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Nemesis Lindsey Davis

1) Marco Didio Falco se enfrenta a la muerte de su recién nacido hijo y a la profunda tristeza de su esposa Helena Justina. 2) Falco se ve obligado a tomar las decisiones funerarias él solo mientras intenta mantener unida a su familia. 3) La muerte del bebé ha sumido a Helena en un estado de shock y duelo del que Falco teme que no logre recuperarse.
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Nemesis Lindsey Davis

1) Marco Didio Falco se enfrenta a la muerte de su recién nacido hijo y a la profunda tristeza de su esposa Helena Justina. 2) Falco se ve obligado a tomar las decisiones funerarias él solo mientras intenta mantener unida a su familia. 3) La muerte del bebé ha sumido a Helena en un estado de shock y duelo del que Falco teme que no logre recuperarse.
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Marco Didio Falco, el célebre informante de la Roma de Vespasinao,

se encuentra de nuevo abrumado por enrevesados problemas


familiares, a los que la muerte de su padre, lejos de ponerles fin, no
hace sino complicar hasta extremos delirantes.
Tampoco faltan cadáveres, ni jovencitas a punto de descarriarse, ni
informantes de la peor estofa, ni los chanchullos más deshonestos y
rastreros que puedan imaginarse. Ni siquiera una familia de
psicópatas a los que nadie parece atreverse a levantarles la voz.
Némesis contiene además, alguna de las escenas más duras y
violentas escritas hasta ahora por Lindsey Davis, y sin duda también
algunos de los diálogos más frescos y chispeantes que hayan salido
de su pluma.
Lindsey Davis

Némesis
Marco Didio Falco - 20

ePub r1.2
Piolin 18.02.2018
Título original: Nemesis
Lindsey Davis, 2010
Traducción: Montserrat Batista
Diseño de portada: Redna G.

Editor digital: Piolin


Primer editor: epubdroid
ePub base r1.2
Marco Didio Falco: un hombre de fortuna ambivalente y que busca la
verdad.
Helena Justina: su verdadero amor, buscado y ganado.
La familia de Falco: de baja estofa, pero no tan malos como aparentan.
Junila Tácita: la formidable esposa del deplorable Gémino.
Maya Favonia: hermana de Falco, la mejor de todo este hatajo.
Flavia Albia: con el corazón partido y siempre dispuesta a partir cabezas.
Katutis: el secretario de Falco, un hombre decepcionado.
La familia de Helena: de clase alta, pero no tan buenos como aparentan.
Aulo Camilo Eliano: que mantiene una actitud discreta.
Quinto Camilo Justino: que tiene su carrera como objetivo, gracias a:
Claudia Rufina: su esposa y patrocinadora.
Léntulo: un accidente a la espera de acontecer.

SOCIOS DE FALCO EN ROMA


Lucio Petronio Longo: un honrado investigador de los vigiles (con un
sueldo bajo).
Lucio Petronio Recto: su hermano, que está destemplado.
Nerón: el buey de ambos, otro que desaparece.
Tiberio Fúsculo: el segundo al mando de Petro.
Sergio: su hombre del látigo (siempre alentador).
Clusio: un artero subastador rival (intenciones rastreras).
Cayo: un dudoso aprendiz (grandes esperanzas).
Gornia: un portero reservado (sin comentarios).
Séptimo Parvo: un abogado de familia (rotundamente sin comentarios).
Talía: una contorsionista con un problema del que tiene que escabullirse.
Filadelfio y Davos: sus amantes, absolutamente al margen de la acción.
Minas de Karystos: un abogado, en plena forma.
Hosidia Meline: una novia (¿que quiere ligar?).
TAMBIÉN EN ROMA
Tiberio Claudio Laeta: un burócrata falso que apunta alto.
Momo: un auditor con un lado peligroso y hábitos despreciables.
Tiberio Claudio Anácrites: el jefe de los Servicios Secretos, un tipo
ambicioso de poca valía.
Los melitenses: sus agentes (relaciones poco fiables).
Perela: una asesina que ambiciona un nuevo empleo (el de su jefe).
Heracleides: un organizador de fiestas para las estrellas.
Ninfidias: su ladronesco jefe de cocina.
Escorpo: un cantante que espía a los espías (un idiota).
Alis: una vidente que culpa a mamá (sabia mujer).
Arrio Pérsico: un mujeriego, obsesionado con el sexo y con presupuesto
de sobras.
Un transportista: recién casado y recién muerto.
Volusio: un niño de mamá, una víctima con conocimientos de aritmética.

EN EL LACIO
Januaria: una camarera de Satricum, una mujer polifacética.
Livia Primila y Julio Modesto: unos reclamantes indignadísimos.
Sexto Silano: su sobrino de Lanuvio, bajo de moral.
Macer: su leal capataz, desaparecido.
Sirio: su esclavo fugitivo que recibe una paliza mortal.
Un carnicero de Lanuvio: un acreedor muy despreocupado.
Los horribles Claudios: los vecinos venidos del Hades.
Aristocles y Casta: los padres, fríos e irascibles (fallecidos).
Claudio Nobilis: infame, ha ido «a ver a su abuelita».
Pío y Virto: los gemelos, «trabajan lejos de casa».
Probo: «manteniendo la reputación de la familia».
Félix: «perdido».
Plotia y Birta: esposas oprimidas.
Demetria: esposa fugada de Claudio Nobilis (baja estima).
Costo: su nuevo novio (que se está buscando problemas).
Vexo: el padre de la chica (que se espera lo peor).
Tamiris: empleado de Nobilis y Costo (excesiva confianza).
Silvio: un agente de las Cohortes Urbanas, de incógnito.

ADEMÁS DE TODO UN REPARTO SECUNDARIO


Jasón la pitón, perros, personas desaparecidas, esclavos (inexistentes),
esteticistas personales, magistrados impersonales.

Y CON LA ACTUACIÓN DE
La Guardia Pretoriana: ¡Hijos de puta!
ROMA Y EL LACIO
Verano, año 77 d.C.
I
Me sorprende que las cenas en familia no acaben con más muertos. En mi
profesión consideramos que un asesinato es mucho más probable entre
allegados. Al final, alguien acabará estallando después de años de
provocaciones, empujado a una furia ciega precisamente por la gente que
mejor sabe cómo sacarlo de quicio. Por una vez, no podrá soportar ver que
quien se come la última torta de sésamo es otro que, por supuesto, se la
arrebató con una risa triunfante destinada a zaherir. Y aunque sucede con
menos frecuencia de lo que cabría esperar, es así como la víctima expira
con la miel goteándole todavía por el mentón.
¿Por qué no son más los cuchillos de cocina que se hunden entre los
fofos hombros de los tíos espantosos que dejan embarazadas a las esclavas?
O de la hermana artera que se apodera con todo descaro del dormitorio más
bonito, ése desde el que se entrevé una esquina del templo del Divino
Claudio y que apenas tiene grietas en las paredes. O del hijo grosero que se
tira pedos de manera incontrolable por más que se le amoneste…
Aun cuando la gente no apuñale ni estrangule a los suyos, cabría esperar
que fueran más los que salieran corriendo a la calle y desahogaran su
frustración con la primera persona con la que se cruzaran. Quizá lo hagan.
Puede que hasta los asesinatos aleatorios de desconocidos, lo que los vigiles
llaman «crímenes sin motivo», tengan a veces una causa doméstica
comprensible.

***
Podría perfectamente habernos sucedido a nosotros.
Crecí en una familia numerosa, hacinado en un par de habitaciones
pequeñas y destartaladas. Nuestro apartamento se hallaba rodeado de otros
en los que vivían grupos ingentes demasiado ruidosos y escandalosos, y
donde todos estábamos demasiado apiñados. Quizá lo que nos salvó de la
tragedia fue el hecho de que mi padre se marchara de casa: su única
escapatoria de una situación que había terminado por resultarle espantosa y
un acontecimiento que al menos nos evitó la carga de más niños. Más
adelante mi hermano se marchó al ejército; con el tiempo, vi que eso tenía
sentido e hice lo mismo. Mis hermanas se fueron a acosar a los
irresponsables a los que intimidaron para que se casaran con ellas.
Habiendo criado a siete hijos, mi madre se quedó entonces sola pero
continuó ejerciendo una gran influencia en todos nosotros. Incluso mi
padre, después de regresar a Roma, miraba a mi madre con un respeto
cauteloso.
Tal como ella misma nos recordaba continuamente, las madres nunca
pueden jubilarse. Así pues, cuando mi esposa se puso de parto de nuestro
tercer hijo, allí que acudió mamá para mangonear a todo el mundo, pese a
que cada vez estaba más delicada y tenía problemas de vista. La madre de
Helena también vino a casa corriendo, la noble Julia Justa arremangándose
para entrometerse con su estilo discreto. Habíamos contratado a una partera
totalmente aceptable.
Al principio, ambas madres contendieron para ejercer su dominio. Al
final, cuando hicieron muchísima falta, se acabó todo atisbo de
enfrentamiento.

***
Mi nuevo hijo murió el mismo día de su nacimiento. Enseguida tuvimos
la sensación de estar viviendo una tragedia que nos era exclusiva. Supongo
que en estos casos la sensación debe de ser siempre la misma.
Había sido un parto fácil y breve, como el de nuestra segunda hija;
Favonia había tardado una semana en aceptar la existencia, pero luego le
sentó de maravilla. Yo creía que en este caso ocurriría lo mismo. Sin
embargo, cuando el bebé salió a la luz ya se estaba apagando. No reaccionó;
se fue en cuestión de horas.
La partera dijo que una madre debía sostener en brazos a su bebé
muerto; después, ella y Julia Justa tuvieron que batallar para conseguir que
Helena volviera a entregarles el cuerpo. Helena quedó profundamente
afectada. Las mujeres pusieron orden y limpiaron, como suelen hacer.
Helena Justina no salía de su dormitorio, rechazaba el consuelo, hacía caso
omiso de la comida, se negaba a ver a sus hijas e incluso conmigo se
mostraba distante. Mi hermana Maya dijo que este día aciago quedaría
marcado en el calendario de Helena para el resto de su vida; Maya sabía lo
que era perder un hijo. Al principio me resultaba imposible creer que
Helena llegaría a superar semejante trance. Me daba la impresión de que tal
vez nunca llegáramos a ese punto en el que la pena sólo la invadiera en los
aniversarios. Se quedó paralizada en cuanto le dijeron que su niño estaba
muerto.
Tuve que ser yo quien tomara todas las medidas pertinentes. Aunque no
era un imperativo legal, le puse el nombre de Marco Didio Justiniano.
Muchos padres no se habrían molestado, en mi lugar. Su nacimiento no iba
a registrarse; no poseía identidad civil. Tal vez me equivocara. Pero tenía
que decidir qué hacer. Su madre había sobrevivido, pero de momento me
encontraba solo intentando mantener la familia unida, intentando decidir
cuáles eran las formalidades apropiadas. Todo se complicó aún más cuando
me enteré de otra cosa que también había sucedido aquel día.
El diminuto bulto envuelto se había depositado en una habitación que
no utilizábamos casi nunca. ¿Qué tenía que hacer a continuación? Un recién
nacido no debía recibir ritos funerarios; era demasiado pequeño para una
cremación completa. Los entierros de personas adultas debían realizarse
fuera de la ciudad; las familias que podían permitírselo construían un
mausoleo junto a una calzada para que contuviera los cuerpos
embalsamados o las urnas crematorias. Eso nunca había sido lo habitual
entre nosotros; las cenizas de los plebeyos Didio se guardan en un armario
durante un tiempo y después se pierden misteriosamente.
Mi madre reveló que ella siempre había llevado a sus mortinatos a la
granja de la Campania en la que creció, pero yo no podía dejar sola a mi
consternada familia. El padre de Helena, el senador, me ofreció un nicho en
el columbario ruinoso de los Camilo, situado en la Vía Apia, y comentó con
tristeza: «¡Será una urna muy pequeña!». Lo consideré, pero era demasiado
orgulloso. Estamos en una sociedad patriarcal y era mi hijo. Me importan
un bledo las reglas formales, pero la responsabilidad de disponer del
cadáver era mía.
Hay quien entierra a los recién nacidos bajo una losa de un edificio
nuevo; no había ninguno disponible y yo me resistía a convertir a nuestro
bebé en una ofrenda votiva. Procuro no molestar a los dioses, pero tampoco
veo motivo para darles coba. Vivíamos en una vieja casa de ciudad al pie
del Aventino, con una salida trasera pero que apenas tenía terreno. Si cavara
una tumba diminuta entre la salvia y el romero, cabía la horrenda
posibilidad de que, cuando los niños jugaran o los cocineros cavaran
agujeros para enterrar las raspas de pescado algún día aparecieran
accidentalmente las costillas del pequeño Marco.
Subí a nuestra terraza y me senté a solas con el problema.
Justo antes de que empezaran a agarrotárseme los músculos, hallé una
solución. Llevaría mi triste bulto a casa de mi padre. En realidad, nosotros
habíamos vivido allí anteriormente, en lo alto del Janículo al otro lado del
Tíber. Para empezar, fui yo el idiota que compró ese lugar tan poco
conveniente. Más adelante hice un trueque con mi padre, pero seguía siendo
como mi casa. Aunque papá era un depravado, su villa ofrecía al bebé un
lugar de descanso donde, cuando Helena estuviera preparada para ello,
podríamos colocar una lápida.
Durante un breve momento me pregunté por qué mi padre todavía no
había venido a ofrecer sus condolencias. Normalmente, cuando alguien
deseaba estar solo él era el primero en acudir a visitarlo. Era capaz de oler
la tragedia como si de pan recién horneado se tratara. Lo más seguro era
que entrara en casa con esa llave que nunca me devolvería y luego nos
irritara con su falta de sensibilidad. Imaginar a papá soltando perogrulladas
para sacar a Helena de su tristeza me resultó una idea más que alarmante.
Lo más probable era que intentara emborracharme. No dudé que algún día
el vino tendría un papel en mi recuperación, por supuesto, pero prefería ser
yo quien eligiera cómo, cuándo y dónde aplicar la medicina. La dosis la
serviría mi mejor amigo Petronio Longo. Si aún no había ido a buscarle era
sólo por delicadeza, pues también él había perdido a hijos pequeños.
Además, primero tenía algunas cosas que hacer.
Mi madre iba a quedarse en nuestra casa. Seguiría haciéndolo mientras
creyera que se la necesitaba. Quizás eso fuera más tiempo del que en
realidad nos gustaría, pero mamá haría lo que ella considerara mejor.
Helena no quiso tener nada que ver con el funeral. Cuando le conté lo
que pensaba hacer, ella se dio media vuelta, llorando. Yo confiaba en que lo
aprobara. Esperaba que comprendiera que encargarme de aquello era la
única manera que tenía de intentar ayudarla. Albia, nuestra hija adoptiva
adolescente, quería acompañarme, pero al final también ella estaba
demasiado alterada. Tal vez mamá hubiera hecho la peregrinación, pero,
agradecido, dejé que se quedara para cuidar de las pequeñas Julia y
Favonia. No le pediría que viera a mi padre, de quien llevaba treinta años
separada. Si se lo hubiera pedido, ella se habría obligado a venir y
apoyarme, pero ya tenía que soportar bastante sin esa preocupación
añadida.
Así pues, fui solo. Y por lo tanto, estaba solo cuando los esclavos de
casa de mi padre me contaron apesadumbrados la otra mala noticia. El
mismo día que perdí a mi hijo, perdí también a mi padre.
II
Cuando doblé por el remedo de calzada que conducía a la tosca entrada para
carruajes de mi padre no me pareció que hubiera ningún problema. De la
nueva casa de baños no salía humo. No se veía a nadie; sin duda, los
jardineros habían decidido que su hora de dejar de trabajar era a media
tarde. Los jardines, que había diseñado Helena cuando vivíamos allí,
parecían en buenas condiciones. Al ser mi padre subastador, las estatuas
eran exquisitas. Pensé que papá debía de estar en Roma, en su almacén o en
su oficina de la Saepta Julia; de lo contrario, en una tarde cálida de verano,
hubiese esperado oír un suave murmullo y el tintineo de toda la parafernalia
del vino con el que agasajaba a socios o vecinos, todos despatarrados en los
bancos situados de forma permanente bajo los viejos pinos.
Había acudido hasta allí en una litera cerrada. El cadáver del bebé yacía
dentro de un cesto en el asiento de enfrente. Allí lo dejé, de momento. Los
porteadores se detuvieron junto al corto tramo de escaleras del porche.
Aporreé la puerta doble con el puño sólo para anunciar mi presencia y acto
seguido entré.
Me encontré ante una escena extraña. Todos los esclavos y libertos de la
casa se hallaban reunidos en el atrio como si estuvieran esperándome.
Me sobresalté. Y más aún cuando vi la cantidad de gente con gesto
sombrío que abarrotaba el vestíbulo. Portadores de bandejas, ahuecadores
de almohadas, extractores de cerumen, manejadores de gamuzas húmedas.
No me había percatado de que mi padre tuviera tantos empleados a su
servicio. Papá no estaba presente. El corazón empezó a palpitarme de
manera irregular.
Yo llevaba una túnica de color negro en lugar de los tonos que solía
vestir. Como aún me hallaba sumido en el horror de la muerte del bebé, mi
aspecto debía de ser adusto. Dio la impresión de que los esclavos ya se lo
esperaban y parecieron extrañamente aliviados al verme.
—¡Marco Didio…, ya te has enterado!
—No me estoy enterando de nada.
Hubo algunos carraspeos elocuentes.
—Nuestro querido amo ha fallecido.

***
Me desconcertó la estupidez de la expresión «querido amo». La gran
mayoría conocían a papá como «ese cabrón de Favonio» o incuso como
«Gémino…, así se pudra en el Hades con un cuervo calvo comiéndole el
hígado a perpetuidad». Por lo visto, el pájaro empezaría a picotear antes de
lo esperado.
Toda aquella panda de individuos mostraban ante mí una humildad que
me resultaba nueva. Si ellos se sentían incómodos haciéndolo, no era nada
comparado con cómo me sentía yo. Allí estaban intentando ocultar las
preocupaciones propias de los esclavos de un ciudadano recién fallecido, a
la espera de saber qué harán con ellos.
Esto no era problema mío, ni mucho menos, de modo que no les ofrecí
ninguna ayuda. Mi padre y yo no manteníamos una buena relación desde
que abandonó a mamá; durante los últimos años, nuestra reconciliación fue
sufriendo altibajos. Él no tenía ningún derecho sobre mí y yo ninguna
responsabilidad hacia él. Habría que designar a otra persona para que se
ocupara de sus asuntos. Sería otro quien conservaría o vendería los
esclavos.
Yo debía comunicar su defunción a la familia, lo cual provocaría toda
clase de resentimientos.
***
Aquél se estaba convirtiendo en un mal año. Oficialmente, era el año de
los cónsules Vespasiano Augusto y Tito César (Vespasiano, nuestro viejo
cascarrabias y muy admirado emperador, en su octavo consulado, y su
alegre hijo mayor y heredero que se apuntaba su sexto). Más adelante, los
cónsules «suplentes» tomaron el relevo, lo cual era un modo de compartir el
volumen de trabajo y los honores. Aquel año los suplentes eran Domiciano
César (el hijo menor y mucho menos apreciado) y un senador desconocido
llamado Gneo Julio Agrícola, un personaje de poca importancia; años antes
había sido gobernador de Britania. Con esto está todo dicho. Era un tipo
demasiado insignificante para una provincia civilizada, de modo que el
Senado lo engatusó fingiendo que Britania era un reto y haciéndole creer
que necesitaban allí a un hombre en el que pudieran confiar…
Yo hago caso omiso del calendario oficial. Aun así, hay años de los que
te acuerdas.
Las obligaciones empezaban a abrumarme. La muerte causa estragos en
el estilo de vida de los supervivientes. Durante años me había visto
obligado a jugar a ser el cabeza de familia, puesto que mi padre renunció a
ello y mi hermano mayor había muerto. Papá se fugó con su pelirroja
cuando yo tenía apenas unos siete años…, hacía ya treinta años. Mi madre
no volvió a dirigirle la palabra y casi todos nosotros permanecimos leales a
mamá. Incluso después de regresar avergonzado a Roma, haciéndose llamar
Gémino a modo de desganado disfraz, papá se mantuvo alejado de la
familia durante años. Últimamente sí que imponía su presencia entre
nosotros, cuando le convenía. Era un esnob con respecto a mis parientes de
rango senatorial, de manera que era yo quien más lo veía. Mi hermana
Maya se había hecho cargo de las cuentas de su casa de subastas hacía
poco, uno de mis sobrinos estaba aprendiendo el oficio y otra de mis
hermanas regentaba un bar de su propiedad.
En cuanto los nerviosos esclavos dieron su comunicado, preví grandes
cambios.

***
—¿Quién me explicará qué ha pasado?
El primer portavoz fue un servidor de vino que no era tan apuesto como
él creía y que deseaba hacerse notar:
—Marco Didio, tu querido padre fue encontrado muerto a primera hora
de esta mañana.
Llevaba muerto todo el día y yo sin saberlo. Yo había estado lidiando
con el nacimiento y la muerte del bebé, y al mismo tiempo también había
estado sucediendo aquello.
—¿Muerte natural?
—¿Qué otra cosa podría haber sido, señor?
A mí se me ocurrían unas cuantas respuestas a eso.
Nema, el esclavo personal de mi padre y al que yo ya conocía, se
adelantó para darme los detalles. El día anterior, mi padre regresó a casa del
trabajo en la Saepta Julia a una hora normal y después de cenar se había
retirado pronto, temprano para lo que tenía por costumbre. Aquella mañana
Nema lo había oído andar de un sitio a otro, por lo visto mientras se aseaba,
y de pronto se oyó un fuerte golpe sordo. Cuando Nema entró a todo correr,
papá estaba muerto en el suelo.
Como era bien sabido que pasaba mi vida laboral poniendo en duda
declaraciones como aquélla, Nema y los demás mostraban un aspecto
preocupado. Supuse que habían discutido la manera de convencerme de que
la historia era fiel a lo sucedido. Dijeron que un esclavo con ciertos
conocimientos médicos había diagnosticado un infarto.
—No mandamos llamar a un médico. Ya conoces a Gémino. Le
reventaría pagar, cuando era evidente que no se podía hacer nada…
Lo conocía. Papá podía ser estúpidamente generoso, pero, al igual que
casi todos los que habían acumulado una gran cantidad de dinero, lo más
habitual era que se mostrara tacaño. En cualquier caso, el diagnóstico era
razonable. Llevaba un duro estilo de vida; tenía un aspecto cansado; no
hacía mucho que habíamos regresado todos de un agotador viaje a Egipto.
Aun así, cualquier duda pondría bajo sospecha a los esclavos, que se
hallaban en una situación peligrosa desde el punto de vista legal. Si el
fallecimiento de su amo se consideraba una muerte por causas externas
podrían ejecutarlos a todos. Tenían miedo, sobre todo de mí. Soy un
informante. Elaboro informes de solvencia y de referencias personales.
Entrego citaciones, represento a beneficiarios descontentos, defiendo a las
partes acusadas en las demandas civiles. Durante el ejercicio de este trabajo,
a menudo me topo con cadáveres, a menudo y no todos son de personas que
han muerto de viejos en su casa tranquilamente. De modo que tengo cierta
tendencia a esperarme problemas. Los celos, la codicia y la lujuria tienen la
mala costumbre de provocar que la gente acabe metida en un féretro antes
de tiempo. No es raro que los clientes me contraten para investigar la
muerte sospechosa de un amante o de un socio.
A veces resulta que en realidad es mi cliente quien mató al fallecido y
me contrató como tapadera, cosa que al menos es ingeniosa.
—¿Quieres que vaya a buscar el testamento? —preguntó Quirino, cuyo
trabajo había consistido en entretener a los acreedores con bebidas dulces y
pastas en un patio, mientras mi padre se largaba por una puerta trasera.
—Guárdalo para el heredero.
—¡Vuelvo enseguida!
¡Por todos los dioses!
¿Precisamente yo? ¿El heredero de mi padre? Aunque bien mirado,
¿quién sino? ¿A qué otro amigo o pariente cercano podría habérselo
enjaretado papá, aparte de a mí? Conocía a media Roma, pero ¿con quién
contaba lo suficiente como para esto? De haber muerto intestado, me
hubiera tocado ese papel de todos modos. Y llegados ya a este punto, lo
cierto es que yo siempre había supuesto que moriría intestado.
El recelo dio paso al terror. Al parecer, papá iba a hacerme responsable
de desentrañar la compleja ratonera de sus asuntos comerciales. Tendría que
familiarizarme con su dudosa vida privada. El heredero designado no recibe
sin más el patrimonio (aunque tiene derecho a, al menos, una cuarta parte
del mismo); su obligación es convertirse en una extensión del fallecido,
honrando a sus dioses, soltando la mosca en sus obras benéficas,
conservando las propiedades, pagando las deudas (motivo frecuente para
echarse para atrás como albacea, podéis creerme). El testamentario se
encarga de cumplir las últimas voluntades especificadas y elude con mucha
diplomacia a las personas que han sido desheredadas. Él reparte el botín
según las instrucciones recibidas.
Tendría que hacerlo todo yo. ¡Típico de mi padre! No sé por qué me
sentía tan desconcertado.

***
Al parecer resultó difícil encontrar el testamento. Esto no era
sospechoso; papá detestaba los documentos. Le gustaba que las cosas
fueran imprecisas. Si debía tener testimonios escritos, procuraba perder el
rollo en medio de algún montón desordenado.
Los esclavos no dejaban de mirarme fijamente. Carraspeé y bajé la vista
al mosaico del suelo. Cuando me harté de contar teselas, tuve que mirarlos a
ellos.
Eran un grupo muy variopinto. Distintas procedencias y oficios.
Algunos llevaban décadas trabajando para papá y a otros no los reconocí.
Era poco probable que se hubiera hecho con ellos por los conductos
habituales. Mi padre no era de los que realizaba una visita al mercado de
esclavos, con su rutinario y refinado regateo, para adquirir un empleado
específico. En su mundo, muchas deudas comerciales se saldaban con un
pago en especie. Hay albaceas que encuentran vasijas antiguas de gran
valor que sirvieron de pago en lugar del estipendio. Pero como mi padre ya
trataba con vasijas antiguas, él aceptaba otros artículos. De este modo,
había adquirido una servidumbre curiosamente colorida. En ocasiones le
salía bien; tenía un flautista de pan maravilloso, aunque él tuviera un oído
pésimo. No obstante, la mayoría de empleados parecían del montón. Los
desechos de alguna quiebra. Había dos empleados de la cocina ciegos; eso
podía resultar entretenido. Uno de los jardineros sólo tenía un brazo.
Advertí algunas expresiones ausentes, por no mencionar los habituales ojos
legañosos, las sospechosas heridas abiertas y las erupciones siniestras.
Mientras continuábamos esperando, hicieron acopio de valor para elevar
una petición. De entre aquellos asustados miembros del servicio doméstico,
había muy pocos que fueran ya libertos; mi padre había hecho promesas
generosas, pero nunca llegó a emitir una escritura formal de manumisión.
Eso era típico; se las arreglaba para esquilmar a sus empleados obteniendo
de ellos un servicio decente, pero prefería que siguieran dependiendo de él.
No tardé en enterarme de que muchas de esas almas preocupadas tenían
familia, aun cuando a los esclavos no se les permite contraer matrimonio.
Insistieron en que les concediera la libertad, a ellos y a varías esposas e
hijos. Algunos de ellos sí eran propiedad de mi padre, de modo que era
factible esclarecer y regularizar su situación si yo estaba dispuesto a
hacerlo. Sin embargo, otros pertenecían a vecinos y eso suponía un lío. Los
demás propietarios no me agradecerían que intentara disponer soluciones de
cuento de hadas para unas sirvientas y unos limpiabotas que eran suyos.
Otro asunto que inquietaba a los esclavos era adonde irían a parar. Eran
conscientes de la posibilidad de que la villa no tardara en ser vendida. Podía
ser que fueran camino del mercado de esclavos y de un futuro muy incierto.

***
Mientras esperábamos incómodos por allí, una de las mujeres me
sorprendió al preguntar:
—¿Te gustaría verlo?
Estuve a punto de replicar: «¿Es imprescindible?», pero hubiese
resultado una impiedad.
«¡No seas así, hijo mío! ¿Acaso es demasiado pedir que muestres
respeto por tu pobre padre?…».
Un liberto vigilaba la habitación. Al acercarme me llegó el aroma a
casia y mirra que cubría la entrada como una cortina. Eran los inciensos
funerarios tradicionales, los caros. ¿Quién lo había autorizado? Vacilé un
instante en el umbral y, acto seguido, entré.
Había visto muchos cadáveres, pero por trabajo. Lo de entonces era un
deber. Prefería lo primero.
No fue necesario preguntar la identidad del muerto. Sobre un diván
bastante bueno de aquella habitación tenuemente iluminada que daba a un
pasillo tranquilo, yacía mi fallecido padre: Marco Didio Favonio, también
conocido como Gémino, descendiente de un largo linaje de dudosos
plebeyos del Aventino y respetado por los tratantes, embaucadores y
picapleitos de la Saepta Julia. Lo habían lavado y ungido, vestido con una
túnica bordada y una toga; le habían puesto una corona de laurel; le habían
cerrado los ojos unas manos respetuosas y le habían colocado una guirnalda
de flores ridícula en torno al cuello. Su sello de hematina, su otro anillo de
oro con la cabeza de un emperador y la llave de su caja del banco de la
Saepta Julia estaban en un pequeño plato de bronce, enfatizando así que ya
no eran necesarios ninguno de los arreos de su vida. Tumbado de espaldas,
cuidadosamente tendido sobre dos colchones, aquel charlatán sociable,
ahora silenciado para siempre, si bien parecía más delgado, estaba
esencialmente igual que cuando lo había visto en nuestra casa la semana
anterior. Unos despeinados rizos canosos advertían cómo serían los míos al
cabo de una década. Su vientre orondo denotaba toda una vida de disfrute
de la comida y de negociar mientras compartía unas copas de vino. De
todos modos, había sido un hombre bajo y fornido que solía trajinar
mobiliario pesado y piezas de mármol. Tenía unas extremidades velludas,
fuertes y musculosas. Solía recorrer Roma a pie aunque pudiera permitirse
una litera.
Aquel cuerpo inerte no era mi padre. Los rasgos característicos que
conformaban su personalidad habían desaparecido: la mirada viva y astuta;
los chistes estridentes y rebuscados; la lujuria sin límites por las meseras; la
habilidad para sacar dinero de la nada; los arrebatos de generosidad que
siempre desembocaban en súplicas de afecto y favores recíprocos. Se había
ido para siempre eso que mi madre llamaba su sonrisa de órdago. No había
nadie capaz de cerrar un trato con más confianza. Nadie disfrutaba tanto
realizando una venta. Había detestado tenerlo en mi vida…, y ahora de
repente no podía imaginármela sin él.

***
Retrocedí y abandoné la habitación sintiéndome mareado.
En el vestíbulo de entrada estaba Quirino, que, nervioso, me dijo:
—Creía saber dónde estaba el testamento, pero lo he buscado por todas
partes y no lo encuentro.
—¿Ha desaparecido? —pregunté. Hice que sonara siniestro por una
cuestión de hábito profesional, no porque en realidad me importara.
Quedó indultado. Me sorprendí al ver que se unían a nosotros personas
recién llegadas; la gente había acudido desde la ciudad para el funeral.
Perplejo, me enteré de que ya se habían enviado mensajeros para informar a
la familia y a los colegas de negocios de mi padre. Tal vez me cruzara con
ellos cuando me dirigía hacia allí en mi litera de mano.
La noticia debía de haberse difundido por Roma. Mi padre era miembro
de una sociedad funeraria de subastadores a la que asistía más que nada por
el vino. Aunque llevaba seis meses sin pagar su cuota, los otros miembros
no parecían guardarle rencor (bueno, al fin y al cabo se trataba de mi
padre). Los directores de pompas fúnebres estaban ya organizados. Un
dignatario de aspecto sereno se encargaba de todo.
Gornia, el anciano ayudante del almacén de antigüedades, fue uno de
los primeros en llegar.
—He traído un altar que teníamos por ahí, joven Marco Didio. Es una
pieza etrusca bastante bonita, con una figura alada…
Una ventaja de la profesión. Siempre podían conseguir un altar. Tenían
acceso a casi todo, y estaba yo pensando que Gornia quizá pudiera
ayudarme a elegir una urna para las cenizas cuando uno de los miembros de
la sociedad funeraria se presentó con un artículo de alabastro que, al
parecer, encajaba con las instrucciones de mi padre. (¿Qué instrucciones?).
El hombre me lo entregó con discreción y desoyó mis murmullos sobre el
pago quitándole importancia con un gesto. Tuve la sensación de haberme
topado con un mundo cerrado donde aquel día todo serían facilidades. Las
deudas llegarían después. Y, probablemente, no serían pequeñas. Se
esperaba que las pagara yo, por supuesto, pero era demasiado razonable
como para disgustarme pensando en ello antes de tiempo.
Se congregó una multitud considerable. Hombres a los que nunca había
visto afirmaban ser colegas de toda la vida. Unos desconocidos
exprimiendo lágrimas que casi podrían ser genuinas me agarraban la mano
con la misma familiaridad que si fueran mis ancianos tíos y me comentaban
lo inesperado de la tragedia. Me prometían su ayuda ante dificultades que
no especificaban. En realidad, hubo uno o dos que me guiñaron mucho el
ojo, pero yo no tenía ni idea de lo que pretendían decir con eso.
También llegaron los miembros de la familia. Mis hermanas (Alia, Gala
y Junia), ataviadas con sobriedad y con la cabeza cubierta con un velo, se
abrieron paso a empujones arrastrando consigo a la pesadilla de mis
cuñados y a Mico, el viudo de Victorina. Lo consideré una enorme
hipocresía. Incluso se presentó Petronio Longo, acompañando a mi hermana
menor, Maya, quien al menos tenía algún derecho a estar allí porque había
trabajado con papá. Fue Maya quien me tendió bruscamente una serie de
tablillas.
—Vas a necesitar el testamento.
—Eso me han dicho, para mi horror. ¿Lo guardaba en el despacho? —
pregunté, por decir algo. Me metí esa cosa en el cinturón.
—¡Ésta fue su última versión! —se mofó Maya—. La semana pasada
realizó un cambio urgente y lo trajo a la Saepta. Le encantaba juguetear con
él.
—¿Conoces el contenido?
—El miserable no quiso decírmelo.
—¿No lo has mirado?
—¡No seas bruto! ¡Está lacrado con siete sellos!
No tuve tiempo de asombrarme por la circunspección de Maya —si es
que era cierta— porque tuvo lugar otra maravilla. Una figura menuda que
llevaba un velo negro, negrísimo, se apeó saltando con destreza de un asno
alquilado, más barato que una silla de mano, con los aires de quien espera
reverencias. Las recibió. La multitud le abrió paso enseguida y, por lo visto,
no se sorprendió de su presencia. Si hasta entonces el día ya me había
parecido irreal, en aquel momento se convirtió en una auténtica locura. No
me hizo falta atisbar por debajo del velo. Mi madre estaba reivindicando sus
derechos.
Por suerte, nadie podía ver su expresión. Yo ya sabía que no iba a
arrojarse sobre las andas con desconsuelo ni a mesarse los cabellos.
Enviaría a papá al inframundo con una aguda carcajada, encantada de que él
se hubiera marchado primero. Si estaba allí era para asegurarse de que el
renegado partía hacia la Estigia. Las palabras ufanas que oí todo el día a
través de ese velo fueron: «En realidad, ¡nunca me ha gustado
regodearme!».
Saludé a mi madre con seriedad y me encargué de que un par de mis
hermanas la llevaran de la mano con instrucciones de procurar que tuviera
en todo momento una buena vista de los procedimientos y que no se llevara
de la casa ninguna bandeja de plata o vasija griega antigua. Yo ya sabía
cómo un hijo debía manejar a su madre viuda. Había aconsejado a muchos
clientes sobre este punto.
La gente se alineó en procesión, como un reptil que despertara
lentamente con la luz del sol. Aturdido, noté que me empujaban hacia el
frente de un largo cortejo fúnebre. Recorrimos una corta distancia hasta
llegar a una zona del jardín que papá ya debía de haber elegido como su
lugar de descanso. Deduje que lo había planeado todo. Me fascinó descubrir
que poseía esta vena morbosa. El cuerpo se transportó en unas andas con
colchón doble y cabecera de marfil. Yo era uno de los ocho que las
llevaban, junto con Petronio y los demás cuñados: Veroncio, el contratista
de obras sin escrúpulos; Mico, el peor yesero de Roma; Lolio, el barquero
endémicamente infiel; Cayo Baebio, el empleado de aduanas más aburrido
de una profesión que ya de por sí distaba mucho de ser jovial. Completaban
el grupo Gornia y un tipo llamado Clusio, una figura importante en el
mundo de las subastas, probablemente quien confiaba en no tener que
esperar mucho para hacerse con la mayor parte del negocio de mi padre.
Había antorchas, tal y como era la costumbre incluso a la luz del día. Había
cornistas y flautistas. Curiosamente, todos sabían tocar. Para mi alivio, no
había plañideras lamentándose y, gracias a Plutón, ningún mimo fingiendo
ser papá.
Los agentes funerarios debían de haber traído consigo el material y, sin
que nadie lo advirtiera, habían construido ya una pira que tenía tres niveles
de altura. Los aromas mortuorios no tardaron en cernirse sobre la ladera: no
solamente más casia y mirra, sino también incienso puro y canela. Aquel
día en Roma nadie podría adquirir guirnaldas para un banquete; todas las
flores las teníamos nosotros. En lo alto del Janículo la brisa contribuyó a
que las llamas siguieran ardiendo después de que yo introdujera la primera
antorcha. Permanecimos en torno al fuego durante horas, tal como hay que
hacer, esperando a que el cadáver se consumiera, en tanto que los insensatos
rememoraban a mi padre. Los más considerados se limitaron a observar en
silencio. Mucho más tarde tendría que ahogar las cenizas con vino… de una
cosecha mediocre; en consideración a papá, reservé su mejor vino para
beberlo. Aunque no estaba seguro de hasta qué punto la organización era
responsabilidad mía, invité a todo el mundo a un banquete al cabo de nueve
días, después del período de luto formal establecido. Esto los animó a
marcharse. Había un buen trecho hasta Roma y habían deducido que no
tenía intención de ofrecerles acomodo para pasar la noche.

***
Sabían que tenía problemas extraordinarios. Justo antes de que el agente
funerario le abriera los ojos a mi padre en las andas para que éste pudiera
ver el camino hasta la barca de Caronte, todos me habían visto
encaramarme y colocar sobre su pecho el cuerpo de mi hijo de un día.
Así pues, en las laderas de la colina del Janículo bañadas por el sol en
una larga y extraña tarde de julio, presentamos nuestros respetos a Marco
Didio Favonio. Ni él ni el pequeño Marco Didio Justiniano tendrían que
enfrentarse solos a las sombras. Adondequiera que fueran, partieron hacia
allí juntos, mi hijo diminuto sujeto para la eternidad entre los brazos fuertes
de su abuelo.
III
Derramé algunas lágrimas. Es lo que se esperaba de mí. En ocasiones
parece más fácil hacerlo en el funeral de un réprobo que cuando estás
honrando a un hombre que merecía de verdad tu dolor.
Antes de que se marcharan empezaron los empujones. Parientes, socios
comerciales, amigos, presuntas amistades e incluso desconocidos, todos
ellos, bien de manera sutil, bien con descaro, intentaron averiguar si
heredarían algo. Mi madre se mantuvo al margen de todo eso. Mi padre y
ella nunca se habían declarado divorciados, de modo que estaba convencida
de tener derechos. Esperaba a que mis hermanas la llevaran de vuelta a
Roma, pero ellas estaban haciendo cola para acercarse a hablar conmigo,
demostrando un afecto que me inquietó. No recordaba la última vez que
Alia, Gala o Junia habían sentido el deseo de besarme en la mejilla. Sus
irresponsables esposos me estrecharon la mano uno a uno en fuerte y
silenciosa comunión conmigo. Cayo Baebio fue el único que planteó
abiertamente una preocupación:
—¿Qué va a pasar con la Caupona de Flora, Marco?
Se refería a la taberna del Aventino que mi hermana Junia regentaba
para nuestro padre.
—Dame unos días, Cayo…
—Bueno, supongo que Junia puede seguir llevando el establecimiento
como siempre.
—Eso resultaría muy útil —apreté los dientes—. Espero que no sea un
inconveniente. Apolonio es un camarero perfectamente bueno. Pero si
resulta que Junia no puede afrontarlo, ¿por qué no cierra el local hasta que
sepamos cómo están las cosas?
—¡Ay, Junia no sucumbirá a la pena!
Junia guardaba un silencio desacostumbrado, obligada por la situación a
tolerar que su esposo hablara en su nombre: él como un verdadero patriarca
romano y ella como una inconsolable hija afligida. Sí, ya habían empezado
las mentiras y el engaño.
Crucé la mirada con Maya y volví a preguntarme si no habría echado un
vistazo al testamento a hurtadillas. Yo podría haber roto los sellos de las
tablillas. Es tradicional leer un testamento en público nada más terminar el
funeral.
¡Eso para los juegos de soldados! Yo quería examinar y evaluar aquel
documento delicado cuando estuviera seguro de encontrarme a solas. Se
quedó en mi cinturón. Cada vez que me inclinaba unos centímetros, las
gruesas placas enceradas se me clavaban en las costillas recordándomelo.
Cada vez que alguien intentaba sonsacarme, fingía estar demasiado
abrumado por el dolor como para pensar siquiera en ello.
—¡Basta ya! —exclamó Petronio Longo entre dientes, pues también él
estaba representando su papel: el de prestarme su apoyo—. Sabemos que te
hubieras ido a vivir a Halicarnaso como comerciante de chuletas de cerdo si
así hubieras podido librarte de ser el hijo de tu padre.
—No habría servido de nada. Él hubiese aparecido igualmente —
respondí con abatimiento—. Me habría ofrecido un precio de risa por los
huesos…, y hubiese esperado que les dejara el tuétano como favor.
Petro y Maya se quedaron hasta el final, guiaron al resto hasta la salida
y luego dieron órdenes a los esclavos.
—Seguid llevando la casa como siempre. Mantenedla limpia y segura.
—Esta misma semana recibiréis instrucciones sobre el banquete
funerario y después se os hará saber adónde iréis a trabajar cada uno de
vosotros a partir de entonces…
Yo los observé; en aquellos momentos actuaban como una pareja
largamente establecida, aun cuando sólo llevaban uno o dos años viviendo
juntos formalmente. Se habían conocido cuando Maya estaba casada y era
madre, una condición que respetó con más diligencia de la que su difunto
esposo merecía. Ahora ambos tenían hijos de sendos matrimonios
anteriores y todos ellos se encontraban entonces fuera en el pórtico,
pasando el rato tranquilamente. A lo largo de todo el día Petronila, Cloelia,
Mario, Rea y Anco se habían comportado en mágico contraste con los
mocosos que mis otras hermanas llevaban a rastras. Hubieran hecho quedar
mal a mi propio par si las hubiese traído. Mis hijas eran una monada, pero
eran incontrolables. Helena decía que lo habían heredado de mí.
Petronio, un hombre alto y fornido, no llevaba el atuendo formal para
los funerales, sino que se había limitado a ponerse una capa de un color
muy oscuro encima del ajado atavío marrón que solía vestir. Imaginé que al
volver a Roma tendría que regresar al cuartel de los vigiles para el turno de
noche. Le di las gracias por venir con más razón si cabe; él se limitó a
encogerse de hombros.
—Tenemos un caso sumamente extraño, Falco. Me vendría muy bien tu
asesoramiento…
Mi hermana le puso la mano en el brazo.
—Ahora no, Lucio.
Maya, con sus rizos oscuros y los movimientos rápidos que la
caracterizaban, tenía un aspecto extraño y nuevo vestida de negro; por
norma general, revoloteaba por ahí llevando colores muy vivos. Estaba
pálida, pero con aire serio y formal.
La hubiera abrazado, pero ahora que la casa ya había quedado vacía,
Maya se alejó y se dejó caer en un diván.
—¿Tú lo veías venir, hermana?
—La verdad es que no, aunque papá se había quejado de que no se
encontraba muy bien. Vuestro viaje a Egipto lo dejó para el arrastre.
—No fue idea mía. Yo se lo había prohibido. Sabía que supondría una
amenaza, y así fue.
—Claro, lo comprendo. Mira —dijo Maya—, no voy a incordiarte con
los detalles, pero revisé a vuelapluma la agenda con Gornia. Vamos a seguir
adelante con las subastas concertadas, pero no contrataremos ninguna más.
Pase lo que pase con el negocio, tendrás que poner un montón de cosas en
orden.
—¡Por Júpiter! Poner cosas en orden, menuda pesadilla… ¿Por qué yo?
—logré decir al fin en voz alta.
Petronio puso cara de sorpresa:
—Tú eres el hijo. Él te apreciaba mucho.
—No, él consideraba a Marco un mojigato con ínfulas —intervino mi
hermana en tono desenfadado. Lanzaba insultos como si ni siquiera se
percatara de que lo hacía, aunque sus dardos solían ser acertados y siempre
intencionados—. De todos modos, Marco siempre acaba por hacer un buen
trabajo. Y aparte de comportarse como un cabrón a la menor oportunidad,
en eso padre era un tradicionalista.
—Quizá todos los padres sean unos cabrones —comenté. Me gusta ser
justo—. Ya sabía lo que yo pensaba de él. Se lo decía muy a menudo.
—¡Bueno, pues sabía que eras sincero! —repuso Maya riéndose un
poco. Ella tenía confianza en mí. Nunca estuve seguro de su opinión sobre
papá. Nosotros éramos los dos miembros más jóvenes de nuestra familia,
aliados desde hacía tiempo contra los demás; ella era mi favorita y me tenía
un gran afecto. Había trabajado con mi padre porque él le había pagado por
ello en una época en la que estaba en una situación económica desesperada.
Había enviudado recientemente (de esto hacía más o menos tres años) y
agradeció participar en un negocio familiar durante ese período. Necesitaba
una seguridad. Papá, para ser justos con él, se la ofreció. Se quejaba de
tener una mujer entrometiéndose por allí, pero le dejaba hacer todo lo que
ella quería como gerente de la oficina. El hombre reconocía lo bien que se
le daba la organización. También le gustaba el hecho de que fuera una
persona de la familia la que estuviera al corriente de sus secretos en lugar
de un empleado a sueldo o un esclavo. Por este motivo también permitió
que Junia regentara la Caupona de Flora, aunque su actitud disgustó a la
mitad de la clientela. E imagino que fue por eso por lo que me endilgó su
testamento.
Me lo saqué del cinturón. Sostuve con nerviosismo entre ambas manos
las tablillas atadas y selladas sin dar muestras de disponerme a desatar las
cuerdas.
—Bueno, háblame de esto, Maya. —Ella se limitó a tomar aire—.
¿Volvió a redactarlo la semana pasada? ¿Y eso por qué?
—Fue uno de sus caprichos. Mandó llamar al abogado justo después de
que esa comerciante del drama, Talía, fuera a verle a la Saepta.
—¿Talía, dices? —Esto no me lo esperaba.
—Según creo, ya la conoces. Las faldas más cortas de todo el Imperio.
—Y retoza provocativamente con bestias salvajes.
—¿Quién es ésa? ¿Debería conocerla? —Sentado en un extremo del
diván de Maya, con sus largas piernas cruzadas y las manos detrás de la
cabeza, Petronio se mostró muy interesado en el cotilleo. Maya le dio un
puntapié y él empezó a masajear la planta de los cansados pies de mi
hermana; ninguno de los dos parecía ser del todo consciente de lo que
estaba haciendo.
Me encogí de hombros.
—¿Helena y yo no te hemos hablado de ella? Es directora circense y
teatral. Lleva a actores y músicos; lo hace bastante bien. Su especialidad
son los números con animales exóticos. ¡Y cuando digo exóticos quiero
decir exóticos! Su danza indecente con una pitón te dejaría de una pieza.
Un destello cruzó por la mirada de Petro.
—¡Me encantaría verlo! Pero Marco, muchacho, ¡creía que habías
renunciado a tus extravagantes amigas!
—¡Y lo he hecho! ¡Te lo juro, legado! No, no; ella es una amiga de la
familia. Talía es buena gente, aunque detesto a Jasón, su molesta serpiente.
Podría habérmelas arreglado perfectamente sin que viajara a Alejandría con
mi dichoso padre. Fue a comprar leones. Papá gorroneó un pasaje gratis en
su barco. Creo que fue entonces cuando se conocieron, y no puedo
imaginarme que tuvieran algún negocio en común en Roma.
—¡Pero si eran íntimos! —exclamó Maya con un resoplido—.
Corrieron a meterse en un armario con la puerta cerrada y se oyeron unas
risitas espantosas. ¡Y, como comprenderás, no fui a llevarles una bandeja de
delicias de almendra de la cocina! —puso un gesto mojigato—. Cuando
salieron, Talía parecía sumamente contenta con el resultado y nuestro padre
estaba radiante…, de la misma manera asquerosa que cuando alguna mesera
quinceañera y pechugona lo invita a una copa.
Petro hizo una mueca. Yo me limité a adoptar un aire compungido.
—Talía es una mujer de mundo, Maya, con su propio dinero; no puede
ser que haya estado viviendo a costa de nadie. Lo que a ella le gusta de los
hombres, en la medida en que puedan gustarle para algo, es puramente
físico… ¿Qué dijo Gémino al respecto?
—Nada. Me di cuenta de que estaba a punto de anunciar algo magnífico
—contestó Maya—, pero esa mujer, Talía, le dirigió una mirada fulminante
y, por una vez, se contuvo. No obstante, en cuanto ella se marchó concertó
la cita con el abogado. Al día siguiente fue con él con quien se acurrucó
Gémino. No pudo resistirse a decir que estaba jugando con su testamento. Y
como se moría de ganas de contarme los detalles, no quise demostrar
ninguna curiosidad.
Al igual que Maya, yo también detestaba que me manipularan para que
mostrara interés. Estaba agotado. Decidí que cenaría allí, dormiría en la
villa y me levantaría temprano para volver a casa con Helena. Arrojé el
testamento a una mesa baja.
—Pues así seguirá.
—Apuesto a que este testamento supondrá todo un año de trabajo y el
doble de problemas —advirtió Petronio.
—Bueno, mañana ya le prestaré la debida atención. Lo de la
coincidencia debe de ser casualidad, Maya. No puedo imaginarme que la
visita de Talía tuviera ninguna relación.
Entonces Maya exclamó:
—¡Ay, Marco! ¡A veces llegas a ser tan ingenuo!

***
En cuanto Maya y Petronio se marcharon, los esclavos me procuraron
algo de comer y un lugar donde dormir. Tuve que impedirles que me
acomodaran en el dormitorio de mi padre. Ya era bastante malo asumir su
identidad legal. Fijé los límites en su cama.
La comida me reanimó. Papá siempre comía bien. El soberbio flautista
de pan también sopló suavemente para mí. Estaba a la defensiva, preparado
para irritarme, pero resultó muy relajante. Pareció sorprendido cuando lo
felicité por sus arpegios. Dio la impresión de que se estaba entreteniendo
por si yo requería de otros servicios…, aunque no es que mi padre lo
hubiese consentido. Despaché al músico sin rencor. ¿Quién sabe de qué tipo
de casa de depravación provenía?
Entonces, por supuesto, hice lo que tanto tú como cualquiera hubierais
hecho: Abrí las tablillas.
IV
En aquel instante, mi vida cambió para siempre.
El testamento de mi padre era bastante breve y sorprendentemente
simple. No contenía cláusulas extravagantes. Se trataba de un testamento
familiar rutinario.
«Yo, Marco Didio Favonio, he hecho testamento y dispongo que mis
hijos sean mis herederos».
Así pues, era legalmente correcto pero estaba muy desfasado. Pese a
todas las habladurías sobre modificaciones, aquel documento se había
redactado mucho antes de su muerte: veinte años atrás, para ser exactos.
Fue al poco tiempo de que mi padre regresara a Roma de Capua, el lugar al
que se había fugado con su novia al marcharse de casa, cuando volvió a
establecerse aquí como subastador y comerciaba bajo el nuevo nombre de
Gemino. Flora, la novia, no tuvo hijos. En aquel entonces, con «mis hijos»
se refería a mi hermano y a mí. Festo murió más tarde en Judea. Estaba
claro que papá, que había estado muy unido a él, no había sido capaz de
excluirlo.
Habían firmado los siete testigos acostumbrados. Tenían que estar
presentes de nuevo cuando se abriera el testamento, pero…, ¡al Hades con
ello! Algunos nombres me resultaban vagamente familiares, contactos
comerciales, hombres de la edad de mi padre. Sabía que al menos dos
habían muerto en aquel lapso de tiempo. Un par de ellos acudieron al
funeral.
Como era habitual, la tablilla mencionaba a algunas personas que
podrían haber tenido algún derecho pero a las que desheredaba
específicamente como principales herederos: Papá optó por dispensar el
mismo tratamiento que la ley hubiera concedido a sus cuatro hijas
supervivientes si, por un suponer, hubiese fallecido intestado. Entendí por
qué no había dejado que mis hermanas lo supieran. Su reacción hubiese
sido feroz. El sinvergüenza debió de regocijarse imaginándose mis apuros a
la hora de comunicar la noticia.
No dejó instrucciones sobre liberar a ningún esclavo. Ellos también iban
a llevarse una decepción, aunque los albaceas pueden ser flexibles. Seguro
que ellos lo sabían, de modo que seguirían tanteándome. Yo me tomaría mi
tiempo para decidir.
A continuación había una lista de anualidades que había que pagar: una
gran cantidad de dinero a mi madre, cosa que me sorprendió y me
complació a la vez. Había otras cantidades menores para mis hermanas, por
lo que no habían sido ignoradas por completo. Solía darse por sentado que
las hijas casadas ya habían recibido su parte del dinero familiar en sus
dotes. (Podía oírlas a todas chillando: «¿Qué dotes?»). No se hacía ninguna
disposición para Marina quien, bastante después de que se redactara el
testamento, se convirtió en la amante de mi hermano y madre de una hija
que todo hacía suponer que era de Festo. Se destinaba una enorme suma a
Flora, la amante de papá durante dos décadas, aunque, como había muerto,
eso ya no contaba. No mencionaría este punto; no tenía sentido disgustar a
mamá. Descontando todo lo anterior, el resto quedaba en manos de los
herederos designados: «mis hijos». Así pues, como Festo había muerto,
todas las demás posesiones de mi padre vendrían a parar a mis manos.

***
Quedé seriamente estupefacto. No me lo esperaba en absoluto. A menos
que descubriera la existencia de deudas inmensas (y consideraba a papá
demasiado astuto para eso), me había legado una cantidad sustancial.
Intenté mantener la calma, pero era humano. Empecé a calcular
mentalmente. Mi padre nunca había poseído muchas tierras; no en el
sentido romano tradicional de campos ondulados que unos batallones de
empleados agrícolas podían arar y cuidar y donde podían apacentar al
ganado, no de esas tierras que otorgaban una determinada posición social.
No obstante, aquélla era una casa espléndida con una magnífica ubicación,
y había poseído otra villa aún mayor en la costa, al sur de Ostia. Descubrí
su casa de Ostia el año anterior, por lo que quizás existieran más
propiedades que mantenía en secreto. Las dos de las que yo tenía constancia
estaban bien provistas de personal y los esclavos domésticos cualificados ya
resultaban valiosos en sí mismos. Y para colmo, las casas tenían un
mobiliario caro y estaban llenas hasta los topes de artículos maravillosos.
Sabía que papá guardaba fondos de disponibilidad inmediata en un cofre
cerrado con llave y metido en la pared de la Saepta Julia y que tenía más
dinero depositado en manos de un banquero del Foro; el movimiento de su
efectivo se alzaba y caía con los altibajos del trabajo por cuenta propia, de
forma muy parecida a lo que ocurría con el mío. Sin embargo, a lo largo de
su vida, sus auténticas inversiones siguieron el camino de su verdadero
interés: el arte y las antigüedades.
Miré en torno a mí. No estaba sino en un dormitorio destinado a las
visitas ocasionales. Estaba amueblado con parquedad comparado con las
zonas que papá utilizaba para él. Con todo, la cama en la que me hallaba
repantingado tenía unos intrincados accesorios de bronce, un colchón bien
lapizado que descansaba sobre unas buenas cinchas, un cobertor de lana
llamativo y almohadas adornadas con borlas. En la habitación había un
sólido taburete plegable, como el de un magistrado. Una vieja alfombra
oriental colgaba en una de las paredes de un riel con topes dorados.
Dispuestas sobre un estante (que era de mármol con vetas grises y acabados
de ónix pulido), pude contemplar una hilera de vasijas antiguas del sur de
Italia que se venderían por una cifra lo bastante elevada como para
alimentar a toda una familia durante un año.
Aquélla era una habitación sin importancia. Si lo multiplicabas por
todas las demás estancias de al menos dos casas grandes, le sumabas las
existencias que pudieran amontonarse en varios almacenes y los tesoros que
se hallaban entonces expuestos en la oficina de papá en la Saepta… Empecé
a sentirme mareado.
Se me presentaba un absoluto trastorno. En mi vida nada podría llegar a
ser tal y como yo me había esperado: ni mi vida, ni las vidas de mi esposa y
de mi descendencia. Si aquel testamento era auténtico y se trataba de la
última versión, y si mi hermano Festo había muerto realmente en el desierto
(cosa que era innegable, puesto que yo había hablado con personas que
vieron cómo ocurría), entonces podría vivir sin preocupaciones durante el
resto de mis días. Podría proporcionar a mis hijas unas dotes lo bastante
espléndidas como para conseguirles cónsules, si es que querían tener por
esposos a unos idiotas. Podría dejar de ser informante. No tenía necesidad
de volver a trabajar nunca más. Podía desperdiciar mi vida siendo
benefactor de templos apartados y jugando a ser mecenas de poetas idiotas.
Mi padre no solamente me había nombrado su representante legal.
También me había dejado una gran fortuna.
V
Regresé a casa con las primeras luces del día siguiente al funeral.
Había dormido apenas unas horas y me sentía exhausto. En mi casa
reinaba aún la calma. Me arrastré hasta un diván de una habitación libre
porque no quería molestar a Helena. Apenas había transcurrido un día desde
su parto y su pérdida. Pero para entonces ya se había enterado de lo de mi
padre, de modo que estaba alerta. Del mismo modo que siempre me oía
volver de mis vigilancias a altas horas, Helena se despertó y me encontró.
Noté que me tapaba con un cobertor y que a continuación se deslizaba
también bajo él. Seguía estando deshecha por lo del bebé, pero en ese
momento la prioridad era consolarme. Nuestro amor seguía estando vivo.
Los problemas adicionales volvían a unirnos. Permanecimos un rato
tumbados el uno junto al otro cogidos de la mano. Enseguida entró la perra
resoplando, nos encontró y entonces iniciamos un lento regreso a la
normalidad.
Cuando le conté a Helena que se había casado mejor de lo que ella creía
y que tal vez estuviera a punto de recibir una estupenda asignación para
gastársela en ropa, ella suspiró.
—Nunca mencionó sus intenciones, pero yo ya me lo imaginaba.
Cuando te ponías furioso con él, creo que Gémino en el fondo disfrutaba
sabiendo que algún día te daría todo esto. Como eres realista, aceptarías su
generosidad… Él te quería, Marco. Estaba muy orgulloso de ti.
—Es demasiado.
—Tonterías.
—Puedo renunciar.
—Legalmente.
—Podría hacerlo.
—No lo harás. Tú acéptalo y luego, si más adelante sigues sintiendo lo
mismo, entonces lo regalas.
—Va a arruinar mi vida.
—Tu vida está en tus propias manos, como siempre lo ha estado. No vas
a cambiar —dijo Helena—. Necesitas trabajar. Tú disfrutas con ello:
lidiando con enigmas que nadie más acometería y reparando las injusticias
de la sociedad. No te conviertas en un hombre de los que se dan la gran
vida, te volverías loco… y nos volverías locos al resto.
Fingí pensar que lo único que quería era darme motivos para que me
marchara de casa todas las mañanas como antes. Pero ella sabía que yo
reconocía que llevaba razón.

***
Durante los nueve días de luto, Helena y yo dijimos a todo el mundo
que, «al estilo del divino emperador Augusto y su incomparable esposa
Livia», no nos dejaríamos ver en público. Los tópicos siempre funcionan.
Nadie tuvo en cuenta que considerábamos a Augusto y Livia unos
manipuladores falsos y maniobreros locos por el poder.
Transcurridos los nueve días, ambos éramos más o menos capaces de
volver a enfrentarnos a la gente. Helena Justina estuvo a mi lado en el
banquete cuando regresé al Janículo.
Ya sabía cómo iba a ser el banquete funerario. Pensaba que el día no iba
a depararme grandes sorpresas. Se las habían arreglado para subir a la
colina aún más parásitos de los que habían acudido allí, no sin dificultad,
para la cremación. La comida gratis, la bebida gratis y la posibilidad de
enterarse o de difundir algún cotilleo atraían a los idiotas habidos y por
haber. Parientes que habíamos olvidado que lo eran aparecían nadie sabe de
dónde. Los hermanos de mi madre, Fabio y Junio, a quien rara vez se veía
juntos porque se peleaban con saña, hicieron el viaje juntos desde la
Campania; al menos trajeron unos tubérculos de regalo, a diferencia de los
demás haraganes invitados. Si tenían motivos ocultos fueron demasiado
bobos como para confesarlo. En mi opinión, Fabio y Junio sólo estaban
admitiendo el final de una época que ahora ya sólo ellos y mamá
recordaban.
Les había pedido a mis sobrinos de más confianza (al inquieto Cayo, al
obeso Cornelio y al sensato Mario) que se pasearan entre la multitud
comentando por lo bajo que había muchas más deudas de las previstas y
que podría ser que rechazara ser el heredero… Esto contuvo la mendicidad
manifiesta de algunos de aquellos avariciosos.
Helena y yo cumplimos juntos con las formalidades de los anfitriones.
La gente se atiborraba alegremente y no suponía ningún problema. Cuando
el prolongado ágape llegaba a su fin, vi que Helena, alta y majestuosa,
pasaba entre los invitados seguida por mi secretario, Katutis. Era nuevo.
Había adquirido a un escriba egipcio cualificado en el momento oportuno.
Él estaba emocionado de tener muertes en la familia; ello le proporcionaba
más trabajo del que yo podía encontrarle normalmente. En tanto que Helena
sonsacaba los nombres a los asistentes, Katutis los anotaba todos con
esmero con llana caligrafía griega, por si acaso yo necesitaba saberlos más
adelante. Tenía miedo de que alguno de los dudosos acuerdos comerciales
de mi padre apareciera de repente y se hiciera sentir. Helena también había
señalado a varias mujeres con aspecto de meseras una vez acabado su turno
que exhibían sus mejores conjuntos y que, al parecer, no sabían que las
mujeres de luto debían dejar las joyas en casa. Aquellas tipas rechonchas y
con pinta de ordinarias bien podrían ser viejas amigas de buen corazón de
mi sociable padre; tal vez lo adoraban como a un bribón encantador que
dejaba buenas propinas junto a su copa de vino vacía. O podrían tener
motivos más profundos. Helena estaba recopilando sus datos junto con
detalles acerca de todos esos ancianos que no sentían ninguna necesidad de
explicar quiénes eran, pero que me llamaban Joven Marco y se daban
golpecitos en sus narices protuberantes y enrojecidas como si
compartiéramos enormes secretos.
Mientras cumplíamos con nuestras obligaciones, Helena murmuró:
—He dicho que esperamos que se haga una mención en la columna de
sociedad de la Gaceta Diaria: «Asistieron al banquete que tuvo lugar en su
elegante villa del Janículo para loar la vida de un admirado hombre del
Foro, Marco Didio Favonio, las personas de renombre que se citan a
continuación…». Ahora verás cómo los aspirantes a personas de renombre
corren a ayudar a Katutis para que escriba bien sus nombres.
—No quiero que papá salga en el periódico.
—No, querido. ¿Por qué íbamos a alertar a las autoridades fiscales? —
La voz de Helena era débil, pero estaba recuperando su sentido del humor.
El impuesto sucesorio es de un cinco por ciento, que se paga al fondo
militar del Tesoro. Iba a despertar muchas simpatías en el ejército.
Había empleado mi período de luto para el propósito tradicional de
empezar a hacer inventario del legado. La gran mayoría tiene suficiente con
nueve días para cumplir con esta formalidad. Yo apenas había rozado la
superficie.
Supuestamente incomunicado, había trabajado cual fogonero en una
casa de baños entre las muchas posesiones de mi padre. Había apartado los
artículos menos deseables para venderlos y pagar el impuesto. También
establecí con Gornia que subastaríamos algunas cosas que no iban a
venderse, o que si lo hacían sería por una cantidad decepcionante; esto
demostraría a los funcionarios quisquillosos que la tasación de mi
inventario era inocentemente modesta. Un ciudadano está obligado a pagar
sus impuestos, pero puede adoptar cualquier medida legal para minimizar
los daños. Yo lo sabía todo al respecto porque había sido auditor del Censo
para Vespasiano. Investigué todo tipo de fraudes fiscales y de evasión de
impuestos… y ahora pensaba utilizar mi experiencia. Papá no habría
esperado menos de mí.
Había mantenido una conversación interesante con un funcionario del
Tesoro sobre si, en caso de vender artículos subastados, debía pagar el
impuesto del uno por ciento que gravaba las subastas además del cinco por
ciento del de sucesiones; su respuesta es fácil de adivinar.
—Ha venido Talía. ¿La has visto, Marco?
—De lejos. —Merodeaba junto al extremo más alejado de una mesa,
más tapada y con aspecto más respetable de lo habitual—. Es un detalle por
su parte que se haya mantenido apartada y no nos haya molestado. —En
realidad, su comportamiento recatado había creado inquietud.
—¡Hablaré con ella! —declaró Helena, lo cual me dejó extrañamente
preocupado.

***
Mientras desfilaba por entre los invitados, Helena identificó a los
testigos supervivientes del testamento de mi padre: cuatro de los ancianos
temblorosos que me habían agarrado la mano interminablemente. Me
aseguré de que a todos ellos les sirvieran una copa del ánfora especial de
vino de Falerno, que muy probablemente les acortaría la vida varios meses;
era denso como un rico aceite de oliva y potente como pocos. La presencia
de aquellos hombres me permitió leer en voz alta el testamento de manera
formal. Fingí que su contenido me resultaba una novedad; no engañé a
nadie. Se hizo un silencio comedido. Mis hermanas escucharon su suerte sin
montar ninguna escena en público, pero adoptaron unas expresiones que no
auguraban nada bueno. Mamá iba demasiado tapada con el velo y nadie
pudo ver su reacción. Había parecido tranquila todo el día, como si el hecho
de perder por fin a ese viejo demonio la hubiese dejado sin ánimos.
La gente empezó a marcharse poco después. Helena me dijo que era
porque me consideraban un tacaño mezquino.
—Todo el mundo susurra que las cosas hubieran sido muy distintas (con
lo que se refieren a más dinero para ellos) si Festo hubiese sobrevivido.
Ya me venía bien. Pero hubo muchos que se fueron simplemente porque
la comida y la bebida se estaba agotando. Las había habido en abundancia.
Una parte estaban desapareciendo dentro de los bolsillos de la gente.
Cualquiera que hubiese traído su propia servilleta se aseguraría de volver a
llevársela bien cargada.
—Juro que había algunos «amigos apenados» que trajeron consigo unos
pequeños cestos expresamente para la ocasión —me quejé a Maya.
Entonces me fijé en el cesto que llevaba ella.
—Marco, querido. Yo soy de la familia. ¡Las sobras de tartaleta de
anchoa y huevo son mías! Tú no querrás los desperdicios, ¿no?

***
Helena había identificado al abogado de mi padre. Cuando nos
liberamos de las despedidas en el pórtico, lo acompañó adentro para que
hablara conmigo.
Era un hombre sorprendentemente joven, de unos veinticinco años más
o menos. Se presentó como Séptimo Parvo. Su acento era bueno, aunque no
aristocrático en exceso; daba la impresión de haber aprendido a hablar con
un maestro de elocución tras haber recibido una educación plebeya. Vestía
con pulcritud y sus modales eran educados. Me contó que evitaba los casos
encarnizados de la Basílica Julia y en cambio trabajaba como abogado de
familia de barrio.
—En tal caso, tendré tu nombre a mano. Yo soy informante. Podríamos
hacer negocios. —La sorpresa disimulada en la expresión de Parvo me
recordó que la gran mayoría de mis conocidos esperaba que ahora me
retirara. Sin embargo, era demasiado pronto para estar seguro, aunque creía
que quizás Helena estuviera en lo cierto; el trabajo siempre me reclamaría
—. Eres demasiado joven para haber preparado el testamento de mi padre,
Parvo, suponiendo que la fecha sea correcta.
—No, fue mi difunto padre quien lo hizo. Hemos trabajado durante
muchos años con Didio Gémino…, nosotros siempre lo llamamos así. ¿O
prefieres que diga Favonio, Falco?
—Para serte franco, yo lo llamaría simplemente un canalla incorregible.
El joven se mantuvo inexpresivo. Se las arregló para no recorrer con la
mirada el salón en el que nos encontrábamos: las paredes eran de un color
apagado porque papá nunca pagó a pintores de frescos que las decoraran,
pero la habitación estaba adornada con una fabulosa colección de muebles.
Dado lo mucho que acababa de heredar, tal vez mi actitud diera que pensar
a Parvo.
Helena se reunió con nosotros. Dejó entrar a Talía. Era la primera vez
que veía a la artista circense con aspecto de estar nerviosa. Solía ser tan
descarada como escultural, aun cuando no fuera envuelta en su pitón.
—Parvo, ésta es Talía. ¿Os conocíais?
Era una mujer alta, atractiva y con unos muslos musculosos como vigas
de embarcadero que era imposible pasar por alto a través de una capa con
flecos que apenas cubría su cuerpo torneado, su falda diminuta y las botas
de circo bien atadas. Al verse frente a esta imagen, Parvo inclinó la cabeza
con nerviosismo, como si de pronto se diera cuenta de que Talía comía
hombres como aperitivo antes del almuerzo.
—No, pero he oído hablar mucho de ti, Talía. —Astuta como de
costumbre, Talía no respondió a esta frase contundente—. Nos disponemos
a discutir el testamento —murmuró Parvo, reconociendo así que Talía debía
formar parte de la conversación, aunque sin explicar el motivo de
inmediato.
Las mujeres tomaron asiento en unas cómodas sillas semicirculares y
mataron el tiempo colocando los cojines. Talía dobló la capa de manera que
casi le cubriera las piernas en un curioso gesto recatado. Miré a Helena y
esperé. Ella me había dirigido la mirada «No digas nada impetuoso», la
manera de bajar los humos que las esposas decididas heredan de sus
madres. Me refiero a esa mirada a la que siempre debe prestarse atención,
aunque, por algún motivo, las traviesas Parcas hacen que demasiado a
menudo se nos pase por alto.
Parvo debía de ser un abogado que trabajaba a destajo, que no cobraba
por horas. No se entretuvo:
—Falco, cuando hemos hablado hace un momento he intuido ciertas
dudas, ¿es así?
—Sólo que me ha sorprendido la fecha del testamento. Tengo entendido
que mi padre lo modificaba a menudo y aquí no se incluye un cambio que
introdujo la semana pasada, ¿no?
—Sí, lo he traído para que lo vieras —repuso Parvo con calma—. Se
trata de un codicilo. Tu padre realizaba modificaciones frecuentes, en
efecto, pero nunca alteraba el testamento propiamente dicho.
—Los honorarios que cobras por un codicilo son mucho menores que
por redactar un testamento nuevo, ¿eh? —supuse en tono seco.
La sonrisa de Parvo fue el reconocimiento de lo que papá llamaba
relación calidad-precio y que otros podrían estigmatizar como tacañería.
—Aparte de esto, a menudo un codicilo es una forma mucho más
flexible de dar instrucciones.
Me preparé.
—¿Y bien? ¿Cuáles son las instrucciones provechosamente flexibles
que ha dejado el viejo bribón?
Sin hacer ningún comentario, Parvo me entregó un rollo con la tinta tan
reciente y negra que casi olía todavía a hollín. Lo leí. Enarqué las cejas y se
lo pasé a Helena, quien lo leyó a su vez. Ambos miramos al abogado.
—Marco Didio Falco: por la presente, tu padre te hace una petición
solemne de lo que se llama fideicomiso. Es una tarea de buena fe. —Un
nombre desagradable y poco apropiado. La buena fe no tenía que ver—.
Afecta a cualquier hijo de Marco Didio Gémino, de otro nombre Favonio,
que nazca con posterioridad a la fecha de este codicilo, lo que incluye a un
hijo póstumo. Se te encomienda tratar a cualquier niño que sepas que tu
padre tenía intención de reconocer como a tu propio hermano o hermana
según los términos del testamento. —Parvo sabía qué clase de instrucciones
me estaba entregando. A una nueva hija habría que darle las mismas
anualidades que a mis hermanas. Un hijo varón dividiría mi legado por la
mitad—. Voy a dejarte con ello, Falco. Si quieres hacer alguna pregunta, lo
que sea, le he dado mi dirección a tu esposa. Encantado de conocerte,
Helena Justina…, y a ti también, Talía.
Como era un abogado de familia experto, disparó la flecha y acto
seguido salió corriendo.

***
Helena y yo nos volvimos a mirar a nuestra vieja amiga Talía. Helena
apoyó la barbilla sobre las manos entrelazadas y guardó silencio. Me lo dejó
a mí.
—Deduzco que estás embarazada, ¿no, Talía?
Ella me miró con semblante arrepentido.
—Me ha pillado por sorpresa, Falco.
Talía se conservaba muy bien. Desde el otro lado de una arena podía
parecer una jovencita, pero de cerca calculaba yo que rondaría la
cuarentena. La refinada educación romana me impedía sugerirle que era
demasiado mayor para eso. Tal vez ella misma lo hubiera pensado mientras
se abandonaba sin ambages al juego del amor. No había ninguna duda de
que había tenido lugar alguna promiscuidad sexual de tipo atlético. Talía
aludía a sus ansias de placer tan sistemáticamente como tachaba de
lamentables a los valientes con los que se acostaba.
—¿No sería durante vuestro viaje a Egipto?
—En Alejandría me estuve preguntando por qué me sentía siempre tan
mareada.
—¿Gémino creía que era el responsable?
—Bueno, no hubo que insistirle. Era un tesoro, se puso eufórico —
alardeó Talía—. Debió de ocurrir en el barco cuando zarpamos rumbo a
Egipto. Nos hicimos algunos arrumacos para protegernos de la brisa
marina.
—¡Me sorprenden bastante los resultados!
Talía sonrió ampliamente. Estaba recuperando la seguridad.
—No puedo decir que me alegre de ser madre a mi edad…, pero cuando
le conté la noticia a tu querido padre le hizo mucha ilusión. Lo llenó de
orgullo descubrir que su ballesta todavía disparaba proyectiles.
Eso me lo creía. Papá, un hombre vanidoso, idiota y ridículo, se lo
habría atribuido encantado.
—¿Le dijiste a mi padre que estabas embarazada, él aceptó que era
responsabilidad suya y, de no haber muerto, habría reconocido al bebé?
—Así es, Falco —contestó Talía con mansedumbre.
—¿Y qué opina Davos?
—Esto no tiene nada que ver con él. —Davos era el amor de Talía
perdido hacía tiempo, en teoría. Helena y yo habíamos sido testigos de su
reencuentro en Siria. Había dado la impresión de que las cosas marchaban
de manera alentadora…, durante unos tres meses. Que yo supiera, ahora
Davos estaba dirigiendo una gira teatral veraniega en el sur de Italia.
Resultaba imposible endilgarle el bebé a él. La muchacha de Andros y su
compinche La muchacha de Perintos le proporcionarían coartadas a toda
prueba.
—¿Y se lo has mencionado a Filadelfio?
—¿Por qué tendría que hacerlo?
Talía me lanzó una mirada dura y desafiante. Ella se ceñía a su versión
aun cuando se daba cuenta de que yo consideraba mucho más probable que
su hijo hubiera sido engendrado por un guardián de zoológico mujeriego al
que conocimos en Alejandría. El hombre estaba sólidamente casado y, lo
que es más, tenía una tenaz amante oficial. Nada de esto le había impedido
discutir extraoficialmente el precio de los cachorros de león con su vieja
amiga Talía en la húmeda intimidad de la tienda de viaje de ésta.
—Tienes razón —logré no dar la impresión de estar enojado—.
Filadelfio ya tiene bastantes cachorros para criar.
Rara vez ruego a los dioses, pero en esta ocasión me pareció lícito
elevar una plegaria a Juno Lucina, la que trae luz a las embarazadas, para
que Talía no estuviera esperando mellizos o trillizos varones que redujeran
aún más mi herencia. De repente supe cómo se sentía ese viejo rey mítico
acerca de los intrusos Rómulo y Remo. Entendí por qué metió a los
gemelos amenazadores en un cesto y los echó al Tíber; si yo hacía lo
mismo, me cercioraría de que por los alrededores no hubiera lobas
preparadas para amamantar.
—Bueno, Marco, querido —me engatusó Talía—. ¡Es una suerte que
nos conozcamos tan bien ahora que voy a darte una hermanita o hermanito!
Y según parece, el precioso bebé recibirá un poco de dinero de tu
encantador padre, ¿no?
—¡Primero tendrá que nacer! —le respondí, tal vez con demasiada
crueldad.
VI
—¡Eres un hipócrita… te vi la cara! —me acusó Helena. Se alisó las faldas
haciendo sonar los brazaletes con irritación—. Marco Didio Falco… —esto
era una pista sutil. Helena utilizaba la formalidad como el tridente de un
pescador. Y me había pescado bien—. ¿Cómo puedes haberte convertido en
un avaro con respecto a una fortuna que no te esperabas y cuando hace sólo
nueve días que te has enterado de que la tienes?
—Es la naturaleza humana. El lado oscuro de la codicia —esbocé una
sonrisa con prudencia—. Lo que de verdad detesto es que este embarazo de
Talía se haga pasar por un problema nuestro. Si papá no se dio cuenta de
que lo estaba timando es que estaría henchido de vanidad y obnubilado por
la bebida. Es repugnante que te desplume un amigo.
Helena meneó la cabeza.
—¿Y qué pasa si tiene razón? Ningún hijo puede saber realmente quién
es su padre, ni ningún padre puede saber si es hijo suyo. A menos que
hubiese algún modo de analizar la sangre que llevamos en las venas, todos
nos quedamos con la palabra de nuestras madres… y la mayoría no somos
peores por ello.
—El mundo está lleno de malas madres que no tienen ni idea de a quién
pertenecen sus hijos. ¡Que llegue pronto el día en que algún investigador
científico descubra la manera de demostrar la paternidad! Puede que lo haga
ese zorro plateado de Filadelfio.
—Dado que podría ser el verdadero padre, eso sería una magnífica
ironía. Sin embargo, la duda tiene ventajas —prosiguió Helena—. Además,
no puedes culpar a Talía por pedirle ayuda a Gémino…
—Es una empresaria de mucho éxito. ¿Qué ayuda puede necesitar?
—¡No puede bailar con la pitón estando embarazada!
—No me extrañaría que lo hiciera. La modestia no está en su repertorio.
—¡Si hasta las acrobacias normales de Talía eran obscenas!—. Aunque ella
no pueda salir a escena durante un tiempo, su compañía seguirá trabajando.
Dispondrá de fondos.
—Pero quería pensar en el futuro del bebé, Marco. Ella no sabía que tu
padre iba a morir —insistió Helena—. Nadie se lo esperaba.
—Estoy de acuerdo, su intención no puede haber sido la de establecerse
con él…, es demasiado independiente. —Me estremecí al pensar en Talía
como en mi madrastra—. De todos modos, consiguió que le prometiera
algo. No hay duda de que él le contó que iba a cambiar el testamento. ¡Y
ella se alegró de que lo hiciera!
—Como tú mismo has dicho…, es una muy buena empresaria.
Refunfuñando, me marché a la Saepta Julia, donde me dispuse a
enterrar mi furia en la tarea monumental de examinar los asuntos de mi
padre.

***
Fue el día que apareció ese adulador de Clusio. Estaba dando la lata
para saber si tenía intención de continuar con el negocio de papá, ¿o acaso
Clusio y sus compinches subastadores podían desviar hacia ellos el trabajo
que hubiera sido nuestro?
—La gente acude al Gremio a pedir consejo. Ya suponemos que no
quieres que se te moleste, Marco Didio…
Lo decidí en aquel mismo momento.
—¡El negocio seguirá como de costumbre! —exclamé con brusquedad
demoledora—. Yo mismo echaré una mano. —Tenía capacidad de sobra
para hacerlo. El verano era una época tranquila para el informante. La gente
tiene demasiado calor como para preocuparse por si los cazadores de
fortunas profesionales se casan con sus hijas. Y deberían preocuparse, por
supuesto, porque las noches largas y húmedas de julio y agosto son las más
propicias para que las chicas osadas dejen entrar a sus enamorados por la
ventana…
—En tal caso, no tengas ningún reparo en pedirnos consejo a cualquiera
de nosotros —brindó Clusio, un tanto malhumorado.
Tema resuelto. A partir de ese momento me convertí en un subastador-
informante. Manumitiría a uno o dos de los mejores esclavos domésticos de
mi padre y los formaría como ayudantes libertos, unos cuantos trabajarían
en la casa de subastas y un par más en mis casos. Podía resultar una
combinación práctica. Los ayudantes de los subastadores podrían reconocer
el terreno y buscar personas que se encontraran en la clase de problemas
que yo resolvía como informante. Y era tradicional que ambos oficios se
desarrollaran fuera de la Saepta Julia.
Resulta curioso cómo puedes pasarte años preocupado por tu trayectoria
profesional y sin hacer nada al respecto para luego alterarla en un instante
sin vacilar. Era como volver a enamorarse de nuevo. La certeza cayó sobre
mí. No había vuelta atrás.
—Sí, Clusio; voy a trasladarme otra vez a mi antiguo despacho. ¡Me
servirá para tener vigilada a la competencia! —Tal vez diera la impresión de
ser un ingenuo, pero si Clusio supiera que el «despacho» al que me refería
era el lugar donde había trabajado con el jefe de los Servicios Secretos
desenmascarando a los morosos del Censo, quizá me viera como a un rival
más serio. Anácrites y yo lo habíamos hecho bien. Hasta el punto de que
Vespasiano, sinónimo de la tacañería, se había sentido impulsado a
recompensarnos con un ascenso social. Yo tenía aptitudes; y también
contactos. Me froté el anillo de oro con aire meditabundo, pero Clusio
siguió sin entenderlo.
Se dispuso a marcharse. ¡Gracias, dioses!
Cuando ya estaba en la puerta, dejó caer otra pregunta que parecía
inocente para pillarme desprevenido. No había visto este truco tan flojo
desde que Nerón nombrara cónsul a su caballo de carreras:
—Supongo que ese contrato del anfiteatro quedó en nada, ¿no? Es un
asunto difícil conseguir que el Tesoro se comprometa; me atrevería a decir
que no salió adelante…
No sabía nada al respecto. Me di unos golpecitos en la nariz para dar a
entender que se trataba de un trato delicado y secreto. En cuanto Clusio se
alejó, me dirigí de un salto a la parte trasera del almacén y abordé
enérgicamente a Gornia.
***
—¡Ah! Debía de referirse a las estatuas —refunfuñó el portero. No era
una noticia que quisiera oír. La última vez que papá y yo estuvimos
involucrados con la estatuaria (la única operación que realizamos juntos)
pillamos un resfriado. No soporto recordarlo siquiera. Papá afirmaba que
había aprendido la lección. Quizá yo también la hubiese aprendido. O
quizás él al menos nunca pudo resistirse a un desafío.
—Si esa sanguijuela de Clusio tiene curiosidad es que la cosa huele a
grandes beneficios, ¿no?
—Tú deja que Clusio se orine encima. —Gornia, un viejo flacucho que
llevaba a sus espaldas unos sesenta años de trabajo para mi padre, era un
tipo igual de apasionante que esas gachas de avena que nuestros
antepasados denominaban un plato nacional. Me refiero a antes de que
descubrieran los mejores placeres de las ostras y el caro rodaballo—. No
tienes que preocuparte por él, Marco Didio.
Me pregunté si podía confiar en Gornia. Su actitud era un aspecto del
negocio que todavía no había resuelto. Aunque se hubiera quedado con
papá, podría no ser tan leal conmigo.
—¿Estatuas? ¿Anfiteatro? Gornia, ¿no se tratará de ese enorme bulto de
mampostería sin terminar que nuestro querido emperador está descargando
en el lado sur del Foro? Allí donde se encontraba el lago gigante de Nerón.
Allí donde necesitaron tanto revestimiento de mármol travertino que
tuvieron que abrir una nueva cantera…
—Ahí está lo bueno. Pronto estará cubierto de estatuas —dijo Gornia
con indiferencia—. Van a necesitar miles de esos trastos, creo.
—¿Miles?
—Bueno, habrá tres pisos de ochenta arcos, o al menos dos pisos con
alguna estatua en cada arco. —Parecía estar bien informado sobre los
planes de construcción.
—De manera que «miles» quiere decir en realidad ciento sesenta, ¿no?
Doscientas cuarenta, si hacen el piso superior.
—¡Serán piezas grandes! Además de algún que otro héroe llevando una
cuadriga con todo el tiro de caballos fogosos, para colocarlos sobre las
entradas.
Me dejé caer sobre un asiento de piedra. Un presentimiento me envolvió
como una vieja manta apestosa, pero me recliné con aire despreocupado.
—¿Me confiarás lo que mi querido padre tenía que ver con ello?
—Bueno…, ¡ya lo conoces!
—Sí, me temo que sí.
—Lo probaba todo.
—Cuéntame lo peor.
—El viejo idiota planeaba suministrar unas cuantas pijadas de piedra
para el exterior.
Ya me había enterado de que Gornia evitaba hablar de los problemas. Él
había tratado con papá manteniéndose al margen de charlas incómodas.
Cuando hacía algún comentario era mordaz, irónico y tan floridamente
recargado de peligrosa moderación como el comedor de un banquero.
—¿Cuántas pijadas de piedra son «unas cuantas»? —pregunté con
suavidad.
—No estoy seguro acerca de ese dato.
—Ya. ¿Mi hermana tiene las cifras?
—Es que él no quería involucrar a Maya.
—¿Por qué no? ¿Era una contrata poco fiable? —Tratándose de papá,
era de suponer que no hubiese ningún contrato de por medio. Tuve otra idea
—. ¿Acaso era una transacción que no constaba en los libros?
—¿En nuestros libros?
—No, en los del Tesoro. ¡No me digas que es un negocio corrupto!
—¡Siempre dijo que eras un mojigato, Marco Didio Falco! —repuso
Gornia con gesto de desaprobación.
—Yo no me meto con el gobierno; por eso sigo vivo. ¿Papá se había
retrasado con el pedido o algo así? —Recordé que, cuando fui a
inspeccionar las existencias de su almacén de Roma, la escasez de estatuas
era notable.
—Vendió unas muestras. Quitamos el musgo de las de segunda mano.
Los funcionarios quedaron contentos.
—Entonces ¿qué problema hay?
Gornia adoptó un aire clandestino.
—¿Quién ha mencionado que hubiese algún problema?
—Tú lo has hecho, Gornia, al no decir las cosas claras. ¿Qué pasa?
¿Nos ha vencido el plazo de entrega o ya hemos terminado?
—La decisión es nuestra. Pagan por pieza, cómo y cuándo
dispongamos. Se contentan con conseguir suficientes figuras adecuadas.
Todo aquel que cumpla con los requisitos puede participar en el negocio.
Las condiciones —añadió Gornia enseguida— son sencillas; hay una altura
establecida, eso es todo.
—Será para conseguir una uniformidad visual —parecía un diseñador
de interiores—. Apuesto a que resulta sorprendentemente difícil encontrar
estatuas ya hechas que encajen en los arcos… ¿Disponemos de existencias?
—El viejo reunió una o dos piezas de mármol en la casa de la costa,
creo.
—¿Puedes ser más específico?
—Bueno…, quizás un centenar —precisó Gornia.
—¿Un centenar? —a duras penas se me oyó la voz—. Eso es una
compra al por mayor hecha por un maníaco.
—Tú has preguntado. No te preocupes por ello, ya te lo he dicho.
—Estoy tranquilo. —No lo estaba—. Entonces, Gornia…, ya me
perdonarás, pero ¿por qué no entregamos todo el lote y cobramos nuestros
honorarios? No quiero tener que cargar con un exceso de héroes olvidados y
generales caídos en desgracia. —Toda la gente que podría comprar
semejante basura se habían marchado a sus villas de veraneo en Nápoles.
Allí, muchos podrían estar contemplando las estatuas horribles que mi
padre les había vendido en ocasiones anteriores mientras pensaban: «Nunca
más».
—Saldrá bien —me aseguró Gornia—. Gémino dijo que esperáramos
un poco… —pareció avergonzado—. Tenemos que pagar por las estatuas.
Entonces lo entendí. No me resultó inesperado ni insuperable:
—¡Se hizo la luz! ¿No hay fondos disponibles?
Era extraño. Había una gran cantidad de fondos, como yo bien sabía. En
realidad, estaba buscando gastos que pudiera presentar para compensar el
impuesto sucesorio.
—Teníamos el activo de garantía. Sólo que no pudimos entregárselo a
los vendedores. Fui yo mismo. Acudí allí con el dinero. Gémino siempre
me mandaba a mí, porque mi aspecto es muy corriente —me contó Gornia
de manera encantadora—. Nadie me roba nunca en la calle. Pero no los
encontré.
—¿A sus proveedores?
—Se esfumaron. —Gornia pareció aliviado al soltarlo—. Es un poco
extraño, ¿verdad?
Mi padre se había metido en muchos líos. En ocasiones aparecían
deudas, pero al final las cubría. Su movimiento de efectivo sólo flaqueaba
temporalmente. Era bueno en lo que hacía.
Para cualquier habitante de Roma, era muy raro intentar pagar a un
acreedor y no poder hacerlo, y a Gémino no le había pasado nunca. Yo
estaba acostumbrado al otro sistema: los que reclamaban los pagos se
presentaban a la carrera. Sus facturas eran inmaculadas. Traían consigo su
propia caja fuerte para llevarse el dinero. Yo aflojaba la mosca. Ellos se
quedaban contentos. Fin de la historia.
Decidí que lo mejor sería echar un vistazo a aquellas estatuas. Después
buscaría a los proveedores. Era informante; debería poder localizarlos.
Conocía muchas buenas razones por las cuales podrían desaparecer
personas a las que se les debe dinero, suele ser porque la vejez los ha
confundido… o porque han muerto discretamente. Si Livia Primila y Julio
Modesto (así se llamaban) habían fallecido, la camaradería hacía que
quisiera ayudar a cualesquiera pobres herederos que necesitaran cobrar esa
deuda.
Lo único que yo pretendía era actuar como un buen ciudadano. Pero
entonces fue cuando la situación empezó a torcerse y, de ser sencilla, pasó a
transformarse en esa clase de investigación oscura a la que estaba
acostumbrado.
VII
Modesto y Primila vivían en Antium, a poco menos de cincuenta kilómetros
de distancia. Me aterrorizaba anunciarle a Helena que me disponía a viajar.
La muerte del bebé seguía afligiéndonos. No era un buen momento para
ausentarme de casa. Sin embargo, tenía a algún dios de mi lado. En el
Olimpo, alguna deidad con tiempo para estos menesteres decidió que Falco
necesitaba ayuda.
Entré en casa con paso cauteloso. Moví la llave con suavidad, dejé que
la puerta se abriera con cuidado y me alegré de que no hubiera nadie
haciendo de portero. Tenía el típico aspecto del cabrón culpable que entra
con sigilo con la esperanza de pasar desapercibido. Era la hora nona, la
tarde, el período en el que los hombres atareados regresan, recién bañados y
listos para una buena cena. En los hogares de toda Roma, hombres como
éstos estaban a punto de tener bronca con esposas cansadas, hijos vagos o
hijas indecentes.
Como ya estaban a punto de cumplirse los seiscientos años del derecho
de todo romano a comportarse como un estúpido, erguí los hombros como
muestra de poderío. Aquélla era la casa en la que papá había vivido durante
veinte años, pero era muy distinta a las viviendas que se extendían por el
Janículo. Nuestra casa de la ciudad, apretujada contra la pared del Aventino
en la orilla del Tíber, carecía de la profundidad necesaria para permitir un
atrio clásico con un tejado abierto y vistas a un peristilo ajardinado. Allí
vivíamos verticalmente. A mí no me resultaba incómodo porque me había
criado en los altos edificios de apartamentos donde se enconaban los
pobres. Vivíamos principalmente en el piso de arriba porque a veces el río
nos inundaba. Las sencillas habitaciones que daban a los pasillos de la
planta baja no eran de uso doméstico y a esa hora estaban silenciosas. Crucé
el vestíbulo de entrada vacío y subí.
Albia, mi hija adoptiva, bajó corriendo a mi encuentro. Trataba de no
tropezar con los bajos de un vestido azul que ella creía que la favorecía
especialmente. Su cabello oscuro parecía peinado de forma más caprichosa
que de costumbre, aunque por su torcida inclinación se diría que se lo había
prendido ella misma deprisa y corriendo. Exclamó con excitación:
—¡Aulo ha regresado a Roma!
Bien, eso podía ser bueno. O no. Aulo era un tipo promiscuo. De todas
maneras, ella estaba demasiado contenta con su llegada. Habría que hacer
algo al respecto. Helena no estaba en condiciones; aquello sería cosa mía.
Aulo Camilo Eliano era el hermano de Helena, el mayor de los dos que
tenía. Si bien ninguno de los dos era un desastre, como pilares de la
comunidad aquella pareja se tambaleaba. Hubo un tiempo en el que Aulo
me detestaba porque era informante, pero más adelante entró en razón.
Estaba madurando; me gustaba pensar que se beneficiaba de mi patronazgo.
Al igual que su hermano Quinto, en ocasiones trabajaba conmigo, cuando
me sentía con fuerzas suficientes para intentar una capacitación en
profundidad de los atolondrados. Últimamente Aulo había estado fuera
estudiando derecho, primero en Atenas y luego en Alejandría. Esto podría
hacerlo más útil para mí o bien proporcionarle una nueva profesión por su
cuenta.
Ya me había percatado de que Albia y él habían entablado amistad.
Como padre que se espera lo peor, me alegraba que Aulo estuviera pasando
un tiempo en el extranjero, dado que él era hijo de un senador y Albia una
expósita de Britania con un pasado sombrío; no cabía la posibilidad de que
mantuvieran un romance y cualquier otra cosa era impensable. Durante
nuestros recientes viajes a Grecia y Egipto, había notado que Helena
intentaba mantenerlos separados con un éxito limitado. Albia no veía
ningún problema. Aulo era algo solitario y se estaba tomando su tiempo
para contraer matrimonio como era debido, por lo que le gustaba tener a
Albia para reírse con ella. Él debería saber que la cosa no podía ir más allá.
Eran amigos. Ya se les pasaría. No había más remedio.
—¿Aulo está aquí?
—¡Ven a verle! —Con los ojos centelleantes, mi inocente hija adoptiva
salió apresuradamente delante de mí hacia el salón en el que recibíamos a
las visitas.

