peças para
grandes marcas internacionais, os serviços mecânicos e a construção
civil que atende a grandes empresas, o comércio revendedor de pro-
dutos industriais, etc.
146 Sibelle Diniz y João Tonucci
Características sócio demográficas dos trabalhadores
e características do trabalho
A Tabela 3 apresenta as características sócio demográficas dos traba-
lhadores nos dois anos de análise. Em linhas gerais, os dados reve-
lam os grandes processos que envolvem o mercado de trabalho na
década, como o aumento da participação da mulher, a elevação da
idade média dos trabalhadores e dos níveis de escolaridade, além do
processo de formalização.
Observa-se que a participação das mulheres cresce para todas as
categorias de ocupação, no entanto, o crescimento mais expressivo
ocorre para os 3 grupos da economia popular, para os trabalhadores
sem carteira e para os empregadores e autônomos. A economia po-
pular, os grupos de trabalhadores domésticos e de assalariados sem
carteira absorvem de forma muito significativa a força de trabalho fe-
minina, o que pode estar relacionado tanto à associação do trabalho
feminino a ocupações precárias quanto às possibilidades de trabalho
em bases mais flexíveis, possibilitando conciliar o cuidado com os
filhos e parentes idosos e as tarefas domésticas. Em ambos os casos,
cabe discutir a fusão entre produção e reprodução, e como as formas
de cuidado e de trabalho não remunerado, quase sempre à cargo de
mulheres, são perpassadas por mecanismos de diferenciação e explo-
ração dentro das economias populares (Gago, 2019).
A economia popular se aproxima das categorias dos trabalhado-
res assalariados sem carteira e domésticos quanto às variáveis de es-
colaridade e cor/raça, indicando a dicotomia entre um mercado de
trabalho formal que ocupa majoritariamente os trabalhadores bran-
cos e escolarizados, e um informal e popular, que ocupa maior parce-
la de pretos, pardos e indígenas e de baixa escolaridade. Nota-se, no
entanto, grande avanço nos níveis de escolaridade dos trabalhadores,
sendo que os maiores avanços ocorrem entre os grupos da econo-
mia popular, domésticos e assalariados sem carteira. Contudo, estes
A economia popular no Brasil contemporâneo 147
grupos eram os que possuíam os menores níveis de escolaridade em
2000 e são os que se mantêm na condição menos favorável.
Quanto às características do domicílio (Tabela 4), os dados reve-
lam os ganhos significativos nas condições de moradia, como redu-
ção da densidade morador-cômodo, maior percentual de moradias
adequadas, existência de energia elétrica e presença de bens de con-
sumo. Observa-se que o maior avanço nesses quesitos se deu nas
categorias da economia popular, trabalhadores domésticos e assa-
lariados sem carteira, para as quais os valores iniciais (referentes a
2000) eram os mais baixos. Esse ganho significativo deve se refletir
nas condições de trabalho dos trabalhadores, uma vez que se assume
que a produção se dá em torno da família e dos bens de reprodução.
Em especial, a presença de energia elétrica, linha telefônica e de bens
de consumo como microcomputador e geladeira influenciam direta-
mente o trabalho no próprio domicílio.
No que se refere às características do trabalho (Tabela 5), duas
questões parecem diferenciar os trabalhadores da economia popular
dos demais. A primeira diz respeito aos percentuais mais elevados
de pessoas que trabalham no próprio domicílio (que chega a 50%
para o Grupo 1). A segunda se refere aos valores de rendimento do
trabalho e rendimento domiciliar per capita12. Enquanto esses valores
são inferiores aos da economia formal, nota-se que, à exceção do
Grupo 1, eles parecem superiores aos dos trabalhadores domésticos
e assalariados sem carteira.
12 Os valores de rendimento referentes a 2010 foram deflacionados segundo o Índice
Nacional de Preços ao Consumidor (INPC) com base em setembro de 2010. No
entanto, o deflacionamento a partir de um índice nacional dificulta a análise entre
os subgrupos de ocupação, uma vez que a distribuição regional difere entre estes,
além de se tratarem de grupos distintos com relação ao perfil de consumo. Por este
motivo, os dados de rendimento de 2000 não são tratados em detalhes, assim como
o crescimento real entre os anos.
148 Sibelle Diniz y João Tonucci
Tabela 3. Características individuais dos trabalhadores, Brasil, 2000 e 2010
Economia Economia Economia
Trabalhadores Assalariados Assalariados Empregadores
Características popular – popular – popular – Setor público Outros Total
domésticos sem carteira com carteira e autônomos
dos Grupo 1 Grupo 2 Grupo 3
trabalhadores
2000 2010 2000 2010 2000 2010 2000 2010 2000 2010 2000 2010 2000 2010 2000 2010 2000 2010 2000 2010
Mulher (%) 25,1 34,5 46,3 55,4 15,9 18,7 92,5 92,7 29,0 35,8 35,3 38,6 29,6 38,4 53,0 55,8 48,7 64,5 37,7 42,3
Pretos, pardos e
53,6 57,8 42,9 50,1 44,0 51,6 55,8 60,8 50,3 57,2 38,0 45,4 22,7 31,3 40,1 44,0 51,1 51,5 43,5 48,9
indígenas (%)
Idade (média) 38,8 41,4 38,7 40,4 39,0 41,7 33,0 38,5 31,2 33,7 3,4 34,8 40,6 42,2 36,8 40,7 27,5 33,1 34,9 37,1
Natural da UF
87,9 89,2 76,2 78,7 76,3 78,9 74,2 77,3 81,3 84,3 78,1 81,5 77,4 79,8 81,6 82,1 88,1 85,4 79,5 82,0
A economia popular no Brasil contemporâneo
de residência (%)
Natural do
município 69,7 69,2 45,2 49,7 46,6 49,9 43,8 48,6 56,7 59,6 50,1 55,3 48,1 50,8 53,4 53,4 68,5 61,2 52,7 55,8
de residência (%)
Responsável pelo
52,3 46,1 51,0 46,9 65,9 57,4 25,1 37,3 41,5 39,6 50,0 43,5 63,1 52,8 45,9 50,6 8,8 18,6 47,8 44,5
domicílio (%)
Nível de
instrução (%)
Sem instrução e
fundam. 89,1 79,3 56,8 42,9 68,5 56,2 76,6 61,1 59,4 47,3 38,4 26,5 23,0 22,7 19,7 9,4 67,3 58,3 51,7 38,6
incompleto
Fundamental
completo
7,3 12,2 20,3 21,8 18,6 21,4 17,3 21,9 19,3 19,9 20,8 18,6 14,4 14,0 14,6 7,8 14,6 19,2 17,9 17,9
e médio
incompleto
Médio completo
e
3,2 7,7 20,3 31,1 12,0 20,8 6,0 16,5 17,6 26,0 31,2 40,2 33,4 33,3 39,8 36,3 15,5 18,0 22,4 30,8
superior
incompleto
Superior
0,4 0,8 2,5 4,2 0,9 1,6 0,1 0,5 3,6 6,8 9,6 14,6 29,2 30,0 25,9 46,4 2,7 4,5 7,9 12,7
completo
149
Fonte: Elaboração própria a partir dos microdados dos Censo Demográficos de 2000 e 2010 (IBGE).
Tabela 4. Características dos domicílios, Brasil, 2000 e 2010
150
Economia Economia Economia
Trabalhadores Assalariados Assalariados Empregadores
popular – popular – popular – Setor público Outros Total
Características do domésticos sem carteira com carteira e autônomos
Grupo 1 Grupo 2 Grupo 3
domicílio
2000 2010 2000 2010 2000 2010 2000 2010 2000 2010 2000 2010 2000 2010 2000 2010 2000 2010 2000 2010
Densidade
morador-cômodo 1,1 0,9 0,8 0,7 0,9 0,8 1,0 0,8 1,0 0,8 0,8 0,7 0,6 0,6 0,7 0,6 1,1 0,8 0,9 0,7
(média)
Adequação da
4,3 84,6 45,7 99,3 41,6 99,0 33,1 98,5 33,0 96,5 52,3 99,4 67,0 99,3 54,9 99,4 23,6 93,4 41,3 97,5
moradia (%)
Existência de
energia elétrica 69,5 92,6 98,5 99,7 97,8 99,5 97,6 99,4 93,8 98,5 99,1 99,8 98,0 99,6 98,5 99,8 77,9 97,4 94,2 98,9
(%)
Existência de
50,0 79,9 91,2 96,5 89,7 96,1 85,0 95,0 79,0 91,8 95,1 98,3 95,4 98,0 94,4 98,8 62,3 91,4 85,2 95,1
geladeira (%)
Existência de
máquina de lavar 8,8 17,4 37,0 52,7 33,6 48,2 24,7 41,8 26,1 37,0 44,9 60,8 66,4 73,9 48,0 65,9 23,9 43,1 35,7 51,9
(%)
Existência de linha
7,2 65,7 48,0 94,6 41,9 92,8 28,0 91,1 31,2 86,5 52,2 96,5 76,1 97,1 61,3 97,6 28,4 84,9 42,2 91,5
telefônica (%)
Existência de rádio
80,4 78,6 89,8 82,1 90,0 82,8 88,7 82,7 86,8 79,1 93,9 85,9 94,6 87,1 92,7 86,2 85,1 82,0 90,0 83,7
(%)
Existência de
52,2 85,6 53,7 97,5 57,9 96,8 63,6 96,6 58,5 94,7 51,8 98,2 30,8 98,3 46,5 98,7 46,1 93,4 52,8 96,3
televisor (%)
Existência de
microcomputador 1,2 10,4 10,0 45,1 6,7 37,7 5,2 28,9 8,2 33,2 16,0 54,4 39,5 70,5 23,2 72,0 11,8 38,0 12,9 46,0
(%)
Fonte: Elaboração própria a partir dos microdados dos Censo Demográficos de 2000 e 2010 (IBGE).
Sibelle Diniz y João Tonucci
Tabela 5. Características do trabalho, Brasil, 2000 e 2010 (continua)
Economia popular – Economia Economia Trabalhadores Assalariados sem
Variáveis do trabalho Grupo 1 popular – Grupo 2 popular – Grupo 3 domésticos carteira
2000 2010 2000 2010 2000 2010 2000 2010 2000 2010
Hs. trab. por semana no trab. princ. (média) 40,5 34,2 44,9 38,8 45,8 41,5 42,1 36,2 43,7 38,7
Possui mais de um trabalho (%) 2,4 4,7 2,9 3,4 2,4 3,1 3,1 4,5 2,8 3,8
Trabalha no próprio domicílio (%) - 50,0 - 42,9 - 30,5 - 24,0 - 17,4
Rendimento no trabalho principal (R$) (média) * 657,38 353,09 1106,28 974,48 1045,57 1009,00 355,40 465,46 641,18 703,48
Rendimento em todos os trabalhos (R$) (média) * 357,12 363,08 1073,63 995,07 1041,91 1028,09 360,13 478,43 655,43 732,08
Rendimento domiciliar per capita (R$) (média) * 257,97 411,67 718,46 852,62 563,31 706,93 452,39 660,64 524,01 673,26
Fonte: Elaboração própria a partir dos microdados dos Censo Demográficos de 2000 e 2010 (IBGE).
A economia popular no Brasil contemporâneo
* Valores de rendimento deflacionados segundo o INPC (setembro 2010 = 100)
Tabela 5. Características do trabalho, Brasil, 2000 e 2010 (fim)
Assalariados com Empregadores e
Setor público Outros Total
Variáveis do trabalho carteira autônomos
2000 2010 2000 2010 2000 2010 2000 2010 2000 2010
Hs. trab. por semana no trab. princ. (média) 44,7 42,0 45,1 41,1 38,0 37,3 33,3 22,7 43,4 39,7
Possui mais de um trabalho (%) 3,3 3,7 7,2 7,2 8,7 11,7 1,4 1,9 3,5 4,5
Trabalha no próprio domicílio (%) - 14,6 - 33,4 - 11,2 - 69,3 - 23,2
Rendimento no trabalho principal (R$) (média) * 1237,41 1288,78 4210,42 2984,75 1688,45 2407,59 0,00 0,00 1219,85 1206,24
Rendimento em todos os trabalhos (R$) (média) * 1275,22 1332,28 4394,94 3142,77 1795,39 2590,92 2,18 3,69 1164,41 1255,99
Rendimento domiciliar per capita (R$) (média) * 824,58 1038,79 2505,42 2445,12 1160,83 1916,84 555,96 738,58 774,45 1027,45
Fonte: Elaboração própria a partir dos microdados dos Censo Demográficos de 2000 e 2010 (IBGE).
* Valores de rendimento deflacionados segundo o INPC (setembro 2010 = 100)
151
Análise das unidades produtivas
Os Gráficos 5 e 6 apresentam a distribuição dos trabalhadores da eco-
nomia popular segundo o tipo de unidade produtiva. Para os dois anos
em análise, observa-se a predominância do trabalho individual por con-
ta própria (56% do total, em 2000, e 51%, em 2010). A segunda con-
figuração mais relevante diz respeito às unidades produtivas familiares
contendo apenas trabalhadores por conta própria, ou seja, dois ou mais
“sócios” no mesmo domicílio (15% em 2000 e 24% em 2010). Em
2000, era significativo ainda o conjunto de unidades familiares envol-
vendo trabalhadores por conta própria e não remunerados (16%); no
entanto, a participação deste subgrupo cai para 4% em 2010, indicando
redução expressiva do trabalho não remunerado no período.
De outro lado, cresce o percentual de unidades familiares na pro-
dução para o próprio consumo (de 6 para 12% do total), o que reflete
o aumento do peso relativo do Grupo 1. De modo geral, pode-se dizer
que, entre os anos, as estratégias individuais perdem peso relativo em
relação às estratégias familiares: as unidades familiares compunham
38% do total de trabalhadores em 2000 e passam a 41% em 2010.
Gráfico 5. Composição dos grupos de ocupação por tipos
de unidades domésticas, Brasil, 2000
Fonte: Elaboração própria a partir dos microdados do Censo Demográfico de 2000 (IBGE).
