La Radio Revista Magazine
La Radio Revista Magazine
EL MAGAZINE
Es una mezcla de todos los formatos que hemos visto.
EL TIEMPO: (Duración y periodicidad): La más común es una hora, aunque puede variar y ser de más. Normalmente
son diarios o semanales.
LOS CONDUCTORES: Puede ser una persona, pero se estima que lo ideal sean dos personas, un hombre y una
mujer.
TEMA: un tema sobre el que gira todo el programa y que le da unidad al mismo. Si dura una hora o más
podemos tocar varios temas, pero siempre es bueno que estén relacionados con el central.
1.- Introducción 2.- Tema central 3.- Tema secundario (relacionado con el central y de menor duración) 4.-
Cajón de sastre (ej. Cartas de oyentes, opiniones, reclamos, dedicatorias, etc.) 5.- Despedida.
SECCIONES: podríamos dividir el magazine en secciones que no tienen porqué estar relacionadas unas con
otras.
1.- Presentación 2.- Sección “EN LO HONDO” (entrevista o reportaje para profundizar sobre un determinado
tema) (Tema principal) 3.- Sección “conozcamos el SUR” (Otro tema o tema secundario) 4.- Noticias desde
las Misiones 5.- Radiodrama unitario “Un día cotidiano” 6.- Sección “La audiencia habla” 7.- Despedida.
PRÁCTICA:
¿Y las revistas?
Una amiga, una comadre, entra en tu casa con toda la confianza del mundo,
saluda, va hasta la cocina, se sienta en el viejo taburete.—¿Qué hay de nuevo,
comadre? —pregunta la vecina. —¡Muchas cosas! Imagínese que…
Y comienzan las dos mujeres a conversar sobre precios y accidentes, sobre un
remedio nuevo para la jaqueca, sobre la juventud de ahora que no obedece,
sobre lo que dicen que dijo el gobernador… Están pasando revista a lo ocurrido
últimamente en el barrio, hojeando la vida de la comunidad. Ninguna situación
más cercana al formato que trabajaremos en este capítulo, el más natural y
cotidiano de todos, la radiorevista. También se la conoce como magazine. Igual
que la comadre, llega a buena hora, entra en nuestra casa, se mete hasta el
patio. Su primer objetivo —antes que ningún otro— es hacernos pasar un
buen rato, entretenernos. Más allá de cualquier norma técnica, los conductores
de una radiorevista se relacionarán con sus oyentes con la misma gratuidad con
que se visitan los amigos y amigas. Previo a saludables intenciones educativas o
informativas, se trata de entablar una conversación amena que nos haga más
llevadera la jornada. Charlar es el deporte que cuenta con más aficionados en
todas las culturas y latitudes. La revista, como ya dijimos, no constituye un
cuarto género de la producción radiofónica. Más bien, es un formato amplio,
híbrido, capaz de englobar a los demás. Todo cabe en la revista, todos los
géneros y subgéneros pueden trabajarse en su estructura. Y todos caben,
cualquier oyente puede engancharse en su ruta. Por eso, también se la conoce
como programa ómnibus, un transporte público que se detiene en muchas
estaciones y donde suben los más variados pasajeros. La buena dirección
del conjunto la asegura el chofer de la revista, quien conduce el programa.
Muchas revistas segmentan sus públicos. Según los destinatarios, podemos
hablar de revistas infantiles, de mujeres, de jóvenes, de migrantes, dirigidas a
grupos sindicales, a comunidades cristianas, para los sacrificados madrugadores
o para los contumaces trasnochadores. Es bueno aclarar que la segmentación
no significa excluir otras posibles audiencias, sino priorizar un sector sobre
otros. También podemos especializar los contenidos. Hablaremos, entonces, de
revistas informativas, deportivas, musicales, educativas, religiosas, culturales… Y
dentro de cualquiera de éstas, podemos enfocar aún más el lente: una revista
musical sobre rock, una educativa sobre derechos humanos, una informativa
internacional, una cultural sobre actualidad cinematográfica, y así. En las
páginas siguientes, me referiré, sin embargo, a la más común de las revistas, la
de miscelánea o transporte público, la de todo y para todos. Sus posibilidades,
su modo de producción, resultan igualmente válidos para las revistas
especializadas.
¿Cuánto tiempo, cuántas veces?
