El viaje del té al opio de Fermine
El viaje del té al opio de Fermine
Opio
Título original: Opium
Maxence Fermine, 2002
Traducción: Javier Albiñana, 2003
Revisión: 1.0
23.12.2022
Para Julie
El opio agranda lo que no tiene límites,
alarga lo ilimitado,
profundiza el tiempo, ahonda el placer
y de placeres oscuros y tétricos
colma el alma más allá de su capacidad.
CHARLES BAUDELAIRE,
Las flores del mal
I
La vida de Charles Stowe, aventurero del té, mueve a
pensar que el azar es una tela de araña en la que a veces se
prende el destino.
Charles Stowe era un apasionado del comercio y un
aficionado al té.
La pasión por el comercio no se aprende. La afición al té
se adquiere con el correr del tiempo.
En 1938, Charles Stowe no sabía nada aún del opio. Era
el clásico gentleman inglés cuyo único vicio reside en el
consumo de puros y whisky y cuya principal virtud es cierta
propensión al honor y al amor por el trabajo bien hecho.
La casa Stowe gozaba de reputación en el Imperio
Británico, y Charles, heredero de las tradiciones y los
sueños familiares, decidió, en aquellos tiempos en que viaje
y comercio eran sinónimos de aventura, embarcarse para
China.
Para ello debía tomar una de las rutas más fragantes y
peligrosas del mundo. La ruta que, partiendo de Londres,
recorría las Indias, continuaba hasta Asia y se perdía
irremediablemente en el Imperio Celeste.
Un periplo que recibía el nombre de ruta del té.
Todo había empezado veinte años atrás, cuando su
padre, Robert Stowe, decidió ejercer la profesión de
comerciante en tés y en especias del modo más legal que
existiese. En 1816, adquirió una tienda en Londres, a pocos
pasos del Támesis, y se dedicó a vender a sus compatriotas,
amén de grandes cantidades de pimienta, sándalo, azafrán
y demás maravillas provenientes de Oriente, cierta planta
cuya cosecha de jóvenes brotes puestos en infusión en agua
caliente da esa bebida aromática que llamamos té. Éste, por
supuesto, era conocido desde hacía siglos, pero hasta
aquella época su uso no se hizo cotidiano.
El té se convirtió en el hobby de Stowe. Se dedicó a
estudiar las diferentes variedades —procedentes de un solo
arbusto, el Camellia sinensis—, al poco compraba cuanto los
navegantes podían traerle de China y de las Indias y muy
pronto se convirtió en el proveedor habitual de la alta
sociedad londinense. Así, su tienda pudo lucir con todo
merecimiento el mágico letrero de: LOS MIL PERFUMES DEL
TÉ.
A comienzos del siglo XIX, China producía el mejor té del
mundo y poseía el monopolio de ese comercio. Se hablaba a
la sazón de los misterios de la ruta del té, ruta que jamás
nadie había logrado explorar.
Se decía que nunca se lograría penetrar en el Imperio del
Medio ni llegarían a conocerse sus secretos. Se decía
también que quienes habían tomado esa ruta jamás habían
regresado. Se contaban mil cosas.
Charles Stowe callaba, pero escuchaba y comprendía la
pasión de su padre. Y ya, a la edad de diez años, se
imaginaba caminando por los jardines de China, con un
pergamino en la mano en el que aparecían registrados los
secretos de fabricación de los mejores tés del mundo.
Con el correr de los años, Robert Stowe fue revelando a
su hijo sus conocimientos sobre tan extraña bebida. Veía
que el niño prestaba suma atención a cuanto, de un modo u
otro, guardase relación con el té.
Una mañana, cuando todavía no había cumplido los once
años, Charles preguntó a su padre:
—¿Desde cuándo existe el té?
El comerciante eludió al principio la pregunta, pero, ante
la decepción de su hijo, terminó precisando:
—Según la leyenda popular, parece que nació hace
muchísimo tiempo en China. Y de un modo muy singular.
Pero prométeme que no se lo contarás a nadie, porque es
un secreto.
Charles prometió a su padre que no diría nada, pues,
como todos los muchachos de su edad, era aficionado a las
historias y los secretos.
—Un día, hace de esto más de cuatro mil años, el
emperador Chen Nung viajaba con su escolta por una lejana
comarca de su enorme país. Comoquiera que el viaje era
largo y agotador, ordenó que le dejasen descansar a la
sombra de unos árboles para protegerse del sol. El convoy
se detuvo y el emperador se sentó con las piernas cruzadas
bajo un arbusto desconocido. De inmediato pidió un tazón
de agua hirviendo, pues estaba sediento y era el único
remedio que conocía para apagar la sed. Sus servidores se
apresuraron a llevárselo. En aquel momento cayó una hoja
en el tazón del emperador. Chen Nung bebió el agua sin
reparar en ello, y, al hacerlo, un perfume a un tiempo dulce
y amargo le llenó la garganta. Intrigado, inspeccionó el
fondo del tazón y encontró la hoja que propagaba tan
fascinante perfume.
»Acababa de nacer el té.
Robert Stowe era inagotable a la hora de hablar acerca
de los tés y de sus propiedades. Por las noches, en la
trastienda, mientras los dependientes ordenaban los nuevos
cargamentos llegados de Oriente, él continuaba iniciando a
su hijo:
—Verás, Charles, en el mundo hay cuatro clases de té.
Por desgracia, los ingleses sólo conocen el té negro, que
está empezando a cultivarse en nuestras colonias,
fundamentalmente en la jungla de Assam.
El joven Charles escuchaba a su padre con sorprendente
atención.
—¿Cuáles son los otros colores?
—El té azul, el té verde y el té blanco. Estas tres
variedades provienen de un solo país: China. El té azul tiene
un aroma extraño, semejante al del té verde. Se cultiva en
una región inaccesible para los viajeros. El té verde, de
sabor perfumado y amargo, se cultiva en casi toda Asia,
pero el secreto de su fabricación siguen conservándolo unos
chinos. En cuanto al té blanco, es el más escaso y el más
caro de todos. Se cuenta que, antaño, jóvenes doncellas del
imperio de China lo recolectaban con tijeras de oro y a
continuación lo servían, acompañado de agua de gran
pureza, en la taza del emperador. Nadie sabe dónde se
encuentran los jardines sagrados que albergan el té blanco.
Según dicen, los pocos que lograron descubrir dicho
misterio fueron inmediatamente ejecutados.
El muchacho guardó un largo silencio.
—O sea, que nadie conoce el secreto de fabricación de
esos tres tés.
—No.
Charles Stowe mantuvo la mirada de su padre con gran
determinación, y luego dijo:
—Yo seré ese hombre.
Una noche, mientras llovía sobre Londres, Robert Stowe
sorprendió a su hijo mirando las gotitas de agua que se
deslizaban poco a poco por los cristales. Entonces,
acercándose lentamente a él, le dijo:
—¿Sabías que el arte del té es una de las músicas que
nos ofrece el agua?
Charles no entendió lo que quería decir su padre.
—¿Qué tienen que ver el agua y la música con el té?
—Medita bien y escucha. En primer lugar, existe la
música de la lluvia al caer sobre las hojas del té, ese leve
temblor semejante a un tambor de luz verde batido por los
palillos de plata del cielo. Luego la música de la recolección,
acompañada por el baile de los velos de las recolectoras.
También, la música de un manantial lo más fresco y puro
posible. Por último, la música del agua hirviendo que se
vierte lentamente sobre las hojas del té.
—¿Por qué me cuentas todo eso ahora?
—Porque al verte ensimismado te imagino, allá, bajo la
lluvia de China…, entre los campos de té.
Robert Stowe posó la mano en el hombro de su hijo:
—Ese viaje yo nunca he podido hacerlo.
—Lo sé. Me lo dices muchas veces. —Luego Charles
añadió—: Yo haré ese viaje por ti. Te lo juro.
Robert Stowe exhaló un largo suspiro, y dijo tras un largo
silencio:
—No hablemos más de eso. Ten, mejor que pruebes este
té.
Y, sonriendo, le alargó una taza al muchacho.
Charles alzó los ojos hacia su padre y bebió un sorbo del
precioso líquido, dejando lentamente que las notas
resonaran en el fondo de su garganta.
Desde la adolescencia, Charles Stowe había adquirido la
costumbre de beber más de quince tazas de té al día. Eso le
proporcionaba una energía hiera de lo común y una precoz
tendencia a la meditación. Pero, sobre todo, cuando tomaba
té, le parecía respirar el perfume de cada una de las
mujeres que habían recolectado, para él, aquellas extrañas
hojas de dulce y amargo perfume. Un perfume con el que se
extasiaba sin cansarse nunca.
Pasaban los años, el horizonte cargado de sueños de
lejanos viajes. Charles acudía con frecuencia al puerto de
Londres. Allí miraba con envidia a los marinos que
desembarcaban sus exóticos cargamentos, y a los
empleados de la casa Stowe, que partían a negociar a las
factorías inglesas.
Por fin, en 1838, a los treinta y un años, empujado por su
padre y por la promesa que se hiciera a sí mismo de niño,
se embarcó para emprender la ruta del té.
Un día de invierno, abandonó Londres y los muelles del
Támesis rumbo a Ceilán, al sur de la India. Viajó a bordo de
un buque mercante que, para él, tenía un nombre evocador:
se llamaba Amphitrite.
La primera etapa lo llevó al otro extremo del Imperio
Británico.
Tras efectuar una travesía de varios meses, durante la
cual hubieron de descender a lo largo del océano Atlántico,
contornear África por el cabo de Buena Esperanza y
remontar lentamente el océano índico, arribaron por fin a
esa isla de cálido y húmedo clima donde crecía una
exuberante vegetación. Allí, con el dinero que le había
confiado su padre, visitó a los comerciantes de especias
indios en el puerto de Colombo. Adquirió pimentón,
pimienta, nuez moscada, azafrán, vainilla y clavos de
especia, que tenía intención de mandar a Europa. Pensaba
procurarse también té cultivado allí, pero lo descartó, pues
le pareció mediocre.
Consultó a un productor inglés llamado Taylor sobre la
calidad del té de Ceilán. El hombre contestó:
—Aquí hay poquísimos productos buenos. En Ceilán, sólo
se da bien el café. Para encontrar el té que usted busca
tiene que ir más lejos.
—¿Adónde en concreto?
—Al norte de la India. Allí están empezando a cultivar
excelentes tés negros.
—Lo sé, pero me interesan las otras variedades.
—¿A qué variedades se refiere?
—A los tés verdes y azules. Y también al más escaso de
todos: el que llaman té blanco.
Taylor torció el gesto.
—En ese caso, no veo más posibilidad que China. Por lo
visto, allí hay magníficos cultivos. El Amphitrite zarpará muy
pronto rumbo a Shanghai. No tiene más que continuar viaje.
Charles Stowe dio las gracias a Taylor, quien, sin saberlo,
le había confirmado que iba por buen camino y que su meta
era la correcta: China. Tras mandar cargar su flete de
especias a bordo de un barco que zarpaba hacia Londres,
hubo de esperar tres semanas más a que partiera el
Amphitrite. Aprovechó aquella estancia forzosa para
consolidar las relaciones comerciales de la casa Stowe con
la Compañía de las Indias y para visitar la isla.
Corría el mes de abril y, hasta septiembre, el monzón
seguiría provocando lluvias diluvianas de las que se
beneficiaría la tierra como de un maná divino. En cada
cultivo que visitó, las hojas de té estaban ajadas y no
desprendían ningún aroma especial.
Stowe pasó unos días más recorriendo la isla y luego
regresó a Colombo.
En aquella etapa de su periplo había hallado el equilibrio
propio de todo gentleman con ansias de aventura y de
fortuna. Y es que Charles Stowe poseía el raro talento de
viajar sin que el exilio provocase en él la misteriosa desazón
que paraliza la mente y la constriñe a ese sentimiento que
llamamos nostalgia.
Así y todo, aunque se encontraba bien dondequiera que
fuese, en ningún lugar se sentía en su casa. Y ello no hacía
sino acentuar su necesidad de proseguir sin respiro su viaje
hacia lo imposible.
Tras abandonar Ceilán, hizo escala en Singapur y siguió
viaje hasta Hong Kong. Luego remontó lentamente la costa
rumbo a Shanghai, y alcanzó por fin su meta.
Si bien ningún extranjero podía penetrar en el Imperio
Celeste, se podían mantener relaciones comerciales con
cinco grandes puertos, comprar en ellos una cantidad
infinita de mercancías locales y enviarlas a la India para
venderlas a los ingleses a precio de oro.
Al llegar a Shanghai, le admiró la nube de mástiles que
cubría las aguas y el hormiguero de seres humanos que
bullía en el puerto.
Desembarcó y se instaló de inmediato en el barrio inglés
de la ciudad, el único lugar en el que lo permitían las
autoridades. Junto al puerto y sus aledaños, se cruzó con
numerosos chinos.
Unos corrían, otros imploraban al cielo. Toda la ciudad
parecía presa de una irrefrenable locura, y las miradas que
le lanzaban le parecieron sospechosas.
En el consulado británico, adonde acudió para regularizar
su estancia, preguntó el motivo de tal agitación. Un
funcionario le contestó:
—Unos barcos ingleses y franceses han sido apresados
por las autoridades chinas y han prendido fuego a sus
cargamentos. Se habla de una guerra inminente.
—¡Y yo que quería viajar al interior del país!
