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Gauquelin, Michel. - Los Relojes Cósmicos (1970)

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Michel Gauquelin

LOS RELOJES CÓSMICOS

JtÉL

PLAZA & JANES, S.A


Editores
Título original:
THE COSMIC CLOCKS

Traducción de
JESÚS PARDO

Primera edición: Febrero, 1970

Copyright © 1967, Henry Regnery Company


© 1970, PLAZA & JANES, S. A., Editores
Virgen de Guadalupe, 21-33. Esplugas de Llobregat (Barcelona)

Este libro se ha publicado originalmente en Inglés con el título de


THE COSMIC CLOCKS

Printed in Spain — Impreso en España


Depósito Legal: B. 6.978 - 1970
SUMARIO
!
• "• v ; •
P R ó L O G O . » » • * i > i • *.,.',..»,.• .; « .*' 1 3

INTRODUCCIóN . . . . . . . 25
CRONOLOGíA . , » • , t • » t » * » * 33

PRIMERA PARTB

I. La religión más antigua i • ( * > • 41


II. La ciencia más antigua 57
III. De la armonía de las esferas al horóscopo . . . 75
IV. Intermedio brillante 93
V. Psicoanálisis astrológico . . . . . . . . 105
VI. El proceso científico . . . . . . . . . 129
MATRICES OBSTRUIDAS « t i » * » • t 147

SEGUNDA PARTB

VIL Pronósticos meteorológicos . . » 157


VIII. Ritos misteriosos 183
IX. Los sentidos desconocidos del hombre . 219
X. La estación del nacimiento . . . . 249
XI. Los planetas y la herencia . . . . 263
XII. El fluido vital 287
EPíLOGO

De los dioses de luz a los relojes planetarios * • 307


Apéndice primero: Metodología y análisis esta-
dístico . . . . . . . . . . . . 315
Apéndice II: Los experimentos químicos de Pic-
cardi . * > , » . , » ¡ , . , 323

• , , i < ¡

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-
. , : • .-<>


Hemos recibido permiso de los editores para citar pasa-
jes de las obras siguientes: Astrology, de Louis MacNeice
(«Doubleday & Company»); Astrology and Religión Among
the Greeks and Romans, de Franz Cumont («Dover Publi-
cations»); Cycles et rythmes, de R. Tocquet («Dunod Édi-
teur»); Cycles in your Life, de Darrell Huff («W. W. Nor-
ton & Co»); The Sleepwalkers, de Arthur Koestler («The
Macmillan Company»); The Sea around us, de Rachel Car-
son, («Oxford University Press»); Exposé Introductif, de
G. Piccardi, en «Symposium internationale sur les relations
phenomenales solaire et terrestriale» («Presses Académiques
Européennes»); The Chemical Basis of Medical Climato-
logy, de G. Picardi («Charles C. Thomas»); Season of Birth,
de E. Huntington («John Wiley & Sons»).
"O
O
r
O
O
O
Lo que aquí nos narra Michel Gauquelin a su manera
tan interesante como estimulante es la larga historia de las
incursiones imaginativas y científicas del hombre en la ob-
servación y contemplación de sus relaciones con la bóveda
celeste. La historia abarca, desde las primeras especulacio-
nes astrológicas, incluso las que precedieron con mucho a
la ciencia astronómica moderna, hasta el presente. Es una
narración llena de interés y viveza de la evolución del pen-
samiento humano sobre esta cuestión desde el tiempo en
que los cielos eran considerados simplemente con temor,
perplejidad y reverencia, hasta la era actual, que comienza
a penetrar en el espacio exterior, cuando nuestro conoci-
miento, aumentando explosivamente, ha demostrado que
los seres vivos están vinculados a su universo por lazos su-
tiles que hace unos pocos años ni se sospechaba siquiera
que existiesen.
El hombre, desde su primer amanecer mental, en el pa-
sado remoto, indudablemente ha tratado por todos los me-
dios a su alcance de comprender su posición en la jerarquía
natural. Ha luchado de manera constante por concretar su
relación con el universo que le rodea, un universo sobre el
cual creía no ejercer ninguno o casi ningún control y por
16 MICHEL GAUQUELIN

el que intuitivamente se sentía dominado de un modo ine-


xorable. La parte más inaccesible y aparentemente inevita-
ble de este universo eran los movimientos del Sol, la Luna
y demás cuerpos celestes. La presencia y movimientos, siem-
pre los mismos, de éstos podían ayudarle a relacionar el
día, la noche, las mareas y las estaciones.
Buscando seguridad y comprensión, es natural que el
hombre se volviese hacia los cielos, en apariencia omnipo-
tentes, permanentes, siempre ante él. Pero por falta de me-
dios con que llegar a conocer realmente las cosas, inventó
relaciones que le daban cierta confianza en sí mismo, jus-
tificada o no. Y es que para el hombre existe una necesidad
muy honda de creencia. ¿Cuántos de nosotros permanece-
mos completamente ajenos a alguna de las innumerables
supersticiones populares o no guardamos en secreto cier-
tos números que nos dan suerte o amuletos de un tipo u
otro?
Para el hombre moderno y civilizado, la «ciencia» ha
sustituido en gran parte a las supersticiones. Constante-
mente, recurre a la «ciencia» en busca de solución para to-
dos sus problemas, igual que antes recurría a los cielos y
a sus dioses. Pero la «ciencia», basada en «verdades» ra-
cionales que se derivan de observaciones cada vez más exac-
tas de la naturaleza y con frecuencia susceptibles de ser
comprobadas una y otra vez, obteniendo resultados previ-
sibles de condiciones preparadas experimentalmente, no es
muy distinta de las mismas supersticiones cuyo lugar ha
ocupado, sobre todo si tenemos en cuenta que las «verda-
des» son inciertas como arenas movedizas. Las «verdades»
de una generación pueden convertirse en los absurdos de
la generación siguiente. Nuestros tratados científicos re-
quieren revisiones no sólo con objeto de añadirles nuevas
«verdades», sino casi en la misma medida para podarles de
LOS RELOJES CÓSMICOS 17

lo que ha dejado de ser «verdad» en el ínterin. La historia


de la Humanidad ha sido un tantear continuo, constante,
hacia la comprensión de la verdadera «naturaleza de las
cosas». Y en cada alto en el camino han surgido unas «ver-
dades» más duraderas que otras.
La Humanidad ha hecho tremendos progresos en las co-
sas que ahora se consideran como dominio de la ciencia,
antes de que llegara a existir la ciencia moderna. Por no
citar más que unas pocas: la domesticación de los anima-
les y las plantas, la predicción de los fenómenos celestes y
el descubrimiento del uso práctico de agentes naturales far-
macológicos, como, por ejemplo, el curare *. La ciencia, de-
finida como el conocimiento del ambiente interno y exter-
no del hombre y el uso de ese conocimiento en beneficio
propio, es, indudablemente, tan antigua como el hombre
mismo.
Como las «verdades» de la ciencia moderna pueden con-
vertirse en algo muy distinto en el transcurso de unos po-
cos años, cabe esperar que, en cientos o miles de años de
historia, sufran cambios mucho más importantes. No es
de extrañar que el hombre continúe tanteando más allá de
los límites de la ciencia moderna si los científicos hacen
constantemente lo mismo, tanto como seres humanos que
como científicos.
Aunque el hombre lleva mucho tiempo especulando so-
bre los cielos y suponiendo que éstos, de alguna manera
misteriosa, controlan su ser y sus actividades, tal cosa les

_ * Voz americana. Sustancia negra, resinosa y amarga, que los


indios de América del Sur extraen de la raíz de una planta y de la
que se sirven para emponzoñar sus armas de caza y de guerra. Es
un veneno muy activo que sólo obra cuando se inocula en la san-
gre; sus antídotos son el cloro y el bromo. N. del T.
2 — 2.795
13 MICHEL GAUQUELItf

parecía imposible a los científicos modernos, que continua-


mente trataban de averiguar por qué causas y efectos se
regulan. En ausencia de medios de contacto evidentes, la
existencia de cualquier relación directa entre los seres vi-
vos y los cielos era puesta seriamente en duda, duda que
se veía reforzada por el descubrimiento de que, una tras
otra, las relaciones enunciadas por los astrólogos eran in-
capaces de resistir un examen crítico.
Los biólogos concentraban cada vez más su atención en
el estudio del papel biológico de los factores evidentes del
medio ambiente, factores que podían cambiar experimen-
talmente con facilidad y cuyas acciones eran fáciles de re-
solver. Entre éstas estaban la luz, la temperatura y ciertos
factores mecánicos y químicos. La ciencia seguía avanzan-
do con tanta rapidez y con tanto éxito, que por parte de
casi todos existía la firme convicción de que, por fin, podría
explicarlo todo en términos de interacciones entre los se-
res vivos y esos factores evidentes y de todos conocidos.
Cualquiera que se atreviese a sugerir la posibilidad de bus-
car sutiles influencias celestes se enfrentaba con la más
clara y decidida hostilidad. Esa zona de investigación esta-
ba prohibida a todo investigador biológico que se respe-
tase.
A comienzos de los años 50, dos nuevos campos de in-
vestigación comenzaron a abrirse ante el hombre: los fe-
nómenos de las brújulas y los relojes biológicos.
Se descubrió que toda una amplia gama de especies de
animales y plantas eran capaces de «saber» los períodos
de los días, las mareas, los meses e incluso los años, hasta
cuando se veían privados de toda pista evidente que pu-
diera ayudarles a hacerlo. De acuerdo con la convicción
general de que todo era explicable en términos de interac-
ción de organismos con los factores evidentes de su medio
LOS RELOJES CÓSMICOS .19

ambiente, se teorizó que, como ninguno de estos factores


daba al organismo información sobre el tiempo, era lógico
suponer que cada organismo contenía en sí un sistema cro-
nométrico independiente. Admitir la otra alternativa, o sea,
que los organismos recibiesen información oculta sobre el
tiempo, era abrir una «caja de Pandora» y arrojar sobre la
biología problemas insolubles, además de los ya muy com-
plejos que tenían planteados.
La existencia de cierta capacidad vital cronométrica mis-
teriosamente exacta fue siendo reafirmada a medida que
los investigadores que estudiaban la capacidad de orienta-
ción de pájaros, peces, insectos y crustáceos comprobaban
que esos seres vivos parecen practicar el arte de la nave-
gación celeste. El Sol, la Luna o las constelaciones podían
ser usados como brújula. Pero, por supuesto, la orienta-
ción geográfica por medio de puntos de referencia requie-
re que el animal «sepa» la posición que tienen en el cielo
esos cuerpos celestes en un momento determinado. Los
«cronómetros» internos de los animales salieron a relucir
como solución de este problema. Tenían que ser «relojes»
que midieran la rotación de la Tierra en relación con el
Sol (veinticuatro horas), con la Luna (veinticuatro horas
y cincuenta minutos) y con las estrellas (veintitrés horas y
cincuenta y seis minutos); se trataba, pues, necesariamen-
te, de un verdadero sistema no solamente de calendario
sino también de reloj.
Pero, entretanto, la investigación de los relojes biológi-
cos estaba descubriendo que los «relojes» mismos eran,
probablemente, ajustados por sutiles y penetrantes varia-
ciones de la atmósfera terrestre causadas por los movi-
mientos relativos de la Tierra, el Sol y la Luna. Sólo se
podía explicar racionalmente muchas de las características
demostrables de los «relojes» en términos de la constante
20 MICHEL GAUQUELIN

absorción por el organismo de información cronométrica


emanada de su medio ambiente físico. Resultaba cada vez
más evidente que los cuerpos celestes participaban simul-
táneamente de alguna manera en el funcionamiento de las
«brújulas» de los animales y en el de los «relojes» de que
esas brújulas tenían, al parecer, que depender. Los diver-
sos medios de que se servían los seres vivos para orientar
sus actividades en el tiempo y el espacio parecían estar
fundiéndose en uno solo.
¿De qué manera era enviada esa información sobre el
tiempo y el espacio a organismos que, cabe suponer, esta-
ban cerrados? Un estudio extenso e intenso, durante estos
últimos años, de las tendencias sistemáticamente cambian-
tes de movimiento a la izquierda o a la derecha de las agru-
paciones de animales dotados de sentido de orientación en
el tiempo y el espacio y pertenecientes a diversas especies,
demostró: 1.°, que en un campo de iluminación artificial
no cambiable, las tendencias de orientación de los anima-
les varían sistemáticamente según los períodos naturales
relacionados con los movimientos relativos de la Tierra, el
Sol y la Luna; y, 2.°, que en cualquier momento dado, la
tendencia de orientación varía sistemáticamente con la re-
lación de dirección geográfica de ese campo de ilumina-
ción. Más aún, los factores que participan en la orienta-
ción en el tiempo y el espacio parecían fundirse en uno
solo.
Una búsqueda de los factores atmosféricos que parti-
cipan en este fenómeno reveló la fantástica tendencia de
las cosas vivas a reaccionar ante muy débiles campos mag-
néticos, electrostáticos y electromagnéticos de la Tierra.
Esas reacciones podían ser estimuladas como reacciones
ante campos experimentales artificiales igualmente débiles.
Cualesquiera que fueran los medios de que se servía el sis-
LOS RELOJES CÓSMICOS 21

tema vivo, era capaz de distinguir entre las direcciones y


las fuerzas de esos muy débiles campos. Que se trataba de
sensibilidades especializadas de alguna manera resultaba
evidente en vista de que la capacidad máxima de resolución
de esos animales ante los campos producidos artificialmen-
te estaba al mismo débil nivel que los campos naturales
de la Tierra. Se ha demostrado que se puede engañar a los
organismos, haciéndoles reaccionar ante falsa información
sobre «tiempo y dirección», de la misma manera que en
condiciones naturales por el sistema de manipular debida-
mente en el laboratorio esos débiles campos electromagné-
ticos.
En cientos de millones de años de evolución en este
planeta, la vida se ha convertido, sin lugar a dudas, en un
mecanismo maravillosamente adaptado a los campos elec-
tromagnéticos sutiles y penetrantes de la Tierra, igual que
a otros más familiares y evidentes.
Cada vez hay más pruebas experimentales de que los
seres vivos «sienten» el tiempo, expresado en términos de
sucesos físicos vinculados a coordinadas angulares en los
ciclos naturales de su ambiente cósmico, prescindiendo de
la necesidad de medir críticamente esos intervalos de tiem-
po con medios propios dentro de cada cuerpo vivo, y tam-
bién que cada individuo regula sus propias actividades a
su manera y de acuerdo con este estado de cosas. Por ejem-
plo, la variación anual que se observa en semillas secas que
han sido almacenadas durante un período de dos años en
condiciones que se supone inalterables; si se examinan
muestras de esas semillas a intervalos de un mes, hacién-
dolas germinar en las mismas condiciones ambientales,
controladas con sumo cuidado, se pueden explicar senci-
llamente como reacciones de crecimiento ante las variacio-
nes sistemáticas mensuales en las sutiles condiciones geo-
22 MICHEL GAUQUELIN

físicas del ambiente. No es necesario, como muchos estu-


diantes de los relojes biológicos querrían dar por supues-
to, que cada semilla contenga individualmente su propio
sistema independiente de cronometración, capaz de medir
de modo inexorable, año tras año, los períodos. Un cono-
cimiento inculcado de la secuencia de los sucesos que se
producen en esos ciclos naturales del ambiente explica la
bien conocida capacidad de los organismos de adaptar por
anticipado su conducta en relación con sucesos cíclicos ex-
ternos.
Ahora, se han forjado claros vínculos entre los organis-
mos y las fuerzas fluctuantes electromagnéticas de su am-
biente. No podemos negar que el organismo vivo es un
sistema receptor tan sensible como el conjunto de toda la
maquinaria electrónica artificial con que el hombre obtie-
ne información geofísica y astrofísica. Los geofísicos están
desentrañando la multiplicidad de maneras con que esas
fuerzas atmosféricas se relacionan con las actividades y mo-
vimientos de la Tierra, el Sol, la Luna, los planetas e inclu-
so las lejanas estrellas. Ahora bien, con estos continuos
descubrimientos, nos llegan problemas paralelos e inevita-
bles de posible importancia biológica.
El hombre no apareció de pronto y de novo en el planeta
Tierra. Surgió gradualmente, llegando a lo que ahora es
por medio de una transformación ordenada, probablemen-
te comenzando como consecuencia de complejos químicos
producidos por el azar en los cálidos océanos primitivos al
aparecer en ellos el primer signo de vida en pedazos primi-
genios de barro. Es natural, por lo tanto, que el hombre
busque raíces cósmicas en su largo pasado evolutivo. Los
relojes biológicos vinculados a las principales periodicida-
des cósmicas son omnipresentes en todos los seres vivos. Su
existencia abarca desde las formas monocelulares hasta las
LOS RELOJES CÓSMICOS 23

plantas y los mamíferos, incluido el hombre. Esto indica


el carácter antiguo y hondo de las relaciones entre el hom-
bre y el Universo.
Cuando miramos más lejos y observamos que animales
tan diversos como los insectos y los crustáceos por un lado,
y los peces y los pájaros por otro, son capaces de navega-
ción celeste, vemos de nuevo una relación cósmica antigua.
El origen común de estos dos tipos tan distintos de seres
vivos se remonta probablemente a más de un billón de
años. En esos tiempos antiguos, los ojos de los organismos
vivos estaban ya volviéndose hacia el cielo en busca de
ayuda con que poder satisfacer las exigencias de sus vidas
terrestres, o bien la propensión o posibilidad de hacerlo
estaba ya presente y comenzaba a desarrollarse. Con tan
hondas raíces de relaciones celestes en el pasado del hom-
bre, cabe esperar que no sea difícil comprender el motivo
de que, a medida que fue evolucionando su capacidad de
razonamiento, tratase de conseguir más y más ayuda de
los cielos.
Un nuevo campo de investigación científica lleno de in-
terés y dificultades aparece ahora ante nosotros. ¿En qué
medida son afectados los seres terrestres, animales y plan
tas, e incluso el hombre, por esas sutiles fluctuaciones cós-
micas? El hombre está indudable e inevitablemente vincu-
lado por muchos hilos al resto del Universo, no sólo gra-
cias a los instrumentos físicos que ha inventado y construi-
do, sino también por causa de las sorprendentes sensibili-
dades de su propia sustancia vital. Michel Gauquelin ha
presentado magistralmente ante nosotros un breve esque-
ma de la historia de este problema, enfocándolo en un solo
cuadro, cosa que sólo podría hacer una persona que le ha
dedicado muchos años de estudio y examen crítico y cuyas
investigaciones le han sugerido la existencia de las relacio-
24 MICHEL GAUQUELIN

nes celestes más inquietantes, emocionantes y estimulantes


que han aparecido hasta ahora ante los ojos del hombre.

Franz Z. Brown, Júnior.


Profesor de Biología
Northwestern University
Evanston
Illinois.
INTRODUCCIÓN
El tema de este libro es el efecto que el Cosmos ejerce
en la vida humana; es un tema que siempre ha obsesionado
la imaginación del hombre. Seguiremos aquí la historia de
las ideas que han sido aceptadas sucesivamente, desde los
primeros modelos astrológicos hasta los más recientes des-
cubrimientos de la ciencia moderna. Parece ser que existe
una contradicción básica entre las interpretaciones mági-
cas de los siglos pasados y las actuales explicaciones racio-
nales; y, sin embargo, en realidad, a pesar de las eviden-
tes diferencias, ambas se unen con sólida consistencia. Es
el hombre mismo quien há creado esta unidad en su cons-
tante búsqueda de una respuesta al secreto del lugar que
ocupa en el Universo.
La gente de los siglos pasados se sentía mero juguete
entre las fuerzas cósmicas que había a su alrededor. Para
reducir esta inquietud y dar un significado a su existencia
trataban de comprender las leyes por las que se regían
estas fuerzas. Hace cinco mil años aproximadamente, los
caldeos resolvieron el problema de manera satisfactoria y
así nació el concepto astrológico de las influencias cósmi-
cas. La astrología caldea se servía de la magia como expli-
cación y veía en la posición del planeta una pista para la
28 MICHEL GAUQUELIN

predicción del futuro. Tal interpretación se adaptaba ex-


trañamente al pensamiento humano. Las civilizaciones sub-
siguientes de Grecia y Roma, en vez de abandonar estas
creencias mágicas, continuaron desarrollándolas y codifi-
cándolas.
Después de las invasiones bárbaras que destruyeron el
Imperio Romano, el fuego de la astrología pareció haberse
extinguido. Pero lo cierto es que seguía ardiendo lentamen-
te bajo las cenizas: en el siglo xv, el Renacimiento italiano
atizó sus llamas, haciéndolas más altas que nunca. Gran-
des pensadores recogieron los problemas científicos allí
donde habían sido abandonados por los antiguos. En astro-
nomía —la hermana de la astrología—, el éxito fue total:
Copérnico desencajó la Tierra del centro del Universo; Ty-
cho Brahe calculó las órbitas planetarias con una precisión
que antes hubiera sido inconcebible; Kepler descubrió las
leyes de los movimientos planetarios, remplazando con
ellas los viejos sistemas del pasado; Galileo, estudiando las
manchas solares, debilitó la creencia en la inmutabilidad
de los cuerpos celestes; y, por fin, Newton formuló la
ley de la gravedad universal, que preparó el camino para la
gran síntesis que Einstein habría de conseguir a comienzos
del siglo xx. Todos esos grandes hombres se interesaban
también por el concepto astrológico del mundo. Más que
ningún otro, Kepler trató de forjar una nueva astrología
que progresase paralelamente a la astronomía. Pero su in-
tento falló, porque no pudo desprenderse del interés que
sentía por la posibilidad de predecir el futuro basándose
en el movimiento de las estrellas. La astrología, por lo tan-
to, volvió a caer en la superstición. Fue rechazada por las
Universidades, y los hombres de ciencia dejaron de intere-
sarse por ella. Al mismo tiempo, su popularidad entre la
muchedumbre aumentó. A mediados del siglo xx, llegó a
LOS RELOJES CÓSMICOS 29

degenerar más que nunca en una mera predicción del por-


venir, explotada desvergonzadamente por los sacamuelas.
Y, sin embargo, los estudios sociológicos indican que apro-
ximadamente un cincuenta por ciento de la gente cree en
cierta medida en los horóscopos. La falsedad de tales creen-
cias tendrá forzosamente que ser demostrada.
Pero, más allá de la superstición pasada de moda, cier-
tos pensadores sensatos han razonado intuitivamente que
tiene que haber influencias que afecten a la vida humana.
Esta intuición es, y siempre lo ha sido, básicamente co-
rrecta. El error ha consistido en tratar de explicar acciones
cósmicas en términos mágicos, dando a los cuerpos celes-
tes características que, evidentemente, no pueden poseer.
Este error, sin embargo, no tiene por qué persistir.
En la actualidad, el Cosmos se ha puesto de moda. Gra-
cias al progreso de la astrofísica, los seres humanos están
penetrando en el espacio exterior. Y, sin embargo, apenas
conocemos las leyes que rigen la influencia del espacio en
el hombre. En toda la historia del pensamiento, sólo hay
unos pocos ejemplos de tan sorprendente contradicción.
Todo esto tiene que cambiar. En estos últimos años, la in-
vestigación ha comenzado a llenar el vacío dejado en la
escena científica por la desaparición de la astrología como
ciencia. Los científicos modernos han acabado por hacerse
la misma y antigua pregunta de una manera más signifi-
cativa: ¿cómo se relacionan los relojes cósmicos con los
ritmos biológicos de los organismos vivientes? El éxito o
fracaso de la exploración espacial puede depender de la
respuesta que se dé a esta pregunta.
La NASA ha estudiado la fascinadora sugerencia de
Frank A. Brown, profesor de Biología de la Northwestern
University. Consiste en transportar por el espacio exterior
durante un largo período de tiempo varios organismos, co-
3Q MICHEL GAUQUELIN

menzando por plantas sencillas. La construcción de una «ca-


bina espacial de patatas» será el primer paso. ¿Qué les ocu-
rrirá a esas patatas en el espacio, durante un período inde-
terminado de tiempo? Quizá no les ocurra nada. Pero si las
patatas muriesen, según presume Eugene R. Spangler, bió-
logo, miembro del Instituto Norteamericano de Aeronáu-
tica, ello significaría que el viaje prolongado por el espacio
sería también peligroso para el hombre. ¿Por qué? Porque
este proyecto, humorísticamente llamado «Spudnik I» 1 ,
gira en torno a un problema fundamental: si los relojes
cósmicos que marcan el ritmo de la vida terrestre —los
movimientos del Sol, de la Luna y de los planetas— son
indispensables para toda vida biológica. Quizá, si el ritmo
es ¿cambiado radicalmente, la patata sea incapaz de adap-
tarse al cambio. Y dado que el hombre es mucho más sen-
sible que la planta, resulta esencial averiguar si éste puede
dejar los ritmos de su ambiente terrestre durante un largo
período de tiempo sin sufrir, como resultado de ello, gra-
ves consecuencias.
Éste es el problema que ha acabado por inducir a los
hombres de ciencia a explorar las influencias cósmicas que
durante seis mil años esperan a ser investigadas sistemá-
ticamente. Y, sin embargo, el viaje espacial no comenzó con
el primer astronauta; siempre hemos viajado en una nave
espacial. Durante largo tiempo, el hombre ha vivido sin
darse cuenta de este hecho, porque las condiciones de vida
en la Tierra son, sin lugar a dudas, más cómodas que en
el interior de una cápsula espacial; pero ahora ya sabemos
que nuestra nave espacial, la Tierra, perfora incesantemen-
te el espacio interestelar. Como dijo Giorgio Piccardi, jefe
del Instituto de Química Física de la Universidad de Flo-
1. Juego de palabras. «Sputnik», nave espacial, en ruso. «Spud»,
en inglés, significa patata. N. del T.
LOS RELOJES CÓSMICOS 31

renda: «Para verse sujeto a efectos cósmicos, el hombre


no tiene necesidad de lanzarse al espacio exterior; no tiene
ni siquiera que salir de su casa. El hombre siempre ha vi-
vido rodeado por el Universo, ya que el Universo está en
todas partes.»
El Cosmos que nos rodea no es inalterable ni está va-
cío. Los satélites artificiales han demostrado claramente
que el espacio está poblado por infinidad de corpúsculos y
ondas que golpean la Tierra, afectando de esa forma todo
cuanto vive en su superficie. En los treinta años, más o
menos, que los investigadores llevan estudiando esta cues-
tión científicamente, han sido descubiertas extrañas rela-
ciones entre la vida y el Universo. Paso a paso, con el apoyo
de disciplinas de validez reconocida, emerge una nueva
ciencia. La parte más importante de este libro está dedi-
cada a narrar las conquistas de esta nueva rama del cono-
cimiento humano.
En primer lugar, tenemos los sorprendentes vínculos
que unen a los hombres con el Sol. El Sol no es, como
imaginaban los pitagóricos, una esfera dorada e inmóvil;
está cubierta de manchas y se producen en él vastas explo-
siones. Y las ondas de esos cambios cataclísmicos reverbe-
ran entre nosotros. Hoy, la Luna, siempre rodeada de creen-
cias legendarias, comienza a revelar sus verdaderos secre-
tos. El profesor Brown ha estudiado los efectos de la Luna
sobre las formas inferiores de vida, y ha encontrado que
varias especies de animales son sensibles a sus misteriosos
mensajes. Receptores sensorios antes desconocidos han sido
descubiertos en todas las formas vitales, el hombre inclui-
do, sentidos que permiten al organismo recibir tales men-
sajes y ajustar su conducta al rayo de los relojes cósmicos.
Viene luego la antigua cuestión, cuyo origen se pierde
en los primeros sueños humanos: ¿influye el cosmos en
32 MICHEL GAUQUELIN

todos los hombres de manera parecida? Los astrólogos, que


habían formulado esta pregunta ingenuamente, fueron in-
capaces de darle una respuesta satisfactoria. Los hombres
de ciencia actuales tienen la esperanza de haber encontrado
una respuesta mejor. La maravillosa complejidad de la ma-
quinaria humana parece ser sensible a influencias cósmicas
extremadamente sutiles que emanan de planetas cercanos
a la Tierra. Recientemente, se ha descubierto un nuevo fe-
nómeno llamado «herencia planetaria»: como parte de la
función de su constitución genética el organismo humano
recibe al nacer mensajes cósmicos de una manera especí-
fica, personal. Tal vez parezca increíble que organismos vi-
vos sean capaces de percibir las acciones infinitamente dé-
biles de los cuerpos planetarios. Piccardi, creador de una
nueva disciplina, la Química Cósmica, ha explicado esto
mostrando que el Cosmos afecta al hombre a través de la
acción mediatriz del agua, el líquido esencial para la per-
manencia de la vida en nuestro planeta. El agua tiene ex-
trañas propiedades físicas que nos vinculan íntima y per-
manentemente a las fuerzas cósmicas. Gracias a la Quími-
ca Cósmica estamos empezando a comprender lo que hasta
hace muy poco era incomprensible.
La astrología, la antigua religión universal, el primitivo
y majestuoso esfuerzo por conseguir una síntesis cósmica,
ha caído por completo en manos de sacamuelas. En su lugar
ha nacido una ciencia nueva. Esta ciencia no debiera des-
preciar el pasado; después de todo, debemos el nacimiento
de la astronomía al celo astrológico de nuestros predeceso-
res. Es justo que esta ciencia, en su madurez y después de
un rodeo de dos mil años, nos ayude ahora a descubrir los
verdaderos vínculos que unen al hombre con el Universo.
CRONOLOGÍA

5 — 2.795
25 000-10000 a. de C. (aproximadamente): Muescas en huesos de
reno y en colmillos de mamut representan las fases de la Luna.
6000 a. de C ; Comienzan las observaciones del cielo por los sú-
menos.
3 000 a. de C : Predicciones astrológicas de Sargón él Viejo.
2073 a. de G ; Chun, el primer emperador de China, hace un
sacrificio a los «siete rectores» (los planetas).
1800 a. de C : Construcción de los megalitos de Stonehenge, cerca
de Salisbury (Sur de Inglaterra).
Siglo xrv a. de C ; Los grandes dioses sumerios son Sin, el dios
lunar; Shamach, el dios solar; e Ishtar, la diosa de Venus.
1375 a. de C : Himno al sol del faraón Ekhnatón.
700400 a. de C : Descubrimiento y descripción del zodíaco por
los babilonios.
Siglo vi a. de C ; Doctrina de la armonía de las esferas, por Pitá-
goras (Samos, Grecia).
Siglo v a. de C : Primeras máximas astrológicas en Caldea, ba-
sadas en el nacimiento del rey.
409 a. de C.¿ Fecha del horóscopo babilonio más antiguo que se
conoce.
331 a. de C : Conquista de Caldea por Alejandro de Macedonia.
280 a. de C ; Publicación de Babyloniaca, por Beroso, sacerdote
de Marduk en Babilonia.
220 a. de C.: El griego Carnéades critica la astrología en nombre
de la razón.
70 a. de C : Los primeros horóscopos griegos que tienen en cuenta
la hora exacta del nacimiento.
40 a. de C ; Cicerón publica De Divinatione, en donde expone las
principales críticas científicas de la astrología.
36 M1CHEL GAUQUELIN

30 a. de C.: El emperador Augusto manda hacer su horóscopo al


astrólogo Thrasyllus; sus sucesores siguen su ejemplo.
10 d. de C.; Publicación de Astronomicon, por Manilius, la prime-
ra obra, griega de astrología.
140 á. de C : Publicación de Tetrabiblos, por Tolomeo, el libro
más famoso de astrología.
Siglo iv d. de C.; San Agustín critica la astrología en nombre de
la fe cristiana en sus Confesiones.
700-1200 d. de C : El Islam perpetúa la antigua tradición astroló-
gica.
1400-1600 d. de C.: En la religión azteca de México, Quetzalcoatl, la
serpiente emplumada, es considerada como el dios del planeta
Venus.
1543 d. de C ; Con la publicación de De Revolutionibus Orbium
Caelestium, de Copérnico, la Tierra deja de ser considerada como el
centro del Universo.
1555 d. de C : Primera edición de las profecías de Nostradamus
(Lyon, Francia).
1571-1630 d. de C ; Tiempo de vida de Johannes Kepler, quien des-
cubrió las leyes de los movimientos de los planetas y persiguió ac-
tivamente la creación de una astrología nueva.
1666 d. de C : Condena oficial de la astrología por Colbert, minis-
tro de Luis XIV, en Francia. La astrología es prohibida en la Acade-
mia de Ciencias y la Universidad.
1749-1832 d. de C : Tiempo de vida del gran poeta Goethe, quien
estudió astrología.
1828 d. de C : El astrólogo inglés Raphael publica su Manual of
Astrology.
1898 d. de C.: El sabio sueco Svanthe Arrhenius, ganador del pre-
mio Nobel de Física, emprende la primera obra estadística sobre la
influencia de la Luna en el tiempo y en los seres vivos.
1920 d. de C ; Reaparición del horóscopo. Gran éxito de los saca-
muelas, ayudados por la Prensa y demás medios de comunicación
de masas.
1920-1940 d. de C : Obra estadística de A. I. Tchijevski sobre el
papel que juegan en la vida humana las manchas solares.
1922 d. de C.; Memorándum de los doctores Faure y Sardou a la
Academia de Ciencias sobre la influencia de las manchas solares en
las enfermedades repentinas.
1938 d. de C.: Publicación de Season of Birth, por E. Huntington.
1939-1945 d. de C.; Los nazis tratan de interpretar en favor suyo
las profecías de Nostradamus.
1941 d. de C ; El japonés Maki Takata demuestra la influencia
LOS RELOJES CÓSMICOS 37

que ejerce un rayo desconocido del Sol en el suero de la sangre


humana.
1948 d. de C : Frank A- Brown descubre misteriosos ritmos exó-
genos en las plantas y los animales.
1950 d. de C.J Giorgio Piccardi comienza a estudiar las relaciones
entre el Cosmos y los experimentos químicos.
1950-1955 d. de C : Publicación de estadísticas científicas donde
se demuestra la falsedad de los horóscopos.
1957 d. de C ; Se lanzan al espacio exterior satélites que descu-
bren interacciones hasta entonces desconocidas entre los cuerpos del
sistema solar.
1960 a. de C : Primeros estudios sobre la correlación entre los
planetas y las leyes de la herencia.
1963 d. de C. • El Instituto Francés de Opinión Pública revela que,
a pesar de los esfuerzos de la ciencia, el 43 por ciento de la pobla-
ción cree aún que la astrología es una ciencia verdadera.
m
>

Pl
CAPÍTULO PRIMERO

LA RELIGIÓN M A S A N T I G U A
¿Dónde comenzó la astrología? La respuesta es: en to-
das partes. ¿Cuándo comenzó? Ha existido desde que el
hombre existe, mejor dicho, antes aún de que el hombre
existiese. Cuando el Sol se eclipsa, los animales se vuelven
inquietos y como angustiados; parecen temer un peligro
inminente. Los pájaros dejan de cantar y los monos aban-
donan sus árboles, juntándose para sentirse más seguros,
en completo silencio.
La astrología nació del encuentro entre una inteligencia
todavía incapaz de imaginarse el mundo por sí misma y el
temor que tal mundo le inspiraba. Para el hombre primi-
tivo, el cielo estaba lleno de maravillas extrañas y temi-
bles. Este temor y admiración no eran del todo injustifi-
cados: el poder de los cielos era muy real. Las primeras
civilizaciones humanas dependían del pastoreo y la agri-
cultura, la pesca o la caza, y, por lo tanto, estaban a mer-
ced de los caprichos de la Naturaleza. El cielo se llenaba
de nubes, el rayo caía hendiendo el espacio, el trueno lle-
naba el aire. La lluvia venía en pos del viento y las cose-
chas eran destruidas. Si los cielos se mantenían serenos, la
sequía secaba las cosechas y atraía la plaga de la langosta
migratoria. En invierno, el aire helado convertía las gotas
44 MICHEL GAUQUELIN

de lluvia en cristales saltarines que cubrían la tierra con


una capa espesa y blanca.
Todo cuanto alcanza la memoria está lleno de huellas
de los esfuerzos humanos por interrogar los cielos. Alexan-
der Marshack, el 6 de noviembre de 1964, escribía en la re-
vista Science que las muescas halladas en ciertos huesos de
reno y marfiles de mamut procedentes del Paleolítico su-
perior representan las fases lunares. De esa forma vemos
que, hace aproximadamente de diez mil a veinticinco mil
años, el hombre con toda probabilidad, observaba y anota-
ba ya los ciclos de la Luna 1 .
A dieciséis kilómetros de Salisbury, en el sur de Ingla-
terra, está Stonehenge, una extraña colección de menhires
de tres metros y medio de altura rodeados por cincuenta y
seis pequeños pozos, llamados «los agujeros de Aubrey».
Se piensa que este monumento se remonta al año 1800
a. de C. El profesor G. S. Hawkins, de la Universidad de
Boston, con ayuda de una IBM, ha demostrado que esas
primitivas ruinas pueden ser utilizadas para fijar la posi-
ción del Sol y de la Luna con sorprendente precisión, con
un margen mínimo de error 2 . Existe menos de una proba-
bilidad por millón de ellas de que la correlación hallada
por el profesor Hawkins sea casual. El mismo Hawkins es-
cribe:

Los agujeros de Aubrey constituyen un sistema para contar


los años, un agujero por cada año, y predecir los movimien-
tos de la Luna Quizá se celebrasen incineraciones en un deter-
minado agujero de Aubrey en el transcurso del año, o, posi-
blemente, el agujero contuviese una piedra movible. Stonehen-
ge puede ser utilizado como un gigantesco computador di-
gital 3 .

Parece ser, por lo tanto, que Stonehenge era una espe-


cie de observatorio de la Edad de Bronce en el que los
LOS RELOJES CÓSMICOS 45

sacerdotes anunciaban la llegada de las estaciones y los eclip-


ses del Sol y de la Luna. Esta actividad científica no era
en modo alguno incompatible con los ritos religiosos que
también se celebraban allí; más bien al contrario, ambas
cosas se relacionaban estrechamente.
Stonehenge nos muestra las dos clases de inquietudes
que nuestros antepasados sentían cuando levantaban la vista
hacia los cielos. Una, científica; la otra, religiosa. El munr
do, hostil o favorable, era siempre indispensable. El hom-
bre primitivo sabía que tenía que controlarlo de alguna
manera. Para conseguir este objeto podía servirse de dos
tácticas: adorarlo o penetrar en sus secretos. La astrología
nació como un medio de combinar estas dos maneras de
ejercer cierta medida de control sobre el mundo. No es exa-
gerado decir, con la mayoría de los historiadores, que la
astrología fue, al mismo tiempo, la primera religión y la pri-
mera ciencia del hombre.
El Sol, la Luna, las estrellas, todos los cuerpos celestes
se convirtieron en objeto de adoración, miedo, esperanza.
Su influencia parecía afectar no sólo el destino del hom-
bre, sino también el futuro del mundo, amenazándolo con
destrucción y prometiéndole vida nueva. Afectaban a las
lluvias, los vientos, los terremotos, las catástrofes inespe-
radas. Esta creencia sincretística, expresada ingenuamente
por medio de la incesante interacción entre el Cosmos y la
vida terrestre, se encuentra en todos los pueblos primi-
tivos.

El Sol

La vuelta del Sol todas las mañanas, su «renacer» des-


pués de su «muerte» la tarde anterior, era saludada con
46 MICHEL GAUQUELIN

ritos religiosos por los pueblos más antiguos de que tene-


mos noticia y aún lo es hoy en las sociedades primitivas:

Las madres piel rojas levantan en sus brazos a sus hijos


recién nacidos, hacia el Sol. Entre los indios navajos, las mu-
chachas que llegan a la pubertad tienen que preparar un enor-
me pastel; mientras está haciéndose, deben correr hacia el
Sol naciente y volver al punto de partida, vestidas de fiesta.
Saludar al Sol naciente era una costumbre normal. Griegos
como Sócrates y Dion lo hacían; y también los chinos, los ja-
poneses y los indios brahmanes*.

En Egipto, el faraón Amenofis IV tomó el nombre ofi-


cial de Ekhnatón, en honor del Sol; este nombre significa
«Rayo en el rostro del Sol». En el año 1375 a. de C, Ekhna-
tón compuso un himno famoso en honor de Atón, «el gran
vínculo vivo del Sol»:

Este dios único ha hecho la Tierra lejana, los hombres, los


pájaros, los animales... Cuando él se muestra, todas las flores
crecen y viven, los campos florecen cuando se levanta y se re-
gocijan con su presencia, todas las bestias saltan para saludarle
y los pájaros en los pantanos baten sus alas 5 .

Enterrados bajo sus gigantescas pirámides, los cadáve-


res de los faraones Keops, Kefrén y Mikerinos iban, en opi-
nión de sus contemporáneos, a compartir la vida eterna del
Sol. Las pirámides mismas eran un símbolo del Sol. La
fachada más próxima a la entrada de cada tumba está per-
fectamente orientada hacia el Sol naciente. Por lo que se
refiere a la gran pirámide de Keops, el error es de sólo tres
grados de arco, cosa casi increíble. En Abu Simbel, en cier-
to momento, los rayos del Sol entran en la cámara misma
donde está la tumba de Ramsés II. «Las grandes pirámi-
des, así como las pequeñas y doradas que están situadas en
LOS RELOJES CÓSMICOS 47

la punta de los obeliscos, eran representaciones de los ra-


yos del Sol descendiendo hacia la Tierra.»6
El dios Sol poniente presentaba un triste contraste. El
Sol descendía «hacia la tierra de los muertos». Cualquier
hombre que se cruzase en su camino desaparecía para no
volver. De ahí la creencia, hallada en todas partes, desde
Nueva Zelanda hasta las Nuevas Hébridas, de que una mi-
rada del Sol poniente podía ser causa de la muerte del
hombre que la recibiese7. Pero, al mismo tiempo, el Sol
podía escoltar las almas de los muertos por las regiones
infernales y traerlas de nuevo, a la mañana siguiente, con
la luz del día.

La Luna

La conducta de la Luna, más extraña aún que la del


Sol, fue constante causa de perplejidad para sus primeros
observadores:
La Luna también se movía a través del cielo, entre las estre-
llas cruzándolas noche tras noche, mientras que su aparición
sufría un cambio misterioso, pasando de ser una débil hoz en
el cielo nocturno a convertirse en el brillante disco de la Luna
llena, que dominaba la noche iluminando la Tierra hasta que
comenzaba a desvanecerse, para convertirse de nuevo en una
estrecha cinta de plata y desaparece con la aurora. Este pro-
ceso continuaba repitiéndose en un ciclo equivalente, según
parece, al período menstrual de la mujer'.

Por todas partes, en la Tierra, la Luna ha sido relacio-


nada con los mismos procesos cósmicos: lluvia, plantas,
fertilidad animal. Estas correspondencias se encuentran
incluso en religiones tan arcaicas y horras de influencias ex-
tranjeras como la de los pigmeos. La fiesta de la Luna nueva
48 MICHEL GAUQUELIN

celebrada por los pigmeos de África tiene lugar justo antes


del comienzo de la estación de las lluvias. La Luna, que ellos
llaman «Pe», es, según estos salvajes, «el principio de la gene-
ración y la madre de la fertilidad»'.

Entre los habitantes de Papua «la Luna es el primer


marido de las mujeres». Según ellos, «la menstruación es
prueba de las relaciones que existen entre las mujeres y
la Luna» 10 .
Entre los hititas, la Luna recibía el nombre de Arma,
que significa grande, embarazado. En la India, se creía que
la Luna era rey de todo cuanto crece en la Tierra y pro-
tector de todas las cosas vivas. Su desaparición era consi-
derada como una verdadera enfermedad. En Camboya, la
Luna llena equivalía al comienzo de la buena suerte, la cús-
pide en donde todas las cosas tenían su buen momento.
En el antiguo Egipto, la influencia de la Luna se hacía
sentir en todas partes: se pensaba que estaba representada
por varios dioses. Su crecimiento era llamado «el abrirse
del ojo de Horas». Cuando el ojo del halcón-dios estaba
completamente abierto, comenzaba la Luna llena. Los vein-
ticinco días del ciclo lunar eran comparados a una escalera
con catorce escalones: primero se subía la escalera hasta
llegar a la «apertura completa del ojo», y, luego, se bajaba,
hasta que el ojo quedaba completamente cerrado. Esto
equivalía a los catorce días que tarda la Luna en crecer
y, luego, los otros catorce que culminan con la Luna nueva.
Los eclipses lunares eran considerados presagio de sucesos
luctuosos. Con frecuencia, la Luna misma era considerada
peligrosa. La media Luna se comparaba a veces con un
cuchillo, «una hoz de oro en el campo estrellado». Un ma-
nuscrito egipcio pregunta: «¿No es la Luna un cuchillo?
Pues, por lo tanto, puede castigar a los culpables.» u
LOS RELOJES CÓSMICOS 49

Las estrellas

Las principales estrellas y constelaciones también han


sido objeto de adoración. Sus formas y movimientos han
dado lugar a numerosos mitos y ritos. En China

la Osa Mayor o Carro es adorada como deidad propicia. Las


mujeres que quieren tener hijos la adoran. Las coronas epita-
lámicas están adornadas con la Osa Mayor, hecha con perlas
y esmeraldas. Una pintura antigua de la dinastía Han mues-
tra a la Osa Mayor como monarca en un carruaje, con varios
espíritus rindiéndole homenaje a.

E n Pomerania, todavía se cuenta la siguiente historia:

La Osa Mayor recibe también el nombre de Duemkt.


Duemkt era un granjero malvado que solía tratar a sus ser-
vidores y su ganado con la mayor crueldad. A modo de cas-
tigo, fue puesto en el cielo después de su muerte y allí conduce
ahora su carro con la misma temeridad que en vida. Su carro
es tirado por tres caballos y Duemkt cabalga en el de enmedio,
pero el grupo va de la manera más desordenada, como si
estuviera a punto de caer sobre la Tierra en cualquier mo-
mento u .

En Egipto, el Nilo, que daba de comer a todo el país,


era considerado dios de la fertilidad:

Pero ¿no era el cielo lo que hacía crecer tan favorablemen-


te el río? Todos los años, las aguas crecían cuando la relu-
ciente estrella Sirio se levantaba al mismo tiempo que el Sol.
Esto indicaba que las inundaciones del Nilo eran causadas por
la alianza entre las acciones propicias del Sol y de Sirio, alian-
za que ocurría tan sólo una vez al año. Entonces, era el mo-
mento en que el suelo reseco de Egipto cobraba nueva vida.
Por eso, el Año Nuevo egipcio tenía lugar en la fecha en que
Sirio se levantaba con el Sol".
4 — 2.795
50 MICHBL GAUQUELIN

Las siete estrellas de las Pléyades han sido adoradas


desde el comienzo de la Historia. Los griegos les dieron los
nombres de las siete hijas de Atlas, que se suicidaron y fue-
ron convertidas en estrellas. Una narración popular danesa
cuenta de esta manera el motivo de que la constelación sea
invisible parte del año:

Había una vez una muchacha que tenía siete hijos ilegí-
timos. Un hombre la vio y le dijo: «Buenos días tengáis, tú y
tus siete bastardos.» Para castigarle, Dios le convirtió en cuco.
Los hijos fueron convertidos en ángeles y puestos en el cielo.
Durante la estación veraniega, cuando el cuco canta, las Plé-
yades se vuelven invisibles15.

Entre los aztecas de América Central, las Pléyades eran


usadas como pretexto para celebrar los ritos más horribles
El paso de las estrellas a través del meridiano era señal de]
comienzo de los sacrificios humanos:

En el fondo de sus almas, los antiguos mexicanos no po-


dían tener confianza en el futuro. Su mundo era demasiado
frágil, siempre expuesto a una catástrofe. Cada cincuenta y dos
años, el pueblo de todo el Imperio sucumbía al terror, temiendo
que a la última puesta de sol de aquel «siglo» no siguiese una
nueva aurora. Los fuegos se apagaban en las ciudades y en el
campo, mientras las muchedumbres, aterrorizadas, se congre-
gaban en torno de la falda del monte Ulxachtecatl. En su cima,
los sacerdotes observaban la constelación de las Pléyades.
A una señal del sacerdote-astrónomo, un prisionero era extendi-
do sobre el altar. Después, le clavaban un cuchillo de piedra
en el pecho con un sordo ruido y sobre la herida abierta se
pasaba un palo encendido. Y, entonces, la llama se agitaba,
como si surgiese del pecho hendido, y entre el clamor jubiloso,
los mensajeros encendían antorchas y corrían a propagar el
fuego sagrado a los cuatro extremos del valle central. El mun-
do, una vez más, había escapado a la destrucción".
LOS RELOJES CÓSMICOS 51

Religiones indias

Desde el comienzo de la historia, el pensamiento huma-


no se ha visto dominado por la creencia de que los movi-
mientos astrales están relacionados con todos los fenóme-
nos terrestres, que son ellos quienes dirigen la agricultura,
la labranza, la salud y el orden social. Berthelot ha dado
a esta creencia el nombre de astrobiología. Las grandes re-
ligiones de la Humanidad están impregnadas aún de esta
primitiva astrología. Los textos antiguos de la India y China
son buena prueba de ello.
Es fácil encontrar ideas astrológicas en los libros reli-
giosos hindúes. Los Vedas dicen que la fecha de los sacri-
ficios son la Luna nueva y la Luna llena. Los cuerpos ce-
lestes son los guardianes de rita, que ha nacido de la unión
de los órdenes cósmicos y social: «A través del cielo, va el
camino duodécuplo de rita, que nunca envejece: el año.»

Para el hombre védico, el cielo y la Tierra, los bosques y las


montañas, las aguas de los mares y los ríos, las plantas y los
animales están habitados por el espíritu de las fuerzas cósmi-
cas, dirigidas por la fuerte personalidad de Indra, dios del
trueno y el rayo, que gobierna desde su trono, situado en las
nubes. Bajo él, están los ocho Adityas, los cuerpos celestes, que
son hijos de la diosa Aditi. Entre ellos, está Mitra-Varuna, la
pareja primigenia, que representan la Tierra y el cielo; luego,
los cinco planetas y Surya, el Sol. Ushan, la aurora, camina
ligeramente todas las mañanas hacia el este, para abrir las
puertas celestiales con el fin de que su amante, Surya, pueda
entrar; todas las noches, Ratri vuelve a cerrarlas, dejando pe-
netrar en su dominio a la noche ".

En los Upanishads, Brahma es llamado «el hálito domi-


nante del Cosmos». La famosa danza cósmica de Shiva, tan
52 MICHEL GAUQUELIN

frecuentemente plasmada en la escultura, es símbolo de los


movimientos rítmicos del Universo, a los que el hombre se
asocia por medio de la danza. La svástica o cruz gamada
es también un antiguo símbolo cósmico y religioso de la
India. Representa el curso circular del Sol en torno de los
cuatro puntos cardinales.

Filosofía china

En China, «los ritmos cósmicos revelan el orden, la ar-


monía, la permanencia y la fertilidad. El Cosmos en su to-
talidad es un organismo vivo, real y sagrado» 18. Ya más de
dos mil años antes de Cristo, la astrología era la base del
orden establecido. El título del emperador era «Hijo de los
Cielos». Una de sus principales funciones consistía en cui-
dar de que continuasen las buenas relaciones entre los mo-
vimientos celestes y los asuntos humanos. El emperador
era objeto de predicciones astrológicas y celebraba sacri-
ficios a los dioses del cielo:

La mención más antigua que se conoce de esos sacrificios


está en los Anales de Bambú, un manuscrito muy antiguo des-
cubierto en la tumba de un príncipe que data del año 281
d. de C. En él se menciona que en el año 2073 a. de C, cuan-
do Chun sucedió a Yao, el primer emperador histórico de Chi-
na, inauguró su gobierno ofreciendo un sacrificio al «Soberano
del Cielo». Chun visitaba con frecuencia las cuatro montañas
sagradas situadas en los .cuatro puntos cardinales, examinando
la situación propicia de los «Siete Rectores» (la Luna, el Sol y
los cinco planetas), y hacía un sacrificio a los «seis meteoros»
(el viento, las nubes, el trueno, la lluvia, el frío y el calor)".

Las grandes religiones chinas están empapadas de ideas


astrológicas como el emperador mismo. A este propósito,
Confucio dice: «El que gobierna por medio de la virtud es
LOS RELOJES CÓSMICOS 53

como la estrella polar, que está siempre inmóvil en su sitio,


mientras todas las demás giran en torno a ella.» Otro mo-
ralista chino aconseja: «Amad todo lo que hay en el Uni-
verso, porque el Sol y la Tierra son uno y el mismo cuerpo.»
Kuan-Tse, el famoso escritor taoísta, dice: «El Tao (el
camino) que es revelado por la dirección del Sol a través
de los cielos también se revela en el interior del corazón
del hombre... Es la energía vital que da existencia al ser.
En la tierra, hace crecer las cinco cosechas; allá arriba,
rige el camino de las estrellas.» El Tao, por lo tanto, es la
energía vital de todo el Universo y también del hombre. En
China, como en la India y en otras culturas, se creía que
el aire estaba lleno de granos de vida que descendían del
cielo y, por esta razón, se consideraba importante hacer
ejercicios respiratorios.
Esta teoría, vinculando el macrocosmos (el Universo)
con el microcosmos (el cuerpo humano), tenía ciertas apli-
caciones prácticas. Como explica el famoso orientalista
Henri Maspero:

Los magos taoístas de los primeros siglos de nuestra era


pensaban que en las diversas partes del cuerpo humano vivían
dioses que, al mismo tiempo, eran dioses también de los cie-
los, la Tierra, las constelaciones, las montañas y los ríos. Por
medio de la meditación se podía ver a los dioses cósmicos que
habitaban fuera del cuerpo y también se podía aprender así
de ellos los preceptos fisiológicos de cordura moral y salud
que permitían al hombre echar de su cuerpo a los malos espí-
ritus y dañinas influencias. Alimentándose de «aliento» y no
de bastos alimentos uno podía purificarse; exponiéndose a la
luz del Sol o de la Luna, uno se podía llenar el cuerpo de in-
fluencias celestes. Así, purificado y fortalecido, uno podía as-
cender a los cielos, donde se gustaba la vida eterna con cuer-
po y alma20.
54 MICHEL GAUQUELIN

E n todas estas religiones, la principal preocupación es


armonizar al h o m b r e con el Cosmos, el espacio y el tiem-
po. Estos sistemas son t a n curiosamente semejantes en sus-
tancia como diversos en forma. Éste es el motivo de q u e
n o se pueda hablar de u n a sola astrología, sino de m u c h a s :
la egipcia, la mexicana, la india, la china... Pero ninguna
de ellas se ocupa de lo realmente astrológico, esto es, de
la predicción con ayuda de las estrellas. E n t r e todas estas
religiones antiguas sólo una, que contenía lo que a h o r a lla-
m a m o s astrología, h a sobrevivido h a s t a nuestros días: el
concepto caldeo del Universo.

NOTAS DEL CAPITULO PRIMERO

1. «The Compleát Calendar», The Sciences, IV (1965), N.° 8, 1.


2. G. S. Hawkins, Stonehenge Decoded (Nueva York: «Double-
day», 1965).
3. «Stonehenge: A Neolithic Computer», Nature, CCII (1964),
1258.
4. E. Zinner, The Stars Above Vs (Londres: «Alien and Unwin»,
1957).
5. R. Berthelot, La Penses de VAsie et VAstrobiologie (París:
«Payot», 1949).
6. Ibid.
7. M. Eliade, Traite d'histoire des veligions (París: «Payot»,
1959).
8. Zinner, op. cit.
9. Trilles, Les Pygmées de la forét équatoriale (París, 1933).
10. Op. cit.
11. La tune, mythes et vites (París; «Le Seuil», 1962).
12. Zinner, op. cit.
13. Ibid.
14. M. Gauquelin, L'astrologie devant la science (París: «Plane-
te», 1965).
LOS RELOJES CÓSMICOS 55

15. Zinner, op. cit.


16. J. Soustelle, La vie quotidienne des Azteques (París: «Ha-
chette», 1969).
17. A. Migot, Cinq millénaires d'astrologie, «Janus», N.° 8
(1965), 53.
18. M. Eliade, Le sacre et le profane (París: «NRF», 1965).
19. Migot, op. cit.
20. Berthelot, op. cit.
CAPITULO II

LA CIENCIA M A S A N T I G U A
En Babilonia, el antiguo imperio de Mesopotamia, muy
por encima del tráfago urbano, estaban los observatorios,
mágicas atalayas desde donde los sacerdotes estudiaban día
y noche, sin interrupción, los movimientos de las estrellas.
Esas torres eran llamadas zigurats, o sea, «montañas cós-
micas». Las de Ur, Uruk y Babilonia tenían, según parece,
ochenta y tres metros de altura. Constaban de siete terra-
zas superpuestas, representación de los siete cielos plane-
tarios. Subiendo a la cima, el sacerdote podía llegar a la
cúspide del Universo como lo concebían los caldeos. Esta
arrogante creencia fue ridiculizada por la Biblia en la le-
yenda de la Torre de Babel, que era el nombre antiguo de
Babilonia *, que se pretendía hacer llegar hasta el mismo
cielo. Los sacerdotes, que hacían de mediadores entre los
cielos y el rey, tenían que observar el curso celeste de las
estrellas con objeto de averiguar la voluntad de los dioses.
Así nació la astrología, hace cinco mil años, en Caldea.
La astrología fue la primera ciencia de los cielos. Esta-
ba impregnada de magia, indudablemente, pero a pesar de
* «Babel» es Babilonia en hebreo, y el autor del Génesis la
hace derivar de Balbel (confundir) pero realmente viene de Bal-Ha,
o sea, «Puerta de Dios». N. del T.
60 MICHEL GAUQUELIN

todo era una ciencia. Los caldeos desarrollaron el sistema


zodiacal, que aún es usado por los astrónomos modernos,
y percibieron la diferencia que existe entre los planetas y
las estrellas fijas. Pero, al mismo tiempo, atribuyeron tanto
a los signos del Zodíaco como a las estrellas poder sobre
los destinos humanos. Pequeñas tablillas de arcilla con ins-
cripciones cuneiformes, aún intactas, han conservado una
serie de predicciones sistemáticamente codificadas que
constituyen los primeros elementos de la astrología. Así,
al comienzo de su largo viaje, la ciencia «emerge en forma
de Jano, el dios de las dos caras, guardián de puertas: el
rostro delantero, alerta y observador, mientras que el otro,
soñador y de ojos vidriosos, mira en dirección opuesta 1 .
Los descubrimientos astronómicos de los caldeos y sus
transcripciones astrológicas fueron un avance fundamental.
Gracias al trabajo imaginativo y paciente de muchos orien-
talistas, sobre todo A. Sachs y B. van de Waerden, las ta-
blillas de arcilla nos han revelado sus secretos, permitién-
donos exponer el desarrollo de la astrología caldea.

