BLOQUE 4.
España en la órbita francesa: el reformismo de los
primeros Borbones (1700-1788)
4.1. La Guerra de Sucesión Española y el sistema de Utrecht. Los Pactos de
Familia.
Carlos II fallecía sin descendencia el 1 de noviembre de 1700. En su testamento
había nombrado sucesor a Felipe de Anjou , nieto de Luis XIV de Francia y
bisnieto de Felipe IV, quien fue coronado con el título de Felipe V. Acababa así
la dinastía de los Habsburgo y llegaba al trono español la dinastía de los
Borbones.
Muy pronto, sin embargo, se formó un bando dentro y fuera de España que no
aceptaba al nuevo rey y apoyaba al Archiduque Carlos de Habsburgo.
Comenzaba así la Guerra de Sucesión que tuvo dos escenarios: Europa y
España.
El conflicto tenía una doble perspectiva: El ascenso al trono español de Felipe
V representaba la hegemonía francesa y la temida unión de España y Francia
bajo un mismo monarca, a pesar de que Carlos II había dejado escrito en su
testamento que Felipe de Borbón debía renunciar a sus derechos a la corona de
Francia. Este peligro llevó a Inglaterra y Holanda a apoyar al candidato austriaco,
que, por supuesto, era sustentado por los Habsburgo de Viena. Las diversas
potencias europeas se posicionaron ante el conflicto sucesorio español.
Por otro lado, Felipe V representaba el modelo centralista francés, apoyado en
la Corona de Castilla, mientras que Carlos de Habsburgo personificaba el
modelo foralista, apoyado en la Corona de Aragón y, especialmente, en
Cataluña.
De este modo, Castilla apoyó a Felipe V, aunque algunos miembros de la
nobleza, temerosos de perder sus privilegios, eran partidarios del archiduque.
Por el contrario, Aragón, Valencia y Mallorca se sublevaron contra él.
La guerra terminó con el triunfo de Felipe V. Junto a las victorias militares de
Almansa, Brihuega y Villaviciosa, un acontecimiento internacional fue clave
para entender el desenlace del conflicto: Carlos de Habsburgo heredó en 1711
la corona imperial y se desinteresó de su aspiración a reinar en España. Sus
aliadas, Inglaterra y Holanda, pasaron en ese momento a ver con prevención la
posible unión de España y Austria bajo un mismo monarca.
La guerra concluyó con la firma de los Tratados de Utrecht y Rastatt en 1713,
que estipulaban lo siguiente:
Felipe V era reconocido por las potencias europeas como Rey de
España pero renunciaba a cualquier posible derecho a la corona
francesa.
Los Países Bajos españoles y los territorios italianos (Milán,
Nápoles y Cerdeña) pasaron a Austria. El reino de Saboya se
anexionó la isla de Sicilia.
Inglaterra obtuvo Gibraltar, Menorca y el navío de permiso
(derecho limitado a comerciar con las Indias españolas) y el
asiento de negros (permiso para comerciar con esclavos en las
Indias).
Para la Corona española, la paz supuso grandes pérdidas territoriales y de
prestigio. Sin embargo, la monarquía salió reforzada y se concentró en la
reorganización del gobierno de España y América, con amplios programas de
reformas que dieron unidad y solidez al nuevo estado borbónico.
La transformación de España en una potencia de segundo orden en el contexto europeo
hizo que su política exterior cambiase respecto a la de los dos siglos anteriores. Ya no
había que defender los territorios de la Corona en Europa, pues estos se habían perdido
tras la paz de Utrecht. Durante el siglo XVIII la orientación internacional estuvo presidida
por la alianza con Francia, la antigua enemiga, con la que ahora había vínculos
familiares. Por otro lado, era necesario defender los intereses españoles en América, lo
que la llevaría a enfrentarse a Gran Bretaña.
Felipe V (1700-1746) firmó los dos primeros Pactos de Familia con los Borbones
franceses en 1733 y 1743. Fruto de estos acuerdos fue el acceso de dos hijos del rey a
tronos italianos: el futuro Carlos III fue nombrado rey de Nápoles y Sicilia y su hermano
Felipe fue nombrado duque de Parma. Sin embargo, el objetivo de estos pactos había
sido contrarrestar el peligro de la poderosa flota británica en las colonias americanas y
en este sentido no hubo resultados significativos, por lo que Fernando VI (1746-1759)
adoptó una política exterior más neutral y pacífica. Carlos III (1759-1788) firmó el
Tercer Pacto de Familia en 1761, que llevó a España a participar en varias guerras
junto a Francia contra Gran Bretaña. La derrota británica en la guerra de Independencia
americana permitió a España recuperar por la Paz de Versalles de 1783 Menorca y
Florida.
