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La Radio Revista Magazine

El documento describe las características de un magazine de radio. Un magazine es un programa de variados contenidos con un tono distendido que suele durar más de una hora. Normalmente está presentado por una o dos personas y puede incluir secciones sobre actualidad, cultura, deportes u otros temas. Los magazines buscan entretener a la audiencia de una manera amena y dinámica usando diferentes géneros y estilos.
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La Radio Revista Magazine

El documento describe las características de un magazine de radio. Un magazine es un programa de variados contenidos con un tono distendido que suele durar más de una hora. Normalmente está presentado por una o dos personas y puede incluir secciones sobre actualidad, cultura, deportes u otros temas. Los magazines buscan entretener a la audiencia de una manera amena y dinámica usando diferentes géneros y estilos.
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MAGAZINE (Magacín)

Es un programa de contenidos variados y tono más distendido. Es


esencial la figura de un presentador que, de unidad al programa, que suele
durar más de una hora. El magacín puede estar basado en la actualidad, la
cultura, el deporte, y tiene un tono más desenfadado que los informativos.
Actualmente predominan los magacines contenedores, que a pesar de estar
basados (en buena parte) por la actualidad, contienen pinceladas de multitud de
temas no vinculados con la actualidad. En el magacín caben todo tipo de
géneros, pero predominan los debates, la participación de la audiencia e incluso
los reportajes. En Onda Puerto Radio pretendemos basar nuestro magazín en la
divulgación y en la actualidad, pero para definirlo, podríamos decir que se
asemeja bastante a un magacín contenedor. Un magazín tampoco es como un
programa especializado o monográfico. La diferencia fundamental respecto a
los monográficos es que en el magacín participan muchas más personas y se
tratan muchos más temas, además de su duración superior.
Los magacines (que suele agrupar la mayor audiencia en radio) semanales
deben tener secciones distintas en cada día. Es habitual que los oyentes
aprecien especialmente alguna sección en especial. La música debe utilizarse
como elemento dinamizador y unificador, nunca como relleno de tiempo, pues
puede hacer que la audiencia abandone nuestro espacio.
El tipo de magacín contenedor y su prolongada duración a lo largo del día y de
los días de la semana, crea una especie de «star system» (conjunto de famosos)
de los conductores de estos espacios. Los presentadores se convierten en
famosos y en líderes de opinión.

EL MAGAZINE
Es una mezcla de todos los formatos que hemos visto.

Entre sus características:

EL TIEMPO: (Duración y periodicidad): La más común es una hora, aunque puede variar y ser de más. Normalmente
son diarios o semanales.

LOS CONDUCTORES: Puede ser una persona, pero se estima que lo ideal sean dos personas, un hombre y una
mujer.

EL TEMA o LAS SECCIONES:

TEMA: un tema sobre el que gira todo el programa y que le da unidad al mismo. Si dura una hora o más
podemos tocar varios temas, pero siempre es bueno que estén relacionados con el central.

El magazine podría ser:

1.- Introducción 2.- Tema central 3.- Tema secundario (relacionado con el central y de menor duración) 4.-
Cajón de sastre (ej. Cartas de oyentes, opiniones, reclamos, dedicatorias, etc.) 5.- Despedida.
SECCIONES: podríamos dividir el magazine en secciones que no tienen porqué estar relacionadas unas con
otras.

El magazine podría ser:

1.- Presentación 2.- Sección “EN LO HONDO” (entrevista o reportaje para profundizar sobre un determinado
tema) (Tema principal) 3.- Sección “conozcamos el SUR” (Otro tema o tema secundario) 4.- Noticias desde
las Misiones 5.- Radiodrama unitario “Un día cotidiano” 6.- Sección “La audiencia habla” 7.- Despedida.

PRÁCTICA:

1.- DISEÑAR NUESTRO PROGRAMA.


2.- PUESTA EN COMÚN
3.- ELEGIR UNO Y REPARTIR EL TRABAJO PARA GRABARLO EN LA ÚLTIMA SESIÓN DEL TALLER.

...Y POR ÚLTIMO: LA EVALUACIÓN


Una vez que hemos empezado a producir nuestro programa de radio, tenemos que evaluarlo de forma
continua.

La evaluación la podemos hacer teniendo en cuenta los siguientes criterios:

1.- OBJETIVO: ¿se ajusta el programa al objetivo propuesto en el proyecto?


2.- CONTENIDOS: ¿están bien ordenados? ¿son relevantes? ¿son adecuados al nivel de los oyentes destinatarios?
¿están transmitidos con claridad?
3.- AMBIENTACIÓN: ¿hay equilibrio entre información y entretenimiento? ¿hay equilibrio entre música y contenido?
¿la música y los efectos de sonido están en sintonía con los contenidos?
4.- CALIDAD TÉCNICA: ¿la señal sale con un nivel uniforme y audible? ¿hay un uso correcto de los planos sonoros?
¿están bien hechos los fundidos, las ráfagas, las cortinas, etc.? ¿cómo es la coordinación entre técnico y locutor?
5.- LOCUCIÓN: ¿el lenguaje es adecuado? ¿la locución es clara y natural (vocalización/dicción)? ¿hay lectura
conversada (interpretación)? ¿cómo es la coordinación entre locutores?
6.- PARTICIPACIÓN DE LOS OYENTES: ¿permite nuestro programa la comunicación horizontal y la participación de los
que nos escuchan?

¿Y las revistas?