***
Enseguida percibí una atmósfera tensa.
Helena estaba sentada en una silla de mimbre con los pies juntos bien
apoyados en un escabel. Se la veía pálida y cansada. Nuestras hijas
pequeñas, Julia y Favonia, se habían apoltronado contra sus rodillas. Las
bribonzuelas habían estado muy apagadas desde que perdimos al bebé.
Aunque sólo tenían cuatro y dos años, poseían una buena intuición para los
problemas. Ahora papá había llegado a casa, pero por una vez no se me
abalanzaron gritando alegremente. Volvieron hacia mí sus ojos oscuros con
la curiosidad manifiesta de los niños que ven una crisis en el horizonte; mis
inteligentes pequeñas estaban observando atentamente lo que pasaría a
continuación.
—¡Aulo! —había exclamado Albia con alegría y precipitación. Él
sonrió, pero con gesto avergonzado. Era muy mal actor. El amigo de Albia
había regresado a casa con un aspecto abrumado imposible de definir.
Albia se puso tensa. Era una chica muy lista. Me acerqué a ella y la
tomé de la mano, como haría cualquier padre cariñoso en compañía. Pero
Albia no era como las hijas de los demás. Ella había venido de las
bulliciosas calles de Londinium, una ciudad dura y remota. Su sofisticación
romana consistía en una capa que arrojaba al suelo bruscamente a la
mínima que alguien la disgustaba.
Aulo estaba sentado en un diván, le faltaban un par de años para
cumplir la treintena, tenía una mata de cabello oscuro y lacio y era de
constitución atlética. Sentada a su lado, pegada a él cuando había varios
asientos disponibles y algunos de ellos más cómodos, había una joven
silenciosa. Si en aquella habitación había un problema, era ella. Mantuve
bien agarrada a Albia.
La joven, de rasgos extranjeros, llevaba varias capas de una tela cara de
lino oscuro entretejido con seda. Sus collares y pendientes de oro eran
demasiado formales para llevarlos en una visita inesperada a unos amigos.
Aulo debía de haberla traído consigo desde Atenas, pero, si era griega, no
traía ningún presente.
—¡Marco! —Las reuniones familiares eran el punto fuerte de Helena
Justina, que podía dirigir a los familiares malhumorados de la misma
manera en que un productor teatral consigue armonizar un coro
descoordinado—. Y Albia, querida…, tenemos una sorpresa. —Sus ojos
oscuros me mandaron mensajes complicados por encima de las cabezas de
nuestras hijas. Aunque no dio la impresión de apresurarse, empezó de
manera lamentable—: Aulo ha regresado a Italia para establecerse. Cree
que ya ha aprendido suficiente; quiere poner en práctica sus conocimientos.
—Además de su talento para disgustar a todo el mundo, me parecía a mí.
—Bueno, ¿y quién es tu nueva amiga? —le pregunté sin rodeos.
Aulo carraspeó antes de responder:
—Ésta es Hosidia —miró a Albia con abatimiento.
—Hola, Hosidia. —Yo no hago distinciones. Utilizo el mismo tono
enérgico con las meseras achispadas que enseñan los pechos, con las
hembras duras de corazón que han acuchillado a sus madres y con las
atenienses que me miran por encima del hombro como si pensaran que soy
el esclavo que limpia la plata. Esa tal Hosidia parecía estar calculando el
coste de nuestro servicio de mesa: la fuente con pie que contenía las delicias
de almendra glaseadas con miel y la pequeña pero exquisita bandeja de las
bebidas. (Gracias al educado gusto de mi padre, nuestro mejor servicio tenía
pocas piezas, pero no tenía parangón). De haber estado sometida a una
investigación la habría puesto en la lista de sospechosos. No me gustó en
absoluto la manera en que tasaba mi colador de vino con diseño de
agujeritos.
—Marco Didio Falco. —Aulo me presentó formalmente. Me dio la
impresión de que no sabía cómo iba a reaccionar Hosidia. Pensé que no
podía conocerla bien; es más, si no me había equivocado al juzgar la
situación, no la conocía en absoluto.
Helena quería que Aulo se sincerara, pero como él no reveló nada, dijo
con educación:
—Hosidia es la hija del tutor de mi hermano, Marco. Recuerdas al
famoso profesor, Minas de Karystos, ¿verdad?
¡Que Júpiter nos asista! Enarqué una ceja, un gesto que Hosidia podía
tomarse como de admiración por el intelecto de su papá si así se le antojaba.
Delante de su hija me contuve de decir: «¿Ese borracho asqueroso que
nunca está en el aula y que intenta matar a sus alumnos con sus terribles
fiestas que duran toda la noche?».
Minas de Karystos era un fiscal bastante bueno cuando era capaz de
mantenerse de pie, aunque eso no sucedía a menudo. Yo sabía que Décimo
Camilo, mi suegro, estaba horrorizado por los honorarios descarados que
cobraba Minas. Quizás esto explicara la retirada del hijo. Camilo padre
había decidido detener la hemorragia de efectivo. Seguro que no contaba
con la hija del tutor.
Helena parecía estar alterada.
—Marco, ¿te puedes creer que mi hermano pequeño va y se casa?
—¡No me digas!
Podéis llamarme cínico, pero me lo creí absoluta y amargamente. Aulo
habría sido un blanco fácil. Él se consideraba astuto, pero eso sólo servía
para ponerlo aún más en peligro.
Lo entendí todo. Sin embargo, Albia se quedó atónita. Lanzó una
mirada llena de rabia, se zafó de mi mano de un tirón y abandonó la
estancia como una exhalación.
***
Nadie hizo ningún comentario sobre el hecho de que Albia hubiese
salido corriendo. Pensé que Aulo se levantaría de un salto, pero se quedó
donde estaba.
Helena continuó hablando con desaliento:
—La boda tuvo lugar a toda prisa porque Aulo tenía que volver a casa.
Minas está encantado…
Minas debía de haberlo organizado. Por muy pez gordo que pudiera ser
Minas de Karystos del quinto pino en Atenas, la gloria de Grecia ya se
había desvanecido. Roma era el único lugar para cualquier profesional
ambicioso. Ese profesor de leyes sin escrúpulos ya debía de tener en mente
casar a su sosa hija con el hijo de un senador romano desde el momento en
que puso las garras encima de su nuevo alumno, recién desembarcado, y le
prometió convertirlo en un maestro de la jurisprudencia.
Haciendo una demostración a los recién casados de cómo llega a casa
un buen esposo sean cuales sean las conmociones que allí le esperen, crucé
la habitación tranquilamente, me incliné y besé a mi querida esposa en la
mejilla. Al estilo de un buen matrimonio romano, ella era la compañera que
compartía mis secretos más íntimos, de modo que, para demostrar nuestro
afecto íntimo a Aulo y a su novia, murmuré un saludo cariñoso en el oído
perfecto de Helena. Me las arreglé para resistirme a la tentación de
mordisquearle el lóbulo, lo cual debió de notárseme en la cara.
—Parece ser que Albia quiere marcharse de la ciudad —le dije entre
dientes—. Podría irme a pasar unos días a la villa marítima de papá.
Llámalo asuntos del albacea. ¿Quieres que me la lleve para darle un
respiro?
Helena me devolvió el beso formalmente, como una matrona que sabe
que el cabeza de familia no se trae nada bueno entre manos.
—Ya hablaremos luego, querido.
Al estilo de un buen matrimonio romano, di el asunto por zanjado.
VIII
Hacia el anochecer, para escapar de las rabietas que hacían traquetear los
postigos de mi casa, salí a ver a Petronio Longo. Estaba de servicio con los
vigiles, en el cuartel secundario de la Cuarta Cohorte. Se trataba de un
entorno tranquilo y masculino donde lo único que alteraba la paz eran los
gruñidos de los delincuentes cuando les propinaban alguna brutal paliza. En
los meses de julio y agosto siempre reinaba la calma. La población utilizaba
menos lámparas de aceite y fogones para cocinar, con lo cual incendiaban
menos casas de vecinos. Las noches se volvían tediosas para los vigiles.
Podían retirarse las patrullas. Mientras esperaban las llamadas de
emergencia, a los bomberos les gustaba sentarse en su patio de ejercicios y
contarse fábulas con moraleja. Bueno, era una forma de describirlo. Eran ex
esclavos, unos tipos duros.
Petronio estaba sentado aparte en un despacho pequeño, lidiando con su
último caso sin resolver. Estaba prohibido entrar con bebida en el recinto,
pero él me dio un sorbo de la jarra que tenía debajo de la mesa. Volvió a
ocultarla por si acaso el tribuno se dejaba caer por allí y luego
intercambiamos chismes.
—Helena está furiosa con su hermano y nuestra chiquilla está
consternada.
—¿Cuántos años tiene Albia? ¿Diecisiete? ¡Por los truenos de Júpiter!
¿Tanto tiempo hace que estuvimos en Britania durante la Rebelión? —Fue
entonces cuando la muchacha debió de perder a sus padres—. ¿Eliano la ha
tocado? —Éramos padres. Teníamos buenos motivos para este tipo de
pensamientos paranoicos. De jóvenes habíamos servido juntos en el ejército
y luego nos habíamos comportado como unos sucios cabrones por la
ciudad. Ya sabíamos de qué iba el asunto.
—Seguro que Albia lo niega. —No se lo había preguntado. ¿Por qué
provocar lágrimas? Es más, ¿por qué dar motivos a tu hija para que te
insulte?—. Él ha estado mucho tiempo fuera, lo cual es bueno —seguí
diciendo con pesimismo—. Nos encontramos con él un par de veces cuando
estábamos de viaje, pero, que yo sepa, sólo han mantenido correspondencia.
—¡Bah! ¡Cartas! —se mofó Petro con hosquedad. Él no poseía mis
tendencias literarias—. ¿Almas gemelas, eh? Falco, amigo mío, estás con el
estiércol hasta el cuello. —Me volvió a pasar la jarra, aunque era una triste
panacea—. ¿Cómo es su nueva esposa? ¿Es un bombón?
—Es una manirrota.
—¿Y la hija de un fiscal griego?
—Culpable hasta que se demuestre lo contrario. Conocimos a su padre
en Atenas. Como bebedor, hace que a su lado Baco parezca comedido.
—¡Por Júpiter y Marte! —Petronio Longo consideraba que los
abogados eran como una plaga. Los abogados demolían con suma facilidad
los casos penales que él preparaba; pasaba por alto el hecho de que
semejante proeza era alcanzable porque la definición de «prueba» según los
vigiles era simplemente un hombre cuya cara no les gustó y que caminaba
por la calle en la que por casualidad estaban ellos—. ¿Cómo se lo están
tomando el senador y su esposa?
Solté una risa irónica.
—Considerando que ahora todos sus tres hijos han tomado por cónyuge
a una persona extranjera o plebeya sin su permiso, Helena dice que Décimo
y Julia están tranquilos. Deben ser cautos a la hora de opinar, porque en su
casa no sólo viven la helénica novia con el capturado Aulo, sino que su
dinámico padre ateniense, bebedor y buscador de influencias, también ha
venido a Roma. ¡Cómo no iba a hacerlo! ¿Un hueco entre la clase dirigente
con acceso a la bodega? Era su único propósito al apañar el matrimonio.
—¡Será cabrón!
Compartí la maldición de Petro y entonces dejé de lado mis problemas y
permití que me contara los suyos. Un caso extraño lo tenía perplejo: una
familia que acudió a su mausoleo para celebrar un funeral descubrió que
alguien había irrumpido allí y había dejado tirado un cadáver desconocido.
Los crímenes entre las tumbas eran cosa frecuente. Algunas personas se
hubieran limitado a sacar el cadáver y dejar que fuera pasto de los cuervos,
pero aquella familia fue lo bastante sensata como para advertir ciertos
elementos inquietantes. El cuerpo era el de un hombre de mediana edad
muy bien cuidado, no se trataba de la joven víctima de violación o de asalto
como de costumbre, y yacía en una extraña posición ritual.
—Violencia. Alguien disfrutó de lo lindo. —Petronio tenía mucha
experiencia. Sabía cuándo la muerte había sido causada por un inesperado
arrebato de furia de borracho y cuándo tenía un tufo a perversión.
—¿Crees que habrá otras víctimas?
—Lo estoy temiendo, Falco. —Trataba con la atrocidad continuamente,
pero nunca se acostumbró a la falta de humanidad de los humanos.
Le dije que si alguien podía resolver este caso era él, y se lo dije en
serio. Entonces me dispuse a salir hacia casa a prepararme para salir pronto
a la mañana siguiente rumbo a la villa de mi padre.
—¿Así es como van a ser las cosas de ahora en adelante? —bromeó
Petronio—. ¿Tú te marchas tan tranquilo a tu extravagante casa de veraneo
y yo tengo que quedarme aquí con un sórdido asesino en serie?
Sonreí abiertamente y le dije que se fuera acostumbrando. Debía saber
que yo no iba a cambiar.

***
Albia y yo nos dirigimos hacia el mar por la Vía Laurentina. Todas las
personas de abolengo tenían villas al norte de donde la carretera alcanzaba
la costa y torcía en dirección a Ostia. La casa de mi padre se encontraba un
poco hacia el sur. Decía que le gustaba la intimidad. Había motivos.
Motivos en su mayor parte comerciales y que guardaban relación con su
gran laboriosidad a la hora de eludir el pago de la tasa de importación.
Papá me había dejado una silla de mano con sus porteadores, pero yo
me había olvidado de que la tenía. Alquilé maquinalmente un carro con un
asno, lo cual me daba una excusa para concentrarme en conducir. Albia iba
sentada muy erguida a mi lado. Había pasado toda su niñez hurgando en
busca tanto de comida como de afecto; seguía teniendo unos brazos como
palillos y, cuando estaba triste, un aspecto demacrado. Aquel día no llevaba
elaborados tirabuzones en el pelo sino que se lo había dejado suelto, aunque
Helena se había apresurado a arreglárselo para el viaje con un peine de
hueso. Pese a que un sol radiante caía de lleno sobre la carretera, la joven
iba cubierta por un mantón para hacerse sufrir.
Recorrimos un poco más de treinta kilómetros en silencio hasta que
Albia ya no pudo aguantar más. Se moría de ganas de acusarme de
crueldad.
—¿Por qué tengo que acompañarte a la fuerza? ¿Acaso estoy obligada a
trabajar en tu negocio como si fuera una horrible esclava?
—No, ahora tengo un grupo numeroso de esclavos y libertos
agradecidos para eso. Puede que sean unos cobardes despreciables de
Paflagonia, pero, a diferencia de ti, Flavia Albia, ellos son sumisos.
—Espero que te engañen todos.
Yo era el malo, lo cual no suponía ninguna novedad.
—Seguro que lo hacen. De modo que anímate, ¿quieres?
Seguimos adelante durante un rato.
—Me gustaría arrancarle la cabeza. —Eliano se merecía todo lo que
recibiera, pero yo tenía que preservar su bien peinada crisma porque se lo
debía al senador y a Julia Justa. De modo que sólo dije que a Helena y a mí
no nos gustaba nada ver tan infeliz a Albia; habíamos pensado que quizás
agradecería la oportunidad de no tener que ver a Aulo—. Sí —coincidió
Albia con aire pensativo—. Pero después le arrancaré la cabeza…, cuando
él piense que se ha salido con la suya.

***
Helena Justina había recogido a nuestra niña de las calles britanas
porque estaba llena de vida, destrozada por la pena y la soledad y porque el
destino la había tratado muy injustamente. La encontraron cuando era un
bebé en medio de las ruinas de Londinium y nadie sabía ni sabría nunca si
Albia era britana o era una criatura con mezcla de sangres, la hija nacida de
una lugareña y un comerciante muerto, tal vez. Puede que incluso fuera del
todo romana, aunque era poco probable. Cuando nos ofrecimos para
adoptarla, habíamos conseguido un certificado de ciudadanía del
gobernador de Britania, que me debía favores. Ahora le brindábamos
educación, sustento, seguridad y amistad, aunque no era posible darle
mucho más. La joven tendría que afrontar una dura lucha en medio del
esnobismo de Roma. Yo ya pertenecía a la clase media con la aprobación
del emperador, pero como mis orígenes eran plebeyos, hasta mis hijas iban
a necesitar algo más que lecciones de dicción para que las aceptaran. Si
vivía con la hija de un senador era porque Helena lo había querido así. Era
legal, pero excéntrico.
—Espero que Aulo no te hiciera ninguna promesa. —Saqué el tema
para tantear el terreno, puesto que aún no había reunido valentía suficiente
para decir que confiaba en que no se hubiese acostado con ella.
—¡Pues claro que no lo hizo; soy una bárbara! —espetó Albia con furia.
Entonces bajó la voz—: Fui una estúpida y ya está.
—Bueno, puede que ahora mismo parezca imposible, pero llegará el día
en que lo superarás.
—¡Nunca lo superaré! —replicó Albia. Sus amores y sus odios eran
igual de intensos. Yo tuve la aciaga sensación de que estaba en lo cierto, de
que nunca se recuperaría. Tras deambular lidiando con la vida de las calles
de Londinium, Albia sabía cómo mantenerse a salvo a ese nivel, pero había
confiado en Eliano. Era uno más de la familia, de la que ahora era su
familia. Había bajado la guardia.
—Tal vez sea una buena idea que nos dirijamos a Antium o quizá yo
mismo decidiera arrancar la cabeza.
—Tú nunca harías eso —repuso Albia con sorna y amargura.
—Puesto que está casado, no hay mucho que pueda hacer al respecto; y
eso tú ya lo sabes.
—¿Y si no estuviera casado harías algo?
No le respondí. Aulo debería haberse casado hacía ya tiempo.
Consideraba que su elección era un desastre, pero me habría opuesto
seriamente a cualquier oferta por Albia, por el bien de ambos.
—Hablas mucho de reparar las injusticias, pero tú nunca lo haces —
refunfuñó.
—He aquí una magnífica palabra latina: Conciliación… Espero que
nunca tengas que verme clavándole una espada entre las costillas a alguien.
—Era bien sabido que eso ocurría. Pero yo creía que el castigo debía ser
apropiado a la gravedad del delito—. Eliano se ha comportado de forma
desconsiderada y desleal. Los jóvenes son así. Las jóvenes pueden llegar a
ser igual de malas… o peor.
—¡No, si yo no espero que nadie me defienda! —Albia volvía a estar al
borde de las lágrimas. Me dio muchísima pena—. Los dos sois hombres. Él
es tu amigo, tu pariente, tu ayudante. Tú te pondrás de su parte…
—También era amigo tuyo. —Tenía miedo de que Aulo pudiera haber
tenido la descabellada idea de que podían seguir con su amistad. Él era así
de ingenuo—. Yo te diría que valores tu pasado…, pero que pases página y
lo olvides. Hazlo por ti misma.
La pobre Albia no estaba preparada para pasar página ni mucho menos.
Volvió la cabeza, pero la oí llorar durante el resto de nuestro viaje hasta la
villa.
IX
Silencio.
La villa costera de mi padre nunca había resonado con una vida social
veraniega, pues rara vez residía en ella; la única ocasión en la que había
estado allí con anterioridad ya deduje que la actividad era poco frecuente.
Era típico que una villa de la costa tuviera un propietario ausente. Mi padre,
por seguridad, dejaba allí algo más que un servicio mínimo, si bien el
personal vivía en un ala separada de la casa principal. Permanecían alerta
porque podía presentarse en cualquier momento, dependía de qué
embarcaciones llegadas de Hispania o de Oriente hubieran accedido a
descargar obras de arte en el mar con discreción para evitarle la obligación
de pagar. En estos casos, Gomia y él se acercaban a la ruta de navegación
con un bote. No era un procedimiento que yo tuviera intención de repetir.
Pero me quedaría con el bote, claro.
Recordé a los esclavos quién era y les expliqué la situación. Adoptaron
un gesto alicaído por la muerte de mi padre, aunque no se sintieron
motivados a derramar lágrimas de verdad. Se parecía mucho a cómo me
sentía yo, de manera que no me quejé.
Naturalmente, supusieron que Albia era algún pendón al que pretendía
seducir a espaldas de mi esposa. Los esclavos siempre piensan lo mismo. Es
el comportamiento masculino que más ven en sus amos. Como estaba
cansado del viaje, reaccioné con un poco de mal genio.
Me sentí viejo. En otra época, de encontrarme con la custodia de una
jovencita encantadora, hubiera estado tentado. Todavía recordaba aquellos
tiempos felices, pero la ambivalencia era un vicio que había perdido. Estaba
casado. Albia era de la familia. Yo la veía como a una adolescente gruñona
a la que tenía que proteger pese a sus ganas de rebeldía, en tanto que ella
me consideraba tan horrible, mayor y decrépito como cualquier otro padre.
Desengañados del escándalo, los esclavos —que, una vez se
acostumbraron a la situación, parecían tener muy buen carácter— nos
prepararon una barbacoa en la playa. Un pescado a la parrilla, recién salido
del mar y cocinado ahumado con un chorrito de aceite de oliva, puede curar
casi todas las penas. Albia trató de continuar con la disputa. Sin embargo,
esbozó una sonrisa cuando señalé que estaba disfrutando de no disfrutar de
nada. Al menos comió. La tristeza no le había afectado el apetito.
***
Al día siguiente inspeccioné la propiedad. Era aún más grande y más
lujosa de lo que yo recordaba, y estaba abarrotada de tesoros. Albia me
siguió de un lado a otro boquiabierta y murmuró:
—¿Esto es tuyo?
—Es mío. O en caso de que el bebé de Talía salga con genitales
masculinos, sólo la mitad.
—Podrías emascularlo. —El nuevo y áspero estado de ánimo de Albia
planteaba unas intrigantes cuestiones legales.
Aquella villa que los pinos protegían del sol y las tormentas era el lugar
donde papá había guardado su colección favorita, artículos que le gustaban
y disfrutaba de verdad. A mí también me gustaban. Tendría que regresar
pronto para realizar una larga visita; había muchos artículos por catalogar.
Tenía que traer conmigo a Helena para mostrarle la maravillosa ubicación,
la abundancia de antigüedades, muebles y accesorios. Tal vez aquel lugar se
convirtiera en nuestro refugio estival permanente. Si resultaba que Helena
detestaba el lugar, cosa que me parecía poco probable, había tanto por
vender que tendría que programar las subastas con cautela para no saturar el
mercado.
—¿Tienes pensado liberar a algún esclavo fiel en nombre de tu querido
padre, Marco Didio? —La pregunta de costumbre.
Como siempre, respondí con un suspiro evasivo. Podía dar la libertad a
un porcentaje en nombre de mi padre. Lo haría si podía, pero primero
quería evaluarlos. Lo que les ocurriera no tenía nada que ver con lo bien
que cada uno de ellos hubiera servido a mi padre durante su vida; dependía
de a cuánto ascendiera el impuesto de manumisión que tuviera que pagar si
los liberaba o del precio por el que se vendieran en el mercado de esclavos.
Cualquiera de ellos que tuviera una capacitación especial o un rostro bonito
corría más peligro de seguir siendo esclavo o bien de ser vendido. Ya estaba
pensando como un magnate. Si alcanzaban un precio de mercado elevado,
me sentiría menos inclinado a darles su libertad.

***
Las estatuas monumentales para la contrata del anfiteatro se hallaban
alineadas formando filas en el bosque. Al acercarme vi que eran una
mezcolanza: anónimos hombres célebres en poses triunfales, portando
cetros y corazas de pecho; algunas de las piezas tenían el rostro o las
vestiduras desgastados, como si ya hubieran adornado otros lugares
públicos. Me pregunté si las habrían robado de sus pedestales; no obstante,
algunas de ellas conservaban el suyo.
Había un lote que parecía nuevo. Habían sido talladas siguiendo el
mismo modelo, pero con armas o cascos distintos. No me sorprendió. Es
frecuente que los escultores que trabajan al por mayor proporcionen una
figura básica con una toga anticuada y luego te dejen encargar una réplica
de la cabeza de tu abuelo a un precio rebajado. Así pues, ¿por qué no hacer
dignatarios clonados para un anfiteatro?
Los conté. Ciento once. ¡Por Júpiter! Papá había acaparado el mercado.
Era de esperar. El Anfiteatro Flavio sería prácticamente «Estatuas cortesía
de Gémino». No era de extrañar que ese adulador de Clusio quisiera que me
hiciera a un lado y le dejara meterse por medio.
Di instrucciones para que las estatuas fueran trasladadas a Roma
utilizando el sistema de transporte que Gémino hubiese implementado,
fuera cual fuera.
—Y quiero ver llegar ciento once estatuas. Con ciento doce me
demostraríais que sois de veras concienzudos. —El mayordomo no cazó el
chiste. ¡Insensato! Si no sabía apreciar mi sentido del humor corría el riesgo
de acabar en el mercado de esclavos.
—Yo podría quedarme aquí para supervisar —se ofreció Albia.
—No, gracias. —No iba a darle la oportunidad de salir disparada—.
Muchacha, si quieres escaparte, primero revisa conmigo la logística. Para
que la fuga sea factible necesitas un plan, un presupuesto, mapas de
carreteras detallados, un buen garrote, calzado apropiado y un buen
sombrero.
—No tiene ninguna gracia, Marco Didio. —Albia reconoció
abiertamente que la había interpretado bien—. Quiero volver a Britania.
—No.
—La tía de Helena, Elia, dejaría que me quedara con ellos…
—He dicho que no, Albia.

***
Pasamos a la segunda etapa de nuestro viaje.
Podíamos tomar la ruta de la costa hasta Antium, un camino recto pero
malo, lleno de dunas lúgubres y mosquitos, o podíamos ir por mar. Para
esto tendríamos que subir hasta Ostia, a unos quince kilómetros en
dirección contraria, y luego soportar la miseria de un puerto comercial
importante seguido de un terrible mareo para mí. Opté por continuar en
carro en dirección sur por la Vía Severiana, un recorrido de unos treinta y
cinco kilómetros tal vez. Sólo tardamos un día, aunque fue largo y caluroso.
Nos alojamos en una posada mediocre. Tenía vistas a un mar abarrotado de
deliciosa fauna y, sin embargo, el plato del día eran unos huevos de hacía
una semana. Hasta mi tortilla estaba dura.
A la mañana siguiente intentamos encontrar a los vendedores de
estatuas. Gornia estaba en lo cierto. Su casa estaba cerrada con llave y
dentro no había nadie. Ni siquiera un vigilante salió a abrir cuando
llamamos a la puerta. Albia intentó entrar trepando por un balcón, pero los
postigos estaban muy bien cerrados.
Hice las preguntas habituales. Primila y Modesto eran muy reservados,
como suele pasar con la gente próspera de clase media. Poseían una casa
sólida en la costa, no tenían problemas económicos evidentes, no corrían
feos rumores sobre por qué se habían marchado tan secretamente. Ningún
vecino los había visto desde hacía meses ni sabían adonde habían ido. Los
vecinos rehuían mis preguntas, cierto, aunque estábamos en una ciudad en
la que se habían agrupado los famosos imperiales desde hacía mucho
tiempo; la gente era discreta.
Antium fue una vez la capital de los volscos, un pueblo que peleó con
Roma durante un prolongado período de tiempo en un pasado remoto.
Cuando fue nuestra, la ciudad se hallaba lo bastante alejada de Roma para
que los hombres de recursos que querían evitar los disturbios y los
acreedores la eligieran como refugio. Villas suntuosas bordeaban la costa.
Cicerón tuvo una magnífica vivienda en el lugar. El asquerosamente rico
Mecenas tuvo allí una casa. A la antigua familia imperial, la Julio-Claudia,
le gustaba especialmente aquel lugar. Fue en Antium donde Augusto recibió
la aclamación formal como Padre de la Patria. Calígula y Nerón nacieron
aquí; Nerón fundó una colonia de veteranos y creó un puerto nuevo.
Seguro que los nuevos Flavios no tardarían en llegar a esta parte de la
costa. Los agentes inmobiliarios debían de tener listados de casas adecuadas
para cesares que prometían y cuyo dinero en metálico proviniera del botín
de guerra.
La ubicación era espléndida para los comerciantes. La ciudad tenía un
aspecto ligeramente polvoriento, de fuera de temporada, pero no resultaría
difícil mejorarlo. Las magníficas villas en zona de mareas tenían fama de
estar embellecidas con obras de arte originales y exclusivas y con caras
reproducciones modernas. Gran parte de aquellas casas enormes estaban
aún habitadas, y por gente con fondos suficientes para el mantenimiento de
la vivienda y el jardín. Resultaba asombroso que un par de reputados
tratantes de arte abandonaran un lugar con tanto potencial.
El gran monumento público del lugar era un Templo de Fortuna. Allí
solicité información. Desde la visita infructuosa de Gornia, un tal Sexto
Silano, un sobrino de Primila, había dejado un mensaje indicando que
cualquiera que preguntara debía consultar con él. Tuve que pagar un precio
abusivo a los sacerdotes para que me lo contaran; hubiera sido más cordial
si el sobrino se hubiera limitado a escribir una nota con tiza en la puerta
principal de la casa cerrada de su tío.
La mala noticia era que Silano vivía en Lanuvio. Para llegar hasta allí
teníamos que tomar un camino sin nombre que atravesaba una campiña de
insalubridad notoria situada en el extremo norte de la llanura Pontina. Los
pantanos Pontinos tienen una fama temible. Aun así, siendo verano debían
de haberse secado y Lanuvio se encontraba a un tiro de piedra de la Vía
Apia, la cual conducía directamente de vuelta a Roma.
X
Lanuvio era una ciudad muy antigua del Lacio situada en una cima de los
montes Albanos, al sur de la Vía Apia. Un puñado de templos dominaban la
ciudad, sobre todo el Templo de Juno Sospes, dotado de abundantes fondos
y al que pertenecía gran parte del terreno entre allí y la costa. A nuestro
paso por el lugar vimos que el suelo era excepcionalmente fértil, aunque la
zona no estaba muy poblada. Durante casi toda la ruta no encontramos a
nadie, salvo a unos cuantos esclavos de aspecto pálido y demacrado. Las
condiciones del camino sugerían que no era habitual el tránsito de vehículos
y los trabajadores nos observaban como si nunca hubiesen visto a unos
viajeros. Bueno, nos observaban hasta que Albia los fulminaba con la
mirada. Entonces volvían la vista hacia otro lado, nerviosos.
—Hay muchos ríos que drenan los montes y arrastran a su paso un
cieno aluvial muy rico. —Estaba asumiendo el papel que tendría Helena si
estuviera con nosotros. Que Albia tuviera el corazón destrozado no
implicaba que tuviera que ser una ignorante—. Es por eso que la llanura
Pontina tiene unas de las mejores tierras de Italia para el pasto de los
animales y la siembra de las cosechas, pero no verás a mucha gente por
aquí. El nivel freático es muy alto y las dunas de arena de la costa atrapan
las crecidas, de modo que durante gran parte del año, sobre todo al sur de
donde nos encontramos, es un lugar insoportable. Nubes de insectos que
pican convierten los pantanos en un lugar prácticamente inhabitable…,
sigue bien tapada, son transmisores de enfermedades terribles. —Nos
hallábamos al norte de los verdaderos pantanos, cosa que me venía bien. Se
habían realizado intentos para drenarlos. Intentos que resultaron
infructuosos.
La elevada ciudadela de Lanuvio debía de ser un lugar más sano. Desde
su acrópolis se disfrutaba de unas espléndidas vistas de la llanura hasta el
lejano océano. Al igual que la mayoría de lugares con vistas, aquél había
sido densamente colonizado por la fraternidad de propietarios de villas.
Para satisfacer las necesidades del mantenimiento de las propiedades, los
pequeños negocios artesanos prosperaron. Silano era especialista en
terracota.
Sentados en el bordillo enfrente de su local había una hilera de niños
pecosos. Cuando nuestro carro se detuvo, todos ellos subieron a bordo en
tropel. Intenté hacer un trato con ellos para que cuidaran de todo el equipo,
con lo cual quería decir que no debían patear al asno ni sacar las ruedas.
Tuve la esperanza de que fueran demasiado pequeños como para llevarse el
cofre del dinero. Fingieron una timidez extrema y ninguno de ellos dijo
nada. Cuando entré en el taller, Albia se apostó en la entrada y se quedó
observando a los chiquillos con severidad. Con su estado de ánimo, en
aquellos momentos daba miedo; eso funcionaría.
Los niños debían de haber heredado las pecas de su madre, que no
apareció en ningún momento. No tardé en entender que había muerto; a
juzgar por el peligroso número de vástagos que había dejado atrás,
probablemente falleciera exhausta durante algún parto.
Silano era un tipo bajo y fornido con la cara picada de viruela y esa leve
irritabilidad provocada por las preocupaciones de un comercio único que
poseen todos los artesanos. Un brazalete que pasaba por ser de oro adornaba
su antebrazo izquierdo como gesto de personalidad. Llevaba una túnica
andrajosa de color apagado, pero como el hombre iba vestido con ropa de
trabajo eso no me dijo nada. Las existencias de su tienda eran buenas:
elaboradas acroteras al estilo griego, muy bien hechas, para colocarlas en
los remates de los tejados, unas cuantas gárgolas, los rutinarios expositores
de tejas, baldosas y cañones de pared para la chimenea, además de las
habituales decoraciones domésticas, macetas y jardineras. Todo era
magnífico. Yo podía convertirme en su cliente.
El hombre dio la impresión de querer mostrarse simpático, pero se
estaba conteniendo. Lo ablandé, sobre todo al decirle la cantidad de dinero
que había traído para su tío y su tía. Estaba atrapado en una situación
incómoda. Sus parientes habían desaparecido de forma misteriosa. No
tenían hijos. Como único sobrino, se sintió obligado a hacerse cargo,
aunque ni siquiera sabía si Primila y Modesto estaban vivos. A diferencia
de mí, él no sentía que tuviera ninguna posición legal como heredero, de
manera que no estaba en libertad para negociar.
Me compadecí de él y le dije:
—Dime, ¿qué ocurrió? Trabajo en este campo; quizá pueda aconsejarte.
—Silano no era de los que confían en los informantes, ni siquiera de los que
sabemos lo que nos hacemos—. ¿Qué es lo que pasa, Silano? Vi su casa en
Antium; está completamente desierta. Tu tío y tu tía debían de tener
empleados, pero ellos también se han desvanecido. ¿Te has traído aquí a los
esclavos?
El hecho de que comprendiera sus dificultades prácticas debió de
hacerme ganar su confianza. Silano suspiró.
—Se escaparon. No he iniciado una búsqueda de fugitivos. Que se
vayan si pueden ganarse la vida. —Aquel hombre no era avaricioso ni
vengativo. Era un tipo decente. No me topaba con este tipo de personas
muy a menudo. Traté de no encontrarlo sospechoso.
Parecía disgustado por su tío y tía perdidos, preocupado por la situación,
totalmente desanimado.
—Según me contaron, mi tío se marchó primero y luego mi tía fue a
buscarlo. Tuvo la sensatez de ordenar a uno de sus esclavos que viniera a
decírmelo por si desaparecía ella también.
—¿Y adónde fueron Primila y Modesto?
—No quieras saberlo, Falco.
Estaba que me moría de curiosidad.
—Ponme a prueba.
—Se fueron a ver a los Claudios —respondió Silano, como si yo tuviera
que saber qué significaba eso. Al ver que yo me limitaba a enarcar las cejas,
retrocedió al principio de la historia—: Mis tíos tenían propiedades, tierras
de labranza. Hicieron su dinero de esta forma, al principio, pero ya sabes
cómo es esto. Nadie se queda en la llanura, porque no tardan en ponerse
enfermos. Todo aquel que enferma no tarda en morir. Los esclavos son los
únicos a los que se puede persuadir de que se queden para realizar las tareas
agrícolas. Es lo que hace la gente que puede permitirse el lujo de mudarse.
Se marchan a la montaña o a la costa. Así pues, hace unos veinte años,
Modesto se convirtió en tratante de arte en Antium…, aunque siempre
conservaron las tierras.
—Mi padre hacía negocios con ellos, como ya te dije; Gémino los
conocía desde hacía mucho tiempo… Bueno, ¿y qué pasó?
—Estalló una disputa sobre linderos. Yo ya sabía algo al respecto…, las
riñas ya venían de años atrás. Algunos de sus vecinos son personas
sumamente intratables. Hace unos meses unas reses extraviadas entraron en
las tierras de mi tío y causaron muchos daños. A Modesto le gusta hacer
valer sus derechos y fue a poner las cosas claras. Ya no regresó. Tía Primila,
quien a su vez también es una mujer arrojada, fue a buscarlo. A ella
tampoco la ha visto nadie desde entonces.
—¿Estos vecinos son los Claudios que has mencionado? ¿Lo has
denunciado? ¿Has llamado a las autoridades?
—Hice todo lo que pude. Pasó mucho tiempo antes de que me enterara
de nada. En cuanto supe que mis parientes habían desaparecido, tuve que
conseguir a alguien que cuidara de mi negocio antes de poder trasladarme a
Antium. Logré que el magistrado local se interesara por el caso. Envió una
partida a investigar. No averiguaron nada. Todos los Claudios negaron
haber visto siquiera a mis tíos. Así pues, no hay nada que hacer.
—¡Eso suena muy débil!
—Sí, bueno…, se trata de las tierras abarrancadas, Falco. Los forasteros
no van a ese lugar.
—¿Qué pasa…, que si molestas a los duendecillos de pies palmeados de
los pantanos van y te ahogan? —estaba asombrado—. ¿Causar alborotos es
una tradición local del Pontino y todo el mundo tiene que aguantarse?
Mientras yo despotricaba, Silano me miró ceñudo.
—La cuestión, Falco, es que sé perfectamente qué ha pasado. Mis tíos
molestaron a las personas equivocadas y han pagado por ello. Nadie puede
encontrar ni rastro de ellos. Nadie del lugar vio nada. No existen pruebas.
Por tanto, no voy a ir a enfrentarme a los Claudios para desaparecer yo
también, ¿verdad? De modo que sí, así es cómo esos matones van a salirse
con la suya…, pero no, no voy a dejar huérfanos a mis hijos.
Le pregunté si quería contratarme para que investigara. Dijo que no. En
parte fue un alivio. Era renuente a trabajar en el campo. Particularmente en
los pantanos Pontinos. Es un suicidio.
Yo no me habría conformado, pero entendía por qué Sexto Silano
prefería no indagar en el misterio. Era un hombre práctico. ¿Cuántas veces
había aconsejado a mis clientes que fueran sensatos y tomaran ese mismo
camino (y cuántos me habían hecho caso omiso)?
Por lo que respectaba al dinero que debía mi padre, acordamos que yo
se lo entregaría y daría la cuenta por zanjada. Silano ingresaría el dinero en
el Templo de Juno Sospes hasta que, con el paso del tiempo, tuviera la
sensación de que podía quedárselo. Siendo realistas, iba a ocurrir muy
pronto. Se veía con sólo echar un vistazo a todos esos críos que estaba
educando. Y no lo culpaba por ello.

***
Salió para recoger el dinero. Echó a sus pecosos hijos del carro y
confirmó que era un padre que no recibía ayuda de nadie; tenía seis hijos
menores de catorce años.
Compré una carga de sus magníficos objetos de terracota. Con eso le
pagaría unas cuantas cuentas de comida y, de todos modos, me gustaba el
material. Albia me ayudó a elegir.
Cuando Silano ya se estaba despidiendo de nosotros con la mano,
preguntó, con una desesperación que casi pude perdonar:
—Tu hija parece una jovencita muy agradable. ¿Tiene esposo, Falco?
—¡Piérdete! —rugimos Albia y yo al unísono.
Mal momento, Silano.
XI
Aquella extraña desaparición de dos tratantes de arte respetables continuaba
rondándome por la cabeza. Conducir un carro te da tiempo para cavilar. De
todos modos, yo ya tenía mis propias preocupaciones. Si Silano quería
abandonar la esperanza, aun siendo deprimente, era asunto suyo. Yo seguí
mi camino; me había desprendido del dinero y ya era libre para vender las
estatuas. El curioso episodio había terminado.
¿O no? Tendría que haber sido más listo.
***
La Vía Apia es una calzada legendaria que fue construida por Apio
Claudio hace cuatrocientos años. Atraviesa los pantanos Pontinos, recta
como una jabalina durante ochenta kilómetros entre Roma y Terracina. La
ruta entraña tramos elevados allí donde cruza zonas pantanosas, pero la
parte septentrional es ancha, bien pavimentada y, si tu asno puede hacer
acopio de energía suficiente, agradablemente rápida. Había alquilado una
bestia de trabajo bastante buena; no mordía ni se echaba en la cuneta,
aunque tampoco hacía mayores esfuerzos de los imprescindibles.
Avanzamos tranquilamente por una vía de acceso y llegamos a la famosa
carretera justo antes de que ascendiera por los montes Albanos, pasando
junto al lago de Nemi y el lago Albano.
Mientras le daba una agradable charla a Albia (que a duras penas
reaccionaba), tuve que admitir que Apio, un gran constructor que también
levantó el primer acueducto romano, estaba por encima de la media, para
ser un patricio. Como chico de la ciudad nacido libre, me parecían
cuestionables algunas de sus políticas: permitir a los hijos de esclavos
manumitidos ingresar en el Senado y extender el voto a la población rural
que no poseía tierras. De todos modos, Apio Claudio también publicó la ley
que impedía a los sacerdotes mantener el suyo como un misterio privado.
Eso lo convirtió en patrón de los informantes.
Recorrimos unos dieciséis kilómetros en dirección norte. Ya sólo nos
quedaban dos o tres por delante y llegamos a las tumbas situadas entre los
pinos que bordean el acceso al Sector XII de Roma. En una tarde radiante y
tremendamente calurosa, aquella zona solitaria contribuía a un buen viaje.
Llegamos a la sombra. Yo estaba alegre; percibía el olor del hogar y el asno
olía su establo. Albia se limitó a resoplar con tristeza, pero ya no tardaría en
poder pasársela a Helena.
Entonces nos topamos con los vigiles. Puesto que el Duodécimo está a
cargo de la Cuarta Cohorte, se trataba de una sección de los hombres de
Petro.
Como fuera de los límites de la ciudad la disciplina se desvanecía,
algunos de ellos, como no podía ser de otra manera, se habían tumbado bajo
los pinos para echar una siesta. Sin embargo, otros se aplicaban bastante
bien. Me dijeron que estaban trabajando en el caso del que me había
hablado Petronio: el cadáver abandonado en un mausoleo. A Petro no le
bastaba con una sola disposición ritual. Armados con palancas y con su
amor por la violencia, sus tropas estaban abriendo a golpes los mausoleos y
miraban dentro en busca de otros cuerpos que no debieran estar allí. En la
quebradiza necrópolis del borde de la carretera había muchas tumbas tan
antiguas que nadie sabía quién las había construido. En cuanto los vigiles
arrancaban a los vagabundos que dormían en las desgastadas escaleras de
entrada, era muy fácil registrarlas. Otras, incluso las más viejas, seguían
siendo utilizadas por las familias; gracias a la buena dieta y a la virilidad de
nuestra nación, algunos clanes romanos tenían linajes muy extensos.
Un propietario irritado debía de haber estipulado que él tenía que estar
presente. Vi que Tiberio Fúsculo, el hombre de confianza de Petro, ocultaba
su impaciencia en tanto que el deteriorado aristócrata, torpe e
interminablemente, intentaba abrir un candado. Llevé el carro hasta allí, y
cuando Fúsculo estuvo libre de nuevo se acercó paseando. Tenía sobrepeso,
estaba acalorado y rubicundo. Albia le dio agua para que bebiera.
—Bébetela toda. ¿Qué más da? —dispensó su generosidad con un
fatalismo displicente, como si a ella misma no le importara morirse de sed.
Como hombre prudente que era, Fúsculo eludió la agresividad de Albia
y me dijo que no habían hallado más cadáveres.
—Bueno, sí, muchos… —bromeó Fúsculo—, pero ninguno que
relacionemos con el caso.
—¿Petronio os retirará pronto del caso?
—Todavía no, Falco. Ese granuja obstinado está convencido de que
hemos dado con un asesino ritual.
—En tal caso, Petronio Longo debería esperar hasta la siguiente luna
nueva, o a que el nombre del mes tenga una letra Ro, o a que traigan la
túnica roja de la lavandería…, lo que quiera que sea el misterioso detonante
que le dice al asesino que ha llegado el momento de que derrame más
sangre.
—El jefe suele contentarse con mantenerse a la espera —coincidió
Fúsculo—, sobre todo en verano, que le gusta volver pronto a casa con tu
reverenciada hermana y echarse una siesta en su magnífica terraza.
Aquello me hizo mucha gracia. Petro tenía su lado excéntrico; no le
gustaba que nadie conociera sus costumbres y ni siquiera había contado a
sus hombres que estaba viviendo con Maya. Todos lo sabían, por supuesto.
—¿Y qué es distinto en este caso? —pregunté.
—Tengo los labios sellados. Secreto de Estado.
—¡Muy maduro por tu parte! ¿Y vas a compartirlo?
—De ninguna manera, Falco. Esto es tan sub rosa que si te digo una
sola palabra me tostarán en un asador con un manojo de orégano metido en
el culo.
Albia se hartó de esa conversación de chicos y nos interrumpió:
—Supongo, Tiberio Fúsculo, que eso significa que tío Lucio no te ha
contado lo que piensa, ¿no?
Él le lanzó una mirada especulativa, como la que le había dirigido
Silano antes de preguntar si estaba casada.
—Una chica lista… No, «tío Lucio», que es un cabrón que no suelta
prenda, no ha revelado sus grandes ideas.
—Entonces tendré que preguntárselo yo mismo —dije con una sonrisa
burlona.
—Hazlo, Falco. —Fúsculo volvió a aplicarse a la tarea de registrar
tumbas. Chasqueé la lengua para que el asno se pusiera en marcha. Cuando
el carro empezó a avanzar con una sacudida, Fúsculo nos gritó sin rencor—:
¡La gran pista es… que encontramos equipaje!
Interesante.

***
Era tan interesante que me moría de ganas de preguntarle a Petronio al
respecto. Primero devolví el carro a los establos donde lo alquilé, llevé a
Albia a casa y di grandes muestras de alegría por estar de vuelta con mi
familia sano y salvo. Al cabo de una media hora me escabullí para ir a ver a
Petro. Helena me sorprendió cuando me marchaba. Le guiñé un ojo y le
prometí compartir cualquier chisme en cuanto regresara. Ella suspiró pero
no se interpuso.
Petronio se estaba probando la toga, lo cual era increíble. Aquella visión
tan poco común me hizo reír…, hasta que averigüé el motivo. Atardecía,
por lo que en las calles sofocantes había refrescado un poquito, aunque no
tanto como para echarte sobre los hombros unas cuantas libras de pesada
tela blanca de lana. Por lo visto, no había alternativa: Petro tenía que
sustituir a su tribuno Rubela. El oficial superior de la Cuarta Cohorte había
tenido que asistir a una conferencia de alto nivel en el Palatino.
En otras circunstancias se hubiera llevado con él a Petronio para que
éste le susurrara las correcciones cada vez que Rubela entendiera mal la
información, pues manejar mal los hechos era una prerrogativa de cualquier
tribuno perezoso. Como era julio, Rubela no estaba. Dado que no se había
molestado en informar al prefecto de los vigiles de que se había tomado
unas vacaciones, si Petro quisiera podía meter a Rubela en un buen lío. Sin
embargo, sería un idiota si lo hiciera.
—Ya sabes lo que pienso de Rubela, Falco…
Le aseguré que yo pensaba lo mismo. Marco Rubela era un don nadie
interesado, sumamente ambicioso y poco formal que ocupaba un cargo por
encima de sus capacidades. No obstante, yo creía que era lo mejor que
obtendría la cohorte.
—Ponme al corriente, Petro.
—¿De Rubela?
—Del caso, idiota.
—Encontramos un fardo oculto que debió de haber pertenecido a esa
víctima de asesinato. Tal vez se diera cuenta de que lo seguían y por eso
escondió sus cosas antes de que lo agarraran.
—¿Y qué relación tiene con palacio?
—Llevaba el borrador de una petición para el emperador.
—¿Sobre qué?
Petronio hizo una mueca.
—Unas protestas horribles. Quejándose de la delincuencia local. «Se ha
permitido durante demasiado tiempo que este escándalo público se encone;
las autoridades de nuestra región, sencillamente, no van a abordar el tema…
El emperador debería tomar la iniciativa y negarse a tolerar las molestias
que provocan unos criminales que alardean de contar con protección
especial…». Nadie le escuchará, claro. De todos modos, lo he entregado a
más altas esferas, para darle al pobre desgraciado la última oportunidad de
tener una audiencia. Es lo mínimo que podía hacer, me parece.
—¿Sabéis quién es?
—¡Te he dicho que es un borrador, bobo! Nadie firma con su nombre un
borrador privado.
—¡Seré tonto! Así pues, ¿no os sirvió de nada?
—De haber resultado útil lo hubiese guardado. Como es lógico, tuve
que mencionar a esos escarabajos de los rollos que a quien lo escribió lo
encontramos abierto en canal y sin manos.
Los detalles eran una novedad para mí. Torcí el gesto.
—¡Por Plutón! Eso habrá hecho que tu informe llame la atención.
—Eso parece. ¿Y qué me ha pasado? Pues que ahora un metomentodo
quiere hacer una reunión informativa.
—Se guarda las espaldas —dije—. Podrás manejar la situación.
Conoces bien tu trabajo. Además, ya has estado allí. —Petronio había ido a
palacio conmigo. Una vez tuvimos una discusión política con el emperador
y toda una falange de lacayos. Vespasiano ya nos caló entonces. Aun así, en
aquella ocasión conseguimos un encargo que nos proporcionó dinero—.
¿Quién es el que os ha convocado?
—Un chupatintas llamado Laeta.
Me detuve en seco.
—¿Claudio Laeta? Vendré contigo.
—Tú no te metas. No necesito una niñera, Falco.
—Laeta es un problema. Su especialidad es parecer bien dispuesto.
Después te arrancará las pelotas, las retorcerá hasta hacer que parezcan un
viejo calcetín de lana, las hará girar por encima de su cabeza y te derribará
con tu propia maquinaria mágica.
—Para ser poeta en tus ratos libres, tu imaginería apesta —opinó mi
viejo amigo con adustez. Pero debía de estar nervioso por la reunión,
porque dejó que lo acompañara.
A diferencia de él, yo no iba togado. Laeta era el jefe de la secretaría
principal. Aquel hombre me había enviado a tantas misiones turbias que no
recibiría ningún respeto por mi parte. Lo único bueno que tenía Laeta era
que siempre estaba tratando de asestar una puñalada trapera a Anácrites, el
jefe de los Servicios Secretos. Yo observaba desde la banda e intentaba
enfrentarlos.

***
Petronio y yo fuimos paseando tranquilamente desde el cuartel. Estaba
disfrutando de mi regreso. Eché la cabeza hacia atrás e inhalé la atmósfera
cálida del fin de un caluroso día de verano. Oí el suave murmullo de voces
de familias y grupos de amigos comiendo, charlando, reuniéndose para
disfrutar de aquellas horas de calma antes de retomar su costumbre habitual
de fornicar con las esposas de los otros y de hacerse trampas mutuamente
tanto en los dados como en los negocios. Pasó toda una sucesión de
vendedoras de guirnaldas que regresaban a casa dando gritos. A esas horas
ya nadie compraría flores para la cena. El sonido de unas flautas y de un
tambor competía con el traqueteo de la loza proveniente de un callejón al
que obviamente daban las puertas traseras de varios abrevaderos de
borrachos. El olor de las frituras nadando en aceite y aderezadas con tomillo
y romero flotaba justo por encima del nivel de la calle.
Había echado de menos Roma. Petronio señaló con una sonrisa burlona
que sólo había estado ausente tres días, durante los cuales debería haber
estado contento, puesto que en la villa de papá tenía que contar todas esas
nuevas y caras posesiones. Generoso como siempre, Petro no me guardaba
ningún rencor por mi buena fortuna. Podía ser que, al igual que yo, aún no
se lo tomara en serio.
Al descender por el Aventino, para cruzar hasta el Palatino teníamos la
opción de pasar junto al Circo Máximo por el extremo donde estaba situado
el cajón de salida o bajar y pegarnos la caminata en torno al ábside. La pista
de carreras nos cortaba completamente el paso. Incluso aunque Petro
hubiera podido utilizar su influencia para entrar y atajar en línea recta, no
tenía sentido porque entonces nos encontraríamos con la pared vertical del
Palatino delante de nosotros. Puesto que los dos nos criamos en el Aventino,
estábamos acostumbrados a este inconveniente. En ocasiones nos
desviábamos en una dirección y a veces en otra. Ambas vías de
circunvalación eran largas y frustrantes. Como aquella noche se trataba de
la reunión de Petro dejé que decidiera él; optó por la dirección de los
cajones de salida y luego atravesamos el Foro Boario con paso suave.
Apestaba a sangre y a carnicería, pero nos proporcionaba un camino
despejado hasta el Palatino a través de los accesos habituales. Petronio no
estaba de humor para meterse por una puerta trasera y perderse en aquel
pernicioso laberinto de pasillos.
Se presentó a la Guardia Pretoriana y se las arregló para no ser
maleducado con esos jactanciosos. Si hubiera reivindicado mis derechos
ante los miembros de la Guardia cuando nos intimidaron, Petronio se
hubiese encogido de hombros y me hubiera dejado plantado. Seguí a mi
amigo mansamente.
***
En aquel momento ninguno de los dos teníamos ni idea, pero estábamos
iniciando una aventura que sería tan difícil y peligrosa como cualquiera de
las que hubiéramos emprendido. Y el vínculo con los mandamases del
Palatino radicaría en mucho más que simple burocracia.
XII
En los pasillos de techos altos y abovedados del viejo palacio reinaba el
acostumbrado silencio nocturno. Me gustaba ir allí a esa hora. La multitud
de peticionarios farfulladores había abandonado y se habían ido todos a
casa, dejando allí los olores residuales a salsa de ajo y sudor. Había gente,
bien que la tensión diurna se había relajado. Los del turno de noche eran
eficientes pero no se ponían nerviosos. Reservaban cualquier asunto
importante o incómodo para los del turno de día.
Los esclavos pasaban en silencio junto a nosotros colocando lámparas
de aceite. Bajo el mando de nuestro austero emperador, nunca había luz
suficiente. Los esclavos habían llegado a dominar el arte de dar a entender
que tenían demasiado trabajo para interrumpir su tarea y decirnos si el
despacho que buscábamos se encontraba por el pasillo de la derecha o por
el de la izquierda, y mucho menos para admitir si la familia imperial seguía
en la ciudad o se habían ido todos a pasar el verano a alguna villa…
Allí los métodos habían seguido siendo los mismos desde que Tiberio
organizó aquella parte del Palatino. La librea imperial había cambiado y la
fornicación era menos pública; no se había alterado casi nada más. Los
emperadores iban y venían en tanto que la burocracia continuaba, más
proliferante que el moho. Vespasiano y Tito vivían en la repulsivamente
opulenta Casa Dorada de Nerón, al otro lado del Foro, mientras que las
secretarías de élite mantenían sus antiguos despachos en este complejo
histórico. Cuanto más largo era el nombre, más espléndido el despacho.
Laeta tenía un conjunto de habitaciones. Las aldabas de las puertas eran
doradas y una callada esclava limpiaba a todas horas el suelo de mármol de
fuera. Probablemente se encontrara allí para escuchar a hurtadillas lo que
decían las visitas antes de entrar.
—Este lugar siempre tiene un tufo sospechoso —comentó Petro entre
dientes, sin quitarle el ojo de encima a la limpiadora. Cuando ésta levantó la
mirada, él le sonrió automáticamente. Como cualquier varón romano
saludable, mantenía la práctica del flirteo.
—Decir que todos conspiran es como decir que las babosas comen
lechuga —coincidí.
Laeta trabajaba hasta tarde. Como burócrata creía de verdad que su
labor vital requería más que una jornada normal, incluso para un experto
como él. Nos hizo esperar. Eso era para que quedáramos encantados de que
encontrara tiempo para nosotros. Petronio y yo nos sentamos encorvados en
los bancos del pasillo bajo un techo alto y elegante y comentamos en voz
alta que resultaba patético que, con el rango que ostentaba, fuera tan
desorganizado. Nos aseguramos de que lo oyera el ujier. Animar la vida de
los subalternos es una estratagema a la que vale la pena dedicar tiempo.
Maya y Helena decían que nunca maduraríamos. Podíamos ser
maduros… aunque el hecho de tener que esperar aburridos sacaba lo peor
de nosotros.
***
Al final llamaron a Petronio y yo fui detrás. Laeta torció el gesto al
verme en su umbral de mármol. Era un hombre de rango medio, de mediana
edad y de mirada astuta. Se moría de ganas de preguntar qué hacía yo allí;
pensaba si acaso alguien había pasado por alto informarle sobre algún
asunto político o, lo que era aún peor, ¿le habrían informado y se le había
olvidado? Se sintió obligado a saludarme con un movimiento de la cabeza,
pero dio muestras de cierto malestar.
Pisamos el felpudo con paso inseguro, balanceándonos, cruzamos a un
agradable mosaico integral y entonces empezó nuestra siguiente
representación. Consistía en un respeto extravagante por parte de Petronio
en tanto que yo miraría fijamente como si nunca se me hubiera ocurrido
adular a un oficial superior. Petro declaró que se sentía honrado de conocer
a un hombre tan importante de quien (según él) había oído decir muchas
cosas, y todas impresionantes. Laeta evitó ruborizarse. Todo el mundo debía
de hacerle la pelota, pero viniendo de nosotros no sabía cómo tomárselo.
Bueno, ya dije que era astuto.
Tiberio Claudio Laeta era un cometa ascendente, una persona
experimentada pero con una o dos décadas de conspiración a sus espaldas.
Sus antebrazos indicaban que había sido esclavo de la casa imperial,
liberado bajo el mandato de un emperador anterior; a juzgar por su edad,
sería Claudio. La casa imperial había dado muchos burócratas de alto rango,
incluido Anácrites, mi pesadilla, quien había logrado llegar a ser jefe de los
Servicios Secretos de una manera rápida y, en mi opinión, sumamente
inexplicable; era de esa clase de basura que flota. Anácrites era más joven
que Laeta y había sido liberado por Nerón…, y que ese maníaco que ponía
los ojos en blanco tuviera una buena opinión de ti no es precisamente una
buena recomendación.
—Presentaste la petición de un hombre, jefe de los vigilantes. —
Preparado para la reunión, agitó el escrito para mostrárnoslo.
—Lo encontramos en el equipaje de una víctima de asesinato —
confirmó Petro—. Supuse que eran las últimas palabras del muerto. Me
pareció que lo más correcto era entregarlo.
—Sí, ya lo explicaste… —Laeta dejó la tablilla bruscamente con la
esperanza de evitar descripciones sangrientas del cadáver. Agarré la tablilla
para ver lo que había escrito en ella. Laeta era demasiado refinado como
para arrebatármela, pero me observó celosamente, como un hombre viendo
partir a su amada a un largo viaje.
La queja era tal y como la había descrito Petro. La caligrafía era buena y
el lenguaje, propio de la administración pública; estaba escrito en griego. Si
el autor no era un escribiente profesional, sin duda había recibido una
capacitación administrativa general. Hubo un aspecto que me sorprendió:
un tono de familiaridad.
—¿Este hombre había escrito alguna otra vez?
—Era uno de nuestros habituales —respondió Laeta con un dejo de
cansancio.
—¿El típico ciudadano agraviado?
—¡Digamos «puntilloso»! —Los ciudadanos romanos libres tienen el
derecho a presentar peticiones al emperador. Ello no implica que
Vespasiano lea todos los rollos personalmente. Ese hombre pensaba que sí.
Es lo que solían hacer los que convertían la redacción de peticiones en su
pasatiempo. En realidad, los funcionarios como Laeta censuraban las
divagaciones disparatadas de los obsesivos y al mismo tiempo
comprobaban si había algún trastornado que amenazara a la persona del
emperador o ingenuos hacedores de buenas obras que ofrecieran consejo
religioso.
—Entonces, ¿suponía cierto peligro? —preguntó Petronio con más
delicadeza que yo.
Laeta era demasiado profesional como para insultar a un miembro del
pueblo. Su deber le exigía ser justo, defender el elevado principio de la
igualdad de acceso al emperador.
—Por un lado —con los codos apoyados en la mesa, echó la mano
izquierda hacia atrás como si sostuviera una pesa del mercado—, tiene
derecho a hacer campaña. Y por el otro —equilibró la pesa de la hipotética
balanza con la otra mano— los recursos son limitados, de modo que no
podemos investigar todos los problemas que se perciben.
Eso de «perciben» decía muchas cosas. No era de extrañar que Laeta
tuviera un aspecto relajado. «Percibía» que podíamos hacer caso omiso de
todo eso.
—¿El tipo se quejaba siempre de lo mismo? —pregunté.
—Normalmente sí. Se preocupaba por temas relativos a la ley y el
orden. Estaba nervioso por una numerosa tribu de delincuentes
insignificantes que, en su opinión, debían ser exterminados. El hecho es —
nos informó Laeta con afabilidad— que por todo el Imperio existen grupos
que suscitan los prejuicios de sus vecinos, quizá porque parecen
casquivanos o un poco distintos. Llevan una vida dura y desestiman los
acercamientos por parte de la comunidad. La gente sospecha que roban, que
atraen a las mujeres con engaños, que insultan a los sacerdotes, que hacen
bajar el valor de las propiedades y que tienen hábitos lascivos. Las quejas
por la bebida y por las maldiciones que echan al ganado son un tema
recurrente.
—Vivir al lado de unos impresentables puede ser un verdadero
problema —lo corrigió Petronio. Él no quería saber nada de inadaptados
sociales. No creía que las tablillas con maldiciones pudieran hacer que las
vacas se volvieran estériles, pero sí pensaba que cuando la gente se movía
para quejarse formalmente lo más probable era que los robos y asaltos por
los que protestaban fueran reales. Para él, los comentarios anodinos de
Laeta eran excusas oficiales para la inacción.
En el lugar en el que nos criamos nosotros, enfadarse por el mal
comportamiento de los vecinos parecería una pérdida de tiempo absurda. En
el Aventino había demasiada gente con hábitos lascivos como para redactar
peticiones al respecto. Todo el mundo bebía para quitarse el dolor de la
existencia. Nadie se agotaba tratando de tener principios éticos. Hasta el
hecho de alistarse en el ejército cuando teníamos dieciocho años supuso
semejante reconocimiento del sistema que había provocado que Petro y yo
fuésemos objeto de escandalosa irrisión.
—Nos tomamos en serio este tipo de informes, por supuesto —nos
aseguró Laeta. «Eso díselo al hombre que lo escribió», pensé yo.
—¿Os apresuráis a acabar por completo con los villanos? —me burlé—.
¿Unas máquinas de estilo militar ponen patas arriba sus horribles chabolas,
se deshacen de sus propiedades y a los rateros holgazanes se les hace
aceptar un empleo de verdad en ocupaciones desagradables?
—Le pedimos al magistrado del distrito que investigue —replicó Laeta
con el ceño fruncido.
—Y si vuestro correspondiente vuelve a escribir…, o mejor dicho,
cuando lo hace, ya que no quiere darse por vencido, ¿os limitáis a mandar
otra indulgente petición al mismo magistrado que decepcionó a todo el
mundo la primera vez?
—Responsabilidad dispersa, Falco. —Laeta dejó que mis pullas le
resbalaran como lo haría el agua del río por las plumas de un cormorán.
—Bueno, no se trata precisamente de corrupción, pero yo lo definiría
como una actitud inepta y displicente.
—¡Tú no cambias nunca! —exclamó Laeta con una sonrisa—. Eso lo
admiro, Falco, en serio… A veces las quejas disminuyen —le dijo a
Petronio, como dirigiéndose al razonable de la pareja—. Siempre es mucho
mejor abordar una situación con sosiego y en el ámbito local. No obstante,
de producirse algún altercado que las autoridades locales no pudieran
controlar, entonces actuaríamos…, y lo haríamos con contundencia.
—En este caso hay algo más que unos malos vecinos —determinó
Petronio. Se le veía abatido—. Ahora ha muerto un hombre. Torturado,
asesinado, y su cadáver depositado de una forma blasfema. Por lo visto,
acudía a Roma para apelar personalmente al emperador. En mi opinión, esto
pone a Roma en la obligación moral de examinar lo ocurrido… y de
investigar las quejas de la víctima.
—Exactamente —Laeta también adoptó un aire más apagado. Juntó las
manos sobre su reluciente mesa de mármol. La mención de las obligaciones
morales siempre abrumaba a los burócratas. Con una franqueza que
viniendo de él equivalía a una disculpa, reconoció—: Ahora parece que las
peticiones del hombre eran justificadas.

***
Habíamos llegado a la esencia de la reunión. Claudio Laeta se había
levantado a medias de su silla parecida a un trono para poder quitarse la
toga, no sin dificultad. En clave palaciega, eso nos advertía de que lo que se
comentara a partir de entonces debía ser confidencial. Petronio Longo
también se despojó de su ropa formal a tirones, con impaciencia. Ambos
nos acercamos más a Laeta. En aquella habitación enorme sólo estábamos
nosotros tres, pero todos bajamos la voz.
—¿A qué nos enfrentamos? —preguntó Petronio en tono seco, lacónico
e impresionante. Entonces era el experto.
—La familia de inadaptados son los Claudios. ¿Te dice eso algo?
Yo había oído ese nombre hacía muy poco, así que agucé el oído,
aunque Petronio asintió con la cabeza y preguntó:
—¿Están en Roma?
—Podría ser que planearan trasladarse a la ciudad —contestó Laeta—.
De momento nos hemos salvado.
—¿El que escribía mencionaba nombres?
—A menudo. Principalmente, arremetía contra un bruto haragán
llamado Claudio Nobilis.
—¿Alguien habló con él?
—Creo que se le interroga a menudo. Sin embargo… —Petronio me
miró mientras esperábamos que Laeta prosiguiera—. Es que es un poco
delicado…
—¿Por qué? —pregunté sin rodeos.
—Esta gente son libertos —explicó Laeta—. Pero no los libertos de
cualquiera; originariamente, provenían de la familia imperial.
Petronio lo rumió un momento y aclaró:
—El apellido del emperador actual es Flavio. Así pues, no eran los
esclavos de la casa de Vespasiano, ¿verdad?
—Sí y no. —Laeta debía de tener el culo hecho a propósito para no
mojárselo.
Entendí perfectamente el problema.
—Cuando Vespasiano subió al trono, adquirió todas las posesiones
imperiales. No sólo los edificios y mansiones oficiales, sino también toda la
amplia cartera Julio-Claudia de palacios, villas y granjas…, y es de suponer
que también sus batallones de esclavos. Quizá los libertos Claudios
traspasaran su consideración a los Flavios si creyeran que podrían sacar
algo de ello. Cosa que sucede a menudo si se cuenta con contactos
imperiales.
—A su vez, los Flavios debieron de quedar encantados de acumular el
poder del patronazgo… ¡O en este caso tal vez no! —bromeó Petro.
Claudio Laeta adoptó un porte frío mientras nosotros nos mofábamos.
—La mayor parte de los libertos de la antigua casa imperial
transfirieron su lealtad a la nueva.
—¡Y por eso estás tú aquí! —le dije con una sonrisa traviesa.
Él me interrumpió:
—Reconocemos un problema heredado. Alguien intentó deshacerse de
él en el pasado, sin éxito. Los esclavos deberían ser liberados como
recompensa por su buen servicio… —Exactamente lo que la cuadrilla de mi
padre no dejaba de recordarme—. Está claro que se quitaron de encima a
este clan porque eran como una plaga perpetua —comentó Laeta con
altivez. Los esclavos y ex esclavos rezuman esnobismo—. Ninguno de ellos
ostentó nunca una posición útil ni adquirió especialización alguna. Cuando
los liberaron, ninguno buscó un trabajo decente ni intentó establecer un
negocio. Su pasado imperial los hace arrogantes; se cree (tanto ellos
mismos como otros) que se les protege frente a la ley.
—Cosa que, por supuesto, no es cierta, ¿verdad? —pregunté.
—Ellos se aprovechan de tal creencia y la gente les teme.
Petronio y yo cruzamos otra mirada.
—Pues daría muy mala impresión —sugirió mi amigo— que se actuara
contra ellos siguiendo tus órdenes, Laeta…, pero no encuentras pruebas y
no puedes hacer que se sostengan las acusaciones, ¿no?
—En efecto.
—Entonces, ¿cuál es el plan? Supongo que si me has hecho venir es
porque hay uno.
Laeta nos hizo un resumen:
—Las iniciativas locales han fracasado. Repetidamente, de hecho.
Quiero enviar a unos expertos investigadores de Roma. Que lo observen
todo con nuevos ojos. Necesitamos un enfoque sofisticado, respaldado por
una acción enérgica.
Al parecer se trataba del plan habitual. El que, por norma general,
siempre falla.
—¿Los quieres desahuciar? —Por el leve cambio en su mirada, supe (y
Laeta también si era observador) que Petronio Longo consideraba que eso
era buscarse problemas.
—Sólo en caso de que las acusaciones sean ciertas —insistió Laeta—.
De que esta gente esté causando molestias muy graves.
—¿El asesinato se definiría como «muy grave»?
—Sí, un asesinato justificaría la intervención de Roma. Si hay más de
uno, la intervención es segura.
—¿Qué medidas se han tomado hasta ahora?
—Se había denunciado la desaparición del cadáver que encontrasteis,
supongo que lo harían los familiares. Las fuerzas regionales visitaron a los
Claudios, puesto que estaban implicados…
—¡Y los regionales la cagaron!
Petronio fue sincero, pero Laeta no se alteró. Bueno, al fin y al cabo
empezó su vida siendo esclavo. Había oído vulgaridades en muchos
idiomas. Como funcionario en Roma, él también compartía el desprecio de
Petro hacia las regiones.
—Tal vez no tenían suficiente experiencia… No encontraron nada. Esto
significa que toda nueva investigación tiene que realizarse con una
sensibilidad adicional. Sería muy malo que los libertos imperiales (y los
Claudios lo son, eso no hay que olvidarlo nunca) llegaran a acusar al
emperador de hostigamiento.
—¿Han contratado a un abogado? —pregunté.
—Todavía no.
Quedaba claro que Laeta daba por sentado que lo harían. Las amenazas
sociales están muy versadas en las disposiciones legales que deben adoptar
para defenderse, y una relación imperial resultaba atractiva; garantizaba que
el expediente llamara la atención.
—¿Pueden permitírselo?
—Siempre hay abogados, Petronio, que consideran un desafío
enfrentarse al gobierno.
—¿Pro bono? Eso sí que sería una gloria de la democracia —me mofé.
—¡Sería más molesto que una almorrana! —le tocaba a Laeta ser
ordinario.
—Así pues, ¿quieres que se involucren los vigiles? —Petronio Longo se
debatía entre su anhelo por investigar un caso intrigante y su desagrado a la
hora de tener que recibir órdenes.
Laeta flexionó los dedos. Resumió la situación de un modo
escrupulosamente formal:
—Los Pretorianos darían una impresión demasiado dura. En Italia
nunca se ha utilizado el ejército en contra de los ciudadanos romanos. Sí,
utilizar a los vigiles parece lo más adecuado. Y puesto que tú ya tienes
conocimientos previos, Petronio Longo, estarías al mando de la misión.
—¿Y tendría que salir de Roma?
—Tendrías que ir al Lacio.
—Mi tribuno va a querer un informe.
—A tu tribuno se le consolará con todas las instrucciones melifluas que
precise.
—Es Marco Rubela —le advirtió Petronio, a punto de sonreír.
—¡Ah, el asombroso Rubela! —Laeta ya lo conocía—. Siendo así,
utilizaré mi sello más impresionante cuando le escriba.
—Mejor será que le aumentes el presupuesto —le aconsejé—. Para
contribuir a que se calme.
—¡Ay, Falco, todo tiene un límite! —exclamó Laeta, con una risa
tintineante.
***
Previendo que se disponía a pasar un largo verano alejado de su familia,
Petronio se puso de mal humor. No podía rechazar la misión cuando la
ordenaban desde palacio. Si esto hubiera sido idea suya, lo estaría
deseando; las órdenes provenientes de un chupatintas todavía eran menos
bienvenidas. Dio unos golpecitos en la tablilla del muerto con su poderoso
dedo índice.
—Dime, ¿el peticionario tiene nombre, Laeta?
Claudio Laeta fingió buscar entre otros documentos para comprobarlo.
Me incliné hacia él y le brindé amablemente:
—Se llamaba Julio Modesto, ¿me equivoco?
No me sorprendió que Laeta lo confirmara.
XIII
Petronio me dedicó una mirada siniestra. Pensó que yo había estado
enterado de todo desde el principio. En realidad, lo único que hice fue
decidir que, seguramente, todas las coincidencias cuadraban.
A Laeta le dije como si nada:
—Lucio Petronio y yo ya estamos en ello. Hemos estado trabajando
juntos; yo acabo de regresar de hacer un reconocimiento. —Entonces le
tocó a Laeta poner cara de estar molesto conmigo; creyó que iba detrás de
la paga. Y tenía razón—. Si vas a mandar asesores del cuartel, tiene sentido
incluirme. Lo haré por mi tarifa habitual.
—Eres demasiado caro, Falco.
—No puedes permitirte el lujo de despojar de efectivos a la Cuarta
Cohorte. Petronio y yo ya tenemos experiencia como equipo; él no puede
enfrentarse a esto solo… Y si Vespasiano quiere mantenerse al margen de
estos libertos, sabe que soy su hombre.
Para mi sorpresa, Laeta asintió de mala gana. Probablemente pensó que
si esto salía mal tendría alguien más a quien endosarle parte de la culpa.
—Aquí hay algo más que unas molestias vecinales —terció Petronio,
que se había impacientado con nuestras negociaciones—. La muerte de la
tumba no fue un caso aislado, un accidente porque alguien perdiera los
estribos; a Modesto lo habían seguido durante todo el camino hasta Roma.
Lo mutilaron; el asesino volvió al cadáver a por más después de muerto.
Vi que Laeta se humedecía los labios, que tenía secos.
—Necesito demostrar que nos enfrentamos a algo más que un asesinato
aleatorio. —Todavía le preocupaba la burocracia.
—La esposa de Modesto también ha desaparecido, y lo más probable es
que también esté muerta. Ni siquiera tenemos un cadáver —dijo Petro—.
Puede que el asesino haya guardado su cuerpo para tener…
—¡Ya lo entiendo! —Laeta debía de ser muy sensible.
—Un manjar en la despensa —explicó Petro implacablemente.
Laeta cerró los ojos. Petro frunció el ceño con gesto sombrío y rumió
las circunstancias.
—Es probable que haya habido otros asesinatos que se remonten a
muchos años atrás, Laeta —consideré—. Petronio cree que el asesino
volverá a actuar, hasta que sea capturado y detenido.
—¡Ah, es uno de ésos! —Laeta fingió ser un experto en delitos—.
Nadie ha sugerido en ningún momento que los Claudios sean tan malos.
—Cuando se desenmascara a este tipo de asesinos, la gente siempre se
sorprende —señalé—. «Era reservado pero no parecía violento. Ninguno de
nosotros teníamos ni idea…». Así es como los asesinos reincidentes se
salen con la suya. Siempre es a posteriori cuando todo parece
puñeteramente obvio.
Se suponía que el que tenía fama de problemático era yo, pero fue Petro
quien preguntó:
—Tú también ascendiste a través de la casa imperial, Laeta. ¿Alguna
vez te encontraste con estos zafios? ¿Los esclavos estabais juntos?
Claudio Laeta refrenó un estremecimiento.
—No, en absoluto. Aunque se trata de un mundo pequeño. Estoy seguro
de que podríais encontrar a miembros del personal de palacio que los
conocieran en el pasado… Pero durante el tiempo que formaron parte de la
servidumbre imperial, estos tipos eran meros esclavos rurales de poca
monta. Se dice que al principio trabajaban en Antium, en una villa muy
querida por el emperador Augusto. Nerón la hizo derribar (muy típico de él)
y volvió a levantarla a una escala que se le antojó más sofisticada.
Probablemente en esa época los Claudios fueran considerados superfluos.
Existe una diferencia entre los toscos esclavos rurales que trabajan de forma
anónima en los campos como pastores, segadores, labradores o recolectores
y aquéllos de nosotros que tuvimos la suerte de ser capacitados para realizar
labores cerca de los emperadores.
—¡Entendido! —Petronio podía llegar a ser un cabrón—. De modo que
eran una partida de trabajadores del campo… —siguió insistiendo—.
¿Vuestros caminos nunca se cruzaron?
—No. —Laeta se había mantenido educado pero frío—. Puedes
preguntarle a Momo —añadió de pronto, dirigiéndose a mí. Se las arregló
para insinuar que yo no tenía escrúpulos a la hora de elegir mis contactos
personales.
Momo empezó su vida como un supervisor de esclavos espantoso.
Puesto que carecía tanto de intelecto como de moral, lo habían asignado a la
sección de auditorías de palacio; según decía él mismo, la descripción de su
trabajo era auditar a los espías. Momo lo interpretaba como una orden para
recortar el personal y luchaba para que Anácrites cayera en un pozo muy
hondo o que saliera volando de un alto parapeto. Yo me llevaba bien con
Momo. Laeta, que era más escrupuloso, lo consideraba una dolencia
importante…, pero posiblemente útil.
—Es un tipo asqueroso, pero conoce a los esclavos. ¡Voy a tener una
charla con él! —le aseguré a Laeta alegremente. Ahora se estaría
preguntando si Momo conocía algún secreto sobre él y si en tal caso me lo
contaría a mí—. Va a hacer falta un servicio de inteligencia muy esmerado,
Laeta. Supongo que para ti es un golpe maestro, arrebatarle el trabajo a
Anácrites, ¿no?
—Me sabe muy mal por él —repuso Claudio Laeta sonriendo
ampliamente, lo cual fue una visión desconcertante—. He oído decir que el
emperador ha destinado a Anácrites a una misión en Istria…
insultantemente convencional y diplomática hasta el aburrimiento. Aquí
podría haber obtenido elogios por salvar al emperador de que lo asociaran
con la amenaza de los Claudios… ¡Anácrites estará furioso!
Laeta sonreía. Petronio Longo y yo también estábamos sonriendo.
Aquel trabajo apestaba. Sin embargo, estábamos todos unidos por un
vínculo de alegría por haber tenido la oportunidad de arrebatarle el mérito
al jefe de los Servicios Secretos.

***
Antes de que nos marcháramos, Laeta encontró el momento de decirme,
con cierta incomodidad:
—Lamenté mucho enterarme de lo de tu padre y tu hijo, Falco.
Lo había dejado para demasiado tarde. Ya no me llegó como genuino.
Hice caso omiso de sus condolencias.
XIV
Al salir, Petronio y yo dimos un rodeo para pasar por la madriguera
maloliente que por regla general ocupaba Momo, pero no había ni rastro de
él. No hice preguntas. Momo era espeluznante; prefería no saber qué hacía
en su tiempo libre. De entrada, nadie suponía que tuviera la habitación muy
arreglada, pero había dejado que se convirtiera en cochambrosa; en un
palacio lleno de esclavos con cubos y esponjas, no tenía ninguna necesidad
de soportar aquello. Incluso Petronio, que en su trabajo con los vigiles era
testigo de lo peor del mundo, enarcó una ceja al ver el rancio alojamiento.
En el lado opuesto de un pasillo largo se encontraba el despacho de
Anácrites. Ahora que sabíamos que estaba fuera, abrí la puerta e invité a
Petro a pasar. Se habían visto en un par de ocasiones y Petro tenía un interés
personal. En una ocasión Anácrites, que tomó por costumbre frecuentar a
mi familia, le había tomado simpatía a Maya. Maya lo caló; tuvo la
impresión de que era peligroso y se echó atrás en la relación que tuvieran,
fuera cual fuera. Él reaccionó enviando a unos hombres que le destrozaron
la casa a Maya, aterrorizándola a ella y a sus cuatro hijos pequeños.
Anácrites nunca ha podido entender que aquel acto salvaje sólo demostró
que ella hizo bien dejándolo.
Yo le pagaría con la misma moneda. Él creía que se había salido con la
suya. Todavía frecuentaba a mi madre como si la mujer lo hubiera adoptado
y a mí me saludaba como si fuera un viejo y afectuoso colega. Se iba a
enterar.
El buen resultado había sido que poco después Maya se hizo amiga de
Petro. Él estaba enterado de esa historia. Él tampoco lo había olvidado. Al
igual que yo, estaba resuelto a ocuparse de Anácrites algún día, algún día en
el momento oportuno.
***
La habitación del espía estaba abarrotada, pero al menos limpia. Tenía
un olor casi médico; yo siempre lo había notado, aunque nunca pude
precisar su origen. Algún miembro de su personal debía de padecer
verrugas plantares endémicas, o el hecho de tener que soportar al espía día
sí y día también le había provocado migraña a alguien.
Nos acercamos tranquilamente a la mesa y miramos de reojo las cosas
que tenía en ella, al tiempo que cambiábamos de sitio plumas y estilos de
manera casi imperceptible para que al regresar se preocupara un poco. Todo
estaba dispuesto con pedantería; seguro que notaría los cambios.
No había ninguna tablilla confidencial; Anácrites era tenazmente
reservado. Petronio miró con anhelo unos armarios bien cerrados, pero no
estábamos de humor para forzar cerraduras. Normalmente, y por tarde que
fuera, nuestra pesadilla tenía a un administrativo casposo o a uno de sus
horribles agentes deprimiéndose allí con él. En cuanto lo enviaron fuera
debieron de salir todos corriendo. La habitación se hallaba extrañamente
tranquila y silenciosa. Las disputas y la hipocresía que rezumaban sus
paredes se habían disipado.
Echamos un vistazo en derredor y Petronio, perplejo, meneó levemente
la cabeza. Yo agité los hombros como para mudar el mismo aire que había
respirado el espía. Salimos de allí sin decir ni una palabra.
***
Cuando salimos de los viejos edificios llenos de recovecos ya era más
entrada la noche. Roma, que aún se cocía lentamente con los residuos del
calor del día, había adoptado su lado más oscuro. Las familias y los
trabajadores estaban ya de vuelta en casa. En las calles reinaba entonces un
continuo tráfico de carros de reparto y el giro de las maltrechas ruedas de
madera resonaba en todos los callejones junto con los insultos
malintencionados de los conductores groseros. Los perros callejeros corrían
para salvar la vida alejándose de unos carros de trabajo tan cargados que no
podían ni virar ni detenerse deprisa. Hasta los ladrones y atracadores que
salían al atardecer mantenían los pies calzados en sandalias bien alejados
del bordillo. Percibíamos su presencia mientras merodeaban por las calles
en las que convenientemente habían apagado todas las lámparas. Ninguno
de ellos nos molestó. Nuestro aspecto era demasiado imponente.
Vi que Petronio saboreaba el aire cálido intentando discernir si las
distintas bocanadas de humo provenientes de las casas de baños y de los
figones significaban un servicio de incendios para los vigiles. Su actitud era
completamente profesional, estaba alerta por si surgía cualquier problema.
Hicimos algunos planes rápidos mientras paseábamos, pasando por el
callejón sinuoso situado al pie del Capitolio para regresar cada uno a su
guarida. Él regresó al cuartel, a lo alto del Aventino. Yo lo observé mientras
se alejaba con esas zancadas grandes y rápidas que tan bien conocía.
Continué caminando en silencio a lo largo del Dique de mármol para volver
a casa.
XV
—¡Pero, Marco, querido, debería darte vergüenza! ¿Por qué no nos dijiste
nada del funeral?
Digamos que Marina era mi cuñada, aunque siempre había sido un
título de conveniencia. Ella y mi hermano legionario, Festo, nunca habían
vivido juntos, aunque esa retaca atolondrada afirmara que lo hubieran hecho
de no ser por la poca consideración que él demostró al dejar que lo mataran.
Ella seguía inventándose que nuestro bribón habría sentado la cabeza a su
regreso… Una idea de la que, tal como yo recordaba con más precisión, él
se carcajeaba. Las sugerencias sobre el matrimonio siempre hacían que
Festo necesitara una empanada de ternera enorme y tanta bebida para
hacerla bajar que acababa desplomándose inconsciente sobre el mostrador
de la caupona.
Sin embargo, le encantaban los niños. Cuando Marina tuvo un bebé,
todos estuvimos de acuerdo en aceptar que el padre era Festo; ella
necesitaba a alguien de quien vivir. La familia Didio se compadeció de su
difícil situación. Comprendíamos la necesidad. Y también admirábamos la
mendicidad eficiente. La pequeña Marcia era una niña adorable (un factor
que, posiblemente, debería hacernos pensar que no era nuestra), de manera
que subsidiamos a Marina por el bien de su hija. Me he referido a
«nosotros». Los demás siempre me dejaban a mí los detalles sutiles. Y por
detalles me refiero a soltar la pasta.
Indefectiblemente, la muerte de mi padre había hecho venir a Marina,
arrastrando a Marcia, para presentar sus respetos (éstas fueron sus
palabras). Tenía sus grandes y bonitos ojos puestos en la herencia.
—Marcia no causará problemas. Le he traído la comida. Pasaré a
recogerla en cuanto haya hecho unos recados…
Aunque ordinaria, Marina era un magnífico ejemplar de mujer. Estaba
tan acostumbrada a que las cabezas se volvieran a mirarla que no tenía ni
idea de que fuera posible que una mujer pasara junto a un andamio, una
bodega, un puesto de pescado o una cohorte de soldados sin ser objeto de
silbidos e invitaciones escandalosas para compartir las jarras de unos tipos
mugrientos. De hecho, parecía que la comida que tan innecesariamente
había traído para su hija fuera parte de una ración de sardinas de un obrero.
Las mujeres la detestaban. Helena, e incluso la joven Albia, recibieron su
llegada con suspiros resentidos. En tanto que ellas esperaban que se
marchara enseguida, yo rezaba para que no hubiese calculado cuánto dinero
pedirme. Por supuesto, lo había hecho.
—Ni siquiera invitasteis a Marcia a vuestra fiesta de las Saturnales.
Últimamente todo el mundo nos deja de lado. ¡Quién hubiese pensado que
Festo caería tan pronto en el olvido! Hace siglos que Marcia no ve a sus
abuelos y ahora ya no tendrá la oportunidad… —Unos gemidos por parte
de la bien adiestrada hija de Marina—. ¡Gémino le tenía tanto cariño! ¡Es
una gran tragedia! Y yo te culpo a ti, Marco.
Puesto que la niña estaba escuchando, me contuve de explicarle en
detalle que Gémino había perdido la cuenta de los nietos que tenía y que
ella podría haber llevado a Marcia a ver a mi padre a la Saepta Julia
cualquier día. Con el apunte apropiado, él hubiera rememorado a Festo y
repartido tortitas calientes. Considerando el ojo que tenía para reconocer a
una mujer que prometía, probablemente Marina hubiera salido de allí con
alguna joya. La realidad era que había estado demasiado ocupada llevando
su vida de recreo y placer…, hasta que se enteró de que papá había fallecido
y de cuánto había dejado tras de sí.
Marina nos endilgó a Marcia «para que jugara con sus primitas».
Marcia era una niña flacucha de diez años que había dado un buen estirón,
de modo que no tenía mucho en común con mis hijas, mucho más
pequeñas, pero Marcia se pasó horas atando lazos en el pelo con diligencia
y mis hijas hicieron gustosamente de muñecas.
Entrenada por su madre, Marcia empezó a camelarme con su estilo
propio.
—Tú danos el dinero, tío Marco.
—¿De qué dinero hablas?
—De una gran bolsa llena de monedas que nos haga sentir menos tristes
por la muerte del abuelo.
—¿Y eso cómo funciona?
—Mamá está contenta, de manera que yo estoy contenta… y tú también
estarás contento. No querrás que ensuciemos tu elegante salón todas las
mañanas.
—¿Es que eso va a ocurrir?
—Sí, «Marco, querido» —Marcia realizó una divertidísima imitación de
su efusiva mamá—. Hasta que no des tu brazo a torcer, me dejará aquí para
que intente convencerte.
Le dije que estaba haciendo el equipaje para un viaje de trabajo al
Lacio.
Mi sobrina posó en mí sus enormes y fulminantes ojos castaños. Lo que
le faltaba de la extraordinaria belleza de su madre (y, por supuesto, iba a
heredar gran parte de ella) lo compensaba con su carácter. Si era receloso,
eso no hacía sino demostrar que realmente la había engendrado un Didio. Si
ya era un buen elemento con tres años, ahora que tenía diez poseía una
inteligencia y una energía temibles.
Marcia sugirió que, si estaba demasiado ocupado, me limitara a darles la
contraseña para mi caja de caudales del Foro y así ella retiraría una suma
que creyera apropiada. Lo más probable era que Notócleptes, mi banquero,
se sorprendiera tanto que se lo entregara todo.
Le dije a Marcia que debía de estar de broma y nos entró un ataque de
risa a los dos.