La pareja radiofónica
La pareja radiofónica vive problemas muy semejantes a los de las parejas en la
vida real. En primer lugar, hace falta un tiempo de conocerse, de saber cómo
reacciona el otro, cuándo habla, cuándo calla. Al poco tiempo de conducir
juntos un programa, suelen darse comportamientos autoritarios de uno hacia el
otro. O dependencias. O competencias para ver quién sobresale. Abunda el
machismo radiofónico. Salta a la oreja cuando un conductor está acaparando el
micrófono y no deja hablar a la conductora. Ésta se limita a repetir con otras
palabras lo que ha dicho el Gran Jefe, pequeñas intervenciones para
confirmarlo. Hace de eco.
CONDUCTOR Hoy hablaremos del reciente aumento de la gasolina…
CONDUCTORA Sí, la gasolina ha subido en estos días…
CONDUCTOR La gasolina que antes estaba a 40, hay que pagarla
ahora a 60.
CONDUCTORA Antes a 40, ahora a 60… ¡una barbaridad!
CONDUCTOR No es una barbaridad, Laurita, es una tremenda
injusticia.
CONDUCTORA Claro, es muy injusta un alza así porque…
CONDUCTOR Porque lo que ustedes deben pensar es que…
Estos mandones emplean siempre un código de órdenes: ustedes deben, tienen
que, hay que, no se
olviden de… Otras veces, el desequilibrio no se da entre los conductores, sino
entre éstos y el público. Ambos adoptan una actitud magisterial, de inteligencias
superiores que creen saberlo todo. Los radioescuchas, para ellos, son alumnos.
Mejor dicho, niños de escuela. Para subrayar su autoridad, se pasan el programa
ponderando sus propias opiniones.
CONDUCTOR Ahora, mucha, mucha atención. Esta recomendación de
hervir el agua es muy interesante.
CONDUCTORA Y es muy importante que ustedes lo comprendan bien
porque…
Sus palabras favoritas son ésas, interesante e importante. Pero en la radio, como
en la calle, no hay que andar piropeándose a sí mismo. Mejor es que los
calificativos vengan de la otra acera, de los receptores. Con frecuencia, uno de
los conductores, de tan catedrático que se siente, acaba convirtiendo a su
colega en un aprendiz más. Esta altanería se descubre enseguida: uno hace
preguntas y la otra, dócilmente, las responde. También se da el caso contrario:
impotencia en vez de prepotencia. Imbuidos de un falso respeto por el público o
por una timidez no superada, la pareja radiofónica utiliza un estilo indirecto en
sus expresiones. Hoy quisiéramos referirnos a… No dé vueltas: si quiere hablar,
¡hable! ¿Qué les parece, amigos, si ahora ponemos este lindo tema musical que
seguramente les va a gustar a todos? No consulte ni pida permiso para hacer lo
que va a hacer: ¡hágalo! Todos estos circunloquios y preguntas inútiles
refuerzan un sentimiento de inseguridad. Hacen perder tiempo del programa y
paciencia del oyente.
Otros conductores, por exceso de celo, se sitúan como mamás y papás frente al
público. Hablan con mucha suavidad, con muchos diminutivos, con tanta
dulzura que se diría están amamantando. Para ellos, los oyentes son sus hijos.
Pero hijos subnormales. Porque les ahorran esfuerzo. Les dan todo masticado.
No dejan espacio para que descubran las cosas por su propia cabeza. Típico de
estos sobreprotectores es la excesiva personalización en el saludo del programa,
en la despedida, en la manera de hacer sentir que ellos se sacrifican por la
audiencia.
CONDUCTORA Hoy me disculparán, mis queridísimos radioescuchas,
porque tengo un poco de gripe… ¿no oyen cómo estoy
mocosa?… Tiene gracia, ¿no?… Pero, a pesar de todo,
hice el esfuerzo y vine como siempre a estar con ustedes
porque ustedes me hacen falta, porque es hermoso
conversar así, familiarmente, con tanto cariño como lo
hacemos en este programa…
Una cosa es el estilo frío, distante, que adoptan algunos locutores. Y otra, la
melosería. Los animadores del programa pueden contar anécdotas propias,
pueden estar afónicos y decirlo por el micrófono. Ése no es el problema. Al
contrario, mientras más humanos y naturales sean, más se identificarán los
oyentes con ellos. Pero esto se puede hacer sin ñoñerías ni paternalismos, que
son formas sutiles de manipulación. No queremos gentecita gris ni anónima al
frente de las revistas. Al contrario, buscamos gigantes de la palabra,
personalidades que sobresalgan y tengan éxito. La diferencia consiste en que el
gran animador, por serlo, no se toma tan en serio, se sabe reír de sí mismo.
