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Cuentos Pulp

Este relato de terror narra la historia de una joven pareja en su noche de bodas. La novia recibe un antiguo anillo babilónico como algo viejo que se le adhiere al dedo y del que no puede deshacerse. Durante la ceremonia, la novia cree ver algo aterrador detrás del altar.

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Cuentos Pulp

Este relato de terror narra la historia de una joven pareja en su noche de bodas. La novia recibe un antiguo anillo babilónico como algo viejo que se le adhiere al dedo y del que no puede deshacerse. Durante la ceremonia, la novia cree ver algo aterrador detrás del altar.

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«Algo viejo»: Mary Elizabeth Counselman; relato y análisis.

Algo viejo (Something Old) es un relato de terror de la escritora norteamericana


Mary Elizabeth Counselman (1911-1995), publicado originalmente en la edición
de noviembre de 1950 de la revista Weird Tales —donde rápidamente se
convirtió en un clásico del relato pulp—, y luego reeditado en la antología de
1964: A medias en las sombras (Half in Shadow).
Algo viejo, uno de los cuentos de Mary Elizabeth Counselman más destacados,
y probablemente entre los mejores relatos de terror de mujeres en Weird Tales,
narra la historia de una joven pareja, un compromiso, y un antiguo anillo
babilónico con propiedades estremecedoras.
No sólo este anillo mágico se aferra al dedo de su portadora hasta hacerla
sangrar, sino que en su noche de bodas una criatura de aspecto grotesco se
presenta ante ella para reclamar, por la fuerza, aquella supuesta virtud que con
tanto celo la muchacha había reservado para su marido.
Al parecer, en el interior del anillo se encuentran los restos de un cabello
humano, así también como de pelo animal, acaso pertenecientes a una macabra
pareja babilónica. Después de todo, el anillo fue forjado para una sierva de Baal,
cuya personalidad revive cuando éste se desliza en el dedo de una nueva
portadora.
En este sentido, Algo viejo se inspira en una antigua tradición babilónica: la
hierogamia; es decir, el encuentro de una mujer humana, una sacerdotisa, con el
dios encarnado. Los griegos expresaban este concepto bajo el término
entusiasmo (en, theo, asthma), que podría traducirse como: el «soplo interior de
Dios« », o más literalmente: «con el Dios adentro», siendo ésta última versión la
que nos evita mayores precisiones al respecto.
Al igual que la protagonista de Algo viejo de Mary Elizabeth Counselman, las
sacerdotisas debían entregarse al Dios, o bien a cualquier representante en la
tierra que reclamase ese privilegio, antes de mantener contacto físico con sus
esposos. Esta práctica adquirió, en ciertas épocas, matices mucho más
perturbadores, cuando no directamente delictivos. Muchas jóvenes babilónicas,
en la noche de bodas, eran obligadas a entregarse al primer desconocido que
arrojase dinero en el templo.
Algo viejo.
Something Old, Mary Elizabeth Counselman (1911-1995)

Fue una boda pequeña. Quizás si se hubiera celebrado en una iglesia, o en


cualquier otro lugar sagrado, Celia habría estado a salvo de esa fuerza maligna.
Pero fue una boda pequeña, casera.
Los invitados ya se habían sentado. Conversaban en susurros, que se
desvanecieron cuando Mary McPherson comenzó a cantar con su voz dulce de
contralto. En la biblioteca, Bob Hanson, el joven asistente del conservador del
museo, sonreía débilmente a su padrino, que además era su jefe. Walter Ferris le
devolvió la sonrisa, palmeándose el bolsillo de la chaqueta.
—Claro que tengo el anillo! —dijo—. Está aquí. Además —añadió—, tengo
otros seis anillos conmigo, por si acaso el tuyo se pierde.
Ante la mirada confundida de su sobrino, el conservador sacó una pequeña cajita
de piel y la abrió, mostrando medía docena de curiosos círculos de metal con
una piedra semipreciosa.
—Fui corriendo hasta Peabody de camino hacia aquí —le explicó—, y él me dio
la mercancía que había llegado de Londres. Son bonitos, ¿verdad?
El novio asintió, aflojándose el cuello de la camisa. Quizás por décima vez en
los últimos tres minutos, volvió a mirar el reloj. Luego empezó a ponerse
nervioso cuando la puerta del estudio se abrió dando paso a una joven con un
lindo vestido blanco y una cesta con pétalos de rosa. Sonrió a su futuro cuñado y
lo tomó de la mano, mostrando una hilera de dientes blanquísimos.
—¡Bob! Celia me ha dicho si tú o el señor Perris le podéis dejar algo del museo
para que lo pueda llevar de adorno. Ya tiene algo nuevo y algo azul, sólo
necesita algo viejo.
Ambos hombres rieron, agradecidos ante cualquier cosa que relajara la tensión
de la espera. Ferris se acercó al teléfono sonriendo, de pronto recordó el estuche
de piel que había vuelto a meter en el bolsillo. El canoso conservador del museo
miró las joyas brevemente, luego eligió un anillo de metal negro, de forma
hexagonal, y con un extraño símbolo grabado en cada lado.
—¡Aquí tienes, querida! Seguramente es la reliquia más vieja de nuestra
colección, un antiguo anillo de compromiso babilónico. La inscripción reza:
«mía, amantísima; mía por toda la eternidad». Muy romántico, ¿no?
La muchachita de las flores asintió con la risita cómplice de un conspirador.
Pronto desapareció de nuevo por la puerta del estudio, y en seguida comenzaron
a entrar los primeros miembros del cortejo. Bob se enderezó como el condenado
que marcha a la silla eléctrica y sonrió a su tío tímidamente.
—¡Ya no hay quien me salve! —se quejó mientras caminaban juntos hacia el
altar donde se iba a celebrar la ceremonia.
El grueso pastor miraba complaciente a los invitados mientras esperaba a que la
novia llegara andando ceremoniosamente, llevada del brazo de su padre.
Entonces apareció, una figura pálida y rubia envuelta en satén blanco con una
guirnalda de capullos naranja encima de la corona del velo. Sonreía tímidamente
a su hermanita, que bailoteaba delante esparciendo los pétalos de rosas. En la
mano derecha llevaba un único anillo, y Bob se dio cuenta de que se trataba del
antiguo y pesado anillo.
En ese momento Celia se detuvo junto a él, y el joven asistente del conservador
no pudo mirar más que su rostro, delicioso y encendido.
—Queridos míos —entonó el pastor—, nos hallamos aquí reunidos, a los ojos de
Dios, para unir a este hombre y a esta mujer…
Bob suspiró, guiñando amablemente el ojo a la muchacha que estaba a su lado.
De repente, se puso muy serio al observar en el rostro de su amada una
expresión asustada. No le estaba mirando a él, sino un poco más allá, detrás de
su tío, a un sitio sombrío que estaba al otro lado del altar. Tenía la garganta
contraída, como si estuviera intentando con todas sus fuerzas acallar un grito
que le salía del alma.

Bob siguió su mirada, pero no pudo ver nada. Luego se dio cuenta de que Celia
estaba tirando del anillo que llevaba en el dedo, como si quisiera quitárselo. Ese
simple hecho ya era por sí solo desconcertante, pues el objeto era casi dos veces
más ancho que su fino dedo. Y sin embargo, ahora no podía sacárselo, ni tan
siquiera girarlo. Mientras tiraba del anillo con desesperación, una fina gota de
sangre resbaló por debajo del metal oscuro y formó una manchita roja en la falda
de satén blanco.
—Robert Edward Hanson, ¿quieres a esta mujer por…? —preguntaba el pastor
con voz sonora.
Bob contestó con un murmullo ausente mientras contemplaba la mano de la
novia. Celia le miró con una expresión de impotencia, y susurró:
—Querido, el anillo… ¡no puedo quitármelo! ¿Qué hago? Está muy apretado…
Su futuro marido se acercó con un gesto protector que hizo que las mujeres más
mayores suspiraran como recordando viejos tiempos.
—No te preocupes, querida. Ya lo sacaremos después. ¿Te hace daño?
—¡Sí! —susurró Celia—. El dedo se me está hinchando. ¡Me aprieta
muchísimo!
—Celia Anne Mitchell, ¿quieres a este hombre…? —proseguía el pastor, con el
ceño fruncido por la interrupción.
—¡Sí, quiero! —dijo la novia, y luego emitió un gritito que reprimió con
rapidez.
De nuevo Bob, y también su tío, vieron cómo tiraba del anillo, y en seguida dos
gotitas más de sangre salieron de debajo y resbalaron hasta caer sobre la
blancura inmaculada del vestido de novia.
Luego, tras unas palabras breves, terminó la ceremonia, y la pareja de jóvenes
subió al coche de Bob, riendo y tratando de esquivar la lluvia de arroz que caía
sobre ellos.
—¡Gracias a Dios se ha terminado! —rió la muchacha, sofocada—. Se supone
que ahora puedes echarme el brazo por encima. ¡Por fin solos! ¡También es
parte de la ceremonia!
Bob obedeció.
—En el fondo eres un romántico —suspiró ella—. Oh, Bob, ha sido muy bonito
que me dieras este anillo tan, tan viejo de la colección. Un anillo babilónico de
compromiso, dice tu tío. ¡Y la inscripción es perfecta!
Su marido tragó saliva avergonzado, y luego decidió que aquélla sería una de las
pocas cosas que no le revelaría nunca.
—Lo elegí para ti —mintió—. Pero llegué a asustarme. Con el anillo, quiero
decir —señaló el aro negro que ahora parecía suelto en el dedo de la mujer—.
Me pregunto cómo se te hinchó de esa manera. ¿Crees que puede tratarse de
algún tipo de alergia?
—Nervios, supongo. Pero parecía que estaba más apretado, Y luego... ¡Bah, por
el amor de Dios! ¡No he vuelto a ver al coco en una esquina oscura desde que
tenía la edad de Betsy!
—¿El coco?
—¡Oh, los nervios otra vez! Fue cuando el pastor inició la ceremonia. Y luego
otra vez, cuando dije: «¡Sí, quiero!». Detrás del piano, en la esquina oscura.
Creo que vi algo. Eso es todo.
Se rió alegremente, pero el hombre percibió un pequeño escalofrío que recorrió
sus brazos desnudos y que le puso la carne de gallina.
—¿Qué viste? ¿El fantasma perverso de tu pasado? —se mofó con simpatía—.
¿A alguno de esos pobres muchachos con el corazón destrozado que se arrojaron
por algún puente cuando leyeron la tarjeta de invitación de nuestra boda?
Celia hizo una mueca y luego bajó los ojos, insegura. De nuevo sintió un
pequeño escalofrío, como si la rozara una ráfaga de viento helado.
—No. Era… Bueno, ¡al principio parecía un perro! Un sabueso enorme y
peludo, como un san bernardo. Y su color era de un gris oscuro, excepto la
cabeza. —se estremeció visiblemente—. ¡Pero no quiero volver a hablar de eso!
—rogó—. ¡Sólo ha sido una fantasía estúpida! Toma, querido, guárdamelo. Es
muy pesado y se me resbala continuamente. No quisiera perderlo nunca.
El pequeño hotel de montaña que habían elegido para pasar la luna de miel
estaba colgado en una cresta cubierta de laureles que dominaba cinco estados.
Mientras penetraban en el vestíbulo y se acercaban al mostrador de la recepción,
apareció como caído del cielo un hombrecillo de aspecto benévolo que chasqueó
los dedos en dirección a un portero negro que estaba medio dormido.
—¿La suite nupcial? —murmuró mientras guiñaba un ojo a Bob, de manera que
todos los que estaban en el vestíbulo se dieron cuenta—. ¡Los Hanson, claro!
Aquí está su reserva. Sí, sí —añadió con malicia, sin dejar de hablar en susurros
—. ¿Luna de miel? ¡Les alegrará saber que nuestra suite nupcial es a prueba de
ruidos! ¡Nadie podrá escuchar las dulces palabras que sin duda le dirá a esta
encantadora muchacha!
Nada más cerrar la puerta, cuando el sonriente portero se hubo marchado unos
minutos después, Bob y Celia estallaron en carcajadas y se fundieron en un largo
beso. Permanecieron abrazados durante un rato, mirando la ancha puerta
francesa que se abría sobre un pequeño balcón.
—¡Oh, Bob, me siento muy feliz de haber podido reservar la suite nupcial!
Mamá y papá pasaron aquí su luna de miel, creo que ya te lo dije. Y por eso es
por lo que quería tanto —se detuvo bruscamente, mirándole por el rabillo del ojo
—. ¿Querido? —susurró—. Devuélveme el anillo, me gustaría tenerlo un rato
mientras vas abajo y me traes un paquete de cigarrillos, o lo que sea. ¿Vale? ¡Es
parte de la ceremonia! Después pediremos que nos suban la cena y veremos la
puesta de sol.
Se arrojó feliz a sus brazos y luego le empujó riéndose hasta la puerta. Bob le
entregó el anillo y se marchó. Como le había pedido su esposa, estuvo
vagabundeando por el vestíbulo del hotel durante casi media hora, hasta que por
fin regresó y llamó a la puerta de la suite nupcial.
Su esposa Celia no abrió la puerta. El sol se había puesto detrás de las montañas
y algunas estrellas diminutas comenzaban a brillar en el cielo. Bob llamó de
nuevo, un poco más fuerte, a la vez que pronunciaba el nombre de su esposa. Se
produjo una respuesta, una voz chillona y áspera, que le gritó en un lenguaje que
no había oído jamás. Era una voz femenina. Se parecía a la de Celia y sin
embargo no era suave ni melodiosa como la de ella. Pudo distinguir una o dos
palabras: ziggurat y shimtu, seguidos de una ristra de sonidos que parecían una
especie de cántico: inuma iluawelum.
Bob, asombrado y muy nervioso, comenzó a aporrear la puerta, temeroso de los
sonidos que provenían del interior. Se trataba, como describiría luego, de un
sonido susurrante, como si se hubiera levantado un viento muy fuerte, aunque en
el exterior la noche era tranquila y cálida, con relámpagos esporádicos que
iluminaban el cielo por el sur. Dos veces escuchó una especie de sonido
profundo, horrible, como el gruñido de un mono, pero acompañado de retazos
de palabras.
Luego, desesperado, empezó a empujar la puerta con todas las fuerzas de sus
hombros. Se abrió de golpe al tercer impacto y el joven recién casado estuvo a
punto de caer, seguido de cerca por el portero y el recepcionista de rostro
amable que habían oído el barullo desde abajo. Celia yacía en la amplia cama de
matrimonio, envuelta en un vestido de color verde pálido que colgaba hecho
jirones. La sangre salía de su boca y apenas había una porción de su cuerpo,
delgado y casi desnudo, que no tuviera una marca de violencia. Estaba boca
arriba, gimiendo, con los ojos medio cerrados. Pero, como los tres hombres
descubrieron mientras corrían a su lado, la expresión de su rostro no mostraba
dolor o pánico, sino un éxtasis indescriptible, una felicidad salvaje, casi
histérica.
Movió los labios, pronunciando una sencilla palabra; cuando Bob se inclinó
sobre ella, su joven rostro se crispó en una mueca horrible.
—¿Campana…? —repitió Bob—. ¿Qué campana, querida? Ah, ¿no podías
llamar pidiendo ayuda? ¿Qué ha pasado? ¿Cómo es posible que... ese demonio...
o lo que sea...?
Se volvió hacia el aterrorizado recepcionista y miró detrás de él la fila de
huéspedes que curioseaban desde el umbral.
—¡Hagan algo! —chilló Bob—. ¡Llamen a la policía! Mi esposa ha sido...
Prefirió no pronunciar aquellas terribles palabras, luego puso la mano de Celia
en su mejilla, maldiciendo y hablándole suavemente a un mismo tiempo.
Mientras lo hacía, el enorme anillo babilónico resbaló de su dedo y fue rodando
hasta el pie de Bob. Una sección de su parte exterior en forma de hexágono se
abrió y el joven marido recogió el anillo distraídamente, mirando el
compartimento oculto. En su interior, enmarcado en un delgado triángulo de oro,
había una pequeña pieza de tejido que en un primer momento le pareció seda
mezclada con un hilo negro. Luego Bob vio que el médico del hotel se abría
paso entre la gente y cerraba la puerta de la habitación tras él.
—¿Usted ha hecho esto? —le preguntó con frialdad—. Joven, le recomiendo
que visite a un psiquiatra y que anule su matrimonio de inmediato. Usted es un
veterano, ¿no? A veces, hay determinados momentos en los que la fatiga del
combate...
—¡Basta! —Bob estalló—. ¡Yo me encontraba en el vestíbulo! Alguien ha
debido de llamar después de que me fuera. Y Celia abrió la puerta, creyéndose
que era yo. ¡Está claro que nadie pudo haber subido por la balconada!
—Está bien, está bien, muchacho. Tranquilícese. Mi nombre es Markham. He
sido el médico de este hotel desde hace dieciocho años, pero jamás me había
encontrado con nada... Dígame, ¿tiene algún rival o enemigo que sea capaz
de...? Esto ha sido hecho por una mente trastornada, obviamente. Un maníaco
con marcadas tendencias sádicas. Yo no le recomendaría —añadió— que su
esposa se moviera en varios días. La han arañado con saña. No tiene heridas
graves y lo peor ha sido el shock. ¿Quiere que se lo notifique a alguien?
—¡No! ¡Sí! A mi tío, Walter Ferris, el conservador del museo estatal —dijo Bob
distraído—. ¿Por qué la habré dejado sola, aunque solo fuera unos minutos? —
gimió—. Quería estar a solas un rato, como todas las novias. Y yo...
El doctor puso una mano sobre su hombro.
—Claro —dijo amablemente, aunque con una expresión de cautela en los ojos
—. Ahora, hijo, dígame, ¿sufre de dolores de cabeza con frecuencia? Mmm,
¿pérdida de la memoria? ¿Pesadillas recurrentes en las que usted...?
—¡Por Dios santo! —gritó—. ¡Usted piensa que ya le hice eso a la pobre Celia!
¡Que soy un enfermo mental y que no recuerdo nada! ¡Pero sí lo recuerdo!
Hablamos del paisaje y de que pediríamos que nos subieran la cena. Luego
me… me fui abajo a por un paquete de cigarrillos, porque Celia quería...
desvestirse.
—Sí —dijo el doctor con calma—. Pero el recepcionista me ha dicho que usted
ha estado en la habitación con su mujer desde casi una hora antes de que bajara
al vestíbulo solo. Y que parecía nervioso, según uno de los porteros —sonrió—.
Bueno, eso es normal en un recién casado. Pero...
—¡Pero no puedo haberlo hecho! ¿Cómo voy a hacerlo? —avanzó hacia el
médico—. ¡Doctor! Una vez, cuando era un niño, me caí de un poni. Me golpeé
en la cabeza. ¿Es posible que eso...?
—Puede ser —asintió el médico con delicadeza, y luego se dio cuenta de que el
joven cada vez estaba más nervioso—. Usted ha sufrido un shock terrible. ¿Qué
le parece si se hospeda en la habitación contigua a la mía durante esta noche? Y
por la mañana... Qué anillo más raro tiene ahí. Es muy antiguo, ¿no? Tiene un
escarabajo genuino de la tumba de Ramsés. Y un ídolo maya. Qué pequeño y
qué horrendo. ¿Le importa si le echo un vistazo?
Bob Hanson bajó la vista tristemente hacia su mano, que todavía sujetaba el
anillo babilónico que su tío había regalado a la novia. El médico lo observó por
todos sus lados, examinando detenidamente el fragmento de tela que se ocultaba
en el compartimento secreto.
—¡Vaya! —murmuró—. ¡Muy interesante! ¡Un anillo para el pelo! Y de los
comienzos de la cultura babilónica, según estas escrituras cuneiformes.
Hablaba en un tono suave y bajo, llevándose lentamente a Bob Hanson de la
habitación en la que yacía su joven esposa, semiinconsciente y maltratada. Poco
a poco condujo al aturdido muchacho a una habitación que el portero acababa de
abrir. Bob se hundió en la cama, bebiendo agradecido de la botellita de brandy
que Markham le había puesto en los labios. Luego, una vez más, hundió su cara
entre las manos.
—¡Celia! —gimió—. Tan dulce e inocente. ¿Por qué le han hecho esto? Estoy
seguro de que no ha besado a más de un par de chicos en toda su vida, en alguna
fiesta escolar o algo así. Crecimos juntos. Yo jamás le haría daño por nada del
mundo.
El doctor suspiró. En contraste con el joven sano que estaba sobre la cama,
parecía cansado y mustio, y sus ojos eran sombríos, acostumbrados a ver toda
clase de sufrimientos humanos. También había visto una buena cantidad de
crímenes y criminales, y había pasado varios años trabajando en un asilo del
Estado. Observó a Bob con cautela, fijándose en cómo se retorcía los dedos
como si fueran pequeñas culebras.
—No se preocupe —le tranquilizó—. El guardia del hotel está vigilando a la
puerta de la habitación de su esposa. Nada más puede herirla esta noche. Pero
creo que lo mejor es que duerma aquí, hasta que se haga alguna investigación
sobre lo sucedido.
—¡Pero yo no soy así! ¡Lo recuerdo todo! Alguien ha forzado la puerta.
—No. Eso es imposible, señor Hanson. Ya lo he comprobado. Una de las
doncellas estuvo limpiando al otro lado de la habitación durante todo el tiempo
que usted dijo haber pasado en el vestíbulo, mientras su mujer estaba sola.
Ningún intruso pudo entrar en el dormitorio durante su ausencia sin que la
doncella lo viese. Y es obvio que nadie sería capaz de subir a la habitación por
la balconada. Hay una caída de casi veinte metros.
Bob se hundió tras escuchar las tranquilas palabras del doctor; tenía los ojos
completamente abiertos con una expresión de incredulidad. Movió la cabeza de
un lado a otro lentamente, incapaz de creerlo. Luego, mientras el médico se
encogía de hombros, se arrojó boca abajo sobre la cama, ahogando su llanto.
—Está bien —dijo con brusquedad—. Notifíqueselo a mi tío, por favor. Él hará
todo lo que usted crea necesario. Se ocupará de mí y de llevar a Celia a casa.
Cerca de la medianoche, después de que el joven Hanson hubiera caído en un
sueño inquieto gracias a los sedantes, el doctor salió de puntillas de la
habitación, llevando consigo el anillo que Bob había recogido cuando resbaló de
la maltrecha mano de su esposa. El doctor Markham sacudió la cabeza. Era un
caso muy extraño y trágico. Leyó con ironía la romántica inscripción que
figuraba en el anillo de compromiso, traduciendo los extraños símbolos de un
pesado volumen que había encima de su mesa. «Mía por toda la eternidad»
El médico lanzó un gruñido. No podía hacer nada más, excepto ingresar al joven
y agradable muchacho en un hospital psiquiátrico después de que hubiera
avisado a sus familiares de la salvaje agresión que había perpetrado a su joven
esposa. Markham se sentó delante de la mesa de trabajo y suspiró, examinando
el pesado anillo despreocupadamente mientras le daba vueltas al asunto. El
metal era muy oscuro, de un negro curioso y pulsante que parecía inflarse y
expandirse como el humo. Curioso, aplicó una gota de ácido sobre uno de los
seis lados exteriores del objeto, y descubrió que estaba hecho de hierro y oro, y
de otro tipo de metal que estaba más allá de sus conocimientos.
Abrió el compartimento secreto y observó durante un rato el delgado tejido de
fina seda mezclada con otro material negro y más basto que había en su interior.
Impulsivamente, abrió su navaja y extrajo una muestra de ambos tejidos,
poniéndolos acto seguido bajo el microscopio. Como sospechaba, los dos eran
restos de cabello, pero combinados de extraña manera. Descubrió que la muestra
que parecía seda amarilla era, efectivamente, pelo humano. Pero los filamentos
negros y bastos pertenecían a algún tipo de animal, quizás un perro o un mono.
Entonces, bruscamente, entrecerró los ojos. Una idea demencial había surgido
en su cabeza, tan fantástica que no se atrevía a mencionársela a nadie.
Se levantó de la silla, subió las escaleras hasta el piso de arriba y entró en la
habitación de la joven, tras saludar distraídamente al guardia del hotel que
dormitaba en la puerta. Markham se sentó con cuidado encima de la cama, tomó
el pulso a la muchacha y frunció el ceño al contemplar de nuevo los arañazos y
moratones que tenía en el cuello y los hombros. Luego, con gran cautela, deslizó
el enorme anillo en su dedo y aguardó. Casi al instante, la expresión calmada de
la joven desapareció dando paso a una especie de excitación, de éxtasis
mezclado con miedo.
Empezó a agitarse y mascullar en sueños, y Markham tuvo que acercarse mucho
para conseguir descifrar sus palabras: una extraña combinación entre el inglés y
lo que pudo reconocer como sumerio, la antigua lengua de Babilonia.
—¡Ai! ¡Phogor! —gimoteaba la joven—. ¡Ven! E-Im-Khur-sag. ¡Los altos
parajes del viento! La escalera ondulante me llevará a ¡Ai! ¡Belpeor!. ¡Tu
sierva... espera... tu placer!
Celia emitió un grito de repente y, delante de los ojos atónitos de Markham,
comenzó a surgir un enorme moratón rojo sobre la piel del esbelto cuello de la
muchacha. Pronto apareció otro sobre uno de sus hombros desnudos, mientras la
joven se estremecía y gritaba de nuevo. El doctor se secó la frente, ahora perlada
de sudor. Aunque la noche afuera se mantenía clara y en calma, escuchó un
sonido susurrante, como si se hubiera levantado un viento muy fuerte. Por
debajo y a través del rugido, escuchó una voz profunda y gutural en la que se
podían apreciar palabras y frases espantosas que impregnaban el aire de la
habitación como una blasfemia.
Markham tragó saliva, se agachó con rapidez y sacó el anillo del dedo de Celia,
el anillo que se había contraído, dejando una profunda marca en su carne.
—¡Buen Dios! —el médico pronunció con un estremecimiento—. Jamás habría
pensado que tuviera el privilegio de contemplar un caso genuino. ¡Un estigma!
¡Un estigma histérico! Sin duda. Pero ¿cómo se ha producido?
Recorrió con sus dedos los arañazos y moratones que presentaba el cuerpo de
Celia, y frunció los labios con una mueca silenciosa de asombro. ¡Algunas
heridas estaban sangrando! Y las uñas, que hacía tan sólo un rato arañaban
desesperadamente el aire a su alrededor, se encontraban ahora rotas, como si
hubieran tropezado con algún objeto sólido. Markham las examinó más de
cerca, abrió su navaja y sacó algo de debajo de una de ellas. ¡Un pelo! ¡Un pelo
negro y basto, exactamente igual al que había encontrado en el anillo! Pero a lo
mejor la propia Celia Hanson había hurgado en aquel compartimento secreto
antes de que tuviera lugar el extraño ataque.
El doctor Markham volvió a sus habitaciones y permaneció sentado durante un
rato, pasando la mirada por los voluminosos tomos de su librería: obras de
referencia que versaban sobre las reliquias antiguas a las que era aficionado.
Hacia el amanecer se desperezó con una sensación extraña y alerta. Cuando se
hubo despertado del todo sintió que alguien más estaba en la habitación. Desde
la mesa, volvió la cabeza en silencio. Una mano tanteaba el cajón que estaba a
su lado, revolviendo entre las medicinas. Escogió un frasquito que tenía una
calavera dibujada en la etiqueta, advirtiendo que se trataba de un medicamento
peligroso.
El doctor se irguió, agarró la mano e hizo que soltara el frasco. Con un
movimiento experto hizo que el joven Bob Hanson se sentara en una silla al
mismo tiempo que daba un puntapié al frasquito de veneno.
—¿Por qué me ha detenido después de lo que he hecho? —musitó—. ¡He sido
yo, nadie más pudo entrar en la habitación! ¿No se da cuenta? ¡Tengo que
proteger a Celia! Ella intentaría entenderme, perdonarme. ¿No se da cuenta de
que es la única solución?
—Excepto —interrumpió Markham— si miramos los hechos y empleamos el
sentido común y algo de imaginación. Tranquilícese, muchacho. No ha sido
usted.
—¿Atraparon al hombre que hizo esto?
—No hay ningún hombre. Mi joven amigo, tengo muchas razones para pensar
que los arañazos y moratones de su esposa son estigmas. Es decir, que han sido
causados por la histeria y la autohipnosis. Se trata de un fenómeno médico muy
difícil de observar.
El joven Hanson parpadeó, profundamente asombrado.
—Pero —espetó— ¿no pretenderá decirme que Celia...? ¡Ella no es una mujer
histérica! ¿Quiere decir ahora que es ella, y no yo, la que necesita ayuda mental?
—Quizás —dijo con calma— en mi informe médico pondré que su joven esposa
temía el matrimonio de manera inconsciente, aunque en la realidad confía y ama
a su marido. ¡Psiquiatras! Nosotros, los científicos —sonrió con ironía—, somos
muy reacios a aceptar todos estos hechos tan extraños como si fueran una verdad
médica. Personalmente creo que, durante el corto espacio de tiempo que dejó a
su esposa sola en la habitación y teniendo en cuenta su estado emocional, ella se
hizo especialmente hipersensible a... bueno, a lo que la Sociedad Americana de
Investigación Médica llama psicometría.
—¿Psico...? —repitió Hanson—. ¡Vaya! ¡Algo he oído acerca de eso! Hace
poco se hicieron unas pruebas de percepción extrasensorial en Harvard. Es lo
contrario de la clarividencia, ¿no es así? Un medium en psicometría puede tener
algún objeto en sus manos y sentir el pasado, o ciertos sucesos que tuvieron
lugar en el pasado y que están íntimamente relacionados con ese objeto.
—¡Exactamente! Y yo he observado que a ella le ha ocurrido lo mismo durante
su, llamémosle trance, si lo prefiere. Estos actos están impresos en el metal, la
madera y la piedra, de la misma manera que la radiactividad permanece
impregnada en ciertos lugares. Todo el mundo puede sentirlo a veces, pero
algunos son más receptivos que otros. Señor Hanson, creo que su mujer es una
de esas personas, y que revive una experiencia que está fuertemente impresa en
el antiguo anillo babilónico que le entregó. Usted lo llama anillo de
compromiso, y seguramente eso es lo que es, pero de una manera más espantosa.
El doctor tembló visiblemente, luego prosiguió:
—He examinado con suma atención la inscripción cuneiforme. ¡Resulta mucho
más siniestra que romántica! Si a ello le añadimos lo que su esposa musitaba en
sueños cuando deslicé el aro en su dedo, creo que el objeto es un anillo de
compromiso de alguna joven novia de la antigua Babilonia. Una muchacha
virgen de la ciudad de Peor, en el Tigris.
»Existía una antigua costumbre religiosa, como seguramente usted sabe, entre
los adoradores del dios Baal, que en babilónico es Bel, el señor o poseedor. Se
trataba de un rito espantoso. Justo después de la boda se obligaba a la joven
novia a que se sentara en el templo y se entregara al primer extraño que arrojara
sobre su regazo un puñado de plata. Ella no podía negarse, aunque fuera un
ladrón leproso. Después, y sólo después, la novia podía marcharse legalmente
con su marido. Era una práctica tan inimaginable que los cananeos llamaban al
dios el Señor de la Vergüenza, o Baal-ze-bub, el Señor de las Moscas. El
extraño, por supuesto, representaba a Bel. Un monstruo peludo e indecente con
cuerpo de bestia y el rostro lujurioso de un viejo. Pero a veces, si la muchacha
era muy hermosa e inocente, el propio dios reclamaba sus primeros frutos, que
era como se denominaba a aquella práctica.
—¿Y Celia? —se forzó a pronunciar su nombre—. ¿Ella revive...?
—La experiencia de la joven novia de Peor —asintió lúgubremente el médico—.
Por medio de la psicometría. ¡Una experiencia verdaderamente espeluznante!
¡No es de extrañar que su cuerpo se vea afectado físicamente, hasta el extremo
de mostrar esas terribles heridas! De todas las deidades impías de la antigüedad,
Bel, o Baal, fue conocido y despreciado por su obscena brutalidad. La mayoría
de los profetas de la cristiandad predicaron en su contra y quemaron sus
templos: Daniel, Isaías, Jeremías. No exageraban lo más mínimo cuando
proclamaban que los ritos de Bel era una abominación.
El joven Hanson temblaba descontroladamente.
—¡Mi pobre Celia! —gimió—. Tendremos que hospitalizarla. ¡Pero la esperaré!
¡La ayudaré a olvidar esta terrible experiencia aunque me cueste el resto de mi
vida!
El doctor Markham sonrió, dando unas palmaditas cariñosas en la espalda de
Bob.
—Pero no creo que dure mucho —dijo con alegría—. A no ser que esté muy
equivocado —Miró por la ventana y descubrió que el sol comenzaba a brillar,
límpido y cálido, sobre las cimas montañosas—. Casi me atrevo a afirmar que su
hermosa mujer está a punto de despertarse, hambrienta y preguntándose dónde
se ha metido su marido. ¿Quiere que vayamos a verla?
El joven asintió impaciente y al rato ambos se encontraban delante de la cama de
Celia. Ella miró a Markham, cubriéndose el desgarrado vestido con las sábanas.
Luego, mientras el doctor le tomaba la muñeca con una agradable sonrisa, se
relajó un poco y le hizo una mueca a Bob.
—¡Oh! ¿Usted es el médico? ¡Vaya! ¿Me he desmayado la pasada noche o algo
así? ¡Pobre Bob! Debió de desesperarse llamando a la... —gimió débilmente,
dejándose caer de nuevo en la cama—. ¡Pero me siento espantosamente mal! ¡Y
esas terribles pesadillas! ¡Era como una especie de perro! ¡Lo mismo que vi
durante la boda! ¡Agh! Se acercaba a mí, y yo estaba aterrorizada, y sin
embargo... —movió la cabeza de un lado a otro, como intentando recordar algo
que permanecía oculto—. ¡Ay, todo está mezclado!
Bob se acercó rápidamente a la cama y ella estiró ambas manos.
—Oh, querido —se disculpó—. No quiero asustarte. Pero me sentía como
drogada. No podía levantarme. ¡Tan sólo soñaba una y otra vez con esa extraña
y antigua ciudad! Las calles estaban llenas de una multitud de gente que se
agrupaba alrededor de un edificio enorme y muy alto. Algunos hombres con
trajes de ceremonia bailaban una especie de danza. Luego —se estremeció—
uno de ellos arrancó de los brazos de su madre a un pobre bebé y... ¡y estrelló su
cabeza contra una gran piedra de seis lados! ¡Era espantoso! Pero yo no podía
despertar. Luego una muchacha joven, con una corona de flores en la cabeza...
¡Se parecía a mí! Había una larga hilera de ondulantes escalones que subían
desde el exterior a aquella torre enorme. Subí y subí, mientras el gentío aullaba
debajo. Se abrió una puerta. Y una habitación inmensa se iluminó con un
extraño resplandor verdoso, ¡una habitación decorada únicamente con unas
pinturas espantosas sobre las paredes! ¡Esas pinturas hicieron que me
ruborizara! También había un enorme diván y joyas azules y doradas,
amontonadas entre los cojines. ¡Y el viento, el viento aullaba sin cesar! Luego
yo...
Celia se detuvo, pero al rato continuó, con la respiración sofocada por el horror.
—Miré arriba, y aquella Cosa se acercaba, hablando con una horrible voz
gutural. ¡Me deseaba!
Gimió débilmente y escondió la cabeza en la almohada. Bob Hanson miró con
desesperación al doctor Markham. Pero el médico negó con la cabeza. Con
mucho cuidado, levantó las sábanas y dejó al descubierto el cuello y los
hombros desnudos de la muchacha, que antes estaban llenos de moratones y
arañazos.
El joven Hanson miró atónito. ¡Las heridas habían desaparecido!
Volvió a mirar al doctor Markham a los ojos, boquiabierto. Pero de nuevo el
viejo y sabio médico sacudió la cabeza, y se dirigió inadvertidamente hacia la
puerta.
—Todos estamos muy afectados por los nervios y las pesadillas —dijo con
suavidad—. Yo no me preocuparía demasiado por todo esto, jovencita. Relájese
durante unos días, ¡y disfrute su luna de miel! ¡Se encontrará bien en cuanto
tome el desayuno en compañía de su amado! Volveré más tarde. ¡Mucho más
tarde!
Cerró la puerta tras de sí, sonriente, y caminó por el pasillo de vuelta a sus
quehaceres habituales. El anillo, el maligno anillo de Bel-peor, todavía estaba en
su bolsillo, y pensaba enviárselo por correo a Walter Ferris junto con el relato de
todo lo que había sucedido, como el joven Hanson le había sugerido. Bob podría
decirle a su esposa que lo había perdido. Lo que fuera, con tal de que no volviera
a tenerlo cerca y pudiera volver a deslizarlo en su dedo, como muchos siglos
antes de Cristo había hecho aquella otra joven novia de Peor.
Markham frunció el ceño. Había muchas otras premisas sobre este caso que aún
no comprendía, ¡y muchas más que ni tan siquiera se atrevía a comprender!
Aquel cabello negruzco y basto en el compartimento secreto del anillo, por
ejemplo, y los restos del mismo que había encontrado en las uñas de Celia. A lo
mejor se podría explicar de alguna manera racional; pero lo que no podía
explicar era que los filamentos rubios que estaban entremezclados con el cabello
oscuro fueran, tras observarlos al microscopio, exactamente idénticos al cabello
de Celia, a pesar de que estaban encerrados en el interior de aquel antiguo anillo
babilónico desde hacía tres mil años.
«El Hombre Húmedo»: Allison V. Harding; relato y análisis

El Hombre Húmedo (The Damp Man) es un relato de terror de la escritora


norteamericana Allison V. Harding (1919-2004), publicado originalmente en la
edición de julio de 1947 de la revista Weird Tales.
El Hombre Húmedo, tal vez uno de los mejores cuentos de Allison V. Harding,
relata la historia de Linda Mallory, una mujer perseguida por un acosador de
aspecto extraño, hinchado, acuoso, quien además de estar obsesionado con ella
posee el inconveniente secundario de no ser humano.
El Hombre Húmedo de Allison V. Harding es esencialmente la historia de una
mujer aterrorizada por un acosador durante la década de 1940, en el área de
Manhattan; y sobre como no hay mucho que ella pueda hacer legalmente al
respecto [incluso el término «acosador», en su connotación actual, no era parte
del lenguaje cotidiano]. De hecho, Linda Mallory, la joven víctima del Hombre
Húmedo, rápidamente descubre que la sociedad juega a favor de su acosador
[ver: El Machismo en el Horror]
El Hombre Húmedo también relata la historia de un joven reportero de la
Gazette, George Pelgrim, quien conoce a una encantadora y joven campeona de
natación llamada Linda Mallory. Para su consternación, se entera de que ella
está siendo acosada por un hombre de aspecto monstruoso, obeso, quien no solo
la acecha pasivamente, sino que además parece estar obsesionado con tenerla y,
quizás, reproducir pequeñas monstruosidades fofas con ella. El propio Hombre
Húmedo, cuyo nombre real es Lother Remsdorf Jr., es libre de acosarla a
voluntad. En primer lugar, porque es uno de los hombres más ricos y poderosos
del país [básicamente tiene a todas las autoridades en el bolsillo]. En segundo
lugar, porque posee una ventaja todavía mayor: Remsdorf ya no es humano.
Debido a los experimentos realizados por su padre, una especie de retorcido
científico loco, Remsdorf se convirtió en el Hombre Húmedo, una enorme masa
de carne, grasa y agua [mucha, mucha agua]. De hecho, no hay sangre corriendo
por sus venas, sino un líquido espeso, y sus órganos [esto lo descubrimos en las
secuelas] están comprimidos en una masa compacta en el interior de su cuerpo.
Los golpes no lo afectan, tampoco los cuchillos y las balas. Posee una fuerza
sobrehumana, y es capaz de triturar con sus manos a cualquier atacante, con la
seguridad de que su riqueza evitará que lo arresten. Realmente parece que nada
puede detener a este sujeto mientras sigue a Linda, acosándola y presionándola
en cada aspecto de su vida, acorralándola hasta el punto de la desesperación. Al
parecer, el Hombre Húmedo quiere empezar nueva raza de subhumanos como
él, y si una mujer resulta inadecuada para los experimentos de apareamiento,
simplemente se deshace de ella [ver: El cuerpo de la mujer en el Horror]
Aunque Linda Mallory es el personaje central, una voz masculina se superpone
a su historia: George Pelgrim, un joven reportero molesto por haber sido
asignado para cubrir un campeonato femenino de natación. A pesar de esto,
Pelgrim hace un esfuerzo poco entusiasta para cumplir con sus obligaciones
profesionales y organiza una breve entrevista con la señorita Mallory, la
ganadora del torneo. Aquí es donde las cosas comienzan a ponerse raras. Las
circunstancias unen a Linda y George e inevitablemente se desarrolla una
relación de mutuo afecto. Durante un tiempo se las arreglan para evadir a esta
monstruosidad húmeda y ambulante, cuyo nombre real se revela como Lother
Remsdorf. Finalmente, el Hombre Húmedo secuestra a Linda. En un giro
interesante [para la época], ella escapa sin ayuda [las mujeres en el pulp por lo
general requieren ser rescatadas por un hombre]. La cantidad detalles dedicados
al personaje de Linda Mallory, y el grado de fortaleza que se le atribuye en la
historia, a pesar de su dependencia parcial de Pelgrim, son inusuales tanto para
el medio como para la época, y a pesar de la elección de un narrador masculino,
estos aspectos hablan fuertemente del compromiso de Allison V. Harding con
presentar un punto de vista femenino [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]
Como si todo esto no fuera lo suficientemente espeluznante, Remsdorf tiene los
modales pulidos y anticuados de los mejores villanos, pero en un envase amorfo,
gelatinoso, esponjoso. Afortunadamente, Pelgrim y Linda logran escapar a
Canadá [tras una serie aparentemente interminable de persecusiones], y allí el
Hombre Húmedo queda atrapado en temperaturas bajo cero. Remsdorf se
convierte en una especie de grotesco muñeco de nieve. Pero cuando un
antagonista es tan vil [y económicamente rentable] resulta muy difícil de matar
permanentemente, de manera tal que en El Hombre Húmedo regresa está de
vuelta en acción, y peor que antes; pero, de nuevo, es vencido oportunamente...
deshidratándolo. Dos años después, en El Hombre Húmedo otra vez, mientras
Pelgrim y Linda están jugando con la idea del matrimonio, el periodista
descubre el extraño dispositivo que convirtió al joven Remsdorf en el Hombre
Húmedo, y que alguien más ha estado expuesto a su influencia.
El Hombre Húmedo es uno de los primeros híbridos entre el Weird y el Noir,
una transición formidable, por cierto, con su mezcla de entorno urbano, un
investigador cínico, un antagonista grotesco y antinatural, y una desalentadora
descripción de la sociedad. Si bien Allison V. Harding mueve la historia a través
de un hombre, presentando muchos puntos de vista masculinos un tanto
anacrónicos, El Hombre Húmedo al menos presenta una perspectiva femenina
subyacente, junto con ideas específicas sobre cómo era la vida de una mujer
joven en una gran ciudad a mediados del siglo pasado. Linda es constantemente
«arrastrada» al interior de un taxi, llevada del brazo, guiada, y hasta sujeta
[voluntariamente] a las órdenes de su salvador; pero todo eso ocurre cuando
Pelgrim, especie de Príncipe Azul renegado, se involucra con ella. Antes de eso,
Linda parecía estar manejando las cosas bastante bien [ver: El Feminismo de
hoy desde la ficción de ayer]
Allison V. Harding no solo fue la escritora más prolífica de Weird Tales, sino
que además contribuyó con uno de los relatos más populares en toda la historia
de la revista: El Hombre Húmedo [ver: Allison V. Harding: la reina de Weird
Tales] Este obeso y espeluznante acosador de mujeres merodeó por las páginas
de Weird Tales a fines de la década de 1940 con un éxito impresionante. Tanto
es así que, a pesar de terminar congelado como un grotesco muñeco de nieve al
final de la historia, el Hombre Húmedo regresó, no en una, sino en dos secuelas,
tituladas apropiadamente: El Hombre Húmedo regresa (The Damp Man Returns,
1947) [solo tres meses después del original] y El Hombre Húmedo otra vez (The
Damp Man Again, 1949).