***
Fue precisamente Marcia, una sonsacadora de chismes como pocas
conocía yo, quien me contó que el hermano de Petro estaba en casa de
Maya.
—Petronio debió de enviar a buscarlo. Tía Maya está molesta.
—¡Nadie sabía siquiera que Lucio tuviera un hermano! —exclamó
Helena.
Estábamos comiendo, atacando nuestro propio queso de cabra,
aceitunas y pan sin levadura junto con más sardinas; Marina debía de
gustarle de verdad al montador de andamios, aunque la dieta del hombre era
un tanto aburrida.
—Lucio tiene un hermano —me limpié el aceite de la barbilla con una
servilleta—. Recto. Vive en el campo, cosa que a Petro le inspira un
profundo desprecio.
—Su hermano nunca se encuentra bien —nos informó Marcia. La
información se le quedaba grabada, pegada como el barro en una pared—.
Tiene fiebre de los pantanos. Al principio estuvo a punto de matarlo y ahora
tiene recaídas. Pero Lucio Petronio ha rechazado al guía oficial que os
ofreció el hombre de palacio y pidió que fuera su hermano en su lugar.
Confía en él. Bueno, pues ha traído a Nerón.
—¡A Mancha! —nos apresuramos a corregirla Helena y yo al unísono.
Nerón era un buey con un carácter sospechosamente libertino. El animal
pertenecía de forma conjunta a Petronio, a su enfermizo hermano y a un
primo paleto de ambos. El hecho de bautizar a la bestia con el nombre de un
emperador que había quedado maldito a perpetuidad podía definirse como
una ofensa. Una vez me arrestaron por eso en Herculano, aunque la
verdadera razón fue que Mancha intentó violar a un asno cuyo propietario,
un altanero ciudadano herculano, no supo ver el lado divertido de la
situación.
—Si se trata del mismo buey, es un maníaco sexual. ¡Yo no pienso
llevarlo!
—¿Por qué necesitáis un guía? —interrumpió Helena, quien captaba
enseguida cualquier detalle que yo intentara ocultar. Fue directa al hecho de
que la primera vez que comenté la misión de Laeta di a entender que Petro
y yo sólo viajamos de nuevo a Antium. Me miró fijamente con ojos
acusadores. Yo hice como si nada. Nunca funciona.
—Necesitan un guía —intervino Marcia antes de que pudiera detenerla
— para que les muestre el camino a los pantanos Pontinos. Es allí donde
tienen que buscar a los asesinos, porque esos hombres se esconden y
piensan que nadie se atreverá nunca a ir tras ellos allí porque es
terriblemente malsano.
—Gracias, Marcia —le dije con frialdad.
Ella me dedicó su sonrisa de niñita lista. Me entraron ganas de asestarle
un puñetazo, pero no quise rebajarme a su nivel.
Helena Justina, mi compañera en el trabajo y mi alma gemela en la vida,
me estaba examinando como si fuera uno de los insectos más repulsivos de
los pantanos fétidos sobre los que versaba la conversación.
—Dime, padre de mis hijas —se puso bien un pendiente, señal
inequívoca—, ¿no serán los mismos pantanos Pontinos tan famosos por
provocar enfermedades y muerte?
Me limpié de nuevo la barbilla como si la primera vez me hubiera
dejado una mancha. Posé la servilleta con esmero en la mesa de servir, al
lado de mi cuenco; enderecé la cuchara, coloqué los huesos de oliva que
había masticado en una posición más estética y ya no pude postergarlo más:
—Quizá no tengamos que ir hasta allí.
—Pero ¿y si tenéis que ir, Falco? —Por norma general, Helena me
llamaba Falco cuando la había defraudado de manera incalificable…, y
encima había sido tan descuidado que ella lo había descubierto.
Me había documentado. Pasé el último par de días en bibliotecas, que
no es lo que suelen hacer los informantes, pero a menos que haya un buen
motivo para juntarme con meseras y holgazanes del Foro, me gusta recurrir
a fuentes fiables. Los rollos que leí me deprimieron.
—Lo bueno del caso —gorjeé— es que vamos a ir en verano, cuando
gran parte del bajo y pintoresco Viejo Lacio se seca.
Por desgracia, Helena también era muy leída.
—¡La teoría moderna es que la resecación de la tierra según la estación
sólo sirve para proporcionar una mejor área de reproducción estival para las
moscas, Marco!
—¡Por el Olimpo! ¿Eso es lo que dicen? —estaba realmente
apesadumbrado.
En el brazo izquierdo de Helena, una serie de brazaletes de plata
entrechocaron con un tintineo.
—Las moscas son horribles. Nubes de ellas se alzan a cada paso incluso
en el bosque. Los pantanos Pontinos son tan peligrosos que nadie
sobrevivirá nunca allí. ¿Cómo es ese proverbio…? «Puedes hacerte rico en
un año, pero te mueres en seis meses», ¿no es así?
En ocasiones me gustaba tener una compañera que me proporcionara
información. Otras veces comprendía a los hombres que se casaban con
chicas que no tenían tiempo para razonamientos porque se dedicaban a ser
atletas o actrices.
—Yo no voy a quedarme un año…, ni siquiera seis meses.
—Basta con seis horas, si te pica la mosca que no debiera.
—Si no podemos cargarle el mochuelo de los asesinatos a nuestro
hombre, volveremos enseguida a casa. En cualquier caso —rebatí sin
mucha convicción—, como ha dicho Marcia, Petronio Longo se encarga de
la logística. Trae al mejor guardián posible: su propio hermano.
Mi sobrina Marcia nos miró y soltó un resoplido que me recordó a mi
madre en su peor actitud desdeñosa.
—Todo el mundo piensa que Petronio Recto se ha estropeado como una
pinta de langostinos pasados.

***
Mucho más tarde, aquella misma noche cuando la casa estaba tranquila,
Helena Justina y yo discutimos mi viaje adecuadamente en mi pequeño
estudio privado. Tomé asiento en una vieja silla de mimbre que guardaba
allí a propósito para que ella pudiera apoyar los codos en los brazos de la
misma mientras me decía lo cerdo que era. Otras veces era la perra la que se
acomodaba allí de un salto. Aquella noche Helena me robó el diván de
lectura, de modo que no me quedó más opción que la silla, y la perra saltó
sobre mi regazo. Helena se había descalzado, se había despojado de las
joyas, se había quitado las horquillas que adornaban sus finos cabellos y se
masajeaba la cabeza con esos dedos largos que tenía, como si la tensión del
rodete le hubiera dejado dolorido el cuero cabelludo. Pero el verdadero
dolor de cabeza era yo.
—Escucha, cielo. Se aplican las viejas normas. Si me pides que no
vaya, no iré.
Helena pensó en ello, al menos durante dos latidos, lo que en realidad
era más tiempo de lo habitual.
—La norma es que viajamos juntos, Marco.
Estaba atrapado, que era lo que ella quería. Si decía que sería
irresponsable e injusto para nuestras hijas que los dos progenitores
arriesgaran la vida en los pantanos, sólo haría que enfatizar lo estúpido que
era que fuéramos cualquiera de los dos.
Helena no aguardó a que empezara a echar bravatas.
—Yo no puedo ir. Julia y Favonia me necesitan aquí para confortarlas.
Habían dado mucha guerra después de que perdiéramos el bebé. Quizá
también me necesitaran a mí. Helena no gastó saliva en balde señalándolo,
lo cual era típico de ella.
—Lamento que haya surgido un caso importante tan pronto. Bueno,
quizás incluso lamento que haya llegado a surgir.
—Marco, sé que siempre necesitarás trabajar.
—Podría convertirme en tratante de antigüedades a tiempo completo, en
un subastador permanente. ¿Quieres que lo intente?
Helena hizo un gesto de impaciencia con la mano izquierda; la luz de la
lámpara iluminó la plata de un anillo que le regalé en una ocasión. No
habíamos tocado el tema de mi futuro, pero lo abordamos entonces.
—Creo que se te daría bien —me dijo Helena—, pero acabarías
aborreciendo tener que hacerlo cada día. Tú disfrutas siendo un
informante…, fue una de las primeras cosas que me llamó la atención de ti.
Y eres muy bueno. De manera que, sé sincero. A Lucio Petronio y a ti os
han ofrecido un enigma y, como de costumbre, no podéis resistiros.
—Fue por mi vinculación con Modesto. ¡Parece ser que una nueva
profesión no me salvará de los enigmas!
—Entonces tu argumento es que le debes algo a Modesto, ¿no? Y no
hablamos de beneficios. Sé cuánto se sacó de las estatuas.
—¡Lo miraste!
—Miro muchas cosas —replicó para preocuparme. Yo sonreí abierta y
alegremente. Tenía pocos secretos con ella. Había demasiadas posibilidades
de que me desenmascarara—. Cuando las estatuas se destinaron al proyecto
del anfiteatro, su precio moderado fue el mejor que pudo negociar Gémino.
Vespasiano nunca malgastaba el dinero.
—Papá siempre desprestigiaba las recompensas repentinas y exclusivas
—comenté—. Él consideraba que lo que importa es la acumulación regular
de pequeñas sumas, no un gran éxito que puede entusiasmarte durante un
momento pero no volver a repetirse nunca.
Helena sonrió. Curiosamente, ella había sentido mucho cariño por mi
padre, igual que él por ella.
—No le faltaba razón…, aunque creo que él también tenía cosas que le
entusiasmaban. Lo que a él le complacía podía ser un artefacto hermoso…
—A menudo en forma de una mujer servicial, pensé, pero me contuve de
interrumpir con este comentario—. Pero para él, cualquier estratagema
comercial era deliciosa. Tú lo has heredado, Marco. Obtienes el mismo
estímulo de tu trabajo. De manera que quieres tener la satisfacción de
explicar qué le ocurrió a este hombre y a su esposa, sobre todo cuando
nadie más puede averiguarlo. Entonces, como nadie más se va a enfrentar a
ellos, Lucio y tú veis a estos tal Claudios como vuestro desafío.
Helena lo comprendía…, pero explicarlo no era la cuestión.
—No quieres que vaya.
—No es eso, Marco. ¡Lo que quiero es que vuelvas!
Helena respiró hondo, no desalentada, sino más bien exasperada. No fue
peor que si hubiera salido de casa ataviado con mi túnica más nueva
estando las calles embarradas. Dejaría que me fuera a los pantanos en
cuanto le prometiera que tendría cuidado. En aquellas circunstancias no
valía la pena prometer nada, aunque por ella hice una excepción.
***
A la mañana siguiente Helena y Maya visitaron a los boticarios. En la
misión iba a acompañarnos un gran cesto lleno de ungüentos de hierbas
para repeler las moscas. Si éramos sensatos los utilizaríamos.
Si Petro y yo no éramos sensatos, nuestras mujeres se enterarían. Así
pues, les agradecimos educadamente sus atenciones y acordamos que
tomaríamos precauciones para no morir miserablemente.
—Vais a llevaros las espadas, ¿no? ¿Qué diferencia hay?
Amaba a Helena Justina. Quería sobrevivir con ella muchos años. Pero
¿acaso creía que Hércules se untó de azufre y poleo antes de partir para
realizar sus doce trabajos?
En realidad, era aún peor. A Petronio y a mí nos habían suministrado
manojos de ortigas para colgarlos alrededor del carro del buey, además de
numerosas cajas de esteatita llenas de un mejunje en el cual, además de
poleo, se mezclaban ajenjo, ruda, salvia, hierba lombriguera, arrayán y
menta verde con una base de aceite de oliva. Por separado, algunos de los
ingredientes eran agradablemente aromáticos, pero la combinación
desprendía un olor nauseabundo.
—Yo voy a usar este potingue, si quieres… —le dije a Petro.
Él repuso que cualquier cosa valdría la pena para evitar que nos picaran
los insectos. Me mostró que para las picaduras nuestras mujeres habían
mandado otra caja. Su bálsamo de sándalo y lavanda para las mordeduras
nos perfumaría como a un par de maestros de danza de Panfilia. Éramos
unos tipos duros, pero aquello nos aterrorizaba de verdad.
XVI
Nos desviamos para ir a ver a Sexto Silano. Teníamos que comunicarle la
trágica noticia de la muerte de su tío. Petronio le explicaría las
circunstancias. Mi papel consistiría en observar esa conversación pasando
desapercibido con el fin de evaluar la reacción del sobrino. Él se había
beneficiado económicamente de la muerte. Algunos investigadores se
hubieran limitado a achacarle el asesinato sin más. Cuando un móvil te
proporciona una manera rápida de resolver un caso, ¿quién necesita
pruebas?
Silano acudió a la puerta de la tienda, vio nuestras monturas, me
reconoció y se esperó lo peor. Por su aspecto, Petronio Longo siempre
parecía tener muy malas intenciones. Su porte y semblante sombríos
revelaron el motivo de nuestra visita. El número de integrantes de nuestro
grupo también indicaba que Modesto y la suerte que corrió eran al fin un
asunto oficial.
Llevábamos el carro con el buey que llevaba el equipaje y a algunos de
nosotros. Sobre unas mulas decrépitas iban un par de los hombres de Petro,
los únicos que pudo gorronear del servicio sin que ello supusiera una
imprudencia: Aucto parecía demasiado frágil para combatir incendios, pero
llevaba cuatro años en la cohorte y todo el mundo lo aceptó; él montaba a
Basilisco, una bestia esquelética que tenía una oreja doblada y mal aliento.
A Ampliato le faltaba un ojo y él montaba una mula pinta y patizamba
llamada Corex que se escapaba a todas horas. Aunque los vigiles son ex
esclavos, la mayoría de ellos no son tan desagradables; aquellos dos eran
los únicos que se ofrecieron voluntarios para acompañarnos a semejante
destino.
Petronio había dejado a Fúsculo al mando, aunque lamentaba que no
pudiéramos tener con nosotros a un hombre tan fiable como él. Alguien
tenía que hacer el trabajo decisivo de Marco Rubela; o, al menos, así es
como lo vería él.
A cargo del carro iba el hermano de Petro, que tenía un estilo de
conducir relajado similar al suyo, sosteniendo las riendas flojas con una
mano y dejando que el buey fuera a su paso. Por lo demás, no se parecían
mucho. Tal vez hubiera un vendedor de altramuces fogoso en el barrio antes
de que naciera Recto, aunque no me arriesgué a bromear con eso. Recto era
mayor, más bajo, un hombre de cuerpo mullido y postura encorvada, un tipo
poco sociable que daba la impresión de resultar difícil que te cayera bien.
Durante años habían tenido muy poco que ver el uno con el otro. Estaba
seguro de que en una ocasión Petro me contó que su hermano pecaba de
mandón, aunque no dio muestras de ello. Quizá la edad o la fiebre de los
pantanos lo hubiesen hecho menos enérgico. Cuando alguno de nosotros le
preguntaba a Recto sobre la fiebre (cosa que hacíamos con frecuencia
porque estábamos todos muertos de miedo), él se limitaba a soltar un
gruñido; si insistías, soltaba una risa sardónica y se volvía hacia otra parte.
Decidí no hablar de él con Petronio. Si quería comentarme algo ya lo haría.
Completaba nuestro grupo un hermano de Helena, Justino. Trabajaba
con él en Roma y también lo había llevado conmigo en misiones por la
agreste campiña. Sabía que actuaría siempre de modo responsable. Helena
me había suplicado que no lo expusiera al peligro, pero él ya no era un
muchacho; la decisión era suya. Estaba ansioso por escapar del mal
ambiente que reinaba en su casa, provocado por la nueva esposa y el
agresivo suegro de su hermano. En aquel viaje Justino había traído consigo
a Léntulo, el lelo de su ordenanza. Léntulo, el ex legionario más bobo y
torpe del Imperio, era leal a Quinto de una manera muy crédula. Cojeaba
mucho de una pierna y lo más probable era que intentara domesticar a las
moscas del Pontino para tenerlas de mascotas.
Había planeado que, si nos topábamos con hostilidad por parte de los
dignatarios locales molestos por la intromisión imperial, entonces podía
darle un empujón a Camilo Justino para que saliera y, como hijo de un
senador, con su elegante ropa de viaje y su acento de categoría social
superior, se mostrara encantador con ellos.
Lo primero que hicimos fue abordar la burocracia en Lanuvio. No me
equivocaba; se nos sacaron de encima. Si hay algo que detesto a la hora de
viajar fuera de Roma son los magistrados de ciudades pequeñas que piensan
que cuentan para algo. Los pijos insignificantes que dirigían Lanuvio
poseían tan poco sentido de la proporción que llamaban «senado» al
concejo y a su magistrado «dictador». Éste era el título que se utilizaba
antiguamente para designar a un jefe con plenos poderes al que se recurría
para que rescatara la nación de una emergencia. Al mencionar a los
Claudios, el dictador de Lanuvio asumió con presteza otros poderes de
urgencia: declarar que el problema se hallaba fuera de su jurisdicción. Nos
sugirió amablemente que en lugar de allí lo intentáramos en Antium.
El hombre llevaba estiércol de buey en las botas y yo dudaba que
supiera leer; sin embargo, se las arregló para rechazar la petición de ayuda
cívica de Laeta con el mismo ímpetu que si estuviera espantando las avispas
de una salsera de condimento.
—Me estoy acostumbrando a esto —comentó Petronio con enfado
cuando nos marchábamos.
—¿Te refieres a que es como pisar un hoyo lleno de lodo? —sugirió
Justino.
—¡Y caerse sin poder hacer nada!
Nos pasamos la siguiente media hora embelleciendo con desánimo
aquel comentario con detalles como caerse en el estiércol vestido con tu
mejor capa mientras te está mirando una chica que te gusta…
El rodeo que dimos para ir a Lanuvio fue en parte una pérdida de
tiempo, pero sí vimos a Silano. Petronio le había hecho unas cuantas
preguntas que confirmaban que el cadáver encontrado en la tumba era el de
su tío: un hombre de alrededor de sesenta años, prácticamente calvo, de
constitución delgada; solía llevar puesto un anillo de sello de lapislázuli que
no se había encontrado. Me di cuenta de que Petro pensaba que el asesino
podría habérselo guardado como trofeo y que, si llegábamos a dar con él, el
anillo sería una buena prueba. Su sobrino dijo que Livia Primila era unos
quince años más joven que su esposo; gozaba de buena salud, tenía los ojos
azules, el cabello encanecido, se conservaba estupendamente bien, vestía
buena ropa y joyas. Por desgracia, aunque trataban con estatuas y debían de
conocer la comunidad artística, la pareja nunca había encargado ningún
retrato suyo.
Silano nos indicó el camino hasta la granja de sus tíos. Se encontraba
cerca de Satricum, adyacente a unas tierras que cultivaban los libertos
Claudios.
—Si es que a eso que hacen los Claudios se le puede llamar «cultivo»…
Poseían ganado: Silano dijo que su tío tenía un largo historial de malas
relaciones con ellos pero que los últimos incidentes desagradables
empezaron cuando los Claudios dejaron que un grupo de novillos
alborotados rompieran una cerca. Modesto tenía un capataz que fue a exigir
una indemnización por los daños, pero recibió una buena paliza.
Silano confirmó que Modesto tenía como pasatiempo escribir cartas
iracundas. Se había quejado airadamente a los odiosos Claudios. También
fastidiaba al consejo municipal de Antium; esos ciudadanos respetables que
ya no dan más de sí puede que perdieran la paciencia con sus exigencias.
Después de que Primila y él desaparecieran y Silano pidiera ayuda, el
magistrado tuvo que investigar, pero tal vez sus hombres no pusieron
excesivo empeño en ello.
—Algunos de los Claudios no son más que unos haraganes; van a la
ciudad a dar guerra: realizan pequeños hurtos en viviendas y negocios,
profieren insultos, escriben sus nombres en las paredes, engullen vino a
raudales y luego provocan disturbios nocturnos…, ya sabes.
—De donde venimos nosotros, esto es el pan de cada día —comentó
Petronio, aunque dejó claro que lo comprendía.
En aquellos momentos estábamos dentro; Silano salió a ver qué estaban
haciendo sus hijos. Léntulo, que era un niño grande, estaba hablando con
ellos; hacía que le dieran de comer hierba al buey.
—Hay uno o dos de los Claudios cuya reputación es más violenta. A la
gente no le gusta tener nada que ver con ellos.
—¿Algún nombre en concreto? —preguntó Petro.
Silano negó con la cabeza.
—Mientras Modesto se estaba quejando con vehemencia, yo tenía mis
propios problemas. Siempre dio la impresión de ser un tanto exagerado. De
todos modos, nunca me pareció que pudiera hacer mucho al respecto…
—Se ha mencionado a un hombre llamado Nobilis.
—No me dice nada ese nombre. —Silano guardó silencio. Ahora se
culpaba por no habérselo tomado con más interés previamente.
—Tenías razón en lo que dijiste el otro día —comenté en voz baja—.
¿Por qué ibas a convertirte tú en otra víctima? Tienes la conciencia
tranquila. Deja el asunto en manos de los profesionales.
Había visto que Petronio evaluaba en silencio al sobrino y lo
consideraba un padre de familia agobiado, un hombre de una ingenua
honestidad. Mientras hacía girar una pieza de terracota en sus manos
grandes, Petro preguntó:
—Un esclavo te trajo la noticia de la desaparición de tu tía…, ¿puedo
hablar con él?
—Se trata de Sirio. No lo tengo —explicó Silano—. Había un hombre
al que le debía dinero. Le entregué al esclavo para saldar mi deuda.
Había pagado al carnicero. Así son las cosas. Puede que Sirio cumpliera
lealmente con las instrucciones de Primila que lo llevaron hasta allí tras
todo un día de camino y que el resultado de su información supusiera una
seguridad económica para Silano y sus hijos. Sin embargo, por desgracia,
Sirio era un esclavo. La recompensa que obtuvo por su diligencia fue que lo
intercambiaran por medio año de suministro para la sartén.

***
Nuestra conversación parecía haber terminado, pero, cuando Silano nos
acompañó hasta la puerta, mencionó con incomodidad:
—Tengo que preguntarlo: ¿Esperáis encontrar a tía Primila?
Dejé que respondiera Petronio.
—Haremos todo lo que podamos. Comprenderás que ya sospechemos lo
ocurrido. Si hallaremos algún rastro de sus restos o no es algo para lo que
todavía no tengo respuesta. Lo siento.
Silano lo aceptó. Pero tenía una preocupación más. Le habíamos
contado cómo murió Modesto.
—¿Ella habrá sufrido… la misma clase de heridas?
Petronio Longo lo agarró por los hombros.
—No pienses en ello. Ahora ya no estará sufriendo. Mi consejo es que
intentes llevar una vida lo más normal posible hasta que volvamos a
informarte. Sea lo que sea lo que le pasara a Livia Primila, ya terminó hace
tiempo.
No iba a darle una tranquilidad falsa y tampoco podía ofrecerle
consuelo.
Habíamos traído lo que quedaba del difunto Julio Modesto desde Roma.
En tales circunstancias, los vigiles recurrían a un indolente agente funerario
para que incinerara el cadáver antes de devolvérselo a la familia. Lo único
que recibió Silano fue una sencilla urna con las cenizas.
Petronio dio a entender que la cremación se había llevado a cabo
cuando pensaban que nadie identificaría el cadáver. Pero vi la cara que puso
el sobrino. Reconoció una preocupación por él: evitar por todos los medios
que él o sus hijos pudieran ver el cadáver en descomposición golpeado,
mutilado y torturado.
XVII
El carnicero de Lanuvio era un ejemplar típico. Tenía la misma constitución
que un boxeador enfermizo y llevaba una cuchilla metida dentro del
cinturón. Tenía una hilera de trozos de carne colgada de un lado a otro del
frente de su tienda, precisamente allí donde su horrible cabeza piojosa se
iría dando golpes contra ellos durante todo el día. Llevaba la túnica
ensangrentada. Por su aspecto y su olor, daba la impresión de que la sangre
llevaba semanas allí y que si te comías la carne que vendía lo más probable
era que te diera un patatús. Pero si todos evitáramos los productos de
carniceros desagradables, nos veríamos limitados a una dieta de hojas de
lechuga y el Imperio sería invadido por recios bárbaros.
El hombre ya no era el amo del esclavo Sirio. Nos pusimos a refunfuñar
pensando que aquello era el principio de una cadena interminable de pagos
de deudas insignificantes. En Roma lo hubiese sido. El carnicero hubiera
ablandado al dueño de un burdel, que a su vez entregaría la mercancía para
comprar un saco de heno…
El trueque sofisticado todavía no había llegado a Lanuvio. Allí eran
unos completos despreocupados.
—¿Sirio? Sólo lo tuve dos días. Se escapó.
—¡Pues vaya manera de saldar una deuda! —terció Petronio, con una
sonrisa burlona—. Yo que tú la próxima vez optaría por el clásico pago de
«una noche con mi hermana».
El ingenio urbano suele ser muy bien acogido en los distritos rurales. El
carnicero le lanzó una mirada fulminante que me impresionó. Petro, todavía
absorto en su broma, pareció hacer caso omiso de la mirada gélida y
continuó con la actitud formal de los vigiles:
—¿Has denunciado a tu esclavo como fugitivo, señor? —Si conocías a
Petro, sabías que lo de «señor» era un sarcasmo.
—¿De qué iba a servir?
—Quizás aparezca.
—Ese inútil, ya hace mucho tiempo que se marchó.
—Bueno, a nosotros nos gusta tener bien catalogados a los fugitivos;
además de resultar útil en caso de que los atrapemos involucrados en un
delito grave, contribuye a disuadir al siguiente de intentarlo si sabe que va a
estar incluido en una lista a disposición de los cazadores de recompensas…
¿Adónde crees que se dirigió ese tal Sirio? ¿Tal vez regresara a su ciudad, a
Antium?
El carnicero rezumaba bravuconería y aplomo.
—Pues se largó adonde van todos: directos a la Vía Apia para subirse de
un salto a la parte trasera del carro de algún vinatero y desaparecer en
Roma. Creen que allí las calles están pavimentadas con oro. Tal vez lo
estén. ¡Creo que algún día iré a comprobarlo por mí mismo!
Petronio Longo permaneció impertérrito.
—Lo mejor será que me des su descripción y yo mandaré un expediente
en tu nombre, por si acaso se le localiza. Puede que lo recuperes, señor. Los
vigiles de Roma son expertos en encontrar fugitivos rurales… —Con esto
daba a entender que los llegados del mundo agrícola destacaban en nuestra
sofisticada ciudad. No era cierto. Un perdedor que huía de una granja no
tenía un aspecto muy distinto de uno que anduviera suelto procedente de
una casa de la ciudad… Bueno, eso después de que el de ciudad hubiera
enrollado su elegante uniforme y lo hubiese metido debajo de un arbusto—.
Deja que anote unos cuantos detalles. ¿Estatura?
—Media.
—¿Peso?
—Medio.
—¿Alguna marca distintiva?
—Ninguna que fuera visible —repuso el carnicero, con expresión
maliciosa—. ¡No me dio tiempo a examinar sus partes pudendas!
—¿Estaba cualificado para alguna tarea en particular?
—Era un vagabundo de lo más normal.
—Me imagino —dedujo Petronio— que llevaba una túnica sencilla de
confección tosca y unos zapatos de campo gastados, ¿no? Bien, gracias por
tu aguda observación, señor. Esto nos proporciona unos datos muy útiles
como punto de partida.
Petro era un humorista plácido de semblante severo. El carnicero no
pudo determinar si lo estaba halagando o se estaba burlando de él.
XVIII
Podíamos habernos quedado a pasar la noche en Lanuvio, pero todos
estuvimos de acuerdo en que nos convendría más otro lugar…, cualquier
otro lugar. Recordé que, más o menos a mitad de camino hacia Antium,
había una aldea; nos vendría muy bien porque al día siguiente ya habríamos
adelantado en nuestro viaje, de manera que nos dirigimos hacia allí. Se
trataba de un asentamiento muy antiguo, un lugar que nos hizo sentir como
si nos hubiésemos extraviado en el Viejo Lacio en los tiempos en que
todavía era Nuevo. Decían ser noventa habitantes; debieron de incluir las
cabras en la cuenta. Me pasé todo el tiempo esperando toparme con el viejo
héroe Eneas caminando pesadamente por aquella baja ciénaga que los
dioses le habían enviado a colonizar, y vestido todavía con el taparrabos con
el que había escapado de Troya.
Había un grupo de casas pobres, reunidas para hacerse compañía,
puesto que se encontraban cerca de un cruce de caminos; a poco más de un
kilómetro y medio más adelante, un puente cruzaba un río. Allí, un sendero
lleno de rodadas salía de aquel camino estrecho. Recto dijo que el sendero
se desviaba hacia el sur y pasaba cerca de Satricum, por lo que podíamos
habernos encaminado hacia allí de inmediato, pero antes teníamos intención
de ir a Antium para tratar de enterarnos de los ímprobos esfuerzos oficiales
llevados a cabo para encontrar a Modesto y a Primila. No nos esperábamos
más que desdén por parte de otro magistrado, pero ¿por qué abandonar un
sistema de probada eficacia sólo porque no funciona?
Un hombre y su esposa sacaron de la nada alimentos básicos para los
viajeros. Preferimos no investigar si había algún lugar en el que pasar la
noche. Comimos, bebimos, contamos historias y después acampamos. Al
día siguiente el hombre había ido a ver cómo estaba su higuera, pero su
esposa se ocupó de prepararnos un desayuno sencillo. Entonces seguimos
nuestro camino.

***
En Antium nos encontramos con que nuestros reparos eran infundados.
El magistrado no iba a mostrarse poco servicial en absoluto; ni siquiera
pudimos verlo. Su casa estaba cerrada con llave y él no estaba.
—Así pues… —caviló Petronio Longo con aire meditabundo—, aunque
vivas en una pintoresca ciudad costera, cuando llega el verano tienes que
marcharte de vacaciones de todos modos, ¿no?
—El idiota de la higuera se acercó hasta aquí y le advirtió que veníais
—se regodeó su hermano. Creo que fue la primera vez que brindaba su
opinión voluntariamente sobre algo. El resto de nosotros miramos a
Petronio Recto y guardamos un silencio prudente mientras lo evaluábamos,
tardíamente, como un excéntrico fantasioso.
Preguntamos por ahí. Fue toda una aventura. La mitad de la gente se
negó a hablar con nosotros y el resto dijeron que no sabían nada.
Después de todas aquellas incursiones infructuosas sí que nos dirigimos
a Satricum. Era otra población muy antigua situada en terreno bajo, junto al
extremo derecho de los pantanos Pontinos. Distintas culturas se habían
enfrentado durante eones en los alrededores de aquella remota encrucijada.
Los belicosos volscos habían luchado por todo aquel arcaico lugar y
probablemente siguieran viviendo allí. No sólo daba la impresión de que
podríamos toparnos con un grupo de sonrientes ancestros etruscos de ojos
rasgados, sino que, además, dada la proximidad de aquella pequeña ciudad
a los temidos pantanos, la atmósfera del lugar evocaba los límites de la
civilización.
La gente iba de un lado a otro atendiendo sus asuntos por aquella
población de construcción angosta. En lo alto de una colina se alzaba un
templo dedicado a Mater Matuta: la madre de la mañana, Eos, Aurora…, el
heraldo de sonrosados dedos que abre las puertas del cielo para que el sol
pueda salir todos los días con su carro. Subimos a la acrópolis como buenos
turistas y admiramos a la antigua diosa, tallada en piedra rugosa, entronada
y llorando a su hijo Memnón, al que Aquiles mató en Troya y cuyo cadáver
yacía en su regazo.
También era una diosa del sustento y una chica bien dispuesta a la que
Venus, celosa, había condenado a la costumbre de tener muchos amantes (el
tipo de condena por la que la mayoría de chicas jóvenes ruegan
fervientemente). La Mater Matuta de Satricum parecía un poco desgastada
para tener amantes, pero aquel día había hecho su trabajo abriéndole las
puertas a Helios. El sol resplandecía en un cielo azul claro.
—Es el engaño del Pontino —nos informó Petronio Recto en tono
sombrío—. Un tiempo espléndido, una vegetación floreciente… y la muerte
detrás de cada arbusto. —Como compañero de viaje, el tipo era la mar de
divertido.
Regresamos a nuestro alojamiento porque necesitábamos beber algo.

***
Nos había costado un poco encontrar una posada que pudiera albergar a
los siete que éramos. Satricum era un cruce de caminos, pero aun así casi
toda la gente que pasaba por allí no podía hacer más que dirigirse a otra
parte. El lugar no contaba con demasiados atractivos para los visitantes. La
característica principal era el viejo templo y no puede decirse que fuera un
santuario único. Hubo un tiempo en el que Mater Matuta florecía por toda
la Italia peninsular. Tenía un templo en Roma, junto al Foro del Mercado de
Ganado, y tan cerca de mi casa que al recordarlo me entró añoranza. Tal vez
una madre llorando a su hijo muerto era una visión para la que aún no
estaba preparado. Me embargó la congoja. Me sumí en mis propios
pensamientos.
Casi todos estábamos prolongando la noche en el patio de la posada.
Aucto y Ampliato, los dos vigiles, se habían quedado fuera, sentados en un
banco junto al camino. Aunque eran ex esclavos, en aquel viaje todos
éramos iguales y el resto de nosotros queríamos integrarlos de verdad, pero
ellos se empeñaban en mantenerse apartados. Mientras tanto, como hijo de
un senador, Justino tenía el derecho de nacimiento de intentar ligar con la
chica que nos había servido. Sin embargo, no estaba seguro de si Léntulo,
que se había incorporado recientemente a los miembros de su casa,
informaría a su esposa Claudia de cualquier cosa que hiciera. Petro y yo
teníamos a nuestras mujeres bajo control, o al menos nosotros nos
convencimos de ello; pese a que flirtear con las empleadas de las posadas
iba en contra de nuestro carácter noble, hicimos lo necesario con la
camarera, tal como llevábamos haciendo durante los últimos veinte años.
Por supuesto, hablamos con ella con el propósito de sacarle
información. ¿A qué pensabas que me refería, legado?
Puesto que se trataba del mesón más grande de la zona y, por lo visto, la
única posada aceptable, tenía que ser allí donde también se tomaron un
respiro la patrulla que fue en busca de Modesto y Primila. Al principio, la
camarera se mostró reacia a contar gran cosa. Para ella, los jinetes que
venían de Antium contaban como vecinos del lugar; nosotros éramos
forasteros. Bajo la mirada curiosa de su hermano mayor, Petronio empezó a
persuadirla diciéndole lo mucho que detestaba los chismes y que admiraba a
una camarera discreta, pero que le gustaba mucho más una joven con
conciencia cívica que servía el vino con gracejo mientras lo revelaba todo.
(Todo lo que sabía, legado; no te emociones). Tardó diez minutos en
conseguir que la mujer se sentara con nosotros y vomitara información con
la misma rapidez con la que él podía hacer las preguntas. Recto, Justino y
Léntulo quedaron impresionados. Yo había visto a Petro llegar a este mismo
punto en la mitad de tiempo, pero en esa época él era joven y llevaba el
uniforme del ejército.
La chica se llamaba Januaria. Aparentaba unos quince años,
probablemente tuviera veinte y el trabajo duro la mataría antes de que
transcurriera otra década. Había acomodado a nuestro buey en el establo,
nos había preparado la cena, nos explicó con detalle la carta de vinos (esto
no le costó ningún esfuerzo), acercó a la mesa los pesados bancos, llenó las
jarras de un barril y nos sirvió, lo cual le supuso salir varias veces a atender
a los dos vigiles que estaban fuera. Ninguno de nosotros lo había
preguntado, pero se sobreentendía que también se iría a la cama con
nosotros si queríamos; con los siete, si era necesario, según el sistema de
rotación que sugiriéramos. Y no creo que saliera más caro que un huevo
pasado por agua.
Januaria se mostró muy complaciente, nos contó que una pandilla
apareció por allí haría cosa de unos dos meses.
Un magistrado de la ciudad que esperaba poder volver a casa lo antes
posible llegó a caballo al frente de unos cuantos voluntarios que deseaban al
menos una pelea. Después de una comida copiosa, se marcharon hacia los
pantanos para enfrentarse a los Claudios. Siguiendo la arraigada tradición,
todos aquellos enanos calumniadores afirmaron tajantemente no haber visto
a Modesto ni a Primila después del incidente de la cerca rota. Unos
proporcionaron coartadas a los otros, tal como suele suceder en las familias
numerosas.
—Ya no se podía hacer mucho más. Las sospechas recaían
principalmente sobre Probo y Nobilis.
—¿Nobilis y Probo? ¿«Noble» y «Virtuoso»? —Me resultaba increíble
la ironía de semejantes nombres.
Aquella simplona no entendió lo que quería decir.
—Esos dos son los más conocidos…, y los más temidos. A menudo van
juntos por ahí. Pero ahora Probo tiene su propio negocio, compra y vende
arreos; en su mayor parte de segunda mano. —Seguramente eso significaba
que eran robados, aunque la chica ni siquiera lo insinuó—. Nobilis ha
estado trabajando para Tamiris, un proveedor de grano de Antium, aunque
Probo juró a la milicia que su hermano se había marchado. De manera que
él no pudo haber hecho nada, ¿no?
—¿Que se había marchado? ¿Adónde? —preguntó Petronio—. ¿A la
Campania? ¿A Roma? ¿Al extranjero?
—No, a un lugar extraño de verdad. —La joven no sabía nada sobre
otras regiones de Italia, por no hablar de las provincias extranjeras. Nuestro
glorioso Imperio significaba muy poco para ella. Nunca había estado en
Antium, y eso que se hallaba tan sólo a unos once kilómetros de distancia.
—¿Cuándo se marchó?
—En Santricum hace meses que no lo vemos, pero eso no es raro. Los
Claudios van y vienen.
—¿Crees que huyó porque sabía que habría gente buscándole?
—Nunca antes se había asustado.
Empujé a Petronio para que se echara a un lado en el banco y poder
meterme por medio. Me costó bastante. Era más corpulento que yo y se
resistía como un viejo puerco recalcitrante.
—Y dime, excelente muchacha de bellos ojos —Januaria se rió
tontamente como si ningún hombre la hubiese camelado nunca.
Evidentemente, eran muy pocos los romanos que se alojaban allí—. ¿Qué
sabes sobre esos granujas, los Claudios? ¿Son muchos?
—Bastantes. No viven en muy buenas condiciones, excepto algunas de
las chicas, que se marcharon, se casaron y ahora tienen familia.
—Por cierto, me llamo Falco —le brindé mi mejor sonrisa, la versión de
los hoyuelos que había sido calificada de seductora.
Lamentablemente, Januaria perdió la oportunidad de poder hablar
conmigo. Estaba el dueño, que no le quitaba el ojo, no fuera que la
muchacha le escatimara cinco minutos para sí misma. No averiguamos si se
trataba de su esposo o de su padre, o hasta de su propietario si la chica era
una esclava. Las cosas se organizaban al estilo libre por aquellos lares.
Podrían aplicarse las tres situaciones a un tiempo. En Roma contábamos
con un amplio abanico de entretenimientos sociales a nuestra disposición;
en los poblachos rurales, solían estar estancados en la hechicería y el
incesto.
El tipo era un vago curioso que andaba como un pato y llevaba un saco
de comida a modo de delantal. Cuando hizo acto de presencia, la chica se
levantó con suavidad y se marchó) adentro. Sabía que el propósito de su
aparición era poner fin a los chismorreos. Tal vez le pegara si haraganeaba.
En el campo, personas que pueden ser la amabilidad personificada para
con sus valiosos animales se ocupan del trato con el personal con la misma
dureza que si fuera un deporte sangriento de la arena.

***
No llegamos a saber cómo se llamaba aquel hombre. En ningún
momento fue nuestra intención llegar a ser tan simpáticos.
Lo que ocurría era que a él le gustaba hablar. Tenían un sistema. Aquel
vago charlaba con los clientes; Januaria hacía todo lo demás.
—¡Oh, sí, magníficos caballeros! ¡Yo os lo puedo contar todo sobre los
Claudios!
Dijo que se acordaba de la época en que llegaron allí. Por aquel
entonces él era un niño. Los habían manumitido en la época del emperador
Cayo, de lo cual haría unos cuarenta años. Liberados de las fincas agrícolas
de Antonia, madre del emperador Claudio, llegaron a las proximidades de
Satricum y tomaron posesión de unos campos anegados que, según
afirmaron, les habían regalado. Nunca había acudido ningún agente
inmobiliario imperial a cuestionarlo, aunque esto podía deberse a que los
campos empapados en cuestión eran una porquería. El efecto de la llegada
de los Claudios a la región fue el de una plaga de ratas. Desde entonces
había que guardar bajo llave cualquier cosa transportable y el dueño dijo
que eso incluía a todas las mujeres más jóvenes que una bisabuela.
El padre se llamaba Aristocles. Era un hombre frío y extraño que sin
duda pegaba a sus hijos; la gente creía que también pegaba a su esposa,
aunque algunos decían que, en realidad, le tenía miedo. Otros mantenían
que ambos progenitores actuaban juntos como un equipo terrible; una vez la
madre golpeó a su hijo de tres años con tanta fuerza que el niño perdió un
oído. Esta matriarca, una mujer conocida por el nombre de Casta, había
dado a luz a unos veinte vástagos hacia los cuales mostraba muy poco
interés, aunque, extrañamente, todos la veneraban. Los niños eran unos
salvajes y, en general, la gente les tenía antipatía. Los chicos adquirieron
fama por su carácter turbulento. Tenían malas relaciones con sus novias,
cuando podían encontrar alguna. Sus hermanas, que no conocían a otro tipo
de hombre, tenían tendencia a echar a perder cualquier esperanza de una
vida nueva eligiendo por esposos a maltratadores ladronescos y alérgicos al
trabajo que se asemejaban a sus parientes. Con frecuencia la familia entera
era sospechosa de robos e incendios provocados, aunque hacía falta ser
valiente para acusarlos. El hecho de criticar a uno de ellos se consideraba
como un ataque contra todos. Provocaría que toda la tribu acudiera a la
ciudad para tomar represalias.
—¿No corre el rumor de que cuentan con protección imperial? —
pregunté.
—¡Sí, ya lo creo! Todo el mundo sabe que la tienen.
—¿Y eso cómo funciona?
—Simplemente, lo sabemos todos y ya está. En Roma hay ciertos
poderes que cuidan de los Claudios. Por eso no hay ningún funcionario que
intente echarlos. Por eso la mayoría de nosotros los evitamos.
—¿Dieron problemas a la partida que vino de Antium? —inquirió
Petronio.
—¡Qué va, muchacho! La resistencia hubiera demostrado que no
tramaban nada bueno, ¿no es cierto? Ésta es su estratagema. Cuando las
tropas bajan a su campamento, se muestran dóciles como corderos. Fingen
que todas esas quejas contra ellos son fábulas que inventa la gente por
resentimiento. Simulan colaborar. Abren gustosamente las puertas de sus
casas para que las registren.
—Pero nunca se encuentran pruebas, ¿verdad?
—Son muy listos.
Petronio apoyó la barbilla en las manos. Estaba pensando en matones
que se enquistan en la sociedad, que son aceptados como un obstáculo de la
vida y mientras tanto aterrorizan a comunidades enteras durante años. Él
tenía que lidiar con situaciones parecidas en Roma. Había callejones
repugnantes por los que no pasaba nadie. Incluso los vigiles sólo se
aventuraban allí en grupo y primero silbaban con fuerza para que se supiera
que llegaban. No querían sorprender a nadie. A los especialmente violentos
les daban un buen margen de tiempo para que se marcharan.

***
El dueño decidió que ya había dicho bastante, aunque nos dio
indicaciones para el día siguiente. Recto, nuestro pretendido guía, lo miró
por encima del hombro; la información era del tipo «al salir de la ciudad,
tomad el primer desvío y seguidlo». Esto siempre acaba conduciéndote a
curvas pronunciadas y bifurcaciones del camino sin ningún poste
señalizador.
—No tenéis pérdida —dijo el posadero, con suma gentileza.
Se nos cayó el alma a los pies.
Nos acostamos temprano. La cena me había provocado pesadez y aun
después de que mis tripas se dignaran a evacuar siguió doliéndome la boca
del estómago. Todos sabíamos que estábamos a punto de visitar una de las
zonas más peligrosas de la tierra.
XIX
Lo primero que hicimos Petronio y yo a la mañana siguiente fue repartir las
pomadas insecticidas que Helena y Maya nos habían hecho traer. Se las
aplicaron en cantidades sorprendentes, en medio de un gran número de
bromas sobre la peste que hacían y el miedo que debíamos de tener Petro y
yo a nuestras esposas. Petronio Recto dijo que éramos un manojo de
frágiles florecillas, pero hasta los dos vigiles metieron la mano en los botes
y se untaron la frente.
Ninguno de nosotros se tomó muchas molestias con el desayuno
excepto Recto. Puesto que él ya había contraído la fiebre de los pantanos,
nada le preocupaba. Nosotros estábamos tensos; él, sin embargo, plácido.
En cuanto se hubo puesto morado, puso los arreos a Nerón, el buey, y acto
seguido, sin mediar palabra, arrojó su mochila al carro y se puso en marcha.
Por suerte, los demás estábamos preparados para irnos. No se podía decir
que fuera hosco, el hombre; sencillamente, no se molestaba en comunicarse.
Su desagrado por el habla era fervoroso. El hecho de estar en compañía de
su hermano parecía provocar la misma actitud sombría en Petro. No intenté
animarlo dándole la lata; yo también me sentía así.
Había ciudades en la costa, al oeste de donde nos encontrábamos
nosotros; había paradores a lo largo de la Vía Apia, al este. Entre estos dos
puntos, y en cuanto dejamos atrás Satricum, lo que teníamos por delante era
un vasto territorio vacío. Teníamos la impresión de que el mar se
encontraba más allá, en algún lugar a mano derecha, a unos quince
kilómetros de distancia, aunque no lo divisamos en ningún momento.
Cuando Apio Claudio empezó a construir su gran carretera al sur de Roma,
no hizo sino aumentar los problemas de aquella zona baja interior, porque
los fuertes pasos elevados de la vía afectaron al nivel del agua. Había
caminos por los que el buey a duras penas podía arrastrar el carro, aunque
en las partes estrechas tuvimos que desmontar y mover el vehículo a pulso.
Daba la sensación de que todos aquellos caminos eran rutas desiertas,
apartadas y llenas de maleza que te llevarían hacia la nada a lo largo de
kilómetros y kilómetros para luego terminarse sin previo aviso.
Por todas partes reinaba una belleza agreste. El sol brillaba y sus efectos
quedaban atemperados por las brisas costeras. Las aves marinas y las de los
pantanos chillaban sin cesar. Bandadas de mariposas deambulaban por allí
con un vuelo irregular, en busca de nuestros aromas a menta y orégano. Los
grillos saltaban por delante de nosotros. Tal como suponíamos, la vida
insectil era masiva. Unos bichos negros y unas moscas diminutas que
parecían mosquitos revoloteaban formando nubes dondequiera que nos
deteníamos para darnos un respiro, junto con unas cosas inquietantes de
color rojo vivo que tenían aspecto de haberse alimentado ya de sangre.
Supuse que también debía de haber serpientes.
Estábamos atravesando grandes extensiones de maleza. Vimos también
pequeños campos plantados de grano o cosechas de crecimiento rápido para
aprovechar el corto período veraniego cuando al menos la tierra se secaba
en parte. Todo lo que allí crecía lo hacía con un vigor asombroso; la tierra
estaba al mismo tiempo bien regada y enriquecida por el cieno de todos los
ríos y afluentes que manaban de los montes Lepinos. En ningún momento
vimos a nadie atendiendo los campos.
Allí donde se había hecho pastar al ganado para que el follaje no
creciera demasiado, el suelo estaba cubierto de maquis, unos arbustos
pequeños y muy resistentes, algunos de los cuales eran de hoja ancha si
bien abundaban más los del otro tipo, espinoso y malintencionado. Si
caminabas demasiado separado del sendero, era muy probable que te
hundieras de pronto hasta el tobillo en aguas pantanosas. La succión que
éstas ejercían podía resultar fatal. En cuanto conseguías salir de allí y pisar
tierra firme, el corazón te estaría palpitando contra el pecho.
En los lugares donde no se había intentado cosechar nada la vegetación
estaba más crecida. Había olivos e higueras silvestres que hubiesen
resultado tranquilizadores como árboles domesticados, pero que a merced
de la naturaleza se habían convertido en unos enormes monstruos
descontrolados que formaban sotos impenetrables. Recto rompió su silencio
para decir alegremente que los bosques serían aún más tupidos a medida
que nos fuéramos adentrando en el pantano.
A veces divisábamos cabezas de ganado en la distancia, normalmente
allí donde las zonas llanas permanecían anegadas. Lo más probable es que
tuvieran propietario, pero no vimos a nadie que las arreara. No nos
arriesgamos a acercarnos. Aquellas bestias en su solitaria ubicación,
pisoteando los bordes de lagunas saladas y charcas estancadas donde la
vegetación caída se pudría, me provocaron un estremecimiento siniestro.
Una vez, en Germania, había tenido un encuentro con un uro salvaje; miré a
Camilo Justino y supe que él también estaba recordando que nos escapamos
por los pelos de aquel enorme atavismo bovino.
Se suponía que allí la amenaza era humana. Los pantanos Pontinos
tenían una reputación siniestra como escondite de forajidos y salteadores de
caminos. Alguien capaz de soportar las picaduras y mordeduras, una
afección de pododermatitis y volverse loco por el aislamiento tenía que ser
un forajido. Nos estábamos haciendo una idea de qué esperar si llegábamos
a encontrar a las personas a las que habíamos venido a interrogar.

***
Sabíamos de antemano que los Claudios vivían lo bastante alejados de
cualquier lugar habitado para que las visitas resultaran un inconveniente.
Nosotros estábamos en forma e íbamos equipados para la situación, pero a
primera hora de la tarde ya nos sentíamos agotados. También estábamos
abatidos y pensábamos que tal vez no localizáramos nunca a nuestras
presas. Recto nos aseguró que no estábamos perdidos. Eso dependía de
cuánta fe depositáramos en él.
—¡Ojalá fuera una de esas garzas y pudiera alzarme batiendo las alas y
salir volando de aquí! ¡Apuesto a que es un lugar de ésos en los que puedes
deambular en círculos eternamente! —cotorreó Léntulo, cuando nos
detuvimos a descansar. Ya debía de tener unos veinticinco años, pero
parloteaba como un niño estúpido. Justino y yo lo conocíamos desde que
era un recluta del ejército con una imaginación fervorosa y una peculiar
habilidad para meterse en líos. Le recordamos que la última vez lo trajimos
de vuelta a la civilización sano y salvo; no pareció muy convencido.
—No te separes del camino —advirtió Justino a su ordenanza de ojos
brillantes—. Si te quedas atascado en un sumidero profundo, no voy a tirar
de ti para sacarte; no sea que el remolino saque a la superficie a algún
duendecillo de mirada sorprendida.
¿Quién era ahora el que utilizaba demasiado la imaginación?
Todos teníamos escalofríos. Nos sumíamos en largos períodos de
silencio. El efecto vigorizante del aire fresco se convirtió en un sol que
vidriaba la vista y quemaba la piel. Teníamos los ojos secos. Empezamos a
sentir picores, pero cuando dábamos un manotazo contra insectos
imaginarios nunca estaban allí.
Los lugares agrestes tienen algo que hace aflorar el sufrimiento. Empecé
a sentirme afligido por penas y culpabilidades que creía haber dejado atrás
en Roma. Ahora que ya había dominado las tareas interminables
relacionadas con la herencia de mi padre, mi mente encontró espacio para
sanarse…, cosa que hizo con toda la maldad posible evocando momentos
desgraciados. Reviví una y otra vez ese largo día del parto de Helena y
cómo perdimos a nuestro bebé; una y otra vez soñaba despierto que estaba
de nuevo en la villa de mi padre y su cuadrilla de esclavos me informaba de
que había fallecido.
Me repantigué en el carro evitando a los demás, pensando en la vida y
en la muerte. Sobre todo en la muerte.

***
Cuando ya era demasiado tarde para regresar a Satricum el mismo día, y
en tanto que todos tratábamos de evitar sacar el desagradable tema de tener
que acampar para pasar la noche en aquel suelo empapado, nos tropezamos
con algo. Habíamos estado siguiendo un sendero que se elevaba
intermitentemente a través de una maleza que nos llegaba a la altura de los
hombros. De vez en cuando aparecía un claro que se ensanchaba de manera
irregular. Alguien debía de utilizar esa ruta. De hecho, en una parte habían
colocado unos cañizos allí donde se había hundido el camino, aunque éstos
también habían quedado medio sumergidos. De repente nos aproximamos a
un espacio más amplio. Un inclinado montón de basura se alzaba del suelo
en medio de un revoltijo de aspecto fúngico cuyo origen era sin duda
humano. Parecía abandonado. Se asemejaba a la porquería que el viento
apila contra los arbustos en los bosques. Aunque no se trataba de eso. Aquel
detritus lo había acumulado con cuidado alguien durante un largo período
de tiempo. En el centro del amasijo había una choza torcida que parecía
techada y habitada.
—¡Helo aquí, muchachos! —declaró Recto, como si nos hubiera guiado
hasta allí adrede.
—¡Aaay, esto no me gusta! —canturreó Léntulo, como quien escucha
una historia de fantasmas en torno al fuego de invierno.

***
Nos quedamos allí mirando. El buey Nerón bajó la cabeza y empezó a
meter el hocico en las matas de hierba juncosa. Daba coletazos como un
loco, atormentado por las moscas. Estábamos demasiado cansados y
abatidos como para acercarnos inmediatamente a la casucha. Si un fuego
fatuo hubiera aparecido flotando en medio de un remolino de neblina y
gritado «¡Bu!», nosotros hubiésemos salido corriendo al instante.
Uno de los extremos de la construcción parecía aplastado y estaba muy
inclinado, como si se estuviera hundiendo cada vez más en el pantano. Era
como un cobertizo sin nada que lo sustentara. A lo largo de varias décadas,
en ocasiones se habían realizado intentos de reparar las partes podridas.
Allí, sujetos a modo de trofeos, había utensilios que podían haberse robado
de los pórticos de otras personas o haber sido el botín del saqueo de
vehículos estacionados un día de mercado: el final de una baldosa con el
rostro de Medusa, una aldaba metálica solidificada en su propio moho, la
mitad de una gigantesca muela de harina de algún panadero. En torno a la
choza había montones de materiales de edificios viejos, contenedores de
comida de gran tamaño de los que goteaban unos desperdicios rancios,
ruedas de carro, piezas de armadura rotas y equipo de pesca incompleto.
Una mesa crujía bajo montones de partes de maquinaria (pedazos oxidados
de poleas, grúas y arados), feas labores de metal cuyo propósito se había
olvidado hacía mucho tiempo y que nunca serían identificadas ni
reutilizadas. Todo parecía estar en muy mal estado. La gran mayoría de
chatarreros lo habrían rechazado todo.
Aparcadas entre lo que algún día debió de ser la puerta y una ventana
cerrada con tablas había una hilera de lanzas y jabalinas muy resistentes.
Eran más toscas que las que utilizaba el ejército, unos objetos enormes
hechos para intimidar. En Roma nadie hubiera podido tener tan horrible
arsenal expuesto contra la pared de su casa; la gente decente sólo tenía un
farol que la mayoría de las noches se olvidaba de encender y un azulejo en
el que ponía «cave canem» para que hiciera de perro guardián barato. Las
armas eran ilegales en la ciudad. En el campo todo estaba permitido. Allí,
en mitad de la naturaleza remota, la excusa de la caza permitía que
cualquier tipejo de poca monta que quisiera aparentar decorara su casa con
toda esa panoplia demasiado evidente. Esto no implicaba que supiera
utilizarla como es debido, aunque hasta un principiante que empuñara una
de esas bestias malvadas sería capaz de infligir daño.
Petronio Longo metió el brazo en el carro del buey para coger la espada
y se abrochó el cinturón sin mediar palabra.

***
Yo hubiese hecho lo mismo, pero en aquel preciso instante apareció un
hombre de aquella morada en ruinas. Encima de los tres escalones de
madera de la entrada, con los peldaños desiguales y podridos, había una
puerta de establo de dos hojas. Sin previo aviso, el hombre miró afuera por
la parte superior. Quizá nos había oído llegar. Lo que estaba claro es que
ahora nos había visto.
Petronio y yo nos adelantamos enseguida para hablar con él. Unos
ladridos desenfrenados anunciaron la presencia de un perro con muy malas
pulgas detrás de la sección inferior de la puerta, ansioso por atacarnos. El
hombre lucía una túnica mugrienta sin mangas, una barba de una semana y
un ceño fruncido. No había ninguna posibilidad de establecer una relación
viajero-anfitrión civilizada; no iba a pedirnos que entráramos a tomar unas
pastas en un peristilo de mármol de imitación. Cuando Petro dijo que
veníamos de Roma (condición que debería haber resultado obvia), el
maleducado dueño de la casa abrió la puerta inferior, de modo que un
robusto mastín desgreñado bajó los escalones dando saltos en un despliegue
de espuma rabiosa y pura furia ciega.
Justino y Léntulo avanzaron a toda prisa. Como siempre que acometía
una crisis, Léntulo no conocía el miedo; actuaba antes de pensar y después
se desmayaba de terror. Así fue cuando estuvo a punto de perder la pierna.
Con ambas manos, agarró del cuello a aquel animal feroz y gruñidor justo
cuando éste se abalanzaba sobre nosotros. No lo soltó, resuelto a salvar a su
querido patrón. El hombre de la choza salió detrás del perro a grandes
zancadas y se lanzó a agarrarlo con desgana; más bien por suerte que por
sentido común, pasó una cadena alrededor del grueso cuello del animal y la
enganchó a un candado.
—¡Buen chico, Colmillo! Sólo está mostrándose cordial —farfulló el
hombre, al estilo de todos los propietarios mediocres. Como no comprendía
las capacidades y la fuerza de su perro, no era capaz de controlarlo. Tendría
suerte si no acababan encontrándolo muerto, víctima de un ataque salvaje
de su propio can.
Retrocedimos. Colmillo, hecho una fiera, tiraba para arrancar la cadena
del gran árbol al que estaba sujeto su otro extremo. Tenía tantas ganas de
matarnos que parecía probable que se estrangulara. No pondríamos ningún
reparo a que lo hiciera. Frustrado, el animal empezó a arrojarse contra el
árbol.
—Lo siento. Me olvidé de él. No vemos a mucha gente por aquí y se
pone nervioso. ¡Calla, chico!
No hubo manera de hacer callar al perro hasta que el propietario le
lanzó media ánfora vieja. No le dio. Aquella pesada vasija de barro bien
podía haberle abierto la cabeza al can. Dio la impresión de que Colmillo
conocía el truco del recipiente de vino. Se calló de inmediato, se acercó con
sigilo a la base del árbol y allí se sentó, gimiendo aburrido.
Nos quedamos todos en el claro y pasamos por las formalidades
preliminares.
—Soy Probo, uno de los Claudios —dijo el hombre de la choza—.
Supongo que habréis oído hablar de nosotros —se cruzó de brazos y nos
miró fijamente, no con hostilidad manifiesta pero sí orgulloso de su
notoriedad.
—¿Uno de los hermanos? —preguntó Petronio, que no negó que nos
habían hablado de esa gente.
—Ése soy yo.
—¿Eres tú el portavoz de la familia?
—Puede ser.
—¿Alguno de los demás miembros vive por aquí cerca?
—Varios.
—¿Me das los nombres? —Petro parecía bastante paciente, aunque
pensé que tenía ganas de darle un puntapié en la garganta a esa babosa de
los pantanos. Si hubiéramos estado en Roma, ya tendría a ese cabrón contra
la pared; allí el problema era que no había paredes. Nadie quería acercarse
al árbol al que Colmillo estaba encadenado. Y si empujaba con fuerza al
sospechoso contra la choza, lo más probable era que toda aquella ruina se
derrumbara.
—¿Los nombres? —Probo clavó la mirada en Petro lentamente y a
continuación se limpió la nariz allí donde habría estado su manga si las
llevara. Tenía un brazo muy velludo y musculoso. Tenía los hombros caídos
como un pelele, pero seguro que peleaba sucio—. Quieres los nombres,
¿eh? —Era un hombre de estatura media y de constitución robusta, un tanto
desaliñado, con el cinturón caído hasta las ingles y una panza pequeña sobre
él—. Todos los de por aquí saben quiénes somos.
—Yo vengo de Roma —le repitió Petronio en tono afable—. SPQR. Me
gustaría conocer algunos detalles.
—Estoy muy ocupado —se jactó Probo—. No tengo tiempo para
hacerte un árbol genealógico.
—Tengo entendido que sois muchos —Petronio seguía mostrándose
amistoso. Yo estaba esperando a que estallara. Una nube de mosquitos
empezó a arremolinarse delante de mi cara y le di unos manotazos, irritado
—. He oído hablar de veinte hermanos, ¿es así?
—Justo era el mayor —Probo empezó a contar con sus dedos
mugrientos. Había adoptado un semblante bobalicón, haciéndose el listillo.
Noté que mi actitud se endurecía. Aquél podía ser el cerdo que había
torturado a un hombre por quejarse de una irrupción en sus tierras, lo había
golpeado, le había cortado las manos y lo había dejado para que se pudriera.
Sólo los dioses sabían qué le habían hecho después a la esposa
desaparecida. Quizás incluso hubiera ocurrido cerca de allí.
—Prosigue. —Petro lo animó a seguir con demasiada cortesía.
—Justo cayó muerto el año pasado… Según vosotros, lo más probable
es que muriera de mala conciencia. Después vienen dos chicas, yo, Félix…
Félix, el dichoso y afortunado, aunque también era un cabrón muy listo;
bueno, lo perdimos pronto, naturalmente… Otra hermana, los gemelos
Virto y Pío, y Era, luego unos trillizos que murieron todos al nacer.
Providencia, Nobilis…, que es a quien soléis echar la culpa de todo; cada
vez que se cae una manzana del árbol y el propietario chilla, «¡La robaron
esos dichosos Claudios!»…
Yo ya había tenido suficiente. Probo continuó con su larga lista, pero su
actitud maliciosa y burlona era más de lo que podía soportar. Me iba
enojando más con cada uno de los nombres.
—¡Deja ya de hacer el tonto! —Petronio trató de agarrarme del brazo,
pero yo me zafé de una sacudida—. Ya sabes por qué hemos venido, Probo.
Hallamos un cadáver; no fue agradable. Deja de mentir y admite que
Modesto y su esposa vinieron aquí a quejarse.
Empecé a andar. El matón retrocedió con inquietud fingida.
—¡Claro que vinieron! —me dijo con deleite. Una alegre sonrisa dejó al
descubierto su dentadura ennegrecida—. Y ahora ya no están aquí… Sin
embargo, son muchos los romanos gallitos como vosotros que irrumpen por
aquí buscándonos.
Ya no dijo nada más porque le pegué un puñetazo. Le propiné un golpe
bajo y fuerte, y cuando se dobló en dos volví a arremeter. Si me hubiera
encontrado a solas con él, hubiera seguido así media hora. Sentí tanta
agresividad que me asusté de mí mismo.
—¡Falco!
Petro y uno de los demás tiraron de mí para apartarme.
—No hagas que me arrepienta de haberte dejado venir —me dijo Lucio
Petronio entre dientes, con los ojos pegados a los míos y hablando en voz
baja.
Forcejeé para soltarme y me alejé dando traspiés. Entonces dejé que se
ocupara él. Eché a andar con rigidez y me adentré yo solo en el bosque.
XX
Fui andando con paso resuelto a través del bosque en línea recta. No tenía
sentido extraviarme. Al llegar a un sendero clavé un palo en el suelo, en
posición vertical, para que me señalara por dónde girar a la vuelta. No tenía
nada planeado. No estaba siguiendo el precepto de que a veces, cuando una
investigación se estanca, actuar a ciegas puede conducirte a una pista. Sólo
estaba alterado.
***
Me había calmado ya cuando encontré a más habitantes de los pantanos.
Di con un campamento similar, igual de pobre que el anterior, igual de
descuidado y poco edificante. Sin embargo, aquél tenía ciertas ventajas
panorámicas. Para empezar, daba a los campos. Y no se trataba de un mal
terreno, me lo decía mi origen rural, si bien las cercas que los confinaban se
hallaban en muy mal estado. Tres horribles campamentos de chozas
dispuestas más o menos en triángulo formaban una especie de aldea
destartalada, de las que no figurarían en una guía turística. Lo que las
distinguía de la guarida de Probo era que cada una de ellas tenía un par de
sillas maltrechas colocadas fuera para admirar las vistas o para que fuera
más fácil lanzarle insultos al cielo. Todas las casuchas contaban con una
cuerda de tender. Un hombre que cultive una larga reputación de plaga
peligrosa no tiende su ropa interior. Así pues, había un par mujeres de la
familia de los Claudios a la vista: una de ellas estaba colgando
pausadamente unas prendas lacias y la otra se hallaba sentada con pose
abatida en las escaleras de lo que probablemente fuera su casa. Su aire
acobardado sugería que no se le permitía utilizar las sillas. En una pequeña
parcela de tierra cercana, unos cuantos niños despeinados daban patadas a
un cubo; conté a cuatro, pero por el ruido que hacían podrían ser unos
cuantos más.
La chica de la colada tenía el cuerpo delgado de una niña de catorce
años y el rostro de alguien dos o tres décadas mayor. Sus ojos encerraban un
dolor que iba a ser permanente. Había visto cosas que nunca olvidaría pero
que tampoco iba a compartir. Llevaba un vestido de un color apagado,
corto, informe y raído, un trapo gris que parecía tener más años que ella.
Sin embargo, lucía una sarta de toscas cuentas de piedra e incluso un
brazalete que podía pasar por ser de oro si el hombre de la casa de empeños
fuera nonagenario y corto de vista. Había algún hombre que quería indicar
que tenía mucho que agradecerle por haberle regalado esas cosas. Lo que
tendría que haber hecho ella era tirarlas y librarse de él.
Para mi sorpresa, las mujeres no se ofendieron porque apareciera de
entre la maleza. Pero eso no implicaba que fueran a mostrarse serviciales.
—Me llamo Falco. Estoy buscando a Nobilis. —No pareció extrañarles
—. Creo que me equivoqué de camino. ¿Y vosotras sois…?
—Plotia —respondió la que tendía—. ¿Buscas a Nobilis? —señaló la
choza de en medio con un movimiento de la cabeza. Me dio la impresión de
que estaba vacía—. Se ha marchado.
—¿De vacaciones en la costa de Bayas?
—Ha ido a visitar a su abuela.
—¿Me tomas el pelo? He oído decir que es un tipo duro.
Plotia se limitó a mirarme fijamente.
Me acerqué. Después del incidente con Colmillo, eché un vistazo en
derredor por si acaso había otros perros guardianes. Plotia me leyó el
pensamiento y me dijo:
—Aquí no tenemos animales —parpadeó y añadió con aire sombrío—:
Bueno, no durante mucho tiempo.
Tragué saliva. Petronio me contó en una ocasión que los asesinos
patológicos suelen iniciar sus juergas asesinas cuando aún son niños. Si
encuentras a un hombre que limpia las calles de prostitutas como vocación
personal, lo más probable es que tenga su colección infantil de ratas
diseccionadas en una serie de tarros ordenados. Yo había sugerido que todos
los chicos sienten curiosidad por los animales muertos. Petro repuso que la
mayoría nos limitamos a sacarlos de la alcantarilla; no los atrapamos a
propósito y los despiezamos. La mayoría de nosotros no destripamos a
nuestras mascotas.
—¿Qué relación tenéis con los Claudios? —pregunté a las mujeres.
—Yo estoy casada con Virto —de nuevo fue Plotia la que contestó—.
Birta pertenece a Pío. —«Pertenece a» era un término que hubiera deleitado
a nuestros antepasados; mi Helena lo despreciaría. (Nota para el escriba:
borrar ese «mi». No quiero que me escabechen las gónadas).
Antes de que pudiera preguntarlo, Plotia añadió:
—Pío y Virto trabajan en Roma.
Eso era nuevo. Petronio estaría convencido de que no eran buenas
noticias.
—Yo soy de Roma —me hice el simpático—. ¿Qué hacen vuestros
hombres allí?
Plotia se encogió de hombros. En teoría, una esposa romana sería la
confidente más íntima del marido, pero no era así por aquellos lares. Supuse
que el matrimonio era un contrato desigual entre los Claudios. Si mi
experiencia no me engañaba, las mujeres tenían que soportar malas
palabras, palizas y relaciones sexuales forzadas. Después daban a luz a
numerosos hijos, que a su vez también eran víctimas de maltrato. Todos
aprendían a mantener la cabeza gacha, a juzgar el mal humor detenidamente
para saber qué era seguro decir o hacer, y a no preguntar nunca. Seguro que
habían recibido órdenes de no hablar con desconocidos.
Muchos esclavos conocían bien esta existencia. Tal vez fuera así como
los hombres de la familia de los Claudios habían aprendido a imponerse
sobre los más débiles.
—¿Nobilis está casado? —pregunté.
—Su mujer se marchó. —Plotia pareció sentir envidia al mencionar la
huida. Incluso Birta se espabiló. Lo estaba escuchando todo desde donde
estaba sentada—. Él nunca se repuso.

***
—Apuesto a que tuvieron una pelea de mil demonios. —Plotia se rió
brevemente—. De todos modos, escapó de él, ¿no? —Ninguna de las dos
mujeres reaccionó ante mi forma de plantearlo—. ¿Adónde fue?
—Ni idea. —Eso quería decir que no le estaba permitido decirlo—.
Nobilis lo sabe. Creo que se fue a Antium. Se estableció con otra persona,
de modo que Nobilis puso fin a eso…
—¿De verdad? ¿Cómo?
—¡Pues como siempre! —exclamó Portia con desdén—. Después oí
decir que la chica se había refugiado con su padre.
—¿Cómo se llama su padre…, y cómo se llama ella?
Plotia y Birta cruzaron una mirada. Aquella información debía de estar
en la lista prohibida. De todos modos, Plotia me dijo que el padre era un
panadero llamado Vexo. La esposa era Demetria.
—¿Y ahora Nobilis acepta que se haya marchado?
—Sí…, si es que «aceptar» significa repetir a todas horas que algún día
recuperará a la chica.
Suspiré.
—¿Cuándo rompieron?
—Hace tres años. —¿Y a él aún le seguía doliendo? Demetria debía de
ser una mujer muy valiente para haberse liberado de aquel control. ¿O acaso
la habían machacado tanto que cualquier cosa era mejor que vivir con
Nobilis?
—Si ésa es su casa, ¿puedo echar un vistazo?
—No le hará ninguna gracia —me contestó Plotia con rotundidad. Pero,
extrañamente, no puso ninguna objeción. Tal vez formara parte del plan de
los Claudios mostrarse serviciales cuando los abordabas abiertamente.
Aproveché mi oportunidad y me dirigí hacia la puerta. No estaba cerrada
con llave, lo cual era casi una burlona invitación a registrarla. En aquel
preciso momento, entrar en la casa en la que vivía Nobilis hizo que un
escalofrío me recorriera la espalda.

***
Me pregunté si el grupo que vino desde Antium habría mirado allí. No
les hubiera servido de mucho más de lo que me sirvió a mí. La casa del
liberto estaba abarrotada de cosas ordenadas de manera obsesiva. Daba la
impresión de que Nobilis hubiera dispuesto la colección de basura en
hileras esperando no aportar ninguna pista y desbaratar así las
investigaciones. Plotia se acercó a la puerta detrás de mí. Miraba a su
alrededor como si tampoco ella hubiese estado nunca allí.
—Lo guarda todo. Tiene cosas de hace décadas.
Eso era cierto, pero si Nobilis mató a Modesto no había conservado el
anillo de sello de lapislázuli del vendedor de estatuas. No había mechones
de pelo de las víctimas, ni cajas cuidadas con cariño que contuvieran ropa
interior de chicas diferentes. No encontré calendarios viejos con marcas
señalando los días de los asesinatos. Tampoco había armas ensangrentadas.
Ni cuerdas con los extremos cortados que pudieran corresponderse con las
ligaduras en torno al cuello de los muertos.
Llevaba mucho tiempo siendo informante como para esperarme una
decepción.

***
Registré la casa hasta que estuve satisfecho y luego volví a salir fuera.
—¿Has encontrado algo? —me preguntó Plotia, que entonces se había
acuclillado junto a su cuñada y recibía la luz de la tarde en la cara.
—No. ¿Suele pasar tiempo Nobilis en algún otro lugar? ¿Algún anexo
especial donde se dedique a solas a juegos de chicos?
Las dos mujeres se limitaron a mirarme con extrañeza.
Para mí aquel lugar era una chabola, pero tal vez Nobilis tuviera una
choza secundaria, un escondite aún más secreto donde cometiera sus peores
actos. De ser así, o no les había dicho nada a sus familiares o éstas se
estaban haciendo las tontas.
—Una última cosa…, ¿alguna de vosotras presenció la discusión con un
vecino llamado Modesto?
Tanto Plotia como Birta lo negaron con la cabeza, pero con demasiada
prontitud.
—¿Sabéis a quién me refiero? —insistí—. Desapareció tras una disputa
que tuvo lugar aquí; entonces su esposa vino a buscarlo y ahora ella
también ha desaparecido. —Al ver que las mujeres seguían haciéndome
caso omiso, les expliqué con voz sombría—: Modesto ha muerto. Fue
asesinado cuando viajaba para hacerle una petición al emperador. Esto no
va a olvidarse así como así, por lo que ya me lo podéis contar. ¿Seguís
negando haber visto la discusión?
—Probo y Nobilis hablaron con el anciano. —Fue la primera vez que oí
la voz de Birta. Tenía un ordinario acento rural y su actitud distaba mucho
de ser agresiva—. Las cosas se caldearon. Modesto era un idiota y no
dejaba de avasallar. Nuestros muchachos no le hicieron nada. Se marchó y
ya está.
—¿Estáis seguras? —No sé por qué me molesté en preguntarlo. Incluí a
Plotia en la pregunta; ahora estaba callada. Apartó la mirada y supe que no
iba a ayudarme—. ¿Fue con Nobilis y con Probo con quienes discutió
Modesto?
—Ellos no le pusieron la mano encima en ningún momento —repitió
aquella mujer pálida y delgada, como si aquello fuera un cántico religioso y
si decía la palabra equivocada pudiera quedar invalidado algún sacrificio.
—¿Es eso cierto? Entonces me marcharé.
—¡Les contaremos a los chicos que viniste! —Plotia se mofó de mi
esfuerzo malgastado.
—No lo hagáis, por favor. Si hay que hablar de algo, preferiría hacerlo
yo mismo.
Entonces Plotia y yo cruzamos una breve mirada. Era posible que
hubiera establecido un nexo con al menos una de esas mujeres aisladas y
aburridas…, algún vínculo que podría ayudarnos más adelante en nuestra
investigación.
Aunque lo más probable es que ella sólo estuviera pensando que yo era
idiota.
XXI
Regresé caminando por el bosque y encontré a mis compañeros.
—La próxima vez que quieras jugar a policía bueno y policía malo —
me reprochó Petro con suavidad—, pongámonos de acuerdo de antemano,
¿vale? Ya sabes que detesto ser siempre el tipo agradable. ¿Cuándo me
tocará a mí dar los puñetazos?
Le pregunté si había conseguido algo siendo blando con Probo; él me
respondió con un gruñido:
—¡Adivínalo!
—Entonces, lamento no haberle dado más fuerte.
—¡Sí, si te hubiera servido de ayuda para lo que sea que te está
consumiendo! —Él ya sabía de qué se trataba. Petronio era un padre de
familia cariñoso y fiel. Sabía que todavía no había lidiado del todo con mi
dolor y que me sentía culpable por haberme ausentado de casa.
Me dio una palmada en el hombro y echamos a andar los dos juntos.
Los demás nos observaron con cautela y dejaron que Petro hiciera de
enfermero. Le resumí lo que me habían contado las mujeres, aunque no es
que nos hiciera avanzar mucho en el caso.

***
Los demás llevaban unos deshollinadores y registraban el bosque
describiendo círculos amplios en busca de cadáveres. Volvimos a tomar el
sendero y pasamos junto a los tres grupos de chozas. Justino se quedó allí
con Aucto, otro de los vigiles, para registrar las casas de las dos mujeres. El
resto seguimos adelante.
Mientras buscábamos un buen sitio para acampar, porque era imposible
que pudiéramos regresar a Satricum aquella misma noche, nos estábamos
dirigiendo hacia lo que parecía ser una zona de campo más abierto. Justino
y Aucto nos alcanzaron después de un registro también infructuoso de las
chozas. Avanzamos siguiendo la cerca divisoria, alejándonos del lugar en el
que vivían los Claudios. Encontramos un punto en el que la cerca se había
roto y la habían reparado; al otro lado se había colocado un aviso en
nombre de Julio Modesto advirtiendo a los que entraran sin autorización en
su propiedad. A pesar de su implacable lenguaje semilegal, a tan sólo un
trecho de allí nos encontramos otra brecha en la cerca. Un grupo de reses de
aspecto salvaje, y que probablemente pertenecían a los Claudios, se
encontraban en las tierras de Modesto y nos miraron de manera inquisitiva.
Nadie dijo nada, preferimos seguir caminando antes que levantar el
campamento demasiado cerca de aquellas bestias de gran cornamenta.
Disponíamos de una tienda, pero el suelo estaba demasiado húmedo y
esponjoso para que las estaquillas se fijaran bien, de manera que nos
limitamos a tender un toldo desde un costado del carro de Nerón. Cuando
empezó a oscurecer, saqué el ungüento que nos había proporcionado
Helena. En aquella ocasión no hubo rezongos. Los insectos nos molestaban
sin cesar, por lo que metimos los dedos en el tarro y nos untamos bien.
Todos tiramos de las mangas de la túnica y nos envolvimos bien el cuello
con los pañuelos.
Encendimos una hoguera, cosa que quizás ahuyentara a cierta fauna, si
bien aún quedaba mucha. Cenamos casi en silencio, sin ni siquiera discutir
nuestros planes para el día siguiente porque no teníamos ninguno. El croar
de centenares de ranas dio al traste con cualquier posibilidad de dormir.
Después aparecieron también unas reses cuyos chapoteos, resuellos y
resoplidos sonaban tremendos, como ocurre siempre en la oscuridad. Los
vigiles se levantaban de un salto de vez en cuando para espantar a las
bestias. Nos pasamos la noche dando vueltas en el lecho y refunfuñando en
medio de unos accesos de picor atroces.
Al rayar el día la gente se levantó entumecida. Abordamos la tarea de
nuestra higiene básica. Léntulo, que era tímido, se fue solo. Al cabo de poco
nos alertó un grito asustado: las reses de los Claudios lo habían sorprendido
mientras orinaba. Aunque había nacido en el campo, Léntulo no era rival
para esos nerviosos bueyes y vaquillas que, con ojos de loco, galopaban por
ahí intentando acorralarlo contra la valla. Su pierna mala le había impedido
escapar con suficiente rapidez.
—¡Típico de Léntulo! —masculló Justino, y fuimos todos a rescatarlo.
Tardamos un poco. Tuvimos que conducir al ganado hacia el extremo
más alejado de la cerca, trepamos por ella y nos pusimos a salvo fuera de su
alcance. Detrás de nosotros, los animales profirieron unos roncos mugidos
de frustración.
Al regresar al campamento nos encontramos con un desastre. Vimos
enseguida que nuestro buey había desaparecido.
—¿Estaba suelto?
—¡No lo estaba! —Recto se libró de toda culpa enseguida—. Lo tenía
enganchado al carro.
El carro seguía allí, junto con parte de nuestro equipo, aunque estaba
todo desparramado. Las dos mulas de los vigiles, que eran casi
inalcanzables, se encontraban debajo de un árbol, mirándonos.
—¿Cómo podrían conseguir unos extraños que Nerón se fuera con
ellos?
—Con un cubo de comida te lo llevarías trotando sin que soltara ni un
murmullo.
Buscamos por los alrededores siguiendo las huellas de sus patas,
profundas y llenas de agua, pero el rastro se perdía entre los maquis.
Estábamos atascados; a kilómetros de distancia de cualquier parte en un
pantano peligroso habitado por delincuentes de todo tipo, conscientes de
que alguien debía de haber estado vigilándonos… y nos había robado el
buey.
XXII
Continuamos buscando tanto como fue factible. Pasaron varios días más,
pero nos descorazonamos al tener que caminar cargados con todo nuestro
equipo. Todavía conservábamos las mulas, pero, desde que perdimos a
Nerón, Corex y Basilisco tenían una mirada extraña en los ojos, como si
lamentaran no haber salido disparadas; de todos modos, Corex nunca había
sido un jugador de equipo. Tuvimos que dejar el carro abandonado, otra
pérdida sensible para los hermanos Petronio. Nuestra tarea llegó a parecer
vana. No surgió nada que guardara ninguna relación con el escenario de un
crimen. Era inútil buscar cadáveres en aquella zona anegada, agreste y
vacía. Los pantanos eran interminables, horribles, siniestros. Sin una pista
definitiva, podíamos ir agotándonos hasta que las moscas y la enfermedad
terminaran con nosotros y aun así no conseguir nada. Insoportablemente
deprimidos, sometimos el asunto a votación y acordamos abandonar.
Habíamos hecho cuanto habíamos podido. Habíamos hecho más de lo que
nadie se hubiera molestado en hacer. El camino de regreso nos tomó mucho
tiempo y la primera etapa, que nos llevaría de vuelta a Satricum, nos causó
más enojo que otra cosa. Cuando, todavía cargados con nuestras mochilas,
pasamos junto a la choza donde vivía Claudio Probo, éste se rió con ganas.
Culpó del robo del buey a los bandidos que se suponía que habían
colonizado los pantanos. Curiosamente, nosotros no vimos ni rastro de tales
bandidos. Lo que yo me imaginaba era que los Claudios hacía ya años que
habían echado a toda posible competencia de esa zona. Casi todos los
bandidos son unos cobardes que evitan los enfrentamientos serios.
Cuando llegamos a la ruta buena y nos derrumbamos en la posada de
Satricum, el dueño manifestó una gran sorpresa al vernos. Sin embargo,
estaba deseoso de alquilarnos otras monturas y, casualmente, tenía algunos
asnos disponibles; los dos vigiles fueron con él a examinarlos. Petronio se
quedó sentado con una expresión forzada y una mirada fulminante, como si
creyera que el dueño de la posada era responsable de la pérdida de Nerón.
Justino, el hermano de Helena, entró a hablar con la camarera, Januaria;
ni Petro ni yo estábamos de humor para eso. Regresó con gesto
meditabundo.
—Me estaba hablando de los forasteros…, supongo que con esto
incluyen a cualquiera que no consideren de aquí. Hay algunos que toman un
camino que cruza los pantanos y no vuelven; bueno, no por este camino.
—¡Eso es porque les habrán robado el transporte! —gruñó Petro.
Quinto y yo cruzamos una mirada. Si la chica le había hecho pensar que
lo que le contó era importante, yo confiaba en él.
Petronio seguía resistiéndose.
—Si te diriges al sur es porque vas al sur. Cuando llegas allí, estás
donde quieres estar. O sea, que estás allí. En el sur.
—¡Lógico! —exclamé—. ¡Para los simplones! —yo también estaba
irascible.
Mi amigo siguió despotricando:
—De ello se deduce que el posadero miserable que hay al norte no
vuelve a verte más. Y a mí tampoco me volverán a ver el pelo en cuanto
consiga regresar a Roma. —Petro tomó un trago de vino de su taza,
escupió, la dejó con fuerza en la mesa asqueado y salió de allí a grandes
zancadas, gritándonos a todos que nos pusiéramos en marcha. Ya se había
hartado del campo. Regresaba a casa.

***
Petronio Longo y Petronio Recto nos volvieron locos a todos
intercambiando despropósitos sobre el valor de su buey robado y el carro
abandonado. Al menos, se terminó cuando Recto se despidió al llegar a la
Vía Apia. Regresaba a su granja de los montes Lepinos.
—¡También era mi buey, diantre! —gritó Lucio Petronio, mientras su
hermano se marchaba.
Yo ya sabía por qué estaba tan furioso. El robo lo puso de manifiesto. Se
esperaba otro tirón de orejas por parte de los primos que compartían la
propiedad de Nerón. Seguro que insinuarían que un oficial de los vigiles de
Roma debería ser capaz de prestar atención a su animal de tiro, sobre todo
cuando se encontraba estancado en medio de unos pantanos que eran
famosos por actividades delictivas.
—El chiflado de mi hermano estaba a cargo de él… ¡Tendría que
haberlo visto venir!

***
El recibimiento en casa fue discreto. Helena me olfateó para asegurarse
de que había utilizado el ungüento contra los insectos. Yo, que siempre era
un esposo considerado, había tenido la precaución de aplicarme un poco
más justo antes de hacer girar la llave de la puerta. Helena estaba todavía
apagada. En otro momento nos hubiéramos ido corriendo a la cama, pero
con la muerte del bebé tan reciente eso no pasaría.
Estuve rondando por casa para echarle un vistazo. Las cosas parecían
estar perfectamente controladas. Helena dirigía a un buen personal
doméstico y se había criado en casa de un senador, llena de empleados.
Estaba poniendo a prueba a los esclavos de mi padre por tandas. Yo nunca
había sido capaz de comprarlos buenos porque el proceso me resultaba muy
incómodo, pero aquéllos parecían saber qué se esperaba de ellos.
—Di con cuáles te quieres quedar y ya está —dije cuando hablábamos
de los esclavos para no discutir temas más dolorosos. Cansado como estaba,
se me escapó una carcajada—. ¡No puedo creer que haya dicho eso!
—Lo único que tienes que decidir —repuso Helena con sequedad— es
si tienes intención de seguir con la vida frugal de siempre o si debo
planificar despilfarro doméstico y vida social para fanfarronear. Nos hace
falta más estilo. Cambié las tazas de cerámica del desayuno… Cayo
encontró unas flagrantes copas doradas en el almacén que creo que pueden
pasar como vasos de agua matutinos, aunque no servirán cuando
agasajemos a cónsules y magnates del comercio internacional.
—Bueno, todo eso lo dejo en tus manos, cariño. No escatimes; encarga
unas nuevas del diseñador que esté más de moda.
Helena siguió la broma.
—Me alegro de que digas eso. He encontrado a un artista del vidrio de
lo más divino. Creo que es importante, Marco, que nuestras hijas crezcan
conociendo las mejores cosas de la vida…, aun cuando no tarden en
romperlas…
Nos cansamos de jugar. Me dejé caer en un diván y Helena se arrodilló
para ayudarme con las botas. Iba vestida con sencillez, con una túnica
blanca y larga para estar por casa y el cabello trenzado, enroscado formando
un círculo y sujeto con una larga horquilla de hueso. Yo ya sabía que mi
verdadera riqueza radicaba en el amor que irradiaban sus ojos.

***
Albia seguía deprimida; había dejado de lanzar botellas de perfume
contra la pared, pero le había dado por desaparecer de casa durante largos
ratos. Quizá fuera a pasear junto al río, vagando como un duende del agua
castigado por algún dios sin corazón. Helena sospechaba que, cuando al fin
volvía a casa, escribía largos poemas trágicos.
—Me siento culpable, Marco; yo le proporcioné educación. ¿Acaso va a
ser éste el patrimonio del Imperio: poner a los bárbaros en desventaja social
pero proporcionándoles los medios para que se quejen?
—¿Ha habido alguna otra visita de Eliano que enardeciera las cosas?
—No; está ocupado. Padre decidió que, ahora que tanto Aulo como
Quinto están casados, es el momento decisivo para que sean candidatos al
Senado. —Lo que me faltaba: una campaña electoral. Helena también
torció el gesto—. Mencioné que a ti te resultaría inconveniente, justo ahora
que estás ocupado con la herencia y los necesitas para que te ayuden en tu
caso. Pero papá les está dando una última oportunidad para que se
conviertan en hombres respetables; espera inducir a Minas de Karystos para
que contribuya económicamente.
—¡Me parece que conocemos demasiado bien a Minas como para
confiar en ello! —me mofé.
—Sí, a Aulo le resulta tan útil como suegro como lo fue de profesor. Me
imagino que se te ha ocurrido pensar —murmuró Helena con cautela— que
ahora eres el siguiente al que darán la lata pidiéndole dinero, Marco.
—¿Cómo dices? Todo el mundo ha supuesto siempre que era yo quien
quería que tu padre pagara mis deudas. ¿Cómo puede ser que ahora el
senador espere gorronearme a mí?
—Creo que podría intentar hablar contigo —admitió Helena con una
sonrisa.
Gracias, Gémino. Ahora era un advenedizo de clase media nacido
plebeyo que tenía que jugar a ser el banquero de sus parientes aristócratas.
—¿Provocaría una crisis familiar si le digo que se pierda?
—No por mi parte —contestó Helena—. Ninguno de mis ridículos
hermanos es digno de gobernar un campo de alubias; no digamos ya el
Imperio.
—Entonces entrarán en el Senado como Petronio por su casa. Quizá
debería realizar una inversión y luego exigirles favores políticos, ¿no? Si un
puñado de ex esclavos que viven en extensiones de huevos de rana pueden
tener amigos en las altas esferas, ¿por qué yo no?
—Tú no necesitas favores de nadie, Marco.