El funcionario le lanzó una mirada de asombro.
—Sería un suicidio.
No tardó en comprobar que los disturbios eran reales,
pues se encontró, en el camino, a grupos de chinos que
huían de Shanghai. Toda aquella gente se replegaba hacia el
interior del país, llevándose consigo los ataúdes de sus
muertos.
El primer día, Charles Stowe no logró comprar un
cargamento de té verde que parecía de calidad excepcional.
Al día siguiente, deambuló por el barrio de la ciudad. En
la capitanía del puerto se encontró con un funcionario que
estaba contabilizando un arribo proveniente del norte del
país. Stowe se acercó a él y le preguntó:
—¿Puedo comprarle té?
El funcionario le miró con expresión recelosa.
—¿Es usted inglés?
—Sí. De Londres.
—¿Y pertenece al Comité del Té?
—No. ¿Por qué? ¿Acaso es necesario para negociar con
usted?
—Digamos que facilita las cosas.
—Dígame dónde está ese famoso Comité. Me haré socio
y regresaré a comprarle té.
El hombre parecía intrigado.
—¿Qué necesita?
—Té negro y verde en abundancia.
—Puedo conseguírselo.
—Y también algo de té blanco.
El rostro del chino se oscureció de inmediato.
—Sepa usted, señor mío, que el té blanco no se compra.
Sea o no sea miembro del Comité.
—¿Está usted seguro?
—Completamente.
—Entonces, ¿para quién es ese té blanco?
—Está reservado para el emperador.
—Me han dicho que aquí podía encontrarse.
—Le habrán informado mal.
—Quiero conseguirlo a cualquier precio.
—Imposible.
Charles, sin cejar en su empeño, sacó unos billetes de la
cartera y los dejó sobre la mesa frente al empleado. El chino
alzó los ojos y miró a su interlocutor con cara ofendida. Sus
labios, que se le habían puesto azules de tanto apretarlos,
dejaban traslucir el total desprecio que profesaba a aquel
extranjero cuyo código del honor nada tenía que ver con el
suyo.
Con un seco ademán, cerró el libro de contabilidad y se
levantó de la silla.
—Le repito, señor, que la venta de té blanco está
rigurosamente prohibida. Y ahora, lamentándolo mucho, me
veo obligado a echarle, porque tengo mucho trabajo. Adiós.
Y, con la cabeza muy alta, se encaminó hacia los
almacenes. Charles Stowe recogió los billetes y se retiró.
Cuando formuló el deseo de visitar la ciudad fuera de la
zona que le había sido asignada, recibió una firme y rotunda
negativa. Comprendió que el hecho de ser europeo le
cerraba todas las puertas. Tras realizar numerosas
indagaciones, encontró por fin el Comité del Té y logró
hacerse miembro de él a cambio de abonar una cuota que
satisfizo en el acto. Luego solicitó permiso para desplazarse
por el interior del país alegando un viaje de estudios. Su
petición fue denegada.
—¡Está usted loco! —le espetó un empleado inglés—.
¿Tiene usted idea de lo que le costaría un viaje así al
Comité?
—Estoy dispuesto a correr yo con todos los gastos.
—¿Se hace usted cargo del peligro que representa
semejante expedición?
—Estoy dispuesto a afrontarlo.
—Intente tan sólo salir de esta ciudad y le matarán. Si no
dispone de un salvoconducto oficial, ya puede olvidarse de
abandonar Shanghai.
—Lo que quiero saber precisamente es cómo conseguir
ese salvoconducto.
El empleado movía la cabeza como un muñeco
desarticulado.
—Es imposible de todo punto. Sólo nuestro director
dispone de ese privilegio. Y dudo mucho que consienta en
concedérselo. Adiós, caballero.
El empleado se dispuso a marcharse, pero Charles Stowe
le asió del brazo y lo retuvo:
—Por favor, ayúdeme. Sólo dígame dónde puedo verlo.
Es lo único que le pido.
El hombre suspiró y, temblando, garrapateó un nombre y
una dirección en un papel.
—Vaya usted de mi parte. Al fin y al cabo, yo nada
pierdo. Y esperemos que eso le sirva de lección. El director
sabrá disuadirle de semejante locura.
—Me ayudará, téngalo por seguro.
Charles Stowe apretó con fuerza el papel, dio las gracias
al empleado y regresó caminando al barrio inglés.
En el camino se cruzó con una silla de manos que
transportaba a un alto dignatario chino ataviado con una
túnica de seda y con el cráneo rasurado, exceptuando una
coleta, según estaba entonces de moda en Shanghai.
Sostenía en la mano una flor de té esplendorosamente
blanca.
El chino sonrió e hizo girar en la mano la flor de té
blanca. Luego se alejó.
Charles Stowe aspiró la estela de perfume que había
dejado la flor. En la vida había percibido una fragancia tan
maravillosa y sutil.
Y así conoció Charles Stowe a Pearle, el director del
Comité del Té, único negociante británico que gozaba del
privilegio de poseer un salvoconducto extendido por las
autoridades chinas. Pearle era irlandés y llevaba treinta
años residiendo en China. El hombre poseía también un
floreciente comercio, un ojo de cristal, una buena dosis de
humor y una inclinación al whisky.
—¿Cómo ha encontrado usted mi dirección?
—Muy sencillo. Presentándome en el Comité del Té y
preguntando quién era el miembro más influyente.
—¡No, si es que no me dejan en paz! Y todo porque nadie
se ha atrevido a presentarse a la elección. ¡Menos yo!
¡Valiente mamarrachada!
—Sin embargo, eso le ha permitido a usted disponer de
un salvoconducto, ¿no?
—¡Memeces! Eso lo he conseguido gracias a la vieja
amistad que me une con los chinos. Y, evidentemente, por
eso me han insistido tanto los tipos del Comité. Teniéndome
a mí, saben que China seguirá siendo un territorio abierto.
—Interesante, realmente muy interesante, señor Pearle.
El irlandés frunció el ceño de repente.
—Le encuentro a usted muy curioso, joven.
—Cualquiera lo sería con menos. ¿Sabe que goza usted
de un prestigio casi divino? Es el único representante de
nuestra raza que puede viajar por este enorme país.
Tamaño privilegio es digno de un emperador.
—¿Está usted tomándome el pelo?
—En absoluto.
—Vayamos al grano. ¿Qué quiere de mí?
Tras tomarse unas copas y evocar recuerdos de ambos
continentes, los dos hombres acabaron tuteándose y se
pusieron a hablar de negocios.
—¿Cuántas cajas de té verde y de té negro puedes
venderme?
—Las que quieras.
—Me refiero al mejor. Al que proviene de la primera
recolección de marzo.
El irlandés torció el gesto:
—Desgraciadamente, no me queda una sola caja. La
primera selección partió de aquí hace tiempo. Me queda de
la tercera o de la cuarta. Y no puedo rebajarte el precio.
Todos mis clientes están en el mismo caso.
—Acepto esas condiciones si me indicas dónde es posible
agenciarse té blanco.
—¿Estás de guasa?
—No, en absoluto.
—En este país está prohibido el comercio del té blanco.
—Lo sé. De eso ya me han llegado voces.
—¿Y no te asusta?
—No —contestó Stowe con firmeza.
Pearle le dio vueltas al ojo de cristal durante unos
segundos, se echó un largo trago de whisky y dijo,
tendiendo la mano:
—Intentaré conseguírtelo. Pero sin que sepas de dónde
proviene.
—¿Por qué?
—Es muy peligroso. No puedo decírtelo.
—Sabré guardar silencio.
Pearle rezongó, pero no cedió.
—De nada sirve que insistas. Un secreto es un secreto. Y,
a veces, es preferible saber lo menos posible.
Stowe acabó resignándose.
—Está bien, dejémoslo así. Entonces, ¿cuándo podrás
hacerme la entrega?
—Dentro de una semana. Pero prefiero avisarte ya. Estos
rumores de guerra han hecho que se refuercen los controles
en el río. Va a ser difícil sortear el cerco.
Charles Stowe había escuchado a Pearle con atención y
comprendió que, sin su ayuda, no podría desplazarse por el
interior del país. Esgrimiendo una mueca de despecho,
expuso sus planes al irlandés:
—Me hubiese gustado muchísimo llevarme té blanco,
descubrir los secretos de fabricación…
Pearle soltó un rugido:
—Deja en paz a esos malditos chinos y compra lo que te
ofrezco sin plantearte más cosas. Todavía no ha nacido
quien consiga entrar en su país y robarles sus secretos.
Charles Stowe apuró lentamente la copa. Seguro de sí
mismo, no creyó una palabra de lo que acababa de decir
Pearle. Aguardaba su momento.
Pearle se había iniciado en los negocios comerciando con
especias.
Por aquel entonces, los holandeses poseían el monopolio
de las especias provenientes de Asia. Un día, un tal Van
Petersen, furioso de ver que un irlandés le suplantaba en su
propio terreno, entró en la tienda de Pearle, clavó el cuchillo
en su escritorio y le dijo:
—¿Conoce usted un solo comerciante de especias que no
sea holandés?
—Sí, yo.
Van Petersen arrugó el ceño.
—Hicimos un trato. Poseen ustedes el monopolio de la
seda, de la laca y de los otros productos chinos. Pero
quedamos en que Holanda conservaría el de las especias.
—¡Eso está por ver!
—¡Está todo visto! —replicó con tono tajante el holandés.
Luego cogió el cuchillo y se dio media vuelta.
Una semana después, Pearle y Van Petersen se
enfrentaron en un duelo en el transcurso del cual el irlandés
perdió un ojo y el holandés la vida. Con todo, al mes
siguiente el irlandés hubo de rendirse a la evidencia: ningún
comerciante chino consentía en suministrarle especias de
buena calidad. Amargado, acudió a quejarse al consulado
británico.
—Me habían prometido que haría una fortuna viniendo
aquí. Ahora me estoy arruinando por culpa de los malditos
holandeses.
—Mire usted —le dijo el cónsul mientras bebía un extraño
brebaje—, la política del Imperio exige que se respeten los
monopolios ajenos.
—Tal vez. Pero las exigencias de la política me están
privando de recursos primordiales.
—Cálmese, señor Pearle. Acabaremos encontrando una
solución. Además, no sólo están las especias. Hay de todo
en este país. Fíjese en esto, por ejemplo.
El cónsul le sirvió una taza de té, y el irlandés se la bebió
a pequeños sorbos. Le encontró un perfume exquisito,
aunque un tanto suave para un hombre habituado a beber
whisky.
—¡Ah! ¡Conque esto es el té!
El cónsul se lo quedó mirando con curiosidad.
—¿Me está usted diciendo que no lo había probado hasta
ahora?
—La verdad es que no, ni siquiera en Londres.
—No sólo se toma en Londres, se toma en el mundo
entero. Aquí, en China, se produce. ¿A que es delicioso?
—No está mal. Pero ni comparación con un puro malta.
—Si se queda usted en China, tendrá que acostumbrarse.
Aquí no se bebe otra cosa, exceptuando el aguardiente de
arroz. Y, eso sí, le aseguro que en Inglaterra el té hace furor.
Se consume más que el whisky.
El cónsul pronunció estas últimas palabras con especial
énfasis y bajando la voz. A Pearle de repente se le iluminó la
mirada.
—Quizá acaba usted de darme una idea.
Un mes más tarde, Pearle compraba y vendía té. Pasados
treinta años, se había convertido en el negociante más
importante de Shanghai.
En el transcurso de esos años, durante los cuales
pasaron por sus almacenes varios millares de toneladas del
precioso producto, Pearle no bebió una sola taza.
Charles Stowe no era un novato a la hora de consumir té,
pero el que le dio a probar Pearle le sorprendió por su
excepcional calidad.
Los dos hombres estaban sentados en la terraza de la
casa del irlandés, desde la que se dominaba el mar.
—Nunca había probado nada tan bueno. ¿Es el famoso té
blanco que te he encargado? —preguntó Charles.
—No, lo siento, té blanco es imposible encontrar. Éste es
de mi cosecha particular. Una variedad de té verde que sólo
se encuentra en un valle.
—¿Dónde está?
—No puedo decírtelo. Ése secreto vale oro. Me veo
obligado a guardarlo. Es lo que constituye mi fuerza en este
negocio.
El irlandés no dijo más.
—Te compro diez cajas, al precio que tú marques.
—De acuerdo. Mañana por la mañana, ordenaré que las
carguen en el barco junto a lo otro que me has pedido.
—El Amphitrite zarpa dentro de dos días. Yo tengo que
volver a Londres. No sé si regresaré por aquí.
—Buen viaje.
Charles Stowe sorbió lentamente el té que le quedaba.
Pearle saboreaba su puro malta en silencio.
El inglés volvió la cabeza hacia el horizonte. Ante sus
ojos pasó un barco con las luces encendidas que
desapareció al punto en el horizonte, al igual que se diluye
el sol en el mar.
Dos días después, el Amphitrite abandonaba Shanghai
rumbo a Londres. Contenía un importante cargamento de té
y de especias, pero faltaba un pasajero a bordo.
Esa misma noche, Charles Stowe se presentó en casa del
irlandés.
—¿No te has marchado? —preguntó Pearle.
—No.
—¿No te espera allá tu padre?
—No me espera a mí. Quiere el cargamento, y lo tendrá.
Pearle asió al joven del brazo.
—¿Por qué has hecho eso?
Charles Stowe respiró profundamente y contestó:
—Habrás observado que he venido a China con una idea
en la cabeza.