Algunos clasifican las radiorevistas o magazines como un cuarto género de la


producción radiofónica. Un género tan importante y ostentoso que ocupa, a
menudo, espacios de tres, cuatro y más horas de programación.
Pero si las miramos de cerca, las revistas se arman, en definitiva, con música,
informaciones y dramatizados, recombinando de diferentes maneras estos tres
géneros básicos. La revista no es un nuevo género, sino un contenedor donde
todo cabe, un ómnibus donde suben formatos de todos los géneros.
Hablaremos con más detalle de las revistas en el capítulo IX.
Siempre me gustó el café. Y como tenía mi programa a las 5:45 de la mañana,
entraba a cabina con mi tacita humeante. Me sentaba y comenzaba a hablarles
de Dios o del matrimonio a los campesinos del Cibao.
Una de tantas madrugadas, se me ocurrió compartirlo con la audiencia.
—¿Ya se tomaron su cafecito?… No sé ustedes, pero yo aquí tengo el mío, bien
caliente, pa’ matar cualquier bostezo que de rondando… —hice sonar la
cucharilla, el plato y el sorbo de café—. ¡A buen tiempo! A partir de entonces,
nunca más compré café. Me lo mandaban los oyentes, venían a la radio a
regalarme una librita. A veces, traían el termo y las tazas para tomarlo juntos,
ahí en la emisora. Y luego, cuando salía a visitar las comunidades, lo primero
que me comentaban era el cafecito mañanero. —Me río tanto cuando usted
dice eso… Yo no entendía dónde estaba la gracia. Pero agradecía con
entusiasmo el nuevo pertrecho de granos bien tostados, café con aroma de
radio. —Es que, a esa misma hora, yo estoy colando el mío. La risa era de
complicidad. Los oyentes sentían que el locutor no era un extraterrestre, que
tenía el mismo paladar que ellos, que saboreaba algo tan central en la cultura
dominicana como es el café. Con café uno se levanta y se acuesta, el café
acompaña las comidas, el café da fuerzas en el trabajo y rompe la timidez de los
enamorados, con café se reciben las visitas y se despiden los muertos. El
café atraviesa toda la vida del campesino cibaeño. Entonces, si a la emisora le
gusta el café, a mí me gusta la emisora.
Antes que el programa —Despertar del Cristiano se llamaba—, mucho antes que
mis consejos matrimoniales o mis sermones camuflados, a ellos y a ellas les
interesaba tomar café conmigo en esa intimidad mágica que permite la radio,
especialmente cuando todavía es de noche y comienza a amanecer. Lo primero
es lo primero. Lo primero es la amistad.

De todo y para todos

Una amiga, una comadre, entra en tu casa con toda la confianza del mundo,
saluda, va hasta la cocina, se sienta en el viejo taburete.—¿Qué hay de nuevo,
comadre? —pregunta la vecina. —¡Muchas cosas! Imagínese que…
Y comienzan las dos mujeres a conversar sobre precios y accidentes, sobre un
remedio nuevo para la jaqueca, sobre la juventud de ahora que no obedece,
sobre lo que dicen que dijo el gobernador… Están pasando revista a lo ocurrido
últimamente en el barrio, hojeando la vida de la comunidad. Ninguna situación
más cercana al formato que trabajaremos en este capítulo, el más natural y
cotidiano de todos, la radiorevista. También se la conoce como magazine. Igual
que la comadre, llega a buena hora, entra en nuestra casa, se mete hasta el
patio. Su primer objetivo —antes que ningún otro— es hacernos pasar un
buen rato, entretenernos. Más allá de cualquier norma técnica, los conductores
de una radiorevista se relacionarán con sus oyentes con la misma gratuidad con
que se visitan los amigos y amigas. Previo a saludables intenciones educativas o
informativas, se trata de entablar una conversación amena que nos haga más
llevadera la jornada. Charlar es el deporte que cuenta con más aficionados en
todas las culturas y latitudes. La revista, como ya dijimos, no constituye un
cuarto género de la producción radiofónica. Más bien, es un formato amplio,
híbrido, capaz de englobar a los demás. Todo cabe en la revista, todos los
géneros y subgéneros pueden trabajarse en su estructura. Y todos caben,
cualquier oyente puede engancharse en su ruta. Por eso, también se la conoce
como programa ómnibus, un transporte público que se detiene en muchas
estaciones y donde suben los más variados pasajeros. La buena dirección
del conjunto la asegura el chofer de la revista, quien conduce el programa.
Muchas revistas segmentan sus públicos. Según los destinatarios, podemos
hablar de revistas infantiles, de mujeres, de jóvenes, de migrantes, dirigidas a
grupos sindicales, a comunidades cristianas, para los sacrificados madrugadores
o para los contumaces trasnochadores. Es bueno aclarar que la segmentación
no significa excluir otras posibles audiencias, sino priorizar un sector sobre
otros. También podemos especializar los contenidos. Hablaremos, entonces, de
revistas informativas, deportivas, musicales, educativas, religiosas, culturales… Y
dentro de cualquiera de éstas, podemos enfocar aún más el lente: una revista
musical sobre rock, una educativa sobre derechos humanos, una informativa
internacional, una cultural sobre actualidad cinematográfica, y así. En las
páginas siguientes, me referiré, sin embargo, a la más común de las revistas, la
de miscelánea o transporte público, la de todo y para todos. Sus posibilidades,
su modo de producción, resultan igualmente válidos para las revistas
especializadas.
¿Cuánto tiempo, cuántas veces?

La tendencia del formato ha sido ir ganando en extensión. Se arman espacios de


tres, cuatro y más horas. Algunas emisoras dividen su programación en cuatro
grandes revistones que corresponden a los cuatro bloques fundamentales del
día (mañana, tarde, noche y madrugada). Abundan también las revistas de
mediano tamaño, de una o dos horas de duración. No tienen una dinámica muy
diferente a las anteriores, es sólo cuestión de más o menos tiempo, de menos o
más secciones. Y sobre todo, de aguante de los conductores.
Y están las revistas que podríamos llamar compactas, oscilando entre los 15 y
los 30 minutos de duración. Por su brevedad, requieren un diseño más
estructurado, que aproveche al máximo los recursos y logre la variedad no tanto
al interior de un solo programa, sino a lo largo de muchas
emisiones. En cuanto a la frecuencia, sigue vigente un antiguo criterio de
programación: mejor 3 minutos al día que 30 a la semana. La razón es simple: el
programa diario crea el hábito. Los conductores —igual que la comadre que
visita— entran a formar parte de la familia, se convierten en amigos y amigas
que, a diario, se acercan a platicar con nosotros, que siempre están ahí, al
alcance del botón del receptor. La revista semanal es muy utilizada, sobre todo,
por colaboradores de la emisora que no tienen
tiempo para más: grupos de jóvenes, de vecinos, de defensa del consumidor,
mujeres organizadas, comunidades religiosas, ecologistas… La opción de
espacios semanales no es mala, por supuesto. Podríamos ubicarlos en sábados o
domingos. Estos programas deben ofrecer un menú especialmente
atractivo, igual que cuando uno sale a comer fuera de casa el fin de semana.
Otra posibilidad es pautar la revista los lunes, miércoles y viernes. O dos veces
por semana, los martes y jueves. Lo riesgoso de esta fórmula es que muchos
oyentes —tal vez usted mismo—sintonizan el jueves creyendo que es miércoles
y al revés. ¿No será mejor decidirse a media hora diaria que a una
hora cada dos días? Pensar en revistas quincenales o mensuales es perder un
poco el tiempo. Difícilmente un programa tan espaciado logrará sostener su
audiencia.
La magia del conductor