***
Me mantuve ocupado unos cuantos días. En el Aventino la vida seguía
su curso habitual, aunque su tribuno había regresado, de modo que Petronio
Longo tenía demasiado trabajo en el cuartel. Tonificado por el aire de mar
de Positano, Rubela empezó a hacer comentarios maliciosos porque Petro
no dejaba de hacer escapadas al foro Boario, el mercado de ganado a orillas
del río, para inspeccionar todos los animales que llegaran.
—Por si acaso aparece Nerón.
—Nerón ya hace mucho que desapareció —dije con brusquedad, por lo
cual recibí toda una bocanada de palabras malsonantes.
Estupendo. Le dije al desconsiderado de Petronio que tenía muchas
cosas que hacer en la Saepta Julia. Así pues, me sumergí en mis propios
asuntos. No nos habíamos enemistado, sólo teníamos una de esas peleas que
mantienen fresca una buena amistad.
Una vez libre de mi presencia restrictiva, Petronio Longo escribió con
tiza un aviso de «desaparecido» en el Foro. Daba las características
identificativas: respondía al nombre de Mancha, iba a mano izquierda
cuando lo emparejabas en un yugo, era de color pardo, tenía cuatro patas,
rabo y bizqueaba del ojo izquierdo. Petro incluso dibujó un retrato. La
representación que hizo del perpetuo hilo de baba de Nerón tenía una
sensibilidad especial, en mi opinión. Vi a dos funcionarios del granero
público que casi se mean de risa viendo la ilustración, pero se lo tomaron
más en serio cuando vieron la cuantía de la recompensa que ofrecía mi
tozudo amigo.
Se le presentaron muchos cuatreros con animales sarnosos, bueyes que
se habían «encontrado» vagando, pero ninguno era el suyo.

***
El día que vi el aviso estaba en el Foro para reunirme con mi banquero,
Notócleptes, ese contable chanchullero y taciturno. Sus dedos podían
manejar el ábaco como nadie. Pretendía alquilarme una caja de caudales
mayor (por la que pagaría una cuota más elevada), pero yo tuve que
explicarle que mi repentina adquisición de grandes sumas no era el
resultado de préstamos ilegales ni de estafas a viejas viudas cotorras.
Notócleptes se convenció enseguida de que yo era un tipo legal; con un
excelente dominio de la nomenclatura romana, dejó de referirse a mí como
a «Falco, insolvente descarado» y, con mucha labia, ahora me llamaba
«Marco Didio, mi querido y respetado cliente». Afirmó que él siempre
había sabido que me irían bien las cosas, aunque yo no tenía ningún
recuerdo de este pronóstico astrológico en los largos y aciagos períodos en
los que le suplicaba crédito.
Todavía tenía que acostumbrarme a mi nueva situación. Admito que me
sorprendí cuando Notócleptes me ofreció asiento frente a una mesa pequeña
de patas de bronce y envió a un muchacho a que me comprara un pastelillo
de crema. Estaba pasado y no tenía suficiente nuez moscada por encima,
pero me di cuenta de que mi buena fortuna económica debía de haber
cambiado oficialmente. ¡Gracias otra vez, papá!

***
Con la serenidad que me había proporcionado la crema, aunque con una
leve indigestión, subí al Aventino para hacerle una visita a mi madre. Estaba
fuera, arreglando el mundo, de modo que pasé por la casa cercana en la que
entonces vivían Petro y Maya. Mi hermana me dijo que Petro estaba
durmiendo. Entonces me condujo a un diván que tenían en la terraza y me
obligó a comer un plato de almendras saladas. Empecé a entender por qué
los hombres ricos eran también hombres de gran circunferencia.
—Lucio ha regresado del Lacio de un humor pésimo y no puede ser
sólo por haber perdido ese ridículo buey. ¡Tú eres el culpable, Marco! —
Maya me toleraba más que mis otras hermanas, pero seguía la tendencia
filial. La primera esposa de Petro, Arria Silvia, siempre me consideró una
mala influencia. Y eso incluso cuando, según mi versión, nuestras peores
aventuras siempre habían sido idea de mi amigo.
—¡Yo no hice nada! —¿Por qué las discusiones con la familia
consiguen que parezca un niño agresivo de cinco años?
—¡Supongo que es lo mismo que dijeron toda esa gentuza que vive en
los pantanos! Lucio no dice ni pío, pero sé que no conseguisteis nada.
Tendrás que esforzarte más —me instó Maya. Era simpática, cuando no se
mostraba brusca, irritable, criticona y poco razonable. Aquél era su lado
bueno; su lado salvaje daba miedo—. Haz que avance el caso, ¿quieres?
—Es su caso.
—Y él es responsabilidad tuya.
—No, tiene treinta y seis años y es un agente asalariado. Además, ni
siquiera era responsabilidad mía cuando éramos unos jóvenes soldados que
nos abríamos paso por Britania bebiendo, en tanto que las tribus se
alborotaban a nuestro alrededor.
—No hay quien viva con él cuando está tan gruñón —insistió Maya—.
Se supone que tú eres el investigador, así que deja de gandulear y empieza a
hacer de detective.
Le prometí que lo haría, pero bajé hacia mi casa. Helena estaba un poco
más receptiva…, aunque sólo fuera porque creía que su papel era mostrarse
siempre más racional que mis familiares del sexo femenino. Según Helena,
el hecho de frustrarlas con su serenidad inocente formaba parte de la noble
tradición de Cornelia, madre de los Oraros y heroína de toda matrona
sensata.
—Espero que no irás a echarme a la calle con cajas destempladas, ¿eh,
querida?
—Por supuesto que no. —Helena hizo una pausa—. ¡Aunque me
sorprende muchísimo, Marco, que no hayas intentado encontrar a esos
Claudios que trabajan en Roma o de averiguar adónde se marchó Claudio
Nobilis!

***
Sé reconocer cuándo me derrotan. Salí de casa arrastrándome como una
babosa a la que hubieran atravesado hasta la mitad con una pica.
No pensaba permitir que me mangonearan. Mi padre, que sabía muy
bien cómo llevar una vida masculina que valiera la pena, me había legado
una cosa más valiosa que su precio de mercado: ahora era dueño de su
refugio. Con toda la despreocupación posible, me encaminé a la Saepta
Julia.
Tan próspero era entonces que hasta tenía dos refugios. Todavía pagaba
el alquiler de un cuchitril que Anácrites y yo arrendamos en una ocasión, en
la época en la que trabajábamos en el tema de los impuestos. Le tenía afecto
al lugar que me había proporcionado mi rango medio. En aquellos
momentos lo estaba utilizando para realizar todo el papeleo de la herencia,
de modo que estaba lleno de rollos y de lastimosas peticiones dirigidas a los
empleados del fisco solicitando tiempo para pagar. No necesitaba más
tiempo, pero aquel día Notócleptes había insistido en la necesidad de
retrasar las facturas para que así él pudiera invertir el capital en perspectivas
seguras a corto plazo.
—Cuanto más dinero tienes, más puedes conseguir, joven Falco. Lo
comprendes, ¿no? —Lo que sí comprendía era que, cuanto más tuviera, más
podría embolsarse mi banquero—. Sólo pagan con prontitud los indigentes,
por miedo a que más adelante no tengan dinero.
Le había dicho a Notócleptes que tendría que acostumbrarme a este
principio…, pero que aprendía rápido.
Tomé asiento en el cuchitril y estuve pensando hasta que me pudo el
aburrimiento. Entonces me fui a pasear tranquilamente por la galería
superior de la Saepta, disfrutando del animado bullicio que reinaba tanto en
aquel piso de arriba como abajo, tal como solía hacer mi padre. Entendí por
qué le encantaba aquel lugar. Nunca había ni un instante de aburrimiento,
los gordos joyeros y los orfebres paranoicos andaban pavoneándose por allí
tratando de embaucar a clientes en potencia, en tanto que los rateros seguían
a los clientes y los guardias se planteaban distraídamente si enfrentarse o no
a los rateros. Se oían los gritos constantes de los vendedores de comida que
recorrían el edificio con fuentes gigantescas o cargados con vasijas de
bebida a modo de guirnaldas. El aroma de la carne a la parrilla y de las
tortas de picadillo con sebo competía con el tufo a ajo y el hedor de la
pomada. De vez en cuando, algún individuo de renombre (o un don nadie
que creía serlo) se abría paso a la fuerza por entre el gentío acompañado de
una recua de esclavos arrogantes con librea y seguido de secretarios
sudorosos y abanicadores explotados. Los desdeñosos vecinos de la zona se
negaban a recibir empujones, lo cual desembocaba en escandalosos
rifirrafes.
Disfruté contemplando la furia de la galería y a continuación pasé por
encima de un vagabundo y entré en la oficina. Mi sobrino Cayo, el segundo
hijo de Gala, estaba allí holgazaneando. Me miró atentamente.
—No es necesario que malgastes tu tiempo aquí, tío Marco. ¿Por qué no
me das un par de miles a la semana y llevaré esto por ti?
El muchacho se encontraba en algún punto indefinido de sus últimos
años de adolescencia, era lo bastante mayor como para resultar útil pero no
lo suficiente como para poder confiar en él. Tenía el mismo aspecto que un
bárbaro tatuado, aunque con úlceras infectadas allí donde debiera estar el
añil. En el fondo, era un cielo de persona; a veces recurríamos a él para que
cuidara de nuestras hijas.
—Gracias por tu amable oferta, Cayo. No necesito ayuda. Lo que
hemos hecho es exponer los cacharros desportillados junto a la puerta y los
idiotas entran corriendo para pagar enormes sumas por ellos.
Cayo se dejó caer en un trono de piedra, su tumbona favorita en la que
se repantingaba como si fuera un potentado. Estaba bebiendo de la jarra de
tinto de la Campania de mi padre, el que supuestamente se guardaba para
celebrar grandes ganancias en las subastas o para mitigar el dolor de las
pérdidas. Me señaló una taza muy alegre que me aconsejaba que bebiera
entonces porque podría morir al día siguiente; mientras me servía un
traguito, Cayo me advirtió en tono serio:
—Tendrás que añadir un buen chorro de agua a eso, tío Marco. Quizá
sea demasiado fuerte para ti.
—¿Tú lo bebes solo?
—Sí, pero yo estoy acostumbrado —repuso Cayo con una sonrisa. Su
fresco descaro le venía directamente de mi disoluto hermano Festo, de mi
padre y de una larga ascendencia de Didios. No intenté reprochárselo. Igual
que Lucio Petronio, yo tenía treinta y seis años y ya había aprendido cuándo
era inútil discutir.
Hablamos de una subasta que había tenido lugar durante mi ausencia y
Cayo mostró un sentido común sorprendente.
—Las cosas están mejorando de nuevo, de eso no hay duda. Al
principio, la gente no se acercaba porque pensaban que nada volvería a ser
lo mismo sin el abuelo, pero poco a poco los clientes están volviendo.
—Se están dando cuenta de que eres capaz. Puede que uno o dos
incluso hayan oído hablar bien de mí.
—¡No cuentes con ello, tío Marco! Una vez más, no pudimos mover esa
urna para dos manos con el centauro luchando, pero lleva por aquí más de
un año; la decoración es una porquería y la gente ya está harta del tema. La
próxima vez voy a organizar a falsos postores. A ver si así podemos suscitar
un poco de interés.
—Lo cierto es que Gémino no quería vender esa vasija —le dije—.
Después de llevar tanto tiempo aquí, acabó tomándole cariño.
El joven Cayo meneó la cabeza como un sabio griego.
—¡En este negocio no caben sentimentalismos! —repuso. Y entonces,
para mi sorpresa, me preguntó tímidamente si Helena y yo estábamos
superando lo del bebé y me felicitó por cómo había llevado el funeral de mi
padre y el banquete conmemorativo.
Como ya había terminado con los negocios, llamé a un vendedor
ambulante que pasaba por allí, compré una torta de pan ácimo rellena de
garbanzos para Cayo y lo dejé con ella.
Eché a andar tranquilamente hacia el centro de la ciudad y pasé junto al
Teatro de Balbo y el Pórtico de Octavia como si no tuviera una idea clara de
adónde me dirigía. Sin embargo, lo tenía decidido. Doblé dejando atrás el
río y luego subí al Palatino por el Clivus Victoriae. Conseguí que me
dejaran entrar porque les dije a los guardias que tenía que ver a Claudio
Laeta. Pero en realidad a quien iba a ver era a Momo.
XXIII
—¡Hombre, Falco! ¡Torpe cabrón, furtivo y traicionero! ¡Parece que ha
pasado un siglo desde la última vez que mis ojos se posaran en la fea raja de
tu culo! —Momo era el elemento distinguido del Palatino.
Estaba arrellanado en un banco como si fuera un gran pegote de
anémona de mar, de una que se hubiese abandonado. Hasta los piojos que
tenía en la cabeza eran de baja estofa. Tenía un cucurucho de frutos secos al
lado, pero su excesivo letargo le impedía metérselos en la boca y masticar.
Si poseyera el refinamiento suficiente como para querer ejercer su derecho
a los tres nombres, su cognombre sería «Sopor».
Como estaba pensando en los libertos imperiales en relación con el
caso, le pregunté qué nombre de familia utilizaba él. Momo me respondió
con un amplio encogimiento de hombros, asombrado de que alguien le
hiciera semejante pregunta. Era una persona tan informal que no se había
molestado en conocer su apellido.
—¿Quién ocupaba el trono cuando te dieron el gorro de liberto?
—Algún inútil pervertido.
—Debía de ser Nerón.
—Probablemente fuera el Divino Claudio. —Momo hizo que ese
«Divino» sonara a obscenidad, cosa que en el caso de ese viejo zoquete de
Claudio solía serlo.
Me apoyé en la pared, tan alejado de su olor corporal como me fue
posible sin llegar al extremo de refugiarme en el pasillo. No había donde
sentarse. La mayoría de los que iban a ver a Momo eran esclavos a los que
trataba de un modo brutal. No les ofrecía siquiera un taburete para darles
palizas y sodomizarlos. Tal vez su rango era de los más bajos que se podían
tener como agente de palacio, pero aun así se hallaba a un nivel por encima
de ellos, de modo que ocupaba el tradicional asiento de poder en tanto que
ellos se encogían en la posición que él hubiera elegido y aguardaban su
castigo.
—Entonces, ¿fuiste contemporáneo de una panda detestable de libertos
imperiales llamados los Claudios? Casi todos viven en los pantanos
Pontinos, aunque me han dicho que tienen contacto con Roma.
Momo estuvo un buen rato frotándose los ojos legañosos y luego,
sorprendentemente, dijo que no.
—Creía que eras famoso por conocer a todos los esclavos de la casa —
comenté en voz baja.
Él hizo una mueca. No tenía intención de ayudarme. No era lo habitual.
Nuestro odio hacia Anácrites y nuestra desconfianza en Laeta solía
convertirnos en aliados.
—Alguien los conoce —afirmé—. Se rumorea que ese «alguien» los
protege.
—No soy yo, Falco.
—¡No, nunca me pareció que fueras de los que hacen de patrono!
El mero hecho de hablar con Momo siempre me provocaba la sensación
de haber defraudado mis principios morales. Soy un informante, pero aun
así tengo algunos.
Momo se rió, pero la acogida de mi broma no sirvió para romper el
hielo.
—La mitad de las ciudades del Lacio están cagadas de miedo de
ofender a esos energúmenos —le dije—. ¿Y tú afirmas no conocerlos? No
me dejas más alternativa, viejo amigo, que suponer que tú también debes de
estar cagado de miedo por ese «alguien» que los protege.
Momo no movió ni un solo músculo.

***
Solté aire lentamente, como si estuviera impresionado por la magnitud
del problema. Me resultó fácil. Estaba verdaderamente atónito. A Momo le
gustaba ser franco. Su silencio no formaba parte de su postura rutinaria de
anémona de mar. De haber tenido tentáculos, hubiera dejado de agitarlos en
cuanto mencioné a los Claudios. Momo se estaba tomando muchas
molestias para no mostrar reacción alguna, pero su piel roñosa adquirió un
brillo extraordinario. Podía haberle secado la cara grasienta y sudorosa y
con el mismo trapo engrasar luego un eje de carro.
—No te metas en esto, Falco. Eres demasiado joven y dulce —gruñó al
fin.
Estaba siendo irónico, pero la advertencia tenía un dejo de preocupación
genuina. Le di las gracias por avisarme y me fui a ver a Laeta.
Sabía que estaría allí. En primer lugar, disfrutaba fingiendo que su carga
de trabajo era terrible y, en segundo lugar, él era realmente el chupatintas
más importante de los departamentos imperiales. Lo más seguro era que, en
aquella época de verano, sus tres amos, Vespasiano y sus dos hijos,
estuvieran descansando en alguna villa de la familia, quizás en los montes
Sabinos de donde provenían. Cuando eso ocurría, dejaban a Claudio Laeta
en el Palatino para que dirigiera el Imperio sin problemas. Eran pocos los
que caían en la cuenta de que el poder se hallaba temporalmente en sus
manos.
Como detalle informal hacia el hecho de que ya pasaba del horario
laboral, Laeta tenía a un cantante que entonaba una epoda. El músico ponía
mucho énfasis en los trímetros y dímetros yámbicos de una pieza larga,
lenta y lúgubre que utilizaba el estilo que los aficionados llaman arcaísmo
afectado. Era una música a cuyo son no podías bailar, que no te arrullaba
hasta que te dormías, que no te levantaba el ánimo ni alentaba a una mujer
de bello rostro a acostarse contigo. Laeta tenía un dedo apoyado en el
entrecejo para indicar un deleite subconsciente. Me pregunté por qué los
hombres que escuchan semejante tortura siempre se creen tan superiores.
La endecha doria fue decayendo. Laeta había hecho un gesto apenas
perceptible y el cantante lo dejó. El hecho de que se marchara
voluntariamente lo salvó de tener que sacarlo a rastras hasta la calle y atarlo
con las pulseras con borlas que llevaba a un carro que fuera muy deprisa.
—Me alegra que me visites, Falco. —Siempre empezábamos con mal
pie.
Laeta me contó entonces que Anácrites había regresado de la misión en
la que el emperador lo había soltado para que la echara a perder, fuera cual
fuera. En lugar de esperarse a recibir más órdenes, el jefe de los Servicios
Secretos había asumido la responsabilidad de investigar el caso de Modesto.
—Ya he informado a Marco Rubela que puede abandonar la
investigación —dijo Laeta, sin apenas levantar la vista de los documentos
que llenaban su mesa.
—¡Es escandaloso!
—No hay nada que hacer, Falco.
—¿Tú crees que Anácrites está capacitado para esto? —quise saber.
—Por supuesto que no.
En aquel momento Laeta sí que alzó la vista y me miró a los ojos. Los
suyos eran claros, con una mirada cínica que indicaba la imposibilidad de
que las protestas lo convencieran.
—Considérate afortunado, Falco. Díselo también a tu amigo de los
vigiles. Este caso podría ponerse muy feo antes de que acabe. El espía cree
que quiere el trabajo y eso no es más que uno de sus típicos juicios
equivocados…, pero dejemos que siga adelante y meta la pata. Podemos
quedarnos todos mirando cómo a Anácrites le baja una asquerosa y negra
tinta de calamar por una de esas túnicas de color cebada que se empeña en
llevar.
Laeta siempre vestía de blanco. Clásico. Caro y aristocrático.
Incorruptible por implicación…, aunque yo siempre había supuesto que era
muy corrupto, desde luego.

***
—¿Qué está pasando, Laeta? —susurré.
Él dejó la pluma y apoyó la barbilla en las manos.
—Nada, Falco.
Me crucé de brazos.
—He aprendido a identificar las mentiras oficiales. Puedes decirme la
verdad. Cuento con la confianza del emperador. Creía que tú y yo
trabajábamos siguiendo las mismas órdenes.
—Estoy seguro de que lo hacemos. —Claudio Laeta me dirigió la
mirada que utilizan algunos burócratas. No negó un encubrimiento y
parecía dar por sentado que yo sabía lo mismo que él. Me pareció percibir
desagrado hacia el juego al que Anácrites estuviera jugando.
—Pensaba que se trataba de una investigación confidencial. ¿Cómo
llegó a enterarse Anácrites?
—Tu amiguete Petronio presentó una solicitud para un carro y un buey
de sustitución. Uno de los auditores recorrió el pasillo y se lo mencionó al
espía.
—¡Oh, no! ¿Y de qué sirvió eso?, me pregunto yo. Entiendo que el
Tesoro ponga objeciones, pero los arbitradores son perfectamente capaces
de denegar el gasto sin mezclar a Anácrites en el asunto. No tiene nada que
ver con él.
Por una vez, Laeta se permitió ser grosero al referirse a otro
funcionario:
—Ya sabes cómo trabaja. Pasa casi todo el tiempo espiando a sus
colegas en lugar de a los enemigos del Estado.
—¿Puedo pedirle explicaciones al respecto? —pregunté.
—No te lo aconsejo.
—¿Por qué?
Laeta me dirigió una mirada penetrante y extrañamente comprensiva.
—Acepta el consejo de un amigo. Anácrites siempre es peligroso. Si de
verdad cree que quiere este trabajo, mantente al margen.
—Ése no es mi estilo.
Laeta se reclinó en su asiento con las palmas de las manos apoyadas en
el borde de la mesa.
—Ya lo sé, Falco. Es por eso por lo que me estoy tomando la molestia,
por respeto hacia tus cualidades, de decirte que no te metas más en esto.
Le di las gracias por su preocupación, aunque no lo entendía. Entonces
abandoné su despacho preguntándome qué era exactamente lo que el jefe de
los Servicios Secretos podría encontrar fascinante en el hecho de que un
atajo de agresivas ranas de los pantanos mataran a un vecino durante una
disputa sobre una cerca divisoria.
Tal vez Laeta se hubiese dado cuenta de que mi estilo era recorrer el
pasillo hasta el despacho de Anácrites con la intención de preguntárselo.
***
Una vez más, se había ausentado.
En aquella ocasión estaban allí dos de sus hombres comiéndose unas
tortas de pan enrolladas. Ya los había visto con anterioridad. Me daba la
impresión de que eran hermanos y, sin tener ningún motivo lógico para
hacerlo, los había identificado como melitenses. El pasado mes de
diciembre Anácrites había tenido a esos dos idiotas vigilando mi casa. Yo
estaba cuidando temporalmente de un prisionero de Estado y él, con su
particular estilo fastidioso, intentó entrometerse. Fue tal como lo cuento, en
serio. Si él pensara que en palacio se estaban fijando en mí, ya no podría
dejarme tranquilo nunca más.
Los ayudantes habían tomado la habitación de Anácrites como si fuera
su base, un lugar en el que les estaba permitido cenar antes de que los
mandaran a su siguiente misión. De hecho, uno de ellos ocupaba el asiento
que solía ocupar él. Incluso los espías tenían que comer. Esto incluía a los
desafortunados que contrataba Anácrites. El exceso de confianza era
problema suyo.
Cuando me asomé, esos dos se irguieron ligeramente y mudaron sus
semblantes de aspecto extranjero para parecer serviciales, aunque ninguno
de los dos se molestó en preguntarme qué quería. Hicieron unos vagos
intentos de ocultar sus empanadillas vegetales hasta que se dieron cuenta de
que me importaba un comino.
—¿Ha salido?
Asintieron con la cabeza. Uno de ellos alzó su pan unos cinco
centímetros a modo de afirmación. No pregunté adónde había ido, de modo
que no fue necesario que me lo dijeran. Ellos ya sabían quién era yo. Me
pregunté si suponían por qué quería hablar con Anácrites.
Era un hombre obsesivamente reservado, demasiado hermético para ser
un buen comandante. Lo más probable era que sus hombres no tuvieran ni
idea de lo que se traía entre manos. Era el problema que tenía: la mitad del
tiempo ni él mismo sabía lo que estaba haciendo.
XXIV
No sé por qué razón, cuando abandoné el palacio la noche me pareció llena
de amenazas y de infelicidad. Roma tenía su lado sórdido. Aquella noche
tenía la impresión de ser más consciente de ello. Percibí aullidos y tristes
llantos, tanto cercanos como distantes; un mal olor parecía inundarlo todo,
como si durante mi estancia en palacio hubiera ocurrido algún desastre
grave con el alcantarillado. La oscuridad insinuaba zonas más deprimentes
y creaba charcas de peligro allí donde debería haber calles. Los
monumentos que se alzaban en medio de unas cuantas luces parecían fríos y
hostiles en vez de familiares.
No obstante, en casa había paz. Las niñas estaban en la cama, quizás
incluso estuvieran dormidas. Albia estaba en su habitación, conspirando
contra Eliano. La luz de las lámparas era tenue, había comida y bebida en
una mesa lateral, una Nux soñolienta meneó el rabo al verme aparecer y
retomó de inmediato sus ronquidos, sumida en sus plácidos sueños caninos.
Me senté de lado en un diván de lectura con una copa de vino en una
mano de la que ni siquiera había empezado a beber. Helena se acurrucó a mi
lado. Desprendía un agradable aroma tras pasar por los baños y se había
puesto un viejo y cómodo vestido rojo, llevaba el cabello suelto y ninguna
joya. Se colocó una manta fina sobre los pies descalzos para estar más
confortable y meneó los dedos de los pies. Yo busqué indicios de que su
pena por el bebé perdido se estuviera aliviando; ella permitió mi escrutinio,
aunque lo hizo con los labios apretados, como preparada para estallar en
cuanto yo formulara la pregunta equivocada. Pero entonces me tomó la
mano; estaba evaluando mis progresos en la vuelta a la normalidad, de la
misma manera en que yo aquilataba los suyos. Yo también oculté mis
sentimientos mientras con el pulgar acariciaba el anillo de plata que Helena
llevaba en el dedo corazón.
En cuanto ambos nos relajamos, le expliqué que en palacio me estaban
haciendo ir de un lado a otro. Teníamos la costumbre de compartir las
novedades, siempre había sido así. Le conté lo que Laeta y Momo habían
dicho y al principio Helena se limitó a escuchar. Cuando me quedé sin
detalles y tomé unos lentos sorbos de vino, dijo lo que pensaba:
—Anácrites se ha incautado del trabajo porque tiene celos de ti, te tiene
una envidia perpetua…, y de tu amistad con Petronio. Cree que tu vida es
mejor que la suya. Teme que lo empujes a un lado y te ganes la gracia del
emperador. Quiere lo que tú tienes.
—No lo entiendo. —Dejé la copa de vino; Helena alargó la mano para
cogerla, bebió un poco con aire pensativo y la volvió a dejar en su sitio.
Esbocé una sonrisa pero seguí hablando—. Él cuenta con posición social,
querida, y por lo que he oído decir tiene también dinero. Sabe Júpiter cómo
llegó hasta allí, pero es la persona más preeminente en el departamento de
inteligencia. Ni siquiera esa temporada que estuvo fuera de servicio por la
herida de la cabeza pareció afectar su posición en ningún momento. Su
carrera profesional es segura, recibe un salario y tiene derecho a pensión,
una situación muy parecida a la de Vespasiano y Tito… Mientras que yo
soy sólo un atribulado trabajador por cuenta propia.
—Lo que envidia es tu libertad. —Helena no coincidía conmigo—.
Puede que sea por eso por lo que intenta sabotear tus casos. Es consciente
de tu talento, detesta que puedas aceptar o rechazar un trabajo. Y por
encima de todo, Marco, está deseando que seas su amigo. Le encantó
trabajar contigo en el Censo… —Me volvió loco con eso—. Pero es como
un hermano menor enojado que no hace más que dar saltos para llamar tu
atención. —Helena tenía dos hermanos menores—. Ya os ha hecho lo
mismo a Petro y a ti en otras ocasiones. Así pues, trátalo como a un
hermano pesado; limítate a hacerle caso omiso.
Seguí con el símil.
—¡No quiero que a esa desagradable y pequeña amenaza le dé un
arrebato y me rompa los juguetes!
—Bueno, pues entonces, guárdalos en un estante bien alto, Marco.
***
Era tarde. Estábamos cansados pero no exhaustos y aún no teníamos
ganas de subir a acostarnos. Aquél era un momento de paz poco común en
una familia. Permanecimos cogidos de la mano, saboreando la situación,
restableciendo nuestra sólida vida en común tras un período de disgustos y
ausencia. Helena me acarició la mejilla con la mano que tenía libre; yo me
incliné y le di un beso suave en la muñeca. Éramos un hombre y su esposa
en la intimidad de su hogar, disfrutando el uno de la presencia del otro. No
estaba ocurriendo nada verdaderamente íntimo (o al menos todavía), pero lo
que menos nos apetecía era que nos interrumpieran. De modo que fue
precisamente entonces cuando se presentó ese cabrón, por supuesto.
Me refiero a Anácrites.

***
Percibí unos sofocados ruidos provenientes del piso de abajo; no
parecían urgentes, por lo que no había motivo para involucrarnos. Entonces,
un esclavo que no recordaba poseer llamó a la puerta y entró. Esto era lo
que implicaba ser rico: en mi casa vivían unos completos desconocidos que
sabían quién era yo y que se dirigían a mí humildemente como a su amo.
—¿Quieres recibir a una visita, señor?
La visita debía de tener ciertas sospechas sobre cuál sería mi respuesta.
Siguió al muchacho, lo apartó de un empujón con grosería y entró.
—Os pido disculpas por venir tan tarde… Acabo de enterarme de lo de
tu padre, Marco. ¡Vine de inmediato!
Helena murmuró «gracias» dirigiéndose al joven esclavo para que
supiera que éramos conscientes de que él no tenía la culpa y éste se marchó
con discreción. Nosotros permanecimos tal y como estábamos el tiempo
suficiente para que cualquiera menos insensible que el espía se diera cuenta
de que molestaba. Probablemente había venido desde su despacho; incluso
miró a su alrededor como si esperara encontrarse una fuente con chucherías.
Decepcionar a un invitado iba contra nuestra idea de la hospitalidad, pero
nos negamos estoicamente a ofrecerle un refrigerio.
Me puse de pie sin disimular un suspiro. Fue un error, porque permitió
que Anácrites se acercara de un brinco y me tomara de las manos. Me
entraron ganas de retirar bruscamente las zarpas, colocarlas en torno a su
bien rasurado cuello y estrangularlo, pero estábamos pisando una bonita
alfombra de trapo y no quería profanarla con su cadáver.
—¡Ay, Marco, lamento muchísimo tu pérdida! —Me soltó y se volvió
hacia Helena, quien se había quedado en el diván fuera de su alcance—.
¿Qué tal está el pobre? —su voz plañidera expresó compasión.
Helena suspiró con abatimiento y repuso:
—Va tirando. El dinero ayuda.
Anácrites tardó un segundo en comprenderlo.
—¡Vaya par de dos! Sois capaces de bromear sobre cualquier cosa.
—Humor negro —le aseguré, al tiempo que volvía a ocupar mi sitio al
lado de Helena—. Una mueca directa a las Parcas, para ocultar nuestro
desconsuelo.
Anácrites tomó asiento frente a nosotros pese a que no le habíamos
invitado a hacerlo. Se inclinó hacia delante, con los codos apoyados en las
rodillas. Siguió dirigiéndose a mí con esa insoportable circunspección que
la gente vierte sobre los familiares de los difuntos como si fuera salsa dulce.
—Me temo que nunca conocí de verdad a tu padre.
—Se mantenía alejado de la gente como tú.
Esto no fue siempre cierto. Hubo una ocasión en la que papá había
pensado que Anácrites estaba mostrando demasiado interés por mi madre,
rondándola como haría un donjuán (una idea tan increíble que en aquel
entonces todos la habíamos creído). Mi ultrajado padre se lo tomó como
algo personal, se dirigió a toda prisa a palacio y le dio una tunda al espía.
Yo estaba allí y presencié el frenético movimiento de puños. Anácrites
parecía haberlo olvidado. Tal vez la grave herida en la cabeza que sufrió
años atrás justificaba la pérdida de memoria selectiva. Pero aunque no fuera
así, justificaba cualquier otra cosa que hiciera.
—¿Y cómo está tu querida madre?
Durante un tiempo había sido huésped de mi madre. Si bien la buena
mujer era muy astuta en muchas cosas, a él lo consideraba una persona
maravillosa. Él, a su vez, hablaba de ella con veneración. Sabía que a mí me
daba asco.
—Junila Tácita soporta su pérdida con fortaleza —terció Helena en tono
grave. Anácrites la miró, agradecido de encontrarse con un tópico normal
—. Sólo se regodea por las tardes; dice que por las mañanas está demasiado
atareada con la casa como para ponerse a insultar a su fantasma.
Esbocé una sonrisa al ver la perplejidad del espía.
Llevaba una túnica de color ocre, que era la idea que él tenía del
camuflaje sofisticado. Tenía la piel extrañamente llena y tersa; debía de
haber venido nada más salir de la casa de baños. Con ese cabello untado y
su porte erguido, podía habérsele definido como agradable; bueno, para una
mujer de la noche que tuviera tiempo y facturas pendientes de pago. Yo
dudaba que alguna mujer decente lo mirara alguna vez y tampoco lo había
visto buscar compañía femenina desde que Maya lo plantó. Y estaba
convencido de que no tenía amigos.
Anácrites era una extraña mezcla de competencia e ineptitud. Un
hombre sin duda inteligente y un orador capaz; yo lo había oído soltar
excusas como cualquier empleadillo deseoso de ocultar sus errores. No
tenía por qué soportar tener un despacho diminuto y agentes de baja
calidad; él ocupaba un alto cargo público, adjunto a los Pretorianos; sólo
con aplicarse un poco, podría haber urdido un presupuesto decente.
Su siguiente incursión fue decirle a Helena:
—He oído que tu hermano ya está de vuelta de Atenas… ¡Y casado!
Eso sí que fue inesperado, ¿verdad?
Esto era típico de él. Laeta me había dicho que sólo hacía tres días que
Anácrites había regresado a Roma y sin embargo ya había averiguado
hechos privados acerca de mí y de mi familia. Se había pasado de la raya. Si
me quejaba iba a parecer paranoico, pero supe que Helena entendía por qué
lo detestaba.
—¿Quién te ha dicho eso? —Helena se irguió de repente en su asiento.
—Bueno, mi trabajo consiste en saberlo todo —se jactó Anácrites,
dirigiéndole una expresiva sonrisa.
—Pero sólo deberías vigilar a los enemigos del emperador, ¿no? —
replicó Helena.
—¡Helena Justina, estabas embarazada! —exclamó Anácrites, con los
ojos muy abiertos, como si acabara de acordarse—. ¿Ya ha tenido lugar el
feliz acontecimiento?
—Nuestro bebé murió.
Apuesto a que el cabrón también lo sabía.
—¡Oh, cielos! Vuelvo a repetir, lo siento muchísimo… ¿Era un niño?
Helena se molestó visiblemente.
—¿Qué importa eso? Cualquier criatura sana nos hubiera complacido;
cualquier criatura perdida es una tragedia para nosotros.
—Qué lástima de…
—No te disgustes por nuestros problemas privados —le dijo Helena con
frialdad. La había provocado demasiado—. Me figuro —se burló ella— que
un hombre en tu situación no sabe lo que es tener familia, ¿verdad? Siempre
debes de haber parecido inteligente. Cuando una joven y desconocida
esclava te dio a luz, ¿se te llevaron en cuanto lo descubrieron, para
disciplinarte en una academia del punzón?
Anácrites se ciñó al fingimiento de que éramos unos amigos
estupendos; de lo contrario, supuse que su expresión hubiera sido
absolutamente venenosa.
—Como bien dices, son capaces de advertir dónde hay potencial. En
efecto, el gobierno me favoreció instrucción desde una edad temprana —
contestó él en voz baja. Helena se negó a mostrarse avergonzada—. Con
tres años, ya me sabía el alfabeto, Helena…, tanto en latín como en griego.
Aunque no hizo ningún comentario al respecto, Helena ya había
enseñado a nuestra Julia ambos alfabetos, además de cómo escribir su
nombre en unas líneas trazadas con una regla. No obstante, quizá se relajó
un poco. Para empezar, Helena siempre disfrutaba con las discusiones.
—¿Y qué más te enseñaron?
—Confianza en mí mismo y perseverancia.
—¿Y con eso te basta para el trabajo que haces ahora?
—En gran medida.
—¿Tú tienes conciencia, Anácrites?
—¿La tiene Falco? —replicó.
—Ya lo creo que sí —contestó Helena con severidad—. Todos los días
sale de casa con ella, junto con sus botas y su tablilla de notas. Éste es el
motivo —dijo mirándolo fijamente a los ojos— por el que Marco estaba tan
interesado en trabajar en el caso de Julio Modesto.
—¿Modesto? —El desconcierto de Anácrites parecía genuino.
—Un correspondiente compulsivo —intervine—. Un comerciante de
Antium. Lo encontraron muerto en una tumba, con las manos cortadas y
habiéndose realizado unos ritos espantosos después de una disputa con unos
gañanes de los pantanos a los que se conoce como los Claudios.
Me pareció que Anácrites crispaba el rostro.
—¡Ah! ¿Estabas metido en el caso? —Sonó falso; él lo sabía y adoptó
un semblante furtivo—. Le retiré el caso a Laeta. No tendría que haberse
implicado de entrada. De hecho, me alegra haberte visto esta noche, Falco.
Necesito un resumen de la situación para asumir la tarea. ¿Digamos mañana
a media mañana en mi despacho? Trae a tu amigo de los vigiles.
Así pues, no tan sólo nos estaba robando el caso a Petro y a mí, sino que
además el cabrón redomado pretendía obtener de nosotros información que
lo ayudara a resolverlo.
—Petronio Longo hace el turno de noche —dije en tono cortante—.
Necesita las mañanas para dormir. O nos recibes a media tarde o nada,
Anácrites.
Eso nos daría tiempo a nosotros para coordinarnos antes.
—Como quieras —respondió el espía; se las arregló para dar a entender
que yo era hosco y poco razonable, en tanto que él se adaptaba a mis
conveniencias con dulzura y tolerancia.
Yo estaba ardiendo de frustración, pero en aquel preciso momento la
puerta de la habitación se abrió con estrépito y Albia entró volando.
—Oí que teníamos visita. ¡Ah! —Debía de esperarse que fuera Eliano.
—Éste es Tiberio Claudio Anácrites, el jefe del departamento de
inteligencia del emperador —anunció Helena utilizando un tono
excesivamente formal para irritarlo—. Lo conociste en las Saturnales.
—Ah, sí. —Un amigo de sus padres: Albia perdió interés.
—¡Caramba, Falco! —exclamó entonces el espía—. ¡Tu hija adoptiva
se está convirtiendo en una jovencita muy guapa! —Se trataba de la clase
de amenaza indefinible que le había dado por lanzarme. Si algún día lo
sorprendía ni que fuera dándole los buenos días a Albia sin supervisión, lo
amarraría con hilo bramante y pagaría para que lo asaran en un horno de
panadero. Con el método de cocción lenta.
—Flavia Albia siempre ha estado muy protegida y es sumamente
tímida. —Helena siempre apoyaba a la chica, aunque a veces se burlaba de
ella con afecto—. Pero cualquier día de estos será un delicado orgullo para
el sexo femenino.
—Bueno —repuso Anácrites en tono congraciador—, pues tenéis que
traerla con vosotros… ¡Ay, qué bobo!; no os lo he mencionado…, ¡teníamos
que ponernos al día sobre tantas cosas! Insisto con vehemencia en que
vengáis a cenar a mi casa. Os llegará una invitación formal en cuanto pueda
organizado todo.
No me molesté en declinar su invitación. Pero el rey Mitríades del
Ponto tuvo la idea adecuada: no comería en casa del espía si antes no me
pasaba tres meses tomando antídotos contra todos los venenos conocidos.
—Pensé que podría tirar la casa por la ventana y servir un cerdo troyano
—confió Anácrites a Albia, como si llevaran años siendo amigos íntimos.
Era un hombre con pocas habilidades sociales que intentaba parecer
importante frente a una joven que él consideraba fácilmente impresionable;
ella, por supuesto, lo miró como si estuviera loco. Entonces salió de allí
enojada y cerró la puerta con tanta fuerza que las tejas de nuestro tejado
debieron de peligrar.
***
Albia volvió a aparecer tan pronto como se marchó Anácrites:
—¿Qué es un cerdo troyano?
Helena estaba apagando las lámparas porque nos disponíamos a
acostarnos.
—Cocina de exhibición. Sólo un fanfarrón lo serviría. Basándose en el
principio del caballo de Troya, lleva un cargamento secreto. Se cocina un
cerdo entero y, una vez en la mesa, se raja con un cuchillo de repente de
manera que el contenido sale a borbotones por todas partes; los invitados
creen ser víctimas de un bombardeo de entrañas crudas. Pero las tripas
suelen ser sólo salchichas.
Albia intentó imaginárselo.
—¡Suena genial! —exclamó—. ¡Tenemos que ir a verlo!
Yo refunfuñé.
XXV
Al día siguiente por la tarde, Petronio y yo entramos en palacio codo con
codo. Caminamos en silencio y con paso acompasado, ambos en apariencia
impasibles. Anácrites ya nos había hecho esta jugarreta con anterioridad.
Entonces no funcionó… y era de esperar que repitiera la misma maniobra.
Cuando ya llegábamos a su despacho, salió uno de esos dos a los que yo
llamaba los «hermanos melitenses». Cuando el hombre se acercó, le
dejamos sitio para que pasara. Acto seguido nos detuvimos los dos, giramos
sobre los talones de nuestras botas y nos lo quedamos mirando. Él
consiguió mantener la vista al frente todo el camino hasta el final del
pasillo, pero al llegar a la esquina no pudo evitar volverla atrás. Petro y yo
estábamos allí de pie, observándolo. Desapareció rápidamente de nuestra
vista, agachando la cabeza con preocupación.
Entramos en la habitación que ocupaba Anácrites con paso resuelto y
sin llamar. Cuando Petronio abrió la puerta, dijo en voz alta:
—Los criterios son más laxos que nunca. Tiene demasiado aspecto de
extranjero como para andar correteando por ahí como una rata, tan cerca del
emperador… Si yo tuviera una condonación del Palatino, le haría demostrar
su ciudadanía, o se va a encontrar llevando collar.
—¿Quién es tu machaca? —pregunté a Anácrites. Estaba haraganeando
en su posición habitual, con las botas (un par bastante bueno de piel de
becerro de color rojizo) apoyadas en la mesa. Se irguió con tanta prisa que
volcó un tintero y su secretario se rió por lo bajo.
—Uno de mis hombres. —Petronio soltó una carcajada y yo hice una
mueca de lástima. Anácrites secó la tinta, muy azorado—. ¡Gracias, Fileros!
—Esto fue una indirecta dirigida al administrativo, un esclavo delio
demasiado gordo e hinchado, para que se esfumara y el espía pudiera hablar
con nosotros a solas.
Fingí creer que se trataba de una orden para que el esclavo trajera un
refrigerio.
—Para mí tarta de almendras, y a Petronio le gustan los pastelillos de
pasas. Sin canela.
Petro se relamió.
—¡Hecho! Sólo que yo lo acompañaré con vino mulso, que no esté
demasiado caliente, doble de miel. Falco toma vino con agua, servido por
separado en dos jarras, si las hay.
—No le pongas especias —guié a Fileros hacia la salida, como si los
demás tuviéramos que ponernos de inmediato manos a la obra. El secretario
se marchó y Petronio se encargó de cerrar la puerta.
La habitación era pequeña y en aquellos momentos éramos tres
llenándola. Petro y yo asumimos el control. Mi amigo era un tipo fornido,
de espaldas y muslos grandes y fuertes; Anácrites empezó a sentir que le
faltaba espacio vital. Si miraba directamente a uno de nosotros, el otro
quedaba fuera del alcance de su visión y probablemente haciendo gestos
groseros con las manos. Agarré el taburete del secretario y aparté todo su
trabajo sin demasiada delicadeza.
Entonces nos quedamos sentados sin movernos, con las manos juntas y
los dedos entrelazados, como niñas de diez años esperando un cuento.
—¡Tú primero! —ordenó Petronio.

***
Anácrites estaba desconcertado. Abandonó todo intento de seguir su
propia agenda. Se suponía que allí todos éramos colegas; no podía
obligarnos a jugar limpio con él.
—He leído los rollos —empezó diciendo.
Petro y yo cruzamos la mirada e hicimos un mohín como si sólo un
maníaco leyera alguna vez los documentos de un caso, por no hablar
siquiera de la posibilidad de fiarse de lo que decían.
—Ahora necesito que me resumáis vuestros hallazgos.
—¡Hallazgos! —me dijo Petronio—. Es un concepto nuevo y
sofisticado.
Anácrites prácticamente nos estaba suplicando que nos centráramos.
De repente, adoptamos un aire escrupulosamente profesional. Habíamos
acordado de antemano que no le proporcionaríamos ninguna excusa para
decir que habíamos sido poco colaboradores. Expuse con presteza que me
había topado con la desaparición de Modesto a través del negocio que tenía
con mi padre. No mencioné a su sobrino, Silano. ¿Por qué iba a hacerlo? No
era una víctima ni tampoco un sospechoso.
Petro describió el descubrimiento del cadáver y su identificación a partir
de la carta que Modesto llevaba encima. Se expresó con sequedad,
utilizando el vocabulario de los vigiles. Refirió nuestra visita a los
Claudios; que habíamos Interrogado a Probo y que habíamos registrado la
zona y no encontramos nada.
—¿Qué teníais planeado hacer a continuación? —preguntó Anácrites.
—Teniendo en cuenta que el siguiente paso es todo tuyo, ¿qué opinas
tú? —le espetó Petro en tono un poco airado.
Anácrites pasó por alto la pregunta.
—¿Tenéis alguna otra pista?
Petronio se encogió de hombros y repuso:
—No. Tenemos que sentarnos a esperar hasta que aparezca otro cadáver.
Anácrites mostró una expresión sombría que nosotros reflejamos con
debida obediencia.
—Mirad, ahora podéis dejarme todo esto a mí. Puedo manejarlo. —El
tiempo diría si estaba en lo cierto. Dio por terminada la reunión—. Espero
que unos tipos resolutos como vosotros no tendrán la sensación de que les
he arrebatado el caso.
Nos negamos a demostrar resentimiento.
—Oh, no, ya tengo bastante que hacer yendo tras los ladrones de túnicas
de los baños —se mofó Petronio.
—Bueno, esto no está exactamente al mismo nivel…
—¿Ah, no?
En aquel punto, Anácrites introdujo la treta que había intentado
conmigo la noche anterior: mencionó que planeaba dar una cena e invitó
también a Petronio.
—Lo pasé de maravilla cuando Falco y Helena me agasajaron en las
Saturnales. —Quizá las Saturnales sea una buena época para hacer las
paces, pero creedme, me vi empujado a aquel espantoso compromiso—.
Reinaba un ambiente familiar tan magnífico… ¿Has comido con ellos en su
casa, Lucio Petronio? —¡Por supuesto que lo había hecho! Era mi mejor
amigo y vivía con mi hermana—. Tengo la sensación de que ya es hora de
que ahora os invite yo a cambio…
Petronio Longo, que hasta entonces se había mostrado evasivo, se
irguió. Clavó la mirada en los extraños ojos del espía, que eran casi de
distinto color: uno de un gris cambiante, el otro más castaño y ninguno de
los dos era de fiar. Se puso de pie, apoyó los puños en la mesa del espía y se
inclinó hacia él rebosante de amenaza.
—Vivo con Maya Favonia —declaró mi amigo con contundencia—. Sé
lo que le hiciste. ¡De manera que no, gracias!
Se marchó a grandes zancadas.
—¡Oh, cielos! ¡Tenía la esperanza de limar asperezas, Falco! —Era
horrendo cuando Anácrites lloriqueaba.
—No es posible —le dije con desprecio, y abandoné la habitación
detrás de Petro.
Una vez fuera, vimos a Fileros que aguardaba allí con nerviosismo y
cargado con una bandeja de dulces tan enorme que a duras penas podía
sostenerla con los brazos extendidos. Petronio se preocupaba por los
pobres, puesto que con mucha frecuencia tenía motivos para arrestarlos.
Había confirmado que todo aquello se hubiese pagado con el dinero para
gastos del espía, no del propio bolsillo del administrativo desarrapado. Así
pues, arramblamos con tantos pastelillos como pudimos cargar y nos los
llevamos.
Se los dimos a un vagabundo, por supuesto. Aun en el caso de que no
llevaran una dosis de acónito, viniendo de Anácrites cualquier cosa se nos
hubiera atragantado.

***
No había ninguna posibilidad de que permitiéramos que Anácrites se
quedara con nuestro caso. Petronio y yo habíamos acordado con
anterioridad el mismo sistema que la última vez que intentó entrometerse.
Procederíamos con toda normalidad. Nos limitaríamos a mantenernos fuera
de la vista del espía. Cuando resolviéramos el caso, informaríamos a Laeta.
Según Petro, contábamos con el apoyo de Rubela. No insistí para que
me diera detalles.

***
Si bien habíamos dado a entender a Anácrites que habíamos llegado a
un punto muerto, teníamos muchas ideas. Petronio había mandado un aviso
a todas las cohortes para que buscaran al esclavo fugado llamado Sirio, el
que había trabajado para Modesto y Primila y que luego el sobrino entregó
al carnicero. Los hombres de Petro visitaron las demás cohortes para
examinar a todos los esclavos que hubieran encontrado vagando por ahí.
También había otra alerta: por la mujer desaparecida, Livia Primila, o más
probablemente por su cadáver.
Era demasiado arriesgado conseguir órdenes judiciales para Nobilis o
cualquier otro Claudio; lo más probable era que Anácrites se enterara. No
obstante, se estaban realizando esfuerzos para localizar a la pareja que
supuestamente trabajaba en Roma, pasando el aviso de boca en boca entre
los vigiles. También se había establecido vigilancia portuaria para Nobilis,
la cual se había organizado a través del servicio de Aduanas y del cuartel
avanzado de los vigiles en Ostia. Mientras tanto, Petronio tenía a su
administrativo repasando los registros oficiales de indeseables por si había
constancia de algún miembro de la familia en Roma. Si esos dos que se
llamaban Pío y Virto se habían convertido en astrólogos o se habían unido a
algún culto religioso extraño, podría ser una manera de localizarlos.
Rubela no iba a permitir que Petronio se marchara otra vez de Roma, de
manera que iba a volver a Antium yo solo. Iba a buscar a la esposa separada
de Claudio Nobilis con la esperanza de enterarme de cómo era la vida
dentro del círculo de libertos del Pontino.

***
Primero surgió una tarea cerca de casa. Cuando regresé, Helena vino a
mi encuentro a la puerta.
—Marco, tienes que hacer una cosa y tiene que ser ahora mismo,
mientras Petronio está en el cuartel. Tu hermana mandó un mensaje; parece
alterada…
—¿Qué pasa?
—Maya necesita verte. No quiere contarle nada a Lucio porque se
enojaría demasiado. Maya tuvo una visita poco grata. Anácrites fue a verla.
Ya no importaba Lucio Petronio. Era yo el que estaba enfadadísimo.
XXVI
Mi hermana Maya Favonia tenía más cerraduras en la puerta que la mayoría
de los mortales. No se había recuperado de un día, hacía un par de años,
cuando al llegar a casa se lo encontró todo destruido y una muñeca clavada
allí donde antes estaba el llamador. Anácrites no dejó ninguna tarjeta de
visita. Pero había estado rondando por el vecindario después de que mi
hermana rompiera con él; ella sabía quién le mandaba la advertencia.
Yo la había sacado de allí aquella misma noche. Me la llevé con
nosotros de viaje a Britania y, cuando regresó, Petronio Longo y ella ya
eran amantes; los hijos de Maya, un grupito muy inteligente, habían elegido
democráticamente a ese simpático vagabundo como padrastro. Maya
alquiló otro apartamento más cercano al edificio en el que vivía mamá.
Petro se mudó con ella. Los niños se congratularon. Todo volvió a la
normalidad. Aun así, Maya instaló una cerradura de cilindro y una serie de
cerrojos grandes, y después de anochecer nunca abría la puerta a nadie a no
ser que supiera quién había al otro lado. Había sido una persona intrépida,
alegre y sociable. El terror dejó secuelas. Maya nunca superaría lo que le
había hecho el espía.
Petronio y yo habíamos hecho un juramento. Algún día nos
vengaríamos.
***
Al igual que la mayoría de habitantes de la ciudad, ellos vivían en un
apartamento modesto. Un primer piso, con un pozo comunitario en el patio
y un conjunto de habitaciones para arreglar a su gusto. Petro, que era
habilidoso con el martillo, había reparado el lugar y lo había dejado todo en
orden. Maya siempre había poseído su propia sofisticación informal y, dado
su trabajo con papá en la Saepta, lo amuebló en menos que canta un gallo.
La casa de nuestra madre se centraba en su cocina y en una mesa en la que a
todas horas se picaban cebollas; a Helena y a mí nos gustaba relajarnos en
privado en una habitación donde leíamos juntos. Dondequiera que viviera
Maya, el núcleo de la casa era la terraza. Allí tenía una artesa llena de
plantas que podían sobrevivir a las brisas y a cierto descuido, además de
unos reclinatorios maltrechos con montones de cojines rellenos entre los
cuales estaba el trípode de bronce en el que mantenía un constante
suministro de frutos secos y pastelillos de pasas.
Me preguntaba si en esta ocasión a Anácrites se le habría permitido la
entrada a aquel santuario privilegiado. Los daños causados en la anterior y
muy querida terraza de Maya cuando le destrozó la casa habían sido
particularmente horribles.

***
Aquella noche Helena vino conmigo. Maya la recibió con desdén:
—¡Vaya! Ha traído a una mujer para sonsacar todos los secretos,
¿verdad? ¿Crees que una charla con una chica va a ablandarme?
Helena se rió con despreocupación.
—Iré a sentarme con los niños. —Los habíamos visto fugazmente
haciendo los trabajos escolares en sumiso silencio: a los cuatro hijos de
Maya, cuyas edades iban desde los seis a los trece años, además de
Petronila, la hija de Petro, quien entonces vivía allí la mayor parte del
tiempo porque su madre tenía un nuevo novio. Petronila había declarado a
la última conquista de Silvia «un pedazo de masa mohosa». Tenía once años
y ya era mordaz. De momento Petro seguía siendo su héroe, si bien él ya se
esperaba que la niñita de papá empezaría a menospreciarlo cualquier día de
estos.
El semblante de Maya se ensombreció.
—Sí —dijo con apremio—. Sí, Helena. Hazlo. —Así pues, los niños
sabían que Anácrites había estado allí y necesitaban consuelo.
Maya me guió hacia la terraza. Cerró las puertas de fuelle detrás de
nosotros. Nos sentamos juntos, en nuestros lugares habituales.
—Bien. Recibiste una visita. Cuéntame.
Ahora que podíamos hablar en privado, advertí cuan alterada estaba
Maya.
—No sé qué quería. ¿Por qué ahora, Marco?
—¿Qué dijo él que quería?
—Las explicaciones no son su fuerte, hermano.
Me recosté en el asiento y respiré hondo. Nos rodeaban los sonidos de
un barrio doméstico al anochecer. Allí en el Aventino siempre se tenía la
sensación de estar por encima de la ciudad y ligeramente apartado del
centro. De vez en cuando nos llegaban los ruidos del tráfico y de las
trompetas desde una gran distancia. Más cercanos, los búhos ululaban desde
las parhileras doradas de templos muy antiguos. Se percibían todos los
aromas normales de pescado a la parrilla y ajos fritos, el escándalo de
mujeres enojadas reprendiendo a hombres achispados, los llantos cansados
de niños enfermos o tristes. Pero se trataba de nuestra colina, la colina en la
que Maya y yo habíamos crecido. Era un lugar de augurio, de dioses del
follaje y de liberación de esclavos. Era el lugar donde antaño vivió Caco, el
espantoso hombre de las cavernas, y el sitio que la asociación de poetas
recorría pesadamente cantando odas estúpidas. Para nosotros, los sabores
eran sutilmente distintos de cualquier otra región de Roma.
—Será mejor que empieces por el principio —le dije a Maya en voz
baja.
—Vino esta mañana.
—Si tengo que evaluar qué es lo que ese cabrón se trae entre manos —
le dije con calma—, empieza exactamente desde el principio.
Maya guardó silencio. Yo me la quedé mirando. Solemos pensar en
nuestra hermana como si tuviera dieciocho años. Aquella noche, a la luz
parpadeante de una lámpara de cerámica, vi su edad grabada en su
semblante. Yo tenía treinta y seis años; Maya era sólo dos años menor que
yo. Había sobrevivido a un matrimonio tedioso, a los partos, a la muerte de
una hija, a una viudedad cruel, a las consiguientes penurias económicas y
después a un par de flirteos embobados; fueron al menos un par. Yo era su
hermano, ¿qué sabría yo? Su peor error fue cuando dejó que Anácrites la
convirtiera en su objetivo.
—Nunca nos lo has contado, ¿fue en serio?
—Para mí, no. —Por una vez en la vida, Maya estaba tan nerviosa que
se sinceró—. Lo conocí después de que resultara herido, cuando lo llevaste
a casa de madre para que se recuperara, ya sabes. —Maya era de esas hijas
que pasaba con frecuencia por casa de mi madre para compartir un
repollo… y tener vigilada a la vieja tirana—. Anácrites se presentó un día,
después de la muerte de Famia. Me trató con respeto…, y eso supuso un
cambio tras todos esos años en los que Famia no hizo más que pisotearme
como un felpudo…
—¿Te gustaba?
—¿Por qué no? Vestía bien, hablaba bien, estaba bien establecido en un
puesto de funcionario…
—¿Te habló de su trabajo?
—Me contó en qué consistía. Nunca discutía los detalles… Yo estaba
dispuesta —admitió Maya—. Dispuesta a tener una aventura.
No pude resistirme a hacer la siguiente pregunta. Sé honesto, legado, tú
también estarías ardiendo en deseos de saberlo:
—¿Era un buen amante?
Maya se limitó a mirarme fijamente. Carraspeé y me hice el
responsable.
—Tú dejaste claro desde el principio que no querías nada permanente,
¿no?
—Al principio la cosa podía haber ido a cualquier parte. —Controlé un
estremecimiento—. Pero enseguida tuve la sensación de que me presionaba
demasiado. Había algo en él… —caviló Maya—. Había algo que no me
gustaba.
—Es un asqueroso. Lo notaste.
—Supongo que sí.
—Instinto.
—Ahora, desde luego, sí que lo considero un asqueroso.
—No lo entiendo. Nunca entendí por qué tuviste nada que ver con él,
Maya.
—Ya te lo he dicho. Se comporta muy bien cuando quiere. El hombre
había sufrido una herida terrible en la cabeza y pensé que las rarezas eran a
consecuencia del daño.
—Bueno, me gusta ser razonable… lo que pasa es que yo ya conocía a
Anácrites mucho antes de que unos productores de aceite de Hispania
corruptos le abollaran el cráneo.
Resultó siniestro desde el principio. Yo siempre he pensado —expliqué
a Maya— que la herida en la cabeza sólo hizo más visible su verdadero
carácter. Es una serpiente. No te puedes fiar de él, es repugnante y
venenoso.
Maya no dijo nada. Yo no insistí. No era mi intención forzarla a admitir
que la habían engañado.
—No teníamos nada en común —dijo en tono abatido—. En cuanto le
dije que lo nuestro no tenía futuro, me sentí muy aliviada de que hubiera
acabado… —Muy cierto. Las mujeres no son sentimentales. Recordé que
enseguida había empezado a flirtear con Petronio, que resulta que estaba
disponible—. Anácrites no quería creer que hubiésemos terminado…, y
entonces se volvió vengativo. El resto ya lo sabes, Marco. No me hagas
volver a repetirlo.
—No, no —la tranquilicé. Él había esperado sin hacer nada,
acechándola con aire taciturno, hasta el fatídico día en que le había
destrozado la casa. Percibí que mi hermana se ponía tensa mientras
intentaba evitar estos recuerdos—. Sólo cuéntame una cosa. ¿Qué ha
pasado hoy, Maya?
—Por alguna razón, abrí la puerta… No sé por qué. Él no había
llamado. Y allí estaba, parado en el pasillo, justo frente a la puerta. Me
quedé completamente horrorizada. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí afuera?
Entró antes de que pudiera recuperar el aliento.
—¿Y entonces qué?
—Siguió fingiendo que todo era normal, que sólo era una visita de
cortesía.
—¿Se mostró desagradable?
—No. Y no le había visto ni había hablado con él desde que le di
calabazas, Marco.
—¿Tuviste miedo?
—Me preocupaba que Lucio llegara a casa. Se hubiese armado un lío
tremendo. De todos modos, fingí que estaba durmiendo dentro y me quité
de encima al espía. Ya conoces a Anácrites; creo que lo más probable es que
se diera cuenta de que le estaba mintiendo.
—¿Y qué te dijo?
—Esto es lo más curioso del caso —Maya frunció el ceño—. Intentó
mantener una charla informal…, aunque no puede decirse que se le dé muy
bien. Su conversación es nula. Precisamente fue uno de los motivos por los
que no podía seguir con él. Después de Famia, necesitaba un hombre que
me respondiera cuando le hablara.
Me reí.
—¡Ah! ¿Y con Petro tienes conversaciones joviales?
—Tiene su lado oculto, ¡que no lo tenéis todos! —se burló Maya—.
Estaba a punto de mencionar el «incidente», cuando en realidad fue el
propio Anácrites quien sacó el tema. Se disculpó. Según él, fue un «error
administrativo». Entonces puso la herida como excusa, dijo que no se
acordaba bien. Trató de ganarse mi compasión contándome lo cansado que
había estado, que había tenido que taparlo para no quedarse sin trabajo, que
había perdido años de su vida sufriendo intimidaciones… La cuestión (y
esto es lo que quería contarte, Marco) es que Anácrites parecía
principalmente interesado en ese caso que os ha quitado —dijo Maya—.
Ese melón verrugoso trató de sonsacarme lo que Lucio y tú habíais
descubierto.
—¿Y tú le dijiste…?
—No tenía nada que decirle. Ya sabes cómo es Lucio.
Petronio nunca había creído en lo de hablar de su trabajo con las
mujeres de su entorno. Anácrites tendría que haber abordado a Helena en
lugar de a Maya, pues ella lo sabía todo, aunque eso no significaba que
fuera a traicionar mi confianza. Pero le tenía demasiado miedo como para
intentarlo, por supuesto.
Anácrites había disgustado a mi hermana por nada. También me había
enojado a mí…, y si Petro se enteraba de esto, se pondría furioso.
Maya y yo coincidimos en que lo mejor sería no contárselo a Petronio.
XXVII
Como Petronio tenía que quedarse en Roma porque su tribuno no lo dejaba
salir de allí, me fui otra vez de excursión a la costa.
Esta vez Helena vino conmigo. La llevé a ver la villa marítima de papá.
Me llevé también a Nux, puesto que era la perra quien gobernaba por
completo mi casa. Por suerte, los brincos por entre los pinares y las carreras
veloces por la playa le sentaron de maravilla. Nux estaba dispuesta a dejar
que nos quedáramos con aquel hermoso lugar.
Helena también estuvo de acuerdo, de modo que pasamos allí varios
días discutiendo cómo organizar las cosas de la manera más conveniente
para nosotros y hacer que la casa se pareciera más a un hogar costero que al
refugio de un hombre de negocios. Algunos de los esclavos nos informaron
de que, mientras nosotros trabajábamos, habían visto a un hombre
merodeando por el bosque. No lo conocían, pero, a juzgar por sus
descripciones, me pregunté si no sería uno de los agentes de Anácrites.
Conocíamos a una mujer que vivía con las sacerdotisas en un templo de
Ardea. Helena fue a visitarla con el carro, alejándose con mucho alboroto.
Yo me quedé en la villa; me dejé ver trasladando muebles y obras de arte a
las edificaciones anexas y luego pasé un rato haraganeando en un triclinio
en la playa mientras la perra me traía palos y maderas que el mar arrastraba
hasta la orilla. Las observaciones misteriosas cesaron. Tenía la esperanza de
que el agente hubiera vuelto a Roma para informar de que yo estaba en la
costa por asuntos domésticos.
Malgastar tiempo y recursos sería típico de Anácrites. Tendría que haber
estado persiguiendo a los Claudios. En cambio, estaba obsesionado con
Petro y conmigo. Nos conocía bien; sabía que intentaríamos entrometernos
en el caso. Sin embargo, esto era un arma de doble filo. Nosotros también lo
entendíamos a él.

***
Cuando regresó Helena fuimos los dos a Antium. Disfrutábamos de
nuestro descanso de las niñas y nos encantaba andar de un lado a otro
investigando. Ella tenía razón: nunca tenía que dejar de hacer este
trabajo…, y cuando fuera posible, debía dejar siempre que ella participara.
A Helena le encantó Antium, con su esplendor degradado y pasado de
moda. Tal como ocurre siempre, no había nada que quisiéramos ver en el
teatro, aunque nos dio mucha rabia enterarnos, por unos carteles viejos, de
que la semana anterior, Davos, nuestro antiguo contacto y el amante de
Talía, había representado una obra allí. ¡Me hubiera gustado mucho tener
oportunidad de charlar con Davos!
Como contábamos con más tiempo para explorar del que había tenido
cuando vine con Albia, Helena y yo tuvimos más éxito y logramos
encontrar una casa de baños decente y después un conjunto de restaurantes
de pescado. Comimos estupendamente y sin prisas, al aire libre, con unas
maravillosas vistas marinas desde el elevado precipicio en el que se
encontraba ubicada Actium. Era una hora en la que siempre nos gustaba
estar juntos para relajarnos, repasar la jornada y fortalecer nuestra vida en
común. Como aquella noche estábamos los dos solos, fue como en los
viejos tiempos…, esa esquiva condición que los matrimonios deberían
tratar de encontrar más a menudo.
Mientras saboreábamos lo que quedaba del vino, la tomé de la mano y
le dije:
—Todo saldrá bien.
—¿El caso, Marco?
—No, no es eso.
Helena ya sabía a qué me refería.
Disfrutamos un poco más de la velada y, cuando fui a pagar la cuenta, le
pregunté al dueño del restaurante dónde compraba el pan. Su panadero no
era Vexo, el padre de Demetria; de todos modos, el hombre me dio alguna
sugerencia de por dónde empezar a buscar al día siguiente.
***
Dejé que Helena se llevara a Nux a dar una vuelta por el Foro y me fui
solo.
Tuve que darme una buena caminata por calles estrechas. Vexo
trabajaba en el extremo de la ciudad, con un solo horno pequeño y ni
siquiera poseía su propia muela. Se trataba de un barrio deprimido y
peligroso de calles polvorientas donde unos perros medio muertos de
hambre yacían como cadáveres a las puertas de las casas. En las zonas más
elegantes había mejores tiendas con mejor clientela. Aquel hombre, un tipo
bajo, fornido y feo, horneaba un pan de centeno negro y denso para los
pobres. Tenía aspecto de haberse pasado los últimos treinta años abatido.
Empecé a comprender que su hija, habiéndose criado allí sin un futuro, se
hubiera conformado con uno de los Claudios. Aun así, la casa de la que
provenía no daba la impresión de tener nada de malo. A no ser que la joven
tuviera un solo ojo en mitad de la frente y que a pesar de su novedoso valor
no pudiera atraer a los hombres, Claudio Nobilis no tenía ningún motivo
para suponer que estaba tan desesperada que podía maltratarla.
Compré un panecillo para iniciar la conversación; nunca funciona. En
cuanto dije qué quería, Vexo no se mostró nada dispuesto a colaborar. Para
empezar, no es que se volcara precisamente en atenciones para con la
clientela. Me presenté, pero fue lo mismo que si hubiera intentado venderle
un conjunto de diez rollos de enciclopedias griegas con funda de plata. De
segunda mano.
—¡Piérdete!
—Quiero ayudar a tu hija.
—Deja a mi hija en paz. No está aquí y ya ha tenido bastantes
problemas.
—¿Puedo verla?
—No.
—No te culpo…, pero mis preguntas no le harán ningún daño. Quizá
pueda quitarle de encima a los Claudios.
—¡Eso me gustaría verlo! —Vexo dio a entender que yo no estaba a la
altura.
—¿Quieres hablarme de Nobilis, al menos?
—Ocúpate de tus asuntos.
—Ya me gustaría…, pero esos haraganes del pantano se han convertido
en asunto del emperador. Me han endilgado la investigación. De manera
que déjame que lo adivine: tu chica se casó con Nobilis cuando era
demasiado joven para saber lo que estaba haciendo… y en contra de tus
consejos, sin duda, ¿no? La cosa se estropeó. Él la pegaba. —Me pregunté
si el padre también sería violento. Parecía fuerte pero moderado. De todos
modos, es bien sabido que los hombres, desde los zapateros remendones
hasta los cónsules, ocultan la brutalidad doméstica—. ¿Tuvieron hijos?
—¡No, gracias a Júpiter!
—Así pues, Demetria decidió marcharse, pero Nobilis no quería dejarla
marchar. Volvió a casa; a él no le gustó nada. Ella encontró a otra persona y
él acabó con ello… ¿Me equivoco?
—No tengo nada que decir.
—¿Tu hija sigue con su nuevo hombre?
—No.
—¿Nobilis le metió el miedo en el cuerpo?
—Lo dejó medio muerto.
—¿Delante de ella?
—¡De eso se trataba, Falco!
—Entonces, ¿el nuevo cedió?
—Se la quitó de encima —asintió el padre con amargura.
Se me ocurrió una idea espantosa.
—¿No me digas que ella volvió con Nobilis?
Vexo apretó tanto los labios que sólo se veía una línea fina.
—Puse fin a eso, menos mal.
—Pero estaba muy asustada, ¿es posible que fuera eso motivo para
hacer lo que Nobilis le dijera?
—No —contestó el panadero con mucho énfasis—. Estaba tan asustada
que en ningún momento supuso una posibilidad.
No quiso contarme nada más. Le dejé las señas por si Demetria quería
ponerse en contacto conmigo. Imposible. Antes de salir de nuevo a la calle,
oí cómo la tablilla con mi nombre iba a parar a un cubo de basura.
Pregunté por Demetria por el vecindario. Lo único que me encontré fue
hostilidad. Percibí un ambiente peligroso. Me marché antes de que pudiera
producirse un altercado.
XXVIII
Tenía otra pista: la camarera de Satricum nos había contado a Petronio y a
mí que Claudio Nobilis trabajaba para un comerciante de grano llamado
Tamiris. Vivía en las afueras de la ciudad. Me llevé a Nux y a Helena y
conduje el carro hasta su casa, un conjunto de graneros y talleres
desperdigados a cierta distancia de la carretera de la costa que iba hacia el
sur.
Tamiris era el típico hombre de campo rechoncho y bajo, desarrapado y
sesentón, que vestía la acostumbrada túnica basta y un sombrero maltrecho
que llevaba puesto aunque cuando llegamos nosotros era la hora del
descanso para comer. Sus hombres y él estaban agrupados en bancos, un
grupo pacífico. Habían llegado a dominar el arte de hacer que su jornada
laboral girara en torno al tiempo que se tomaban libre. Algunos estaban
comiendo, otros hacían tallas. Charlaban tranquilamente. Nux bajó de un
salto del carro y fue a sentarse con ellos. Supuso que la acariciarían y le
darían de comer alguna exquisitez, y no se equivocaba.
Nadie mostró ninguna curiosidad por nosotros. Si hubiésemos querido
comprar grano tendríamos que haber esperado. Los hombres se quedaron
donde estaban y siguieron disfrutando de su descanso; Tamiris habló con
nosotros sin moverse de sitio. A Helena le permitieron sentarse en uno de
los bancos que primero un muchacho limpió gustosamente de paja
utilizando el dorso de una mano bastante limpia.
Expliqué lo que quería. Tamiris respondió con lentitud, como si ya
hubiera respondido antes a estas cuestiones. Se lo pregunté; me dijo que
últimamente le consultaban a menudo sobre Claudio Nobilis. El hombre
había trabajado en aquella cuadrilla durante años inadvertido, pero ahora
era evidente que las autoridades locales lo tenían en el punto de mira.
Podría haber resultado incómodo, de no ser porque ya se había marchado a
alguna otra parte.
—¿Sabes adónde ha ido?
—Mencionó algo de su familia. Conociéndolos, no quise meter las
narices.
—¿Y quién más ha estado preguntando por él?
—Unos hombres de Antium. Un hombre de Roma.
—Se supone que yo soy el hombre de Roma…, ¿quién era el otro
cabrón?
—¡Alguien como tú! —Al comerciante de grano le gustó la broma.
Insistí para que me diera detalles y llegué a la conclusión de que lo
había visitado uno de los ayudantes de Anácrites.
Mientras yo le daba vueltas al asunto, Helena cambió de tema en tono
agradable:
—¿Qué impresión tuviste de Nobilis cuando estuvo trabajando para ti?
Tamiris llamó a un empleado que se fijaba en las cosas:
—Hacía el trabajo, aunque no se esforzaba demasiado.
—¿Encajaba en el grupo? ¿Era uno más de los muchachos? —pregunté.
—Sí y no. Nunca habló demasiado. Si estábamos todos sentados por
aquí como ahora, estaba con nosotros. Si salíamos a tomar una copa juntos
por la noche, nos acompañaba. Pero siempre tendía a distanciarse un poco
del grupo.
—¿Te parecía una persona un tanto extraña? —inquirió entonces
Helena.
—Tenía sus obsesiones. Le gustaba hablar de armas. Coleccionaba
lanzas y cuchillos…, grandes y desagradables. Su interés parecía un poco
excesivo, no sé si me entendéis.
Asentí con la cabeza.
—¿Algún problema?
—Nunca me dio ninguno.
—¿Pero vino ya con cierta fama?
—Eso no lo niego. La gente decía que lo habían acusado de robo
cuando era niño, y yo me enteré de que años atrás una mujer dijo que la
había violado. —Tamiris no dio muestras de preocupación. En la escala de
delitos rurales, la violación solía situarse al mismo nivel que lanzar un grito
a los pollos para asustarlos.
—Dime, ¿por qué crees que se marchó? —preguntó Helena—. Nos
dijeron que «había ido a ver a su abuela», sea lo que sea lo que eso
signifique. ¿Cuál es el misterio?
—La clásica excusa. —Tamiris soltó una risotada. Era de esa clase de
personas irritantes que dan a entender que saben mucho más que tú y que
tienen intención de tardar un buen rato en revelártelo—. Cuando la gente
quiere obtener tiempo libre.
—¿Y qué le pasaba? ¿Se había disgustado? ¿Se peleó con alguien? —
preguntó Helena.
—Mejor pregúntaselo a Costo. —Al oír su nombre, un clavel de asno
que estaba sentado en otro banco volvió la cabeza hacia nosotros—.
¡Nobilis! —le gritó su jefe a modo de explicación.
—¡Ah, ése! —exclamó el más joven con desdén, y acto seguido retomó
su talla.
Enarqué las cejas. Tamiris bajó la voz:
—Tuvo una aventura. —Di muestras de que seguía sin entenderlo—.
Costo —bajó aún más la voz—. ¡Nada menos que con Demetria!
Dejé que Helena le sacara todo lo que pudiera al comerciante y me
acerqué a Costo caminando tranquilamente. Era un tipo grandote y atractivo
que no parecía demasiado inteligente… De hecho, no podía serlo si se había
ido a vivir con la esposa del violento Nobilis.
—¡Eres valiente!
—Soy idiota —admitió.
—Busco tus heridas de guerra.
No veía magulladuras recientes, aunque parecía tener la nariz y una
oreja un poco aplastadas. Sin mediar palabra, se levantó el borde de la
túnica para dejar al descubierto una cicatriz bestial de una cuchillada
bastante reciente, desde debajo de la cadera hasta el ombligo. Estaba
curada, pero debió de pasarse mucho tiempo tendido boca arriba y
corriendo cierto peligro. Solté un silbido entre dientes.
—Muy valiente…, y no me extraña que parezcas sometido.
Las mujeres de los Claudios me habían contado que hacía tres años que
Demetria había abandonado a Nobilis. Ya debía de conocer a Costo por el
hecho de que trabajaba con su esposo; ¿acaso ya eran amantes antes o fue
después de que ella se marchara que aquel joven le había proporcionado un
hombro consolador?
—¿Dejó Nobilis de trabajar aquí porque su esposa lo abandonó por ti?
Costo negó con la cabeza.
—Ella lo abandonó y ya está. Él quedó destrozado. No pudo aceptarlo.
—¿Y después tomaste el relevo? —Un par de sus compañeros de
trabajo nos estaban observando en silencio—. ¿Sabes dónde está ella ahora?
—No.
Apuesto a que lo sabía.
Costo me mintió y sus compañeros se quedaron mirando impasibles
cómo lo hacía. Todos lo encubrían. Sin embargo, me había fijado en que su
comida consistía en toda una variedad de alimentos que alguien le había
envuelto en una servilleta muy limpia. No era un paquete comprado a un
vendedor de comida. A menos que Costo viviera con su anciana madre que
lo adoraba, tenía otra compañía femenina. En mi opinión era un zoquete,
pero tal vez alguna mujer lo encontrara atractivo.
Le di una palmada en la espalda con gesto atribulado. Al igual que
había hecho con el panadero, anoté mi nombre y otros detalles en el dorso
de una factura vieja que llevaba en el bolsillo y la deposité sobre la mesa de
madera.
—Será mejor que nos marchemos. Esta noche emprendemos el camino
de vuelta a Roma. Es probable que nos detengamos en Satricum para
admirar el paisaje…

***
Helena y yo les dimos las gracias a todos por su ayuda y nos
marchamos. Tomamos el camino que cruzaba los pantanos para pasar la
noche en la posada de Satricum, tal como había mencionado.
Alquilamos una habitación y nos tomamos tiempo para instalarnos. Es
más fácil decirlo que hacerlo; las habitaciones de aquel lugar quizá fueran
pasables para hombres embarcados en misiones peligrosas en las que cada
uno necesitaba demostrar a los demás que era un tipo duro. Como marido y
mujer, tendríamos que abrazarnos muy fuerte para mantener alejadas a las
chinches. Nos quedamos en la habitación tanto como nos fue posible y
luego salimos a buscar algo para comer.
Oculté una sonrisa cuando Helena le dijo a Januaria:
—¡He oído decir que te hiciste amiga de Camilo Justino!
—¡Está muy bien! —asintió la camarera con admiración.
—Es mi hermano.
Januaria se quedó perpleja, pero sólo un instante.
—¿Está casado?
—Oh, sí. Tiene dos niños pequeños.
La chica soltó una risita.
—¡Apuesto a que su mujer lo maldice!
¡Cuánta razón tenía!

***
Comimos y nos quedamos sentados detrás de los cuencos vacíos
lamentándolo. Cayó la noche. Ya casi nos habíamos rendido cuando los
dioses sonrieron. Nux profirió un gruñido gutural de advertencia. Costo, el
de la nariz recta y los bíceps que trabajaba en el negocio de suministro de
grano, apareció de la nada y se acercó a hurtadillas. Tras unas tímidas
negociaciones, promesas de confidencialidad y un pequeño incentivo en
efectivo, se escabulló en la oscuridad y reapareció llevando de la mano a
una mujer que sabíamos que sería Demetria.

***
La hija del panadero era más audaz de lo que me esperaba.
Probablemente esto significara que su relación con Nobilis había sido
tempestuosa. En ocasiones funciona así. Demetria poseía un feo aire
desafiante que seguramente no era consecuencia de su historia pasada.
Había salido del huevo con ello; su agresividad era un síntoma de ineptitud
social. Si alguna vez había ido a la escuela, cosa que dudaba, habría sido la
rara que se sentaba en el último banco.
Tendría alrededor de veinte años, un rostro poco atractivo con una nariz
respingona, el cabello suelto a merced del viento y un débil olor agrio como
si alguien le hubiese derramado leche encima hacía varios días. Llevaba un
soso vestido de color marrón con una manga remangada y la otra no. No se
trataba de una cuestión de moda. Era tan perezosa que ni se había fijado. A
modo de cinturón llevaba una cuerda que podía haber servido de ronzal
para un buey. No lucía joyas. Supuse que no había trabajado nunca, por lo
que ella no tenía dinero y los hombres que elegía no eran generosos.
Fue todo una pérdida de tiempo, por supuesto. Demetria admitió que
seguía viviendo con Costo, muy bien escondida. Si éste la había arrastrado
aquella noche para vernos, era con la esperanza de recibir algún dinero a
cambio. Quizás había tenido el carácter necesario para escapar de Nobilis,
pero, en general, el instinto de Demetria era hacer lo que le decían.
No quiso hablar de su matrimonio con Nobilis. No lo acusó de violencia
contra ella, ni de apalear a su amante. Fueran cuales fueran las presiones
que Claudio Nobilis le había ejercido, seguían dando sus frutos.
No tenía ni idea de lo que estaba haciendo Nobilis entonces ni adónde
había ido; no mantenía ningún contacto con la familia…, aunque cuando
dije que había hablado con las otras dos mujeres me preguntó por Plotia y
Birta. Juró no saber nada de lo que había ocurrido con Modesto y Primila y,
dado que en aquellos momentos no estaba viviendo con Nobilis, eso parecía
razonable. Cuando le pregunté si alguna vez había tenido motivos para
sospechar que los que visitaban la zona desaparecían, ella lo negó.
—¿Pues por qué has venido a mi encuentro? —quise saber, exasperado.
Entonces fue cuando soltó sin rodeos que Costo quería que suplicara
dinero. A duras penas pude quejarme. Tal como Helena comentó después,
riéndose por lo bajo, ofrecer datos a cambio de una recompensa en efectivo
era lo que yo hacía como informante.
Repliqué que cuando era yo quien hacía la oferta, los datos existían.

***
Sí hubo, pues, un resultado. Le pregunté a Costo si había estado
presente cuando se había presentado el hombre de Roma que mencionó
Tamiris. Según Costo, hacía un par de días de eso. La descripción que me
dio de sus ojos extraños, el cabello untado y de su labia me resultó
sospechosamente familiar; casi podría tratarse del propio Anácrites.
—¿Oíste lo que dijeron?
—Se llevó a Tamiris aparte para que no pudiéramos oírlo.
—Entonces no tienes idea de lo que quería, ¿no?
—¡Claro que sí! —A Costo pareció sorprenderle que alguien pudiera
pensar que su patrón guardaría el secreto de un hombre de la ciudad—. Le
ordenó al jefe que si venía alguien preguntando sobre Nobilis o los demás
Claudios no dijera nada.
—¿Y afianzó la orden?
Costo se rió con amargura.
—Con una o dos sugerencias. Por si acaso se le olvidaba. Como… que
le cerraría el negocio, crucificaría a Tamiris, vendería a su esposa a un
burdel, que a nosotros nos mandaría como esclavos a las galeras después de
cortarnos los huevos… ¿Crees que puede hacerlo?
—Sí, por supuesto. Es la táctica habitual de la Guardia Pretoriana.
XXIX
Helena y yo discutimos la situación durante el viaje de vuelta a casa. La
historia de Costo confirmaba todos los rumores sobre que los Claudios
gozaban de protección. Quienquiera que estuviera velando por sus intereses
debía de ser poderoso, si utilizaba la red de inteligencia para hacer su
trabajo sucio. Anácrites no se había atrevido a amenazarnos a Petro y a mí;
ni siquiera él era tan estúpido como para hacerlo. Sin embargo, no tenía
ningún escrúpulo cuando se trataba de intimidar a algún pueblerino. Daba
por sentado que no lo descubriríamos. Para nosotros esto indicaba motivos
ocultos. Sabría que, en cuanto nos sintiéramos intrigados, nos pegaríamos a
él como perros sabuesos.
Había cometido un desliz. Para empezar, yo no descansaría hasta que no
hubiese sacado a la luz su verdadero interés, y Petronio haría lo mismo.
Estaba resuelto a irrumpir en el despacho del espía y amenazarlo con los
mismos castigos que le ofreció a Tamiris…, especialmente la parte de la
emasculación. Maya aún debía de tener el viejo instrumental veterinario que
su difunto esposo utilizaba cuando cuidaba de los caballos de las cuadrigas
de los Verdes; seguro que me prestaba gustosamente su cascanueces equino.
Helena me instó a actuar de manera inteligente.
—No lo alertes, Marco. Sigue adelante con normalidad, finge que nadie
vio a su agente. Sugiero que cuando volvamos veamos si nos ha invitado a
cenar tal como nos amenazó con hacer. De ser así, deberíamos ir a su casa y
husmear un poco antes de que lo abordes abiertamente.
—Antes preferiría olfatearle el culo a un novillo que se hubiese pasado
una semana con diarrea.
—¡Tu retórica es tan refinada…! Escucha los buenos consejos de tu
esposa —Helena me hizo un gesto admonitorio con el dedo—: Averigua
quién es el que le saca las castañas del fuego a Anácrites. ¿Quién quiere que
proteja los intereses de esos moradores de los pantanos?
—Tienes razón, como siempre. —Había llegado el momento de tratar el
tema—. Debe de estar todo relacionado con el hecho de que los Claudios
tengan un origen imperial —le dije a Helena—. Me dio la impresión de que
Laeta y Momo saben qué está pasando. Se ha ejercido alguna antigua
influencia… No creo que se trate del emperador. —Vespasiano tenía unos
cuantos amiguetes allegados; su gabinete de consejeros privados estaba
formado por hombres como el propio padre de Helena, que lo conocía
desde hacía años, desde mucho antes de que fuera importante. Nunca se le
había considerado una persona que protegiera a los favoritos.
—Ni tampoco de Tito —decidió Helena. Tito y ella se profesaban una
admiración mutua…, mayor de la que a mí me parecía conveniente. De
todos modos, esto sólo significaba que Tito César sabía juzgar muy bien a
las mujeres. Al igual que su padre, era una persona fundamentalmente
honesta.
Helena seguía marcando candidatos:
—Domiciano es más cuestionable. —Yo estaba peleado con Domiciano.
No le temía, pero si estaba metido en esto lo mejor era saberlo—. De los
grandes y poderosos de palacio —concluyó Helena—, sólo estaría Claudio
Laeta. No os hubiera invitado a Petro y a ti a investigar a Modesto si sus
intereses radicaran en un encubrimiento.
—Reconócele un poco de mérito al hombre…, ¡sabe que somos
demasiado buenos! —le dirigí una amplia sonrisa.
—Laeta no corre riesgos estúpidos —me corrigió ella con frialdad.
Helena tenía un sentido del humor maravilloso, aunque no toleraba muy
bien la frivolidad de los idiotas—. Él no juega con cuchillos sólo por una
vulgar emoción. Él considera que su papel es proteger la administración
para que así el Imperio pueda funcionar sin problemas.
—¿Qué es lo que piensas entonces?
—Podría tratarse de algún cónsul o ex cónsul que nunca se haya
cruzado en nuestro camino.
—¡Pues son casi todos! —Nos manteníamos al margen de la política en
general.
—Puedo preguntarle a mi padre. No es que conozca a muchos matones
forzudos. Sus amigos de la Curia son benévolos. Son hombres que leen a
Platón mientras comen, filántropos que piensan que debería existir una
comisión que examinara los problemas de salud entre los ciudadanos
pobres.
Le dije que los Claudios eran una amenaza para la salud en el Lacio.
Helena seguía considerando el argumento. En tanto que yo me
escabullía cuando había demasiadas alternativas, a ella le gustaba ser
concienzuda y no utilizar tópicos endebles como «decídelo después»; ella
repasaba todos los puntos. Ella diría de mí que era un hombre típico; yo la
consideraba una mujer sumamente excepcional.
—Deberíamos tener en cuenta, Marco, no sólo quién es esta persona
influyente, sino por qué apoya a esos libertos. Ha pasado mucho tiempo
desde que los poderosos de Roma se alineaban con las bandas criminales.
—¿Gente como Clodio y sus terroristas? Él se procuró unos ejecutores
brutales; todo el mundo les temía, lo cual, añadido a su muy patricio
nombre, le daba un poder enorme… Ahora ya no ocurre nada parecido en la
ciudad.
—No puede tratarse de nada que los Claudios ofrezcan a su protector —
comentó Helena—. Puede que sea ambicioso, pero tiene que ser capaz de
dirigir su carrera sin su ayuda. Así pues, ¿por qué se molesta? ¿Qué control
ejercen sobre él?
Helena tenía razón y coincidí con ella:
—¿De qué tiene miedo? ¿De una panda de ex esclavos mediocres que
viven en los pantanos a kilómetros de la civilización, que venden chatarra y
pegan a sus esposas? No veo qué influencia pueden ejercer sobre una
persona que tiene un peso importante en Roma. Y debe de ser de mucho
peso. Para sobresaltar a Anácrites hace falta ser muy importante.
—¿No podría ser más sencillo? —sugirió Helena—. ¿No podría ser que
se hallaran bajo la protección del propio Anácrites?
Nos echamos a reír y estuvimos de acuerdo en que eso era muy
improbable.