El hombre húmedo.
The Damp Man, Allison V. Harding (1919-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)

George Pelgrim se sentó con exagerado aburrimiento en los incómodos bancos


de madera del anfiteatro. El letrero sobre las varias filas proclamaba que esta era
la sección reservada para la prensa, pero George, como indicaban sus largas
piernas desparramadas y sus modales descontentos, no estaba impresionado por
el letrero ni por el espectáculo que se desarrollaba debajo de él, donde se
celebraba un importante campeonato femenino de natación.
A pesar de sus años comparativamente jóvenes, Pelgrim había cubierto la cuota
promedio de grandes historias de un periodista, incluidas las de tipo deportivo.
Esto era un retroceso. Más que eso, era una indignidad absoluta, y por lo menos
por décima vez ese día, Pelgrim repasó las desventajas de trabajar para un gran
diario metropolitano con escasez de personal y con la inevitable reorganización
de las asignaciones de sus miembros más jóvenes. Aun así, cubrir algo como un
encuentro de natación de chicas, y uno relativamente oscuro, era ir demasiado
lejos.
Cinco formas similares se zambulleron poderosamente debajo de él, y una con
una gorra roja finalmente se adelantó y tocó el final de la pileta. Luego, el
sistema anunció que la ganadora del estilo libre de 100 metros era la señorita
Linda Mallory. La segunda fue la señorita Mary Ciphers, la ex-campeona en este
evento.
George bostezó. Gracias a Dios fue la última carrera. Salió de las gradas y pasó
junto a la mesa de relaciones públicas para recoger una hoja de prensa con
Eventos, Ganadores y Tiempos. Ahora, unas palabras de la nueva campeona de
los 100 metros y terminaría con el trabajo de este día. Se tomó su tiempo y luego
mostró su pase de prensa en la puerta de baldosas que proclamaba: NO SE
PERMITEN VISITAS.
—Entrada de los concursantes —Señaló con la cabeza un sujeto con un
cronómetro que reconoció como alguien a quien había visto varias veces antes
en las competencias de atletismo. ¡Oh, días felices!, luego se acercó a uno de los
miembros del comité—. Me gustaría ver a esa chica que ganó los 100 metros.
Solo unas pocas palabras —miró su hoja—. ¿Mallory?
—Ah, sí, la señorita Mallory —dijo el miembro del comité, tratando de ser
amable con la prensa—. ¡Un buena nadadora!
Hizo una seña al periodista para que lo siguiera y recorrió un pasillo,
deteniéndose ante una puerta, golpeándola y luego asomando la cabeza para
murmurar algunas palabras. Luego se volvió.
—Entre.
Pelgrim entró. Linda Mallory estaba de pie. Ahora estaba vestida con ropa de
calle.
—Soy Pelgrim de la Gazette —murmuró—. Me gustaría tener unas pocas
palabras con usted, señorita Mallory. ¿Es este el primer campeonato de distrito
que gana? ¿Cuántos años tiene?
Lanzó algunas otras preguntas. Luego, por primera vez, la miró de verdad. Era
muy bonita, si te gusta el tipo atlético y saludable. Pero había algo más. Uno de
los brazos bien formados se sujetaba al tocador como si necesitara su apoyo. Los
ojos de George se entrecerraron. Esta era una forma extraña de actuar para una
campeona recién coronada. Ella debería estar contenta. En cambio, Linda
Mallory estaba aterrorizada.
Hubo un silencio incómodo y luego la chica logró forzar una sonrisa.
—Lo siento —dijo y cuadró los hombros—. Tengo veinte años y esta es la
primera vez que gano un campeonato del condado. Es muy bonito —su voz se
fue apagando y no parecía que pensara que había algo bueno en eso.
—Está bien, gracias señorita Mallory,
El desconcierto de George ante la ansiedad de la chica apagó su indignación por
tener esa tarea. Giró sobre sus talones.
—¡Espere un minuto, por favor! —ella le tocó el brazo imperativamente—.
¿Vio a alguien afuera, en el pasillo o entrando el club? Un hombre corpulento,
gordo, es decir, con traje oscuro… con…?
George frunció el ceño.
—No lo noté. Dígame, señorita Mallory, ¿se encuentra bien? Quiero decir, ¿está
enferma o algo así?
Ella sacudió su cabeza.
—No, no. Estoy bien. Solo me preguntaba si había visto a esta persona. Me
temo que no he sido muy buena para ser entrevistada.
—Ya tengo suficiente —respondió Pelgrim y se acercó a la puerta—. Acerca de
este amigo suyo, no me preocuparía. Seguramente la encontrará.
—Sí —dijo Linda Mallory—, ¡supongo que lo hará!
Archivó su historia apresuradamente y salió de la oficina del telegrafista del
brazo de Al. Hubo muchos viejo desgraciado, no te he visto desde hace tiempo.
Él y su antiguo amigo se dirigieron al bistró más cercano y, a los pocos minutos,
todos los pensamientos sobre Linda Mallory habían desaparecido de su
conciencia. Sin embargo, tuvo suficiente presencia de ánimo a las seis y
veinticinco para darle una palmada en la espalda a Holden.
—Ha sido genial, Al, pero tengo que irme. ¡Ese viejo jefe mío probablemente
tenga tres o cuatro trabajos más para sus recaderos esta noche!
Tomó el tren de las 6:45 a la ciudad y se sentó en un asiento agradablemente
suavizado por las cinco o seis copas que había bebido y la constatación de que
tenía un viaje de tres cuartos de hora antes de llegar a la ciudad, por lo tanto,
había buenas posibilidades de tomar una pequeña siesta.
Soñó con una serpiente saliendo del lago de Central Park, levantando un
tentáculo que de repente comenzó a sacudirlo. Hizo lo que pudo, pero la
serpiente fue persistente. George se despertó y miró la cara asombrada de Linda
Mallory. Era su mano en su brazo.
—Señor Pelgrim, lo siento mucho. Lo vi y me senté junto a usted. Yo... tengo
miedo, señor Pelgrim. Él está en este tren.
Aún medio dormido, lo único en lo que el periodista podía pensar era en la
serpiente de mar. Se enderezó con el aire tímido de quien dice en silencio que,
por supuesto, no estaba realmente dormido. Miró el rostro agitado de la chica y
luego le tomó la mano porque parecía lo mejor que podía hacer. Era una mano
agradable, tal vez porque había tomado esas copas con Al Holden. O tal vez fue
porque estaba muy asustada.
—Ahora escucha —le habló con el tono paternal y pesado de alguien no muchos
años mayor—. ¿De qué se trata todo esto?
La recordaba cómo alguien tan serena y segura de sí misma esa tarde, con su
traje de baño azul, ahora se veía, bueno, casi patética. Pelgrim era un buen
oyente. Así que escuchó. Asintió con la cabeza en los momentos adecuados,
esperando que su aliento no fuera todavía cien por cien alcohólico. Después de
todo, no te encuentras con un viejo amigo como Al Holden todos los días.
La historia de Linda Mallory fue sencilla y bien expresada. Contarla pareció
ayudarla. De todos modos, estaba menos agitada al final. Desde lo más
temprano que podía recordar, le dijo a Pelgrim, tenía la capacidad de girar más
rápido que los otros niños de la escuela. Su ciudad natal la había enviado por
primera vez al Este para completar en un pequeño encuentro y ella había
ganado. Entonces llegaron las ofertas habituales para competir en otros
encuentros.
Mientras tanto, había conseguido un trabajo modesto en una oficina de la
ciudad. Sabía mecanografiar, y todo parecía ir bien hasta que un día lo conoció.
Fue recientemente. Había terminado una competencia y estaba volviendo a casa
cuando este hombre apareció frente a ella. Él había dicho algo, ella no estaba
muy segura ahora, como Tú serás mía, o alguna declaración igual de extraña. Él
le había tendido los brazos, tal vez de forma amenazadora, no estaba segura. Ella
había esquivado sus insinuaciones y se había retirado apresuradamente, pero él
estaba afuera cuando ella dejó los vestidores.
La había seguido hasta el autobús. Lo abordó con un suspiro de alivio cuando su
figura burda se desvaneció en la distancia cuando se pusieron en marcha.
Milagrosamente, apareció una mañana, pocos días después, sentado en el
vestíbulo de su hotel. La había seguido. Estaba fuera de su oficina cuando ella se
fue a las cinco y media.
Una vez llamó a un policía, pero cuando el oficial se volvió para mirar en la
dirección que ella le indicó, no había nadie. El tipo era inteligente.
Pelgrim pensó para sí mismo: ¿Bueno, por qué no? Hay muchos de estos
chiflados. No necesitas trabajar en un periódico para darte cuenta de eso y ella
es una chica linda.
En voz alta preguntó:
—¿Crees que lo viste esta tarde, y que ahora está en este tren?
Ella asintió.
—Sé que lo está, señor. Pelgrim.
—Bueno, investigaremos eso, y mientras tanto, dejemos el señor de lado. Mucha
gente tiene peores nombres para mí, pero hagamos un compromiso y me
llámame. ¿Cómo es este hombre?
Linda se estremeció.
—Es... ¡es horrible! No sé cómo describirlo exactamente excepto que es muy
grande y gordo y siempre usa un traje oscuro, como un traje de chófer, pero en
realidad no lo es. Su rostro está lleno de bultos. Y sus ojos también me asustan.
Le digo, señ… George, que esa vez que bajé las escaleras en mi hotel y lo vi
sentado allí, esos ojos me miraron por encima de un periódico que había estado
leyendo. Me hizo sentir… —se estremeció de nuevo.
—Quédate aquí —le aconsejó George—. Voy a ver si puedo localizarlo.
—Está detrás de nosotros —indicó Linda Mallory—. Lo vi subir al final del
tren.
George se levantó y trató de parecer formidable. Tal vez caminar limpiaría las
últimas telarañas de su cerebro. Sonrió y señaló hacia la parte de atrás.
—¿Por aquí?
Linda le devolvió la sonrisa.
—Mira, no te metas en ningún problema por mi culpa.
—Estoy interesado. Quiero ver a este fan tuyo por mí mismo.
La dejó sentada allí, mirándolo. Había uno, dos, tres, cuatro coches detrás de
ellos. El reportero caminó lentamente por el pasillo, con las manos hundidas en
los bolsillos, mirando con indiferencia de un lado a otro. El surtido habitual de
damas con vestidos de flores, niños comiendo dulces, hombres con sus
periódicos. En el último coche, uno vestía un traje marrón, el otro vestía una
especie de traje gris y oscuro. También estaba enterrado en su periódico. Parecía
bastante ancho.
El tren redujo la velocidad para llegar a una estación suburbana y se detuvo.
George estaba de pie en la plataforma trasera con los ojos en la espalda del
grandullón, indeciso. Luego comenzó a caminar por el pasillo volviendo sobre
sus pasos. Cuando se acercó al sospechoso, inclinó la cabeza hacia abajo.
—Perdón —señaló con el pulgar un elemento del periódico.
El rostro del tipo salió al otro lado del tabloide.
—Amigo —murmuró George en tono de disculpa.
El rostro del extraño era beligerante. También era largo, delgado. Parecía
respaldado por un buen golpe. George retrocedió sonriendo. No era el hombre.
El tren arrancó de nuevo. Tal vez se había escapado. George volvió a su coche y
ensayó un pequeño discurso. Era una excusa para volver a tomar su mano
amable y capaz: No hay nada de qué preocuparse. Créame, tomé las huellas
digitales de todos los chicos de allí. No hay nadie que responda a tu descripción.
Pero no hubo discurso porque Linda Mallory se había ido. Y ella no estaba en el
tren. George se aseguró de eso mientras miraba a través de los coches de proa.
Echó humo el resto del camino hacia la ciudad.
Tres días después, sonó el teléfono en el escritorio de Pelgrim. Era Linda. A
pesar de sí mismo, se había preguntado por ella, incluso con el debido
tecnicismo periodístico. Se dijo a sí mismo que probablemente todo el asunto
era una locura.
—Bueno, ¿por qué el acto de desaparición?
Ella se disculpó fervientemente:
—Tenía que hacerlo. Justo después de que tú saliste del coche por el pasillo, él
apareció. No pude soportarlo. Me bajé en la siguiente parada. ¿Puedo hablar
contigo?
Con estudiado esfuerzo George respondió lentamente:
—Bueno, supongo que sí. ¿Dónde estás? —Linda Mallory dio el nombre de un
hotel—. Iré esta noche —dijo y colgó.
Mientras se sentaba en su escritorio, el periodista se dio cuenta de que no estaba
del todo seguro acerca de Linda Mallory, acerca de muchas cosas sobre ella.
Aunque admitió a regañadientes que estaba seguro de una cosa. Se alegró de
volver a escuchar su voz.
Esa noche llegó al vestíbulo de su edificio a la hora señalada. Era un hotel para
mujeres y la planta baja estaba llena de macetas con palmeras y hombres
esperando. Ella estaba allí, de pie junto al escritorio, y pensó mentalmente que el
sencillo vestido azul le sentaba bien. Le gustó la forma en que ella extendió la
mano, y también su sonrisa; eso le había gustado antes.
—Vamos a sentarnos aquí —indicó con un gesto hacia una alcoba del suelo
donde había un par de sillas.
Él la siguió. Ella lo miró intensamente.
—Si yo fuera tú, probablemente pensaría que estoy loca.
Él sonrió.
—Mis sentimientos casi exactamente —respondió Pelgrim.
—Realmente no tengo ningún derecho a meterte en esto y has sido muy amable.
—¿Meterme en qué? —persistió—. Después de todo, si no te importa que lo
diga, ¿no te preocupas un poco demasiado por las atenciones de un admirador?
—Ha estado aquí —continuó Linda, ignorando su pregunta—. Creo que se bajó
como yo en esa estación. Tomé un autobús pero él me siguió.
—Mira, si esto te está molestando tanto —sugirió George—, ¿por qué no avisar
a la policía? Quiero decir, en realidad, un hombre sentado en el vestíbulo de tu
hotel, siguiéndote a tu trabajo, siguiéndote. Tienes todo el derecho a…
—Es inteligente —dijo, y la mirada de miedo volvió a sus ojos—. Ya te lo dije
antes, una vez en la calle hablé con un oficial. Parece anticipar... Quiero decir
que se había ido cuando el policía miró. Anoche, George, trabajé hasta tarde.
Cuando salí, no lo vi. No lo busqué mucho. Supongo que pensé que se habría
cansado de esperarme. Fui a un restaurante a un par de cuadras de aquí, y
cuando salí estaba oscuro como boca de lobo. Caminaba sin pensar en nada,
entiendes, sin esperar escuchar nada cuando escuché sus pasos detrás de mí. No
puedes confundir ese sonido. Es el tipo de ruido que hace el caucho húmedo.
Supongo que perdí la cabeza. Corrí el resto del camino hasta aquí. Luego me
paré justo dentro de la puerta y miré hacia afuera. No lo volví a ver.
Pelgrim pensó en eso durante un minuto.
—Necesitas salir de aquí por un tiempo. Deja de pensar en eso. Vamos a ver un
espectáculo o algo así.
Ella se iluminó.
—Eso sería genial.
—Está bien. Esperaré aquí y tú irás arriba y tomarás tu abrigo.
La vio desaparecer en las relucientes fauces del ascensor. Luego, sus ojos
vagaron por la gente del vestíbulo. Su lugar era ventajoso. Desde su nicho lateral
podía ver sin que lo notaran. Todo el mundo parecía bastante inofensivo.
Su mente, repasando las cosas que Linda Mallory le había dicho, dio un vuelco
repentino y aterrizó en una nueva posición. Este hombre, este seguidor del que
se quejaba y del que parecía tan asustada. Era extraño que nadie más se fijara en
él. Él mismo, por ejemplo, o el policía. Hubo todos estos episodios, estos
detalles macabros de alguien que la seguía por las calles y por todas partes, y sin
embargo, aparentemente nadie más que Linda Mallory había visto al sujeto.
George tenía el conocimiento rudimentario de psicología de un joven con
educación universitaria promedio. ¿Cuántas veces en la prensa había leído sobre
cosas como el complejo de persecución, personas que piensan que otras están
conspirando contra ellas, siguiéndolas? Linda, a pesar de su pequeño trabajo y
sus concursos de natación ocasionales, estaba esencialmente muy sola aquí en la
ciudad, y él realmente no sabía nada sobre su pasado. Era un pensamiento
incómodo, uno que se abrió paso en su mente en lugar de ser bienvenido allí,
pero el trabajo periodístico exige objetividad, y esta conclusión era al menos
posible, basada en los hechos tal como los conocía.
Podía admitir para sí mismo que Linda Mallory era atractiva y agradable. Había
una sencillez en ella que le agradaba y, sin embargo, el miedo había sido el
acorde más dominante de su maquillaje, un miedo fijo sobre una cosa que no
había podido demostrarle a nadie más.
Infeliz con sus propios pensamientos, George se levantó y caminó hacia la
puerta principal. Hacía calor. Atravesó el portal y salió a la calle. Había una
pequeña bombilla en medio del toldo que llegaba hasta la acera. George salió de
su deprimentemente débil círculo de luz, buscando a tientas un cigarrillo en el
bolsillo de su chaqueta. Mientras lo hacía, chocó con alguien. El periodista
murmuró:
—Lo siento —y la otra figura se alejó de él hacia la puerta del hotel. George se
volvió. Se quedó boquiabierto. La figura que se alejaba era la de un hombre
gordo, muy grande, su cuerpo ancho encajado en una traje oscuro y arrugado.
Pelgrim arrojó su cigarrillo a la calle y lo siguió.
En el interior vio al otro yendo resueltamente hacia la salón que él acababa de
abandonar hacía un momento o dos. George dio algunos pasos vacilantes en esa
dirección. El hombre se hundió pesadamente en el sillón que antes había
compartido con Linda. Pelgrim vislumbró un rostro carnoso y pálido, y luego un
periódico vespertino ascendió por delante del chaleco y la cabeza como una
barrera protectora.
George cambió de opinión, se dio la vuelta y se dirigió hacia el mostrador.
Estaba colocado cerca de los ascensores y la vería en el momento en que se
bajara. Esperó, dando golpecitos nerviosos en el mostrador. Desde este punto no
podía ver bien el rincón donde estaba sentado el hombre. Finalmente, la puerta
metálica del ascensor se abrió y salió Linda. Él estuvo a su lado en un instante y
la llevó por el piso hacia la puerta. Dijo algo, algo trivial sobre qué película
crees que deberíamos ver o algo así.
Cuando George la empujó a través de la puerta, lanzó una rápida mirada a un
lado. El hombretón del traje oscuro todavía estaba sentado allí, con el periódico
todavía frente a él, pero lo había bajado solo un poco, lo suficiente para mostrar
un par de ojos. Y los ojos estaban sobre ellos.
Se decidieron por un cine cercano. Mientras caminaban, George se dijo a sí
mismo: Ahora no debes mirar atrás. La pondrás nerviosa. Sin embargo, mirar
hacia atrás era lo que quería más que cualquier otra cosa. Había otros hombres
corpulentos con trajes oscuros que estaban sentados leyendo periódicos. Pelgrim
intentó escuchar, pero, ¿alguna vez has intentado distinguir un conjunto de pasos
en particular en una calle de una ciudad abarrotada?
Cuando se metieron debajo de la marquesina iluminada del cine, pudo estirar el
cuello. No vio a nadie en el cuadrado de luz amarilla o en sus alrededores.
Entraron y se sentaron a medio camino del lado derecho. Era una historia
policial con algo de comedia. Linda se rio y George se alegró. Significaba que se
estaba olvidando un poco de sí misma, disfrutando. Le murmuró:
—Tengo que llamar a la oficina. Vuelvo en un segundo.
Era una verdad a medias. La llamada no era imperativa, pero Pelgrim quería
hacer un poco de reconocimiento. La audiencia de la película se había reducido
aún más, y de espaldas a la pantalla fue fácil para él ver la figura grande y
voluminosa sentada ocho filas detrás de ellos. Sus emociones eran confusas
cuando introdujo una moneda de cinco centavos en el teléfono. Estaba molesto,
enojado, y también había una especie de sensación espeluznante en su espalda.
Tal vez ella estaba fingiendo o lanzándole un psicópata.
—Hola, ¿está Jim Crosier?
Le dijeron que Crosier se había ido media hora antes. Tenía sus propias razones
para querer hablar con el veterano periodista, pero si no estaba allí, eso era todo.
George se apresuró a regresar por el pasillo y luego redujo la velocidad a medida
que se acercaba. Pues directamente detrás de Linda, ahora, el gran hombre
estaba sentado. Se había acercado cuando Pelgrim había estado ausente. George
se movió a su lado. Ella sonreía a algo en la pantalla, ajena a cualquier otra cosa
a su alrededor. Tendría que manejar esto hábilmente.
—Mira —dijo—, lo siento, pero parece que deberíamos salir.
Odiaba alejar a la chica del cine. Parecía disfrutarlo, pero de todos modos ella
asintió con la cabeza, buena deportista como era. La empujó apresuradamente
por el pasillo para que no se diera cuenta del motivo de la huida.
—Lo siento —se disculpó Linda Mallory cuando salieron—. No deberías haber
pasado tanto tiempo conmigo esta noche, ¿verdad?
Suspiró con simulacro de tragedia y trató de hacer que su tono fuera ligero:
—¡Probablemente me pedirán que llene los tinteros por la mañana!
Se detuvieron en un restaurante y, mientras tomaban una taza de café, George
tomó una decisión. Todo era lo suficientemente extraño y misterioso como para
abandonarlo sin más. El reloj de la cafetería dictaba que eran más de las doce.
Las calles estaban desiertas mientras caminaban desde la luz oblonga que
arrojaban las ventanas del restaurante. Una suave niebla primaveral se había
infiltrado desde el mar, amortiguando el sonido del tráfico ocasional de
medianoche, cubriendo las solitarias farolas en fantasmales halos y reduciendo
la visibilidad a no muchos metros.
Caminaban entre hileras de casas con fachadas de ladrillos, casas que eran
solitarias y fantasmales como si nunca hubieran conocido una presencia
humana, y sus pasos resonaban empapados en las aceras. Fue en medio de una
cuadra sucia que George sintió que los dedos de Linda se apretaban sobre su
brazo. Su oído había sido quizás más agudo que el suyo, pero cuando el sonido
agonizante de un distante tren eléctrico desapareció por completo, él también
supo que había pasos detrás de ellos. Miró a Linda Mallory. Su boca roja estaba
parcialmente abierta como si hubiera una pregunta que temiera hacer.
—¿Qué pasa?
Sonrió aunque lo sabía; ambos lo sabían. Siguieron andando y, como por mutuo
consentimiento, sus pasos se aceleraron, pero esta larga cuadra parecía no tener
fin. Y los sonidos detrás de ellos estaban más claramente definidos, quizás
porque sus sentidos estaban tan excitados y proyectados tan completamente
hacia atrás, hacia el único punto de enfoque, o quizás porque los pasos estaban
realmente más cerca, acercándose.
Sabes cómo es cuando eras un niño, un niño en algún lugar en la noche o en la
oscuridad de una casa vieja o de tu propia imaginación, el impulso loco e
irresistible que te invade repentinamente: huir con toda la fuerza de tu ser,
correr, esconderse. Hay algo de eso en todos nosotros en ciertos momentos.
Tocó a George brevemente, un toque de oscuridad y niebla, el impulso de correr
y esconderse, y él también lo sintió en Linda. Todavía había lugar para la
compasión por ella. Había tenido esta cosa desagradable con la que luchar antes.
Él era nuevo en eso, y la novedad debía valer algo, resolvió.
—Tómatelo con calma —le murmuró.
Trabajó una pequeña sonrisa.
—Solo sé que ya estaría corriendo si estuviera sola —admitió Linda.
En el túnel de oscuridad que se extendía por delante vieron el pálido destello
amarillo de una farola. La única bombilla brillaba débilmente en la atmósfera
pegajosa. Marcharon hacia ella, y marcharon fue la palabra, porque George
mantuvo sus pasos regulares. Era una cuestión de moral, lo sabía
instintivamente; que si alguna vez rompían el paso, correrían atropelladamente,
un absurdo y loco espectáculo de dos personas asustadas cayendo en picada por
la calle solitaria hasta que encontraran el ajetreo de la ciudad y de repente se
sintieran avergonzadas.
Pelgrim no era tonto. Pensó que había calculado su situación y sus posibilidades.
Ningún ladrón pierde su tiempo rastreando a una persona noche tras noche. Un
atraco en una gran ciudad es tan impersonal como un accidente automovilístico.
Es completamente indiscriminado. Si te encuentras en tal o cual calle, en tal o
cual momento, sentirás un arma en tus costillas o un cuchillo en tu cráneo, tú o
cualquier otra persona.
No, el atractivo aquí era la chica, y lo que él no sabía de ella podía ser su ruina.
Este inquietante pensamiento hizo que George volviera a mirarla, tan
repentinamente que ella lo sintió y miró hacia atrás. Se sintió avergonzado de sí
mismo por cualquier sospecha que pudiera haber tenido. Esta chica era honesta.
Le había dicho lo que sabía. Un secuestro era absurdo y parecía imposible.
Había formas más fáciles. Esta larga vigilancia, por ejemplo. ¿Por qué sería
necesaria? Además, Linda Mallory ganaba un salario mínimo y era, como
mucho, solo una nadadora prometedora de pequeños logros locales.
Esto abrió otras especulaciones, una categoría tan oscura, húmeda y brumosa
como la noche. Este hombre grande era una de esas miríadas de personas que
deambulan por la ciudad y el campo con algún pequeño y extraño propósito
propio. Pequeño para nosotros pero grande para ellos. La gente no del todo
normal. El retorcido. El loco.
George deseaba tener una pistola o un garrote o algo. Llegaron al oasis de luz y
él le dijo rápidamente:
—Tú párate al otro lado. ¿Conoces el camino a tu hotel desde aquí?
Ella asintió.
—¿Segura?
Ella asintió de nuevo.
—Quédate ahí. No digas nada. No hagas nada, pero si te digo que corras, corre
lo más rápido que puedas y sigue corriendo hasta que llegues donde hay más
gente o veas a un policía. No te detengas para nada más, ¿entiendes?
Ella asintió con la cabeza por tercera vez.
—¿Pero qué hay de ti?
—Voy a intentar averiguar sobre este tipo. Linda, debe haber alguna explicación
para esto —esperaba que sonara bien de la forma en que lo expresó—. Tal vez él
piensa que eres su hija perdida hace mucho tiempo o algo así.
Los pasos estaban ahora mucho más cerca y Pelgrim pudo ver a qué se refería
con las suelas de goma mojadas, casi un sonido de chapoteo en las aceras
húmedas. Linda se apartó de él hacia las sombras del otro lado del círculo de
luminancia. Satisfecho, el reportero se volvió y miró por donde habían venido.
Dio unos pasos hacia la oscuridad, volvió la cabeza para mirar una vez más
dónde estaba Linda. Bien. Desde aquí, incluso sabiendo que ella estaba allí,
apenas podía distinguir su figura, y esperó.
Los sonidos parecían una cantidad interminable de latidos, de profundas
respiraciones anticipatorias y luego de la oscuridad surgió una negrura mayor.
Era el hombre corpulento, que parecía incluso más grande de lo que George
recordaba, con aspecto de la noche misma con su traje oscuro y su sombrero.
Los pasos se detuvieron. El hombre se detuvo a un paso de Pelgrim. La luz
brilló sobre su rostro blanquecino y abultado. La tenue luz de las farolas y las
sombras hacían más grotescas las almohadillas de carne que eran manos y
mandíbulas.
George se acercó. Atacar era su único plan.
—¿Estás siguiendo a alguien, amigo?
Estaba consternado por la repugnancia del hombre. Los ojos eran de un color
negro. No tenían profundidad ni expresión. Eran simplemente discos redondos
como los botones de un bacalao exhibidos en el escaparate de una pescadería.
Había algo más en el hombre que se apoderó de George, y de repente lo congeló
con un horror que era difícil de controlar. Se veía... se parecía a alguien que
George recordaba años atrás, un cuerpo hinchado con grilletes que la policía
había sacado del río una noche fría.
La piel se veía así, la hinchazón, la blancura azulada, los ojos inexpresivos de la
muerte. No ves algo así a menudo. Pero los muertos no hablan; y este dijo:
—¿Dónde está? —y hubo un destello de algo ilegible en los ojos oscuros.
La voz era profunda, con una cualidad resonante de barril. Las palabras fueron
dichas lentamente.
—¿Dónde está quién? —replicó Pelgrim.
—La mujer.
—¿Qué quiere con ella? Tiene un coraje infernal, señor...
Los ojos del grandullón detuvieron su trayectoria itinerante y se fijaron sobre el
hombro del reportero. Sin mirar, Pelgrim supo que habían visto a Linda. Sintió
que el gran cuerpo frente a él se preparaba para avanzar. Mientras George
levantó los puños, gritó:
—¡Corre, Linda, corre!
Por encima del eco de ese mensaje en la calle solitaria escuchó sus tacones
alejarse furiosamente. Sus puños golpearon al esponjoso cuerpo, y luego una
mano gruesa y pesada se estrelló contra el costado de su cuello haciendo que sus
sentidos se tambaleen. George estuvo a punto de caer, pero se agarró a un grueso
brazo desollado. El hombre grande se inclinó hacia adelante. Un hombro lo
agarró y George cayó de rodillas agarrando una pierna.
El grandulón gruñó.
George vio que la patada llegaba demasiado tarde. Aterrizó entre sus ojos y
luego la oscuridad de la calle y la masa oscura de su oponente fueron tragados
en una oscuridad aún mayor.
Lo siguiente que supo George fue la presión de un brazo debajo de su cabeza.
Parpadeó a la luz de una linterna mientras una voz decía:
—Ya está, amigo, estás bien.
Luchó por levantarse y la luz de la linterna se reflejó en los relucientes
uniformes de dos policías. Uno sostenía la linterna. George finalmente se puso
de pie. Tenía un bulto en la frente y sus sentidos aún estaban débiles. Dio su
nombre y dirección mecánicamente al policía que preguntaba, mostrando su
tarjeta de prensa.
—¿No sabes quién era este tipo? —preguntó uno de los uniformados.
—No —No tenía sentido contar la historia completa ahora, lo importante era
averiguar si Linda había llegado bien a su edificio—. ¿No serían tan amables de
llevarme?
Lo apilaron detrás de ellos y lo llevaron a su destino. Casi antes de que saliera
del patrullero, Linda había salido y lo estaba saludando. Temblaba.
—¡George, estaba muy asustada!
—Vamos, volvamos adentro.
—George, tu cabeza...
—Olvida eso —la condujo hacia el lobby—. ¿Alguna señal de él aquí?
Ella negó con la cabeza.
—¿Qué pasó? ¡Esos policías!
Le contó rápidamente lo que había sucedido.
—No deberías haberme hecho dejarte —criticó.
—No hubieras sido de mucha ayuda. No, este tipo es difícil, Linda. Ahora
escucha. Quiero que subas a tu habitación y quiero que te quedes allí. Pase lo
que pase, ¡quédate ahí! No puedo subir a este edificio. Te llamaré por la
mañana. ¿De acuerdo?
Ella estuvo de acuerdo.
—Vamos a atrapar a ese tipo, Linda, no te preocupes.
—¿Qué... quién es él? —preguntó ella—. Quiero decir, ¿de qué se trata,
George?
La mirada de miedo que odiaba ver estaba allí de nuevo, pero no podía culparla.
—¿Hay algo más que quiero preguntarte, George?
—¿Si?
—Cuando peleaste con él, ¿te agarró en algún momento, o lo tocaste?
Pelgrim sonrió con ironía y señaló su frente.
—Un agarre bastante bueno, ¿no te parece?
—Quiero decir —persistió—, hay algo en ese hombre que no está bien. Te dije
que en la competencia de natación me agarró por los brazos y luego tuve que
empujarlo. Era, bueno, era casi como si hubiera estado nadando. ¿Notaste algo
extraño como eso?
George se rio estridentemente.
—¡Crees que el pájaro está muerto! ¿Alguien ha vuelto de una tumba de agua?
¡Tu tío Egbert, que navegó antes del mástil y murió en España! —canturreó.
—No te rías —protestó—. Es solo que yo...
—Él es de carne y hueso, Linda. No hay nada muerto en él.
—No quise decir eso del todo.
—Bueno, deja de querer o pensar en nada —ordenó el reportero—. Sube a tu
habitación y duerme un poco. Olvídalo. Sé que es un consejo tonto, pero es el
mejor que puedo darte. Te llamaré por la mañana. ¿Está bien?
Ambos se levantaron. Ella le apretó la mano.
—Y muchas gracias. Este es mi problema y, sin embargo, lo has hecho tuyo. No
sé qué hubiera hecho sin ti. Probablemente me hubiese vuelto loca.
—Olvídalo —estaba avergonzado—. Te llamaré por la mañana.
La acompañó hasta el ascensor y sólo cuando las puertas se cerraron con
estrépito detrás de ella se dirigió a la entrada del hotel. Pelgrim todavía se sentía
un poco tembloroso, así que llamó a un taxi. Al entrar en la avenida, vio algo
por la ventana lateral. Mientras pasaban velozmente, vio el inconfundible bulto
familiar apoyado casualmente contra un buzón, con el rostro vuelto hacia la
fachada del hotel.
—¡Chofer, espere un minuto! Quiero volver.
—No puedo girar aquí, señor —se quejó el conductor—. Es contra la ley.
La siguiente mejor opción fue dar la vuelta a la manzana. Sin embargo, el
hombre grande se había ido. George se acomodó en el taxi, satisfecho de que no
hubiera nada más que pudiera hacer esta noche.
En su apartamento escurrió una toalla en agua fría y se la puso alrededor de la
cabeza. Ayudó, le hizo pensar mejor. Esa pequeña cosa de la que Linda había
hablado, lo que había notado sobre este hombre. Él también lo había notado. La
extraña humedad de esas manos fornidas como jamones. Quizás había
enfermedades que causaban estas cosas, él no lo sabría, y quizás acompañadas
por algún tipo de trastorno mental. Todas estas cosas las podría averiguar y las
descubriría. Mientras tanto, iba a barajar el mazo y hacer desaparecer a la Reina
de Corazones.
Su alarma lo dejó sin sueño a las siete y media. Al cabo de media hora, con una
ducha y un desayuno de café y huevos fuera del camino, estaba hablando por
teléfono con Linda Mallory.
—Número uno —enumeró con pedantería—, Quiero que recojas tus cosas,
Linda. El tipo sabe dónde estás. Vamos a arreglar eso. Número dos, llama a tu
trabajo y diles que lo lamentas pero que no volverás. Y no salgas del hotel.
¿Entiendes?
Colgó y se fue a la oficina, sorprendiendo considerablemente al personal del
periódico, desde el copista hasta los reporteros subalternos, por su llegada
anticipada.
Entró en la oficina que compartía con Jim Crosier y cerró la puerta. Era
demasiado pronto para que el otro estuviera allí, pero George aprovechó su
tiempo. A las diez en punto había localizado un lugar al otro lado de la ciudad
donde podría conseguir una habitación para Linda. Era en un vecindario
respetable, no lejos de un metro. A las diez y media lo había arreglado todo con
Mort Hoge, el editor de artículos dominicales, para que aceptara a Linda como
mecanógrafa.
Entonces entró Crosier.
—Así que eres el reportero de delitos número uno en el condado.
Era una broma entre ellos. En realidad, Crosier sí conocía el tema, era un
experto en la historia de la violencia, en el procedimiento judicial y sus aspectos
legales. George describió sus experiencias con Linda Mallory. Al final, el otro
reportero sonrió.
—¿Te quedaste con la chica?
Pelgrim resopló.
—Veo que sí —respondió Jim a su propia pregunta—. Y no has bebido
demasiado últimamente, ¿verdad?
—Espera un minuto. Si crees que tengo esta patada en la cabeza...
—Escucha, George. La señorita evidentemente tiene otros admiradores además
de ti. Este hombre gordo es uno de ellos. Ya sabes lo que dicen sobre nuestra
civilización. Solo tendrás que aceptarlo, chico, ¿Qué? No, hijo, es un punto
difícil legalmente hacer que arresten a un hombre porque dices que ha estado
siguiendo a alguien. Sobre tu pelea de borrachos con él anoche... no lo sé.
George ahogó una réplica enojada cuando el otro reportero se volvió hacia su
máquina de escribir. Y, sin embargo, ¿no había sido él mismo escéptico al
principio? No, supuso que tendría que manejarlo él mismo sin órdenes
judiciales, el Departamento de Policía o Crosier. Sin embargo, había una
pequeña cosa que ayudaría. Conseguiría un arma. Eso era factible.
Salió de la oficina al mediodía y tomó un taxi hasta el hotel de Linda. La llamó y
le dijo que bajara con su equipaje. Ella estuvo lista en diez minutos, aunque él
tuvo que acallar sus protestas.
—No te preocupes. Tengo otro lugar para ti.
No, no debía dejar la nueva dirección como una de reenvío de correo. Después
de un momento decidieron que podía remitir cualquier mensaje o correo al club
de natación al que pertenecía.
El taxi que tomaron siguió un curso excéntrico hasta que George, mirando por la
ventanilla trasera, se dio cuenta de que no había persecución. Su destino era una
vieja casa de piedra rojiza de cinco pisos. La casera era la señora Brumley, una
anciana regordeta, viuda de un ex reportero de la Gazette. Les dirigió un saludo
maternal a ambos.
—Es bueno verte —le dijo a Pelgrim—. Y tengo la parte trasera del tercer piso
para la señorita.
George vio a Linda subir las crujientes escaleras alfombradas. La suya era una
habitación grande y aireada con vistas a los patios traseros.
—¿Te gusta?
—Creo que es grandioso —respondió Linda.
—Está bien, te acomodas y luego mañana llegarás a la oficina a las nueve —le
dio la dirección—. No esperes verme —advirtió George—, pero te esperan en el
Departamento D.
Bajó las escaleras y habló con la señora Brumley por un momento antes de irse.
Explicó que la señorita Mallory había tenido las atenciones no deseadas de un
hombre durante algún tiempo y que esa era la razón del apresurado cambio de
dirección. La señora Brumley se encargaría de que no la molestaran extraños
aquí. George describió al hombre corpulento con cuidado.
El teléfono interrumpió el sueño de Pelgrim a la mañana siguiente. Un ojo
entreabierto se centró en el reloj. Con mal humor, notando que no eran ni
siquiera las ocho, dijo un hola somnoliento, y luego las palabras que oyó lo
atravesaron más profundamente que el timbre del teléfono. Era Linda y estaba
asustada, muy asustada. Los ojos de George Pelgrim estaban ahora bien abiertos.
—Oye, espera un minuto. Espera.
—Está en el periódico —repitió ella—. Peggy Greene, ¡vivía al lado mío en el
hotel! Te la he mencionado, George. Bueno, tal vez no lo haya hecho.
—Bueno, ¿qué pasa con ella?
—Está muerta. ¡Estoy tratando de decírtelo! ¡La encontraron en la noche!
—Eso es duro —se compadeció—, terriblemente duro. Sé que es una sorpresa
terrible, pero no entiendo...
—George, es él. ¡Estoy segura! Escúchame. Peggy era casi de mi talla. Ayer,
cuando estaba empacando, me pidió prestado mi traje azul. Se lo presté. Quería
ponérselo por última vez. ¿No lo ves, George? Ella también es rubia como yo.
¡Él pensó que era yo!
El reportero pensó por un momento.
—Toma tu desayuno allí y espérame. Yo te recogeré —ordenó y colgó.
Treinta minutos después, en un taxi, leyó la primera edición de la Gazette. El
crimen se calificó como un titular de cuatro columnas. La policía pensó que la
habían estrangulado en algún momento alrededor de la medianoche en una
sección solitaria a menos de una docena de cuadras de su hotel. A George le
hizo preguntarse si era la misma sección solitaria donde él y Linda habían tenido
su experiencia antes. La causa de la muerte fue estrangulamiento. Por las marcas
en la garganta, la víctima había muerto por asfixia. No había rastro del agresor,
aunque la policía estaba segura de que era un hombre.
Había una foto de Peggy Greene. Era rubia, mayor que Linda y de complexión
fuerte y corpulenta. En la oscuridad, con su cabello claro y el vestido, fácilmente
podría haber sido confundida con la otra chica.
La señora Brumley estaba llena de solicitud, diciendo una y otra vez pobre niña.
Linda estaba conteniendo las lágrimas con esfuerzo. George intentó darle una
palmada en el hombro. Parecía inadecuado. Finalmente la convenció de que lo
acompañara a la oficina.
—No querrás sentarte aquí todo el día repasando todo esto —señaló el papel
sobre la mesa.
Pero lo repasaron yendo al centro. George forzó un optimismo que no sentía.
—Podemos darle a la policía una dirección sobre el culpable —opinó. Trató de
omitir, obviamente, el tipo grande estaba detrás de ti. Pero Linda Mallory lo
entendió. Ella se volvió hacia él.
—Está loco, ¿no es así, George? Completamente loco. Una especie de maníaco
pervertido.
—No lo sé, no sé lo que es.
No importa cuál sea el problema con el resto del mundo o con su propio mundo,
es útil estar en una oficina grande e impersonal con mucha gente. Estás atrapado
en el bullicio y la actividad. Es un intangible. No importa cuál sea tu problema,
te sentirás mejor.
Linda lo hizo. Dos horas después de ser introducida en el Departamento D,
estaba sentada allí escribiendo rutinariamente, escuchando a la pelirroja que
mascaba chicle quejándose de su novio y riéndose a pesar de sí misma de las
bromas de uno de los muchachos de la oficina. Había otra cosa dentro de ella, la
conmoción, el miedo y el arrepentimiento por perder a una amiga; tal vez no
conocía a la chica Greene desde hacía mucho tiempo. Tal vez solo un mes, pero
aun así el sentimiento era perturbador.
George hizo que le enviaran los almuerzos al piso de arriba, y después la llevó a
pasear, mostrándole algunas de las imprentas y las salas de composición. Más
tarde ese día llamó a su club de natación. Les dijo, tal como le había indicado
George, simplemente que se había tenido que mudar y que llegaría en una
semana. Ellos, a su vez, pasaron la información de que había un par de cartas
para ella y una llamada persistente, un hombre que seguía preguntando por su
paradero.
Aquella noche, George la llevó en taxi directamente a casa.
Al final de la semana ella lo convenció de que la dejara ir al club de natación.
Consiguió un tiempo libre a media tarde para ambos.
—Después de todo —argumentó—, se supone que soy nadadora. Tengo que
practicar de vez en cuando.
Había una piscina en el sótano del edificio. Linda miró su correo y luego a
George. Él adivinó lo que se avecinaba. Había una mujer de rostro curtido y
aspecto masculino que había estado ocupándose de ella junto al escritorio,
diciendo cosas como: así que descuidando tu práctica, querida, y después de un
comienzo tan prometedor. Linda dijo:
—George, debería practicar un poco en la piscina. Aquí está perfectamente bien.
Puedes quedarte o irte, como quieras. ¿No te parece?.
—Me quedaré —respondió secamente.
El tanque estaba en el nivel del sótano, una pequeña piscina de veinte metros,
con paredes verdes y fondo de azulejos blancos. Había algunos bancos por un
lado. En el otro había dos pasillos, uno conducía a las escaleras y el otro a los
vestidores y duchas. Se sentó en uno de los bancos y estiró su largo cuerpo. El
agua estaba muy clara y completamente inactiva. Supuso que más tarde habría
más movimiento. Pero ahora era muy solitario, y las luces amarillas de la cúpula
parpadeaban solemnemente sobre él.
En un momento, Linda salió en traje de baño. La mujer de rostro curtido que
había sido presentada a George como entrenadora de natación de la Asociación
se paró al lado de la piscina y gritó instrucciones mientras la chica nadaba arriba
y abajo, primero lentamente y luego más rápido.
—Estás rodando demasiado, querida.
George, menos perfeccionista, se maravilló de los trazos largos y poderosos de
Linda.
—Está bien —la entrenadora aplaudió—. Ahora haz unas pocas docenas de
largos.
A continuación, la entrenadora hizo una seña a Pelgrim.
—Hay algo de lo que me gustaría hablar contigo —dijo en voz baja—. Aquí no.
Ven a mi oficina un momento.
George miró dubitativo a Linda en la piscina. Ella lo saludó alegremente. Siguió
a la mujer mayor por las escaleras. Lo condujo a una oficina pequeña y lúgubre
y cerró la puerta. Las paredes estaban cubiertas de fotografías de nadadoras.
—Mis chicas —entonó la mujer con orgullo—. Realmente creo que Linda
Mallory podría ser una de las mejores, pero no ha estado practicando lo
suficiente.
—¿Y de qué querías hablarme?
La entrenadora enrojeció. Sus manos se agitaron en el aire. George se dio cuenta
de que estaba realmente avergonzada.
—Creo que será mejor que vuelva a la piscina.
—No, no —gritó ella, y puso una mano en forma de garra en su brazo—. Verás,
Linda debería dedicar todo su tiempo a la natación. Realmente podría, bueno,
creo que realmente podría volverse muy buena. Es una gran oportunidad.
—Así parece, pero realmente creo que debería volver.
Ella protestó débilmente de nuevo. Pelgrim abrió la puerta y empezó a bajar las
escaleras hasta el sótano. Escuchó que la mujer lo seguía unos pasos atrás. La
piscina estaba vacía, y ese vacío se le atascó en la garganta. ¿Cuánto tiempo
había estado arriba? Cinco minutos, tal vez un poco más. Se volvió hacia la
mujer, furioso.
—¿Dónde está el camerino de Linda Mallory?
Ella hizo una seña hacia el otro pasillo.
—Ahora, no se emocione tanto, joven.
Corrió por el pasillo. Ella lo siguió.
—Ese —indicó a la izquierda.
En todas partes, las puertas del vestidor estaban abiertas y mostraban nada más
que un vacío absoluto. Sin llamar, abrió la única puerta cerrada. También estaba
completamente vacío. La mujer mayor estaba en la puerta detrás de él.
—De verdad, está bien —protestó—. Te estás excitando demasiado.
—¡Qué es lo que está bien! —gritó George.
—Ella está con el caballero— insistió la entrenadora. Ella está bien.
Le contó la historia. Este hombre que había telefoneado tantas veces
preguntando por Linda, admitiendo caprichosamente que, como pretendiente,
estaba perdiendo frente a otra persona. ¿Le avisarían la próxima vez que ella
viniera, lo llamarían de inmediato?
—Me dio su número —proclamó la mujer—, y me obligó, positivamente, a que
aceptara un billete de cincuenta dólares —el recuerdo todavía la avergonzaba—.
Fue muy persistente.
—¿Cómo se veía? —gritó Pelgrim.
—Bueno, no es lo que realmente llamarías atractivo. No, en absoluto. Era muy
grande, casi gordo, sí, gordo. Una cara grande y blanca con ojos muy oscuros,
pero fue muy cortés conmigo.
George pudo verla recordando el billete de cincuenta dólares.
—¿Y crees que Linda se fue de aquí con él por su propia voluntad?
—Por supuesto. Él era su prometido. Al menos eso es lo que deduje.
George se burló y escuchó el extraño sonido de su propia voz alzándose.
—Mire aquí un minuto.
La mujer se adelantó mirando hacia el vestidor, con los ojos desorbitados como
si esperara encontrar un cadáver.
—¡Su ropa! —tronó Pelgrim—. Su vestido, todas sus cosas están aquí. ¿Crees
que ella desapareció, dejó este edificio por su propia voluntad en traje de baño?
La mujer negó con la cabeza, el asombro se extendió por su rostro.
—Ciertamente no se arriesgaría a llevarla arriba y afuera de esa manera. ¿Hay
una entrada trasera? ¡Rápido!
La mujer asintió y señaló el camino por el que habían venido. George lo
encontró. Conducía a un callejón junto al edificio. También estaba vacío, pero
afuera, junto a la pared de ladrillos, estaba su gorro de baño rojo con una costura
de goma rota. Lo recogió y, sin decir nada más a la sorprendida mujer mayor
que aún seguía su rastro, se subió a un taxi y le dijo al conductor:
—Llévame a la comisaría más cercana.
El sargento Murphy fue de gran ayuda en esa forma imperturbable y poco
constructiva que tienen los oficiales de policía ante cualquier catástrofe. George
dio una descripción completa de Linda y, lo mejor que pudo, una descripción del
hombre. El único factor que provocó que un vestigio de vida se encendiera en el
rostro del sargento fue mencionar que la chica había sido secuestrada en traje de
baño.
—¡En traje de baño, dices! —esa fue la única contribución del sargento Murphy.
George se fue a casa. Se sirvió un trago fuerte y otro, luego se acordó de llamar
a la oficina y les dijo que transfirieran las llamadas a su apartamento. George
encendió la radio. Llamó a la comisaría. No hubo novedades. Nunca antes había
sido un corredor, pero ahora caminaba de un lado a otro. Fue doblemente difícil
porque era culpa suya por dejarla allí.
¡Esa estúpida idiota de mujer hablando sobre el caballero dándole un billete de
cincuenta dólares! Pero los billetes de cincuenta dólares no crecen en los
árboles, lo que podría significar que era rico y, en ese caso, estaría bien. ¡Qué
razonamiento!
A la una y cuarto de la madrugada (George sabía la hora exactamente porque
acababa de escuchar las noticias en la radio), llamaron a su puerta. Los golpes
eran insistentes, histéricos.
Pelgrim abrió la puerta, esperando cualquier cosa. Era Linda. Ella cayó en sus
brazos. Sus rodillas cedieron y cayó al suelo. Tenía un abrigo largo, viejo y
andrajoso a su alrededor y un feo hematoma en el pómulo. Ella le murmuró algo
sobre un taxista y se quitó el abrigo largo. George lo entendió.
—¿Estarás bien por un minuto?
Ella asintió con la cabeza, pero se sentó en el suelo donde se había derrumbado.
Su rostro estaba gris, sus ojos estaban llenos de fatiga. Se aseguró de que el
pestillo estuviera en la puerta y sintió que se cerraba desde fuera. El taxista
esperaba con escepticismo y se ponía cada vez más nervioso.
—No debería haberlo hecho, señor —aceptó agradecido su largo abrigo.
George le pagó el pasaje y una propina de cinco dólares, con lo que el taxista se
puso locuaz.
—Debería cuidar mejor a su esposa, señor, una chica hermosa así. Fiesta de
disfraces, me dice. ¡Qué fiesta de disfraces, me digo! ¡Ir por la ciudad en traje de
baño! No es asunto mío, pero si me pregunta, señor, le diré que es extraño.
George dejó al conductor hablando y se apresuró a regresar al edificio. Al cabo
de un momento volvió a entrar en su apartamento. Sus ojos estaban muy abiertos
por el miedo y vidriosos por la conmoción. La acercó a su cama y la subió a ella.
Luego llamó a un médico amigo suyo, un hombre al que no le importaba que lo
molestaran a esa hora y que no le haría demasiadas preguntas.
Linda dijo poco. Ella estaba claramente agotada. El doctor Allen, cuando llegó,
lo confirmó.
—Le he dado algo para que se duerma —le dio un puñetazo a su amigo en el
hombro en broma—. ¿Qué estás haciendo, George, mi chico, y cuál es el asunto
del traje de baño?
—¿Ella está bien? —Pelgrim no estaba de humor para bromas.
—Ella está bien. Un buen sueño bastará. Tiene un feo hematoma en el pómulo.
Después de que Allen se fue, George entró de puntillas y vio que Linda estaba
durmiendo. Cerró la puerta silenciosamente y luego se acurrucó en el sofá de la
sala.
Ella durmió hasta tarde, y antes de que él escuchara los primeros movimientos
en su habitación, ya había preparado algo de desayuno. Luego telefoneó a la
oficina diciendo que ella no iría y que él llegaría tarde. Cuando le sirvió café y
tostadas, se alegró de lo mejor que se veía, aunque el pómulo todavía estaba feo.
—Hola —dijo Linda.
—¿Recuerdas algo de anoche?
Ella no negó con la cabeza, pero parecía dudosa. Luego apretó las manos con
fuerza.
—Sí —su voz era baja—. Sí, lo recuerdo. Lo recuerdo todo, George, y no quiero
hacerlo.
No le gustó la expresión de su rostro y charló rápidamente sobre otra cosa. Le
sirvió un poco de café. Él le dijo que se quedara quieta, que no contestara el
teléfono o la puerta a menos que sonara con un código simple que él le explicó.
Luego salió.
Las oficinas de la Administración Civil de la ciudad no le eran desconocidas.
Había estado allí antes. Una vez hubo una conferencia en las cámaras del
alcalde. En otra ocasión, cuando el Comisionado de Policía había sido
juramentado. El Comisionado, recordó George, era un hombre alto con el porte
erguido de los militares y un bigote gris erizado, un hombre bastante atractivo.
Mientras esperaba en la antesala, George ensayó mentalmente lo que iba a decir.
Por supuesto, era inusual llevar una queja al Comisionado, pero consideró que,
dadas las circunstancias, era justificable. No era en absoluto reacio a sacar
provecho del deseo de un funcionario público de complacer a los representantes
de la prensa. Una buena prensa a menudo elige a los funcionarios públicos y la
información comprensiva es una buena prensa. Cualquiera, desde el nivel más
bajo de guardia hasta arriba, lo sabe.
Lo diría simplemente: Señor Comisionado, me doy cuenta de que este es un caso
bastante extraordinario, pero esta conocida mía… y delinearía la situación,
terminando con una descripción del gran hombre. El Comisionado escucharía
cortésmente y, como mínimo, se publicaría algún tipo de alarma o alerta para
recoger a este personaje, al menos para interrogarlo.
George esperó. Y luego se abrió la puerta de la oficina del Comisionado. Pero
los ojos de George no eran para su porte erguido y el bigote gris pulcramente
recortado. En lugar de eso, quedaron atrapados y fascinados por el compañero
del comisario. La inmensidad, la oscuridad, el traje arrugado…
Los dos hombres se dieron la mano con fervor y luego el monstruo de traje
oscuro pasó pesadamente junto a Pelgrim como si no lo hubiera visto, y salió de
las oficinas.
El Comisionado hizo una seña al reportero, atónito, frunciendo el ceño mientras
lo hacía. El ceño se quedó quieto cuando se sentaron adentro. La boca de George
estaba seca. Su garganta estaba cerrada. Las palabras no venían. No vino nada.
En cambio, el Comisionado habló con el ceño fruncido.
—Ahora, señor Pelgrim. ¿Es usted Pelgrim de la Gazette, verdad?
George logró asentir. El Comisionado prosiguió:
—Ah, sí, claro que te recuerdo. ¡Por favor, no me digas que has venido aquí
para presentar una queja!
George estaba inmóvil. El Comisionado hizo un gesto con la mano.
—Todos cometemos errores. Por supuesto, no quiero avergonzarlo con un
recital de lo que sabe muy bien, porque el hecho es que el señor que acaba de
irse ha presentado una queja en tu contra. Me dijo hace un momento que,
siguiendo tu conducta de los últimos meses, probablemente lo estarías siguiendo
aquí —el comisario hizo otro gesto con la mano en el aire—. Dijo que
probablemente podrías presentar una denuncia en su contra.
El Comisionado sonrió como si esta última contingencia fuera tan ridícula que
ninguna otra reacción facial pudiera satisfacerla.
—Hay una chica, lo sé —continuó el Comisionado.
George empezó a hablar, pero el funcionario le indicó que guardara silencio.
—Lo sé, sé cómo surgen estos malentendidos. Pero, dadas las circunstancias, le
sugiero que salga de esta situación con gracia. Por supuesto, no me gustaría
tomar ninguna medida en nombre de la ciudad o del Departamento de Policía
contra usted, por ejemplo, hablando con su empleador.
—¿Quién es él? —dijo George finalmente.
El Comisionado pareció sorprendido.
—¿No lo sabes? ¡Ese es Lother Remsdorf, Jr!
El nombre dio vueltas en la mente de Pelgrim y luego se encendieron las luces.
Lother Remsdorf había sido el brillante experimentalista y multimillonario
propietario de ese enorme lugar en Grandview Avenue, algunas plantaciones en
el sur, minas de carbón y vastas propiedades inmobiliarias. Remsdorf podría
comprar y vender Comisionados de policía.
—¿De qué me acusa? —George preguntó con los labios apretados.
—Ahora, ahora, señor Pelgrim. Todo esto se puede hacer con un mínimo de
dramatismo y sin una gran pérdida para usted. Hay, ya sabe —dijo con lo que
pretendió ser una sonrisa ingeniosa—, otras chicas en el mundo. ¡Deje en paz a
la prometida del señor Remsdorf! Espero haber sido claro.
Los siguientes días fueron tortuosos. Linda había recuperado su fuerza física y,
poco a poco, la conmoción de sus experiencias con Remsdorf había pasado.
George se enteró poco a poco, sin querer forzarla, sobre cómo había aparecido el
gran hombre de la nada poco después de que George subiera las escaleras con la
entrenadora. La había agarrado antes de que pudiera escapar a la piscina de
nuevo y la había obligado a salir por el camino de atrás. Habían conducido
durante mucho tiempo en su larga, negra y cara limusina. El chofer era una
especie de sudamericano de librea, pensó.
Le contó una extraña historia sobre él y sobre ella y donde, como un crucigrama,
sus dos destinos encajaban. Le había dicho que no era como los demás hombres.
Ella lo había escuchado con creciente horror, no queriendo aceptar lo que decía,
sus ojos observaban fascinada las gotas de humedad en el dorso de sus enormes
y carnales manos, y recordó que cuando él la había tocado, sus manos estaban
mojadas como si él hubiera estado nadando y no ella.
La forma prosaica y práctica en que presentó lo que afirmó era una verdad
científica sobre sí mismo hizo que las revelaciones fueran aún más horribles.
Linda se había sentado acurrucada en la esquina de su enorme sedán, aturdida,
sin palabras. Finalmente había conducido hasta la casa de Grandview Avenue.
La había ayudado a entrar. Ayudado no era la palabra, porque su mano gigante
se había cerrado sobre su antebrazo y ella sintió que él lo habría arrancado antes
de dejarla escapar. ¿Y a dónde podría ir? ¡La imposibilidad de huir por una calle
de la ciudad en traje de baño!
Le había hablado en la casona, tan silencioso e imperturbable como sus criados
que iban y venían con bebidas y comida que ella evitaba tocar. Bebía, advirtió
ella, grandes cantidades de líquidos, jarras de leche, vasos y vasos de agua y
licores variados. Finalmente él se sentó a dormir y parecía empapado de agua,
rodeado de vasos vacíos. Había reunido sus fuerzas y corrió por los pasillos de
la vieja y monstruosa casa. Lo había escuchado despertarse, el sonido de una
campana sonando, sin duda para convocar a los sirvientes, y luego su enorme
peso viniendo tras ella en su persecución.
Afortunadamente, había encontrado una puerta, y justo cuando su figura de
pesadilla doblaba una esquina detrás de ella, irrumpió en la calle, sin
preocuparse por su apariencia. Fue entonces cuando encontró un taxi y contó su
historia entre lágrimas. Cualquier historia, que había estado en una fiesta de
disfraces, y le dio al conductor la dirección de George.
Pelgrim escuchó, medio incrédulo algunas veces, pero el terror había sido una
cosa estampada en su rostro, tan real como el hematoma donde el hombretón la
había golpeado cuando la arrastró luchando fuera de la piscina.
Los días se convirtieron en semanas, y las semanas con su tranquilidad se
prestaron con gratitud a una creciente sensación de seguridad. Linda lo sintió y
disfrutó de ello. El color volvió a su bonito rostro. Ella había continuado en casa
de la señora Brumley y su rutina era simple. George la recogía todas las
mañanas en un taxi y se dirigían a la oficina. Volvían a casa juntos por la noche,
y en todo ese tiempo nunca vieron a Remsdorf. En los primeros días de ese
período, George descubrió todo lo que pudo sobre Lother Remsdorf, Jr. El padre
había sido un científico brillante. Nada menos que una autoridad que Carrel
había denominado como adelantado a su tiempo.
Había tenido la brillante mente analítica, incisiva y curiosa del experimentalista
nato, además de la herencia familiar de vastas riquezas que le permitieron
ahondar donde quisiera, independientemente de las políticas que rodean las
subvenciones monetarias de las instituciones científicas y médicas. Algunos
expertos opinaron que no había límites para los avances antropológicos,
biológicos y protoplásmicos que Remsdorf podría haber logrado cuando la
catastrófica explosión destruyó su laboratorio de montaña. La mayor parte de su
equipo y todas sus notas fueron borradas, y los grupos de búsqueda que
acudieron al elevado sitio para buscar entre las ruinas ennegrecidas nunca
encontraron rastro de Remsdorf, padre.
Sin embargo, había un hijo para continuar con el nombre: Lother Remsdorf, Jr.
Aunque aparentemente sus intereses no estaban relacionados con la ciencia,
supuestamente tenía una mente brillante, y como heredero directo y único era
uno de los tres hombres más ricos en el país. Un hombre en su posición podía
comprar casi cualquier cosa que quisiera, desde propiedades hasta vidas
humanas, para hacer, distorsionar o destruir, como quisiera.
Pelgrim sintió una enorme futilidad en esos primeros días, pero a medida que
pasaba el tiempo y Linda se alegraba, él también tenía esperanzas de haber visto
lo último del gran hombre. Con los meses llegó el comienzo del invierno, y la
primavera y el verano pasados parecían una historia medio olvidada que se
encontraba en el pasado distante.
El trabajo de Linda en el periódico había continuado, pero un día se acercó a
George con los ojos brillantes. Se avecinaba la última competencia de la
temporada. Quería competir.
—Sé que he descuidado mi práctica —admitió—, pero me gustaría intentarlo.
George, ese terrible asunto ha quedado atrás. ¿No lo crees?
Dijo que pensaba que sí, pero de alguna manera le molestaba la asociación con
la natación. Le pidió la tarea a su editor y, una semana después, estaban en el
tren, con la aceptación de la entrada de Linda en su bolso. El viaje a la ciudad
del sur fue un salto de la noche a la mañana. George vio a Linda a salvo en su
litera inferior. La de arriba estaba ocupada por una anciana que iba a visitar a su
hijo, mientras que George tenía un piso superior al otro lado del pasillo.
Su deseo de fumar un cigarrillo antes de acostarse llevó al reportero a la parte
trasera del tren. El coche estaba vacío a esa hora excepto por un portero
contando propinas. Pelgrim abrió la puerta y se abrió camino en la oscuridad
hasta un asiento. Ahuecó sus manos sobre una cerilla para encender su cigarrillo.
Inhaló profundamente y luego expulsó el humo a las corrientes de aire que se
apresuraron a pasar.
Era tan silencioso como un vagón de ferrocarril con el rítmico chasquido de las
ruedas, lo suficientemente silencioso como para que cuando una voz dijera:
Buenas noches, señor Pelgrim, George saltara mientras pensaba en un disparo de
revólver.
Volvió la cabeza y solo distinguió la forma de alguien sentado en el asiento
opuesto. Los tonos y la forma le resultaban demasiado familiares. George exhaló
de repente, un jadeo que sonó como:
—¡Tú!
—Por favor, no digas nada tan prosaico como que te estoy siguiendo —se rio el
gran hombre—, o tendré que sugerir a las autoridades que es todo lo contrario.
¿Cómo está la señorita Mallory?
—Ella… estaba bien —dijo George, enojado, poniéndose de pie. Se paró en la
puerta de entrada mirando a Lother Remsdorf—. ¡No me importa quién eres!
Me voy a deshacer de ti, ¿entiendes?
Pero esta acalorada denuncia solo hizo que el grandullón se riera más.
—Quiero tenerla, señor Pelgrim, a pesar de todos sus esfuerzos. Verá, ella y yo,
nuestros destinos, están unidos. Pero no lo entendería —su voz adquirió una
dureza quebradiza—. ¡Será mía o no lo será en absoluto! En cuanto a sus
preocupaciones acerca de quién soy, bueno, deje que eso quede subordinado,
señor Pelgrim. ¡Le sugiero que se preocupe por lo que soy!
George salió furioso por el sonido de la risa detrás de él. Se metió en su litera y
se quedó allí el resto de la noche mientras las ruedas contaban las millas y las
horas, y pensaba y se preguntaba y pensaba un poco más, siempre terminando en
un callejón sin salida.
A la mañana siguiente, transfirió el revólver de su maleta a su bolsillo. Había
planeado no decirle nada a Linda sobre Lother Remsdorf, pero al bajarse del tren
vio al hombretón bajar dos maletas. La inmensidad, el volumen, el traje oscuro
arrugado, estas características no debían confundirse. Tampoco pasaron
inadvertidas para la chica.
—Dios mío —casi gritó—, ¿no vamos a ser nunca libres de él? ¡Ha vuelto a
aparecer, George! ¿Qué podemos hacer?
Trató de calmarla, y en parte lo logró. Su hotel era pequeño y George se aseguró
de que no hubiera ningún Remsdorf registrado allí. Sin embargo, la noche
siguiente en los campeonatos, el grandullón estaba sentado de manera
prominente en un asiento junto a la piscina. George se preguntó por el coraje de
Linda. Desde su posición en la fila de la prensa podía ver su rostro tenso, sus
ojos atraídos, casi como hipnotizados por la oscura masa sentada, mirándola
implacablemente.
En la final su salida fue pobre, como si estuviera preocupada por otra cosa y
apenas oyera el arma. Nadó valiente y espléndidamente, recuperando la mayor
parte del terreno perdido. De todas formas, llegó en segundo lugar a un pie más
o menos detrás de la líder. Más tarde, en su hotel, la chica estuvo al borde de la
histeria. Las presentaciones de medallas estaban programadas para el día
siguiente.
—Tenemos que salir de aquí, George —insistió Linda—. Le tengo mucho
miedo.
Hicieron las maletas apresuradamente y se marcharon por un camino trasero. El
pequeño pueblo del sur se había llenado de visitantes atraídos por el espectáculo
acuático. A pesar del aire frío, un espíritu de carnaval invadió las calles. George
encontró un taxi y empujó a Linda adentro, dirigiendo al conductor a la estación.
La primera vez que se dio la vuelta y miró por la ventana trasera, no había nada
sospechoso. La segunda vez pensó que los estaban siguiendo. Cuando llegaron a
la terminal de trenes, estaba seguro. Le arrojó un billete al conductor, tomó su
equipaje y empujó a la chica a la sala de espera. Una última mirada había
mostrado otro taxi avanzando por la calle hacia la estación.
El agente de venta de boletos lo miró, adormilado.
—No estés tan emocionado, jovencito. El próximo expreso para el Norte no pasa
por aquí en más de dos horas todavía. No puedo entender por qué ustedes, los
Yankees, están tan ansiosos por volver a esa arruinada ciudad.
El otro taxi se había detenido en el camino de entrada. George empujó a Linda
hacia la puerta que conducía al andén. Los rieles brillaban fríamente bajo las
ocasionales bombillas eléctricas. Se apresuraron un poco hacia el andén, y luego
Pelgrim, mirando hacia atrás, vio la luz oblonga cuando se abrió la puerta de la
estación. Aun así, nadie podía verlos hasta que saliera de la sala de espera
iluminada.
—Atravesaremos las vías —murmuró—. Es la única manera.
Ahora era un vuelo, un vuelo ciego e histérico para escapar. Ayudó a Linda
cuando sus talones quedaron atrapados en un durmiente. Cuatro vías, ocho vías,
y luego arbustos y arbustos, afortunadamente del otro lado.
—¿Sabes a dónde vamos? —preguntó ella.
—No estoy seguro, pero recuerdo que cuando llegamos aquí había un
aeródromo no lejos de la estación.
Avanzaron por la zona boscosa. Casi al mismo tiempo que vieron la baliza
circular en el cielo delante de ellos, ambos detectaron los sonidos de
persecución, pisadas pesadas y metódicas, inconfundiblemente los sonidos de
una persona grande que los seguía.
—¡Continúa! —jadeó George, y la escena recordaba levemente a esa otra época,
meses antes en la ciudad—. Continúa, puedes lograrlo. Yo lo enfrentaré.
Ella quería quedarse, o huir con él. Sus labios rozaron su mejilla. Linda
murmuró:
—No quiero dejarte —y él le ordenó con brusquedad que se fuera—, esto
terminará hoy, para bien o para mal.
Linda vio el revólver en su mano y comprendió.
Pasaron los minutos, más tiempo del que se había atrevido a esperar. Ella ya
estaba bien lejos, casi en el aeropuerto municipal, pensó. Y luego, de entre los
arbustos, apareció Lother Remsdorf, con la ropa de su enorme cuerpo de toro
más arrugada que nunca, las manos colgando a los costados y el sombrero negro
sujeto con fuerza a la cabeza. Avanzó lentamente, la luz de las estrellas se
reflejó en el revólver de Pelgrim.
—¿Ahora nos dejarás en paz? —gruñó el reportero entre dientes—. ¿Volverás
por donde viniste y no volverás a molestarnos nunca más?
La risa comenzó entonces dentro del gran hombre, en lo más profundo de su
interior, y se convirtió en un gorgoteo sonoro. Las manos gigantes se levantaron
y dio un primer paso amenazante cuando George disparó.
Apuntaba directamente al gigantesco centro del hombre, y en el rango de solo
varios pasos, no podía haber fallado. Remsdorf se abalanzó hacia él y el sonido
baboso de su risa pareció golpear al reportero. George disparó una y otra vez,
pero el monstruo siguió acercándose.
Dos disparos más, y luego, con solo una bala en la recámara, Pelgrim levantó su
revólver y apuntó directamente al horrible rostro blanco e hinchado que se
cernía ante él. Apretó el gatillo y vio el curso de la bala en la cara del hombre.
Remsdorf negó con la cabeza y se detuvo, pero Pelgrim estaba como clavado en
el suelo, fascinado.
El grandullón seguía sonriendo y una mano se acercó y se tocó la mejilla. El
agujero era aparente, pero lo que rezumaba, lenta, espesa, casi como miel, no era
sangre. No podía ser sangre porque no era rojo. Era un líquido de color neutro,
extraño y terrible de ver, inexplicable. Una sustancia casi blanquecina, espesa,
parecida al suero.
—Tienes agua en ti, no sangre —gritó involuntariamente el reportero—. No eres
humano...
Casi imperceptiblemente, la gigantesca cabeza asintió, como en un acuerdo
mudo y alegre.
Entonces George se volvió y echó a correr. Corrió tan rápido como pudo, tanto
tiempo como pudo. En algún lugar del fondo de su conciencia, el joven pensó
que esto no podía ser, que se despertaría y descubriría que todo era un sueño,
pero tuvo suficiente presencia de ánimo para guardar el revólver en el bolsillo de
su abrigo mientras llegaba al aeropuerto municipal.
Ella lo estaba llamando y tomaron un vuelo hacia el norte. No podía hablar, solo
jadeaba, pero se acurrucaron juntos mientras el avión se llenaba. Los minutos
pasaban y Linda seguía murmurando con la cabeza apoyada en su hombro. ¿Por
qué el avión no partía? Sostuvo su cabeza allí porque estaba demasiado cansado
para hacer otra cosa y porque no quería que ella viera quién acababa de subir al
avión… sonriendo todavía... un hombre con seis balas en el cuerpo. ¿Un
hombre?
Volaron hacia la noche, hacia el amanecer, y todo el tiempo George pudo sentir,
sin mirar, esos ojos sobre ellos, desde atrás. Linda durmió contra su hombro de
manera irregular y él acarició suavemente su cabello dorado. El vuelo terminó
en un aeropuerto del norte y los dos desembarcaron aturdidos. Remsdorf estaba
muy cerca. Fue uno de esos caprichos del destino que hizo que George mirara
hacia el avión canadiense que se estaba calentando en la siguiente pista. De
improviso compró dos billetes, y en quince minutos volvieron a volar hacia el
norte, pero no más solos, ni más impunes de lo que habían estado antes.
George tenía un pariente en esta cierta ciudad canadiense hacia la que se
dirigían, un tío de cierta influencia local, pero del que no se podía esperar que
contribuyera a su problema de manera concreta. Era sólo el impulso de seguir
adelante lo que había impulsado a Pelgrim. Linda tenía demasiado frío y estaba
demasiado cansada para preocuparse más. Empezaba a nevar cuando aterrizaron
en el aeropuerto del norte de Canadá. George metió a Linda en un taxi. El fiel
Remsdorf estaba muy cerca en otro. Salieron en la dirección de su tío. La nieve
era más densa y el viento helado.
George buscó el nombre de su tío en el timbre. No había nada. Frenéticamente
presionó «Superintendente». El taxi de Remsdorf se detuvo afuera y el
hombretón salió al otro lado de la calle. George esperaba que se quedara
paralizado con su arrugado traje oscuro, se enfermara, cayera muerto, cualquier
cosa.
El superintendente se asomó por la puerta con una cara adormecida.
—Ya no está aquí. Se ha mudado. Está a unas diez cuadras de la calle.
Garabateó una dirección para Pelgrim y se la entregó. Los dos empezaron a
andar de nuevo, con las cabezas inclinadas contra la tormenta. La nieve casi se
había detenido cuando el mercurio descendió aún más, pero la marcha iba mal y
el viento era feroz. Los dientes de Linda castañeteaban mientras caminaban,
interminablemente al parecer.
La última mitad del camino pasaba por un pequeño parque, desierto con este
clima. El hombretón todavía estaba detrás de ellos, o eso vio George cuando
estiró la cabeza, pero había algo nuevo y extraño.
—¿Qué es? —los dedos de Linda se clavaron en el brazo de Pelgrim.
—Está bien —aseguró George—. Sigamos adelante —pero su cabeza todavía
estaba inclinada hacia atrás.
El grandullón caminaba tambaleante, rígido. Parecía estar esforzándose tanto
como antes por seguirles el paso, pero sus pasos eran torpes incluso para él.
Casi habían llegado al otro lado del parque cuando George vio que Remsdorf se
tambaleaba y extendía sus grandes manos para agarrarse de un banco. Se
acomodó rígidamente en él como un anciano con reumatismo.
George volvió la cabeza y vio la dirección delante. Pronto estuvieron fuera del
mal tiempo y su tío, pequeño, gris como siempre, cacareaba sobre ellos como
una gallina. A Linda la acostaron inmediatamente en la habitación de invitados
con una bolsa de agua caliente y medio litro de té. George habló con su tío
durante un rato, agradecido de que el hombre mayor no lo presionara por
razones.
—Sé que ustedes, los periodistas —dijo—, siempre están metidos en problemas
buscando historias. Hijo, deberían acostarse ahora. Pareces bastante arrugado.
George le aseguró que lo haría, pero dijo que no, que ciertamente no aceptaría la
cama del anciano. Dormiría en el sillón.
A medianoche, la casa estaba en silencio. George se acercó de puntillas al
armario del frente y sacó un abrigo. Luego, en silencio, salió por la puerta
principal.
La noche estaba clara y con nieve. Se dirigió hacia el parque desierto. Caminó
por el camino que habían tomado antes hasta que llegó al desolado banco. Allí
estaba Remsdorf, que ya no sonreía, sentado fijamente. Los pensamientos del
periodista volvieron a la sustancia acuosa que había salido de la herida del
monstruo donde debería haber sangre.
George se acercó y sus ojos se abrieron. Era demasiado, era increíble, pero la
cabeza de Remsdorf bajo el sombrero negro y holgado parecía una bola de
nieve, sus manos eran rígidas garras de hielo. George, incrédulo, sacó el
revólver del bolsillo y golpeó suavemente con el cañón uno de los dedos
extendidos. La punta se rompió tan fácilmente como si esta cosa fuera una figura
de caramelo.
Porque Remsdorf no era de este mundo. Estaba congelado. Estaba muerto. ¡Era
un hombre de hielo y nada más!
«Cuando todo cambió»: Joanna Russ; relato y análisis.