152 Sibelle Diniz y João Tonucci
Gráfico 6. Composição dos grupos de ocupação por tipos
de unidades domésticas, Brasil, 2010
Fonte: Elaboração própria a partir dos microdados do Censo Demográfico de 2010 (IBGE).
Considerações finais
Como se pode depreender do esforço metodológico aqui apresen-
tado, as economias populares não são facilmente sistematizáveis ou
compreensíveis. É preciso considerá-las dentre as múltiplas formas
contemporâneas que toma o trabalho para a maioria da população,
particularmente nos países periféricos. Do mesmo modo, é necessá-
rio matizar as complexidades e ambiguidades que as perpassam, bem
como as disputas conceituais e políticas que as envolvem no Brasil e
na América Latina.
Nesse sentido, resumimos a seguir os principais resultados en-
contrados no exercício empírico aqui apresentado, que trazem ele-
mentos para uma discussão do perfil da economia popular no Brasil
na primeira década deste século:
• A economia popular agregava um número relevante de tra-
balhadores na primeira década dos anos 2000, a despeito
do avanço do emprego formal e do crescimento econômi-
co da década. A participação da economia popular era mais
A economia popular no Brasil contemporâneo 153
significativa nas áreas rurais e nos municípios de pequeno
porte. Do ponto de vista das grandes regiões, a economia po-
pular se destacava no Norte e no Nordeste do país;
• Os trabalhadores da economia popular vivenciaram avanços
significativos na década, em termos de escolaridade, condi-
ções de moradia e acesso a bens de consumo no domicílio.
Esse processo pode ser associado ao avanço da urbanização,
dos programas sociais e da provisão de bens de consumo co-
letivos que se verifica no período, podendo gerar impactos
positivos sobre a organização social e sobre o trabalho. Isso
é especialmente relevante se considerarmos que os meios de
produção utilizados na economia popular são, muitas vezes,
os mesmos utilizados no cotidiano familiar;
• Apesar dos avanços citados no ponto anterior, a economia
popular se aproxima do trabalho doméstico e do trabalho
assalariado informal quando são tratados os níveis de remu-
neração e os indicadores educacionais. Com relação a esses
índices, este conjunto de trabalhadores se situa num polo
oposto ao da economia formal e economia do setor público.
Ou seja, a despeito das mudanças vivenciadas no mercado de
trabalho brasileiro no período considerado, como a queda do
desemprego e o avanço do emprego formal, o mercado de
trabalho permanece marcado por expressivas dualidades;
• A economia popular se caracteriza como estratégia de tra-
balho familiar, o que se verifica no fato de várias pessoas no
mesmo domicílio trabalharem em ocupações próximas, suge-
rindo a transmissão do ofício ou profissão dentro da família.
Além disso, boa parte desses trabalhadores realiza o ofício no
próprio domicílio. Entre 2000 e 2010, as estratégias individu-
ais de trabalho na economia popular perdem espaço para as
estratégias envolvendo mais de um membro da família;
154 Sibelle Diniz y João Tonucci
• Entre as principais ocupações da economia popular, estão
aquelas em geral voltadas aos mercados locais, como as con-
fecções em pequena escala, cuidados pessoais, fabricação de
alimentos, pequeno comércio local e reciclagem, e aquelas
associadas a cadeias globais de produção, a exemplo da cons-
trução civil e das confecções relacionadas às grandes marcas.
Neste caso, cabe questionar a condição de precariedade da
inserção nessas cadeias;
• A economia popular absorve fortemente a mão de obra fe-
minina, sobretudo naqueles setores ligados aos cuidados
pessoais (cuidados de idosos e crianças, embelezamento),
alimentação e confecções. Tendo em vista que os domicílios
com trabalhadores na economia popular possuem um maior
número de moradores, inclusive crianças e idosos, pode-se
pensar em que medida a ocupação pelas mulheres na eco-
nomia popular permite o trabalho em formas e horários mais
flexíveis, que permitam conciliar as tarefas domésticas com a
atividade produtiva. Deve-se questionar ainda a condição de
precariedade e exploração nos trabalhos femininos.
Os dados indicam a relevância e o potencial da economia popular
no país ao evidenciar o grande número de trabalhadores envolvidos,
sobretudo nos municípios de menor porte, a articulação em torno
da família e do domicílio e a organização em bases flexíveis. Essas
características permitem que a economia popular se apresente como
estratégia de trabalho relevante para grupos específicos, como mu-
lheres, idosos, e as populações tradicionais. Isso é relevante mesmo
num contexto de ampliação do emprego formal e queda significativa
do desemprego, como se verificou na década de 2000. Além disso,
as ocupações associadas à economia popular remetem a atividades
cuja demanda no período atual é crescente, como é o caso dos cui-
dados de crianças e idosos e da reciclagem. O mesmo ocorre para a
A economia popular no Brasil contemporâneo 155
produção artesanal, verificada no setor de confecções e alimentação.
Some-se a isso a demanda já consolidada pelos produtos da agricul-
tura, pecuária, pesca e extrativismo, pelos serviços da construção civil
e serviços produtivos.
De modo geral, os processos contemporâneos parecem eviden-
ciar duas práticas da economia popular: uma, vinculada mais dire-
tamente às cadeias produtivas globais, caracterizada por relações de
trabalho precarizadas, postos de trabalho não raro ocupados por gru-
pos mais vulneráveis, como as mulheres e os menos escolarizados,
onde a produção é subordinada às grandes empresas internacionais.
A outra, ligada ao abastecimento de demandas locais, mas cada vez
mais vinculada aos circuitos superiores, seja pelo maior uso das tec-
nologias, pelo acesso ampliado ao crédito, pelo maior acesso à infor-
mação possibilitado pelas redes sociais, etc. Num mesmo setor de
atividade, por exemplo, o setor de confecções, podem-se identificar
relações articuladas diretamente ao grande capital, como no caso
das costureiras que atuam por conta própria na produção de peças
para grandes marcas internacionais, e relações voltadas aos mercados
imediatos, como a produção artesanal ou manufatureira de vestu-
ário em pequena escala, comercializada em feiras ou no comércio
local, assim como a atividade de pequenos consertos.
A economia popular precisa ser compreendida como parte fun-
damental do sistema capitalista, seja no caso do trabalho terceiriza-
do, em que os custos da mão de obra são reduzidos pelas relações
de trabalho mais flexíveis e sem garantias formais, seja nos circuitos
de produção em nível local, que garantem parte da demanda pelos
produtos e serviços do circuito superior, ou ainda no rebaixamento
do valor de reprodução da força de trabalho pelo suprimento de
valores de uso pelos próprios trabalhadores. Em ambos os casos, a
economia popular aparece como peça fundamental no suprimento
de novas e antigas demandas, tanto aquelas colocadas pela produção
ligada às redes capitalistas de grande alcance, quanto aquelas locais,
156 Sibelle Diniz y João Tonucci
de menor escala, não supridas por essas redes. Nesse sentido, cabe
pensar formas de cooperação que deem conta dessa inter-relação e,
ao mesmo tempo, do aproveitamento das potencialidades da econo-
mia popular, como a transmissão de saberes tradicionais e as práticas
solidárias presentes nessas iniciativas.
Diagnósticos das distintas configurações dos circuitos nos territó-
rios se fazem necessários para a construção de novos mecanismos de
regulação, tanto no sentido de barrar ou colocar limites à mercantili-
zação dos recursos naturais e do trabalho, quanto de induzir formas
de integração pautadas nas possíveis complementaridades, como
processos de formação e de compartilhamento de conhecimentos
com ganhos mútuos, fornecimento de insumos em bases sustentá-
veis, compartilhamento de espaços físicos, etc. Deve-se considerar,
ainda, o potencial de articulação com as redes de produção e de con-
sumo que conformam a economia do setor público, por meio, por
exemplo, da compra pública da produção popular e dos processos de
formação e de financiamento.
Nesse sentido, abrem-se possibilidades diversas para estudos
setoriais voltados à produção de pequeno porte, de base popular e
solidária, e que enfatizem os vínculos dessa produção ao setor públi-
co e à economia empresarial, subsidiando ações voltadas ao desen-
volvimento territorial com base na articulação entre os princípios
de comportamento econômico. Em suma, ao colocar luz sobre as
relações diversas entre a economia popular e demais circuitos, se-
ria possível fortalecer as potencialidades de uma economia marcada
pela pluralidade e voltada ao atendimento das necessidades sociais
dos grupos populares, em detrimento de uma economia excludente
centrada na acumulação.
A economia popular no Brasil contemporâneo 157
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160 Sibelle Diniz y João Tonucci
Hacia un mapeo de las
experiencias de economía popular
en la Ciudad de México
Debates, tensiones y dilemas
JAIME FERNANDO GONZÁLEZ LOZADA
Y LUIS ALFONSO CASTILLO FARJAT
Crisis del trabajo: ¿crisis del capital?
Durante la década del ochenta, el progresivo aumento en la tasa de
desempleo, la extensión del subempleo, así como el crecimiento del
denominado sector “informal” de la economía instaló en las ciencias
sociales el debate sobre el fin del trabajo (Rifkin, 1995). André Gorz
(1995) y Jürgen Habermas (1986) sostenían que el proletariado lle-
gaba a su fin cediendo el paso a una especie de no-clase, definida ya
no por su posición dentro del proceso de producción. Robert Castel
(1997), por su parte, expuso cómo la crisis del asalariado derivó en
una ruptura de sentidos que invalidaba a los grupos fuera del régi-
men salarial. La interpretación de los indicadores macroeconómicos,
más bien, indicaba una forma de disciplinamiento de la fuerza de
trabajo basada en la precarización de la vida.
Las transformaciones en el mundo del trabajo tuvieron mucho
que ver con el viraje hacia el modelo neoliberal, como una estrate-
gia de las clases dominantes para la restauración de su poder y para
161
revitalizar la acumulación de capital (Harvey, 2007). En América La-
tina no puede hablarse de la existencia de una sociedad salarial, y la
implantación del neoliberalismo como modelo vino a aumentar la
precarización del trabajo en sus distintas modalidades. El patrón de
acumulación se enfiló hacia el extractivismo para, mediante el des-
pojo y la violencia, expandir los límites del capital. La privatización de
activos, la flexibilización del trabajo, la comodificación de la natura-
leza y el impulso de megaproyectos fueron las principales vías de su
implementación en la región.
Sumado a esto, la crisis de reproducción del capital se ha conver-
tido en una crisis civilizatoria de magnitudes planetarias, manifestán-
dose en crisis energética, alimentaria, hídrica, ambiental y climática
(Vega Cantor, 2013). Las dificultades para completar los ciclos de
acumulación conducen a escenarios cada vez más riesgosos, desde
la especulación financiera hasta las economías criminales, así como
a la destrucción de la naturaleza, o sea, un capitalismo de rapiña que
está poniendo en riesgo la reproducción de la vida (Calveiro, 2019).
La destrucción del planeta se ha convertido en un negocio, como lo
muestran los bonos de carbono o los bonos desastre que, más que
detener la destrucción ambiental, la financierizan (Keucheyan, 2016).
A pesar de la destrucción inminente a la que parece conducirnos
este escenario, en los márgenes del sistema emergen proyectos que
cuestionan a la modernidad capitalista. Justo en aquellos espacios
que no han sido totalmente subsumidos por las relaciones capita-
listas de producción y, sobre todo, en el ámbito de la reproducción,
han surgido alternativas más profundas. Tanto las comunidades in-
dígenas, como grupos de desempleados, sin tierra o sin techo, orga-
nizaciones feministas y movimientos en defensa de sus territorios
han reinventado formas de resistencia que buscan poner freno a la
devastación del planeta.
Esos procesos de (re)colectivización han incentivado la emergen-
cia de formas económicas no destinadas a la reproducción del capital,
162 Jaime Fernando González Lozada y Luis Alfonso Castillo Farjat
sino basadas en la solidaridad y la reciprocidad, aunque también a
buscar la inclusión en las economías de mercado de distintos secto-
res excluidos. Existe una gran cantidad de propuestas teórico-políti-
cas para nombrar esas experiencias de gestión del trabajo frente a la
explotación de las personas y de la naturaleza. Sin embargo, compar-
ten la necesidad de encontrar alternativas para el sostenimiento de la
vida frente a la crisis civilizatoria. Si bien dicha crisis ha incentivado el
florecimiento de inversiones de riesgo legales o criminales, también
ha mostrado otras formas de repensar el trabajo más allá del régi-
men salarial basada en un patrón de dominación colonial.
Disputa conceptual de las alternativas
El paradigma de la modernidad capitalista ha instalado en el lenguaje
común la categoría trabajo como aquellas formas de relación salarial,
o mediadas por alguna retribución monetaria; las demás relaciones
de trabajo quedan catalogadas como anómalas o resabios de modos
de producción arcaicos. En realidad, en la historia de la humanidad,
las relaciones de trabajo asalariado son una mínima expresión del
conjunto de las formas de trabajo, que han sido expropiadas para ser
subsumidas en el proceso de acumulación. Existe una multiplicidad
de formas de trabajo que buscan la reproducción de la vida por otras
vías a las dinámicas hegemónicas del capital. Si bien, existe una igual
cantidad de posicionamientos teórico-políticos en torno a estas for-
mas de trabajo, preferimos hablar de trabajo asociativo para incorpo-
rar su complejidad y, desde ahí, aproximarnos a la economía popular
como parte de dichas experiencias.
Una de las concepciones más extendidas por la visión economi-
cista ha sido la del Tercer Sector, que incorpora todo aquello que no
entra dentro del mercado o del Estado. Sin embargo, la ambigüedad
de esta noción implica concebir al Estado o a la sociedad civil como
paliativos en las fallas del mercado, “creando opciones y ofertas para
Hacia un mapeo de las experiencias de economía popular en la Ciudad de México 163
los sectores pobres que quedan fuera de él” (Gracia y Horbath, 2016,
p. 261). En la misma ambigüedad se encuentran las organizaciones
sin fines de lucro o el nonprofit sector, que marcan una diferencia con
aquellas que buscan ganancia. Aunque ese rubro se limita a asocia-
ciones y fundaciones, excluyendo a cooperativas, mutuales y otras
organizaciones obreras. Ambas perspectivas representan una vía in-
dividualista de incorporación al mercado capitalista.