Precisamente por importante, no se da importancia. Y al revés, cuando alguien
se infatúa, es que no tiene nada valioso que decir. Dime de qué presumes y te
diré de qué careces.
Un diálogo a tres
Con tantos elementos a tener en cuenta, podría pensarse que la mejor opción
es pregrabar la revista y así no correr riesgos. Grabando antes, se puede lograr
un montaje sin baches, editar las entrevistas, repetir lo que no haya salido bien,
en fin, obtener un producto mejor acabado. Sería una locura. ¿Quién grabará
todos los días una revista de dos horas, de tres? Más aún, aunque
encontrásemos esos conductores y operadores tan sacrificados, el esfuerzo no
valdría la pena. Grabar una cuña o un radioteatro, tiene sentido. Al hacerlo, no
estamos conversando con nadie. Pero la revista es diálogo, interlocución. Y los
diálogos se enfrían como la sopa a destiempo. Al dirigirse al público
sabiendo que no hay público en ese momento, cambia inconscientemente la
actitud del conductor. Grabar es una forma de ensayar, porque siempre hay una
retaguardia. Si no salió bien, repetimos. Una radiorevista es plato caliente. Los
conductores están ahí, frente al micrófono, y tienen por delante unas cuantas
horas de animación. O sale o sale. No hay más camino que hacia delante. Así
como en la vida sacamos fuerzas de flaqueza, también al transmitir en vivo la
lengua se traba menos, los CDs aparecen antes, las cortinas entran mejor, se
siente más vivacidad y dinamismo en todo el programa.
Podemos contar, eso sí, con algunas secciones ya grabadas. Los dramas, las
narraciones, algunas encuestas, un reportaje… todo eso se tiene listo en cabina
para insertarlo a su debido momento. Igualmente, tendremos una buena
despensa de enlatados para aprovecharlos cuando sea necesario.
Pero el conjunto de la revista y su conducción va en vivo. ¿Y si me voy de
vacaciones y no tengo suplente? En ese caso, ni modo, deje grabados los
programas. Haga, sin embargo, un esfuerzo especial: grábelos como si estuviera
saliendo en directo, sin parar la máquina, arriesgando errores. Es el mejor
camino para que los oyentes no se den cuenta del desfase.
Un pequeño rompecabezas
¿Cuál es la mejor visita? La de todos los domingos, la del vecino que viene a
jugar cartas y echarse unos tragos. La confianza nos permite recibirlo en
chancletas y no preocuparnos si la sala está barrida. Ya sabemos cómo es su
carácter, ya estamos familiarizados con su forma de conversar. Pero también
nos agrada la visita inesperada, la amiga que llegó de lejos y nos deslumbra con
las anécdotas de su viaje a Galápagos.
Antes de hablar de la estructura de la radiorevista, señalemos los dos
componentes primordiales que la atraviesan, su tejido interno: la costumbre y la
sorpresa. ¿Por qué la gente compra tal revista en el kiosco? Porque le gustó el
último número y espera encontrar en éste algo semejante. En radio pasa lo
mismo. Se escucha la revista de hoy porque resultó grata la de ayer. Así se va
creando la costumbre de oír un determinado programa. Si cada día nos
presentaran un programa completamente nuevo, con distintos conductores,
con diferentes secciones, quedaríamos desconcertados. Y molestos.
Equivaldría a encontrar los calcetines en una gaveta distinta cada vez.
Por otra parte, si ya sabemos lo que va a pasar, si el famoso vecino siempre
habla de lo mismo, comienza a cansarnos su presencia. La charla se convierte en
un disco rayado. La costumbre se transforma en rutina y nos fastidia. De igual
manera, un programa muy predecible genera, a la larga, aburrimiento. Si los
revisteros no llegan con novedades, si no excitan la curiosidad de sus oyentes
con temas y recursos imprevistos, irán erosionando el hábito de escucha que
ellos mismos crearon. Con la particularidad que perder audiencia siempre es
más fácil que ganarla. Así pues, una radiorevista debe mantener una estructura
tan reconocible como sorpresiva. Coherencia y variedad, como recomienda
McLeish1. Esposa y amante a la vez, como aconsejan las gitanas. Ahora sí,
hablemos de la estructura. Para aclararnos, separemos las tres piezas básicas de
una revista: la música, las secciones y la conducción. ¿Cómo armar este
rompecabezas? La música, o más específicamente las canciones, ocupan un
espacio considerable en revistas y revistones, hasta el 50% o más del tiempo
total del programa. Los discos irán distribuyéndose entre las secciones y los
comentarios de los conductores. Pueden ir en entregas simples, o pasando dos
o más canciones seguidas. La selección musical responde, generalmente, al
criterio ya explicado de mezclar ritmos e intérpretes, épocas y nacionalidades.
