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JÚPITER

Este documento presenta varias escenas de la obra de teatro Júpiter de Roberto D'Aubuisson. En la primera escena, Blanca y Engracia conversan mientras Blanca cose. Engracia ve al esclavo Júpiter pasar y se ríe. En la segunda escena, Celis llega a casa buscando al padre Delgado. En la tercera escena, Celis habla sobre la revolución. En la cuarta escena, Celis y el padre Delgado discuten sobre la revolución y Celis compra a Júpiter. En

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JÚPITER

Este documento presenta varias escenas de la obra de teatro Júpiter de Roberto D'Aubuisson. En la primera escena, Blanca y Engracia conversan mientras Blanca cose. Engracia ve al esclavo Júpiter pasar y se ríe. En la segunda escena, Celis llega a casa buscando al padre Delgado. En la tercera escena, Celis habla sobre la revolución. En la cuarta escena, Celis y el padre Delgado discuten sobre la revolución y Celis compra a Júpiter. En

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JÚPITER

ESCENA I
Blanca, Engracia. Sala en casa de Celis
Blanca, cosiendo; Engracia, a una ventana.
BLANCA (para sí) —¿Por qué tarda mi padre...?
ENGRACIA (aparte, y viendo hacia la calle)
—Allí está... Si no fuera pecado echarle un poco de agua en la cabeza... [...] Dicen que el amor es
tímido: que cuando los hombres comienzan a pensar en una mujer no quieren confesárselo ni a su
propia almohada... [...] Si la señorita supiese que ha inspirado esta pasión, se pondría furiosísima...
(Se rie.)
BLANCA (cosiendo) —¿De qué te ríes, Engracia?
ENGRACIA —De un negro, que está allí. [...]
BLANCA (signe cosiendo) —Será el del vecino don Juan de Gómez, que se está el rato viendo
pasar la gente... ¡Pobre!, le pegan tanto.
ENGRACIA -No es ese, sino el del padre Dela gado.
BLANCA —En su casa pudo haber estado mi padre. (Va a la ventana.)
ENGRACIA (aparte) —La ha visto y se va rápidamente... [...]
BLANCA —Dicen que es muy listo. El padre Delgado le ha enseñado a leer, escribir y contar.
Ya se ha ido... (*.)
BLANCA (vuelve a su asiento) —Cuánto tarda mi padre... ¿Qué haré para saber lo que le aflige...?
Me viene el deseo de llorar. (Se lleva el pañuelo a los ojos, y después cose.) [...]

ESCENA II
Celis, Blanca
BLANCA —Al fin... Padre, buenas tardes. (Celis no le oye.) No me oye.
CELIS —¿No ha venido a buscarme el padre Delgado?
BLANCA —No, señor.
CELIS (aparte) —¡Oh impaciencia...!
BLANCA —Su esclavo estaba allí.
CELIS —¿Dónde?
BLANCA —En la calle.
CELIS (va a ver) —¡Se marchó! (Aparte.) Debe haber ido a decir al padre que he llegado. El
también está impaciente [...]

ESCENA III
Celis
CELIS —Jorge Washington... Qué grande es Washington... ¡Morir porque haya un pueblo libre que
se llame Centro América! ¡Oh patria!
[...] (Entra Delgado.) Y por cierto, que plan y todo se me han venido de golpe. (Se vuelve) Padre...