Los signos celestes

En el mapa moderno, Caldea ocuparía aproximadamen-


te la extensión de Irak. Muchas civilizaciones se han suce-
dido en esa parte del mundo. Hace más de seis mil años,
estaba habitada por los sumerios, pueblo de pastores y agri-
cultores. Los sumerios adoraban sobre todo las fuerzas vi-
tales de la fertilidad. También conocían el vínculo miste-
rioso que existe entre los ciclos anuales de crecimiento y
los ciclos celestes: las cosechas dependen de las estaciones
y las estaciones dependen de los movimientos del Sol.
Y además, por supuesto, está la Luna, cuya aparición en
LOS RELOJES CÓSMICOS 61

el cielo nocturno trae consigo la dulzura de la noche y el


descanso después de la ardiente luz del día. Había también
«una gran diosa, hija o esposa del cielo, que no tardó en
convertirse en la diosa de la fertilidad 2 . Su hogar se pen-
saba que era el planeta Venus. «La gran tríada de aquel
país eran Sin, el dios lunar, masculino, y el más poderoso
de todos, Shamach, el dios solar, femenino, e Ishtar, la dio-
sa del amor. Los símbolos de estas tres divinidades apa-
recen en relieve, en piedra, desde el siglo xiv a. de C.»3
A Sin se le representaba como un hombre fuerte, con
barba de lapislázuli, que cruzaba el cielo en su lancha, la
media Luna. Shamach, su hija, regía el año, decidiendo su
longitud por el sistema de girar en torno al cielo en 365
días. Ishtar enviaba su luz desde el reluciente planeta Venus.
Los babilonios, que sucedieron a los sumerios, desarro-
llaron considerablemente el arte de la predicción. Intenta-
ron por todos los medios imaginables predecir el futuro.
«La información que hoy deducimos del manejo de com-
plicados instrumentos se obtenía en otros tiempos a través
de los sacerdotes babilónicos. La adivinación era una cere-
monia oficial.»4 Algunas de las maneras que se utilizaban
entonces para predecir el futuro eran la interpretación de
los sueños, el análisis de hígados de animales, nacimientos
anormales, el vuelo de las aves y síntomas físicos. Por ejem-
plo, en una tablilla de arcilla se lee: «Cuando la oreja de-
recha de un hombre silba es indicio de que ha sido ligado
por un encantamiento mágico.» 5 Sin embargo, los sucesos
realmente importantes eran anunciados por el cielo. Los
signos celestes eran considerados de máxima importancia,
y para gobernar bien el país era necesario saber predecir
sus movimientos, lo que implicaba el estudio concienzudo
de los ciclos celestes; la repetición de los movimientos estela-
res anunciaba la vuelta de sucesos anteriormente relaciona-
MICHEL GAUQUELIN
62

dos con esos movimientos. Esta perentoria necesidad ex-


plica el descubrimiento por los caldeos de los movimientos
celestes.

El origen del Zodíaco

Los sacerdotes-astrónomos caldeos dividían el cielo en


tres largas franjas, que llamaban «los caminos celestes»:
en el medio estaba el camino de Anu, flanqueado por los
caminos de Enlil y Ea. Vigilando el cielo noche y día, esos
sacerdotes acabaron dándose cuenta de que tanto el Sol
como la Luna se movían siempre a lo largo del camino de
Anu. Por eso, dieron particular importancia a la franja ce-
leste que estos dos grandes dioses escogían para sus viajes.
Las constelaciones que el Sol y la Luna cruzaban en su
camino adquirieron también un significado especial para
los caldeos.
El camino de Anu no era sino la primera versión del
Zodíaco que los astrónomos modernos usan ahora: un es-
pacio de dieciséis grados de anchura que contiene el camino
constantemente repetido del Sol, la Luna y los planetas.
Los caldeos observaron esto con gran exactitud. Van der
Waerden, especialista en textos cuneiformes, dice en su His-
tory of Zodiac:
El cinturón zodiacal, con sus constelaciones, ya era cono-
cido en Babilonia en el año 700 a. de C. La primera tablilla
de la serie llamada MulApin menciona «Las constelaciones
del camino de la Luna» de la siguiente manera:

el arbusto peludo = Pléyades.


el toro de Anu = Tauro
el verdadero pastor de Anu = Orion
el viejo = Perseo
LOS RELOJES CÓSMICOS 03

hoz-espada = Auriga
los grandes gemelos = Géminis
Prokyon o Cáncer
león o leona = Leo
surco = Spica
balanza = Libra
escorpión = Escorpión
arquero = Sagitario
pez caprino = Capricornio
gran estrella o gigante = Acuario
las colas = Piscis
la gran golondrina = Pegaso
la Diosa Anunitum = Piscis + la parte media de Andrómeda
el alquilón = Aries.
De hecho, todas las constelaciones mencionadas correspon-
den al cinturón zodiacal, con la excepción de Orion, Perseo
y Auriga6.

Poco después, los doce signos aparecieron en la misma


forma que tienen actualmente para nosotros. Son mencio-
nados por primera vez en el documento VAT 4924, con fe-
cha del año 419 a. de C. y con los nombres de Aries, Pléya-
des, Géminis, Praesepe, Leo, Spica, Libra, Escorpión, Sa-
gitario, Capricornio, Acuario y Piscis. Como indica Van der
Waerden, esos «signos babilonios son todos estrictamente
de la misma longitud», o sea, al igual que hoy. Era un
notable marco abstracto de observación. El único cambio
en la nomenclatura tuvo lugar cuando los griegos sustituye-
ron las Pléyades, Praesepe y Spica por Tauro, Cáncer y
Virgo respectivamente7. Sachs dice a este propósito que «la
invención del Zodíaco, que ha resultado ser tan fructífera
para la astronomía y la astrología, es un indicio del espí-
ritu nuevo e indagador que reinó durante este período
(600-300 años a. de C.)»8
Los nombres de los doce signos fueron dados a los ra-
cimos de estrellas que se encuentran en el camino de Anu
64 MICHEL GAUQUELIN

siguiendo ciertas reglas mágicas. La fantástica mitología de


los babilonios, descrita por primera vez en la famosa Epo-
peya de la creación, dio los extraños personajes. Pero, ¿por
qué doce signos? Van der Waerden dice que, originariamen-
te, correspondían a los doce meses del calendario babiló-
nico: «La idea de que existe cierta correlación entre los
meses y las constelaciones es muy antigua. Se remonta a
las llamadas listas del Astrolabio (1100 a. de C, o antes
incluso).» 9 Pero el uso del Zodíaco no se limitó al calen-
dario; su influencia creció con el tiempo. Se suponía que
cada uno de sus signos ejercía influencias muy definidas
sobre la Tierra. Las reglas por las que se regía el arte de
la predicción eran una mezcla de observaciones y analogías.
Por ejemplo, la forma de Escorpión recordaba al sacerdote
caldeo el odiado insecto cuyas tenazas parecían diseñadas
en el cielo por dos estrellas brillantes. El escorpión celes-
tial era considerado tan temible como el venenoso escor-
pión del desierto: «Si Marte se acerca a Escorpión el rey
tiene que morir de una picadura de este insecto.»10 Spica,
o el surco (que más tarde pasó a ser el signo de Virgo),
era relacionado con la cosecha. Los caldeos cosechaban en
febrero, época en que Spica era «el signo que se aparecía
sonriente a los agricultores en cuanto el Sol se ponía.» u
W. Peuckert propuso una explicación para la influencia
del signo de Piscis:

Se creía que cuando, un año cualquiera, los peces no se


reproducían normalmente, la constelación de Piscis apenas re-
lucía. Por lo tanto, viendo en esto una causa, dedujeron la
fórmula: Cuando Piscis se vela, los peces escasean'2.

De la misma manera, la posición de Libra (la balanza)


influía en el peso del trigo y en el precio de las cosechas.
También se puede añadir que los signos que corresponden
LOS RELOJES CÓSMICOS 65

a la estación invernal en nuestro hemisferio, que es un pe-


ríodo de lluvias frecuentes, se relacionan sin excepción con
el agua: Capricornio (pez caprino), Acuario y Piscis obs-
truyen el camino solar entre el 20 de diciembre y el 20 de
marzo.
A través de los siglos, los significados asociados a los
signos de las constelaciones en el camino que cada año re-
corre el Sol fueron haciéndose cada vez más preciosos.
Cuando Alejandro de Macedonia conquistó Caldea en el
año 331 a. de C, los griegos codificaron el sistema en la
forma en que aún lo usamos nosotros. En el próximo ca-
pítulo volveremos a tratar de este período.

Los seres brillantes

Escrutando el camino de Anu los sacerdotes notaron


que había algunas estrellas que se movían a lo largo del
Zodíaco de la misma manera que el Sol y la Luna. Estos
misteriosos objetos, que relucían más que la mayoría de
las estrellas, eran los planetas. A causa de su extraña con-
ducta recibieron el nombre de bibbu, o sea, chivos salva-
jes, como contraste con el rebaño tranquilo de las estrellas
fijas, que siempre estaban en el lugar del firmamento que
les correspondía. No sólo los bibbu pasaban por entre las
constelaciones, igual que Sin y Shamach, siguiendo una
ruta de lo más irregular, sino que, a veces, uno se detenía
o incluso volvía sobre sus pasos en el camino de Anu, es-
tándose luego quieto durante unos meses antes de volver
a ponerse en movimiento. La astronomía moderna ha ex-
plicado el «cambio de velocidad» de los planetas calificán-
dolo de ilusión óptica: «Es la órbita anual de la Tierra la
que cambia la perspectiva de los planetas vistos contra el
5 — 2.795
66 MICHEL GAUQUELIN

telón de fondo de las constelaciones. La velocidad de la


Tierra, combinada con la propia velocidad del planeta, de-
cide los movimientos aparentes de éste.» u Pero lo que los
caldeos veían era tan sólo el movimiento aparente, y les
interesaba sobremanera. Los planetas se conducían como
seres vivos: eran, evidentemente, la morada de dioses cuya
aparición en el cielo anunciaba intenciones favorables o
desfavorables. Por ese motivo, cada planeta fue relacionado
con un dios cuidadosamente seleccionado de la mitología
caldea. La nomenclatura no era producto del azar. Se es-
cogía

sobre la base de semejanzas imaginadas entre la luz, el color,


la posición, la conducta —iba a decir las costumbres— de
esos planetas vagabundos —reyes de las estrellas— y las ca-
racterísticas de los dioses creados por la misma imagina-
ción".

Venus, el más brillante de los planetas, fue el primero


en recibir sus atributos. Era, como hemos dicho, la mora-
da de Ishtar, diosa de la fertilidad y de la fecundidad desde
los tiempos más remotos. Los sacerdotes experimentaban
ciertas dificultades en seguir a Mercurio, ya que este plane-
ta, el más cercano al Sol, está oculto con frecuencia tras
la luz solar, que es más fuerte. Los caldeos decían que era
la morada de Negó, un dios muy poco de fiar, tímido, as-
tuto e inconstante. El planeta Marte se convirtió en la mo-
rada de Nergal, el dios de la guerra, peligroso, malo y vio-
lento. Su luz rojiza y sus repentinos cambios de dirección
crearon una impresión muy desfavorable en los observado-
res de los zigurats. El planeta Júpiter tiene una luz clara
y cruza el camino de Anu siguiendo una órbita majestuosa
que es la que más se aproxima al eclipse. Por lo tanto, fue
relacionado con Marduk, el rey de los dioses, cuya cólera
LOS RELOJES CÓSMICOS 67

era terrible y cuyo poder no conocía límites. También se


convirtió en el planeta del rey caldeo, cuyo destino se podía
leer en su carrera.
Finalmente, en los bordes helados del horizonte, se mos-
traba vagamente Ninib, nuestro pálido y amarillo planeta
Saturno, el último planeta visible al ojo humano. Su lenta
carrera a lo largo del Zodíaco, por causa de la distancia
que le separa de la Tierra, le daba el aspecto de un hom-
bre viejo y renqueante. Los caldeos creían que Ninib sus-
tituía al Sol cuando éste se ponía y llamaron al fantasma
sustituto del dios Shamach «el sol de la noche». Ése es el
motivo de que pasara por ser poderoso, a pesar de su ta-
maño, y se le echara la culpa de tempestades y catástrofes.
Cada uno de los cuerpos celestes era rey de una planta,
una especie animal, una piedra preciosa y un color. Ade-
más, «ciertas acciones, funciones y profesiones, así como
también cada día y cada hora, estaban asimiladas al ciclo
de una divinidad»15.
Las primeras máximas astrológicas que poseemos se re-
montan al año 3000 a. de C. Las más famosas son las predic-
ciones de Sargón él Viejo (2470-2430 a. de C). Se refieren
casi exclusivamente a presciencias basadas en la aparición
del Sol y de la Luna:
Si la Luna es visible la primera noche del mes, el país vi-
virá en paz; el corazón del país se regocijará. Si la Luna
aparece rodeada de un halo, el rey reinará sin rivales.
Si el Sol poniente parece el doble de grande que de cos-
tumbre y tres de sus rayos son azulados, el rey del país está
perdido.
Si la Luna es visible el décimo día, hay buenas noticias
para la tierra de Akkad, malas noticias para Siria16.

Gradualmente, estas predicciones fueron siendo codifi-


cadas y divididas en varias secciones. La colección babiló-
68 MICHEL GAUQUELIN

nica llamada Anu-Ea-Enlil, por ejemplo, tiene toda una sec-


ción, llamada «Adad», el nombre del dios de las montañas,
dedicada a predecir el tiempo:
«Si la Luna está rodeada de un halo oscuro, el mes será
nuboso y lluvioso.»
«Si truena en el mes de Shebat, habrá plaga de lan-
gosta.»
Otras secciones están dedicadas a política exterior:
«Si Marte es visible en el mes de Tammuz (junio-julio),
el lecho del guerrero seguirá frío» (es decir, que habrá
guerra).
«Si Mercurio es visto al Norte, habrá muchos cadáveres;
el rey de Akkad invadirá un país extranjero.»
Tampoco se olvidaba la política local:
«Si Marte se acerca a Géminis, morirá un rey y habrá
rivalidades.»
Algunas predicciones se referían a la economía y al costo
de la vida:
«Si Júpiter parece entrar en la Luna los precios ba-
jarán.» "
A medida que transcurría el tiempo, la astrología con-
tinuó creciendo en influencia. Los reyes mismos coopera-
ban en esto haciendo preguntas a los sacerdotes sobre el
futuro del país. Sabemos algunas de las respuestas que
daban los astrólogos reales gracias a las cartas conserva-
das en tablillas de arcilla. He aquí la predicción de un cier-
to Zakir, enviada al rey Senaquerib (carta 1214):

«En el mes de Tammuz, en la noche del décimo día, Es-


corpión se aproximará a la Luna. Esto significa que si Escor-
pión se acerca al cuerpo derecho de la Luna creciente,
el año verá el comienzo de una plaga de langosta que des-
truirá la cosecha.»"
LOS RELOJES CÓSMICOS 69

Más adelante, los reyes, no contentos con predicciones


tan impersonales, comenzaron a desear, junto con sus prin-
cipales dignatarios, levantar los velos del destino y averi-
guar su hado personal.

El futuro del rey

Alrededor del siglo v a. de C, aparecieron por primera


vez máximas que relacionaban el día del nacimiento de
cada hombre con su posible destino. Al principio, estas pre-
dicciones estaban dedicadas, como es lógico, sólo a los re-
yes. Las predicciones se basaban en los movimientos de
los planetas. He aquí unos ejemplos, traducidos por Sachs:

Si un niño nace cuando ha salido la Luna (su vida será),


brillante, excelente, regular y larga.
Si un niño nace cuando ha salido Júpiter (su vida será),
regular, buena; será rico, envejecerá, (sus) días serán nume-
rosos.
Si un niño nace cuando ha salido Venus (su vida será),
excepcionalmente tranquila; en dondequiera que esté, todo le
será favorable, (sus) días serán numerosos ".

En general, la subida por el cielo de los cuerpos celes-


tes era considerada como favorable porque, entonces, las
características positivas de los dioses estaban en su apo-
geo. Por el contrario, la puesta de los mismos cuerpos ce-
lestes se consideraba de mal agüero. Las tablillas de arcilla
en que estaban inscritas las predicciones basadas en la pues-
ta de los planetas se han perdido, pero sabemos la
mala influencia que se atribuía a la puesta de los planetas
por predicciones basadas en los movimientos de dos pla-
netas al tiempo, uno de los cuales sube mientras el otro
desciende:
7Q MICHEL GAUQUELIN

«Si un niño nace cuando Júpiter sale y Venus se ha


puesto, todo le irá excelentemente bien a ese hombre; su
esposa le abandonará y...» El resto del fragmento se ha
perdido, pero su significado está claro. Hemos visto que
Júpiter representa al rey. Sale cuando Venus, su esposa,
desaparece en el horizonte: «Su esposa le abandonará», es
decir, morirá antes que él.
La puesta de Júpiter es de mal agüero para el rey: «Si
un niño nace cuando sale Venus y Júpiter se pone, su espo-
sa será más fuerte que él.» Venus, cuando asciende, domina
al esposo, Júpiter, que está desapareciendo en la oscuridad.
Han sido halladas algunas predicciones reales basadas
en los doce signos del zodíaco. No sabemos en qué circuns-
tancias fueron hechas exactamente, pero muestran algunas
diferencias claras en el significado que tenía cada signo
para el destino humano:

«El lugar de Aries: muerte en su familia,


El lugar de Tauro: muerte en la batalla,
El lugar de Géminis: muerte en la prisión.^

Por otra parte:]

«El lugar de Leo: envejecerá,


El lugar de Libra: días gratos...» a .
Así, pues, todo estaba en orden; los planetas y las cons-
telaciones tenían cada uno su sistema propio de influencia.

Los primeros horóscopos

Poco a poco, el deseo de conocer su futuro personal


hizo que la gente aceptara la creencia de que, al nacer, el
LOS RELOJES CÓSMICOS 71

cielo, con todos sus componentes, contenía una síntesis de


las intenciones del dios, y también que la posición relativa
del Sol, de la Luna y de los planetas en la fecha del naci-
miento o de la concepción de cada uno podía indicar el
curso de su vida. Así, los horóscopos —que han influido en
nosotros hasta nuestros días— deben su origen a los babi-
lonios. «Es ineludible la conclusión —afirma Van der Waer-
den— de que la astronomía horoscópica tiene su origen en
Babilonia durante el reino persa»21. En Babilonia, la domi-
nación persa comenzó en el año 539 a. de C.
La colección de horóscopos babilónicos traducida por
Sachs data del año 409 al 141 a. de C, y es una fuente insu-
perable de documentación. No son todavía horóscopos
como los que nosotros conocemos, ni como los que cono-
cían los griegos. Como escribe Sachs: «Ningún horóscopo
babilónico menciona el Horoscopus (el signo zodiacal cal-
culado o el punto que ascendía en el momento del naci-
miento), como tampoco ninguna de las posiciones astroló-
gicas secundarias que tienen un papel importante en la
astrología grecorromana» n. A pesar de todo, la estructura
esencial es la misma. He aquí un ejemplo de horóscopo pu-
blicado por Sachs. El nacimiento a que se refiere tuvo lu-
gar el 3 de junio del año 234 a. de C:
'
Año 77 de la Era seléucida, mes de Siman, desde el cuar-
to día, en la última parte de la noche del quinto día, nació
Aristócrates.
Ese día: la Luna en Leo. El Sol en 12,30° en Géminis.
La Luna vuelve su rostro desde el centro hacia arriba;
(habrá) destrucción.
Júpiter en 18° Sagitario. El lugar de Júpiter significa; (su
vida será) regular, buena; será rico, llegará a viejo. (Sus)
días serán numerosos.
Venus en 4.° Tauro. El lugar de Venus significa: donde-
quiera que esté todo le irá bien; tendrá hijos e hijas.
Mercurio en Géminis con el Sol. El lugar de Mercurio sig-
72 MICHEL GAUQUELIN

nifica: el valiente será el primero en categoría, será más im-


portante que sus hermanos.
Saturno; 6o Cáncer. Marte: 24° Cáncer... (el resto de las
prediciones ha sido destruido).

Con el comienzo de la historia de los horóscopos, la


de la astrología caldea, que comenzó en el tercer milenio
a. de C. con predicciones sobre el tiempo, el éxito de las
cosechas y el destino del país en su conjunto, termina. Más
tarde incluirá en su objetivo la predicción del destino
de los reyes. Con la conquista de Caldea por los guerreros
griegos de Alejandro de Macedonia en el año 331 a. de C,
pasó a predecir también el futuro de los individuos. Ésta
es la astrología que los griegos aprendieron y transforma-
ron, con su genio excepcional, en un conjunto de conoci-
mientos complejos y precisos. Hicieron de la astrología y
el arte de hacer horóscopos una rama del conocimiento
casi idéntica a la que se practica en la actualidad.

NOTAS AL CAPITULO II

1. A. Koestler, The Sleepwalkers (Nueva York: «Macmillan»,


1959).
2. M. Rutten, La Science des Chaldéens (París: «PUF», 1960).
3. L. McNeice, Astrology (Londres: «Aldus Books», 1964).
4. Rutten, op. cit.
5. Ibid.
6. B. L. Van der Waerden, «History of the Zodiac», Archiv für
Orientforschung, 216, 1953.
7. Ibid.
8. A. Sachs, «Babylonian Horoscopes», Journal of Cuneiform
Studies, VI (1952), N.° 2, 49.
9. Van der Werden, op. cit.
10. W. Peuckert, L'astrologie (París: «Payot», 1965).
LOS RELOJES CÓSMICOS 73

11. A. Bouché-Leclercq, L'astrologie grecque (París: «Leroux»,


1899).
12. Peuckert, op. cit.
13. P. Courderc, L'astrologie (París: «PUF», 1951).
14. Bouché-Leclercq, op. cit.
15. Rutten, op. cit.
16. Lenormand, Histoire ancienne des peuples de l'Orient,
V, París.
17. Rutten, op. cit.
18. G. Conteneau, La divination chez les Assyriens et les Baby-
loniens (París: «Payot», 1940).
19. Sachs, op. cit.
20. Ibid.
21. Van der Waerden, op. cit.
22. Sachs, op. cit.
23. Ibid.
CAPITULO III

D E LA A R M O N Í A D E LAS E S F E R A S
AL HORÓSCOPO
vJ'í :".•
Hasta el siglo ix a. de C, aproximadamente, no apren-
dieron los griegos a reconocer los cinco planetas. Llama-
ron a cada uno de ellos guiándose por su aspecto, sin rela-
cionarlos con conceptos astrológicos. Homero, por ejem-
plo, dio a Venus dos nombres: «Heraldo de la Aurora» y
«Vespertina», según fuese visible por la mañana o por la
noche. Los griegos, en aquel tiempo, no se habían dado
cuenta aún de que las dos estrellas, distintas en aparien-
cia, eran en realidad el mismo planeta, que precedía unas
veces y otras seguía el curso del Sol. Mercurio era llama-
do «La Estrella Pestañeante»; Marte, «La Estrella Fiera»,
por causa de su color rojo; Júpiter, «Estrella Luminosa», y
Saturno, «Estrella Brillante».
Los griegos no eran observadores tan pacientes como
lo habían sido en su tiempo los caldeos. Distinguían las
constelaciones de manera vaga y apenas sabían distinguir
los planetas de las estrellas:

Incluso el Sol y la Luna, aunque son considerados divinida-


des igual que los poderes todos de la Naturaleza, ocupan un
lugar muy secundario en la religión griega. Selene (la Luna)
no parece haber sido objeto en ningún sitio de un culto orga-
nizado, y en los pocos lugares donde Helios (el Sol) tenía
78 MICHEL GAUQUELIN

templos, como, por ejemplo, la isla de Rodas, cabe sospechar


razonablemente la existencia de una influencia extranjera'.
Por el contrario, los griegos, mucho más que los caldeos
se interesaban por encontrar la causa final de las cosas.
Muchos pensadores comenzaron a representar el Universo
por medio de modelos mecánicos, abandonando las primi-
tivas explicaciones mitológicas. Anaximandro (610-547 a. de
C), por ejemplo, veía a la Tierra en forma de cilindro ro-
deado de aire, y en el Sol no veía otra cosa que el agujero
axial de una gigantesca rueda. Anaxímenes, contemporáneo
suyo, pensaba que las estrellas estaban como clavadas a una
esfera de cristal transparente que rotaba en torno de la Tie-
rra.
Estos antiguos filósofos fueron seguidos, en el siglo vi
a. de C, por Pitágoras de Samos. Su famosa teoría de la
«armonía de las esferas» ejerce aún misteriosa influencia en
lo más profundo del subconsciente. El universo pitagórico
era una esfera que contenía a la Tierra y su atmósfera:
En torno a ella (la esfera), el Sol, la Luna y los planetas
giran en círculos concéntricos, cada uno sujeto a una esfera
o rueda. La rápida revolución de cada uno de estos cuerpos
causa un silbido o zumbido musical en el aire. Evidentemente,
cada planeta zumba o silba en un tono distinto, según la co-
rrelación de su órbita, de la misma manera que el tono de
una cuerda depende de su longitud. Así, pues, las órbitas en
que se mueven los planetas forman una especie de lira gigan-
tesca cuyas cuerdas están curvadas circularmente.2

Que la armonía de las esferas sea considerada una inven-


ción poética o un concepto científico carece de importancia;
lo verdaderamente importante es que introdujo un elemen-
to religioso en la observación de las estrellas. En un período
posterior, Platón vio al Sol y las estrellas no como cuerpos
celestes, sino como dioses. Aristóteles también defendió el
LOS RELOJES CÓSMICOS 79

concepto de la divinidad de las estrellas, añadiendo: «Este


mundo está inevitablemente vinculado a los movimientos
del mundo superior. Todo el poder de este mundo está go-
bernado por esos movimientos.»

La influencia de Beroso

Los filósofos que creían en la divinidad de los cuerpos


celestes no miraban al cielo para averiguar el futuro. A pe-
sar de todo, esta nueva actitud con respecto a los astros
abrió la puerta a las creencias populares sobre la adivina-
ción astrológica. La relación entre las órbitas celestes inmu-
tables y su origen divino fue un golpe mortal asestado a los
dioses de la mitología griega tradicional.
Como consecuencia de la conquista de Caldea por Ale-
jandro en el año 331 a. de C, los griegos abandonaron rápi-
damente sus antiguos dioses mitológicos, protectores de la
familia y de la ciudad, con objeto de adorar el cielo. Los cal-
deos, vencidos, impusieron sus ideas astrológicas a los grie-
gos vencedores. Hacia el año 280 a. de C, Beroso, sacerdote
del templo de Marduk, en Babilonia, fue a la isla de Cos,
donde Hipócrates, el creador de la medicina, había enseña-
do dos siglos antes. Beroso injertó la astrología caldea en la
medicina hipocrática. En Cos, escribió tres gruesos volúme-
nes en griego titulados Babyloniaca, en los cuales resume el
contenido de las tablillas de arcilla que se guardaban en los
archivos de su patria y en los anales de los reyes antiguos.
Beroso no olvidó la astrología. La escuela de Beroso ejer-
ció gran influencia en la antigüedad griega. Muchos investi-
gadores se convirtieron en discípulos de los caldeos, y los
más entusiastas entre ellos fueron los estoicos. Se debió
principalmente a su influencia el hecho de que la astrología
80 MICHEL GAUQUELIN

fuese aceptada más tarde por los romanos. A este respecto,


el historiador Franz Cumont dice lo siguiente:

El estoicismo concebía el mundo como un gran organismo,


cuyas fuerzas «simpáticas» actuaban y reaccionaban necesaria-
mente entre sí, por lo que era natural que atribuyese una in-
fluencia predominante a los cuerpos celestes, lo más grande y
poderoso que hay en la Naturaleza, y el destino, relacionado
con la infinita sucesión de causas, encajaba perfectamente tam-
bién con el determinismo de los caldeos, fundado sobre la
regularidad de los movimientos siderales3.

Babilonia, incendiada de nuevo en el año 125 a. de C,


desapareció de la historia. Pero antes de morir plantó hon-
damente la semilla de la astrología en la tierra griega. Por
su individualismo, su curiosidad por toda idea nueva y su
inclinación al razonamiento sutil los griegos no se conten-
taron con heredar simplemente la astrología caldea; la mo-
dificaron. En respuesta a las presiones de un populacho cu-
yos miembros querían conocer su destino, la astrología, en
Grecia, se convirtió en un arte complejo.

Astrología en Roma

Pero las ruedas del destino siguen girando. Tan sólo dos
siglos después de haber conquistado el mundo, Grecia, a
su vez, es vencida y ocupada por las legiones romanas. La
antorcha de la astrología pasa ahora a los romanos, de la
misma manera que antes había sido recibida por Grecia de
manos de los babilonios derrotados. La historia de la astro-
logía en Roma nos es bien conocida gracias a las obras de
Bouché-Leclercq y Fr. H. Cramer.
La astrología comenzó a infiltrarse en Roma por medio
de esclavos de origen griego. Éstos, en su mavoría, eran sa-
LOS RELOJES CÓSMICOS 81

carnudas sin verdadero conocimiento de lo que explicaban,


y predecían cualquier cosa a quienquiera que fuese. Al prin-
cipio, su éxito se limitó a las clases bajas; los ciudadanos
cultos menospreciaban tales actividades. Eran llamados des-
pectivamente «astrólogos de circo», ya que la mayor parte
del dinero que ganaban era prediciendo el resultado de las
carreras de cuadrigas, en que los romanos apostaban gran-
des cantidades de dinero. Pero los adivinos tradicionales de
Roma, los augures, no tardaron en sentirse amenazados por
aquellos advenedizos. Irritados, reaccionaron prontamente.
Un decreto de Cornelio Hispallo expulsaba de la ciudad «a
esos caldeos que explotan la credulidad popular bajo el fal-
so pretexto de leer las estrellas» 4 . El decreto decía, ade-
más, que la astrología era un medio falso de predecir, pero
esta oposición sólo sirvió para reforzar la popularidad de
los astrólogos.
Durante la República romana (del año 200 a. de C. al 44
de nuestra era), los ciudadanos romanos fueron siendo con-
vertidos poco a poco a la astrología, en gran parte debido al
interés que despertaba entre los intelectuales. Los filósofos
comenzaron a discutir sobre astrología. Algunos, como los
estoicos, que pensaban que el hombre es mero juguete en
manos del destino, la defendían. Otros, dirigidos por el grie-
go Carnéades, se oponían a ella alegando que el hombre
está dotado de libre albedrío.
A partir del año 139 a. de C., comenzó para Roma el in-
quieto período que acabaría con la caída de la República.
Fue un período muy favorable para la astrología. Los cón-
sules Mario y Octavio, y más tarde Julio César y Pompeyo,
mandaron preparar sus horóscopos con mucho detalle. Y,
sin embargo, había aún algunos grandes hombres que man-
tenían su implacable oposición a la astrología. Lucrecio y,
por supuesto, Cicerón, siguieron mostrándose escépticos. En
6 — 2.795
82 MICHEL GAUQUELIN

su obra De Divinatione, Cicerón se sirve de todos los argu-


mentos válidos contra esta superstición. A pesar de todo, la
aparición de un cometa en el cielo después de la muerte de
Julio César fue suficiente para invalidar sus objeciones.
Durante el Imperio, casi todos los emperadores tuvieron
su astrólogo personal. En su libro Astrology in Román Law
and Polines, Fr. H. Cramer dedica especial atención a «la
dinastía de astrólogos imperiales del primer siglo de nues-
tra era» 5 y a la influencia que ejercieron sobre importantes
decisiones políticas. El emperador Augusto hizo interpretar
su destino de acuerdo con el horóscopo de su nacimiento y
el de su concepción; servirse de ambos era el colmo del refi-
namiento en aquella época. Su astrólogo de corte, Thrasy-
llus, fue luego consejero de Tiberio, su sucesor. Se dice que
la tarea de Thrasyllus consistía en preparar el horóscopo de
todos los ambiciosos que frecuentaban la corte imperial y
revelar al emperador el nombre de aquellos a quienes las es-
trellas pareciesen favorecer en la sucesión al trono imperial.
Tiberio hizo ejecutar a todos ellos, para evitar posible ri-
validades. Balbillus, el hijo de Thrasyllus, fue astrólogo de
corte del emperador Claudio y, luego, de Nerón. Se ha dicho
que el emperador Domiciano se sirvió de la astrología de la
misma manera que Tiberio. Septimio Severo, al parecer, se
casó con una mujer cuyo horóscopo había predicho que se-
ría esposa de un futuro emperador

La caída del Imperio romanó

En el período de decadencia, todos los poetas parecían


jactarse de su fe y hasta de su destreza astrológica. Bouché-
Leclercq nos ha dejado una viva descripción del aprecio en
que tenían entonces a la astrología los literatos^
LOS RELOJES CÓSMICOS 83

Bajo el Imperio de Augusto, la astrología estaba decidida-


mente de moda. Todo el mundo se las daba de tener algún
conocimiento de astrología, y los escritores llenaban sus obras
de alusiones que sabían serían comprendidas por la gente de
mundo. Nunca tuvieron las estrellas tanta importancia litera-
ria... Los antiguos adivinadores de la poesía épica, Melampo,
Tiresias, Calcas, Heleno, eran más celebrados que nunca y se
les atribuía el conocimiento de la «ciencia de las estrellas»,
de acuerdo con la idea del tiempo... Virgilio, poco hábil en el
arte de la adulación, propuso cambiar el nombre de Libra por
el de Augusto, el emperador entonces reinante (en vista de que
era tan equitativo «como ese signo del zodíaco»).6 Lucano hu-
biera querido poner a Nerón en el lugar del Sol... .

La fiebre astrológica se extendió incluso a las mujeres.


Juvenal, en sus Sátiras, se burla de las frivolas damas de la
alta sociedad que no hacían nada sin consultar sus horósco-
pos. Trata de disuadirlas de tal costumbre^

Cuídate también de las mujeres y evita el contacto


de las que tales estudios buscan más que cualquier acto.
Aquéllas cuyo almanaque, de tanto hojearlo, brilla
como una pieza de ámbar, más aún que el Sol amarilla.
No ya consulta la dama, mas de muchos consultada,
de sus múltiples deberes domésticos liberada,
si ve que su porvenir mortal viaje le ofrece
deja ir a su marido y ella en casa permanece.
Pero si salir de casa medio kilómetro debe
ante todo él planetario y hasta él cielo mismo bebe*
Y si por su mala suerte un ojo le hace cosquilla
métese rauda en cama, la manta hasta la barbilla.
Y en su enfermedad no come nada ni tampoco bebe
que a los astros no complazca y Tolomeo no apruebe'.

Desde el siglo iv, todo el mundo en Roma creía en la as-


trología. «Cierta fe en la astrología formaba parte del senti-
do común de entonces, y bastaba sentirse confiado para que
la gente le considerase a uno supersticioso» 8 . Con la caída
del Imperio, dice Cramer, vino «el crepúsculo de la astrolo-
84 MICHEL GAUQUELIti

gía científica y el auge de la adoración de las estrellas» 9 . La


superstición y el libertinaje llegaron a su cénit durante el
reino del sanguinario Heliogábalo. Este emperador trató de
restablecer el culto a Helios, el Sol. Como indica su nombre,
se creía encarnación viviente del Sol. Pero el intento fraca-
só; el Imperio, desorganizado y debilitado, no tardaría en
desaparecer bajo las oleadas bárbaras del Norte y el Este.
Una gran voz se levanta entre esta antigüedad decaden-
te: San Agustín (354-430), obispo de Hipona, África del Nor-
te. En sus Confesiones trata de mostrar el peligro y la false-
dad de la adivinación por las estrellas:

Los astrólogos dicen: «Es de los cielos de donde viene la


causa irresistible del pecado; se debe a la conjunción de Venus
con Marte o Saturno.» De esa forma, el hombre es absuelto de
todas su culpas, a pesar de no ser más que carne podrida
henchida de orgullo. La culpa es, sin duda, del Creador y Señor
de los cielos y las estrellas10.

La desaparición del Imperio romano dio el triunfo a la


fe cristiana sobre la fe astrológica.

Sorprendente calificación

¿Qué le ocurrió a la doctrina astrológica durante este pe-


ríodo? Con los griegos y los romanos la astrología adquirió
sus perfiles «clásicos». Durante los largos siglos que siguie-
ron no se le añadió o restó ninguna faceta esencial. El arse-
nal astrológico de los griegos era un código sistemático de
supuestas influencias, un lenguaje de infinitos recursos. La
predicción de un astrólogo actual parece casi idéntica a la
de un astrólogo griego o romano de hace dos mil años.
En su libro Horóscopos Griegos u, el historiador Neuge-
LOS RELOJES CÓSMICOS 85

bauer y Van Hoesen, director de la Biblioteca Universitaria


de Brown, han publicado ciento ochenta temas griegos en su
origen que se han conservado hasta nuestros días. Estos
fragmentos fueron escritos entre los años 70 a. de C. y 600
de nuestra era. La mayoría de ellos tienen fecha del año 100
d. de C, más o menos, lo que indica el desarrollo considera-
ble del horóscopo en ese período. Los dos autores han co-
mentado ampliamente estos temas astrológicos, que definen
posiciones celestes con mucha más exactitud que los cal-
deos. Además, tienen en cuenta la hora exacta del nacimien-
to. La palabra griega horóscopos significa literalmente «Ob-
servo lo que surge». Al principio, esta palabra no se usaba
para indicar la totalidad de la estructura planetaria en el
momento del nacimiento, como ahora, sino tan sólo el punto
del Zodíaco que se levantaba sobre el horizonte en el mo-
mento exacto del nacimiento. La idea es que, al nacer, el
niño está sometido a la influencia de la constelación que
nace en ese mismo momento. Este punto horoscópico es me-
ramente un segmento abstracto del cielo, pero adquiere una
importancia básica, ya que toda la orientación del futuro de-
pende de él. El niño es considerado como una placa fotográ-
fica sensible. En el momento mismo en que da su primer va-
gido, todas las influencias astrológicas convergen sobre él y
se unen para desarrollar su destino.

Los primeros tratados astrológicos

Para ampliar nuestro conocimiento del significado de las


influencias astrales podemos consultar algunos de los vo-
lúmenes sobre astrología escritos al comienzo de la era cris-
tiana. Son más detallados y exactos que los ambiguos ho-
róscopos antiguos. El Astronomicon del escritor romano Ma-
86 MICHEL GAUQUELIN

nilius es el tratado de astrología más antiguo que se cono-


ce a. Fue compuesto durante el reino de César Augusto, ha-
cia el año 10 de nuestra era. El libro está escrito en verso
y consta de cuatro mil doscientos versos, divididos en cinco
libros. Alude constantemente a los astrólogos griegos e in-
cluso a sus predecesores de las orillas del Nilo y el Eufrates.
Por lo tanto, se trata de una compilación de conocimientos
ya existentes y es de suma importancia para nosotros. Otra
obra más conocida aún es el Tetrabiblos, de Tolomeo de Ale-
jandría, escrita en el año 140 de nuestra era u . Tolomeo fue,
sin duda alguna, uno de los astrónomos más grandes de la
antigüedad; el sistema mundial que lleva su nombre preten-
día que la Tierra fuese el centro del Universo y propugnaba
una teoría de epiciclos para explicar los movimientos plane-
tarios visibles. Este sistema fue aceptado por los astróno-
mos de todo el mundo hasta los días de Copérnico y Kepler.
El Tetrabiblos de Tolomeo complementa el Astronomicon de
Manilius sin contradecirlo.
Un estudio detenido de estas dos obras nos hace ver que
la astrología griega había absorbido todos los elementos
que los caldeos habían estandardizado ya bien. «La mayoría
de los nombres griegos de los signos del Zodíaco son traduc-
ciones o ligeras modificaciones de los nombres babilónicos»,
escribe Van der Waerden ". Con los planetas tuvo lugar una
especie de naturalización, según la cual los dioses caldeos
fueron introducidos en el Olimpo. Nebo, Ishtar, Nergal, Mar-
duk y Ninib se convirtieron respectivamente en Hermes,
Afrodita, Ares, Zeus y Cronos. Franz Cumont comenta: «Los
nombres de los planetas que hoy usamos son traducción de
la traducción latina de la traducción griega de la nomencla-
tura babilónica» 15 . Pero los signos del Zodíaco y las siete
estrellas del sistema solar adquirieron una gran variedad de
significados, infinitamente más complejos e individuales
LOS RELOJES CÓSMICOS 87

bajo los griegos que bajo los caldeos. He aquí como describe
Tolomeo en su Tetrabiblos la apariencia física de las perso-
nas que han nacido bajo Saturno:,

Primero, entre los planetas, Saturno, si está en oriente, hace


que sus subditos sean de piel oscura, robustos, de cabello
negro y rizado, de pecho peludo, con ojos de tamaño normal,
de estatura media y temperamento excesivamente húmedo y
frío. Si Saturno está en poniente, la apariencia de sus subdi-
tos es oscura, esbelta, pequeña, de cabello liso, con poco pelo
en el cuerpo, graciosos y de ojos negros; su temperamento
participa principalmente del frío y el seco (Libro III, 11)".

Más adelante, Tolomeo describe así a las esposas de los


nacidos bajo la influencia de Saturno: «Hace a las esposas
buenas trabajadoras y severas»; y a los esposos: «Si Satur-
no es de aspecto semejante al del Sol, sus subditas se casan
con maridos metódicos, útiles, trabajadores.» (Libro V, 5.)
La influencia del planeta se mezcla con la del signo con
el que se cruza en el momento del nacimiento. Manilius lo
explica así en su poema astrológico:

Ni signo ni planeta pueden actuar solos,


cada uno sus virtudes funde con las del otro,
mezclando así su fuerza reinan conjuntamente:
el signo ata al planeta y a éste el signo detiene"

Por ejemplo, cuando Marte se cruza con el signo de Aries,


promete las virtudes más belicosas, porque ambos «se unen
bien». Por el contrario, casi todas sus virtudes se pierden
cuando cruza Cáncer, signo soñador bajo el dominio de la
Luna.
En el Astronomicon, el concepto del «hombre zodiacal»
se menciona claramente por primera vez. Se cree que cada
signo corresponde a una parte del cuerpo humano. He aquí
88 MICHEL GAUQUELIN

una traducción interesante, del siglo XVII, de los versos de


Manilius desde el 698 hasta el 706, Libro IV:

Aries tiene la testa; Taurus, él cuello;


Gemirás, ¡oh, gemelos!, tenéis los brazos;
Tú, Leo, los hombros; Cáncer, él pecho
es tuyo; y a ti, Virgo, te doy el vientre;
para Libra, las nalgas; pero él deseo
de las partes pudendas atiza Escorpión;
de los muslos tiene todo el gobierno
Sagitario; y envuelve con vendas dobles
Capricornio entretanto, raro himeneo,
las rodillas. Las piernas abiertas baña
Acuario; y Piscis es de los pies cortejo1S.

Innovaciones griegas y romanas

Todo descubrimiento astronómico nos ayuda a extender


el dominio de la astrología. No hubo segmento mensurable
del cielo que no recibiese su interpretación astrológica. Lo
mismo ocurrió con los aspectos entre los planetas, es decir,
con su posición relativa en la esfera celeste. Esta aportación
fue una idea típicamente griega: «Los aspectos poligonales,
de los que no hay mención alguna en los documentos cal-
deos, son fundamentales en la teoría y la práctica de la as-
trología griega. Es una especie de balística celeste que con-
siste en que los planetas se envíen mutuamente rayos que
pueden ser favorables o desfavorables.» w
La cosa funcionaba así: Los planetas no se mueven todos
a la misma velocidad. Parecen juntarse, pasar y sacarse ven-
taja unos a otros, adoptando distintas posiciones angulares
entre sí a ojos de un observador terrestre. Los astrónomos
LOS RELOJES CÓSMICOS 89

griegos daban mucha importancia a la distancia existente


entre los cuerpos del sistema solar que estuviesen en el vér-
tice de figuras geométricas sencillas: el triángulo, el cuadra-
do y el hexágono. La teoría de Pitágoras de la armonía de las
esferas tenía mucho que ver con esta nueva preocupación.
Cuando dos cuerpos celestes están a una distancia de 180
grados en el momento de aparecer en el horizonte, se dice
que están en oposición. La predicción deducida de tales opo-
siciones es desfavorable porque las influencias de los dos
cuerpos celestes se contradicen mutuamente
Los astrólogos dividían la esfera celeste en doce secto-
res iguales, que se llamaban casas:

Para significar más el lugar que el planeta ocupa en el cie-


lo, el movimiento diario aparente del Sol en torno a la Tierra
cada veinticuatro horas fue considerado por los astrólogos grie-
gos como análogo al viaje anual aparente del Sol. Esto sig-
nificaba una especie de año 365 veces más corto que el normal.
Gracias a este extraño razonamiento, obtuvieron una analo-
gía del paso del Sol a través del año con el del paso del Sol
a través de un día. (Los astrólogos dividieron el) día astró-
logo en doce partes, según los doce signos del Zodíaco. Cada
día, el Sol pasa por las doce casas 365 veces más rápidamente
que por los signo del Zodíaco. Los planetas, que atraviesan
todo el Zodíaco igual que el Sol, cruzan también las doce
casas astrológicas en el término de veinticuatro horas, pero
cada uno a una hora distinta20.

En su poema astrológico, Manilius describe con detalle


los significados de estas doce casas astrológicas. Su descrip-
ción aparece idéntica en todos los manuales astrológicos
modernos. Se basa en analogías de las posiciones planeta-
rias durante su trayectoria diaria. Así, pues, Manilius deriva
el significado de la cuarta casa de su posición, exactamente
bajo la Tierra, en el punto más bajo del giro astral diario:
90 MICHEL GAUQUELIN

En la otra parte del cielo, en el punto inferior del mundo


desde el que todo el círculo se ve arriba, esta casa está si-
tuada en el centro de la noche. Saturno, cuyo dominio sobre
los dioses fue derrocado, que perdió su trono en el Universo,
ejerce su poder en esas profundidades. Como padre que es
influye en el destino de los padres, y el destino de los viejos
está también bajo su control (Astronomicon, Libro II) 21 .

Incluso ahora, según los astrólogos, la cuarta casa rige a


los parientes de un recién nacido y domina el fin de su
vida. Entre los horóscopos griegos traducidos por Neuge-
bauer y Van Hoesen, casi todos los que datan de después de
la era cristiana tienen esta división en casas astrológicas.
Las distintas innovaciones que griegos y romanos fueron
introduciendo progresivamente en la astrología requerirían
cientos de páginas para enumerarlas. No es ése nuestro ob-
jeto; bastará con citar unos pocos ejemplos.
Los astrólogos griegos intentaron fechar cada suceso de
una vida, fuese grato o luctuoso. Sus horóscopos llegaron a
ser casi cosas vivas, que mencionaban horas felices y adver-
sas. Para conseguir esto, daban por supuesto que los puntos
del Zodíaco ocupados por los planetas en el momento de na-
cer el niño continuarían siendo sensibles hasta el final de
su vida. Los movimientos planetarios devolvían, precipitan-
do de esta manera sucesos favorables o luctuosos para la
persona. Esto se llamaba «tránsitos planetarios», y se creía
que la fecha exacta de tales sucesos futuros podía ser pre-
dicha con exactitud, ya que los astrólogos sabían calcular la
posición de los planetas con cierta anticipación.
Había otras técnicas que se utilizaban para fijar con
exactitud los límites del destino de las personas. Así, las di-
recciones primarias y las resoluciones solares fueron desa-
rrolladas con objeto de proyectar hacia el futuro el horósco-
po natal. Pronto se decidió añadir o restar la longitud de un
LOS RELOJES CÓSMICOS 91

planeta a otro, con objeto de conseguir puntos imaginarios


llamados partes —la parte de la fortuna, de los amigos, del
dinero, de la muerte, etc.—, que se inscribían a lo largo del
margen del círculo horoscópico para facilitar la predicción.

El callejón sin salida de la astrología

La lógica superficial de todos estos sistemas era, desgra-


ciadamente, simple superstición camuflada por una leve
capa matemática. A. J. Festugiére, historiador, dice a este
respecto: «La astrología helenística es una mezcla de doc-
trina filosófica seductora, mitología absurda y métodos apli-
cados sin sistema.» a La dureza de este juicio está justifica-
da. Los griegos llegaron a un callejón sin salida al intentar
establecer leyes científicas relacionando el Cosmos con la
vida humana. Su admirable filosofía, las especulaciones de
sus astrónomos, los descubrimientos de sus matemáticos
fueron, al fin, incapaces de levantar el velo del misterio de
las influencias astrales.
Y, sin embargo, como los caldeos, los griegos sintieron
también, vaga, pero justamente, que el hombre está influido
constantemente por las fuerzas cósmicas que le rodean. Qui-
zá unos pocos llegaron incluso a intuir la verdad. Pero el
deseo de los griegos de descubrir sus propios destinos per-
sonales era demasiado fuerte y les impidió formular correc-
tamente los problemas. Es plausible, sin embargo, que el
nivel de sus conocimientos hiciese imposible desentrañar,
en el mejor de los casos, el misterio en su época.
Fuera cual fuese la causa de este fracaso, lo cierto es que
ejerció una influencia dramática en la historia de las ideas.
Fomentó la creencia popular en las estrellas, apuntalada por
el prestigio de los grandes clásicos griegos. Esta creencia, en
92 MICHEL GAUQUELIN

nuestros días, ha conducido a la estupidez de la predicción


del porvenir que demasiado bien conocemos. Pero, entre
ambos extremos, hubo un brillante intermedio.

NOTAS AL CAPÍTULO III

1. F. Cumont, Astrology and Religión Among íhe Greeks and


Romans (Nueva York; «Dover», 1960).
2. A. Koestler, The Sleepwalkers (Nueva York: «Macmillan»,
1959).
3. Cumont, op. cit.
4. P. Couderc, L'astrologie (París: «PUF», 1951).
5. Fr. H. Cramer, Astrology in Román Law and Politics (Fila-
delfia: «The American Philosophical Society», 1954).
6. A. Bouché-Leclercq, L'astrologie grecque (París: «Leroux»,
1899).
7. Juvenal, Sátira sexta, traducida (al inglés), por John Dry-
den, 1693.
8. Bouché-Leclercq, op. cit.
9. Cramer, op. cit.
10. San Agustín, Confesiones, IV, 3.
11. O. Neugebauer y H. B. Van Hoesen, Greek Horoscopes (Fi-
ladelfia; «The American Philophical Society», 1959).
12. Manilius, Astronomicon, traducido en el siglo xvin.
13. C. Tolomeo, Tetrabiblos, traducido (al inglés) por W. G. Wad-
dels y F. E. Robbins (Cambridge: «Harvard University Press». 1959).
14. B. L. Van der Waerden, «History of the Zodiac», Archiv für
Orientforschung, 216, 1953.
15. Cumont, op. cit.
16. Tolomeo, op. cit.
17. Manilius, op. cit.
18. Ibid.
19. Bouché-Leclercq, op. cit.
20. M. Gauquelin, L'astrologie devant la science (París: «Plané-
te», 1965).
21. Manilius, op. cit.
22. A. J. Festugiére, La révelation d'Hermes Trimegiste (París:
«Gabalda», 1950).
CAPITULO IV

INTERMEDIO BRILLANTE
En Europa, la astrología adoptó un nuevo aspecto en los
siglos xv y xvi, al igual que las artes y las ciencias en gene-
ral. El mundo occidental descubrió la existencia de los tex-
tos clásicos de la antigüedad que habían sido preservados
por los árabes. Éstos trajeron consigo un interés inmediato
y general por todo cuanto fuese griego y romano.
Se ha dicho con frecuencia, y no sin razón, que con el Re-
nacimiento comienza la ciencia moderna. Pero el Renaci-
miento fue también, más que ningún otro período, una edad
de paradojas. Fue en ella, después de todo, cuando las anti-
guas ciencias ocultas vieron su hora de triunfo. Esta falta
de consistencia intelectual puede sorprender al hombre de
ciencia moderno, pero no pareció sorprender ni alarmar a
los grandes hombres del Renacimiento. Todos ellos sintie-
ron un gran interés por las ciencias exactas, interés no
exento de cierta inclinación por las doctrinas supersticiosas
del pasado. ¿O fue más bien inclinación por la superstición?
¿Esperaban, acaso, descubrir por medio del ocultismo algu-
na sapiencia antigua, perdida en los siglos, pero llena de
promesas para el futuro?
El hecho es que la astrología clásica fascinó a los erudi-
tos del Renacimiento, quienes no se contentaron con reco-
96 MICHEL GAUQUELIN

pilar los datos nuevamente hallados, sin modificarlos, sino


que también trataron de integrar los grandes descubrimien-
tos de su tiempo con el misterio de las influencias astrales.
No hay mejor ejemplo de esta tensión paradójica que el que
nos ofrece el gran genio creador de Kepler

Kepler y la astrología

Johannes Kepler nació en Weil (Württemberg), el 27 de


diciembre de 1571 a las dos y media de la tarde, «después de
un embarazo de doscientos veinticuatro días, nueve horas y
cincuenta y tres minutos», como él mismo cuenta. Esta pre-
cisión es en Kepler indicio de su interés por la astrología.
No hubiera sido exagerado decir que su creencia en lo ocul-
to contribuyó grandemente a hacer de él uno de los funda-
dores de la astronomía moderna. Dedicó toda su vida a de-
mostrar la tesis pitagórica de la armonía de las esferas, se-
gún la cual cada planeta hace sonar en su órbita una nota
nusical diferente. Esta obsesión, combinada con una perse-
verancia sin límites y su genio matemático, le permitió lle-
gar a formular las leyes de los movimientos planetarios que
le hicieron famoso.
Aunque varios príncipes ayudaron a Kepler durante toda
su inquieta vida, tuvo que recurrir constantemente a pre-
decir el futuro en los almanaques astrológicos, igual que
otros astrónomos de corte de aquella época. Le irritaba so-
bremanera hacer esas predicciones, que él mismo calificaba
de «horribles supersticiones» y «tonterías» l , En cierta oca-
sión, confesó: «Como la muía terca, la mente que se ha ejer-
citado en las deducciones matemáticas resiste algún tiempo
cuando se ve frente a los fundamentos erróneos de la astro-
LOS RELOJES CÓSMICOS 97

logia; sólo una tormenta de maldiciones y de golpes puede


obligarla a penetrar en el fangal.» 2
A pesar de esto, escribió varios tratados sobre astrología,
e incluso ideó una teoría para explicar las influencias plane-
tarias. ¿Cuál era la verdadera opinión de Kepler al respecto?
Según Arthur Koestler, Kepler «creía en la posibilidad de
una astrología nueva y verdadera como ciencia empírica
exacta» 3 . Una de las obras de Kepler, el Tertius Interveniens,
tiene el siguiente lema: «Advertencia a ciertos teólogos, físi-
cos y filósofos... que, si bien con razón rechazan las supers-
ticiones de los astrólogos, no debieran arrojar al niño junto
con el agua de la bañera.» 4 «Porque —como dice en ese mis-
mo libro— no debiera parecer increíble que de las estupi-
deces y blasfemias de los astrólogos surja una ciencia nue-
va, útil y sana.» En una carta escrita el 2 de octubre de 1606
a Harriot, un astrólogo amigo suyo, dice con toda claridad
que rechaza la mayor parte de las antiguas creencias:

Me dicen que estás preocupado por causa de tu astrolo-


gía. ¿Crees que vale la pena? Hace diez años que yo recha-
zé las divisiones en doce partes iguales, en casas, en domi-
naciones, trinidades, etc. Lo único que acepto son los aspec-
tos, y vinculo la astrología a la doctrina de las armonías5.

