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El Acontecimiento

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El acontecimiento En octubre de 1963, cuando Annie Emaux se halla en. oe oe ee ee zada, Desde el primer momento no le cabe la menor duda de que no quiere tener esa criatura no deseada. En una sociedad en la que se penaliza el aborto con cope Ue ae enn) su pareja se desentiende del asunto. Después de pasar ‘por varios médicos que cicrran los ojos ante su proble- ‘ma, y de intentar pedir ayuda entre sus conocidos y amigos, consigue que una mujer que ha pasado por la Sean seer as ee Cea eR ee eee os paro y la discriminacién por parte de una sociedad tr eee ee re ev een fundo horror y dolor de un aborto clandestino. SRA Ret nee) ee reo ll ll | « Annie Ernaux ‘Annie Emaux / EL ACONTECIMIENTO EL ACONTECIMIENTO CO eee LLaae tus 1) Obras de Annie Ernaux en Tusquets Editores Pura pasion El acontecimiento La vergitenza EL lugar ANNIE ERNAUX EL ACONTECIMIENTO Traduccién de Mercedes y Berta Corral TusQuets ‘Titulo original: Léxénement 14 edicn: marzo 2001 1 elicion en ests nueva presetaion: noviembre de 2019 (© eitions Gallimard, 2000 12 den trducin: Merde y Berta Corel, 001 Disco dels colecridn: Guillemot Navars Reservades todos lor derechos de esa eicim para ‘Tasquets Editres SA, - Avda, Diagonal 652-664 - 08034 Barcelona ISBN: 978490867569 Depbsito legal: 8 21.751-2019 © Editorial Planeta Colombi Calle 73 22740, Bogots ‘wr [Link] aS.A, Primers ecm (Colombia): enero de 2020 ‘Segunda ediin (Colombia) ocubre de 2002, ‘Tercera edcion (Colombia): noviembre de 022 (Guaraedisn (Colom) enero de 2023, (Quinta edision (Colombia: ebro de 2003, ISBN 13: 9789584284068 ISBN 10: 95842840641 Imprsin: Eitri] Nomos SA, Impreso en Colombia ~ Print! in Cobh [Nose permite I reproduce total o patil de este libro ni incorporcion 2 stem informatco nis transmin en cualquier forma o por claus tao, ex ete letbnico, mecnico, por ftcopi, por grabacion wots {ntodon, sine permis previo y por escrito del editor. La infiaei6n de los ‘trechon mencionados pusde sr constitutiva de delito conte i propiedad jnwlecal. Este es mi doble deseo: que el acontecimiento [pase a ser esritura y que la escritura sea un acon- tecimiento. ‘Micrex Lemus ‘Quiza la memoria solo consista en mirar las co- sas hasta el final Yoko Tsustima Me bajé en Barbas. Como la tiltima vez, un grupo de hombres esperaba en el andén del metro aéreo. La gente avanzaba por la estacién con bolsas de color rosa de los grandes almacenes Tati. Salf al Boulevard Magenta. Reconoci los almacenes Billy, con los anoraks expuestos en la calle. Una mujer avanzaba hacia m{ con sus robustas piernas cu- biertas con unas medias negras de grandes dibu- jos. La Rue Ambroise-Paré estaba casi desierta hasta las inmediaciones del hospital. Recorri el largo pasillo abovedado del pabellén Elisa. La pri- mera vez no me habia fijado en el quiosco de miisica que habia en el patio que se extendia al otro lado del pasillo acristalado. Me pregunté cémo veria todo aquello después, al irme. Empu- jé la puerta quince y subi los dos pisos. Entregué mi mimero en la recepcién del servicio de medi- 9 cina preventiva. La mujer bused en un fichero y sacé un sobre de papel Kraft que contenia unos papeles. Tendi la mano para alcanzarlo, pero no me lo dio. Lo puso encima de la mesa y me dijo que me sentara, que ya me llamarian. La sala de espera consistia en dos compartimentos contiguos. Elegi el ms cercano a la puerta de la consulta del médico, que era también donde més gente habia. Empecé a corregir los extmenes que me habia llevado conmigo. Justo después de mi, llegé una chica muy joven, rubia y con el pelo largo. Entregé su niimero. Comprobé que a ella tampoco le daban el sobre y que también