O de la conductora. O de ambos. Porque todas las combinaciones salen bien si


quienes animan la revista tienen carisma. Carisma significa gracia. Significa
duende, chispa, jale, magnetismo, salero, gancho, swing, pilas, pegada, espuma,
mil sinónimos para expresar la principal cualidad que se espera de un
presentador o presentadora de revistas: la capacidad de conectarse con el
oyente, de cautivarlo. No es tan fácil encontrar personas con ese don de
comunicarse. Es un talento, se nace con él. También se entrena, es cierto. Hay
dinámicas para aprender a hablar bonito, para desarrollar la picardía y el
ingenio. Pero tiene que haber una base natural, una ebullición de sangre. A
quien parieron soso, soso lo entierran. En una revista breve, digamos de 15
minutos o media hora, un conductor de poco brillo puede funcionar. Su menor
liderazgo ante el micrófono tal vez pase desapercibido entre las secciones del
programa. Pero en revistas largas, si el conductor falla, todo se viene abajo. No
hay música ni recurso que lo sostenga. Hay quienes confían demasiado en su
locuacidad, en su capacidad comunicativa, y todo lo improvisan. Peor aún,
entran a cabina dispersos, pensando en pajaritos, y no logran imaginar al
oyente, sentirlo. Tampoco el oyente los siente a ellos. El resultado es una
conducción fría, desinteresada, con muchas palabras tal vez, pero con poca
energía. A la cara se la enmascara, a la lengua no. Uno se da cuenta
perfectamente cuándo la visita está por compromiso o si realmente tiene ganas
de conversar. El falso entusiasmo se disimula un par de minutos, no más.
Lo que pasa es que el tono vital, el termómetro del corazón, no anda siempre
con los mismos grados. En eso radica, precisamente, la primera profesionalidad
de los conductores, en su capacidad de recuperación emocional rápida. Aunque
el conductor no está representando un personaje, tiene que meterse en
situación igual que un actor, tiene que posesionarse de sí mismo, sentir deseos
de hablar. De no ser así, las palabras, desganadas, no llegarán muy lejos.
¿Cuántos conductores para una radiorevista? Hay una poderosa razón para
trabajar con uno: la dificultad de encontrar dos. Ante el micrófono, también vale
aquello de mejor solo que mal acompañado.Y es que si la pareja no está bien
acoplada, si no juegan en igualdad de condiciones, el resultado será
contraproducente. Sobra recordar esos magazines conducidos por un vivo y un
bobo, o un vivo y una boba, que suele ser la combinación más frecuente.
Ahora bien, si podemos contar con dos buenos animadores, tan dinámicos
como balanceados, multiplicaremos las posibilidades comunicativas de la
revista. Por la variedad de voces, sí, pero por algo más decisivo aún: la
posibilidad de dialogar entre ellos, de contrapuntearse las opiniones. Hasta
un chiste sale más gracioso con alguien delante. ¿Quién se reirá solito, frente al
frío cristal de la cabina y el rostro impávido del operador? Entre dos, las
emociones afloran más fácilmente. Los conductores pueden ser dos hombres o
dos mujeres. Sin embargo, en la mayoría de los casos, frente a una pareja de
iguales, el oyente sentirá preferencia de uno sobre el otro. Por el contrario, en
la combinación de mujer y hombre se da una complementación más natural y la
audiencia puede identificarse con ambos, con la pareja en su conjunto. Además,
contrasta mejor una voz femenina y una masculina.
En cuanto a la fórmula de tres conductores, a primera vista más dinámica,
probablemente resultará más confusa. La experiencia enseña que uno de los
tres acaba marginado, en la esquina del triángulo. ¿Será que el menage à trois,
el matrimonio de tres, tampoco funciona en estos terrenos? Si disponemos de
una tercera voz fija, más que meterla en la conducción, podríamos reservarla
para una sección especial, para entrevistar o reportar, para leer las cartas o
realizar dentro de la revista otros muchos formatos que necesitan una
animación específica.

