GERCHUNOFF Y LLACH CAP 9: La democracia y el difícil
gobierno de la economía (1983-1989)
En busca de la república perdida:
El período de transición en Argentina liderado por Raúl Alfonsín desde 1983 marcó un
cambio significativo en la historia política. Hubo un fuerte consenso en torno a las
reglas democráticas y cuándo un gobierno es legítimo, especialmente después de los
fracasos de gobiernos autoritarios.
La derrota en la Guerra de Malvinas debilitó a las Fuerzas Armadas y eliminó la
amenaza de golpes militares. La victoria de Alfonsín se debió a su defensa de los
valores democráticos y la Constitución.
A pesar de desafíos como la hiperinflación en 1989, las instituciones democráticas
sobrevivieron a la transferencia de poder entre diferentes partidos, lo que indicó que la
democracia estaba sólidamente arraigada. El próximo paso para consolidarla era lograr
la transferencia de poder entre presidentes peronistas de diferentes partidos, un hito que
aún no se había alcanzado en la historia argentina.
Raúl Alfonsín fue presidente de Argentina desde 1983 y lideró un periodo de consenso
democrático. Promovió reformas progresistas en educación y cultura, enfrentando la
resistencia de la Iglesia Católica. En cuanto a los derechos humanos tras la dictadura
militar, se intentó separar a los responsables de los crímenes de las Fuerzas Armadas
como institución, pero hubo leyes que limitaron las denuncias contra oficiales de menor
rango.
En el ámbito laboral, se buscó democratizar los sindicatos, pero la influencia del
peronismo lo impidió. A medida que avanzaba su mandato, el gobierno consideró
proyectos como la reelección de Alfonsín y el traslado de la capital a Viedma. Sin
embargo, hacia 1987, quedó claro que el gobierno había sobreestimado su apoyo y que
la situación política y económica había cambiado
Hacia 1987, la inflación se estabilizó en Argentina. El Partido Justicialista (peronismo)
pasó por una crisis después de perder en 1983 y se dividió en "ortodoxos" y
"renovadores". Los renovadores apoyaron al presidente Alfonsín y abogaron por un
peronismo más democrático. La tensión aumentó entre el gobierno y el peronismo. En
las elecciones de 1987, el peronismo ganó en la mayoría de las provincias, debilitando
al partido de Alfonsín. La situación se agravó cuando Carlos Menem emergió como
líder peronista y se convirtió en candidato presidencial en 1988, aprovechando
problemas económicos. La era de Alfonsín terminó anticipadamente en 1989 con la
asunción de Menem como presidente.
El drama de América Latina:
En los años 80, la crisis de la deuda afectó tanto a Argentina como al resto de América
Latina. A pesar de que históricamente Argentina se veía a sí misma como diferente de
sus vecinos latinoamericanos, esta crisis marcó un proceso de "latinoamericanización".
La crisis fue provocada por tasas de interés internacionales elevadas y una deuda
externa inmanejable. Esto llevó a una fuga masiva de capitales y una transferencia de
ingresos al resto del mundo. En resumen, la crisis de la deuda marcó el inicio de una
mayor identificación de Argentina con los desafíos económicos de América Latina, a
pesar de sus diferencias históricas.
En los años 80, América Latina, incluyendo Argentina, enfrentó problemas económicos
debido a la crisis de la deuda. Para superarlos, necesitaban aumentar sus superávits
comerciales, lo que implicaba exportar más y reducir las importaciones. Sin embargo,
esto era complicado debido a restricciones previas en las importaciones esenciales y la
dependencia de productos básicos de exportación. La reducción de las importaciones
afectó el crecimiento económico y provocó la necesidad de recortar el gasto y la
inversión, lo que resultó en un estancamiento económico en la región.
LA DÉCADA PERDIDA:
En la década de los 80, América Latina, incluyendo Argentina, tuvo problemas
económicos debido a la deuda. Esto generó tensiones entre el sector público y privado.
