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B El Ejercito Romano en Hispania Guia Arqu

Esta obra es un estudio completo sobre la legión VII Gemina (Pia) Felix, la única legión romana acantonada en Hispania durante todo el período altoimperial. Debido a las propias circunstancias históricas, el estudio de esta legión se convierte en un análisis de las relaciones que el ejército romano mantuvo con las provincias hispanas en las que fue una institución más al servicio del gobierno provincial. Tomando como base la documetnación epigráfica, las escasas fuentes literarias y arqueología,
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Esta obra es un estudio completo sobre la legión VII Gemina (Pia) Felix, la única legión romana acantonada en Hispania durante todo el período altoimperial. Debido a las propias circunstancias históricas, el estudio de esta legión se convierte en un análisis de las relaciones que el ejército romano mantuvo con las provincias hispanas en las que fue una institución más al servicio del gobierno provincial. Tomando como base la documetnación epigráfica, las escasas fuentes literarias y arqueología,
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EL EJÉRCITO ROMANO EN HISPANIA.


GUÍA ARQUEOLÓGICA
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EL EJÉRCITO ROMANO EN HISPANIA.


GUÍA ARQUEOLÓGICA

Ángel Morillo (ed.)

León, 2006
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Authors:

Andrés M. Adroher, Enrique Alcorta, Geza Alföldy, Centro Andaluz de Arqueología


Ibérica (J. P. Bellón et alii), Xavier Aquilué, Javier Armendáriz, Joaquín Aurrecoechea,
Cruces Blázquez Cerrato, Michael Blech, Francisco Brotóns Yagüe, Francisco Burillo,
José Manuel Caamaño Gesto, Jorge Camino, Covadonga Carreño Gascón, Santiago
Carretero Vaquero, Juan José Cepeda, Inés Díaz Álvarez, Mike Dobson, Rogelio
Estrada, Carlos Fabião, Carmen Fernández Ochoa, M. Dolores Fernández-Posse,
Carlos Fernández Rodríguez, Pilar Fernández Uriel, Antonio Ferreruela, Manuel García
Alonso, M. Paz García-Bellido, Victorino García Marcos, Carmen García Merino,
J. García Sandoval, Eliseo Gil Zubillaga, Jean-Gérard Gorges, Norbert Hanel, Emilio
Illarregui, Eduardo Kavanagh de Prado, Patrick Le Roux, Martin Luik, Esperanza
Martín Hernández, José Antonio Mínguez, Gloria Mora, Fernando Morales
Hernández, Ángel Morillo, Antonio J. Murcia Muñoz, Almudena Orejas, Eduardo
Peralta, Cesáreo Pérez González, Fernando Quesada Sanz, Isabel Rodà de Llanza,
Antonio Rodríguez Colmenero, Germán Rodríguez Martín, Diana Rodríguez Pérez,
M. Victoria Romero Carnicero, María Ruiz del Árbol, Joaquín Ruiz de Arbulo, Noelia
Sabugo, Jorge Sánchez-Lafuente Pérez, F. Javier Sánchez-Palencia, Inés Sastre,
M. Ángeles Sevillano, Mikel Unzueta, Yolanda Viniegra

En la portada: Moneda de bronce que conmemora la fundación de la colonia Caesaraugusta


con las marcas de las legiones IV Macedonica, VI victrix y X gemina (RPC 346)
(fotografía: M. Gómez Barreiro)

Editado por: Universidad de León y Unión Europea


(Programa Cultura 2000: “Frontiers of the Roman Empire”)

Copyright: A. Morillo y los autores;


University of León

ISBN
1. España-Antigüedades romanas. 2. Roma-Historia militar. 3. España-Historia-0218 a.J.C.-
0414 (Período romano). 4. Inscripciones latinas-España. I. Morillo Cerdán, Ángel 1964-).
II. Aurrecoechea Fernández, Joaquín. III. Universidad de León
355.48(37)
904:355.351(37)
94(460) -0218/414
003.344.071(460)

Depósito Legal: S. -2006


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ÍNDICE

Prólogo .........................................................................

EL EJÉRCITO ROMANO EN HISPANIA: UNA GUÍA ARQUEOLÓGICA

Gloria Mora
La arqueología militar romana en España: una historia de la
investigación.......................................................................
Michael Blech
Adolf Schulten, el instituto arqueológico alemán y sus inves-
tigaciones en los campamentos romanos ...............................
Pilar Fernández Uriel
La conquista de la península ibérica por Roma ......................
Isabel Rodà de Llanza
Las guerras cántabras y la reorganización del norte de
Hispania: fuentes literarias, epigrafía y arqueología...............
Eduardo Kavanagh de Prado & Fernando Quesada Sanz
La arqueología militar romana republicana en España:
armas, campamentos y campos de batalla. Panorama de la
investigación reciente...........................................................
Ángel Morillo
El ejército romano en España ...............................................
Carlos Fabião
El ejército romano en Portugal ..............................................
F. Javier Sánchez-Palencia, M. Dolores Fernández-Posse,
Almudena Orejas, Inés Sastre & María Ruiz Del Árbol
Minería romana de oro del noroeste de Hispania ..................
M. Paz García-Bellido
El abastecimiento monetario al ejército durante el periodo
augusteo y tiberiano ............................................................
Joaquín Aurrecoechea
El equipo militar romano en Hispania ...................................
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Ángel Morillo
Producciones militares romanas en la península ibérica ..........
Carmen Fernández Ochoa & Ángel Morillo
Ejército y amurallamiento urbano durante el Bajo Imperio
romano: defensa y estrategia ...............................................
VV. AA.
Asentamientos militares de época romana en Hispania: una
guía arqueológica ...............................................................
Esperanza Martín Hernández
El ejército romano en España: bibliografía ............................

ANEXO: EPIGRAFÍA MILITAR ROMANA EN HISPANIA

Patrick Le Roux
Las inscripciones militares.....................................................
Geza Alföldy
El ejército romano en Tarraco...........................................
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PRÓLOGO

La investigación española y portuguesa sobre campamentos y materiales


militares de época romana ha presentado tradicionalmente un gran
retraso respecto a países de nuestro entorno. Hasta hace pocas décadas,
pocos recintos militares habían sido excavados, y los resultados rara vez
se habían publicado. Este hecho está motivado, más que por la escasez de
testimonios militares en suelo peninsular, como en ocasiones se ha argu-
mentado, por un manifiesto desinterés sobre la estrategia militar romana
aplicada a Hispania. Hasta fechas muy recientes han sido muy pocas las
reflexiones sobre la naturaleza del proceso de conquista y romanización
en su vertiente más militar. No cabe duda que dicho desinterés reside en
determinadas concepciones ideológicas muy presentes hasta hace pocos
años. El ejército romano era considerado un elemento imperialista, ins-
trumento necesario para mantener a los levantiscos pueblos del norte de
España dentro de la órbita del Imperio. Esta España septentrional
supuestamente “bárbara” y militarizada contrastaba con las ricas y roma-
nizadas regiones del Mediodía y el Mediterráneo. Ha sido precisamente
el progreso de la arqueología lo que ha confirmado que estas premisas
ideológicas hoy en día no pueden sostenerse.
La larga duración de la conquista romana de Hispania, que se pro-
longa durante dos siglos (218-19 a. C.), atrajo tradicionalmente la aten-
ción de los investigadores hacia los campamentos del periodo
republicano. Por otra parte, España conservaba el mejor conjunto de
recintos militares romanos de esta época, tal y como pusieron de mani-
fiesto las prospecciones y excavaciones de A. Schulten en Numancia y
otros lugares como Renieblas, Cáceres el Viejo y Aguilar de Anguita. Los
trabajos de A. Schulten, que se desarrollaron durante las primeras déca-
das de este siglo, no tuvieron continuadores directos y pasaron práctica-
mente desapercibidos dentro del panorama científico español.
Partiendo de los trabajos clásicos de García y Bellido, Roldán y Le
Roux, durante las dos últimas décadas los esfuerzos de la investigación
española en este campo se han centrado principalmente en las excava-
ciones arqueológicas en medio urbano. Se ha avanzado en la identifica-
ción y caracterización arqueológica de los grandes campamentos
legionarios del siglo I d. C. (Lugo, León, Astorga, Herrera de Pisuerga,
Rosinos I), que tradicionalmente han planteado graves dificultades para
documentar estructuras constructivas de tipo militar debido a que en su

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mayoría se encuentran bajo ciudades actuales. Asimismo, se van cono-


ciendo cada vez mejor desde el punto de vista arqueológico los fuertes
auxiliares de época altoimperial. Durante los últimos años, el reconoci-
miento aéreo y la prospección sistemática del terreno han permitido
localizar un número creciente de nuevos recintos militares en todo el
territorio peninsular. Los resultados abren nuevas perspectivas sobre la
disposición de las unidades militares y los objetivos principales del ejér-
cito en la península ibérica a lo largo de la presencia romana. La renova-
ción metodológica y el avance cualitativo en este campo ha quedado de
manifiesto en los dos congresos peninsulares de arqueología militar
romana, celebrados en Segovia (1998) y León (2004).
Al igual que ha ocurrido en otras especialidades científicas, y en con-
creto en arqueología, la presencia española y portuguesa en el Congreso
Internacional de Estudios sobre la Frontera Romana ha sido tardía y muy
reducida. Durante los años ochenta del siglo XX participaron esporádi-
camente algunos historiadores como J. Mª Blázquez, R. Corzo y A.
Rodríguez Colmenero. Pero los progresos en la arqueología española no
han tenido eco en este foro hasta mediados de los años noventa,
momento en que comienza a haber una presencia escasa, pero ya conti-
nuada de algunos investigadores. Evidentemente, el tardío desarrollo de
la arqueología militar romana en España es en buena medida responsa-
ble de haber mantenido hasta la fecha un cierto desconocimiento de este
congreso entre la comunidad científica española. Hasta la fecha, España
nunca había sido anfitriona del Congreso Internacional de Estudios sobre la
Frontera Romana, a pesar de contar con un importantísimo patrimonio
arqueológico.
Precisamente es la percepción fuera de nuestras fronteras de este
avance espectacular en la investigación arqueológica española en arqueo-
logía militar romana lo que motivo el ofrecimiento, durante el último
Congreso Internacional de Estudios sobre la Frontera Romana celebrado en
Pécs (Hungría), en septiembre de 2003, de celebrar en España la pró-
xima reunión. En la sesión plenaria de clausura del mencionado
Congreso y tras presentar la invitación correspondiente por nuestra
parte, se acepto la candidatura de León para celebrar el XX Congreso
Internacional de Estudios sobre la Frontera Romana bajo nuestra dirección
científica.
Una vez transmitida la designación de León, tanto a la institución
organizadora, la Universidad de León, como al conjunto de nuestros
colegas especialistas en arqueología militar romana, la candidatura espa-
ñola ha recibido un apoyo incondicional, no sólo por parte de los inves-
tigadores españoles, sino también por parte de los portugueses, a quienes

8
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se ha extendido la invitación a mostrar los resultados de sus descubri-


mientos.
El libro que aquí presentamos es fruto de la colaboración entre un
numeroso grupo de investigadores principalmente españoles, junto con
colegas de Portugal, Alemania, Francia y Reino Unido. En él presentan
los resultados de sus investigaciones, tanto sobre yacimientos concretos,
como sobre temas transversales sobre el ejército romano en Hispania
(historiografía y estado de la investigación, proceso de conquista, milita-
ria, producciones militares, numismática, el papel del ejército en la
explotación del oro, la problemática del amurallamiento bajoimperial y
un anexo dedicado a la epigrafía militar). Teniendo en cuenta que la
península ibérica carece de una frontera romana en un sentido “clásico”
(excepto tal vez en momentos concretos) se ha optado por una organiza-
ción de los asentamientos militares por periodos cronológicos concretos:
republicanos, altoimperiales y ciudades amuralladas bajoimperiales. Esta
misma división se ha plasmado en los mapas generales incluidos al final
del libro, que incluye asimismo una bibliografía básica. Esta obra intenta
ofrecer a los especialistas de diversas nacionalidades participantes en el
XX Congreso Internacional de Estudios sobre la Frontera Romana una ima-
gen lo más completa y variada posible del estado de la investigación
sobre la arqueología militar romana en nuestro suelo.
En una obra de conjunto como la que aquí presentamos es preciso
comenzar dando las gracias a los diferentes autores que han participado
en su elaboración, que han incluido los resultados de sus investigaciones,
a veces inéditos, y han proporcionado la bibliografía básica y documen-
tación gráfica correspondiente. Asimismo debemos dar las gracias a la
Universidad de León, institución que albergará el congreso y que se ha
ofrecido amablemente a editar este volumen en colaboración con la
Unión Europea (Programa Cultura 2000: Frontiers of the Roman
Empire), agradecimiento que debemos hacer extensivo al resto de las ins-
tituciones que apoyan la celebración del congreso internacional, comen-
zando por S.M. el Rey de España, que ha tenido a bien aceptar la
Presidencia de honor del mismo. Debemos agradecer especialmente sus
esfuerzos al Dr. N. Hanel, encargado de la traducción al español de
varios artículos, y a Dña. E. Martín Hernández, Dña. N. Sabugo Sousa
y Dña. D. Rodríguez Pérez, sin cuya colaboración desinteresada este tra-
bajo no hubiera podido ver la luz.
Lejos ya de los viejos tópicos sobre la ausencia de romanización en el
norte de la península ibérica, las evidencias arqueológicas en asenta-
mientos militares y civiles demuestran que las acciones del ejército aquí
acantonado no se encaminaron a mantener la cruel represión sobre los

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pueblos indígenas. Es, ante todo, un ejército de romanización. Tras el fin


de la conquista y la ocupación culminada en época de Augusto, desem-
peñará misiones técnicas y de control sobre los bienes estatales, princi-
palmente las vecinas explotaciones de oro, además de tareas
administrativas y ejecutivas en el proceso de implantación romana en el
territorio (trazado viario, seguridad y orden público...). En este largo
devenir histórico, el papel de León, acantonamiento militar entre los
siglos I y IV d. C., y sede del Congreso en este año 2006, adquiere la
mayor importancia.

León, julio de 2006


Ángel Morillo

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LA ARQUEOLOGÍA MILITAR ROMANA EN ESPAÑA:


UNA HISTORIA DE LA INVESTIGACIÓN
Gloria Mora
Universidad Autónoma de Madrid

La celebración, por primera vez en España, de uno de los Congresos


Internacionales de Estudios sobre la Frontera Romana (el número XX, en
septiembre de 2006), resulta una ocasión apropiada para trazar una his-
toria de la investigación española sobre la arqueología militar romana.
Respondo así a la idea del organizador de este Congreso y coordinador
de este libro, el Profesor Ángel Morillo.
Aunque el interés por los temas militares se remonta a los inicios de la
Edad Moderna, la arqueología militar propiamente dicha, entendida
como excavación y estudio de campamentos y fortificaciones y sus mate-
riales, se remonta en España a poco más de 150 años, si bien con largos
períodos de vacío. Bien es verdad que esta cronología coincide con el
surgimiento y desarrollo de la arqueología como método de conoci-
miento del pasado, en la segunda mitad del siglo XIX. Realmente la tra-
dición de estudios militares romanos en nuestro país es muy tardía: la
introdujo Adolf Schulten cuando excavó a principios del siglo XX los
campamentos romanos de Numancia, retornó de la mano de Antonio
García y Bellido en los años 40 y se desarrolló gracias al auge de la
arqueología urbana a partir de los años 60.
Hasta ese momento, el interés por el mundo militar romano aparecía
vinculado a cuestiones diversas y a veces contradictorias, que oscilan
entre la recuperación de la imagen clasicista (el gobernante como empe-
rador, el Imperio como modelo territorial) y la exaltación de los mitos
nacionales. La primera tendencia se refleja en la pintura, la escultura, la
arquitectura, la propaganda política; la segunda lleva a la búsqueda de
las raíces nacionalistas y de testimonios de la resistencia contra Roma,
al tiempo que se ensalza al conquistador: son los casos de Alesia y
Vercingetórix, Boadicea o los germanos, estudiados por Anthony King,
Richard Hingley y Manuela Struck en el libro coordinado por el
mismo Hingley; o el de Numancia y Munda, en el caso de España.
España, como decía el cronista de Carlos V Florián de Ocampo, debía
presentarse como digna heredera del afán conquistador de Roma y, al
mismo tiempo, del espíritu independiente de la heroica Numancia. Es

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una contradicción que encontramos también en la doble valoración de


César y Vercingetórix, en el caso de la Francia de Napoleón III.
Por otra parte, el deseo de definir la historia antigua de cada país a tra-
vés de las fuentes literarias y “auxiliares” (epigrafía, numismática, etc.)
llevó a la clasificación y estudio de las monedas con símbolos militares o
legionarios como forma de averiguar la condición jurídica de determina-
das ciudades. En realidad, más que la arqueología militar, ha interesado
la imagen de lo militar, la identificación del poder con las ideas de con-
quista y triunfo militar directamente inspiradas en el mundo clásico. En
este sentido, hay coincidencia de temas e intereses con otros países,
como Francia, Alemania e Inglaterra, como hemos visto.
En España, los estudios sobre el ejército romano, sobre el arte militar,
se insertan en dos vías o tendencias generalmente interrelacionadas, la
anticuaria y la ideológica. En primer lugar, los sucesivos intentos de
reconstruir la historia antigua de España desde finales del siglo XV se
caracterizaron por el uso no sólo de las fuentes literarias disponibles, sino
también de las arqueológicas con el objetivo expreso de reconstruir la
topografía, localizar las ciudades y asentamientos mencionados en aque-
llos textos, averiguar su estatus jurídico y sus orígenes. Para ello, los estu-
dios de epigrafía y numismática, acompañados de la opsis que
recomendaban Ambrosio de Morales y Rodrigo Caro para el reconoci-
miento de las ruinas, serán los instrumentos específicos de esta recons-
trucción. La arqueología, el hecho físico de excavar para dejar expuesto
un monumento o unos vestigios, no se planteaba salvo casos excepcio-
nales como labor de limpieza (en el caso de Itálica o Sagunto, por ejem-
plo); ni siquiera el modelo de excavación impulsado por Carlos III en
Pompeya y Herculano logró en España imitadores.
¿Por qué este interés? Motivaciones científicas, sí, pero también polí-
ticas. Un tema muy tratado en los siglos XVI y XVII era el arte militar,
tal como refleja la Bibliotheca Hispana Nova de Nicolás Antonio y otros
repertorios bibliográficos de la época. El ejército romano y sus manifes-
taciones artísticas de sus actividades se convirtieron en referentes para los
gobernantes modernos. El interés por las representaciones de las campa-
ñas bélicas de Trajano en la Columna Trajana, que dio lugar al primer
estudio por Alfonso Chacón en 1576, seguido de muchos otros, y las
escenas con triunfos de emperadores y escenas militares, se convirtieron
en modelos iconográficos para las monarquías, siendo César, Trajano y
Constantino los ejemplos preferidos de gobernantes conquistadores y
poderosos para los reyes franceses y españoles. De ahí el interés de Felipe
II por las fortificaciones: compró los diseños de Francisco d’Ollanda,
que en 1539 viajó por Italia y el sur de Francia por encargo de Juan III

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de Portugal precisamente con el fin de dibujar las fortificaciones más


modernas de estos países (algunas diseñadas por Miguel Ángel) y que de
paso dibujó gran cantidad de antigüedades y obras contemporáneas.
Esta identificación estaba relacionada estrechamente con el clima
bélico del siglo XVI. Los afanes expansionistas de Carlos V y Felipe II
encontraron su reflejo en el Imperio romano y quisieron manifestarse en
el mismo sentido. Este es el origen del mapa de los reinos de España que
Pedro Esquivel dejó sin terminar y de los perdidos frescos del palacio de
El Pardo encargados por Felipe II a Anton van den Wyngaerde, un
intento de reproducir el mapa del mundo dominado según el modelo
del mapa de Agripa en el Pórtico de Octavia en Roma. Más claramente,
quizá, se ve la intención en el mapa de la Hispania Antiqua, de Abraham
Ortelius, que incluía el norte de Africa, tal como se concebía la extensión
territorial del Imperio de Felipe II.
En tal ambiente, en 1579 se publicó en Lyon, en la célebre imprenta
de Guillaume Rouillé (o Guillermo Rouillio), la traducción castellana
(también la hubo al italiano, por Gabriele Simeoni en 1559) de tres
libros de gran éxito en la época y hasta el siglo XVIII, como demuestran
sus muchas ediciones posteriores: Discours sur la castrametation et disci-
pline militaire des Romains, Bains et antiques exercitations grecques et rom-
maines (sic), y Discours de la Religion des Anciens Romains, aparecidos en
la misma imprenta en 1555 y 1556 y cuyo autor era el gentilhombre
Guillaume du Choul, consejero real y notable miembro del círculo eru-
dito de epigrafistas y numísmatas lioneses. La versión castellana de Los
Discursos de la Religión, Castramentación, Assiento del Campo, Baños y
exerçiçios de los Antiguos Romanos y Griegos estaba firmada por el Maestro
Baltasar Pérez del Castillo, canónigo de la catedral de Burgos, y se con-
serva una veintena de ejemplares de esta obra en varias bibliotecas espa-
ñolas: al menos uno de ellos debió pertenecer a la Real Librería formada
por Felipe V con los fondos del antiguo Alcázar de Madrid, o al adjunto
Gabinete de Medallas y Antigüedades; probablemente es el que se
guarda ahora en la biblioteca del Museo Arqueológico Nacional.
El Discurso de la Religión es un tratado fundamental, posiblemente el
primero que trata los dioses y ritos griegos y romanos más allá de la pura
mitología, y el dedicado a los Baños es el primer estudio sobre termas. Pero
lo que ahora nos interesa es el Discurso sobre la Castramentación. Según
Jean Guillemain, la obra (concebida diez años antes de su publicación)
debe relacionarse con el tratado Discipline militaire compuesto por
Francisco I a raíz de su reforma de la infantería en 1534, por la cual se cre-
aron 7 legiones de 6000 hombres cada una que llevaban el nombre de las
provincias en que éstos habían sido reclutados. También debe ponerse en

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relación con las investigaciones sobre los campamentos romanos según


Polibio, emprendidas por Sebastiano Serlio en Fontainebleau en 1545-
1546, coincidiendo con una estancia del propio Du Choul.
Du Choul dedica el libro al preceptor del Delfín. Es interesante esta
dedicatoria porque refleja por qué interesaba un discurso de este tipo. Los
futuros gobernantes debían recibir una formación adecuada a su rango,
tanto en armas como en letras. Du Choul exalta la importancia de las
letras, cuya defensa “hace a los Príncipes inmortales”; el discurso de las
armas y las letras es típicamente renacentista, y en España tenemos buenos
ejemplos de ello (desde el duque de Villahermosa a Cervantes), pero el
conocimiento de la literatura militar grecolatina se consideraba esencial,
de ahí la tradicional práctica de traducir y comentar la Guerra de las Galias
de Julio César como parte esencial en la enseñanza de los príncipes france-
ses (en la Biblioteca Nacional de Madrid se conserva la que hizo Felipe V
de niño). A esto hay que sumar el interés por la misma figura de César
como gobernante y militar ejemplar, y no sólo en Francia.
La religión y la guerra: dos temas clave en el reinado de Felipe II.
Baltasar del Castillo (que escribió “de su propia Minerva”, dice Nicolás
Antonio en su Bibliotheca Hispana Nova, algunas obritas de carácter reli-
gioso y tradujo alguna más del francés), dedica su traducción “Al Divo”
Felipe II, “Emperador del nuevo mundo, Rey de España, Nápoles y
Sicilia, Flandes, etc.”. Felipe es “resplandeciente espejo de religión y
armas”, “Emperador absoluto de Mar y Tierra”. Las continuas referencias
al enemigo turco delatan una época de crisis bélica en todo el
Mediterráneo, la lucha de la Liga Santa contra “el Gran Turco” que cul-
mina el 7 de octubre de 1571 con la batalla de Lepanto; pero también en
Europa hay conflictos a lo largo del siglo XVI en los que el Imperio espa-
ñol de Carlos V y Felipe II tuvo que enfrentarse a las otras grandes
potencias (Francia, Inglaterra, los Estados Pontificios, Países Bajos). Pero
España no es caso único: en los últimos años del siglo XVI, impresio-
nado por la toma de varias ciudades de los Países Bajos por las tropas
españolas, Justo Lipsio escribió dos obras de tema militar, De militia
romana y Poliorceticon sive de machinis; esta última, una especie de guía
para la defensa de una ciudad sitiada, se la dedicó al arzobispo de
Colonia, preocupado ante el avance del ejército español y la posible pér-
dida de sus territorios.
El príncipe moderno necesitaba dominar la disciplina y arte militar
para conseguir “victoria y triunfo glorioso” sobre sus enemigos, teniendo
como modelo a “los antiguos romanos domadores y conquistadores del
mundo”. Para ello era fundamental saber elegir a la gente adecuada para
el ejército, proporcionarle armas y adiestramiento, conocer las tácticas y

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Fig. 1. Guillermo de Choul (Guillaume du Choul), Los Discursos de la


Castrametaçion y Assiento del Campo de los antiguos Romanos, Lyon, 1579,
p. 377.

15
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máquinas de guerra, las técnicas y secretos de la construcción de los cam-


pamentos militares (lo que se llama “assentar el Real”) y diseñar la estra-
tegia de batalla (Fig.1). Según Del Castillo, Felipe II ha aventajado en
todo “a los más sublimes Príncipes, Reyes y Emperadores de los siglos
pasados”, incluidos los romanos: en la extensión de los territorios del
Imperio, en la paz de las naciones, en un gobierno más justo, en las glo-
rias militares (como la batalla de San Quintín en 1557, y expresamente
se recalca que en un mes venció a enemigos que no pudo dominar el
gran Julio César), en las construcciones monumentales (como El
Escorial, octava maravilla del mundo, o los Alcázares de Madrid y El
Pardo). Por todo ello, Felipe es garantía para dar crédito a las “grandezas
que aquí se tratan de los Romanos domadores de las gentes y tan temi-
dos y acatados de todo género de naciones”.
El interés por el mundo militar romano y su aplicación práctica se
refleja desde época muy temprana en diversos aspectos de la vida de la
nobleza y la monarquía. En España tenemos claros ejemplos de ello. La
iconografía militar se inspiraba en el mundo romano para representar las
victorias y triunfos del rey, tanto militares como políticos. En este pro-
ceso de identificación desempeñaron un papel fundamental los manus-
critos con dibujos de antigüedades que, llegados desde Italia a España a
partir de los primeros años del siglo XVI, influyeron en la difusión del
nuevo arte y pensamiento derivado de la recuperación del mundo clá-

Fig. 2. Bas-relief of the Medinaceli Collection, in the Casa de Pilatos (Seville).


Drawing by Manuel Martí, Dean of Alicante (in Bernard de Montfaucon,
L’Antiquité expliquée et illustrée en figures, vol. IV, Paris, 1719, pl. CXLII).

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sico, entre ellos el Codex Escurialensis o los Disenhos de antigualhas de


Francisco d’Ollanda (ambos en la Biblioteca de El Escorial). Los dibujos
de la Columna Trajana y otras representaciones de carácter militar fue-
ron muy apreciados para la decoración de los palacios renacentistas espa-
ñoles; también los coleccionistas de monedas y antigüedades se
interesaron por estos temas. Los bajorrelieves con escenas de batallas
navales (Fig. 2), quizá procedentes del Foro de Trajano, que trajo de
Roma el Duque de Alcalá para ser expuestos con el resto de su colección
de antigüedades en su palacio sevillano, la Casa de Pilatos, fueron selec-
cionados dos siglos después por el Deán Manuel Martí para incluirlos en
el gran repertorio de antigüedades publicado por su amigo el benedic-
tino Bernard de Montfaucon, L’antiquité expliquée et representée en figu-
res (Paris, 1719). Y recordemos que el ya mencionado Guillaume du
Choul ofreció a Enrique II de Francia, gran aficionado a los barcos, un
álbum de dibujos de navíos antiguos, y que con ocasión de la entrada
del rey en Lyon en 1548 se representó una naumaquia en el río Saône.
Las batallas navales, de hecho, constituyeron uno de los temas más exi-
tosos de la época en la España del
siglo XVII, tanto en su representa-
ción teatral en grandes estanques
como artística: el palacio del Buen
Retiro de Madrid, construido en la
década de 1630, estaba decorado con
pinturas de este tipo junto a escenas
de triunfos y funerales de emperado-
res romanos y escenas militares como
arengas (adlocutio), desfiles, sacrifi-
cios, etc., inspirados directamente en
materiales antiguos o indirectamente
en la recreación que los humanistas
de los siglos XVI y XVII como
Onofrio Panvinio, Antoine Lafréry,
Justo Lipsio o Giacomo Lauro hicie-
ron de estas antigüedades. A todo
ello hay que sumar la frecuente ico-
nografía clasicista, inspirada en la
parafernalia militar romana, de los
Fig. 3. Carlos III by Pedro Michel últimos Borbones, como se ve en la
(Royal Palace, Madrid) (in E. estatua de Carlos III en el Palacio
Pardo Canalís, Escultura neoclásica Real de Madrid, obra del escultor
española, Madrid, 1958, pl. 2). Pedro Michel (Fig. 3).

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Desde el punto de vista arqueológico, uno de los primeros ejemplos es


la recopilación de inscripciones que en 1550 vio a lo largo del “Camino
de Extremadura” (o vía de la Plata) el erudito Gaspar de Castro. En una
carta enviada el 26 de abril de 1551 al gran Antonio Agustín (entonces
en Roma al servicio del Papa), recoge (fol. 312 r y v) dos inscripciones
de León, (una de la ermita de San Esteban a las afueras de la ciudad y la
otra un sello latericio), ambas con mención de la legio VII gemina. “De
estos dos pedazos parece verdad lo que en algunos libros antiguos de las
historias de España se halla de la fundación de este lugar, que fue de una
Legión de Romanos. Los Caudillos de la cual /se dice/ que en cuatro
Puertas de que al principio la hicieron pusieron Piedras de Mármol escri-
tas...”, lo que es “gran argumento de su fundación”. El origen militar de
León será precisamente uno de los temas más tratados por la literatura
histórica y anticuaria española.
Unos años después, el mismo Antonio Agustín estudia el mundo
militar romano desde el punto de vista de las monedas. No le interesan
cuestiones generales, sino el caso concreto del papel del ejército en la
fundación de ciudades y en la construcción de edificios públicos en
Hispania: las calzadas como vías militares, el papel del ejército como
introductor en España de los avances tecnológicos y, en definitiva, de la
civilización. En el Diálogo 3º analiza las enseñas legionarias que apare-
cen en monedas de la Capadocia, explicando a sus contertulios el signi-
ficado del vexillum y de las insignias de cada cohorte, comparándolas
con los dibujos de la Notitia Dignitatum, de la que tenía una copia, y con
las monedas de Caesaraugusta y otras ciudades. Utiliza datos y materiales
proporcionados por sus corresponsales y amigos, especialmente por el
historiador y cronista de Aragón Jerónimo Zurita, quien había estudiado
con detenimiento las llamadas “vías militares” a partir del Itinerario de
Antonino que nunca llegó a publicar (lo haría su hijo en la recopilación
del p. Andrea Schott).
Esta línea inaugurada por Zurita y Agustín continuará en los siglos
siguientes. El renovado impulso dado a la Historia por la nueva dinastía
borbónica a comienzos del siglo XVIII dio lugar a la proliferación de
estudios sobre las ciudades y la arqueología de la España antigua, y
(como hará más tarde García y Bellido) a la exaltación del papel de
España en el auge del Imperio. La numismática vuelve a tener un papel
importante en este proceso. El p. Enrique Flórez, en su tratado sobre las
Medallas de las colonias, recuperó la vieja idea de Agustín sobre el papel
de las legiones en la fundación de ciudades: los signos militares en las
monedas sirven para conocer el status jurídico de las mismas, sobre todo
en el caso de aquellas ciudades de localización desconocida o dudosa, o

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poco citadas en las fuentes. Por ejemplo, en el caso de Ilici, una moneda
de Augusto con águila y estandarte entre dos signos militares indica
según Flórez que se hizo colonia por tropa veterana, pero no fue funda-
ción ex novo, ya que no hay monedas con sacerdote y bueyes y porque se
usa el nombre antiguo de la ciudad (Fig. 4). Tanta importancia se le da
a este tema que el Gabinete de Medallas de la Real Librería introdujo un
aspecto original en el sistema de clasificación de sus monedas: la ordena-

Fig. 4. Coins of Ilici (in Fr. Enrique Flórez, Medallas de las Colonias,
Municipios y Pueblos antiguos de España, vol. II, Madrid, 1758, pl. XXIX).

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ción numeral de las monedas de legiones romanas según el número de


éstas; es el único gabinete europeo que las ordena de esta manera.
Al mismo tiempo renace el interés otorgado en el Siglo de Oro a los
grandes hitos militares de la historia antigua de España: Sagunto,
Numancia, Munda, lugares donde se puso de manifiesto el heroísmo de
los primitivos españoles en los dos primeros casos, y, en el último, esce-
nario del triunfo de Julio César, modelo de jefe militar, sobre los hijos de
Pompeyo. Las crónicas mencionan su resistencia ante el invasor, sea
quien fuere (Florián de Ocampo para Sagunto; Ambrosio de Morales
para Numancia). En el siglo X la Numancia resistente fue invocada por
los reyes astur-leoneses para justificar el traslado de la capital del reino
desde Oviedo a Zamora, donde quisieron situar Numancia; Elio
Antonio de Lebrija en 1499 y 75 años después Ambrosio de Morales ya
la localizaron correctamente en el Cerro de Garray, en Soria (ya que “yo
lo he visto, y las grandes señales de antigüedad que en él se muestran
obligan a creerlo”, dice Morales en el libro 7º de la Crónica General de
España), aunque la polémica continuará hasta finales del siglo XIX,
como veremos. Cervantes, con La Numancia, la recuperó en 1580 como
símbolo de libertad e independencia, razón por la cual se representó en
Zaragoza en pleno asedio francés, y Rafael Alberti, en una versión de la
obra de Cervantes, hizo lo mismo durante la guerra civil, en el Madrid
sitiado de 1937. La España independiente era digna heredera de
Numancia.
Éstas y otras batallas famosas aparecen cuidadosamente recogidas y
explicadas en el librito del p. Flórez Mapa de todos los sitios de batallas que
tuvieron los romanos en España, escrito “para inteligencia de los historia-
dores, de las fuerzas de estos Reynos, y de lo costosa que fue a Roma su
conquista”, en la misma línea que la traducción de Baltasar del Castillo
antes mencionada (Fig. 5). Para Flórez, Munda es “famosísima batalla
[…] una de las más notables del mundo, por fiarse a la suerte de este día
el manejo de cuanto Roma había conquistado en setecientos años”;
Numancia es y seguirá siendo la ciudad “del celtíbero indomable […]
que, taciturno y sombrío, manifiesta no querer sobrevivir a su indepen-
dencia”, como escribió Pascual Madoz en su Diccionario geográfico-esta-
dístico-histórico de España (t. 14, 1849).
Por otro lado, en el marco de la recuperación de los usos antiguos pro-
pugnada por los ilustrados reformistas como vía para el progreso del
país, junto a las traducciones comentadas de Columela o el tratado sobre
el comercio y la marina romana, aparece el estudio del ejército romano
con intención claramente pragmática: José Cadalso, en sus Cartas
Marruecas (nº XVI), es el mejor exponente de la importancia dada a la

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Fig. 5. The battles of the Roman Army in Spain (in Fr. Enrique Flórez, Mapa
de todos los sitios de batallas que tuvieron los romanos en España, Madrid, 1774).

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historia militar, la “historia heroica de España”, dado que el ejército es


suma y reflejo de las virtudes de una nación.
Pero la arqueología militar seguía estando ausente: no interesaba
conocer las fases del asedio, las estrategias de las batallas ni localizar los
campamentos romanos, sino ensalzar Numancia como mito de la resis-
tencia hasta la autoinmolación (selección de las fuentes) que debe per-
manecer tal cual, así aparece en los numerosos cuadros de historia del
siglo XIX, en algún caso (Alejo Vera) con murallas de sillares perfecta-
mente regulares que responden a otro mundo diferente al celtibérico, a
pesar del afán arqueologizante de la pintura de Historia de la segunda
mitad del siglo.
Todo lo que se conocía fue recopilado por Juan Agustín Ceán-
Bermúdez en su Sumario de las Antigüedades romanas que hay en España
(Madrid, 1832). En general las excavaciones en época ilustrada fueron
muy escasas, aunque algunos eruditos ilustrados como Antonio Ponz,
Luis José Velázquez de Velasco, Juan Loperráez o José Cornide habían
propuesto reiteradamente la excavación como método mejor para cono-
cer los monumentos, tal como habían demostrado los hallazgos en
Pompeya y Herculano. Lo que importa en esos momentos es recopilar,
inventariar, catalogar. Esta fiebre de la catalogación se recrudeció en los
años 30 del siglo XIX, tras los saqueos y destrozos de la Guerra de la
Independencia y el caos producido por la Desamortización de
Mendizábal, cuando Larra veía el peligro de dispersión del nuestro patri-
monio a manos de los viajeros, especialmente de los franceses como el
Barón Taylor. Las excavaciones empezaron en realidad durante la
segunda mitad del XIX, paralelamente a la proliferación de las obras
públicas como carreteras, puentes o líneas de ferrocarril, verdadero ori-
gen de los trabajos de Eduardo Saavedra en Numancia.
El único caso que tradicionalmente interesaba es el de Munda: la
identificación del lugar de la batalla de César contra los hijos de
Pompeyo en 45 a.C. fue objeto de polémicas desde el siglo XVI, desde la
teoría más extendida que la situaba en Monda (Málaga) hasta la tesis de
José Ortiz y Sanz en 1792 localizándola en un paraje entre Écija y
Osuna, seguida por una amplia discusión a lo largo del siglo XIX en
torno a las excavaciones del general Stoffel por encargo de Napoleón III
para completar su biografía de Julio César, que acompañaba su propia
traducción de las obras de César.
El ejército no será tampoco un tema de investigación que atraiga a las
nuevas instituciones que desde comienzos del siglo XX controlan la
arqueología: la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades, creada
en 1912, y el Centro de Estudios Históricos, de 1910, perteneciente a la

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Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, se inte-


resan por solucionar el caos que es, desde hacía un siglo, la catalogación,
conservación y protección legal del enorme patrimonio artístico y arque-
ológico español.
En realidad, la primera arqueología de tipo militar que se hace en
España, después de las campañas de Stoffel, está ligada al alemán Adolf
Schulten y a sus campañas para la identificación y excavación de los
campamentos de Escipión en torno a Numancia; aunque no dejó cons-
tancia de la estratigrafía y los materiales hallados se los llevó a Maguncia,
permitió superar la visión ideal de Justo Lipsio publicada a finales del
siglo XVI. Años antes, en 1853, Eduardo Saavedra había fijado definiti-
vamente la localización de la heroica Numancia en el cerro de Garray,
tesis que quedó confirmada con las excavaciones de la Comisión de la
Real Academia de la Historia en 1861-1866, dirigidas por Saavedra y
Aureliano Fernández-Guerra, así como por el estudio sobre la vía de
Uxama a Augustobriga por Saavedra, que mereció el premio de la
Academia de la Historia (las primeras excavaciones, llevadas a cabo en el
verano de 1803 por la Sociedad Económica de Amigos del País de Soria,
a instancias de Juan Bautista Erro y Azpiroz, habían producido algunos
materiales celtibéricos con inscripciones, que era lo que en ese momento
interesaba).
En 1902 Schulten viaja a España por segunda vez y visita Numancia.
Con el apoyo de Saavedra excava en 1905 en el cerro, pero ciertos
comentarios poco respetuosos le obligaron a abandonar esa zona y des-
cender al llano: entre 1906-1912 busca con las fuentes en la mano y
excava los campamentos romanos de Nobilior y Escipión. Resultado: los
volúmenes III y IV de Numantia (Die Lager des Scipio, de 1927, y Die
Lager bei Renieblas, de 1931), con algún artículo de alta divulgación
como el dedicado a los campamentos romanos en España publicado en
Forschungen und Fortschriften y en Investigación y Progreso nº 5 (1928).
Cabe preguntarse por qué a nadie se le había ocurrido antes hacerlo: la
respuesta es que a la “Historia Nacional” le interesaba contar la defensa
de Numancia, y no su derrota ante Roma. No obstante, a pesar del mito
de Numancia, Escipión (como Aníbal) siempre fue una figura admirada
en España por su temperancia, su prudencia y sus dotes de estratega,
admiración de la que hay múltiples muestras en la pintura de historia de
los siglos XVII a XIX. En cualquier caso, la I Guerra Mundial frustró las
expectativas de Schulten en España. El rechazo de Pierre Paris y de los
aliadófilos puso trabas a su investigación sobre Tartessos después de la
guerra; en el caso de Numancia fue sustituido por José Ramón Mélida,

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quien volvió a fijarse en la excavación de la ciudad romana y prerro-


mana.
Después de Schulten hay un gran vacío en la arqueología militar
romana en España hasta los años cuarenta, en que debido a una serie de
factores ligados al franquismo surge un interés por situar a la aislada
España en un contexto internacional de raíces tan antiguas como las
conquistas republicanas y el Imperio Romano: se impulsan ahora los
estudios sobre la romanización de España y sobre el papel de los hispa-
nos en Roma y su influencia en el desarrollo y auge del Imperio, a cargo
de Antonio García y Bellido (protagonista indiscutible de la arqueología
clásica en esos decenios) y sus continuadores (Alberto Balil, Pere de
Palol, José Mª Blázquez, José Manuel Roldán… sin olvidar a Sir Ronald
Syme y a Patrick Le Roux). El tradicional interés por el origen militar de
León se concretará en la celebración del Coloquio Internacional Legio
VII Gemina en 1968 (publicado en 1970), para conmemorar el XIX
centenario de la fundación de la ciudad como campamento romano el
10 de junio de 68 d.C.
Los últimos años del siglo XX vieron el gran despegue de la arqueolo-
gía militar en España, claramente relacionado con el desarrollo de la
arqueología urbana desde los años 80 y con la Ley de Patrimonio de
1986. Pero no sólo se pudo estudiar aquellas ciudades de origen campa-
mental, como León, o Astorga, sino también otros materiales (además
de las monedas y los epígrafes) como las lucernas, según los trabajos de
Á. Morillo.
El análisis de los campamentos hispanos ha resultado de enorme
importancia porque muestran la evolución de las técnicas de castramen-
tación desde época republicana y las diferentes fases en la reorganización
del sistema defensivo peninsular. Las últimas investigaciones (prospec-
ciones y excavaciones) demuestran que hay campamentos en toda la
península ibérica, no sólo en las zonas de conflicto; han surgido nuevos
estudios como el dedicado a los campos de batalla (Andagoste, Baecula),
y se han rechazado definitivamente errores tradicionales como el de la
ocupante original del primer campamento en León, que no fue la legio
VII gemina (de creación galbiana), como se ha creído siempre, sino la
legio VI victrix, de época augustea. La existencia de una serie de proyec-
tos actualmente en marcha refleja las grandes posibilidades de este tipo
de estudios; cabe destacar entre ellos el dirigido por Á. Morillo
(Universidad de León) sobre Campamentos romanos en la península ibé-
rica: análisis arqueológico y arquitectónico.
Por otro lado, es interesante constatar que la numismática sigue
siendo una fuente fundamental para los estudios de arqueología militar,

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como demuestran al menos dos proyectos últimamente desarrollados


por la Prof. Mª Paz García-Bellido (CSIC): Circulación monetaria en los
campamentos romanos de la Meseta Norte y El abastecimiento de numera-
rio al ejército romano y la monetización del entorno civil: el caso de
Hispania, cuyos resultados se publicarán próximamente.
Este amplio campo de estudios ha encontrado acogida en el reciente-
mente reorganizado Instituto Histórico Hoffmeyer, situado en Jaráiz de
la Vera (Cáceres) y dependiente del CSIC. Su revista Gladius, especiali-
zada en temas de guerra y armamento desde el mundo antiguo al con-
temporáneo, ha publicado en su serie Anejos (nº 5, 2002) las Actas del I
Congreso sobre Arqueología Militar Romana en Hispania, celebrado en
Segovia en noviembre de 1998 y coordinado por Á. Morillo. Fue el pri-
mer Congreso español en la línea de los Congress of Roman Frontiers
Studies o la Roman Military Equipment Conference, y presenta trabajos
desde la República hasta época tardorromana, con novedades sobre la
presencia militar romana en Hispania, sobre todo al norte del Duero,
gracias a datos aportados por intervenciones arqueológicas en asenta-
mientos militares especialmente urbanos, así como cuestiones generales
de implantación militar romana en la Península o los problemas de estra-
tegia militar y defensa durante el Bajo Imperio.
En este sentido, el panorama de los estudios sobre la arqueología mili-
tar romana en España se encuentra actualmente en pleno auge, como se
demostrará sin duda en el próximo Congreso Internacional.

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ADOLF SCHULTEN, EL INSTITUTO ARQUEOLÓGICO


ALEMÁN Y SUS INVESTIGACIONES EN LOS CAMPA-
MENTOS ROMANOS
Michael Blech
DAI Madrid

INTRODUCCIÓN
La vida de Adolf Schulten abarca casi noventa años (Elberfeld, 27-05-
1870-Erlangen, 21-03-1960), extendiendose durante el Imperio
Alemán, la República de Weimar, el “Tercer Reich” y la primera década
de la República Federal. Su formación estuvo determinada decisiva-
mente por su familia, de clase media alta (su padre fue miembro del
Consejo de Administración de F. Bayer) y por su formación en el insti-
tuto clásico superior de su lugar de origen, Elberfeld-Wuppertal. A par-
tir del año 1888, estudió filología clásica en la universidad de Gotinga,
donde se doctoró en 1892. Dos personas determinaron el curso de sus
estudios: el grande e influyente filólogo clásico U. von Wilamowitz-
Möllendorff (1843-1931) que, desde 1883, ocupó la cátedra en
Gotinga, y a partir de 1898 en Berlín, y, a distancia, el suegro de
Wilamowitz, Theodor Mommsen (1817-1903), editor del Corpus
Inscriptionum Latinarum e historiador especializado en Roma, y más
concretamente en Derecho Romano. Según palabras de Schulten fue
éste último quien, por mediación de Wilamowitz, propuso el tema de su
tesis bajo el título De conuentibus ciuium Romanorum. Este trabajo per-
mite adivinar su especial interés tanto por el derecho romano como por
los problemas de topografía antigua. Fue debido a la atracción que ejer-
cía este personaje por lo que el recién doctorado Schulten siguió la
misma línea de estudios, cambió la universidad de Gotinga por la de
Berlín y empezó a estudiar epigrafía y derecho romano bajo la tutela de
este gran académico.
Schulten obtuvo por mediación de Wilamowitz –Miembro Ordinario
del Instituto Arqueológico Alemán desde 1894– la reconocida beca de
esta institución para un viaje de estudios y con ella recorrió Italia, Grecia
y el norte de África durante dos años. Una serie de publicaciones, espe-
cialmente las memorias (Forschugsberichte) sobre el estado de las investi-
gaciones arqueológicas francesas en el norte de África publicadas en el

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Archäologischen Anzeiger del IAA, se remontan a esta época, durante la


cual estableció muy buenas relaciones con sus colegas franceses.
Schulten se consideraba un historiador y no un arqueólogo. Su for-
mación filológica le permitió ir más allá de las fuentes escritas y sus pro-
blemas, especialmente en lo que se refiere a las cuestiones topográficas.
Sus trabajos de campo tenían que confirmar los datos de los textos y
verificar sus suposiciones. Schulten no tenía especial interés en acercarse
a una historia cultural –nunca trató sobre temas de épocas prehistóricas
sin fuentes escritas–, sino una historia de los acontecimientos y persona-
jes según el estilo de esta época (H. von Treitschke 1834-1896). En los
asuntos puramente arqueológicos, como son las excavaciones, colabora-
ron especialistas como C. Koenen (1854-1929), el descubridor y excava-
dor de Novaesium, y A. Lammerer, topógrafo y general del ejército
bávaro, y también se dejó aconsejar por colegas de otras disciplinas como
el arqueólogo clásico G. Lippold (1885-1954), de la Universidad de
Erlangen.

INSTITUCIONES
La Arqueología tenía diferentes facetas. Durante los días de Schulten era
una disciplina joven, en plena fase de formación y considerada por un
lado como la parte antigua de la historia del arte, y por otro lado una dis-
ciplina de las antigüedades. Era una especie de ciencia sui generis, es
decir, una ciencia de la cultura material antigua con sus propios proble-
mas y métodos.
Pero al mismo tiempo se presentaba como una ciencia moderna de
gran impacto para un amplio público curioso. Refleja bien el espíritu de
su época, de confianza en el progreso y de conquista del tiempo y el
espacio, como casi todas las ciencias de su época, especialmente las natu-
rales. En los comienzos fueron personas individuales los conquistadores
–los héroes de su tiempo– y los nuevos campos eran las nuevas culturas
y épocas de la historia del hombre.
El personaje ejemplar fue “el descubridor de Troya” Heinrich
Schliemann (1820-1890), un hombre hecho a si mismo con una carrera
al margen de los hollados caminos académicos. Así ha sido considerado
por E. Hübner (1834-1901) y A. Schulten, que lo calificaron como un
héroe de la pala, y hablaron de la lógica de la azada que soluciona pro-
blemas filológicas, como por ejemplo la identificación de la Troya mítica
con el cerro de Hissarlik, a la manera de Alejandro Magno que cortó el
famoso nudo gordiano con un golpe de su espada. En nuestro caso se
trata de la identificación del campo de batalla alrededor de Numancia,

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según Schulten descrito por un testigo de este cerco, el historiador griego


Polibio, que formaba parte de la comitiva de Escipión.
El ambiente intelectual de su época se refleja en su lenguaje directo y
conciso, y corresponde a su manera de presentarse, de forma militar. Es
un estilo autoritario que excluye posibles discusiones con otras opiniones
científicas. Este hábito también afecta a la ejecución de sus excavaciones,
a toda prisa y fijadas según sus objetivos. Pero no es este el contexto para
deliberar si se trata de rasgos propios de Schulten en particular o de toda
su generación.
Todas las expediciones y empresas arqueológicas en su origen se
remontan a iniciativas particulares que, durante su realización, fueron
encontrando puntos de apoyo para la organización, logística y financia-
ción en las nuevas instituciones, en los institutos y escuelas en el extran-
jero, así como en museos y academias. Solamente ellos ofrecieron el
marco para proyectos de una cierta duración y prolongados hasta la cos-
tosa publicación de sus resultados. Dentro de nuestro contexto las
Academias de Gotinga, Berlin y ante todo el Deutsches Archäologisches
Institut (Instituto Arqueológico Alemán=IAA), con su sede en Berlín y
sus más antiguas delegaciones de Roma y Atenas, tienen esta finalidad.
Esta institución se remonta hasta su predecesor el Istituto di
Corrispondenza Archeologica fundado el año 1829 bajo el patronazgo del
entonces infante prusiano y más tarde Rey Federico Guillermo IV (1795-
1861). Fue en sus comienzos una asociación internacional de amigos de
diferentes naciones sustentada por los ingresos de la suscripción de sus
publicaciones y el mecenazgo de algunas personajes, con su sede en Roma
y, desde 1859, en Berlín, desde 1871 como Instituto prusiano y desde
1874 como institución del Imperio Alemán (Kaiserliches Deutsches
Archäologisches Institut). Esta institución se vió ampliada en el año 1902
con la inauguración de una delegación en tierras germanas llamada
Comisión Romano-Germánica (Römisch-Germanische Kommission), con
sede en Frankfurt, y especializada en arqueología de las provincias roma-
nas y en la prehistoria, con una tradición determinada por las ciencias
naturales. La iniciativa decisiva se remonta al mencionado Th. Mommsen,
también un gran organizador de empresas científicas, como por ejemplo el
Corpus Inscriptionum Latinarum. Él se preguntó ya en 1890, antes de la
feliz instalación de la Reichslimeskommission (Comisión Imperial del
Limes) organizada bajo su dirección: “¿No sería posible establecer, al igual
que los institutos nacionales en Roma y Atenas, algo similar en la
Germania dedicado a las antigüedades romanas y germánicas?”.

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Fig. 1. Circumvallatio de Numantia después de los trabajos realizados por Schulten.


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NUMANTIA (1905-1908) Y RENIEBLAS (1909-1912)


Es esta época de grandes descubrimientos y de la fundación de escuelas
arqueológicas como Roma o Atenas, de la confianza en el progreso y en
las posibilidades de la ciencias, es cuando empezaron las actividades de
Schulten en la península ibérica. Su primera visita le llevó a las Islas
Baleares, fue fugaz y sólo hay una breve reseña en un periódico regional.
No obstante el cambio determinante para los estudios de A. Schulten
no se debe a una visita a España sino a la lectura de las fuentes antiguas,
especialmente de la Iberiké de Apiano. Schulten mismo describe este
encuentro:
“En una noche del invierno de 1901/02 en Gotinga, donde pasé a
ser “Privatdozent” a partir de 1896, leí la Iberiké de Apiano, y la des-
cripción precisa, de este autor tan impreciso, de la conquista de
Numantia por Escipión en el año 133 llamó mi atención. Me propuse
que tenía que remitirme a un testigo ocular como Polibio, que fue
acompañante y consejero de Escipión, y que más tarde podría verifi-
carlo y resolví el asunto comparando la descripción de Apiano con la
realidad”.
Así, en agosto de 1902 se dirigió a Numantia para comprobar el lugar
de los hechos y en 1905 publicó los resultados de sus investigaciones
durante su primera visita. Sus estudios en el cerro de Garray y alrededo-
res le sirvieron para comprobar que este paisaje si se correspondía con la
tradición apiana. Y Schulten pudo resumir los resultados obtenidos con
su habitual estilo sucinto: ”Apiano ha pasado la prueba” (Fig. 1).
Las observaciones en el campo quedaron reflejadas en un mapa topo-
gráfico de las antiguas excavaciones de E. Saavedra y Moragas (1829-
1912) realizadas en este lugar. Este gran personaje –ingeniero,
académico (1861) y director de la Real Academia de la Historia (1908)
y predecesor de Schulten en Numantia (1853, 1861, 1867)– se lo cedió
directamente a Schulten. Ya en este mapa Schulten hizo las indicaciones
de los supuestos campamentos romanos y la circumvallatio romana en
torno a Numantia.
La comparación del texto con la topografía pone de manifiesto la
manera de trabajar de nuestro autor: “He metido la base literaria de mi
empresa numantina al igual que he salido de ella en las otras excavacio-
nes“. Estas primeras investigaciones sirvieron como tarjeta de presenta-
ción para sus trabajos que se extendieron durante casi cincuenta años de
su vida en Hispania.
Las primera campaña estuvo subvencionada por la Real Academia de
Gotinga y por la Real Academia de Ciencias de Berlín y el desembolso

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final fue del emperador alemán Guillermo II, después de una iniciativa
por parte de Wilamowitz-Möllendorff cuando Schulten tuvo que sus-
pender sus excavaciones por falta de dinero. Estaba acompañado por
Constantin Koenen (Bielefeld, 1854-Neuss, 1929), el descubridor y
excavador del campamento militar romano de Novaesium (Neuss). Este
pariente materno suyo fue un arqueólogo autodidacta, aunque por su
formación escultor, que aportó no sólo el necesario bagaje técnico para
la tarea –su experiencia en excavaciones–, sino también buenos conoci-
mientos de cerámica romana. Su viaje a Numantia se realizó como una
iniciación a la arqueología hispánica: ambos visitaron primero las exca-
vaciones gálicas en Alesia y después el Museo de Narbona donde estu-
diaron por primera vez la “cerámica ibérica.”
Su predecesor en el Cerro de la Muela (Garray, Numantia), el acadé-
mico E. Saavedra, una vez más fue de gran ayuda para esta empresa, no
sólo como protector, sino también como intermediario entre Schulten y
la realidad administrativa, y durante este tiempo preparó los permisos
necesarios de los dueños de los terrenos. El 12 de agosto de 1905 inició
Schulten sus obras con sólo 6 obreros y al cabo de pocas horas salieron a
la luz, por debajo de la ciudad romana, “restos inequívocos de la
Numancia heróica: adobes enrojecidos por el incendio y especialmene
vasos ibéricos pintados. ¡La inmortal Numancia había sido hallada!” Y
en el diario de sus excavaciones bajo la fecha 12 de agosto Schulten
apunta lacónicamente: “Hallado un fragmento cerámico. Importante!” y
en una carta a Saavedra con fecha del 27 de Agosto: “Hemos descubierto
la ciudad ibérica…”. Con estas palabras que se refieren solamente a su
descubrimiento de la Numantia prerromana, la de las guerras numanti-
nas, y su destrucción en el 133 a. C. por parte de los legionarios de
Escipión el Africano empezó la larga y amarga historia de la reclamación
sobre su calidad de autor.
Pero la identificación de estos restos bajo el oppidum romano fue pre-
matura. Ciertamente pertenecieron por un lado a la fase prerromana,
concretamente a los restos del oppidum tras la destrucción romana del
133 a. C. llevada a cabo por Escipión y de la que Schulten no pudo saber
nada en su época.
Fue incapaz de aceptar el hecho de que sus predecesores, como el pri-
mer excavador E. Saavedra (1861 y 1867), no diferenciaran el munici-
pium romano de Numantia de un oppidum indígena, dándose por
satisfechos con la localización del lugar de las luchas heróicas entorno al
poblado indígena del Cerro de la Muela, junto a Garray (prov. de Soria).
De todos modos esta localización se remonta al siglo XV, al menos hasta
la época de Antonio Nebrija (1441-1522) y Ambrosio Morales (1575).

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La asociación de este poblado protohistórico y romano con la famosa


Numantia de las guerras contra los romanos y de Miguel de Cervantes
Saavedra entra en el ámbito del conocimiento general. En este contexto
también encaja la declaración del lugar como monumento nacional y la
colocación de diferentes monumentos como el gran obelisco levantado a
expensas del diputado soriano R. Benito Aceña, mecenas del Museo
Numantino, recordando la lucha de los numantinos contra los romanos.
La visita del rey Alfonso XIII al Cerro de La Muela el 24 de agosto de
1905 y la inauguración del Obelisco coincidieron con las primeras exca-
vaciones de Schulten en el Cerro…
La reclamación ‘incorrecta’ por parte de nuestro excavador desenca-
denó reacciones de varios segmentos del público español, motivadas por
el ambiente sensibilizado debido al ‘desastre’ de 1898 y la consiguiente
reacción, el regeneracionismo y el interés despertado por los valores
nacionales. Se expresó por la mencionada visita del rey Alfonso XIII, la
erección del obelisco y las largas polémicas en la prensa sobre la conve-
niencia o no de que un extranjero haga excavaciones en un lugar espe-
cialmente ‘sensible’ para la memoria nacional. Schulten no tuvo que
esperar mucho tiempo las reacciones a esta situación.
Durante la primera campaña Schulten no solamente excavó en el
oppidum mismo sino que además, y en contra de las condiciones pacta-
das, envió los hallazgos a Alemania al estilo de un explorador colonial.
No fue ninguna sorpresa que su permiso para excavar en el área del oppi-
dum le fuera denegado, como también lo fue el de sus excavaciones pre-
vistas en los campamentos de los legionarios romanos y respecto a la
circumvallatio. Al mismo tiempo Las Cortes concedieron los primeros
fondos para las excavaciones de arqueólogos españoles dentro del
poblado de Numancia (desde 1906 a 1923) bajo la supervisión de una
Comisión de la Real Academia de la Historia y con la presidencia inicial
de Saavedra. En una carta del 26 de marzo de 1906 a Schulten, su gene-
roso e indulgente patrocinador Eduardo Saavedra escribió claramente:
“Pero debo prevenir que todas las gestiones fracasarán, si no se cumple
previamente el ofrecimiento de devolver los objetos espontáneamente,
que todo lo hallado quedaría en la localidad...”. Tras haber sido estudia-
dos por C. Koenen, los hallazgos fueron devueltos a Madrid dentro del
mismo año.

SCHULTEN Y EL INSTITUTO ARQUEOLÓGICO ALEMÁN


Como ya sabemos, las dos primeras campañas fueron pagadas en parte
por las Academias de Gotinga y Berlín y por otra parte por el Kaiser de
manera privada. El Instituto Arqueológico Alemán entró en juego a par-

33
ejercito romano maqueta 3/2/07 18:33 Página 34

tir de la tercera campaña. En la búsqueda de fondos para otra campaña


Schulten se dirigió al Secretario General de esta institución, Alexander
Conze (1831-1914), una institución bien conocida por su parte debido
a su breve estancia en Berlín y como becario del Instituto en Roma. Su
solicitud fue transmitida a los miembros de la nueva Comisión de
Frankfurt (Main) del IAA y a su primer director Hans Dragendorff
(1870-1941). No solamente el apoyo imperial, sino también los resulta-
dos de sus trabajos de excavación en Numantia le proporcionaron una
cierta popularidad dentro y fuera del reducido círculo de hispanistas espe-
cializados en la antigüedad. Pero los especialistas lo miraron con una cierta
prudencia, era un historiador y no un excavador.
Estas dudas se expresan en las cartas que intercambiaron el Secretario
General y el Director de la Comisión, pero también en la posterior deci-
sión de mandar a Numantia a Dragendorff y a Ernst Fabricius (1857-
1942), director de la Reichslimeskommission (Comisión Imperial del
Limes) y editor de sus correspondientes publicaciones. Ambos investiga-
dores no se limitaron a echar un vistazo y participaron en las excavacio-
nes mismas; Fabricius trabajó en el campamento de Castillejo y en el
castellum de la ribera Molino de Garrejo, donde se unen los ríos
Medancho y Duero. El relato final de Fabricius, escrito también en
nombre de su colega Dragendorff, resume sus observaciones: Si hubiera
alguna duda sobre la identificación de Numantia y las fortificaciones de
Escipión, después de la última memoria de Schulten publicada en la
revista científica del IAA, el Archäologischen Anzeiger, estas dudas se des-
vanecieron en el sitio mismo. Según su opinión: “El Sr. Schulten ha tra-
bajado con gran habilidad y una energía extraordinaria. Es sorprendente
ver cuánto ha hecho con tan pocos recursos. Casi con seguridad se podría
decir que él ha conseguido tanto como pudo..”. Su relato termina con la
siguiente recomendación: “Solamente falta un detalle –un mapa, es nece-
saria un un desideratum histórico y arqueológico. Durante las dos
siguientes campañas dos militares levantaron la cartografía: el Major
Zglinicki del entorno y después el general bávaro A. Lammerer (1864-
1946), que a partir de este momento llevó toda la cartografía de Schulten,
incluidos sus trabajos sobre Tartessos hasta comienzos de 1930.
Su trabajo con los textos de Apiano y sobre el terreno dieron como
resultado la localización de siete campamentos y dos castillos ribereños
unidos por un muro: la circumvallatio.
Otra vez surgieron las dudas cuando tuvo que volver a buscar fondos
para las excavaciones en el Atalayón de Renieblas, a 16 km de Numantia
(prov. Soria), discutiéndose la calidad de sus excavaciones y preguntando
por el estado de sus publicaciones. Sea como fuere, el IAA mandó otra

34
ejercito romano maqueta 3/2/07 18:33 Página 35

vez dos expertos para valorar los trabajos de Schulten. Fueron E.


Fabricius, como la vez anterior, y el joven arqueólogo W. Barthel, como
Schulten, originario de Elberfeld, que además trabajó sobre los mismos
temas que había tratado el joven Schulten. Poco después de su corta
estancia española fue nombrado Director de la Römisch-Germanische
Kommission. Estos investigadores participaron también como la vez
anterior en las excavaciones, W. Barthel con los hallazgos menores del
campamento V y Fabricius en el campamento III. Al final de su estancia
en Renieblas dictaminaron favorablemente, lo que se refleja en los fon-
dos concedidos por el Instituto Arqueológico Alemán.
Los resultados de las campañas en el Atalayón son bastante conocidos:
Schulten distinguió cinco campamentos romanos: las primeras expedi-
ciones de Catón, en el 195 a. C., las de la guerra sertoriana y los del cerco
de Numantia.
La suma de todas las investigaciones numantinas está publicada en la
obra monumental: Ausgrabungen in Numantia, editado entre 1913 hasta
1931 superando los problemas económicos de la época de la guerra, de
la inflación monetaria y de la gran crisis económica, fondos desembolsa-
dos por diferentes instituciones y mecenas.
Prospecciones y excavaciones en otros campamentos acabaron de
completar sus investigaciones numantinas. Tenemos que mencionar las
siguientes investigaciones en el campamento de Almazán, según
Schulten el campamento estival de Nobilior, en los dos recintos amura-
llados de Aguilar y Alpanseque (prov. de Soria), en Almenara (cerca de
Sagunto) y, finalmente, en el campamento de Castra Caecilia (Cáceres el
Viejo) de Q. Caecilius Metellus, destruido en el año 79 a. C durante la
guerra sertoriana.
Schulten y Lammerer trabajaron sólo una vez fuera de España. Su
objetivo eran los campamentos romanos alrededor de Masada, situado
sobre el Mar Muerto. Esta empresa tenía algunos rasgos comunes con las
anteriores investigaciones numantinas: también se trata de campamen-
tos romanos que formaron parte del asedio a una ciudad, en este caso
Jerusalén, también se trata de un tema heroico, la resistencia de un pue-
blo, y finalmente también se guían por las fuentes escritas, aquí del his-
toriador Flavio Josefo.
Los resultados de sus investigaciones arqueológicas fueron la base de
sus siguientes trabajos que se refieren a la historia de la ocupación
romana de Hispania, que recogieron en diversas publicaciones como es
la edición divulgativa sobre Numantia, publicada 1933, o las monogra-
fías sobre Sertorio y Viriato. La valoración de los héroes que se resistie-
ron a Roma y de sus res gestae por parte de Schulten, y su confianza en

35
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los grandes hombres que hacen la historia, nos remiten a un modo de ver
de la tradición propio del siglo XIX.
La década de sus campañas numantinas abarcó dos acontecimientos
decisivos para la vida de Schulten: en el año 1906 fue llamado a ocupar
la catedra de Historia Antigua de la Universidad de Erlangen. Este cargo
confirmó su posición social en una sociedad tan estructurada como era
la del Imperio Alemán, y dentro de la pequeña isla social de la
Universidad de Erlangen. Su nombramiento como miembro ordinario
por el Instituto Arqueológico Alemán en el año 1909 confirmó su reco-
nocimiento dentro del mundo científico.
El Instituto Arqueológico Alemán ofreció un cierto techo a una parte
de las actividades científicas de Schulten, ya que apoyó sus excavaciones
y posterior publicación, y además dió cobijo a sus informes sobre los
progresos de la arqueología española y de sus propias prospecciones,
excavaciones y observaciones. Con respecto al Instituto Arqueológico
Alemán, Schulten fue el “hispanista” que ocupó el papel que tuvo E.
Hübner (1834-901) en la generación anterior.
Los trabajos de Schulten engrosaron un creciente interés por las cien-
cias arqueológicas en España, desarrollo interrumpido por las guerras y
las épocas de carencia, pero que no impidieron continuar la tradición
arqueológica por parte de algunos científicos alemanes, empezado por
hombres como G. de Humboldt, o el epigrafista y hispanista E. Hübner
y continuando con el prehistoriador H. Obermaier (1877-1946), que
ocupó la primera cátedra de Prehistoria de España, y otra serie de cientí-
ficos como el joven H. Schlunk. Estas empresas, que dependieron de
personas singulares, se correspondían con el amplio interés de una gene-
ración en la búsqueda de una nueva orientación después de 1898, como
representantes se puede mencionar J. Ortega y Gasset (1883-1955) y
dentro de la arqueología a P. Bosch Gimpera (1891-1974). Estos con-
tactos se intensificaron y durante el Congreso Internacional de
Arqueología, que tuvo lugar en Barcelona en 1929, el presidente del IAA,
G. Rodenwaldt (1886-1945), mantuvo conversaciones con los colegas
españoles para estudiar la posibilidad de establecer una sede del Instituto
en España. La Depresión de 1929, la guerra givil y los cambios en
Alemania durante el III Reich frustraron este primer intento. Pero
durante la guerra misma y bajo el signo ideológico de un pangerma-
nismo del III Reich, se abrió un instituto con la intención de que se
investigara las migraciones y sus protagonistas germánicos, aunque las
investigaciones del arqueólogo paleocristiano y nuevo director del IAA,
Helmut Schlunk, tomaron otro rumbo.

36
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EL LEGADO DE SCHULTEN. EPÍLOGO


A partir de los años veinte del siglo pasado, los trabajos de Schulten
siguieron algunas nuevas metas, como la búsqueda de Tartessos, que más
y más se iba revelando como una utopia, y que hizo que se sintiera cada
vez más frustrado en su empresa. Lo vemos por una última vez relacio-
nado con el Instituto Arqueológico Alemán cuando el Ministerio de
Educación y Ciencia plantea la posibilidad de nombrar a Schulten direc-
tor provisional del IAA para sustituir a Helmut Schlunk, ya que estaba
previsto que éste fuera llamado a filas.
La respuesta del presidente del IAA, M. Schede, a esta idea adminis-
trativa es bastante clara, aunque adaptada al lenguaje políticamente
correcto durante esta época:
“Parecería lógico encomendar al Sr. Schulten, consejero privado, la
sustitución del actual director del Instituto de Madrid, dado que ade-
más es miembro del consejo supervisor de la delegación, aunque hay
que tener en cuenta que ya tiene 75 años y su intelecto últimamente ha
perdido fuerza. Según su concepción de una época anterior no se
puede esperar que vaya a ser muy útil con respecto a las intenciones del
Instituto, es decir, a través de la ciencia ejercer una influencia digna de
mención en el campo politico-cultural. Antes bien tendrá en mente sus
propios trabajos científicos. En definitiva, no cabe esperar que el
Consejero Sr. Schulten dirija la delegación según los intereses del
Instituto Arqueológico; más bien éste acabaría siendo un medio de
financiación al servicio de sus propios intereses. Por todas estas razones
no me puedo declarar a favor de este nombramiento, de modo que
considero preferible cerrar temporalmente la delegación”.
Y Schede indica además por un lado los 75 años de Schulten y su
reducida movilidad intelectual y por otro lado a su hábito de otros tiem-
pos. Así no da mucho valor para los esfuerzos del IAA de tener impacto
en la esfera político-cultural. En suma: no se podía esperar que Schulten
sirva mucho a las intenciones del Instituto. Va a seguir sus projectos y
tener una sinecura a costa del Instiuto Arqueológico Alemán en Madrid.
Sea preferible de cerrrar la delegación temporalmente.
El legado de Schulten no sólo lo constituyen sus monografías y artícu-
los sobre sus excavaciones y prospecciones, sino también sus diarios de
excavaciones y algunos libros que se encuentran en le Instituto
Arqueológico Alemán en Madrid, en la Römisch-Germanische Kommission
de Frankfurt y en el Römisch-Germanische Zentralmuseum de Maguncia.
También hay que citar la nueva edición de sus hallazgos de los campa-
mentos numantinos según el estado de las investigaciones recientes por
parte de M. Luik, la publicación de G. Ulbert sobre Cáceres el Viejo y

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los trabajos topográficos en el Atalayón de Renieblas con el levanta-


miento de un plano del Campamento V, por el ya mencionado M. Luik
y su equipo. El tema de la lenta ocupación de Hispania por los romanos
y su integración permanece presente en las investigaciones científicas,
como también las diferentes formas de resistencia, pero sin los elogios de
luchas heróicas frustradas, sin el “pathos” romántico del siglo XIX. Bajo
el techo de la palabra romanización se habla de adaptación, asimilación,
diálogo, etc. (Fig. 2).

Fig. 2. Fotografía de A. Schulten.

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LA CONQUISTA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA


POR ROMA
Pilar Fernández Uriel
UNED

ROMA Y LA PENÍNSULA IBÉRICA

Cuando en el año 237 a. C., Amílcar desembarcaba en Gades con su


hijo Aníbal y su yerno Asdrúbal, Roma iniciaba de forma oficial su inte-
rés por la península ibérica. Pronto el cartaginés sometió el valle del
Guadalquivir y fundó en torno a la Albufereta de Alicante una fortaleza
denominada Akra Leuka, desde donde dirigió sus campañas militares.
El tratado entre Roma y Cartago del año 348 a. C., establecía como
límite de la influencia cartaginesa una línea cuyos extremos se encontra-
ban entre Kalon Akroterion (Cabo Farina) y Mastia de Tarsis (más tarde,
Cartagena). Ante el rápido avance cartaginés, Roma envió una emba-
jada, a la que Amílcar respondió como pretexto a sus campañas en la
Península que éstas eran el medio de conseguir pagar sus deudas a Roma.
Muerto Amílcar en su lucha contra el rey Oriso de los oretanos, en el
año 229 a. C., le sucedió su yerno Asdrúbal con plenos poderes1. Éste
desplegó una política diferente, estableciendo tratados de amistad con
los reyezuelos indígenas y fundó una ciudad: Qart Hadashart, conocida
más adelante como Carthago Nova o Cartagena, asentada sobre la anti-
gua ciudad de Mastia, que pronto se convirtió en el centro político y
militar púnico en la Península, debido a su excelente situación geográfica
y a su magnífico puerto natural. En su entorno se hallaban las ricas pro-
ducciones de esparto y se encontraba próxima a los importantes centros
mineros de plata de Cartagena y Cástulo
De nuevo Roma fue alertada por sus aliados griegos de Massalia
(Marsella) del auge y la expansión del cartaginés. Ello dio como resul-
tado el “Tratado del Ebro”, en el año 226 a. C., con la imposición de un
nuevo límite territorial sobre la península, situado en el curso de este río,
prohibiendo a los cartagineses atravesarlo con sus armas. La conquista y
toma de la ciudad de Saguntum (que no su destrucción), por Aníbal,

1
Polibio, II, I, 5-9.

39
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indudablemente al sur del Ebro, provocó la segunda guerra púnica y la


intervención definitiva de Roma en la península ibérica
Saguntum suscita importantes interrogantes, entre ellos su ubicación
y la significación del tratado del Ebro, al que se han dado diferentes solu-
ciones. Además desconocemos cuando ni en qué condiciones quedó
integrado entre los aliados de Roma ni las causas de la no intervención
directa de esta última durante el ataque de Aníbal. Sagunto cayó tras
ocho meses de asedio, durante los cuales Roma no envió ayuda a la ciu-
dad, a pesar de su advertencia por ser aliada. Sólo cuando fue conquis-
tada, Roma, a través de la embajada de M. Fabio Buteón, declaró la
guerra a Cartago (Fig. 1).
Ya los autores antiguos (Polibio, Tito Livio, Fabio Pictor...), se preo-
cuparon de analizar las cusas de esta guerra a través de sus hechos inicia-
les, análisis que han continuado los historiadores modernos. Hoy día
sabemos que Sagunto no fue más que una excusa para que comenzase
una hostilidad inevitable, ya que ambas potencias ya tenían definida su
estrategia y estaban resueltos a una guerra en la que se buscaba la caída y
desaparición del enemigo.

Fig. 1A. Cerámica ibérica pintada.


Imagen de un guerrero con un caballo
(según Menéndez Pidal).
Fig. 1B. Friso de pintura vascular con
guerreros de Liria (según Menéndez
Pidal).

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LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA Y LOS INICIOS DE LA INTERVENCIÓN ROMANA EN LA


PENÍNSULA IBÉRICA. PRIMERA FASE DE LA CONQUISTA

Antes de marchar Anibal hacia Italia dejó cubiertas y establecidas


muchas operaciones necesarias en Hispania. Realizó una rápida incur-
sión hacia Salmantica (Salamanca) y Arbucola (Tal vez Toro o Zamora),
donde reclutó varios miles de mercenarios destinados a la defensa de
Cartago. Retuvo en Saguntum y Cartago Nova a rehenes de las principa-
les familias indígenas que garantizaran no sólo su sumisión, sino que
impidiera su inclinación al romano. Estableció sus fuerzas de forma
estratégica; Asdrúbal se situó al sur y Hannon al norte del río Ebro, para
que cerraran el paso al ejército enemigo, al mismo tiempo que permitían
una comunicación segura y abierta a cualquier ayuda procedente de
Cartago.
En el año 218 a. C., Cneo Escipión, al mando del ejército romano,
junto con su hermano Publio, desembarcaba en Emporion, ciudad de
origen griego, aliada de Roma. Atravesó el valle del Ebro, recuperó
Saguntum y se dirigió hacia el sur. Su desenvolvimiento por la península
se señala por dos caracteres fundamentales: la rapidez de su avance y el
despliegue diplomático con los indígenas, liberando a los rehenes de
Cartagena y Sagunto y atrayéndose a reyezuelos como Indíbil,
Mandodonio y Edecón, rey de los edetanos. Sin embargo, su táctica
resultó ser excesivamente arriesgada. Ambos generales romanos, Cneo y
Publio cayeron en Urso y Castulo respectivamente en el año 211 a. C.
Poco después llegaba a Hispania el hijo de Publio Escipión, Publio
Cornelio Escipión, el vencedor definitivo de esta guerra. En el año 209
a. C., Escipión sometió la ciudad de Carthago Nova, que pasaría de ser la
capital cartaginesa al núcleo principal romano desde el cual se procedió
a una campaña de sometimiento sistemática de los territorios que se
encontraban bajo el control cartaginés. Así cayeron Castulo (Linares),
Baecula (Bailén), Ilipa (Lora del Río) y Carmo (Carmona), con el resto
de Bética y Turdetania. La fenicia Gades, que no se hallaba muy con-
forme con el dominio púnico, prefirió establecer con Roma un pacto
ventajoso.
En el año 206 a. C. fueron expulsadas las últimas fuerzas que Cartago
mantenía en el sur de la Península. Era el final de la dominación púnica
de los Barca, iniciada 30 años antes.
La victoria de Zama en el año 202 a. C. sobre Cartago, convertía a
Roma en la potencia indiscutible en el Mediterráneo. Ello suponía la
anexión de nuevos territorios, entre los que se encontraban todo el sur de
la península ibérica, desde Gades hasta Carthago Nova, las ricas tierras del
Levante y las del valle del Ebro.

41
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Desconocemos hasta qué punto Roma habría planeado la conquista


de Hispania en su enfrentamiento con Cartago, pero, conocidos sus
grandes recursos humanos y económicos, no quiso renunciar a ellos. A
partir de entonces, se consolidó la presencia y el asentamiento de Roma.
Tras un periodo de enfrentamientos como el acaudillado por Ildíbil y
Mandonio, alternado con pactos, alianzas, gestiones y tentativas de con-
trolar el territorio, Roma inició su definitivo establecimiento en la
península.

CATÓN EN LA PENÍNSULA
A pesar de que las fuentes nos cuentan las riquezas que los pretores lleva-
ban a Roma, (Apiano, Livio, completadas con Plutarco), los aconteci-
mientos que siguieron no debieron ser muy favorables, pues pronto se
produjo una rebelión en el valle del Guadalquivir, dirigida por dos régulos:
Culchas, que según las fuentes dominaba sobre 17 ciudades, y Luxinios,
rey de Carmo y Bardo, entre otras poblaciones. A ellas se añadieron ciuda-
des fenicias como Malaca y Sexi y los habitantes de la región comprendida
entre el Guadiana y el Guadalquivir (Baeturia). De ello se deduce el ines-
table pacto con los indígenas y la brutal explotación continua de Roma.
En el año 196 a. C., resueltos los problemas en Oriente, el Senado
decidió enviar uno de los cónsules del año 195 a. C.: M. Porcio Catón.
Su desembarco en Rhode (Rosas) y el formidable despliegue de las tropas
romanas hacia Tarraco debió de causar tal impresión a los indígenas que
esto fue suficiente para su sumisión. Solo una ciudad, Segestica, de ubi-
cación aún desconocida, se resistió y fue sitiada y tomada.
Casi toda la obra de Catón se centró en la provincia Citerior. Cita
Livio como operaciones militares, la toma de Seguntia (Sigüenza) y
acciones de castigo en torno a Numantia. Más tarde tomó la ciudad de
Bergio. Terminado su año de consulado, volvió a Roma donde le fue
concedido el triunfo. Llevó consigo una riqueza tal al tesoro público
como no había logrado ningún gobernador hasta la fecha (Fig. 2).
Su sucesor, Tibero Sempronio Graco desarrolló un eficiente sistema
de pacificación, fundamentado en tratados y alianzas con las comunida-
des indígenas. Estableció el pago de un tributo anual. Llevó a cabo una
política de distribución de tierras entre sus gentes y pactó la posibilidad
de su incorporación en el ejército como tropas auxiliares. Sin duda
alcanzó el saldo positivo de lograr treinta años de cierta paz en las pro-
vincias hispanas. Sin embargo, la postura intransigente y de saqueo de
Roma, agravada por los problemas sociales y la pobreza de muchos sec-
tores indígenas, desembocó en un nuevo periodo de guerra aún más
largo y penoso: las guerras celtibero-lusitanas.

42
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Fig. 2. Moneda romana acuñada en Segobriga (Gabinete Numismático de


Barcelona).

LAS GUERRAS LUSITANAS Y CELTIBÉRICAS. SEGUNDA FASE DE LA CONQUISTA

La falta de tierras y de medios obligaba a un amplio sector de la pobla-


ción lusitana, que vivían del pastoreo en las montañas, a descender y rea-
lizar incursiones sobre las ricas tierras del sur, práctica también utilizada
por sus vecinos los vettones, ubicados entre la sierra de Gredos y la sierra
de la Estrella, y que, con frecuencia, se unían a los primeros.
En el año 155 a. C. se inician las primeras incursiones de estos lusita-
nos, dirigidos por Púnico y Caisaros, que ocasionaron grandes pérdidas
al ejército romano. Así comenzaba esta guerra que fue uno de los con-
flictos bélicos más duros y prolongados que tuvo que soportar Roma,
pues fueron veinte años de guerra en dos frentes abiertos: Lusitania y
Celtiberia.
La guerra contra los lusitanos alcanzó su periodo más crudo entre los
años 151 al 139 a. C., tras las represiones del pretor Galba que, cono-
ciendo el problema de los lusitanos, les atrajo con la falsa promesa de
repartos de tierras. Cercó y masacró con sus tropas a una gran cantidad
de ellos. Las cifras oscilan entre 9000 y 30000 hombres, como cita
Suetonio: “Hizo pasar a treinta mil lusitanos a cuchillo por traición, lo
que fue causa de la guerra de Viriato”2.
Tal suceso provocó que Viriato, que había sobrevivido a esta matanza,
se alzara como caudillo de los rebeldes contra el dominio y la crueldad

2
Suetonio, Vita Galbae III.

43
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romana, manteniendo en jaque al ejército romano hasta su muerte en el


año 139 a. C., fecha que aunque no supuso el final de la rebelión, al menos
permitió a Roma centrar su atención en el núcleo celtibérico (Fig. 3).
Un año después, 138 a. C., el cónsul Decimo Junio Bruto pacificó
esta región, llegando en sus campañas hasta el Miño, donde pudo com-
probar las riquezas de las minas del Noroeste, uno de los objetivos de
esta expedición. El otro bloque de la guerra tuvo unas motivaciones dife-
rentes, además del interés de Roma por una definitiva dominación.
Se basó en la acusación a los celtíberos de no cumplir los pactos esta-
blecidos con Sempronio Graco y proceder a fortificar sus ciudades, ya
que la ciudad de Segeda, en Belmonte (Calatayud) proyectaba ampliar
sus murallas. El cónsul Nobilior obligó a sus habitantes a abandonar la
ciudad. Estos pueblos vacceos, durante los años 143-133 a. C., acaudi-
llados por Numantia, se unieron en un frente común contra Roma3.
Roma fue tomando las ciudades de los vacceos: Cauca (Coca, Segovia),
Intercatia (Villalpando, Zamora), Pallantia (Palencia).
Numantia, centro fortificado más importante, quedó como el último
reducto de esta oposición. Esta ciudad ha permanecido de forma legen-
daria como mito de la resistencia hispana. De su gesta el historiador
Floro comentaba: “Numancia, aún siendo inferior en poderío a Capua,
Cartago o Corinto sin embargo, es equiparable a todas ellas por su fama

Fig. 4. Ciudad celtibérica de


Termantia, que según Ptolomeo (II,
6, 55) fue una de las ciudades de los
Arevaci.

Fig. 3. Escultura de guerrero lusitano de Montealegre, con


escudo Redondo y torques en el cuello (Museo Etnológico de
Lisboa) (según Menéndez Pidal).

3
Apiano, Iber. 44; Diodoro 31, 39.

44
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y su valor … porque con escasos medios resistió sola durante once años
a un ejército de cuarenta mil hombres…”4 (Fig. 4 y 5).
Sin embargo, cuando el genio militar de Publio Cornelio Escipión
Emiliano, vencedor de Cartago, se hizo cargo del ejército acampado ante
sus murallas y procedió a su conquista, Numancia apenas duró algo más
de un año.

LA PARTICIPACIÓN DE HISPANIA EN LAS GUERRAS CIVILES. TERCERA FASE DE LA


CONQUISTA

Aunque los años comprendidos entre el 133 y el 82 a. C., continuaron


las revueltas indígenas, en especial en la zona lusitana, el periodo que se
inicia en el año 82, se considera una etapa diferente en la conquista
romana, que no puede entenderse sin relacionarla con el contexto histó-
rico vivido en Roma al final del periodo republicano, que se denomina
“crisis de la República”.
Las provincias hispanas sufrieron directamente los problemas de
Roma, debido a su directa participación, pero despertaron a la vida polí-
tica, a la administración y a la cultura romana y desarrollaron notable-
mente su vida municipal y urbana. Incluso, importantes familias
hispanas alcanzarían la ciudadanía y llegarían a participar activamente en
lo que denominamos “la romanización”.
Protagonistas de los enfrentamientos políticos en este periodo fueron
Mario y Sila, que acabaron cuando este último con un golpe de Estado
quedó como dueño de Roma e inició una sistemática represión contra
los “populares” con una lista de proscritos amenazados de muerte.
Entre los perseguidos se hallaba Sertorio. Nombrado gobernador de
Hispania citerior, antes de poder desempeñar su cargo fue destituido
para designar un “optimate” en su lugar. Sertorio, desde la península ibé-
rica decidió enfrentarse a la Dictadura de Sila. Era el año 82 a. C.

Fig. 5. Ciudad celtibérica de Numantia, des-


truida por Escipión en el año 133 a. C.

45
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La guerra sertoriana (82-72 a. C.)


La figura misma de Sertorio ya es polémica. Para unos fue un traidor o,
simplemente, un aventurero rebelde en busca de fortuna. Otros autores,
sin embargo le retratan con tintes de caudillo y de héroe. Nuestras mejo-
res fuentes son Livio Salustio y Plutarco.
Los primeros años debieron ser duros y difíciles, como se desprende
de sus viajes en busca de ayuda en el norte africano, (Mauritania y
Tingis) y las Islas Afortunadas. En el año 80 regresó a la Península, buscó
ayuda en Lusitania pero pronto se instaló en la Hispania Citerior. No
tardó en hacerse con el apoyo indígena, controlando toda esta provincia,
excepto algunas ciudades del Levante. La obra de Sertorio quedó plas-
mada en la estabilización de un centro en Osca (Huesca), como capital,
desde donde dispuso toda una organización administrativa y militar.
Formó un Senado y unas magistraturas con exilados romanos y allí esta-
bleció una escuela donde se educaban conjuntamente a los hijos de las
familias romanas e indígenas. Organizó un ejército al modo romano con
elementos indígenas preparados.
Sertorio utilizó tanto entre los lusitanos como en los celtíberos, lazos
sagrados de vieja tradición indígena como la fides y la devotio, que exigía
una fidelidad personal al caudillo hasta la muerte.
La cuestión sertoriana en la Península proporcionó una nueva dimen-
sión tanto a las provincias como a la propia crisis romana. Por primera
vez “los provinciales” no se consideraron ajenos sino que se encontraron
inmersos y con una participación activa en los problemas de la metró-
poli. Optaron y tomaron posición en uno y otro bando.
El asentamiento y los éxitos de Sertorio en Hispania decidieron a Sila
enviar a la península ibérica en el año 79 a. C. a Q. Cecilio Metelo,
como procónsul de la Ulterior. Pero Sertorio se había hecho fuerte en
Hispania. Fue el año 77 el momento más álgido de su poder.
La conjunción de los ejércitos de Metelo y Pompeyo en el año 72 a.
C. permitió acabar con la resistencia de Sertorio.
Sin embargo no bastó la fuerza militar. Posiblemente la “Lex Plautia
de redditu Lepidanorum”, del año 73, que daba la amnistía y permitía a
los exilados recuperar su antigua posición, sería un factor definitivo para
convencer a los antiguos aliados de Sartorio. Éste se suicidó y sus parti-
darios se rindieron a Pompeyo. El sueño de Sertorio había acabado.

La guerra civil en Hispania entre César y Pompeyo (49-44 a. C.)


A partir de la segunda mitad del siglo I a. C., los acontecimientos que se
suceden en la península fueron ya un fiel reflejo de las tensiones y even-

46
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tos de la política romana. La Península estaba preparada para jugar su


papel en este periodo histórico. Son nuestras principales fuentes Apiano,
Plutarco, Dion Casio y Livio.
Pompeyo supo aprovechar su éxito en la guerra sertoriana. No sólo
sometió a los rebeldes a Roma, sino que consiguió reforzar en la penín-
sula el poder personal, político y militar que ya había alcanzado en
Sicilia, África, y Galia. Tal vez, Pompeyo aprendió la lección de Sertorio
y utilizó la fidelidad de los indígenas hispanos. Concedió la ciudadanía
romana a personas influyentes de su nobleza, atrayéndoles a su causa,
como la poderosa familia de los Balbos en Gades. Las concesiones de ciu-
dadanía de Pompeyo fueron sancionadas por la “Lex Gellia –Cornelia”.
Premió la lealtad de todas las tribus de Celtiberia que fueron recom-
pensadas con repartos de tierras, que vieron ampliados notablemente sus
territorios, contando con la protección política y militar de Roma, gra-
cias al patrocinio de Pompeyo que lograba así aumentar considerable-
mente su clientela en la Península. Esta relación entre patrono y cliente
obligaba al apoyo político y militar de los indígenas a Pompeyo, quien a
su vez, se comprometía a defender su causa en la propia metrópoli.
Cuando en la primavera del año 71, marchaba a Roma , levantó un
trofeo con su estatua en el paso pirenaico de Perthus, como símbolo del
gran poder que dejaba en ella, tanto militar, contando con 7 legiones,
como de prestigio personal, al disponer de una considerable clientela y
partidarios entre la población indígena, como nos narran Salustio y
Dion Casio. César, líder de los populares, fue quien tuvo que enfrentarse
al enorme poder que había adquirido Pompeyo.
Las ambiciones de César eran similares a las de Pompeyo. No perdió
el tiempo y aprovechó su estancia en la Península primero como cuestor
en el año 69 y después como gobernador de la provincia Ulterior en el
año 61 a. C. Desplegó su actividad y su indudable habilidad política.
Utilizó los mismos recursos que su rival en la Península para conseguir
los medios necesarios tanto materiales como humanos. Atrajo a su causa
a provinciales e indígenas, mediante relaciones de clientela, logradas tras
solucionar conflictos internos, establecer medidas fiscales y repartos de
tierra a los soldados licenciados.
Incluso alcanzó el prestigio del triunfo, (aclamado “imperator” por su
ejército), en el año 68 a. C., en una campaña militar, de pacificación en
la zona de Lusitania situada entre los ríos Tajo y Duero, en el extremo
noroccidental de la provincia, ya en territorio galaico, tomando la ciu-
dad de Brigantium (A Coruña). Esta victoria supuso la sumisión defini-
tiva de estos pueblos.

47
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César supo aprovechar el momento difícil que atravesaba Pompeyo en


abierto conflicto con el Senado. Ambos, junto con Craso, el hombre más
rico de Roma, lograron un acuerdo, en la “Conferencia de Lucca”, en el
año 56 a. C., para evitar que las tensiones entre ellos acabasen con este
pacto, repartiéndose el dominio sobre las provincias del Imperio (Primer
Triunvirato).
Tres años más tarde, el Senado dictó una ley sobre las magistraturas
que perjudicaba directamente a César y le dejaba fuera del juego polí-
tico. La respuesta de César fue contundente. Fue la península ibérica el
centro del conflicto donde cesarianos y pompeyanos tendrían que jugar
la baza decisiva para alcanzar el poder. La concentración de una gran
fuerza militar (7 legiones de Pompeyo y 6 de César) demuestran la mag-
nitud de las operaciones.
El ejército de Pompeyo estaba bajo el mando de sus tres legados: Afranio,
Petreyo y Varrón. Pero el genio militar de César consiguió que Hispania
pasara a su esfera política con pocas operaciones militares (Campaña de
Ilerda), y en un corto espacio de tiempo, entre el 49 al 47 a. C. Vencido
Pompeyo, César procedió a la total pacificación con otro tipo de acciones
convincentes, ya utilizadas: concesiones de ciudadanía, reducción de cargas
fiscales y la devolución de las riquezas confiscadas al famoso templo de
Hércules-Melqart en Gades, donando a esta ciudad el título de municipium.
Dejó dos gobernadores: Q. Casio Longino en la Ulterior y M. Lépido
en la Citerior. La mala gestión de este último predispuso sin duda a que
afloraran de nuevo las tendencias pompeyanas. Ya en el 48, Longino
sufrió una dura rebelión sofocada por la oportuna intervención de
Lépido. Fue destituido por C. Trebonio, pero el estallido de la guerra vol-
vía a aparecer, esta vez dirigidos por su hijo mayor Cneo y su hermano
Sexto Pompeyo, que encontraron considerables apoyos en la Ulterior.
Esta segunda parte de la guerra fue más dura y difícil por la enverga-
dura de los ejércitos.
Los familiares de Pompeyo lograron reunir 11 legiones, gran parte de
ellas compuestas por hispanorromanos. Además, la rivalidad entre parti-
darios de uno y otro bando se extendía incluso dentro de las ciudades.
De nuevo se impuso el genio militar de César, que venció a los pompe-
yanos en la batalla de Munda (cerca de Osuna) batalla que, aunque deci-
siva, no terminó con la resistencia de los pompeyanos. Todavía se
tardaría un tiempo someter a las ciudades, donde hubo crueles represa-
lias entre los partidarios del partido pompeyano en la Bética (Ulva,
Astigi, Corduba, Hispalis, Carteia, Gades, Urso...).
Cneo Pompeyo murió en los enfrentamientos. Sexto Pompeyo logró
refugiarse entre los indígenas celtíberos clientes de su hermano y man-

48
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tuvo su rebeldía durante un tiempo. La intervención del gobernador de


la Citerior, Lépido intentó mantener el orden en Hispania. Sólo con la
amnistía concedida por el Senado que le permitió volver a la vida polí-
tica romana, acabó con la actividad de este último pompeyano.
El periodo comprendido entre el asesinato de César (44 a. C.) y la
batalla de Actium, que consolidó en principado de Augusto en el 31 a.
C., Hispania estuvo sucesivamente bajo el control de los tres triunviros
Lépido, Marco Antonio y Octavio. A diferencia del Primer Triunvirato
no se desarrolló en la Península ninguno de los grandes enfrentamientos
entre ellos y durante este periodo, sólo los han llegado testimonios refe-
rentes a rebeliones y revueltas de lusitanos o acciones de bandidaje por
Sierra Morena, sofocadas por Asinio Polión, Domicio Calvino o el pro-
pio Lépido. Aunque éstas no debieron tener demasiada importancia,
proporcionaron que muchos de los gobernadores celebraran el triunfo
en Roma. Con la llegada de Augusto al poder como primer emperador
de Roma, tuvo lugar otro ciclo de guerras, con el que terminaría la
dominación romana en Hispania.

