LAS CRISIS DE
LA DEMOCRACIA
¿adónde pueden llevarnos el desgaste
institucional y la polarización?
adam przeworski
Índice
Prefacio a la edición castellana 9
Prefacio a la primera edición 21
Introducción 25
arte I
P
l pasado: las crisis de la democracia
E
1. Patrones generales 53
2. Algunas historias 63
Alemania, 1928-1933 64
Chile, 1970-1973 75
Francia, 1954-1962 y 1968 86
Estados Unidos, 1964-1976 94
3. L
ecciones de la historia: qué buscar 99
Parte II
El presente: ¿qué está sucediendo?
4. Las señales 105
Erosión de los sistemas de partidos tradicionales 105
El ascenso del populismo de derecha 109
Mengua del apoyo a la democracia en las encuestas 121
8 las crisis de la democracia
5. Causas potenciales 125
La economía: estancamiento del ingreso,
desigualdad y movilidad 125
División: polarización, racismo y hostilidad 135
6. ¿Dónde deben buscarse explicaciones? 145
Cuestiones metodológicas 145
Votar y apoyar a la derecha radical 147
7. ¿Qué puede carecer de precedentes? 155
P
arte III
¿El futuro?
8. El funcionamiento de la democracia 167
Conflictos e instituciones 167
Las elecciones como método para procesar
conflictos 180
El gobierno y la oposición entre elecciones 184
Cómo fracasan las democracias 190
9. La subversión sigilosa 193
Autocratización de la democracia 193
El sigilo 196
Dinámica de la subversión desde arriba 203
¿Podría suceder aquí? 208
10. ¿Qué puede suceder y qué es imposible
que ocurra? 211
Referencias 225
Prefacio a la edición castellana
scribir este prefacio es un ejercicio de humildad. En
E
este libro, por ejemplo, nunca se menciona la A rgentina como
un país donde la democracia podría estar en crisis. Tampoco
contempla las trayectorias de B rasil, Chile o M
éxico durante las
últimas décadas. E l motivo es que cuando escribía el borrador de
la versión en inglés del presente volumen creía firmemente en la
solidez de las instituciones democráticas en esos países. Tanto en
la A rgentina como en B rasil, incluso las crisis políticas más agu-
das se procesaron de conformidad con las normas constituciona-
les. E n la Argentina, ante las crisis de 1989 y 2001 no dejó de
seguirse escrupulosamente lo dispuesto por su Constitución. L o
mismo sucedió con la primera crisis sufrida por la democracia del
Brasil posdictadura militar: el impeachment al presidente F ernando
Collor de M ello, en 1992. E l traspaso del poder del presidente
Fernando H enrique C ardoso al presidente Luiz Inácio L ula da
Silva, en 2003, fue, para mí, prueba de que las instituciones bra-
sileñas pueden soportar en forma pacífica una crisis política de
una magnitud que habría resultado impensable en muchas demo-
cracias como, desde luego, en la de los E stados U
nidos. A la vez,
interpreté el alejamiento pacífico del cargo de M auricio Macri
como una prueba de que la derecha argentina ya no es golpista.
Por último, en Chile y México, a pesar de estallidos ocasionales de
protestas populares, el control del gobierno se alternó pacífica-
mente entre la centroizquierda y la centroderecha.
Lo que no anticipé fue que en varios países latinoamericanos se
intensificarían tan velozmente la polarización política, la erosión
de los partidos de centro y la irrupción de los extremos. Se trata
de los mismos patrones que observé en los países analizados en el
presente volumen. Y son peligrosos para la democracia. E l sistema
10 las crisis de la democracia
democrático funciona correctamente cuando los conflictos que
surgen en una sociedad, sean cuales fueren, se procesan de ma-
nera pacífica dentro del marco institucional, fundamentalmente
mediante el mecanismo de las elecciones. Este mecanismo, sin
embargo, solo obra de forma adecuada cuando lo que está en
juego en las elecciones no es demasiado pequeño, esto es, cuando
los resultados de las elecciones tienen incidencia en las políticas
que procuran implementar los gobiernos y en el bienestar de los
diferentes grupos, ni demasiado grande, lo que equivale a decir:
cuando una derrota electoral no resulta intolerable para los per-
dedores. La polarización política, que tiene raíces profundas en
las divisiones económicas, sociales y culturales, vuelve las derrotas
electorales difíciles de aceptar e induce a los perdedores a orientar
sus acciones fuera del marco de las instituciones representativas.