Así, pues, Kepler conservó su fe en la astrología, aunque


limitada: «Todo lo que es u ocurre en el cielo visible se
siente de alguna manera oculta en la Tierra y en la Naturale-
za», como él mismo dice en De Stella Nova.6

Paradójica manera de pensar

El profundo dilema en el que se debatía Kepler era com-


partido por todos los grandes hombres de su época. La li-
7 — 2.795
98 MICHEL GAUQUELIN

bertad de pensamiento les permitía formarse un concepto


de los modelos astronómicos distinto del que había estado
en vigor durante más de mil quinientos años y que había
sido aceptado y codificado por la religión cristiana.
¿Era de verdad la Tierra el centro del Universo? Esta
pregunta había sido respondida negativamente por Copérni-
co (1473-1543) en su famosa obra, publicada el año mismo
de su muerte, De Revolutionibus Orbium Caelestium. En
ella, Copérnico da nueva vida al olvidado atisbo de Aristar-
co de Samos (siglo n i a. de C.) y coloca el Sol en el centro
del Universo, mientras que la Tierra pasa a ser uno de tan-
tos planetas que giran alrededor del Sol.
Se ha dicho a menudo que este descubrimiento significa-
ba el final de la astrología, ya que la Tierra no podía se-
guir siendo el centro de todas las influencias planetarias.
Esta distinción pertenecería ahora al nuevo centro, el Sol.
Y, sin embargo, Copérnico no se oponía a la astrología. Aun-
que él, personalmente, nunca preparó horóscopos, aceptó
la ayuda de Rheticus, astrólogo conocido, para preparar la
primera edición de su obra maestra.
La misma actitud se percibe en el italiano Gerónimo Car-
dano (1501-1576). Cardano era médico, matemático, filóso-
fo y astrólogo. Publicó un voluminoso tratado astronómi-
co, Genitarum Exempla, en el que coleccionó cierto núme-
ro de horóscopos famosos. Esto, sin embargo, no le im-
pidió aportar simultáneamente varios descubrimientos úti-
les al álgebra ni enseñar matemáticas en Milán. También
inventó el ingenioso aparato de suspensión que permite a
los navegantes estabilizar la brújula a pesar de los movi-
mientos del barco.
La misma paradoja vemos en el carácter del médico
suizo Paracelso (1493-1542). Paracelso formuló una teoría
con arreglo a la cual la medicina, la astrología y la alqui-
LOS RELOJES CÓSMICOS 99

mía de su tiempo se reconciliaban entre sí con sorprenden-


te armonía. El postulado básico de esta teoría era una co-
rrespondencia entre el mundo exterior, en particular el
cielo, y las diversas partes del mundo interior, o sea,
el organismo humano. Un principio universal, que él llamó
mangnale tnagnum, lo regía todo en virtud de una especie
de magnetismo cósmico. En consecuencia, decía que los
médicos deben consultar siempre los cielos cuando van a
escribir sus recetas. Los siete principales órganos del cuer-
po humano correspondían a los siete planetas. El funcio-
namiento del corazón se regía por el Sol, el de los pulmo-
nes, por Saturno, el del cerebro, por la Luna, Venus gober-
naba los ríñones, Júpiter, el hígado, y Marte, la bilis negra.
Esta extraña teoría tuvo el gran mérito de abrir el camino
a la doctrina de la cura específica y la terapéutica química.
En el siglo siguiente, Newton (1642-1727) se mostró tan
sensible a la astrología como a otras formas de ocultismo.
Y, sin embargo, fue él quien descubrió las leyes de la gra-
vedad universal, que remplazaron la vieja teoría astroló-
gica de las fuerzas planetarias. Al mismo tiempo, solía men-
cionar que el motivo de que asistiese a la Universidad de
Cambridge era «encontrar lo que hay de verdad en la astro-
logía». Se sabe también «que cuando el astrónomo Halley,
famoso por sus estudios sobre los cometas, hizo una ob-
servación despectiva sobre el verdadero valor de la astro-
logía, Newton le llamó la atención de esta manera: "Yo he
estudiado esa cuestión, Mr. Halley, y usted no."» 7
De hecho, la astrología iba a conservar su categoría ofi-
cial en Europa hasta fines del siglo xvii. En Francia, Morin
de Villefranche (1583-1656) fue uno de los últimos grandes
astrólogos que recibieron subvención del Estado. Terminó
su carrera como profesor de Matemáticas en el Collége de
France, después de haber compilado su Astrología Galilea,
100 MICHEL GAUQUELIN

obra de veintiséis volúmenes. Aunque esta colección de co-


nocimientos no era original, ejerció gran influencia sobre
los astrólogos de su tiempo. Morin de Villefranche murió
rodeado de honores y respeto.
A pesar de eso, diez años después de su muerte, Col-
bert, el ministro de Luis XIV, consiguió, junto con la fun-
dación de la Academia de Ciencias, que el rey prohibiese
la astrología, que, a partir de entonces, desapareció para
siempre de la esfera oficial francesa. Lo mismo iba a ocu-
rrir en poco tiempo en otros países europeos.

Almanaques astrológicos

La astrología, sin embargo, no desapareció. Siguió vi-


viendo en la imaginación de los poetas. Así, vemos que Goe-
the comenzó su autobiografía con estas palabras:

El 28 de agosto de 1749, al dar el reloj las doce, vine yo


a este mundo, en Francfort del Main. El aspecto de las estre-
llas era propicio: el Sol estaba en el signo de Virgo y había
llegado a su auge; Júpiter y Venus miraban con ojos favora-
bles, y Mercurio no era adverso; sólo la Luna, recién llena,
ejercería su poder opuesto, pues acababa de llegar a su hora
planetaria. Ella, por lo tanto, retardó mi nacimiento, que tuvo
lugar pasada su hora. Estos aspectos propicios, que los astró-
logos más tarde interpretaron muy favorablemente para mí,
pueden haber sido causa de mi preservación8.

Pero, a partir del siglo XVIII, hubo cada vez menos hom-
bres cultos que creyeran en la astrología. Su popularidad
sobrevivía en el campo, por medio de almanaques astroló-
gicos que pasaban de mano en mano, de aldea en aldea.
Estos almanaques mantenían la primitiva tradición caldea
comenzada por los astrólogos, vinculando las influencias
LOS RELOJES CÓSMICOS 101

astrales con el tiempo, el crecimiento de las plantas y la


vida humana y animal. Su influencia en el campo fue con-
siderable desde la Edad Media hasta a comienzos del si-
glo xx. La importancia de los almanaques sólo comenzó a
decrecer con el progreso de la meteorología y la medicina,
que hicieron sentir su influencia en la población rural. Por
fin, acordaron por desaparecer, siendo remplazados por la
radio o la televisión.
Los almanaques, que contenían una sorprendente mez-
cla de plegarias religiosas y creencias en todo tipo de in-
fluencias, estaban llenos de diversas sugerencias: precep-
tos para la salud humana y del ganado y predicciones me-
teorológicas para los agricultores. Probablemente, el más
popular de los almanaques era el Gran Calendario y Guia
del Pastor, que apareció en 1491. En esta obra se compi-
lan, un poco a bulto, listas de las divisiones del año, los
meses, fiestas religiosas, consejos religiosos, predicciones
astrológicas, descripciones de los sufrimientos de los con-
denados en el infierno y, sobre todo, «un pequeño tratado
para averiguar bajo qué planeta ha nacido el niño, así
como el carácter de los doce signos del Zodíaco». Este libro
fue la Biblia de una docena de generaciones.
Así, pues, en las zonas rurales y urbanas continuó exis-
tiendo una poderosa tradición médico-astrológica para uso
de las masas. «El barbero-cirujano que sangra a sus clien-
tes no tiene la menor educación médica, pero ha debido
aprender, por lo menos, algo de astrología. En algunas ciu-
dades, las regulaciones prescriben que sólo hagan sangrías
los que sepan cuándo es propicia la Luna.» 9
Las plantas medicinales derivan sus virtudes de la aso-
ciación con ciertos planetas. Nicholas Culpeper, en su The
English Physician Enlarged, aparecido en 1753, dedica un
capítulo a «El huerto de las estrellas y su gabinete de me-
102 MICHEL GAUQUELIN

dicinas». Entre otras cosas relata que Júpiter y Marte son


responsables de la existencia de la «cebolla, la mostaza, el
rábano y los pimientos». Como remedio para la fatiga inte-
lectual, por ejemplo, Culpeper recomienda «el lirio del valle,
pues está bajo el dominio de Mercurio, y por lo tanto da
fuerzas al cerebro y vigor a la memoria débil, haciéndola
de nuevo fuerte»10.

El callejón sin salida del Renacimiento

Hemos visto cómo el utilitarismo más burdo corrom-


pió la curiosidad metafísica de los grandes genios del Re-
nacimiento, inteligencias originales e independientes, que
sentaron las bases del mundo moderno. Las intuiciones de
Kepler y los esfuerzos de Paracelso concluyeron en inge-
nuas representaciones de un mundo mágico, rechazado
hacia ya tiempo por la ciencia. Así, pues, los intentos del
Renacimiento por sondear el misterio de las influencias as-
trales terminaron una vez más en fracaso.
No cabe duda de que varios eruditos renacentistas in-
tuyeron la posibilidad de una ciencia nueva de influencias
astrales, como antes los griegos. Pero, no consiguiendo en-
contrar la clave del problema, fracasando en su intento de
formular los problemas en términos comprobables, caye-
ron en la trampa de todos los sistemas metafísicos: susti-
tuir la ciencia empírica por mitos.
Al comienzo del siglo xx, la astrología, abandonada por
los hombres de ciencia, quedó convertida en un oscuro la-
berinto por el que, en otra época, Kepler y Newton habían
andado llenos de esperanza. El brillante intermedio rena-
centista había resultado estéril por lo que se refiere al cono-
cimiento de las influencias astrales. Por lo menos, se hu-
LOS RELOJES CÓSMICOS 103

biese podido esperar que la Humanidad aprendería la inu-


tilidad de buscar en los movimientos planetarios la solu-
ción de sus problemas cotidianos. Por desgracia, tampoco
fue así. En el siglo xx, contra toda lógica, la creencia en
los horóscopos renació, más fuerte que nunca.

NOTAS AL CAPÍTULO IV

1. J. Kepler, Tertius Interveniens, G. W., VI, 145 y sgs.


2. J. Kepler, De Stelta Nova in Pede Serpentarü, G. W., I, 147
y siguientes.
3. A. Koestler, The Sleepwalkers (Nueva York: «Macmillan»,
1959).
4. J. Kepler, Tertius Interveniens, op. cit.
5. W. Peuckert, L'astrologie (París; «Payot», 1965).
6. J. Kepler, De Stella Nova in Pede Serpentarü, op. cit.
7. M. Palmer Hall, The Story of Astrology (Filadelfia; «David
McKay», 1943).
8. J. W. von Goethe, Autobiografía (Obras Completas, «Agui-
lar», Madrid).
9. P. Saintyves, L'astrologie Populaire, et l'influence de la lune
(París: «Nourry», 1937).
10. L. MacNeice, Astrology (Londres: «Aldus Books», 1964).
CAPITULO V

PSICOANÁLISIS ASTROLÓGICOS
El doctor Hans Bender, profesor de Psicología de la
Universidad de Friburgo, Alemania, dice en su introducción
a un estudio sociológico sobre la astrología:

Es curioso que más de trescientos años de ciencia experi-


mental no haya conseguido darnos un antídoto contra las cre-
encias astrológicas. Sus formas varían, desde las supersticio-
nes más burdas hasta intentos inteligentes de relacionar la
visión mágica del mundo del astrólogo con el conocimiento
psicológico moderno... Por lo tanto, la astrología plantea un
problema de salud social y psicológico'.

El siglo XX

El renacimiento de la astrología comenzó entre las dos


guerras mundiales. Al principio, se percibió en los Estados
Unidos, Canadá e Inglaterra; más tarde, se extendió a la
Europa continental.
La astrología se benefició de los modernos medios de
comunicación que el siglo xx puso a su disposición. Hoy, la
astrología se encuentra en todas partes. La creencia se ha
extendido por el planeta como un idioma universal, una
especie de esperanto para predecir el futuro. Innumerables
108 MICHEL GAUQUELIN

dólares, francos, liras y marcos cambian de dueño todos


los días a causa de la astrología. Miles de personas planean
sus vidas de acuerdo con las indicaciones astrológicas. Y,
sin embargo, no se ha añadido apenas nada a las doctrinas
condenadas ya hace tiempo por la ciencia. El cambio más
importante ha sido el añadido de supuestas influencias de
los planetas cuyo descubrimiento ha sido más reciente:
Urano, Neptuno y Plutón.
Pero el éxito de los horóscopos continúa. Según Louis
MacNeice,

Se ha calculado que en Norteamérica hay más de cinco mil


astrólogos en activo, que abastecen de horóscopos a unos
diez millones de clientes. Por un horóscopo individual se co-
bra en Norteamérica hasta cien libras esterlinas; en Inglate-
rra, viene a ser unas diez libras esterlinas, aunque puede os-
cilar entre dos y cincuenta libras. Estos clientes son de todo
tipo. Desde chicas jóvenes que buscan amores, hasta políticos y
financieros. Así, pues, no cabe apenas duda de que la astro-
logía, hoy, está muy viva (más viva quizá que en ningún otro
momento de su existencia)... Los periódicos publican horós-
copos y constituyen el medio de difusión más evidente para
la astrología en todo el mundo. Casi todos los periódicos im-
portantes de Norteamérica e Inglaterra tienen sección astroló-
gica, y lo mismo ocurre con los grandes periódicos del con-
tinente europeo... Y, aparte del gran número de revistas que
se dedican exclusivamente a la astrología (en Norteamérica
la más popular de todas se llama Horoscope y vende ciento
setenta mil ejemplares mensuales), hay innumerables publica-
ciones con una seción fija dedicada a horóscopos. Sobre todo
las revistas femeninas, aunque hay pruebas de que también
a los hombres les interesa el tema 2 .

En la India, la última página de los diarios se dedica


entera a astrología. Los padres anuncian en ellos el horós-
copo de sus hijas casaderas, esperando encontrarles buen
marido al dar así publicidad a sus buenas cualidades.
En el Oriente no puede tener lugar una boda importan-
LOS RELOJES CÓSMICOS 109

te sin consejo previo de un astrólogo. En Japón, según la


revista Life afirmaba, en 1960, «los editores japoneses
vendieron el año pasado ocho millones de folletos con ho-
róscopos, llamados Koyomi».3
Varios países tienen sociedades astrológicas que ofre-
cen cursos regulares, seguidos de exámenes generales, y dan
diplomas y certificados, como las Universidades reconoci-
das oficialmente. La Federación Norteamericana de Astró-
logos, en los Estados Unidos, da un «certificado de Peritaje
a quien haya aprobado los Exámenes Profesionales de As-
trología Natal». En Inglaterra, la Facultad de Estudios As-
trológicos da un diploma que permite a su poseedor añadir
a su nombre la sigla D. F. Astrol. S.

Nostradamus y los nazis

El tardío éxito de las profecías de Nostradamus (1503-


1566) es un claro síntoma del renacimiento que ha experi-
mentado la astrología. Han pasado ya más de cuatrocien-
tos años desde que Michel de Nostredame, conocido por
Nostradamus, publicó sus famosas Centuries, en las que
decía revelar el futuro del mundo. Edgar Leoni, en su Nos-
tradamus: Life and Literature4, ha publicado recientemen-
te un estudio completo de las interpretaciones que han ido
dándose a las Centuries. Su obra indica que en todos los
siglos siguientes ha habido analistas que creían ver en la
jerga de Nostradamus la explicación de los sucesos más
insignificantes de su época. A este respecto, nuestro siglo
no ha sido una excepción.
Se ha dicho que durante la Segunda Guerra Mundial
los nazis concluyeron una monstruosa alianza con la as-
trología. Un estudio de E. Howe ha hecho mucho por sepa-
110 MICHEL GAUQUELIN

rar la verdad del mito en esto.5 Una cosa es cierta: duran-


te la guerra, la corte de Hitler daba gran importancia a las
profecías de Nostradamus. Goebbels, el ministro de Pro-
paganda, tenía en su nómina a varios astrólogos cuya tarea
consistía en preparar una edición germanófila de Centuries,
para ser distribuida entre las poblaciones enemigas. Entre
ellos estaba Karl Ernst Krafft, uno de los astrólogos más
conocidos de aquellos días. Rudolf Hess, el que iba a ser
sucesor de Hitler y uno de sus asesores más íntimos, era
el principal protector de los astrólogos. Cuando Hess es-
capó a Escocia, en 1941, la furia de Hitler se desahogó con-
tra los adivinadores, muchos de los cuales fueron enviados
a campos de concentración. Krafft, que no fue capaz de
prever la marcha de los acontecimientos, murió en un cam-
po de concentración el 8 de enero de 1945. Un tal Louis
de Wohl dice que los aliados sacaron partido de sus cono-
cimientos astrológicos haciéndole preparar una edición de
las profecías de Nostradamus dirigida contra los alemanes.
Pero, según el historiador E. Howe, no es probable que esto
sea verdad.
La astrología siempre se ha beneficiado de períodos de
inquietud, pero la vuelta de la paz no ha frenado su éxito.
El famoso psicoanalista C. G. Jung reconoció la fuerza de
esta creencia al escribir: «Hoy, de las profundidades de la
sociedad, llama a las puertas de las Universidades, de donde
fue expulsada hará unos trescientos años.»6
Ahora que están a punto de empezar los primeros via-
jes interplanetarios, los hombres de ciencia encuentran en
esta creencia un síntoma grave y paradójico. Durante estos
últimos doce años, cierto número de ellos han decidido
examinar de nuevo los problemas astrológicos usando para
ello los instrumentos intelectuales de la ciencia moderna.
El telón está subiendo ahora para que comience el segun-
LOS RELOJES CÓSMICOS 111

do acto, que promete ser tan corto como largo fue el pri-
mero. Durante el primer acto, la astrología reinó sin riva-
les; en el segundo, tendrá que enfrentarse con la ciencia
moderna.

Estudios sociológicos

El problema social que plantea la astrología ha pareci-


do suficientemente importante a sociólogos profesionales
para inducirles a dedicar varios estudios al tema. ¿Qué
clase de gente cree en la astrología? Y ¿por qué creen en
ella? En 1963, el Instituto Francés de Opinión Pública pu-
blicó los resultados de un estudio sobre la actitud de la
población adulta ante la astrología. He aquí sus conclusio-
nes más importantes:
El 58 por ciento de la población conoce el signo de su
nacimiento.
El 38 por ciento ha pensado en algún momento de su
vida mandarse hacer el horóscopo.
El 53 por ciento lee con regularidad los horóscopos que
publica la Prensa.
Estos porcentajes tan altos son comprensibles en vista
de la buena opinión en que se tiene la astrología.
El 43 por ciento de los interrogados cree que los astró-
logos son hombres de ciencia.
El 37 por ciento cree que existe una relación entre el
carácter de la gente y el signo bajo el que han nacido.
El 23 por ciento cree que las predicciones se realizan.
Por supuesto, muchos consideran sinónimas la astrolo-
gía y la astronomía. De hecho, los observatorios astronó-
micos reciben cartas a diario pidiendo horóscopos.
Los resultados de este estudio han sido también anali-
112 MICHEL GAUQUELIN

zados para averiguar las tendencias de las diversas clases


sociales. Creer en la astrología no parece que tenga mucho
que ver con la posición económica o la educación de la
gente. Los agricultores parecen ser inmunes a los encantos
de la astrología, mientras que las profesiones liberales tien-
den a reaccionar más favorablemente ante ella, sobre todo
los artistas y los financieros. Esto encaja muy bien con el
rumor de que Hollywood y Wall Street son dos reductos
inexpugnables de la astrología.
Y, por último, los resultados fueron utilizados para hacer
un «retrato» del cliente medio del astrólogo. Es una mujer.
Tiene entre veinticinco y treinta años, bien educada y de
posición económica superior a la normal. Se interesa mu-
cho por su futuro personal, pero también siente curiosidad
por predicciones sobre política mundial. El futuro perso-
nal de otra gente le interesa poco.
El Instituto Alemán de Demoscopia ha llevado a cabo
también un estudio muy detallado, basado en más de diez
mil interrogatorios, realizados entre los años 1952 y 1956.8
He aquí algunas de sus principales conclusiones:
A la pregunta: «¿Cree usted que hay alguna relación
entre el destino del individuo y las estrellas?», el 30 por
ciento de los interrogados respondió afirmativamente, y el
20 por ciento lo consideraba posible. Entre los que creían
en la astrología, más de la mitad (el 56 por ciento) pensaba
que los redactores astrológicos de la Prensa eran capaces
de predecir con exactitud.
El estudio alemán muestra también la extraordinaria
popularidad de que gozan los signos del Zodíaco: el 69 por
ciento de los preguntados conocían su signo de nacimiento.
Más aún, el 15 por ciento de los que creían en astrolo-
gía alegaron que, con su ayuda, se podía dirigir la política
con más eficacia. El 7 por ciento de los simpatizantes se
LOS RELOJES CÓSMICOS» 113

había mandado hacer horóscopos personales en algún mo-


mento de su existencia. Esta proporción puede parecer más
bien baja, pero, como dice el doctor G. Schmidtchen, sig-
nifica que dos millones de alemanes tienen sus horóscopos
en casa y, si este porcentaje es válido en general, los astró-
logos norteamericanos tienen, por lo menos, seis millones
de clientes leales.

Arquetipos astrológicos

Según Jung, la astrología ha echado hondas raíces en


el alma humana. El espectáculo del firmamento estrellado
ha hecho soñar siempre al hombre; y estos sueños celes-
tes, acumulados a lo largo de miles y miles de años en
todo el mundo, han dejado un residuo en la conciencia de
la especie. Éstos son los arquetipos. Los esquemas psico-
lógicos que los astrólogos han delineado en los últimos dos
mil años son una versión simplificada de los psicodiagnós-
ticos modernos. Veamos, por ejemplo, lo que dice un astró-
logo sobre el signo de Capricornio:

Gobernado por Saturno. Cerrado, reservado, sereno, disci-


plinado, tranquilo, paciente, frío, distante, ambicioso, capaz de
concentrar su atención y de ver las cosas en perspectiva. Ra-
cional, riguroso, objetivo, inteligente. Aptitud geométrica, abs-
tracta.
Tranquilo en el amor, distante, pero fiel, tiende al celibato'.

Leyendo esto, vemos los perfiles de una personalidad


bien definida. Todos conocen a gente así; la descripción es
psicológicamente coherente y convincente. Lo absurdo de
8-2.795
114 MICHEL GAUQUELIN

ella consiste en que tal tipo de personalidad se dé con más


frecuencia en gente nacida entre el 21 de diciembre y el
19 de enero. No hay, claro está, pruebas serias que defien-
dan esta suposición. Pero los esquemas psicológicos de los
astrólogos son bastante complejos y flexibles; pueden ser
adaptados al aspecto físico de cualquier cliente de manera
que éste se convenza de que se trata de verdadera bruje-
ría. No hay duda alguna de que entre el 60 por ciento de
la población que conoce el signo de su nacimiento muchos
se identifican a sí mismos con el tipo psicológico que les
corresponde, hasta el punto de creer que ellos son real-
mente así.

Influencia en el lenguaje diario

Incluso los que se muestran indiferentes, o hasta hos-


tiles, a la astronomía, no puedan evitar mencionarla en su
conversación cotidiana. Nuestra vida está puntuada por
constantes recuerdos astrológicos. Miramos el calendario:
hay doce meses en el año, exactamente tantos como signos
del Zodíaco; el mes es el período que divide dos nuevas
lunas (mes y luna, en los idiomas germánicos, tienen el
mismo origen etimológico); las cuatro semanas del mes se
derivan de las cuatro partes de la luna. «Adoptada por la
Iglesia, a pesar de su origen sospechoso, la nomenclatura
de los días de la semana fue impuesta a los pueblos cris-
tianos», escribe el historiador Franz Cumont. «Cuando, hoy
en día, decimos los nombres de los días: sábado, domingo,
lunes, nos conducimos, sin saberlo, como paganos y astró-
logos, ya que reconocemos implícitamente que el primero
pertenece a Saturno, el segundo al Sol y el tercero a la
LOS RELOJES CÓSMICOS 115

Luna.» *10 Esta tradición astrológica se mantiene viva en casi


todos los demás idiomas. Martes es Mar di en francés y
Martedi en italiano, o sea, día de Marte; miércoles es, res-
pectivamente, Mercredi y Mercoledi, o sea, día de Mercu-
rio; jueves, Jeudi y Giovedi, de Júpiter; y viernes, Vendredi
y Venerdi, corre a cargo de Venus **.
Las grandes festividades religiosas de nuestros calenda-
rios tienen orígenes astrológicos parecidos. Son modifica-
ciones de antiguas fiestas solares: Navidad se celebra en
el solsticio de invierno, cuando los días, que habían co-
menzado a acortarse, se alargan de nuevo. De hecho, el
nacimiento de Cristo es anuncio de una nueva era, igual
que el Año Nuevo. Y la Resurrección de Cristo se recuerda
en Pascuas, cuando la Naturaleza misma renace en la pri-
mavera después de su sueño invernal. Incluso, hoy en día,
la Iglesia cambia la fecha exacta de Pascuas de año en año,
siguiendo los cambios de la Luna, para que coincida con
el domingo siguiente a la primera Luna llena después del
equinoccio de primavera.
Y hay más aún. Como dice Cumont,
Probablemente, no hay pruebas más notables del poder y
la popularidad de las creencias astrológicas que la influencia
que han ejercido sobre el lenguaje popular. Todos los idiomas
modernos conservan restos de ellas, apenas ya perceptibles.
Son lo que queda de antiguas supersticiones. ¿Recordamos

* En inglés, sábado es Saturday, que viene de Saturni dies;


domingo, es Sunday, o sea, Sun (Sol) y day (día); y lunes, es Mon-
day, o sea, Moon (Luna) y day. (N. del T.)
** Las raíces inglesas son distintas: respectivamente, Tuesday,
«día de Tiw», nombre de una deidad germánica identificada con Mar-
te (Tiw, o Tiwaz, de la misma raíz que deus); Wednesday, «día de
Odin, o Wotan», identificado con Mercurio; Thursday, «día del true-
no», relacionado con Júpiter, dios del rayo; Friday, «día de Frigg», la
esposa de Odin o Wotan. (N. del T.)
116 MICHEL GAUQUELIN

acaso, cuando hablamos de un carácter marcial, jovial o luná-


tico, que tiene que haberse formado con ayuda de Marte, Jú-
piter o la Luna, que una «influencia» es el resultado de un
fluido emitido por los cuerpos celestes, que es uno de estos
ostra, lo que, si se muestra hostil, me causará un «desastre»
y que, por último, si tengo la buena fortuna de encontrarme
entre vosotros, se lo debo a mi «buena estrella»?".

La mirada fija de las estrellas

¿Cómo pudo sobrevivir y prosperar hasta nuestros días


la extraña mezcla de creencias que constituye lo que llama-
mos doctrina astrológica? Esta cuestión es importante y
los descubrimientos de la psicología están empezando a
explicarla.
A nosotros, hombres modernos, que «sabemos» cómo
funciona el Universo, nos resulta difícil ver el mundo exte-
rior de manera distinta. Ciertamente, los sacerdotes cal-
deos, hace cinco mil años, no lo veían como nosotros. Desde
la cima de sus torres, les parecía que las estrellas estaban
al alcance de sus manos. Para ellos, las estrellas tenían vo-
luntad, sentimientos, personalidad definida.
Los psicólogos han demostrado que los niños, con la in-
genuidad que da la ignorancia, perciben el mundo de for-
ma más semejante a la de los antiguos caldeos, que noso-
tros, adultos y modernos. Para los niños, el Sol y la Luna
son entes vivos y conscientes. El psicólogo suizo Piaget ha
interrogado a cientos de niños en el transcurso de sus in-
vestigaciones. Hasta una cierta edad, las respuestas son
siempre las mismas. Jacques, de seis años, respondió así a
las preguntas que le hizo sobre el Sol:
—¿Se mueve?
—Claro que sí. Cuando andamos, nos sigue. Cuando damos
la vuelta, la da también él.
LOS RELOJES CÓSMICOS 117

—¿Por qué se mueve?


—Porque cuando andamos, anda.
—¿Por qué anda?
—Para oír lo que decimos.
—¿Está vivo?
—Claro que sí. Si no lo estuviera, no podría seguirnos ni
podría brillar12.

He aquí, ahora, las respuestas de Michel, de ocho años,


a las preguntas que le hizo sobre la Luna:

—¿Puede hacer la Luna lo que quiere?


—Sí, cuando andamos, nos sigue.
—¿Te sigue o se está quieta?
—Me sigue; si me paro, se para.
—Y si ando yo, ¿a quién seguiría?
—A mí.
—¿A quién?
—A mí.
—¿Crees que sigue a todo el mundo?
—Sí.
—¿Puede estar en todas partes?
—Sí11.

A Jacques y Michel la ilusión óptica, tan familiar a los


adultos que llegan incluso a olvidarla, les hace creer que
el Sol y la Luna tienen personalidad y voluntad propias.
El cielo le parece tan cercano al niño que cree que se
puede cazar las estrellas a lazo. Esta cita de William James
da un buen ejemplo de ello:
Creía que el Sol era un balón de fuego. Primero, pensaba
que había varios soles, uno para cada día. No comprendía que
pudiera levantarse y ponerse. Una tarde, vio por casualidad
a unos niños tirar al aire pelotas de cuerda empapadas en
aceite ardiendo. Desde entonces, quedó convencido de que el
Sol es tirado al aire y cogido de la misma manera. Pero,
¿quién tenía tanta fuerza? Llegó a la conclusión de que tenía
que haber un hombre grande y fuerte, que vive en algún punto
de las montañas (el niño vivía en San Francisco). El Sol era
118 MICHEL GAUQUELIN

la pelota de fuego que le servía de juguete, para divertirse


tirándola al cielo todas las mañanas y cogiéndola, cuando caía,
todas las noches... Daba por supuesto que Dios (el hombre
grande y fuerte) encendía también las estrellas para su uso
personal, como hacemos nosotros con la luz de gas ".

Estas imágenes infantiles son muy semejantes a las que


formaron en sus mentes los primeros observadores de los
cielos. Los egipcios antiguos, por ejemplo, pensaban que

las estrellas fijas eran lámparas, colgadas de la bóveda o


llevadas en la mano por otros dioses. Los planetas nave-
gaban en sus propias lanchas por canales que comenzaban
en la Vía Láctea, el hermano gemelo celestial del Nilo. Hacia
el día 15 de cada mes, el dios lunar era atacado por una cerda
feroz y devorado a lo largo de quince días de agonía. Luego,
volvía a nacer. A veces, la cerda se lo tragaba entero, lo que
causaba un eclipse lunar; otras veces, una serpiente se traga-
ba también al Sol, lo que causaba un eclipse solar15.

Los niños, poco a poco, aprenden a no fiarse de las apa-


riencias y, por medio del contacto diario con los mayores,
van haciéndose una idea exacta del mundo. Esto lo consi-
guen absorbiendo el conocimiento que ha ido acumulando
la Humanidad. Pero, ¿no tenían los caldeos buenas razo-
nes para explicarse el mundo de la manera que lo hicieron?
Todos los días, el Sol «parece» seguir su propio camino
cruzando la bóveda azul del cielo y muriendo por la noche
para renacer a la mañana siguiente: ¿cómo podría brillar
eternamente si no contuviese una esencia divina? La Luna
«parece» que se va cortando, cada vez más finamente, para
comenzar de nuevo a crecer, partiendo de cero. La estrella
reluce en el borde del horizonte y «parece» guiñarnos el
ojo.
LOS RELOJES CÓSMICOS 119

La refutación del azar

Otra cosa que los niños comparten con los hombres del
pasado es la creencia de que nada ocurre por casualidad.
Christian, de ocho años, juega frecuentemente con una pe-
queña ruleta de juguete. Un día, le mostraron un juguete
igual, pero, cargado: cada vez que lo ponía en movimiento,
la pelota se paraba siempre en el mismo número. Esto al mu-
chacho no le sorprendió por qué ocurría, respondió, con aplo-
mo: «Es fácil, la pelota quiere pararse en ese número, no
tiene nada de particular16.

Para el niño, como para el jugador, el azar no existe. Es


la pelota la que «elige» detenerse en éste o aquel sitio; una
especie de voluntad intrínseca, existente en el objeto, le
permite cambiar de conducta.
La casualidad no existe tampoco para el astrólogo. Las
estrellas determinan cada momento de nuestras vidas hasta
el instante de la muerte. Un astrólogo, explicando la muerte
de Napoleón, dice lo siguiente: «La Luna pasaba junto a
su planeta, que estaba en el octavo sector. Era Venus, a
siete grados de Cáncer; y la Luna indujo a Venus la oposi-
ción que Urano y Neptuno estaban concentrando en ella
desde su puesto, a tres grados de Capricornio.»17 Para el
astrólogo, en tal situación, Napoleón no tenía la menor es-
peranza de sobrevivir al 5 de mayo de 1821, día en que los
planetas le habían rodeado de una red de influencias a las
que no podía escapar.
Pero, ¿qué pasa si una predicción hecha de antemano
no se cumple como había previsto el astrólogo? En esos
casos, tampoco interviene la casualidad: «Cuando la pre-
visión humana falla es que se cumple la voluntad de Dios»,
120 MICHEL GAUQUELIN

dice un papiro egipcio, de la dinastía V, aproximadamente


4000 años a. de C.

Proyección inconsciente

La astrología actual comparte con el pensamiento anti-


guo una simplicidad infantil que se aplica a los problemas
de la vida adulta. Y, sin embargo, no sería cierto decir que
los caldeos eran como niños. Eran, también, impecables ob-
servadores del cielo. Su paciencia, la precisión de sus cálcu-
los y la naturaleza sistemática de sus informes muestran
que eran gente adulta y civilizada. Pero también sentían
los problemas y los terrores de verse expuestos a los peli-
gros y el misterio del mundo, por cuyo motivo crearon ído-
los con la esperanza de aplacarlos.
¿Por qué situaron en el cielo a las divinidades de su
fe? En Mesopotamia, las nubes no cubren casi nunca las
estrellas; viéndose enfrentados con su maravilloso relucir,
a los caldeos les fue fácil creer que los planetas centellean-
tes eran los ojos de los dioses. Por eso, pensaban que esas
estrellas tenían sentimientos y temores semejantes a los
de los hombres. Freud dio el nombre de «proyección» al
mecanismo psicológico inconsciente que nos hace ver en
otros los mismos sentimientos que nosotros mismos expe-
rimentamos vagamente. El filósofo francés Gastón Bache-
lard ha expresado perfectamente esta proyección incons-
ciente de la preocupación humana hacia el cielo:

En el vasto lienzo oscuro de la noche, los sueños mate-


máticos han diseñado vastos esquemas. ¡ Son tan erróneas, tan
deliciosamente erróneas esas constipaciones! En la misma fi-
gura están incluidas estrellas completamente extrañas. Entre
unos pocos puntos verdaderos, entre las estrellas aisladas
LOS RELOJES CÓSMICOS 121

como diamantes solitarios, el sueño va dibujando líneas ima-


ginarias. El sueño, el sumo sacerdote de la pintura abstracta,
ve a todos los animales del Zodíaco en esos pocos puntos
dispersos. El Homo Faber —el carrocero perezoso— ve un
carruaje sin ruedas en el cielo; el agricultor, que sueña con
sus cosechas, ve una garba de trigo dorado... El Zodíaco es
el Test de Rorschach de la Humanidad en su infancia".

Si el hombre se proyecta a sí mismo hacia el cielo, ter-


mina identificándose con él, con la constelación a que está
más vinculado. Así, una persona nacida bajo la constela-
ción de Libra se considera a sí misma justa y equilibrada,
igual que los platos de una balanza. El que nace bajo el
signo de Escorpión se imagina, como el animal de ese nom-
bre, peligroso, mordaz, agresivo y capaz, a veces, de volver
esa agresividad contra sí mismo.

Respuestas basadas en la ignorancia

Sería estúpido mostrarse demasiado duro con esas inge-


nuas asociaciones de ideas. El camino que los antiguos
abrieron era, indudablemente, necesario. Ha quedado abier-
to para nosotros. La explicación del mundo construida por
los caldeos era, para ellos, incomparablemente mejor que
la nuestra. A ellos, no les hubiera parecido lógico un Uni-
verso lleno de nebulosas que escapan de la Tierra a una
velocidad que aumentan en función de su distancia.
Como escribe John V. Campbell en Analog:

La astrología comenzó hace varios milenios, cuando los


primeros hombres observaron por primera vez el tremendo
efecto de los ciclos estelares en los sucesos terrestres. Los
egipcios primitivos no tenían la menor idea de por qué se
enfriaba el mundo cuando el ciclo estelar hacía levantarse a
Orion en el este, entre dos luces. Ni tampoco por qué se calen-
122 MICHEL GAUQUELIN
I
taba al levantarse Lira al anochecer, cuando ya no era visible
Orion... Pero también es cierto que tampoco sabían el motivo
de que una semilla diese vida a una planta. Cuando el mun-
do es una vasta colección de misterios, el hombre prudente
debe limitarse a establecer ciertas correlaciones sensatas de-
jando la solución de los porqués para cuando disponga de más
información ".

Los griegos fueron los primeros que se preguntaron se-


riamente el origen de las cosas. Aún admiramos las res-
puestas que supieron dar a una serie de problemas. Pero
explicar el funcionamiento de la astrología no era tarea
fácil. La teoría más evidente era suponer que las estrellas
actuaban por medio de «efluvios» que descendían a la Tie-
rra. «Como ejemplo de tales efluvios aducían la atracción
del ámbar a la paja, la mirada mortal del basilisco, la mi-
rada del lobo, que inmoviliza al hombre. Era más difícil
creer en los efluvios de entidades imaginarias, como las
constelaciones.»M Y, sin embargo, los que creían en la as-
trología veían en los efluvios la mejor explicación de que
las estrellas actúen a través de enormes distancias, expli-
cación mejor, en todo caso, que la teoría de la gravedad
universal para el hombre moderno, que conoce los efectos
de esa fuerza, pero ignora todavía su naturaleza.
El intento apasionado de explicar el destino del hombre
y el mundo por medio de las estrellas ha fracasado porque
al hombre le faltaba el conocimiento necesario para plan-
tear esta cuestión tan crucial de manera correcta. Como
dice Koestler:

Pero, pensándolo bien, ¿qué otra explicación existía en


aquella época? A una mente curiosa, sin conocimiento alguno
de los procesos de que se sirven la herencia y el medio am-
biente para formar el carácter humano, la astrología, de una
forma o de otra, era el medio más evidente de relacionar al
individuo con el conjunto universal, haciéndole reflejar la
LOS RELOJES CÓSMICOS 123

constelación omnipresente del mundo y estableciendo una sim-


patía y una correspondencia íntima entre el microcosmos y el
macrocosmos

Futuro incierto
El hombre ya no es caldeo ni tampoco niño. Conoce y
sabe usar las nuevas tecnologías que la ciencia ha puesto a
su alcance. «La cosmología se ha convertido en ciencia
exacta... La danza caótica de sombras que las estrellas pro-
yectaban contra las paredes de la cueva de Platón se han
convertido en un ordenado vals»22, escribe Koestler. Des-
de 1957, cientos de satélites artificiales giran en torno a la
Tierra. Nos hemos acostumbrado a la idea de que la Luna
y los planetas acabarán convirtiéndose en suburbios nues-
tros. El misterioso temor que sintieron en el pasado los ob-
servadores de la bóveda celeste a nosotros ya no nos afecta.
Además, en las grandes ciudades se ha vuelto casi im-
posible ver el cielo. En Nueva York, cuando los rascacielos
se iluminan de noche, ¿cómo se puede distinguir el pá-
lido reflejo de Venus o Marte de las luces artificiales que
cubren el cielo? Hasta los astrónomos han renunciado a
ello, llevando sus observatorios a regiones de población me-
nos densa, a las cimas de las montañas.
Los que viven en las ciudades sienten, por lo tanto, cada
vez menos interés por el aspecto del cielo. Para ellos, se ha
convertido en un objeto familiar y tranquilizador. El com-
plejo esquema en que se basa el movimiento de las estrellas
ha sido descifrado desde hace tiempo. El hombre moderno,
aunque no esté particularmente versado en astronomía, ha
sustituido los terrores de las esferas por el mecanismo bien
regulado de las elipses keplerianas.
124 MICHEL GAUQUELIN

Y, sin embargo, el futuro continúa siendo incierto; el


destino sigue estando fuera de nuestro control. «Mortales
miserables y arrogantes: medimos el curso de las estrellas
y, después de tan concienzuda investigación, seguimos sin
conocernos a nosotros mismos», como gritó el famoso pre-
dicador Bossuet al rey Luis XIV y su Corte. 23
Nuestra seguridad no ha aumentado desde entonces.
Una reciente investigación ha mostrado que en estos últi-
mos veinte años ha habido cuarenta guerras en el mundo.
La de hoy puede muy bien ser seguida por una catástrofe
mañana. En este momento, ni los dirigentes políticos ni los
hombres de ciencia pueden resolver estas dificultades. Por
el contrario, los astrólogos dicen que ellos sí pueden. Pro-
meten predecir qué años nos traerán vacas flacas y cuáles
vacas gordas. Para el astrólogo y su cliente, el movimiento
de las estrellas no es una ficción. Si estallase una guerra
inesperadamente, tal cosa no querría decir que el cielo se
hubiese desequilibrado, sino que se ha desequilibrado la
Humanidad. Naturalmente, en la vida diaria se suceden des-
gracias inevitables y problemas que uno no puede resolver
por sí solo. En tales circunstancias, es comprensible que
el hombre trate de buscar consuelo y apoyo dondequiera
que se lo ofrezcan. El astrólogo, con frecuencia, actúa como
padre espiritual, papel éste que permite al cliente declinar
toda responsabilidad por su parte. Cuando se ha probado
todo en vano, o cuando se ve claramente que algo resulta
imposible, no queda más recurso que consultar al astrólo-
go. Éste ayuda a los que, como se dice, «piden la Luna».
Shakespeare nos ha dejado un retrato magistral de este
estado de ánimo en El Rey Lear:

Tal es la frivolidad del mundo:, que, cuando la fortuna


nos acompaña (muy a menudo a causa de nuestra propia
LOS RELOJES CÓSMICOS 125

conducta), echamos la culpa de nuestra desgracia al Sol, a la


Luna y a las estrellas; como si fuésemos villanos por necesi-
dad, tontos por fuerza del cielo; bribones, ladrones y traido-
res por el predominio de las esferas; borrachos, embusteros
y adúlteros por la obediencia ineludible a la influencia de los
planetas; y todo aquello en lo que somos malvados es por
voluntad divina. ¡Admirable recurso de prostibulario, echar la
culpa de sus deseos a una estrella! Mi padre copuló con mi
madre bajo la Cola del Dragón, y mi nacimiento fue bajo la
Osa Mayor, de modo que, en consecuencia, soy astuto y luju-
rioso. ¡Estupendo! Sería igualmente lo que soy aunque la más
virginal estrella del firmamento me hubiera guiñado el ojo
cuando nací bastardamente".

La tendencia fatalista a echar la culpa a las estrellas de


los errores de uno, en vez de tratar de remediarlos con es-
fuerzos personales, ha sido criticada por los psicólogos.
En 1940, se publicó la siguiente declaración de la Asocia-
ción Norteamericana de Estudios Sociales de Psicología:

La razón principal de que cierta gente se vuelva a la as-


trología y a otras supersticiones es que les faltan los recursos
necesarios para resolver los serios problemas con que tienen
que enfrentarse. Sintiéndose frustrados, ceden a la idea grata
de que tienen a su alcance una especie de llave mágica, una
solución sencilla, una ayuda siempre presente en momentos
de apuro25.

La fe en la astrología es hoy, por lo tanto, síntoma de


un desorden social y psicológico, un síntoma grave. El hom-
bre busca algo que el progreso no le ha dado hasta ahora;
es, quizá, la búsqueda del sentido de la vida. Como dice el
historiador Peuckert:

Que yo crea o no lo que dice mi periódico o mi párroco,


o que busque una respuesta en las estrellas, lo cierto es que,
en ambos casos, siento una incómoda sensación «de que allá
arriba hay algo» que «puede caérseme encima». Es la incer-
tidumbre del hombre arrojado a este mundo, que se siente
126 MICHEL GAUQUELIN
m
acosado y tiene una voluntad hostil; enfrentándose con un
Dios que se rehusa a hablar y con hombres de ciencia que
se limitan a encogerse de hombros, se refugia en la primera
respuesta que alguien le da26.

NOTAS AL CAPÍTULO V

1. G. Schmidtchen, «Soziologisches über die Astrologie. Ergeb-


nisse einer reprasetativ-Befragund», Z. f. Parapsychologie u. Grenz-
gebiete der Psychologie, I (1957), 47.
2. L. MacNeice, Astrology (Londres: «Aldus Books», 1964).
3. «Astrology, Sense ñor Nonsense?», Life International, 28 de
marzo de 1960.
4. E. Leoni, Nostradamus: Life and Literature (Nueva York:
«Nosbooks», 1961).
5. E. Howe, Urania's Children: íhe Strange World of the As-
trologers (Londres: «William Kimber», 1967).
6. C. G. Yung, The Spiritual Problem of Modern Man, Obras
Completas, Vol. X (Nueva York: «Pantheon», 1964).
7. Enquéte de l'Institut Francais d'Opinion Publique, «Tout ce
qu'il y a derriére votre horoscope», FranceSoir, enero de 1963.
8. Schmidtchen, op. cit.
9. A. Barbault, Défense et illustration de l'astrologie (París:
«Grasset», 1955).
10. F. Cumont, Astrology and Religión Among the Greeks and
Romans (Nueva York: «Dover», 1960).
11. Ibid.
12. J. Piaget, La representation du monde chez l'enfant (París:
«PUF», 1947).
13. Ibid.
14. W. James, «Thought Before Language», Philosophical Review,
I (1892), 613.
15. A. Koestler, The Sleepwalkers (Nueva York: «Macmillan»,
(1959).
16. M. y F. Gauquelin, La psychologie au XXe siécle (París:
«Editions Sociales Francaises», 1963).
17. A. Barbault, Traite pratique d'astrologie (París: «Le Seuil»,
1961).
18. G. Bachelard, L'air et les songes (París: «J. Corti»).
LOS RELOJES CÓSMICOS 127

19. J. V. Campbell, «Astrologer-Astronomer-Astroengineer», Ana-


íog, 18 setiembre de 1962.
20. A. Bouché-Leclercq, L'astrologie grecque (París: «Leroux»,
1899).
21. Koestler, op. cit.
22. Ibid.
23. B. Bossuet, Sermón sur la loi de Dieu.
24. W. Shakespeare, El Rey Lear, acto I, escena II.
25. P. Couderc, L'astrologie (París: «PUF», 1951).
26. W. Peuckert, L'astrologie (París: «Payot», 1965).
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En todos los métodos de predecir el futuro, excepto la as-
trología, la adivinación es una revelación divina, una especie
de extensión del intelecto humano. La astrología, por otra
parte, comenzó a desprenderse de la actitud religiosa de que
ella misma es fruto y, en lugar de adivinar, trató de prede-
cir; haciendo esto, usurpó el prestigioso primer lugar entre
las ciencias naturales.1

Esta definición del historiador Bouché-Leclercq indica


con toda claridad cuan embarazosa e irritante es forzosa-
mente la cuestión de la astrología para el hombre de cien-
cia del siglo xx. Si la astrología se hubiese quedado en re-
ligión de las armonías universales, como al comienzo de su
existencia, el hombre de ciencia, que conoce las limitacio-
nes de su método, no habría sentido la necesidad de ahon-
dar en un problema que está fuera de su competencia. Todo
el mundo es libre de creer en la religión que más le atraiga,
pero la fe astrológica es muy curiosa, es «una fe que usa
el lenguaje de la ciencia y una ciencia la base de cuyos
principios es la fe».2
Como la astrología emplea un lenguaje que pretende ser
científico, como basa sus predicciones en los cálculos exac-
tos de los astrónomos, y como trata de los objetivos em-
píricos de los cuerpos celestes, la ciencia tiene el deber de
132 MICHEL GAUQUELIN

aquilatar el valor de los métodos astrológicos actuales y


sus resultados.

Extraño determinismo

La astrología, como la ciencia, se basa en un supuesto


determinista: que las causas son seguidas por efectos. En
astrología, la «causa» es el horóscopo, una configuración
momentánea de cuerpos celestes. El «efecto» es el destino
de la persona a quien se aplica el horóscopo en cuestión.
Las implicaciones de esta actitud determinista fueron ex-
ploradas por un astrónomo:

Las predicciones astrológicas dan por supuesta la existen-


cia de un determinismo de largo alcance que constituye una
caricatura ridicula del determinismo científico. Supongamos
que un viejo de ochenta años resbala en una cascara de na-
ranja y se mata. Es evidente que este suceso y sus causas
pueden ser explicados según las leyes de la mecánica. Pero
ni el más fanático determinista diría que ochenta años antes
habría sido posible predecir, aun disponiendo de toda la in-
formación del mundo entero, que el viejo en embrión y la
futura cascara de naranja estaban destinados a tropezar en
el futuro. En vez de esto, nosotros decimos que fue un acci-
dente debido al azar, porque una infinidad de sucesos inde-
pendientes han contribuido a ello. Tantas circunstancias for-
tuitas modifican nuestra conducta a cada segundo que pasa,
hasta el punto de que es imposible predecir tales accidentes
ni siquiera con un minuto de anticipación. Es tanto más no-
table, por lo tanto, explicar la causa de la caída asociándo-
la con la posición de algún cuerpo celeste ochenta años antes
de que tenga lugar, cuando el pobre hombre acababa de
nacer.3

¿Cómo determina la astrología la naturaleza de la in-


fluencia en cuestión? ¿Qué ley explica la influencia bené-
LOS RELOJES CÓSMICOS 133

fica de Júpiter y la maléfica de Saturno? ¿Por qué es mala


su relación cuadrática mientras que la trígona es buena
para el futuro? Ambos planetas son, simplemente, grandes
masas de roca rodeadas de gases, dos cuerpos inconscien-
tes. ¿Cómo puede justificarse la asociación de ideas que
vincula la forma, puramente imaginaria, de las figuras del
Zodíaco, con la supuesta influencia de los planetas sobre
los signos, y a la inversa? La astronomía sabe desde hace
mucho tiempo que los planetas están a gran distancia de
cualquiera de las constelaciones, y que si parece que están
«dentro» de las constelaciones es sólo por causa de los efec-
tos engañosos de la perspectiva.

Causas terrestres del destino

Si uno trata de observar científicamente la astrología


se ve constantemente frente a un muro de contradicciones
lógicas. Los astrólogos no han sido capaces de explicar por
qué milagro las estrellas, al nacimiento de la gente, son ca-
paces de dominar todo el peso de la herencia y los moldes
impuestos por el ambiente social. Porque la astrología na-
ció en un tiempo en que estos dos factores eran desconoci-
dos, no hizo caso de ellos, y sigue sin hacerlo:

La cuestión específica de la salud del individuo o su per-


sonalidad no son atribuidos a su herencia genética, a sus cro-
mosomas, a los vicios de su abuelo, ni al ambiente social en
que ha vivido, sino a los signos del Zodíaco, a los planetas
que, como hadas madrinas, deciden el destino del hombre re-
voloteando en torno de su cuna.4

Los descubrimientos del psicoanálisis explican algunos de


nuestros actos inconscientes que con frecuencia deciden
134 MICHEL GAUQUELIN

nuestro destino. En el pasado, esos actos eran achacados


a las estrellas porque no se conocían sus orígenes, sepulta-
dos como estaban en lo más profundo del hombre. Y, sin
embargo, el poeta alemán Schiller percibió intuitivamente
la verdadera relación causal cuando hizo decir a uno de
sus personajes: «¡Las estrellas de tu destino están en tu
propio corazón!»
Un ejemplo más de falta de lógica es el hecho de que
si las estrellas tuvieran algo que ver con el destino del in-
dividuo, ese efecto se haría sentir en el momento de la
concepción más bien que en el del nacimiento, influyendo
quizás en la distribución cromosomática en los gametos de
los padres. Los astrólogos griegos se dieron cuenta de este
problema. Tolomeo, en su Tetrabiblos, reconoció que sería
mucho más preferible preparar horóscopos en el momento
de la concepción, pero ello no le parecía posible dada la
dificultad de determinar el momento exacto de la concep-
ción. Por último, racionalizó el uso del horóscopo del na-
cimiento de esta manera: «Cuando el fruto es perfecto, la
Naturaleza lo mueve de manera que nazca bajo la misma
constelación que reinaba en el momento de la concepción.»
(Libro III, 1) Esta afirmación es completamente gratuita,
y aunque su verdad nunca ha sido demostrada por los as-
trólogos, no les preocupa demasiado ni siquiera hoy en día.
El problema que plantean los hijos gemelos es otro obs-
táculo para la astrología. Los gemelos comparten con fre-
cuencia el mismo destino, pero, como ha demostrado el
doctor Kallmann, del Instituto Psiquiátrico de Nueva York,
esto ocurre tan sólo cuando proceden del mismo ovum, en
cuyo caso son, desde el punto de vista genético, el mismo
individuo repetido. A pesar de su idéntica fecha de naci-
miento, los gemelos nacidos de dos ova separados tienen
tan distintos destinos el uno del otro como los hermanos
LOS RELOJES CÓSMICOS 135

nacidos a distancia de varios años. De la misma manera,


nadie ha conseguido mostrar semejanzas en las vidas de
gente nacida el mismo día, aunque de padres distintos. Al-
gunos autores han intentado demostrar la existencia de
estas semejanzas; el astrólogo suizo K. E. Krafft inventó
la expresión «gemelos estelares» para describir a este tipo
de gente. Pero las condiciones sociales explican mejor que
las estrellas el curso de la vida humana. De todos los niños
varones nacidos el 17 de mayo de 1917, sólo uno llegó a ser
presidente de los Estados Unidos,

Imposibilidades astronómicas

La astrología, comenzada en latitudes relativamente cer-


canas al ecuador, no previo la posibilidad de que no hu-
biera ningún planeta visible durante varias semanas segui-
das. Y, sin embargo, esto es perfectamente posible en el
Círculo Ártico (66 grados de latitud); allí, es virtualmente
imposible calcular el punto zodiacal que se levanta en el
horizonte, cosa necesaria para hacer un horóscopo. A me-
dida que la civilización adelante, más y más ciudades son
construidas en ambientes inhóspitos; nacen cada vez más
niños en la regiones árticas. Sería absurdo creer que los
niños de Alaska, Canadá, Groenlandia, Noruega, Finlandia y
Siberia no reciben beneficio alguno de las influencias ce-
lestes si es que éstas determinan de verdad el curso de la
vida.
Pero la fe en la astrología resistió objeciones semejan-
tes a ésta en el pasado: por ejemplo, el descubrimiento
de la procesión de los equinoccios, en el siglo n a. de C,
por Hiparco. He aquí como describe este fenómeno un as-
trónomo contemporáneo:
136 MICHEL GAUQUELIN

Una lenta oscilación de la alineación de los polos cambia


el ecuador celeste entre las constelaciones. Desde los tiempos
de Hiparco, el punto de gama (el primer grado de Aries) ha
vuelto sobre su camino a través de toda la constelación de
Piscis, llevando en su zaga toda la red de rectángulos zodia-
cales con sus viejos nombres.5

Es decir, que el Zodíaco es ahora como una casa de


apartamentos donde cada residente se ha mudado a un
piso más abajo, pero dejando su nombre en la puerta del
anterior. Los signos del Zodíaco han descendido al puesto
inmediatamente inferior desde los tiempos de Tolomeo.
Cuando se dice que el Sol está cruzando la constelación de
Libra, en realidad está cruzando Escorpión. Pero los astró-
logos, apegados a la tradición, siguen atribuyendo al niño
que nace en ese momento las influencias de Libra, porque
no tuvieron en cuenta la procesión astronómica. Cuando se
les expone esta objeción,

los astrólogos responden que las virtudes son una función


del signo, no de la constelación; pero es bastante ridículo que
las virtudes de cada signo expresen exactamente las cualida-
des supuestas en la bestia mítica que hoy reside en el rec-
tángulo precedente del Zodíaco.6

Por último, los astrólogos modernos muestran una sor-


prendente falta de interés en los aspectos médicos del na-
cimiento del ser humano. Se ha indicado con frecuencia
que un nacimiento prematuro o causado por una interven-
ción quirúrgica no puede revelar realmente el destino del
recién nacido, porque es la decisión del médico lo que ha
determinado el momento del nacimiento. En la actualidad
se nota cada vez más la tendencia a provocar el nacimiento
médicamente, con estimulantes, «y esto, sin duda, cambia-
rá las influencias astrales que deciden el destino de la cria-
tura, haciendo que toda su vida futura sea artificial». 7
LOS RELOJES CÓSMICOS 137

Y, además, ¿cómo se puede definir qué astrología es la


verdadera? El simbolismo de las estrellas varía en una cul-
tura a otra. Los Zodíacos indio y chino, por ejemplo, tienen
animales diferentes de los Zodíacos occidentales derivados
de los Zodíacos greco-caldeos. Por ejemplo, los caldeos mos-
traban a Capricornio en forma de cabra con la parte infe-
rior del cuerpo en forma de pez; este símbolo se usa hoy
en día, aunque dando más énfasis a la parte caprina. En In-
dia y China, por el contrario, Capricornio tiene, respectiva-
mente, forma de oso y unicornio.
Debe de haber poca gente que, en el fondo de su cere-
bro, no vea los anacronismos que contiene la astrología.
Pero los creyentes alegan que las objeciones racionales, a
fin de cuentas, carecen de importancia. Lo que de verdad
importa, dicen, después de todo, es si el sistema funciona
o no. Si resulta que las predicciones astrológicas se cum-
plen, si el esquema estelar en el momento del nacimiento
se relaciona realmente con el curso de la persona a quien
se refiere, ¿qué más cabe pedir de la astrología? La cien-
cia ha aceptado recientemente este desafío. Se ha dado un
«suero de la verdad» a la astrología: el método de compu-
tar las probabilidades.