le decian que ya la llamarfan. Cuando entré en la sala, ya habia tres personas esperando: un hombre de unos treinta aiios, vestido a la iltima moda y con una ligera calvicie; un joven negro con un walkman, y tun hombre de unos cincuenta afios con el rostro marcado, hundido en su asiento. Después de la chica rubia, lleg6 un cuarto hombre que se senté con determinacién y sacé un libro de su cartera. Después una pareja: ella con mallas y tripa de em- barazada; y él, con traje y corbata. : Encima de la mesa no habia una sola revista, 10 solo prospectos sobre la necesidad de comer pro- ductos ldcteos y sobre «cémo vivir siendo seropo- sitivo». La mujer de la pareja hablaba con su com- Paiiero, se levantaba, le rodeaba con los brazos, le acariciaba. La chica rubia sostenfa la cazadora de cueto doblada sobre las rodillas. Mantenia los ojos bajos, casi cerrados; parecia petrificada. A sus pies habia dejado una gran bolsa de viaje y una mo- chila pequefia. Me pregunté si tendria ms razones que los demas para estar asustada. Quiz viniera a buscar el resultado de la prueba antes de irse de fin de semana o de volver a casa de sus padres, fuera de la capital. La doctora salié de la consulta. Era una mujer joven y delgada, petulante, con una falda rosa y medias negras. Dijo un numero. Na- die se movié. Correspondia a alguien del compar- timento de al lado, un chico que pas6 ripidamen- te. Solo vi sus gafas y su cola de caballo. Llamaron al joven negro y después a otras perso- nas del compartimento de al lado. Nadie hablaba ni se movia, salvo la mujer embarazada. Solo al- zébamos los ojos cuando la doctora aparecia en la puerta de la consulta o cuando alguien salia de ella. Le segufamos con la mirada. i El teléfono soné varias veces: era gente que pedia hora o informacién sobre los horarios. En una ocasién, la recepcionista fue a buscar a un bidlogo para que hablara con la persona que Ila- maba. El hombre se puso al teléfono y dijo: «No, la cantidad es normal, completamente nor- mab». Las palabras resonaban en el silencio. La persona al otro lado del teléfono debia de ser seropositiva. Habia acabado de corregir los eximenes. Me venia una y otra vez a la cabeza la misma escena borro- sa de aquel sdbado y de aquel domingo de julio: los movimientos del amor, la eyaculacién. Debido esa escena, olvidada durante meses, me encon- traba ahora ahi. El abrazo y los movimientos de los cuerpos desnudos me parecfan una danza mor- tal, Era como si aquel hombre, a quien habia aceptado volver a ver con desgana, hubiera vuelto de Italia solo para contagiarme el sida. Sin embar- go, no conseguia establecer una relacién entre aquello (los gestos, la tibieza de la piel y del es- perma) y el hecho de encontrarme en ese ugar. Nunca pensé que el sexo pudiera tener relacién con nada. 12 La doctora dijo mi mimero en voz alta. Antes incluso de que yo entrara en la consulta me dirigié una gran sonrisa. Lo interpreté como una buena sefial. Al cerrar la puerta me dijo enseguida: «Ha dado negativo». Me eché a reir. Lo que dijo du- rante el resto de la entrevista ya no me interes6. Tenfa una expresién feliz y cémplice. Bajé la escalera a toda velocidad y rehice el tra- yecto en sentido inverso sin fijarme en nada. Me dije que, una vez més, estaba a salvo. Me hubiera gustado saber si la chica rubia también lo estaba. En la estacién de Barbés, la gente se amontonaba a ambos lados de la via. Aqui y alla se vefa el color rosa de las bolsas de Tati. Me di cuenta de que habia vivido ese momento en el hospital Lariboisiére de la misma forma que en 1963 habia esperado el veredicto del doctor N. inmersa en el mismo horror y en Ia misma incre- dulidad. Mi vida, pues, ocurre entre el método gino y el preservativo a un franco de las méqui- nas expendedoras, Es una buena manera de me- dirla, més segura incluso que otras. 