Juego y Dibujo en Psicoanálisis Infantil
Juego y Dibujo en Psicoanálisis Infantil
El juego ocupa un lugar importante en el trabajo analítico con niños y adolescentes pues permite la
expresión de la subjetividad correspondiente al momento de constitución psíquica.
Sigmund Freud: Toma por primera vez al juego como analizador. En un primer momento lo ve como
similar a una creación poética. Como una act privilegiada donde el niño reordena, a través del juego,
cuestiones del mundo exterior que fueron displacenteras de una manera que sea agradable para sí y
tramitar lo displacentero. Diferencia el juego de la fantasía y el juego del sueño (es una expresión de
deseo pero no lo hace de manera tan transformada como en los sueños). Después del giro de 1920 se
encuentra con el juego del FORT DA y a partir del análisis de ese caso va destacar la dimensión
elaborativa del juego. Se logra procesar aquello psíquicamente intolerable. Empieza a tomar noción con
aquello que insiste, tiene que ver con ligar lo que irrumpió en el aparato psíquico. Juego como actividad
preferida y más intensa del niño. Ubica a la actividad lúdica como precursora de la fantasía en el adulto y
de las creaciones artísticas posteriores.
Klein y Winnicott proponen 2 líneas diferenciadas del juego, los dos toman los textos de Freud como
base.
Klein: Fundó la técnica psicoanalítica del juego, no es la primera en trabajar con él pero si en formalizarlo (via de acceso al icc
Técnica equivalente a la asociación libre en el adulto. El analista puede
realizar interpretaciones a medida que juega, del contenido del juego en análisis: revela al icc. Importancia
del análisis de la transferencia y del contenido del juego. El dibujo también es un medio de expresión
simbólica de deseos, fantasías y experiencias, por ello en la caja de juegos, Klein incluye papel, lápices,
además de juguetes.
Winnicot: No habla de JUEGO, sino de JUGAR porque tiene algo del orden de lo singular y da cuenta de la subjetividad de qu
Bleichmar Capítulo VII “El psicoanálisis de frontera: clínica psicoanalítica y neogénesis” (pp 273-
279)
Javier 2 años y 8 meses. Muerde como expresión de sus impulsos, conducta que no se inhibe con regaños
(MOTIVO DE CONSULTA). Aterroriza al entorno por cómo ejerce su motricidad con desenfado, como si
ningún límite fuese posible.
Llega a la consulta con su madre y se dirige hacia la canasta con juguetes que puse a su disposición. He
incluido en ella, no ingenuamente, un autito a cuerda que, cuando se desliza, abre la boca-capó dejando al
descubierto una dentadura de latón pintado. Después de mirar los objetos, toma el autito y pide a su
madre que le de cuerda. Ella lo hace y Javier ríe gozoso, operación que le produce placer. Luego recorre
el resto del consultorio con cierta ansiedad y vuelve al juego del auto. Intervención: “el autito, como
Javier, cuando se aleja de mamá quiere comerse todo lo que encuentre, por eso muerde lo que se le
atraviesa”. Me mira atentamente y toma con fuerza el brazo de su madre, pidiéndole que se vayan. La
madre se rehúsa y él comienza a llorar a los gritos, muy enojado. Silvia, como un papá (restituir la fx del
padre), ha dicho “Javier, no se puede hacer todo lo que uno quiere, eso es peligroso para vos y para los
demás”.
Le pregunto a su madre qué hacen cuando Javier se torna “insoportable”, según sus propias palabras. Ella
responde que lo envían a su cuarto hasta que se tranquilice. Le señalo lo difícil que es para ella sostener
al mismo tiempo la prohibición y la contención de las conductas riesgosas y como esto obliga al niño a un
esfuerzo de autocontrol para el cual no está preparado, llevándolo a un movimiento que oscila entre la
rigidización y el estallido. Propongo que así como ahora ella lo ha rodeado con sus brazos y su cuerpo lo
sostiene, traten de contenerlo. (Silvia intenta sancionar legalidades)
En la segunda entrevista se reproduce la escena del llanto y la rabieta. Luego se acerca a un encendedor
e intenta prenderlo. Se lo saco y comenzamos un juego en el cual él debe apagar la llama. La madre lo
toma entre sus brazos y mientras lo contiene, el juego se puede sostener. Hago entonces mi segunda
intervención, le digo que algo “le quema” adentro cuando se pone a correr, a morder, a tirar cosas, que
no sabe cómo calmar eso que le quema adentro. (pone palabras a aquello que el niño no tiene palabras
para nombrar lo que está sucediendo). (Bleichmar además introduce el juego, es armado por un otro, hace
del encendedor un juego).
A la tercera entrevista entra muy decidido, me mira sonriente y dice “soñe, yo soñe” “¿Con qué soñaste
Javier?” “Con el cocodrilo. Había un cocodrilo, la boca abierta, hamm (hace gesto de comerme)”. La madre
cuenta que se despertó angustiado y los fue a buscar. Esos días ha estado mucho más cariñoso y ha
dejado de morder. El sueño realizando una inlograda satisfacción pulsional. El rehusamiento del sujeto a
su impulsión de morder ha dado curso a una formación del inconsciente. (Se puede ver el pasaje de que
algo ha operado) (angustia tiene que ver con la propia castración).
La intervención analítica se extiende por unas doce sesiones aproximadamente, que son acompañadas
con entrevistas de padres para recapturar, resignificar todo lo ocurrido. Mediante este material podemos
observar el surgimiento in situ de una represión que abre las posibilidades de un viraje en la instalación
de los movimientos que constituyen el aparato psíquico.
Un niño con lenguaje constituido, control de esfínteres, noción de sí y del objeto, enlaces libidinales, queda
sin embargo librado, en un punto de su constitución, a un fracaso del sepultamiento de un representante
oral que lo compulsa al sadismo y le imposibilita el ejercicio de formaciones del inconsciente capaces de
dar curso a la elaboración psíquica. (aparentemente hay un Yo pero hay un remanente que no puede
ceder ni sublimarse).
El trabajo analítico destinado a cercar qué es aquello que obstaculiza la instalación de la represión
originaria, tanto del lado del niño como del de sus determinantes edípicos, parentales, y a incidir en su
constitución definitiva.
(En esta primera etapa de trabajo, no hay componente alucinatorio, no podemos pensar en pseudojuego.
Es fundamental pensar en el placer, creación, sublimatorio (juego). Entonces se da un NO JUEGO, tiene
que ver con el resto de lo visto y de lo oido, repetición permanente, que es producto de un no metabolismo
de algunos signos de percepción).
Un año después recibo su visita nuevamente. Javier tiene ya 3 años y 9 meses. Una angustia de
castración intensa subyace a sus demostraciones de machismo y eso va acompañado de temores de
pasivización de los cuales se defiende activamente. Es un niño encantador, seductor, y todo el mundo le
solicita besos, lo mima, intenta apoderarse de él. Se ha parado ante un grupo de niñas en el club y ha
orinado en el parque diciendo “miren, miren”. Ha levantado la falda de una amiga de su hermana
adolescente intentando tocarla, carcajeándose de excitación. Hay cierto desorden en su conducta.
Le hablo a Javier acerca de la propiedad de su cuerpo. Él tiene derecho a rehusarse a los apretujones, las
caricias desmedidas de los adultos, que le hacen sentir nuevamente ese fuego que quema dentro. Me está
pidiendo que lo ayude a apagarlo. Dice “Yo tengo un pito grande, grande como el de papá”. Interpreto “Es
tu pito, necesitás decirle a las mujeres que lo tenés, que es tuyo, que es grande, que sos un varón”.
Conforme avanzan las entrevistas, Javier comienza a responder a quienes le solicitan besos “Hoy no hay
besos, se acabaron, otro día”. Un intercambio en el cual su propio deseo y el derecho a la apropiación de
su cuerpo comienzan a aceptarse, lo cual lo alivia enormemente.
Puede observarse, en los dos momentos en los que me consulta, que entre uno y otro algo ha cambiado
estructuralmente en el modo de funcionamiento psíquico del niño. De inicio, no son síntomas los que
Javier presenta, sino una dificultad para la inhibición de ciertos modos de ejercicio pulsional, directo
y de su sepultamiento en el inconsciente. La pulsión oral canibalística no aparece inhibida en su fin, dando
cuenta ello de una falla en la constitución de la represión originaria. Correlativo a esto, las funciones
ligadoras del yo que posibilitarían el enfrentamiento de la descarga motriz no han logrado aún que este
opere como masa ligadora capaz de sostener a lo reprimido en un lugar tópico más o menos definitivo.
A partir de la intervención analítica y de su consolidación durante el año posterior, una nueva etapa se
inaugura. En ella vemos al niño sepultando los representantes pulsionales de origen, consolidando la
represión originaria e instalando en un encaminamiento edípico (en el sentido del Edipo complejo) que
da curso a la angustia de castración y reinscribe lo activo-pasivo en términos de rehusamiento al
sometimiento amoroso al semejante y de ejercicio de la masculinidad.
En sentido estricto, ninguno de los signos que preocupan a los padres y que motivan las consultas son
síntomas. Las intervenciones puntuales realizadas tienden, simplemente, a lograr desarticular un nudo
patógeno que, de cristalizar, puede perturbar la evolución futura y desembocar en coagulaciones
patológicas.
En el segundo tiempo, una vez constituido el sujeto, establecidas las constelaciones narcisísticas que dan
curso al amor y el odio en tanto sentimientos, aparece entonces una modalidad seductora-agresiva que
puede ser concebida como la defensa que el yo establece ante sus deseos de fusión ilimitada y la
agresividad concomitante que se pone en juego cuando las pasiones capturan al sujeto en el sometimiento
al semejante.
El lugar que este niño ocupaba en el fantasma parental, y las formas metabólicas de inscripción de los
deseos-mensaje de ellos derivados, es lo que fue trabajado en las entrevistas realizadas. Esto no puede,
en sentido estricto, ser considerado análisis. En razón de ello elegimos la denominación de intervención
analítica para este modo de operación simbolizante que abre nuevas vías para la constitución
psicosexual en la primera infancia.
No todo juego es interpretable, sino aquel que se produce en el espacio analitico. Se pregunta si el icc está
ahí, en ese juego o lo que está haciendo el niño, o no. Si por medio del juego se puede acceder a algo del
inconsciente, no es entonces el juego mismo lo que se interpreta, sino la presencia en él del inconsciente.
Juego: producción simbólica, y como una formación de intermediación en la intersección de dos ejes: por
un lado el del placer, que implica la actividad lúdica; por otro lado, la articulación de creencia-realidad
(espacio de la realidad y creaciones fantasmáticas singulares). Se produce en un espacio en donde la
creencia y la realidad se entremezclan. En ese entrecruzamiento se da el juego simbólico.
La existencia del juego simbólico en el niño va a develar el nivel de progreso psíquico, porque se tiene que
haber desarrollado una función simbólica (función adquirida por el sujeto, capacidad de representarse un
objeto ante la ausencia del objeto mismo). Esta no se constituye como efecto de la ausencia del objeto,
sino de un exceso. A partir de la vivencia de satisfacción primaria, frente a la imposibilidad del niño a
volver a la misma se construye, ante la ausencia del objeto, una imagen (de manera alucinatoria) para
paliar ese displacer que está pugnando por satisfacerse que es displacentera. Esa alucinación primaria es
una de las primeras manifestaciones de la función simbólica.
La intervención del analista no es meramente lúdica, se debe restituir la palabra como simbolización
dominante en la función analítica. Se aplican las mismas reglas que para el análisis en general.
Los analistas de niños transforman el juego en discurso, dando un carácter comunicacional al acto del
otro.