La pareja radiofónica
La pareja radiofónica vive problemas muy semejantes a los de las parejas en la
vida real. En primer lugar, hace falta un tiempo de conocerse, de saber cómo
reacciona el otro, cuándo habla, cuándo calla. Al poco tiempo de conducir
juntos un programa, suelen darse comportamientos autoritarios de uno hacia el
otro. O dependencias. O competencias para ver quién sobresale. Abunda el
machismo radiofónico. Salta a la oreja cuando un conductor está acaparando el
micrófono y no deja hablar a la conductora. Ésta se limita a repetir con otras
palabras lo que ha dicho el Gran Jefe, pequeñas intervenciones para
confirmarlo. Hace de eco.
CONDUCTOR Hoy hablaremos del reciente aumento de la gasolina…
CONDUCTORA Sí, la gasolina ha subido en estos días…
CONDUCTOR La gasolina que antes estaba a 40, hay que pagarla
ahora a 60.
CONDUCTORA Antes a 40, ahora a 60… ¡una barbaridad!
CONDUCTOR No es una barbaridad, Laurita, es una tremenda
injusticia.
CONDUCTORA Claro, es muy injusta un alza así porque…
CONDUCTOR Porque lo que ustedes deben pensar es que…
Estos mandones emplean siempre un código de órdenes: ustedes deben, tienen
que, hay que, no se
olviden de… Otras veces, el desequilibrio no se da entre los conductores, sino
entre éstos y el público. Ambos adoptan una actitud magisterial, de inteligencias
superiores que creen saberlo todo. Los radioescuchas, para ellos, son alumnos.
Mejor dicho, niños de escuela. Para subrayar su autoridad, se pasan el programa
ponderando sus propias opiniones.
CONDUCTOR Ahora, mucha, mucha atención. Esta recomendación de
hervir el agua es muy interesante.
CONDUCTORA Y es muy importante que ustedes lo comprendan bien
porque…
Sus palabras favoritas son ésas, interesante e importante. Pero en la radio, como
en la calle, no hay que andar piropeándose a sí mismo. Mejor es que los
calificativos vengan de la otra acera, de los receptores. Con frecuencia, uno de
los conductores, de tan catedrático que se siente, acaba convirtiendo a su
colega en un aprendiz más. Esta altanería se descubre enseguida: uno hace
preguntas y la otra, dócilmente, las responde. También se da el caso contrario:
impotencia en vez de prepotencia. Imbuidos de un falso respeto por el público o
por una timidez no superada, la pareja radiofónica utiliza un estilo indirecto en
sus expresiones. Hoy quisiéramos referirnos a… No dé vueltas: si quiere hablar,
¡hable! ¿Qué les parece, amigos, si ahora ponemos este lindo tema musical que
seguramente les va a gustar a todos? No consulte ni pida permiso para hacer lo
que va a hacer: ¡hágalo! Todos estos circunloquios y preguntas inútiles
refuerzan un sentimiento de inseguridad. Hacen perder tiempo del programa y
paciencia del oyente.
Otros conductores, por exceso de celo, se sitúan como mamás y papás frente al
público. Hablan con mucha suavidad, con muchos diminutivos, con tanta
dulzura que se diría están amamantando. Para ellos, los oyentes son sus hijos.
Pero hijos subnormales. Porque les ahorran esfuerzo. Les dan todo masticado.
No dejan espacio para que descubran las cosas por su propia cabeza. Típico de
estos sobreprotectores es la excesiva personalización en el saludo del programa,
en la despedida, en la manera de hacer sentir que ellos se sacrifican por la
audiencia.
CONDUCTORA Hoy me disculparán, mis queridísimos radioescuchas,
porque tengo un poco de gripe… ¿no oyen cómo estoy
mocosa?… Tiene gracia, ¿no?… Pero, a pesar de todo,
hice el esfuerzo y vine como siempre a estar con ustedes
porque ustedes me hacen falta, porque es hermoso
conversar así, familiarmente, con tanto cariño como lo
hacemos en este programa…
Una cosa es el estilo frío, distante, que adoptan algunos locutores. Y otra, la
melosería. Los animadores del programa pueden contar anécdotas propias,
pueden estar afónicos y decirlo por el micrófono. Ése no es el problema. Al
contrario, mientras más humanos y naturales sean, más se identificarán los
oyentes con ellos. Pero esto se puede hacer sin ñoñerías ni paternalismos, que
son formas sutiles de manipulación. No queremos gentecita gris ni anónima al
frente de las revistas. Al contrario, buscamos gigantes de la palabra,
personalidades que sobresalgan y tengan éxito. La diferencia consiste en que el
gran animador, por serlo, no se toma tan en serio, se sabe reír de sí mismo.
Precisamente por importante, no se da importancia. Y al revés, cuando alguien
se infatúa, es que no tiene nada valioso que decir. Dime de qué presumes y te
diré de qué careces.
Un diálogo a tres

Como vemos, bastantes escollos sortearán los animadores de una radiorevista


hasta alcanzar una relación equilibrada entre ellos y con la audiencia.
Anotemos, entonces, algunos aspectos que deberán ser armonizados cuando
trabajamos en pareja:
-Los volúmenes de voz. Cuidar que los dos micrófonos sean de igual calidad y
que ambos conductores, según su fuerza de voz, se sitúen en planos similares.
-El tono alto que deben mantener los conductores a lo largo de todo el
programa. Ambos tienen que botar la misma corriente, no puede estar uno en
110 y la otra en 220. Si uno decae, que la otra lo levante, y viceversa.
-El ritmo de la locución. Uno atropellado y la otra en cámara lenta, no funciona.
Tampoco tendría sentido si un conductor suena a leído mientras la otra
mantiene un tono coloquial. Se desnivelan.
-El lenguaje sencillo que los dos emplearán. ¿Qué tal si uno manda al enfermo al
nosocomio y la otra al hospital?
- La cantidad de intervenciones. No es asunto matemático, de andar
cronometrando quién habló más. Pero hay que andar muy atentos a los
comentarios, para que no monopolicen la palabra y, en vez de diálogo,
tengamos un monólogo.
-La calidad de las intervenciones. ¿Quién tiene la autoridad, el peso de opinión
en la revista? Ni mandones ni mandados. Más bien, que los dos preparen el
tema, que investiguen, que consulten, que ambos tengan ideas propias para
exponer y debatir.
-Un verdadero diálogo. Y no dos conversaciones paralelas, yuxtapuestas. No
sirve si un conductor se echa el rollo solito y luego la otra hace lo mismo. La
clave está en las frases incompletas, que el compañero las concluye. Así, entre
los dos, van construyendo una idea común. De los pies se aprende. El derecho
se apoya en el izquierdo y, a su vez, brinda a éste el impulso necesario para
avanzar. El balance más importante, sin embargo, es el que se establece entre
los conductores y el público. A los oyentes no los vemos, pero están ahí, los
presentimos, son nuestros interlocutores. De este modo, tenemos un colega al
lado y otro enfrente (el radioescucha). Y tenemos que dirigirnos tanto a uno
como al otro. Cada conductor deberá mantener, entonces, una doble dirección
en su diálogo: hacia el compañero y hacia la audiencia. Si los conductores sólo
hablan entre sí, sin dirigirse a los oyentes ni involucrarlos en la conversación,
estaríamos en el esquema propio de una entrevista: En este segundo caso, las
flechas indican que los conductores se dirigen a los oyentes. Pero no se
hablan entre sí. Es el esquema clásico de los noticieros: El primer conductor se
dirige al segundo y a la audiencia. Pero el segundo sólo conversa con el
primero. Es el esquema típico del vivo y el bobo, el director y su ayudante. O su
ayudanta: Éste es el modelo correcto del diálogo radiofónico. Las flechas indican
que los conductores conversan entre sí y con la audiencia. En ambas
direcciones, emplean la segunda persona (¡no la tercera!). Es un diálogo a tres.
Pareja extraña la radiofónica. Ambos están enamorados de un tercero, que es el
público. Se deben a él, viven pendientes de su parecer, mueren inventando
tácticas para seducirlo. Aunque también es cierto que, si entre ellos dos no se
quieren, si los conductores no son como botón y ojal, difícilmente podrán
conquistar a la audiencia ni pasarle vibraciones positivas. Mejor que se
divorcien.
¿En vivo o grabada?