No es mucho más lo que puedo decir hoy en día, ni siquiera en
retrospectiva. Como el libro expone, intentar dar con las causas de
la erosión de las instituciones y las normas democráticas nos deja
con más preguntas que respuestas. N o debemos creer en los diag-
nósticos que pretenden saber y conocerlo todo. Es más: aunque
los efectos sean similares, las causas pueden no ser las mismas en
diferentes países. P ero no caben dudas de que las instituciones re-
presentativas tradicionales están pasando por una crisis en muchos
países del mundo. E n algunos de ellos, ocupan el poder líderes an-
tiestatistas, prejuiciosos, xenófobos, nacionalistas y autoritarios; en
muchos otros, los partidos de esa calaña siguen logrando avances
electorales en un momento en que gran cantidad de ciudadanos
situados en el centro político ha perdido confianza en los políti-
cos, los partidos y las instituciones. Las denuncias dirigidas a las
instituciones representativas suelen desestimarse por considerár-
selas una manifestación de “populismo”. No obstante, la validez de
las críticas a las instituciones tradicionales es evidente.
Es poco sincero quejarse de esas reacciones y lamentarse, al
mismo tiempo, de la persistente desigualdad. Del siglo XVII en
adelante, las personas situadas en ambos extremos del espectro
político –aquellos para quienes constituía una promesa y aque-
llos que la consideraban una amenaza–creyeron que la demo-
cracia, específicamente el sufragio universal, generaría igualdad
prefacio a la edición castellana 11
en las esferas económica y social. E sa creencia todavía se encuen-
tra consagrada en el caballito de batalla de la economía política
contemporánea: el modelo del votante medio. L a persistencia de
la desigualdad constituye evidencia prima facie de que las institu-
ciones representativas no funcionan como deben, al menos no
como casi todo el mundo creyó que lo harían. Por lo tanto, no
debe sorprendernos el ascenso del “populismo”: el descontento
con las instituciones políticas que reproducen la desigualdad y no
ofrecen alternativas.
La coexistencia del capitalismo y la democracia siempre fue
problemática y endeble. Esa tensión encuentra su mejor carac-
terización en el comentario de M arx acerca de la “Constitución
burguesa” (de F rancia, en 1848):
[Esta Constitución] mediante el sufragio universal, otor-
ga la posición del poder político a las clases cuya esclavitud
social debe eternizar: al proletariado, a los campesinos,
a los pequeños burgueses. Y a la clase cuyo viejo poder
social sanciona, a la burguesía, la priva de las garantías
políticas de este poder. E ncierra la dominación política
de la burguesía en unas condiciones democráticas que
en todo momento […] ponen en peligro los fundamen-
tos mismos de la sociedad burguesa. E xige de los unos
que no avancen, pasando de la emancipación política a
la social; y de los otros que no retrocedan, pasando de la
restauración social a la política (Marx, 1952 [1851]: 62).
o obstante, en algunos países –específicamente, 13–la democracia
N
y el capitalismo coexistieron sin interrupciones durante al menos un
siglo, y en muchos otros países durante períodos más breves, aunque
de todos modos extensos, la mayoría de los cuales continúan en la
actualidad. L os partidos de la clase trabajadora que habían alberga-
do la esperanza de abolir la propiedad privada de los medios de pro-
ducción comprendieron que su objetivo era inviable, aprendieron a
valorar la democracia y a administrar economías capitalistas cuando
les era posible acceder al poder mediante elecciones. Los sindicatos,
también considerados en un inicio una amenaza de muerte para el
12 las crisis de la democracia
capitalismo, aprendieron a moderar sus demandas. L os burgueses
aprendieron a convivir con esas demandas moderadas. El resultado
fue un “compromiso de clase democrático”: los partidos de los tra-
bajadores y los sindicatos consintieron el capitalismo, mientras que
los partidos políticos burgueses y las organizaciones empresariales
aceptaron cierto nivel de redistribución del ingreso. L os gobiernos
aprendieron a organizar ese compromiso: regularon las condicio-
nes laborales, desarrollaron programas de seguro social e igualaron
oportunidades, al tiempo que promovieron la inversión y contra-
rrestaron los ciclos económicos.