Cuando todo cambió (When It Changed) es un relato fantástico de la escritora


norteamericana Joanna Russ (1937-2011), publicado en la antología de 1972: De
nuevo, visiones peligrosas (Again, Dangerous Visions).

Cuando todo cambió, probablemente uno de los mejores cuentos de Joanna


Russ, narra la historia de Janet Evason, una mujer que vive en Whileaway, un
planeta de colonias humanas poblado exclusivamente por mujeres, quienes
debieron idear nuevas formas de reproducción tras la desaparición de todos los
hombres, unas treinta generaciones atrás.

En este sentido, Cuando todo cambió es claramente un relato de ciencia ficción,


pero también un formidable relato feminista.

Cuando un nuevo grupo de astronautas varones llegan desde la Tierra, éstos


asumen que esa sociedad formada únicamente por mujeres es de algún modo
deficiente, y anuncian que la reproducción volverá a realizarse mediante
métodos, digamos, más tradicionales. La esposa de Janet intenta matar a los
astronautas, pero ésta la detiene, comprendiendo que los hombres no dejarán de
venir, y que el cambio en el estilo de vida de Whileeaway es inevitable.

Decíamos que Cuando todo cambió es, en esencia, un relato feminista,


precisamente porque desafía a un viejo cliché de la ciencia ficción: una posible
sociedad futura integrada por mujeres, donde éstas son representadas,
básicamente, dentro de un modelo de matriarcado primitivo, rígido, casi salvaje.

Joanna Russ explora otras posibilidades, y rechaza el modelo de matriarcado


planteado generalmente por los autores varones, donde las mujeres aparecen
como seres instintivos, más que intelectuales, y sobre quienes se presume un
comportamiento social elemental.
En Cuando todo cambió —así como en El hombre hembra (The Female Man)—
las cosas son radicalmente opuestas; a tal punto que este relato sirvió de
inspiración para otros clásicos de la ciencia ficción escritos por mujeres, como
La mano izquierda de la oscuridad (The Left Hand of Darkness), de Úrsula K.
Le Guin.
CUANDO TODO CAMBIÓ
When It Changed, Joanna Russ (1937-2011)

Katy conduce como una maníatica; debemos de haber ido a más de 120
kilómetros por hora en esas curvas. Sin embargo, ella es buena. La he visto
desarmar todo el coche y volver a armarlo en un día. En mi lugar natal de
Whileaway se acostumbraba a utilizar la maquinaria agrícola, pero yo me niego
a luchar contra un mecanismo de cinco marchas a velocidades endiabladas, ya
que no fui criada de ese modo; pero incluso en esas curvas, a medianoche, en
una carretera rural tan mala como pueden ser las de nuestro distrito, el que Katy
conduzca no me asusta.

Lo divertido respecto a mi esposa es que ella no quiere llevar armas de fuego.


Incluso ha ido a hacer dedo por la zona de bosques más arriba del paralelo
cuarenta y ocho sin llevar armas de fuego durante muchos días seguidos. Y eso
sí me asusta.

Katy y yo tenemos tres hijas entre las dos, una de ella y dos mías. Yuriko, mi
hija mayor, iba dormida en el asiento trasero, soñando los sueños de amor y de
guerra que se tienen a su edad: corriendo hacia el mar, cazando en el Norte,
sueños de gente extrañamente hermosa en lugares extrañamente bellos, todas
esas cosas maravillosas en que una piensa cuando ha cumplido los doce años.
Algún día, muy pronto, como todas ellas, desaparecerá durante semanas y
volverá sucia y orgullosa, tras haber matado con su cuchillo su primer puma o su
primer oso, arrastrando por el suelo tras ella algún abominable bicho peligroso.
Yuriko dice que el modo de conducir de Katy le produce sueño.

Para alguien que ha aceptado tres duelos, yo tengo miedo de la lejanía. Me estoy
volviendo vieja, y así se lo dije a mi esposa.

—Tienes treinta y cuatro años —me contestó ella.

Es lacónica hasta el punto del silencio.


Encendió las luces del tablero de instrumentos. Árboles de un verde eléctrico
pasan rápidos ante nuestros faros y alrededor del coche. Alargué la mano hacia
el tablero junto a la portezuela trasera y saqué el rifle. Lo puse en mi regazo.
Yuriko se agitó en el asiento trasero.

El motor del coche es tan suave, dice Katy, que se puede oír la respiración de los
que van dormidos en el asiento de atrás. Yuki estaba sola en el coche cuando
llegó el mensaje, descifrando con entusiasmo sus rápidos puntitos (es una
tontería montar un transceptor cerca de un motor IC; pero la mayoría de los de
Whileaway funcionan con vapor). Salió rápidamente del coche, mi larguirucho
retoño, gritando con toda la fuerza de sus pulmones hasta que llegó a donde
estábamos nosotros. Habíamos sido intelectualmente preparados para esto desde
que la colonia fue fundada, desde que fue abandonada; pero esto es diferente.
Esto es horrible.

—¡Hombres! —había gritado Yuki, saltando sobre la puerta del coche—. ¡Han
vuelto! ¡Hombres verdaderos de la Tierra!

Nos los encontramos en la cocina de la granja cerca del lugar donde habían
aterrizado. Las ventanas estaban abiertas, el aire de la noche era muy tibio.
Habíamos pasado junto a toda clase de medios de transporte cuando aparcamos
aquí: tractores a vapor, camiones, un IC de caja plana, incluso una bicicleta.
Lydia, la bióloga del distrito, había salido de su taciturnidad norteña lo
suficiente como para tomar muestras, y estaba sentada en un rincón de la cocina
negando con la cabeza, asombrada por los resultados.

Incluso se sintió obligada (ella, muy alta, muy rubia, muy tímida, siempre
dolorosamente ruborizada), a sacar de donde estaban guardados los viejos
manuales de idiomas, aunque yo sé hablar las viejas lenguas en sueños, y
despierto. Lydia se muestra inquieta con nosotros; somos meridionales y
demasiado temperamentales. Conté veinte personas en aquella cocina, todos los
cerebros del Continente Norte. Phyllis Spet, creo que había venido en planeador.
Yuki era la única niña presente.
Luego vi a los cuatro.

Son más grandes que nosotros. Más altos y anchos. Dos eran más altos que yo, y
yo soy muy alta, metro ochenta centímetros con los pies descalzos. Pertenecen
evidentemente a nuestra especie; pero son algo diferentes, indescriptiblemente
diferentes, y como mis ojos no pudieron entonces abarcar del todo las líneas de
esos cuerpos extraños, no pude decidirme a tocarlos, aunque el que hablaba ruso
(qué voces tienen) quería estrechar las manos, una costumbre del pasado,
supongo.

Sólo puedo decir que eran monos con rostros humanos. Él estiró una mano pero
yo me estremecí. Retrocedí hasta el extremo de la cocina (luego me reí como
para excusarme) y entonces, para establecer un buen ejemplo (amistad
interestelar, yo diría), le estreché finalmente la mano. Una mano dura, muy dura.
Son tan pesadas como caballos de tiro. Con voces profundas y confusas. Yuriko
se había colado entre los adultos y estaba mirando a los hombres con la boca
abierta.

Él volvió la cabeza (la palabra él no se usaba en nuestro lenguaje en los últimos


seiscientos años), y preguntó, en un ruso muy malo:

—¿Quién es ésa?

—Mi hija —le contesté, y añadí (con esa atención irracional a las buenas
maneras que a veces empleamos en momentos de locura)—. Es mi hija, Yuriko
Janetson. Empleamos el patronímico. Ustedes dirían el matronímico.

Él se echó a reír, involuntariamente. Yuri exclamó:

—¡Yo creí que serían guapos! —muy decepcionada por el modo en que la
habían recibido.
Phyllis Melgasen Spet, a la que un día mataré, me lanzó desde el otro lado de la
habitación una mirada fría, fija y venenosa. Traduje las palabras de Yuki al ruso
que empleaba aquel hombre, que en otros tiempos fuera nuestra lingua franca, y
el hombre se rió de nuevo.

—¿Dónde está toda la gente? —preguntó del modo más natural.

Volví a traducir y observé las caras que me rodeaban por toda la habitación.
Lydia estaba azorada (como siempre), Spet entornando sus ojos y tramando
algo, Katy muy pálida.

—Esto es Whileaway —dije.

Él siguió mirando como sin entender.

—Whileaway —dije yo—. ¿Recuerda? ¿Tienen ustedes archivos? Hubo una


epidemia en Whileaway.

Él pareció moderadamente interesado. Las cabezas se volvieron al fondo de la


habitación, y yo eché un vistazo a la delegada del parlamento de las profesiones
locales; al llegar la mañana, cada asamblea local, cada camarilla política de
distrito, estaría en sesión plenaria.

—¿Epidemia? —preguntó—. Eso es una tragedia.

—Sí —respondí yo—, una tragedia muy grande. Perdimos la mitad de nuestra
población en una generación.

Él pareció debidamente impresionado.


—Whileaway tuvo suerte —expliqué—. Teníamos un gran banco de genes,
habíamos sido escogidos por nuestra inteligencia, teníamos una alta tecnología y
nos había quedado mucha población en la cual cada adulto era como tres
expertos en uno. La tierra es buena. El clima es muy benigno. Ahora somos
treinta millones. Las cosas han empezado a desarrollarse muy rápidamente en la
industria. Dénos setenta años y tendremos más de una ciudad, más de algunos
centros industriales, profesiones de plena dedicación, operadores de radio en
todo momento, maquinistas, dénos setenta años y no todo el mundo tendrá que
pasar tres cuartos de su vida en una granja.

Traté de explicar cuán duro es que los artistas puedan dedicarse a su arte sólo en
la ancianidad, cuando hay tan pocos, tan pocos que puedan ser libres, como Katy
y yo. Traté de explicarle con pocas palabras cómo era nuestro sistema de
gobierno, dos cámaras, una por profesiones y otra geográfica; le conté que las
camarillas políticas de los distritos se ocupaban de problemas demasiado
importantes para confiárselos a las ciudades. Y que el control de la población no
era aún un éxito político; pero que nos dieran tiempo y lo sería. Había un punto
delicado en nuestra historia; dadnos tiempo.

No había necesidad de sacrificar la calidad de la vida por una loca carrera hacia
la industrialización. Vayamos a nuestro propio paso.

Dadnos tiempo.

—¿Dónde está toda la gente? —preguntó de nuevo.

Me di cuenta de que no se refería a la gente, sino a los hombres, y que estaba


dando a la palabra el significado que no había tenido en Whileaway durante seis
siglos.

—Murieron todos —contesté yo—. Hace treinta generaciones.


Pensé que aquello había sido demasiado fuerte para él. Contuvo la respiración.
Pareció como si fuera a caerse de la silla; se llevó la mano al pecho, y miró a su
alrededor, hacia todas nosotras con una extraña mezcla de temor y ternura
sentimental. Luego dijo:

—Una gran tragedia.

Yo aguardé, sin haber comprendido del todo.

—Sí —dijo, recobrando el aliento de nuevo con aquella sonrisa extraña, aquella
sonrisa que te dice que algo está siendo ocultado y va a ser revelado
inmediatamente—. Una gran tragedia, pero ya todo ha terminado —y de nuevo
miró a su alrededor, a todas nosotras, con una extraña deferencia.

Como si fuéramos inválidas.

—Se han adaptado ustedes de un modo asombroso —dijo.

—¿A qué? —pregunté yo.

Él pareció azorado. Finalmente dijo:

—En el sitio de donde vengo, las mujeres no visten tan sencillamente.

—¿Visten como usted? —pregunté yo—. ¿Como una novia?

Porque los hombres vestían de plata de la cabeza a los pies. Yo nunca había
visto nada tan chillón. Él hizo como si fuera a contestar y luego, al parecer, lo
pensó mejor y se rió de mí nuevamente. Con un extraño regocijo, como si
nosotras fuéramos algo infantil y maravilloso, como si él nos estuviera haciendo
un enorme favor, aspiró de modo vacilante y dijo:
—Bueno, aquí estamos.

