HAMLET
de
William Shakespeare
Traducción, versión y adaptación de
José María Ruano de la Haza
Personajes
HAMLET OFELIA
CLAUDIO GERTRUDIS
POLONIO LAERTES
HORACIO
PASTOR CORTESANO
SEPULTURERO MENSAJERO
REY REINA
Cortesanos, soldados, criados, etc.
© 2007 de José María Ruano de la
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Escena I
Salen Horacio y los soldados Bernardo y Marcela.
MARCELA.––¡A esta hora ocurre, Horacio! ¡Se ve el alma vagando con el rostro del rey!
BIANCA.––Ya van dos días seguidos en que nos encontramos con su presencia.
HORACIO.––¿Qué es lo que ven mis ojos? ¡Ahí está! (Señalando el fantasma que entra
en la escena) ¡Criatura! ¡Regresa al lugar del que viniste, demonio! ¡Y abandona el
rostro de nuestro querido rey!
El fantasma sale de escena.
BIANCA.––Debemos llevarle la noticia a nuestro desolado príncipe Hamlet.
Los tres personajes salen de escena.
Escena II
Salen el rey CLAUDIO y la reina GERTRUDIS, seguidos de HAMLET,
POLONIO, LAERTES y OFELIA.
CLAUDIO.––Querida esposa, querido hijo y sobrino. Todavía conservo viva en la
memoria la imagen de mi amado hermano Hamlet, muerto en batalla. Mi corazón,
saturado de dolor, sigue de luto. No obstante, no he olvidado mis obligaciones, por
lo que pondré fin al duelo oficial por la muerte de mi hermano, y tomaré por esposa
a la que antes fuera mi hermana y ahora es mi reina. Pero ya basta de tristezas,
hablemos de asuntos importantes.
HAMLET se adelanta a hablar con él, pero CLAUDIO finge no verlo y se dirige a
LAERTES.
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CLAUDIO.–– Dime, Laertes, ¿qué deseas de mí?
LAERTES.–– Majestad, solicito vuestro permiso para regresar a Francia.
CLAUDIO.–– ¿Tienes ya el permiso de tu padre? ¿Qué dice Polonio?
POLONIO.–– (con énfasis) Señor, sólo ha logrado mi consentimiento después de miles y
miles de súplicas y peticiones. Os ruego que le permitáis partir.
CLAUDIO.–– Tienes mi permiso, Laertes.
LAERTES hace una reverencia y se va.
CLAUDIO.–– Y ahora, mi querido Hamlet…. ¿Por qué esa tristeza?
HAMLET.– No es eso, señor; es que paso demasiado tiempo expuesto al sol.
GERTRUDIS.– Querido Hamlet, desecha ese melancólico humor. Ya sabes que es ley
natural que todo lo que vive ha de morir.
HAMLET.– Sí, madre; esa es ley natural.
GERTRUDIS.– Entonces, ¿por qué parece perturbarte tanto?
HAMLET.– ¿Parece? Yo no sé lo que es «parecer». Mi dolor, amada madre, no lo
proclama esta capa negra que me cubre, ni siquiera el raudal de lágrimas que a
veces mana de mis ojos. Lo que yo siento aquí dentro… eso… eso no hay modo de
expresarlo.
CLAUDIO.– Es admirable que cumplas tu deber llorando la muerte de tu padre. Pero
perseverar con obstinación en el duelo, es más irreverencia que devoción. Destierra
ese dolor inoportuno y mírame como si fuese tu padre. (enojado)
Se van todos, quedando solo en escena HAMLET y entra HORACIO junto a los
guardias.
HORACIO.– Alteza…
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HAMLET.– ¡Horacio! ¿Eres tú? ¡Cuánto me alegro de verte! ¿Qué te trae de Wittenberg?
HORACIO.– Vine al funeral de vuestro padre.
HAMLET.– Lo extraño… A veces creo que aún lo veo.
HORACIO.– ¿Dónde, señor?
HAMLET.– En mi mente, Horacio.
HORACIO.– Señor… yo pienso que lo vi anoche.
HAMLET.– ¿A mi padre?
HORACIO.–Sí, escuche. A la medianoche, estas guardias llamadas Marcela y Bianca,
vieron en la distancia una figura parecida a la de vuestro padre durante dos noches
seguidas. Al enterarme, decidí acompañarlas en su vigilia la tercera noche y
comprobé que no habían mentido. Lo ví.
HAMLET.– ¿Y le hablaste?
HORACIO.– Le hablé, señor. Pero no me respondió. Pensé que era mi deber
comunicároslo.