La perspectiva de economía social busca la creación de relaciones
sociales distintas a la creación de ganancias, al enfatizar los límites
del mercado capitalista. Al pretender unir tanto la producción con la
reproducción, se busca la democratización de las relaciones econó-
micas y una redistribución más equitativa, una perspectiva híbrida
entre recursos mercantiles, no mercantiles, monetarios y no mone-
tarios (Defourny, 2009). Sin embargo, esta perspectiva representa
una forma de moralización del capitalismo (Collin, 2014), mediante
su democratización y redistribución, sin separarse de los canales de
acumulación.
Ante estas críticas se ha manejado la idea de la economía solida-
ria, la cual refiere a las organizaciones que buscan estimular la soli-
daridad entre sus miembros y hacia la población trabajadora (Singer,
2004). Es por ello que estas experiencias de trabajo asociativo han
sido denominadas economía social y solidaria, para nombrar la am-
plitud de prácticas que buscan la reproducción de las clases traba-
jadoras. En general, todas estas perspectivas apuntan a las distintas
vías movilizadas para lograr la reproducción de la vida, frente a la
precarización y la exclusión. Sin embargo, su limitación conceptual al
campo económico (economía social, economía solidaria) obstaculi-
za pensar en alternativas de mayor alcance, reproduciendo la separa-
ción que impone el capital a las esferas de la vida.
En otro tenor se encuentra la perspectiva del Buen Vivir, que pre-
tende recuperar críticamente las formas de organización tradicional
basadas en la reciprocidad comunitaria, provenientes de los pueblos
164 Jaime Fernando González Lozada y Luis Alfonso Castillo Farjat
indígenas. Al retomar los horizontes organizativos de reciprocidad
comunitaria,1 pone énfasis en el equilibrio cósmico entre lo huma-
no y la naturaleza. Estas visiones recuperan las formas de trabajo co-
munitarias, basadas en la reciprocidad como el ayni y la minka en
el mundo andino o el tequio, la gozona, mano vuelta o guelaguetza
en México. Sin embargo, la noción del Buen Vivir también ha sido
apropiada por gobiernos estatales y otras organizaciones en un falso
dialogo intercultural (Yampara, 2011), cuando no, en una folklori-
zación de lo indígena como una realidad fuera del mercado (Rivera
Cusicanqui, 2015).
Las propuestas que aquí mencionamos son objeto de diferen-
tes críticas, principalmente por sus limitaciones escalares o por las
formas de subsunción frente al capital, pero, a pesar de todo, encar-
nan un cuestionamiento al sistema de dominación capitalista. Re-
tomamos la noción de trabajo asociativo para poner énfasis en el
carácter colectivo de dichas experiencias y la crítica que implica al
régimen salarial. Pensamos en el trabajo asociativo como un campo
amplio, complejo, heterogéneo y conflictivo de múltiples experien-
cias y distintas apuestas que buscan la reproducción ampliada de la
vida. Sin embargo, la heterogeneidad de este campo deriva de los
distintos sectores que confluyen en él, incluyendo agrupaciones polí-
ticas, organizaciones populares y hasta grupos vinculados a intereses
empresariales.
En este sentido, las economías populares forman parte de este
gran campo del trabajo asociativo, pero se distinguen por quienes
las ponen en práctica. En este rubro se ubicaría el trabajo no remu-
nerado de autosustento y de cuidados, el trabajo familiar, la venta
de fuerza de trabajo asalariada, el trabajo autónomo, el trabajo fa-
miliar, el trabajo asociativo y autogestionado en organizaciones para
1 Principalmente se han retomado las perspectivas del Sumak Kawsay (quechua), el
Suma Qama Qamaña (aymara), el Küme Mogen (mapuche), el Ñande Reko (guara-
ní), Jlekilaltik (tojolabal) o el Lekil kuxlejal (tzeltal).
Hacia un mapeo de las experiencias de economía popular en la Ciudad de México 165
el autoconsumo, para el intercambio o para su venta en el mercado.
Aquí pensamos en las economías populares como una amplia gama
de estrategias colectivas que ponen en juego las clases populares para
solventar la reproducción ampliada de la vida. Por ello, consideramos
necesario partir de mostrar el amplio panorama que representa el
campo del trabajo asociativo a escala nacional, para confrontarlo con
la especificidad que guardan distintas experiencias de economías po-
pulares en la ciudad de México.
El panorama de trabajo asociativo en México
Para hablar de la situación del trabajo en México es necesario com-
prender las condiciones de heterogeneidad estructural presentes. A
pesar de la extensión del trabajo asalariado en el país, es conflictivo
hablar de la existencia de una sociedad salarial como la existente en
las economías desarrolladas. Incluso, los datos gubernamentales del
Instituto Nacional de Estadística y Geografía aceptan que más de la
mitad de la población en edad laboral (56%) se encuentra en el de-
nominado sector informal de la economía. Dicha diferenciación en-
tre lo formal y lo informal parte de un encubrimiento ideológico del
conflicto entre el capital y el trabajo ante la multiplicidad de estra-
tegias de subsistencia empleadas por las personas (Quijano, 2013);
retomamos dicha cifra solo para señalar que el trabajo asalariado
representa una minoría en el país.
Pretendemos realizar un mapeo y una genealogía provisoria del
campo del trabajo asociativo a nivel nacional para mostrar su ampli-
tud y heterogeneidad. Si bien, estamos conscientes de la dificultad
para dar cuenta de un campo tan extenso como lo es el del traba-
jo asociativo, partiremos de las cifras registradas para dar un primer
bosquejo de las organizaciones que incluimos. Una vez teniendo
dicho panorama a escala nacional, culminaremos mencionando
166 Jaime Fernando González Lozada y Luis Alfonso Castillo Farjat
diversos casos de lo que comprendemos como economías populares
en la Ciudad de México.
Movimiento cooperativista
El movimiento cooperativista tiene una larga trayectoria en México,
desde mediados del siglo XIX, cuando surgen las primeras cooperati-
vas de producción y de consumo al amparo del movimiento obrero
de la época. Su desarrollo histórico ha oscilado entre funcionar como
un apéndice del movimiento obrero y depender de las políticas es-
tatales. Este tipo de organizaciones tienen grandes dificultades para
lograr mejores condiciones de trabajo.
En las cifras oficiales existe un subregistro considerable, tanto por
la existencia de organizaciones cooperativas que no se registran ante
el Estado por múltiples razones, como también por las dificultades
de cuantificación, descuido y a veces falta de claridad conceptual por
parte de las instituciones especializadas. Según cifras del Directorio
Estadístico Nacional de Unidades Económicas (DENUE), encontra-
mos 13.683 cooperativas en 2015, aunque en los registros encon-
tramos que un número considerable de unidades económicas que
incluyen en su nombre la palabra cooperativa no están registradas
como sociedades cooperativas o no tienen una razón social regis-
trada. Asimismo, encontramos aproximadamente 7.500 cooperati-
vas escolares que no se incluyen dentro del rubro de cooperativa, lo
cual explica en parte el subregistro (Gracia y Hobarth, 2016). Más
que desdeñar o ignorar a las cooperativas escolares mencionadas, las
incluimos como un tipo particular de organización popular, sobre
todo por su extensión territorial en las escuelas públicas y su gran
valor pedagógico.
Del total de sociedades cooperativas encontradas, el 60% (8.195)
son pequeños emprendimientos dedicados a prestar servicios de
preparación de alimentos y bebidas y de alojamiento temporal,
Hacia un mapeo de las experiencias de economía popular en la Ciudad de México 167
como cafeterías, cocinas económicas, restaurantes, servicios de ca-
tering y banquetes, hostales, posadas, etc. Tanto la estructura econó-
mica como el Estado han impuesto una serie de restricciones para
que las cooperativas se extiendan a otros sectores. La tendencia a que
las cooperativas se confinen a estos rubros nos sugiere la emergen-
cia de pequeños emprendimientos destinados a solventar la crisis
económica, pero también como una vía para tercerizar empleos en
empresas mayores.
El 90% de las cooperativas se encuentran en el sector de servicios,
mientras que el 10% restante se reparte entre actividades extracti-
vas o industriales. Sin embargo, en cuatro Estados del sur, la activi-
dad principal de las cooperativas es distinta a la del resto del país.
En los Estados de Campeche y Tabasco, la actividad principal de las
cooperativas es la agricultura; en Chiapas es el transporte, correos y
almacenamiento; en Oaxaca son los servicios financieros (cajas de
ahorro, bancas populares). Esto tiene que ver con la permanencia
de ciertas lógicas más comunitarias. En estos Estados, el movimiento
cooperativista se ha imbuido de la presencia de valores y tradiciones
comunitarias, lo cual rompe la generalidad del resto del país.
En general, las cooperativas en México no han logrado convertirse
en un sector independiente o en un movimiento con identidad pro-
pia y organizado en torno a ciertas posturas políticas. Ello principal-
mente por la política de changarrización2 o microemprendimientos
implementada como mera gestión de la crisis por parte del Estado,
así como la estrategia de tercerización del empleo. Sin embargo, sí
ha representado una vía para pequeñas unidades familiares o como
emergencia de un interesante movimiento cooperativista autóno-
mo que no se incluye dentro de los registros estatales como postura
2 A partir del año 2000, el gobierno federal implementó una serie de apoyos y pro-
gramas para fomentar el cuentapropismo para controlar los índices de desempleo,
en paralelo a una política antisindical. Ese tipo de negocios son conocidos como
changarros.
168 Jaime Fernando González Lozada y Luis Alfonso Castillo Farjat
política y que se ha vinculado tanto a movimientos sociales como a
productores agrícolas y proyectos de trabajo asociativo en barrios.
Asimismo, la organización cooperativa es una forma retomada por
buena parte de las experiencias de economías populares al reunir
colectivamente distintas formas de capital para su gestión conjunta.
Gestión colectiva de la tierra
A pesar de las políticas de debilitamiento sostenido del campo mexi-
cano, este ha sido el principal espacio donde se articula la propiedad
colectiva y las formas de trabajo asociativo. La más grande institución
de propiedad colectiva es el ejido, el cual se montó sobre distintas
formas de propiedad comunitaria de matriz mesoamericana. Sobre
todo, con el proceso revolucionario de principios del siglo XX se re-
solvió mediante el ejido la lucha por la tierra. La Reforma Agraria
“tuvo un impacto importante dentro del régimen de la propiedad de
la tierra y en la actualidad todavía representa un freno al dominio del
capital sobre el campo” (López Bárcenas, 2017, p. 83). A la fecha, más
de la mitad de la superficie del territorio del país se compone por tie-
rras de uso común, tanto ejidos como comunidades agrarias, lo cual
ha permitido la subsistencia de formas de organización colectiva y de
una economía popular articulada a esta.
Con los intentos de privatizar la propiedad colectiva desde 1991
con el PROCEDE (Programa de Certificación de Derechos Ejidales
y Titulación de Solares), han cambiado ciertas estructuras. Por un
lado, los ejidos se han fragmentado y reducido ante los procesos
de despojo, mientras que las comunidades agrarias han aumenta-
do levemente a raíz de la lucha por la recolectivización. Es preciso
mencionar que una parte considerable de la población indígena se
encuentra en los ejidos, pues según el censo agropecuario de 1991,
de los 15.430 ejidos y comunidades agrarias, en 6.380 hay presen-
cia indígena (44,2%). Aunque muchos de ellos funcionan ya como
Hacia un mapeo de las experiencias de economía popular en la Ciudad de México 169
propiedad privada, otros mantienen las formas de trabajo asociativo,
así como las instituciones colectivas e, incluso, formas tradicionales
de organización a través de los sistemas de cargos.
Dentro de este sector añadiremos ciertos procesos de recolecti-
vización incentivados por recuperaciones de tierras o por luchas por
la autonomía, principalmente en zonas con presencia indígena. Estos
procesos se basan en el trabajo colectivo, en la recuperación de insti-
tuciones de gestión comunitaria y de reproducción de la vida a partir
de valores de reciprocidad. Aquí encontramos diversas experiencias
con distintos grados de afianzamiento y con lógicas específicas, pero
que comparten la recuperación de formas de organización comuni-
tarias y un horizonte político emancipatorio. En México, las experien-
cias que ubicamos en este caso se encuentran ubicados en el centro y
sur del país, salvo la organización del pueblo yaqui en Sonora, que ha
peleado por siglos para defender sus territorios del despojo. De igual
forma, los pueblos de Cherán y Santa María Ostula, Michoacán, han
defendido sus tierras comunales del despojo de narcotraficantes y
madereros, gestionando novedosas formas de organización que res-
catan los valores comunitarios. Asimismo, la Coordinadora Regional
de Autoridades Comunitarias-Policía Comunitaria, surgida en 1995
en la montaña de Guerrero para expulsar a grupos delincuenciales
del territorio comunitario, ha elaborado también todo un sistema de
justicia, así como la creación de diversas cooperativas de producción,
principalmente de café.
En Oaxaca existen diversas experiencias que han recuperado tan-
to la organización y valores comunitarios como la perspectiva de la
comunalidad, así como elementos del magonismo. Entre estos casos
se encuentra el Consejo Indígena Popular de Oaxaca “Ricardo Flores
Magón” (CIPO-RFM), las Organizaciones Indias por los Derechos
Humanos en Oaxaca (OIDHO), la Unión de Comunidades de la
Región del Istmo (UCIRI) o el Comité por la Defensa de los Dere-
chos Indígenas (CODEDI). En la misma lógica, pero con presencia
170 Jaime Fernando González Lozada y Luis Alfonso Castillo Farjat
en el Estado de Chiapas, se encuentran los caracoles articulados por
el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y los pueblos
adherentes al movimiento, con una propuesta autonomista después
del levantamiento de 1994.