El analista no debe limitarse a jugar, el análisis es del orden del sentido -del síntoma, del deseo, del
inconsciente- y no de la mera acción ni educativa ni de obtención de placer.
Pre-requisitos para la constitución del aparato psíquico. Para que haya juego simbólico tiene que estar la
instauración de lo pulsional, la represión originaria tiene que haber operado, y tiene que haber una
constitución del yo. Y a su vez tiene que haber un clivaje longitudinal del yo (MUY IMPORTANTE). Este
posibilita articular el plano de la fantasía con el plano de la realidad, desplegando ambos a la par (ejemplo:
ser un pirata y ser un niño, no deja de ser niño aunque esté jugando). Posibilidad de entrar y salir de la
escena, posibilitado por este clivaje.
En relación a esto aparece el concepto de pseudo-juego: movimiento de puesta en acto en el mundo de
una condición delirante, que no sólo da cuenta del fracaso parcial de la función simbólica sino también se
torna irreductible el proceso de comunicación (no hay un mensaje). Implica una certeza delirante, por lo
que se halla cerrado a toda comunicación y el fin es la descarga pulsional directa, del orden de lo
compulsivo. Lo central del pseudo-juego es que esté el componente alucinatorio. No toda ausencia de
juego simbólico implica pseudo-juego.
El juego como puesta en juego de una fantasía, implica ciertos niveles de deformación, donde emerge el
contenido icc de forma encubierta. Aquello reprimido emerge y al mismo tiempo se encubre, como en el
sueño. Como toda actividad sublimatoria posibilita el cambio de meta y de objeto que habilita la
emergencia en el espacio de análisis de elementos icc que sirven a los fines de la cura. La riqueza de la
sesión de análisis consiste en la posibilidad de que uno de ellos (meta u objeto) queda temporalmente en
suspenso por la emergencia de fantasmas reprimidos.
Más allá de que el niño juegue y a qué juega, lo importante es la intervención del analista. Leemos como
mensaje al juego y lo convertimos en un intercambio. El juego deviene mensaje en tanto existe una
relación transferencial. Brinda carácter comunicacional al acto del otro. Se interpreta la presencia del icc
en el juego.
Dos riesgos: 1) el analista que se ubica simétricamente olvidando su tarea de simbolización/interpretación,
y 2) el juego como trabajo y olvidando la dimensión placentera.
En lo que respecta al juego, falta la categoría “código compartido” de inicio. Y es acá donde la teoría ha
intentado ocupar ese lugar, convirtiéndose en una suerte de sistema de transcripción simbólica que no da
lugar a ningún tipo de construcción singular de sentido. Sin embargo, hay un descubrimiento enorme en
este intento por convertir al juego en discurso, y éste consiste en dar a la sesión analítica la perspectiva de
un espacio en el cual todo aquello que ocurre deviene mensaje (y ello por efecto de la transferencia).
Cuando hablamos del juego en tanto vía de acceso al icc, sabemos que se trata del juego en análisis y
no del juego en general.
Modifica el objeto (niño), y homologa el psiquismo del niño y del adulto por lo que usa el mismo método. El
juego es la forma de expresarse del niño, de la misma forma que el adulto se expresa por la palabra. El
método va a ser la interpretación. Juego como forma simbólica de expresarse, a través de él se puede
acceder al icc.
Al homologar el juego con la palabra, hay una interpretación continua de lo que el niño está haciendo.
Bleichmar critica esto, pero destaca que es la primera persona que trabaja con esto (que hay icc en el
juego).
Desarrolló la técnica del juego con niños pequeños. Los psicoanalistas no habían explorado los estratos
más profundos del icc en niños, se consideraba peligrosa. Entonces, el psa era considerado adecuado
solamente para niños desde el período de latencia en adelante.
Usó el método de interpretación, enfoque a la libre asociación. Interpreta no sólo las palabras del niño
sino también sus actividades en los juegos, ya que son medios de expresar lo que el adulto manifiesta por
la palabra. También me guiaron otros 2 principios del psaa: la exploración del icc y el análisis de la
transferencia.
La etapa decisiva en el desarrollo de la técnica del juego fue el tratamiento de Rita de 2 años y 9 meses.
Padecía de terrores nocturnos y fobia a animales, era muy ambivalente hacia su madre. Tenía una
marcada neurosis obsesiva y por momentos se deprimía mucho. Su juego estaba inhibido. Pronto
comprendí las ansiedades subyacentes en sus obsesiones, y las interpreté. Una precondición para el psa
de un niño es comprender e interpretar las fantasías, sentimientos, ansiedades y experiencias expresadas
por el juego o, si las actividades del juego están inhibidas, las causas de la inhibición.
En la niña operaba un áspero e inflexible superyó. Concluí que este aparece en una etapa mucho más
temprana de lo que Freud supuso. El superyó es algo que el niño siente operando internamente de una
manera concreta, que consiste en una variedad de figuras construidas a partir de sus experiencias y
fantasías y que se deriva de las etapas en que introyectó a sus padres.
Juguetes adecuados para la técnica psicoanalítica del juego: multiplicidad de piezas simples, mayor
posibilidad de simbolizar. Consideró esencial tener juguetes pequeños, porque su número y variedad
permiten al niño expresar una amplia serie de fantasías y experiencias. Es importante que no sean
mecánicos y que las figuras humanas no indiquen ninguna ocupación particular. Su simplicidad permite
usarlos en situaciones diferentes.
El equipamiento de la habitación de juegos es simple. Pero tiene que haber muchas cosas a su disposicion
para que el niño HAGA y EXPERIMENTE.
Los juguetes de cada niño son guardados en cajones particulares, y así cada uno sabe que sólo él y el
analista conocen sus juguetes, y con ello sus juegos, que es el equivalente de las asociaciones del adulto.
El cajón individual es parte de la relación privada e íntima entre el analista y el paciente, característica de
la situación de transferencia psicoanalítica.
Bleichmar critica esta caja que se termino volviendo como un fetiche. Y que en realidad es un elemento
más.
Los juguetes no son el único requisito para un análisis del juego. Muchas actividades se efectúan en el
lavatorio, equipado con una o dos pequeñas tazas, vasos y cucharas.
A menudo él dibuja, escribe, pinta, corta, repara juguetes, etc. En el juego asigna roles al analista y a sí
mismo. Con frecuencia el niño toma la parte del adulto, expresando con eso no sólo su deseo de revertir
los roles, sino también demostrando cómo siente que sus padres u otras personas con autoridad se
comportan con respecto a él -o deberían comportarse-. Algunas veces descarga su agresividad y
resentimiento siendo, en el rol del padre, sádico. Cualquiera que sea el material utilizado, es esencial que
se apliquen los principios analíticos subyacentes en la técnica.
La agresividad se expresa de varios modos en el juego del niño, directa o indirectamente. Es esencial que
el niño deje surgir su agresividad, pero lo que cuenta más es comprender por qué en este momento
particular de la situación de transferencia aparecen impulsos destructivos y observar sus consecuencias
en la mente del niño. Usualmente he expresado al niño que no toleraría ataques a mi misma. Cuanto más
tiempo interpretaba los motivos de la agresividad del niño, más podía mantener la situación bajo control.
Pero ocasionalmente, con algunos niños psicóticos, ha sido difícil protegerse de su agresividad.
Siempre ha sido parte de mi técnica no ejercer influencia educativa o moral, sino restringirme al
procedimiento psicoanalítico que consiste en comprender la mente del paciente y transmitirle qué es lo que
ocurre en ella.
Cualquier actividad (usar papel para garabatear o para recortar, y todo detalle de la conducta) pueden dar
un clave acerca de lo que pasa en la mente del niño.
Las conexiones entre cc e icc son mucho más estrechas en los niños pequeños que en los adultos, porque
las represiones infantiles son menos poderosas.
Punto importantes en la técnica del juego: análisis de la transferencia. En la transferencia con el analista
el paciente repite emociones y conflictos anteriores. Podemos ayudar al paciente remontando sus
fantasías y ansiedades en nuestras interpretaciones de transferencia adonde se originaron,
particularmente en la infancia y en relación con sus primeros objetos.
Centré mi interés en ansiedades y defensas contra ellas. Me condujo cada vez más profundamente en el
icc y en la vida fantástica del niño. Este énfasis era contrario al punto de vista psicoanalítico de que las
interpretaciones no deberían ir muy hondo ni debían ser dadas frecuentemente. Persistí en mi enfoque, a
pesar de que implicaba un cambio radical en la técnica. Esto hizo accesible la comprensión de las
tempranas fantasías, ansiedades y defensas infantiles, que permanecían inexploradas.
Los juguetes no sólo representan cosas que interesan al niño en sí mismas, sino que en su juego siempre
tienen una variedad de significados simbólicos que están ligados a sus fantasías, deseos y
experiencias. Pero debemos considerar el uso de los símbolos de cada niño en conexión con sus
emociones y ansiedades particulares y con la situación total que se presenta en el análisis. Meras
traducciones generalizadas de símbolos ni tienen significado.
El análisis del juego había demostrado que el simbolismo permite al niño transferir no sólo intereses,
sino fantasías, ansiedades y sentimientos de culpa a objetos distintos de las personas. El niño
experimenta un gran alivio jugando y éste es uno de los factores que hacen que el juego sea esencial
para él. En los niños, una severa inhibición de la capacidad de formar y usar símbolos y de desarrollar
fantasías, es señal de una perturbación seria.
Mi técnica del juego me ayudó a ver qué material debía ser interpretado en ese momento y el modo en que
sería más fácilmente transmitido al paciente.
Winnicott “El juego del garabato” (caso clínico L, siete años y medio)
A la primera entrevista se le debe asignar un lugar especial. Para diferenciarla de la psicoterapia y del psa,
utilizo la expresión “consulta psicoterapéutica”. Es una entrevista diagnóstica, el fundamento es que
un paciente (niño o adulto) trae a la primera entrevista una creencia que obtendrá ayuda y confiará en
quien se la ofrece. La comunicación del paciente con el psiquiatra estará referida a las tendencias
emocionales específicas que, dotadas de una forma actual, tienen sus raíces en el pasado o en su
realidad interna personal.
Respecto de las técnicas, la base es el jugar. En mi opinión, o bien la psicoterapia se ejecuta en la
superposición de las dos zonas de juego (la del paciente y la del terapeuta) o bien el tratamiento debe
encauzarse a posibilitarle al niño jugar -vale decir, tener motivos para confiar en la provisión ambiental-.
Hay que partir de la base de que el terapeuta es capaz de jugar y de disfrutar con el juego.
El juego del garabato es una tecnica que le sirve en la primera entrevista para encuadrar el tratamiento y
reducir ansiedades. Es un método para establecer contacto con un paciente cuando este es un niño. Es un
juego reglado que pueden jugar dos personas. Tiene valor para la consulta terapéutica porque el
consultor utiliza los resultados de acuerdo con lo que el niño quiere comunicar. Lo que mantiene el interés
del niño es la forma en que se utiliza el material producido mientras se juega. No se trata de un test, el
consultor aporta su propio ingenio casi tanto como el niño.
Una vez que llega el niño le digo “Juguemos a algo. Te mostraré a qué me gustaría jugar a mí”. En la
mesa, que hay entre el niño y yo, tengo papel y dos lápices. Primero tomo algunas hojas de papel y las
rompo por la mitad (como movimiento de apertura), dando así la impresión de que lo que vamos a hacer
no tiene ninguna importancia desmesurada, y luego empiezo a explicar: “Este juego, que a mí me gusta,
no tiene reglas. Simplemente tomo lápiz y hago esto…” y mirando hacia otra parte hago un trazo a ciegas,
“Me dirás a qué se parece esto que yo hago, o si puedes lo conviertes tú en alguna cosa; después tú harás
lo mismo para mí, y veré si puedo hacer algo con lo tuyo”. Si el niño en vez de dibujar quiere charlar, o
jugar con los juguetes, o hacer música, o corretear por la pieza, me amoldo a sus deseos. El juego del
garabato no ha de dominar la escena durante más de una sesión, o a lo sumo 2 o 3.