Pearle no pudo evitar que se le escapara la risa.
—Sí. Encontrar las plantaciones sagradas del té, robarles
a los chinos los secretos de su fabricación… Espero que
estés de broma.
—En absoluto.
El rostro del irlandés se paralizó.
—¡No te entiendo, Charles Stowe!
Los ojos del inglés reflejaban determinación cuando dijo,
con tono rudo:
—Ahora, tienes que decirme lo que sabes.
Pearle se lo quedó mirando, de una pieza.
—¿Lo que sé? ¿Acerca de qué?
—Acerca de ese té. Tiene que haber una razón para que
el té chino sea infinitamente mejor que los demás tés.
—Seguramente será una mera cuestión de maestría…
—La maestría es un secreto.
—Tienes razón. Es el fruto de una experiencia milenaria.
—Pagaré un buen precio por conocerlo.
Pearle bebió un generoso trago de whisky y contestó
para zanjar la cuestión:
—Si sólo se tratase de dinero, hace tiempo que se
hubiera resuelto el asunto. Pero ese secreto no se compra
con dinero, se paga con la vida.
—Mi vida no vale nada sin ese secreto.
Pearle, que había recobrado el aplomo, adoptó un tono
misterioso:
—Si te introdujese en ese secreto, quedaríamos ligados
el uno al otro para el resto de nuestras vidas.
—No me asusta. Incluso puedo firmar un contrato
contigo.
El irlandés sonrió al tiempo que palmeaba la espalda de
su amigo.
—No lo entiendes. No te estoy hablando de un vulgar
papel. Para mí, como para todos los de aquí, eso no sirve
para nada.
—¿No quieres un contrato? Pues ¿qué quieres?
—Un pacto mezclando nuestras sangres. Firmado con la
punta de un cuchillo.
Pearle sacó una cuchilla de la escarcela que llevaba en la
cintura, se practicó una incisión en la muñeca y observó
como se perlaba lentamente una gota de sangre.
—Un papel puede falsificarse, un pacto de sangre no.
¿Qué? ¿Estás dispuesto a firmar?
El inglés tragó saliva. Luego contestó, la mirada fija en el
suelo:
—Estoy dispuesto.
Tendió la muñeca, y Pearle le practicó un corte. A
continuación, sus sangres se mezclaron y los dos hombres
comprendieron que acababan de dar un paso definitivo sin
posibilidad de retorno.
—Muy bien —dijo Pearle—, ya no podrás regresar a
Londres. Y trabajarás para mí.
—Conforme. Y ahora dime ese secreto.
El irlandés expulsó el humo del puro hacia el cielo, se
volvió hacia el inglés y dijo:
—El secreto se llama Lu Chen.
—¿Quién es Lu Chen?
—Pronto lo sabrás. —Y, aspirando de nuevo humo del
puro, Pearle concluyó—: Mañana iremos allá a ver a Wang,
el hombre que trabaja para él y que me entrega los pedidos.
—Allá, ¿adónde?
—Al país del té.
Al amanecer de la mañana siguiente, abandonaron
Shanghai rumbo a la región de Hui-Chou, situada a más de
doscientas millas hacia el interior. Viajaron a bordo de un
junco, remontando lentamente el curso del río Verde.
Atravesaron numerosas ciudades y sortearon todos los
controles militares del Imperio. Pearle disponía de un
salvoconducto que parecía abrirle todas las puertas de
China.
Las ciudades tenían nombres extraños. Las más
hermosas eran Hang-Chu y Yen-Chu. Pero estaba prohibido
visitarlas.
Por fin, tras veinte días de viaje, llegaron a las cercanías
de Hui-Chou. Allí, se detuvieron en una posada donde
descansaron una noche. Salieron a la mañana siguiente.
Una silla de mano los condujo a través de la ciudad y los
depositó ante una tienda.
—Aquí es —dijo Pearle.
Despidieron a los porteadores y de inmediato les asaltó
una nube de niños. Un hombre salió de la tienda para
ahuyentarlos, se inclinó ante ellos y dijo:
—Síganme. Wang les está esperando en su casa.
Lo siguieron por las callejas hasta las afueras de la
ciudad, al pie de las montañas, y allí descubrieron una
mansión tan hermosa que semejaba un templo. El criado se
eclipsó, y los dos hombres entraron en un jardín donde una
fuente de jade producía una música sutil y divina.
Wang estaba sentado bajo un arbusto de té. Sonrió y los
recibió con estas palabras:
—Por fin han llegado ustedes. Ya no los esperaba.
Wang era un gran señor. Llevaba el cráneo rasurado,
vestía una túnica verde realzada con hilos de oro y portaba
un puñal en el cinto. A su lado, los dos viajeros, con las
ropas cubiertas de polvo, parecían dos frágiles cometas
eclipsados por el resplandor de una estrella.
El chino estaba acostumbrado a tratar con el irlandés,
pero era la primera vez que lo veía acompañado, y miraba
al desconocido con prevención.
—¿Vienen ustedes a comprar té? —preguntó a los dos
extranjeros con expresión recelosa.
—Sí —contestó Pearle—. No tema nada, señor Wang, este
hombre trabaja para mí. —Como el chino no dijera nada, el
irlandés le mostró la cicatriz de la muñeca—: Hemos hecho
un pacto de sangre. Puede confiar totalmente en él.
El rostro de Wang se distendió.
—Si es así, sea usted bienvenido, señor…
—Stowe. Charles Stowe.
Wang examinó al inglés y, al ver que este último no
bajaba la vista ni parecía impresionado por tanta opulencia
y riqueza, enseguida le cobró afecto.
—¿Es la primera vez que viene al país del té, señor
Stowe?
—E incluso la primera vez que visito China.
—Entonces, debo revelarle el primero de los tres secretos
del té —dijo Wang.
Dio una palmada y de inmediato acudió un criado
portando una bandeja de plata en la que estaban dispuestas
tres tazas de té humeante.
Charles Stowe tomó una y se la llevó a los labios. La
infusión le pareció deliciosa.
—¿Es el té que produce usted? —preguntó.
La voz de Wang dejó traslucir respeto, quizá un asomo de
temor:
—No yo. Lu Chen. Yo me limito a tratar en mis
manufacturas el té que él me trae de las montañas. —El
chino hizo un gesto que abarcaba todo a su alrededor.
Luego añadió con una sonrisa en extremo elocuente—: Y
aún existen mejores tés. Pero el agua que ha servido para
hacer éste es la más pura de todo el Imperio.
Se levantó y se dirigió hacia la fuente de jade. Llenó un
vasito de agua y se lo alargó a Charles Stowe. Éste bebió un
sorbo. Era un agua purísima. El inglés miró la fuente y
preguntó:
—¿De dónde proviene esta agua?
—De un manantial de las montañas. Allí vive Lu Chen. —
Entonces Wang declaró—: Éste es el primer secreto: si el
agua no es excelente, tampoco lo es el té.
Al amanecer abandonaron la mansión de Wang para
internarse en las montañas. Caminaron largo tiempo por
senderos impracticables debido a la abundancia de las
lluvias. Vadearon dos ríos. Wang los guiaba sin dudar un
solo instante. De su cinto pendía el puñal, que le golpeaba
el costado al ritmo de sus pasos.
Por fin llegaron a un valle angosto, en el que todas las
montañas de alrededor estaban cubiertas de campos de té.
—El valle sagrado —dijo Wang—. El valle sagrado del té.
—¿Por qué precisamente éste? —preguntó el inglés.
—Porque es el más resguardado y húmedo de todos. Está
protegido de los vientos y las tormentas, llueve con mucha
frecuencia y, además, cuando escasea la lluvia, la
sustituyen las brumas y las nieblas.
—El agua.
—Sí. El agua. El primer secreto del té.
Charles Stowe era feliz: estaba en el reino del té.
Aquellas montañas albergaban los más hermosos cultivos
del mundo. Las hojas de la Camellia sinensis recubrían la
tierra por doquier. Aquel paisaje era como un inmenso
océano de sedosas y preciosas olas, un mar de un verde
esplendoroso del que tan sólo se cosechaba la espuma.
Charles Stowe, ebrio de entusiasmo, se sumergía en
aquellas olas, embelesado.
Caminó largo rato por aquel paraíso y sintió que nunca
había visto nada tan hermoso.
Las recolectoras de té, fieles a la leyenda que le
transmitiera su padre, recogían los tiernos brotes con
asombrosa destreza. Pero no había ni tijeras de oro ni
emperador.
Sólo estaba él, Charles Stowe, y, por un día, era el rey
del té.
Los tres hombres caminaron hasta el centro del valle,
guardando un religioso silencio. Había allí una manufactura
en la que trabajaban numerosas mujeres.
Un guardián armado se inclinó ante ellos al verlos
acercarse. Wang lo saludó y se volvió hacia los dos
extranjeros.
—Mirad, aquí se produce el mejor té del mundo. Éste es
el lugar adonde llega, para luego ser tratado mediante ritos
ancestrales, todo el té que recolectan los empleados de Lu
Chen. Ahora sólo tenéis que abrir los ojos y contemplar.
Charles Stowe descubrió una alfombra de hojas que se
secaban al sol. Cientos de mujeres arrodilladas
seleccionaban incansablemente las que se convertirían en
té. Stowe asistió a aquel espectáculo mágico, y sin embargo
real, presa de una violenta emoción. Era como un mar de
esmeraldas en el que peces de oro y plata evolucionaban en
silencio.
Aquellas variedades de té tenían nombres tan
inquietantes como poéticos.
—Pi Lo Chan y Lung Ching —precisó Wang.
—Espiral de jade de la primavera y Pozo del dragón —
tradujo Pearle.
Mientras se paseaba por la manufactura de Wang,
Charles Stowe descubrió un lugar singular donde se
trataban hojas de calidad excepcional. Cogió unas cuantas,
las hizo crujir en la mano y las olió. El aroma era fascinante,
embriagador.
Wang lo imitó. Luego dijo, volviéndose hacia él:
—He aquí el segundo secreto: para que el té sea
excelente, ha de serlo también la preparación de las hojas.
Un poco más tarde, les dijo Wang:
—Ahora voy a dejarles. Tengo que ocuparme de mis
asuntos. Les veré esta noche en la cena.
A continuación se eclipsó. Los dos británicos lo miraron
alejarse en silencio. Cuando desapareció de su campo de
visión, Charles Stowe se volvió hacia Pearle.
—¿Esto es lo que querías que compartiera contigo?
Pearle lo miró y murmuró, como si lo que iba a decir
fuese una confesión:
—Sí. Pero sólo has descubierto la parte exterior. Aquí
Wang trata el té. Pero no lo cultiva. Y, aparte de esta
manufactura, nada le pertenece.
—Pero este valle…
—Este valle no es nada. Sólo es la entrada del reino de
Lu Chen. Al otro lado de esas montañas, hay té suficiente
para saciar la sed del mundo entero.
Hizo un gesto hacia el horizonte.
—Allí vive Lu Chen, el auténtico amo del té. Pero verlo es
absolutamente imposible.
—¿Por qué?
—Como todos los poderosos, necesita crearse un
caparazón para protegerse de los peligros que le amenazan.
Y no hay mejor protección que ser invisible.
—¿O sea, que no lo has visto nunca?
—No. Se cuenta que es tan misterioso que nadie le ha
visto nunca la cara.
Charles Stowe, impresionado por lo que acababa de
revelarle Pearle, se quedó pensativo.
—¿Ni siquiera Wang?
El irlandés hizo un gesto negativo.
—Pero ¿por qué?
—A los que han disfrutado de ese privilegio les han
cortado la cabeza.
Charles Stowe se estremeció.
Por la noche, se puso a llover. Las mujeres regresaron a
Hui-Chou en fila india, cual una larga serpiente multicolor
deslizándose por un rutilante follaje.
Los dos hombres permanecieron largo tiempo en la
manufactura eligiendo las mejores hojas. Luego, inmóviles,
silenciosos, contemplaron el incendio verde del té que se
apagaba con el crepúsculo.
Durante la cena en casa de Wang, se celebró una gran
fiesta en honor de los dos extranjeros. Sirvieron cincuenta
platos diferentes en bandejas de plata y suficiente té como
para alimentar todos los ríos de China.
Wang era un hombre rico y poderoso. Nadie parecía
ignorarlo a su alrededor.
Después de la cena, dio una palmada y de inmediato
aparecieron veinte mujeres que traían servilletas calientes y
perfumadas para cada uno de los comensales.
Acto seguido, tocó una orquesta, y bebieron un líquido
transparente y especiado que abrasaba la garganta.
Charles Stowe había dejado de prestar atención a Wang y
a Pearle. Sentado con las piernas cruzadas, sólo tenía ojos
para una desconocida que acababa de aparecer. Era una
china. Tenía largos cabellos negros y ojos almendrados de
un verde profundo. Y bailaba.
El inglés permaneció largo rato contemplándola en
silencio, estudiando cada uno de sus gestos. Era como
presenciar un espectáculo que ve uno por primera y última
vez en su vida.
Cuando concluyó el espectáculo de danza, Charles Stowe
se acercó a la bailarina y le ofreció una copa de licor. Ella
sonrió y aceptó. Tan deslumbrantes eran la belleza y la
sugestión de aquella mujer que su piel reflejaba como un
rastro dorado y una luz infantil.
—¿Quién es? —preguntó Stowe a Pearle.