***
Al regresar a Roma resultó que el visitante que había amenazado a
Tamiris no podía haber sido Anácrites. El hombre que fue a Antium debía
de ser un agente. Petronio confirmó que el espía no se había movido de
Roma. Los vigiles lo habían visto. Las cosas habían avanzado. Mientras
Helena y yo estábamos ausentes, la Séptima Cohorte había sido convocada
en la necrópolis de la Vía Triunfal. Dicho cementerio se encontraba al otro
lado del río, al norte de la ciudad, a diferencia de aquel en el que fue
hallado Modesto. Los transeúntes habían alertado a un vigilante de lo que
parecía una tumba poco profunda cavada sin permiso cerca de la calzada.
En ella había un cadáver reciente y mutilado.
XXX
Julia y Favonia estaban jugando tranquilamente en el suelo con sus
animales de cerámica. En cuanto entramos, recordaron que nosotros, sus
crueles progenitores, las habíamos abandonado. Se levantaron de un salto,
se pusieron coloradas y echaron a correr gritando a voz en cuello y
derramando lágrimas de verdad. Era una treta típica.
Helena Justina me dirigió una mirada burlona.
—Quizá con dos sea suficiente, ¿no?
—¡Trato hecho!
Albia también se negó a darnos la bienvenida y se fue airada como un
perro ofendido. Esto le dio la misma idea a Nux, aun cuando ella sí había
venido con nosotros de excursión.
***
El mensaje de Petronio sobre el nuevo asesinato era irresistible. Me
cambié la túnica y las botas y me lavé la cara. Pensé en pasarme el peine,
pero me conformé con el estilo alborotado. El hecho de estar de vuelta en
Roma ya me había enfervorizado bastante; ir aseado supondría un excesivo
entusiasmo. En ocasiones necesitaba evocar la época en la que vivía en la
plaza de la Fuente y era un joven granuja.
Salí de casa a media mañana con un cuchillo metido en la bota y el
dinero justo para cubrir emergencias en el monedero. Tenía la cabeza clara
y llevaba un paso dinámico. Sin embargo, sentía la débil tensión de quien
necesita reimponerse en su entorno habitual. Podía haberse producido un
adulterio y un choque de carros sin que yo lo supiera. Podía haberme
perdido la captura crucial de ese ladrón escalador de la calle del Armilustro.
El viejo Lupo podía haber iniciado el crucero por el Mediterráneo que
llevaba tanto tiempo prometiendo y, por lo que yo sabía, llevándose con él a
esa camarera regordeta de La Concha de Venus, en lugar de a su abatida
esposa, la de las coletas que siempre le gorroneaba a Bruto, el del puesto de
pescado. En cuanto llegara a casa de Maya, ella me pondría al día acerca de
todos estos elementos esenciales, pero mi camino me llevó primero al
cuartel de la Cuarta Cohorte.
Petronio había terminado el turno de noche y se había marchado a casa.
Era Fúsculo quien estaba allí y me contó la historia.
—¿El modus operandi es el mismo?
—Eso parece. El cuerpo lo encontramos en la necrópolis, aunque esta
vez no fue en un sepulcro. Existe una diferencia entre los emplazamientos
de la Apia y la Latina, donde encuentras apellidos patricios y mausoleos
condenadamente grandes. La Vía Triunfal consiste en un gran cementerio
con clientela variada, desde esclavos a personas de rango medio. Los
funerales también son variopintos, hay de todo, desde viejos esqueletos que
asoman de fosas poco profundas hasta urnas de piedra gris con bonitas
tapas puntiagudas o ánforas medio rotas y tumbadas de lado para contener
las cenizas del fallecido.
—¡Más o menos de nuestro nivel! —exclamé con una sonrisa.
—¡No tan elaborado como esa inscripción que tu padre dispuso para sí,
Falco! Nada de «Éste es mi panteón, que nunca debería venderse, con
trescientos metros de terreno»; no hay un bonito altar funerario etrusco con
unas alitas muy monas en él.
Yo aún no estaba preparado para bromear. Podía satirizar sobre el hecho
de haber perdido a mi padre, pero pensar en mi hijito exigía respeto.
—Fúsculo…, se trata de un cementerio extenso cubierto de tumbas
confusas. ¿Cómo es que este cadáver llamó la atención?
—Ya sabes que hay algunos asesinos chalados que tienen ganas de
gritar: «¡Mirad; he hecho lo que yo quería y no podéis pillarme!». Petronio
cree que el muerto fue colocado expresamente cerca de la calzada para que
alguien se diera cuenta.
—¿Viste el cadáver?
—Tuve ese privilegio, en efecto.
—Modesto era un hombre de mediana edad. ¿Se trataba de alguien
similar?
—No. Éste es joven. De constitución menuda…, fácil de reducir.
—¿Cómo estaba colocado?
—Obviamente, era una posición ritual. Bocabajo, los brazos extendidos
a los lados como un esclavo crucificado. Bueno, cuando digo en toda su
extensión, Falco, es excluyendo las dos manos, que, tras haber sido
amputadas, estaban muy bien colocadas una a cada lado de la cabeza. La
misma planta que Modesto. Y, al igual que Modesto, cuando los de la
Séptima le dieron la vuelta, lo encontraron rajado desde la garganta hasta
sus partes.
—¿Alguna otra mutilación?
—¿Te parece poco?
—¿Fue un asesinato tan vengativo como el de Modesto?
Fúsculo reflexionó un poco, nada excesivo.
—Tal vez no tanto. A éste lo habían golpeado, pero probablemente
fuera durante los primeros intentos por reducirlo.
—Entonces, aparte del hecho de que ha perdido sus esperanzas en la
vida, ¿podría decirse que no sufrió?
—¡Qué bien expresado! Su ropa estaba allí. Los zapatos, el pañuelo del
cuello…, y un flamante anillo de boda que seguía en su mano cortada. Pero,
claro, no creo que nadie intentara vender lo que quedaba de su túnica en el
mercadillo…, y menos después de haberlo rajado.
—Si dejaron el anillo es que el móvil no era el robo, ¿no?
—No llevaba dinero encima, de modo que es posible. Su asno ha
desaparecido, pero cualquiera podría habérselo llevado de la carretera si el
asesino lo dejó allí.
—¿Y sabemos quién es?
—¡Pues sí, lo sabemos, en efecto! —Fúsculo me dejó esperando.
Terminaba ya la mañana y no tardó en perder el interés por tomarme el pelo
—. Un carretero informó de la desaparición de su transportista. Un tipo
joven. Acababa de casarse, por lo que su esposa empezó a ponerse nerviosa
en cuanto no se presentó a cenar. Su primer intento por cocinar unas
hamburguesas de marisco… Ahora él nunca sabrá lo horribles que
estaban… Le habían encomendado llevar un paquete que los de la Séptima
no encontraron, pero estaba en la alforja del asno. Su patrón, un ciudadano
bondadoso, informó de su desaparición porque creyó que el muchacho se
había largado con la mercancía.
—Así pues, este transportista salía de Roma, no estaba llegando a la
ciudad, ¿no? Y no por el lado de los pantanos Pontinos, ¿verdad?
—No. Por eso los de la Séptima supusieron que se trata del mismo
asesino, por el método, pero los de arriba piensan otra cosa.
—¿Que no es cosa de los Claudios? ¿Ése es el veredicto de Anácrites?
—estaba enojado—. ¡Pero, Tiberio, muchacho…, si es obvio que esto nos
señala en la otra dirección!
—Es curioso —murmuró Fúsculo—. Esto es lo que decidió Petronio
Longo. —Fingió estar impresionado de que los dos pudiéramos llegar al
mismo supuesto con tanta rapidez—. Pero claro, a él siempre le gusta ser
descabellado con las teorías. Si siete personas dicen que lo hizo un
vendedor de calabazas, el poderoso Longo arrestará al panadero. Y encima,
tendrá razón. Es un cabrón inteligente.
Me marchaba ya y, al llegar a la puerta, di media vuelta rápidamente
para hacer una última y repentina pregunta. En realidad, era un truco
reservado para los sospechosos, pero Tiberio Fúsculo era el único de los
vigiles que apreciaba la técnica escénica.
—¿Habéis descartado que sea un imitador?
—¡Ay, Falco, siempre existe este deleite para crear confusión!

***
Cuando llegué, Petro ya se iba a la cama, pero se quedó para cotillear.
Salimos a la terraza. Cerró la puerta plegable. Así era como él hacía las
cosas. A través de los listones pude ver que Maya nos hacía gestos con los
dedos y nos sacaba la lengua. Mamá hubiera escuchado a escondidas.
Helena hubiera abierto otra vez la puerta de inmediato y hubiese sacado un
taburete para sentarse con nosotros.
Él me dio más detalles. La Séptima Cohorte, que en opinión de Petro
eran una panda de imbéciles, habían sido los primeros en llegar al escenario
del crimen. La Vía Triunfal, que sale de la ciudad por el lado nordeste, era
la zona de la Séptima; tenían jurisdicción en los sectores IX y XIV,
incluyendo cualquier cementerio que se hallara más allá de los límites.
Consultaron con la Cuarta Cohorte. Sabían que Petronio llevaba el caso de
Modesto, aunque no estaban al corriente de la intervención de Anácrites. El
tribuno de la Cuarta quería ser un miembro de la Guardia Pretoriana y los
espías eran una subdivisión de la misma; así pues, como estaba relacionado
con su posición, Rubela se ciñó a las reglas. Se dio tanta prisa en notificar a
Anácrites el nuevo caso vinculado, que el espía se quemó los dedos de tan
caliente que estaba la cera del sello. Anácrites había permitido que la
Séptima continuara con investigaciones rutinarias. O bien ellos tenían el
defecto de asociarse con Petronio y conmigo, o bien Anácrites los
consideraba demasiado estúpidos para que le supusieran un obstáculo.
—Que lo son —afirmó Petro.
—Estás cansado.
—Estoy bien.
—Por supuesto. Bueno, ¿tú qué opinas? Fúsculo dice que la opinión del
nuevo oficial es que la muerte de la Vía Triunfal apunta a unos asesinatos
aleatorios en cualquier carretera de las proximidades de Roma. Se supone
que esto nos dice que la muerte de Modesto no fue más que un
desafortunado accidente de un viajero.
—Sí, por lo visto es una verdad clarísima.
—¿El asesinato de Modesto cuando iba de camino a Roma no guarda
ninguna relación con los Claudios, sino que es pura coincidencia?
—Se encontraba en la carretera equivocada en el momento equivocado.
Petro hizo una pausa cuando Maya salió con un plato de hojas de vid
rellenas para comprobar que no nos estábamos divirtiendo demasiado sin
ella.
—Tiene que descansar, Marco.
—Ya casi hemos terminado.
—Te conozco; apenas habéis empezado.
—Entonces lárgate y déjanos terminar —le dijo Petro en tono afectuoso.
Mi hermana lo aguantó.
Mastiqué una hoja de parra. Casera. El relleno era de granos de trigo y
piñones con un aderezo un tanto ácido. Menta. Estaba bueno, pero yo
seguía apesadumbrado.
—Desembucha, encanto.
Petro tomó uno de los bocados entre el pulgar y otro dedo, pero se
limitó a agitarlo mientras hablaba:
—Marco, he aquí mi lista personal de anomalías: La primera, ¿por qué
los asesinos de Modesto le cortaron las manos? Sigo pensando que fue por
venganza; esas manos habían redactado repetidamente cartas enojadas para
quejarse de los Claudios. Alguien debe de haber oído hablar de Cicerón,
que fue asesinado por atacar con vehemencia a Marco Antonio. A Cicerón
le quitaron las manos con las que escribió sus polémicas y las clavaron en
estacas a ambos lados de su cabeza en la tribuna de los oradores donde
había hecho sus discursos.
—Una mano.
—Pedante.
—La alusión parece demasiado literaria.
—No, no lo es. Todo el mundo sabe lo que le ocurrió a Cicerón. ¡Si
hasta yo lo sé! —se jactó Petro. Había ido a la escuela, pero mientras que
mis pasatiempos adultos eran beber y leer, los suyos eran beber y beber un
poco más—. Además, ¿qué crees que hacen Nobilis y Probo todo el día
metidos en sus miserables chozas? Toman asiento con un rollo de erudito
para mejorar su mente, ¿no es verdad?
—¡Demuéstramelo! Pero me quedo con la venganza contra las manos
del peticionario. ¿La siguiente anomalía?
—Hice que nuestro médico, Escítax, echara un vistazo a los restos antes
de incinerar a Modesto. Escítax creyó probable que aún estuviera vivo
cuando le quitaron las manos. Nobilis puede que sepa algo sobre la muerte
de Cicerón; su intención era que Modesto comprendiera su sino.
—Pero el transportista no escribió cartas envenenadas.
—No, él no sabía leer ni escribir. —Seguro que Petro lo había
preguntado—. Tal vez su cuerpo estuviera extendido como el de Modesto,
pero su vientre rajado es distinto. Escítax suele ser cauto desde el punto de
vista forense, pero cree que el asesino de Modesto cortó el cadáver después
de muerto. Lo que quiero decir es que probablemente regresó y lo hizo
varios días después.
Me encogí.
—¿Y eso para qué?
—¿Quién sabe por qué? Para reforzar su poder, tal vez. —Entonces
Petro se comió el aperitivo mientras pensaba en la perversión con el ceño
fruncido—. Sea como sea, al transportista lo abrieron en canal el mismo día
que murió. Podemos estar seguros porque salió por la tarde y lo encontraron
al día siguiente al amanecer. Casi estaba aún caliente.
—Da la impresión de que fue un asesinato apresurado…, y esto no es
típico de los asesinos reincidentes. —Por el ritmo que Petronio había dado a
su narración, supe que debía de haber al menos otra discrepancia—. ¿Qué
más?
—Quienquiera que asesinara a Modesto, a juzgar por los detritus que
dejaron cerca, sospecho que más de una persona estuvo allí. Y
permanecieron en torno al escenario del crimen varios días. Después del
asesinato, quiero decir. Es posible que alguno regresara para rajar a
Modesto…, pero yo creo que esos cabrones no se movieron de allí.
—¡Por Júpiter! ¿Estas cosas pasan?
—Con los pervertidos. Claro que los que sostienen otras teorías
alegarán que en los alrededores de las tumbas de la Vía Apia hay mucha
gente que va y viene, ocupantes ilegales y personas que acampan por allí,
de modo que, ¿cómo podemos saberlo?
—¿Y cómo puedes saberlo tú?
—Además del fileteado post mórtem encontramos asientos que se
habían sacado del panteón, ánforas tiradas, pruebas evidentes de comida.
Había mierda humana y la cosecha se correspondía.
—Tienes un trabajo fascinante —comenté con un estremecimiento.
—Mi trabajo es hacer las cosas bien y no dejarme engañar por esos
cabrones.
—Si los asesinos de Modesto hubieran querido jugar con el transportista
de esa manera, lo único que tenían que hacer era llevárselo lejos de la
calzada para que no los viera nadie. En cambio, lo dejaron justo al lado de
la cuneta, donde seguro que alguien lo vería de inmediato.
—¡Esto sí que es curioso! —observó Petro—. Todo esto apesta…,
aunque podría ser que un espía estúpido se lo tragara.
***
Petronio Longo necesitaba descansar y se quedó dormido mientras le
daba vueltas al asunto. No lo molesté. Me quedé allí sentado, dejando que
roncara en la otra hamaca mientras yo continuaba rumiando.
Maya miró afuera una vez. Me trajo un poco de vino mulso caliente con
miel, me colocó los dedos en torno a la taza sin decir nada y a continuación
me despeinó los rizos. Tras tales atenciones fraternales, nos dejó solos.
XXXI
Había llegado el momento de examinar a Anácrites con más atención.
Helena tenía razón en cuanto a la manera en que podíamos hacerlo. Yo no
hubiera optado por acompañar a mis mujeres a una velada en su mansión
estilo antiguo del Palatino, pero su invitación había llegado y Roma es una
ciudad de cenas civilizadas. Las veladas sociales de este tipo promueven
toda suerte de comercio y corrupción. Quería acercarme a él lo suficiente
para averiguar por qué quería estar cerca de mí. En el gimnasio exclusivo
para socios de Glauco, situado detrás del Templo de Cástor y Pólux, me
bañé y me puse en las seguras manos del burlón del barbero. Primero le
pedí a Glauco una intensa práctica con armas, seguida por una sesión con su
masajista más brutal. Cuando Glauco preguntó si toda esta preparación
significaba que iba a embarcarme en otra misión peligrosa en el extranjero,
le conté adónde iba aquella noche. El consejo que me dio fue que vigilara
mi juego de piernas, que tuviera cuidado con lo que me daban de comer,
pero, por encima de todo, que me guardara las espaldas. Él conocía a
Anácrites. Cuando el espía solicitó su inscripción como cliente habitual del
gimnasio, Glauco se encontró con que tenía un exceso de solicitudes y no
pudo hacer otra que poner a Anácrites en la muy competitiva lista de
espera… Anácrites seguía en ella.
—Cuando te pase las setas, di que no quieres —me insinuó Glauco. Una
vieja alusión romana al veneno—. O mejor aún, te voy a dar una idea. ¿No
es cierto que te hiciste con muchos esclavos al morir tu padre? Pues llévate
a uno como catador. Sé prudente, Falco. Tienes la cuota pagada hasta final
de año… No querrás malgastar parte de tu abono…
—Yo considero a mis esclavos como si fueran de la familia —protesté
con aire de rectitud.
—¡Razón de más para cargarte a unos cuantos! —repuso Glauco. Nadie
diría que tenía a una esposa guapa a la que adoraba y un hijo atleta que era
su orgullo y alegría.

***
Según Helena, para una mujer resultaba mucho más difícil vestirse
cuando quería aparentar que no se había tomado ninguna molestia al
hacerlo que cuando intentaba demostrar un enorme respeto por algún
posible patrón con el objeto de que su esposo progresara (lo cual nunca fue
aplicable en mi caso) o para impresionar a un hombre al que estuviera
tanteando para cometer un apasionado adulterio (lo cual no era aplicable a
Helena; o al menos eso esperaba yo…, aunque si ella tenía esta intención yo
no podía hacer mucho al respecto: era demasiado astuta). Me tumbé en la
cama a observar el procedimiento, desnudo y con la esperanza de que se
evaporara el aroma de los aceites de azafrán del masajista. Su viscosidad
resultaba inútil a la hora de atraer a las mujeres. Helena Justina se había
limitado a arrugar la nariz con leve curiosidad, como si hubiera llegado a
casa sin un brazo y ella se estuviera preguntando por qué me veía distinto.
La hora que podríamos haber ocupado haciendo el amor la dedicó ella a
probarse vestidos, buscar cinturones y rebuscar en el cofre de las joyas.
Cuando estaba a medio maquillar, salió corriendo para supervisar a Albia,
quien había decidido que, ya que sus padres nunca la llevaban a ninguna
parte, se ataviaría con sus más brillantes posesiones mientras tuviera
ocasión.
—Tenemos que dar la impresión de que sabemos que no se trata sólo de
un té de borraja y unos huevos encurtidos —oí que le explicaba Helena. Se
habían dejado abiertas las puertas de dos habitaciones para facilitar los
chillidos al ver que el único vestido bueno del arcón tenía miel derramada y
que el cierre de todos los collares elegidos se rompía entre unos dedos
frenéticos—. Pero también de que no tenemos a Anácrites en suficiente
consideración como para lucir nuestras mejores galas.
—¿Y por qué lo odiamos? —preguntó Albia con su exigente curiosidad.
Tenía tendencia a actuar como si todo lo que se hacía en Roma fuera una
locura increíble para cualquiera que hubiera nacido en las provincias.
—No lo odiamos. Lo tratamos con cautela —la reconvino Helena—.
Encontramos que sus celos de Falco son un pelín malsanos.
—Ah… ¿Como cuando intentó que pusieran a Falco despatarrado en
una roca para aves carroñeras en Nabatea?
—Exacto. Tratar de organizar una ejecución a larga distancia no fue un
protocolo aceptable.
—Entonces, ¿esta noche el espía va a intentar matar a Falco a corta
distancia? —Albia parecía demasiado interesada.
—No, querida. Anácrites es demasiado astuto para intentar nada estando
tú y yo presentes. Yo le sacaría los ojos, mientras que tú irías corriendo a
buscar un abogado.
Eso me tranquilizó. Me levanté no sin esfuerzo y busqué una túnica que
me apeteciera ponerme.
—¡Marco! ¡No vas a ir con este desastre! Ponte la de color teja.
—Es demasiado elegante.
Siempre me había resistido a ponerme la de color teja porque me hacía
parecer el palafrenero mayor cubierto de espinillas de un pretor.
Naturalmente, mis estilistas hicieron que eligiera ésa.

***
En la residencia de Anácrites, que debía de haber adquirido con sus
ganancias del Censo, al perro guardián asesino lo habían puesto chorreando
de agua perfumada y le habían ordenado ladrar más bajo. Esto supondría
una ventaja para los vecinos ricos, que normalmente tenían demasiado
miedo para quejarse. Se habían engrasado las imponentes puertas de
entrada, de modo que pudieron abrirse lo suficiente; la vieja silla de mano
de seis porteadores de papá nos llevó al otro lado. Nos apeó el portero con
barba de varios días, que nos dejó bajo custodia de unos esclavos con librea
encargados de recibirnos.
Eran hábiles. Tanto, que Helena imaginó que Anácrites había contratado
los servicios de unos organizadores de fiestas profesionales. Su casa estaba
llena de lusitanos con túnicas níveas a juego. Había guirnaldas de colores
temáticos. Una joven acomodadora con suelas de plataforma y una pechera
de piel de imitación eligió unas exquisitas chucherías que nos entregó a
modo de obsequio para los invitados (para mí, unos dados que sólo sacaban
treses). Frente a la puerta trasera del espía debía de haber toda una caravana
de carros de proveedores de fuera que traían todo lo necesario: cubos de
bronce con un suministro especial de magnífico marisco, ropa de mesa
ligeramente desgastada y sus propias planchas para cocinar. Estaba claro
que, para Anácrites, aquella velada significaba mucho más que una cena
tranquila entre amigos.
Pellizqué a Albia con jovialidad:
—¡Ten por seguro que el cerdo troyano está en marcha!
Los encargados de recibirnos nos arrebataron las prendas externas y los
zapatos. Un jaleo en la puerta anunció la llegada de más visitas. Una de las
voces era la de Camilo Eliano (con cierto dejo de cansancio, quizá), lo cual
no auguraba nada bueno. Todavía no habíamos llegado al atrio y Albia ya se
mostraba hosca. Entonces oí el espantoso barítono de Minas de Karystos.
Debía de haber fortalecido su determinación con unos cuantos cócteles
antes de salir de casa.
Helena y yo pasamos junto al estanque del impluvio del atrio
arrastrando los pies y remolcando a Albia. Unas lámparas diminutas como
luciérnagas, de ésas que a los diseñadores les parecen sofisticadas,
parpadeaban en torno al estanque, muchas de ellas ya extinguidas. Mientras
a los recién llegados les calzaban las sandalias para cenar, nosotros
encontramos el camino a través de la penumbra y nos topamos con nuestro
anfitrión reclinado en un diván de lectura, como quien intenta calmar los
nervios.
Se levantó de un salto, vestido con una de sus túnicas ajustadas (¡por
todos los dioses!, el idiota vanidoso debía de haber encargado que le
hicieran unas pinzas a la prenda para parecer más esbelto). Me sentí muy
ofendido al ver que llevaba un tono marrón bastante similar al mío. Casi me
esperaba que luciera una torques en torno al cuello, pero se había limitado a
unos brazaletes de oro a juego. El hombre hacía ejercicio. Tenía músculos
suficientes como para hacer alarde de ellos, pero su piel era extrañamente
lisa, como si se los hiciera depilar arrancando los pelos de uno en uno.
—¡Has invitado a mi hermano! —exclamó Helena.
Con un solo movimiento, Anácrites la había convertido de pacifista en
instigadora. Incluso él pareció sobresaltado.
—Querida Helena Justina… —¡Vaya, aquella noche tocaba emplear el
nombre formal!—. Dado que, por desgracia, Lucio Petronio y Maya
Favonia tenían otro compromiso, invité a tus dos hermanos. —Lo dijo
como si le estuviera haciendo un favor, como si los nobles Camilos fueran
incapaces de organizar una velada familiar por sí mismos. Lo que en
realidad implicaba era que sólo nos conocía a nosotros. Yo estaba en lo
cierto: Anácrites no tenía amigos—. Esperaba que te pareciera bien… —
gimió.
Por suerte, la banda empezó a tocar.
Anácrites había traído tres liras y un tambor de marco de sonido suave.
Los músicos acompañaban a una troupe poco numerosa de volatineros
bastante buenos con disfraces casi nuevos; a éstos siguió una chica que
cantaba breves tonadas pastoriles cretenses; eso sí, tras largas explicaciones
por parte de un hombre que llevaba una capa peluda de piel de cabra.
Hicimos caso omiso de todo aquello y saludamos alegremente con la mano
a Justino y a su esposa Claudia, y con menos alegría a Eliano, a su nueva
consorte Hosidia y a su suegro.
—Con tan poca antelación, lo mejor que pude encontrar para agasajar a
los griegos fueron unos cretenses —susurró Anácrites, al tiempo que iba a
dar la bienvenida a los Camilos. Como anfitrión parecía nervioso, lo cual
era una faceta nueva y disparatada en él.
Vimos que Anácrites se preguntaba si podía (o si debía) besar a Claudia
y Hosidia, o si debía (o podía) abrazar a los hermanos de Helena. (A mí no
me había abrazado. Me gustaría verlo intentándolo). Minas, el profesor de
leyes barbudo y exuberante, se lanzó hacia Anácrites, a quien no había visto
en su vida, como si hubieran manejado el mismo remo en una galera
durante al menos veinte años. Hosidia retrocedió contra Eliano, que estuvo
a punto de caerse en el estanque del atrio. Claudia era demasiado alta para
que el espía la besara y se limitó a estrecharle la mano enérgicamente; el
borde de su vestido fue víctima de la picadura de las lámparas-luciérnaga,
pero Hosidia se sacudió las chispas con consideración. Tanto Aulo como
Quinto Camilo se quedaron a un brazo de distancia de Anácrites. Me fijé en
que ambos llevaban unas gruesas togas nuevas de color tiza, listos para la
campaña electoral. Presentaron a sus esposas, que, a continuación, se
agruparon con las dos mujeres de mi familia para poder admirarse
mutuamente los conjuntos que llevaban. Claudia, que era muy afectuosa,
saludó a Albia con cariño. Hosidia se quedó allí con actitud desdeñosa. Por
lo que yo sabía, ésa era su expresión natural.
—¿Os gustaría que habláramos en griego? —preguntó Anácrites
amablemente en un fluido griego administrativo.
—Hablo latín, por supuesto —contestó Hosidia, si bien lo dijo en griego
y no solucionó nada; así pues, nos vimos arrastrados a una velada
bilingüe…, cosa que resultaba factible pero que fue causa de
distanciamiento.
Dos chicas pálidas, más lisas que una tabla y ataviadas con uniformes
blancos, trajeron unas fuentes con aperitivos. Eran unos bocados pequeños
pero sabrosos; no había evidencias de que los esclavos de la casa los
hubieran mordisqueado. Unos muchachos con el cabello untado y peinado
con unas puntas ridículas trajeron las primeras bebidas en unas copas
chillonas que probablemente proporcionaron los del servicio de comidas.
Minas, que no necesitaba a nadie que le levantara el ánimo, se animó en
grado sumo. Entonces las invitadas le pidieron a Anácrites que les enseñara
su casa. Él se dejó llevar con gesto preocupado; tenía la expresión de quien
sabe que se ha dejado un montón de ropa interior sucia en el suelo de su
dormitorio y no ha cerrado el armario que contiene sus lámparas en forma
de falo alado.
Esto nos dejó a Minas, a los Camilos y a mí de pie formando un cuadro,
cada uno con una cola de cigala en la mano y preguntándonos unos a otros
qué estábamos haciendo allí, por el Hades.
Justino me recordó que, a raíz de una visita anterior, sabíamos que
Anácrites guardaba estatuas obscenas en una habitación secreta. Minas se
animó con la esperanza de poder echarles un vistazo en privado.
—¡Va a ser una buena noche, Falco! —exclamó con voz retumbante. Vi
que Aulo, que tenía una idea muy precisa de la capacidad bebedora de
Minas, estampó una sonrisa en su cara—. ¡Tengo muchísimas ganas de que
empiece! —me confió Minas, al tiempo que se inclinaba hacia mí con su
horrible aura del vino y el ajo de la comida—. Creo que este hombre debe
de tener muchas influencias, ¿verdad? ¿Conoce a gente importante? ¿Al
emperador, tal vez? ¿Anácrites puede hacernos favores?
Asentí con gravedad.
—Tiberio Claudio Anácrites estaría orgulloso de saber lo que piensas,
Minas.
XXXII
Nos llamaron para cenar.
El viejo comedor estaba situado dentro y tenía un toque acogedor. Los
profesionales contratados habían decorado sus tres divanes de piedra, muy
pegados entre sí, con fundas de una tela brillante de mismo color que el
zumo de granada. No debieron de juzgar bien la clase de soltero que era
Anácrites. Una única rosa suspendida del centro del techo afirmaba de
forma tradicional que cualquier cosa que dijéramos sería en confianza.
—Sólo un idiota mencionaría algún secreto en casa de un espía, ¿no? —
dijo Albia, con unos ojos como platos llenos de inocencia.
—¡Ahora recuerdo a tu hija! —exclamó Minas, al tiempo que me
rodeaba los hombros y dándome una palmada tan fuerte que estuve a punto
de perder el equilibrio (me pareció que también acababa de acordarse de
mí). ¡Esta descarada es demasiado astuta!
—Bueno, es que últimamente la intriga es el único deporte en la ciudad,
Minas. —Gracias a la holgura de mi túnica color teja, retorcí y logré
zafarme del griego—. A Anácrites le encanta la gente que viene aquí y
comete traición. Le entusiasma pensar que son sus invitados y no puede
arrestarlos.
Anácrites puso cara de desconcierto.
***
Éramos nueve comensales, naturalmente. Nuestro anfitrión consideraba
demasiado osado romper las convenciones. Debió de pensar mucho en
nuestra colocación, pero cuando el resto de nosotros llegamos al triclinio,
Helena estaba cambiando a la gente de sitio para evitar situaciones
incómodas: se aseguró de que yo pudiera interrogar a Anácrites, puso a
Albia y a Eliano separados y no impuso al rimbombante Minas a nadie que
fuera tímido…
Minas creía que él debía tener prioridad, pero estábamos en Roma y él
era extranjero; no tenía ninguna posibilidad.
—Los dos hermanos Camilo van a presentarse para el Senado —
comentó Anácrites, mientras intentaba guiarlos hacia los asientos que él
había elegido. Ellos estaban hablando de las carreras y no le prestaron
atención.
—Votarán para echarlos —terció con brusquedad su hermana.
—¡Vaya, gracias! —respondieron a coro con poco entusiasmo. Helena
agarró a cada uno de ellos y los empujó para que se sentaran donde ella
quería. Para tratarse de gobernadores del Imperio en ciernes, se sometieron
como un par de peleles. Albia se rió con satisfacción al verlo, hasta que fue
arrastrada a la fuerza hasta el extremo del diván inferior.
—Es el privilegio de una joven —dijo Helena para tranquilizarla—.
Puedes salir fácilmente para ir al baño y llegas a las fuentes de comida para
repetir.
Minas seguía muy interesado en saber cuál era el asiento de honor.
—Es el del extremo derecho del diván central, creo…, ¿no? —
Enfervorizado por alguna guía turística sobre la etiqueta romana, ya
apuntaba su enorme panza en dicha dirección.
Helena me guió hasta allí. Empujó a Minas hacia el otro extremo.
—Con las mejores vistas al jardín y a la estatuaria, si estuviéramos en el
exterior… —Debido a las deficiencias de la casa de Anácrites, nos
encontrábamos frente a un pasillo poco elegante—. Marco es el único que
ha ostentado un cargo público de importancia, Minas; fue Procurador de los
Gansos Sagrados de Juno. —El hecho de que yo fuera el pez gordo, y
encima en virtud de supervisar una bandada de aves, demostraba la baja
estofa de quienes se disponían a despachar aquella cena.
Minas hizo un mohín. Yo le sonreí abiertamente y para distraerlo le
expliqué:
—Es una historia triste, Minas. Miopía gubernamental. Perdí el empleo
de manera ignominiosa, en una tanda de recortes que llevó a cabo el Tesoro.
—Siempre me pregunté si Anácrites había tenido algo que ver con ello—.
A los Gansos de Juno y los Pollos Sagrados de los Augures se les rompió el
corazón al perderme. De hecho, su lealtad es conmovedora. Subo a menudo
al Capitolio para verlos, por los viejos tiempos; nunca perderé mi sentido de
la responsabilidad.
—¿Me tomas el pelo? —Minas sólo tenía razón a medias.
—Olvídate de las convenciones. Yo creo que los mejores sitios son el
centro de los divanes… —Helena, que seguía esforzándose por sentar a
todo el mundo, llevó a Anácrites hacia el lugar vacío entre Minas y yo.
Eliano tuvo que situarse en lo alto del diván de mano izquierda, desde cuya
esquina podía hablar con Minas, y Hosidia se colocó detrás de él; Justino
estaba enfrente de Hosidia, con Claudia por encima de él, en el asiento
contiguo a mí al otro lado del extremo superior. Albia estaba por debajo de
Justino. Él era un buen muchacho y hablaría con ella; lo más probable era
que la joven esperara molestar a Eliano mostrándose simpática con su
hermano. A Helena le tocó el extremo del diván de mano izquierda y tuvo
que cargar con Hosidia. Los buenos modales hubieran colocado a Helena a
mi lado, pero se había degradado a sí misma para poner al espía a mi
alcance. Al menos podría guiñarle el ojo desde el otro extremo de la
habitación.

***
Durante los entrantes, nuestro anfitrión dirigió la tertulia; tanto como
pudo, puesto que Minas, achispado, lo interrumpía constantemente.
Nosotros ya lo habíamos visto en acción; como bebedor de simposio no
tenía parangón, ni siquiera en la agotadora vorágine de fiestas de Atenas.
El vino era mejor que bueno; Anácrites habló de él con fluidez. Quizá le
había dado por asistir a clases sobre la acidez de los caldos. En cualquier
caso, sirvió un agradable vino mulso con los entrantes, no demasiado dulce,
y después un Cécubo excelente. Era uno de los mejores vinos del Imperio,
debía de valer una fortuna. También nos introdujo a una nueva variedad que
acababa de adquirir, de Pucino; se moría de ganas de que le preguntáramos
dónde estaba Pucino para poder lucirse, pero nadie se molestó en hacerlo.
—¿Qué te parece, Falco? La emperatriz Livia siempre bebía vinos de
Pucino, atribuyendo su larga vida a sus propiedades medicinales.
—Está muy bueno… ¡Aunque esto de las «propiedades medicinales»
me provoca un ligero rechazo!
—Pues a ella la hizo seguir adelante hasta los ochenta y tres años,
sobreviviendo a sus contemporáneos…
—Yo pensaba que eso fue porque los había envenenado a todos…
Pedí otra copa con agua y fui bebiendo el vino en poca cantidad.
Anácrites me conocía lo bastante bien como para habérmelo visto hacer en
otras ocasiones. Yo tenía la curiosa sensación de que aquella noche, por una
vez en la vida, quería relajarse…, pero aun así dudaba, no fuera que el
hecho de soltarse me proporcionara alguna ventaja.
En tanto que él continuaba disertando largamente sobre cosechas, me
puse a charlar con mi otra vecina, Claudia Rufina. Los tres hermanos
Camilos eran altos, pero Justino se había casado con una mujer con la
estatura suficiente para mirarle a los ojos, cosa que ahora Claudia
consideraba necesario, puesto que él podía ser un granuja, un personaje
nervioso que necesitaba vigilancia constante. Claudia se retorcía porque
tenía problemas para encajar en un diván de triclinio diseñado para los
retacos de nuestros antepasados republicanos. No obstante, una vez se
acomodó, Claudia cotilleó conmigo sobre la situación actual en casa del
senador.
—Las cosas están tensas, Marco.
En cuestión de cinco días, Minas había vaciado la bodega de los
Camilos. El afable senador se había negado a reponer las existencias y
Minas se malhumoró. Entonces, a Camilo padre se le ocurrió la idea de que
Eliano y su esposa vivieran al lado; la casa contigua era de su propiedad,
era el lugar donde antes había vivido su hermano. Se decretó que Minas
debía instalarse con la pareja.
—Julia Justa dijo: «Será estupendo para él porque así podrá ver mucho
a su hija antes de que regrese a Grecia…». ¡Yo no creo que el profesor
tenga la más mínima intención de regresar, Marco!
—No; está decidido a ser un pez muy gordo en Roma.
—Yo hubiera pensado —dijo Claudia, que era una chica bondadosa—
que los recién casados podrían disponer de un poco de tiempo para sí
mismos, sobre todo cuando no parecen haber tenido todavía muchas
oportunidades para conocerse. —Resultaba irónico. Probablemente, Claudia
y Quinto porfiaran en su matrimonio (ella poseía una excelente fortuna
procedente del aceite de oliva que para él era un poderoso incentivo), pero
eran expertos en la falta de comunicación.
—Estás presuponiendo que alguno de los dos quiere intimidad, querida.
—¡Eres un cínico!
—He vivido. En cualquier caso, debemos ser optimistas… ¿Cómo se
llevan los tortolitos?
Claudia bajó la voz:
—¡Tienen dormitorios separados!
—¡Qué modernos! Aunque no parece muy divertido.
—Nunca tendrán hijos.
Claudia y Justino habían tenido dos pequeños enseguida; ella suponía
que todo el mundo quería lo mismo. En casa bromeábamos diciendo que
Quinto podía dejar embarazada a su esposa sólo con dejar las botas tiradas
debajo de la cama.
A Helena y a mí todavía nos resultaba doloroso el tema de los bebés.
Antes de que Claudia me detallara las maravillas de su último hijo, me
volví de nuevo hacia Anácrites. Acaparé la atención de nuestro anfitrión
obligando así a Aulo a tener que soportar a Minas durante un rato.
—¡Bueno! Háblanos de la gran misión secreta. ¿Adónde fuiste?
¿Cuánto tiempo te quedaste? ¿Cuántos bárbaros intentaron estrangularte?
Dime que al menos algunos lo intentaron. ¿Y qué estabas haciendo en el
extranjero actuando como mensajero del emperador, para empezar?
—Estás celoso —repuso Anácrites, a modo de evasiva.
—¡Qué tontería! Bueno, no me importa que finjas en broma que era un
secreto de Estado…, siempre y cuando lo confieses todo.
—No fue nada. —En aquel momento todo el mundo estaba escuchando,
de modo que Anácrites tuvo que responder—. Parece ser que, cuando su
amante Antonia Caenis estaba viva, Vespasiano consiguió averiguar para
ella que sus antepasados provenían de Istria. —Minas parecía
desconcertado una vez más, por lo que Anácrites le explicó que nuestro
afable y viejo emperador había vivido gran parte de su vida con una liberta
influyente que ocupó el lugar de una esposa—. Los senadores tienen
prohibido contraer matrimonio con libertas. Por lo visto, Caenis no conocía
sus orígenes y supongo que eso la preocupaba. En cuanto Vespasiano subió
al poder tuvo acceso a los registros. Finalmente, alguien buscó respuestas.
—Es una historia muy romántica —dijo Claudia.
—Se trataba de amor verdadero. —Helena aportó el dato de que Caenis
había conseguido visitar su tierra natal por nostalgia antes de morir—. Yo la
conocía. Me caía estupendamente bien. ¿Tú la conociste, Anácrites?
—Sabía quién era, por supuesto —contestó él, con su acostumbrada
cautela. Por lo que yo había visto en un par de encuentros en vida, Antonia
Caenis tenía demasiado buen juicio como para intimar con el espía.
—Me pregunto si tus orígenes son similares —insistió Helena.
El espía, que no era muy diestro con la cuchara, se concentró en
perseguir un pedacito de langostino por su cuenco de comida. Yo admiraba
a mi enamorada por muchas cualidades excelentes, y no menos por su
habilidad de despojar una fuente con pie del marisco más suculento
mientras aparentemente estaba inmersa en una conversación. Mientras él
hurgaba con torpeza, Helena se sirvió tres veces de la mesa central. De
haber estado sentado a su lado, me hubiera pasado uno a mí.
—Dime, ¿cuáles eran tus funciones en Istria, Anácrites? —Nadie más lo
había notado, pero Helena fue consciente del modo en que le sonreía desde
mi asiento.
—Simplemente, ceremoniales. Falco se hubiese impacientado… —Yo
me apoyé en el codo y le dirigí una mirada severa—. Vespasiano dotó de
fondos a varios edificios públicos en honor a Caenis. Un anfiteatro en Pola,
por ejemplo, necesitaba una restauración…
—¿Y pagó por eso?
—Él la amaba, Marco —me dijo Helena con reprobación—. Continúa,
Anácrites.
—Me enviaron para representarlo en la inauguración. Así que ya lo ves,
Falco, ¡de siniestro no tenía nada!
Me tomé a risa su débil intento de hacerme parecer paranoico.
—Mi querido compañero, cada vez que tienes la oportunidad de cortar
cintas municipales en una ciudad extranjera del tres al cuarto, tú lo haces.
Me sorprende que puedan prescindir de ti para este tipo de cuestiones.
Anácrites se ruborizó un poco.
—Pola es una ciudad importante, Colonia Pietas Iulia Pola Pollentia
Herculeanea. Me debían unos días de permiso. Tuve el privilegio de ir.
Además, me convenía —dejó escapar.
—¿Ah, sí? —me lancé de inmediato.
—Tengo contactos allí.
—¿Contactos? —le di unas palmaditas en el hombro—. ¿Vamos a
enterarnos de secretos personales?
Anácrites desvió la conversación:
—La costa es muy bonita.
—Y está llena de piratas que acechan en las calas rocosas, según mi tío
Fulvio. Observaba sus movimientos para la flota —le conté al espía, con la
intención de hacerle creer que aquel trabajo secreto se había realizado para
una agencia misteriosa de más alto nivel. En aquellos momentos Fulvio se
encontraba en Egipto, de no ser así no lo hubiera mencionado. Una rosa
suspendida del techo no era protección suficiente; si Fulvio aún se dedicara
a «comerciante de grano para el ejército» (un mito ridículo puesto que
ningún comerciante de grano es nunca lo que parece), no me hubiese
agradecido que suscitara el interés de Anácrites—. Así pues, ¿cuál era el
verdadero atractivo, Anácrites?
—Bueno… ¡la oportunidad de poder hacerme con un poco de vino de
Pucino! —El tipo era escurridizo.
Para evidente alivio de Anácrites, los sirvientes despejaron las mesas de
los entrantes y trajeron el plato principal. Mientras se organizaba todo esto,
hubo un descanso durante el cual salieron los volatineros dando volteretas y
un cantante profesional apareció para deleitarnos. Aquel hombre debía de
ser el último grito; reconocí al vocalista como el mismo que estaba en el
despacho de Laeta. Inmediatamente me pregunté si no sería el topo de Laeta
que vigilaba a Anácrites. La idea me mantuvo animado hasta que se
sirvieron los nuevos cuencos de comida.
Era momento de hablar de negocios. (Cualquier cosa para evitar
escuchar a aquel cantante).
—Dime, Anácrites, ¿cómo te va con lo del asesinato de Modesto?
—¡No preguntes, Falco!
—Acabo de hacerlo. Escucha, feliz anfitrión, soy tu invitado de honor.
Mientras estoy aquí tumbado y acodado en el mejor asiento, el sitio del
cónsul, tienes que complacer todos mis caprichos, ¡de modo que suéltalo
ya! ¿Cuál es la situación?
—Ha habido otra muerte. —El semblante honesto con los ojos
desmesuradamente abiertos que adoptó el espía hizo que me entraran ganas
de romper mi panecillo a trocitos y rellenarlo con ellos como si fuera una
pelota de trigón—. Tiene algunas semejanzas con el asesinato de
Modesto…
—¿Pero?
—O se trata de un triste imitador, pues mucha gente sabía lo que le
había ocurrido a Modesto y puede que los vigiles hayan hablado demasiado
en público. —¡Sí, claro, échales la culpa a ellos, so cabrón!—. Me inclino a
pensar que es una estratagema, Falco; para dar a entender falsamente que el
asesino opera desde Roma. Por supuesto, a mí no se me engaña tan
fácilmente. A Modesto lo habían seguido en su viaje; lo eligieron como
objetivo de manera deliberada. Ese caso era distinto.
—¡Interesante! —Me quedé atónito. ¿De verdad Anácrites era tan
hábil? Casi me extrañó que no tuviera un soplón en los vigiles que nos
hubiera estado escuchando a escondidas a Petronio y a mí. Consciente de
mi sorpresa, Anácrites pasó a la falsa humildad.
—¿Tú qué dices, Falco? Me gustaría oír tu evaluación profesional.
—Bueno, parece que tienes las cosas controladas…
—Gracias. ¿Sabías lo del segundo asesinato? ¿Lo has discutido con
Petronio? —En realidad, quería saber si aún estábamos siguiendo su caso.
—Sí, nos enteramos.
—¿Y cuál fue su veredicto?
—Creemos que el que acuchilló al pobre transportista era un imitador…
Entonces, sigues buscando a esos Claudios, ¿no?
—Por supuesto. —Era lo que tenía que decir. Se deslizaba como una
rata mojada por una alcantarilla. De todos modos, en ningún momento
había supuesto que Anácrites fuera absolutamente incompetente, y menos
todavía que pareciera corrupto. Era demasiado bueno para dejar traslucir lo
que tramaba.
Se dio la vuelta y colocó bien un almohadón de seda de color granada
para poder conversar de nuevo con Minas.
—A nadie le gusta hablar de un asesinato mientras cena, Falco.
Se notaba que rara vez tenía invitados. No tenía ni idea de que, lejos de
mostrarse escrupulosos, los invitados estarían encantados de oír hablar de
sangre.
***
Cuando llegó el plato principal vimos que Anácrites había exagerado las
cosas. No había necesidad. Sus proveedores de comida eran de primera;
nosotros nos hubiéramos sentido halagados con cualquier cosa que hubiesen
cocinado. Habría bastado con un par de asados, una sencilla bandeja con un
buen pescado y una mezcla de verduras con uno o dos ingredientes poco
habituales. Pero él tenía que causar una impresión excesivamente buena.
Aunque nos había felicitado a Helena y a mí por la cálida atmósfera de
nuestra reunión de las Saturnales el pasado diciembre, Anácrites no se había
detenido a analizarlo: buena comida, ingredientes frescos, no demasiado
cocidos, unas cuantas hierbas y especias cuidadosamente escogidas y todo
ello servido en un estilo relajado, repartiéndonos el trabajo entre todos.
En cambio, nosotros cenamos las socorridas ostras propias de Lúculo.
—Lo siento, Falco. Sé que estuviste en Britania, pero no pude conseguir
ostras de Rutupiae.
Después de las lenguas de flamenco y de la langosta con salsa doble,
llegó el ridículo clímax. Albia soltó un chillido y se irguió en su diván con
alegre expectación: un mayordomo dio unos golpecitos a un ánfora para
llamar la atención, los sirvientes que no estaban haciendo nada se retiraron
con curiosidad, los arpistas del grupo de volatineros (que debían de haber
terminado su descanso para beber) tocaron unos arpegios dramáticos como
acompañamiento de un redoble. Dos camareros sudorosos entraron
cargados con el cerdo troyano. Pese a tratarse de un animal joven, era una
bestia enorme presentada de pie sobre un carrito, con el pelo y los
colmillos. A juzgar por el glaseado de los carrillos y los aromas deliciosos,
había estado asándose lentamente durante buena parte del día. Llevaba las
patas rodeadas por una imitación de hierba en la que se acurrucaban unos
conejos hechos de masa. Como colofón, el cerdito llevaba una corona de
laurel dorada sujeta entre sus brillantes orejas.
Se aproximó un maestro trinchador, o tal vez fuera el propio chef,
esgrimiendo un cuchillo curvo de aspecto atroz. Yo no me fiaría de ese
hombre en una noche oscura y en la parte trasera de un sórdido bar donde
sirvieran posca. La hoja reflejaba la luz de las lámparas. Con un corte
potente, le abrió el vientre al animal. Las tripas relucientes cayeron hacia
nosotros, como si fueran entrañas crudas. Tal como había dicho Helena,
eran salchichas. En tanto que nosotros aún creíamos que se trataba de
vísceras calientes, el hombre lanzó una descarga rápida en todos nuestros
cuencos. Hubo gritos. Alguien aplaudió brevemente. Minas tardó un
momento en comprender lo que estaba ocurriendo y entonces estalló de
deleite:
—¡Excelente, espléndido, soberbio…!
Estaba tan emocionado que tuvo que hacerle señas a un camarero para
que le llenara la copa de vino. Un murmullo de voces apreciativas
felicitaron a Anácrites, en tanto que Helena y yo mirábamos pacientemente.
Fue una sorpresa…, aunque no si ya sabías lo que se avecinaba. El
problema del manido truco del cerdo troyano es que sólo funciona una vez.
¿Estaba hastiado? Me esforcé por parecer emocionado —bueno…, un poco
—, pero incluso Claudia olvidó su generosidad natural y me dijo entre
dientes:
—¡Estas salchichas de Lucania tienen aspecto de estar muy crudas! No
creo que me las coma.
Los chicharrones estaban buenos, aunque llenos de cerdas.
XXXIII
En un momento determinado, mientras todo el mundo roía la dura carne del
cerdo y después se hurgaba los dientes con discreción, me di cuenta de que
Albia se había escabullido de la mesa. Los demás no repararon en su
ausencia. Al término del plato principal, la gente ya se estaba comportando
con bastante informalidad. Fueron saliendo uno a uno para un lógico
descanso y al volver aprovecharon para cambiar de sitio y hablar con otros
invitados. Justino estaba entonces tumbado junto a su hermano. Helena
abandonó a Hosidia y cruzó la habitación para charlar con Claudia.
Yo estaba aburrido de ver la espalda bien vestida de Anácrites mientras
éste escuchaba a Minas. Por suerte, volvió a hacer acto de presencia el
cantante empalagoso; el hombre había adquirido la costumbre de los
pastores cretenses de explicarlo todo prolijamente y, por supuesto, llorando
con frecuencia a jóvenes marineros arrastrados a su perdición por siniestras
ninfas marinas, o novias que habían muerto el mismo día de su boda.
Cuando el tipo anunció «La próxima canción es muy, muy triste», fui a
buscar un cuarto de baño.
Fui explorando con desgana, pero es que ya había estado anteriormente
en aquella casa y ya había visto todo lo que podía desear de la distribución,
la decoración y la fría disposición de las zonas más domésticas. Encontré la
cocina, donde los encargados del servicio de comidas estaban atareados
limpiando cuencos…, la mayoría de ellos, al menos; había pasado junto a
una pareja que rondaba por allí con aire furtivo, probablemente robando los
lujosos bibelots de Anácrites.
Tal como era de suponer, el retrete estaba al lado de la cocina. Era
funcional, pero tenía ese débil olor a falta de fregado que es de esperar
encontrarse en un establecimiento masculino. (Estaba bien enseñado; en
casa ajena es obligación del hombre informar a su mujer de cómo son las
instalaciones). Al salir, no sé cómo, torcí por el sitio equivocado.
Fui a parar a las dependencias del servicio, una serie de habitaciones
pequeñas sin decorar que servían un poco para todo. Había allí sacos de
cebollas, cubos y escobas. Incluso un espía tenía que soportar la
domesticidad; aunque apuesto a que Anácrites sometía a su proveedor de
cebollas a una prueba oral de seguridad. Esto explicaría por qué se las había
vendido mohosas y germinadas.
Por delante de mí divisé fugazmente una figura que avanzaba con paso
suave por un pasillo. El hombre no me oyó cuando lo llamé para que me
indicara el camino, pero se había dejado una puerta abierta y oí voces. En
una de las habitaciones estaban los dos ayudantes de Anácrites, sentados
ante un tablero de damas. Me sorprendió verlos allí; me imaginaba que el
espía mantendría separados el trabajo y su casa. En cambio, los Melitenses,
como yo los llamaba, daban la impresión de hallarse en su guarida habitual.
Su habitación tenía un olor agrio que apuntaba a un uso prolongado.
El dúo no estaba jugando, sólo hablaban. Podía ser que discutieran
sobre a quién le tocaba llevarse la bandeja de la comida (había un revoltijo
de loza usada y otros utensilios apilados, listos para volver a la cocina).
Apenas se tomaron la molestia de reaccionar cuando aparecí.
—Me he perdido.
Ninguno de los dos dijo nada. Uno de ellos me hizo una seña con el
brazo. Di media vuelta, salí de la habitación, giré hacia la dirección que me
había indicado y me fui. Sin embargo, una vez me hube alejado, sus voces
cesaron de repente.
Tal vez no fueran melitenses, pero sin ninguna duda eran hermanos.
Tenían los mismos rasgos faciales, el mismo código en el vestir (túnicas
sucias y deslucidas; botines de tiras abiertas), los mismos gestos,
movimientos y acentos (me había fijado en que hablaban en latín). Más que
nada, la manera de comportarse juntos era la misma que teníamos Festo y
yo: esa mezcla de riñas y tolerancia que sólo se da entre hermanos.

***
Cuando volví a encontrarme en territorio conocido, la curiosidad me
llevó hacia un peristilo con columnatas formalmente colocado en torno a
una estatua de tres ninfas de tamaño medio. Allí era donde tenía que estar
situado el comedor. Me pregunté si, de hecho, no habría un triclinio mejor
que el que Anácrites nos había asignado.
Buscaba a Albia. Y allí estaba, en efecto, junto a un muro bajo mirando
al patio. Sólo estaba sentada, de modo que me detuve. Albia había salido
para dejar de ver durante un rato a Eliano mostrándose educado con su
esposa. Sería mejor si podía superar en privado su desengaño.
Otra persona interrumpió su meditación: Anácrites cruzó la columnata
de enfrente dando un paseo y se acercó a Albia. Se sentó en la pared junto a
ella, no tan cerca como para ponerla nerviosa, pero sí lo suficiente como
para que yo me preocupara.
—¡Estás aquí! —exclamó con naturalidad, como si la hubieran echado
en falta; quizá los demás no, pero él sí. Para reforzar su posición como
anfitrión considerado, añadió—: Me alegro de haberte visto aquí escondida.
Helena Justina me contó por qué estás triste.
—¡No me digas! —Albia no le dejaría hacer su trabajo. Él jugó bien su
baza y no dijo nada más hasta que ella le preguntó, con su acostumbrada
franqueza—: ¿Y tú qué haces lejos de tus invitados?
Anácrites se frotó la sien derecha con la yema de dos dedos.
—A veces el alboroto me molesta.
—Ah, claro —respondió Albia, la adolescente insensible—. He oído
contar que te abrieron la cabeza.
Anácrites se las arregló para parecer atribulado.
—No recuerdo gran cosa de aquello.
—¿Te afecta en tu trabajo?
—No con frecuencia. Los efectos son aleatorios. Puedo tener un día
bueno o uno malo. Resulta muy frustrante.
—¿Y qué es lo que te ocurre?
—Creo que he perdido parcialmente la capacidad de concentración. —
Debían de haber pasado tres años desde lo de su herida en la cabeza; tiempo
más que suficiente para aprender a sobrellevarlo.
—Eso es muy incómodo. Podrías perder tu trabajo. ¿Tienes que
ocultárselo a todo el mundo?
—¡Qué dices! —frente al ataque implacable de Albia, Anácrites lo tomó
por el lado jocoso—. El espía soy yo. Se supone que soy yo quien hace las
preguntas embarazosas.
—¡Pues hazme alguna!
Anácrites apoyó la cabeza contra una columna. Estaba saboreando la
paz y la tranquilidad, descansando.
—¿Te gusta mi pequeño jardín?
El resto de la casa se hallaba salpicado de lámparas, aunque allí afuera
no había ninguna, probablemente para que no atrajeran a los insectos. Bajo
la última luz del día, sólo se distinguía el perfil de las plantas trepadoras y
los setos recortados, aunque se percibían aromas agradables y el débil
sonido del agua de alguna fuente decorativa pero poco sofisticada. Un
muchacho grotesco vertiendo agua de un jarrón, tal vez. No veía a
Anácrites como un hombre de los de «dos palomas sobre la concha de una
vieira».
—No está mal.
—Me lo cuidan unos horticultores profesionales. Según dicen, es
preciso que vengan a diario para mantenerlo en buen estado. Me cuesta una
fortuna.
—¿Eres rico?
—Por supuesto que no; trabajo para el gobierno.
—¿Los espías no se dedican a la jardinería?
—No tengo ni idea de cómo hacerlo.
—Falco sabe cavar y podar.
—A diferencia de tu padre, yo no tuve una experiencia rural. A
propósito, ¿te refieres a Falco como a tu padre?
—Claro.
—No estaba seguro del tipo de arreglo que Falco y Helena tenían
contigo.
Era evidente que Anácrites insinuaba alguna posible irregularidad que
pudiera utilizar contra nosotros.
—¡Tengo mi certificado de ciudadanía! —lo corrigió bruscamente
Albia.
Anácrites atacó por ahí:
—¿Eso fue después de comparecer ante una Junta Arbitral?
—En una provincia extranjera no siempre es necesario —replicó Albia
con desdén—. El gobernador tiene plena jurisdicción. Frontino lo aprobó.
Didio Falco y Helena Justina me adoptaron.
—Muy formal, ¿no? —Y muy necesario cuando había personas como él
resueltas a pillarnos.
—Bueno, pues ahí lo tienes, Anácrites. ¡No lo sabes todo sobre Falco!
Aunque sonreí al oír la forma en que Albia lo atacaba, permanecí
completamente inmóvil. Me encontraba de pie en la sombra, junto a una
gran maraña de follaje que se sujetaba en una especie de obelisco. Anácrites
iba dirigiendo la mirada de un lado a otro. Me pareció que se imaginaba que
yo estaba en alguna parte observando y escuchando.
—¡Lo dices como si pensaras que estoy persiguiendo a Falco! Él y yo
somos colegas, Albia. Hemos trabajado juntos muchas veces. El año del
Censo trabajamos muy duro en perfecta colaboración; el emperador nos
felicitó. Yo lo recuerdo como una experiencia agradable. Le tengo mucho
cariño a Marco Didio.
—¡Oh, sí, él también te quiere! —Albia cortó el tema en seco—.
Háblame de Antonia Caenis y de Istria. ¿Por qué le importaba tanto saber
de dónde procedía? ¿Tenía la esperanza de encontrar a sus antepasados?
—Eso no lo sé. Tal vez sí. Todos anhelamos descubrir nuestros
orígenes, ¿no es cierto? —La pregunta de Anácrites sonaba incongruente en
sus labios.
—Yo creo que lo que importa es la persona que somos en este
momento.
—Me parece estar oyendo a Helena Justina.
—Dice cosas juiciosas.
—Sí, claro. Yo también le profeso una inmensa admiración.
—¿Envidias a Falco por estar con Helena?
—De ninguna manera. Sería poco apropiado.
—¿Por qué no estás casado?
—Nunca he encontrado el momento.
—¿No te gustan las mujeres? ¿Prefieres los hombres?
—Me gustan las mujeres. Mi trabajo suele implicar que no me relacione
mucho.
—Entonces no tienes muchos amigos, ¿verdad? ¿O no tienes ninguno?
Tú fuiste un esclavo como Caenis. ¿Sabes algo sobre tu familia?
—Alguna idea tengo.
—¿En serio? ¿Los has visto alguna vez?
—Los primeros recuerdos que tengo son de estar entre los escribas de
palacio.
—Así pues, debieron de separarte de tus padres siendo muy pequeño,
¿no? ¿Te resultó duro?
—No conocía otra cosa. Allí donde me encontraba yo todos éramos
iguales. Disfrutaba con mi capacitación. Me parecía lo normal.
—Entonces, siempre me gusta hacer esta pregunta: ¿no quieres tratar de
encontrar a tus parientes? Si hay alguien que puede hacerlo es precisamente
un espía, seguro.
—Supongo que si me haces esta pregunta es porque eres tú quien siente
deseos de encontrar a tu gente, ¿no?
—¡Oh! Yo nunca descubriré quién me tuvo. Lo acepto. Me quedé
huérfana durante la rebelión en Britania. Me gustaría pensar que soy una
misteriosa princesa britana… Eso sería muy romántico, ¿no te parece? Pero
no soy pelirroja y los pobres con los que me crié creían firmemente que era
hija de un comerciante romano. Supongo que cuando me encontraron había
circunstancias que así lo indicaban. A causa de los terribles acontecimientos
y de la confusión, esto es todo lo que llegaré a saber. Soy realista. Nunca
podrán aclararse las dudas, de modo que algunas vías de la sociedad están
cerradas para mí.
—¿Es por eso que te sientes desdichada, Albia?
—No, es porque los hombres son unos cerdos embusteros que utilizan a
la gente por conveniencia para luego mirar por sus propios intereses.
—¿Camilo Eliano?
—¡No sólo él!
—Es triste oír hablar a una joven con tanta amargura.
—¿Y ahora quién es el romántico?
—Supongo que tu enfado es debido a que Eliano traicionó tus
esperanzas y se casó con Hosidia… ¿Hosidia qué más? ¿O sólo tiene un
nombre?
—Su familia la conoce como Meline, pero «Hosidia Meline»…, un
nombre romano y luego uno griego…, sonaría como si fuera una esclava
liberta. Y no lo es, por supuesto. Hay gente que desprecia a los catedráticos,
pero huelga decir que si fueran pobres no hubieran llegado a ser profesores.
Minas debía de provenir de alguna familia próspera cuando fue a Atenas a
estudiar derecho. Aun así, «Meline» no serviría, al menos entre senadores.
Vespasiano se salió con la suya con su amante, pero él es un personaje poco
habitual. Los Camilos tienen que parecer respetables.
—Estoy impresionado, Albia. ¿Cómo has averiguado todo esto?
—Ése es mi secreto. He observado cómo actúa Falco. Podría hacer su
trabajo. Podría hacer el tuyo.
—Me encantaría tenerte, pero, por desgracia, en el servicio de
inteligencia no empleamos a mujeres.
—Sí, sí que lo hacéis. He oído hablar de Perela, la bailarina. Se decían
muchas cosas sobre Perela en Britania. Le encargasteis la misión de
eliminar a un funcionario corrupto.
—¡Vaya! ¿En serio?
—No intentes engañarme, Anácrites.
—Conozco a Perela, por supuesto. Es una bailarina espléndida.
—Le rebanó el cuello a un hombre. Para deshacerse de él y evitar un
escándalo público. Todo el mundo sabe que la enviaste tú.
—¡Niego rotundamente este rumor! Es una calumnia sobre la integridad
de nuestro querido emperador y sobre el resto de su personal. No difundas
esta historia, por favor, o me veré obligado a imponer una orden de
amordazamiento… En cualquier caso, tú eres demasiado dulce para querer
hacer un trabajo así.
—No querría hacerlo, pero me gustaría saber cómo se hace. Las
habilidades proporcionan confianza en uno mismo y poder.
—Yo diría que a ti te sobra la confianza en ti misma, jovencita. ¡Y lo
mejor sería que te mantuvieras alejada del poder!
—Aguafiestas.
—Hete aquí sentada, con una apariencia pulcra, atenta y recatada. Así
es como te están criando tus padres, estoy seguro. Falco y Helena se
horrorizarían si te oyeran hablarme de esta forma.
—Tal vez se afligirían…, pero no les sorprendería.
Sólo tenía razón a medias; estaba muy sorprendido por la forma en que
se enfrentaba al espía.
—Bueno, pues yo sí estoy horrorizado, Albia.
—Pues te horrorizas con mucha facilidad. ¿Por qué? Haces un trabajo
sucio. Eres un espía y cooperas con la Guardia Pretoriana. Esto implica
arrestos injustos, tortura, intimidación… Nada de lo que yo he dicho es tan
vergonzoso, es sólo sincero. La vida me ha endurecido. Más que a una
doncella normal del rango de mi nuevo padre, o que a alguna niña mimada
educada en más altas esferas. Soy incluso más dura que las hijas de los
pobres artesanos, que tienen que trabajar en el negocio familiar pero son
libres de pasarse la vida cotorreando hasta que algún esposo bobo las
reclame. Yo provengo de las calles. Estoy segura de que fisgoneaste y ya
sabías esto de mí.
—¿Y por qué iba a investigarte a ti, querida?
—Es lo que haces. Para presionar a Didio Falco.
—Eso es un mito… y una calumnia.
—En tal caso, será mejor que contrates a un informante para plantear el
caso en los tribunales… ¿Y dices que estás por encima de los celos?
Entonces, Anácrites, ¿por qué haces cosas tan estúpidas como robarles a
Falco y Petronio ese caso en el que tanto habían trabajado? Estaban muy
involucrados y son perfectamente capaces.
Anácrites se puso de pie de un salto en un arrebato de irascibilidad.
—¡Por todo el Olimpo! Si la investigación de Modesto significa tanto
para ese par de ridículos, pueden volver a quedársela. ¡No había nada sucio;
sencillamente, parece un caso adecuado para mi propia organización! Una
redistribución normal del volumen de trabajo que hice en cuanto estuve
disponible para supervisarlo.
—Así pues, ¿los terribles Claudios no tienen ningún tipo de control
sobre ti?
—¿Quién sospecha eso? ¡No seas ridícula! —El espía iba caminando de
un lado a otro por el patio. Albia, mi obstinada y querida hija adoptiva, se
quedó donde estaba. Por un breve instante, Anácrites se llevó las dos manos
a ambos lados de la frente, como si volviera a tener molestias mentales—.
Falco acaba de preguntarme cómo va el caso. Mi respuesta le ha satisfecho.
—Lo dudo.
Anácrites se detuvo:
—¿Acaso Falco te dijo que hicieras esto?
—Tonterías. Echaría espumarajos por la boca si cayera en la cuenta de
que estabas hablando conmigo. ¿Cómo…, aquí, en la oscuridad, sin otra
compañía, una joven que apenas ha empezado a asistir a fiestas de adultos y
un hombre que ocupa un cargo de autoridad pública, su anfitrión y quizás
unos treinta años mayor que ella?
—¡Tienes toda la razón! —exclamó Anácrites con voz entrecortada. Le
tendió el brazo con formalidad—. He disfrutado de nuestra charla, pero lo
más conveniente será devolverte con nuestros compañeros invitados.
¡Vamos!
Entonces le tocó a Albia ponerse de pie y se sacudió las faldas para que
volvieran a quedar bien. Se mantuvo fuera del alcance de Anácrites.
—Ya regresaré sola, gracias. Si volvemos juntos después de tanto rato
lejos de los divanes, seguro que mis padres creerán que me has estado
haciendo insinuaciones espantosas.
—Tu padre siempre toma sus propias decisiones descabelladas sobre
mí…, aunque me disgustaría mucho que Helena Justina imaginara que
albergo pensamientos vergonzosos.
—¿No los tienes?
—No, no los tengo.
—¿Quieres decir que es porque respetas demasiado a Falco?
—No, Albia —repuso Anácrites, volviendo a su insidioso tono educado
—. Porque te respeto a ti.
Era la respuesta perfecta…, de haber sido honesta. Albia debía de
sentirse halagada, impresionada y encantada. El hecho de que le hubiera
respondido de forma tan agradable no hacía sino demostrar lo que yo
siempre había pensado: Anácrites era terriblemente peligroso.
***
Mientras se la llevaba de allí, Anácrites volvió la vista atrás y sus ojos
pálidos recorrieron de nuevo las columnatas. Vacilaba, ya no estaba seguro
de que yo estuviera allí escondido. Conociéndome, lo había creído
probable.
Albia no había dejado de pincharlo. Sin embargo, muchas cosas de las
que Anácrites había dicho debían de ir dirigidas a mí.
XXXIV
Dejé que Anácrites y Albia se adelantaran. Una figura alta y esbelta se
despegó de otra esquina cercana del jardín. Una mujer me llamó en voz
baja:
—¡Marco! ¿Eres tú?
—¡Helena! —nos reunimos en una de las columnatas. La tomé de las
manos—. ¿Cuánto tiempo has estado acechando allí? ¿Oíste todo eso?
—La mayor parte.
—Yo no le pedí que lo hiciera…, ¿y tú?
Percibí que un escalofrío recorría el cuerpo de Helena.
—¡Yo nunca la expondría a semejante peligro! Vine a buscarla.
—¿De verdad le contaste a Anácrites sus sentimientos hacia Aulo?
—Por supuesto que no. Anácrites estaba mintiendo, y voy a asegurarme
de que ella lo sepa. Para empezar, lo cierto es que Albia no ha hablado
sobre lo que fuera que ocurriera entre mi hermano y ella, o lo que fuera que
ella creyera entonces. Además, deberías confiar un poco en mí; tengo más
lealtad hacia ella. No es más que una niña, Marco. Anácrites me da miedo.
—Me he quedado impresionado con la manera en que manejó la
situación.
—No es seguro para ella.
—Tendremos que procurar que no entre nunca en su órbita.
—¡Demasiado tarde! Ya sabe de su existencia —dijo Helena, taciturna
—. Sabe que puede hacerte daño…, hacérnoslo…, mediante Albia. Y tengo
miedo de que ella también resulte herida.
Cuando doblamos una esquina muy oscura, la atraje hacia mí para
besarla y que dejara de pensar en sus temores. No funcionó con Helena,
aunque a mí me animó.
Temporalmente.
***
Nos encontramos con Aulo y Quinto, que estaban en un pasillo riéndose
con satisfacción. Reconocieron que se habían escabullido para que Quinto
pudiera enseñarle a su hermano la vitrina con las estatuas obscenas.
—¿Y puede saberse cómo entrasteis allí, payasos?
—Nos preguntamos qué harías tú, Marco…, y rompimos la cerradura.
—Justino lo dijo como si hubiera traído consigo una palanca a propósito—.
El espía puede echarles la culpa a los de su lujoso servicio de comidas.
Están por todas partes. —Esto encajaba con mi descabellada idea de que
Laeta les pagaba para que observaran.
—¿Y qué tal la colección de «arte»? ¿Asquerosa? —preguntó Helena.
Los muchachos le aseguraron que se habían escandalizado. Sin
embargo, a Justino le pareció que había menos piezas que cuando estuvo
allí el pasado invierno. A Anácrites debió de alarmarle el hecho de que
otras personas supieran de su sucia galería y habría vendido las piezas más
siniestras. Un espía tiene que evitar el escándalo. Además, por lo que yo
sabía del negocio de mi padre, habría conseguido una fortuna de cualquiera
de los coleccionistas privados de pornografía.
Regresamos al comedor en forma de alegre cuarteto, así Anácrites
pensaría que habíamos estado juntos todo el tiempo. Yo todavía no había
decidido si contarle o no a Albia que habíamos escuchado a escondidas. En
aquellos momentos, miraba las torpes caídas de los volatineros como si
estuviera planeando escaparse para unirse a ellos.
Claudia parecía agotada después de haberse quedado sola y haber tenido
que apañárselas con Hosidia. Me pareció que a Hosidia se le iluminaba el
rostro observando a Justino repantigarse en su diván frente a ella. ¿Podía ser
que su porte despreocupado y su guapura atrajeran a otra joven más, que en
realidad pertenecía a su más latoso hermano? Claudia había estado
prometida en matrimonio a Aulo, pero lo plantó…, cosa que muy
probablemente su nueva cuñada supiera… Pero a Hosidia le haría falta
valor para flirtear con Quinto. Cuando se veía amenazada, la que antes
fuera una tímida Claudia Rufina luchaba por sus derechos con bravura
hispánica. En realidad, el hecho de ser la primera esposa en la familia
Camilo parecía haber aumentado su confianza. A Helena y a mí nos
gustaba; era más fuerte de lo que parecía.
¡Mira por dónde! Me había convencido de que la familia Camilo estaba
a punto de representar una tragedia griega…
La velada de Anácrites había empezado a decaer. Los postres fueron el
plato menos impresionante de los que nos ofreció. Consistían en fruta
dorada al fuego y unas pastas mediocres. Supuse que Anácrites habría
llegado hasta aquel punto del presupuesto del servicio de comidas, y ahí
había trazado una línea excluyendo cualquier extra. Tenía una vena frugal.
Cuando trabajé con él siempre era yo quien tenía que salir a buscar
pastelillos de miel para romper la monotonía.
Mientras jugueteábamos con las uvas reapareció Minas. Con su voz
atronadora dijo que había visto a uno de los jefes de cocina robando una
pintura. Anácrites parecía estar demasiado abrumado para lidiar con el
asunto. Hice una seña con la cabeza a los hermanos Camilo. Anácrites era
un anfitrión que había que evitar, pero nosotros éramos unos invitados con
educación. Los chicos no necesitaron que les dijera nada más. Con el
desanimado espía a la zaga, nos dirigimos los tres a la cocina para
investigar.
Encontramos al personal del servicio de comida recogiendo las cosas.
Mientras Anácrites se limitaba a observarnos con abatimiento, Aulo, Quinto
y yo pusimos en fila a los trabajadores lusitanos, les dimos unos cuantos
empujones, los registramos, los insultamos y luego revisamos su material
de trabajo. No habían sido excesivamente codiciosos; sólo se habían llevado
una o dos obras de arte, pequeñas pero buenas, que el espía quizás hubiera
tardado semanas en echar en falta, una miniatura pintada que habían
descolgado del panel de una pared (y que fue la que Minas había visto que
se llevaban) y después un penoso surtido de cuencos y cubiertos de escaso
valor. Las dos sirvientas resultaron ser las mayores infractoras; cada una de
ellas llevaba un refinado bolso con cierre de cordón que al tiempo hacía la
función de bolsa para el botín.
Un artículo sospechoso en grado sumo era una alhaja que Quinto
encontró envuelta en una servilleta usada dentro de la cesta para la
lavandería.
—¿Esto es tuyo? —le preguntó a Anácrites, un tanto sorprendido.
En un primer momento el espía negó con la cabeza; no era ni mucho
menos de su estilo. Pero de pronto cambió de parecer.
—¡Espera! Debió de dejársela olvidada una amiga mía. Dámela,
¿quieres?
—¿Y qué amiga es ésa? —bromeó Eliano.
—Bueno, ya sabes…
—¡Ooh! ¡Anácrites ha tenido en casa a una masajista!
—¡Enviada para realizar un servicio especial! —Justino se sumó a la
broma.
—¡Pervertido! —le dije yo—. Espero que los vigiles la tengan
registrada y hayas comprobado sus credenciales. Esto podría ser una grave
violación de la seguridad.
Anácrites parecía estar avergonzado. Era tan reservado en cuanto a sus
costumbres, suponiendo que tuviera alguna, que la tomadura de pelo lo
incomodó e hizo que se ruborizara. Tendía la mano para recibir la joya, pero
Quinto se alejó sin dejar de examinarla con detenimiento. Aulo detuvo al
espía, le dio una palmada en la espalda, le hizo dar media vuelta y le
propinó unos cachetes en las mejillas como si fuera un joven al que todos
hubiésemos llevado a ver a una solicitada cortesana de un burdel de lujo
para que «lo hiciera un hombre». Si la mujer que había hecho venir era de
ésas, habría pagado un precio excesivo por la visita a domicilio.
Sermoneamos con dureza al personal del servicio de comidas. Eran
unos desvergonzados, pero nosotros íbamos bebidos y seguimos dale que te
pego con un entusiasmo pedante. Minas, imponente, amenazó con
procesarlos, pero no era el tipo de caso importante que le daría notoriedad;
se marchó de nuevo para ir a por un poco más del excelente vino del espía.
Minas debería haberse quedado: después de decirles a los de la comida
que se marcharan, Anácrites sacó una pequeña jarra de un exquisito falerno
Fausto para darnos las gracias. Tomamos unos sorbos los cuatro juntos en la
cocina, aunque fue un momento un tanto forzado desde el punto de vista
social. Aquél no era un grupo dispuesto a prolongar su reunión hasta altas
horas, de modo que apuré la copa de un trago y los dos Camilos hicieron lo
mismo. Íbamos acompañados por madres de niños pequeños, una chica, una
novia recién casada…, todo eran buenas excusas para dispersarnos.
Además, la mayoría estábamos cansados. La cena había resultado dura.
Minas se hubiera entretenido, pero cuando regresamos al triclinio lo
convencieron para que se fuera a casa con los Camilos.
Todos le dimos las gracias a Anácrites, quien, francamente, parecía estar
para el arrastre. Protestó un poco aduciendo que era demasiado pronto para
que nos marcháramos y a continuación agradeció nuestra asistencia con una
efusión bastante desmesurada. Mientras nos acompañaba a nuestro medio
de transporte, que ya había aparecido en el porche de entrada, dijo que
había pasado una velada maravillosa. Comparado con sus acostumbradas
noches solitarias, no dudo que así fuera.
—Espero que hayamos hecho un poco las paces, Falco.
Mantuve una expresión neutral y observé a Helena, que le daba un beso
de despedida a Quinto Camilo, innegablemente su hermano favorito de los
dos (y el mío también).

***
Aulo se acercó a mí. Me estrechó la mano brevemente. Era una
formalidad insólita, sobre todo cuando yo me estaba mostrando muy frío
con él por lo de Albia. Crucé la mirada con él como era debido por primera
vez desde la noticia de su repentino matrimonio; sorprendentemente, me
guiñó un ojo. Algo pequeño y frío pasó de su mano a la mía.
Cerré los dedos sobre el objeto. En la oscuridad de la silla de manos que
nos llevaba a casa a bandazos, abrí el puño pero no distinguí qué era lo que
me había dado.
Una vez en casa, las lámparas de aceite del vestíbulo familiar nos dieron
la bienvenida a nuestro regreso a hora avanzada. Miré otra vez. Tenía sobre
mi mano abierta el camafeo especial que habíamos recuperado de entre la
ropa de mesa manchada. Los hermanos Camilo debían de haber realizado
un rápido «pilla y pasa» con la misma precisión que si fueran rateros del
Foro.
—¡Anda, me gusta! —exclamó Helena.
Era ovalado y parecía ser el colgante de un collar; en la parte superior
tenía un pequeño aro de oro granulado, pero faltaba la cadena. La factura
era delicada, el diseño aristocrático y el tallado del ágata bicolor muy
notable. Aunque una prostituta muy cara tal vez pudiera permitirse una joya
semejante, la calidad era magnífica. Esto debía de haber alertado a Quinto
cuando la cogió. No es que fuera un experto de renombre…, o al menos no
lo era antes de casarse; Claudia ya trajo sus propios arcones rebosantes de
collares, de modo que, ¿qué motivo tenía para aprender? No obstante,
Quinto se movía en sociedad; había visto muchas joyas hechas de encargo
colgando de los cuellos secos y arrugados y de los lóbulos flácidos de las
mujeres ricas de clase alta.
Comprendí exactamente por qué Quinto y Aulo se la habían llevado a
escondidas. Era necesario investigar aquella chuchería.
XXXV
Anácrites era un caso digno de compasión. Ninguna otra persona se
presentaría antes del desayuno para preguntar si los invitados de la noche
anterior disfrutaron de su cena. En cualquier caso, ésta fue su excusa.
—He perdido esa joya. —Ya había hecho una buena caminata hasta la
Puerta Capena para preguntar por el camafeo. Los dos Camilos negaron
saber nada, por lo que acudió a mí. Anácrites siguió fingiendo que aquella
pérdida podía complicarle la vida con la propietaria del objeto, aunque no
quiso darnos más detalles sobre quién se suponía que era la ramera en
cuestión.
—¿Cómo se llama esa pájara tuya de tan caro plumaje?
—No hace falta que lo sepas…
Se hallaba entre la espada y la pared, estaba atrayendo la atención sobre
la pieza cuando estaba claro que lo que deseaba era no saber nada de ella.
Yo estaba resuelto a investigar la historia de aquel camafeo. Por lo
tanto, mentí y dije que no lo tenía.
—Ya me había olvidado de él. Quizás esos ladrones del servicio de
comida que contrataste vieron que alguien lo dejaba por ahí y lo robaron
otra vez… —No, me dijo que ya había ido a preguntárselo. ¡Por Júpiter!
Debía de haber estado muy atareado—. Por cierto, ¿quiénes eran? —
pregunté. Tendrías que guardar bajo llave la plata de la familia si los
contratas, pero el jefe de cocina era estupendo.
A Anácrites se le iluminó un instante la expresión ante mi halago.
—El que lo organiza se llama Heracleides, el cartel de la Estrella Perro,
junto a la Puerta Celimontana. Laeta me puso en contacto con él.
—¿Laeta nada menos? —esbocé una sonrisa—. Te estabas arriesgando,
¿no?
—Comprobé sus credenciales. Son proveedores de banquetes
imperiales, Marco —explicó Anácrites, en tono arrogante—. Las últimas
cenas de los gladiadores antes de la lucha. Bufés para empresarios teatrales
sórdidos que intentan seducir a jóvenes actrices. Todo muy público. El
propietario tiene demasiado buen nombre como para correr el riesgo de
perderlo… Además, los autores de los robos eran subordinados, por mero
oportunismo. Y yo estaba protegido. Tenía mi propia seguridad…
—¡Vi a los invitados que tenías en casa!
—¿A quién viste? —quiso saber Anácrites.
—A los lentos de tus agentes, entretenidos en juegos de tablero en un
agujero de un pasillo de la parte de atrás… —Un breve parpadeo alteró
aquella mirada fija que con tanto esmero había cultivado. Si interpreté bien
aquella reacción disimulada sólo a medias, a los melitenses les esperaba una
media hora muy desagradable cuando volviera a verlos. Anácrites podía
llegar a ser muy vengativo. Si ellos no lo sabían ya, estaban a punto de
descubrirlo—. Lo que quiero decir es que, si una sugerencia que venía de
Laeta era segura para ti, querido… —Lo miré y meneé la cabeza lentamente
—. Teniendo en cuenta su bien conocido deseo de sacarte de tu puesto por
la fuerza…
El espía puso los ojos como platos.
—¡No, no, él no haría eso! —exclamé—. Estoy siendo absurdo. Laeta
es un hombre de honor, está por encima de la conspiración. Olvida lo que
he dicho.
Pese a que Anácrites había impuesto un férreo control sobre sus
músculos faciales, vi que en aquel momento caía en la cuenta de que Laeta
podía haberlo puesto adrede en una situación violenta.
Cambió de táctica rápidamente. Paseó la mirada por el salón en el que
me había visto obligado a recibirle y se fijó en la profusión de nuevas
figuras de bronce, relucientes trípodes extensibles para braseros, lámparas
elegantes suspendidas de los brazos de candelabros…
—¡Qué cosas más bonitas, Falco! Eres muy próspero desde que murió
tu padre. Me pregunto si… ¿Influye esto en tu futuro?
—¿Si dejaré el trabajo de informante? —me reí alegremente—. De
ninguna manera. Nunca te librarás de mí.
Anácrites se sonrió con suficiencia. Toda la afabilidad de la noche
anterior se había disuelto con su resaca y pasó al ataque:
—Diría que tu nueva riqueza excede las debidas proporciones. Cuando
un hombre recibe más de lo que debería de la Fortuna, la alada Némesis se
presentará para equilibrar las cosas.
—Némesis es un encanto. Ella y yo somos viejos amigos… ¿Por qué no
hablas claro y dices que crees que no me lo merezco?
—No me corresponde a mí juzgar eso. Tú no me preocupas, Falco.
Comparado contigo soy incombustible.
Él siempre tenía que decir la última palabra. Podía haberlo permitido
porque para él significaba mucho…, pero estábamos en mi casa, de modo
que le devolví la pelota.
—¡Tu seguridad parece rayar peligrosamente en la arrogancia! Acabas
de decirlo tú mismo, Anácrites: la presunción ofende a los dioses.
Se marchó. Yo me fui a desayunar con un paso más ligero.
Mientras nos comíamos los panecillos, Helena y yo nos divertimos
discutiendo los posibles motivos por los que Anácrites se tomaba tantas
molestias por la joya. Al fin y al cabo, ahora tenía dinero. Si alguna
palomilla nocturna se quejaba de haber perdido parte de su collar durante
los retozos, Anácrites bien podía permitirse el lujo de comprarle una nueva
para que se callara.
Algunas discusiones no tienen ningún sentido y se olvidan enseguida.
Anácrites y yo intercambiábamos insultos con frecuencia; queríamos que
hirieran y todas nuestras palabras eran completamente en serio, aunque
nunca duraba demasiado. Sin embargo, el enfrentamiento que tuvimos
aquella mañana permaneció conmigo de manera insidiosa. Seguía creyendo
que el camafeo era importante… y quería saber por qué Anácrites se había
dejado llevar por el pánico.
XXXVI
La empresa Heracleides la dirigía un hombre que vivía encima de una
caballeriza. Era una cuadra grande. Desde luego, en su elegante
apartamento del piso superior no comerciaba con heno. El suelo de su
desván personalizado se había cubierto de tablas de madera muy pulida;
seguro que, todas las mañanas, un equipo de esclavos patinaba por el piso
con trapos en los pies. En lugar de pesebres había unos divanes con
almohadones suntuosos y unas patas espectacularmente curvadas hacia
afuera, como colmillos de elefante enteros. Le gustaba el marfil, que
siempre suponía el aspecto esnob de la ostentación. Y las patas curvadas
eran muy apreciadas por la gente de teatro (estaba empezando a pensar
como mi padre).
Heracleides transportaba su equipo con una línea de sólidos carromatos
que contenían los utensilios de cocinar y de servir que utilizaba su personal.
De entrada, no resultó evidente si algunos miembros de dicho personal
rondaban por allí. Ya sabía que Heracleides creía en la supervisión a
distancia. Halagaba a los clientes con promesas de atención personalizada y
sin embargo no se acercaba a su gran noche. Según él, su personal
altamente cualificado llevaba décadas trabajando para él; no había ningún
problema en dejarlos solos y su presencia era innecesaria. Él ni siquiera
colocaría una violeta en un jarrón de cualquier local. Me figuré que su
único interés radicaba en contar los beneficios.
Se trataba de un espécimen más joven de lo que me esperaba y de
aspecto muy bien cuidado; demasiado tiempo en los baños, probablemente
en unos de los que ofrecían indigestos pastelillos de azafrán y masajes
eróticos. La túnica que llevaba tenía flecos en el bajo; una estrecha cinta
dorada ceñía su frente bronceada. Ya sabéis a qué tipo de persona me
refiero: una falta de sinceridad a paso redoblado. Si no podías fiarte de él ni
para comprarle un ostrón, no digamos ya para encargarle una cena de tres
platos con flores y espectáculo.
Intentó impresionarme haciendo alarde de su ética comercial: amor por
los detalles refinados, precios competitivos y una larga lista de clientes muy
famosos. A mí no me engañaba. Lo comprendí enseguida. Era un
oportunista.

***
Tomé asiento en una de las sillas de patas curvadas cuyo respaldo,
huelga decirlo, formaba un mal ángulo para la espina dorsal media.
Además, una de aquellas elegantes patas estaba floja.
Mencioné a Heracleides que, lamentablemente, el personal del que tan
bien hablaba había estado involucrado en un incidente la noche anterior. De
inmediato, los operarios que un momento antes llevaban años con él se
convirtieron en trabajadores temporales que debían de haber acudido a él
con referencias falsas, mala gente a la que dijo que no volvería a contratar
nunca más. Le dije que quería verles. Iba a resultar imposible, lo cual no me
sorprendió en lo más mínimo. Le expuse con calma que volvería aquella
misma tarde con los vigiles y que, si para entonces la persona que estaba
buscando no se hallaba presente, Heracleides podía verse metido en un lío.
Le expuse el problema con claridad:
—Tienes función esta noche, ¿verdad? Pues es una suerte que no
supervises las cosas en persona o te verías obligado a cancelarla. Mucho me
temo que vas a estar aquí respondiendo a quinientas preguntas sobre la
posición del chico y la chica que te ayudan hasta que salga la luna. ¿Alguno
de ellos está fichado? ¿Lo han arrestado con anterioridad por robar las
bonitas cajas de manicura de los clientes? ¿Tus mujeres han constado
alguna vez en la lista de prostitutas de los vigiles? —En el negocio de los
servicios eso era inevitable; las camareras estaban allí para acostarse con
ellas—. ¿Y qué me dices de ti, Heracleides? ¿Cuál es tu posición como
ciudadano? ¿Respondiste a la citación del Censo? ¿Tienes obras de arte
importadas por las que no pagaste tasas portuarias? ¿De dónde procede todo
este marfil tan encantador? ¿No será africano?
Intentó hacerse el duro.
—¿Qué quieres, Falco?
—Quiero ver a quienquiera que sea el empleado que robó un exquisito
camafeo de un colgante en casa del espía. Si hablan conmigo hoy, puedo
prometer que no volveré.
—¡Ojalá no hubiera aceptado ese encargo!
—Considéralo como un aprendizaje estructurado. Y ahora,
demuéstrame tu pericia como directivo: ten la amabilidad de traerme a mi
testigo.
Le gustó la jerga. Desapareció para preguntar a los del grupo quién de
ellos era el culpable. No tardó en regresar. Sus subordinados debían de estar
acurrucados abajo, en los compartimentos de la caballeriza.
—Se trata de mi jefe de cocina. No está disponible. Lo mandé a un
curso de trinchar carne. Lo siento… Has hecho el viaje en balde.
—Anoche cortó el cerdo troyano con estilo. No necesita más
capacitación. Estás mintiendo. Vamos a hacer una pequeña excursión abajo,
¿quieres?
Hicimos la excursión. Yo fui caminando a mi paso favorito, tranquilo
pero resuelto. Heracleides iba dando traspiés con más nerviosismo. Era
debido a que yo lo sujetaba por la espalda de la túnica tirando hacia arriba,
por lo que tenía que caminar de puntillas. Cuando aparecimos juntos en el
establo, las mulas de carga nos observaron atentamente.
—Llama a tu jefe de cocina.
—No está, Falco.
—¡Tú llámalo!
—Ninfidias…
—Demasiado flojo. —Reforcé la petición de forma dolorosa.
Heracleides gritó el nombre de Ninfidias con mucho más apremio y el jefe
de cocina salió sigilosamente de detrás de un barril. Sabía que era el
hombre que había robado la pintura en miniatura el día anterior.
Recordando su pericia con los cuchillos me pareció sensato guardar las
distancias.

***
Solté al organizador de fiestas y sacudí los dedos con aprensión.
Heracleides cayó de cabeza sobre un poco de paja sucia, aunque, por
supuesto, nadie podrá decir nunca que yo lo empujara. Me encaré con el
jefe de cocina. Como no llevaba su enorme cuchillo trinchador encima, su
bravuconería se desmoronó.
Le sonsaqué los hechos con rapidez. Sí, Ninfidias robó el camafeo. Lo
había encontrado en una de las habitaciones pequeñas del pasillo por el que
yo me había perdido anteriormente aquella misma noche. En esa habitación
había una cama estrecha, ropa de repuesto masculina y un fardo de
equipaje.
La joya estaba en el fardo, envuelta cuidadosamente en tela. Todo lo
demás que había allí parecía pertenecer a un hombre.
Le describí a los melitenses. El chef sabía a quién me refería. En un
momento determinado, ambos habían entrado en la cocina pidiendo comida.
Ninfidias dijo que eso era tener mucho descaro (no estaba incluido en el
contrato de la fiesta y encima habían pedido raciones dobles), pero preparó
un poco de comida en un momento de poca actividad y se la llevó
personalmente a sus dependencias como excusa para echar un vistazo por
ahí. Estaban en la habitación donde yo los vi sentados y que no era la
misma en la que él había encontrado el camafeo.
Empezaba a dar la sensación de que en casa del espía dormían
ocasionalmente toda clase de agentes. Debía de regentar una especie de
residencia de recaderos.
—¿Viste a alguien más, aparte de esos dos que tenían hambre?
—No.
—¿Nadie que ocupara la habitación sencilla, ésa en la que encontraste
la joya?
—No.
No le creí.
—Había alguien más. Yo mismo lo vi.
—Los invitados a la fiesta venían hacia allí para utilizar los servicios.
Los músicos también. Ese cantante esperaba por ahí sin hacer nada, como si
fuera una pieza de repuesto… Nos lo encontramos en un montón de
veladas.
—Se llama Escorpo —terció Heracleides, intentando parecer amable—.
Siempre se interesa por el dinero que tienen los anfitriones, con quién se
acuestan sus esposas y cosas de este estilo. Es muy insistente. Eso no está
nada bien; en nuestro negocio hay que ser discreto. Los clientes son de
clase alta; esperan una discreción absoluta.
—¡Qué poco profesional! —me mostré comprensivo—. Además, canta
de espanto. ¿A quién le hace de soplón? ¿Quién le paga?
—Tendrás que preguntárselo a él. —Heracleides parecía celoso, como si
pensara que Escorpo podía recibir más información que él.
—¿Y tú para quién espías?
—Sin comentarios.
—¡Ah, se trata de él! ¡Ya me he topado otras veces con este chico
recatado, este tal «sin comentarios»! Hay formas de hacer que se vuelva
menos tímido…, y nos son agradables.
Volví a centrar mi atención en el jefe de cocina. Me contó que el
personal de la casa del espía se había pasado toda la velada sin decir nada,
molestos por el hecho de que se hubiera contratado a alguien de fuera. Por
lo visto, era frecuente. Cuando Heracleides organizaba algún acto, les decía
a sus empleados que tuvieran cuidado de que los esclavos domésticos no
echaran nada en la bebida ni estropearan los platos. Anácrites vestía a sus
esclavos de verde (un color horrible; ¡era de esperar!); resultaba fácil
identificarlos cuando merodeaban por allí.
—Dime una cosa —pregunté a Ninfidias—, a juzgar por dónde estaba y
el aspecto que tenía, ¿qué pensaste cuando encontraste la joya?
Soltó un resoplido desdeñoso.
—Pensé que quienquiera que la tuviera no debía de tener ningún
derecho. Estaba escondida con excesivo esmero. El resto de sus cosas no
parecían en absoluto ostentosas. La joya no podía ser suya. Por lo tanto,
bien podía quitársela, ¿no? Del mismo modo que tú me la has quitado a mí
—se quejó con un nuevo dejo agresivo en la voz.
—La diferencia está —repuse en voz baja— en que yo se la entregaré a
los vigiles para que puedan averiguar a quién pertenece realmente.
Heracleides, que estaba de pie a mi lado, se echó a reír.
—¡A Anácrites no le va a hacer ninguna gracia!
Tenía razón. Pero Anácrites no iba a enterarse hasta que hubiera un
buen motivo para que Petronio y yo se lo contáramos.