Como no hay ninguna forma, va a dar muestra de en qué instancia está en la constitución del aparato y de
sus defensas.
Recorrido identificatorio
T0 T1 T2 (distintos tiempos y modos de funcionamiento de la psique)
T2. Adolescencia
Momento de giro o encrucijada identificatoria.
Adolescente como historiador.
Toma su propio proyecto en sus manos. Tiene que ver con la salida exogámica.
Acontecimiento, algo que cambia nuestras vidas, irrumpe y nos obliga a apropiarnos, a metabolizar lo que
sucede. TRABAJO ADOLESCENTE.
(TP9 T2)
Adolescencia como tiempo de conclusión donde la potencialidad (que se constituye en T1 y T2) termina de
tomar forma. De co autor pasa a ser autor, dueño y portador de su propia historia. Trabajo en la
adolescencia: poner en historia y poner en memoria.
Hay algo real que cambió: el cuerpo. El cambio es casi una obligacion. Pero algunos psiquismos les
cuesta mas hacerse la idea de los cambios.
Cuando nos referimos a T0, T1 y T2 estamos hablando del proceso identificatorio. El sujeto para
representar un antes de su propia existencia se basa en los enunciados de los demás (aca entran en juego
los conceptos de el espacio al que yo puede advenir, la sombra hablada, la función de portavoz, la
violencia primaria), pero no solo de las instancias parentales sino también del grupo social. Este espacio
(T0) no puede quedar en blanco, porque son necesarios puntos de anclaje que nos permitan ubicarnos en
un sistema de parentesco. Estos puntos de anclaje nos permiten avanzar, ir hacia el futuro sin perder la
nocion de quienes somos, la estabilidad. Y que frente a cualquier encrucijada el yo pueda representarse,
quien es.
El T0 se construye por retroacción a partir de preguntas, de la indagación de parte del Yo (como fue que
nací, en que momento, etc) Si hay un vacío o mentiras, sobre que pasó entre T0 y T1, no se entera quién
fue y va a tener graves implicancias para el devenir del sujeto.
Todo lo que se da en T0 va a hablar sobre el origen, y este origen va a conformar o estructurar los puntos
de anclaje, que será lo que tiene que permanecer. Puntos de anclaje porque proyeccion es a partir de una
serie de puntos que nos proyectamos hacia adelante y funciona como red; a pesar de la automodificación
del yo por el yo, el yo puede seguir dando cuenta de que es el mismo. Para eso es necesario que algo
permanezca.
La pregunta que el Yo le lanza al pasado, a sus padres, las teorías sexuales infantiles, constituyen los
puntos de anclaje, los núcleos duros del Yo, que permite reconocernos a pesar de que pase algo. El lugar
del niño es co-autor de su historia. Si bien necesita de la palabra del otro, que le ofrece un discurso, este
puede identificarse o no, y toma el relato en fx de la singularidad de esa psique en constitución.
A su vez es un tiempo que no puede quedar en blanco, sino el Yo queda como autoengendrado y origen
como causalidad delirante.
T1. Momento marcado por el advenimiento del Yo. Momento en que el niño pasa a sustituir al infans que
ya no es. Momento donde se reconoce la presencia de otro, de una exterioridad (primeramente, a la
madre o a la pareja parental), y se reconoce que puede estar tanto presente como ausente, que puede
causar dolor o sufrimiento, y que impone un trabajo de auto modificación del yo. Territorio ocupado por
enunciados identificatorios, hay una instancia que ya puede enunciar y prestar su propia voz para poner
palabras a lo que le sucede.
Los puntos de anclaje van a servir en este momento como referencias del origen, que funcionan como
brújula, en el T1 el niño retoma la temática del origen, niño investigador, y esto puede conducir a la
autonomía o a la alienación de pensamiento.El niño se interroga e investiga, dando sus respuestas. Esto
conducirá a una autonomía o a una alienación de pensamiento.
El Proceso Identificatorio no finaliza nunca, pero va a ser necesario que se fijen puntos de anclaje,
referencias del origen. El Yo nunca es el mismo. Yo como conjunto de identificaciones, se apropia de
enunciados identificatorios que de otro le aporta, realiza un trabajo de construcción histórica que le permite
tener la sensacion de continuidad temporal. Proceso de historizacion para investir el futuro, anuda el que
ha sido con el que será, principio de permanencia y de cambio. Las referencias del origen funcionan como
brújula (quien es, quien fue, quien será). Le permiten seguir siendo el mismo a pesar de los cambios.
El Yo toma conciencia de que hay un tiempo anterior. Sólo el otro puede decir quién fue.
El Yo debe hacer un trabajo fundamental: Realizar el trabajo de activo historiador: ante la necesidad de
preservar la memoria de su pasado, de lo que sucedió entre T0-T1, el niño apelara al discurso de la madre
para tomar prestadas las informaciones que le permitan esbozar el primer capítulo de su historia, saber
que fue deseado, información que le permita pensar su “vivenciar del infans”. Buscará poder anclarse en
su memoria para saber de dónde viene y a donde va.
El T1 es un tiempo de apertura vinculado por el pasaje que se establece de infans a niño tiempo de
clausura vinculado a la noción central en la adolescencia, posibilidad de instalación de la potencialidad.
Entre T1 y T2, se va a constituir la potencialidad, va a pautar la relacion que el sujeto va a establecer con
el saber del otro, con el primer saber, si es un saber parcial que nos ofrece algunas verdades pero hay
otras con las que no estoy de acuerdo, o si es él saber, omnipotente. Y los posibles de su funcionamiento
psíquico. El tipo de potencialidad va a suponer la articulación con la posición que el niño va a asumir como
investigador. También se relaciona con la posible o no autonomía del pensamiento (yo hablo vs yo
hablado), y con su posición identificatoria.
Potencialidad: posibles de su funcionamiento psíquico. El concepto de potencialidad engloba los “posibles”
del funcionamiento del yo y de sus posiciones identificatorias, una vez concluida la infancia. Condiciones:
zona siniestrada (construcción de T0 como PDP) y la posible o no autonomía del pensamiento.
El abandono del tiempo y del mundo de la infancia exigen que el yo se haga único signatario de sus
enunciados identificatorios y a su cargo su relación con la realidad, con los otros y con sus propios ideales.
Tiempo de conquista del pensamiento autónomo. Ligado a la entrada en la adolescencia. A la vez,
Aulagnier lo llama tiempo de conclusión porque hay algo que termina de tomar forma, de organizarse: la
potencialidad. El trabajo del adolescente:
Poner en memoria y poner en historia, para que un tiempo pasado pueda seguir existiendo psíquicamente
en y por esta autobiografía. Es necesario un mínimo de anclajes estables que permitan la permanencia.
Condición para que el sujeto tenga certeza de ser el autor de su propia historia. Proceso de
desidealización de las instancias parentales. La modificación es una capacidad ligadora, para metabolizar
o ligar los cambios propios del momento adolescente. Lo modificable y lo no modificable tienen relación
con el registro relacional y el registro identificatorio (entra en juego la escena somática, resonancia
afectiva).
Los puntos de anclaje permiten ubicarse en la línea genealógica. Se articula con el lenguaje fundamental
(comprende dos subconjuntos: la posibilidad de inscripción en un orden genealógico, línea filiatoria. Que
pueda pensar el pasado, presente y futuro; y la posibilidad de nominar los estados afectivos. Palabra apta
al afecto: que los afectos sean transformados en emociones y sentimientos; y que éstos puedan ubicarse
en el sistema de parentesco).
Fondo de memoria: conjunto de representaciones que operan como referencias identitarias. Tejido
representacional investido libidinalmente. Garantiza la mismidad del Yo. Representaciones y afectos
provenientes de lo histórico vivencial que va de T0 a T1 y un poco más. Requiere de un Yo.
Fondo representativo: conjunto de representaciones pictográficas, del proceso originario. Tiempo anterior
al fondo de memoria.
Podríamos decir que el recorrido del adolescente consta de dos etapas:
1. Donde deberán seleccionarse, puestos al amparo del olvido, de la represión, los materiales
(enunciados identificatorios) necesarios para la constitución de ese fondo de memoria, garante de la
permanencia identificatoria. Doble investidura. Organización del espacio identificatorio.
2. Puesta en lugar de los posibles relacionales. Incide de forma privilegiada sobre el espacio
relacional y sobre la elección de objetos soportes del deseo. Matriz relacional y posibles relacionales de la
adolescencia.
Para Piera los psicóticos no tienen la misma relación que los neuróticos con el saber (en relación a la
autonomía del pensamiento). El saber no tiene que ver con el saber racional, sino con lo lógico. La
autonomia de pensamiento va a ser el criterio de diferenciación clínica, que haya autonomia o alienacion
de pensamiento hace que el método cambie, dará cuenta del tipo de conflicto identificatorio.
Potencialidad. Tiene que ver con los posibles funcionamientos de un sujeto. P. psicotica, neurotica,
polimorfa.
Ordena su metapsicologia alrededor del Yo, instancia psíquica encargada de las instancias superiores
(articulacion entre proceso primario y secundario). Es una gran masa ligadora.
Dos postulados en el que centra su teoria:
- el cuerpo: toma el modelo del cuerpo y las funciones sensoriales como vehículo de una información
somática. Información que proviene del cuerpo y es transformada en algo heterogéneo, en algo diferente;
la convierte en material psíquico: Actividad de representación de la psique.
- la situación de Encuentro: si hay algo que caracteriza al ser viviente es su situación de encuentro
continuo con el medio físico-psíquico que lo rodea. Estos encuentros (todo acto, toda experiencia, toda
vivencia) serán generadores de tres tipos de producciones, lugares de inscripción y procesos: lo
originario, lo primario y lo secundario. (Pág. 17 y 18 de "La violencia de la interpretación")
•Todo acto de representación es coextenso con uno de catectización. Todo acto de catectización se
origina en la tendencia característica de la psique de preservar o reencontrar una experiencia de placer.
•La primera e inaugural experiencia de placer es el encuentro boca – pecho. Préstamo tomado del
modelo sensorial por la actividad de lo originario. El fundamento de la vida del organismo consiste en una
oscilación entre dos formas elementales de actividad: la catectización y la descatectización.
•Lo percibido por la vista, el gusto, el tacto, etc.; será percibido por la psique como una fuente de placer o
sufrimiento autoengendrado por ella. En este último caso, ese sufrimiento se debe rechazar, lo que
implica que la psique se automutila.
La función que va a cumplir el cuerpo es de mediador y de apuesta relacional entre dos psiques y entre la
psique y el mundo. La realidad se va a conocer por intermedio del cuerpo. Todo acto de conocimiento
está precedido por un acto de investidura que fue desencadenado por una experiencia afectiva que
acompaña al ENCUENTRO. Examinaremos las tres formas de existencia bajo las cuales la realidad (y por
lo tanto el cuerpo) se presta al ser humano:
Primera formulación de la realidad que el niño va a darse: la realidad está regida por el deseo de los
otros, el sujeto leerá las consecuencias del poder ejercido por la psique de otros que lo rodean y que son
los soportes privilegiados de sus investiduras.(Violencia primaria, se lee desde el portavoz). La realidad se
va a conocer por intermedio del cuerpo. Todo acto de conocimiento está precedido por un acto de
investidura que fue desencadenado por una experiencia afectiva que acompaña el encuentro. Encuentro
con algo nuevo que nos obliga a un esfuerzo.