En el mismo sentido se encuentran uniones ejidales o de pue-
blos que se han organizado para fines concretos como el sistema de
pueblos mancomunados en Oaxaca o la Unión Indígena Totonaca
Náhuatl en Puebla. Asimismo, incluimos otros procesos que mantie-
nen su lucha por la recuperación de tierras y el establecimiento de
sistemas autónomos como el Municipio Autónomo de Nueva Palma
en San Luis Potosí o la Coordinación de Pueblos, Barrios Origina-
rios y Colonias de Xochimilco. Pero también contemplamos ciertas
cooperativas que trascienden la organización económica para con-
vertirse en procesos organizativos más amplios como la cooperativa
Sansekan Tinemi en Guerrero o la icónica Tosepan Titataniske en la
Sierra Norte de Puebla.
Instituciones sin Fines de Lucro
Las Instituciones sin Fines de Lucro son una categoría amplia que
incluye emprendimientos, organizaciones y agrupaciones de diver-
so tipo, creadas para producir bienes o servicios, pero sin ser una
fuente de ingresos o beneficio. Pueden ser del tipo público cuando
estén reguladas por la Administración Pública como entidades de
financiamiento público constitucionalmente autónomas o descen-
tralizadas con personalidad jurídica y patrimonio propio y que tie-
nen autonomía de gestión. Nos centraremos en las privadas, o sea,
aquellas que benefician a terceros (Asociación Civil, Institución de
Asistencia Privada, Asociación de Asistencia Privada e Institución de
Beneficencia Privada) o que benefician a sus propios miembros (aso-
ciaciones de consumidores, profesionales, científicas o religiosas; los
Hacia un mapeo de las experiencias de economía popular en la Ciudad de México 171
sindicatos; los clubes sociales, deportivos, culturales o recreativos; así
como los grupos de autoayuda) (INEGI, 2013).
De acuerdo con la Cuenta Satélite de las Instituciones Sin Fines
de Lucro (ISFL), estas organizaciones generaron 657.251 millones
de pesos (incluyendo al trabajo voluntario), o sea, el 3% del total del
país, de los cuales el 47,6% son del ámbito privado y 52,4% del sec-
tor público. El número de personas que participa en las ISFL como
personal remunerado asciende a 1.540.810, frente a 2.440.431 que
llevan a cabo trabajo voluntario (INEGI, 2019). Tanto por su peso
en el PIB, como por la cantidad de personas vinculadas a este ru-
bro, las ISFL representan un importante peso dentro de la economía
nacional.
Según lo que muestran los datos de la cuenta de Instituciones
que Sirven a Hogares, este sector tiene una gran importancia en la
economía nacional, sobre todo en periodos de decrecimiento del PIB
como la crisis de 2008. En 2003, este sector representaba el 0,98%
del PIB, reduciéndose a 0,78% en 2008, aunque a partir de ese mo-
mento han mostrado un crecimiento sostenido. Esos datos mues-
tran que, “frente a la incapacidad del mercado capitalista, el sector se
transforma en un importante resguardo”, por ello los gobiernos de
la región “multiplican las políticas de asistencia al trabajo y apoyan
la generación de microemprendimientos” (Gracia y Hobarth, 2016,
p. 268).
Este tipo de políticas tuvieron un fuerte impulso de los organis-
mos económicos internacionales en toda Latinoamérica a partir de
la década de los noventa, lo que ha tenido diversos efectos no solo en
lo económico, sino en lo social y lo político, como lo han analizado
Mabel Thwaites Rey (2011) o Raúl Zibechi (2011). Ubicamos a este
tipo de proyectos dentro del amplio sector del trabajo asociativo por
tratarse de propuestas colectivas y formas de organización, aunque
sus miembros provengan de distintos sectores de la población.
172 Jaime Fernando González Lozada y Luis Alfonso Castillo Farjat
Organizaciones de la Sociedad Civil
Si bien las Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) se encuentran
vinculadas a las Instituciones Sin Fines de Lucro, se distinguen de
estas por remitirse al ámbito privado exclusivamente. De igual ma-
nera, refieren a una multiplicidad de organismos: organizaciones de
derechos humanos, fundaciones, centros educativos, culturales, etc.,
que prestan servicios a grupos vulnerables, en condición de pobreza
o minorías étnicas, teniendo un carácter filantrópico y asistencialista.
Es con el sismo de 1985 y la incapacidad gubernamental para en-
frentar al desastre que crecen exponencialmente las OSC para sol-
ventar las tareas urgentes en los momentos de repliegue del Estado.
Asimismo, el levantamiento zapatista incentivó la creación de varias
organizaciones de defensa de los derechos indígenas (Pacheco y
Franzoni, 2016).
De acuerdo con datos del Registro Federal de las Organizaciones
de la Sociedad Civil existen 15.458 organizaciones activas (2015),
aunque en otros lugares se mencionan más de 30 mil organismos
(Chávez Becker y González Ulloa, 2018; Pacheco y Franzoni, 2016),
por lo que “la cantidad de organizaciones detectadas no es el dato
más relevante, la importancia de las organizaciones civiles está en el
hecho mismo de su presencia, en las acciones que realizan y en el
efecto transformador que despliegan” (Charry, 2002, p. 192).
Las entidades con mayor número de organismos son la Ciudad
de México (3.325), el Estado de México (1.350), Oaxaca (1.131),
Veracruz (960) y Chiapas (681). Sobre todo, la región sur y orien-
te. Ello debido a las violaciones de derechos humanos y conflictos
territoriales entre comunidades indígenas, pues las organizaciones
de derechos humanos proporcionan “un ámbito tanto moral como
legal fuera del Estado al que la población local puede recurrir, ya sea
material o simbólicamente” (Speed, 2002, p. 211).
Hacia un mapeo de las experiencias de economía popular en la Ciudad de México 173
El conjunto de las formas presentadas nos muestra las prácticas
abigarradas en las que se desenvuelve un amplio sector de la pobla-
ción en México para subsistir y configurar una economía popular
que echa mano de diversas estrategias frente a las violencias estruc-
turales. Ya sea a través de unidades familiares o comunitarias agríco-
las, cooperativas, asalariamientos temporales, proyectos autogestivos,
organizaciones de la sociedad civil y otras actividades que se entre-
mezclan para la reproducción de la vida.
Experiencias de economías populares en la Ciudad de México
Hasta el momento hemos mostrado un panorama amplio de lo que
comprendemos como experiencias de trabajo asociativo. Este mapeo
preliminar ha sido construido asumiendo los sesgos de la visión es-
tatal sobre este sector, así como el gran subregistro existente. Estos
proyectos tienen una dificultad intrínseca para su cuantificación (pe-
riodos de vida muy variables, constante reconfiguración, etc.). Estas
problemáticas aumentan considerablemente cuando hablamos de
las economías populares. Para aproximarnos a esas propuestas en la
Ciudad de México, recurrimos a los acercamientos de las redes de
economías establecidas bajo la lógica de producción de los saberes
subalternos con quienes compartimos los debates en el seno de esas
experiencias. Ha sido mediante el vínculo con el movimiento social
cómo nos hemos imbuido en las problemáticas y tensiones, pero
también en las posibilidades de este sector. Pretendemos dar cuenta
de la diversidad de formas que emergen del cruce de la economía
popular con distintos horizontes políticos dentro de la ciudad, a par-
tir de casos concretos que den cuenta del abigarramiento de este
sector, pero, sobre todo, de su carácter subjetivo.
Primeramente, hay que poner énfasis en el carácter espacial de
las economías populares, que involucran zonas completas de la
Ciudad de México. Tepito es un claro ejemplo de la creación de
174 Jaime Fernando González Lozada y Luis Alfonso Castillo Farjat
emprendimientos e instituciones populares conectadas con otras re-
giones. Al barrio asisten miles de comerciantes de distintas entidades
en modos muy diversos, desde el transporte público hasta camiones
gestionados colectivamente que regresan repletos de las más diver-
sas mercancías para ser vendidas en los lugares más alejados. Tanto
sus habitantes como quienes acuden a diario a desenvolver sus acti-
vidades han hecho gala de la capacidad para reconfigurarse constan-
temente desde las prácticas más locales hasta aquellas con un alto
grado de globalidad. Se ha denominado los “Marco Polo de Tepito”
a aquellos que se aventuran a conseguir mercancías en China para
su venta y consumo en el barrio, así como su distribución en otras
zonas:
Si ahora el autoempleo prolifera, en todas partes, es porque las fá-
bricas ya no existen; por lo cual, a lo que le llaman ambulantaje, no
es un problema de orden, sino que es un asunto de producción de
espacios para trabajar, compitiendo con los circuitos de mercado en
tiendas departamentales transnacionales, que orbitan con la nueva
lógica de poblamiento residencial, con implantes urbanos sin arrai-
go. (Hernández, 2012, s/p)
En el mismo tenor de la economía popular anclada en la Ciudad, se
encuentran el mercado de la Merced, La Central de Abastos o el ba-
rrio de Santo Domingo en Coyoacán, donde se aprecian las distintas
formas de trabajo, comercio, reproducción y disputa de la riqueza
colectiva. Son ejemplos visibles de lo que se teje en la urbe no solo
en momentos de crisis sino anteriores a ella, ya sea a través de eludir
los costos de la reglamentación o el empleo de un conjunto de estra-
tegias para reducir los costos de sus productos o servicios, lo que las
hace asequibles para la población.
Hacia un mapeo de las experiencias de economía popular en la Ciudad de México 175
La producción y distribución de alimentos
Abordar las economías populares articuladas en torno a la produc-
ción alimentaria en la Ciudad de México remite a dos figuras de larga
data: las chinampas3 y los tianguis.4 Milton Santos (1997) acuñó el
término “rugosidades” para referirse a “lo que permanece del pasa-
do como forma, espacio construido, paisaje, lo que resta del proceso
de supresión, acumulación, superposición, a través del cual las cosas
se sustituyen y acumulan en todos los lugares” (1997, p. 118). Por lo
que las chinampas y los tianguis pueden ser consideradas como las
rugosidades de una economía popular de la ciudad.
Las 3.586 chinampas activas (FAO, 2017) –de un total de 20 mil–
en la zona lacustre5 son la principal fuente de hortalizas y verduras
de la urbe. A pesar del notable deterioro causado por el despojo, la
sequía y la urbanización, las chinampas han mantenido su impor-
tancia. Esta tecnología tradicional agroecológica ha sido mantenida
por los pueblos y comunidades originarias de la ciudad, además de
que algunas se han organizado en la lucha por su autonomía frente
a las políticas partidistas del Estado (González, 2020). Las chinampas
producen a partir de formas colectivas de trabajo, principalmente
en unidades familiares, que asumen también la comercialización.
Frente a las problemáticas de la producción y comercialización, los
3 Chinampa (del náhuatl chinamitl, seto o cerca de cañas) es un método mesoame-
ricano de agricultura que utiliza pequeñas áreas rectangulares de tierra fértil para
cultivar flores y verduras en la superficie de lagos y lagunas superficiales de la actual
Ciudad de México.
4 La palabra tianguis proviene del náhuatl tianquzitli y significa mercado. En la actuali-
dad los tianguis son espacios de compra y venta de productos que se montan sobre
las calles, son itinerantes y en general se ponen solo un día a la semana, se distinguen
de los mercados actuales, ya que estos son espacios fijos con locales o puestos prees-
tablecidos para la venta de productos.
5 La ciudad de México-Tenochtitlán se fundó sobre un islote alrededor de siete lagos,
que se fueron desecando paulatinamente como estrategia de control colonial.
176 Jaime Fernando González Lozada y Luis Alfonso Castillo Farjat
miembros de las unidades familiares también alternan con trabajos
temporales o de asalariamiento.
Los tianguis representan una forma de distribución y comercia-
lización de diversos productos, pero también una práctica territorial
mediante la ocupación de las calles. Dicha figura es una institución
anterior a la conquista que ha perdurado, siendo modificada, actua-
lizada y reapropiada por quienes habitan y transitan la ciudad. Los
3.150 tianguis de la ciudad de México (CECAP, 2018) se instalan
regularmente una vez por semana en las calles de barrios, colonias y
pueblos de la urbe. Estos espacios han sido, desde tiempo inmemo-
rial, lugares de encuentro de productores, comerciantes y consumi-
dores, pero también de conflicto entre distintos actores que disputan
su control económico y político. Si bien históricamente los tianguis
han sido controlados mediante vínculos clientelares del PRI (Partido
Revolucionario Institucional), en su organización interna han tenido
una relativa autonomía. El barrio de Tepito, en sus orígenes ante-
riores a la conquista, funcionaba como el barrio de los mecapaleros
o tamemes (cargadores) del tianguis de Tlatelolco, el más grande
e importante de México-Tenochtitlán. En la actualidad, los puestos
ambulantes de Tepito permanecen semi fijos para ofertar infinidad
de productos que se articulan a otras economías populares del país,
lo que da muestra de la articulación entre las mismas en el seno
de una economía global, de las reconfiguraciones y continuidades
de este tipo de espacios y de la disputa económica que realizan a la
formalidad, lo que también le ha valido el estigma delincuencial y de
ilegalidad.
Espacios COIAA
Otra de las figuras interesantes que integran las economías populares
en la Ciudad de México son los denominados espacios Comunitarios,
Okupados, Independientes, Autogestivos o Autónomos (COIAA).
Hacia un mapeo de las experiencias de economía popular en la Ciudad de México 177
Los espacios identificados (González y Zibechi, 2020) provienen de
fuentes directas, charlas y preguntas a quienes ya participaban de
uno de ellos, redes sociales, notas periodísticas, tesis de licenciatura y
posgrado y, en menor medida, de los datos oficiales.