Astrología y probabilidad

La computación de la probabilidad se basa en el estu-


dio de las leyes de la casualidad, que, contrariamente a lo
que se creía en el pasado, existe. Y no sólo existe, sino que
obedece a ciertas leyes definibles que la matemática ha de-
ducido hace poco. La aplicación práctica de las «leyes del
azar» es lo que ahora se llama método estadístico. Este mé-
todo sólo está en uso efectivo desde hace unos cincuenta
m MICHEL GAUQUELIN

años. Ahora está comenzando a sernos útil para establecer,


en muchos terrenos distintos, dónde termina el azar y
dónde empiezan las leyes regulares.
¿Cómo se puede usar el método estadístico en astrolo-
gía? Veamos un ejemplo. La astrología dice que los niños
nacidos bajo el signo de Libra poseerán cualidades artís-
ticas porque ese signo está dominado por Venus, el pla-
neta de las artes y la belleza. Por lo tanto, los niños naci-
dos cuando el Sol pasa por el signo de Libra (desde el 21
de setiembre hasta el 21 de octubre) debieran llegar a ser
pintores o músicos en mayor número que los nacidos bajo
otros signos del Zodíaco. Lo que podemos hacer, por lo
tanto, es coger un libro de biografías y compilar una lista
de los días de nacimiento de artistas conocidos. Entonces,
anotaremos los signos zodiacales bajo los cuales nacieron
esos artistas. Si los astrólogos tienen razón, habrá muchos
más artistas nacidos bajo el signo de Libra; si no la tienen,
el número de los nacidos bajo Libra no superará al de los
nacidos bajo los otros signos del Zodíaco. Los resultados
así obtenidos pueden ser analizados por fórmulas matemá-
ticas desarrolladas según la teoría de la probabilidad. Estas
fórmulas mostrarán si el número de artistas nacidos bajo
el signo de Libra es lo suficientemente grande como para
reflejar una tendencia real y no un mero azar. El método
í
estadístico no tiene nada que ver con la opinión personal
del que lo utiliza, sino que es remplazada por una cifra
que nos dice si tal cosa obedece o no a una ley astrológica.
Un hombre de ciencia, Farnsworth,

ha tenido la paciencia de estudiar las fechas de nacimiento


de más de mil pintores y músicos famosos; Libra no domina
el nacimiento de esa gente en mayor número que los otros
signos. La correlación que se le supone no existe; de hecho,
LOS RELOJES CÓSMICOS. 139

el azar ha querido que la correlación resulte negativa, o sea:


Libra aparece en menor número.8

Una comisión de la Asociación Norteamericana de So-


ciedades Científicas dedicó varios años a estudiar las leyes
astrológicas que le fueron encomendadas con este objeto.
Bajo la presidencia del eminente astrónomo de Harvard
Bart J. Bok, los resultados de la investigación fueron pu-
blicados con la conclusión de que «ninguna de las influen-
cias aducidas por los astrólogos pudieron ser comproba-
das». 9 El astrónomo J. Alien Hynek estudió la fecha de na-
cimiento de los hombres de ciencia incluidos en la obra
American Men of Science. La distribución de las fechas de
acuerdo con los signos del Zodíaco mostró un esquema ca-
sual. Las variaciones en el número de nacimientos según
las estaciones del año, que, como ha descubierto Hunting-
ton, se producen en todas las poblaciones, fueron compro-
badas también en este caso por Hynek; pero no tiene nada
que ver con la astrología. En Europa, el Comité Belga de
Investigación de los llamados Fenómenos Pseudonormales,
que se compone de treinta hombres de ciencia de varias
especialidades, concluyó de la siguiente manera una recien-
te investigación: «Ninguno de los casos presentados por los
astrólogos está relacionado con experiencias que merezcan
el calificativo de científicas.»

Nuestras investigaciones sistemáticas

En Francia, me he dedicado durante varios años a una


comprobación sistemática de proposiciones astrológicas.
Algunas de mis conclusiones se publicaron en 1955 bajo el
título de Influencias astrales: crítica y estudio experimen-
140 MICHEL GAUQUELIN

tal.10," Los que se interesen por un informe detallado de


datos pueden consultar esa obra; aquí sólo encontrarán un
breve sumario de lo fundamental de mis conclusiones.
Mi primera tarea consistió en aquilatar los métodos es-
tadísticos empleados por los astrólogos. Sus técnicas resul-
taron ser muy limitadas: las leyes de la casualidad eran
ignoradas y se llegaba a conclusiones sin base. Las investi-
gaciones realizadas por la «Iglesia de las Luces», en Los
Ángeles, por D. Bradley en los Estados Unidos y por Von
Klocker en Alemania, no pueden ser calificadas de cientí-
ficas. El Astrobiological Treatise de K. E. Krafft, que tuvo
cierta influencia cuando fue publicado, en 1939, tampoco
merece la menor confianza.12 Dediqué unas treinta páginas
a un extenso juicio crítico del Treatise n y llegué a la con-
clusión de que no contiene ley alguna en el sentido cientí-
fico de la palabra. La obra del astrólogo francés Paul Chois-
nard (1867-1930) merece más atención, pues trata de probar
el mito de la astrología más sistemáticamente, por medio
de estadísticas. Choisnard fue el primer astrólogo que pro-
puso el uso de esta técnica en su Pruebas y bases de la
astrología científica.14 Examiné todas las pruebas aducidas
por Choisnard y daré aquí un ejemplo de su valor. Alega,
por ejemplo, que hay «pruebas evidentes de que la gente
muere bajo ciertas configuraciones celestes». Después de
estudiar doscientos casos, concluye que, cuando murieron,
«Marte estaba tres veces y Saturno dos veces más en con-
junción con el Sol en la posición del nacimiento de la per-
sona en cuestión que en ningún otro período». Puse a prue-
ba esta afirmación reuniendo una selección más numerosa
que la de Choisnard y comparando los horóscopos del na-
cimiento y de la muerte de siete mil personas; no encontré
el menor vestigio de las supuestas influencias adversas de
Marte y Saturno. El número de conjunciones críticas halla-
LOS RELOJES CÓSMICOS 141

das para esos dos planetas estaba dentro de los límites del
azar.15 De la misma manera, todas las proposiciones de
Choisnard resultaron carecer de fundamento; las leyes es-
tadísticas de la casualidad dominaron en cada caso a las
supuestas leyes de la astrología.

El destino de los delincuentes

Otra faceta de mi investigación consistió en calcular


los horóscopos de más de cincuenta mil personas cuyas
vidas indicaban alguna característica excepcional, como, por
ejemplo, aptitudes especiales, talento o buena suerte, y
también de gente cuyas vidas se distinguieron por condicio-
nes excepcionalmente adversas. En todos estos casos, tuve
en cuenta no sólo el día, sino incluso la hora del naci-
miento.
En ningún caso encontré una diferencia estadísticamen-
te significativa que respondiera a las leyes tradicionales de
la astrología. Como ejemplo, en mi informe de 1955, men-
cioné una selección de delincuentes. Se considera que el
planeta rojizo Marte está relacionado con la violencia, el
delito y la sangre. Debiera, por lo tanto, aparecer en pri-
mera línea en el horóscopo de los delincuentes. Un astró-
logo contemporáneo ha expresado esta creencia de la ma-
nera siguiente:

Marte le hace a uno impulsivo, agresivo, tiránico. Rije los


temperamentos, y también el hierro y el fuego. Los objetos
que son duros, cortantes o peligrosos caen también bajo su
égida, así como las enemistades, traiciones, pérdidas, juicios,
operaciones quirúrgicas y accidentes."

Por lo tanto, reunimos las estadísticas vitales de todos


los delincuentes mencionados en los archivos del Juzgado
142 JIICHEL GAUQUELIN

de París. Seleccionamos de ellos las fichas de 623 asesinos


que, según los expertos, eran los más conocidos en los ana-
les de la justicia por sus horribles crímenes. La mayoría de
ellos murieron en la guillotina. Cuando hicimos sus horós-
copos, resultó que Marte no aparecía particularmente en
número en estos archicriminales. La siguiente tabla mues-
tra la distribución de Marte en las doce casas astrológicas
en el momento del nacimiento de estos individuos:,

TABLA I

Posición del planeta Marte en el Horóscopo de Delin-


cuentes.

(La primera fila de cifras se refiere al número de crimi-


nales en cada casa; la segunda, al número que debiera haber
en cada casa si la casualidad influyese tan sólo en términos
de las leyes astronómicas y demográficas.)
Casa I II III IV Y VI VIIVIIIIX X XI XII
Astrológica
Número
Observado 60 51 58 59 58 38 49 48 47 53 48 54
Número
Esperado 55 54 51 50 49 48 50 51 52 53 54 56

Las posiciones de Marte están normalmente distribuidas


entre las doce casas astrológicas, siguiendo un esquema ca-
sual; ninguna de las figuras difiere significativamente de
los números teóricos esperados de la casualidad. Es decep-
LOS RELOJES CÓSMICOS 143

cionádor para la teoría astrológica que los delincuentes no


nazcan con más frecuencia estando Marte en «la casa oc-
tava», la de la muerte, propia o ajena; o en la «casa duodé-
cima», que rige «juicios y cárceles». Como hemos visto,
estas dos casas tienen números perfectamente normales. 17
Ninguno de los astrólogos que examiné salió bien para-
do del llamado «experimento de destinos opuestos». Este
experimento consiste en estudiar cuarenta fechas de naci-
miento, veinte de las cuales corresponden a delincuentes
conocidos y las otras veinte a personas que vivieron vidas
largas y pacíficas. La tarea de los astrólogos estriba en se-
parar los dos grupos basándose en sus horóscopos natales.
El resultado es siempre muy confuso: los astrólogos se-
leccionan invariablemente una mezcla de delincuentes y
ciudadanos pacíficos, en la misma proporción, más o me-
nos, que una máquina que los escogiese al azar. Conviene
añadir que sólo astrólogos que creyeran sinceramente en
sus opiniones accedieron a nuestra propuesta de someterse
al experimento; la inmensa mayoría de sacamuelas siempre
encuentran alguna excusa para eludir una confrontación
que podría perjudicar su credibilidad a ojos del público."

El veredicto

lúa. astrología moderna, como sistema de predecir, se


basa en un concepto irremediablemente anticuado del mun-
do y de la vida. Hace caso omiso del progreso de la astro-
nomía y de la biología humana, así como de todas las va-
riables que afecten a la conducta durante la vida. Todos
los esfuerzos de los astrólogos por defender su postulado
básico: que el movimiento de las estrellas puede predecir
el futuro, han fallado. Siempre que tales predicciones son
144 MICHEL GAUQUELIN

examinadas por comités científicos imparciales, la supuesta


exactitud que la astrología declara poseer desaparece en se-
guida. Las estadísticas han demostrado la falsedad de los
viejos argumentos de una vez para siempre: los números
hablan imparcialmente, y no dejan lugar a dudas. Quien-
quiera que se diga capaz de predecir el porvenir consul-
tando las estrellas se está engañando a sí mismo o está
engañando a los demás.
Una prestigiosa sociedad astronómica, la Astronomis-
che Gesellschaft, llegó hace unos pocos años al siguiente
veredicto:

La crencia de que la posición de las estrellas en el mo-


mento de nacer influye en el futuro del recién nacido, y de
que es posible encontrar consejos para asuntos tanto priva-
dos como públicos en las estrellas, descansa sobre un concep-
to del Universo que sitúa a la Tierra y a sus habitantes en
el centro mismo del Universo. Este concepto ha sido refuta-
do hace ya mucho tiempo. Lo que hoy recibe los nombres de
astrología, cosmología, etc., no es más que una mezcla de
superstición, falsedad y explotación de los crédulos. Hay un
grupo de astrólogos que condenan la costumbre de producir
horóscopos impresos en serie sobre todos los aspectos de la
vida y tratan de combatir esta engañifa con una astrología
que pasa por ser seriamente científica, pero, a pesar de sus
esfuerzos, no han conseguido demostrar que sus resultados
sean más científicos que los otros."

NOTAS AL CAPITULO VI

1. A. Bouché-Leclercq, L'astrologie grecque (París: «Leroux»,


1899).
2. Ibid.
3. P. Couderc, L'astrologie (París: «PUF», 1951).
4. Ibid.
LOS RELOJES CÓSMICOS 145

5. Ibid.
6. Ibid.
7. Ibid.
8. Ibid.
9. Ibid.
10. L'influence des astres, étude critique et experiméntale (Pa-
rís: «Le Dauphin», 1955).
11. «Der Einfluss der Gestirne und die Statistik», Z. /. Parapsy-
chologie u. Grenzgebiete der Psychologie, I (1957), 23.
12. K. E. Krafft, Traite d'astrobiologie, (París; «Legrand», 1939).
13. Gauquelin, L'influence des astres, op. cit.
14. P. Choisnard, Preuves et bases de l'astrologie scientifique
(París: «Chacornac», 1921).
15. Gauquelin, L'influence des astres, op. cit.
16. A. Barbault, Béfense et illustration de l'astrologie (París:
«Grasset», 1955).
17. Gauquelin, L'influence des astres, étude critique et experi-
méntale, op. cit.
18. M. Gauquelin, L'astrologie devant la science (París: «Plané-
te», 1965).
19. Couderc, op. cit.

10-2.795
MATRICES OBSTRUIDAS
Después de demostrar la naturaleza ilusoria de la creen-
cia de la predicción astrológica, el hombre de ciencia pue-
de quedar todavía insatisfecho. Después de todo, sabe que
en la historia de las ideas la magia precede siempre a la
ciencia, que la intuición de los fenómenos es anterior a su
conocimiento objetivo. Siente intuitivamente, como siempre
ha sentido el hombre, que en la astrología puede haber algo
de verdad.
Nadie niega, por ejemplo, que el Sol influye constante-
mente en nosotros y que sin él la vida en la Tierra sería
imposible. Todo el mundo sabe, como sabían los antiguos,
que «la potencia absorbente de la Luna atrae al mar hacia
sí» (Plinio), que la conjunción del Sol y de la Luna causa
pulsaciones en el océano. Existe, por lo tanto, cierta inte-
racción entre esos cuerpos y la Tierra. ¿No se tiene, pues, el
deber de explorar más sobre este punto? ¿Puede ser real-
mente inútil esperar que el Cosmos influya en la vida de
otras maneras, maneras que, durante siglos, han sido ente-
rradas bajo la maleza de la ignorancia y la mistificación?
En la obra de Koestler The Act of Creation hay una des-
cripción muy brillante de lo que él llama «las matrices obs-
truidas* de la ciencia. En varios períodos históricos, cier-
150 MICHEL GAUQUELIN

tas ramas de la ciencia dejan de desarrollarse. Puede ocu-


rrir que se atrofien, se obstruyan, a veces, durante varios
siglos. La razón de estos parones es a menudo psicológica.
Un buen ejemplo de estas matrices obstruidas es el estado
de estancamiento en que los sistemas cosmológicos se vie-
ron entre el final de la antigüedad y el Renacimiento, cuan-
do, como dice Koestler, «los ojos de los astrónomos, du-
rante siglos, fueron bombardeados por datos que demues-
tran que los movimientos de los planetas dependen de los
movimientos del Sol. Pero los astrónomos prefirieron mi-
rar hacia otra parte». Hoy en día, gran número de inves-
tigadores científicos se han interesado por resolver el mis-
terio de las influencias astrales. En esta tarea, se han en-
frentado con matrices tan obstruidas como las que corta-
ron él camino a Copérnico, Galileo, Newton, Darwin o Eins-
tein. La astrología es una rama del conocimiento que se
cerró casi al mismo tiempo de ser abierta. Puede parecer
tonto tratar de reavivarla ahora, después de tantos siglos.
Pero, para la historia del pensamiento, los siglos son en
verdad poco tiempo.
En él siglo iv a. de C, él astrónomo griego Aristarco de
Samos, habiéndose dado cuenta de que el Sol era mucho
más grande que la Tierra, desarrolló una teoría heliocén-
trica en la que él Sol era el centro del sistema planetario.
Pero este atisbo de la verdad no tardó en ser obstruido: en
el siglo i de nuestra era, Tolomeo, en su tratado sobre los
sistemas de los mundos, el Almagesto, volvió a poner la
Tierra en él centro del Universo. Tuvieron que pasar casi
veinte siglos para que Copérnico recogiese de nuevo la idea
de Aristarco y Kepler descubriera que los planetas gravi-
tan alrededor del Sol en órbitas elípticas. También en él
siglo iv a. de C, Hipócrates, él padre de la medicina mo-
derna, formuló una interpretación de la influencia del clima
LOS RELOJES CÓSMICOS 151

y los planetas en él hombre, aproximándose a la ciencia mo-


derna llamada biometeorologia. Este atisbo fue también
obstaculizado, y el conocimiento degeneró en superstición
bajo la influencia del Tetrabiblos, de Tolomeo, que sentó
las bases de la actual adivinación del futuro.
Diecinueve siglos han pasado desde que apareció él Te-
trabiblos, período de tiempo no mucho más largo que el
que separa los epiciclos de Tolomeo de las elipses de Ke-
pler. El progreso de la astronomía ha quitado ya crédito
a la idea de que el Cosmos puede influir en la Tierra y sus
habitantes. El «éter», la sustancia mágica, viviente, que se
suponía rodeaba la superficie de la Tierra, llegando hasta
las estrellas, fue remplazada en él siglo xix por él «espacio
exterior», vacío y estéril. Pero los persistentes esfuerzos de
la ciencia en el siglo xx nos ha acercado de nuevo a la in-
tuición del pasado lejano. Los satélites artificiales han de-
mostrado que él «espacio exterior» no está realmente vacío,
sino lleno de varios campos de fuerza, que afectan cons-
tantemente a la Tierra.
En estos últimos años, los investigadores, por fin, han
vuelto a abrir las matrices obstruidas de la astrología, rem-
plazándola con una ciencia nueva. Han conseguido abarcar
los sesenta siglos que separan las primeras preguntas an-
gustiadas del hombre primitivo del descubrimiento de in-
fluencias precisas y extremadamente sutiles en nuestras vi-
das. La ciencia ha realizado en otros tiempos fusiones se-
mejantes absorbiendo lo que pasaba por no ser más que
superstición. El papel de los adivinos del porvenir es cada
vez más limitado. En este siglo, varios campos del ocul-
tismo han sido absorbidos por la ciencia, comenzando con
la «clave de los sueños». Freud y Jung rompieron esta ba-
rrera, censurando a la ciencia por haberse detenido en él
umbral de lo ilógico.
152 MICHEL GAUQUELIN

De hecho, la ciencia sabe ahora sobre el futuro del hom-


bre más de lo que nunca supieron o soñaron con llegar a
saber los astrólogos en sus sueños más optimistas. La psi-
cología, la sociología, la genética y la estadística saben
ahora domar y hasta controlar él azar. En diciembre de
1965, él Instituto Francés de Opinión Pública predijo co-
rrectamente él porcentaje exacto de votos que tendría el
general De Gaulle ocho días después. No hay necesidad de
recurrir a la adivinación, aunque pueda parecer un poco
milagroso predecir la conducta de veinte millones de elec-
tores interrogando sólo a unos pocos miles. Pero las leyes
del azar dominan el caos del pasado; incluso él futuro del
mundo es científicamente predecible con ayuda de maqui-
naria electrónica. No hay ya necesidad de Nostradamus; la
«Rand Corporation» publicó recientemente un informe de-
tallado de los principales inventos futuros de la Humani-
dad, llegando incluso a especificar la fecha aproximada de
cada uno.
Éste es el motivo de que no pueda sorprendernos el he-
cho de que los investigadores científicos hayan conseguido
convertir la astrología en una ciencia. Aunque todavía tie-
nen que luchar por conseguir que sus descubrimientos sean
aceptados, los hombres de ciencia que han emprendido esta
batalla están sustituyendo poco a poco el arte de la pro-
fecía por la observación objetiva. Las catástrofes atmosfé-
ricas han descubierto casi todos sus secretos: el progreso de
la meteorología nos permite saber con varios días de anti-
cipación la llegada de los huracanes a la costa de Florida;
los barómetros han remplazado las predicciones derivadas
de la aparición del dios lunar. De hecho, gracias al éxito
conseguido en la predicción del clima, los anticuados pun-
tos de vista sobre las influencias cósmicas han sido suavi-
zados y se han vuelto más flexibles. Así, pues, parece lógico
LOS RELOJES CÓSMICOS 153

comenzar nuestro examen de los nuevos descubrimientos


en él campo de la influencia cósmica con un análisis de la
predicción climatológica.
Podemos pasar ahora al último acto del drama cósmico,
él más interesante y bello. Aquí termina él gobierno de la
superstición. Una nueva ciencia aparecerá en lugar de la vie-
ja cabala de sueños cósmicos y nos ayudará a encontrar
él verdadero lugar del hombre en el laberinto del Universo.
Ciertamente, nos hallamos en un momento crucial en el
desarrollo del pensamiento humano.
CAPITULO VII

PRONÓSTICOS METEOROLÓGICOS
nv cuvrr.
i
cu,- -.. , , í \ .i eo:.< > : o i k H^
La predicción del tiempo es el primer campo en el que
la ciencia ha remplazado la predicción astrológica. Hace
menos de cien años, empezaron a construirse observatorios
astrológicos en las principales ciudades del mundo. Al prin-
cipio, sólo se registraba la temperatura, la humedad, la
velocidad del viento y las variaciones de la presión baro-
métrica. Más tarde, hacia fines de siglo, una escuela de ma-
teorólogos noruegos, dirigida por Bjerknes, Solberg y Ber-
geron, descubrió la importancia que tenían las masas de
aire en la regulación de los movimientos atmosféricos y,
por lo tanto, en la determinación del tiempo. Se supo que
había lugares en la Tierra donde prevalecían presiones al-
tas, y estos lugares fueron cuidadosamente localizados. Son
como fábricas donde se manufactura el buen o el mal tiem-
po; técnicamente, cabe decir que producen ciclones y anti-
ciclones. Como resultado de esto, se pudieron publicar pre-
visiones de exactitud cada vez mayor sobre la inminencia
de «frentes cálidos» y «frentes fríos» con varios días de an-
ticipación. Ahora, los observatorios meteorológicos contro-
lan una red de estaciones que les permiten seguir los mo-
vimientos de las masas de aire. Por último, desde 1960, se
ha vuelto posible predecir el tiempo a escala planetaria
160 MICHEL GAUQUELIN

con ayuda de satélites artificiales, que dan a los meteoró-


logos mapas con los últimos detalles de los movimientos
atmosféricos de las masas de aire en todo el mundo.
Hoy, la meteorología ayuda constantemente a líneas aé-
reas, agricultores, viajeros y público en general. Todos te-
nemos interés en los boletines diarios —o incluso de cada
hora— que nos ofrecen los observatorios meteorológicos;
para la mayor parte de la gente, ver el informe meteoroló-
gico que da la Televisión se ha convertido en un ritual dia-
rio. Esto no quiere decir que la ciencia de la meteorología
haya sustituido por completo las tradicionales prediccio-
nes de los almanaques; en muchos países, se publican to-
davía ingenuos pronósticos en los que participan la Luna,
los planetas o los santos, compitiendo con la ciencia meteo-
rológica.

La Luna y la lluvia

Como hemos visto, la creencia de que la Luna participa


activamente en el control del tiempo es muy antigua y está
muy extendida, sin duda tan antigua como los caldeos. In-
cluso hoy en día, mucha gente afirma que el tiempo cambia
cuando cambia la Luna y permanece igual hasta que la
Luna cambie de nuevo. Hay, sin embargo, cierta confusión
sobre la naturaleza de esa relación: algunos atribuyen a la
Luna llena efectos que otros relacionan con la Luna nueva;
otros juran incluso que lo importante es el cuarto creciente
o el menguante. La falta total de base científica de estas
opiniones contradictorias ha vuelto a los hombres de cien-
cia sumamente escépticos ante cualquier teoría sobre la
relación entre la Luna y el tiempo. Hace setenta años, los
LOS RELOJES CÓSMICOS 161

meteorólogos estaban ya convencidos: sus instrumentos


parecían sordos a toda influencia lunar.
Esta actitud ha cambiado desde entonces; ahora, parece
ser que la atmósfera, la piel sensible que rodea a nuestro
planeta, es influida por la Luna hasta el punto de afectar
al tiempo. Los efectos de la Luna no se limitan a las ma-
reas de los océanos. La misma fuerza gravitacional que in-
fluye en las mareas atrae y reforma la atmósfera al paso
de la Luna. Al mismo tiempo, nos envía toda una gama de
ondas electromagnéticas, reflejadas del Sol. Cada mes, se
añaden nuevos descubrimientos a la lista de las influencias
lunares sobre la Tierra. Por ejemplo, se ha comprobado
que la posición de la Luna en relación con el Sol afecta el
índice magnético diario de la Tierra. Schulz escribía en
1941:

Arrhenius fue el primero en descubrir el notable efecto que


tiene la Luna sobre las luces del Norte y la formación de las
tormentas. Aquí, el máximo tiene lugar cuando la Luna pasa
por el punto más bajo del Zodíaco. Arrhenius, y más tarde
también Schuster, llegaron a la conclusión de que tienen lugar
muchísimas más tormentas cuando la Luna está en cuarto
creciente que en menguante.'

La obra de Arrhenius es, quizá, más valiosa por el te-


rreno que desbrozó que como descubrimiento comproba-
ble, pero sus ideas ejercieron gran influencia en los espe-
cialistas, incitándoles a poner a prueba esta hipótesis tan
antigua.
En 1962, Donald A. Bradley y Max A. Woodbury, del Uni-
versity College of Engineering de Nueva York, y Glenn W.
Brier, del Institute of Technology de Massachusetts, deci-
dieron estudiar a fondo la cuestión. El problema concreto
que se plantearon fue: ¿existe alguna relación entre la Luna
y las numerosas lluvias que periódicamente inundan el te-
11 — 2.795
162 MICHEL GAUQUELIN

rritorio continental de los Estados Unidos? Para dar con la


respuesta se pusieron en contacto con las 1544 estaciones
meteorológicas que habían operado continuamente entre
1900 y 1949. La incidencia de lluvias fue calculada durante
un mes lunar, o sea, 29,53 días, período de tiempo que se-
para dos Lunas nuevas e incluye en sí las cuatro fases
lunares: Luna nueva, cuarto creciente, Luna llena, cuarto
menguante. Bradley, Woodbury y Brier comprobaron que
la incidencia de lluvia se distribuía irregularmente a lo lar-
go del mes lunar, lo que indica que la Luna, en efecto, in-
fluye en el tiempo:

Puede afirmarse que, cuando se comprueban días de exce-


siva precipitación de acuerdo con la diferencia angular entre
la Luna y el Sol, se nota una pronunciada alteración en la in-
cidencia normal de lluvia. Hay una marcada tendencia a ex-
trema precipitación en Norteamérica que se registra hacia la
mitad de la primera y tercera semanas después de las configu-
raciones de la Luna nueva y llena. Los cuartos segundo y últi-
mo del ciclo lunar resultan, igualmente, deficientes en precipi-
tación; el punto bajo cae unos tres días antes de la fecha del
alineamiento del sistema Tierra-Sol. (véasefig.I.)2

Dos investigadores australianos, E. E. Adderley y E. G.


Bowen, del Departamento de Radiofísica de Sydney, han
comprobado lo mismo en el hemisferio sur: la lluvia más
tupida se observó en cincuenta estaciones meteorológicas
en Nueva Zelanda entre 1901 y 1925 según los mismos da-
tos que en Norteamérica, y se comprobó que ocurría en los
días inmediatamente después de la Luna nueva y la Luna
llena. Este resultado sorprendió tanto a Adderley y Bowen,
que no se atrevieron a publicarlo hasta después de ponerse
en contacto con los meteorólogos norteamericanos3.
En Francia, Mironovich y Viart demostraron, en 1958,
después de minuciosísimas observaciones, la participación
LOS RELOJES CÓSMICOS 163

O (3 ©
tuna llena Cuaao menguan» luna nueva

Fig. 1.—IA LUNA Y LA LLUVIA.


Entre 1900, y 1950, lluvias muy extendidas fueron comprobadas con mis fre*
cuencia por todas las estaciones meteorológicas de los Estados Unidos, en
días antes de la luna nueva y la luna llena. La íigura muestra desviaciones
(según medidas normales) de totales móviles de diez unidades en decimales
sinódicos calculados durante dieciséis mil cincuenta y siete (echas en mil
quinientos cuarenta y cuatro estaciones meteorológicas de Norteamérica, en»
tro 1900 y 1949, divididas en serles distintas de veintinco años para su com-
paración correlativa (según Bradley, Woodbury y Brier, Sclenoe, CXXXVII
11962}, 7481,
164 MICHEL GAUQUELIN

de la Luna en ciertas condiciones atmosféricas conocidas


por el nombre de «obstrucciones». La obstrucción tiene lu-
gar sobre un lugar determinado cuando una zona de altas
presiones impide que se aleje una perturbación. La zona de
altas presiones forma una barrera que obliga al mal tiempo
a dar un rodeo lateral. Los investigadores comprobaron
que durante ciertas fases de la Luna el número de obstruc-
ciones aumenta o disminuye según la época del año. Por
ejemplo, en Europa Occidental, los veranos de 1945 a 1955
no tuvieron una sola obstrucción entre el cuarto creciente
y la Luna llena4. Si esto puede ser confirmado cabrá la
posibilidad de efectuar predicciones meteorológicas suma-
mente precisas con mucha anticipación, ya que las fases
lunares son bastante fáciles de prever por la mecánica ce-
leste.
¿Cómo es posible que la Luna afecte en tal medida a
la lluvia? Una respuesta podría ser la que nos han dado re-
cientemente los satélites artificiales. La pista fue hallada
cuando el satélite «IMP-1» informó que el «viento solar»,
que hasta entonces se creía imposible de contener, era con-
tenido y desviado cuando la Luna estaba en cierta posi-
ción con respecto al Sol. Las partículas cargadas de ener-
gía que salían del Sol caían entonces sobre la Tierra en un
ángulo distinto y de manera distinta también a la que las
teorías aceptadas hasta entonces habían predicho5. Así,
pues, las fases lunares regulan la cantidad de polvo meteó-
rico que cae continuamente sobre nuestra atmósfera6,7. Se
ha demostrado que el polvo meteórico tiene el efecto de
condensar en forma de vapor el agua contenida en las nu-
bes y es, por tanto, capaz de causar lluvias. Esto explicaría
el efecto lunar en las lluvias abundantes. La tradición po-
pular, sin embargo, ha conservado ingenuamente una ob-
servación exacta: los factores cósmicos afectan, ciertamen-
LOS RELOJES CÓSMICOS 165

te, las condiciones atmosféricas. Los meteorólogos moder-


nos no pueden negar este hecho.

La importancia de la actividad solar

Antiguamente, el hombre veía el Sol como una esfera


perfecta, el círculo dorado de los pitagóricos. Pero, ahora,
sabemos que el Sol es una estrella en estado permanente
de efervescencia. Gira en torno de sí mismo y, periódica-
mente, está cubierto de manchas, explosiones abruptas de
gases hirvientes que se lanzan al espacio y cuyos efectos
llegan hasta la Tierra misma. En este sentido, cabe decir
que la Tierra está dentro del radio de la atmósfera solar:
las explosiones que se producen en la superficie solar pro-
vocan interferencias en la electricidad atmosférica de nues-
tro planeta, originan distorsiones en la recepción radiofó-
nica y son causa de tormentas geomagnéticas.
Estas perturbaciones pasajeras del Sol influyen tam-
bién en el tiempo terrestre. El alemán H. Berg y el aus-
tríaco H. Hanzlik encontraron en ellas la explicación de
cambios súbitos en la meteorología temporal que hasta en-
tonces habían resultado inexplicables. Aludimos aquí a lo
que los técnicos llaman «el paso de un frente atmosférico
cálido (o frío)». Esos «pasos» dependen de variaciones en
la presión barométrica, que cambia la dirección de los vien-
tos. Si la presión aumenta, el tiempo, probablemente, me-
jorará; esto es lo que se llama un «anticiclón». Si la pre-
sión baja, es probable que llueva; esta condición recibe el
nombre de «ciclón». Parece ser que el aumento o dismi-
nución de la presión barométrica depende en último tér-
mino de explosiones súbitas en el Sol. Mustel, presidente
del Consejo Astronómico de la Academia de Ciencias de la
166 MICHEL GAUQUELIN

Unión Soviética, ha coleccionado abundante documenta-


ción para demostrar que cuando la superficie solar está en
actividad hay tendencia al desarrollo de anticiclones por
encima de la masa terrestre y ciclones sobre los océanos.
El tiempo, entonces, es bueno en tierra y malo en el mar.
Esta regla, al parecer, es válida en ambos hemisferios si-
multáneamente.
¿Es posible predecir el tiempo a fecha fija y en un lugar
determinado basándose en la actividad solar? Y. Arai, en
Japón, y H. C. Willet, en Norteamérica, parecen haber en-
contrado una respuesta afirmativa. Es preciso decir, sin
embargo, que en cualquier lugar de la Tierra las variables
locales pueden, probablemente, modificar o cambiar por
completo los efectos generales del Sol. La relación entre el
Sol y la atmósfera es tan compleja como la que pueda exis-
tir entre los dos personajes principales de una novela psi-
cológica. Hay otro importante obstáculo: la conducta del
Sol es completamente caótica de un día para otro. Ha sido
imposible encontrar la menor regularidad en su actividad
diaria. Por otra parte, los astrónomos han encontrado ci-
clos regulares de actividad en el Sol que se repiten en pe-
ríodos más largos. Si tales ciclos pudieran ser previstos
con antelación, ¿sería posible preparar predicciones de
tiempo de largo alcance? La respuesta, al parecer, es afir-
mativa si la atmósfera de la Tierra es afectada realmente
por las pulsaciones solares.

El estudio de los tres anillos

El tiempo deja su impronta en la Naturaleza: no sólo


influye el Sol en el tiempo a lo largo de vastos períodos,
sino que, además, deja su huella en la Tierra. Los hombres
LOS RELOJES CÓSMICOS .167

de ciencia han descubierto métodos útiles de averiguar los


efectos de la actividad solar en la temperatura y la lluvia,
métodos que les permiten ahondar en el pasado y recoger
información que puede ser usada para predecir el futuro.
Uno de estos métodos es el llamado dendrocronología, o
sea, el estudio de los tres anillos.
Es bien sabido que el número de anillos que se ven en
un tronco de árbol aserrado corresponden a la edad del
árbol en años. Pero los anillos no son los mismos año tras
año: un año cálido y húmedo deja un anillo grueso, mien-
tras que el anillo estrecho es resultado de un año frío y
seco. De esta manera, se puede reconstruir la climatología
del pasado según el grosor de los anillos. El aspecto más
intrigante de este estudio es que los diagramas preparados
con árboles de diferentes regiones del globo muestran un
parecido innegable entre sí, como si, en efecto, el clima de
la Tierra fuese uniforme. El profesor Douglass, de la Uni-
versidad de Arizona, director del Laboratorio de Investiga-
ción de los Tres Anillos, situado en Tucson, ha estudiado
miles de anillos arbóreos. Durante sus investigaciones, ha
comprobado que el clima terreno que revelan los árboles
sigue muy de cerca el ritmo de la actividad solar. Sobre
todo, el ciclo de once años de las manchas solares, descu-
bierto en 1840 por Schwabe, resultó ser importante: los
anillos de árboles de todo el mundo son más gruesos cuan-
do aumenta el número de manchas solares8. En la Unión
Soviética, Schwedov ha llegado a los mismos resultados
que Douglass, encontrando la misma periodicidad, lo que
significa que las lluvias caen con más abundancia durante
períodos de intensa actividad solar que durante períodos
en que el Sol está inactivo.
168 MICHEL GAUQUELIN

Los relojes de once años

El éxito de la dendrocronología ha estimulado una gran


variedad de investigaciones cuyo objeto es descubrir otros
indicios de que el tiempo sigue un ciclo de once años, bajo
la influencia cronometradora del Sol. Un geofísico francés,
Pierre Bernard, ha perfeccionado un ingenioso método
para descubrir en qué años tienen lugar las peores pertur-
baciones meteorológicas. Construyó seismógrafos de gran
sensibilidad, capaces de registrar los más leves movimien-
tos de la corteza terrestre, o sea, los causados, no por te-
rremotos, sino por vientos, lluvia, olas marinas y, después
de estudiar esto durante varios años, concluyó: «Los años
en que los temblores microseísmicos son más intensos son
aquellos en que se registra un descenso notable de activi-
dad solar.»9
Han sido estudiados muchos otros fenómenos natura-
les relacionados con éstos. El famoso estudio de Lury, «Po-
pular Astronomics», dice que el número de pieles de cone-
jo obtenidas por los tramperos de la bahía de Hudson si-
gue una curva paralela a la de la actividad solar. Brooks ha
demostrado la relación de esa actividad con el nivel del
agua del lago Victoria, en África; de 1902 a 1921, las aguas
subieron cuando el Sol estaba en actividad y bajaron cuan-
do estaba en calma. *10 Las manchas solares han sido com-
paradas con el número de icebergs y también con las ham-
(*) T. London y M. Haurwitz, del Observatorio de Gran Altitud
de Boulder, Estado de Colorado, han demostrado posteriormente
que la correlación no ha sido tan alta en los años crecientes. (Nota
del Autor.)
LOS RELOJES CÓSMICOS 169

bres que se producen en la India por causa de las sequías.


Según el «Bulletin astronómico francés», los años en que
el número de manchas solares es mayor son también de
buenas cosechas de vinos en Borgoña, y los años en que ese
número es menor, la calidad del vino baja. El estadístico
suizo R. Rima obtuvo resultados parecidos al analizar la
produción de vinos del Rin durante los últimos doscientos
años. u Todos estos fenómenos parecen tener el mismo ori-
gen: el tiempo.

Fechando él pasado
Otro método de estudiar el pasado de la Tierra consiste
en analizar los varves, que Edward R. Dewey describe de
esta manera *.
Varves son finas capas de barro depositadas con el paso
de los años. La Naturaleza del material depositado en el in-
vierno es distinta a la del depositado durante el verano, de
modo que un varve depositado un año puede distinguirse del
depositado el año siguiente. Algunos varves son gruesos, otros
finos. Estas diferencias han sido estudiadas con microscopio
y medidas con gran exactitud. De ordinario, se encuentran
varves en el fondo de viejos lagos, muchos en lagos alimen-
tados por glaciares fundidos. Es razonable que en años cáli-
dos, cuando los glaciares se funden más, la cantidad de ma-
terial depositado por el agua del glaciar sea mayor, y el
varve más grueso que en años fríos, cuando el glaciar se fun-
dió menos. Si esto es así, el grosor del varve será, en cierto
modo, un indicio de temperatura. Cualquier regularidad des-
cubierta en el grosor y la tenuidad alterna de los varves
sería, por lo tanto, un posible indicador de los ciclos meteo-
rológicos."

(*) El autor quiere dar las gracias a Edward E. Dewey, direc-


tor de la Fundación para el Estudio de Ciclos de East Brady, Pen-
silvania, por haberle facilitado gran número de documentos saca-
dos de su publicación periódica, Cycles. (N. del A.)
m
170 MICHEL GAUQUELIN

El estudio de estos depósitos fósiles a través de pe-


ríodos geológicos ha resultado de la medición de ciclos de
longitudes diversas. Entre ellos, según el geólogo Zeuner,
el ciclo de once años aparece con mucha frecuencia:

Precámbrico 11.3 años


Devónico superior 11.4 años
Carbonífero inferior 11.4 años
Eoceno 12,0 años
Oligoceno 11.5 años13

«Existen periodicidades hace incluso cientos de millo-


nes de años, o sea, que eran las mismas de hoy con respec-
to a uno de los ciclos más importantes: el de las manchas
solares», escribe G. Piccardi, director del Instituto de Físi-
ca Química de Florencia.M

Una aguja solar marca los siglos

Pero nuevos daton van apareciendo en escena. Roger


Y. Anderson y H. L. Koopmans, de la Universidad de Nuevo
México, publicaron recientemente un artículo titulado
«Análisis armónico de la serie temporal de Varve», en el
que dan resultados un poco distintos de los hallados por
Zeuner. Descubrieron otro ciclo, mucho más largo, de ca-
pas de sedimento. «El período parece que se aproxima a
ochenta y noventa años y coincide con el período de la fre-
cuencia en el espectro de números de manchas solares, al-
gunos espectros de anillos arbóreos y datos climáticos.»I5
¿Qué puede significar esto? Necesitamos más informa-
ción para que las explicaciones nos resulten comprensibles.
El astrónomo suizo Wolf ha descubierto pulsaciones de am-
LOS RELOJES CÓSMICOS 171

plitud mucho más larga que se llaman «ritmos seculares»


porque duraron casi un siglo, entre ochenta y noventa años.
Durante casi cuarenta años, la actividad solar aumenta y
los períodos álgidos de once años se vuelven cada vez más
altos. Luego, la actividad general disminuye durante los
cuarenta años siguientes, para comenzar a aumentar de
nuevo. Estos «ritmos seculares» del Sol se reflejan no sólo
en el grosor de los varves, sino también en otros fenóme-
nos meteorológicos. En 1950, el botánico alemán F. Schne-
Ue publicó un informe que contenía ciertas estadísticas
pintorescasló (Véase fig. 2). Trataba de las fechas de la pri-
mera aparición anual de campanillas de invierno en la
región de Francfort del Main. Las campanillas de invierno
son unas flores que comienzan a abrirse cuando el frío
termina y está empezando la primavera. Entre 1870 y 1950,
la fecha normal de florecimiento de las campanillas de in-
vierno era el 23 de febrero. El botánico calculó cuántos
días antes o después de esta fecha aparecían por primera
vez cada año las campanillas de invierno y encontró una
curva constante que abarcaba los ochenta años de obser-
vación. Durante los primeros cuarenta años, o sea, de 1870
a 1910, las campanillas de invierno aparecieron siempre an-
tes de la fecha media, pero, a partir de 1910, comienzan a
florecer cada vez más tarde, llegando al máximo en 1925,
con casi dos meses de retraso. Entonces, las campanillas de
invierno empiezan a volver, podríamos decir, sobre sus pa-
sos, hasta ahora, cuando florecen de nuevo con cierta anti-
cipación.
¿Cómo explicar la extraña conducta de estas flores? Su
aspecto, naturalmente, lo determinan el rigor y la dura-
ción del invierno. En Alemania, donde el viento sopla siem-
pre del este, el frío es intenso y dura mucho tiempo, y la
vegetación aparece tarde. Los vientos del oeste, por otra
Rg. 2. — CAMPANILLAS BLANCAS Y ACTIVIDAD SOLAR.
Entre 1870 y 1960, las campanillas blancas aparecieron en Alemania con anticipación a su fecha normal, siempre
que la actividad secular del sol era ba¡a (Inviernos cálidos), y con retraso siempre que la actividad secular del
sol era alta (Inviernos duros). (Según V. Mironovitcb, Meteorologische Abhandlungen, IX t1960"¡, 22.)

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174 MICHEL GAUQUELIN

te, 18,64 años), tienen lugar eclipses de Sol y de Luna en


el mismo punto del cielo. Cuando un eclipse oscurece el
cielo en el solsticio de invierno, pasarán diecinueve años
antes de que el fenómeno se repita. Este período era cono-
cido por los caldeos, que lo llamaban Saros y creían que sus
poderes mágicos causarían el fin del mundo. Aunque nin-
gún científico comparte esta creencia hoy en día, sería apre-
surado concluir que el Saros no tiene nada que ver con lo
que sucede en la Tierra. Le Danois, en una tesis que fue
muy popular durante algún tiempo, subrayó la gran impor-
tancia que el Saros puede tener en nuestras vidas. Alegó
que la fuerza gravitacional combinada del Sol y la Luna ac-
túa sobre las mareas, causando grandes perturbaciones en
el agua. Las corrientes que fluyen por los océanos pueden
explicar los cambios de climas durante siglos enteros. Pero
si este argumento puede parecer un poco exagerado, un
estudio reciente, obra de otro ingeniero hidráulico, Paris-
Teynac, muestra un esquema semejante en varios grandes
ríos, sobre todo el Nilo, cuna de la civilización egipcia.
Tenemos datos sobre las mareas del Nilo desde hace
cuatro mil años. El faraón, adorado como «señor del cre-
cimiento de las aguas», daba gran importancia a la canti-
dad exacta de agua que habría en el río cada año, porque
traía riqueza y alimento a su pueblo. Los datos que se con-
servaron casi sin interrupción hasta nuestros días permi-
tieron al príncipe Ornar Tussun reconstruir la biografía
del Nilo a lo largo de varios miles de años. En esos datos
encontramos algunos detalles curiosos sobre los ríos. El
gran río egipcio ha seguida variaciones rítmicas bastante
claras que se acercan a ciertos ciclos astronómicos. Paris-
Teynac ha identificado una variante de once años que pare-
ce estar vinculada al ciclo de las manchas solares. Sobre
todo, ha mostrado períodos de dieciocho años que corres-
LOS RELOJES CÓSMICOS 175

ponden aproximadamente al Saros, que reflejan los inter-


valos entre eclipses de Sol y de Luna. «Es posible —dice—
que el Saros, que los caldeos consideraban tan importante,
haga aumentar el nivel del agua en algunas partes del mun-
do.» í9 Sería útil poder comprobar todos estos primeros re-
sultados en relación con otros grandes ríos africanos, como
el Senegal o el Niger. Desgraciadamente, su historia escri-
ta no es tan antigua como la del Nilo. Los egipcios, que no
conocían las fuentes del Nilo, suponían que este tesoro ve-
nía a ellos directamente desde el cielo. En su himno al dios
solar, el faraón Ekhnatón escribió hace tres mil quinientos
años: «Nos has dado el Nilo en el cielo, para que descienda
sobre nosotros.» Cierto que esto era solamente un sueño,
pero el trabajo de investigadores contemporáneos nos
muestra que el movimiento de grandes ríos puede depender
de los movimientos celestes.

Los planetas y las edades del hielo

Ahondando aún más en el pasado, algunos investigado-


res han tratado de relacionar la influencia gravitacional de
los planetas con las edades del hielo que ha habido, alter-
nándose, en nuestro globo. Cada planeta del sistema solar
afecta al movimiento de la Tierra por su gravedad. Estos
efectos son, por supuesto, muy ligeros en comparación con
los del Sol o la Luna, pero producen cambios en la excen-
tricidad y la inclinación de la órbita terrestre. Estos cam-
bios son extremadamente lentos y pueden ser calculados
remontándonos cien mil años atrás y prediciéndolos du-
rante los próximos cien mil años. No es imposible que pue-
dan tener un efecto profundo en nuestro clima. El astró-
nomo servio M. Milankovitch, en 1938 trató de servirse de
176 MICHEL GAUQUELIN

ellos para explicar la sucesión de épocas glaciales. Las cur-


vas climáticas calculadas por Milankovitch corresponden,
con asombrosa exactitud, a las curvas del avance glacial.
Estas mismas curvas corresponden también a los ciclos de
cambio de temperatura en el océano durante el mismo pe-
ríodo geológico publicados por Hans Suess, de la Univer-
sidad de California, en 1956.
Algunos científicos ponen en duda las cifras publicadas
por Milankovitch, pero tan sólo para poner en su lugar
otras explicaciones cósmicas. Por ejemplo, E. J. Opik, de
la Universidad de Maryland, cree que las responsables de
que la Tierra se enfríe y se caliente son pulsaciones sola-
res de varios miles de años de duración. 20 Otros especia-
listas han salido en defensa del investigador servio. George
Gamov, por ejemplo, de la Universidad de Colorado, ha es-
crito lo siguiente a este respecto:

A pesar de las objeciones de algunos climatólogos, que di-


cen que unos pocos grados de diferencia en la temperatura
no pueden haber sido suficientes para provocar períodos gla-
ciales, parece ser que el viejo servio tenía razón. Por lo tanto,
tenemos que llegar a la conclusión de que, si bien los plane-
tas no influyen en la vida del individuo (como querrían los
astrólogos), afectan a la vida del hombre, los animales y las
plantas durante los largos períodos geológicos.21

Los planetas y la recepción por radio

En 1951, John H. Nelson, analizador de difusión del de-


partamento de comunicaciones de la RCA, recibió el encar-
go de estudiar la calidad de recepción de las emisiones ra-
diadas. Desde hacía algún tiempo se sabía que la calidad de
la recepción depende de la actividad de las manchas sola-
res y especialmente del paso de las manchas más grandes
LOS RELOJES CÓSMICOS 177

por el meridiano. Cuando se hubo comprobado la relación


entre la actividad solar y la recepción por radio, quedó por
explicar una importante discrepancia. Nelson pensó que tal
vez podría explicarse en términos de la posición heliocén-
trica de los planetas, es decir, su posición en relación con
el Sol. Después de muchas observaciones, llegó a la siguien-
te conclusión:

La investigación llevada a cabo en este observatorio desde


1946 ha indicado de manera perfectamente clara que las man-
chas solares, por sí solas, no ofrecen una completa solución
a los problemas planteados. Hay fuertes indicios de que al-
gunas otras fuerzas influyen aquí, además de las manchas
solares. La necesidad de un nuevo sistema de investigación
es evidente. El estudio de los planetas como un nuevo elemen-
to en el análisis de la radiodifusión ha dado resultados alen-
tadores y parece merecer cada vez más profundos estudios.
Una técnica muy desarrollada de predicción del tiempo nos
permitiría pronosticar con varios años de anticipación, ya
que siempre se pueden calcular con22gran exactitud, y por ade-
lantado, los fenómenos planetarios.

Según Nelson, ciertas configuraciones planetarias espe-


cíficas causan perturbaciones en la recepción por radio:
aquéllas en que, en relación con el Sol, los planetas se en-
cuentran o en ángulo recto unos respecto a otros, o en con-
junción o en oposición. En 1963, J. A. Roberts escribió un
artículo en Planetary Space Science Research demostrando
que Venus, Júpiter y Saturno emitían poderosas ondas de
radio que eran recibidas por la Tierra. a En 1966, en un in-
forme dirigido a la Academia de Ciencias de París, el as-
trónomo Michel Trellis adujo pruebas de que el efecto gra-
vitacional de los planetas modula el ciclo de once años de
actividad solar.24 Recientemente, han aparecido obras del
mismo tipo en Estados Unidos y la Unión Soviética, así
como también en Alemania. «Como se ha demostrado que
12—2.795
178 MICHEL GAUQUELIN

los planetas pueden influir en el Sol, hay que admitir tam-


bién la posibilidad de que influyan igualmente en la Tierra,
que está más cerca de ellos que el Sol», escribe el químico
G. Piccardi. *• Entre los hombres de ciencia norteamerica-
nos, E. K. Bigg cree que Venus y Mercurio influyen en las
tormentas magnéticas que se desencadenan en la Tierra.M
Atkinson ha reunido estadísticas que demuestran que tanto
la Luna como Marte ejercen el mismo efecto.a
Éstas y otras observaciones semejantes son todavía di-
fíciles de explicar, pero, en los últimos diez años, los saté-
lites artificiales han revolucionado nuestros conceptos es-
paciales. El extraño efecto de la Luna y los planetas puede
ser debido a las estelas extremadamente largas que dejan a
su paso, conocidas por los especialistas por el nombre de
«colas magnetosféricas». En 1964, A. T. Dessler calculó que
la longitud de la cola magnetosférica de la Tierra era por
lo menos de veinte veces la distancia que hay entre la Tie-
rra y la Luna. Según Bowen, las colas magnetosféricas de
los otros planetas ofrecen la misma distancia en el espa-
cio. 28 Hoy en día, los astrofísicos tienden a pensar cada vez
más que el espacio interplanetario no está vacío, como se
creía hace cincuenta años, sino atravesado por gran núme-
ro de fuerzas, muchas de las cuales no han sido observa-
das aún. Comprimidos entre estas fuerzas, el Sol sobre
todo, pero también la Luna y los planetas, producen a su
vez otras fuerzas y perturbaciones que repercuten en la Tie-
rra.