***
Antes de marcharme me llevé a Heracleides aparte para que no nos
oyeran sus empleados.
—Una última pregunta. ¿Quién está tan ansioso por saber lo que ocurre
en casa de Anácrites?
—No sé a qué te refieres, Falco.
—¡Y un cuerno! Se supone que Anácrites es el jefe de los Servicios
Secretos, pero, aparte de padres crédulos y esclavos ingeniosos en una farsa
griega, anoche se colaron más observadores en su casa. ¿Y si te sugiero el
nombre de Claudio Laeta?
—Nunca he oído hablar de él.
—Estás empezando a cansarme. Puede que Anácrites sea un ingenuo,
pero yo distingo a los infiltrados. Admítelo; tú haces lo mismo que Escorpo.
Te pagan para fisgonear en las casas, en noches prometedoras… Las
indiscreciones se producen durante las fiestas. La gente bebe demasiado,
hay un manoseo desafortunado, oyes hablar de un sindicato de apuestas
ilegal, alguien comenta que Domiciano César necesita una buena azotaina,
otra persona conoce el vergonzoso vicio del pretor…
Heracleides me miró con unos ojos como platos.
—¿Qué vicio?
Acababa de iniciar un rumor. Bueno, tal vez fuera cierto.
—Son conjeturas… Podemos hacer un trato. Tú me cuentas lo de Laeta
y yo te garantizo que no vas a oír nada más sobre los hurtos que anoche
llevaron a cabo tus empleados, ¿de acuerdo?
—No puedo ayudarte, en serio. Vamos, déjalo estar, Falco… Tenemos
un buen tinglado, y es inofensivo. Todos los anfitriones pueden
permitírselo. Y nosotros no nos quedamos con las cosas.
—¿Y qué tinglado es ése?
Heracleides lamentó de inmediato su desliz. Enseguida flaqueó y
confesó.
—Robamos unas cuantas cosas bonitas que, por su aspecto, parecen
tener algún valor sentimental. Se las entregamos a nuestro jefe. Al cabo de
unos días, él se acerca a la casa. Les cuenta que su pajarito particular le ha
hablado de una cosa que les pertenece, que cree que puede devolvérselo
todo y recuperarlo como un favor especial. Claro que hay que pagar una
prima… Ya sabes.
Lo sabía perfectamente.
—Bueno, ¿y de quién se trata? —No podía ser Laeta. Él tenía más
clase. Su medio era el chantaje, no el exigir rescate por unas reliquias.
—De alguien con quien no estoy dispuesto a enemistarme, Falco.
Bueno, la estafa era casi irrelevante. Algunas veces yo también llevaba
algún chanchullo tomando alguna propiedad como rehén, pero mi interés
actual radicaba en cosas más importantes.
Daba la impresión de que Heracleides tenía miedo de verdad. Terminé
con lo que al principio sólo era una broma:
—Eso lo dice todo. ¡Tendré que suponer que trabajas para Momo!
Entonces el organizador de fiestas se estremeció.
—¡Sí, pero es que me da miedo! ¡Por lo que más quieras, no le digas a
ese sucio cabrón que te lo he explicado, Falco!
¿Momo, además de Laeta? Ahora sí que la cosa se estaba complicando
de veras.
XXXVII
Logré sonsacarle al organizador de fiestas las indicaciones para encontrar al
cantante de historias de amor no correspondido. Tardé una hora en localizar
su edificio e identificar en qué desván se encontraba. Escorpo estaba
profundamente dormido en su cama. Es lo bueno que tienen los testigos que
trabajan hasta altas horas de la noche. Sueles dar con ellos.
Lo observé antes de despertarlo. Era fornido, aunque no atlético. Tenía
la tez colorada, un bigote gris y un cabello tirando a rubio con muchas
entradas. Tenía aspecto de abogado del fisco. Es muy probable que actuara
para ellos.
Dormía con un taparrabos vergonzoso y le eché una manta encima. Se
despertó. Creyó que quería su dinero o su cuerpo, cosa que no pareció muy
dispuesto a negarme; entonces vio que estaba sosteniendo su lira y lo
invadió el pánico. Ni siquiera tendría que amenazarlo. El instrumento era
tan bueno que hasta a mí me habría dolido hacerlo pedazos. El tipo hablaría.
Muy alarmado, trató de levantarse apresuradamente, pero lo empujé con el
pie para que no pudiera hacerlo. Lo hice con suavidad, por supuesto. No
quería que un esteta como él sufriera un ataque de ansiedad.
—Me llamo Falco. Didio Falco. Supongo que ya lo sabes. Y tú eres
Escorpo, el repulsivo cantante de tonadas fúnebres…
—¡Yo interpreto al exquisito modo dórico!
—Pues eso he dicho. Clave menor y melancolía. Si tu auditorio no está
triste cuando empiezas, para cuando has terminado los pobres idiotas serán
suicidas en potencia.
—Eso es duro.
—La vida es dura… Tú limítate a quedarte aquí tumbado y a cooperar.
No te va a doler. Bueno, no tanto como si te niegas, créeme… Podemos
ahorrar tiempo porque sé cómo va la cosa. Siempre que se celebra una
reunión en una casa privada cara con servicio de comida y espectáculo
contratado, la mitad de los artistas especializados están recabando y
vendiendo información. No hay duda de que tú lo haces. Quiero saber quién
te paga y cualquier cosa de interés que vieras anoche en casa del jefe de los
Servicios Secretos.
El hombre bostezó de manera insultante:
—¿Y ya está?
—Es suficiente. Empecemos con Claudio Laeta. ¿Te paga para que
recojas trapos sucios de Anácrites o resulta que lo he entendido al revés y
cuando tocas para el gran Laeta en Palacio es otra persona quien te soborna
para que lo observes?
—Ambas cosas.
—¡Por el Hades! —Punteé una cuerda de la lira con aire distraído, como
para ver hasta dónde podía tensarla antes de que se rompiera. Sé tocar la
lira. La utilizo para mis disfraces. Sé lo que ocurre cuando una cuerda se
rompe y la verdad es que no tenía ganas de que una tripa de animal me
propinara un latigazo en el ojo a toda velocidad. Escorpo vio sólo una
amenaza a su valioso instrumento.
—¡No la estropees, por favor!
—¿Quién está espiando a Laeta? ¿Momo? ¿Anácrites?
—Los dos… Todo el mundo cree que trabajo para ellos, cuando en
realidad voy por cuenta propia.
—¿Por cuenta propia en el sentido de que aceptas el dinero de todo el
mundo, y de que te cagas en cualquiera? —le dije con desprecio. No le
impresionó. Era un sinvergüenza. Bueno, eso ya lo sabía por lo que tocaba
para los oyentes indefensos—. Tú puedes hacer algo mejor, Escorpo.
—¿Qué es lo que quieres?
Se derrumbó. No tenía ningún interés en la magnífica práctica de la
resistencia. Casi me sentí un poco decepcionado.
—Quiero saber qué viste.
—Prácticamente lo mismo que tú, imagino —replicó en tono desafiante.
—Yo era un invitado. No podía ir a mirar por ahí libremente y, además,
ya he estado otras veces en esa casa. Sé que tiene una colección de arte
pornográfico, o sea que no intentes colarme eso como una novedad.
—¿Ah, sí?
—Ha vendido una gran parte. Alguien debe de haberle advertido de que
lo están observando.
—No se me ocurre quién querría advertir de nada a ese hombre.
—¡Entonces es que tienes mejor gusto de lo que imaginaba! ¿Qué le has
contado a Laeta?
—Estoy obligado a mantener la confidencialidad.
—Pues deja que yo te levante la obligación.
Examiné los brazos del instrumento, al tiempo que hacía fuerza para
separar los exquisitos montantes, presionándolos contra el yugo…
—¡Venga, para ya, Falco! No tenía nada que decirle a Laeta salvo darle
la lista de los asistentes. Debo decir que el griego de las barbas era
insoportable.
—El griego es un maestro de jurisprudencia. Podría ponerte un pleito en
tres tribunales distintos por insultarle. Y puede ser que los ganara, incluso.
—¡Para eso tendría que estar sobrio! —El cantante se defendía con
temple. Tenía que poner fin a eso; estaba empezando a caerme bien ese tipo.
—Sé que los del servicio de comida estuvieron robando, por un tinglado
de rescates que tienen montado. Tú debes de haberlos visto en acción en
otras fiestas. También sé quién les paga a ellos. Momo. ¿No querrás tener
nada que ver con semejante cabrón?
—Su dinero es bueno si estás desesperado.
—Entonces, ¿trabajas también para Momo?
—No si puedo evitarlo. En ocasiones el casero es muy exigente…
Eché un vistazo alrededor. El lugar tenía pocos muebles y carecía de
atractivo. No era tan miserable como algunas habitaciones en las que yo
mismo me había albergado, pero era poco apropiada para un músico de la
corte. No querría que Laeta le viera picaduras de pulga.
—¡Sea lo que sea lo que pagues de alquiler, te están cobrando de más!
Puedes permitirte un lugar mejor que éste.
—¿Qué más da? Nunca estoy aquí.
—¡Ten un poco de respeto por ti mismo, hombre! —Me estaba
convirtiendo en su vieja niñera sensata—. ¿En qué te gastas los honorarios?
—Estoy ahorrando para hacer un crucero a Grecia de los que sólo se
hacen una vez en la vida.
Tenía sentido.
—Yo lo hice el año pasado… No es todo tan magnífico como dicen. De
todos modos, resérvalo y ve ahora. Podrías morir por abandonarte a ti
mismo y todos tus esfuerzos se habrían malgastado. Bueno, dime…,
¿quiénes eran los volatineros y la banda para la que trabajaban?
—Nadie especial.
—¿Cómo dices? ¡Estamos hablando de pastores cretenses con abrigos
peludos!
—¡Cretense mi trasero! Los volatineros llegaron la semana pasada del
Brucio y el resto venían directamente del otro lado del Tíber, del circo de
Nerón.
—¡Me asombras! ¿Y ellos no se dedican a ninguna actividad
suplementaria para obtener un sobresueldo?
—Yo no he dicho eso. Creo —dijo Escorpo con desagrado— que a los
tambores se les conoce por vender historias sobre indiscreciones para la
página de escándalos guarros de la Gaceta Diana.
—¡Qué rastrero! —comenté con un mohín.
—Estoy de acuerdo, aunque me parece que se puede hacer bastante
dinero.
—Por suerte, los Camilos (con quienes estoy emparentado, por cierto,
de manera que ten cuidado con lo que dices) son un modelo de tediosa
normalidad. En cuanto a Anácrites, delatarlo sería una locura: podrías
acabar celebrando tu próxima velada musical con la Guardia Pretoriana,
respondiendo a una orden de arresto firmada por Tito César antes de que te
llevaran a rastras a dar un corto paseo hasta tu muerte.
Punteé la lira mientras reflexionaba en que los músicos a los que se
había referido desdeñosamente como tambores también habían tocado unas
liras de siete cuerdas…, y que probablemente sus instrumentos costaran
mucho menos que aquella magnífica pieza de madera de nogal con
incrustaciones de nácar. El cantante me observó de reojo.
—¿Y qué estabas haciendo tú allí, Falco?
—¡Ay! Lo único que conseguí fue una indigestión y dolor de cabeza.
Escorpo pensó que con aquello nos habíamos hecho amigos y volvió a
intentar levantarse. Yo lo empujé de nuevo, furioso.
—¡A ver si terminamos con esto de una vez! ¿Qué es lo que quieres,
Falco?
—¿A quién viste? Había dos agentes escondidos en una habitación de la
parte trasera. ¿Alguien más estaba con ellos?
Entre sus series de canciones había tenido tiempo de hacer un
reconocimiento exhaustivo. Sabía lo de los melitenses. Sin embargo,
Escorpo afirmó, de manera que pareció convincente, no haber visto a nadie
más; no sabía quién era el ocupante de aquella otra habitación, allí donde el
ladronzuelo del jefe de cocina encontró el camafeo.
Abandoné y me fui a casa a comer.

***
El cantante me había mentido. En aquellos momentos no lo sabía, pero
cuando después lo descubrí no me sorprendió demasiado.
XXXVIII
Después de comer, mi secretario me necesitaba para atender algunos
asuntos; en casas de más categoría quizá fuera al revés, pero con Katutis no.
Él me dijo lo que yo tenía que decirle que hiciera. Yo obedecí. De todos
modos, tuve suerte de poder disponer de mi hora de reunión con él. Ahora
que se sabía que tenía un secretario, otras personas lo tomaban prestado a
todas horas. Se suponía que Katutis tenía que apuntar las notas de mis casos
y empezar a recopilar mis memorias, pero se pasaba tardes enteras anotando
recetas de sopa, maldiciones y listas de la lavandería.
Después, Helena quiso hablar sobre asuntos domésticos, cosa que
supuso más conformidad sumisa por mi parte. Entonces mis hijas tuvieron
una necesidad imperiosa de enseñarme dibujos y pedirme unos zapatos
nuevos como los que a sus amigas de tres puertas más abajo les habían
comprado sus padres, quienes les consentían todos los caprichos. Hasta la
perra se dirigió a la puerta principal y se quedó allí con la correa en la boca.
La única que intentó evitar tener nada que ver conmigo fue Albia, pero
me la llevé igualmente. Eso le serviría de escarmiento por decirle a
Anácrites que podría hacer el trabajo de un informante.
Iba a llevarle el camafeo a Petronio. Cuando llegamos al apartamento de
Maya, ya estaba tan avanzada la tarde que lo pillamos justo antes de que se
marchara para entrar de servicio.
—Espera. Quiero enseñarte esto fuera de las instalaciones de los vigiles.
Él captó el mensaje.

***
Examinamos la joya bajo la atenta mirada de Albia. Estaba tallada en
sardónice, el tipo de ónice más rojizo.
—Es como una ágata, Albia…, una piedra dura formada por capas.
—¡Más educación!
—Escucha y aprende, jovencita.
Petronio sostuvo la gema en su mano enorme mientras trataba de
descifrar qué representaba el grabado. El tallado era de dos capas, en
bajorrelieve. Las franjas del ónice eran una blanca y la otra de un marrón
rojizo, maravillosamente labradas. La mitad inferior del diseño mostraba un
grupo de tristes bárbaros capturados. En una banda superior, y reunidas en
torno a unos acaracolados cuernos de la abundancia, unas deidades menores
colocaban coronas triunfales en las nobles frentes de unos nobles personajes
de pecho desnudo. Un águila, que probablemente representaba a Júpiter,
intentaba entrometerse.
—De la familia imperial Claudia —conjeturó Petronio—. Ellos siempre
han tenido este aspecto pulcro y bien rasurado. Aunque, en realidad, eran
todos unos enanos de los que no te podías fiar.
Albia se rió tontamente.
—Está exagerando, Albia. Como él mismo es un armatoste, a Lucio
Petronio le gusta fingir que cualquiera que posea un físico delicado es
deforme. Sin embargo, esto es tan especial que puede que incluso haya
pertenecido a Augusto o a algún miembro de dicha familia, ya fuera porque
lo encargaran ellos o porque lo recibieran como obsequio de algún adulador.
Petro enarcó las cejas.
—¿Tan bueno es?
—Confía en mí; soy anticuario. Es difícil estar seguro sin saber su
proveniencia, pero yo diría que quizá se trate de un trabajo de Dioscúrides.
Y si la pieza no es suya, seguro que salió de su taller.
—¿Dio…, quién?
—El tallador de camafeos favorito de Augusto. ¡Sólo hay que fijarse en
la factura! Quienquiera que tallara esto era fenomenal.
Petronio se inclinó hacia Albia y le comentó en tono gruñón:
—¿Te has dado cuenta de que últimamente Falco no deja de hablar
como un subastador deshonesto?
—Sí, en casa todos tenemos la sensación de estar viviendo con un
vendedor de jarras de vino falsas.
—¡Ya podéis burlaros! —intervine con una amplia sonrisa—. Fuera
quien fuera el propietario de esto (y no me refiero a un huésped misterioso
de casa del espía), conocía su valor. El comprador, que podría haber sido
una mujer, porque esto era el colgante de un collar, poseía dinero y
conocimientos para comprar auténtica calidad.
—¿Tienes a alguien en mente? —preguntó Petro.
—Espero que podamos relacionarlo con la esposa de Modesto, Livia
Primila. A juzgar por la vaguedad de la respuesta del sobrino cuando le
pregunté si la mujer llevaba alguna joya característica, no creo que él lo
reconociera, pero sí dijo que lucía cosas buenas.
Petronio se animó.
—Pues si esto era suyo y lo llevaba puesto cuando desapareció, hay una
posibilidad de que podamos identificarlo.
Nos contó que la Quinta Cohorte había atrapado a un esclavo fugitivo
que vivía a la intemperie cerca de la Puerta Metrovia y que se llamaba Sirio.
Iban a llevarlo a la Cuarta aquella misma noche para interrogarlo sobre si
era el mismo Sirio que Sexto Silano entregó al carnicero, el que había
despedido a Primila cuando ésta fue a ver a los Claudios.
—¿Y los de la Quinta no podían habérselo preguntado ellos mismos?
—Podrían haberlo intentado —contestó Petro—. Pero el esclavo tiene
miedo de hablar y todo el mundo sabe que Sergio es el mejor en estos
menesteres.
Sergio era el torturador de la Cuarta Cohorte.

***
En aquel punto yo habría dejado a Albia en casa de Maya, pero ella,
como intuyó que me la quería quitar de encima, se empeñó en
acompañarnos al cuartel.
Sergio estaba aguardando a que llegara Petronio para empezar. Había
escondido a Sirio en una celda pequeña, como quien marina un filete de
carne selecta durante unas horas antes de asarla a la parrilla.
—Podrías limitarte a preguntárselo —sugirió Albia. Podría haber sido
Helena quien lo dijera.
—No es ni la mitad de divertido —repuso Sergio—. Además, el
testimonio del esclavo sólo contará si grita mientras le golpeo. La teoría es
que el dolor lo hará honesto.
—¿Y eso en la práctica funciona, Sergio?
—A veces.
—¿Cómo sabes si lo que te dice es verdad o no?
—No puedes saberlo. Por otro lado, cuando interrogas a un ciudadano
libre tampoco se sabe. La mayoría miente. Esto se aplica tanto si tienen algo
que ocultar de verdad como si sólo se están portando como unos cabrones
por principios.
Pensé que la actitud del hombre del látigo podría afectar a Albia, pero
las jóvenes son fuertes. Ella escuchó en silencio, archivando los detalles en
esa extraña cabecita suya.
—Si es el esclavo que buscáis, ¿qué le pasará?
—Recibirá una buena paliza por causar problemas y luego se lo
devolveremos a quienquiera que sea el propietario.
—¿No hay otra alternativa?
—De ninguna manera. Es una propiedad.
—¿Una persona inexistente?
—Ésa es la definición.
Albia lo aceptó como otro de los hechos que demostraban que los
romanos eran crueles…, suponiendo que ésa fuera la idea que había
suscitado su pregunta. En ocasiones no había quien la entendiera.
Albia volvió hacia mí su rostro pálido.
—¿Tú crees que el hecho de provenir de un entorno duro y difícil y de
que su generación de esclavos fuera maltratada explica por qué esos
Claudios se volvieron tal como son?
—Es posible. Sin embargo, algunos grupos, algunas familias, son
casquivanos por naturaleza. Las personas acarrean sus defectos de carácter
desde el nacimiento, sea cual sea su origen. Te encuentras libertos que son
leales, bondadosos y trabajadores, personas honradas con las que puedes
convivir. Y luego encuentras nobles que son despiadados, embusteros y
cuya compañía resulta intolerable.
—Helena diría: «¡La culpa es de sus madres!» —la imitó Albia con una
sonrisa.
Petronio le dio una palmadita en el hombro.
—Quizá tenga parte de razón.
—¿Y cómo explica esta teoría el caso del espía Anácrites?
Petro y yo nos echamos a reír. Le dije:
—¡Él no es más que un pobre niño triste que nunca tuvo madre!
Albia me observó un buen rato. Se dio cuenta enseguida de que acababa
de caer en la cuenta, por lo que no mencionó siquiera que, hasta que Helena
la recogió de las calles de Londinium, ella también había pasado apuros sin
tener a ninguno de sus progenitores.
Petronio, que era padre de niñas, reconoció el estado de ánimo de Albia.
—Falco tiene razón. La mayoría de personas nacen con un carácter
innato. De manera que tú, Flavia Albia, estás destinada a ser honrada, dulce
y sincera.
—¡No me trates con condescendencia!
Tratándose de Lucio Petronio, la había cautivado, por supuesto.

***
Lo dejamos allí. Sergio, con su largo látigo, estaba impaciente por
empezar.
Pudo llegar a establecer que el tipo aterrorizado que nos había traído la
Quinta era, en efecto, el esclavo de Livia Primila. Cuando se fue a ver a los
Claudios, la mujer le había dado instrucciones de esperar tres días, y
entonces, si no volvía a casa, tenía que ir a contárselo a su sobrino. Sirio,
cuyo aspecto lo delataba como originario de los desiertos interiores de
África, fue capaz de describir la escena: Primila montaba un asno y llevaba
un sombrero de viaje de ala redonda. El esclavo no supo darnos muchos
detalles sobre la ropa, pero le parecía que el conjunto que llevaba la mujer
era de tonos de rojo oscuro, con una estola con flecos también de un color
rojo o ciruela. Petronio le mostró el camafeo de sardónice; el hombre no lo
reconoció.
Surgió una información nueva. Petronio preguntó cómo podía ser que,
pese a su obligación de cuidar de su ama, los empleados de Primila le
hubieran permitido marcharse sola a ver a los Claudios, y más después de
que Modesto ya hubiera desaparecido. Sirio dijo que Primila tenía intención
de reunirse con una persona: el capataz que atendía la propiedad y que fue
el primero que encontró las cercas rotas, un hombre llamado Macer. Esto
suponía un avance. Aquel hombre no había figurado antes en la lista de
desapariciones. Debía de tratarse de uno de los esclavos de la familia que
había escapado.
En aquel momento nos lo desbarataron todo. Unos fuertes golpes en las
sólidas puertas del cuartel anunciaron una visita poco grata. Las puertas se
abrieron a puntapiés. Un grupo poco numeroso de hombres grandotes y
armados irrumpió en el lugar. Los plumeros se agitaban en sus cascos
relucientes. La violencia cortó el aire.
Tres clases de cohortes militares mantenían la ley y el orden en la
ciudad; ni la ley ni el orden tenían mucho que ver con la rivalidad que
existía entre ellas. La Guardia Pretoriana despreciaba a las Cohortes
Urbanas y ambos cuerpos odiaban a los Vigiles. Pero los Pretorianos
protegían al emperador, y por entonces acataban las órdenes de Tito César;
siempre que aquellos matones agresivos salían a grandes zancadas de su
campamento y aparecían en público, no había pugna que valiera.
Entraron en el patio de ejercicios como el agua de un embalse después
de un escape. No había quien los detuviera. Petronio ni lo intentó. De un
modo u otro, Anácrites se había enterado de que teníamos al esclavo; había
enviado a la Guardia para arrebatarnos a Sirio. Dejaron claro que sería una
estupidez solicitar una orden.
—Llevaos a este cabrón desagradecido; no lo quiero. Tenemos un
presupuesto demasiado apretado como para alimentar a fugitivos. —Bueno,
Sirio era un esclavo. Nadie iba a poner objeciones—. Me enteré de que la
Quinta lo había encontrado —explicó amablemente Petronio al jefe de la
Guardia—. Pensaba comprobar los hechos y mandarlo luego a palacio con
una nota. Me estáis haciendo un favor. Es todo vuestro.
—¡Por supuesto que lo es! —repuso el jefe de la Guardia con un
gruñido—. Una advertencia… ¡No os entrometáis!
—¿Estás hablando en nombre de Anácrites?
—¡No es asunto tuyo en nombre de quién hablo…! ¡Tú retírate,
soldado!
Me resultaba increíble que el espía hubiera sido tan ordinario…
Además, iba en contra de la cuidadosa comedia de camaradería con la que
me había estado dorando la píldora durante la cena en su casa. Pero él era
así, desde su herida en la cabeza. Era sumamente impredecible. Unos
caprichosos cambios de humor perjudicaban su buen juicio. Si algo necesita
tener un espía es instinto de conservación, y esto exige discernimiento.
Los matones de élite del emperador se llevaron a Sirio de la celda de
interrogatorios y nosotros nos quedamos allí parados sin nada que hacer. El
esclavo fue presa del terror y le flaquearon las piernas; los guardias
prácticamente se lo llevaron a rastras. El hombre puso los ojos en blanco y
se cagó encima. No tuvo nada que ver con Sergio, quien apenas lo había
tocado a pesar de nuestra tomadura de pelo a Albia. Petronio no estaba
preparando ninguna declaración de testigo; lo que él había querido eran
respuestas, respuestas de las que poder fiarse. En cambio, cuando los
Pretorianos se llevaban de allí al esclavo, la pobre criatura supo lo que le
esperaba. En menos de una hora estaría muerto en alguna zanja.
Empezábamos a sospechar que, o bien Anácrites ya conocía las respuestas o
bien no le importaban lo más mínimo.
Petro profirió una maldición. Sabía que nadie volvería a ver a ese
esclavo. Al menos todavía teníamos el camafeo. Petro lo recuperó de un
cubo de agua sucia al que lo había tirado enseguida cuando irrumpió la
Guardia.
En cuanto a que nos dieran órdenes de retirarnos, eso fue una
intimidación descarada. Tratándose de los Pretorianos, no era una novedad;
ni tampoco era muy impropio del estilo del espía…, pero sí que era una
insensatez.
En realidad, era una manera de actuar tan estúpida que Petronio y yo
nos preguntamos si acaso Anácrites no habría perdido el control de la
situación.
XXXIX
—¡Los dos tipos sensacionales están perdidos! —Albia era una joven muy
franca; era posible que tarde o temprano esto acabara por causar problemas
—. ¿Por qué no os hacéis la gran pregunta?: si realmente el camafeo
pertenecía a Primila y se lo llevó un asesino…, ¿cómo fue a parar a manos
de Anácrites?
Señalé con frialdad que me había pasado toda la mañana entre la escoria
de la sociedad artística intentando averiguarlo.
—Si se tratara de cualquier otra persona, Petronio y yo iríamos a su
casa, lo inmovilizaríamos contra la pared con una broqueta de carne y
exigiríamos una explicación. Pero al espía no se le puede manejar de esta
manera. Él afirma que pertenece a una mujer que tuvo en su casa.
Petronio resopló.
—Debe de estar desesperado —dijo.
—Mucha gente lo está, por desgracia —comentó Albia—. Es así como
vosotros los hombres os salís con la vuestra.
—¡Helena te está enseñando muchas cosas! —exclamó Petro.
—Sobre todo sarcasmo. Siempre cabe la posibilidad de que el espía
tenga novia.
Albia lo descartó dándome un puñetazo.
—La alhaja la encontró el chef del cerdo troyano, escondida en un
equipaje que creemos que pertenece a los hermanos melitenses. Si es que
son melitenses. O hermanos siquiera. ¿Quién lo ha dicho? Nadie. No es más
que una fantasía que Falco fabuló las pasadas Saturnales cuando tomó
demasiado vino con su agua caliente. Recuerdo a ese par vigilando nuestra
casa y lo único que pudimos deducir fue que son idiotas.
—Tú deberías estar en la escuela, jovencita —le ordenó Petronio—. No
perdiendo el tiempo y molestando en un cuartel de vigiles.
—Estoy planteando hipótesis sensatas. Y, a propósito, Helena me da
clases particulares.
—Vamos, llévatela a casa, Falco.
—No puedo. Tú y yo tenemos que hablar del camafeo.
—Pues dile que se vaya. ¡Lárgate, Albia! —Petro bajó la voz y me dijo
—: Podría asignarle a uno de mis hombres para que la acompañara…
—¡No necesito guardaespaldas! —espetó Albia—. Me iré sola.
Se marchó.
Petronio Longo me miró fijamente.
—¿Dejas que vaya por las calles sola?
—No hay ningún método más práctico. Tú dejas que Petronila salga
sola, ¿no?
—Petronila es una niña. Es mucho más seguro. Tu hija está en edad de
casarse.
Quería decir en edad de acostarse con ella.
Lo dejamos ahí.

***
—La chica tiene razón —refunfuñé—. Tenemos que investigar cómo
llegó el camafeo hasta los melitenses.
—Querrás decir los agentes idiotas de origen desconocido, ¿no?
—¡Cabrón! Estoy seguro de que parecen hermanos. Escucha, si hay una
explicación inocente para que estuviera en su poder, eso nos evita tratar de
relacionarlo con los asesinatos del Pontino. Tal vez sea verdad que
Anácrites se tira a algunas mujeres. Pedirle a él más detalles sería un
esfuerzo vano, pero podemos buscar a sus agentes de origen desconocido y
hacerles algunas preguntas. No le va a gustar, pero para cuando lo descubra
ya estará hecho. ¿Puedes mandar a algunos soldados para que los busquen?
Petronio gruñó.
—Estaría encantado. No dispongo de personal suficiente, Falco. Si
Anácrites los mantiene cerca de él en su casa o en su despacho, están en
zona de riesgo. No puedo mandar tropas a palacio y no voy a cargar con una
reprimenda formal por vigilar el domicilio privado de ese cerdo…, y menos
tratándose de un caso que me han ordenado dejar —concluyó Petro muy
razonablemente.
—Anoche dio a entender que eran sus guardaespaldas.
—Entonces toda esta idea queda definitivamente descartada.
—No me habías dicho que fuera a llevarse a cabo.
—Me lo estoy pensando.
Al final resultó innecesario que Petro pusiera a prueba su mente. Uno de
mis sobrinos apareció en el cuartel para traer un mensaje. Lo había escrito
Katutis. Su caligrafía era tan pulcra que yo siempre tenía problemas para
descifrar las cartas.
—¿De qué te sirve exactamente tu secretario, Falco?
—Ah…, bueno, él va a la suya. Así es feliz.
Petro hizo venir a su administrativo para que lo descifrara. Albia había
visto a uno de los furtivos melitenses. Anácrites estaba vigilando mi casa
otra vez.
—¡Será cabrón! Nos lo está poniendo demasiado fácil…
Petronio me agarró del brazo.
—Espera, Marco; tenemos que planear esto como es debido…
Asentí con la cabeza. Al cabo de un minuto nos estábamos escabullendo
por una entrada, riéndonos como si tuviéramos diez años mientras ambos
intentábamos ser el primero en salir a toda prisa para descender corriendo
por el Aventino hasta las escaleras más próximas al Dique. Sabíamos que al
meternos con los melitenses estaríamos metiéndonos con Anácrites. Nada
de lo que ocurrió después se había considerado de manera adecuada. No
obstante, visto en retrospectiva, es justo decir que Petronio y yo lo
hubiéramos hecho de todos modos.
XL
Nos separamos y nos aproximamos desde dos direcciones distintas.
Aún había luz. El calor del día había disminuido ligeramente, pero el
cielo todavía se alzaba azul sobre la orilla revestida de mármol, sobre el
Tíber y sobre las bajas colinas del otro lado. El murmullo frenético de la
ciudad había perdido un poco de su persistencia, puesto que los negocios
aminoraban el ritmo y los individuos pensaban en irse a los baños. Las
casas de baños que ya estaban abiertas sólo permitirían la entrada hasta sus
pórticos exteriores. Los fogoneros estarían atareados levantando humo,
preparándose para la entrada formal a los vestuarios cuando sonara la
campana. Se oía un gran estrépito y vocerío que llegaba mucho más allá del
agua mientras el último turno de embarcaciones traía las mercancías desde
Ostia al Emporio y provocaba las maldiciones de los cansados estibadores,
que ansiaban dejar ya sus herramientas y largarse a las tabernas.
La vigilancia no podía ser fácil. Mi casa no tenía ningún acceso lateral o
trasero. La puerta principal daba directamente al Tíber, por encima de los
barrios bajos del Trastévere y hacia la vieja Naumaquia en la que Augusto
había representado simulacros de batallas navales. Aquí nadie tenía
arbustos en macetas de terracota adecuadas para esconderse detrás, porque
si lo hacíamos los borrachos nocturnos las hacían rodar por la calle y las
empujaban al río. De vez en cuando aparcaba algún carro, pero como el
Dique era una vía principal y arteria comercial, los ediles de la calle los
obligaban a moverse para evitar la congestión del tráfico. Lo único que
podía hacer un observador era merodear por la calle masticando un
panecillo, con la esperanza de que yo no apareciera y reparara en él. La
última vez que los dos supuestos melitenses nos estuvieron vigilando, toda
la familia solía saludarlos con la mano al pasar cuando iban y venían. Hasta
la perra se les acercó corriendo en una ocasión para menear el rabo y
desearles un buen día.
Albia tenía razón. Estaba allí. Uno de ellos, solo. Me pregunté dónde
estaría su hermano. Quizá los dos agentes se turnaran…, o quizá, si tan
obsesionado estaba Anácrites con nosotros, el otro se encontrara frente al
apartamento de Petro y Maya. Tendríamos que averiguarlo. Mi hermana se
pondría histérica si creía que el espía la tenía vigilada.

***
Lo que hicimos a continuación no estaba en absoluto planeado. Petronio
y yo nos habíamos visto involucrados en una situación siniestra como
aquélla en una ocasión anterior, en Britania. Debíamos ocuparnos de un
oficial que traicionó a nuestra legión. Se hizo justicia. Tal vez aquello nos
predispuso a las venganzas duras. Por una vez había tenido la esperanza de
no volver a encontrarnos en una situación semejante, pero cuando llegamos
allí arriba al Dique del Tíber, y nos topamos con el agente del espía, ni
Petro ni yo nos lo pensamos dos veces.
El hombre me vio venir andando directamente hacia él. Estaba
considerando resistirse cuando Petro le dio unos golpecitos en el hombro
por detrás. Ya estábamos demasiado cerca como para que el tipo pudiera
echar a correr o pelear. Así pues, lo teníamos. Nos limitamos a llevárnoslo
para ponerlo bajo custodia.
En aquel momento imaginamos que el tipo pensaba que Anácrites lo
rescataría. Tal vez lo creyera. Quizá lo creyéramos nosotros. Podría ser que
sólo se esperara que discutiéramos sobre la vigilancia y, en el peor de los
casos, que le propináramos algún que otro puñetazo y le ordenáramos que
dejara de acosarme. Puede que incluso, en un principio, ésta hubiera sido
nuestra intención.
Lo registramos. No nos sorprendió encontrar lo que llevaba: cuatro
cuchillos de distintos tamaños, además de un pedazo corto de cuerda que
sólo servía para estrangular. Lo tuvimos de pie en la calle mientras lo
despojábamos de su arsenal sin molestarnos en ser educados, aunque, como
se trataba de un lugar público, tampoco fuimos particularmente brutales.
Gruñó un poco. Petro y yo estábamos tanteando el camino hacia una
decisión.
En cuanto no supuso ningún peligro, nos lo llevamos a mi casa. Esto no
se lo esperaba. Y para ser sincero, nosotros tampoco; dio la impresión de
ser la continuación lógica del proceso de registro. De esta forma lo
sacábamos de la calle y lo quitábamos rápidamente de la vista…, y
evitábamos a Petronio la posible situación comprometida de encarcelar a
uno de los hombres del espía en el cuartel. En cuanto entramos y la puerta
de la calle se cerró, la cosa se puso intensamente seria.
Lo metimos en una habitación del piso de abajo. Era una de las
húmedas, de las que reservaba como almacén de verano. En agosto no iba a
desarrollar asma ni pie de atleta. Las paredes y la puerta eran gruesas.
Puntualicé que nadie le oiría gritar pidiendo ayuda. Entonces lo
amordazamos de todas formas. Para entonces, las funestas consecuencias se
incrementaban. Para él ya no podría haber un final feliz. Para nosotros
tampoco había vuelta atrás.
Trabajamos en silencio. Él lo soportó con resignación. Aquélla no sería
una tarea para el oficial de castigo de los vigiles, Sergio y su látigo de punta
metálica; íbamos a darle nuestro tratamiento especial. El agente era un
espécimen imperturbable, pero enseguida quedó claro que sería profesional.
Le atamos los brazos detrás de la espalda y los tobillos juntos, luego lo
alzamos como si fuera un paquete largo, lo colocamos boca arriba sobre un
banco fuerte y lo sujetamos a él con cuerdas de manera minuciosa. A
continuación dimos la vuelta al banco, de manera que se apoyara en uno de
sus extremos y el tipo quedara colgando cabeza abajo, y lo dejamos para
que reflexionara sobre su situación mientras nosotros íbamos a por un
refrigerio y a advertir a todos los miembros de mi casa de que estaba
prohibido entrar en aquella habitación. Probablemente Albia hubiera ido
enseguida allí, pero había salido a dar uno de sus largos paseos a solas.
Helena estaba un poco inquieta, aunque intentamos atenuar su
preocupación. Se daba cuenta de que Petro y yo empezábamos a sentirnos
crueles. No nos arrepentíamos de nuestra captura, pero nos habíamos
metido en un agujero profundo y sombrío. Helena se acercó y dijo:
—Vivo aquí con unas niñas muy pequeñas. Quiero saber qué tenéis
intención de hacerle a este hombre.
—Plantearle unas preguntas. —Planteárselas de una manera muy
particular, una manera con la que, al final, se obtendrían respuestas.
—¿Y si se niega a contestar?
—Improvisaremos.
—¿Cuánto tiempo llevará esto?
—Quizás unos cuantos días, amor mío.
—¡Días! Vais a hacerle daño, ¿no es verdad?
—No. No tiene sentido.
—¿Tengo que proporcionar comida y bebida para él?
—No será necesario.
—Me gustaría que con esto os refirierais a que no estará aquí tanto
tiempo.
—No. La verdad es que no nos referimos a eso.
—No podéis matarlo de hambre.
Podíamos. Con este tipo de hombre, tendríamos que hacerlo. Y eso sólo
era el principio.
—Bueno, quizás un cuenco de deliciosa sopa, con alguna esencia
aromática —sugirió Petronio con una sonrisa—. Cuando pasen dos o tres
días… —Pensaba en llevársela a la habitación y atormentarlo.
—¿Y qué me decís de las disposiciones higiénicas? —preguntó Helena
con enojo.
—¡Buena idea! Un cubo y una esponja grande estarían muy bien, por
favor. —Iríamos limpiando sobre la marcha. Petro y yo habíamos tenido
bebés, cuidaríamos del prisionero de una manera higiénica. Se sabía que el
régimen de miseria funcionaba, pero Helena tenía razón; estábamos en
nuestra casa.

***
Nuestras primeras conversaciones con él fueron civilizadas.
—Anácrites te envió, ¿de acuerdo? ¿Cuánto tiempo hace que lo
conoces?
—No sabría deciros.
—Puedo comprobar la nómina. Tengo contactos.
—Hará un par de años.
—¿Quién es el otro tipo con el que te he estado viendo? Supongo que es
tu hermano.
—Podría ser.
—¿Dónde está?
—Ha ido a ver a su esposa.
—¿Adónde?
—Pues al sitio en el que viven.
—No te nos hagas el gracioso. Parecéis gemelos, vosotros dos.
—Y vosotros dos parecéis follacabras.
—Esto lo voy a pasar por alto, pero no te conviene ponernos a prueba.
¿Tienes nombre?
—No puedo decíroslo.
—¿Eres de Melita?
—¿De dónde?
—Es una pequeña isla.
Mi madre había tenido un huésped melitense en una ocasión. Al pensar
en ello, y visto de cerca, aquel hombre no tenía la piel lo bastante olivácea,
ni era lo suficientemente peludo o retaco. Resultaba difícil ubicarlo… No
era de Oriente, pero tampoco provenía de tan al norte como la Galia o
Britania.
—No me insultes. Soy del Lacio —afirmó.
—Pues no lo pareces.
—¿Y qué sabrás tú?
En mi generación anterior, por parte de madre, yo también era del
Lacio. Tenía el acento adecuado: latino, si bien rústico. Era prácticamente la
primera vez que lo había oído hablar. Tres cuartas partes de los habitantes
de Roma hablaban igual que él.
—¿De qué parte del Lacio?
—No puedo decírtelo.
—Podrías ser de cualquier parte, desde Tibur a Terracina. ¿De Lanuvio?
¿Preneste? ¿Antium? Vamos, ¿qué hay de malo en decirlo? Especifica.
Silencio.
—Al menos no dice: «¡Averígualo tú mismo!» —argumentó Petronio
—. Está siendo prudente. Esto sólo conduce a una buena paliza.
—No es nuestro estilo.
—No; nosotros somos blandos como cupidos.
—De momento.
Creo que ambos sabíamos que estábamos a punto de sorprendernos a
nosotros mismos.
—No le caes bien, Falco. Quizá tiene razón. Déjame hablar con él.
Espero que quiera tratar con un profesional.
—Pero no lo golpees. Profanarías mi casa.
—¿Quién necesita tocarle? Va a ser sensato, ¿verdad, encanto? Y ahora
dinos tu nombre.
—Averígualo tú mismo.
¡Oh! Bueno, Petronio Longo ya se lo había advertido.
Poco después lo dejamos allí. Era hora de cenar. Para nosotros.
XLI
Proseguimos. Primero uno después de otro y luego en tándem. Pausas
largas. Pausas cortas. Para el agente, la existencia se vio concentrada en lo
que acontecía en aquella pequeña habitación. Cuando Petronio y yo
dejábamos la puerta un poco entornada para que oyera el grito de un niño o
el traqueteo de los cacharros en la distancia, debían de parecerle sonidos de
otro mundo.
—¿Cómo te llamas?
—No puedo decíroslo.
—Querrás decir que no quieres. ¿Por qué Anácrites te ordenó vigilar mi
casa?
—Eso sólo lo sabe él.
—Entonces quizá tengamos que preguntárselo. Todo será mucho más
sencillo, si podemos evitar que sepa que te dejaste ver y atrapar con tanta
facilidad… No, me equivoco. A estas alturas ya tiene que haberse dado
cuenta. ¿Cuándo crees que te echó de menos? No puede haber tardado
mucho. Y me pregunto dónde estará. ¿Qué va a hacer contigo? Se diría que
la Guardia Pretoriana tendría que irrumpir para llevarte de vuelta con él.
¿Habrá perdido la confianza en ti? Quizás esté fuera…, tal vez haya ido a
los pantanos Pontinos para trabajar en el caso de Modesto, ¿no? A buscar a
los Claudios…, ¿has oído hablar de ellos?
—No puedo decírtelo.
De pronto, Petronio Longo hizo girar el camafeo en el aire.
—¿Esto lo tenías tú?
—No lo había visto nunca.
—¿Tú o tu hermano?
—Mejor pregúntaselo a él.
—Ahora estoy deprimido, Falco… ¡Imagina que tenemos que hablar
con los dos!
—A mí me parece bien. Uno cada uno. Tú podrías llevarte al tuyo al
cuartel, darle una paliza de verdad, utilizar tus instrumentos… Yo podría
retener aquí al otro para jugar con él.
—El tuyo hablaría primero. Tú acabas agotando a la gente con tu
maravillosa amabilidad. Los villanos se desmoronan entre sollozos. Sólo
quieren la brutalidad a la que están acostumbrados. El hecho de que te
muestres como su agradable benefactor confunde a la gente, Falco.
—No, yo creo que la gente respeta la humanidad. Al fin y al cabo,
podríamos arrancarle las uñas y aplastarle las pelotas. ¿Y qué es lo que
obtiene en cambio? Un lenguaje moderado y unos modales agradables.
Mira a éste… Admira la moderación, ¿no es cierto? Va, no vuelvas a
pegarle; va a contárnoslo todo sin tener que hacer eso… Sigo pensando que
éste y el otro son gemelos. Los gemelos pueden comunicarse a través del
pensamiento, ya sabes. Apuesto a que su hermano está sudando. Veamos,
otra vez. ¿Cómo te llamas?
—No puedo decírtelo.
—¿Cómo se llama tu hermano?
—No puedo decírtelo.
—¿De dónde salió este camafeo?
Silencio prolongado.
XLII
En una de las ocasiones me pareció que había estado llorando mientras lo
dejamos solo. Cuando volví tenía los ojos sin brillo, como si durante el
largo intervalo de soledad hubiera estado recordando el dolor. Sin embargo,
su resistencia se fortaleció. Alguien se había pasado años preparando a ese
hombre. No podríamos con él. Iba a soportarlo todo sin flaquear ni
desfallecer. Iba a aguantar, incluso reprimiendo las muestras de hostilidad,
hasta que nos diéramos por vencidos.
Nosotros nos estábamos cansando del juego. Había dejado de negarse a
contarnos cosas. Había dejado de hablarnos por completo.
—Voy a echarle un cubo de agua fría encima.
—No, no lo hagas. Ésta es mi casa, Petro. No quiero tener agua por
todas partes. Ve y come algo. Hay un queso de cabra buenísimo traído esta
misma mañana del mercado, es fuerte y salado. Y he sacado una jarra de
vino albano; créeme, tienes que probarlo, de verdad. Déjame aquí con
nuestro amigo.
Petronio abandonó la habitación.

***
—Bueno, ya estamos aquí, en un ambiente íntimo y agradable. ¿Qué tal
si me cuentas quién eres y qué haces para Anácrites?
No hubo respuesta.
Le eché un cubo de agua fría encima.
XLIII
Hubo un avance.
Desde el instante en que trajimos a aquel hombre a casa, Helena Justina
no había dejado de pensar en ello. Se preparó, esperó a que todo el mundo
estuviera preocupado y entonces bajó a ver qué estaba ocurriendo.
***
En aquella ocasión teníamos el banco colocado como era debido. El
hombre estaba mirando al techo, o lo hubiera estado de no parecer dormido.
Petronio y yo nos habíamos apartado de él y estábamos de pie con los
brazos cruzados, pensando en nuestro próximo movimiento. En aquel
momento de tranquilidad, Helena debió de sorprenderse por la normalidad
del ambiente. Quizá la ausencia de violencia la tranquilizara. Entonces se
dio cuenta de que era más siniestro de lo que parecía.
Petronio y yo la saludamos afablemente. Con nuestra apariencia de
normalidad, bien podríamos haber sido dos hombres en un taller
preocupados por un gran proyecto de carpintería; ella podría ser la mujer de
la casa que sólo se estaba asegurando de que dos haraganes simplones no
estuvieran bebiendo cerveza de ortiga elaborada en un cazo o leyendo rollos
pornográficos en lugar de trabajar. Llevábamos las mangas muy
remangadas. Teníamos una actitud de eficiencia; tras el desgaste de días de
esfuerzos intensos, continuados y fallidos, nos sentíamos agotados.
El hombre del banco parecía haberse dado cuenta de que Helena había
entrado en la habitación. Le temblaron los párpados, aunque permaneció
con los ojos cerrados. Helena se quedó allí parada: con el rostro más
demacrado desde que perdió al bebé, alta, segura pero cautelosa, vestida de
blanco con ropa suelta y veraniega y una estola ligera y vaporosa de un
color azul plateado, fría como un sorbete refrescante en la nevera de un
rico. El hombre debió de oler su perfume cítrico. Debió de percibir el
movimiento de sus brazaletes y su voz clara.
Ella, observadora e inteligente, asimiló la escena. Vi que buscaba con la
mirada señales de lo que habíamos estado haciendo…, a la vez que temía lo
que pudiera averiguar. No había nada que ver. Todo estaba limpio y
ordenado. Se centró en el hombre. Vio que estaba exhausto, que el hambre,
la sed, el aislamiento y el miedo lo estaban llevando al borde de sufrir
alucinaciones a pesar de su implacable voluntad de resistir. Ahora tenía que
esforzarse para impedir que su mente empezara a divagar.
Helena se apercibió de que nuestra tarea había desanimado a Petronio y
a mí también, que nuestro poder sobre aquel hombre indefenso no tardaría
en embrutecernos. La mayoría se hubieran corrompido desde el momento
en que el prisionero fue apresado y atado porque su indefensión los liberaría
de toda restricción moral. Hasta nosotros tuvimos que esforzarnos para
evitar ser como la mayoría.
—Esto es demasiado brutal. Quiero que paréis. —Las palabras eran
firmes, pero a Helena le tembló la voz.
—No podemos, cariño. Tiene que ver con consentir a largo plazo el
acoso por parte de unos malos vecinos. Tiene que ver con el asesinato y con
el encubrimiento oficial del asesinato. Parece estar involucrado. Si sus
actividades tienen una explicación inocente, sólo tiene que decírnoslo.
—Vosotros también lo estáis acosando.
—No por placer.
—Está a punto de desplomarse.
—Ha soportado cosas peores, se nota.
—Entonces no vais a doblegarle —dijo Helena.
Nosotros mismos empezábamos a temer lo mismo. Habíamos
comprendido que el tipo había estado preparado para la terrible experiencia.
Se había sumido en un estado de pasividad. Sus vivencias debían de haber
sido malas. Su experiencia pasada apenas se le notaba físicamente; no había
marcas ni cicatrices antiguas. No pudimos deducir en qué había consistido
su vida anterior, aunque sí nos dimos cuenta de que la humillación y las
privaciones no le eran desconocidas. También conocía la situación cuando
lo amenazamos. En muchos sentidos, era una persona completamente
normal, un rostro en medio de cualquier multitud. Era como nosotros y, sin
embargo, era distinto.

***
Helena había venido con un discurso preparado. Petro y yo adoptamos
la posición de descanso y la escuchamos.
—Si accedí a lo que habéis estado haciendo hasta ahora fue sólo porque
Anácrites es muy peligroso. Me horroriza lo que le habéis hecho a este
hombre. Habéis jugado con él, os habéis burlado de él, lo habéis torturado.
Habéis arrasado su personalidad. Esto es inhumano. Hace días que dura y él
no sabe qué va a pasar al final… Marco, Lucio, ¿podéis explicarme qué
diferencia hay entre vuestro maltrato a este hombre y la forma en que los
asesinos de Julio Modesto lo raptaron y maltrataron a él?
—Nosotros no hemos utilizado cuchillos —respondió Petro con aire
sombrío. El impulso de mantener la presión sobre el agente pudo más que él
—. Bueno…, todavía no. —Señaló la horrible colección que le habíamos
quitado a nuestro secuestrado—. Todos éstos son suyos. Supongo que los
llevaba encima para utilizarlos.
Fue una respuesta instintiva, no la verdadera. Yo conocía a Helena, la
amaba, la respetaba lo suficiente como para hallar una respuesta mejor:
—Hay una diferencia. Nuestro propósito es legítimo: el bien general. A
diferencia de los asesinos, nosotros no disfrutamos con esto. Y, a diferencia
de sus víctimas, este hombre puede poner fin a lo que está ocurriendo muy
fácilmente. Lo único que tiene que hacer es respondernos.

***
Helena continuaba allí de pie, obstinada.
—Él puede elegir —me apoyó Petro.
—Parece medio muerto, Lucio.
—Eso es como decir que está medio vivo. Está mucho mejor que un
cadáver…, de lejos.
Helena meneó la cabeza.
—No me parece bien. No quiero que muera aquí en mi casa. Además,
vosotros corréis un enorme riesgo. Anácrites podría irrumpir en cualquier
momento para rescatarlo, ¿no?
El hombre del banco había abierto los ojos; en aquellos instantes nos
estaba mirando. ¿Acaso la mención de Anácrites lo había reanimado? ¿O el
enérgico discurso de Helena le había despertado unas esperanzas que no
sabía que albergaba?
Helena percibió el cambio. Se acercó a él para examinarlo. La tez clara
de aquel hombre, que entonces llevaba barba de varios días, estaba cubierta
de una leve dispersión de manchas del hígado o pecas. Tenía la nariz
respingona, los ojos de un tono pálido, un color avellana deslavazado.
Podría ser de Italia, tal como nos había dicho, aunque su aspecto era distinto
de los verdaderos mediterráneos de ojos oscuros.
Helena se dirigió a él directamente, con voz mucho más baja:
—Anácrites no va a venir a por ti, ¿verdad? Por alguna razón, te ha
abandonado.
El hombre volvió a cerrar los ojos. Hizo un movimiento apenas
perceptible con la cabeza, de resignación.
Helena tomó aire.
—Entonces, escucha. Lo único que quieren saber es de dónde salió ese
camafeo.
Finalmente habló. Le susurró algo inaudible a Helena.
Ella volvió a apartarse y nos miró.
—Dice que lo encontraron entre la maleza, en los pantanos. —Helena
fue caminando hasta la puerta—. Y ahora, vosotros dos, quiero que lo
saquéis de aquí, por favor.
Se abstuvo de decir: «Ha sido fácil, ¿no?».
Nosotros nos abstuvimos de señalar que tal vez mintiera; que lo más
probable era que mintiera.

***
Cuando Helena se hubo marchado, Petronio le preguntó con un tono de
voz suave y arrepentido:
—Supongo que si te llevamos hasta los pantanos no podrías señalarnos
el lugar donde dices que encontraste este camafeo, ¿verdad? ¿O contarnos
más cosas relacionadas con todo esto?
Por una vez, el hombre del banco sonrió, como si se permitiera disfrutar
del hecho de que lo hubiéramos entendido; meneó la cabeza con tristeza. Se
quedó completamente inmóvil. Daba la impresión de pensar que se
acercaba el final. Parecía que había decidido que ya no había esperanza, que
nunca la había habido.
Nos habló por primera vez en dos días. Con voz ronca, preguntó:
—¿Vais a matarme?
—No.
Teníamos nuestros principios.
XLIV
Cuando volví a salir de la habitación, me quedé estupefacto al encontrarme
el vestíbulo lleno de equipaje. Unos esclavos avergonzados siguieron
trasladando arcones hasta las puertas de entrada, claramente conscientes de
que no se me había explicado lo que ocurría. Me contuve y no les pregunté
nada.
Encontré a Helena. Estaba sentada en el salón, inmóvil, como si
esperara que la interrogara con la misma brusquedad con la que estábamos
tratando al agente. En lugar de eso, sólo la miré con tristeza.
—No puedo quedarme aquí, Marco. No puedo tener a mis hijas en esta
casa. —Lo dijo en voz baja. A duras penas controlaba su furia.
Me pasaron por la cabeza las ideas habituales: que se estaba mostrando
poco razonable (aunque sabía que había tolerado lo que estaba ocurriendo
más tiempo del que me habría esperado) y que se trataba de una reacción
desmesurada debida al dolor que aún sentía tras la muerte del bebé; tuve el
buen tino de no decirlo.
Tomé asiento frente a ella, cansado. Apoyé la cabeza en las manos.
—Cuéntame lo peor.
—Ya he hecho que se llevaran a las niñas y, ahora que he hablado
contigo, voy a marcharme con ellas.
—¿Adónde? ¿Por cuánto tiempo?
—¿A ti qué te importa?
Era tan raro que saltara así contra mí, que me quedé atónito. Transcurrió
un momento terrible entre nosotros en el que yo reprimí el impulso de
responder con la misma furia. Estaba demasiado cansado, por suerte, tal
vez. Entonces, quizá porque estaba exhausto, Helena fue capaz de verme
vulnerable y ceder un poco.
—Me importa —afirmé. Al cabo de un instante me obligué a hacer la
pregunta—. ¿Me estás dejando?
Helena alzó la barbilla.
—¿Sigues siendo el mismo hombre?
Lo cierto era que no lo sabía.
—Eso espero.
Helena me dejó sufrir, brevemente. Mirando al suelo, dijo:
—Nos vamos a la villa de tu padre en el Janículo.
Empezó a levantarse. Me acerqué a ella, la tomé de las manos y la
obligué a mirarme.
—Cuando haya terminado, iré a recogeros a todas.
Helena apartó las manos de un tirón.
—Helena, yo te quiero.
—Yo también te quería, Marco.
Me reí dulcemente.
—Todavía me quieres, cariño.
—¡Tonterías! —me espetó, y abandonó la estancia como una
exhalación. Sin embargo, la expresión de desprecio que había utilizado era
habitual en mí, por lo que supe que no la había perdido.

***
Tenía que poner fin a todo aquello.
Petronio y yo le habíamos dicho al hombre que no lo mataríamos. Sin
embargo, no podíamos devolverlo. Capturar a uno de los agentes del espía
era una acción irreversible. Así pues, lo que le ocurriera después supondría
más terror, más crueldad y… probablemente pronto, si bien no lo suficiente
para él, su muerte, aunque no fuera a nuestras manos.
Petro y yo habíamos hablado de una solución. Abandonamos nuestros
esfuerzos por sonsacar información e hicimos unos últimos preparativos. Se
me había ocurrido una manera de hacerlo, por lo que no habría vuelta atrás.
Salí de casa por primera vez en varios días. Fui a ver a Momo. Por una
suma exorbitante, él me lo arregló. No le dije a quién queríamos hacer
desaparecer con tanta discreción, ni por qué; con su agudeza para captar una
situación sucia, Momo tuvo la sensatez de no pedir detalles. Cuando redactó
el expediente, se limitó a preguntar:
—¿Vas a decirme su verdadero nombre o tengo que darle uno nuevo?
Aún no sabíamos quién era. Era tan duro de pelar que se negó
sistemáticamente a decírnoslo.
—Mantener el anonimato sería ideal.
—¡Le pondré Marco! —se burló Momo, a quien siempre le habían
gustado las bromas de mal gusto.
Me asustó lo fácil que era hacer desaparecer a alguien. Aquella noche
iban a llevarse de mi casa al hombre de Anácrites. Ahora, el capataz que
trabajaba para el prefecto urbano estaba esperando un individuo de más;
cuando entregáramos al melitense, lo infiltrarían entre un grupo de reclusos
sentenciados a trabajos forzados en las minas. Este castigo pretendía ser una
sentencia de muerte, una alternativa a la crucifixión o a ser atacado por las
bestias en la arena. No serviría de nada protestar. Los criminales
condenados siempre afirmaban haber sido víctimas de algún error. Nadie les
escucharía. En Roma nadie volvería a verle. Encadenado por un collar de
hierro a una banda de esclavos en una zona remota de alguna provincia
extranjera, desnudo y hambriento, lo iban a hacer trabajar hasta que eso lo
matara.
Se lo contamos. En una ocasión yo trabajé como esclavo en una mina de
plomo, por lo que conocía todos los horrores.
Le dimos una última oportunidad. Y continuó sin decir nada.
XLV
Anácrites se presentó en casa al poco de haber regresado yo, solo, tras
habernos llevado de allí al agente.
Me había bañado y había comido. Había dedicado tiempo a cerciorarme
de que no quedara ni rastro de los acontecimientos recientes. Me encontraba
en el estudio, leyendo un rollo del afable Horacio para limpiar mi mente.
Era tarde. Echaba de menos a mi familia.
Un esclavo me anunció que el espía estaba abajo. ¿Iba a recibirle?
Ahora las cosas funcionaban así; probablemente acabaría
acostumbrándome. Helena debía de haber endurecido al personal
enseñándoles que no dejaran pasar a las visitas. Así el próspero dueño de la
casa tenía tiempo de prepararse; mucho mejor que en la época en la que
cualquier intruso podía entrar sin más en mi pobre apartamento, ver
exactamente lo que había estado haciendo (y con quién), y luego obligarme
a escuchar su historia tanto si me importaba como si no.
Me detuve a considerar la oportunidad del espía. ¿Acaso sabía que nos
habíamos deshecho del prisionero? Me puse las zapatillas de estar por casa
para recibirlo.
No traía consigo a ningún pretoriano. Tampoco lo acompañaba el otro
melitense. Había traído consigo a un par de hombres de poca monta, aunque
cuando lo invité a subir los dejó abajo en el vestíbulo. Como no quería
correr riesgos, indiqué a unos esclavos que los vigilaran. Conocía a
Anácrites desde la época en la que sólo podía disponer de un recadero con
unos pies enormes y un enano; más adelante contrató a un informante
profesional, aunque a éste lo mataron en acto de servicio. En ocasiones
trabajaba con él una mujer. La pareja de aquel día sólo estaba un grado por
encima de lo más básico, supuse que serían ex soldados, aunque
lamentables; en una provincia pacífica los habrían relegado a cortar la
hierba de los terraplenes y, en tiempos de guerra, habrían sido prescindibles,
mera carne de lanza.
—He venido para desearte buena suerte, Falco, en la Fiesta de la Vinalia
Rústica —mintió Anácrites. Yo rara vez honraba los días festivos, ya fueran
místicos o agrícolas; y como yo bien sabía, él tampoco. Había estado
sentado con él en nuestro despacho del Censo, anhelando en vano que se
marchara temprano para ir a comer sardinas en los Juegos de los Pescadores
del Trastévere o para presentar sus respetos al Invencible Hércules.
—Gracias; muy cortés por tu parte. —Me contuve de sacar una jarra de
cristal de roca con vino nouveau de garrafón.
Anácrites era partidario de la sobriedad precavida cuando estaba
trabajando, era muy distinto de Petronio y yo, que nos despreocupábamos a
la menor oportunidad y vivíamos peligrosamente. No intentó montar un
jolgorio bebiendo a mi costa. Lo que hizo fue perder el valor directamente
de manera significativa, a lo cual también tenía cierta tendencia. Pese a que
lo más probable era que hubiere pasado horas perfeccionando una excusa,
lo soltó sin más:
—He perdido a un agente.
—¡Qué descuidado! ¿Y a mí qué me cuentas?
—Se le vio por última vez delante de tu casa. No tendrás inconveniente
en que eche un vistazo por aquí, ¿verdad, Falco?
—No es precisamente un gesto amigable…, y menos después de pasarlo
tan bien en tu cena. De todos modos, tú mismo. Me atrevería a decir que no
me serviría de nada oponerme. Si lo encuentras acuclillado en mi
propiedad, voy a pedir una indemnización por los gastos de mantenimiento.
Unos recién llegados interrumpieron estas bromas tensas. Por un
instante pensé que el espía había traído a la Guardia, después de todo.
Alguien golpeó el llamador de la puerta al estilo militar, aunque acto
seguido se oyó el ruido de una llave que rascaba la cerradura con enojo:
Albia. Había estado vagando sola de nuevo. Sabía que Helena no había
podido encontrarla cuando los demás se marcharon al Janículo; se suponía
que yo tenía que enviarla allí. Parecía contrariada y, curiosamente, venía
acompañada de Léntulo.
—¡Gracias, carcelero, ahora ya puedes marcharte! —le ordenó la joven,
enfadada, y cruzó el vestíbulo con indignación. Si hubiera podido elegir, le
hubiese ordenado a Léntulo que esperara para que pudiera explicarse sin
que lo oyera el espía. Desde las escaleras, Albia se volvió hacia él y le
indicó mediante señas furiosas que se largara.
Léntulo se cuadró y anunció:
—Camilo Justino me pidió que te devolviera a tu joven dama, Falco. La
vio frente a nuestra casa, mirando… Es una costumbre a la que últimamente
es propensa.
—¡Oh, Albia! —temía tener que hacer el papel de padre severo.
—Mirar no es ningún delito —repuso ella con un gruñido.
—Has estado acosando a un senador —disentí, perfectamente
consciente de que Anácrites estaba escuchando—. Conociéndote, seguro
que has hecho todo lo posible para que tu mirada resulte inquietante.
Léntulo, por favor, pídele disculpas al senador. Dale las gracias a Justino
por su amable intervención y di a todos que tengan la seguridad de que esto
no va a repetirse.
—Es que la señora griega empezaba a asustarse —explicó Léntulo—. El
tribuno dijo que sería mejor que hoy trajéramos a tu chica a casa de
inmediato y habláramos contigo al respecto. —Le dirigió una sonrisa
radiante a Albia, mostrando su admiración—. Está hecha una buena pieza,
¿eh?
—Una pieza y media —refunfuñé—. Anácrites, ¿me disculpas un
momento mientras voy a buscar algo con que recompensar a Léntulo?
Anácrites me hizo señas para que me fuera, puesto que entonces pudo
abordar a Albia. Oí que ese cabrón se ofrecía diciéndole que, si alguna vez
necesitaba encontrar refugio para los problemas familiares, ya sabía dónde
vivía… La noche iba camino de convertirse en un desastre.
A espaldas del espía le pasé rápidamente el camafeo a Léntulo,
apretándolo contra la palma de su mano de la misma forma en que me lo
había dado Aulo. Tratándose de Léntulo, necesitaba un guiño importante
que le ayudara a entenderlo.
—¿Recuerdas esa vez que escondimos al tribuno en ese viejo
apartamento que tengo? ¿Crees que podrías volver a encontrarlo…? Encima
de la lavandería del Águila en esa calle pequeña. ¿Serías tan amable de dar
un rodeo hasta allí de camino a tu casa? —Le expliqué entre dientes dónde
había un escondite en mi viejo camastro y Léntulo prometió esconder la
joya.
Albia se había escapado de Anácrites y vino a entrometerse creyendo
que hablaba de ella. Intuyó que estaba organizando algo con Léntulo.
—Llevaré a Nux a dar un paseo…, ¿puedo salir?
—Acabas de llegar, pero no eres una prisionera. Tú deja de acechar a
Camilo Eliano… y mantente alejada de otros hombres, también.
Me refería al espía. Léntulo era demasiado payaso como para tenerlo en
cuenta.

***
Regresé con Anácrites y el registro de mi casa que tenía planeado hacer.
—¿A quién estás buscando? —Mejor preguntarlo que admitir que lo
sabía—. ¿Tu cordero extraviado tiene nombre?
—Es secreto de Estado —masculló Anácrites, fingiendo decirlo en
broma.
—Ah, será uno de tus valiosos guardaespaldas, ¿no es eso? —Era como
intentar exprimir una esponja seca, una que se hubiera dejado secar al sol
durante tres semanas en el muro de un puerto. Asintió con la cabeza de
mala gana, de modo que añadí—: ¿No eran dos? ¿Dónde está el otro? ¿Él
no sabe lo que está haciendo su hermano?
Anácrites me lanzó una mirada recelosa.
—¿Cómo sabes que son hermanos?
—Porque lo parecen… y porque me lo comentaron de paso ellos
mismos en una conversación, idiota. Yo no pierdo el tiempo intentando
averiguar detalles sórdidos sobre los inútiles que trabajan para ti.
Entonces Anácrites empezó a mirar detenidamente en todas las
habitaciones del piso superior, mientras que yo lo acompañaba
tranquilamente para asegurarme de que no viera nada que fuera demasiado
íntimo. Lo animé a que comprobara debajo de las camas cuando sabía que
había orinales; lamenté que no hubiéramos puesto ratoneras dentro de los
armarios. Un asno de juguete cayó de un escalón y estuvo a punto de hacer
tropezar al espía, pero las camas estaban hechas con pulcritud, los postigos
cerrados, las lámparas llenas y con las mechas bien recortadas.
Disponíamos de personal; el orden se había filtrado en mi vida doméstica
como el agua de un escape. No sorprendimos a ninguno de los esclavos
hojeando papeles ni rebuscando en los cofres del dinero, ninguno estaba
sodomizando a otro en las habitaciones de invitados o jugando consigo
mismo a solas en los armarios de la ropa blanca. Anácrites tenía algo que
hacía que todos se escabulleran para ponerse a cubierto aun cuando yo, su
amo tranquilizador, lo estaba acompañando con mi rollo de Horacio aún
sujeto bajo el brazo y un semblante de tolerancia reprochadora por su
condenada intromisión.
Miramos en todas las habitaciones y luego salimos a la terraza.
—Si está aquí arriba, lo voy a tirar abajo. —Entonces ya me mostré
brusco—. Esto ya ha ido demasiado lejos. ¿Qué está pasando?
—Ya te lo he dicho. Mi agente ha desaparecido. Tengo que encontrarlo.
Para empezar, tiene familia; si ha ocurrido algo querrán saber qué.
—¿Está casado? —Sentí una extraña necesidad de saberlo. Había
compartido tres días cruciales de la vida de aquel hombre. Su existencia útil
había terminado en mi casa. Petronio y yo éramos las dos últimas personas
con las que había tenido contacto. Recordé la furiosa comparación de
Helena y me pregunté si los asesinos psicopáticos desarrollaban este
retorcido sentido de relación con sus víctimas.
—Sí, tiene esposa…, o al menos eso creo.
—¿Sus padres viven?
—No.
—Y tiene un hermano que parece su gemelo.
—No son idénticos.
—¡Vaya! Así que sabes algo sobre ellos, ¿eh, Anácrites?
—Me preocupo por mis hombres. Reconóceme la profesionalidad.
—¡Eres un patrón intachable! Probablemente haya caído víctima de un
atracador, o lo haya atropellado un carro y lo hayan llevado a un santuario
para que se cure. Prueba en el templo de Esculapio. Quizá se escapara
porque no podía aguantar su ambiente laboral…, o porque no soportaba a su
superior.
—Él no se escaparía de mí —dijo Anácrites con expresión extraña.
Volvimos a bajar. Al llegar al vestíbulo, Anácrites decidió registrar las
habitaciones del sótano.
—No las utilizamos. Son demasiado húmedas.
Él insistió. Parecía dispuesto a pelearse conmigo, pero yo no discutía
por nimiedades.
Cuando miró en la habitación donde habíamos retenido a nuestro
cautivo, Anácrites olfateó ligeramente. Allí no quedaba ni rastro del hombre
desaparecido, pero Anácrites, como un sabueso, parecía albergar ciertas
dudas. De haber creído en poderes sobrenaturales, hubiera pensado que
estaba captando el aura de un alma atormentada. La habitación estaba vacía,
aparte de un banco bien fregado colocado contra una de las paredes que, así
como el suelo, estaban impecables. El ambiente estaba limpio, impregnado
sólo por un débil olor a cera de abeja allí donde las tablas del suelo se
habían pulido hacía muy poco.
—Ésta la utilicé como celda preventiva —expliqué a Anácrites con
tacto—, para los esclavos de mi difunto padre… —Al mencionar mi dolor
por dicha muerte, el muy cabrón adoptó un gesto humilde. Me entraron
ganas de patearlo—. Mientras evaluaba quiénes irían al mercado de
esclavos. Y si es que, en tu papel de auditor público entrometido, tienes
intención de preguntármelo: sí, pagué la tasa del cuatro por ciento por cada
uno de los que vendí.
—No se me ocurriría insinuar lo contrario, Marco.
Cada vez que Anácrites me llamaba Marco me recordaba lo imposible
que sería que yo llegara a llamarle «Tiberio» algún día.

***
Al final se marchó. Me pregunté si ese cerdo impredecible regresaría
para realizar otro intento. A menudo Anácrites hacía un trabajo y luego, al
cabo de media hora, se le ocurrían tres cosas que se había olvidado.
Su «registro» fue tan sólo un vistazo por encima. Podía ser un inepto;
sin embargo, también podía ser más minucioso si estaba de humor. Aquella
noche se limitó a hacer un recorrido superficial por mi casa. Incluso llegué
a preguntarme si no habría dejado su visita hasta entonces porque había
sabido desde el principio dónde estaba el agente y en realidad lo quería
fuera de nómina. Al fin y al cabo, él sabía que yo siempre lo notaba cuando
me vigilaban y que empezaría a molestarme. Sólo había afirmado ser un
superior preocupado. No debería haber tardado tres días en actuar después
de que el melitense desapareciera.

***
Por suerte, en el fondo Anácrites estaba tan obsesionado con superarme
que, en cuanto nos enzarzábamos en una pelea mental, no se daba cuenta de
mucho más. No pareció apercibirse de que, mientras lo acompañaba de un
lado a otro, el corazón me palpitaba. Cuando Albia se marchó con Léntulo y
llamó a Nux para ir a dar un paseo, ese chucho tarambana había corrido
escaleras abajo con ilusión. Nuestra perra llevaba consigo su último
juguete. Era un trozo corto de cuerda; le gustaba luchar por él con la gente,
agarrándolo como una furia, sacudiéndolo de un lado a otro mientras gruñía
de excitación. Nux se hubiera ofrecido a jugar a tirar de la cuerda con
Anácrites si éste hubiera mostrado el menor interés. En lugar de eso, se
marchó correteando detrás de Albia moviendo el rabo como una loca.
Que yo supiera, al espía se le había pasado por alto que el preciado
juguete nuevo de mi perra había sido la cuerda de estrangular de su agente.
XLVI
Anácrites no se atrevió a registrar el apartamento de Maya en persona,
aunque envió a sus dos ex soldados. Éstos fueron muy educados, sobre todo
cuando se encontraron con que sólo estaban en casa Mario (de trece años) y
Anco (de diez). Debían de haberles advertido que se esperaran a una arpía y
tal vez a un oficial de los vigiles grandote y enojado, por lo que sin duda los
pillaría por sorpresa encontrarse con un muchacho erudito y su hermano
pequeño sumamente tímido. Mi sobrino mayor quería ser profesor de
retórica; así pues, Mario practicó el debate legal con ellos (los derechos del
dueño romano), mientras los dos hombres echaban un vistazo rápido por
allí, y, como no encontraron nada, huyeron. Petronio se enteró después. Se
hubiera enfurecido, pero para entonces había surgido algo importante. Algo
tan gordo que, ya que el apartamento no había sufrido daños, dejó correr el
asunto. No obstante, se lo había apuntado. Lo añadió a la larga lista de
ultrajes por los que Anácrites iba a pagar algún día.

***
Me disponía a salir para ir a ver a Helena a la villa, cuando recibí una
invitación intrigante. Tenía que encontrarme con Petronio en una tasca
llamada El Leopardo, un local que no se contaba entre las que nosotros
frecuentábamos. Sugirió que trajera a mis ayudantes los Camilos. Una nota
críptica en su mensaje nos advertía de que «siguiéramos el reglamento de
Isca». Yo era el único que sabía lo que eso significaba: se refería a un
consejo de guerra secreto en el que participamos en una ocasión. Así pues,
se trataba de una reunión de suma importancia que había que mantener al
margen de las autoridades. Nada de lo que se dijera en el Leopardo aquel
día iba a ser admitido en ningún caso. Nadie podía traicionar la confianza.
Y para mí, el mensaje era un sutil indicio de que alguna persona de buena
posición social (¿Anácrites?) estaba a punto de ser tratado formalmente con
dureza.
Eliano y Justino se morían de curiosidad y acudieron a mi casa de buen
grado. Hubo un breve momento de tensión cuando Albia bajó ofendida al
salón mientras estábamos allí reunidos. Oí que Eliano le suplicaba:
—¿Ni siquiera vas a hablarme?
A lo que Albia respondió con frialdad:
—¡No!
Salió de casa airada y me lanzó una mirada fulminante por haberme
puesto en contacto con Aulo. Al menos supe que esta vez no iba a ir
corriendo a la Puerta Capena para acecharlo.
—¡Eres un idiota! —le dijo Quinto a su hermano, quien no lo negó.

***
Cuando llegamos a la taberna, Petronio ya estaba allí. Había un hombre
con él. El local era amplio. Ellos ocupaban una habitación del fondo que
habían conseguido mantener en exclusiva. Lo más probable es que algún
dinero hubiese cambiado de manos para conseguir eso.
A continuación nos presentaron brevemente.
—Éste es Silvio. Él mismo os contará lo que hace…, en la medida que
pueda.
El tablero y las fichas se habían asignado a nuestro reservado, una
tapadera para justificar nuestra presencia allí; parecíamos un consorcio de
juego ilegal. Mientras pedíamos las bebidas, observé a Silvio para intentar
formarme una opinión de él. Era un hombre flaco, desdeñoso, capaz.
Tendría poco más de cincuenta años, tal vez. Llevaba la cabeza medio
afeitada, tenía el cabello cano y le faltaba un dedo. Había ido de casa en
casa; mantenía una buena relación con los propietarios y tal vez una incluso
mejor con las esposas de éstos. A mí no me gustaría tenerlo en la mía. Lo
cual no implicaba que no quisiera trabajar con él, ni mucho menos.
—¿Qué estás pensando, Falco? —preguntó Petro, con una sonrisa
afable que significaba que ya lo sabía.
—Silvio es uno de los nuestros.
—Me siento honrado —dijo Silvio. Tenía una voz pausada, de barítono,
que en sus tiempos había pedido muchas jarras. Había pasado largas noches
hablando en locales llenos de humo. Bien era un poeta lírico, un vendedor
de cacerolas especulativo…, o bien comerciaba con información.
Sirvieron la bebida. El acompañamiento llegó simultáneamente en
platos de cerámica. Ya no haría falta que el camarero volviera a
molestarnos.
Vi que Silvio miraba atentamente a los dos Camilos. Petro debía de
haberle puesto al día sobre nosotros. Los muchachos habían dejado sus
togas impecables en la plancha para la ropa y habían acudido con atuendo
profesional: túnicas de color neutro, cinturones prácticos y botas
desgastadas sin relucientes hebillas ni remates metálicos en los cordones.
Ninguno de los dos era muy dado a llevar joyas, aunque Aulo lucía una
nueva alianza de oro bastante ancha; Quinto no llevaba la suya, pero sí me
pareció vérsela puesta cuando acompañó a su esposa a la velada en casa del
espía. Casi podías llevarte a esos dos a un callejón de la Suburra sin
provocar una avalancha de rateros, aunque todavía tenían que aprender
cómo andar por las calles pasando completamente desapercibido. Al menos,
ahora daba la impresión de que eran capaces de ver venir los problemas.
Aunque, con una edad que se situaba entre veinticinco y treinta años, aún se
estaban endureciendo, daba la impresión de que podrían resultar útiles
cuando se toparan con problemas. Llevaban el pelo demasiado largo y la
barbilla demasiado bien afeitada, pero si teníamos que entrar en acción
dentro de poco, sabía que ambos disfrutarían desaliñándose.
—Servirán; están a la altura —comenté por lo bajo. Silvio lo oyó pero
no dijo nada. Los dos Camilos se percataron del comentario. Ninguno de
los dos se enardeció. Habían aprendido a aceptar la forma en que poco a
poco consigues la aprobación en las nuevas relaciones profesionales.
Cuando un trabajo era peligroso, cada uno tenía que juzgar por sí mismo a
las personas con las que trataría. Aulo se reclinó en el banco y, a su vez,
sometió a Silvio a un escrutinio.
Brindamos en silencio y volvimos a dejar nuestras copas. Petronio se
disponía a hablar.
—¿Tiene que ver con el caso de Modesto? —saltó Quinto, que, como
había venido con nosotros a los pantanos, estaba excesivamente ansioso. Yo
me llevé un dedo a los labios. Quinto, que era de natural afable, se encogió
de hombros a modo de disculpa.
Petro empezó a hablar lentamente:
—Marco Rubela, mi tribuno, fue quien me presentó a Silvio, pero,
oficialmente, Rubela no lo conoce…, y yo tampoco. Oficialmente, dejamos
el caso en las seguras manos de los honestos Pretorianos y en las de su
compañero intelectual, Anácrites el espía. El intercambio con su
organización es pobre. Todos dejamos que Anácrites vaya por libre.
Sin levantar la voz, Aulo preguntó:
—¿Quiénes son «todos»? ¿Los vigiles, los Pretorianos y quienesquiera
que sean la gente de Silvio?
Petro soltó un gruñido mordaz:
—Así es como funciona la cooperación, chicos. —Se desvió del tema
para dar una clase que ya le había oído dar antes—: La Guardia Pretoriana
proporciona la seguridad del emperador…, de ahí el vínculo con el
departamento de inteligencia. Tito César está al mando para tenerlos bajo
control, aunque ¿quién controlará a Tito? Actualmente, pasan mucho
tiempo arrestando a personas porque a Tito no le gusta la cara que tienen. Si
enojamos a Anácrites podríamos ser nosotros. El prefecto urbano es el
director de la ciudad de Roma. Sus obligaciones incluyen la investigación
de los delitos graves… Tenedlo en cuenta. Después están los vigiles:
extinción de incendios, detención de ladrones callejeros, aprehensión de
esclavos fugitivos. Cuando atrapamos a delincuentes menores, los
castigamos en el acto; de lo contrario, se los mandamos al prefecto urbano,
que es quien los acusa formalmente. Así pues, otro punto del que tomar
nota, Eliano: tenemos buenas líneas de comunicación con los Urbanos. Muy
buenas.
Apoyé un codo en la mesa y señalé a Silvio con el índice. Silvio asintió.
Él pertenecía a las Cohortes Urbanas.
Los Camilos observaron el intercambio. Justino preguntó en tono
deliberado:
—La Guardia y los Urbanos viven en el mismo campamento. ¿No son
aliados naturales?
—Es lo que se podría pensar —admitió Silvio—. Aunque no por mucho
tiempo. Ya no lo pensarías cuando tu aguda mirada viera a los Pretorianos
comportándose como dioses y mirando por encima del hombro a los
Urbanos como si fueran sus parientes pobres…, a la vez que piensan que
los vigiles son unos ex esclavos enclenques a las órdenes de viejas glorias
de oficiales. —Petronio escupió un hueso de oliva—. Me da lástima el
patético Urbano que se ha tragado el mito de que es fácil pasar de una
sección a la otra sólo por tus méritos y talento —Silvio prosiguió con su
queja. Me pregunté si sería eso lo que él había intentado hacer y no pudo—.
Imagino que ningún oficial de los vigiles malgastaría su tiempo pensando
en que eso podría ocurrir.
¡Ay! Eso que se lo dijera a Marco Rubela, cuyo sueño era alzarse con
alas níveas para llevar el uniforme pretoriano.
—Entonces trabajas en Roma —Aulo presionó a Silvio.
—Personalmente, no.
Todos enarcamos las cejas salvo Petronio, que sorbió su bebida con
calma y aguardó a que Silvio se explicara.
—Los Pretorianos —dijo Silvio con satisfacción— tienen que estar con
el emperador. Las Cohortes Urbanas tienen libertad para deambular.
Nuestras competencias abarcan los delitos graves no sólo en la ciudad, sino
en cualquier parte dentro de un radio de ciento sesenta kilómetros. Porque
cualquier actividad delictiva espantosa en dicha zona podría afectar la
sagrada capital, ¿entendéis?
—Ahora ya tiene sentido —dijo Eliano. Aun en las manos temblorosas
de Minas de Karystos, había asimilado capacitación legal suficiente como
para preocuparse por las jurisdicciones—. Por ejemplo, ¿el caso de
Modesto os correspondería a vosotros?
—Sí, pero lo quiere Anácrites.
—¿Y entonces?
—En Antium hay un magistrado…
Justino se echó a reír.
—¡El hombre invisible!
Entonces fue Silvio quien enarcó una ceja.
—Cuando Modesto y Primila desaparecieron, se envió a una partida de
Antium para que investigaran. Antes de que Anácrites metiera baza y
pusiera fin a nuestra actividad, Falco, Petronio y yo intentamos ponernos en
contacto con el magistrado, pero el hombre se negó a recibirnos.
—¿Supusisteis que Antium había dejado de interesarse por completo?
—sugirió Silvio—. No, ese hombre es más de lo que parece, chicos. Es
cierto que, al no encontrar nada en los pantanos anegados, se fue a casa y
dio la impresión de que se mantenía al margen. Tal vez imaginéis que se
limita a vivir la vida disfrutando de la brisa marina de Antium, pero este
togado playero tiene sentido del deber. Por su rectitud cívica, podría ser uno
de esos antepasados nuestros que eran personas como es debido, de las que
llevaban una vida sin vicios y comían gachas. Tampoco le asusta la
burocracia. Sorprendentemente, él siguió indagando. Estuvo buscando en
los registros. Entonces, un buen día, estaba agasajando en su casa al
prefecto urbano, nuestro querido comandante, quien, hay que reconocerlo,
había acudido a Antium a expensas de los fondos oficiales para echar un
vistazo a ver si encontraba una villa a buen precio y conseguir que la bruja
de su esposa se callara de una vez. Mientras los dos hombres disfrutaban de
una comida sofisticada, intercambiaron unas palabras de naturaleza
concienzuda. Podéis maravillaros con total libertad.
Aulo se acercó para coger un poco de marisco de un plato.
—¿Qué han encontrado?
No quería saber nada de narraciones extravagantes. Probablemente,
Minas pensara que Aulo no era un abogado nato, pero a mí me satisfacía su
brusquedad directa.
—El magistrado había estado investigando informes de personas
desaparecidas, personas que se habían esfumado sobre todo mientras
viajaban y que, por lo tanto, no era probable que hubiesen causado una
verdadera polvareda local. Se elaboró una lista. Enviaron a unos cuantos
soldados al campo, algunos de ellos con largas sondas. Y lo que
encontraron —dijo Silvio, disfrutando del escalofrío que nos transmitió—
fueron dos parejas de cadáveres.
—De momento —terció Aulo, que echó una cabeza de gamba
masticada en un platillo vacío.

***
Tras la preceptiva pausa, Silvio me miró con tan sólo un atisbo de
sarcasmo.
—¡Lo entiende!
—Gracias. Lo salvé de la perdición: el ejército y la diplomacia; era un
holgazán hasta que asumí su adiestramiento… —En tanto que Aulo se
enfurecía un poco, yo presioné a Silvio—. Tú trabajas fuera de Roma; así
pues, cuando el pez gordo de Antium habló con el comandante Urbano, ¿te
asignaron el caso?
—Así es. «Oficial de enlace». Para llevar a los de allí por buen camino
dejando que creyeran que tenían el control.
—¿Viste personalmente los cadáveres?
Se movió un poco en el banco, afectado por el recuerdo.
—Sí, uno de los montones cuando todavía estaban in situ. Eran huesos
viejos. No tenían nada que pudiera identificarlos. Uno de los pares era
mucho más reciente que el otro. Las tumbas poco profundas, separadas por
no más de tres metros, pero los dos pares se hallaban a casi un kilómetro de
distancia entre sí. Para encontrar más habrá que cubrir una gran extensión
de terreno. Los de allí siguen buscando. Y lo hemos mantenido en secreto.
—La gente no tardará en saberlo.
—Por desgracia, sí, Falco. En consecuencia, tenemos que actuar. Me
enviaron a Roma para apresurar las cosas y al llegar aquí me entero de que
el caso de Modesto se ha transferido al espía. Estoy asqueado. Éste no es un
trabajo para Anácrites. Los Urbanos no vamos a ceder frente a él ni frente a
los Pretorianos. Así pues, nuestro prefecto habló con el prefecto de los
vigiles. Ahora me han enviado a comunicarme con vosotros, chicos, con
mucha, mucha discreción. Es imperativo que los Pretorianos no sepan nada
hasta que no haya más remedio… Y hasta que podamos llevar a cabo algún
arresto, tampoco tienen que saberlo los Claudios.
Todos tomamos aire, o lo sacamos entre dientes con un silbido.
Petronio apartó su jarra.
—Me gustaría saber más cosas sobre las circunstancias de estas otras
muertes. ¿Cómo, cuándo, dónde, quién?
—Las fosas se encuentran a unos cuantos kilómetros de distancia de
Antium. En las más viejas sólo hay esqueletos que podrían remontarse a
décadas. Los otros podrían tener unos cinco años. ¿Quién puede decirlo con
seguridad? Hicieron venir al sepulturero de una necrópolis para
consultárselo, pero no pudo concretar más. Por las condiciones en las que se
encontraban, resultó imposible determinar qué les habían hecho, aunque
podría haber marcas de cortes en los huesos. No podemos relacionarlos con
ningún nombre porque no existen pistas sobre su identidad; sin embargo,
utilizando la lista de desaparecidos, quizá pudiéramos hacer conjeturas.
—¿Cómo estaban colocados en las fosas? —pregunté.
—Con los brazos completamente extendidos, igual que Modesto y que
ese transportista.
—¿A alguno le habían quitado las manos? —Éste fue Petro.
—No. A uno de los cadáveres le faltaba un brazo, pero la fosa había
sido alterada, probablemente por los animales. A uno le faltaba un pie.
Quizá pataleó y lo castigaron de manera especial.
—¿Alguna prenda de ropa u otros objetos?
—Nada que resulte de utilidad. Casi todo eran harapos. No había dinero
ni objetos de valor. Por cierto, todo parecía haberse hecho con mucho
cuidado. Marco Rubela me dijo que daba la sensación de que al
transportista lo habían enterrado con prisas, ¿no?
—En el caso del mensajero, no nos estamos dejando influir por ideas
preconcebidas —le expliqué a Silvio—. Incluso Anácrites piensa que
podría tratarse de una distracción, según me dijo… Quizá sea él desde el
principio quien intenta desviar la atención de la conexión con el Pontino
para proteger a los Claudios.
—¿Y por qué iba a querer proteger a esos cabrones?
—¿Quién sabe? ¿Lo conoces? ¿Sabes cómo es?
Silvio escupió con desprecio.
***
Tras una breve pausa, Petro continuó preocupándose:
—¿Tus cuatro cadáveres arrojaron algún indicio sobre el asesino?
¿Tenía que ser más de uno, por ejemplo? ¿Permanecieron en la escena del
crimen para cometer más profanaciones?
Silvio estaba picando algo, sin que el tema de conversación lo inmutara.
—Los emplazamientos eran demasiado viejos. Ni siquiera afirmaría con
seguridad que las muertes ocurrieran allí donde encontramos las fosas. Dos
de los cadáveres estaban en un lugar solitario. Es un barranco profundo, un
lugar que produce una verdadera sensación de maldad. No nos gustó nada
estar allí.
—¿Un barranco?
—Un cauce de agua que el río sigue en la época de inundaciones. En
verano está seco.
Petro afirmó los brazos y se separó de la mesa.
—Entonces, la pregunta es: ¿qué te hace suponer que estos cadáveres
tuyos tan viejos, descubiertos cerca de Antium, están vinculados a la familia
de los Claudios que viven (en la medida en que podemos llamar vivir a eso
que hacen) al otro lado de los pantanos?
Silvio no respondió enseguida. Le gustaba explotar una situación. Todos
esperamos.
—Por eso necesito tu ayuda, Petronio Longo. Hay un testigo.
—¿Cómo dices?
—Tenemos la esperanza de que esté en algún lugar de Roma. Hace diez
años, un joven se dejó caer en una taberna cerca de Antium. Estaba
histérico y afirmaba que dos maleantes le habían hecho abandonar el
camino y estuvieron a punto de matarlo. Uno de esos hombres, que parecía
simpático y servicial, lo había atraído y de repente había saltado sobre él y
se lo había llevado a un cómplice, un individuo sumamente siniestro. Estaba
claro que se disponía a cometer actos terribles. De una forma u otra, la
pretendida víctima logró escapar de sus garras.
El mismísimo Silvio se estremeció, nosotros nos movimos en nuestros
asientos y reaccionamos de diversas formas.
—En aquellos momentos nadie hizo mucho caso. De tener lugar algún
tipo de investigación, no tardó en quedar en agua de borrajas. Ahora todos
los habitantes del lugar piensan que eran un par de miembros de los
Claudios, Nobilis y uno de sus hermanos. Nunca se les interrogó ni los
llevaron frente a la víctima para que los identificara. Deben de pensar que
se libraron. Pero sabemos que el joven provenía de Roma, lo cual no habría
contribuido a que le prestaran atención en el Lacio, por supuesto. Se cree
que regresó a casa después de su terrible experiencia. De modo que, muy
recomendado capitán de los vigiles y sus interesantes amigos… —Silvio
alzó su vaso hacia los Camilos y yo—, se os solicita que me ayudéis a
encontrarlo.
XLVII
Lo único que sabían era que el joven que escapó por los pelos se llamaba
Volusio. Creían que era maestro. Silvio no tenía detalles de su dirección en
Roma. Petro ya había probado en el gremio de maestros. Un funcionario
pomposo, que posiblemente percibiera que Lucio Petronio despreciaba la
educación formal, dijo que preguntaría a sus miembros pero que lo más
probable es que llevara tiempo.
Petronio lo maldijo diciendo que era un pedazo de basura…, pero se las
arregló para reservarse esta opinión hasta que estuvo a solas. Tal vez el jefe
del gremio obtendría resultados. Me equivoqué. No tardó nada en
«consultar a sus miembros»; en otras palabras, no se había molestado en
hacerlo. Dijo que no tenían ningún socio con ese nombre en su lista actual y
que nadie había oído hablar de Volusio. Declaró que el muchacho debía de
haber sido un impostor. Petronio le preguntó por qué alguien querría
rebajarse aún más afirmando de manera fraudulenta que se ganaba la vida
azotando a colegiales. El jefe del gremio se ofreció a hacerle una
demostración de su técnica con el palo grande. Petro se marchó, no
apresuradamente pero sin demorarse más de lo imprescindible.
Las Cohortes Vigiles tienen listas de ciertas profesiones indeseables
(como la mía, por ejemplo), pero los maestros están excluidos. Hacerse
pasar por un docente, tal como había sugerido el jefe del gremio, debería ser
ilegal, pero tampoco había listas para eso: seguramente porque el sueldo era
tan bajo que, de hecho, el fraude era muy poco probable.
Rubela seguía negándose a que Petronio abandonara Roma. Así pues,
cuando terminó nuestra reunión, me había ofrecido voluntario para
desplazarme de nuevo a Antium y volver a interrogar a la gente de la
taberna en la que Volusio había aparecido pidiendo ayuda a gritos después
de escapar hacía diez años. Si el bar seguía estando allí, cosa que Petronio
dudaba, seguramente alguien recordaría a un joven histérico que cayó sobre
el mostrador muerto de miedo y gritando que lo habían secuestrado. Aun
tratándose del campo, un acontecimiento así debía de ser mucho menos
frecuente que el atropello de un becerro por un carro de heno.