Las autodenominaciones como Comunitarios, Okupados, Inde-
pendientes, Autogestivos o Autónomos expresan la diversidad de
posicionamientos políticos desde donde se nombran, pero coinciden
en su extracto popular predominantemente. Algunos de ellos tienen
un registro formal para participar en convocatorias y obtener recur-
sos; otros disputan predios o recursos gubernamentales mediante
movilizaciones; otros trabajan de forma totalmente independiente;
pero todos reivindican cierto grado de autonomía frente a instancias
estatales. Los espacios COIAA se extienden por toda la ciudad, en
una suerte de democratización espacial, frente a la elevada concen-
tración de los 246 espacios culturales oficiales en 3 de las 16 alcaldías
y sus integrantes. Para sortear las dificultades económicas y de repro-
ducción realizan diversas actividades, lo que los hace moverse entre
el autoempleo, trabajos ocasionales, asalariamiento o becas.
Dichos espacios tienen una diversidad de actividades, desde fe-
rias de trueque, creación de monedas solidarias, gratiferias, pequeña
producción, además de impulsar talleres, huertos urbanos, proyectos
educativos o investigación independiente que los convierte en nodos
de economías populares. Estos espacios contribuyen a la formación
de circuitos económicos, articulando diversos proyectos dentro de
la ciudad, pero también crean redes con comunidades y organiza-
ciones campesinas e indígenas. Por lo tanto, juegan un papel es-
tratégico en la gestión territorial, en la disputa por lo público o en
la reconstrucción del tejido social frente al embate de las políticas
neoliberales, por ejemplo, a través de los vínculos económico-polí-
ticos con productores de comunidades y pueblos en resistencia, así
como con movimientos sociales. Estos circuitos de economía popu-
lar fortalecen procesos políticos organizados en torno a la defensa
178 Jaime Fernando González Lozada y Luis Alfonso Castillo Farjat
del territorio frente a actividades extractivistas y de despojo de los
bienes comunes.
Para mostrar la complejidad de este tipo de espacios, retomamos
el ejemplo de la Cooperativa Autónoma Cimarronez Anticapitalismo
Organizado (CACAO) que, si bien se autonombra como cooperativa,
excede dicha forma organizativa.
Somos una cooperativa, somos un espacio de trabajo y de forma-
ción, de organización de izquierda, no buscamos el reconocimiento
sino la dignificación del trabajo, no buscamos ni aspiramos a enri-
quecernos sobre el trabajo de otros… Somos así, hombres y mujeres
mixtecos, cuicatecos, tzeltales, tojolabales, mazahuas, zapotecos, na-
huas, mestizos, estudiantes, trabajadoras, obreros, campesinos, maes-
tros (CACAO, s/f).
Dicha cooperativa busca articular procesos de resistencia con pro-
ductores de diversas semillas y productos de comunidades y pueblos
de Oaxaca, Chiapas, Guerrero, Veracruz, Tabasco y Puebla, elaboran-
do productos derivados del cacao, pero también distribuyendo otros
como café, miel, sal de mar y de montaña, tabaco, ajonjolí, vainilla,
etc. Pero también cuentan con un centro de investigación “desde y
con los pueblos”, el Centro de Estudios Casa de los Pueblos (CECAP),
donde se recuperan saberes tradicionales y se traducen a distintas
lenguas originarias. Dentro de sus múltiples trabajos destaca una se-
rie cartográfica con más de una decena de mapas que muestran los
procesos políticos, históricos, de saberes y resistencias de los pue-
blos originarios, los cuales son presentados en las comunidades, pero
también imprimen y comercializan para sostener el proyecto.
Bajo los términos arriba descritos, los espacios COIAA represen-
tan ejercicios de participación ciudadana directa sin la mediación
de burocracias estatales; reducen o eliminan los prerrequisitos para
poder participar en actividades económicas o culturales; son una
Hacia un mapeo de las experiencias de economía popular en la Ciudad de México 179
puerta para la expresión económica popular al reapropiarse de sus
formas, pero también al resignificarlas; y materializan prácticas de
autogestión popular en la administración territorial de hecho y el
aprovisionamiento de servicios.
Redes de consumo y distribución
Otra cuestión respecto a las economías populares en la Ciudad de
México es la tendencia a crear redes, como por ejemplo La Feria
Multitrueke Mixuhca, la Cooperativa de Consumo La Imposible y la
Red de Despensa Solidaria. La Feria Multitrueque Mixiuhca es un sis-
tema de intercambio directo de bienes y servicios que se encarga de
organizar ferias de trueque desde hace 10 años en distintos lugares
de la ciudad. Bajo la consigna de que “otra economía es posible y la
estamos construyendo… Es un ejercicio reciproco en el que el valor
circula por toda la red beneficiando a todos” (Feria Multitrueque,
s/f). Para facilitar el intercambio, cuenta con una moneda comuni-
taria denominada Mixiuhca y para los visitantes otra denominada
Cacao, equivalente a un peso mexicano. La existencia de ambas mo-
nedas funciona para recuperar la inversión en productos, pues buena
parte de los insumos tienen que ser adquiridos dentro del sistema
monetario oficial. La Feria Multitrueke se ha convertido en un refe-
rente sirviendo como enlace con otras redes, además de fomentar la
creación de espacios similares.
La Cooperativa de Consumo La Imposible inició actividades en
2015 como una red de productoras y consumidoras que fomentan
“la producción saludable, el consumo consciente, la economía soli-
daria y el apoyo mutuo” (Cooperativa de Consumo La Imposible,
s/f) a través de la venta y compra de alimentos y otros bienes. Más
allá de esta actividad económica que implica la compra y distribución
de alimentos, pretenden “transformar las relaciones económicas do-
minantes y fortalecer movimientos sociales como el cooperativismo,
180 Jaime Fernando González Lozada y Luis Alfonso Castillo Farjat
la agroecología, el feminismo, la búsqueda de desaparecidos, entre
otros” (Cooperativa de Consumo La Imposible, s/f). En su comanda
cuentan con más de cuatro centenares de productos como hortalizas,
derivados del maíz o cacao, productos animales y veganos, medicina
alternativa y cuidado personal, todos ellos provenientes de pequeñas
productoras, colectivas, cooperativas y familias que producen a partir
de “procesos saludables, ecológicos y libres de explotación”.
Por su parte, la Red Despensa Solidaria es un esfuerzo organizati-
vo para la distribución y consumo de productos locales, agroecológi-
cos y solidarios fundada en 2016 “bajo los principios de la economía
solidaria y la agroecología como estrategia para lograr la soberanía
alimentaria” (Despensa Solidaria, s/f). Esta red integra decenas de
productores, transformadores y redes de comercio justo para confor-
mar una canasta básica de frutas, verduras, hortalizas, pan, derivados
de animales, derivados de semillas, herbolaria productos de cuidado
personal, entre otros. Cada semana se levantan los pedidos de los
consumidores, un equipo realiza el armado de las despensas y se
organizan las entregas en puntos específicos o mediante bicimensa-
jería. La idea es “construir un circuito económico solidario que tenga
en el centro el bien común, desde el productor hasta el consumidor,
donde se revalore el trabajo autogestivo y se resignifique la forma de
consumo” (Despensa Solidaria, s/f).
Aunque estas tres redes de consumo no tienen los niveles de dis-
tribución de los tianguis o mercados ya establecidos, realizan una im-
portante labor en cuanto a las economías populares de las unidades
familiares y pequeños productores de diversas geografías, compar-
tiendo canales de distribución y ampliando la oferta a otros sectores
de la sociedad. También se han convertido en espacios de encuen-
tro y conexión entre los distintos participantes, pues no se reduce a
una relación económica, sino también afectiva, de politización y de
reproducción.
Hacia un mapeo de las experiencias de economía popular en la Ciudad de México 181
Las mercaditas feministas
Bajo la consigna de “¡Esto no es un tianguis, es una protesta contra la
violencia económica!”, miles de mujeres organizan espacios de inter-
cambio en distintos lugares públicos de la ciudad como estaciones
del sistema de transporte colectivo o plazas públicas. Pero también la
dinámica de las autodenominadas mercaditas se ha extendido hacia
las periferias de la Ciudad de México para denunciar con su visibiliza-
ción las múltiples violencias. Una integrante de la Asamblea Vecinal
“Nos Queremos Vivas Neza” señala:
Las “mercaditas” son un espacio para que nos organicemos nosotras
y tengamos opciones. No esperar a que el Estado lo haga, porque el
Estado nos puede mantener en una situación de precariedad históri-
ca constante. Queremos accionar y defender el derecho a organizar-
nos… Las mercaditas, subraya Elsa, son el acto de tomar la calle para
vender y truequear, para buscar nuevas formas de hacer frente a la
violencia económica. Se trata de “buscar opciones, ir acompañadas
y sobre todo defender esta, nueva propuesta: el derecho a organizar
una economía diferente entre mujeres (Castro et al., 2021).
Las mercaditas que se realizan en los espacios físicos de la ciudad
tienen su correlato en el ciberespacio, en páginas de Facebook de-
nominadas “Mercadita Feminista”, “Bolsa de Trabajo Feminista” o
“Autogestión Feminista”, que agrupan a miles de integrantes. Todas
ellas comparten la idea de hacer frente a la violencia económica, ob-
tener ingresos y enfrentar la precarización, al incentivar la sororidad.
La pandemia agudizó los procesos de violencia para las mujeres, por
lo que el comercio se convirtió para muchas en la única fuente de
ingresos; una buena parte hace sus entregas en estaciones del me-
tro o, si es posible, a domicilio, lo que da muestra de cómo quedar-
se en casa (o el teletrabajo) no ha sido opción para una población
182 Jaime Fernando González Lozada y Luis Alfonso Castillo Farjat
numerosa. A su manera, las mujeres de las mercaditas están creando
“una economía que pone en acto otras estrategias de producción,
circulación y consumo que encuentra en la rebelión pública [y en
la virtual] el modo de visibilizarse –y no simplemente ser re-funcio-
nalizada en la economía de mercado–” (Gago, 2014, p. 120). Desde
lugares comunes y situaciones de frontera dan paso “a la experimen-
tación de una divergencia no excluyente de itinerarios, recursos lin-
güísticos, afectivos e intelectuales, que conviven como multiplicación
de territorios” (p. 118).
Cooperativas de pan
El pan es uno de los productos fundamentales para el sostenimien-
to de las clases populares, principalmente por su asequibilidad. En
México hay por lo menos 56 mil panificadoras, de las cuáles el 75%
son denominadas informales (La Jornada, 2020). Este cuantioso sec-
tor en realidad es una manifestación de la economía popular. En los
últimos años, en la Ciudad de México han surgido una serie de pro-
yectos cooperativos de pan, con la característica de estar vinculados a
la militancia libertaria o autonomista. Desbordando la visión econo-
micista, cuestionan al trabajo enajenado, buscando el establecimien-
to de relaciones sociales distintas: como lo señalan integrantes de
Autodefensa Alimentaria, “compañerx significa la/el que comparte el
pan”. El origen de esta cooperativa se remonta a una familia migrante
del Medio Oriente hacia Argentina, a partir de la cual se extendió su
receta en las movilizaciones de 2001 por su bajo costo. De ahí llega a
México, promoviéndose su difusión mediante talleres de panadería
en el Multitrueke Mixiuhca.
La idea de compartir un espacio donde se generen otras formas
de relacionarse (tomando en sus manos la posibilidad de generar
lo necesario para asegurar la reproducción de la vida) forma parte
del horizonte político de estos emprendimientos. Como lo señalan
Hacia un mapeo de las experiencias de economía popular en la Ciudad de México 183
las integrantes de Vendaval, “no solo de pan vivimos. Y que la vida
humana no se reduce solamente al acto creador del trabajo. Por eso,
nuestra apuesta no es solo por el trabajo digno sino por la vida digna
en su totalidad” (Vendaval, 2020). Justamente, estos proyectos de
panadería se han vinculado a otros proyectos políticos y al tejido de
redes alternativas.
La recuperación del oficio de la panadería tiene como reto los
altos costos de renta y de insumos, así como la remuneración de sus
integrantes. Pero también tiene el reto de incorporar productos de
calidad, frente a la invasión de productos de panificación ultrapro-
cesados con altos niveles de azúcar y harinas refinadas. De acuerdo
con Rojo y Negro Colectivo, se busca tener productos saludables y
relaciones de reciprocidad con productores “libres de explotación
laboral… eliminación de intermediarios/coyotes (libres de costos
usurarios) y libres de transgénicos, químicos y explotación animal)”
(Rojo y Negro Colectivo, 30 de abril del 2020). Si bien, este tipo de
proyectos han retomado la vía cooperativa, han trascendido esa for-
ma, articulando su trabajo político con la creación de redes de apoyo
con miras a la creación de circuitos populares de economías, lo que
resulta un desafío constante para conseguir reducir los costos y lo-
grar hacer asequible el pan a un mayor número de población.
Cooperativas de transporte
Uno de los principales límites para el crecimiento de experiencias
de economía popular es la cuestión del transporte, una de las vías
para la transferencia de valor en estos sectores. Por ejemplo, para
los productores chinamperos de la Ciudad de México los coyotes
o intermediarios son una de las caras más visibles de la explotación
capitalista sobre esa forma de producción colectiva. Esos interme-
diarios han recreado estructuras coloniales de control de la pequeña
producción, estableciendo los precios, contratando mano de obra
184 Jaime Fernando González Lozada y Luis Alfonso Castillo Farjat
asalariada para las cosechas y vendiendo los productos movilizados
en grandes centros de distribución. Frente a ello, los productores tie-
nen pocas opciones para movilizar sus productos; de igual forma
sucede con los tianguistas, ferias de trueque o demás proyectos.
Ante esas problemáticas han surgido proyectos cooperativos de
transporte articulados a las redes populares de economía. Mediante
diversos medios de transporte (que van desde vehículos de carga,
motocicletas o bicicletas), estos proyectos pretenden recuperar la
circulación de los canales del capital para limitar la transferencia de
valor de las economías populares. Cada medio de transporte tiene
sus ventajas y límites.