13 Aquel mes de octubre de 1963, en Ruan, estuve esperando durante més de una semana a que me vinicra la regla. Era un mes soleado y tibio. Me sen- tia pesada y sudorosa bajo el abrigo que habia sacado demasiado pronto del armario, sobre todo en los grandes almacenes, adonde iba a pasar el rato © a comprar unas medias en espera de que empezara el curso. Al volver a mi habitacién de la residencia universitaria, en la Rue d’Herbouvi- lle, siempre tenia la esperanza de encontrar una mancha en mis bragas. Todos los dias, antes de acostarme, comencé a escribir en mi agenda, con maytisculas y subrayado: Napa. Por la noche, cuando me despertaba, sabia enseguida que no habfa «nada. El afio anterior, por la misma épo- ca, habfa empezado a escribir una novela: me pare- cia algo muy lejano y que nunca volverfa a suceder. 15 Una tarde fui al cine a ver una pelicula italiana en blanco y negro, If posto. Era una pelicula lenta y triste: trataba de la vida de un joven y de su primer trabajo en una oficina. La sala estaba casi vacia. ‘Mientras miraba la frdgil figura del joven emplea- do, vestido con una gabardina, y veia las humilla- iones que suftia y la desolacién sin esperanza de la pelicula, sabia que la regla no me bajaria. Una noche me dejé arrastrar al teatro por unas chicas de la residencia universitaria a quienes les sobraba una entrada, La obra que se representaba era Huis clos. Era la primera vez que veia una obra contempordnea. La sala estaba repleta. Veia el es- cenatio a lo lejos, violentamente iluminado, sin dejar de pensar por un momento en que no me venia la regla. Solo recuerdo el personaje de Este- lle, rubia, vestida de azul, y el del camarero vesti- do de criado, con los ojos rojos y sin pirpados. Escribi en la agenda: «Formidable. Si no hubiera sido por aquella REALIDAD en mis rifiones». 16 ‘A finales de octubre dejé de pensar que pudiera Ilegarme la regla. Pedi hora con un ginecélogo, al doctor N., para el dia 8 de noviembre. EI fin de semana de Todos los Santos volvi como de costumbre a casa de mis padres. Temfa que mi madre me preguntara por el retraso. Estaba segura de que inspeccionaba la ropa que yo le llevaba para lavar y que controlaba mis bragas todos los meses. El lunes me levanté con el estémago revuelto y un extrafio sabor en a boca. En la farmacia me dieron Hepatoum, un Iiquido espeso y verde que me produjo todavia més nduseas. ©, una chica de la residencia universitaria, me propuso que diera en su lugar unas clases de fran- cés en la institucién SaintDominique. Bra una buena manera de ganar un poco més de dinero aparte del de la beca. La superiora me recibié con el manual de literatura del siglo xvi de Lagarde y Michard en la mano. Le dije que nunca habia 7 dado clases y que me asustaba la idea. Me contes- t6 que era normal, que ella misma, durante dos afios, solo habia podido entrar a dar clase de filo- sofia con la cabeza gacha y mirando al suelo. Es- taba sentada en una silla enfrente de mf y repro- ducfa aquel gesto. Yo solo veia su cabeza cubierta por el velo. Al salir con el Lagarde y Michard que me habia prestado me imaginé en la clase de se- gundo, bajo las miradas de las nifias, y me entra- ron ganas de vomitar. Al dia siguiente llamé por teléfono a la superiora para rechazar las clases. Me contesté secamente que le devolviera el manual. El viernes 8 de noviembre, cuando me dirigia ha- cia la plaza del ayuntamiento para tomar un autobis ¢ ira la consulta del doctor N., en la Rue La Fayette, me encontré con Jacques S., un estu- diante de la Facultad de Letras e hijo del director de una fibrica de la regién. Me pregunté qué iba a hacer a la orilla izquierda del rio. Le respondi que me dolia el