LA ADMINISTRACIÓN DE HISPANIA
Las primeras fronteras provinciales y administración romana
Con la llegada de Escipión se dieron los primeros pasos para la adminis-
tración del territorio. Al principio sólo tres ciudades, mantenían un
pacto que les consideraba como aliadas de Roma: Emporion, Saguntum y
Gades. El resto, cuyas gentes pronto descubrieron que no habían hecho
sino cambiar de dominador, no tenía otra consideración jurídica que la
de territorio sometido por las armas (dediticii), por lo que sus recursos
podían ser explotados y sus habitantes, como vencidos, debían pagar un
impuesto regular (tributum), al vencedor.
Tras la batalla de Ilipa, Escipión fundó el núcleo urbano de Italica
(Santiponce), donde quedaron los heridos del ejército romano en la
batalla. Esta iniciativa indicaba, entre otros interesantes aspectos, la
voluntad de Roma de permanencia en la Península. Fue el propio
Escipión quien influyó en el gobierno de Roma para que se enviasen dos
magistrados con imperium proconsular, como los primeros pretores de
las dos provincias en que se dividió el territorio hispano: L. Lentulo para
la zona al norte del Ebro (Hispania citerior) y M. Manlio Acidino, para
la región meridional (Hispania ulterior) (Fig. 6).
El pretor poseía el mando militar sobre una legión sin limitaciones
como correspondía al principal magistrado romano y cómo tal, el
máximo responsable ante el Senado de lo que sucediera en su provincia.

49
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Fig.6. Mapa de las provincias hispanas Citerior y Ulterior, con la division pos-
terior realizada por Augusto.

Más adelante, a esta rudimentaria administración se añadiría el cuestor,


encargado de la justicia y los “publicani”, que recaudaban los impuestos.
El pretor debía facilitar la labor de ambos. La misión de estos primeros
pretores se limitó a la conquista y la dominación romana, llevada a cabo
de forma sistemática, buscando sólo el sometimiento y la explotación de
los recursos de las provincias.
La capital de la provincia Ulterior fue Carthago Nova, (Cartagena), y
el Guadalquivir fue su límite nordoccidental. Corduba, fundada en el
151 a. C. por Claudio Marcelo fue la capital de la provincia Citerior,
cuyas fronteras eran más imprecisas, buscándose un accidente geográfico
significativo que pudiera delimitarlas. Abarcaba la costa levantina y el
valle del Ebro. Ambas provincias aumentaron sus territorios con el
avance de las conquistas.
Catón inició una nueva etapa en la administración de Hispania. Su
obra se caracteriza por dos notas fundamentales: sus campañas sirvieron
para definir las fronteras provinciales .En segundo lugar, impuso unas
directrices de control absoluto y de dominación que apenas variaron en
cincuentas años. Sólo en el año 182-181 a. C, el pretor Fulvio Flaco, tras

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los problemas que planteaban las tribus celtíberas en torno al Jalón, vol-
vió a establecer unas fronteras más definidas.
La cuestión de la reorganización de las fronteras, según Apiano y Tito
Livio, fue continuada por Tiberio Sempronio Graco durante los dos
años de su mandato, (180-179 a. C.), en la provincia Citerior, siendo L.
Postumio Albino, pretor en la Ulterior.
Ambos, tras una serie de campañas de pacificación, establecieron nue-
vos límites de territorio provincial, buscando accidentes geográficos: por
el suroeste, el Guadiana, desde su desembocadura hasta su curso medio,
desde aquí, el límite recorría el curso del Tajo, (al occidente de Toledo),
hasta englobar el curso alto de Duero, más hacia el norte, alcanzaba
desde Alfaro, donde fundó Calagurris, hasta los Pirineos Occidentales.
Tras las guerras celtibero-lusitanas, las fronteras de las provincias his-
panas aumentaron considerablemente, llegando por el norte hasta la cor-
dillera cántabra y el Miño. Ambas provincias estaban limitadas por una
línea divisoria que iba desde León a Cartagena, cortando diagonalmente
la península. Ocho años más tarde, en el 123 a. C, según Estrabón, con
el pretexto de acabar con el núcleo de piratas asentados en las Baleares,
el cónsul Cecilio Melelo conquistó las islas sin demasiadas dificultades.

Fig. 7. Un ejemplo de los bronces hispanos: la Tabla de Contrebia (Tabula


Contrebiensis ). Texto de carácter legal, procedente de Botorrita (Zaragoza),
antigua Contrebia Belaisca , en el que se resuelve un litigio referente a la com-
pra de un terreno perteneciente a los sosinestanos por los salluienses, a lo que
se oponen los allovanenses. El texto expone el dictamen de la autoridad
romana. Año 87 a. C.

51
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Fundó dos poblaciones: Palma y Pollentia, donde asentó a 3000 vetera-


nos, repartiendo entre ellos lotes de tierras. Baleares pasó a formar parte
de la provincia Citerior (Fig. 7).

Control y asentamiento de Roma


El progresivo incremento de estos asentamientos y relaciones con estos
indígenas obligó a Roma a controlarlos mediante la creación de núcleos
urbano que fueron elementos integradores de administración y de la
romanización. Estos núcleos más avanzados se encontraron en los valles
del Ebro y del Guadalquivir, Levante y Baleares.
Estos centros abarcaban poblaciones de distinta condición, algunos
como lugares militares y de defensa que se relacionarían con las comuni-
dades del territorio y con el tiempo, se convertirían en núcleos urbanos
(oppida, castra, castella), como Castra Cecilia, Castra Liciniana o Castra
Aelia.
La fundación de colonias como el asentamiento de colonos y el con-
trol de un territorio. Destaca la temprana fundación de las colonias de
Carteia, descrita por Livio y de Italica en el año 206. Pertenecen también
a esta época temprana las ya citadas Corduba, Pollentia y Palma. A estas
añadamos las ciudades de Valentia, Ilerda y las fundadas por Sempronio
Graco: Grachurris e Illiturgi. Finalmente, Bruttobriga, Metellinum,
Munda (Montilla) y Pompaelo en el 71 a. C.
Desde la mitad del siglo II a. C., fueron varios los factores que inci-
dieron en el establecimiento romano en Hispania. Tal vez el factor prin-
cipal sea el ejército. Gabba señaló que los 20 años que duraron las
guerras celtibero-lusitanas tuvieron consecuencias muy interesantes. Tan
largo tiempo propició una situación excepcional para el establecimiento
romano.
Como señalaba J. M. Roldán, las consecuencias de su larga y continua
permanencia, las necesidades de sus desplazamientos y comunicación, y
la instalación de los licenciados, “veterani” que, como colonos agrícolas,
crearon nuevos núcleos urbanos. Aunque muchos de estos estableci-
mientos no alcanzaran el rango de colonia, aportaron decisivos factores
de romanización, ya que buscarían formar poblaciones similares a las de
su procedencia romano-itálica.
No sólo se fueron asentamientos de origen militar. Muchos campesi-
nos ítalo-romanos se instalaron en los valles del Ebro y Guadalquivir.
La actividad económica de senadores y caballeros encontró en la
Península nuevos mercados y cauces para conseguir beneficios, como la
explotación de las minas, la apertura de nuevos establecimientos comer-
ciales y el aprovechamiento de otros recursos. Los “publicanii” hallaron

52
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un nuevo campo con el lucro del cobro de los tributos. Todo ello tuvo
como consecuencia la apertura de importantes vías de colonización y
relación con los indígenas.

La obra de César
Es tradicional considerar las fases del asentamiento romano en la
Península en dos periodos diferenciados: el anterior y el posterior a
César, porque su política en Hispania marca un profundo avance en la
incorporación de la Península a la romanización. Sus medidas tuvieron
como fin más inmediato el total sometimiento de la provincia Ulterior,
con una serie de disposiciones favorables para quienes fueron leales, con
la consiguiente represión y castigo a sus enemigos vencidos5.
Concesiones de ciudadanía, fundaciones coloniales, reformas y repar-
tos agrarios, medidas fiscales y administrativas contribuyeron a conse-
guir cambios sustanciales y al desarrollo de la organización municipal.
Concedió asignaciones de tierras a sus veteranos y a elementos proce-
dentes del proletariado romano urbano, permanente foco de conflictos
en Roma.
El resultado fueron unos asentamientos, donde romano-itálicos se
mezclaron con las promociones de gentes autóctonas. Con ello no sólo
se lograba crear una considerable infraestructura administrativa y
urbana, necesaria para su organización y control, sino que contribuía a
expandir entre los indígenas la cultura y los modos de vida romanos, sin
olvidar que, a la vez, creaba para sí las relaciones cliente-patrono que ase-
guraban su poder político en la Península .
Algunos de los centros son colonias de nueva creación: Scallabis
(Santarem), Hispalis, (Sevilla), Urso (Osuna), Hasta Regia (en Jerez de la
Frontera), Ucubi (Espejo), Itucci (En Baena). La colonización, en su
estricto sentido no alcanzó su importancia y extensión hasta que César
sentó las bases para su desarrollo en el Imperio.
Otros núcleos urbanos adquirieron el rango de colonia como
Metellinum, fundada por Cecilio Metello, Carthago Nova, Tarraco y
Celsa (Velilla del Ebro). Se trataba de donación de tierras, ventajas fisca-
les y sobre todo, jurídicas, como las ciudadanías latina y romana. Si no
por su originalidad, la obra de César supera la de sus antecesores por su
mayor apertura y, sobre todo, por la genialidad de su visión política. Es
muy posible que Julio César utilizara los modelos ya iniciados por
Pompeyo, e incluso anteriormente por Sertorio, en su política de capta-

5
Dio Cassio 43, 39,5.

53
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ción del elemento indígena para su causa, ofreciendo a cambio unos


beneficios para cuyo disfrute exigía necesariamente la adaptación e inte-
gración en el “mundo romano”.
Su obra podía definirse como uno de los pasos más decisivos hacia la
consolidación del asentamiento social y administrativo romano.

54
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LAS GUERRAS CÁNTABRAS Y LA REORGANIZACIÓN


DEL NORTE DE HISPANIA: FUENTES LITERARIAS,
EPIGRAFÍA Y ARQUEOLOGÍA1
Isabel Rodà
Universitat Autònoma de Barcelona

Hasta hace no demasiados años, dependíamos en gran parte de las fuen-


tes literarias para asomarnos a la realidad histórica de las guerras astur-
cántabras; principalmente, Floro y Orosio que derivan de una misma
fuente, Livio, y, por otro lado, Casio Dión que sigue una tradición
diversa.
En los últimos decenios, la arqueología y la epigrafía han aumentado
de una manera espectacular los datos disponibles y, con ello, podemos
esbozar una síntesis más certera de los acontecimientos.
Punto de partida esencial para la renovación del enfoque, lo consti-
tuyó la celebración en Lugo en el año 1996 del Congreso Los orígenes de
la ciudad en el noroeste hispánico con sus dos volúmenes de Actas publi-
cados puntualmente en 1998.
Con anterioridad, en 1968, para celebrar el XIX centenario del esta-
blecimiento de la legio VII Gemina en León, fecha que por aquel enton-
ces se tenía como la fundacional de la ciudad, se organizó otro congreso
señero: Legio VII Gemina, cuyo volumen de Actas apareció en 1970,
siendo especialmente ilustrativo para el tema que aquí nos ocupa el artí-
culo de R. Syme. En 1981, el libro de A. Tranoy planteaba un buen
estado de la cuestión en lo referente al marco geográfico, al poblamiento
y a la fase de conquista. Al año siguiente, 1982, P. Le Roux dedicaba la
primera parte de su obra a la conquista, aunque en aquella fecha todavía
no se tenían los datos actuales sobre la fase fundacional de los diversos
núcleos urbanos. En 1983 la revista Lancia dedicó monográficamente su
primer número a Cántabros y astures: bimilenario de las guerras cántabras
y astures.
Dentro del horizonte que nos presenta el cuadrante NW peninsular,
parece definitivamente establecido que el territorio de los galaicos hasta
la cuenca del río Miño (en la Galicia actual) había sido pacificado con
anterioridad a las guerras del 26-19 a. C. mediante diversas campañas.
La primera, capitaneada por D. Iunius Brutus después de la muerte de

1
v. la introducción de I. Rodà en Anejos de Gladius 2006.

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Viriato (139-136 a. C.), y la última protagonizada en el 61 a. C. por C.


Iulius Caesar. La situación se explica por la ubicación del litoral galaico,
puente entre la costa lusitana y la de las islas Casitérides, dentro de la
milenaria ruta atlántica en pos del estaño, mineral existente también en
las tierras de Galicia. A partir de este momento los contactos del área con
Roma son más fluidos y se transparenta su influencia, por ejemplo, en el
trazado urbanístico de los castros, como en la “citânia” de Briteiros
(Guimarães, Portugal).
Esta etapa de la conquista romana de Hispania no ha despertado, sin
embargo, un interés paragonable al que los historiadores han dedicado a
las guerras emprendidas en tiempos del emperador Augusto.
En efecto, en el espacio de tiempo transcurrido entre César y Augusto
continuaron siendo necesarias intervenciones militares en la península
ibérica. Citemos sólo que entre el 36 y el 26 a. C. los Fasti Triumphales
recogen una lista de seis triumphatores ex Hispania, dos de ellos patronos
de la ciudad de Emporiae: Cn. Domitius Calvinus y Ap. Claudius Pulcher.
A este respecto, queremos destacar la novedad de los hallazgos de
Andagoste (Álava) que han permitido detectar un asentamiento, o
campo de batalla quizá, de los años 40-30 a. C., documentando una
zona de actuación anterior a las guerras cántabras.
Pero en Hispania, astures y cántabros continuaban hostigando y en la
Galia, Messalla Corvinus tuvo que sofocar una revuelta de los aquitanos
en los años 28-27 a. C. Por ello ha sido muy interesante la visión que
permite abarcar de modo global los acontecimientos históricos no sólo
en la zona hispana sino también en la aquitana: el golfo de Vizcaya y la
cornisa cantábrica se comprenden mejor cuando se observan en su con-
junto. Es lo que se ha hecho, y muy positivamente, en el reciente
Congreso celebrado en septiembre del 2003 en Saintes, L’Aquitaine et
l’Hispanie septentrionale à l’époque julio-claudienne. Organisation et
exploitation des espaces provinciaux cuyas Actas se han publicado en
diciembre de 2005.
Por ello, Augusto decidió en el año 27 a. C., después de la repartición
de las provincias hispánicas entre el Senado y el emperador, emprender
la pacificación definitiva de la zona conflictiva del Cantábrico y el golfo
de Vizcaya, dentro de una planificación global de estabilización del
Imperio.
El triunfo sobre los reductos hostiles en la provincia imperial de
Hispania citerior, proporcionaría a Augusto un elemento para acrecentar
su prestigio personal y garantizar el suministro de materias primas y la
seguridad de las fuentes de aprovisionamiento.

56
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En los años 26-25 a. C., Augusto se traslada personalmente a


Hispania. Esta fase de las guerras tuvo como escenarios principales la
toma del mons Medullius (22 a. C.?) y de la ciudad de Lancia. Las narra-
ciones de Floro (II, 33) y de Orosio (adv. Pag. VI, 21) coinciden en la
narración y sucesión de los hechos, pero la interpretación histórica dio
un nuevo giro con las puntualizaciones de R. Syme, quien situó el mons
Medullius en El Bierzo y no ya a orillas del Miño.
El emplazamiento del mons Medullius ha sido objeto de un largo
debate y se ha pretendido también su identificación con el yacimiento
aurífero de Las Médulas no sólo por la semejanza de los topónimos, que
puede explicarse de otro modo, sino por su proximidad con el Sil; pero
Las Médulas parece que tuvo siempre el carácter de un yacimiento aurí-
fero... Otro problema es cómo entender el río Minus de Floro y Orosio:
si el curso alto del Miño o bien el curso del Sil, antes de su confluencia
con el Miño, que pudo haber remontado Carisius para la toma de
Lancia. Por nuestra parte, nos inclinaríamos por la identificación del
Minus con la cuenca del Sil, teniendo en cuenta, además, que puede ser
fácilmente explicable una confusión entre el Sil y el curso alto del Miño;
¿y el mons Medullius?, nos atreveríamos a intentar ubicarlo en la sierra de
O Caurel, entre Lugo y la parte oeste de El Bierzo, territorio de los
Lougei y lugar de hallazgo de dos tabulae a las que nos referiremos más
adelante. Queremos tan sólo dejar el interrogante sobre la mesa y espe-
rar las opiniones de los arqueólogos conocedores de la zona.
Si tenemos en cuenta esta posibilidad, podemos pensar que los acon-
tecimientos se desarrollaron según el orden indicado por Floro y Orosio:
caída primero de la ciudad de Lancia el 25 a. C., con lo que se darían ofi-
cialmente por acabadas las guerras cántabras.
Augusto quiso premiar a sus veteranos de las legiones V y X estable-
ciéndolos en un nuevo núcleo urbano que llevaría el significativo nom-
bre de Augusta Emerita (Mérida). La fecha fundacional de esta ciudad en
el 25 a. C. está confirmada por la arqueología, siendo diversas las ins-
cripciones que se datan a partir del año de la colonia2.
Con todo este trasfondo, se produjo una cadena de conmemoraciones
de aniversarios de la fundación de ciudades romanas a mediados de los
años 70 del siglo XX. Recordemos dos congresos muy significativos: el
Coloquio Internacional sobre el bimilenario de Lugo (1976), cuyas Actas se
publicaron en Lugo en 1977, y el Symposion de ciudades augusteas para

2
LIV, 23, 7 y 25,1.

57
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celebrar el bimilenario de Zaragoza (1976) con dos volúmenes de Actas


publicados el mismo año.
Incluso en 1974 se festejó el bimilenario del acueducto de Segovia en
el que A. Blanco Freijeiro propuso ya una posible restitución de la ins-
cripción broncínea como referente a Trajano, hipótesis que se ha visto
corroborada por los últimos trabajos de G. Alföldy.
Diversos fueron, pues, los bimilenarios celebrados con excesiva ante-
lación ya que la arqueología y la epigrafía de los tres últimos decenios
han venido confirmando la fecha fundacional de muchas ciudades a par-
tir del 19 a. C. Esta fecha viene a coincidir con la de la segunda estancia
de Augusto en Tarraco (16-13 a. C.), momento en el que Casio Dión
nos dice que hizo fundar muchas ciudades2.
Entre los hallazgos epigráficos más destacados cabría señalar la tabla
broncínea conocida como decreto de El Bierzo, que atestigua en el año
15 a. C. la existencia de una provincia Transduriana, en el sentido de las
tierras al norte del Duero, que puede ponerse en relación con los prime-
ros ensayos de reorganización provincial en los que se puede recordar
que se adscribió a galaicos y a astures primero a dos provincias distintas,
integrándose más tarde ambos pueblos en la Hispania citerior.
Comprobamos una vez más que fue después de acabadas las guerras
cántabras de manera expeditiva y efectiva por Agripa en el 19 a. C.,
cuando se gestaron y se ensayaron las soluciones posibles para la vertebra-
ción del territorio. Y quienes materializaron los proyectos fueron los com-
ponentes de las tres legiones que habían intervenido en la contienda: la IV
Macedonica, la VI victrix y la X gemina, unidades a las que se ha dedicado
una notable atención en los trabajos de investigación del último decenio,
recopilando su impronta en los trabajos viarios y urbanos, además de los
excelentes resultados llevados a cabo en sus campamentos. Los principa-
les parecen ya definitivamente ubicados en Pisoraca (Herrera de
Pisuerga), para la IV, Legio (León), para la VI, y Asturica (Astorga), para
la X, antes de asentarse posteriormente esta última en Petauonium
(Rosinos de Vidriales); por otra parte, el descubrimiento de una marca de
la legión VI en Lugo abre la posibilidad de una vexillatio en esta ciudad.
De esta manera, primero los astures y los cántabros en una última
etapa (19 a. C.) quedaron sometidos al gobierno de Roma. Así quedó
bien explicitado en dos magnas exposiciones sucesivas: Astures. Pueblos y
culturas en la frontera del Imperio romano, Presentada en diferentes sedes
de Gijón en 1995, y Cántabros. La génesis de un pueblo exhibida en
Santillana del Mar en 1999. También la exposición Lucus Augusti, urbs
romana. Los orígenes de la ciudad de Lugo (Lugo, 1995) presenta intere-
santes aportaciones al respecto.

58
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Con todo este proceso, la propaganda para enaltecer la figura de


Augusto quedaba asegurada y el propio emperador lo hizo recordar de
este modo en el capítulo 29 de sus Res Gestae, siendo diversos los autores
que, como Estrabón (III, 4, 17) dan testimonio de la tenaz y heroica
resistencia de los cántabros.
Dentro de este marco de exaltación de las victorias imperiales, cabe traer
a colación los dos trofeos urbanos de época augustea erigidos para conme-
morar el sometimiento de los pueblos indígenas. Nos referimos al trofeo
de Saint-Bertrand-de-Comminges, hecho en mármol pirenaico de Saint-
Béat, y cuyas figuras representan galos e hispanos vencidos, ya que no
podemos olvidar las revueltas que aquitanos y astur-cántabros llevaron a
cabo simultáneamente y que provocaron las duras intervenciones de Roma
y la radical y expeditiva presencia personal de Agripa en estos escenarios.
Por otra parte, la magnífica investigación que se lleva a cabo en el
Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, ha permitido una vez más
sacar a la luz unas sorprendentes piezas inéditas, asimismo de mármol3.
Se trata de tres cabezas de bárbaros, uno de los cuales con un torques al
cuello; el tamaño permite imaginar un monumento de dimensiones
colosales que estaría colocado en el recinto del foro en época de Augusto.
Pero, con todo, resulta fácil comprender que la planificación del
ambicioso y vasto programa de reorganización de buena parte de la
península ibérica no cuadrara ni quedara perfectamente definido a la
primera y que, una vez más, se haga realidad la ley del ensayo y del error,
con un denominador común sin embargo: el enaltecimiento y propa-
ganda de la figura de Augusto.
Para ello, y como ya hemos mencionado, los hallazgos epigráficos y las
investigaciones arqueológicas han arrojado y continúan arrojando nueva
luz. Así el decreto de El Bierzo y la segunda tabula de O Caurel que,
aunque hallada en circunstancias imprecisas, menciona la ciuitas
Lougeiorum ex gente Asturum conventus Arae Augustae. El mismo nombre
de Ara Augusta implica un alto valor simbólico y propagandístico para
una etapa inicial de la reestructuración del noroeste peninsular, a pesar
de que, por ahora, se nos escape la exacta ubicación de la capital, la
demarcación y el carácter de dicho convento, anterior a los jurídicos que
conocemos. Aunque sugerente, es hoy por hoy tan sólo una hipótesis, la
propuesta de situación de la capital del convento araugustano en Noega,

3
Falta determinar la procedencia exacta de dicho mármol, aunque lo más proba-
ble es que las esculturas se labraran en mármol lusitano de Estremoz.

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Fig. 1. Edicto del Bierzo (tessera Paemeiobrigensis) (Fotografía: Museo de


León).

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Fig. 2. Tabula Lougeiorum (A. Rodríguez Colmenero, 1996).

aún teniendo en cuenta la importancia de los hallazgos de la Campa


Torres (Gijón).
En cambio, consideramos que se ha puesto en relación con acierto
este convento con las arae Sestianae como testimonio de estos primeros
ensayos de organización en el recién conquistado noroeste hispánico. De
esta manera, C. Fernández Ochoa y A. Morillo proponen la ubicación
de dichas aras en la zona del Finisterre galaico y sitúan asimismo tam-
bién en Galicia-Asturia la demarcación del conuentus Arae Augustae.
Lejos de considerar las tablas de bronce de los Lougei y de El Bierzo
como documentos no auténticos, estamos convencidos por nuestra parte
de que se trata de los retazos de un primer intento de estructuración
administrativa, rápidamente suplantada por la organización estable y
tradicional que conocemos (Fig. 1 y 2).

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Paralelamente a los hallazgos epigráficos, se han ido multiplicando las


excavaciones arqueológicas. Una buena síntesis de los avances en arque-
ología militar lo proporcionan A. Morillo y V. García Marcos en 2000,
y las numerosas contribuciones puntuales pueden comprobarse princi-
palmente en cinco reuniones internacionales, además del Congreso de
Lugo del año 1996 mencionado más arriba: I Congreso de arqueología
militar romana en Hispania (1998), Madrid 2002, Les légions de Rome
sous le Haut-Empire (Lyon 1998), Lyon 2000, Limes XVIII. Proceedings of
the XVIIIth Internacional Congress of Roman Frontier Studies (2000),
Amman, 2000, Arqueología militar romana en Europa-Roman military
archaeology in Europe, II Congreso de arqueología militar en Hispania
(2004), cuyas Actas se hallan en prensa.
Como recordábamos, parece ya definitivamente establecida la fase
campamental de las ciudades de León y Astorga. En León se han podido
detectar ya no una sino dos fases anteriores a la instalación de la legio VII
gemina, la primera correspondiente al cambio de Era, desmantelada y
reconstruida en época tiberiana (15/20 d. C.). Los materiales hallados
corresponden a la legio VI victrix.
Respecto a Asturica Augusta, las investigaciones de los últimos quince
años han permitido elaborar un panorama totalmente renovado de la
trama urbana que va siendo mejor conocida día a día. Ha podido
demostrarse la existencia del campamento de la legio X gemina entre los
años 15-10 a. C./15-20 d. C.; su duración fue relativamente breve a
causa de su posterior transformación en ciudad debido muy probable-
mente a la intensificación de las explotaciones auríferas.
Por su parte, el campamento de Rosinos de Vidriales, largamente
estudiado, parece tener su inicio en la época de la remodelación de
Astorga como ciudad, momento en el que la legión X se instalaría en el
campamento estable de Rosinos. La situación es verosímil, aunque la
prudencia es buena consejera en este caso y debe imaginarse una cierta
fase de coexistencia.
Mientras, la zona cántabra fue confiada a la legio IIII Macedonica que
estaría establecida en Herrera de Pisuerga (Palencia) donde se docu-
menta un asentamiento militar ex novo, fechado en los años 20-15 a. C.,
sito en un lugar estratégico, punto de comunicación entre la Meseta y el
Cantábrico. Tanto la dispersión de los hallazgos en múltiples sectores
como la distribución de los hitos de los prata legionis, delimitan un
amplio territorio en el que todavía lo que peor se conoce son las canabae.
Cabe ir precisando también la relación con la ciudad de Iuliobriga en la
que los materiales no parecen remontarse más allá del periodo tardoau-
gusteo o tiberiano.

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Por otra parte, se han ido detectando nuevos campamentos en relación


con las guerras cántabras de los que se ha dado cuenta puntualmente en
los dos Congresos que sobre arqueología militar se han organizado en
España y a los que nos hemos referido unos párrafos más arriba.
Este sería, en una síntesis muy breve, el estado actual de los aconteci-
mientos respecto a la ubicación de las tres legiones que intervinieron en
la fase final de las guerras cántabras. Agripa se sirvió de ellas para una
rápida victoria final en el 19 a. C., pero, una vez conseguido el objetivo,
las puso a trabajar intensamente en la urbanización y remodelación de
todo el norte peninsular. De esta manera, el papel del ejército, terminada
la intervención bélica, se desarrolló como eficaz instrumento de la orga-
nización romana tanto en lo referente a la consolidación de nuevos
núcleos urbanos según el modelo romano, como para la potenciación
del hábitat en castros en aquellas zonas que así lo requerían.
Hemos de tener en cuenta la labor llevada a cabo por el ejército en el
terreno de la sistematización del aparato administrativo en sus diversas
vertientes y también en la activación económica de la zona: el dina-
mismo de las explotaciones auríferas, por ejemplo, no podría explicarse
sin la aportación de los cuerpos e ingenieros militares. La mano de obra
sería en su mayor parte indígena, pero de condición libre y no esclava.
La municipalización y la reestructuración de la red viaria fueron ele-
mentos clave del nuevo panorama del norte peninsular ideado por
Agripa inmediatamente después de acabadas las hostilidades. Dentro de
este marco se procedió a promocionar la integración de los supervivien-
tes y se alentó, por ejemplo, una de las tradiciones más arraigadas entre
los pueblos hispanos: la de los pactos de hospitalidad, como hemos visto
que sucedió en la nueva tessera de los Lougei.
Hemos de recordar la función del ejército como medio de promoción
personal: los cuerpos auxiliares de cántabros, astures, galaicos y lucenses
lo atestiguan. Mencionemos tan sólo una inscripción muy significativa:
la estela de Bonn fechada a mediados del siglo I d. C., correspondiente a
la tumba de Pintaius, Astur Transmontanus y signifer cohortis V Asturum,
y también recordemos el diploma de Montana (Bulgaria) que alude a las
cohortes I Cantabrorum y II Lucensium.
Un epígrafe de un municipio de la costa mediterránea, Iluro (Mataró),
nos documenta el cargo en época augustea de praefectus Asturiae. Se trata
de la placa del magistrado municipal Marcio Optato que ejerció funcio-
nes en Tarraco y en Iluro donde fue IIvir quinquennalis primus, es decir
que debió realizar el primer censo ciudadano. Aunque Iluro existía ya a
mediados del siglo I a. C., según demuestran las excavaciones arqueoló-
gicas, en época augustea debió ver reformado su estatuto. Marcio

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Optato, después del ejercicio del duunvirato, fue promocionado al rango


ecuestre mediante la obtención de la praefectura Asturiae que nos queda,
consecuentemente, fechada también en tiempos del emperador Augusto.
Pero no fue sólo a las zonas protagonistas del conflicto a las que Roma
prestó atención después del 19 a. C., sino que la remodelación afectó a
todo el norte peninsular y las legiones IV, VI y X tuvieron de nuevo un
papel primordial.
Por la numismática sabíamos que éstas fueron las tres legiones funda-
doras de Caesaraugusta (Zaragoza), aspecto que se ha visto corroborado
por las marcas legionarias en los sillares del área del puerto fluvial del
Ebro, bajo la actual plaza de San Bruno. También las excavaciones urba-
nas están demostrando que la fase fundacional de la colonia corresponde
a los años posteriores a la finalización de la segunda fase de las guerras
cántabras.
La reciente reconsideración de una inscripción perdida y clasificada
por E. Hübner entre las falsae, ha venido a recuperar otro documento
que atestigua la relación directa entre Caesaraugusta y Agripa. Publicada
en CIL II 255*, M. Navarro ha reivindicado este texto como auténtico y
en él se cita a Marco Vipsanio Agripa como comitente del recinto amu-
rallado cesaraugustano cuando Augusto era ya pater patriae, título que
obtuvo en el 2 a. C.
Este dato situaría la inscripción en una fecha posterior a la muerte de
Agripa, pero ello no es óbice para descartar la autenticidad del texto, que
nos parece muy probable, a pesar de las peculiaridades en la presentación
de la titulatura de Augusto.
Si sumamos esta inscripción a los documentos que sobre Agripa tene-
mos en la península ibérica, podemos traer a colación que, dentro de las
últimas emisiones numismáticas de Caesaraugusta del reinado de
Calígula, Agripa cuenta con sendas monedas, junto a las de otras de
miembros de la familia julio-claudia.
El carácter propagandístico tan transparente del mismo nombre de
Caesaraugusta sigue la tónica iniciada en el norte peninsular con el con-
ventus Arae Augustae. Recordemos sólo de paso que las tres capitales nor-
teñas se denominan respectivamente Bracara Augusta, Asturica Augusta y
Lucus Augusti. La exaltación de la figura del emperador continuaba que-
dando, pues, garantizada y constituyendo una de las líneas básicas de
toda la organización territorial.
Otra ciudad se fundó en el cuadrante noreste en los mismos años en
los que cobraba forma la Zaragoza romana: la colonia Iulia Augusta
Faventia Paterna Barcino. Las excavaciones han puesto de manifiesto la
sincronía de los materiales, los parcelarios y también la epigrafía han

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Fig. 3. Moneda conmemorativa de la fundación de Caesaraugusta, con las mar-


cas de las legiones IV Macedonica, VI victrix y X gemina (RPC 346)
(Fotografía: M. Gómez Barreiro).

brindado su aportación; quisiéramos recordar únicamente el miliario de


los años 9-7 a. C. hallado en el interior de la muralla romana y que debía
corresponder a una señalización próxima a los accesos a la ciudad por la
Vía Augusta.
No tenemos constancia de que Barcino fuera construida por compo-
nentes de las legiones IV, VI y X. Es muy probable pero no lo sabemos
con absoluta certeza; podemos suponerlo por la lápida funeraria de un
veterano que sirvió en la legio II[—-], pero la inscripción está incompleta
(IRC IV, 47) (Fig. 3). Sería muy tentador reconstruir legio IIII, teniendo
en cuenta, además, que los años de servicio del personaje tuvieron que
coincidir con los primeros del Imperio.
Pero, por ahora, el dato más sólido de la presencia cercana a Barcino
continúan siendo las marcas de los sillares del Puente del Diablo
(Martorell-Castellbisbal) (Fig. 4), pero el contexto histórico resulta
coherente para ver cómo, dentro de un mismo proyecto augusteo, se
organiza todo el norte de la península ibérica, tanto en su cuadrante
noroeste como nordeste. Se ubican unas estratégicas ciudades en puntos
de control territorial y se las dota de una red viaria remozada y válida. Al
mencionado puente, nudo de comunicación esencial dentro del trazado
de la Vía Augusta y punto de confluencia entre el itinerario republicano
del interior y el augusteo por la costa, podemos añadir los miliarios de
Navarra y Zaragoza para comunicar Pompelo y Caesaraugusta, que atesti-

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Fig. 4. Marca L. VI (legio VI victrix) en un sillar del Puente de Martorell,


situado junto a la colonia Barcino (Fotografía: I. Rodá).

guan también la intervención de las tres unidades legionarias en los tra-


bajos viarios en el decenio anterior al cambio de Era.
Agripa puso de esta manera en marcha un enorme proyecto inmedia-
tamente después de la fase de conquista. Dicho proyecto pasó por una
etapa de reajustes, que vamos conociendo gracias a las inscripciones,
pero que tomó su forma definitiva con Augusto para continuar bajo el
reinado de Tiberio. Una rápida victoria es la que se consiguió en el 19 a.
C., pero la paz estable se obtuvo mediante una obra completa de muni-
cipalización que comprendía no sólo los núcleos urbanos, la distribución
estratégica de los campamentos legionarios y las redes viarias, sino tam-
bién la conformación del nuevo marco administrativo, la integración
social de los estamentos indígenas y la implantación de nuevos y más
productivos sistemas de explotación del territorio. En este último
aspecto los recursos auríferos constituyeron un objetivo prioritario.
Al final de los años de enfrentamientos y de resistencia, la obra civili-
zadora de Roma consiguió entrar en otra de asimilación con sólidas
estructuras físicas, jurídicas y económicas. Para llevar a cabo las primeras,
el ejército fue sin duda una pieza clave; actuó también, con su cuadro de
técnicos, como ejecutor y garante de las segundas y las terceras.

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LA ARQUEOLOGÍA MILITAR ROMANA REPUBLICANA EN


ESPAÑA: ARMAS, CAMPAMENTOS Y CAMPOS DE
BATALLA. PANORAMA DE LA INVESTIGACIÓN RECIENTE
Eduardo Kavanagh del Prado - Fernando Quesada Sanz
Universidad Autónoma de Madrid

YACIMIENTOS “CLÁSICOS” PARA EL ESTUDIO DEL EJÉRCITO Y ARMAMENTO ROMANO


REPUBLICANO: REVISIÓN DE ANTIGUOS HALLAZGOS E INVESTIGACIÓN MODERNA

La aqueología del ejército romano de la República ha tenido tradicional-


mente en Hispania una de sus más importantes fuentes de información.
Los trabajos de Adolf Schulten, muy a principios del siglo XX, sobre los
campamentos romanos de las guerras numantinas (154-133 a. C.), y en
particular del asedio escipiónico de 133 a. C., así como de otros campa-
mentos republicanos en Hispania, proporcionaron algunas de las más
importantes series de datos sobre la estructura del campamento ‘polibiá-
nico’. Del mismo modo, las armas halladas por Schulten fueron funda-
mentales en la discusión sobre el origen y desarrollo del pilum y otras
armas romanas. Los trabajos –también muy a principios del siglo XX- de
A. Engel y P. Paris sobre Osuna dieron a conocer importantes datos
sobre las armas y batallas de época de las guerras civiles de la República,
del mismo modo que el estudio de Paulsen de 1930 sobre el campa-
mento de época Sertoriana de Cáceres el Viejo amplió los conocimien-
tos sobre las fortificaciones campamentales republicanas. Algunos
trabajos breves dieron a conocer a la comunidad científica internacional
importantes hallazgos hispanos, como la catapulta romana de Ampurias,
republicada por S. Reinach en 1914.
Sin embargo, desde la década de los años treinta del siglo pasado el
interés sobre la arqueología militar republicana en Hispania languideció.
Sólo algunos trabajos aislados posteriores trataron estos temas, como el
ya relativamente reciente estudio de G. Ulbert sobre Caceres el Viejo, o
algunos estudios generales de A. García y Bellido, estos últimos centra-
dos sobre todo ya en problemas del Alto Imperio.
Desde aproximadamente 1990, sin embargo, se ha producido una
importantísima reactivación de los estudios sobre arqueología militar
romana en Hispania, en general, con nuevas aportaciones sobre el
periodo republicano en particular que afectan a muy diversos aspectos.

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En primer lugar, se han reestudiado los materiales de las excavaciones


“clásicas” de Schulten en Numancia, a cargo de M. Luik, utilizando toda
la bibliografía reciente y poniendo al día buena parte de los conocimien-
tos sobre la evolución de las armas romanas en el siglo II a. C.; el trabajo
es tan reciente, sin embargo (2002) que todavía no ha alcanzado las
obras generales de síntesis. Al tiempo, la reactivación de los trabajos en
el yacimiento de Numantia y su entorno ha reavivado el interés sobre las
excavaciones de Schulten en los campamentos, y en estos años se viene
desarrollando Proyectos de Investigación sobre los mismos a cargo de A.
Jimeno y F. Morales, además de otros de Breuer, Luik y Müller, que, sin
alterar en lo sustancial la reconstrucción de Schulten sobre el trazado del
cerco, sí que modifican la clasificación de varios “campamentos” redu-
ciéndolos a “fuertes” y alteran tramos del trazado. No parece que La Rasa
pueda incorporarse a las obras del cerco escipiónico, y en cambio se
añade el de Peña del Judío. Estos trabajos podrán modificar o confirmar
pronto parte de las conclusiones alcanzadas en la Tesis Doctoral reciente
de M. J. Dobson. Por otra parte, estudios parciales, la mayoría muy
recientes, sobre las monedas y cerámicas de los campamentos, a cargo de
M. V. Romero, E. Sanmartí y otros, vienen ayudando a modificar y
matizar algunas de las conclusiones de Schulten. Entre otras cosas,
parece probada la fecha escipiónica de los niveles inferiores de la Gran
Atalaya de Renieblas, independiente y anterior a la reocupación del lugar
en época sertoriana, que también parece confirmarse. Como se aprecia,
en los próximos años pueden producirse cambios sustanciales en nuestra
comprensión del asedio de Numancia.
Los viejos hallazgos de armas de Osuna, de época cesariana y pompe-
yana, han sido reestudiados muy recientemente por S. Sievers, ponién-
dolos en relación con los hallazgos contemporáneos de Alesia y poniendo
al día las observaciones de P. Paris y A. Engel, así como las posteriores de
R. Corzo. La identificación de un gladius hispaniensis y el nuevo estudio
del importante conjunto de armas arrojadizas son particularmente inte-
resantes. Por otro lado, el reciente trabajo de J. Salas Álvarez coloca el
conjunto de hallazgos en su contexto histórico e historiográfico.
Igualmente, al trabajo ya relativamente antiguo de Ulbert sobre el
campamento de época sertoriana de Cáceres el Viejo se añaden otros,
como la –discutible– propuesta de Dietz para la identificación de una
curiosa pieza articulada como parte de un molde para la fabricación de
grebas; si fuera cierto, se trataría de una de las muy escasas evidencias
sobre la fabricación de armamento en campaña en época republicana. Al
igual que en Numancia, se desarrolla en el yacimiento un nuevo

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Proyecto financiado con fondos europeos que incluye la puesta en valor


del yacimiento, y se planea la realización de nuevas excavaciones.

CONGRESOS ESPECÍFICOS SOBRE ARQUEOLOGÍA MILITAR ROMANA

Junto a estos trabajos de reexcavación de materiales de museos y renova-


ción de los trabajos de campo en yacimientos “clásicos”, reviste particu-
lar importancia la celebración de congresos y reuniones científicas
dedicados específicamente a la arqueología militar romana. El I Congreso
de Arqueología Militar Romana en Hispania, celebrado en Segovia en
1998 y dirigido por Angel Morillo, produjo en 2002 la publicación de
unas voluminosas Actas con una cincuentena de trabajos; sin embargo,
sólo cinco tienen relevancia para la arqueología de época republicana,
junto con otros tres con un enfoque centrado en el estudio de fuentes
literarias. El II Congreso, celebrado en León en Octubre de 2004, tam-
bién bajo la dirección de A. Morillo (actas en prensa) con el tema espe-
cífico de ‘Producción y abastecimiento en el ámbito militar’ además del
área general, ha presentado importantes aportaciones, aunque escasas en
número, al periodo republicano.
El Congreso de Arqueología Militar Romana en Europa coordinado por
Cesáreo Pérez González y Emilio Illarregui y celebrado también en
Segovia en julio de 2001 repite el patrón de aportaciones importantes
sobre el periodo imperial pero escasez de trabajos específicos sobre época
republicana.
En cambio, el coloquio Defensa y Territorio en Hispania de los
Escipiones a Augusto, celebrado en la Casa de Velázquez de Madrid en
marzo de 2001 y cuyas actas se publicaron en 2003 bajo la dirección de
A. Morillo, F. Cadiou y D. Hourcade, aportó sustanciosas novedades,
sobre todo en el estudio de los campamentos republicanos y los enemi-
gos de Roma en Iberia que comentaremos más adelante. Igualmente
revisten interés los coloquios sobre Torres, atalayas y casas fortificadas.
Explotación y control del territorio en Hispania (s. III a. C.-s. I a. C.), edi-
tado en 2004 por P. Moret y T. Chapa; sobre La guerra en el mundo ibé-
rico y celtibérico (ss. VI-II a. C.), coordinado por P. Moret y F. Quesada y
publicado en el año 2002; y las Jornadas sobre La Segunda Guerra
Púnica en la Bética (1998) y La organización militar cartaginesa (2005)
dirigidos por B. Costa y J. Fernández.

ARMAMENTO
Es sin duda en el campo de los estudios específicos sobre armamento
romano republicano donde los descubrimientos y trabajos recientes en

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Fig 1. El origen del gladius hispaniensis (F. Quesada, 1997).

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España están produciendo mejores resultados, como lo prueba el que en


el Coloquio sobre L’equipement militaire et l’armement de la République
celebrado en Montpellier en Septiembre de 1996 y publicado bajo la
coordinación de M. Feugère en el volumen 8 (1997) del Journal of
Roman Military Equipment Studies, el contingente más numeroso, con 7
trabajos, se dedica a Hispania.
Muy recientemente se han realizado trabajos a cargo de uno de noso-
tros (Fernando Quesada) sobre la interacción de las armas peninsulares
de los siglos III y II a. C. con las armas republicanas, en relación con el
abastecimiento de armas del ejército romano republicano en Hispania
(congreso de León de 2004, de Toulouse en 2005), insistiendo en la
esencial compatibilidad de muchos tipos de armas indígenas como pila y
soliferrea, espadas y puñales, con las formas de combate romanas.
Las influencias de las armas ibéricas y su influencia sobre la panoplia
republicana han sido examinadas en detalle por F. Quesada, en especial
en su monografía de 1997, además de trabajos específicos sobre el gla-
dius hispaniensis que parecen haber identificado a satisfacción de otros
investigadores como Peter Connolly el prototipo de la espada republi-
cana romana. Se trata de una versión local de la antigua espada gala de
La Tène I, con hoja larga de entre 60 y 65 cm. de longitud y fuerte punta
aguzada, que se mantuvo en uso en Iberia cuando en la Galia hacia
tiempo que había sido sustituida por espadas más largas y de punta
roma, de uso exclusivamente tajante. La vaina metálica de lámina de hie-
rro con suspensión vertical de la cintura mediante un “pontet” de las
espadas galas, fue sustituida en Iberia por una vaina de armazón metálico
con placas de madera y cuero, y suspensión mediante anillas móviles
para un tahalí cruzado sobre el pecho, modelo que sería el adoptado por
el ejército romano. El estudio de los hallazgos en el depósito de La
Azucarera (antigua Graccurris) –donde la distinción entre espadas “de La
Tène” y gladii hispanieses que hacen los autores nos parece forzada, resulta
especialmente ilustrativo. A esto debemos añadir las espadas de hallazgo
reciente en Cerro de las Balas (Sevilla) –siglo II a. C.–, La Caridad
(Caminreal, Teruel) –primera mitad del siglo I a. C.–, Azaila (Teruel,
siglo I a. C.). Estos y otros yacimientos vienen a aumentar el creciente
catálogo de espadas romanas republicanas, añadiéndose a nuevos descu-
brimientos de armas indiscutiblemente romanas, compatibles con la
hipótesis arriba esbozada, en lugares tan lejanos como Eslovenia e Israel.
Por lo que se refiere al pilum, descubrimientos recientemente publica-
dos nos proporcionan algunos de los pila pesados (de espiga o bien de
lengüeta) más antiguos conocidos, como los de Castellruf en Gerona,
datables a fines del siglo III a. C., muy anteriores a los numantinos. La

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Fig. 2. Cascos itálicos y romanorrepublicanos en Hispania (F. Quesada, 1997).

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serie de pila republicanos se prolonga con los importantísimos de época


sertoriana de La Almoina en Valencia, hallados en contextos de batalla
con otras armas e incluso esqueletos de prisioneros ejecutados; los pila
ligeros y pesados de La Caridad (Teruel), también de la primera mitad
del s. I a. C., se asocian a todo tipo de armas (cascos de tipo
Montefortino, umbos de scutum, espadas e incluso una catapulta). A
estas piezas bien datadas se añade además el probable pilum de cubo de
Bordegassos (Gerona) y los del de Pontón de la Oliva y Langa de Duero,
posiblemente de fecha republicana. Si a estas piezas añadimos las bien
conocidas de Numancia, Osuna y Caceres el Viejo, el repertorio de pila
republicanos españoles es quizá el mayor conocido.
Parece indudable que el pugio romano altoimperial deriva del puñal
de empuñadura biglobular celtibérico, quizá adoptado originalmente
como pieza atractiva de botín en época de la guerra de Numancia (sc.
133 a. C.) o sertoriana (c. 75 a. C.). El hiato temporal entre estos puña-
les y los imperiales, aunque todavía importante, viene siendo rellenado
por hallazgos como el de Basel publicado por G. Helmig, fechable antes
del 15 a. C., y una estela de Padua del 42 a. C. En este sentido, se desa-
rrollan actualmente trabajos de investigación tanto sobre los puñales cel-
tibéricos, los romanos y la transición entre ambos, a cargo de C.
Fernández y E. Kavanagh. A ellos se añaden estudios recientes impor-
tantes publicados, que están clarificando la historia, tipología y difusión
de estos puñales, a cargo de E. Cabré, C. Fernández, I. Filloy, E. Gil, F.
Quesada e I. Ruiz Vélez. Se empiezan a producir resultados importantes,
en especial en la seriación de los tipos de hoja, empuñadura y sobre todo
el sistema de suspensión de las vainas.
También, y sobre todo en relación con la interacción entre armas
romanas republicanas y el armamento ibérico, en el contexto de la
segunda guerra púnica y posterior, hay estudios recientes importantes
sobre los cascos de tipo Montefortino. Por un lado, nuevos hallazgos que
elevan el número de ejemplares conocidos a más de setenta, como los
recientes de Pozo Moro –con inscripción latina–, Almaciles –del tipo
Wellenranke– La Carrova, Serreta de Alcoi, Guadalquivir, etc. Por otro,
estudios de catalogación, análisis tipológico y síntesis debidos a J. García
Mauriño y F. Quesada han clarificado la situación. Es ya posible distin-
guir una serie de fases relacionadas tanto con el contexto arqueológico,
la dispersión geográfica y la tipología de los propios cascos. Así, en una
primera fase, en torno a la segunda mitad del siglo III a. C. y principios
del siglo II, la mayoría de estos cascos se localiza en contextos funerarios
indígenas ibéricos del sureste; a partir de principios del siglo II a. C. se
aprecia el avance del ejército romano por el valle del Ebro y la Meseta

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Fig. 3. Pila romanos tempranos (fines del siglo III a. C.) de Castellruf
(Gerona) (según Álvarez Arza y Cubero 1999).

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Oriental, existiendo algún casco con epígrafe latino como el de Gorrita


(Valladolid). Los cascos de tipo Bugennum, ya de época cesariana, se
concentran en zonas del Suroeste, mientras que en la etapa augustea se
fechan imitaciones locales del área galaica.
Los umbos metálicos de scutum no son frecuentes, pero han aparecido
asociados a armas romanas en los yacimientos de La Azucarera, La
Caridad y la Almoina, todos de finales del siglo II o principios del I a. C.
Se trata de placas férreas con aletas trapezoidales, distintas de las aletas
rectangulares típicas en yacimientos de influencia celta en el nordeste
peninsular. El umbo del castro de Alvarelhos, aunque publicado como
broncíneo, es al parecer sin embargo de hierro.
La península ibérica ha proporcionado algunos de los más importan-
tes restos de artillería antigua de época republicana, recientemente estu-
diada en conjunto por R. Sáenz Abad. A la pieza de Emporion, conocida
y estudiada de antiguo, se han unido la catapulta de Caminreal, que ha
sido sobradamente publicada y estudiada en fechas relativamente recien-
tes, y los elementos de otras dos procedentes de Azaila (Teruel), objeto
de una muy reciente publicación que esperamos preliminar. También de
Azaila procede un lote de proyectiles de piedra conservados en el Museo
Arqueológico Nacional. El conjunto de Azaila parece poder datarse
según la última revisión de F. García Díez en época sertoriana, en la pri-
mera mitad del siglo I a. C., al igual que la catapulta de Caminreal, aun-
que el contexto de aparición parece indicar que en el momento de su
destrucción ya no estaban en funcionamiento.
Además de los proyectiles de Azaila, conocemos otros lotes en yaci-
mientos conocidos de antiguo como Arcobriga (Zaragoza), Numantia,
Osuna y Cáceres el Viejo, a los que habría que añadir los 314 proyecti-
les de Calahorra, publicados en 2003, con algunos proyectiles inscritos
en caracteres latinos, uno de ellos castra Martia; el conjunto parece data-
ble en época sertoriana. Finalmente, se encuentra todavía inédito y en
estudio un importantísimo conjunto de proyectiles de piedra de artillería
cartaginesa fechables en la segunda guerra púnica y hallados en el recinto
fortificado púnico del Tossal de Manises en Alicante por el equipo diri-
gido por M. Olcina. Es probable que la primera artillería de torsión fuera
introducida en Iberia antes de Roma por los cartagineses, tal y como se
puede deducir del botín capturado por Escipión en la toma de Cartago
Nova, aunque los recientes trabajos y revisiones de material antiguo en el
yacimiento de Ullastret, junto a Emporion (Gerona), a cargo de F.
Gracia, podrían proporcionar alguna sorpresa de origen helénico.
Los proyectiles de honda (glandes de plomo y quizá esferas de arcilla
e incluso cantos rodados) y puntas de flecha son demasiado numerosos

75
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Fig. 4. Una selección de armas romanas de principios del siglo I a. C. de La


Caridad (Teruel) (según Vicente et alii 1997) (a escalas diferentes).

76
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como para hacer aquí un recuento. Puede consultarse para un primer


repertorio de glandes el Apéndice IV del estudio de F. Quesada de 1997,
completado por trabajos posteriores entre los que destaca el reciente de
C. Aranegui quien a partir de unos proyectiles de honda con epígrafes en
griego quizá de procedencia saguntina plantea un uso más frecuente de
la honda por los iberos que el sostenido por Quesada. Los glandes de La
Caridad presentan la particularidad de estar todavía con rebabas, recién
salidos del molde de fundición. En los campos de batalla de Baecula
(Jaén) (¿) de la segunda guerra púnica y de Andagoste (Navarra) (datable
quizá hacia el 40-30 a. C.) se han hallado numerosos glandes de plomo,
así como en muchos otros lugares donde pudieron darse batallas como el
‘Cerro de las Balas’ (Écija, Sevilla) quizá relacionable con la batalla de
Munda, donde las excavaciones furtivas con detector de metales han loca-
lizado literalmente cientos de estos proyectiles, a menudo epigráficos.
Comprensiblemente es muy escasa en España la escultura de época
romana republicana con tema militar, aunque el relieve de la Minerva
con scutum de la muralla de Tarraco es conocido y valorado desde anti-
guo. En este campo el reciente trabajo –a la vez analítico y sintético– de
J. M. Noguera sobre la escultura hispanorromana republicana, junto con
la recopilación de P. Rouillard sobre los relieves de Osuna –una de cuyas
series al menos representa claramente tropas romanas–, constituye la
base de partida esencial para estudiar relieves como el de Tarraco, los de
Osuna y los legionarios de Estepa. Sabemos además de la existencia de
alguna otra escultura con lorica hamata, posiblemente republicana, iné-
dita, en colección particular. La iconografía de algunos vasos cerámicos
del estilo de S. Miguel de Liria podría quizá leerse en clave romana en lo
que se refiere a la homogénea y completa indumentaria y armamento de
algunos guerreros, incluyendo lo que podrían ser cotas de mallas no
empleadas por los iberos según la exhaustiva documentación arqueoló-
gica. Es una cuestión que ya planteara en su día A. García y Bellido
(aunque con errónea datación sertoriana o augustea) y que ha replante-
ado F. Quesada en 1997 y 2002-2003 sobre una datación en la segunda
guerra púnica, y en cierto modo también F. Gracia.

CAMPAMENTOS MILITARES

El estudio de los campamentos militares de época republicana en


Hispania ha recibido un notable impulso en fechas recientes, a raíz sobre
todo del coloquio coordinado por A. Morillo, F. Cadiou y D. Hourcade
y publicado en 2003. El elenco de campamentos temporales de campaña
ha crecido mucho. Contamos en primer lugar con la serie excavada por
Schulten a principios del siglo XX (Numancia, Aguilar de Anguita,

77
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Caceres el Viejo, Renieblas), para los que el trabajo general de Pamment


Salvatore de 1996 sobre los campamentos republicanos en general cons-
tituye una adecuada actualización de los datos. Estos campamentos
todavía no ha sido objeto de reexcavación aunque sus cronologías vienen
siendo actualizadas a partir de los materiales conocidos de las antiguas
excavaciones de principio del siglo XX, y se han realizado algunos traba-
jos de topografía (Renieblas) y puesta en valor (Cáceres el Viejo) como
preludio a nuevas excavaciones. Junto a ellos debe considerarse una serie
de campamentos muy antiguos, como Tarraco y Emporion, bien conoci-
dos por las fuentes, a los que sólo trabajos –en general recientes– de exca-
vación vienen dotando de sustancia arqueológica.
A esta serie se añade ahora una nueva serie de campamentos conoci-
dos a partir del desarrollo de las prospecciones y de la “Arqueología del
Territorio”, cuya mejor introducción es la completa síntesis, con toda la
bibliografía pertinente, realizada por A. Morillo en 2003, que muestra
un importantísimo avance en comparación con una síntesis parecida
recopilada por el mismo autor en 1991. La mayoría de los campamentos
republicanos se concentra en la Meseta oriental, en relación la mayoría
con las guerras celtibéricas y luego la guerra de Sertorio (en torno a una
docena incluyendo algunos sin confirmar), junto con otro grupo en la
Lusitania (en torno a media docena). La línea de trabajo más activa
insiste en la importancia de la excavación de esos yacimientos, en lugar
de primar las referencias de las fuentes literarias y de centrar la investiga-
ción en atribuir los “puntos en el mapa” a tal o cual cita de Livio o
Apiano. Además, los trabajos basados en fuentes literarias, como el de F.
Cadiou de 2003 aportan también información importante.
Por otro lado, están en curso trabajos de interés sobre posibles nuevos
campamentos tardorrepublicanos, como el caso de un recinto en Vila
Joiosa (Alicante) a cargo de A. Espinosa, así como en la zona granadina
(Puebla de Don Fadrique, etc.) a cargo de A. Adroher que, junto con
otros hallazgos ya comentados como el de Andagoste amplían notable-
mente la tipología, cronología y área de dispersión de los campamentos
republicanos, desbordando el estrecho marco de la asociación a las gue-
rras mejor documentadas por las fuentes (guerra de Aníbal y guerras
numantina y lusitana).
También es relevante en el contexto de las guerras libradas en Iberia el
descubrimiento de probables campamentos militares cartagineses,
incluso anteriores a la segunda guerra púnica, en Andalucía. Sin
embargo, la localización se basa en hallazgos casuales numismáticos muy
significativos, así como armas –fundamentalmente proyectiles– sin con-
texto arqueológico, caso del campamento del Gandul (Alcalá de

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Fig. 5. Campamentos romano-republicanos en Hispania (A. Morillo 2002,


renovado).

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Fig. 6. Reinterpretación de la hipótesis de Schulten de las labores de asedio de


Escipión sobre Numancia (según Morales 2004). Obsérvese que algunos cam-
pamentos (La Rasa) no se incluyen, y sí lo han hecho otros nuevos. Sólo dos
–Castillejo y Peña Redonda– presentan las características suficientes como para
identificarlos como verdaderos campamentos legionarios.

80
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Guadaira, Sevilla). Sería también esencial disponer de contrastación


arqueológica para estas interesantes propuestas de autores como F.
Chaves o R. Pliego.

FORTIFICACIONES PERMANENTES

Las fortificaciones permanentes romanas republicanas se entienden


mejor en el contexto de la posterior planificación de época augustea,
como ha analizado y sintetizado en 2003 D. Hourcade, aunque casos
como el de la cronología y fases de la muralla de Tarraco, ahora ya bien
definidas, tienen importancia en el contexto de las fases iniciales de la
conquista, como han mostrado X. Aquilué, X. Dupré, J. Massó y J. Ruiz
de Arbulo. A una primera muralla con numerosas poternas y reducida
altura correspondiente posiblemente a la fase “escipiónica” del final del
siglo III a. C. –o quizá al 197 a. C.– sigue una fase inmediata con adi-
ción de torres con capacidad para artillería pensada para una guarnición
más reducida; la segunda muralla, de lienzos rectilíneos sin torres pero
mucho más alta y con partes de relleno en adobe hacia mediados del
siglo II a. C., quizá en relación con la ampliación de la base militar en
relación con las guerras numantinas. Una aportación reciente de 2003 es
la idea de M. Bendala de un posible fuerte cartaginés preexistente del
que quedarían restos de un tramo con sillares con marcas de cantero en
las dependencias del Palacio Arzobispal.
Otras novedades importantes se vienen documentando en diversos
proyectos de investigación que estudian las murallas cartaginesas de la
segunda mitad del siglo III a. C., a menudo remozadas y retocadas en
época romana. Es el caso de la muralla bárquida de Carthago Nova, la del
Tossal de Manises, la de Carteia y la del Castillo de Doña Blanca en
Cádiz, en varias de las cuales se documenta la técnica de casamatas. El
descubrimiento de un tramo bien conservado de la muralla bárquida de
Carthago Nova –reutilizada por Escipión tras la conquista– en particular
ha documentado habitaciones en el interior de la muralla, comunicadas
por puertas, utilizados como almacenes de armas y víveres. Esta estruc-
tura es similar a la de la muralla de Doña Blanca, otra base cartaginesa
de vieja raíz fenicia en la bahía de Cádiz, y a la de Carteia, excavada por
M. Bendala y J. Blánquez. En Tossal de Manises se documentan en par-
ticular torres para artillería, proteichisma, proyectiles de catapulta en pie-
dra, todo ello asociado a la guerra de Aníbal, tras lo que vendrá una fase
romana republicana del siglo II a. C. que aprovecha en parte las fortifi-
caciones cartaginesas, según los trabajos en curso de M. Olcina. Existe
en cambio cierta polémica sobre la datación bárquida de la puerta de la
muralla de Carmona.

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Fig. 7. La recientemente descubierta muralla del siglo II a. C. en Segeda, cir-


cundando una de las mayores áreas urbanas de la Edad del Hierro en Iberia. Al
fondo de la imagen se aprecia el centro urbano en Poyo Mara
(cortesía de F. Burillo).

No es este el lugar de analizar el papel de las fortificaciones perma-


nentes indígenas –ibéricas y celtibéricas– en época republicana, sobre el
que existe una bibliografía ingente, aunque el mejor punto de partida es
hoy la monografía de P. Moret de 1996. Sin embargo, algunas de estas
murallas, como la de Segeda, jugaron un importante papel como desenca-
denante de acciones militares romanas (vid. infra), y muchas otras jugarían
un papel en el planteamiento táctico y estratégico de los ejércitos roma-
nos. También en este aspecto los trabajos recientes de P. Moret, L.
Berrocal y otros autores han supuesto un avance importante. La –amis-
tosa– polémica mantenida desde el año 2000 en la revista Gladius entre
F. Gracia, P. Moret y F. Quesada en torno al grado de sofisticación de las
fortificaciones ibéricas y su adecuación o no a las técnicas poliorcéticas
de tipo helenístico, incluyendo el uso de artillería, constituyen un activo
debate.
En cuanto a la problemática de las atalayas, torres y casas fortificadas
de época republicana, constituye un problema distinto del que aquí nos
ocupa, bien sintetizado en el reciente coloquio celebrado en la Casa de
Velázquez y coordinado por P. Moret y T. Chapa (2004) Al primer autor

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Fig. 8. Murallas púnicas (Fines siglo III a. C.) y romanas (mediados s. II a. C.)
de Tossal de Manises (M. Olcina, 1998).

debemos, junto a otros varios como A. Rodríguez y P. Ortiz, importan-


tes apreciaciones sobre estos pequeños asentamientos fortificados.

CAMPOS DE BATALLA

Algunos de los proyectos recientes en curso más interesantes tienen que


ver con la búsqueda arqueológica de campos de batalla de época repu-
blicana. El enfoque tradicional ha seguido el camino de partir de las
fuentes literarias y mapas topográficos para definir lugares adecuados.

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Esto avocaba a una proliferación de teorías. Las modernas técnicas com-


binadas de prospección, combinadas con un mejor conocimiento de las
cronologías concretas de cada fósil director (armas, cerámica), permiten
ahora contrastar a priori hipótesis con datos arqueológicos, especial-
mente el análisis topográfico y la microprospección intensiva. Los traba-
jos recientes en el yacimiento de “Las Albahacas” han localizado un
prometedor registro propio de campo de batalla que podría correspon-
der a la batalla de Baecula. El análisis de las fuentes literarias, la “proba-
bilidad militar inherente” (PMI), topografía local y prospecciones –con el
resultado de localizar monedas, puntas de flecha, glandes de honda y
cerámica– se combinan para ofrecer una respuesta algo más convincente
para la localización de la batalla de Baecula en Santo Tomé-Las Albahacas
que la tradicional, y menos corroborada arqueológicamente, localización
en la moderna Bailén. Es de confiar que los trabajos de A. Ruiz y su
equipo permitan en un futuro cercano confirmar o desmentir la locali-
zación de este campo de batalla de la segunda guerra púnica. Los indi-
cios son prometedores.
Uno de los más importantes proyectos en curso en relación con las gue-
rras numantinas es el estudio arqueológico de Segeda y su entorno, dirigido
por F. Burillo. Entre los nuevos hallazgos destaca la probable identificación
de la muralla que, según Apiano, fue en 154 a. C. el casus belli y la justifi-
cación de la declaración de guerra de Roma y la posterior intervención de
Numantia. Igualmente, trabajos en curso parecen haber identificado un
campamento romano en las cercanías de la ciudad celtíbera.
Otros trabajos han aportado indicios sobre la localización de otros
campos de batalla, como el caso de Munda en época cesariana, pero es
necesario realizar proyectos sistemáticos que, al estudio de las fuentes
literarias y los hallazgos casuales o depositados en colecciones particula-
res añadan prospecciones de carácter científico.
Finalmente, los trabajos de M. Unzueta y J. A. Ocharán en Andagoste
(Álava) no sólo han permitido localizar un campamento temporal de
época triunviral, hacia el 40-30 a. C., sino también trazar el desarrollo de
una batalla a partir del análisis de la dispersión de restos como glandes de
honda, puntas de flecha, así como proyectiles de catapulta y tachuelas de
caligae, además de otros objetos no específicamente militares. La publi-
cación detallada de los hallazgos y en particular de mapas detallados de
dispersión de objetos supondrá un importante avance en nuestros cono-
cimientos sobre este último momento de la República previo a las gue-
rras cántabras de Augusto.
Ya en el tránsito al imperio los trabajos de E. Peralta sobre los ya indis-
cutibles campamentos y campos de batalla de las guerras cántabras, algu-

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Fig. 9. Campamento triunviral y campo de batalla de Andagoste (Navarra) (J.


A. Ocharán y M. Unzueta, 2002).

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nos con indicios que apuntan a fechas antiguas, pueden revolucionar


nuestro conocimiento sobre la última etapa de la conquista romana de la
península ibérica.

CONCLUSIÓN
No se han tratado en este breve panorama los importantísimos datos
aportados por la numismática, analizados en otro capítulo, ni los estu-
dios de carácter histórico general basados sobre todo en las fuentes lite-
rarias sobre la segunda guerra púnica en Iberia y la conquista de España,
sobre lo que se ha publicado una masa de información considerable, a
menudo especulativa en lo concerniente a la localización de campos de
batalla y rutas de ejércitos, pero a menudo estimable. En todo caso, su
metodología y enfoque se alejan de la temática arqueológica que nos ha
ocupado.
En general, puede afirmarse que desde 1990 se ha producido un
importantísimo avance en todos los estudios relativos al ejército romano
republicano en Hispania, especialmente en lo referente a los tipos de
armas romanas, siempre escasas, a los campamentos temporales y a los
campos de batalla. Los numerosos Proyectos de Investigación en curso
sobre estos y otros aspectos auguran nuevos avances sustanciales en un
futuro inmediato.

86
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EL EJÉRCITO ROMANO EN ESPAÑA


Ángel Morillo
Universidad de León

EL EJÉRCITO ROMANO EN HISPANIA: UN PANORAMA GENERAL

Hispania fue un territorio de frontera para el Estado romano durante dos


décadas, del 218 al 19 a. C., momento en que se remata la conquista de las
regiones septentrionales de la península ibérica. El primer contacto del ejér-
cito romano con Hispania tuvo lugar durante la segunda Guerra púnica. Cn.
Cornelio Escipión desembarca en el 218 a. C. en la colonia griega de
Emporion junto con dos legiones, que establecieron allí su campamento. Para
derrotar a sus enemigos fue necesaria la ocupación y el control de las bases car-
taginesas en la costa levantina y en
el sur de España como Carthago
Nova (Cartagena), Castulo y Gades
(Cadiz). En el año 206 a. C. las últi-
mas tropas cartaginesas abandona-
ron Hispania y el control romano
sobre la Península nunca más fue
cuestionado. Tras el final de la gue-
rra, Roma dividió Hispania en dos
provincias, conocidas como
Hispania citerior (la más cercana),
correspondiente al levante peninsu-
lar, y la Hispania ulterior (la más
lejana), con las tierras del Mediodía.
Ambas provincias, en especial la
ulterior Baetica, eran ricas en plata y
otros metales preciosos. En el
nuevo contexto histórico, las tribus
indígenas que habían brindado su
apoyo a cartagineses y romanos
durante la segunda guerra púnica,
se enfrentan a Roma en una serie
de revueltas que fueron sofocadas Fig. 1. Relieve reproduciendo un estan-
rápidamente por la potencia darte romano. Museo de El Bardo
colonial (Fig. 1). (A. Morillo).

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El segundo periodo de la conquista romana de Hispania comienza el


195 a. C. cuando M. Porcio Catón es nombrado cónsul y recibe el
mando militar sobre la totalidad de la Península. Este periodo se carac-
teriza por las revueltas indígenas contra la presencia y las exacciones
romanas, así como la conquista de nuevos territorios fronterizos con las
regiones bajo el poder de Roma. Las tropas romanas se concentraban en
las regiones mediterráneas controladas por la Metrópoli. Las operaciones
militares se dirigieron contra dos enemigos principales: los lusitanos, que
vivían en la costa occidental y en las llanuras del centro y el oeste penin-
sulares (Portugal y Extremadura), y los celtíberos, establecidos entre el
valle del Ebro y las llanuras interiores de la meseta norte. Las guerras
lusitanas (155-136 a. C.) terminaron con el asesinato de Viriato. Por lo
que se refiere a los celtíberos, en época romana abarcaban los arevacos, la
tribu más poderosa, los belos, los titos y los lusones. Las guerras celtibé-
ricas fueron el episodio militar más importante de la conquista de
Hispania. Se extendieron a lo largo de dos décadas, concretamente hasta
el 133 a. C. Roma tuvo que enviar numerosas legiones durante este
periodo al territorio de los celtíberos para controlar a dicho pueblo, y
finalmente requirió los conocimientos de un brillante general, P.
Cornelio Escipión Emiliano para ganar la contienda. La resistencia de las
tribus fue definitivamente quebrada con el asedio y la destrucción de
Numantia, capital de los arévacos y centro de la resistencia celtibérica
contra Roma. Después del 133 a. C. solo las regiones del norte y noro-
este de la península ibérica quedaban al margen de la ocupación romana.
Un nuevo periodo en la relación entre el ejército romano e Hispania
comienza con los conflictos derivados de las guerras civiles en Roma.
Entre los años 82 y 72 a. C., Q. Sertorio encabeza una guerra civil en
Hispania contra el Senado romano. Sertorio muy pronto se hizo con el
control de la mayor parte de las dos provincias romanas (Hispania cite-
rior y Hispania ulterior) y fue derrotando los sucesivos ejércitos enviados
por Roma contra él. Finalmente fue derrotado por Pompeyo en el 72 a.
C. En abril del año 49 a. C., C. Julio César llegó a Hispania con tres
legiones para enfrentarse a las siete legiones de Pompeyo en las batallas
de Ilerda y Munda. En agosto del mismo año el ejército pompeyano
estaba completamente derrotado e Hispania pasaba a ser controlada por
César en su totalidad.
La conquista de Galicia fue rematada tras las expediciones llevadas a
cabo por Junio Bruto en el 137 a. C., por Publio Craso, en el 94 a. C. y,
especialmente, Julio César, en el 61-60 a. C. Las evidencias arqueológi-
cas confirman la presencia romana en la región meridional y en la zona
litoral galaica antes del periodo augusteo. La misma situación debió

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tener lugar en la región cantábrica oriental. Las tribus vasconas fueron


asimiladas después de las campañas sertorianas (76-72 BC). Aquitania
fue conquistada por Julio César en el 56 a. C. y por Augusto entre el 27
y el 26 a. C. La estratégica posición del area del Bajo Bidasoa, entre el
mar Cantábrico y el valle del Ebro, muy bien conectada con Burdigala
(Burdeos), la capital de Aquitania, impulsó sin duda el temprano desa-
rrollo de la ciudad de Oiasso (Irún). El reciente descubrimiento de un
campo de batalla en Andagoste (Cuartango, Álava) confirma que el oeste
del actual País Vasco fue conquistado por el ejército romano entre el 40-
30 a. C., en un momento previo a las guerras cántabras. En estos
momentos debieron tener lugar pactos o tratados con algunas de las tri-
bus más orientales de la región cantábrica, como los sámanos, que perte-
necían a los autrigones y habitaban en los alrededores del actual Castro
Urdiales.
La conquista e integración del norte de Hispania tuvo lugar en época
de Augusto, más tarde que en el resto de la Península. Esta es uno de los
rasgos más destacados del proceso de romanización en los territorios sep-
tentrionales. En la Bética o en las regiones mediterráneas, la romaniza-
ción comienza dos siglos antes. La romanización de los territorios
septentrionales parece ser más rápida que la de las regiones meridionales
y orientales. La intensidad y la continuidad de la presencia militar en
esta región constituye una explicación de este comportamiento, pero
debemos señalar asimismo otra razón: durante el reinado de Augusto,
coincidiendo con la conquista del norte de España, el proceso de roma-
nización experimento un notable salto cualitativo en todo el Imperio
Romano. En estos momentos aparece posiblemente el primer modelo
cultural puramente romano, que impulsó la romanización tanto del
norte peninsular como de otras regiones del Imperio.
Durante las guerras cántabras (29-19 a. C.) fueron conquistadas las
últimas tribus libres de la Hispania septentrional, los cántabros y los
astures. Los historiadores contemporáneos de Augusto proyectan una
visión general de dichos pueblos como gentes bárbaras y retrógradas.
Pero recientemente hemos encontrado evidencias de que el proceso de
aculturación ya había comenzado en estos territorios antes de la con-
quista romana. Los pactos entre Roma y los pueblos indígenas, como el
llamado Edicto del Bierzo, confirman la existencia de contactos políticos
durante la guerra e incluso anteriores. Augusto empleó tanto la guerra
como la diplomacia para imponer su autoridad en esta región. Este pro-
ceso debió ser muy semejante al descrito por los textos de época republi-
cana para otras áreas más meridionales como la costa mediterránea y
Andalucía.

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Las razones por las que Augusto acometió la conquista de cántabros y


astures se enmarcan dentro de la política seguida por este emperador
después de la derrota de Marco Antonio en Actium, que buscaba esta-
blecer fronteras naturales para el Imperio. Romano. En el caso de
Hispania debemos añadir la explotación de los recursos auríferos del
noroeste, necesarios para mantener la nueva política monetaria estable-
cida por Augusto en torno al recién creado aureus.
Las guerras cántabras provocaron el desplazamiento a la Península de
un cuantioso contingente de tropas. Las legiones I ¿Augusta?, II Augusta,
IIII Macedonica, V alaudae, VI victrix, IX Hispana y X gemina se encon-
traron sin duda entre estas unidades militares. Una vez terminado el
conflicto, la mayor parte de dichas tropas abandonaron Hispania en
dirección a otros escenarios.
El final de la guerra y la subsiguiente partida de la mayor parte de las
tropas hacia las fronteras septentrionales del Imperio inaugura clara-
mente una etapa nueva en la relación entre el ejército romano y la
Península. Es a partir de este momento cuando se fijan las bases de una
política militar de ocupación territorial a largo plazo, puesta en práctica
por Augusto y continuada por sus inmediatos sucesores. Dicha actua-
ción parte de la configuración de un exercitus Hispanicus adscrito a la
provincia Tarraconense, compuesto mayoritariamente por tres legiones
seleccionadas entre las que habían participado en la guerra: la IIII
Macedonica, la VI victrix y la X gemina. De la permanencia de tres uni-
dades como única guarnición estable en la Península queda constancia
en un conocido pasaje de Estrabón1, que menciona un legado al mando
de dos legiones en el área astur, y un segundo legado con una única
legión asentada en territorio cántabro. Esta misma situación es descrita
por Tácito2. Las evidencias numismáticas y epigráficas, especialmente las
conocidas durante estos últimos años, nos permiten establecer la identi-
dad y la localización de estos contingentes legionarios (Fig. 2).
Durante esta fase posterior a la guerra, que se prolonga a grandes ras-
gos a lo largo del periodo tardoaugusteo y tiberiano temprano, se incre-
mentan progresivamente los testimonios arqueológicos y epigráficos
relativos a la actuación y la presencia del ejército romano en la Península.
Es a partir de este momento cuando se crean una serie de bases estables
para las tropas destacadas en el norte de la Península. Los establecimien-
tos militares de Herrera de Pisuerga, Astorga, León y Rosinos de

1
Geographica III, 4, 20.
2
Annales, IV, 5, 1.

90
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Fig. 2. Moneda conmemorativa de la fundación de Caesaraugusta con la abre-


viatura de las legiones Macedonica, VI victrix y X gemina (RPC 346)
(fotografía: M. Gómez Barreiro).
Vidriales son los primeros campamentos legionarios augusteos perma-
nentes constatados arqueológicamente. Todos ellos ocupan emplaza-
mientos geográficos y topográficos estratégicamente elegidos, en relación
con las vías naturales de comunicación que enlazan el reborde norocci-
dental de la Meseta con las regiones costeras de Galicia y la Cornisa
Cantábrica. Tal y como hemos apuntado hace algunos años, configuran
un cordón protector al sur de la cordillera Cantábrica, que hemos deno-
minado “limes sin frontera” y que prefigura el esquema aplicado en las
fronteras septentrionales del Imperio algunos años más tarde. El desplie-
gue del ejército hispánico a lo largo de la vertiente meridional de la
Cordillera Cantábrica y al este de los Montes de León se va a mantener
hasta el final de la época julioclaudia y, a una escala menor, a lo largo del
Imperio.
Tras la partida de la legio IIII Macedonica hacia Mogontiacum
(Germania superior) en el 39 d. C., y de la legio X gemina hacia
Carnuntum, en Pannonia, durante el año 63 d. C., el ejército hispánico
quedó reducido a una única legión, la VI victrix, acantonada en León,
acompañada, según Suetonio3, por dos alae y tres cohortes que debieron
estar adscritas a la unidad legionaria. Las tropas romanas destacadas en
Hispania participaron activamente en la sublevación de Galba, goberna-
dor de la Tarraconensis, contra Nerón. Tras la proclamación de Galba

3
Galba, X, 2.

91
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Fig. 3. Lápida conmemorativa del nacimiento de la legio VII gemina (10 de


junio del año 68 d. C.), procedente de Villalís (León) (CIL II, 2553)
(Fotografía: Fundación Municipal de Cultura de Gijón).

92
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como imperator por parte de la legio VI victrix, éste procede a crear una
nueva legión compuesta por hispanos antes de partir hacia Roma. Esta
nueva unidad respondía a la necesidad de Galba de contar con más tro-
pas en su previsible lucha contra el último de los julioclaudios y recibió
el numeral VII, correlativo al de la única unidad presente en aquel
momento en la Península, la VI victrix, su legión matriz. La Legión VII
creada por Galba constituye de hecho el embrión de la futura VII
gemina.
Gracias a dos de las lápidas descubiertas en Villalís conocemos la fecha
exacta en la que la legio VII recibió sus insignias, lo que acaeció el 10 de
junio del año 68 d. C.4 (Fig. 3). En su primera etapa recibirá el apelativo
de Galbiana 5 en honor a su fundador, e Hispana, alusivo a su origen6.
Mientras la legión VII acompañaba a Galba en su camino hacia Roma,
su legión matriz, la VI victrix, permanecía de guarnición en León con-
trolando la producción aurífera del noroeste peninsular, recurso sobre el
que debían sustentarse buena parte de las ambiciones de los sucesivos
pretendientes a la púrpura imperial. Tras la segunda batalla de Bedriacum
(cerca de la actual Cremona), la legio VII recibió el apelativo de gemina
(doble, acoplada)7. En el 73/74 d. C. se encuentra en la Germania supe-
rior, donde aparece ya con los epítetos gemina y felix 8.
El regreso de la legio VII a Hispania debió de producirse a finales del
año 74 d. C., aunque no va a ser hasta el 79 cuando aparezcan las pri-
meras referencias a su estancia en la Península en sendas inscripciones de
Aquae Flaviae y Cornoces (Orense)9. Ahora bien, como hemos visto, su
acantonamiento no será ex novo, sino qe ocupara un recinto que contaba
ya con una larga tradición castrense. A partir de este momento su base
permanente de operaciones a lo largo de todo el Imperio será León, la
cual no abandonará sino en contadas ocasiones (Fig. 4).
La elección del lugar de asentamiento del campamento de la Legio VII
gemina, de nuevo en el territorio astur augustano, en la misma región
donde se había localizado la principal concentración de fuerzas durante
el periodo julioclaudio, e incluso en el mismo lugar físico que su legión
matriz, la legio VI, muestran bien a las claras la continuidad de sus obje-
tivos respecto a las unidades militares de la etapa anterior. La vigilancia

4
CIL II 2552 y 2554.
5
Tácito, Historiae II, 86 y III, 7,10, 21.
6
Tácito, Historiae I, 6.
7
Tácito, Historiae III, 22.
8
CIL VI 3538; XIII 5033 y 12167, 1-8.
9
CIL II 2477 y IRG IV 92, respectivamente.

93
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Fig. 4. Fragmento de estela que conmemora la fundación de una unidad mili-


tar hispana, que muestra a Jupiter y los Dióscuros, procedente de Villalís
(León) (A. Morillo).

y el control de las explotaciones auríferas regionales, que en estos


momentos funcionan a pleno rendimiento, así como el mantenimiento
de todo el entramado viario que les presta servicio y permite dar salida al
preciado metal y, en definitiva, todo el apoyo técnico necesario para faci-
litar la importante infraestructura que precisaban las explotaciones
mineras y su administración se prefigura como la principal misión del
ejército desplegado en la zona. Junto a estas funciones no podemos olvi-
dar las propiamente militares, de policía, burocráticas y de reclutamiento
de tropas. Estas funciones precisan el despliegue de las fuerzas romanas a
lo largo de un amplio territorio, aunque el grueso de la legión se mantu-
viera en su campamento base de León, perfectamente integrado en la
tupida red de calzadas que unían las tres capitales de los conventos del
Noroeste peninsular.
Durante el siglo II y primera mitad del III la presencia de la Legio VII
en su campamento de León está muy bien atestiguada. Sin embargo, a
partir de mediados del siglo III las referencias arqueológicas y documen-
tales se hacen muy escasas, llegando a desaparecer totalmente en el

94
ejercito romano maqueta 3/2/07 18:34 Página 95

último cuarto de esa centuria cualquier tipo de inscripción o marca late-


ricia que aluda a ella. No obstante, a pesar de las transformaciones que
experimenta el ejército romano a finales del siglo III, la unidad debió
seguir establecida en su campamento de León, tal y como confirma la
construcción de una nueva muralla reforzada con torres semicirculares,
que se adosa al lienzo altoimperial.
La existencia de emplazamientos militares en Hispania durante el
Bajo Imperio se ha basado tradicionalmente en la información que nos
proporciona la Notitia Dignitatum 10. Este documento, datado habitual-
mente a comienzos del siglo V d. C. describe la presencia de numerosas
tropas en la región septentrional de la Península: legio VII gemina en
León, cohors Lucensis en Lucus Augusti (Lugo), cohors II Flavia Pacatiana
en Paetaonio, (Rosinos de Vidriales), cohors Celtiberae en Iuliobriga,
cohors I Gallica en Veleia (Iruña, Alava) y cohors II Gallica en un empla-
zamiento indeterminado denominado ad Cohortem Gallicam. No obs-
tante, como ya apuntó A. Balil (1970: 612), la situación a la que alude
la Notitia era más antigua, posiblemente de época tetrárquica. La data-
ción de la Notitia, unida a ciertas evidencias arqueológicas documenta-
das en esta región, ha llevado a algunos investigadores a proponer la
existencia de un limes durante el siglo IV contra los pueblos del norte
peninsular. Estas hipótesis han sido acertadamente descartadas por Arce
en 1982.
Aparte de esta fuente antigua, las evidencias arqueológicas sobre el
ejército romano durante este periodo son muy escasas. Las últimas, pro-
cedentes de León, se datan en torno al 450/460 d. C. Pero, desde un
punto de vista arqueológico, a finales del siglo IV o comienzos del V –la
supuesta datación de la Notitia Dignitatum–, el ejército romano en
Hispania parece hacerse esfumado. Conocemos numerosas referencias a
la presencia de tropas romanas procedentes de la Galia en Hispania.
Además de la bien conocida guerra civil entre los parientes de Honorio
y Constantino III, Hydacio, años más tarde, recoge 14 intervenciones e
tropas procedentes de la Galia entre el 417 y el 468. Pero en estos casos
las tropas no son las unidades regulares de siglos atrás, sino tropas bár-
baras al servicio de Roma.

LA INVESTIGACIÓN SOBRE ARQUEOLOGÍA MILITAR ROMANA EN ESPAÑA


La investigación española sobre campamentos y materiales militares de
época romana ha presentado tradicionalmente un gran retraso respecto a
otros países eurropeos. Hasta hace pocas décadas, pocos recintos milita-
10
XLII, 1, 25.

95
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Fig. 5. Participantes del Coloquio Internacional celebrado con ocasión del


XIX aniversario de la fundación de la legio VII gemina (16-21 de septiembre
de 1968) (Fotografía: Archivo A. García y Bellido).

res habían sido excavados, y los resultados rara vez se habían publicado.
La larga duración de la conquista romana de Hispania, que se prolonga
durante dos siglos (218-19 a. C.) y la trascendencia de algunos episodios
históricos como las guerras celtibéricas y sertorianas, atrajeron tradicio-
nalmente la atención de los investigadores hacia los campamentos del
periodo republicano. Por otra parte, España conservaba el mejor con-
junto de recintos militares romanos de época republicana, tal y como
pusieron de manifiesto las prospecciones y excavaciones de A. Schulten
en lugares como Numancia, Renieblas, Cáceres el Viejo y Aguilar de
Anguita. Los trabajos de A. Schulten sobre los campamentos republica-
nos, que se desarrollaron durante las primeras décadas de este siglo, no
tuvieron continuadores directos. Sus grandes monografías sobre los
recintos de Numancia (1927 y 1929) pasaron prácticamente desaperci-
bidas dentro del panorama científico español.
Partiendo de los trabajos clásicos de García y Bellido (1961), Roldán
publicó en 1974 su trabajo monográfico sobre el ejército romano. En
1982 Le Roux da a conocer su importante estudio sobre esta misma
cuestión. A través de estas monografías de carácter histórico se establece
la importancia del ejército romano en la articulación territorial de la
región septentrional de la Península.

96
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A partir de los años sesenta, coincidiendo con el desarrollo de la


arqueología científica, se van dando a conocer nuevos fuertes y campa-
mentos militares, identificados mediante la prospección y la fotografía
aérea, como sería el caso de Rosinos de Vidriales (Zamora). García y
Bellido publica en 1968 y 1970 los resultados de sus intervenciones
arqueológicas en el campamento de la legio VII gemina en León (Fig. 5).
La publicación de G. Ulbert sobre el campamento republicano de
Cáceres el Viejo, aparecida en 1984, inaugura una nueva fase para la
arqueología militar romana en Hispania. Durante este periodo se ha
experimentado una renovación total en los planteamientos metodológi-
cos y un salto cualitativo en el conocimiento de los recintos militares,
cuyas consecuencias sólo se han dejado ver en la última década. No obs-
tante, esta renovación todavía no ha ido acompañada por una publica-
ción de los resultados acorde con este esfuerzo. Queremos presentar a
continuación los principales resultados de las actividades arqueológicas
desarrolladas en contextos o materiales militares de España a lo largo de
los últimos años.
A excepción de la mencionada publicación de Ulbert, durante los
últimos veinte años no se han realizado exploraciones sistemáticas en
campamentos romanos del periodo republicano. El campamento de
Cáceres el Viejo presenta una muralla construida en piedra con esquinas
en ángulo agudo y un sistema de doble foso. Fundado durante las gue-
rras sertorianas, fue destruido aproximadamente hacia el 80 a. C.
Ni en Cáceres el Viejo ni en el resto de los campamentos republicanos
documentados por Schulten –Aguilar de Anguita, Almazán, Renieblas–,
se han realizado excavaciones arqueológicas de envergadura durante
estos años. Por lo que respecta a los campamentos en torno a Numancia,
tan sólo se ha llevado a cabo la reinterpretación de algunos materiales
hallados en su día por Schulten con vistas a precisar la cronología de los
campamentos. Asimismo se han reestudiado las estructuras constructivas
de estos asentamientos dentro de una monografía general sobre campa-
mentos republicanos elaborada por Pamment Salvatore. En los últimos
años se han reanudado las intervenciones arqueológicas en los campa-
mentos de Renieblas dentro de un proyecto de investigación dirigido por
el Instituto Arqueológico Alemán de Madrid. Se ha reanudado asimismo
el estudio de la circumvallatio escipiónica en torno a Numancia, cuya
reinterpretación ofrece interesantes novedades. Estas actuaciones se han
visto acompañadas por un número creciente de noticias sobre nuevos
recintos militares del periodo republicano como Andagoste (Cuartango,
Álava), Muro de Agreda (Soria), Los Cascajos de Sangüesa (Navarra), Ses
Salines (Mallorca, Baleares), La Cabañeta de Burgo de Ebro (Zaragoza),

97
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Zalbeta (Aranguren, Navarra), El Pedrosillo (Casas de Reina, Badajoz),


Cerro del Trigo (Puebla de Don Fadrique, Granada) o Santo Tomé
(Jaén) (Fig. 6).
Durante los últimos quince o veinte años, los esfuerzos de la investiga-
ción en este campo se han centrado principalmente en las excavaciones
arqueológicas en medio urbano. La actividad se ha encaminado hacia un
doble objetivo. Por una parte el estudio de las construcciones y los mate-
riales de fuertes auxiliares de época altoimperial (León III, Rosinos II, A
Cidadela, Aquae Querquennae), sin duda los mejor documentados desde
el punto de vista estructural. Por otra parte, la identificación y caracteri-
zación arqueológica de los campamentos legionarios del periodo augus-
teo y julioclaudio (León I y II, Astorga, Herrera de Pisuerga, Rosinos I),
que tradicionalmente han planteado graves dificultades para documen-
tar estructuras constructivas de tipo militar. Durante los últimos años, el
reconocimiento aéreo y la prospección sistemática del terreno han per-
mitido localizar nuevos fuertes y campamentos como Valdemeda,
Uxama, Villalazán, Andagoste, El Cincho, el Castiechu de la Carisa y el
sistema de asedio de La Espina del Gallego. Los resultados abren nuevas
perspectivas sobre la disposición de las unidades militares y los objetivos
principales del ejército en la península ibérica a lo largo de la presencia
romana.
Los campamentos del periodo augusteo y julioclaudio seguían siendo,
hasta hace muy poco tiempo, los grandes desconocidos. Estos recintos
surgen con motivo de las guerras cántabras (29-19 a. C.) o como conse-
cuencia directa de la contienda. Se concentran por lo tanto en el cua-
drante noroeste de la península ibérica, en el contacto entre la Meseta y
la Cordillera Cantábrica. Los campamentos augusteos y julioclaudios
presentan especiales problemas de identificación. En su mayoría se
encuentran bajo ciudades actuales, que han alterado las evidencias arque-
ológicas a veces de forma irrecuperable, lo que dificulta su reconocimiento
arqueológico. Por otra parte, durante los reinados de Augusto y Tiberio, la
técnica de castramentación aún se encuentra en periodo de conformación.
Se emplean mayoritariamente estructuras temporales, realizadas en
madera y la planta aún no está perfectamente regularizada. Por lo tanto, la
identificación de estructuras constructivas propias de un asentamiento
militar resulta muy difícil. No debemos olvidar además que las caracterís-
ticas geográficas y climáticas del norte de España, donde predominan los
suelos rocosos y grandes oscilaciones térmicas, no facilita la conservación
ni la identificación posterior de recintos militares (Fig. 7).
A la vista de estas dificultades, la identificación de recintos militares se
ha hecho en muchas ocasiones tomando como base el análisis del regis-

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Fig. 6. Asentamientos militares durante el periodo republicano en Hispania


(A. Morillo).

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Fig. 7. Campamentos legionarios y fuertes para unidades auxiliares durante las


guerras cántabras y el periodo julioclaudio en Hispania (29 a. C.-69/70 d. C.)
(A. Morillo).

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tro arqueológico más antiguo de estos asentamientos, buscando elemen-


tos indiscutiblemente militares (TSI, Vogelkopflampen y lucernas de
volutas de los tipos más antiguos, elementos metálicos típicos del ajuar
militar, monedas de tipo militar como las emisiones con caetra, etc.). En
esta fase, la comparación con los materiales arqueológicos de los campa-
mentos renanos más antiguos ha tenido una importancia fundamental.
Las guerras cántabras (29-19 a. C.) obligaron a concentrar en la
región septentrional de la Península un elevado número de fuerzas mili-
tares, de al menos siete legiones. Los recintos de este periodo son todavía
poco conocidos. No obstante en los últimos cinco años se han produ-
cido progresos muy significativos en este campo, que podemos conside-
rar sin duda una de las mayores novedades de la arqueología militar
hispana en su conjunto. Se han identificado arqueológicamente los pri-
meros campamentos que podemos asociar directamente con las guerras
cántabras. Los recintos militares están situados en el interior del territo-
rio cántabro, en la vertiente meridional de la cordillera Cantábrica, con-
trolando el camino natural que lleva desde el interior hacia la costa. Los
recintos situados en plena zona montañosa, en laderas con un gran des-
nivel, y se disponen en torno a un importante castro indígena, denomi-
nado La Espina del Gallego (Cantabria). Configuran un auténtico
asedio, que recuerda las obras de fortificación en torno a Alesia. El más
importante es el campamento legionario de Cildá, de unas 25 ha. y de
tendencia regular, adaptado a las laderas del monte y rodeado de varias
líneas de fortificación. Presenta doble foso de perfil en “V” (fossa fasti-
gata) y un terraplén interno de tierra con núcleo interno de grandes pie-
dras. El recinto cuenta asimismo con varias puertas en clavícula y con
tituli. A poca distancia se sitúa el castellum de El Cantón, de dimensio-
nes mucho más reducidas y de forma ovalada, con un agger defensivo y
puertas en claviculae. Ambos recintos, a los que debemos añadir un ter-
cero, Campo de las Cercas son perfectamente identificables sobre el
terreno y están siendo objeto de investigaciones arqueológicas en la
actualidad. Los campamentos debieron construirse durante las campa-
ñas militares destinadas a someter a los indígenas transmontanos y alcan-
zar la costa cantábrica.
Recientemente se han detectado restos de nuevos establecimientos
militares en la vertiente meridional de la Cordillera Cantábrica, como El
Castillejo (Pomar de Valdivia, Palencia), La Muela (Sotoscueva, Burgos),
El Cincho (Población de Yuso, Cantabria). Debemos mencionar asi-
mismo el reciente hallazgo de un campamento legionario de este mismo
periodo en Asturias, La Carisa (Lena) (Fig. 8).

