Anaconda Horacio Quiroga
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Horacio Quiroga
Argumento
Esta historia comienza con una víbora o yarará, llamada Lanceolada, quien un día explorando
una antigua propiedad deshabitada, de repente encuentra que la antigua casa ha sido poblada
de nuevo por cuatro hombres, quienes han traído dos perros y unos caballos. En la narración,
el lector comprenderá que esos hombres han ido hasta la profundidad de la selva a buscar
víboras, tomar su veneno y poder encontrar antídotos necesarios para tan terribles
mordeduras.
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Contenido
I ................................................................................................................................................. 4
II ................................................................................................................................................ 6
III ............................................................................................................................................... 9
IV ............................................................................................................................................. 11
V .............................................................................................................................................. 12
VI ............................................................................................................................................. 14
VII ............................................................................................................................................ 16
VIII ........................................................................................................................................... 21
IX ............................................................................................................................................. 22
X .............................................................................................................................................. 29
XI ............................................................................................................................................. 31
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Eran las diez de la noche y hacía un calor sofocante. El tiempo cargado pesaba sobre la
selva, sin un soplo de viento. El cielo de carbón se entreabría de vez en cuando en sordos
relámpagos de un extremo a otro del horizonte; pero el chubasco silbante del sur estaba aún
lejos.
Por un sendero de vacas en pleno espartillo blanco, avanzaba Lanceolada, con la lentitud
genérica de las víboras. Era una hermosísima yarará de un metro cincuenta, con los negros
ángulos de su flanco bien cortados en sierra, escama por escama. Avanzaba tanteando la
seguridad del terreno con la lengua, que en los ofidios reemplaza perfectamente a los dedos.
Iba de caza. AI llegar a un cruce de senderos se detuvo, se arrolló prolijamente sobre sí
misma removióse aún un momento acomodándose y después de bajar la cabeza al nivel de
sus anillos, asentó la mandíbula inferior y esperó inmóvil. Minuto tras minuto esperó cinco
horas. Al cabo de este tiempo continuaba en igual inmovilidad. ¡Mala noche! Comenzaba a
romper el día e iba a retirarse, cuando cambió de idea. Sobre el cielo lívido del este se
recortaba una inmensa sombra.
-Quisiera pasar cerca de la Casa -se dijo la yarará-. Hace días que siento ruido, y es menester
estar alerta....
La casa a que hacía referencia Lanceolada era un viejo edificio de tablas rodeado de
corredores y todo blanqueado. En torno se levantaban dos o tres galpones. Desde tiempo
inmemorial el edificio había estado deshabitado. Ahora se sentían ruidos insólitos, golpes de
fierros, relinchos de caballo, conjunto de cosas en que trascendía a la legua la presencia del
Hombre. Mal asunto...
Pero era preciso asegurarse, y Lanceolada lo hizo mucho más pronto de lo que hubiera
querido.
Un inequívoco ruido de puerta abierta llegó a sus oídos. La víbora irguió la cabeza, y mientras
notaba que una rubia claridad en el horizonte anunciaba la aurora, vio una angosta sombra,
alta y robusta, que avanzaba hacia ella. Oyó también el ruido de las pisadas -el golpe seguro,
pleno, enormemente distanciado que denunciaba también a la legua al enemigo.
La sombra estuvo sobre ella. Un enorme pie cayó a su lado, y la yarará, con toda la violencia
de un ataque al que jugaba la vida, lanzó la cabeza contra aquello y la recogió a la posición
anterior. El Hombre se detuvo: había creído sentir un golpe en las botas. Miró el yuyo a su
rededor sin mover los pies de su lugar; pero nada vio en la oscuridad apenas rota por el vago
día naciente, y siguió adelante.
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Pero Lanceolada vio que la Casa comenzaba a vivir, esta vez real y efectivamente con la vida
del Hombre. La yarará emprendió la retirada a su cubil llevando consigo la seguridad de que
aquel acto nocturno no era sino el prólogo, del gran drama a desarrollarse en breve.
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II
Al día siguiente, la primera preocupación de Lanceolada fue el peligro que con la llegada del
Hombre se cernía sobre la Familia entera. Hombre y Devastación son sinónimos desde tiempo
inmemorial en el Pueblo entero de los Animales. Para las víboras en particular, el desastre se
personificaba en dos horrores: el machete escudriñando, revolviendo el vientre mismo de la
selva, y el fuego aniquilando el bosque en seguida, y con él los recónditos cubiles.
Tornábase, pues, urgente prevenir aquello. Lanceolada esperó la nueva noche para ponerse
en campaña. Sin gran trabajo halló a dos compañeras, que lanzaron la voz de alarma. Ella,
por su parte, recorrió hasta las doce los lugares más indicados para un feliz encuentro, con
suerte tal que a las dos de la mañana el Congreso se hallaba, si no en pleno, por lo menos
con mayoría de especies para decidir qué se haría.
En la base de un murallón de piedra viva, de cinco metros de altura, y en pleno bosque, desde
luego, existía una caverna disimulada por los helechos que obstruían casi la entrada. Servía
de guarida desde mucho tiempo atrás a Terrífica, una serpiente de cascabel, vieja entre las
viejas, cuya cola contaba treinta y dos cascabeles. Su largo no pasaba de un metro cuarenta,
pero en cambio su grueso alcanzaba al de una botella. Magnífico ejemplar, cruzada de
rombos amarillos; vigorosa, tenaz, capaz de quedar siete horas en el mismo lugar frente al
enemigo, pronta a enderezar los colmillos con canal interno que son, como se sabe, si no los
más grandes, los más admirablemente constituidos de todas las serpientes venenosas.
Fue allí en consecuencia donde, ante la inminencia del peligro y presidido por la víbora de
cascabel, se reunió el Congreso de las Víboras. Estaban allí, fuera de Lanceolada y Terrífica,
las demás yararás del país: La pequeña Coatiarita, benjamín de la Familia, con La línea rojiza
de sus costados bien visible y su cabeza particularmente afilada. Estaba allí, negligentemente
tendida como si se tratara de todo menos de hacer admirar las curvas blancas y cafés de su
lomo sobre largas bandas color salmón, la esbelta Neuwied, dechado de belleza, y que había
guardado para sí el nombre del naturalista que determinó su especie. Estaba Cruzada -que en
el sur llaman víbora de La cruz-, potente y audaz rival de Neuwied en punto a belleza de
dibujo. Estaba Atroz, de nombre suficientemente fatídico; y por último, Urutú Dorado, la
yararacusú, disimulando discretamente en el fondo de La caverna sus ciento setenta
centímetro s de terciopelo negro cruzado oblicuamente por bandas de oro.