estémago y que iba a ver a un estomatélogo. Me contest de forma categérica que el estomatélogo no curaba el estémago, sino las infecciones de boca. Temiendo que sospecha- ra algo y que quisiera acompajiarme hasta la puer- 18 ta del médico, me separé con brusquedad de él en cuanto llegé el autobtis. Nada més bajarme de la camilla, con mi gran jer- sey cubriéndome los muslos, el ginecélogo me dijo que seguramente estaba embarazada, Lo que yo crefa que era una enfermedad de estémago eran nduseas. Me prescribié unas inyecciones para que me bajara la regla, pero me parecié que ni él mismo estaba seguro de que fueran a hacer efecto. Ya en el umbral de la puerta, me dijo sonriendo jovialmente: «Los hijos del amor son siempre los més guapos». Me pareci6 una frase espantosa. Volvi andando a la residencia. En la agenda aparece escrito: «Estoy embarazada. Es horrible». A comienzos de octubre habia hecho el amor va- rias veces con P., un estudiante de ciencias politi- cas que habia conocido durante las vacaciones y a quien més tarde habia ido a ver a Burdeos. Aun- que sabfa por el calendario Ogino que me encon- traba en un periodo de riesgo, no crefa que «aque- Ilo pudiera llegar a arraigar» en el interior de mi vientre. En todo lo relacionado con el amor y el 19 goce no me parecia que mi cuerpo fuera intrinse- camente diferente al de los hombres. Todas las imagenes de mi estancia en Burdeos —a habitacién de la Rue Pasteur, con el incesan- te ruido de los coches, la cama estrecha, la terraza de Montaigne, el cine en el que vimos una peli- cula de romanos, Elrapto de as sabinas— tavieron, a partir de entonces, un solo significado: me en- contraba alli y no sabfa que me habia quedado embarazada. La enfermera del Crous* me puso una inyeccién por la tarde sin hacer un solo comentatio, y otra ala mafiana siguiente. Era el fin de semana del 11 de noviembre. Volvi a casa de mis padres. En un determinado momento tuve una breve y escasa pérdida de sangre rosicea. Dejé las bragas y el pantalén de tela manchados encima del mont6n. de ropa sucia, bien a la vista. (Agenda: «He man- chado un poco. Lo suficiente para engafiar a mi © Organismo regional, en Francia, de ayuda para los estudiantes tuniverstarios. (N. de las T) 20 madre».) De regreso a Ruan Ilamé por teléfono al doctor N., que me confirmé que estaba encinta y me anuncié que me enviaria el certificado de em- barazo. Lo recibi al dia siguiente. Parto de: «la sefiorita Annie Duchesne». Previsto para el: «8 de julio de 1964». Me vino la imagen del verano, del sol. Rompi el certificado. Escribi a P. para decirle que estaba embarazada y que no queria tener el nifio. Nos habiamos separado sin saber si continuarlamos 0 no nues- tra relacién, y la idea de que la noticia fuera a turbar su despreocupacién me complacia mucho, aunque no me hacia ninguna ilusién por el pro- fundo alivio que le producirla mi decisién de abortar. Una semana después, Kennedy moria asesinado en Dallas. Pero ese tipo de cosas ya no podia in- teresarme. 21 Una especie de aura rodea los meses siguientes. Me vyeo a mi misma caminando sin parar por las calles. Cada vez que pienso en ese petiodo de mi vida, me vienen a la cabeza expresiones literarias como «la travesia de las apariencias», «més alld del bien y del mab 0, también, «el viaje al final de la noche». Siempre me ha parecido que todas estas expresiones reflejaban muy bien Jo que vivi y experimenté en- tonces, algo indecible y de cierta belleza. Llevo aftos dandole vueltas a ese acontecimiento de mi vida. Cuando leo en una novela el relato de ‘un aborto, me embarga una emocién sin imagenes ni pensamientos, como si las palabras se transfor- maran instanténeamente en una sensacién violen- ta. De la misma manera, cuando escucho por azar