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Fig. 8. Campamentos legionarios y fuertes para unidades auxiliares durante las


guerras cántabras (29-19 a. C.) (A. Morillo).

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Ninguno de los grandes campamentos legionarios del periodo poste-


rior (León, Astorga, Herrera, Rosinos) presenta restos pertenecientes a
las primeras fases de las guerras cántabras. El supuesto campamento de
Lucus Augusti, el actual Lugo, plantea notables problemas de identifica-
ción. Recientes excavaciones apuntan a la existencia de una fase inicial
de carácter militar durante las guerras cántabras. Dicho campamento
habría sido ocupado por la legio VI victrix, cuya abreviatura aparece gra-
bada en un sillar de piedra. Sin embargo, por el momento carecemos de
estructuras constructivas campamentales y las evidencias materiales son
contradictorias.
El final de la guerra y la subsiguiente partida de la mayor parte de las
tropas hacia las fronteras septentrionales del Imperio inaugura clara-
mente una etapa nueva en la relación entre el ejército romano y la
Península. Es a partir de este momento cuando se fijan las bases de una
política militar de ocupación territorial a largo plazo, que pivota sobre 3
legiones: la IIII Macedonica, asentada en Herrera de Pisuerga, la VI vic-
trix, en León, y la X gemina, en Astorga y Rosinos. Dichos enclaves son
los primeros campamentos legionarios augusteos permanentes constata-
dos arqueológicamente. Este exercitus Hispanicus, desplegado a lo largo
de la vertiente meridional de la Cordillera Cantábrica y al este de los
Montes de León se va a mantener a lo largo del Imperio adecuando sus
dimensiones a las necesidades reales de las provincias ibéricas (Fig. 9).
El origen del campamento legionario de Herrera de Pisuerga
(Palencia) debió tener lugar hacia el 20/15 a. C., durante las campañas
de Agrippa, o tal vez algunos años antes. Está situado junto al río
Pisuerga, la principal vía de penetración hacia el interior de la Cordillera
y el mar. El campamento albergó a la legio IIII Macedonica, unidad que
permanece en dicho asentamiento durante todo el periodo augusteo-
tiberiano, hasta la partida de la legión en el 39 d. C. hacia su nuevo des-
tino en Mogontiacum (Mainz). Todavía conocemos pocos datos sobre las
estructuras constructivas de este campamento legionario, que contaba
sin duda con una estructura defensiva en madera de tipo agger. Unos
años antes del cambio de Era se acomete una gran transformación en el
recinto, momento en que las estructuras constructivas más antiguas, rea-
lizadas en madera, son sustituidas por otras más sólidas y estables, en las
que se utiliza el adobe y la piedra para zócalos, además de la madera.
Los trabajos desarrollados en Astorga (León), la antigua Asturica
Augusta, capital del convento jurídico de los astures, han permitido iden-
tificar una fase militar inicial. Hoy en día se conocen restos de estructu-
ras constructivas negativas, con varias zanjas de cimentación y agujeros
para postes, que responden a modelos propios de la arquitectura militar

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Fig. 9. Campamentos legionarios y fuertes para unidades auxiliares durante el


periodo de la Paz Armada en Hispania (19 a. C.-15 d. C.) (A. Morillo).

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en madera. El reciente hallazgo de un doble foso de sección en “V”, del


tipo fossa fastigata, perteneciente al sistema defensivo del campamento,
constituye un argumento decisivo sobre el carácter militar del primitivo
asentamiento de Astorga. Las características de los restos materiales
correspondientes a este asentamiento militar permiten remontar su fun-
dación a un momento anterior al cambio de Era, hacia el 15/10 a. C.,
pero posterior en todo caso a las guerras cántabras. Las evidencias epi-
gráficas permiten identificar a la legio X gemina como la unidad como la
ocupante del campamento.
El momento final del recinto castrense de Astorga y su transforma-
ción en ciudad debió tener lugar hacia el 15/20 d. C., coincidiendo con
el inicio de las grandes explotaciones auríferas en la región, que reque-
rían un centro urbano de administración y control. Hacia esta fecha se
detecta una gran remodelación urbanística con potentes niveles de
relleno en toda la superficie ocupada más tarde por la ciudad. En este
momento, la legio X gemina se traslada a un nuevo campamento en
Rosinos de Vidriales (Zamora), localidad situada unos 50 kms. más al
sur. Gracias a la fotografía aérea es conocida ya desde hace algunas déca-
das, la existencia de un recinto rectangular con esquinas redondeadas,
que abarca unas 17, 5 ha. No obstante aún no se ha acometido una exca-
vación arqueológica en profundidad de este campamento.
La fecha en que tiene lugar el estacionamiento de la legio X gemina en
Rosinos dista mucho de estar aclarada convenientemente. Los materiales
recuperados apuntan, a nuestro juicio, una fundación tardoaugustea-
tiberiana. Sin embargo, no podemos descartar completamente la convi-
vencia de los recintos campamentales de Astorga y Rosinos durante
algunos años, aunque esta hipótesis implicaría la existencia de una fase
constructiva más antigua en el recinto militar de Rosinos, que hasta hoy
no conocemos. El momento final del campamento coincidiría con la
partida de la legio X gemina hacia Carnumtum en el año 63 d. C. Dicha
unidad regresó a España para una breve estancia entre el 68 y el 70 d. C.,
y existen ciertos indicios de que volvió a ocupar su antiguo campamento
en Rosinos de Vidriales.
Una de las mayores novedades que ha proporcionado la arqueología
militar hispana durante los últimos años ha sido el progreso del conoci-
miento sobre los establecimientos militares en la ciudad de León. En este
lugar se instala hacia el año 74 d. C. la legio VII gemina, que permane-
cerá de guarnición hasta el final del Imperio. Las excavaciones arqueoló-
gicas desarrolladas en los últimos años han permitido constatar la
existencia de dos recintos campamentales anteriores al de la VII gemina.
El primero debió ser fundado en época augustea, concretamente hacia el

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Fig. 10. Campamentos legionarios y fuertes para unidades auxiliares durante el


periodo julioclaudio en Hispania (15-69/70 d. C.) (A. Morillo).

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cambio de Era. Dicho campamento (León I) constaba de un agger con


foso de perfil en “V” y terraplén del tipo “box rampart”, aunque no ha
quedado resto alguno de la empalizada. Hacia el 15/20 d. C., el recinto
augusteo (León I) sufre profundas transformaciones, construyéndose
encima un nuevo campamento (León II). En esta ocasión, el terraplén
estará construido mediante bloques de tapín o caespites formando dos
paredes paralelas decrecientes en altura, rellenas con tierra mezclada con
cantos de río, con una anchura total de aproximadamente 4 metros. La
cara externa de este terraplén, así como el fosos o fosos que sin duda
debió tener, fueron arrasados durante la construcción de la muralla del
campamento de la legio VII gemina (León III), que se superpone casi
exactamente sobre las defensas del campamento anterior. Por lo que se
refiere a la unidad ocupante del campamento, diversos testimonios seña-
lan a la legio VI victrix. Esta unidad militar estuvo estacionada en León
al menos entre el cambio de Era y su partida definitiva de la península
ibérica en el 69/70 d. C. (Fig. 10)
Los grandes campamentos legionarios del periodo augusteo y julio-
claudio establecidos en el norte de España debieron ir acompañados por
un número indeterminado de fuertes. Se han documentado fuertes en
Valdemeda (León), Villalazán (Zamora) y Burgo de Osma (Soria). Sobre
el antiguo campamento de la legio IIII Macedonica en Herrera de
Pisuerga se establece en época de Nerón un fuerte perteneciente a una
unidad auxiliar de caballería, el ala Parthorum, y otro castellum de la
cohors I Gallica se establece entre el periodo neroniano y los primeros
años del siglo II d. C.
Los campamentos altoimperiales posteriores al año 70 d. C. presentan
también interesantes resultados en estos últimos años La estandarización
de la planta y el empleo de la piedra como material constructivo ha faci-
litado la identificación de los recintos militares de este periodo. Se ha
constatado la existencia de un campamento legionario (León III) y
varios fuertes (Fig. 11).
Hacia el 74 d. C., la legio VII gemina instala su campamento en León,
donde permanecerá de guarnición hasta el final del Imperio. El campa-
mento ocupa unas 20 ha. y conserva buena parte de sus murallas. Las
recientes intervenciones han permitido documentar perfectamente el sis-
tema defensivo del campamento flavio. Presenta un paramento externo
de opus vittatum con núcleo de hormigón, y terraplén interior, que reu-
tiliza parte del terraplén interior del campamento julioclaudio. Se han
documentado asimismo tres torres, proyectadas levemente tanto al exte-
rior como al interior de la línea de la muralla, así como una de las puer-
tas del recinto, la porta principalis sinistra, bífora y flanqueada por dos

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Fig. 11. Campamentos legionarios y fuertes para unidades auxiliares entre el


74/75 d. C. y mediados del siglo III d. C. (A. Morillo).

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torres rectangulares monumentalizadas (Fig. 12). Poco a poco se van


conociendo datos sobre infraestructura, urbanismo y construcciones
interiores del campamento –vías, barracones de tropa, almacenes, ter-
mas–, así como algunos datos relativos a las vecinas cannabae.
Las defensas flavias del campamento de la legio VII gemina en León
constituyen sin duda el ejemplo más antiguo de fortificaciones campa-
mentales en piedra construidas en España. El modelo de León será imi-
tado por los fuertes destinados a unidades auxiliares como A Cidadela (A
Coruña), Aquae Querquennae (Ourense) y Rosinos de Vidriales II
(Zamora). En Atxa (Vitoria, Álava) los trabajos han documentado un
asentamiento de tipo militar, con un barracón de tropa y parte de los
principia y los horrea.
Como hemos señalado más arriba, la Notitia Dignitatum 11 recoge la
presencia de varios cuerpos militares en determinados emplazamientos
del norte de Hispania. Es significativo que tres de los cuerpos de limita-
nei citados en la Notitia se encuentren acantonados en ciudades que
cuentan con un potente sistema defensivo bajoimperial: León, Lugo e
Iruña. Evidentemente estas coincidencias avalan la estrecha relación
entre las tropas fijas y las ciudades amuralladas del norte de Hispania.
Durante los últimos años se ha acometido el estudio del sistema cons-
tructivo y las fechas de fundación de las murallas bajoimperiales de la
región septentrional: Braga, Lugo, Astorga, León, Gijón e Iruña.
Podemos confirmar la existencia de un estilo regional de fortificación
urbana, hipótesis que ya hemos defendido previamente. En nuestra opi-
nión (Fernández Ochoa & Morillo), dicho estilo o programa de fortifi-
caciones es sin duda militar. Sus causas debemos buscarlas en las nuevas
necesidades estratégicas que obligan a fortificar los principales nudos de
comunicaciones regionales con vistas a la recaudación de impuestos en
especie para la annona militaris y su traslado hacia las fronteras septen-
trionales del Imperio (Fig. 13).
También durante los últimos años se ha dado a conocer noticias más
o menos amplias sobre nuevos castella o fortines tardorromanos como el
de Tedeja (Traspaderne, Burgos), Monte Cildá (Olleros de Pisuerga,
Palencia), El Cristo de San Esteban (Muelas del Pan, Zamora),
Bernardos (Segovia) o Roc d’Enclar (Andorra), datados con posteriori-
dad al siglo IV d. C.
A la vista de los datos que acabamos de exponer, resulta indiscutible el
progreso que ha experimentado la arqueología militar romana durante

11
XLII, 1. 25.

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Fig. 12. Reconstrucción virtual de la porta principalis sinistra del campamento


legionario de la legio VII gemina en León (A. Morillo).

los últimos años, si bien todavía no se ha alcanzado un nivel de publica-


ción semejante al de otros países. Este avance es especialmente percepti-
ble en los recintos de época imperial, sobre todo los augusteos y
julioclaudios, pero también observamos signos esperanzadores en el
campo de los asentamientos militares republicanos. Los trabajos se han
centrado en las construcciones defensivas, mientras los edificios interio-
res han experimentado una menor atención. Asimismo se desconocen
prácticamente las características de las cannabae y vici militares.
Respecto al periodo bajoimperial, el horizonte arqueológico militar
todavía está por definir.
Por otra parte, dejando al margen los recintos militares propiamente
dichos, es más que probable que existieran guarniciones de tropa en
asentamientos civiles, especialmente en las primeras fases de la conquista
romana –época republicana y julioclaudia–, destinadas al control de los
núcleos indígenas. No debemos olvidar tampoco la presencia de destaca-
mentos de tropa en las capitales provinciales, especialmente en Tarraco,
capital de la provincia militarizada, pero también en Emerita, donde se
constata una constante presencia militar. Es preciso estar atento a los
registros arqueológicos de los yacimientos ante la posibilidad de que apa-

110
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Fig. 13. Unidades militares y fortificaciones urbanas en Hispania durante el


periodo tardorromano (A. Morillo).

111
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rezcan testimonios militares propiamente dichos, sin descartar tampoco


la posibilidad de que dichas evidencias lleguen no como consecuencia de
una presencia directa del ejército, sino por la presencia de veteranos e
incluso por encontrarnos en ámbitos militarizados por su cercanía a los
grandes campamentos. Es preciso progresar en la investigación en este
campo para llegar a distinguir las diferentes facies arqueológicas en las
que se encuentren presentes materiales típicamente castrenses. Esta es
uno de los retos más difíciles para la arqueología militar romana en
Hispania en estos momentos.

112
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EL EJÉRCITO ROMANO EN PORTUGAL1


Carlos Fabião
Universidad de Lisboa

La actuación del ejército romano en la parte más occidental de la penín-


sula ibérica fue estudiada en algunos trabajos clásicos, tales como el estu-
dio de R. Knapp sobre la experiencia romana en Iberia (1977), o los
estudios de M. Roldán (1974) y P. Le Roux (1982). Todos consideraban
la península ibérica en su totalidad, un acercamiento mucho acertado
teniendo en cuenta las circunstancias de la conquista y la presencia mili-
tar posterior. Por supuesto, consideraban también Iberia como fuente
para el reclutamiento en época imperial. La característica común de éstos
estudios es el uso de fuentes literarias y epigráficas como referencias prin-
cipales, pues la evidencia arqueológica disponible no era tan rica en
información. Durante los últimos años, España ha experimentado un
notable aumento de la investigación en el campo de la arqueología mili-
tar romana y hoy en día se dispone de nueva información que enriquece
sensiblemente el panorama definido por el investigador alemán A.
Schulten. Desafortunadamente, Portugal no ha experimentado una
renovación semejante. A través de las siguientes líneas intentaremos
reflejar este retraso, con la carencia general de información o la informa-
ción dudosa de la que disponemos, mientras no se acometan nuevas
investigaciones. Además, estudiar el ejército romano en Portugal es hoy
en día una tarea compleja, ya que el país no responde a ninguna región
política o administrativa romana antigua. Realmente, en época prerro-
mana, la zona más occidental de la Península careció de cualquier uni-
dad étnica o política, y en época romana la prouincia Hispania ulterior y
más tarde la Lusitania no coinciden con las fronteras portuguesas
modernas, de tal manera que es muy difícil entender los movimientos
militares romanos en las áreas internas de Portugal meridional sin la con-
sideración de las áreas próximas de la Extremadura española. Es decir, es
absolutamente imposible entender la evidencia arqueológica de un yaci-
miento tal como Cabeça de Vaiamonte (Monforte) (Fig. 1, 10), sin tener
en cuenta la vecindad del gran campamento de Cáceres el Viejo, cerca de
la ciudad española del mismo nombre. Para entender la actuación del

1
Traducción del inglés al español a cargo del Dr. N. Hanel, revisada por el Prof.
A. Morillo.

113
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Fig. 1. Los sitios más rele-


vantes comentados en el
texto: 1. Castro de
Alvarelhos (Santo Tirso)
(CNS 791); 2. Castelo da
Pousa, Fonte do Milho
(Régua) (CNS 1º26); 3.
Cava de Viriato (Viseu)
(CNS 1090); 4. Lomba
do Canho (Arganil) (CNS
75); 5. Mata Velha de
Antanhol (Coimbra)
(CNS 463); 6. Medelim
(Idanha-a-Nova); 7.
Chões de Alpompé
(Santarém) (CNS 245); 8.
Santarém (CNS 85); 9.
Alto do Castelo (Alpiarça)
(CNS 269); 10. Cabeça
de Vaiamonte (Monforte)
(CNS 1656); 11. Monte
da Nora (Terrugem)
(CNS 11667); 12. Pedrão
(Setúbal) (CNS 4090);
13. Castelo da Lousa
(Mourão) (CNS 42); 14.
Castelo das Guerras, tam-
bién conocido como
Safarejinho (Moura)
(CNS 207); 15. Beja
(CNS 2670); 16. Mata
Bodes (Beja) (CNS
22204); 17. Serro Furado,
también conocido como
Cerro Furado (Baleizão)
(CNS 1985); 18. Mata-
Filhos I (Mértola) (CNS
19386) (todos los códigos
del banco de datos arque-
ológico de sitios del
Instituto Português de
Arqueologia, información
adicional en:
http://www.ipa.min-cul-
tura.pt).

114
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ejército romano en Portugal es preciso conocer el panorama en las regio-


nes españolas vecinas, y no es posible estudiar ambas regiones por sepa-
rado, como se ha hecho hasta ahora teniendo en cuenta la separación
política entre los dos países ibéricos (España y Portugal) como noveda-
des recientes de la Extremadura española ver el yacimiento de El
Pedrosillo, identificado por J.-G. Gorges y G. Rodríguez Martín, pre-
sentado en el II Congreso de Arqueología Militar, Léon, 2004, o la des-
cripción general de A. Alonso Sánchez y J. M. Fernández Corrales en
2000–.
Por esas razones históricas, nos ocuparemos en este trabajo de un área
geográfica artificial, que el lector deberá completar con la información
de las regiones cercanas, hoy en día pertenecientes a España.
El estudio del ejército romano en Portugal nunca ha sido considerado
como un asunto relevante. Esta ausencia de interés puede deberse tal vez
a la ausencia de campamentos permanentes en la provincia Lusitania.
Era una tierra de conquista, pero no un lugar para el acantonamiento del
ejército romano. La parte más occidental de Iberia también era conocida
por su heroica resistencia frente a Roma durante las guerras contra los
lusitanos, que tenían al frente a su famoso caudillo Viriato. Así pues, por
razones puramente nacionalistas, siempre se ha preferido centrar la aten-
ción en el estudio del mundo indígena frente a la problemática relativa a
los conquistadores romanos. Una situación muy semejante se verifica en
España con la cuestión de la conquista de Numantia. También en este
caso el discurso histórico se centraba en la localización de la ciudad indí-
gena y su resistencia, mientras que los campamentos de su cerco no eran
contemplados con interés, y tan sólo el investigador alemán Adolf
Schulten se ocupó de ellos. Pero incluso este investigador, una referencia
importante en los estudios militares romanos sobre Iberia, tampoco
había prestado mucha atención a las regiones más occidentales de la
Península, como se manifiesta en un pequeño estudio dedicado a los
campamentos romanos de Iberia. Estas particularidades explicarán por-
qué todo el estudio de la conquista romana en Portugal se ha funda-
mentado en los textos literarios y no en la evidencia arqueológica.
Incluso una cierta investigación sobre los asuntos militares romanos, que
se ha verificado en los últimos años, debe ser considerada poco más que
iniciativas para “ilustrar” referencias literarias antiguas, pero no real-
mente estudios de arqueología militar romana. Como ejemplos de esta
investigación pseudoarqueológica podemos mencionar la atención pres-
tado al asentamiento de Mata Velha de Antanhol, cerca de Coimbra,
destruido en parte por su aeropuerto, que careció de una auténtica inves-
tigación arqueológica anterior o posterior a su destrucción; o los esfuer-

115
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zos para encontrar la ciudad antigua de Móron, donde Estrabon2 situaba el


campamento de Iunius Brutus, el gobernador de Hispania Ulterior en el
138 a. C., mientras no se prestaba ninguna atención a Lisboa, mencionada
en el mismo contexto, ya que todos suponían que el crecimiento moderno
de la ciudad había borrado la evidencia de esa presencia militar.
Sin embargo, algunos sitios arqueológicos “exóticos” atrajeron la aten-
ción de los investigadores, sugiriendo que habrían podido ser asenta-
mientos militares romanos. Los criterios principales para la
identificación eran sus grandes dimensiones, mayores sin duda que los
yacimientos indígenas de la Edad del Hierro, su localización topográfica
en lugares sin defensas naturales, que se reforzaban artificialmente
mediante terraplenes de tierra con fosos. Es decir, todos los elementos
característicos de los campamentos típicos del ejército romano, pero sin
ningún otro argumento arqueológico.

ASENTAMIENTOS DE GRANDES DIMENSIONES CON DEFENSAS DE TERRAPLÉN Y FOSOS


Los criterios de grandes dimensiones y presencia de terraplén con foso
fueron utilizados para identificar como campamento romano el asenta-
miento romano de la Cava de Viriato (Viseu) (Fig. 1, 3), un enorme
yacimiento de unas 38 ha., con planta octogonal y delimitado por un
terraplén con un foso. Adolf Schulten relacionaba este supuesto asenta-
miento romano con la campaña de Junio Bruto contra los pueblos sep-
tentrionales, a pesar de que las fuentes literarias situaban todos los
movimientos de dicha campaña militar en las áreas costeras. Las investi-
gaciones arqueológicas y algunas excavaciones en el yacimiento aporta-
ron pocas evidencias de la presencia romana. El hallazgo más relevante
era un denario del 41 a. C. Una identificación alternativa, apoyada por
los textos, era considerarlo como un asentamiento relacionado con las
grandes campañas militares musulmanas de finales del siglo X, lo que
había sido negado firmemente con simples argumentos “regionalistas”.
Los investigadores locales no deseaban que su ciudad o cualquier monu-
mento de ella se relacionara con esas campañas militares musulmanas
“infames”. Con ocasión de la moderna urbanización de los alrededores
de Viseu, el yacimiento fue reexaminado de nuevo e ironicamente, a tra-
vés de la fotografía aérea, se ha observado que dentro del gran campa-
mento militar musulmán hay algunas evidencias de un probable
campamento militar romano, obviamente con un área más reducida.

2
Geog. III, 3, 1.

116
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Pero, por supuesto, es preciso disponer de una información más precisa


y abundante sobre esta cuestión que sólo pueden proporcionar futuras
investigaciones arqueológicas.
Otro lugar relacionado generalmente con los movimientos del ejército
romano es el yacimiento arqueológico de Mata Velha de Antanhol, cerca
de Coimbra (Fig. 1, 5). Era un gran yacimiento rectangular, de cerca de
9 ha., rodeado por un terraplén de tierra con un foso, que quizá sea
doble en su área meridional. De nuevo, las grandes dimensiones y la
naturaleza de sus defensas, absolutamente perceptibles en la fotografía
aérea, han sido los criterios principales para su clasificación como cam-
pamento militar romano. A los finales de los años 50 del siglo XX surgió
una gran controversia debido a la amenaza que pendía sobre el yaci-
miento, ya que se encontraba situado en el área de construcción del aero-
puerto de Coimbra. A pesar de todo, el yacimiento fue destruido sin
intervención arqueológica. Desde entonces no se ha prestado ninguna
atención al asentamiento, por lo que sigue existiendo la posibilidad de su
identificación como un campamento romano.
Como ya he apuntado, la búsqueda de la ciudad de Móron, identifi-
cada por Estrabón como un campamento del ejército de Iunius Brutus,
además de otras localizaciones hipotéticas, se ha situado en el asenta-
miento arqueológico de Chões de Alpompé, en la confluencia de los ríos
Alviela y Tajo (Fig. 1, 7), en la ribera septentrional de este río, cerca del
moderno Santarém. El yacimiento atrajo la atención de los investigado-
res por varias razones. Es un emplazamiento sobre una colina, una loca-
lización que no coincide en principio con la supuesta disposición de los
campamentos romanos según el modelo de Polibio, que desdeñaba las
defensas naturales prefiriendo las artificiales3. Conserva evidencias de un
terraplén irregular de tierra, que no se ajusta al modelo del historiador
griego. El asentamiento ocupa cerca de 20 ha., unas dimensiones mayo-
res de lo que cabría esperar de una fortaleza indígena prerromana. En
prospecciones superficiales se ha recogido una gran cantidad de manu-
facturas itálicas importadas, tales como ánforas, cerámica campaniense,
cerámica de paredes finas. Algunas de esas cerámicas, como las ánforas
grecoitálicas, sugieren una cronología que podría remontarse al siglo II a.
C. La discusión gira en torno a la interpretación del lugar, ya que mien-
tras algunos defienden que es el lugar de localización de la ciudad indi-
gena de Móron, otros prefieren interpretarlo como un campamento
romano. Esta discusión está pendiente de la interpretación de otros yaci-

3
Hist. VI, 26, 10.

117
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mientos cercanos. Pero no cabe duda que el yacimiento se debe relacio-


nar con las campañas del 138 a. C. La cantidad de cerámica importada
que se puede observar en superficie es enorme. La reciente publicación
de una gran cantidad de monedas romanas republicanas, recogidas por
los aficionados con detectores de metales, no deja lugar a dudas sobre la
interpretación del asentamiento como un establecimiento militar. Frente
a Chões de Alpompé, en la ribera meridional del río Tajo, se sitúa otro
asentamiento arqueológico que se ha interpretadogeneralmente como
campamento militar romano: el yacimiento Alto do Castelo (Alpiarça)
(Fig. 1, 9).
El yacimiento Alto do Castelo ocupa un enorme emplazamiento rec-
tangular, de cerca de 30 ha., relacionado tradicionalmente con la ocupa-
ción de este lugar durante la Edad del Bronce, ya que está rodeado por
alguna necrópolis de ese período identificada a finales del siglo XIX. En
el contexto de una investigación sobre la Edad del Bronce, un grupo de
arqueólogos alemanes realizó un sondeo en este lugar, poniendo al des-
cubierto un terraplén de tierra, lo que resulta lógico ya que el asenta-
miento se coloca en una llanura aluvial sin afloramientos de piedra, por
lo que el material disponible es la arcilla. El terraplén presenta también
un foso doble, uno con sección triangular y el otro con sección trapezoi-
dal, una estructura muy infrecuente para las sociedades de la Edad del
Bronce. Los artefactos arqueológicos encontrados alli eran de diversos
períodos, de época prehistórica (la última Edad del Cobre, la Edad del
Bronce y del Hierro), pero también romana (período republicano e
imperial). No se encontró ninguna evidencia incuestionable para fechar
la construcción. Basándose en la la naturaleza de las defensas, el equipo
alemán sugiere que el lugar se puede identificar como un campamento
militar romano, de tal manera que todavía debe identificarse la localiza-
ción del campamento de Junio Bruto. Desafortunadamente, no se ha
acometido ningún otro trabajo arqueológico en el yacimiento, por lo
que la información de que disponemos es limitada. Tal vez este lugar fue
el campamento de Junio Bruto, que estaría situado en la ribera derecha
del Tajo, y no Chões de Alpompé, que está situada en la otra orilla. Pero
si no hay relación entre ambos sitios, es posible pensar que el Alto do
Castelo es un yacimiento miltiar más antiguo que Chões de Alpompé,
uno relacionado con una campaña militar anterior desde el sur y otro
relacionado con un establecimiento más permanente para controlar el
valle del Tajo.

118
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OTROS EMPLAZAMIENTOS CON DEFENSAS DE FOSO Y TERRAPLÉN

Otros lugares se han identificado como campamentos militares romanos


tan sólo por la presencia de defensas consistentes en un terraplén de tie-
rra y un foso. Dichos emplazamientos se sitúan en la parte noroeste del
actual Portugal. Estos asentamientos no eran de grandes dimensiones,
como hemos comentado en el caso de los anteriores, sino más pequeños.
Por su posición topográfica en zonas más bajas y por su localización geo-
gráfica, no lejos de la frontera romana más tardía, en el período augus-
teo, y en un área donde las fortalezas de la Edad del Hierro presentan
típicos terraplenes de piedra, por lo que parece absolutamente razonable
un origen foráneo para este tipo de defensas, una función militar romana
parece ser la explicación más conveniente para estos lugares peculiares.
La investigación arqueológica moderna acometida en algunos de ellos ha
demostrado que eran realmente yacimientos indígenas. Por ejemplo el
yacimiento de Lago, cerca de Amares (Braga) parece un establecimiento
subsidiario que dependía de un lugar central próximo situado en la cima
de una colina. Pero otros, como algunos situados en el valle del río Lima,
fueron creados después de la conquista romana, por lo que se admite que
se inspiran en modelos defensivos militares. Estos últimos también fue-
ron interpretados como una prueba arqueológica de la política romana
de fijar a los indígenas en lugares más llanos, procurando estimular prac-
ticas agrarias en poblaciones con otros hábitos económicos, por lo que la
investigación moderna llama estos sitios “castros agrarios”.
Sin embargo, debemos tener cuidado en cualquier generalización, ya
que si era incorrecto ver un campamento romano en cualquier lugar con
defensas de tierra y foso, quizás también sea incorrecto clasificar todos
esos sitios como yacimientos fundados para actividades agrarias, sin una
investigación arqueológica verdadera para probarla. En otras palabras,
son precisos más estudios de detalle para entender el contexto de la cre-
ación de estos asentamientos en áreas de llanura y para decidir si están
relacionados con la conquista romana o son una respuesta indígena a un
problema local de presión demográfica.
Todos esos emplazamientos con terraplen y foso, tanto los más gran-
des como los supuestos recintos militares más pequeños, fueron campa-
mentos militares temporales relacionados con las campañas de
conquista, si bien Chões de Alpompé parecen tener una ocupación
mucho más larga. Pero hay otros yacimientos militares permanentes,
relacionados con el dominio de las nuevas áreas controladas; no se puede
esperar encontrar terraplenes de tierra, pero construcciones si defensivas
de piedra.

119
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FORTALEZAS ROMANAS

De nuevo a los años 40 del siglo XX nos encontramos con la primera


mención de una posible fortaleza romana cen la zona más occidental de
la península ibérica, el Castelo da Pousa (Fonte do Milho, Peso da
Régua), un yacimiento en el valle del río Duero (Fig. 1, 2). Castelo da
Pousa es un emplazamiento reducido rodeado por una muralla de pie-
dra, con un asentamiento rural tardorromano en su interior. El arqueó-
logo responsable pensaba que el yacimiento romano más tardío había
ocupado realmente una fortaleza romana antigua, relacionada con las
campañas tardoaugusteas de conquista. En su opinión la muralla de pie-
dra era de la fortaleza antigua, y el yacimiento tardorromano la reutiliza.
No presentó ningún argumento estratigráfico u objetos antiguos que
apoyaban la idea de ese uso antiguo militar, ya que todas las dataciones
publicadas son del periodo tardorromano. La hipótesis sobre una forta-
leza militar romana en el valle de Duero construida en época augustea
sigue necesitando una confrimación de carácter arqueológico. En el año
pasado un gran proyecto relacionado con el viñedo en la región, afectó
al asentamiento arqueológico y se realizaron intervenciones arqueológi-
cas de urgencia, pero los resultados siguen siendo inéditos.
La referencia principal a las fortalezas romanas en Portugal es hoy en
día el Castelo da Lousa (Mourão), situado en la ribera izquierda del
Guadiana (Fig. 1, 13), ahora bajo las aguas de la presa de Alqueva. João
de Almeida identificó primero el sitio en su libro Fortalezas militares en
Portugal. Castelo da Lousa es una fortaleza impresionante en la margen
izquierda del río Guadiana. Por los lados este y oeste de la fortaleza dos
arroyos pequeños proporcionaron defensas naturales, mientras en el área
meridional, la única sin defensas naturales, se excavó un foso. El edificio
principal, una fuerte construcción en piedra de planta rectangular con
ca. 23 x 20 m., presenta dos niveles, el más bajo construido con grandes
lajas de esquisto y el superior realizado en adobe. El derrumbamiento de
este nivel superior de adobe cubre toda el área interna de la planta baja
del edificio. Esta parte inferior presenta una disposición muy intere-
sante, con un atrio y un reducido patio central que organizaba todo el
área. En el centro del patio hay una profunda cisterna. Frente al atrio, en
el lado opuesto del patio, se construyó una espacio grande con dos ven-
tanas pequeñas. El resto de habitaciones también presentan ventanas,
pero apenas una en cada uno. Desde el edificio principal, una escalera
construida de piedra desciende hacia la ribera del río a través de varias
plataformas.
La excavación reveló un conjunto coherente de objetos entre los que
destacaban cerámicas campanienses, ánforas itálicas y del sur de España,

120
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cerámica de paredes finas, militaria, algunas armas y también terra sigi-


llata itálica. El contexto arqueológico permite interpretar que la vida del
edificio y su abandono tienen lugar en un marco temporal comprendido
entre el segundo cuarto del siglo I a. C. y el período augusteo.
Recientemente, el arqueólogo alemán J. Wahl se muestra contrario a la
función militar del edificio, sugiriendo que debería interpretarse como
una villa fortificada. En mi opinión sus argumentos son débiles, ya que
nada en esta estructura sugiere una función rural ver mis argumentos en
Fabião 1998, reproducido en EDIA, 2002. Antes de la construcción de
la presa de Alqueva, el sitio fue excavado extensivamente y una mono-
grafía general será publicada pronto.
Después de la excavación de Castelo da Lousa, en los años 70 del siglo
XX, los investigadores prestaron mayor atención a algunas pequeñas
estructuras construidas en piedra situadas en el área meridional de
Portugal, cerca el cinturón ibérico de la pirita, donde se conocen muchas
minas antiguas. Dichas estructuras eran conocidas desde el siglo XIX,
pero nunca habían sido excavadas. La investigación moderna reveló la
existencia de lugares con una arquitectura inspirada en modelos milita-
res. Son estructuras cuadradas pequeñas, con c. 18 o 15 m., con la planta
baja construida en piedra y la superior de adobe. Estas torres son rodea-
das por plataformas con otros edificios la comparación con Castelo da
Lousa es inevitable–. Pero, además de esas características comunes, se
pueden apuntar muchas otras diferencias. Por un lado, esos edificios son
mucho más pequeños y no tienen la arquitectura sofisticada que pre-
senta Castelo da Lousa; por otro lado, su organización interna es absolu-
tamente diferente. Tienen un pasillo central sin techo, rodeado por dos
otras áreas con cubículos muy reducidos. La cronología de estos peque-
ños edificios es también diferente. Los casos estudiados parecen haber
sido construidos en el período augusteo. La tradición arqueológica por-
tuguesa denomina castella a estos edificios, ya que el primer uso pro-
puesto fue precisamente el militar. Las interpretaciones sobre su
ubicación y función varían. Algunos investigadores pensaron en una pla-
nificación institucional como asentamientos para veteranos, impulsados
por César o Pompeyo; otros investigadores han sugerido que podrían
tratarse de una verdadera línea militar de fortalezas romanas, que prote-
gería la zona minera; otros proponen que podría tratarse de asentamien-
tos militares para explotar las pequeñas minas. Pero todos aceptan la
relación que existe entre estos yacimientos y otros similares, conocidos
en la zona oriental de Lusitania, concretamente en la comarca de La
Serena (Badajoz), e incluso con otros situados en el Alto Guadalquivir.
En estas cortas líneas no es posible exponer los argumentos de cada

121
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investigador. Pero pienso que el resultado más importante de estos últi-


mos años ha sido que se tiende a descartar una función puramente mili-
tar para estos asentamientos. Sin embargo, está absolutamente claro
estos yacimientos se pueden ver como un antiguo modelo de asenta-
miento no urbano desarrollado por Roma algunas regiones de la penín-
sula ibérica. Su inspiración en modelos de arquitectura militar parece
también absolutamente clara.
De nuevo, pienso que debemos tener cuidado con las generalizacio-
nes. Tal vez algunos de estos emplazamientos sean realmente instalacio-
nes militares, mientras que otros no. Es necesaria más investigación
arqueológica y se deben estudiar más emplazamientos para intentar
entender cuando, cómo y porqué se desarrolló este peculiar modelo de
establecimiento.

OTROS ASENTAMIENTOS MILITARES ESTABLES

El yacimiento de Lomba do Canho (Arganil), presenta rasgos muy pecu-


liares en el contexto de los recintos militares romanos en el actual
Portugal (Fig 1, 4). El asentamiento fue utilizado como cantera y se vió
afectado de forma extensiva, motivo por el cual sus dimensiones y defen-
sas no han podido ser todavía definidas. Los restos de los antiguos
escombros de la cantera y la densa vegetación dificultan una buena defi-
nición. El asentamiento se dispone en un meandro del río Alva y apa-
rentemente no supera las 2 ha.
Lomba do Canho fue identificado a finales de los años 50 del siglo
XX y se interpretó como un yacimiento indígena más del periodo de la
Edad del Hierro. La excavación proporcionó una gran cantidad de
armas romanas, que han llevado a la suposición de que nos encontra-
mos ante una ocupación ocasional del ejército romano, posiblemente
de alguna guarnición instalada sobre el antiguo yacimiento indígena.
Las nuevas excavaciones, llevadas a cabo durante los años 70 y 80, per-
mitieron llevar a cabo una revisión arqueológica del lugar. Desde enton-
ces es evidente que el emplazamiento corresponde a un recinto militar
romano. Su organización interna obedece a un plan ortogonal. En el
área central del campamento las excavaciones revelaron la existencia de
un complejo arquitectónico (c. 22 x 25 m) dispuesto en torno a un
patio, que se interpretó como un praetorium. A escasa distancia de ese
edificio se localizaron los restos de unos pequeños baños, además de
otras construcciones tales como almacenes y barracones de tropas, orga-
nizados con pequeños espacios con un hogar cada uno en su interior
(Fig. 2). Se ha podido documentar que en cada uno de ellos hay una
lucerna cerca del hogar (Fig. 3). Todo el yacimiento es claramente un

122
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Fig. 2. El área central de Lomba do Canho: A. Almacenes; B. Área residencial;


D. Edificio de baños (?); P. Praetorium (Nunes et alii, 1988).

recinto militar romano,


aunque no se utilizaron
para su construcción ni
mortero ni tejas. Son
edificios muy simples de
piedra y adobe el tipo de
técnicas constructivas
que se puede encontrar
esperar en un asenta-
miento indígena. Por
este motivo no estaba
muy clara en las prime-
ras excavaciones la natu- Fig. 3. El área residencial de Lomba do Canho
raleza romana del (B): un hogar con una lucerna
yacimiento. (Fotografía: A. Guerra).

123
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Fig. 4. Las armas de Lomba do Canho: Espada, piqueta de tienda y umbo de


un escudo (Nunes et alii, 1988).

El material arqueológico es muy significativo, con cerámica campa-


niense, ánforas itálicas y de la Hispania meridional, cerámica de paredes
finas, monedas y lucernas, además una gran cantidad de armas (Figs. 4 y 5).
También hay ausencias muy significativas, especialmente de terra sigi-
llata y de monedas augusteas. Así pues, la cronología de la secuencia: ins-
talación/uso/abandono se puede establecer en el segundo y tercer cuarto
del siglo I a. C. El motivo del establecimiento en esta zona de un recinto

124
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Fig. 5. Las armas de Lambo do Canho: Pila catapultaria de hierro y bala de


honda de plomo (Nunes et alii, 1988).

militar romano se puede relacionar con la explotación de los recursos


auríferos del río Alva. Toda la zona alrededor de Lomba do Canho pre-
senta abundantes muestras de antiguas actividades mineras, aunque
todavía no se ha encontrado ninguna evidencia fechable. Un posible
motivo de abandono de Lomba do Canho se puede encontrar en la com-
pleja coyuntura propia de las últimas guerras civiles romanas entre los
hijos de César y de Pompeyo en la península ibérica. Un asentamiento

125
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arqueológico identificado por fotografía aérea, que se encuentra cerca de


la capilla del S. Pedro y del río, a escasa distancia de Lomba do Canho,
y que ha proporcionado terra sigillata, podría sugerir un abandono defi-
nitivo de esta posición militar en época augustea, a pesar de la continui-
dad de la explotación de los recursos auríferos. Realmente, tenemos
escasas evidencias de una presencia militar en esta zona durante el
Imperio romano, a excepción de un pequeño depósito de denarios
augusteos encontrado en Moura da Serra, Arganil.
El sitio de Lomba do Canho representa un nuevo estadio en la estra-
tegia de asentamiento desarrollada por el ejército romano. No hay asen-
tamientos de grandes dimensiones, sino establecimientos temporales de
campaña. Y junto a ellos aparecen asentamientos estables relacionados
con la necesidad de control de las áreas con recursos apreciados, o de las
rutas de comunicación. La misma interpretación puede ser sugerida para
otros emplazamientos datados en el siglo I a. C., yacimientos que no
presentan estructuras u objetos militares específicos y que por lo tanto
eran difíciles de interpretar como recintos militares fuera de esta estrate-
gia de control y dominio. Uno de esos sitios es el yacimiento de Pedrão
(Setúbal), en la cumbre de una colina sobre el estuario del río Sado (Fig.
1, 12). Es un fortín, de no más de 120 m2. El terraplén es una estructura
simple de piedra con arcilla y con algunas habitaciones en la parte inte-
rior del terraplén, con su propio hogar cada uno. Cerca de la entrada
algunas paredes alineadas, que pertenecen a una estructura sin excavar,
podrían ser interpretadas como un granero (Fig. 6). Esta organización
puede recordar a algunos yacimientos indígenas conocidos en la parte
oriental de la península ibérica, pero no se conoce ningún lugar seme-
jante en el oeste de Hispania. Los materiales recogidos en una pequeña
excavación son objetos itálicos importados como cerámica campaniense,
cerámica de paredes finas, monedas, y también algunas armas. Pero son
demasiado escasos como para permitir una identificación incuestionable
como recinto militar. Existe un innegable contraste entre las reducidas
dimensiones del asentamiento y los objetos importados hallados, por lo
que la naturaleza y función del yacimiento son difíciles de precisar. En
los alrededores no hay posibilidad de uso agrario, ni existen recursos que
pudieran haber sido explotados y pudieran justificar un asentamiento en
este lugar. Por este motivo una hipotética función militar me parece la
única explicación posible para este asentamiento en este lugar estratégico
privilegiado para observar el estuario del río Sado.
Los argumentos principales contra una identificación indígena del
yacimiento de Pedrão son sus reducidas dimensiones, sin paralelos en los
asentamientos prerromanos occidentales y la naturaleza de los hallazgos,

126
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con importaciones romanas de Italia y


de el Mediodía español. Los mismos
argumentos pueden emplearse para
otro yacimiento recientemente identi-
ficado: Mata Filhos, cerca de Mértola
(Fig. 1, 18). El asentamiento no ha
sido todavía excavado, pero la prospec-
ción arqueológica reveló un yaci-
miento reducido, de c. 3000 m2, Fig. 6. Pedrão (Setúbal)
circundado por un terraplén y por un (Soares & Silva, 1973).
supuesto foso. En la zona fueron reco-
gidos muchos fragmentos de ánforas
republicanas itálicas de los tipos grecoitálico y Dressel 1. También en
esta ocasión el asentamiento es demasiado reducido para un yacimiento
indígena y, sobre todo, las ánforas son muy antiguas, del siglo II a. C.,
una cronología que coincide con los primeros movimientos militares
romanos en el occidente de la península ibérica. El yacimiento está
situado cerca de Mértola, la antigua Myrtilis, una ciudad prerromana y
romana relevante, situada en el límite de la navegación del río Guadiana
y también cerca del área minera del cinturón de la pirita. Hay evidencias
que apoyan la hipótesis de que Mértola es una de las zonas donde
comenzó la conquista romana del territorio del actual Portugal: depósi-
tos de monedas fechados a partir del siglo II a. C., objetos romanos de
época republicana y, naturalmente, su localización estratégica relevante.
La evidencia de datación recogida en el sitio de Mata Filhos se puede ver
como otro argumento añadido para sostener esta idea.
Otro lugar de probable uso militar romano es Monte da Nora
(Terrugem) (Fig. 1, 11). El yacimiento se vió afectado por la construc-
ción de una autopista sin peaje. Se realizó una excavación de urgencia,
aunque sus resultados siguen siendo inéditos, a excepción de un corto
informe introductorio sobre la investigación geofísica practicada. Ocupa
una colina baja, sin defensas naturales. Toda la zona parece ser defendida
por fosos y la prospección arqueológica reveló objetos romanos de época
republicana. Por supuesto que es una evidencia muy escueta para soste-
ner su identificación como un recinto militar romano, pero en vista del
hecho de que las defensas con foso son algo infrecuentes en yacimientos
indígenas prerromanos, así como su localización topográfica en un lugar
sin defensas naturales, parece razonable sugerir un origen “exótico” para
tal yacimiento. La presencia de materiales republicanos es un argumento
importante para tal interpretación.

127
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Un asentamiento como Castelo das Guerras (Moura), también se


puede relacionar con el ejército romano (Fig. 1, 14). Es de reducidas
dimensiones y ocupa una colina baja. No ha sido nunca excavado, de tal
manera que toda la información disponible proviene de las prospeccio-
nes. Las características del yacimiento no permiten enmarcarlo dentro
del modelo de asentamiento propio de las poblaciones prerromanas loca-
les, ni tampoco con el tipo romano clásico de villa. Además, la ausencia
de buenos suelos cultivables alrededor aleja cualquier posibilidad de un
uso agrario para el yacimiento. La prospección reveló muchos fragmen-
tos cerámicos y marcas de terra sigillata itálica en un lugar sin indicios de
edificios relevantes. Así pues, teniendo en cuenta que la terra sigillata itá-
lica es un artículo común en los recintos militares romanos del período
julioclaudio, su uso militar es posible. De nuevo esta hipótesis se basa en
un simple argumento de sentido común: el asentamiento fue situado en
un lugar insólito, sin justificación económica, y la evidencia de los restos
constructivos reposa tan sólo en la abundancia de terra sigillata itálica.
Pero, por supuesto, solamente un programa de excavación podría dar
respuestas más exactas.
Los sitios tales como Pedrão, Mata Filhos, Monte da Nora o Castelo
das Guerras tal vez pueden relacionarse con el ejército romano porque
no entran dentro del conocido modelo indígena de yacimiento, presen-
tan grandes cantidades de cerámica importada, infrecuente en contextos
indígenas, y fueron emplazados en areás sin recursos provechosos que
pudieran justificar la construcción de un asentamiento. Pero en otras
ocasiones tenemos testimonios abundantes de yacimientos indígenas
que fueron utilizados como bases del ejército romano.

EL EJÉRCITO ROMANO “OCULTO” DENTRO DE YACIMIENTOS INDÍGENAS

Las fuentes literarias proporcionan varias noticias sobre el uso de yaci-


mientos indígenas por el ejército romano en el período de la conquista,
pero no es fácil decir qué clase de evidencia puede confirmar tal uso.
Cuando no tenemos contextos y registros estratigráficos es incluso más
difícil. Pero en algunos casos, teniendo en cuenta los testimonios dispo-
nibles, se podría sugerir tal uso.
El sitio de Cabeça de Vaiamonte, cerca de Monforte, es un buen
ejemplo (Fig. 1, 10). Es una fortaleza prerromana sobre una colina, con
una larga ocupación desde el Bronce Final e incluso anterior. Entre los
años 40 y los 60 del siglo XX se llevaron a cabo intensas excavaciones por
parte de un equipo del Museu Nacional de Arqueologia de Lisboa. Tras
las excavaciones el yacimiento fue de nuevo cubierto, ya que es de pro-
piedad privada, por lo que ninguna evidencia de las estructuras cons-

128
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tructivas puede ser observada en la actualidad. No se ha publicado nada


de las excavaciones realizadas, por lo que tenemos una gan cantidad de
materiales pero escasos datos estratigráficos o del contexto de los hallaz-
gos. Entre la gran colección de objetos procedentes de este asentamiento,
depositados en el Museu Nacional de Arqueologia en Lisboa, hay lotes
de cerámicas importadas romano republicanas, tales como cerámica
campaniense, monedas, cerámica de paredes finas y lucernas, armas y
militaria (Fig. 7), además de evidencias de otros periodos. Los materia-

Fig. 7. Armas y militaria romanas de Cabeça de Vaiamonte (Monforte)


(Fabião, 1998).

129
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les son muy semejantes a los procedentes del gran campamento romano
de Cáceres el Viejo, e incluso las monedas tienen una cronológica simi-
lar, desde el siglo II a. C., hasta los años ochenta del siglo I a. C.
Aparentemente estamos ante un asentamiento romano y su abandono
está relacionado con la ocupación y abandono de Cáceres el Viejo.
Parece aceptable argumentar a favor de una ocupación romana de este
yacimiento indígena, ocupación que debe revestir un carácter militar a
juzgar por la gran colección de objetos encontrados con estrechos para-
lelos con los hallados en Cáceres el Viejo.
Podemos ver una situación muy semejante en el yacimiento indigena
del Castro de Alvarelhos (Santo Tirso), en el área septentrional de actual
Portugal (Fig. 1, 1). No existen dudas sobre el orígen indígena de este
yacimiento, que presenta el tradicional terraplén de piedra y en su inte-
rior las habituales viviendas de planta circular. Pero se han encontrado
algunos materiales poco frecuentes en el ámbito indígena, como armas y
recipientes metálicos itálicos, desafortunadamente sin contexto arqueo-
lógico claro. Y, sobre todo, una enorme cantidad de denarios de plata
fechados entre la República y el periodo augusteo, además de nueve tor-
tas de plata, dos de ellas con la palabra CAESAR inscrita en mayúsculas.
Tal cantidad de dinero, además de las tortas de plata inscritas, sugieren
que nos encontramos ante un emplazamiento de algún modo usado por
el ejército romano durante el periodo augusteo, posiblemente durante
las guerras de conquista de los pueblos septentrionales de la Península.
De nuevo en la zona meridional, nos encontramos con la fortaleza
indígena de Serro Furado (Baleizão), sobre la ribera derecha del río
Guadiana, que también pudo haber sido un asentamiento indigena con
una ocupación militar romana (Fig. 1, 17). De nuevo en este caso no
existe duda sobre su carácter indígena. Sin embargo, en una prospección
recientemente publicada se detectaron los restos de un pequeño edificio
cuadrangular, cerca del cual se recogieron algunos materiales romanos.
No se documentaron más objetos romanos en toda la superficie de este
gran yacimiento durante la prospección arqueológica. La interpretación
de este supuesto edificio como una construcción romana erigida sobre
un asentamiento indígena anterior tiene sentido. Por lo demás la ubica-
ción de Serro Furado en un emplazamiento que goza de una amplia vista
del area del río Guadiana justifica la presencia del yacimiento como un
puesto de control. No se conservan evidencias de otro uso del yaci-
miento en el entorno, por lo que una función militar parece aceptable.
Naturalmente, necesitamos profundizar mucho más en la cuestión del
uso militar de los yacimientos indígenas, pero pienso que es importante
plantearse que tal uso pudo ser frecuente, principalmente en una

130
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segunda fase del proceso de la conquista, cuando la parte más occidental


de la península ibérica no era ya un territorio donde realizar campañas
estacionales para someter a los pueblos indígenas, sino una zona ya ocu-
pada y controlada, con una presencia permanente del ejército romano.
A lo largo del proceso de ocupación, los elementos militares fueron
dando paso a los civiles, y podemos admitir que algunos de los recintos
militares anteriores pudieron dar lugar a asentamientos civiles reales. Las
colonias romanas en Lusitania son realmente un buen ejemplo.

LAS COLONIAS ROMANAS

En un texto ya clásico, el investigador español A. García y Bellido


argumentó una función militar activa de las colonias romanas en
Lusitania. Las fuentes literarias resultan muy claras en lo relativo a la
relación entre los movimientos del ejército y sus veteranos y la fundación
de las colonias romanas de Lusitania, tales como Augusta Emerita,
Metellinum o Norba Caesarina, todas en el actual territorio español y por
eso fuera de los objetivos de este texto. Las otras colonias de Lusitania,
ambas en localizaciones más occidentales, son Scallabis, bajo de la ciudad
de Santarém, y Pax Iulia, bajo la actual ciudad de Beja. Ambas presetan
una larga continuidad histórica por lo que resulta dificil obtener una
información abundante sobre los primeros asentamientos, ya que los
únicos datos de los que disponemos provienen de la arqueología urbana
de urgencías, con todos los problemas relacionados con tal información.
Sobre Scallabis, tenemos una referencia de Plinio el Viejo, que llama a
la ciudad un praesidium anterior Iulium 4. Además, las recientes excava-
ciones de urgencia han revelado que este lugar se encuentra ocupado
desdel el Bronce Final. La larga secuencia ocupacional reveló niveles
arqueológicos de la segunda mitad del siglo I a. C. hasta la época augus-
tea. Un área compleja de pequeños edificios construidos sin mortero
podría corresponder a los restos del primitivo recinto militar. Los mate-
riales documentados en el registro arqueológico: cerámica campaniense,
cerámica de paredes finas, monedas, terra sigillata oriental e itálica,
lucernas, hallazgos pequeños y algunas armas, confirmaron la cronología
y la interpretación.
Para Pax Iulia la evidencia es escasa. El emplazamiento fue ocupado ya
antes de la conquista romana, ya que se han documentado restos mate-
riales de la Edad del Hierro, así como cerámica prerromana y cerámica
ática. Algunos materiales romanos de época republicana se recogieron

4
Nat. Hist. IV, 117.

131
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durante las recientes excavaciones de urgencia, pero no hay ninguna


información sobre edificios de este periodo.
Un supuesto campamento romano fue identificado recientemente a
través de fotografía aérea cerca de Beja, concretamente en Mata Bodes.
Es un campamento pequeño con forma rectangular, con edificaciones
interiores de gran tamaño dispuestas de forma ortogonal, que aparecen
de forma absolutamente clara en la fotografía aérea. La prospección
arqueológica reveló cerámicas romanas de época republicana, tales como
ánforas itálicas. Este hecho apunta la posibilidad de que en Pax Iulia,
también encontrarriamos un recinto militar romano, pero quizás no en
el área ocupada posteriormente por la colonia romana. Como la parte
superior de la colina, donde posteriormente se desarrollará la ciudad
romana, era ya un asentamiento indígena, tal vez el campamento
romano estuviera situado en las cercanías. De ser así, éste sería un caso
de presencia militar romana no oculta en el interior de yacimientos indí-
genas.

OTROS POSIBLES ASENTAMIENTOS MILITARES ROMANOS

Además de todos los casos aquí presentados, hay otros lugares que pue-
den tener cierta relación con los movimientos del ejército romano. Pero
para estos asentamientos nuestra información es aún más escasa y se
encuentra sin confirmar. Cerca de Baião, una prospección reciente docu-
mento un asentamiento arqueológico interpretado como un campa-
mento militar romano. Una inscripción en la roca, castra Oresbi, se
argumentó como prueba de la función militar de ese emplazamiento.
Pero realmente no se presentó ningún otro testimonio. Otra evidencia
epigráfica reveló la presencia del ejército romano en el norte de Portugal
actual, en un período posterior de la conquista.
Otras indicaciones interesantes en campamentos romanos antiguos
posibles son dadas por los topónimos antiguos registrados en las fuentes
literarias grecolatinas o por los nombres locales actuales, interpretados
como evidencias de la evolución moderna de las antiguas romanas. Pero,
a pesar de la interesante sugerencia de esos nombres, debemos tener cui-
dado con la interpretación de los datos, como A. Guerra ha apuntado
recientemente sobre Caepiana, uno de esos nombres antiguos relaciona-
dos generalmente con el ejército romano.
Otros lugares sugerentes son Aritium praetorium, mencionado en los
textos antiguos y situado probablemente en alguna parte en el valle del
río Tajo, o la aldea moderna Medelim en el distrito de Castelo Branco,
donde se puede ver fácilmente el mismo origen lingüístico que el
Medellín español, la colonia romana antigua de Metellinum. Para ambos

132
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sitios tenemos una cierta evidencia de materiales militares romanos en su


área de localización, pero desafortunadamente ninguna evidencia real de
la presencia de recintos militares.
Por último, tenemos también las interpretaciones tradicionales de la
investigación, con todos los problemas que conllevan. Bracara Augusta,
bajo la actual ciudad de Braga, es un buen ejemplo. El asentamiento era
una de las fundaciones augusteas emblematicas en el noroeste de la
península ibérica, junto con Asturica Augusta (Astorga) y Lucus Augusti
(Lugo). Debido al contexto de su fundación, Bracara, al igual que las
otras dos capitales, se ha visto generalmente como un campamento mili-
tar romano, transformado más tarde en asentamiento civil. Pero treinta
años de intensa arqueología urbana en la actual Braga no han revelado
relación alguna con el ejército romano, por lo que parece que el supuesto
campamento romano era solamente una ilusión o un deseo de algunos
investigadores.

CONCLUSIÓN
La conclusión general de lo que hasta aquí hemos expuesto es el interés
todavía incipiente por los temas militares romanos entre los investigado-
res portugueses, por lo que podemos entender perfectamente la gran
cantidad de cuestiones que quedan por responder o las interpretaciones
dudosas que hemos planteado en este trabajo.
Una de las más importantes conclusiones es que carecemos de evi-
dencias sobre contactos entre romanos e indígenas antes de la conquista
en la región más occidental de la península ibérica. En este sentido, cual-
quier hallazgo de material arqueológico del periodo republicano, princi-
palmente a partir del siglo II a. C., puede indicar una relación con los
movimientos del ejército romano. Realmente, es una manera peculiar de
estudiar el ejército romano, pues uno puede seguir sus movimientos sin
verdaderos campamentos, armas u otras características militares comu-
nes. Un buen ejemplo de tal acercamiento nos la proporciona la reciente
arqueología urbana de Lisboa, que aunque no ha proporcionado ni
armas ni otros materiales claramente militares, muestra una gran canti-
dad de importaciones romanas, que permiten tal vez establecer una rela-
ción con las campañas de la conquista, quizás la campaña de D. Junio
Bruto del 138 a. C.
Los criterios generales para identificar instalaciones antiguas del ejér-
cito romano podían ser: emplazamientos que se apartan del modelo
indígena tradicional, así como de las dimensiones estandar, ya que los
emplazamientos supuestamente romanos son mayores (Chões de
Alpompé o Alto do Castelo), o menores (Mata Filhos o Pedrão) que los

133
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asentamientos indígenas; cuando los asentamientos presentan defensas


de un tipo diferente (terraplén de tierra con fosos); pero principalmente
cuando esas características se asocian con importaciones romanas (no
necesariamente militaria). Además, podemos encontrar algunos asenta-
mientos con una disposición arquitectónica diferente, tal como Castelo
da Lousa, pero debemos aceptar la posibilidad de que algunos de estos
yacimientos no tengan un origen militar romano, como puede ser el caso
de muchos de los denominados de forma genérica castella en el sudoeste
de la península ibérica.
Por último (pero no en menor medida) cualquier investigación sobre
las cuestiones militares romanas en la península ibérica debe estar prepa-
rada para encontrar al ejército romano “oculto” dentro de los yacimien-
tos indígenas. En pocas palabras, un gran campo de la investigación,
esperando a todos los que están interesados en el ejército como agente
del cambio cultural y no sólo una máquina de guerra.

134
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MINERÍA ROMANA DE ORO DEL NOROESTE


DE HISPANIA
F. Javier Sánchez-Palencia, M. Dolores Fernández-Posse, Almudena
Orejas, Inés Sastre, María Ruiz del Árbol
Instituto de Historia, CSIC

Como es sabido, la minería ha sido siempre considerada uno de los ejes


esenciales del desarrollo de la provincialización de la península ibérica.
Tuvo esencial importancia en el proceso de conquista y sometimiento
del territorio durante el final de la República y los inicios del Principado.
Sin embargo, los enfoques utilizados para el estudio de las explotaciones
se caracterizan por una visión excesivamente “modernizante”, como si se
tratara de sectores industriales independientes, sin tener en cuenta que la
economía romana en su conjunto estaba firmemente basada en la agri-
cultura.
La falta de una perspectiva diacrónica y de un análisis integral de las
zonas mineras ha llevado a interpretaciones simplistas sobre su impor-
tancia histórica en dos aspectos. Por una parte, el papel jugado en estos
procesos por las comunidades peninsulares, las poblaciones indígenas
asentadas en esta áreas en época prerromana, o bien es considerado
secundario, o bien es directamente obviado. Sin embargo, sus técnicas y
su trabajo contribuyeron, a diferentes niveles, al desarrollo posterior de
los sectores mineros. Por otra parte, la incorporación de estas regiones al
dominio romano estuvo marcada por procesos sociales conflictivos y
complejos, desarrollados al ritmo de la formación de la sociedad provin-
cial. Sin embargo, la preeminencia o la espectacularidad de las minas ha
hecho que la atención se haya centrado en la valoración técnica o eco-
nómica de varias regiones mineras, a costa de los estudios sobre la explo-
tación de otros recursos y actividades productivas, que sin embargo son
también mencionados en las fuentes escritas.
Las explotaciones mineras hispanas pueden dividirse en tras grandes
áreas o regiones. En dos de ellas, el Sudeste y Sierra Morena, se explota-
ron principalmente los yacimientos de galena argentífera desde época
republicana. El Sudoeste fue conocido por sus depósitos piríticos, de
dónde se extrajo cobre y metales preciosos (plata y oro) en mucha mayor
cantidad que en tiempos recientes. La explotación de la cuarta región, el
cuadrante nordoccidental, se inició más tarde. En todo el Noroeste se
extrajo oro, desde el Tajo hasta el norte, incluyendo las antiguas

135
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Lusitania, Gallaecia y Asturia mencionadas por Plinio el Viejo1. Esta es


la zona de la que nos ocuparemos en este trabajo.
La síntesis que aquí presentamos deja en segundo plano los problemas
técnicos para centrarse en el análisis del papel que tuvo la minería de oro
en la transición al mundo romano, es decir, en las cuestiones históricas a
las que hacíamos referencia más arriba. Durante los últimos quince años
se han llevado a cabo investigaciones por parte de nuestro grupo en
varias zonas del antiguo territorio astur, principalmente en la zona
arqueológica de Las Médulas y la cuenca nordoccidental del Duero, así
como en el noreste de Lusitania, en las zonas mineras de Las Cavenes y
Pinalejo-Tenebrilla (Salamanca), y en la cuenca del Erjas/Bazágueda
(frontera hispano-portuguesa entre Cáceres y Castelo Branco). Como
resultado de estos trabajos hemos adquirido una perspectiva histórica
integral sobre la ocupación y explotación del territorio que nos ha per-
mitido aportar una nueva interpretación sobre estos periodos históricos.

OCUPACIÓN Y EXPLOTACIÓN DEL TERRITORIO EN ÉPOCA PRERROMANA: LA CULTURA


CASTREÑA COMO SOCIEDAD CAMPESINA

Uno de los aspectos que más llaman la atención en un análisis compara-


tivo entre las épocas prerromana y romana es el cambio en las formas de
ocupación del territorio, que se detecta a todos los niveles: organización
interna de las comunidades, caracterización de los asentamientos y dis-
tribución geográfica de los mismos. En este sentido, disponemos de sufi-
ciente información como para hacer una definición de la organización
social y territorial de estas comunidades que sirva como punto de refe-
rencia para valorar el impacto de la provincialización romana.

Estructura social interna de los asentamientos


Las excavaciones llevadas a cabo en los castros prerromanos dentro del
área de estudio del proyecto Zona Arqueológica de Las Médulas han per-
mitido documentar suficientemente los asentamientos y comprender su
estructura interna. Gracias el análisis constructivo, funcional y espacial
del asentamiento se han podido definir “unidades de ocupación”, con-
cepto que en términos arquitectónicos equivale a “vivienda” y, desde un
punto de vista sociológico, a “familia”. De hecho, estas unidades son el
elemento que estructura la distribución y el desarrollo del espacio cons-
truido, son la unidad básica de producción y el referente para la regula-

1
Nat. Hist. XXXIII, 78.

136
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ción y control del comportamiento social y de las relaciones dentro de la


comunidad-castro.
Esta interpretación socioeconómica del espacio doméstico de los cas-
tros encaja con la imagen que dan la mayor parte de los autores que se
han ocupado de las sociedades campesinas segmentarias. Se trata de
comunidades compuestas por familias cerradas y autosuficientes. Puede
suponerse la existencia de relaciones de parentesco excluyentes reflejadas
en el hecho de que cada unidad de ocupación tiene su propio acceso,
almacén y producción agraria, de modo que es independiente. Cada
familia depende de su propio trabajo para producir sus propios recursos.
Todas las unidades están equipadas con los mismos utensilios e instru-
mentos. Podemos concluir, por el momento, que las unidades de ocupa-
ción reflejan la existencia de familias campesinas que son la unidad
básica de producción y consumo, excepto en el caso de productos que
requieren un cierto grado de especialización o la utilización de materias
primas escasas.

Los castros como comunidades campesinas autosuficientes


Si la unidad de ocupación es el referente básico desde el punto de vista
socioeconómico dentro de cada comunidad prerromana, el castro es la
unidad territorial básica en lo que respecta a los patrones de asenta-
miento. Los castros interactúan entre sí con un notable grado de auto-
nomía e independencia. Los intentos de establecer diferenciaciones
funcionales, definir una jerarquización de asentamientos o aplicar mode-
los tipo “lugar central” han resultado infructuosos en la mayoría de los
estudios espaciales sobre el Noroeste prerromano.
Esta independencia territorial puede analizarse también dentro del
asentamiento, a través de las actividades productivas complementarias y,
en general, de los instrumentos de cohesión social. Estos rasgos contra-
rrestan las tendencias desintegradoras típicas de estos grupos cerrados e
independientes que conforman las unidades de ocupación. Las unidades
que se ocupan de la producción especializada, como la metalúrgica,
dependen de la mayoría de unidades agrarias para su abastecimiento, lo
que implica que debió de haber intercambios dentro del asentamiento.
De este modo la organización de la producción muestra una sociedad
cohesionada y bien estructurada por encima del grupo familiar cerrado.
Cada castro es autosuficiente no sólo en lo que respecta a la producción
agraria, sino también en el suministro de bienes manufacturados esen-
ciales, como las herramientas agrícolas, o los instrumentos para procesar
los alimentos, como los molinos.

137
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Un segundo indicador de cohesión social de los castros es su clara


definición espacial que hace de estos asentamientos, amurallados y visi-
bles, espacios cerrados que no suelen superar las 2 ha. De este modo la
muralla, muy visible en el paisaje, trasciende su primaria misión defen-
siva para cumplir una función social. Esto puede comprobarse a través
de varios factores. En el caso de la muralla del castro de Borrenes, por
ejemplo, se constata que se trata de la primera construcción que empren-
dió el grupo una vez tomada la decisión de iniciar un nuevo asenta-
miento. La muralla se convierte así en el punto de referencia para la
distribución de las construcciones dentro del poblado.
La relevancia social de la muralla es coherente con la autosuficiencia
económica ya mencionada y parece responder a la necesidad de algunas
sociedades agrarias tradicionales de organizarse en asentamientos con-
centrados, en poblados. Todo esto queda remarcado por la función que
tiene la muralla hacia afuera. Cada castro se sitúa en el paisaje como un
hito o un marcador, con un emplazamiento cuidadosamente elegido, en
un lugar aislado y muy visible. De este modo el grupo se identifica a sí
mismo como una comunidad frente a los demás.
El equilibrio demográfico de los grupos, su deseo de continuidad
reflejado en la independencia territorial y en la construcción de la mura-
lla, y la estrecha vinculación a la tierra que exige su economía autosufi-
ciente son claros indicadores de que se trata de comunidades estables.
Esto permite resaltar otro rasgo típico de la mentalidad campesina: una
economía de subsistencia cerrada, basada en la agricultura, en la cual no
existe competencia en la producción de otros bienes, en la que no existe
“mercado”, los excedentes son mínimos o inexistentes y todos los pro-
ductos dentro del asentamiento se manejan conforme a un “valor de uso”.

El territorio campesino de los castros


Dado que los castros pueden ser descritos como asentamientos de comu-
nidades campesinas, hay que describir los indicadores que definen este
tipo de sociedad a través de la forma en que trabajaba la tierra. Al fin y
al cabo se trata de sociedades marcadamente territoriales. Dicho de otro
modo, es necesario definir un territorio campesino, como realidad inse-
parable del asentamiento.
Ya hemos señalado que los castros son la única unidad social y terri-
torial reconocible y que estos no funcionaron conforme a un modelo
jerárquico. Debemos añadir ahora que, en la elección de su emplaza-
miento, la población también buscaba un acceso a una amplia gama de
unidades productivas: valles, pastos, monte alto, regadío, suministro de
materias primas, etc. Todo esto debía localizarse en las inmediaciones del

138
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castro. Este es el modelo característico de paisaje productivo elegido por


las comunidades, por encima de cualquier otra forma de relacionarse con
el territorio como pudiera ser la intervisibilidad o la ocupación total del
espacio, que son factores importantes en los modelos jerárquicos. De
todo esto se deduce que se trata de un tipo de agricultura tradicional,
basada en una diversificación de productos, es decir, en la explotación de
una amplia gama de recursos. De este modo el territorio explotado por
cada castro proporciona al grupo un elemento de cohesión social similar
al de la fortificación del asentamiento, dado que ambos resultan igual-
mente excluyentes.

El significado social de la extracción y producción de oro en época prerromana


El estudio de la minería de oro en época prerromana se apoya funda-
mentalmente en dos fuentes documentales: las fuentes literarias referen-
tes a este periodo2 y la distribución de la orfebrería. Pero estas realidades
deben analizarse en el contexto marcado por el proceso de producción
metalúrgica. Su análisis permite concluir que el único sistema de explo-
tación era el bateo del oro de los placeres fluviales, depositado y reno-
vado cada año por las corrientes de los ríos. Por otra parte, aunque
existen notables diferencias técnicas entre el trabajo del oro y el de la
plata, relacionadas con el carácter regionalizado de la cultura castreña, es
posible afirmar que las piezas de orfebrería provienen de talleres locales,
lo que es coherente con el carácter autosuficiente de los asentamientos.
Más allá de la identidad cultural que se obtiene de los datos tipológicos
y tecnológicos, lo que nos interesa ahora resaltar son algunos indicadores
relacionados con el significado social de estas piezas. Éstos pueden extra-
erse tanto de los objetos propiamente dichos como del contexto en el
que se han encontrado, o incluso de las formas en las que es obtenido el
oro como materia prima.
Las marcas que aparecen en algunas piezas podrían interpretarse
como indicadores o “firmas”. Sin embargo, los diversos autores rechazan
esta hipótesis porque supondría admitir algún tipo de organización arte-
sana “gremial” o, al menos, un estatus social elevado para los artesanos,
lo que resulta atípico en el marco de la sociedad castreña prerromana. Se
ha pensado que podrían ser marcas de propiedad, pero, en este caso
¿quién sería el propietario? Podría pensarse en una propiedad particular
con referencia, si no a los individuos, sí a las familias, comunidades o

2
Estrabón III, 3, 4 y 2, 9.

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grupos territoriales. Sin embargo, si tenemos en cuenta lo arriba indi-


cado sobre la actividad metalúrgica dentro de cada asentamiento, podría
pensarse que el metalúrgico que ponía su marca en alguna pieza particu-
lar estaría trabajando para algún grupo concreto. El hecho de que esta
actividad sea una ocupación a tiempo completo y, por ello, necesaria-
mente complementaria, hace plausible esta hipótesis. Esto se insertaría
en formas de desigualdad social que estarían basadas más en diferencias
de rango o dignidad (edad, habilidades, experiencia) que en distinciones
económicas o en un ejercicio del poder al margen de la comunidad.
Con respecto al bateo de los placeres fluviales, es un método que per-
mite obtener notables cantidades de oro, desde luego suficiente para la
producción de la orfebrería castreña. Es cierto, sin embargo, que el oro
necesario para fabricar las piezas más pesadas debió de ser suministrado
por el trabajo de varios individuos. Así mismo, es posible afirmar que se
trataba de una actividad estacional y complementaria dentro de la esfera
doméstica. La arena aurífera era recogida con palas o hazadas en los már-
genes de los ríos y lavada con bateas, una labor que sólo sería posible
cuando los niveles del agua fueran bajos, no sólo porque las partículas de
oro transportadas por los torrentes resultan entonces más accesibles, sino
sobre todo por la dificultad de trabajar contra corriente cuando el caudal
es más elevado. Puede afirmarse, de acuerdo con las estimaciones más
optimistas, que la cantidad de oro necesaria para las piezas menores, de
entre 100 y 200 gr., puede obtenerse con el trabajo de una persona en un
año o dos. Para las piezas más grandes, sería necesario el trabajo de varios
individuos en un año, o de uno en varios años. De cualquier manera,
estas estimaciones son coherentes con el tamaño medio estimado para
un grupo castreño (un castro de unas 2 ha. con una población de entre
100-150 habitantes).
Teniendo en cuenta todo esto podemos considerar la “minería” de oro
prerromana como una labor recolectora estacional, una actividad com-
plementaria llevada a cabo por los grupos locales, coherente con el carác-
ter de la metalurgia que ya hemos analizado. Por lo tanto, si tenemos en
cuenta este carácter comunal de las actividades metalúrgica y de extrac-
ción de oro en época prerromana, queda claramente de manifiesto el
cambio tan radical que supuso la dominación romana.

OCUPACIÓN Y EXPLOTACIÓN DE LAS ZONAS MINERAS EN ÉPOCA ROMANA

En comparación con la explotación tradicional a pequeña escala del oro


que acabamos de examinar, la minería de oro romana se desarrolló a una
escala intensiva y extensiva que transformó completamente las formas de
ocupación y explotación del territorio (Fig. 1). No se trató únicamente de

140
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la aplicación de una nueva tecnología, sino que fue en último término el


resultado de dar respuesta a exigencias políticas y económicas concretas.
La conquista del Noroeste fue el último paso de la política de control
romano sobre la totalidad del territorio de la península ibérica. Esto se
produjo en el marco del cambio de la República al Principado y, en este
proceso, la conquista debe entenderse sobre todo como una consecuen-
cia del pacto del año 27 a. C. entre Augusto y el Senado, que implicó la
consolidación del poder romano sobre las provincias hispanas. Las mis-
mas circunstancias políticas condicionaron la reforma monetaria de
Augusto, llevada a cabo entre el 23 y el 19 a. C., con el establecimiento de

Fig. 1. Distribución de las minas de oro romanas del cuadrante nordoccidental


de Hispania (EST-AP, IH-CSIC).

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una serie completa de fracciones monetales dependientes de un patrón de


referencia bimetalista aureus-denarius. Con esto se otorgó a la moneda de
oro un valor fiduciario por encima del valor intrínseco del metal.
La dominación romana del Noroeste supuso la dislocación de la socie-
dad campesina analizada en las páginas anteriores. Sin embargo, este
proceso no fue el resultado de la colonización o de la llegada masiva de
población externa. Se produjo por la explotación a amplia escala de la
población local3 en el contexto de un sistema tributario. Para hacer una
valoración del nuevo modelo social y territorial es necesario tener en
cuenta algunos factores que se relacionan con la minería de oro.

a) Estatuto jurídico y propiedad de las minas de oro


No hay ninguna duda sobre el carácter estatal de las minas de oro puesto
que las fuentes que hacen referencia expresa a ellas así lo indican4.
Además, está claro el control progresivo de todas las minas por parte de
la administración financiera imperial, el fiscus. La gestión de los recursos
de las provincias imperiales y el patrimonium del emperador se convir-
tieron en la misma cosa. La administración de las minas durante el
Imperio se realizó conforme a dos modelos:
— Explotación indirecta por medio de contratos de arrendamiento
(locatio censoria) a uno o más individuos o compañías (p.e.
Vipasca) bajo la supervisión de los representantes imperiales
(habitualmente procuratores).
— Explotación directa con utilización de los recursos del estado
romano. Éstos eran básicamente, por una parte, sus funcionarios
administrativos y técnicos así como el ejército (procuratores meta-
llorum, beneficiarii, etc.), y por otra, las poblaciones locales utili-
zadas como mano de obra.
Esta última fue la fórmula utilizada en el caso de las minas de oro del
Noroeste, de modo que los particulares o compañías arrendatarias, ni las
comunidades locales, pudieron beneficiarse directamente de la minería.

b) El extenso territorio de las minas de oro


Aunque durante época prerromana se extrajo oro en el Noroeste, esta
actividad se centró en el lavado de los placeres fluviales, como ya se ha
indicado. El descubrimiento de los grandes yacimientos se produjo bajo

3
Florus, II, 33, 60.
4
Estrabón III, 2, 10.

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la dominación romana como una parte de la política imperial de llevar a


cabo una explotación general de los recursos (tal y como aconseja
Mecenas a Augusto5. Se pusieron en explotación nuevos territorios, algu-
nos de ellos desocupados con anterioridad, de modo que se detecta un
cambio en la organización del poblamiento.

c) La movilidad del trabajo en zonas mineras


Esta reorganización territorial se vio condicionada por el desarrollo
generalizado de la minería. Ésta avanzaba progresivamente por los cau-
ces de los ríos, desde los yacimientos secundarios en los valles, de los que
se extraía el aurum arrugiae6, hasta los yacimientos primarios (cuando
estos existían) en las zonas elevadas: el llamado aurum canaliense 7(aun-
que en ocasiones los frentes de explotación sobre yacimientos primarios
son semejantes a los del sistema de arrugia). Este proceso obliga a consi-
derar dos factores. Por una parte, el terreno explotado y las áreas adya-
centes estaban expuestos a una transformación continua. Por otra, la
población implicada en las labores debía también desplazarse de acuerdo
con las exigencias del trabajo. Ambos factores contribuyen a la inestabi-
lidad del poblamiento en las zonas mineras.

d) Las formas rurales de organización del territorio


Al contrario que en otras regiones de la Península, en el Noroeste no
existió una tendencia a la concentración de población en grandes asen-
tamientos en época prerromana. De todos modos en esto hubo diferen-
cias dentro de los territorio de Lusitania, Asturia y Gallaecia entre áreas
con un proceso de estratificación social más marcado –las zonas periféri-
cas meridional (noroeste de Portugal) y oriental (occidente de la
Meseta)– y otras con un poblamiento mucho más fragmentado, cohe-
rente con el modelo segmentario que hemos descrito más arriba. Esta
última zona se corresponde con los territorios interiores y septentriona-
les, y es en la que la minería de oro tuvo un mayor impacto.
El proceso de provincialización bajo Augusto tuvo como eje central la
definición de ciuitates peregrinas como unidades territoriales, adminis-
trativas y políticas, tal y como se ve en el Edicto del Bierzo (Apéndice I),
proceso que no supuso un desarrollo urbano ni cívico. La fecha del

5
D.S. LII, 48, 4-5.
6
Plin. Nat. Hist. XXXIII, 70-74.
7
Plin. Nat. Hist. XXXIII, 68-69.

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Edicto, 15 a. C. muestra lo temprano de las intervenciones de Roma


sobre la organización social y territorial y la intensidad de los cambios.
El nuevo marco territorial impuesto está en relación directa con el prin-
cipal interés de Roma: el establecimiento de una clara definición de las
ciuitates como espacios de tributación. Frontino en su tratado técnico De
agrorum qualitate (Th. 1-2) describe un tipo particular de genus agri, el
ager mensura conprehensus, habitualmente utilizado en suelo provincial
en estas circunstancias (Apéndice II).
Estas ciuitates peregrinae disfrutaban de autonomía bajo el dominio
romano, expresado principalmente en la tributación, que incluía el
suministro de mano de obra. Dentro del territorio de muchas de estas
ciuitates se pusieron en marcha explotaciones mineras bajo control esta-
tal como ager publicus y con el suministro de trabajadores por parte de
las ciuitates, a modo de tributación. Este sistema se integra en un con-
texto general marcado por la ausencia de formas esclavistas de explota-
ción y el desarrollo de formas de relación social campesinas. Esta forma
de control y explotación de las minas no dio lugar a un sistema de “dis-
tritos” sino a un paisaje rural explotado de manera integral tanto por
Roma como por los grupos dominantes locales.
El control romano sobre las zonas mineras no necesitaba de estableci-
mientos urbanos. Las amplias zonas afectadas y la movilidad del trabajo
hacía que el control técnico y la supervisión administrativa fueran posi-
bles e, incluso, más fáciles, desde las capitales conventuales Asturica
Augusta, Bracara Augusta y Lucus Augusti, a través de la red viaria que
estructuraba toda la región y de establecimientos menores en varios pun-
tos que actuaban como officinae metallorum.

Las exigencias técnicas de la minería: el cambio de escala en la ocupación y


explotación del territorio
La tecnología utilizada en la minería de oro del Noroeste no era romana,
sino helenística. Su utilización está bien documentada tanto en la penín-
sula ibérica como en otras partes del Mediterráneo. Sin embargo la varie-
dad, extensión e intensidad con que fueron aplicados en Lusitania,
Gallaecia y Asturia no tienen parangón.
En estas regiones, la complejidad de las estructuras de explotación y el
alcance de la reordenación territorial dio lugar a auténticos paisajes
mineros dentro de las ciuitates. Para hacerse una idea y poder calibrar el
papel de las minas como factores de cambio histórico, es necesario ana-
lizar la diversidad de tareas que implicó su puesta en explotación. Todas
ellas están perfectamente representadas y excepcionalmente conservadas
en la Zona Arqueológica de Las Médulas (Fig. 2). La mina de oro de Las

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Médulas, recientemente incluida en la Lista del Patrimonio Mundial, es


sin duda la mayor mina del Imperio Romano. La superficie de la explo-
tación se extiende por tres municipios actuales (Borrenes, Carucedo y
Puente de Domingo Flórez) y supuso el removido de unos 100 millones
de m3 de depósito aluvial aurífero. Por esta razón es una de las mayores,
si no la mayor, alteración del medioambiente emprendida durante la
Antigüedad (Fig. 3).
El sistema de explotación empleado no es muy diferente a los utilizados
hasta época reciente en yacimientos auríferos semejantes. Este sistema es el

Fig. 2. La Zona Arqueológica de Las Médulas (EST-AP, IH-CSIC).

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Fig. 3. Principal frente de explotación (Sector III) de la mina de oro romana


de Las Médulas desde el mirador de Orellán (Fotografía: JSP, EST-AP, IH-
CSIC).

que Estrabón8 denomina crisoplisia. Plinio9 lo describe en parte, haciendo


referencia en particular al sistema de socavamiento denominado arrugiae o
ruina montium. Se basa en la utilización de fuerza hidráulica situada en
altura para realizar las siguientes operaciones esenciales:
— Lavado o derrumbe y arrastre del conglomerado aurífero. Las dos
operaciones pueden ser simultáneas o no, dependiendo de la masa
a explotar y del volumen de agua utilizado. Cuando el conglome-
rado no era muy profundo o si sólo se quería extraer una parte del
mismo, era suficiente el empleo de la fuerza hidráulica por grave-
dad: se deja caer el agua desde los canales y depósitos situados en
un punto superior para que rompa y arrastre el aluvión hasta los
canales de lavado. Cuando el espesor del conglomerado era grande
(a veces de más de cien metros) se utilizó el sistema de ruina mon-
tium, que consistía en cavar galerías y pozos en la masa a abatir e
introducir un gran volúmen de agua para producir su derrumbe.
Una vez conseguido éste, sólo había que seguir vertiendo agua
sobre el material para arrastrarlo hasta los canales de lavado.
— Canalizar el lodo aurífero generado en la fase anterior hasta los
canales de lavado o agogae, dónde es posible separar las partículas
de oro. Esta operación debe ser inmediata a la anterior para evitar
que el flujo pierda velocidad y que las partículas se depositen antes
de entrar en el canal de lavado.

8
Geog. III, 2, 8.
9
Nat. Hist. III, 70-78.

146
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— Al mismo tiempo, es necesario quitar los cantos rodados más


grandes y pesados, que son acumulados en los tramos previos a los
canales de lavado formando las “murias” (el nombre local dado a
los montones de cantos), y alejando los residuos menores y los
estériles.
La importancia del agua durante todo el proceso explica la construc-
ción de una espectacular red de canales y depósitos a lo largo de los dos
siglos que duró la explotación. El propio Plinio hace hincapié en que el
trabajo que requirió esta labor fue tan grande, o más, que el que exigió
la propia explotación del oro. No estaba exagerando: los canales o corrugi
que suministraban agua a Las Médulas discurren por las dos vertientes
de los Montes Aquilianos y tienen en algunos casos más de 100 km. de
largo. Así mismo, por primera vez en la historia de la península ibérica,
se realizó un trasvase de agua: del valle del Duero (río Ería) al del Sil. Los
canales miden entre 3 y 5 pies romanos (90-150 cm.) de ancho, y fueron
trazados con la ayuda de un instrumento denominado chorobates, con un
gradiente de un 0.4% (Fig. 4). La sección activa de los canales era muy
estrecha: aproximadamente 10 cm, como puede apreciarse por la erosión

Fig. 4. Esquema del mayor canal de Las Médulas en la vertiente meridional de


los Montes Aquilianos (La Cabrera, León) (EST-AP, IH-CSIC).

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del agua en su base. El depósito (stagnum o piscina) más grande, situado


en La Horta, junto al mirador de Orellán, fue utilizado para llevar a cabo
la última ruina montium, y su capacidad es de 16.000/18.000 m3.
Puede suponerse la participación del ejército romano en la planifica-
ción y trazado de la red hidráulica así como en el inicio de todos los tra-
bajos mineros. La destreza técnica necesaria para estos complejos
sistemas de explotación estaba en manos de los técnicos formados en el
ejército. Por otra parte, la mano de obra era proporcionada por las
comunidades locales en el marco del sistema tributario. Las labores rela-
cionadas con el mantenimiento, vigilancia y cuidado de la red hidráulica
formaban también parte de las obligaciones tributarias de las ciuitates.
Como hipótesis puede pensarse que las inscripciones latinas documenta-
das en las paredes de algunos canales podrían ser marcas de delimitación
o indicadores relacionados con las comunidades, familias o individuos
responsables de estos munera locales. La inscripción recientemente
encontrada en el castro minero de Pelou (Grandas de Salime, Asturias) y
datada hacia finales del siglo I d. C. podría entenderse en este mismo
contexto, como una lista de individuos relacionados con la explotación
minera o con el mantenimiento de la red hidráulica, en la importante
zona minera situada en la cuenca de los ríos Navia y Narcea (Fig. 5).

Fig. 5. Castro minero de Pelou (Grandas de Salime, Asturias) (foto: JSP, EST-
AP, IH-CSIC) y minas de oro romanas de las cuencas del Navia y Narcea
(EST-AP, IH-CSIC).

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La extensión y el tamaño de las labores mineras superan claramente


los limitados territorios de los castros prerromanos y suponen el fin de
un modelo de ocupación del territorio restringido a la esfera local. Eran
necesarios un control político a escala suprarregional, y una reorganiza-
ción territorial integral.
La extracción y el lavado del oro y el cuidado de la red hidráulica exi-
gían una cierta especialización a tiempo completo. Por ello los asenta-
mientos mineros a veces se localizaban en lugares sin acceso a recursos
agrarios. Es decir, eran abastecidos con los suministros proporcionados
por otros asentamientos. Al mismo tiempo, la actividad minera depen-
día de sistemas de suministros subsidiarios sin los cuales las explotacio-
nes habrían sido inviables, como es el caso de las herramientas de hierro
y madera. La combinación de todas estas exigencias, vinculadas a las
explotaciones y a sus suministros, conformaron en último término los
paisajes de las zonas mineras. Esto explica que se trate de áreas particula-
res, por su minería, pero que no se convierten en zonas de explotación
sectorial, sino que se integran en paisajes rurales sujetos a una explota-
ción integral cuyo último beneficiario es el fiscus.

Cambios en la estructura social: diferenciación funcional e integración de las


comunidades indígenas
Nuestro conocimiento de la organización administrativa romana que
actuó como infraestructura para las zonas mineras es relativamente
bueno. Se caracterizó por la presencia de un fuerte aparato estatal, espe-
cialmente diseñado para Asturia y Gallaecia en el contexto de la admi-
nistración provincial de la provincia Hispania citerior Tarraconensis.
Desde época flavia se documenta el nombramiento de legados jurídicos
y procuradores especiales para estas regiones, con su correspondiente
personal auxiliar. El sistema administrativo quedó centralizado en las
capitales conventuales, de las cuales Asturica Augusta (Astorga) parece
haber tenido el papel más importante. Además, durante el siglo II d. C.
algunos libertos imperiales aparecen con el cargo de procuratores metallo-
rum (oficiales de minas) (Fig. 6). Trabajaron junto a funcionarios de
rango ecuestre que eran tanto responsables de zonas mineras específicas
como de llevar a cabo labores de supervisión donde fuera necesario en
cada momento. El cuadro se completa con la presencia de unidades mili-
tares posiblemente relacionadas con labores especializadas como la
puesta en marcha y la supervisión en los primeros momentos de las
explotaciones mineras (Fig 6). La destrucción de campamentos militares
por el avance progresivo de la minería como es el caso de Valdemeda
(Manzaneda, León) y Mina da Presa (Meimoa-Penamacor, Castelo

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Fig. 6. Inscripción votiva de Villalís (León) (foto: IPHE, Mº de Cultura) y


epitafio funerario de Voces (Borrenes, León)
(Fotografía: JSP, EST-AP, IH-CSIC).