Es de notar que las especies del formidable género Lachesis, o yararás, a que pertenecían
todas las congresales menos Terrífica, sostienen una vieja rivalidad por la belleza del dibujo y
el color. Pocos seres, en efecto, tan bien dotados como ellos. Según las leyes de las víboras,
ninguna especie poco abundante y sin dominio real en el país puede presidir las asambleas
del Imperio. Por esto Urutú Dorado, magnífico animal de muerte, pero cuya especie es más
bien rara, no pretendía este honor, cediéndolo de buen grado a la víbora de cascabel, más
débil, pero que abunda milagrosamente.
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-¡Compañeras! -dijo-. Hemos sido todas enteradas por Lanceolada de la presencia nefasta del
Hombre. Creo interpretar el anhelo de todas nosotras, al tratar de salvar nuestro Imperio de la
invasión enemiga. Sólo un medio cabe, pues la experiencia nos dice que el abandono del
terreno no remedia nada. Este medio, ustedes lo saben bien, es la guerra al Hombre, sin
tregua ni cuartel, desde esta noche misma, a la cual cada especie aportará sus virtudes. Me
halaga en esta circunstancia olvidar mi especificación humana: no soy ahora una serpiente de
cascabel; soy una yarará, como ustedes. Las yararás, que tienen a la Muerte por negro
pabellón. ¡Nosotras somos la Muerte, compañeras! Y entre tanto, que alguna de las presentes
proponga un plan de campaña.
Nadie ignora, por lo menos en el Imperio de las Víboras, que todo lo que Terrífica tiene de
largo en sus colmillos, lo tiene de corto en su inteligencia. Ella lo sabe también, y aunque
incapaz por lo tanto de idear plan alguno, posee, a fuerza de vieja reina, el suficiente tacto
para callarse.
-Soy de la opinión de Terrífica, y considero que mientras no tengamos un plan, nada podemos
ni debemos hacer. Lo que lamento es la falta en este Congreso de nuestras primas sin
veneno: las Culebras.
-Lamento lo que pasa. Pero quisiera solamente recordar esto: Si entre todas nosotras
pretendiéramos vencer a una culebra, no lo conseguiríamos. Nada más quiero decir.
-Si es por su resistencia al veneno -objetó perezosamente Urutú Dorado, desde el fondo del
antro-, creo que yo sola me encargaría de desengañarlas.
-Tal vez sea otra cosa la que te dan.... -murmuró Cruzada mirándola de reojo.
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-¿A mí? -silbó Lanceolada, irguiéndose-. ¡Te advierto que haces mala figura aquí, defendiendo
a esos gusanos corredores!
-¡No hay para qué decir eso! -gritaron-. ¡Ellas son culebras, y nada más!
También desde tiempo inmemorial es fama entre las víboras la rivalidad particular de las dos
yararás: Lanceolada, hija del extremo norte, y Cruzada, cuyo hábitat se extiende más al sur.
Cuestión de coquetería en punto a belleza, según las culebras.
-¡Vamos, vamos! -intervino Terrífica-. Que Cruzada explique para qué quiere la ayuda de las
culebras, siendo así que no representan la Muerte como nosotras.
-¡Para esto! -replicó Cruzada ya en calma-. Es indispensable saber qué hace el Hombre en la
casa; y para ello se precisa ir hasta allá, a la casa misma. Ahora bien, la empresa no es fácil,
porque si el pabellón de nuestra especie es la Muerte, el pabellón del Hombre es también la
Muerte, y bastante más rápida que la nuestra... Las culebras nos aventajan inmensamente en
agilidad. Cualquiera de nosotras iría y vería. Pero ¿volvería? Nadie mejor para esto que la
Ñacaniná. Estas exploraciones forman parte de sus hábitos diarios, y podría, trepada al techo,
ver, oír y regresar a informarnos antes de que sea de día.
La proposición era tan razonable que esta vez la asamblea entera asintió, aunque con un
resto de desagrado.
-¡Eso es! -le lanzó Lanceolada de atrás-. ¡Tú que eres su protectora la hallarás en seguida!
Cruzada tuvo aún tiempo de volver la cabeza hacia ella, y le sacó la lengua, reto a largo plazo.
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III
-¡Ah, no; esto no lo sabía! -repuso la Ñacaniná deslizándose cabeza abajo contra el árbol, con
tanta seguridad como si marchara sobre un plano horizontal-. Algo grave debe pasar para
eso... ¿Qué ocurre?
-Por el momento, nada; pero nos hemos reunido en Congreso precisamente para evitar que
nos ocurra algo. En dos palabras: se sabe que hay varios hombres en la Casa, y que se van a
quedar definitivamente. Es la Muerte para nosotras.
-Yo creía que ustedes eran la Muerte por sí mismas... ¡No se cansan de repetirlo! -murmuró
irónicamente la culebra.
-¿Quién sabe? Para desgracia tuya, te pareces bastante a nosotras; las Venenosas.
Defendiendo nuestros intereses, defiendes los tuyos.
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-Muy poco. Ir en seguida a la Casa, y arreglarte allí de modo que veas y oigas lo que pasa.
-Tal vez allá encuentres algo que comer -la consoló suavemente Cruzada.
-¡Ah, no! -protestó la Ñacaniná-. ¡Eso no! ¡Les hago a ustedes el favor, y en paz! Iré al
Congreso cuando vuelva.... si vuelvo. Pero ver antes de tiempo la cáscara rugosa de Terrífica,
los ojos de ratón de Lanceolada y la cara estúpida de Coralina. ¡Eso, no!
-¡Bueno, bueno! -repuso Cruzada, que no quería hacer hincapié-. Pero si no disminuyes un
poco la marcha, no te sigo.
En efecto, aun a todo correr, la yarará no podía acompañar el deslizar veloz de la Ñacaniná.
-Quédate, ya estás cerca de las otras -contestó la culebra. Y se lanzó a toda velocidad,
dejando en un segundo atrás a su prima Venenosa.
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IV
Velaban todavía en la Casa. Por las puertas, abiertas de par en par, salían chorros de luz, y ya
desde lejos la Ñacaniná pudo ver cuatro hombres sentados alrededor de la mesa.
Para llegar con impunidad sólo faltaba evitar el problemático tropiezo con un perro. ¿Los
habría? Mucho lo temía Ñacaniná. Por esto deslizóse adelante con gran cautela, sobre todo
cuando llegó ante el corredor.
-La plaza, pues, estaba libre. Como desde el lugar en que se encontraba podía oír, pero no
ver el panorama entero de los hombres hablando, la Culebra, tras una ojeada arriba, tuvo lo
que deseaba en un momento. Trepó por una escalera recostada a la pared bajo el corredor y
se instaló en el espacio libre entre pared y techo, tendida sobre el tirante. Pero por más
precauciones que tomara al deslizarse, un viejo clavo cayó al suelo y un hombre levantó los
ojos.
-Una rata.
-Alguna Ñacaniná.
Pero los hombres bajaron de nuevo la vista, y la Ñacaniná vio y oyó durante media hora.