Una segunda formulación de la realidad indica que ésta se ajusta al conocimiento que da de ella el
saber dominante en una cultura (todo tiene una producción de época, hay cuestiones que
necesariamente nos obligan a repensar la metapsicología). Hay un consenso que va más allá de los
padres.
Y como tercera formulación: la realidad es incognoscible, siempre habrá un resto imposible de
aprehender.
De estas tres formulaciones pensamos al cuerpo como parte de la realidad, mediador que lo constituye,
pensar el espacio psíquico diferente al somático. En un momento son indisociables (autoengendramiento),
luego cuerpo se separa de la actividad de representación.
Mientras espacio psíquico y espacio somático son indisociables, mientras ningún existente exterior puede
ser conocido como tal, todo lo que afecta a la psique responderá al postulado del autoengendramiento.
La psique atribuye a la actividad de las zonas sensoriales el poder de engendrar sus propias experiencias
(placer o sufrimiento), sus propios movimientos de investidura o desinvestidura. En este tiempo que
precede a la prueba de la separación, la “realidad” va a coincidir con sus efectos sobre la organización
somática, con las modificaciones, las reacciones que tienen lugar en ella, la realidad es autoengendrada
por la actividad sensorial. Todo lo que sucede es construido por la propia actividad de representación, no
hay discriminacion entre interno- externo.
Una vez reconocida la exterioridad del pecho, primer representante de un mundo separado, el sujeto
tendrá acceso a ese nuevo espacio de la realidad en el cual unos “signos” captados por nuestros sentidos
conformarán los dos soportes de toda relación: estos signos forman parte de lo fantasmable, de lo
interpretable, de lo pensable.
Nuestra relación con el cuerpo, así como nuestra relación con la realidad, son función de la manera en que
el sujeto oye, deforma o permanece sordo al discurso del conjunto. Sus reacciones son consecuencia de
la especificidad de su economía psíquica.
Para conservar su lugar en el espacio social el sujeto debe aceptar un consenso en cuanto al término de
realidad. Para eso, tomar un préstamo obligatorio al saber dominante en su cultura. Gracias a eso
dispondrán de un discurso sobre el cuerpo referido a un cuerpo modelo y a un cuerpo universal, pero del
que también forma parte el suyo propio. El sujeto extraerá de este discurso sobre el cuerpo cierto número
de enunciados que pasan a formar parte de su conocimiento (reservorio libidinal del cual el adolescente
toma a cargo su propia historia y la reescribe. Es necesario que haya construido con la investigación cierto
conocimiento y punto de anclaje que le permita abalanzarse sobre lo nuevo y sostenerse. Reconocerse a
pesar de los cambios).
La elección de los enunciados dependerá de cuán aptos sean para conciliarse con un cuerpo
fantasmeable e investible por la psique. Por otra parte, el sujeto va a servirse de otros enunciados para dar
forma a una construcción del cuerpo que él va a preservar en la psique. Entonces siempre vamos a estar
en presencia de un cuerpo hablado. El largo rodeo sobre la realidad, el cuerpo y las exigencias culturales
son la condición previa.
Proceso identificatorio
Todo lo trabajado en relación al cuerpo, se engarza en el proceso identificatorio. Es la cara oculta del
trabajo de la historia de nuestro cuerpo, orgánico y psíquico, del trabajo de historización.
El yo debe ser su propio biógrafo y en su biografía deberá dar lugar a los discursos sobre su propio
cuerpo, a los enunciados identificatorios, historia libidinal e historia identificatoria. Una vez que esta historia
se ha escrito, hará necesarias la desaparición de algunos párrafos y la invención de otros, para culminar
en una versión que el sujeto cree en cada momento definitiva, pero que debe permanecer abierta cada vez
que ello se revele necesario. Esta versión se mantiene inestable, y sólo por eso puede el sujeto
asegurarse de su propia permanencia, sin dejar de aceptar los inevitables cambios físicos y psíquicos que
se sucederán.
La permanencia a pesar de los cambios se la va a dar los puntos de almohadillado que se van a producir a
partir de ciertos orientadores temporales, "signos", caracterizados por estar cargados de emoción o de
sufrimiento en el cuerpo.
Principio de permanencia y de cambio: hay algo que cambia necesariamente, pero algo va a tener que
permanecer. La posibilidad de abrazar los cambios y de poder hacerlos sintónicos a la estructura de base
tiene que ver con la autonomía de pensamiento.
Proceso identificatorio: no finaliza nunca.
Proyecto identificatorio: función articular del pasado y el futuro
La certeza de habitar un mismo y único cuerpo, más allá de sus modificaciones, es lo que sostiene la
permanencia necesaria de ciertos puntos de referencia identificatorios. Para lograrlo, el yo va a atribuir
una misma función relacional y una misma causalidad a cierto número de experiencias, aunque las haya
vivido en tiempos y situaciones diferentes, ciertos puntos que se enlazarán entre sí y permitan al yo
reencontrarse y orientarse en una historia (la suya), que se caracteriza por su movimiento contínuo. De ahí
la importancia que es preciso otorgar a ese conjunto de signos e inscripciones corporales que pueden
prestarse a semejante función de orientadores temporales y relacionales.
Encuentro entre la psique y el cuerpo: Me limitaré a bosquejar esos “destinos relacionales” que ligan el
devenir del cuerpo con el devenir de la psique, y me detendré sobre aquello que se organiza al producirse
un primer encuentro entre la psique y el cuerpo. Tres hipótesis:
1. El acto que inaugura la vida psíquica implica una mismidad entre lo percibido y lo manifestado en el
espacio psíquico. Todo lo mismo es autoengendrado.
2. El yo no puede habitar ni investir un cuerpo no historizado. La primera versión la otorga la madre, su
psique, que espera y aloja al cuerpo naciente. El yo anticipado es construido por el portavoz. Yo
anticipado que lleva la imagen del niño que todavía no está. Asimismo existe un riesgo de investir una
imagen en la ausencia del soporte real (muchas veces pasa con niños hospitalizados). El Yo anticipado
tiene muy poco que ver con el Yo real, muchas veces se produce un desajuste para los padres que tiene
repercusiones en la estructuración psíquica. Si el yo anticipado es un yo historizado que inserta de entrada
al niño en un sistema de parentesco y con ello en un orden temporal y simbólico, la imagen corporal de
este yo, tal como la construyó el portavoz, conserva la marca de su deseo (el deseo materno). Pero
cuando se asume el riesgo (necesario) de crearse y de preinvestir una imagen en ausencia de su soporte
real, se asume también el de descubrir la no conformidad, el desajuste entre la imagen y el soporte. La
madre se topa siempre con el cuerpo del infans como riesgo, también puede encontrárselo como una
resistencia o como una desmentida, fuente de un conflicto inmediato y a veces insuperable.
3. A partir del momento en que la psique pueda y deba pensar su cuerpo, el otro y el mundo en términos
de relaciones, comenzará ese proceso de identificación que hace que todo lugar identificatorio decida la
dialéctica relacional entre dos yoes y que todo cambio en uno de los dos polos repercuta sobre el otro. La
relación yo-cuerpo, que ha sustituido a la relación yo-otro, tomará a su cargo un mismo conflicto. El cuerpo
reasumirá el papel de mediador relacional que seguirá cumpliendo en el curso de la infancia.
Así como no hay cuerpo sin sombra, no hay cuerpo psíquico sin historia que es su sombra hablada.
Sombra protectora o amenazante, benéfica o maléfica, que protege de una luz demasiado cruda o que
anuncia la tormenta; pero en todos los casos, sombra indispensable. Pues su pérdida entrañaría la de la
vida en todas sus formas.
El yo puede advenir de diferentes maneras de acuerdo a la relación que tenga con su espacio. Aulagnier
pone en el centro el entorno y la función del otro en la constitución del aparato psíquico. Todo sujeto
adviene en un espacio hablante, y en un contexto. Dos organizadores del espacio familiar son el discurso y
el deseo de la pareja parental. Yo: instancia constituida por el discurso. Lo que caracteriza al ser viviente
es su situación de encuentro continuo con el medio físico-psíquico que lo rodea. Estos encuentros serán
generadores de 3 tipos de producciones, lugares de inscripción y procesos: lo originario, lo primario y lo
secundario.
Microambiente y espacio familiar: Para que el Yo advenga serán necesarias ciertas condiciones
ofrecidas por este espacio. En un primer momento, será percibido y catectizado por el niño como
metonimia del todo (representa la totalidad de su universo). Organizado por: el discurso (carga de
significación de los enunciados) y el deseo de la pareja parental (carga libidinal y catectización).
función de prótesis de la psique materna: En la primera fase de la vida, la voz materna debe
comunicar los dos espacios psíquicos (pero desde una unica voz). El funcionamiento del proceso originario
y primario exigen la preexistencia de un material modelado por el proceso secundario, que actúa en un
espacio heterogéneo. La psique materna otorga un índice libidinal. Permite que la psique encuentre una
realidad ya modelada por su actividad y así, sea representable.
Encuentro infans-madre: la madre ofrece un material psíquico que es estructurante sólo por haber
sido ya remodelado por su propia psique. El infans recibe este "alimento psíquico" y lo reconstruye.
Encuentro con el padre: El niño encuentra en el deseo del padre el último factor que permite que el
espacio exterior a la psique se organice de modo tal que el funcionamiento del Yo sea posible o, que lo
obstaculice. El padre es el primer representante de los otros. No se produce en el registro de la necesidad:
abre la brecha entre satisfacción de necesidad del cuerpo y satisfacción de necesidad libidinal.
Sombra hablada: Hay un discurso preexistente que le concierne, precede al nacimiento del sujeto. La
madre proyectará su sombra sobre el infans y ocupará el lugar de aquel al que se dirige el discurso del
portavoz. Son representaciones que se esperan que este niño sea.
Se confronta la sombra hablada y el cuerpo real, diferencia entre ideal y real. Entre el objeto y la sombra
persiste la posibilidad de diferencia (ej: sexo). Cuando el Yo reconoce esa diferencia, lo vive como duda,
agresión. Cuando corrobora la concordancia entre sombra y objeto, lo vive como placer, alegría. La
diferencia se va a dar entre dos yoes, el yo de la madre o de la instancia parental o el yo del niño. La
conquista de la autonomía de pensamiento es producto de una lucha a muerte entre dos yoes, en la cual
el yo parental o yo materno va a tener que entender y dar lugar.
Padre: primer representante de los otros, del discurso del conjunto. Garante de la existencia de un orden
cultural y social. Otro sin pecho que puede ser fuente de placer y de afecto sin estar ligado al cuerpo de la
necesidad.
Madre: sujeto en el que suponemos presentes una represión exitosa de su propia sexualidad infantil; un
sentimiento de amor hacia el niño; su acuerdo esencial con lo que el discurso cultural dice de la función
materna; y la presencia de un padre por quien tiene sentimientos positivos.
Discurso que se anticipa a todo posible entendimiento, violencia necesaria para permitir el acceso del
sujeto al orden de lo humano
. Es necesario que haya alguien que interprete, que le otorgue un sentido (convicción delira
Violencia primaria: La transformación de las señales del infans es necesario para la estructura
psíquica. Es una acción necesaria que el yo del otro lleva a cabo y que se realizará a expensas del placer
y en beneficio de la constitución. Mediante esta acción se le impone a la psique del otro una elección, un
pensamiento o una acción motivada por el deseo del que la impone, pero que se apoyan en un objeto que
corresponde para el otro a la categoría de lo necesario. Esta violencia operada es indispensable. Lo que
desea la madre se convierte en demanda de la psique del infans: ambos ignoran la violencia operada.