HAMLET.– Has hecho bien, Horacio. Dime, ¿volverás esta noche a la guardia?
HORACIO.– Sí, señor.
HAMLET.– Esta noche te acompañaré en la vigilia. Quizás aparezca otra vez. Si toma el
aspecto y forma de mi padre le hablaré. Y no digas nada a nadie, Horacio.
HAMLET y HORACIO salen de escena.
Escena III
Junto a los guardias. Es de noche. Salen HAMLET y HORACIO.
HAMLET.– ¿Qué hora es?
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HORACIO.– El filo de la medianoche.
HAMLET.– Pero ya sonó la campana de las doce.
HORACIO.– No la oí, entonces se acerca el momento en que suele aparecer el espectro.
Se escuchan pisadas a lo lejos.
HORACIO.– ¡Señor! ¡Ahí viene!
El fantasma puede verse como una sombra borrosa al fondo del escenario.
HAMLET.– ¡Ángeles del cielo! ¿Vienes con buenas o malas intenciones? Quiero
hablarte. Dinos cuál es tu propósito y qué deseas que hagamos.
REY.– (Se aleja caminando mientras hace señas a Hamlet con la mano para que lo
siga)
HORACIO.– Os hace señas de que le sigáis. ¡No vayáis, os lo ruego!
HAMLET.– He de hacerlo. Aquí no me hablará.
HORACIO.– ¡No, por favor!
HAMLET.– ¿Qué he de temer? Mi vida me importa poco. Iré con él.
HORACIO.– ¡Deteneos!
Los guardias sujetan a Hamlet para evitar que se vaya.
HAMLET.– ¡Quítenme las manos de encima si no quieres hacerle compañía en el otro
mundo! (Se suelta y persigue al fantasma).
ESCENA IV
Entra el rey seguido de Hamlet.
HAMLET.– ¿A dónde quieres llevarme? ¡Habla, que no voy a ir más lejos!
REY.– ¡Escucha! ¡No me queda mucho tiempo!
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HAMLET.– Prometo que escucharé.
REY.– Y prometerás venganza después de oírme… Si amas a tu padre, ¡Venga su cruel
homicidio!
HAMLET.– (se arrodilla impresionado) ¿Homicidio?
REY.– ¡El más cruel de todos! Causado por mi querido hermano, quien me arrebató la
vida y la paz mientras tomaba una siesta en el jardín usando veneno. Tomó mi vida, mi
esposa y mi corona. (Tomando a Hamlet por las solapas de la camisa) ¡Si oyes a la
naturaleza que hay en ti, no lo permitas!
El Rey suelta a Hamlet y va desapareciendo de la escena.
REY.– La mañana se acerca, debo irme.
HAMLET.– ¡Padre!
REY.– ¡Recuerda mis palabras!
El Rey sale de escena y HAMLET se queda expectante en el suelo.
Escena V
Salen POLONIO y OFELIA.
OFELIA.– ¡Padre!
POLONIO.– ¿Qué pasa?
OFELIA.– Estaba cosiendo en mi habitación cuando entró el príncipe Hamlet, con la
cabeza perdida en la luna, se detuvo delante de mí, y durante un largo rato me miró
con ojos tristísimos.
POLONIO.– Parecen señales de que está loco de amor por ti.
OFELIA.– No lo sé. Pero temo que sea así.
POLONIO.– ¿Qué te dijo?
OFELIA.– Me sujetó de la muñeca y examinó mi cara con suma atención. Luego me soltó
y se dirigió a la puerta mirando hacia atrás, con los ojos fijos en mí.
POLONIO.– Ven conmigo. Iremos a ver al Rey. Parece auténtica locura de amor, cuyas
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violentas emociones destruyen al amante y lo llevan a la desesperación. Pero dime,
¿has tenido ocasión de verlo recientemente?
OFELIA.– No, señor. Solamente he seguido vuestro consejo negándome a leer sus cartas
o permitirle que me visite.
POLONIO.– ¡Esa debe ser la causa eficiente de su locura! Vamos, iremos a ver al rey. Esto
ha de saberse.
Escena VI
Salen CLAUDIO y GERTRUDIS seguidos por POLONIO.
POLONIO.– Altezas, tengo la teoría que explica la causa por la que vuestro noble hijo
está loco.
GERTRUDIS.– Sí, dejémoslo y vayamos al grano.
POLONIO.– Verá Señora, yo tengo una hija que es tan obediente y leal que me ha
entregado esta carta.
GERTRUDIS.– ¿Hamlet envió esta carta a Ofelia?