La Tierra como reloj

El mejor reloj que conocemos es la Tierra misma: gira


en torno a su eje en veintitrés horas y cincuenta y seis mi-
LOS RELOJES CÓSMICOS 179

ñutos, sin fallar. Este período es llamado «día sideral». Los


astrónomos lo han escogido como unidad de tiempo por-
que pensaban que su ritmo invariable no cambiaría nunca.
Recientemente, sin embargo, con ayuda de instrumentos de
increíble precisión, se ha descubierto que la longitud de la
rotación terrestre es variable. El día sideral es unas ve-
ces más largo y otras más corto. La diferencia nunca pasa
de unas pocas milésimas de segundo, pero el hecho innega-
ble es que ni siquiera la Tierra es infalible. Como consecuen-
cia de este descubrimiento, el día sideral fue abandonado
como unidad básica de tiempo. Para encontrar el reloj
exacto que necesita la técnica moderna, los especialistas tu-
vieron que recurrir a los insignificantes intervalos que di-
viden las reacciones atómicas. El átomo ha sustituido a la
Tierra como reloj.
¿Qué cosa causa esta falta de precisión en nuestro anti-
cuado péndulo? Los astrónomos, usando relojes atómicos,
encontraron la causa en el Cosmos; al Sol en la carrera que
ambos realizan por el espacio, la Tierra está rodeada de
fuerzas cósmicas. Todos los cuerpos celesten vecinos ejer-
cen algún efecto sobre ella. La Luna, por medio de las ma-
reas, aumenta la longitud de los días de manera impercep-
tible. Las erupciones súbitas del Sol afectan igualmente a
la rotación de la Tierra, como también, en principio, los
otros planetas. Todos esos efectos constituyen meras frac-
ciones infinitesimales de segundo, pero el fenómeno es, a
pesar de todo, impresionante, teniendo en cuenta cuánta
energía se requiere para «ajustar» una masa del tamaño
de la Tierra. Y si la Tierra puede ser movida caprichosa-
mente en el espacio, ¿qué será del hombre, organismo mi-
núsculo en su insignificancia, que habita en su superficie,
cuando las fuerzas cósmicas se desencadenan?
180 MICHEL GAUQUELIN

NOTAS AL CAPITULO VII

1. F. Schulz, Bio-Dynamics, «Winter», 1941; Cycles, X (1959),


N.° 9, 201.
2. D. Bradley, M. Woodbury y G. Brier, «Limar Synodical Period
and Widespread Precipitation», Science, CXXXVII (1962), 748.
3. E. Adderley y E. Bowen, «Lunar Component in Precipitation
Data», Science, CXXXVII (1962), 749.
4. V. Mironovitch y R. Viart, «Interruption du courant zonal en
Europe Ocidentale et sa liaison avec l'activité solaire», Meteorologis-
che abhandlungen, Vol. VII (1958), N.° 3
5. National Aeronautics and Space Administration, Initial Re-
sülts of the I.M.P.-l Magnetic Field Experiment («Greenbelt», Mary-
land: Goddard Space Flight Center, abril, 1964).
6. E. G. Bowen, «A Lunar Effect on the Incoming Meteor Rate»,
Journal of Geophysical Research LXVIII (1963), N.° 5, 1401.
7. D. Brierly y J. Davies, «Lunar Influence on Meteor Rates»,
Journal of Geophysical Research, LXVIII (1963), N.° 22, 6 213.
8. A. Boischot, Le soleil et la terre (París: «PUF», 1966).
9. P. Bernard, «Le cycle solaire dans l'agitation microséismi-
que, C.R.A.S., CCVI (1938), 1585.
10. C. Brooks, «Variation in the Levéis of the Central African
Lake Victoria», Geophysical Memoirs, N.° 20 (Londres: Departamen-
to Meteorológico, 1923).
11. A. Rima, «Considerazioni su una Serie Agraria Bisecolare:
la Produzione di Vino nel Rheingau, 1719-1950», Geofis. e Meteor,
XII (1963), 29.
12. E. R. Dewey «Cycle Timing Varíes with Latitude», Cycles, IX
(1958), N.° 11, 288.
13. F. E. Zeuner, Dating the Past (Londres; «Methuen», 1950).
14. G. Piccardi, The Chemical Basis of Medical Climatology
(Springfield, III: «Charles Thomas», 1962).
15. R. Anderson y H. Koopmans, «Harmonic Analysis of Varve
Times Series», Journal of Physical Research, LXVIII (1963), N.° 3,
877.
16. F. Schnelle, «Hundert Jahre phanologische Beobachtungen
im Rhein-Main Gebiet», Meteor. Rundschau, 7/8, 1950.
17. V. Mironovitch, «Sur l'evolution séculaire de l'activité solai-
re et ses liaisons avec la circulation genérale», Meteor. Abhandlun-
gen, IX (1960), N.° 3.
LOS RELOJES CÓSMICOS 181

18. Zhan Ze-Zia, Meteo. i Hydrol., Leningrado, N.° 11, pág. 24,
1958.
19. E. Paris-Teynac, «Contribution a la connaissance des fleu-
ves d'Afrique Tropicale et en particulier le Nil», Bull. I.F.A.N., XXV
(1963), I
20. E. J. Opik, «Climatic Change in Cosmic Perspective», Icarus,
IV (1965), 289.
21. G. Gamov, La gravitation (París: «Payot», 1962).
22. J. H. Nelson, «Shortwave Radio Propagation Correlation with
Planetary Positions», R.C.A. Review, XII (1951), N.° 1, 26.
23. J. A. Roberts, «Radio Emission from the Planets», Plane-
tary Space Science Research, XI (1963), N.° 3, 221.
24. M. Trellis, «Sur une relation possible entre Taire des taches
solaires et la position des planétes», C.R.A.S., CCLXII (1966), 312.
25. M. Gauquelin, L'heredité planétaire, con prólogo del profe-
sor G. Piccardi (París: «Planéte», 1966).
26. E. K. Bigg, «Lunar and Planetary Influences on Geomagne-
tic Disturbances», Journal of Geophysical Research. LXVIII (1963),
4 099.
27. G. Atkinson, «Planetary Effects on Magnetic Activity», Trans.
Amer. Geophys, Un., XLV (1964), N.° 24, 630.
28. E. G. Bowen, «Lunar and Planetary Tails in the Solar Wind»,
Journal of Geophysical Research, LXIX (1964), 4 969.
CAPITULO VIII

RITMOS MISTERIOSOS
Una de las propiedades básicas y más misteriosas de la
vida es que depende de ritmos. Se han encontrado diver-
sos ritmos que lo regulan todo, no sólo la vida de los ani-
males, sino también la de las plantas; no sólo el conjunto
del organismo, sino también cada uno de los órganos por
separado, cada célula y hasta los átomos móviles de que se
compone. Pulsaciones rítmicas subrayan todas las reaccio-
nes biológicas, desde los procesos celulares más elementa-
les hasta los del organismo en general. Si examinamos más
de cerca el movimiento de estos ritmos, nos parecen efec-
to de verdaderos «relojes biológicos» que miden la dura-
ción de toda la vida. El protoplasma tiene la notable cualidad
de estructurar el tiempo en períodos regulares. Esto no nos
sorprende en ciertos ejemplos familiares, como los, ritmos
de la respiración, el corazón, o las descargas nerviosas es-
pasmódicas. Pero, ¿cómo se regulan en la Naturaleza los
otros mil y un relojes que funcionan constantemente?
186 MICHEL GAUQUELIN

La necesidad de ritmos

Para todos los seres vivos, sea cual sea su nivel de or-
ganización, el ritmo es tan básico como la vida misma. La
«pérdida de un latido» es siempre peligrosa para el orga-
nismo. Sus funciones esenciales se desorganizan. Si el rit-
mo no vuelve a ser recobrado rápidamente, el organismo
puede morir. Más aún, el organismo no puede vivir si el
ritmo de otro organismo que no coincide con el suyo le es
impuesto artificialmente. Que el ritmo extraño actúa como
si fuera un veneno mortal ha sido demostrado por los re-
cientes experimentos que realizó la biólogo Janet Harker, de
la Universidad de Cambridge1, con cucarachas comunes.
Como resultado de operaciones quirúrgicas muy complejas,
descubrió que «la glándula que la cucaracha tiene en la
cabeza produce una hormona que está asociada, o por lo
menos es parcialmente responsable de la actividad de esos
animales».2 Si la glándula de una cucaracha normalmente
activa es transferida a otra cucaracha cuya actividad ha
sido paralizada largo tiempo por medio de una luz conti-
nua, la segunda cucaracha revivirá al ritmo de la primera,
cuya glándula dirige ahora su conducta. ¿Sobrevive el in-
secto a la intrusión de un ritmo extraño en sus células?
Depende:

Cuando ciertas glándulas subesofagales de cucarachas cuya


actividad está ajustada a la hora normal del día son t r a s -
plantadas a cucarachas cuyos relojes funcionan al mismo rit-
mo, la cucaracha que recibe esa glándula continúa en buen
estado de salud. Pero si las glándulas de cucarachas cuya ac-
tividad se rige según el ritmo normal del día son transplan-
tadas a otras cucarachas cuyos relojes regulatorios han sido
reajustados por medio de ciclos luminosos inverses, la cuca-
LOS RELOJES CÓSMICOS 187

racha que las recibe muere invariablemente de cáncer intes-


tinal. 3
La supervivencia requiere que los distintos ritmos de
nuestro cuerpo estén sincronizados; si no marcan el ritmo
al unísono, causan una enfermedad tan seria como una le-
sión en un órgano determinado.

Clasificación de ritmos

Desde hace mucho tiempo se sabe que los ritmos fisioló-


gicos tienden a ajustarse al medio ambiente. A veces, se
adaptan a los períodos definidos por los movimientos de la
Tierra o por su posición en el espacio. Los tres principales
ritmos ambientales son: el ritmo diario, que depende de la
rotación de la Tierra en torno a su eje cada veinticuatro
horas; el ritmo mensual de la Luna, que gira en torno a la
Tierra; y el ritmo anual de la rotación de la Tierra en tor-
no al Sol. Éstos son los tres reguladores básicos de la vida.
Los organismos pueden ajustarse a un ritmo ambiental
percibiendo los resultados de ese ritmo, como cambios de
luz, temperatura, humedad, etc. Todos los organismos vi-
vos son sensibles a esos cambios. Los efectos del ritmo
anual son conocidos de todos: en primavera, el calor hace
que las flores se abran y los animales comiencen a estar en
celo. Al acercarse el invierno, el frío reduce la actividad:
los árboles pierden el follaje y los animales se meten en sus
guaridas para invernar.
El ritmo diario es también evidente. La mayoría de las
plantas y animales siguen un ritmo de veinticuatro horas
de sueño y actividad. Pero hay muchas variantes en este
esquema básico. La mariposa se guía por la luz del día,
188 MICHEL GAUQUELIN

mientras que el gato y el buho se adaptan a la oscuridad.


Las plantas usan la luz del Sol como fuente de energía y
sintetizan activamente su alimentación durante el día. Las
flores se abren con la luz y cierran sus pétalos por la noche,
pero, en esto, también hay excepciones. Existe, por ejem-
plo, una Selenicereus grandiflorus, cuyas grandes flores
blancas se abren alrededor de medianoche. El ritmo de
veinticuatro horas, sin duda el más importante de todos
los que afectan a la vida terrestre, ha sido intensamente
estudiado por los especialistas. Uno de ellos, F. Halberg,
dice que este ritmo es una adaptación tridimensional «tan
básica como la organización celular estructural en el espa-
cio». 4 A veces, los ritmos diario y anual se complementan
entre sí, produciendo ciclos de exquisita sensibilidad en
ciertas especies animales. Por ejemplo, el pulgón de la alu-
bia puede dar a luz progenie viva o poner huevos, según la
época del año, y la extensión del día en que nacen sus hijos
decide la transición de uno de estos métodos de reproduc-
ción al otro. El profesor Anthony D. Lees, de Cambridge,
ha observado que cuando la luz diurna dura más de cator-
ce horas y cincuenta y cinco minutos, las crías nacen vivas.
Si el día es más corto, aunque sólo sea unos pocos minutos,
las crías nacen dentro de un huevo que la madre, luego,
empollará. Dentro del cuerpo de la hembra del pulgón de
la alubia hay un «reloj» extraordinariamente delicado que
funciona a manera de memoria crónica matemática de in-
finita precisión.

Sorprendentes complejidades

Los ciclos reproductivos de muchos animales acuáticos


se basan en ritmos relacionados con los movimientos de
LOS RELOJES CÓSMICOS 189

las mareas. La marea sube según la posición o en oposi-


ción, su efecto gravitacional se auna, produciendo mareas
mucho más fuertes que las que tendrían lugar si el Sol y
la Luna estuvieran mutuamente en ángulo recto, vistos des-
de la Tierra. Este ritmo regula ciertos relojes biológicos
maravillosamente complejos. He aquí como describe Ra-
chel Carson la extrañísima conducta de cierto pez diminuto
llamado «grunion»:
Ningún animal hace gala de tan exquisita adaptación al
ritmo de las mareas como el «grunion», pez pequeño, relu-
ciente, del tamaño, más o menos, de una mano humana. Gra-
cias a nadie sabe qué proceso de adaptación, a lo largo de
nadie sabe cuántos milenios, este pez ha llegado a conocer
no sólo el ritmo diario de las mareas, sino también el ciclo
mensual según el cual ciertas mareas van más allá, playa
adentro, que otras. Y ha adaptado sus costumbres reproduc-
tivas de tal manera, que la existencia misma de su especie
depende ahora de la precisión de este ajuste.
Poco después de la Luna llena, en los meses de marzo a
agosto, el «grunion» aparece en las aguas de las playas de
California. La marea avanza, cede, vacila, comienza a retirar-
se. Entonces, en estas olas de la marea baja, el pez comienza
a aparecer. Sus cuerpos relucen a la luz de la Luna, llevados
playa adentro a lomos de las olas; yacen, relucientes, sobre
la arena húmeda durante un breve espacio de tiempo; luego,
se lanzan al agua de la ola siguiente y vuelven al mar. Esta
conducta continúa hasta una hora después de que la marea
comience a bajar; miles y miles de estos peces se posan en
la playa, dejando el agua, para volver a ella después. Es así
como se reproduce esta especie.
En el breve intervalo entre dos olas, el macho y la hembra
se juntan en la arena húmeda, ésta para poner los huevos,
aquél para fertilizarlos. Cuando los padres vuelven al agua,
dejan en la arena una masa de huevos enterrados. Las olas
de la marea no los alcanzarán esa noche, porque ya estaba
bajando. Las olas de la marea siguiente tampoco, porque du-
rante cierto tiempo después de la Luna llena la marea de-
tiene un poco su avance, quedando algo más abajo de la
playa que la marea anterior. Los huevos, por tanto, queda-
rán tranquilos durante, por lo menos, unos quince^aías. En la
190 MICHEL GAUQUELIN

arena caliente y húmeda, comienza el desarrollo incubatorio


de los huevos. En el término de dos semanas, tiene lugar el
cambio mágico de huevo fertilizado a larva y, por fin, queda
el pez perfectamente formado, aún confiando en las membra-
nas del huevo, aún enterrado en la arena, en espera de su li-
beración. Con las mareas de la Luna nueva llega ésta. Las
olas cubren los lugares donde estaban los huevos y el agua
penetra profundamente en la playa, removiendo la arena. Los
huevos sienten su contacto frío, las membranas se rompen,
los pececillos salen y las olas liberadoras les devuelven al
mar. 5

Entre las especies acuáticas, el «grunion» no es una ex-


cepción. La misma conducta compleja, cuidadosamente
equilibrada, se encuentra en otros seres vivos. La alga ma-
rrón Dictyota, por ejemplo, sigue a la Luna muy de cerca.
Un fisiólogo de la Universidad de Tübingen, E. Bünning, re- i
sume así su conducta: «La máxima descarga de huevos tie-
ne lugar nueve días después de verse expuesta a la luz lu-
nar. Y la descarga máxima siguiente ocurre después de un
intervalo de quince o dieciséis días.»6 Esta periodicidad
equivale a la mitad de un ciclo lunar. La intensidad de la
luz lunar, en este caso, sirve de cronómetro. Es sorpren-
dente que tan leve rayo sincronice el «ritmo fisiológico lu-
nar» de esta alga; como indica Bünning, la luz de la Luna
es trescientas mil veces menos intensa que la del Sol.' Que
la supervivencia de una plata que, al parecer, es ciega de-
penda de tan infinitesimales cambios de luz indica que los
organismos vivos hacen tremendos esfuerzos por ajustar
sus actividades a los estímulos cósmicos más insignifican-
tes.
LOS RELOJES CÓSMICOS 191

Conductas ininteligibles

Hay una antigua tradición entre los pescadores del Me-


diterráneo según la cual los animales marítimos comesti-
bles, como los erizos de mar, las ostras y las almejas están
«llenos» cuando hay Luna llena y «vacíos» cuando hay
Luna nueva. Aunque esta creencia no ha recibido siempre
el apoyo de la observación científica, se ha demostrado que
es cierta, por lo menos en el caso de cierto erizo de mar
que habita en el mar Rojo, el Centrechinus cetosus:

Durante la buena estación, o sea, de fines de julio a se-


tiembre, cuando hay Luna llena, la sustancia genital es ver-
tida en el mar, para permitir la fecundación. Después de esto,
el tamaño de los ovarios y testículos disminuye. Entonces, co-
mienza de nuevo la producción de células gonádicas, que con-
tinúa durante la Luna nueva y llega a su apogeo con la Luna
llena, cuando los huevos y los espermatozoos están maduros. 8

El ritmo lunar del Centrechinus cetosus es difícil de ex-


plicar; la fuerza de las mareas no basta, como en el caso
del «grunion», ya que en el mar Rojo casi no hay mareas.
La espectacular conducta de varias especies de gusanos
de mar también es inexplicable:
En Bermuda, cuando hay Luna llena en abril, mayo y junio,
cierto gusano de mar atlántico comienza su ritmo de repro-
ducción después de la puesta del Sol. Entonces, las hembras
salen de sus guaridas de coral, nadan hacia la superficie y se
vuelven brillantemente luminosas. Los machos, al parecer, son
atraídos por la luz y entonces comienza el proceso de repro-
ducción. Un ritmo reproductivo parecido es el de la quisqui-
lla Anchistioides, también en aguas de Bermuda, que se re-
produce justo antes de medianoche, dos o tres días antes y
otros tantos después de la Luna nueva.'
192 MICHEL GAUQUELIN

Otro gusano de conducta realmente notable es el llama-


do Palolo o Leodice viridix, que habita en los acantilados
de coral del Océano Pacífico. Durante los meses de octubre
y noviembre, cuando la Luna está en cuarto menguante, la
mitad posterior del gusano, llena de material genital, se se-
para de la mitad anterior. Mientras la mitad anterior si-
gue en el acantilado y muere, la parte genital sale a la su-
perficie del mar como la última fase de un cohete y esparce
allí su contenido. Los huevos y espermatozoos se mezclan
entonces en la marea baja durante varios días seguidos.
Tantos gusanos participan en este proceso de reproducción,
que el mar parece cambiar de color. Durante este período,
los habitantes de Samoa celebran uno de sus grandes festi-
vales, porque encuentran muy de su gusto la carne frita de
este gusano.
Estos son unos pocos ejemplos de que tan extraños rit-
mos existen de veras en los reinos animal y vegetal, ritmos
que están relacionados con ciertos factores cósmicos en
los que participan el Sol y la Luna.

Hacia una explicación sencilla.

Desde hace tiempo, los especialistas han reconocido la


sorprendente precisión de los relojes biológicos, pero has-
ta hace unos pocos años alegaban aún que las causas de
tal precisión no eran tan misteriosas como parecía a prime-
ra vista. Los científicos creían conocer todos los factores
que intervenían en el problema: la intensidad de la luz so-
lar, por ejemplo, era responsable del nacimiento del pul-
gón de la alubia; la intensidad de la luz lunar regulaba la
conducta del alga Dictyota; además, se suponía que la hu-
medad, la temperatura y la fuerza de las mareas controla-
LOS RELOJES CÓSMICOS 193

ban los ritmos de reproducción de plantas y animales; por


último, se consideraba que la presión atmosférica era ca-
paz de ejercer honda influencia en la conducta de los ani-
males.
Estas ideas podían ser comprobadas por medio de ex-
perimentos de laboratorio. Lo único que había que hacer
era colocar un organismo sensible en un ambiente en el
que el esquema natural de luz, temperatura, humedad y
presión fuera ligeramente modificado. En consecuencia, los
ritmos que dependen de esos factores cambiarían también
lentamente hasta adaptarse al esquema artificial. Estos ex-
perimentos han sido realizados. El ritmo de los factores
físicos conocidos en el ambiente ha sido modificado, obser-
vándose entonces un cambio correspondiente en la conduc-
ta del animal. La mayor parte de los resultados obtenidos
variando la intensidad de la luz eran los que se esperaban.
La luz diurna, por sí sola, es un cronometrador importan-
te. Pero no todos los experimentos resultaron satisfactorios
por igual y la verdad es que el aplomo de los científicos ha
sufrido un fuerte golpe. ¿A qué era debido?
El profesor Frank A. Brown se dedicó al estudio del Vea
Pugnax, llamado «cangrejo violinista» porque tiene una
enorme pinza cuya forma recuerda a la del violín. Una ca-
racterística de este animal es que su color es más oscuro al
mediodía y más claro a medianoche. A través de una serie
de experimentos de laboratorio, Brown consiguió invertir
este ciclo de veinticuatro horas, de modo que el período de
luz en el laboratorio correspondiese al de oscuridad fuera
de él, y a la inversa. Como se esperaba, el ciclo cromático
del cangrejo se adaptó a la nueva circunstancia. Pero, como
resultado de nuevos experimentos, los cangrejos fueron si-
tuados en gran diversidad de ambientes y, entonces, co-
menzaron las sorpresas: por muy variados y extremados
13 — 2.795
194 MICHEL GAUQUELIN

que fuesen los cambios ambientales en el laboratorio, el


reloj biológico del cangrejo conservaba, a pesar de todo, su
ritmo de cambios cromáticos. El calor o el frío no ejer-
cían ningún efecto en él. Cangrejos que crecían en ambien-
tes de 47 y 80 grados Fahrenheit conservaban exactamen-
te el mismo ritmo. Más adelante, Brown hizo otros experi-
mentos, recurriendo a venenos, al cianuro, por ejemplo, y
observó los efectos de la parálisis metabólica. Esto le per-
mitió influir en los organismos hasta el punto de detener
casi por completo su funcionamiento. Entonces, se compro-
bó que incluso cuando las demás funciones corporales es-
taban enteramente paralizadas, los relojes biológicos con-
tinuaban funcionando con toda normalidad. Brown conclu-
yó: «En resumen, el reloj demuestra poseer inmunidades
fantásticas a sustancias químicas que influyen en los cam-
bios metabólicos, y también a cambios de temperatura.»10
La misma conducta se observó en experimentos reali-
zados con semillas secas. Bünning ha demostrado que si se
guardan granos secos de semilla en un envase a temperatu-
ra uniforme y luego se extraen unos granos de vez en cuan-
do, el porcentaje de semillas que germinan depende de la
estación del año. Esto es sorprendente, porque las semillas
están muy secas y, por lo tanto, casi en estado de vida sus-
pendida: ¿cómo pueden percibir en qué parte del año fue-
ron extraídas del envase? Y esto no es todo: cuando las se-
millas se guardan a temperaturas extremas que oscilan en-
tre 40 grados bajo punto de congelación y 10 grados Fah-
renheit, su extraordinaria sensibilidad a los cambios de las
estaciones se mantiene intacta.
LOS RELOJES CÓSMICOS 195

¿Es interno el reloj?

Viéndose ante tan extraña conducta, los científicos su-


pusieron que los organismos vivos poseen un reloj interno
de tipo químico. Esto daría una explicación sencilla a fenó-
menos que, de otro modo, resultarían desconcertantes.
Bünning, por ejemplo, era de la opinión de que la semilla
contiene en sus células un «reloj de memoria» heredado
genéticamente, a la práctica inmune a cualquier influencia
del medio ambiente. De esa forma, los ritmos de los orga-
nismos vivos serían causados por factores internos o, en
el lenguaje de los especialistas, serían de carácter endó-
geno.
El profesor Brown describe así la actitud a la que aquí
me refiero:
El organismo es un sistema de relojería completamente
autosuficiente, como, por ejemplo, un buen reloj-calendario
de pulsera. El doctor Colin Pittendrigh y el doctor Víctor
Bruce, de la Universidad de Princenton, piensan que los cro-
nómetros básicos del sistema de relojería son sistemas de
naturaleza oscilantes, físico-químicos, dentro del organismo
mismo; las oscilaciones continúan independientemente de los
cambios rítmicos del medio ambiente del organismo. La du-
ración de los períodos de esos sistemas se consideran here-
dados, y su coincidencia con los períodos naturales geofísicos
refleja cierta adaptación a las condiciones de nuestro planeta
a lo largo de millones de años."

Según esta teoría, el papel de los ambientes cambiantes


del Cosmos queda reducido al mínimo. Durante bastante
tiempo, la mayor parte de los especialistas que estudiaron
los ritmos biológicos aceptaron esta explicación. Incluso
hoy en día, la mayor parte de ellos creen aún que los facto-
196 MICHEL GAUQUELIN

res endógenos son la única causa racional de la conducta


constante de los relojes vivos.

Datos que contradicen la teoría

A pesar de todo, existían ciertos datos que no encajaban


en el conjunto de la explicación. Entre éstos, estaban los
resultados de las investigaciones del doctor Burr, de Yale,
que estudió las variaciones del potencial eléctrico de los ár-
boles practicando dos agujeros en el tronco de un árbol y
metiendo el extremo de un alambre en cada uno. Una co-
rriente eléctrica fue descargada en el alambre, pero el vol-
taje no era siempre el mismo y la corriente iba unas veces
en un sentido y otras en otro. El doctor Burr notó que los
cambios en el potencial de los árboles seguían un ciclo ajus-
tado a los ciclos cósmicos: «De todos los factores externos
que examiné, la fase de la Luna parece ser la única que
guardaba cierta medida de correlación.» Y, sin embargo, el
Sol también parece jugar aquí un papel: «Hay una sorpren-
dente relación entre la actividad cambiante de las manchas
lunares por un lado y los potenciales por el otro.» n
Es como si el árbol contuviera un descifrador eléctrico
capaz de «adivinar» la actividad de los factores cósmicos.
Esta conducta es difícil de reconciliar en términos de una
teoría de ritmo interno. Ni tampoco es fácil ver cómo la
teoría puede explicar los datos hallados por el entomólogo
soviético Tcherbinovsky. Después de comprobar el esquema
migratorio de cuarenta años, encontró una relación entre
la dispersión de estos insectos y la actividad de once años
de las manchas solares. 13 Su compatriota Derjavin observó
que el mismo ritmo solar coincide con cambios en el ritmo
de reproducción y muerte de los esturiones del mar Caspio.
LOS RELOJES CÓSMICOS 197

En las orillas del lago Victoria, donde no hay mareas, Hart-


land-Rowe en 1958 y MacDonald 1956 observaron los es-
quemas rítmicos del desarrollo de ciertos insectos. 14 u Es-
tos ritmos estaban relacionados con las fases de la Luna
por razones que nadie se explica. Hay datos paralelos en el
caso de las rayas del coral llamado Flabellum, que son un
índice de su crecimiento progresivo. Mientras que el ciclo
anual de estas rayas es fácil de explicar, la cosa varía cuan-
do se trata de hallar la causa de las rayas mensuales y dia-
rias:

Las rayas mensuales se deben quizá a una periodicidad re-


productiva relacionada con el ciclo lunar, que ya ha sido ha-
llada en otros corales. Por lo que se refiere a las rayas de
tercer orden (las diarias), no parecen seguir la marea, y su
explicación parece depender de las variaciones diarias de
luz."

Pero el problema es que «hay variedades del mismo co-


ral que viven a gran profundidad, donde la luz del Sol no
penetra. Se ha observado que esos corales tienen también
tres órdenes de rayas. ¿Cómo puede explicarse este fenó-
meno?» La cuestión es: ¿cómo puede mantener el coral su
ritmo a una profundidad donde las condiciones externas
permanecen uniformes y no hay mareas ni luz que puedan
afectar su crecimiento?

La posibilidad de ritmos exógenos

El estado de nuestros conocimientos en este terreno era


bastante confuso hasta que Brown publicó una importante
aclaración. Su éxito se debió al hecho de que en lugar de
ver en las observaciones mencionadas más arriba meras ex-
198 MICHEL GAUQUELIN

cepciones incómodas, las consideró como ejemplos de una


ley positiva. Había indicios de muchas contradicciones en
la doctrina de los «ritmos endógenos». Se podía elegir en-
tre no dar importancia a las contradicciones o usarlas
como punto de partida de una nueva interpretación. Brown
eligió la segunda posibilidad y tuvo una idea notable: estu-
diar la conducta de organismos en condiciones ambientales
perfectamente uniformes. Trató de situar a los animales de
sus experimentos en la misma temperatura, humedad y
presión todo el tiempo posible. Es decir, lo que hizo Brown
fue crear una condición exactamente contraria a la ante-
rior: en lugar de variar el ambiente lo más posible, redujo
completamente las variaciones. Si los partidarios de la teo-
ría de los «ritmos endógenos» tenían razón, no ocurriría
nada de particular en circunstancias de variación reducida;
los relojes internos continuarían con su ritmo milenario.
Brown comenzó sus experimentos en 1956, y desde en-
tonces, sus descubrimientos han ido minando la seguridad
de los que creían en los relojes internos. En condiciones
cuidadosamente controladas, los relojes internos ofrecen
variaciones incomprensibles. Privados de sus «ritmos evi-
dentes» habituales, plantas y animales se conducen de una
manera que indica que se encuentran dominados por rit-
mos nuevos, no percibidos hasta ahora. Confinados en sus
calabozos, esos organismos siguen recibiendo mensajes. Se
dan cuenta constantemente de ciertas modificaciones en el
ambiente geofísico, como si especies de espías pudiesen en-
viar mensajes a través de la rigidez de las «condiciones uni-
formes».
LOS RELOJES CÓSMICOS 199

Relojes que adelantan dos días

Uno de los experimentos de Brown consistió en poner


patatas, zanahorias y salamandras en envases y medir la
actividad metabólica de esos organismos según se revelaba
por la cantidad de oxígeno expulsada, usando un ingenioso
método que él mismo había ideado. A pesar de las condi-
ciones muy poco normales en que los organismos habían
sido colocados, la curva de su «consumo de oxígeno» mos-
traba ciertas correspondencias características con la curva
de presión barométrica fuera del laboratorio dos días des-
pués de cada medición. No sólo eran modificados los relo-
jes biológicos por las condiciones distintas, sino que las
modificaciones parecían guardar relación con futuras con-
diciones externas. «De hecho —escribe Brown—, todos los
seres vivos que estudié en nuestro laboratorio durante es-
tos tres años últimos —de zanahorias a algas y de cangre-
jos a astros y ratas— han mostrado esta capacidad de pre-
decir, con bastante exactitud y de forma que excluye el
azar, el cambio de la presión barométrica con unos dos días
de anticipación.»18
Brown hizo más descubrimientos con éstos y otros tipos
de organismos. Tres años de continua observación de pa-
tatas han mostrado que la actividad metabólica se ajusta
a un esquema diario que consiste en tres puntos álgidos
de consumo, uno cerca de la salida del Sol, otro al medio-
día y otro al acercarse la puesta del Sol. Y, sin embargo,
las variaciones de luz, temperatura y humedad no pueden
ser causa de esos momentos álgidos, ya que estas tres cir-
cunstancias se mantenían constantes en el laboratorio. Un
misterio parecido rodea los descubrimientos de Brown en
200 M I C H E L GAUQUELIN

relación con el día lunar. Según parece, patatas, algas, za-


nahorias, gusanos y salamandras «saben» dónde está la
Luna, si acaba de aparecer en el horizonte, si está en su
cénit o incluso si se está poniendo. «Las semejanzas en
cambios como el del ritmo metabólico según la hora del
día lunar sólo pueden ser explicadas de manera plausible
diciendo que responden a una fluctuación física externa
común a todos esos organismos y que se regula según el
período lunar», comenta Brown. 19 (Véase Fig. 3)

Las ostras y la hora lunar

Todo esto no fue más que el comienzo de los descubri-


mientos del doctor Brown. Con un grupo de ayudantes,
entre los cuales estaban Webb, Bennett, Terracini y Barn-
well, todos ellos de la Universidad del Noroeste, decidió
hincarle el diente al problema de una manera más origi-
nal aún. ¿Qué ocurriría, se preguntaron, si los animales
fueran sometidos a condiciones uniformes, pero vaciando
los factores cósmicos? Para responder a esta pregunta,
Brown puso varias ostras vivas de Long Island en envases
oscuros, cerrados, y las llevó a su laboratorio de Evans-
ton, a mil seiscientos kilómetros de distancia del mar. Cuan-
do llegaron, observó su actividad cronometrando la aper-
tura de las valvas. Al principio, las ostras conservaron su
ritmo natural, abriéndose y cerrándose al ritmo de las ma- Salamandra acuática
reas de Long Island. Pero, al cabo de quince días, Brown Medianoche Mediodía Medianoche
notó que había tenido lugar un cambio de ritmo. Las os- Día lunar
tras se abrían ahora a la hora en que habría habido marea
en Evanston, de estar la ciudad en la costa, es decir, cuan-
do la Luna pasaba por el meridiano de la localidad. Las Rg. 3.—LA VIDA .LUNÁTICA».
Plantas y animales perciben misteriosamente la posición efe h Luna en el
ostras habían abandonado su ritmo, relacionado con ma- cielo. Su actividad metabólica, medida por su consumo de oxigeno, depende
del día lunar, aun cuando no les sea posible ver la Luna. (Según F. A. Brown,
Biological Clocks.J (Boston. Instituto Norteamericano de Ciencias Biológi-
cas, 1962, pág. 20.)
202 MICHEL GAUQUELIN

reas existentes, y respondían a un ritmo exclusivamente


lunar. Habían sido «reajustadas» por una influencia des-
conocida, relacionada con el paso de la Luna sobre el me-
ridiano de Evanston. Y todo esto había ocurrido estando
encerradas en envases oscuros en el laboratorio.20

Sorprendente actividad

El problema siguiente que se planteó Brown fue: ¿cómo


reaccionarían los animales ante condiciones semejantes?
En 1959, él y Terracini demostraron que también las ratas
responden a los movimientos de la Luna. Una rata fue guar-
dada varios meses en una jaula cerrada con luz, tempera-
tura y presión constantes. La rata no podía saber si era de
noche o de día, si la Luna estaba encima o debajo del hori-
zonte. Cuando Brown y Terracini comprobaron la actividad
física de la rata, vieron que sus momentos álgidos de ac-
tividad estaban relacionados con la posición de la Luna: la
rata se mostraba más activa durante las horas en que
la Luna estaba bajo el horizonte. Se movía seis veces más
durante la primera hora del día lunar que durante la un-
décima. Esta periodicidad lunar estaba complementada por
un subesquema que parecía depender de los movimientos
del Sol.21 Este experimento ha sido repetido y confirmado;
en 1962, un estudio de ratones arrojó también nueva luz
sobre estas cuestiones.
También se ha comprobado que los animales son a ve-
ces sorprendidos en equilibrio entre el ritmo de la Luna
y el del Sol, aun cuando estén protegidos contra el efecto
aparente de esos cuerpos celestes. Este descubrimiento lo
hizo Brown experimentando con conejos de Indias duran-
te un período de ocho meses en 1965. Al principio, los roe-
LOS RELOJES CÓSMICOS 203

dores sincronizaban su actividad con la salida y la puesta


del Sol, que era probablemente su ritmo normal hasta que
fueron encerrados en jaulas. Luego, de súbito, el ritmo de
veinticuatro horas cambió, creándose uno nuevo, algo más
largo, que duraba veinticuatro horas y cincuenta minutos.
Este período corresponde exactamente a la duración de un
día lunar, ya que la Luna siempre se levanta cincuenta mi-
nutos más tarde cada día en relación con el Sol. Pero este
nuevo ritmo no se mantuvo constante: a veces, los roedo-
res volvían al ritmo de veinticuatro horas del día solar. Este
esquema de actividad cambió a lo largo del experimento,
siguiendo ora uno ora otro de ambos cuerpos celestes, sin
que supieran la posición de ninguno de los dos en el cielo,
encerrados como estaban en oscuras jaulas experimenta-
les.22

Conocimiento genético

Citaremos un experimento más, publicado por uno de


los colaboradores de Brown.23 Huevos de gallina fertiliza-
dos fueron puestos dentro de una incubadora y se registró
la respiración de los embriones. Durante los primeros cin-
co días de incubación, los embriones mostraron por térmi-
no medio una variación de veinticuatro horas con puntos
álgidos relacionados con la salida del Sol, la Luna y la pues-
ta del Sol, igual que las patatas. Los embriones parecían
darse cuenta de cuándo el Sol se levantaba y se ponía, a
pesar de la iluminación y la temperatura uniformes de su
ambiente. Cuando, al cabo de una semana, los pollos pu-
dieron comenzar a ejercer actividad muscular, el aparato
respiratorio demostró que su actividad aumentaba con la
salida del Sol y bajaba con su puesta, de acuerdo con su
204 MICHEL GAUQUELIN

naturaleza diurna heredada. Evidentemente, el embrión nun-


ca había visto el Sol, pero a pesar de esto el «conocimiento
genético» de esos cuerpos celestes se manifiesta en cuanto
los embriones tienen suficiente edad para reaccionar ante
ellos de manera coordinada. ¿De qué maneras inimaginadas
se filtra este conocimiento por la cascara del huevo y pe-
netra en los diminutos organismos que hay encerrados en
él? Reconocemos aquí y allá un viejo problema, nuevamen-
te planteado. Cualquier explicación que aduzca ritmos pu-
ramente internos parece insuficiente. Hay, por supuesto, un
mecanismo endógeno que permite que ocurran reacciones
orgánicas, pero la condición inicial, el factor que guía las
manecillas del reloj biológico, parece residir muy lejos, en
los movimientos del Cosmos.

Hipótesis sacrilega

Acumulando datos de este tipo, Brown esbozó una hipó-


tesis que, como él mismo dice, era un tanto sacrilega. Ca-
yeron sobre él truenos y rayos del Olimpo científico. Lo
que proponía Brown era que las condiciones ambientales
uniformes del laboratorio no eran tan uniformes como se
había pensado: había algunos factores desconocidos que
procedían del espacio y que los recursos del laboratorio no
podían controlar; su efecto consistía en «reajustar» al or-
ganismo según el tiempo cósmico. Los cangrejos o las os-
tras, por ejemplo, cambiaban su ciclo de actividad para
adaptarlo a «los tránsitos superiores e inferiores de la Luna,
y la única explicación plausible de esto es que esos seres
vivos obtienen información sobre la posición de la Luna
con ayuda de algunos canales sutiles», escribe Brown. 24 La
explicación que sugiere, la de que existen relojes biológi-
LOS RELOJES CÓSMICOS 205

eos, va contra todas las teorías existentes: los ritmos, dice,


son externos, impuestos al organismo por el ambiente cós-
mico y geofísico. Sirviéndonos de su propio símil:

La segunda de ambas posibilidades, por lo que se refiere


al cronómetro básico, es que el organismo puede compararse
más lógicamente con el reloj eléctrico corriente, el cual de
hecho, en cierto modo, no es un reloj propiamente dicho, ya
que no tiene un aparato cronometrador interno. Lo que tiene
es un motor sincronizante que le permite contar las oscila-
ciones eléctricas generadas por la corriente de sesenta ciclos
por segundo y medir el tiempo con ayuda de esa informa-
ción. Es decir, que, según esta segunda hipótesis, los diversos
relojes que hay dentro del organismo están ajustados25según
el ambiente normal rítmico geofísico de este planeta.

En un artículo publicado en Science, en 1959, Brown


afinó su pensamiento, expresándose de la siguiente manera:

Durante estos últimos seis años, el número creciente de


pruebas de que existen relojes internos completamente autó-
nomos, sumamente heterodoxos e incluso increíbles en térmi-
nos de nuestros conocimientos actuales defisiología,ha hecho
necesario revisar la hipótesis provisional de que se trata de
relojes independientes o de un «sistema cerrado».

La hipótesis que parece más plausible en vista de tales


pruebas, añade, «es que el reloj comprende un "sistema abier-
to" y que la cronometración de los períodos que persisten
en condiciones llamadas constantes se deriva de una reac-
ción continua del organismo viviente con su ambiente geo-
físico rítmico».
Era en verdad increíble suponer que influencias proce-
dentes del espacio pudieran penetrar en el interior de los
laboratorios y desequilibrar condiciones experimentales cui-
dadosísimamente controladas. De hecho, la formulación de
esta teoría provocó intensos debates en los círculos cientí-
206 MICHEL GAUQUELIN

fieos. Era de esperar que hombres de ciencia que habían


formulado una teoría de ritmos endógenos basada en tan-
tos experimentos ingeniosos fueran difíciles de convencer
sobre la importancia de los ritmos exógenos. El debate, aun-
que siempre cortés, fue, sin embargo, muy apasionado, con
cierta dosis de humor. Cabe mencionar a este propósito la
advertencia que L. C. Colé hizo a sus colegas sobre el uso
excesivo de números; Colé demostró que las estadísticas
pueden usarse para probar cualquier cosa, y con ayuda de
ellas consiguió descubrir el «ritmo exógeno» del unicornio.
No cabe duda, concluyó, de que algunos de los llamados
ritmos exógenos son tan imaginarios como el unicornio
mismo. n
En conclusión, nos hallamos ante una cuestión básica:
¿cuáles son esas fuerzas desconocidas ante las que los ani-
males y las plantas reaccionan de manera tan inmediata?
¿Pueden ser explicadas? ¿No es preciso suponer una sen-
sibilidad fantástica por parte de los organismos vivos, una
sensibilidad de la que hasta ahora no nos habíamos dado
cuenta? Brown mismo dice: «Los factores responsables de
esto son, probablemente, muy sutiles. Una cuestión crítica
de este problema es si el organismo posee sensibilidad ade-
cuada para percibir fluctuaciones en fuerzas geofísicas su-
tiles y penetrantes.» n Ya se ha demostrado que esas fuer-
zas sutiles no son las fuerzas cronometradoras evidentes,
como la luz, la temperatura, la presión. ¿Cuál es, pues, la
identidad de los misteriosos factores cuya existencia postu-
la Brown?
LOS RELOJES CÓSMICOS 207

Audaz experimento
Los físicos y los astrónomos saben desde hace mucho
tiempo que el campo magnético de la Tierra varía según la
posición del Sol y de la Luna con respecto a la Tierra. El
extremo magnetizado de la aguja de una brújula se vuelve
hacia la Tierra, pero cuando llegan a la Tierra los efectos
de una erupción de manchas solares, la aguja vacila y re-
gistra esas «tormentas magnéticas». Gracias a datos exac-
tos que se guardan en los observatorios se pueden perci-
bir los cambios más insignificantes. En 1940, Chapman y
Bartels descubrieron que la intensidad y dirección de los
campos magnéticos sufren modulaciones de hora en hora
relacionadas con el día y el mes lunares.* Recientemente,
tres astrónomos británicos, Leaton, Malin y Finch, han pre-
cisado más una acertada confirmación de su descubrimien-
to. M Los animales son capaces de seguir el movimiento de
los relojes lunares y solares sin tener contacto visual con
ellos. Relacionando estos dos datos, Brown formuló la si-
guiente hipótesis: quizá los organismos reaccionan ante
factores geofísicos que se derivan de la posición relativa
de esos dos cuerpos celestes, como, por ejemplo, el mag-
netismo terrestre. Si esto es así, el organismo animal sería
una especie de «magnenómetro viviente», capaz de reaccio-
nar de la misma manera que el instrumento del mismo
nombre de los geofísicos.
Un primer experimento, realizado con varios animales
pequeños, produjo resultados esperanzadores. Resultó de él
una correlación entre el metabolismo de esos animales, me-
dido por su consumo de oxígeno, y las variaciones geomag-
néticas registradas simultáneamente por los observatorios.
208 MICHEL GAUQUELIN

Estos animales no sólo tenían un reloj biológico capaz de


regular su nivel de actividad en cualquier momento, sino
que también parecían tener una «aguja biológica de brú-
jula» que les permitía orientarse en el espacio. Y esta agu-
ja biológica de brújula —como la metálica —fluctuaba de
acuerdo con ritmos solares y lunares. Pero estos primeros
resultados necesitaban confirmación. Con objeto de com-
probar la existencia de tal sensibilidad, Brown ideó una
serie de ingeniosos experimentos. Desde 1959, se dedicó a
estudiar, con sus asistentes, la conducta de animales pues-
tos en el campo geomagnético según orientaciones bien de-
finidas. 31
La audacia de estos experimentos consiste en el hecho
de que el campo geomagnético es sumamente débil. Mucho
antes, otros investigadores fracasaron en el intento de en-
contrar reacciones animales incluso con el uso de campos
magnéticos cien veces tan fuertes como los normales que
nos rodean. A estos investigadores, les pareció evidente que
Brown y sus asistentes no conseguirían ningún resultado
con sus condiciones de experimentación. Esperar que con-
siguieran algo concreto sería como creer en la posibilidad de
que un faro sea invisible precisamente porque es demasia-
do luminoso, o que un cuerno de caza sea inaudible por
ser demasiado sonoro. Pero la analogía de luz y sonido no
es siempre exacta; a veces, los organismos reaccionan de
manera más inmediata a niveles de energía más débiles que
se encuentran en la Naturaleza, y las variaciones del mag-
netismo terrestre pertenecen a este grupo. Las intensidades
magnéticas usadas con exceso en experimentos anteriores
sólo sirvieron para colmar al animal, incapacitándole para
32
reaccionar.
LOS RELOJES CÓSMICOS 209

La brújula biológica

Brown y sus colegas comenzaron sus estudios con un


pequeño molusco llamado Nassarius, que se parece a la ba-
bosa y vive en charcos en las playas. Estos animales fueron
escogidos por causa de la lentitud de sus movimientos. El
ambiente experimental, como se ve en la Fig. 4* era senci-
llo, pero original. Los moluscos eran colocados dentro de
un recipiente que contenía dos centímetros de agua. Po-
dían salir del envase por el cuello del recipiente pero sólo
de uno en uno. Según iban saliendo, un indicador en forma
de abanico permitía al experimentador medir el ángulo de
dirección de cada animal al salir de su prisión. De esta
manera, eran observadas las salidas de los treinta y tres
mil Nassarius. Algunos salían hacia la izquierda, otros ha-
cia la derecha, y algunos iban derechos. Cuando los inves-
tigadores sometieron el esquema de orientación de salida
al análisis matemático se vio que la dirección del Nassa-
rius al salir dependía de la hora que era. Por la mañana, el
molusco solía girar hacia la derecha; a otras horas, la ten-
dencia hacia la izquierda era más frecuente. Ciertos com-
ponentes del magnetismo terrestre cambian también en el
transcurso del día. Continuando sus experimentos durante
el verano de 1952 Brown y sus asistentes descubrieron
que el ritmo de orientación de los moluscos es afectado por
la fase del mes lunar, igual como le ocurre a la aguja sen-
sible del geofísico.
Un experimento posterior, con unos gusanos pequeños
de agua dulce llamados Planaria, produjo resultados seme-
jantes. El gusano era influido por las fases de la Luna:
con la Luna nueva, se volvía a la izquierda, diez grados al
14-2.795
210 MICHEL GAUQUELIÍí

Ffg. 4.—IA INFLUENCIA DE LA LUNA EN lA BRÚJULA BIOLÓGICA DE LOS


PLANARIA.
Dentro del campo magnético terrestre, ios gusanos, el salir <Je! reclntot no
siempre se vuelven en la misma dirección. Su dirección depende'de la tase
lunar. El Indicador situado a la salida del corral muestra que, cuando hay
luna nueva, tienden a volverse hacia la Izquierda, a unos diez grados al Nor-
te; cuando hay luna llena, tienden hacia la derecha, (Según F. A. Brown,
Disoovery, noviembre, 1963,}
LOS RELOJES CÓSMICOS 211

norte, mientras que, cuando había Luna llena, se volvía el


mismo número de grados, pero hacia la derecha. Además,
aunque también se podía cambiar la orientación del campo
magnético de la Tierra artificialmente, los animales sabían
siempre orientarse en circunstancias muy cambiadas y dis-
criminaban dentro de un margen de quince grados la orien-
tación del campo.
Posteriormente, se ha demostrado en muchos laborato-
rios que otros organismos muestran también una extraor-
dinaria sensibilidad al magnetismo. J. D. Palmer, de la Uni-
versidad de Illinois, observó esto en animales de menos
de un milímetro de tamaño llamados Volvox. Armándo-
se de paciencia, se dedicó a observar, con ayuda de un mi-
croscopio, a siete mil Volvox en un recinto con una salida
diminuta y llegó a la conclusión de que su dirección no era
guiada por el azar, sino que seguían ciertas orientaciones.33
En Alemania, G. Becker ha demostrado que insectos como,
por ejemplo, las moscas no se posan en dirección casual,
sino a lo largo de ciertas líneas de fuerza magnética terres-
tre. Las explicaciones dadas por Yeagley en 1947 sobre el
regreso de las palomas siguiendo líneas magnéticas34 han
sido formuladas otra vez sobre una base nueva; ahora, pa-
rece ser que las palomas tienen una extraordinaria sensibi-
lidad al magnetismo. Quizá todo el problema migratorio,
que lleva tanto tiempo resistiéndose a toda explicación sa-
tisfactoria, no tarde en encontrar una solución en estos tér-
minos.

Percepción eléctrica

Pero el magnetismo no es el único sentido adicional


cuya existencia ha sido descubierta recientemente en los
212 MICHEL GAUQUELIN

animales; hay otros que permiten al organismo recibir del


espacio mensajes hasta ahora desconocidos. Los animales
son sensibles también a toda la gama de ondas electromag-
néticas. Por ejemplo, se pudo comprobar que la conducta
del ratón cambia como reacción a radiaciones muy débiles
de gamma, en un experimento llevado a cabo por Brown
en colaboración con Y. H. Park y J. R. Zeno. 35 Las radia-
ciones de gamma son ondas electromagnéticas muy cortas,
llevadas a, la Tierra por rayos cósmicos que provienen de
todos los rincones del Universo; su debilidad se debe a que
se filtran por nuestra atmósfera, que impide a esos rayos
llegar a la superficie de la Tierra en cantidades que pudie-
ran sernos nocivas.
El efecto de los campos electrostáticos también ha sido
estudiado. Los campos electrostáticos se desarrollan en
torno a cuerpos eléctricamente cargados. «Se ha demostra-
do —escribe Brown—

que animales como los caracoles y los planarianos son capa-


ces de resolver diferencias en campos electrostáticos del
mismo orden de fuerza que los que son constantemente sub-
yugados por la Naturaleza. Todo indica que la cosa viva tiene
más de cien veces la sensibilidad que sería necesaria, por
ejemplo, para «percibir» el campo eléctrico creado por una
tormenta a kilómetros de distancia, en el horizonte».34

Al otro extremo del espectro, H. L. Konig, de Munich,


ha podido demostrar, con ayuda de instrumentos sensibles,
que la atmósfera contiene ondas de frecuencia extremada-
mente baja (una a diez Hertz), pero de gran longitud, dece-
nas y hasta cientos de miles de kilómetros. En la superfi-
cie, esas ondas parecen tener muy poca energía y, sin em-
bargo, influyen en el brote del trigo, el crecimiento de las
bacterias y la actividad de los insectos." Una de sus carac-
LOS RELOJES CÓSMICOS 213

terísticas es que nada puede detenerlas, ni siquiera los mu-


ros más gruesos. Otra es que dependen de fenómenos cós-
micos; tanto la salida del Sol como las erupciones solares
crean abundancia de estas ondas. Las semillas, las bacte-
rias y los insectos parecen «conocer» esto, y regulan sus
ritmos vitales en consecuencia.

Percepción gravitacional

Algunos científicos no vacilan en afirmar que los anima-


les también están provistos de un «ojo gravitacional». La
gravedad participa en todo; no hay nada en la Tierra que
pueda escapar a sus efectos, y también parece inmune a la
influencia del hombre; los hombres de ciencia tropiezan
con innumerables dificultades cuando tratan de crear gra-
vedad artificial en sus laboratorios. Hay instrumentos que
registran los más ligeros cambios de las fuerzas de la gra-
vedad. Es evidente que la masa de ciertos cuerpos celes-
tes, como el Sol y la Luna, influye mucho en nuestro globo.
Si no fuera por la fuerza de la gravedad del Sol, la Tierra
se perdería en las soledades heladas del Cosmos. La Luna,
al pasar sobre el meridiano de cualquier lugar terrestre,
causa mareas no sólo en los océanos, sino también en la
atmósfera y en la Tierra. Todas las cosas vivas, por peque-
ñas que sean, reaccionan en cada una de sus células ante
la fuerza gravitacional que va a la zaga de los movimien-
tos del Sol y de la Luna. Mientras que a escala global esas
fuerzas son considerables, su efecto es infinitésimamente
pequeño al nivel de las cosas vivas.
Antes de que Brown hiciera sus descubrimientos, nadie
hubiera soñado con buscar efectos biológicos vinculados
con tan tenues influencias. Recientemente, sin embargo,
214 MICHEL GAUQUELIN

F. Schneider, biólogo de Zurich, comenzó a investigar si los


organismos vivos se conducen como gravímetros ultrasen-
sibles, ajustando sus relojes según los cambios de la gra-
vedad. Su primer éxito consistió en demostrar que los abe-
jorros reaccionan tanto ante las fuerzas magnéticas como
las gravitacionales.38 Metido en un envase de lados opacos,
un enjambre de estos insectos reaccionó ante la aproxima-
ción invisible de una masa de plomo de ochenta o más li-
bras de peso. Esta reacción sigue siendo difícil de explicar,
pero Schneider concluyó:
A falta de explicación más satisfactoria, es preciso admi-
tir que estos insectos perciben modificaciones en la distribu-
ción de las masas en su vecindad inmediata. Como en estos
experimentos los campos de gravedad del Sol y de la Luna
son más fuertes que la del de la masa de plomo, parece pro-
bable que el movimiento de estos cuerpos celestes tenga un
efecto correspondiente en la conducta de esos animales.39

Según Schneider, el insecto puede tener una percepción


«ultraóptica» de la gravedad que le permite seguir los mo-
vimientos del Sol y ajustar a ellos su reloj biológico.

Ritmos sutiles

La conducta en apariencia misteriosa de organismos ais-


lados en laboratorios comienza a tener alguna explicación.
La cuestión de si los relojes internos son sistemas cerra-
dos que funcionan independientemente del ambiente o sis-
temas abiertos que pueden ser adelantados o atrasados por
por fuerzas exteriores a ellos ha sido formulada de ma-
nera completamente nueva. Los relojes biológicos no fun-
cionan en circuitos cerrados; esto, naturalmente, no excluye
el hecho de que tengan una existencia propia dentro de los
LOS RELOJES CÓSMICOS 215

organismos mismos. Parece ser que estos dispositivos cro-


nometradores internos pueden ser ajustados y reajustados
por fuerzas externas: cambios sumamente pequeños en la
electricidad atmosférica, en el magnetismo de la Tierra o
en campos de gravedad. De hecho, todas las cosas vivas,
animales o vegetales, cuando están privadas de los «ritmos
evidentes» impuestos por la luz, la temperatura o la pre-
sión, parecen volverse extremadamente sensibles a los «rit-
mos sutiles» de origen cósmico recientemente descubier-
tos. Los hombres de ciencia han comenzado a aceptar la
idea, hasta hace poco considerada increíble, de que las
influencias del espacio penetran en todas partes, hasta en
los laboratorios más protegidos, influyendo en todos los or-
ganismos, incluso en los que están situados en ambientes
en apariencia uniformes. De hecho, los resultados demues-
tran que no hay condiciones realmente uniformes en la
Tierra.
Entre los seres humanos, han sido observados desde
hace ya algún tiempo cambios importantes en el ritmo bio-
lógico que pueden estar relacionados con sucesos que tie-
nen lugar en el espacio cósmico. Ahora, pasaremos a con-
siderar las consecuencias de esos fenómenos en el hom-
bre.

NOTAS AL CAPITULO VIII

1. J. Harker, «Diurnal Rhythms in the Animal Kingdom», Bio-


lógica! Review, XXXIII (1958), I.
2. F. A. Brown, Jr., Biológica! Clocks (Boston: Instituto Nor-
teamericano de Ciencias Biológicas, 1952).
3. Ibid.
216 MICHEL GAUQUELIN

4. F. Halberg, «Physiological Twenty-four-hour Rhythms: A De-


terminant of Response to Environmental Agents», en Man's Depen-
dence on the Earthly Atmosphere (Nueva York: «Macmillan», 1962).
5. R. L. Carson, The Sea Around Us (Oxford University Press,
1950).
6. E. Bünning, The Physiological Clock (Berlín: «Springer»,
1964).
7. Ibid.
8. A. Reinberg y J. Ghata, Rythmes et cycles biologiques (Pa-
rís: «PUF», 1957).
9. F. A. Brown, Jr., op. cit.
10. Ibid.
11. Ibid.
12. H. S. Burr, «Tree Potential and Sunspots», Cycles, octubre,
1964, 243.
13. N. S. Tcherbinovsky, «Actividad cíclica del Sol y el ritmo de
multiplicación de organismos masivos», The Earth in the Vniverse
(en ruso) (Moscú: 1964).
14. R. Hartland-Rowe, «The Biology of a Tropical Mayfiy, Povi-
lla Adusta Navas, With Special Reference to the Lunar Rhythm of
Emergence», Rev. Zool. Botan. Africaine, LVIH (1958), 185.
15. W. W. MacDonald, «Observations on the Biology of Chaobo-
rids and Chironomids in Lake Victoria», Journal of Animal Ecolo-
gy, XXV (1956), 36.
16. «Coraux fossiles et votation de la Terre», Atontes, CCXXXIV
(1966), 429.
17. Ibid.
18. F. A. Brown, Jr., «The Rhythmic Nature of Animáis and
Plants», American Scientist, XLVII (1959), N.° 2, 164.
19. Biological Clocks, op. cit.
20. «Persistent Activity Rhythms in the Oyester», American
Journal of Physiology, CLXXVII (1954), 510.
21. F. A. Brown, Jr., y E. Terracini, «Exogenous Timing of Rat
Spontaneous Activity Periods», Proceedings of the Society of Expe-
rimental Biological Medicine, CI (1959), N.° 3, 457.
22. F. A. Brown, Jr., «Propensity for Lunar Periodicity in Hams-
ters», Proceedings of the Society of Experimental Biological Medi-
cine, CXX (1965), 792.
23. L. G. Johnson, «Diurnal Patterns of Metabolic Variations
in Chick Embryos», Biological Bulletin, CXXXI (1966), N.° 2, 308.
24. F. A. Brown, Jr., Biological Clocks, op. cit.
25. Ibid.
26. F. A. Brown, Jr., «Living Clocks», Science CXXX (1959), 1535.
LOS RELOJES CÓSMICOS 217

27. L. C. Colé, «Biological Clock in the Unicorn», Science,


CXXV (1957), 874.
28. F. A. Brown, Jr. Biological Clocks, op. cit.
29. J. Bartels y S. Chapman, Geomagnetism («Oxford Universi-
ty Press»: 1940).
30. Leaton, Malin y Finch, «The Solar and Luni-Solar Variation
of the Geomagnetic Field at Greenwich and Abinger, 1916-1957»,
Obs. Bull. G. B., Lili (1962), D 273-D 318.
31. F. A. Brown, Jr., «How Animáis Respond to Magnetism»,
Discovery, noviembre, 1963.
32. M. Gauquelin, «Effets biologiques des champs Magneti-
ques», Année Biologique, V (1966). 595.
33. J. D. Palmer, «Organismic Spatial Orientation in Very Weak
Magnetic Fields», Nature, CXCVIII (1963), 1061.
34. H. L. Yeagley, «A Preliminary Study of a Physical Basis of
Bird Navigation», Journal of Applied Physics, XVIII (1947), 1035.
35. F. A. Brown, Y. Park y J. Zeno, «Diurnal Variation in Orga-
nismic Response to Very Weak Gamma Radiation», Nature, CCXI
(1966), 830.
36. F. A. Brown, Jr., Biological Clocks, op. cit.
37. H. Konig y F. Ankermüller, «Über den Einfuss besonders
niederfrequenter elektrischer Vorgange in der Atmosfare auf den
Menschen», Naturwissenschaft, XXI (1960), 483.
38. F. Schneider, «Die Beeinflussung der Ultraoptischen Orien-
terung der Maikafer durch Veranderung des lokalen Massenvertei-
lungsmusters», Revue Suisse de Zoologie, LXXI (1964), 632.
39. Ibid.
CAPÍTULO IX

LOS S E N T I D O S D E S C O N O C I D O S
DEL HOMBRE
Los científicos comenzaron a estudiar con vacilación los
efectos de los fenómenos cósmicos en el hombre por temor
a identificarse con creencias pasadas de moda y supersti-
ciones. Pero el progreso de la ciencia hizo inevitable que la
cuestión se plantease de nuevo; no había otra alternativa,
ya que es obvio que el organismo humano está regido tam-
bién por ritmos externos tantos como internos. Hay ritmos
de estación y diarios, naturalmente, pero también hay otros
ritmos más misteriosos. La nueva historia de las influen-
cias del cosmos en el hombre comenzó poco después de la
Segunda Guerra Mundial.