Pero aparece el riesgo del exceso. Es un riesgo que no siempre se actualiza, pero cuya tentación está
siempre presente en la psique materna. En la actualización de la violencia que opera el discurso materno
se infiltra, inevitablemente, un deseo ignorado: el de preservar el statu quo de esta primera relación
primera. La madre debe renunciar a él para no privar al niño de todo derecho autónomo de ser, el derecho
a un pensamiento autónomo (sino alienación del pensamiento).
El secreto debe ser posible. Actividad que debe someterse a un poder-saber materno. No va a haber
duda/ secreto sin que la instancia materna/paterna lo autorice. Deviene violencia secundaria cuando
aparecen investigaciones y preguntas y no hay posibilidad de los padres de que el niño empiece a
cuestionar, a mentir, a pensar diferente. Tiene que caer la omnipotencia parental para que la duda, el
secreto sea posible. Primero me tienen que enseñar a pensar, después dejar pensar.
Estas tres respuestas están siempre presentes. Si una de las tres se excede, se pasa de lo necesario al
deseo de no cambio, prohibiéndole al niño el derecho a un pensamiento autónomo. ALIENACIÓN.
Tan pronto como él piensa, ella sabe que ha perdido la transparencia de la comunicación, el saber de la
necesidad y el placer del cuerpo.
Existe una negativa de la madre a aceptar un cambio en su modo de relación con el niño, a que sus
enunciados puedan ser cuestionados, a que el cambio no implique destrucción del presente y futuro.
La apropiación por parte de el niño de un primer saber acerca del lenguaje, marca un viraje en la relación
del sujeto con el mundo, redobla un encuentro boca-pecho al ubicar frente a frente a la vivencia afectiva y
a la designación de la que será necesario apropiarse para adecuarla a la realización de la demanda.
Violencia secundaria
Se ejerce contra el Yo, es decir, se abre camino a través de la primera y representa un exceso perjudicial
para el funcionamiento del yo. Implica pensar solamente lo que ya fue pensado y autorizado por el otro,
ese anhelo del “que nada cambie”, que nada puede ponerse en el lugar de la duda. Imposibilidad de
pensar una representación que no haya sido pensada por la psique del otro (está todo dicho y pensado).
La madre no quiere perder el lugar del sujeto que da la vida y que posee los objetos de la necesidad.
Para Piera Aulagnier, la totalidad del discurso tiene una función identificante.
Lenguaje fundamental: Comprende los términos que designan el afecto que se transforma en
sentimiento a partir de la enunciación. Comprende los términos que designan a los elementos del sistema
de parentesco.
• Palabra apta al afecto: Es fundamental que los afectos sean transformados en emociones y sentimientos;
y que los afectos se puedan ubicar en los sistemas de parentesco.
• Siempre se ha encontrado alguna falla en la psicosis. Se pierde en los afectos o los nomina de forma
bizarra.
• La transformación del afecto en sentimiento es el resultado de un acto del lenguaje que impone un corte
radical entre el registro pictográfico y el registro de la puesta en sentido. Acción identificante del discurso.
La reorganización de la economía de las catexias que el proceso secundario exige, implica la entrada en la
escena psíquica de los Enunciados Identificatorios propios del enunciado que nombra al afecto.
Las imágenes devueltas por la enunciación de un sentimiento expresado fundan el proceso identificatorio:
el a posteriori de la nominación del afecto es la operación identificante que instituye al Yo. El acto de
enunciación de un sentimiento, es también enunciación de una autodeterminación del Yo.
La apropiación por parte del niño de un primer saber acerca del lenguaje, marca un viraje en la relacion del sujeto con el mundo
lenguaje fundamental . A partir de este lenguaje vamos a poder denominar lo que nos pasa.
El yo
•La constitución del Yo sigue paso a paso la sucesión de las denominaciones mediante los que le Otre
nombra su relación afectiva con le sujete.
•El espacio al que el Yo puede advenir muestra que su organización se da por los signos lingüísticos que
al nombrar una cosa, definen la relación entre el objeto y el enunciante.
•El Yo no es más que el saber que el Yo puede tener acerca del Yo.
•Para Piera Aulagnier el Yo está compuesto por dos grandes partes, cuya relación puede ser diversa,
según la organización psicopatológica.
•Siempre hay Yo, la diferencia es cómo funcionen los componentes al interior.
La realidad de la operación social sobre la pareja parental o de la posición dominante que la pareja ejerce
en ella, desempeñará un papel en el modo en que el niño elaborará sus enunciados identificatorios.
La relación del sujeto con el conjunto depende de su catectización de los enunciados del fundamento. Al
adherir al campo social, el sujeto se apropia de una serie de enunciados que su voz repite. Esto le brinda
la certeza de la existencia de un discurso donde la verdad sobre el pasado está garantizada, que habilita a
creer en la verdad sobre el futuro.
La catectización del modelo futuro constituye una condición necesaria para el funcionamiento social: que
se encuentra en relación directa con el modelo del origen.
Toda descatectización del modelo de origen repercutirá en el futuro. Si le sujete pierde certeza sobre el
origen, pierde el punto de apoyo que le enunciante está obligado a encontrar para que el discurso del
conjunto de las voces sea garantía de una verdad.
Se produce un pacto de intercambio: el sujeto ve en el conjunto el soporte ofrecido a una parte de su libido
narcisista y por ello hace de su voz una añadidura al coro.
El contrato narcisista se instala gracias a la precatectización por parte del conjunto, del infans como voz
futura que ocupará el lugar que le designen.
Tiene como signatarios al grupo y al niño. El grupo catectiza al infans como voz futura que repita los
enunciados y garantice la permanencia cuali y cuantitativa. El niño demandará que se le ofrezca un
modelo ideal.
El discurso del conjunto le ofrece al sujeto una certeza sobre el origen, necesaria para que la dimensión
histórica sea retroactivamente proyectable sobre su pasado.
La ruptura del contrato puede tener consecuencias directas sobre el destino psíquico del niño:
o Que el sujeto se vea imposibilitado a encontrar fuera de la familia un soporte para conseguir la
autonomía que se necesita para las funciones del Yo. Ruptura de la pareja parental.
o En la realidad histórica no se le brindaría la importancia necesaria a los acontecimientos que pueden
afectar al cuerpo. Ruptura del conjunto.
El acceso a una historicidad es esencial en el proceso identificatorio; indispensable para que el Yo alcance
la autonomía exigida por su funcionamiento.
Piera Aulagnier va a decir que el yo necesita disponer de una serie de reparos identificatorios, puntos de
anclaje, lugares desde dónde definirse, puntos de certeza. Esos reparos identificatorios son las
identificaciones simbólicas de todo sujeto porque el yo tiene a su cargo una tarea de construcción y
reconstrucción del pasado, presente y futuro. Hay dos principios: permanencia y cambio, que constituyen
el proceso identificatorio. Por eso en la adolescencia se vuelven a poner en jaque los principios del
funcionamiento psíquico. El yo necesita disponer de reparos identificatorios porque se constituye como su
propio biógrafo. Justamente en la adolescencia las identificaciones simbólicas de la infancia e imaginaras
se ven trastabilladas; frente a lo real puberal. Lo puberal es eso, lo que aparece en el cuerpo con sus
manifestaciones y la adolescencia es una respuesta frente a eso.
· Proceso identificatorio: saber del yo por el yo; polo estable de las identificaciones. No se cierra, no
finaliza nunca y ofrece al sujeto puntos de reparo, de anclaje simbólico que le asignan un orden de
parentesco, y que marcan un punto de partida, un punto fijo. Es lo que va a posibilitar mantener el hilo de
continuidad de la historia. Cara oculta del trabajo de historización. Le ofrece al sujeto ciertos puntos
simbólicos de reparo, de anclaje, que van a posibilitar que se le asigne un lugar en la temporalidad.
· Proyecto identificatorio: autoconstrucción continua del yo por el yo. Le permite construirse un futuro.
Autoconstrucción continua del Yo por el Yo, necesaria para que esta instancia pueda proyectarse en
un movimiento temporal, proyección de la que depende la propia existencia del Yo. La entrada en escena
del Yo es, al mismo tiempo, entrada en escena de un tiempo historizado.
· Yo: el Yo comprende el conjunto de las posiciones y enunciados en los que se ha reconocido. Estos
podrán ser mantenidos o rechazados. Así, el efecto del proyecto es ofrecer la imagen futura al Yo hacia la
que se proyecta; y preservar el recuerdo de los enunciados pasados. El Yo está constituido por una
historia representada por el conjunto de los enunciados identificatorios de los que guarda recuerdo, por los
enunciados que manifiestan en su presente, su relación con el proyecto identificatorio y por aquellos que
debió mantener fuera de su memoria (reprimidos). Es resultado de todos los primeros enunciados
identificatorios que lo constituyeron. Se produce paso a paso, el espacio (concreto) donde el yo puede
advenir muestra que su organizacion se da por los signos lingüísticos que al nombrar una cosa definen la
relacion entre el objeto y el enunciado.
El yo no es más que el saber puede tener acerca del yo: el yo no es mas que el saber que alguien le
puede ofrecer, y que construye con estas primeras herramientas. Estas herramientas tienen que ver con
estas posibilidades. Siempre nuestro saber va a ser constituido producto de un saber que se ofrecio por un
otro y nosotros metabolizamos. El yo es producto de condiciones de posibilidad, condiciones disponibles.
1. Identificado (puede ser pensado como los puntos de anclaje): parte del Yo compuesta por
representaciones, enunciados identificatorios, acerca del Yo. Es el yo pensado. Primeros enunciados
identificatorios ofrecidos al yo. Lo pensado por otro.
· En neurosis: identificante e identificado están en conflicto, pero esto no produce una ruptura en el
Yo. Se conserva la indisociabilidad del Yo. Para que un Proyecto Identificatorio sea investido, el Yo debe
realizar un proceso de historización. Mayor capacidad para ir y venir entre tiempos, interrogar el pasado
desde el presente para pensar el futuro.
Yo pienso (ite) y yo pensado (ido) están unidos. El conflicto se da en relacion a sus ideales, entre el yo y
sus ideales. No se despersonaliza el yo (sabe que es el)
El conflicto se da al interior del yo, cuando aparece algo que lo obliga a pensar con cierta
originalidad y se da cuenta que en todo eso que fue pensado por un otro. Aparece algo que obliga a
pensar de una forma nueva pero esa posibilidad no está contemplada para el yo, no hay anda que
permita investir ese cambio que permita pensar de una forma diferente. Despersonalizacion,
aparece algo que no es mio.
Los indicadores de potencialidad neurótica suponen la posibilidad de cuestionar los enunciados ofrecidos
por el otro. Supone la conquista de un pensamiento autónomo. Predominio del principio de realidad si el
principio de placer está articulado a la caída de la omnipotencia parental y propia. Este tiempo coincide
con la operatoria de la represión secundaria. En la neurosis constituye las teorías sexuales infantiles que
caen sobre la represión. En la psicosis el niño también va a ofrecer una respuesta frente a lo que había
quedado en blanco, no van a ser teorías sexuales infantiles, sino el pensamiento delirante primario.
Caso Daniel
Desde una perspectiva que considera al ICC como no existente desde los comienzos de la vida, sino
como producto de cultura fundado en el interior de la relación sexualizante con el semejante, y
fundamentalmente, como producto de la represión originaria.