La bicicleta o triciclo, por ejemplo, ha sido uno de los medios
más empleados en ciertos sectores de la economía popular por lo
reducido de sus costos y los tiempos fijos que representan sus viajes
al eludir el tránsito de autos. Es, en el oriente de la ciudad, sobre todo
en Iztapalapa y en menor medida Tláhuac y Xochimilco, donde se
realiza el mayor número de viajes en bicicleta (SEDEMA, 2019). El
empleo de la bicicleta ha promovido un número creciente de pro-
yectos y cooperativas de bicimensajería en toda la ciudad en los úl-
timos años, sumado a las condiciones que generó la pandemia para
la entrega de productos a domicilio y para generar recursos propios
ante la crisis económica. Veganexpressmx o Morras Mensajeras, por
ejemplo, brindan servicios de bicimensajería y se han articulado con
otros proyectos cooperativos para la entrega de productos.
De igual manera, el colectivo de repartidores, paqueteros y men-
sajeros universitarios “Tameme”,6 realiza entregas en automóvil,
motocicleta y bicicleta. Surge de la necesidad de dos situaciones
iniciales: obtener ingresos para poder sostener los estudios y hacer
6 Tameme era el nombre náhuatl designado a los cargadores que llevaban en sus es-
paldas artículos, personas o tributos en el mundo mesoamericano.
Hacia un mapeo de las experiencias de economía popular en la Ciudad de México 185
frente a los constantes abusos que sufren principalmente los reparti-
dores de aplicación, como lo señala uno de sus fundadores:
No hay seguridad social ni ningún otro tipo de prestación a pesar de
ser un trabajo de alto riesgo, cambian constantemente sus términos
y condiciones y si no las aceptas no puedes trabajar, pagan la tarifa
que ellos imponen y cada vez es menor, nos dieron la espalda con
la pandemia y no facilitaron insumos mínimos para protegernos del
virus, etc. (Comunicación personal).
Bajo principios como el apoyo mutuo, la colectividad y el fomento
a las pequeñas economías locales, buscan construir alternativas para
otros repartidores con un sentido de “justicia social”. Este proyecto
nos señala la violencia estructural del sistema, pues, al ser jóvenes,
muchos han tenido que abandonar sus estudios para sostener los
gastos, además de que los tiempos del régimen salarial a veces son
incompatibles con los tiempos educativos. A esto se le suma las con-
diciones de superexplotación y precarización del trabajo mediante
las aplicaciones o plataformas digitales.
En otro rubro, la Cooperativa Autónoma de Transporte (CAT) es
un proyecto que surge a raíz del sismo que sacudió a la ciudad en
el año 2017 con la intención de romper “la dependencia, en térmi-
nos de movilidad, en la que nos encontramos cientos de cooperati-
vas, proyectos autónomos y colectivos” (Cooperativa Autónoma de
Transporte, 18 de noviembre del 2020). La solidaridad desplegada
con el sismo se manifestaba en la gran cantidad de víveres provistos;
sin embargo, se carecía de la capacidad para movilizarlos a los lugares
más afectados. Este proyecto menciona haber realizado más de 500
mudanzas y fletes, priviliegiando el trabajo con proyectos autogesti-
vos, redes solidarias y organizaciones autónomas, tanto dentro de la
ciudad como hacia otros Estados, algunos remunerados, otros true-
queados y otros tantos sin costo alguno.
186 Jaime Fernando González Lozada y Luis Alfonso Castillo Farjat
Los vehículos de carga de dicha cooperativa han permitido con-
tribuir a la articulación de redes a distintas escalas. No obstante, para
los insumos como la gasolina o refacciones se depende totalmente
del mercado capitalista, sin mencionar sus altos costos. Asimismo,
una de las principales problemáticas que tienen que enfrentar este
tipo de proyectos es la constante extorsión por parte de la policía y
del crimen organizado, grupos vinculados históricamente al control
de la circulación en México.
Las cooperativas de transporte son un buen ejemplo de cómo
funcionan las redes de apoyo mutuo o de solidaridad en medio de
una economía popular. En primer lugar, con la difusión que se hace
de los proyectos en los distintos espacios donde convergen, lo que
les brinda una especie de publicidad amplia y gratuita; en segundo
lugar, por la preferencia que manifiestan quienes solicitan un servicio
de transporte de este tipo; en tercer lugar, porque pueden gestionar
formas conjuntas de trabajo para reducir los costos de distribución
y aportar sus saberes en términos de logística, lo que las hace más
viables económicamente y, por último, porque frente a necesidades
de transporte en alguna situación crítica las cooperativas de trans-
porte pueden prestar sus vehículos para resolver dicha necesidad,
como ha ocurrido para llevar acopio a las comunidades afectadas por
sismos o huracanes, lo que fortalece vínculos y brinda legitimidad a
los proyectos. Esto también pone de manifiesto la polivancia de los
y las trabajadoras de la economía popular, al participar como pres-
tadores de un servicio, poseedores de saberes logísticos, productoras
de mercancías, comerciantes, investigadores de nuevos mercados o
innovadores de alguna actividad comercial en el rubro, como lo han
sido las cooperativas de transporte.
Hacia un mapeo de las experiencias de economía popular en la Ciudad de México 187
Consideraciones finales
Las distintas prácticas económicas son una muestra de la hetero-
geneidad estructural en América Latina, expresadas también en la
disputa conceptual de dichas expresiones. Recuperamos la idea de
trabajo asociativo como un campo amplio, complejo, heterogéneo y
conflictivo de múltiples experiencias y distintas apuestas que buscan
la reproducción ampliada de la vida y que tienen como su principal
característica la puesta en acción de la colectividad. Pensamos que las
economías populares forman parte de ese gran panorama de traba-
jo asociativo, en el sentido de una apuesta de las clases subalternas
por gestionar la reproducción de la vida de forma colectiva. Ello no
implica, necesariamente, un horizonte político emancipatorio, pero
sí un rechazo a las condiciones de precarización y despojo que ha
adoptado el sistema hacia las clases populares para solventar la crisis
civilizatoria.
A partir de las experiencias de economías populares que hemos
escogido, podemos mencionar la construcción de una espacialidad
propia, sobre todo imbricada en los barrios y colonias populares de
la Ciudad de México. Distintas áreas de la ciudad se convierten en
nodos de las economías populares por la densidad de casos que ahí
se presentan. Justamente encontramos cierta tendencia a la creación
de redes que permitan el sostenimiento colectivo de los emprendi-
mientos y proyectos mencionados. De esta forma se han articulado
ferias, mercados alternativos, tianguis, mercaditas y otras formas de
intercambio que exceden sus formas para convertirse en puntos de
sociabilidad, vínculos afectivos o procesos de politización. Los puntos
de intercambio, cooperativas, centros culturales o mecanismos de
ahorro, así como los diversos tipos de emprendimientos terminan
por desbordar sus formas para convertirse en procesos de mayor am-
plitud, de igual manera que la barrera entre productores y consumi-
dores, al menos en los ejemplos que recuperamos, se diluye.
188 Jaime Fernando González Lozada y Luis Alfonso Castillo Farjat
Otra característica de las experiencias de economías populares
que retomamos tiene que ver con los diferentes grados de politiza-
ción existentes y de las distintas relaciones que guardan estos em-
prendimientos con instancias estatales, generándose un interesante
diálogo entre los diferentes horizontes políticos existentes en esas
propuestas. Asimismo, cabe destacar el alto grado de imaginación
política que guardan estos casos para solventar su sostenimiento,
con miras a la creación de excedentes que permitan la reproducción
ampliada de la vida, sobre todo en cuestiones de salud o educación.
Difícilmente puede hablarse de las experiencias de economías po-
pulares como entes monolíticos, o al menos, de bloques compac-
tos, sino que los sectores subalternos le imprimen sus condiciones
de abigarramiento, evidenciado en una gran cantidad de flujos de
valores discontinuos en constante redefinición. De igual mane-
ra, la composición de las clases populares muestra la multiplicidad
de mecanismos económicos y de actividades, que en la mayoría de
los casos es una combinación de diversas formas para solventar su
reproducción.
Con la pandemia de la Covid-19 asistimos a la profundización de
las desigualdades que las violencias estructurales han ceñido sobre la
clase trabajadora, por lo que para este sector se volvió necesario recu-
perar, afianzar y crear una diversidad de mecanismos para su subsis-
tencia, que van desde las redes de apoyo mutuo, mercados y formas
de intercambio alternativas, hasta giros en las actividades económi-
cas que venían desarrollando. El reset económico del capitalismo a
partir de la emergencia sanitaria que significó la ruptura en ciertas
cadenas de valor y la creación de otras, ha mostrado la maleabilidad
de las prácticas de economía popular. La maleabilidad intrínseca a las
prácticas económicas populares ha mostrado la capacidad de rein-
vención de esos mecanismos, que en México están marcados por la
clase, la raza y el género.
Hacia un mapeo de las experiencias de economía popular en la Ciudad de México 189
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Hacia un mapeo de las experiencias de economía popular en la Ciudad de México 193
El trabajo de reparto mediado
por plataformas digitales
en Quito
Entre la precarización
y la acción colectiva
HÉCTOR FABIO BERMÚDEZ LENIS
Introducción
La llamada “economía de plataformas”, como nuevo sector de la
economía popular, articula múltiples transacciones socioeconómi-
cas mediadas digitalmente por el intercambio de bienes y servicios,
en una amplia gama de modalidades con sus respectivas formas
de organización del trabajo y diversidad de actores. Dentro de este
conjunto de actividades, cobra protagonismo el “trabajo de reparto
de gig workers”, trabajadoras y trabajadores cuyos servicios se con-
tratan en un mercado robusto de empresas a través de plataformas
digitales, para tareas de entrega, trabajo diario y trabajos ocasionales
(Florisson y Mandl, 2018). Su rápida expansión en las ciudades lati-
noamericanas, y la necesidad de mejores condiciones laborales para
las y los trabadores de reparto, conformada en el contexto del avance
de los algoritmos y de su peso en los actuales mundos del trabajo,
195
ha despertado un creciente interés de las investigaciones regionales
(Bernis y Guinsburg, 2019; Del Bono, 2019; Hidalgo et al., 2020).
A pesar de su reciente aparición, en la actualidad existe un mer-
cado diversificado de aplicaciones que cubren demandas como el
transporte de objetos, entrega de alimentos, medicamentos, y trámi-
tes personales, afianzando nuevos modelos de negocios que se ca-
racterizan por la dilución de los límites entre clientes, consumidores,
productores, y vendedores (Fisher y Fuchs, 2015). En aras de superar
las ambigüedades terminológicas de los denominados “modelos co-
laborativos” para definir este tipo de actividades, es preciso enfatizar
en el trabajo que realizan las personas en estas transacciones. De ahí
que sea más preciso emplear el término “trabajo de plataformas”
(Florisson y Mandl, 2018).
Se debe prestar especial atención al papel de los algoritmos como
elementos que posibilitan el establecimiento de nuevas formas de
control y organización del trabajo, pero también a la acción de las y
los repartidores para reivindicar sus derechos laborales, en el contex-
to latinoamericano que se caracteriza por tener a más de la mitad de
su fuerza de trabajo en la informalidad (Bensusán, 2017).
En este capítulo se examina de manera exploratoria el trabajo
de reparto por plataformas digitales y su afianzamiento en Quito,
Ecuador, dando cuenta de las condiciones de trabajo derivadas de las
formas de organización y control que imprimen las compañías trans-
nacionales, pero sobre todo de la capacidad organizativa de la pobla-
ción de reparto local para enfrentar las imposiciones empresariales.
Ponemos en el centro la acción colectiva que se teje en esta actividad,
con el objetivo de contribuir a la visibilización de la transformación
de las economías populares por nuevos actores en el mundo labo-
ral. Particularmente, abordamos el caso de las y los repartidores de
Glovo (glovers), cuya lucha histórica ha sido fundamental para me-
jorar las condiciones laborales de su generación y de generaciones
posteriores.
196 Héctor Fabio Bermúdez Lenis
A partir de la caracterización de las acciones colectivas de los glo-
vers basada en el seguimiento de prensa e información de la web,
damos cuenta de sus repertorios de acción, el tipo de confrontación,
y el papel del Estado en estas interacciones entre los años 2019 y
2020.1 En ese sentido, se plantean las siguientes preguntas: ¿Cómo
incide la negación empresarial de un vínculo laboral entre platafor-
mas digitales y repartidores en la precarización de esta actividad? ¿De
qué forma los repartidores y repartidoras de Glovo en Quito enfren-
tan las imposiciones empresariales? Para orientar las reflexiones en
estas direcciones, el documento se divide en dos grandes apartados.
En el primero, se problematiza el trabajo precario del reparto en las
plataformas digitales, enfatizando en las formas de organización del
trabajo y control impuestas por las compañías, pese a la negación de
una relación contractual con las y los trabajadores de reparto. En el
segundo apartado, se hace una aproximación empírica de la acción
colectiva de las y los repartidores de Glovo de Quito, destacando sus
principales repertorios de acción. Finalmente, se ofrece un apartado
con las principales conclusiones.
El trabajo precario del reparto en las plataformas digitales
La Gran Recesión del 2008 marcada por una crisis hipotecaria y fi-
nanciera allanó el terreno para el despunte de diversas empresas me-
diadas por actividades digitales (ILO, 2021). Sin embargo, ya desde
las últimas décadas del siglo XX, el mundo del trabajo experimentó
procesos globales orientados a la restricción de derechos que, su-
mados a los avances tecnológicos del internet y al crecimiento del
1 Entre los últimos meses del año 2020 y los primeros meses del 2021, Glovo vendió
los dominios de sus mercados suramericanos por USD 267,9 millones de dólares a
la plataforma PedidosYa, representante en la región de la también poderosa transna-
cional alemana Delivery Hero. En Ecuador esta operación se materializó en el mes
de marzo del año en curso (Rojas, 2020).
El trabajo de reparto mediado por plataformas digitales en Quito 197
sector de servicios, han permitido el nacimiento y consolidación de
la “economía de plataformas” o “Gig Economy”.