Branco) (Fig. 7), demuestra que hay un interés en controlar y prepara el


terreno por medio de una presencia militar tras lo cual se lleva a cabo la
explotación minera.
Pero donde realmente se percibe el impacto de la actividad minera es en
la nueva organización territorial. Los estudios arqueológicos han contri-
buido enormemente a nuestro conocimiento de los patrones de asenta-
miento, aunque difieren cualitativa y cuantitativamente de una zona a otra.
En general, un primer análisis superficial de los patrones de asentamiento
mineros revela un incremento en el número de asentamientos respecto a la
época anterior. Sin embargo, esta evidencia puede resultar engañosa si se
interpreta como el resultado de un incremento de población.
Muchas zonas del Noroeste carecían de la diversidad de recursos nece-
saria para las comunidades campesinas segmentarias, lo que explica en

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Fig. 7. Campamento militar de Valdemeda y recinto (posible campamento


militar) de Mina da Presa (EST-AP, IH-CSIC).

gran medida el poblamiento disperso de época prerromana. Este fue el


caso del valle del Cabrera, que pertenece a la Zona Arqueológica de Las
Médulas, o de otros casos como El Caurel en Lugo o la zona en torno al
Puerto del Palo, en Asturias, por citar algunas en las que se desarrolló la
minería romana a gran escala. En estas circunstancias, el establecimiento
de un poblamiento relacionado con la explotación del oro supuso un
enorme crecimiento de la población local que, sobre la base de los cálcu-
los hechos a partir de las áreas habitables de los asentamientos de los
valles del Cabrera y el Eria, puede estimarse en un 311%. En la cuenca
nordoccidental del Duero se documenta también un considerable incre-
mento en el número de asentamientos. Pero en este caso los cálculos
hechos sobre la misma base indican que el fenómeno no puede generali-
zarse. La población que ocupaba esta área en el siglo I d. C. era sólo lige-

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ramente mayor que la que ocupó los castros en la época inmediatamente


anterior. La mayoría de los asentamientos fueron el resultado, por una
parte, de un cambio en el grado de concentración de la población y, por
el otro, de un cambio aún mayor en su distribución global, puesto que
zonas virtualmente despobladas fueron ahora ocupadas. Todo esto indica
que existieron ajustes demográficos que implicaron una redistribución y
un crecimiento irregulares.
En segundo lugar, debemos tener en cuenta el análisis morfológico de
los asentamientos. El estudio de todos los aspectos formales (localiza-
ción, emplazamiento, tamaño, delimitadores, técnicas constructivas,
organización del espacio interno, etc.) que los caracterizan permiten
extraer los rasgos generales del poblamiento romano en zonas mineras,
que puede sintetizarse en los siguientes puntos:
— Algunos asentamientos –los castros romanos– mantienen rasgos
típicos de los asentamientos prerromanos, como son, entre los
más obvios, el aspecto de las edificaciones y su disposición, así
como un perímetro claramente definido. Pero cuando se analiza
esto en detalle queda claro que se trata de rasgos residuales. Así,
aunque el perímetro del castro está marcado por fosos y, en oca-
siones, murallas, estos han dejado de ser refuerzos para el aisla-
miento natural del asentamiento, y éste ya no se sitúa en función
de tierras fértiles y aptas para el cultivo. Las mismas tendencias
pueden verse en otros aspectos del registro material, como es la
presencia de una abundante cerámica de tradición indígena junto
al material fino o de cocina importado a través de las rutas de
intercambios romanas.
— Junto a los castros surgen otros asentamientos de tamaño y locali-
zación diversos que, en general, se caracterizan por no estar tan
claramente delimitados. Muchos de ellos son contemporáneos de
los castros, pero lo más relevante es que éstos comienzan a ser sus-
tituidos por los nuevos asentamientos al menos desde el último
tercio del siglo I d. C. Este proceso es claramente visible en aque-
llos casos en los que surge un nuevo asentamiento en la base del
castro y termina reemplazándolo. Existen excepciones que pueden
explicarse por su particular localización geográfica, como ocurre
con los castros situados a lo largo de los canales de Las Médulas
que están en función de su mantenimiento.
— Los cambios que se produjeron en la organización del espacio
interno de los asentamientos nos proporcionan mucha informa-
ción sobre las formas de vida de sus habitantes. Los nuevos espa-
cios, frecuentemente trazados conforme a la planificación

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rectilínea romana, implican relaciones intracomunitarias menos


cohesivas y un cambio en su organización funcional. Desaparecen
las unidades de ocupación o grupos familiares independientes y
complementarios propios de los castros prerromanos.
— Las comunidades y sus asentamientos perdieron su independencia
(aislamiento espacial y posibilidad de autosufiencia) tal y como
indican las nuevas relaciones espaciales, tendentes al agrupa-
miento, y el acceso desigual a los recursos. La complementariedad
funcional que antes se resolvía dentro del asentamiento ahora es
característica de la zona minera en su totalidad, es decir, alcanza
una escala regional. Además, el paisaje refleja claramente las nue-
vas relaciones de desigualdad a través de la jerarquización de los
asentamientos.
La interpretación conjunta de todos estos datos permite definir el pro-
ceso de cambio que sufrieron estas comunidades tras el dominio romano
y la introducción de una nueva actividad protoindustrial a gran escala.
La población implicada en los trabajos mineros fue esencialmente local,
tal y como indica la continuidad morfológica tanto de los asentamientos
como del registro material, pero se vio sujeta a reajustes espaciales gene-
rales aunque de impacto desigual. Hay que tener en cuenta que el man-
tenimiento de estos rasgos indigenizantes puede enmascarar algunos
cambios importantes directamente vinculados a los intereses romanos en
la zona:
— La minería introdujo exigencias que alteraron las relaciones den-
tro y fuera de las comunidades. Pueden analizarse desde un punto
de vista espacial e indican una pérdida de la cohesión social den-
tro de las comunidades y de las unidades que las conformaban.
— De la misma manera, se restringió el acceso a los recursos, algo
que es especialmente visible en el caso de asentamientos o grupos
de asentamientos que se sitúan en pleno corazón de las minas.
— En estos cambios puede verse la mano de un poder central que
guió todo el proceso, el sistema administrativo que representa al
fisco imperial, que intervino tanto a nivel local como a escala inte-
rregional. El poder romano introdujo un nuevo patrón de asenta-
miento y un nuevo sistema de explotación de los recursos acorde
con intereses que no coincidían con los de las comunidades loca-
les, y dieron lugar a cambios radicales, aparentemente ocultos
bajo algunos rasgos de la cultura material cuando ésta se analiza
sólo desde una perspectiva objetualista y monumental.
— Si se analizan en detalle estos rasgos de continuidad, queda claro
su carácter residual puesto que ya no se vinculan a un sistema de

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ocupación del territorio que expresa una configuración social


homogénea. Esto indica una intervención sobre la planificación a
amplia escala del territorio, y no tanto en la organización interna
de los asentamientos.
Casi ninguno de los trabajos sobre las zonas mineras del Noroeste se
ha ocupado de los habitantes de estos asentamientos. Esto ha producido
interpretaciones parciales que, ante la aparente contradicción de la docu-
mentación, se limitan a tratar los aspectos más obvios de la presencia
romana: los impresionantes restos de la minería, los militares y el perso-
nal administrativo que aparece en las inscripciones, la fundación de cen-
tros urbanos como Asturica Augusta, el trazado de la red viaria…
Con estos análisis es posible reconocer los rasgos que habitualmente
se asocian con la presencia romana tras la fase de conquista, la realidad
standard que aparece pronto y se difunde rápido. Habitualmente estos
rasgos son analizados en términos lineales y, en el caso del Noroeste, ha
llamado la atención hecho de que no han dejado mucha huella. En oca-
siones, el patrón de asentamientos de estas zonas es considerado conti-
nuador del de época prerromana. Ya se ha dicho que esta interpretación
es radicalmente falsa, y que la ilusión de continuidad surge de algunos
rasgos residuales condenados a desaparecer. Los cambios que sufrieron
las comunidades que habitaban estas zonas fueron enormes, aunque el
control romano posiblemente ralentizó su acceso a los nuevos mecanis-
mos de promoción de modo que estas alteraciones quedaron ocultas y se
expresaron en un largo proceso de integración imposible de abordar
desde perspectivas lineales y objetualistas. La coexistencia temporal y
espacial de cambios lentos y rápidos generó contradicciones obvias, pero
no están desconectados entre sí sino que forman parte del mismo pro-
ceso y comparten todos sus efectos a largo plazo, especialmente la inten-
sificación de la explotación de todos los recursos, no sólo el oro, la
destrucción de la estructura espacial anterior y la implantación de una
interdependencia funcional y jerarquizada entre las comunidades, todo
ello el resultado de la dominación romana, ajena a las comunidades indí-
genas y expresamente orientada hacia un único objetivo primordial: la
extracción de oro.
Todo parece indicar que los habitantes de los asentamientos que se
asocian espacialmente a las explotaciones mineras (físicamente situados
en las minas sin acceso a otro tipo de recursos) proporcionaron la mano
de obra esencial para el trabajo minero. A la hora de considerar su esta-
tus legal o sus condiciones de trabajo no pueden olvidarse el carácter de
las operaciones mineras: bajo control estatal directo, a amplia escala y
con exigencia casi continuada de mano de obra. Ante esta situación el

154
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Estado, directamente responsable de la actividad minera, buscó la solu-


ción más adecuada en forma de mano de obra abundante, constante y
sin gastos. Se ha argumentado ya en varias ocasiones y de maneras dife-
rentes que ésta no pudo estar formada por esclavos: no hay referencia
explícita a ello, no hubiera sido rentable, el tipo de trabajo la hace poco
viable, en los asentamientos mineros se ha encontrado armamento, sus
habitantes se ocupan de otras actividades además de las específicamente
mineras. Se trata, en último término, de una población que es legal-
mente libre, peregrini tras un proceso de deditio, es decir, una población
libre sometida. No hay rasgos semejantes a los de otras zonas del Imperio
cuyas minas eran trabajadas por obreros asalariados (mercenarii) como
en el caso de Vipasca en Portugal o en Dacia en Alburnus Maior: uno de
los datos más elocuentes al respecto es la inexistencia de circulación
monetaria, por pequeña que sea. Si consideramos los datos existentes en
los asentamientos junto con los criterios de rentabilidad del fisco, es
posible llegar a un mejor conocimiento de cómo funcionaron las cosas.
Hay que recordar que la población de las zonas mineras fue redistribuida
para garantizar un acceso equilibrado a los recursos a nivel local, priori-
zando la explotación del oro, lo que es claramente el resultado de una
organización centralizada. Una parte de esta reorganización la constitu-
yen comunidades que se desarrollan con cierto grado de autonomía al
tiempo que son integradas por el estado en sus estructuras generales
(administrativa, comercial, de comunicaciones) y a las que se les exige
una tributación que incluye el trabajo en las minas (operae) como mani-
festación del dominio provincial.
Esto no se corresponde con lo que la bibliografía denomina “distrito
minero” como traducción de metallum. La implicación directa del
estado en varias facetas de la explotación (infraestructuras, gestión admi-
nistrativa, supervisión de la mano de obra) y las particulares característi-
cas de los trabajadores dieron lugar a una situación que tiene poco que
ver que la de Aljustrel, las zonas mineras danubianas o las minas del área
de Cartagena. La solución adoptada en el noroeste de la Península estuvo
orientada a garantizar la rentabilidad de la explotación de un metal que
no estaba dirigido a los circuitos comerciales de materias primas, sino a
suministrar oro para la acuñación de la moneda de referencia del sistema
monetario: el aureus.
Por lo tanto, las exigencias imperialistas del Estado romano, centradas
en la explotación minera por medio de la mano de obra suministrada
por las poblaciones indígenas, se hicieron posibles a través de la consoli-
dación de una estructura que puso en marcha los mecanismos de control
social para movilizar dicha fuerza de trabajo. Sin embargo, las formas

155
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“clásicas” de integración basadas en la ciudad no aparecen en el desarro-


llo histórico del Noroeste. El registro arqueológico y el epigráfico no
muestran el desarrollo de esas formaciones sociales en las que la ciudad
aparece como estructura de producción, apropiación y distribución del
excedente. Las ciudades existentes no actuaron como factores de integra-
ción territorial y no se documentan los cuerpos cívicos ni las relaciones
de poder característicos de las zonas urbanizadas. Las ciudades del
Noroeste (que se limitan prácticamente a las capitales conventuales) son
instrumentos de control imperialista, imposiciones para asegurar la
extracción del excedente por parte del Estado. No están realmente inte-
gradas en la estructura social.
La estructura social jerarquizada que se consolidó bajo el dominio
imperial se basó en la dependencia directa de las comunidades respecto
a las aristocracias locales, formando parte sólo nominalmente de ciuita-
tes rurales. Es lo que podría llamarse “clientela estructural”: el acceso de
estas comunidades a los medios de producción estaba determinado por
su pertenencia a las estructuras piramidales de dependencia de las fami-
lias aristocráticas, que se ven reforzadas progresivamente por el acceso de
estas últimas a la ciudadanía. Estas familias, que actuaron como inter-
mediarias, garantizaban la eficacia del sistema imperial. Se trató de un
sistema de explotación directa, que puede definirse dentro del modelo
del modo de producción tributario.

APÉNDICES
Apéndice I: Edicto de Augusto de El Bierzo
Imp. Caesar Divi fil. Aug. trib. pot./ VIII{I} et procos. dicit
Castellanos Paemeiobrigenses ex/ gente Susarrorum desciscentibus/ ceteris
permansisse in officio cog/novi ex omnibus legatis meis qui/ Transdurianae
provinciae prae/fuerunt itaque eos universos im/munitate perpetua dono
quosq./ agros et quibus finibus possede/runt Lucio Sestio Qurinale leg./ meo
eam provinciam optinente{m}/ eos agros sine controversia possi/dere iubeo/
Castellanis Paemeiobrigensibus ex/ gente Susarrorum quibus ante ea/
immunitatem omnium rerum dede/ram eorum loco restituo castellanos/
Aliobrigiaecinos ex gente Gigurro/rum volente ipsa civitate eosque/ castella-
nos Aliobrigiaecinos om/ni munere fungi iubeo cum/ Susarris/
Actum Narbone Martio/ XVI et XV K. martias M. Druso Li/bone Lucio
Calpurnio Pisone/ cos.
El emperador César Augusto, hijo del Divino (Julio César), con la
octava potestad consular, procónsul, dice:

156
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He sabido por informes de todos mis legados que han estado al frente
de la provincia Transduriana que, cuando nos abandonaban los demás,
los castellanos pemiobrigenses del pueblo de los susarros han seguido
cumpliendo sus obligaciones. Así pues, a todos ellos les hago donación
de inmunidad perpetua; y ordeno que posean sin controversia todos los
campos y con los mismos límites con que lo poseyeron mientras mi
legado Lucio Sesto Quirinal estaba a cargo de dicha provincia.
Con relación a los castellanos pemiobrigenses del pueblo de los susa-
rros, a quienes antes les había concedido la inmunidad en todos sus tér-
minos, en su lugar restituyo a los castellanos aeobrigenses del pueblo de
los gigurros de acuerdo con la voluntad de la misma comunidad; y
ordeno que los castellanos aeobrigenses cumplan con su deber entera-
mente con los susarros.
Dictado en Narbona el 14 y 15 de febrero, en el consulado de Marco
Druso Libón y Lucio Calpurnio Pisón (año 15 a. C.).

Apéndice II: Frontinus, De agrorum qualitate Th. 1-2


Ager est mensura conprehensus, cuius modus universus civitati est adsig-
natus, sicut in Lusitania Salmanticensibus aut Hispania citeriore Palantinis
et in conpluribus provinciis tributarium solum per universitatem populis est
definitum.
El suelo medido por su perímetro es aquel que es asignado en su tota-
lidad a una comunidad, como a los salmanticenses en Lusitania o a los
palantinos en Hispania Citerior, y en muchas provincias el suelo tribu-
tario es delimitado para cada pueblo en su globalidad.

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Fig. 8. Minas de oro dentro de los territorios de las ciuitates en El Bierzo


(EST-AP, IH-CSIC).

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EL ABASTECIMIENTO MONETARIO AL EJÉRCITO


DURANTE EL PERIODO AUGUSTEO Y TIBERIANO1
María Paz García-Bellido
Instituto de Historia, CSIC

INTRODUCCIÓN
La temprana fecha de las guerras cántabras, acometidas por Augusto en
Hispania, nos permite considerar el abastecimiento monetario de este
ejército como el preámbulo de cuál será años más tarde el abastecimiento
de las tropas en Germania. En ambos casos las guerras ocurrieron lejos
de los territorios romanizados. Cantabria, Asturia, Galicia y los valles del
Lippe o Main (Germania) eran tierras que carecían no sólo de municipia
o colonia, sino también ciuitates indígenas, todos centros que podrían
habían ayudado a los romanos a organizar el abastecimiento del ejército.
En estos territorios no sólo no se acuñó moneda, sino que incluso tam-
poco existía un aerarium público. Augusto no encontró aquí la red polí-
tica que él había utilizado en el Oriente hace algunos años o que los
Escipiones habían encontrado en el sudeste de Hispania durante la
segunda guerra púnica. Este desarrollo urbano habría permitido no sólo
que recogieran las monedas indígenas para el ejército romano sino tam-
bién acuñaran monedas romanas usando las cecas no romanas.
Esta carencia de la urbanización en el noroeste de Hispania es proba-
blemente la razón por la que nos encontramos ante una improvisación
continua en este fase de la conquista romana, entre 27 y 19 a. C. Porque
aunque todavía encontramos restos significativos de la moneta imperato-
rum republicana, acuñada por el propio Augusto en el noroeste de
Hispania (Lucus Augusti) durante su estancia (26-24 a. C.), Augusto
organizará una ceca centralizada, atribuyendo la primera acuñación
imperial de plata a la colonia Emerita (25-23 a. C.) y, más adelante (19-
16 a. C.), también del oro a la colonia Patricia (?) y a la colonia Celsa (?)
(Fig. 1). Mientras tanto, planea que el bronce se acuñe en municipia y
coloniae de las provincias donde acuartela el ejército. Esta política mone-
taria pretende también alejar de los generales la moneda de plata y oro,
así como el bronce, y hacer a las comunidades cívicas, coloniae y munici-

1
Traducción del inglés al español a cargo del Dr. N. Hanel.

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Fig. 1. Mapa de las cecas augusteas en Hispania.

pia, responsables de toda la acuñación. Detrás de esta estrategia había


también probablemente la intención de guardar distancias territoriales
entre las cecas y las tropas. Además, el stipendium pagado generalmente
en plata en las fronteras fue cambiado probablemente durante las guerras
cántabras en pequeñas cantidades de moneda de bronce pagada en los
campamentos. El resto del stipendium quedaba en depósito en la caja
militar y pagado más adelante en plata. Éste es un nuevo concepto de la
acuñación militar que no encontramos ni en las guerras republicanas ni
en las tempranas guerras de Octaviano. Además, otras medidas políticas
fueron tomadas. Se prohibe a las ciuitates no privilegiadas acuñar
moneda. Esto era nuevo en provincias como Hispania ulterior y citerior
donde, en los tiempos republicanos, había habido unas 200 cecas indí-
genas con la libertad total en términos de política monetaria. Veamos
todos en detalle.

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EL PRIMER PERÍODO DE LAS GUERRAS CÁNTABRAS (27-24 A. C.)


El área del noroeste hispánico carecía de cecas y de circulación moneta-
ria, lo que obligó a Augusto, como imp Aug divi f, a acuñar las primeras
monedas locales sobre el terreno para las tropas. Estos son los bronces
del tipo de la “caetra”, que se parecen haber sido acuñados en Lucus
Augusti, juzgando por los hallazgos significativos (incluyendo espacios en
blanco de moneda) en esta región. Esta abundante moneda corriente de
bronce militar invade las áreas del Noroeste y provoca copias en los cam-
pamentos militares más orientales, tales como Herrera de Pisuerga
(Palencia) (Fig. 2a, b). Probablemente antes de este bronce, Augusto
acuñó la plata tal como Caesar Avg divi f, con el mismo tipo de “caetra”
(RIC I2, 543). La ilustración de un escudo de los guerreros de Gallaecia
y de Lusitania, que se muestra en las representaciones frecuentes de la
escultura, corresponde a una iconografía local (Fig. 2c, d, e).
Respecto a este abastecimiento de plata al ejército del Noroeste,
comentaré solamente el depósito de Alvarelhos (Porto, Portugal), que
tiene un carácter militar claro. Es una interesante ejemplo del abasteci-
miento de plata al ejército alrededor del 26 a. C., antes de que la ceca de
Emerita estuviera abierta. Se compone de cerca 5000 denarios, princi-
palmente de época republicana antigua, pero incluye también una mino-
ría de moneda triunviral, un poco de plata post Actium de Italia y, la más
reciente, 6 denarios locales con reverso de “caetra” de C. 26 a. C. (RIC
I2, 543a). Además, el depósito contiene 9 tortas de argentum infectum de
la metrología de Gallaecia de 366 g., es decir, no son libras romanas
como se ha propuesto. Pero excepcional y nunca comentado en la rela-
ción al abastecimiento del ejército es que dos de estas tortas están inscri-
tas con el nombre Caesar (Fig. 4). Todo esto sugiere que pagaran al
ejército con monedas viejas, añadiendo solamente algunas nuevas, y que
uno de los deberes de las poblaciones locales era proporcionar plata
como materia prima, que en muchos casos sería utilizada como tal, en
pagos militares o en bienes de consumo (frumentum, vestimenta, etc).
En otros casos sería acuñada en las monedas romanas como en este caso,
probablemente en denarios de tipo del “caetra” (Fig. 2c).
Pero todo este sistema era una manera precaria y no sostenible de con-
seguir la plata y el bronce para el ejército hispano, y Augusto sabía el
peligro de dejar a los generales la libertad de la acuñación militar en estas
circunstancias, ya que esto incluye impuestos arbitrarios a la población
indígena y praeda obtenidos por maneras irregulares. La responsabilidad
de acuñar, por lo tanto, pronto fue quitada del ejército y dada a los colo-
niae y a los municipia, probablemente a través del gobernador provincial
como veremos después.

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Fig. 2. a) As de “caetra” de Lucus Augusti (?); b) copias. IVDJ; c) denario de


“caetra” de Lucus Augusti (?), MAN; d) esculturas de guerreros galaicos y lusi-
tanos; e) mapa de los hallazgos de esculturas (d. y e. por la cortesía de los Drs.
M. Blech y Th. Schattner, DAI Madrid).

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Fig. 3. Tortas del tesoro de Alvarelhos (Portugal) con leyenda CAESAR


(cortesia de R. M. Centeno, Univ. Porto).

EL SEGUNDO PERÍODO DE 0LAS GUERRAS CÁNTABRAS (24-18 A. C.): LAS CECAS


DE LOS COLONIAE EMERITA, PATRICIA Y CELSA
En el año 25 a. C. se funda la colonia Augusta Emerita. Tal vez en el año
24, cuando Augusto todavía está en Hispania, las monedas comienzan a
acuñadas en esta colonia (RIC I2, 1-25) (Fig. 4a). En el 24 a. C. Augusto
consideró que la guerra había terminado y mandó a cerrar en Roma las
puertas del templo de Janus (Dio Cass. 53, 27, 2).
Al año siguiente, el 23 a. C. acomete la gran reforma monetaria impe-
rial que introducía por primera vez el oro en el sistema, contando sin
duda con la abundancia en este metal del noroeste hispano. Un cambio
importante tiene lugar en la política imperial, con una primera tentativa
de centralizar y de organizar el sistema monetario imperial.
De ahora en adelante las cecas de la plata y el oro permanecerán en las
colonias y los pagos de los stipendia, así como los de los retiros, serán
hechos, a mi juicio, al final de las campañas. Ésta es la razón por la que
la plata no aparece en los horizontes de guerra como estamos acostum-
brados a encontrar en escenarios republicanos (las guerras púnicas y ser-
torianas). Los denarios de Emerita se encuentran en el Noroeste, pero
generalmente en depósitos más tardíos, junto con denarios de C. L.
Caesares (el año 4 d. C. e incluso tiberianos) en las zonas mineras en
donde los emeriti habría podido construir sus hogares (Fig. 9). Pero está
sobre todo en la Germania superior y la Raetia, donde se concentran los
hallazgos de monedas de Augusta Emerita (Fig. 4b). Uno de estos dena-
rios de Emerita es el testimonio arqueológico más antiguo de la colonia
Augusta Raurica aproximadamente del 15 a. C. En este caso no dudamos
que esta plata viene de Emerita porque el nombre del lugar se escribe cla-

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ramente en las monedas. Los hallazgos numerosos de la plata de Emerita


en Raetia, mucho más abundantes que en la misma Hispania, demues-
tran que esta plata imperial militar era muy a menudo pagada y utilizada
en las provincias a las cuales las legiones fueron dislocadas.
Las guerras cántabras concluyen finalmente en el 19 a. C. gracias a la
presencia de Agripa en España. Era, probablemente en este o el año pró-
ximo, cuando Agripa abrió dos cecas imperiales –colonia Patricia y colo-
nia Celsa–, acuñando ahora oro y plata para el stipendia y los retiros
después de las campañas cántabras, pero también para los movimientos
inminentes de tropas a Galia y a Germania, zonas donde encontramos
las monedas. La colonia Patricia (Córdoba), cabeza de toda la industria
de explotación minera del oro, de la plata, del cinabrio, del zinc, del etc.
de Sierra Morena occidental, con acuñaciones imperiales desde
Pompeyo, parece ser la ceca que acuñó enormes cantidades de plata
romana y un poco de oro en 19-16 a. C. (RIC I2, 50-153) (Fig. 5a).
Esta acuñación masiva es probablemente la razón del nacimiento en
Corduba del negocio de los argentarii, sin paralelos en el imperio occi-
dental. Es suficiente apuntar que las inscripciones particulares y oficiales
y otros testimonios arqueológicos demuestran, en estos años augusteos
tempranos, la importancia de sus sociedades mineras en las manos roma-
nas. Estas empresas utilizaron las rutas que entraron en la ciudad de
Corduba del Mons societatis Sisaponensis y contramarcaron monedas
augusteas con sus nombres particulares.
Algunas de las familias más importantes, tales como los Annaei, (la
familia de Seneca), tienen sus raíces en estos argentarii de
Corduba/Colonia Patricia. Este tipo de negocio parece que se llevaba en
general bajo condiciones especiales en ciudades como nudos militares,
cecas importantes o capitales provinciales: ¿Lyon, Narbona, Nîmes,
Maguncia, Colonia, Cartagena, donde podría había sucedido ese “sti-
pendium militibus per omnis annos a civitatibus mensis palam proposi-
tis, esse numeratum?”2.
Pero en ningunas de estas ciudades las concentraciones del argentarii
alcanzan el número de los de Corduba/colonia Patricia.
Colonia Celsa (RIC I2, 26-49), junto con Patricia, parece haber sido
otra ceca que proveyó al Occidente del oro y de la plata imperiales en 19-
18 a. C. (Fig. 5b), y no Caesaraugusta como se ha pensado, que fue fun-
dada después, cerca en el año15 a. C. Durante siglos, la ciuitas kelse/Celsa
había desempeñado un papel capital en el valle de Ebro, acuñando
monedas desde el siglo II. a. C. Pompeyo había utilizado el lugar como

2
Cicerón, Pis. 36, 88.

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Fig. 4. a) Denario de Emerita IVDJ (RIC I2 9a); b) Mapa de plata de Emerita


en Germania y Raetia.

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base para su campaña contra


Sertorio y había dejado allí una
clientela importante. Después de
la derrota de los pompeyanos en el
año 48, Lepido fundó allí por
deductio la colonia con su nombre
Lepida, borrando el antiguo nom-
bre histórico de la ciudad.
En el año 36 a. C., después de
la caída de Lépido, la ciudad recu-
pera su nombre como colonia
Celsa. Bajo todas estas circunstan-
cias la ciudad había mantenido una
ceca acuñando monedas con finali-
dad militar. Es seguro que Celsa,
como la única colonia del valle de
Ebro, estaba también a cargo de la Fig. 5. a) Denario de Colonia Patricia,
IVDJ (RIC I2 51); b) Denario de
acuñación imperial del oro y de la Colonia Celsa, IVDJ (RIC I2 42a).
plata en los años 19-18 a. C., bajo
el control directo de Agripa. Su
acuñación –que dura solamente un año–, no era tan abundante como la
de Colonia Patricia, y, consecuentemente, no se difunde tanto.
Una vez más, al igual que las acuñaciones de Emerita, estas monedas
se encuentran sobre todo en Galia y Germania, en los mismos lugares en
donde las monedas de bronce españolas provinciales con el nombre de
las ciudades hispanas también se recuperan. Esto está bien ilustrado en el
mapa de dispersión de las monedas de Celsa (Fig. 7). Los datos parecen
indicar que ambas llegaron con la misma tropa. En un panorama gene-
ral podemos sospechar que el bronce llegaría en los bolsillos del soldado
y la plata en la caja militar.

EL PERÍODO DE POSGUERRA: MONEDAS DE BRONCE DEL CONVENTUS CAESARAU-


GUSTANUS (CELSA, CALAGURRIS, BILBILIS, TURIASO…) EN CAMPAMENTOS MILITARES
Hemos visto que durante las guerras cántabras que el ejército hispano se
había abastecido con el bronce del “caetra” acuñado en Gallaecia y con
copias acuñadas en otros campamentos militares. También una impor-
tante moneda corriente transicional del valle de Ebro está presente, espe-
cialmente las acuñaciones de Celsa y Calagurris (27-23 a. C.); también
encontramos monedas de Emerita. Pero después de la guerra un nuevo
período comienza con la fundación de Caesaraugusta.

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Fig. 6. Mapa de las monedas imperiales de Celsa (plata) y monedas provincia-


les (bronce) en Germania.

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Fig. 7. Hallazgos de monedas de Caesaraugusta en los campamentos militares


hispánicos.

Los hallazgos arqueológicos recientes demuestran que el colonia


Caesaraugusta fue fundada en el año 15-14 a. C. y no anteriormente,
como se ha pensado. Una importante reorganización administrativa
ocurrió en el año 13 a. C. en Hispania, siendo dividido la vieja provin-
cia ulterior en dos provincias nuevas: Baetica y Lusitania. Esta reorgani-
zación significaba también un cambio importante en el establecimiento
del ejército, siendo enviados contingentes importantes a las fronteras de
la Galia. Los cuerpos de tropa que permanecían en Hispania fueron esta-
cionadas en el noreste y el noroeste, con funciones de trazado viario, de
desarrollo urbano, de control de las explotaciones mineras, etc., como
sabemos a través de su marca epigráfica en miliarii, lingotes del plomo y
edificios urbanos.
Pero sabemos muy poco sobre cómo las tropas acantonadas en el
Noreste fueron proveídas de monedas, puesto que ignoramos los lugares
de establecimiento de sus campamentos y porque no es fácil distinguir
una circulación “militar” de una civil, especialmente en el valle de Ebro
y en Cataluña, donde la monetización de la economía era un hecho
desde la temprana República.
En el Noroeste, donde las cecas no existieron, podemos atestiguar que
proveyeron el ejército solamente las monedas de las cecas del conuentus
Caesaraugustanus. La abundancia de estas monedas y la ausencia de las

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emisiones de Tarraco, Emporiae, Saguntum, Segobriga… o de otras cecas


de la provincia citerior, indican que Caesaraugusta era la cabeza colonial
a partir de la cual fue organizado el abastecimiento general de moneda al
ejército.
No sabemos si también otras mercancías imprescindibles para la tropa
vienen también de esta ciudad. Debemos recordar que un documento
epigráfico del decumanus maximus de Caesaraugusta es el dedicado al
Genio tutelae horreorum por Annius Eucharistus por ex voto. Si es así,
Caesaraugusta ha desempeñado un papel similar al de Londinum décadas
posterior, en la primera fase de la conquista de Britannia, como sede de
los procuratores Augusti.
Estrabón3, en los tiempos de Tiberio, dice que en España romana “… los
procuradores de Augusto toman como misión distribuir “chremata” a la
tropa para asegurar sus medios de existencia”. Esta distribución del
“chremata” fue manejada sin ninguna duda por Caesaraugusta puesto
que el ejército fue abastecido solamente con acuñaciones de los munici-
pios de este convento. Sin embargo la colonia no contribuyó posible-
mente con sus propias monedas. Las monedas de Caesaraugusta, aunque
siempre presentes, son mucho más escasas que las de otras mencionadas
ciudades y sufrieron poco la partición, contramarcas y copias, fenóme-
nos típicos de la acuñación “militar”.
Podemos observar que las monedas de Caesaraugusta llegaron a los
campamentos especialmente después del año 8 a. C. (Fig. 7).
La gran mayoría de éste fue encontrado en el campamento del legio
IIII Macedonica (Herrera de Pisuerga). Parece que existió una relación
estrecha entre Caesaraugusta y esta legión. Esta tropa fue implicada muy
probablemente no sólo en la construcción de la ciudad, sino también en
el planeamiento de la administración de este nuevo capital del conuentus.
Como podemos ver en el cuadro 7 el bronce de Caesaraugusta todavía
desempeñó un papel importante en el abastecimiento de los campamen-
tos en los tiempos de Tiberio. Después de la salida de la Legión
Macedónica hacia Germania c. del año 39, las monedas de
Caesaraugusta no desempeñaron el mismo papel en Herrera.

LAS CONCLUSIONES

La política provincial para el abastecimiento de monedas al ejército esta-


blecido por Augusto en Hispania parecen haber sido aplicadas a las colo-
nias de Galia años después, durante el período en que 8 legiones en los

3
III, 4, 20.

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Fig. 8. Monedas extrapeninsulares encontradas en campamentos augusteos y


tiberianos.

campamentos del Rhin tuvieron que ser proveídas de monedas. En este


caso, Nemausus y Lugdunum eran las cecas implicadas. El abastecimiento
masivo de los ases de estas ciudades gálicas a los campamentos ha con-
ducido a la polémica sugerencia de que se podía haber pagado el stipen-
dium entero en bronce.
Creo que solamente una cantidad del dinero con destino a los solda-
dos fue entregada en ases, y este dinero para los intercambios dentro del
campamento. El bronce fue cambiado en los canabae y vici a 16 asses por
denario, un cambio que condujo a una de las quejas que las tropas hicie-
ron en Germania en el año 144. La plata y el oro restantes permanecían
en depósito en la caja militar para el stipendia final y los militiae del pra-
emia, ambos pagados probablemente después de las guerras y como
Plinio5 atestigua claramente sin matices, en un cociente de 10 ases a 1
denario. Con respecto a la cantidad pagada para retiros, debemos recor-
dar que en fechas tempranas en su mayor parte no fue entregada en efec-

4
Tac. Ann. 1, 17, 4.
5
Nat. Hist. 33, 45.

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tivo sino en tierras. Emerita, Italica, Colonia Patricia, Acci,… eran deduc-
tiones militares.
Así pues, no permanece en Hispania mucha plata de la que se pagara
en efectivo hasta el año 19 a. C., y ésta es probablemente la razón por-
que depósitos de estas monedas de plata son más frecuentes en
Galia/Germania, donde transfirieron las tropas después, que en
Hispania. Es cierto, pues se han precisado para Germania, que las viejas
monedas de plata fueron utilizadas en grandes cantidades para pagar el
sueldo de la tropa, particularmente en el tiempos de Augusto. El alto
número de monedas republicanas encontradas en los campamentos
españoles confirma esta declaración (Fig. 8).
Un buen ejemplo es el depósito de Alvarelhos arriba mencionado,
cerrado en el año 26 a. C. con 5000 denarios, de los cuales 3366 son
anteriores del año 37 a. C. Dentro del mismo proceso encontramos sobre
todo denarios augusteos en depósitos tiberianos, demostrando la antigüe-
dad de las monedas de plata usadas para pagar a las tropas (Fig. 9).

Fig. 9. Tesoros de monedas después de las guerras cántabras y de época tibe-


riana (DCyP, VIII).

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Un resultado del cambio de la estrategia augustea en el abastecimiento


del ejército durante las guerras cántabras, es que las acuñaciones de
bronce serán proveídas solamente por municipia provinciales y coloniae,
todos situados lejos de los campamentos militares.
¿Por qué Augusto no hizo cosas más fáciles estableciendo cecas en
Lucus Augusti, Bracara Augusta o Asturica Augusta? Estas ciuitates habían
sido fundadas por él, fueron situadas en la frontera del territorio en gue-
rra y habrían podido ser promovidas a municipios por Roma.
Ésta es, por ejemplo, la estrategia adoptada por Tiberio algunos años
más tarde, cuando abrió de nuevo ceca de Clunia. La única respuesta
razonable es que Augusto sabía los peligros de la acuñación imperial y
situaba la ceca para la acuñación militar en centros urbanos lejos de la
frontera y bajo la jurisdicción provincial del gobernador. Esta decisión
implicó dos hechos que conducirán a problemas considerables: primero,
probablemente para evitar el transporte, el pago del stipendium fue
hecho en plata, como he señalado, después de las campañas y siempre en
cantidades mucho más pequeñas que fueron debidas al soldado.
El grueso de los pagos de las tropas fue mantenido en depósito como
sabemos con las quejas de los soldados en el año 14 d. C. en Germania6.
En segundo lugar, el abastecimiento de bronce a los campamentos fue a
menudo realizado de una manera escasa y lenta. Esto generó una gran
carencia del dinero en los campamentos y una escasez de los valores
pequeños que dieron lugar a contramarcas, monedas partidas e imitacio-
nes, los hábitos que hemos atestiguado en Hispania muy temprano,
incluso en el periodo preaugusteo: monedas partidas y contramarcas en
el año 45 a. C., e imitaciones probablemente desde 20 a. C.
Si la interpretación completa es correcta, parece que mientras que la
plata y el oro fueron acuñados para todo el ejército occidental, inicial-
mente en tres colonias (Emerita, Patricia y Celsa), y más tarde en sola-
mente una (Lugdunum), el bronce fue concebido con una actuación más
provincial. Ésta es la razón porque el recorrido de las monedas de plata y
oro fue rápido y lejano de la ceca, y el bronce tiende a quedar en la
misma provincia donde fue acuñado. Encontramos grandes cantidades
de denarios de Emerita, Colonia Patricia o Celsa en Galia y Germania,
pero pocos bronces españoles se encuentran inversamente en Germania,
porque esta moneda alimentó solamente al ejército español mientras que
permanecía en Hispania.
Cuando consideramos que por lo menos 4 legiones españolas y varios
auxilia (un total de c. 50000 soldados) fueron movidas a Germania en la
época augustea, constatamos que las monedas españolas encontradas allí
6
Tac. Ann. 1, 17, 4.

172
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se encuentran en una cantidad demasiado pequeña como para resultar


del tráfico-gasto relacionado con el pago de estos soldados. Estas mone-
das deben haberse traído por los soldados en sus bolsillos simplemente
como recuerdos o como circulación residual. Encontramos de la misma
forma mucha plata de Lugdunum en Hispania pero muy pocos bronces
de Nemausus y de Lugdunum (Fig. 9).
Parece que cada provincia estaba a cargo del abastecimiento de bronce
al ejército en su territorio y esto implica que no debemos aceptar la idea
que los stipendia fueron pagados en bronce provincial, como estas acu-
ñaciones de Celsa, de Calagurris o de Nemausus, sino en plata u oro, los
verdaderos valores imperiales. Las cecas del valle de Ebro (Celsa,
Calagurris…) proveyeron de monedas pequeña (bronce) en la frontera
española mientras que Nemausus proveyó de monedas pequeña en la
frontera gálica, y éste es el modelo verdadero que constatamos a través de
los restos arqueológicos. Ahora queda la cuestión si debemos considerar
el bronce de Lugdunum como imperial o, como el de Nemausus y de
Celsa provincial; ¿o debemos considerar todas las cecas que provean
monedas al ejército romano como imperiales, incluso las dedicadas al
bronce?
Otra pregunta importante que demuestra la gran semejanza en el
abastecimiento de monedas a los campamentos hispanos y a la frontera
del limes la obtenemos de la masa de moneda en circulación por perío-
dos (Fig. 10). Podemos ver que la masa más amplia de monedas corres-
ponde a Augusto, que las monedas de Tiberio llegaron en cantidades
más pequeñas, que solamente pocas monedas de Calígula se han encon-
trado, y que tenemos otra gran cantidad en época de Claudio, corres-
pondiente sobre todo a las copias occidentales. Después de una escasez
grande de moneda es evidente una recuperación pequeña en los tiempos
de Trajano y de Adriano. No intentaré justificar aquí este modelo que
encontremos también en los otros limites.

Este artículo reproduce con añadidos el texto de las Actas del XIII
Congreso Internacional de Numismatica, Madrid.

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Fig. 10. Periodos cronológicos de las monedas encontradas en campamentos militares.


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EL EQUIPO MILITAR ROMANO EN HISPANIA


Joaquín Aurrecoechea
Universidad de Málaga

A pesar de que en los últimos años ha crecido el interés por la arqueolo-


gía militar en España y Portugal, el estudio del equipo castrense sigue
siendo uno de los temas más desatendido por los investigadores hispa-
nos. Hasta hace muy poco apenas sabíamos nada sobre él, excepto las
investigaciones realizadas por Schulten y otros científicos alemanes sobre
los campamentos republicanos de Numancia o Cáceres el Viejo. Debido
a este desolador panorama, es muy escaso el porcentaje de objetos hispa-
nos recopilados en las síntesis publicadas sobre estos materiales, como
podemos comprobar si consultamos las obras de Bishop & Coulston o
Feugére, salvo la excepción de la militaria republicana. Otra salvedad la
suponen los cascos, si bien nuevamente son mayoría los del período
republicano, ya que estos están bastante bien representados en los traba-
jos monográficos realizados sobre los mismos.
El horizonte científico hispano está muy lejos del alcanzado en otras
áreas del Imperio con una mayor tradición de estudio. Carecemos de
investigaciones generales que abarquen la totalidad de la provincial, tal y
como se ha hecho en otros lugares, como Marruecos. Incluso están aun
pendientes de realización los estudios referidos a yacimientos concretos,
donde se analice en su conjunto el equipo militar descubierto, como es
habitual en las monografías sobre los campamentos próximos a las fronte-
ras romanas (Vindonissa, Haltern, etc). No obstante, en la última década,
algunos investigadores españoles han aportado su conocimiento sobre el
mundo de la militaria romana, publicando diversos trabajos. Podemos
destacar los artículos generales de Fernández Ibáñez sobre el noroeste de
Hispania, o los realizados sobre áreas concretas (como los de Aurrecoechea
para la Meseta Sur, o los de Gil Zubillaga para Álava). También podemos
mencionar nuestros estudios de Aurrecoechea sobre categorías concretas
de objetos, como son los trabajos de síntesis sobre los botones romanos,
los accesorios metálicos de cinturón tardorromanos, o los centrados en
los “mandiles” legionarios y los cíngulos altoimperiales.
El estado de la investigación que hemos esbozado contrasta con el
constante hallazgo de esta clase de objetos en territorio hispano. El des-
cubrimiento de numerosos ejemplares de militaria durante las últimas
décadas, muchos de ellos hallados en las recientes excavaciones científi-

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cas efectuadas en enclaves militares o civiles, nos obligan a evolucionar


en nuestro conocimiento sobre este tipo de piezas. Muchos de estos yaci-
mientos eran escasamente conocidos desde el punto de vista del equipo
militar, como León o Herrera de Pisuerga. Otros eran totalmente desco-
nocidos, así algunos campos de batalla, como el de Andagoste. Pero en
todos ellos se da la circunstancia del descubrimiento habitual de piezas,
muchas de las cuales siguen aún inéditas. Aunque el objetivo a largo
plazo deba ser la elaboración de una síntesis sobre esta clase de material,
en la actualidad nos encontramos en la fase previa de catalogación y
publicación de ejemplares aislados. Esta situación, por tanto, nos fuerza
a ofrecer una visión provisional, conscientes de que en el futuro inme-
diato se producirán muchos cambios sobre la materia que abordamos.

EL PERIODO REPUBLICANO

Las investigaciones actuales se centran en la transición entre el arma-


mento indígena y el romano, pudiéndose resaltar los logros alcanzados
en las monografías de Quesada. Desafortunadamente, las conclusiones
sobre este período son limitadas, ya que la mayoría de los hallazgos repu-
blicanos carecen de contexto científico al pertenecer a excavaciones anti-
guas. Las mismas limitaciones están presentes en los artículos de Luik
sobre este tema. No obstante, hoy en día podemos afirmar la gran
influencia ejercida por los nativos de la península ibérica sobre el equipo
militar romano. Todo parece indicar que dicha influencia no sólo afectó
al armamento, como el gladius o el pilum, sino que también se extendió
a los accesorios propios del equipo personal y equino (hebillas “cornu-
das”, enganches de arnés, etc.). Además, este influjo abarcó varios aspec-
tos, siendo básicos el morfológico y funcional, aunque también se dejó
sentir en el repertorio ornamental.
Una serie de hallazgos republicanos son famosos desde el momento
mismo de su descubrimiento. Uno de los más antiguos y renombrados
conjuntos es el aparecido en las bases ubicadas alrededor de Numancia
(154-133 a. C.), donde se localizaron elementos de artillería, proyectiles
de piedra, pila, equipo equino y personal. Lo mismo podemos decir de
los hallados en Cáceres el Viejo, adscritos a las guerras sertorianas (87-72
a. C.). Podríamos resumir los objetos aparecidos en estos dos yacimien-
tos como representativos de las panoplias propias de las tropas de caba-
llería e infantería romanas, aunque no debemos olvidar las piezas
procedentes de los mercenarios indígenas. Igualmente conocido es el
marco para catapulta encontrado en Emporion, si bien nuestra percep-
ción sobre la Ampurias militar es escasa, a pesar de que tropas romanas
se estacionaron en la ciudad desde el siglo II a. C.

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Mucho menos célebres, pero igualmente interesantes, son algunos de


los descubrimientos recientes, como la acumulación de armas de La
Azucarera (Alfaro, La Rioja), donde se localizaron espadas, dagas, umbos
de escudo y los restos de un casco del tipo “Montefortino”. Este depó-
sito, al que posiblemente deba interpretarse como una ofrenda votiva,
está datado en la segunda mitad del siglo II a. C., presentando evidentes
similitudes con el encontrado en La Caridad (Teruel), donde se docu-
mentaron especímenes similares.
En los últimos años empezamos a conocer hallazgos republicanos
bien fechados científicamente, como los efectuados en Lomba do
Canho. Incluso se han ubicado y excavado algunos campos de batalla,
como el de Andagoste (Alava) (44-35 a. C.), donde se descubrió una
gran cantidad de equipo militar, entre el que cabe subrayar proyectiles de
catapulta, glandes de honda, pila, flechas de punta trilobulada, etc. Otro
campo de batalla, el de la ciudad de Valentia, asaltada violentamente por
las tropas de Pompeyo, nos ofrecerá sorprendentes resultados en un
futuro cercano.
Desde la década de los 90 está en marcha un proyecto, dirigido por
Peralta, cuyo objetivo es localizar establecimientos militares al sur de
Cantabria y en el norte de las provincias de Palencia y Burgos. Entre los
logros dados a conocer, podríamos citar el descubrimiento de enclaves
con objetos militares, siendo éstos tanto de carácter indígena como
romano (Espina del Gallego, Las Cercas, Cildá, etc.). Entre ellos cabe
incluir algunos campamentos identificados como castra aestiva.
Finalmente, debemos referirnos a los hallazgos aislados, si bien el
número de los mismos es tan nutrido que imposibilita su mención deta-
llada. Por ello, citaremos a título de ejemplo algunas categorías, como el
amplio elenco de cascos (Quintana Redonda y Uxama en Soria, Cabeza
de Vaiamonde y Aljezur en Portugal, etc.), o la prolífica colección de
glandes (La Aguadera y La Custodia; o los de La Caridad, entre los que
se incluyen piezas inacabadas).

AUGUSTO Y SUCESORES: LOS PRIMEROS PASOS DE UN EJÉRCITO ESTABLE

Las guerras cántabras (29-19 a. C.) supusieron el control romano sobre


la totalidad de la península ibérica. Desde el punto de vista material, es
posible rastrear los cambios surgidos en el equipo militar en este
momento transicional, entre la impedimenta republicana y la plena-
mente imperial. En el noroeste de Hispania se encuentra especialmente
bien documentada dicha evolución, gracias a los numerosos descubri-
mientos y excavaciones realizadas durante la pasada década. No obs-

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tante, aunque los hallazgos arqueológicos son habituales, muchos de


ellos están aún esperando su restauración, análisis y publicación.
No sabemos nada sobre el campamento principal de Augusto para
esta guerra, ubicado apud Segisama (¿Sasamón?). Otros campamentos,
aunque localizados, están todavía a la espera de su excavación
(Valdemeda en León, o Castrocalbón en Zamora). Sin embargo, esta
falta de información es compensada por la conseguida en otros enclaves.
Ciertamente son muy abundantes los hallazgos de equipo militar
romano en los asentamientos indígenas, aunque estos descubrimientos
nunca han sido evaluados en su conjunto. Celada Marlantes
(Cantabria), Monte Cildá y Monte Bernorio, son algunos de los yaci-
mientos que testimonian la lucha entre el ejército invasor y los nativos.
Teniendo en cuenta el aspecto meramente cuantitativo, el número de
objetos en cada enclave puede ser escaso, si bien suele estar representado
un amplio espectro morfológico y funcional (espadas, lanzas, equipo
personal, etc.). Muy prometedores son los restos del campamento
romano y el enclave indígena atacado de Carisa (Asturias) y La Loma
(Santibáñez de la Peña, Palencia), donde se encontró una buena repre-
sentación de piezas castrenses, muchas de ellas asociadas al mundo de la
artillería (puntas de flecha trilobuladas, pila, proyectiles de catapulta,
glandes, etc.). Asimismo, existen otros muchos campamentos empleados
en la conquista de Cantabria que han aportado hallazgos militares, como
Castillejo (Pomar de Valdivia, Palencia), El Cincho (La Población de
Yuso, Cantabria) o Alto de la Poza (Cantabria).
Tras finalizar la contienda (19 a. C.), comienza el control del territo-
rio. Esta nueva situación fue definida por Morillo, en 1996, como un
“limes sin frontera”, un ensayo de lo que Roma aplicaría posteriormente
en los límites septentrionales del Imperio. Los romanos redujeron su
ejército en Hispania a tres legiones, estableciéndolas en tres bases per-
manentes ubicadas estratégicamente en el territorio de transición entre la
meseta y las montañas del norte peninsular. Estas unidades fueron com-
plementadas por otras tropas auxiliares. Los hallazgos arqueológicos,
numismáticos y epigráficos nos han permitido conocer la identidad de
los contingentes legionarios y su ubicación geográfica: León (VI victrix),
Herrera de Pisuerga (IIII Macedonica), Astorga y Rosinos de Vidriales (X
gemina) (Fig. 1).
Durante la pasada década se han efectuado muchas campañas de exca-
vación en Legio, la actual ciudad de León. Miles de objetos metálicos han
sido descubiertos durante dichas excavaciones, los cuales comprenden
accesorios para la impedimenta del soldado, equipo equino y armas.
Entre el repertorio evidenciado, abundan los materiales relacionados con

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los primeros campamentos establecido entre los ríos Bernesga y Torío,


pertenecientes a la VI victrix. Podemos mencionar entre las piezas más
destacadas adscritas a este primer período de ocupación, una serie de
importantes restos de loricae segmentata del tipo Corbridge, fechados
entre el 41 y el 68 d. C. También son destacables varias instalaciones
artesanales, entre las que se han documentado un taller de forja (locali-
zado en la c/ Plegarias, 5 c/v Ramiro III) y otro dedicado al trabajo del
bronce (excavaciones de la c/ General Mola c/v plaza del Conde Luna).
Ambas industrias son sincrónicas (adscritas al período claudio-nero-
niano) y complementarias, pues con ellas se aseguraba la reparación y
fabricación de armas de hierro, al mismo tiempo que se garantizaba la
confección de enseres en cobre/bronce.
Otro importante conjunto procede de Herrera de Pisuerga (Palencia).
En dicho yacimiento se han localizado también dos fuertes diferentes
superpuestos, pertenecientes a una legión y a un ala auxiliar de caballe-
ría: la legio IIII Macedonica (ca. 20 a. C./39 d. C) y el ala Parthorum
(segunda mitad de la primera centuria e inicios del siglo siguiente).
Quizá el hallazgo más relevante sea los restos de una máscara equina de
exhibición, en concreto los
protectores oculares. La cro-
nología de esta pieza, datada
en época augustea (27 a.
C/14 d. C), la convierte en
la más antigua de todo el
Imperio, respecto a esta cate-
goría de objetos. El complejo
industrial augusteo-tiberiano
incluía un taller especiali-
zado en la manufactura de
piezas de hueso, tanto de uso
civil como militar, en el que
se localizaron pomos de
espada y terminales de arco
fabricados en esta materia.
Finalmente nos referire-
mos a un caso singular, el de
Asturica Augusta (Astorga, Fig. 1. Vestigios de armaduras romanas apa-
León). Los resultados de las recidas en España: 1) Manica (León). 2)
últimas excavaciones avalan Pectoral (León). 3) Escamas (Puente
que Astorga fue una base Castro). 4-6) Accesorios de lorica segmentata
legionaria en los albores del (León).

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siglo I d. C., aquella donde se asentó la legio X gemina. Fragmentos de


armaduras (algunas de la clase segmentada), accesorios metálicos de
arnés y restos de equipo personal han sido puestos de manifiesto en los
niveles militares. Asimismo, son muy interesantes algunas piezas de
arquería y de artillería adscritas a contextos civiles. Según Morillo,
cuando comenzaron las explotaciones mineras de oro en esta área (10/20
d. C.), el enclave se convirtió en una ciuitas y la legión se trasladó a
Rosinos de Vidriales (Zamora). En Rosinos permanecería dicha unidad
hasta su salida definitiva de Hispania (ca. 69/70 d. C.).

LA ORGANIZACIÓN MILITAR EN EL NOROESTE PENINSULAR: EL EXERCITUS


HISPANICUS
Después de las guerras cántabras, Hispania se convierte en una provincia
pacificada en la que escasean las tropas regulares, salvo aquellas que en la
Citerior estaban bajo control del legatus Augusti propraetore. Hacia el 39
d. C., la legión IV Macedonica abandona nuestro territorio, al igual que
lo hacen en la década de los 60 las legiones VI victrix y X gemina. De este
modo, desde finales del siglo I d. C. hasta el ocaso del Imperio Romano,
nuestra provincia será custodiada por una sola legión (la legio VII
gemina) y algunas tropas auxiliares. Desde el punto de vista geográfico,
la política militar de los julioclaudios es continuada por sus sucesores,
quienes mantienen las unidades militares del ejército hispano en la zona
meridional de la cadena montañosa cántabra.
La organización castrense de la península ibérica fue completada con
una serie de militias, tropas de carácter extraordinario e índole provincial
o municipal, que no encajaban en las categorías del ejército regular. A
título de ejemplo, podemos mencionar a las cohortes orae maritimae,
cuya función era proteger la costa mediterránea; o a las fuerzas militares
de la provincia senatorial de la Bética, entre ellas la cohors Baetica y la
cohors Servia Iuvenalis. Rastrear la presencia arqueológica de estas unida-
des es una tarea difícil, y más aún aislar el equipo militar que empleaban.
El equipo militar hispano debe estudiarse relacionándolo con la diná-
mica general imperante en la totalidad del Imperio. En un mundo cas-
trense donde no existía una producción industrializada ni normativas
que reglamentaran la impedimenta, y que se regía más por la tradición y
la costumbre que por las reglas establecidas, sorprende comprobar las
similitudes entre los materiales encontrados en Hispania y los artefactos
descubiertos en lugares tan lejanos como Siria, Escocia o Hungría. Esta
uniformidad del equipo militar romano se explica gracias a la existencia
de una identidad propia del soldado, la cual produce una cultura mate-
rial concreta, referida sobre todo a la impedimenta personal (cinturones,

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tahalíes, etc.). Esta homogeneización, que afecta a todo el territorio del


Imperio, es compatible con ciertas particularidades regionales propias de
un ejército compuesto de etnias muy diferentes, algo a lo que Hispania
no podía ser ajena. Es por ello que encontramos modelos característicos
de nuestra provincia, los cuales se desarrollan mayormente durante el
siglo II (hebillas cuadrangulares, determinadas contraplacas de cinturón,
etc.). Ya en la tercera centuria la historia militar de Hispania comienza
ha complicarse, debido a que conviven junto con el ejército estable his-
pano otros efectivos militares procedentes de las zonas calientes de com-
bate (limes renano-danubiano), como se constata en el campamento de
León. Dicha coexistencia dificulta la atribución concreta del equipo
militar, el cual puede pertenecer a las tropas foráneas o las autóctonas
(Fig. 2).
A continuación, resumiremos el estado de nuestro conocimiento
sobre los principales fuertes y establecimientos militares de este período.
La evolución del enclave de León es muy interesante, desde el prisma
castrense. Como ya dijimos, fue creado en las primeras décadas del siglo
I como base de la legio VI, pero en el último cuarto de la primera centu-
ria es ocupado por una nueva unidad, la legio VII, quien construye un
nuevo amurallado de piedra. Esta última legión permanecerá en el
mismo lugar hasta el final del Imperio Romano. El conjunto de mate-
riales militares de León es de gran importancia para la comprensión de
la arqueología castrense en Hispania. No sólo porque dicho conjunto es
excepcionalmente numeroso, sino porque está inusualmente bien
datado, gracias a la normativa legal de la ciudad que obliga a la realiza-
ción de excavaciones arqueológicas en las áreas donde van a construirse
nuevos edificios, lo que ocasiona multitud de descubrimientos proceden-
tes de excavaciones científicas. La trascendencia de los hallazgos leoneses

Fig. 2. Armas romanas descubier-


tas en España: 1) Restos de un
arco compuesto (Astorga). 2)
Daga (Castro de Corporales). 3)
Proyectil pétreo (León). 4) Punta
de lanza (León). 5) Proyectil de
catapulta (León). 6) Pomo de
espada en hueso (León). 7) Punta
de flecha (León). 8) Cabeza de
pilum (León).

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se pone también de manifiesto si tenemos en cuenta que representan la


cultura material de una guarnición, ubicada ininterrumpidamente en el
mismo lugar durante más de trescientos años.
Es muy difícil exponer pormenorizadamente los objetos encontrados
en León, debido a la gran cantidad de ellos que han aparecido. Podemos
resumir los hallazgos indicando que están representadas todas las catego-
rías inherentes al equipo militar. Entre otras, mencionaremos las piezas
relacionadas con la arquería (remates y asideros de arcos compuestos,
puntas de flecha), los restos de espadas y dagas (pomos, conteras, etc.),
los fragmentos de armaduras (pectorales decorados, accesorios de loricae
segmentatae, escamas de lorica squamata, etc.), los diversos testimonios
de cascos, umbos de escudo, equipo de artillería (dardos de catapulta
metálicos, proyectiles pétreos, nuez de ballesta, etc.), los vestigios de la
impedimenta del soldado (hebillas y placas de cinturón, ornamentos de
mandiles legionarios y de tahalíes), los accesorios de arnés (phalerae,
camas de bocado, pinjantes, etc.), o las numerosas herramientas de tra-
bajo (dolabras, clavos de tiendas, hachas, etc.) (Fig. 3).
La gran mayoría de los hallazgos leoneses son piezas terminadas, pero
también existe una significativa cantidad de ejemplares inacabados y de
piezas preparadas para el reciclaje, lo que ha posibilitado identificar
diversos talleres que trabajaban el metal. Respecto a la ubicación de las
industrias, podemos afirmar que desde los momentos iniciales de la vida
del campamento las manufacturas se localizaron tanto dentro del recinto

Fig. 3. Equipo personal de época


altoimperial documentado en
España: 1) Placa de cinturón
(León). 2) Broche de cinturón
(Villasequilla de Yepes). 3-5)
Apliques de mandiles legionaries
(Teba). 6) Hebilla (Astorga). 7)
Placa de cinturón (Puente
Castro). 8) Placa de cinturón
(Bohonal de Ibor). 9) Colgante
de tahalí (Puente Castro).

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castrense, como en la zona de cannabae. Para el emplazamiento del sec-


tor fabril se escogió la praetentura del fuerte, en torno a la via sagularis y
la porta praetoria, así como el área de cannabae inmediatamente pró-
xima. La localización de este entramado artesanal al sur del campamento
estuvo motivada por razones de índole práctica, como es la exposición al
viento dominante que se encargaría de alejar los olores no deseados que
desprendían estas fabricae. Especialmente interesante es el descubri-
miento de un taller legionario especializado en la elaboración de arma-
duras segmentadas, fechado en la tercera centuria y descubierto en las
excavaciones de la plaza del Conde Luna, 2.
Entre los materiales de la segunda mitad del siglo I, puestos al descu-
bierto en Herrera de Pisuerga, hay una nutrida colección de vestigios
militares. Éstos incluyen una gran cantidad de armas, restos de armadu-
ras y otros materiales castrenses, mayoritariamente depositados en verte-
deros. Desde el punto de vista cuantitativo, resalta la importante serie de
objetos pertenecientes al equipo personal y al equino, debido a que tras
la partida de la legión, el lugar fue ocupado por el ala Parthorum (una
unidad auxiliar de caballería), y quizá también por la cohors I Gallica
(una cohors equitata). Particularmente abundantes son los objetos proce-
dentes del reinado de Nerón y los de la época flavia, aunque el yaci-
miento continuó en uso hasta la segunda centuria.
Otro campamento legionario convertido en castella es Petauonium
(Rosinos de Vidriales, Zamora). Rosinos fue ocupado inicialmente por
la legio X, hasta que ésta se marchó de Hispania. Posteriormente, el
emplazamiento fue utilizado por el ala II Flavia ciuium Romanorum,
quien construyó un segundo recinto, más pequeño, en las postrimerías
del siglo I d. C. Dicha unidad permanecería en el lugar hasta el final de
la segunda centuria. En relación a los descubrimientos hechos, los obje-
tos más famosos son un par de carrilleras pertenecientes a cascos de caba-
llería, uno de ellos adscrito al tipo “Guisboroug” y dedicado, por tanto,
al equipo de exhibición o parada. También merece ser destacada la colec-
ción de piezas fabricadas en hueso, aunque ninguna de ellas es clara-
mente militar, y los análisis metalográficos efectuados sobre materiales
castrenses.
Desde finales del siglo I (o inicios de la centuria siguiente) hasta el
siglo IV, el campamento de la cohors I Celtiberorum estuvo en A Cidaleda
(Sobrado dos Monxes, A Coruña). El lugar ha sido excavado durante
décadas, si bien sólo se han publicado esporádicamente algunos ejem-
plares pertenecientes al equipo militar (puntas de lanza, restos de lorica
squamata, etc.)

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Aquae Querquennae (Portoquintela, Ourense) fue el campamento de


una cohorte (¿cohors I Gallica equitata ciuium Romanorum?), desde los
primeros años de la dinastía flavia hasta el final del reinado de Adriano.
Respecto a la impedimenta castrense más significativa, destacaremos los
fragmentos de espadas largas (spathae), el apex de un casco perteneciente
al tipo “Weissenau”, algunos restos de lanzas, etc.
Aparte de los hallazgos documentados en los enclaves militares, tam-
bién queremos poner de manifiesto los abundantes descubrimientos de
material militar en contextos civiles. Sobre este tema, cabe hacerse una
pregunta. ¿Por qué son tan numerosos los restos de equipo castrense en
las ciudades y los asentamientos rurales hispanos? Si a ello le sumamos la
gran dispersión de estos objetos por amplias zonas de la península ibé-
rica, como por ejemplo la desmilitarizada Bética, comprenderemos la
extensión del fenómeno que exponemos. Una de las posibles respuestas
podría ser el reclutamiento de auxilia y legionarios hispanos durante
todo el Imperio Romano, como por ejemplo el ala II Flavia Hispanorum
ciuium Romanorum, la cohors II Asturum equitata o la Asturum symma-
chiarii. Muchos hispanos estuvieron alistados en el ejército y probable-
mente, cuando volvían a casa, algunos de ellos traían objetos de su vida
militar como recuerdo (muy probablemente el cinturón y los arneses
equinos). De hecho, es más que verosímil que la instalación de veteranos
(hispanos o no hispanos) en nuestra provincia explique muchos de estos
hallazgos. La aparición de testimonios epigráficos, como por ejemplo
algunos diplomas militares, confirmaría dicha hipótesis; comprobándose
como estos soldados afincados en Hispania no solo sirvieron en el lejano
limes germano, sino también en la cercana África (sirva de ejemplo el tes-
timonio aportado por un diploma de Baelo Claudia, referido al soldado
de la cohors prima Ituraeorum, 161 d. C.). No obstante, podemos aven-
turar otras hipótesis que expliquen estos descubrimientos, como la pre-
sencia temporal de tropas en un yacimiento determinado, la ubicación
de auténticos enclaves militares aún desconocidos, o la pertenencia a la
carrera militar de algunos de los propietarios de las abundantes villae dis-
persas por Hispania.
Centrándonos en los hallazgos más relevantes aparecidos en contextos
urbanos, mencionaremos los hallazgos procedentes del valle del Ebro, los
cuales posiblemente estén relacionados con el establecimiento de vetera-
nos en los primeros momentos de vida de las ciudades romanas, durante
el siglo I d.C. Objetos claramente militares han aparecido en la “Casa de
los delfines” en Celsa (Velilla de Ebro, Zaragoza) (54/60 d. C.), o en
Arcobriga (Monreal de Ariza, Zaragoza) y Vareia (Logroño). También
destacan los abundantes restos castrenses descubiertos en la Meseta Sur,

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muchos de ellos datados entre los siglos II-III d. C. Aunque podríamos


indicar otros muchos descubrimientos aislados, que se extienden por la
totalidad de Hispania. Del análisis en conjunto de todos estos vestigios,
se podrán sacar interesantes conclusiones en el futuro (Fig. 4).
Finalmente, queremos mencionar el equipo militar descubierto en
contextos funerarios.
Primeramente hay que reflejar la existencia de una necrópolis altoim-
perial en cuyos ajuares aparecen armas. Nos referimos a Ateabalsa
(Espinal, Navarra), en uso durante los siglos I-II d. C., y donde se han
localizado 19 tumbas con lanza. Asimismo, están también documenta-
das dagas y proyectiles de catapulta.
De Aznalcázar (Sevilla) procede un conjunto completo de terminales,
pertenecientes a un mandil legionario datado en época flavia.
Aparecieron fortuitamente en una inhumación parcialmente violada, lo
que explicaría la desaparición de la hebilla del cinturón. En el mismo
enterramiento se depositó un anillo de oro, ornamentado con un entalle
que representa a Minerva. Entre los paralelos más notables para este
hallazgo, se encuentran las piezas procedentes del tesoro de Tekije y las
encontradas junto al soldado descubierto en la playa de Herculano.
También fechada en tiempos flavios es la daga del cementerio de Eras del
Bosque (Palencia), depositada actualmente en la Hispanic Society of
America (New York).
Asimismo, es muy interesante el enterramiento de la Vega Baja
(Toledo), pues en él se encontró conjuntamente equipo equino de índole
militar e instrumental médico. Datado a finales de la segunda centuria,
esta tumba destaca también por ser la más antigua en Hispania donde
han aparecido camas de freno. Dichas camas están ornamentadas con

Fig. 4. Equipo equino hallado en España:


1) Phalera (León). 2) Pinjante (Ocaña). 3)
Aplique de correa (Villasequilla de Yepes).
4) Pinjante (Astorga). 5) Aplique de correa
(Villarrubia de Santiago).

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peltas, al igual que los botones de la cabezada que la acompañan.


Respecto a los instrumentos médicos, éstos carecen de especialización, lo
que nos confirmaría que el difunto era un medicus ordinarius o un miles
medicus.

EL FIN DEL EJÉRCITO ROMANO EN HISPANIA


Gracias a los escritores romanos contemporáneos, conocemos los con-
tingentes militares destacados en Hispania durante esta fase. La fuente
más ilustrativa es la Notitia Dignitaum (XLII, 1, 24-32), la cual nos
informa de la estructura castrense de nuestra provincia durante el Bajo
Imperio. Según la Notitia, nuestra zona contaba con una legión y cinco
cohortes: legio VII gemina (León), cohors Lucensis (Lugo), cohors I Gallica
(Iruña), cohors II Flavia Pacatiana (Rosinos de Vidriales, Zamora), cohors
Celtiberiae (Reinosa, Cantabria) y cohors II Gallica (de ubicación desco-
nocida).
El descubrimiento más habitual en los yacimientos hispanos de esta
época son las hebillas y otros accesorios de cinturón. Los hallazgos se
concentran en áreas concretas, principalmente en la mitad norte de
nuestra península, coincidiendo con la región donde existe una mayor
presencia militar. La aparición de numerosos ejemplares durante los últi-
mos años, animaron al autor del presente trabajo a llevar a cabo un estu-
dio de síntesis sobre el tema, al igual que había hecho anteriormente con
los botones que complementan a estos cíngulos. Entre los resultados
obtenidos, en uno y otro caso, se encuentra la descripción de nuevas
tipologías, así como una interpretación funcional, cronológica y socioló-
gica de estas piezas. La idea de clasificar estos cinturones como objetos
militares suscitó una controversia a nivel investigador internacional, con
sus defensores y detractores. Actualmente se ha llegado a un consenso
general, en el que se considera que eran portados por soldados y por fun-
cionarios del Estado.
El panorama de los cinturones tardorromanos en Hispania es un
mundo complejo. En él conviven un buen número de broches distintos,
reflejo cada uno de ellos de tradiciones culturales diferentes y realidades
sociales distintas. A pesar del amplio número de tipos constatados, estos
se pueden aglutinar en tres grandes categorías, ateniéndonos al origen
del modelo y la difusión espacial del mismo: cingula de tipología “no-
hispana”, “pseudo-hispana” e “hispana”. Los broches “no-hispanos” son
los cingula militae utilizados habitualmente por las tropas establecidas en
el limes, y su aparición en nuestro suelo se justifica por la presencia de
hombres armados venidos de las zonas de combate allende nuestras fron-
teras, o por la llegada de determinados funcionarios. Los broches

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“pseudo-hispanos” están inspirados en los cingula militae anteriores,


pero adaptándolos a los gustos propios de nuestra provincia, por lo que
simplemente suponen una variante regional de los mismos. Aunque pre-
sentan algunos rasgos decorativos peculiares, la principal característica
que los diferencia de sus congéneres en el resto del Imperio es la adop-
ción del roblón frente al remache, para asir el broche al cuero. La dis-
persión espacial de los ejemplares “pseudo-hispanos” abarca Hispania y
la Galia Meridional. Dadas sus características, los cinturones “no-hispa-
nos” y los “pseudo-hispanos” deben ser estudiados formando un único
conjunto, ya que ambos responden al mismo estímulo: la moda impe-
rante en los circuitos militares del Bajo Imperio. Finalmente, los broches
“hispanos” son una moda autóctona vinculada a la cultura local que
impregna nuestra región en época tardía, por lo que sus tipos no están
documentados fuera de la península ibérica. Representan una tradición
cultural diferente y exclusiva de la sociedad hispana, caracterizada por
gustos atávicos relacionados con el mundo militar altoimperial (Fig. 5).
Los cinturones “no-hispanos” aparecidos en Hispania solo cabe inter-
pretarlos como pertenecientes a soldados o funcionarios de la adminis-
tración. Desde el punto de vista temporal, la mayoría están adscritos al
momento transicional entre el final del siglo IV y las primeras décadas de
la centuria siguiente. Frecuentemente estos cingula aparecen en localida-
des donde se conoce la existencia de fuerzas armadas, bien porque se
citan en la Notitia Dignitatum o en otros textos clásicos contemporá-

Fig. 5. Equipo personal de época


bajoimperial descubierto en
España: 1) Broche de cinturón
“pseudo-hispano” (Tirig). 2)
Broche de cinturón “no-hispano”
(Palacios del Sil) 3-4) Terminales de
cinturón (Palencia y Mazarambroz).
5) Hebilla de origen britano
(Iruña). 6) Aplique con forma de
“hélice” (Villarrubia de Santiago).
7) Terminal de cinturón “no-his-
pano”, ornamentado con excisiones
(Villarrubia de Santiago). 8)
Aplique de cinturón “no-hispano”,
decorado con excisiones
(¿Andalucía?). 9-10) Broches de
cinturón “hispanos”
(Fuentespreadas y Penadominga).

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neos, bien porque la arqueología ha demostrado la existencia de un


enclave militar. Los broches de Palacios del Sil y Castro Ventosa, ambos
leoneses, fueron encontrados en la zona de influencia de la legio VII. Las
excavaciones recientes efectuadas en el interior del campamento de la
ciudad de León, también han deparado piezas de cinturón “no-hispa-
nas”. En Veleia (Iruña), sede de la cohors I Gallica, apareció una hebilla
característica de las tropas britanas, lo que podría indicar la presencia de
mercenarios sajones en el lugar. De Pompaelo (Pamplona), ciudad donde
se atestiguan tropas comitatenses a inicios del siglo V por la carta que a
ellos dirige el emperador Honorio, proceden varios ejemplares como los
que tratamos. La trabilla de El Roc d´Enclar (Andorra), aparecida en un
castellum que controlaba un paso defensivo entre Hispania y Galia, sería
otra pieza asociada a un yacimiento hispano de tipo castrense. Durante
el mismo espacio temporal tenemos documentada la presencia de tropas
comitatenses en contextos civiles. Tales tropas pudieron haber sido hos-
pedadas temporalmente en villas rústicas, lo que originaría hallazgos
como el de la necrópolis de Hornillos del Camino (Burgos), donde se
enterró a un soldado alaman con su cinturón. Los hallazgos de cingula
militae en villae como La Olmeda y Paredes de Nava, quizá estén conec-
tados con los turbulentos sucesos acaecidos durante la usurpación de
Constantino III (407-411), ya que son yacimientos ubicados en la zona
sometida a saqueo por las tropas victoriosas traídas del limes (los hono-
riaci de Geroncio). Por último, no podemos ignorar que estos cinturo-
nes pueden ser el testimonio elocuente de la actividad profesional llevada
a cabo por el dueño, o alguno de los habitantes de la villa, pues no olvi-
demos que muchos de los terratenientes hispanos estuvieron cerca del
foco de poder político y que sin duda debieron ejercer cargos en la admi-
nistración pública, incluyendo la carrera militar, como parte del cursus
honorum. Además, el Estado romano jamás desarmó sistemáticamente a
sus licenciados, utilizándolos incluso para la defensa parcial del territo-
rio, por lo que los soldados que habían servido en el limes volvían a sus
casas con auténticos “souvenirs” militares, entre ellos el “cinturón de
combate”.
Respecto a los cinturones “pseudo-hispanos”, creemos que están rela-
cionados con las tropas acantonadas en Hispania, las cuales estaban
todavía operativas en la segunda mitad del siglo IV. También cabe la
posibilidad de que estén relacionados con ciertas categorías de funciona-
rios locales.
Como ya dijimos, los cingula “hispanos” son propios de una cultura
local, cuya área de distribución principal es la Meseta Norte y cuya seña
de identidad más significativa son los enterramientos con ajuares de

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carácter militarizado, en los que se incluyen: arneses de caballo, armas


(bien sean éstas utilizadas para la caza o para la guerra) y efectos perso-
nales (entre ellos, el cinturón). Estos cinturones “hispanos” bajoimperia-
les, así como los atalajes equinos depositados en las tumbas, son
exponentes de una moda arcaica, heredera directa de la impedimenta
militar empleada en los siglos II y III d. C.
Es muy probable que las tropas estacionadas en Hispania durante cen-
turias, sean la clave para interpretar a los cinturones “pseudo-hispanos” e
“hispanos”, hipótesis que empieza a confirmarse tras los hallazgos más
recientes acaecidos en el área de influencia de la legio VII. Tal y como se
evidencia en otras partes del Imperio, los ejércitos establecidos en el
mismo lugar durante mucho tiempo no sólo tienden a perpetuar ciertas
modas castrenses, sino que además suelen irradiar sus gustos hacia la
población civil que los circunda. Tal fenómeno, al que se ha denomi-
nado “Mischzivilisation” por ser mezcla de dos mundos: el militar y el
civil, ha sido identificado y estudiado en zonas como el norte de la Galia,
Panonia o Dacia. La Mischzivilisation hispana sería el resultado de la
fusión de los estilos emanados de una legión de viejo cuño y el sustrato
nativo local. La prueba más evidente de tal Mischzivilisation es la pre-
sencia en nuestro suelo de las necrópolis con ajuares que hemos comen-
tado, entre las que cabe destacar: la de Fuentespreadas, San Miguel del
Arroyo, Hornillos del Camino, Simancas, etc.
Por último, aparte de los cinturones que hemos visto, habría que
mencionar otras categorías de objetos descubiertas en enclaves militares
hispanos. Entre ellos, los hallazgos de León e Iruña, donde se han docu-
mentado puntas de lanza y de flecha, así como proyectiles para ballista,
elementos de atalaje, armaduras, etc.

CONCLUSIONES
A lo largo de estas líneas hemos desgranado la situación actual sobre el
equipo militar romano en nuestra provincia. Como hemos podido com-
probar, vivimos unos momentos en los que se ha despertado el interés
sobre este tipo de materiales, abriéndose en la última década nuevas
líneas de investigación que darán sus frutos en un futuro inmediato. Por
ello, esperamos y confiamos, en que los resultados ofrecidos en estas
páginas sean superados, en breve, por nuevos conocimientos.

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PRODUCCIONES MILITARES ROMANAS


EN LA PENÍNSULA IBÉRICA
Ángel Morillo
Universidad de León

El despliegue de un contingente militar considerable en la región sep-


tentrional de la península ibérica a partir del reinado de Augusto plantea
numerosos problemas de abastecimiento. Al igual que en las zonas fron-
terizas, el ejército organizó una amplia red de suministros para las tropas,
que abarcaba tanto artículos de primera necesidad como productos
manufacturados. La intendencia militar suministraba a las tropas y ofi-
cialidad elementos de indumentaria y uso personal, ajuares domésticos,
moneda y, por supuesto, alimentos (cereales, vino, olivo, salazones). La
administración militar, responsable del avituallamiento de las tropas a
partir de Augusto, mantuvo una línea coherente de actuación en este
campo, arbitrando diferentes soluciones que dependían de la situación
política y militar general, el avance del proceso romanizador en el con-
junto de Hispania, las necesidades concretas del Estado y los imperativos
de la estrategia militar (cantidad y disposición de las unidades militares)
en cada momento.
Junto a las importaciones de objetos manufacturados hallados en con-
textos militares peninsulares, que nos permiten realizar un seguimiento
estratigráfico de dichos yacimientos y constituyen una aportación de
gran valor para la reconstrucción de los procesos históricos, el progreso
de la investigación esta permitiendo conocer la existencia de un número
creciente de producciones militares en suelo hispano, de las que salieron
productos destinados no sólo al consumo militar, sino que también
alcanzan el ámbito civil circundante.
El sistema de fabricae no estaba desarrollado en época republicana, y
no parece que hasta las últimas décadas del siglo II a. C. el estado
romano proporcionara armas y vestimenta a las tropas. Sin embargo,
durante las prolongadas campañas en Hispania, contra cartagineses pri-
mero, y contra iberos, celtíberos y lusitanos después, los ejércitos roma-
nos necesitarían un flujo constante de armas y otro equipo para sustituir
las perdidas o gastadas. Como F. Quesada ha propuesto recientemente,
la mayor parte, en especial las armas ofensivas, no vendrían de Italia,
sino que serían requisadas o fabricadas en la propia Península incluso por
artesanos locales, en bases como Tarraco o Carthago Nova. La clave está

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en que existe una notable compatibilidad entre los tipos de armas de ibe-
ros y celtíberos con las romanas del periodo, en especial en lo referente
al armamento ofensivo, e incluso escudos, que facilitaría una producción
local al servicio de las legiones.
Los campamentos del periodo augusteo y julioclaudio seguían siendo,
hasta hace muy poco tiempo, los grandes desconocidos. Estos recintos
surgen con motivo de las guerras cántabras (29-19 a. C.) o como conse-
cuencia directa de la contienda. Se concentran por lo tanto en el cua-
drante noroeste de la península ibérica, en el contacto entre la Meseta y
la cordillera Cantábrica. Los campamentos del periodo augusteo y julio-
claudio presentan especiales problemas de identificación. En su mayoría
se encuentran bajo ciudades actuales, que han alterado las evidencias
arqueológicas a veces de forma irrecuperable, lo que dificulta su recono-
cimiento arqueológico. Por otra parte, durante los reinados de Augusto
y Tiberio, se emplean mayoritariamente estructuras temporales, realiza-
das en madera y la planta aún no está perfectamente regularizada. Por lo
tanto, la identificación de estructuras constructivas propias de un asen-
tamiento militar resulta muy difícil.
A la vista de estas dificultades, la identificación de recintos militares se
ha hecho en muchas ocasiones tomando como base el análisis del regis-
tro arqueológico más antiguo de estos asentamientos, buscando elemen-
tos indiscutiblemente militares. Por lo general, la identificación de
estructuras tiene lugar a partir de la definición previa del carácter militar
de un asentamiento.
El final de la guerra cántabra y la subsiguiente partida de la mayor
parte de las tropas hacia las fronteras septentrionales del Imperio tiene
como consecuencia la configuración de un exercitus Hispanicus adscrito
a la provincia Tarraconense, compuesto mayoritariamente por tres legio-
nes seleccionadas entre las que habían participado en la guerra: la IIII
Macedonica, la VI victrix y la X gemina.
El progreso de la investigación en el campo de la arqueología militar
romana nos permite avanzar en el conocimiento de las producciones
militares de época altoimperial. La inmensa mayoría de las producciones
militares documentadas hasta el momento tiene como objetivo la elabo-
ración de objetos cerámicos. Quizá las menos habituales fueron las offi-
cinae militares que fabricaron vajilla de mesa. Los ejemplares más
conocidos son los recipientes de terra sigillata local de imitación itálica
fabricados por L. Terentius en el campamento de la legio IIII Macedonica
en Herrera de Pisuerga, ya dados a conocer en su día por A. García y
Bellido y estudiados hace algunos años por Pérez González, que consti-
tuyen una excepción en el mundo romano debido a la asociación de un

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figlinarius a una unidad militar concreta. En la actualidad, el número de


marcas recuperadas sobre copas y platos supera ampliamente el centenar,
concentrados fundamentalmente en Herrera de Pisuerga, aunque recien-
temente se han dado a conocer dos recipientes procedentes de los nive-
les del campamento de la legio X en Astorga y otra marca sobre un
problemático vaso de paredes finas –en realidad un recipiente de terra
sigillata local de imitación itálica con un engobe de mala calidad, rasgo
muy habitual entre las producciones herrerenses– hallado en
Caesaraugusta (Fig. 1). La officina de Terentius debió estar en funciona-
miento entre el 10 a. C. y el 10/15 d. C.
Pero, aunque sean hasta ahora los más conocidos, los recipientes de
terra sigillata local de imitación itálica firmados por L. Terentius no son
la única producción elaborada en el campamento de Herrera. Los mate-
riales recuperados revelan la existencia de un auténtico complejo indus-
trial, ubicado posiblemente extramuros del recinto campamental, en
funcionamiento durante el periodo augusteo-tiberiano. Dentro de este
complejo productivo hemos identificado talleres destinados a la elabora-
ción de diferentes productos cerámicos además de la TSI, como lucernas
(Fig. 2), cerámica común y de paredes finas, además de otros bienes

Fig. 1. Recipiente de terra sigillata local de imitación itálica firmado por L. Terentius,
figlinarius de la legio IIII Macedonica, hallado en Astorga (fotografía: Imagen MAS).

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como utensilios de hueso,


metal y probablemente, cuero.
Toda esta desarrollada estruc-
tura artesanal configura una
auténtica fabricae militaris,
muy semejante a las existentes
en otras zonas fronterizas del
Imperio.
El complejo alfarero militar
de Herrera de Pisuerga no tiene
por el momento paralelos en la
Península, a excepción tal vez
de las instalaciones artesanales
establecidas por la legio VII
gemina en León a partir de la
época flavia, de las que, por el
momento, se conoce bien poco.
No obstante, recientemente se
ha detectado en los niveles
augusteos correspondientes al
campamento de la legio VI vic-
trix en León una nueva produc-
ción de terra sigillata local de Fig. 2. Lucerna cerámica fabricada en el
imitación itálica firmada en este taller militar de Herrera de Pisuerga
caso por los alfareros C. Licinius (Morillo, 1992).
Maximus, L. M. Gen () y el
“Alfarero de la Caliga”, así denominado por la forma de su marca anepí-
grafa (Fig. 3). De nuevo en este caso, el carácter de dicha producción es
militar. Sin embargo, a diferencia de las producciones de L. Terentius en
Herrera, el nombre de dicho alfarero no aparece en ningún momento
acompañado por el de la unidad militar ocupante del recinto, lo que per-
mite establecer una diferencia bastante significativa entre los recipientes
de terra sigillata local de imitación itálica fabricados respectivamente en
Herrera de Pisuerga y León, tal y como hemos apuntado recientemente
(Morillo & García Marcos, 2001).
Aunque no se ha podido constatar su fabricación en el taller de C.
Licinius Maximus, el hallazgo en los mismos niveles arqueológicos de un
fragmento de lucerna en la que puede leerse probablemente una marca
de la legio VI victrix, L. V. ¿I? en letras capitales en relieve con interpun-
ciones, podría encontrarse de alguna manera en relación con las produc-
ciones del alfarero legionense.

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Fig. 3. Recipiente de
terra sigillata local de
imitación itálica fir-
mado por C. Licinius
Maximus hallado en
León (fotografía: V.
García Marcos).

A juzgar por los datos que se van conociendo, debemos entender los
talleres militares del periodo augusteo y tiberiano como parte de una
política practicada por el ejército romano para dar respuesta a determi-
nados problemas de infraestructura interna. Las unidades del ejército
romano, asentadas en regiones periféricas, recientemente conquistadas y
militarizadas, alejadas de las grandes vías de comunicación mediterrá-
neas, deben sobrevivir en un primer momento de una manera casi autó-
noma. El ejército organiza una amplia red de suministros para las tropas,
que abarca tanto artículos de primera necesidad como productos manu-
facturados como recipientes cerámicos, objetos de bronce, artículos de
cuero y textiles, etc. Cada vez son más abundantes los testimonios que
avalan la organización de toda una compleja estructura artesanal en
determinados centros militares, destinada a cubrir las demandas de pro-
ductos manufacturados de los oficiales y tropa acantonados en dichos
asentamientos. Los recipientes cerámicos debieron constituir un capí-
tulo esencial dentro de la producción de los talleres militares ya que
constituyen objetos de primera necesidad, que es más fácil fabricar in
situ que transportar a largas distancias, y fundamentales para mantener
un nivel de vida “civilizado” y netamente romano en un medio hostil,
tan diferente al medio natal de la mayor parte de las tropas. Una vez
transcurridas varias décadas desde el momento de la conquista, cuando
el proceso de implantación romana ha cristalizado en la región, dichas
producciones resultan innecesarias, a excepción de determinados ele-
mentos como el material latericio, que se sigue fabricando en asenta-
mientos militares como León hasta mediados del siglo III d. C.

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Durante el periodo julioclau-


dio, un aspecto que reviste asi-
mismo un gran interés es el
papel de complejos alfareros
como el de Melgar de Tera
(Zamora), dedicado a la elabo-
ración de cerámica de paredes
finas, que difunde su produc-
ción hacia el cuadrante noroeste
peninsular entre el periodo
neroniano y el final del siglo II
d. C. (Fig. 4). Aunque en prin-
cipio debemos considerar esta
officina como civil, tanto la ubi-
cación del centro productor, a
escasa distancia del campa-
mento de Rosinos de Vidriales,
como el ámbito de comerciali-
zación, que corresponde con la
zona de asentamiento y actua-
ción del exercitus Hispanicus
durante el Alto Imperio, por no Fig. 4. Producción local de cerámica de
hablar de algunos motivos deco- paredes finas del tipo “Melgar de Tera”
rativos empleados, de claro (fotografía: Imagen MAS).
gusto castrense fuera de nuestras
fronteras, parecen sugerir una estrecha vinculación con el elemento mili-
tar, aún por aclarar convenientemente. Recientemente E. Martín
Hernández ha definido una producción local de cerámica de paredes
finas de tipo “Melgar de Tera” en el campamento de la legio VI victrix en
León a partir del periodo tiberiano y, especialmente, durante el reinado
de Claudio, lo que indicaría que nos encontramos más que ante un alfar
que reparte su producción por una amplísima área de difusión, ante
diversos talleres regionales que siguen una moda y realizan producciones
muy semejantes.
Si bien el interés por la arqueología militar ha crecido mucho en los
últimos años en España y Portugal, todavía existen parcelas de conoci-
miento que se han visto escasamente beneficiadas, como por ejemplo el
equipo militar, tal vez por su novedad dentro del panorama científico
peninsular. Carecemos de monografías sobre el equipo militar hallado en
los campamentos hispanos del periodo altoimperial, aunque se han ade-
lantado algunas publicaciones parciales que recogen una muestra de los

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materiales descubiertos. Recientemente se ha publicado un taller de


armaduras segmentadas de época julioclaudia en León. J. Aurrecoechea
ha identificado un nuevo taller de armaduras que funcionó en el campa-
mento de la legio VII gemina durante el siglo III.
El abastecimiento de moneda al ejército es una de las mayores dificul-
tades de la economía militar. Durante las guerras cántabras Augusto
cambia el sistema republicano de moneta imperatorum por el estableci-
miento de cecas imperiales centralizadas. Una de las mayores novedades
de los últimos años ha sido la constatación de un abastecimiento de
moneda al ejército romano establecido en Hispania durante las guerras
cántabras, que se extiende al reinado de Tiberio. La posibilidad de orga-
nizar y emplear las nuevas evidencias arqueológicas obtenidas del análi-
sis de los campamentos hispánicos del periodo augusteo y julioclaudio
nos ha permitido conocer el papel desempeñado por algunas cecas en el
suministro de numerario a los acantonamientos militares septentriona-
les. A partir del 24 a. C. Augusto abre tres cecas imperiales destinadas a
acuñar plata y oro –Emerita, Colonia Patricia y tal vez Colonia Celsa–.
Por lo que se refiere al numerario en bronce, los municipia y coloniae del
valle del Ebro –Caesaraugusta, Celsa, Calagurris, Turiaso, Bilbilis…–
parecen hacerse responsabilizado del suministro a los soldados estableci-
dos en la región septentrional de Hispania. Una ceca indeterminada en
el noroeste de la Península, posiblemente Lugo –tal vez también Herrera
de Pisuerga en una segunda fase– acuñó durante las guerras cántabras
moneta militaris con reverso de caetra, típico escudo galaico (Fig. 5). Esta

Fig. 5. Moneta militaris con reverso de caetra hallada en Astorga (fotografía:


Imagen MAS).

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Fig. 6. Marca militar de la


legio VII gemina procedente
de León (fotografía: Museo
de León).

masa de moneda en bronce y plata impulsa un cambio trascendental en


los territorios septentrionales de Hispania, que por primera vez desarro-
llan una economía monetizada.
Perfectamente conocido desde hace algunas décadas es el material
latericio firmado por la legio VII gemina, en León (Fig. 6), la legio X
gemina, en Rosinos de Vidriales y la cohors I Celtiberorum, en A
Cidadela. La aparición de marcas con el nombre de la unidad militar no
dejaba lugar a dudas sobre la vinculación de estos materiales con talleres
establecidos por dichas unidades o al servicio de las mismas.
Recientemente se han conocido marcas del ala Parthorum en Herrera de
Pisuerga, y posiblemente también de la cohors I Gallica en este mismo
yacimiento (Fig. 7). Dejando al margen la fabricación del equipo militar,
el material latericio parece ser la única producción militar a partir de
época flavia en Hispania.
Debemos referirnos brevemente a los objetos de hueso fabricados en
Petavonium, si bien quizá no podemos considerarlos estrictamente mili-
tares. Este sería el mismo caso que el de las producciones de lucernas
cerámicas documentadas en León entre la época flavia y los años finales
del siglo II.
Un congreso monográfico sobre el abastecimiento al ejército romano
y las producciones militares, celebrado en León en 2004, ha visto la luz
recientemente.

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Fig. 7. Marcas militares pertenecientes al ala Parthorum sobre tejas y ladrillos


procedentes de Herrera de Pisuerga (Pérez González, 1996).

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EJÉRCITO Y AMURALLAMIENTO URBANO DURANTE


EL BAJO IMPERIO ROMANO: DEFENSA Y
ESTRATEGIA1
Carmen Fernández-Ochoa
Universidad Autónoma de Madrid)
Ángel Morillo
Universidad de León

De todos son conocidos los cambios en la estrategia defensiva del


Imperio ante el colapso del esquema militar altoimperial durante el siglo
III. La estructura del ejército se transforma radicalmente y, aunque se
mantiene el despliegue en las fronteras de la mayor parte de las tropas,
denominadas limitanei, esta medida se ve acompañada por la creación de
fuerzas móviles de defensa en el interior del Imperio, las llamadas comi-
tatenses, que debían tener una rápida capacidad de maniobra para prote-
ger el territorio y, principalmente, las ciudades. Se impone el paso a un
sistema que ha sido definido por Luttwat como de “defensa en profun-
didad”. Como consecuencia, las ciudades se convierten en el lugar
donde debían acantonarse las tropas para aumentar su eficacia. Este sis-
tema supone, además, la discriminación positiva de algunas ciudades res-
pecto a otras por motivos de operatividad táctica, aunque en algunos
casos sea complicado determinar cuales fueron los motivos en los que se
basó esta supuesta mayor operatividad.
Por otra parte, a la hora de desentrañar qué ciudades desempeñaron
un papel importante dentro de esta estrategia, nos encontramos con la
dificultad para distinguir desde el punto de vista arqueológico la facies
material militar de la civil durante la baja romanidad. La función civil y
militar debía combinarse en algunas de estas ciudades. Le Roux ha defi-
nido este fenómeno como la integración del elemento militar dentro de
la vida urbana. Este es sin duda uno de los principales problemas de la
arqueología militar del periodo tardorromano, especialmente en provin-
cias interiores como Hispania, que carecen de ejército fronterizo.
La principal fuente escrita que alude a la presencia de tropas militares
en Hispania es la Notitia Dignitatum (XLII, 1, 25), que supuestamente
recoge la situación a fines del siglo IV o comienzos del V. Este texto, que

1
Este trabajo es una versión corregida y actualizada de buestro trabajo:
Fernández Ochoa & Morillo, 2005.

201
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plantea notables problemas cronológicos y de interpretación, comen-


zando por la propia datación que se le suele atribuir, sitúa en la Península
varios cuerpos de limitanei, mencionando incluso su lugar de estaciona-
miento: la legio VII gemina en León, la cohors Lucensis en Lucus Augusti,
la cohors II Flavia Pacatiana en Paetaonio, la cohors Celtiberae en
Iuliobriga, la cohors I Gallica en Veleia y la cohors II Gallica en un esta-
blecimiento indeterminado denominado ad Cohortem Gallicam. Todas
estas tropas, a pesar de su categoría de limitanei, no se encontraban bajo
la autoridad de un comes o un dux, como es habitual, sino de un magis-
ter militum, argumento esgrimido por J. Arce para desmontar las viejas
teorías sobre la existencia de un limes en el norte de Hispania durante el
siglo IV. Junto a ellas se recoge la presencia de cinco legiones comitaten-
ses sin emplazamiento fijo (Fig. 1).
Es significativo que tres de los cuerpos de limitanei relacionados en la
Notitia –legio VII gemina, cohors Lucensis y cohors I Gallica– se encuen-
tren acantonados en ciudades que cuentan con un potente sistema
defensivo bajoimperial, León, Lugo e Iruña respectivamente. Esta coin-
cidencia se verifica asimismo en el caso de Lapurdum (Bayona), enclave
también amurallado situado en el extremo sudoccidental de la Galia,
que desempeña un importante papel en las comunicaciones entre ambas
diócesis, en el que se encuentra asentada la cohors Novempopulanae.
Evidentemente estas coincidencias avalan la estrecha relación entre las
tropas fijas y las ciudades amuralladas del norte de Hispania. Cabría
plantearse, por último, si las ciudades que cuentan con potentes defen-
sas pudieron amurallarse por propia iniciativa y corriendo por sí mismas
con los elevados costes de construcción. Algunas de ellas son núcleos
urbanos de gran categoría, como Caesaraugusta, que tendrían menos
problemas para resolver este tema en el ámbito municipal. Pero la mayo-
ría son núcleos urbanos de segunda o tercera fila, que han sufrido una
profunda recesión económica detectada arqueológicamente, de la que
paulatinamente van saliendo. Parece poco probable que éstos dispusie-
ran de medios económicos y técnicos suficientes como para asumir una
inversión de tanto calado, como la creación de un potente sistema defen-
sivo, más aún si tenemos en cuenta que ciudades de mucha mayor enver-
gadura en este momento no lo hacen.

MURALLAS URBANAS DE ÉPOCA BAJOIMPERIAL. HACIA UNA DEFINICIÓN


TIPOLÓGICA Y CRONOLÓGICA

Diversos investigadores han debatido a lo largo de los últimos veinte


años sobre el carácter de los recintos amurallados tardorromanos, postu-
lando interpretaciones que fluctúan entre la finalidad defensiva y la

202
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Fig. 1. Distribución de las unidades militares romanas y de las ciudades amu-


ralladas durante el Bajo Imperio en el norte de Hispania (A. Morillo).