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Conocida ya desde tiempo atrás la particular riqueza en víboras de aquel rincón del territorio,
el Gobierno de la Nación había decidido la creación de un Instituto de Seroterapia Ofídica,
donde se prepararían sueros contra el veneno de las víboras. La abundancia de éstas es un
punto capital, pues nadie ignora que la carencia de víboras de que extraer el veneno es el
principal inconveniente para una vasta y segura preparación del suero.
El nuevo establecimiento podía comenzar casi en seguida, porque contaba con dos animales
-un caballo y una mula- ya en vías de completa inmunización. Habíase logrado organizar el
laboratorio y el serpentario Este último prometía enriquecerse de un modo asombroso, por
más que el Instituto hubiera llevado consigo no pocas serpientes venenosas, las mismas que
servían para inmunizar a los animales citados. Pero si se tiene en cuenta que un caballo, en
su último grado de inmunización, necesita seis gramos de veneno en cada inyección (cantidad
suficiente desde para matar doscientos cincuenta caballos), se comprenderá que deba ser
muy grande el número de víboras en disponibilidad que requiere un Instituto del género.
Los días, duros al principio, de una instalación en la selva, mantenían al personal superior del
Instituto en vela hasta media noche, entre planes de laboratorio y demás.
-Y los caballos, ¿cómo están hoy? -preguntó uno, de lentes negros, y que parecía ser el jefe
del Instituto.
-Muy caídos -repuso otro-. Si no podemos hacer una buena recolección en estos días...
-Me parece -Se dijo- que las primas venenosas se han llevado un susto magnífico. De estos
hombres no hay gran cosa que temer....
Y avanzando más la cabeza, a tal punto que su nariz pasaba ya de la línea del tirante,
observó con más atención.
-Hemos tenido hoy un día malo -agregó uno-. Cinco tubos de ensayo se han roto....
La Ñacaniná sentíase cada vez más inclinada a la compasión. -¡Pobre gente! -murmuró-. Se
les han roto cinco tubos...
Y se disponía o abandonar su escondite para explorar aquella inocente casa, cuando oyó:
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-¿Eh? -dio una sacudida la culebra, jugando velozmente con la lengua-. ¿Qué dice ese pelado
de traje blanco?
Para ellas, sí, el lugar me parece ideal... Y las necesitamos urgentemente, los caballos y
nosotros.
-Por suerte, vamos a hacer una famosa cacería de víboras en este país. No hay duda de que
es el país de las víboras.
-Hum..., hum..., hum... -murmuró Ñacaniná, arrollándose en el tirante cuanto le fue posible-
Las cosas comienzan a ser un poco distintas... Hay que quedar un poco más con esta buena
gente... Se aprenden cosas curiosas.
Tantas cosas curiosas oyó, que cuando, al cabo de media hora, quiso retirarse, el exceso de
sabiduría adquirida le hizo hacer un falso movimiento, y la tercera parte de su cuerpo cayó,
golpeando la pared de tablas. Como había caído de cabeza, en un instante la tuvo
enderezada hacia la mesa, la lengua vibrante.
La Ñacaniná, cuyo largo puede alcanzar a tres metros, es valiente, con seguridad la más
valiente de nuestras serpientes. Resiste un ataque serio del hombre, que es inmensamente
mayor que ella, y hace frente siempre. Como su propio coraje le hace creer que es muy
temida, la nuestra se sorprendió un poco al ver que los hombres, enterados de lo que se
trataba, se echaban a reír tranquilos.
-Por útil que sea, no deja de ser un mal bicho... Una de estas noches la voy a encontrar
buscando ratones dentro de mi cama...
Y cogiendo un palo próximo, lo lanzó contra la Ñacaniná a todo vuelo. El palo pasó silbando
junto a la cabeza de la intrusa y golpeó con terrible estruendo la pared.
Hay ataque y ataque. Fuera de la selva y entre cuatro hombres, la Ñacaniná no se hallaba a
gusto. Se retiró a escape, concentrando toda su energía en la cualidad que, conjuntamente
con el valor, forman sus dos facultades primas: la velocidad para correr.
Perseguida por los ladridos del perro, y aun rastreada buen trecho por éste -lo que abrió
nueva luz respecto a las gentes aquellas-, la culebra llegó a la caverna. Pasó por encima de
Lanceolada y Atroz, y se arrolló a descansar, muerta de fatiga.
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VI
-¡Por fin! -exclamaron todas, rodeando a la exploradora-. Creíamos que te ibas a quedar con
tus amigos los hombres...
-Tal vez fuera mejor esto... Y pasar al otro lado del río repuso Ñacaniná.
Y Ñacaniná contó todo lo que había visto y oído: la instalación del Instituto Seroterápico, sus
planes, sus fines y la decisión de los hombres de cazar cuanta víbora hubiera en el país.
-¡No! ¡Cazarlas, nada más! Encerrarlas, darles bien de comer y extraerles cada veinte días el
veneno. ¿Quieren vida más dulce?
La asamblea quedó estupefacta. Ñacaniná había explicado muy bien el fin de esta recolección
de veneno; pero lo que no había explicado eran los medios para llegar a obtener el suero.
Para la Ñacaniná, el peligro previsto era mucho menor. ¿Qué le importaba a ella y sus
hermanas las cazadoras- a ellas, que cazaban a diente limpio, a fuerza de músculos que los
animales estuvieran o no inmunizados? Un solo punto obscuro veía ella, y es el excesivo
parecido de una culebra con una víbora, que favorecía confusiones mortales. De ahí el interés
de la culebra en suprimir el Instituto.
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-¡Ten cuidado! -le dijo Ñacaniná, con voz persuasiva-. Hay varias jaulas vacías... ¡Ah, me
olvidaba! -agregó, dirigiéndose a Cruzada-. Hace un rato, cuando salí de allí... Hay un perro
negro muy peludo... Creo que sigue el rastro de una víbora... ¡Ten cuidado!
-¡Allá veremos! Pero pido que se llame a Congreso pleno para mañana en la noche. Si yo no
puedo asistir, tanto peor...
-Casi. ¡Ojo con ese perro, porque puede hacemos más daño que todos los hombres juntos!
-Yo me encargo de él -exclamó Terrífica, contenta de (sin mayor esfuerzo mental) poder poner
en juego sus glándulas de veneno, que a la menor contracción nerviosa se escurría por el
canal de los colmillos.
Pero ya cada víbora se disponía a hacer correr la palabra en su distrito, y a Ñacaniná, gran
trepadora, se le encomendó especialmente llevar la voz de alerta a los árboles, reino preferido
de las culebras.
A las tres de la mañana la asamblea se disolvió. Las víboras, vueltas a la vida normal, se
alejaron en distintas direcciones, desconocidas ya las unas para las otras, silenciosas,
sombrías, mientras en el fondo de la caverna la serpiente de cascabel quedaba arrollada e
inmóvil fijando sus duros ojos de vidrio en un ensueño de mil perros paralizados.