ESCENA IV
Celis, el padre Delgado
DELGADO —¿Estás intranquilo, conspirador?
CELIS —He aquí el hombre cuya presencia fortifica mi ánimo. Padre, Rodríguez ha llegado.
DELGADO —No esperaba menos de Juan Manuel. ¿Él solo?
CELIS —Y los Aguilar. [...]
DELGADO —Todos han sido exactos a la cita. ¿Y qué noticias nos traen?
CELIS —Usulután entra en la revolución; Juan Manuel viene de allá.
DELGADO —El padre Nicolás había ido a Zacatecoluca.
CELIS —Que también entra. Y también Chalate-nango. De allá viene Manuel Aguilar.
DELGADO —Y Arce había ido a Metapán. [...]
CELIS —Y Metapán está con nosotros. Me lo ha dicho. En su casa han pasado Rodríguez y los
Aguilar. Comí con ellos.
DELGADO —¿No hay más?
CELIS —No hay más por desgracia.
DELGADO —¿Ni San Miguel?
CELIS —Nada.
DELGADO —¿Ni San Vicente?
CELIS —Menos. El padre Molina agota su elocuencia en el púlpito contra los impíos que quieren
libertar a la patria. Ni Sonsonate ni Santa Ana, nada, no hay más.
DELGADO —¿En qué día se ha convenido para dar el grito?
CELIS —El cinco de noviembre.
DELGADO —El cinco de noviembre...
(Pausa) [...]
CELIS —No es bastante. Tanto más si se piensa que en esas poblaciones, como aquí, los amigos
son unos pocos... El pueblo va a ver como si no lo tocase. La culpa no es suya.
DELGADO —¿Qué pueden hacer los que no piensan como nosotros? El pueblo ignora lo que es la
libertad. Se lo enseñaremos después.
CELIS —Vanidad de sabio. El amor a la libertad está en todos los hombres. /
DELGADO (aparte) —¿Qué dice? Insiste en esa idea. Oye, Celis...
CELIS —Nada de objeciones... ¿Quién dice que hacemos bien no contando con el grueso del
pueblo, si trabajamos para edificar la república?
DELGADO —Yo he intentado algo, Celis. Se me ha preguntado que si se trataba de la religión. No,
he respondido: se trata de la libertad; pues bien, el pueblo no ha entendido. Hay quien le miente
nosotros no debemos hacerlo.
CELIS —No, pero hemos intentado llegar a nuestra victoria por otros medios. Véndeme a Júpiter.
Voy a valerme de Júpiter…
DELGADO —¿Qué dices...? (Pensativo) Tienes buen ojo, pero... Es inútil, doctor...
CELIS —¿Por qué? No mides la intención con que obro.
DELGADO —Júpiter, allí donde le ves, es más realista que Fernando VII.
CELIS —¿Quién? ¡El esclavo!
DELGADO —Júpiter, sí.
CELIS —¿Cómo puede ser?
DELGADO —Tal como lo oyes. Lo compré cuando era pequeñuelo. Por lástima. Un tal Sarracena
de Metapán era el amo: un aficionado a la fábula, tal vez, sabes que le llamó Júpiter. [...]
CELIS —Con todo, ese esclavo es un hombre.
DELGADO —"...El tostado africano es un hombre, es tu imagen, es mi hermano" ¡Admirable poeta
es Meléndez.
CELIS —Oye, padre. Precisamente, hoy que me dices eso de tu esclavo, siento más vivo deseo de
hablar con él.
DELGADO —Cuidado, amigo mío. ¿Respondes, a pesar de todo, de que no va a perdernos?
CELIS —Tengo fe en la libertad.
DELGADO —Es preciso saberla entender. ¿Te comprometes? Nos va la vida. Una palabra tuya
puede costarnos la cabeza. [...]
CELIS — Como sea. Véndeme tu esclavo. (Delgado le pone la mano al pecho bondadosamente)
DELGADO —Yo no vendo hombres, soñador... Le enviaré a ti con una condición: cuando pida la
libertad, se la das.
CELIS —Para hacerle hombre libre lo quiero. Hoy me lo envías. A otra cosa. El señor intendente,
¿no habrá traslucido algo...? [...]

ESCENA V
Celis, Blanca
BLANCA—¿Estás solo? Se ha ido el padre.
CELIS—Sí, Blanca. ¿Qué querías?-- (Blanca, se aleja triste) -- ¿Qué tienes, hija mía?
BLanca—Hace días que estás pensativo y triste yo que sufres en secreto de seguro
CELIS—Te engañas, Blanca.
BLANCA—¿Acaso hago mal en hablarte así? Pero oye, me hace sufrir de tal modo tu aflicción...
Dime, padre, ¿vamos a separarnos acaso?
Dímelo todo. Yo tendré fuerzas para no aumentar tu dolor.
CELIS--(Aparte). ¿Qué dice esta niña?... ¡Oh sueños de libertad!... Es tiempo de volver atrás...
BLANCA--¡Dime, dime qué es! (Celis luce pensativo)—No hablas, no me respondes... Oh, es
cierto... es cierto. (Rompe a llorar). ¡Dios mío!
CELIS—(Aparte). Es preciso que ella no sospeche nada. ¿Qué hacer?
BLANCA-- Tu silencio indica que sufres...
CELIS--Tengo un cuidado, Blanca... Pero... Sí, ciertamente, algo debe inquietarle a un padre la
suerte de su hija...
BLANCA—¿La mía? No te entiendo, padre.
CELIS--Sí, un noble señor de Guatemala te pide por esposa.
BLANCA---¿A mí?
CELIS—A ti... Cuentas diez y ocho años, no cumplidos, mas pienso que serás tú quien resuelva este
asunto.
BLANCA--¿Un noble señor de Guatemala?, ¿Quién?
CELIS--(Con resentimiento. Aparte). ¡Ah! Va a dejarme: ella también me desgarra el corazón.
(Con esfuerzo). Míralo esta es la carta en que piden tu mano. Tú dirás qué contesto.
BLANCA
—No sé leer carta, padre. (Toma la carta).
CELIS--Quédate aquí. Va a llegar un esclavo. Cuando entre, le pides que te la lea. Es un negro que
sabe leer. Voy a mi escritorio. Luego vuelvo.