La aventura de los doctores Faure y Sardou

En 1920, en el sur de Francia, vivía un médico, el doc-


tor Faure, quien un día observó algo muy sorprendente.
Así lo narra él mismo:

Fue en Niza, una ciudad donde acababa de ser instalado el


teléfono automático... Ciertos días, los aparatos no funcionaban
o funcionaban caóticamente durante unas pocas horas, aunque
nada en el mecanismo explicaba el porqué. De pronto, la línea
222 MICHEL GAUQUELIN

se ponía de nuevo en funcionamiento sin ayuda humana algu-


na. A mí me sorprendió bastante que me dijeran que esas per-
turbaciones temporales del teléfono iban acompañadas de un
aumento en el número de enfermedades y precedidas por cier-
tas perturbaciones atmosféricas. Uno de aquellos días en que
el teléfono llevaba ya algún rato sin funcionar como es debido
leí en el periódico que una fuerte tormenta magnética en los
Estados Unidos había interrumpido durante varias horas la co-
municación telefónica y telegráfica. Cuando pregunté a Mon-
sieur Vallot (un astrónomo) sobre la cuestión, me dijo que esas
perturbaciones no tenían nada de raro y que también afec-
taban la estabilidad de las brújulas, la aparición de las luces
nórdicas, temblores seísmicos, erupciones volcánicas, etc. Según
él, una de las causas más probables de esas perturbaciones
magnéticas era el paso de grandes manchas solares a través
del meridiano. Así, pues, nos pusimos de acuerdo para investi-
gar juntos si el paso de las manchas solares coincidía también
con el recrudecimiento de las enfermedades humanas.
El doctor Sardou, que se enteró de nuestro proyecto, nos
ofreció su colaboración y los tres comenzamos nuestras pri-
meras investigaciones. Vallot, en su laboratorio de Mont Blanc,
observaba el paso de las manchas solares. Al mismo tiempo,
el doctor Sardou estudiaba los casos de enfermedad observa-
dos en Niza, en la costa del Mediterráneo, mientras yo hacía
lo mismo en Lamalou, cerca de los montes de Cevennes, al
borde mismo de la meseta central de Francia. No nos comuni-
cábamos mutuamente nuestras observaciones, pero cuando
comparamos los resultados después de 267 días de incesante
observación, estaba claro que había una secuencia cronológica,
es decir, que las 25 transiciones de manchas solares eran segui-
das en veintiún casos por una clara incidencia de morbo... Más
tarde, noté también que el número de muertes repentinas du-
rante el paso de las manchas solares era el doble de grande
que en cualquier otro momento. 1

Los descubrimientos de Faure, Sardou y Vallot fueron


comunicados a la Academia de Medicina de París el 4 de
junio de 1922. Esta fecha marca el comienzo de la histo-
ria moderna de las influencias cósmicas en el hombre.
LOS RELOJES CÓSMICOS 223

La historia de Tchijevsky

Al mismo tiempo, A. L. Tchijevsky, un profesor de His-


toria que vivía en Moscú, estaba estudiando minuciosamen-
te los antiguos cronicones de su país. Le sorprendieron los
aparentes ritmos que revelaban los sucesos cíclicos de la
Humanidad: los movimientos sociales de la historia, las
epidemias, etc. Un día, se le ocurrió la idea de relacionar
la actividad periódica de las manchas solares con los dife-
rentes fenómenos que hasta entonces no habían podido ser
explicados por una ley conocida. Después de muchos años
de trabajo, Tchijevsky reunió una detallada serie de inci-
dentes sociales que se repetían y la fue comparando con la
fluctuación en el número de manchas solares. El estudio
que redactó sobre esto es un examen verdaderamente para-
noico de la historia, en el que relaciona las curvas de la
actividad solar con guerras, revoluciones y emigraciones
desde el año 500 a. de C. hasta el 1900 de nuestra era. Tchi-
jevsky concluyó su análisis indicando que las epidemias psí-
quicas coinciden con los momentos de máxima actividad
solar en un 72 por ciento de los casos y con descensos de
actividad solar sólo en un 28 por ciento.2
Para Tchijevsky, hasta la emigración de los judíos a los
Estados Unidos siguió un determinismo cósmico, igual que
la alternancia de Gobiernos conservadores y liberales en
Inglaterra. Durante el siglo que transcurrió entre 1830 y
1930, los liberales, según él, han estado en el poder durante
auges de manchas solares, y los conservadores en períodos
en que esas manchas escaseaban. Según Tchijevsky, la ac-
tividad solar estimula la inquietud y fue ésa inquietud so-
cial lo que indujo a los judíos a buscar una vida nueva al
224 MICHEL GAUQUELIN

Número de
muertes
250

'
200

150 N

100

¡I \
A s/ VV AL

iM A
50 A £
4

1860 1880 1900 1920 Años

Frecuencia de muertes debidas, a la viruela Número de manchas solares IR)

Fig. 5.—EPIDEMIA DE VIRUELA EN CHICAGO Y MANCHAS SOLARES.


Según Tchijevsky, el número máximo de muertes por causa de la viruela
con anterioridad al descubrimiento de la vacuna coincidió con momentos de
máxima actividad solar a través de varios ciclos consecutivos. (Según Berg,
Symposium Internationale sur les Relations Phénomenales Solaires et Ter
restrialesj (Bruselas: Presses Académiques Européennes, 1960, pág. 164.)

otro lado del mar y el electorado inglés a votar por candi-


datos menos tradicionalistas.
Pero Tchijevsky no se detuvo aquí. Reunió también in-
formación sobre las grandes epidemias que habían diez-
mado la población de Rusia y el resto del mundo. Sus re-
LOS RELOJES CÓSMICOS 225

sultados son realmente impresionantes: las grandes plagas,


la difteria y el cólera que azotaron a Europa, el tifus ruso
y la epidemia de viruelas que se cernió sobre Chicago pa-
recían ser consecuencia de la periodicidad de once años
del Sol. El investigador afirma que los momentos álgidos
de actividad solar parecen afectar adversamente la vida te-
rrestre. Las epidemias tendían a aparecer en años de acti-
vidad máxima y a ceder cuando el Sol se tranquilizaba 3
(Véase Fig. 5)
A Tchijevsky, la publicación de su obra en la Unión So-
viética le acarreó grandes dificultades. Durante el período
entre ambas guerras mundiales, Rusia estaba bajo la rí-
gida égida de Stalin, y la afirmación de que las manchas
solares podían influir en la vida humana fue considerada
como un mentís a algunas de las doctrinas del materialis-
mo dialéctico. En consecuencia, Tchijevsky fue enviado a
Siberia para que meditase sobre el peligro de abandonar
los caminos trillados de la ciencia y desbrozara terreno
nuevo. Sin embargo, cuando Kruchev subió al poder, Tchi-
jevsky fue rehabilitado y se le permitió reanudar sus inves-
tigaciones. 4 Desgraciadamente, murió poco después, el 20
de diciembre de 1964.
A veces, la historia de la ciencia es paralelamente a la
Historia (con mayúscula). Es preciso reconocer que las ob-
servaciones de Tchijevsky, como las de Faure, a veces ca-
recen de rigor y sus conclusiones sitemáticas contienen cier-
to número de exageraciones. Por esta causa, muchos cientí-
ficos llevan bastante tiempo rehusándose a creer que las
influencias cósmicas puedan influir también en la vida y
la conducta humanas. A pesar de todo, debemos a Tchijevs-
ky y a Faure el haber planteado el viejo problema en forma
nueva. No cabe duda de que han visto un nuevo continen-
te, pero su verdadera exploración está aún por comenzar.
15 — 2.795
226 MICHEL GAUQUELIN

La historia de Takata

Maki Takata, médico y profesor de la Universidad de


Toho, en Tokio, nació en Japón en 1892. Poco antes de la
Segunda Guerra Mundial, percibió por primera vez el pro-
blema cuyo estudio iba a llevarle al descubrimiento de una
misteriosa relación entre, por raro que parezca, la sangre
humana y el Sol. Para entonces, Takata ya era bastante co-
nocido por haber descubierto la llamada «reacción de Ta-
kata» que consiste en el análisis de la albúmina en el sue-
ro sanguíneo. La albúmina es un coloide orgánico y la reac-
ción de Takata da un índice de su floculación, o sea, la
tendencia a condensarse en pequeños grumos. Primero, se
extrae la sangre y se la analiza; luego, se le añade un reac-
tivo que estimule la floculación. Si hace falta poco reactivo
para que comience la floculación, se dice que el índice de
floculación es alto; cuando hace falta mucho reactivo, se
dice que es bajo. En los varones, el índice se supone cons-
tante, mientras que en las hembras varía, según el ciclo
menstrual. Esto hace de la reacción de Takata un instru-
mento analítico básico para los ginecólogos.
En enero de 1938, sin embargo, todos los hospitales que
utilizaban la reacción de Takata informaron que el índice
de floculación había comenzado de repente a aumentar en
los varones y las hembras por igual. El cambio afectaba si-
multáneamente a individuos que residían en puntos opues-
tos del planeta. Takata comenzó a hacer algunos experi-
mentos en Tokio, y su colega Murasugi en Kobe, ciudad
en el extremo sur de Japón. En 1939, todos los días du-
rante cuatro meses, ambos midieron el índice de flocula-
ción de dos individuos experimentales. Cuando estos índi-
LOS RELOJES CÓSMICOS 227

ces fueron comparados más tarde, Takata notó que ambas


curvas de variación diaria eran perfectamente paralelas.
Durante todo el período de cuatro meses, cada auge en una
de las curvas correspondía a otro auge súbito en la otra y
cuando el suero del individuo de Tokio era «alto», tam-
bién lo era el suero del individuo de Kobe, que estaba a
unos ciento sesenta kilómetros de distancia. Takata llegó
a la conclusión de que el fenómeno tenía que ser global y
debido a factores cósmicos.5
Durante veinte años, el biólogo japonés continuó reu-
niendo observaciones y estableciendo la existencia de ex-
traños vínculos entre el suero sanguíneo y diversos inci-
dentes cósmicos. Sus experimentos demuestran, en parte,
que los cambios que se producen en el suero ocurren sobre
todo cuando un grupo de manchas solares pasa por el me-
ridiano central del Sol, esto es, cuando el Sol dirige un rayo
concentrado de ondas y partículas hacia la Tierra.
Takata notó también un efecto interesante del Sol que
hasta entonces nadie había percibido: el índice de flocula-
ción, muy bajo hacia el final de la noche, registraba un
aumento súbito al comienzo del día. Lo sorprendente es
que el aumento de la curva comience unos pocos minutos
antes del amanecer, como si la sangre, en cierto modo, «pre-
viese» la aparición del Sol (véase Fig. 6). El capítulo prece-
dente tal vez haya acostumbrado al lector a este sorpren-
dente tipo de «previsión» por parte de los entes vivos, pero
Takata no conocía entonces los diversos resultados experi-
mentales que le hubieran ayudado a explicar este fenóme-
no. Para asegurarse de que los efectos observados por él
se debían a la radiación solar, decidió ver lo que sucedía
cuando el experimento se realizaba sobre la capa atmos-
férica protectora que nos aisla en parte de la actividad
solar. Voló en avión a una altura de nueve mil metros con
5:00 5:10 5:20 5:30 5:40 5:50 6:00 Hora»
Yanaoka, 51 años • Kobayashi, 35 años

Fíg. 6.— EL SUERO SANGUÍNEO Y EL AMANECER.


La floculación del suero sanguíneo (FLZ) registra el aumento súbito minutos
antes del amanecer. Este diagrama indica los índices de floculación de dos
individuos examinados el 4 de setiembre de 1940 en Kobe, Japón. (Según
M. Takata, Symposium Internationale sur les Relations Phénoménales Solaires
et TerrestrialesJ {Bruselas; Presses Académiques Européennes, 1960, pági-
na 172.)
LOS RELOJES CÓSMICOS 229

un voluntario cuya sangre era observada cada quince mi-


nutos para comprobar el efecto de las variaciones de altu-
ra. Como había pensado, el índice de floculación aumen-
taba espectacularmente cuando el avión ascendía y la at-
mósfera se atenuaba, confirmando de este modo que la
radiación solar tiene algo que ver en esto.
Entonces, el biólogo japonés se hizo otra pregunta: ¿No
eliminaría la Luna el efecto durante los eclipses situándose
entre el Sol y la Tierra? En 1941, 1943 y 1948, Takata situó
individuos e instrumentos de experimentación en zonas del
Japón donde había habido eclipse total, y todas las veces
pudo comprobar prácticamente su hipótesis. Cuando la
Luna comenzaba a cubrir la faz del Sol, el índice de flocu-
lación comenzaba a bajar, llegando a su punto mínimo cuan-
do el eclipse era total. La radiación solar que explica el
efecto comprobado por Takata es, evidentemente, amorti-
guada por la Luna, y, sin embargo, ni casas ni muros de
cemento consiguen lo mismo hasta ahora. El único experi-
mento en que el efecto de Takata no ha sido observado en
la práctica se realizó en una mina, en Mieken, a doscientos
metros bajo tierra.
Una radiación solar tremendamente fuerte interviene
aquí, tan fuerte que es casi imposible de neutralizar. Esto
nos recuerda en seguida la observación de Brown de que
las influencias espaciales penetran en los laboratorios me-
jor protegidos. Algunos elementos del cuerpo humano, pro-
tegidos dentro de los vasos sanguíneos, están expuestos a
pesar de todo a los caprichos del gran reloj cósmico que
es el Sol. Takata mismo formuló la concisa definición: «El
hombre es un reloj de sol viviente.»6 El súbito aumento en
los índices de floculación en el año de 1938 fue explicado
por último como consecuencia de un notable aumento en
la actividad solar después de varios años de tranquilidad.
230 MICHEL GAUQUELIN

La tarea de descubrir la naturaleza de estos rayos pe-


netrantes está aún por realizar; Takata lo ha intentado,
pero sin éxito. Ni él ni sus seguidores han descubierto to-
davía cómo funciona su influencia. Esto es debido en parte
al hecho de que los agentes cósmicos son irregulares y no
pueden ser manipulados como otros agentes de laboratorio.
Pero el efecto de Takata nos ha dado la clave de un mis-
terio biológico.

La historia de Nicolás Schúlz

La obra reciente del hematólogo soviético Nicolás Schuiz


ha aclarado la relación que existe entre ciertas propieda-
des de la sangre humana y los fenómenos cósmicos. Con
la obra de Schuiz abandonamos la historia incierta de los
primeros esfuerzos y entramos en el terreno bien explora-
do de la investigación científica perfectamente comproba-
da. Los resultados de su obra, desde 1954, han sido publi-
cados por el mismo Schuiz en los informes de 1960 de la
Academia de Ciencias de la Unión Soviética. Se basaban en
más de ciento veinte mil mediciones tomadas en Sotchi, una
ciudad de verano a orillas del mar Negro. Schuiz llegó a
la conclusión de que los caprichos del reloj solar modifi-
can el ritmo linfocítico de la sangre de manera considera-
ble. 7 Entre 1957 y 1958, los médicos notaron un aumento
anormal en ciertos componentes de la sangre, sobre todo
los linfocitos. Las causas de este fenómeno siguen siendo
desconocidas. Algunos piensan que se debía a las conse-
cuencias de la penuria de los años de guerra, la depaupe-
ración y la fatiga, pero estas explicaciones no siempre te-
nían sentido, sólo la actividad solar coincidía constantemen-
te con los hechos. En 1957, el número de manchas solares
LOS RELOJES CÓSMICOS 231

llegó al máximo. Bajo la dirección del doctor Schuiz, los


investigadores soviéticos examinaron la sangre de miles de
individuos sanos y compararon los resultados obtenidos
con la intensidad de la actividad solar. Se comprobó así la
existencia de un paralelo casi perfecto entre el porcentaje
de linfocitos y la frecuencia de manchas solares observadas
mensualmente por los observatorios.8
A veces, una enfermedad es causada por un déficit de
determinados componentes sanguíneos. Durante las gran-
des explosiones solares de febrero de 1956, los análisis de
sangre llevados a cabo en toda la Unión Soviética mostra-
ron un notable aumento de casos de leucemia, o sea, una
reducción anormal de ciertas células sanguíneas blancas.
Antes de la erupción solar, el porcentaje de leucopénicos, o
sea, de gente con menos de cinco mil leucocitos por milí-
metro de sangre, era del 14 por ciento sobre el total de
la población. Después de la erupción, este porcentaje au-
mentó al 29 por ciento; un mes después, en marzo, volvía
al 13 por ciento; en julio, era ya el 12 y, en octubre, el 11
por ciento. La actividad solar, por lo tanto, explicaba algo
que hasta entonces había sido inexplicable: el cambio cons-
tante en la proporción de componentes sanguíneos en indi-
viduos sanos. Se sabía, claro está, que estas variaciones de-
pendían también de factores terrestres, como la edad, el
esfuerzo habitual y la nutrición, pero nunca hasta entonces
se había pensado que tales diferencias pudieran tener orí-
genes cósmicos.

La pregunta del doctor De Rudder

¿A qué es debido que los individuos débiles, cuyos orga-


nismos enfermos apenas ofrecen resistencia a ataques ex-
232 MICHEL GAUQUELIN

temos, reaccionen frente a tales cambios en la sangre? El


primero que se formuló esta pregunta de una manera clara
fue el profesor B. De Rudder, de la Universidad de Franc-
fort del Main, en su obra Grundriss einer Meteorobiologie
des Menschen (Esquema de una Metereobiología humana). 9
Hay ciertas enfermedades repentinas, como el infarto de
miocardio, la angina de pecho o la embolia pulmonar, que
se llaman «meteorotrópicas», por causa de su aparente rela-
ción con las condiciones atmosféricas. La gente que sufre de
ciertas enfermedades es particularmente sensible a los cam-
bios del tiempo. A veces, la gente a quien se le ha amputado
algún miembro siente dolor en el miembro del que carece;
los reumáticos y los artríticos predecían los cambios del
tiempo mucho antes de que se conocieran instrumentos de
meteorología. También se sabía que algunas personas eran
capaces de decir el tiempo que hacía desde la cama donde
se hallaban enfermos, incluso estando tan aislados del ex-
terior como las ostras de Brown. No se conocía ninguna
explicación para tales fenómenos hasta que De Rudder su-
girió la posibilidad de que todo ello fuera debido a factores
cósmicos, y en estos veinte últimos años las observaciones
realizadas en todo el mundo han confirmado esta idea: las
condiciones atmosféricas y la fisiología humana están liga-
das muy íntimamente.

Infarto de miocardio

El profesor Romensky, director del Comité de Salud


Pública de Sotchi, en el mar Negro, informa que el 18 de
mayo de 1959, el número de incidentes cardiovasculares au-
mentó de súbito a veinte en los hospitales que estaban bajo
su jurisdicción; el número diario inmediatamente anterior
LOS RELOJES CÓSMICOS 233

había sido de dos. El 17 de mayo del mismo año, ocurrió


un suceso solar excepcional: el observatorio de la Acade-
mia de Ciencias de la Unión Soviética registró el comienzo
de tres potentes explosiones solares en dirección a la Tierra
a una velocidad de unos dieciséis mil kilómetros por se-
gundo. Las partículas de esta explosión solar llegaron a la
Tierra al día siguiente, 18 de mayo. La relación de causa
y efecto parece evidente, sobre todo en vista de que el doc-
tor Romensky había informado ya, en 1956, de parecidas
coincidencias: el número de pacientes cardiovasculares se
había triplicado en Sotchi de febrero a agosto, que fue un
período de fuerte actividad solar. 10
En la Convención Internacional Geofísica y Meteoroló-
gica de Ottawa de 1960, el doctor Giordano informó sobre
los resultados de un análisis estadístico del número de in-
fartos de miocardio observados en Pavía, de 1954 a 1958.
Entre estas dos fechas, la actividad solar había ido crecien-
do. La incidencia de infartos aumentaba también: de un
total anual de 200 casos en 1954, había subido a 450 en
1958. u Un análisis detallado de cada caso había permitido
al doctor Giordano llegar a la conclusión de que ciertos
días eran «día de infarto», mientras otros estaban libres
del peligro de esa enfermedad. El médico francés Poumai-
lloux, trabajando con Viart, meteorólogo, había penetrado
en este campo de investigación, llegando más lejos aún. En
una comunicación dirigida a la Academia de Medicina de
París, ambos demostraron que los infartos no tienen lugar
por azar, sino que siguen coordinadas solares bien defini-
das. n Estos dos especialistas informaron que en el año
de 1957 hubo una correlación muy alta entre el número de
infartos y los aumentos súbitos de actividad solar. Cuando
se producía una perturbación en la superficie solar, se veía
que poco después repercutía en los vasos sanguíneos, sien-
234 MICHEL GAUQUELIN

do causa de la formación de coágulos en los individuos pre-


dispuestos a ello. Los coágulos de sangre obstruían la arte-
ria coronaria, precipitando el infarto fatal.

Tuberculosis

Dos investigadores alemanes, G. y B. Düll, habían co-


municado, en 1934, algunas estadísticas importantes sobre
la mortandad por tuberculosis en Hamburgo, Copenhague
y Zurich, en relación con las fechas de violentas explosio-
nes solares. En los días de máxima actividad solar, el nú-
mero de muertes era mucho más alto que en los días ante-
riores o posteriores.13 Unos pocos años después, el doctor
Lingemann llevó a cabo en Alemania Occidental un estudio
en el que relacionaba la actividad solar con la incidencia
de hemorragia pulmonar. Durante los cuatro años de este
estudio, desde 1948 hasta 1952, el doctor Lingemann estu-
vo en contacto continuo con los observatorios astronómicos
de su país y encontró, no sin gran sorpresa de su parte,
que los días más peligrosos para sus pacientes tendían a
ser aquellos en que las Luces del Norte aparecían sobre
Alemania. Y, naturalmente, esas luces son causadas por una
fuerte actividad solar que perturba las capas superiores de
la atmósfera.14 En el hemisferio sur, el doctor Puig notó
que el número de las enfermedades respiratorias se tripli-
caban en días de fuerte actividad solar.13 Sin embargo,
hubo una excepción: el doctor H. Berg, de Colonia, no con-
siguió encontrar, en un estudio realizado en 1953, ninguna
relación entre la frecuencia de la embolia pulmonar y los
fenómenos cósmicos.16 Pero, aparte de este caso, todos los
estudios dan por resultado que la actividad de las manchas
LOS RELOJES CÓSMICOS 235

solares son peligrosas para los que tienen enfermedades


pulmonares.
Se están reuniendo muchas otras observaciones, por
ejemplo sobre eclampsia, un grave ataque de convulsiones
que ocurre durante el embarazo de las mujeres. Los gine-
cólogos y las comadronas han notado desde hace ya tiempo
que la eclampsia se da en oleadas y, por tanto, la achacaban
a cambios de tiempo. En 1942, dos médicos alemanes, los
doctores Bach y Schluck, comenzaron a investigar esta cues-
tión científicamente.17 Encontraron que la enfermedad se-
guía, en realidad, un esquema cíclico, pero que los cambios
de tiempo no tenían nada que ver con ella. La actividad
solar, sin embargo, sí tenía que ver: en días en que el Sol
había estado tranquilo, había pocos casos de eclampsia,
pero las oleadas de esta enfermedad crecían en días en que
el Sol había estado activo.

Efectos en el sistema nervioso

Hace diez años, el doctor Martini comparó la frecuen-


cia de los accidentes en las minas de carbón del Ruhr con
la actividad solar.18 Catástrofes debidas a causas naturales,
tales como la formación de gases, fallos de material o rup-
tura de andamiajes no estaban incluidos en sus cálculos:
sólo contó accidentes causados por el elemento humano.
Sus datos se basan en 306 días de trabajo en los que fue-
ron estudiados 5 580 accidentes. El doctor Martini piensa
que los resultados no dejan lugar a dudas: los mineros
sufrieron muchos más accidentes los días que siguieron a
erupciones solares; los días en que el Sol estaba tranquilo,
eran seguidos por una disminución en el número de acci-
dentes. Otro investigador, el doctor Reiter, ha compilado
236 MICHEL GAUQUELIN

ciertos datos sobre el número de accidentes del tráfico en


Baviera durante el año de 1952.19 Teniendo en cuenta la
fecha y la hora de 130 000 de estos accidentes, halló un au-
mento del 10 por ciento en los días que siguieron a erup-
ciones solares. Ambos autores creen que las explosiones so-
lares perturban los reflejos de los mineros y de los automo-
vilistas, afectando, respectivamente, el magnetismo terres-
tre y la cantidad de ondas atmosféricas de largo alcance.
Parece ser que las reacciones medidas en el laboratorio son
también más lentas los días en que hay tormentas magné-
ticas.
Los Düll han realizado también un estudio en el que
se registra la frecuencia diaria de suicidios y desórdenes
mentales agudos durante un período de cuatro años.M Com-
parando esta curva de frecuencia con la cronología de se-
senta y siete tormentas magnéticas registradas durante el
mismo período, los autores sentaron lo que consideran que
fue una correlación muy clara: mientras duraron las tor-
mentas magnéticas, el número de suicidios y perturbacio-
nes mentales aumentó considerablemente. Para un especia-
lista como el doctor Berg, sin embargo, las estadísticas em-
pleadas en esta investigación eran deficientes desde un
punto de vista científico.
Recientemente, la obra de los dos alemanes ha sido rea-
nudada, con métodos más satisfactorios, por un grupo de
tres científicos de Nueva York: Howard Friedman, Robert
O. Becker y Charles H. Bachman. Registraron el número
de admisiones diarias en ocho grandes hospitales psiquiá-
tricos de Nueva York y lo compararon con las variaciones
del índice magnético registradas en el Observatorio Mag-
nético de Fredericksburg, en Virginia. El índice refleja, hora
tras hora, la actividad magnética del Sol. Durante el pe-
ríodo de este estudio, o sea, del 1.° de julio de 1957 al 30
LOS RELOJES CÓSMICOS 237

de octubre de 1961, 28 642 pacientes fueron admitidos en


esos hospitales. El análisis estadístico muestra claramente
que el número de admisiones aumentó en días de fuerte
perturbación magnética. Los autores concluyen su informe
de este modo:

Los resultados concuerdan con el concepto de que la con-


ducta del organismo es significativamente afectada, a través
del sistema de control directo en funcionamiento en un mo-
mento dado, por campos de fuerza externos. Es preciso, pues,
prestar atención a una dimensión hasta ahora no estudiada
específicamente en la complejidad de la psico-patología, y qui-
zá también en todo el campo de la conducta humana. a

¿Cómo puede ser que el hombre, o los animales estudia-


dos por Brown, se vean afectados por el magnetismo te-
rrestre? En un artículo escrito posteriormente, el doctor
Becker formula el siguiente postulado: «Sutiles cambios en
la intensidad del campo geomagnético pueden afectar al
sistema nervioso cambiando el propio campo electromag-
nético del cuerpo.»22

Lunáticos
Desde los tiempos más antiguos, se ha culpado a la Luna
de ejercer una influencia dañina en la estabilidad mental.
«Lunático» se ha convertido en sinónimo de «espíritu in-
quieto» o «loco». Ya en el siglo xvi, según escribe el doctor
Ravitz,
Paracelso decía que los locos empeoran con la oscuridad de
la Luna cuando la atracción de ésta sobre el cerebro pasaba
por ser más fuerte. Tales creencias fueron legalizadas en Ingla-
terra en el siglo xvín, cuando se diferenció entre el «insano»,
o sea, el psicópata crónico y sin remedio, y el «lunático», cuyas
238 MICHEL GAUQUELIN

aberraciones pasaban por ser exacerbadas tan sólo por la Lima


llena. Hasta 1808, los pacientes del hospital de Bethlehem eran
golpeados durante ciertos períodos lunares por pensarse que
los golpes constituían una profilaxis contra la violencia de sus
ataques. a

El departamento de policía de Filadelfia es aún de la


opinión de que ciertos actos delictivos coinciden con las
fases de la Luna. A fines de 1961, ese departamento publicó
un informe por cuenta del Instituto de Climatología Mé-
dica, titulado «Efectos de la Luna llena en la conducta hu-
mana». El inspector de policía Wilfred Faust dice en él:
1
Los setenta y pico de policías que tienen que bregar con
reclamaciones y quejas telefónicas han informado siempre que
la actividad delictiva, sobre todo los delitos con violencia física,
parece aumentar a medida que se va acercando la Luna llena.
La gente cuya actividad antisocial tiene raíces psicopáticas,
como, por ejemplo, los piromaníacos, los cleptómanos, los con-
ductores suicidas y los homicidas alcohólicos, parece estallar a
medida que se va redondeando la Luna y calmarse cuando ésta
empieza a disminuir.24

Y, sin embargo, la mayoría de los sociólogos no parecen


estar aún dispuestos a creer en la influencia de la Luna
sobre los impulsos delictivos. Aunque reconocen que las
enfermedades mentales son a menudo cíclicas, afirman tam-
bién que no todos los ritmos biológicos están vinculados a
ciclos cósmicos, de la misma manera que no todos los ciclos
cósmicos influyen en los ritmos humanos. Los científicos
han negado también el efecto de la Luna porque sus instru-
mentos no consiguen aislarlo. Una situación semejante se
produjo en el siglo xvi, cuando el mismo Galileo, escribiendo
sobre la influencia de la Luna en las mareas, afirmó «que
no existía en absoluto, excepto a ojos de los supersticio-
sos». En su tiempo, no había prueba tangible de una rela-
LOS RELOJES CÓSMICOS 239

ción entre la Luna y las mareas excepto en los cuentos de


los marinos y los pescadores. Además, la relación no es,
ni con mucho, perfecta, ya que las costas de línea irregular
aminoran con frecuencia el flujo de las mareas mucho des-
pués de la culminación lunar. La influencia de la Luna
sobre los océanos no fue aceptada hasta que Newton for-
muló las leyes de la gravedad universal.
Hoy en día, los científicos están volviendo a cambiar
de opinión a medida que sus instrumentos más sensibles
empiezan a percibir las influencias lunares. Hace poco tiem-
po, se demostró que las fases de la Luna producen modula-
ciones en los campos eléctrico y magnético de la Tierra.
Estas modulaciones mesurables pueden causar desórdenes
mentales. El doctor Leonard J. Ravitz, especialista en psi-
quiatría y neurología del Departamento de Salud y Educa-
ción Pública del Estado norteamericano de Virginia, lleva
algunos años estableciendo las diferencias existentes en po-
tencial eléctrico entre la cabeza y el pecho de los pacientes
mentales. Estas diferencias, según se ha visto, cambian de
un día para otro y siguen un esquema cíclico incluso en
pacientes normales. Según el doctor Ravitz, los ciclos refle-
jaban cambios de estación y lunares. «En otoño e invierno,
la situación era máximamente positiva en torno a la Luna
nueva y máximamente negativa en torno a la Luna llena»,
escribe. 25 Los efectos de la Luna parecen ser más pronun-
ciados en pacientes mentales que en personas normales, ya
que la diferencia en potencial es más grande entre aqué-
llos. El doctor Ravitz cita el ejemplo de un esquizofrénico
de veintisiete años cuyos síntomas empeoraban con la
Luna nueva y la Luna llena, justo cuando son mayores las
diferencias entre el potencial eléctrico de la cabeza y el
pecho. Esto no sugirió a Ravitz que la Luna afectase direc-
tamente la conducta humana, sino que, modificando a pro-
240 MICHEL GAUQUELIN

porción de las fuerzas electromagnéticas terrestres, la Luna


podía causar desórdenes en personas de frágil equilibrio
mental.

La Biología y la Luna

En 1940, el doctor William Petersen, de Chicago, obser-


vó que la mortalidad causada por tuberculosis era mayor
siete días antes de la Luna llena y, a veces, también once
días antes. Relacionó este hecho con el ciclo lunar de mag-
netismo terrestre, que, según él, varía con el contenido de
pH en la sangre, es decir, su proporción de acidez con alca-
linidad. 26 Más recientemente, un médico alemán, Heckert,
alegó que existen correlaciones significativas entre las fases
lunares y cierto número de fenómenos biológicos, como,
por ejemplo, el número de gente que muere, el de casos de
pulmonía y la cantidad de ácido úrico en la sangre. v
Mientras esperamos el veredicto de los estadísticos acer-
ca del valor de las observaciones a las que acabo de refe-
rirme, todos los días nos llegan informes sobre los supues-
tos efectos biológicos de la Luna. Darrel Huff, por ejemplo,
comunica la siguiente observación:

Un cirujano de Florida, otorrinolaringólogo, ha obtenido no-


tables pruebas de que existe un ciclo lunar en el flujo de la
sangre. En el Journal de la Asociación Médica de Florida, el
doctor Edson J. Andrews cuenta lo que pudo comprobar exa-
minando casos de excesivo desangramiento después de opera-
ciones quirúrgicas, relacionándolo con los ciclos de la Luna.
Basándose en más de mil casos y definiendo el término «desan-
gramiento» en el sentido de pacientes que requieren métodos
de hemóstasis inusitados en la mesa de operaciones o a quie-
nes es preciso llevar de nuevo a ella por causa de hemorragias,
dice haber encontrado una gran diferencia, hasta el punto de
que es mayor el número de hemorragias cuando se acerca la
LOS RELOJES CÓSMICOS 241

Luna llena y, en cambio, es insignificante con la Luna nueva.


En el intervalo entre el cuarto creciente y un día antes del
menguante, ocurrió el 82 por ciento de los casos.28

El doctor Andrews admite que no encuentra explicación


científica para este fenómeno, pero no vacila en añadir «que
estos datos han sido tan concluyentes a mi modo de ver,
que estoy corriendo peligro de convertirme en brujo y
llevar a cabo mis operaciones solamente en noches oscuras,
reservándome las noches de Luna para aventuras galantes».
Sería interesante saber si otros médicos han tenido expe-
riencias semejantes a las del doctor Andrews.

El ciclo menstrual

La notable semejanza entre la duración media del ciclo


menstrual de la mujer y el período entre dos Lunas nuevas
ha intrigado siempre a la imaginación humana. ¿Se trata
de una mera coincidencia o existe relación de causa y efec-
to entre ambas cosas?
En 1898, Svanthe Arrhenius, sueco, escribió un informe
sobre el comienzo de 11 807 períodos menstruales. Llegó a
la conclusión de que su frecuencia durante el cuarto cre-
ciente de la Luna era mayor que durante el cuarto men-
guante, llegando a su punto máximo en la víspera de la
Luna nueva. s El doctor Kirchhoff, de Francfort, confirmó
estos resultados en 1935. Un año más tarde, otros dos mé-
dicos alemanes, Gutman y Oswald, encontraron de nuevo
que el máximo de frecuencia coincidía con la Luna llena.
Sin embargo, conviene añadir que ha habido médicos que
no han conseguido encontrar influencia alguna de la Luna
en el comienzo de la menstruación. La investigación del gi-
necólogo Gunn, realizadas en 1938, es considerada como
16—2.795
242 MICHEL GAUQUELIN

un ejemplo clásico de minuciosa precisión. Con objeto de


reunir sus datos de manera perfectamente objetiva, Gunn
pidió a sus colaboradores que le enviaran una tarjeta pos-
tal firmada el día del comienzo de su menstrucción. La
fecha del franqueo de cada tarjeta era utilizada como dato
básico para el experimento. Gunn esperó hasta tener diez
mil tarjetas, pero su trabajo no obtuvo ningún fruto, ya
que no consiguió establecer relación entre el ciclo lunar y
el día del comienzo de la menstruación.30 En 1951, el jefe
de la Martinsklinik, de Gotinga, el doctor Hosemann, pasó
revista a toda la literatura existente sobre este problema y
llegó a la conclusión de que el resultado era negativo, lo
que aconsejaba adoptar una actitud escéptica ante la exis-
tencia de tal relación. Y, sin embargo, él mismo, con Bau-
man a modo de colaborador, demostró que existía un lige-
ro aumento en la frecuencia del comienzo de la menstrua-
ción durante la Luna nueva en una selección de diez mil
casos.31
En este punto, sin enfrentarnos con los problemas bá-
sicos relacionados con la cuestión central, podemos decir
que, en general, la mayoría de los estudios publicados su-
gieren que hay un ciclo lunar que parece más favorable para
el comienzo del ciclo menstrual: el de la Luna llena. ¿Cómo
se puede reconciliar esta afirmación con el hecho de que
el ciclo menstrual de la hembra no sea siempre de la misma
duración que el ciclo lunar, y que, de hecho, pueda llegar
a tener varios días más o menos? Comentando esta difi-
cultad, Brown escribe:

Esto ha hecho que muchos científicos lleguen a la conclu-


sión de que no parece haber ninguna relación entre el mens-
truo y la Luna, y que son ridiculas las creencias populares
que afirman su existencia. Un buen investigador que se pre-
cie de objetivo nunca ridiculiza una creencia popular; simple-
LOS RELOJES CÓSMICOS 243

mente, se pregunta si tal creencia está basada en suficientes


pruebas. Es perfectamente posible que incluso esos ritmos
más o menos mensuales dependan de la Luna. a

El problema requiere, pues, un examen más detallado.


No es irrazonable suponer que existen ciertos momentos
privilegiados del ciclo lunar en los que, por causa de cam-
bios electromagnéticos o de otro tipo, se facilite el comien-
zo de la menstruación. Quizá la Luna llena sea uno de esos
momentos. Por lo menos, esta hipótesis estaría de acuerdo
con los descubrimientos de Brown sobre el uso del reloj
lunar por ciertas especies de animales.

Los sentidos desconocidos del hombre

Así, pues, parece que el hombre, igual que los animales,


debería tener ciertos sentidos de más para recibir los men-
sajes del Universo. ¿Por qué medios llegan esos mensajes
al organismo humano? Los efectos cósmicos medidos por
nuestros instrumentos son tan débiles que resulta muy poco
probable que influyan de algún modo en el cuerpo huma-
no. Y, sin embargo, tenemos que reconocer que los «sutiles
sincronizadores» influyen de veras en el hombre. Hace unos
cuarenta años, por ejemplo, el ruso Tchijevsky demostró
que la conducta y el metabolismo humanos eran afectados
por los iones, partículas cargadas de electricidad que flo-
tan en la atmósfera. Esto probaba que el organismo hu-
mano tenía gran sensibilidad. Recientes investigaciones rea-
lizadas por Krueger y Smith,H y también por Kornblueh y
sus colaboradores,M han demostrado que el cuerpo huma-
no sabe distinguir entre iones positivos y negativos: aqué-
llos tienen, en general, un efecto depresivo; éstos, un efecto
estimulante. Los físicos han demostrado que los sucesos
244 MICHEL GAUQUELIN

cósmicos afectan la ionización atmosférica, de modo que su


influencia en el hombre puede ser explicada por medio de
la ionización.
Un descubrimiento más reciente aún es el de dos cientí-
ficos alemanes, Konig y Reiter.M Descubrieron que el orga-
nismo humano es increíblemente sensible a ondas de muy
baja frecuencia y, por lo tanto, también débiles en energía.
Era teóricamente insostenible que el hombre pudiera acu-
sar cambios de energía de tan infinitésima magnitud, pero
Konig y Reiter no se dejaron intimidar por opiniones teó-
ricas. Cuando estudiaron el ritmo de reacción de cincuenta
y tres mil individuos, comparando los resultados con el es-
quema de ondas extremadamente largas, encontraron que
el ritmo de reacción es considerablemente aminorado por
esas ondas. Sus resultados explican el aumento en la fre-
cuencia de accidentes que se produce cuando hay erupcio-
nes solares y que Reiter y Martini observaron y nosotros
comentamos en páginas anteriores. En la hora que sigue a
las grandes perturbaciones solares la conducta de las ondas
de frecuencia extremadamente baja se vuelve muy anormal.
Según H. Burr, de Yale, el cerebro humano y el sistema
nervioso central en general son el receptor más complejo
de ondas electromagnéticas que conoce la Naturaleza. Konig
ha observado que el esquema de las ondas de muy baja
frecuencia es casi idéntico al de las ondas del encefalogra-
ma que los instrumentos registran en el cerebro humano. x
Como el cerebro es el centro de control de reacciones, esta
relación es plausible.
LOS RELOJES CÓSMICOS 245

El hombre magnético

Más pruebas de la extraordinaria sensibilidad humana


a pequeños cambios magnéticos surgieron en 1962, gracias
a Y. Rocard, profesor de Física en la Sorbona.37 Rocard
estaba intrigado por las antiguas pretensiones de los zaho-
nes, personas que se dicen capaces de percibir la presencia
de agua subterránea. El zahori «sabe» que ha encontrado
agua cuando la punta de una rama bifurcada se dobla hacia
abajo por sí sola. A pesar de las supersticiones relacionadas
con esto, Rocard decidió poner científicamente a prueba
esta cuestión. Consiguió descubrir ciertos cambios muy dé-
biles en el magnetismo terrestre, causados por la presen-
cia de agua subterránea, que podrían producir cierta laxitud
en los músculos del zahori, haciendo que la vara se incline
un poco. Rocard llevó a cabo varios experimentos con gen-
te que no eran zahoríes profesionales y encontró que la ca-
pacidad de localizar débiles proporciones magnéticas no
es, después de todo, rara en absoluto. Un sujeto normal dis-
crimina entre cambios magnéticos del 3 al 5 mOe/m, que
parecerían demasiado pequeños para ser localizados de no
ser porque son de la misma magnitud que los encontrados
por los biólogos en los animales.
Los resultados conseguidos por Ricard no confirmaron
todas las pretensiones de los zahoríes; por el contrario,
tienden a delimitar mejor el ámbito de su verdadera capa-
cidad. Ricard encontró que no se puede localizar la pre-
sencia subterránea de agua corriente o inmóvil; sólo la de
agua que se filtra o está en contacto con depósitos de arci-
lla, porque causa cambios en la proporción magnética del
terreno. Además, los cambios magnéticos pueden ser debi-
246 MICHEL GAUQUELIN

dos a diferentes causas; así, pues, el zahori puede pensar


erróneamente que ha encontrado agua cuando su vara se
ha inclinado debido a objetos metálicos enterrados, que
producen los mismos efectos. El «signo del zahori» puede
ser causado por depósitos de mineral, rocas alcanzadas por
el rayo o incluso trenes, automóviles u otras masas metá-
licas en la superficie de la tierra.
Los descubrimientos de Rocard, ciertamente, sirven para
desanimar a quien tuviera la idea de contratar a un zahori
con objeto de excavar un pozo en su campo; por otra parte,
demuestran que el hombre posee una finísima sensibilidad
ante las fluctuaciones del magnetismo terrestre. Aunque los
descubrimientos de Rocard no se refieren directamente a
los relojes cósmicos, tienen que ver con nuestro tema cen-
tral. Las irregularidades magnéticas no sólo son causadas
por lo que se encuentra bajo tierra; el Sol y la Luna tam-
bién modulan el campo magnético terrestre. Los cambios
registrados después de las tormentas solares y las transi-
ciones lunares son del mismo orden de magnitud que las
percibidas por los individuos en quienes experimentó Ro-
card; sus descubrimientos confirman el hecho de que el sen-
tido magnético del hombre permite a éste «leer» los relo-
jes solar y lunar.
Ahora resulta más fácil comprender el motivo de que
tantos investigadores hayan encontrado que la conducta y
la cordura humanas se vean afectadas por las tormentas
magnéticas. Gracias a estos sentidos de más, el hombre pue-
de dialogar con el Cosmos. El diálogo se realiza por medio
de canales eléctricos y también de otros canales cuya exis-
tencia aún no sospechamos. Esos son los intérpretes que
traducen al lenguaje biológico las órdenes majestuosas que
nos son enviadas por los relojes cósmicos.
LOS RELOJES CÓSMICOS 247

NOTAS AL CAPITULO IX

1. R. Tocquet, Cycles et rythmes (París; «Dunod«, 1951).


2. A. L. Tchijevsky, «L'action de l'activité périodique solaire sur
les phénomenes sociaux», Traite de Climaíologie biologique et medí-
cale (París; «Masson», 1934).
3. «L'action de l'activité périodique solaire sur les epidémies»,
op. cit.
4. El Sol y nosotros (en ruso) (Moscú: 1963).
5. M. Takata y T. Murasugi, «Flockungszahlstorungen im gesun-
den menschlichen Serum, "kosmoterrestrischer Sympathismus'"»,
Bioklimat. Beibl, VIII (1941), 17.
6. M. Takata, «Ueber eine neue biologisch wirksame Komponen-
te der Sonnenstrahlung, Archiv Met. Geophys. Bioklimat. (1951),
pág. 486.
7. N. Schulz, «Lymphocytoses relatives et activité solaire», Re-
vue Medícale de Nancy, junio de 1961.
8. «Les globules blancs des sujets bien portants et les taches
solaires», Toulouse Medical, X (1960), 741.
9. B. de Rudder, Grundriss einer Meteobiologie des Menschen
(Berlín; «Springer», 1952).
10. N. V. Romensky, Receuil des travaux scientifiques de l'admi-
nistration des stations thermales et climatériques (Sotchi, 1960).
11. A. Giordano, Geofísica e Meteorología, VIII (1960), N.° 3-4, 3.
12. J. Poumailloux y R. Viart, «Corrélations possibles entre l'inci-
dence des infarctus du myocarde et l'augmentation des activités so-
laire et geomagnetique», Bull. Acad. Med., CXLIII (1959), N.° 7-8", 167.
13. T. y B. Düll, «Ueber die Abhangigkeit des Gesundheitszustan-
des von plotzlichen Eruptionen auf der Sonne und die Existenz einer
27-tagigen Periode in den Sterbefallen», Virschow Archiv, CXCII
(1934), 972.
14. O. Lingemann, «Tuberkuloses Lungeribluten und Meteorobio-
logische Einflüsse», Der Tuberkulosarzt, IX (1955), 261.
15. I. Puig, «El Sol y la tuberculosis», Publicaciones del Observ.
de San Miguel, Buenos Aires, N.° 1 (1935).
16. H. Berg, Solar-terrestrische Beziehungen in Meteorogie und
Biologie (Leipzig: «Geest und Portig», 1957).
17. E. Bach y L. Schluck, «Untersuchungen über den Einfluss von
meteorologischen, ionosspharischen und solaren faktoren, sowie den
Mondphasen auf die Auslosung von Eklampsie und Praeklampsie»,
Zenth. Blattf. Gynakol., LXVI (1942), 196.
248 MICHEL GAUQUELIN

18. R. Martini, «Der Einfluss der Sonnentatigkeit auf die Hau-


fung von Unfallen», Zentr. Bl. Arbeitsmedizin, II (1952), 98.
19. R. Reiter, «Beziehungen zwischen Sommeneruptionen, Wet-
terablauf und Reaktionen des Menschen», A. Angew. Met., I (1953),
289.
20. T. y B. Düll, op. cit.
21. H. Friedman, R. Becker y C. Bachman, «Geomagnetic Parame-
ters and Psychiatric Hospital Admissions», Nature, CC (1963), 626.
22. «Magnetic Man», Newsweek, 13 de mayo de 1963.
23. D. Huff. Cycles in Your Life (Londres: «V. Gollancz», 1965).
24. Ibid.
25. L. Ravitz, «Periodic Changes in Electromagnetic Fields», An-
nals of the New York Academy of Science, LCVIII (1960), 1181.
26. W. Petersen, Man, Weather, Sun (Springfield, Illinois; «Char-
les Thomas», 1947).
27. H. Heckert, Lunationsrythmen des menschlichen Organismos
(Leipzig: «Geest und Portig», 1961).
28. Huff, op. cit.
29. S. Arrhenius, «Die Einwirkung kosmischer Einflüsse auf
physiologische Verhaltinisse», Skand. Arch. Physiol., VIII (1898), 367.
30. D. Gunn, P. Jenkins y A. Gunn, «Menstrual Periodicity: Statis-
tical Observations on a Large Sample of Normal Cases», Journal of
Obstetrical Gynaecology, CLIV (1937), 839.
31. H. Hosemann, «Bestehen solare und lunare Einflüsse auf die
Nativitat und den Menstruationszyklus?», Z. /. Geburtshilfe u. Gyna-
kol, CXXXIII (1950), N.° 3, 263.
32. F. A. Brown, Jr., Biological Clocks (Boston: Instituto Nortea-
mericano de Ciencias Biológicas, 1962).
33. A. Krueger y R. Smith, «The Physiological Significance of
Positive and Negative Ionization of the Atmosphere», en Man's De-
pendence on the Earthly Atmosphere (Nueva York: Macmillan»,
1962).
34. I. Kornblueh, G. Piersol y F. Speicher, American Journal of
Physiological Medicine, XXXVII (1958), 18.
35. H. Konig y F. Ankermüller, «Ueber den Einfluss besonders
niederfrequenter elektrischer Vorgange in der AtmosphSre auf den
Menschen», Naturwissenschaft, XXI (1960), 483.
36. H. Konig, «Uber den Einfluss besonders niederfrequenter
elektrischer Vorgange in der Atmosphare auf die Umwelt», Z. /. An-
gew Bader - u. Klimaheilk., IX (1962), 481.
37. Y. Rocard, Le signal du sourcier (París: «Dunod», 1962).
CAPITULO X

LA E S T A C I Ó N DEL N A C I M I E N T O
Cuando termina el embarazo, el recién nacido, que mo-
mentos antes no era más que un feto, se separa de su ma-
dre; es un instante conmovedor en el que un hombre nue-
vo comienza a vivir solo, a usar sus propios pulmones, a
dar su primer grito. La aparición de una nueva vida sobre
la Tierra siempre ha causado comprensible fascinación. El
acto del nacimiento aún está rodeado de misterios; era na-
tural que los hombres del pasado se preguntaran: «¿No
ocurría nada importante en el cielo en el momento de mi
nacimiento? ¿Por qué no pudo ese suceso influir en el de-
sarrollo de mi vida?»
Las creencias que nuestros antepasados tejieron en tor-
no de la fecha del nacimiento pertenecen a un concepto de
las realidades de este mundo del que nosotros ya nos he-
mos liberado. Pero eso no es razón suficiente para echar a
un lado esta cuestión. Es más científico formularla de ma-
nera nueva, en términos que puedan ser respondidos de
acuerdo con el conocimiento contemporáneo. Éste es un
desafío que varios científicos han aceptado, llegando a la
conclusión de que los fenómenos biológicos dependen de
una serie de ritmos cósmicos. De hecho, el conjunto del
Cosmos parece participar en ellos, desde los relojes de las
252 MICHEL GAUQUELIN

estaciones del año hasta los cronometradores planetarios o


limares.

La importancia del mes en él nacimiento

La estación en que nace la gente tiene mucha mayor impor-


tancia de lo que en general se supone. En ciertas estaciones,
el número de niños que nacen es inusitadamente grande y el
de hembras, superior al de varones. Los niños nacidos en esas
estaciones tienen poco índice de mortalidad, y los que sobre-
viven llegan a edades muy avanzadas. Además, el número de
personas que alcanzan posiciones de importancia es también
grande. Esto indica no sólo que la reproducción es estimulada
en ciertas estaciones, sino también que los niños que nacen en
ellas son más vigorosos que los nacidos en otras.'

Estas líneas fueron escritas en 1938 por E. Huntington,


de la Universidad de Yale, en su libro Season of Birth, its
Relation to Human Abilities. Incluso antes se sabía que los
relojes de estaciones del año ejercen cierta influencia en la
frecuencia de nacimientos en diferentes períodos del año.
En el hemisferio norte, la frecuencia de nacimientos es más
grande en mayo y junio que en noviembre y diciembre. Es-
tas frecuencias están en función de la frecuencia de con-
cepciones nueve meses antes; esto es, se realizan más con-
cepciones en agosto y setiembre que en febrero y marzo.
Los especialistas no encuentran sorprendentes estos datos;
los explican en términos de las condiciones de cada esta-
ción debidas a la rotación de la Tierra en torno al Sol. Du-
rante las vacaciones de verano, por razones tanto materiales
como psicológicas, hay más oportunidad que a fines de in-
vierno para las relaciones sexuales.
Pero a los médicos estas explicaciones, en apariencia
obvias, no les satisfacen del todo. Se preguntan si la fluc-
LOS RELOJES CÓSMICOS 253

tuación de las secreciones hormonales que favorecen la


procreación, por depender de las estaciones, no explicarían
mejor aún este ritmo de nacimientos. En 1922, el doctor
Abéis, de Viena, observó que el peso de los niños que nacen
en esa ciudad en verano es de doscientos gramos más, por
término medio, que el de los nacidos en invierno. Los niños
más grandes parecían haber sido concebidos durante la es-
tación más favorable para la procreación. 2 Mis propias y
recientes investigaciones en el peso al nacer de miles de
niños del Departamento del Sena, en Francia, dieron resul-
tados parecidos. Los datos de Abéis apoyan la hipótesis de
ritmos en las secreciones hormonales relacionadas con el
embarazo.

El mes de nacimiento y el cuerpo-

En 1938, Huntington planteó una cuestión audaz: ¿Sir-


ve el mes del nacimiento de un niño a modo de guía de su
constitución física futura? Para empezar, reunió decenas
de miles de fechas de nacimiento con objeto de estudiar la
relación entre éstas y la duración de sus vidas. Esta inves-
tigación le permitió llegar a la siguiente conclusión:

Entre la gente que nace ahora en la estación más favorable,


la duración media de la vida es de varios años más que en la
estación menos favorable. Esto es cierto incluso en climas rela-
tivamente buenos, como el del norte de los Estados Unidos. Es
probablemente cierto en mayor grado en países como el Ja-
pón... La duración de la vida es, naturalmente, cosa que de-
pende de muchos factores, además de la estación en que uno
nace. Pearl (1934) ha demostrado que la longevidad es heredita-
ria... El modo de vivir de cada uno tiene también gran influen-
cia en la duración de su vida... Pero nada de esto puede des-
mentir el hecho de que, en el pasado, en Nueva Inglaterra, por
ejemplo, la gente que nacía en marzo y llegaba a pasar de los
254 MICHEL GAUQUELIN

dos años vivía, por término medio, casi cuatro años más que
otra gente del mismo tipo, pero nacida en julio. La longevidad
depende del efecto combinado de muchas causas; las investiga-
ciones aquí detalladas demuestran que la estación en que se
nace tiene que ser añadida a las causas que ya conocíamos.3

Después de la Segunda Guerra Mundial, el demógrafo


británico Fitt publicó un informe sobre veintiún mil reclu-
tas neozelandeses cuyo peso y altura se conocían. Descu-
brió la siguiente relación entre el mes del nacimiento de
los soldados y su altura:

Los más altos habían nacido en febrero (que es verano en


el hemisferio sur) y los más bajos en junio (que es invierno);
los más pesados habían nacido en diciembre, aunque la dife-
rencia en el peso era relativamente menos importante que la
de altura. 4

El mes de nacimiento y la inteligencia

Según Pinter, el mes de nacimiento del niño está rela-


cionado con su futura capacidad intelectual. En 1933, Pin-
ter

arregló en forma de tabla los índices de inteligencia de miles


de escolares de Nueva York o sus cercanías y encontró que, en
general, los niños nacidos en mayo o junio, y también en se-
tiembre y octubre, tendían a ser ligeramente más inteligentes
que los nacidos en otros meses. Entre los diecisiete mil niños
cuya inteligencia investigó, el índice de inteligencia era mínimo
en los nacidos en enero y febrero. *

Más recientemente, una psicólogo norteamericana, Flo-


rence Goodenough, observó una ligera superioridad en los
índices de inteligencia de los escolares nacidos en los me-
ses de verano con respecto a los nacidos en invierno. Según
Clarence Mills, los niños de Cincinnati que nacieron duran-
LOS RELOJES CÓSMICOS 255

te el verano tienen el doble de probabilidades de aprobar


los exámenes de preuniversitario que los nacidos en invier-
no. El psicólogo británico J. E. Orme ha estudiado la cues-
tión sirviéndose de adultos.6 Comparó dos grupos: uno se
componía de atrasados mentales, recluidos en centros de
salud mental, y el otro de gente supernormal, miembros
de «Mensa», un club que sólo acepta socios cuyo índice
mental sea superior al normal.
También Pinter, y posteriormente Petersen, reunieron
varios miles de fechas de nacimiento de gente famosa to-
mándolas del American Men of Science y del Who is Who.7
Parece ser que el mes del nacimiento está relacionado con
el futuro de la persona en cuestión, si va a ser hombre de
importancia o no. Ésta es también la opinión de Hunting-
ton: «Los datos apoyan la idea de que la estación de naci-
miento guarda íntima relación con el genio y la eminencia
futura... El genio, al parecer, se deriva de una combinación
afortunada de los genes dentro de los cromosomas en el
momento de la concepción.»8
En 1957, H. Knobloch y B. Pasamanick estudiaron el
problema al extremo inferior de la escala intelectual. Su in-
vestigación suponía el examen de fechas de nacimiento de
niños atrasados mentalmente en el Colegio Estatal de Co-
lumbus, nacidos entre 1913 y 1948.9 La distribución de na-
cimientos no es uniforme durante todo el año, y además
difiere de la distribución de la población norteamericana
durante el mismo período. Los meses invernales de enero,
febrero y marzo contenían una proporción de nacimientos
mayor que los meses de verano. Los autores sólo encontra-
ron 1 297 niños atrasados mentalmente nacidos en agosto,
mientras que en febrero nacieron 1507.
Sauvage-Noltin, un psiquiatra holandés, llevó a cabo una
investigación muy extensa sobre el mes de nacimiento de
256 MICHEL GAUQUELIN

2 090 esquizofrénicos. w De éstos, 628 nacieron en los tres


primeros meses de invierno, o sea, de enero a marzo, mien-
tras que sólo 428 nacieron en verano, de julio a setiembre.
Parecidos resultados se obtuvieron de una investigación
con niños que padecían de ciertos tipos de epilepsia, tics
nerviosos, dificultades de lectura y desórdenes de conducta
habitual. Todos los datos así reunidos indican que la es-
tación del nacimiento del niño tiene algo que ver con las
aptitudes mentales y físicas que emergerán en su vida fu-
tura.
¿Cómo se puede explicar esto? En general, se piensa que
los relojes de estación del año, por medio de factores cli-
máticos, pueden afectar tanto al embarazo mismo como a
los primeros meses de su vida del niño favorable o desfa-
vorablemente. Es preciso subrayar que las tendencias men-
cionadas aquí, aunque estadísticamente significativas, no
prueban ningún determinismo rígido de la conducta. En
modo alguno justifican las pretensiones de los astrólogos
sobre la influencia de los signos del Zodíaco, que ni siquie-
ra guardan relación con los meses del año.