POLONIO.– Así es, como veréis si os leo el final. «Duda que las estrellas ardan, duda
que el sol se mueva, considera toda verdad sospechosa, pero jamás dudes de mi
amor. ¡Oh, amada Ofelia! Yo no sé escribir poemas, ni tengo talento para expresar
las congojas de amor, pero cree que te quiero más que a nadie en este mundo,
créelo… y adiós. Mi amadísima señora, mientras siga prisionero en este mísero
cuerpo será siempre tuyo Hamlet». Mi hija, en obediencia a mi mandato, me
entregó esta carta … Y tengo más, que revelan sus sentimientos.
CLAUDIO.– ¿Crees que es esa la verdadera causa, Gertrudis?
GERTRUDIS.– Quizás… Probablemente.
CLAUDIO.– ¿Cómo podremos indagar más sobre este asunto?
POLONIO.– Sus majestades saben que al príncipe le gusta dar largos paseos por este
lugar.
GERTRUDIS.– Así es, en efecto.
POLONIO.– Bueno, pues cuando me enteré de que está por aquí, llamé a mi hija y le dije
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que hable con él. Vuestra Majestad y yo nos ocultaremos detrás de una cortina y los
espiaremos. Si el príncipe no da señales de amor, concluimos que no es esa la causa
de su locura.
CLAUDIO.– Lo intentaremos tan pronto se presente la ocasión.
ESCENA VII
Salen CLAUDIO, POLONIO y OFELIA.
POLONIO.– Ofelia, paséate por aquí. Pero con elegancia y discreción. El Rey y yo nos
ocultaremos allá. ¡Lee este libro!
Sale HAMLET por un lado mientras OFELIA permanece, desapercibida por él, al
otro extremo del tablado.
HAMLET.– Ser o no ser. Esa es la cuestión… (voltea la cabeza hacia Ofelia) Oh, que veo
allí a la bella Ofelia.
OFELIA.– Señor, ¿cómo estáis? Hace muchos días que no sé de vos.
HAMLET.– Muy bien… Te doy las gracias por preguntar.
OFELIA.– Aquí os traigo algunos regalos vuestros que hace ya muchos días quería
devolveros. Os pido que los aceptéis.
HAMLET.– ¿Regalos míos? No, yo nunca te regalé nada.
OFELIA.– Señor, vos sabéis muy bien que me los disteis. Y con tan dulces palabras los
hizo doblemente valiosos para mí, pero ahora… para las almas nobles los regalos pierden
su valor cuando la persona que los ha dado muestra poca gentileza.
HAMLET.– ¡Ah! ¿tenéis un alma noble?
OFELIA.– (confundida) ¿Señor?
HAMLET.– ¿Eres bella?
OFELIA.– ¿Qué queréis decir?
HAMLET.– Que si eres bella y de alma noble, entonces no deberías permitir que se
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hablara de tu belleza.
OFELIA.– ¿Es posible hablar de belleza sin nobleza?
HAMLET.–¡Absolutamente! La belleza fácilmente corrompe un alma noble, pero un alma
noble difícilmente hará virtuosa a la belleza. Hubo un tiempo en que te amaba…
OFELIA.– Así me lo hicisteis creer, señor.
HAMLET.– Pues no deberías haberlo creído. La verdad ya no se encuentra en los
hombres, aunque finjan decirla. Nunca te amé… (rompe las cartas)
OFELIA.– Entonces me engañé a mí misma.
HAMLET.– No soy peor que la mayoría de los hombres, pero soy orgulloso, vengativo,
ambicioso y despreciable. Los hombres somos todos unos miserables. No pongas tu fe en
ninguno de nosotros. Adiós.
OFELIA.– (Mirando hacia el techo) ¡Dios mío, tened piedad de él!
Se va HAMLET.
OFELIA.– ¡Oh, cómo me duele ver desvariar una mente como la suya! Triste de mí, yo,
que creí en sus dulces promesas, yo, que lo conocí en toda su gloriosa juventud, he de
verle ahora en la miseria de su estado.
Salen CLAUDIO y POLONIO de donde estaban escondidos.
CLAUDIO.– ¿Enamorado? A mí no me parece. Y lo que dijo no era discurso de loco.
Siento que algo le apesadumbra y el descubrimiento de la causa de su melancolía puede
resultar peligroso. He pensado que lo mejor será enviarlo a Inglaterra, a demandar el
tributo que nos debe su rey. ¿Qué piensas?
POLONIO.– El viaje le hará bien. Pero sigo creyendo que el origen y comienzo de su
melancolía procede de un amor no correspondido.