***
El bar estaba allí. Se había vendido a un nuevo propietario que no sabía
nada sobre el incidente. La clientela había cambiado. Ellos tampoco sabían
nada.
O al menos, eso fue lo que me dijeron esos cabrones.
En tono calmado, señalé que, si dejaban sueltos a esos asesinos, algún
día uno de ellos podría acabar siendo un cadáver en una fosa poco
profunda.
—¡Nunca! —me aseguró un ladrón de ovejas que tenía un ojo de un
color blanquecino—. Ninguno de nosotros sería tan tonto de aceptar una
invitación de Claudio Pío para ir a ver la colección de lanzas de su hermano
dando un paseo por un sendero del pantano.
—¿Quién ha mencionado a Claudio Pío? —pregunté sin alterarme.
—¡Tú! —soltó el hombre tras reconsiderarlo rápidamente—. ¿No lo ha
mencionado él?
Todos coincidieron en que lo había hecho, a pesar de ser evidente que
no era así. Contra toda expectativa, había averiguado quién atraía a las
víctimas…, aunque esta pobre conversación no serviría como prueba.
—¿Alguien ha visto a Pío por aquí últimamente?
Por supuesto que no.
—Decidme, sobre esto de «ir a ver la colección de lanzas», ¿cómo
sabéis que éste era el señuelo?
—Es lo que dijo el maestro.
—Pensaba que no sabíais nada del maestro.
—Oh, no, pero es lo que cree toda la gente de por aquí.
—¿Hay alguna otra cosa que sepa la gente de por aquí? ¿De qué
hermano eran las lanzas que se ofrecían, por ejemplo?
—Bueno, seguro que eran de Nobilis. Probo tiene algunas, pero no se
pueden comparar.
—¿Se ha visto a Nobilis por aquí recientemente?
No. Dijeron que cualquiera que viese a Claudio Nobilis volvería
enseguida la vista hacia otro lado.
—¿De qué tenéis miedo, en realidad?
Me miraron como si estuviera loco por tener que preguntarlo.

***
Estaba a punto de abandonar. Aquel tugurio podía parecerle un refugio
seguro a un joven que acababa de escapar de dos asesinos, pero como antro
para beber era espantoso. Si allí donde viviera aquél fuera el mejor lugar
para tomar una copa, emigraría al Quersoneso Táurico, moriría exiliado
como Ovidio en el quinto pino y aun así seguiría creyendo que había salido
ganando.
Cuando me disponía a marcharme, recorrí el deprimente local con la
mirada e hice un último intento:
—Así, de entrada, no me imagino qué estaría haciendo un maestro de
Roma por este camino. Ninguno de ellos gana lo suficiente como para
poder permitirse una villa en la costa. ¿Supongo que «la gente de por aquí»
no sabrá por qué vino, verdad?
—Iba a Antium a que lo entrevistaran para un trabajo de verano.
—¡No me digas!
Para mi asombro, resultó ser bien sabido por esos lares quién fue el rico
propietario de una villa que lo había llamado. Por increíble que parezca, el
hombre adinerado seguía teniendo la misma villa.

***
No llegué a ver al posible patrón, pero no fue necesario. Era de esa clase
de personas que, al verse frente a un empleado en potencia que había
acabado mal, se empeñó en que se anotaran por escrito todos los detalles de
la experiencia de aquel hombre; supuse que por si acaso Volusio quería
demandarlo y reclamar una indemnización. Todavía existía una
transcripción. Me la enseñaron. No me dejaron sacarla del local, pero un
escriba tomó asiento y copió para mí la declaración de hacía diez años.
Volusio describía haberse topado con el hombre que ahora todo el
mundo creía que era Claudio Pío, que hizo amistad con él y lo atrajo fuera
de la calzada para que conociera a su hermano. Pese a que no le interesaban
las armas, el joven e ingenuo profesor se encontró accediendo a acompañar
a Pío. Fueron más lejos de lo que él se esperaba, por unos senderos
sumamente remotos, y cuando encontraron al hermano prometido empezó a
preocuparse de verdad. Era un hombre siniestro. Lo encontraron en un
claro, como si hubiera estado esperándolos. Esto hizo que Volusio se diera
cuenta de que lo habían acechado deliberadamente. Supo que lo habían
llevado hasta allí con malas intenciones.
Volusio había cometido un terrible error. Aunque tenía la sensación de
estar a punto de ser asesinado, logró no dar muestras de que comprendía el
peligro que corría. Tal vez porque ellos eran dos y creían que lo podían
controlar fácilmente, los hermanos se descuidaron. Volusio se zafó de ellos
y logró salir corriendo. Temblando de miedo, se ocultó entre unos
matorrales y allí se quedó durante horas, mientras oía una discusión sobre ir
a buscar un perro para que lo rastreara. En cuanto creyó que los hombres ya
no podían oírle, intentó escapar y corrió hasta que llegó al camino y
encontró la tasca. El tabernero que había entonces lo llevó sano y salvo
hasta la villa a la que se dirigía.
El propietario de la villa tenía influencia. Se llevó a cabo una búsqueda,
aunque no encontraron a nadie. En aquel entonces nadie lo relacionó con
los Claudios. Volusio dio una descripción de los dos hombres, pero era
demasiado vaga. Si había oído algún nombre, no podía recordarlo. Estaba
conmocionado, demasiado nervioso como para resultar útil como testigo.
Algunas personas incluso dudaron de su historia. No tenía ni un rasguño.
Nadie lo había visto con los desconocidos. Podría ser que su miedo no fuera
a consecuencia del trauma, sino de algún problema mental que ya existía
con anterioridad y que le hacía imaginar cosas. Las investigaciones se
fueron reduciendo paulatinamente.
—¿Y consiguió el trabajo? —pregunté al esclavo con el que estaba
hablando.
—Ni hablar. Farfullaba y tenía los nervios destrozados. No se podía
permitir que un hombre en semejante estado diera clases a unos chicos
respetables. Ni siquiera llegó a verlos.
—¿Qué le ocurrió?
—Volvió a Roma.
—¿Estaba en condiciones? Después de una experiencia tan terrible, ¿no
le daba pánico la perspectiva?
—Lo tuvimos aquí unos cuantos días. Se le permitió escribir una carta y
su madre vino a buscarlo.
—¿Por casualidad no tendrás su dirección?
—Me temo que no, Falco.
—Entonces lo hemos perdido…
—¿Por qué necesitas encontrarlo? Está todo aquí.
—Y es inapreciable, gracias. Pero ahora creemos que esos dos hombres
existían de verdad y se tiene cierta idea de quiénes son. Podría ser que
Volusio, como el único superviviente conocido, pudiera identificarlos.
—Apuesto a que sería presa del pánico incluso después de todos estos
años.
—Es posible. Tendremos que confiar en que el hecho de verlos bajo
custodia lo tranquilice… Dime, ¿qué sentido tenía ofrecerle un trabajo
aquí? ¿Acaso los chicos de familias ricas no tienen sus propios tutores
particulares? ¿O es que estos eran tan bobos que necesitaban seguir
atiborrándose de conocimientos durante las vacaciones de verano?
—¡Disculpa! Era todo lo contrario. Los hijos de mi amo poseían una
educación completa en la que ambos iban aventajados. La idea era que les
diera lecciones especiales precisamente porque eran muy dotados y
exigentes. —Imaginé que sería para mantenerlos ocupados, para evitar que
sobaran a las criadas y prendieran fuego a la casa—. Volusio tenía una
habilidad adicional: experto en álgebra.
Ahora sí que estábamos llegando a alguna parte. Los vigiles no siguen
la pista de los tipos miserables y medio muertos de hambre que enseñan el
alfabeto a los golfillos debajo de los toldos en las esquinas, a menos que
haya un número muy, muy elevado de informes de abusos sexuales; o,
mejor todavía, de quejas por el ruido. Pero en Roma, el hecho de jugar con
los números conlleva un oscuro trasfondo mágico. Por lo tanto, al igual que
las prostitutas, los cristianos y los informantes, los matemáticos están
clasificados por los vigiles como indeseables sociales. Los detalles de estas
personas se guardan en listas.
XLVIII
Antes de marcharme de Antium tenía otra tarea pendiente. Me dirigí al local
que una vez perteneciera al famoso tallador de camafeos, Dioscúrides. Él ya
hacía tiempo que había fallecido, pero seguía existiendo un taller donde
unos artesanos de categoría fabricaban toda clase de camafeos, no sólo de
gemas y de coral traído de la bahía de Nápoles, sino también unas piezas
maravillosas labradas en cristal de dos colores. Compré un pequeño jarrón
para Helena, un diseño exquisito en blanco y azul oscuro que podía reservar
para su cumpleaños en octubre o bien dárselo ahora para ganármela en caso
de que siguiera distante conmigo.
Recordé que poseía una casa de subastas e incluso solicité información
para comprar al por mayor, pero aquel vendedor estirado me miró con
desprecio al oírlo; ellos sólo querían tratar directamente con los clientes y
quedarse con todos los beneficios. Seguro que, con sus artes, papá hubiera
conseguido un trato. Yo no era mi padre; no quería convertirme en su
fantasma.
Sin embargo, la exclusividad del establecimiento resultó útil. Cuando
pregunté acerca de la joya hallada en casa de Anácrites, me dijeron que
tendrían registrado quién la fabricó, quién la compró y cuándo. La describí.
Profesaron admiración por mi detallada elocuencia. Entonces me dijeron
que me fuera a comer. A mi regreso, me entregaron un trocito de pergamino
e insistieron en que era confidencial. El camafeo se había fabricado mucho
tiempo atrás para un emperador que murió antes de que la pieza estuviera
terminada; ésta había permanecido en el taller a la espera del comprador
adecuado hasta hacía muy poco.
Lamentablemente, la persona que acabó comprándolo no era Modesto
ni su esposa Livia Primila, sino un hombre de Roma llamado Arrio Pérsico,
quien, a juzgar por el precio que pagó por él, debía de tener dinero a
montones. La cantidad no estaba anotada, aunque me la susurraron con
orgullo. La gema abandonó el taller hacía tan sólo unas semanas. Este dato
también descartaba a Modesto y Primila. Tampoco apuntaba a ningún
vínculo evidente con Anácrites. A menos que Pérsico hubiera desaparecido
misteriosamente durante el mes pasado, la afirmación que el agente nos
hizo a Petro y a mí en cuanto a que el camafeo lo encontraron entre la
maleza de los pantanos se volvía dudosa.
Podía ser que Pérsico hubiese sido atacado en su camino de regreso a
Roma con su nueva y cara chuchería. Petronio tendría que comprobar si se
había denunciado su desaparición.
—¿Es un coleccionista de objetos valiosos o sabéis para quién lo
compró?
—Esto es confidencial, Falco.
—Te refieres a una amiga, ¿no?
—Nos inclinamos más bien a pensar que sí.
—Estoy seguro de que tenéis buen olfato para estas cosas… ¿Está
casado?
—Es de suponer. Aquel mismo día compró otra pieza, mucho más
barata.
¡Qué triste podía llegar a ser la vida!
***
Regresé a Roma y al entrar en la ciudad me dirigí directamente al
Janículo. Comunicarme con mi dulce esposa Helena Justina era entonces un
asunto urgente.
Dejé el equipaje en el porche. Los tiempos habían cambiado: sabía que
había gente que lo entraría por mí. Oí a mis pequeñas retozando en el jardín
con Nux, que ladraba. El instinto me hizo tomar un sendero que me alejaba
de ellas. Encontré a Helena sentada en un banco que se había colocado
cerca de donde tuvo lugar el funeral de mi padre. Allí se alzaba una lápida
nueva con una inscripción para papá y una última y triste línea que
nombraba al bebé que perdimos. «Y también Marco Didio Justiniano,
querido por sus padres: que la tierra lo cubra con delicadeza». No había
podido preguntarle nada a Helena sobre la lápida; tuve que organizarlo yo
solo. Ni siquiera la había visto desde que el cantero la colocó.
La actitud de Helena indicaba que acudía allí a menudo. No estaba
llorando, aunque me pareció ver que tenía lágrimas en las mejillas. El hecho
de que hubiera conseguido llorar la pérdida, si es que era así, suponía una
mejora con respecto a su anterior negativa, tensa y hermética, a reconocer
lo sucedido.
Tras cruzar nuestras miradas, me senté a su lado en silencio y
contemplamos juntos la lápida. Al cabo de un rato, Helena, por propia
iniciativa, puso su mano sobre la mía.

***
Faltaban unas cuantas semanas para el cumpleaños de Helena, pero
cuando volvimos a entrar en la casa le di el jarrón azul de todos modos. Se
lo merecía; y así se lo hice saber. Ella repuso que era un sinvergüenza, pero
que aún me quería.
—Hubiera estado igual de contenta con tu regreso sin necesidad de
ningún regalo.
En mi campo de trabajo, uno tiene que ser cínico, pero la creí.
—Mientras no lo consideres un soborno. —No volveríamos a
mencionar que Petro y yo tuvimos a aquel hombre en nuestra casa.
—Ni siquiera tú puedes permitirte la cantidad que hubieses tenido que
pagar.
—Ya lo sé. Al menos, a diferencia de la esposa de Arrio Pérsico, yo no
he comprado un regalo mejor para una amante secreta.
—No, querido. Gastarte tanto dinero en esto ya debe de haberte
conmocionado bastante.
—Me acostumbraré a hacerlo. Para ti.
—Bien —repuso Helena con gentileza—. Será mejor que vayas a
contarle a Petronio Longo lo que has averiguado.
—¡Me estás dando permiso para salir del cuartel! Aunque esta noche
no, pastelito mío. Voy a quedarme contigo.
—No exageres, Falco, o pensaré que tienes algo que ocultar. —Helena
ya casi volvía a ser la misma de siempre.
Lo cierto es que me sentía demasiado cansado del viaje para ir a buscar
a Petro, pero le mandé un mensaje con la noticia de que Volusio era un
matemático y de que Arrio Pérsico había comprado el camafeo. Él ya
seguiría estas pistas. Le sugerí que nos encontráramos para desayunar al día
siguiente en la Caupona de Flora. Me sumí de nuevo en la domesticidad:
acaricié a las niñas, hice cosquillas a la perra, jugué una partida de tira y
afloja mental con Albia sobre muy poca cosa, me di un baño, cené, dormí.
—¿Se puede saber qué hiciste con ese pedazo de cuerda dura que le
quitaste a Nux? —me había preguntado Albia—. Nos pasamos horas
buscándolo mientras estuviste fuera.
—Lo quemé. No hace falta que sepas el motivo… ni la perra tampoco.
—Pues fue una pena. Le encantaba su cuerda de tirar.
Nux era un diablillo, pero a mí me gustaba pensar que tenía principios.
Tal vez no le hubiese gustado tanto la cuerda si supiera lo que era. Además,
dado que Anácrites pasaba a vernos cada dos por tres como si fuera un tío
molesto, había que sacrificar el juguete del perro.
Helena me dijo que incluso había subido a la villa mientras yo estaba en
Antium. Ella le dijo que me había ido a Preneste a ver a un cliente. Afirmó
que se trataba de una viuda muy atractiva para la que yo realizaba unos
servicios indescriptiblemente personales; Anácrites le expresó sus
condolencias aparentemente escandalizado y apenado.
—Dijo: «Ésta es una cara nueva de Falco», a lo que yo le espeté: «¡No
eres muy buen espía si eso es lo que piensas!». No te confíes —me advirtió
Helena—. Ese hombre no es tonto. No se creyó ni una palabra, Marco; se
estará preguntando adónde fuiste en realidad.
A la mañana siguiente Helena lo organizó todo para llevar de nuevo a la
familia a nuestra casa. Tuve la impresión de que había estado bastante
decidida a hacerlo aunque yo no hubiese llegado para ir a buscarlas. Yo
abandoné la villa antes. Aunque ahora el espía tenía un hombre menos;
quizá dejaría de seguirme.

***
La Caupona de Flora era una vieja taberna situada en la zona del
Aventino en la que vivía mi familia y que regentaba mi hermana Junia. Por
suerte, ésta todavía no había llegado, pues tenía las mañanas ocupadas con
las necesidades de su hijo, que era sordo profundo. Junia había resultado ser
una madre ingeniosa y entregada que se pasaba horas persuadiéndolo para
que, poco a poco, pudiera comunicarse de manera básica. Ya había tenido
mucha práctica con su sumamente aburrido esposo, por lo que tal vez su
paciencia con el pequeño Marco no fuera en absoluto sorprendente.
En su ausencia, Apolonio, el camarero, nos sirvió lo que los
trabajadores que conformaban la clientela temprana de paso tenían que
soportar como comida energética: pan duro y posca, la bebida avinagrada
que se les da a los esclavos y soldados. Nadie que esperara disfrutar de un
desayuno sociable al aire libre acudiría a ese figón. No obstante, aquel
potingue tenía una ventaja; estaba más bueno y era más seguro que el menú
que se servía para comer en la caupona.
Hubo un tiempo en el que Apolonio enseñaba geometría en una escuela
infantil; nos enseñó a Maya y a mí. Habría sido una fantástica coincidencia
que hubiera conocido a la víctima, Volusio, una coincidencia que sólo se da
en las historias de aventuras griegas. Nunca ocurre en la vida real.
—No puedo decir que haya oído hablar de él, Falco.
Mientras esperaba que apareciera Petro, me pregunté con abatimiento si
el afectado joven maestro medio muerto de miedo en Antium no habría
dejado también su trabajo y se habría convertido en camarero de una
taberna. De ser así, en esta ciudad cuyas calles albergaban cientos de miles
de tabernas, no lo encontraríamos nunca.

***
A juzgar por el garbo con el que Petro se acercó, supe que había hecho
progresos. Me dijo que, durante el turno de noche, los nuevos datos que yo
había recabado en Antium se convirtieron en pistas excelentes.
Le dijimos a Apolonio que se fuera a la habitación de la parte de atrás y
que se quedara allí, leyendo un largo rollo de Sócrates.
—¿Y si viene algún cliente?
—Ya le serviremos nosotros por ti.
—¡No podéis hacer eso!
—El local es de mi hermana. —No era cierto. Ahora el propietario era
yo. Junia sólo lo regía por mí. La idea era aterradora.
—¿Quieres decir que mandarás a mis clientes a freír espárragos?
—Tranquilo. Te avisaremos.
Sí que vinieron uno o dos tardones con intención de comprar algo. Les
dijimos que éramos inspectores de sanidad y que teníamos que cerrar el
local. Así que, en efecto, los mandamos a freír espárragos.
XLIX
Petro seguía optimista incluso después de terminar su turno.
—Marco, amigo mío, lo has hecho muy bien. Empecemos con el
comprador de gemas.
—¿Pérsico?
—¡Pérsico! —A mí no me decía nada, pero Fúsculo reconoció el
nombre.
—Fúsculo es un buen muchacho.
—Es una joya. Y demasiado buena, me temo. Es probable que Rubela
lo transfiera a otra cohorte para que «progrese en su carrera».
—¿Y cómo es que él conoce a Pérsico? Nosotros no sabíamos nada de
él, ¿verdad?
—Podríamos haberlo sabido. No aparecía en ninguna declaración, pero
mientras los de la Séptima Cohorte nos estaban contando formalmente a
Rubela y a mí lo del mensajero asesinado, hubo un par de soldados que se
quedaron fuera esperando; estuvieron hablando con Fúsculo y le dieron
algunos detalles adicionales. Sus informes escritos son más breves que el
camisón de una puta. Imagino que su secretario ni siquiera sabe escribir…,
es el primo bobo de uno de los centuriones que consiguió el trabajo como
favor… —se calmó cuando yo sonreí abiertamente—. Pero el jefe de la
investigación hizo las preguntas adecuadas. El carretero se vio obligado a
proporcionar detalles del paquete que llevaba el transportista, por si acaso
fuera relevante…, o por si los de la Séptima llegaban a encontrarlo.
—¿Lo han encontrado?
—¡No me hagas reír! El carretero dijo que el paquete era una carga de
relleno para cojines que un cliente enviaba a su finca en el campo.
—¿El cliente era Arrio Pérsico?
—Correcto. Ésta es la parte buena. El hombre está vivito y coleando y
nunca ha mencionado la pérdida de un fabuloso camafeo.
Solté una risotada.
—¡Para que su esposa no descubra que tiene una amante! ¿Y el relleno
para cojines no tendría que haberse transportado en dirección contraria?
Lana, plumas, paja…, todo esto lo traen a Roma desde el campo.
—Exactamente. —Petro intentó sacarse de entre los dientes las migas
del pan duro que estábamos royendo. Las migas se aferraban con
resolución. Junia debía de hacer que Apolonio untara el pan con cola de
tendones de vaca como alguna nueva moda gastronómica—. En un
principio el paquete decisivo no parecía importante, lo cual es una treta
ingeniosa. Los de la Séptima pensaron que podían olvidarse de ello. Así que
pensemos: ¿Por qué despachar una carga de relleno barato en un
transportista caro?
—Es evidente: algo valioso se ocultaba dentro.
—Puedes apostar a que sí.
Por un instante permanecimos sentados en silencio, cavilando.
—De todos modos, no nos emocionemos demasiado pronto. Fúsculo ha
ido a escondidas a preguntarle al carretero al respecto. Aún tenemos que
fingir que no estamos interviniendo en el caso de Anácrites. Si resulta que
el camafeo estaba en el paquete del mensajero, entonces es una pista… Pero
tú y yo tenemos que rumiar larga y detenidamente sobre las
implicaciones…

***
—Pues, a menos que me distraigas, empezaré a pensar demasiado en
ello ahora mismo. Así que dime, ¿qué hay del maestro con la actividad
numérica suplementaria?
Petronio reaccionó.
—Lo encontramos. Resultó fácil. La lista de matemáticos es una de las
más cortas; gracias, Júpiter. Tal vez Volusio muriera hace ocho años. En
cualquier caso, se desvaneció de nuestros registros, cosa que es difícil de
conseguir una vez tenemos a un granuja en nuestro rollo emborronado.
Gruñí molesto.
—¿Un callejón sin salida?
—No del todo.
Petronio desistió del desayuno de la taberna de Flora y echó lo que le
quedaba de pan a una paloma que había en la calle. El pájaro, ofendido,
alzó el vuelo y se marchó. Petro olió la acética posca y también la arrojó a
la alcantarilla.
—Vivía con su madre —prosiguió luego—, a poca distancia del Clivus
Suburanus, cerca del Pórtico de Livia. Estoy exhausto y las ancianas no
tienen suficiente brío para que no se me cierren los ojos. Yo me voy a casa a
dormir, pero a ti, dado que eres un vago que dispone de tiempo, quizá te
apetezca tener una charla con ella.
Le dije que yo siempre estaba disponible para hacer el trabajo que el
noble Lucio considerara que le superaba. Y que, en tanto que él sólo podía
camelar a las preciosidades de veinte años, yo era más versátil y podía
cautivar incluso a mujeres mayores.
Petronio pasó por alto las implicaciones de este comentario porque ya
estaba exponiendo otro dato más.
—Mientras tenía los viejos documentos desperdigados por la
habitación, mi mirada se fijó en algo. —Calmado por naturaleza, en
aquellos momentos parecía excitable—. ¡Encontré a uno de los Claudios!
—¡Habla, oráculo!
—Estoy seguro de que es él. Hace dos años, un tal Claudio Virto, recién
llegado a Roma procedente del Lacio, apareció como una persona de
interés.
—¿Qué había hecho? ¿Unirse a una religión no fiable?
—Eso depende de cómo clasifiques los cultos, Marco. Lo tenemos
registrado como interesado en la astrología.
—¿Se dedicaba a contemplar las estrellas?
—A hacer predicciones a la gente…, una maldad. Odio esas cosas. La
vida ya es bastante dura como para encima saber de antemano lo que las
Parcas te van a endosar.
—Según Anácrites, que vino a verme hace poco, cuando el destino te da
algo que vale la pena, si osas disfrutar de tu buena fortuna, la implacable
Némesis vendrá volando para arrebatártelo.
—¿Quiere recortarte la herencia?
—Lo adivinaste. ¿Virto todavía vive en el mismo sitio?
—Quién sabe. No siempre ponemos al día los registros, a menos que de
pronto surja algún nombre relacionado con una nueva ofensa.
Dije que, además de ir a ver a la madre de Volusio, visitaría también a
Virto, pero Petronio no quiso revelarme la dirección. Se reuniría conmigo
para comer después de descansar unas horas y luego podríamos ir los dos
juntos. Le prometí que iría a buscar a uno de los Camilos para que nos
acompañara, o a los dos. Podíamos comer en mi casa; la Caupona de Flora
nos había perdido como clientes.
—Deberíamos ir armados. Esos cabrones coleccionan lanzas. Los
Urbanos llevan espadas y cuchillos… ¿Por qué no pedimos apoyo a Silvio?
Petronio Longo era un miembro de los vigiles y nunca cambiaría. A
pesar de la supuesta operación conjunta con Silvio, adoptó una expresión
distraída y repuso:
—Primero vayamos tú y yo en misión de reconocimiento. —Estaba tan
ansioso por una cooperación entre cohortes como un chico de quince años
por pensar en la pureza espiritual.
—Estupendo. Nos acercaremos de puntillas como ladrones
silenciosos… Podría llamar a la puerta para que me predijera el
horóscopo…, pero no quiero que Virto indague en mi futuro y vea que tanto
él como su apestoso hermano Nobilis serán arrestados.
—No te preocupes. —Lucio Petronio no creía en la clarividencia—. Ni
siquiera será capaz de predecir lo que va a comer.
—Bien. A propósito, ¿cuál es tu signo astral? Naciste bajo el signo de
Virgo, ¿no es verdad?
—Créetelo, Marco, si eso complace a tu mente infantil.
L
Envié a un mensajero para que avisara a Aulo y Quinto para que vinieran a
casa a comer. Mientras tanto, salí solo para dirigirme a la última dirección
conocida del maestro.
Fue una misión deprimente. Encontré el apartamento en un laberinto de
callejones estrechos de camino a la Puerta Esquilina; la madre anciana y
viuda estaba dentro, como debía ser habitual. Supuse que habría perdido a
su esposo de joven. Quizás había recibido una herencia; el piso de alquiler
en el que vivía (y en el que había criado a su único hijo Volusio) era muy
pequeño pero pasable. Era una persona orgullosa, de aquéllas para las que la
pobreza debía de ser algo siempre vergonzoso. La mujer había
economizado para darle al chico una educación invirtiendo todas sus
esperanzas en su evidente potencial. Aunque llegó a ser maestro, después de
su experiencia en Antium todo fueron decepciones. Ahora la mujer estaba
medio ciega, pero aceptaba túnicas para remendar y así no morirse de
hambre.
Volusio estaba muerto. Su madre dijo que nunca se había recuperado del
susto de aquel día en el Lacio. Lo afectó tanto que ya no pudo seguir
enseñando. Perdió su empleo en la escuela local y luego no pudo encontrar
otro. Andaba por ahí como un alma en pena, se volvió mentalmente
inestable y se suicidó arrojándose al río justo después del segundo
aniversario de su secuestro.
—¿Habló de lo ocurrido?
—Nunca pudo soportar hacerlo.
—Fuiste allí a buscarlo después de lo sucedido. ¿Estaba en mal estado?
—Terrible. Sabía que tenía que pasar por el lugar en el que se había
encontrado a esos hombres. Se le helaba la sangre al recordarlo. Cuando
intentamos emprender el camino a casa, temblaba tanto que la gente del
pueblo tuvo que administrarle una bebida somnífera y nos llevaron en un
carro. En cuanto lo traje a casa y se despertó en un entorno conocido,
rompió a llorar. No dejaba de decirme que lo sentía…, como si de algún
modo lo ocurrido fuera culpa suya.
—Tenía la esperanza de que, si lo encontraba, pudiera describirme a los
hombres que se lo llevaron.
La madre meneó la cabeza.
—¡Escoria!
Resultaba desagradable tal vehemencia en boca de una mujer civilizada.
Aquel efecto prolongado en ella era una consecuencia adicional de los
asesinatos. Aquella madre no solamente había perdido a su único hijo,
demasiado joven para morir, sino todas sus esperanzas. Todos los días tenía
presente lo que le había ocurrido a Volusio. Ahora vivía sola, acosada por la
artritis y sumiéndose en el miedo y la desesperación. No quedaba nadie que
la cuidara. Pronto necesitaría que alguien se ocupara de ella y me di cuenta
de que la mujer era consciente de esa situación.
Cuando le dije que entonces creíamos saber quiénes eran los
secuestradores, la mujer se limitó a hacerme un gesto con la mano para que
me marchara. Ya era demasiado tarde para salvar a su hijo, por lo que
también era demasiado tarde para ella.
Enojado, renové mi promesa de que conseguiríamos que se hiciese
justicia, tanto por Volusio como por su madre.
LI
La tranquilidad del hogar. ¡Qué maravilla! ¡Ya me gustaría a mí!
Los hermanos Camilo ya habían llegado (cualquier cosa con tal de
alejarse de sus esposas y de Minas de Karystos). Nux corría por la casa
ladrando escandalosamente. Los esclavos la perseguían sin saber que eso
sólo servía para aumentar la excitación del animal. Por norma general,
Albia hubiera metido baza para poner orden, pero estaba peleándose a
gritos con Helena porque yo había invitado a Aulo. Julia y Favonia se
habían sumado a la idea de quejarse y estaban llorando a moco tendido. En
cuanto aparecí, los esclavos también empezaron a llorar; yo no entendía a
qué venía todo aquello. Quizás eran los que tenía intención de vender.
Todavía no se lo había dicho a ellos, pero había una lista. Podría ser que
hubieran sobornado a Katutis para que les revelara el contenido. Katutis no
estaba por ninguna parte, cosa que parecía confirmar esta hipótesis.

***
La comida. Muy agradable. Bastante tensa, pero para eso están las
comidas en casa.

***
Sin Albia. Helena la había enviado a hacer un recado a casa de mi
madre. Mi madre no tardaría en reprenderme lo de la chica.
Sin la perra. Agotada, Nux se había quedado dormida en su cesta.
Sin las niñas. Les había ordenado que abandonaran la habitación cuando
Favonia arrojó un cuenco de comida al suelo y Julia se rió.
Sin esclavos. Todavía no estaba preparado para tratar a una multitud de
desconocidos irresponsables como si fueran una extensión de la familia, con
más privilegios domésticos de los que permitía a mis propios parientes. Les
proporcionaría una casa, los alimentaría, expresaría gratitud y afecto a
escala moderada…, pero nada más. Nema, el que antes fuera el esclavo
personal de mi padre, comentó que mi actitud le sorprendía mucho.

***
—Podíamos haber quedado en alguna taberna —sugirió Quinto.
—¿Estás diciendo acaso que mi casa no está bien llevada? —preguntó
su hermana, con una voz que parecía una ola que al romper contra las rocas
las despojaría de percebes.
—No, Helena.

***
Se convocó una reunión. Apareció Katutis con un puñado de tablillas de
notas y una expresión esperanzada; se disgustó cuando le dije que no
levantara acta.
—¿Por qué otro motivo iba alguien a celebrar una reunión, Marco
Didio, sino para que sus conclusiones quedaran registradas?
—Ésta es confidencial.
—Entonces, la buena práctica de registro es escribir «Confidencial» en
el encabezamiento del rollo.
—Así, la próxima vez que Anácrites asalte mi casa lo verá y retrocederá
gimiendo: «¡Ay, que esto no se me permite verlo!». En realidad, es la
manera más segura de que lo coja.
Katutis se escabulló rezongando como un sacerdote malévolo.
La presencia enorme y reconfortante de Petronio Longo nos tranquilizó
a los que quedábamos allí. Helena, que había tenido que interrumpir su
comida varias veces debido a los diversos alborotos, todavía masticaba el
pan ácimo. Por como untaba la pasta de garbanzos en la torta, con feroz
ímpetu, parecía una mujer consciente de que no tardaría en tener ardor de
estómago.
—¡Vamos, no esperes a que termine! —reprendió a Petronio, con un
trémolo de brazaletes agitados.
Petro empezó a hablar de inmediato:
—Hay una novedad. Es buena…, aunque planteará preguntas. Dado que
Fúsculo demostró la relación con Arrio Pérsico, dejé que le hiciera una
visita al carretero y que lo golpeara hasta que el tipo cantó…
—¿No podéis hacer nada sin violencia innecesaria?
No era buena idea recordarle a Helena la manera en que tratamos al
agente. Petronio tuvo la gentileza de poner gesto de culpabilidad.
—Ahora el carretero admite su despilfarro; en efecto, un cliente que
engañaba a su esposa enviaba un obsequio secreto como muestra de
amor…, y no era la primera vez. Era un acuerdo rutinario. La mujer es una
pollita con suerte. Por esto al carretero le entró el pánico cuando su
transportista desapareció, pensó que el recién casado había cambiado, ahora
que tenía una esposa a la que mantener, y que por eso había robado la gema.
El carretero mantuvo esto en secreto en un intento equivocado de proteger a
su cliente.
—¿El carretero sabía en qué consistía el regalo oculto? —preguntó
Helena.
—Un camafeo con una cadena. Pérsico había alardeado de la pieza.
—Lo de la cadena es nuevo —comenté—. No se ha encontrado. Me
pregunto quién habrá puesto sus largas manos encima… ¿Es necesario que
interroguemos a Pérsico?
—De momento no. Si más adelante queremos una deposición para el
prefecto, entonces puede ir a verlo Fúsculo y hacer que se cague de miedo.
—Pues volvamos a lo básico. El camafeo proviene de Antium. Pérsico
se lo manda a su amante. La gema está dentro de una guata poco
convincente, en un paquete, en una alforja. El joven recién casado se pone
en marcha sobre el asno, sin duda silbando un compás alegre y pensando en
sexo entusiasta. ¿Qué ocurrió entonces en la necrópolis? —Señalé las
posibilidades—: Será mejor que lo consideremos: ¿Y si el transportista robó
la gema?
—No —dijo Quinto—. No se hubiera suicidado y metido a sí mismo en
una tumba poco profunda.
—Entonces, ¿le robó alguien que sabía lo que llevaba? ¿Podría ser
incluso que lo planeara el propio carretero?
—De ser así, fue una idiotez denunciar la desaparición de su
transportista. —De nuevo Quinto—. ¿Y por qué iba a matar a su hombre?
—En cuanto a lo de que alguien lo supiera —terció Petronio—, Fúsculo
oyó decir que siempre eran muy discretos cuando tenían que transportar
objetos de valor.
—¿Ejemplos de buena práctica?
—Fúsculo dijo que el carretero jura que el muchacho era de confianza
probada. Podía confiarse en que evitaría llamar la atención.
Aulo, que desde el histerismo de Albia se había quedado muy callado,
se recuperó lo suficiente para contribuir con sus ideas:
—¿Y si resulta que, a la manera tradicional, el joven sólo se encontraba
en el lugar y momento equivocados? ¿Su asesinato fue aleatorio, aun
cuando entonces sus atacantes encontraron nuestro exquisito camafeo en la
alforja de su asno y pensaron que era su día de suerte?
—Da la impresión de que fue así —coincidí—. El hecho de que un
asesino de viajeros lo eligiera a él fue un accidente.
—Alguien de aspecto inofensivo lo detuvo —dijo Petro—. «Perdona,
¿cómo se va a Clusio? Es que se me ha roto el cristal de magnetita de
bolsillo». No creo que esta vez el señuelo dijera: «¿Quieres ver la magnífica
colección de lanzas de mi hermano?», pero nunca lo sabremos.
Helena se había calmado. Apiló los cuencos.
—Ahora dejad de andar de puntillas en torno a la gran pregunta. —
Nosotros permanecimos sentados en silencio, con la espalda un poco más
erguida y el semblante serio—. ¿Cómo fue a parar el camafeo a manos de
un miembro de la casa de Anácrites?
Petronio apuró su vaso de agua.
—Por lo que sabe la Séptima Cohorte, el asno y las alforjas
desaparecieron. Supongamos que, luego, cuando Anácrites y sus hombres
investigaban, encontraron al animal vagando por ahí.
—No, eso no puede ser —repliqué—. Dejó que la Séptima siguiera con
sus investigaciones rutinarias. A diferencia de ti y de la Cuarta, él no tiene
nada contra la Séptima. Además, si por una vez hubiera encontrado
pruebas, hubiese alardeado de ello.
Helena también se burló:
—Aunque sus hombres hubiesen descubierto el paquete de forma
legítima, ¿por qué el camafeo acabó escondido en su equipaje?
—¿Acaso los agentes están engañando a Anácrites y roban pruebas para
venderlas? —Aulo, habitualmente inexpresivo, pareció animarse con esa
idea.
—Se ha dado el caso —confirmó Petro con adustez. Yo sabía que se
trataba de un problema endémico entre los vigiles. Los incendios
proporcionaban una oportunidad especial para hurtar en casa de las víctimas
—. Pero Anácrites estaba al corriente de la existencia de la gema, ¿no es
así, Falco?
—En realidad, no. —Evoqué la escena en la que los Camilos y yo
reprendíamos a los del servicio de comida por robo mientras Anácrites nos
observaba—. Cuando vio el camafeo, al principio negó saber nada. Tardó
un momento en darse cuenta de lo que debía de ser. ¿Tengo razón,
muchachos?
Los dos Camilos asintieron con la cabeza. Aulo dijo:
—Parecía contrariado, pero optó por proteger a los agentes. Pensó a
toda prisa y se le ocurrió esa historia tan endeble sobre una mujer.
—Se puso muy nervioso —añadió Quinto.
—Sí…, lo suficiente para que tú pensaras que el camafeo era
importante, ¡y para que lo cogieras a escondidas!
—¡Ay…, qué travieso! —comentó Petro con una sonrisa burlona.
—¿Por qué Anácrites protegería a sus hombres si son corruptos? —
preguntó Helena con el ceño fruncido—. ¿No se enfurecería por el hecho de
que hubieran robado la prueba y puesto en peligro sus posibilidades de
cerrar el caso?
Petronio golpeó la mesa varias veces con el puño. Fueron unos golpes
acompasados de significado desalentador.
—Podéis quedaros con la teoría del asno que vagaba solo, aunque a mí
me parece una tontería inmensa. A ver qué os parece esto: durante el
asesinato del transportista, uno de sus asesinos se llevó la joya. Era un
trofeo. Lo puso a buen recaudo para regodearse con él, tal como suelen
hacer los asesinos con los trofeos.
Estuve de acuerdo:
—Y nunca se separó del asesino. Se lo llevó a casa y lo escondió en su
habitación. Cuando Anácrites vio lo que habían encontrado los del servicio
de comidas, aunque tardó un momento, supo lo que eso implicaba. ¿Por
qué? Porque ya sabía que tenía a un asesino en casa. Descifrad vosotros el
resto, muchachos.
Los Camilos establecieron la relación enseguida. Justino dijo:
—Los supuestos melitenses son los dos Claudios que trabajan en Roma.
Son Pío y Virto.

***
Todo empezaba a tener sentido y Helena volvió a sentarse.
—Es el propio Anácrites quien está protegiendo a los Claudios…, y no
tan sólo desde que murió Modesto. Lleva mucho más tiempo ejerciendo
activamente como su patrón.
Asentí con la cabeza y comenté:
—Soy lento. En cuanto se le escapó que sus agentes eran gemelos,
tendría que haber caído en ello. Era demasiada coincidencia.
—Es bueno. No era más que otra ocultación muy simple. No sé cómo se
le ocurrió pensar que podría seguir tranquilamente con esto mucho más
tiempo.
—Por arrogancia. Se cree invulnerable. —Petro se reservó el gran final
—: Dos de los homicidas Claudios, en efecto, salen de casa del espía para
cometer sus asesinatos. El mismísimo Anácrites les ha dado una base en
Roma a los gemelos, proporcionándoles un escenario. Él lo sabe, pero aun
así deja que se salgan con la suya. ¿De qué va este juego, Falco?
Desconcertado por la estupidez del espía, meneé la cabeza y respondí:
—Está loco. Supongo que debe de estar esforzándose por contenerlos.
En un mal día, puede que incluso él mismo haya cometido la burrada de
decirles que procuraran un cadáver al norte del Tíber para distraer la
atención del asesinato de Modesto en la otra punta de Roma.
Helena había estado pensando con rapidez:
—No puede ser que Anácrites supiera desde un principio lo que eran
esos hombres. Debió de contratarlos para él, cosa que creemos que ocurrió
hace un par de años. —Esto era lo que Pío o Virto, fuera cual fuera el que
habíamos tenido cautivo, nos había contado a Petro y a mí, aunque no le
recordé las circunstancias—. Lo descubrió más adelante. Debió de llamarle
la atención algún indicio de peligro vinculado a ellos. Ya lo conocéis; nunca
admitiría que cometió un error al contratarlos.
Estuve de acuerdo:
—Cuando descubrió la verdad, se convencería de que había elegido a
los empleados ideales. Pensaría que el hecho de que tuvieran unos
antecedentes pintorescos los hacía perfectamente adecuados para la
«naturaleza especial» de su trabajo.
Justino soltó una risotada:
—De modo que el hecho de que sean unos asesinos pervertidos se
equipara a poseer «habilidades especiales de inteligencia», ¿no?
En una ocasión, Eliano había constituido un objetivo que reclutar;
conocía el discurso con el que el espía se vendía:
—Anácrites mantiene que el espionaje cruza un poco los límites de la
legalidad. Resulta emocionante. Él se considera astuto y peligroso. Se
regodea en el hecho de que pueda valerse de asesinos «por el bien del
Estado» sin que a él le pase nada. Bueno, pensad en Perela.
Me pareció un buen diagnóstico:
—Se convencería a sí mismo de que podía controlarlos. Pero cuando
regresó de Istria, se enteró de que el asesinato de Modesto había atraído la
atención hacia los Claudios y comprendió que se le habían escapado de las
manos, intentó asumir el control personalmente.
—Marco, me temo que tu involucración debe de haberle dificultado
mucho las cosas —me dijo Helena con pesar.
—Tienes mucha razón. No sólo debe echar tierra al problema antes de
que los Claudios queden al descubierto, sino que además tiene que
distraerme a mí.
Justino hinchó los carrillos y soltó el aire:
—Y no tenemos ninguna posibilidad de sacar a la luz su situación, ya lo
sabéis. Lo único que haría sería acusarnos de interferir en alguna operación
encubierta poniendo en peligro al Imperio.
—Estamos jodidos —dijo Eliano. Era joven. Se rendía fácilmente.
Yo era mayor que él. Sabía cómo funcionaba el mundo. Empezaba a
pensar que el muchacho había tenido la idea adecuada.

***
Petronio se rió con desánimo.
—Bueno, uno de los gemelos ya ha rendido cuentas. Pío o bien Virto ha
sido expulsado de la sociedad…, sin que nosotros cayéramos siquiera en la
cuenta de quién era.
Yo no hubiese vuelto a mencionar el asunto. Helena lanzó una mirada
de ira. Los Camilos notaron la incomodidad en el ambiente y tuvieron el
buen tino de no preguntar a Petro a qué se refería.
Por supuesto, esto explicaba por qué Pío o Virto no quiso decirnos su
nombre y también por qué Anácrites encubría la identidad de sus hombres.
También explicaba por qué el agente (hijo de un padre frío y controlador y
de una madre negligente y reservada, que se crió con unos hermanos
sádicos) había logrado resistir nuestro interrogatorio.
Y explicaba los cuchillos que llevaba encima. Traté de no mirar a
Helena Justina cuando ambos comprendimos que había traído a un asesino
pervertido y lo había metido en nuestra casa. Me sentí mareado al recordar
que lo habíamos tenido allí, en el mismo edificio que mi esposa y mis hijas.
Tal vez Petronio advirtiera lo que Helena y yo estábamos pensando.
Bajó la voz y dijo:
—Bueno, Marco Didio, mi viejo compañero de tienda, ¿quién se ofrece
voluntario para afrontar a Anácrites?
—Nosotros, no… Todavía no —respondí.
Cauto como siempre, Petronio también asintió.
LII
Claudio Virto vivía en el Trastévere. Petronio había encontrado la dirección
en las listas de los vigiles. Se trataba del Sector XIV, toda una caminata
hasta la otra orilla del Tíber, una zona que siempre había suscitado mi
recelo. Poseía un largo historial como lugar dilecto de inmigrantes y
extranjeros, lo cual le dio fama de refugio para oportunistas de baja estofa.
Desde hacía varias generaciones oficialmente formaba parte de Roma, pero
aún conservaba trazas de lo desconocido. En el aire húmedo y frío se
percibían densos indicios de comino y ruda; las voces ásperas y extrañas
daban vida a sus callejones oscuros y estrechos, poblados por gente con
capas exóticas que tenían pájaros raros metidos en jaulas colgadas encima
de los alféizares de las ventanas. Allí los carros intentaban hacer caso omiso
del toque de queda con frecuencia. Los vigiles, cuyo cuartel se hallaba a
poca distancia de la Vía Aurelia, rara vez hacían sentir su presencia, ni
siquiera para abordar el problema de las molestias del tráfico, la más fácil
de sus tareas. Dicha zona era adjunta a Roma y sin embargo no se integraba
completamente por algo más que el meandro gris amarillento del Tíber. El
Trastévere siempre estaría separado.
Mientras caminaba con Petro, Aulo y Quinto, seguía recordando aquella
noche en casa del espía.
—Vi a alguien más. Sólo un atisbo. Creo que había estado con los dos
agentes. ¿Podría haber sido Nobilis? De todas las personas a las que hemos
interrogado, nadie parece haberlo visto; aunque el jefe de cocina dijo que
Pío y Virto pidieron raciones dobles de comida, lo cual podía ser una
tapadera para su hermano. Lo cierto es que vi platos usados suficientes para
tres.
—¿Descripción?
—No puedo darla. Estaba demasiado lejos y en un pasillo sombrío. Ya
había anochecido y Anácrites es tacaño con las lámparas.
—Entonces, ¿quién crees que era, Falco?
—No lo sé…, pero no nos olvidemos de él. Según el jefe de cocina del
servicio de comidas, el tercer hombre era el del camafeo.

***
Virto tenía alquilada una habitación situada sobre una hilera de tiendas
que se caían a pedazos. Era el mismo edificio donde estaba la cantina que
elegimos al llegar, justo por encima de nosotros. De haber estado allí,
podría haber saltado por la ventana y hubiese caído encima de Quinto. Pero
había un cincuenta por ciento de posibilidades de que se hubiera marchado
para no regresar.
El camarero, que lo conocía, dijo que Virto ya no vivía allí a tiempo
completo desde hacía unos seis meses. Mantenía el lugar y seguía
acudiendo una vez a la semana para echar un vistazo a sus cosas. Sin
embargo, últimamente no lo había hecho.
—Por lo que dices, parece que esté viviendo con alguna amante, ¿no?
Sigue al día con el alquiler porque piensa que ella va a echarlo de casa. ¿O
puede que quiera plantarla?
—No, que yo sepa. Creo que está casado. —Esto no descartaba la teoría
de Petro sobre una amante—. Trabaja en Roma para ganar algún dinero,
pero se va a casa.
—¿Y dónde estaría esta casa que dices?
—No tengo ni idea, lo siento. —Nosotros sí lo sabíamos: En los
pantanos Pontinos. El nombre de la esposa era Plotia. Yo incluso la había
conocido. Petronio había registrado la choza rústica cuando Virto dejó a su
mujer. No parecía que allí llegara mucho dinero.
—¿A qué otro lugar podría haberse marchado?
—Mencionó a un hermano.
—¿Pío?
El tabernero movió la cabeza en señal de negación.
—Este nombre no me dice nada, lo siento. —Se disculpaba mucho.
Según dijo Petro mientras subíamos por las escaleras, el hombre del mandil
debería haberse disculpado por la asquerosa bebida que servía.

***
Petronio abrió la puerta empujándola con el hombro. Le daba igual que
el ocupante se enterara de que íbamos tras él. El casero podía reclamar una
indemnización; a juzgar por el estado del edificio, seguro que no pasaría por
allí para poder darse cuenta de los daños.
Era un apartamento de una sola habitación y en el miserable estado de
su interior se reconocía la marca distintiva de los Claudios. Las moscas
vivían en subarriendo en aquel lugar; volaban por allí con ese letargo propio
de los insectos que se han atiborrado de desagradable podredumbre, muy
cerca. El olor de la habitación me resultó familiar: un tufo a suciedad y
tierra que recordaba haber percibido en casa del espía, en aquellas
habitaciones humildes del pasillo donde se alojaban los Claudios.
Allí no había espacio suficiente para cuatro adultos sanos. Me ofrecí
voluntario para registrar el lugar con Justino. Petronio accedió a
regañadientes a esperarnos abajo en la tasca con Eliano.
—Es un simple registro de una habitación, Lucio. Deja que me ocupe
yo. Vamos, vete; ¡eres peor que Anácrites!
—Es que no quiero que la pifiéis.
—Gracias, amigo. Siempre que Quinto y yo podamos tratarte
injustamente a cambio, da por supuesto que estaremos disponibles.
Las «cosas» a las que Virto acudía para echar un vistazo eran mínimas.
Aparte del mobiliario básico aportado por el casero (una cama hundida, un
taburete torcido y un viejo y fino saco en el suelo a modo de alfombra), sólo
encontramos un cuenco de comida mugriento, odres de vino vacíos y un
taparrabos usado que Aulo levantó con el palo de una escoba gastada que
trajo del pasillo y que acto seguido dejó caer con repugnancia.
No encontramos trofeos de asesinatos. Sin embargo, ocultos detrás del
inevitable panel suelto de la pared, había más cuchillos. Aquéllos eran más
grandes y desagradables que los que le quitamos al agente.
Después de que Quinto y yo volviéramos abajo, Petronio se empeñó en
subir para volver a revisar el piso.
—¡Qué maniático es, por Júpiter!
—No quiere cometer ningún error cuando las Cohortes Urbanas están
observando.
—¡Lo que pasa es que no me fío de ti, Falco!
Le hice más preguntas al camarero. Esta vez el tipo cambió su historia;
recordó que había conocido al hermano del inquilino. Despertamos la
curiosidad de la esposa del tabernero, quien había aparecido por allí. Él era
bajo y de constitución menuda; ella era aún más baja y enorme. También
había conocido al hermano. La tierna pareja se enzarzó en una acalorada
discusión conyugal; el camarero mantenía que el hermano era un
zarrapastroso desastrado, cosa que la esposa refutó con ahínco:
—Iba bien arreglado. Llevaba ropa buena. Se peinaba.
Continuaron discutiendo hasta que casi dio la impresión de que habían
visto a dos hermanos distintos. Teniendo en cuenta lo numerosos que eran
los Claudios, cabía la posibilidad de que así fuera.
—¿Te gustaba? —preguntó Aulo, con la mueca que él utilizaba para
cautivar.
—Ni hablar… Tenía unos ojos extraños.
Era la esposa la que estaba al corriente del verdadero motivo por el que
Virto regresaba con tanta regularidad.
—Es uno de los clientes habituales de Alis. Viene a verla todos los
jueves.
—¿Alis es la prostituta del barrio?
—¡No, ella no! Ella es adivina. Está a la vuelta de la esquina. Hace un
poco de brujería cuando la gente quiere pagar por ello. La noche de los
jueves tiene sesión de espiritismo. Virto siempre asistía.
***
Como no había manera de que Petronio bajara de la habitación, dejé allí
a los Camilos para que lo esperaran. Me fui andando tranquilamente y pasé
frente a un puesto de verduras, una tienda de cacharros de cocina y un
tugurio de borrachos; tropecé al doblar la esquina junto a una fuente tan
seca que el sol había agrietado la piedra y me detuve en una entrada
desconchada para inspeccionar el local de la adivina. El lugar donde me
habían dicho que vivía Alis era anónimo. Esta clase de mujeres trabajan
gracias a los comentarios que se transmitían de boca en boca y
normalmente los roncos rumores se divulgaban por los alrededores de los
templos poco escrupulosos. Si alguien tiene un sexto sentido tan
desarrollado como para encontrar a una elaboradora de horóscopos, es que
no necesita de sus servicios.
Esperé un poco y luego me acerqué y llamé a la puerta. Acudió a abrir
una mole encrespada que me dejó entrar. Era una mujer pechugona de
mediana edad vestida con unas peculiares capas de ropa sobre las que
llevaba coronas de flores secas de las que sobresalían unas plumas curiosas.
Me esperaba que en cualquier momento cayera de allí un ratón muerto. El
color que prevalecía en su vestuario era el bermellón. Resultaba asombroso
la cantidad de pañuelos, cinturones y túnicas interiores que había logrado
adquirir en aquel tono que no estaba precisamente de moda, ni mucho
menos.
La mujer se movía con lentitud, arrastrando los pies al andar. Sólo sus
ojos poseían aquel brillo astuto y bondadoso que encuentras en las personas
cuyo medio de vida depende de hacerse amigas de gente sin personalidad
contando con que quizá los vulnerables se desprendieran de parte de los
ahorros de su vida y no tuvieran parientes que hicieran preguntas.
—Me llamo Falco.
—¿Qué quieres, Falco?
—Así pues, ¿sabes que no se trata de una pócima de amor o una
maldición?
—¡Sé lo que eres, hijito! No vas a engañarme para que trace la línea de
la vida del emperador. Yo ejerzo mis artes arcaicas completamente dentro
de los límites legales, hijo. Pago mi cuota a los vigiles para que me dejen en
paz. Y no preparo venenos. ¿Quién te ha enviado?
Suspiré suavemente.
—¡No te estoy engañando, abuela! Trabajo para el gobierno; necesito
información.
—¿Cuánto vas a pagarme?
—Lo que se suele pagar.
—¿Y cuánto es eso?
Miré en mi bolsa y le enseñé unas cuantas monedas. Ella soltó un
resoplido. Doblé la cantidad. Ella pidió el triple; lo dejamos en dos veces y
media.
Antes de empezar, se dirigió con paso inseguro a un rincón para
prepararse una infusión de ortiga. Miré alrededor y me dejó impresionado
que una mujer mayor pudiera haber acumulado tal cantidad de blondas,
figuras de paja, tantas cortinas viejas y horribles, tantos amuletos con ojos
malignos, jeroglíficos o estrellas. El ambiente estaba cargado de polvo,
todas las superficies se hallaban abarrotadas de objetos excéntricos y la alta
ventana estaba cubierta. Apuesto a que todas las ancianas supersticiosas en
un radio de tres kilómetros acudían allí para los jueves especiales de esa
mujer. Apuesto a que la mitad de ellas le legaban algo en el testamento.
A la vista no había nada que pudiera relacionarse claramente con la
brujería. Las garras disecadas y los frascos de sangre de sapo debían de
estar detrás de las mohosas tiras de cortina.
Al final la mujer se acomodó con el cuenco de la infusión y me enteré
de que Claudio Virto era uno de los asistentes habituales a las sesiones de
espiritismo.
—Le interesaba el Lado Oscuro. Siempre tenía un montón de preguntas.
No sé de dónde sacaba sus teorías. De su propia mente extraña, si quieres
mi opinión.
—¿Vas a contarme qué haces en tus reuniones?
—Intentamos ponernos en contacto con los espíritus de los muertos.
Tengo el don de invocarlos desde el Averno.
—¿En serio? ¿Y Virto preguntó por alguien en particular?
—Solía limitarse a observar al resto. En una ocasión intentó hablar con
su madre.
—¿Y ella respondió?
—No.
—¿Y eso por qué podría ser?
De pronto, Alis se volvió confiada:
—Me dio escalofríos, Falco. No sé por qué. Simplemente, sentí que no
quería encontrarme en medio de esa conversación.
—Entonces, ¿tienes cierto control? —le pregunté con una sonrisa.
La vidente tomó unos sorbos de infusión de ortiga con los modales de
una dama.

***
Me dijo que Virto nunca se había perdido una reunión hasta hacía pocas
semanas. Le había explicado a Alis que su madre, Casta, había muerto un
par de años atrás; decía estar muy unido a ella y que toda la familia la
adoraba.
—Pues según la información de que yo dispongo, era despiadada —
comenté—. Tuvo veinte hijos y al parecer los trataba a todos con mucha
frialdad.
—Ya tienes tu respuesta —repuso Alis con desenfado—. Esto explica a
Virto. Él dice que era una mujer maravillosa; es lo que él quiere creer, ¿no?
En su pobre mente, su mamá era un encanto que lo quería. Ahora la echa de
menos porque quiere que haya sido alguien a quien debería añorar. Si le
dijeras lo que acabas de decirme sobre su madre, él lo negaría con
vehemencia… y probablemente te agrediría. —Lo creí.
Alis le había sonsacado que su padre falleció antes que su madre y que
tenía otros parientes, algunos de ellos en Roma.
—¿Más de uno?
—Ésa es la impresión que me dio. Habló de «los chicos».
—También hay hermanas.
Alis se encogió de hombros. Sabía lo del gemelo; le parecía que vivía
no muy lejos de allí, pero no lo había visto. A Plotia, la esposa, no se la
había mencionado nunca. Al comentarle que no me sorprendía, Alis torció
el gesto y asintió con la cabeza, como si supiera a qué me refería. Yo
despreciaba a esa mujer y a sus negocios arcanos, por supuesto; sin
embargo, con su estilo rancio y desaliñado, era muy buena psicóloga; tenía
que serlo.
—¿Lo crees capaz de mucha violencia?
—¿Acaso no son capaces de eso todos los hombres?
Virto había dejado de asistir a las reuniones sin avisar. Lo interpreté
como una prueba de que fue a este agente a quien enviamos a una muerte
dura en las minas.
Alis dejó la infusión sobre la mesa. Permaneció inmóvil, como si
estuviera escuchando.
—No tengo la sensación de que lo hayamos perdido, Falco. Sigue
estando entre los que vagan por la tierra en carne y hueso.
Dije que estaba seguro de que ella sabía más que yo sobre eso y a
continuación me despedí con toda la educación de la que era capaz un
escéptico.
Esta conversación me había hecho sentir más cercano a Virto que en
todo el tiempo que Petronio y yo habíamos pasado con él.
LIII
Los hombres celebramos una breve conferencia sobre el caso mientras
caminábamos de vuelta hacia el río. Hubiéramos preferido quedarnos en la
cantina, pero eso hubiese supuesto que el servicial camarero y su curiosa
esposa nos escucharan. Además, Petro odiaba la bebida que servían allí.
Estuvimos de acuerdo en que era inútil que fuéramos nosotros quienes
nos enfrentáramos a Anácrites. Sin embargo, había llegado el momento de
investigar si alguna autoridad más elevada se interesaría en el caso. Camilo
padre tenía una relación amistosa con el emperador; quizás el senador
podría hablar del asunto la próxima vez que charlara con Vespasiano. La
situación sería delicada; tanto, que eludí el asunto hasta que reuniéramos
pruebas mejores, aunque di instrucciones a Aulo y Quinto para que
explicaran a su padre lo que hasta entonces sospechábamos. Nos habíamos
convencido a nosotros mismos, pero no era lo mismo que tener pruebas.
Quizá Tito se mostrara dispuesto a hablar del tema, aunque tenía una
reputación de tornadizo, desde persona afable y de buen corazón a cruel y
depravado. Como comandante de los Pretorianos, también era el jefe de
Anácrites; esto podía volverse en nuestra contra. Si no conseguíamos
convencerle de que el espía estaba en una situación comprometida,
podíamos desatar una reacción violenta por parte de Anácrites; y todo para
nada. Aun en el caso de que Tito nos creyera, podría dar la impresión de
que era él quien había juzgado mal a su hombre. Nadie quería tener como
enemigo a Tito César. Las cenas que daba en su casa eran mucho más
divertidas que las del espía, pero él ejercía el poder de la vida y la muerte
con las personas que lo ofendían.
Propuse volver a hablar con Laeta y con Momo. A todos los demás les
pareció una idea excelente. Se fueron a un figón situado cerca del Teatro de
Marcelo y que Petro consideraba que valía la pena visitar, y nos despedimos
con la mano mientras yo me ponía en camino hacia el palacio.

***
Primero fui a ver a Laeta, mi preferencia. No me hizo volver por donde
había venido. Su método consistía en recibirte con interés, escucharte con
seriedad y entonces, si tu historia no era grata desde el punto de vista
político, te decepcionaba sin ningún reparo. A mí me decepcionó, lo cual no
fue ninguna sorpresa.
—Es demasiado endeble. Con lo que hasta ahora tenéis, no veo que esto
vaya a conducir a ninguna parte, Falco. Anácrites se limitará a reconocer
que cometió un error al contratar a esos hombres y agradecerá que se lo
hayáis hecho notar.
—Y entonces irá a por mí.
—Por supuesto. ¿Y qué esperas, teniendo en cuenta sus antecedentes?
—¿Qué significa esto? —enarqué una ceja—. Que yo sepa, sus
antecedentes son los mismos que los tuyos. Un esclavo imperial a quien las
cosas le fueron bien; en su caso, por motivos insondables.
—Es inteligente —repuso Laeta en tono seco.
—He conocido a barrenderos que podían pensar, hablar y clasificar
zurullos de perro siguiendo un sistema a medida que los recogían…, pero
no es muy habitual que este tipo de hombres terminen ostentando un alto
cargo.
—Anácrites siempre tuvo fama por su intelecto, aunque era más
violento que la mayoría de secretarios, lo cual ya le viene bien a su
profesión. Era flexible, podía doblegarse con la brisa política… ¡Cosa que,
cuando él y yo estábamos ascendiendo en la lista de personal, era una
necesidad!
—¿Se adaptaba a las rarezas de los emperadores ya estuvieran locos,
medio locos, fueran unos borrachos o unos incompetentes rematados?
—Todavía lo hace. Tito tiene muy buena opinión de él.
—Pero tú no. Tenías a un cantante espiando en su casa —le solté.
Laeta no le dio ninguna importancia.
—¡El mismo hombre que me vigila a mí para Anácrites! La sospecha es
un juego al que jugamos todos. No obstante, Marco Didio, si encuentras
pruebas sólidas de corrupción, estoy seguro de que podré convencer al viejo
para que tome cartas en el asunto.
—¡Bueno, pues gracias! Dime a qué te referías con lo de los
antecedentes del espía —insistí.
Laeta meneó la cabeza con aire cariñoso; lo que dijo entonces resultó
instructivo:
—Muchos de nosotros tenemos la sensación de que nunca se integró.
Lo has comparado conmigo, pero mi abuela era una de las favoritas de la
emperatriz Livia; yo tengo hermanos y primos respetables en las secretarías.
Anácrites ascendió por el escalafón él solo, siempre fue un solitario. Esto le
dio cierta ventaja, afinó su ambición, pero nunca se quita de encima su
aislamiento.
—Pues, en mi opinión, no está suficientemente aislado; no deja de
presionarnos a mi familia y a mí.
Laeta se rió un poco.
—¿Me pregunto por qué lo hará? —No pasó de aquí, naturalmente—.
Dime, Falco, si es que puedo osar preguntártelo: ¿Tú y tus amigotes todavía
estáis investigando los asesinatos de los pantanos Pontinos?
Lo miré fijamente a los ojos.
—¿Cómo vamos a hacerlo, cuando las últimas instrucciones que
recibimos fueron que dejáramos el caso? Unas instrucciones que nos diste
tú mismo, Claudio Laeta.
Volvió a reírse. Yo sonreí como cortesía. Pero en cuanto salí de allí dejé
de sonreír.

***
Estaba seguro de que Momo nunca tuvo una abuela esclava que fuera
íntima de la vieja emperatriz. Él debió de haber salido reptando de un huevo
en una zona de cieno caliente de alguna parte. Los horribles hermanos que
pudiera tener estarían disfrutando del sol en zoológicos de personas ricas o
sus cabezas colgarían de alguna pared como trofeos de caza.
Momo reaccionó con entusiasmo a la noticia de la implicación del espía
en unos asesinatos sórdidos, hasta el punto que me hizo añorar la mesurada
consideración de Laeta. Momo prometió incluso su ayuda, aunque coincidió
abiertamente en que le resultaba difícil ver la manera de hacerlo.
—Momo, yo sigo sin creer que los Claudios aparecieran y consiguieran
sendos empleos con el espía por casualidad. ¿Vas a decirme algún día lo
que sabes de ellos?
—Falco, si supiera cómo lo controlan, lo estaría controlando yo mismo.
—¿Admites que has infiltrado a gente para que lo vigile?
—Por supuesto que no —mintió.
Me marché constatando con pesar que Momo siempre había sido un
inútil.

***
Había otra posibilidad.
En algunas ocasiones, para las misiones muy especiales, Anácrites
utilizaba los servicios de una persona independiente, una mujer. Helena y
yo nos la habíamos encontrado por casualidad unas cuantas veces y, aunque
yo tenía un respeto profesional por ella, a mi esposa le suscitaba cierto
recelo. Dicha mujer mataba para Anácrites, mataba por encargo. Se tomaba
muy en serio el realizar una actuación estupenda, ya se tratara de una
muerte o de una danza. La danza era su tapadera. Ésta, al igual que sus
asesinatos, era limpia e inmaculada, estaba preparada hasta el último detalle
y te dejaba sin aliento. Su talento le daba acceso a las personas a las que
Anácrites quería quitar de en medio; su brillantez las distraía y quedaban a
su merced. La mayoría de las veces no se establecía ningún tipo de relación
entre su danza y el hallazgo de un espantoso cadáver. Se llamaba Perela.
Solía utilizar un cuchillo de hoja fina para rajar el cuello a sus víctimas.
Sabiendo cuál era su método, intentaba no darle nunca la espalda.
La primera vez que vi a Perela, antes de enterarme de su importancia,
fue en su casa. Aunque habían pasado unos cuantos años, me las arreglé
para volver a encontrar su vivienda: un pequeño apartamento cercano al
Esquilino, barato pero tolerable. Me dejó pasar, apenas sorprendida al
verme. Me ofreció un cuenco de frutos secos, una taza de agua de cebada,
me instó a tomar asiento en la silla buena y ella ocupó el taburete. Era como
visitar a una tía abuela, una mujer de aspecto recatado pero que
rememoraba otros tiempos en los que hacía malabarismos con tres amantes
a la vez; y de la cual se rumoreaba que seguía haciéndolo, y que después,
cuando se cansaba de ellos, se los pasaba a la esposa del panadero.
Fue mi encuentro con la mística Alis lo que me hizo pensar en Perela.
Ésta también era de edad y complexión maduras; de hecho, tenía más años
de los que sería elegante mencionar. La habilidosa diva se mantenía muy
ágil. También era fuerte; no hacía mucho tiempo atrás vi cómo le daba un
puntapié a un tipo en sus partes con tanta fuerza que acabó con todas sus
posibilidades de tener descendencia.
—¡Didio Falco! Cada vez que te veo me siento inquieta.
—Bonita cortesía, Perela. Yo también te tomo muy en serio. ¿Sigues
trabajando?
—Me he retirado…, en general. —Era comprensible. Aunque nunca
había ido peinada con estilo, hubo un tiempo en que su cabello había
pasado por ser rubio, pero ahora estaba dejando que el gris se abriera paso a
través del moño torcido que llevaba. Tenía la piel del cuello más áspera que
antes; sin embargo, la seguridad en sí misma permanecía inalterable—. ¿Tú
también?
—Tuve la oportunidad de hacerlo, pues heredé un dinero. Pero decidí
que llevaba el trabajo en la sangre.
—¿En qué andas trabajando? —Perela estaba comiendo pistachos como
si lo único que importara en el mundo fuera partir las cáscaras. Lanzó la
pregunta como en una conversación informal, pero yo nunca olvidaba que
era una agente. Y de las buenas.
Dejé que pasaran unos instantes antes de responder. Perela dejó los
frutos secos en la mesa. Nos miramos fijamente y le dije en voz baja:
—Mi papel es complejo, como de costumbre. No puedo fiarme de mi
hipótesis, en la medida en que tengo una, dado que el caso que estaba
investigando para el sobrino de un hombre muerto me fue arrebatado por
Anácrites.
Perela cruzó las manos sobre la cintura, como si fuera a preguntarme
dónde había comprado mi elegante monedero.
—¡Mi caprichoso patrón!
—¿Todavía?
—Oh, sí. Supongo que te refieres a los bichos de los pantanos, ¿no? Me
mandó allí, si es que te interesa. —Debí de poner cara de sorpresa—. Sé
matar moscas, Falco.
—¿Y a qué mosca quería que mataras? —pregunté con énfasis.
—A un cobarde pervertido llamado Nobilis. —Si bien Perela trabajaba
para Anácrites, éste nunca logró comprar su lealtad. Era más probable que
la mujer actuara en complicidad conmigo, un compañero profesional—.
Nobilis debió de enterarse de que me dirigía hacia allí y huyó al extranjero.
No pude culparle por ello.
—¡Así que fue por eso que desapareció! ¿Cómo supo que ibas a por él?
—¡No dejo de preguntármelo! —se mofó Perela. Insinuaba que a
Anácrites se le escapó.
—¿Sabes adónde se marchó?
—A Pucino. —¿Dónde había oído este nombre recientemente?—. Huyó
para ir a esconderse con su abuelita —comentó Perela con desprecio—. Es
de allí de donde provienen esos animales. No me hubiera resultado difícil ir
hasta allí para encargarme de él.
—¿Acaso Anácrites se quedó sin dinero para poder pagarte el pasaje?
—¡Es mucho más intrigante que eso! El propio Anácrites iba en esa
dirección.
—¡Ajá! ¡Entonces Pucino está en Istria! —solté un silbido entre los
dientes inferiores para que me diera tiempo a pensar—. Acabo de
recordarlo…, compró vino allí en su viaje… ¿Anácrites ha hecho él mismo
el trabajo? ¿Acabó él mismo con Nobilis?
Perela me dirigió una mirada extraña:
—Bueno, yo estoy fuera del caso, igual que tú. Pero, al igual que tú,
nunca lo dejo correr. No, no lo hizo. Según mis fuentes, Nobilis ha
regresado. Lo han visto en Roma. Anácrites debió de indultarlo.
—O metió la pata.
—No fue así —replicó Perela en voz baja—. Claudio Nobilis regresó a
casa en el mismo barco que el espía. Los dos juntos, como uña y carne.
—¿Anácrites lo trajo de vuelta? Pero no con grilletes de hierro. ¡No he
visto anunciado ningún juicio!
—¡Sorpresa! —exclamó Perela, y añadió con indignación—: Se diría
que si, tal como me dijo, quería ver muerto a Nobilis, podría haber
encontrado la oportunidad de darle una patada allí donde la espalda pierde
su nombre y arrojar a ese cabrón por la borda. Anácrites es lo bastante hábil
para hacerlo…, ¡y me enteré de que tú lo sabes todo!
—¿El qué?
—¿Un pajarito gorjeó «Lepcis Magna»?
—¡Este pajarito debe de volar absolutamente a todas partes! Voy a
retorcerle el pescuezo por gorjear.
Anácrites había luchado como gladiador en Lepcis. Era ilegal para
cualquiera que no fuera esclavo. Los ciudadanos que luchaban en la arena
se convertían en inexistentes. Esta noticia convertiría a Anácrites en un
paria social; perdería su empleo, su rango, su reputación, todo. Esbocé una
sonrisa.
—Estás bien informada. Es cierto; derramó sangre en la arena. Pero me
corresponde a mí explotar esta información. Yo estaba allí.
—No voy a entrometerme…, aunque quiera su empleo.
—¿Que quieres su empleo?
—¿Y por qué no?
¡Desde luego! Los Pretorianos no la aceptarían nunca; sin embargo,
Perela era igual de astuta, experimentada e implacable que el actual titular
del cargo. Más inteligente, en mi opinión. Ella poseía el talento necesario.
De no ser porque la vieja tradición de que las mujeres se quedaran sentadas
junto a la chimenea obstaculizaría sus cualificaciones. Todavía no se había
visto ninguna lápida que dijera: «Llevaba la casa y trabajaba la lana (y
cortaba algunos cuellos por motivos de seguridad…)».
—Podrías destruir a Anácrites, Falco, y es de suponer que él lo sabe.
¿Te sientes seguro alguna vez?
—Cuento con la protección de otros testigos. Si me toca un pelo, ellos
lo contarán. De manera que es él quien vive con temor. Yo me reservo la
información para el momento más dulce posible.
La bailarina tomó la taza de agua de cebada tranquilamente. Seguía
pareciendo una tía bien dispuesta aconsejándome sobre mi carrera:
—Pues no esperes demasiado tiempo, querido.
LIV
No encontré a mi equipo tan achispado como me temía, sólo habían perdido
la formalidad. Comenté que estaba muy bien esto de asociarse con hombres
alegres. Petronio tenía que trabajar, o al menos echarse un sueñecito en el
cuartel. Los Camilos, como eran personas ociosas, vinieron conmigo.
Habían alcanzado esa fase pegajosa en la que yo era su mejor amigo.
Llevándolos a la zaga como algas enganchadas a un remo, subí por el
Aventino para ir a casa de mi madre con la intención de recoger a Albia.
Mi madre me dijo que ya se había marchado a casa.
—Anácrites estuvo aquí… Pasa de vez en cuando para ver si estoy bien
—se confió a Eliano y Justino con voz ronca—. Él sabe que mi familia no
se acuerda demasiado de mí. Cuando una mañana me encuentren muerta en
mi silla, será Anácrites quien dará la alarma.
Maldije esta calumnia y tomé asiento en un banco. Los Camilos
hicieron lo mismo y enseguida se sintieron cómodos, tal como suele ocurrir
a la gente que visita a mi madre. No había duda de que estaban pensando:
«¡Qué viejecita tan encantadora!». Ella permaneció allí sentada, diminuta y
terrible, haciéndoles creer que lo era. Sus ojos negros como cuentas se
posaron sobre los dos hermanos con sagacidad.
—Espero que el inútil de mi hijo no os haya llevado a beber.
—Ellos estaban bebiendo. Yo estaba en otra parte, trabajando —protesté
—. Ahora tendré que llevarlos a los baños, hacer que vuelvan a casa para
cenar y que recobren la sobriedad para ver a sus confiadas esposas.
—¡Yo no supondría que la confianza tenga nada que ver! —consideró
mi madre.
Los hijos del senador pusieron cara de recelo. Unas dudas tardías en
cuanto a la viejecita encantadora penetraron en sus mentes embotadas.
Entonces mi madre describió una escena vergonzosa que había tenido
lugar antes en su casa entre Anácrites y Albia.
—Él dijo: «Yo siempre admiro a Junila Tácita; deberías acudir a ella
cuando estés atribulada, ricura». —No podía ser que Anácrites hubiese
llamado «ricura» a Albia; ésta era la palabra que utilizaba mamá para no
aceptar sinceramente a semejante intrusa como a su nieta. Albia percibía las
reservas de mi madre; sólo subía aquí cuando Helena se lo ordenaba—.
Tuvimos una charla muy agradable los tres, y luego, cuando tu Albia quiso
marcharse, él se ofreció amablemente a acompañarla a casa. Tiene muy
buenos modales —insistió mi madre dirigiéndose a los Camilos.
Aulo comentó en un tono solemne de abogado:
—No se puede juzgar a un hombre por la manera en que trata a las
jóvenes. —Creía que estaba siendo mordaz: un gran error, Aulo.
—Tú eres el que rompió su pobre corazoncito, ¿no? —preguntó mi
madre, con ese aire despectivo capaz de crucificarte—. ¡Seguro que tú lo
sabes todo sobre juzgar a las personas!
Consideré que había llegado el momento de marcharse.
***
Albia estaba en casa sana y salva. Anácrites la había dejado en el
umbral y se limitó a darle recuerdos para Helena; probablemente, sabía que
con esto sólo aumentaría su preocupación… y mi ira. Albia no entendía el
porqué de tanto alboroto.
Cenó con nosotros a pesar de la presencia de Aulo. No había nada que
apartara a Albia de su comida. Así pues, estuvo escuchando el relato de
nuestros avances. Helena resumió la situación:
—El asunto de Virto ya está solucionado; no es necesario que
recordemos cómo. Dijo que Pío había vuelto a su casa en los pantanos
Pontinos. Perela cree que Nobilis ha regresado a Roma, si bien no disponéis
de ninguna pista a menos que fuera él a quien Marco vio en casa del espía.
Parece lo más probable, ahora que sabemos que los melitenses son sus
hermanos. No vais a entrar otra vez en su casa para echar un vistazo. La
relación con Anácrites se está deteriorando y difícilmente nos invitará a
cenar otra vez a todos…
Profiriendo gañidos de dolor, sus hermanos y yo suplicamos una
dispensa en caso de que lo hiciera.
—¡Yo sí que podría ir a su casa! —exclamó Albia—. ¡Conmigo se porta
perfectamente! Dice que puedo ir a visitarlo cuando quiera.
—Mantente alejada de él —le espetó Helena—. Ten un poco de respeto
por ti misma, Albia.
—¡No le escuches cuando finja que eres especial! —tercié de manera
despiadada—. Eso de decir que nunca ha conocido a nadie como tú es un
truco muy viejo, cielo. Sólo existe un motivo para que un hombre, cualquier
hombre, que tiene una colección de arte obsceno invite a una joven a que lo
visite. No tiene nada que ver con los buenos modales.
—¿Lo dices por experiencia, Falco? —preguntó Albia ladinamente—.
¿Cómo conociste a Helena Justina? —murmuró nuestra pequeña
alborotadora.
—Trabajaba para su padre. Él me contrató. La conocí. Ella también me
contrató. Yo nunca la invité a mi horrible madriguera. —Helena se presentó
allí por voluntad propia. Era por esto que sabía lo suficiente sobre chicas
resueltas como para temer por Albia.
—¿Fue cuando vivías en la plaza de la Fuente? ¡Lo he visto! Fui con
Léntulo a esconder el camafeo. ¿Es por eso que sabes cómo funciona el arte
de la invitación, Falco? Atraías a las chicas a tu buhardilla fingiendo que,
como tu padre era subastador, tenías curiosidades para enseñarles; y cuando
habían subido todas esas escaleras y veían que allí no había nada, ya era
demasiado tarde y estaban demasiado cansadas para discutir, ¿no?
—De ninguna manera —la interrumpió Helena con calma—. En aquella
época Marco era tan inocente que tuve que enseñarle qué cualidades
teníamos las chicas.
Albia se rió tontamente. Era bueno verla sonreír.
Llené hasta el borde los vasos de agua de todos, en un intento por
reafirmar el mito de un pasado respetable.

***
Acordamos que había llegado el momento de ir tras Claudio Pío.
Suponiendo que su hermano nos hubiera dicho la verdad a Petro y a mí, Pío
había ido a visitar a su esposa, a ese ser frágil llamado Birta. Esto implicaba
emprender otro viaje a los pantanos, aunque al menos me permitiría
acercarme a Antium y ponerme en contacto con Silvio, de las Cohortes
Urbanas. Petronio se lo había consultado a Rubela, pero éste seguía
negándose a dejarlo salir de Roma, ni siquiera para que trabajara con Silvio.
Así pues, como ya tenía la experiencia de nuestro primer viaje, Justino fue
quien ganó la papeleta de acompañarme.
Al día siguiente, al romper el alba, ya lo tenía todo empaquetado y me
disponía a montar en la mula que aguardaba frente a mi casa cuando Helena
salió corriendo detrás de mí. Me contó, muy preocupada, que Albia no
estaba en su dormitorio. Nuestra conversación del día anterior había tenido
resultados poco gratos. La joven había dejado una nota —por lo menos fue
así de sensata— diciendo que se iba a casa de Anácrites «para echar un
vistazo». Si Albia se dirigió a su casa el día anterior, había pasado la noche
allí.
—No te preocupes —me tranquilizó Helena, aunque su voz denotaba
tensión—. Tú vete, yo ya me las arreglaré para traerla de vuelta. —Quise
quedarme, pero detrás de mí tenía a cinco esclavos impacientes por salir y
había acordado con Justino partir a primera luz—. Déjamelo a mí, Marco.
No te mortifiques. Ten mucho cuidado, amor mío.
—Siempre lo tengo. Y tú también. Te quiero, cariño.
—Yo también te quiero. Vuelve pronto a casa.
Mientras cabalgaba por Roma en la enrarecida atmósfera de primera
hora de la mañana de camino a recoger a Justino en la Puerta Capena, pensé
en aquellas palabras. ¿Cuántas personas las habían pronunciado como si
fueran un talismán pero no habían vuelto a ver nunca más a su preciado
amor? Me pregunté si Livia Primila, la anciana esposa de Julio Modesto,
habría dicho esas mismas palabras cuando éste se puso en camino para ir a
enfrentarse a los Claudios. Si yo no regresaba de aquel viaje, Helena Justina
también vendría a buscarme. Tendría que haberle dicho que no lo hiciera, al
menos sin un ejército que la acompañara. Pero eso hubiera implicado
sugerir que su hermano y yo podríamos hallarnos en grave peligro.
En la Puerta Capena Eliano salió para despedirse de nosotros. Tenía un
poco de envidia, aunque como ayudante siempre disfrutaba quedándose al
mando. Le comenté lo sucedido con Albia.
—No es asunto tuyo, Aulo. Es evidente que te resulta incómodo, pero
¿podrías ir a ver a Helena para comprobar que todo va bien? Dile que se me
ha ocurrido una cosa mientras cruzaba el Foro: si va a ver al espía, que lleve
a mi madre.
—¿Acaso va a escuchar a tu madre?
—¡Mediación! Helena lo sabrá: en caso de crisis con un enemigo, es
una magnífica tradición romana mandar a una mujer mayor con un velo
negro muy largo y un sermón muy severo.
Justino sugirió que dejáramos allí a Léntulo, que podría traernos
noticias más tarde.
De modo que Justino y yo, llevando a unos cuantos esclavos como
apoyo, abandonamos la ciudad una vez más y cabalgamos en dirección al
Lacio. Al cabo de casi cincuenta kilómetros, todo lo que pudimos
acercarnos con discreción, acampamos para pasar la noche sin aparecer por
ninguna posada donde los dueños pudieran advertir de antemano nuestra
presencia. Teníamos planeado el tradicional ataque al amanecer.

***
Al alba, con la promesa de un día desagradablemente caluroso de
finales de agosto, llegamos al final del camino. Sabíamos que allí vivían
tres de los Claudios cuando les convenía, en medio de la pobreza y la
suciedad, con dos esposas flacas y sumisas e innumerables hijos silvestres.
Ya habíamos pasado la choza donde su hermano Probo enmohecía; no
vimos ni rastro de él, ni tampoco de Colmillo, su can feroz.
En el bosque hacía bochorno. Un vapor fétido se alzaba de los charcos
mermados por el verano que iba secando los pantanos. Debía de haber
llovido hacía poco; un olor húmedo y desagradable lo invadía todo. Nubes
de moscas alzaban el vuelo de la maraña de maleza medio podrida y con un
zumbido agudo nos rodeaban el rostro en forma de cortinas negras
depredadoras que nosotros ahuyentábamos. Los insectos eran peor de lo que
recordábamos, la marcha más dificultosa, el aislamiento más deprimente.
Nos acercamos a lomos de las mulas haciendo el menor ruido posible.
Desmontamos todos. Justino y yo, con las espadas desenvainadas, nos
dirigimos directamente a la choza en la que vivían Pío y su esposa, mientras
nuestros esclavos echaban un vistazo por la parte trasera. Aporreamos la
puerta, pero no obtuvimos respuesta. El conjunto de chozas de Nobilis
parecía igual de desierto que antes. Continuamos llamando y entonces
apareció un hombre en la puerta de la tercera choza. Por detrás de él se oyó
la voz de una mujer.
—¿Qué es ese ruido? —gritó él. Se trataba del otro «melitense». Lo
reconocí, y él a mí también, aunque no podía tener idea de lo conocido que
me resultaba. Anácrites había dicho que los gemelos no eran idénticos;
quizás éste fuera medio dedo más alto y pesara unos pocos kilos más que el
otro, pero no había mucha más diferencia.
—¿Claudio Pío? —Si era así, se encontraba en la puerta que no era y le
gruñía por encima del hombro a la mujer equivocada. Pero la verdad, no me
sorprendió que uno de los Claudios se estuviera tirando a la esposa de su
hermano.
El hombre se dio media vuelta con aire agresivo.
—No. Soy Virto.
Le creí. Los habíamos confundido. Debería habérmelo imaginado.
Cualquiera que hubiese visto alguna vez una farsa teatral se hubiera
esperado que fuera el otro el que apareciera por la puerta. Es lo que suele
pasar con los gemelos.
LV
Podría estar mintiendo. Hacerse pasar uno por otro para engañar a la gente
es un juego que los gemelos han practicado toda la vida. Cuando yo iba al
colegio, los Mastos eran famosos por eso; su cariñosa madre contribuía a
ello vistiéndolos siempre con túnicas idénticas y haciéndoles llevar el
cabello rizado con un ridículo copete. Se pasaban la vida atormentando al
profesor y luego adquirieron fama de intercambiarse las novias. Hubieran
seguido creando confusión si a Lucio Masto no lo hubiera arrollado el carro
de un picapedrero. A partir de entonces, su hermano Cayo ya nunca volvió
a ser el mismo. Se quedó sin alegría.
Virto tenía la misma constitución, la misma piel, las mismas pecas, los
mismos ojos claros y la misma nariz respingona que el hombre al que Petro
y yo habíamos capturado. Esto me hacía sentir incómodo, aun cuando no
creía que, gracias a la telepatía que tenían los gemelos, pudiera estar
enterado de lo que estaba pasando su hermano. Supongo que en realidad lo
que me sucedía es que tenía mala conciencia.
Se oyeron unos rezongos dentro de la choza y entonces apareció Birta
que, con sigilo, se puso a su lado. La mujer se arregló la ropa y, durante el
proceso, se colocó un pañuelo en torno al cuello. Quizá fuera para ocultar
los chupetones producto del amor, si es que ella llamaba amor a la relación
que mantenían. El pañuelo era de un color rojo vivo y de un género bastante
bueno. Supuse que Virto debía de habérselo traído de Roma como regalo.
La mujer nos aseguró que era Virto y no Pío. Le dije que tenía que venir
con nosotros. Él accedió a regañadientes. Su esposa no corrió a prepararle
una bolsa de viaje. Antes de marcharnos registramos su casa pero no
encontramos nada, ni siquiera armas. Si de verdad era Virto, había dejado
su arsenal en el apartamento del Trastévere, por lo que en aquellos
momentos se hallaba a buen recaudo en el cuartel de la Cuarta Cohorte. La
mujer se quedó allí con sus hijos.
Le preguntamos por su hermano Probo. Virto nos contó que habían
venido unos hombres y lo habían arrestado; supuse que habrían sido Silvio
y las Cohortes Urbanas.
—¿Y por qué no se te llevaron a ti al mismo tiempo?
—Los oí venir.
Nos lo llevamos a Antium y allí nos reunimos con Silvio. Éste confirmó
que tenía a Probo bajo custodia. Al parecer, Probo se había venido abajo y
denunciaba a Nobilis, aunque era demasiado pronto para saber si se
distanciaría tanto como para proporcionarnos pruebas. Cuando Silvio quiso
interrogar a Virto, le entregué al prisionero sin rechistar; ya había tenido
suficiente con el otro gemelo. Justino y yo estuvimos presentes. Insistí en
ello.

***
En dos días de duro interrogatorio, Virto nos dijo muy pocas cosas
útiles. Ahora su postura era que él nunca había tenido nada que ver con las
prácticas crueles de ninguno de sus hermanos, y, como bien sabía, nosotros
no teníamos nada que lo relacionara con los asesinatos.
—Ninguno de nosotros sabía lo que Nobilis se llevaba entre manos. —
El típico y trillado cliché—. Todas estas cosas que estás diciendo sobre Pío
y él son terribles. ¡Gracias a los dioses que nuestro padre nunca lo sabrá!
—¡Aristocles no era precisamente un moralista! ¡Fíjate en la asquerosa
chusma que tuvo con Casta! Tenéis unos vínculos familiares muy fuertes,
¿verdad? —preguntó Silvio en tono insinuante.
—¡Ah, ya veo por dónde vas! Yo repudio a mi hermano. Rechazo a
Nobilis. Si él y Pío hicieron estas cosas, los desvinculo de nuestra familia.
Nos avergüenzan. Mancillan nuestro apellido.
—¿De qué apellido hablas? No me hagas vomitar.
Virto se quedó mirando a Silvio fijamente. No era estúpido. Ninguno de
los hermanos lo era. Por eso habían conseguido borrar sus huellas durante
tantas décadas los que fueran que cometieran los crímenes.
—Sabremos la verdad —afirmó Silvio con desprecio—. Probo se halla
bajo custodia, ya lo sabes. Tu Probo parece un tipo con conciencia. Ha
empezado a contarnos un montón de cosas útiles, todas sobre los
pervertidos de sus hermanos.
—Probo es tan malo como ellos —se mofó Virto.

***
Cuando Silvio necesitó un descanso, me dio la oportunidad de
intentarlo.
—Háblame de tu relación con Anácrites, Virto.
—No tengo nada que decir.
—¿Cuándo entraste en contacto con él?
—Hará unos dos años. Fuimos a Roma y le pedimos trabajo. Pensó que
le vendríamos bien, de manera que quedó arreglado. Sé cuándo fue porque
acababa de fallecer nuestra madre.
—¿Casta? ¿Su muerte tuvo algo que ver con el hecho de que fuerais a
ver a Anácrites?
—Sí y no. Cuando la perdimos nos sentimos a la deriva.
—¡Ay, los pobres huerfanitos!
—¡Tiene corazón, Falco! —terció Justino, con una amplia sonrisa.
Silvio también soltó una breve carcajada. Tenía los dientes mal, no le
quedaban muchos.
Recordé una cosa que alguien nos contó sobre Casta. Me acerqué al
prisionero a grandes zancadas, inesperadamente, lo agarré del pelo y le giré
la cabeza para demostrar que le faltaba un pedazo de oreja.
—¿Esto te lo hizo tu madre? —grité.
—Me lo merecía —repuso Virto de inmediato y sin pestañear.
Tuvimos que dejarlo allí porque llegó la noticia del descubrimiento de
más cadáveres.