El origen histórico de los procesos de precarización en la “eco-
nomía de plataformas” se remonta, por tanto, a procesos de preca-
rización atravesados por la pérdida de derechos. La instauración de
la “modernización globalizada”, que para América Latina se agudizó
con la crisis de la década de 1980 y con la imposición de un orden
neoliberal (Pérez-Sáinz, 2019), trajo dinámicas de “exclusión”2 como
expresión del “desempoderamiento” intenso reflejado en problemá-
ticas como la “migración forzada”, y la “des-laboralización” de las
relaciones laborales. Desde entonces, se ha intensificado la escisión
entre trabajo y ciudadanía, lo cual trae como consecuencia la ilusoria
desaparición de la figura del trabajador.3
Estas dinámicas de exclusión se han producido de manera di-
ferenciada en los países latinoamericanos, cuyas economías nunca
estuvieron vinculadas de lleno a los modelos del trabajo asalariado,
pero sí han sido golpeadas por las políticas neoliberales. De forma
que la des-laboralización de las relaciones de trabajo ha precarizado
las relaciones asalariadas en el norte global, y agudizado la informali-
dad en los países latinoamericanos.4
2 Aunque los procesos de exclusión son dinámicos y no deben ser dicotomizados en
el binario inclusión/exclusión (Grimson, 2011, citado en Pérez-Sáinz, 2019).
3 El “mito del emprendedor” que representa a aquel individuo que es su propio jefe,
es un relato que descansa en la instauración de modelos neoliberales en los cuales
no desaparece la figura del estado, sino que se instituye una nueva razón neoliberal,
que a través de una economía política particular establece el nuevo arte de gobernar.
Este se reduce a la premisa de “cómo no gobernar demasiado”, de manera que “para
Foucault, la particularidad del neoliberalismo es ‘generalizar la forma económica del
mercado’, o generalizar efectivamente la forma ‘empresa’ dentro del cuerpo o el
tejido social, con lo que se produce una economización de la totalidad del campo
social” (Brown, 2015, p. 63).
4 Procesos tales como la inserción de la fuerza laboral de migrantes en condiciones
precarias, desempleo, alta rotación de puestos, debilitamiento de los sindicatos (y
traslado de la acción al plano individual), dan cuenta de estas formas a través de las
cuales se han precarizado las relaciones asalariadas.
198 Héctor Fabio Bermúdez Lenis
En los procesos de des-laboralización, el derecho mercantil susti-
tuye al laboral. En consecuencia, proliferan figuras que menoscaban
los derechos de las y los trabajadores, a pesar de que se continúan
ejerciendo formas de control en una clara presunción de laborali-
dad. Las plataformas digitales de trabajo se enmarcan en estos pro-
cesos de desempoderamiento en actividades globalizadas asociadas
a las nuevas tecnologías, insertándose en una amplia tendencia del
mundo del trabajo que ha permitido a las empresas externalizar los
riesgos, tareas y funciones anteriormente realizadas al interior de las
empresas, y posteriormente subcontratadas como actividades ajenas
(Pérez-Sáinz, 2019).
Tales procesos no afectan solamente a la tecnología, sino al pro-
pio sistema socioeconómico. Se trata de un proceso de “acumu-
lación por desposesión” mediante el uso de mecanismos legales y
financieros (Harvey, 2005). Estas estrategias, sumadas al desarrollo
tecnológico del internet y software de geolocalización, han sido de-
terminantes en el giro del trabajo de reparto clásico al mediado por
plataformas digitales, con repercusiones profundas en la precariza-
ción laboral para las y los repartidores. En este escenario, empresas
como Uber o Rappi dan cuenta del giro digital del capitalismo (Pa-
lermo, Radetich y Reygadas, 2020).
En la práctica, la transferencia de riesgos y costos a una multi-
tud de “falsos autónomos” es administrada por softwares y plata-
formas en línea, que conectan a los usuarios que trabajan con los
usuarios-consumidores y dictan y administran las reglas (incluyendo
los costos y las ganancias) de esa conexión (Abílio, 2017).
Las plataformas externalizan la responsabilidad y el control sobre
las transacciones económicas, mientras ejercen un poder concen-
trado a través de formas de control indirecto. En otras palabras, las
plataformas centralizan el poder al tiempo que distribuyen el control
(Kornberger et al., 2017, citado en Vallas y Schor, 2020). Consideran-
do esta particularidad, las plataformas representan un tipo distinto
El trabajo de reparto mediado por plataformas digitales en Quito 199
de mecanismo de gobernanza, diferente de los mercados, jerarquías
o redes, y plantean un conjunto único de problemas, distintos a los
de la economía convencional.
Las características distintivas de este “régimen de poder permi-
sivo”, son: 1) la adopción de un modelo de negocio en el cual las
empresas capturan ganancias a través de la intermediación digital
evitando gravámenes, y, esto depende de su capacidad para externali-
zar costos; 2) la transformación de la relación laboral, que ya no está
basada en formas de jerarquía y control tradicionales, pues se renun-
cia al control de estos procesos; 3) la configuración de una organiza-
ción espacial del trabajo en la cual los trabajadores son dispersados
espacialmente, y esto genera relaciones de competencia, e individua-
lización; 4) finalmente, la modificación de las formas de supervisión,
en tanto se abandonan controles jerárquicos, y se establecen en su
lugar mecanismos de monitoreo tecnológico tales como la geoloca-
lización5 (Vallas y Schor, 2020).
La plataforma es una máquina que, al mismo tiempo que sirve
para producir, sirve para vigilar a quien produce (Palermo, Radetich
y Reygadas, 2020). La función ‘algoritmica’ y el control por geoloca-
lización cumplen la función de organizar el trabajo y, por ello, en las
plataformas digitales de reparto la geolocalización mediante GPS es
fundamental (De Stefano, 2016). Además, las plataformas de traba-
jo usan algoritmos para evaluar el rendimiento de los trabajadores
(ILO, 2021). En el caso de las plataformas de trabajo de reparto, los
trabajadores deben cumplir con un umbral en los puntajes de sus
cuentas para lograr que el algoritmo los ubique en las mejores zonas
de la ciudad y en los horarios más favorables. Esto se da mediante las
calificaciones de clientes y restaurantes. Una mala reputación en el
5 De ahí que muchas empresas promuevan entornos laborales “sin oficinas ni jefes”
(Palermo, Radetich y Reygadas, 2020).
200 Héctor Fabio Bermúdez Lenis
puntaje puede desembocar incluso en el cierre de sus cuentas (ILO,
2021).
La población de reparto en glovo y la crisis ecuatoriana
En el 2018 se instalaron en Ecuador las compañías Glovo y Uber
Eats, y un año más tarde arribaría Rappi.6 El desembarco de las pla-
taformas de reparto se dio en un contexto de crisis económica, y en
el afianzamiento de un modelo neoliberal en el cual se implementó
una serie de medidas de austeridad, con fuertes consecuencias en el
mundo laboral de las y los ecuatorianos.7
Esta y otras medidas, como la aprobación en el 2018 de La Ley
Orgánica de Fomento Productivo, Atracción de Inversiones, Genera-
ción de Empleo y Estabilidad, y Equilibrio Fiscal, y el posterior acuer-
do económico con el Fondo Monetario Internacional (FMI), trajeron
consecuencias negativas no solo en la reducción del gasto público,
sino en general en el aumento del costo de vida para la población
ecuatoriana y en el aumento de las tasas de desempleo y empleo no
adecuado (Hidalgo y Valencia, 2019). En ese contexto, el mercado
de trabajo de reparto a través de plataformas digitales encontró una
6 Uber es una sociedad de responsabilidad limitada originaria de los Países Bajos.
Glovo tiene sede en España. Y Rappi es una transnacional colombiana.
7 El gobierno de Lenin Moreno culpaba de la crisis que arrastraba Ecuador desde el
año 2015 al anterior gobierno de Rafael Correa. Según el mandatario, la crisis se de-
bía especialmente a las decisiones tomadas, que “no fueron debidamente mesuradas
y se puso al límite la sostenibilidad de la economía” (El Comercio, 2017). De manera
que el 28 de julio del 2017, el mandatario presentó públicamente un conjunto de
datos en los que expuso que los compromisos para salir de la crisis sumaban USD
57.788 millones, una cifra equivalente al 59% del PIB nacional. Acto seguido anun-
ció una serie de fuertes medidas de austeridad fiscal para hacer frente a tal situación
crítica, siendo una de ellas la reducción del gasto público, que afectó la contratación
de personal.
El trabajo de reparto mediado por plataformas digitales en Quito 201
demanda considerable entre sectores precarizados conformados en
buena medida por migrantes venezolanos.8
La pandemia del COVID-19, y las medidas gubernamentales
para paliarla (tales como el confinamiento desde marzo del 2020),
significó un nuevo giro de tuerca para la estabilidad de las econo-
mías locales, para la configuración de las economías de plataforma, y
particularmente para las condiciones de una población creciente de
repartidores. En Ecuador, pese a las escasas cifras oficiales, y la fluc-
tuación constante del número de trabajadores en las plataformas, se
estima que en el año 2019 existían más de 4 mil repartidores activos
distribuidos entre las principales empresas de reparto, de los cuales
mil eran glovers (El Telégrafo, 2019).
Ese mismo año, ILDIS investigó las condiciones laborales de re-
partidoras y repartidores de las compañías Glovo y Uber Eats en la
ciudad de Quito. Para el caso de la compañía Glovo diseñaron una
encuesta que aplicaron a 500 glovers. Este diagnóstico pionero en
Ecuador, reveló que se trataba de una población mayoritariamente
joven, que promediaba entre los 25 y los 30 años de edad, masculina
en su gran mayoría (97%), mayoritariamente venezolana (54%), y
altamente cualificada, pues el 34% de ellos había cursado una carrera
universitaria (Hidalgo y Valencia, 2019).
Entre los requisitos para vincularse en esta actividad se destaca el
poseer un Smartphone, contar con vehículo propio, cumplir con la
mayoría de edad, presentar identificación (ya sea cédula ecuatoriana
o pasaporte), RUC y firma electrónica. Estos requisitos son suficien-
tes para estampar la firma en el contrato mercantil. Los términos y
8 Según el viceministro de Seguridad, Patricio Pazmiño, se estimaba que para el año
2020 había cerca de medio millón de venezolanos radicados en Ecuador, de los
cuales solamente el 11% que trabaja contaba con un contrato formal que regulaba
su situación laboral. De los 183 mil migrantes registrados, el 51% eran mujeres, y el
63% no contaba con un empleo (El Comercio, 2020). Estos datos fueron recabados
por el Ministerio de Gobierno mediante una encuesta aplicada en el proceso de
registro biométrico de migrantes venezolanos.
202 Héctor Fabio Bermúdez Lenis
condiciones de las compañías dejan en claro que no hay ninguna
relación de subordinación entre el repartidor y la plataforma (Bernis
y Guinsburg, 2019).
La negación empresarial de cualquier vínculo de dependencia
con las y los repartidores: Un campo en disputa
Como hemos expuesto, mediante el uso de algoritmos se pone en
marcha un conjunto de estrategias empresariales orientadas a la or-
ganización del trabajo y al establecimiento de formas de control, jun-
to al deslinde empresarial de cualquier relación de dependencia con
los repartidores.
Los empresarios de las plataformas sostienen que ofrecen una
herramienta tecnológica que permite mediaciones entre clientes y
repartidores. Alejandro Freund, gerente de Rappi, ilustra tal postura
empresarial, cuando afirma que “los motorizados no son colabora-
dores. Nosotros ponemos a disposición la aplicación y permitimos
que la gente haga tareas por una compensación que paga el cliente,
no Rappi” (Primicias, 2020). De esta manera, argumentan que cada
repartidor decide cuándo y cuánto tiempo le otorga al servicio (Frei-
re, 2019).
Los repartidores de las plataformas digitales no obtienen un sala-
rio básico ni seguridad social por su trabajo. Sus ganancias dependen
de la distancia de los recorridos y de la calificación de los clientes.
Al ser “dueñas y dueños de su tiempo”, trabajan cuanto quieran y
puedan, aunque los horarios dependen del puntaje que acumulen
diariamente en la plataforma.
La heterogeneidad en la población de reparto, en cuanto a sus
jornadas laborales, propiedad sobre los medios de producción (con-
siderando que también se alquilan las motocicletas), e ingresos, su-
mada al hecho de que no existe un jefe visible ante el cual puedan
presentar las demandas, hace que se dificulte el reconocimiento de
El trabajo de reparto mediado por plataformas digitales en Quito 203
una relación laboral. A estas condiciones se suma la alta volatilidad
de este empleo, medida que una combinación de transformaciones
tecnológicas y deslocalizaciones convierten a los trabajadores en
prescindibles (Harvey, 2015).
En el discurso de la flexibilidad y del emprendedurismo, el trabajo
de reparto funge como una alternativa temporal para quienes de-
seen obtener ingresos extras. Sin embargo, cada vez son más los que
trabajan de domingo a domingo en jornadas diarias que superan las
ocho horas. En el 2019, el 56% de la población de Glovo manifestó
dedicarle 7 días a la semana a esta actividad, con una intensidad de
entre 8 y 12 horas al día (74%), lo cual indica que el delivery no re-
presenta ganancias complementarias, sino que es la principal fuente
de ingresos para las y los glovers (Hidalgo y Valencia 2019, 20)9.
Pese al establecimiento de una relación de poder favorable a los
empresarios, las plataformas digitales son constructos moldeables,
por regulaciones políticas, dinámicas mercantiles, y sobre todo por
relaciones de poder entre actores sociales. En la pugna por el estatuto
legal en el trabajo de delivery inciden los poderes gubernamentales,
por acción o por omisión. Algunos autores sugieren que la garantía
de los derechos laborales no depende del establecimiento de la rela-
ción laboral entre trabajadores y empresas, sino de la robustez de los
entornos institucionales (Vallas y Schor, 2020). Bajo esta perspectiva,
si un Estado institucionaliza reglas claras sobre el funcionamiento de
las plataformas, imposibilita que las leyes del mercado se impongan
por sobre los derechos de los trabajadores.