Ritmo natal de veinticuatro horas

El estadístico belga Quetelet había notado ya en el siglo


xrx que los niños no nacen en el mismo número durante
las veinticuatro horas del día. Todos los que han estudiado
este problema han confirmado este hecho. Los esfuerzos de
Goehlert y Jenny en Suiza; Kirchhoff en Alemania; Charles
en Gran Bretaña; Somogyi en Italia; Points, King, Kaiser
y Halberg en los Estados Unidos; u Malek en Checoslova-
quia; n y el autor de este libro en Francia, 1314 han hecho
posible describir con precisión el reloj circadiano * que re-
LOS RELOJES CÓSMICOS 257

gula la hora del nacimiento. El punto máximo de nacimien-


tos se da hacia el final de la noche y las primeras horas del
día; el punto mínimo, en las primeras horas de la tarde.
Este ritmo, que ha sido observado desde el comienzo de los
tiempos, ahora está cambiando gracias a los efectos de me-
dicamentos recién descubiertos que afectan el proceso nor-
mal del nacimiento.

* «Circadiano», del latín circa (alrededor) y dies (día). Es una


palabra creada por los especialistas como sustituto de «diurno» o
«diario». La duración de la noche y del día cambia continuamente y
es la suma constante de ambos lo que importa en este caso. N. del A.

El reloj circadiano da también la hora del comienzo de


los dolores del parto. Las obras de Charles y Malek, así
como las mías, muestran que los dolores del parto comien-
zan a medianoche con doble frecuencia que a mediodía: 15
a medianoche el cuerpo de la madre se siente más normal.
La hora en que nace el niño puede servir también, en cierta
medida de guía sobre su futura vitalidad. El doctor Malek
encuentra que los partos naturales que comienzan a la hora
más favorable, es decir, hacia medianoche, son los más rá-
pidos y fáciles. El ritmo de veinticuatro horas, nuestro sin-
cronizador más poderoso, impone su lógica al organismo
femenino y controla sus actividades nerviosas y hormona-
les. Ésta es la naturaleza de la casualidad que parece regu-
lar los nacimientos.

¿La gran comadrona?

Desde la antigüedad, la Luna ha sido considerada como


favorable a los nacimientos; en algunas partes de la Tierra,
ha sido llamada «la gran comadrona». Recientemente, va-
17 — 2.795
258 MICHEL GAUQUELIN

rios médicos investigadores decidieron averiguar si es cier-


to que existe una relación entre el número de nacimientos
y los ciclos lunares mejor conocidos, que son el mes y el
día lunares.
Pasemos antes revista a los trabajos realizados sobre el
mes lunar, que consiste en el paso de la Luna por sus cua-
tro fases. Los investigadores han comparado estas fases con
considerable número de estadísticas natales antes de llegar
a ninguna conclusión; por ejemplo, los doctores Menaker
y Menaker reunieron información sobre más de medio mi-
llón de nacimientos ocurridos en los hospitales de la ciu-
dad de Nueva York entre 1948 y 1957. Esta tremenda inves-
tigación, realizada con el máximo cuidado, les permitió lle-
gar a la siguiente conclusión; hay más nacimientos en cuar-
to menguante que en cuarto creciente después de la Luna
nueva. Esta tendencia, aunque ligera, es extremadamente
significativa por causa de la numerosa selección estudia-
da.16
Este resultado parece confirmar la verdad de las viejas
creencias empíricas. Y, sin embargo, otros investigadores
han obtenido resultados diferentes; en realidad podría de-
cirse que la principal característica de la investigación en
esta cuestión es la falta de consistencia de las diversas con-
clusiones. A pesar del hecho de que se hayan usado mues-
tras suficientemente numerosas y métodos apropiados, los
resultados se contradicen. Por ejemplo, Curtís Jackson, di-
rector del Hospital Metodista de California del Sur, ha en-
contrado que «de los niños nacidos durante el tiempo que
hemos estudiado (1939-1944), un 17 por ciento más nació
en ese hospital durante el cuarto menguante»." Este resul-
tado contradice el de los Menaker. Varios investigadores
alemanes han estudiado este problema y la mayoría de ellos
encontró que no había ninguna relación entre las fases de
LOS RELOJES CÓSMICOS 259

la Luna y el número de nacimientos. Entre éstos, podemos


mencionar a Kirchhoff y a Fischer, quienes, en 1939, estu-
diaron 50000 casos, y Hosemann y Nottbohm, quienes es-
tudiaron 27000 casos diez años más tarde.18 El científico,
por lo tanto, tiene que esperar a que haya más acuerdo en
los resultados para aceptar la existencia de una influencia
de las fases lunares en las variaciones del número de naci-
mientos. Además, la naturaleza de esta influencia también
tendrá que ser explicada.
Las contradicciones entre los resultados obtenidos has-
ta ahora pueden deberse a que los investigadores trabaja-
ban a grandes distancias unos de otros. Ciertas influencias
lunares indudables, como las que ejerce la luna sobre las
mareas, se manifiestan de manera diferente, algunas veces
incluso opuesta, según el lugar en que sean estudiadas. En
la ciudad de Nueva York, por ejemplo, hay dos mareas dia-
rias, a intervalos regulares; en San Francisco, las dos ma-
reas son tan seguidas que el final de la una tropieza con el
principio de la otra; y en Pensacola, Florida, sólo hay una
marea diaria.

El nacimiento y él día lunar


Sabemos que las mareas dependen de las rotaciones dia-
rias de la Tierra con respecto a la Luna. Este hecho ha dado
lugar a creencias que son tan viejas como las relacionadas
con las fases lunares; por ejemplo, la gente que vive a ori-
llas del mar del Norte afirma que los niños nacen con más
frecuencia cuando la marea sube que cuando baja. En 1947,
un físico alemán, en la isla de Norderney, el doctor Schult-
ze, intentó probar la veracidad de esta creencia. Examinó
las partidas de nacimiento de la isla y pasó revista a todos
260 MICHEL GAUQUELIN

los nacimientos que había habido con la m a r e a alta y la


marea baja. Encontró que ambos números eran más o me-
nos iguales y llegó a la conclusión de que la creencia popu-
lar en cuestión carecía de fundamento. 1 9
Unos años más tarde, el doctor Kirchhoff llevó a cabo
u n a investigación parecida en la misma región y tampoco
encontró que el número de nacimientos aumentara con la
marea alta.*° Pero Kirchhoff fue m á s allá, y estudió tam-
bién el número de nacimientos como función de la edad de
la marea. Entonces, descubrió que se produce un n ú m e r o
inusitadamente alto de nacimientos en el m o m e n t o j u s t o de
la marea alta, 2 1 es decir, cuando la Luna pasaba sobre el
meridiano local, o sea, en lenguaje astronómico, cuando la
Luna «culmina». Esto planteó la cuestión de si era la Luna,
y no la marea, lo que causaba el cambio en la frecuencia
de nacimientos. Era, en cierto modo, u n problema seme-
jante al que se planteó Brown cuando estudió las horas de
apertura de las valvas de las ostras. Las respuestas eran
también extraordinariamente parecidas: como con los ani-
males estudiados por Brown, el reloj biológico que contro-
la las contracciones uterinas parecía estar ajustado p a r a
funcionar al paso de la Luna sobre él.
Otro médico alemán, el doctor Günther, obtuvo resul-
tados análogos a los de Kirchhoff. Estudiando la propor-
ción de nacimientos en la ciudad de Colonia, lejos del m a r
y de las mareas, encontró que aumentaban cuando la Luna
culminaba. Aunque su colaborador Harfst no veía rela-
ción entre la Luna y los nacimientos en la ciudad de Kiel,
Kirchhoff pensó que sus observaciones le habían llevado a
un importante descubrimiento. En lugar de esconder la
coincidencia entre su hallazgo y las viejas creencias popula-
res, el doctor Kirchhoff trató de explicar cómo es posible
que u n a tradición popular descubra la existencia de un he-
LOS RELOJES CÓSMICOS 261

cho sin tener completa consciencia de él o sin comprender-


lo del todo:

La vida diaria de la gente que vive a orillas del mar del


Norte está influida fuertemente por el pulso de las mareas.
No es difícil ver que su conciencia de una relación entre los
nacimientos frecuentes y la marea alta a la larga tenía que
ser general. Esto tiene que haber ocurrido gradualmente, al
cabo de muchas generaciones. Pero nunca se dieron perfecta
cuenta del hecho de que las mareas no son más que una con-
secuencia de la posición de la Luna en relación con la Tierra.
Para la gente que vive tierra adentro, la culminación de la
Luna tiene poca importancia, por eso nunca percibieron la re-
lación Hoy sabemos que no sólo los océanos son influidos por
la atracción de la Luna, sino también las masas continentales
y la atmósfera. Si hay mareas atmosféricas y terrestres, es po-
sible que las «influencias lunares» acaben por ser achacadas a
causas perfectamente comprensibles. Así, perderán su «aroma
mágico» y se integrarán normalmente en el cuerpo del cono-
cimiento científico.21

NOTAS AL CAPITULO X

1 E. Huntington, Season of Birth, Its Relation ot Human Abi-


íities (Nueva York; «John Wiley», 1938).
2. M. Gauquelin, «Contribution a l'étude de la variation saison-
niére du poids des enfants á la naissance», Population, N.° 3 (1967),
pág. 544.
3. Huntington, op. cit.
4. A. Reinberg y J. Ghata, Rythmes et cycles biologiques (París:
«P. U. F.», 1957).
5. Huntington, op. cit.
6. J. Orme, «Ability and Season of Birth», British Journal of
Psychology, LVI (1965), 471.
7. W. Petersen, The Patient and the Weather (Chicago: 1934),
Vol. III.
8. Huntington, op. cit.
262 MICHEL GAUQUELIN

9. H. Knobloch y B. Pasamanick, «Seasonal Variations in the


Birth of the Mentally Deficient», American Journal of Public Health,
XLVIII (1958), 1201.
10. Sauvage-Nolting, «Relation entre le mois de naissance et la
schizophrénie», Ned. Tydschr. Geseensk., XCV (1951), 3 855.
11. I. Kaiser y F. Halberg, «Circadian Periodic Aspects of Birth»,
Annáls of the New York Academy of Science, XCVIII (1962), 1056.
12. J. Malek, J. Gleich y V. Maly, «Characteristics of the Daily
Rythm of Menstruation and Labour», Annals of the New York Aca-
demy of Science, XCVIII (1962), 1042.
13. M. F. Gauquelin, «L'heure de la naissance», Population, IV
(1959), 683.
14. L'heure de la naissance», Le Concours Medical, XXV (1959),
3 241; XXVI (1960), 3371.
15. M. Gauquelin, «Note sur le rythme journalier du debut du
travail de l'accouchement», Gynécologie et Obstétrique, LXVI (1967),
N.° 2, 229.
16. W. y A. Menaker, «Lunar Periodicity in Human Reproduction»,
American Journal of Obstetrical Gynecology, LXXVII (1959), 905.
17. E. Dewey, «The Moon as a Cause of Cycles», Cycles, X (1959),
N.° 9, 197.
18. H. Hosemann, «Bestehen solare und lunare Einflüsse auf
die Nativitat und den Menstraationszyklus?», Z. /. Geburtshilfe u.
Gyndkol., CXXXIII (1950), N.° 3, 263.
19. K. Schultze, «Beeinflussen Flut und Ebbe den Geburtsein-
tritt?», Deut Med. Wochschr. (1949), 311.
20. H. Kirchhoff, «Unterliegt der Wehenbeginn kosmischen Ein-
flüssen?», Zb. f. Gynakol, III (1935), 135.
21. «Umweltfaktoren und Genitalfunktionem», Geburtsh. u.
Frauenh., VI (1939), 377.
22. Ibid.
CAPITULO XI

LOS PLANETAS Y LA HERENCIA


Bacon compara la investigación científica a una caza:
las observaciones que uno deduce son la pieza que hay que
cobrar. Continuando la comparación, podría decirse que si
bien la pieza puede acabar siendo cobrada después de larga
búsqueda, también puede ocurrir que caiga cuando uno no
está buscándola o cuando uno está buscando a otra com-
pletamente distinta.1 Esta cita, del gran fisiólogo francés
Claude Bernard, parece explicar un extraño incidente o
aventura científica que me ocurrió: había comenzado a le-
vantar una especie de pieza de caza en mis cálculos esta-
dísticos, cuando un día terminé con otra muy distinta en
mis redes.
Hacia 1950, estaba preparando mi estudio crítico de la
astrología tradicional (véase capítulo VI), cuando, muy con-
tra mi voluntad, me encontré frente a un resultado de lo
más extraño. En uno de mis datos, que consistía en la fecha
de nacimiento de 576 miembros de la Academia Francesa de
Medicina, la frecuencia de la posición de ciertos planetas
era completamente inusitada. El fenómeno no correspondía
a ninguna de las leyes tradicionales de la astrología, pero,
a pesar de todo, era interesante. Lo que había observado
era que un gran número de futuros grandes médicos ha-
266 MICHEL GAUQUELIN

bían nacido cuando los planetas Marte y Saturno acababan


de subir, o culminar, en el cielo.2

Las estrellas médicas

Por causa de la rotación diaria de la Tierra en torno a


su propio eje, los planetas, igual que el Sol, parecen subir
en el este, cielo arriba, hasta que llegan a un punto máximo
o culminación, luego descienden y, por último se ponen en
el oeste. Éste es su movimiento diario; así, pues, no sólo
tenemos días lunares y días solares, sino también días ve-
nusinos, días marcianos, etc.
Consideremos el movimiento diario del planeta Marte.
Los anuarios astronómicos nos dicen cuándo Marte se le-
vanta o se pone cada día. Supongamos que en determinado
día, en Nueva York, Marte sale a las 0 h. 44 m. de la tarde
y culmina a la 5 h. 33 m. de la tarde. Si un niño nace a
la 1:00 de ese día, Marte estará justo levantándose al tiem-
po del nacimiento, y si el niño nace a las 6:00, Marte esta-
rá culminando al tiempo del nacimiento. En cada caso, los
diez cuerpos celestes del sistema solar ocupan una posi-
ción distinta en el espacio y es fácil localizar sus posiciones
con ayuda de los anuarios astronómicos.
Lo que sobre todo me interesó del fenómeno que ob-
servé en relación con los famosos miembros de la Acade-
mia de Medicina fue que no afectaba a todo el mundo. Lo
comparé con una selección de individuos normales, hecha
al azar, sacados de listas de censos oficiales. Los individuos
normales no nacían con más frecuencia cuando Marte y Sa-
turno se levantaban o culminaban, o sea, que los relojes
planetarios no funcionaban de la misma manera cuando se
trataba de médicos famosos que cuando se trataba de gen-
LOS RELOJES CÓSMICOS 267

te corriente. Este fenómeno inexplicable me preocupaba;


decidí no profundizar demasiado en él, sino repetir la in-
vestigación y ver si tan extraña relación se repetía. Reuní,
pues, una nueva selección de 508 médicos eminentes. Este
trabajo no era sencillo, porque no sólo había que dar con
los nombres de esos médicos, sino también con la fecha y
lugar de su nacimiento; luego, había que escribir a los al-
caldes de las ciudades donde habían nacido para compro-
bar la fecha con absoluta exactitud. Esta precisión era ne-
cesaria porque los planetas cambian de posición de hora en
hora, en función de la rotación diaria de la Tierra; también
era preciso llevar a cabo este trabajo sobre una base demo-
gráfica y astronómica sólida, para evitar conclusiones erró-
neas. Pero todo esto es cosa que aquí no nos concierne y
que es narrada con todo detalle en una obra metodológica.3
Al final del segundo estudio, me encontré ante las mis-
mas conclusiones: igual que el primer grupo, éste, con ter-
ca insistencia, acusaba el hecho de que las fechas de naci-
miento de los médicos famosos se arracimaban en torno a
la salida o culminación de Marte y Saturno. Aparecía, pues,
una correlación innegable entre la salida y culminación de
estos planetas al nacer el niño y su éxito futuro como mé-
dico.

El horario del éxito

Este extraño dato requería, evidentemente, un examen


más profundo. En consecuencia, amplié el ámbito de mi es-
tudio con el fin de incluir en él las fechas de todos los fran-
ceses famosos que pude reunir.4"5 Luego, visité las biblio-
tecas y archivos de varios países extranjeros: en 1956, fui
a Italia; en 1957, a Alemania; en 1958, a Bélgica y Holanda;
268 MICHEL GAUQUELIN

de esta manera, recopilé más de veinticinco mil fechas de


nacimiento, no sólo de médicos, sino también de escritores,
actores, políticos, atletas, militares, etcétera.
Continué computando las posiciones planetarias en el
momento de nacer y el mismo extraño esquema persistía,
en vez de desaparecer. Por fin, apareció una relación esta-
dística cada vez más precisa entre el momento de nacer y
la carrera futura del recién nacido. Los médicos no eran
los únicos; cada grupo parecía tener un reloj planetario
propio. Y Marte y Saturno no eran los únicos cronómetros
planetarios; Júpiter y la Luna parecían tener semejante im-
portancia para otras profesiones. Cada vez, las anomalías
estadísticas aparecían justo después de la salida y culmi-
nación del planeta en cuestión. Por ejemplo, buen número
de individuos nacidos cuando Marte se levantaba sobre el
horizonte o llegaba a su punto más alto eran luego grandes
médicos, grandes atletas o dirigentes militares, mientras
que los futuros artistas, pintores o músicos raramente na-
cían en momentos propicios a médicos y atletas. Los acto-
res y los políticos tendían a nacer con más frecuencia cuan-
do subía o culminaba Júpiter, pero era raro que entonces
nacieran también hombres de ciencia. Así, pues, por lo que
se refería al éxito vocacional, los relojes planetarios (véan-
se figs. 7a y 7b) resultaron ser la Luna, Marte, Júpiter y Sa-
turno. La causa parecía ser una pulsación cósmica durante
el ciclo diario de veinticuatro horas; más nacimientos de
futuros médicos en ciertos momentos, más de futuros ar-
tistas en otros, etc. La Tabla II da un sumario de mis ob-
servaciones, tal como fueron publicadas en 1960, con una
introducción del doctor Bender, profesor de Psicología de
la Universidad de Friburgo, en Brisgovia.6"7
Desviación

3.305
Hombres de
ciencia y
médicos —15

1.485
atletas
famosos

3.142
militares
de carrera

El día marciano

Fíg. 7 a.—EL RELOJ MARCIANO Y LA VOCACIÓN TRIUNFANTE.


Un número muy elevado de niños nacidos cuando Marte estaba subiendo O
culminando se vuelven, luego, famosos hombres de ciencia, médicos, atletas
u oficiales de las Fuerzas Armadas. En el diagrama, el movimiento diurno
de Marte está dividido en sectores; también se expone la diferencia entre
frecuencias esperadas y frecuencias observadas. Estas diferencias son suma-
mente significativas. (Véase Apéndice I.) Resultados igualmente sorprenden-
tes se obtuvieron por ¡o que se refiere a la Luna, Júpiter y Saturno. (Según
M. Gauquelln, Les Hommes et les Astres {París: Denoel, 1960}.)
270 MICHEL GAUQUELIU

Buscando una explicación

Este trabajo dejó sumamente perplejos a muchos astró-


nomos, demógrafos y estadísticos. Por un lado, no encon-
traban defectos a mi metodología y, por otro, se negaban
a admitir que pudiese existir una relación tan íntima con
las viejas creencias astrológicas. Después de estudiar mis
conclusiones, la comunidad científica hizo una serie de pre-
guntas pertinentes, a las que era preciso responder. ¿Cómo
era posible que la física clásica explicase esta relación esta-
dística? ¿Qué interacción puede haber entre el nacimiento
del niño y la salida o culminación de un determinado pla-
neta? ¿Por qué influye Marte de manera distinta a la de
Júpiter?
Es decir, que ahora me era preciso integrar mis curio-
sos efectos planetarios en el conjunto de nuestra ciencia
moderna. El problema estribaba en cómo hacerlo. Una po-
sibilidad era que alguna especie de radiación, emanando
de los planetas, imprimiese carácter en el recién nacido de
forma que decidiese toda su vida. Pongamos un ejemplo:
Si nace un niño cuando Marte sale, podemos suponer que
el planeta ejerce una influencia súbita que modifica el or-
ganismo del niño. Después de esta influencia, el niño puede
tener «algo más» de lo que sus padres le dieron por medio
de la herencia. Y este «algo más» puede tener suficiente
fuerza para dar al niño dotes específicas y una orientación
definida para el resto de su vida.
Naturalmente, no se puede tomar en serio tal idea.
Cuando el niño hace su entrada en este mundo, es el resul-
tado de nueve meses de gestación, durante los que su orga-
nismo alcanza un desarrollo completo. Podría quizá supo-
Desvlactóo

«20

•10*

Í.34S -
rimare» "

703
músicos

824 „
«scrltarea »

El día marciano

Rg. 7 b.—EL fíELOJ MARCIANO Y LA VOCACIÓN TRIUNFANTE.


Un número muy reducido de niños nacidos estando Marte subiendo o cuiml
nando se volvieron, luego, famosos pintores, músicos o escritores. En el dia-
grama, el movimiento diurno de Marte eté dividido en sectores. También se
expone la diferencia entre frecuencias esperadas y frecuencias observadas,
Éstas diferencias son sumamente significativas. (Véase Apéndice l.) (Según
M. GauqueUn, Les Hommes et (es Astres IParls: Denos!, 1960}.)
272 MICHEL GAUQUELIN

nerse que hay alguna acción que influye en la disposición


de los cromosomas en el momento de la concepción, pero
tal acción en el momento de nacer parece ciertamente increí-
ble. Es ya demasiado tarde para influir en el temperamento
hereditario del niño. Además, habría que postular la exis-
tencia de una energía misteriosa que los planetas no pare-
cen poseer. La respuesta obvia parece demasiado sencilla,
demasiado próxima a la astrología para servirnos. ¿Hay,
entonces, otras respuestas? Ésa es la cuestión fundamental.

Niveles variables de sensibilidad

Hay otra posibilidad. Un sencillo ejemplo bastará para


explicarlo: los efectos de la radiación solar en la piel son
conocidos. Si dos individuos, uno rubio y otro moreno, to-
man el sol en la playa durante cierto tiempo, la piel del uno
se quemará mientras que la del otro, simplemente, se tosta-
rá. La razón de esta diferencia también es sencilla:
Por causa de diferencias hereditarias, las dos personas
reaccionan con variantes individuales en cuanto a la sensi-
bilidad de su piel a la radiación ultravioleta del Sol. Este
ejemplo de la acción del Sol es bastante elemental y puede
no parecer aplicable a nuestro objeto. Afortunadamente, sin
embargo, hay otras observaciones que pueden sernos útiles.
Una de las observaciones hechas por el doctor Takata,
cuya obra ha sido explicada en el capítulo IX, es que la
subida y bajada de los índices de suero sanguíneo huma-
no muestran un nivel cambiante de sensibilidad a la acción
solar que no está uniformemente distribuido entre la gen-
te. 8 Una teoría más interesante aún para el objeto que nos
ocupa es la que propuso, en 1946, el biometeorólogo M. Cu-
LOS RELOJES CÓSMICOS 273

TABLA II

Correlaciones Planetarias con Vocaciones Triunfantes


Después
de la Alta Frecuencia Baja
subida y frecuencia normal frecuencia
culminación de de de
de (*) nacimientos nacimientoi nacimientos
MARTE Científicos Políticos Escritores
Médicos Actores Pintores
Atletas Periodistas Músicos
Militares de carrera
Hombres de negocios
JÜPITER Militares Pintores Científicos
Políticos Músicos Médicos
Actores
Periodistas
Dramaturgos
SATURNO Científicos Militares Actores
Médicos Políticos Pintores
Periodistas
Escritores
LUNA Políticos Científicos Atletas
Escritores Médicos Milit. de carrera
Pintores
Músicos
Periodistas
(Según M. Gauquelin, Les hommes et les astres (París: «Denoel»,
1960, pág. 200).

(*) Para la definición astronómica de los sectores de subida y


culminación, véase Apéndice I. (N. del A.)
18 — 2.795
274 MICHEL GAUQUELIN

rry, según la cual hay diferencias individuales en las reac-


ciones ante las condiciones atmosféricas.9 Curry comprobó
que hay dos tipos generales de reacción ante el tiempo: la
«K» y la «W». La «K» es propia de gente muy sensible a los
descensos de temperatura, suelen ser delgados, de rostro
largo, y de temperamento introvertido; la «W» es propia de
gente extrovertida, activa y dinámica, tienden a ser pesa-
dos físicamente y sufren cuando la temperatura sube de
manera repentina.
Estas variantes en el nivel de sensibilidad ante las con-
diciones externas han sido observadas también en los ani-
males. En 1955, J. Aschoff, del Instituto Max Planck, en
Alemania, notó que ratones que vivían en condiciones de
luz idénticas desplegaban ciclos de actividad distintos. En
1962, Brown y Terracini estudiaron la conducta de ratones
puestos en condiciones experimentales idénticas. Vieron
que había cierta relación entre la actividad de los anima-
les y el día lunar, pero que cada animal tenía su manera
propia de seguir las instrucciones del reloj cósmico. Brown
y Terracini llegaron a la conclusión de que estas diferencias
podían deberse a herencia genética individual.10 Así, pues,
la constitución hereditaria de cada individuo parece me-
diar entre éste y la acción de los relojes cósmicos. Como
dijo G. Piccardi, «dos individuos pertenecientes a la misma
especie, pero con constitución genética distinta, no reaccio-
narán de la misma manera ante sucesos externos. Por otra
parte, los que comparten la misma herencia reaccionarán
de manera idéntica».u
LOS RELOJES CÓSMICOS 275

Una teoría genética

Así, pues, la herencia del recién nacido explica mejor


mis observaciones que una acción súbita que emane de los
planetas. Quizá en el momento de nacer cada niño mani-
fiesta una sensibilidad heredada ante los relojes planeta-
rios. «Podríamos —dice Piccardi—

imaginarnos una acción planetaria que influya en el comien-


zo de los dolores del parto, pero sin modificar la constitución
del individuo que está naciendo. De esa forma, la acción será
temporal, afectando tan sólo al proceso del nacimiento en sí,
sin dejar huellas en el organismo. El organismo es controlado
por las leyes de la herencia; y es posible, por causa de esas
leyes, que sea sensible a la acción de los cuerpos celestes exac-
tamente de la misma manera que sus padres lo habían sido
a su vez cuando nacieron. La crisis natal, que ya está resol-
viéndose, terminaría cuando hayan sido obtenidas todas las
condiciones favorables; entre éstas estará el papel de los pla-
netas.» a

Esto querría decir que el nacimiento de un niño, estan-


do Marte sobre el horizonte, no es mero azar. El nacimien-
to tiene lugar en ese momento, y no en otro, porque su
organismo está listo para reaccionar ante las perturbacio-
nes causadas por ese planeta concreto a su paso por el ho-
rizonte. Es decir, que la posición de un planeta determina-
do al nacer un niño puede influir en su herencia biológica.
Esta idea es exactamente lo contrario de las predicciones
astrológicas, porque «significaría que la acción del cuer-
po celeste no quedaría fija para siempre en el organismo
del recién nacido, sino que sólo tendría un efecto tempo-
ral, durante el parto mismo».13
Puede formularse la siguiente hipótesis: El niño hereda
276 MICHEL GAUQUELIN

de sus padres una tendencia a nacer cuando Marte se le-


vanta, de la misma manera que hereda de ellos el color del
cabello. Con objeto de confirmar esta hipótesis, el investi-
gador tiene que demostrar que los padres del niño han mos-
trado también, a su vez, esta tendencia, es decir, que tam-
bién ellos nacieron coincidiendo con la aparición de Marte.
La tarea consiste en reunir a un grupo de padres que hayan
nacido estando Marte en ascendente y observar si sus hijos
nacieron también con más frecuencia cuando el planeta
ocupaba la misma posición en el cielo:

Para demostrar la existencia de la herencia planetaria hay


que probar estadísticamente que existen semejanzas entre la
posición de los planetas al nacer los padres y al nacer los
hijos. Estudié durante más de cinco años las partidas de na-
cimiento de varios distritos de la región de París y reuní da-
tos sobre más de treinta mil padres y sus hijos. Cuando los
datos fueron sometidos a análisis estadístico, la magnitud de
la semejanza hereditaria era tal, que no podía ser atribuida
al azar. Para ser exactos, diremos que sólo había una posibi-
lidad entre medio millón de casos de que los resultados fue-
ran casuales, o sea, 499 999 posibilidades contra una de que la
herencia planetaria fuese realmente cierta.14

Una observación importante ha de ser añadida a este


aserto: Las semejanzas comprobadas lo son sólo por lo que
se refiere a los cuerpos celestes más cercanos a la Tierra o
más grandes. Sólo la Luna, Venus, Marte, Júpiter y Saturno
fueron hallados en el mismo lugar del cielo de una genera-
ción a otra. Los niños tienen una determinada tendencia a
nacer cuando uno de esos planetas se levanta o culmina si
el mismo planeta ocupaba el mismo lugar del cielo al nacer
sus padres. 15 Estos mismos planetas, con excepción de Ve-
nus están relacionados también con el éxito profesional.
Según parece, esos cinco planetas pueden ser llamados los
cronómetros del nacimiento. (Véanse figs. 8 y 9)
LOS RELOJES CÓSMICOS 277

Mercurio no dio resultados hereditarios, es un planeta


pequeño y cercano al Sol; ni tampoco Urano, Neptuno ni
Plutón, que están muy alejados de la Tierra. Por lo menos

Padres

Hijos

Subida Culminación

El día planetario

Fig. 8. — HERENCIA PLANETARIA.


El niño, al nacer, reacciona ante los relojes planetarios según su constitución
hereditaria. La ilustración muestra esquemáticamente los resultados here-
ditarios observados en relación con la Luna, Venus, Marte, Júpiter y Saturno.
Los hijos de padres nacidos cuando uno de estos planetas se levanta o culmi-
na suelen nacer con más frecuencia cuando el mismo planeta está en la mis-
ma posición en el cielo. La herencia planetaria explica los resultados estu-
diados en la fig. 7, que se relacionan con el éxito en la vocación. (Según
M. Gauquelin, L'Hérédité Planétaire París: Planéte, 1960], pág. 102.)
278 M I C H E L GAUQUELIN

en mis investigaciones, esos planetas no parecían tener nin-


gún papel en la cronometración del nacimiento. La re-
lación entre el efecto hereditario y la proporción de distan-
cia a volumen de los planetas me recuerda ciertas leyes físi-
cas de todos conocidas (véase fig. 10). Concuerda también
con las leyes de la genética y los conocimientos científicos
que poseemos sobre el nacimiento. El sexo del padre o del
niño no afecta a este esquema, como tampoco la duración
del embarazo o el número de hijos habidos anteriormente
por la misma madre. Por último, digamos que la frecuencia
es mayor si tanto el padre como la madre nacieron bajo la
misma posición planetaria.
Hay, sin embargo, determinadas circunstancias en que
el efecto hereditario de los planetas no se manifiesta. Esto
ocurre cuando los nacimientos examinados requirieron in-
tervención quirúrgica o fueron provocados por medio de
drogas. Tales casos no se ajustan al esquema previsto para
casos de nacimientos normales, pero esto, claro está, es
una de las excepciones que confirman la regla.

Influencias magnéticas

Queda una comparación por hacer: la que existe entre


el efecto de los relojes planetarios que acabamos de expli-
car y los otros factores cósmicos mencionados en los capí-
tulos anteriores. Por ejemplo, ¿se interfiere el sentido mag-
nético que, como hemos visto, existe tanto en el hombre
como en los animales, en los efectos planetarios que sufren
los recxén nacidos? Yo me hice esta pregunta después de
que Reiter16 y Cyran" publicaran sus obras sobre el au-
men en el número de nacimientos cuando hay tormentas
magnéticas.
*80« •
+ 20+
LUNA
7.Q89 casos _ 20
-40

VENUS
7.400 casos

+ 40
+ 20
MARTE o
7.301 c a s o s - _ 2 n
-40

JÚPITER
7.101 casos

+ 40
+ 20
SATURNO 0
7.016 casos _ 2 0
-40

TOTAL
35.907

•1 1 I '
Movimiento diurno del planeta

Fig. 9.—LOS EFECTOS DE LOS CINCO RELOJES PLANETARIOS EN LA HE-


RENCIA.
El diagrama amplía el modelo ilustrativo de la fig. 8. La Luna, Venus, Marte,
Júpiter y Saturno tienden a ocupar posiciones, al nacer el niño, semejantes
a las que sus padres ocupaban al nacer. Por lo tanto, los niños nacen con
más frecuencia al subir o culminar el planeta st el mismo planeta estaba en
la misma posición al nacer sus padres. En este gráfico, los movimientos diur*
nos se dividen en sectores; véase la diferencia entre las frecuencias espe-
radas y las observadas. (Según M. Gauquelin, l'Hérédité Planétaire [P/a.
tibie, ÍS661)
280 MICHEL GAUQUEÜN

Reuní cierto número de fechas de nacimiento y fui com-


parando, día a día, el efecto de la herencia planetaria con
las perturbaciones geomagnéticas, que, como sabemos, se
deben a la actividad solar. Los resultados de este estudio
fueron presentados en 1966 ante el Cuarto Congreso Inter-
nacional de Biometeorología.18 Muestran una relación clara
y directa entre las variaciones magnéticas y los efectos de
la herencia planetaria; B si nace un niño en día en que hay
perturbaciones, el número de semejanzas hereditarias es el
doble de grande que si el día es normal. Esto hace pensar
que la Luna y los planetas influyen realmente en la vida, a
través del campo solar. *

El niño y las condiciones uniformes

Hace diez años, la idea de que un niño a punto de nacer


pudiera ser tan sensible al Cosmos hubiera parecido in-
creíble. El niño en la matriz puede estar un poco apretado,
pero, como el astronauta en su cápsula, parece hallarse bien
protegido contra los efectos de todos los sucesos exterio-
res. En este punto, los descubrimientos de Brown nos han
sido muy útiles para comprender lo que probablemente su-
cede. En efecto, el niño, dentro de la matriz, está protegido
contra violentos cambios exteriores. Vive allí en condicio-
nes uniformes, protegido contra los «cronómetros» más ob-
vios, como son la luz, la temperatura y la humedad. Esos
factores son, para él, prácticamente invariables; el niño flo-
ta en completa oscuridad en el líquido amniótico a una

(*) En 1967, presenté el resultado de mis observaciones en dos


reuniones científicas: la Novena Conferencia Internacional de Bio-
metereología, celebrada en Wiesbaden, Alemania, y el Decimocuarto
Congreso de la Salud, en Ferrara, Italia. (N. del A.)
Nivel de
probabilidad 1/100 1/20

PLUTON

NEPTUNO

URANO

SATURNO

JÚPITER

MARTE

- TIERRA

LUNA

VENUS

MERCURIO

Fig. 10. — EL EFECTO DE LA HERENCIA EN FUNCIÓN DE LA DISTANCIA


ENTRE EL PLANETA Y LA TIERRA.
En el gráfico, los planetas alineados en orden de distancia de ¡a Tierra; véan-
se los niveles de probabilidad alcanzados por los experimentos estadísticos.
Sólo los cinco planetas cercanos a la Tierra dan resultados estadísticamente
significativos. (Según M. Gauquelin. l'Hérédité Planétaire IParls: Planéte.
tB66l pág. 100.)
282 JUICHEL GAUQUELIN

temperatura constante de 37 grados centígrados. Pero el


descubrimiento fundamental de Brown es que las cosas
vivas no pueden vivir sin cronómetros. Si están situadas
fuera del alcance de los cronómetros más «obvios» del
ambiente, instintivamente encontrarán otros esquemas que
les ayuden a regular sus ritmos biológicos, volviéndose más
sensibles a la influencia de «sincronizadores sutiles» proce-
dentes del espacio.
Esta es la situación en que el niño se encuentra antes de
nacer. Parece capaz de percibir cambios sumamente peque-
ños en el ambiente cósmico y, de esa forma, provocar el
comienzo del parto, que ha sido preparado durante mucho
tiempo con anticipación en los cuerpos de la madre y el
niño. Cuando se acerca el momento, «una cantidad infinite-
simal de hormona en la sangre es suficiente para dar lugar
al parto», como dice J. D. Ratcliff. ™ Es posible que un es-
tímulo cósmico, aunque sea de poquísima energía, pueda
producir tan diminuta secreción hormonal; el progreso de
la medicina moderna hace plausible esta hipótesis. Recien-
temente, A. Csapo, del Instituto .Rockefeller, de Nueva
York, ha mostrado el papel de las hormonas placentarias
en el parto. Como la placenta y el feto tiene su origen en la
misma celda, el feto puede, por la placenta, influir en las
contracciones uterinas de la madre. a

Hacia una aplicación práctica

Ahora, resulta más fácil comprender el significado de


un descubrimiento, en apariencia inconcebible, que vincula
el futuro éxito en la vida de una persona con la posición
de un planeta determinado en el momento de su nacimien-
to. La explicación más convincente no tiene nada de miste-
LOS RELOJES CÓSMICOS 283

rioso u oculto. Muy sencillamente, la carrera del niño de-


pende de la estructura genética de su organismo; al nacer,
los relojes planetarios revelan este factor genético de una
manera no prevista. Los profesionales de éxito tenían ele-
mentos en sus genes que permitieron que sus vidas se desa-
rrollasen naturalmente en una dirección favorable, hereda-
da de sus padres. Por supuesto, esta relación no se aplica
tan sólo a celebridades, sino en general a todo el mundo. En
la especie humana, esta tendencia heredada a nacer en una
hora determinada en lugar de otra cualquiera debiera, en
cierta medida, ser indicio del tipo constitucional del indi-
viduo.
Ya hemos visto que en el organismo humano actúan va-
rios ritmos. Ahora, parece ser que hay incluso otros ritmos
sutiles cuyas acciones dependen del temperamento hereda-
do de cada individuo; tal es, por ejemplo, la influencia de
los relojes planetarios que provocan el comienzo del parto.
Al explicar el mecanismo de los relojes biológicos, ya he-
mos dicho que algunos hombres de ciencia apoyan la teoría
de los «ritmos endógenos», mientras que otros se inclinan
hacia los «ritmos exógenos». Aquéllos, entre los que se en-
cuentra Halberg, subrayan la estructura genética del indi-
viduo; éstos, entre los que se encuentra Brown, subrayan
el efecto del ambiente geofísico. Lo que hemos llamado «he-
rencia planetaria» parece indicar que ambos puntos de vis-
ta tienen razón en parte. No cabe duda sobre las acciones
externas del espacio, pero esas acciones tienen aún que fil-
trarse hasta penetrar en la constitución genética interna.
Tal vez haya una consecuencia más importante aún de
la herencia planetaria que quizá conduzca a una inespera-
da aplicación práctica. Sobre la base de la posición de los
relojes planetarios en el momento del nacimiento, parece
posible prever el temperamento futuro del individuo, así
284 MICHEL GAUQUELIN

como su futura conducta social. Cuando el parto es natu-


ral, esta predicción puede tener mucha importancia, ya que
abre numerosas posibilidades a la medicina, la biología y la
psicología. Es aún demasiado pronto para estar seguros de
si tal promesa llegará a cumplirse, pues todavía estamos en
el comienzo. Lo que ya está claro, y esto es bastante impor-
tante, es que la infinita variedad de reacciones humanas
ante el Cosmos parece dividirse en cinco categorías gene-
rales. Estas categorías, al parecer, se relacionan con los
cinco «relojes planetarios»: la Luna, Venus, Marte, Júpiter
y Saturno. Por ejemplo, los que llegarán a ser grandes mé-
dicos, atletas extraordinarios o militares famosos parecen
reaccionar positivamente ante Marte; los que serán acto-
res o políticos, ante Júpiter; y así sucesivamente.
Con ayuda de estudios sobre la herencia planetaria, exis-
ten fundadas esperanzas de desarrollar una clasificación
fundamental de los tipos humanos basada en una síntesis
completa del biotipo genético. Es decir, que la herencia
planetaria parece mostrar el camino para un estudio cien-
tífico del destino individual.
Concluiremos citando un pasaje de Arne Sollberger, se-
cretario de la Sociedad de Investigación de Ritmos Biológi-
cos, que resume el problema con objetividad y buen sen-
tido:

La gravedad y el magnetismo dependen de la posición de


distantes cuerpos celestes. Francamente, esto es casi astrolo-
gía... Es evidente que tenemos que poner cuidado en aceptar
tales afirmaciones, pero también en rechazarlas por causa de
las asociaciones negativas que tienen en nuestra mente. El pro-
blema constituye, quizá, uno de los desafíos más intrigantes
que han aceptado los biólogos de nuestro tiempo. a
LOS RELOJES CÓSMICOS 285

NOTAS AL CAPITULO XI

1. C. Bernard, Introduction a l'éíude de la médecine experimén-


tale (París: 1856).
2. M. y F. Gauquelin, Méthodes pour étudier la répartition des
astres dans la mouvement diurne (París: 1957).
3. Ibid.
4. M. Gauquelin, L'influence des astres (París: «Le Dauphin»,
1955).
5. «Der Einfluss der Gestirne un die Statistik», Z. /. Parapsych
u. Grenzgeb. Psychol, I (1957), 23.
6. Les hommes et les astres, con prólogo del profesor H. Bender
(París: «Denoel», 1960).
7. «Neue Untersuchungen über den Einfluss der Gestirne», Z. /.
Parapsychol u. Grenzgeb. Psychol., III (1959), 10.
8. M. Takata y T. Murasugi, «Flockungszahlstórungen im gesun-
den menschlichen Serum kosmoterrestrischer Sympathismus», Bio-
klimat. Beibl, VIII (1941). 17.
9. M. Curry, Bioklimatik (Riederau, 1946), dos volúmenes.
10. E. Terracini y F. A. Brown, Jr., «Periodisms in Mouse Sponta-
neous Activity Synchronized with Major Geophysical Cycles», Phy-
siological Zoology, XXXV (1962), N.° 1, 27.
11. M. Gauquelin, L'hérédité planétaire, con prólogo del profesor
G. Piccardi (París; «Planéte», 1966),
12. Ibid.
13. Ibid.
14. «Die planetare Hereditat», Z. /. Parapsych. u. Grenzgeb. Psy-
chol, V (1961), 168.
15. «Note sur le rythme journalier du debut du travail de l'ac-
couchement», Gynécologie et Obstétrique, LXVI (1967). N.° 2, 231.
16. R. Reiter, «Wetter un Zahl der Geburten», Dtch. Med. Wo-
chenschr., LXXVII (1952), 1 606.
17. W. Cyran, «Ueber die biologische Wirksamheit solarer Vor-
gange (machgewiesen am Wehenbeginn)», Geburtshilfe u. Frauenheik,
X (1950), 667.
18. M. y F. Gauquelin, A Possible Hereditary Effect on Time of
Birth in Relation to the Diurnal Movement of the Moon and the Nea-
rest Planets, its Relationship with Geomagnetic Activity (Amster-
dam: «Swets and Zeitlinger», 1967).
286 MICHEL GAUQUELIN

19. «L'effet planétaire d'hérédité et le magnetisme terrestre», Z. /.


Parapsychol. u, Grenzgeb d. Psychol., IX (1967), N.° 1.
20. J. Ratcliff, La Naissance (París; «Stock», 1953).
21. A. Csapo, «Function and Regulation of the Myometrium», An-
nals of the New York Academy of Science, CXV (1959), N.° 2, 780.
22. A. Sollberger, Biological Rhythm Research (Nueva York;
«Elsevier». 1965).
CAPITULO XII

EL FLUIDO VITAL
La siguiente escena sucede en un laboratorio químico.
Un ayudante, con una redoma en las manos, está perdiendo
la paciencia. La reacción química que suele producirse en
seguida se retrasa hoy. Y, sin embargo, el ayudante de
laboratorio conoce su oficio; como siempre ha pesado cuida-
dosamente los ingredientes antes de mezclarlos en la redo-
ma y la ha lavado con el mayor cuidado, usando agua do-
blemente destilada, en fin, que había tomado todas las pre-
cauciones necesarias para el éxito del experimento. Pero
como si nada. De modo que va a consultar al profesor, el
cual responde encogiéndose de hombros: «Es el azar, dejé-
moslo.» Deciden clasificar el caso como «reacción aberran-
te» y esperar hasta más tarde, u otro día, para repetir el
experimento, esperando que entonces todo vuelva a la nor-
malidad.
En teoría, cuando se mezclan dos sustancias químicas
en un tubo de ensayo, si uno tiene cuidado y usa siempre el
mismo método, la reacción será siempre la misma. Pero
esto sólo ocurre en teoría. En realidad, cada reacción tiene
sus idiosincrasias. Su rapidez cambia de un día a otro. A ve-
ces, no se produce en absoluto. Todos los químicos están
acostumbrados a estas anormalidades, pero, al menos hasta
19 — 2.795
290 MICHEL GAUQUELIN

hace muy poco, preferían no hablar de ellas. Piccardi escri-


be: «Los químicos nunca pensaron que cada hora podría
ser distinta de las otras, pero si lo hubieran pensado nunca
lo habrían admitido, hubiera sido demasiado peligroso.»1
Aunque estas cosas son de lo más corriente, admitir su exis-
tencia podría tener, en verdad, repercusiones peligrosas.
Querría decir que las propiedades químicas cambian de
hora en hora sin que por ello cambien sus fórmulas quími-
cas. Los científicos se rehusan a aceptar esta enormidad,
que haría temblar todo el edificio de la Química en sus ci-
mientos. Por eso, el profesor prefirió explicar el fenómeno
a su ayudante de laboratorio hablando de «azar» y de reac-
ciones «aberrantes».

El punto de congelación del agua

Los archivos de los laboratorios químicos están llenos


de observaciones aberrantes, olvidadas y descartadas, des-
tinadas a desaparecer tarde o temprano. La mayoría de
estas observaciones se refieren a fluidos, sobre todo coloides
suspendidos en agua. Pocas verdades parecen más evidentes
y más ciertas que la afirmación de que el agua se congela a
cero grados y se convierte en hielo. Sin embargo, esto es,
con frecuencia, falso. A veces, la temperatura tiene que ser
rebajada considerablemente para que el agua se transfor-
me en hielo. Ésta es la especie de reacción aberrante que
acaba cubriéndose de polvo en los archivos.
Pero algunos científicos tienen más curiosidad que otros.
Hacia 1950, el biólogo alemán H. Bortels, de la Universidad
de Berlín, comenzó a interesarse por este fenómeno. Inves-
tigó la curiosa conducta del agua, que los especialistas lla-
man «surfusión», y demostró que sus causas no tienen nada
LOS RELOJES CÓSMICOS 291

que ver con el azar. Son influidas por ciertos factores bien
definidos, pero misteriosos: aunque los especímenes de
agua pura habían sido aislados de toda influencia externa,
la surfusión parecía ajustarse a las variaciones de la pre-
sión atmosférica y de la actividad del magnetismo terres-
tre. 2
Unos pocos años antes, la señora E. Findesein había
estudiado sistemáticamente la rapidez de reacción de una so-
lución química inorgánica de arsénico trisulfuro en redo-
mas cerradas. La solución, al parecer aislada de toda in-
fluencia externa, envejeció a ritmos que variaban de un día
a otro («envejecer», en química, significa que una solución
cambia químicamente con el tiempo). Además, la solución
en cuestión se comportaba de forma distinta en los pisos
superiores del laboratorio que en los inferiores. Con ayuda
de miles de mediciones, la señora Findeisen demostró que
estos cambios dependían de factores externos.3
Bortels y Findeisen notaron en sus redomas la apari-
ción de un fenómeno extrañamente parecido al observado
por Brown en animales y también por mí en niños que
están a punto de nacer. Aunque encerrados en un ambiente
uniforme, los coloides suspendidos en el agua reciben mis-
teriosamente información sobre cambios en ciertos facto-
res externos. ¿De dónde procede esa información? ¿Cómo
puede ser percibida por cuerpos compuestos inorgánicos?
Es difícil creer que una sustancia inorgánica pueda ser tan
caprichosa como las estructuras biológicas.

Un paréntesis

Al llegar a este punto, abramos un paréntesis. Con las


reacciones químicas hemos llegado por fin a los niveles bá-
292 MICHEL GAUQUELIN

sicos de la Naturaleza. Demostrando que los elementos quí-


micos reaccionan ante los sucesos cósmicos de una manera
parecida a la de los organismos vivos, nos acercamos a una
explicación fundamental. Los descubrimientos anterior-
mente expuestos nos muestran que nuestros cuerpos son
sensibles a los efectos del espacio exterior. Pero sigue fal-
tándonos información sobre lo que ocurre dentro de nues-
tros cuerpos. No tenemos la menor idea de la participación
que tienen nuestros sentidos en la recepción de mensajes
eléctricos, magnéticos y gravitacionales. No se sabía si esos
receptores funcionan como funciona el ojo, que sólo es ca-
paz de recibir cierto tipo de rayos, o si cada célula del cuer-
po posee la misma capacidad de recepción por lo que se
refiere a esos mensajes. Si la segunda hipótesis es válida,
nuestro cuerpo es un gigantesco tubo de ensayo dentro del
cual se realizan reacciones químicas en las que participan
todas y cada una de sus células. J. L. Thompson, especialis-
ta en ritmos biológicos, escribe. «La cuestión que hay que
plantearse es si tales organismos son un reloj o contienen
un reloj. Quizá no convenga que sea planteada esta cues-
tión, o, por lo menos, no por un biólogo.» 4
Los especialistas reconocen que, en esta fase de nuestro
conocimiento, los químicos tienen la palabra. Por lo tanto,
es importante que comprendamos la conducta anormal de
los cuerpos compuestos químicos en relación con las condi-
ciones del espacio exterior.

¿Simple brujería?

El profesor Giorgio Piccardi, director del Instituto de


Química Física de Florencia, se ha sentido intrigado por la
conducta escandalosamente aberrante de las reacciones de
LOS RELOJES CÓSMICOS 293

laboratorio. En 1935, dijo: «No resulta válido decir que algo


no existe sólo porque no hay manera de entenderlo.» 5 A con-
tinuación, decidió profundizar en el problema: se interesó
en la manera de quitar incrustaciones de sarro del interior
de las calderas. El agua deja depósitos calcáreos dentro de
los envases que se usan para contenerla y las amas de casa
tienen también este problema con sus cacharros de cocina.
Las calderas industriales no son excepción a esta regla. Es-
tos sedimentos pueden afectar seriamente al funcionamien-
to de las máquinas, y existen varios métodos químicos para
disolverlos. Uno de ellos consiste en añadir agua especial-
mente tratada a intervalos regulares a la caldera. Piccardi
describe así este método:

Una redoma de cristal que contiene una gota de mercurio


y neón a baja presión es revuelta lentamente en el agua. A me-
dida que el envase se mueve, el mercurio va frotando contra
el cristal; la doble capa eléctrica entre el mercurio y el cristal
se rompe, produciendo una descarga roja luminescente a tra-
vés del6 neón. El agua que toca el cristal termina siendo acti-
vada.

El agua activada no sólo deja de producir depósitos cal-


cáreos una vez echada en la cadera, sino que, de hecho, di-
suelve incrustaciones anteriores, de modo que pueden ser
retiradas del interior en forma de solución fangosa. Pero
la composición química del agua tratada químicamente si-
gue siendo en absoluto idéntica a la del agua normal. Es,
en verdad, como de brujería: unas pocas luces rojas, unas
pocas descargas eléctricas y ya está. El agua así tratada ad-
quiere propiedades «milagrosas». Un alquimista de la Edad
Media no podría esperar conseguir resultados tan sorpren-
dentes con todas las manipulaciones de sus retortas y alam-
biques. De hecho, muchos investigadores se negaron a ad-
mitir la eficacia de este procedimiento. Su negativa era tan-
294 MICHEL GAUQUELIN

to más comprensible cuanto que la acción fisicoquímica del


agua activada sobre los depósitos calcáreos no era unifór-
mente efectiva. Pero si los químicos pueden presenciar in-
diferentes la desigualdad de las reacciones que se realizan
en sus laboratorios, los dueños de fábricas no pueden ha-
cer caso omiso de los problemas que les plantean sus cal-
deras con depósitos imposibles de disolver. Por eso fue lla-
mado Piccardi a escena.
Piccardi ya había estudiado este problema concreto, lle-
gando a formular una explicación. Al producir la reacción
del agua activada en los depósitos calcáreos en el laborato-
rio, encontró que la variabilidad no se debía al azar, ese
azar que la ciencia moderna invoca para explicar fenóme-
nos desconocidos de la misma manera que en los siglos
pasados se invocaban fuerzas satánicas. Un día, Piccardi ha-
bía cubierto sus redomas con una fina capa metálica. Aun-
que esta cobertura no tocaba el agua activada, su proximi-
dad bastó para modificar el ritmo de la reacción. Fue como
si la superficie metálica hiciese el papel de escudo, impi-
diendo el paso de fuerzas procedentes del exterior, de arri-
ba. «En 1939 —escribe Piccardi—, comprendí que la con-
ducta, constantemente fluctuante, del agua activada de-
pendía de algo que ocurre en el espacio que nos rodea. (Véa-
se fig. 11.)