Si bien los socialistas aprendieron a vivir con el capitalismo y,
en algunos países, tuvieron un éxito razonable en lo que respecta
a mitigar la desigualdad del ingreso y generar crecimiento, el pro-
yecto político de recaudar impuestos, asegurar los ingresos y brin-
dar servicios sociales llegó a su límite en la década de 1970. E n
Suecia, donde se originó ese proyecto y donde alcanzó su mayor
avance, los socialdemócratas intentaron extenderlo en esa década
otorgando voz a los trabajadores en la organización de la produc-
ción (codeterminación) e introduciendo cierto grado de propie-
dad pública de las empresas (fondos de los asalariados), pero nin-
guna de las reformas llegó lejos. L a ley newtoniana del capitalismo
es que la desigualdad aumenta en forma sostenida a menos que su
crecimiento sea contrarrestado por acciones del gobierno enérgi-
cas y recurrentes. E l proyecto de la S ocialdemocracia consistía en
alimentar las causas de la desigualdad y contrarrestar sus efectos,
pero perdió ímpetu. C onfrontados con la ofensiva neoliberal de
los años ochenta, los partidos de centroizquierda incorporaron
el lenguaje de los llamados trade-off entre igualdad y eficiencia,
redistribución y crecimiento. A medida que la derecha se movió
ideológicamente más hacia la derecha, la izquierda la siguió. L as
políticas de gobiernos de diferentes filiaciones partidarias se vol-
vieron casi imposibles de distinguir: responsabilidad fiscal, flexibi-
lidad del mercado laboral, libre flujo de capitales, debilitamiento
de los sindicatos, reducción de los impuestos a los ingresos eleva-
dos. C omo resultado, la desigualdad persistió donde ya era alta y
se incrementó en forma marcada en muchos países en los que no
era tan profunda. L os subsidios dirigidos a los más pobres mitiga-
prefacio a la edición castellana 13
ron la desigualdad en algunos países, Brasil en particular, pero los
mercados liberados y sin restricciones reprodujeron de manera
incesante la desigualdad de los ingresos percibidos.
Este es el contexto en el cual debemos situar la crisis actual de
las instituciones representativas. L as elecciones rara vez ofrecen
muchas opciones: la mayor parte del tiempo, quien se desempeña
en el cargo de gobierno sigue el mismo paradigma de políticas
que el que seguirían sus opositores derrotados, con no más de
algunas diferencias menores para los electorados particulares.
Pero, una vez más, como consecuencia de la ofensiva neoliberal,
la totalidad del espectro de opciones en materia de políticas se
desplazó hacia la derecha, mientras que el ingreso de cerca de la
mitad de los asalariados siguió estancado en las últimas décadas.
Los individuos aprendieron que votan, los gobiernos cambian y
sus vidas siguen siendo las mismas.
Cuando hace algunos años estudié las elecciones que conduje-
ron a cambios mayores en los paradigmas de políticas con la llega-
da al poder de la socialdemocracia a Suecia, en 1932, y del neolibe-
ralismo en el Reino Unido y los Estados Unidos entre 1979 y 1980,
creí que una condición necesaria para que los votantes dieran su
apoyo a un partido que proponía algo sin precedentes era que ese
partido contara en su haber con antecedentes de responsabilidad,
de haber ocupado cargos en el pasado y de haber actuado como to-
dos los demás partidos cuando eran gobierno (Przeworski, 2014).