Aulagnier Capítulo VIII “El derecho al secreto. Condición para poder pensar”
Actividad de pensar: logro importante para la economía psíquica del Yo. Función que superará a las
anteriores y es la primera cuyas producciones pueden ser ignoradas por el otro. Instrumento fundamental
para ocultar, mentir, engañar. Este logro conlleva dos consecuencias:
1. Confirma el éxito o fracaso de la pareja parental.
2. Confirma que el tiempo previo a las manifestaciones del pensar, nunca es vivido como neutro.
Autonomía de pensamiento: se sitúa entre T1 y T2, donde ya advino el Yo; es una conquista intelectual y
libidinal del Yo; condición vital para su funcionamiento que implica dejar de ser coautor para ser autor de
su propia historia. Para ello, debe posicionarse como historiador de su propio origen.
Cuando hablamos de riesgo del exceso en la violencia, hablamos de que se infiltre un deseo ignorado por
la madre: el de preservar el status quo de la relación primera. La actividad de pensar aparece como
coextensa a un riesgo: la madre sabe que ha perdido la transparencia de la comunicación, el saber de la
necesidad y el placer del cuerpo. Si la madre no acepta esto, imponiendo un "no cambio", traerá
consecuencias: alienación del pensamiento (situación relacional en la que el Yo remite la totalidad de sus
pensamientos al juicio exclusivo del otro). Pérdida del Yo de todo derecho de juicio sobre su propia
Actividad de Pensar. En la psicosis, la autonomía aparece en el delirio.
El Yo habita los enunciados identificatorios que lo nombran: autónomos o alienados. Autonomía: concepto
de Castoriadis. Es la incorporación del discurso del otro como propio, explicitando a la vez el orígen y el
sentido de ese discurso, constituyéndose como una verdad propia o no. Nadie construye sus
representaciones de sentido a partir de NADA, siempre es por otre; aunque sea en oposición.
El derecho al secreto (derecho de crear pensamientos): Para Aulagnier, lo propiamente humano es tomar
con placer el pensamiento secreto. Preservarse el derecho y la posibilidad de crear pensamientos, de
pensar, exige elegir aquello que uno comunica y que mantiene secreto, es una condición vital para el
funcionamiento del Yo. El sujeto tiene derecho a un pensamiento autónomo.
Riesgo del exceso de transferencia: que el paciente se contente con lo que ya fue pensado por el analista.
Ambos deben hallar placer en ese trabajo de creación de pensamientos que implica un análisis, debe
existir la posibilidad de crear pensamientos, sólo con el fin de pensarlos y como prueba de la autonomía
del Yo y de una función pensante. Pero debe ser placentero. Cuatro niveles de creación en el análisis:
1. Creación del paciente de una nueva versión de su historia. Versión imposible de crear en otro
espacio.
2. Creación del analista de algo nuevo, inesperado, con el otro; a partir de su saber teórico.
3.
Creación conjunta de una historia que involucra a ambos, de su relación "Historia transferencial".
Creación de un objeto psíquico, que es esa historia pensada y hablada.
¿Por qué hablamos de la relación entre autonomía del pensamiento y constitución subjetiva? La
autonomía del pensamiento es un indicador clínico fundamental porque da cuenta de cómo está ese
pensamiento, esa organización psíquica, esa lógica que gobierna. Puede ser, por ejemplo: la aparición de
la mentira infantil, la manipulación por parte del niño. Le permite crear pensamientos de forma autónoma
sin que el otro sepa que piensa. Es el primer golpe frente a la omnipotencia del discurso parental, del
“poder saberlo todo” del discurso materno.
Repensar la idea de autonomía del pensamiento con distintos conceptos: contrato narcisista, contrato,
cláusulas de ese contrato que se ven conmovidas en la adolescencia. El contrato narcisista es el arreglo
del sujeto con el discurso sociocultural y el discurso compartido. Siempre hay un otro que oferta y posibilita
la constitución subjetiva. ¿Por qué hacemos esta relación de adolescencia y autonomía de pensamiento?
Porque la adolescencia cuestiona la omnipotencia del discurso parental. El adolescente cuestiona esa
omnipotencia, pero para cuestionar la omnipotencia del discurso parental, debe encontrar fuera otros
enunciados identificatorios que le sirvan de referente (grupo de pares, la identificación a un ideal, a un
grupo de música). Aparecen alternativas donde el sujeto apoya sus identificaciones secundarias, pero
sobre la base de las primarias, el punto de partida. Aparece un adolescente cuestionador. Aparece el
conflicto identificatorio, entre el yo y los ideales. El adolescente debe salir de ser el yo ideal de los padres,
eso se destrona, es importante que eso esté y esa salida no es sin un síntoma, no es sin conflicto.
Si los componentes del YO están unidos, hay posibilidad de re-pensarse permanentemente y abrazar los
cambios (sin dejar de ser sí mismo). En este caso (neurosis), el conflicto es con el ideal (el conflicto
identificatorio confronta los dos je: identificante e identificado), la prohibición recae sobre algún objeto,
meta o proyecto en particular (dejan un trabajo, una pareja, entran en conflicto con lo que estudiaron) pero
no necesariamente lo lleva a la descompensación. Hay sufrimiento pero tiene herramientas de
elaboración.
El Yo está constituído por una historia representada por el conjunto de los enunciados identificatorios de
los que guarda recuerdo, por los enunciados que manifiestan en su presente, su relación con el proyecto
identificatorio y por aquellos que debió mantener fuera de su memoria (reprimidos). El conflicto
identificatorio dará lugar a una reorganización de la problemática identificatoria. El Yo es el encargado de
realizar el trabajo de historización.
Cuando estos componentes del YO están separados, es imposible el cambio ITE e IDO en la psicosis
manifiesta están en conflicto, y se ha producido un desgarro entre ambos componentes. Se prohíbe toda
representación que el identificante se daría de sí mismo, desde la autonomía. Al no poder historizar, no
puede proyectarse a futuro.
Pero el relato sobre el origen no puede quedar en blanco, se constituirá una zona siniestrada
Da lugar a una imagen identificatoria e investir el futuro. Articula pasado, presente y futuro. Es la autoconstrucción contínua d
Para este pasaje de potencialidad psicótica a manifiesta, -el relato sobre el origen tiene que quedar en
blanco (Aulagnier habla de catástrofe que ya tuvo lugar), -también tiene que haber una prohibición sobre
toda postura deseante que no ha sido impuesta por el deseo de una instancia exterior; -y tiene que darse
un develamiento telescopage: situación, experiencia o acontecimiento que confronta de manera imprevista
al je con una autorepresentación que se impone a él, con todos los atributos de la certeza. Imagen de si
mismo que le devela “el horror de una imágen ignorada por él”. El yo se da cuenta que siempre estuvo a
merced de un pensamiento de un otro. No puede formular una respuesta original y autónoma. No es
exclusivo de la psicosis. En George se da en la escena de la madre “estás loco como tu tío”, catástrofe da
las referencias identificatorias que terminará en delirio.
Plantea que la sintomatología psicótica es la presencia manifiesta de una potencialidad psicótica, existente
antes de la adolescencia. Esta potencialidad (posiciones identificatorias que el yo podría ocupar) es la
consecuencia de la “grieta” que se constituyó entre los dos componentes del je -identificante e
identificado-, fisura identificatoria que lo marcó desde el comienzo de su recorrido identificatorio. El
adolescente descubre que en su recorrido pasado nunca había encontrado las condiciones que le
hubiesen asegurado el carácter autónomo, garantizado libertad en la elección de sus objetos, sus metas y
sus deseos.
El recorrido identificatorio debe estar siempre abierto, en un continuo movimiento de modificación, pero
el ordenamiento de las referencias simbólicas finaliza o debería finalizar luego de la declinación de la
vida infantil. La adolescencia debe ser la consolidación de ese ordenamiento que la precede.
La historización de lo vivido es una condición necesaria para la instalación de una investidura del tiempo
futuro, para que el je tenga acceso a la temporalidad y para que pueda tomar a su cargo e investir el
proyecto identificatorio.Gracias a esta autobiografía construida por el je, este último puede transformar
un tiempo físico en un tiempo humano, subjetivo, que de sentido y pueda ser investido. El momento en que
el sujeto entra en la adolescencia, será aquel en que va a dar su forma estabilizada, aunque modificable,
al relato histórico de su tiempo y a lo vivido en su infancia. En la adolescencia nos encontramos con la
presencia -que puede ser positiva o desestructurante- de una nueva imágen, marcada por los signos de la
propia identidad sexual. En su curso, el sujeto realizará un proceso de desidealización.
Hombre de 30 años, consulta por problemas de orden neurótico: posible separación de su esposa,
dificultades en el trabajo. Ni en su discurso, ni en sus síntomas, sugiere la presencia de defensas
psicóticas.
Relata su "crisis de la adolescencia" que Aulagnier denomina como episodio psicótico a pesar de que se
haya resuelto en 2-3 meses y sin hospitalización. En mayo del 68 dudó entre prepararse en un
establecimiento de enseñanza superior o trabajar en una fábrica. Vive lejos de su familia 2 o 3 meses,
“todo esto terminó por deprimirme, ya no sabía por dónde andaba… volví a mis pagos y fui a ver a un
médico que me recompuso. No era nada grave”.
Si bien el recorrido identificatorio debe estar siempre abierto, el ordenamiento de las referencias
simbólicas debería finalizar en la época de la adolescencia. En esta tarea juega un papel esencial el
campo social: la referencias y los soportes que éste propone ayudan al sujeto a ir más allá de su
dependencia de las elecciones emblemáticas privilegiadas por los padres, sin tener que entrar en conflicto
abierto y a veces insuperable con ellos. Justo en el momento en que Georges más hubiese necesitado
apoyarse en esos puntos de sostén ofrecidos por el campo social, éste lo enfrenta a un cuestionamiento
de sus certezas y valores, entrando en contradicción con las concepciones familiares y sobre todo
incompatibles con la situación de no-conflicto que esperaba preservar junto con las instancias parentales.
En el lapso de poco más de un mes, Georges recibe una serie de identificados inasumibles. Enfrentado
a la fragmentación de los identificados, el je sólo puede sobrevivir teniendo que negar esa
desposesión identificatoria, ese estallar de los soportes narcisistas, proyectándose en la
representación de un je que ya hubiese realizado su proyecto. Pero un proyecto marcado por las armas
del delirio.
El medio ambiente psíquico, tanto como el propio espacio psíquico en el cual advino el je de Georges,
lo enfrentaron a lo largo de su proceso identificatorio con conflictos y con escollos demasiado próximos.
Dejaron secuelas que trató como zonas siniestradas, en las cuales se prohíbe el acercamiento
rodeandolas de sólidas barreras y de carteles de señalización. Entre los factores complejos responsables
de estos siniestros, dos tuvieron un papel esencial: la epilepsia de su hermano y la actitud enigmática y
“traumática” de su tío materno. Este le repetía en cada visita “no debes olvidar, hijo mío, de quién eres
hijo”. Siendo niño esta escena provocaba en él un estado cuya descripción hace pensar en algo parecido
al aniquilamiento. Si debía acordarse de quién era hijo ¿era porque su padre no lo era? ¿quién era ese
hombre que lo llamaba hijo mío y al cual debía llamar padrino, y que era conjuntamente el hermano de la
madre y el hijo preferido de Dios?. Trató de pedir explicaciones a sus padres pero no tuvo éxito. Los dos
episodios delirantes sobrevenidos en el transcurso de su análisis se desencadenaron en el momento en
que el proceso analítico había conducido a Georges a interrogarse acerca del sentido oculto de esa
escena con su tío y acerca de la extrañeza de la actitud tanto materna como paterna.