Yo me quedé mirando a Spet, Spet miró a Lydia, Lydia miró a Amalia, que es la
jefe de la asamblea local. Amalia miró a no sé quién. Mi garganta estaba seca.
No soporto la cerveza local, pero la bebí a pesar de todo, ya que me la ofreció
Amalia (de ella era la bicicleta que habíamos visto afuera al aparcar). Esto iba a
durar un largo rato.

—Sí, bueno, aquí están.

Y sonreí como una idiota, y me pregunté en serio si las mentes de los varones
terrestres funcionaban de un modo muy diferente a los de las hembras de la
Tierra; pero no podía ser así, porque de ser así la raza se habría extinguido hacía
tiempo.

La red de emisoras de radio ya había dado la noticia en todo el planeta y ahora


teníamos otro locutor ruso, que había aterrizado procedente de Varna. Corté la
conversación cuando el hombre empezó a enseñar a todos retratos de su esposa,
que parecía la sacerdotisa de algún culto arcano. Él propuso hacer preguntas a
Yuki, así que la encerré en una habitación trasera a pesar de sus furiosas
protestas y salí al porche. Cuando yo me marchaba, Lydia estaba explicando la
diferencia entre partenogénesis (que es tan fácil que cualquiera la puede
practicar) y lo que nosotras hacíamos: la fusión del óvulo.

Por eso es por lo que la hija de Katy se parece a mí.

Un transmisor de puntitos en uno de los edificios exteriores parloteaba


débilmente para sí mismo; eran las operadoras que coqueteaban y se contaban
chistes por la línea.

Había un hombre en el porche. El otro hombre alto. Me quedé mirándolo (me


puedo mover muy silenciosamente cuando quiero) y cuando le permití que me
viera, él cesó de hablar por el pequeño aparato que le colgaba del cuello. Luego
dijo muy tranquilamente, en un ruso excelente:

—¿Sabían ustedes que la igualdad ha sido restablecida en la Tierra?

—Usted es un verdadero terrestre —le contesté—, ¿verdad? El otro es sólo un


figurón —era un gran alivio poner en claro las cosas.

Él asintió con la cabeza, afablemente.

—Como personas, no somos muy inteligentes —declaró—. Hemos sufrido


muchos daños genéticos en los últimos siglos. Podemos utilizar los genes de
Whileaway, Janet.

—Ustedes pueden tener células suficientes como para criar por su cuenta.

Él sonrió.

—No es ése el modo como queremos hacerlo.

Tras él vi a Katy entrar en el cuadrado de luz que era la puerta-pantalla.

Él prosiguió, con voz mesurada y muy educado, sin burlarse de mí, creo yo;
pero con esa seguridad en sí mismo de alguien que siempre ha tenido dinero y
fuerza para guardar, que no sabe lo que es ser de segunda clase o provinciano.
Lo cual es muy extraño, porque el día anterior yo habría dicho que ésa era una
exacta descripción de mí.

—Le estoy hablando a usted, Janet —me dijo—, porque supongo que usted tiene
más influencia popular que nadie. Usted sabe tan bien como yo que su cultura
tiene todos los defectos inherentes, y nosotros no queremos (si podemos
evitarlo) utilizarlas para nada de eso. Perdón, no debería haber utilizado esa
palabra, pero supongo que ustedes se darán cuenta de que este tipo de sociedad
es antinatural.

—La humanidad es antinatural —dijo Katy.

Ella tenía mi rifle bajo su brazo izquierdo. La parte superior de su sedosa cabeza
no me llega a la clavícula; pero ella es tan dura como el acero. Él empezó a
moverse, de nuevo con aquella extraña deferencia sonriente (que su compañero
había mostrado conmigo pero él no) y el arma se deslizó en la mano de Katy
como si ella hubiera disparado con ella toda la vida.

—Estoy de acuerdo con usted —dijo el hombre—. La humanidad es antinatural.


Debería de saberlo. Yo tengo metal en mi dentadura y clavijas de metal aquí —y
se tocó el hombro—. Pero a Whileaway le falta algo —hizo un seco chasquido
con la lengua.

—Yo no echo de menos nada —dijo Katy—. Excepto que la vida no dure
siempre.

—¿Ustedes son...? —preguntó aquel hombre, haciendo un gesto con la cabeza


de mí hacia ella.

—Esposas —repuso Katy—. Estamos casadas.

De nuevo el seco chasquido.

—Un buen arreglo económico —dijo él—, para trabajar y cuidar de los niños.
Tan bueno como un acuerdo para tener una descendencia al azar, si su
reproducción se hace para seguir el mismo patrón. Pero yo pienso, Katharina
Michaelason, si no hay algo mejor que ustedes pudieran asegurar a sus hijas. Yo
creo en los instintos, y sé que ustedes sienten que les falta algo. Ya lo saben
intelectualmente, claro. Aquí sólo hay una mitad de la especie. Los hombres
deben volver a Whileaway.

Katy no respondió nada.

—Yo diría, Katharina Michaelason —dijo aquel hombre amablemente—, que


usted, entre todas las personas, sería la que más se beneficiaría de tal cambio —
y dio unos pasos más allá del rifle de Katy hasta el cuadrado de luz que venía de
la puerta.

Creo que fue entonces cuando se dio cuenta de mi cicatriz, la cual realmente no
se ve hasta que la luz le da de lado: una fina raya que va de la sien a la barbilla.
La mayoría de la gente ni siquiera se fija en ella.

—¿Dónde le hicieron eso? —preguntó, y yo le contesté haciendo una


involuntaria mueca:

—En mi último duelo.

Nos quedamos allá parados, el uno encolerizado contra el otro, durante varios
segundos (esto es absurdo pero cierto) hasta que él entró y cerró la puerta tras de
sí. Katy dijo con voz agria:

—¡Usted, maldito loco! ¿No se da cuenta de cuándo somos insultados? —y


esgrimió el rifle como para disparar contra él a través de la pantalla; pero yo se
lo agarré antes de que pudiera hacer fuego y de un manotazo aparté el rifle de su
blanco.

Katy estaba temblando, y no dejó de susurrar una y otra vez.

—Por eso nunca quise tocarlo, porque sabía que mataría a alguien, sabía que
mataría a alguien.
El primer hombre, o sea aquel con el que habíamos hablado primero, estaba aún
charlando dentro de la casa, diciendo algo sobre el gran movimiento para
recolonizar y redescubrir todo lo que la Tierra había perdido. Hizo hincapié en
las ventajas que eso supondría para Whileaway: comercio, intercambio de ideas,
educación. También dijo que en la Tierra había sido restablecida la igualdad.

Katy tenía razón, por supuesto; debíamos haberlos quemado allí mismo donde
estaban. Cuando una cultura tiene grandes cañones y la otra no tiene ninguno, ya
se puede suponer cuál va a ser el resultado.

Quizá los hombres hubieran venido al final en todo caso. Me gusta pensar que
dentro de cien años mis nietas podrían rechazarlos u obligarles a detenerse; pero
aun entonces será una lucha desigual; yo recordaré toda mi vida a aquellas
cuatro personas que encontré, musculosos como toros, y que me hicieron
sentirme pequeña, aunque sólo fuera por un momento. Una reacción neurótica,
dice Katy.

Recuerdo todo lo que ocurrió aquella noche; recuerdo los nervios de Yuki en el
coche, los sollozos de Katy cuando regresamos a casa, como si se le fuera a
partir el corazón. Recuerdo cómo rondé incansablemente alrededor de la casa
después de que Katy quedara dormida. Los músculos de sus antebrazos son
como barras de metal de tanto conducir y probar sus máquinas.

A veces sueño con los brazos de Katy.

Recuerdo una vez que entré en el cuarto de los niños y tomé al bebé de mi
esposa, echando un sueñecillo con la punzante y asombrosa calidez de una
criatura en el regazo, y finalmente volví a la cocina para encontrar a Yuriko
preparándose un tardío bocadillo. Mi hija come como un perro danés.

—Yuki —le pregunté—, ¿crees que podrías enamorarte de un hombre?


Ella me contestó gritando:

—¿Con un sapo de diez pies?

Pero los hombres están viniendo a Whileaway.

Últimamente me paso las noches sin dormir y me pregunto por los hombres que
vendrán a este planeta, sobre mis dos hijas y Betta Kataharinason, sobre lo que
le ocurrirá a Katy, a mí, a mi vida.

Los diarios de nuestros antepasados son un largo grito de dolor y supongo que
me debería alegrar ahora, peor no se pueden tirar así por la borda seis siglos, o
incluso (como he descubierto últimamente) treinta y cuatro años. A veces me río
de la cuestión que aquellos cuatro hombres eludieron toda aquella tarde y nunca
se atrevieron a preguntar: ¿cuál de ustedes hace el papel de hombre?

Dudo mucho que la igualdad haya sido restablecida en la Tierra.

No me hace gracia la idea de que se hayan burlado de mí, de Katy, postergada


como si ella fuera un ser débil, de que a Yuki la hubieran hecho sentirse poco
importante o tonta, de mis otras hijas despojadas de su plena humanidad o
convertidas en extrañas. Y temo que mis propios logros disminuirán hasta
convertirse en cosas sin importancia para la curiosidad de la raza humana, las
rarezas de las que uno lee en la solapa del libro, cosas para reírse porque son
exóticas, curiosas, pero no impresionantes, encantadoras pero no útiles.

Yo encuentro esto más doloroso de lo que pueda decir. Usted convendrá en que
para una mujer que ha tenido tres duelos, todos ellos a muerte, sentir tales
temores es ridículo. Pero lo que se avecina ahora es un duelo tan grande que no
creo tener el coraje necesario para enfrentarlo.
A veces, de noche, recuerdo el nombre original de este planeta, cambiado por la
primera generación de nuestras antepasadas, aquellas curiosas mujeres para las
cuales, supongo, el verdadero nombre fue un recordatorio tan doloroso después
de que los hombres murieran. Lo encuentro divertido, con un humor negro, el
que las cosas hayan cambiado totalmente. Pero esto también pasará. Todas las
cosas buenas tienen un final.

Quitadme la vida pero no me quitéis el significado de la vida.


Dios sediento: Margaret St. Clair

Dios sediento (Thirsty God) es un relato de terror de la escritora norteamericana


Margaret St. Clair, publicado en la edición de marzo de 1953 de la revista
Fantasy and Science-Fiction, y firmado bajo el seudónimo Idris Seabright.
Dios sediento es una especie de fábula galáctica sobre el abuso y el castigo. La
historia se desarrolla en el planeta Venus, sede de las criaturas más
extraordinarias, desde humanos amorales a seres intergaláticos con severos
problemas de comportamiento.

DIOS SEDIENTO
Thirsty God, Margaret St. Clair (1911-1995)

Brian cabalgaba briosamente cuando, al crepúsculo, llegó al santuario. Había


reventado dos monturas desde el día anterior, y a pesar de su marcha los Hrothy,
aullando como una manada de derviches, estaban muy cerca. Se alzó sobre los
estribos y miró angustiadamente hacia atrás.Sí, dentro de cuarenta segundos,
aproximadamente, les parientes de Megath estarían a tiro de ballesta. Si lo
atrapaban, lo colgarían por los tobillos y le dispararían unas aguzadas flechas
que le harían agonizar dos o tres días antes de morir. Se estremeció. La entrada
de la capilla estaba a oscuras y no resultaba muy alentadora, pero estaba casi
seguro de que los Hrothy la respetarían por su carácter sagrado, y el santuario le
parecía, por su inexperiencia en tales cuestiones, una capilla semejante a las que
punteaban la superficie del segundo planeta. Era una suerte que la hubiese
encontrado. Saltó del ruano y se hundió en la oscuridad.

Los Hrothy atraparon al animal cincuenta segundos después. Era fácil adivinar
dónde estaba Brian. Se contemplaron mutuamente en silencio. El tío de Megath,
que había sido el más ansioso en la persecución, lanzó una corta risotada. Los
hombres fueron desmontando sin hablar. Los Hrothy consideraban que Brian,
por su violación y subsiguiente abandono de Megath, acababa de cometer un
pecado imperdonable. En realidad, no les importaba tanto la violación de la
joven como el abandono cuando se cansó de ella. A esto se oponían
rotundamente. Iba en contra de sus costumbres. Deseaban que el violador
aceptase para siempre a su víctima. Pero pensaban, por los relatos que habían
leído y por sus experiencias, que si Brian permanecía en el interior de la capilla
doce horas, sus ansias de venganza quedarían satisfechas. Megath quedaría
vengada. Silenciosamente, los hombres de la tribu se sentaron en semicírculo
delante de la capilla.

Brian, atisbando desde el interior, se sintió a la vez asombrado y aliviado. Había


temido que recogiesen la hierba que crecía a la orilla del fangoso río y tratasen
de ahumar el sagrado recinto. Y todo ese ajetreo, por culpa de una mujer cuya
piel era decididamente purpúrea. Bien, por lo visto, contaban con que se muriese
de hambre. Acarició los tubitos de pastillas alimenticias que llevaba en el
bolsillo y sonrió. También tenía un frasquito. Tendrían que esperar largo tiempo.
Continuaron en silencio - los Hrothy eran naturalmente ruidosamente
emocionales -, y el silencio comenzó a molestarle. Los acechó dubitativamente
una vez más. Pero al parecer respetaban la santidad de la capilla. No tenía por
qué preocuparse..

Retrocedió unos pasos hacia el interior. Estaba muy oscuro. El suelo parecía
estar hecho de barro resbaladizo. En realidad, se trataba de un plástico resistente
a la humedad pero Brian no lo sabía. Vaciló y se tendió en el suelo. Estaba
agotado. Quería mantenerse despierto, en guardia, pero la fatiga lo rindió. Al
cabo de diez minutos estaba profundamente dormido. Tan pronto como su
respiración regular dio la señal, los rayos sonda comenzaron a actuar sobre él.
Le tomaron el pulso, la. frecuencia respiratoria, la consumición de oxígeno. Un
paño se deslizó bajo su axila y tomó una muestra del sudor para el análisis.
Cuando empezó a roncar, otro paño entró momentáneamente en su boca abierta.
Y cuando estuvo completamente dormido, una diminuta aguja hipodérmica le
extrajo una gota de sangre del lóbulo de la oreja. Sobre la muestra se llevó a
cabo una refinadísima técnica de electroforesis. La noche se hallaba muy
avanzada cuando las sondas completaron su diagnóstico. En cierto sentido,
Brian las intrigaba. Fisiológicamente, se hallaba muy lejos de lo acostumbrado.
Pero allí yacía, escasamente dentro del limite de variación permisible. El
mecanismo de los rayos sonda estaba ya un poco desgastado. Después de una
pausa casi humana, las instalaciones de acondicionamiento de la capilla
comenzaron a actuar sobre él.

Los Hrothy, fuera en la noche oscura, aguardaban con un silencio de lobos. No


era el carácter sagrado de la capilla lo que respetaban, sino su competencia como
factoría. Brian se despertó por fin. Tenía la impresión de que había transcurrido
mucho tiempo, y aunque esto no era cierto cronológicamente, sí lo era
fisiológicamente, ya que le habían sucedidos muchas cosas mientras dormía. La
idea del tiempo transcurrido le alarmó ¿Qué estuvieron haciendo los Hrothy
durante su sueño? Todavía adormilado, corrió a la puerta de la capilla y miró
afuera. Los Hrothy estaban sentados igual que antes, en cuclillas y en torno a la
penumbra que formaba un leve cono de luz delante de la capilla, envueltos en
sus capas brillantemente coloreadas. Intentaban esperar hasta que el hambre le
hiciese salir de la capilla. Brian lanzó una burlona risita y volvió al interior del
santuario. Cuando giró sobre sí mismo, su cabeza chocó penosamente y de
manera inesperada contra el dintel de la entrada.

Por un momento, el dolor físico oscureció el significado de lo sucedido. De sus


ojos surgieron unas lágrimas de dolor y lanzó una maldición. Después, el
significado del incidente se le apareció claro de repente. Acababa de tropezar
contra el dintel de la puerta. Pero la primera vez, el dintel estaba dos o tres
palmos, al menos, más arriba de su cabeza. Levantó la mirada. Su negro y
lustroso cabello rozaba el techo. ¿Qué diablos...? ¿Qué le había ocurrido?
¿Había crecido, era más alto que antes? Por un momento pensó que padecía una
fiebre alucinatoria. En Venus abundaban y la idea del crecimiento era
característica de un par de ellas. Además, tenía sed y sentía un extraño calor.
Contemplóse las manos. Los puños quedaban sólo a unos cuatro dedos de los
codos. A menos que se tratase de una alucinación muy persistente... No podía
ser la fiebre. No se sentía febril, sólo sediento y acalorado. Bien, había tomado
varias vacunas contra todas las epidemias endémicas de Venus antes de salir de
Dyndimene. No cabía duda; había crecido durante la noche.

La idea, cosa rara, no le alarmó. Más bien se sentía complacido. Por un


momento, pensó en salir atrevidamente de la capilla y causar un gran estrago
entre los Hrothy. Les enseñaría a molestar a un hombre que medía dos metros y
medio... no, más, casi tres metros de estatura. Pero eran unos veinte y poseían
gran cantidad de flechas. Era preferible no salir. Además, se sentía somnoliento
y letárgico, sin ganas de pelear. No podía imaginarse qué le había sucedido,
aunque no le importaba. Decidió sentarse en el suelo y tomar un trago de agua
del frasco. El recipiente de plata parecía muy pequeño en sus enormes manos.
Bebió hasta la última gota de líquido y luego arrojó el frasco con petulancia. Era
agua, sí, pero él no deseaba agua. Lo que necesitaba era algo más denso. Cruzó
las piernas y se recostó contra la resbaladiza pared. Cerró los ojos, pensando que
ello le ayudaría a pensar. Pero poco después volvía a estar dormido.

Esta vez se despertó cuando caía la tarde. Llovía intensamente. Sin moverse de
postura, miró hacia fuera, notando distraídamente que tenía la espalda envarada.
Los Hrothy se hablan marchado. No se veía ni uno solo boñiga. Probablemente
sería una trampa. Debían hallarse escondidos por el entorno. O tal vez hubieran
regresado al poblado en busca de refuerzos. Brian sonrió. No se dejaba engañar
fácilmente. Decidió levantarse. Trató de moverse. No pudo. Bien, estaba
entumecido por la mala postura. Tenía dormidas las piernas. De nuevo le dio la
orden al cuerpo. Tampoco ocurrió nada. Brian se humedeció nerviosamente los
labios. ¿Estaba paralítico? ¿Qué le pasaba? Empezó a estar asustado. Y fue
entonces cuando entró el plunp. El plunp era el más raro de los naturales de
Venus. Algunos obreros que lo habían estudiado insistían en que su extraña
apariencia escondía una rica y singularmente variada vida espiritual. Otros
etnólogos lo negaban apasionadamente y afirmaban que sus leyendas de la
creación y sus figuras tótem mostraban la vacuidad de su vida espiritual.

Fuese como fuese, los plunp no producían buena impresión. Poseían una piel
gris y correosa, largas mandíbulas con feroces colmillos y crueles ojos
amarillentos. No llevaban ropa, ni siquiera una hoja de parra. Y olían como
ranas. Éste penetró en el santuario Y se detuvo delante de Brian. Esbozó un
gesto con una mano; tanto podía tratarse de un saludo solemne, o bien
simplemente de un «hola» familiar. Contempló calculadoramente a Brian e
inclinó la cabeza. Abrió la especie de coco que llevaba colgando de un largo
sarmiento en torno a su cuello. Brian estaba interesado. No podía hacer nada y la
llegada del plunp tenía que significar algo. Contempló a aquel ser con extremada
repulsión (los plunp no son bellos), mientras sacaba un pellizco de ungüento
amarillento del coco y se lo pasaba por todo el cuerpo. Después, comenzó a girar
lentamente delante de Brian, con sus retorcidos brazos, de piel untuosa,
extendidos adelante.
Casi tan pronto como el ungüento amarillo tocó la piel del plunp, Brian se sintió
extrañamente excitado. Era como la intensidad de un impulso sexual, pero no
había nada sexual en su mando imperioso y frío. Era como si todas las miríadas
de su cuerpo tuviesen sed, sed individual, una rara sed del ungüento amarillo y
la humedad de la piel del plump. El agua del frasco de Brian no era bastante
densa para satisfacer su sed. Aquella humedad, sí. Experimentó como un aura,
una proyección de sí mismo. No era un caso de voluntad consciente; incluso
cuando realizó el contacto inmaterial con el plunp, se resintió de ello. Era sed, sí,
pero le parecía que al deshidratar al plunp estaba realizando un servicio íntimo,
sometiéndose a una odiosa familiaridad con un ser que le repugnaba
odiosamente. Un íntimo contacto, por muy impalpable que fuese, con un plunp...
¡Se odió a sí mismo! Pero no podía hacer nada por impedirlo. (El paralelismo
entre este impulso y lo que él le había infligido a Megath se le escapó. Y aunque
lo hubiese observado, no le habría edificado. No era un hombre que se edificase
fácilmente.)

El plunp continuó girando lentamente volviéndose primero a un lado y luego al


otro, hacia la intoxicante sequedad que Brian sentía emanar de su persona. Brian
llegó a pensar que su actitud era la de un devoto hacia un dios, un dios muy
servicial. Sus ojos amarillentos estaban cerrados; su untuosa piel parecía estar
más arrugada y resbaladiza a cada momento, a medida que la deshidratación de
los tejidos iba en aumento. Su afilado rostro tenía una expresión de repulsiva
dicha. De haber podido moverse, Brian habría vomitado. Era odioso. Un odioso
servicio ejecutado por un ser odioso. Y resultaba autodestructivo, pese a la
necesidad de humedad de Brian. Era como si Brian, en su nuevo cuerpo, no
estuviese a gusto. En su contacto con el plunp, era como una planta que, a falta
de azufre en el suelo, se ve forzada a absorber selenio. Era como si estuviera
envenenándose a sí mismo.

En esta suposición, Brian estaba acertado. La capilla no era una capilla.


Anteriormente había sido una factoría. Fue originalmente destinada por los
biólogos del cuarto planeta a ayudar a los colonos del segundo planeta a
reajustarse al avasallador y húmedo ambiente de Venus. Existen dos formas de
batallar con la humedad. Una es ser impermeable, como lo son las plumas de los
patos. Los marcianos probaron este sistema y no les gustó. Se sentían desfallecer
en el húmedo calor de sus cuerpos impermeables. Por lo tanto, adoptaron
segundo sistema, que es gozar del agua, vivir en el agua corno las ranas. Esta
solución significaba una adaptación fisiológica mucho mayor, pero los
marcianos quedaron mucho más satisfechos. Una vez adaptados, continuaron
absorbiendo agua a través de sus poros, agua que extraían del húmedo ambiente,
usándola en su metabolismo y exhalando de nuevo aire seco. Había cierto grado
de selección en el proceso. Podían elegir entre varios objetos para la extracción
del agua, los marcianos vivían felices con este sistema, aunque en la estación de
sequía padecían cruelmente, - lo mismo que cuando regresaban a Marte a pasar
sus vacaciones - Pero Brian, no era marciano, y las sondas estaban estropeadas y
desequilibradas por el mucho tiempo transcurrido desde que los últimos
marcianos abandonaron Venus. Por esto con él era diferente. Para el plunp, él
era un dios deliciosamente higroscópico. Para sí mismo, era un hombre maldito.

El plunp se marchó por fin, con la piel colgándole en grandes pliegues. Se


tambaleó ligeramente al trasponer el umbral, como si estuviese bebido, Brian le
vio marchar por entre la cortina de lluvia. Dejó el coco en la capilla. No podía
moverse; ni siquiera agitarse. Tenía la espalda completamente envarada. No
sabía cómo lograba respirara pero estaba seguro de una cosa: no volvería a
extraer agua de ningún otro plunp. Si volvía a estar sediento tendría que
impedirlo de algún modo. ¿Pero cómo? No lo sabía, pero aquella ignorancia no
afectó su decisión. Inmóvil, mientras contemplaba la lluvia en medio de la
creciente oscuridad, sintió surgir en su interior un hálito de esperanza. Era
imposible lo que le estaba ocurriendo. No podía ser verdad. No podía durar
eternamente. Más pronto o más tarde, alguien lo encontraría. Un recolector de
plantas, un agente del Gobierno... Alguien. Todo lo que tenía que hacer era
continuar vivo hasta entonces. Al día siguiente seguía lloviendo copiosamente.
Brian recordó haber oído decir que en aquella parte de Venus la lluvia podía,
durante la estación lluviosa, pasar de setenta centímetros en veinticuatro horas.

A mediodía del día siguiente volvió el plunp. Brian había podido saciar su
ardiente sed gracias a la humedad del aire, y ahora tenía sus planes. Cuando el
plunp, untado con la crema amarillenta, giró delante de Brian, éste se retiró
dentro de sí mismo. Era como mostrarse sordo al estruendo del trueno, como
negarse a ver una cegadora luz. No sabía cómo lo lograba, pero lo hacía. El
plunp se detuvo. Se contemplaron mutuamente sin pronunciar palabra y luego él
empezó a mover sus retorcidas manos. Brian sintió la caricia del triunfo en su
interior; había vencido a la odiosa criatura. Y se sintió aún más victorioso
cuando, después de otro silencio, el plunp desapareció. Pero al cabo de un
momento llegaron varios, transportando un cofre de madera de agudas esquinas.
(Los plunp no poseían suficiente habilidad como para fabricar tales objetos, por
lo que traficaban para obtenerlos de los Hrothys, más civilizados.) Lo abrieron.
En el interior se veía una pasta gelatinosa, rojiza, untuosa. Los plunp ya poseían
suficiente experiencia de los dioses recalcitrantes.

El plunp cuya piel era más gris, colocó un poco de pasta en la punta de un palo.
Cautelosamente, alargó el mismo hacia Brian. Lo movió atrás y adelante, a
través del pecho del joven y debajo de su nariz. El resultado, para Brian, fue
catastrófico. Le pareció que se volvía todo su ser de dentro afuera. Con odiosa,
forzada rapidez, empezó a deshidratar al plunp de la piel grisácea. Era como
caer interminablemente por un precipicio vertical, y sentirse mareado al mismo
tiempo. Los plunp se marcharon por fin, al oscurecer. Desaparecieron, con unos
pasos de baile y ejecutando gestos histriónicos para saludar a Brian. Éste los vio
marchar, inmóvil. Ni siquiera podía temblar. La humedad aceptada de ellos a la
fuerza, le había hecho engordar un tercio; asimismo, sentía una inmensa furia y
un lamentable desamparo. Esta vez había sido diez... no, cien veces peor que la
primera. Después de esto aceptaría la degradación con docilidad. Cualquiera
cosa era mejor que verse obligado a ello.

Estuvo sentado toda la noche en un trance de horror. En ocasiones, no estaba


seguro de quién, era. Sólo sabía que estaba sospechando algo que él mismo no
habría resistido. Alguien había aprendido un pavoroso secreto respecto a Brian.
Con la mente ofuscada esperó la llegada del nuevo día. Llovía menos y sólo
compareció un plunp. El dios que era Brian pensó:

«Si sólo viene uno podré resistirlo. Ayer fue mucho peor».

Pero el día siguiente vinieron cinco, y después, dos, y más tarde, tres... y
prosiguieron acudiendo cada día, cada vez más, a medida que avanzaba la
estación y la lluvia se espesaba. Día tras día los Hrothys debían hallarse más que
satisfechos. Brian odiaba a sus adoradores de ojos vidriosos con un odio que al
principio era asesino y que después se tornó furor interno. De poder moverse,
habría hecho cualquier cosa menos deshidratar a los plunps; tal vez se habría
matado. Acariciaba interiormente todos los detalles de su autodestrucción. No
estaba bien decidido si terminaría con su vida mediante el cuchillo, el fuego o un
veneno corrosivo. Deseaba el medio que más le doliese.
Desde un punto de vista, su ingeniosa preocupación con los detalles de su
muerte era una bendición. Ello le impedía padecer la aprensión o la ansiedad de
su creciente degeneración física. Su masoquismo era genuino; cada nueva
evidencia de fallo - visión torpe, mala audición, hinchazón permanente - lo
recibía con deleite. Incluso podía recibir alborozado el servicio de
deshidratación que los plunp requerían de él, puesto que era ésta la causa
primordial de su degeneración. Esto, sin embargo, apenas se le ocurrió. La
violencia a su ego era demasiado grande. Pasó el tiempo. Llovió a raudales. A
veces, veinte plunps se hallaban en la capilla, girando como embriagados,
inexpresivos sus rostros. Después, a medida que los días se fueron alargando, la
lluvia comenzó a amainar. Hubo un día claro, luego otro y después dos seguidos.
Llegaba el seco verano.

Los adoradores comenzaron a frecuentar menos la capilla, y cuando venían, no


estaban mucho tiempo. La gradual sequía de los tejidos de sus cuerpos por el
calor del verano no los intoxicaba; les tornaba soñolientos. Ya no estaban
interesados en los dioses, en la higroscopia ni en el ungüento amarillo. En
realidad, empezaban a sestear. Brian, al principio no se atrevía a creerlo. Pero
cuando transcurrió una semana sin que se presentase un solo plunp para ser
deshidratado, se sintió invadido por el mayor de los alivios. No habría más
demandas. Los días eran ya más largos y brillantes. No habría más plunps.
Después, a medida que el aire se tornaba más seco, Brian descubrió que
empezaba a encogerse.

No se alarmó, pero sí se sintió intrigado. Permaneció inmóvil en su rincón, con


las piernas cruzadas bajo el cuerpo, pero cada día era más pequeño, más ligero,
más seco, que el día anterior. Traspasó el punto de la estatura normal que tenía
antes de que el mecanismo de la capilla lo cambiase, y siguió encogiéndose. Su
piel comenzó a colgarle como a jirones. Y seguía encogiendo. No estaba
alarmado..Su preocupación era una emoción vaga solamente. Y a medida que
transcurría el tiempo, en sus ideas se producían grandes lagunas llenas de
voluptuosa negrura. Lentamente comprendió que aquellas tinieblas mentales,
aquella incesante y bienvenida aniquilación de su mentalidad, significaba la
muerte. ¿La muerte? No las destrucciones agonizantes que había estado
planeando, sino algo mucho mejor. Y se gozó en esta idea. Pero... (aún sentía
cierta curiosidad)... ¿por qué?
Bien, supuso, los dioses no viven eternamente, y él se había esforzado hasta la
extenuación al deshidratar a los plunps. Se había agotado por completo con esta
operación, y la estación de sequía le estaba exterminando. Al año siguiente, los
plunps - por primera vez en su agonía comenzó a reír -, al año siguiente los
plunps tendrían que buscar otro dios. Al fin se sentó en su rincón, del tamaño de
un muñeco. Ya no oía, veía ni sentía. Su mente se había detenido. Estaba
reducido casi a la nada; sus brazos y piernas eran más pequeños que huevos de
zurcir. Ya no existía Brian.

De haberle quedado una chispa de ego para efectuar una declaración, habría
jurado que estaba muerto. Pero los plunps no corrían peligro inmediato de
perder a su dios. Cuando llegara la estación de las lluvias, Brian despertaría de
nuevo. Y una vez más se vería obligado a reemprender su forzado servicio hacia
ellos. Como adorado, como dios, a Brian le quedaba aún muchos años de acción
higroscópica en favor de los plunps. Pero ahora era verano. Sincronizando con el
ciclo de sus adoradores, el dios de los plunps también sesteaba.
«El asesino gris»: Everil Worrell; relato y análisis.

El asesino gris (The Gray Killer) es un relato de terror de la escritora


norteamericana Everil Worrell (1893-1969), publicado originalmente en la
edición de noviembre de 1929 de la revista Weird Tales, y luego reeditado en la
antología de 1931: En la oscuridad de la noche (At Dead of Night).
El asesino gris, uno de los mejores cuentos de Everil Worrell, relata la historia
de Marion Wheaton, una mujer joven que se encuentra internada en un hospital
recuperándose de una infección en el pie. La señorita Wheaton decide comenzar
un diario para anotar los hechos extraños que han estado ocurriendo en el
hospital. Everil Worrell hace un trabajo muy convincente al describir las
sensaciones de soledad y encierro de estar acostado en una cama de hospital:
«En la oscuridad de la noche las campanas sonaban de forma
intermitente: el sonido estridente del teléfono o el timbre áspero que
podía significar tantas cosas. Frío y la necesidad de tomar prestadas
fuerzas para extender una manta al alcance de la mano. Soledad
nocturna y terrores; miedo a lo conocido y a lo desconocido; miedo
a una agonía punzante llamada vida y a una liberación velada
llamada muerte. Terror del dolor. Y en las habitaciones privadas,
cerradas, y en las salas desnudas y ordenadas, ese horror con cabeza
de hidra de un hospital: el dolor mismo.»
Poco a poco conocemos el movimiento del hospital y a las personas en las
habitaciones cercanas: un hombre herido en un accidente ferroviario, un niño
recientemente operado y una paciente con cáncer. En 1928 no tenías mucho para
hacer excepto mirar el techo, pensar y estar atento al movimiento a tu alrededor.
Una noche, mientras yace despierta, Marion escucha pasos «arrastrados y
resbaladizos» en el pasillo. Mira aterrorizada a su puerta. Lentamente emerge
una figura: un hombre vestido de gris y cuyo rostro, incluso en la oscuridad,
parece grisáceo. Se presenta como el Dr. Zingler y hace todo lo posible por
calmarla. Acto seguido, le ofrece una inyección «para calmarla». Siendo esta
una historia de Everil Worrell, Marion espera que la aguja contenga morfina,
pero cuando Zingler extrae la jeringa ella observa que su contenido es viscoso,
de color amarillento y maloliente. Marion logra rechazar el ofrecimiento, y el
Dr. Zingler se retira, afirmando que otros pacientes estarán felices de recibir su
medicina. Cruza el pasillo hacia la habitación de la paciente con cáncer.
Más tarde, cuando Marion habla con las enfermeras, menciona el aspecto
desagradable del Dr. Zingler; sin embargo, ellas lo encuentran atractivo. No hay
mucho tiempo para reflexionar sobre todo esto, porque la paciente con cáncer
[que hasta la noche anterior estaba en agonía] se encuentra completamente
recuperada. Hay desconcierto entre los médicos, incluso miedo. Por la noche,
los habituales gemidos de dolor del hombre accidentado se detienen. Marion
escucha pasos deslizantes en el pasillo. Por la mañana se entera de que el
hombre se ha curado milagrosamente. ¿Qué había en esa aguja del Dr. Zingler?
Pasan los días. El pie de Marion está sanando. El chico recién operado de una
amigdalectomía se ha curado y una vez más todas las enfermeras están
asombradas. A medida que Marion se entera de estos milagros, se asusta cada
vez más, tanto que los médicos creen que está al borde de un ataque de nervios.
Entonces la historia da un giro. ¿Recuerdan al chico operado de las amígdalas?
Lo encuentran muerto y desmembrado. Su cuerpo estaba cubriendo el tragaluz
de la sala de operaciones. En unos pocos párrafos Everil Worrell evoca una
escena exquisitamente espeluznante.
Marion se quiebra y comienza a hablar sobre el malvado Dr. Zingler y su sucia
hipodérmica. El empático Dr. Rountree intenta calmarla. ¿Por qué odia tanto a
Zingler? Lo único que logran sus delirios es destruir su propia reputación.
Resultado: Marion recibe sedantes. Tal vez durante una noche de sedación
Zingler logró inyectarla. Sus recuerdos son confusos y Marion intenta que los
médicos reduzcan la medicación. Lucha por salir del hospital antes de que
Zingler la atrape. En este punto, un bebé desaparece de la guardería y los
pacientes que fueron curados milagrosamente empiezan a padecer las etapas
avanzadas de la lepra. Además, se ha encontrado un extraño altar en el techo del
hospital. ¿Qué está pasando?
En la última noche, Zingler arrastra a Marion hasta el techo, donde servirá como
cebo para los dioses blasfemos que adora su especie. Sí, el doctor gris no es solo
un asesino lunático, ¡sino un extraterrestre del planeta Horil!
Finalmente, Everil Worrell nos proporciona una serie de documentos: la
confesión de una enfermera, las declaraciones del Dr. Rountree sobre los hechos
y el carácter de Marion Wheaton, incluso la confesión del asesino de Zingler
está ahí. En realidad, Zingler no es Zingler, sino un sacerdote alienígena exiliado
en la tierra que adora al «Dios-Demonio del Espacio». Obtenemos el credo y la
exposición del Asesino Gris sobre la vida en su planeta natal, Horil, donde
predomina el canibalismo y la lepra se utiliza para sazonar la carne. Todo se
explica y sabemos cómo se salvó Marion [ver: El cuerpo de la mujer en el
Horror]
¿Final feliz? Bueno, todo lo feliz que puede ser el final de una historia con niños
empalados en anzuelos para atraer dioses voraces.
Es tentador ver en El asesino gris algunas semillas de La Llamada de Cthulhu,
excepto que Lovecraft hubiese desaprobado el estilo vertiginoso, casi
sensacionalista, de Everil Worrell. ¿Diarios, informes médicos, documentos
encontrados? Todo esto es territorio de Bram Stoker, pero actualizado con un
estilo sumamente ágil y espeluznante. En definitiva, El asesino gris de Everil
Worrell es una extraña y asombrosa combinación de policial, ciencia ficción y
horror cósmico.

EL ASESINO GRIS
The Gray Killer, Everil Worrell (193-1969)

Narrativa y Diario de Marion Wheaton, paciente en el Hospital R. del 15 al 28


de noviembre de 1928.
Aquí están pasando cosas tan terribles que siento la necesidad de ponerlas por
escrito, ya que no me atrevo a hablar con nadie de mis pensamientos y miedos.
Comenzaré desde el principio, hace unas noches. Más adelante, si hay algo más
que escribir (¡Dios quiera que no lo haya!), continuaré esta narración como un
diario.

Comenzó hace tres noches, y este es el veintiséis de noviembre. La luz roja en el


pasillo frente a mi puerta ardía como un ojo iluminado con una fea amenaza. En
la oscuridad de la noche, las campanas sonaban de forma intermitente: el sonido
estridente del teléfono o el timbre áspero que podía significar tantas cosas. Frío
y la necesidad de tomar prestadas fuerzas para extender una manta al alcance de
la mano. Soledad nocturna y terrores; miedo a lo conocido y a lo desconocido;
miedo a una agonía punzante llamada vida y a una liberación velada llamada
muerte. Terror del dolor. Y en las habitaciones privadas, cerradas, y en las salas
desnudas y ordenadas, ese horror con cabeza de hidra de un hospital: el dolor
mismo.

Yo también sufría. Un clavo oxidado había atravesado la delgada suela de mi


zapatilla y me había abierto un corte en el pie que casi termina en
envenenamiento de la sangre. En la noche del veintitrés de noviembre me
revolvía en mi cama caliente, sintiendo las ardientes lanzas de llamas dispararse
hacia arriba desde el pie horriblemente hinchado.

No estaba fuera de peligro, ni por asomo. Mi pie podría curarse rápidamente, o


incluso podría empeorar repentinamente, en cuyo caso debería dejar esta
habitación por una más estrecha. La mujer del otro lado del pasillo, que había
tenido su cuarta operación de cáncer, moriría, tal vez, y creo que estaría feliz de
morir. Sus gemidos entrecortados parecían decirme eso. Y había un hombre en
el pasillo que gemía…

Bueno, deseaba que todo terminara y yo estuviera bien, a salvo fuera del lugar.
Mientras tanto, las sábanas eran demasiado pesadas y me quemaban,
aumentando innecesariamente mis torturas.

Llamé a mi timbre y escuché su sonido sordo y áspero en la distancia. En


algunos hospitales, solo una luz parpadeaba en un tablero de señales y sobre su
puerta. Eso es mejor, diría yo.

Esperé a la señorita Larcom o a la señorita Wurt. La señorita Larcom parecería


alegrarse de verme; me haría sentir mejor y pensaría en pequeñas cosas
adicionales que hacer por mí. La señorita Wurt me gritaba, enojada por haber
tenido que dejar su novela. Y ella haría lo menos que pudiera, y muy
probablemente arrastraría las sábanas bruscamente sobre ese diabólico pie mío.
Pero si la señorita Wurt estuviera en el piso esta noche, probablemente tendría
que llamar de nuevo.

Esperé. No era bueno volver a llamar demasiado pronto. Entonces la señorita


Wurt se aseguraría de dejar que esas mantas me cortaran el pie... ¿o era una de
esas fantasías enfermizas de las que se oye hablar? Aun así, no todas las
enfermeras son iguales, y no todas son ángeles.

Esperé y escuché un paso desconocido que parecía deslizarse un poco, no


arrastrarse sino deslizarse, como una serpiente se deslizaría sobre un piso duro.
¿Por qué me asaltó entonces una frialdad que me hizo acercar más las sábanas
que me habían irritado? ¿Y por qué un súbito y vívido amor por la vida se
apoderó de mí? Tenía miedo del vacío fuera de este mundo que conocía. Una
comprensión de ese vacío barrió mi alma. ¿Era la muerte lo que temía en ese
momento, o tenía una instintiva percepción de cosas extrañas, reales, pero
desconocidas?

¡Terrores enfermizos de una noche de hospital! Fijé mi mirada en la puerta. No


debía dejar que la señorita Wurt me sorprenda luciendo o actuando como un
tonto. Sería divertido para ella recomendarme a la sala de psicópatas. (No, por
supuesto que no pensé eso en serio; solo estaba siendo un enfermo imaginativo).

En cualquier caso, toda mi atención estaba en mi puerta. Los pasos que sonaron,
de alguna manera, tan inusuales, se detuvieron antes de que una figura se
enmarcara allí; no antes de que uno de los pies que hacía el sonido de
deslizamiento fuera visible. Allí estaba: la punta de un zapato que parecía
enormemente largo. Entonces la figura alcanzó el pie, no la señorita Wurt ni la
señorita Larcom, sino un hombre.

Un hombre vestido de gris. Un hombre cuyo rostro (en la penumbra, al menos)


era gris. Cuyo rostro, cuya forma, cuya forma de caminar, no me gustaba. Mis
dedos buscaron el cordón de la campana.

Sin embargo, antes de que lo encontraran, la habitación se inundó de luz. Eso


me pareció tranquilizador, de alguna manera, y me avergoncé de mi pánico. En
un hospital te acostumbras a que la gente vaya y venga, te sorprenda cuando
estás despierto, te sorprenda cuando estás dormido. Enfermeras extrañas con
termómetros suceden todos los días; médicos de vez en cuando. No necesitaba
su declaración para saber qué era.

—Soy el doctor Zingler, el nuevo médico de la institución. No te he visto antes.


Escuché que tuviste problemas con tu pie. Vine porque escuché su timbre y la
enfermera no respondió. La enviaré, aunque me temo que la señorita Wurt se
mueve lentamente. Mientras tanto, si es dolor, puedo ayudarte.
En una reacción del miedo fantástico que se había apoderado de mí, le sonreí
cálidamente a la cara pálida. Piel grisácea, mejillas hundidas, ojos huecos y
hambrientos y una extraña inmovilidad mortal de rasgos: si una personalidad
atractiva era necesaria para tener éxito, el nuevo médico estaba condenado al
fracaso. Sin embargo, sus modales profesionales eran lo suficientemente buenos,
aunque también algo extraños. Suaves, pero indescriptiblemente raros.

Sonreí con un esfuerzo.

—Dolor, sí, me duele el pie —respondí, tratando de restarle importancia—. Pero


llamé a la señorita Wurt simplemente para que retirara las cubiertas superiores,
especialmente para refrescarme el pie. Siento como si se estuviera asando sobre
brasas.

El rostro desfavorecido que me miraba desde arriba parecía intentar una sonrisa
de simpatía.

—La señorita Wurt podrá hacer que se sientas mejor, sin duda —prometió—.
Pero creo que puedo hacer más, creo que puedo asegurarme de que duermas el
resto de la noche. Solo te daré una hipodérmica.

Me invadió una ola de gratitud. Observé al doctor Zingler mientras se ocupaba


de una pequeña caja y su contenido, que sacó de un bolsillo; ¿El hombre llevaba
hipodérmicas y opiáceos para su uso instantáneo? Por lo general, los médicos
llamaban a una enfermera.