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VII
Era la una de la tarde. Por el campo de fuego, al resguardo de las matas de espartillo, se
arrastraba Cruzada hacia la Casa. No llevaba otra idea, ni creía necesaria tener otra, que
matar al primer hombre que se pusiera a su encuentro. Llegó al corredor y se arrolló allí,
esperando. Pasó así media hora. El calor sofocante que reinaba desde tres días atrás
comenzaba a pesar sobre los ojos de la yarará, cuando un temblor sordo avanzó desde la
pieza. La puerta estaba abierta, y ante la víbora, a treinta centímetros de su cabeza, apareció
el perro, el perro negro y peludo, con los ojos entornados de sueño.
En ese instante el perro se detuvo husmeando y volvió la cabeza... ¡Tarde ya! Ahogó un
aullido de sorpresa y movió desesperadamente el hocico mordido.
-Ya tiene éste su asunto listo... -murmuró Cruzada, replegándose de nuevo. Pero cuando el
perro iba a lanzarse sobre la víbora, sintió los pasos de su amo y se arqueó ladrando a la
yarará. El hombre de los lentes ahumados apareció junto a Cruzada.
-Una Alternatus... Buen ejemplar -respondió el hombre. Y antes que la víbora hubiera podido
defenderse, sintióse estrangulada en una especie de prensa afirmada al extremo de un palo.
La yarará crujió de orgullo al verse así; lanzó su cuerpo a todos lados, trató en vano de
recoger el cuerpo y arrollarlo en el palo. Imposible; le faltaba el punto de apoyo en la cola, el
famoso punto de apoyo sin el cual una poderosa boa se encuentra reducida a la más
vergonzosa impotencia. El hombre la llevó así colgando, y fue arrojada en el Serpentario.
Constituíalo un simple espacio de tierra cercado con chapas de cinc liso, provisto de algunas
jaulas, y que albergaba a treinta o cuarenta víboras. Cruzada cayó en tierra y se mantuvo un
momento arrollada y congestionada bajo el sol de fuego.
Un instante después la yarará se veía rodeada y pasada por encima por cinco o seis
compañeras que iban a reconocer su especie.
Cruzada las conocía a todas; pero no así a una gran víbora que se bañaba en una jaula
cerrada con tejido de alambre. ¿Quién era? Era absolutamente desconocida para la yarará.
Curiosa a su vez se acercó lentamente.
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Se acercó tanto, que la otra se irguió. Cruzada ahogó un silbido de estupor, mientras caía en
guardia, arrollada. La gran víbora acababa de hinchar el cuello, pero monstruosamente, como
jamás había visto hacerlo a nadie. Quedaba realmente extraordinaria así.
-¿Quién eres? -murmuró Cruzada-. ¿Eres de las nuestras? Es decir, venenosa. La otra,
convencida de que no había habido intención de ataque en la aproximación de la yarará,
aplastó sus dos grandes orejas.
-¿Cómo te llamas?
-Sí, no necesitas decirlo. He visto muchas hermanas tuyas ya... ¿Cuándo te cazaron?
-Sí.
La cobra real se echó a reír, a tiempo que Cruzada tenia una nueva sacudida: el perro lanudo
que creía haber matado estaba ladrando...
-Pero es que lo mordí en la cabeza... -contestó Cruzada, cada vez más aturdida-. No me
queda una gota de veneno concluyó-. Es patrimonio de las yararás vaciar casi en una mordida
sus glándulas.
-Sí, pero no por cuenta nuestra... Está inmunizado. Pero tú no sabes lo que es esto...
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-Hamadrías, supongo.
-O ñaja búngaro... o cobra capelo real. Nosotras somos respecto de la vulgar cobra capelo de
la India, lo que tú respecto de una de esas coatiaritas... Y ¿sabes de qué nos alimentamos?
-No.
-De víboras americanas..., entre otras cosas –concluyó balanceando la cabeza ante la
Cruzada.
-Sesenta... dos sesenta, pequeña Cruzada - repuso la otra, que había seguido su mirada.
-Es un buen tamaño... Más o menos, el largo de Anaconda, una prima mía ¿Sabes de qué se
alimenta?: de víboras asiáticas -y miró a su vez a Hamadrías.
-Sí.
-Así es... Y por esto justamente tiene gran debilidad por las extranjeras venenosas.
-iÓyeme! -dijo de pronto-. ¡Estoy harta de hombres, perros, caballos y de todo este infierno de
estupidez y crueldad! Tú me puedes entender, porque lo que es ésas... Llevo año y medio
encerrada en una jaula como si fuera una rata, maltratada, torturada periódicamente. Y, lo que
es peor, despreciada, manejada como un trapo por viles hombres... Y yo, que tengo valor,
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fuerza y veneno suficientes para concluir con todos ellos, estoy condenada a entregar mi
veneno para la preparación de sueros antivenenosos. ¡No te puedes dar cuenta de lo que esto
supone para mi orgullo! ¿Me entiendes? -concluyó mirando en los ojos a la yarará.
-Una sola cosa; un solo medio tenemos de vengarnos. Acércate, que no nos oigan... Tú sabes
la necesidad absoluta de un punto de apoyo para poder desplegar nuestra fuerza. Toda
nuestra salvación depende de esto. Solamente...
-¿Qué?
-¿Sola?
El diálogo continuó un rato en voz tan baja, que el cuerpo de la yarará frotaba,
descamándose, contra las mallas de alambre. De pronto, la cobra se abalanzó y mordió por
tres veces a Cruzada. Las víboras, que habían seguido de lejos el incidente, gritaron:
Cruzada, mordida por tres veces en el cuello, se arrastró pesadamente por el pasto. Muy
pronto quedó inmóvil, y fue a ella a quien encontró el empleado del Instituto cuando, tres
horas después, entró en el Serpentario. El hombre vio a la yarará, y empujándola con el pie, le
hizo dar vuelta como a una soga y miró su vientre blanco.
-Está muerta, bien muerta... -murmuró-. Pero ¿de qué? - Y se agachó a observar a la víbora.
No fue largo su examen: en el cuello y en la misma base de la cabeza notó huellas
inequívocas de colmillos venenosos.
-¡Hum! -se dijo el hombre-. Esta no puede ser más que la hamadrías... Allí está, arrollada y
mirándome como si yo fuera otra Alternatus... Veinte veces le he dicho al director que las
mallas del tejido son demasiado grandes. Ahí está la prueba... En fin -concluyó, cogiendo a
Cruzada por la cola y lanzándola por encima de la barrera de cinc-, ¡un bicho menos que
vigilar! Fue a ver al director:
-La hamadrías ha mordido a la yarará que introdujimos hace un rato. Vamos a extraerle muy
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poco veneno.
-Es un fastidio grande -repuso aquél- Pero necesitamos para hoy el veneno... No nos queda
más que un solo tubo de suero... ¿Murió la Alternatus?
-No hay más remedio... Pero para la segunda recolección, de aquí a dos o tres horas.
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VIII
...Se hallaba quebrantada, exhausta de fuerzas. Sentía la boca llena de tierra y sangre.