El método de los experimentos químicos

Con objeto de averiguar más sobre los agentes espacia-


les, Piccardi desarrolló un sistema experimental original.
La dificultad más grande con que tenía que lidiar consistía
en la extremada variabilidad de las reacciones: ¿Cómo se
podría descubrir constantes en tal falta de consistencia?
LOS RELOJES CÓSMICOS 295

Como las reacciones variaban de minuto a minuto, hacían


falta suficientes observaciones simultáneas para deducir un
término medio estadístico —una cantidad constante, no
afectada por el azar—, y entonces repetir esas observacio-
nes simultáneas regularmente durante cierto número de
años. Además, era necesario que la reacción fuese simple,
para que el procedimiento pudiera ser establecido fácilmen-
te. Piccardi preparó un mezclador sincronizado capaz de rea-
lizar veinte experimentos al mismo tiempo; para el experi-
mento, escogió un coloide inorgánico, oxiclórico de bismu-
to. La reacción consistía en echar tricloro de bismuto en
agua destilada, donde aquél se precipita. Hay gran varia-
ción en la velocidad con que tiene lugar esta precipitación.
A partir de 1951, Piccardi y sus ayudantes midieron la
velocidad de esta reacción química tres veces al día en su
laboratorio de Florencia. La perfecta continuidad de estos
experimentos, que se convirtieron en una especie de rito
diario, es la única forma de conseguir identificar las causas
cósmicas de las variaciones diarias. Piccardi tiene una efi-
ciente ayudante, la señora C. Capel-Boute, directora del Ins-
tituto Electroquímico de la Universidad de Bruselas. Esta
señora había sido consultada por industriales belgas con
objeto de resolver el misterio de las incrustaciones de sarro
de las tuberías de la traída de aguas de Bruselas, de modo
que decidió preparar en sus laboratorios una serie de ex-
perimentos semejantes a los que se estaban realizando en
Florencia.8 El método experimental resultó eficaz. Permitió
a Piccardi identificar las causas de la variabilidad que otros
hombres de ciencia habían comprobado sin poder averi-
guar sus orígenes. Las causas eran cósmicas: los primeros
efectos que aparecieron eran debidos a la actividad solar.
Los experimentos de Piccardi aislaron varios tipos de va-
riaciones:.
vo

45-
-4 -3 -2 -1 O +1 +2 +3 +4
Días antes y después de erupciones sotares

Ffg. 11.-r LOS EFECTOS DE LAS ERUPCIONES SOLARES EN LAS REACCIO-


NES QUÍMICAS.
El experimento «F» de Piccardl (reacciones químicas llevadas a cabo al aire
libre). El experimento «D» de Píccardi (reacciones químicas llevadas a cabo
en el Interior). El día de una erupción solar (marcada con la letra O en el
diagrama), el experimento «F» muestra una fuerte anomalía ausente, tanto
antes como después de la erupción. Por otra parte, el experimento *D», tea-
¡izado en el interior, no fue influido por las erupciones solares. En la figura
se ven los medios de ambos experimentos. (Según Píccardi, La base quími-
ca de la climatología médica ISprlngfleld, Illinois: Charles Thomas, 1962},
página 86.)
LOS RELOJES CÓSMICOS 297

Variaciones a corto término. Éstas son cambios en la


reacción química que se produce en el momento de una sú-
bita erupción solar, fuertes perturbaciones magnéticas o la
llegada de grandes haces de rayos cósmicos. Cuando la Tie-
rra es bombardeada por los efectos de súbitos accesos de
mal humor solar, las reacciones dentro de jarros dejados
al aire libre se producen con mayor rapidez, mientras que
las que tienen lugar en jarros protegidos por tapas metá-
licas no cambian.
Variaciones de once años. La rapidez con que se preci-
pita el oxiclórido de bismuto varía también en relación con
el ciclo de once años de actividad de manchas solares. Año
tras año, la curva de frecuencia de las manchas solares es
notablemente paralela a la curva de reacciones químicas.
(Véase fig. 12.) *
Se descubrió también un efecto lunar. Dos de los cola-
boradores de Piccardi, Papeschi y Costa, habían estado es-
tudiando la naftalina. En 1963, demostraron que la rapidez
de solidificación estaba en función de las fases de la Luna:
era más rápida con la Luna nueva, pero menos rápida con
la Luna llena.10 Al mismo tiempo, el químico A. Rima es-
tudió el efecto de los ciclos lunares en los resultados de los
experimentos de Piccardi.u
Para concluir, un coloide en una solución acuosa reac-
ciona ante todos los efectos cósmicos que hacen reaccionar
también a los hombres y los animales. Además, gracias a la
perseverancia de la obra de Piccardi y al ingenio de su mé-
* Hay otros vínculos sorprendentes entre los objetos inanima-
dos y el ciclo solar de once años. El astrónomo Barber ha revelado
que una batería eléctrica instalada en el Observatorio Norman
Lockyer de la Universidad de Exeter tuvo que ser vuelta a cargar
con más frecuencia durante los años de máxima actividad solar. Des-
de 1925 hasta 1960, la frecuencia con que ha habido que cargarla de-
pendió siempre de la curva de las manchas solares.' (N. del A.)
298 MICHEL GAUQUELIN

100

AñOS 1951 ' 1952 1953 1954 1355 1956 1957 ' 1958 ' 1959

Fíg. 12.—VELOCIDAD DE LAS REACCIONES QUÍMICAS COMO FUNCIÓN


DEL CIELO SOLAR DE ONCE AÑOS.
La velocidad del precipitado del oxlclorldlo do bismuto está en relación con
la actividad de la mancha solar La curva superior representa ios resultados
(en tantos por ciento) de la prueba química de Plccardl a través do los años.
La curva inferior muestra el número do manchas solares a través de los años.
(Según G. Piccardi, ?La base química de la climatología médica, Springfleld,
Illinois, Charles thomas. 1962,. pág 95.)
LOS RELOJES CÓSMICOS 299

todo, se ha conseguido concentrar la atención general en


torno a la posible acción de un reloj cósmico que había sido
descuidado por los investigadores anteriores: la posición
de la Tierra en la nebulosa. Es difícil imaginar cómo puede
la nebulosa, que es un universo de universos, afectar las
reacciones químicas del agua contenida en una jarra; con
objeto de explicar esta posible relación, Piccardi elaboró
lo que él llama su «hipótesis solar». La Tierra, girando en
torno al Sol, cruza la nebulosa a la extraordinaria veloci-
dad de diecinueve kilómetros por segundo. El curso de este
movimiento no es recto, sino que sigue una línea helicoi-
dal, como de camino en espiral. Por lo tanto, la Tierra cam-
bia constantemente de posición con respecto a los campos
de fuerza de la nebulosa, que son increíblemente fuertes.
Ésta es, probablemente, una de las razones que explican
que las reacciones químicas se realicen a diferentes veloci-
dades en diferentes meses del año.
En los años de 1951 a 1961, la variación anual de los
experimentos de Piccardi mostró un punto mínimo en la
primavera, cuando la Tierra cruza el espacio con más rapi-
dez que nunca, y la única vez en que sigue al Polo Norte
delante de la nebulosa. Desde 1961, sin embargo, el efecto
del movimiento de la Tierra dentro de la nebulosa en las
reacciones químicas pudo haber sido alterado, según Pic-
cardi, a causa del cambio en las posiciones relativas de los
planetas Júpiter y Saturno. Las perturbaciones son causa-
das, probablemente, por las colas magnetosféricas de esos
planetas en el campo solar y de la nebulosa. La pregunta
de Piccardi ha recibido respuesta: las condiciones espacia-
les controlan los efectos caprichosos del agua activada en
los depósitos calcáreos que cubren el interior de las cal-
deras.
300 MICHEL GAUQUELIN

La estructura del agua

El agua tiene una extraña cualidad que le permite reac-


cionar de la manera más acomodaticia ante influencias ex-
ternas. Para comprenderlo es preciso saber ante todo qué
es el agua, y sólo en estos últimos años ha sido posible
responder a esta gran cuestión. Hasta hace poco, los quí-
micos, fiándose de las apariencias, daban por supuesto que
el agua era el líquido perfecto. Y, sin embargo, sus propie-
dades físicas son extremadamente anormales y contradicen
los cálculos teóricos que normalmente se aplicarían al lí-
quido perfecto. Como dijo el químico francés Duval, el
agua es «un líquido que todavía recuerda la forma crista-
lina del hielo del cual deriva». u
Bernal y Fowler, en 1933, y H. Frank, en 1939, propusie-
ron el concepto de que el agua tiene una estructura pseu-
docristalina semejante a la de los cuerpos sólidos.1314 Esto
significa que la combinación de moléculas de agua está or-
ganizada según un esquema que no podría existir en un
líquido perfecto. Pople, en 1951, aventuró la hipótesis de
que la organización molecular era continua, «una estructu-
ra que se perpetúa a sí misma»; un vaso de agua, en cierto
sentido, se componía «de una sola molécula».15 Pero esta
estructura es extremadamente frágil. Las pirámides de áto-
mos de hidrógeno y oxígeno están unidas tan débilmente
unas a otras, que la menor presión externa puede destruir
la organización. En comparación con la estructura perma-
nente de los sólidos, la estructura del agua es inestable y
está sujeta a cambios básicos como resultado de influen-
LOS RELOJES CÓSMICOS 301

cias incluso de energía muy débil. * Hasta el más insig-


nificante cambio estructural puede modificar las propieda-
des físicas del agua.

El Cosmos desequilibra la estructura del agua

Ahora, tenemos una solución satisfactoria al problema


al que nos hemos referido más arriba, porque hemos visto
que el agua activada tiene un efecto distinto del de agua
normal sobre los depósitos calcáreos, ya que su estructura
ha sido cambiada con la activación. Si el agua activada no
ejerce su acción disolvente en las incrustaciones es porque
hay factores cósmicos que, a veces, neutralizan los efectos
del tratamiento físico. Éste es también el motivo de que los
coloides inorgánicos suspendidos en las jarras de Piccardi
varíen de manera tan acomodaticia como función de fuer-
zas externas. El agua estudiada en el laboratorio es tan sen-
sible a cambios muy leves en los campos eléctricos o mag-
néticos como los animales que estudió Brown. En 1965, dos
químicos de la Universidad de Florencia, Bordi y Vannel,
notaron ciertas diferencias en la conductividad eléctrica de
agua que había sido expuesta a los efectos de un imán muy
pequeño. 16 En el Centro Nacional de Investigación Atmos-
férica de Boulder, Colorado, W. H. Fisher y sus ayudantes
han demostrado que la estructura del agua es extremada-
mente sensible a los campos electromagnéticos." Por me-
dio de esos sutiles campos de fuerza, el Cosmos modifica
las propiedades del agua.
A pesar de su naturaleza aparentemente abstracta, el
* El profesor H. S. Frank, de la Universidad de Pittsburg; llama
a esas importantes consecuencias de energía más baja en el agua
«efectos automáticos». (N. del A)
302 MICHEL GAUQUELIN

efecto de Piccardi ofrece grandes consecuencias. El agua


no es tan sólo el líquido de nuestro planeta, sino también
el líquido de nuestra vida. Los organismos vivos están ex-
puestos al Cosmos igual que los coloides en las jarras de
los laboratorios. El cuerpo humano, por ejemplo, se com-
pone de agua en un 65 por cierto. Hay agua en la sangre, en
la linfa, en todos los órganos del cuerpo. Varios químicos,
Magat sobre todo, han demostrado que la estructura del
agua es especialmente frágil a la temperatura normal del
cuerpo humano. De hecho, entre los 35 y los 40 grados
centígrados, el agua pierde definitivamente su estructura
para convertirse en un líquido perfecto.18
En 1962, Piccardi escribió: «Quizá incluso sean el agua
y el sistema acuoso lo que permite a las fuerzas externas
reaccionar ante los organismos vivos.»19 Porque, explica,

la existencia de una estructura tan delicada y sensible, per-


mite suponer que con medidas apropiadas se podría modificar
la estructura misma e infinitas maneras, y de esa forma pode-
mos suponer que el agua es sensible a influencias extremada-
mente delicadas y capaz de adaptarse a las más diversas cir-
cunstancias hasta un punto al que no puede llegar ningún otro
lí[Link]

Dentro del organismo humano, así como dentro del or-


ganismo animal y de las plantas, la estructura del agua
cambia fácilmente como reacción a estímulos provenientes
del espacio exterior, ya se trate de ondas, partículas o per-
turbaciones de tipo gravitacional o magnético. Gracias a
descubrimientos químicos, podemos ver ahora con clari-
dad cómo consiguen los entes vivos regular su actividad en
respuesta a ritmos externos. El efecto de Piccardi explica
la sensibilidad del organismo a tales ritmos:
LOS RELOJES CÓSMICOS 303

Somos impotentes frente a los fenómenos externos. No po-


demos impedir que se desencadenen tormentas magnéticas o
que erupten las manchas solares; no podemos impedir que on-
das electromagnéticas de muy baja frecuencia penetren por las
paredes de nuestros laboratorios, fábricas, casas y cuerpos. a

Todo esto encaja muy bien con el pensamiento de


Brown, que, en 1962, anunció lo siguiente en la Academia
de Ciencias de Nueva York:

Los fisiólogos deben reconocer que los organismos, aunque


estén protegidos contra todos los factores normales a los que,
tradicionalmente, han sido considerados sensibles, siguen, a pe-
sar de todo, obteniendo información sobre su ambiente rítmi-
co externo en nuestro planeta.22

La base cósmica de la vida

Hasta hace poco, no se comprendía la medida en que


las influencias del espacio están constantemente presentes
en torno a nosotros y dentro de nosotros. Hace unos pocos
años, nadie tenía aún la menor idea de por qué las reaccio-
nes químicas o biológicas variaban de un día a otro a pe-
sar de las complejas precauciones que se tomaban para
impedirlo. El hecho es que, por lo que se refiere a los líqui-
dos, nunca hay condiciones constantes. Naturalmente, en
experimentos idénticos con sólidos no ocurre lo mismo,
porque la organización de los sistemas sólidos es casi inmo-
dificable; las influencias débiles no les afectan. Pero los
sólidos no tienen vida.
La vida es el equilibrio inestable del elemento líquido.
Ninguna precaución puede proteger la estructura inestable
de los líquidos contra los efectos de las fuerzas externas.
No es el azar, sino una ley natural permanente lo que hace
304 MICHEL GAUQUELIN

que los experimentos con líquidos sean difíciles de repetir


de una hora a otra. Según la buena definición de Piccardi,
se trata de «fenómenos fluctuantes». ¿Es esto razón para
renunciar a la idea de estudiarlos? No debiera serlo. * Por
el contrario, es preciso tener en cuenta el momento exacto
en que se produce la reacción; éste es un factor tan impor-
tante como los medios químicos con que se realiza el ex-
perimento, porque el Cosmos puede intervenir en cualquier
momento, dejando a su paso una huella que puede ser cau-
sa de que las condiciones del experimento cambien. El
joven ayudante de laboratorio que mencionamos al comien-
zo de este capítulo tomó, indudablemente, todas las pre-
cauciones posibles para que el experimento diera buen re-
sultado, pero olvidó la influencia horaria del Cosmos en
los sucesos terrestres. Por eso, las reacciones químicas sa-
len bien un día y mal el siguiente; por eso también, los
accidentes fisiológicos caen sobre el hombre como rayos ce-
lestes; y eso explica también la extraña conducta de los
mecanismos natales con respeto a los relojes planetarios.
El zoólogo Cloudsley-Thompson ha planteado la cues-
tión: ¿Es el organismo mismo un reloj o contiene un reloj?
En estas páginas hemos visto emerger una teoría explicati-
va en respuesta a esta pregunta. No parece que los seres
vivos tengan un sentido específico que les permita percibir
por separado cada una de las influencias recién descubier-
tas. Probablemente el cuerpo, en su totalidad, reacciona de
modo constante ante los ritmos ambientales. El cuerpo en
su conjunto es, probablemente, un reloj biológico y, al mis-
mo tiempo, una brújula biológica; muy probablemente tam-
bién es capaz de «percibir» incluso matices más sutiles, ta-

* Hace unos pocos años, se creó en Florencia un Centro Univer-


sitario para el Estudio de los Fenómenos Fluctuantes; bajo la di-
rección de G. Piccardi ha ganado ya reputación mundial. (N. del A)
LOS RELOJES CÓSMICOS 305

les como los que emanan de los planetas más cercanos.


Todo esto puede ocurrir por mediación de las estructuras
alterables del organismo: el agua y los coloides de que prin-
cipalmente se compone. Por lo tanto, es probable que, como
dice Piccardi,

la acción de fuerzas extraterrestres no concierne a ningún ór-


gano determinado, a ninguna enfermedad determinada, a nin-
guna función biológica determinada, sino al complejo estado de
la materia viva. Los organismos tienen que mantener sus con-
diciones vitales en la medida de lo posible, y para esto es pre-
ciso que reaccionen ante las propiedades fluctuantes de su
medio ambiente, que luchen por mantenerlas estables. Esto da
por resultado una honda «fatiga» de todos los sistemas coloi-
dales del organismo, de toda su sustancia material. Puede de-
cirse que es la materia viva en su conjunto la que resulta así
perturbada. B

Sin la capacidad de reacionar rápidamente a las influen-


cias externas, la vida sería imposible. El diálogo externo
entre el hombre y el espacio parece ser indispensable para
nuestra supervivencia.

NOTAS AL CAPÍTULO XII

1. G. Piccardi, «Exposé introductif», Symposium Intern. sur tes


Reí Phén. Sol. et Terr. (Bruselas: «Presses Académiques Européen-
nes», 1960).
2. H. Bortels, «Beziehungen zwischen Witterungsablauf, physi-
kalisch-chemischen Reaktionen, biologischem Geschehen und Sonne-
naktivitát», Naturwissenschaften, XXXVIII (1961), 165.
3. E. Findeisen, «Experimentelle Untersuchungen über den Ein-
fluss des Witterungsablaufes auf die Bestandigkeit eines Kolloids»,
Bioklimat. Beibl., X (1943), 23.
20 — 2.795
306 MICHEL GAUQUELIU

4. J. CIoudsley-Thompson, Rythmic Activity ín Animal Physio-


logy and Behaviour (Nueva York; «Academic Press», 1961).
5. Piccardi, op. cit.
6. Ibid.
7. Ibid.
8. C. Capel-Boute, «Observations sur les tests chimiques de Pic-
cardi», Symp. Intern. sur les Phén. Sot. et Terr. (Bruselas: «Presses
Académiques Européennes», 1960.)
9. D. Barber, «Apparent Solar Control of the Effective Capacity
of a 110-V. 170 AH Lead-Acid Storage Battery in an Eleven-Year-
Cycle», Nature, CXCV (1962), 684.
10. G. Papeschi y M. Costa, «First Results on the Relations
Between the Naphthalene Test and the Lunar Phases», Geofis. e Me-
teorol, XIV (1965), N.° 3-4, 79.
11. A. Rima, «Sui possibili Rapporti fra le fasi lunari e l'anda-
mento dei test chimici Piccardi», Geofis. e Metereol, VIII (1964), N.°
1-2, 3.
12. C. Duval, L'eau (París: «P U F», 1962), pág. 6.
13. J. Bernal y R. Fowler, «A Theury of Water and Ionic Solution
with Particular Reference to Hydrogene and Hydroxil lons», Journal
of Chemical Physics, I (1953), 515.
14. H. S. Frank, «The Structure of Water», Pederation Procee-
dings, XXIV (1965), 2.
11. J. Pople, «A Theroy of the Structure of Water», Proceedings
of the Royal Society, A, CCII (1950), 323.
16. S. Bordi y F. Vannel, «Variazione giornaliera di grandezze
chimicofisiche. Conducibilitá elettrica», Geofis. e Meteorol, XIV
(1965), 28.
17. W. Fisher, G. Sturdy, M. Ryan y R. Pugh, «Some Laboratory
Studies of Fluctuating Phenomena», Cuarto Congreso Biometeoro-
lógico Internacional (en preparación).
18. M. Magat, «Change of Properties of Water Around 40° C»,
Journal Phys. Radium, VI (1936), 108.
19. G. Piccardi, The Chemical Basis of Medical Climatology
(Springfield, Illinois: «Charles Thomas», 1962).
20. Ibid.
21. G. Piccardi, «Exposé Introductif», op. cit.
22. F. A. Brown, Jr., «Extrinsic Timing or Rhythms», Annáls of
the New York Academy of Science, XCVIII (1962), 775.
23. G. Piccardi, «Exposé introductif», op. cit.
EPÍLOGO

DE LOS DIOSES DE LUZ


A LOS RELOJES PLANETARIOS
Como afirma un antiguo texto hermético titulado La Ta-
bla de Esmeralda:

Es verdad, no mentira, es verdad y muy cierto: Aquello


que está alto es como lo que está debajo y lo que está deba-
jo es como lo que está alto.

Esta frase expresa las primeras intuiciones de nuestros


antepasados sobre la relación del hombre con el Universo
circundante. Describe en términos enigmáticos la doctrina
esotérica según la cual el hombre es un universo en minia-
tura, construido según el modelo del Universo cósmico. El
hombre es un microcosmos, solía decirse, los cielos son el
macrocosmos, y entre ambos circulan íntimas corrientes
simpáticas.
La ciencia moderna no ha retenido el aspecto ocultista
de esta venerable lección. El cielo no es un espejo mágico
en el que se reflejan nuestros placeres y dolores. Pero la
ciencia nos enseña que el Universo en su totalidad está re-
flejado en una gota de agua, que los ritmos son necesarios
para la supervivencia de la vida. De esta forma, comenza-
mos a ver que nuestros cuerpos, de hecho, están atados, con
cuerdas invisibles, al Cosmos, como se percibió vagamente
310 MICHEL GAUQUELIN

en el pasado. Pero estas cuerdas no están sujetas por las


manos de dioses planetarios que nos mueven como a ma-
rionetas, sino por campos de fuerza llamados electricidad,
magnetismo y gravedad.
En los libros de alquimia de la Edad Media, hay una
idea para los que buscan la piedra filosofal. Esta idea, que
ha sobrevivido a muchas generaciones, es que ciertas confi-
guraciones celestes «sellan» la reacción mágica que el al-
quimista trata de conseguir en sus alambiques. Los alqui-
mistas eran también astrólogos, y sus viejos pergaminos
nos explican con mucho detalle que si se quiere transfor-
mar el plomo en oro la configuración celeste favorable, que
será la única que permita esa transformación, ha de ser ele-
gida ante todo. La ciencia de hoy ha renunciado a la bús-
queda de la piedra filosofal y, sin embargo, nos enseña que
un «sello» cósmico específico afecta realmente a varias
reacciones físicas, químicas y biológicas.
Otra ciencia antigua dice que los cambios aparentemen-
te insignificantes pueden, con el tiempo, transformar los
compuestos químicos. Éste es el motivo de que el alquimis-
ta tuviera que mezclar constantemente sus ingredientes, día
tras día, hasta que el metal base se transformara progresi-
vamente en oro reluciente. La física moderna consigue la
transmutación de los elementos con ayuda de gigantescos
ciclotrones, en los que la materia es bombardeada con elec-
trones, desarrollando estados de altísima energía. Pero los
hombres de ciencia también han descubierto la importan-
cia de las energías muy bajas que modifican la estructura
del agua. Y los líquidos son la base estructural de la vida,
que tiene toda la fragilidad de sus elementos constituyen-
tes.
En el siglo IV a. de C, Hipócrates afirmó: «El espacio
entre la Tierra y el cielo está lleno de espíritu. Los movi-
LOS RELOJES CÓSMICOS 311

mientos mismos del Sol, la Luna y las estrellas son causa


del soplo de este espíritu.» Los caldeos creían también en
un éter «vivo». Los satélites artificiales que giran ahora en
torno al planeta no han encontrado dioses en el cielo, pero
sus instrumentos han demostrado que lo que hace treinta
años pasaba por ser un «vacío interestelar» en realidad está
lleno de materia y energía. Las estelas magnetosféricas de
los planetas bailan un ballet constante en los campos de
fuerza del Sol y la nebulosa.
Tenemos que reconocer los méritos de los que, en el pa-
sado, sin apenas medios a su disposición, trataron de com-
prender la naturaleza y la influencia de las estrellas. Una
tablilla de arcilla cubierta de letras cuneiformes dice: «Un
halo que rodea a la diosa lunar es indicio de lluvia.» Nues-
tros meteorólogos empiezan a descubrir que la lluvia pue-
de ser influida por los movimientos lunares. Los faraones
deificaron al Sol, atribuyéndole mil potencias mágicas. Aho-
ra, sabemos que el Sol ha influido en la vida desde sus co-
mienzos, contribuyendo a su creación, preservación y, a ve-
ces, también a su destrucción. La teoría de las «firmas as-
trales», tan cara a los antiguos astrólogos, reaparece en el
efecto de los relojes planetarios en el momento de nacer,
induciéndonos a considerar la posibilidad de establecer
científicamente predicciones basadas en la hora del naci-
miento de un ser humano. Ya se ha encontrado un vínculo
entre los ritmos planetarios y ciertos tipos de actividad hu-
mana. La relación estadísticamente significativa entre Mar-
te y médicos, atletas y militares puede ser el comienzo de
un espectacular regreso del viejo simbolismo caldeo a nues-
tra vida intelectual.
Sería presuntuoso insistir en que el hombre nunca con-
siguió penetrar en la verdad, ni siquiera vagamente, duran-
te los seis mil años de investigaciones astrológicas. El al-
312 MICHEL GAUQUELIN

quimista Brandt descubrió el fósforo por casualidad en


1669, cuando buscaba la piedra filosofal. Y, sin embargo, no
debiéramos confundir la química con la alquimia o la bio-
meterología con la astrología. Hemos visto que ciertos atis-
bos de la verdad han sido interpretados prematuramente y
tergiversados, y que las primeras intuiciones correctas so-
bre las influencias cósmicas en el hombre han degenerado
en mito y superstición.
Hoy, la ciencia revela y explica las influencias cósmi-
cas en nosotros en términos nuevos, divorciados de toda
magia o astrología; nuevas disciplinas científicas basadas
en la investigación están siendo creadas. Aún son recono-
cidas sólo en parte por causa de su reciente origen. El doc-
tor S. Tromp, de la Universidad de Leyden, dirigiéndose a
la Academia Mundial de Artes y Ciencias, dijo que eran «se-
miciencias», y añadió: «Comprenden esos tipos de investi-
gación fundamental que penetran en campos completa-
mente desconocidos del conocimiento humano, considera-
dos hasta hace poco como vagos, faltos de realismo, pseu-
docientíficos y, por desgracia, favoritos con frecuencia de
sacamuelas carentes de todo sentido científico.»
Dos semiciencias están estudiando ahora el campo re-
clamado a la astrología: la primera es la biometereología,
que estudia la influencia de las condiciones cósmicas y at-
mosféricas en la vida; la segunda es el estudio del signifi-
cado y la importancia de los ritmos biológicos. Dos socie-
dades científicas internacionales representan a estas dos
disciplinas: La Sociedad Internacional de Biometeorología
(ISB) y la Sociedad de Ritmos Biológicos (SBR).
Por lo que se refiere a los intrigantes efectos heredita-
rios que han sido descubiertos en el estudio de los ritmos
planetarios, no cabe leer en ellos ningún significado ocul-
tista. De hecho, se trata de un concepto que es completa-
LOS RELOJES CÓSMICOS 313

mente opuesto al de la predestinación astrológica. La Luna


y los planetas no son milagrosos determinantes de nuestro
futuro. El cielo del nacimiento no añade nada al niño que
éste no tenga ya en sí. El efecto de las estrellas no cambia
el carácter del recién nacido, ni determina el futuro en di-
recciones felices o desgraciadas. El poder de los dioses es-
telares ha sido sustituido por la acción indiferente, aunque
real, de los relojes planetarios.
Pero esto no debiera impedirnos sentir agradecimiento
por las ideas tanteantes de los astrólogos. Si no hubiéra-
mos aceptado el desafío que nos lanzaban sus fantásticas
afirmaciones, no habríamos descubierto la existencia de
los relojes planetarios. Ahora vemos que la idea de que el
hombre puede ser afectado por el cielo circundante es per-
fectamente normal. Cuando los hombres de la antigüedad in-
tuyeron este mundo de influencias astrales, lo encuadraron
en la estructura de su pensamiento primitivo, envolviéndo-
lo en mitos, ingeniosos y profundos a veces, que aún ani-
dan en lo más hondo de nuestro subconsciente colectivo,
como ha demostrado Jung.
Pero ya es hora de someter a una rigurosa investigación
esos fenómenos y de dejar de buscar soñadoramente la cla-
ve de las estrellas. Claro está, el subconsciente humano
cambia lentamente. Su temor al futuro le hace preferir las
explicaciones ocultas, supersticiosas, a las explicaciones
científicas basadas en la razón. Hemos visto que la astro-
logía, como disciplina intelectual, está estancada casi desde
sus orígenes. Hoy en día, en manos de ignorantes adivinos,
se ha convertido en la caricatura de una ciencia para uso
de los débiles y los perezosos. El respetable pensamiento
cósmico, apartado de sus fuentes, ha descendido al nivel de
un juego fraudulento y chismoso. Pero aún es posible reha-
cer el camino y volver a la fuente.
314 MICHEL GAUQUELIN

Subiendo los siete pisos de sus torres de observación,


los sacerdotes caldeos creían que estaban llegando casi al
cielo. Su esperanza, hoy, nos parece tonta, pero también
conmovedora y comprensible. Sus ojos y su pensamiento
se fijaban en los mensajes que les enviaban sus dioses; muy
por encima de las polvorientas ciudades, el sacerdote con-
versaba con el Universo de igual a igual. Existe una sorpren-
dente continuidad entre su actitud y la que hoy mueve a la
Humanidad a gastar tanto tesoro de valor e inteligencia en
dejar la Tierra, camino de las estrellas que nos llaman. El
astronauta, dentro de su cápsula, gritando de admiración
al ver la belleza del cielo circundante por primera vez des-
de tal altura, puede pensar, agradecido, en sus predeceso-
res, los sacerdotes astrólogos. Puede recordar sin menos-
precio la orgullosa confesión de Tolomeo, el «príncipe de
los astrólogos»:
«Mortal soy, sé que he nacido para vivir sólo un día,
pero cuando observo las compactas multitudes estelares en
su curso circular, mis pies ya no pisan la tierra; asciendo
hasta el mismo Zeus, para que me haga beber ambrosía, el
alimento de los dioses.»
APÉNDICE PRIMERO

METODOLOGÍA Y ANÁLISIS ESTADÍSTICO


El breve sumario que sigue a continuación relacionará los prin-
cipales principios científicos que hemos presentado en el capítu-
lo XI sobre las influencias planetarias en la vocación humana.

El movimiento diurno
Todos los días, como resultado de la rotación de la Tierra en
torno a sí misma, el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas des-
criben en torno a la Tierra una trayectoria de veinticuatro horas
llamada movimiento diurno.
Consideremos, por ejemplo, el movimiento diurno de Marte el
24 de mayo de 1956, en París. En el Anuario del Departamento de
Longitudes nos encontramos con que, ese día, en París, Marte se
levantó a las 0 h. 44 m. y culminó a las 5 h. 33 m. y se puso a las
10 h. 22 m., para levantarse de nuevo a la mañana siguiente aproxi-
madamente a la misma hora que el día anterior.
En la figura 13, dos círculos perpendiculares indican el horizonte
y el meridiano de la localidad. El movimiento diurno de Marte se
realiza en torno al círculo ABCDA. En nuestro ejemplo, cuando la
trayectoria de Marte corta el horizonte oriental, el planeta está le-
vantándose; son las 0 h. 44 m. (punto A). Luego, sube por el cielo
hasta llegar al punto máximo de ascensión, culminando en el me-
ridiano; son las 5 h. 33 m. (punto B). El planeta desciende hacia el
horizonte occidental, donde desaparece a las 10 h. 22 m. (punto C).
316 MICHEL GAUQUELIN

Debajo de la Tierra sigue un camino que completa la trayectoria


comenzada sobre el horizonte. Llega al punto inferior de su ruta
al cruzar de nuevo el meridiano (punto D). Desde allí, sube de nue-
vo hacia el horizonte, sobre el cual aparecerá de nuevo cerca del
punto A.
Es evidente que la posición del planeta, vista desde la Tierra,

Culminación
5 h. 33-m. JL

Flg. 1 3 — MOVIMIENTO DIURNO DE MARTE EL 26 DE MAYO DE 1956, EN


PARÍS,
LOS RELOJES CÓSMICOS 317

cambia a ritmo uniforme, de hora en hora. En nuestro ejemplo, si


una persona ha nacido el 24 de mayo de 1956 a la una de la ma-
drugada, diríamos que Marte estaba subiendo. Si el nacimiento se
produjo a las seis, diríamos que el planeta acababa de culminar y
comenzaba el descenso hacia el horizonte. En cualquier momento
del día o de la noche, todos los planetas del sistema solar están
situados en puntos diferentes entre el horizonte y el meridiano; sus
posiciones pueden ser seguidas con mucha facilidad con ayuda de
la información que contienen los anuarios astronómicos.

La división del movimiento diurno en sectores


Las investigaciones mencionadas en el capítulo XI incluyen mi-
les de fechas de nacimientos que coinciden con miles de posibles
posiciones a lo largo del movimiento diurno de cada planeta. Para
llevar a cabo un análisis estadístico de la frecuencia de nacimien-
tos en cada posición, es preciso dividir el movimiento diurno en
sectores. Esto nos permite agrupar los nacimientos que ocurrieron
mientras el planeta estaba en la misma región del cielo.
Pero ¿de acuerdo con qué procedimiento hay que dividir el mo-
vimiento diurno? Continuemos con el ejemplo presentado en la fi-
gura 13 y desarrollado en la figura 14. El 24 de mayo de 1956, Marte
se levantó a las 0 h. 44 m. y se puso a las 10 h, 22 m., es decir, que
permaneció sobre el horizonte durante 9 horas y 38 minutos, o sea,
un total de 578 minutos. Por lo tanto, ese día el planeta estuvo in-
visible bajo el horizonte durante 862 minutos. Ese día, el arco diur-
no de Marte es de 578 minutos y el arco nocturno de 862 minutos.
Supongamos que queremos dividir el movimiento diurno en doce
sectores. Marte permanecerá en cada uno de sus sectores diurnos
durante el mismo espacio de tiempo; en este caso, 578/6 = 96 mi-
nutos por sector. Permanecerá en cada uno de sus sectores noc-
turnos 862/6 = 144 minutos.
Es más fácil ver lo que queremos decir si numeramos los doce
sectores, de uno a doce, comenzando con la subida del planeta y si-
guiendo, en el sentido de las manecillas del reloj, la dirección del
movimiento diurno (véase fig. 14). El 24 de mayo de 1956, Marte
permaneció en el sector número 1 desde las 0 h. 44 m. hasta las
2 h. 20 m., en el sector número 2 desde las 2 h. 20 m. hasta las
3 h. 57 m. La figura muestra las horas en que el planeta fue pasan-
do de cada sector al siguiente.
Si una persona nace a la una de la madrugada de ese día, no
sólo diríamos que nació cuando Marte estaba subiendo, sino, con
318 M I C H E L GAUQUELIN

mayor exactitud, que nació cuando Marte estaba en el sector nú-


mero 1. Si el nacimiento se produjo a las seis, diríamos que Marte
estaba en el sector número 4, en lugar de decir que acababa de cul-
minar. En cada nacimiento, el Sol y los demás cuerpos celestes ocu-
pan un sector especifico del movimiento diurno y es fácil calcular
los número de los sectores en que estaban en un momento deter-
minado. En una selección de varios miles de nacimientos, habrá
unos pocos cientos en los que Marte se hallaba en el sector nú-
mero 1, unos pocos cientos en el sector número 2 y así sucesiva-
mente. Lo mismo se puede decir de todos los demás planetas. Las

CULMINACIÓN
S h. 33 m.
3 h. 57 m. 7 h. 9 m.

2*1. 20 h. 45 tlb

0 h. 44 m.
10 h. 22 m.
Sale
Se pone

22 h. 20 m. 12 h. 46 II).

1S h. 56
15 h. s m .

17 h. 33 m.

Rfl. U. —DIVISIÓN DEL MOVIMIENTO DIURNO DE MARTE EN DOCE SEC-


TORES.
LOS RELOJES CÓSMICOS 319

frecuencias observadas de nacimientos durante los movimientos diur-


nos de los planetas fueron distribuidas entre estos «sectores» abs-
tractos.

El cómputo de frecuencias teóricas


Después de haber observado la frecuencia con que un planeta
determinado aparece en cada sector durante un número específico
de nacimientos, se plantea el problema de si verdaderamente hay
una relación entre la posición del planeta en cuestión y la frecuen-
cia de nacimientos. Para responder a esta pregunta es necesario
comparar la distribución realmente observada con la distribución
que hubiéramos esperado si el mismo número de nacimientos hu-
biese sido escogido al azar. El problema está en que, incluso en
una selección de nacimientos hecha al azar, un planeta determina-
do no se encontrará el mismo número de veces en cada sector.
De esa forma, la frecuencia teórica depende de dos tipos dife-
rentes de fenómeno; el primero, puramente astronómico, depende
a su vez de la longitud relativa de los arcos diurno y nocturno del
planeta en cuestión; el segundo es función del ritmo irregular de
nacimientos que se han producido a lo largo del día.
Aquí, nos limitaremos a mostrar de manera sucinta el papel
que tiene cada uno de estos fenómenos, ya que el problema ha sido
expuesto en detalle, con varios ejemplos numéricos, en mi obra
Méthodes pour étudier la répartition des astres dans le mouvement
diurne (París, 1957). El primer tipo de fenómenos puede ser llama-
do «condiciones astronómicas»; el segundo, «condiciones demográ-
ficas» (*).

Condiciones astronómicas
La forma de la distribución de frecuencias de la posición de
un planeta en el momento de nacer un ser humano depende ante
todo de las condiciones astronómicas de ese planeta durante el pe-
ríodo de tiempo en cuestión.
(*) Estos dos fenómenos no guardan relación con todos los cuerpos del sis-
tema solar por igual. En nuestras investigaciones, ninguno de ambos se aplicaba a
Júpiter o a la Luna. Las posiciones de Saturno, Urano, Neptuno y Plutón estaban
afectadas por condiciones astronómicas; las de Marte, por ambas; en cambio, las
del Sol, Mercurio y Venus parecían más sensibles a las condiciones demográficas.
(N. del A.)
320 M I C H E L GAUQUELIN

Volviendo a nuestra ilustración está claro que, si bien el tiempo


que el planeta pasa en cada sector diurno será el mismo, el que
pase en cada sector nocturno variará. Así, pues, el 24 de mayo de
1956, en el hemisferio norte habrán nacido más niños bajo el signo
de Marte en sectores nocturnos que en diurnos (véase fig. 14).
A medida que va pasando el tiempo, la longitud respectiva de
los arcos diurno y nocturno del planeta cambia progresivamente (*).
La probabilidad de la presencia del planeta en un sector diurno
cambia sistemáticamente en función de la probabilidad de su pre-
sencia en un sector nocturno. Es fácil comprender las consecuen-
cias estadísticas de tal diferencia si tomamos a la Luna como ejem-
plo. Supongamos que en una selección resulta que hay muchos más
nacimientos en junio que en diciembre. Como en nuestro hemis-
ferio los días son mucho más largos en junio que en diciembre,
nuestra selección contendrá muchas más personas nacidas durante
el día que dure la noche. En tal caso, sería sin duda más pro-
bable que el Sol esté en un sector diurno que en un sector noc-
turno. El mismo argumento vale, naturalmente, para los demás
cuerpos del sistema solar.
Es necesario, por lo tanto, computar el tiempo medio que cada
planeta pasó en los segmentos diurnos y nocturnos de su arco si
queremos hallar el total de las fechas de cada selección. Esto nos
permitirá calcular las frecuencias astronómicas esperadas teórica-
mente de cada planeta en cada uno de los seis sectores diurnos y
los seis sectores nocturnos (véase la Tercera Parte de Méthodes).

Condiciones demográficas
En el capítulo X citamos algunas de las obras que demuestran
cómo varía la frecuencia de nacimientos a lo largo de las veinticua-
tro horas del día. No es necesario, pues, presentar aquí con detalle
todas las irregularidades que encontramos; basta con formular la
regla general de que los partos naturales se producen con más fre-
cuencia por la mañana que por la tarde.

(*) En función del girar aparente del planeta en torno a la Tierra en la eclíp-
tica (debido al hecho de que tanto la Tierra misma como el planeta giran en reali-
dad alrededor del Sol), la declinación del planeta cambia, de lo que resulta que la
trayectoria diaria del planeta, vista desde la Tierra, parece cambiar también. Cuan-
do la declinación es positiva, el arco diurno es más largo que el arco nocturno;
cuando la declinación se vuelve negativa, por el contrario, la longitud del arco
nocturno es más larga que la del arco diurno. (N. de A.)
LOS RELOJES CÓSMICOS 321

El esquema irregular de nacimientos durante el día afecta la


probabilidad de la presencia de ciertos planetas en los sectores de
su movimiento diurno; me refiero a los planetas cuyos movimien-
tos aparentes están vinculados al movimiento aparente del Sol. De
hecho, la frecuencia teórica de la presencia del Sol sería muy poco
regular en cualquier selección de fechas de nacimiento. Hay más
probabilidades de que el Sol aparezca en los sectores correspon-
dientes al punto máximo de nacimientos, y también a la inversa.
Por ejemplo, a las seis de la madrugada, cuando el Sol se levan-
ta, nacen más niños de lo normal; así, pues, teóricamente, cabe es-
perar más número de partos cuando el Sol está en el sector 1 que
cuando está en otros sectores.
Las consecuencias de este fenómeno demográfico son especial-
mente significativas por lo que se refiere a Mercurio, Venus y Marte,
ya que estos planetas se ven a menudo desde la Tierra en las mis-
mas regiones que el Sol. La probabilidad de su presencia en un
sector determinado es afectada por el ritmo irregular de nacimien-
tos durante el día, si bien menos que en el caso del mismo Sol.
Por cada selección de nacimientos es preciso, por lo tanto, com-
putar también la frecuencia demográfica esperada de la posición de
cada planeta en cada sector de su movimiento diurno. Estos cálcu-
los no son fáciles, porque es preciso tener en cuenta tanto las dis-
tancias a que el planeta está del Sol como la distribución general
de nacimientos observada durante las diversas horas del día. En
Méthodes he dado ejemplos numéricos.

Estadísticas
Después de calcular la frecuencia teórica esperada de cada pla-
neta y de cada selección por cada sector, corregido por condicio-
nes astronómicas y demográficas, se puede calcular si hay una di-
ferencia estadísticamente significativa entre las frecuencias espera-
das y las observadas. La cuestión esencial es si la diferencia es o
no demasiado grande para atribuirla al azar. La ley de probabili-
dades nos permite calcular el nivel al que la diferencia entre las fre-
cuencias esperadas y las observadas se vuelve demasiado grande para
poder ser atribuida al azar. En este caso, el método más apropiado
es la computación del término medio, expresado por la fórmula:

•m
término medio
Vnpq
21 — 2.795
322 MICHEL GAUQUELIN

donde x = al número observado, m = al número esperado y


npq = a la desviación normal de la x variable.
Después de haber calculado la fórmula el resultado se comprue-
ba en la tabla requerida (una tabla de distribución normal), para
averiguar a qué nivel de probabilidad corresponde el término medio
normal hallado. El nivel en cuestión nos dirá hasta qué punto pue-
den ser significativamente atribuidas al azar las diferencias obser-
vadas en la presencia de planetas en el momento del parto en los
sectores de ascensión y culminación.
En la práctica estadística, un dato hallado experimentalmente
se llama «significativo» cuando la probabilidad de que pueda haber
sido causado por el azar alcanza cierto nivel. Los estadísticos atri-
buyen «un nivel significativamente bajo» a resultados que puedan
haber sido causados por el azar en un caso de cada diez; un resul-
tado es «significativo» cuando la probabilidad de que sea debido
al azar es de uno por cada veinte, y «sumamente significativo» cuan-
do la probabilidad es de uno por cada cien casos.
APÉNDICE II

LOS EXPERIMENTOS QUÍMICOS DE PICCARDI


Con objeto de obtener el mayor conocimiento posible sobre los
efectos del espacio, Piccardi decidió variar tres factores simultánea-
mente. Primero, para comprobar si las influencias externas afecta-
ban las reacciones químicas, era preciso proteger los tubos de en-
sayo por medio de una pantalla. Luego, para determinar si las con-
diciones dentro del tubo eran las cruciales, había que obtener dos
condiciones experimentales diferentes; específicamente, un tubo de
ensayo que contuviera agua normal y otro lleno de agua activada.
Con estos preparativos experimentales, Piccardi mandó hacer tres
experimentos rutinarios cada día durante varios años. Las observa-
ciones consistían en registrar la rapidez con que se producía la pre-
cipitación de coloide inorgánico de oxicloruro de bismuto. Este co-
loide, que normalmente es insoluble en agua, se prepara vertiendo
tricloruro de bismuto en el agua. El resultado es que se produce
una precipitación coloidal, pero de rapidez variable. Esta variabili-
dad fue lo que interesó a Piccardi.
Experimento F: Hay dos tubos de ensayo, uno con agua normal
y el otro con agua activada. Los dos envases carecen de toda pro-
tección. La rapidez con que el oxicloruro de bismuto se precipita
en agua normal es comparada con la que se produce en agua ac-
tivada. La cuestión es: ¿cómo afectarán los fenómenos cósmicos
la rapidez de ambas reacciones?
Experimento D: Los dos mismos envases, pero esta vez prote-
gidos. La cuestión es si la pantalla cortará o modificará las influen-
TABLA I

CARACTERíSTICAS SELECCIONADAS DE LOS PLANET

(e
Mercurio Venus La Tierra con
Distancia media
del Sol 0,39 0,72 1,00
Revolución sideral 88 días 224,7 días 1 año

Revolución sinódica 115,9 días 1 año —


218
Volumen
(Tierra = 1) 0,045 0,81 1,00

Densidad
(Agua = 1) 4,1 4,9 5,52
Rotación sobre
sí misma 88 días 225 días (?) 23 h.
N 56 m. 45 s.
Diámetro aparente 5" a 13" 10" a 64" —

Júpiter Saturno Urano


Distancia media
del Sol 5,20 9,55 19,21
Revolución sideral 11 años 29 años 84 años
315 167 7
Revolución sinódica 1 año 1 año 1 año
34 12 4
Volumen
(Tierra = 1) 317 95 14,7
Densidad
(Agua = 1) 1,34 0,71 1,27
Rotación sobre
sí misma 9h. 10 h. 10 h.
50 m. 14 m. 42 m.
Diámetro aparente 31" a 50" 15" a 21" 3" a 4"
1 w *" g!
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ili
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63 reg 8?"1
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9 O 83 9 *? •< 63
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Luna
relación
a Tierra) Marte
•: :
— 1,52 •; __-.
:. .„
días 32 1 año
322
días 53 2 años
50

1 0,11
81,5
S
03 ....
--..-.
3,33 3,9 8 --.-

días 3 24 h.
i
C/3
":'-'-

31'
37 m. 23 s.
3" a 25"
a
i
ka
-
ptuno Plutón
i :
30,11 39,52 y-
4 años 248 años —-
280 157 *. _..•.'
1 año 1 año
2 1

172 0,8 í:{--


OJ
1,6 5,5 (?) K>
t/i r.
15 h. ? -'--
8 m.
2" 0,2" (?)
326 MICHEL GAUQUELIN

TABLA II
ACTIVIDAD SOLAR Y GEOMAGNéTICA DESDE 1900 A 1939

Año R Ci Año R Ci

1900 9.5 0.42 1920 37.6 0.62


1901 2.7 0.45 1921 26.1 0.61
1902 5.0 0.44 1922 14.2 0.64
1903 24.4 0.59 1923 5.8 0.48
1904 42.0 0.55 1924 16.7 0.54
1905 63.5 0.59 1925 44.3 0.56
1906 53.8 0.65 1926 63.9 0.65
1907 62.0 0.66 1927 69.0 0.63
1908 48.5 0.68 1928 77.8 0.63
1909 43.9 0.62 1929 64.9 0.67
1910 18.6 0.72 1930 35.7 0.83
1911 5.7 0.63 1931 21.2 0.66
1912 3.6 0.46 1932 11.1 0.70
1913 1.4 0.48 1933 5.7 0.64
1914 9.6 0.54 1934 8.7 0.56
1915 47.4 0.62 1935 36.1 0.57
1916 57.1 0.71 1936 79.7 0.65
1917 103.9 0.66 1937 114.4 0.74
1918 80.6 0.75 1938 109.6 0.74
1919 63.6 0.72 1939 88.8 0.76
La actividad solar es medida por el número relativo de manchas
solares (el número de Wolf, según la fórmula R = K [10-g + f]).
Los años de máxima actividad están en la letra cursiva. Se producen,
por término medio, cada once años. La actividad geomagnética se
mide según la Cifra de Carácter Magnético Internacional (Ci). Ci
varía de 0.0 (dias tranquilos) a 2.0 (días de intensas tormentas mag-
néticas). Se mide a diario, en observatorios especializados, en el
mundo. Los valores anuales de Ci co-varían con el número relativo
de manchas solares (R).
Fuentes: M. Waldmeir, The Sunspói Activity in the Years 1610-1960
(Zurich: "Schulthess & Co., pág. 2 1 ; J. Bartels, A. Romana y J. Veld-
kamp, IAGA Bulletin, Geomagnetic Data N.° 12, pág. 1 (UNESCO, 1964),
pág. 94.
LOS RELOJES CÓSMICOS 327

TABLA III

LOS PLANETAS Y LA VOCACIÓN

Las profesiones que arrojan frecuencia inusitada (en más o en menos)


en el número de nacimientos después de la subida o culminación
de los planetas'
Fre- Fre-
cuen- cuen-
cia cia
obser- espe-
vada rada
de de
naci- naci-
mien- mien-
tos al tos al
subir subir
Núme- o 0
ro de culmi- culmi- Probabilidad de
naci- nar el nar el que la diferencia
Planeta Profesión mientos planeta planeta Diferencia se deba al azar

Marte Científicos y
Médicos 3.305 666 566 + 100 1 en 500.000
Atletas 1.485 327 253 + 74 1 en 5.000.000
Militares 3.142 634 536 + 98 1 en 1.000.000
Pintores 1.345 188 229 — 41 1 en 300
Músicos 703 94 120 — 26 1 en 100
Escritores 826 117 142 — 25 1 en 40
Júpiter Militares 3.142 644 526 + 98 1 en 5.000.000
Políticos 993 208 164 + 44 1 en 5.000
Actores 1.270 252 211 + 41 1 en 500
Periodistas 824 168 137 + 31 1 en 200
Científicos y
Médicos 3.305 497 546 — 49 1 en 50
Saturno Científicos y
Médicos 3.305 632 540 + 92 1 en 100.000
Pintores 1.345 178 217 — 39 1 en 250
Escritores 826 108 136 — 28 1 en 130
La Luna Políticos 858 173 143 + 30 1 en 200
Escritores 826 180 138 + 42 1 en 15.000
Atletas 1.485 211 248 — 37 1 en 200
1. La definición astronómica de los sectores de culminación se da en el Apén-
dice I (Datos de Gauquelin, Les hommes et les Astres [París: "Denoel, 1960».
328 MICHEL GAUQUELIN

TABLA IV
EFECTOS DE LAS ERUCCIONES SOLARES EN EL Experimento F DE PICCARDI

Día de
Días antes Erupción Días después
Año —4 —3 —2 —/ 0 +1 + 2 +3 +4

1951 54 58 60 60 64 60 56 56 55
1952 45 44 40 41 55 39 41 46 47
1953 44 40 42 46 57 40 49 44 45
Los números son los valores medios de las reacciones químicas
añadidas año tras año. El efecto de las erupciones solares es muy
evidente en los años considerados uno por uno.
(Según A. Piccardi, The Chemical Basis of Medical Climatology, pág. 87.)
ÍNDICE
PRóLOGO , -, 13
INTRODUCCIóN ¡i 25
CRONOLOGíA , 33

PRIMERA PARTE

I. LA RELIGIÓN MAS ANTIGUA . . * . . > 41


El Sol, 45. — La Luna, 47. — Las estrellas, 49.
— Religiones indias, 51. — Filosofía china, 52.
NOTAS AL CAPíTULO PRIMERO 54

II. LA CIENCIA MAS ANTIGUA . . , - . * * 57


Los signos celestes, 60. — El origen del Zodía-
co, 62. — Los seres brillantes, 65. — El futuro
del rey, 69. — Los primeros horóscopos, 70.
NOTAS AL CAPíTULO II 72

III. DE LA ARMONÍA DE LAS ESFERAS AL HORÓS-

La influencia de Beroso, 79. — Astrología en


Roma, 80. — La caída del Imperio romano, 82.
— Sorprendente calificación, 84. — Los prime-
ros tratados astrológicos, 85. — Innovaciones
griegas y romanas, 88. — El callejón sin salida
de la astrología, 91.
NOTAS AL CAPíTULO III * 92
IV. INTERMEDIO BRILLANTE t -. , , » -. 93
Kepler y la astrología, 96. — Paradójica mane-
ra de pensar, 97. — Almanaques astrológicos,
106. — El callejón sin salida del Renacimien-
to, 102.
NOTAS AL CAPíTULO IV . *, . . 103

V. PSICOANÁLISIS ASTROLÓGICOS . é -. » . 105


El siglo xx, 107. — Nostradamus y los nazis,
109. — Estudios sociológicos, 111. — Arquetipos
astrológicos, 113. — Influencia en el lenguaje
diario, 114. — La mirada fija de las estrellas,
116. — La refutación del azar, 119. — Proyección
inconsciente, 120. — Respuestas basadas en la
ignorancia, 121. — Futuro incierto, 123.
NOTAS AL CAPíTULO V 126

VI. EL PROCESO CIENTÍFICO. 129


Extraño determinismo, 132. — Causas terres-
tres del destino, 133. — Imposibilidades astro-
nómicas, 135. — Astrología y probabilidad, 137.
— Nuevas investigaciones sistemáticas, 139. — El
destino de los delincuentes, 141. — El vere-
dicto, 143.
NOTAS AL CAPíTULO VI . . . . . . . . . . 144

MATRICES OBSTRUIDAS 147


• •

SEGUNDA PARTE

VIL PRONÓSTICOS METEOROLÓGICOS . . . . 157


La Luna y la lluvia, 160. — La importancia de
la actividad solar, 165. — El estudio de los
tres anillos, 168. — Los relojes de once años,
168. — Fechando el pasado, 169. — Una aguja
solar marca los siglos, 170. — El Nilo y el
Saros, 173. — Los planetas y las edades del
hielo, 175. — Los planetas y la recepción por
radio, 176. — La Tierra como reloj, 178. — La
brújula biológica, 209.
NOTAS AL CAPíTULO VII . . 180

VIII. RITMOS MISTERIOSOS . 183


La necesidad de ritmos, 186. — Clasificación
de ritmos, 187. — Sorprendentes complejida-
des, 188. — Conductas ininteligibles, 191. — Ha-
cia una explicación sencilla, 192. — ¿Es inter-
no el reloj?, 195. — Datos que contradicen la
teoría, 196. — La posibilidad de ritmos exóge-
nos, 197. — Relojes que adelantan dos días, 199.
— Las ostras y la hora lunar, 200. — Sorpren-
dente actividad, 202. — Conocimiento genético,
203. — Hipótesis sacrilega, 204. — Audaz expe-
rimento, 207. — Percepción eléctrica, 211. —
Percepción gravitacional, 213. — Ritmos su-
tiles, 214.
NOTAS AL CAPíTULO VIII 215

IX. LOS SENTIDOS DESCONOCIDOS DEL HOMBRE 219


La aventura de los doctores Faure y Sardou,
221. — La historia de Tchijevsky, 223. — La his-
toria de Takata, 226. — La historia de Nicolás
Schulz, 230. — La pregunta del doctor De Rud-
der, 231. — Infarto de miocardio, 232. — Tuber-
culosis, 234. — Efectos en el sistema nervioso,
235. — Lunáticos, 237. — La Biología y la Luna,
240. — El ciclo menstrual, 241. — Los sentidos
desconocidos del hombre, 243. — El hombre
magnético, 245.
NOTAS AL CAPíTULO IX
247

X. LA ESTACIÓN DEL NACIMIENTO . . . . 249


La importancia del mes en el nacimiento, 252.
— El mes de nacimiento y el cuerpo, 253. —
El mes de nacimiento y la inteligencia, 254. —
Ritmo natal de veinticuatro horas, 256. — ¿La
gran comadrona?, 257. — El nacimiento y el día
lunar, 259.
NOTAS AL CAPíTULO X 261

XI. LOS PLANETAS Y LA HERENCIA . . . . . 263


Las estrellas médicas, 266. — El horario del
éxito, 267. — Buscando una explicación, 270.—
Niveles variables de sensibilidad, 272. — Una
teoría genética, 274. — Influencias magnéti-
cas, 278. — El niño y las condiciones unifor-
mes, 280. — Hacia una explicación práctica, 282.
NOTAS AL CAPíTULO XI 285

XII. EL FLUIDO VITAL 287


El punto de congelación del agua, 290. — Un
paréntesis, 291. — ¿Simple brujería?, 292. — El
método de los experimentos químicos, 294. —
La estructura del agua, 300. — El Cosmos de-
sequilibra la estructura del agua, 301. — La base
cósmica de la vida, 303.
NOTAS AL CAPíTULO XII 305

EPíLOGO

DE LOS DIOSES DE LUZ A LOS RELOJES PLANETA-


RIOS . . 307
APéNDICE PRIMERO: METODOLOGÍA Y ANÁLISIS ESTA-
DÍSTICO 315
El movimiento diurno, 315. — La división del
movimiento diurno en sectores, 317. — El cóm-
puto de frecuencias teóricas, 319. — Condicio-
nes astronómicas, 319. — Condiciones demográ-
ficas, 320. — Estadísticas, 321.
APéNDICE I I : LOS EXPERIMENTOS QUÍMICOS DE PIC-
CARDI, 323

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