También hay que acomodarse lo mejor posible a las solicitudes de los oyentes. A
pesar de la variedad, cada radiorevista definirá su perfil musical, su estilo propio
de combinar los discos y de preferencia unos géneros sobre otros.
Las secciones son espacios breves, generalmente hablados y de mayor
elaboración, donde se juegan los principales contenidos del programa. Algunas
se pregrabar para poder editarlas como se debe (reportajes, encuestas,
sketches). Otras quizás vienen ya enlatadas (novelas, cuñas, radioteatros).
Y muchas pueden hacerse en directo, mientras sale al aire la revista (debates,
consultorios, concursos).
¿Cuánto deben durar las secciones? Imposible responder. Varían tanto como el
clima de Quito. Un mensaje sobre protección de los bosques puede resolverse
en un minuto. Un reportaje sobre el mismo tema durará quince. Y un debate
con acusadores y acusados, con ecologistas y pirómanos, puede llenar media
hora. No hay por qué someter todas las secciones al mismo minutero. Unas
pueden ser más extensas, otras más intensas. Lo que importa, en definitiva, es
la mayor o menor aceptación del espacio por parte de la audiencia. Más que
mirar al reloj de la cabina, atienda a su aburrímetro. En asuntos de
comunicación, como en la física de Einstein, se cumple implacablemente la ley
del tiempo relativo. Un testimonio electrizante de diez minutos parece de cinco.
Y una monserga de cinco parece de diez. La ley se formula así: en radio, el
tiempo es inversamente proporcional a la monotonía de la locución y a
lo monolítico del tema tratado. Antes, se trabajaban las revistas con estructuras
muy esquemáticas. Cada sección en su lugar y a su hora, incluso con
presentación y despedida propia. Rompiendo rigideces, algunos productores
han pasado al relajo simple y llano, una especie de programa invertebrado
donde cualquier cosa puede acontecer en cualquier momento. En nombre de la
espontaneidad, nada se planifica, todo se deja a la inspiración del instante.
1 Robert McLeish, obra citada, págs. 177-178. Ensayemos caminos intermedios.
Podemos diseñar secciones fijas y otras que varían. Por ejemplo, la
información sobre los precios del mercado deberá aparecer siempre en el
mismo horario. Un oyente interesado en ella —y no en el resto de la revista—
sabrá cuándo ubicarla. Dígase lo mismo de los capítulos de una novela, de los
consejos de una doctora o de los boletines de prensa. Con otras secciones
seremos más flexibles. Podemos lanzar el concurso al inicio del programa o por
la mitad. Una mesa de debate puede abrirse antes o después, sin hora fija, igual
que las curiosidades o un enlace desde la móvil. De esta manera, vamos
combinando lo habitual con lo novedoso. ¿Cómo distribuir las secciones a lo
largo del programa? En un informativo, se comienza con las principales noticias.
En una radionovela, lo mejor se guarda para el final. En el caso de una revista,
no tendría sentido ninguno de estos ordenamientos, menguantes o crecientes.
Una revista larga, de varias horas, difícilmente será escuchada en su totalidad
por una misma persona. Como ómnibus al fin, unos oyentes subirán en la
primera parada, otras a media ruta, unos se bajarán antes y otras después. No
hay cómo pretender una secuencia lógica entre las secciones, ni una estructura
de pirámides, invertidas o no.
Como en la programación musical, la amenidad es el criterio que rige el armado
de las revistas. Si terminó una sección hablada, pase a una musical. Si un
reportaje resultó muy dramático, cambie el ritmo del programa con algo más
ligerito. Después de una farandulería, cae bien una nota periodística.
Combine los formatos, juegue con las expectativas, contraste los sentimientos
del oyente, lo triste con lo alegre, lo romántico con lo político, lo profundo con
lo trivial. Ahora bien, esta pauta presupone el sentido común de los
conductores. Si estos carecen de aquél, batirán cócteles explosivos. Colocarán
los resultados del hipódromo inmediatamente antes de la bendición del obispo.
O harán sonar una salsa machista en la celebración del 8 de marzo.