El irlandés miró a su amigo a los ojos y le dijo:
—Pregúntaselo a Wang.
En aquel preciso instante, Wang se acercó a ambos y les
anunció:
—Les presento a la ex esposa de Lu Chen.
Tras marcharse las bailarinas, los ágapes prosiguieron y
se prolongaron hasta muy entrada la noche. Sin embargo,
desde que se fuera la china de ojos verdes, el inglés
prestaba poca atención a la fiesta celebrada en su honor.
Después de los postres, en los que se sirvieron a modo de
refresco diez cestos de fruta que él no tocó, pidió permiso
para retirarse.
—Ha sido una recepción maravillosa. La recordaré toda la
vida —le dijo a Wang al despedirse.
El chino le dio las gracias y le deseó una noche colmada
de sueños y perfume de jazmín.
Pearle no se fue con él.
—Todavía tienen que servir los aguardientes, ¿sabes?
Buenas noches, Charles.
—Que pases una buena noche, Pearle.
Y Charles Stowe se dirigió a sus habitaciones.
Aquella noche no pudo pegar ojo. Se le aparecía la
imagen de aquella mujer ejecutando una danza de
movimientos lentos y calculados. Era como encontrarse en
el escaparate de un anticuario uno de esos autómatas que
giran sin cesar al son de una melodía. Y decirse que aquel
objeto anticuado de fascinante hechizo lo había deseado
uno siempre sin haberlo buscado de verdad.
Al día siguiente los dos hombres abandonaron la mansión
de Wang para regresar a las orillas del río Verde, donde
Pearle debía embarcarse para Shanghai.
Abría la marcha Wang, seguido de diez coolies que
cargaban sobre sus hombros cajas de té tan pesadas como
ellos. A Pearle y a Stowe, pese a ser avezados, les costaba
seguir a aquellos hombres por senderos fangosos y
resbaladizos.
En un momento dado, el irlandés se volvió hacia su
amigo:
—No olvides una cosa. Lo más importante es vigilar a los
coolies para asegurarse de que no dejen las cajas en el
suelo. A orillas del río, la tierra está tan húmeda que en muy
poco tiempo se deterioraría la carga.
—Entonces, ¿cómo descansan?
—Se recuestan contra un árbol.
—¿Y si no hay árboles?
—Se tumban en el suelo con la caja de té apoyada en el
pecho.
Charles Stowe se quedó meditando un instante.
—¿Ése es el tercer secreto del té? —preguntó a Pearle.
El irlandés se echó a reír.
—No. El tercer secreto del té es inaccesible.
En realidad, Charles Stowe creía haber adivinado dónde
hallar el tercer secreto, pero antes de que pudiese abrir la
boca, Pearle, oliéndose la pregunta que iba a hacerle, le
dijo:
—Si lo que pretendes es ver a Lu Chen, es inútil que se lo
pidas a Wang, porque no te llevará.
Caminaron hasta llegar al río. Antes de subir a bordo del
junco que le esperaba, Pearle posó la mano en el hombro
del inglés:
—¿Sigues decidido a quedarte?
—Sí.
—Entonces, que tengas una buena estancia en Hui-Chou.
Wang te ayudará a elegir los mejores tés en la manufactura.
Luego, cuando esté lista la mercancía, me la llevas a
Shanghai. Ten, este salvoconducto te abrirá todas las
puertas de China.
Y le alargó un documento en el que aparecían unos
singulares caracteres.
Pearle subió al barco y el junco abandonó de inmediato la
orilla. Wang gritó al irlandés, haciendo bocina con las
manos:
—No se preocupe. Aquí su amigo está seguro.
Pearle asintió con un gesto, agitó la mano y desapareció,
tragado por las aguas del río.
Charles Stowe se encontró solo en las orillas de un país
que no conocía, y se sintió un poco perdido. Volvió la cabeza
y vio a Wang. El chino le miraba.
—Ahora es usted mi huésped, señor Stowe, y voy a
descubrirle una serie de cosas que nunca olvidará.
Charles Stowe se quedó a trabajar en casa de Wang. Fue
una estancia apacible.
Por la mañana, se levantaba con el sol y se desayunaba
con extrañas frutas en una terraza umbría en la que crecían
plantas cuyo perfume cercano le turbaba los sentidos. A
continuación, acudía a la manufactura y elegía, con
exquisito cuidado, las hojas que tenía que enviarle a Pearle.
Por la noche, regresaba a casa de Wang, donde le esperaba
la cena en un comedor tan ricamente decorado que, la
primera vez que entró, se creyó en un palacio.
Por último, antes de acostarse, escribía unas líneas en su
diario y anotaba los rudimentos de chino que había
aprendido el mismo día. Stowe pensaba que no volvería a
ver a aquella mujer que, al parecer, había sido la esposa de
Lu Chen. Hasta que un día decidió hablarlo con Wang.
Fue una noche, después de cenar. El cielo estaba cuajado
de estrellas y pesaba un profundo silencio entre los dos
hombres.
—¿Dónde puedo verla?
Wang miró a Stowe como si lo viese por primera vez.
—¿Dónde vive esa bailarina que fue mujer de Lu Chen?
—En la ciudad, en Hui-Chou. Pero no es razonable que
vaya allá.
—¿Por qué? No creo que corra ningún peligro. Y nadie
puede impedirme volver a ver a esa mujer. Ni siquiera ir a
ver a Lu Chen.
El chino se estremeció. Luego contestó, con rostro
ceñudo:
—No se equivoque. Toda China es peligrosa para un
extranjero. —Y, al cabo de unos segundos, añadió—: Pero,
por supuesto, es usted libre de hacer lo que le dé la gana.
Una mañana, mientras sacaba agua de la fuente de jade,
Charles Stowe vio acercarse a Wang:
—¿De veras quiere usted saberlo todo sobre el té?
Charles Stowe contestó que lo deseaba más que nada en
el mundo.
—Entonces, tiene que encontrar el tercer secreto.
Al ver que el inglés permanecía impasible, Wang le
preguntó:
—¿Lo ha adivinado?
—Claro que sí.
—Le escucho, señor Stowe.
Tras un largo silencio, el inglés dio la respuesta esperada:
—El tercer secreto del té es Lu Chen, ¿no es así?
El rostro del chino se iluminó de súbito.
—Veo que lo ha descubierto.
—No era tan difícil.
—Tiene usted razón. La clave de la excelencia del té es
Lu Chen.
—¿Qué sabe usted de él, si ni siquiera le ha visto la cara?
—Lo suficiente como para respetar a un hombre y seguir
trabajando para él el resto de mi vida.
—Le tiene usted miedo. Todo el mundo le tiene miedo.
¿Por qué tiemblan al hablar de él?
—Míreme, señor Stowe. No estoy temblando.
El inglés se inclinó. Wang tenía respuesta para todo.
—¿Quién es? ¿Quién es en verdad? ¿Tiene una cara
extraordinariamente hermosa o es de una fealdad
horripilante? ¿Por qué se oculta de todo el mundo? ¿Por
qué?
—¿De verdad quiere saberlo?
Cruzó una sombra por los ojos de Stowe, quien pareció
tomar una decisión.
—Sí.
—Tal vez pueda ayudarle esa mujer, que fue la de Lu
Chen. Por cierto… —Le alargó una tarjeta de visita en la que
aparecía una dirección en chino y en inglés—. Esta tarjeta
me la entregó ella. Para usted.
Charles Stowe abandonó la mansión de Wang, se
trasladó a la ciudad y se presentó en la dirección que
aparecía en la tarjeta. Era la calle más comercial y popular
de Hui-Chou. Una casa grande con los postigos verdes. Y
cerrados. El inglés llamó a una pesada puerta de madera.
Apareció ante él una criada sonriente. Charles Stowe le
entregó la tarjeta. El rostro de la criada se iluminó.
—¡Venga! ¡Venga usted!
Se expresaba en inglés, con un ápice de acento que
resultaba encantador. Stowe siguió por un pasillo cuyas
paredes estaban cubiertas de espejillos de formas oblongas.
En el extremo había una puerta de caoba.
—Aquí es. Pase, le está esperando.
La criada llamó a la puerta y desapareció.
Charles Stowe penetró en la estancia. Era un salón
apacible invadido por una multitud de objetos y plantas.
Apenas reinaba una tenue claridad, salvo unos rayos de luz
que se filtraban por los estores cerrados. Había dos sillones
y una mesa baja sobre la que estaba dispuesto un servicio
de té de plata labrada. Colgaban unos cuadros de las
paredes. Toda la habitación olía a incienso. Charles Stowe se
acercó lentamente y esperó.
—¿Quería usted verme?
El inglés se dio media vuelta y descubrió, en el rincón
más oscuro del salón, a una mujer echada en un diván
tapizado en seda. No podía ver ningún rasgo de su rostro,
excepto la boca, roja como un fruto. La bailarina abrió los
estores, y la estancia se llenó de luz. Charles Stowe
descubrió entonces a aquella mujer, tan bella y misteriosa
como la primera vez. Vestía únicamente una túnica de seda
verde. Tenía largos cabellos negros. Inmensos ojos verdes.
Y fumaba una pipa de opio.
—Wang me ha dado su tarjeta y me ha dicho que quería
usted verme.
La mujer le señaló un sillón con la barbilla.
—Siéntese, por favor.
Se levantó delicadamente del diván, dejó la pipa en un
cenicero y se sentó en un sillón frente a él.
—¿Té?
—Con mucho gusto.
Vertió agua caliente en una taza de plata en la que
aparecía representado un pájaro y dejó que reposara el té.
Luego le alargó la taza esbozando una sonrisa.
—Sé que se llama usted Charles Stowe.
El inglés se inclinó.
—¿Puedo preguntarle su nombre?
Ella dudó, pero acabó confesando:
—Mi nombre es Loan.
Charles Stowe estaba hechizado por la belleza de aquella
mujer. Le gustaba incluso la música de su nombre. Cada
expresión de su rostro le atraía intensamente al amor y al
sufrimiento del amor.
—¿Es usted bailarina?
Ella se echó a reír y alzó los ojos al cielo.
—No, Dios me libre de tal cosa. No lo hago para ganarme
la vida sino por el simple placer de ver cómo los hombres se
enamoran de mí.
—Es un juego en el que es usted única. Posee una
belleza incomparable. Me tiene hechizado desde que la vi.
Y, desde entonces, no he dejado de pensar en usted.
—No me sorprende.
Loan, que había vuelto a coger la pipa, aspiró una
bocanada de opio y prosiguió:
—Soy la más hermosa si le digo la verdad, o la más fea si
le miento.
Charles Stowe se quedó desconcertado.
Loan se echó a reír, se sirvió una taza de té e
inmediatamente cambió de tema.
—¿Cómo está Pearle?
Al inglés no le sorprendió la pregunta.
—Supongo que bien.
—No lo conoce desde hace mucho tiempo, ¿verdad?
Dijo aquello con un tono de voz que no parecía esperar
respuesta. Luego se llevó la taza a los labios sin despegar la
mirada de él.
—¿Qué ha venido a hacer a China?
—He venido por el té.
Loan sonrió.
—Todos los hombres dicen que vienen aquí por el té,
pero en realidad vienen por el amor y el dinero.
El inglés no contestó nada.
—Apuesto a que es usted como los demás. Compra y
vende té, pero trata con mujeres y consume alcohol.
—A veces lo hago. Pero me gusta el té. De verdad… Y
también creo que he empezado a amarla a usted.
Loan lo miró un instante; luego dejó la taza en la mesa,
se levantó y se acercó a Charles Stowe en silencio. Se sentó
en el borde del sillón, sin despegar sus ojos verdes de los
suyos, posó la mano en su rostro y recorrió con el dedo
índice desde la línea de las cejas hasta la comisura de los
labios. A continuación, inclinó la cabeza hacia él y le besó.
Al hacer ese movimiento, la túnica se deslizó a lo largo
del hombro, dejando al descubierto una parte de la espalda.
Charles Stowe descubrió entonces que llevaba una flor de
opio tatuada en el hombro.
Charles Stowe no había visto nunca una mujer tatuada.
Tan singular característica le pareció teñida de un turbador
erotismo y, cuando despegó los labios de los de ella, no
pudo evitar preguntarle:
—¿Qué representa este tatuaje?
—Una flor de adormidera blanca.
El inglés la miró sin decir nada.
—¿Nunca ha probado el opio? —preguntó Loan.
Él hizo un gesto negativo.
—El opio es dulce y terrible a la vez. Viene a ser como el
amor. —Le besó y prosiguió—: Una vez se aficiona uno,
cuesta deshacerse de él. —Alzó la cabeza—. Este tatuaje no
lo elegí yo. El opio es un amor que no se elige.
—¿Quién es Lu Chen? —preguntó Stowe.
Loan lo miró apesadumbrada.
—¿Por eso ha venido?
—No. He venido por usted. Pero necesito saber quién es
ese hombre que fue su esposo.
Loan se recogió un mechón de pelo tras la oreja y
contestó:
—Lu Chen es el hombre a quien le debo… esta flor de
opio. Lo abandoné, es cierto. Pero sigue siendo mi esposo. Y
nunca dejará de serlo.
—No lo entiendo.
—En China, a una mujer se la puede repudiar. Pero a un
hombre, no. Ésa es la ley y debe respetarse. Lu Chen es un
gran señor. Y no se abandona a un gran señor así como así.
—También Wang es un gran señor. Y puede acogerla bajo
su autoridad.