Sin embargo, las victorias de B olsonaro y T rump dejaron en evi-
dencia que, cuando los votantes están d esesperados, como los en-
fermos terminales de cáncer dispuestos a buscar cualquier reme-
dio, se aferran a cualquier soga que les lancen, incluso las ofrecidas
por charlatanes que venden soluciones milagrosas. Como le dijo
un conductor de taxi de R ío de J aneiro a un entrevistador: “Uno ve
esta decadencia, esta crisis moral, estos políticos que roban y no ha-
cen nada por nosotros. B usco votar a alguien totalmente nuevo”.1
Cuando las personas no tienen nada que perder, se aferran a todo
1 Véase <[Link]/fulltextarticle/system-failure-
behind-rise jair-bolsonaro>.
14 las crisis de la democracia
tipo de engaños, como curar enfermedades aplicando queso u
obtener oro con metales básicos, como sucedió en la Alemania
de Weimar. “Traer nuevamente al país los puestos de trabajo” –el
eslogan de campaña de Trump–no fue más que eso. También lo
fue el “gobierno limpio, trabajos y armas” de Bolsonaro. Y también
“expulsar a los inmigrantes”, el grito de guerra de los partidos eu-
ropeos de extrema derecha. Esto es lo que no anticipé cuando creí
que sus victorias eran impensables.
La búsqueda de soluciones mágicas no es la única reacción
posible ante el descontento con las instituciones representativas
tradicionales. La otra es el llamado a la “democracia directa”. E l
“populismo” tiene al menos dos variantes: “participativa” y “dele-
gativa”. El populismo participativo es la demanda de autogobier-
no; el populismo delegativo es la demanda de ser gobernado bien
por otros. E n tanto fenómeno político, la primera variante es sa-
ludable pero inconsecuente, mientras que la segunda es peligrosa
para la democracia.
El populismo participativo tiene sus raíces en Rousseau, quien
creía que “el pueblo” –en ese singular tan característico del si-
glo XVIII– debía gobernarse a sí mismo. L a agenda del populis-
mo participativo consiste en reformas institucionales que darían
más potencia a “la voz del pueblo”. A lgunas propuestas retoman
las demandas de los antifederalistas estadounidenses, expresadas
ya en 1789: mandatos breves, limitación de los períodos en los
cargos, revocación de mandatos, reducción de las dietas de los le-
gisladores y limitaciones a la circulación entre los sectores público
y privado. La innovación introducida por Brasil que concitó aten-
ción mundial fue la elaboración participativa del presupuesto. En
los Estados Unidos, las medidas obvias serían elección presiden-
cial directa y delegación del trazado de los distritos electorales,
actualmente en manos de las legislaturas de los estados, a organis-
mos independientes. En Europa, las propuestas van desde las más
tontas, tales como la “democracia por encuestas” defendida por
el partido C inque Stelle, de I talia, a otras que promueven mayor
recurso a los referendos por iniciativa popular, pasando por la
convocatoria de “paralegislaturas” seleccionadas al azar (cuerpos
formados por ciudadanos elegidos aleatoriamente que analicen
prefacio a la edición castellana 15
determinadas propuestas legislativas sin tener la potestad de apro-
bar leyes). D e especial interés es una propuesta que surgió duran-
te las últimas elecciones celebradas en F rancia según la cual los
votantes podrían votar por “ninguno de los anteriores” (voto en
blanco) y en caso de que esos votos lograran una mayoría relativa,
se debería convocar a una nueva elección en la que no podrían
participar ninguno de los candidatos que se hubieran presentado
en el comicio previo. C abe preguntarse a qué habría dado lugar
tal mecanismo en las elecciones presidenciales de 2016 en los
Estados U nidos: con toda probabilidad, ni Trump ni C linton.
No obstante, por justificada que sea la insatisfacción populista
con las instituciones representativas vigentes y por saludable que
puedan ser las diferentes formas de democracia directa, ninguna
de esas medidas es más que un paliativo. P ueden restaurar cierta
confianza en las instituciones democráticas, pero se lanzan con-
tra lo ineludible: el mero hecho de que cada uno de nosotros
debe ser gobernado por otra persona y que ser gobernado implica
políticas y leyes que a algunas personas no les agradan. A lgunas
personas estarían disconformes con cualquier decisión, aun si se
tomaran con la participación completa, igualitaria y efectiva de
los ciudadanos. N o existe cosa tal como “gente” o “pueblo” en
singular, y la gente, en plural, tiene diferentes intereses, valores
y normas. Es más, cabe preguntarse si es verdad que las personas
quieren gobernarse. A lgunas, sin duda, sí, pues de otro modo, no
existirían los políticos, pero ¿ocurre lo mismo con la mayoría o,
incluso, con muchos?