Durante el reinado de Carlos IV (1788-1808) la política exterior española pasó del
enfrentamiento con la Francia revolucionaria a la alianza con esta nación a partir de
1797, lo que acabó teniendo resultados desastrosos que culminarían con la invasión de
España por el ejército napoleónico, provocando la guerra de la Independencia en 1808.
4.2. La nueva Monarquía Borbónica. Los Decretos de Nueva Planta. Modelo de
Estado y alcance de las reformas.
La llegada de la nueva dinastía borbónica propició importantes cambios en la
estructura del Estado. Estos cambios fueron introducidos esencialmente durante
el reinado de Felipe V (1700-1746). Se implantó en España el absolutismo regio,
según el modelo francés, concentrando el rey en su persona todos los poderes
y ejerciendo un poder absoluto e ilimitado. Los intereses de la dinastía se
identificaron con los del Estado.
La reforma del Estado tuvo como objetivo centralizar el poder e implantar la
uniformidad legal e institucional en los diversos reinos de la Corona española.
En este sentido se adoptaron novedades importantes:
Decretos de Nueva Planta (1707 Aragón y Valencia, 1715
Mallorca, 1716 Cataluña): Abolición de los fueros e instituciones
propias de los reinos de la Corona de Aragón. Se suprimieron los
privilegios fiscales y se implantó un nuevo impuesto que
equiparaba la contribución a la Hacienda de los territorios de la
Corona de Aragón a la de Castilla y se anularon los privilegios
militares, teniendo que prestar catalanes y aragoneses el “servicio
de armas”. Los fueros de las provincias vascas y Navarra se
mantuvieron ya que apoyaron a Felipe V durante la Guerra de
Sucesión
Nuevo modelo de administración territorial, basado en la
siguiente estructura: división del territorio en provincias;
sustitución de los Virreyes por los Capitanes Generales como
gobernadores políticos de las provincias; las Reales Audiencias
se mantienen para las cuestiones judiciales; y siguiendo el
modelo francés, se creó la figura de los Intendentes, funcionarios
encargados de las cuestiones económicas. Finalmente, en los
Ayuntamientos se mantuvieron los cargos de Corregidor,
Alcalde Mayor y Síndicos personeros del común (elegidos por el
pueblo para su defensa)
Los Consejo perdieron su poder, exceptuando el Consejo de
Castilla que se convirtió en el gran órgano asesor del rey. Se
crearon las Secretarías de Despacho (Estado, Guerra, Marina,
Hacienda, Justicia e Indias), antecedentes de los ministerios. En
1787 se estableció la Junta Suprema de Estado, antecedente del
Consejo de Ministros.
Las Cortes castellanas, en las que se integraron las de la Corona
de Aragón, redujeron su papel a la jura del heredero al trono, y se
reunieron en muy pocas ocasiones como Cortes Generales del
Reino.
La nueva dinastía intensificó la política regalista, buscando la
supremacía de la Corona sobre la Iglesia. Las dos medidas
principales fue el establecimiento de un mayor control sobre la
Inquisición y, sobre todo, la expulsión de la Compañía de Jesús
adoptada por Carlos III en 1767.
Hubo intentos no demasiado eficaces de reformar el sistema de
Hacienda. Se trató de unificar y racionalizar el sistema de
impuestos y, para ello, se llevó a cabo el Catastro de Ensenada
en 1749 en la Corona de Castilla. Este Catastro es un censo de
todas las propiedades del reino, muy útil para los historiadores.
Se buscó también la unificación monetaria, estableciéndose el
Real de a dos.
Se implantó la Ley Sálica para regular la sucesión al trono.
4.3. La España del siglo XVIII. Expansión y transformaciones económicas:
agricultura, industria y comercio con América. Causas del despegue económico
de Cataluña.