Lajavanaise, Jai la mémoire qui flanche, 0 cualquier otra cancién que me acompaiié durante ese pe- riodo, siento una gran turbacién. Hace una semana que comencé este telato sin te- ner la certeza de que fuera a continuarlo, Tan solo queria comprobar que deseaba escribir sobre el tema. Era un deseo que experimentaba cada vez 22 que me sentaba a escribir el libro en el que llevo trabajando desde hace dos afios. Me resistia a ese deseo sin dejar de pensar en él, El hecho de aban- donarme a él me horrorizaba. Pero también me decia a mi misma que quizds un dia me muriera sin haber escrito nada sobre esa vivencia. Para mi, eso si que habria sido algo imperdonable, no lo otro. Una noche sofié que tenia en las manos un libro que habia escrito sobre mi aborto, pero era un libro que no se podia encontrar en ninguna libreriay que no aparecfa mencionado en ningiin catilogo. En la parte inferior de la tapa estaba escrita con grandes letras la palabra acotapo. No sabia si el suefio significaba que debia escribir el libro o que era imitil hacerlo, Hace tiempo que este relato se ha puesto en mar- cha y que me arrastra a mi pesar. Ahora sé que estoy decidida a ir hasta el final, pase lo que pase, de Ja misma forma que lo estaba a los veintitrés aiios, cuando rompi el cettificado de embarazo. Quiero sumergirme de nuevo en aquel periodo de mi vida, saber lo que descubri entonces. Esta ex- 23 ploracién se inscribiré en la trama de un relato, el tinico capaz de expresar un acontecimiento que solo fue tiempo, tanto dentro como fuera de mi. La agenda y el diario intimo que escribi durante aquellos meses me suministrarin las referencias y las pruebas necesarias para establecer unos hechos. Trataré por encima de todo de sumergirme en cada imagen hasta tener la sensaci6n fisica de cainitme a ella», hasta que surjan las palabras de las que pueda decir: «eso es». Trataré de volver a es- cuchar cada una de las frases, indelebles en mi, cuyo sentido debié de resultarme entonces tan insoportable 0, por el contrario, tan consolador. Y que cuando me acuerdo de ellas hoy, me inva- de el malestar o la dulzura. El hecho de que la forma en la que yo vivi la experiencia del aborto, la clandestinidad, forme parte del pasado no me parece un motivo vilido para que se siga ocultando. La ley, que casi siem- pre se considera justa, cae en la paradoja de obli- gar a las antiguas victimas a callarse porque «todo aquello se acabé», haciendo que lo que sucedié contintie oculto bajo el mismo silencio de enton- ces. Pero precisamente porque ya no pesa ninguna 24 prohibicién sobre el aborto puedo affontar (de~ jando de lado el sentido colectivo y las férmulas necesariamente simplificadas, impuestas por la lucha de los afios setenta: «violacién de los dere- chos de las mujeres», etcétera) de forma real este acontecimiento inoluidable. 25 Derecho, Serin castigados con prisién y multa: 1) el autor de cualquier prictica abortiva; 2) los médi- cos, comadronas, farmacéuticos y demas culpables de haber inducido o favorecido estas pricticas; 3) la mujer que haya abortado por si misma o que haya accedido a abortar; 4) Ia instigacién al aborto y la propaganda anticonceptiva. La prohibicién de resi- dencia podré ser impuesta a los culpables. Los cul- ables pertenecientes a la segunda categoria podrin ser también castigados con la inhabilitacién defini- tiva 0 temporal para el ejercicio de su profesién. Nowvean Larousse Universel, edicion de 1948 27 El tiempo dejé de ser una insensible sucesién de das que habia que llenar con clases y ponencias, con pausas en los cafés y en la biblioteca, y que conducia a los exémenes, a las vacaciones de ve- rano y al porvenir, para convertirse en algo infor- me que avanzaba en mi interior y que habia que destruir a cualquier