¿Dónde estaba?
Intentó arrastrarse, mas en vano; su cuerpo ondulaba, pero en el mismo sitio, sin avanzar.
Pasó un rato aún y su inquietud crecía.
-¡Y no estoy sino a treinta metros! -murmuraba-. ¡Dos minutos, un solo minuto de vida, y llegó
a tiempo!
Atravesó el patio, llegó a la puerta en el momento en que el empleado, con la dos manos,
sostenía, colgando en el aire, la Hamadrías, mientras el hombre de los lentes ahumados le
introducía el vidrio de reloj en la boca. La mano se dirigía a oprimir las glándulas, y Cruzada
estaba aún en el umbral.
-¡No tendré tiempo! -se dijo desesperada. Y arrastrándose en un supremo esfuerzo, tendió
adelante los blanquísimos colmillos. El peón, al sentir su pie descalzo abrasado por los dientes
de la yarará, lanzó un grito y bailó. No mucho; pero lo suficiente para que el cuerpo colgante
de la cobra real oscilara y alcanzase a la pata de la mesa, donde se arrolló velozmente. Y con
ese punto de apoyo, arrancó su cabeza de entre las manos del peón y fue a clavar hasta la
raíz los colmillos en la muñeca izquierda del hombre de lentes negros, justamente en una
vena. ¡Ya estaba! Con los primeros gritos, ambas, la cobra asiática y la yarará, huían sin ser
perseguidas.
-¡Un punto de apoyo! -murmuraba la cobra volando a escape por el campo-. Nada más que
eso me faltaba. ¡Ya lo conseguí, por fin!
-Sí. -Corría la yarará a su lado, muy dolorida aún-. Pero no volvería a repetir el juego...
Allá, de la muñeca del hombre pendían dos negros hilos de sangre pegajosa. La inyección de
una hamadrías en una vena es cosa demasiado seria para que un mortal pueda resistirla largo
rato con los ojos abiertos, y los del herido se cerraban para siempre a los cuatro minutos.
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IX
El Congreso estaba en pleno. Fuera de Terrífica y Ñacaniná, y las yararás Urutú Dorado,
Coatiarita, Neuwied, Atroz y Lanceolada, habían acudido Coralina -de cabeza estúpida, según
Ñacaniná-, lo que no obsta para que su mordedura sea de las más dolorosas. Además es
hermosa, incontestablemente hermosa con sus anillos rojos y negros.
Siendo, como es sabido, muy fuerte la vanidad de las víboras en punto de belleza, Coralina se
alegraba bastante de la ausencia de su hermana Frontal, cuyos triples anillos negros y
blancos sobre fondo de púrpura colocan a esta víbora de coral en el más alto escalón de la
belleza ofídica.
Las Cazadoras estaban representadas esa noche por Drimobia, cuyo destino es ser llamada
yararacusú del monte, aunque su aspecto sea bien distinto. Asistían Cipó, de un hermoso
verde y gran cazadora de pájaros; Radínea, pequeña y oscura, que no abandona jamás los
charcos; Boipeva, cuya característica es achatarse completamente contra el suelo apenas se
siente amenazada; Trigémina, culebra de coral, muy fina de cuerpo, como sus compañeras
arborícolas; y por último Esculapia, cuya entrada, por razones que se verá en seguida, fue
acogida con generales miradas de desconfianza.
Faltaban asimismo varias especies de las venenosas y las cazadoras, ausencia está que
requiere una aclaración. Al decir Congreso pleno, hemos hecho referencia a la gran mayoría
de las especies, y sobre todo de las que se podrían llamar reales por su importancia. Desde el
primer Congreso de las Víboras se acordó que las especies numerosas, estando en mayoría,
podían dar carácter de absoluta fuerza a sus decisiones. De aquí la plenitud del Congreso
actual, bien que fuera lamentable la ausencia de la yarará Surucucú, a quien no había sido
posible hallar por ninguna parte; hecho tanto más de sentir cuanto que esta víbora, que puede
alcanzar a tres metros, es, a la vez que reina en América, viceemperatriz del Imperio Mundial
de las Víboras, pues sólo una la aventaja en tamaño y potencia de veneno: la hamadrías
asiática.
Alguna faltaba -fuera de Cruzada-; pero las víboras todas afectaban no darse cuenta de su
ausencia.
A pesar de todo, se vieron forzadas a volverse al ver asomar por entre los helechos una
cabeza de grandes ojos vivos.
Como si una chispa eléctrica hubiera recorrido todos los cuerpos, las víboras irguieron la
cabeza al oír aquella voz.
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Horacio Quiroga
-¡Éste no es tu lugar! -exclamó Urutú Dorado, dando por primera vez señales de vivacidad.
Pero Terrífica, con silbido claro, aunque trémulo, logró hacerse oír.
-¡Compañeras! No olviden que estamos en Congreso, y todas conocemos sus leyes: nadie,
mientras dure, puede ejercer acto alguno de violencia. ¡Entra, Anaconda!
-¡Bien dicho! -exclamó Ñacaniná con sorda ironía-. Las nobles palabras de nuestra reina nos
aseguran. ¡Entra, Anaconda!
-¡No, de ninguna manera! -contestó Terrífica-. Son las glándulas de veneno que me
incomodan de hinchadas... Anaconda y Ñacaniná tornaron a cruzar una mirada irónica, y
prestaron atención.
La hostilidad bien evidente de la asamblea hacia la recién llegada tenía un cierto fundamento,
que no se dejará de apreciar. La Anaconda es la reina de todas las serpientes habidas y por
haber, sin exceptuar al pitón malayo. Su fuerza es extraordinaria, y no hay animal de carne y
hueso capaz de resistir un abrazo suyo. Cuando comienza a dejar caer del follaje sus diez
metros de cuerpo liso con grandes manchas de terciopelo negro, la selva entera se crispa y
encoge.- Pero la Anaconda es demasiado fuerte para odiar a sea quien fuere -con una sola
excepción-, y esta conciencia de su valor le hace conservar siempre buena amistad con el
Hombre. Si a alguien detesta, es, naturalmente, a las serpientes venenosas; y de aquí la
conmoción de las víboras ante la cortés Anaconda.
Anaconda no es, sin embargo, hija de la región. Vagabundeando en las aguas espumosas del
Paraná había llegado hasta allí con una gran creciente, y continuaba en la región, muy
contenta del país, en buena relación con todos, y en particular con la Ñacaniná, con quien
había trabado viva amistad. Era, Por lo demás, aquel ejemplar una joven Anaconda que
distaba aún mucho de alcanzar a los diez metros de sus felices abuelos. Pero los dos metros
cincuenta que media ya valían por el doble, si se considera la fuerza de esta magnífica boa,
que por divertirse al crepúsculo atraviesa el Amazonas entero con la mitad del cuerpo erguido
fuera del agua.
-Creo que podríamos comenzar ya -dijo-. Ante todo, es menester saber algo de Cruzada.