La alternativa a gobernarnos es ser gobernados por otros, pero
ser bien gobernados. Como es evidente, lo que es bueno para al-
gunos puede no serlo para otros. E se es el motivo por el cual la
democracia procesa los conflictos mediante variaciones en el go-
bierno de la mayoría. E l populismo “delegativo” se comprende
mejor dentro del marco de la concepción de democracia ofrecida
por Schumpeter (1942). Los gobiernos son seleccionados por una
mayoría que delega la toma de decisiones en ese gobierno y per-
manece pasiva en los períodos entre elecciones.
En las elecciones, las personas y los pueblos –ahora en plural–
son omnipotentes; entre elecciones, son impotentes. Y así es
16 las crisis de la democracia
como muchos teóricos de la democracia consideraron que debía
ser. Si bien O’Donnell (1994) diagnosticó erradamente esta re-
ducción de la política a las elecciones como una patología lati-
noamericana, “democracia delegativa”, para Madison esa era la
manera en la que el gobierno representativo debía funcionar:
el pueblo no debe tener rol alguno en lo que respecta a gober-
nar. Lippman (1956) insistió en que el deber de los ciudadanos
“es definir quién ocupa el cargo y no dirigir a quien lo ocupe”.
Schumpeter (1942) advirtió a los votantes que “deben compren-
der que, una vez que eligieron a un individuo, la acción política
le compete a él, no a ellos. Esto significa que deben abstenerse de
impartirle instrucciones respecto de qué ha de hacer”.
Aquí acecha el peligro del populismo delegativo. Lo que las
personas desean más intensamente es ser gobernadas por gobier-
nos que consideren competentes, en el sentido de que logren lo
que alguna mayoría quiera, ya sea crecimiento de los ingresos o
algunos valores ideológicos o lo que fuere. I maginemos ahora que
un nuevo gobierno acceda al poder ofreciendo soluciones má-
gicas y denunciando que la implementación de esas soluciones
enfrenta la resistencia de una oposición malintencionada. Para
incrementar su discrecionalidad en la elaboración de políticas, el
Ejecutivo debe desmantelar controles institucionales que se ori-
ginan en el sistema de separación de poderes, los cuerpos legis-
lativos y los tribunales (Acemoglu, Robinson y Torbik, 2013). Al
mismo tiempo, temeroso de la posibilidad de ser removido del
cargo en las siguientes elecciones, el gobierno adopta medidas
orientadas a disminuir la probabilidad de que esa posibilidad se
concrete. Esas medidas pueden incluir cambios en las fórmulas
electorales, rediseño de las circunscripciones electorales, modifi-
cación de los requisitos requeridos para votar, hostigamiento de
partidos opositores, imposición de restricciones a ONG, reduc-
ción de la independencia judicial, recurso a referendos para su-
perar barreras constitucionales, imposición de control partidario
sobre los aparatos de estado, control o intimidación de los medios
de comunicación.
Ahora bien, si los ciudadanos quieren ser bien gobernados, les
debe importar su capacidad futura para remover del cargo a quien
prefacio a la edición castellana 17
lo esté ocupando cuando un contrincante superior aparezca en es-
cena (Luo y P rzeworski, en prensa). P
ero se enfrentan a la necesi-
dad de decidir entre dos alternativas: pueden o bien mantener en
el cargo al actual gobierno competente y perder la capacidad de
removerlo en el futuro o bien proteger esa capacidad volviéndose
en contra del gobierno actual aunque crean que el gobierno que
lo reemplace sería peor. Populismo “delegativo” es la situación en
la que los ciudadanos desean que el gobierno gobierne, incluso
si desmantela las restricciones a sus posibilidades de ser reelecto
y a su discrecionalidad en la formulación de políticas. E l resulta-
do, entonces, es una “autocratización democrática” (o “descon-
solidación”, “erosión”, “desgaste”, “retroceso”): “Un proceso de
decadencia incremental (aunque en última instancia sustancial)
en relación con los tres predicados básicos de la democracia: elec-
ciones competitivas, derechos liberales de expresión y asociación,
y el imperio de la ley” (Ginsburg y Huq, 2018a: 17). Conforme
este proceso avanza, la oposición se va volviendo incapaz de ga-
nar elecciones o de hacerse cargo del gobierno, en caso de ganar,
las instituciones establecidas pierden la capacidad de controlar el
Ejecutivo y las manifestaciones de protesta popular son reprimi-
das por la fuerza. E l populismo delegativo entraña el peligro de
que una mayoría apoya a un gobierno que logra y brinda lo que
la mayoría quiere, pero subvierte las instituciones democráticas.