Loan lo miró y se echó a reír.
—No. Wang no es nada comparado con Lu Chen. Lu Chen
es muchísimo más poderoso. Nada ni nadie se le resiste.
Oscila sin cesar entre las tinieblas y la luz. Entre la belleza y
la fealdad.
—¿Cómo lo conoció?
Loan pareció dudar un instante.
—Cuando yo todavía era una niña, Lu Chen era ya el
señor del té. Mi padre trabajaba para él, y a su muerte Lu
Chen me acogió bajo su protección. Durante largos años, no
tuve motivo de queja y lo veía muy poco. Descendía y
remontaba incansablemente el río Verde, como un rey
supervisando su reino. Era un hombre de tal prestancia, de
tal fuerza que todo el mundo temblaba con sólo oír su
nombre. Sabía ser generoso con sus hombres cuando éstos
mostraban un gran valor, o cruel y despiadado cuando
alguno cometía la más leve falta. Tan pronto cubría a
alguien de oro como le mandaba cortar la cabeza. En
realidad, pienso que se creía un dios.
—Y lo era para usted, ¿no?
—Sí. Hasta el día en que comprendí que me destinaba a
ser su mujer. Y que preparaba nuestro matrimonio.
Loan se echó a temblar y enmudeció de repente.
—¿Qué ocurrió aquel día?
—Me eché a llorar. Pero no pude hacer nada. La boda se
celebró y hubo una fiesta grandiosa. Pasé a ser la esposa de
Lu Chen. Pero sólo durante un año. Un día después de
nuestro aniversario de boda, me fugué. Abandoné las
montañas y me refugié aquí, en Hui-Chou.
—¿Cómo reaccionó él?
—Era la primera vez que alguien se atrevía a negarle
algo. Se puso como loco. Desde entonces, estoy en peligro.
Sé que no tardará en venir a buscarme.
Charles Stowe estaba a punto de abrir la boca, pero ella
se lo impidió.
—Por supuesto, si muriese, yo quedaría liberada. Pero
nadie puede matar a Lu Chen. ¡Nadie!
—Tampoco creo que sea invencible.
—Sí. Lo es. Porque nunca lo ha visto nadie.
—Pero usted podría reconocerlo y…
Loan bajó los ojos y susurró:
—Se equivoca. ¡Nunca le he visto la cara!
—¿Cómo es posible? —balbució Stowe, incrédulo.
—Así es. Para verme, se ponía siempre un velo. Por las
noches, acudía a mi lecho en la oscuridad y desaparecía
antes del alba.
—¡Increíble!
Loan se posó un dedo en la boca:
—He hablado demasiado. Ahora márchese, se lo ruego.
Al inglés se le agolpaban mil preguntas en los labios. Sin
embargo, sólo hizo una:
—¿Cuándo volveré a verla?
Charles Stowe regresó a casa de Wang. El chino le
esperaba sentado con las piernas cruzadas sobre una
estera.
—¿Le ha desvelado su nombre?
—Me ha dicho que se llama Loan.
—Tiene también otro nombre.
—¿Cuál?
—No puedo decírselo. Es un nombre que no se pronuncia
en China. Pongamos que se llama Loan. ¿Qué quería
preguntarme?
El inglés olvidó ese nuevo misterio y dijo:
—Usted protege a esa mujer de la ira de Lu Chen, ¿no es
así?
Wang esbozó una sonrisa.
—No. No puedo hacer nada contra la ira de un hombre
semejante. Cuando me lo ordene, la mandaré con él. Pero
creo que desea que ella vuelva por propia voluntad. Eso le
evitaría a Lu Chen perder prestigio ante mí. Y estoy seguro
de que ella acabará obedeciendo.
—¿Qué significa exactamente esa flor de opio que lleva
ella tatuada?
Antes de contestar, Wang cogió una taza de porcelana en
la que aparecía pintado un dragón verde; luego, tomando
un hervidor, vertió lentamente en la taza un té singular y
delicado al tiempo que escuchaba la música del agua.
Después dijo:
—Significa que ella pertenece a Lu Chen. Hermoso
tatuaje, ¿no? ¿Qué le parecería llevar uno igual?
Charles Stowe se estremeció. Luego, recobrándose, cogió
la taza de té que le alargaba Wang, bebió un sorbo y
preguntó:
—He venido por el té. No para ser propiedad de nadie.
Wang permaneció largo rato impasible. A continuación,
se levantó, se bajó la túnica y mostró un hombro en el que
aparecía dibujado el mismo tatuaje que el de Loan.
—Eso mismo decía yo antes de trabajar para Lu Chen.
Charles Stowe no volvió a hablarle de Loan a Wang, ni
siquiera le mencionó el misterio que rodeaba a aquel
hombre inquietante que era Lu Chen. Tampoco el chino
volvió sobre el tema. Era como un acuerdo tácito entre
ambos, una quemadura que ya no se siente, pero cuyo
recuerdo queda impreso en la piel.
Sin embargo, una noche, mientras el inglés permanecía
pensativo ante la fuente de jade, Wang se dirigió a él en los
siguientes términos:
—No piense más en Loan.
—¿Cómo ha adivinado que estaba pensando en ella? —
preguntó Stowe alzando los ojos.
El chino sonrió.
—Puedo leer en su rostro como en un libro.
Al inglés le recorrió el cuerpo un escalofrío tan
imperceptible como el movimiento de los árboles del té
mecidos por el viento de la mañana.
—Tengo que ver a Lu Chen.
—¿Para qué?
—Quiero casarme con esa mujer.
—¿Es usted consciente de que antes tiene que acabar
con su enemigo?
—Sí.
Reinó un silencio.
—Nada se lo impide. Pero para eso necesita llegar hasta
él.
Al día siguiente, Wang despertó al inglés al rayar el alba.
—Levántese. Es hora de marchar.
—¿Adónde vamos?
—A la manufactura. No olvide que ha venido usted aquí
por el té.
Los dos hombres se pusieron en camino hacia la
manufactura. Trabajaron allí todo el día. Wang le enseñó al
inglés a observar las diferentes etapas de la maduración de
las hojas. Stowe, como de costumbre, escuchaba en
silencio, anotando mentalmente lo que más adelante quería
registrar en su diario.
Llegado el momento de trasladar el cargamento a la
ciudad, los hombres de Wang acarrearon sobre sus hombros
las cajas de té. Como llovía a raudales y los coolies
avanzaban a paso lento por el sendero enfangado, el viaje
se prolongó mucho más, y Stowe se permitió alejarse para
observar distintas especies de arbustos. Cuando se
incorporó al grupo, Wang le esperaba en medio del camino
con los ojos llenos de cólera.
—¿Dónde estaba usted?
—Por ahí.
Stowe esbozó un vago ademán señalando un lugar
perdido tras la cortina de árboles.
—No vuelva a alejarse. Se expone a que le maten.
Charles Stowe frunció el ceño. En ningún momento se
había sentido en peligro.
—No olvide que es usted inglés y que se halla usted en
China.
Al cabo de una hora llegaron a la ciudad.
—¿Quiere usted intercambiar el té verde por té azul? —
preguntó Wang.
Stowe lo miró, intrigado, pues no se esperaba tal cosa.
—¿Por qué no? —contestó ingenuamente.
—Sígame.
Se dirigieron hacia la tienda de un comerciante. Los
recibió un hombre que parecía informado de su visita. El
hombre los condujo a un patio donde unas mujeres
inclinadas sobre cubas removían enormes brazadas de hojas
de un profundo azul. La tienda estaba atestada de aquel
hermoso té. Charles Stowe se llevó diez cajas.
—¿Cuál es el secreto del té azul? —le preguntó a Wang al
llegar a su casa—. ¿Por qué se encuentra sólo en China y no
en otros países?
El chino se lo quedó mirando y se echó a reír.
—Es simplemente té verde con un poco de polvo de
yeso. Eso es lo que lo pone azul.
Charles Stowe comprendió entonces la superchería, a la
par que la astucia de los chinos. Aquel té se vendía por una
auténtica fortuna en Londres, y sin embargo era
exactamente igual que otro cualquiera.
Wang añadió con perfidia:
—Los chinos no toman nunca té azul. ¡Eso sólo vale para
los ingleses!
Al día siguiente los dos hombres regresaron a la
manufactura, donde Wang invitó a su huésped a probar el té
negro que allí se producía. Aquel té le pareció a Charles
Stowe todavía más perfumado que los que había probado
en otros lugares.
También allí se quedó maravillado. Lu Chen, dondequiera
que se encontrase, era el señor del té y nadie podía rivalizar
con la calidad de su producción. Charles Stowe compró gran
cantidad de té negro. Luego los dos hombres emprendieron
camino hacia la casa.
Al bordear el río, se cruzaron con un junco de fumadores
de opio. Casi había anochecido, y el cielo estaba ya cuajado
de estrellas. El junco pasó, silencioso, junto a ellos,
iluminado por dos antorchas. Charles Stowe divisó a varios
hombres que aspiraban largas pipas, tumbados boca arriba.
Tenían las mejillas hundidas y la mirada nebulosa. Parecían
moverse en una bruma indescriptible, cual seres cuya alma
se ha esfumado por completo.
Charles Stowe no abandonaba la idea de liberar a Loan.
Un día le preguntó con insistencia a Wang dónde se hallaba
Lu Chen. El rostro del chino permaneció inmutable.
—A Lu Chen no se le puede ver. De ningún modo puedo
llevarle allí.
—Yo pensaba que a usted nada le estaba prohibido.
—Sí. Está estrictamente prohibido disgustar a Lu Chen. Y
la mitad de los campos de té de China son de su propiedad.
—¿A quién pertenece la otra mitad?
—Al emperador.
Wang se sentó con las piernas cruzadas sobre una estera
e invitó al inglés a hacer lo propio. Luego añadió:
—Dejemos ya ese tema.
Dio una palmada e inmediatamente apareció un criado
con una bandeja sobre la que estaban dispuestos un
hervidor y siete tazas de porcelana decorados con
diferentes motivos. Wang eligió para sí una taza en la que
aparecía pintada una flor de opio y para el inglés una con el
dibujo de una mujer desnuda. Sirvió el té y le alargó la taza
a Stowe en silencio. Éste bebió lentamente, mirando a un
tiempo aquella mujer desnuda y a aquel hombre cuyo poder
le parecía ya insignificante.
—¿Qué clase de favores le pide a usted Lu Chen a
cambio de este té, señor Wang?
La pregunta cayó como un hachazo. Lo mismo que la
respuesta.
—Eso a usted no le importa.
—¿Aunque se trate de algo prohibido?
La mirada del chino se inflamó. Sus ojos estaban
cargados de odio.
—Será mejor que regrese usted a Shanghai. Pearle
estará esperándole.
Acto seguido, se levantó y abandonó la estancia sin decir
una palabra ni hacer un gesto de ira.
Charles Stowe permaneció largo rato sin moverse ni
sentir el menor pesar.
Luego le resultó fácil contemplar la mujer desnuda en la
taza de porcelana, beber lentamente el té todavía caliente y
comprender que acababa de crearse un enemigo.
Wang no se presentó a cenar. Permaneció invisible como
aquel Lu Chen a quien nadie había visto.
Charles Stowe durmió mal aquella noche. Estuvo largo
rato tumbado en su lecho contemplando las estrellas por la
ventana, sabedor de que, bajo aquel ángulo concreto, las
veía sin duda por última vez.
Cuando por fin logró dormirse, su descanso se vio
enturbiado por un sueño: un sueño en el que navegaba en
un junco acompañado de fantasmales fumadores de opio y
de un hombre sin rostro.
Charles Stowe escuchó la voz de la cordura y regresó a
Shanghai. Tras navegar durante veinte días por el río Verde,
arribó por fin a su destino. Nada más llegar, encontró a
Pearle en un café de la ciudad. El irlandés se disponía a
vender veinte cajas de té a un comerciante inglés llamado
Thomas Harrison. Harrison había arruinado a la mitad de los
negociantes de Shanghai. El hombre le anunció de entrada
que no le pagaría hasta la siguiente transacción. Tras una
hora de discusión, acabaron acordando un plazo de entrega
y un precio aceptable, si bien bastante inferior a la
cotización vigente en el mercado.
Una vez concluyó el negocio, y tras retirarse el
comerciante, Pearle se volvió hacia el inglés.
—Uf, pensaba que no me lo quitaba de encima.
—Te las has apañado bien —dijo Stowe.
—¡Imagínate! Harrison es un truhán de la peor especie.
No me pagará en metálico. Me cambiará el té por otra
mercancía.
—Entonces, ¿por qué se lo has vendido?
—Pongamos que no tenía muchas posibilidades de elegir.
Pearle cogió unas cuantas hojas de té y se las dio a oler a
su socio.
—¿Qué? ¿Te gusta el perfume del té de Hui-Chou?
En ese momento, Charles Stowe prefería hablar de otra
cosa. Por ejemplo, evocar cierta flor de adormidera blanca
tatuada en el hombro de una mujer…
—He sabido que esa mujer se llama Loan. Y que lleva un
tatuaje en el hombro.
Pearle alzó la cabeza.
—¿Has ido a verla?
—Sí.
El inglés miró atentamente a Pearle, y le dijo:
—Ahora somos socios.
—En cierto modo. Trabajas para mí y yo te pago un
porcentaje. No necesitas saber más.
—No. Es más que eso. No olvides que hicimos un pacto.