***
Justino y yo acompañamos a Silvio a inspeccionar el emplazamiento.
Durante el camino, Silvio confesó que durante los últimos días habían
estado utilizando a Claudio Probo para que les ayudara a identificar lugares
donde su hermano Nobilis podría haber enterrado algún cadáver.
—Creemos que el mismo Probo está implicado en los secuestros,
aunque no era el principal.
—¿Cómo lo hiciste hablar?
—Tuvimos que garantizarle inmunidad. Funciona así: Probo sugiere
lugares que a Nobilis le gustaban, guaridas secretas que tenía él solo o con
Pío.
—¿Pío era el que atraía a las víctimas y se las llevaba a Nobilis?
—Eso parece. Los lugares son de difícil acceso, de modo que Probo nos
lleva hasta ellos y nos señala dónde buscar.
—Sabe demasiadas cosas para ser inocente.
—Esto lo reconoce. Dice que era joven y sus hermanos lo coaccionaron.
Afirma que se horrorizó demasiado y dejó de participar.
No me hizo ninguna gracia que se le hubiera dado inmunidad. A veces
tienes que transigir, pero si Probo estaba directamente involucrado en las
muertes, la inmunidad no estaba bien. Silvio se había encogido de hombros:
—Cuando veas el terreno lo entenderás. No hubiéramos podido
encontrar los cuerpos de ninguna otra manera. Mis superiores lo
consultaron. Vale la pena, para aclarar las desapariciones antiguas.

***
Silvio tenía toda la razón en cuanto a las dificultades del terreno. El
primer lugar al que acudimos fue a un bosque situado a unos cuantos
kilómetros de Antium. Se trataba de una espesa zona boscosa ocupada por
un dosel tupido de olorosos pinos de tronco delgado entre los que se
mezclaban unos alcornoques raquíticos. La maleza espesa dificultaba el
movimiento a la altura del suelo. Nobilis debía de haber utilizado un
sendero estrecho. Los Urbanos habían aplastado los matorrales para abrir un
acceso ligeramente más ancho. Nos adentramos en él no sin esfuerzo,
siguiendo a un guía que nos condujo hasta un pequeño valle aislado.
Avanzamos en silencio. Al llegar al punto donde tenía lugar la actividad,
continuamos en un mutismo horrorizado, roto sólo por los crujidos y los
palazos de los trabajos que proseguían lentamente en aquel sórdido
escenario.
Los cadáveres exhumados se habían dispuesto sobre una extensión de
maleza aplanada. Había ocho o nueve, de distintas edades; las malas
condiciones en las que se encontraban impedían hacer un recuento exacto.
La mayoría de ellos ya estaban colocados de manera adecuada, pero había
uno o dos con cuyos huesos no se había podido hacer otra cosa que
meterlos todos mezclados en un saco. Los soldados habían sacado casi
todos los restos del lugar donde yacían y los habían alineado, salvo por uno
que se encontraba aparte y que no habían tocado. Había uno que era nuevo.
Los hombres retrocedieron. Silvio, Justino y yo fuimos a echar un
vistazo. En tanto que los trabajadores esperaban, observándonos, nosotros
examinamos los restos fingiendo ser expertos.
La mayor parte de los cadáveres recuperados se habían encontrado en la
posición ritual, boca abajo y con los brazos extendidos: la marca de los
asesinos de Modesto. No se encontraron más manos cortadas. Petronio
debía de estar en lo cierto en cuanto a que aquello fue un castigo específico
para él por haber escrito las peticiones al emperador.

***
Todos nosotros habíamos visto hombres muertos. Y también mujeres
muertas. Habíamos visto carne mortificada y huesos tratados sin respeto.
Incluso Justino, el más joven de los presentes, ya debía de conocer el rápido
vuelco que te da el estómago en presencia de la muerte por causas no
naturales. Ese olor. La sonrisa burlona de las calaveras. La impresión que
produce el hecho de ver que los esqueletos humanos pueden permanecer
unidos aun estando totalmente despojados de carne y órganos. Lo que más
conmociona: el momento en que los huesos de muertos hace tanto tiempo
se desmoronan.
En cierto sentido, lo que yacía allí ya no era humano; sin embargo,
aquellos cadáveres seguían formando parte de la más amplia tribu a la que
pertenecíamos. La mayoría de ellos habían muerto hacía años. Muchos
quedarían sin identificar. Pero apelaban a nosotros como su familia.
Imponían responsabilidades. Seguro que no fui el único que en silencio les
prometió justicia.

***
El cadáver más reciente era el de una mujer.
—¿Cuánto tiempo lleva muerta?
—Dos días, a lo sumo.
Su asesino debía de haber huido del bosque casi al mismo tiempo que
los primeros soldados se acercaron. Quizás el ruido que hicieron al pisotear
con fuerza los matorrales lo había interrumpido. Tal vez hasta llegó a verlos
fugazmente a través de los árboles.
La mujer yacía sola, no estaba con los demás. Los que la encontraron
tuvieron la sensación de que ella era distinta, todavía se hallaba lo bastante
cercana a la vida como para considerarla una persona, no unos simples
«restos» anónimos. En efecto, hubiera sido posible reconocer su rostro de
no ser porque el asesino la había golpeado con saña. La mujer había
sufrido; dilatadas manchas de hematomas cubrían su piel. Alguien sugirió
que gran parte de los daños le fueron infligidos después de muerta;
preferimos creerlo así. Tenía el torso hinchado, bien por lo ocurrido en su
interior durante la agresión o bien porque había estado embarazada. A
diferencia de los otros cadáveres, que habían sido depositados bocabajo en
fosas excavadas, a éste lo habían dejado sin enterrar y mirando al cielo. A la
mujer no la habían destripado. El asesino no había terminado con su
cadáver.
Todavía llevaba en torno al cuello una cadena de oro, probablemente el
medio por el que Nobilis logró volver a acercarse a ella. El caro granulado
del oro se asemejaba al del aro del camafeo de Dioscúrides. Vi el cierre. Me
agaché sobre el cadáver, le desabroché la cadena y se la quité. Había
penetrado en la carne, pero tiré de ella con toda la suavidad de la que fui
capaz.
—Sé quién es esta mujer.
Reconocí su vestido. Me acordaba de ese andrajo penoso de cuando nos
la trajeron para que hablara con Helena y conmigo en la posada de
Satricum. Era Demetria, hija boba del taciturno panadero Vexo, amante
sumisa del idiota vendedor de grano Costo y antaño esposa de Claudio
Nobilis, el liberto pernicioso que tan obstinadamente se negó a renunciar a
su posesión que al final fue tras ella y la mató.
LVI
Inevitablemente, corrió la voz sobre los truculentos hallazgos del bosque.
Los cadáveres se sacaron de allí en angarillas hechas con unos cañizos;
dejamos a un pequeño grupo de hombres para que siguieran buscando. Al
regresar al camino vimos que se había congregado una multitud. Unas
cuantas personas que debían de haber perdido a amigos o parientes en el
pasado se abalanzaron cuando la procesión salió del bosque y los soldados
tuvieron que contenerlos. También se hallaban presentes, aunque formando
un grupo compacto al margen de los demás, unas cuantas mujeres que,
según me dijeron, pertenecían a la familia de los Claudios; tres hermanas y
las cuñadas, Plotia y Birta.
Ninguna de ellas nos habló y nosotros tampoco les dijimos nada. Se
quedaron mirando fijamente con rostro inexpresivo mientras retirábamos a
los muertos. Tuve la sensación de que ellas no hablarían, no ayudarían con
nada que supieran sobre los asesinatos, ni siquiera se defenderían. Los
demás se mantenían alejados de ellas; ¿quién podía creer que aquellas
mujeres fueran realmente inocentes de los crímenes que perpetraron sus
hombres? ¿Cómo era posible que no supieran nada? Les harían el vacío.
Ellas y sus hijos eran víctimas añadidas. El círculo nefasto se repetiría. Los
niños crecerían enojados y aislados. Ninguno de ellos conocía ya otra cosa
que no fuera el abandono y la violencia. ¿Cuál de los descendientes de
Aristocles y Casta llegaría a escapar alguna vez del estigma de aquella
tétrica familia? Resultaría demasiado difícil empezar una nueva vida;
imposible aprender un nuevo modo de comportarse.
Sabía que Plotia y Birta habían sido amigas de Demetria, pero su
cadáver estaba bien cubierto; mantendríamos en secreto su identidad hasta
haber informado a la familia. Lo hicimos Silvio y yo. Primero buscamos a
su padre, Vexo. Por lo que éste nos contó, ya estábamos preparados en parte
para lo que nos encontramos al visitar la casita en la que Demetria había
vivido con Costo. Él hacía dos días que se alojaba con su madre. Nuestra
noticia no le sorprendería; ya debía de contar con que su amante estaba
muerta. Dos días atrás, al volver del trabajo, se encontró con que Demetria
no estaba. La casa estaba destrozada. Hasta la pieza más lamentable de
mobiliario que poseían estaba rota. Las verduras y el grano estaban
esparcidos fuera, en la calle. La cerámica, las sartenes, las escobas, las velas
y unas cuantas posesiones personales, todo estaba pisoteado, roto en
pedazos, hecho añicos, destrozado, los calmos medios de la vida doméstica
inútilmente profanados. Y en la puerta de la calle nos encontramos un crudo
símbolo: había una muñeca con un clavo largo que le atravesaba la cabeza.
Me estremecí. Reconocí esa brujería salvaje.
Entonces supe quién fue y quién destruyó la preciada vivienda de mi
querida hermana en el Aventino hacía dos años. Anácrites debía de haber
enviado a alguno de los hermanos Claudio para aterrorizar a Maya y a sus
hijos; entre sus mensajeros se incluía el depravado Nobilis.
LVII
Pese a lo largos que se hacían los días de verano, ya casi había anochecido
cuando nos presentamos en nuestra posada aquella tarde. Silvio aún no
había terminado; había ido a informar al magistrado.
Los hallazgos del bosque eran sólo el principio. Se iniciaría entonces un
trabajo concienzudo con los pocos pedazos de tela rescatados de las fosas
que pudieran proporcionar pistas junto al intento por descifrar, dentro de lo
posible, los detalles físicos de los restos humanos (estatura, peso, sexo).
Sólo de esta forma podrían identificarse al menos algunos de los huesos y
así cerrar casos de personas desaparecidas y proporcionar cierto alivio a los
angustiados supervivientes.
Por un cadáver relativamente reciente y calzado con unas botas que un
zapatero del lugar reconoció, supimos que los soldados habían desenterrado
a Macer; era el capataz que trabajaba para Modesto y Primila, el hombre
que recibió una paliza cuando reprochó a los Claudios lo de la cerca rota y
que acompañó a Primila cuando fue a plantar cara a ellos por la
desaparición de su esposo. Sabíamos que no habíamos encontrado a Livia
Primila. Ahora ya puedo decir que nunca se descubrió nada de ella. Su
sobrino sólo podría conjeturar lo que debía de haberle sucedido.
Tenía ganas de irme a la cama, aunque la cabeza me zumbaba tras las
experiencias del día. No iba a poder dormir. Me quedé levantado con
Justino, sin beber ni hablar. Nos alojábamos cerca de la playa; la mayoría de
lugares de Antium bordeaban la costa, por lo que no sólo las villas de los
ricos tenían buenas vistas, sino también las casas comunes y corrientes y los
locales comerciales. Las estrellas y una luna delgada se alzaban sobre el
inerte mar Tirreno. La belleza de la escena resultaba tranquilizante, al
tiempo que sutilmente perturbadora. Mi joven cuñado y yo, experimentados
en compartir aventuras siniestras, guardamos silencio. La terrible
experiencia por la que habíamos pasado aquel día eliminó toda necesidad de
comunicación.

***
De pronto oímos unas voces que nos resultaron familiares. Una de ellas
era la de Léntulo. Los tonos agudos de ese bobalicón hendieron la noche
con exclamaciones de prosaico desconcierto mientras trataba de
encontrarnos. Justino me sonrió con pesar bajo la débil luz de las lámparas
exteriores; se incorporó y lo llamó. Mi secretario Katutis irrumpió en
escena con Léntulo. Cuando se reunieron con nosotros estaban muy
excitados. Tuvimos que proporcionarles comida y bebida. Hubo un alboroto
de poca importancia que no tardó en quedar reducido mientras los viajeros
hambrientos comían.
Mientras Justino lo organizaba, pregunté:
—¿Ya habéis encontrado a Albia?
—¡Oh, está perfectamente! —me aseguró Léntulo, antes de atacar el
pan con voracidad.
Katutis hurgó debajo de la larga túnica que vestía y sacó una carta de
Helena.
—¡Ella misma la escribió! —Estaba molesto por semejante transgresión
del protocolo. Yo me sentí desconcertado porque la correspondencia entre
Helena y yo era algo muy poco frecuente. Pocas veces pasábamos mucho
tiempo separados. Tomé una lámpara y me llevé el documento a un lado
para poder leerlo a solas.

***
Helena me escribía para contarme una historia muy animada.
En Roma, y durante un par de días, mucha actividad había girado en
torno a mi hija adoptiva. Helena sabía entonces que Albia se había dirigido
a casa del espía convencida de que podría descubrir para nosotros si éste
estaba dando refugio a Claudio Nobilis. Todo empezó bien. Al principio,
Anácrites alimentó el fingimiento de que Albia y él mantenían una especie
de relación especial. En cuanto lo persuadió para que la dejara entrar, Albia
utilizó la viejísima excusa de que necesitaba ir al baño y entonces se puso a
explorar apresuradamente el pasillo donde estaban las habitaciones de
servicio, allí donde yo había visto a Pío y Virto jugando a las damas.
Encontró el dormitorio con la tercera cama. El equipaje seguía estando allí.
Por desgracia, también estaba el ocupante. Albia se encontró cara a cara con
Nobilis. Supo que tenía que ser él por la manera tan siniestra con que se
volvió hacia ella; Albia quedó aterrorizada.
Por suerte para ella, apareció Anácrites. La joven se preguntó si en
realidad no habría estado vigilando adónde iba. El espía mandó a Albia de
vuelta a la parte principal de la casa. Tratándose de ella, lo desobedeció y se
entretuvo por allí cerca. Oyó discutir a Anácrites con aquel hombre. El
espía gritaba que ahora que Albia había visto a Nobilis, éste tenía que
marcharse; la única alternativa segura era irse a casa a Antium. Anácrites
dijo que él se ocuparía de la chica.
Albia no esperó a averiguar a qué se refería con eso.
Ordenó a un chiquillo esclavo que transmitiera a su amo que iba a
buscar asilo en la Casa de las Vírgenes Vestales, el único lugar en Roma, le
dijo, que ni siquiera el jefe de los Servicios Secretos podía profanar. A
continuación, aunque la casa del espía siempre estaba muy vigilada, nuestra
espabilada Albia encontró un modo de salir.
Entonces tuvo que decidir dónde esconderse para ponerse a salvo.
Descartó regresar a casa aquella misma noche; Anácrites la seguiría. En la
carta, Helena no me decía dónde se encontraba Albia, aunque me aseguraba
que lo sabía. La madre de Helena, amiga de una Vestal retirada, había
obtenido una curiosa información interna. El espía se había presentado en la
Casa de las Vestales del Foro con un numeroso grupo de la Guardia
Pretoriana. El idiota intentó entrar en aquel lugar sagrado y vetado a los
hombres. Enfureció a las Vestales, las reverenciadas mujeres cuyo santuario
había sido inviolable desde la fundación de Roma hacía seis siglos (y en el
preciso momento, comentaba Helena con picardía, en que se habían
acomodado y se disponían a pasar la noche con vino mulso caliente y
rosquillas para mojar). Cuando las mujeres negaron mordazmente saber
nada de Albia, Anácrites no quiso creerlas. Fue horrible contemplar cómo
las Vestales lo rechazaron a bofetadas. Sólo a él podía ocurrírsele
enfrentarse a un grupo de feroces vírgenes profesionales con seiscientos
años de capacitación en cómo reducir a pedazos a los hombres. Anácrites se
batió en ignominiosa retirada.
Todo esto había sucedido antes de que Helena y yo nos percatáramos de
la desaparición de Albia. Al día siguiente (al poco de haber yo emprendido
el viaje al Lacio), Anácrites se presentó en casa, solo, fingiendo estar
preocupado por la chica. Tampoco estaba allí, por supuesto. Helena le
mostró la puerta de la calle.
El espía probó suerte en casa de mi madre. Fue otro grave error, y como
resultado de ello ahora había perdido la anteriormente inquebrantable buena
voluntad de la mujer. Mamá estaba dormitando en su silla; cualquiera con
un poco de sentido común hubiera vuelto a salir de allí enseguida y de
puntillas. Él la despertó. Estaba tan nervioso que mi madre se dio cuenta de
que no albergaba buenas intenciones para con Albia. Pese a la devoción que
sentía por aquel gusano cuya vida había salvado, mi madre se sobrepuso; tal
vez se mostrara poco entusiasta por el hecho de tener a Albia en la familia,
pero en situación de crisis mamá siempre defendía a sus nietos. Furiosa,
ordenó a Anácrites que se marchara, amenazándolo con echarle una cazuela
de cebollas por encima de su lustrosa cabeza. Incluso él tuvo que darse
cuenta de que su confortable y estrecha relación había terminado.
A continuación, Anácrites se convenció de que Albia debía de haber
corrido a ver al padre de Helena para pedirle al senador que intercediera por
ella ante el emperador. Éste fue el peor de los errores que cometió el espía.
Albia no estaba allí, no había estado allí en ningún momento, pero mi
agradable suegro se indignó cuando Anácrites lo sometió por la fuerza a un
registro de su casa. Camilo Vero hizo que le trajeran la silla de manos y que
lo llevaran de inmediato a quejarse a Vespasiano.
No contento con haberse precipitado a esa cuba de estiércol humeante,
Anácrites irrumpió en la casa de al lado, donde entonces vivía Eliano con su
esposa y el profesor. Minas de Karystos quedó atónito ante semejante
ultraje. Esgrimiendo una jarra de vino con una mano y un panecillo con la
otra, salió a toda prisa de su desayuno tardío para pronunciarse
escandalosamente sobre los derechos de un ciudadano de vivir sin
intromisiones. Resultó que, sin que nosotros lo supiéramos previamente, el
hombre era un demócrata populista muy apasionado en ese tema. Era bueno
hasta con un pedazo de tortilla enredado en su barba rizada. Salió a la calle
dando brincos porque vio su gran oportunidad de anunciar su experiencia,
susceptible de ser contratada a todos los prósperos habitantes de aquel
magnífico barrio patricio. Frente a una multitud que crecía rápidamente,
Minas ya había citado a Solón, Pericles, Trasíbulo (el que derrotó a los
Treinta Tiranos), Aristóteles, por supuesto, y varios juristas griegos
sumamente crípticos cuando aparecieron los ediles para investigar el
alboroto callejero. Los ediles no hicieron nada; quedaron tan impresionados
por su brillante erudición y las cosas tan interesantes que decía que le
trajeron medio barril para que se subiera encima.
Anácrites no encontró a Albia. Oficialmente, la joven se hallaba en
paradero desconocido.

***
Mientras seguía leyendo con cansado asombro, Léntulo se me acercó
sigilosamente con su habitual aire confiado y me soltó con timidez:
—Falco, yo sé adónde puede haber ido tu chiquilla.
Alcé un dedo.
—¡Silencio! ¡No lo digas! Ni lo pienses siquiera, Léntulo, no sea que
Anácrites pueda leerte la mente. —En realidad, ni siquiera el taimado espía
sería capaz de desentrañar semejante ovillo, pero Léntulo se sentó
obedientemente a mi lado en el banco, lleno de alegría por el hecho de que
compartiéramos aquel Gran Secreto.
Él guardó silencio prudentemente y yo acabé de leer la carta de Helena.
El último pasaje era personal. No hace falta que sepáis lo que ponía.
Después, doblé el documento y me lo guardé en el interior de la túnica.
Nos quedamos allí sentados un rato más, escuchando los susurros del
océano oscuro, pensando todos en la vida y la muerte, el amor y el odio, los
largos años de tragedia que nos habían llevado hasta allí y la esperanza de
que al menos estábamos poniéndole fin.
Se había levantado una brisa suave y no faltaba mucho para que
amaneciera, y entonces nos dimos las buenas noches y nos fuimos a la cama
durante unas pocas horas.
LVIII
En los últimos días habían ocurrido muchas cosas. Le conté a Silvio lo que
entonces pudimos deducir de Nobilis y sus movimientos. Anácrites le había
ordenado que abandonara Roma; Nobilis debía de haber obedecido, más o
menos en el mismo momento en que Justino y yo nos marchábamos.
Fácilmente podríamos habérnoslo encontrado por el camino hacia allí.
El asesinato de Demetria confirmaba su llegada. Es lo que debía de estar
haciendo mientras nosotros nos encontrábamos en los pantanos arrestando a
Virto. Dedujimos que Nobilis había atacado a su ex esposa solo, pues tanto
Virto como Probo se hallaban bajo custodia. Como todo el lugar estaba
abarrotado de soldados, lo más probable era que se encontrara en la zona de
Antium sin poder salir de allí. Organizamos una búsqueda.
Si se adentraba en los pantanos Pontinos no tendríamos ninguna
esperanza. Las agrestes ciénagas se extendían a lo largo de casi cincuenta
kilómetros entre Antium y Terracina, y alrededor de entre quince y veinte a
lo ancho. Era imposible controlar aquel enorme rectángulo de terreno.
Nobilis conocía muy bien el pantano, había deambulado por allí desde su
infancia y había vivido allí toda su adultez. Podía pasarse la vida
esquivándonos.
En aquellos momentos era fundamental atrapar a Nobilis enseguida.
Teníamos que esperar que la actividad durante la búsqueda por el bosque le
hubiera impedido escabullirse. El movimiento de soldados podría haberlo
atrapado cerca del mismo Antium, o haberle obligado a dirigirse al oeste.
Registramos la ciudad, sin suerte. Se organizó un recorrido educado casa
por casa entre las preciosas villas costeras. Nos topamos con la resistencia
de sus acaudalados propietarios, por supuesto, que antes preferirían soportar
a un asesino depravado entre ellos que dejar que los militares examinaran
su propiedad. Cada una de aquellas vastas extensiones contaba con
innumerables edificaciones anexas, cualquiera de las cuales podría servir de
escondite palaciego. Justino y yo nos pasamos medio día intentando mediar
con los ricos y solitarios; Silvio había considerado que éramos respetables
(el hijo de un senador y un hombre que poseía su propia casa de subastas),
de modo que nos asignó el papel de ganarnos a los miembros de la clase
terrateniente. En su gran mayoría ellos lo veían de otro modo, aunque sólo
uno nos echó a los perros.
A mediodía tuvimos una reunión. Silvio se había convencido de que en
cuanto Nobilis supiera que habíamos encontrado los cadáveres del bosque,
no sólo se ocultaría sino que intentaría abandonar la zona. Los caminos
disponibles se encontraban, o bien al norte, siguiendo la costa, tomando la
Vía Severiana hacia Ardea, Lavinio y, por último, Ostia; o bien en la
carretera principal que bordeaba el margen septentrional de los pantanos.
Este segundo camino lo llevaría a la Vía Apia, de camino a Roma. Una vez
en Roma, ¿podría recurrir todavía a Anácrites para que lo protegiera? Aun
en caso negativo, Nobilis bien podría desaparecer en los callejones de la
ciudad como habían hecho tantos otros criminales. Ostia, si es que optaba
por ir allí, le proporcionaría acceso a embarcaciones con rumbo a cualquier
parte.
Retiramos a todo el mundo de los registros de las propiedades. Resultó
ser la decisión correcta. Mientras aún estábamos sentados en torno a
nuestros paquetes de comida coordinando nuestros siguientes movimientos,
Léntulo se acercó poco a poco a Justino y a mí. Preguntó si queríamos saber
una cosa muy curiosa sobre un carro de bueyes que acababa de pasar. El
conductor se parecía a cualquiera de los lugareños que pululaban por allí.
—Tenía el aspecto adecuado…, para un granjero, si es que lo es —dijo
Léntulo, que provenía de una granja—. ¿Y sabéis qué? ¡El tipo tenía un
buey que era igualito a Nerón!
—¡Mancha! —le rugimos Quinto y yo al unísono, al tiempo que nos
levantábamos de un salto.

***
Montamos todos en la mezcla de mulas y asnos de que disponíamos.
Comprobamos nuestras armas y nos encaramamos a las bestias para salir en
persecución de aquel carro. Si se trataba sólo de algún inepto ladrón de
bueyes quedaríamos como unos estúpidos, pero sabíamos dónde habían
robado a Nerón, de manera que ninguno de nosotros creía que lo fuera. La
campiña se ondulaba suavemente; cuando el hombre torció por un camino
de tierra, nosotros nos hallábamos lo bastante cerca como para ver que
abandonaba la carretera. Un carro tirado por un becerro podía adquirir
velocidad rápidamente, pero uno tirado por un buey que ha alcanzado su
pleno desarrollo no tanto, y Nerón siempre había sido un lerdo. No
obstante, tuvimos que recorrer más de tres kilómetros hasta alcanzarlo. No
había duda de que era el buey de Petro, pero entonces estaba abandonado.
Ese pedazo de res de color pardo resultaba inconfundible, con su mugido
lastimero y su chorro de baba permanente. Incluso estaba enganchado a
nuestro propio carro, el que tuvimos que dejar en los pantanos después de
que se llevaran al buey. No había tiempo para hacer bromas sobre los
derechos de salvamento, pero Petronio y su hermano de semblante severo
estarían encantados.
Nobilis había dejado el carro y se había marchado a pie. Le dije a
Léntulo que se quedara con el buey. Su pierna mala le habría dificultado la
marcha y esos dos simplones podían cuidarse mutuamente, en tanto que los
demás, los hombres duros, seguíamos la pista de nuestro asesino. Seguimos
a lomos de las mulas tanto como nos fue posible, pero, al igual que él, no
tardamos en vernos obligados a continuar a pie. El hombre desapareció por
un barranco profundo y no había más alternativa que seguirle.
—Conozco este sitio —dijo Silvio—. ¡Es el primer lugar en el que
encontramos cadáveres!
***
Desde el punto de vista geográfico, Italia es un país extraño, tan largo y
estrecho y con su gran espina dorsal, los omnipresentes Apeninos. Allí
estaban, en lontananza, unas crestas grises que parecían bajas, lejanas pero
visibles más allá de la ondulante llanura que teníamos en primer plano. Aun
en verano, unas nubes imponentes se cernían sobre aquellas montañas.
Puedes verlas cuando te aproximas a Roma. Después de las tormentas y en
invierno, la lluvia mana de los Apeninos. El agua atrapada forma los
pantanos Pontinos. En las cercanías de Antium las aguas subterráneas
corrían muy próximas a la superficie, pero, en lugar de crear una zona
pantanosa, allí los ríos abrían unos cauces espectaculares que surcaban el
aluvión y por los que arrastraban el excedente hasta el mar. Llevaba
ocurriendo siglos y siglos, creando extrañas cuevas, profundas gargantas
estacionales y barrancos increíbles. No sabías que estaban allí. Desde
arriba, la campiña tenía un aspecto monótono. La presencia de dichos
barrancos dificultaba la agricultura, por lo que, a una corta distancia de
Antium, el lugar ya era prácticamente una jungla. Claudio Nobilis había
emprendido el descenso por una de las profundas quiebras de aquel sitio
espantoso. No podíamos hacer otra cosa: encomendamos nuestras almas a
los dioses (aquéllos de nosotros que creíamos en los dioses) y fuimos tras
él. Unos cuantos de los que no creíamos en ninguna deidad hasta entonces,
puede que ofreciéramos una rápida disculpa por haber dudado y
suplicáramos protección divina de todos modos.
¿Por qué siempre me pasa a mí? Durante el desempeño de mi trabajo,
ya me veía en la necesidad de meterme en el fondo de algunos agujeros
horrendos. Aquélla era otra experiencia atroz. Nobilis se había adentrado en
una fisura de la tierra que en algunos puntos alcanzaba casi cinco metros de
profundidad, aunque nunca llegaba a los dos metros de anchura. Los lados
se alzaban perpendicularmente. No tardamos en tener la sensación de estar
aislados del mundo; nos daba miedo no poder regresar. Nunca había estado
en un lugar que encerrara semejante sensación de amenaza. Parecía uno de
los accesos al Hades.
Él continuó caminando. Lo seguimos lentamente y con dificultad
durante lo que nos parecieron horas. La formación del barranco me
recordaba a los pasillos de paredes rectas cortados en la roca que había visto
en Nabatea, lugares tan estrechos que una persona claustrofóbica tendría
que darse media vuelta, asustada. En pleno verano aquello estaba seco. Uno
de nuestros hombres, que conocía la zona, nos contó que cuando llegaban
las lluvias, un barranco como aquél contendría unas aguas embravecidas
que nos cubrirían hasta la cintura. En verano, su lecho empapado
alimentaba las robustas raíces de la maleza implacable. La marcha se hacía
casi imposible. Unas ranas de un vivo color verde croaban por todas partes;
las moscas nos atormentaban. Nos esforzábamos en avanzar, cada vez más
bañados en sudor. Seguimos pateando el suelo, sufriendo los rasguños y
arañazos de unos matorrales feroces y no tardamos en quedar exhaustos.
Aquel lugar estuvo a punto de derrotarnos. No éramos los primeros en
llegar allí. Generaciones de criminales debían de haber utilizado aquella
grieta odiosa. La utilizaron para esconderse, para ocultar el arsenal y el
botín. Dejaron atrás los sórdidos desperdicios. Seguro que allí también
habían arrojado cadáveres. Nunca los encontrarían. La maleza los ocultaría,
las riadas los arrastrarían.
Por delante de nosotros, el asesino también avanzaba a duras penas.
Conocía aquel barranco de mucho tiempo atrás, pero el camino a través de
él no le resultaba más fácil que a nosotros. Si allí habían existido senderos
alguna vez, el áspero follaje los había engullido. Su espinosa exuberancia
era impenetrable. La atmósfera, el calor y el olor nos agotaban. Íbamos en
grupo y a duras penas manteníamos el ánimo, y estábamos acortando
distancias entre nosotros y nuestra presa. Nobilis estaba solo. Ahora estaba
solo para siempre, y él lo sabía.
Al final no pudo seguir avanzando. Como no había salida, se volvió
contra nosotros. No lo vimos venir, pero lo oímos de repente, cuando con
un alarido prolongado y salvaje salió de su escondite con estrépito. Sin
apenas tener tiempo de reaccionar, nos apiñamos y alzamos las espadas en
actitud defensiva. Por un instante, dio la impresión de que quería
abalanzarse contra nosotros. El barranco era demasiado estrecho y la
maraña de matorrales demasiado densa. Su aullido animal de derrota,
desespero y rabia continuaba. Nos preparamos.
Nobilis se lanzó directamente hacia nosotros. De esta manera, aquel
hombre que había matado a tantas personas con sus crudas armas, se sirvió
de nosotros y de nuestras espadas alzadas para quitarse la vida.
LIX
Cuando extrajimos nuestras hojas de un tirón y el cuerpo cayó al suelo, nos
quedamos allí inmóviles, horrorizados. Silvio fue el primero en reaccionar y
dio la vuelta al cadáver. Nos congregamos en torno a los restos para
examinarlos. Teníamos que ver, por una vez, al hombre que sabíamos que
era el asesino.
Parecía más joven que Probo y los gemelos. Existía cierto parecido. Se
notaba que pertenecía a la familia de los Claudios. Él era más corpulento,
más desaliñado si cabe, con sobrepeso. Muerto como estaba, yacía mirando
al cielo de una manera que nos hizo estremecer. Camilo Justino, hombre
refinado, se agachó rápidamente para cerrarle los ojos con el pulgar y el
índice de una mano.
Antes de hacerlo, Quinto alzó la mirada hacia mí.
—Tal vez a quien viera la esposa de ese camarero del Trastévere fuera a
Nobilis. Dijo que tenía unos ojos extraños —comentó con la misma
indiferencia que utilizaría Helena en compañía, lanzándome algo en lo que
pensar para discutirlo después a solas. No dije nada, pero miré…, y extraje
la misma conclusión.
Dejamos el cuerpo allí. Estábamos exhaustos. Arrastrarlo de vuelta por
el barranco hubiera acabado con nosotros. Si los hermanos de Nobilis
querían ir a recogerlo para enterrarlo, pues que lo hicieran.

***
—Personalmente, a mí me gusta recurrir a la ley —comentó Silvio, ya
de vuelta en Antium—. Un juicio rápido para salvar las apariencias y una
ejecución sangrienta. Disuade a otros. El «suicidio por cohorte» no
funciona tan bien.
Puesto que el estado de ánimo del Urbano era un tanto vengativo, soltó
que Claudio Probo iba a permanecer bajo custodia.
—¿Y qué pasa con su cláusula de inmunidad?
—¡Ay, Falco, acabo de acordarme! No estoy autorizado a ofrecerla. La
inmunidad ante una interposición judicial está reservada al emperador…, y
tengo entendido que él nunca interviene en casos penales. Así pues, la cosa
se queda en gracias por la ayuda, Probo, pero… ¡mala suerte!
El gemelo superviviente, Virto, también se hallaba potencialmente en
problemas. Pese a su insistencia en que él estaba al margen de las
actividades de sus hermanos, Justino había recordado algo:
—Cuando fuimos a buscarlo a su choza de los pantanos, me fijé en que
su esposa, Birta, llevaba puesto un pañuelo de tela de buena calidad, de un
rojo oscuro. Silvio, si puedes encontrar a alguno de los esclavos fugados
que pertenecían a Modesto y Primila, tienes que mostrarles ese pañuelo.
Primila llevaba puesto algo parecido cuando se marchó de casa.
Pieza a pieza, estábamos relacionando a los Claudios con sus víctimas.
También teníamos esa cadena muy poco corriente que Nobilis debía de
haberle regalado a Demetria; estaba seguro de que iba con el camafeo que
le habían robado al transportista de Roma en la Vía Triunfal. Petro enviaría
el camafeo para que lo compararan y Silvio lo llevaría al taller de
Dioscúrides para tener una confirmación absoluta.
Preguntamos tanto a Probo como a Virto sobre su relación con
Anácrites. Ninguno de los dos nos dijo nada. En mi opinión, ahora que
Nobilis estaba muerto, tenían miedo de tener que cargar con todo como
chivos expiatorios públicos, pero creían que el espía los sacaría del apuro.
A mi juicio, se equivocaban.
—No; ahora él se desvinculará. Lo conozco. Sacrificará a los Claudios
para poner a salvo su carrera.
—Creía que ellos podían presionarlo de algún modo, ¿no? —dijo Silvio.
—Todavía no sabemos cómo, aunque Justino y yo tenemos una
hipótesis que queremos poner a prueba. Te sugiero que proceses a Probo y
Virto aquí en Antium. Hazlo enseguida, Silvio. Pero, por favor, si puedes,
dame un par de días antes de informar a Roma sobre Nobilis.
—¿Cuál es el plan, Falco? Deduzco que tienes uno.
—Permíteme que me lo reserve. No querrías saberlo, Silvio.

***
Silvio y los Urbanos se quedaron en el Lacio para llevar a cabo el juicio
de los supervivientes. Yo y los míos emprendimos el camino de vuelta a
casa. Léntulo traía a Nerón y el carro para Petronio, lo cual implicaba la
marcha lenta y exasperante de costumbre. Tardamos todo un día en llegar a
Bovilas. A la mañana siguiente, Justino y yo dejamos a Léntulo que
condujera el carro y nosotros nos adelantamos sobre las monturas por la Vía
Apia.
Pasamos junto a la necrópolis en la que habían encontrado el cadáver de
Modesto. A continuación encontramos la Puerta Apia, y después recorrimos
un largo tramo recto que atravesaba las afueras ajardinadas hasta llegar a la
oscura sombra de dos acueductos con goteras de la Puerta Capena. Me
excusé y dejé a Quinto diciéndole que saludara a sus padres y a su esposa
de mi parte. Quedamos en que al día siguiente vendría a mi casa con su
hermano para celebrar una reunión y ponernos al día.
Seguí adelante, llegué al extremo sur del Circo Máximo y allí giré a la
izquierda. Puesto que llevaba una mula que hacía el trabajo duro, la apreté
cuesta arriba. El animal me llevó sin protestar a la cima del Aventino, con
sus antiguos templos exclusivos que se levantaban sobre los altos peñascos
en torno a los cuales hormigueaba la plebe bulliciosa de aquel lugar en el
que nací.
Después de pasar unos días en la costa fue como si el ruidoso ajetreo me
asaltara. Sólo en aquella colina de las siete de Roma se apiñaban más
tiendas y talleres de los que comerciaban en todo Antium. La multitud era
ruidosa; la gente cantaba, gritaba, silbaba y abucheaba. El ritmo era rápido.
El tono áspero. Respiré hondo y sonreí ampliamente alegre de volver a estar
en casa. Al tomar aire percibí un extraño batiburrillo de ajo, serrín, pescado
fresco, carne cruda, polvo de mármol, cuerda nueva, tinajas viejas y,
proveniente de las entradas oscuras de los edificios de apartamentos mal
conservados, el hedor de aguas residuales sin recoger en cantidades más
que sorprendentes. A mi mula la empujaron, la insultaron, le ladraron y la
maldijeron. Dos gallinas se alzaron con un revoloteo frente a nosotros
cuando nos abríamos paso entre aguadores y vendedoras de guirnaldas, nos
escabullimos cuando un ladrón se descolgó por un porche con su ruidoso
botín, salíamos de una calle estrecha a otra a duras penas transitable. Al
final de todo aquello se encontraba la entrada disimulada del rancio callejón
llamado plaza de la Fuente.
Sentí una punzada de nostalgia que me afectó igual que el indigesto
pollo a la Frontino de la noche anterior. La calle no era mucho más ancha
que el barranco en el que Nobilis se había quitado la vida. En el lado
soleado había sombra y en el lado sombreado penumbra. Un olor
lamentable se alzaba y flotaba en el ambiente como un genio malo frente a
una funeraria, en tanto que en la calzada, junto al establecimiento del
barbero, se libraba una furiosa pelea sobre una factura. Bueno, la verdad es
que llamar calzada a eso era ridículo. El cliente que amenazaba con matar a
Apio, el barbero, se deslizaba sobre un barro líquido. Tal como rezumaba
por entre las tiras de sus sandalias, calificarlo de barro era optimista. Pasé a
lomos de la mula sin mirar a nadie, aunque yo apoyaba al barbero.
Cualquiera que fuera tan estúpido de ser cliente habitual de un esquilador
de tonsuras que te hiciera el penoso peinado en tejadillo que se hacía el
propio Apio podría esperarse que lo desplumaran. Pagar un cuarto de as ya
sería excesivo.
Desmonté con rigidez en la lavandería del Águila y até la mula entre las
sábanas húmedas que ondeaban en lo que pasaba por ser una columnata.
Lenia, la lavandera, salió a fisgonear; su figura me era muy conocida: un
frenesí de cabello pelirrojo y de toses de bebedora, tambaleándose sobre
unos altos tacones de corcho con el paso inestable tras su traguito de media
tarde. Parpadeó pesadamente. Ella ya sabía por qué me encontraba allí. Le
hice un gesto con la mano que pasó por un saludo cortés y, en tanto que la
mujer bramaba unos cuantos insultos suaves, inicié el ascenso por las
gastadas escaleras de piedra. Mi norma era subir tres tramos y tomar un
respiro; dos tramos más y parar una segunda vez; subir el último tramo
corriendo antes de sufrir un colapso y desmoronarme entre las cochinillas y
cosas peores que cubrían el paso.
En la jamba de la puerta de mi antiguo apartamento todavía estaba la
baldosa pintada en que se anunciaba mi nombre para los clientes. Un viejo
clavo cuidadosamente doblado hacía unos diez años seguía escondido en
una vasija que había en el rellano; todavía funcionaba como llave de
recambio. Dejé el clavo en su sitio y abrí la puerta empujándola
suavemente, por si acaso alguien se me echaba encima; entré sintiendo un
extraño golpeteo del corazón.
Parecía vacío. El piso tenía dos habitaciones. En la primera había una
mesa pequeña de madera que estaba carcomida en parte y parecía
fosilizada; dos taburetes de distinta altura, a uno de los cuales le faltaba una
pata; un banco para cocinar; un anaquel que antaño sostenía cuencos y
cacharros pero que entonces estaba vacío de cosas triviales. En la otra
habitación sólo había una cama estrecha que estaba arreglada con pulcritud.
Dije en voz alta que era yo. Oí un revoloteo de palomas en el tejado.
Una puerta plegable separaba la habitación principal de un balcón
diminuto. Abrí la puerta mediante un tirón especial que hacía falta dar para
que ésta se moviera. Salí por la abertura a las viejas vistas
incongruentemente sofisticadas de Roma, en aquellos momentos bañadas
por el cálido sol de la tarde. Por un momento me empapé de aquella escena
tan familiar, por encima de la cara norte del Aventino hasta la Colina
Vaticana, situada al otro lado del río.
Albia estaba disfrutando del calor del sol sentada en el pequeño banco
de piedra. Por el hecho de ser de Britania, adoraba el sol. Esmaracto, el
casero, tenía el edificio en unas condiciones de mantenimiento tan malas
que cualquier día el balcón entero se vendría abajo, llevándose el banco y a
quienquiera que estuviera sentado en él. De momento aguantaba. Había
aguantado los seis o siete años que yo había vivido allí, en vista de lo cual
resultaba más fácil mantener una fe ciega que tratar de conseguir que el
insoportable de Esmaracto llevara a cabo las reparaciones necesarias. La
clase de albañiles que él empleaba no harían más que debilitar fatalmente el
edificio.
Mi hija adoptiva llevaba puesto un viejo vestido azul y un sencillo
collar de cuentas e iba peinada con unas trenzas tirantes. Estaba sentada con
los dedos entrelazados, fingiendo estar contenta, calmada e impertérrita. Era
imposible que tuviera miedo de mí. Yo era su padre, un mero hazmerreír.
Pero la muchacha debía de ser consciente de su situación. Otra persona la
había aterrorizado.
—Supuse que te encontraría aquí. —Ella no respondió—. Será mejor
que te quedes hasta que tenga ocasión de arreglar las cosas con Anácrites.
¿Estás bien, Albia? ¿Tienes dinero para comida?
—Lenia me hizo un préstamo.
—¡Espero que fijaras un buen tipo de interés!
—Vino Helena. Fue ella quien arregló las cuentas.
—Bien, te mandaré una asignación hasta que regresar a casa no suponga
un riesgo.
—No voy a volver —me informó Albia de pronto y con gran seriedad
—. Tengo una cosa que decir, Marco Didio. Os quiero a todos, pero ésa no
puede ser mi casa.
Quise discutirlo, pero estaba demasiado cansado para hacerlo. De todos
modos, lo comprendí. Experimenté una profunda tristeza por ella.
—Así pues, ¿te hemos fallado, cielo?
—No —contestó Albia con dulzura—. No nos enzarcemos en una
discusión familiar como hace la gente tediosa.
—¿Por qué no? Para eso está la familia, para discutir. Ahora tienes una
familia, ya lo sabes. Me temo que tendrás que aguantarte. Intenta no alejarte
de nosotros como yo lo hice de mi padre.
—¿Te arrepientes?
Sonreí brusca y abiertamente, incluso solté una sonora carcajada.
—¡Ni por un momento! ¡Y él tampoco, el viejo peligroso! ¿Le has
contado a Helena esta gran idea tuya? ¿Lo de emprender tu camino sola?
—Se disgustó.
—¡No me extraña!
Albia volvió hacia mí su rostro de tez pálida y sus ojos de color azul
grisáceo, que tenían una mirada sombría a pesar de sus esfuerzos por
mostrarse valerosa.
—Vosotros me disteis una oportunidad; os estoy agradecida. Quiero
quedarme en Roma. Pero voy a forjarme una vida, una vida que sea
adecuada y sostenible. No me digas que no puedo intentarlo.
Tomé asiento en el banco apretujándome a su lado, ligeramente
enfurruñado. Albia se levantó, quejándose por cuestión de principios.
—Bueno, oigamos lo que tienes que decir al respecto, ¿no?
Recelosa de mi reacción, me confió:
—No puedo llevar la vida que vosotros esperabais darme. La adopción
funciona sólo a medias. Sigo siendo una provinciana, cuando no una
bárbara. Alguien que nos odie podría averiguar de dónde vengo. En esta
ciudad, los rumores maliciosos podrían haceros daño a Helena y a ti.
—¿Anácrites?
—Tiene intención de hacerlo —respondió Albia en voz baja; toda la
seguridad en sí misma la había abandonado.
Me pregunté cómo lo habría hecho el espía para quebrantarle el espíritu
de ese modo.
—¿Y qué me dices de ti? ¿Intentó algo contigo?
—No. —Albia se mostró inescrutable. Ya tenía decidido no contármelo.
Si Anácrites la había seducido o violado, iba a ahorrarme la furia
incandescente; también iba a proteger a Helena del dolor de saberlo. Sin
embargo, el mero hecho de que Anácrites la hubiera atraído hacia una
situación peligrosa ya me daba motivos para perseguirlo.
—¿Estás segura? —Una pregunta inútil.
—No era el mismo. Había cambiado…, o al menos había dejado de
esconder cómo es en realidad. Teníais razón sobre él: parecía libidinoso.
Decidí de inmediato que tenía que escapar. Entonces fue cuando me
encontré con Claudio Nobilis.
—¿Acaso te puso las manos encima?
—No. Era lo que quería, pero irrumpió Anácrites y dijo: «Déjamela a
mí». —Albia se estremeció y pareció mayor de lo que era en realidad—.
¡Qué hombre más repulsivo!
—Ahora no vayas a creer que todos somos iguales, ¿eh? —le dije en
broma, aludiendo a la opinión que le merecía Camilo Eliano.
Para mi sorpresa, Albia sonrió con dulzura y repuso:
—¡No exactamente todos!

***
—Bien, Flavia Albia, te marchas de casa. ¿Qué tienes pensado hacer?
—Quiero vivir aquí. Hacer lo que tú hacías.
—De acuerdo.
—¿Sin discutir?
—No serviría de nada. De manera que quieres ser informante, ¿no?
Bueno, podría funcionar. —Apoyé la cabeza en la superficie rugosa de la
pared, recordando la experiencia. Una parte de mí tenía envidia, aunque lo
oculté—. Empieza por cosas sencillas. Trabaja para mujeres. No accedas a
realizar cualquier encargo que te llegue; gana renombre por ser
quisquillosa, y entonces la gente se sentirá halagada si los aceptas como
clientes. Es una vida dura, deprimente y peligrosa. Las recompensas son
escasas, nunca puedes relajarte e, incluso cuando logres un éxito, tus
clientes miserables y tramposos no te lo agradecerán.
—Puedo hacer este trabajo —insistió Albia—. Poseo la actitud
adecuada, la amargura apropiada. Y siento empatía por la gente
desesperada. Yo he sido huérfana, abandonada, he pasado hambre, me han
descuidado, golpeado, incluso he estado en las garras de un proxeneta
violento. No habrá sorpresas —concluyó.
—¡Veo que te has convencido! No te asusta nada…, ni siquiera cuando
debería hacerlo. —El romántico que había en mí quería tener fe en ella—.
Eres demasiado joven. Tienes demasiado que aprender —le advertí cuando
el padre que había en mí tomó el control de la situación.
—Me he visto forzada a todo ello antes de estar preparada, por lo que
no es lo más ideal —replicó Albia con frialdad. Había pasado allí varios
días, pensando en respuestas para desbaratar mis argumentos. A
continuación, como las enseñanzas de Helena Justina habían dejado su
impronta, la joven añadió con aire recatado—: Pero te tendré a ti para
enseñarme, padre.
Me dolió la garganta al tragar saliva.
—¡Es la primera vez que me llamas así!
—No te emociones demasiado —repuso Flavia Albia con
despreocupación—. Si quieres que sea permanente, tendrás que ganártelo.
—¡Esta es mi chica! —exclamé con orgullo.
***
Me levanté e intenté aliviar la rigidez de la espalda. Tenía que ir a ver a
Glauco al gimnasio, volver a ponerme en forma.
Antes de marcharme del apartamento, hice unos pequeños arreglos a los
viejos rosales que crecían en las macetas, retirando la madera muerta de sus
ramas largas y finas.
—Una pregunta profesional, Albia: Cuando te topaste con Nobilis, ¿te
fijaste en sus ojos?
Dio un salto, emocionada.
—¡Sí! Quería decírtelo…
—No digas nada. Mañana ven a casa. Desplazarte por Roma sin que te
reconozcan será un buen ejercicio.
—¿Para qué?
—Reunión familiar. Tenemos que hablar de Anácrites.
LX
Me desperté tarde. Estaba solo, el lado de la cama de Helena ya se había
enfriado hacía rato. Oí movimientos monótonos por la casa y ruidos
ocasionales, todo el mundo atendiendo sus quehaceres sin mí, tal como
debían de haber hecho mientras estuve fuera, tal como harían si continuaba
durmiendo. Yo era el amo, pero era prescindible. No obstante, por el
húmedo resoplido que me llegó por debajo de la puerta por parte de Nux,
que esperaba pacientemente fuera, supe que la perra era consciente de mi
llegada a casa la pasada noche.
La dejé entrar, soporté un rápido saludo (era una perra educada), y a
continuación permití que subiera a la cama de un salto, que era su
verdadero propósito. Ese espanto bigotudo tenía prohibido subirse a las
camas y divanes, pero eso no cambiaba nada. Nux se hizo un ovillo y se
echó a dormir. Me lavé la cara, me pasé un peine por los rizos y me puse
una de mis túnicas favoritas. Iba mal afeitado, estaba hambriento,
entumecido a causa del viaje y desanimado. Que yo supiera, no tenía
ningún caso en el que trabajar y tendría que buscar clientes. En muchos
aspectos era como si hubiera regresado a la vida que una vez llevé en la
plaza de la Fuente. Una vez más, me sentí afligido y privado de mi
juventud.
En el piso de abajo los esclavos me saludaron sólo con ligero desprecio.
Me esperaban un buen desayuno y mis despiertos ayudantes. Mi esposa
vino a darme un beso. Las niñas aparecieron en la entrada, se aseguraron de
que era yo y volvieron a marcharse corriendo a jugar. En cuanto cogí un
plato, un esclavo camarero rellenó el cesto del pan con panecillos tibios, me
echó un poco de agua caliente en la miel y cortó unas lonchas de jamón
ahumado. La servilleta que tenía sobre el regazo era de hilo de buena
calidad. Cuando llegó el momento de volver a lavarme las manos, me
brindaron de inmediato un cuenco de plata con agua perfumada.
Había olvidado que era rico. Helena vio mi reacción y me di cuenta de
que le hacía gracia.
—¡Por Júpiter!
—Ya te acostumbrarás —dijo ella con una sonrisa.

***
Mi nueva posición social conllevaba responsabilidades. Los clientes
hacían cola esperando favores descaradamente.
Me ocupé con prontitud de Marina, quien, por supuesto, quería dinero;
luego hice caso omiso de un mensaje de mi hermana Junia diciendo que a la
caupona le hacían falta unas reformas. Helena me dijo que había cuestiones
que resolver en la casa de subastas pero que no eran urgentes; podría
atenderlas cuando visitara la Saepta. A continuación vino otro problema
familiar mucho más grave. El acomodador (por lo visto ahora requería uno)
hizo pasar a Talía.
Su embarazo era evidente y la mujer resoplaba un poco. Esto no la
había inducido a vestirse con ropa menos atrevida. Los dos Camilos, que
estaban esperando a que quedara libre para celebrar la reunión que teníamos
acordada, cruzaron unas miradas de sobresalto. Ataviada con un poco de
gasa vaporosa y unas largas sartas de cuentas semipreciosas, Talía dio unas
palmaditas en el bulto que se suponía que era el hijo de mi padre.
—¡Ya falta poco, Marco!
—¿Cómo te encuentras?
—¡Fatal! La pitón lo sabe; el pobre Jasón está destemplado.
—¿Sigues bailando?
—¡Que si sigo bailando, dice! ¿Acaso esperas que el ejercicio me
provoque un aborto?
—Eso sería irresponsable.
—¡Por todos los dioses! ¡El dinero te ha vuelto muy mojigato! Bueno,
escucha, tengo que hablar contigo.
—Bien, pero que sea rápido. Estoy a punto de empezar una reunión de
negocios.
—¡A la porra la reunión! —replicó Talía—. Está en juego la vida de un
bebé. Nos han decepcionado, Falco, a esta pobre criatura y a mí. He tenido
unas palabras con ese tiburón maquinador, Séptimo Parvo, el abogado
completamente inútil de tu taimado padre.
—Parecía competente. —El enojo de Talía me estaba levantando el
ánimo.
—Se diría que sí. Me dice que ha mirado mejor las cosas y que el
testamento no sirve de nada. No se sustentará. ¡A mi pobre pequeño lo han
engañado…, y eso que ni siquiera ha nacido todavía!
—No sé a qué te refieres, Talía.
—Según dice Parvo —expuso con sumo disgusto—, si se le deja un
legado a un hijo póstumo, el niño tiene que nacer de un matrimonio legal.
—Talía era una mujer alta, de estatura majestuosa; cuando se volvió contra
mí con semejante ferocidad, me sentí un tanto alarmado—. Gémino dijo
que Parvo me lo dejaría todo arreglado. Ya sé lo que ha pasado aquí. Esto es
una trampa. ¡Y tú eres un cabrón, Falco! ¡Seguro que fuiste tú quien le dio
la idea!
Lo primero que pensé (y no era la primera vez desde la muerte de mi
padre) fue en ir a dejar unos pasteles de trigo en el altar de alguna divinidad
y exclamar: «¡Gracias por mi buena fortuna!».

***
Aulo se inclinó hacia delante con un gesto serio.
—Parvo tiene toda la razón, si no te importa que te lo diga.
—Es mi hermano Eliano —aclaró amablemente Helena a Talía—. Ha
estudiado leyes.
—¡En tal caso, no me fío de él! —se burló Talía.
Aulo se lo tomó bien.
—Me temo que no hay ninguna duda, Talía. —¡Qué tipo tan excelente
había resultado ser Eliano!—. Didio Favonio seguía casado con su esposa
de muchos años, la madre de sus hijos legales. —Puede que Helena hubiera
discutido todo esto con Aulo. Era mejor alumno de lo que nos esperábamos,
pero sólo con previo aviso. Debía de haber consultado esa ley en concreto
—. En el funeral de Gémino, todo el mundo vio que Junila Tácita ocupaba
su lugar como la viuda. Fue reconocida como tal por todos los amigos,
familiares y colegas de profesión que conocían a su difunto esposo. Además
—continuó Eliano, implacable—, para convertirse en heredero, el niño
tiene que constar en el propio testamento. No creo que un codicilo cuente
para nada.
—¡Y puede que así sea! —Talía podía llegar a mostrarse
preocupantemente firme—. He venido para llegar a un acuerdo. Hay que
organizar las cosas como es debido.
Tragué saliva, nervioso.
—Este es el trato, Marco Didio. Cuando este niño nazca, hay que cuidar
de él. No esperes que lo haga yo. ¡No puedo llevarme a un bebé de gira con
el circo! Mis animales se pondrían celosos hasta el punto de resultar
peligrosos, no es higiénico y yo no estoy capacitada para hacerlo.
—Esto es muy triste —la interrumpió Helena—. Los niños te dan
mucha alegría y pueden ser un consuelo, Talía.
—¡Será un estorbo! —replicó Talía con la misma honestidad tumultuosa
con la que hablaba sobre su vida sexual. Y entonces me arrojó al muladar
—: Tendrás que criarlo tú, Falco.
—¿Cómo dices?
—Lo he estado pensando. Esto es lo que Gémino quería. Sabes que es
así. Te lo decía en el codicilo: tenías que considerar a mi bebé como a tu
propio hermano o hermana. No puedes ir en contra de un fideicommissum.
—Estaba calmada. Mantenía la compostura. Antes de que pudiera darle
alguna excusa a voces, Talía asestó el golpe mortal—: Lo mejor será, Marco
querido, que en cuanto nazca te lo lleves y lo adoptes.
***
Cerré los ojos mientras lo asimilaba. Me había esperado que el dinero
acarreara problemas. Sabía que algunos de ellos serían complejos, y que
muchos otros resultarían aplastantes. Aun siendo un cínico, no se me había
pasado por la cabeza nada de semejante magnitud. Sin embargo, no había
escapatoria. Papá me lo había endilgado absolutamente.
Dije que tenía que consultarlo con Helena.
—Está bien —accedió Talía con serenidad—. Así este pequeñín crecerá
con vosotros dos y formará parte de vuestra hermosa familia.
La rápida mirada de los ojos castaños de Helena me dijo que lo preveía
todo, igual que yo.
De modo que adquirí un «hermano» que casi con toda seguridad no era
mi hermano pero al que tenía que adoptar y soportar como a mi hijo.
Hubiera compartido el dinero con él de bastante buen grado, pero ahora
resultaba que además tenía que darle una buena oportunidad en la vida, lo
cual era una proposición totalmente distinta. Esto sólo podía salir mal.
Helena y yo anticipamos desde el principio que ese pequeño Marco Didio
Alejandro Póstumo (tal como lo llamaría su madre, al pobrecillo) nunca se
sentiría agradecido. Le ofreceríamos un hogar, una educación, guía moral y
afecto. Sería inútil. Un derroche de esfuerzo conmovedor. Resultaría difícil
criarlo e imposible consolarlo por el destino arbitrario que se le había
endosado. Seguro que sería un hervidero de celos y resentimiento. Y yo ni
siquiera lo culparía por ello.
Gracias otra vez, Gémino.
LXI
Despachamos a los esclavos que habían estado pululando a nuestro
alrededor. Katutis ni siquiera hizo amago de discutir; estaba aprendiendo.
Tomamos asiento en el salón. Mientras yo me encontraba en el Lacio
Helena había cambiado las cosas de sitio. Nos reclinamos en unos divanes
con armazón de cobre. Para apoyar los codos, unos almohadones en tonos
suaves de azul y aguamarina. Las paredes, recién pintadas el año anterior,
eran de unos respetables matices de color miel y hueso, los paneles
sencillos, delineados con finos zarcillos y elegantes motivos de candelabros
en los que, de manera intermitente, se intercalaban unas discretas pinturas
en miniatura de pájaros, realizadas mediante suaves pinceladas. Era un
entorno civilizado pero sin pretensiones. Helena, con su propio gusto
certero, había reducido el nivel de grandiosidad de la casa respecto a
cuando mi padre vivía en ella y también la cantidad de antigüedades que la
atestaban. El salón era un escenario tranquilo para la sombría reunión que
estábamos a punto de celebrar.
No tardaron en llegar los demás: primero Albia, luego Petronio y Maya.
Había considerado incluir a mi madre, pero el hábito de no revelarle ningún
secreto fue más fuerte. Helena se levantó para cerrar las puertas dobles y
tener intimidad. Antes de volver a su asiento, permaneció allí parada un
momento: alta, vestida de blanco con franjas de color y con joyas
informales, una matrona en su casa, siempre al borde del hostigamiento
doméstico, siempre alerta por si la llamaban porque la carne se había
chamuscado en la cocina o porque alguien había sufrido magulladuras en el
cuarto de las niñas… Aquel día no iba a ocurrir nada de esto. Estaba todo
organizado. Y allí estaba ella, la mujer que amaba, asumiendo el más
extenso papel de una esposa y madre romana; guiando a su familia hacia
una gran decisión y la enmienda de unos agravios intolerables.
Le dirigí una débil sonrisa. Ella comprendió lo que estaba pensando.
Había elegido bien.
Helena anunció:
—Esto va a ser una reunión familiar en todos los sentidos, porque todos
nosotros somos miembros de una familia y porque es de las familias de lo
que hemos venido a hablar. Nada de lo que se diga hoy en esta habitación
puede ser mencionado a nadie fuera de aquí.
—Sub rosa —comentó Aulo.
—El reglamento de Isca —asintió Petro.
—Nuestro reglamento —lo corrigió mi hermana Maya, mordaz como
de costumbre.

***
En la sociedad romana, una reunión familiar formal es el símbolo de
una emergencia. Rara vez ocurre, porque sólo se convoca cuando ya se han
intentado las medidas externas y éstas han fracasado. Cuando los sistemas
públicos han fallado se utiliza un plan alternativo, ya sea por motivos
absolutamente privados o como forma de organizar un desafío hacia la
tiranía política. Se trata de la última reunión antes de los asesinatos, las
ejecuciones, el exilio o la deshonra. Es cuando los maridos severos y
anticuados convocan a las esposas para que rindan cuentas de su adulterio y
a continuación se imponen castigos humillantes con el animado apoyo de
las tías desagradables. Es cuando se trama la necesaria usurpación de la
soberanía. Donde se lleva a cabo el suicidio o la muerte honrosa después de
una violación o agresiones semejantes.
Nuestra reunión familiar era donde nosotros siete, las personas más
cercanas y queridas para mí, nos congregamos para desentrañar toda la
relación entre los Claudios y Anácrites. Luego decidiríamos qué hacer al
respecto.

***
Antes que nada, Quinto refirió los acontecimientos en el Lacio. Lo
observé, un joven alto, de aspecto todavía juvenil, aunque cada vez con más
firmeza de carácter. Tenía el cabello liso y de punta como su padre, el porte
y el atractivo físico de su madre. Él era de constitución más delgada que su
hermano, aunque Aulo había perdido peso desde su matrimonio; se supone
que a causa del estrés.
Quinto fue conciso, con un tono de voz casi agradable. Podría haber
estado evaluando la logística rutinaria para el comandante de un fuerte en
una provincia fronteriza cuando concluyó:
—No tuvimos ocasión de interrogar a Claudio Nobilis. Todo lo que
tenga que ver con él será conjetural…, salvo una cosa: sus ojos. Cuando
murió, Marco y yo nos fijamos en que eran extraños. Nobilis tenía unos
ojos pálidos, unos ojos que no eran ni de un color ni de otro. En parte
grises, en parte castaños. Sumamente raros.
Oí que Maya contenía el aliento cuando lo relacionó. Albia se retorcía
las manos en el regazo.
—Ni los gemelos ni Probo tenían esa aberración —continuó diciendo
Quinto, tras dirigirle una rápida mirada a Maya—. Marco y yo lo
comprobamos en los supervivientes. Pero todos conocemos a otra persona
cuyos ojos parecen de dos colores dependiendo de la luz: Anácrites.

***
Helena retomó la historia y siguió la narración de su hermano con la
misma desenvoltura con la que se pasa la antorcha sagrada en una carrera
de relevos de las Panateneas.
—Esto explica muchas cosas. Remontémonos a la época de los
primeros días del Imperio y a dos esclavos de una finca imperial: Aristocles
y Casta. Por supuesto, mientras fueran esclavos no podían contraer
matrimonio; pero supongamos que se conocieron, se hicieron pareja e
incluso quizás empezaron a tener hijos ya entonces. Fueron liberados,
algunos dicen que para deshacerse de ellos porque eran personas muy
difíciles. Tuvieron mucha descendencia. Algunos murieron. Algunas de las
chicas se desvincularon de la familia, al menos en parte, y se casaron. El
mayor de los hermanos era Justo, quien murió no hace demasiado tiempo,
quizá por su mala conciencia. Nobilis se contaba entre los más jóvenes y
quizá tuviera que soportar más presión; tenía que pelear más para recibir
atención, es posible que incluso para tener ropa, espacio y comida.
Me tocaba a mí:
—Uno de los chicos se llamaba Félix. Su hermano Probo comentó con
desdén: «Félix, el dichoso y afortunado, aunque también era un cabrón muy
listo; bueno, lo perdimos pronto, naturalmente…». ¿Cómo lo «perdieron»?
Ahora lo sabemos. Cuando el niño tenía tres años, su inteligencia fue
advertida oficialmente y lo sacaron de la familia. En Roma se le asignó un
nuevo nombre de manera arbitraria. Suele ocurrir con los esclavos. Así
pues, el hombre al que conocemos como Tiberio Claudio Anácrites empezó
su vida siendo Claudio Félix. Puede que no siempre haya recordado de
dónde vino, pero lo que es indudable es que ahora ya lo sabe.
Llegados a ese punto, fue precisamente Maya, de quien podría haberse
esperado la mayor dureza, quien interpuso unas palabras por él:
—Imaginaos cómo podría haber sido para un niño tan pequeño que lo
separaran a la fuerza de las personas que él creía que eran los suyos. —
Meneó la cabeza y siguió diciendo en voz baja—: Puede ser que Aristocles
y Casta fueran unos padres distantes e incluso violentos, pero me atrevería a
decir que chillaron y gritaron cuando tuvieron que entregar a su hijo. Por lo
que sabemos, eran gente posesiva; el niño era suyo, de su propiedad.
—Puede que Casta intentara aferrarse a él físicamente —coincidió
Helena—. Yo lo haría. Imaginaos la escena, con el niño llorando
histéricamente, arrancado de los brazos de su madre por unos capataces
brutales. Luego, con los chillidos de Casta resonando en sus pequeños
oídos, se lo llevaron a muchos kilómetros de distancia sin que nadie le
explicara por qué ni adónde iba. Quizás él tuvo la sensación de que era un
castigo por alguna travesura de la que no era consciente. Entre los Claudios
abundaban los castigos, el chiquillo conocía el concepto. Lo dejan en
palacio y se despierta en un dormitorio frío. Habría otros niños, todos
desconocidos. Puede que todos fueran mayores que él, quizá lo intimidaban.
—Según dice él, su niñez con posterioridad a ese momento le pareció
normal —comenté—. Pero ¿lo fue de verdad? Aprendió a sobrevivir, pero
el trauma y el miedo lo marcaron.
Petronio había estado escuchando con desagrado. Entonces extendió sus
largas piernas y estiró el cuerpo, con lo que dio la impresión de ser
demasiado voluminoso para el diván.
—Pues a mí me intriga más saber dónde está hoy. Siendo ya adulto,
¿creéis que estaba enterado de quién era su familia?
—Lo dudo —respondí.
—Podríamos preguntárselo —sugirió Petro con una sonrisa burlona.
—Podrías hacerlo tú. Yo no. Lo único que haría sería mentir. En
realidad, en la medida en que le sea posible, tiene que hacerlo. No puede
ostentar un alto cargo imperial como pariente conocido de unos criminales
asesinos.
—Estamos llegando al quid de la cuestión, Falco. ¿Qué fue lo que
ocurrió para que se reunieran?
—Hace unos dos años o por ahí —nos recordó Helena—, murió Casta,
la madre.

***
Todos permanecimos en silencio durante un rato, pensando en lo que
aquello habría supuesto para la expansiva familia numerosa que Casta había
gobernado con su mezcla de crueldad e indiferencia. Aristocles había
muerto antes que ella. Virto me contó que la muerte de Casta acabó con el
equilibrio de todos ellos.
Aulo se inclinó hacia delante:
—Apuesto a que se celebró un funeral impresionante. Con todos los
lamentos y responsos hipócritas. Toda clase de dolor sensiblero. Y me
imagino que fue más o menos entonces cuando a alguien se le ocurrió
ponerse en contacto con su hermano Félix, al que habían perdido de vista
hacía mucho tiempo.
—Anácrites asistió al funeral —terció Maya. Tenía la mirada fija en sus
pies. Maya estaba sentada de lado, junto a Petronio. Tenía unos pies
pequeños que mantenía pegados con delicadeza y que llevaba enfundados
en unos elegantes zapatos de cuero de color sangre de toro. Maya los
miraba como si estuviera considerando de dónde provenía su decorativo
calzado.
—Esto nos lleva a preguntarnos —caviló Helena— ¿cómo lo
encontraron sus hermanos?
De nuevo fue Maya quien, inesperadamente, tenía respuestas:
—Me lo contó una vez. Tenía una carta que le había escrito su madre
cuando la mujer se dio cuenta de que se estaba muriendo. Al fin y al cabo,
el lugar al que se lo llevaron de niño no había sido secreto en ningún
momento. Casta debió de seguir sus avances, ya fuera por afecto o por el
sentimiento de posesión que hemos mencionado. Anácrites respondió a su
llamada, pero cuando llegó ya era demasiado tarde. No sabía que el funeral
hubiera tenido lugar en el Lacio; no dijo nada sobre que su familia viviera
en los pantanos Pontinos. Fue después de conocerlo cuando me lo contó,
como táctica para conversar.
—¿Estaba disgustado? —preguntó Albia.
—Lo parecía.
—Podría ser que estuviera fingiendo.
—No había razón para hacerlo.
—Sin embargo, él es así. Un desafío a la lógica.

***
—No tienen por qué preocuparnos sus sentimientos —dije—. El funeral
supuso su perdición. En cuanto supieron quién era, sus hermanos se
pegaron a él como parásitos. Vieron a Anácrites como su caldero de oro.
Para empezar, tenía aspecto de inocente. Los gemelos le pidieron trabajo.
¿Cómo podía negárselo? Los contrató; puede que hasta de buen grado: unos
agentes que tenía la sensación de poder controlar, agentes que le serían
leales.
Petronio meneó la cabeza y prosiguió:
—Los gemelos llegan a Roma. Anácrites enseguida cae en la cuenta de
su error: nunca podrá quitárselos de encima. Ellos empiezan a quejarse de
las condiciones de vida en los pantanos. Sus orígenes son un reproche, su
presencia en Roma una vergüenza. Ellos suponen un riesgo para las
ambiciones del espía.
—Él quiere que se larguen, ¿no? —preguntó Quinto—. Pero ellos se
niegan.
—La imprevisibilidad de Anácrites aumenta debido a su herida en la
cabeza —dijo Helena—. Se vuelve vulnerable en el trabajo, y su posición
se ve amenazada por Laeta e incluso por Momo. En algún momento
espantoso se entera de la clase de crímenes que han cometido Nobilis y los
demás. Para entonces ya no tiene escapatoria.
—Y así llegamos al asesinato de Modesto —metí los pulgares en el
cinturón y me hice cargo del alegato final—. Con la disputa sobre el
cercado, todo salió mal. Yo diría que, hasta entonces, probablemente
Nobilis llevara a cabo todos sus asesinatos en la zona de los alrededores de
Antium: los cadáveres que ha encontrado Silvio. Nobilis y distintos
hermanos llevaban años secuestrando a la gente, sobre todo viajeros y con
frecuencia parejas. Estos otros casos se ocultaron, pero con Modesto perdió
los papeles. Al seguir a Modesto hasta Roma, por una vez Nobilis dejó un
rastro. Nobilis, es de suponer que con Pío o Virto, asesinó a Modesto en la
Vía Apia. Pasaron varios días en el escenario del crimen profanando el
cadáver y luego Nobilis se marchó a casa. Llegó Primila buscando a su
esposo y también la mató, así como a Macer, el capataz de la mujer. Eso
hizo que el sobrino alertara a las autoridades y llegara una partida para
investigar a los Claudios. Podemos suponer que a partir de este momento
presionaron a Anácrites para que los protegiera. Bien podría haber sido
entonces cuando uno de ellos le contó lo de los asesinatos, cosa que lo
volvió más inseguro y peligroso si cabe. Heredó los mismos rasgos
manipuladores que el resto de sus hermanos, una situación crucial que éstos
tal vez no habían previsto. Se volvió contra ellos.
—Los crímenes cometidos debieron de horrorizarlo —comentó Helena,
siempre justa.
—¡No hay duda de que estaba furioso por cómo lo amenazaba
personalmente todo el asunto! Envió a Perela a por Nobilis, pero Nobilis se
escapó. Anácrites intentó sacar de escena a Nobilis llevándoselo a Istria. No
podemos saber de quién fue la idea. Quizá querían de verdad a su abuela.
En cualquier caso, Nobilis se negó a entrar en el juego; no iba a quedarse en
el exilio. Estúpidamente, regresó en barco con Anácrites, quien en aquellos
momentos debía de estar al borde de la histeria, como se pone siempre.
—¿Histérico él? ¡Imposible! —se mofó Albia—. Se cree invulnerable.
A sus ojos, todo lo que ocurre es porque él lo manipula. Cree que es un
genio. Cuando estuve en su casa, dijo: «Falco no puede tocarme; le doy cien
vueltas». Había estado bebiendo, pero lo decía en serio.
Le dirigí una mirada a Petronio y dije despacio:
—Puede que, en realidad, haya sido más listo de lo que creemos. Tal
vez lo que Anácrites logró no haya sido exactamente fruto de una actuación
burda. La forma en que se apropió del caso de Modesto y nos advirtió a
Petronio y a mí que lo dejáramos parece una completa estupidez. Algunas
de sus acciones (los registros de las casas, las molestias causadas a las
Vestales) parecen todavía peores.
—¡Porque lo fueron!
—Tal vez no, Petro.
—¡Por los zurullos de Titán! —de pronto, Petro vio adónde quería ir a
parar. Estaba cansado tras el turno de la noche anterior con los vigiles. Al
caer en la cuenta, se sintió embargado por la frustración e indignado
consigo mismo—. ¡No puede ser tan inteligente!
—Pues me temo que lo es, Lucio, viejo amigo.
—¿Ha jugado con nosotros?
—Nos ha despistado como lo hacen las truchas oscuras en un río de
montaña.
***
Mientras Petro despotricaba e intentaba simular que aquello no había
ocurrido, Helena Justina me sustituyó para explicar la desagradable verdad:
—Anácrites tenía un dilema. Los Claudios amenazaban con sacar a la
luz sus orígenes, a menos que él los protegiera. Tenía que hacerles creer que
cuidaba de ellos mientras que, durante todo ese tiempo, ese atareado
cerebro que tiene, la inteligencia que hasta Laeta le halaga, buscaba
desesperadamente formas de eliminarlos. Tenía que ocuparse de ellos uno a
uno y sin que los demás se dieran cuenta. Encontró la solución perfecta.
Marco y Lucio, os utilizó a los dos.
Lo admití con un profundo suspiro.
—Nos arrebató el caso a sabiendas de que no íbamos a ceder. Existían
antecedentes. Ya habíamos continuado trabajando en secreto en algunos
otros casos con anterioridad. Lo odiábamos. Utilizó nuestra propia
tenacidad contra nosotros.
Petro compartió la confesión:
—Lo organizó todo para que los gemelos o Nobilis mataran a ese
transportista, para así hacerles creer que, hábilmente, desviaba la atención
de ellos en el caso Modesto…
—Cuando le pregunté, incluso admitió que la idea de la distracción
daba mala espina —dije—. Se aseguró de que no nos dejáramos engañar. Él
quería que siguiéramos centrados en los Claudios.
Petronio soltó un gruñido.
—Entonces empezó a deshacerse de ellos utilizándonos a nosotros. Le
hicimos el trabajo sucio; a ojos de sus hermanos, él era inocente. Nos envió
a Pío de forma deliberada. Había despachado a Virto a los pantanos para
que no pudiera ayudar a su gemelo. Y nosotros, amablemente, capturamos a
Pío.
—Caímos en la trampa como bobos.
—¿Y de quién fue la idea, Falco?
—Seamos justos…, la idea fue de los dos —señalé. Petronio se encogió
de hombros, dando a entender que lo reconocía—. El espía evitó buscar a
Pío hasta que creyó que ya habríamos terminado con él. Hasta el propio Pío
se dio cuenta de que lo habían abandonado. Se rindió. Vio que Anácrites no
iba a rescatarlo nunca porque era Anácrites quien lo había planeado.
—Pío podía habérnoslo contado —comentó Petro.
—Si explicaba lo que estaba ocurriendo, era como confesar su
implicación en los asesinatos. Después, lo más probable es que Anácrites le
dijera a Virto que «se mantuviera alejado» en los pantanos, de modo que
éste no se dio cuenta de que su gemelo había desaparecido. Sabemos que
luego dio instrucciones a Nobilis para que fuera corriendo a ponerse a
cubierto, en el preciso momento en el que Quinto y yo íbamos de camino
hacia el Lacio y cabía la posibilidad de que nos topáramos con él.
Petronio soltó una maldición.
—¡Apuesto a que sabía desde el principio que estábamos trabajando con
Silvio y los Urbanos! ¡Por Júpiter! ¿No creerás que Silvio es su compinche?
—No, creo que Silvio es honesto. Concentrémonos en Anácrites —
ordené.
—Él movió nuestros hilos. Hicimos todo lo que él quería. En realidad,
es un cumplido —decidió Petronio con una alegría sombría—. Marco, un
villano de una duplicidad increíble nos confió sus maquinaciones.
¡Deberíamos sentirnos orgullosos de que tenga tanta fe en nosotros!
—Estoy orgulloso del resultado. Dejamos fuera de combate a cuatro
criminales que llevaban décadas aprovechándose de una comunidad. Esto
es lo que hacemos con nuestras vidas, Lucio, y es algo encomiable.
Quinto y Aulo Camilo habían estado escuchando con semblante tenso.
Me puse de pie. Caminé de un lado a otro de la habitación unas cuantas
veces y al cabo les dije:
—Para Petronio y para mí, el trabajo todavía no ha terminado. Quería
que vosotros dos oyerais todo esto. Ahora quiero que os marchéis y lo
dejéis en nuestras manos. Preservad el conocimiento de estos hechos como
conservadores de la verdad. Necesito que lo sepáis por si acaso el resto sale
mal.
—¿El resto? —se apresuró a preguntar Quinto.
—¡No lo hagáis! —masculló Aulo entre dientes—. Es demasiado
peligroso ir tras él. Déjalo, Falco. Mi padre lo intentó, pero Tito defendió al
espía. En palacio creen que es bueno en su trabajo. La decisión oficial está
tomada: Anácrites es demasiado valioso para prescindir de él.
—Eso ya me lo esperaba. De ahí esta reunión.
Recorrí la habitación con la mirada: Helena, sus hermanos, mi hermana,
nuestra hija adoptiva, Petronio y yo. Un círculo estrecho, muy unido, todos
nosotros afectados en cierto modo por las acciones pasadas del espía, todos
amenazados por sus estratagemas futuras.
—¿Helena?
Helena miró a Albia y luego a Maya.
—¿Qué pensamos nosotras?
—Si lo dejamos correr, la cosa no hará más que empeorar —vaticinó
Maya en tono grave.
—Afirmó que puede hacer todo lo que quiera —añadió Albia—. Argüí
que es responsable ante el emperador, pero me dijo que los emperadores
vienen y van. Él permanece. Él sólo responde ante la historia.
—¡Arrogante! —replicó Helena, como si estuviera acusando a
Anácrites en persona—. Ensalzamiento egocéntrico…, un insulto para los
dioses. ¿Qué harían los dioses al respecto? —se preguntó entonces.
Inevitablemente, sus oscuros ojos castaños buscaron los míos.
—Enviar a Némesis para que se ocupe de él —respondí.
LXII
Había dos etapas: la búsqueda y la acción. Tal vez hubiera dado a entender
a mis seres queridos que habría otro elemento previo: una reflexión madura.
Pero Petronio y yo prescindimos de ello.
***
Nuestra división del trabajo era sencilla. Ambos efectuamos un
reconocimiento del emplazamiento elegido para el acto, nos convencimos
de que allí nadie nos molestaría e inspeccionamos las rutas de escape.
Identificamos un vertedero, Sabíamos que funcionaría; yo ya había
utilizado uno anteriormente. Petro iba a traer espadas y una palanca para la
boca de la alcantarilla. Yo tenía que encontrar al espía.
Era importante que nadie me viera observando. Eso descartaba llamar a
la puerta del domicilio de Anácrites fingiendo ser un vendedor de
salchichas calientes; el personal de su casa ya me conocía. Peor aún hubiera
sido dejarme ver por el Palatino y preguntar por su paradero al
administrativo del despacho, Fileros, pues permitiría que Momo, el de
mirada reumática, me localizara y se pusiera en contacto con esa víbora de
Laeta. Quizá más adelante todos imaginarían el papel que había
desempeñado, pero podía vivir con la sospecha. Sin embargo, no debía
dejar ningún rastro durante el proceso. No tenía sentido llevar a cabo este
tipo de operación si con ello dejabas nuevos testigos que pudieran ejercer
nueva presión. Queríamos una atmósfera limpia y una vida tranquila, sin
más hostigamiento.
Pasé gran parte del día comprobando sus lugares favoritos conocidos.
Resultó deprimente. Anácrites tenía un gusto lamentable en figones. Vigilé
la casa de mi madre durante una hora más o menos, pero la mujer estaba
agasajando a Aristágoras, el nonagenario con el que se besuqueaba.
Anácrites debía de encontrarse en su despacho, realizando su jornada
habitual. Llegar, trabajar, conspirar, regodearse, marcharse a los baños y a
cenar.
En la hora octava me encaminé a un sitio. No había estado nunca allí,
aunque sí había oído hablar de él en la época en la que Anácrites y yo
trabajamos juntos en el Censo. En aquel entonces me había contado que era
su favorito y yo había almacenado dicha información en una celda vacía de
la mente para su posible utilización algún día. Se trataba de una casa de
baños cara situada en el extremo sur del Circo, en una calle corta y soleada,
cerca del Templo del Sol y de la Luna.
Allí nadie me conocía. El chico del guardarropa me confirmó que
Anácrites estaba dentro. Dije que era un asesor de inversiones fuera de
horas de trabajo y que había quedado en verme con el espía para hablar
sobre la compra de una fábrica de collares para perros en Bitinia. Los
disparates siempre valen la pena. Me dejaron entrar de inmediato.
En aquellos momentos, mi presa no estaba manejando la estrígila en la
sala de vapor; ya había salido de allí y se había retirado a una habitación
con cortinas para experimentar (pero de ninguna manera disfrutar) de las
atenciones de un equipo de higienistas personales. Podía haber esperado a
que saliera, pero era mucho más divertido no hacerlo.
Contaban con un sistema de seguridad diseñado para disuadir a los
curiosos: sencillamente, le decían a todo aquel que escuchara los gritos sin
inmutarse que se largara. La gorila era una enana regordeta con una túnica
blanca corta y ceñida que al mismo tiempo trabajaba de manicura. Me
ofreció arreglarme las cutículas a mitad de precio, pero rechacé la oferta sin
remordimientos.
—No tengo tiempo, preciosa. Me estoy muriendo de ganas de ver a mi
querido y viejo amigo, que está aquí dentro; no te preocupes, siempre me
deja entrar a mirar. ¡No tenemos secretos!
Bueno, hasta ese día, él había tenido éste.

***
Aparté bruscamente un trozo lacio de tela apolillada de color púrpura
que proporcionaba a los clientes una intimidad imaginaria. Yo no me
hubiese colocado en esa posición sin contar con una puerta de roble,
cerraduras de tambor con cinco tumbadores, guardias armados y un perro
de ataque.
Había un par de divanes, uno de ellos ocupado. Le había encontrado y
debía de estar maldiciéndome los huesos. Bueno, lo habría estado haciendo
de no ser porque tenía los dientes apretados con una expresión de gran
sufrimiento.
Cuatro o cinco profesionales con el ceño fruncido por la concentración
se esmeraban con las partes del cuerpo elegidas por el espía. En aquel
momento él estaba despatarrado boca abajo, con las piernas separadas y los
pies hacia mí. Siempre fui consciente de que debía depilarse los brazos y las
piernas. Entonces supe que debajo de la túnica ostentaba un lujo
desagradable. Aunque no llevaba ninguna cuando irrumpí en la estancia.
Estaba desnudo, salvo por una ligera capa de aceite de almendras de la
mejor calidad que cubría todo su cuerpo.
Los depiladores habían segado la alfombra de su torso y defoliado el
pelaje del trasero. En aquellos instantes lo sometían a la parte más dolorosa
de su caro trabajo. Anácrites había contratado el servicio completo. Los
especialistas le estaban haciendo lo que en los círculos de mala fama se
conocía como un «espalda, saco y raja». O al menos eso es lo que me han
contado. A mí no me veríais haciéndomelo.
Lo más probable es que se estuviera muriendo de ganas de que
terminara esa agonía, pero cuando entré en la habitación los que lo atendían
no se detuvieron. Seguramente tenían instrucciones de no parar por nada
mientras el cliente pudiera soportarlo.
—Soy Falco. ¡No…, no hace falta que te muevas ni un centímetro! —
canturreé con alegría—. ¡Esto es demasiado bueno para perdérselo! Me he
pasado muchas horas imaginándome formas ingeniosas de torturarte, pero,
Tiberio Claudio Anácrites, ¡nunca se me ocurrió lo de verter brea caliente
en tus genitales expuestos!
Quienquiera que fuera el que sí lo había pensado y lo había convencido
para hacérselo merecía que le concedieran una diadema radiada.
***
Anácrites dejó escapar un débil grito de mortificación. Le aseguré que
podía tomarse su tiempo, dejar que le pelaran la brea caliente de forma
concienzuda y se aseguraran de arrancar con las pinzas hasta el último pelo
travieso y descarriado. Le dije que no podía soportar verlo, pero que lo
esperaría fuera saboreando un pastelillo de miel glaseado de uno de los
camareros itinerantes de la casa de baños.
—Necesito hablar contigo con urgencia. Si sigues en el caso de
Modesto, lo que tengo que decirte es sobre Nobilis.

***
Salió poco después con aire brioso, fingiendo que no había pasado nada.
Tal vez la vergüenza lo ofuscaba en ese sentido.
Yo tenía en las manos un paquete de pastelillos de miel, que había
decidido que resultarían tranquilizadores. Anuncié que Nobilis había huido
cuando iban a capturarlo en el Lacio (por esto le había pedido a Silvio que
retrasara su informe). Según le dije, Nobilis había regresado andando a
Roma, que era donde lo habían divisado los vigiles con su vista de lince.
Petronio Longo sabía dónde se encontraba y estaba vigilando el lugar;
puesto que el caso era del espía, yo había ido a avisarlo.
—Está escondido. El lugar tiene un aspecto sórdido pero Petronio y yo
estaremos contigo. No hay tiempo para pedir refuerzos; tiene un centenar de
rutas de escape disponibles.
Por supuesto, Anácrites preguntó:
—¿Cómo sé que no estás mintiendo, Falco?
—No lo sabes —repliqué en tono cortante; el viejo truco del doble farol
que nunca falla si tu oponente es vanidoso. Asumir la responsabilidad de si
creerme o no era una decisión ejecutiva arriesgada.
Accedió a venir. No había llevado a ningún guardaespaldas a los baños,
de modo que estábamos él y yo. Le dije que Petro nos había pedido que nos
apresuráramos porque estaba solo de guardia. Así pues, anduvimos por
Roma a paso rápido, sólo una distancia corta. Mientras caminábamos el uno
junto al otro y Anácrites intentaba olvidarse del dolor de sus partes íntimas
(aunque, tal como me alegré de ver, caminaba con mucha dificultad), yo me
permití hacer comparaciones.
Aun cuando mi familia estaba formada por un puñado de irresponsables
deteriorados, para Anácrites los Didios debíamos de ser mil veces mejores y
más felices que la suya: afectuosos, animados, alegres y, bajo toda esa
locura, cariñosos los unos con los otros. Empecé a comprender por qué
Helena siempre había pensado que Anácrites ansiaba ser yo… Lo ansiaba y,
sin embargo, estaba tan celoso que quería destruir lo que yo tenía.
Esto era crucial para entenderlo: el contraste entre mi familia del
Aventino y sus parientes que habitaban en los pantanos. Los suyos habían
terminado aislados y pasando apuros, todos ellos unos delincuentes
insignificantes, algunos corruptos. Los míos podían parecer molestos y
desastrosos, pero en su mayor parte tenían un buen corazón. Eso era gracias
a mi madre, sin duda alguna. Su vida fue una lucha constante, pero ella
siempre se interesó firmemente por sus hijos; demasiado, pensábamos
nosotros, aunque obtuvo resultados. Anácrites, engendrado en medio de una
situación problemática y arrancado de sus raíces, terminó siendo una
persona amoral y sin amistades. A mí me habían proporcionado una ética
tenaz y podía relacionarme con la mayoría de la gente. Él bien podría haber
seguido el mismo camino que los asesinos de sus hermanos…, y quizá lo
hubiera hecho. Yo no podría. Uno de nosotros era, inevitablemente, un
villano; el otro tal vez un héroe.

***
Un laberinto de calles cercanas al Foro era el lugar que Petronio y yo
habíamos elegido. Estaba a punto para ser remodelado por algún emperador
que no reparara en gastos. Tal vez lo hicieran cuando nosotros fuéramos ya
unos ancianos. Nos reunimos con Petronio Longo en el extremo de un
estrecho callejón llamado la calle de la Siesta. Él llevaba el equipo, todo
bien envuelto. Se me ocurrió que aquel callejón era la versión urbana de ese
barranco cercano a Antium. Nosotros dos ya lo conocíamos de antemano y
tenía la misma anchura que la de una carreta. Un carro lleno podía perder su
carga al golpear ésta contra las paredes. A ambos lados se alzaban las
fachadas escarpadas y cerradas con tablas de unos edificios abandonados.
Éstos conformaban la calle a la que se adhería el barro seco, cubierta de
basura allí arrojada y casi demasiado oscura para ver dónde pisabas. En
aquel lugar algunos empresarios ausentes poseían o tenían alquilados
almacenes deteriorados que dejaban vacíos o bien medio llenos de
mercancía robada. En ocasiones los fugitivos sospechosos se refugiaban en
aquellas instalaciones podridas y acordonadas; la mayoría tenían demasiado
miedo y preferían morirse de hambre y que los asaltaran bajo la sombra de
los puentes, donde quizás al final alguien encontrara sus cadáveres.
Todo estaba tranquilo. Era la hora de la cena en Roma. Era un día
magnífico de primeros de septiembre, entre las calendas y las nonas, cuando
todavía duraban las vacaciones escolares; no era un día festivo; era antes de
los Juegos Romanos; no era un solo día negro en el calendario. De hecho,
aquel día no tenía absolutamente nada digno de mención.
Nadie vio a los tres hombres que, tras una breve discusión, se metieron
en la sucia calleja. Eran hombres de buena constitución, hombres capaces,
por lo que todos caminaban con aplomo. Al cabo de unos momentos se oyó
el sonido de una breve refriega manejada con pericia. Siguieron unos sordos
ruidos metálicos, como si alguien hubiera levantado y dejado caer la tapa de
una boca de alcantarilla. La Cloaca Máxima pasaba por debajo de la calzada
llena de rodadas y se llevaba las aguas residuales y las de lluvia hacia el río
Tíber.
Poco después, dos personas volvieron a salir tranquilamente del
callejón. Salieron a la luz de la tarde y caminaron sin prisas, sintiéndose a
gusto en una cómoda amistad. Parecían dos hombres comiendo pastas con
despreocupación y quizás hablando de las carreras. Dos hombres que se
disponían a dejar las calles después de la jornada laboral y que se dirigían a
su casa con sus familias.
LINDSEY DAVIS. Nació en Birmingham en 1949 y estudió Literatura
Inglesa en la Universidad de Oxford. Después de escribir con seudónimo
algunas novelas románticas, saltó a la fama como autora de originales
novelas históricas en las que la fiel reproducción de la vida cotidiana en la
Roma imperial se combinaba con un agudo sentido del humor y unas
perfectas tramas detectivescas. Su más célebre creación, el investigador
privado Marco Didio Falco, la ha convertido en la más popular, leída y
admirada cultivadora de novela histórica, al tiempo que le ha granjeado el
respeto de los lectores de novela negra. La veintena de títulos de la serie
han convertido a Falco en un personaje entrañable para miles de lectores en
todo el mundo y le han valido a la autora la Ellis Peters Historical Dagger
1998, el Premio Author's Club First Novel Award en 1989, el Premio
Sherlock 1999 y el Premio de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza 2009,
entre otros galardones.

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