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intencionalidad simbólica de los mismos. Las razones del incremento de


fortificaciones en el Occidente romano durante el Bajo Imperio, espe-
cialmente a partir del último tercio del siglo III d. C., se ha visto tradi-
cionalmente como una consecuencia directa de las incursiones bárbaras
que se suceden en el periodo comprendido entre los años 254-280. La
manifestación más conocida de este fenómeno generalizado sería la
construcción de las Murallas Aurelianas de Roma. Se han considerado
especialmente determinantes las invasiones del 260-262 d. C. y las pos-
teriores al 270 que, para muchos autores, afectaron con especial dureza a
la Galia e Hispania. Hoy en día, aunque se acepta la trascendencia de la
primera de estas oleadas, parece prácticamente descartado que la inva-
sión de los alamanes en el 270 afectara a la península ibérica.
Resulta difícil, por falta de datos objetivos, establecer una relación his-
tórica de causa-efecto entre invasiones y amurallamiento, particular-
mente porque el fenómeno del amurallamiento no es privativo de
mediados o finales del siglo III d. C., sino extensible al último siglo de la
romanización. Rebuffat ya había puesto en cuestión el carácter estricta-
mente defensivo de las murallas tardías, resaltando otras posibles causas,
como el deseo de la ciudad de manifestar su propio prestigio. Esta volun-
tad recogería toda una tradición acuñada desde fines de la República,
cuando se define una nueva concepción de recinto amurallado represen-
tativo del espacio urbano en su conjunto. Sin embargo, se pueden admi-
tir, como señala Johnson, correlaciones incompletas entre
acontecimientos históricos y la destrucción o construcción de recintos
tardíos. A nuestro entender, la situación de inestabilidad general del
Imperio favorecía, al menos como acto preventivo, el levantamiento o la
reparación y refuerzo de los encintados. Ello no es óbice para seguir con-
siderando que los encintados urbanos constituyeron también una mani-
festación del enriquecimiento y prestigio municipal alcanzado por
determinados centros civiles, tal y como ocurre en los siglos precedentes.
La interpretación del proceso de fortificación tardorromana en
Hispania presenta, no obstante, problemas de difícil solución. En primer
término, hemos de considerar la dificultad de fijar una datación absoluta
para la construcción de cada recinto. Para la península ibérica carecemos
prácticamente de fuentes literarias o epigráficas que testimonien la cons-
trucción o remoción de encintados tardíos. La mayor parte de las mura-
llas sólo proporcionan fechas aproximadas, basadas en la amortización
de estructuras claramente anteriores o en la comprobación arqueológica
de su uso durante el periodo tardorromano. Estos argumentos sólo pue-
den llevarnos a dataciones post quem más o menos ajustadas, con la
imprecisión inherente a este tipo de fechas. Conviene recordar la dificul-

204
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tad para obtener una información estratigráfica fiable en las excavaciones


de las murallas urbanas no localizadas en despoblados actuales. Unas
veces, los recintos se han enmascarado o soterrado bajo obras de fortifi-
cación del periodo medieval o moderno, con la consiguiente alteración
de los niveles de uso tardíos. En otras ocasiones, las murallas se han arra-
sado desde los cimientos o se localizan en espacios muy reducidos –sola-
res urbanos– que proporcionan escasa información. Para el caso hispano
debemos señalar el problema añadido de la imprecisión cronológica a la
que se hallan sometidas las cerámicas de las fases romanas tardías. Por
otra parte, todavía no se ha erradicado completamente la arriesgada ten-
dencia a realizar atribuciones cronológicas basadas en motivos de índole
histórica o tipológica, como acertadamente ya apuntara Lander .
Por todo ello, el panorama de las murallas tardorromanas hispanas se
ha movido hasta hace pocos años dentro de un margen temporal de más
de un siglo, que comprende desde mediados del siglo III hasta comien-
zos del V d. C.
Toda esta problemática complica sobremanera la elaboración de unas
conclusiones generales sobre el fenómeno del amurallamiento tardío
válidas para toda la Península. Ya en su día nos planteamos si es posible
comprobar la existencia en Hispania de un programa o programas de
fortificación del mismo tipo que en otras regiones del Imperio, o bien si
debemos considerar el amurallamiento como una decisión tomada en un
ámbito estrictamente municipal.
Progresivamente hemos ido configurando un catálogo crítico y siste-
mático de construcciones defensivas bajoimperiales hispanas de acuerdo
con los avances arqueológicos. En el estado actual de la investigación, y
a tenor de los datos arqueológicos, tan sólo se pueden considerar mura-
llas tardorromanas un total de 23 recintos: Asturica Augusta (Astorga)
Bracara Augusta (Braga), Aquae Flaviae (Chaves), Lucus Augusti (Lugo),
Legio VII (León), Gijón, Tiermes, Uxama (Burgo de Osma), Veleia
(Iruña), Aeminium (Coimbra), Conimbriga, Ebora (Evora), Norba
Caesarina (Cáceres), Caurium (Coria), Capera (Caparra), Emerita
Augusta (Mérida), Contrebia Leukade (Inestrillas), Caesaraugusta
(Zaragoza), Gerunda (Gerona), Barcino (Barcelona), Saguntum
(Sagunto), Castulo y Pollentia. Debemos considerar además la existencia
de varios recintos cuya datación tardorromana aún está por determinar
convenientemente. Nos referimos a los de Italica, que sería junto con
Castulo las dos únicas fortificaciones bajoimperiales en la Bética, la
Civitas Igaeditanorum (Idanha-a-Velha) y Pompaelo. El caso de
Santander plantea aún mayores dificultades de identificación (Fig. 2).

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Fig. 2. Murallas urbanas tardorromanas en Hispania


(C. Fernández Ochoa & A. Morillo, 2005).

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Uno de los aspectos que mayor polémica ha generado en la investiga-


ción sobre recintos tardíos ha sido la imbricación de dichas obras cons-
tructivas dentro del proceso general de configuración urbana en la
ciudad hispanorromana. Los datos disponibles en la actualidad permiten
clasificar las fortificaciones de este periodo en varios grupos o generacio-
nes teniendo en cuenta el origen de dicha obra y la existencia o no de un
encintado previo:
1. Murallas que reutilizan trazados defensivos anteriores: a) sobre tra-
zados indígenas: Contrebia Leukade; b) sobre recintos altoimperia-
les: Barcino, Gerunda, Emerita Augusta, Castra Legionis VII
Geminae, Caesaraugusta (¿).
2. Murallas de nueva planta: Veleia, Pollentia, Tiermes, Gijón, Lucus
Augusti, Bracara Augusta, Asturica Augusta (¿), Conimbriga.
3. Murallas tardías de origen indeterminado: Ebora, Capera,
Aeminium, Caurium, Aquae Flaviae, Norba, Saguntum, Castulo y
Uxama.
A la vista de estas modalidades de edificación, no parecen existir dife-
rencias significativas entre las murallas bajoimperiales hispanas y el resto
de las obras de este tipo en el ámbito del Imperio.
Por lo que se refiere a la relación espacial entre la muralla tardía y la
ciudad altoimperial, encontraremos fortificaciones tardías que rectifican
el perímetro urbano de época anterior, reduciéndolo a veces de forma
significativa (Conimbriga, Veleia, Asturica, Uxama, Caesaraugusta,
Emerita), mientras otras ciudades parecen mantenerlo (Legio, Barcino), e
incluso aumentarlo (Bracara). En el caso particular de Lucus, se aban-
dona un sector de la ciudad altoimperial para expansionarse hacia una
zona sin ocupación urbana previa. La misma variación de comporta-
mientos encontramos en relación con el trazado y la superficie ocupada
por el recinto amurallado, aspecto determinado por las características
topográficas de la ciudad preexistente. Las fortificaciones de nueva
planta adoptan formas irregulares, situación en la que se encuentran
también algunas murallas edificadas sobre obras defensivas anteriores
(Gerunda, Emerita). Tan sólo en algunos recintos altoimperiales, la
muralla tardía mantiene su regularidad fundacional (Legio, Barcino). En
el caso de Caesaraugusta, recientes investigaciones parecen avalar una
construcción ex novo de un recinto bajoimperial de planta rectangular,
que se ha venido identificando erróneamente con la planta fundacional
de la colonia romana (Fig. 2 y 3).
Capítulo aparte merece la distribución geográfica de estos recintos,
aspecto éste cuya solución definitiva está íntimamente ligada al avance
de la investigación, dado que cualquier novedad en este sentido puede

207
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trastocar el panorama que hoy


conocemos. La mayor parte de
las ciudades amuralladas
bajoimperiales se concentran en
la mitad norte de la Península,
correspondiente a las provincias
Tarraconense, Gallaecia y los
extremos septentrionales de la
Lusitania y Cartaginense. Dentro
de esta amplia región, el agrupa-
miento más significativo se
observa en el Noroeste peninsu-
lar. Unicamente los recintos de
Ebora, Emerita, Castulo,
Saguntum, Pollentia y la hipotética
fortificación tardía de Italica,
escapan a esta distribución
mayoritaria. Las motivaciones de
esta peculiar distribución geográ-
fica de los recintos amurallados
tardíos peninsulares sólo
encuentran justificación en el
nuevo panorama administrativo Fig. 3. Legio. Excavación del sector occi-
y estratégico de Hispania dental de la muralla tetrárquica
durante el Bajo Imperio, que (Fotografía: V. García Marcos).
analizaremos más adelante.
Ya hemos presentado recientemente las principales características
tipológicas y constructivas de los circuitos amurallados de este periodo.
Debemos detenernos en la cronología de las murallas hispanas.
Balil, en los inicios de su investigación sobre defensas hispanas tar-
doimperiales, agrupó las murallas urbanas en dos estilos constructivos
diferentes y correlativos: las llamadas fortificaciones de “estilo legionario
hispánico”, cuyas características principales fueron definidas por
Richmond en su día (Richmond, 1931), que se concentran en el
Noroeste peninsular (León, Lugo, Astorga, a las que añade
Caesaraugusta); los recintos derivados de la primera fase de las Murallas
Aurelianas de Roma, donde incluyó Barcelona y Coria. A las murallas
“legionarias” les atribuye una cronología algo anterior al primer
momento constructivo de las Murallas Aurelianas, que inspiraron, según
este autor, la edificación de los recintos de Caurium y Barcino. Estos, por
lo tanto, serían algo más tardíos.

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Con los datos disponibles en la actualidad no parece adecuado seguir


manteniendo esta dicotomía tipológica. Las murallas hispanas respon-
den a la misma diversidad estructural que se aprecia en el resto del
Imperio. Incluso, la única peculiaridad constructiva de las murallas his-
panas –la proximidad entre torres– se documenta en los recintos de
ambos tipos definidos por Balil.
Por otra parte no existe ninguna razón para dudar de la existencia de
influencias itálicas en la construcción de alguno o varios de los recintos
bajoimperiales. Que en determinadas casos, como el de Barcino, éstas
fueran más potentes, tampoco es un hecho que deba llamarnos especial-
mente la atención (Fig. 4).
El análisis pormenorizado de las características edilicias de los encin-
tados tardorromanos hispanos arroja una gran variedad constructiva y
estructural, si bien ninguno de ellos se aparta de los rasgos generales defi-
nitorios de las murallas de este periodo. La dificultad estriba en llegar a
saber si podemos atribuir a determinados rasgos un valor cronológico
concreto dentro del marco temporal de la baja romanidad. Hoy en día,
aún estamos muy lejos de alcanzar este objetivo, que sólo podrá lograrse
cuando conozcamos un registro arqueológico completo de la mayoría de
los recintos tardíos del Imperio. Por esta razón, debemos abandonar defi-
nitivamente el criterio de clasificación estilística a priori, sostenido en
numerosos trabajos sobre el tema. La datación estrictamente arqueoló-

Fig. 4. Asturica Augusta. Lienzo oriental del recinto amurallado bajoimperial


(Fotografía: Archivo Exposición Astures, Fundación Municipal de Cultura,
Gijón).

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gica es el único punto de partida válido para cualquier hipótesis de tra-


bajo sobre estilos o programas de fortificación. De esta manera, y sin
negar en ningún momento el innegable valor de las obras clásicas de
Richmond y Balil, debemos invertir el orden lógico del razonamiento
seguido por estos autores, considerando primero el momento de cons-
trucción de los recintos y, más adelante, si procede, las semejanzas tipo-
lógicas entre los mismos que pudieran llevar a conclusiones más
generales (Fig. 5).
La investigación de los encintados hispanos no permite distinguir aún
con total precisión “generaciones” de murallas atribuibles a períodos
sucesivos. No obstante, los progresos de la investigación en algunos
recintos del Noroeste peninsular –Lucus, Asturica, Legio y Gijón– junto
con las excavaciones rigurosas de algunos centros de la Meseta Norte
como Tiermes, ofrecen un primer marco de referencia para imbricar esta
problemática. El conocimiento científico acerca de los encintados hispa-
nos ofrece una información desigual, en razón del mayor o menor
avance de las excavaciones realizadas en la última década. A continua-
ción presentarnos un balance de las atribuciones cronológicas que se han
otorgado a los recintos peninsulares. Contemplaremos el conjunto total

Fig. 5. Lucus Augusti. Escalera interior de la torre nº 58


(Fotografía: E. Alcorta).

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de los encintados atribuidos a este período, realizando un breve comen-


tario de aquellos que han sido objeto de mayor atención por los investi-
gadores añadiendo las contribuciones más recientes (Fig. 6).
En el estado actual de la cuestión podemos plantear la existencia de
varios grupos o “generaciones” de murallas según la cronología que se les
ha ido asignando. Un primer grupo estaría constituido por los recintos
amurallados erigidos en un momento comprendido entre las décadas
finales del siglo III y los inicios de la siguiente centuria. Los datos estra-
tigráficos no admiten discusión en los casos de Asturica Augusta, Bracara
Augusta, Lucus Augusti, Legio VII, Gijón, Tiermes, Veleia, Caesaraugusta y
Gerunda. Las murallas de Bergidum Flavium (Castro Ventosa, Cacabelos,
León) se enmarcan posiblemente junto con las anteriores, aunque el
carácter urbano de dicho núcleo plantea algunas dudas.
El marco temporal durante el que se construyó esta primera genera-
ción de murallas –las décadas finales del siglo III y los primeros años de
la siguiente centuria– se extiende a lo largo de unos 30 años, correspon-
diendo al periodo de la Tetrarquía (Fig. 7). La imprecisión de los regis-
tros arqueológicos de este momento histórico no permite establecer
dataciones más concretas. El patrón material cerámico aún está por defi-
nir con exactitud ya que no se han dado a conocer contextos estratigrá-

Fig. 6. Veleia. Vista general de la cara exterior de la muralla bajoimperial


(Fotografía: A. Morillo).

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Fig. 7. Contexto arqueológico de caracter cerámico correspondiente a la


segunda mitad del siglo III y comienzos del IV d. C. en el yacimiento de
Astorga (Morillo et alii, 2005).

ficos bien datados, que vayan más allá de la lógica de una razonable
seriación tipología. Los hallazgos numismáticos presentan el problema
insoslayable de las largas perduraciones. Sin embargo, a partir de un
momento constantiniano pleno (circa 320 d. C.), el patrón material
experimenta significativas transformaciones, que perduran durante todo
el siglo IV y que en los ámbitos peninsulares han comenzado a definirse
con mayor claridad (Fig. 8). Ninguna de las murallas de esta primera

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Fig. 8. Contexto arqueológico de caracter cerámico correspondiente al siglo IV


y la primera mitad del V d. C. en el yacimiento de Astorga
(Morillo et alii, 2005).

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generación que acabamos de reseñar presenta en sus niveles fundaciona-


les materiales adscribibles a este momento constantiniano pleno. Por lo
tanto debemos admitir que su construcción tuvo lugar en un momento
histórico claramente anterior, esto es, tetrárquico.
El papel de Diocleciano (284-305 d. C.) en la reorganización admi-
nistrativa y militar del Imperio, asi como las importantes innovaciones
tecnicas en las obras defensivas que acomete dicho emperador en las
fronteras, ofrece un marco muy adecuado para fijar la decisión política
del programa de fortificaciones urbanas del norte y noroeste peninsular,
programa que pudo desarrollarse de forma escalonada, pero siempre con
anterioridad a un momento constantiniano pleno.
Dentro de este conjunto podríamos incluir también recintos mucho
peor conocidos arqueológicamente, como Aquae Flaviae (Chaves),
Aeminium (Coimbra), Conimbriga, Ebora, Norba Caesarina (Cáceres),
Caurium (Coria), Capera (Caparra), Inestrillas, Saguntum, Castulo y
Pollentia. En estos últimos casos, la atribución cronológica propuesta por
los diferentes investigadores, se ha realizado tomando como base argu-
mentos de menor calado, como las fechas post quem y/o razones de tipo
histórico.
A pesar de que por el momento está mucho peor definido que el ante-
rior, parece que va tomando cuerpo un segundo grupo de murallas de
época posterior. La revisión del depósito material asociado a una de las
torres del recinto tardío de Barcino ha llevado a R. Járrega a retrasar su
edificación hasta principios del siglo V d. C. Las fechas post quem de los
materiales epigráficos reutilizados en la construcción de las murallas de
Uxama y Emerita Augusta apuntan también a un momento situado a
finales del siglo IV o comienzos del V. Debemos señalar asimismo la
constatación de reformas parciales en este mismo momento en una de
las torres del recinto de origen republicano de Tarraco. Podemos obser-
var asimismo adecuaciones menores en las puertas de las murallas de
Gijón, León y Astorga en este mismo momento. Sin embargo, el princi-
pal problema con el que nos encontramos a la hora de valorar este
segundo grupo de murallas tardorromanas hispanas es que ninguna ha
permitido fechar con datos estratigráficos su momento de erección. Por
este motivo, no se puede descartar que en algunos casos nos encontre-
mos simplemente ante reformas puntuales practicadas en este momento
sobre construcciones anteriores.

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UN PROGRAMA TETRÁRQUICO DE FORTIFICACIÓN MILITAR EN EL NOROESTE DE


HISPANIA
Las murallas del primer grupo son las mejor definidas cronológica y
estructuralmente. El arrollador progreso de la investigación arqueológica
en el norte de la Península durante los últimos años ha permitido cono-
cer con datos fehacientes el momento de edificación de los recintos de
Gerunda, Asturica Augusta, Bracara Augusta, Lucus Augusti, Gijón,
Tiermes, Veleia y Legio VII. Se constata igualmente una mayor concentra-
ción de las murallas datadas en este periodo en el Noroeste peninsular.
Las principales ciudades de esta región –León, Lugo, Astorga, Braga–,
además de Gijón, se rodean de un poderoso sistema defensivo en los años
finales del siglo III o comienzos de la siguiente centuria. Todos ellos son
núcleos urbanos de tipo pequeño o medio, en modo alguno comparables
a las grandes ciudades de la Tarraconense oriental o la Bética. Por otra
parte, sus fortificaciones guardan evidentes similitudes estructurales entre
sí, aspecto éste que ya había sido señalado por Richmond y Balil.
Richmond llegó incluso a acuñar el concepto de “estilo legionario hispá-
nico”.
Con el calificativo de “legionario” aplicado al estilo constructivo que
se verifica mayoritariamente en los recintos del Noroeste, Richmond
hace alusión a la vinculación geográfica de los enclaves amurallados con
la presencia militar, constante durante todo el Imperio y bien conocida
en dicha región.
Esta relación entre el ejército y los amurallamientos del cuadrante
noroccidental de Hispania nos parece hoy en día indiscutible. En los
recintos de la Gallaecia se aplican las novedades más avanzadas en dise-
ños defensivos, surgidos a partir de mediados del siglo III en los acanto-
namientos militares fronterizos del Imperio. Dentro de estas novedades
tácticas destacan las torres proyectadas fuera de la línea de la muralla con
plantas preferentemente semicirculares, el engrosamiento de los muros
para facilitar la movilidad de los defensores y el empleo de artillería sobre
los lienzos. Se observa igualmente, una mayor altura de las cortinas
murarias y un acortamiento de distancias entre las torres, así como el
reforzamiento del sistema defensivo en torno a las puertas, que dejan de
ser amplios vanos para convertirse en estrechos pasajes, fácilmente con-
trolables. A partir de este momento, se crea un nuevo modelo de fortifi-
cación que, por primera vez, se aparta de las viejas tradiciones augusteas.
Estas características, cuyo origen es, conviene insistir, militar, se aplica-
ron indistintamente a la edificación de nuevos recintos fortificados,
tanto militares como civiles.

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Aunque los nuevos diseños deben provenir con seguridad de arquitec-


tos militares, no podemos dilucidar hoy en día si la mano de obra estaba
compuesta por soldados u operarios civiles. Tampoco podemos asegurar
que los arquitectos militares intervinieran personalmente en la construc-
ción de fortificaciones urbanas, ya que las novedades surgidas en el
ámbito militar pudieron ser rápidamente asimiladas e integradas dentro
de los diseños constructivos genéricos de los arquitectos romanos. Hoy
en día se acepta abiertamente la intervención directa del ejército en la
realización de las murallas tardías de la Aquitania, provincia alejada de
las zonas fronterizas militarizadas e íntimamente ligada a Hispania .
Hasta hace pocos años carecíamos de argumentos que permitieran
hablar de una intervención militar directa en la construcción de los amu-
rallamientos urbanos hispanos, numerosos indicios evidencian la
influencia del ejército acantonado en la región en los recintos tardorro-
manos del Noroeste. Recientes descubrimientos realizados en la capital
leonesa, todavía inéditos (militaria, monedas), proporcionan las prime-
ros indicios directos de intervención militar en la construcción del
recinto bajoimperial.
La planificación militar podría extenderse hacia otras regiones del
norte peninsular, como la Submeseta Norte y el valle del Ebro, e incluso
a la Lusitania, donde encontramos recintos fechados en este mismo
momento. El caso más significativo sería el de Veleia, de cuya importan-
cia estratégica da buena muestra la presencia durante este mismo
periodo, de una unidad militar, la cohors II Gallica. Esta coincidencia se
verifica asimismo en el caso de Lapurdum (Bayona), enclave también
amurallado situado en el extremo sudoccidental de la Galia, que desem-
peña un importante papel en las comunicaciones entre ambas diócesis,
en el que se encuentra asentada la cohors Novempopulanae. Dentro de
este esquema resulta tentador pensar que la ciudad de Gijón, cuya deno-
minación romana desconocemos a pesar de contar con una importante
fortificación de este periodo, pudo ser durante el siglo IV el lugar de
estacionamiento de algún cuerpo militar, tal vez la cohors II Gallica, cuyo
lugar de asentamiento se desconoce, pero que la Notitia Dignitatum sitúa
ad Cohortem Gallicam.
Los motivos de esta actuación generalizada militar y, por ende, estatal
en el campo concreto del amurallamiento urbano deben contemplarse
dentro del marco de la nueva concepción geoestratégica del Imperio.
Dentro de dicho esquema, Hispania, al igual que las provincias galas
meridionales, desempeña un papel importante que no debe entenderse
en términos estrictamente defensivos, de defensa pasiva ante un
supuesto enemigo o invasor, sino en términos de una protección más

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genérica. Ya hemos insistido en este planteamiento en nuestros trabajos


anteriores sobre esta cuestión. Descartadas las causas defensivas, por
hipotéticas amenazas terrestres o marítimo-fluviales, así como la supervi-
sión minera, por el claro retroceso de la actuación del estado en este sen-
tido, debemos recurrir a otra explicación.
La respuesta habría que buscarla en el desarrollo de la recaudación de
impuestos, principalmente cerealísticos, pero también otros productos
de consumo como aceite bético, como caballos y mulos (iumenta), ade-
más de bienes manufacturados como cueros y tejidos, con destino a
annona militaris en áreas como la Meseta y la Lusitania durante el Bajo
Imperio, y la necesidad de asegurar su transporte hacia las unidades del
ejército estacionadas en los limites germánico y británico. Para ello es
preciso reforzar los principales nudos de comunicaciones y los puertos
septentrionales de embarque, estaciones intermedias de tránsito de la
annona, que serían rodeados de potentes murallas. Ya D. Van Berchem
señaló en su día que la recaudación annonaria bajoimperial supuso el
desarrollo de una infraestructura de graneros estatales jalonando los
principales ejes viarios, destinados a la recogida y administración del
impuesto. Según este mismo autor, serían las ciudades las encargadas de
recaudar la annona militaris en su territorio, descentralización fiscal que
lleva en último término a la descentralización administrativa en prefec-
turas del pretorio y vicariados regionales. Tal vez debamos de enmarcar
dentro de este mismo esquema el amurallamiento de determinadas ciu-
dades, de acuerdo con las nuevas funciones asumidas.
Existen diversos testimonios indirectos de que la función de avitualla-
miento annonario sería el principal cometido encargado a la Diocesis
Hispaniarum dentro del nuevo plan estratégico de la pars occidentalis del
Imperio. El más significativo es, sin duda, la cita de Claudiano2, en la
que se indica que, en los momentos de crisis en los que la ciudad de
Roma no podía contar con el suministro africano, recurría al trigo de
Hispania, Galia y Germania. La alusión a estas tres provincias en con-
junto parece confirmar que constituían un área económica diferenciada
desde el punto de vista annonario, entre cuyas misiones no se encon-
traba habitualmente surtir a la Urbe. Su finalidad, además del autoabas-
tecimiento, debía encontrarse en solventar las necesidades de las tropas
fronterizas. La inclusión de Hispania dentro de la prefectura de las
Galias, junto con la Galia, Germania y Britania, avalaría esta hipótesis.
Un nuevo argumento en este sentido sería la brusca interrupción de las

2
In Eutrop. 404 y ss.

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exportaciones de aceite hispano hacia Roma a partir del siglo III d. C.,
sustituidas por la producción africana, región incluida dentro de la pre-
fectura de Italia. Los suministros de aceite bético deben canalizarse en su
práctica totalidad hacia las áreas militares septentrionales. Remesal
señala incluso el destacado papel que debió ejercer Galieno en dicha
reorganización, que podríamos definir como “segmentación funcional
del Imperio”. Cabe atribuir a esta causa la propia presencia de unas atí-
picas tropas de limitanei destacadas en el norte de Hispania, en un
momento en que claramente habían finalizado la labores de vigilancia y
control del ejército en relación con las explotaciones auríferas en la
región, cuya explotación estatal cesa a mediados del siglo III. Sólo esta
nueva misión explicaría la permanencia de tropas militares en la
Península, periférica en cuanto alejada de las regiones expuestas a un
peligro real y pacificada siglos atrás
Una nueva evidencia indirecta del nuevo papel asignado a la Diocesis
en relación con la estrategia global del Imperio, es la intensa labor de
adecuación y mantenimiento que se aprecia en la red viaria de la región
septentrional de la Península durante toda la baja romanidad, especial-
mente durante la segunda mitad del siglo III y las primeras décadas de la
siguiente centuria. Este fenómeno coincide geográfica y cronológica-
mente con el amurallamiento del primer grupo de recintos hispanos. El
interés estatal por las comunicaciones del norte y noroeste peninsulares
está perfectamente atestiguado a través de la multiplicación de miliarios
alusivos a las reparaciones y nuevas construcciones de calzadas, muchas
de ellas a cargo de los efímeros emperadores de mediados del III. No se
puede seguir fundamentando dicha actuación en el interés propagandís-
tico de dichos emperadores, interés que se verificaría exclusivamente en
esta región periférica.
El objetivo más evidente de esta política viaria es el mantenimiento de
las conexiones entre el norte y el oeste peninsulares y el sudoeste de la
Galia, donde Burdigala (Burdeos) actúa como gran centro redistribuidor
de productos. Además, se pone en comunicación la capital de la Diocesis
Hispaniarum, Emerita Augusta, con el centro militar provincial –Legio
VII– y, a través de Burdigala, con la capital de la prefectura de las Galias,
Augusta Treverorum (Tréveris), precisamente el centro encargado del
abastecimiento del limes germano. La vertebración se produce en torno
la ruta de la Plata y a las vías XXXII y XXXIV del Itinerario de
Antonino, que confluyen en Asturica con las vías XVII y XVIII proce-
dentes de Bracara Augusta. La ciudad de Asturica actuaría como bisagra
de un gran eje de comunicaciones que se dirige hacia el este, bien hasta
Tarraco, bien, desviándose a través del territorio vascón hacia la Galia

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hasta alcanzar Burdigala. Esta sería una auténtica ruta annonaria durante
el Bajo Imperio, que tendría su réplica en una ruta costera que, según el
Ravennate, bordea el litoral septentrional desde Bracara hasta Ossaron
(Irún). La vigencia de esta ruta de larga distancia para los suministros de
la annona militaris hacia las fronteras septentrionales durante el Bajo
Imperio está constatada perfectamente a través del tráfico de aceite his-
pano. Estos dos ejes longitudinales, que confluirían en Burdigala, se
encuentran interconectados a través de varios ramales transversales. La
presencia de varios cuerpos del ejército a lo largo de esta ruta principal
oeste-este confirmaría el interés de la administración romana en la cus-
todia de un camino de vital importancia estratégica. Curiosamente, esta
ruta de la frontera pirenaica hasta Emerita será seguida asimismo por los
suevos y visigodos en el siglo V d. C.
En el discurrir de todo este entramado viario debemos enmarcar los
recintos amurallados del primer grupo, principalmente los del cuadrante
noroeste y el de Veleia. Nos planteamos hasta que punto otras ciudades
que se amurallan en este mismo periodo, como los indiscutibles casos de
Gerunda y Tiermes, se integran dentro de este mismo programa estraté-
gico. Aunque su posición geográfica parece apartarlas del mismo, en
ambos casos son núcleos medianos o pequeños de categoría semejante a
las ciudades amuralladas del Noroeste y, más importante aún, ocupan
posiciones significativas en relación con las vías de comunicación penin-
sulares. El caso de Gerunda, custodiando una de las principales rutas
transpirenaicas, que pudiera haber servido para drenar la annona de la
Tarraconense oriental en dirección a la Galia, resulta suficientemente
ilustrativo. Este mismo papel “annonario” pudieron haberlo desempe-
ñado otros centros como Caesaraugusta o Inestrillas, en el Valle del Ebro,
los recintos de la Lusitania –Ebora, Norba, Caurium, Capera– y otras ciu-
dades amuralladas dispersas por la geografía peninsular, que se suelen
datar en este mismo momento, aunque la carencia de un registro estrati-
gráfico adecuado nos impide pronunciarnos al respecto (Fig. 9).
Si bien este posible proyecto estratégico dentro del que se enmarca-
rían las ciudades hispanas, amuralladas a finales del siglo III y comienzos
del IV todavía plantea numerosos incógnitas, las recientes investigacio-
nes en la Galia y Britania confirman la existencia de un fenómeno de
fortificación urbana en estas mismas fechas, que parece corresponder a
un programa preestablecido. Las investigaciones realizadas en la
Aquitania han revelado que los recintos de Burdeos, Bourges, Perigueux,
Poitiers y Saintes fueron edificados todos ellos a lo largo del último ter-
cio del siglo III e inicios del IV y constituirían una primera generación
de murallas bajoimperiales. Maurín, que recoge estas novedades, sos-

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Fig. 9. Murallas bajoimperiales en el marco de las principales vías annonarias


de la peninsula ibérica (C. Fernández Ochoa y A. Morillo).

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tiene incluso la participación directa del ejército en la realización de estas


murallas que, por otra parte, flanquean la ruta principal de comunica-
ción entre el norte de la Galia y los pasos pirenaicos occidentales hacia
Hispania. Las mismas dataciones arrojan las primeras ciudades y fuertes
que se amurallan en época bajoimperial a ambos lados del Canal de la
Mancha, en el llamado litus Saxonicum, supuestamente para hacer frente
a las incursiones de los piratas sajones. El recinto fortificado de
Gloucester, ubicado en las costas occidentales de Gran Bretaña, presenta
fechas de erección muy semejantes. Cabría preguntase si el motivo que
estimulaba la piratería en el Canal de la Mancha durante este periodo,
perfectamente conocida a través de las fuentes literarias, no sería precisa-
mente el tránsito de las flotas romanas cargadas con los avituallamientos
de la annona y procedentes de Hispania hacia Germania y Britania. La
protección de las rutas terrestres y marítimas mediante recintos fortifica-
dos parecen constituir fenómenos paralelos y enmarcados dentro de una
planificación común.
Dentro de este mismo contexto histórico debemos situar también la
edificación de los primeros recintos amurallados hispanos. Resultaría
muy sugerente relacionar los programas de fortificación de la Galia y
Britania con el caso hispano, que es contemporáneo de aquellos, y
enmarcarlos todos en conjunto dentro de una estrategia común. Al
menos en el caso de la Aquitania, esto no nos presenta ninguna duda.
A juzgar por la documentación disponible, no se registran amuralla-
mientos urbanos entre el final de la Tetrarquía y las décadas finales del
siglo IV. Sin embargo, a partir de este momento y hasta la ruptura de la
frontera renana en los primeros años del siglo V, los datos arqueológicos
parecen indicar un nuevo periodo de actividad edilicia de carácter defen-
sivo. A este segundo momento corresponderían tal vez los encintados de
Barcino, Uxama y Emerita Augusta, además de reformas de los recintos
de Tarraco, Legio VII, Asturica y Gijón. No obstante, como ya hemos
apuntado líneas arriba, en todos estos casos subsisten numerosas dudas
sobre su momento de edificación, pero ciertos indicios han llevado a sus
respectivos investigadores a relacionar la construcción de estas fortalezas
con la inminencia de las invasiones de principios del V d. C.
Tanto o más problemático resulta en el estado actual de la investiga-
ción, abordar el espinoso tema de las fortalezas menores, denominadas
turris y castella en las fuentes tardoantiguas como Tedeja (Traspaderne,
Burgos), Monte Cildá (Olleros de Pisuerga, Palencia), El Cristo de San
Esteban (Muelas del Pan, Zamora), Bernardos (Segovia) y Roc d’Enclar
(Andorra). La disparidad de criterios de catalogación y la carencia de

221
ejercito romano maqueta 3/2/07 18:34 Página 222

estudios monográficos complica sobremanera la identificación y correcta


interpretación de las supuestas fortificaciones de refugio.
Desconocemos, hoy por hoy, si esta hipotética segunda generación de
fortificaciones, que se verifica en regiones vecinas como la Aquitania res-
pondió a algún plan estratégico preconcebido por el Estado o fue una
respuesta espontánea y apresurada de algunos núcleos urbanos o grupos
de población ante la descomposición sociopolítica de finales del siglo IV
o ante el temor provocado por un inminente ataque de los pueblos bár-
baros. Lo que ya no podemos negar es la existencia de una primera gene-
ración de murallas hispanas correspondientes a los años finales del siglo
III y los comienzos del IV, relacionada con un sistema de defensa cons-
tatado también en otras provincias occidentales.

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ASENTAMIENTOS MILITARES DE ÉPOCA ROMANA


EN HISPANIA: UNA GUÍA ARQUEOLÓGICA

RECINTOS MILITARES DE ÉPOCA REPUBLICANA

AGUILAR DE ANGUITA
Localización: La Cerca, Águilar de Anguita, Soria, Castilla y León, España
Nombre latino: ¿?
Tipo de asentamiento: campamento

El campamento romano de La Cerca se encuentra a 20 km. al este de


Sigüenza (Guadalajara) y se accede a él por la carretera que va de Alcolea
del Pinar a Molina de Aragón; a la altura de Aguilar de Anguita existe
una desviación hacia Anguita; el yacimiento se encuentra a mitad de tra-
yecto entre ambos pueblos y a mano derecha.
La Cerca ocupa los puntos dominantes de este cerro amesetado que
antes de las excavaciones se conocía como Las Navas y su planta irregu-
lar abarca una superficie de 12, 4 ha (Fig. 1). De las 4 puertas a las que
aluden tanto el Marqués de Cerralbo como A. Schulten todavía se dis-
tinguían 3 en los años 70 del siglo pasado. Muchas construcciones rura-
les circundantes se han beneficiado a lo largo del siglo XX con sillares
procedentes del campamento. Estos autores llegan a distinguir un cardo

Fig. 1. Aguilar de Anguita. Vista áerea (J. Sánchez-La Fuente).

223
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y un decumanus que en cualquier caso el tiempo ha hecho desaparecer


completamente.
El Marqués de Cerralbo dice descubrir en 1912 “uno de esos campa-
mentos romanos de verano”. En años sucesivos realiza las excavaciones
porque en 1915 describe haber encontrado “muchisimos objetos y muy
curiosos”. Sabemos por Schulten que el Marqués de Cerralbo, pone al
descubierto todo el recinto de la muralla por sus dos caras y realiza pros-
pecciones aisladas en el interior del campamento. El grosor de estos
muros se acerca a los dos metros y su interior se encuentra relleno de gui-
jarros. En 16 puntos el muro se ha reforzado con unas pequeñas estruc-
turas (cada una de 1, 4 x 6 m.) y que Schulten identificó como
emplazamientos para mecanismos de artillería. Schulten realiza en 1929
una dura crítica de aquellas excavaciones en las que el Marqués de
Cerralbo es calificado como un “completo aficionado” y de las que jamás
publicó unas memorias (Fig. 2 & 3).

Fig. 2. Aguilar de Anguita. Planta Fig. 3. Aguilar de Anguita. Muralla


de las estructuras constructivas romana (A. Morillo).
(J. Sánchez-La Fuente).

224
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La discusión sobre el papel histórico exacto de La Cerca permanece


abierta. Schulten, sin fuentes arqueológicas fiables, enumeró una serie de
hipótesis que vienen bien para enumerar las distintas posibilidades:
1. Pertenecería al tiempo de Catón en el 195 a. C. Cuando éste ini-
cia una marcha desde el río Ebro, subiendo posiblemente desde el
valle del Jalón contra Segontia.
2. Para el general Lammerer, colaborador de Schulten, el campa-
mento es de una época en la que los romanos avanzaban por el
valle del Jalón, cuando todavía no tenían conquistadas las tierras
de Ocilis-Medinaceli.
3. También podría corresponder a la primera guerra celtibérica (181-
179). En esta época se ataca a los lusones en cuyas tierras se
encuentra probablemente el campamento.
4. Una última posibilidad es que pertenezca a la época de las últimas
luchas con los carpetanos.
En las últimas décadas se han descrito multitud de poblados en la
zona que evidencian una comarca, entorno a La Cerca, con una elevada
densidad demográfica: pequeños enclaves encadenados a lo largo del
curso de los valles próximos al campamento se encuentran a una equi-
distancia máxima de 10 km. El Castejón de Luzaga, y el poblado de La
Cava destacan entre todos los poblados de la zona de los últimos siglos
antes del cambio de era. Tanto La Cava de Luzón, con una superficie de
2,5 ha como El Castejon de Luzaga, distan unos 8 km. de La Cerca. En
1995 describimos la topografía del Castejón de Luzaga, la posible Lutia
citada por Apiano, se trata de una verdadera ciudad celtibérica con una
extensión mínima de 5, 5 ha; en su interior todavía se aprecian estructu-
ras ciclópeas fechables en torno al siglo II-I a. C. Otra credencial sobre la
condición urbana de Luzaga es la existencia de un texto jurídico que la
acredita como tal. Sea cual sea la identidad de la ciudad del Castejón de
Luzaga, este enclave ha reunido la mayor concentración de evidencias
lingüísticas, numismáticas y arqueológicas de toda la Celtiberia meridio-
nal y señalan un papel relevante en los momentos de la conquista
romana que las fuentes escritas no parecen valorar, por estas razones
podemos pensar que el campamento se encuentra en relación directa con
el sitio a esta población y subsidiariamente con el resto de los castros
satélites que pueden vincularse a Luzaga. En consecuencia, este campa-
mento debe asociarse a las guerras celtibéricas, probablemente a un epi-
sodio del bellum Numantinum, y las campañas de los años 50 del siglo II
a. C. pueden ser fechas adecuadas pero hay que recordar que esta guerra
no concluye hasta el año 133 a. C.

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Otras opciones como la función de campamento base para el asalto a


las ciudades de Segontia o de Okilis-Medinacelli no pueden descartarse
pero hay que recordar que ambas ciudades están algo apartadas del cam-
pamento de La Cerca, concretamente supondría un día de marcha
cubrir este recorrido por una legión, es decir unos 20 km. Distancia
poco en consonancia con la idea de una fortaleza de asalto pero no con
la de campamento base para reducir a las tierras de las dos comarcas
actuales de Sigüenza y Molina de Aragón.
El campamento de La Cerca parece que continúa habitado con poste-
rioridad a su uso militar, a juzgar por los materiales arqueológicos recogi-
dos en las excavaciones e identificados como de época romana posterior.
Jorge Sánchez-Lafuente Pérez

ALMAZÁN
Localización: Almazán, Soria, Castilla y León, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: campamento legionario

Este recinto campamental se encuentra enclavado a 30 km. al sur de


Numancia, más concretamente unos 3 km. aguas debajo de la localidad
soriana de Almazán. El campamento esta dispuesto en una terraza col-
gada en el borde meridional del valle del citado río, sobre un antiguo
meandro del mismo, que en el presente se desliza a unos 350 m. de su
previo cauce. En la actualidad, es muy difícil identificar sobre la topo-
grafía del terreno el lugar donde estuvo instalado el recinto, ya que los
trabajos en una cantera de graba y la repoblación de pinos a la que este
espacio fue sometido han destruido muchos de los restos que habían
sobrevivido en un primer momento (Fig. 4).
Schulten es el primero en sostener que en este terreno se encuentra un
asentamiento castrense de época romana. La primera cata la realiza en
1911, pero no da efectiva cuenta de la existencia de este recinto hasta el
año siguiente. En 1927 nuevos trabajos de campo comprueban la pre-
sencia de grandes construcciones en el citado ámbito y en 1969 se pro-
cede a la realización de una excavación de urgencia para conocer el
estado de conservación del mismo y tratar de establecer su cronología
real. Recientemente, para conocer su estado de preservación y como le
han afectado los procesos acaecidos en su entorno, se ha llevado a cabo
en el mismo una intervención puntual.
De este campamento conocemos una muralla con un doble para-
mento exterior relleno con un núcleo de guijarros, estos últimos bastante

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Fig. 4. Almazán. Planta de las estructuras constructivas


(T. Ortego & G. Gamer).

grandes. Hoy en día, la muralla se conserva hasta poca altura, aunque


tenemos constatado que en 1912 alcanzaba casi un metro de alzado,
sufriendo a partir de dicha fecha un proceso progresivo de destrucción
que la ha llevado al nivel actual. Presenta una planta aparentemente rec-
tangular, con esquinas dispuestas en ángulo recto, ocupando una super-
ficie de unas 38 ha., sus lados miden 810, 7 m. el mayor y 497, 8 m., el
menor. En el lado oeste del recinto se ubican restos de un foso y una
puerta, mientras que en el lado norte son visibles las trazas de otra
puerta. Ambos accesos se encontraban protegidos por tituli o muros
transversales avanzados. En el lado norte nos encontramos con la pre-
sencia de un muro de 252 m., que parte del lienzo de la muralla, a modo
de braquion. Lamentablemente, nada podemos decir de los lados sur y
este del perímetro del campamento pues se han perdido casi por com-
pleto. No se conserva resto alguno de construcciones interiores.
El recinto, según Schulten, estaría asociado a la figura de Nobilior y
su paso en el 153 a. C. por esta zona en su camino hacia Numancia. Los
investigadores que siguen a través de las fuentes las campañas de
Nobilior encuentran justificado la presencia de un campamento estival
en esta zona (entre Ocilis y Numantia) en la vía que asciende desde el

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valle del Jalón hacia la Meseta Superior. Aunque al año siguiente Apiano
(Iber. 48-49), también constata la presencia de un nuevo ejército
romano en esta zona al mando de Claudio Marcelo. Las excavaciones
acometidas en 1968 revelan una fecha que podría corresponder con
cualquiera de estos dos momentos, ya que los materiales arqueológicos
recuperados principalmente fueron Campaniense B de la forma
Lamboglia 5 y ánforas Dressel 1A.
Noelia Sabugo & Diana Rodríguez Pérez

ALPANSEQUE
Localización: Alpanseque, Soria, Castilla y León, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: ¿fuerte auxiliar?

Posible recinto de carácter militar ubicado en la divisoria entre Soria y


Guadalajara, más concretamente en el paraje conocido como Dehesa de
los Santos, situado entre las localidades de Barahona y Alpanseque. El
marqués de Cerralbo lo descubre en 1916 y es posteriormente recogida

Fig. 5. Alpanseque. Planta de las estructuras constructivas (A Schulten).

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ejercito romano maqueta 3/2/07 18:34 Página 229

su existencia en las publicaciones de Schulten y Taracena, aunque nunca


se han acometido trabajos arqueológicos en el mismo.
Sobre el terreno nos encontramos con lo que parece ser un recinto
poligonal rodeado con un muro de alrededor de un metro de espesor y
cuya extensión abarca una superficie de 4, 7 ha. (Fig. 5).
Es considerado como un campamento de verano asociado a Catón en
su campaña del 195 a. C. Por su extensión podríamos señalar que sería
probablemente para un cuerpo auxiliar, pero como el recinto no ha sido
nunca sometido a excavaciones arqueológicas se nos presentan muchas
dudas, tanto respecto a su cronología, como a su posible identificación
como un asentamiento militar, como apuntó en su día Morillo.
Noelia Sabugo & Diana Rodríguez Pérez

ALTO DO CASTELO DE ALPIARÇA


Localización: Alto do Castelo, Alpiarça, Ribatejo, Portugal
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: ¿campamento legionario?

El yacimiento arqueológico de Alto do Castelo, cerca de Alpiarça,


situado en la orilla izquierda del río Tajo, es un gran asentamiento en las
llanuras aluviales del río (Fig. 6). Un potente agger circunda un área de
cerca de 30 ha.
Es un asentamiento bien conocido; identificado por primera vez en el
siglo XIX, cuando algunos restos arqueológicos fueron encontrados en
una gran propiedad agrícola perteneciendo a una familia en relación con
el arqueólogo Mendes Corrêa, de la universidad de Oporto. La mayoría
de los objetos arqueológicos encontrados pertenecen a la Edad de
Bronce tardía, pero también hay algunas ánforas romanas republicanas
(tipo Dressel 1).
Algunas investigaciones llevadas al cabo en el área muestran el gran
asentamiento como un hábitat relacionado con una necrópolis conocida
en los alrededores. Arqueólogos alemanes que trabajaban en un proyecto
de investigación en un cercano asentamiento del Bronce Final realizaron
una cata transversal en el sistema defensivo. Se documentó un potente
sistema defensivo con dos fosos y terraplén de arcilla. Uno de los fosos
presenta una sección triangular, mientras el otro tiene una sección trape-
zoidal (Fig. 7). No hay evidencias que permitan fechar la cronología de
esta estructura, porque se encontraron restos arqueológicos datados
desde la prehistoria hasta la época romana dispersos por todo el yaci-
miento.

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Fig. 6. Alto do Castelo de Alpiarça. Localización (C. Fabião).

Fig. 7. Alto do Castelo de Alpiarça.


Cata transversal del agger en el lado meridional (C. Fabião).

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Basándose en el carácter de esas defensas, P. Kalb y M. Höck lo inter-


pretan como un posible campamento romano. Las importaciones roma-
nas republicanas recogidas a finales del siglo XIX avalan esta
interpretación. Son precisas nuevas investigaciones para confirmar esta
identificación.
Carlos Fabião (traducción: Norbert Hanel)

ANDAGOSTE
Localización: Andagoste, Kuartango, Álava, País Vasco, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: campo de batalla

El emplazamiento de Andagoste, municipio de Kuartango, Álava es una


suave elevación (624 m.) que se sitúa en el centro del valle de Kuartango
sobre la confluencia del río Bayas con su pequeño afluente el Vadillo.
Andagoste es uno de los escalones más bajos de la Sierra de Guillarte,
divisoria de aguas entre la cuenca del Nervión y la del Bayas, afluente del
Ebro (Fig. 8).
Habiendo recogido en superficie diversos materiales de filiación mili-
tar, entre los que destacaban varias balas de honda en plomo (glandes) y
vistos los primeros indicios estructurales en forma de foso y terraplenes,
procedimos a realizar cinco campañas (1998-2002) de prospección geo-
física, (magnética y electromagnética) acompañada de catas. Esto nos
permitió establecer, en función de la dispersión de los materiales detec-
tados, un área fértil sobre la colina de Andagoste, con especial incidencia
sobre su parte alta y las laderas norte, este y sur, de 6600 m2.

Fig. 8. Campo de batalla de Andagoste. Corte transversal del terraplén


(M. Unzueta & J. A. Ocharan).

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Es significativo indicar la presencia de un alto número de elementos


de sujeción para correajes, algunos tipos varias veces repetidos, en forma
de hebillas, tensores, pasadores e incluso fragmentos de diferentes mode-
los de fíbulas. También hemos de destacar de entre el conjunto de evi-
dencias, por su alta frecuencia (681 piezas, 68%) y su amplia dispersión,
un tipo de remache de hierro para calzar caligae (Fig. 9).
Junto al material citado recuperamos un lote de armas ofensivas, sobre
todo proyectiles. Detectamos varias armaduras de dardo para balista en
hierro. Sin embargo el lote más llamativo y útil, tanto por su abundan-
cia como por la información que puede extrapolarse de su dispersión, lo
forma el conjunto de proyectiles de honda fundidas en plomo de las que
se han recuperado un total de 111 piezas (11%). Se trata de piezas, siem-
pre anepigráficas, de forma homogénea que, con ligeras variantes, se
aproximan a los perfiles bicónicos y losángicos.
El rasgo estructural más notable resultaba ser el pequeño foso, locali-
zado en una zanja abierta al realizar obras recientes. Es de una excavación
tallada en la roca caliza que conforma la base de la colina. Consta de una
amplitud en la boca de 2, 40 m. (aproximadamente 8 pies) y 0, 60 ms.
de profundidad (2 pies), con lados en ángulo de 45 º y fondo plano. La
prospección geofísica y las catas han permitido localizarlo en 3 lados de
la estructura defensiva en función de la existencia del citado foso, deli-
mitando un área fortificada de aproximadamente 10000 m2 en la zona
alta de la colina.

Moneda y cronología
Hemos de indicar, como aclaración previa, que los ejemplares numismá-
ticos hallados en Andagoste, 38 piezas –de las cuales hay 24 partidas–,
no corresponden a un lote cerrado (tesorillo, escondrijo), sino que han
sido recuperados durante la prospección geofísica realizada a lo largo y
extenso de la zona fértil.
El lote de monedas recoge materiales básicamente de procedencia his-
pana, la mayoría de las cecas son ribereñas al Ebro, y de cronología
amplia, situada en los siglos II y I a. C. Se trata de cuños como bolskan,
baitolo, bilbilis, kelse, untikesken, tamaniu y un único ejemplar de erka-
vika.
A pesar de esta dispersión de tipos y dataciones, llama la atención la
repetición y la alta frecuencia de los cuños más recientes, cuyo ámbito
cronológico se centra entre los años 46 a 35 a. C. Son cinco ejemplares
de Cneo Pompeyo (46-45 a. C.), un denario forrado de Julio César (46-
45 a. C.) y dos ejemplares de kelse centrados en los años 45 a 35 a. C.

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Fig. 9. Campo de batalla de Andagoste.


Hallazgos (M. Unzueta & J. A. Ocharan).

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Por contra, resulta significante la total carencia de piezas numismáti-


cas posteriores al año 35 a. C, en especial de las monedas transicionales
de las cecas del Ebro. Pero el hecho decisivo es la falta de acuñaciones
posteriores al año 27 a. C., tan frecuentes en otros contextos, que alejan
todo intento tendente a relacionar los hechos de Andagoste con alguno
de los episodios de las guerras cántabras.
Aceptada la datación arriba propuesta, no resulta posible establecer el
origen de este yacimiento ni su relación con las guerras cántabras (26 a
19 a. C.) ni con las intervenciones previas realizadas por los generales de
Augusto: Statilio Tauro (29 a. C.), Calvisio Sabino (28 a. C.) o Sexto
Apuleyo (27 a. C.) como preludio a la gran ofensiva del año 26 a. C. En
nuestra opinión es más factible, a juzgar por las evidencias monetales,
buscar su origen en algunas de las campañas lanzadas por los legati de
Augusto que gobernaron Hispania en la década anterior: C. Norbano
Flaco (36-35 a. C.), L. Marco Filipo (34 a. C.) o A. Claudio Pulcher (33
a. C.); ya que celebran sus victorias (Acta Triumphalia) de un modo
genérico con la fórmula ex Hispania.
Este hecho nos ayuda establecer un punto cronológico de referencia para
la conquista del entorno geográfico próximo: las tierras de Vizcaya, occi-
dente de Guipúzcoa y las zonas montañosas del norte de Burgos y de Álava.
Mikel Unzueta Portilla

LA CABAÑETA
Localización: La Cabañeta, El Burgo de Ebro, Zaragoza, Aragón, España
Nombre latino: ¿castra Aelia?
Tipo de asentamiento: ¿campamento legionario?; ciudad romana
Fuentes clásicas: ¿Tito Livio, fr. 1, 91, 3?

La Cabañeta, se localiza en el término municipal de El Burgo de Ebro,


en la margen derecha del río Ebro, a apenas 1, 5 km. aguas abajo de su
núcleo urbano y a 17 km. de la ciudad de Zaragoza.
Aunque el yacimiento ya aparece referenciado en trabajos de los siglos
XVIII y XIX, con interpretaciones más basadas en la leyenda que en la rea-
lidad histórica, suscitó un escaso interés en la bibliografía científica poste-
rior, pasando prácticamente desapercibido para la investigación. A partir
de 1994 comenzamos a realizar una serie de campañas de prospección y
posteriormente de excavación, que han permitido definir la morfología y
cronología del yacimiento, así como empezar a conocer su urbanismo.
Las tareas de prospección evidenciaron que nos encontramos ante un
asentamiento de planta rectangular, situado en llano y que ocupa una

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superficie de unas 21, 4 ha., delimitadas por uno de sus lados por el
corte de la terraza fluvial y en los otros 3 por un potente foso. En su lado
este, fuera del foso, también se aprecia material arqueológico y restos de
muros en una superficie de otras 10 ha. (Fig. 10).
Las excavaciones, desarrolladas a partir de 1997, han permitido exhu-
mar la mayor parte de un gran complejo termal que consta de doble cir-
cuito (masculino y femenino), palestra y zona de servicios. También se
ha trabajado en una zona de viviendas y transformación artesanal, así
como en un gran edificio –de tipo horrea– del que, gracias al hallazgo de
una inscripción latina realizada con teselas blancas en un pavimento de
opus signinum, sabemos que se trataba de la sede de una corporación de
inmigrantes itálicos.
La cronología del lugar hay que situarla entre el siglo II a. C. y las gue-
rras Sertorianas, en los años setenta del siglo I a. C.
Se trata de una ciudad para la que, como hipótesis de trabajo, se ha
abierto la posibilidad de que tenga un origen campamental e incluso de

Fig. 10. Yacimiento de La Cabañeta. Zona delimitada por el terraplén


en línea continua) y posible campamento sertoriano
(en línea discontinua) (A. Ferreruela & J. A. Mínguez).

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que pueda ser identificada con el oppidum de Castra Aelia, citado por
Tito Livio (fr. 1. 91.3). En este sentido, hay que partir de la base de que
las excavaciones han afectado a los niveles arqueológicos y estructuras a
ellos asociadas correspondientes con la última fase de la vida del yaci-
miento que es plenamente urbana. No se han podido, por el momento,
perforar pavimentos para estudiar momentos anteriores, ni tampoco se
ha podido excavar en el área en la que hay evidencias de ocupación que
se sitúa fuera del foso. Por todo ello, insistimos en que tales propuestas
hay que mantenerlas en el terreno de la hipótesis.
Aun así, creemos que existen algunos argumentos que nos permiten
pensar que el yacimiento de La Cabañeta puede obedecer a una funda-
ción de origen campamental. En primer lugar, por su ubicación en ese
punto del valle medio del Ebro, evidencias arquitectónicas y característi-
cas urbanas, tipo de material que aporta (mayoritariamente itálico) y
epigrafía eminentemente latina se nos muestra, para su última fase de
ocupación, como una gran ciudad de tipo “colonial”, que debió contar
con un importante contingente poblacional procedente de la península
italiana. Esa características convierten a nuestro yacimiento en idóneo
para identificarlo con esa ciudad situada junto al Ebro, que fue elegida
por Sertorio para establecer en ella su centro de operaciones durante un
momento concreto de la guerra, es decir con Castra Aelia.
De ese nombre se derivaría en si mismo un origen campamental. A
ello parecen también responder otros aspectos. En primer lugar su forma
y extensión (21, 4 ha. al interior del foso) lo asimilan a un típico cam-
pamento de planta rectangular de unas 19-20 ha., pensado para una
legión y su caballería de auxilia. La propia potencia del foso defensivo,
de unos 30 m. de ancho y de sección en W, con doble caballón central,
lo hace muy superior a los fosos mucho más modestos con los que cuen-
tan otras ciudades romanorrepublicanas del entorno del valle medio del
Ebro, y abunda en la capacidad defensiva del lugar. Por último, enla-
zando con la cita de Tito Livio, el hecho de que se trate de Castra Aelia
explicaría la existencia de ese área extramuros de en torno a 10 ha.
situada a continuación de la ciudad (secundum oppidum), es decir junto
a su lado este fuera del foso, en las cuales aparece material arqueológico
disperso y muy escasas evidencias constructivas, ya que permite identifi-
car a ese sector con el campamento en el cual Sertorio acantonó sus tro-
pas en el invierno del 77-76 a. C., mientras él se reunía con los legados
de las otras ciudades en el interior de Castra Aelia.
Por último cabe añadir que los trabajos en La Cabañeta se integran den-
tro de un proyecto más amplio que contempla la prospección de su entorno
(hasta el momento se han localizado 41 yacimientos de diversa cronología),

236
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así como su relación con La Corona (Fuentes de Ebro, Zaragoza). Este


último, situado a unos 12 km. aguas abajo del río Ebro, es otro importante
yacimiento romanorrepublicano aunque en este caso parece que nos encon-
tramos ante una ciudad destinada a asentar indígenas. La Corona ocupa
una extensión de unas 40 ha. y su cronología, al menos por lo que respecta
a su apogeo y final es similar a la de La Cabañeta.
Antonio Ferreruela & José Antonio Mínguez

CÁCERES EL VIEJO
Localización: Cáceres el Viejo, Cáceres, Extremadura, España
Nombre latino: ¿castra Caecilia?
Tipo de asentamiento: campamento legionario
Fuentes clásicas: Plinio, Nat. Hist. IV, 117; Itinerario de Antonino, 433, 4.

El campamento tardorrepublicano de Cáceres el Viejo se ubica entre la


Sierra San Pedro y el Tajo, unos 3 km al noreste del centro del la capital
provincial de Cáceres. El yacimiento esta situado cerca de la llamada via
de la Plata, la principal ruta de comunicación entre el sur y el norte de la
península ibérica. El sistema defensivo circunda dos colinas (393, 6 y
396, 6 m. de altitud respectivamente sobre el nivel del mar) y un estan-
que, que probablemente ya existía en época romana. La parte más baja
del campamento (c. 379, 4 m. sobre el nivel del mar) esta situada en el
centro de la fortificación occidental.
Las primeras noticias, que hablan del yacimiento como campamento
romano se remontan al siglo XVIII. Durante el siglo siguiente el campa-
mento ya fue relacionado con las campañas del proconsul Q. Caecilius
Metellus. Los eruditos identifican el yacimiento con castra Caecilia,
emplazamiento mencionado por Plinio (Nat. Hist. IV, 117) y por el
Itinerario de Antonino (433, 4), y a veces también con castra Servilia. En
los años 1910, 1927 y 1928, además de 1930, A. Schulten estudió el
lugar y publicó los primeros informes preliminares de sus excavaciones
junto con R. Paulsen, quien se ocupa de los hallazgos del campamento.
En momento no se da a conocer una publicación monográfica. En los
años 60 del siglo XX, M. Beltrán Lloris estudió las monedas y las cerá-
micas de Cáceres el Viejo. En 1984, G. Ulbert realizó una reinvestiga-
ción de las excavaciones de Schulten y una revisión de sus hallazgos
arqueológicos. Junto con las aportaciones de H. J. Hildebrandt sobre las
monedas y de M. Blech sobre hallazgos seleccionados, los resultados fue-
ron publicados en una monografía. Algunos de estos resultados de las
excavaciones de A. Schulten han sido confirmados por las recientes

237
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Fig. 11. Cáceres el Viejo. Planimetría de las estructuras constructivas


(G. Ulbert).

238
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investigaciones de J. A. Abásolo y M. Luz González, dirigidas a la ade-


cuación del yacimiento para su visita (Fig. 11).
El recinto del campamento, que se puede ver perfectamente sobre el
terreno todavía hoy en día, presenta una forma rectangular. Las esquinas
no son redondeadas sino en ángulo agudo. Los datos respecto a la exten-
sión de la longitud oscilan entre 647 y 652 m. con una anchura de 364
hasta 376 m.; por eso el superficie del campamento circunda entre 23, 5
y 24, 5 ha. El sistema defensivo se compone de dos fosos excavados en la
roca natural, con perfiles irregulares de forma de U y V. Se han encon-
trado esos fosos en los lados septentrional, occidental y oriental y se
supone que existiría también en el flanco meridional. Detrás de los fosos
se construye una muralla con pizarra de 3, 5-4 m. de anchura y una
altura conservada de c. 1 m. Está realizada mediante dos paramentos
exteriores de mamposteria y un relleno interior de piedras y arcilla. A.
Schulten pudo descubrir durante sus excavaciones 4 puertas de las 6 que
debieron existir en origen. Son vanos de paso simples o dobles, sin torres
resaltadas. En el centro de los lienzos norte y sur se ubica una puerta; en
los lados mayores se abrían otras dos puertas. No se documentó ninguna
torre a lo largo del recinto defensivo.
Nuestro conocimiento acerca del trazado interior del campamento es
muy incompleto, porque durante las excavaciones de A. Schulten se
recuperaron las construcciones de forma poco sistemática (Fig. 12). El
trazado de la red viaria fue revelado principalmente gracias a la localiza-
ción de las puertas excavadas y varias fachadas de edificios qe se alinean
a los lados de una calle de dirección norte-sur, interpretada como la via
praetoria. La via principalis puede ser localizada aproximadamente a par-
tir de la posición de las dos puertas laterales. Cerca del centro del cam-
pamento se localizó otra calle paralela a la anterior, la presumible via
quintana. En el lado meridional se ha des-
cubrierto un tramo de la via sagularis. Otros
tramos de calles empedradas se ubican al
norte del edificio XII y al este del edificio X.
Después de la revisión de las excavacio-
nes de Schulten por G. Ulbert se pueden
definir 13 edificios dentro del campa-
mento, de cuales ningún fue recuperado
completamente. Los edificios I, III y IV Fig. 12. Cáceres el Viejo.
son denominados “casas con patio” y equi- Antigua fotografía de las
valen a las vivendas de oficiales (“casas de excavaciones datada a
los tribunos“). Al norte del estanque se comienzos del siglo XX
extiende un ancho conjunto de edificios (G. Ulbert).

239
ejercito romano maqueta 3/2/07 18:34 Página 240

numerado con el VIII, cuyos compartimentos oblongos son interpreta-


dos como tabernas, abiertas a la via quintana. Por los hallazgos podemos
considerar que nos encontramos ante almacenes, talleres y tiendas. Según
A. Schulten dentro de estos compartimentos se ubicaba un templo (?)
cubierto con techumbre de plomo. Aunque el contexto no esta claro, el
edificio V se interpreta como praetorium, porque estaba situado cerca de
uno puntos más altos del campamentos. G. Ulbert consideró una parte
(E) del edificio V como horreo. A pesar de los intentos de interpretación
por Schulten la función de los edificios II (no es un barracón), VI (la
parte meridional un barracon), VII (edificio de la cohors praetoria), IX
(lado occidental del foro), X (lado oriental del foro), XI (barracon), XII
(quaestorium) y XIII aún no está aclarada. G. Ulbert demuestra mediante
de los hallazgos que en el campamento se ubicaron diferentes talleres arte-
sanales para el abastecimiento de las tropas. En el edificio X se localizaba
una forja. Concentraciones de pesas de telar, encontrados en los edificios
VI y XI, indican la producción de tejidos. Los barracones no pueden ser
identificados con seguridad. Al exterior del recinto campamental no se
han encontrado evidencias de un asentamiento civil (cannabae).
La solidez constructiva tanto del recinto defensivo como de los edificios
interiores indica un largo aprovechamiento del campamento de Cáceres el
Viejo. Hasta ahora no hay evidencias de las tropas aquí estacionadas.
Partiendo de las dimensiones de los campamentos imperiales nos encon-
traríamos con un recinto para el acantonamiento de la una legión.
Elementos de indumentaria y armas ibéricas podrían indicar la presencia
de tropas auxiliares indígenas. La investigación discute sobre la datación
del campamento el primer cuarto del siglo I antes de nuestra Era. Hasta
ahora no conocemos la fecha exacta de la construcción del campamento.
A Schulten postuló una corta ocupación entre los años 79-78 a. C., coin-
cidiendo con las campañas de Q. Caecilio Metello Pio contra los lusitanos
acaudillados por Sertorio. M. Beltrán Lloris, tomando como punto de
referencia la datación de la moneda de plata más reciente, propuso una
fecha temprana, concretamente entre los años 96/95 y 93 a. C., relacio-
nando el campamento con una operación victoriosa del proconsul P.
Licinio Crasso contra los lusitanos. A través del análisis de las monedas de
bronce, G. Ulbert se muestra partidario de un arco temporal situado entre
los años 80 y 72 a. C. Al menos todo del area meridional del campamento
fue destruída por un gran incendio. Dentro de los hallazgos hay evidencias
de que se trata de una destrucción intencionada, provocada seguramente
por un conflicto militar. No hay evidencias de una ocupación posterior a
este incendio ni en época republicana ni en el Alto Imperio.
Norbert Hanel

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LOS CASCAJOS
Localización: Los Cascajos, Sangüesa, Navarra, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: ¿fuerte auxiliar?

En la margen izquierda del río Aragón se reconoce la presencia de un


recinto constructivo, documentado muy recientemente y que ha sido
glosado como asentamiento castrense de época romana, situado al sur de
Sangüesa en el denominado pago “Los Cascajos”. Este ámbito responde
más o menos a una forma rectangular, con unos lados de 300 x 200 m.
y rodeado por un muro con un espesor variable entre los 1, 20 y los 1,
50 m., entre las zonas más anchas y las más estrechas, este muro esta rea-
lizado con piedras bastante bien escuadradas. En el lado oeste, por
donde el acceso al recinto resulta más fácil, el muro se completa con un
foso de perfil en V (fossa fastigata), de 10 m. de anchura y tan sólo 2 m.
de profundidad. Trabajos de excavación arqueológica acometidos en este
recinto dieron la posibilidad de identificar la existencia de una posible
torre, de 6 m. de anchura y una planta de tipo cuadrada angular, se cons-
tata, así mismo, que la técnica usada para la construcción de los muros
de la citada torre es el emplecton, consistente en el uso de dos muros que
corren paralelos con un relleno intermedio de tierra y piedras. Hasta el
momento actual no hay constancia de que se hayan llevado a cabo más
intervenciones en este yacimiento.
En relación a su cronología los hallazgos arqueológicos parecen indi-
car una datación coincidente con las guerras sertorianas, entre los mate-
riales recogidos destaca la presencia de cerámica de tipo celtibérico,
junto con la aparición de varias monedas, cuya adscripción temporal
oscila entre mediados del siglo II y el 82 a. C., lo que refuerza la tesis
citada de su ubicación temporal en torno al desarrollo de la contienda
sertoriana en la Península. No obstante, por el momento, la identifica-
ción de este yacimiento como campamento romano planea ciertas
dudas, como ya ha apuntado recientemente Morillo.
Noelia Sabugo & Diana Rodríguez Pérez

CASTELO DA LOUSA
Localización: Castelo da Lousa, Mourão, Baixo Alemtejo, Portugal
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: ¿fortaleza?

Una impresionante fortificación romana fue ubicada en un pequeño


promontorio a la orilla izquierda del río Guadiana, rodeada de dos

241
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pequeños arroyos. El yacimiento ya era considerado como un emplaza-


miento militar incluso antes de la excavación. Al norte del río Guadiana,
a los lados oeste y este, dos pequeños arroyos constituyen una defensa
natural, mientras un foso dispuesto en el lado meridional aisla el asenta-
miento por la única área donde no hay defensas naturales.
Fue excavado en los años sesenta del siglo XX. La investigación ha
revelado una construcción maciza de cerca de 23 x 20 m construida con
piedras, rellenada por el hundimiento de la estructura superior hecha de
arcilla; las escaleras al piso alto son bastante evidentes. La organización
interna del edificio es de tipología romana, con un atrio y un impluvio
central con una cisterna profunda. Desde la orilla del río una escalera
bien construida permite el acceso al edificio principal pasando por pla-
taformas inferiores que también tienen construcciones (Fig. 13).
Los datos arqueológicos son bastante seguros respecto a la datación.
Se han hallado algunas cerámicas de barniz negro, cerámicas itálicas de
paredes finas, pero también terra sigillata itálica, algunas armas y otros
militaria. La interpretación del yacimiento como un fortín romano
parece bastante evidente, aunque un investigador alemán, J. Wahl, ha
propuesto que el asentamiento podría haber sido una villa fortificada,
aportando escasos argumentos. En los últimos años el sitio fue excavado
de nuevo con motivo de la construcción del embalse de Alqueva, que lo

Fig. 13. Castelo da Lousa. Topografía y planta general de las estructuras cons-
tructivas (C. Fabião).

242
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ha sumergido bajo sus aguas. Una monografía general de las últimas


excavaciones se publicará pronto.
Carlos Fabião (traducción: Norbert Hanel)

CERRO DE LAS ALBAHACAS


Localización: Cerro de las Albahacas, Santo Tomé, Jaén, Andalucia,
España
Nombre latino: ¿Baecula?
Tipo de asentamiento: ¿campamento y campo de batalla?
Fuentes clásicas: ¿ Polibio, Hist., X, 38; T. Livio, ab Urbe, XXVIII, 18?

Como es conocido, la batalla de Baécula, que enfrentó en el 208 a. n. E.


a los ejércitos de Asdrúbal y Escipión, aunque no frenó la salida de
Asdrúbal Barca hacia la península itálica para apoyar a Anibal, supuso el
comienzo de la conquista romana del valle del Guadalquivir y el princi-
pio del fin de la presencia cartaginesa en la península ibérica.
La localización del escenario de la batalla de Baecula ha tenido dos
momentos distintos en la historia de su investigación. El primero se fun-
damenta en la atribución del hecho bélico al entorno de Bailén realizada
por Schulten y refrendada por otros autores como Veith que mostró la
primera representación gráfica de la misma, Bosch Gimpera y Aguayo
que la difundieron en la década de los cincuenta a través de la Historia
de España dirigida por Menéndez Pidal o mas recientemente, en 1970,
Scullard, que varió la ubicación propuesta por Veith con un sensible des-
plazamiento hacia el norte. Hasta ese momento y desde el siglo XVI, la
ubicación del conflicto bélico se había planteado por unos en Baeza y
por otros en la citada ciudad de Bailén.
En general las diferentes propuestas de localización realizadas hasta
fines del siglo XX, incluida la de Schulten, se fundamentaban en la loca-
lización de los hitos topográficos deducibles de la lectura de las fuentes
históricas escritas tanto por Polibio como por Tito Livio y en la bús-
queda de topónimos que pudieran vincularse a acciones bélicas o al oppi-
dum de Baecula. En esta línea de la arqueología filológica, muy propia de
fines del siglo XIX, debe enclavarse la propuesta de Schulten sustentada
en la localización cerca de Bailén de un arroyo llamado de la Matanza, y
la teórica derivación del nombre de la actual ciudad del topónimo ibero
Baécula.
La localización de la batalla en el entorno de Bailen se ha puesto en
cuestión recientemente por el Centro Andaluz de Arqueología Ibérica
(CAAI), que ha sumado como factor relevante a la estrategia investiga-

243
ejercito romano maqueta 3/2/07 18:34 Página 244

dora tradicional de las descripciones topográficas antiguas, la metodología


arqueológica. De hecho la tesis de Baécula en Bailen presentaba algunos
problemas significativos, pues no existen indicadores arqueológicos que
avalen ocupación urbana en el siglo III a. n. E bajo la actual ciudad y tam-
poco en su entorno inmediato. Del mismo modo no se constatan mate-
riales que sostuvieran la existencia de la acción bélica allí donde la
tradición schulteniana la situaba. A ello había que sumar otras debilidades
de la tesis, como que el río esta delante del campamento cartaginés, al con-
trario de lo que se indicaba en las referencias escritas (Fig. 14).
La estrategia desarrollada por el CAAI ha consistido en realizar la
investigación arqueológica en un área de 5 km. de radio alrededor de las
ciudades iberas ubicadas en el entorno de Cástulo y cuyo nombre no
había trascendido a la época romana, que en el entorno del alto
Guadalquivir eran 11 sitios arqueológicos reconocidos como oppida.
Una vez seleccionada el área entorno al oppidum, se prospectó topográfi-
camente ésta, hasta localizar aquellos enclaves que coincidían con las
descripciones de Tito Livio y Polibio sobre el paisaje y los escenarios de

Fig. 14. Cerro de las Albahacas (Santo Tomé). Localización general de acuerdo
con el desarrollo de la batalla de Baecula y los movimientos de las tropas
romanas y cartaginesas (Centro Andaluz de Arqueología Ibérica).

244
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la batalla. La tercera fase de la investigación consistió en realizar una


prospección con detector de metales en el lugar para registrar aquellos
indicadores que indicaran la existencia de un hecho bélico y su coinci-
dencia cronológica con la batalla de Baécula. Fruto de esta investigación
fue la localización de un nuevo escenario para la batalla de Baécula: el
cerro de las Albahacas en el término de Santo Tomé, en la provincia de
Jaén. La propuesta se avala por la existencia de todos los factores topo-
gráficos que citan las fuentes y por la abundancia de materiales de un
único periodo histórico, siglo III a. n. E. con restos arqueológicos como
glandes de plomo, puntas de flecha, botones de bronce o monedas car-
taginesas. De esta zona procede además un puñal biglobular y otras
monedas cartaginesas hoy en el museo provincial de Jaén.
Para llegar al lugar se ha de salir desde Santo Tome por la carretera
comarcal que desde este municipio va al de Peal de Becerro.
Aproximadamente a algo más de 3 m. s abre, a la derecha un ancho
camino de tierra apisonada que conduce a un grupo de antenas que se
encuentran en la parte más alta del Cerro de las Albahacas.
El nuevo escenario de la batalla de Baécula se localiza inmediatamente
al sur del municipio de Santo Tomé, con una altura sobre el nivel del
mar de 678 m., en tanto la vega del río queda a solamente 280 m. Las
laderas oeste y norte, que son las más abruptas se cierran por el río
Guadalquivir y el río de la Vega o río de Cazorla tal y como describían
Polibio (X, 38) y Tito Livio (XXVIII, 18). Las laderas sur y este tienen
una pendiente menor y descienden en terrazas hacia la población de El
Molar. Seguramente fue en una de estas terrazas donde Asdrúbal apostó
“los jinetes númidas” y “a los baleares y africanos de armamento ligero”.
La planicie más alta fue el espacio donde se ubico el campamento carta-
ginés: “Asdrúbal replegó sus tropas a una altura que tenía una explanada
en la parte más alta”. Precisamente allí se han documentado las trazas de
un posible campamento antiguo por fotografía aérea. El terraplén que
conforma la parte norte y oriental de la meseta define la citada estructura
militar. A causa de la erosión la zona occidental ha perdido la estructura
aterraplenada. Éste debió ser el campamento atacado por los lados por la
caballería romana dirigida por Escipión y Lelio mientras el resto de las
fuerzas romanas ascendía de la primera a la segunda terraza para entrar
en acción. En conjunto la superficie de todo el escenario de la batalla es
de 1700 ha.
Al oeste del cerro de las Albahacas, a no más de dos kms en la margen
derecho del río Guadalquivir y en una de las terrazas que baja de la Loma
de Úbeda, se localiza el oppidum de Turruñuelos. Conocido desde los
años 80, se trata de un asentamiento ibérico característico de vega como

245
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Fig. 15. Cerro de las Albahacas (Santo Tomé). Vista aérea con posible interpre-
tación (Centro Andaluz de Arqueología Ibérica).

246
ejercito romano maqueta 3/2/07 18:35 Página 247

Cástulo o Iliturgi. Con abundantes


fragmentos cerámicos ibéricos en su
superficie y ausencia de éstos para la
época romana. El oppidum conserva
aún restos de la fortificación que
defendía la ciudad del acceso por el
río y pudo alcanzar durante el siglo
III a. n. E. las 10 ha. de tamaño. Fue
desde este lugar desde donde
Asdrúbal Barca tomó la decisión de
llevar sus tropas al Cerro de las
Albahacas ante la presión del ejército
romano y en espera de ayuda de las
fuerzas cartaginesas de Magón y
Asdrúbal Giscón (Fig. 16).
Por el momento no se ha locali-
zado el campamento romano de
Escipión que, según todas las previ-
siones, debió situarse al sur del cam-
pamento cartaginés.
Baécula fue una escala muy impor-
tante en el trazado de comunicaciones
que transcurre de norte a sur en la
parte oriental de la provincia. La ruta
que continúo existiendo en la etapa
romana, en el Itinerario Antonino se Fig. 16. Cerro de las Albahacas
unía al tramo de la vía Augusta que, (Santo Tomé). Puñal o espada
desde Mentesa Oretana, en Villanueva corta celtibérica de El Ateril del
de la Fuente, se dirigía hacia Cástulo. Duende (Santo Tomé). Museo
Seguramente en Castellar, donde se Provincial de Jaén (Centro
ha localizado el santuario ibero de los Andaluz de Arqueología Ibérica).
Altos del Sotillo, el ramal avanzaba
hacia el sureste, por la base de la Loma de Úbeda, bordeando Iznatoraf y
alcanzaba el Guadalquivir en Mogón, población de Villacarrillo, donde
se ubica el oppidum de los Castellones de Mogón. Desde este punto y
continuando por la vereda real que transcurre por el río hacia el sur, se
llega al oppidum de Turruñuelos, dejando a un lado la masa boscosa de la
Sierra de Cazorla y al otro el entonces bosque de la Loma de Úbeda. Una
vez en Baécula la ruta continuaría hacia el sur hasta Tugia, en Peal de
Becerro, desde donde buscaba el río Guadiana Menor para salir hacia
Cartago nova. Baécula y su territorio, como se confirma por las reitera-

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das citas durante la segunda guerra púnica, fue área estratégica para acce-
der al valle del Guadalquivir tanto por el sur como por el norte.
Equipo investigador del Proyecto Baecula, Centro Andaluz de
Arqueología Ibérica 1

CERRO DE LAS FUENTES DE ARCHIVEL


Localización: Cerro de las Fuentes de Archivel, Caravaca de la Cruz,
Murcia, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: ¿fuerte auxiliar?

El castellum tardorrepublicano del Cerro de las Fuentes de Archivel, en


Caravaca de la Cruz, ubicado en el sector noroccidental de la provincia
de Murcia, dispone de un ámplio dominio visual del territorio de la
amplia cuenca fluvial que forman los ríos Argos y Quípar en su curso
medio y alto antes de llegar a las ciudades de Caravaca y Cehegín; se
trata de una extensa planicie entre los 700 y 900 m. sobre el nivel de
mar, rodeada por elevadas sierras de la porción más oriental de las
Béticas y abierta hacia el S y NE, que conforma un pasillo natural inte-
rior de comunicación entre el Levante y las altiplanicies granadinas. Esta
estratégica situación geográfica justifica por sí misma la importancia geo-
política que adquirió el territorio de la cuenca, a caballo entre las pro-
vincias Citerior y Ulterior, con motivo de la traslación de los conflictos
civiles romanos a la península ibérica durante el siglo I a. C., y que aquí
trajo consigo el asentamiento de guarniciones militares permanentes por
parte de las facciones litigantes durante el desarrollo de un episodio
bélico no mencionado por las fuentes históricas.
El Cerro de las Fuentes de Archivel ha sido hasta hace poco tiempo
uno más de los numerosos yacimientos arqueológicos de la Región de
Murcia, ignorado por arqueólogos e historiadores. La secuencia ocupa-
cional no fue determinada hasta la realización en el año 2000 de una
excavación arqueológica de carácter urgente con motivo de la construc-
ción de un mirador paisajístico. Aquella intervención permitió conocer
la presencia de niveles y estructuras de habitación que van desde la

1
Los miembros del equipo investigador del Proyecto Baecula (Proyecto de
Investigación impulsado por la Universidad de Jaén) son Bellón, J. P. Gómez, F.
Gutiérrez, L. Rueda, C. Ruiz, A. Sánchez, A. Molinos, M. Viña, Mª A. García y G.
Lozano.

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Prehistoria reciente (finales del III milenio a. C.) hasta la Edad Media
(siglo IX d. C.) y, lo que resultó más sorprendente, hizo posible atribuir
las estructuras defensivas visibles en la cumbre a un castellum tardorre-
publicano romano del siglo I a. C.
La relevancia de estos restos, y su importancia para un mejor conoci-
miento de las consecuencias de los enfrentamientos civiles romanos
durante el siglo I a. C. en Hispania, propició el inicio de las campañas
arqueológicas anuales de dos semanas de duración que, desde el año
2001, se han venido llevando a cabo ininterrumpidamente en este cerro,
y acrecentó nuestro interés por hallar otros yacimientos arqueológicos en
la cuenca de los ríos Argos y Quípar que pusiesen de manifiesto el grado
del control militar ejercido y las consecuencias políticas y económicas
que provocó en este territorio.
El castellum de Archivel ocupa la parte más meridional del Cerro de
las Fuentes a 998 m. sobre el nivel del mar, quedando salvaguardada esta
cota con un sencillo sistema de defensa compuesto por los muros pro-
pios del fortín, un intervallum y un antemuro abastionado que impedía
un acceso directo.
La muralla del castellum, articulada con lienzos rectos de opus incer-
tum de longitud y anchura variables que se adaptan bien a la topografía
del cerro, encierra un sencillo recinto poligonal de 2942 m2, con un
único ingreso orientado hacia el norte y protegido por sendas torres cua-
drángulares que flanquean la puerta. Estas torres, que presentan una
estancia interior de 12/13, 5 m2, se hallan distanciadas entre sí un
mínimo de 12, 12 m. y enlazadas por un lienzo pétreo de 1, 65 m. de
grosor que debió estar interrumpido sólo por el vano de la puerta, hoy
desaparecido; la torre occidental, construida a caballo de la muralla de la
que sobresale 3, 25 m., es la mejor conocida y presenta unas dimensio-
nes de 6, 75/6, 85 m. x 6,50 m, muy similares a las estimadas para la
torre oriental todavía en proceso de excavación (Fig. 17).
Un talud natural existente por delante de las torres y el lienzo del
ingreso permite descender hacia el intervallum, de unos 1158 m2, deli-
mitado físicamente del espacio exterior por un antemuro en el que llama
poderosamente la atención la presencia de un ingreso recto, excéntrico
con respecto al eje de la puerta del fortín, flanqueado por bastiones
poliédricos y macizos de 79, 3 m2 de superficie cada uno, que en el
momento final de la ocupación fue ocluido de manera apresurada con
otra torre o bastión avanzado (Fig. 18).
Los contextos materiales cerámicos hallados en los niveles de destruc-
ción de la torre occidental nos han permitido datar el colapso del fortín
de Archivel en el intervalo del segundo y tercer cuarto del siglo I a. C.,

249
ejercito romano maqueta 3/2/07 18:35 Página 250

Fig. 17. Cerro de las Fuentes


(Archivel). Locatización y
planimetría de las estructuras
constructivas (F. Brotons &
A. J. Murcia).

250
ejercito romano maqueta 3/2/07 18:35 Página 251

Fig. 18. Cerro de las Fuentes (Archivel). Fotografía aérea


(F. Brotons & A. J. Murcia).

quizá en el marco bélico que tiene lugar en los instantes finales de la gue-
rra civil entre Julio César y los hijos de Pompeyo Magno y que convul-
sionó a toda la cuenca del Argos-Quípar –como demuestra la
construcción de otros castella recientemente identificados– implicando a
un notable contingente de tropas y a la población local.
Francisco Brotóns Yagüe, Antonio J. Murcia Muñoz
& J. García Sandoval

251
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CERRO DEL TRIGO


Localización: Cerro del Trigo, Puebla de Don Fabrique, Granada,
Andalucia, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: ¿fuerte auxiliar?

Construido sobre una elevación rocosa que controla visualmente cerca


de 300 km2 en su entorno. Presenta una planta rectangular, con 5.360
m2, orientado este-oeste, amoldándose ligeramente al terreno. Las mura-
llas no presentan torres al exterior, a excepción de la existente en el
extremo occidental, y que parece guarnecer una puerta de acceso al
poblado. Las otras se ubican intramuros, como la existente en el centro
de la fortificación, posiblemente la residencia del jefe militar del desta-
camento, mientras que la torre situada junto a la puerta oriental, debió
servir como cuerpo de guardia. Cabría resaltar la existencia de una batería
de tres edificaciones que podrían tratarse de barracones; cada uno de ellos
estaría dividido en dos estancias, accediendo desde la puerta directamente
a la mayor, de 31, 36 m2 y desde ésta a una posterior de menor tamaño,
con 16, 64 m2. Una parte importante de la fortificación no presenta
estructuras visibles en superficie, concretamente el sector occidental.Los
muros perimetrales, así como algunos de los que conforman las torres, pre-
sentan casi un metro de anchura, lo que nos hace pensar que se elevarían
notablemente respecto a los que tan solo presentan 45 cm. Normalmente
se utiliza la misma piedra caliza del sustrato geológico del terreno, recor-
tada pero sin formar verdaderos sillares; la mayor parte de los muros pre-
sentan dos paramentos externos, a excepción del lienzo sur de la muralla
que es de tipo perpiaño, es decir, que cada sillar presenta la misma anchura
de la totalidad del muro. Por lo que hemos podido determinar se utiliza
tierra para unir las piedras que conformaría el zócalo, para, posterior-
mente, construir el resto del muro en elevación en adobes, ya que se pue-
den encontrar numerosos restos de ellos en superficie (Fig. 19).
El yacimiento presenta una perduración a lo largo de todo el siglo I a.
C., con presencia de material republicano como ánfora itálica republicana
Dressel 1A, tarraconense Pascual 1, cerámica campaniense A, terra sigillata
sudgálica, cerámica de paredes finas y gris bruñida republicana, una serie
de imitación de barnices negros en pasta gris y con la superficie bruñida.
La fundación parece que se relaciona con la destrucción de los dos
oppida ibéricos colindantes (Molata de Casa Vieja y Cerro de la Cruz),
pero su perduración hasta inicios de la época de Augusto podría estar en
relación con el control de los itinerarios principales establecidos en época
republicana, lo cual explicaría que se tratase de una fortificación de redu-

252
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Fig. 19. Cerro del Trigo (Puebla de Don Fadrique). Planimetría del yacimiento (A. M. Adroher).
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cido tamaño, que soportaría un destacamento formado por una turma


de caballería, lo que permite un correcto funcionamiento y rápida movi-
lidad como el que correspondería a este tipo de establecimientos. En este
sentido el abandono coincidiría con la apertura de un camino que estuvo
cerrado durante época ibérica, el vecino pasillo de Chirivel, por donde
transcurre en la actualidad la principal vía de acceso entre las altiplani-
cies granadinas y el sureste peninsular, y que se abrió en época augustea,
a juzgar por la datación de los asentamientos romanos más antiguos que
se localizan en este camino almeriense. En apoyo a esta hipótesis servi-
rían los trabajos de Pierre Sillières quien establece la existencia de la via
Augusta por este trazado, frente a una vía anterior, la via Heraclea, más
septentrional. De hecho, la vía de Carthago Nova a Castulo, pasando por
Eliocroca y Ad Morum, debió ser proyectada por Augusto entre los años 8-
7 a. C., coincidiendo con los momentos finales de ocupación del Cerro
del Trigo. No cabe duda de que la ruta en la fase anterior pasaría por
Puebla, pues tenemos salpicados los oppida ibéricos nucleares cada 40
km. de media: Molata, Tútugi (Galera), Basti (Baza) y Acci (Guadix). El
yacimiento pierde su funcionalidad a partir de la entrada de Augusto en
el poder, como consecuencia de las importantes reformas administrativas
y políticas que se desarrollaron con posterioridad a la época de César; ya
que formaría parte del proceso de territorialización que Roma desarrolló
durante la fase final de la República, y que permitió una primera puesta
en escena de los sistemas de control que fue perfeccionando el Estado
Romano a lo largo del tiempo con la finalidad de optimizar la explotación
de los recursos de todo tipo que ofrecían los distintos territorios del impe-
rio. La falta de experiencias previas produjo que las primeras fortificacio-
nes, tendentes a controlar el territorio se asociaran directamente a los
modelos indígenas que habían funcionado durante algo más de medio
milenio, lo que demostraría que los inicios de la romanización se plasma-
ron en un continuismo muy marcado respecto a la forma de territoriali-
zar el entorno por parte de las comunidades indígenas.
Andrés M. Adroher Auroux

CHÕES DE ALPOMPÉ
Localización: Chões de Alpompé, Santarém, Ribatejo, Portugal
Nombre latino: ¿Móron?
Tipo de asentamiento: ¿fuerte auxiliar?
Fuentes clásicas: Estrabón, Geog. III, 3, 1.

El asentamiento arqueológico de Chões de Alpompé es un castro situado


en la ribera derecha del río Alviela, junto a su desembocadura en el río

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Tajo. El emplazamiento fue construido sobre un una antigua terraza


ribereña con una vista panorámica dominante sobre el área vecina.
El área arqueológica es enorme, de cerca de 20 ha., y se puede obser-
var alguna evidencia de la antigua fortificación terrera. No se han reali-
zado excavaciones arqueológicas en este yacimiento y todos los datos
disponibles provienen de prospecciones de superficie y de algunas colec-
ciones de hallazgos metálicos, principalmente de monedas, recogidas por
arqueólogos aficionados con detectores de metal.
Fue identificado por primera vez como asentamiento militar romano
en el año 1953 por Amorim Girão y Bairrão Oleico. El yacimiento ha
sido prospectado regularmente por diferentes investigadores, y se han
publicado una gran colección de cerámicas republicanas romanas, entre
las que se encuentran importaciones itálicas. Todas estas evidencias indi-
can un asentamiento romano importante en este lugar (Fig. 20).
Algunos restos de cerámicas de la Edad de Hierro y otros objetos tal vez
indican una ocupación indígena anterior.

Fig. 20. Las Chões de Alpompe. Planimetría (C. Fabião).

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Recientemente José Ruivo ha publicado una gran colección de mone-


das, principalmente del período republicano, recogidas por aficionados
con detectores de metal. La evidencia arqueológica indica una ocupación
continuada desde el siglo II a. C. hasta c. 80 a. C., pero también se loca-
lizaron algunas monedas augusteas.
El yacimiento se pone en relación con Móron, una ciudad indígena
mencionada dentro de la campaña de Junio Bruto en el año 138 a. C.
(Estrabón, Geog. III, 3, 1).
Carlos Fabião (traducción Norbert Hanel)

EMPÚRIES
Localización: Empúries, Girona, Cataluña, España
Nombre latino:¿?; Emporion-Emporiae
Tipo de asentamiento: campamento legionario y ciudad romana.
Fuentes literarias: (del asentamiento militar) Polibio, Hist. III, 76; T.
Livio, Ab Urbe, XXI, 60-61; XXVI, 19; XXXIV, 8, 4.

Las instalaciones portuarias de la ciudad griega de Emporion, una funda-


ción foceo-masaliota del siglo VI a. C., constituyeron uno de los puntos
claves del proceso de romanización de Hispania. El puerto ampuritano
fue utilizado por Roma, en los primeros años de la conquista, como una
base militar segura en el nordeste peninsular. En el año 218 a. C., en el
marco de la segunda guerra púnica, desembarcó en Empúries el ejército
romano comandado por Cn. Cornelio Escipión que permitió, años más
tarde, derrotar al enemigo cartaginés. Posteriormente, en el año 195 a. C.,
tras la creación de las provincias hispanas de la Ulterior y de la Citerior en
el año 197 a. C., volvió a desembarcar en Emporion un nuevo contingente
militar bajo los ordenes del cónsul M. Porcio Catón para sofocar a las
poblaciones indígenas que se habían sublevado contra Roma (Polibio III,
76; Livio XXI, 60-61; Livio XXVI, 19; Livio XXXIV, 8, 4.) (Fig. 21).
Les excavaciones arqueológicas efectuadas en Empúries, en el alti-
plano ocupado a partir de inicios del siglo I a. C. por la ciudad romana,
han permitido demostrar que la ocupación más antigua del sector se
situa en la primera mitad del siglo II a. C. Esta ocupación se ha relacio-
nado con la existencia de un campamento militar estable, creado por
Roma tras las victorias del año 195 a. C. de M. Porcio Catón sobre los
pobladores ibéricos de la zona (indiketes). Este campamento militar, ubi-
cado estratégicamente en el punto más alto del altiplano ampuritano,
desde donde se controla la ciudad griega de Emporion, el puerto y el
territorio circundante, será el origen de la ciudad romanorrepublicana de

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Fig. 21. Empúries. Vista general de la ciudad romana (X. Aquilué).