CLAUDIO.– Seguiré tu consejo, Polonio. Supongo que habrá que emular las locuras de
una mente preclara.
ESCENA VIII
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Salen POLONIO y GERTRUDIS.
POLONIO.– Vendrá muy pronto. Su Majestad debe ser firme con él, decirle que no
tolerará sus extravagancias. Yo me esconderé aquí.
GERTRUDIS.– Haré lo que me aconsejáis. (Se oye la voz de HAMLET en la distancia
diciendo «¿Madre? ¿Madre?») Pero, escondeos, que lo oigo venir.
POLONIO se esconde tras una cortina. Sale HAMLET.
HAMLET.– ¿Para qué querías verme, madre?
GERTRUDIS.– Hamlet, has ofendido gravemente a tu padre.
HAMLET.– Madre, has ofendido gravemente a mi padre.
GERTRUDIS.– ¡Por favor, Hamlet! Tu respuesta carece de sentido.
HAMLET.– ¡Por favor, madre! Tu pregunta tiene demasiado sentido.
HAMLET desenvaina la espada.
GERTRUDIS.–¡Hamlet! ¿Qué significa esto?
HAMLET.– No sé, madre. ¿Qué significa esto?
GERTRUDIS.– ¿Te has olvidado de quién soy?
HAMLET.– No. Eres la reina, la esposa del hermano de tu marido. Y, aunque desearía que
no fuese así, también eres mi madre.
GERTRUDIS.–Me niego a continuar esta conversación.
HAMLET.– Madre, siéntate. No saldrás de aquí hasta que te muestre reflejado en un
espejo lo más hondo de tu alma.
GERTRUDIS.– Tú harás… ¿qué?
POLONIO detrás de la cortina, se mueve visiblemente.
HAMLET.– ¿Qué es eso? ¡¿Será el rey?!
Acuchilla la cortina y cae POLONIO sangrando al tablado.
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GERTRUDIS.– ¡Hamlet! ¿Qué has hecho?
HAMLET.– No sé. ¿Es el Rey?
GERTRUDIS.– ¡Ah, qué crimen tan espantoso!
HAMLET.–Sí, ¡casi tan espantoso como asesinar a un monarca y casarse con su hermano!
GERTRUDIS.– ¿Asesinar a un monarca?
HAMLET.– Sí, madre. Eso es lo que he dicho. (Al cadáver de POLONIO) Y a ti,
desdichado, atrevido, entrometido bufón, te digo que me equivoqué creyendo que eras
alguien superior: fue tu mala suerte. (A GERTRUDIS) Y tú, ¡deja de estrujarte las manos,
que yo me encargo de estrujarte el corazón! Si no es que el vicio te lo ha endurecido tanto
que lo tengas sordo a los sentimientos.
GERTRUDIS.– ¿Qué he hecho para merecer que me hables así, Hamlet?
HAMLET.– Mira este retrato y ese otro, dos hermanos.
Presta atención a este hombre ¡Este era tu marido!, ahora, mira a ese otro, como manzana
podrida que traiciona a su hermano. ¿Tienes ojos? ¿Cómo puedes haber dejado a este
hombre por ese otro que es una ciénaga? ¡Vergüenza debería darte!
GERTRUDIS.– ¡Oh Hamlet! No digas nada más.
HAMLET.– ¡Un asesino y un canalla! Una sabandija indigna de besar la suela de los
zapatos de tu primer marido… ¡Un rey contrahecho! Un ladrón del reino y del trono.
GERTRUDIS.–¡Oh Hamlet! Me has partido el corazón por la mitad.
HAMLET.– ¡Pues arroja la parte infectada y guarda dentro de ti la mitad pura! Adiós,
madre. Y no acudas esta noche a la cama de mi tío. Finge virtud, si no puedes ser virtuosa;
pues cuando el fingimiento se convierte en costumbre, la costumbre se hace virtud.
GERTRUDIS.– Juro que jamás revelaré al rey lo que me has dicho.
HAMLET.–Ya sabes que he de partir a Inglaterra…
GERTRUDIS.–¡Ah, lo había olvidado! ¿Está decidido?
HAMLET.–Tengo que llevar unas cartas. (agarra del brazo a POLONIO y se lo lleva
arrastrando). Me llevo a esta piltrafa humana a otro lugar. ¡Buenas noches, madre!
ESCENA IX
Salen CLAUDIO y GERTRUDIS.
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GERTRUDIS.– ¡Claudio! ¡No te puedes imaginar lo que he visto y oído esta noche!
CLAUDIO.– ¿Qué ha sucedido, Gertrudis? ¿Cómo está Hamlet?