Prometió estar aquí en seguida.
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-Lo que prometió -intervino la Ñacaniná- es estar aquí cuando pudiera. Debemos esperarla.
-¿Cómo para qué? -exclamó ésta, irguiéndose-. Se necesita toda la estupidez de una
Lanceolada para decir esto... ¡Estoy cansada ya de oír en este Congreso disparate tras
disparate! ¡No parece sino que las Venenosas representan a la Familia entera! Nadie, menos
ésa -señaló con la cola a Lanceolada-, ignora que precisamente de las noticias que traiga
Cruzada depende nuestro plan...
¿Que para qué esperarla?... ¡Estamos frescas si las inteligencias capaces de preguntar esto
dominan en este Congreso!
-¡No importa!; pero vuelvo a pedirte disculpa. Felizmente, Coralina, que acechaba a la entrada
de la caverna, entró silbando:
-¡Por fin! -exclamaron las congresales, alegres. Pero su alegría transformóse en estupefacción
cuando, detrás de la yarará, vieron entrar a una inmensa víbora, totalmente desconocida de
ellas.
Mientras Cruzada iba a tenderse al lado de Atroz, la intrusa se arrolló lenta y paulatinamente
en el centro de la caverna y se mantuvo inmóvil.
-Parece una prima sin veneno -decía una, con un tanto de desdén.
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-Y cola larga.
-Y además...
-¡Sí, déjenla tranquila! -exclamó Cruzada-. Tanto más agregó cuanto que acaba de salvarme
la vida, y tal vez la de todas nosotras.
-Resultado -concluyó- dos hombres fuera de combate, y de los más peligrosos. Ahora no nos
resta más que eliminar a los que quedan.
-Yo creo que a los caballos -insistió la cobra real-. Y me fundo en esto: mientras queden vivos
los caballos, un solo hombre puede preparar miles de tubos de suero con los cuales se
inmunizarán contra nosotras. Raras veces, ustedes lo saben bien, se presenta la ocasión de
morder una vena... como ayer. Insisto, pues, en que debemos dirigir todo nuestro ataque
contra los caballos.
¡Después veremos! En cuanto al perro -concluyó con una mirada de reojo a la Ñacaniná-, me
parece despreciable.
Era evidente que desde el primer momento la serpiente asiática y la Ñacaniná indígena
habíanse disgustado mutuamente. Si la una en su carácter de animal venenoso, representaba
un tipo inferior para la Cazadora, esta última, a fuer de fuerte y ágil, provocaba el odio y los
celos de Hamadrías. De modo que la vieja y tenaz rivalidad entre serpientes venenosas y no
venenosas llevaba miras de exasperarse aún más en aquel último Congreso.
-Por mi parte -contestó Ñacaniná-, creo que caballos y hombres son secundarios en esta
lucha. Por gran facilidad que podamos tener para eliminar a unos y otros, no es nada esta
facilidad comparada con la que puede tener el perro el primer día que se les ocurra dar una
batida en forma, y la darán, estén bien seguras, antes de veinticuatro horas. Un perro
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inmunizado contra cualquier mordedura, aun la de esta señora con sombrero en el cuello
-agregó señalando de costado a la cobra real- es el enemigo más temible que podamos tener,
y sobre todo si se recuerda que ese enemigo ha sido adiestrado a seguir nuestro rastro. ¿qué
opinas, Cruzada?
-Yo opino como Ñacaniná -repuso-. Si el perro se pone a, trabajar, estamos perdidas.
Era esto más de lo que podía oír la cobra real sin que la ira subiera a inundarle los colmillos de
veneno. -
No sé hasta qué punto puede tener valor la opinión de esta señorita conversadora -dijo,
devolviendo a Ñacaniná su mirada de reojo-. El peligro real en esta circunstancia es para
nosotras, las Venenosas, que tenemos por negro pabellón a la Muerte. Las culebras saben
bien que el hombre no las teme, porque son completamente incapaces de hacerse temer.
-¡He aquí una cosa bien dicha! -dijo una voz que no había sonado aún.
Hamadrías se volvió vivamente, porque en el tono tranquilo de la voz había creído notar una
vaguísima ironía, y vio dos grandes ojos brillantes que la miraban apaciblemente.
-Sí, a ti -repuso mansamente la interruptora-. Lo que has dicho está empapado en profunda
verdad.
La cobra real volvió a sentir la ironía anterior, y como por un presentimiento, midió a la ligera
con la vista el cuerpo de su interlocutora, arrollada en la sombra.
-¡Tú lo has dicho! -repuso aquélla inclinándose. Pero la Ñacaniná quería de una vez por todas
aclarar las cosas.
-¡No! -interrumpió Anaconda-. Permíteme, Ñacaniná. Cuando un ser es bien formado, ágil,
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fuerte y veloz, se apodera de su enemigo con la energía de nervios y músculos que constituye
su honor, como el de todos los luchadores de la creación. Así cazan el gavilán, el gato onza,
el tigre, nosotras, todos los seres de noble estructura. Pero cuando se es torpe, pesado, poco
inteligente e incapaz, por lo tanto, de luchar francamente por la vida, entonces se tiene un par
de colmillos para asesinar a traición, como esa dama importada que nos quiere deslumbrar
con su gran sombrero.
En efecto, la cobra real, fuera de sí, había dilatado el monstruoso cuello para lanzarse sobre la
insolente. Pero también el Congreso entero se había erguido amenazador al ver esto.
-¡Abajo el capuchón! -alzóse Atroz, con los ojos hechos ascua. Hamadrías se volvió a ella con
un silbido de rabia.
Hamadrías tuvo un instante de loca rebelión, pensando en la facilidad con que hubiera
destrozado una tras otra a cada una de sus contrincantes. Pero ante la actitud de combate del
Congreso entero, bajó el capuchón lentamente.
-¡Está bien! -silbó- Respeto el Congreso. Pero pido que cuando se concluya... ¡no me
provoquen!
-¡Paz, paz! -clamaron todas de nuevo-. ¡Estamos dando un pésimo ejemplo! ¡Decidamos de
una vez lo que debemos hacer!
-Sí, ya es tiempo de esto -dijo Terrífica-. Tenemos dos planes a seguir: el propuesto por
Ñacaniná, y el de nuestra aliada. ¿Comenzamos el ataque por el perro, o bien lanzamos todas
nuestras fuerzas contra los caballos?
Ahora bien, aunque la mayoría se inclinaba acaso a adoptar el plan de la culebra, el aspecto,
tamaño e inteligencia demostrada por la serpiente asiática había impresionado
favorablemente al Congreso en su favor. Estaba aún viva su magnífica combinación contra el
personal del Instituto; y fuera lo que pudiere ser su nuevo plan, es lo cierto que se le debía ya
la eliminación de dos hombres. Agréguese que, salvo la Ñacaniná y Cruzada, que habían
estado ya en campaña, ninguna se había dado cuenta del terrible enemigo que había en un
perro inmunizado y rastreador de víboras. Se comprenderá así que el plan de la cobra real
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triunfara al fin.