Empúries. Sin embargo, las evidencias de esta primera fortificación


romana son todavía muy escasas y no permiten determinar su extensión
real ni su configuración (Fig. 22).
Actualmente, se relacionan con este campamento romano los restos
muy perdidos, localizados al norte del foro romano, de un gran edificio
destinado al almacenamiento de agua, con unas monumentales cisternas
centrales y unos muros perimetrales de dos metros de ancho construídos
con bloques megalíticos. Se ha supuesto que este edificio formaría parte
del praetorium del campamento romano, el cual se ubicaría en el espacio
central del mismo. De este modo se explicaría más fácilmente la existen-
cia, fuera de los límites del edificio, de una serie de estratos de explana-
ción de la roca y de pavimentos de tierra apisonada de la misma
cronología, que demostrarían la adecuación de un amplio sector del alti-
plano ampuritano para uso militar. A esta misma fase pertenecerían una
serie de silos, localizados también fuera del edificio de las cisternas, des-
tinados al almacenamiento de grano. Se trata de diversos silos excavados
en la roca natural, de perfil redondeado y fondo plano o ligeramente
cóncavo. Miden 1, 2 m. de diámetro y presentan una profundidad de 1,
5 m., teniendo capacidad cada uno de ellos para almacenar una tonelada
de cereales. Tanto los estratos fundacionales del edificio de las cisternas,

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Fig 22. Empúries. Planta general de la ciudad romana de Empúries construida


sobre las estructuras del campamento militar romano del siglo II a. C.
(X. Aquilué).

como los niveles de regularización de la roca natural y los estratos de col-


matación de los silos más antiguos presentan materiales cerámicos que
proporcionan cronologías de 175-150 a. C. (Fig. 23).
Finalmente, hay que vincular a este campamento militar los restos de
un sistema defensivo que fueron desafectados por la construcción del
sector meridional de la muralla fundacional de la ciudad romana. En
efecto, bajo la muralla sur se descubrieron los restos totalmente arrasados
de dos torres cuadrangulares, separadas por unos 100 metros de distan-
cia, y un fragmento de un lienzo doble que en el extremo oriental corría
en dirección al mar de forma imprecisa. M. Almagro relacionó estas
defensas con las murallas de Indika, la ciudad de los indiketes citada por
los escritores clásicos. Sin embargo, excavaciones realizadas junto a la
torre occidental permiten asegurar que los estratos más antiguos de esta
zona corresponden a la primera mitad del siglo II a. C. y que, por tanto,
deben relacionarse con las mismas estructuras que las documentadas en
el interior de la ciudad romana para esta época. Se trataría, pues, de la
muralla que delimitaría por el sur el campamento militar romano.
En definitiva, las evidencias arqueológicas del campamento militar
romano de Empúries son todavía poco precisas, dado que la construcción
de la ciudad romanorrepublicana del siglo I a. C. afectó considerable-
mente sus estructuras. La existencia del mismo significó la presencia cons-
tante de Roma en el solar ampuritano a partir de la primera mitad del
siglo II a. C. Este interés de Roma por controlar directamente a Emporion

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Fig. 23. Empúries. Planta de las estructuras relacionadas con el edificio de las
cisternas del siglo II a. C. (*) en la zona norte del foro de la ciudad romana de
Empúries (X. Aquilué).

y a su puerto, así como al territorio circundante no obedeció sólo a cues-


tiones de táctica militar. Influyó también el claro deseo de velar por los
intereses económicos de los comerciantes itálicos y romanos que estaban
utilizando las instalaciones portuarias ampuritanas como base de sus ope-
raciones mercantiles en esta zona de la Hispania citerior. La pujanza eco-
nómica que experimentó Empúries a lo largo del siglo II a. C. explica los
espectaculares programas constructivos desarrollados en la Neápolis de
Emporion en este siglo y la construcción a inicios del siglo I a. C. de una
ciudad romana de nueva planta sobre el anterior campamento militar.
Xavier Aquilué

LOMBA DO CANHO
Localización: Lomba do Canho, Arganil, Beira Litoral, Portugal
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: fuerte auxiliar

El yacimiento arqueológico de Lomba do Canho (Arganil) se ubica en


una meseta parcialmente rodeada por el río Alva, aunque tiene una
altura baja, el asentamiento presenta un gran control visual sobre el terri-

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torio circundante, a excep-


ción del lado norte.
El yacimiento fue emple-
ado como cantera antes de la
identificación de sus restos
arqueológicos. Otras zonas
del mismo están cubiertas de
densos pinares; por eso es
muy difícil delimitar su exten-
sión y sus defensas; pero la
longitud de la plataforma no
permite una ocupación más
grande de una ha. (Fig. 24).
Por primera vez fue identifi-
cado en 1956 por João de
Castro Nunes, que lo considera
un antiguo castro indígena. La
excavación arqueológica ha
relevado la pobreza de las técni-
cas constructivas. Se documen-
tan simples edificios de piedra
con muros de adobe, sin mor- Fig. 24. Lomba do Canho. Planimetría
tero ni tejas, lo que se podría (C. Fabião).
esperar de un asentamiento
indígena. Pero también aparecen grandes cantidades de armas romanas,
sobre todo de pila catapultaria de hierro. El asentamiento fue considerado
como un asentamiento indígena, usado eventualmente por el ejército
romano en algún momento. Excavaciones posteriores han claramente
demostrado que no existía un asentamiento indígena sino una ocupación
militar romana, a pesar de la presencia de algunos objetos prerromanos.
Un gran edificio rectangular de cerca de 25 x 24 m., con un impluvio
interior, fue interpretado como un praetorium; y también otro edificio
pequeño, tal vez unas termas, además de grandes almacenes y pequeños
barracones, cada uno con un hogar y lucernas romanas republicanas
dentro. Las grandes cantidades de artefactos abandonados como cerámi-
cas de barniz negro, ánforas, cerámicas de paredes finas, lucernas, y
monedas, indican un rápido abandono del campamento a mediados del
siglo I a. C. El campamento podría ser construido en el segundo cuarto
de este siglo y parece razonable una ocupación de dos o tres décadas.
Los motivos del asentamiento podrían relacionarse con los recursos de
oro en el río Alva, probablemente uno de los ríos auríferos lusitanos refe-

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ridos por Estrabón. En efecto, muchos indicios de minería antigua se


pueden ver en los alrededores del territorio, desafortunadamente sin evi-
dencia sustancial de respecto a su datación.
Carlos Fabião (traducción: Norbert Hanel)

MURO DE AGREGA
Localización: Muro de Ágreda, Soria, Castilla y León, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: ¿fuerte auxiliar?

Desde no hace mucho tiempo se trabaja con la conjetura de la existencia


de un recinto de carácter campamental en la localidad soriana de Muro
de Agreda. La presencia de un asentamiento de tipo castrense en esta
zona estaría apoyado en el hecho de que se trata de una vía de contacto
natural entre el territorio de la meseta superior y la zona del valle del
Ebro, tradicionalmente ha sido identificada como Augustobriga, ciudad
fundada en época de Augusto. En 2002 se ha apuntado la hipótesis de
que bajo la mencionada ciudad pudo existir un campamento romano,
hipótesis todavía por confirmar como apunta Morillo.
Hasta el momento en la zona no se han encontrado vestigios del
recinto defensivo propiamente dicho, pero gracias a la dispersión de la
abundante cerámica (de tipo campaniense) encontrada, durante la reali-
zación de una excavación de urgencia, se postula que respondería a una
forma poligonal y su asentamiento estaría fuera del núcleo actual de la
localidad de Muro en su parte más extensa. Esta necesaria intervención
ha permitido el hallazgo de algunos restos constructivos; así como plan-
tear la adscripción del recinto militar a una época republicana, gracias a
la abundante cerámica campaniense de los tipos A y B recuperada.
La asociación de este asentamiento con un recinto de carácter cas-
trense con la que se viene trabajando resulta una idea muy atractiva y
sugerente, pero esta misma conjetura debe ser tratada con sumo cuidado
y sin olvidar que se trata de una hipótesis de reciente formulación que
requiere la necesidad de pruebas más concluyentes para poder hablar con
toda seguridad de la presencia de un recinto militar de época romana en
esta zona.
Noelia Sabugo & Diana Rodríguez Pérez

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NAVALCABALLO
Localización: Navalcaballo, Soria, Castilla y León, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: ¿campamento legionario?

En la provincia de Soria, 10 Km. al suroeste de la capital, Taracena sitúa


un recinto romano de carácter militar, ubicado en la llanura junto al río
Mazos y en relación directa con la vía de comunicación que enlazaba la
calzada Asturica-Caesaraugusta con el valle del Jalón, el paraje donde se
encuentra la citada instalación es conocido comúnmente como Prado
Cimbriano. Es desde el año 1939 que tenemos constancia de la existen-
cia del presente campamento.
Taracena pone de relieve la presencia de un recinto rectangular con
esquinas en ángulo recto, cuyos ejes miden 705 x 440 m. y abarca una
superficie de unas 31 ha. Al mismo tiempo, cree reconocer vestigios de
un agger completo asociado a obras militares de carácter defensivo, des-
tacando la presencia de foso, terraplén y empalizada, aunque el estado de
conservación de estos restos no es demasiado bueno. Además debe resal-
tarse el hecho de que el citado agger se disponía en dos largos surcos
paralelos que eran respaldados en su interior por una loma ancha y aplas-
tada, la diferencia existente entre el fondo del surco y la zona más alta de
la loma es de en torno a 60-80 cm. (Fig. 25).
Se ha postulado la hipótesis de que este recinto guarde relación con
un campamento de las tropas pompeyanas, que se explicaría debido a la
relaciones de fidelidad con las que contaba en la zona, Taracena lo clasi-
fica como un recinto castrense de madera, que fecha ex silentio en el perí-
odo histórico en el que en la Península se estaban desarrollando las
guerras sertorianas; destacable es el hecho de que la planta rectangular del
mismo y la cerámica encontrada en su entorno parecen indicar una data-
ción altoimperial, reseñar que, independientemente de su identificación
como campamento o no, este autor no considera que el hecho de que el
recinto presente esquinas en ángulo recto sea considerado un criterio de
arcaísmo en los asentamientos castrenses romanos, característica que indi-
caría precisamente una datación tardorrepublicana, como Morillo ha
puntualizado recientemente. García y Bellido también lo considera como
un castra aestiva momentáneo asociado a las guerras sertorianas.
El estado actual en el que se encuentra este recinto nos es descono-
cido, lo único que podemos resaltar es que en el mismo no se han aco-
metido intervenciones arqueológicas, y aunque los datos de Taracena
tienen un carácter altamente indicativo, no se puede asegurar con total
fiabilidad la atribución de este asentamiento a un campamento militar

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Fig. 25. Navalcaballo. Planimetría (B. Taracena).

romano, por lo que es preferible dejar en suspenso si la datación y la atri-


bución reseñada responden o no a la realidad.
Noelia Sabugo & Diana Rodríguez Pérez

CIRCUMVALLATIO DE NUMANTIA
Localización: Garray, Soria, Castilla y León, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: campamentos, fuertes y trabajos de asedio
Fuentes clásicas: Apiano, Iberia, 90-91.

El primer contacto de Schulten con España data de 1899, y únicamente


pretendía un conocimiento “romántico” dentro de un viaje por algunos
países del Mediterráneo.
El interés “científico” por España surge en 1902 tras leer el relato de
Apiano sobre el cerco de Numancia, influyéndole de tal manera que en
agosto de ese mismo año visita el cerro de La Muela de Garray para com-
probar sobre el terreno los textos de Apiano.
Los 3 años siguientes, de 1903 a 1905, los dedica al estudio de la tra-
dición histórica numantina, de las fuentes y, sobre todo, al estudio de la

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topografía de Numancia y su entorno, trabajando con los materiales que


le había enviado Saavedra, y cuyo fruto fue la publicación de un análisis
de la historia y topografía de Numancia (Schulten 1905a). Schulten sos-
tiene aquí que el relato de Apiano es una copia abreviada de la mono-
grafía que sobre la guerra de Numancia escribió Polibio, testigo directo
del asedio y destrucción de Numancia, supuestos ambos admitidos cie-
gamente por la historiografía posterior. Y también presenta una elabo-
rada teoría, basada en la topografía numantina, de la distribución de los
7 castillos del cerco de Escipión, que será su norte y guía durante los
años siguientes.
Sus trabajos en el cerro de Numancia comenzaron el 12 de agosto de
1905 y se prolongaron durante 3 meses, atribuyéndose el mérito de des-
cubrir lo que ya llevaba descubierto 40 años. Además de las excavaciones
en la ciudad, Schulten dedicó el final de la campaña a recorrer los alre-
dedores en busca de restos de la circunvalación de Escipión, hallando
fragmentos en Valdevorrón y Caracielso (Peña Redonda). Y también rea-
lizó dos sondeos en el borde sur de Castillejo en busca de muros, aunque
sin resultados favorables.
Las excavaciones de Schulten continuaron en el entorno de
Numancia entre 1906 y 1908, poniendo al descubierto un circuito for-
mado por 7 grandes campamentos, dos castillos ribereños junto al río
Duero y algunos tramos significativos de la muralla de un vallum de 9
km. de perímetro, que el sabio alemán interpretó como correspondien-
tes a las obras de la circunvalación con la que Escipión asedió la ciudad
celtíbera. Los campamentos se hallaron en los parajes de Castillejo,
Travesadas, Valdevorrón, Peña Redonda, Rasa, Dehesilla y Alto del Real,
y los castillos ribereños, con la misión de cerrar el río, en los lugares de
Molino de Garrejo y Vega de Garray (Fig. 26).
Inicialmente Schulten pensó que encontraría obras de tierra y madera
a la manera de los antiguos campamentos, pero los primeros trabajos en
Peña Redonda y Castillejo le sorprendieron con cuarteles de piedra,
como los imperiales, lo que sin ser excepcional no deja de ser curioso en
estos momentos, y se explicaría por el carácter estable, dentro de su tem-
poralidad, debido a una necesidad concreta.
Los años siguientes, de 1909 a 1912, los dedica a excavar en el cerro
“Talayón”, al este de Renieblas, hallando los restos de 5 campamentos
militares superpuestos que atribuyó a la campaña de Catón en 195 a. C.
(campamentos I y II), a la campaña de Nobilior en 153-152 a. C. (cam-
pamento III), y a un episodio de las guerras sertorianas en 75-74 a. C.
(campamentos IV y V). En los últimos años la datación del campamento
V ha sido objeto de encendida controversia.

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Fig. 26. Circumvallatio de Numantia. Trazado (A. Schulten).

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Es indudable que los trabajos arqueológicos de Schulten sobre el cerco


escipiónico han merecido, y todavía merecen, el reconocimiento uná-
nime y los mejores elogios a una meritoria labor.
Sus teorías han estado vigentes (y aún lo están en gran parte) durante
casi un siglo, una circunstancia que en parte se explica por la contun-
dencia con la que fueron publicados los resultados de las excavaciones, y
en parte por la dificultad de acceso a los materiales de las excavaciones
que se depositaron en el Römisch-Germanische Zentralmuseum de
Maguncia. Sin embargo, a la luz de nuevos enfoques metodológicos se
empiezan a cuestionar, y poco a poco se van superando, algunas de sus
interpretaciones.
Hace ya más de una década Morillo advertía sobre la “excesivamente
imaginativa interpretación de muchas construcciones, a las que dio un
sentido del que carecían” y que resulta muy difícil de corregir debido a la
ausencia de estratigrafías, así como de la arbitrariedad de sus dataciones
“para las que utilizó las fuentes como único argumento”, recordando que
el proceso debe ser el inverso: a través de los materiales arqueológicos y
estructuras constructivas intentar enmarcarlo cronológicamente. Incluso
dudaba sobre “la misma existencia de siete campamentos, que él creyó
ver confirmada en las fuentes”.
También se le puede censurar la forma personal y arbitraria de inter-
pretar las fuentes clásicas, como el hecho de concebir una idea previa y
adecuar sus conclusiones a esa idea, prescindiendo de valiosos datos
aportados por sus excavaciones.
Por ello, acometer la revisión de los trabajos arqueológicos de
Schulten sobre el cerco de Numancia pasa por cuestionar algunos
supuestos aceptados de antemano como indudables. Así, se ha demos-
trado que la tradicionalmente admitida dependencia del relato de
Apiano sobre la guerra numantina de Polibio no resulta sostenible. Nada
avala, excepto la cita aislada de Cicerón (ad fam. 5, 12, 2), que Polibio
escribiera un opúsculo sobre la caída de Numancia. Apiano pudo utili-
zar para la composición del relato del asedio de Numancia otras fuentes
bien informadas y no suficientemente valoradas, como Sempronio
Aselio y Rutilio Rufo, entre otros. Y en contra del sentir de Schulten, es
más que dudosa la presencia de Polibio en la toma de Numancia junto a
Escipión (Fig. 27).
Pero la clave de las posteriores actuaciones de Schulten, ya que se
encuentra en la base misma de sus trabajos, es, a nuestro entender, la
incorrecta interpretación de los textos de Apiano, llegando al extremo de
“forzarlos” para adecuarlos a los resultados de sus excavaciones. Traemos
aquí dos fragmentos del relato de Apiano sobre la construcción del cerco:

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Fig. 27. Circumvallatio de Numantia. Trazado (F. Morales).

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Iber. 90: “No mucho después, estableció dos campamentos muy


próximos a Numancia y puso al frente de uno de ellos a su hermano
Máximo, en tanto que él en persona se encargaba del otro.
Y después de establecer 7 fuertes en torno a la ciudad (comenzó) el
asedio...”.
Iber. 91: “Como no podía unir sus orillas por ser ancho y muy
impetuoso, construyó dos torreones, en vez de un puente, uno en cada
orilla y desde cada uno colgó, con cuerdas, grandes tablones de madera
que dejo flotar a lo ancho del río...”.
Inicialmente Schulten acepta la diferencia establecida por Apiano
entre “ϕτραpεδα y ϕροuvria,”, la dependencia de éstos respecto de
aquellos y la secuencia cronológica de su construcción. Sin embargo,
posteriormente lo relativiza para basarse en el tamaño como factor deter-
minante de diferenciación y concluir llamando a todos “campamentos”.
Pero interpreta que los dos campamentos citados por Apiano habrían
sido primero campamentos provisionales (provisorische Feldlager) que
posteriormente fueron absorbidos y sustituidos por 7 campamentos fijos
(feste Lager).
Sin embargo, esta argumentación es muy cuestionable. Hoy en día las
conclusiones del profesor alemán sobre la distribución y trazado del
cerco de Escipión están siendo revisadas y parcialmente modificadas por
el hallazgo de nuevos yacimientos y nuevos materiales como resultado de
las prospecciones que realizamos a partir de 1982 en el entorno de
Numancia y particularmente en la circunvalación numantina desde
1997. La recuperación y valoración de algunos datos de las excavaciones
de Schulten, que no fueron considerados en su momento, también han
contribuido a ello.
Sin embargo, y como no podía ser de otra manera, se mantiene el
esquema básico de Schulten, asumiendo parte del trazado de la circunva-
lación por él establecida, así como la mayoría de los lugares propuestos.
En este trabajo se hace un recorrido por los puntos que según
Schulten formaron el cerco de Numancia, comentando en cada uno de
ellos los resultados de la revisión que desde 1997 se está realizando sobre
el terreno.
No entramos a revisar las estructuras internas de cada campamento,
pero remitimos a dos trabajos en los que se aborda este tema.
El recorrido por el anillo de la circunvalación se puede iniciar en el
campamento de Castillejo, el punto principal de la circunvalación, ya
que, según Schulten, Escipión instaló aquí su cuartel general. Desde
aquí seguiremos el trazado hacia la izquierda, en el sentido de las agujas
de un reloj.

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Los campamentos del Castillejo


El cerro Castillejo se encuentra situado un km. al norte de Numancia,
con amplia cumbre amesetada y suave pendiente al norte y este, pero
pronunciada a oeste y sur.
Schulten diferenció las estructuras de 3 campamentos superpuestos
que atribuyó únicamente con criterios históricos a los cónsules Marcelo
(152-151 a. C.), Pompeyo (141-140 a. C.) y Escipión (134-133 a. C.);
esta última instalación, por más reciente, mejor conservada: las excava-
ciones dejaron al descubierto las estructuras de un campamento romano
de casi 8 ha. de extensión, apto para una legión, con pretorio, cuarteles,
baterías, murallas al norte, este y sur, etc. Se hallaron una gran cantidad
de restos muebles entre los que destacan ánforas, abundantes cerámicas
campanienses, monedas, armas y otros objetos.
Desde el sudeste de Castillejo, la muralla del vallum, de 3 m. de
anchura y poblada de torres, desciende a la llanura donde se pierde. Este
vació debe corresponder a la laguna citada por Apiano en Ib. 90, pues la
muralla reaparece poco antes de llegar a Travesadas.
Las excavaciones fueron tapadas, por lo que actualmente las tierras de
cultivo no permiten ver los restos del muro, aunque su trazado se sigue
perfectamente por encontrarse regado de fragmentos de ánfora y otros
materiales arqueológicos.

Fuerte Travesadas
El paraje de Travesadas se encuentra situado en la llanura noreste de
Numancia. Schulten no halló restos de la muralla del campamento, y
aunque le supone una extensión de 4 ha. en realidad permanece incierta.
Las excavaciones descubrieron una parte de los cuarteles, así como la
puerta pretoria, con dos torres. Entre los escasos hallazgos muebles se
cuentan un ánfora, dos fragmentos de cerámica campaniense, un as
romano y algunas armas.
Por hallarse en la llanura, este fuerte debió estar muy reforzado a juz-
gar por la abundancia y dispersión de materiales que ofrece actualmente,
lo que contrasta con los escasos hallazgos presentados por Schulten.
Ni Schulten entonces ni nosotros ahora hemos hallado restos del
vallum, pero la dispersión de materiales permiten seguir su trazado hasta
el fuerte de Valdevorrón.

Fuerte Valdevorrón
Situado en una suave loma en la llanura oriental de Numancia, también
Valdevorrón ofreció, ya desde 1905, claras huellas de ser un punto de la

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circunvalación. Los trabajos de campo proporcionaron algunos restos de


muralla que le llevaron a considerarle una extensión de 9 ha. Sin
embargo, la dispersión de materiales indica que se trata de un fuerte más
reducido que la extensión propuesta gratuitamente al campamento.
Schulten identificó la puerta praetoria, un puesto de batería y, en el inte-
rior, muros aislados bien construidos, ánforas, muchos fragmentos de
cerámica campaniense, una moneda ibérica y un as romano, armas y
otros objetos diversos: molinos, lucernas, etc.
Desde Valdevorrón Schulten supone que el vallum iría por el cerro
Contadero formando un arco hasta Peña Redonda, aunque nada apoya
este hipotético trazado. Por el contrario nuestras prospecciones han
hallado recientemente materiales que orientan su trazado hacia Valdelilo.
En este sentido, Schulten creyó inicialmente que debía buscar la cir-
cunvalación de Escipión sobre la alargada colina de Peñas Altas, creencia
que vinieron a demostrar las excavaciones de los años 1906 y 1907 en las
que descubrió algunas fortificaciones, principalmente una larga muralla
construida con grandes piedras talladas que seguía el borde de la meseta
hacia el oeste, con varios muros laterales y, más lejos, cerca del río, una
torre construida con grandes bloques. En estas construcciones se encon-
traron, entre otras cosas, varias balas de honda de arcilla que demostra-
ban su origen escipiónico.
Pero en las conclusiones finales Schulten no tendrá en cuenta esta
línea defensiva por considerarla muy próxima a Numancia y de escasa
elevación, llevándola por el cerro Contadero, al sur de Valdevorrón, pese
a no existir en esta zona trazas del muro de circunvalación, ni materiales
adecuados que avalen este hipotético trazado.
Sin embargo, la actual valoración del lienzo de muralla de Peñas Altas,
así como de los materiales recuperados en Valdelilo por el sabio alemán,
cerámicas campanienses A y B y ánforas tipo Dressel 1A (estudiadas por
Sanmartí y más recientemente por Luik), permiten modificar su trazado
en este sector: en contra del recorrido por Contadero propuesto por
Schulten, el trazado del vallum procedente de Valdevorrón corría por
Valdelilo para enlazar con la muralla y la torre de Peñas Altas.

Campamento Peña Redonda


Al sur de Numancia, en la orilla opuesta del río Merdancho, se levanta el
cerro de Peña Redonda donde Schulten considera que Escipión instaló el
segundo de sus dos campamentos principales, encomendado a su her-
mano Fabio Máximo. Su adscripción no plantea ninguna discusión, tanto
por los materiales recuperados como por las estructuras desenterradas. Su
cometido debió ser el control del sector sur de la circunvalación.

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El campamento, de unas 9 ha. de extensión, se encuentra rodeado de


una muralla de 4 m. de espesor (perdidos en su lado oeste), con puertas
pretoria y decumana, y en su interior pretorio, foro, baterías y cuarteles
para la legión. Entre los materiales arqueológicos el profesor alemán
menciona algunas ánforas, cerámica campaniense, aunque en número
muy reducido; monedas, de las que curiosamente se hallaron más ibéri-
cas, 15, que romanas, 4; armas y otros objetos metálicos y cerámicos.
Desde el sur de Peña Redonda Schulten lleva el trazado del vallum por
las alturas del Merdancho formando un arco hasta el campamento de
Rasa, aunque sin ningún resto que soporte esta hipótesis.

Campamento Rasa
Schulten supuso que entre Peña Redonda y Dehesilla, por la distancia
entre ellos, debía existir un campamento que había que buscar sobre
estas alturas, siguiendo el esquema que había observado en otros puntos
de la circunvalación. Sus investigaciones descubrieron en el cerro Rasa
una muralla de 300 m. de longitud y 2, 85 m. de anchura en un talud
muy plano pero definido, con dos puertas-titulus al este, lo indicaba que
el campamento se prolongaba hacia el oeste, atribuyéndole gratuita-
mente 200 m. de anchura y configurando así un recinto de 6 ha. Y como
Raza queda precisamente a medio camino entre Peña Redonda y
Dehesilla, debía por tanto formar parte del cerco de Escipión.
Los sondeos realizados en el interior del campamento no le propor-
cionaron ni muros ni objeto alguno, imaginando la presencia de tropas
ibéricas.
Schulten no halló restos de la línea de la circunvalación, y la mostrada
en los planos publicados entre los campamentos de Peña Redonda y
Rasa, y entre Rasa y Molino es completamente conjetural. Pero
poniendo Rasa fuera del contexto del cerco de Escipión se explicaría por
qué Schulten no encontró ningún rastro de la circunvalación en torno a
La Rasa.
Además, los múltiples aspectos en los que difiere con el resto de cam-
pamentos y fuertes que formaron la circunvalación escipiónica (forma
regular, muralla con un carácter diferente, escasez de materiales arqueo-
lógicos, ausencia de construcciones interiores de piedra, inexistencia de
restos del vallum, etc) sugieren que el campamento de Rasa debe
excluirse del contexto escipiónico y ponerse en un momento más tem-
prano de la guerra de Numancia.
Si, además, tenemos en cuenta la dirección del vallum occidental de
Peña Redonda que desciende en unos 80 mts hasta cerca de la llanura,
puede sugerirse una reconstrucción ligeramente diferente de la de

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Schulten para los fragmentos de muralla que quedan en la parte sur del
campamento. Y tendría un buen sentido topográfico, pues entonces la
muralla de la circunvalación correría la cresta abajo, como lo hace al
noreste del campamento, y en la dirección correcta para unir con
Molino, el siguiente fuerte al oeste de Peña Redonda.
Y también la evidencia de los materiales recuperados entre Peña
Redonda y Molino, en la zona baja de vega (fragmentos de ánfora, cerá-
micas comunes y celtibéricas, un molino de mano, etc), demuestran que
la línea de vallum corría cerca del río Merdancho por la terraza más baja
del valle, confirmándose por tanto que el campamento de Rasa no for-
maba parte del cerco de Numancia.
Los materiales arqueológicos hallados por Schulten en Rasa, a pesar
de la reiterada negación de hallazgos, y que se conservan en el RGZM de
Mainz (estudiados por Luik), los procedentes de nuestras prospecciones
(ánforas y cerámica común), junto a los recuperados en las inspecciones
realizadas en Cañal prueban la existencia de un asentamiento militar
romano que se extendía por los cerros de Cañal y Rasa, y cuya fecha hay
que situar, muy posiblemente, en un momento anterior de la guerra
numantina.

Fuerte Molino
Al pie del cerro Rasa, sobre una terraza llana de casi 2 ha., cerca de donde
el Merdancho tributa al Duero, Schulten localizó restos que atribuyó a
uno de los dos castillos ribereños con que Escipión cerró el río Duero.
Las excavaciones del arqueólogo alemán pusieron al descubierto 4
medios cuarteles y 4 cuarteles completos de infantería, y los establos y
dormitorios de un escuadrón de caballería. Los restos muebles, sin
embargo, no son muy abundantes: Schulten cita una moneda de plata,
un pilum, un puñal, varios regatones y otros objetos.
Aunque Schulten había identificado los dos “castillos ribereños” en
los lugares de Molino y Vega, ambos presentan la suficiente entidad por
extensión y hallazgos, y de acuerdo con la reinterpretación formulada,
para ser considerados dos de los siete fuertes del anillo de la circunvala-
ción, quedando así liberados de la condición a la que injustificadamente
se les había rebajado. Entonces, ¿dónde se encuentran los dos ϕροuvria
citados por Apiano para cerrar el río?
Unos 400 m. aguas abajo de Molino, Schulten descubrió los restos de
dos diques que inmediatamente atribuyó al intento de Escipión por
construir un puente, empresa que en su opinión resultó inviable por la
anchura y violencia del río, suponiendo que los mecanismos descritos
por Apiano quedaron instalados en Molino. Nada dice Apiano sobre

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posibles obras relacionadas un puente; ni siquiera que intentara cons-


truirlo. Al contrario. Las circunstancias desaconsejaban esta opción (ouvk
evduvnaτo = no podía). Por ello Escipión construyó dos fortines, uno en
cada orilla (evkatevrou), desde los que tendió, sobre la parte ancha del río,
vigas que llevaban clavados numerosos dardos y espadas.
De aquí se deduce que estos dos puestos fortificados se encontraban
en el mismo punto del río con el propósito de “uncirlo” (zeu?ai) o lo que
es lo mismo de “unir sus dos orillas” para cerrarlo. Por ello, los restos que
Schulten consideró pertenecientes al fallido intento de Escipión por
construir un puente pueden reinterpretarse como los restos de los dos
fortines citados por Apiano desde los que se tendieron las vigas.
Al otro lado del Duero, desde la misma orilla, una muralla de 4 m. de
ancho poblada de cimientos de torres asciende por la ladera del cerro
Dehesilla hasta su cima, donde Schulten sitúa otro campamento de la
circunvalación.

Fuerte Dehesilla
Dehesilla es, con mucho, el mayor de los establecimientos del cerco de
Escipión. Una muralla de 4 m. de espesor encierra una extensión de unas
16 ha. Schulten abrió numerosas zanjas, pero se desconoce el número de
sondeos y donde los realizó, aunque únicamente halló restos de muros
bien construidos en la zona más elevada del cerro. Los restos muebles,
escasos, se reducen a fragmentos de ánforas, cerámica y molinos.
En las visitas realizadas a Dehesilla hemos reconocido un ribazo coro-
nado por los restos de un muro que perfila toda la cima del cerro (¿el
fuerte escipiónico?) de unas 3 ha. de extensión. ¿Podría tratarse Dehesilla
de un asentamiento bifásico? Sin duda el recinto de Dehesilla era apto
no sólo para acoger un fuerte, sino incluso para ser asiento de un gran
campamento.
Desde Dehesilla parte una muralla de 3, 50 m. de ancho que corre
por el borde de las alturas con dirección a Alto Real, aunque se pierde a
mitad de su recorrido.
Fuerte Peña del Judío
Nuestras prospecciones se extendieron también a Peña del Judío, un
pequeño bastión entre Dehesilla y Alto Real, donde, en 1908, Schulten
descubrió un muro de 2, 5 m. de ancho que todavía conservaba una
altura de 0, 90 m. y una torre de 2, 20 x 2, 10 m. con muros de 0, 50 m.
de ancho, a los que consideró parte del vallum y por lo que no le conce-
dió la entidad que al parecer tiene.
Los abundantes materiales recogidos (ánforas, cerámicas campanien-
ses, comunes romanas y otros objetos, así como la extensión en la que

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aparecen, apuntan la posibilidad de que Peña del Judío sea uno de los
fuertes de la cincunvalación.
El trazado del recinto se correspondería por sus lados este, sur y oeste
con el perfil de la meseta, arrojando una superficie de unas 2, 5 ha. No
obstante, esta hipotética delimitación queda pendiente de confirmación
arqueológica.
Schulten considera que desde esta posición el trazado del muro segui-
ría por el borde de las alturas del Duero, aunque no halló restos.
Atendiendo la propuesta que Peña del Judío sea un fuerte del cerco, la
línea de vallum podría partir más al oeste, en la parte trasera del fuerte,
dirigiéndose desde aquí en línea recta al fuerte de Alto del Real.

Fuerte Alto Real


Rodeado por la curva que describe el Duero al noroeste de Numancia, el
cerro Alto Real destaca por su fácil topografía y excelente posición estra-
tégica; Schulten intuyó desde un principio la posible existencia de un
campamento, y aunque las excavaciones no proporcionaron evidencias
de la muralla, Schulten le atribuyó una extensión de 6 ha.
Los restos desenterrados no fueron muy abundantes: una muralla de
2 m. de ancho y 70 m. de longitud, que consideró perteneciente a un
asentamiento prehistórico, algunos muros mal construidos y muy dete-
riorados, y en los espacios interiores fragmentos de cerámica romana,
entre ellos un ánfora y una punta de lanza de hierro.
Sanmartí y Principal cuestionan la existencia de una instalación mili-
tar escipiónica. No obstante, en los trabajos de campo en el fuerte de
Alto Real hemos observado la presencia de restos de ánfora, cerámica
campaniense y otros objetos romanos, así como de cerámica celtibérica.
Schulten le atribuyó sin bases firmes una extensión de 6 ha., pero la
dispersión de materiales observada en las prospecciones actuales demues-
tran que el fuerte se reducía a la cima del cerro con una superficie de
unas 2, 7 ha., y la muralla que el consideró prehistórica podría corres-
ponder a la deteriorada muralla del fuerte, cuyo recinto iría bien con la
dispersión observada en los materiales.
El reciente descubrimiento de un fragmento de vallum modifica el
trazado del sabio alemán en esta zona. Las visitas realizadas al fuerte de
Alto Real permitieron reconocer lo que parece ser un tramo inédito de
vallum de unos 75 m. de longitud que cerraba la circunvalación entre este
fuerte y el río Duero, con dirección al fuerte de Vega. Está formado por
terraplén y foso, ambos muy suavizados en la actualidad. La estructura
del terraplén presenta sección trapezoidal y está formada por dos muros
exteriores de cantos gruesos, con relleno de piedra menuda y tierra.

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Fuerte Vega
El paraje de Vega se sitúa al noroeste de Numancia, sobre una pequeña
terraza de unas 2 ha., que se alza en la confluencia de los ríos Duero y
Tera. Los trabajos de Schulten en este lugar hallaron algunos restos de
muros muy alterados y una muralla. En cuanto a restos muebles, de La
Vega proceden ánforas y un fragmento de cerámica campaniense.
Tampoco aquí presentamos objeciones ni en lo referente a materiales,
confirmados por nuestras prospecciones, ni en cuanto a la supuesta
extensión del recinto, en torno a 1, 5 ha, superficie estimada por la dis-
persión de materiales, ya que no se han hallado restos del recinto.
Entre Vega y Castillejo, cerrando el cerco, Schulten imagina el recorrido
del vallum siguiendo la orilla derecha del río Tera, aprovechando de nuevo
los favores del terreno, pero sin vestigios que apoyen su hipotético trazado.
Nuestras prospecciones no han hallado restos del vallum, aunque sí algu-
nos materiales que podrían validar la teoría sostenida por Dobson, quien
sugiere que el vallum pudo cruzar el río Tera cerca del fuerte Vega en direc-
ción a Castillejo aprovechando una ligera elevación intermedia (Fig. 28).

Fig. 28. Circumvallatio de Numantia. Exterior del muro de circunvalación (F.


Morales).

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Conclusión
En resumen, nuestras actuales investigaciones del “Proyecto de revisión
y reinterpretación del cerco de Numancia”, además de aceptar la exis-
tencia de un campamento escipiónico de invierno en La Gran Atalaya de
Renivelas, que se revela a través de materiales idénticos a los de la cir-
cunvalación (y que no tiene por qué ser necesariamente el polémico
campamento V), establecen un circuito en torno a Numancia formado
por 2 campamentos, 7 fuertes y 2 fortines, uno en cada orilla pero en el
mismo punto del río.
Los dos campamentos referidos por Apiano se identifican a través de
los abundantes restos documentados por las excavaciones de Schulten en
los cerros Castillejo y Peña Redonda. No mucho después, en torno a la
ciudad y uniendo los dos campamentos, se levantaron 7 fuertes.
Nuestros trabajos añaden el fuerte inédito de Peña del Judío, y los fuer-
tes de Molino y Vega, rebajados por Schulten a simples “castillos ribere-
ños”, pero se excluye al campamento de Rasa como fuerte escipiónico,
que formaría junto a Cañal un campamento correspondiente quizá a
una campaña anterior. Estos siete fuertes son Travesadas, Valdevorrón,
Molino, Dehesilla, Peña del Judío, Alto Real y Vega. Finalmente, los dos
fortines que cerraban el río Duero se localizan en los estribos que existen
aguas abajo de Molino y que Schulten consideró pertenecientes a las
fallidas obras del puente de Escipión, empresa que en mi opinión ni
siquiera intentó.
Otro aspecto en el que discrepamos de Schulten es la extensión de los
fuertes, a los que sin bases firmes consideró más grandes, quizá con el
propósito de adecuarlos a su concepto de campamentos. Nuestros traba-
jos de campo indican que las extensiones de los fuertes en general son
más reducidas que las asignadas por Schulten.
Finalmente, existen evidencias de la muralla del vallum de circunvala-
ción en algunos tramos desenterrados por Schulten (Castillejo-Travesadas;
Dehesilla-Peña del Judío; las bracchia Peña Redonda-Merdancho, o
Dehesilla-Duero). Sin embargo, en otros tramos el sabio alemán no halló
restos adecuados, por lo que sugirió trazados hipotéticos que han sido
objeto de revisión y reinterpretación. Este es el caso del hipotético trazado
del vallum entre Valdevorrón y Peña Redonda por el cerro Contadero,
cuando los materiales recuperados evidencian que corría por Peñas Altas.
De igual modo, el trazado Peña Redonda-Rasa-Molino no se sostiene tras
las últimas investigaciones, ya que el vallum corría directamente entre Peña
Redonda y Molino por la zona baja del valle.
Fernando Morales Hernández

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PERALADA
Localización: Peralada, Girona, Cataluña, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: ¿fuerte auxiliar?

Excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en la zona del Alt Empordá,


concretamente en el espacio del casco antiguo de Peralada, revelaron la
existencia de una fortificación cuya cronología podría estar adscrita a la
primera mitad del siglo II d. C. Estos trabajos fueron acometidos entre
1989 y 1992, por lo que nos encontramos con un descubrimiento que
no posee una dilatada trayectoria de conocimiento y estudio, por ello
debe ser tratado con sumo cuidado.
La asociación de los restos hallados con la existencia de un campa-
mento romano en esta zona se encuentra vinculado a la presencia de un
muro pétreo y la constatación de restos de un terraplén, son estos datos
los que permiten postular la hipótesis de incorporación de los citados
hallazgos a los recintos de tipo castrense de época romana presentes en el
territorio peninsular. El principal problema al que hay que hacer frente
es el de tratar de constatar dicha interpretación, ya que en torno a estos
restos se plantean numerosas dudas e interrogantes, vinculados en su
mayor parte con la propia ubicación del recinto, asentado sobre un hábi-
tat ibérico, como ha apuntado Morillo.
Noelia Sabugo & Diana Rodríguez Pérez

EL PEDROSILLO, CASAS DE REINA


Localización: El Pedrosillo, Casas de Reina, Badajoz, Extremadura,
España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: ¿campo de batalla?

El lugar del Pedrosillo, situado en las estribaciones septentrionales de


Sierra Morena, se localiza a 7 km. al noreste de Llerena (Badajoz).
Ocupa una extensa superficie que se extiende por las dos orillas del
arroyo del mismo nombre.
Tras varias campañas de prospección se ha podido poner de mani-
fiesto que no se trata de una simple instalación aislada, como viene ocu-
rriendo con la casi totalidad de los campamentos conocidos en la
península ibérica, sino de un conjunto de elementos que determinan un
verdadero complejo militar romano formado por recintos, fortines,
construcciones utilitarias y por todo un sistema anexo de defensas com-

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Fig. 29.El Pedrosillo (Casas de Reina). Fotografía aerea


(J. G. Gorges & G. Rodríguez Martín).

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plementarias. De hecho, los elementos observados in situ se distribuyen


en una superficie superior a 350 ha. (Fig. 29).
Las prospecciones de superficie, con la ayuda de una lectura atenta de
las fotografías aéreas, ponen de relieve una serie de elementos principa-
les, todos articulados entre si y extraordinariamente adaptados a la con-
figuración del terreno. De este modo se aprecian las estructuras más
importantes distribuidas por una y otra parte de la inflexión del arroyo
Pedrosillo: a)dos recintos amurallados de forma trapezoidal, uno grande
y el otro pequeño; b)una serie de reductos circulares, colocados general-
mente en una línea de tres por tres;c) una serie de pequeños “fortines”
destinados a reforzar los puestos de control, o los puntos estratégicos del
complejo; d)paredes de piedra –titula–, que forman líneas de obstáculos
paralelos destinados a impedir o a dificultar el paso; e) construcciones
anexas destinadas en concreto para guardar y proteger a los animales que
acompañan el ejército (Fig. 30).
El recinto grande. Lo que primero llama nuestra atención, está situado
en uno de los codos que forma el arroyo, cuyo cauce le sirve de foso
natural en los lados este y norte. De forma más trapezoidal que rectan-
gular, esta delimitado por una muralla baja, construida según la técnica
del emplecton. La anchura media del muro es de 2 m, aunque suele osci-
lar, según las zonas, entre 1, 80 m. y 2, 50 m. Conserva una altura muy
regular a lo largo de casi todo el perímetro (entre 1 m. y 1, 20 m.) lo que
supone una altura muy cercana a la que debió tener en su origen. El
paramento interno del muro no es vertical, sino ligeramente inclinado,
con lo que la base de la muralla es más amplia que la parte superior. Lo
mismo ocurre con el coronamiento, que está concebido como un plano
inclinado, donde el paramento interno es siempre más alto (unos 30
cm.) que el paramento exterior, que es vertical. A modo de espina dor-
sal, un afloramiento rocoso, nivelando en la parte central, divide el cam-
pamento en dos partes, manteniendo un eje groseramente norte-sur. En
el centro del mismo, sobre el punto más elevado, se abre un espacio pre-
parado (praetorium?) del que se domina el interior del acuartelamiento y
casi la totalidad del complejo. Todo el conjunto amurallado ocupa una
superficie de 9, 9 ha. A lo largo de este espacio únicamente encontramos
una estrecha puerta de 0, 70 m., situada en el lado este (Fig. 31).
El recinto pequeño. Se encuentra en la parte más elevada (609 m), a
unos 50 m. del gran recinto. De idéntica construcción a la anterior, tiene
la forma de un pequeño trapecio orientado al noreste. Se accede también
por una estrecha puerta (0, 70 m.) que se abre en el tercio sureste de la
fachada oriental. El interior fue aterrazado y aplanado, ocupando una
superficie de 3450 m2. Esta terraza, limitada al noroeste por la muralla

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Fig. 30. El Pedrosillo (Casas de Reina). Planimetria general del complejo mili-
tar (J. G. Gorges & G. Rodríguez Martín).

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Fig. 31. El Pedrosillo (Casas de Reina). Lienzo del campamento grande (J. G.
Gorges & G. Rodríguez Martín).

del recinto grande, cerraba con toda probabilidad en las otras caras por
una empalizada de madera (vallum). En el lado este y sur estaba prote-
gida por un foso, cuyos rastros residuales se pueden apreciar en las foto-
grafías aéreas de 1956, y, en el oeste, por la continuación del
afloramiento rocoso que cruza el gran recinto. La superficie protegida
ocupaba un espacio en torno a las 3, 5 ha., con lo que la superficie total
de los dos recintos principales se eleva a 13, 4 ha.
Los sistemas defensivos complementarios y las construcciones anexas. Al
norte del campamento principal, a ambas parte del arroyo, los estrategas
romanos desarrollaron un sistema complementario de defensa muy ela-
borado, lo que convierte al complejo del Pedrosillo como uno de los
conjuntos catrastales conservados más relevantes de Hispania. Hay siste-
mas defensivos activos, como fortines o reductos circulares (castella), u
obstáculos pasivos, como líneas de de piedras (titula), o instalaciones que
han aprovechado los fosos naturales formados por el lecho del arroyo,
que los propios romanos han profundizado.
Los fortines. De tamaño desigual, se distribuyen en tres líneas distin-
tas. Hemos localizado 8, cuya superficie varía entre los 300 m2 y 770 m2,
para los más próximos al campamento, y los 1000 a 1500 m2, para los
más alejados. Las paredes están realizadas generalmente en piedra, cuyo
grosor varía según los lugares entre 1 y 2 m.

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Reductos circulares (castella). Como complemento de lo que hemos


denominado fortines, una densa red de fortificaciones circulares se reparte
por toda la zona septentrional del complejo. Estos círculos de piedras, se
levantado siguiendo la misma técnica que la utilizada en los grandes recin-
tos (emplecton) con paredes entre 1 y 2 m. de ancho, y aproximadamente
1, 40 m. de alto. El diámetro de los círculos oscila entre los 15 y 20 m. lle-
gando a alcanzar los 30 m. Contamos con una quincena de estas cons-
trucciones dispuestas generalmente en línea y en grupo de 3 o 4.
Los titula. Uno de los elementos más espectaculares del sistema de
defensa es, incuestionablemente, el constituido por líneas paralelas de
obstáculos artificiales colocados en la parte media y baja de la ladera, a
ambos lados del arroyo Pedrosillo, Generalmente realizados con un talud
de tierra precedido de una zanja, los titula son aquí verdaderas secciones
de muralla de piedra. Contamos con más de un centenar. Están cons-
truidos siguiendo la técnica empleada en el resto del conjunto (emplec-
ton). Presenta unas medidas que van desde los 10 a los 30 m. de largo, o
incluso más según las líneas, y los 3 m. de ancho, Están construidos
siguiendo la técnica del empedrado en seco, dentro de un paramento
que forma un marco rectangular. La altura conservada ronda los 0, 5 m.
Construcciones anexas. Son de doble naturaleza. Unas dependían del
dispositivo general de defensa, y las otras estaban destinadas a albergar y
proteger el material, los caballos, los animales de carga u otros elementos
de la caravana que acompañaba a las tropas. Entre las primeras, equiva-
lente a un tercer recinto, se encuentran en frente del campamento prin-
cipal (al norte). El resto del conjunto lo constituyen dos zonas bien
individualizadas, que interpretamos principalmente como cercados o
corrales destinados a albergar material, caballos, animales de carga y
ganado que acompañaba a un ejército en campaña.
El complejo militar romano del Pedrosillo ofrece un testimonio único
de castrametación y estrategia aplicadas a una de las zonas más conflicti-
vas de la conquista.
Germán Rodríguez Martín & Jean-Gérard Gorges

LOS PLANOS DE MARA


Localización: Los Planos, Mara, Zaragoza, Aragón, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: ¿campamento legionario?

Segeda es un topónimo de etimología celta cuyo significado está relacio-


nado con el concepto de “la poderosa”. Corresponde al nombre de la

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ciudad más importante de los llamados celtíberos, conocida desde hace


siglos por los historiadores de la Antigüedad, dado el relato conservado
de varios autores clásicos (Apiano, Diodoro, Floro) respecto a la declara-
ción de guerra hecha por Roma el año 154 a. C. a Segeda, al acusarle de
incumplir los pactos de Graco por construir una nueva muralla para
rodear la ampliación de la ciudad debido a la incorporación de los titos
y otras poblaciones vecinas. Este hecho fue causa del inicio de la guerra
celtibérica, que concluirá con la caída de Numancia en el 133 a. C.
Dicho acontecimiento supone un verdadero hito en la historia antigua
de Hispania. Polibio (3, 4, 12) encabeza la última parte de su obra con
“la guerra que los romanos hicieron contra los celtíberos y vacceos”. Y
Livio (per. 47, 13-14) hace referencia a un hecho que trasciende a la pro-
pia Historia de Roma: “El año 598 de la fundación de Roma, los cónsu-
les comenzaron a entrar en funciones el día de las calendas de enero. La
razón de cambiar la fecha de los comicios fue la insurrección de los his-
panos. Hecho que también aparece recogido por Casiodoro (Chron.,
384): “El comienzo del año consular se trasladó a enero debido a la gue-
rra celtibérica”. Este año 598, tomando el 750 como año de fundación
de Roma, corresponde al 153 de nuestro calendario, año en el que
Nobilior, tras ser elegido cónsul el 1 de enero, emprende su campaña
contra Segeda, desplazando un ejército de cerca de 30000 hombres. La
ciudad estado de Segeda formó alianza con la de Numantia movilizando
5000 jinetes y 20000 infantes y eligiendo a Caro de Segeda como caudi-
llo de la tropa celtibérica.
Se han identificado dos fases de esta ciudad en la cuenca media del río
Perejiles, afluente del Jalón por su margen derecha. Segeda I (Poyo de
Mara, Zaragoza), que desaparece tras su destrucción en el 153, fundán-
dose Segeda II (Durón de Belmonte de Gracián, Zaragoza) junto a sus
ruinas, que a su vez vuelve a a abandonarse tras las guerras civiles del
siglo I a. C., formando parte su población de la nueva y cercana Bilbilis
Italica (Calatayud) (Fig. 32).
Las prospecciones y excavaciones arqueológicas realizadas en Segeda I
permiten ratificar la destrucción de la ciudad en la fecha histórica del
153, así como aspectos aislados de su urbanismo. La elevación del Poyo
se configura como una verdadera acrópolis. Sus laderas se urbanizaron
para construir las casas más suntuosas de la ciudad. Una de ellas de dos
plantas pertenecía a un terrateniente que elaboraba los vinos en un lagar
localizado en una de sus estancias, en otra residía un orfebre. La ciudad
creció en dirección sur hasta unas 11/12 ha. Al este del Poyo, en el llano
que se extiende hasta la rambla de Orera, se construyó un gran barrio de
unas 6/7 ha. de extensión, con urbanismo planificado y casas muy sen-

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Fig. 32. Los Planos de Mara. Situación general de la antigua Segeda y el cam-
pamento romano (F. Burillo).

cillas, destinado para albergar a las poblaciones incorporadas por sine-


cismo a la ciudad. Se ha localizado un tramo de muralla, identificada
con la causante de la declaración de guerra por parte de Roma. Su hipo-
tético trazado englobaría una extensión de 40/42 ha.

El Campamento
El topónimo de los Planos (Mara) hace referencia a la topografía de una
altiplanicie situada sobre la margen derecha del río Perejiles, a 4 km. al
sudeste de la ciudad celtibérica de Segeda I, sobre la que mantiene domi-
nio visual. En las campañas de prospección arqueológica realizadas en el
año 1999 dentro del “Proyecto Segeda”, varios informantes coincidieron
en señalar que en este paraje se concentraba la búsqueda ilegal de mone-
das con detectores de metales, si bien no se ha conseguido conocer los
hallazgos resultantes de esta actividad, sí que se nos indicó que el lugar
era denominado como “El Campamento”. La primera comprobación
únicamente reflejó la existencia de los agujeros dejados por los buscado-
res de monedas. Fue necesaria la realización de una prospección sistemá-
tica para poder definir sus características arqueológicas. La prospección
se realizó por parcelas y cuadrículas de 10 x 10 m., malla que sirvió para
crear fichas individuales donde se registraba los aspectos cualitativos y
cuantitativos de los restos cerámicos visibles en la superficie (Fig. 33).

284
ejercito romano maqueta 3/2/07 18:35 Página 285

Fig. 33. Los Planos de Mara. Fotografía aerea del lugar de la antigua Segeda y
el campamento romano (F. Burillo).
Se constató la dispersión de las cerámicas por el centro de la altiplani-
cie en una extensión de 10 ha. No se observó ningún resto constructivo,
ni microrelieves, ni coloraciones de la tierra que indicaran su presencia
en el subsuelo. La excavación realizada en una de las fincas situada en
este lugar en el año 2005 mostró la existencia de niveles de gravas perte-
necientes a la terraza del río Perejiles inmediatas a la superficie, con
ausencia de estratos arqueológicos, lo que demuestra que no hubo cons-
trucciones en piedra y que los procesos erosivos de arroyada difusa han
destruido los posibles niveles arqueológicos de carácter horizontal.
Los materiales cerámicos recogidos pertenecen todos ellos a la etapa
romanorrepublicana, salvo una pequeña muestra de época medieval
andalusí. Los primeros se encontraron muy fragmentados, rodados y dis-
persos, y en una densidad mínima para el área prospectada, lo que indica
que el lugar fue ocupado en un espacio de tiempo muy corto. Existe un
dominio de los fragmentos de ánfora, lo que confirma la identificación
del lugar como campamento romano, dado que una proporción domi-
nante de este tipo de recipientes sólo se da, en estas tierras del interior
peninsular, en asentamientos de estas características, tal como se ha com-
probado en los campamentos romanos que rodean Numancia. Se está
realizando en la actualidad un estudio analítico de los fragmentos de
ánforas localizados para poder precisar la cronología. Se puede avanzar
que un fragmento de borde de ánfora grecoitálica tardía presenta simila-

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res características que los localizados en Segeda I y en Renieblas III, pre-


sentando un índice más corto que los bordes aparecidos en los campa-
mentos de la circunvalación numantina del 133, por lo que parece muy
probable la atribución del campamento de los Planos a Nobilior. El
hecho de que se le nombrara cónsul el uno de enero del año 153 y que
el 23 de agosto tuviera la batalla de la Vulcanalia, entre Segeda y
Numantia, puede explicar el poco tiempo que se ocupó este campa-
mento. Es interesante destacar la afinidad geoestratégica que guarda en
su ubicación con respecto a la ciudad de Segeda, con el de Renieblas III
referente a Numancia. Ambos se sitúan alejados de las ciudades, en un
altozano, con relación visual con ellas y teniendo a sus espaldas el terri-
torio conquistado.
Francisco Burillo

RENIEBLAS
Localización: La Gran Atalaya, Renieblas, Soria, Castilla y León, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: cinco campamentos/fuertes

Al nordeste de la población de Renieblas, a unos 8 kilómetros de distan-


cia en dirección este desde Numancia, se encuentra la colina “La Gran
Atalaya”, situada en un recoveco entre los ríos Moñigón y Merdancho,
cuyos cursos desembocan posteriormente en el río Duero, en dirección
suroeste. El nombre de la colina tiene su origen en la denominación de
una antigua atalaya, cuyas ruinas son aún hoy visibles.
Sobre el valle del río Moñigón se yergue majestuosa la colina, que se
extiende de oeste a este; la altitud máxima la encontramos en el este, con
1138 m sobre el nivel del mar. Mientras que la falda oriental tiene un
contorno más definido que la occidental, sobre la escarpada pendiente se
extiende una altiplanicie de superficie rocosa con un aspecto relativa-
mente llano, plagada de pequeños valles y surcos fruto de la erosión; esta
altiplanicie experimenta una ligera ascensión únicamente en dirección
este. Hacia el norte, el terreno vuelve a descender en dirección al río
Merdancho.
Siempre ha habido problemas derivados del aprovisionamiento de
agua en la colina: parece ser que el agua debía traerse, muy a duras penas,
desde ambos ríos, ya que, al parecer, no existían fuentes adecuadas para
el abastecimiento; sin embargo, este inconveniente se compensaba con la
excelente situación estratégica de la colina, que ofrecía una visión sin
obstáculos hacia el norte, sur y oeste, en dirección a Numancia. Cuando

286
ejercito romano maqueta 3/2/07 18:35 Página 287

se producían ataques por sorpresa, las condiciones naturales del terreno,


descritas anteriormente, ofrecían una extraordinaria protección.
Hasta el momento actual, se ha comprobado que en la altiplanicie se
establecieron un total de 5 campamentos romanos (Renieblas I-V) (Fig.
34), que se diferencian claramente unos de otros en lo que respecta a su
ubicación. ¿Quizá una manifestación de diferentes circunstancias histó-
ricas? Mientras que los campamentos I y II estaban situados en su tota-
lidad en la altiplanicie norte y los III y IV se encontraban en la pendiente
escarpada, el campamento V ocupa una posición a todas luces privile-

Fig. 34. Renieblas. Planta general del general Lammerer (A. Schulten).

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giada: mientras que la mayor parte de su superficie interior se extiende


actualmente por la llanura sur, donde se ha comprobado, o se ha
supuesto, que se encontraban las construcciones centrales del campa-
mento; por motivos estratégicos, las defensas rodeaban el precipicio con-
tiguo del lado norte, así como un sector de la altiplanicie junto con la
elevación mayor de la colina.

Desarrollo de la investigación
Al igual que antaño, el grado de conocimiento que se tiene hoy en día se
basa principalmente en las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo
bajo la dirección de A. Schulten entre los años 1909 y 1912. Los nuevos
resultados los ha aportado el campamento V, que entre los años 1997 y
2001 fue objeto de un estudio arqueológico-topográfico; estos trabajos
se llevaron a cabo por encargo del Instituto Arqueológico Alemán de
Madrid.
Tras los sondeos de prueba de 1908, en 1909, Schulten decidió tras-
ladar las excavaciones de los campamentos existentes en los alrededores
de Numancia, cuya investigación consideró finalizada, a Renieblas. Un
año más tarde quedó patente que hubo un total de 5 campamentos
romanos, cuya sucesión relativa pudo determinarse a partir de intersec-
ciones evidentes. Mientras que en 1909 y 1910 las excavaciones se con-
centraron sobre todo en la zona de la altiplanicie norte, donde en un
período de tiempo al parecer muy breve pudieron documentarse los
hallazgos fácilmente identificables del campamento III y de los campa-
mentos I y II y, además, se llevaron a cabo excavaciones en la zona de las
defensas septentrionales del campamento V, en 1911 y 1912 se exten-
dieron las investigaciones también a la llanura meridional, donde se rea-
lizaron los sorprendentes descubrimientos de las viviendas más
representativas, probablemente alojamientos de oficiales, y algunos
almacenes.
Schulten nunca describió en detalle la metodología de excavación que
aplicaba; según el estilo de la época, probablemente se limitaría a practi-
car pequeños cortes en algunos puntos del muro, que a día de hoy son
aún visibles sobre el terreno. A menudo, lo único que se dejaba al descu-
bierto de las construcciones eran los supuestos contornos exteriores y los
muros interiores fácilmente reconocibles, pero no se llevaba a cabo una
investigación completa ni de los habitáculos interiores ni de los alrede-
dores de las construcciones. Apenas se prestaba atención a los estudios
estratigráficos ni tampoco se ponían en relación los hallazgos y todavía
menos se documentaban según las normas actuales (Fig. 35).

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Fig. 35. Renieblas. Fotografía aerea (DAI Madrid).

Campamento I
Se trata de la edificación que se encuentra en peor estado de conservación; sus
piedras fueron empleadas posteriormente como material de construcción. La
extensión en dirección este-oeste llega hasta los 345 m., aunque se desconoce la
longitud que tenía en dirección sur. Las defensas estaban construidas de forma
serpenteante y el muro constaba de dos caras rellenas de material suelto (2-2, 5
m. de anchura); la existencia de torres no se ha podido comprobar de manera
fehaciente. La puerta de la esquina noroeste constaba de un simple zaguán, deli-
mitado por el final ensanchado de las paredes. De los alojamientos para los sol-
dados solo se han hallado restos exiguos, a partir de los cuales Schulten realizó
la reconstrucción de los cuarteles, que tenían forma de herradura. Cada cuartel
tenía dos alas, orientadas al norte y al sur respectivamente (35 m. de longitud y
5-6 m. de anchura) y un cuerpo central en el sur (35 m de longitud).

Campamento II
Los hallazgos del campamento II se encontraban también muy deterio-
rados. El campamento se extendía de este a oeste a lo largo de, aproxi-
madamente, 415-420 m. La parte septentrional, donde se pudo
comprobar la existencia de dos torres, se encontraba en un estado de
conservación relativamente bueno, aunque el único vestigio que que-
daba de la torre oriental era un simple hueco en la pared.

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ejercito romano maqueta 3/2/07 18:35 Página 290

Campamento III
Tanto ayer como hoy, el campamento III está considerado como el
mejor ejemplo de un campamento militar perteneciente a la República
romana. La construcción poligonal con una extensión aproximada de
970 x 370 m. (unas 45, 3 ha.) estaba rodeada por una doble estructura
defensiva (3 m. de anchura), a cuyo adarve se podía acceder a través de
construcciones en rampa. En total se comprobó la existencia de 27
torres, situadas casi todas ellas a una distancia de 30 m. unas de otras. En
estas torres se establecieron dos tipos diferentes de dimensiones: I: longi-
tud 2-4 m. y anchura 2-4 m.; II: longitud 5-9 m. y anchura 3-7 m.
Presumiblemente, el campamento III contaba en un principio con 6
puertas; especialmente bien conservada se encontraba la porta decumana,
que contaba con un zaguán de 3, 5 m. de anchura y estaba flanqueada
por dos torreones.
La superficie interior del campamento quedaba dividida en 3 partes
por la via principalis y la via quintana. El tercio central estaba ocupado
por el praetorium (¿con forma de herradura?), las tabernae del forum y el
quaestorium. Aparentemente, en el tercio norte y sur se alojaba la mitad
de una legión; el tipo de construcción predominante en los alojamientos
de los soldados era el cuartel en forma de herradura. La cara sureste
conectaba con un gran campamento anexo, cuyas defensas se extendían
en forma de arco hacia el sur (su longitud total alcanzaba la nada desde-
ñable cifra de 850 m.). Las dos puertas de las que constaba presentaban
una construcción de tipo titulum. Presumiblemente, las tropas de ayuda
se alojaban en los cuarteles con forma de herradura del interior del cam-
pamento, mientras que las diferentes estancias dispuestas de dos en dos
hacían las veces de cuadra para los caballos (Fig. 36).

Campamento IV
El campamento IV tenía forma rectangular, y la extensión total de sus
defensas se ha podido reconstruir casi en su totalidad: aprox. 795 m. (S)
x aprox. 740 m. (O) x 855 m. (N) x 670 m. (E), dimensiones que con-
formaban un área de 58, 9 ha. Las 8 puertas cuya existencia se ha com-
probado presentaban una construcción de tipo titulum. No se han
encontrado restos claros de construcciones interiores en el campamento
IV, de modo que es posible que éste fuera un campamento que se utili-
zaba solo durante el verano o bien que fuera abandonado antes de ter-
minarse.

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Fig. 36. Renieblas. Planimetria del Campamento III (A. Schulten).

Campamento V
Como ya se ha mencionado, el campamento V fue recientemente objeto
de un proyecto de investigación. En el transcurso de estos trabajos se
pudo corroborar la existencia de las defensas septentrionales del campa-
mento (925 m. de longitud), cuyo muro era de dos capas (4-4, 4 m. de
anchura) y, posiblemente, estaba protegido por 16 torres, cuyas dimen-

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Fig. 37. Renieblas. Nueva planimetria del campamento V (DAI Madrid).

siones variaban notablemente, mientras que la profundidad era bastante


uniforme (2, 8 m.). Las torres siempre apuntaban hacia dentro en vez de
hacia fuera frente a la línea de las defensas.
A lo largo de la cara norte se ha comprobado la existencia de al menos
2 puertas (puerta 1-2) y se presupone la de una tercera (puerta 3).
También se ha comprobado que las defensas orientales del campamento,
que contaban con tres torres intermedias y una puerta (puerta 4), se
extendían a lo largo de unos 260 m., mientras que las defensas occiden-
tales lo hacían a lo largo de 115 m. aproximadamente. En el interior del
campamento se han documentado diversos hallazgos, ubicados en la alti-
planicie septentrional y también en la pendiente escarpada, que han sido
interpretados como alojamientos de soldados y otras construcciones
(almacenes, etc.).
Con todo, hay que poner en seria tela de juicio la idea de Schulten
sobre un rígido esquema de construcción del área abarcada por el cam-
pamento y no en último término por las difíciles condiciones del terreno
de la pendiente escarpada, que no fueron tenidas suficientemente en
cuenta.

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ejercito romano maqueta 3/2/07 18:35 Página 293

Tampoco se consiguió una prueba irrefutable de la existencia de las


defensas meridionales durante los trabajos de los últimos años, de modo
que las dimensiones del campamento V no pueden determinarse actual-
mente con la precisión que sería de desear. Con una superficie estimada
de 60 ha., es sin duda uno de los mayores campamentos romanos que se
conocen (Fig. 37).
Cronología
Los datos cronológicos referentes a los campamentos I-V que ofreció
Schulten se basan única y exclusivamente en consideraciones históricas.
Los pequeños hallazgos que se efectuaron en el transcurso de las excava-
ciones quedaron relegados a un segundo plano.
El campamento I está relacionado con la campaña militar llevada a cabo
por M. Porcio Catón contra la ciudad de Numancia en el año 195 a. C.,
con la que encajan también algunos hallazgos de principios del siglo II a.
C. Sobre el campamento II no se dispone de datos claros. Parece ser que el
campamento III hizo las veces de alojamiento invernal de Q. Fulvius
Nobilior entre los años 153 y 152 a. C. La mayor parte de los hallazgos
pequeños conocidos hasta ahora data de mediados del siglo II a. C.
Por último, y a causa principalmente de la coincidencia de los crite-
rios formales, como es la forma rectangular, se consideró que el campa-
mento IV guardaba estrecha relación con el campamento V, cuya
construcción Schulten fechó entre los años 75 y 74 a. C., durante las
guerras sertorianas. Recientemente, se apuntó de nuevo la conveniencia
de datar en siglo II a. C. tanto el campamento IV como el V. No obs-
tante, este punto de vista no se fundamenta actualmente en ningún
argumento de peso. Entre el cúmulo de hallazgos se encuentran, sobre
todo, pequeños vestigios de principios del siglo I a. C., sobre cuya exis-
tencia falta otra explicación plausible.
A pesar de todas las limitaciones que, por desgracia, afectan al proceso
de investigación, los campamentos romanos de Renieblas, junto con los
que se encuentran en la línea de circunvalación de Numancia, constitu-
yen las construcciones militares mejor conocidas de la República
romana. Además, las piezas encontradas en los campamentos represen-
tan una importante fuente de material de comparación para futuros
interrogantes de cualquier tipo.
La clasificación histórica de la mayoría de los campamentos militares
resulta hoy en día a todas luces difícil de establecer. Para aclarar definiti-
vamente esta importante cuestión, se antoja absolutamente necesaria la
puesta en marcha de nuevas excavaciones con métodos modernos.
Martin Luik (traducción: Norbert Hanel)

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SANTAREM
Localización: Santarem, Ribatejo, Portugal
Nombre latino: ¿praesidium Iulium?; Scallabis
Tipo de asentamiento: ¿campamento legionario?; ciudad romana
Fuentes clásicas: ¿Plin. Nat. Hist. IV, 117?

La ciudad portuguesa de Santarém es una ciudad histórica construida


sobre una colina en la orilla derecha del río Tajo. Debido a la carencia de
evidencias arqueológicas los eruditos han discutido durante muchos
años si la ciudad medieval y moderna fue realmente edificada en el
mismo lugar que la colonia romana de Scallabis, sede del convento jurí-
dico romano. La moderna arqueología urbana ha demostrado que el
asentamiento presenta una larga continuidad desde época prerromana
hasta nuestros días.
Plinio señala que la Scallabis romana fue con anterioridad un
Praesidium Iulium (Nat. Hist. IV, 117) y por esta referencia siempre se
aceptó su carácter militar. Evidentemente, no es fácil identificar clara-
mente los restos militares originales en un yacimiento con una larga
secuencia de ocupación, pero la investigación arqueológica moderna ha
encontrado algunos edificios fechados a mediados del siglo I a. C., que
pueden ser relacionados con ese asentamiento militar. Además, se han
recuperado una gran cantidad de hallazgos datados en el mismo período:
ánforas, cerámicas de paredes finas, cerámicas de barniz negro y también
algunas armas. Tal vez la continuación de las intervenciones de arqueo-
logía urbana de urgencia permita conocer más en el futuro sobre este
supuesto campamento cesariano (Fig. 38).
Carlos Fabião (traducción Norbert Hanel)

Fig. 38. Santarem. Estructuras constructivas interiores (C. Fabião).

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SES SALINES
Localización: Ses Salines, Mallorca, Baleares, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: ¿campamento/fuerte romano?

No hace mucho tiempo en la zona meridional de la isla de Mallorca, más


concretamente en el territorio perteneciente a la localidad de Ses Salines,
se ha constatado la existencia de un probable recinto militar, cuya ads-
cripción cronológica nos retrotrae a la época romana. El trabajo sobre el
terreno ha permitido identificar un foso con perfil en V, cuyas dimen-
siones se ajustan a unos 3, 2 m. de anchura y unos 3, 5 m. de profundi-
dad, ambas medidas encajan dentro del modelo tipo de las obras
romanas de esta clase. Importante es destacar el hecho de que el citado
foso sirve como delimitación de una extensión de 7.500 m2 que respon-
den sobre el terreno a un recinto con forma de polígono irregular, cuyo
trazado completo es desconocido, ya que el mismo se pierde debajo del
desarrollo urbanístico experimentado en la zona. En el sector norte se
plantea la existencia de una de las puertas del posible recinto campa-
mental, lo que lleva a proponer esta hipótesis es la interrupción de foso
en dicho espacio. En torno a la cronología, de esta posible instalación
militar, podemos postular una filiación correspondiente al momento de
la conquista de las Baleares por Q. Cecilio Metelo Baleárico en el 130-
120 a. C. Reseñable es el hecho de que los hallazgos arqueológicos reali-
zados en la zona no ayudan a ubicar en el marco temporal la
construcción de este probable recinto castrense, ya que los restos locali-
zados dan una amplia cuota de datación temporal desde época talayótica
hasta el siglo VI d. C., lo que no proporciona datos suficientemente cla-
ros y fiables para adscribirlo a un período concreto.
Noelia Sabugo & Diana Rodríguez Pérez

TARRAGONA
Localización: Tarragona, Cataluña, España
Nombre latino:¿?; Tarraco
Tipo de asentamiento: campamento legionario; ciudad romana
Fuentes clásicas: (del asentamiento militar) Polibio, Hist. III, 76, 12; III,
95, 4; X, 40, 12; T. Livio, Ab Urbe, XXI, 61; XXII, 19 y XXII, 22.

El casco histórico de la actual ciudad de Tarragona está situado en lo alto


de una colina costera junto a la desembocadura del río Francolí, el anti-
guo Tulcis. Todavía hoy, este recinto histórico está rodeado por tres de

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sus lados por el circuito amurallado de época romana. Una conservación


excepcional que fue motivada por el aprovechamiento de estos muros al
fundarse la nueva Tarragona feudal del siglo XII, tras cuatro siglos de
abandono de la ciudad antigua, y más tarde por su constante reforza-
miento mediante sucesivas bragas y baluartes motivados por las guerras
y asedios que la ciudad tuvo que soportar a lo largo de los siglos XVII a
XIX. Las murallas romanas de Tarragona, declaradas monumento nacio-
nal ya en 1874, han sido reconocidas por la UNESCO en el 2001 como
“Patrimonio de la Humanidad” junto a los demás monumentos roma-
nos de Tarragona y su entorno.
Los orígenes urbanos de Tarraco corresponden a un oppidum ibérico,
un pequeño puerto comercial activo durante los siglos IV y III a. C. y
que fue ya mencionado por Eratóstenes (Estrabón, Geog. 3, 4, 9). Este
oppidum prerromano, documentado por la arqueología urbana, se sitúa
en la parte baja de la colina tarraconense, dominando la vaguada por-
tuaria, el tramo final del río Francolí y los campos del entorno.
En el año 218 a. C., la batalla de Cese permitió a las tropas de Gn.
Escipión el control de este puerto. Cerca del oppidum preexistente, se
construyó entonces una fortificación militar dominante, ocupando y
amurallando la parte superior de la colina. Con la llegada al año
siguiente (217 a. C.) del ejército consular de Publio Escipión, Tarraco se
convirtió en la gran base militar romana durante todo el desarrollo de la
segunda guerra púnica en suelo hispano (218-206 a. C.): cuartel de
invernada, sede de asambleas con los aliados, almacén de suministros,
taller de armamento, presidio de rehenes y mercado de esclavos. Una
gran base militar que motivaría la consolidación urbana del oppidum ibé-
rico preexistente a modo de unas cannabae adyacentes a la gran fortifica-
ción romana que ya no podemos definir como un simple praesidium o
fortín de vigilancia portuaria sino como un gran castrum permanente.
Como resultado final de este proceso, tras la creación de las provincias
hispanas en el 197 a. C., surgiría junto a la fortificación una ciuitas
ibero-latina cuya economía y desarrollo social se apoyarían plenamente
en el tráfico marítimo con Italia y en las necesidades militares del ejército
romano en la Hispania citerior. Un puerto que contemplaría el control
fiscal y financiero de los publicani romanos y el dominio del transporte
marítimo por parte de los negotiatores itálicos.
Pero a pesar de poseer una guarnición romana permanente y de esta
presencia de elementos itálicos, Tarraco seguía siendo una ciudad singu-
lar dentro de la provincia, que acuñó repetidamente moneda de plata y
bronce en los siglos II y I a. C. exclusivamente con leyendas Cese/Cesse
escritas en letras ibéricas. Sabemos además que Tarraco fue la ciudad

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escogida por el ex-cónsul C. Catón en el año 108 a. C. cuando fue con-


denado al destierro (Cicerón, Pro Balbo, 10, 28). Como el destierro obli-
gaba a salir del Estado Romano quiere ello decir que la ciudad (Tarraco
para los latinos, Cese para los iberos) poseía un estatuto propio con carác-
ter federado o libre, sin duda un reconocimiento romano a la alianza
mantenida durante toda la guerra púnica. En el año 49 a. C., tras la
batalla de Ilerda, y con ocasión de la asamblea provincial para fijar pre-
mios y castigos durante el conflicto civil contra los pompeyanos en
Hispania, Julio César otorgó a la ciudad la categoria de colonia romana
pasando a ser la colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco.
La ciudad imperial fue durante tres siglos la sede monumental del
gobierno, los tribunales y la administracion provinciales, dotada de
enormes recintos públicos y templos gigantescos con todos los refina-
mientos de una gran ciudad portuaria. Sin embargo en el año 260 d. C.
la ciudad nada pudo hacer para impedir su ocupación y saqueo por las
Francorum gentes que años antes habían atravesado el limes y penetrado
en la Galia e Hispania (Aurelio Victor, De Caes., 33,3). Recuperado su
prestigio en la Antigüedad Tardía, la ciudad fue sede metropolitana y
ceca visigótica hasta quedar finalmente abandonada poco tiempo des-
pués de la expansión de los musulmanes en el siglo VIII.

Historiografia de las murallas de Tarraco


La descripción de las torres y lienzos de las murallas romanas de la anti-
gua Tarraco se inicia ya en 1572 con la obra Llibre de les grandeses de
Tarragona de Lluis Pons d´Icart, y perdura durante la Ilustración y el
Romanticismo con descripciones siempre influidas por la especial tipo-
logía de los paramentos: amplios zócalos realizados con grandes megali-
tos irregulares con dos alturas distintas y sobre ellos, altos lienzos de
sillería en piedra arenisca local de las canteras del Médol. La tradición
ilustrada y decimonónica quiso ver en estas diferencias la prueba de dos
orígenes diferentes, imaginando unas primeras murallas ya fueran iberi-
cas, griegas, micénicas, púnicas o de cualquier otro origen histórico o
mítico, remontadas por nuevos lienzos de época romana; una interpreta-
cion que hoy sabemos errónea y que tuvo en A. Schulten al último
defensor de una Tarragona “etrusca”.
Por el contrario, fue la labor arqueológica de Mn. J. Serra Vilaró
(1949) la que pudo demostrar, mediante la cuidadosa excavación estra-
tigráfica de estas murallas, que megalitos y sillares correspondían a una
obra contemporánea que podía ser datada por los materiales arqueológi-
cos aparecidos en su interior en la época romanorrepublicana. En 1951,
un sondeo realizado por J. Sanchez Real en el interior de la muralla,

297
ejercito romano maqueta 3/2/07 18:35 Página 298

cuyos materiales fueron estudiados por N. Lamboglia en 1974, demos-


traría una vez más esta cronología tardorrepublicana, confirmada por
una revisión reciente de todo el material aparecido (Fig. 39).

Fig. 39. Tarragona. Situación de los restos conocidos del oppidum ibérico y la
fortaleza romana en un plano con curvas de nivel superpuesto a la trama
urbana actual (J. Ruiz de Arbulo).

El estudio científico de las murallas romanas de Tarragona ha sido


obra principalmente de Th. Hauschild que, en sucesivas intervenciones
en las torres llamadas de Minerva y del Paborde, pudo documentar
ampliamente la diferente tipología de los muros, comprobando la exis-
tencia de dos fases distintas, ambas de época romanorrepublicana.
Recientemente, nuevas intervenciones realizadas por el Taller Escola
d´Arqueologia entre los años 1986 y 1989 han permitido la publicación
de una última síntesis cronológica sobre estas murallas.

Las dos fases amuralladas del castrum romano y la torre de Minerva


Los lienzos conservados de la primera muralla romana se realizaron
exclusivamente con grandes bloques de aparejo ciclópeo, extraídos de la

298
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propia colina, dispuestos de forma irregular en hiladas paralelas, con blo-


ques enormes trabados con piedras pequeñas, formando paramentos de
aprox. 6 m. de altura. Estos muros ciclópeos estaban alternados con
torres sobreelevadas realizadas en sillería, con cámaras interiores destina-
das a balistas y escorpiones. La posición de las puertas de acceso a dos de
las torres permitieron a Th. Hauschild en 1979 definir con precisión la
altura de los pasos de ronda almenados en los lienzos intermedios, pro-
poniendo una convincente restitución del primer conjunto arquitectó-
nico y de su transformación posterior (Fig. 40).
La torre angular del primer recinto amurallado, situada en el punto
más elevado de la colina (82, 5 m. sobre el nivel del mar) y que ahora
denominamos Torre de Minerva, fue dotada de un aparato decorativo
excepcional. En 1932, el derrumbe del tramo del lienzo adosado a la
torre en una segunda fase permitió descubrir la parte inferior de un gran
relieve en el paramento oriental de la torre (Fig. 41). Se trata de una
figura femenina en reposo lateral hacia la derecha, vestida con un peplos
del que sobresale la pierna izquierda cruzada, apoyada en una lanza y en
un largo scutum con umbo central decorado con una cabeza de lobo.
Debajo de este relieve, que fue construido al mismo tiempo que la torre,
aparece una cornisa recta coronando una monumental cartela rectangu-
lar de sillares alisados a modo de gran tabula, frente al almohadillado que

Fig. 40. Tarragona. Restitución volumétrica de la torre de Minerva durante la


primera fase del recinto murado (c. 218 a. C.-175 a. C.), cuando la torre se
situaba en el ángulo superior del recinto, con lienzos laterales que formaban
entre sí un ángulo recto (T. Hauschild, 1979).

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Fig. 41. Tarragona. Detalle frontal del relieve de la Minerva, construido según
las observaciones de Th. Hauschild al mismo tiempo que la torre (foto DAI
R19-74-3, de Grünhagen 1976. lám 2).

presentan los bloques en el resto del paramento. Dos cabezas humanas


con carácter simbólico o apotropaico fueron labradas de forma rústica
sobre uno de los bloques angulares del basamento ciclópeo y una tercera
cabeza, más cuidada, lo fue también sobre otro de los bloques del para-
mento norte de la torre.
La identificación tradicional de este relieve con una figura femenina
armada como una representación de la diosa Atenea/Minerva parece la
más adecuada desde el punto de vista iconográfico. Además, el hallazgo
de una inscripción invertida (es decir grabada sobre un sillar antes de su
colocación) aparecida en una de las troneras de la cámara interior de la

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torre, permitiría confirmar sorprendentemente tal atribución. Se trata


del texto M. Vibio Mnerua, una dedicatoria votiva en latín arcaico ofren-
dada a la diosa Minerva (la etrusca Mnerva) por un itálico Manios Vibios,
reconocida por G. Alföldy como la inscripción latina (en piedra) más
antigua encontrada hasta el momento en la península ibérica.
La representación del lobo en el umbo del escudo de la diosa es sin
embargo un motivo iconográfico del todo excepcional para una imagen
de Minerva, lo que llevó a W. Grunhagen a valorar ante todo una auto-
ría e interpretatio ibéricas. Reflexiones posteriores se han centrado en
valorar ambas corrientes artísticas, ya fuera recordando la importancia
del lobo en la tradición simbólica ibérica, o bien reconociendo ante todo
la inserción del relieve en una obra edilicia claramente romana e itálica.
Debido a la escasez del material arqueológico aparecido en los rellenos
de esta primera muralla, no resulta posible concretar para la misma una
datación precisa, ya fuera durante el periodo bélico (218-206 a. C.); en
la inmediata posguerra (206-198 a. C.); en relación a la declaración pro-
vincial y la definición de un sistema de gobierno estable en el 197 a. C.;
o ya fuera durante la inmediata campaña represiva protagonizada por el
cónsul Catón en el 195 a. C. De cualquier forma, la monumentalidad
del aparato iconográfico utilizado en la torre de Minerva responde sin
duda a los símbolos de una ciudadela perenne y dominante. El relieve de
la diosa, la desaparecida tabula escrita inferior y las tres cabezas apotro-
paicas deben ser reconocidas conjuntamente como símbolos del nuevo
orden provincial romano en la primera mitad del siglo II a. C., con todo
lo que ello significaba.
Seis décadas más tarde, en los años correspondientes a las guerras cel-
tibéricas (154-133 a. C.) estas murallas fueron restauradas, aumentán-
dose su altura y anchura y ampliándose el recinto de forma considerable.
Las nuevas murallas eran amplios y largos paramentos rectilíneos, sin
presencia de torres, compuestos por un zócalo bajo de megalitos, y dos
altos muros de sillería con un relleno interior compuesto por miles y
miles de adobes cuidadosamente dispuestos en capas superpuestas.
Junto a la torre de Minerva, ahora con su relieve ya tapado, el nuevo
lienzo presentaba una puerta de arco adovelado que Th Hauschild publi-
caría como la más antigua de su tipo documentada en la península ibé-
rica, y que ha sido después estudiada de forma detallada por A. Rifá. En
estas nuevas murallas se han conservado además diversas poternas de
estilo sobrio y militar. Dos rampas situadas a E y W permitían el acceso
de hombres y máquinas al paso de ronda superior. Gracias a la presencia
de numeroso material ceramológico, esta segunda fase muraria ha
podido ser datada con precisión entre los años 150-125 a. C.

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Pero la topografía urbana de la Tarraco tardorrepublicana tuvo que


seguir manteniendo el modelo creado durante la segunda guerra púnica:
en lo alto de la colina la gran fortaleza, rodeada por su propio circuito
murado y claramente separada de la ciuitas ibero-latina Cese/Tarraco,
situada en la parte baja, cuyo estatuto de ciudad federada pudo conver-
tir su recinto en el lugar escogido para el destierro por el ex-consul Catón
en el 108 a. C.
Nada se ha conservado de la arquitectura interior de todo este gran
castrum. No sabemos si sus estructuras principales (praetorium y princi-
pia) perduraron más allá de la colonia augustea, pero sí que la construc-
ción en época de los emperadores flavios del enorme recinto de
ceremonias provincial significó un arrasamiento general de todas las
estructuras prexistentes, quedando como únicas evidencias de su larga
vida militar los agujeros de postes cavados en la roca y leves estratos de
nivelación conteniendo cerámicas romanorrepublicanas.
Joaquín Ruiz de Arbulo

La Vila Joiosa
Localización: La Vila Joiosa, Alicante, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: ¿fuerte auxiliar?

Gracias a A. Espinosa hemos tenido conocimiento de la existencia de un


probable recinto militar de época republicana en la localidad alicantina
de Villajoyosa. Dicho recinto, aún inédito, cuya planta es todavía inde-
terminada, consta de un foso de perfil en V del tipo fossa fastigata. Los
materiales recuperados apuntan una cronología centrada en las guerras
sertorianas.
Ángel Morillo

ZALBETA, ARANGUREN
Localización: Zalbeta, Aranguren, Navarra, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: ¿campamento legionario?

Hasta hace bien poco tiempo la historiografía, sin apenas discusión ni


refrendo arqueológico, ha venido sosteniendo que el solar de Pamplona
sirvió de acampada de invierno en los años 75 a 74 a. C. para la milicia
del general romano Pompeyo, considerado luego por ello el fundador de

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la actual capital de Navarra, surgiendo de su campamento la estructura


urbana de una ciudad que en palabras de Estrabón en época de Augusto
llegó a ser “la principal ciudad de los vascones”. Ciertamente Pompelo,
que así es como se denominaba la ciudad en época clásica, es palabra
compuesta por el nomen latino de Pompeyo y el sufijo indígena iri/ili,
que significa en vascuence ciudad. Pero lo cierto es que la arqueología
pamplonesa todavía no ha aportado ningún material directo que
refrende este supuesto origen castrense, de ahí que esta hipótesis se haya
fundamentado sobre la genérica cita de Salustio (Historiae II, 93)
cuando dice que en el contexto de las guerras sertorianas “Pompeyo
acampó en el invierno del 75-74 en territorio vascón, cerca de las vías de
aprovisionamiento de alimentos con la Galia”.
En los últimos años hemos llevado a cabo un proyecto de investiga-
ción encaminado al estudio territorial de Navarra durante la Edad del
Hierro que, en lo que concierne a la cuenca de Pamplona, aporta dos
interesantes novedades, que desde nuestro punto de vista pueden poner
en cuestión la tesis tradicional sobre el nacimiento de Pamplona a partir
del campamento de Pompeyo:
Por un lado, hemos llegado a la conclusión de que hasta el primer ter-
cio del siglo I a. C. el núcleo urbano que jerarquizó el territorio de la
comarca pamplonesa debió ser el oppidum del Castillo de Irulegui,
emplazado en lo alto de la sierra de Aranguren, situado a 10 km. de dis-
tancia de Pamplona en dirección este.
Por el otro, sobre un
cerro testigo de este mismo
valle pamplonés, a unos 2
km. de distancia del oppi-
dum del Castillo de
Irulegui en dirección oeste,
hemos descubierto un
yacimiento arqueológico
que lo interpretamos como
ejemplo de castra aestiva
(campamento romano
temporal de época republi-
cana) o de castra hiberna
(campamento de invierno)
(Fig. 42).
En relación con estos
dos yacimientos, el Fig. 42. Zalbeta. Planimetría con restitución
hallazgo de glandes ins- hipotética (J. Armendáriz).

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criptae propagandísticos de Sertorio con la inscripción “Q.(uintus) Ser-


tor(ius) proco(n)s(ul) Pietas” y la precisa cronología que arrojan estas pie-
zas, inequívocamente adscribibles entre los años 76 y 74 a. C., nos
permiten plantear que el centro político y de operaciones durante las
guerras sertorianas estuvo en el valle de Aranguren, y que el impulso
urbanístico y de control territorial de Pompelo habría tenido lugar con
posterioridad a estas fechas merced a un proceso de sinecismo de las
poblaciones prerromanas, hasta entonces recogidas en los numerosos
castros y oppida de este territorio.
Aunque todavía no disponemos de datos arqueológicos concluyentes
debido a que la investigación arqueológica no ha superado la fase de pros-
pecciones superficiales, se puede adelantar que la estructura campamental
descubierta en Aranguren ocupa la cumbre de un destacado cerro testigo
perteneciente a un antiguo glacis, que muestra una altitud relativa media
de unos 100 m. respecto al fondo de este valle. Sus coordenadas UTM
son: 618.750 m. de longitud este y 4.737.600 m. de latitud norte,
situado a 663 m. de altitud sobre el nivel del mar. Su perímetro no abarca
la totalidad del cerro, denominado “Alto de Santa Cruz”, debido a la pre-
sencia de una antigua ermita que con esta advocación lo coronaba hasta
el siglo XVIII, ya que prescinde, separado por un foso artificial, del estre-
cho espolón que el cerro proyecta hacia el suroeste a cotas descendentes.
Presenta una morfología general de planta pentagonal, pero tendente
a lo rectangular, dispuesta sobre unos ejes de 250/280 m. en dirección
norte-sur y 90/130 m. en dirección este-oeste, que suman una superficie
algo superior a las 2, 5 ha. El agger de este acuartelamiento militar está
perfectamente delimitado por un terraplén en todo su perímetro –sobre
el que se levantaría el vallum en estructura de madera– que se ve refor-
zado por la excavación de sendos fosos allá donde la topografía del cerro
lo hace más vulnerable, al sureste y suroeste del mismo. Creemos ver que
el acceso al agger se localiza en el ángulo nororiental del recinto, pues en
ese punto del perímetro se reconoce una rampa de acceso que lo bordea
hasta penetrar en él en clavícula externa.
Mientras no se acometan investigaciones estratigráficas más difícil de
asegurar es la existencia de un stracathro delante del flanco septentrional
del agger, que es la zona principal de acceso al cerro. Tampoco se puede
aventurar nada sobre la estructuración y compartimentación interior del
área campamental, debido a la cubierta vegetal que lo oculta, aunque por
las características funcionales y de temporalidad de este campamento y
por los indicios estratigráficos que hemos observado en algunos puntos
es casi seguro que no se conserven elementos arqueológicos que permi-
tan su reconstrucción urbana.
Javier Armendáriz

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RECINTOS MILITARES DE ÉPOCA ALTOIMPERIAL

ASTORGA
Localización: Astorga, León, Castilla y León, España
Nombre latino: ¿castra legionis X gemina?; Asturica Augusta
Tipo de asentamiento: campamento legionario; ciudad romana
Fuentes clásicas (de la ciudad Asturica Augusta): Plinio, Nat Hist. III, 21;
Ptol., Geogr. II, 6, 35; Edict. Diocl. XXV, 3; Cipriano, episcopus
Carthaginensis, letter 67; Itin. Anton. 422, 2; 423, 5; 423, 7; 425, 5;
427, 4-5; 429, 4-5; 431, 3; 448, 2; 439, 5; 439, 15; 453, 5; Hydacio,
Chron. 130, 138, 173 and 186; Isidoro, episcopus Hispalensis, Chron. 2,
p. 278, 24; 280, 16; Rav., Cosmogr. 320, 12; Iordanis, De originis acti-
busque Getharum XLIV, 232.

La antigua Asturica Augusta (Astorga, León), capital de los astures ama-


cos y del conuentus iuridicum Asturum, es mencionada por diversas fuen-
tes clásicas. La referencia más antigua es la de Plinio en Viejo, procurator
de la provincia Hispania Tarraconensis durante el reinado de Vespasiano,
que la define como “urbe magnifica”. En su obra aparece como la capital
de los astures. Ptolomeo alude a la ciudad como Asτouvrika Augouvsτa,
capital de los amacos. El Itinerario de Antonino la menciona en repetidas
ocasiones como mansio de varias vías. Por su parte, el Ravennate cita la ciu-
dad en uno de sus itinerarios. Muchas otras referencias se encuentran en las
fuentes escritas de los siglos III al VII d. C.
Astorga está situada sobre un cerro en forma de espigón de 868 m. de
elevación, situado en el interfluvio de los ríos Jerga y Tuerto. Su empla-
zamiento se buscó en el límite noroccidental de la Meseta, al borde
mismo de terrenos de naturaleza muy diversa: los Montes de León y
Sierra de la Cabrera, al oeste y suroeste, y las campiñas aluviales que
rellenan el noroeste de la cuenca del Duero, al este. Esta posición estra-
tégica la convierte en encrucijada de las comunicaciones entre la
Submeseta Norte y Galicia. La ciudad controlaba las rutas con origen en
los más importantes enclaves urbanos del noroeste hispano, principal-
mente Bracara Augusta y Lucus Augusti. A través de Asturica se pone en
contacto toda la red viaria del cuadrante noroccidental de la Península
con el oriente de Hispania, principalmente con las ciudades de
Caesaraugusta (Zaragoza) y la capital de la prouincia Tarraconensis,
Tarraco (Tarragona), así como con Burgidala (Bordeaux), en el sur de la
Galia. Asturica fue asimismo uno de los asentamientos más importantes
en la bien conocida ruta norte-sur del occidente peninsular, la llamada
“vía de la Plata”, que comenzaba en Emerita Augusta.

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Tradicionalmente se ha venido considerando Astorga como una ciu-


dad romana surgida, bien de un asentamiento indígena, bien de un
recinto militar construido durante las guerras cántabras. Pero ninguna
de estas hipótesis sobre su origen se ha podido probar en el momento
actual, aunque las numerosas excavaciones arqueológicas llevadas a cabo
en esta localidad han permitido identificar una fase militar inicial.
El análisis de los materiales recuperados de este horizonte castrense
(terra sigillata itálica, lucernas de los tipos Vogelkopflampen y las formas
más antiguas de volutas, armas y elementos de la indumentaria militar,
así como numerario augusteo de cecas hispanorromanas y acuñaciones
del Noroeste con reverso de caetra) muestran significativos paralelos
con otros campamentos augusteos hispanos como Herrera de Pisuerga
y León, y con asentamientos coetáneos de fuera de nuestras fronteras.
Recientemente se han identificado asimismo restos de estructuras
constructivas en madera, practicadas sobre el nivel natural del terreno,
a modo de trincheras o zanjas de cimentación, destinadas a albergar
durmientes en madera para cimentar construcciones sustentadas
mediante postes, cuyas huellas han quedado marcadas sobre el terreno.
Dichas estructuras responden a modelos propios de la arquitectura
militar romana en madera (Fig. 43). El reciente hallazgo de un doble
foso del tipo fossae fastigatae, de sección en “V”, perteneciente sin lugar
a dudas al sistema defensivo del campamento, constituye un argu-
mento decisivo respecto al carácter militar del primitivo asentamiento
de Astorga.
Sin embargo, a la vista de las evidencias arqueológicas documentadas
hasta la fecha, no se puede datar este campamento durante las guerras
cántabras. Las características de los restos materiales adscribibles al asen-
tamiento militar permiten remontar su fundación a un momento ante-
rior al cambio de Era, en torno al 15/10 a. C., posterior en todo caso al
conflicto bélico con los pueblos septentrionales. El hallazgo de varios
epígrafes funerarios de soldados de la legio X gemina reutilizados en la
obra de la muralla bajoimperial de la ciudad, así como dos grandes silla-
res de granito reempleados en una construcción posterior, que presentan
la inscripción L.X.G. grabada en grandes letras capitales cuadradas, nos
permiten identificar a la Legión X Gemina como la unidad ocupante del
campamento (Fig. 44). La presencia de esta legión debía garantizar la
penetración romana hacia los Montes de León y El Bierzo, así como la
preparación de las infraestructuras necesarias para el desarrollo de la
minería aurífera.
La duración del recinto castrense establecido en Astorga parece ser
corta. A juzgar por el registro arqueológico, hacia el 15/20 d. C., esto es,

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Fig. 43. Astorga. Estructuras negativas correspondientes a estructuras en


madera de la fase militar (V. García Marcos).

a comienzos del reinado de Tiberio, se acomete una gran remodelación


en el asentamiento, coincidente con su transformación en ciudad y capi-
tal del conuentus Asturum, transformación que sin duda está en relación
con el inicio de las explotaciones auríferas a gran escala en la región, que
requerían un centro de administración y control. Hacia esta fecha se
detecta una gran remodelación urbanística con potentes niveles de ate-
rrazamiento y relleno llevada a cabo en el solar ocupado más tarde por la
ciudad. Coincidiendo con esta remodelación urbanística, la legio X
gemina se traslada a un nuevo emplazamiento 50 km. más al sur, el cam-
pamento de Rosinos de Vidriales (Zamora). La fundación de Asturica
Augusta coincide con la reorganización demográfica y funcional de los

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Fig. 44. Astorga. Sillar con marca L(legio) X G(emina)


(V. García Marcos).

asentamientos indígenas y con la creación de la nueva estructura admi-


nistrativa en torno a la capital del conuentus iuridicus (Fig. 45).
Muy relevante para el conocimiento del proceso de desarrollo admi-
nistrativo de Asturica y del conjunto de la región noroeste peninsular son
dos documentos epigráficos recientemente hallados. El primero es la lla-
mada Tabula Lougeiorum, en la cual se menciona un hasta ahora desco-
nocido conuentus Arae Augustae. Una vez rematado el proceso de
conquista, Ara Augusta se habría convertido en la sede de un conuentus
iuridicus, concretamente en el año 1 d. C. A nuestro juicio (Fernández
Ochoa & Morillo), no podemos aceptar la identificación de este con-
vento Arae Augustae con el posteriormente denominado conuentus
Asturum. Tampoco tenemos argumentos para identificar Asturica
Augusta con la posterior Ara Augusta. El segundo documento epigráfico
es el llamado Edicto del Bierzo, datado en el 15 a. C., donde se men-
ciona una desconocida prouincia Transduriana, que debe relacionarse sin
duda con las regiones de Asturia y Gallaecia. Ambas evidencias epigráfi-
cas plantean numerosas cuestiones sobre la primera organización admi-
nistrativa del territorio del noroeste de Hispania.
Concebida desde un primer momento como sede de la administra-
ción regional, Asturica se transforma en el centro de la maquinaria esta-
tal en la región, como capital del conuentus y, por lo tanto, residencia del
legatus iuridicus, encargado de administrar justicia, y del procurator per

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Fig. 45. Astorga. Relieve militar (Museo de los Caminos).