Este argumento ha sido objeto de críticas, pues desconoce el
enorme poder político de los empresarios de las plataformas, quie-
nes en la defensa de sus intereses frecuentemente mueven fichas
9 Un glover ganaba en promedio 700 USD mensualmente, aunque para ello debía tra-
bajar durante toda la semana por extensas jornadas de 11 a 13 horas diarias (Hidalgo
et al., 2020).
204 Héctor Fabio Bermúdez Lenis
para cooptar las instituciones del Estado.10 En esta medida, el Estado
ha favorecido a intereses empresariales, en momentos en los que la
globalización no provoca un debilitamiento del Estado sino, por el
contrario, promueve un papel cada vez más activo en los procesos
globales (Sassen, 2007). El cabildeo y el reclutamiento de clientes
para oponerlos a la regulación son viejas estrategias políticas usa-
das por los empresarios de las plataformas digitales (Culpepper y
Thelen, 2019, citado en Vallas y Schor, 2020). Como en el caso de la
famosa “uberización de la política” (Walker, 2016, citado en Vallas y
Schor, 2020), en la cual Uber movilizó a los usuarios de su aplicación,
quienes hicieron resistencia a las regulaciones estatales, y con ello la
plataforma logró inclinar la balanza a su favor.
A pesar de esto, los repartidores han sabido usar hábilmente su
poder de negociación (Silver, 2003) para interlocutar con los gobier-
nos locales y nacionales en el posicionamiento de sus demandas en
la agenda pública y para presionar por su institucionalización. Las
plataformas son por lo tanto un campo en disputa, cuyo devenir
histórico depende de las posibilidades de acción colectiva de las y
los repartidores. De ahí que un punto central de disputa histórica ha
sido la lucha por la institucionalización de estos “gig workers” como
trabajadores bajo relación de dependencia (Cherry, 2016; Dubal,
2017; Rogers, 2016, citados en Vallas y Schor, 2020).
10 Y lo hacen en un momento histórico en el que, como lo sugiere Wendy Brown, el
neoliberalismo «ha revertido la formulación liberal según la cual el Estado define y
supervisa al libre mercado, [pues] para ellos [los neoliberales], el mercado debe de-
finir y supervisar al Estado. En pocas palabras, el Estado mismo debe economizarse»
(Brown 2015, 66).
El trabajo de reparto mediado por plataformas digitales en Quito 205
Hacia la acción colectiva. Los repertorios de acción
de las y los repartidores de Quito
Inmerso en una realidad internacional, el sindicalismo ecuatoriano
(siguiendo una tendencia global) no ha logrado canalizar los proble-
mas sociales de este actor emergente, cuya forma de organización del
trabajo no pertenece a las categorías del trabajo clásico. Esto ha sido
una constante durante las últimas décadas, como se ha evidenciado
en diversas contiendas (Ramírez, 2005). Quizás por ello, la pobla-
ción de repartidores se viene organizando de manera independiente.
Estos nuevos trabajadores son la cúspide de la flexibilización espacial
y temporal. No obstante, ganan notable terreno en el “poder asocia-
tivo” (Silver y Jacobin, 2016), dada su capacidad organizativa, forjada
desde el nacimiento de las plataformas de trabajo. Bajo este marco
hay que atender al poder creciente de las y los glovers, quienes se
autoconvocan para liderar la acción organizativa en las calles y en los
espacios virtuales. En ese trasegar, las acciones esporádicas han dado
paso a la consolidación de una estructura organizativa.
Principales repertorios de acción en la protesta de los glovers
en Quito
A través de la revisión de prensa, y del seguimiento de las redes socia-
les del colectivo Glovers Ecuador, hemos intentado recabar la mayor
cantidad de información sobre eventos de protesta en el periodo
agosto 2019-diciembre 2020, que puntualizamos a continuación.
206 Héctor Fabio Bermúdez Lenis
1 agosto de 2019. Un conjunto de repartidores 26 de julio de 2020. Un grupo de aproxima-
de la empresa Uber Eats realizó un plantón damente 500 repartidores de distintas empre-
para manifestar su insatisfacción ante la re- sas realizó una masiva manifestación frente a
ducción unilateral en las tarifas (El Telégrafo, la Unidad Judicial de Tránsito, exigiendo ga-
2019). rantías de seguridad vial a raíz de un accidente
de tránsito que cobró la vida del glover John
25 de noviembre de 2019. La empresa Glovo Marcos Callo Briones (La Garganta Poderosa,
bajó súbitamente las tarifas de ganancia de 2020).
sus repartidores. Esta arbitrariedad detonó
una serie de protestas aisladas y autoconvoca- 24 de agosto de 2020. Paro nacional de repar-
das que fueron intensificándose. tidores de Ecuador. En Quito, los repartidores
se dirigen hacia la Asamblea Nacional para
17 de abril de 2020. Varios trabajadores de exigir condiciones laborales dignas. (Preciado
Glovo, protestaron en las inmediaciones de la Coronado et al., 2020).
empresa. Decidieron hacer un paro organiza-
do ([Link], 2020). 3 de septiembre de 2020. A través de
Facebook, se difunde desde el Observatorio de
22 de abril de 2020. Primer Paro Internacional Plataformas el caso de Yorya, una glover con
de Repartidores, en el cual participaron re- siete meses de embarazo, para quien la pla-
partidores de países como España, México, taforma no ofrecía ningún tipo de apoyo. El
Costa Rica, Guatemala, Argentina, y Ecuador. video se viralizó (Hidalgo, 2020b).
Se trató de colectivos asociados a compañías
como Rappi, Uber Eats, y Glovo. (Pichincha 8 de octubre de 2020. Cuarto Paro
Comunicaciones, 2020a). Internacional de repartidores. Con la partici-
pación de 36 países y más de 60 organizacio-
29 de mayo de 2020. Segundo Paro nes (El Universo, 2020).
Internacional de Repartidores convocado en 6
países de América Latina: Argentina, México, 9 de octubre de 2020. Intervención en la vía
Guatemala, Perú, Costa Rica y Ecuador. Una pública. Dos mujeres glovers colgaron un le-
acción transfronteriza que busca visibilizar las trero de cinco metros en un puente vehicular
demandas de los repartidores y a su vez de- en la Avenida Naciones Unidas, en el que se
nunciar la extrema precarización laboral a la leía “Glovo Explota y Precariza”. El acto fue
que se enfrentan. (Hidalgo, 2020a; Pichincha empañado por el acoso policial a las manifes-
Comunicaciones, 2020a). tantes (Retumba La Prole, 2020).
18 de junio de 2020. Webinar. Primer even- 23 de octubre de 2020. Webinar. “En tu pedi-
to público virtual del Observatorio de do va mi vida”. Mujeres repartidoras organiza-
Plataformas vinculado a ILDIS Ecuador. das en resistencia internacional. En el marco
del ciclo de webinars “Diálogo de saberes en
1 de julio de 2020. Tercer Paro Internacional tiempos de pandemia”. Participaron muje-
de Repartidores que, al igual que el anterior, res líderes de Argentina, México, Ecuador y
tuvo presencia en varios países, entre ellos, Colombia.
Chile, Brasil, Argentina, Costa Rica, México,
y Ecuador. También se reclamó por tarifas, 3 de diciembre de 2020. Un conjunto de
seguridad y mejores condiciones de trabajo. aproximadamente 200 repartidores realiza
(TeleSUR, 2020). un acto simbólico a causa de la muerte de
Orlando Yánez tras ser atropellado por un
22 de julio de 2020. Primera Asamblea bus en Quito. En redes publican la consigna
Nacional de Repartidores de Ecuador. “Ante #NiunRepartidorMenos.
la falta de oficina física, horas en rojo, elimi-
nación del bono de lluvia, baja de puntaje, 22 de diciembre de 2020. Jornada global por
cuentas bloqueadas, no poder tomar horas, los derechos de los trabajadores digitales de
reducción de tarifas y más: ¡Es hora de organi- las APPS.
zarnos!”. Reunión solamente para repartidores
vía Zoom.
El trabajo de reparto mediado por plataformas digitales en Quito 207
De acuerdo con McAdam, Tarrow y Tilly (2005), hay tres elementos
fundamentales para analizar los repertorios de acción en un actor
colectivo o movimiento social:
Particularidad: con qué grado de especificidad se encuentran vincu-
ladas las formas de reivindicación en cuestión a ciertas localidades,
grupos o temas. Escala: cuantos grupos de personas ya distinguibles
en la vida social rutinaria participan en las reivindicaciones. Media-
ción: el grado en que la comunicación de las reivindicaciones depen-
de de intermediarios privilegiados, como opuesto a la confrontación
directa con los objetos de las reivindicaciones (p. 156).
En ese orden de factores, la sistematización de los actos de protesta
de los glovers en Quito nos permite discutir en torno a la conforma-
ción de un proceso histórico, en el que se puede inteligir la aparición
de patrones, y de manera más contundente discutir sobre la compo-
sición orgánica del colectivo.
Particularidad
Demandas tradicionales como el aumento de las tarifas y la segu-
ridad vial han sido constantes a lo largo de todo el proceso. A estas
se añaden otras, catalizadas en el escenario del COVID-19. El traba-
jo desempeñado por los repartidores en tiempos de confinamiento
obligatorio los legitimó socialmente como trabajadores esenciales
para la seguridad de las capas sociales más privilegiadas de las socie-
dades. Esto generó conciencia sobre los derechos de quienes realizan
este tipo de actividades, en una coyuntura sanitaria, pero con gran-
des impactos en el plano laboral.
Las medidas de confinamiento a raíz del COVID-19 han revela-
do grandes transformaciones en la economía de plataformas, cuyas
compañías han estado obligadas a adaptarse a mercados marcados
208 Héctor Fabio Bermúdez Lenis
por una creciente demanda en el servicio de reparto digital. Los go-
biernos locales también han tenido que crear nuevas políticas para
hacer frente a nuevas demandas sanitarias y de tránsito. Particular-
mente, la exigencia de permisos de circulación para los repartidores
en tiempos de pandemia constituyó una de las demandas puntuales
de los glovers. Adicionalmente esta población ha exigido a las pla-
taformas el suministro de elementos de bioseguridad, tales como
mascarillas y gel antibacterial, implementos que mayoritariamente
deben costear los repartidores.
Imagen 1.
Fuente: Facebook de Glovers Ecuador
El seguimiento de los eventos de protesta también permite dar cuenta
de demandas que provienen del sector femenino en la población de
reparto. La creciente participación de las mujeres en esta actividad ha
estado acompañada de exigencias particulares, como el acceso gratui-
to a baños públicos, y licencia de maternidad para las repartidoras.
Estas demandas vienen trascendiendo desde lo puntual hacia lo
sistemático, a medida que la reflexión permanente sobre la naturaleza
El trabajo de reparto mediado por plataformas digitales en Quito 209
precaria del empleo va consolidando una conciencia política. De ahí
que la demanda sustancial de la población glover sea el estableci-
miento de marcos regulatorios claros en función del reconocimiento
de un vínculo laboral de dependencia con los empresarios de las
plataformas digitales, lo que les garantizaría el estatus legal como
trabajadoras y trabajadores.
Escala
Si bien hay registro sobre una manifestación de los repartidores de la
compañía Uber Eats en agosto del 2019, consideramos que el deto-
nante de los actos de protesta se dio en noviembre, cuando de manera
arbitraria la empresa Glovo reemplazó la anterior tarifa por un sistema
de bonos, lo que se tradujo en una notoria reducción de las ganancias
de los glovers.11 La frecuencia de los actos de protesta se relaciona es-
trechamente con el aumento en la escala de los repertorios. Desde el
2019 se presentaron acciones colectivas inicialmente esporádicas, pero
que ganaron fuerza e intensidad con el paso de los meses.
Las medidas gubernamentales para combatir la inesperada pan-
demia del COVID-19 a finales de marzo del año 2020 apaciguaron
las acciones de protesta. Sin embargo, desde el mes siguiente se ex-
perimentó un fortalecimiento del colectivo, evidenciado por la fre-
cuencia de los eventos de protesta, y por el tipo de demandas que
se fueron configurando durante ese proceso. Desde el mes de abril
del 2020 se realizó como mínimo un acto colectivo (e incluso dos), y
esta frecuencia se mantuvo durante todo el año.
En el marco del confinamiento, los glovers en Quito presionaron
para que la empresa suministre estos elementos, obteniendo inicial-
mente una respuesta positiva. La compañía prometió dotarles de
11 Hasta noviembre de 2019, por cada pedido, los glover obtenían U$S 1,50 de base
por pedidos cortos. Este valor se redujo a U$S 0,90 de forma inesperada para ellos.
210 Héctor Fabio Bermúdez Lenis
guantes, mascarillas y alcohol. Sin embargo, los glovers denunciaron
posteriormente que estos suministros eran incipientes, pues les en-
tregaban una mascarilla y un solo par de guantes de látex para toda
la semana, aun cuando su uso es diario. A esto se sumaron nuevos
recortes en las tarifas,12 de tal forma que tras el confinamiento por
el COVID-19 las plataformas digitales incrementaron el cobro a los
clientes, y a los establecimientos, pero redujeron las tarifas de los re-
partidores, lo que agudizó aún más su indignación. El colectivo de re-
partidores liderado por los glovers ganaba más presencia en las calles
de las ciudades ecuatorianas. Fruto de ello, el 22 de abril del 2020,
la lucha alcanzó una escala global, con el primer Paro Internacional
de Repartidores, en el cual se articularon trabajadores de reparto de
varias compañías de España y de países latinoamericanos (como Mé-
xico, Costa Rica, Guatemala, Argentina y Ecuador).
En adelante, durante el año 2020 se presentaron tres paros interna-
cionales más que, alternados con paros nacionales, dotaron a la acción
colectiva de un carácter global. En este ejercicio, como veremos más
adelante, ha sido trascenden