La aguja hipodérmica, sostenida por una mano huesuda de dedos largos del
mismo color profano que su cara, se movió hacia mí. Lo miré, ociosamente,
dejando al descubierto mi brazo para el misericordioso pinchazo. Estaba cerca
de mi cara cuando lo miré. ¡Cielos, qué extraño! ¿O fue a causa de la fiebre que
cada pequeño acontecimiento de esa noche adquirió un significado grotesco?
Sea como fuere, el aspecto del líquido en el tubo de vidrio me resultaba
violentamente repulsivo: un blanco amarillento, viscoso, con un matiz de ese
mismo color gris que hacía que la mano que lo sostenía pareciera la mano de un
cadáver. En el mismo momento un olor asaltó mis fosas nasales: un olor
putrefacto de descomposición; la esencia misma de la muerte encarnada en un
olor.

La aguja se acercaba a mi brazo cuando me aparté de él; más bien me lancé,


olvidando mi pie, acurrucándome en el rincón más alejado de mi estrecha cama
de hospital como un animal atrapado.

—¡No, no! —grité, mi voz elevándose extrañamente—. ¡No lo aceptaré, no


tengo dolor, no necesito nada! ¡Llamaré, gritaré! ¡Despertaré a todo el piso!

El doctor gris —así pensé en él y siempre lo haré— retiró la mano, una


expresión de extremo desprecio estampando sus rasgos inmóviles.

—¡Por supuesto, si prefieres soportar tu dolor! —se encogió de hombros—.


Aunque no necesitaba tanta vehemencia. Hay una sala para pacientes como tú
donde las paredes son más gruesas. En cuanto a despertar este piso, creo que has
tenido éxito en tu esfuerzo. ¡Escucha!

Escuché. Dios me perdone, lo había logrado. La mujer con cáncer gemía


lastimosamente, de no haber sido por los opiáceos que le habían administrado en
tanta cantidad, sin duda estaría chillando. Al final del pasillo, el hombre con la
herida grave estaba gimiendo, delirando también:

—¡Mary, has venido por fin! ¡Oh, no, enfermera, solo eres tú! Ella murió en el
accidente, lo recuerdo —Y luego, de nuevo—: ¡Oh, Mary, por fin!

También el niño pequeño que había tenido una amigdalectomía estaba gritando
por el pasillo, palabras roncas, medio inteligibles.

Enterré mi cabeza bajo las sábanas en una agonía de vergüenza cuando escuché
alejarse los pasos deslizantes del doctor. Atravesó mi puerta y cruzó el pasillo.
Escuché crujir la bisagra familiar de la puerta de la paciente con cáncer. Bueno,
tal vez él podría calmarla. ¿Qué me había pasado, de todos modos? ¿Había
perdido la razón?

Otro paso se acercó a mi puerta, un paso conocido. El rostro saludable, redondo


y rojo de la señorita Wurt parecía una luna poco amable. Me arregló las sábanas,
no tan bruscamente como había temido, y se preparó para partir.

—¿Eso es todo? —preguntó.

—Casi —dije, deteniéndola con un gesto de urgencia—. Dime, ¿el doctor


Zingler suele estar en el piso por la noche? Es un hombre de aspecto… extraño,
¿verdad?

El rostro rojo de la señorita Wurt se profundizó hasta convertirse en un suave


púrpura. Alguna atracción entre ella y el nuevo médico, al menos por su parte,
eso era seguro. Entonces mi comentario había sido poco diplomático.

—Nunca escuché a ninguno de los pacientes comentar sobre la apariencia


personal del doctor Zingler —dijo con gélida reprobación.

Me alegró dejar el tema. A la mañana siguiente, sin embargo, tuve una


verdadera sorpresa.

La señorita Edge, mi enfermera de día, era una chica amistosa que había
adquirido el hábito de cotillear conmigo sobre la gente y los acontecimientos del
hospital. Después de la noche la saludé con alivio. Incluso me atrevería a
decirle, pensé, que el nuevo médico me puso los pelos de punta.

—¿Has visto al doctor Zingler? —comencé tentativamente mientras mojaba mi


paño, como preparación para lavarme la cara.
—¿Doctor ¿Zingler? —respondió ella con una rápida mirada de placer y lo que
parecía ser un sonrojo—. Él es del tipo que hace que la rutina sea más fácil.
Guapo, también, ¿no? ¿Lo has visto?

—Sí —vacilé—. Lo he visto.

No dije más. Seguramente debía hipnotizar a las enfermeras. Esa palidez gris,
esos rasgos de máscara… ¿hermoso? Volví la cara hacia la pared y me quedé
cavilando. Mi pie estaba mejor. Tuve tiempo para preguntarme si necesitaba
sentir una mayor preocupación. ¿Anoche había sido una pesadilla y el nuevo
doctor «guapo» un horrible ghoul? No, no, ¿en qué estaba pensando? ¡Cosas que
no eran posibles! ¿Había sido víctima de una obsesión, de una alucinación?

La mayor parte de la mañana estuve cavilando, y luego escuché algo que me


hizo olvidarme de mí misma.

El médico a quien estaba acostumbrada a ver en sus rondas diarias, el doctor


Rountree, llamó un poco después de las 3. Al igual que la enfermera Edgeworth,
ocasionalmente se quedaba para charlar un rato. Hoy, sin embargo, supe de
inmediato que tenía algo importante en mente, algo, tal vez, de lo que dudaba en
hablar.

—¿Has escuchado las noticias sobre ese paciente de cáncer? —empezó.

—No.

Creo que había horror en mi voz. En mi mente había una imagen de una figura
gris acechando, deslizándose por la puerta detrás de la cual se pronunciaron esos
gemidos desesperados. Creo que estaba preparada para algo espantoso, algo
increíblemente horrible, ciertamente no para las siguientes palabras del doctor
Rountree.
—Es algo así como un milagro, al parecer —dijo—. Sabes, no hablamos de
estas cosas, pero este era un caso perdido. No podíamos volver a operar y la
cosa todavía estaba royendo sus entrañas. Incluso los opiáceos habían perdido su
poder de alivio. La has oído gemir a pesar de ellos. ¡Pero hoy! ¿La has oído?
¡Escucha!

Escuché. Era cierto, no la había oído. El hombre del otro lado del pasillo seguía
gimiendo. El niñito que había perdido las amígdalas también. La paciente de
cáncer había estado en silencio toda la mañana, como lo estaba ahora.

Nuevamente sentí una recurrencia de mi primer horror.

—¿Murió?

El doctor Rountree negó con la cabeza e hizo un rápido gesto con la mano que
utilizaba en momentos de gran entusiasmo.

—¡Oh, no! —dijo rápidamente—. Mejoró tanto que hemos descontinuado todos
los opiáceos. Está totalmente consciente y sin dolor. Un milagro, positivamente.
Anoche tomó un opiáceo, dice, aunque no está en su expediente. Estaba
semiinconsciente y no sabe quién se lo había dado, pero no lo ha necesitado
desde entonces. Y también se siente más fuerte; el mero cese del dolor, supongo,
le ha dado la voluntad de vivir. Si sigue así su herida sanará y dentro de dos
semanas saldrá. ¡Nunca he visto nada semejante!

—El doctor Zingler entró en su habitación. Él había querido darme un opiáceo y


debió haberle dado a ella el suyo —dije—. Él es... bastante difícil de mirar, ¿no
es así?

El rostro del doctor Rountree mostró perplejidad.

—No sabía que Zingler estaba anoche, pero creo que dejaría los opiáceos a las
enfermeras —dijo brevemente—. En cuanto a su apariencia, eres la primera
chica que escucho expresar una opinión contraria. La mayoría de las enfermeras
parecen pensar que es una Belleza de Atlantic City.

Traté durante el resto del largo día de alegrarme de la buena fortuna de mi


vecina. No pude. Solo podía pensar con una especie de temor menguante en el
«guapo» Dr. Zingler deslizándose en la oscuridad de la noche. Por supuesto, fue
solo una coincidencia que el médico gris le hubiera administrado el último
opiáceo a la mujer y que al día siguiente hubiera estado milagrosamente mejor.
Sólo coincidencia. Sin embargo, me dije a mí misma que preferiría morir antes
que ser curada milagrosamente por el Dr. Zingler.

Llegó la noche.

Una vez más, la luz roja en el salón se vislumbraba siniestra, ominosa, y las
sombras que proyectaba eran macabras. Mi pie estaba mejor, todavía una cosa
torturada por el fuego y la angustia, pero definitivamente mejor. Si hubiera
llamado para pedir un sedante podría haberme dormido. Pero no quería dormir,
aunque sabía que el sueño era necesario para mi recuperación. Me horrorizaba
dormir y despertarme para ver un pie largo y estrecho presionando el umbral de
mi puerta, ver una figura gris arrastrándose allí.

Habría dado un mundo por poder cerrar mi puerta por dentro. Como eso era
imposible, la dejé abierta como de costumbre y mantuve la vista fija en la luz
oblonga, roja y opaca.

Hora tras hora. El hombre del otro lado del pasillo gemía entre delirios sobre el
accidente que lo trajo aquí. No un choque automovilístico, sino un tren
descarrilado. Lo había leído. Solo unos pocos pasajeros resultaron heridos, pero
la esposa de este hombre, Mary, había muerto. Estaba gritando su nombre en
voz alta, llamándola. ¡Noches de hospital! ¿Por qué nadie lo atendía? La señorita
Wurt estaba de servicio, por supuesto, leyendo en algún rincón tranquilo. Si
escuchó los gemidos, no le importó.
Y entonces supe que alguien iba hacia su habitación, porque escuché pasos, y
eran los pasos lentos y deslizantes del Dr. Zingler. Una puerta se abrió y se
cerró. Después de un rato, los gemidos se cortaron de repente, como si hubiera
intervenido una pared aislante. Me quedé escuchando hasta que, después de
mucho tiempo, esos pasos resbaladizos se deslizaron por el corredor. No se oyó
ningún gemido mientras se retiraban, yendo en la dirección opuesta a mi puerta,
¡gracias a Dios!

Silencio. La víctima podría haber tenido su garganta cortada. A la mañana


siguiente, sin embargo:

—¡Ni te imaginas las cosas que están pasando en este hospital! —señorita
Edgeworth lloró cuando trajo mi termómetro matutino—. Lástima que no hayas
venido por un milagro. Te estás recuperando, pero lentamente. No como el caso
del otro lado del pasillo, quiero decir, el del accidente ferroviario.

—El hombre del accidente del ferrocarril... oh, ¿qué fue de él? —mi voz sonó
aguda por la ansiedad, y la señorita Edgeworth mostró sorpresa y un poco de
desaprobación.

—Estás adivinando mal cuando preguntas qué ha sido de él en ese tono —dijo
—. Lo que se ha pasado es que una condición de columna casi sin esperanza se
mejora milagrosamente. Él está sin dolor. Puede mover las piernas debajo de las
sábanas cuando pensamos que ya no podría caminar. ¡Eso es lo que fue de él!

Volví la cara hacia la pared porque no podía sonreír, no podía mostrar la


emoción humana decente ante el indulto misericordioso de otro. ¿Por qué?
Porque mi mente solo podía imaginar una cosa: el sonido de esos horribles pasos
resbaladizos la noche anterior, la imagen que había visualizado de una forma
larguirucha y una calavera gris que se arrastraba por la puerta del hombre
delirante, saliendo, dejando el silencio atrás.

¿Qué tipo de opiáceo dispensó el nuevo médico, que no solo alivió el dolor, sino
que curó desde el cáncer hasta una espalda lesionada? Bueno, por supuesto que
no había conexión; si la hubiera, debería estar honrando al doctor gris como un
hacedor de milagros. Pero no lo hice. Sentí más horror que nunca hacia él, y ese
horror ahora se extendía a los dos que se habían recuperado tan extrañamente
después de sus visitas nocturnas.

Ni por todo el oro de la casa de la moneda habría entrado en la habitación del


paciente de cáncer, o en la habitación del hombre que había estado en el
accidente del tren.

Las siguientes dos noches dormí pesadamente. Mi pie mejoraba más


rápidamente, y estaba agotada de dolores y de vigilias nocturnas. Cierto, cerré
los ojos con una sensación de peligro circundante de algún tipo extraño,
inimaginable, pero los cerré de todos modos y los abrí solo cuando el amanecer
invernal se deslizó por mis ventanas. Creo que le debí dar un verdadero susto a
la señorita Edgeworth. Simplemente había mencionado al niño al que le habían
quitado las amígdalas.

—Rodney Penning, el pequeño caso de la amigdalectomía… —comenzó.

Agarré su brazo con un apretón que debió doler.

—¿Ha tenido una mejora repentina y extraña? —pregunté en un tono que sonó
desagradablemente en mis propios oídos.

La señorita Edgeworth apartó su brazo.

—Creo que me ha magullado, señorita Wheaton —dijo con reproche—. Debo


hablar con la jefa de enfermeras sobre un sedante para usted. No sé por qué
debería estar tan nerviosa ahora que su pie está tan bien. En cuanto al pequeño
Rodney Penning, no entiendo su pregunta. Por supuesto que ha mejorado.
Muchos niños salen del hospital el día de una amigdalectomía. El pequeño
Rodney se va a casa mañana.
Apenas puedo escribir sobre el horror de esa mañana. Aún puedo oír los gritos
de la madre del pequeño Rodney cuando el pequeño apareció muerto.

El muchachito había llorado lastimosamente después de la operación en la


garganta. Esa herida era una agonía para un niño, pero fue misericordiosa: ese
corte se había hecho bajo anestesia. No hubo anestesia cuando la garganta recién
curada fue cortada limpiamente desde el exterior, de modo que su cabeza estaba
casi separada del tronco, dejando un gran charco de sangre bajo el tragaluz de la
ventana. ¿El tragaluz? Sí, allí fue donde se encontró el cuerpo, una mancha
negra informe contra el cielo pálido y estrellado de la madrugada.

Pero lo peor de todo aún no lo he escrito. Lo peor también encierra el mayor


misterio.

Sin duda, el pequeño Rodney Penning había sido asesinado por un demonio,
porque su cuerpo estaba atravesado por una barra de hierro en forma de aguja,
que tenía en el extremo puntiagudo una lengüeta que sugería un anzuelo. Y al
extremo más romo de la barra se unía una fina pero fuerte cuerda de acero. Era
como si un maníaco obsesionado con el inofensivo deporte de la pesca hubiera
jugado a usar carnada humana. Sólo que, de ser así, apenas a media milla del
hospital golpeaba el oleaje del Atlántico. Entonces, ¿por qué eligió el techo del
hospital para llevar a cabo su sombría parodia?

Escribir esto me ha puesto bastante enferma. Si no hubiera sido por este horror,
pronto podría dejar el hospital. La condición de mi pie ahora me permite
moverme con muletas. Pero mi médico dice que estoy demasiado cerca de un
colapso nervioso para permitir que me den de alta. Y además me ha aparecido
una erupción en el cuerpo que requiere observación. Sigo una dieta especial y
todo el mundo es particularmente atento y considerado, incluso la señorita Wurt.
Pero no veo cómo puedo mejorar con este horror agarrando mi corazón.

No querían decírmelo, por supuesto. Pero escuché los gritos de la madre del
pequeño Rodney y le saqué la verdad a la negra Hannah, que trae las bandejas
de los pacientes. Estaba histérica entonces, y por algo que me dijo el doctor
Rountree debo haber dicho algunas cosas terribles sobre el doctor Zingler. Los
ojos del doctor Rountree son oscuros y muy profundos, y pueden ser muy
amables, pero sé que quería que me tomara muy en serio lo que dijo.

—No hable de sus sentimientos sobre el doctor Zingler, señorita Wheaton, con
nadie. Mucho mejor aún, nunca hable del doctor Zingler en absoluto.

Ojalá tuviera amigos en esta ciudad. Ojalá me pudieran trasladar de inmediato a


otro hospital. No creo poder arreglar tal cosa desde adentro. Se lo hablé a mi
médico, que es un gran especialista y, por supuesto, muy impersonal. Sus ojos se
entrecerraron mientras me respondía, y supe que me estaba estudiando,
considerándome como un caso, no como un ser humano.

—No puedo ordenar que todos mis pacientes salgan del hospital debido al
miedo, señorita Wheaton, porque no lo atribuyo a ninguna negligencia por parte
de los funcionarios del hospital. Ninguno de los otros pacientes sabe de esto.
Chismea demasiado, hace demasiadas preguntas, indaga demasiado en lo que
sucede en el hospital. A eso hay que agregar una desafortunada tendencia de su
parte a tomar aversiones personales, y las más irrazonables. No hay motivo para
que conciba semejante aborrecimiento por el doctor Zingler, y menos para que
lo desacredite, en un ataque de histeria, de ser un asesino.

Volví la cara hacia la pared. Cuando entró la jefa de enfermeras, una persona
que parece tener bastante autoridad, dije dócilmente que me gustaría que me
trasladaran a otro hospital. Ella solo dijo:

—El doctor Smythe-Bums quiere que te quedes aquí. Te haremos sentir más
como tú misma en poco tiempo. El doctor ordena que continúes su sedante
nocturno. No tendremos más blues de medianoche.

Martes 26 de noviembre:

Anoche tuve una pesadilla.


Soñé, de la manera más realista, con una figura que entraba sigilosamente por
mi puerta, arrastrándose sobre pies largos y extrañamente deslizantes, y llevando
en una mano gris y huesuda una hipodérmica. La figura se acercó a mi cama y,
por un supremo milagro de la voluntad, abrí la boca y respiré con dificultad para
lanzar un grito que hubiera despertado a todo el piso, sino a todo el hospital,
mientras mi pesada mano se movía espasmódicamente para agarrar el cordón de
campana. Por un momento mis ojos se encontraron con los ojos hundidos en el
rostro gris inclinado sobre mí. Esos ojos a los que miré eran fríos como los de
una serpiente, absolutamente inhumanos, pensé.

Después de un rato, los ojos cambiaron de expresión. La figura delgada y gris se


encogió de hombros y se alejó. Luego, ¡gracias a Dios!, me dejó. Pero tenía una
especie de conocimiento de que significaba esperar hasta el momento en que
dejaría de despertar.

Sondeé a la señorita Edgeworth sobre la potencia del sedante que estoy


recibiendo. Dice que es suficiente para mantenerme en un sueño profundo toda
la noche. Si me atreviera a contarle lo de anoche… pero de alguna manera no lo
hice, después de la advertencia del Dr. Rountree. Le pedí a mi médico, cuando
vino, que redujera la fuerza del sedante, diciendo que no me gustaba dormir tan
profundamente. Sacudió la cabeza y dijo que superaría mis fantasías nerviosas y
me aseguró que todas las entradas y salidas y las escaleras de incendios están
siendo patrulladas.

Debo dejar de pensar en estas cosas, pero dudo que alguna patrulla corriente
pueda atrapar al doctor gris.

Miércoles 27 de noviembre:

Hice un último intento hoy y fracasé.


No sé por qué había dudado en pedir la intervención del Dr. Rountree. Tal vez
porque me gusta mucho. Cuando te sientes hundida en un horrible pantano de
pavor y terror, no hay mucho tiempo ni energía para ignorar las cosas reales.
Vincent Rountree ha llegado a ser una especie de símbolo para mí, un símbolo
de todo lo que es sano y normal, humanamente saludable, compasivamente
tierno y fuerte. Creo que a él también le gusto. A veces me he estado estudiando
en un espejo de mano, preguntándome por qué debería gustarle, ya que el azul
oscuro de mis ojos se ve demasiado triste con las ojeras que la preocupación ha
creado debajo de ellos. Todavía tengo el pelo sedoso y ligeramente castaño, pero
la fiebre y las sacudidas me han arrancado los rizos naturales y, aunque no tengo
la erupción, mi cara está blanca y demacrada.

Era tarde cuando se detuvo para la charla de dos minutos que espero con ansias,
y la luz del sol que entraba oblicuamente en mi ventana ya tenía el tinte brumoso
de una puesta de sol de principios de invierno.

—¿Podría hacer algo, Dr. Rountree, en su calidad de médico interno? —


comencé.

Su respuesta puso fin a mi última esperanza.

—Señorita Wheaton, ya lo he intentado. Le sugerí a su médico, mucho más


fuerte de lo que permite la etiqueta, pero la situación es delicada. Tiene miedo
de ofender a las autoridades del hospital sin motivo. Si le dieran el alta y
llamaran a otro médico, la situación sería muy parecida. Espero que trate de
tomárselo con la mayor calma posible, porque realmente todos los pacientes en
este hospital deberían estar seguros ahora. Es cierto que se están tomando
precauciones especiales, en cuanto a la salida de visitantes, etc.

No contesté. La brumosa luz amarilla del sol se desvanecía rápidamente, y con


ella mis esperanzas. De repente, un pensamiento se formó en mi mente: que no
debería dejar el hospital en absoluto, no vivir. Deseé haber muerto por
envenenamiento de la sangre. Eso no es tan espantoso, no es tan espantoso como
algunas otras cosas.
Vincent Rountree salvó el oscuro abismo de mis pensamientos hablando casi
con timidez.

—Sólo gané un punto: el permiso para pasear una tarde en mi coche, en caso de
que accedieras a ir. Te descansaría y te refrescaría...

¡Qué terriblemente equivocado estaba en esa conjetura!

Jueves 28 de noviembre:

Ha pasado otra noche agotadora y llega la mañana, una mañana de lluvia


torrencial y viento que aúlla en los rincones del hospital como un alma en pena.
Fue un día apropiado para la culminación de los horrores. A las 7 de la mañana,
hora en que las enfermeras de día relevan el turno de noche, escuché a una de las
niñas llorar amargamente. Hubo mucho movimiento alrededor, luego las voces
subieron y bajaron rápidamente. Después de media hora hubo un silencio. Un
silencio como el que espero nunca volver a escuchar. Fue como el acecho
repentino de la muerte misma en medio de un grupo de seres conscientes.

Mi corazón latía fuertemente mientras escuchaba sola en mi habitación. Y luego


escuché sonidos de sollozos, de más de una persona sollozando.

Una de las enfermeras nocturnas había llegado al final del pasillo donde estaba
mi habitación para alejarse de las demás, supongo. Ella no vio que mi puerta
estaba abierta, ni siquiera la miró. Se apoyó contra la pared, temblando de pies a
cabeza, sin intentar cubrirse la cara. Sus brazos colgaban flácidos, como si no
hubiera vida en ellos. Su rostro estaba tan demacrado y contorsionado por la
angustia que su propia madre no la habría reconocido, y sus ojos muy abiertos
parecían mirar fijamente como un espectro. No hubo lágrimas que aliviaran sus
sollozos silenciosos y desgarradores.
Cuando no pude soportarlo más, llamé a la niña, y ella vino como si estuviera
caminando en sueños.

—Por favor, ¿quieres decirme qué ha sucedido? —rogué.

Todavía con esa forma de sonambulismo, me respondió, sus palabras sonando


como las palabras de una cosa aprendida de memoria:

—Estoy… estaba… a cargo de la guardería nocturna… los pequeños, los recién


nacidos, ya sabes. Anoche, después de la última comida, me quedé dormida. De
alguna manera me quedé dormida, por lo que nadie supo lo que sucedió hasta
que llegó el turno de día.

—¿Y... qué ha pasado? —pregunté a pesar de mi misma, con la lengua pegada al


paladar.

—Uno de los bebés, el más pequeño, un bebé de dos días...

De repente una realización pareció golpear a la niña. Yo era una paciente Ella
era enfermera. Había dicho demasiado para detenerse ahora, pero no debía
decirme nada demasiado espantoso.

—Un bebé fue secuestrado anoche —terminó sin convicción.

—¡Secuestrado! Es una cosa terrible, espantosa.

No he olvidado al pequeño Rodney Penning.

Tarde:
Uno de las amigas de la desafortunada enfermera vino a buscarla y se la llevó.
Durante todo el fatigoso y triste día de lluvia torrencial, la penumbra fue como
una neblina maligna en el hospital. Esta vez, nadie pudo olvidar la tragedia. Las
enfermeras rara vez hablan juntas y, si lo hacen, parecen temerosas del sonido
de sus propias voces.

Un pensamiento egoísta vino a darme alivio: que ahora Dr. Smythe-Bums


aprobaría mi remoción. Pero la etiqueta hospitalaria y profesional es demasiado
profunda para que yo la entienda. De todos modos, el Dr. Smythe-Burns no ha
estado hoy y tendré que esperar a su próxima visita. Otra cosa interesante sobre
la etiqueta del hospital es que no puedes llamar a tu médico desde el hospital.
Cualquier cosa que necesite saber sobre ti, alguien más se lo dirá. En cualquier
caso, no puedes.

Mientras escribo, hay una congregación de médicos y enfermeras frente a la


puerta cerrada del paciente más ansioso de enfrente. Hace un rato los escuché
reunidos afuera de otra puerta en el pasillo. Me pregunto qué habrá pasado para
excitarlos, porque estoy segura de que parecen excitados. Al menos la mujer que
tenía cáncer no ha desaparecido, ni ha vuelto a tener dolor. La vi a través de su
puerta entreabierta esta mañana, comiendo un abundante desayuno.

Esas caras preocupadas fuera de su puerta se vuelven más y más graves.


Seguramente este día no puede soportar una carga más pesada.

No puedo oír las voces al otro lado del pasillo. Me alegro. No quiero
escucharlas. Si se conocen más percances negros, quiero evitarlos. Casi he
llegado al punto en que no puedo soportar más.

Ahora están hablando más fuerte. Me temo que oiré algo que no quiero oír.

—Dr. Fritz, no nos atrevimos a pronunciarnos sobre un asunto tan grave hasta
que tuvimos su opinión.
—Y al mismo tiempo el paciente de la 26, el caso del accidente ferroviario.

—Ambos se habían recuperado milagrosamente, ¡lástima, terminar así!

—¡Pero, la coincidencia!

—Su esposa estará desconsolada. Difícil decírselo, pero no hay otro curso
posible que el aislamiento inmediato.

—Pueden ser enviados mañana. Hay una pequeña colonia.

—¡Entonces, podría desaparecer repentinamente, tomar esta forma!

—Enfermera, serías una científica investigadora muy imaginativa. ¡Ciertamente


no!

—Pero para que ambos tengan…

Antes de escribir la palabra, me desmayé.

Había escrito, no todo lo que escuché decir, pero tanto como pude. Al final me
desmayé, no sé cuánto tiempo he estado inconsciente. Pero ahora debo terminar,
debo escribir esa horrible palabra: ¡Lepra!

El médico gris. La hipodérmica se llenó de una sustancia extraña que olía a


suciedad, que también tenía la intención de inyectármela en las venas. ¡Dr.
Zingler, el doctor gris, el demonio gris! No debo hablar de estos horrores; de las
cosas que estoy pensando, a nadie.
Mi mano tiembla tanto que apenas puedo escribir, y estoy sollozando, sollozos
secos y desgarradores como los de la enfermera esta mañana. Pero los míos no
son silenciosos. Debo guardar este cuaderno porque estoy perdiendo el control
de mí misma. Alguien viene...

Gráfico de la paciente Marion Wheaton, 28 de noviembre de 1929.:


Delira como resultado de recientes catástrofes en el hospital. Sin embargo,
también muestra aberración mental, acusando a uno de los médicos de crímenes
horribles y fantásticos. Se ordenó su detención para observación por un corto
tiempo, luego, al no mejorar, traslado a una institución psiquiátrica. El médico
que es el sujeto de la alucinación se ha mantenido alejado de su presencia. Al
Dr. Rountree se le da permiso para sacar a la paciente cuando el clima lo
permite.

Diario de Marion Wheaton, 29 de noviembre, 10 p. m.

Ahora guardo este pequeño cuaderno en el bolsillo de mi bata. Tengo la


sensación de que algún día puede proporcionar pruebas importantes, tal vez
después de que me hayan encerrado en un manicomio, o tal vez después de que
muera. Esto último parece ser lo más probable. Siento que mi vida, mientras me
quede aquí, pende de un hilo. El traslado, incluso al manicomio, sería
misericordioso. Dudo si viviré para conocer esa misericordia.

Esta noche, el Dr. Rountree me llevó a dar un paseo que iba a calmar mis
nervios. Gracias a Dios, al menos él sabe que mi mente no está desquiciada.
Incluso me habla abiertamente de las cosas que se supone que me deben ocultar,
y eso hace mucho para restaurar mi equilibrio mental y confianza en mí misma.

—No puedo entender tus sentimientos hacia Zingler —dijo—. Lo encuentro un


tipo agradable. Sin embargo, inténtalo de nuevo, inténtalo aún más, para no
referirte a ese sentimiento. En cuanto al hospital, seguramente conoces los
rumores. De hecho, la noticia se filtró; todos en el hospital han oído hablar de
eso. Los pacientes de las habitaciones 19 y 26 desarrollaron lepra de una manera
inaudita, como si una planta nociva echara raíces y creciera hasta la madurez en
el transcurso de una noche. ¡Un cambio inaudito en los tejidos humanos!

»Sin embargo, el nuevo misterio de hoy es simplemente este: el hombre de la 26


ha sido trasladado a una colonia de leprosos; la mujer de la 19, sin embargo, ha
desaparecido.

Lancé un grito repentino y sobresaltado.

—¡No! —me tranquilizó rápidamente—. No es otro asesinato, simplemente una


desaparición. Su esposo parece completamente desconcertado; pero de alguna
manera alguien la ha salvado del encarcelamiento, supongo. Una lástima
también, ya que la lepra ahora puede curarse a menudo.

Me recosté en mi asiento. El viento del mar estaba en mi cara, me sentí relajada


por primera vez en días. Pero, por supuesto, no podía olvidar.

—No quiero detalles horribles —dije—. Pero sobre el... el pequeño bebé que
fue... secuestrado... ¿hay alguna pista?

Vincent Rountree asintió.

—Una pista que apunta a la hipótesis de que el maníaco puede ser un fanático
religioso —dijo brevemente—. En una parte plana del techo se encontró una
especie de altar...

¿Es probable que un doctor en medicina sea un fanático religioso? ¿Podría,


después de todo, estar equivocada?

Me sentí temblar, y él también lo sintió cuando su brazo tocó el mío.


—¡Trata de olvidar! —instó—. Después de todo, hay otras cosas, cosas bellas.
La noche, las estrellas, el mar. ¡Tú!

Aparcó el coche cerca de la playa. Ahora puedo caminar con un bastón, así que
lo tomé del brazo y caminamos por la arena.

¡Dios! ¡Caminamos por la arena!

Fui yo quien vio, atrapado contra una de las rocas secas de un embarcadero por
encima del nivel de la marea alta, algo. Algo: una madeja de pelusa blanca a la
luz de las estrellas. No, no era exactamente eso. Era algo parecido al cabello
humano. Un mechón de cabello blanco grisáceo, arrancado brusca o
descuidadamente de la cabeza de una mujer.

Fue Vincent, entonces, quien vio cómo la arena estaba revuelta, áspera y
dispareja, en un parche irregular de unos seis pies de largo y dos o tres pies de
ancho. Ambos sentimos que era necesario —un deber, al menos— asegurarnos,
investigar, descubrir si había algo escondido debajo de ese rectángulo de arena
revuelta.

Esperé solo a cierta distancia, de espaldas. Vincent vino a mí muy pronto. Su


rostro estaba lívido a la luz de las estrellas y parecía enfermo.

—Soy médico y he visto cosas... —comenzó, luego se recompuso—. Ambos


seremos llamados como testigos de esto, pero debes irte. Estaba... muy cerca de
la superficie. Era la mujer que tenía cáncer, la que tenía lepra. Su desaparición
no fue un escape.

De regreso en el hospital, me llevaron directamente a mi habitación y me


prepararon para la noche, con el sedante habitual, a menos que, quizás, lo hayan
reforzado en vista de la experiencia que acabo de comentar. He escrito esto en la
cama y deslizaré el cuaderno en el vestido de crepé que llevo puesto.
La hora de visitas ha pasado. Las luces del pasillo están apagadas, excepto la
tenue luz del otro extremo del pasillo y la espeluznante luz roja más cercana que
siempre me ha desagradado, como si supiera que en algún momento iluminaría
algo que me aterrorizaría. ¿Esta noche es la noche? Más que nunca, tengo
miedo. ¡Esa luz roja! La luz de la mañana que brillaba a través de la claraboya
manchada de sangre sobre la sala de operaciones la mañana en que Rodney
Penning yacía allí asesinado debe haber sido de ese color.

Desearía poder quedarme despierta, esta noche de todas las noches.

Ojalá por algún feliz milagro pudiera saber que por esta noche esa figura gris
estaba fuera de los muros del hospital.

Siento que esta noche debo mantenerme despierta. Pero, ¿puedo?

No puedo. Yo voy...

Última entrada en el diario del hospital de Marion Wheaton. Escrito entre la


medianoche y las 2 a. m. del 28 de noviembre.

En el poco tiempo desde que se fue he estado orando por misericordia. No


puedo sentir que mis oraciones serán contestadas. ¿Hubo misericordia para el
pequeño Rodney Penning? ¿Para el bebé recién nacido sacado de la guardería?
¿Hubo misericordia para la mujer que tenía cáncer?

Existe la posibilidad de que pase por alto el pequeño diario y el lápiz que están
metidos en el bolsillo de mi vestido. En ese improbable caso, esto servirá como
prueba.
Debo apresurarme. En cualquier momento volverá. Está en el techo junto a la
claraboya, y puedo oírlo murmurar una especie de cántico. Tiene, entonces, una
manía religiosa. Pero el demonio es el doctor Zingler.

Me desperté para encontrarlo inclinado sobre mí, y me desperté demasiado


tarde. Me metió un gran pañuelo en la boca antes de que el terror hubiera
luchado contra mi estupor. Pero esta noche no tenía hipodérmica.

—Un cebo grande, debe querer un sacrificio mayor —dijo.

Sus ojos no eran humanos. Eran tan despiadadamente crueles como los ojos de
una serpiente.

Presionando el pañuelo en mi garganta de modo que estaba medio estrangulada,


me arrastró de la cama y me llevó por el pasillo. La señorita Wurt nos vio; pasó
junto a las escaleras justo cuando él empezaba a subirlas, nos vio y retrocedió
horrorizada. Pero ella no hizo ningún movimiento para ayudarme, solo se
encogió. Tampoco ha dado ninguna alarma. ¡Dios me tenga piedad! He estado
atada a la mesa de operaciones por los tobillos y el cuerpo durante media hora
esperando su regreso con ese cuchillo afilado que eligió antes de salir y llegar al
techo y comenzar cantar.

Su voz se eleva mientras canta. Pronto, ahora...

Es peor que un demonio y un maníaco. Está aliado con los poderes superiores
del mal.

Mientras cantaba, vi una Cosa a través de la claraboya. No puedo pensar en


ninguna palabra para eso. Pareció descender de repente, como desde una gran
distancia, como si un monstruo hubiera emergido del frío abismo entre las
estrellas. Y era del tamaño de un monstruo, por lo que solo vi una pequeña parte
de él, una especie de proyección enorme y pulsante que presionaba contra la
claraboya, y en la que había algo que podría haber sido un ojo o una boca. Yo
creo que era ambas cosas. Una boca que ve; un ojo que puede devorar.

El doctor gris no debió esperar mucho porque escuché pies corriendo en el


techo, y ahora lo escucho afuera de la puerta de la sala de operaciones, buscando
la cerradura. La había cerrado con llave. Solo tomará un instante...

¡Que Dios, que seguramente reina en algún lugar más allá de las blasfemias
inmundas como las que acechan en el espacio, tenga piedad de mi alma!

Y si se acepta este testimonio, no traten al Dr. Zingler como un maníaco


ordinario. Él es...

Sí, el doctor gris es un demonio, ¡un demonio loco! Me descuartizará aquí, y


moriré tratando de gritar con esta mordaza en la boca; moriré en una agonía y un
terror indescriptibles, y después simplemente lo buscarán en algún lugar.

Extracto del testimonio de la enfermera Wurt tras su confesión.

Por supuesto, yo sabía que «el doctor gris» no era el Dr. Zingler, aunque yo
estaba de turno de noche y el Dr. Zingler rara vez estaba en el piso por la noche.
Este extraño apareció, no supe cómo. Me hizo el amor. Nunca me habían notado
de esa manera antes. Algunas mujeres nunca lo son. Las otras enfermeras tenían
aventuras, yo nunca.

Lo dejé frecuentar mi piso en contra de las normas. Cuando ocurrió el primer


crimen, no creí que fuera él. Más tarde, tuve miedo, miedo de él y de confesar
que había estado permitiendo la presencia de un hombre completamente
desconocido para mí, para cualquiera.
Cuando cargó a la señorita Wheaton escaleras arriba, lo supe, pero entonces tuve
miedo de gritar.

Declaración del Dr. Rountree ante el Comité de Investigación del Hospital.

Estoy exponiendo ante el comité la confesión del Asesino Gris, como se le ha


llegado a llamar, o El Doctor Gris, como lo llamó la Srta. Wheaton, pobre niña,
cuando las autoridades del hospital consideraron oportuno agregarle el peligro
de ser juzgada demente. Se recordará que la policía no podía obligar al Asesino
a confesar; que solo yo pude obtener su notable declaración, espoleado por mi
ansiedad por corroborar las declaraciones del diario de la señorita Wheaton.
Esas líneas han sido llamadas «desvaríos». Debido al respeto que llegué a tener
por la señorita Wheaton, decidí buscar la corroboración de esas mismas
declaraciones.

Su confusión del Asesino con el Dr. Zingler es de lo más natural. Nunca había
visto al Dr. Zingler, y después de haber sido visitada por el Asesino, el
verdadero Dr. Zingler no pudo entrar a su habitación. Naturalmente, se sintió
segura de que la señorita Wurt habría sabido de la presencia habitual de
cualquier extraño, por lo que aceptó la declaración del Asesino en cuanto a su
identidad.

En lo más profundo de mi ansiedad por corroborar la historia de la señorita


Wheaton, me acerqué al Asesino disfrazado de amigo. Obtuve una confesión. Y
antes de que se juzgue que esta confesión está más allá de los límites de la
posibilidad, pediré urgentemente que se expliquen dos cosas: los pies del
Asesino y su forma de burlar la ley.

La confesión.
Nunca más volveré a casa, y todo será en vano. Sin embargo, fácilmente puedo
escapar del pozo en el que me he abierto camino. Siempre existe la última
salida.

Incluso para mí, que puedo considerar a toda la raza humana como ganado, la
enemistad que me rodea se vuelve difícil de soportar. Además, ¿por qué debería
sufrir el castigo y la muerte a manos de seres inferiores? Pero antes de entrar en
el gran olvido le daré mi historia al Dr. Rountree, el único que me ha tratado
como un hombre de conocimiento y no como un loco cuyo ingenio se ha
desviado.

Sepa, entonces, que mi hogar no está en la Tierra, sino en Horil, satélite que gira
alrededor de un sol que arde más allá de los estrechos límites de esta galaxia. ¿El
planeta Tierra es desconocido para los habitantes de Horil? No, porque los
astrónomos de Horil se comparan con los de la Tierra como el astrónomo más
grande de la Tierra podría compararse con un niño con unos prismáticos.

En Horil fui sumo sacerdote del Dios-Demonio del Espacio durante once siglos.
Nosotros, los de Horil, creemos que un gran Poder del Bien ha creado todas las
cosas, y que a Él se opone un Poder menor del Mal. Pero no adoramos en ningún
santuario a un Dios Desconocido en Horil, y el Dios-Demonio del Espacio es
muy real, uno de los más temidos de esos extraños seres que infestan el éter sin
huellas.

¿Sus características? En cuanto a la forma de adoración, prefiere el sacrificio.


Ha descendido a muchos altares en Horil para arrebatar de allí alimento vivo.

¿Su forma y naturaleza? Los biólogos de Horil están muy por delante de los de
la Tierra, como verás. Sin embargo, ni siquiera ellos comprenden la naturaleza
de los grandes habitantes del Espacio. Pueden absorber éter, pueden ser formas
de energía vibratoria, y no conocen la necesidad de respirar, siendo
electroquímicos en su naturaleza. Pero —ya sea que el Dios-Demonio respire o
no— come.
En cuanto a la forma, aquí hay una coincidencia para que los filósofos de la
Tierra reflexionen, paralela a ese fenómeno por el cual razas no relacionadas de
la Tierra encuentran nombres construidos sobre principios fonéticos similares.
La forma del Dios-Demonio de Horil y del Espacio se asemeja a la del monstruo
de las profundidades que los hombres de la Tierra han llamado pez diablo. La
señorita Wheaton describió fielmente la apariencia de uno de sus monstruosos
tentáculos, y tenía razón en su suposición de que el orificio en el extremo sirve
como boca y como ojo.

Así que mi deidad era un ser de poder y sustancia definidos, de conocimiento


sobre los confines del universo y de gran maldad. A Horil puede haber sido
atraído por la naturaleza psíquica de nuestra gente. Nos hemos vuelto poderosos
en conocimiento mientras retenemos hábitos comunes en la Tierra solo a las
razas más primitivas. El canibalismo se practica universalmente en Horil. El
Dios-Demonio ama los sacrificios y la matanza de hombres y mujeres. Por lo
tanto, empezó a frecuentar los altares de Horil, sus templos y los corazones de
sus hombres y mujeres. Ustedes de la Tierra dirían que el mal atrae al mal.

Durante once siglos fui su sumo sacerdote. En Horil, la única muerte viene por
canibalismo, o algún suicidio ocasional. Sin embargo, tarde o temprano, los
hombres de Horil mueren. Hay que proporcionar alimento para otros, o la vida
simplemente se agota. Así se equilibra el conocimiento y el carácter de los
rasgos destructivos, tal vez, para que el plan eterno del gran Desconocido no sea
frustrado…

Pero este no es el punto.

Por fin ofendí al Dios-Demonio. Robé de su altar… bueno, ella era hermosa, y
la palidez gris de su piel era como la luz del amanecer. El amor es raro en Horil,
pero me tenía en sus garras.

Después de que la hube desatado del altar, no nos atrevimos a entrar en la


ciudad: la habrían devuelto y yo habría preparado un festín para la familia real.
Huimos a los yermos. Y el Dios-Demonio, volviendo a Su altar, nos vio y nos
alcanzó en un gran campo pedregoso y vacío. Allí, mi amada fue apresada y
devorada ante mis ojos. Y yo…

No se pretendía tal misericordia para un sumo sacerdote infiel. Fui atrapado,


suavemente, en uno de los tentáculos monstruosos. La amplia y árida llanura
iluminada por las frías estrellas se desvaneció debajo de mí. Un hemisferio
entero de Horil yacía como un platillo sosteniendo el cielo, luego también se
encogió y se derrumbó. Mis sentidos me abandonaron, así como el aliento de
mis narices. Después...

Estaba tirado en un campo del planeta Tierra, que pronto reconocí por mis
conocimientos de astronomía escolar. ¿Cómo sobreviví al viaje por el espacio?
¿Quién sabe?

No me moriría de hambre, yo, un devorador de carne humana. Pero aquí hay que
explicar otra cosa. En Horil preparamos carne humana para el consumo. Hace
incontables siglos nuestros epicúreos desarrollaron un gusto por la carne de los
leprosos. A través del uso constante, hemos llegado a no comer otra carne, y por
alguna idiosincrasia fisiológica, nuestros estómagos no se adaptaron a otra
carne. Puedo comer carne no leprosa, pero me inflige terribles punzadas de
náusea.

Nuestros biólogos, entonces, desarrollaron una sustancia que implanta un cultivo


de lepra de rápido crecimiento en cualquier carne en la que se inyecta, y que al
mismo tiempo cura y restaura todos los tejidos corporales que sufren de
cualquier otra lesión. Así nuestra salud está salvaguardada. De ahí la curación
del hombre de la habitación 26, y de la mujer de la 19. De ahí el repentino
desarrollo de la lepra en estos pacientes. De ahí, el cuerpo enterrado y mutilado
en la arena. Estaba hambriento.