Para comprender la gravedad que reviste este peligro para la
democracia, debemos poner las lecciones extraídas de las expe-
riencias recientes de “autocratización democrática” en perspec-
tiva histórica. L a mayoría de las democracias, si no todas, a lo
largo de la historia se establecieron como una reacción frente a
un gobierno “despótico”, “tiránico” o “autocrático”. Sus sistemas
institucionales se diseñaron con el fin de impedir que quienes
ocuparan los cargos máximos de gobierno se aferraran a ellos con
independencia del sentir popular o que esos gobernantes adop-
taran medidas que cercenaran las libertades individuales. Los sis-
temas institucionales resultantes mostraron variaciones, pero la
meta general consistió en diseñar un sistema en el cual cada parte
del gobierno deseara impedir la usurpación del poder por cual-
quiera de las otras partes y contara con los medios para hacerlo. E l
18 las crisis de la democracia
padre del constitucionalismo, M ontesquieu (1995 [1748]: 326),
insistió en que: “Para que sea imposible abusar del poder, es nece-
sario que, por la disposición de las cosas, el poder detenga al po-
der”. O bien, como reza un fragmento de M adison (The Federalist,
51) citado a menudo: “La mayor seguridad contra la concentra-
ción gradual de los diversos poderes en un mismo departamento
reside en dotar a los que administran cada departamento de los
medios constitucionales y los móviles personales necesarios para
resistir las invasiones de los demás. […] L
a ambición debe poner-
se en juego para contrarrestar a la ambición”. El efecto de la se-
paración de poderes sería un gobierno “limitado” o “moderado”
(Hamilton, Madison y Jay, 1977 [1788]).
No todos confiaban en que los controles institucionales bas-
tarían para preservar el equilibrio de poder. P ero si esos con-
troles internos habrían de fallar, si un gobierno cometiera ac-
tos flagrantemente anticonstitucionales, el pueblo se alzaría en
una revolución destinada a restaurar el statu quo constitucional.
Montesquieu (1995 [1748]: 19) creyó que, si algún poder lograra
violar las leyes fundamentales, “todo se uniría en su contra”, ha-
bría una revolución “que no cambiaría la forma de gobierno ni su
Constitución: en efecto, las revoluciones determinadas por la liber-
tad no son sino una confirmación de la libertad”. En la misma tradi-
ción, Weingast (1997, 2015) sostuvo que, si un gobierno hubiera de
violar la Constitución ostensiblemente, si quebrantara una “regla
de oro”, los ciudadanos coordinarían sus acciones contra él y, an-
ticipando tal reacción, el gobierno no cometería tales violaciones.
Fearon (2011) consideraba que lo mismo ocurriría si un gobierno
no convocara a elecciones o cometiera un fraude flagrante. P or lo
tanto, la combinación de controles internos y externos volvería las
instituciones democráticas invulnerables frente al “espíritu de po-
der invasor” (Madison, The Federalist, 48): el deseo de los políticos
de perpetuarse en el cargo y de contar con un poder ilimitado.