Algunos animadores no se conforman con la estructura de secciones fijas y
movibles, por más variadas que estén. Les resulta —y no sin razón— un
esquema tradicional, una simple yuxtaposición de los recursos. Prefieren
apostar por un diseño transversal. ¿En qué consiste éste? Se trata de planificar
ejes o hilos conductores que crucen toda la revista y contribuyan a su armonía.
Como la costurera que hilvana con puntada larga, esa idea central irá
apareciendo cada cierto tiempo, sin quitarle agilidad al espacio. Basta un hilo
por programa, aunque algunos revisteros prefieren trabajar con dos.
¿Cuáles podrían ser esos hilos? Un tema. Por ejemplo, el boxeo. ¿Es deporte o
salvajada? Con entrevistas a boxeadores, con llamadas telefónicas, con una
encuesta callejera, se puede ir desarrollando el asunto. A lo mejor, el tiempo
neto que se le dedica no representa ni el 20% del total de la revista. Pero como
va salpicado a lo largo de ella, da unidad al conjunto. El hilo conductor puede
ser un hecho circunstancial (la entrada de los niños a la escuela), una fiesta (el
Inti Raymi), una noticia de actualidad (la oveja Dolly clonada), una canción de
estreno (que se repite y comenta). El hilo puede ser también un concurso que
atraviesa todo el programa o buena parte de él. Lo mismo podría hacerse con
un invitado especial que está en cabina e interviene de vez en cuando. O con un
radioteatro que se va emitiendo, poco a poco, por escenas. O con un paquete
de cuñas sobre un tema concreto que se intercalan aquí y allá. Más adelante,
nos asomaremos a varios formatos que sirven para dar tanta variedad como
continuidad a la revista. En fin, ya tenemos música, tenemos secciones —fijas,
movibles o cosidas— y nos resta el tercer elemento, la conducción. Los
conductores, como vimos, son las voces amigas que animan el programa,
saludan al público, presentan los discos, van dando entrada a cada una de las
secciones, las comentan y, por último, se despiden hasta el día siguiente. Los
oyentes se identifican con ellos, acaban sintiéndolos como parte de su familia. A
veces, los llaman a la emisora para contarles sus intimidades con más franqueza
que al cura confesor. Más que el perfil musical o las secciones, son los
conductores quienes imprimen el sello característico a la revista y logran su
coherencia. El principal hilo conductor son ellos mismos.
La personalidad de una revista ómnibus depende en gran medida de sus
conductores. No conviene andar rotándolos ni cambiarlos, a no ser por razones
de mucho peso. Mientras más estables sean, mejor. Juntemos ya las piezas. Si
cada una fuera de un color —los momentos musicales, las secciones habladas,
las intervenciones de los animadores— obtendríamos algo semejante a un arco
iris. En segmentos breves y brillantes, con mayor o menor hilación entre ellos, la
radiorevista avanzará con una estructura tan ágil como disimulada, tan ligera
como armónica, pasando del rojo al naranja y al amarillo y al verde y a toda la
gama de recursos que nos ofrece el lenguaje radiofónico. Al pie del arco,
hallaremos el mejor tesoro: una audiencia multiplicada.
Bienvenidos y bienhallados
Vamos a la otra punta del arco iris: el público. Tal vez el formato radiofónico que
permite una participación popular más intensa es la revista. No sólo permite:
necesita. Otros espacios de la programación son más autosuficientes, pueden
libretarse en un escritorio y realizarse en una cabina aislada. La revista,
no. Uno no se imagina a los conductores hablando al vacío, sin dialogar con
Elenita en el barrio Las Flores o con don Moncho en la comunidad de Sabana
Larga, sin recibir saludos y enviarlos, sin una torre de cartas por leer y dos
teléfonos sonando al mismo tiempo. La esencia misma de una radiorevista es
ese camino de ida y vuelta, ese vaivén con los oyentes.¿En qué secciones puede
hacerse presente el público? En todas. Y fuera de las secciones, también.
La misma versatilidad del formato posibilita la más variada participación, desde
recomendar una pomada para el acné hasta denunciar un molote callejero.
Veamos, entonces, las cuatro vías que se han empleado tradicionalmente para
estimular y lograr esa coautoría de radioescuchas y radialistas.