Asturiam et Gallaeciam, cargo en estrecha relación con las extracciones


de oro, mineral que debía centralizarse en la ciudad hasta su traslado por
vía terrestre a Roma. A comienzos del siglo III se convierte en capital de
la efímera prouincia Hispana nova citerior Antoniniana. Esta evolución se
encuentra en estrecha relación con el desarrollo de las explotaciones aurí-
feras en la región.
El avance de la investigación arqueológica en Astorga ha proporcio-
nado una información muy abundante sobre su estructura urbana, más
completa que la de la mayor parte de asentamientos de época romana en
el cuadrante noroeste peninsular.
A partir del periodo flavio (70-98 d. C.), como consecuencia del gran
desarrollo de las explotaciones mineras, la ciudad conoce un significativo
impulso urbanístico. Se introducen importantes modificaciones en su
primera planificación urbana tendentes a una mayor monumentaliza-
ción. En este momento quedan ya definidos los rasgos principales de su
tejido urbano, cuyo conocimiento ha progresado de forma espectacular
en los últimos años. El trazado ortogonal inicial, de época julioclaudia,
se corrige, al menos en algunos sectores, sustituyéndolo por una nueva
trama urbana, caracterizada por manzanas rectangulares que se adaptan

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a la estructura algo irregular del cerro. Calles y cloacas, muestran una


planificación urbana basada en un esquema ortogonal, sin duda deudor
en gran parte de su pasado campamental, que sin embargo no se aplicó
de una manera rígida, adaptándose a los condicionamientos topográficos
del terreno. El sector noroeste, que ocupa parte del antiguo campa-
mento, es el que parece presentar una tendencia más claramente regular,
habiéndose reconocido ya una buena parte de su red viaria y sanitaria,
que sigue una dirección noroeste-sureste. Las insulae o manzanas de
casas presentan unas proporciones bastante regulares. Las estructuras
halladas en la parte meridional de la ciudad se caracterizan por adaptarse
al espolón del cerro, lo que se traducirá en una orientación próxima al
eje norte-sur. Próximo a la intersección entre ambas tramas urbanas se
edificó un enorme foro, que actúa como elemento unificador del espacio
urbano (Fig. 46).
Las calles muestran una anchura relativamente uniforme, entre los 4
y los 7 m. Algunas pudieron ser más anchas pero con casi toda seguridad
nunca superaron los 9 o 10 m. Su morfología se adapta a dos modelos
básicos. El más elaborado, y que sin duda se empleó en aquellas arterias
de mayor importancia, es aquél que cuenta con un pavimento de gran-
des losas cuarcíticas de mediano tamaño y forma irregular, disponién-
dose en sus intersticios pequeños guijarros y fragmentos de ladrillos, con
el fin de calzarlas convenientemente. En el segundo modelo, más tosco,
las losas se han sustituido por un simple pavimento de cantos rodados y
fragmentos de ladrillo, englobados en una matriz arcillosa. No contamos
por el momento con ningún dato que nos haga suponer como eran las
aceras, aunque es lógico pensar en su presencia.
Otra de las características que parece definir a las vías asturicenses es
el de la presencia de pórticos, al menos en uno de sus lados. Esta prác-
tica de origen oriental, común a un buen número de ciudades, tenía una
doble función, ya que además de proteger de las inclemencias climatoló-
gicas y alojar las aceras, servía para proporcionar un lugar idóneo para la
instalación de ciertas actividades artesanales y comerciales en las tiendas
o tabernae.
El descubrimiento de buena parte del sistema de evacuación de aguas
de la ciudad ha contribuido a dar a conocer el trazado urbano de
Asturica. Las modalidades edilicias de las cloacas asturicenses no son uni-
formes, especialmente en lo que se refiere a las soluciones del cerra-
miento del canal, puesto que se emplea tanto la bóveda de medio punto
como la cubierta adintelada. En algunas de las recientes excavaciones se
ha podido constatar la inutilización de ciertos ramales adintelados, sus-

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Fig. 46. Astorga. Planimetría de la ciudad altoimperial (M. A. Sevillano).


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tituidos por galerías abovedadas de hormigón (opus caementicium)


durante el periodo flavio.
Diversos indicios apuntan el hecho de que la ciudad romana altoim-
perial desbordaba seguramente, al menos por el lado noroeste, el límite
impuesto siglos más tarde por la muralla bajoimperial, que se identificó
asimismo con el recinto de la ciudad medieval.
Las estructuras descubiertas en la zona meridional de la ciudad se
caracterizan por su adaptación a la topografía del cerro, que efectiva-
mente presenta una orientación norte-sur. La transición entre ambos
sectores de la ciudad se realiza a través del foro. Este es un amplísimo
edificio de planta cuadrangular de unos 190 m. de lado, que ocupa unos
30000 m2 de superficie. Presenta un gran pórtico monumental, docu-
mentado en sus lados occidental y meridional, jalonado a intervalos por
exedras semicirculares y cuadrangulares, estas últimas ocupando una
posición axial. Una de dichas exedras, de planta rectangular, y con cabe-
cera semicircular, alberga un aula decorada con un rico pavimento de
mármol de diseño geométrico (opus sectile), que se ha interpretado como
un posible templo de culto imperial (aedes augusti) e incluso como una
curia. En el muro de cierre oriental se abrían posiblemente dos grandes
ábsides semicirculares, de los cuales tan sólo uno ha podido ser docu-
mentado.
Pero sin duda el elemento más singular del conjunto se encuentra en
el espacio interior del foro. Ocupando una posición centrada en la plaza
del foro se encuentra una impresionante galería abovedada o cripta fabri-
cada con hormigón (opus caementicium), la llamada “ergástula”. Se trata,
posiblemente de una construcción que soportaba una superestructura de
problemática interpretación, desaparecida por completo, posiblemente
un templo rodeado de un pórtico columnado en forma de U.
Diversos testimonios arqueológicos apuntan a que el proyecto origi-
nal del foro fue de época julioclaudia, momento al que corresponde la
primera organización urbana de Astorga, y se remontaría por lo tanto a
las décadas centrales del siglo I d. C. Durante el periodo flavio tanto el
foro como el resto de la ciudad experimentan un cambio urbanístico
muy significativo, tendente a su monumentalización.
El reciente descubrimiento de una torre de planta circular formando
parte de un corto y estrecho lienzo de muralla que amortiza los fosos del
campamento anterior plantea numerosas cuestiones relativas a la posible
presencia de una muralla del periodo julioclaudio en Astorga. Sin
embargo, carecemos de otras evidencias arqueológicas de esta hipotética
muralla. Tal vez estas construcciones formaran parte de una segunda fase
constructiva del campamento de la legio X gemina en Astorga, que debía

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contra con una de sus puertas precisamente en este sector, motivo por el
que tal vez se reforzaría la zona.
Numerosos edificios públicos se construyen en Asturica Augusta
durante el siglo I d. C. Uno de los más importantes es el de las llamadas
Termas Mayores, situadas en el centro de la ciudad. El complejo termal
se edifica a mediados del siglo I d. C., permaneciendo en uso hasta
mediados del siglo III. Unas termas de dimensiones más reducidas
(Termas Menores), construidas en época flavia, se descubrieron en el sec-
tor occidental de la ciudad junta a la muralla bajoimperial.
La arquitectura doméstica es sin duda uno de los capítulos mejor
conocidos de la arqueología de la ciudad romana de Asturica Augusta. Se
conocen total o parcialmente más de diez viviendas romanas, además de
varias instalaciones artesanales. El tamaño de las viviendas varía desde
simples casas familiares a grandes y lujosas mansiones de personajes vin-
culados a la administración de la ciudad o al comercio. Todas ellas utili-
zan muros de mampostería, combinada a veces con el adobe y el tapial.
Su interior estaba habitualmente decorado con gran lujo, con paredes
pintadas con vistosos colores, suelos de mosaico o mármol, ventanas
cubiertas con vidrios, etc.
Uno de los primeros edificios de carácter privado conocidos, excavado
por J. M. Luengo a comienzos de la década de los 60 del siglo XX, fue la
Casa de las Columnas Pintadas. Únicamente se pudo reconocer parte de
una gran dependencia, conservando uno de sus zócalos restos de pintu-
ras con representaciones de mármol. El resto del esquema decorativo,
fechado a finales del siglo I d. C. o inicios del II, ha podido ser recons-
truido, no obstante, merced a los numerosos fragmentos pictóricos
hallados en el transcurso de la excavación.
Junto a las Termas Mayores se sitúa la Casa del Gran Peristilo, que
ocupa una gran manzana rectangular de unos 2000 m2 situada en el
corazón de la ciudad romana, flanqueada por uno de sus lados por una
de las dos calles principales de la urbe, el decumano máximo. La fase de
construcción más antigua se remonta a las décadas centrales del siglo I d.
C. A este momento le corresponden una serie de estructuras domésticas
dispuestas en torno a un pequeño patio o atrio con un aljibe o implu-
vium en el centro. Durante la segunda mitad del siglo I d. C. se realiza
una gran reforma y ampliación de la casa, cuya consecuencia más signi-
ficativa es la edificación de un gran peristilo porticado en la parte central
de la vivienda. En el centro del mismo aparece una gran estructura de
hormigón, interpretada como una gran fuente monumental. Alrededor
del peristilo se dispone una serie de habitaciones organizadas de manera
axial.

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Otra casa del periodo julioclaudio es la Casa del Pavimento de Opus


Signinum, situada en las proximidades del ángulo noroccidental del
Foro. Esta vivienda proporciona una completa información sobre el
desarrollo urbano de esta parte de la ciudad durante el siglo I d. C. Sobre
los restos pertenecientes a la fase militar del asentamiento, se construye
una vivienda en época tiberiana, una de cuyas habitaciones conserva res-
tos de un suelo de opus signinum, el ejemplo más septentrional encon-
trado hasta la fecha en Hispania. La construcción del foro marca un
cambio muy significativo en la orientación de los edificios de esta zona,
que adoptan una alineación norte-sur siguiendo el trazado del foro.
Sobre la fase anterior de la vivienda, a finales del siglo I d. C. se cons-
truye una nueva casa, cuyas estancias se encuadran casi simétricamente
en torno a un peristilo porticado, flanqueado en dos de sus tres lados
conocidos por lo que parecen ser amplios corredores. A partir del siglo
III la construcción doméstica experimenta una clara decadencia.
Algunas habitaciones fueron restauradas mientras otras estancias fueron
subdivididas mediante muros.
Una de las primeras mansiones documentadas fue la denominada
Casa del Mosaico del Oso y los Pájaros. Su planta, parcialmente cono-
cida, es el resultado de varias remodelaciones, la más importante de las
cuales se data a finales del siglo I d. C. o comienzos del II. El área reser-
vada al uso termal se sitúa al oeste. En conexión con las estancias terma-
les se distribuyen otra serie de espacios, de uso eminentemente
residencial, entre los que destaca especialmente el pavimentado con el
excelente mosaico con figuraciones animales y vegetales que da nombre a
la domus. Fechado a comienzos de la dinastía de los Severos, su esquema
compositivo y la situación de la estancia a la que tapiza, articulada proba-
blemente en torno a un peristilo, apuntan a que estamos ante un tricli-
nium u oecus, salón de recepciones o comedor principal de la casa.
Se han descubierto otras estructuras domésticas, como la Casa de la
Muralla, junto con construcciones de carácter comercial (tabernae) o
industrial, como una posible fullonica.
El suministro de agua a la ciudad romana sigue siendo uno de los más
serios interrogantes que plantea la arqueología astorgana, ya que ningún
resto de canalización aérea o subterránea, que probara la existencia de
algún género de acueducto, ha sido hallada en sus inmediaciones. Pozos
para la extracción de agua potable, como el hallado en las cercanías de la
casa del Opus Signinum, debieron satisfacer las necesidades de agua de la
ciudad. Únicamente contamos con una vaga referencia de J. M. Luengo
sobre la aparición de unas gruesas tuberías de plomo en los alrededores

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de la ciudad, posiblemente los restos de las conducciones romanas para


abastecimiento de agua.
La indiscutible vitalidad urbana de Asturica parece experimentar una
crisis a mediados del siglo III d. C., coincidiendo con el final de las
explotaciones auríferas a gran escala. La arqueología revela que muchos
de los edificios públicos y privados son progresivamente abandonados,
mientras se ocupan y remodelan estructuras anteriores y se reutilizan
materiales más antiguos.
Fuera del recinto amurallado existen también numerosos testimonios
sobre la existencia de varias necrópolis, aunque en su mayoría parecen
ser de época bajoimperials. Un posible lugar de enterramiento del
periodo altoimperial se encuentra en el lugar conocido como Prado
Otoño, ya que se conoce el hallazgo de una sepultura de mampostería
forrada interiormente de grandes ladrillos bipedales, en cuyo interior se
había depositado un estuche oval de plomo que contenía una urna cine-
raria de vidrio de forma globular.
El territorium de la ciudad romana permanece en su mayor parte inex-
plorado. En el año 1990, con motivo de la realización de importantes
movimientos de tierras para instalar el Polígono Industrial de Astorga al
noroeste de la ciudad, se produjo el hallazgo de una construcción
romana que fue seguidamente excavada. En clara asociación con ella
aparecieron gran cantidad de molinos para molturar cereal, lo que ha
inducido a pensar en algún género de instalación artesanal dedicada a las
tareas que tales enseres sugieren, en directa dependencia de la ciuitas
asturicense, en funcionamiento durante la segunda mitad del siglo II d.
C. y los primeros compases del III. Materiales de época romana se han
identificado asimismo en los alrededores de la ciudad. Se han documen-
tado dos villas rústicas, El Soldán (Santa Colomba de Somoza) y San
Adrián (Villoria de Orbigo).
Ángel Morillo & M. Ángeles Sevillano

ATXA
Localización: Atxa, Vitoria, Álava, País Vasco, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: fuerte auxiliar

Este enclave arqueológico se sitúa en la zona norte de Vitoria-Gasteiz,


sobre una colina amesetada que presenta un cortado sobre el río Zadorra
(afluente del Ebro). Toda el área conservada fue excavada en extensión,
primero R. Loza y E. Gil Zubillaga en 1982, y a continuación por E. Gil

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Zubillaga entre 1983 y 1988, quedando cubierta tras aquellas investiga-


ciones. Por su ubicación forma parte del parque perimetral o anillo verde
que delimita la ciudad.
Se trata de un emplazamiento estratégico, sobre el que primeramente
se emplazó un poblado de la IIª Edad del Hierro (entre los siglos IV-III
a. C.). Con posterioridad se asentó allí, a partir de época flavia (fines
siglo I d. C.-principios del II d. C.) un pequeño campamento militar de
carácter temporal.
El campamento presenta dos fases constructivas. En la primera fue
construida un pequeño barracón para el alojamiento de tropa. Su planta
estaba compuesta por 4 módulos adosados, dotado cada uno de ellos de
un pasillo de acceso que serviría además para el almacenaje de la impedi-
menta. La segunda fase constituye el asentamiento definitivo de la uni-
dad militar en este lugar, si bien con una corta duración temporal.
Conocemos la parte noroccidental del campamento. El cierre norte que
daba al cortado sobre el Zadorra, lo constituían los propios edificios. Por
el oeste se protegían mediante una simple tapia con contrafuertes. En la
zona excavada se individualizan 5 edificios separados por calles. En el
borde del río se escalonan 3 grupos identificados como almacenes y, al
sur de ellos, una barraca para el alojamiento de tropa, así como los prin-
cipia o cuartel general. Fueron igualmente identificados un hogar colec-
tivo exterior adosado a los almacenes, así como un basurero –excavado
en sus proximidades– que proporcionó un notable lote de evidencias
amortizadas, informándonos sobre los ajuares y la dieta de este estableci-
miento (Fig. 47 y 48).
Por las especiales circunstancias de este lugar –corto período de utili-
zación y nivel de abandono, con un basurero del que proviene gran parte
del material– podemos considerar al ajuar procedente de este enclave
prácticamente como un conjunto cerrado. Así si bien algunos de los
índices recuperados poseen en sí mismos cronologías algo más antiguas
(como una fibula Aucissa, los estilos decorativos de imitación sobre TSH
ampliamente representados sobre cuencos 29 y vasos 30 y en menor
medida sobre cuencos 37, cerámica de paredes finas “cáscara de huevo”,
etc.) el conjunto ha de datarse lógicamente a través de los elementos más
recientes, como serían los cuencos 37 asociados a decoraciones de círcu-
los, que también aparecen más puntualmente sobre cuencos 29.
Entre el resto del ajuar podemos diferenciar entre ajuar de carácter
doméstico, bien representado, con cerámica común de mesa y de cocina,
de almacenaje y transportes, morteros, vajilla de vidrio y los ajuares pro-
fesionales. Entre estos últimos un nada desdeñable conjunto de instru-
mental médico-quirúrgico (tijeras, pinzas, tenacillas, sondas, escalpelos,

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cucharilla, etc.), así como el relacionado con la indumentaria militar


(fíbula, escama de lorica, apliques para las correas del mandil del cingu-
lum, etc.). En este mismo sentido, a destacar la presencia –entre los res-
tos de armas– de una arandela de hierro correspondiente al capitulum de
una balista.
Nos encontramos ante un tipo de establecimiento muy poco fre-
cuente en esta zona peninsular, máxime en cronología altoimperial como
es el caso. Se trata de un pequeño asentamiento en una “zona amiga”, sin
especiales necesidades defensivas. Pese a ello se eligió para su emplaza-
miento una colina, cuyas capacidades estratégicas ya habían sido apre-
ciadas por sus moradores previos de la II Edad del Hierro. En la parte
conservada del yacimiento no había evidencias de obras de fortificación
adicionales, si bien desconocemos si en el resto de la colina, desaparecida
durante las importantes obras de infraestructura urbana de esta parte de
la ciudad de Vitoria-Gasteiz se dispusieron éstas como hubiera sido espe-
rable. En cualquier caso, su ubicación se encuentra en una posición
inmejorable para el control de la vega del Zadorra que se extiende a sus

Fig. 47. Atxa. Planimetría (E. Gil Zubillaga).

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Fig. 48. Atxa. Reconstrucción (E. Gil Zubillaga).

pies, por donde verosímilmente discurriría una de las rutas de comuni-


cación que llevaba desde la ciudad de Veleia hacia el norte, hasta enlazar
con el valle del Deba. Del mismo modo si miramos hacia el sur nos
encontrariamos con el vecino trazado de la principal vía de comunica-
ciones del territorio, la Astorga-Burdeos. En cualquier caso como hipó-
tesis hay que considerar también las necesidades de reclutamiento que se
producen en estos momentos y que culminarán con la constitución de
una serie de unidades auxiliares indígenas, entre las que es sugerente citar
a la cohors Carietum et Veniaesum, en cuyo ámbito territorial se situaría el
campamento de Atxa.
Eliseo Gil Zubillaga

BAÑOS DE BANDE
Localización: Baños de Bande, Porto Quintela, Bande, Ourense, Galicia,
España
Nombre latino: ¿Aquae Querquernnae?
Tipo de asentamiento: fuerte auxiliar

Los párrafos que siguen no pretenden otra cosa que ofrecer una breve
reseña de lo hasta ahora realizado en el yacimiento que se menciona en
el título, según se nos demandó por parte del coordinador del presente

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congreso internacional. Prescindimos, por lo tanto, del aparato crítico y


bibliográfico habitual en todo trabajo académico de altura ya que, por
otra parte, nos es grato adelantar que ha entrado en imprenta la memo-
ria científica, en dos volúmenes y casi 1000 páginas, de 30 años de exca-
vación en el yacimiento, que ambicionamos esté pronta para cuando este
congreso se inaugure..
Nuestro campamento se halla situado al suroeste de la provincia de
Ourense, ayuntamiento de Bande y valle alto del río Limia, a la vera de
unas surgencias termales que entrarán a formar parte, junto con el etnó-
nimo de los Quarquerni, en el topónimo con el que es conocida la ter-
cera mansión de la via nova del Itinerario de Antonino, transcrita por el
autor del mismo como Aquis Querquennis.
Desde antiguo es conocido el lugar por la presencia de restos romanos
de diversa naturaleza, de los que se fueron haciendo eco en las pasadas
centurias Castellá Ferrer, Flórez, Sarmiento, Barros Sibelo, Macías,
Cuevillas etc., siendo este último el primero en intentar una excavación
en regla en dicho lugar a principios de los años 20 de la pasada centuria.
Sin embargo, el intento no pasó de unas ligeras catas practicadas sobre la
muralla, que el insigne prehistoriador gallego atribuyó a un gran edificio
de naturaleza no determinada.
En 1975 solicitó el que suscribe permiso para intervenir en dicho
yacimiento, concretamente en el paraje que denominaban los naturales
del lugar A Cidá, para lo que fue precisa la autorización de FENOSA,
propietaria de los terrenos, por cuanto el yacimiento se halla emplazado
dentro de los límites de un embalse. Posteriormente, la compañía eléc-
trica ejercería de mecenas inestimable a favor del proceso de excavación,
consolidación y recrecimiento de las ruinas, lo que ha resultado funda-
mental en su devenir.
Durante esta primera campaña se realizaron diversos sondeos, que
concluyeron con la exhumación de una de las torres esquineras de la
muralla, de una cisterna que, andado tiempo, se confirmaría como la del
compluvium de un barracón de tropa, y de una serie de vestigios de todo
tipo que comenzaron a hacernos dudar, tanto de la naturaleza del gran
recinto murado rectangular que podía ya por entonces intuirse mediante
el examen de la fotografía aérea, como de la unidad histórica del yaci-
miento. La segunda, también breve, fue llevada a cabo en 1978 sobre un
segmento de muralla del lado occidental, exhumándose un lienzo inte-
rior originario de 110 cm. de altura sobre la línea de cimentación.
Pero fue en 1980 cuando, con motivo de mi estancia en Heidelberg y
Stuttgart, visitando diversos campamentos del limes renano, entre ellos
Aalen, Rottweil, Heidenheim etc., disfrutando de la cortesía del Dr.

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Dieter Plank, director del Landesdenkmalamt de Baden-Würtemberg,


llegué a la convicción de que en Aquis Querquennis nos las habíamos con
dos tipos de establecimientos romanos asociados: un campamento y una
mansión viaria. Y fue desde estas datas que fueron programadas campa-
ñas de excavación prolongadas, sobre todo en el campamento, pero tam-
bién en la mansión, y que se fue procediendo progresivamente a la
configuración de un complejo arqueológico que lleva camino de conver-
tirse en el referente cultural de toda la zona.
Dicho lo que antecede, es hora ya de describir brevemente los resulta-
dos obtenidos, procediendo por conjuntos homogéneos y siguiendo un
criterio diacrónico.
Prescindiendo de actuaciones anteriores, en todo caso complementa-
rias, entre 1980-1989 se descubrió un amplio horizonte de ruinas, que
ha permitido ir efectuando una diagnosis científica, creemos que
correcta, del yacimiento. En cuanto al sector de las defensas, los trabajos
se fijaron en el lado septentrional del establecimiento militar. Allí se
excavó un pequeño segmento de foso de perfil en V, comprobándose que
no existían otros posibles situados más al exterior. Sin embargo, los tra-
bajos se centraron preferentemente sobre la línea de la muralla, exhu-
mándose un tramo de casi 70 metros, así como la porta principalis
sinistra completa. En lo que respecta al lado occidental, se procedió a
excavar la porta decumana, restando de ella todavía la parte exterior de las
torres.
Por otra parte, en el interior del campamento fueron poniéndose al
descubierto dos barracones de la tropa (strigia) de manera total y un ter-
cero parcialmente, así como dos grandes horrea, el valetudinarium y los
vestigios de una posible canaba en el exterior sur del recinto murado.
Entre 1990 y 2000 los trabajos de excavación se centraron en el
ámbito de la mansión y en la consolidación y recrecimiento parcial de las
ruinas, tanto del campamento como del establecimiento viario.
Y fue a partir de 2000 cuando, tras la confección y aprobación del
correspondiente plan director del yacimiento, se inició un nuevo
periodo de intervenciones en el interior del establecimiento militar aus-
piciadas por la recién creada Fundación Aquae Querquennae-Via Nova ,
financiadas con proyectos europeos y aportaciones de Unión FENOSA,
coordinadas por el que suscribe y dirigidas por Santiago Ferrer Sierra,
miembro del Grupo Larouco. Fruto de tales trabajos ha sido la exhuma-
ción, durante 2001-2002, de un gran sector de muralla del lado occi-
dental del campamento, comprendiendo un notable segmento de la
cortina norte y toda la oeste hasta la porta decumana.

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Pero fue entre 2003-2005 que se procedió a excavar la joya de la


corona, los principia, los cuales han quedado exhumados en su totalidad,
pudiendo comprobarse la implantación de un modelo, en parte canó-
nico y en parte sumamente original, que no es hora de describir en este
lugar. En todo caso, se trata del primer espécimen de su género exhu-
mado totalmente dentro de la Península, después del de Cidadela, cro-
nológicamente posterior con respecto al nuestro (Fig. 49 & 50).

Fig. 49. Baños de Bande. Planimetría (A. Rodríguez Colmenero).

Y dicho lo que antecede, hora es de avanzar algunas consideraciones


que, al vuelo, surgen tras los descubrimientos efectuados.
La primera se refiere a la razón de ser de este campamento. Dado que
su implantación es de época flavia, como dan a entender los vestigios
cerámicos y monetarios exhumados, no cabe pensar en que su finalidad
primordial haya podido ser la de control de las poblaciones indígenas.
Sin desechar la importancia que en un determinado momento pudo
haber tenido dicha finalidad, preferimos relacionar el hecho con el pro-
ceso de urbanización que la dinastía flavia lleva a cabo en el noroeste
Peninsular. Es la época en que se promocionan jurídicamente algunos de
los núcleos surgidos tras el trazado de las vías augusteas de la zona y
sobre todo de Aquae Flaviae, la antigua mansión de Ad Aguas, que ahora
se transforma en el único municipio romano hasta la fecha constatado
expresamente dentro del amplio Noroeste Hispánico. Su promoción
municipal se inaugura con la erección de un gran cilindro en la capital
de la que, de hecho, se convierte en este momento en la capital de la

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Fig. 50. Baños de Bande. Fotografía aerea (A. Rodríguez Colmenero).

Gallaecia meridional interior. No otra cosa está delatando la presencia en


el Padrao dos Pobos de las diez ciuitates ocupantes de territorios limítro-
fes entre sí y continuos, entre los cuales figuran los Quarquerni. No se
trata de la inauguración de puente alguno, como sin razón válida apun-
tan autores que deberían estar más informados, sino del reconocimiento
debido a las autoridades romanas en el núcleo estrella de la promoción.
Sin embargo, ésta abarca todo el territorio y lo hace abordando las cues-
tiones básicas capaces de transformarlo: la construcción de nuevas rutas
interiores vertebradoras del territorio y la apertura de más explotaciones
mineras, sobre todo de oro, factores ambos determinantes para la
implantación, en torno a ellas, del hábitat rural de planicie. Ahora bien,
el responsable de esta acción coordinada en el noroeste de la Península
es, no sabemos desde cuando pero sí cuando (a. 79), el activo legado de
la Citerior, C. Calpetano Rantio Quirinal Valerio Festo, y las ejecutoras
inmediatas las vexillationes de la legión séptima gémina que, por lo
menos desde el año 74, venía reocupando el campamento de León. Por
ello no resulta casualidad que legado propretor y legión figuren en pues-
tos destacados del monumento flaviense.
Y es precisamente, a esta altura de la explicación, que cabe traer a
escena nuestro establecimiento militar, tanto más cuanto que, según los
últimos datos estaríamos a punto de confirmar su naturaleza legionaria,
como sede de una vexillatio de la legio VII gemina, concretamente la
cohors III. Parecen probarlo, por una parte, la marca, en relieve, de la

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legión sobre una tégula fragmentada y, por otra, el texto C(ohors) III, en
un caso con dedadas y el otro mediante sello, si bien, en este caso, al
numeral le falta, por fractura del soporte, el último dígito.
En este contexto, todo parece coordinarse. Con la llegada a León la
legio VII en torno al 74, coincidiendo con el edicto de ciudadanía de
Vespasiano, una de sus cohortes se trasladaría a Aquis Querquennis para
fundar un campamento subsidiario. Su finalidad sería, ante todo, la pro-
moción viaria y urbana de la región. Tareas esenciales a realizar serían la
transformación urbana de la capital del recién creado municipio de
Aquae Flaviae, la construcción de la via nova entre Bracara y Asturica,
por el interior, y, es una hipótesis de última hora, la construcción de la
vía Aquis Querquennis-Lucus, con lo que la comunicación por el interior
no se haría solamente entre Bracara y Asturica sino también entre
Bracara y Lucus, aprovechando, hasta Aquis Querquennis, la via nova y
una complementaria desde aquí hasta Lucus, de la que restan más de una
veintena de miliarios, bien es cierto que los más antiguos datan de los
primeros lustros del siglo III, y abundantes vestigios de un impresio-
nante trazado originario. A la construcción de esta segunda ruta se debe-
ría la presencia de ese legionario de la legio VII en Cornoces, en las
inmediaciones de dicha vía, ofreciendo un altar a Moltio Mordoetitiego.
De manera que en el año 79 se produce la inauguración de la via Nova,
la erección del Padro dos Pobos y la ofrenda, datada expresamente en
este mismo año, del soldado de la legión VII que en Cornoces hace su
ofrenda a una divinidad indígena. Demasiadas casualidades para un
tiempo tan comprimido. Sospechamos, por tanto, que la posición estra-
tégica del campamento de Aquis Querquennis, a la orilla de unas surgen-
cias termales generosas, a no mucha distancia de Aquae Flaviae y en el
punto, más o menos, en que la via nova se bifurcaría en Y hacia Asturica
y Lucus daría abasto a las necesidades derivadas de tanta actividad. Y esta
sería la razón del emplazamiento en este lugar de nuestro campamento.
Por otra parte, el mimetismo que se observa entre estructuras descu-
biertas en el campamento base de León y en el campamento subsidiario,
Aquis Querquennis, como es el caso de la porta principalis sinistra de
ambos establecimientos y es posible que de los principia, se explicaría
mejor si se tiene en cuenta la posible conexión sanguínea entre ambos
establecimientos militares.
Antonio Rodríguez Colmenero

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BURGO DE OSMA
Localización: Burgo de Osma, Soria, Castilla y León, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: fuertes auxiliares

El campamento pertenece al grupo de aquellos que han sido detectados a


través de la fotografía aérea. Se documentó en 1991 en un fotograma reali-
zado en un vuelo sobre el conjunto arqueológico de Uxama (Osma, Soria)
en la que se aprecia una estructura identificable como campamento romano
de pequeño tamaño y morfología altoimperial, situado a 1 km al Sur de la
ciudad. En vuelo posterior (1994) se obtuvieron imágenes más completas
que después fueron tratadas informáticamente para lograr una representa-
ción planimétrica fiable. Junto a este recinto y al Este parece distinguirse
parte de otra estructura del mismo tipo pero mayor y con una orientación
ligeramente distinta. El sector queda fuera de la zona donde se ha previsto
excavar a corto y medio plazo. Aunque en una primera inspección superfi-
cial se ha recogido abundante cerámica altoimperial, está pendiente de una
prospección sistemática. Ha sido objeto de una sola publicación en 1996.
Se trata de un espacio rectangular de 185 por 125 m., con las esqui-
nas redondeadas, orientado en sentido norte-sur y delimitado por una
franja de 10 m. de anchura que en las fotografías aéreas aparece blan-
quecina entre dos líneas oscuras. Estos trazos corresponden al terraplén
y al foso del recinto (Fig. 51). No se observan puertas, aunque el centro
del lado septentrional aparece cortado por dos líneas transversales sepa-

Fig. 51. Burgo de Osma. Fotografía aerea (C. García Merino).

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radas entre si 30 m. El recinto, de 2, 3 ha., capaz para la estancia tem-


poral de una unidad auxiliar o un destacamento legionario, está situado
sobre la margen izquierda del Ucero, aguas abajo, en un llano ligera-
mente elevado sobre el cauce del río. Este emplazamiento resulta exce-
lente para el abastecimiento de víveres, agua y forraje y disfruta de una
óptima visibilidad del entorno. La situación junto a un pequeño nudo
viario que enlaza la calzada de Asturica a Caesaraugusta entre Clunia y
Uxama y su tramo secundario por el Duero entre Rauda y Uxama, con
la vía de Uxama a Segovia por Termes, es también muy buena desde el
punto de vista del control de las comunicaciones.
Este recinto podría explicarse por la presencia temporal en Uxama de
una vexillatio para determinadas obras públicas como el mantenimiento
de las calzadas o el amurallamiento de la ciudad de acuerdo con el papel
del ejército como técnico y asesor en el proceso de fortificación urbana.
Otros materiales procedentes de Uxama relacionables con el mundo
militar se recogen también en la noticia sobre el campamento.
Carmen García Merino

EL CAMPO DE LAS CERCAS


Localización: El Campo de las Cercas, Puente Viesgo y San Felices de
Buelna, Cantabria, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: campamento legionario

El campamento romano del Campo de las Cercas se encuentra en el


extremo septentrional del cordal montañoso estudiado, a 7 km. de la
Espina del Gallego, y ya cerca de la bahía de Santander. Tiene 18 ha., 1
km. de largo y dos estructuras campamentales adosadas y dotadas de un
vallum a base de agger de piedra, foso y contra-agger, así como 6 puertas
con clavicula interna. Las dos estructuras adosadas sugieren que albergó
2 unidades legionarias (Fig. 52).
Entre los materiales recuperados en este yacimiento destacan un
glande de plomo de honda, que apareció arrojado fuera del campa-
mento, y diverso utillaje procedente del interior del recinto Los materia-
les numismáticos son especialmente significativos: acuñaciones
indígenas del valle del Ebro fechadas del siglo I a. C. y bronces romanos
contemporáneos de las guerras cántabras.
Eduardo Peralta Labrador

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Fig. 52. El Campo de las Cercas. Fotografía aerea (E. Peralta).

EL CANTÓN
Localización: El Cantón. Molledo y Arenas de Iguña, Cantabria, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: fuerte auxiliar

Se encuentra al pie del castro de la Espina del Gallego, en su ladera oeste.


El lugar se denomina la Cotera Redonda y la zona El Cantón. Por sus
reducidas dimensiones se trata de un castellum romano. Es de planta cir-
cular y dispone de dos puertas con clavicula. En él se han practicado son-
deos para estudiar su estructura defensiva, que dispone de agger, una
única fossa fastigata y contra-agger exterior. La estructura formó parte del
cerco alrededor del castro de la Espina del Gallego (Fig. 53).
Eduardo Peralta Labrador

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Fig. 53. El Cantón. Fotografía aerea (E. Peralta).

LA CARISA
Localización: La Carisa, Asturias, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: campamento legionario

Con el nombre de La Carisa se conocía ya desde el siglo XI y antes,


según documentos, el tramo alto de una sierra que desciende desde el eje
de la cordillera Cantábrica hasta el centro de la región asturiana. A
mediados del siglo XIX el comandante de infantería E. G. Tuñón y
Quirós reconoce, tras el hallazgo casual de restos de cascos romanos, las
fortificaciones del monte Curriechos a 1700 m. de altitud, que atribuye
a un reducto indígena en relación con las guerras cántabras, propo-
niendo su identificación con el mítico monte Medulio. Más tarde J.
Somoza refuta esas teorías. Los investigadores modernos aceptaron su
condición de castro protohistórico desde el examen realizado por J. M.
González en 1964, insertándolo J. L. Maya en una economía pastoril
estacional, aunque luego en época romana pasaría a desempeñar una
función estratégica vinculada al control de la vía Carisa. Este camino fue
considerado romano por primera vez por el geólogo B. Sánchez, siendo
confirmado poco después por J. M. González. Algunas descripciones de
sus rasgos y trazado fueron notificadas por F. Diego Santos y C.

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Fernández Ochoa. En el año 2001 J. Camino, a partir de la tipología de


las fortificaciones y de otros elementos, señala su carácter de campa-
mento romano de campaña, iniciando en 2003 junto con R. Estrada y
Y. Viniegra el estudio arqueológico del yacimiento y su entorno.

El campamento romano
El campamento del monte Curriechos se localiza en un cerro a tan sólo
4 km. del eje de la Cordillera, cuya cota máxima de 1728 m. facilita un
amplio dominio visual de los valles centrales de Asturias, llegando a divi-
sarse la costa. Es relativamente complejo pues está formado por una
agregación de recintos y fortificaciones en una extensión de entre 8 y 10
ha., deparando un aspecto general bastante irregular en consonancia con
los castra necessaria. Deben señalarse, sobre todo, una serie de recintos
concéntricos, un gran espacio triangular que alberga una fuente, otro
reducto oval y una sucesión de terrazas escalonadas en la vertiente orien-
tal. El sistema de defensas es también vigoroso, sobre todo hacia el NO,
y cuenta con varios valla de fossa duplex y otro de fossa cuadruplex, que
estaban complementados con estacadas –cippi, cervi, accutissimi valli– y
empalizadas en los paseos de ronda, según se observó en las excavaciones.
Un titulum permite situar la puerta de la via principales (Fig. 54).
Diversas evidencias señalan varias ocupaciones sucesivas, una asociada
a la construcción de algunas defensas en 23 a. C. o después. Todos los
objetos recuperados son metálicos, destacando varios azadones, un hacha,
dolabra, posible aguijada, numerosas clavijas de tiendas de campaña varias
lanzas y pila, regatones, bala de honda, dardo y gatillo de catapulta,
tachuelas de calcei, etc. Varias monedas –denario de Julio César de 50-49
a. C., as de ¿Arausio? de 29 a. C., as de Celsa de 27 a. C. y as de Carisio
de 23 a. C.– sitúan el campamento en la época de las guerras cántabras.
Un camino romano atraviesa el eje de la Cordillera a 1800 m de altura,
desde el valle leonés de Pendilla, y avanza por la dorsal de la sierra de
Carraceo, pasando al pie del campamento, hasta el centro de Asturias. Los
mejores tramos muestran una anchura de caja de casi 6 m. y un trazado a
nivel. Seguramente uniría, a lo largo de más de un centenar de kilómetros,
las bases castramentales de la meseta leonesa con la costa asturiana, quizá
en la bahía de Gijón –Noega–, en cuyo itinerario se conserva otro topó-
nimo La Carisa cercano al posterior emplazamiento de Lucus Asturum.

Fortificaciones “ástures”
Unos mil metros al norte del campamento y a 1650 m. de altitud, se han
reconocido unas fortificaciones lineales que cortan un estrechamiento del

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Fig. 54. La Carisa. Fotografía aerea (J. Camino et alii).

eje de la sierra entre profundos precipicios. Constan de un talud rocoso y


de una muralla rehecha varias veces que alcanzan hasta 400 m. de longi-
tud. Desde su posición se domina la entrada de la vía en la vertiente astu-
riana de la Cordillera y es indudable su función de barrera ante
incursiones provenientes de las tierras meridionales. Un sector de la
muralla fue construido con compartimentaciones interiores, según la téc-
nica de módulos o cajones muy frecuente en las fortificaciones castreñas
de la segunda Edad del Hierro en la región. En su interior sólo se locali-
zaron escorias de hierro y arsenales de guijarros traídos desde una decena
de kilómetros y que pudieron usarse como proyectiles de honda. La
muralla presenta signos de una destrucción sistemática con zapas perpen-
diculares y un incendio intenso. Las obras son de naturaleza indígena y la
oposición estratégica y topográfica frente al campamento es modélica,
pero aún no se ha podido establecer la relación cronológica entre ellos.
Bastantes centenares de metros más al norte una sucesión de tres colosa-
les fosos vuelven a cortar la dorsal de la sierra en un collado. Previsiblemente
parecen corresponder a la retaguardia de la posición indígena.

Interpretación histórica
El escenario bélico presenta grandes similitudes con los hallazgos arque-
ológicos en el frente cántabro estudiados por E. Peralta, indicando una

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ofensiva S-N en la que fue primordial la construcción de la vía, apun-


tando a una operación combinada con el desembarco en la costa. La
estrategia de las guerras se basó en el dominio de las alturas orográficas
lo que mediatizó que las campañas fueran estivales. Toda la documenta-
ción es coherente para atribuir el origen del topónimo y del despliegue
bélico a Publio Carisio, legado de Augusto en el bellum asturicum entre
26-22 a. C. Falta por concretar el significado de la fortificación “ástur” y
si llegó a suponer un freno al avance romano provocando el atípico y
reforzado campamento –castra necessaria– situado en frente.
Estas investigaciones han impulsado el estudio de otra fortificación
lineal prácticamente similar que corta el Camino Real de La Mesa,
tenido por romano, a más de 1600 m. de altitud, en otro paso monta-
ñoso situado más al occidente de la región.
Jorge Camino, Rogelio Estrada & Yolanda Viniegra

EL CASTILLEJO
Localización: El Castillejo, Pomar de Valdivia, Palencia, Castilla y León,
España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: campamento legionario

El lugar se encuentra al nordeste del pueblo de Pomar de Valdivia, sobre


un extenso páramo acantilado denominado Castillejo o La Lastra, a
1049 m. de altitud. Al sur se alza el pueblo de Revilla de Pomar y al este
domina el lugar la plataforma de La Lora. Por el oeste se alza a unos 3
km. el Monte Bernorio, donde se asienta el conocido oppidum prerro-
mano que parece haber sido el objetivo del ejército romano.
El recinto campamental de Castillejo aprovecha como defensa por el
norte y por el noroeste las pronunciadas pendientes que caen sobre la
vega de Valdelomar. Por el sudoeste dispone de restos de un vallum con-
sistentes en un agger muy erosionado que forma un leve alomamiento
casi completamente borrado. Este agger reaparece con mayor nitidez al
aproximarse al carácterístico ángulo redondeado del perímetro sur, desde
donde vira en ángulo recto en dirección nordeste. Este último tramo, el
mejor conservado, es perfectamente rectilíneo y visible sobre el terreno y
en foto aérea. Mide unos 300 m. de largo por unos 3 m. de ancho. Hacia
el centro de esta línea del perímetro sudeste existe una característica
puerta en clavicula interna. Dentro de este recinto casi rectangular existen
3 alineamientos rectilíneos paralelos que terminan en el vallum (Fig. 55).

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Fig. 55. Castillejo. Fotografía aerea (E. Peralta).

Del ángulo redondeado situado al oeste del perímetro de la estructura


rectangular central sale un brachium de unión del campamento con la
zona de aguada o con los atrincheramientos exteriores.
Las dimensiones de este recinto campamental central son de 18, 38
ha., espacio normal para un establecimiento campamental de campaña
(castra aestiva) de una o dos legiones, pero durante los sondeos de los
años 2000-2001 se descubrió una nueva línea defensiva exterior de un
vallum de mayores dimensiones situada al sudeste de este primer recinto
rectangular. Esta nueva línea defensiva encierra una superficie que
supera las 41 ha., caso de que el campamento no sea incluso más extenso
y esté en parte enmascarado por las estructuras altomedievales que ocu-
pan la zona llana delimitada por cantiles que se extiende desde el recinto
campamental central hacia el oeste, lo que indica que nos encontramos
ante un campamento de varias legiones.
Los trabajos arqueológicos han permitido estudiar las características y
dimensiones de las dos líneas defensivas y han suministrado material
militar romano y monedas que lo sitúan en época de Augusto.
Eduardo Peralta Labrador

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CASTROCALBÓN
Localización: Castrocalbón, León, España
Nombre latino: ¿?
Tipo de asentamiento: fuertes auxiliares

Al estudiar en 1965 la fotografía aérea del trazado de la vía XVII del


Itinerario de Antonino, Loewinsohn descubrió la existencia de 3 recin-
tos campamentales para tropas auxiliares, situados a ambos lados de la
calzada y a 3 km. al sudoeste de Castrocalbón. Dichos fuertes no han
sido objeto de ninguna investigación posterior.
Los campamentos han perdido
buena parte de su forma y sólo subsis-
ten en pie algunos parapetos. Sus
dimensiones son 3, 96, 3, 15 y 1, 4 ha.
respectivamente. La anchura del muro
defensivo se ha calculado en aproxima-
damente 2 m. Entre dos de ellos se
encuentran los restos de un túmulo cir-
cular de 30 m. de radio, con la parte
superior nivelada, que ha sido interpre-
tado como la plataforma de una torre
vigía levantada sobre postes de madera
(Fig. 56).
Loewinsohn ha puesto en relación
estos fuertes con la cohors IV Gallorum,
debido a la aparición en las cercanías de
un depósito de hitos augustales que Fig. 56. Castrocalbón.
separaban los territorios de esta unidad Planimetría de los fuertes
y las ciuitates de Baedunienses y Luggoni. (E. Loewihsohn).
Jones los considera unos campamentos
de práctica o aprendizaje en técnicas de
castramentación, donde se instruiría a los soldados de la legio X gemina,
asentada en la vecina localidad de Rosinos de Vidriales. La presencia de
una posible torre de vigilancia constituye para Le Roux la evidencia del
carácter temporal de los campamentos.
Carecemos de datos sobre la cronología de estos recintos. García y
Bellido señala que deben ser anteriores al 54 d. C., momento en que
salió de la Península la cohors IV Gallorum, unidad auxiliar con la que
también vincula estos fuertes. Le Roux lo enmarca en un momento
indeterminado entre las guerras cántabras y el final del siglo I d. C.
Ángel Morillo

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CIDADELA
Localización: Cidadela, Sobrado dos Monxes, A Coruña, Galicia,
España
Nombre latino: ¿castellum cohortis I Celtiberorum?
Tipo de asentamiento: fuerte auxiliar

El campamento romano de Cidadela se localiza en una altiplanicie de


480 m. de altura limitada al oeste por el río Cabalar y al sudeste por el
río Pequeno y rodeado por la Serra da Corda, una cadena montañosa
cuya altura oscila entre los 522 y los 601 m.
Las primeras noticias acerca del mismo se remiten a principios del
siglo XX. García Romero localiza los restos del yacimiento y los identi-
fica erróneamente con la mansión viaria de Caranico. Las campañas de
excavación, iniciadas por A. del Castillo en 1934, no van a presentar una
continuidad hasta épocas recientes, a partir de la década de los 80,
cuando serán retomadas por uno de nosotros (J. M. Caamaño), conti-
nuándose de forma alterna hasta finales de los 90.
En las campañas desarrolladas en este yacimiento se ha exhumado
parte de la muralla, la puerta principalis dextra, los dos edificios princi-
pales (principia y praetorio), una habitación de tipo cultual y pequeñas
áreas pertenecientes a estructuras de otras construcciones. Así mismo se
han realizado dos prospecciones del entorno campamental: una a princi-
pios de la década de los 80 y otra más recientemente.
Su forma general es la de un espacio rectangular, con las esquinas
redondeadas. Sus dimensiones son 172 m. de largo por 140 m. de
ancho, lo que equivale a una extensión total de 2,40 ha., medidas idó-
neas para el asentamiento de una unidad militar quinquenaria, es decir
una cohorte. Está orientado en dirección noroeste-sudeste, y se conservan
bien definidos los límites norte, este y oeste, mientras que la parte sur se
encuentra bastante alterada.
El campamento se encuentra limitado por una muralla y un foso exte-
rior que discurría paralelo a la misma y del que sólo se conserva el tramo
correspondiente al lienzo este.
La muralla tiene una anchura media de 1, 15 m. y la altura máxima
conservada es de 2, 23 m., si bien no sabemos cómo iría rematada.
Presenta dos caras realizadas en mampostería, con piedras de tamaño
pequeño y medio trabadas entre sí mediante arcilla. El espacio entre
ambos lienzos se encontraba rellenado con materiales heterogéneos uni-
dos por arcilla. Presenta asimismo una serie de torres rectangulares o
reforzamientos, de 3, 5 m. de longitud, formando parte del paramento
de la muralla, sobresaliendo hacia el interior 0, 5 m.

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Se ha excavado la puerta derecha de la via principalis, que estaba flan-


queada por dos torres de planta rectangular que apenas pudieron docu-
mentarse. La puerta era de doble vano, de unos 2, 5 m. de anchura y con
el pavimento enlosado. Frente a la misma no existiría foso, sino que tal
vez existió un titulum.
El sistema defensivo del campamento se completa con una serie de
puestos de vigilancia, a modo de torres, a veces reaprovechando túmulos
megalíticos, que se levantan en las partes más altas de las estribaciones
que, por el norte y el sur, limitan el valle (Fig. 57).
El intervallum presenta una anchura de 11, 39 m., y en el mismo se
ha documentado una pequeña estancia de planta rectangular adosada a
la muralla. En su interior fue hallada in situ un ara dedicada a la diosa
Fortuna por Valerius Lupus, optio de la cohorte, lo que sugiere que esta
estancia tenía una finalidad de tipo cultual.

Fig. 57. Cidadela. Planimetría


(J. M. Caamaño & C. Fernández Rodríguez).

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Entre las construcciones interiores exhumadas destaca el edificio cen-


tral del campamento, los principia, de planta cuadrangular (29, 5 x 29,
6 m.) y distribuido en una serie de habitaciones y patios entre los que
cabe destacar el aedes, de planta rectangular, situado al fondo del edifi-
cio, frente a la puerta de entrada. En la esquina suroeste de los principia
se localizó una fosa con restos de vacuno, interpretándose como un
depósito de tipo votivo, posiblemente fundacional.
Al este se sitúa el praetorio (23, 5 x 29, 6 m) con su lateral derecho
limitando el intervallum adosado a la muralla. En su interior se registra
un reducido número de estancias, localizadas en el cuadrante suroriental,
donde se han constatado dos fases constructivas diferenciadas.
En la parte norte de este mismo edificio se documentó, adosada a la
esquina nororiental, una estructura circular de piedras, de 2, 2 m. de diá-
metro, que en principio podemos considerar que se trata de la base de un
horno. El resto de la zona norte parece haber estado cubierto con tégu-
las, a manera de porche.
Entre los principia y el praetorio existe un amplio recinto rectangular,
vinculado a este segundo, que no presenta divisiones internas y cuya
fachada da a la via principalis (12 x 29, 6 m). La funcionalidad de este
espacio no está clara, planteándose hipótesis muy diversas que varían
desde almacenes de provisiones, jardines, lugares de trabajo, áreas de
entrenamiento, etc.
Por otra parte, las diferentes intervenciones han puesto al descubierto
restos de otras construcciones, de las que se puede realizar una identifi-
cación provisional a la espera de su exhumación completa. En la zona
central de la mitad sur campamental, frente a la entrada de los principia,
se pusieron al descubierto evidencias de una edificación que parece
corresponderse con un barracón de soldados o contubernia.
Entre los principia y la muralla occidental del campamento se han
documentado muros correspondientes a distintas construcciones, entre
los que parecen encontrarse el inicio de los horrea. En este mismo espa-
cio, al norte de los horrea y al oeste del cuartel general, se ha excavado
parte de un edificio que, por los restos documentados en su interior,
cabe la posibilidad de que se trate de un taller o almacén.
La realización de dos prospecciones ha permitido establecer el patrón
de ocupación romana del entorno del campamento, rodeado en primer
término de una franja vacía en la que sólo se documenta un basurero.
La población civil parece haber establecido su núcleo principal de
habitación en torno a la actual aldea de Insua, donde pudo encontrarse
el vicus militaris, a unos 300 m del campamento.

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Hacia el sur, al otro lado del río Pequeno, se localiza la necrópolis de


A Areosa, situada, como es tradicional, junto a una vía de acceso. En la
misma únicamente se ha excavado una tumba tipo cista realizada con
tégulas, que albergaba una urna de incineración, con cenizas, esquirlas
de hueso calcinadas y pequeños fragmentos de vidrio.

La ocupación militar
La identificación de la unidad aquí acantonada ha sido posible dada la
recuperación de más de 500 tégulas en las que figuraban marcas legio-
narias. Las modalidades de estos sellos y sus grafías varían, aunque pre-
dominan los sellos rectangulares con las esquinas redondeadas que
presentan principalmente las siguientes lecturas: CPC, COHIC y CIC.
También hay que señalar la existencia de diversos testimonios epigráficos
en los que se hacía referencia a este mismo cuerpo, la cohors Prima
Celtiberorum (Fig. 58).
El análisis de los materiales recogidos en el campamento, así como la
información proporcionada por las fuentes epigráficas, nos indica que el
establecimiento de la cohorte en Cidadela se produce a principios del
siglo II, permaneciendo aquí hasta algún momento del siglo IV.
Los materiales hallados en el campamento son abundantes, desta-
cando la cerámica común romana, sigillata hispánica procedentes de los
talleres de Tricio, una amplia gama de vidrios, monedas que abarcan
desde la época de Vespasiano hasta Claudio II, bronces, objetos de hie-
rro, materiales cerámicos de construcción, etc.
Con posterioridad, este espacio es reocupado por una población ger-
mánica que reaprovecha para sus construcciones alguno de los muros

Fig. 58. Cidadela.


Tégula romana
con marca
C(ohors) P(rima)
C(eltiberorum) (J.
M. Caamaño &
C. Fernández
Rodríguez).

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romanos que todavía se mantenían en pie, a la vez que construyen otros


nuevos. Esta nueva ocupación se va a situar de manera preferente en el
espacio ocupado por los antiguos principia y la parte sur del praetorio
romanos (al menos dentro de la superficie ya excavada). A tenor de las
últimas intervenciones, y a modo de hipótesis, parece que nos encontra-
mos ante los restos de un establecimiento de tipo religioso, posiblemente
monacal.
José Manuel Caamaño Gesto & Carlos Fernández Rodríguez

CILDÁ
Localización: Cildá, Corvera de Toranzo y Arenas de Iguña, Cantabria,
España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: campamento legionario

Alrededor de la cumbre del monte llamado Cildá (1066 m. de altitud)


hay estructuras de un campamento romano de campaña (castra aestiva)
de 22 ha. El recinto dispone de dos rectilíneas líneas defensivas paralelas
(vallum duplex) en la ladera oeste, dotada cada una de un agger de tierra

Fig. 59. Cildá. Fotografía aerea (E. Peralta).

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y dobles fosos (fossa duplex). Los ángulos rectos donde estos atrinchera-
mientos cambian de dirección para remontar la ladera son redondeados,
otra característica de los campamentos romanos. El atrincheramiento
superior forma un recinto central rectangular de 5 ha. que pudo albergar
en tiendas de campaña una legión con sus auxiliares. En el mismo se han
excavado dos tramos de la via praetoria y de la via principales (Fig. 59).
Al sur de este recinto se adosaron otros atrincheramientos que forman
un nuevo recinto de más de 4 ha., que continúa en dirección sur y tuerce
hacia la ladera oeste adoptando una amplia forma en semicírculo trazado
a compás. Dispone de fossa duplex, agger, y una puerta con clavicula
externa y otra con titulus.
En la cima de Cildá se ha estudiado el amurallamiento de piedra de
otro pequeño establecimiento campamental más tardío, en el interior del
cual se ha excavado parcialmente un edificio tipo barracón.
Eduardo Peralta Labrador

EL CINCHO
Localización: El Cincho, La Población de Yuso, Cantabria, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: campamento legionario

Estamos ante un campamento romano de campaña situado en la inmediatez de


la divisoria Cantábrica y de las fuentes del Ebro, en la localidad de La Población
de Yuso. La suave loma en que se asienta muestra las razones que movieron al
ejército romano a fortificarse en ella. Reune todas las condiciones que exigían
los tratadistas de aquella lejana edad, en altura, con amplio dominio visual
sobre los campos y vías de penetración, fácil a la obra de castramentación y a
la maniobra, cercanía de la aguada. Además estamos en la zona nuclear de la
Cantabria protohistórica, así como de un entorno en que se está produ-
ciendo en los últimos tiempos una significativa concentración de hallaz-
gos de castra aestiva relacionables con las guerras cántabras, por lo tanto
sabemos hoy que El Cincho estaba en pleno campo de operaciones y en la línea
de penetración de los ejércitos romanos hacia la costa.
Fue dado a conocer en el año 2000 y se ha efectuado una única campaña
de trabajos arqueológicos de campo, en el 2001. En ellos se ha podido
delimitar la estructura con gran precisión, evidenciando un área de ocupa-
ción, sobre el altozano, cercana a las 16 ha., circunvalada por un alomamiento
claro, correspondiente al agger, con una planta subrectangular de esquinas
redondeadas y varias puertas de acceso, algunas claramente con dispositivo de
clavicula interna, especialmente la puerta norte. En su interior revela un muro

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interior, que divide claramente el campamento en dos recintos, y varios restos


de muretes en la zona superior y occidental del mismo.
Se realizaron cuatro sondeos en dichas estructuras evidenciándose clara-
mente las obras del dispositivo de defensa. El Sondeo Muro Exterior Este
permitió conocer el principio general de la fortificación externa, la circum-
vallatio. Consiste en un paso de ronda, una acumulación de piedra y tie-
rra (vallum), la rampa terrera del agger y, siempre hacia el exterior, un foso
en V (fossa) cegado con piedra procedente del vallum, síntoma de destruc-
ción intencionada, y un breve contra-agger. En el Sondeo Muro Interior,
además de estos mismos elementos repetidos, se aprecio un claro nivel de
incendio, de estructuras de madera asociadas a su defensa (¿turris?), por el
interior. Se trata, en todo caso, de un único momento de ocupación romano al
que corresponden estas evidencias, aunque en alguna zona se le superpone
una ocupación, igualmente breve, con ocasión de los combates de Agosto de
1937 durante la guerra civil española. Otros dos sondeos, el Sondeo Cima y
el Sondeo Interior Oeste no permitieron sino corroborar la extensión genera-
lizada del nivel de incendio, la destrucción que los mismos legionarios
hicieron de la fortificación, en el momento de su abandono, para evitar una
posible reocupación por sus enemigos (Fig. 60).
En cuanto a materiales los
hallazgos han sido muy escasos, lo
que no resulta nada excepcional en
una ocupación campamental de
este tipo, aunque debemos destacar
los restos metálicos obtenidos en
labores de prospección, todos ellos
coherentes con su origen militar
romano. Sobre todo un hacha de
hierro con claros paralelos en la II
Edad del Hierro de la meseta
peninsular, una contera o rega-
tón (contus) propio de los estan-
dartes romanos, localizado in situ,
varias clavos y grapas de hierro utili-
zados en la carpintería de madera,
una chapilla de bronce y 5 monedas
romanas; entre ellas un quinario de
plata muy plausiblemente de
Brundisium con el busto del
mismo Octavio Augusto, y 4 ases
Fig. 60. El Cincho. Planimetria
de bronce de diversas cecas his- (M. García Alonso).

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pánicas del valle del Ebro, tanto ibéricas (bilbilis, clunioq), como hispanola-
tinas (Calagurris); siendo, además, dos de ellas monedas partidas. Se trata, en
todo caso, de un monetario muy coherente y homogéneo, en este contexto, de
emisiones cesarianas y augusteas (Fig. 61).

Fig. 61. El Cincho. Quinario de plata de Augusto: anverso y reverso


(RIC I, 276) (M. García Alonso).

En definitiva, estamos pues ante un yacimiento arqueológico localizado


en la cima de un cerro de situación estratégica desde el punto de vista militar ya
que, con casi dos mil años de diferencia, así fue apreciado en los dos momentos
de ocupación que se corresponden con las evidencias exhumadas y los mate-
riales recogidos. El cerro fue elegido por las legiones de Roma para establecer
un campamento de campaña durante alguna de las ofensivas inmediatamente
posteriores al año 27 a. C., quizá la dirigida por el mismo emperador al año
siguiente o la de Antistio del 25 a. C, y ocupado en su práctica totalidad,
sobre todo cubriendo y reforzando con doble recinto su flanco septen-
trional. En época reciente de nuevo este emplazamiento fue elegido para conte-
ner la ofensiva del “Ejercito Nacional” en el Frente del Escudo (16-17 de Agosto
de 1937), realizándose dos líneas de trincheras en su ladera este, la mas baja de
las cuales aprovecha parcialmente los restos del agger romano.
Queremos llamar la atención no solamente sobre la densificación de hallaz-
gos de campamentos romanos de campaña en el área nuclear de Cantabria,
muy valiosos para establecer sobre bases seguras los movimientos de las legiones
romanas en las guerras cántabras, sino sobre algunos datos deducibles de la
intervención en el propio yacimiento de El Cincho. Estaríamos ante un sig-

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nificado castra aestiva ocupado, muy probablemente, por una legio completa
con tropa auxiliar por un tiempo muy limitado, a comienzo de campaña, y
abandonado voluntariamente como evidencia la destrucción de las estructu-
ras. Su situación respecto de los otros campamentos romanos de este
momento, hoy conocidos, predispone a la hipótesis de que nos encontramos
con una unidad militar que se desplazó, durante la misma campaña,
hacia el norte, hacia la divisoria Pas-Besaya. La ocupación romana del
emplazamiento se situaría en unos momentos de las campañas augusteas
de intensos movimientos contra las líneas defensivas de los indígenas en
sus refugios de los castros de montaña, de los que conocemos evidencias en
las inmediaciones.
Manuel García Alonso

COTERO DEL MEDIO Y COTERO DEL MAROJO


Localización: Cotero del Medio and Cotero de Marojo, Luena y
Molledo, Cantabria, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: fortificaciones romanas

En la misma línea de cumbres que otros yacimientos militares romanos


de Cantabria existen evidencias de un castellum construido levantando
un terraplén de tierra y aterrazando el lugar en el sitio denominado
Cotero de Marojo. El yacimiento está algo arrasado y no se ha interve-
nido arqueológicamente en él.
Siguiendo hacia el sur por la misma línea de cumbres, no lejos del
anterior castellum se produce un estratégico estrechamiento de la sie-
rra en el lugar denominado Cotero del Medio. En este lugar, situado
a 1200 m. de altitud, existe un gran agger de tierra de enormes pro-
porciones adosado a la ladera sur del monte de Cotero del Medio,
delante del cual hay una gran fossa fastigata de perfil en U. Entre la
parte superior del agger de tierra y el fondo del foso hay unos 10 m.
de altura. Esta línea defensiva corta el paso por la sierra cara al sur y
baja por la ladera oeste, como se aprecia en superficie y en foto aérea.
Delante de la misma existe otra línea defensiva exterior formada por
un agger y una fossa fastigata de menores dimensiones. Se trata de un
vallum duplex que cerraba el paso por la sierra e impedía cualquier
intento de penetración por este cordal desde el sur, controlando la vía
estratégica que discurría por toda la línea de cumbres internándose
hacia la costa (Fig. 62).

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Fig. 62. El Cotero del Medio. Agger y foso (E. Peralta).

Como las medidas y el perfil de los fosos no corresponden a las de los


fosos romanos pudieran corresponder a una fortificación cántabra para
impedir el avance romano por el cordal montañoso.
Eduardo Peralta Labrador

LA ESPINA DEL GALLEGO


Localización: La Espina del Gállego, Corvera de Toranzo y Arenas de
Iguña, Cantabria, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: castro y recinto militar romano

En la línea de cumbres del interfluvio Pas-Besaya, en el sector central de


Cantabria, existe un teatro de operaciones del ejército romano formado
por varios asentamientos campamentales de gran importancia. El castro
de la Espina del Gállego se encuentra en el centro de este complejo mili-
tar y está rodeado de campamentos romanos de campaña que probable-
mente lo asediaron. El lugar fue ocupado posteriormente por una
guarnición romana y a esta fase corresponden la mayor parte de las
estructuras del yacimiento. Tiene cerca de 4 ha. y 3 líneas defensivas, las
dos exteriores con potentes derrumbes de murallas; la interna de menor
entidad y dotada con un sistema de puerta con clavicula exterior. En la

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acrópolis se ha excavado un barracón romano con zócalo de piedra; el


edificio tiene 100 m. de largo por unos 5 m. de anchura. De este lugar
proceden materiales numismáticos romanos tardorrepublicanos y equi-
pamiento militar entre el que destacan algunos pila catapultaria y un
entalle de cornalina con emblemas de la familia Mussidia Iulia (Fig. 63).
Eduardo Peralta Labrador

Fig. 63. Castro de La Espina del Gállego. Fotografía aerea (E. Peralta).

HERRERA DE PISUERGA
Localización: Herrera de Pisuerga, Palencia, Castilla y León, España
Nombre latino: ¿castra legionis IIII Macedonicae?; ¿castellum alae
Parthorum?; ¿castellum cohortis I Gallicae?
Tipo de asentamiento: campamento legionario; fuertes auxiliares

El campamento de Herrera de Pisuerga se emplaza al norte de la provin-


cial de Palencia, en la fontera antigua entre los vacceos, turmogos y cán-
tabros. Se ubicó en la confluencia de dos ríos, Pisuerga y su afluente
Burejo, una posición estratégica y fácilmente defendible. A poca distan-
cia hacia el norte se encuentran las primeras estribaciones de la cordillera
Cantábrica y los grandes oppida de los cántabros. La situación del cam-
pamento permite no sólo el control de las rutas de comunicación, sino
que facilita los movimientos de tropas hacia dichos oppida.

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El asentamiento de Herrera estuvo continuamente ocupado desde la


llegada del ejército romano hacia el 20 a. C. Su actual fisonomía rural ha
permitido que la estructura de los diferentes campamentos se haya fosi-
lizado en el paisaje, y ha determinado un uso y expolio continuo de sus
construcciones, restos y hallazgos casuales hasta nuestros días.
En la fotografía aérea de 1942, antes del comienzo de la expansion
urbana de los años 60 del siglo XX se aprecian ya algunos rasgos del anti-
guo asentamiento romano. A partir de los años 60, y sobre todo a partir
de los 80, se han realizado más de 100 intervenciones arqueológicas en
el casco urbano y sus alrededores. La zona central de la fotografía aérea
correspondería al lugar del campamento de la legio IIII Macedonica (20
a. C.-40 d. C.). A la izquierda del casco urbano se asentó el ala
Parthorum (aproximadamente entre 35/40 hasta 100 d. C.). En la zona
septentrional se acantonó probablemente la cohors I Gallica (Fig. 64).
El momento más importante de la ocupación coincide con la época
de Augusto, Tiberio y Cayo, periodo durante el cual la legio IIII
Macedonica se encuentra asentada en este lugar. Herrera va declinando
durante la época del resto de los emperadores julioclaudios y durante la
dinastía flavia. Cuando se retiran las últimas tropas comienza el enclave
urbano.
Las tropas que ocupaban el campamento desarrollaron funciones
militares, policiales y otras relacionadas con el mantenimiento de las
conexiones viarias con el noreste de la Península, cubriendo aparente-
mente un vasto territorio donde aplican una importante política orien-
tada a suministrar al ejército las provisiones que necesitaba y resolver
cuestiones políticas como los pactos de no agresión entre comunidades
como las tribus cántabras recogidas en la lápida de Amparamus. Este
personaje debió firmar un pacto y aparece como princeps Cantabrorum.
Los prata legionis de la legio IIII delimitaban un territorio amplio, cuya
frontera septentrional es el territorio de la ciudad de Iuliobriga y, por el
sur, limitan con la ciudad de Segisama.
Podemos establecer tres etapas en la presencia militar romana en
Herrera:
La primera, contemporánea de las guerras cántabras, entre el 20 a. C.
y el 40 d. C., durante la cual la legio IIII establece en este lugar su cam-
pamento.
Durante su estancia podemos delimitar tres momentos históricos. El
primero, al que corresponde un campamento de madera datado entre el
20 y el 10 a. C.; el segundo, con edificios de piedra, al que corresponden
los figlinarios y todas las producciones militares (10 a. C.-20 d. C.);
entre el 20 y el 40 d. C. se produce una reducción de tropas, que son

344
ejercito romano maqueta 3/2/07 18:35 Página 345

Fig. 64. Herrera de Pisuerga. Ubicación aproximada del campamento romano


de la legio IIII y de los dos fuertes posteriores con indicación de los restos
numismáticos documentados (Proyecto dirigido por M. P. García-Bellido).

345
ejercito romano maqueta 3/2/07 18:35 Página 346

divididas en vexillationes y enviadas alrededor de la Península. La legio


IIII Macedonica parte hacia Mogontiacum en torno al 39/40 d. C.
Entre el 35 y el 40 d. C. se establece una unidad auxiliar, el ala
Parthorum, en la zona oriental del campamento ocupado por la legio IIII.
Dichas tropas reutilizarán materiales y estructuras abandonados por la
legion. El Ala Parthorum abandonará Herrera a finales del siglo I d. C.,
probablemente debido a que es enviada a Africa con la Legio III.
En la zona oeste del antiguo campamento se establecerá la cohors I
Gallica una vez que la legión es enviada a Germania, a mediados del siglo
I d. C., en un momento en que el ala Parthorum ya estaba aquí estable-
cida. Esta nueva unidad ocupará un fuerte en Herrera al menos hasta
época neroniana, y está asociada con niveles arqueológicos que muestran
material de construcción, tejas, cerámica común y una lucerna con las
marcas COH. También se documenta marmorata y monedas flavias y
neronianas. Los miembros de la cohorte muestran una impedimenta
bien diferenciada de los equites del ala Parthorum.
Los últimos niveles en los que encontramos restos atribuibles a la
cohors I están asociados con productos hispánicos datados a mediados
del siglo II d. C., por lo que pensamos que abandono su campamento
antes del 150 d. C.
Son ya muchos años de excavaciones urbanas en Herrera de Pisuerga
(Palencia) y sin duda la unión de ilusiones, esfuerzos de algunos y traba-
jos duros y complejos, han aportado una gran cantidad de información
y variedad de materiales arqueológicos, no siendo lo que últimamente se
denomina material militar el menos abundante. Los datos arqueológicos
nos indican, hoy en día, que los abundantes restos materiales se deben a
la llegada de distintos cuerpos militares. En un primer momento una
legión se establece allí y, al mismo tiempo y con posterioridad, distintos
cuerpos auxiliares. La presencia de variados materiales se debe tanto a la
producción in situ de especialistas militares, como a la llegada de pro-
ductos manufacturados, por medio de la annona militar o del comercio
(Fig. 65).
La localización y excavación de distintos y variados tipos de talleres
durante estos años, haciendo arqueología urbana, no ha sido fácil, como
tampoco lo ha sido casar las piezas de un gran puzzle. Lógicamente, todo
puede ser criticable y el intentar aunar la arqueología de salón, con la de
intervención y la de gestión, genera muchos problemas.
Llegados a este punto, no tratamos tanto de proponer nuevas solu-
ciones, sino por el contrario: al multiplicarse los estudios parciales y los
documentos arqueológicos, hemos seguido indagando, siendo suma-
mente cautos en las interpretaciones y multiplicando nuestras reflexiones

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Fig. 65. Herrera de Pisuerga. Recipiente de terra sigillata local de tradición itá-
lica firmado por L. Terentius para la legio IIII Macedonica
(A. Morillo, Museo de Palencia).

y precisiones, como no podía ser de otra forma, al entender que la inves-


tigación arqueológica tiene mucho de historia interminable. Lo ante-
riormente expuesto nos ha llevado a avanzar y a tener mucho más claro
el valor y el devenir histórico de un complejo asentamiento con al menos
tres cuerpos militares en su suelo, que lo convierten en un enclave
romano y visigodo singular. Singularidad que obedece a distintos y varia-
dos procesos históricos más o menos amplios.
No han sido pocas las reflexiones y puntualizaciones a que nos han
llevado y nos seguirán llevando los estudios de las estructuras arquitectó-
nicas y materiales arqueológicos. Tenemos situadas cartográficamente en
su contexto las distintas unidades de producción conocidas en la castra-
mentación y fuera de ella. Hemos intentado clasificar las diversas y varia-
das producciones de todo tipo, tarea esta no exenta de problemas. El
estudio y la tipología (tan denostada en los últimos años) de los materia-
les nos han llevado muchas horas de trabajo e indagación. Las reflexio-
nes para armonizar las dataciones que proporciona una estratigrafía
arqueológica con sus materiales son sumamente complejas. El estudio de
los datos obtenidos en un yacimiento, que pueden en principio “ser con-
cluyentes”, al compararlos con la documentación de los datos aportados
en otros yacimientos, generan en muchas ocasiones dudas, porque los

347
ejercito romano maqueta 3/2/07 18:35 Página 348

grupos de referencia, que sin duda existen en el


caso español, están muy poco estudiados.
Las estratigrafías del asentamiento de Herrera
de Pisuerga que, tras muchos años de excava-
ción y de estudio de materiales, comienzan a ser
bastante precisas y muy ajustadas, nos llevan a
plantear por primera vez las interrelaciones de
los distintos momentos de ocupación, hábitat y
materiales arqueológicos usados por las distintas
personas que en su solar estuvieron. Estos pri-
meros horizontes cronológicos los iremos preci-
sando en futuros trabajos (Fig. 66).
1. Las primeras producciones se documen- Fig. 66. Herrera de
tan con Augusto en horizontes de Pisuerga. Puntas de
Oberaden y anteriores: Complejo 1 (30- armas ofensivas
15 a. C.); Complejo 2 (15-10 a. C.); (C. Pérez González &
Complejo 3 de tipo Haltern (10 a. C.– 14 E. Illarregui).
d. C.).
2. Tiberio. Nuevos talleres: Complejo 4 (15-
37 d. C.); Complejo 5 (37-42 d. C.).
3. En el Complejo 6, situamos las distintas producciones que hemos
aislado entre los años 42 y 68 d. C.
4. En el Complejo 7, se sitúan los distintos productos flavios y anto-
ninos.
Cesáreo Pérez González & Emilio Illarregui

LEÓN
Localización: León, España
Nombre latino: ¿castra legionis VI victricis?; castra legionis VII geminae
Tipo de asentamiento: campamentos legionarios
Fuentes clásicas (de castra legionis VII geminae): Ptol. Geog. II, 6, 28; Itin.
Ant. 387, 7 y 395, 4; Not. Dig. Occ. XLII, 1, 26

Una de las mayores novedades que ha suministrado la arqueología mili-


tar hispana en los últimos años ha sido el progreso del conocimiento
sobre los establecimientos militares en la ciudad de León. Si bien los ras-
gos generales del campamento flavio de la legio VII gemina en León ya
habían sido descritos detalladamente por A. García y Bellido en 1970,
ha sido la creación del Servicio de Arqueología por parte del
Ayuntamiento de León, con uno de nosotros (V. García Marcos) como

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ejercito romano maqueta 3/2/07 18:35 Página 349

responsable, lo que ha permitido centralizar la información arqueológica


sobre el asentamiento urbano y progresar en el conocimiento del pasado
romano de la capital leonesa.
La ciudad de León se asienta en un suave altozano ubicado en el inter-
fluvio constituido entre los ríos Bernesga y Torío, rellano ligeramente
dominante sobre sus cauces, que parece corresponder a la última terraza
originada por su dinámica fluvial. En efecto, el lugar donde se asienta la
ciudad, auténtica encrucijada entre la Meseta y la Montaña Central leo-
nesa, ofrecía unas condiciones topográficas y espaciales de un valor estra-
tégico que no pasaron desapercibidas para los romanos.
Gracias a los trabajos de García y Bellido durante los años 60 del
pasado siglo, sabemos que en torno al 74 d. C. la legio VII gemina se
asentó en este lugar, donde permanecerá de guarnición hasta el final del
Imperio. Alföldy y Le Roux, siguiendo a García y Bellido, consideraron
la posibilidad de un asentamiento legionario anterior al de la Legión VII.
Esta argumentación se basaba fundamentalmente en el texto de dos ins-
cripciones. La primera, hallada en Rímini y dedicada a un primipilus lla-
mado Marcus Vettius Valens, hace referencia, por primera y única vez, a la
legio VI victrix participando en la represión de una revuelta de los astures
durante el reinado de Nerón (CIL XI 395). El segundo de los textos, hoy
perdido, fue hallado en la fábrica de la muralla leonesa en la zona de
Puerta Obispo. Atribuido al legado L. Pupius Praesens (CIL II 2666), en
éste aparece mencionada una legión terminada en –trix, por lo que úni-
camente podría tratarse de la I adiutrix, o, con mucha más probabilidad,
la VI victrix. Para reafirmar esta opinión, Le Roux se apoya también en
una serie de materiales cerámicos datados en época claudia que fueron
hallados por García y Bellido en sus excavaciones de los años 1961 y
1967 en la Huerta de San Isidoro, además de la Tabla I del Itinerario de
Barro, que plantea ciertos problemas de autenticidad.
A los materiales de cronología temprana cuya presencia apunta, de
forma genérica, García y Bellido en sus excavaciones de León, habría que
unir las numerosas piezas aparecidas en las excavaciones desarrolladas
durante las últimas décadas. El análisis de dichos materiales muestra que
la secuencia estratigráfica atribuida a la ocupación de la legio VII se
encuentra sobre otros materiales de cronología claramente anterior. Las
intervenciones arqueológicas desarrolladas desde el comienzo de la
última década –Edificio Pallarés, Casa Botines, Polígono de La
Palomera, calle Serranos y plaza del Vizconde, entre otras– corroboran
sin duda una ocupación de carácter militar pre-legio VII, aunque algunos
de sus rasgos principales todavía están por definir.

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Con todo, ha sido la reciente excavación de un extenso solar adosado


al intradós del lienzo norte de la muralla de cubos tardorromana, a escasa
distancia de Puerta Castillo –la porta decumana del campamento de la
legio VII– la que de forma más explícita nos ha permitido ilustrar el ini-
cio de la presencia romana en la ciudad de León. A partir de los datos
aquí extraídos se ha podido reconocer la presencia de dos recintos cam-
pamentales anteriores al de la legio VII, ocupando, sin solución de conti-
nuidad, el marco temporal existente entre los años finales del siglo I a. C.
y la época flavia.

El campamento augusteo de la legio VI victrix (León I)


Los restos del primer campamento, datado en época augustea, han sido
documentados parcialmente durante las excavaciones desarrolladas en la
zona de Santa Marina. No obstante, se encuentran muy alterados por las
construcciones posteriores. Se ha reconocido la existencia de parte de las
defensas del campamento, situadas aproximadamente 15 m. al interior
de la cara interna de la muralla bajoimperial.
Dicho campamento constaba de un agger con foso de perfil en “V”
(fossa fastigata) de unos 5-6 m. de anchura. Inmediatamente después se
levantó el vallum, aparentemente de sección cuadrangular (2, 70 m. x 0,
75 m.), formado por dos paramentos de madera con postes verticales de
refuerzo situados a distancias regulares y relleno interno de gravas y arci-
llas extraídas del foso. Este tipo de defensa, denominada “box rampart”,
es un sistema común en los campamentos y fuertes renanos durante los
últimos años del siglo I a. C. y la primera mitad de la siguiente centuria
(Fig. 67). Al exterior de las defensas se desarrollaba un pavimento viario
de perfil curvo de unos 6, 7 m. de anchura, pavimentado con pequeñas
piedras.
Otros restos pertenecientes a esta misma fase se han reconocido en el
sector septentrional de las actuales murallas, así como en el sector de
Casa Pallarés, donde han llegado hasta nosotros algunos restos de cons-
trucciones interiores de carácter indeterminado con suelos de madera y
tabiques construidos con carrizo y revestidos con barro.
Entre los abundantes materiales exhumados en esta zona, cuya crono-
logía abarca un margen temporal situado entre finales del mandato de
Augusto o comienzos del de Tiberio y el reinado de Claudio, se ha iden-
tificado recientemente una producción de terra sigillata local de tradi-
ción itálica, cuyos recipientes están firmados por los alfareros C. Licinius
Maximus, L. M. Gen y el llamado alfarero “de la caliga”, inéditos hasta
el momento y que abastecía con sus productos a la unidad militar esta-
blecida en León durante el periodo augusteo.

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ejercito romano maqueta 3/2/07 18:35 Página 351

En el actual estado de conocimiento no es posible determinar si este


primitivo asentamiento militar pertenecía a una legión o a una unidad
auxiliar. De cualquier manera, podemos avanzar que el comienzo de la
ocupación militar romana en León debió tener lugar en los años finales
del siglo I a. C. o inmediatamente después del cambio de Era.

El campamento julioclaudio de la legio VI victrix (León II)


Como uno de nosotros ya propuso en 2002 (A. Morillo), los años fina-
les del reinado de Augusto y, sobre todo, los inicios del reinado de

Fig. 67. León. Terraplén del campamento augusteo de la legio VI victrix en


zona de Santa Marina (V. García Marcos).

351
ejercito romano maqueta 3/2/07 18:35 Página 352

Tiberio coinciden con cambios muy significativos en la política militar


aplicada al noroeste de Hispania, proceso que incluye el comienzo de la
explotación a gran escala de los recursos auríferos regionales que, según
Domergue, se inicia en estos mismos momentos. Coincidiendo con la
fundación de Asturica Augusta, el campamento de León experimenta
profundas transformaciones. El agger anterior va a ser desmontado y
sobre él se construye uno nuevo. En esta ocasión, el terraplén estará
construido mediante bloques regulares de tierra y césped, denominados
tapines –caespites–, dispuestos formando dos paredes paralelas decrecien-
tes, con su interior relleno con tierra mezclada con cantos de río hasta
alcanzar una anchura total de aproximadamente 4 m. Este es el tipo de
agger denominado “de doble revestimiento”. La cara externa de este
terraplén, así como el fosos o fosos que sin duda debió tener, fueron arra-
sados durante la construcción de la muralla del campamento de la legio
VII gemina en época flavia, que se superpone casi exactamente sobre las
defensas del campamento anterior.
El perímetro interno de la fortificación se ve recorrido por un inter-
vallum ocupado íntegramente por la via sagularis de 16, 5 m. de
anchura. Cambios más radicales experimenta el área donde se levantaba
el antiguo agger del campamento augusteo, que es desmantelado y su
lugar ocupado por un barracón de tropa (centuria), dispuesto en paralelo
a las defensas del nuevo recinto (sistema per scamna), cuyo zócalo está
realizado en piedra caliza. Los 4 contubernia documentados, cada uno de
ellos de planta rectangular (8, 3 x 3, 77 m.) presentan el característico
tabique de separación interior, también realizado con sillarejos de caliza,
que separaría la zona de alojamiento propiamente dicha (papilio) del
espacio destinado a albergar la impedimenta de los soldados (arma). Los
ambientes interiores se encuentran muy deformados porque sobre ellos
se construyó una nueva estructura (almacén en torno a patio) pertene-
ciente a la legio VII gemina.
Aunque por el momento los hallazgos de Puerta Castillo representan
el ejemplo más claro de esta segunda fase campamental, diversas excava-
ciones practicadas en el interior del recinto amurallado –plazas del
Vizconde, Santo Martino y Conde Luna, calles Serranos, San Pelayo y
Cardenal Landázuri–, han ido corroborando reiteradamente la continui-
dad de la ocupación romana en León durante el periodo julioclaudio.
Sin embargo, como sucedía con la etapa anterior, los restos constructivos
conservados son fragmentarios y dispersos, lo que en muchos casos hace
difícil aventurar una adscripción clara sobre su funcionalidad. La disper-
sión de los hallazgos parece dibujar un contorno bastante similar al que
más tarde poseyó el de la legio VII, circunstancia en la que debieron de

352
ejercito romano maqueta 3/2/07 18:35 Página 353

incidir fuertemente las características topográficas de lugar. Las recientes


excavaciones desarrolladas en la plaza del Conde Luna han permitido
constatar el hallazgo del agger correspondiente al lienzo meridional del
segundo recinto, también en este caso a escasa distancia de las defensas
de la legio VII gemina. Este hecho permite aclarar una de las incógnitas
que todavía subsistían sobre dicho campamento, como era la de su
superficie, sin lugar a dudas asimilable al campamento posterior de la
legio VII gemina, es decir, de unas 20 ha. y, por lo tanto, legionario.
Por lo que se refiere a la unidad ocupante de ambos recintos, diversos
testimonios apuntan a la legio VI victrix. Entre ellos destaca la lápida hoy
perdida a la que hemos aludido anteriormente, varias monedas con rese-
llo de dicha unidad, una de ellas procedente de las excavaciones desarro-
lladas en la plaza del Vizconde de la capital leonesa y un fragmento de
lucerna con una peculiar marca realizada con grandes letras capitales
cuadradas y desgraciadamente incompleta, en la que hemos leído L.V.¿I?
Dicha abreviatura está perfectamente testimoniada en Hispania tanto en
epigrafía como en numismática para aludir a dicha unidad militar. A
tenor de estas evidencias debemos aceptar que la legio VI victrix estuvo
estacionada en León al menos entre el cambio de Era y su partida defi-
nitiva de la península ibérica en el 69/70 d. C.
Al pie del costado meridional de lo que posteriormente será el recinto
fortificado de la legio VII, extramuros pero muy próximo al lugar ocu-
pado por la porta praetoria, existió un complejo artesanal dedicado a fun-
ciones metalúrgicas, en concreto al tratamiento del hierro, tal y como
parecen indicar las características que presentaban los diversos ambientes
de trabajo, así como los materiales a ellos asociados. Su período de acti-
vidad parece ser relativamente corto, abarcando el segundo tercio del
siglo I d. C. También extramuros, al sureste del recinto campamental, en
la zona denominada polígono de La Palomera, se ha localizado una gran
construcción rectangular –35 m. de largo y 12 m. de ancho– definida por
muros de opus caementicium de 1, 6 m. de altura máxima, encofrados por
medio de tablones de madera y pavimentos de argamasa. Los materiales
asociados a los niveles que aparecieron amortizando su interior muestran
que dejó de usarse muy pronto, prolongándose los vertidos hasta la época
flavia. Su función sigue siendo problemática, si bien todos los indicios
apuntan a su uso como depósito de agua, probablemente vinculado a la
construcción del campamento julioclaudio de León (León II).

El campamento flavio de la legio VII gemina (León III)


Tras la partida de la legio X gemina hacia Carnuntum, en Pannonia,
durante el año 63 d. C., el ejército hispánico quedó reducido a una única

353
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legión, la VI victrix, acantonada en León, acompañada, según Suetonio2,


por dos alae y tres cohortes, que debieron estar adscritas a la unidad legio-
naria. La Legión VI Victrix participó activamente en la sublevación del
año 68 de Galba contra Nerón y en el levantamiento en una nueva uni-
dad compuesta por hispanos en Clunia, la VII “Galbiana”, más tarde
denominada gemina. Esta nueva unidad respondía a la necesidad de
Galba de contar con más tropas en su previsible lucha contra el último de
los julioclaudios y recibió el numeral VII, correlativo al de la única uni-
dad presente en aquel momento en la Península, la VI victrix, su legión
matriz. La Legión VII creada por Galba constituye de hecho el embrión
de la futura VII gemina. Gracias a dos de las lápidas descubiertas en
Villalís conocemos la fecha exacta en la que la legio VII recibió sus insig-
nias, lo que acaeció el 10 de junio del año 68 d. C. (CIL II 2552 y 2554).
En su primera etapa recibirá el apelativo de Galbiana 3 en honor a su
fundador, e Hispana 4, alusivo a su origen. Mientras la Legión VII acom-
pañaba a Galba en su camino hacia Roma, su legión matriz, la VI victrix,
permanecía de guarnición en León controlando la producción aurífera
del noroeste peninsular, recurso sobre el que debieron sustentarse buena
parte de las ambiciones de los sucesivos pretendientes a la púrpura impe-
rial. Tan sólo en el invierno del 69/70, cuando las tres legiones disloca-
das en ese momento en Hispania han reconocido a Vespasiano, la VI
victrix abandona la Península en dirección al Rhin, para hacer frente a la
grave situación creada por la revuelta bátava de Julio Civilis, segura-
mente no sin haber dejado una guarnición adecuada para la vigilancia de
los distritos auríferos astures y galaicos.
Por lo que se refiere a la legio VII Galbiana, en octubre del 68 d. C. ya
está operando en Roma, para posteriormente ser destinada al limes danu-
biano. Tras la muerte de Galba toma partido por Otón, regresando de
nuevo a Italia. Con Vitelio retorna brevemente al Danubio, desde donde
apoya a Vespasiano, lo que la llevará a participar en la segunda batalla de
Bedriacum (cerca de la actual Cremona), sufriendo tan graves pérdidas
que le fueron asignados efectivos procedentes de otra legión indetermi-
nada, portando a partir de este momento el epíteto de gemina (doble,
acoplada)5. En el 73/74 d. C. se encuentra en la Germania superior,
donde aparece ya con los epítetos gemina y felix (CIL VI 3538; XIII
5033 y 12167, 1-8). El regreso de la legio VII a Hispania debió de pro-

2
Galba, X, 2.
3
Tácito, Historiae II, 86 y III, 7,10, 21.
4
Tácito, Historiae I, 6.
5
Tácito, Historiae III, 22.

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ducirse a finales del año 74 d. C., aunque no va a ser hasta el 79 cuando


aparezcan las primeras referencias a su estancia en la Península en sendas
inscripciones de Aquae Flaviae y Cornoces (Orense) (CIL II 2477 y IRG
IV 92, respectivamente). A partir de este momento su base permanente
de operaciones a lo largo de todo el Imperio será León, la cual no aban-
donará sino en contadas ocasiones.
La elección del lugar de asentamiento del campamento de la legio VII
gemina, de nuevo en el territorio astur augustano, en la misma región
donde se había localizado la principal concentración de fuerzas durante
el periodo julioclaudio, e incluso en el mismo lugar físico que su legión
matriz, la legio VI, muestran bien a las claras la continuidad de sus obje-
tivos respecto a las unidades militares de la etapa anterior. La vigilancia
y el control de las explotaciones auríferas regionales, que en estos
momentos funcionan a pleno rendimiento, así como el mantenimiento
de todo el entramado viario que les presta servicio y permite dar salida al
preciado metal y, en definitiva, todo el apoyo técnico necesario para faci-
litar la importante infraestructura que precisaban las explotaciones
mineras y su administración, se prefigura como la principal misión del
ejército desplegado en la zona, sin olvidar las funciones propiamente
militares, burocráticas y de reclutamiento de tropas.
Durante los siglos II y III fue también requerida la presencia de tropas de
la legio VII gemina fuera de la provincia Tarraconense, como su probable
participación para sofocar la invasión de tribus de mauri en la Bética
durante la segunda mitad del siglo II, e incluso fuera de Hispania, cuando
las necesidades militares del Imperio así lo requerían. Su presencia se cons-
tata en Germania, en el 88/89 d. C., en Britannia, durante el 119 d. C., y
en la Mauretania, en el reinado de Antonino Pío. Su participación en las
campañas dácicas de Trajano sigue siendo objeto de controversias. Durante
el siglo II y primera mitad del III la presencia de la legio VII en su campa-
mento de León está muy bien atestiguada. Sin embargo, a partir de media-
dos del siglo III las referencias arqueológicas y documentales se hacen muy
escasas, llegando a desaparecer totalmente en el último cuarto de esa centu-
ria cualquier tipo de inscripción o marca latericia que aluda a ella.
Este enclave es mencionado por Ptolomeo como lugar de emplaza-
miento de la legio VII gemina 6. En el Itinerario de Antonino aparece
como punto de llegada de la vía I, de Italia in Hispanias 7. Asimismo, la
Notitia Dignitatum 8 ubica en Legione a la Legión VII Gémina en época

6
Geographica II, 6, 28.
7
387, 7 y 395, 4.
8
XLII, 1, 26.

355
ejercito romano maqueta 3/2/07 18:35 Página 356

bajoimperial. La Tabla I del llamado Itinerario del Barro, de problemá-


tica autenticidad, menciona el emplazamiento de la legio VII gemina
como punto de partida de una vía que termina en la costa cantábrica,
concretamente en Portus Blendium.
Las numerosas excavaciones llevadas a cabo durante los últimos
quince años en el casco urbano han permitido conocer numerosos aspec-
tos del asentamiento militar de la legio VII en León. El principal testi-
monio arqueológico del campamento edificado por dicha unidad militar
junto a la confluencia del Bernesga y el Torío sigue siendo el magnífico
perímetro defensivo de planta rectangular con esquinas oblongas (570 x
350 m.), que abarca 20 ha., el tamaño habitual para los campamentos
legionarios. El campamento precedente fue parcialmente desmantelado
y reorganizado. Las líneas básicas del perímetro defensivo ya fueron des-
critas detalladamente por García y Bellido. Mucho más problemático
resultaba el tratar de determinar la organización interna del campa-
mento, ya que las escasas excavaciones que hasta entonces se habían
practicado en la ciudad antigua difícilmente permitían un intento de
acercamiento a esta cuestión. No obstante, la ciudad altomedieval evi-
denciaba claras improntas del pasado castrense, expresado en el dibujo
rectangular de su planta, sus cuatro puertas y el trazado genérico de
alguna de sus vías (Fig. 68).
La aparición de diversas calles y de la infraestructura sanitaria que en
algunos casos discurre por debajo de alguna de ellas está permitiendo
reconstruir progresivamente la organización interna de espacios dentro
del recinto campamental. Nos encontramos, pues, ante un recinto cuya
planta va a seguir el modelo general adoptado por este tipo de asenta-
mientos a lo largo de todo el siglo I d. C., fundamentalmente desde la
época flavia. Ahora bien, el uso de este esquema no se llevó a cabo de una
manera rígida, existiendo una clara adaptación, tal y como sucedía con
los recintos militares subyacentes edificados por la legio VI, a la topogra-
fía del cerro. El recinto legionense, cuyo eje longitudinal se desvía ligera-
mente hacia el noroeste, no mantiene una forma estrictamente
rectangular, estrechándose ligeramente a medida que avanzamos hacia el
sur. Este hecho se hace más evidente a partir de las dos portae principales,
especialmente al este del perímetro defensivo, donde la traza del muro se
desvía claramente de la seguida en el resto de su recorrido, para configu-
rar un ángulo sureste con una forma un tanto achatada. El área interior
ofrece un perfil topográfico bastante homogéneo, con una altitud media
de 835 m., existiendo una ligera inclinación, aún patente hoy día, hacia
poniente. Esta circunstancia debió de incidir en el trazado de la via prin-
cipalis, que ocupa una situación un tanto desplazada hacia el sur.