GETRUDIS.– Tan furioso como una tormenta en el mar. En su desenfreno, oyó ruido
detrás de la cortina y sin pensarlo dos veces acullichó al bueno de Polonio, que
estaba escondido allí.
CLAUDIO.– ¡Y me hubiera matado a mí, de haber sido yo! No podemos dejarlo en
libertad. Se ha convertido en una amenaza para ti, para mí y para todos. ¿Dónde
está ahora?
GERTRUDIS.–Ocultando el cadáver en algún lugar, arrepentido de lo que ha hecho.
CLAUDIO.– Antes de que el sol asome por la cima de esa montaña, irá embarcado
rumbo a Inglaterra.
Sale HAMLET.
GERTRUDIS.– ¡Hamlet!
HAMLET.–¿En qué puedo servirte, madre?
CLAUDIO.–¿Dónde está Polonio?
HAMLET.– Cenando.
CLAUDIO.– Cenando ¿dónde?
HAMLET.– No donde suele comer, sino donde se lo están comiendo los gusanos.
GERTRUDIS.– ¡Ah, Hamlet! ¿dónde está Polonio?
HAMLET.– En el cielo. Envía a alguien que lo busque allí. Pero si no logras localizarlo
en un mes, no te preocupes: tu nariz lo descubrirá en lo alto de las escaleras del
portal.
CLAUDIO.– (A GERTRUDIS) Manda a alguien a ver si es verdad.
GERTRUDIS va.
HAMLET.– Allí aguardará hasta que vayan por él.
CLAUDIO.–Hamlet, a causa de este desastre, y por tu seguridad personal, tienes que salir
del país. Prepárate para el viaje, la escolta te espera dispuesta para tu viaje a
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Inglaterra.
HAMLET.– ¿A Inglaterra?
CLAUDIO.– Sí, Hamlet.
HAMLET.–Bueno.
CLAUDIO.–Sí, muy bueno en verdad, cuando sepas la razón del viaje.
HAMLET.–Bien. Pues a Inglaterra nos vamos, adiós… querida madre.
Se va HAMLET
ESCENA X
Salen GERTRUDIS y HORACIO.
HORACIO.– ¡Su majestad! Debería hablar con ella. Su comportamiento inaceptable.
GERTRUDIS.– Que entre.
Sale OFELIA.
OFELIA.– ¿Dónde está la bella majestad de Dinamarca?
GERTRUDIS.– ¿Qué quieres decir, Ofelia?
OFELIA.– ¿Sabe cómo conoceré a mi verdadero amor? Por su gorra y zapatos de color.
GERTRUDIS.– Dulce Ofelia, ¿qué significa eso?
OFELIA.– ¿Dijisteis algo? No, por favor, prestad atención.
OFELIA salta y baila.
GERTRUDIS.– (Entra CLAUDIO) ¡Ah, Claudio! Mira en
qué estado se halla.
CLAUDIO.– ¿Cómo estás, Ofelia?
OFELIA.–Muy bien, gracias a Dios. Dicen que la lechuza era hija del panadero. Que
Dios os bendiga.
CLAUDIO.– ¿Se refiere a su padre?
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OFELIA.– ¡Por favor! No se hable más de ello, ahora pondré fin a mi canción.
CLAUDIO.– (a HORACIO) ¿Lleva mucho tiempo diciendo locuras?
OFELIA.– Tiempo al tiempo. Hemos de ser pacientes. Pero no puedo evitar llorar al
pensar que lo enterraron en la fría tierra. He de contárselo a mi hermano. Buenas
noches a todos.
Se va OFELIA.
CLAUDIO.– Horacio, te ruego que la sigas y cuida de que no le pase nada.
HORACIO.– Así lo haré, señor.
Se va HORACIO.
CLAUDIO.– ¡Oh, este es el veneno que genera un profundo dolor! Todo proviene de la
muerte de su padre.
Se oye ruido fuera.
CLAUDIO.– ¡Alcen las armas, guardas del palacio! ¿Qué sucede?
Sale HORACIO.
HORACIO.– ¡Señor! Es Laertes. ¡Arrasa a vuestros soldados! Todos gritan a la vez: “¡A
los gobernantes los elige el pueblo! ¡Laertes será rey!”
CLAUDIO.– ¡Han roto las puertas!
Sale LAERTES.
LAERTES.–¡Quedaos ahí fuera! (se oyen voces fuera) ¿Dónde está el rey?
VOCES (fuera).–¡No, no! Queremos entrar.
LAERTES.– Permitidme hablar con él primero. (a CLAUDIO) ¡Usted, entregadme a mi
padre!