Aunque era ya muy tarde, era también cuestión de vida o muerte llevar el ataque en seguida,
y se decidió partir sobre la marcha.
-¡Adelante, pues! -concluyó la de cascabel-. ¿Nadie tiene nada más que decir?
Y las víboras y culebras, inmensamente aumentadas por los individuos de las especies cuyos
representantes salían de la caverna, lanzáronse hacia el Instituto.
-¡Una palabra! -advirtió aún Terrífica-. ¡Mientras dure la campaña estamos en Congreso y
somos inviolables las unas para las otras! ¿Entendido?
-Después...
-¡Ya lo creo! -la cortó alegremente Anaconda, lanzándose como una flecha a la vanguardia.
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El personal del Instituto velaba al pie de la cama del peón mordido por la yarará. Pronto debía
amanecer. Un empleado se asomó a la ventana por donde entraba la noche caliente y creyó
oír ruido en uno de los galpones. Prestó oído un rato y dijo:
El aludido encendió el farol de viento y salió, en tanto que los demás quedaban atentos, con el
oído alerto.
No había transcurrido medio minuto cuando sentían pasos precipitados en el patio y Fragoso
aparecía, pálido de sorpresa.
-No sé...
-Vayamos...
Y se lanzaron afuera.
-¡Daboy! ¡Daboy! -llamó el jefe al perro que gemía soñando bajo la cama del enfermo. Y
corriendo todos entraron en la caballeriza.
Allí, a la luz del farol de viento, pudieron ver al caballo y a la mula debatiéndose a patadas
contra sesenta u ochenta víboras que inundaban la caballeriza. Los animales relinchaban y
hacían volar a coces los pesebres; pero las víboras, como si las dirigiera una inteligencia
superior, esquivaban los golpes y mordían con furia.
Los hombres, con el impulso de la llegada, habían caído entre ellas. Ante el brusco golpe de
luz, las invasoras se detuvieron un instante, para lanzarse en seguida silbando a un nuevo
asalto, que, dada la confusión de caballos y hombres, no se sabía contra quién iba dirigido.
El personal del Instituto se vio así rodeado por todas partes de víboras. Fragoso sintió un
golpe de colmillos en el borde de las botas, a medio centímetro de su rodilla, y descargó su
vara - vara dura y flexible que nunca falta en una casa de bosque sobre al atacante. El nuevo
director partió en dos a otra, y el otro empleado tuvo tiempo de aplastar la cabeza, sobre el
cuello mismo del perro, a una gran víbora que acababa de arrollarse con pasmosa velocidad
al pescuezo del animal.
Esto pasó en menos de diez segundos. Las varas caían con furioso vigor sobre las víboras
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que avanzaban siempre, mordían las botas, pretendían trepar por las piernas. Y en medio del
relinchar de los caballos, los gritos de los hombres, los ladridos del perro y el silbido de las
víboras, el asalto ejercía cada vez más presión sobre los defensores, cuando Fragoso, al
precipitarse sobre una inmensa víbora que creyera reconocer, pisó sobre un cuerpo a toda
velocidad, y cayó, mientras el farol, roto en mil pedazos, se apagaba.
Y saltaron atrás, al patio, seguidos por el perro, que felizmente había podido desenredarse de
entre la madeja de víboras. Pálidos y jadeantes, se miraron.
-Parece cosa del diablo... -murmuró el jefe-. Jamás he visto cosa igual... ¿qué tienen las
víboras de este país? Ayer, aquella doble mordedura, como matemáticamente combinada...
Hoy... Por suerte ignoran que nos han salvado a los caballos con sus mordeduras... Pronto
amanecerá, y entonces será otra cosa.
-Me pareció que allí andaba la cobra real -dejó caer Fragoso, mientras se ligaba los músculos
doloridos de la muñeca.
-No; muy mordido... Felizmente puede resistir cuanto quieran. Volvieron los hombres otra vez
al enfermo, cuya respiración era mejor. Estaba ahora inundado en copiosa transpiración.
-Comienza a aclarar -dijo el nuevo director, asomándose a la ventana-. Usted, Antonio, podrá
quedarse aquí. Fragoso y yo vamos a salir.
-¿Llevamos los lazos? -preguntó Fragoso. -¡Oh, no! -repuso el jefe, sacudiendo cabeza-. Con
otras víboras, las hubiéramos cazado a todas en un segundo. Estas son demasiado
singulares.
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XI
No singulares, sino víboras, que ante un inmenso peligro sumaban la inteligencia reunida de
las especies, era el enemigo que había asaltado el Instituto Seroterápico.
La súbita oscuridad que siguiera al farol roto había advertido a las combatientes el peligro de
mayor luz y mayor resistencia.
-Si nos quedamos un momento más -exclamó Cruzada-, nos cortan la retirada. ¡Atrás!
-¡Atrás, atrás! -gritaron todas. Y atropellándose, pasándose las unas sobre las otras, se
lanzaron al campo. Marchaban en tropel , espantadas, derrotadas, viendo con consternación
que el día comenzaba a romper a lo lejos.
Llevaban ya veinte minutos de fuga cuando un ladrido claro y agudo, pero distante aún,
detuvo a la columna jadeante.
-¡Un instante! -gritó Urutú Dorado-. Veamos cuántas somos, y qué podemos hacer.
A la luz aún incierta de la madrugada examinaron sus fuerzas. Entre las patas de los caballos
habían quedado dieciocho serpientes muertas, entre ellas las dos culebras de coral. Atroz
había sido partida en dos por Fragoso, y Drimobia yacía allá con el cráneo roto, mientras
estrangulaba al perro. Faltaban además Coatiarita, Radínea y Boipeva. En total, veintitrés
combatientes aniquilados. Pero las restantes, sin excepción de una sola, estaban todas
magulladas, pisadas, pateadas, llenas de polvo y sangre entre las escamas rotas.
-He aquí el éxito de nuestra campaña -dijo amargamente Ñacaniná, deteniéndose un instante
a restregar contra una piedra su cabeza-. ¡Te felicito, Hamadrías!
Pero para sí sola se guardaba lo que había oído tras la puerta cerrada de la caballeriza, pues
había salido la última. ¡En vez de matar, habían salvado la vida a los caballos, que se
extenuaban precisamente por falta de veneno!
Sabido es que para un caballo que se está inmunizando, el veneno le es tan indispensable
para su vida diaria como el agua misma, y muere si le llega a faltar.
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-¡Pero, están locas! -gritó la Ñacaniná, mientras corría-, ¡Las van a aplastar a todas! ¡Van a la
muerte! Oíganme: ¡desbandémonos!
Las fugitivas se detuvieron, irresolutas. A pesar de su pánico, algo les decía que el desbande
era la única medida salvadora, y miraron alocadas a todas partes. Una sola voz de apoyo, una
sola, y se decidían.