Con tantos elementos a tener en cuenta, podría pensarse que la mejor opción
es pregrabar la revista y así no correr riesgos. Grabando antes, se puede lograr
un montaje sin baches, editar las entrevistas, repetir lo que no haya salido bien,
en fin, obtener un producto mejor acabado. Sería una locura. ¿Quién grabará
todos los días una revista de dos horas, de tres? Más aún, aunque
encontrásemos esos conductores y operadores tan sacrificados, el esfuerzo no
valdría la pena. Grabar una cuña o un radioteatro, tiene sentido. Al hacerlo, no
estamos conversando con nadie. Pero la revista es diálogo, interlocución. Y los
diálogos se enfrían como la sopa a destiempo. Al dirigirse al público
sabiendo que no hay público en ese momento, cambia inconscientemente la
actitud del conductor. Grabar es una forma de ensayar, porque siempre hay una
retaguardia. Si no salió bien, repetimos. Una radiorevista es plato caliente. Los
conductores están ahí, frente al micrófono, y tienen por delante unas cuantas
horas de animación. O sale o sale. No hay más camino que hacia delante. Así
como en la vida sacamos fuerzas de flaqueza, también al transmitir en vivo la
lengua se traba menos, los CDs aparecen antes, las cortinas entran mejor, se
siente más vivacidad y dinamismo en todo el programa.
Podemos contar, eso sí, con algunas secciones ya grabadas. Los dramas, las
narraciones, algunas encuestas, un reportaje… todo eso se tiene listo en cabina
para insertarlo a su debido momento. Igualmente, tendremos una buena
despensa de enlatados para aprovecharlos cuando sea necesario.
Pero el conjunto de la revista y su conducción va en vivo. ¿Y si me voy de
vacaciones y no tengo suplente? En ese caso, ni modo, deje grabados los
programas. Haga, sin embargo, un esfuerzo especial: grábelos como si estuviera
saliendo en directo, sin parar la máquina, arriesgando errores. Es el mejor
camino para que los oyentes no se den cuenta del desfase.