GERTRUDIS.– Cálmate, mi buen Laertes. ¿por qué razón hay tan gran revuelto?
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LAERTES.–¿Dónde está mi padre?
CLAUDIO.– Muerto.
LAERTES.– ¿Cómo murió? ¡Y quiero saber la verdad, que conmigo no se juega! ¡Al
infierno con mi lealtad!
CLAUDIO.– Yo no soy el culpable de la muerte de tu padre, yo le lloro sin sosiego.
Se oye ruido fuera y sale OFELIA, entra con el pelo enmarañado, medio
desnuda, alucinando.
LAERTES.– ¡Ofelia, hermana! ¡Juro por todos los cielos que pagarán con creces lo que
te han hecho!
Se va OFELIA.
LAERTES.– ¿Cómo has permitido esto, Dios mío?
CLAUDIO.– Laertes, déjame compartir tu dolor. ¡Investiga la muerte de tu padre! ¡Y si
encuentran que he sido responsable de la muerte de tu padre renunciaré mi
derecho al trono! Pero si me hallan inocente, permíteme ayudarte en tu venganza.
LAERTES.–Que así se haga. Necesito indagar a fondo y descubrir la verdad.
CLAUDIO.–Yo te satisfaré. Y que el hacha de la justicia caiga sobre la cabeza del
culpable.
ESCENA XI
Salen CLAUDIO y LAERTES.
CLAUDIO.–Ahora que sabes que el asesino de tu padre intentaba matarme a mí, hemos
de ser amigos y aliados.
LAERTES.– Estoy de acuerdo. Pero, ¿por qué no castigáis sus crímenes?
CLAUDIO.– No lo he hecho por que la reina, su madre, lo ama con pasión, y porque el
pueblo le tiene afecto.
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LAERTES.–Mientras tanto, yo he perdido a mi noble padre y tengo una hermana loca por
el dolor.
Entra un MENSAJERO con cartas.
MENSAJERO.– Majestad, esta carta es para su alteza y esta para su majestad la reina.
CLAUDIO.– ¿Del príncipe Hamlet? ¿Quién las trajo?
MENSAJERO.– Me dijeron que unos marineros, señor, pero yo no los vi.
CLAUDIO.–Gracias, déjanos.
Se va el MENSAJERO.
CLAUDIO.– (lee) «Tío y señor mío, Debes saber que me encuentro, despojado, en tu
reino. Mañana te pediré licencia para verte. En ese momento, después de pedirte
perdón, te explicaré la razón de mi repentino y extraño regreso». ¿Qué querrá decir?
¿Han regresado los otros también o es este algún engaño e invención?
LAERTES.– ¿Reconocéis la letra?
CLAUDIO.– Es la de Hamlet.
LAERTES.– Dejadle que venga. Mi corazón se alegra al pensar que podré decirle: «¡Esto
es lo que hiciste!» (hace gestos de acuchillar a alguien)
CLAUDIO.– Te ayudare a encontrar tu paz, se que eres diestro en el esgrima. Cuando
Hamlet vuelva organizare un torneo, y tú lo acuchillaras.
LAERTES.–¿Y si el plan no funciona?
CLAUDIO.–Le tendré preparada una copa de vino envenenada que beberá durante su
descanso.
LAERTES.–Entonces tenemos un trato, señor.
ESCENA XII
Sale un SEPULTURERO, cavando una tumba en el escenario mientras tararea.
Salen HAMLET y HORACIO.
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HAMLET.–Este sepulturero no parece tener sentimientos. Canta mientras cava una fosa.
HORACIO.–Está tan acostumbrado.
El SEPULTURERO saca una calavera de la fosa y la hacer rodar por el tablado.
HAMLET.– Esa calavera tuvo en su día una lengua y podía cantar. Mira cómo la arroja.
HORACIO.– Es posible.
El SEPULTURERO arroja otra calavera. HAMLET y HORACIO se acercan.
HAMLET.–¿A quién vas a enterrar?
SEPULTURERO.–A una que fue mujer, señor, pero que ahora está muerta. Descanse su
alma en paz. ¡mira quien viene por allí!
HORACIO.– Son el rey y la reina, pero ¿qué es eso detrás de ellos?
HAMLET.–Un ataúd, Horacio. Pero los arreglos son demasiado simples.
HORACIO.–Eso indica que es el cadáver de un suicida.
HAMLET.– Ven, los observaremos desde aquí.
Se ocultan los dos a un extremo del tablado. El SEPULTURERO toca una
campana. Salen CLAUDIO, LAERTES, GERTRUDIS, un PASTOR
PROTESTANTE y los que puedan con el cadáver de OFELIA en los hombros. Se
detienen ante la fosa abierta.