Los sacrificios en el altar del techo, por otro lado, eran sacrificios de
propiciación. Tenía la loca esperanza de atrapar al Dios-Demonio al que servía,
como los terrícolas de tribus primitivas, según he oído, voltean las imágenes de
sus santos para obligarlos a cumplir sus órdenes. Yo me atreví a más, esperando
literalmente enganchar al monstruo con una lengüeta de acero y un cable.
Despreció dos sacrificios.

Impulsado por el hambre, había preparado mi necesario festín. La chica de


profundos ojos azules que se entristecieron y aterrorizaron mientras me miraban
fue mi primera selección. Sin embargo, obedeciendo a un verdadero instinto, me
rehuyó. Así que preparé al hombre y a la mujer para mí y sacrifiqué a los niños.

Entonces me vino un nuevo pensamiento. Mis sacrificios habían sido demasiado


pequeños. Deberían haber coincidido con mi propia necesidad. Determiné
levantar una vez más un altar en el techo, y fijar en él el cuerpo degollado de la
muchacha de los ojos tristes y aterrorizados.

La señorita Wurt por fin se había atrevido a dar la alarma. No se volvió a hacer
ningún sacrificio en el techo y fui llevado cautivo, aunque pronto escaparé.

Comentario del Superintendente del Hospital R*, firmado ante testigos a pedido
del Dr. Rountree y Marion Wheaton.

La «Confesión» del hombre capturado casi en el acto de asesinar a la Srta.


Wheaton sobre una mesa de operaciones en nuestro hospital está más allá de
toda credibilidad.

Sin embargo, por la presente doy testimonio de dos cosas. Las entradas y salidas
del Asesino se hicieron a través de ventanas traseras que no estaban cerca de
escaleras o salidas de incendios. Esto fue posible porque subió por las paredes
del edificio, no escalándolas, sino caminando por ellas. Cuando se le quitaron
los zapatos, sus pies aparecieron como largos segmentos de los cuerpos de las
serpientes, y podían agarrar y escalar cualquier tipo de pared. Sus pies, dijo, eran
como los pies de todos los seres «humanos» en Horil; y que en la Tierra sus
zapatos fueron hechos especialmente. ¡Sus pies estaban enrollados dentro de
estos zapatos!
Asimismo, la forma de su suicidio está más allá de toda explicación. Había sido
registrado y vigilado cuidadosamente, por supuesto, y murió simplemente
conteniendo la respiración. No se sabe de ningún ser vivo en la Tierra que haga
esto, ya que en un cierto grado de debilidad la voluntad es reemplazada por
funciones automáticas.

El Asesino no podría ajustarse a la norma fisiológica de ninguna especie


conocida de la Tierra.
«El canal»: Everil Worrell; relato y análisis.

El canal (The Canal) es un relato de vampiros de la escritora norteamericana


Everil Worrell (1893-1969), publicado originalmente en la edición de diciembre
de 1927 de la revista Weird Tales, y luego reeditado en la antología de 1947:
Los durmientes y los muertos (The Sleeping and the Dead: Thirty Uncanny
Tales).
El canal, posiblemente uno de los cuentos de Everil Worrell más reconocidos,
relata la historia de un hombre melancólico, solitario, que deambula de noche
por los márgenes de un canal y se encuentra con una mujer misteriosa, de la cual
se enamora perdidamente, a punto tal que promete servirla incondicionalmente;
con la mala fortuna de que se trata de una vampiresa.
Lo más interesante de El canal de Everil Worrell es que utiliza una leyenda de
vampiros muy poco aprovechada en la ficción. Aquí, la vampiresa es menos
vulnerable a los crucifijos, al ajo, a los espejos, a la luz del sol, que al agua
corriente, en este caso, el agua del canal que fluye alrededor del refugio en el
que está atrapada.
El Canal de Everil Worrell es un excelente cuento de vampiros, y uno que
transita por un sendero completamente novedoso para el género. Es decir que no
solo se encuentra entre los grandes relatos pulp de mujeres, sobre todo dentro de
Weird Tales, sino que además ocupa un sitio de privilegio entre los más
ingeniosos relatos de vampiros el siglo XX.

EL CANAL
The Canal, Everil Worrell (1893-1969)

Al pasar por la ciudad dormida el río se arrastra; a lo largo de su margen


izquierda el viejo canal se lastra. Yo no pretendía que eso rimase, aunque el
escenario es poético —poético de una manera sombría, horripilante, como los
poemas de Poe. Lo conozco demasiado bien —he paseado con demasiada
frecuencia por el camino cubierto de hierba junto al reflejo de los árboles negros
y las chabolas medio derruidas y las lejanas chimeneas de las fábricas en las
perezosas aguas que se movían tan despacio, y dejaban de moverse del todo.
Siempre he tenido afición al vagabundeo nocturno. Como raza, los seres
humanos hemos llegado a ser demasiado inteligentes para tomar en serio
cualquiera de los antiguos e instintivos miedos que nos protegieron a través de
las generaciones precedentes. La única salvación que nos queda, por tanto, se ha
convertido en nuestra tendencia a viajar en rebaño. Erramos por la noche, pero
nuestro objetivo está en alguna parte, en las calles bien alumbradas o, a lo sumo,
en algún sitio donde los hombres no van solos.

Cuando viajamos a un lugar lejano, lo hacemos acompañados. A pocos de mis


conocidos, a pocos en toda esta ciudad, les gustaría andar a medianoche por el
camino recubierto de hierba de que he hablado, no porque tengan miedo de
hacerlo, sino porque semejantes cosas no se hacen ahora. Es peligroso ser
distinto. Es peligroso apartarse del camino. Porque los miedos que protegieron a
la raza humana en los albores del tiempo y a través de los siglos estaban
fundados en la realidad.

Hace un mes yo era un extraño aquí. Acababa de empezar mi primer trabajo. En


la primavera, tan sólo tres meses antes, me había graduado. Me sentía solo y lo
más probable es que me siguiese sintiendo así durante algún tiempo, pues he
sido siempre de carácter solitario. Me habían invitado al campamento de un
compañero de trabajo en la empresa en la que estaba colocado, un campamento
que estaba situado en el lado más distante del anchuroso río, del otro lado de la
ciudad y del canal, donde la orilla era escarpada y cortada a pico, y muy
frondosa, y donde las pequeñas tiendas de campaña brotaban como florecillas a
lo largo de los márgenes. Aquella orilla no era un lugar como para gustarle a un
hombre excéntrico y solitario. Pero la orilla más próxima, que habría parecido
horrible a los campistas de no haber sido el río tan ancho, esa orilla más
próxima, me atrajo a mí desde que la vislumbré por primera vez.

Nos embarcamos en una lancha de motor a cierta distancia río abajo, y


remontamos por la orilla más próxima para luego apartarnos de ella y cruzar la
corriente. Volví la vista hacia atrás. La negrura del agua estancada que constituía
el canal, el revoltijo de edificios bajos que había más allá, la estrecha lengua de
tierra, solitaria, plana, baldía, entre el canal y el río, los oscuros y dispersos
árboles que allí crecían: eso es lo que vi y me propuse ver más de todo ello.
Aquel fin de semana me aburrí, pero me desquité ya el lunes por la noche, la
primera noche en que, de vuelta en la ciudad, estaba solo y libre. Cené en
solitario, tan pronto como salí de la oficina, luego volví a mi habitación donde
dormí desde las siete hasta cerca de medianoche. Me desperté entonces de forma
natural pues estaba impaciente por explorar la seductora soledad que había
descubierto. Me vestí, salí decasa sin que me vieran, y en la calle puse en
marcha el motor de mi coche. Cuando aparqué en una calle pavimentada con
guijarros y llena de baches, qué descendía directamente a las aguas negras como
la tinta del canal, y crucé un estrecho puente, me sentí recompensado.

A los pocos minutos estaba pisando el antiguo camino. Mientras caminaba en


dirección contraria a la corriente, las miserables chabolas en las que vivían
gentes miserables del otro lado del canal parecían caminar conmigo, y luego se
quedaban atrás. El puente que había cruzado estaba cerca del final de la ciudad
yendo hacia el norte, mientras que el canal marcaba su extremo occidental.
Después de andar diez minutos, las miserables chabolas quedaron atrás, el río
estaba más lejos y la franja de tierra baldía era más ancha y estaba más poblada
de árboles, por cierto, de aspecto sórdido.

Lejano y débil llegó a mis oídos el sonido de una campana de la ciudad. Era
medianoche. Me paré, disfrutando de la desolación. Tenía el sabor que había
previsto. Permanecí algún tiempo mirando el firmamento, observando el lento
desplazamiento de las nubes, que eran visibles gracias al reflejo opaco y difuso
de las lejanas luces del centro de la ciudad, por lo que parecían tener una
misteriosa fosforescencia. El suelo, por el contrario, estaba totalmente
desprovisto de luz.

Había avanzado a tientas, con mucho cuidado, reconociendo el borde del canal,
en parte por instinto, en parte por la aún más perfecta negrura de sus aguas, y
manteniéndome bastante bien dentro del camino porque estaba sensiblemente
hundido respecto del terreno de al lado. Ahora bien, mientras estaba inmóvil en
ese sitio, con los ojos vueltos hacia arriba y la mente vagando sobre extrañas
fantasías, de repente, mi sensación de satisfacción dio paso a algo diferente.
El miedo era una emoción desconocida para mí, pues siempre me había sentido
atraído por las cosas que dan miedo al hombre. Pero,entonces, a lo largo de toda
mi espina dorsal percibí una sensación de escozor, de estremecimiento, como la
que mis antepasados debieron sentir cuando se les erizaba el pelo de la espalda.
Sabía que había unos ojos mirándome.

Estaba enteramente quieto, con la cara vuelta hacia el firmamento. Aunque con
esfuerzo, pude dominarme. Muy, muy despacio, para propiciar al poseedor de
los ojos invisibles con mi actitud despreocupada, bajé los míos. Miré hacia
delante, a la silueta levemente oscilante de las copas de los árboles, a la negrura
que era el canal, donde el reflejo de las nubes centelleaba confusamente y luego
desaparecía. Cuando me acostumbré a la oscuridad, discerní el contorno de un
viejo barco o barcaza, medio hundido en el agua.

¿Pero estaba yo soñando o había allí una figura vestida de blanco, sentada en el
techo del achatado camarote de popa, un pálido rostro en forma de corazón,
resplandeciendo de manera extraña desde la oscuridad?

Por supuesto, no podía haber duda en cuanto a los ojos. Brillaban como los ojos
de los animales en la oscuridad, con un resplandor tenue. Y la verdad es que yo
había oído contar que algunos ojos humanos tienen esa cualidad por la noche.
Aquel rostro tan delicadamente moldeado era el de una joven, sin la menor
duda. Lo veía cada vez más y más claro, o bien porque mis ojos se iban
acostumbrando a escudriñar las más profundas tinieblas, o a causa de aquella
fosforescencia de los ojos que me devolvía la mirada fijamente.

Levanté la voz suavemente, a fin de no romper demasiado el silencio de la


noche.

—¡Hola! ¿Quién está ahí? ¿Estás perdida, o te has quedado incomunicada?


¿Puedo ayudarte?
Hubo una breve pausa. Empecé a notar un leve chapoteo a mis pies. El viento
nocturno agitaba las oscuras aguas. El sudor me petrificaba, de manera que
empecé a tiritar sin poder dominarme.

—Puedes quedarte y hablar un rato, si lo deseas. Estoy sola, pero no estoy


perdida. Vivo aquí.

La voz era poco más que un susurro, pero me había llegado claramente: era la
voz de una joven. Y vivía allí, en un viejo barco abandonado, medio hundido en
las aguas estancadas.

—¿No estarás sola ahí?

—No, sola no. Mi padre vive aquí conmigo, pero está sordo y duerme muy
profundamente.

¿Se había hecho el viento nocturno aún más frío, como si nos llegase de un mar
invisible y congelado, o es que había algo en su tono que me helaba, al mismo
tiempo que una extraña atracción me empujaba hacia ella? Yo quería
aproximarme, perderme en los brillantes ojos que había visto relucir en la
oscuridad. Quería, sí, tomarla entre mis brazos, besarla.

Di un imprudente paso para acercarme más.

—¿Podría pasar a donde tú estás? —pregunté—. No me importa mojarme. Es


tarde, lo sé, pero me gustaría sentarme y charlar, aunque sea unos minutos, antes
de volver a la ciudad.

¿Fue la inconveniencia de mi petición lo que hizo que sus palabras pareciesen


un prolongado estremecimiento de protesta? Había algo extraño en la
modulación de su voz que me asombraba cada vez que hablaba.
—¡No, no! ¡Oh, no! No puedes pasar.

—Entonces podría ir mañana, o algún otro día. ¿Me dejarías entonces subir a
bordo, o quizá podrías bajar tú a tierra a charlar conmigo?

—No, durante el día no, nunca.

La intensidad de su negación, a pesar del tono apagado que utilizó, me volvió a


fascinar. No era, por tanto, lo impropio de la hora lo que le había dictado su
comportamiento, pues, evidentemente, cualquier chica con el menor sentido de
lo que se debe o no hacer hubiese preferido citarse durante el día que después de
medianoche. Sin embargo, de sus últimas palabras podía sacarse la conclusión
de que si yo volvía tenía que ser de noche.

—¿Por qué dices nunca durante el día? Si viniese de día y conociese a tu padre,
¿no sería eso lo mejor? Entonces podríamos ser amigos.

—De noche duerme mi padre. De día duermo yo.

—Dormís muy profundamente, tú y tu padre, ¿no es así?

—Sí, dormimos profundamente.

—¿Y siempre a horas diferentes?

—Sí, siempre. Estamos de guardia, uno de nosotros está siempre de guardia.


Nos han tratado muy mal, allá abajo, en tu ciudad. Y nos hemos refugiado aquí.
Y estamos siempre, siempre, de guardia.

Mi resentimiento se desvaneció y sentí que de nuevo me resultaba simpática.


Estaba tan pálida y tan conmovedora en la noche. Mis ojos iban aprendiendo a
atravesar más y más la oscuridad y me estaban dando una imagen mucho más
definida. La tristeza de la solitaria escena, la perfección de la propia soledad,
esas cosas contribuían a hacerla más conmovedora. Y además estaba lo extraño
del ambiente del que, aún entonces, no me había apercibido más que en parte.

Seguía el extraño frío que me hacía tiritar y que, no obstante, no se parecía al


saludable frío de una noche fresca. En realidad no me evitaba sentir la opresión
de la noche, que era especialmente bochornosa. Era como un ligero hálito mortal
que iba y venía y que, sin embargo, no alteraba la temperatura del aire en sí.
Pero tampoco era eso todo. Había un olor insalubre en la noche —un olor
húmedo, pestífero, que podía haber sido el hálito de la muerte y la putrefacción
—. Incluso yo, que era un conocedor de todas las cosas sórdidas y malsanas,
trataba de evitar que mi mente cavilase en demasía sobre ese olor.

Lo que debía de ser vivir respirándolo continuamente, no podía ni


imaginármelo. Pero, sin duda, la chica y su padre estaban habituados a él y, sin
duda, provenía del agua estancada del canal y de la madera podrida de la vieja
barcaza.

Al ver a la joven con más claridad se me hacía evidente que estaba


lastimosamente delgada. La ropa le colgaba como si fuesen harapos. Estaba
seguro de que su pálida carita en forma de corazón sería aún más bella si
pudiese verla de más cerca. Tenía que verla de más cerca.

—Éste es un sitio muy pobre para considerarlo un refugio —dije finalmente—.


Aunque se tenga muy poco dinero se puede encontrar algo mejor. Tal vez pueda
ayudarlos; estoy seguro de que podría. Si lo mal que os trataron en la ciudad fue
por vuestra pobreza, yo no soy rico pero podría ayudar con algo de dinero, o, en
todo caso, podría encontrarte un empleo. Estoy seguro de que podría.

Los ojos, que chispeaban a intervalos hacia mí como dos pequeños pozos de
agua iluminados intermitentemente por un cielo barrido de nubes, parecieron
brillar con más luminosidad. Había estado medio acurrucada, medio sentada, en
el techo del camarote, pero entonces se puso de pie de un salto con un
movimiento ligero, sinuoso, brusco, y dio varios pasos rápidos y desasosegados
hacia delante y hacia atrás antes de contestar.

—¿Crees que me ayudarías atándome a una mesa de escribir, encerrándome


detrás de unas puertas, lejos de la libertad, lejos del placer de hacer mi voluntad,
de vivir como quiero? Es preferible este viejo barco, es preferible una tumba
desierta bajo las estrellas.

Una sensación positiva de afinidad con aquel extraño ser, cuya cara apenas
había visto, se apoderó de mí. Yo mismo podría haber hablado así, eso mismo
había sentido yo con frecuencia, aunque nunca había soñado siquiera expresar
mis pensamientos tan enérgicamente. Mi reglamentado horario de la vida
cotidiana era algo en lo que pensaba poco: en realidad, únicamente vivía en mis
vagabundeos nocturnos. ¡Aquella chica tenía razón! Toda la vida debería ser
libre.

—Comprendo mucho mejor de lo que crees —respondí—. Quiero volver a


verte, llegar a conocerte. Por supuesto tiene que haber alguna manera de que
pueda serte útil. Desde esta noche en adelante, para siempre, no tienes más que
pedirme lo que quieras, ¡lo juro!

—¿Juras eso, lo juras de verdad?

Encantado por la ilusión con que pronunció sus palabras, levanté la mano hacia
el cielo.

—Entonces, escucha. Esta noche no puedes venir a donde estoy, ni yo a donde


tú estás. No quiero que subas a este barco, ni esta noche, ni ninguna noche; y,
sobre todo, ningún día. Pero no pongas esa cara tan triste. Yo iré hacia ti. No,
esta noche no, y quizá tampoco durante muchas noches; sin embargo, será
dentro de poco. Yo iré hacia ti, en la orilla del canal, cuando el agua deje de
correr.
Yo debí de hacer algún gesto de impaciencia, o de desesperación. Parecía como
una manera de decir nunca, pues, ¿por qué habría de dejar de correr el agua del
canal?

Leyó mis pensamientos de alguna manera:

—Es que no comprendes. Estoy hablando en serio; te estoy prometiendo


reunirme contigo ahí en la orilla, pronto. El agua se mueve cada vez más
despacio. Más arriba, han desecado el canal. Entre estas esclusas más bajas el
agua sigue pasando y cae suavemente corriente abajo. Pero llegará una noche en
que se quedará estancada. Esa noche yo iré a reunirme contigo. Y cuando vaya
te pediré un favor.

Esa noche no pude obtener más que esa promesa. Había vuelto al lado del
camarote, donde antes había estado acurrucada, y volvió a adoptar la misma
postura, quedándose quieta y silenciosa, observándome. Unas veces veía sus
ojos fijos en mí, otras veces no. Pero sentía que me miraba fijamente. El
airecillo frío, que finalmente había olvidado mientras hablaba con ella, soplaba
de nuevo, y el pestífero olor a podredumbre se hizo más intenso antes del
amanecer.

Me marché, y a los primeros albores del amanecer subí sigilosamente las


escaleras de mi pensión y entré en mi cuarto.

Al día siguiente, en la oficina, estaba muerto de cansancio. Y pasaban uno y otro


día sin sentirse y estaba cada vez más y más cansado, pues un hombre no puede
velar noche y día sin sufrir las consecuencias. Rondaba incesantemente el viejo
camino y esperaba, noche tras noche, en la orilla, frente a la embarcación
hundida.

Unas veces veía a mi dama de la oscuridad, pero otras no. Cuando la veía, ella
hablaba poco, pero en algunas ocasiones se sentaba allí, en lo alto del camarote,
y me dejaba contemplarla hasta el amanecer, o hasta que una extraña inquietud,
que daba miedo, me apartaba de ella. Entonces volvía a mi habitación, donde me
agitaba inquieto en el calor y soñaba extraños sueños, medio despierto, hasta que
entraba el sol y me daba en la frente.

En cierta ocasión le pregunté por qué había puesto la fantástica condición de que
no bajaría a tierra a encontrarse conmigo hasta que el agua del canal dejase de
correr. (¡Con qué afán observaba yo esas aguas! ¡Cómo me escabullí más de una
vez al mediodía, no para acercarme al viejo barco, sino para observar el casi
imperceptible navegar de las burbujas, las pajitas, las ramitas, los desperdicios!)

Pero mis preguntas la molestaron. Mi papel era esperar. Fue algo más de una
semana después cuando volví a hacerle una pregunta, pero esa vez sobre un
tema diferente. Y después de eso, reprimí firmemente mi curiosidad.

—Nunca me hables de cosas que no entiendes de mí, o no volverás a verme.

Le había preguntado qué tipo de persecución habían sufrido ella y su padre en la


ciudad, como para ir a parar a aquel lugar tan solitario, y en qué sitio de la
ciudad habían vivido.Temeroso de perder el terreno que estaba seguro había
ganado con ella, iba a ponerme a hablar de otra cosa, pero antes de encontrar las
palabras me llegó de nuevo su tenue voz.

—¡Fue horrible, horrible! Dime, ¿acaso no son esas casas de debajo del puente,
esas casas que hay a lo largo del canal, peores que mi barco? La vida allí era
recluida y sigilosa. Yo no era libre como lo soy ahora, y la libertad que pronto
tendré me hará olvidar las cosas que aún no he olvidado. ¡Qué griterío, qué
injurias y blasfemias! ¡Piensa lo mucho que te gustaría estar encerrado en una de
esas casas y temiendo por tu vida!

No me atreví a contestarle. Estaba sorprendido de que se hubiese dignado a


decirme tanto. Pero, evidentemente, sus palabras implicaban que antes de venir
avivir a la vieja y podrida embarcación había habitado una de aquellas horribles
casas por las que yo pasaba cuando me dirigía hacia donde ella estaba. Aquellas
casas, cada una de las cuales parecía el escenario elegido para un crimen.
Cuando me separé de ella aquella noche, me pareció que había estado muy
osado. Y, sin embargo, al día siguiente mis pensamientos se vieron claramente
perturbados por primera vez. Había estado viviendo en un sueño, y empecé a
especular en cuanto a dónde me conduciría. Para entonces me había hecho
francamente impopular en mi lugar de trabajo. No es que me hubiese creado
enemigos, pero mis absurdas costumbres habían dado lugar a muchos
comentarios adversos. Creo que no habría costado mucho trabajo hacer creer a
todo el personal que yo estaba loco.

Me arrastraba día tras día, exhausto por la falta de sueño, consciente de sus
miradas inquisitivas, sin vivir más que para la noche siguiente.

Un día abordé al hombre que me había invitado al campamento del otro lado del
río.

—¿Has advertido alguna vez la fila de casas medio en ruinas que hay a lo largo
del canal del lado de la ciudad? —le pregunté.

Me miró de una forma un tanto extraña. Supongo que se dio cuenta de lo que
implicaba romper el silencio después de tanto tiempo.

—Qué gustos más raros tienes, Morton —dijo al cabo de un momento—.


Supongo que es que a veces deambulas por lugares extraños. Pero mi consejo es
que te mantengas lejos de esas casas. Son siniestras y tienen muy mala fama.
Puedes muy bien poner en peligro tu vida si vas por allí a fisgar. Han sido
escenario de varios asesinatos. Por qué diablos ibas tú a querer investigarlas...

—No es que piense investigarlas —dije—. Me han interesado sencillamente


desde fuera. A decir verdad, es que he oído una historia, un rumor —aunque no
importa dónde—, sobre una joven y su padre que tuvieron que huir de allí. ¿Has
oído esa historia alguna vez?
Barrett me miró de forma extraña, como se mira al hablar de algo horrible que
ha pasado pero que es tan espantoso que el mero hecho de mencionarlo hace
revivirlo.

—Lo que cuentas me recuerda algo que decían que había ocurrido allí —
contestó —. Apareció en todos los periódicos. Un niño desapareció en una de
esas casas y se acusó a un padre y a una hija de habérselo llevado. Se les acusó
de, bueno, no me gusta hablar de semejantes cosas. Fue sumamente
desagradable. Se encontró el cuerpo del niño; o, más bien, se encontró parte de
él. Estaba mutilado. Tenía una herida muy grave en el cuello, según se supo
después, y era como si le hubiesen chupado la sangre. Fue encontrado en el
cuarto de la chica, escondido. El anciano y su hija huyeron antes de que se
avisase a la policía. Se rastreó la zona pero no se les encontró. Debes de haberlo
leído en los periódicos hace un par de años.

En efecto, lo había leído, pero lo recordé después. De nuevo me invadió una


terrible duda. ¿Quién era esa chica, qué era esa chica, que parecía tener mi
corazón en sus manos?

Embotado por el agotamiento, ofuscado por un horrible encantamiento, no tenía


la cabeza para pensar. Y, sin embargo, un proceso mental, semejante al que
salva al sonámbulo situado a una altura peligrosa, me estaba dando la voz de
alarma. Tenía la mente repleta de imágenes tenebrosas. Había mujeres, sobre las
que había leído y oído hablar, que asesinaban por satisfacer su sed de sangre.
Había fantasmas, espectros —llámeselos como se quiera: sus nombres han sido
legión en las tétricas páginas de ciertas tradiciones que se remontan a la infancia
de la raza humana.

Vampiros —así se les llamaba—. Cadáveres de día, espíritus del mal por la
noche. Matan el alma y el cuerpo de sus víctimas, pues quien muere del beso del
vampiro, que deja su señal en el cuello, se convierte también en vampiro.

Sobre todas esas cosas había leído. Y en este último día en la oficina, recordé
que había leído que esos espectros tenían una limitación en sus vuelos
nocturnos: no podían cruzar el agua que corre.
Esa noche seguí el camino de siempre, reconociendo plenamente la desgracia de
ser víctima de un encantamiento más fuerte que mi débil voluntad. Me acerqué a
la zona donde se encontraba la embarcación en el momento en que el lejano
reloj de la ciudad daba la primera campanada de las doce. No había luna y el
cielo estaba encapotado. Relámpagos de calor parpadeaban bajos en el
firmamento, y parecía que procedían de todas las direcciones limitando el
horizonte, como si hubiese unos incendios invisibles detrás de los confines de la
tierra. El intermitente resplandor me permitió ver algo nuevo: entre el viejo
barco y la orilla del canal se extendía una sombra larga, delgada, de aspecto
sólido: ¡habían bajado una pasarela!

En ese momento me di cuenta de que había estado jugando con unos poderes del
mal que no tenían intención de dejarme marchar y que estaban ciertamente a
punto de apoderarse de mí de manera inexorable. ¿Por qué había acudido esa
noche? ¿Por qué, a no ser que aquel hechizo al que me habían sometido fuese
más fuerte, y mucho más irrompible, que cualquier otro hechizo de amor?

Detrás de mí, en la oscuridad oí el crujir de una ramita y algo pasó rozándome el


brazo. Esto suponía, por tanto, la realización de mi sueño. Supe, sin volver la
cabeza, que el pálido y delicado rostro de ojos brillantes estaba cerca del mío,
que no tenía más que extender el brazo para tocar la esbelta elegancia de la
joven que tanto había ansiado atraer hacia mí. Lo supe, y debería haber sentido
el éxtasis que había augurado. Pero, en su lugar, me dominaron los hedores
pestíferos de la noche, pesados y opresivos por el calor, que no se veía aliviado
ni por una brizna de aire.

Las hojas de los árboles colgaban inmóviles, como si realmente se estuviesen


marchitando en las ramas. Haciendo un esfuerzo volví la cabeza. Dos manos me
agarraron por el cuello. El pálido rostro estaba tan cerca que sentí su respiración
en la cara. Y, de repente, todo lo que había de saludable en mi pervertida
naturaleza ascendió al grado sumo. Ansiaba el contacto con la boca encarnada,
como una flor oscura que se abría ante mí en la noche; la ansiaba y, sin
embargo, la temía aún más.
Retrocedí y sujeté con firmeza las frágiles manos que trataban de asirme. Me
encontraba frente al camino que llevaba a la ciudad. El sordo retumbar de un
trueno rompió el tórrido silencio de la noche estival. El resplandor de un
relámpago pareció rasgar la noche en dos. En lo alto, las nubes corrían
locamente, adoptando formas fantásticas, empujadas por un viento que barría las
alturas del firmamento sin producir ni un leve temblor en el aire de más abajo. Y
por el canal, a lo lejos, la siniestra luz deslumbradora parecía estar jugando y
saltando por encima de la fila de chabolas, malditas y embrujadas por el
fantasma de un niño muerto.

Tenía la mirada fija en ellas, mientras me apartaba del pálido rostro y me debatía
contra el abrazo que pretendía vencer la resistencia de mi voluntad. Y así pasó
un prolongado momento. El resplandor se desvaneció del cielo y una más
intensa oscuridad se abatió sobre el mundo. Pero cerca había una luz más
amenazadora, fija en mi cara: la luz de dos ojos que vigilaban los míos, que me
habían vigilado mientras yo, irreflexivamente, contemplaba las oscuras
casuchas.

Esa joven —esa mujer, que había venido a mí porque yo insistentemente se lo


había pedido— no me amaba, puesto que yo me había apartado de ella. No me
amaba, pero no era solamente eso. Me había observado mientras dirigía la
mirada hacia las casas que contenían su oscuro pasado, y estaba seguro de que
había adivinado mis pensamientos. Sabía el horror que sentía por esas casas;
sabía de mi recién nacido horror por ella. Y me odiaba por ello, me odiaba más
perversamente.

¿Podría un ser humano abrigar tanto odio como el que yo leí, mientras mi
temblor iba en aumento, en aquellos candentes fuegos, encendidos con lo que
más me parecían los fuegos del infierno que la luz que debería brillar en los ojos
de una mujer? Mi calma me abandonó; al llegar a ese punto comprendí que me
habían empujado a una horrible pesadilla de la que no había escapatoria, ni
vuelta a la realidad. Mientras escribo, esa sensación me sobrecoge de nuevo,
hasta el punto de que apenas puedo seguir escribiendo, y de no ser por lo que
tengo que hacer, saldría corriendo a la calle, gritando, para que encierren.
Sé que, horrorizado por el odio que vi en aquellos ojos, me hubiese ido. Pero las
dos delgadas manos que me agarraron por el brazo fueron lo bastante fuertes
para impedirlo. Me había librado del beso, pero no me iba a escapar del
juramento que había hecho de servirla.

—Lo prometiste, lo juraste —me susurró al oído—. Y esta noche vas a cumplir
tu juramento.

Mi juramento; sí, tenía un juramento que cumplir. Había levantado una mano
hacia el oscuro cielo y había jurado servirla. Libremente, y por mi propia
voluntad, había jurado.

—Déjame que te ayude a volver a tu barco —rogué—. Tú no sientes nada bueno


hacia mí. Voy a volver a la ciudad y tú puedes volver con tu padre y olvidarme.

La risa con que recibió mis palabras no la olvidaré jamás.

—¡Así es que tú no me amas y yo te odio! ¿Acaso crees que he estado esperando


todos estos aburridos meses a que se detenga el agua sencillamente para volver
ahora? Cuando desviaron el agua hacia el canal, mientras dormía, de manera que
ya no podría escapar hasta que dejase de correr, a causa de lo que soy; cuando la
reclusión que compartimos dejó de importarle a mi padre. Puedes subir mañana
al barco, si te atreves, y sabrás por qué. Soñé con esta noche. He estado sola,
abandonada, hambrienta, pero ahora el mundo va a ser mío. Y eso, con tu ayuda.

Le pregunté qué quería de mí. Sabía que lo que quería se encontraba en la orilla
opuesta del gran río, donde estaban los campamentos de verano. Y en la locura
que me produjo el terror, me hizo comprender y obedecerla. Tenía que llevarla
en brazos y cruzar el largo puente que atravesaba el río, que estaba desierto en
las altas horas de la noche. El camino de vuelta a la ciudad fue largo esa noche,
muy largo. Ella caminaba detrás de mí y yo no volvía la vista ni a la derecha ni a
la izquierda. Pero al pasar por las casas medio derruidas las vi reflejadas en el
canal y temblé al pensar en el niño.
Sé que pisamos el largo y ancho puente que cruzaba el río. Sé que la tormenta
estalló allí, y que tuve que luchar por no caerme, y casi, me pareció, por no
perder la vida, a causa del imponente diluvio. Y el horror que yo había invocado
lo llevaba en brazos, agarrándose a mí, escondiendo la cabeza en mi hombro.
Tan espantosa se había ido haciendo mi compañera que apenas pensaba en ella
como mujer. La tormenta seguía bramando cuando saltó de mis brazos en la otra
orilla. Y de nuevo continué caminando con ella contra mi voluntad, mientras los
árboles agitaban sus ramas a mi alrededor, dejando al descubierto el pálido revés
de las hojas con los fuertes y frecuentes resplandores que rasgaban el
firmamento.

Y así seguimos, con las ramas volando por los aires, pero sin atinarnos gracias
aun milagro de mala suerte, que evitó que ella o yo nos viésemos decapitados
por las que caían. El río era una confusión de olas encopetadas que, al ser
aplastadas por la violencia con que caía la lluvia, adoptaban formas extrañas.
Las nubes, tal como las veíamos, eran como demonios surcando el cielo.
Dejamos atrás, una tras otra, varias tiendas de campaña, y unas pocas en las que
se veía una tenue luz detrás de las paredes de lona. Se paró delante de una tienda
iluminada, indicándome que me quedase atrás. Vi su oscura silueta destacarse, la
vi moverse sigilosamente hacia la puerta, y luego aumentar detamaño al entrar.

La oí hablar en los tonos bajos y conmovedores que me habían hechizado el


alma la primera vez que nos encontramos:

—Perdón, me he perdido con la tormenta. Por favor, déjeme quedarme un


momento. Estoy muy cansada y tengo mucho frío.

Sabía lo que iba a ocurrir. Le besaría y entonces...

Pero a mí me había perdonado el beso del vampiro. Y era porque tenía interés en
utilizarme de otros modos.

Pude marcharme libremente esa noche. Dentro de aquella tienda ella podía
satisfacersu sed de sangre, de la que llevaba tanto tiempo privándose. Me lo
indicaba esa avidez que había habido en su voz. Las dos voces de la tienda se
apagaron tanto que no oía las palabras. Sin embargo, esos tonos bajos hablaban
por sí mismos. Y no había nada en el mundo que yo pudiese hacer para dar la
voz de alarma. No se puede irrumpir en la tienda de un hombre y prevenirle
contra la hermosa mujer a la que está a punto de besar, diciéndole que es un
vampiro.

El que me encerrasen en un manicomio no iba a servir para salvar a nadie del


mal que yo inconscientemente había desencadenado. Cabizbajo, aguantando la
lluvia, que entonces caía más mansamente, descendí al borde del agua. El viento
había amainado. Los carrizos susurraban a lo largo de la orilla. El estrépito de
las olas se había reducido a un sombrío chapotear contra las rocas. Las nubes se
desvanecían y se alejaban rumbo al horizonte, mientras yo permanecía
pensativo, y la luna creciente brillaba distante y difusa detrás de un velode
neblina. Y supe lo que tenía que hacer. Y sé, mientras escribo estas últimas
líneas, lo que quiero hacer.

Cuando mi horripilante amor entró en la tienda de aquel otro hombre, supe que,
por mucho que la aborreciese, no podía vivir sin ella. Me ha perdonado el beso
del vampiro. Pero tendré eso de ella, en cuanto salve a otros de su maldición. Me
lo he ganado con el alma. Llegaré a conocer ese oscuro éxtasis y voy a
asegurarme de que nadie lo conozca después de mí.

Es extraño cómo le lleva a uno la vida desde la felicidad de la infancia y de la


juventud hacia un destino decretado de antemano. Yo tenía un joven tío al que le
entusiasmaban los antiguos libros de caballería, como a mí me ha entusiasmado
lo macabro. Me hizo una espada de roble, y cuando se fue de voluntario a una de
esas guerras de la gente pequeña, afiló la punta de la espada. Cayó en su primera
acción, lejos, en tierra extranjera. La espada está colgada de mi pared. Nunca la
he descolgado desde que él se marchó.

Empezó al fin a despuntar la aurora, asqueada y lavada por la tormenta. No los


vi marcharse, pero sé que su víctima y amante habrá vuelto a cruzar el puente
con ella en brazos, por encima del agua que corre. Pues, como es lo que es, tiene
que volver a la vieja embarcación del canal. Allí tendrá que dormir hasta esta
noche. Y allí iré a reunirme con ella entonces, pero llevaré la espada afilada, que
mantendré oculta en la penumbra.

—He vuelto a quedarme contigo para siempre —le diré—. Ante mis ojos no
puede haber ningún otro rostro de mujer; tan sólo el tuyo, en forma de corazón,
pálido y bello. Abandonaría el cielo y me iría al infierno por un beso tuyo, y me
alegraría de ello. Bésame ahora.

Y entonces tomaré la espada de madera, fatal para todos los vampiros, y la


mataré.
"El antimacasar": Greye La Spina: primer relato de una niña vampiro

El antimacasar (The Antimacassar) es un relato de vampiros del escritora


norteamericana Greye La Spina (1880-1969), publicado en la edición de mayo
de 1949 de la revista pulp Weird Tales.

Antes de introducirnos en el cuento de Greye La Spina habrá que decir qué es un


antimacasar, básicamente un paño colocado en los respaldos de una silla, sillón
o butaca. Su nombre proviene del aceite de macasar, especie de loción capilar
utilizada en la época victoriana que luego se empleó para preservar la tapicería.
Haciéndole honor a su título, El antimacasar es uno de los cuentos de vampiros
más extraños de la tradición pulp, donde lo cotidiano a menudo se confunde con
lo sobrenatural y las excentricidades del vampiro victoriano evolucionan hacia
una nueva concepción del terror.
Greye La Spina explora en El antimacasar la verdadera naturaleza de las mujeres
vampiro.
La protagonista del relato, Lucy Butterfield, conoce a una niña de doce años
llamada Kathy, confinada en su cuarto debido a la fiebre reumática.
A pesar del carácter dulce de la enferma y los cuidados que se le brindan, poco a
poco se descubre una perturbadora dinámica dentro de la casa. La niña, en
definitiva, padece una enfermedad mucho más atroz que las diagnosticadas por
la medicina tradicional.
Kathy siente un hambre atroz, implacable, que no logra saciarse con la comida.
Sus síntomas, por otra parte, parecen intensificarse con la presencia de las flores
de madreselva que cuelgan en su cuarto, plantas que antiguamente se utilizaban
como remedio casero para retrasar el voraz apetito de los vampiros.

EL ANTIMACASAR
The Antimacassar, Greye La Spina (1880-1969)

—No duró mucho tiempo. —dijo la voz resentida de Mrs. Renner.


Lucy Butterfield volvió la cabeza sobre la almohada, de modo que pudiera
escuchar mejor los murmullos que sonaban al otro lado de la puerta de su
dormitorio. Estaba dispuesta a espiar una conversación en aquella casa de
sucesos extraños, si con ello pudiera encontrar alguna clave que la condujera a la
misteriosa desaparición de Cora Kent.

—Porque no era una buena mujer, señora. Fue demasiado para ella. Tendría
usted que haberlo sabido, si es que Kathy no lo supo.

Lucy sabía que aquélla era la voz de Aaron Gross, el pobre anciano a quien,
según le había explicado su patrona, había recogido de una mísera granja del
condado para que le hiciera los recados. Era una voz aguda y cacareante,
bastante en consonancia con el hombre seco y menudo a quien pertenecía.

—¡Shhh.,.! ¿Quieres despertarla?

Lucy se sentó entonces en la cama, ya completamente despierta ante aquellas


voces bajas que sonaban en el pasillo, fuera de su dormitorio. El saber que no
querían que escuchara lo que su patrona y el hombre estaban discutiendo,
introdujo cierta fascinación —medio maliciosa, medio en serio— en su acción
de escuchar, casi involuntaria.

—Kathy tiene que ser alimentada —dijo el agudo murmullo de Mrs. Renner—.
¡Escúchala ahora! ¿Cómo voy a hacerla callar? ¡Dímelo!

Lucy también escuchó. Desde una de las habitaciones cerradas situadas a lo


largo del pasillo, escuchó un suave gemido, dándose cuenta entonces de que lo
que había estado oyendo desde hacía varias noches no era un sueño. Kathy
Renner, de doce años de edad, confinada en su cama a causa de las fiebres
reumáticas, y a quien se le negaba el solaz de una simpática compañía por temor
a que la excitación pudiera producirle un ataque al corazón, estaba gimiendo
suavemente:
—¡Mamá! ¡Tengo hambre! ¡Mamá! ¡Tengo hambre!

¡Aquella pobre niña! Allí sola durante todo el día, sin nadie con quien hablar, y
llorando toda la noche a causa del hambre. El asco de Lucy se sublevó contra la
falta de eficacia de Mrs. Renner. ¿Cómo podía una madre escuchar aquel
lastimero ruego sin atenderlo? Se escuchó la voz ronca de Mrs. Renner, como si
un inexplicable presentimiento le impulsara a dar una explicación:

—¡Escúchala! ¡Oh, mí pequeña Kathy! No puedo soportarlo. No puedo llegar


hasta ellos esta noche, pero mañana voy a sacar esa madreselva,

Los ojos grises de Lucy vagabundearon por la habitación, hasta posarse con
extrañeza sobre un jarrón alto de madreselvas amarillas, débilmente visible en la
semipenumbra de una estantería situada en el viejo escritorio, entre las dos
ventanas que daban al sur. Era para ella algo muy agradable el que su patrona se
las trajera diariamente frescas, pues su dulce y penetrante perfume parecía
formar parte de la vida campesina a la que se había entregado durante unas
vacaciones de dos semanas, dejando por ese tiempo su nuevo y responsable
puesto de jefe de compras en el departamento de lencería de Munger Brothers,
en Filadelfia.

—No lo haga, señora. Lo sentirá si lo hace. ¡No lo haga! —protestó agudamente


la quejumbrosa voz de Aaron—. Ya sabe lo que sucedió con la otra chica. No
puede seguir así, señora. Si ahora sucede lo mismo, no será como la primera vez,
y entonces tendrá un problema doble. Acuérdese de mis palabras. ¡No lo haga!
Los accidentes son una cosa; pero a propósito es otra. Permítame coger una
estaca aguda, señora, y...

—¡Silencio! Vuelve a la cama, Aaron. Déjame esto a mí. Después de todo, yo


soy la madre de Kathy. No vas a detenerme. No voy a permitir que siga teniendo
hambre. Te digo que vuelvas a la cama.

—Bueno, la puerta de ella está cerrada y hay madreselvas dentro. Esta noche no
puede hacer nada —. accedió Aaron, con un gruñido.
Los pasos se fueron alejando suavemente por el pasillo. La antigua granja
holandesa de Pennsylvania, situada en la región de Haycock, se hundió en el
silencio, a excepción del quejumbroso gemido procedente de la habitación de la
niña.

—¡Mamá! ¡Tengo hambre! ¡Mamá!

Lucy permaneció despierta durante mucho rato. No conseguía dormirse mientras


continuaba aquel desgraciado murmullo. Teniendo como fondo aquel extraño
sonido, sus pensamientos se detuvieron en la razón de su estancia en la granja de
Mrs. Renner, alejada del camino, en el condado de Bucks. Todo había
comenzado con la desaparición de Cora Kent, la inmediata superior de Lucy en
el departamento de lencería de Munger Brothers. Al final de su período de
vacaciones, Cora no había vuelto al trabajo, y las investigaciones realizadas sólo
pudieron poner de manifiesto el hecho de su desaparición. Se había marchado al
campo en su cupé, llevándose un pequeño telar y cajas de hilos de colores.

A Lucy le había agradado la señorita Kent como compañera de trabajo y por eso
consintió de mala gana en hacerse cargo de su responsabilidad. Alguien tenía
que asumir la tarea y Lucy era la siguiente. Le tocaba su período de vacaciones
tres semanas después del de la señorita Kent y ella insistió en disfrutarlas como
una preparación parcial para hacerse cargo de su nuevo trabajo. Decidió recorrer
el campo para ver si podía descubrir alguna clave que explicara la misteriosa
desaparición de Cora Kent. Tenía la sensación de que Cora no se podía haber
alejado mucho, así es que estableció su cuartel general en Doylestown, capital
del condado de Bucks, mientras continuaba la tarea de detective que ella misma
se había impuesto.