Un pequeño rompecabezas
¿Cuál es la mejor visita? La de todos los domingos, la del vecino que viene a
jugar cartas y echarse unos tragos. La confianza nos permite recibirlo en
chancletas y no preocuparnos si la sala está barrida. Ya sabemos cómo es su
carácter, ya estamos familiarizados con su forma de conversar. Pero también
nos agrada la visita inesperada, la amiga que llegó de lejos y nos deslumbra con
las anécdotas de su viaje a Galápagos.
Antes de hablar de la estructura de la radiorevista, señalemos los dos
componentes primordiales que la atraviesan, su tejido interno: la costumbre y la
sorpresa. ¿Por qué la gente compra tal revista en el kiosco? Porque le gustó el
último número y espera encontrar en éste algo semejante. En radio pasa lo
mismo. Se escucha la revista de hoy porque resultó grata la de ayer. Así se va
creando la costumbre de oír un determinado programa. Si cada día nos
presentaran un programa completamente nuevo, con distintos conductores,
con diferentes secciones, quedaríamos desconcertados. Y molestos.
Equivaldría a encontrar los calcetines en una gaveta distinta cada vez.
Por otra parte, si ya sabemos lo que va a pasar, si el famoso vecino siempre
habla de lo mismo, comienza a cansarnos su presencia. La charla se convierte en
un disco rayado. La costumbre se transforma en rutina y nos fastidia. De igual
manera, un programa muy predecible genera, a la larga, aburrimiento. Si los
revisteros no llegan con novedades, si no excitan la curiosidad de sus oyentes
con temas y recursos imprevistos, irán erosionando el hábito de escucha que
ellos mismos crearon. Con la particularidad que perder audiencia siempre es
más fácil que ganarla. Así pues, una radiorevista debe mantener una estructura
tan reconocible como sorpresiva. Coherencia y variedad, como recomienda
McLeish1. Esposa y amante a la vez, como aconsejan las gitanas. Ahora sí,
hablemos de la estructura. Para aclararnos, separemos las tres piezas básicas de
una revista: la música, las secciones y la conducción. ¿Cómo armar este
rompecabezas? La música, o más específicamente las canciones, ocupan un
espacio considerable en revistas y revistones, hasta el 50% o más del tiempo
total del programa. Los discos irán distribuyéndose entre las secciones y los
comentarios de los conductores. Pueden ir en entregas simples, o pasando dos
o más canciones seguidas. La selección musical responde, generalmente, al
criterio ya explicado de mezclar ritmos e intérpretes, épocas y nacionalidades.
También hay que acomodarse lo mejor posible a las solicitudes de los oyentes. A
pesar de la variedad, cada radiorevista definirá su perfil musical, su estilo propio
de combinar los discos y de preferencia unos géneros sobre otros.
Las secciones son espacios breves, generalmente hablados y de mayor
elaboración, donde se juegan los principales contenidos del programa. Algunas
se pregrabar para poder editarlas como se debe (reportajes, encuestas,
sketches). Otras quizás vienen ya enlatadas (novelas, cuñas, radioteatros).
Y muchas pueden hacerse en directo, mientras sale al aire la revista (debates,
consultorios, concursos).
¿Cuánto deben durar las secciones? Imposible responder. Varían tanto como el
clima de Quito. Un mensaje sobre protección de los bosques puede resolverse
en un minuto. Un reportaje sobre el mismo tema durará quince. Y un debate
con acusadores y acusados, con ecologistas y pirómanos, puede llenar media
hora. No hay por qué someter todas las secciones al mismo minutero. Unas
pueden ser más extensas, otras más intensas. Lo que importa, en definitiva, es
la mayor o menor aceptación del espacio por parte de la audiencia. Más que
mirar al reloj de la cabina, atienda a su aburrímetro. En asuntos de
comunicación, como en la física de Einstein, se cumple implacablemente la ley
del tiempo relativo. Un testimonio electrizante de diez minutos parece de cinco.
Y una monserga de cinco parece de diez. La ley se formula así: en radio, el
tiempo es inversamente proporcional a la monotonía de la locución y a
lo monolítico del tema tratado. Antes, se trabajaban las revistas con estructuras
muy esquemáticas. Cada sección en su lugar y a su hora, incluso con
presentación y despedida propia. Rompiendo rigideces, algunos productores
han pasado al relajo simple y llano, una especie de programa invertebrado
donde cualquier cosa puede acontecer en cualquier momento. En nombre de la
espontaneidad, nada se planifica, todo se deja a la inspiración del instante.
1 Robert McLeish, obra citada, págs. 177-178. Ensayemos caminos intermedios.
Podemos diseñar secciones fijas y otras que varían. Por ejemplo, la
información sobre los precios del mercado deberá aparecer siempre en el
mismo horario. Un oyente interesado en ella —y no en el resto de la revista—
sabrá cuándo ubicarla. Dígase lo mismo de los capítulos de una novela, de los
consejos de una doctora o de los boletines de prensa. Con otras secciones
seremos más flexibles. Podemos lanzar el concurso al inicio del programa o por
la mitad. Una mesa de debate puede abrirse antes o después, sin hora fija, igual
que las curiosidades o un enlace desde la móvil. De esta manera, vamos
combinando lo habitual con lo novedoso. ¿Cómo distribuir las secciones a lo
largo del programa? En un informativo, se comienza con las principales noticias.
En una radionovela, lo mejor se guarda para el final. En el caso de una revista,
no tendría sentido ninguno de estos ordenamientos, menguantes o crecientes.
Una revista larga, de varias horas, difícilmente será escuchada en su totalidad
por una misma persona. Como ómnibus al fin, unos oyentes subirán en la
primera parada, otras a media ruta, unos se bajarán antes y otras después. No
hay cómo pretender una secuencia lógica entre las secciones, ni una estructura
de pirámides, invertidas o no.
Como en la programación musical, la amenidad es el criterio que rige el armado
de las revistas. Si terminó una sección hablada, pase a una musical. Si un
reportaje resultó muy dramático, cambie el ritmo del programa con algo más
ligerito. Después de una farandulería, cae bien una nota periodística.
Combine los formatos, juegue con las expectativas, contraste los sentimientos
del oyente, lo triste con lo alegre, lo romántico con lo político, lo profundo con
lo trivial. Ahora bien, esta pauta presupone el sentido común de los
conductores. Si estos carecen de aquél, batirán cócteles explosivos. Colocarán
los resultados del hipódromo inmediatamente antes de la bendición del obispo.
O harán sonar una salsa machista en la celebración del 8 de marzo.
Algunos animadores no se conforman con la estructura de secciones fijas y
movibles, por más variadas que estén. Les resulta —y no sin razón— un
esquema tradicional, una simple yuxtaposición de los recursos. Prefieren
apostar por un diseño transversal. ¿En qué consiste éste? Se trata de planificar
ejes o hilos conductores que crucen toda la revista y contribuyan a su armonía.
Como la costurera que hilvana con puntada larga, esa idea central irá
apareciendo cada cierto tiempo, sin quitarle agilidad al espacio. Basta un hilo
por programa, aunque algunos revisteros prefieren trabajar con dos.
¿Cuáles podrían ser esos hilos? Un tema. Por ejemplo, el boxeo. ¿Es deporte o
salvajada? Con entrevistas a boxeadores, con llamadas telefónicas, con una
encuesta callejera, se puede ir desarrollando el asunto. A lo mejor, el tiempo
neto que se le dedica no representa ni el 20% del total de la revista. Pero como
va salpicado a lo largo de ella, da unidad al conjunto. El hilo conductor puede
ser un hecho circunstancial (la entrada de los niños a la escuela), una fiesta (el
Inti Raymi), una noticia de actualidad (la oveja Dolly clonada), una canción de
estreno (que se repite y comenta). El hilo puede ser también un concurso que
atraviesa todo el programa o buena parte de él. Lo mismo podría hacerse con
un invitado especial que está en cabina e interviene de vez en cuando. O con un
radioteatro que se va emitiendo, poco a poco, por escenas. O con un paquete
de cuñas sobre un tema concreto que se intercalan aquí y allá. Más adelante,
nos asomaremos a varios formatos que sirven para dar tanta variedad como
continuidad a la revista. En fin, ya tenemos música, tenemos secciones —fijas,
movibles o cosidas— y nos resta el tercer elemento, la conducción. Los
conductores, como vimos, son las voces amigas que animan el programa,
saludan al público, presentan los discos, van dando entrada a cada una de las
secciones, las comentan y, por último, se despiden hasta el día siguiente. Los
oyentes se identifican con ellos, acaban sintiéndolos como parte de su familia. A
veces, los llaman a la emisora para contarles sus intimidades con más franqueza
que al cura confesor. Más que el perfil musical o las secciones, son los
conductores quienes imprimen el sello característico a la revista y logran su
coherencia. El principal hilo conductor son ellos mismos.
La personalidad de una revista ómnibus depende en gran medida de sus
conductores. No conviene andar rotándolos ni cambiarlos, a no ser por razones
de mucho peso. Mientras más estables sean, mejor. Juntemos ya las piezas. Si
cada una fuera de un color —los momentos musicales, las secciones habladas,
las intervenciones de los animadores— obtendríamos algo semejante a un arco
iris. En segmentos breves y brillantes, con mayor o menor hilación entre ellos, la
radiorevista avanzará con una estructura tan ágil como disimulada, tan ligera
como armónica, pasando del rojo al naranja y al amarillo y al verde y a toda la
gama de recursos que nos ofrece el lenguaje radiofónico. Al pie del arco,
hallaremos el mejor tesoro: una audiencia multiplicada.

Bienvenidos y bienhallados
Vamos a la otra punta del arco iris: el público. Tal vez el formato radiofónico que
permite una participación popular más intensa es la revista. No sólo permite:
necesita. Otros espacios de la programación son más autosuficientes, pueden
libretarse en un escritorio y realizarse en una cabina aislada. La revista,
no. Uno no se imagina a los conductores hablando al vacío, sin dialogar con
Elenita en el barrio Las Flores o con don Moncho en la comunidad de Sabana
Larga, sin recibir saludos y enviarlos, sin una torre de cartas por leer y dos
teléfonos sonando al mismo tiempo. La esencia misma de una radiorevista es
ese camino de ida y vuelta, ese vaivén con los oyentes.¿En qué secciones puede
hacerse presente el público? En todas. Y fuera de las secciones, también.
La misma versatilidad del formato posibilita la más variada participación, desde
recomendar una pomada para el acné hasta denunciar un molote callejero.
Veamos, entonces, las cuatro vías que se han empleado tradicionalmente para
estimular y lograr esa coautoría de radioescuchas y radialistas.