LAERTES.– (al PASTOR) ¿Es esto todo? ¿No hay más ceremonias?
PASTOR.– Su muerte es sospechosa. De no haber sido por el mandato real, la
hubiésemos sepultado en lugar no consagrado hasta el Día del Juicio Final.
LAERTES.–¿Es eso todo lo que vais a hacer por ella?
PASTOR.– Es todo lo que puedo hacer.
LAERTES.– (a los sepultureros) Bien. Dadle sepultura.
GERTRUDIS.– Adiós, dulce Ofelia (arroja unas flores a la tumba). Estaba ilusionada
con la idea de que fueras la esposa de mi Hamlet.
LAERTES.–¡Maldito sea mil veces el responsable de tu muerte! (a los sepultureros)
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HAMLET sale de su escondite y se acerca a la tumba apuntando a LAERTES.
HAMLET.– ¿Quién eres tú para pretender el derecho exclusivo de llorarla?
LAERTES.–(tratando de estrangularlo) ¡Los diablos se lleven tu alma!
CLAUDIO.–¡Separadlos!
HORACIO.–¡Señor! ¡Déjalo!
HAMLET.–¡Defenderé esta causa hasta la muerte!
GERTRUDIS.– ¡Hijo mío! ¿Qué causa?
HAMLET.–Yo amaba a Ofelia y el amor de diez hermanos juntos no igualarán al mío. (A
LAERTES)
CLAUDIO.– No le hagas caso, Laertes. Dice locuras.
HAMLET.– (A LAERTES, lloroso) ¿Por qué me tratas así? Yo siempre te aprecié,
pero… ¡no importa!
Se van HAMLET y HORACIO.
CLAUDIO.– Y tú, Laertes, ten paciencia. (en voz baja, aparte) Y recuerda lo que
hablamos anoche. Nuestro plan sigue en pie.
ESCENA XIII
Salen HAMLET y HORACIO.
Entra un CORTESANO.
CORTESANO.– Señor, bienvenido a Dinamarca.
HAMLET.– Muy agradecido. (aparte a HORACIO) ¿Conoces a este individuo?
HORACIO.– No.
CORTESANO.– (interrumpiendo) Señor, si no os importa, tengo algo que comunicar a
vuestra Alteza. Su Majestad me ha pedido que le informe que acaba de llegar a la
corte Laertes.
HAMLET.–¿Y qué tiene que ver conmigo?
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CORTESANO.–El rey, señor, ha hecho una apuesta con él: en una batalla de esgrima, de
los doce asaltos que disputen, Laertes no os vencerá por una diferencia de más de
tres «touchés».
HAMLET.–¿Y si digo que no?
CORTESANO.– Sólo se hará si estáis de acuerdo.
HAMLET.– Si las espadas están listas, el caballero preparado y el rey dispuesto a jugar,
yo trataré de ganar la apuesta. Y si la pierdo, sobrellevaré la vergüenza.
CORTESANO.– ¿Debo informarle de que aceptáis?
HAMLET.–Así es.
CORTESANO.– Con vuestro permiso.
Se va el CORTESANO.
HORACIO.–Vais a perder.
HAMLET.– No creo. Desde que se fue a Francia he estado practicando. Ganaré.
HORACIO.–¿Seguro?
HAMLET.– Claro.
Salen CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES y todos los que puedan.
Sale el CORTESANO con estoques, etc.
CLAUDIO toma el brazo de LAERTES y lo extiende hacia HAMLET.
CLAUDIO.– Vamos, Hamlet. Da la mano a Laertes.
HAMLET.– (dándole la mano) Te pido perdón, Laertes. Te he agraviado. Perdóname
como caballero que eres.
LAERTES.– Acepto tus excusas, Hamlet. Y devuelvo tus ofrecimientos de amistad con
mi amistad. ¿Dónde están las espadas?
CLAUDIO.– (al CORTESANO) Ostrick, dales las espadas. Sobrino, ya conoces mi
apuesta.
HAMLET.–Sí y me temo que habéis apostado por el peor.
CLAUDIO.– Eso no me preocupa.
LAERTES.– (al CORTESANO) Esta espada es demasiado pesada. Dadme otro.
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Con una mirada cómplice a CLAUDIO, el CORTESANO da a LAERTES la
espada envenenada.
HAMLET.– A mí este me parece bien. ¿Todas tienen la misma longitud?
CORTESANO.– Sí, señor.