Encontró una pista en la región de Haycock, en las afueras de Quakertown,


donde había numerosas granjas aisladas. En el museo de Doylestown se enteró
de los nombres de los tejedores de la comarca y, después, sus preguntas la
llevaron a la granja de Mrs. Renner. Al tercer día de su período de vacaciones,
Lucy llegó a un acuerdo con Mrs. Renner para pasar una semana en su granja,
con pensión completa, y recibir lecciones con el propósito de aprender a tejer.
En la habitación del piso superior que daba a la fachada y que iba a ser la suya,
Lucy lanzó una exclamación de entusiasmo al ver la colcha que cubría la vieja
cama, los tapetes que había en el lavabo, y el antiguo escritorio con sus altas
estanterías y cajones a ambos lados del elevado espejo. La atención de Lucy se
dirigió hacía un sillón tapizado con un material que, según Mrs. Renner, había
sido tejido por ella misma, pero, por encima de todo, se sintió atraída por el
antimacasar prendido con un alfiler en el respaldo del sillón. Mrs. Renner dijo
con una cierta inquietud que aquello no lo había tejido ella misma, y su mirada
evitó rápidamente los ojos escrutadores de Lucy. Propuso comprárselo e
inmediatamente Mrs. Renner desprendió el alfiler y dijo secamente:

—Tómelo. Nunca me gustó. Me agrada esta oportunidad de desprenderme de él.

Cuando Lucy regresó a Doylestown para recoger sus pertenencias, escribió una
breve nota dirigida a la madre de Stan y le incluyó el antimacasar. Dio también a
su futura suegra la dirección de Mrs. Renner. Lucy sabía que la madre de Stan,
con la que mantenía excelentes relaciones, quedaría encantada con aquel tejido
antiguo, y estaba segura de que se lo enseñaría a Stan cuando viniera a casa a
pasar con ella el fin de semana, después de terminar las clases semanales de sus
ya avanzados estudios de medicina.

El antimacasar no tenía un aspecto tan estrafalario como le había parecido al


principio. Era una bonita obra de artesanía, aun cuando el dibujo central había
sido hecho de cualquier modo. Los bloques decorativos de las esquinas y de las
partes central superior e inferior no estaban tan pobremente diseñadas, y las
marcas irregulares que cruzaban el centro eran divertidas; parecían una especie
de símbolos antiguos. Mrs. Brunner quedaría encantada al recibir una pieza de
un tejido evidentemente original. Lucy se prometió a sí misma descubrir quién
había confeccionado aquel tejido, una vez contara con la confianza de la
patrona.

Preguntó directamente a Mrs. Renner si Miss Cora Kent había estado alguna vez
en aquel lugar. La patrona la observó de una forma extraña y negó haber
escuchado siquiera aquel nombre. El viernes por la mañana, su segundo día de
estancia en la granja Renner, Aaron Gross trajo a Lucy un paquete de la
lavandería de Doylestown, donde ella había dejado ropa a lavar. El hombre
actuó con tanta desconfianza y temor que Lucy quedó extrañada. Cuando ella
deshizo el paquete y apartó la envoltura, él la cogió y la arrugó como si temiera
que alguien se diera cuenta de que ella había dado su dirección antes de acudir a
la granja. Lucy contó las pequeñas piezas; había once en lugar de diez. Había un
pañuelo que no le pertenecía y que tenía bordadas unas iniciales. Fue entonces
cuando Lucy recibió el primer impacto de una siniestra intuición. El pañuelo
llevaba las iniciales «C. K.». Cora Kent tenía que haberlo dejado en alguna
parte, por aquel vecindario.

También había una nota de la lavandería, escrita a lápiz. El pañuelo había sido
enviado equivocadamente a otro cliente y se devolvía ahora, pidiendo disculpas,
a la dirección de su propietaria. Aquello significaba que Cora Kent había estado
en la granja Renner. Mrs. Renner había mentido deliberadamente al decir que
nunca escuchó aquel nombre.

Lucy levantó la mirada al oír el sonido de una blusa almidonada. Se encontró


con Mrs. Renner, que miraba fijamente el pañuelo de Cora, con las cejas
fruncidas, los labios apretados, y sus ojos negros casi cerrados. Mrs. Renner no
dijo nada: sólo se quedó mirando fijamente. Después, de repente, se volvió de
espaldas y entró en la casa. Lucy se sintió alterada sin saber exactamente por
qué, pues la deliberada mentira de Mrs. Renner era, en sí misma, un misterio.

Esta sólo era una de las pequeñas cosas que empezaron a preocuparla, como, por
ejemplo, la puerta cerrada con llave de la habitación donde estaba confinada
Kathy Renner. Mrs. Renner le había dicho en un tono definitivo que no deseaba
que nadie molestara a Kathy excitándola, pues podía sufrir un ataque al corazón
a causa de sus fiebres reumáticas. Al parecer, Kathy se pasaba el día durmiendo,
pues a Lucy se le pidió que no hiciera ruido en la casa durante el día. Por la
noche, el ruido no molestaba a la pequeña niña enferma ya que, de todos modos,
se mantenía despierta.

Ahora, Lucy estaba sentada en la cama, escuchando las llorosas quejas de la


niña. ¿Por qué la madre de Kathy no daba algo de comer a la pobre niña? El
morirse de hambre no estaba incluido en ningún régimen contra las fiebres
reumáticas. Se escuchó el débil sonido de una puerta abriéndose y los lamentos
disminuyeron. Después, Lucy se acostó, deslizándose cómodamente en la cama,
dispuesta a dormir, con la sensación de que ya se habían atendido las
necesidades de Kathy.

Las enigmáticas observaciones de Mrs. Renner y la malhumorada desaprobación


de Aaron sobre el comportamiento de su patrona, refiriéndose a alguna otra
ocasión anterior, se fueron desvaneciendo con el sueño en la aún activa mente de
Lucy. No fue hasta la tarde del día siguiente cuando, al entrar en su habitación
para coger las tijeras que podría necesitar en su aprendizaje con el telar, se dio
cuenta, recordando repentinamente las palabras de su patrona murmuradas la
noche anterior, de que el jarrón de madreselvas brillaba por su ausencia. Se
preguntó inútilmente qué relación podría existir entre los lamentos de hambre de
Kathy y las madreselvas. E, incluso, con ella misma.

Con la vaga idea de obstaculizar el propósito de Mrs. Renner, insinuado la


noche del viernes a Aaron, Lucy se las arregló para arrancar varías ramas de
lilas y de madreselvas, asomándose por la ventana abierta, evitando astutamente
el tener que llevarlas a través de toda la casa. Las colocó en el pesado vaso de
gres para los dientes que se encontraba en el anaquel del lavabo. Lucy pensó
maliciosamente que, para quitar aquellas flores, Mrs. Renner tendría que
ponerse al descubierto y explicarle qué razones tenía para llevárselas. La patrona
había limpiado una mesa en la gran sala de estar del piso bajo, donde el elevado
telar de Mrs. Renner ocupaba mucho espacio, y había dejado sobre ella un
pequeño telar de unos treinta y cinco centímetros de anchura. Lucy lo examinó
con interés, pues reconoció inmediatamente uno de los modelos vendidos en la
tienda donde trabajaba. No le dijo nada de esto, pero miró con desconfianza a
Mrs. Renner cuando la mujer le explicó que se trataba de una máquina muy
antigua que le había dado hacía años una antigua estudiante que ya no la
necesitaba. Había una urdimbre blanca de hilo en punto de cruz, para realizar un
bordado sencillo, explicó Mrs. Renner.

—¿Qué clase de bordado puede hacerse en punto de cruz? —preguntó Lucy,


pensando en el antimacasar que había enviado a la madre de Stan; la pieza con
la pequeña mano atravesada sobre figuras bordadas en ella.

—Toda clase de bordados —contestó Mrs. Renner—. Con punto de cruz se


puede hacer casi todo. La mayor parte se trata de trabajo hecho a mano —
manipuló las palancas ilustrando lo que decía a medida que hablaba—. Será
mejor que, al principio, haga usted bordados sencillos. El trabajo hecho a mano
no resulta tan fácil y ocupa mucho más tiempo.

—El antimacasar que me dio es trabajo hecho a mano, ¿verdad? —probó a


preguntar Lucy.

Mrs. Renner le lanzó una mirada extrañamente velada.

—Mañana podrá usted bordar una toalla blanca de algodón con orillas de
colores —dijo bruscamente—. No vale la pena empezar esta noche. Es un
trabajo difícil con las lámparas de queroseno.

Lucy dijo que apenas si podía esperar. Le parecía increíble estar a punto de
confeccionar los bordados de una toalla con sus propias manos y dentro de los
breves límites de un mismo día. De todos modos, se dirigió a su habitación
bastante temprano y, tal y como había hecho desde el principio, cerró la puerta
con llave, una costumbre adquirida en las pensiones de la ciudad donde había
vivido. Se agitó en su profundo sueño y se despertó ante el sonido del pomo de
la puerta, que giró cautelosamente; después, pudo escuchar unos débiles pasos
que se retiraban y el gemido de la pequeña niña enferma, quejándose:

—¡Mamá, tengo hambre!

Le pareció escucharlo tan cerca que, por un momento, casi creyó que la niña se
encontraba muy cerca de su puerta cerrada con llave. Creyó oír decir a la niña:

—¡Mamá, no puedo entrar! ¡No puedo entrar!

A la mañana siguiente, Mrs. Renner no se encontraba evidentemente muy bien.


Sus ojos estaban rodeados por círculos oscuros y llevaba un pañuelo algo suelto
y atado alrededor de su cuello, aunque el calor sofocante del día parecía
suficiente como para haberle hecho renunciar a cualquier artículo de ropa
superflua. Cuando Lucy se sentó ante el telar, ella le enseñó a cambiar los hilos,
y preparó la lanzadera para efectuar un tejido sencillo; después, la dejó allí
trabajando y se dirigió al piso superior para arreglar la habitación de su huésped.
Cuando bajó, momentos después, se dirigió directamente hacia Lucy, con una
expresión ceñuda en el rostro y los labios duramente apretados.

—¿Puso usted esas flores en su habitación? -preguntó.

Lucy dejó el trabajo y volvió el rostro hacia Mrs. Renner, fingiendo sorpresa,
pero su intuición le dijo que en aquella pregunta se escondía mucho más de lo
que aparecía en la superficie.

—Me gustan mucho las flores. —murmuró, con desaprobación.

—No son buenas en una habitación por la noche —espetó Mrs. Renner—. No
son saludables por la noche. Esa es la razón por la que saqué las otras. No quiero
que haya flores en mis dormitorios por la noche.

El tono de su voz era el de una orden y el resentimiento natural de Lucy, así


como su ahora excitada curiosidad, le hicieron mostrarse rebelde.

—No tengo ningún miedo a tener flores en mi habitación por la noche, Mrs.
Renner —insistió con tozudez.

—Bueno, yo no las quiero —dijo la patrona con un tono de voz y una actitud
airados.

Lucy elevó las cejas.

—No veo ninguna buena razón para discutir por unas pocas flores, Mrs. Renner.
—He tirado esas flores, señorita. Y no necesita traer más, porque haré lo mismo
con ellas. Si quiere usted permanecer en mi casa, tendrá que pasárselas sin flores
en su dormitorio.

—Si lo plantea de esa forma, desde luego que no llevaré flores a mi dormitorio.
Pero, con franqueza, debo decirle que eso de que no sean saludables me parece
algo tonto.

Mrs. Renner avanzó con paso decidido. Parecía sentirse satisfecha ante la
afirmación de su autoridad como dueña de la casa. El resto del domingo se pasó
iniciando a Lucy en las intrincadas tareas del bordado decorativo con punto de
cruz, hasta el punto de que cuando llegó la noche, Lucy ya había terminado una
pequeña toalla de algodón blanco, con bordes en color. Aquella noche, Lucy se
quedó medio dormida en la hamaca. El aire fresco del campo y el abundante
suministro de buena comida campestre se combinaron para llevar una rápida
pesadez a sus párpados. Se despertó cuando un pequeño perro callejero, al que
había visto de vez en cuando salir y entrar en el establo de la granja Renner,
comenzó a ladrar furiosamente alrededor de las raíces de unos arbustos
cercanos, poniendo finalmente al descubierto un pequeño frasco azul casi lleno
de pastillas blancas. Apartó al perro y recogió el frasco, mirándolo
curiosamente. Un escalofrío de recelo recorrió su cuerpo.

Había visto un frasco igual en la mesa del despacho de Cora Kent, y Cora le
había comentado algo en el sentido de que el ajo era bueno para las personas
inclinadas a la tuberculosis. Lucy desenroscó la tapa del frasco y olió su
contenido. El olor era inconfundible. Deslizó rápidamente el frasco en el interior
de su blusa. Ahora, no tenía la menor duda de que Cora Kent había estado allí
antes que ella, como huésped de la casa Renner. Ahora sabía que el pequeño
telar debía ser el de Cora. Otra prueba muda era el pañuelo con las iniciales.
Lucy subió a su habitación y volvió a cerrar la puerta con llave. Como una
medida adicional de precaución, deslizó el respaldo de una silla bajo el pomo de
la puerta. Por primera vez desde que llegó allí, empezó a sentir cierta amenaza
sobre su propia seguridad. Sus pensamientos se dirigieron hacia las flores que
Mrs. Renner había apartado de la ventana. ¿Por qué aquella mujer había
adoptado una posición tan dura en esa cuestión? ¿Por qué le había dicho al viejo
Aaron que iba a «sacar las madreselvas»? ¿Qué había en las madreselvas que
impulsara a Mrs. Renner a quitarlas de la habitación de su huésped, como sí
aquello tuviera algo que ver con las quejas de Kathy Renner: «¡Mamá, tengo
hambre!»?

Lucy no podía situar en su lugar correcto todas las piezas del rompecabezas.
Pero la expresa mención de las madreselvas le hizo tomar la decisión de arrancar
algunas más de la parra que subía por la pared de la ventana. Si Mrs. Renner no
las quería en la habitación. Lucy estaba decidida a tenerlas allí. Abrió
lentamente la ventana y se asomó al exterior. Quedó paralizada. Todos los brotes
de madreselvas que se encontraban al alcance de la mano habían, sido
violentamente arrancados y arrojados al suelo, bajo la ventana. Alguien había
previsto ya su reacción. Volvió a cerrar la ventana y se sentó en el borde de la
cama, extrañada e inquieta. Si Mrs. Renner abrigaba inicuos propósitos
misteriosamente relacionados con la ausencia de madreselvas, Lucy sabía que
no podría enfrentarse adecuadamente a la situación que pudiera plantearse.
Podría haber sido muy divertido a plena luz del día. Podría haberse dirigido
hacia el cobertizo donde estaba aparcado su coche. Aun cuando «ellos» hubieran
averiado el vehículo, Lucy suponía que siempre podría andar o echar a correr
hasta alcanzar la carretera principal, por donde, sin duda alguna, pasarían
camiones y coches; pero no era ésa la situación, en la aislada granja Renner,
oculta detrás de colinas pobladas de espesos bosques.

Se dijo a sí misma que se estaba comportando como una boba demasiado


imaginativa, estúpida y supersticiosa. ¿Qué tendrían que ver las madreselvas con
su propia seguridad personal? Se preparó para meterse en la cama y apagó con
decisión la lámpara de queroseno. Se sintió invadida por el cansancio y no tardó
en caer en un profundo sueño. No escuchó, pues, el sibilante murmullo de Mrs.
Renner:

—¡Shhh...! ¡Kathy! Puedes venir ahora, Kathy. Está dormida. Mamá ha sacado
las madreselvas. Ya puedes entrar. ¡Shhh...!

Tampoco escuchó la quejumbrosa protesta del viejo Aaron:

—No puede hacer eso, señora. Déjeme que coja la estaca. Será mucho mejor de
ese modo, señora.
Ningún sonido llegó hasta Lucv, profundamente dormida en su habitación
cerrada con llave. Sus sueños eran extraordinariamente reales v cuando
finalmente se despertó, en la mañana del lunes, se encontró lánguidamente
echada en la cama, recordando el último sueño en el que una niña vestida de
blanco se había acercado tímidamente a su cama, deslizándose junto a ella hasta
que sus propios brazos rodearon a la pequeña y tímida intrusa. La niña acercó
sus pequeños y cálidos labios a su cuello, en lo que Lucy creyó ser un beso, un
beso como Lucy no había experimentado jamás en su vida. Sintió una punzada
cruel. Pero cuando se disponía a protestar por la falta de cuidado de la niña, su
mente y sus músculos se vieron invadidos por una completa relajación, como si
todo su ser la estuviera abandonando para salir al encuentro de aquellos labios
infantiles que se adherían con tanta fuerza a su cuello. Fue un sueño muy
inquietante y su recuerdo dejó en ella una mezcla de antipatía y fascinación.

Lucy sabía que ya era hora de levantarse. Se sentó en la cama. Se sentía cansada,
casi débil y, de algún modo, con muy pocos ánimos para realizar el más mínimo
esfuerzo físico. Era como si algo la hubiera abandonado, pensó, exhausta. Elevó
involuntariamente una mano, llevándosela al cuello. Sus dedos notaron una
pequeña protuberancia, como dos pequeños pinchazos, allí donde la niña de su
sueño la había besado de un modo tan extraño e intenso. Lucy se levantó de la
cama y se dirigió hacia el espejo. Vio con toda claridad aquellas dos marcas en
su cuello, como si un gran escarabajo hubiera cortado la carne delicada con sus
agudas mandíbulas. A la vista de aquellos enrojecidos pinchazos, lanzó un débil
grito. Ahora estaba convencida de que algo andaba mal. También estaba segura
de que ese algo tenía que ver con ella. Era incapaz de analizar con precisión la
naturaleza de lo que andaba mal, pero sabía que existía algo perjudicial en la
misma atmósfera de la granja Renner. Se sintió invadida por un terror irracional.
¿Podría llegar hasta su coche y escapar? ¿Escapar...? Se quedó mirando
fijamente el cuello, reflejado en el espejo, tocándose con suavidad las marcas
rojas. No podía dar ninguna coherencia a sus pensamientos y se encontró con
que únicamente estaba pensando en una cosa: en huir. En realidad, no podía
expresar con palabras de qué tenía que huir, pero sabía que debía abandonar la
granja Renner lo antes posible; y aquella necesidad se fue convirtiendo en una
convicción cada vez más fuerte a cada momento que pasaba. En su mente sólo
aparecía con toda claridad un pensamiento inquietante e incontrovertible: Cora
Kent había visitado la granja Renner y nadie la había visto desde entonces.
Lucy se vistió con precipitación y se las arregló para salir de la casa sin
encontrarse con su patrona. Halló su automóvil donde lo había dejado, en el
cobertizo situado en la parte trasera del establo. Parecía estar bien, pero cuando
se acercó descubrió con desmayo que tenía dos pinchazos. Como era normal,
sólo disponía de una rueda de recambio. Y ni siquiera sabía cómo sacar o
colocar aquella rueda de recambio, y mucho menos reparar la segunda rueda
pinchada. Le sería imposible alejarse en su automóvil de la granja Renner. Se
quedó mirando fijamente el inútil vehículo, con desánimo. La voz aguda de
Aaron Gross llegó suavemente a sus oídos. Se volvió, para enfrentarse a él con
una mirada acusadora.

—¿Qué le ha pasado a mi coche? ¿Quién...?

—No puede usted utilizarlo ahora mismo, señorita, con esos dos pinchazos -dijo
Aaron, con su tono quejumbroso-. ¿Quiere que lleve las ruedas a un garaje para
que se las arreglen?

—Eso sería estupendo -contestó con alivio-. Pero no sé cómo sacarlas.

—Yo tampoco, señorita. No sé nada de máquinas.

La impaciencia y el recelo se mezclaron en la voz de la joven. Abrió el


portaequipajes y comenzó a sacar las herramientas.

—Creo que podré elevar el coche, Aaron. Nunca lo he hecho hasta ahora, pero
quiero disponer del coche para ir a la ciudad. De compras -añadió rápidamente,
tratando de sonreír con despreocupación.

Aaron no hizo ningún comentario. Permaneció en un extremo del cobertizo,


observándola, mientras ella trataba de colocar el gato y empezaba después a
elevar el coche del suelo.
—Necesitaré una caja para mantener elevada esta parte cuando coloque el gato
debajo de la otra rueda —sugirió.

Aaron se marchó.

Lucy consiguió desprender el tapacubos, pero, a pesar de sus frenéticos intentos


con las tuercas y los pernos, no consiguió mover nada. Se detuvo llena de
desesperación, en espera de que Aaron represara con la caja. Pensó que podría
convencerle para que fuera a buscar un mecánico a la ciudad. Respirando con
dificultad y despeinada, salió del cobertizo para buscarle. Al salir, Mrs. Renner
apareció ante ella, con los ojos casi cerrados y los labios contraídos en una
mueca.

—¿Hay algo que ande mal? —preguntó Mrs. Renner, mientras con sus dos
gruesas manos acariciaba suavemente el delantal azul que cubría sus anchas
caderas.

—Mi coche tiene dos pinchazos. No puedo comprender cómo ha ocurrido —dijo
Lucy.

El rostro de Mrs. Renner permaneció impasible. Más que preguntar, afirmó:

—No necesita ir a la ciudad. Aaron puede hacer sus recados.

—¡Oh! Pero yo quiero ir a la ciudad —insistió Lucy con vehemencia.

—No necesita su coche hasta que no se marche de aquí —dijo Mrs. Renner con
frialdad.

Observó a Lucy con un rostro impasible, después, le volvió la espalda y se


dirigió hacia la casa sin pronunciar ninguna otra palabra.
—¡Mrs. Renner! —llamó Lucy—. ¡Mrs. Renner! Quisiera que Aaron llevara las
dos ruedas a la ciudad para que las reparen, pero no puedo sacarlas.

Mrs. Renner siguió su camino y desapareció en el interior de la casa sin


volverse, y sin dar la menor señal de haber escuchado sus palabras. Desde el
interior del establo le llegó la voz quejumbrosa y precavida de Aaron:

—Señorita, ¿quiere que le pida al mecánico que venga?

—¡Oh, Aaron! Eso sería maravilloso. Podría pagarle bien... a él y a usted.


Dígale que yo sola no puedo sacar esas dos ruedas.

Con eso sería suficiente, se dijo a sí misma. Una vez que el mecánico estuviera
allí, bajaría su maleta y se las arreglaría para marcharse con él a la ciudad y para
que alguien fuera a recoger su coche en cuanto las ruedas estuvieran reparadas.
Quería marcharse de allí antes de que cayera la noche. Mientras Aaron
permanecía fuera, trabajaría en el telar que, ahora estaba convencida, había
pertenecido a Cora Kent. Así no despertaría las sospechas de Mrs. Renner.
Regresó a la casa andando lentamente. Se sintió contenta al comprobar que Mrs.
Renner estaba arriba arreglando el dormitorio; podía escuchar sus pasos cuando
caminaba de un lado a otro de la gran cama. Lucy se sentó ante el telar y
comenzó a probar con un hilo de color, para ver si podía hacer una cenefa
ornamental como la del antimacasar que enviara a la madre de Stan. No era tan
difícil como había imaginado, y avanzó mucho más rápidamente de lo que había
pensado; era casi como si otros dedos estuvieran colocando el hilo en su lugar,
en vez de los suyos. Comenzó a confeccionar la cenefa con una creciente
excitación. Los hilos sueltos de las esquinas parecían serpientes enroscadas que
se elevaban sobre sus colas, y el del centro era como una serpiente con la cola en
la boca. Pasó el tiempo. El bordado avanzaba, y ella tenía casi la impresión de
que sus dedos eran guiados.

—¡Cómo! —dijo de pronto en voz alta, extrañada ante lo que había bordado en
tan corto espacio de tiempo—. ¡Si parece un S-O-S!
—¿De veras? —siseó entonces Mrs. Renner significativamente.

Estaba justo detrás de Lucy, mirando fijamente los símbolos bordados con sus
ojos casi cerrados y la boca contraída en una mueca. Cogió las tijeras que
estaban sobre la mesa y cortó el bordado de través con deliberada intención. Al
cabo de un instante, la obra de Lucy había quedado destruida sin remedio.

—¡Así! —exclamó Mrs. Renner con oscura decisión.

Las manos de Lucy se elevaron hacia su boca para ahogar un horrorizado grito
de protesta. Por un momento, no pudo expresar ninguna palabra. El significado
de aquella acción resultó demasiado claro para ella. De repente se dio cuenta de
quién había tejido el antimacasar. Sabía por qué se habían elegido las serpientes
adaptables como motivo de decoración. Miró a Mrs. Renner, reflejando en su
asombrado rostro todas aquellas ideas y se dispuso a enfrentarse con ella, con
todo el coraje y la fortaleza de propósito que pudo encontrar en sí misma.

—¿Qué le sucedió a Cora Kent? —preguntó a bocajarro, elevando la cabeza,


con los ojos muy abiertos y llenos de horror—. Estuvo aquí. Sé que estuvo aquí.
¿Qué le hizo usted? —y como si las palabras hubieran surgido de repente en su
mente, preguntó—: ¿Sacó usted las madreselvas de su habitación?

Asombrosamente, Mrs. Renner pareció desmoronarse. Empezó a retorcerse las


manos, en inútiles gestos de desesperación. Su actitud de indomable decisión
desapareció mientras inclinaba el cuerpo de un lado a otro, como una autómata.

—No duró mucho tiempo, ¿verdad? —siguió preguntando Lucy con implacable
crueldad, al recordar en el fondo de sus pensamientos la conversación
escuchada.

Mrs. Renner retrocedió dando traspiés y se desmoronó, encogida, en un sillón.


—¿Cómo sabe eso? —preguntó con voz ronca, añadiendo—: Yo no sabía que
estaba enferma. Tenía que alimentar a Kathy, ¿no es cierto? Pensé que...

—Pensó que duraría más tiempo, ¿no es así? En realidad, no quería que Kathy la
matara, ¿verdad?

Aaron se encontraba en la puerta de la cocina. En su mano sostenía una robusta


estaca, uno de cuyos extremos terminaba en una punta aguda. En la otra mano
tenía un pesado mazo de madera. Los ojos de Mrs. Renner se fijaron
rápidamente en la estaca. Lanzó un grito, débil. Aaron se introdujo en la cocina
y Lucy escuchó sus pasos, subiendo las escaleras. Mrs. Renner estaba
gimoteando y gritaba frenéticamente:

—¡No! ¡No!

Parecía sentirse totalmente desprovista de fortaleza física, incapaz de levantarse


del sillón en el que se había hundido su cuerpo. Continuó gritando
lastimosamente, protestando por algo que las vertiginosas conjeturas de Lucy no
podían convertir en pensamientos tangibles. En el piso de arriba se abrió una
puerta. Los pasos de Aaron se detuvieron. Durante un largo y terrible momento,
se hizo el más absoluto silencio. Hasta Mrs. Renner dejó de gritar. Era como si
la casa y todo lo que hubiera en ella estuvieran esperando un acontecimiento
irrevocable. Después, sobre el mar de silencio, se extendió un largo y penetrante
grito de atormentada agonía. El grito murió en amplias oleadas, absorbido poco
a poco por la profunda quietud, como si el silencio hubiera terminado por
apoderarse de él. Mrs. Renner se deslizo hacia el suelo, inconsciente. Mientras
su cuerpo caía del sillón, sólo pronunció una palabra:

—¡Kathy!

Sus labios se apartaron ligeramente para permitir que escapara el sonido. Lucy
permaneció junto al telar, sin moverse, frente a su obra destrozada. Era como si
se sintiera incapaz de iniciar la escena siguiente del drama, viéndose obligada a
esperar su llegada. Surgió con un sonido de ruedas y de frenos y una voz que
pronunciaba su nombre repetidas veces.

—¡Lucy! ¡Lucy!

¡Cómo! Era Stan. ¿Cómo era que Stan había llegado hasta allí? ¿Cómo es que
ahora sus brazos la rodeaban en un gesto de protección? Fue entonces, cuando
Lucy encontró su propia voz.

—Aaron ha matado a Kathy con una estaca afilada y un mazo —dijo,


sintiéndose enferma.

La voz de Stan parecía llena de una serenidad tranquilizadora.

—Aaron no ha matado a Kahy. Kathy estaba muerta desde hace muchas


semanas.

—Imposible —balbució Lucy-. La he estado escuchando, noche tras noche,


pidiendo ser alimentada.

—¿Alimentada, Lucy? Todo lo que Kathy quería era sangre. Su madre trató de
satisfacerla, pero no pudo, de modo que Kathy tomó lo que Cora Kent pudo
darle, y Cora no pudo resistir el esfuerzo

—Mrs. Renner dijo que Cora no resistió mucho...

Stan la apretó contra sí y ella se sintió segura entre los brazos fuertes y
protectores del hombre.

—Lucy, ¿hizo ella...?


Lucy se tocó el cuello. Incomprensiblemente, los puntos rojos habían
desaparecido.

—Creo que se acercó una vez, Stan —dijo con indecisión—. Pero creí que era
un sueño. Ahora, las marcas rojas han desaparecido.

—Eso se lo puedes agradecer a la acción de Aaron. El ha sido quien ha


terminado con el vampirismo de Kathy.

Stan se inclinó sobre la mujer postrada.

—No es más que un desvanecimiento —dijo.

—¿Y Aaron...?

—Está perfectamente sano y no hará daño a nadie, Lucy. Lo que ha hecho no


será comprendido por las autoridades, pero dudo que hagan otra cosa que
declararle loco, pues cualquier examen demostrará que Kathy estaba muerta
mucho antes de que él introdujera esa estaca puntiaguda en su corazón.

—¿Cómo lo sabías, Stan?

—Por el antimacasar que le enviaste a mí madre.

—¿Con el S-O-S en el borde? —se aventuró a preguntar Lucy.

—Así es que también has descubierto eso, ¿eh, Lucy? ¿Sabías que aquella pobre
joven bordó símbolos taquigráficos en toda la pieza? En cuanto me di cuenta de
que decían «Vampiro, peligro, muerte, Cora Kent», me vine para acá, a buscarte.
—¿Qué le ocurrirá ahora a Mrs. Renner?

—Eso es algo difícil de decir. Pero puede ser acusada de asesinato si es que
encuentran el cuerpo de Cora.

Lucy se estremeció.

—Lo más probable es que esté mentalmente enferma, querido. Probablemente,


nunca se dio cuenta de que Kathy estaba muerta. Su castigo puede que no sea
muy severo.

—Vamos, Lucy. Recoge tus cosas. Regresas a la ciudad conmigo y allí


informaremos a las autoridades de lo que ha ocurrido.
«El castillo oscuro»: Marion Brandon; relato y análisis

El castillo oscuro (The Dark Castle) es un relato de vampiros de la escritora


norteamericana Marion Brandon (¿?), publicado originalmente en la edición de
septiembre de 1931 de la revista Strange Tales, y luego reeditado en la antología
de 1972: El huésped de Drácula y otros relatos extraños (Dracula's Guest and
Other Weird Stories).
El castillo oscuro, uno de los pocos cuentos de Marion Brandon que ha
trascendido, relata la historia de dos hombres extraviados en una carretera
rumana, quienes encuentran refugio en un viejo castillo abandonado para pasar
la noche, probablemente la peor de sus vidas.

SPOILERS.
El castillo oscuro de Marion Brandon emplea todos los recursos de la literatura
gótica: un protagonista perdido, un castillo premonitorio, un ocupante
misterioso, algo que se alimenta de la sangre de los vivos, y finalmente un
desenlace dramático en un cementerio. Estos ingredientes son familiares, todos
ellos, y de algún modo permiten que el lector habituado a las historias de
vampiros de la época pueda anticipar los sucesos que están por desarrollarse.
El principal escenario del relato es el castillo de Archenfels, abandonado durante
siglos, donde merodea una vampiresa que no vacila en emplear todos sus
recursos para alimentarse de los incautos que deciden entrar en sus dominios. Se
trata de una mujer con un nombre que difícilmente uno asociaría con una
vampiresa rumana: Helena Barrientos, quien tiene una clara predilección por los
hombres jóvenes.
Afortunadamente, uno de los protagonistas es un hombre maduro, de manera tal
que Helena solo lo paraliza para alimentarse tranquilamente de su compañero.
Grave error. Esto le permite al sobreviviente rastrear a la vampiresa al amanecer,
hasta encontrar su tumba, y marcarla para luego organizar una partida con los
lugareños y finalmente matarla atravesándole una estaca en el corazón.
El castillo oscuro de Marion Brandon no es un gran relato de vampiros, ni
siquiera uno original realmente. Pero sabemos que el lector aficionado a esta
clase de historias, como lo somos aquí en El Espejo Gótico, es como una especie
de arqueólogo literario que no busca descubrir grandes ciudades enterradas, sino
pequeños detalles, motivos, escenas, atmósferas; y todo eso puede encontrarse
en El castillo oscuro.
EL CASTILLO OSCURO
The Dark Castle, Marion Brandon (¿?)

Perdido en una carretera de montaña, ¡y sin gasolina!

Esa es la peor combinación posible de desgracias para el turista; y peor incluso


entonces, con la noche cayendo en el campo desconocido que nos rodeaba,
envolviéndolo en la oscuridad, ocultando los objetos más simples en misterio y
dotando de un carácter siniestro a los sonidos más comunes. Pero no había
forma de evitar el hecho de que el tanque estaba tan seco como el hueso
proverbial, y que no importaba cómo Arescu y yo maldeciéramos nuestra suerte,
nuestro automóvil nunca volvería a andar hasta que se pudiera obtener algo para
llenar el tanque de vacío.

Tampoco se sabía cuándo sería eso, ya que en los distritos montañosos de


Europa Central las fuentes de suministro eran escasas y lejanas en 1930. Nos
habían dado instrucciones equivocadas en algún lugar en el camino desde la
pequeña ciudad que habíamos dejado al mediodía, y en lugar de llegar a la
ciudad que era nuestro destino antes del anochecer, aquí estábamos, horas
después, en ninguna parte, y sin poder movernos.

Estaba recorriendo estas regiones remotas con solo un compañero, un joven muy
agradable, un rumano, que se había graduado en junio de la universidad donde
yo era instructor. Habíamos formado una de las amistades peculiares que a veces
se producen entre un hombre mayor y un joven, y cuando llegó el momento de
regresar a su país natal, me sugirió que lo acompañara durante el verano. La idea
era recorrer países tan desconocidos como Serbia, Bulgaria y su propia
Rumania, donde estábamos en el momento en que nuestro motor murió en esa
tortuosa carretera.
Hacía mucho frío, porque era un agosto avanzado y se acercaba el otoño. No
había sonidos en el aire que rompieran el silencio, salvo el espeluznante chirrido
de un búho y el leve susurro del viento nocturno en la maleza al borde del
camino, como el sigilo de algún animal hostil. Aunque todo el día había estado
muy nublado, la noche era clara y estrellada, pero negra como un pozo, porque
la luna aún no había salido, y más allá del pequeño alcance de nuestros faros no
podíamos ver nada.

—Bueno —dije con resignación mientras me sentaba en el estribo y archivaba


mi pipa—, esto puede ser muy romántico, pero también hace frío, y daría un
buen trato en este momento para estar en una prosaica autopista estatal de
concreto, con una bomba de gas a menos de media milla.

Arescu se sentó a mi lado.

—Solo falta una hora para la salida de la luna —dijo —. Quizás podamos tener
una idea de dónde estamos entonces. Debe haber una aldea en algún lugar.
¿Escuchas a ese perro que acaba de comenzar a aullar? ¿Me pregunto de quién
será la muerte que está anunciando?

Nunca he culpado al creador de la superstición de que el aullido repetido de un


perro significa una muerte inminente, ya que es el más deprimente y siniestro de
los sonidos, doblemente de noche, y estaba empezando a ponerme nervioso
cuando Arescu dijo sorprendido:

—¡Estamos buscando la luna en la dirección equivocada! Esperaba que


apareciera a la derecha, detrás de nosotros. Mira hacia allá.

Obedecí. A la izquierda, el cielo estaba suavemente dorado, proclamando el


acercamiento de la luna oculta e iluminando apenas los techos de un edificio.

Ni una luz en ningún lado, ni un sonido, ni una señal de vida. Pero al menos
prometía cierto grado de protección contra el viento penetrante de la montaña
que en ese momento atravesaba nuestra ropa como si estuviera hecha de papel.
Soltando los frenos de nuestro auto inútil, lo rodamos hacia atrás por el ligero
declive de la carretera por los pocos cientos de pies que se extendían entre
nosotros y dos grandes puertas que descansaban sobre sus goznes. Con un
esfuerzo final, lo empujamos para que los faros iluminen la escena que teníamos
delante.

El edificio era, como ya supusimos, la ruina de un pequeño castillo, o una casa


muy grande, con sus ventanas sin paneles que miraban como ojos hostiles desde
las troneras de los muros de piedra. Algunas de sus torretas estaban rotas, como
dientes partidos, otras aparentemente intactas, y todas oscurecidas contra el cielo
ahora brillante. Mientras miramos, el borde dorado de la luna se elevó sobre el
castillo: el chillido tembloroso de la lechuza tembló en el aire frío, respondido
por el aullido triste del perro distante. Una escena de una desolación tan
sobrenatural como nunca volveré a ver.

—Parece bastante sólida —comentó Arescu.

Armándonos cada uno con una linterna, nos acercamos al edificio.

La enorme puerta de hierro se abrió. Al pasar, nos encontramos en un gran salón


con piso de piedra, sin techo, frío y prohibido. A la derecha, sin embargo, se
abrió una puerta, más allá de la cual descubrimos una habitación más pequeña
en buenas condiciones. Las fuertes vigas negras que sostenían el techo estaban
en su lugar y parecían quedarse allí. Las tablas habían sido empujadas contra las
ventanas sin paneles, los troncos medio quemados yacían en la enorme
chimenea de piedra, y en una esquina de la habitación había un montón de
madera seca.

—¡Nada mal! —dijo Arescu, examinando la escena con aprobación—. Otros


acamparon aquí antes que nosotros. Sin embargo, hicieron arreglos para una
estadía más larga y aparentemente cambiaron de opinión. Pero la madera que no
quemaron será muy buena para nosotros. Voy a encender el fuego —continuó
—, mientras tú te ocupas de los víveres.
Para entonces, la luna se había elevado lo suficiente como para hacer innecesaria
una linterna al aire libre, su resplandor plateado verdoso hacía que el mundo
fuera casi tan claro como el día. Estábamos bien preparados para acampar.
Teníamos alfombras, latas de sopa, café, pan, tocino y, afortunadamente, velas.

Cuando salí para traer los últimos víveres, me sorprendió encontrar, de pie junto
al auto y mirando hacia mí, a una mujer. Estaba envuelta en una capa larga,
oscura y encapuchada que cubría tanto su forma como su rostro, de manera que
me resultó imposible aventurar su edad, aunque la voz con la que se dirigía a mí,
en alemán, tenía el claro tono vigoroso de la juventud. Solo pude ver que sus
ojos eran muy brillantes y sus dientes notablemente finos y blancos entre los
labios escarlatas que se separaron con su sonrisa.

—Perdón —dijo —, si te he sorprendido. Pero vivo cerca, y los extraños rara


vez vienen por aquí.

Expresé mi sorpresa al escuchar que había gente en los alrededores, ya que no


había visto luces, y le sugerí que tal vez podría encontrarnos un alojamiento más
cálido para pasar la noche.

—Mi casa no es lo suficientemente grande —respondió ella con esa brillante


sonrisa —. Solo vine a curiosear, esta vez; pero tal vez nos volvamos a ver más
tarde.

Y cuando recogí algunos artículos más en el baúl del auto, ella me deseó buenas
noches y se alejó corriendo con paso seguro por el camino oscuro.

—Bien —exclamó Arescu cuando le informé del encuentro—. Quizás tengan


una pequeña granja donde podamos conseguir huevos para el desayuno, y algo
en cuatro patas para ir a buscar gasolina.

Arescu había logrado generar una atmósfera bastante doméstica en el lugar, y


había extendido un par de nuestras pesadas alfombras de viaje en el piso, junto
al rugiente fuego que había encendido, el cual ya estaba teniendo un efecto en el
ambiente frío. Pusimos a hervir nuestra cafetera sobre un ladrillo. La habitación
en ruinas parecía casi acogedora.

Sin embargo, por alguna razón, me sentí nervioso. Con mucho gusto habría
estrangulado a la lechuza lejana y al perro aún más distante, cada uno de los
cuales, a intervalos irregulares, seguía emitiendo su lamento. Para colmo, el
perro miserable parecía acercarse gradualmente. Un par de murciélagos
revoloteaban torpemente por la habitación, el viento nocturno rondaba inquieto
afuera.

—Siempre he escuchado que ustedes, los centroeuropeos, eran gente


supersticiosa —comenté cuando Arescu, silbando alegremente, dejó a un lado el
café para mantenerlo caliente y colocó sobre el fuego una generosa bandeja de
tocino—, pero aquí estamos en lo que podría ser el escenario de todo tipo de
horrores. Incluso me da escalofríos a mí.

Arescu se sentó sobre sus talones.

—Soy tan supersticioso como cualquiera, cuando tengo razones para serlo —
respondió de manera perfectamente práctica —. Pero los escenarios horrorosos
no me molestan en lo más mínimo cuando sé que no hay nada malo.

—¿Cómo sabes que no hay nada de malo en este lugar? —pregunté con
curiosidad—. Nunca lo viste antes, ¿verdad?

—Nunca —Arescu organizó plácidamente el tocino crujiente entre rebanadas de


pan y vertió el café en tazas de esmalte—. Hay muchos castillos en ruinas en
estas partes, pero solo hay un lugar embrujado, un castillo de vampiros, en toda
esta región, y está en una carretera que sale del otro lado de Koslo, desde la
dirección en que tomamos este mediodía. No hay nada dentro de un radio de
cien millas que se acredite ni siquiera un espectro.
—¿Y realmente crees en lo sobrenatural? —exigí, incrédula—. ¿No dormirías
aquí si el lugar estuviese embrujado?

—Mi buen amigo —dijo Arescu, extraordinariamente serio, mientras volvía sus
ojos oscuros a los míos—. Parece extraño, lo sé, para un nativo de los Estados
Unidos que personas supuestamente inteligentes puedan creer en lo increíble, es
decir, increíble desde su punto de vista. Pero, después de todo, ¿no sería
razonable pensar que las fuerzas de la oscuridad evitan las regiones más
civilizadas y pobladas y se aferran a los lugares remotos y poco conocidos?
Concedido que la idea de un espectro o espíritu parece absurda para alguien
sentado cómodamente en su casa bien iluminada, o conduciendo por una
carretera transitada. Pero, si te dijeran que este castillo está embrujado, ¿acaso te
parecería tan ridículo?

El siniestro aullido del perro le respondió.

—Sabiendo que no lo está —agregó—, estoy tan feliz como en los mejores
hoteles. Pero si esto fuera Archenfels, puedes estar seguro de que no deberíamos
estar aquí.

Y mientras devoramos nuestra cena caliente, este asombroso joven cuya


educación estadounidense no había sacudido su creencia en las manifestaciones
sobrenaturales me contó la historia del Castillo de los Vampiros.

—Está a veinte millas, en las montañas, al oeste de Koslo —dijo—. No se ha


vivido allí durante más de un siglo. Había sido durante cientos de años el hogar
pacífico de una familia noble que tuvo que abandonarlo, ciento veinte años atrás.
Primero el hijo mayor y el heredero fueron encontrados muertos en su cama,
luego sus hermanos, uno tras otro, a intervalos considerables. Después de que
los dueños originales salieron desesperados, hubo unos pocos intentos de vivir
en ella, sobre todo por personas que esperaban obtener una buena propiedad a un
bajo costo, pero esos intentos siempre terminaban en una serie de muertes
misteriosas. Siempre hombres, también, hombres jóvenes, nunca mujeres.
Sonríe tanto como quieras —reprobó—, pero en todos los casos, se encontró la
misma herida cortante en la garganta de la víctima.
»Nadie ha pasado una noche allí a sabiendas en más de un siglo, como he dicho
—continuó—. Pero de vez en cuando un viajero lo ha hecho, como lo estamos
haciendo aquí, y siempre con el mismo resultado terrible: el hallazgo de su
cuerpo, a veces mucho después, la garganta marcada por esa pequeña herida
cruel. Nadie vive en las cercanías del castillo. Sus únicos vecinos son los
muertos en el cementerio de una antigua iglesia en ruinas.