Las visitas
El primer camino empleado fue abrir las puertas de la radio para que el público
entrara y viera. Algunas emisoras antiguas conservan aún los auditorios o
pequeños anfiteatros, donde los vecinos asistían para reírse con los programas
de chistes y para sufrir con los últimos capítulos de la radionovela, que
se transmitían en vivo, delante de todos. Si no tenemos auditorio, tendremos un
patio. Y si no, podemos meter gente en cabina, la que quepa. El asunto es que la
emisora esté al alcance de sus oyentes, que demos a todos la bienvenida. Están
los invitados especiales, que participarán en una mesa de debate, y están los
invitados por nadie, fisgones que pegan las narices en el cristal para admirar a
sus locutores. Está la señora que viene a anunciar el concurso de jardines de su
barrio. No pierda la oportunidad: en vez de recibir el aviso, recíbala a ella.
Pásela a cabina y que la misma señora cuente cómo van a participar los vecinos,
qué premios habrá, y aproveche para saludar a su tía que está de cumpleaños.
¿Por qué no? Ya no se estila aquella radio tan formal, donde un chasquido de
lengua se editaba y un cuchicheo recibía el regaño del director. El ambiente de
cabina, mientras se está transmitiendo una revista, será muy suelto,
espontáneo, sin ninguna solemnidad. Se puede entrar, se puede salir, no hay
que caminar en puntillas. Los ruidos que molestan deben evitarse. Pero hay
otros sonidos que dan frescura al programa. La presencia del público en la
misma cabina o en otros salones de la emisora está entre estos últimos.

Las cartas y los emails


Otra vía empleada casi desde el inicio de la radiodifusión fueron las cartas
enviadas a los animadores de los programas. En la Cuba de ayer, Clavelito
recibía 60 mil cartas mensuales cuando cambió la música guajira por los
radiomilagros.2 En la Lima de hoy, el Ronco Gámez llena canastos con
cartoncitos de caldos maggi enviados por amas de casa dispuestas a ganarse la
lavadora o un canastón de comida. Están los papelitos campesinos, enviados sin
sobre ni estampilla.3 Están las cartas para pedir un ramillete musical. Están las
infaltables de soy un fiel oyente de tan prestigioso programa. Están las
cartas de mujeres sufridas que hablan con pena de su marido borracho y las de
jóvenes entusiastas, convencidos de su vocación locutoril, que piden un examen
de prueba. Las emisoras se volvieron sucursales de correos. Hoy, más que cartas
de papel, tenemos correos electrónicos, los emilios, como dicen en España.
En muchas emisoras, ya se cuenta con acceso a Internet en la cabina master, de
manera que estos mensajes lleguen de inmediato a los locutores y éstos los
puedan leer directamente desde la pantalla de la computadora. El uso creciente
de este canal de participación trae excelentes augurios para la radio.

Las llamadas telefónicas


En Asunción, conocí una conductora que sabía, antes de levantar el auricular,
quién la llamaba. Porque siempre timbraban los mismos oyentes y casi a la
misma hora. Ella conocía el nombre de todas sus fans, las tuteaba, estaba feliz
con el teléfono instalado en la cabina. Aquello, más que programa de
radio, parecía un té de vecinas. Hay que escapar de esos círculos estrechos,
falsamente participativos. Para comenzar, digamos que no hay que sacar al aire
todas las llamadas. Si insiste otra vez la quinceañera, la saludaré por teléfono
interno y hasta mañana. Si un político llama todos los días buscando tribuna
gratis para sus ideas, lo remitiré al debate del domingo. Si un melancólico
encontró en mi programa su terapia, le daré el número de la emisora rival.
Que llamen muchos y muchas, sí, pero distintos. Que llamen los de cerca y las
de lejos, amigos y enemigos. Y si no llaman, ¿por qué no tomamos nosotros la
iniciativa? La línea telefónica es de ida y vuelta. ¿Qué pasa si los conductores
marcan un número al azar y se mandan una entrevista con quien se ponga al
aparato? ¿Por qué no ensayar una vox pop por teléfono, por qué no ampliar un
debate con cualquiera que nos salga en la otra punta de la línea? También
podemos hojear las páginas amarillas y llamar a determinados establecimientos
comerciales o empresas, y especificar la participación que buscamos. Si cuelgan,
no pasó nada. Y si se enganchan con nuestra conversación, ganamos una
nueva voz y estrenamos un oyente. Los animadores de la revista aprenderán a
hablar radiofónicamente por teléfono. No hay que olvidar que la conversación
está saliendo al aire y no puede circunscribirse a quien está en la otra punta de
la línea. El conductor está hablando con una persona, pero está siendo
escuchado por miles. No puede, por consiguiente, charlar como si estuviera en
su casa, perdiendo de vista —mejor, de oído— a la granaudiencia. Esto implica
ritmo, agilidad, intuir al interlocutor sin verlo, saber formular preguntas
abiertas, saber cortar a tiempo, evitar cualquier indiscreción o insinuación de
mal gusto, no perder nunca el control de la situación, aunque nos suelten una
impertinencia. Se requiere todo un entrenamiento para.