Pero la cobra real, humillada, vencida en su segundo esfuerzo de dominación, repleta de odio
para un país que en adelante debía serle eminentemente hostil, prefirió hundirse del todo,
arrastrando con ella a las demás especies.
La Ñacaniná vio aquello y comprendió que iban a la muerte. Pero viles, derrotadas, locas de
pánico, las víboras iban a sacrificarse, a pesar de todo. Y con una altiva sacudida de lengua,
ella, que podía ponerse impunemente a salvo por su velocidad, se dirigió como las otras
directamente a la muerte.
-Ya ves -le dijo con una sonrisa- a lo que nos ha traído la asiática.
-Sí, es un mal bicho... -murmuró Anaconda, mientras corrían una junto a otra.
-Ella, por lo menos- advirtió Anaconda con voz sombría-, no va a tener ese gusto...
-¡Un momento! -Se adelantó Anaconda, cuyos ojos brillaban-. Ustedes lo ignoran, pero yo lo
sé con certeza, que dentro de diez minutos no va a quedar viva una de nosotras. El Congreso
y sus leyes están, pues, ya concluidos. ¿No es eso, Terrífica?
-Entonces -prosiguió Anaconda volviendo la cabeza a todos lados-, antes de morir quisiera...
¡Ah, mejor así! -concluyó satisfecha al ver a la cobra real que avanzaba lentamente hacia ella.
No era aquél probablemente el momento ideal para un combate. Pero desde que el mundo es
mundo, nada ni la presencia del Hombre sobre ellas podrá evitar que una Venenosa y una
Cazadora solucionen sus asuntos particulares.
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El primer choque fue favorable a la cobra real: sus colmillos se hundieron hasta la encía en el
cuello de Anaconda. Esta, con la maravillosa maniobra de las boas de devolver en ataque una
cogida casi mortal, lanzó su cuerpo adelante como un látigo y envolvió en él a la Hamadrías,
que en un instante se sintió ahogada. La boa, concentrando toda su vida en aquel abrazo,
cerraba progresivamente sus anillos de acero; pero la cobra real no soltaba presa. Hubo aún
un instante en que Anaconda sintió crujir su cabeza entre los dientes de la Hamadrías. Pero
logró hacer un supremo esfuerzo, y este postrer relámpago de voluntad decidió la balanza a
su favor. La boca de la cobra, semiasfixiada, se desprendió babeando, mientras la cabeza
libre de Anaconda hacia presa en el cuerpo de la Hamadrías.
Poco a poco, segura del terrible abrazo con que inmovilizaba a su rival, su boca fue subiendo
a lo largo del cuello, con cortas y bruscas dentelladas, en tanto que la cobra sacudía
desesperada la cabeza. Los 96 agudos dientes de Anaconda subían siempre, llegaron al
capuchón, treparon, alcanzaron la garganta, subieron aún, hasta que se clavaron por fin en la
cabeza de su enemiga, con un sordo y largísimo crujido de huesos masticados.
Ya estaba concluido. La boa abrió sus anillos, y el macizo cuello de la cobra se escurrió
pesadamente a tierra, muerta.
-Por lo menos estoy contenta... -murmuró Anaconda, cayendo a su vez exánime sobre el
cuerpo de la asiática.
Fue en ese instante cuando las víboras oyeron a menos de cien metros el ladrido agudo del
perro.
Y ellas, que diez minutos antes atropellaban aterradas la entrada de la caverna, sintieron subir
a sus ojos la llamarada salvaje de la lucha a muerte por la selva entera.
-¡No, aquí! ¡Muramos aquí! -ahogaron todas con sus silbidos. Y contra el murallón de piedra
que les cortaba toda retirada, el cuello y la cabeza erguidos sobre el cuerpo arrollado, los ojos
hechos ascua, esperaron.
No fue larga su espera. En el día aún lívido y contra el fondo negro del monte, vieron surgir
ante ellas las dos altas siluetas del nuevo director y de Fragoso, reteniendo en traílla al perro,
que, loco de rabia, se abalanzaba adelante.
-¡Se acabó! ¡Y esta vez definitivamente! -murmuró Ñacaniná, despidiéndose- con esas seis
palabras de una vida bastante feliz, cuyo sacrificio acababa de decidir. Y con un violento
empuje se lanzó al encuentro del perro, que, suelto y con la boca blanca de espuma, llegaba
sobre ellas. El animal esquivó el golpe y cayó hirioso sobre Terrífica, que hundió los colmillos
en el hocico del perro. Daboy agitó furiosamente la cabeza, sacudiendo en el aire a la de
cascabel; pero ésta no soltaba.
Neuwied aprovechó el instante para hundir los colmillos en el vientre del animal; mas también
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en ese momento llegaban los hombres. En un segundo Terrífica y Neuwied cayeron muertas,
con los riñones quebrados.
Urutú Dorado fue partida en dos, y lo mismo Cipó. Lanceolada logró hacer presa en la lengua
del perro; pero dos segundos después caía tronchada en tres pedazos por el doble golpe de
vara, al lado de Esculapia.
El combate, o más bien exterminio, continuaba furioso, entre silbidos y roncos ladridos de
Daboy, que estaba en todas partes. Cayeron una tras otra, sin perdón -que tampoco pedían-,
con el cráneo triturado entre las mandíbulas del perro o aplastadas por los hombres. Fueron
quedando masacradas frente a la caverna de su último Congreso. Y de las últimas cayeron
Cruzada y Ñacaniná.
No quedaba una ya. Los hombres se sentaron, mirando aquella total masacre de las especies,
triunfantes un día. Daboy, jadeando a sus pies, acusaba algunos síntomas de
envenenamiento, a pesar de estar poderosamente inmunizado.
Cuando los hombres se levantaban para irse, se fijaron por primera vez en Anaconda, que
comenzaba a revivir
-¿Qué hace esta boa por aquí? -dijo el nuevo director-, No es éste su país. A lo que parece; ha
trabado relación con la cobra real, y nos ha vengado a su manera. Si logramos salvarla
haremos una gran cosa, porque parece terriblemente envenenada. Llevémosla. Acaso un día
nos salve a nosotros de toda esta chusma venenosa.
Y se fueron, llevando en un palo que cargaban en los hombros, a Anaconda, que, herida y
exhausta de fuerzas, iba pensando en Ñacaniná, cuyo destino, con un poco menos de altivez,
podía haber sido semejante al suyo.
Anaconda no murió. Vivió un año con los hombres, curioseando y observándolo todo, hasta
que una noche se fue. Pero la historia de este viaje remontando por largos meses el Paraná
hasta más allá del Guayra, más allá todavía del golfo letal donde el Paraná toma el nombre de
río Muerto -la vida extraña que llevó Anaconda y el segundo viaje que emprendió por fin con
sus hermanos sobre las aguas sucias de una gran inundación-, toda esta historia de rebelión y
asalto de camalotes, pertenece a otro relato.
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