Los gobiernos tenían déficits presupuestarios y recortaron gastos e inversión pública
para equilibrar sus presupuestos. La inflación empeoró la situación. Los gobiernos
intentaron adaptarse a las restricciones, pero esto provocó un ciclo negativo de
inflación, déficit y deterioro económico. Cumplieron con las pautas del Fondo
Monetario Internacional.
En los años 80, no hubo un plan completo para abordar la deuda en América Latina. La
financiación era esporádica y condicionada a medidas de austeridad. Después de una
década de difíciles negociaciones y conflictos, en 1989 se implementó el Plan Brady,
que tuvo éxito porque muchos países habían reducido sus déficits fiscales y mejorado
sus cuentas externas. Además, la región adoptó reformas económicas siguiendo el
Consenso de Washington, incluyendo privatizaciones, apertura de mercados y
desregulación, que finalmente también afectaron a Argentina.
De herencias y condicionamientos:
El gobierno de Alfonsín heredó una economía problemática de los militares en la
década de los 80. La crisis de la deuda causó un fuerte impacto. Los pagos por intereses
y utilidades aumentaron significativamente, y la economía se vio afectada. Para abordar
esta crisis, se tuvo que contraer la inversión y reducir las importaciones. Esto afectó el
crecimiento económico de Argentina, que ya había estado estancado durante mucho
tiempo.
El país también enfrentó un alto déficit público y una inflación creciente. Para financiar
estos problemas, se recurrió al endeudamiento interno y la emisión de dinero, lo que
empeoró la situación. En resumen, Argentina heredó una economía con varios
problemas, incluyendo una crisis de deuda, estancamiento económico, restricciones a
las importaciones, déficit fiscal e inflación. Estos problemas se agudizaron debido a las
políticas de ajuste y las condiciones económicas cambiantes.
Al comenzar su mandato, la economía argentina estaba en una situación precaria, con
problemas estructurales subestimados. El gobierno de Alfonsín inicialmente puso la
política por encima de la economía y evitó fuertes ajustes. Aunque hubo un cambio con
el tiempo, lo que destaca es la firme protección de Alfonsín a la democracia, a menudo
percibiendo amenazas donde no existían. La democracia era su prioridad, incluso si eso
significaba ceder en cuestiones políticas.
Viejas fórmulas, nuevos problemas:
La política económica de Alfonsín pasó por etapas familiares. Al principio, hubo una
administración económica sin un plan claro. Luego, se intentó una estabilización, pero
la inflación y otros problemas empeoraron. El gobierno esperaba replicar las políticas
exitosas de Illia, pero no funcionaron. La inflación se disparó, las directrices de precios
se incumplieron y se tuvieron que hacer aumentos retroactivos de salarios. La economía
entró en recesión. El gobierno también tuvo problemas con los acreedores de la deuda
externa. A pesar de la ayuda de otros países, se necesitó un acuerdo con el Fondo
Monetario. Finalmente, el gobierno cambió su enfoque hacia la lucha contra la
inflación, devaluando la moneda y reduciendo el gasto público. Fue un intento de
controlar la economía, pero no sin desafíos.
Teoría y práctica de una estabilización heterodoxa:
En 1985, Juan Vital Sourrouille se convirtió en el Ministro de Economía, y se dieron
cuenta de que la inflación era un problema serio. Para combatirla, idearon el Plan
Austral. Se enfocaron en cambiar las expectativas de inflación. Si la gente esperaba una
inflación alta, era más probable que ocurriera. Así que intentaron romper este ciclo de
expectativas. Devaluaron la moneda y aumentaron las tarifas para evitar que los precios
subieran demasiado. También negociaron ayuda con Estados Unidos y el Fondo
Monetario. La idea era detener la inflación y restaurar la confianza en la economía.
Esencialmente, querían que la gente creyera que la inflación se mantendría baja para
que no hicieran ajustes de precios y salarios según la inflación pasada.
En 1985, Argentina estaba lidiando con una inflación alta. Para abordar esto,
introdujeron el Plan Austral en junio. El plan fijó una nueva moneda llamada el
"austral" y congeló los precios en casi todos los sectores. También dejaron de imprimir
dinero para financiar el gasto público. El plan fue bien recibido y logró estabilizar la
inflación en los primeros meses. Esto estimuló la demanda y la producción, y ayudó al
gobierno en las elecciones. En general, el Plan Austral se consideró un éxito, pero la
lucha contra la inflación aún no había terminado.