Esta es la concepción de la democracia que hemos heredado y
esta es la concepción que hoy nos vemos obligados a cuestionar. A
esta altura de los acontecimientos, hemos sido testigos de Turquía
bajo el gobierno del Adalet ve Kalkınma Partisi (AKP, Partido de
la Justicia y el Desarrollo), Venezuela gobernada por Chávez y
prefacio a la edición castellana 19
aduro, H
M ungría bajo el segundo mandato de F idesz, Polonia
y el segundo gobierno del Prawo i Sprawiedliwość (Pis, Ley y Jus-
ticia), la India gobernada por Narendra Modi, Brasil durante la
presidencia de Jair Bolsonaro, así como los Estados U nidos presi-
didos por Donald Trump. La primera lección que extraemos de
estas experiencias es que las instituciones democráticas pueden
no brindar salvaguardas que las protejan de resultar subvertidas
por gobiernos debidamente elegidos que observan normas cons-
titucionales. La desconsolidación de la democracia no requiere,
necesariamente, violaciones de la constitucionalidad. Y los go-
biernos que siguieron el camino de la autocratización gozaron
de apoyo popular sostenido. L a visión optimista de que los ciu-
dadanos resultarían una amenaza efectiva para los gobiernos que
cometan transgresiones contra la democracia y que de ese modo
impedirían que siguieran ese camino carece, lamentablemente,
de fundamentos. Tal visión se basa en el supuesto de que cuando
un gobierno comete ciertos actos que constituyen una amenaza
flagrante para la libertad, que infringen normas constitucionales
o debilitan la democracia, el pueblo se unirá en su contra. S in
embargo, la ciudadanía puede no reaccionar frente a tales vio-
laciones aun a pesar de que las observen o pueden no estar en
condiciones de evaluar sus consecuencias. Y si los ciudadanos no
impiden que el gobierno adopte ciertas series de pasos legales,
puede ser demasiado tarde para impedir que haga lo que desee.
Como los datos que se presentan en las siguientes páginas
muestran, este espectro de las crisis de la democracia está plagado
de incertidumbres y contingencias. L a pregunta respecto de si el
peligro que se le presenta a la democracia es debido a las transfor-
maciones económicas de los últimos cuarenta años o a otros fac-
tores, mayormente culturales, es en extremo difícil de responder
dado el estado actual de la investigación. Y sin duda, los lectores
latinoamericanos se preguntarán cuánto del análisis que se de-
sarrolla a continuación se aplica a sus propios países. C onsidero
que es válido para esa región, aunque con todas las variaciones y
matices necesarios. Pero queda librado al lector decidirlo.
Para concluir, si bien es prematuro calcular las consecuencias
que la invasión a U crania decidida por P utin pueda tener sobre
20 las crisis de la democracia
las democracias, los primeros indicios sugieren que debilitará a
las fuerzas de la derecha radicalizada que sostienen su liderazgo
y simultáneamente se apoyan en él. T ambién es posible que se
reduzcan las campañas de desinformación que realiza R usia en
Europa y en los E stados Unidos. Sin embargo, lo más importante
que cabe esperar es que el ejemplo pavoroso de una dictadura sin
límite sirva como advertencia contra cualquier manipulación de
la democracia.
Prefacio a la primera edición
scribir un libro académico acerca de la actualidad cons-
E
tituye un riesgo. E l período que transcurre entre el momento en
que se redacta el texto y el de su lectura es prolongado, pero mien-
tras tanto la vida política no se detiene. Por eso, buena parte de
la información que se presentará a continuación debe leerse con
la salvedad de que así sucedió “en tal y tal fecha”. Sin embargo, si
un libro tiene algún valor, los argumentos y las conclusiones debe-
rían sobrevivir a los sucesos específicos que pueden haber tenido
lugar entretanto. D igo lo que digo sin gran convicción: el suceso
que me instó a sumergirme de lleno en este volumen fue algo que
jamás anticipé, la victoria de D onald Trump. Sin embargo, en re-
trospectiva creo haber aprendido algo: que las causas de preocu-
pación respecto del estado actual de la democracia en los E stados
Unidos y en algunos países de Europa tienen una profundidad
que supera en mucho los sucesos contingentes. S i Trump hubiera
sido derrotado, muchas personas (yo incluido, desde luego) que
ahora se apuran a escribir libros como este se habrían dedicado a
otras tareas. S in embargo, las condiciones económicas, sociales y
culturales que llevaron a T rump a ocupar la función pública ha-
brían sido las mismas. Al escribir este texto aprendí precisamen-
te eso, que las causas del descontento actual son profundas, que
ningún suceso accidental podría haberlas aliviado y que debemos
preguntarnos qué habría sucedido si Clinton hubiera triunfado,
si el Brexit hubiera perdido y qué ocurrirá si cualquiera de los
gobiernos que hoy en día conducen democracias desarrolladas no
logran mejorar la vida de las personas que votaron por ellos. ¿Qué
ocurrirá entonces? ¿Dónde deberemos buscar soluciones? ¿En las
políticas económicas, en las reformas políticas, en estrategias dis-
cursivas para combatir la fragmentación social y el racismo? N o
22 las crisis de la democracia
hay respuestas a tales preguntas que se me presenten como ob-
vias; por ende, no hay mucho de lo cual pueda tratar de persuadir
a los lectores. T odo lo que puedo hacer es formular preguntas,
estudiar posibilidades e invitarlos a pensar juntos.