El siglo XVIII representa una época de estabilidad dentro del Antiguo Régimen y se
corresponde con un ciclo de recuperación demográfica y económica, en contraste con
la crisis del siglo anterior. El ascenso al trono de la nueva dinastía de los Borbones,
supuso cambios importantes en la política, tanto interior como exterior. En el ámbito de
la cultura y el pensamiento, el optimismo y la confianza en el progreso de su tiempo se
materializaron en la Ilustración. También se impuso una reflexión sobre las reformas
que, de forma necesaria y urgente, demandaban la sociedad y la economía.
La agricultura era el sector dominante en la economía española. Casi toda la tierra
cultivada era de secano, con predominio de cereales, vid y olivar. Era una agricultura de
autoconsumo, con frecuentes crisis de subsistencias y especulación con el precio de las
cosechas cuando aumentaba la demanda.
El mayor obstáculo para la modernización del sector era la estructura de la propiedad de
la tierra, puesto que la mayor parte de ella estaba en manos de propietarios que tenían la
propiedad amortizada o vinculada: nobles, Iglesia, concejos, Mesta, … Así, como eran
bienes inmovilizados, sus propietarios no tenían interés en invertir y mejorar la producción.
Es por ello que los ilustrados se preocuparon de poner solución: el Informe sobre la Ley
Agraria, de Jovellanos, incidía en la propiedad de la tierra, la falta de preparación del
campesinado y la escasez de obras públicas como principales obstáculos para el
desarrollo del país.
A pesar de todo, la agricultura española aumentó su producción durante el siglo, sobre
todo en la primera mitad. Nuevas tierras fueron puestas en cultivo a través de la
desecación de pantanos y albuferas (Cataluña y Valencia); y de ambiciosas
construcciones hidráulicas (Canal Imperial de Castilla o Canal de Aragón).
La pobreza de campesinos y trabajadores urbanos impedía que apareciera un mercado
suficientemente grande para promover la industrialización. Tampoco una burguesía
débil y una banca limitada podían impulsar una revolución en la industria. A pesar de
todo, a lo largo del siglo XVIII asistimos a la concentración de la producción en manos
privadas a través de pequeños talleres artesanales que satisfacían la demanda local.
En otras ocasiones el propio Estado intentaba fomentar este sector mediante industrias
– Reales Fábricas - dedicadas al suministro de armas, construcción naval o producción
destinada a los Reales Sitios (tapices, porcelanas, cristales, sedas,).
Sí se desarrolló, en cambio, el comercio con América. Las medidas comerciales trataron
de hacer de los dominios de la Corona un centro exportador de materias primas (tabaco,
café y azúcar) e importador de productos industriales españoles. Para ello se eliminó el
monopolio de Sevilla y Cádiz a favor de otras ciudades y se trasladó la Casa de
Contratación a Cádiz (1717) dando permiso a nuevos puertos españoles para
comerciar con América. También se combatió el contrabando y las intromisiones
comerciales de otros países especialmente del Reino Unido y se utilizó cada vez más el
método de los navíos de registro (barcos aislados más discretos que las flotas). En
cualquier caso, al finalizar el siglo el balance económico era negativo. La plata y las
mercancías cada vez llegaban en menor cantidad a la Península, mientras que lo que
llegaba a las colonias eran, cada vez más, manufacturas europeas, ante la incapacidad
de la industria española de abastecer a los americanos.
La única región en la que apareció un foco de industrialización fue Cataluña, donde a
finales de siglo se desarrollaron las fábricas de indianas (telas de algodón), alrededor
de Barcelona. Fueron consecuencia de la iniciativa privada de empresarios, que
invertían en una producción destinada a la exportación americana. Pero su dependencia
del mercado colonial era excesiva: obtenían el algodón de América y vendían allí sus
manufacturas. Por eso, a finales del siglo XVIII, su producción se hundió cuando el
comercio con América quedó interrumpido ante la incapacidad de la marina española
de romper el bloqueo inglés, a causa de la alianza de España con la Francia
napoleónica.