¡Un pacto de sangre!
Stowe aguardó a que sus palabras pesaran sobre la
conciencia de Pearle.
—¡Muy bien! ¿Qué quieres?
—Saber ciertas cosas.
—Te escucho —dijo el irlandés sirviéndose un vaso de
whisky.
Charles Stowe respiró hondo para decir:
—Quiero saber quién es esa mujer y qué relación tiene
con tu negocio y el de Wang. Quiero saber quién es ese Lu
Chen a quien todo el mundo parece temer y que es
inaccesible. Y, por último, quiero saber quién eres realmente
tú, irlandés, y cómo pagas todo este té.
Charles Stowe había dejado de sonreír. Sostenía el vaso
de whisky con la mano crispada. Su cuerpo estaba rígido y
hablaba con sorprendente frialdad.
—Lo que quieres, en cierto modo, es conocer el sabor de
los problemas.
Aquella noche, en aquel café sórdido, mientras bebía
whisky y fumaba puro tras puro, Pearle le contó su vida a
Charles Stowe.
No había visto nunca a Lu Chen y trabajaba únicamente
con Wang. Conocía apenas a Loan e ignoraba todo lo
referido a aquel tatuaje. Aseguró asimismo que no sabía
nada de los que trabajaban para Lu Chen ni del trapicheo
que tenían organizado Wang y Lu Chen, y que, en cualquier
caso, él no participaría nunca en eso. Dijo también que
preferiría morir allí mismo antes que perder su amistad.
Le dijo, por último, que todos los irlandeses tenían buen
corazón pero que mentían como bellacos, y que sólo la
embriaguez poseía la virtud de liberarlos de la mentira y les
infundía la voluntad de confesar lo que tenían realmente en
la conciencia.
Charles Stowe pidió otra botella de whisky. Todavía no
era medianoche y no había prisa alguna. Tenía paciencia. Si
era preciso, esperaría hasta el alba, pero averiguaría lo que
quería saber. Le llenó el vaso al irlandés y contempló cómo
se emborrachaba.
Cuando la segunda botella quedó completamente vacía y
Pearle mostró por fin señales de embriaguez, acercó la cara
a la suya y le susurró:
—Esta vez vas a decirme la verdad.
Entonces Pearle le confesó que había conocido a Loan
tres años atrás y que gracias a ella había entrado en tratos
con Wang, sin el cual su negocio del té no habría llegado a
ser tan floreciente. Le contó también que aquel precioso té
tan cotizado pasaba por la manufactura de Wang, pero que
éste se lo compraba directamente a Lu Chen a cambio de
opio. Le reveló asimismo que, a través de Harrison, podía
conseguir todo el opio que quería, y que además las
autoridades británicas estaban involucradas en aquel
comercio.
—Entonces, ¿a qué viene tanto misterio en torno al
intercambio de té por opio? —preguntó Charles Stowe.
—El gobierno chino ha prohibido comprar o vender opio.
Quien comercie con él se expone a ser condenado a muerte.
—¿O sea que para eso me necesitabas? ¿Para que
arriesgase yo la piel en tu lugar?
—Te pago un buen precio por traerme ese té. El opio no
es de tu incumbencia. Tú no le entregas las cargas a Lu
Chen. No corres el menor riesgo. Así que ¿de qué te quejas?
Pearle estuvo a punto de hablarle del pacto de sangre
que los unía pero no fue necesario. Charles Stowe sabía
perfectamente que tras toda esa confesión no había ya
huida posible.
—Por cierto, ¿cuándo tienes que hacerle la entrega a Lu
Chen?
—Cada mes zarpa un barco hacia las fuentes del río
Verde. ¿Por qué? ¿Quieres ir allí?
—¿Por qué no?
Pearle se echó a reír.
—Convoyar una mercancía prohibida por un río peligroso
y arriesgar la vida por conocer a un hombre que te matará
en cuanto te vea… Eres incorregible.
—Antes le mataré yo.
—Ni las propias autoridades chinas han logrado
sorprenderlo. Cuántos hombres han vuelto de allá con la
cabeza de un lado y el cuerpo del otro. ¿Quieres perder la
tuya?
—Ya la he perdido. Esa mujer tiene que ser mía.
El inglés se levantó de la silla y se dispuso a abandonar
el café. Sin embargo, algo lo retuvo en el último momento.
Aferró el respaldo de la silla y miró a los ojos al irlandés
como si intentase desesperadamente sondear su alma.
—Una última pregunta. ¿Cuál es su auténtico nombre?
—¿De quién hablas?
—De Loan. Wang me dijo que tenía otro nombre.
Pearle frunció el ceño.
—Lo he olvidado.
Charles Stowe prefirió no insistir.
—Si se te refresca la memoria, avísame.
Stowe saludó a Pearle y abandonó el café. En el instante
en que iba a cruzar la puerta e internarse en la noche de
Shanghai, oyó la voz del irlandés a su espalda, una voz
gutural por el abuso del alcohol y el tabaco, pero que
conservaba un efluvio de verdad.
—¡Creo que se llamaba Opio!
II
El invierno siguiente, Charles Stowe regresó solo a Hui-
Chou.
Al atracar el barco, lo primero que oyó fue música. Bajó a
tierra y vio deambular por el muelle un dragón multicolor.
También estaba allí Wang, con su túnica verde flotando al
viento.
—Le esperaba, señor Stowe. —Viendo la mirada
sorprendida del inglés, el chino explicó—: Es el Año Nuevo
chino. Por eso atraviesa el dragón la ciudad.
Luego, sin aguardar respuesta, se encaminó hacia su
mansión.
Un poco más tarde, en la terraza florida, Wang anunció:
—En esta ocasión no podré acompañarle a la
manufactura. Debido a las festividades.
—Lo entiendo.
—Se las arreglará muy bien solo.
El tono era frío e inapelable.
—Sin duda tiene usted razón.
En realidad era eso lo que planeaba, con la más total
serenidad: viajar y trabajar solo.
—Mis hombres están a su disposición —dijo Wang—. Elija
todo el té que desee. Y feliz regreso a Shanghai.
Charles Stowe le dio las gracias y se retiró a descansar.
A lo lejos, oyó los ruidos de la fiesta y pensó que no
participaría en ella.
Al día siguiente, se puso en camino hacia la manufactura.
Trabajó con pasión y silencio, eligiendo las hojas según su
olor, al igual que la nariz selecciona los aromas que
formarán un perfume. Era como componer un ramo de
fragantes flores para la mujer a la que espera uno desde
hace años. Algo mágico, sensual, turbador.
Cuando regresó a Hui-Chou, llevaba suficiente té negro y
verde para satisfacer las necesidades de Pearle hasta la
temporada siguiente.
Decidió dar un rodeo por la calle principal. Encontró
fácilmente la casa de postigos verdes donde viera a Loan
por primera vez. Estaba cerrada. Llamó varias veces a la
puerta. Nadie salió a abrir. Por otra parte, al alejarse de la
mansión, tuvo la extraña sensación de que nunca había
vivido nadie en aquel lugar.
Charles Stowe regresó a casa de Wang, que le ofreció
una taza de té verde.
—¿Está usted satisfecho?
—Sí. Pero necesito té blanco. Y Loan ya no vive donde
antes.
El rostro de Wang se ensombreció de inmediato.
—Creo que ha regresado con Lu Chen. Y el té blanco no
se vende.
—También el opio está prohibido. Y, sin embargo, tengo
entendido que usted se lo agencia sin problemas.
Wang adoptó un aire aparentemente impasible, pero
saltaba a la vista que la flecha había dado en el blanco.
—¿Adónde quiere ir a parar, señor Stowe?
—A la verdad. —Y a continuación el inglés añadió—: Lo
sé todo. Dentro de unas semanas, le llevaré yo el opio a Lu
Chen. Y no ha hecho usted nada por ella. No ha hecho nada
por Opio…
El chino soltó una risita que no dejó de inquietar a Stowe.
A continuación clavó en él sus ojos negros y dijo con tono
desdeñoso:
—Veo que ya no puedo hacer nada por usted. Si decide ir
a ver a Lu Chen, es hombre muerto.
Reinó un largo silencio. Luego Wang concluyó:
—En lo sucesivo, dejará usted de contar con mi
protección en esta ciudad. Lo más prudente es que regrese
a Shanghai y no vuelva a poner los pies aquí. Adiós, señor
Stowe.
Charles Stowe regresó al puerto de Hui-Chou, donde los
hombres de Wang estaban terminando de cargar el té de
Pearle. Como el barco no zarpaba hasta la noche, aprovechó
para pasear por la ciudad. Deambuló largo rato por las
callejas del barrio comercial. Todos los efluvios de té que
llegaban hasta él le turbaban los sentidos.
—¿Dónde puedo comprar té blanco? —preguntó a un rico
comerciante al que precedían tres hombres cargados con
cajas de madera pintadas.
El hombre, al ver que era extranjero, se escabulló. Poco
después, pasó delante de una tienda y entró. Allí, pese a
que lo tenía ante los ojos, se negaron a venderle té verde,
tras una larga discusión en la que invocó su amistad, ya
caduca, con Wang.
—¿Dónde podría conseguir té blanco?
El hombre dudó, examinando al inglés como si lo
calibrase.
—Donde vive Lu Chen.
—¿Y dónde puedo encontrar a Lu Chen?
—Dicen que vive en las fuentes del río Verde.
—¿Dónde están exactamente esas fuentes?
—Al otro lado de aquellas montañas.
El hombre le explicó que tenía que remontar el río Verde
en junco hasta el delgado hilillo de agua que brotaba de una
roca sagrada donde nacía aquel majestuoso río.
—Dicen que Lu Chen vive junto a ese manantial, en pleno
corazón del país del té, un lugar aislado del resto del
mundo. Pero, que yo sepa, y por más que muchos aseguren
lo contrario, nadie ha visto nunca a Lu Chen.
—¿Por qué?
—Quizá porque se oculta tan bien que se vuelve invisible.
Desde hacía semanas Charles Stowe no pensaba más
que en Loan y en Lu Chen, y lo que acababa de decirle el
comerciante aguzó todavía más su curiosidad.
—¿Y cuál puede ser la razón de ese retiro?
El hombre, que había comprendido perfectamente
adonde quería ir a parar aquel extranjero, puso fin a la
conversación con tono firme:
—Pero, por supuesto, esto no es de su incumbencia. Sólo
los chinos están autorizados a penetrar en esa región.
Cuando regresó a Shanghai, Charles Stowe le anunció a
Pearle:
—Está decidido. Dirigiré yo la próxima entrega de opio a
Lu Chen.
—Como quieras. Pero ¿y si no regresas?
—Si no regreso, te resultará fácil olvidarme.
Y se separó del irlandés.
Vendió una parte del té verde que le correspondía a un
francés que partía hacia París. El francés se llamaba Masson
y comerciaba con mercancías procedentes de Oriente.
Poseía una elegante tienda cerca de la plaza de la
Madeleine, donde se esmeraba en ofrecer a sus clientes los
productos más exóticos y originales de los cinco
continentes. Cuando descubrió la mercancía de Stowe, el
francés le pagó una auténtica fortuna, seguro, eso sí, de
revenderla por un precio superior.
—¿De dónde procede este té verde? —preguntó Masson.
Charles Stowe lo miró a los ojos y le contestó:
—De un lugar sagrado.
Tres semanas después, Charles Stowe se dispuso a partir
para emprender su último viaje al país del té. A las fuentes
del río Verde. Al corazón del reino de Lu Chen. Allí donde
ningún extranjero había llegado nunca.
—¿Y qué va a hacer usted allá, en el corazón de China?
—le preguntaban en la comunidad británica de Shanghai.
—¡Pues nada, a transportar una partida de opio! —
contestaba Stowe con despego y fingida ironía.
El opio permite saborear placeres sensuales intensos y
con frecuencia prohibidos. Como todo cuanto está sujeto a
una prohibición, el opio se había convertido en China en un
producto escaso y precioso.
En 1816, el gobierno británico acreditó a su embajador
en Pequín, Lord Amherst, para establecer relaciones
comerciales con China. Ante la negativa del Imperio del
Medio, Inglaterra encontró la solución: el opio. Cultivado
bajo tutela británica en la región de Bengala, en la India, no
tardó en convertirse en la principal contrapartida al
comercio del té. Pese al edicto imperial que la prohibía, la
droga se extendió por toda China.
En 1839, era tan enorme la importación de opio que el
Imperio del Medio decidió romper toda relación con
Inglaterra.
El emperador acreditó a un hombre, el comisario Lin,
para destruir los cargamentos de opio provenientes de la
India. Lin hizo más que eso: se incautó de todos los navíos
británicos. Y pronto se llegó a un conflicto armado.
Aquel año de 1839, la ciudad de Cantón sufrió el primer
bombardeo por parte de la flota inglesa. Así se inició entre
Inglaterra y China lo que se llamó la primera guerra del
opio.
En realidad, Charles Stowe conocía todos estos episodios.
Y sabía asimismo que si lo capturaban lo condenarían a
muerte. Pero la idea de volver a ver a Loan le hacía olvidar
toda noción de peligro.
Charles Stowe abandonó Shanghai una mañana de la
primavera de 1840, a bordo de un junco cargado de opio.
Durante largos días viajó por el río Verde, acercándose poco
a poco a las fuentes prohibidas.
Al rebasar Hui-Chou, el inglés supo que esa vez llegaría
hasta su meta.