Presento aquí un panorama de la situación política actual en el
mundo de las democracias establecidas, lo sitúo en el contexto de
las desventuras pasadas de los regímenes democráticos y reflexio-
no acerca de sus perspectivas. S é que algunos lectores se sentirán
decepcionados por la cantidad de ocasiones en que no arribo a
conclusiones firmes, pero no debemos creer en la avalancha de
escritos que parecen tener todas las respuestas. Entiendo, y com-
parto, la búsqueda de sentido en medio de lo que ocurre a nues-
tro alrededor, así como la necesidad de pensar que seguramente
las diversas coyunturas que nos sorprenden estarán relacionadas
de alguna manera, que todo debe tener una causa. Con todo, es-
tablecer qué cosa causa qué otra cosa y qué es más importante
suele ser muy difícil y, a veces, resulta imposible. E n especial, en
estas épocas tan expuestas a riesgos, antes de decidir cómo actuar
es fundamental saber qué no sabemos. P or tanto, espero alentar
el escepticismo entre quienes lean este libro solo porque les preo-
cupan las alternativas futuras de la democracia. A l mismo tiempo,
espero que los estudiantes de posgrado y mis colegas encuentren
aquí una agenda para la investigación sobre cuestiones técnica-
mente difíciles y políticamente importantes.
La temática del presente volumen atañe a los peligros que ace-
chan a la democracia en la actual situación económica, cultural y
política. Sin embargo, el peligro más grave que enfrentamos no
se relaciona con la democracia sino con la humanidad misma: a
menos que hagamos algo drástico de inmediato, nuestros hijos
perecerán por las elevadas temperaturas o las inundaciones. Si
ese peligro se materializa, todas nuestras preocupaciones respecto
de la democracia serán irrelevantes. Trágicamente, este fantasma
apenas recibe escasa atención política, carencia que se refleja en
las páginas que siguen. Y sin embargo, proyecta una sombra omi-
nosa sobre todo aquello que pueda importarnos.
Algunas personas ya han expresado su visión sobre partes de
este texto, de modo que la actual versión es el producto de co-
prefacio a la primera edición 23
mentarios de Carlos Acuña, José
Antonio Aguilar Rivera,
Jess
Benhabib, Pierre Birnbaum, Bruce Bueno de Mesquita, Z hiyuan
Cui, Daniel Cukierman, Larry Diamond, John Dunn, Joan
Esteban, Roberto G argarella, Stephen Holmes, John Ferejohn,
Joanne Fox-Przeworski, Fernando Limongi, Zhaotian Luo,
Boris M akarenko, Bernard Manin, José María Maravall, Andrei
Melville, Patricio N
avia, Gloria Origgi, Pasquale Pasquino, Molly
Przeworski, John R oemer, Pacho Sánchez-Cuenca, Aleksander
Smolar, Willie Sonnleitner, Milan Svolik, Juan Carlos Torre,
Joshua Tucker, Jerzy J. Wiatr, y tres revisores anónimos. Me siento
particularmente en deuda con John Ferejohn por instarme a revi-
sar el marco analítico.