CLAUDIO.– (al CORTESANO o a otro) Pon las copas de vino en esta mesa. Si Hamlet
gana el primer o segundo asalto, beberé por su salud y depositaré en su copa un
ónix más valioso que el de la corona real de Dinamarca. Dame las copas. (toma las
dos copas y echa algo en la de HAMLET).
HAMLET y LAERTES, espadas en mano, comienzan la batalla. HAMLET gana la
primera ronda.
LAERTES.– ¡No!
CORTESANO.– Sí, ¡Un punto!
HAMLET.– (A HORACIO) ¡Bien! ¡Vamos!
CLAUDIO.–Espera, Hamlet, esta copa es tuya, dénsela (ordena que el cortesano le lleve la
copa para beberla)
HAMLET.– Gracias, pero terminare este asalto primero (La regresa sin beberla).
HAMLET y LAERTES comienzan la segunda ronda. HAMLET gana de nuevo.
HAMLET.– ¡Otro punto!
CLAUDIO.– (Fingiendo alegría) Ganara nuestro hijo.
GERTRUDIS.– (Toma la copa envenenada con sus manos) ¡La reina bebe a tu fortuna,
Hamlet!
CLAUDIO.– (Se acerca a Gertrudis) ¡No! Gertrudis no bebas.
GERTRUDIS.– Lo haré, señor. (Bebe de la copa envenenada).
CLAUDIO.– (A Laertes) Esa es la copa envenenada, ya es tarde.
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LAERTES.– Alcanzare a Hamlet en la próxima ronda.
HAMLET.– ¡Continuemos! Atacare con más rudeza esta vez.
HAMLET y LAERTES, comienzan la tercera ronda peleando con más rudeza y
enojo y se salen del centro.
CORTESANO.– ¡No hay punto para nadie!
LAERTES.– ¿Qué tal ahora? (Se acerca a Hamlet con su espada envenenada y lo corta en
la nuca).
HAMLET.– (Sorprendido se acerca a Laertes y le arrebata su espada, se acerca a
HORACIO y la observan, dándose cuenta de que esta modificada y si tiene punta) ¡Oh,
vamos otra vez!
HAMLET persigue a LAERTES por toda la sala mientras pelean con las espadas,
los guardias intentan detenerlos, hasta que HAMLET por fin lo alcanza y lo corta
en el cuello, envenenándolo. GERTRUDIS cae al suelo.
HAMLET.– ¡La reina!
GERTRUDIS.– (Muriendo) Oh Hamlet, la bebida… Me han envenenado (Muere).
HAMLET.– ¡Traición! (A CLAUDIO) ¿Quién fue?¡Cierren las puertas!
LAERTES.– ¡Esta aquí! Hamlet, estas muriendo, apenas te queda media hora de vida,
ninguna medicina en el mundo puede curarte ahora. El instrumento de la traición esta en
tu mano (señalando la espada) con la punta envenenada. (Cae al piso) Y tu madre
envenenada, ¡El rey! ¡El rey es el culpable!
Enojado HAMLET ataca su tío con la espada envenenada, CLAUDIO trata de
defenderse, pero se corta con la punta y cae al suelo.
HAMLET.– ¡Sigue a mi madre!
LAERTES.–Ha caído envenenado por su propio veneno, ¡Perdóname noble Hamlet! ¡Que
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nuestras muertes no caigan sobre ti! (Muere).
HAMLET.–Que el cielo te absuelva (Cae al suelo) Te sigo.
HORACIO, que ha estado mirando horrorizado cómo se acuchillan o envenenan
unos a otros, se acerca y recoge al moribundo HAMLET en sus brazos y lo lleva al
primer término del tablado. Allí se arrodilla con HAMLET en su regazo.
HAMLET.– Querido amigo Horacio, me muero. A ti que has contemplado, pálido y
tembloroso, estos sucesos… relata a los que no la sepan la verdad sobre mi historia
y mi causa…
HORACIO.– ¡No! ¡No lo haré! Pues todavía queda veneno para mí.
HAMLET.–Horacio… dame esa copa. Por favor, Horacio, piensa en lo que la gente dirá
de mí, si no sabe la verdad.
Muere HAMLET y llora HORACIO.
HORACIO.– (al CORTESANO) Dad órdenes para que se construya un gran tablado en
que se rinda público homenaje a estos cadáveres. Y allí, con ellos de cuerpo
presente, relataré a todos cómo sucedieron tales hechos. Yo les contaré la verdad
de lo sucedido. Y les hablaré también, utilizando sus propias palabras, de mi amigo
Hamlet, cuya voz ya no oirán jamás.
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