ESCENA VII
Blanca, Júpiter
JÚPITER —¿Qué es lo que pasa por mí...? Juro a Dios que antes quisiera que se abriese a mis pies
el suelo, que estar en presencia de esta blanca y divina mujer.
BLANCA —Entra, esclavo (El obedece). Toma y lee esta carta. [...]
JUPITER Esto es para nu incomprensible y es además horrible. Esta niña habrá penetrado hasta el
fondo de mi alma y quiere burlarse de mi humillación dándome a leer esta carta del hombre a quien
va a pertenecer? [...]
BLANCA —¿Qué será? Lee, esclavo.
JÚPITER —Esta carta... (Distraído.) Es de don Javier de Beltranena: pide la mano de la señorita
Blanca para su hijo, el coronel don Fermín. [...]
BLANCA —No me gusta el nombre: Fermin
[...] ¿Qué le pasa a este esclavo?
JUPITER — [...] Han sorprendido el secreto de mi corazón infeliz... Quizá su padre, antes de
ponerme en la picota, me entrega al candor de su hija para que con él me esté despedazando y gozar
en mi horrible oprobio [...]
BLANCA (Levantándose y como aterrorizada dice en voz alta y hablando consigo.) — Está ebrio.

ESCENA IX
Celis, Júpiter
(Celis se pasea pensativo; Júpiter aguarda)
JÚPITER —[...] Me va hacer dar azotes... Yo he visto cómo lo hacen con mis iguales... [...]
CELIS —Esclavo, desde hoy cambias de dueño.
(Celis se queda de mero pensativo.)
JÚPITER —Vendido (Aparte.) ¡El padre Delgado me ha vendido! [...] —¿Y por qué me habéis
comprado? (Celis se muelve.)
CELIS —Creo que alzas la voz, Júpiter. ¡Magnifico! Vas a oirme. Siéntate... (Se sienta.)
JUPITER —¿Yo? ¿Os burláis, señor? (Permanece de pie.)
CELIS —Yo soy el amo y mando que te sientes delante de mí..., así.
JUPITER —Esto me desconcierta. (Se sienta.)
CELIS —Mando que te sientes delante de mí porque eres hombre como yo y porque somos iguales.
Sin embargo, por un puñado de dinero cualquiera puedo adquirirte, azotarte. No eres nadie: te
llaman Júpiter, es decir, llevas un nombre de perro, a menos que sea el de un dios... y para ser un
dios es preciso poseer en absoluto la libertad.. Todo en ti, pues, viene a ser irrisión y miseria. Jupiter
se levanta.)
JÚPITER —Señor, si estáis ofendido, decid cuál es vuestro designio, y yo evitaré mi infamia y os
satisfaré con mi muerte, antes que me dirijáis vuestras burlas sangrientas...
CELIS —¿Yo burlarme de ti? ¿Con qué derecho?
¡No, por Cristo vivo! Por el contrario, ¿qué harías si yo te pidiese que vayas a hablar a los esclavos,
artesanos y jornaleros de San Salvador del modo que yo te hablo ahora? ¿Que les infundieses, como
yo a ti, vergüenza de su esclavitud; que les dieses armas para acabar con el gobierno de la Colonia y
para ser todos iguales y libres...? [...]
JUPITER (Aparte) —Todo es confusión en mí, mas advierto que se me habla de rebelión contra el
Rey... ¿Cabrán en este hombre extraño tan infames propósitos?
CELIS —Es preciso que sepas que Guatemala para tiranizarnos se vale de monseñor Casaus; pues
bien, a un tiempo Centro América se libertaría del más miserable de los reyes, de Fernando [...]
JÚPITER —¡Oh!, es un impio: mi deber es denunciarle... Pero esto es imposible; ¿si habré oído
mal?
CELIS —¡Responde, Júpiter!
JÚPITER —Señor, he creído no entenderos: ¿se trata de combatir contra el rey y el arzobispo?
CELIS —Sí, todos seremos libres. Ni tú estarás bajo mis pies ni yo tendré a nadie sobre mi cabeza;
¿oyes? ¡Piénsalo!
JUPITER (Aparte) —Creo que ha hablado bastante claro: voy de aquí al intendente a denunciarle...
¿Por qué intenta corromperme y condenarme? Sin duda es cruel y malvado. (Blanca se detiene a la
puerta) Ella... ¡Oh ángel! Siento por ella compasión y me viene el firme propósito de libertarla de
ese monstruo.

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