precio. Asistia a clases de literatura y de sociologia, iba al comedor universitario y tomaba cafés al medio dia y por la noche en la Faluche, el bar reservado para los estudiantes, pero ya no vivia en el mismo mundo, A un lado estaban las otras chicas, con sus vientres vacios, y al otro me encontraba yo. Cuando pensaba en mi situacién, no utilizaba ninguno de los términos con que se la suele de- a signar, del tipo: «espero un nifio» o «estoy emba- razada», ni mucho menos «estoy en estado de buena esperanza». Esas expresiones contenian la aceptacién de un futuro que no tendria lugar. No merecia la pena nombrar lo que yo ya habia de- cidido hacer desaparecer. En la agenda escribia: «eso», «la cosa esta». Solamente una vez puse «em- barazada». Pasaba de la incredulidad de que aquello estu- viera pasindome a mi, a la certeza de que era algo que tenia que pasarme a la fuerza. Estaba abocada a ello desde la primera vez que habia gozado bajo las sabanas a los catorce afios. Una experiencia que no habia podido dejar de repetir después, a pesar de mis rezos a la virgen y a los diferentes santos y de sofiar sin cesar que era una puta. Casi me parecia un milagro no haberme encontrado antes en esa situacién. Hasta el verano anterior habia conseguido, a base de esfuerzos y de humi- aciones —como la de que me llamaran cabrona y calientapollas—, no llegar a la penetracién. Lo habia conseguido gracias a la contencién de un deseo que, no pudiéndose limitar al flirteo, me hacia temer hasta un simple beso. Establecia confusamente un vinculo entre mi clase social de origen y lo que me estaba ocurrien- 30 do. Yo era la primera persona de mi familia que estudiaba una carrera. Todos los demés habian sido obreros 0 pequeiios comerciantes. Habia conseguido escapar de la fabrica y de la tienda. Pero ni la revalida ni la licenciatura en letras ha- bian conseguido alejar la fatalidad de una pobreza heredada cuyos emblemas eran el padre alcohdl co y la madre soltera. No habia podido librarme de ello, y lo que estaba creciendo dentro de mi era, en cierto sentido, el fracaso social. No me producia ninguna aprensién la idea de abortar. Me parecia, si no facil, al menos factible; que no era necesario tener ningin valor especial para hacerlo, Era una desgracia muy comin. Bas- taba con seguir la senda por la que una larga co- horte de mujeres me habia precedido. Desde la adolescencia habja ido acumulando relatos relacio- nados con el aborto. Los habia leido en las nove- las o se los habia ofdo contar en voz baja a las vecinas del barrio. Habia ido adquiriendo un vago conocimiento sobre los métodos que podian uti- lizarse: la aguja de hacer punto, el peciolo del pe- rejil, las inyecciones de agua jabonosa, la equita- cién. Pero la mejor solucién era encontrar un 31 médico «clandestino» o una de esas mujeres a las que se conocia por el nombre de «aborteras». Sa- bia que ambos cobraban mucho, pero no tenfa la menor idea de cuales eran sus tarifas. El afio ante- rior, una joven divorciada me habia contado que tun médico de Estrasburgo la habia ayudado a abor- tar. No me dio ningin detalle, solo me dijo que le habia dolido tanto que habia tenido que agarrar- se al lavabo. Yo también estaba dispuesta a aga- rrarme al lavabo. No se me ocurria que pudiera Iegar a morir. Tres dias después de haber roto el cettificado de embarazo me encontré en el patio de la facultad con Jean T., un estudiante casado y asalariado al que dos afios antes le habia pasado los apuntes de un seminatio sobre Victor Hugo al que él no ha- bia podido asistir. Su discurso encendido y sus ideas revolucionarias me agradaban. Fuimos a tomar vino a la plaza de la estacién, en el Métro- pole. En un momento dado le dije de forma in- directa que estaba embarazada, probablemente