Tan bonita como útil


El género informativo atraviesa toda la radiorevista. En su diseño, se pautan
boletines de prensa cada hora o media hora, avances, flashes, la programación
se interrumpe para mantener al público al tanto de lo que está pasando en el
país y en el mundo. Ya hablamos de esto al tratar de la política informativa de la
radio. Son acontecimientos de interés colectivo, noticias. Pero hay otros sucesos
de interés individual, los que comúnmente llamamos avisos o servicios sociales,
que tienen un sitio especial en las revistas y que captan mucha audiencia.
Porque lo que más interesa a Pancho es si su mujer parió un Panchito.
Estas noticias familiares consiguen, sin mucho esfuerzo, el mayor puntaje de
sintonía, a gran distancia de cualquier otro formato. En la Amazonía peruana,
los ribereños hacen cola cada mañana frente a La Voz de la Selva para avisar
que el barco se retrasó, que vendí los plátanos a buen precio, que el
boticario es un abusivo, que me encuentro sola, mamita, no te olvides de tu
hija. No lee el texto un locutor, lo dicen ellos con sus palabras, con su emoción,
hablando de tú a tú con ese familiar distante, pero que a esa hora,
religiosamente, estará pegado a su radito, oyendo el Directo-Directo.
En el altiplano de Bolivia y en el sertón de Brasil, desde las sierras mexicanas
hasta las llanuras 4 Augusto Boal: Técnicas latinoamericanas de teatro popular,
Sao Paulo, 1984, pág. 19. patagónicas, miles de emisoras, populares y
comerciales, han brindado generosamente este servicio a la comunidad. Si se
tomara en cuenta la utilidad que han representado esos innumerables avisos
transmitidos a lo largo de tantos años, sólo por ello habría que condecorar a la
radio como el medio de comunicación más servicial de todos.
En las emisoras de las grandes ciudades, esta sección de servicios sociales
continúa, sólo que ha cambiado de temática. No se avisa el burro perdido, pero
sí el carro robado. El sentido es el mismo: hacer más llevadera la vida de los
oyentes, facilitar las cosas, ayudar a resolver los problemas que se
nos presentan cada día. Otra utilidad, inmediata, es saber la hora. Los que
tienen reloj y los que no tienen, ambos agradecen que se les recuerde el
retraso. En una revista, especialmente matinal, hay que dar la hora con bastante
frecuencia. Están las informaciones meteorológicas, que suelen predecir lo
contrario de lo que va a pasar. No importa. Transmita el estado del tiempo.
Luego, recomiende paraguas si anuncian sol y abrigarse bien
cuando pronostican la entrada del verano. Algunas revistas cuentan con
reporteros o contactos en la policía de tránsito que les mantienen al
corriente de las carreteras bloqueadas y las rutas de mejor circulación. Los
choferes ahorran tiempo e hígado con estas indicaciones. Una emisora de Sao
Paulo se compró un helicóptero para observar los atascos y dirigir el tráfico
desde el aire. En la prensa escrita siempre han tenido éxito los clasificados. ¿Y si
hacemos lo mismo por radio? Pueden resultar más coloquiales que las dos
líneas miniaturizadas del periódico. Experimente, nada pierde. Abra una sección
de compras y ventas, de artículos usados, de muebles de segunda mano,
de cambalache y permutas. Se sorprenderá del flujo de avisos.
Otro tanto puede hacerse con la bolsa de trabajo. Los que buscan empleados y
los que ofrecen su fuerza de trabajo, pueden publicitarse en la revista. En estos
tiempos de economía informal, la radio puede contribuir a resolver, siquiera
provisionalmente, muchos casos de desempleo. Son innumerables las
informaciones útiles que se pueden canalizar a través de una revista. Las
farmacias de turno. Los precios del mercado. La guía de espectáculos. Los
trámites legales, cómo y dónde hacerlos. Los primeros auxilios. Los últimos
trucos para limpiar la ropa manchada y arreglar sartenes rotos y planchas
quemadas.
En fin, que no falten las recetas de cocina, una de las secciones más imbatibles
de todos los tiempos en todas las emisoras. Porque, como decía Rius, la panza
es primero.

Radiorevistas compactas
Todos los formatos dramáticos, periodísticos y musicales vistos en los capítulos
anteriores (VII, VIII y IX) tienen cabida en una radiorevista. Usted puede
programar en ella un cuento de terror, una canción dramatizada y un personaje
inesperado. Puede incorporar un sondeo de opinión, una mesa redonda
y un reportaje investigativo. Los magazines son de hule: se estiran para todos
lados, cubren todos los géneros de la producción radiofónica. Otra opción son
las revistas compactas. Estamos hablando, en este caso, de programas de 15 a
30 minutos de duración. A pesar de su brevedad, siguen caracterizándose como
revistas, puesto que tienen conductores, variedad de géneros y de contenidos.
Se trabaja la misma estructura flexible de una revista larga, pero con menos
tiempo y, por lo tanto, menos versatilidad.
Muchos grupos externos a la emisora se deciden por este camino, más accesible
a sus posibilidades de producción. Igualmente, muchos educadores populares
prefieren revistas compactas, porque así pueden concentrarse mejor en sus
objetivos. Temas de agropecuaria, de derechos humanos, de salud,
de catequesis, se suelen trabajar en estos espacios cortos.
Las revistas breves tienen la ventaja de serlo. Pueden, por tanto, elaborarse con
mayor cuidado, puliendo bien cada segmento. Ahora bien, precisamente por
breves —y tal vez semanales—, el peligro 8 Ciudadana Radio, el poder del
periodismo de intermediación. Línea y Punto, Lima 2004.
radica en querer decirlo todo. Algunos conductores impacientes, por el afán de
aprovechar el tiempo, meten cinco, seis, siete secciones distintas en media
hora. Transforman el programa en embutido, una salchicha de ideas que nadie
puede asimilar. Compactar no significa atiborrar los 30 minutos con lo que antes
se decía en tres horas. Se refiere a un estilo más preciso, con menos música,
más ordenado incluso.
Otro peligro es no decir nada. Como el tiempo es corto, se saluda, se pone un
disco, se dice lo que se va a decir, se pone otro disco y, al final, no se ha dicho
nada. Esto ocurre, sobre todo, cuando los conductores improvisan. Si no tienen
ordenadas las ideas —o no tienen ideas— el tiempo se va volando, como la paja
que se habla. Para evitar ambos peligros, tal vez sea mejor, al menos en un
comienzo, someterse a una estructura básica para armar la revista compacta.
¿Cuántas secciones? Dos, máximo tres. Si podemos contar con una pareja de
conductores, estupendo. Éstos abrirán con un saludo alegre y —sin la tan
habitual como inoportuna cancioncita para descansar— presentarán el tema
central. Este contenido principal, que ocupará el mejor tiempo del programa,
puede trabajarse de múltiples formas: un drama seguido de vox pop y
comentario, una mesa redonda, una entrevista colectiva, una narración que
desemboca en un debate, un testimonio con llamadas telefónicas… Después de
esta sección principal, caerá bien una canción. La segunda sección será más
liviana: algunas noticias, algún concurso, una entrevista breve. Una segunda
canción, algunas cartas y avisos, y la despedida.
La radiorevista es un yate ligero. Largas o cortas, las revistas no pueden cargar
demasiados contenidos, mucho lastre, so pena de hundirse. Aquí vale el dicho al
revés: para que zozobre, mejor que fafalte.

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