4.4. Ideas fundamentales de la Ilustración. El despotismo ilustrado: Carlos III.
En Europa el siglo XVIII fue el Siglo de las Luces y de la Ilustración, que defendía la
soberanía de la razón frente a la autoridad y a la revelación. La influencia europea de la
Ilustración, sobre todo francesa, fue decisiva para la aparición de un nutrido colectivo de
intelectuales cuyo principal objetivo era la reforma de la sociedad y la modernización
de la cultura. La plenitud de la Ilustración en España se produjo durante el reinado de
Carlos III (1759-1788), en el que los ilustrados, desde el poder, intentaron reformar
múltiples aspectos: Campomanes. Jovellanos, el conde de Aranda, etc, plantearon la
necesidad de reformar y modernizar la universidad y la enseñanza en general,
modernizar la economía, fomentar el desarrollo técnico y artístico, etc. Por iniciativa
privada y con el apoyo del Estado surgieron las Academias, cuyo objetivo era
uniformizar la cultura a través de una serie de normas: la Real Academia de la Lengua,
de la Historia, de Jurisprudencia o de bellas Artes. Se crearon numerosas instituciones
como museos, bibliotecas, observatorios astronómicos, jardines botánicos... El
ambiente ilustrado favoreció la aparición de los primeros periódicos y revistas, que
facilitaron la difusión de ideas reformadoras. Se consiguieron una larga serie de logros
en la mayor parte de los campos de la ciencia, la cultura y el arte. En Ciencias Naturales
se dio un gran impulso a la aplicación de métodos científicos (Antonio Cavanilles y José
Celestino Mutis). En el mundo de la literatura y el arte se pasó del Barroco al
Neoclasicismo, con atisbos del Romanticismo a finales de siglo. Monumentos
neoclásicos son el Museo del Prado o el Observatorio Astronómico de Madrid. En
pintura hay que destacar a Francisco de Goya, que reflejó la sociedad de su época
desde múltiples facetas: pintor popular, retratista, pintor de Corte o cronista de la guerra
de Independencia.
Pero, a finales de siglo, coincidiendo con el pánico generado por la Revolución
Francesa, el pensamiento ilustrado entró en decadencia, sus principales representantes
fueron apartados del poder, encarcelados o se retractaron de sus ideas.
En política, se puso en práctica una nueva forma de gobierno, el despotismo ilustrado,
mezcla entre el absolutismo monárquico y las nuevas ideas ilustradas. Los reyes no
renunciaban a la concentración de poderes en su persona, pero consideraban que su
finalidad era lograr la felicidad de sus súbditos, eso sí, sin contar con ellos (“todo para
el pueblo, pero sin el pueblo”). El monarca ilustrado intentaba lograr el progreso y la
transformación de la sociedad aplicando las reformas necesarias desde el poder, pero
sin alterar las bases del Antiguo régimen. En España Carlos III (1759-1788), con su
grupo de ministro ilustrados (Esquilache, Campomanes, Aranda y Floridablanca), puso
en marcha su programa reformista:
Regalismo: Conjunto de medidas encaminadas a controlar los asuntos
eclesiásticos (“Patronato Regio”= derecho real a nombrar cargos eclesiásticos;
“Regium Exequator= derecho real a retener los documentos papales; “Recursos
de fuerza”= posibilidad de apelar las decisiones de los tribunales eclesiásticos
ante los tribunales civiles; Limitación de las atribuciones de la Inquisición).
Expulsión de los jesuitas en 1767 acusándoles de haber promovido el motín
de Esquilache (1766).
Reformas económicas:
o Creación de la lotería nacional.
o Emisión de “vales reales”, títulos de la deuda pública con un 4% de
interés anual.
o Creación del Banco de San Carlos, antecedente del Banco de España.
o Roturación de nuevas superficies, aumentando la producción agrícola.
o Liberalización del precio del trigo (1765).
o Limitación de los derechos de la Mesta.
o Repoblaciones en sierra Morena (por ejemplo La Carolina).
o Liberalización del comercio, en perjuicio de los gremios.
o Creación de fábricas reales (Real Fábrica de Porcelanas del Buen
Retiro; Real Fábrica de Cristal de la Granja...)
o Creación de la Sociedad Económica de Amigos del País, para
promover la investigación y el desarrollo técnico.
o Creación de una red de carreteras que comunicara Madrid con las
periferias.
o Modernización y embellecimiento de Madrid: limpieza, alumbrado,
canalizaciones y alcantarillado, fuentes y figuras (Cibeles, por ejemplo),
Jardín Botánico, Gabinete de Ciencias Naturales (actual Museo del
Prado), Observatorio Astronómico….