porque pensé que podria ayudarme. Sabia que pertenecia a una asociacién semiclandestina que lu- chaba por la libertad anticonceptiva y la planifi- 32 cacién familiar, y pensé que quiza pudiera ayu- darme de alguna manera por ese lado. Nada mis decirselo, vi aparecer en su rostro una expresién de curiosidad y de regocijo, como si estuviera viéndome con las piernas separadas y el sexo abierto. Quizé también le produjera placer mi sibita transformacién de buena estudiante a chica en apuros. Quiso saber de quién estaba em- barazada y desde cuando. Era la primera persona a la que le hablaba de mi situacién. Aunque por el momento no tuviera ninguna solucién que oftecerme, su curiosidad hizo que, en cierta ma- nera, me sintiera protegida. Me propuso ir a cenar a su casa, en las afueras de Ruan. No me apetecta volver a encontrarme a solas en mi habitacién de la residencia universitaria. Cuando Ilegamos, su mujer estaba dando de co- mera su hijo, sentado en una silla alta. Jean T. le dijo brevemente que yo tenia problemas. Llegé un amigo de ella. Después de acostar al nifio, la mujer nos sirvié conejo con espinacas. El color verde de la verdura bajo los trozos de conejo me produjo nduseas. Pensé que, si no abortaba, den- tro de un afio seria como la mujer de Jean. Nada 33 mis acabar de cenar, ella se fue con su amigo a buscar material para la escuela donde trabajaba como maestra. Comencé a fregar los platos con Jean T. Me tomé en sus brazos y me dijo que nos daria tiempo a hacer el amor. Me zafé de él y continué fregando. El nifio lloraba en la habita- cién de al lado, yo tenfa ganas de devolver. Jean T. me acosaba por detris sin dejar de secar los platos. De pronto volvié a adoptar su tono habi- tual y pretendié haber querido poner a prueba mi fuerza moral. Su mujer regres6. Me propusieron que me quedara a dormir; era tarde y ninguno de los dos se sentia con fuerzas para Ilevarme a casa. Dormi en un colchén inflable. A la maiiana si- guiente volvi a mi habitacién de la ciudad univer- sitaria, de donde habia salido la vispera, a prime- ra hora de la tarde, con mis libros y cuadernos. La cama estaba sin deshacer; habia transcurrido casi un dia entero. Es en este tipo de detalles don- de uno puede apreciar cémo el desorden comien- za a introducirse en su vida. No pensaba que Jean T. me hubiera tratado con desprecio. Para él, yo habia pasado simple- mente de la categoria de las chicas de las que no se sabe si aceptan acostarse 0 no a la de las chicas que, sin duda, ya se han acostado. En una época 34 en la que la distincién entre ambas categorfas era importantisima y condicionaba la actitud de los chicos hacia las chicas, Jean T. se mostraba, sobre todo, muy pragmatico: tenfa la seguridad de que no me dejaria embarazada, puesto que ya lo esta- ba. Era un episodio desagradable, pero, compara- do con la situacién en la que me encontraba, ca- recia de importancia. Jean T. me habia prometido que me conseguiria la direccién de un médico y yo no conocia a nadie mas que pudiera hacerlo. Al cabo de dos dias volvi a verlo en su despacho y me llevé a comer a una cervecerfa que se encon- traba en el muelle, cerca de la estacion de auto- buses, en un barrio destruido durante la guerra y que posteriormente se reconstruyé con hormigén. Yo nunca iba por alli. Comenzaba a deambular, assalirme del espacio y de los lugares a los que iba habitualmente, siempre a las mismas horas, con los otros estudiantes. Jean T. pidié unos sindwi- ches. Su fascinacién no disminufa. Me dijo tiendo que él mismo podria ponerme una sonda con unos amigos. No estoy muy segura de que bro- meara. Después hablé del matrimonio B., me con- t6 que ella habia abortado dos o tres afios antes. 35

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