—A partir de ahora, tendremos que observar la mayor
discreción —dijo el batelero—. Nunca ha penetrado un
extranjero en este territorio, salvo misioneros, algunos de
los cuales no regresaron. Pero todavía le puedo dejar aquí.
Charles Stowe se volvió hacia él y lo miró de hito en hito.
—Imposible.
—¿Por qué motivo?
El inglés dejó pasar un largo rato antes de contestar.
—Tengo que encontrar la ruta del té.
Después de Hui-Chou sólo encontraron aldeas en medio
de los arrozales, donde atracaban a veces para avituallar.
Por las noches fondeaban en lugares inhabitados, y, por lo
general, partían antes del amanecer para evitar visitas
intempestivas de campesinos, comerciantes, ladrones y
militares.
Un día se detuvieron junto a un monasterio donde, según
el batelero, había una de las más hermosas plantaciones de
té blanco de toda China.
Los dos hombres se presentaron ante el edificio,
agotados pero felices. Llamaron a la puerta. Salió a abrirles
un monje. El batelero se puso a hablar con él en una lengua
que Stowe desconocía. Luego el monje esbozó una sonrisa,
se hizo a un lado y los invitó a pasar. El inglés vio entonces
un espectáculo que rayaba en lo maravilloso. Ante sus ojos
se desplegaba una alfombra de flores blancas que parecía
esperarle desde la eternidad.
Charles Stowe ofreció al monje comprarle cien arbustos.
El religioso aceptó a condición de que le pagase en oro. El
inglés se lo quedó mirando, desconcertado.
—Imposible, sólo dispongo de opio.
Esta vez fue el monje el que pareció sorprendido.
—El té blanco se compra con oro.
—Es posible. Pero yo no tengo.
—Entonces, lamentándolo mucho, no hay nada que
hacer.
Con todo, y tras largas discusiones, el monje consintió en
cederle un plantón de té blanco por unas decenas de leis.
—Así —dijo Stowe—, si vuelvo vivo de esta aventura,
podré presentar esto como prueba.
Al día siguiente, el junco se acercó a las fuentes secretas.
En lontananza se perfilaban las primeras cumbres de las
montañas del país del té.
Se detuvieron unas horas en un pueblo.
—Aquí podremos abastecernos de víveres sin llamar la
atención —dijo el batelero—. No hay bandidos. Y menos aún
militares.
Antes de partir, apagaron la sed en la única posada del
lugar, procurando observar la mayor discreción posible.
Cuando les preguntaban algo, sólo hablaba el batelero.
Charles Stowe se limitaba a sonreír y a inclinar la cabeza en
señal de respeto.
En la plaza del pueblo, a pocos pasos de ellos, vieron a
unos criminales expuestos a la vindicta pública. A algunos
de ellos les habían cortado el labio inferior.
—¿Qué han hecho esos hombres para merecer tamaño
castigo? —preguntó Charles Stowe.
—Son fumadores de opio. Les cortan el labio para
impedirles que vuelvan a entregarse a su vicio favorito.
Navegaron durante tres días más, con infinita lentitud,
pues el río se había tornado tan angosto y poco profundo
que de continuo se arriesgaban a chocar con los bajíos y a
embarrancar en la arena. A veces escaseaba tanto el agua
que se veían obligados a bajar a tierra y a tirar del junco con
una larga cuerda. Los miembros de la tripulación estaban
agotados y empapados por la lluvia. Por la noche se
secaban en torno a una hoguera para no morir de frío.
Mientras se calentaban, su piel exhalaba un olor a musgo y
a bayas silvestres.
—No entiendo por qué soporta usted estas condiciones y
se expone a tales riesgos —le dijo el batelero a Charles
Stowe—. ¿Por qué está tan empeñado en ir allá? ¿Por unos
cuantos plantones de té blanco?
El inglés no podía revelarle sus propósitos, explicarle que
sólo con poseer unas decenas de plantas, Inglaterra podría
prescindir muy pronto de China. Ni que quería volver a ver a
una mujer de ojos verdes.
—Sí, por el té blanco. Además, si todos los hombres
quisieran encontrar una explicación a la locura de sus actos,
hace tiempo que no habría aventureros.
Por fin alcanzaron su meta. Una mañana llegaron a un
valle fértil, rodeado de altas montañas cubiertas de campos
de té, donde el río Verde no era ya más que un delgado río
tranquilo y silencioso. El junco no podía ir más lejos.
—Bien —dijo el batelero—, hemos llegado al final de
nuestro trayecto.
—¿Aquí? —preguntó sorprendido Stowe—. Pero si no veo
a nadie.
—Pues aquí es donde se realiza la entrega del opio. El
campamento de Lu Chen está muy cerca, en ese bosque. A
partir de ahora hay que caminar.
—¿Por dónde? No se ve ningún sendero. No hay más que
árboles.
El batelero sonrió.
—Por supuesto, hay que caminar por el río.
Antes de partir, Charles Stowe fue a buscar su valioso
arbusto de flores blancas. Luego bajó solo al agua, que era
límpida y estaba helada.
—Me voy a ver a Lu Chen.
—Si no regresa antes de mañana por la noche, no podré
hacer ya nada por usted —dijo el batelero.
El inglés le indicó con un gesto que no se preocupase y
se puso en camino. Anduvo así durante más de media hora.
Tan ansioso estaba por ver a Lu Chen que no notaba ya el
contacto del agua helada. Llevaba prendido en el cinto un
puñal de hoja curva. Y le parecía que aquella arma, por
insignificante que fuese, y su delicado arbusto le protegían
de todo.
Cuando se alzó ante él el campamento, Charles Stowe se
dijo que por fin iba a saber quién era Lu Chen.
Charles Stowe decidió avanzar a cara descubierta. Salió
del lecho del río y se dirigió hacia el campamento.
De inmediato salió un hombre a su encuentro. Era un
mongol de aspecto tan acogedor como el de un buitre. Iba
armado con un fusil. Aguardó a que el extranjero se
acercase, le apuntó y preguntó:
—¿Quién es usted y que ha venido a hacer aquí?
Stowe contestó en chino, con una pizca de acento:
—Vengo a ver a Lu Chen. He venido a entregarle opio.
El hombre bajó el fusil, lo examinó detenidamente y le
indicó una tienda más amplia que las demás.
—Ésa es la tienda de Lu Chen.
Stowe le dio las gracias con un gesto, se acercó y entró.
En el interior, unos hombres tatuados, tumbados en unas
esteras, fumaban con una larga pipa en la mano. Tenían el
rostro demacrado y estaban delgadísimos. Podía leerse en
sus ojos que el opio les había robado el alma. Y, sin
embargo, se les veía plácidos y tranquilos, como si la
realidad en nada les atañese.
El inglés los miró largo rato, con la sensación de tener
delante a unos cadáveres.
—Buenas noches, señor Stowe —dijo una voz grave y
singular—. Creo que me buscaba usted.
Stowe descubrió, en el fondo de la tienda, una cortina de
tela tras la que se perfilaba una silueta. Al lado había un
farol en el que bailaba una llama dorada. Resultaba extraño.
Venía a ser como contemplar una pintura en movimiento en
un museo imaginario. Una sombra, una luz. El cuadro de Lu
Chen.
Tenía ante sus ojos al señor del té. Y no podía verle el
rostro.
—Me alegra haber dado por fin con usted.
—A mí también, señor Stowe. Venga a sentarse frente a
mí.
La voz parecía salir de ultratumba. Era demasiado grave
y profunda para parecer natural. Acaso porque era la voz de
una sombra.
El inglés se acercó poco a poco, hasta tocar la tela.
Cuando su mano no quedaba más que a dos centímetros del
rostro de Lu Chen, dos de los fumadores de opio pegaron la
hoja de sus puñales a la garganta del extranjero. Sonó la
voz de Lu Chen:
—No toque esta tela. Si intenta ver mi rostro, no saldrá
vivo de aquí.
Charles Stowe obedeció, se sentó con las piernas
cruzadas frente a la sombra y aguardó.
—¿Por qué ha venido hasta aquí? Para matarme, ¿no es
así?
Al inglés le recorrió un escalofrío.
—He venido a entregarle el opio. Eso es todo.
Lu Chen permaneció inmóvil y silencioso. Luego soltó con
voz firme:
—¡Miente!
Stowe se estremeció.
—Sé que ha venido por ella. Sé que ha venido por Loan.
Y que planea matarme.
El inglés no supo qué contestar. Aquel hombre le
desconcertaba por completo. En aquel instante, comprendió
que no mataría nunca a Lu Chen y que probablemente su
vida acabaría allí.
—Es cierto. Deseo a esa mujer. ¿Dónde está?
Lu Chen dejó escapar una risita cavernosa.
—Está aquí, pero me pertenece.
—Le pertenece porque la trata como una esclava. Si ella
pudiera, le abandonaría.
—Me divierte usted, señor Stowe. Se requiere valor para
venir a provocarme de ese modo. Cuántos otros han perdido
la cabeza por menos que eso.
—Si debo morir, quiero hacerlo con dignidad.
Se hizo un largo silencio.
—No voy a matarle, sino que voy a proponerle un
jueguecito. ¿Desea usted a Loan? Muy bien. Se la cederé…
digamos que por un lapso de tiempo muy determinado.
—¿Cuánto tiempo?
—Siete días y siete noches. El tiempo que necesitaré
para realizar un viaje hacia el norte y regresar… —Y Lu Chen
añadió, como una sentencia—: Luego volveré aquí, al
campamento. ¡Y si aún no se ha marchado usted, le mataré!
Stowe se estremeció.
—¿Por qué hace usted eso?
El chino eludió la pregunta.
—Señor Stowe, ¿ha probado alguna vez el opio?
—No.
—Nunca es tarde para descubrir el sabor de ciertas
cosas. Verá lo duro que le resultará luego verse privado de
él.
Lu Chen dio una palmada y un hombre le presentó al
inglés una pipa cargada de opio. Éste se la llevó a los labios,
aspiró la primera bocanada y cerró los ojos. La voz de Lu
Chen le llegó por última vez desde detrás de la cortina:
—Buen viaje, señor Stowe.
Fue como una liberación tras una larga espera. Aquella
noche Charles Stowe fumó durante largo rato, frente a
aquella sombra, frente a aquel hombre al que había
buscado durante largas semanas y a quien nunca vería.
Bajo los efectos del opio, acabó durmiéndose, sosegado,
y alcanzó un bienestar que hasta entonces nunca había
conocido.
Al día siguiente Charles Stowe se despertó a eso del
mediodía. Seguía en la tienda, pero Lu Chen y sus hombres
habían desaparecido.
Cuando abrió los ojos, había una mujer a su lado. Una
china. Tenía los ojos verdes y una larga melena negra. Y
fumaba opio.
—¿Ya no se acuerda de mí?
Charles Stowe se incorporó en el lecho.
—¡Opio!
La mujer se echó a reír. Llevaba tatuada una flor de
adormidera blanca en el hombro.
—Prefiero que me llame Loan.
Le hacía feliz volver a ver aquel rostro y aquella flor de
adormidera blanca que le tenían obsesionado desde la
primera vez que se vieron. Pero necesitaba saber una cosa:
—Se ha ido Lu Chen, ¿no?
Loan dudó antes de contestar. Luego posó la mano en su
frente y deslizó el dedo a lo largo de su mejilla.
—Sí. Se ha marchado a entregar el opio que ha traído
usted. Puede quedarse aquí siete días. Ni uno más, como ha
dicho él. No olvide que si Lu Chen le encuentra aquí a su
regreso, le matará.
El inglés quiso hablar, pero Loan le hizo callar con un
gesto. Luego se tumbó a su lado y posó sus labios en los de
él.
Durante siete días y siete noches, el inglés podría fumar
opio y hacer el amor con aquella mujer. El opio le infundía
un sentimiento de libertad total, de turbadora sensualidad,
y le permitió viajar en sueños a un paraíso ilícito. Le
embargaba esa sensación extraña y nueva de ver sus
fantasmas más inconfesables al desnudo.
Loan procedía siempre del mismo modo. Tenía una
bandeja en la que estaban dispuestas un larga pipa, una
lámpara de alcohol, una gran aguja y una caja que contenía
pasta. La china encendía la lámpara, cogía un poco de opio,
lo calentaba sobre la llama, aguardaba a que adquiriese un
bonito color dorado, lo introducía en la pipa y se ponía a
fumar. Acto seguido, le alargaba la pipa al inglés y lo miraba
fumar en silencio. El resto del tiempo, compartían sus
cuerpos.
La mañana del segundo día, Charles Stowe salió un poco
de su embotamiento y se acordó del batelero.
Inmediatamente se vistió y se precipitó hacia el río. Caminó
hasta el lugar donde había dejado a su acompañante y
descubrió que el junco había zarpado sin él. El inglés
permaneció largo rato inmóvil, meditando. Luego regresó al
campamento.
Loan le esperaba en la tienda. Aquel día le tatuó una flor
de opio en la espalda, en el lugar preciso en el que tenía
una pequeña cicatriz. Una flor cuyo delicado trazado sintió
en su piel.
—¿Qué significa este tatuaje?
El inglés dibujó en el suelo la forma que había podido
ver, invertida, en el reflejo del río.
Loan se quedó muda de sorpresa. Al final acabó
confesando, como a su pesar:
—No puedo decírselo.
—¿Por qué? ¿Porque a partir de ahora pertenezco a Lu
Chen?