Enfrentado desde el comienzo de su recorrido identificatorio con un hermano que le devolvía la imágen
de un hijo loco, inasumible y amenazadora; con una actitud materna incapaz de aportarle la seguridad
necesaria;con un padre poco presente, Georges logró, no obstante, reparar y tratar de remediar esas
primeras fisuras que marcaron su campo identificatorio. La participación de su misterioso tío y la frase
que le repetía vinieron a cuestionar y poner en peligro su reparación. Georges no pudo sobrellevar las
consecuencias de este segundo terremoto de su suelo identificatorio y volver a realizar una consolidación
de las construcciones agrietadas. Pedazos de su ruta guardaron huellas que hicieron de éstos “zonas
siniestradas”, encima de las cuales ya no se puede construir. A pesar de todo, pudo limitar los estragos
gracias a sus amistades, a sus éxitos escolares. Así pudo retomar su recorrido identificatorio y aferrándose
a sus soportes externos para balizar los aspectos no peligrosos de su espacio identificatorio, para
señalizar las vías que deben ser evitadas y aquellas que pueden recorrerse sin mayores riesgos.
Creo que esas zonas siniestradas no lo son definitivamente, en todo “accidentado”. Pienso que una
relación analítica puede en ciertos casos despejar el terreno para que allí se pueda reconstruir y a veces
construir esa parte del edificio identificatorio que se había instalado o que debía haberse instalado.
Podemos situar factores previos:
-Epilepsia de hermano. Era testigo de episodios que lo atemorizaban.
-Actitud enigmática y "traumática" del tío paterno. Sacerdote con cierto prestigio en la familia. Los visitaba
con regularidad, finalizando todos los almuerzos alcoholizado. "Nunca debes olvidar, hijo mío, de quién
eres hijo". Frase que le pronunciaba siempre el tío, al que todes lo llamaban "padre", pero a él se le pedía
llamarlo "padrino". El tío fallece a sus 12 o 13 años y nadie fue al entierro, además de nunca volver a
mencionarlo.
"Si a pesar de las dificultades y los fracasos que encontramos cuando aceptamos compartir una relación
analítica con este tipo de problemática (…), sigo aceptando comprometerme (…), porque creo que esas
`zonas siniestradas´ no lo son definitivamente (…). Pienso que una relación analítica, puede en ciertos
casos, despejar el terreno para que allí se pueda reconstruir esa parte del edificio identificatorio que se
había instalado o que debía haberse instalado". (Piera Aulagnier "Como una zona siniestrada" - pág. 172).
Proceso identificatorio: Cara oculta del trabajo de historización. Le ofrece al sujeto ciertos puntos
simbólicos de reparo, de anclaje, que van a posibilitar que se le asigne un lugar en la temporalidad.
¿Cómo hace el Yo para representarse un antes de su propia existencia? Tiempo que no puede
quedar en blanco, sino el Yo se percibe como autoengendrado y se ve obligado a escribir los primeros
capítulos de su historia con una causalidad delirante. Debe recurrir al lugar del otro (Sombra hablada,
portavoz, Yo anticipado, violencia primaria), no sólo la pareja parental, también el grupo social.
En T1 el niño va a retomar la temática del ORIGEN. Se interroga e investiga, dando sus respuestas. Esto
conducirá: autonomía o alienación de pensamiento. El Yo cuando adviene, lo hace a un territorio ocupado
por enunciados identificatorios, toma conciencia de que hay un tiempo anterior. Si otros no le cuentan qué
hay entre T0 y T1, no se entera. Sólo le puede decir quién fue. El Yo adviene, pero tiene que revisar qué
hay allí y así, se emplaza como coautor.
El Proceso Identificatorio no finaliza nunca, pero va a ser necesario que se fijen puntos de anclaje,
referencias del origen. El Yo anuda lo que ha sido con el que será. Las referencias del origen funcionan
como brújula (quien es, quien fue, quien será). Le permiten seguir siendo el mismo a pesar de los cambios.
Proyecto identificatorio: articula el pasado y el futuro.
ADOLESCENCIA: tiempo de conclusión. Principio de permanencia y principio de cambio,el adolescente
oscila entre dos posiciones: el rechazo a todo cambio de status en su mundo relacional; y una
reivindicación ardiente o silenciosa y secreta de su derecho de ciudadano completo en el mundo de los
adultos.
Los puntos de anclaje permiten ubicarse en la línea genealógica. Se articula con el lenguaje fundamental.
Dos subconjuntos: -Posibilidad de inscripción en un orden genealógico, línea filiatoria. Que pueda pensar
el pasado, presente y futuro. -Posibilidad de nominar los estados afectivos. Palabra apta al afecto: que los
afectos sean transformados en emociones y sentimientos; y que éstos puedan ubicarse en el sistema de
parentesco.
Para Piera Aulagnier, la historización es central.
Fondo de memoria: conjunto de representaciones que operan como referencias identitarias. Tejido
representacional investido libidinalmente. Garantiza la mismidad del Yo. Representaciones y afectos
provenientes de lo histórico vivencial que va de T0 a T1 y un poco más. Requiere de un Yo.
Fondo representativo: conjunto de representaciones pictográficas, del proceso originario. Tiempo anterior
al fondo de memoria.
El trabajo propio de la adolescencia es poner en memoria y de poner en historia, un tiempo pasado y
perdido, puede continuar existiendo psíquicamente en y por esta autobiografía jamás terminada. Es
necesario poder hacer pie sobre anclajes estables de los cuales nuestra memoria nos garantice la
permanencia. Condición para que el sujeto adquiera la certeza de que es el autor de su historia y que las
modificaciones que ella va a sufrir, no pondrán en peligro esa parte permanente singular.
En la infancia el sujeto deberá seleccionar y apropiarse de los elementos constituyentes de ese fondo de
memoria.
Este fondo de memoria, como fuente de la serie de encuentros que marcarán la vida del sujeto, basta
para satisfacer dos exigencias indispensables para el funcionamiento del Yo:
-Garantizar en el registro de las identificaciones esos puntos de certidumbre que asignan al sujeto un
lugar en el sistema de parentesco y en el orden genealógico.
-Asegurar la disposición de un capital fantasmático que no debe formar parte de ninguna “reserva” y al
que debe poder recurrir porque es el único que puede aportar “la palabra apta al efecto”. Es este capital
que decidirá los posibles relacionales para un sujeto dado, la elección de sus soportes de investidura,
las parejas sexuales que le son accesibles.
Recorrido del adolescente en dos etapas:
1) Deberán seleccionarse, puestos al amparo del olvido, los materiales (enunciados identificatorios)
necesarios para la constitución de ese “fondo de memoria” garante de la permanencia identificatoria.
Concierne a la organización del espacio identificatorio y la conquista de posiciones estables y
seguras a partir de las cuales el sujeto podrá moverse sin riesgo de perderse.
2) Puesta en lugar, a partir de ese pasado singular de los posibles relacionales accesibles a un sujeto
dado, del panorama de sus elecciones y de los límites que cada uno encontrará allí. Este trabajo de puesta
en forma incide de forma privilegiada sobre el espacio relacional y por consiguiente sobre la elección de
los objetos que podrán ser soportes del deseo y promesa de goce.
Lo recordado y lo recordable de la infancia son función del éxito o el fracaso del trabajo que incumbe a la
instancia represora y de la mayor o menor capacidad de la psiquis de poder elaborar, a partir de
representaciones a las que debe renunciar, otras representaciones a las que el afecto pueda ligarse. El
fracaso de la represión puede manifestarse por su exceso al igual que por su falta: en los dos casos, las
consecuencias serán una reducción drástica del campo de los posibles relacionales.
El principio de cambio y principio de permanencia rigen el proceso identificatorio y deben poder
preservar entre ellos un estado de alianza. Lo acompaña este proceso es el basamento fantasmático de
lo que yo defino como espacio relacional. Aquí también se encontrarán actuando un principio de
permanencia y un principio de cambio: permanencia de esta matriz relacional que se constituye en el
curso de los primeros años de nuestra vida y que es depositaria y garante de la singularidad del deseo del
Yo y que se manifestará en esta “marca”, este “sello” que se volverá a encontrar en sus elecciones
relacionales.
La gama de posibles relacionales depende entonces de la cantidad de posiciones identificatorias que el
Yo puede ocupar guardando la seguridad de que el mismo Yo persiste, se encuentra y se encontrará en
ese Yo modificado que ha devenido y que va a devenir.
Función del discurso de la madre: puede proveer al Yo la historia de ese bebé que ha precedido a su
propia advenimiento sobre la escena psíquica. Si la versión que la madre le propone es “suficientemente
sensata”, el niño podrá aceptar que para la escritura de ese primer capítulo permanece dependiente de la
memoria materna. Pero, una vez asumido ese préstamo obligado, será necesario que el Yo pueda devenir
ese “aprendiz historiador” que, antes de conquistar su autonomía, deberá ser reconocido como el
coautor indispensable de la historia que se escribe. El Yo debe apropiarse e investir el recuerdo de un
conjunto de experiencias en esta unidad que nombra su pasado, y además este pasado debe prestarse a
interpretaciones causales no fijas, ellas deberán revelarse como posibles con las posiciones identificatorias
que él ocupa en su marcha identificatoria y en la puesta en lugar de los parámetros relacionales que
resultan de ello.
Lo propio de la psicosis es desposeer al historiador de esa movilidad interpretativa. O bien acepta
una posición que le asegura la preservación de una relación de investidura exclusiva para un primer
objeto o su sustituto, o bien “se mueve” y será en esa forma relacional que corre el riesgo de
desmoronarse, pues el segundo polo que la sostiene rechaza toda modificación. Todo movimiento
relacional comporta el riesgo de estallido de un conflicto que pone efectivamente en peligro a esos
pocos reparos identificatorios necesarios para que el sujeto pueda asegurarse su existencia.
El fin de la adolescencia puede significar un episodio psicótico cuya causa desencadenante se
relaciona con un primer fracaso: en una primera relación sexual, en un examen, una primera relación
sentimental. Fracaso arruinar el aparente equilibrio en el que funcionaba el sujeto, donde la
consecuencia puede serun brusco retiro de investiduras que se manifiesta por una fase de retraimiento
relacional, antes que aparezcan los elementos que signan o anuncian la entrada en un sistema
delirante.
Este movimiento de desinvestidura cuya dimensión relacional no se acompaña por ninguna vuelta sobre sí
mismo de la libido sustraída al objeto. Eso sólo se podrá hacer en el curso de una segunda fase en la cual
el apelar al delirio permitirá la reconstrucción de un mundo y también de una neo-temporalidad.
La cualidad, la intensidad y la fuerza de investidura por el Yo de su actividad de pensamiento, nos dan la
medida de lo que el Yo aporta a sí mismo. Esa auto-investidura que sólo puede operarse si a partir de su
presenta el Yo puede “lanzar sus pseudópodos” en el pensamiento de un Yo pasado y en de un Yo futuro.
El movimiento temporal y el movimiento libidinal no son sólo indisociables, sino que son las
manifestaciones conjuntas de este trabajo de investidura sin el cual nuestra vida se detendría.
El origen de la historia del tiempo del Yo, coincide con el origen de la historia del deseo que lo ha
precedido y que lo ha hecho nacer y ser. La madre va a incluir también la historia de ese tiempo que ha
precedido la venida al mundo de ese nuevo ser y ese antes, como se sabe, va a ser determinante para su
versión de la historia, para los recuerdos que pueda o no guardar en su memoria.
La tarea que incumbe al Yo del principio al fin de su recorrido es construir su infancia como pasado.