La estabilidad relegada:
En la economía argentina, siempre ha habido problemas graves, como la inflación y la
balanza de pagos. En los años 60, el ministro de Economía Juan Carlos Pugliese dijo
que "el largo plazo no existe" en Argentina. Incluso cuando parecía que el Plan Austral
podría resolver algunos problemas, pronto se dieron cuenta de que no sería tan fácil.
La lucha contra la inflación dominó los tres años previos a las elecciones presidenciales
de 1989, y la economía se deterioró gradualmente. Hubo un dilema sobre si mantener el
congelamiento de precios o flexibilizarlo, ya que ambas opciones tenían riesgos.
La flexibilización provocó conflictos distributivos entre diferentes sectores de la
economía, lo que condujo a aumentos salariales más altos que lo recomendado por el
gobierno. La inflación se convirtió en un problema nuevamente. El gobierno perdió el
enfoque en la lucha contra la inflación y priorizó el crecimiento económico,
abandonando el objetivo de "estabilizar la estabilización" y conformándose con
controlar la inflación.
La política monetaria también se manejó de manera descoordinada, con diferencias
entre el Ministerio de Economía y el Banco Central. Las tasas de interés bajaron, lo que
contribuyó al aumento de la inflación.
Todo esto llevó a un empeoramiento de la situación económica y, finalmente, a la
hiperinflación en 1989.
AUSTRAL, ESTABILIZACIÓN Y DESPUÉS:
La inflación en Argentina tomó por sorpresa a las autoridades económicas a pesar de sus
intentos para controlarla. Probaron varios enfoques, incluso métodos poco
convencionales, pero no tuvieron éxito como el Plan Austral.
La falta de una estrategia clara se debió en parte a la pérdida de credibilidad después de
volver a la alta inflación rápidamente. Hubo cambios en las políticas económicas, pero
no formaron un plan coherente.
La inflación necesitaba una política a largo plazo y controlar la emisión de dinero. Sin
embargo, tuvieron que imprimir dinero para financiar déficits públicos, lo que aumentó
la inflación.
El déficit fiscal tenía causas estructurales no resueltas. Los ajustes basados en la
reducción de salarios y jubilaciones no eran sostenibles. Además, hubo problemas con
los ingresos debido a la caída de los precios de las exportaciones y otros factores.
En resumen, la inflación se volvió incontrolable y el gobierno se dio cuenta de que
necesitaba reformas estructurales para solucionar el problema a largo plazo.
Un Estado sin financiamiento:
El Estado estaba en problemas porque no tenía suficiente dinero. A pesar de algunos
recortes en gastos, el déficit fiscal seguía creciendo. Esto mostraba que algo importante
no estaba funcionando bien en el gobierno. Había muchas cosas que el Estado debía
hacer, como proteger el país, mantener el orden, administrar justicia y brindar servicios
básicos como educación, salud y vivienda.
Además, el Estado tenía un papel cada vez más grande en la economía, ayudando a las
empresas y estimulando la producción privada. Esto costaba mucho dinero, y el Estado
estaba gastando más de lo que tenía. Algunas personas pensaban que era necesario
privatizar empresas estatales y reducir los beneficios fiscales para las empresas privadas
para solucionar el problema financiero del Estado.
En resumen, el Estado no tenía suficiente dinero para hacer todas las cosas que se
esperaba de él, y esto estaba causando problemas financieros. La solución propuesta era
reducir la participación del Estado en la economía y recortar los beneficios fiscales para
las empresas privadas.
El gobierno tenía un problema grave: estaba gastando mucho dinero en ayudar a las
empresas y en beneficios sociales, pero no tenía suficientes ingresos. Dependía de
impuestos a las exportaciones e importaciones y del superávit de la seguridad social,
que se estaban agotando. Intentaron imprimir más dinero y endeudarse, pero esto tenía
límites y causaba inflación.