Ella lo miró en silencio, con una intensidad en los ojos
que él no le había visto nunca. Luego, con un gesto lleno de
delicadeza, apoyó la cabeza en su hombro.
Era una sensación tan ligera como sentir posadas en su
piel las alas de una mariposa.
—¡Opio! ¡Loan!
Charles Stowe, tumbado en su lecho, no cesaba de
llamar a la joven. Presa del delirio, sostenía en la mano la
larga pipa de opio que era ya su compañera.
Loan se acercó y se pegó a su cuerpo.
Fuera, caía lentamente la noche sobre el campamento y
el bosque aledaño. La piel de Loan sabía a lluvia, sus
cabellos olían a vainilla, su sexo tenía el olor de un fruta
madura y su lengua el perfume del opio.
—¿Te enseñó Lu Chen a fumar?
Loan no contestó. Le dirigió una mirada extraña y le
alargó la pipa.
Stowe se incorporó en el lecho, se sentó con las piernas
cruzadas y, sin dejar de observar a la joven, se puso a
fumar con deleite. Loan posó la cabeza en su hombro y le
cogió la mano. Sus ojos verdes no se despegaban de él.
Stowe pasó con delicadeza los dedos por sus cabellos y dijo:
—Nunca te abandonaré. Nunca.
Sintió una leve presión de la mano de Loan en la suya,
como un temblor de esperanza; luego cedió la presión. Se
hizo un larguísimo silencio.
—Me abandonarás —dijo por fin Loan—. Tú también
acabarás marchándote.
El cuarto día se bañaron desnudos en el río. Luego se
tumbaron al sol en la orilla.
Al día siguiente, dieron un paseo por el bosque.
Bordearon un acantilado, y Loan le mostró un lugar mítico.
—Mira, en esta cueva nace el río Verde. El agua
proveniente del deshielo de la nieve baja de la montaña por
esta cascada y alimenta este estanque natural, que va
creciendo con las lluvias.
Stowe quiso penetrar en una cavidad de las rocas, pero
Loan se lo impidió.
—Aquí oculta Lu Chen los cargamentos de opio. Es un
lugar prohibido.
En el mismo instante salieron de la maleza dos hombres
armados y se dirigieron hacia ellos.
Cuando divisaron a Loan, regresaron en silencio a su
escondrijo.
—Por eso es prácticamente imposible llegar a las fuentes
—dijo el inglés.
—Y estos hombres no son los únicos guardianes de la
cueva. ¡Los hay mucho más terroríficos!
—¿Ah, sí? ¿Y quiénes son?
Loan no tuvo tiempo de contestar. En ese instante
arrancó a volar ante ellos una nube de murciélagos que
llegó a oscurecer el cielo.
El sexto día, se puso a llover y permanecieron a cubierto
bajo la tienda.
La víspera del séptimo día, Charles Stowe, estimulado
por la audacia que le infundía el opio, le dijo a Loan:
—Quiero hablar con Lu Chen.
—¿Otra vez esa locura? ¿Qué ganas con morir?
—No quiero morir, sólo deseo hablar con él. Y verlo.
—Si llegas a ver su rostro, te cortarán la cabeza.
—Pues si no puedo ni verlo ni quedarme aquí, ¿por qué
no huyes conmigo?
La joven le miró con tristeza.
—No. Lu Chen nos encontrará dondequiera que estemos,
y nos matará.
—Entonces, ¿no hay solución posible?
Loan le acarició largo rato la cara.
—Te lo ruego. No estropees el poco tiempo que nos
queda por vivir juntos.
Aquel séptimo día, Charles Stowe no dudaba ya que Lu
Chen llegaría y llevaría a cabo su amenaza si permanecía en
el campamento. Aun así, el inglés se mostraba reacio a
marcharse.
A eso del mediodía se presentó un hombre de Lu Chen.
Era un ojeador. Cuando vio a Stowe, no pudo reprimir una
mueca.
—Tienes que irte antes del anochecer. Después será
demasiado tarde.
Loan le instó a obedecer.
—Es inútil que arriesgues tu vida por la mía. Te lo repito
—le imploró—. No puedes quedarte aquí. Nos mataría a los
dos, y nada saldríamos ganando.
Charles Stowe comprendió que no le quedaba más
remedio que obedecer.
Antes de marchar, se volvió por última vez hacia Loan.
—Conforme, me voy…, pero volveré.
—No volverás.
—Sí, te lo prometo.
La joven sabía que hablaba muy en serio y susurró:
—Estás loco. Pero no puedo hacer nada contra la locura.
Antes de separarse de ella, Stowe la besó. Luego,
sosteniendo en la mano el pequeño arbusto que le había
vendido el monje, salió de la tienda y echó a correr bajo la
cortina de lluvia que caía del cielo.
Caminó largo rato por el lecho del río haciendo el menor
ruido posible. Luego, cuando el agua subió de nivel, pudo
nadar y avanzar más rápidamente. Le daba la impresión de
que le rondaban mil peligros y de que le espiaban hombres
por todas partes. Tenía mucho más miedo que cuando el
batelero le condujo a aquel lugar perdido.
Estaba solo. Ya no tenía a Loan a su lado y había perdido
todo motivo de esperanza.
Anduvo por las aguas hasta el anochecer. Y fue como
entrar en el mundo de las tinieblas.
Al día siguiente, se despertó tumbado en la orilla. El río le
había transportado de su lecho al lecho de la tierra. Se
levantó, decidió partir de inmediato, regresó al río y se puso
a nadar. Poco más allá, cruzó un primer pueblo de
pescadores. Robó un junco y comprendió que estaba
salvado.
Durante varios días, navegó en la más completa soledad.
Sólo se detenía por la noche a descansar. Se tumbaba en el
fondo del barco y contemplaba las estrellas, que el pálido
halo de la luna iluminaba en el cielo de China.
Pocos días después, Charles Stowe llegó a las afueras de
Hui-Chou. Para apagar la sed, quiso coger un mango que
pendía de una rama sobre las aguas. Desde su marcha, se
alimentaba únicamente de lo que le brindaba la vegetación
del río. Encaró el junco hacia la rama y se dispuso a atrapar
el fruto al vuelo. En el momento de asir el mango, no notó la
mordedura de la serpiente en el extremo del dedo meñique.
Sólo comprendió lo que había ocurrido al oír el silbo del
reptil. Lanzó un grito. Sólo uno.
Vio también deslizarse de la rama un reflejo de luz verde
y caer en el río para desvanecerse de inmediato.
III
Cuando despertó, se hallaba fuera de peligro. Estaba
tumbado en una litera en el camarote de un barco que
navegaba por el río Verde.
—Bueno —dijo el comandante Mac Arthur—, menudo
susto nos ha dado usted. Pensaba que ya no se despertaría.
—¿Dónde estoy?
—Fuera de peligro a bordo de un buque británico que se
dirige a Shanghai.
—¿Qué ha ocurrido?
—Hace dos días, lo encontraron unos campesinos a
bordo de un junco que flotaba a la deriva por el río. Le había
mordido una serpiente. Los campesinos le atendieron y le
trasladaron al hospital militar de Hui-Chou. Allí acabamos
encontrándolo.
Charles Stowe alzó la cabeza hacia el comandante y se
desplomó en el catre.
—Tenga, le devuelvo esto. Lo llevaba consigo como un
talismán. Nadie se ha atrevido a robárselo.
Le alargó el plantón de té blanco. Era cuanto le quedaba
de aquel extraño viaje al país del té y del opio. Charles
Stowe lo cogió no sin preguntarse si aquella única planta
justificaba semejante cúmulo de padecimientos. Pero estaba
tan cansado que al punto dejó de pensar en ello.
—Duérmase —dijo Mac Arthur—. No tardaremos en llegar
a Shanghai, y allí olvidará sus desventuras.
—No quiero olvidar nada.
El comandante se levantó.
—Tal vez no lo sepa, pero prosigue la guerra entre China
e Inglaterra. Es el motivo de nuestra presencia en este río.
Se halla usted a bordo de un buque de guerra.
En el momento en que Mac Arthur se disponía a
abandonar el camarote, el inglés hizo acopio de fuerzas
para murmurar:
—Pero, para mí, la guerra ha terminado.
Nada más llegar a Shanghai, Charles Stowe sufrió un
fuerte acceso de fiebre. Cuando se desabrochó la camisa, el
médico que le atendía le preguntó, sorprendido por el
tatuaje:
—¿Qué es ese extraño dibujo?
—Es una flor de opio que me tatuó una mujer china —
contestó Charles Stowe, sin siquiera mirarlo.
—¿En Shanghai?
—No. En las fuentes del río Verde.
El médico se echó a reír.
—No me diga. ¿Pues qué clase de aventurero es usted?
—He sido uno de los primeros exploradores que han
llegado hasta el final de la ruta del té, y probablemente el
último traficante de opio.
El médico le lanzó una mirada recelosa, pero llena de
curiosidad.
—¿Qué significa este tatuaje?
—Que pertenezco a alguien. Alguien cuyo rostro no
conozco. —Y añadió al cabo de un instante—: Alguien que
tiene el rostro del opio.
A los pocos días, Charles Stowe se presentó en casa de
Pearle. El irlandés se disponía a abandonar China. La guerra
entre Inglaterra y el Imperio del Medio imposibilitaba
cualquier actividad comercial. El país resultaba cada vez
más peligroso para los ciudadanos británicos.
—He llevado el opio hasta el campamento de Lu Chen —
dijo Charles Stowe—. Pero no le he visto la cara.
—Lo sé.
El irlandés esgrimía una extraña sonrisa, como si se
alegrara de aquel fracaso.
—No creo que pueda hacer nada contra Lu Chen, pero
esa mujer me ha amado. Y quiero regresar a buscarla. Algún
día.
Pearle lo miró como si lo viese por primera vez. Con una
mezcla de asombro y de profundo desprecio.
—¡Estúpido! Pero ¿es que no has entendido nada?
—¿Qué tengo que entender?
—Loan nunca ha amado a nadie. Sencillamente te ha
utilizado.
—¿Qué quieres decir?
—El cargamento de opio era para ella.
Pearle tenía que llegar hasta el final:
—Lu Chen es ella.
A Stowe se le heló la sangre en las venas.
—Por eso la llaman Opio.
—Pero ¿por qué esa mascarada?
—Por el temor que inspira Lu Chen. Y sobre todo para
seguir realizando el intercambio de té y de opio sin peligro.
Sólo Wang y yo lo sabemos. Nunca ha logrado echarle nadie
el guante a Lu Chen, ¡por la sencilla razón de que no existe!
Charles Stowe sintió que se le encogía el corazón. Había
tenido en sus brazos a aquella mujer, que le había hecho
creer en el amor. Y él no se había dado cuenta de nada.
—Pero, Charles, ¿cómo has podido ser tan ingenuo?
Pearle le dio una chupada a su puro y le sirvió a su amigo
un vaso de whisky. Luego dijo ahogando un bostezo:
—Me voy a la cama. Mañana embarco muy temprano
para Dublín. Se acabó esta historia. Adiós.
Pearle se levantó y añadió:
—Lo mejor que puedes hacer es regresar a Londres. Y no
volver a pensar en ella.
Acto seguido abandonó la terraza.
Charles Stowe permaneció largo rato sentado,
paladeando el whisky a pequeños sorbos, mientras ante él
caía el crepúsculo.
Caviló que la felicidad era tan impalpable como una
bocanada de opio, tan efímera como un sorbo de té. Había
creído en el amor de Loan. Sin embargo, no podía uno eludir
su destino, y el suyo sólo le había concedido siete días y
siete noches con aquella mujer.
Le había prometido a Loan regresar. No regresaría.
Sin confesárselo, Charles Stowe sabía perfectamente que
las más hermosas promesas, aunque acaben convirtiéndose
en polvo de recuerdo, no traspasan nunca el reloj de arena
del tiempo.
Una semana más tarde, Charles Stowe recibió la visita de
un inglés llamado Robert Fortune. Fortune era un botánico
deseoso de descubrir los secretos del té chino. Había oído
hablar de Stowe y quería conocerlo.
Charles Stowe lo recibió tumbado en la cama, pues la
fiebre seguía impidiéndole levantarse sin sufrir vértigos. No
podía ahuyentar de su mente el desasosiego que le habían
causado las revelaciones de Pearle respecto a Loan.
—¿Es cierto que ha llegado usted a las fuentes del río
Verde? —inquirió Fortune.
—Sí. ¿Por qué? ¿Proyecta usted también hacerlo?
—Tal vez. Depende de lo que usted me cuente.
—¿Qué quiere saber?
Fortune sostenía el sombrero en la mano, febril,
subyugado por aquel hombre que había realizado una parte
de sus sueños.
—¿Qué ha traído usted de allá, señor Stowe?
—Recuerdos.
Charles Stowe señaló la planta de té que le vendiera el
monje.
—También he traído eso.
Fortune contempló amorosamente la planta de té
sagrado, y se le iluminó la mirada.
—Una maravilla. Se la compro. ¿Cuánto quiere por ella?
Charles Stowe iba contestarle que la planta de té blanco
no estaba en venta cuando el hombre le ofreció un precio
exorbitante.
—Le ofrezco diez mil leis.
—Ni pensarlo.
—Sea usted razonable. No puedo hacerle una oferta
superior.
—No es cuestión de dinero, señor Fortune. Dejémoslo. ¡Si
quiere conseguir plantas de té, vaya a buscarlas usted!