Tarea peligrosa y difícil de llevar al final, pues tendrá conjuntamente que preservar su investidura de lo que
era y no es más, e investir su auto-anticipación y por lo tanto, eso que aún no es. Las condiciones que
permiten que se preserve en nuestra memoria un Yo pensado-pasado, soporte de investidura. A mis ojos
el Yo no puede auto-asirse, autopensarse, auto-investirse, a no ser que se sitúa en parámetros
relacionales. Por eso ese Yo pensado-pasado, es también y siempre el vestigio de un momento relacional.
“Construye un futuro”, a ese mandato que los padres y el campo social susurran en el oído del
adolescente, el analista sustituye un anhelo: “construye tu pasado”. Semejante tarea, jamás terminada,
siempre a ser retomada para y por todos nosotros.
CASO ANGELINA.
Motivo de consulta inicial: dentro del campo neurótico, pero el desarrollo posterior se inclina hacia la
descompensación de la organización psíquica alcanzada.
Consulta a los 19 años: intensa angustia provocada por la duda acerca de la continuidad de sus estudios
(medicina). La demanda sostenida inicialmente era la de orientación vocacional. Parecía que la finalización
del secundario le había llegado pronto, necesitaba estar cerca de su madre y su padre, donde (la)
necesitaba(n). Los movimientos familiares no daban margen para la singularidad. Era la menor de 5
hermanos.
Incongruencia: le gustaba la carrera pero cada vez iba menos a la facultad y cada vez lloraba más.
Las dudas por la carrera dejaron paso a una controversia de pareja (seguir o abandonar). Relación de
noviazgo desde los 14 años, fraternal y endogámica. En momentos de mucha tensión lo llamaba, le
contaba lo sucedido, lloraba y encontraba la calma. Un sostén. Lejos de acercarse a la satisfacción de un
deseo erótico, representaba una oportunidad de fusión para contener desvalimientos yoicos de larga data.
El padre padecía una enfermedad de larga data, y le provocaba temor desde los tres años (primer operacion de su padre). Relata
Su tía se quiso suicidar y descubre el intento de suicidio del abuelo “jamás nadie nos había dicho nada“,
“me descompuse, me dio pánico”. “No estoy bien, estoy asustada; siento que no tengo ganas de vivir, yo
no me quiero” “Empecé a sentir un odio que jamás había sentido” “Ahora siento que yo no estoy … yo
estoy vacía. Me agarra una angustia y lloro y lloro. No puedo dormir, no siento nada; solo pienso que no
tengo ganas de vivir, yo estoy pero no estoy, solo pienso en que me quiero morir”.
Muerte de la abuela del novio, operación del padre, infarto de su abuela, problemas con el novio, deja el
terciario- “Solo pienso que no tengo ganas de vivir, en que me quiero morir“.
Interconsulta psiquiátrica: internación fantasías de suicidio. La ideas suicidas, llanto y temblor fueron en
aumento, indicios de una descompensación donde el trabajo analítico no podía ser el único dispositivo. Le
indican internación. En ella, intentó dañarse con fantasía de suicidio en tres ocasiones, dos con poca
peligrosidad y una de mayor riesgo. La internación se extendió, la medicación no producía una mejoría.
Tenía fuertes crisis de angustia diarias, con episodios en los que se lastimaba el pecho con sus uñas para
poder quitarse la angustia. Expresaba su sufrimiento de modo suplicante: “Tengo miedo de matarme,
quiero sacarme esta sensación de vacío enorme que tengo, quiero morirme, estoy vacía, yo no estoy, no
existo”.
Se negaba a la indicación de alta, no se sentía a salvo de sí misma ni sostenida por las figuras de su
entorno. Desplegó hostigamiento verbal hacia la familia diciendo a sus padres que los odiaba por no haber
“podido” con ella. Se le dio el alta con un plan de tratamiento ambulatorio.
Consideraciones clínicas
La historia del padre había ocupado tanto espacio que había sido difícil hallar un lugar para pensarse a sí
misma. Una familia sin separaciones, sin salidas exogámicas, llena de pérdidas, muertes y enfermedades,
se refleja en la organización yoica de Angelina en principio sostenida en la adaptación, en la acción
exitosa, en el despliegue intelectual, en la hiper-responsabilidad, la religiosidad y cierto puritanismo que
devela un deseo de ser eternamente niña, sin acceso a la genitalidad. Una familia que guardaba el secreto
del suicidio. Angelina denuncia el suicidio como eslabón de una cadena generacional que lo había
sostenido de manera innombrable e inelaborable.
Las dificultades para armar relaciones vinculares por fuera de la familia producían que la vida transcurra
sin distinción adentro-afuera. Los movimientos de diferenciación y constitución de la privacidad propios de
la adolescencia estaban ausentes. Su funcionamiento sexual, intelectual y biológico estaba afectado por
una dificultad para representar.
El vínculo con su novio la compensaba de fusiones fallidas; era lo más parecido al amor de una madre,
aportando un sostén permanente y garantido. Ambivalencia: Angelina pasaba de la fusión al rechazo en
un instante. El odio era el par dialéctico necesario para la separación en el sentido de diferenciación, pues
el anhelo de unión en el otro también es una amenaza continua para la individuación del yo. La
ruptura de la pareja constituía una posibilidad de despegue de los objetos primarios, desplazados en
representantes secundarios.
Tiempo después diría “Veo mi cumpleaños anterior como una foto en color sepia”, expresión que señalaba
un avance del pensamiento simbólico, la fotografía era metáfora de un tiempo que había estado detenido,
un tiempo desvitalizado. La evolución de Angelina incluyó episodios de crisis de angustia intensa en
momentos de soledad o de rechazo amoroso. Se fue aliviando el sufrimiento con creciente reubicación en
su condición de sujeto, de modo que la problemática fue tomando un matiz más neurótico. Construyó una
reflexión: necesitaba llenar los vacíos con afectos y proyectos.
Dentro de las pérdidas también son computables aquellos estados emocionales que, habiendo sido
necesarios, nunca se alcanzaron. ¿Qué destino tienen las carencias, lo inexistente, lo no advenido? Son
ausencias que se presentifican de alguna forma en algún momento de la vida. Se alojan en agujeros de
representación que no facilitan la simbolización y por ende la enunciación discursiva, se guardan en
sensaciones corporales como el vacío que ocupaba en Angelina el centro de su pecho, vivencias
seguramente anteriores a la posibilidad de elaboración yoica.
Si bien no hay psicosis, el yo se organiza falsamente pero no plásticamente, y en la adolescencia, a la
hora de tramitar el paso del tiempo, el cambio de objeto amoroso, de abordar la finalidad central del
intercambio con el mismo, de dejarse seducir por el afuera, surgen en la superficie los signos de
quebranto.
Este material clínico nos permite pensar las cuestiones ligadas al trabajo de interpretación, cuando el
análisis no pasa precisamente por descomponer los elementos sino por componer;cuando el diagnóstico
en la adolescencia, imprime riesgos de rotulación a la vez que condiciona la construcción de un ambiente
propicio para el surgimiento de lo nuevo.
Rother Hornstein. Capítulo 5 “Entre desencantos, apremios e ilusiones. Barajar y dar de nuevo”
Repiensa los cambios de la pubertad y de la adolescencia desde ciertos ejes: complejo de Edipo como
organización fundante; pulsiones, sexualidad infantil; descubrimientos de la diferencia de los sexos;
constitución de las tópicas; el narcisismo en su carácter trófico y patológico; la problemática identificatoria;
las elecciones de objeto, los traumas, las series complementarias, la realidad, y el contexto histórico social.
El niño es producto de la historia de las tramas relacionales y su subjetividad “desde el primer sorbo de
leche” lleva las marcas de la cultura. Un pecho da alimento y sexualiza, contiene una historia, ideales,
proyectos y complejas relaciones con lo corporal, lo social y lo histórico. Yo, ideales, superyó, devienen
como resultado de identificaciones con los otros.
En la adolescencia predominan dudas, interrogantes, temores, incertidumbres, sufrimientos, pero sobre
todo la capacidad de transformación. Cuestiona la identidad y el devenir, pone en juego la organización
psíquica al renovarse los conflictos, en primer lugar entre el yo y el ideal del yo. Todas las instancias
renuevan sus contratos, se reorganizan o resisten al cambio. La relativa inestabilidad del yo adolescente
está en relación con el desasimiento de las relaciones primarias y la tramitación del conflicto de
separación, desilusión y fin de la omnipotencia infantil, duelos que bien tramitados permiten crear nuevas
relaciones de objeto.
La adolescencia entrama el cuerpo, lo psíquico y lo social, resignifica la historia, la sexualidad, el
narcisismo, las pulsiones, las relaciones, el armado identificatorio y autoorganiza la subjetividad. El
protagonismo corporal de la pubertad impone un trabajo de simbolización inédito. Hay una “exigencia
de trabajo” psíquica que implica esfuerzo, energía y creación de algo nuevo.
Es un proceso histórico singular y no una etapa predeterminada. Los cambios corporales, los duelos y
las exigencias socioculturales pueden producir efectos estructurantes o desestructurantes en el
proyecto identificatorio.
El primer avance pulsional, que es asumido por la fase edípica, conduce a la inserción en la estructura
familiar estable (apropiación de los modelos identificatorios que los objetos primarios proponen al
niño); el segundo avance pulsional, que se inicia en la pubertad conduce a la inserción en la cultura (el
joven debe procurarse sus objetos amorosos).
La adolescencia es también un momento crucial para la eclosión de cuadros psicopatológicos severos:
esquizofrenia, patologías borderline, neo-sexualidades, depresiones, trastornos bipolares.
Los padres, los educadores y lo histórico social: El discurso de los padres lleva la marca de la represión, la
repetición, el discurso social y el retorno de lo reprimido, y promueve el trabajo de resignificación. Un
núcleo simbólico que permanezca como referencia de un sí-mismo es condición necesaria para soportar
los cambios que exige el devenir.
La movilidad identificatoria funciona como un hilo conductor, un nexo entre las diversas posiciones
identificatorias asumidas y las elecciones de objetos sucesivamente investidos. El reconocimiento de que
se ha cambiado es siempre posterior al cambio y a veces pone en evidencia el ser lo que nunca se quiso
ser, o la distancia entre el propio sueño narcisista y la diferencia con la realidad actual. Si esta diferencia
es insostenible para el yo, éste corre riesgos de conflictos identificatorios con resultados impredecibles
pero que pueden poner en evidencia patologías narcisistas diversas (esquizofrenia, paranoia, cuadros
borderline, depresiones, indiscriminación con el otro, etc). La adolescencia es un momento propicio por los
cambios a los que obliga, para la eclosión de cuadros psicóticos, depresiones o trastornos fronterizos.
La adolescencia es un período en el que el cuerpo recobra un protagonismo sólo comparable al que tuvo
en los comienzos de la vida. La ruptura de la “estabilidad prepuberal” obliga a una redistribución libidinal
y narcisista. La aparición de cuadros psicopatológicos dependerá del abanico de respuestas y de
defensas con los que cuente el yo ante los conflictos que generan ciertas demandas de otros y/o de la
realidad. Si hay exceso de fijación a posiciones libidinales y/o narcisistas arcaicas, el movimiento
identificatorio se detiene. El yo tiene que poder anclar en una historia libidinal que no ponga en duda
la certeza de su origen y que genere nuevas potencialidades.
La violencia desea negar. “Que nada cambie” en ese cuerpo del bebé para que no sea un cuerpo sexuado.
Este deseo es dañino e infructuoso, porque ningún sujeto puede sustraerse a las modificaciones de su
cuerpo, y en vez de no cambio puede producirse una manifestación psicótica.