Las visitas
El primer camino empleado fue abrir las puertas de la radio para que el público
entrara y viera. Algunas emisoras antiguas conservan aún los auditorios o
pequeños anfiteatros, donde los vecinos asistían para reírse con los programas
de chistes y para sufrir con los últimos capítulos de la radionovela, que
se transmitían en vivo, delante de todos. Si no tenemos auditorio, tendremos un
patio. Y si no, podemos meter gente en cabina, la que quepa. El asunto es que la
emisora esté al alcance de sus oyentes, que demos a todos la bienvenida. Están
los invitados especiales, que participarán en una mesa de debate, y están los
invitados por nadie, fisgones que pegan las narices en el cristal para admirar a
sus locutores. Está la señora que viene a anunciar el concurso de jardines de su
barrio. No pierda la oportunidad: en vez de recibir el aviso, recíbala a ella.
Pásela a cabina y que la misma señora cuente cómo van a participar los vecinos,
qué premios habrá, y aproveche para saludar a su tía que está de cumpleaños.
¿Por qué no? Ya no se estila aquella radio tan formal, donde un chasquido de
lengua se editaba y un cuchicheo recibía el regaño del director. El ambiente de
cabina, mientras se está transmitiendo una revista, será muy suelto,
espontáneo, sin ninguna solemnidad. Se puede entrar, se puede salir, no hay
que caminar en puntillas. Los ruidos que molestan deben evitarse. Pero hay
otros sonidos que dan frescura al programa. La presencia del público en la
misma cabina o en otros salones de la emisora está entre estos últimos.
Radiorevistas compactas
Todos los formatos dramáticos, periodísticos y musicales vistos en los capítulos
anteriores (VII, VIII y IX) tienen cabida en una radiorevista. Usted puede
programar en ella un cuento de terror, una canción dramatizada y un personaje
inesperado. Puede incorporar un sondeo de opinión, una mesa redonda
y un reportaje investigativo. Los magazines son de hule: se estiran para todos
lados, cubren todos los géneros de la producción radiofónica. Otra opción son
las revistas compactas. Estamos hablando, en este caso, de programas de 15 a
30 minutos de duración. A pesar de su brevedad, siguen caracterizándose como
revistas, puesto que tienen conductores, variedad de géneros y de contenidos.
Se trabaja la misma estructura flexible de una revista larga, pero con menos
tiempo y, por lo tanto, menos versatilidad.
Muchos grupos externos a la emisora se deciden por este camino, más accesible
a sus posibilidades de producción. Igualmente, muchos educadores populares
prefieren revistas compactas, porque así pueden concentrarse mejor en sus
objetivos. Temas de agropecuaria, de derechos humanos, de salud,
de catequesis, se suelen trabajar en estos espacios cortos.
Las revistas breves tienen la ventaja de serlo. Pueden, por tanto, elaborarse con
mayor cuidado, puliendo bien cada segmento. Ahora bien, precisamente por
breves —y tal vez semanales—, el peligro 8 Ciudadana Radio, el poder del
periodismo de intermediación. Línea y Punto, Lima 2004.
radica en querer decirlo todo. Algunos conductores impacientes, por el afán de
aprovechar el tiempo, meten cinco, seis, siete secciones distintas en media
hora. Transforman el programa en embutido, una salchicha de ideas que nadie
puede asimilar. Compactar no significa atiborrar los 30 minutos con lo que antes
se decía en tres horas. Se refiere a un estilo más preciso, con menos música,
más ordenado incluso.
Otro peligro es no decir nada. Como el tiempo es corto, se saluda, se pone un
disco, se dice lo que se va a decir, se pone otro disco y, al final, no se ha dicho
nada. Esto ocurre, sobre todo, cuando los conductores improvisan. Si no tienen
ordenadas las ideas —o no tienen ideas— el tiempo se va volando, como la paja
que se habla. Para evitar ambos peligros, tal vez sea mejor, al menos en un
comienzo, someterse a una estructura básica para armar la revista compacta.
¿Cuántas secciones? Dos, máximo tres. Si podemos contar con una pareja de
conductores, estupendo. Éstos abrirán con un saludo alegre y —sin la tan
habitual como inoportuna cancioncita para descansar— presentarán el tema
central. Este contenido principal, que ocupará el mejor tiempo del programa,
puede trabajarse de múltiples formas: un drama seguido de vox pop y
comentario, una mesa redonda, una entrevista colectiva, una narración que
desemboca en un debate, un testimonio con llamadas telefónicas… Después de
esta sección principal, caerá bien una canción. La segunda sección será más
liviana: algunas noticias, algún concurso, una entrevista breve. Una segunda
canción, algunas cartas y avisos, y la despedida.
La radiorevista es un yate ligero. Largas o cortas, las revistas no pueden cargar
demasiados contenidos, mucho lastre, so pena de hundirse. Aquí vale el dicho al
revés: para que zozobre, mejor que fafalte.