El gobierno trató de hacer cambios, pero enfrentó desafíos institucionales y políticos.
No tenía un plan claro y carecía del poder necesario. La política económica estaba en
modo defensivo, lo que anticipaba desafíos futuros.
Prolegómenos de una reforma estructural:
En julio de 1987, los ministros de Economía y Obras y Servicios Públicos anunciaron
un conjunto de medidas que se presentaron como el inicio de una reforma integral del
sector público en Argentina. El objetivo era abordar el exceso de funciones del Estado y
la crisis financiera. Se propusieron cambios en el financiamiento de las empresas
públicas, la desregulación en el sector petrolero, la limitación de los regímenes de
promoción industrial y la privatización de empresas estatales como ENTES y
Aerolíneas Argentinas.
Sin embargo, las reformas fueron limitadas en su implementación debido a la falta de
apoyo político y la urgencia de resolver la crisis financiera. El gobierno no tenía un
modelo claro de Estado y se centraba en la estabilización económica a corto plazo. Se
creía que las reformas mejorarían las finanzas públicas en el futuro, pero el tiempo era
escaso.
La apertura económica como medida para combatir la inflación fue propuesta, aunque
su efectividad no estaba clara, y hubo resistencia de las industrias afectadas. Las
restricciones cuantitativas a las importaciones se redujeron, se introdujo un régimen de
admisión temporaria y se otorgó un trato preferencial a las exportaciones agrícolas.
En medio de una crisis financiera y un Estado con demandas insatisfechas, las reformas
se abrieron paso a pesar de los obstáculos y la resistencia. El gobierno de Alfonsín
siguió un camino intermedio entre quienes demandaban cambios más drásticos y
quienes defendían las políticas proteccionistas y el papel financiero del Estado.
Finalmente, una hiperinflación llevó a una reestructuración económica más profunda de
lo previsto.
Hacia el colapso hiperinflacionario:
En 1987, la dialéctica entre las políticas de estabilización a corto plazo y las reformas
estructurales ganaba importancia en Argentina. En octubre de ese año, se anunciaron
congelamientos de precios como parte de un paquete de medidas que incluía reformas
fiscales, financieras y estructurales. Sin embargo, a pesar de cierta disminución
temporal de la inflación, el congelamiento se abandonó al final del año debido a la falta
de progreso en la reducción del déficit.
La falta de control directo sobre la inflación se debió en parte a la legislación laboral
que impedía al gobierno influir en la fijación de salarios, y también a la escasez de
divisas. Argentina había experimentado una caída del 40% en los términos de
intercambio en los primeros cuatro años de gobierno, lo que afectó gravemente la
balanza comercial.
El gobierno reestructuró la deuda con los bancos comerciales en 1987, pero esto
aumentó el pago de intereses al exterior y resultó en una pérdida de reservas. En abril de
1988, Argentina dejó de pagar los servicios de la deuda, lo que la llevó a una moratoria.
Para el gobierno, enfrentar la hiperinflación se volvió una prioridad, ya que no había
caído en ese abismo hasta ese momento. Se implementó el Plan Primavera a fines de
agosto de 1988, que involucraba un acuerdo desindexatorio con las empresas líderes y la
refinanciación forzosa de la deuda interna. El plan buscaba estabilizar la economía a
través del tipo de cambio, pero enfrentó obstáculos debido a la fuga de divisas y la
incertidumbre política antes de las elecciones de 1989.
A pesar de cierta disminución temporal de la inflación, la situación se volvió
insostenible. La fuga hacia el dólar y una falta de confianza en el gobierno llevaron al
colapso del Plan Primavera en febrero de 1989, marcando el inicio de una
hiperinflación. La falta de un sistema de control eficaz sobre los precios y el
endeudamiento interno excesivo contribuyeron a un ciclo inflacionario desenfrenado.
Finalmente, en mayo de 1989, Menem fue elegido presidente con una mayoría absoluta
de votos. La situación económica era caótica, y la nueva administración tuvo la
responsabilidad inmediata de encontrar una salida a la hiperinflación y guiar al país
hacia el crecimiento, una tarea que había sido pospuesta durante mucho tiempo.