»No, profesor —terminó con su sonrisa joven y atractiva—, si esto fuera


Archenfels, debería estar corriendo ahora a una velocidad que lo sorprendería.
Pero como no lo es, y el hecho de que haya vecinos lo confirma, dormiré
profundamente.

Al decir eso, se envolvió en una de nuestras alfombras adicionales, se tumbó


junto al fuego y, con su abrigo como almohada, se durmió casi de inmediato. De
repente me sentí muy solo.

Aunque hice todo lo posible para seguir su ejemplo, no sirvió de nada. El fuego
ardía, los murciélagos, todavía se tambaleaban entre las sombras vacilantes; el
viento creciente gimió afuera mientras intentaba abrir una ventana tras otra. ¡El
último aullido del maldito perro seguramente estaba mucho más cerca! No
debería haber bebido ese café tan tarde en la noche, no debería dejar que mi
mente juegue con la historia del niño del castillo en ruinas, perseguido por esos
horribles visitantes que se dice que se alimentan de la sangre de sus víctimas
vivas...

De repente, mientras yacía mirando el fuego moribundo, mi corazón pareció


detenerse, y luego se aceleró en mis oídos. Un sudor helado se deslizó sobre mi
cuerpo. Aunque no había escuchado nada, sabía que alguien, algo, estaba en la
habitación, avanzando silenciosamente sobre nosotros desde la puerta detrás de
mí.

Con un esfuerzo desesperado, luché contra el terror envolvente que me había


sujetado y volví la cabeza.
Avanzando lentamente hacia mí a través de la habitación, en el brillo
intermitente del fuego que se apagaba, estaba la mujer que me había hablado en
la puerta. ¡Pero qué terrible, qué horrible cambio! La larga capa ondulaba,
revelando un vestido blanco y antigua. La cara, sombreada antes por la capucha
oscura, exhibía una extraña y brillante cualidad pálida que no parecía humana.
Los labios, rojos como la sangre, se separaron en una sonrisa burlona. Sus dedos
eran como las garras de un ave de rapiña.

¡Y los ojos! No podía quitármelos de encima. Me fascinaron, como los ojos de


una serpiente, de manera tal que no podía moverme ni hablar. Me quedé inerte,
paralizado y frío.

—Bienvenido a Archenfels —dijo ella, sonriendo burlonamente.

¡Archenfels! ¡El castillo de los vampiros!

Mi cuerpo estaba paralizado, pero mi cerebro estaba despejado mientras buscaba


frenéticamente una explicación.

Archenfels, había dicho Arescu, estaba al oeste de la ciudad; es decir que


habíamos ido al este. ¡Imposible! Sin embargo, mientras miraba fijamente a los
ojos crueles y entrecerrados de la criatura de boca escarlata, cuyos afilados
dientes brillaban blancos a la luz parpadeante del fuego, supe que no era
imposible, supe que efectivamente había cosas más terribles en el mundo de lo
que el hombre se atreve a soñar.

Quizás entendimos mal las indicaciones que habíamos pedido a los lugareños, y
con el sol oculto bajo las nubes, como lo había estado todo el día, evidentemente
perdimos nuestro sentido de la orientación. Simple de entender, ahora, cuando
era demasiado tarde.
Frenéticamente luché para romper el agarre de esos ojos. El sudor brotaba de
cada poro; sin embargo, permanecí inerte como un tronco. No pude hacer un
movimiento; no era capaz de levantar ni un solo dedo. Tampoco podía, por el
esfuerzo más desesperado, quitar mi mirada de la suya. Si pudiera hacer eso, me
dijo algo, el hechizo se disolvería. Podría atacarla y tal vez salvar nuestras vidas.
¿Pero puede el gorrión apartar la mirada de los ojos brillantes de la serpiente que
se desliza hacia él?

Todo este tiempo, Arescu yacía durmiendo en silencio como un bebé, un brazo
sobre su corazón, el otro tirado sobre la colcha, su respiración lenta y regular era
el único sonido en la habitación. Un fuerte olor a cementerio, a tierra húmeda y
descomposición, me sofocó cuando la criatura se acercó todavía más. Pasó junto
a mí, pero siempre mirándome, sin quitarme esos terribles ojos de los míos. Se
arrodilló junto a Arescu y, recogiendo su forma dormida en sus brazos,
descubrió sus dientes brillantes...

Todavía encadenado por esa mirada inquebrantable, pensé en la repugnancia


ciega de un tigre agazapado sobre su presa, mirando celosamente para que no
interfiera otra bestia.

Perturbado en el sueño profundo de la juventud y la salud, Arescu abrió los ojos.


Por un instante la miró, inexpresivo y sin comprender, como en una pesadilla.
Luego, sobre su hermoso rostro joven apareció una expresión de horror que veré
en mis sueños hasta el último día. Debajo de la ventana, el perro aulló
desesperadamente.

Creo que el muchacho murió de inmediato por el shock. Espero que lo haya
hecho. Porque cuando me di cuenta de lo terrible que estaba a punto de ocurrir,
algo que ni siquiera puedo expresar con palabras, sentí que yo también estaba
muriendo, y la inconsciencia misericordiosa me venció.

Después de lo que pareció una eternidad de lucha, sumergido en la oscuridad,


recuperé el sentido, consciente de la confusión de una forma blanca que se
deslizaba por la puerta. Débil y mareado, me senté. El cuarto estaba quieto. El
fuego se había reducido a unas pocas brasas. Incluso el viento había muerto y
yo, gracias a Dios, ya no estaba bajo el control de esa mirada nefasta.

Arrebatando la linterna que estaba a mi lado, volví su haz sobre la joven figura
arrugada junto al hogar.

La terrible palidez sobrenatural de la cara juvenil de Arescu, el gris espeluznante


y agotado, fueron suficiente para que comenzara de nuevo a temblar. Pero una
ira hirviente se apoderó de mí. ¿A dónde se había ido la criatura asquerosa? ¿Era
imperioso encontrar a otros de su especie y decirles que un hombre vivo
sobrevivió en el maldito castillo?

Demente y sin plan, salí corriendo hacia la noche. Al otro lado del césped, a la
clara luz de la luna, una forma blanca pasaba por la gran puerta. Me lancé tras
ella en una loca persecución mientras, al darme cuenta de que la seguía, huyó
flotando como el viento por el duro camino de la montaña.

Nunca levanté los ojos desde el nivel de sus pies. No volvería a ser víctima de
esa mirada aterradora.

Estaba casi sobre ella cuando, de repente, giró a la izquierda. Incapaz de


controlarme, pasé corriendo por la pequeña puerta en el muro de piedra,
permitiendo así que el monstruo ganara tiempo. Deteniéndome lo más rápido
posible, me di la vuelta y corrí a través de la puerta, hacia lo que parecía ser un
cementerio.

Sí, estaban las túnicas ondeantes ante mí, plateadas a la luz de la luna. Con un
gran esfuerzo final, al límite de mis pulsaciones, me acerqué. No más de seis
metros nos separaban cuando de repente se detuvo, se aproximó a una antigua
lápida inclinada y desapareció en la tierra.
Enfermo de horror y completamente exhausto, me dejé caer junto a la tumba; y
por segunda vez esa noche, y la segunda en toda mi vida, una ola de
inconsciencia me invadió.

Cuando me recuperé, las estrellas palidecían ante la luz rosada del este, los
gallos cantaban a lo lejos, los pájaros trinaban en los árboles. Golpeado y rígido,
me puse de pie.

Estaba parado en un viejo cementerio, en desuso, aparentemente, durante


muchos años. Las lápidas envejecidas y cubiertas de musgo se inclinaban, como
ebrias, de un lado a otro; la pequeña iglesia en ruinas estaba medio escondida
entre arbustos cubiertos de maleza. Tal como el pobre Arescu había descrito la
fatídica región. ¡Si solo hubiéramos podido ver la noche anterior!

Enterré un palito para marcar la tumba a mis pies, y me apresuré a regresar por
el camino hacia el terrible castillo de Archenfels.

Aquí encontré a muchas personas agrupadas alrededor de nuestro automóvil,


todas hablando con entusiasmo pero en voz baja y pálidas de miedo. Otros
estaban dentro. Cuando entré en la sala de la muerte, un viejo y alto sacerdote se
levantó de rodillas al lado del cuerpo de Arescu, ahora bien dispuesto, con los
ojos cerrados y las manos cruzadas.

Ambos hablamos alemán, y el sacerdote contó su historia. Un pequeño granjero,


que vivía al otro lado del valle de Archenfels, había visto nuestras luces en la
noche y, a primera vista del amanecer, se apresuró a la aldea para informar lo
que podría significar una sola cosa: otra tragedia. Prácticamente toda la
población lo había acompañado al castillo, para encontrar lo que temían, una
nueva víctima del vampiro. Habían deducido que dos personas habían ocupado
la habitación; y cuando expliqué dónde había estado, los ojos oscuros del
sacerdote se iluminaron extrañamente.

—Señor —preguntó ansioso—, ¿sabe dónde desapareció?


—¡Efectivamente! —respondí—. Marqué el lugar.

Una mirada incomprensible brilló entre los oyentes mientras el sacerdote


traducía mi respuesta; y una mujer, con lágrimas cayendo por sus mejillas, se
arrodilló y besó mi mano.

—Creo, señor —dijo el sacerdote lentamente, después de haber dado algunas


instrucciones en su propia lengua a varios de los hombres presentes—, que, por
sorprendente que le haya sido esta experiencia, usted ha sido el instrumento para
salvarnos. Se lo explicaré cuando regresemos al cementerio.

La historia del sacerdote coincidió estrechamente con la de Arescu, con una


sombría adición. Las víctimas de los ataques fueron, como había dicho él,
siempre hombres, hombres jóvenes, un hecho que sin duda explicaba mi propia
supervivencia. Pero durante los cien años que el castillo había permanecido
desatendido, el número de jóvenes que por casualidad pasaron una noche allí
había sido insuficiente para satisfacer la sed de sangre de la criatura; y de vez en
cuando, se encontraría a un muchacho de la aldea, muerto en su cama, con una
herida aguda en la garganta. La última víctima, dos años antes, había sido un
hijo de la mujer que me había besado la mano; y, como tenía otros dos hijos
vivos, su miedo era grande.

Nadie excepto los muertos habían visto al destructor; nunca se había dado una
descripción; no se pudo formar una teoría sobre su origen repentino en un
distrito tan pacífico. El pueblo había dado los pasos que pudo. Las pocas tumbas
de suicidios, y otras que habían muerto con muertes violentas, situadas fuera del
muro del cementerio, más allá del área consagrada, se habían abierto hace
mucho tiempo, porque a veces se decía que esos desafortunados se convertían en
vampiros. Pero los ataúdes podridos no habían contenido nada sospechoso; solo
huesos. Y uno no puede abrir todas las tumbas en un antiguo cementerio sin
pistas para seguir.

Largos rayos de sol matinal se extendían sobre la hierba húmeda cuando


llegamos a la tumba que yo había marcado: Helena Barrientos —decía la
inscripción casi borrada en la piedra—. Murió el 5 de agosto de 1799 a la edad
de veinte años.

Durante un tiempo esperamos allí con la gente detrás de nosotros, todos en


silencio bajo el hechizo solemne de inminentes eventos extraños, hasta que los
hombres a quienes el sacerdote había dado órdenes regresaron, algunos con
picos, palas y cuerdas, y uno con una larga y fuerte estaca, afilada en un
extremo. Un muchacho trajo la cruz procesional desde la iglesia del pueblo.

En medio de un silencio profundo y tenso, se pusieron a trabajar, y la pila de


terrones negros frescos se alzó rápidamente al lado de la excavación. Luego
vinieron los golpes sordos sobre la madera podrida. El hoyo se hizo lo
suficientemente ancho y profundo como para permitir que los trabajadores
descendieran en él. La tierra se despejó cuidadosamente alrededor del ataúd,
demasiado frágil para soportar su remoción. La tapa se abrió…

Gritos de horror surgieron de los que se apiñaban alrededor de la tumba. En


cuanto a mí, mi cerebro se tambaleó. Incluso entonces, no podía creer lo que
veía.

Acostado ante nosotros, en el viejo ataúd descompuesto, con el color rosado


fresco y los labios escarlatas de un niño dormido, estaba la visitante de la noche
anterior; pero ahora, todo lo terrible de ella había desaparecido. Los ojos, que
habían ejercido su temible poder de fascinación, estaban silenciosamente
cerrados, los labios rojos apretados. ¡Un cadáver, fresco y brillante, donde
debería haber un montón de huesos desintegrados!

—¡Observen! —dijo el viejo sacerdote simplemente.

Una pequeña caja de metal yacía al lado del cuerpo, y la abrió, revelando una
carta escrita en tinta descolorida, pero aún legible. Lenta y solemnemente lo leyó
en voz alta:
—Confieso a Dios, pero no al hombre, que esta, mi hija, encontró su muerte por
su propia mano. Deseo que mi hija, equivocada como ha estado, se acueste en
tierra consagrada, porque temo que ella no descanse afuera. Durante un día
después de su muerte, les dije a otros que estaba gravemente enferma; luego,
que había muerto. La preparé para la tumba y nadie sospecha. Que Dios la
perdona. Sufrió mucho después de haber sido traicionada despiadadamente por
el joven señor de Archenfels, aunque yo solo lo sé. Que Dios también me
perdone, su madre.

En medio de un profundo silencio, el sacerdote plegó el trágico mensaje de un


día lejano y se dejó caer en la tumba. Alguien le alcanzó la estaca afilada.
Agarrándola con su mano derecha, recibió en su izquierda la brillante cruz de
bronce. Incluso yo, escéptico como había sido en un tiempo, había escuchado
historias sobre el sombrío método de exorcizar vampiros, y contuve el aliento
con el resto mientras observamos.

Murmurando una oración en latín, levantó la estaca afilada.

—¡Que Dios se apiade de tu alma! —él dijo.

Y hundió la estaca a la altura del corazón.

Un jadeo de alivio y horror surgió de todos los que podían ver la tumba. Casi de
inmediato, el cadáver desapareció. Solo un esqueleto desintegrado yacía en el
ataúd, sobre un charco de sangre que corría rápidamente a través de las grietas y
penetraba en la rica tierra negra.

—¡Que Dios tenga piedad! —dijo el sacerdote una vez más en el sonoro latín de
la Iglesia, y con infinita compasión en su tono.

—¡Amén! —respondió la gente, y se fueron.

Eso fue todo.


Recuerdo muy poco del viaje de regreso a la antigua ciudad de Koslo, donde
pasé casi un mes en el hospital, delirando la mayor parte del tiempo.

Cuando me recuperé lo suficiente como para estudiar un mapa de la región, fue


fácil ver cómo nos habíamos metido en el área fatal. El camino en el que se
encontraba Archenfels dejó la ciudad iba en dirección oeste, es cierto, pero
pronto se dirigía decididamente hacia el sur, mientras que el nuestro, yendo
hacia el este al principio, también se inclinaba hacia el sur en poco tiempo. La
dirección equivocada que nos dieron nos había puesto en un camino que unía a
los otros dos, y nuestros propios vagabundeos habían hecho el resto.

¡Ojalá el sol no hubiera estado oculto! Si tan solo hubiéramos llegado al lugar
del terror antes de que la noche ocultara la escena.

La universidad me concedió un permiso de ausencia durante un año, y ahora


estoy algo mejor, pero sé que nunca más tendré el equilibrio nervioso de un ser
humano normal.

Los médicos dijeron que podría ayudarme a escribirlo todo: sáqueselo de


encima, dijeron. También siento que si la narración de mi experiencia lleva a
otros a darse cuenta de que todavía hay cosas oscuras y terribles que merodean
por el mundo, al menos habré logrado algo bueno.
«El cactus»: Mildred Johnson; relato y análisis.

El cactus (The Cactus) es un relato de terror de la escritora norteamericana


Mildred Johnson (¿?), publicado originalmente en la edición de enero de 1950
de la revista Weird Tales.
El cactus, uno de los dos cuentos de Mildred Johnson en obtener algo de
reconocimiento, relata la historia de Edith Porter, una mujer recientemente
abandonada por su esposo que se vuelca al cuidado amoroso de sus plantas. En
este contexto, Edith recibe por correo un cactus muy particular, agresivo, capaz
de convertirla a ella misma en objeto de desagradables atenciones (ver: Horror
Botánico: ¡el brócoli dominará el mundo!)

SPOILERS.
El cactus comienza con una pareja estadounidense que se detiene en un área
aislada del norte de México. En este punto Mildred Johnson introduce algunas
sutilezas. La esposa recoge un brote de cactus, uno ciertamente extraño, que
crece en lo que parece ser el cráter de un meteorito. El lector debe decidir si el
crecimiento prodigioso de esos especímenes, y su comportamiento homicida,
son el resultado casual de una mutación producida por lo que sea que haya caído
del espacio, o el producto de una deliberada panspermia (ver: El Cambio
Climático como proceso de Terraformación)
Resulta difícil no pensar aquí en El color que cayó del espacio (The Colour Out
of Space) de H.P. Lovecraft (ver: ¿Qué era el Color que Cayó del Espacio?)
Otro detalle que el lector puede pasar desapercibido tiene que ver con las
propiedades aromáticas del cactus. Mildred Johnson, de nuevo, es sutil al
respecto. Las flores del cactus (de simpático «color hígado») exudan un aroma
dulzón y almizclado, un olor que parece irresistible para las mujeres, pero
repugnante para los hombres; aunque este aspecto no es explícito, y no tiene
impacto en el argumento. De todos modos, es un matiz que le aporta extrañeza
al relato.
Eventualmente, el brote de Edith prospera. De hecho, crece a un ritmo
insualmente acelerado, al igual que el cactus de su amiga, Abby, quien se lo ha
enviado desde Los Ángeles. Ellas parecen encantadas, aunque los hombres los
encuentran repugnantes. A través de cartas nos enteramos que el esposo de
Abby, Robert, desarrolla una auténtica hostilidad hacia este intruso, mientras
que el personal de mantenimiento de Edith, el señor Krakaur, tolera su
espécimen, aunque proclama que «apesta a cabra».
Si bien la posgerra introdujo algunos cambios sociales importantes, las vidas de
las mujeres estadounidenses seguían siendo muy limitadas en 1950. Sus
pasatiempos eran exiguos, y el cultivo de plantas exóticas era una opción
popular y socialmente aceptable. Edith, abandonada por su marido, tiene sus
cactus. Mildred Johnson puede estar ofreciendo algo de crítica social aquí,
incluso algo de sátira, aunque únicamente como subtexto. De hecho, ni siquiera
sabemos si la autora era mujer o no, y menos aun si estos detalles constituyen un
esfuerzo deliberado por compartir una perspectiva femenina (ver: El cuerpo de
la mujer en el Horror)
Mientras tanto, las cartas de Abby mantienen a Edith bien informada sobre la
creciente e irracional hostilidad de Robert hacia el cactus. Finalmente llega una
llamada de la angustiada hija de los Burden, Nancy. Al parecer, Robert ha
intentado quemar al perturbador intruso, pero la mitad superior del cactus
«saltó» sobre él, ensartándolo con sus púas. Nancy le transmite a Edith una
advertencia de su madre, ahora postrada y sedada, tratamiento estándar para las
mujeres en esos días. De nuevo, ¿una crítica social o una descripción casual de
la realidad cotidiana? (ver: El Machismo en el Horror)
En este punto, Edith decide tomar medidas drásticas; no obstante, el destino
parece marcado, y sus precauciones solo sirven para retrasar la confrontación
final con el cactus.
El cactus de Mildred Johnson no es un gran relato, pero sí uno que reclama
atención. Su crítica sutil, tal vez involuntaria, su perspectiva femenina del
extraño tópico vegetal es muy interesante. En cierto modo, El cactus es un
cuento sobre una planta asesina de hombres en un entorno doméstico, un
entorno que permite una crítica feminista implícita, si no deliberada. Si Mildred
Johnson incorporó todos estos elementos conscientemente, o si surgieron como
un subproducto natural de su mirada como mujer, es un enigma.
El cactus podría estar inspirado en el cuento homónimo de O. Henry, de 1902.
Las similitudes son vagas, pero ambos comparten un tono común, aunque
mucho más sombrío en la interpretación de Mildred Johnson. De algún modo es
un cuento que posee una resonancia espeluznante; un cuento raro, extraño.
Mildred Johnson demuestra una comprensión admirable de lo fantástico,
precisamente porque no fuerza la situación, permitiendo que lo fantástico se
manifieste en sus propios términos. Y el margen de error es estrecho aquí.
Fácilmente se puede caer en el absurdo en un relato sobre un cactus asesino (ver:
Relatos botánicos de terror)
Mildred Johnson es un enigma en sí misma. Solo publicó un par de historias,
ambas en Weird Tales. La otra, menos memorable, es El espejo (The Mirror).
¿Era «Mildred Johnson» un seudónimo? Probablemente, sobre todo si tenemos
en cuenta que su producción literaria se limitó a dos cuentos publicados con
unos pocos meses de diferencia; cuentos que, por otro lado, no parecen el
ensayo dubitativo de una autora sin experiencia, sino el fruto de una escritora
consolidada. De todos modos, El cactus solo fue reimpreso un par de veces antes
de caer en el olvido. La mayoría de las antologías sobre plantas sobrenaturales lo
omiten por completo.

EL CACTUS
The Cactus, Mildred Johnson (¿?)

El paquete llegó por correo de primera clase. Era de la vieja amiga de Edith en
Los Ángeles, Abby Burden. Lo abrió con interés, removió un envoltorio de
algodón, una carta abultada, y más algodón. Al parecer, eso era todo, pero como
nadie, ni siquiera Abby, empaquetaba una carta con tanta ternura, volvió a
inspeccionar el algodón y encontró un pequeño objeto espinoso. Sin duda, la
explicación estaba en la carta.

Estaba escrita, como de costumbre, en papel fino, mecanografiada a mano y


anotaciones que se arrastraban por las páginas y los márgenes. Edith tuvo que
darle la vuelta y al final y arrastrar oraciones por hojas antes de captar el sentido.
Trataba del viaje de los Burden a México, pero hasta el final no divulgaba el
misterio del asunto.

—Y ahora sobre el brote —escribió Abby—. También puedo decirte que Robert
está en contra de que te lo envíe. Piensa que soy muy tonta. Pero déjame
contarte sobre esto.

»Lo recogí en un lugar apartado, abandonado por Dios, a unas cien millas de
Chihuahua, donde pinchamos una llanta. En ese campo desértico, a noventa
grados a la sombra —aunque no había sombra— el pobre Robert se enfrentó a la
perspectiva de cambiar el neumático. Me ofrecí a ayudar, pero me dijo que la
mejor manera de ayudarlo sería callar un rato. Ya sabes lo irritable que puede
ponerse un hombre en esas condiciones. El coche era como un horno, así que di
un pequeño paseo para ver la vegetación, pero parecía que no había nada en
cientos de millas más que salvia, matorrales y arena. A poca distancia, me
pareció ver una especie de niebla. Pensé que era una ilusión óptica, porque,
¿quién oyó hablar de niebla en el desierto? Pero, como no estaba lejos, caminé
y, al acercarme, olí el olor más dulce y agrio, el olor más almizclado que he
conocido.

»De repente, el suelo se hundió y yo estaba mirando algo extraño y hermoso.


¿Te acuerdas del cráter del meteorito en Arizona? Lo que vi allí era lo mismo,
mucho más pequeño, por supuesto. Era una pala en la tierra, como un gran
hoyuelo, y estaba lleno de cactus, maravillosos, sobrenaturales, hermosos, de
ocho, nueve, diez pies de altura, gigantes de color gris verdoso que estiraban sus
brazos retorcidos hacia el cielo. Había cientos de ellos, algunos de ellos ya
florecían con flores rojas, era esta última la que desprendía el extraño y dulce
olor.

»Me sentí como si estuviera en otro planeta, y con el perfume pesado y el calor,
mi cabeza daba vueltas. Pero finalmente me recompuse y corrí de regreso a
Robert para rogarle que viniera a ver lo que había encontrado y pedirle que me
cortara un trozo de una de esas plantas raras. Pero su reacción fue muy peculiar.
Ya sabes lo sensato que suele ser Robert, pero por alguna razón le disgustó toda
la zona. Era positivamente tonto. Dijo que había algo en el pequeño valle que le
daba escalofríos. Pero finalmente se rindió y me cortó un trozo diminuto de la
planta más cercana. Se pinchó al hacerlo y eso no lo hizo más feliz. Las púas en
el tallo son bastante complicadas, lo notarás.

»Tan pronto como lo llevé a casa, lo planté. Edith, es el mejor espécimen que he
visto y crece como… iba a decir como una mala hierba, pero es más rápido que
eso. En una semana tuve que trasplantarlo a una maceta más grande.
»Sin embargo, Robert todavía está enojado por eso. Cree que estoy loca por
enviarte un corte. Pero conociendo tu afición por los cactus, tuve que compartir
mi descubrimiento contigo.

Edith dobló la carta e inspeccionó el pequeño corte, sosteniéndolo en su palma.


No medía más de una pulgada de largo, estaba marrón y arrugado, tan sin vida
que dudaba que creciera en absoluto. Sin embargo, le daría una oportunidad.
Encontró una maceta pequeña, lo plantó, lo regó y lo dejó en el estante con sus
otras plantas de cactus.

—Si vas a ser un cactus gigante —dijo—, tienes un largo camino por recorrer,
amiguito.

Al examinarlo a la mañana siguiente se alegró de ver que viviría. El lunes


siguiente, mientras regaba su colección de cactus, decidió que el bebé iba a ser
un prodigio, porque no solo había cambiado su cubierta marrón arrugada por
una de un verde saludable, sino que se había enderezado y crecido unos cinco
centímetros. Su forma era algo cómica: con el tallo gordo y espinoso y los dos
cuernos pequeños que brotaban de la parte superior, parecía una oruga de
tomate. Edith le escribió a Abby esa tarde agradeciéndole.

Seis semanas después, a finales de mayo, había superado a todos los demás
cactus del estante. Ahora tenía quince pulgadas de alto, había sido trasplantado a
una gran urna y, en la mente de Edith, sería la estrella en la feria hortícola de
otoño. Sus amigos lo admiraban y, en las reuniones del club, preguntaban sobre
su salud como lo harían sobre la de un niño.

Sin embargo, cuando la señora Ferguson, su vecina de al lado, lo vio, hizo la


pregunta:

—¿Cuándo se supone que dejará de crecer?


—Bueno —se rio Edith—, la amiga que me lo envió dijo que los que ella vio en
México tenían dos metros y medio, pero no imagino que crezca tanto. No tengo
un contenedor lo suficientemente grande para eso, para empezar.

—Y el techo de tu porche no es lo suficientemente alto.

Inclinándose y sintiendo tentativamente los dos picos paralelos en la cabeza de


la planta, agregó:

—No es que no pudiera perforar un agujero si quisiera con estas cosas. Son
como dagas.

Su comentario llevó a Edith a preguntarle a Abby cómo estaba creciendo su


espécimen, y escuchó, con un poco de consternación, que también era
hiperexpansivo, ya de dos metros de altura y no mostraba signos de detenerse.
Edith pensó con tristeza: cuando crezca más que mi casa, adiós, cactus, supongo.

Floreció a principios de junio con flores de un peculiar color hígado. Aunque


nunca lo habría admitido públicamente, Edith los consideró poco atractivos, casi
repugnantes. Eran casi como llagas, pensó. Y su olor era lo suficientemente
picante como para causar comentarios, el repartidor del panadero preguntaba si
se estaba escapando el gas, el lector del medidor quería saber si tenía algo
quemándose en el horno. Pero su hábil amigo, el señor Krakaur, que venía los
lunes a sacar botes de basura, cortar el césped, etc., y que era el filósofo local,
declaró francamente que «apestaba a cabra».

—Señor Krakaur, ¿cómo puede decir eso? —riendo, recordó lo que había dicho
Robert Burden al respecto.

—Y también parece una —prosiguió el señor Krakaur, rumiando reflexivamente


—. Tiene cuernos y todo. Parece una cabra enferma con forúnculos.
Pero en dos semanas las flores se fueron. La mayor parte del olor se fue con
ellas, aunque permaneció inexplicablemente en varias partes de la casa lejos del
porche, en los armarios, en su dormitorio, y parecía estar contenido en bolsas de
aire porque, generalmente por la noche, lo olía, fuerte y almizclado. Era como si
el propio cactus hubiera pasado por su puerta abierta.

Ella sonreía ante su imaginación, pero se sorprendió al escuchar de Abby que


Robert Burden tenía la misma idea, aunque la estaba llevando a extremos
ridículos, afirmando, por ejemplo, que había vislumbrado al cactus flotando en
sus propias emanaciones como una medusa en una corriente oceánica.

Abby escribió que si pensaba que asustarla la haría deshacerse del cactus, estaba
equivocada. Su marido estaba siendo irracional. Incluso estaba amenazando con
advertir a Edith sobre el peligro.

No iba a dejarse influir por un conflicto en la casa de los Burden, pensó Edith,
pero de todos modos, después de leer la carta de Abby, fue al porche y echó un
buen vistazo a su cactus. Era una cosa grotesca, admitió, un marco en el que
fácilmente se podían colgar todas las aberraciones mentales. De forma
cruciforme, sus «brazos» levantados terminaron en nódulos puntiagudos, como
dedos en garra; los cuernos hacia adelante eran realmente formidables; y las
flores marchitas en la «cabeza» estaban dispuestas a sugerir un rostro malvado,
un rostro demoníaco, lascivo y repugnante.

Súbitamente asqueada, decidió que debía destruirlo, pero luego, recordando su


promesa de exhibirlo en la feria y obtener la admiración e interés de sus amigos,
canceló el impulso riéndose de ello.

—No vas a prestar atención a las locas ideas de Robert Burden, ¿verdad? —se
preguntó, recordándose además que siempre lo había considerado un neurótico.

Ahora sonaba positivamente psicótico.


Pero esa noche soñó con el cactus. Parecía que estaba en la cama y, despertada
por un sonido que se deslizaba desde el pasillo, se levantó para investigar. En un
rayo de luz de luna estaba sentado un animal diminuto, como una ardilla, todo
resplandeciente de luz plateada, delicado y bonito, y estaba a punto de acercarse
a él cuando de repente apareció Ted. Parecía joven y delgado, como había sido
cuando se casaron, pero su rostro estaba serio. Apoyando una mano en su
hombro, negó con la cabeza como para contenerla, pero ella no le prestó
atención y caminó hacia el animalito. Pero, cuando lo alcanzó y se inclinó hacia
él, este comenzó a hincharse y crecer y en un segundo se había convertido en el
cactus, retorciéndose con vil deleite, su rostro malévolo pegado al de ella, sus
largos brazos apretando los suyos a sus costados en un abrazo enfermizo.

Llamó a Ted a gritos, pero él se había ido. La había dejado.

Ahogándose, el corazón latiendo salvajemente, se despertó y se quedó


temblando de terror. Por fin miró hacia la puerta, y fue como si una mano se
aferrara a su corazón porque el pasillo estaba bañado, parecía, en una niebla
profunda y aceitosa, como un miasma de pantano, detrás del cual algo gris y
verde estaba arrastrándose.

Se sentó, miró fijamente, tomó cautelosamente la lámpara de la cama y la


encendió.

No había nada.

No había nada más que la luz de la luna, siniestras sombras y su propia


respiración agitada.

A la luz sensata del día se maravilló y se avergonzó del manto de miedo que
estaba tejiendo a partir de la sugestión; justo ella, Edith Porter, de mediana edad,
de hecho, una burlona profesada, creyendo en supersticiones. ¿Iba a permitir que
un olor, una forma y un mal sueño la empujaran a la irracionalidad? Y en cuanto
a las vaporizaciones de Robert Burden, por lo que sabía, podría estar
bromeando.
Se controlaría con firmeza y, mientras tanto, intentaría librar a la casa del
serpenteante hedor.

Eran las nueve de la noche del domingo siguiente. Después de haber pasado el
día cabalgando por el campo con los Ferguson, Edith estaba terminando de leer
el periódico y comenzaba a bostezar con delicioso cansancio cuando sonó el
teléfono.

Era la voz de una chica, borrosa por el llanto, agudizada por la histeria, y Edith
no podía reconocerla.

—¿Señora Porter? Soy Nancy, Nancy Winnick, la hija de los Burden.

—Oh, sí, Nancy, ¿cómo estás? ¿Te pasa algo? —la mente de Edith saltó
frenéticamente en busca de una explicación.

Aparentemente, la chica estaba tratando de controlarse.

—Lo más horrible sucedió esta mañana. ¡Papá está muerto!

—¡Oh no! ¿Cómo... cómo sucedió? —sintió que se enfriaba de la conmoción.

—No conozco toda la historia porque mamá está medio loca y nos la ha contado
en pedazos. Ahora está descansando gracias a un sedante, pero toda la tarde no
ha dejado de rogarme que la llame y se lo haga saber. Se trata de ese cactus que
le envió. Quiere que la destruya, porque dice… —aquí Nancy estalló en sollozos
y estuvo unos segundos recuperándose—. Ella dice que lo mató. Tiene miedo de
que algo le suceda a usted también. No quiere dos muertes en su conciencia.

—¿Pero cómo? ¿Cómo lo mató?


—Esta mañana, mamá finalmente acordó que podía deshacerse de él. No sabe la
controversia que ha habido al respecto. Mamá dijo que le escribió sobre eso,
cómo papá lo odiaba tanto y mamá estaba decidida a quedárselo. Bueno, parece
que esta mañana lo sacaron y ella le dijo que siguiera adelante y lo destruyera si
él estaba tan convencido de ello. No esperó ni un minuto. Lo sacó al cubo de la
basura, había crecido hasta un tamaño enorme, ya sabe, y lo arrojó encima de la
basura, con maceta y todo —Nancy comenzó a temblar de nuevo—. No sé qué
lo hizo hacerlo, excepto que quería deshacerse de él rápidamente y no podía
esperar a la recolección de basura, pero lo prendió fuego y se quedó allí mirando
cómo se quemaba. Mamá dijo que le gritó desde la ventana, pero él parecía
fascinado por la vista de las llamas, y luego, de repente, el cactus se partió en el
medio y la mitad superior voló hacia él, en llamas, y se clavó en… Estaba por
toda su cara y cabeza.

—¡Oh, qué horrible! —Edith se quebró entonces y lloró con Nancy, quien
finalmente completó la historia.

—Cuando mi esposo y yo llegamos, encontramos a mamá desmayada. Cuando


volvió en sí, solo gritaba. Luego mi esposo salió al patio, pero no nos dejaba ver
a papá. Se lo llevaron para que lo cremaran. Pensamos que era lo mejor.

Palabras lenitivas, condolencias, ¿de qué servían ahora? Edith no pudo decirlas;
estaba demasiado sorprendida.

Después de colgar, se quedó paralizada, luego se levantó rápidamente, se dirigió


al porche, bajó el cactus del estante y, agarrando los cuernos como lo haría con
las orejas de un conejo, lo arrancó de raíz. Del enorme agujero se elevaba un
olor fétido tan concentrado que se atragantó y tosió, pero su ira le dio valor y,
sin mirar la planta que tenía en la mano, sosteniéndolo lo más lejos posible, bajó
corriendo al sótano y lo arrojó al bote de basura. Volvió por la maceta y la bajó
también, la puso encima del bote; tomó un martillo y la rompió.
Todavía estaba jadeando cuando se sentó en su escritorio en la sala de estar para
escribirle a Abby toda la simpatía que no había podido expresar por teléfono a
su hija. Temblaba tanto que tuvo que descansar antes de comenzar.

Una mano tocó su hombro, suave pero firme, una mano de advertencia;
descansaba allí; sintió la presión de los dedos. Lentamente desveló sus ojos.
Todo a su alrededor era una niebla que se derramaba en nubes cada vez más
espesas desde el área detrás de ella. Algo oscurecía la luz, y un hedor
nauseabundo flotaba en sus fosas nasales, pero no podía moverse: en ese
creciente hedor, esa humedad, esa acrescencia de vileza, ella se quedó quieta. La
mano apretó con fuerza y, volviendo a sus sentidos, ella medio volvió la cabeza.
En la pared, justo detrás de su cabeza, estaba la sombra con cuernos.

Se puso en pie de un salto, abrió la ventana y se lanzó a la oscuridad, aterrizando


sobre sus manos y rodillas en la tierra blanda de un macizo de flores. Se puso de
pie y se lanzó hacia adelante por el campo que separaba su casa de la de los
Ferguson. Tropezó, cayó, siguió corriendo y por fin llegó a la puerta trasera y
golpeó. Cuando se le abrió, cayó y se apretó contra la pared.

La señora Ferguson la estaba mirando, regordeta, con la cara roja y los ojos
redondos.

—¿Qué pasa?

Edith no pudo responder.

—¡Harry! —la señora Ferguson llamó—. ¡Ven aquí!

Ferguson apareció y juntos llevaron a Edith a una silla.

—¿Alguien está intentando entrar en tu casa? —preguntó.


—No lo sé —jadeó—. No lo sé. Acabo de tener un susto terrible.

Bebió un sorbo del vaso de agua que le dieron y sus dientes castañetearon contra
el borde.

—¡Llama a la policía, Harry! —instó la señora Ferguson mientras Edith Porter


se sentaba, todavía muy asustada.

Edith levantó una mano en protesta. ¿La policía para derrotar algo de otro
universo, otro estrato de existencia; la ley para ordenar lo sobrenatural?

—No llames a la policía —dijo, dejando el vaso sobre la mesa y suspirando.

—Pero si hay un merodeador…

—No hay ningún merodeador, estoy segura. Solo lo imaginé.

Miró a estas personas sólidas y cuerdas y se preguntó si era cierto. Quizás lo


había soñado todo. Sin embargo, no pudo regresar a la casa. Era difícil confesar
su miedo a quedarse sola, pero tenía que hacerlo. Dijeron que entendían,
ofrecieron su habitación de invitados, pero estaban desconcertados.

Cuando el señor Krakaur apareció en la calle a la mañana siguiente, ella salió y


caminó con él.

—¿Qué está haciendo tan temprano, señora Porter? —preguntó.

—Anoche tuve una especie pesadilla despierta. Creí que alguien… algo, estaba
entrando en casa, así que corrí hacia los Ferguson y allí me quedé. Ya sabes
cómo las mujeres nos ponemos nerviosas a veces.
—¿A veces? —se rio entre dientes el señor Krakaur, que se creía algo misógino
—. Yo diría que todo el tiempo.

No estaba de humor para malas palabras. Tratando de ser casual, dijo:

—Me pregunto si sería lo suficientemente bueno como para sacar el cubo de la


basura de inmediato. Quiero arreglar el sótano.

De pie, temerosa, en la cocina, sin atreverse a bajar las escaleras del sótano pero
llena de curiosidad, lo oyó abrir las puertas exteriores y volver por la maceta.
Sin embargo, no se sorprendió demasiado cuando él la llamó desde el pie de las
escaleras:

—Señora Porter, ¿qué le pasó a su cactus?

—Se arruinó —dijo desde la puerta—. Se cayó del estante.

Sin darse cuenta, ella se había movido hasta lo alto de las escaleras y estaba
mirando por encima de la barandilla justo cuando él recogía del suelo una de las
piezas de la maceta. Su corazón dio un brinco. Esta vez no podía ser una
coincidencia, ni un sueño. Que cada pieza de la olla hubiese quedado en el bote
y ninguna se hubiese caído… La enfermedad del terror se apoderó de ella.

—No se ve tan mal —estaba diciendo—. Todo lo que tiene que hacer es ponerlo
en otra maceta. Creo que crecerá igual de bien.

—No —dijo ella.

—Usted manda.
Sintió que debía salir y descansar, limpiar su cerebro de ese horror viscoso que
la mantenía temblando. Le daba miedo irse a la cama. Hacerlo suponía quedarse
mirando fijamente a las sombras, sonriendo al aire, sobresaltada.

Ahora estaba segura de que la mano en su hombro había sido de Ted. Pero se
acabó; el peligro se había ido; y tal vez un verano en Maine, en el pequeño hotel
de Winter Harbor donde ella y Ted habían pasado su luna de miel, erradicaría
los efectos inmediatos de su experiencia.

Cuando le entregó una de sus llaves a la señora Ferguson, esta última expresó su
aprobación por su decisión.

—Para decirte la verdad, Harry y yo estábamos preocupados por ti. Es tan fácil
tener un ataque de nervios, ¿sabes?

Dio algunos ejemplos de amigos que se habían sufrido lo mismo, y le aseguró


que regaría las plantas y se aseguraría de que todo estuviera bien en la casa.

—Es una lástima lo de tu cactus —dijo la señora Ferguson—. Krakaur me dijo


que se cayó del estante. Pero es así: siempre son las cosas que más nos gustan
las que se rompen.

Era septiembre cuando regresó Edith.

Viajando en el taxi desde la estación, escuchando el reloj de la iglesia dar las


once en el aire puro, se sintió tranquila, capaz de retomar su vida donde la había
dejado ese domingo por la noche de junio. De hecho, ahora todo eso parecía
muy lejano.

El verano tranquilo, los nuevos amigos, los nuevos estímulos, la habían ayudado
a olvidar. Y no tenía miedo. Nunca más estaría completamente segura de sí
misma y del orden de la existencia, porque algo extraño y sobrenatural la había
tocado. Sabía que también existía el bien para vencer al mal, una mano tierna
para advertirle de su aproximación.

El conductor la dejó en la entrada, tomó su dinero, le agradeció la propina y se


fue.

Y ahora estaba sola; pero todo estaba en su sitio, familiar, querido y hogareño: el
tic-tac del reloj de la abuela en el rincón (la señora Ferguson no se había
olvidado de darle cuerda), las figurillas de Meissen, un hombre y una mujer,
sobre la mesa, el espejo Regency reflejando una parte de la sala de estar y, más
allá, el porche con su verdor de plantas.

Soltó el aliento que había estado conteniendo, sonrió, se acercó al espejo y se


quitó el sombrero. Luego lo sintió, la mano en su hombro.

—¡Esto es ridículo! —dijo en voz alta—. ¡Ahora estoy segura de que lo soñé
todo!

La presión se renovó y ella se dio la vuelta y gritó:

—Se ha ido, ¿no lo sabías?

En un histérico movimiento de triunfo, corrió al porche y encendió la luz. Gritó:

—¡Te digo que se ha ido! ¡Se ha ido!

Pero, en la pared, vio el contorno de los cuernos y, simultáneamente, aspiró su


olor nauseabundo. Su grito fue gutural. Con las manos extendidas, tratando de
protegerse, la boca deformada en una mueca de terror, dio un paso atrás, chocó
contra un objeto duro, giró, y en el último segundo de conciencia vio al cactus
tambalearse y caer…
—Pero me siento responsable. Siento que es mi culpa —la señora Ferguson lo
había dicho una y otra vez.

Nunca terminaría de decirlo ni olvidaría la vista que encontró con sus ojos
cuando, al encender la luz, se acercó a darle la bienvenida a Edith en casa.
Nuevamente explicó:

—Ella sabía que me encantaba ese cactus. Cuando lo encontré creciendo junto al
bote de basura me alegré mucho. No le dije nada. Quería sorprenderla. Así que
lo planté en una maceta propia y creció aún más rápido. Sin embargo, debería
habérselo dicho, ¿no?

—Fue un accidente —dijo Harry Ferguson con paciencia—. No tienes la culpa.


Cualquiera hubiera hecho lo mismo en las mismas circunstancias. Fue un
accidente, eso es todo.

—Pero nunca hubiera sucedido si no lo hubiera hecho. Oh, Dios, cuando entré y
la vi tendida allí con esas espinas clavadas en la garganta...

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