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Fig. 68. León. Planimetría del campamento de la legio VII gemina


(V. García Marcos & J. Vidal).

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Ya hemos señalado que esta adaptación a la topografía del cerro fue


común tanto al campamento de la legio VII, como al segundo recinto de
la legio VI victrix. Es muy probable que la planta de dicho campamento,
datado en época julioclaudia, haya dejado también su impronta en el tra-
zado interno del campamento de la legio VII, tal y como hemos consta-
tado en el sistema defensivo. No obstante, las intervenciones
arqueológicas no permiten por el momento confirmar esta hipótesis, más
allá que en una tendencia general compartida en las alineaciones de las
construcciones y calles interiores. El hecho de que ambos recintos defen-
sivos casi coincidan sobre el terreno permite abonar dicha propuesta.
La disposición interna de los espacios dentro del campamento se rea-
liza siguiendo la modalidad per scamna, esto es, con las construcciones
dispuestas en grandes áreas o zonas rectangulares paralelas a la vía prin-
cipalis. Se ha detectado la presencia de 5 scamna en los que se fueron ins-
talando las diversas estructuras. El más meridional, determinado por la
via principalis y el lienzo meridional, estaría ocupado por la praetentura.
Los pocos vestigios constructivos hallados hasta el momento parecen
orientarse con dirección norte-sur. Aunque no existen evidencias claras
respecto a que tipo de edificios ocuparon esta área debido a la intensa
transformación actual de esta zona, los paralelos ofrecidos por otros
enclaves legionarios abogan por la presencia de diversas centuriae o
barracones dispuestos per strigas– perpendiculares a la via principalis–
separados por calles secundarias. El área central del recinto, entre la via
principalis al sur y la quintana al norte, configuraría los latera praetorii.
Como es característica habitual en la práctica totalidad de los campa-
mentos romanos, en este sector destacado se encontrarían los principia o
cuartel general, además del praetorium, el valetudinarium y las casas de
los tribunos. Parte del lado septentrional de los principia, con el aedes y
un pórtico exterior, se han identificado recientemente. Con menos indi-
cios contamos aún sobre la ubicación de otras edificaciones como prae-
torium, valetudinarium, casas de los tribunos y fabricae, aunque es de
suponer que se dispusiesen en torno a esta zona, al menos en el caso de
los tres primeros.
En el extremo oriental de los latera praetorii se construyeron unas
grandes termas de las que conocemos varias de sus estancias dotadas de
hipocaustos bajo el subsuelo de la Catedral. Su extremo meridional
debía correr paralelo a la via principalis, en las proximidades de la puerta
oriental, ya que recientemente se ha identificado junto a dicho acceso
una habitación que parece constituir el ángulo sureste de cierre del gran
conjunto termal, ocupada en su última fase por unas grandes letrinas.
No obstante, la falta de conexión entre los distintos espacios identifica-

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dos de estas termas hace muy difícil avanzar su planta. En el costado


norte del edificio termal, así como en el lado izquierdo del latus praetorii
parece reconocerse una traza concebida para acoger nuevamente barra-
cones alineados per strigas. Los segundos albergarían, como es norma
general, a la primera cohorte.
La retentura pasa por ser el espacio mejor conocido del campamento,
no tanto en su planta como por haber deparado el hallazgo de una buena
parte de los escasos y fragmentarios restos constructivos conocidos hasta
la fecha, hallados en las excavaciones de la zona de Santa Marina. La
reciente excavación de este extenso solar adosado al intradós del lienzo
norte de la muralla de cubos tardorromana, a escasa distancia de Puerta
Castillo –la porta decumana del campamento de la legio VII– ha permi-
tido ilustrar la existencia de construcciones de la legio VII superpuestas a
otras pertenecientes a los recintos campamentales de la legio VI. El aná-
lisis de estos restos parece indicar que nos encontramos, posiblemente,
ante parte de un establecimiento de almacenaje. Su esquema cuenta con
paralelos bien identificados en otras fortalezas legionarias, pudiéndose
incluir dentro de los “almacenes con patio” de la clasificación de
Petrikovits, que ocuparía en este caso una posición excéntrica.
A pesar de la parquedad de los testimonios arqueológicos llegados
hasta nosotros por el momento, podemos concluir diciendo que el cam-
pamento de la Legio VII debió de contar con una disposición interior
acorde con la mostrada por otros recintos legionarios. En la zona central,
muy desarrollada a causa de la posición excéntrica de la via principalis,
determinada posiblemente por la topografía y tal vez por el trazado del
campamento precedente, se levantarían los edificios más relevantes, ade-
más de albergar los barracones de dos cohortes. La praetentura y la reten-
tura se reservarían fundamentalmente para dar cabida a las restantes
cohortes.
El principal testimonio arqueológico del campamento sigue siendo el
magnífico perímetro defensivo de planta rectangular con esquinas
oblongas, que sigue el modelo campamental canónico. Las excavaciones
desarrolladas durante los años 60 del siglo XX por A. García y Bellido
revelaron que el recinto amurallado, reforzado exteriormente con torres
semicirculares, está constituido en realidad por dos lienzos adosados,
edificados con técnicas bien distintas y erigidos en diferentes momentos.
El circuito original fue edificado en época flavia, mientras el segundo
recinto se erige a finales del siglo III o comienzos del IV d. C. Las inter-
venciones practicadas en un gran solar ubicado en la zona de Santa
Marina, junto al interior del lienzo septentrional de la muralla han con-
tribuido a resolver muchos de los interrogantes que planteaba este pri-

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mer recinto defensivo. Primeramente se practicó una trinchera cuyo tra-


zado motivó el desmantelamiento de la mitad exterior del vallum del
campamento precedente, perteneciente a la legio VI y datado en época
julioclaudia. En el interior de esta fosa fundacional se construyó una
cimentación de cantos rodados de cuarcita de mediano y gran tamaño,
alcanzando una altura entre 0,80 y 1 m. Su anchura no se ha podido
comprobar, aunque hay que suponer que sea similar o ligeramente
mayor a la del lienzo superior. Éste presenta un paramento externo de
opus vittatum, de 30-32 cm. de grosor, integrado por sillarejos de are-
nisca, apareciendo también algunos de granito, caliza y conglomerado,
aparejados en su mayoría a soga y con longitudes muy variables. Para
facilitar su anclado al núcleo de la muralla, los sillares, cuyo alzado
medio es de 14, 48 m., aproximadamente la mitad de un pie romano, se
tallaron con las caras interiores ligeramente convergentes. Están dispues-
tos en hiladas de 16-17 cm. de altura, presentando las juntas realzadas
por un excelente encintado de argamasa.
El resto del muro, hasta alcanzar los 1,80-2 m. de anchura (en torno
a 6 pies romanos), se levantó en opus caementicium de excelente calidad,
empleándose cantos rodados de mediano y pequeño tamaño, fragmenta-
dos en su mayoría con el fin de facilitar su trabazón con la argamasa,
además de algunos fragmentos latericios y pequeños bloques de caliza y
arenisca. El alzado máximo conservado de esta primera muralla sería de
4, 25 m., proporciones que no deben de estar muy lejos de las que tuvo
en origen. Si al exterior el paramento de opus vittatum sirvió de enco-
frado, la cara interna no mostraba huella alguna de haber tenido de otro
elemento similar, o bien de un armazón de madera que hubiera servido
para tal cometido. La explicación a este hecho viene dada por la existen-
cia de un terraplén interno adosado al núcleo pétreo, como ya había
supuesto E. Campomanes. A medida que se iba levantando el muro de
opus vittatum, lo mismo sucedía con el terraplén, rellenándose el espacio
intermedio con el opus caementicium.
En el caso de Legio la construcción del terraplén interior se vio
ampliamente facilitada por la presencia del vallum del campamento pre-
existente, ya que parte de su alzado quedó incluido en el macizo terrero.
Además, el desmantelamiento de la parte superior restante debió de pro-
porcionar un gran volumen de tierra reutilizada directamente en el
levantamiento del nuevo terraplén.
Durante los últimos años se ha constatado la existencia de al menos 3
torres interiores de planta rectangular, elementos comunes en los cam-
pamentos del periodo altoimperial. Su planta es rectangular (3, 5 x 4
m.), siendo su altura conservada de unos 2, 70 m. Internamente dichas

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medidas eran sensiblemente menores (1, 40 x 2 m.). Como es normal en


esta época, las torres sobresalen ligeramente fuera de la línea de la mura-
lla (20 cm.).Aún no tenemos constancia arqueológica de torres en los
ángulos, aunque es casi seguro que el campamento altoimperial de León
también las tuviese. La fortificación del campamento de la legio VII
gemina se completaría, como es usual, con la presencia de uno o más
fosos que circunvalasen el exterior del perímetro murado, de los que no
quedan evidencia alguna debido al levantamiento de la muralla tardo-
rromana.
Las excavaciones llevadas a cabo durante el año 1996 han puesto al
descubierto una de las puertas pertenecientes al recinto altoimperial
construido por la legio VII gemina, concretamente la porta principalis
sinistra del campamento legionario. Esta construcción monumental,
construida con bloques de opus quadratum, permitía el paso al recinto
campamental desde el este. La puerta principalis sinistra del campamento
era bífora y estaba flanqueada por dos grandes torres rectangulares geme-
las de 12, 80 m. de largo por 5 m. de anchura (medidas exteriores), de
las que sólo la situada al norte pudo excavarse totalmente, mientras que
la contraria, aunque se documentaron sus límites, subyace bajo la calle
actual. Las torres avanzaban 4 m. con respecto a la línea de la muralla,
aunque en el espacio comprendido entre ambas, al disponerse el frente
de la puerta ligeramente retranqueado, esta medida llegaba hasta prácti-
camente a los 5. El acceso se realizaba mediante sendos pasajes definidos
a ambos extremos por arcos de medio punto, de 4 m. de luz, que en los
extremos voltearían sobre pilastras adosadas a los muros de las torres y en
el centro sobre gruesos pilares de perfil rectangular –2 x 1, 46 m. el más
adelantado y 2, 60 x 2 m. el interior– alineados a modo de spina, sopor-
tando todo el conjunto la cubierta del espacio interior. El cierre se lleva-
ría a cabo mediante puertas de madera de dos hojas, como demuestran
las cuatro quicialeras de mármol halladas in situ en los umbrales de los
vanos exteriores. Una de ellas aún conservaba el gozne de hierro embu-
tido en una caja circular que, para facilitar el giro y evitar su rápido dete-
rioro, había sido reforzada mediante un aro de plomo (Fig. 69).
La edificación de la puerta, ubicada en un lugar con ligero declive
hacia el este, exigió de ciertos trabajos de acondicionamiento, centrados
especialmente en ambas torres, tal y como pudo apreciarse en la septen-
trional. Sus contornos quedaron definidos por gruesas cimentaciones de
opus caementicium sobre las que se asentaron muros de opus quadratum,
de 0, 70 m. de anchura, integrados por grandes sillares de caliza dis-
puestos aleatoriamente a soga y tizón en hiladas horizontales, aunque
siempre cuidando que no coincidieran las juntas. La mayoría se coloca-

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Fig. 69. León. Planta de la fase altoimperial de la porta principalis sinistra del
campamento de la legio VII (V. García Marcos).

ron en seco, sin rastro alguno de grapas metálicas de sujeción, aunque en


algunos casos las juntas se reforzaron con argamasa, mostrando también
varios engatillados.
El interior de la torre norte, a la que se accede por medio de una
puerta de 1, 20 m. de ancho situada en el costado meridional, está com-
partimentado en dos espacios separados por un muro, perpendicular a
los lados mayores, de 0, 85 m. de grosor y 1, 30 m. de alzado máximo.
La comunicación entre ambos espacios se aseguraba mediante un nuevo
vano de 1 m. de amplitud. El pavimento es similar al más antiguo de los
hallados al exterior, manifestando también claras huellas de hogares,
especialmente en las zonas próximas a los muros.
La porta principalis sinistra de León presenta algunos rasgos morfoló-
gicos poco habituales, como la compartimentación del cuerpo de guar-
dia. Los paralelos tipológicos nos llevarían a datarla a mediados del siglo
II e incluso más tarde. Sin embargo, la documentación arqueológica
confirma su construcción durante el periodo flavio o trajaneo.
Las intervenciones arqueológicas desarrolladas durante los últimos
años han revelado algunos asepctos sobre las vecinas cannabae. El más
importante es la identificación del anfiteatro castrense, recientemente
descubierto (Fig. 70). Como otros ejemplos que conocemos, solo la
planta baja se construyó con hormigón (opus caementicium), mientras el
resto sería de madera. Conocemos asimismo restos de un pequeño esta-
blecimiento balneario junto al lienzo oriental de la muralla. Asimismo,
tenemos referencias sobre varios cementerios de los siglos IV-V d. C.,
concretamente en el Jardín de San Francisco, la calle Monasterio y el
Campus of Vegazana.
Ángel Morillo & Victorino García Marcos

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Fig. 70. León. Anfiteatro cas-


trense extramuros localizado
en la calle Cascalerias
(J. C. Álvarez).

LA LOMA
Localización: La Loma, Santibáñez de la Peña, Palencia, Castilla y León,
España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: sistema de asedio

Se trata de un complejo arqueológico de gran entidad formado por varios


yacimientos que corresponden a un episodio bélico de inicios del princi-
pado de Augusto. El centro de este conjunto de yacimientos es el castro
de la II Edad del Hierro, alrededor del cual existe todo un dispositivo de
asedio romano constituido por un campamento principal y varios castella
unidos por restos de una circunvalación y de una contravalación.
El oppidum cántabro, fechado por sus materiales en la II Edad del
Hierro, ocupa una superficie de 10, 18 ha. Está dotado de un potente
derrumbe de muralla y de un foso de 4 m. metros de profundidad excavado
en la roca, así como de otras estructuras defensivas. Los trabajos arqueoló-
gicos desarrollados en este yacimiento han permitido documentar que fue

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asaltadazo por el ejército romano que lo cercó. Evidencias de este ataque


son los niveles de destrucción e incendio de un punto de su línea defensiva
y unos dos centenares de puntas de flecha romanas y algunos proyectiles de
catapulta encontrados en este punto atacado. Además de los proyectiles, ha
proporcionado otros materiales militares cántabros y romanos.
En la loma situada frente al oppidum indígena se encuentran los castra
principalis del dispositivo de asedio romano, que se completaba con
otros castra minora o castella unidos entre sí por las líneas de circunvala-
ción y de contravalación. Este campamento tiene 5, 9 ha. y es visible
gran parte de su perímetro defensivo, formado por un agger de tierra y
piedra en el que se ha documentado la existencia de una puerta con cla-
vicula interna (Fig. 71). La planta del campamento es de forma ovalada
alargada para adaptarse a las características topográficas del lugar: por el
este-suroeste aprovecha un pronunciado escarpe rocoso que hace innece-
sarias otras labores de fortificación, y al norte y al oeste dispone del men-
cionado agger, que al norte, la zona más accesible, parece disponer de
foso. El extremo sur del yacimiento ha sido destruido por una cantera
moderna. De los sectores noroeste y sudoeste del campamento salen de
ambas esquinas del campamento dos atrincheramientos correspondien-
tes a la circunvalación para cercar al castro situado enfrente y de la con-
travalación que protegía la retaguardia del ejército de asedio.

Fig. 71. Asedio de La Loma. Castra principales, circunvalación y contavalación


(E. Peralta).

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Ha proporcionado abundante material militar (tachuelas de caligae,


clavijas de tiendas de campaña, pila catapultaria, puntas de flecha,
equipo de caballería y todo tipo de metalistería militar). Los materiales
numismáticos lo sitúan a inicios del principado de Augusto.
El dispositivo de asedio se apoyaba sobre varios castella. El castellum A se
asienta en una peña caliza situada en el interfluvio donde se unen el río de
Las Heras y el arroyo de San Román para formar el río Valdavia. El enclave
domina el estrecho paso de La Hoz y el flanco occidental del castro indí-
gena asediado. Dispone de algunos aterrazamientos y ha proporcionado
material militar romano entre el que destacan una serie de proyectiles
incendiarios, entre ellos un singular pilum catapultarium tipo malleoli.
Al oeste del castro indígena, al otro lado del cortado de La Hoz, se
encuentra el castellum B. Es un pequeño campamento de planta ovalada
y con 6.517 m2 de superficie. Se aprecia el derrumbe de piedra de su
agger y un atrincheramiento que sale del recinto defensivo y desciende
hacia el río Las Heras para conectar probablemente con el castellum A.
Ha proporcionado material militar romano.
Eduardo Peralta Labrador

LUGO
Localización: Lugo, Galicia, España
Nombre latino: ¿castra legionis VI victricis?; Lucus Augusti
Tipo de asentamiento: ¿campamento legionario?; ciudad romana
Fuentes clásicas (de Lucus Augusti): Ptol. Geog. II, 6, 3; Itin. Ant. 424, 7
& 430, 8; Rav. 321, 3; Not. Dig. Occ. XLII, 1, 29; Hyd. Chron. 199.

La hipótesis que atribuía los orígenes de Lugo a un establecimiento cam-


pamental, avanzada en su momento por A. Schulten y otros investiga-
dores, ciertamente sobre bases poco sólidas ya que tenían que ver
exclusivamente com el trazado supuestamente ortogonal del casco histó-
rico actual, se ha visto reforzada en los últimos tiempos con una serie de
indicios de naturaleza muy distinta, que podrían certificar, esta vez sí, el
origen militar de nuestra urbe.
Sólo con el simple análisis de la estrategia observada en las llamadas
guerras cántabras, deducible de los respectivos relatos de Dión Casio9,
Floro10 y Orosio11 era lógico suponer la existencia de una base campa-
9
Dio. Cas.,56, 43, 3.
10
Flor.,II, 33, 46.
11
Oros., 6, 21, 1 ss.

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mental en la mitad septentrional de la actual Galicia, desde la que avan-


zar hacia la conquista de esas “..ulteriores Gallaeciae partes , quae mon-
tibus silvisque consitae Oceano terminantur..” de las que habla Orosio.
Efectivamente,ese amplio finisterre que se extendía al otro lado de las
montañas del Bierzo necesitaba para su sometimiento de un epicentro
operacional de referencia desde el cual dirigir la conquista. ¿Fue dicho
epicentro el solar de la actual urbe lucense? Vayamos por partes.
Nadie duda hoy día de que Lucus Augusti, Lugo, fue fundación augus-
tea y, como otras ciudades del noroeste hispano, elegida por el Príncipe
para epicentro político-administrativo de aquella parte extrema del terri-
torio recién conquistado. Lo que se cuestiona ahora es si la elección de
este emplazamiento urbano, en apariencia sin ambiente, fue motivado,
como en el caso de Asturica, por la preexistencia de un asentamiento
militar previo, cuyas infraestructuras habría aprovechado.
En principio, la elección del solar lucense para campamento la acon-
sejarían, tanto su privilegiado emplazamiento, en una suave penillanura
delimitada por los cursos fluviales del Miño y del Rato, que jugarían un
no desdeñable papel defensivo, como su estratégica situación, en el cruce
de un tupido sistema de comunicaciones naturales por los que acceder,
tanto a la franja costera como a las comarcas del interior. Si a ello suma-
mos la existencia de unas generosas surgencias termales, a la orilla misma
del río Miño, siempre tenidas en cuenta para restablecimiento y reposo
de los heridos en combate, de ricos manantiales de agua potable a menos
de dos kilómetros al norte de la ciudad, hasta la que podían fluir sin difi-
cultad, dado el gradiente, por cualquier tipo de conducto, y de abun-
dantes canteras de pizarra tabular para la construcción, se comprenderá
que el solar lucense hubo de pesar seriamente en la decisión romana a la
hora de elegir el lugar más apropiado para establecer su base de opera-
ciones bélicas en este lejano finisterre atlántico. Tales hechos, sin
embargo, nada concluirían por sí mismos si no existiesen argumentos de
índole histórico-arqueológica capaces de demostrar que dicho campa-
mento se instaló efectivamente en el lugar. Y es conforme a tales pará-
metros que trataremos de conducir nuestra argumentación en los
párrafos que siguen (Fig. 72).
El primer indicio a tener en cuenta sería el de la aparición, en una de
las calles históricas de la ciudad, de un umbral granítico de puerta con la
inscripción L.VI que, en todas las hipótesis, sólo cabe interpretar como
l(egio) VI, precisamente una de las grandes unidades militares que, sin
duda, intervinieron en la conquista definitiva del territorio y en su pos-
terior organización, la cual rubrica, de manera similar, otras actuaciones
sobre obras públicas de toda la Citerior (Fig. 73). Ahora bien, el que la

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Fig. 72. Lugo. Topografía de la ciudad (A. Alcorta).

legio VI cuente en esta ocasión con un valioso testimonio de su presencia


en Lugo no quiere decir que dicho testimonio haya de ser atribuido a la
posible fase campamental de la ciudad, en todo caso anterior al año 15
a. C. en que, como veremos, se funda Lugo como núcleo urbano civil.
Más bien, creemos que es con posterioridad a esta data que cabe situar
el referido testimonio, en atención a los casos paralelos de interven-
ción de ésta legión y sus compañeras de guarnición en la península,
concretamente la IV Macedonica y la X gemina, en obras públicas de la
época, tanto relacionadas con ciudades derivadas de antiguos campa-
mentos, como es el caso de Asturica, como en otros núcleos urbanos
que no lo habían sido. En todo caso, la acción de la milicia en la pro-
moción urbana del Noroeste resultaría, en un primer momento,
imprescindible, como imprescindible hubo de resultar en la apertura
de la red viaria. En resumen, la prueba aducida, si bien posee valor
acumulativo incuestionable, no resulta concluyente para demostrar lo
que ahora se pretende.
Un hallazgo de otro tipo lo constituye un gran fragmento de una laja
de granito, casi perfectamente pulido en su cara anterior y sin apenas
desbastar en la posterior, cuyas dimensiones reales no podemos restable-
cer, si bien la altura no debió de ser inferior a un metro y medio. En la

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Fig. 73. Lugo. Monolito con marca L(legio) VI (A. Rodríguez Colmenero).

cara anterior, perfectamente pulida, luce una gran K, que no cabe inter-
pretar de otra manera, dado el contexto, que como k(ardo).
Pero tampoco en este caso constituye argumento definitivo alguno,
puesto que dicho elemento puede ser atribuido, más que a la instalación
de un campamento, que también es posible, siguiendo, como es lógico,
el consabido esquema ortogonal, al trazado hipodámico de la ciudad
romana, hubiese existido o no un establecimiento campamental previo.
Un argumento de mucha más envergadura para afirmar la naturaleza
campamental de Lucus Augusti es el hallazgo, en los niveles arqueológi-
cos ordinariamente más tempranos, de una ya abundante serie de mone-
das de las acuñaciones llamadas de la “caetra”. Sólo entre 1986 y 1993 se
habían inventariado hasta 62 ejemplares aparecidos en las excavaciones

368
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de Lugo frente a sólo 48 que


se contabilizaban a la sazón
para todo el amplio Noroeste.
Desde entonces, los hallazgos
numismáticos de esta natura-
leza se han ido multiplicando
en la ciudad, de tal manera
que casi no hay excavación,
por pequeña que sea, en la
que no aparezcan 2 o 3 ejem-
plares, cuando no 10, como
ha sucedido en una excava-
ción reciente de la Rúa
Montevideo, a la que después
nos referiremos (Fig. 74).
Los ejemplares hallados,
por tanto, dentro del períme-
tro histórico de Lugo, y en
niveles arqueológicos fijos,
superan hoy día ampliamente
el centenar, a los que hay que
sumar múltiples hallazgos
descontextualizados que se Fig. 74. Lugo. Moneta militaris con reverso
hallan expuestos en las vitri- de caetra (RPC 1-3).
nas del Museo Histórico
Provincial o en poder de
coleccionistas particulares. Simultaneamente,la aparición de monedas de
la “caetra”, sobre todo del tipo abrumadoramente predominante en
Lugo, han sido esporádicos en otras áreas, por lo que el desequilibrio
numérico a favor de nuestra ciudad ha devenido insalvable. Pero no se
trata sólo del número, ya de por sí revelador de la ubicación de la ceca,
sino que, además, dos de los ejemplares exhumados se identifican con
simples cospeles en blanco, perdidos durante las tareas de amonedación,
según ya en su momento se avanzó. Tal coincidencia no creemos que
pueda ser explicada más que por el hecho de que la ceca se hallaba insta-
lada en el solar lucense, extraviándose los cospeles en cuestión como
consecuencia de las tareas de acuñación realizadas en dicho taller mone-
tario. Ahora bien, tal actividad, atendidas sus características específicas,
sólo encuentra encuadre coherente en un establecimiento campamental
datable en los primeros años de las llamadas guerras cántabras, durante
las cuales la estratégica situación de Lucus hubo de jugar un decisivo

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papel, ya que todos loa autores coinciden en afirmar que el horizonte


temporal de acuñación en el que se enmarcan tales monedas se establece
entre el 27 a. C., año en el que se atribuye a Octaviano el título de
Augusto, que figura expreso en la acuñación, y el 23 a. C., en el que
asume la potestad tribunicia, renovada después cada año y que, por
supuesto, no figura todavía en la leyenda de las monedas, como sería de
esperar si estas hubiesen sido acuñadas con posterioridad al año 23 a. C.
No queda más remedio, por tanto, que atribuirlas a los años 25 y 24 a.
C., correspondientes al primer embite bélico de las guerras cántabras y al
subsiguiente periodo de paz precaria durante el que la legión o legiones
acantonadas en el campamento lucense recibirían sus emolumentos
periódicos suministrados por la ceca de campaña instalada dentro de este
mismo campamento.
En resumen, no pretendemos afirmar, con lo expuesto, que todas las
acuñaciones de monedas de la “caetra” hayan sido realizadas en Lugo,
puesto que algunas de esta clase, concretamente las llamadas toscas, apa-
recieron en reducida cantidad dentro del solar lucense. Lo que sí aseve-
ramos es que la masiva aparición de ejemplares de buena factura, con dos
cospeles en blanco de la misma forma, dentro del casco histórico de
Lugo no halla satisfactoria explicación si no es afirmando la existencia,
dentro del ámbito de la futura ciudad, de un taller monetario durante la
primera fase de la conquista cámtabra. Ahora bien, en data tan temprana
la única instalación susceptible de ser atribuida a Lugo sería la de un
campamento, de ahí la importancia que el hecho numismático posee
para confirmar en Lugo su existencia.
Nos permitimos recordar, además, que las emisiones lucenses no están
hechas por Carisio, como se ha pretendido reiteradamente, puesto que
su nombre y autoridad están ausentes de dichas acuñaciones, lo contra-
rio de lo que sucede con las emisiones emeritenses realizadas bajo su man-
dato, permissu Caesaris o sin él. Somos de la opinión, por el contrario, de
que, al no figurar en los numismas otro garante que Augusto, fue bajo la
exclusiva autoridad del emperador, comandante general de todo el ejército
de la Citerior, pese a estar dividido en tres secciones bajo otros tantos lega-
dos, que se realizaron las sucesivas emisiones. Esta concepción estaría de
acuerdo, además, con la ordenación de los acontecimientos bélicos de la
guerra cántabra por uno de nosotros realizada en otra ocasión.
En fin, la parte más débil de nuestra argumentación ha sido hasta
ahora la escasa presencia de vestigios campamentales directamente detec-
tables a lo largo del proceso de excavación de los distintos solares de la
ciudad ya que un elemento tan decisivamente caracterizador como los
fosos, todavía no se habían exhumado hasta hace muy poco tiempo, a

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diferencia de lo sucedido en ciudades próximas de origen y cronología


similares. Con todo, sí se habían dejado ver, en los niveles más profun-
dos de algunos de los sectores intervenidos, zanjas, canales y pozos que
difícilmente pueden ser atribuidos a otro momento que no sea la fase
campamental de nuestra urbe.
Sin embargo, recientemente se ha excavado por nuestro colaborador
Paco Herves, del Grupo Larouco, y Alicia Arias, a quienes agradecemos
las facilidades ofrecidas, un solar contiguo a la Rúa Montevideo, en el
que ha sido exhumada la gran esquina redondeada de un recinto al que
delimita un doble foso paralelo sin duda de naturaleza campamental. No
se trata sin embargo del presumible campamento legionario que dio ori-
gen a la ciudad, puesto que se halla situado en el borde noroeste del
recinto amurallado y orientado hacia el exterior, sino, tal vez, del cam-
pamento de un ala o cohorte que debió haber acompañado a la expedi-
ción legionaria correspondiente en el decurso de las guerras cántabras, o,
mejor todavía, de un pequeño campamento de la Legión VI, a la que
alude el umbral antes mencionado, que sería destinada a Lucus, cuando,
con motivo de la segunda venida de Augusto al Noroeste, fue destinada
a urbe civil y se hacía preciso iniciar las debidas transformaciones.
En nuestra opinión, por tanto, y tal como reiteradamente hemos
expresado, el solar de la Lucus Augusti posterior fue inicialmente un cam-
pamento, posiblemente capaz para dos legiones, que habría jugado un
papel estelar durante las guerras cántabras como base establecida por
Cayo Antistio, uno de los conductores de la campaña del 25 a. C., para
la conquista del ámbito septentrional de Gallaecia, permaneciendo
como campamento estable durante unos diez años, o sea hasta el retorno
de Augusto a la Península, entre 15-13 a. C., siendo reconvertido en
establecimiento urbano civil con motivo de este mismo segundo viaje
del Príncipe a Hispania. Sin embargo, dicha reconversión no se habría
hecho al azar sino como parte de un amplio y bien madurado proyecto
de urbanización, puntal cimero en todo proceso de romanización, tanto
del extenso noroeste como de otras tierras hispánicas afines o próximas.
Los epicentros urbanos de dicho proceso, convertidos en capitales admi-
nistrativas de unos distritos subordinados a la provincia y denominados
conventos jurídicos, fueron Asturica Augusta, reconvertida de campa-
mento en ciudad por Augusto mismo físicamente presente en el lugar,
Lucus Augusti, en origen de la misma naturaleza, y Bracara Augusta,
resultado de la migración continua de los castreños de las inmediaciones
y de foráneos llegados desde diversos puntos peninsulares y extrapenin-
sulares; sólo que en estos dos últimos casos sería Paulo Fabio Máximo,
legado ad hoc y familiar de Augusto, el encargado de realizar los honores

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fundacionales, tal como testifican los epígrafes hallados en una y otra


ciudad. En todo caso, la transformación urbanística de campamento en
urbe civil no se habría realizado de manera instantánea, prolongándose
la primera fase de su gestación a lo largo de una buena parte de la pri-
mera centuria de la Era; de ahí que, al igual que sucede en Asturica y
Bracara, resulte la primera fase de ocupación civil una de las menos
representadas y peor conocidas.
De cualquier manera, esta etapa inicial de desarrollo estaría tutelada
por la labor directa de alguna de las vexillationes de las legiones a la sazón
estacionadas en la península, siendo posible, en tal hipótesis y como
antes ya se ha indicado, que la inscripción antes referida, alusiva a la legio
VI, así como los mentados vestigios campamentales, pudieran ser atri-
buidos a este momento y no a la etapa estrictamente campamental. Por
otra parte, a la coagulación en la urbe de muchos de los habitantes de los
castros vecinos vendría a sumarse una migración más selectiva de ilustres
habitantes del convento jurídico mismo e incluso de regiones europeas
más o menos alejadas de la nueva fundación urbana.
Sobre la evolución y desarrollo de la economía, sociedad, religión y
otros aspectos de la vida de la ciudad, no pretendemos extendernos aquí
y remitimos al lector a los estudios, tanto ajenos como propios a exis-
tentes. Cabe adelantar, sin embargo, que en los últimos tiempos el papel
desempeñado por Lucus Augusti en el organigrama administrativo de
Asturia y Gallaecia parece haberse potenciado a partir de la tercera cen-
turia, con la dinastía de los Severos.
Antonio Rodríguez Colmenero & Covadonga Carreño Gascón

LA MUELA
Localización: La Muela, Merindad de Sotoscueva, Burgos, Castilla y
León, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: fuerte auxiliar

La peña de La Muela se encuentra a 1139 m. de altitud. Es una penín-


sula rodeada de impresionantes acantilados calizos. Tiene 1, 12 ha. de
superficie y dispone de un estrecho istmo que la une al páramo, punto
que se encuentra fortificado por dos aggeres o terraplenes de tierra y pie-
dra y una puerta en clavicula (Fig. 75).
Los trabajos arqueológicos han aportado algo de cerámica común
romana y abundantísima metalistería militar romana (tachuelas de cali-
gae, fíbulas indígenas y romanas, pila, puntas de flecha, pila catapultaria,

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Fig. 75. La Muela. Fotografía aérea (E. Peralta).

placas, lanzas, regatones, clavijas de tienda, colgantes, lingotes de plomo,


etc.) y monedas romanas e hispano-romanas de inicios del mandato de
Augusto, una de ellas contemporánea de las guerras cántabras. Entre los
materiales más singulares procedentes del lugar se encuentran dos plomos
de groma encontrados en el centro del campamento. Es destacable que la
mayoría de las flechas aparecieron arrojadas fuera del campamento.
El pequeño enclave, ocupado probablemente por una o dos cohortes,
controlaba los pasos naturales hacia el nacimiento del Ebro y a la ver-
tiente norte de la cordillera Cantábrica.
Eduardo Peralta Labrador

LA POZA
Localización: La Poza, Campoo de Enmedio, Cantabria, España
Nombre latino:?
Tipo de asentamiento: campamento legionario y fuerte auxiliar

En el alto de La Poza (Campoo de Enmedio, Cantabria) han podido ser


identificados dos campamentos romanos temporales superpuestos, en

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una posición dominante sobre el collado de Peña Cutral, a una altitud de


1091 m. El lugar se sitúa a escasa distancia del paso de la calzada romana
que desde el interior de la Meseta castellana avanza hacia la ciudad de
Iuliobriga y el valle del río Besaya (Fig. 76). El campamento más anti-
guo, de planta aproximadamente rectangular, es el que ocupa una mayor
superficie. Ésta alcanza las 7 ha., delimitadas por un parapeto de tierra y
piedra caliza menuda. Pese al daño causado en la cima por el trazado de
un gasoducto, aún se pueden reconocer sobre el terreno 4 ingresos, 3 de
los cuales conservan la puerta en clavicula interna característica de estas

Fig. 76. La Poza. Los dos campamentos superpuestos de La Poza vistos desde
el este ( J. J. Cepeda).

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estructuras. En su exterior se ha podido identificar un foso de fondo


plano excavado en la roca. El recinto principal contó a su vez con un
anexo defensivo en el lado sur, delimitado por dos terraplenes de trazado
más irregular.
La actividad de campo desarrollada en el yacimiento, entre los años
2003 y 2004, ha consistido en la realización de una topografía del
microrrelieve seguida de la excavación de varios sondeos en las defensas.
Finalmente, se ha llevado a cabo un barrido mediante detector de meta-
les en las zonas más erosionadas del interior. Ello ha permitido recuperar
diferentes piezas de equipamiento militar, entre las que se encuentran
tachuelas de sandalia, clavijas y regatones en hierro para tienda de cam-
paña, una pequeña placa de cinturón en bronce y dos monedas ibéricas
de Kelse de la segunda mitad del siglo II a. C. Las monedas proporcionan
un terminus post quem muy aproximado para la construcción del campa-
mento que, probablemente, no tuvo lugar hasta el inicio de las guerras
cántabras (29-19 a. C.).
El segundo de los campamentos, de planta igualmente rectangular,
ocupa una extensión de terreno menor, de aproximadamente 5 ha. A
diferencia del anterior, ofrece escasos datos sobre la disposición de los
accesos, si exceptuamos un vano reconocible en su lado NE. Los
hallazgos monetarios más recientes hallados en la prospección magné-
tica, así como los fragmentos de una copa de terra sigillata (Consp. 22)
recuperada en el relleno del foso exterior, hacen posible ajustar su
construcción al reinado de Tiberio (14-37 d. C.). En esas fechas el
único cuerpo legionario establecido en la región era la legio IIII
Macedonica, por lo que es razonable suponer que formase el grueso de
la tropa acampado en el lugar.
Juan José Cepeda Ocampo

ROSINOS DE VIDRIALES
Localización: Rosinos de Vidriales, Zamora, Castilla y León, España
Nombre latino: ¿castra legionis X geminae?; ¿castellum alae II Flauia?
Petavonium vicus militaris
Tipo de asentamiento: campamento legionario; fuerte auxiliar; vicus

Augusto o quizás Agripa va a idear un plan tendente no sólo a evitar


posibles episodios bélicos sino también para aprovechar los recursos
humanos y económicos existentes en el territorio. Este plan va a consis-
tir en la creación de una serie de bases militares permanentes desde las

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que efectuar un control efectivo del noroeste y dar cobertura a la inci-


piente administración romana.
El asentamiento de legio X gemina en Rosinos de Vidriales (Zamora),
en torno al 15/10 a. C., se inscribe dentro de esta política, lugar desde el
que además podrá acometer tareas de vigilancia, explotación y transporte
de los amplios recursos auríferos del antiguo territorio astur.
Su emplazamiento en el valle de Vidriales, un paraje al norte de la
actual provincia de Zamora, es elegido además por encontrase en un área
en retaguardia o marginal de la zona donde más enconadamente se
plasmó la resistencia indígena y, por tanto, protegido de ataques sorpre-
sivos. Permite además una gran libertad de movimientos a la hora de
acudir a aquellos puntos donde pudiera surgir cualquier revuelta o con-
flicto, por ser un paso natural de la Meseta Norte hacia el interior del
territorio astur, seguramente ya utilizado por los indígenas y que después
será potenciado por los romanos, primero como vía militar y después
como vía civil, la vía XVII que une Asturica Augusta con Bracara Augusta
a través de Aqua Flaviae. Durante una primera fase, que podemos situar
entre los años 15/10 a. C. y el reinado de Tiberio, la legión no va a
emplazar todos sus efectivos en la base del valle sino que va a mantener
desplazados una parte de los mismos, que hoy por hoy no podemos con-
cretar, en otros parajes. El más duradero y el de mayor envergadura será
el contingente de tropas legionarias situado en el solar en el que se ubi-
cará la capital conventual, es decir, en Asturica Augusta. Allí, junto a
numerosos epígrafes funerarios pertenecientes a soldados de esta unidad,
han aparecido en los últimos años evidencias de un recinto campamen-
tal –un doble foso en forma de V con perfíl de fossa fastigata– así como
dos grandes bloques graníticos con inscripciones L.X.G. (Fig. 77).
La protección de este incipiente núcleo administrativo del noroeste
no va a ser la única función que requiera del desplazamiento de tropas
legionarias a otros puntos del territorio. Así, las numerosas inscripciones
de decimani repartidas por todo el ámbito peninsular nos sitúan a perso-
nal de esta unidad desempeñando funciones administrativas en diversos
puntos de la península ibérica.
Como es evidente, el grueso de las tareas a desempeñar por la legión
las desarrolla en el área donde levanta su campamento pues en función
de ello se eligió el enclave del valle de Vidriales como su base perma-
nente. Desde aquí realizaría la actividad inherente a su carácter castrense
–vigilancia y control del territorio, reclutamiento y adiestramiento de
jóvenes indígenas para evitar futuras revueltas y aprovechar su ardor gue-
rrero en beneficio de Roma–, al tiempo que se le encomendarían traba-

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Fig. 77. Rosinos de Vidriales. Planimetria donde se recogen los dos campa-
mentos superpuestos correspondientes a la legio X gemina y al ala II Flavia
(M. V. Romero & S. Carretero).

jos menos gratos como sería la supervisión de la incipiente minería aurí-


fera del noroeste.
De igual forma, esta unidad legionaria y su campamento implantarían
una modificación en el poblamiento del entorno mediante una actuación
que presuponemos como premeditada pero de la que no podemos corro-
borar este extremo. Nos estamos refiriendo al hecho de que los castros
astures de las cercanías –el Castro de San Pedro de la Viña o el de las
Labradas en Arrabalde– presentan una total ausencia de niveles de ocu-
pación de época romana, de lo que se deduce que su población va a ser
trasladada al llano, al valle, junto al área campamental. De esta manera,
ya desde época augustea, esta base militar sería un foco de concentración
y atracción de la gente indígena con lo que se lograría una vigilancia más
exhaustiva de los pobladores del hinterland castrense al tiempo que se ace-
leraría su integración social, económica, etc. dentro de la cultura y admi-
nistración romana. En tal sentido interpretamos la cita de Claudio
Ptolomeo sobre Petauoion como una de las 10 polis de los astures y capi-
tal de los superatios que, si bien alude a un momento posterior, hace posi-
ble pensar que recoge una realidad gestada en los momentos iniciales de
la ocupación legionaria y consolidada a lo largo del siglo I d. C.

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Este contingente indígena, conjuntamente con el importante gentío


que invariablemente acompañaría a la legión en sus desplazamientos
–siervos, esclavos, prostitutas, mercaderes, esposas e hijos de los solda-
dos, etc.–, se instalará en las cercanías de las estructuras defensivas cam-
pamentales, dando así lugar a las cannabae de las que surgiría el
asentamiento civil cuyo mayor florecimiento lo alcanza durante la estan-
cia del ala II Flavia y del que desgraciadamente no podemos concretar
ningún aspecto para esta etapa temprana.
Por lo que respecta a su recinto campamental del valle de Vidriales,
desgraciadamente son muy pocos los aspectos que podemos avanzar
puesto que las excavaciones arqueológicas realizadas en el yacimiento se
han centrado prioritariamente en desentrañar la ocupación militar pos-
terior, es decir, la del ala II Flavia. Pese a ello, la fotografía aérea, varias
inscripciones y algunas de las intervenciones arqueológicas allí realizadas
nos permiten avanzar ciertos datos sobre la estancia legionaria en el valle.
El campamento, no observable a ras de tierra, sí se ha mostrado de
forma perceptible en los fotogramas aéreos llevados a cabo en junio de
1991, momento en el que se dieron las condiciones climáticas y de cre-
cimiento vegetativo idóneas para revelar la forma y extensión del perí-
metro defensivo del recinto de la legio X gemina: un rectángulo perfecto
con las esquinas redondeadas, de 550 m. de largo por 315 m. de ancho
y una superficie de 17, 35 ha., rodeado por un doble foso que supone-
mos tendría la misma fisonomía que el asturicense.
Un sondeo realizado en 1980 nos permite ampliar los datos referidos
a estas defensas puesto que en el transcurso de su realización y en una
zona donde viene a coincidir con el trazado de la muralla fue hallado un
potente muro de piedra que pudiera corresponder a estas estructuras. Es
de suponer que este muro se inscribiría en una fase avanzada de la ocu-
pación del campamento, si bien los datos arqueológicos no nos han faci-
litado esa información.
En cuanto a las estructuras constructivas internas, los sondeos practi-
cados en el interior del área excavada con el fin de poner al descubierto
la superposición de niveles ocupacionales de las dos unidades militares,
han sacado a la luz la existencia de construcciones realizadas con dos
tipos diferentes de materiales y que corresponderían a dos etapas crono-
lógicas diferentes. Las primeras y más antiguas serían estructuras de
madera visibles en la actualidad por el hallazgo de un alineamiento de
piedras verticales formando cajas para calzar postes, mientras que las más
modernas tendrían muros con zócalos de cuarcita trabados con tierra y
el resto del alzado en tapial o adobes. Estos últimos aparecen normal-

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mente reutilizados por las construcciones del campamento del ala II


Flavia como cimientos de sus propias edificaciones.
En el año 63 d. C. la legión será desplazada fuera de Hispania, a la
zona de Panonia, para reemplazar a la legio XIV Apollinaris, que se des-
tina a Oriente. En Carnuntum permanecerá acantonada hasta el año
68/69, momento en el que los graves conflictos surgidos por hacerse con
el poder del Imperio van a originar que sea de nuevo transferida al terri-
torio peninsular. Pese a que Tácito afirma que su nuevo destino fue el
mediodía hispano, la pervivencia del núcleo civil de Petauonium –hecho
improbable de producirse un amplio vacío temporal en la ocupación
militar del valle–, las influencias foráneas que muestran algunas de la
decoraciones de las producciones de paredes finas realizadas en Melgar
de Tera –la presencia de rostros humanos o de divinidades tan frecuentes
en ámbitos castrenses–, el alto valor estratégico del enclave durante todo
el Alto Imperio y su proximidad a los yacimientos auríferos del noroeste
nos inducen a pensar que el enclave elegido en su vuelta sea el mismo
que abandonaron en el año 63 d. C.
Independientemente de este hecho, lo cierto es que su estancia va a ser
muy corta y pronto será destinada a la zona del bajo Rin como refuerzo
de las unidades allí acantonadas y después de Panonia.
Pese a su marcha, es posible que alguna vexillatio o destacamento mili-
tar permaneciera o se instalara en el valle de Vidriales ya que no sólo per-
duran el núcleo civil y las instalaciones artesanales creadas o promovidas
por la legión, como las de Melgar de Tera, sino que además hay una total
ausencia de niveles de destrucción o incendio en los últimos estratos de
ocupación legionaria –algo habitual cuando se produce el abandono
definitivo de una base castrense– y una continuidad en la ocupación per-
ceptible en la reutilización de algunos de los muros de las construcciones
internas del campamento de la legión por parte de los equites del ala II
Flavia, hecho que evidencia su mantenimiento en el momento de arri-
bada de estos últimos.
El hallazgo de varios bessales de la legio VII gemina en un sondeo rea-
lizado al exterior del campamento auxiliar en 1980 pero en el interior
del espacio que ocupaba el legionario, así como la recuperación de otros
procedentes de prospecciones, nos sirven para identificar a algún desta-
camento de esta unidad como ocupante previo a la llegada del ala II
Flavia. Su aparición dentro del antiguo solar campamental y asociadas a
estructuras constructivas, junto con el excesivo tamaño que va a poseer
el nuevo recinto auxiliar para albergar una tropa de 500 jinetes y la pre-
sencia de objetos propios de la impedimenta de infantería dentro de los

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niveles ocupacionales de este último, corrobora la presencia de esta guar-


nición en el valle de Vidriales.

El fuerte auxiliar del ala II Flavia


El campamento del ala II Flavia Hispanorum ciuium Romanorum va a
levantarse sobre el antiguo recinto campamental de los decimani, sin que
en ningún momento aprovechen el trazado defensivo preexistente. Su
campamento adoptará una forma rectangular con las esquinas redonde-
adas, una extensión de 4, 7 ha. y unas dimensiones de 193 por 244 m. y
se encuentra rodeado por un foso con perfil en forma de V (fossa fasti-
gata) de aproximadamente 4 m. de anchura y un metro de profundidad
(Fig. 78).
En el sistema defensivo se aprecia una evolución cronológica en la que
destacan al menos tres momentos en función del cambio de materiales,
y de la modificación de los accesos principales. Hubo primero un vallum
terrero del que quedan diversas evidencias enmascaradas junto a la cara
interna de la muralla pétrea; se trata de una potente capa de tierra oscura
y anchura heterogénea, compuesta de arcilla y materiales perecederos,
que ha sido observada en varios tramos excavados.

Fig. 78. Rosinos de Vidriales. Planta del campamento del ala II Flavia con
indicación de los sectores excavados (M. V. Romero & S. Carretero).

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En época trajanea o adrianea la construcción inicial se verá modifi-


cada al adherírsele al exterior un núcleo de opus caementicium y un frente
pétreo, alcanzando así las defensas una anchura en torno a los 4, 5 m.,
con la consiguiente desaparición de la berma. Con la petrificación del
recinto, la muralla presenta un paramento externo de bloques de cuar-
cita de tamaño irregular y disposición horizontal, con mayores dimen-
siones y mejor factura en los tramos cercanos a las torres y puertas, y se
dota además de 6 torres, 4 de ellas situadas en las esquinas y con planta
trapezoidal y otras 2, posiblemente de planta cuadrada en los lados lar-
gos, y de 6 aberturas de tránsito hacia el interior: 2 portillos o poternas,
que se sitúan entre las torres angulares y las de planta cuadrada, y 4 puer-
tas principales, la porta principalis dextra que pese a su acentuado arrasa-
miento y expoliación tendría una gran monumentalidad, dada la
magnitud de sus bloques, la porta principalis sinistra, bajo la actual carre-
tera, y las portae decumana y praetoria de doble vano, de 8, 5 m. aproxi-
madamente, y protegidas por sendos cuerpos de guardia de planta
cuadrada y dimensiones más o menos parecidas, entre 4, 15 y 4, 70 m.
(Fig. 79).
Por último, hacia mediados del siglo II d. C. se realizarán diversas
reformas en las puertas y en las vías. La porta decumana va a ver reduci-
das las dimensiones y su acceso simplificado a un vano mediante la con-
tinuación de la línea de la muralla hasta dejar una abertura de 3, 5 m,
mientras que en la porta praetoria se va a optar por otra solución dife-
rente a la hora de restringir el acceso al interior del campamento; se
construirá un pequeño y endeble muro, de tosca factura, entre el cuerpo
de guardia septentrional y el machón central, al tiempo que el cuerpo de
guardia meridional se amplia hacia el exterior, sobresaliendo claramente
de la línea de muralla.
En todos estos accesos se conservan las vías que penetran al interior
del recinto. Todas ellas están construidas con un firme de cantillo tra-
bado con tapial y se verán posteriormente recrecidas con un nivel de
relleno formado principalmente por tapial y restos materiales. La mayo-
ría de estas calles están recorridas bajo su superficie por atarjeas, algunas
de pequeñas dimensiones y desarrollo transversal a la vía, y la mayoría de
mayor entidad y paralelas a las mismas.
Por lo que respecta a las edificaciones internas, las excavaciones arque-
ológicas se han centrado casi con exclusividad desde el principio en la
exhumación de las construcciones de los latera praetorii, en la zona más
próxima a la porta principalis sinistra. Fuera de esta área únicamente se
ha intervenido en una estructura adosada a la muralla en las proximida-
des de la porta praetoria; se trata de una cisterna de planta rectangular –6

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Fig. 79. Rosinos de Vidriales. Planimetría de la porta decumana y la porta prae-


toria pertenecientes al campamento del ala II Flavia
(M. V. Romero & S. Carretero).

por 4, 5 m.2, de hormigón hidráulico y que, por lo que se observa a tra-


vés de la fotografía aérea, pudiera estar inmersa en una larga edificación.
En las edificaciones de los latera praetorii quedan también definida, al
igual que en las defensas y en las calles, la existencia al menos de dos fases
ocupacionales, por lo que vamos a describirlas siguiendo un orden cro-
nológico.
En el momento inicial de la ocupación del ala se realizarán dos edifi-
cios paralelos entre sí y separados por un estrecho patio o calle. Lo par-
cial de las excavaciones realizadas en esta zona no nos permite avanzar si
formarían parte de una única edificación o, si por contra, serían inde-
pendientes.

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El primero de ellos, el edificio I, se sitúa junto a la muralla y posee al


menos 7 u 8 habitaciones dispuestas en 3 hileras. Dichas estancias no
presentan homogeneidad ni en sus dimensiones ni es su fisonomía.
Tiene dos accesos desde el patio o calle, uno más importante, de 2, 7 m,
y otro secundario, 1, 5 m. El tránsito entre las estancias se realiza
mediante unos vanos de 0, 80 ó 0, 90 m. Varias de sus habitaciones esta-
ban dedicadas al procesamiento de alimentos, como se desprende del
hallazgo de un horno ultrasemicircular en una de ellas, un hogar y varios
basares realizados en tapial y tégulas en la estancia aledaña y una estruc-
tura de piedra y tapial relacionada con la molienda de grano en la
siguiente.
Su ubicación junto a las murallas, así como su uso para el procesa-
miento de alimentos, concuerda con las características de algunas “casas
de comidas” habituales en campamentos renanos o británicos, pero no
así su complejidad. El hecho de que el firme de la calle anexa a esta edi-
ficación, la calle A, que corresponde a este momento de ocupación, haya
sido realizado mediante lajas perfectamente trabadas entre sí, caracterís-
tica peculiar dentro de las vías del campamento, nos induce a pensar que
quizás no se trate de una calle más, sino de un patio, en cuyo caso este
edificio no debería interpretarse independiente al II, pudiendo formar
parte ambos de una construcción más compleja y articulada en torno a
un patio central.
Mayor dificultad posee el edificio II, edificio que posee al menos 8
habitaciones dispuestas formando tres hileras y que, teniendo una mayor
homogeneidad en cuanto a tamaño y disposición, forman casi un reti-
culado perfecto. Por otra parte, es posible que tuviera dos plantas y que
a la superior se accediera por una de las estancias, la c, que por tamaño y
características –hoyos de postes– podría corresponder con un hueco de
escalera.
Las técnicas y materiales constructivos empleados en ambos edificios
son idénticos: la mayoría de los suelos son de tierra apisonada sobre una
base de cantillos, aunque esporádicamente aparecen pavimentos ensola-
dos con lajas de mediano y gran tamaño. Los muros están realizados con
un zócalo de cuarcitas de tamaño irregular, dispuestas en hiladas más o
menos horizontales, hasta una altura aproximada de 0, 5 m., con frag-
mentos de tejas sobre el mismo para regularizar la superficie, el resto del
alzado se eleva en tapial; van en ocasiones revestidos de pintura mural.
La techumbre debió estar formada por un entramado de vigas de madera
de las que nos han llegado numerosas concentraciones de carbones junto
con gran número de los clavos de hierro y sobre éste una cubierta de
tégulas e ímbrices para forma un tejado a doble vertiente.

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En la segunda fase constructiva se van a erigir dos nuevas construc-


ciones, las III y IV, y se recrecen la calle interior y exterior de la zona
excavada. Esta reforma parece realizarse en torno a mediados del siglo II
d. C. Estas nuevas edificaciones, transversales a las anteriores, van a inva-
dir parte de la superficie de las construcciones preexistentes, amorti-
zando alguna de sus estructuras, como es el caso del horno del edificio I.
Se trata de dos edificaciones gemelas en cuanto a su longitud –13 m–
y que además incluyen entre sus materiales constructivos el empleo de
mortero en la factura de los muros perimetrales. Sin embargo, mientras
que el III no presenta subdivisiones en la escasa superficie excavada, el
IV está compartimentado al menos en dos estancias de planta cuadrada
y medidas aproximadas.
Junto a la incorporación de estas nuevas construcciones, la reforma
también va a afectar a las calles circundantes mediante la elevación de la
superficie de tránsito y la consecuente realización de nuevas atarjeas,
tareas que se completan en el caso de la calle situada entre las edificacio-
nes con la inclusión de dos hileras de cuatro grandes bloques de cuarcita
en disposición pareada y colocados muy próximos a las fachadas de los
edificios I y II y dos en el frente interior del III. Estos bloques actuarán
a modo de pies derechos para soportar postes de madera en donde a su
vez apoyaría la techumbre del patio.
Como podemos observar con esta remodelación las 4 edificaciones y
el patio o calle A adquieren una unidad orgánica, dando así origen a una
construcción compleja cuya morfología no se adecua a ninguno de los
edificios castrenses habituales. La explicación quizás nos llegue a través
de ciertos materiales recuperados en el área excavada, que son propios de
la impedimenta de los soldados de infantería –pilum, umbo de escudo,
elementos de cingula militares– y que aluden a la presencia de un desta-
camento o vexillatio de infantes, quizás soldados de la legio VII gemina,
tal y como se desprende de los ladrillos sellados por esta unidad apareci-
dos en el yacimiento.
Pese a que el estudio de los materiales arqueológicos apenas permiten
sobrepasar la vida del campamento más allá de los albores de la tercera
centuria, el hallazgo en las inmediaciones del mismo de una inscripción
del ala portando los epítetos Galliana Volusiana y dedicada al numen y a
la maiestas de los emperadores Treboniano Gallo y Volusiano, posibilitan
su prolongación al menos hasta el 253 d. C. Por otro lado, la ocupación
tardía del lugar, registrada en la excavación de las puertas, parece hoy por
hoy más bien episódica.

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El vicus de Petauonium
Para concluir, queremos simplemente hacer una breve mención al pobla-
miento civil surgido al abrigo del asentamiento militar. La cita de
Claudio Ptolomeo en la que se identifica a Petauoion como capital de los
astures superatios, así como la mención en el Itinerario de Antonino a
Petauonium como mansio de la vía XVII, nos ubican en un enclave dedi-
cado principalmente al sector primario y situado a lo largo de una vía de
comunicación.
El término mansio, por otra parte, tiene en el mundo anglosajón un
significado parejo a fort-vicus, es decir, un asentamiento civil que cuenta
al menos con una mansio como edificio singular para albergar huéspe-
des, unas termas y un templo. Las dos últimas edificaciones están pre-
sentes en Petauonium y son construidas por mandato o con la
intervención de los mandos del ala II Flavia: los balnea del praefectus
Lucius Versenus Aper y los templos dedicados a Hércules y, quizás, a
Diana de sus homólogos Marcus Sellius Honoratus y Arrius Constans
Speratianus.
La cronología y ubicación de las dos primeras nos proporcionan los
datos para suponer que, al menos, en el comedio del siglo II d. C., fun-
cionaría como área monumental el área localizada en torno al actual
cruce de carreteras que atraviesan el yacimiento.
Este núcleo civil, a juzgar por los resultados de las prospecciones
arqueológicas realizadas en el mismo, tendría una extensión aproximada
de 1, 5 km. en dirección noroeste-sureste, siguiendo la trayectoria de la
via principalis, y 700 u 800 m. de anchura máxima en la zona próxima
al campamento.
M. Victoria Romero Carnicero & Santiago Carretero Vaquero

VALDEMEDA
Localización: Valdemeda, Manzaneda, León, Castilla y León, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: fuerte auxiliar
El campamento de Valdemeda fue descubierto gracias a la fotografía
aérea, y se fecha a partir del final de la conquista (19 a. E.).

Su recinto fue identificado por Sánchez-Palencia como un campamento


temporal por lo precario de sus estructuras (vallum o empalizada de
madera, agger y fossa) y se desconoce quiénes fueron sus ocupantes, segu-
ramente una vexillatio, destacamento o unidad auxiliar dependiente de

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la legio X gemina, ya que está a mitad de camino de Rosinos y Astorga (su


extensión permite la estancia de un ala quingenaria o de una cohorte
miliaria).
Está en el piedemonte de la Sierra del Teleno, a 1050 m. de altitud y
en un terreno montañoso, en una superficie llana y nivelada, cercano a
la confluencia de dos ríos que discurren por la vertiente Sur, el Eria (a
unos 500m. de la ribera del Eria) y el Pequeño. Está también relativa-
mente cercano a La Corona de Corporales, el castro astur destruido
durante la conquista (Fig. 80).

Fig. 80. Valdemeda. Fotografía aerea (J. Sánchez Palencia).

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Es casi perfectamente rectangular, con los ángulos redondeados, y está


orientado en su eje mayor de N a S. sus medidas son de 260-265 m. y
165-170 m., de donde resulta una superficie total de 4.2 a 4.5 ha.
Existe un terraplén o agger a lo largo de todo el perímetro, e incluso
parecen distinguirse huellas de la fossa en el ángulo NW, en el SW y en
el lado S. En este último parece distinguirse una entrada, que sería la
porta decumana, protegida por sendos recodos, externo e interno, pero
este extremo es especialmente dudoso. Hay también huellas de entrada
por el flanco W., hacia el centro del recinto. Por el E. y el N. sendos
caminos atraviesan el recinto por su centro geométrico.
En el interior no se pueden apreciar estructuras que indiquen su dis-
tribución interna. La roturación forestal ha ayudado a borrar toda hue-
lla. Sólo se aprecia una marca circular en el ángulo NW interno, que
corresponde a un amontonamiento de piedras o cantos rodados, tal vez
una torre defensiva orientada al N., por donde el terreno se eleva y es
más fácil atacar el campamento. También se distinguen amontonamien-
tos de piedra siguiendo la alineación del agger, que serían los que com-
pondrían su núcleo.
Sus escasas estructuras, foso y terraplén, fueron destruidas por las
minas de oro que se desarrollaron allí posteriormente, tal vez hacia
mediados del I d. E., por lo que la datación relativa lo sitúa en años ante-
riores a mediados del siglo I d. E., durante o en años precedentes a la
conquista como se menciona arriba, como ya ha señalado Sánchez-
Palencia.
Esperanza Martín Hernández

VILLALAZÁN
Localización: Villalazán, Zamora, Castilla y León, España
Nombre latino:¿?
Tipo de asentamiento: ¿fuerte auxiliar?

Desde los inicios del siglo XX, los hallazgos arqueológicos en el término
municipal de Villalazán son frecuentes y variados, concretamente en los
pagos colindantes de Los Castros, Valcuevo, El Alba y La Marranica se
ha documentado una ocupación que abarca desde la II Edad del Hierro
hasta fechas tardorromanas. Todos estos yacimientos han padecido un
fuerte deterioro debido a las sucesivas remociones y abancalamientos del
terreno. A pesar de ello, ya en 1978 Sevillano identificó en Los Castros,
gracias al material cerámico recogido en superficie, un asentamiento
indígena. También en Valcuevo se han documentado restos de construc-

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ciones de la Edad del Hierro: Olmo en 1994 documentó una cerca


defensiva de rasgos similares a la de Las Quintanas de Valoria o a la de
Las Quintanas de Padilla de Duero (Valladolid), aunque en el caso
zamorano su extensión es más reducida.
En El Alba existe un establecimiento urbano de época altoimperial, a
juzgar por los materiales constructivos y cerámicos recopilados, sobre
una extensión de unas 20 ha. que, en opinión de Martín Valls y Delibes,
podría identificarse con la antigua Albocela. Las labores de excavación
desarrolladas en 1987 en esta zona por González Serrano han sacado a la
luz un complejo termal excepcional, decorado con pintural mural y sue-
los de opus signinum, además de abundante terra sigillata, cerámica
común, paredes finas, monedas, vidrio y un broncecito de Fortuna. Por
otro lado, en La Marranica se ha localizado una necrópolis con estelas
funerarias de los siglos II y III d. C. dadas a conocer primero por
Sevillano y luego por Martín Valls y Delibes.
En 1990 me fue entregado un lote de 90 monedas recogidas en super-
ficie en El Alba y Valcuevo. Este lote numismático respondía a unas
características de circulación típicamente castrense –abundantes mone-
das partidas, contramarcadas, forradas e imitaciones– cuya presencia
entonces resultaba difícil de justificar. Sin embargo, poco después, en
1993 los trabajos de prospección aérea de del Olmo permitieron detec-
tar la existencia de una posible estructura campamental que se extiende,
muy cerca del cauce del río Duero, en el sureste del pago de Valcuevo y
al noroeste de El Alba. El recinto ocupa una superficie superior a las 22
ha. y tiene una estructura rectangular con las esquinas redondeadas, pero
de momento no se ha excavado y resulta difícil remitir a una cronología
concreta o a una unidad legionaria. Aunque Carretero defiende la ubica-
ción de militares romanos aquí en relación con la ofensiva contra cánta-
bros y astures, el conjunto monetal remite a un horizonte tiberiano
Cruces Blázquez Cerrato

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CIUDADES AMURALLADAS BAJOIMPERIALES EN EL NOROESTE DE HISPANIA


ASTORGA
Localización: Astorga, León, España
Nombre latino: Asturica Augusta
Tipo de asentamiento: ciudad romana
Fuentes clásicas: Plin. Nat Hist. III, 21; Ptol. Geogr. II, 6, 35; Edict.
Diocl. XXV, 3; Cipriano, episcopus Carthaginensis, letter 67; Itin. Anton.
422, 2; 423, 5; 423, 7; 425, 5; 427, 4-5; 429, 4-5; 431, 3; 448, 2; 439,
5; 439, 15; 453, 5; Hydacio, Chron. 130, 138, 173 and 186; Isidoro,
episcopus Hispalensis, Chron. 2, p. 278, 24; 280, 16; Rav., Cosmogr. 320,
12; Iordanis, De originis actibusque Getharum XLIV, 232.

La indudable vitalidad urbana de Asturica parece llegar a su fin hacia


mediados del siglo III d. C., coincidiendo con el final de las explotacio-
nes auríferas a gran escala en la región. A partir de este momento se inau-
gurará una nueva etapa que parece marcada por su paulatino declive, no
atenuado por su carácter de sede episcopal que ostenta a partir del siglo
III d. C. Es demasiado pronto como para conocer las características de
las nuevas estructuras urbanas, administrativas y económicas durante
este periodo. La ciudad sufre un declive urbanístico del que no se recu-
perará nunca. La actividad constructiva se redujo, en muchos casos, a la
simple ocupación o remodelación de construcciones más antiguas, para
lo cual se reaprovecharon numerosos materiales de épocas anteriores,
procedentes del desuso o ruina de otras.
A pesar del declive de la ciudad, el renovado interés del Estado
romano por el Noroeste peninsular se hace patente en la misma en la
edificación de una gran muralla romana que va a proteger a la mayor
parte de la ciudad, delimitando, con toda seguridad, un perímetro infe-
rior al que ocupaba durante el Alto Imperio.
Teniendo en cuenta la escasez de datos objetivos, es difícil establecer
una relación causal entre las invasiones del siglo III y la construcción de
murallas, especialmente porque el fenómeno del amurallamiento
bajoimperial no es privativo de las últimas décadas del siglo III, sino que
se extiende también a todo el siglo IV. Carecemos de fuentes literarias o
epigráficas que atestiguen la construcción de las murallas de Asturica. La
mayor parte de las murallas sólo proporcionan fechas aproximadas, basa-
das en la amortización de estructuras claramente anteriores o en la com-
probación arqueológica de su uso durante el periodo tardorromano.
Estos argumentos sólo pueden llevarnos a dataciones post quem más o
menos ajustadas, con la imprecisión inherente a este tipo de fechas.
Conviene recordar la dificultad para obtener una información estratigrá-

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fica fiable en las excavaciones de las murallas urbanas no localizadas en


despoblados actuales. Unas veces, los recintos se han enmascarado o
soterrado bajo obras de fortificación del periodo medieval o moderno,
con la consiguiente alteración de los niveles de uso tardíos. En otras oca-
siones, las murallas se han arrasado desde los cimientos o se localizan en
espacios muy reducidos que proporcionan escasa información. Para el
caso hispano debemos señalar el problema añadido de la imprecisión
cronológica a la que se hallan sometidas las cerámicas de las fases roma-
nas tardías (Fig. 81).

Fig. 81. Astorga. Circuito amurallado de época bajoimperial en su lado oriental


(A. Morillo).

A pesar de la aparente uniformidad técnica de las murallas bajoimpe-


riales de Asturica, podemos observar notables variaciones en las dimen-
siones de los sillares, la calidad de su trabajo y su remate, y el sistema
constructivo en su conjunto. La técnica más empleada fue el sillarejo,
utilizando bloques de cuarcita. Las murallas, de 5, 40-6 m. de anchura,
estaban reforzadas mediante torres semicirculares proyectadas al exterior.
Partiendo de la datación obtenida a partir del análisis del abundante
material epigráfico reutilizado en la obra de la muralla de Asturica
Augusta, Richmond estableció como terminus post quem para su cons-
trucción el segundo cuarto del siglo III d. C., cronología aceptada por

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los investigadores posteriores. Las intervenciones arqueológicas llevadas


a cabo en un solar situado en el nº 10 de la calle La Cruz, delimitado por
el lienzo oriental de la muralla, nos han aclarar sin género de duda la cro-
nología de la construcción de la muralla, que podemos situar en época
tetrárquica a partir del análisis del contexto estratigráfico.
Las excavaciones desarrolladas en 1971 por T. Mañanes permitieron
hallar los restos de una de las puertas del recinto asturicense. Este investi-
gador identificó la planta de dos torres semicirculares que encerraban un
único vano. La publicación de dicha excavación resultaba sumamente
confusa y dejaba sin resolver la mayoría de las cuestiones relativas a la
construcción de dicho acceso. La excavación desarrollada por M Burón
en 1998 ha permitido completar la planta y definir la secuencia cronoló-
gica de esta zona del encintado asturicense. La puerta era monófora, defi-
nida por un arco de medio punto de más de 4 m. de luz entre dos torres
semicirculares de 8, 20 m. de diámetro. El vano se prolongaba hacia el
interior a través de dos cuerpos de guardia, generando un pasadizo abo-
vedado. Únicamente se conserva por completo la torre oriental. El alzado
de opus quadratum de grandes sillares de granito dispuestos en su mayo-
ría a soga, unidos a hueso o mediante grapas de unión, se alzaba sobre una
cimentación de cantos rodados y esquirlas de piedra. Se conservan huellas
de la adecuación estructural necesaria para el rastrillo de la puerta. Su
estructura fue transformada a comienzos del siglo V d. C. (Fig. 82).
Coincidiendo con la erección del recinto fortificado, amplias zonas de
la ciudad, en especial las más próximas a la muralla, sufrieron un proceso
de elevación de la cota de circulación, que alcanza varios metros de altura
en algunos sectores, resultado de la acumulación de depósitos generados
durante la obra defensiva y con posterioridad a ésta.
No obstante, la parquedad de estructuras habitacionales contrasta
vivamente con la abundancia de materiales arqueológicos, especialmente
los hallazgos numismáticos y los recipientes de terra sigillata hispánica

Fig. 82. Astorga. Restitución de la puerta romana (M. Burón).

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tardía (TSHT). La existencia de numerosos materiales tardorromanos


también parece abogar por la presencia de un núcleo poblacional de
cierta relevancia, aunque lejos ya muy probablemente de los momentos
en los que Asturica alcanzó su máxima expansión.
El periodo tardorromano se prolonga sin interrupción aparente hasta
comienzos del siglo VI. Recientes excavaciones han revelado la existencia
de un edificio cristiano datado en el siglo VII en el área de la actual igle-
sia de Santa Marta. Esta es una de las escasas evidencias arqueológicas de
la Antigüedad Tardía en Asturica. La topografía de la ciudad debió reo-
rientarse en función de las nuevas creencias cristianas, desplazándose el
centro de gravedad hacia la periferia urbana para ubicarse junto al lienzo
septentrional de la muralla, en el lugar que en época medieval se situaría
el centro religioso de Astorga (Fig. 83).

Fig. 83. Astorga. Ciudad tardoantigua con indicación de los lugares de culto
cristiano (C. Fernández Ochoa & A. Morillo).

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Fuera de la ciudad conocemos numerosas evidencias de su importan-


cia durante este periodo. Tenemos referencias al hallazgo de varias necró-
polis de este periodo, como la situada junto a la Puerta de Hierro, donde
se localizaron varias tumbas con ajuares. En la zona próxima a la calzada
que uniría Asturica con Legio, conocida como la Moldería Real se exhu-
maron, hacia 1935, diversas sepulturas que contenían ajuares. Menos
fidedignas parecen ser las referencias de Luengo respecto a la existencia
de una posible necrópolis tardorromana en la confluencia de las carrete-
ras de León y del cementerio, ya que en este lugar estuvo ubicado el
Monasterio de San Dictino, pudiendo pertenecer a un área cementerial
medieval los diversos sarcófagos de piedra aparecidos.
Ángel Morillo & M. Ángeles Sevillano

CASTRO VENTOSA
Localización: Castro Ventosa, Cacabelos, León, Castilla y León, España
Nombre latino: Bergidum Flauium
Tipo de asentamiento: ¿ciudad romana?

El yacimiento arqueológico de Castro Ventosa se encuentra situado en el


pueblo de Pieros (Municipio de Cacabelos), sobre un cerro formado por
el río Cúa a 638 m. altitud, y desde el cual se puede contemplar la prác-
tica totalidad de la olla berciana.
De origen prerromano, se ha localizado tradicionalmente en este lugar
el poblado de Bergidae de las fuentes documentales clásicas, citada por
Floro y Orosio en relación a las guerras cántabro-astures (29-19 a. C.),
cuya toma daría por finalizada la campaña militar. Bergidum Flauium es
mencionado asimismo por Ptolomeo y las fuentes itinerarias como el
Itinerario de Antonino y el Ravennate. Sin embargo, las fuentes no acla-
ran si el nombre de Bergidum Flauium se aplica al asentamiento situado
en altura o el que se desarrolla a varios kilómetros a orillas del río, en la
zona de La Edrada. Esta duda no se despejará hasta que las excavaciones
arqueológicas de ambos yacimientos sean regulares y sistemáticas. El
topónimo Bergidum, de origen céltico e ilirio–ligur alude indudable-
mente a una fortaleza en altura, que lo relaciona claramente con un oppi-
dum, y con su ocupación prerromana, y por tanto parece lógico pensar
que se refiere al castro.
El vestigio más monumental del yacimiento de Castro Ventosa es la
magnífica muralla de época bajoimperial. Este elemento estructural,
poderosamente atractivo, ha propiciado la atención de diversos eruditos
y viajeros que lo describieron desde el siglo XVIII, el Padre Flórez,

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Jovellanos, Gil y Carrasco, Gómez Moreno, Schulten, etc. En 1931 es


declarada Monumento Histórico.
El recinto fortificado está constituido por una muralla reforzada por
15 torres semicirculares, adaptada a la topografía oval del terreno, con
una longitud de 1136 m. Esta construida con piedras en su paramento
exterior y relleno interno de piedra menor. Los lienzos de la muralla
debieron estar encalados y decorados con encintado, a fin de provocar
un impacto visual. La muralla fue edificada a finales del siglo III o
comienzos del IV d. C. (Fig. 84).

Fig. 84. Castro Ventosa. Fotografía aerea (Junta de Castilla & León).

Las puertas de acceso están situadas precisamente en el extremo del


camino central que atraviesa la meseta castreña, orientadas al este y
oeste, la Puerta de Sol y la Puerta del Viento. Ambas están flanqueadas
por importantes bastiones.
Los hallazgos que a lo largo del tiempo acreditan su urbanismo son
muy abundantes (lápidas, materiales constructivos, cerámica, monedas,

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etc.), si bien nada se conoce de su planimetría. El registro material de las


excavaciones de 1988 y 2001 realizadas en los vertederos extramuros han
documentado una ocupación sobre todo de época bajoimperial y tardo-
antigua, siendo escasos los restos altoimperiales.
Los restos de material cerámico más abundantes son de uso arquitec-
tónico y doméstico, de mesa y cocina, siendo la más abundante la terra
sigillata hispánica tardía de los siglos IV y V y la cerámica común de tra-
dición indígena. En cuanto a la numismática, la presencia de monedas
tardías de los años 253 al 400, corroboran la datación cerámica.
Mención especial merece el peine de hueso, sin duda la pieza más intere-
sante y original. Catalogada como objeto de uso femenino perteneciente
a la cultura de Tchernjahov-Sintana de Mures, en Europa Oriental, atri-
buida a al federación goda y aliados que se desarrolla en Ucrania,
Moldavia y Rumania oriental. El peine está datado entre el último tercio
del siglo IV y la primera mitad del siglo V (años 365-450) y relacionado
por tanto con el asentamiento de foederati godos. Este elemento testi-
monia la presencia o relación de gentes procedentes de la antigua fede-
ración gótica con la zona del Bierzo durante la primera mitad del siglo V
en un territorio que en el 411 correspondería a los vándalos asdingos.
Inés Diaz Álvarez

GIJÓN
Localización: Gijón, Asturias, España
Nombre latino: ¿?
Tipo de asentamiento: ciudad romana

Durante el periodo tardorromano, la ciudad de Gijón mantiene su vita-


lidad económica. La construcción de la muralla bajoimperial tiene lugar
en este periodo. La muralla se asocia con la de otras ciudades amuralla-
das en este mismo momento en la región como Braga, Lugo, Astorga,
Iruña y León, lo que responde a una nueva estrategia del Estado romano.
El recinto amurallado de Gijón se construyo en época tetrárquica,
durante los ultimos años del siglo III o los inicios del siglo IV d. C.
En 1982, durante la realización de unas excavaciones de urgencia en
el casco antiguo de la ciudad de Gijón, correspondiente al actual barrio
de Cimadevilla, se localizaron los restos de una fortificación. Las campa-
ñas de excavación, dirigidas por C. Fernández Ochoa se han sucedido sin
interrupción hasta 2003.
La muralla formaba un circuito lineal de planta irregular, adaptado a
la topografía del terreno, que miraba hacia el interior, dejando el mar a

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su espalda. Su perímetro es de unos 850 metros y abarcaba una superficie


de unas 16 ha., correspondiente al Cerro de Santa Catalina. La muralla de
Cimadevilla estaba flanqueada por torres semicirculares, ligeramente
peraltadas, de unos 4, 60 a 5 m. de diámetro, que sobresalen del lienzo
unos 3, 30 m. Los cubos se situaban a intervalos de 18 m. (Fig. 85).

Fig. 85. Gijón. Restitución del trazado de la muralla romana bajoimperial


(C. Fernández Ochoa).

Durante el verano de 1988 se hallaron los restos de la puerta princi-


pal de la ciudad romana. La puerta estaba flanqueada por dos torreones
cuadrangulares, de 5, 40 m. de lado, que tal vez fueron macizas en su
base. La anchura de la entrada es de unos 7, 50 m. Los restos de la
cimentación y el alzado, permiten suponer una puerta de doble arco,
retranqueada respecto a la linea de la muralla para facilitar la defensa.
Recientemente se han identificado los restos de un cuerpo de guardia en
la parte interna de la torre oriental, cuyo vano parece asimismo cegarse
en un momento indetermiando. La puerta parece sufrir varias modifica-
ciones a comienzos del siglo V, momento en que se maciza y rellena el
interior del cuerpo de guardia (Fig. 86 & 87).
Por lo que se refiere a técnica edilicia, la muralla de Gijón se ajusta al
modelo de doble paramento con relleno interior de opus caementicium
compuesto por piedras calizas de tamaño variado a base de tongadas
regulares. A menudo se utiliza material constructivo reutilizado. En la

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Fig. 86. Gijón. Torre oriental de la puerta de la muralla bajoimperial


(C. Fernández Ochoa).

Fig. 87. Gijón. Lapida altoimperial reutilizada en la obra de la muralla


bajoimperial donde se menciona a la gens Cilurnigorum (C. Fernández Ochoa).

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cara extramuros hallamos sillares de arenisca de gran tamaño, algunos


con huellas de unión a base de grapas en forma de “cola de milano” y
paramentos de sillarejo de arenisca bien escuadrado y careado, unido con
argamasa. La cara interna se configura a base de mampuestos de caliza y
algunas areniscas irregulares. El espesor del muro es 4, 60 m., medida
que se mantiene constante a lo largo de todo el trazado. La altura
máxima conservada es de 1, 80 m.
La fosa de cimentación se talló en la roca madre o en la arcilla natu-
ral, con una profundidad variable según la topografía de cada zona, aun-
que en ningún caso sobrepasa los 1, 40 m.
Fernández Ochoa ha propuesto la identificación de esta ciudad forti-
ficada con el desconocido emplazamiento de la cohors II Gallica en ad
Cohortem Gallicam, según testimonia la Notitia Dignitatum.
Apenas conocemos nada sobre la evolución de la ciudad durante el
periodo tardoantiguo. Tan sólo las evidencias recuperadas indican que
las termas romanas son reutilizadas como lugar de hábitat. Se han docu-
mentado materiales arqueológicos que indican que la ciudad sigue
estando ocupada.
Carmen Fernández Ochoa

IRUÑA
Localización: Iruña de Oca, Álava, País Vasco, España
Nombre latino: Veleia
Tipo de asentamiento: ciudad romana
Fuentes clásicas: Plinio, Nat.Hist. III, 26. Ptol. Geog. II, 65; Itin. Ant.
454, 8; Rav. 318, 7; Not. Dig. Occ. XLII, 1, 32

El conjunto arqueológico de Iruña-Veleia se sitúa en un gran meandro


del río Zadorra, a unos 10 km. al oeste de Vitoria-Gasteiz, entre las loca-
lidades de Víllodas y Trespuentes (Fig. 88).
Veleia aparece citada como la ciudad de los velienses entre las 5 ciuda-
des de Carietes y Vennenses integradas en el convento cluniense. La
recoge también Ptolomeo entre las polis de los caristios. Es la decimoter-
cera mansio de la vía De Hispania in Aequitania. Ab Asturica Burdigalam,
situada entre Deobriga y Suessatio y la quinta de la ruta Ossaron-Emerita
Augusta, colocada entre Sobobrica y Suestatio. Finalmente en la Notitia
Dignitatum se menciona a la cohors I Gallica en Veleia.
Entre las principales intervenciones llevadas a cabo en este yaci-
miento tendríamos las siguientes: las “exploraciones” de la Comisión de
Monumentos de Álava en 1866; excavación del sector del denominado

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Fig. 88. Iruña. Vista aerea (E. Gil Zubillaga).

“castellum acquae” por Jaime de Verástegui, hacia 1900; excavación de


diversos sectores y limpieza de parte de la muralla tardía por G. Nieto,
entre 1949 y 1954; excavación de un sector junto a la puerta sur por J.
C. Elorza en 1975; e intervención arqueológica en extensión en los anti-
guos sectores, para su estudio y contextualización, conservación y muse-
alización, por E. Gil desde 1994 a la actualidad.
Los más antiguos niveles de ocupación constatados hasta la fecha en el
registro arqueológico, corresponderían al Bronce Medio Avanzado/Bronce
Final. Aparece también claramente en las estratigrafías, una facies de
ocupación de la II Edad del Hierro con muestras de aculturación celti-
bérica y viviendas con el fondo en cubeta, tallado en la roca base del
terreno, cuyos paralelos culturales y cronológicos más cercanos los ten-
dríamos en el vecino poblado de Atxa. De acuerdo al proceso generali-
zado de concentración del poblamiento, en este lugar de Iruña se
consolidará un pujante poblado, de más de 50 ha. de extensión, el más
extenso e importante de la Protohistoria vasca.
Tras los tempranos contactos con Roma de aquellas élites indígenas de
Carietes et Veleienses (de fines del siglo I a. C.), la primera ordenación
ortogonal –sin solución de continuidad con el asentamiento indígena–,
de la ciudad de Veleia correspondería a época augustea-julioclaudia. El
segundo gran momento de la ciudad vendría en época de la dinastía fla-
via. Esta etapa de auge y desarrollo en general, trae consigo por lo que a
este enclave respecta, una importante labor edilicia, que en aquellos sec-
tores que hemos investigado se traduce en profundas remodelaciones,

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levantándose viviendas de mayor porte y añadiéndose programas deco-


rativos. Así mismo, la etapa siguiente, esto es: la de los primeros antoni-
nos (96-138 d. C.) trae consigo una tónica similar y así determinadas
domus urbanas se rehacen completamente. Es pues, en los dos primeros
siglos de la Era, cuando Veleia alcanza su máxima expansión, configu-
rándose como una gran ciudad abierta con su correspondiente programa
de edificios públicos. A destacar entre ellos, el conjunto del teatro y ter-
mas, en las terrazas del suroeste que se escalonan hacia el Zadorra; o la
plaza porticada del sector Verástegui. Se puede apuntar que Veleia sale de
la coyuntura del siglo III d. C., básicamente con la estructura urbana
heredada de la precedente gran remodelación, en época flavia-antonina.
No aparecen por ningún lugar rastros de destrucción debida a incursión
germánica alguna. No obstante, buen número de edificios –especial-
mente los públicos– estarían abandonados y en ruinas. La recuperación
del período tetrárquico (284-305 d. C.), supuso un impulso para la
última modificación urbana de Veleia y, sobre todo, para la construcción
del circuito amurallado. Este amurallamiento supuso una notable reduc-
ción en su perímetro, que pasará a un kilómetro y medio aproximada-
mente. Se lleva a cabo además un notorio reacondicionamiento del
espacio interior, con el desmantelamiento de edificios y la realización de
nuevos programas decorativos mediante pinturas murales y mosaicos. El
amurallamiento fue, en definitiva, una costosa obra realizada a expensas
de la propia ciudad y que reafirma la tesis de su buen estado de salud
económico en el momento.
Por sus dimensiones y estado de conservación, destaca fuertemente no
sólo dentro del panorama de la arquitectura militar, sino del de toda la
arquitectura pública, la muralla tardorromana de la ciudad de Iruña
(Fig. 89).
El recinto defensivo de Veleia abarca en su interior una superficie de
11, 6 ha. y tiene cerca de un kilómetro y medio de perímetro, del que
unos 458 m. con una puerta, una poterna y 16 torres están excavados y
son visibles al menos por su cara exterior, ya que las excavaciones practi-
cadas en la cara interna han sido muy limitadas. Dos puertas más (al este
y al norte), todavía enterradas, se distinguen en prospección.
Dentro del recorrido descubierto se distinguen dos zonas, una con
torres de planta semicircular y construída con sillares de arenisca –todos,
probablemente, reaprovechados– y otra con torres de planta rectangular
y construída con mampostería de lajas de cayuela, la hipótesis más plau-
sible para explicar tal dicotomía parece estribar en un deseo o necesidad
de economizar allí donde las condiciones del relieve dificultaban la apro-
ximación de máquinas de asedio. Ambas zonas fueron realizadas indu-

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Fig. 89. Iruña. Detalle de un lienzo de la muralla bajoimperial (E. Gil Zubillaga).

dablemente de una vez, como se comprueba, sin el menor atisbo de


duda, en el punto de transición entre ambas zonas por la perfecta conti-
nuidad de todas las tongadas de hormigón ciclópeo en la totalidad de la
altura conservada del relleno del núcleo. El espesor conocido del encin-
tado varía entre 4 y 5, 4 m., la altura máxima conservada del relleno inte-
rior es de 8, 55 m. y la diferencia de nivel entre los cimientos de ambas
caras –más alta la interior– llega al metro. La muralla asienta mayor-
mente sobre la roca base del terreno.
Paradójicamente, tan imponente estructura fue levantada para y por
un asentamiento civil, presumiblemente, dentro de la corriente de amu-
rallamiento generalizado de ciudades que tuvo lugar durante la primera
Tetrarquía. La cohors Prima Gallica sería acantonada en Iruña con poste-
rioridad a la construcción de la muralla y, seguramente, en función de su
existencia.
Aún no sabemos en qué medida se vió afectada la ciudad de Veleia por
los sucesos de mediados del siglo IV d.C, con las guerras civiles entre los
hijos de Constantino y el usurpador Magnencio. En cualquier caso en
torno a esta referencia cronológica, Veleia sigue adaptándose a los tiem-
pos. Así podemos citar la reutilización de antiguos espacios habitaciona-
les heredados del Alto Imperio o el reacondicionamiento, para la
instalación de talleres artesanales, de antiguos espacios públicos. Tras la
última fase edilicia, no parecen registrarse indicios de recuperación
urbana –en ninguno de los sectores excavados vuelve a construirse sobre
los escombros de los edificios derruidos–, e incluso se constatan enterra-
mientos tardíos en el interior del recinto amurallado. Como suele ser
habitual, el esfuerzo inherente a la última recuperación, implica que ésta
sea además el punto de partida del declive definitivo. Simplemente el

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hecho de haberse costeado el amurallamiento, habría afectado a las posi-


bilidades de futuro de la propia ciudad. Además, la coyuntura de cre-
ciente inseguridad y el consecuente desmoronamiento de las estructuras
sociales que mantenían “artificalmente” un fenómeno tan particular
como es el urbano en la mitad occidental del Imperio, llevarían a una
paulatina desintegración de la vida urbana en Veleia. Hoy por hoy los
datos de ocupación más tardíos corresponderían a mediados del siglo V
d. C., pudiéndose llevar la utilización de los espacios urbanos –ya con
otros propósitos como el funerario–, al menos hasta fines de dicha cen-
turia.
Finalmente, podemos señalar que, en el solar de Veleia, se estableció
en la Edad Media una encomienda de la Orden de San Juan, cuyos edi-
ficios vendrían a instalarse en el entorno de uno de los espacios públicos
de la antigua ciudad. Estas construcciones se mantuvieron, en estado
ruinoso, hasta mediados del siglo XVIII.
El conjunto arqueológico de Iruña-Veleia está abierto todo el año al
público, la temporada de visitas guiadas va de marzo a octubre. Se reali-
zan también talleres, con una edición familiar en el mes de octubre.
Durante Julio y Agosto se acogen campos de trabajo internacionales y en
Septiembre se celebran las Jornadas de reconstrucción histórica Ludi
Veleienses. Más información puede obtenerse en www.veleia.com.
Eliseo Gil Zubillaga

LEÓN
Localización: León, España
Nombre latino: castra legionis VII geminae
Tipo de asentamiento: campamento legionario/ciudad romana
Fuentes clásicas: Ptol. Geog. II, 6, 28; Itin. Ant. 387, 7 y 395, 4; Not.
Dig. Occ. XLII, 1, 26

Los cambios experimentados por las ciudades del norte y noroeste de


Hispania a partir de mediados del siglo III d. C. se reflejan en la cons-
trucción de la nueva muralla militar de León y en las vecinas cannabae.
García y Bellido había señalado que las murallas romanas del campa-
mento de la legio VII gemina estaban constituidas por dos lienzos adosa-
dos, construidos en diferentes periodos y con técnicas bastante
diferentes. Hacia finales del siglo III o comienzos del IV d. C., como I.
Richmond, A. Balil y García y Bellido ya habían apuntado a partir de las
evidencias epigráficas, un nuevo recinto amurallado se adosa a la cara
exterior de la muralla altoimperial, reutilizando sillares procedentes de

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Fig. 90. León. Planta del campamento de la legio VII con la muralla bajoimpe-
rial adosada a la altoimperial en época tetrárquica (V. García Marcos).

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edificios precedentes desmantelados, entre


los que se encuentran numerosas inscripcio-
nes (Fig. 90). Las excavaciones desarrolladas
en la porta principalis sinistra del recinto
campamental han permitido aclarar definiti-
vamente el momento en que tiene lugar la
construcción de esta nueva muralla que,
teniendo en cuenta el contexto estratigráfico,
debió erigirse durante el periodo tetrárquico.
Las evidencias arqueológicas recuperadas
(militaria y hallazgos numismáticos) han
confirmado el papel desempeñado por el
ejército romano en su construcción (Fig. 91).
La Notitia Dignitatum confirma la presencia
de la legio VII gemina en su antiguo campa-
mento a finales del siglo IV d. C. o comien-
zos del V, aunque este documento Fig. 91. León. Planimetría
probablemente refleja una situación anterior, de la porta principalis sinis-
de al menos un siglo atrás. tra y sus reformas en época
tetrárquica
Esta nueva muralla presenta una anchura
(V. García Marcos).
de 25 m., y está reforzada exteriormente
meditante torres semicirculares de 8, 25 m.
de diámetro, dispuestas cada 15 m. La anchura total de las murallas de
León es 7 m. (1,80 m. de la muralla flavia y 5, 25 m. de la muralla tetrár-
quica). Su altura debía ser de 8-10 m. (Fig. 92).

Fig. 92. León. Placa pectoral de armadura datada en la segunda mitad del siglo
III hallada en las excavaciones del sector de Santa Marina del campamento
(J. Aurrecoechea).

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En las postrimerías del siglo III d. C. o comienzos del IV, en coinci-


dencia con el levantamiento de la muralla bajoimperial, se acometen
profundos cambios en la porta principalis sinistra. La mayor parte de su
estructura es desmantelada, integrándose exclusivamente dentro de la
fortificación tardía los dos cuerpos avanzados. El recrecimiento exterior
de la antigua muralla altoimperial en varios metros determina que las
torres queden en posición ligeramente retraída respecto al frente de la
nueva muralla. Además, el acceso más septentrional se clausura mediante
un muro de 0, 90-1, 10 m. de ancho, aprovechándose para ello grandes
sillares procedentes del resto de edificio, reforzándose sus juntas con
argamasa. Este hecho debe ponerse en relación con la mayor facilidad
para la defensa supondría la existencia de un solo vano. Paralelamente se
sobreeleva el nivel de circulación de la calle, aunque no se modifica su
trazado. Años más tarde, a finales de la cuarta centuria o primeros años
de la siguiente, el cierre del vano se refuerza con un nuevo muro de sille-
ría de 0, 70-0, 90-1 m. de espesor, aunque de aspecto mucho más des-
cuidado que el precedente (Fig. 93).
La construcción del recinto bajoimperial fue sin duda el más impor-
tante de los cambios acometidos en el antiguo campamento de la legio
VII gemina. La información arqueológica es escasa durante este periodo
en León. Se han identificado varias areas de inhumación de época tardo-
rromana en el Jardín de San Francisco y la calle Monasterio, por un lado,
y en el Campus of Vegazana, por otro.
Ángel Morillo & Victorino García Marcos

Fig. 93. León. Detalle de la muralla bajoimperial (V. García Marcos).

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LUGO
Localización: Lugo, Galicia, España
Nombre latino: Lucus Augusti
Tipo de asentamiento: ciudad romana
Fuentes clásicas: Ptol. Geog. II, 6, 3; Itin. Ant. 424, 7 & 430, 8; Rav.
321, 3; Not. Dig. Occ. XLII, 1, 29; Hyd. Chron. 199.

El origen de Lucus Augusti se cree vinculado a un campamento militar de


las guerras cántabras. El lugar elegido para el establecimiento de la nueva
capital será un espolón amesetado, con dorsal norte-sur. Su altura media
se sitúa en torno a los 450 m de altitud. La meseta se encuentra ceñida
por el cauce medio del Miño, al oeste, y los arroyos Rato y Fervedoira,
por el este. La presencia de afloramientos termales en la orilla izquierda
del río Miño constituye otro aliciente.
La primera ocupación de la ciudad se data en la primera década de la
primera centuria. La fecha la proporcionan una serie de reproducciones
de TSI de época relativamente avanzada. Este primer planteamiento
urbanístico se prolonga durante la dinastía julioclaudia y comprende la
ejecución del trazado viario básico, la erección de las primeras edifica-
ciones privadas y el inicio de la construcción de los principales servicios
y edificios públicos, caso del acueducto
En una ciudad todavía abierta, este esbozo se mantendrá en el trazado
urbano general del Lucus Augusti romano, con algunas modificaciones.
Los ejes viarios diseñan una entramado básico en cuadrícula con orien-
tación NNE/SSW. No obstante, la topografía parece determinar algunos
reajustes en esta cuadrícula, especialmente en aquellos sectores en
vaguada. Las calles se encuentran empedradas y en numerosas ocasiones
flanquedas por soportales. En esta retícula el cardus correspondería a una
vía paralela a la actual rúa Nova. El decumanus cruzará por medio el área
foral y conectará las puertas de San Pedro y Miná, una vez construida la
muralla a finales del siglo III. La estructuración y ejecución del foro
corresponde también a esta época. El área se corresponde aproximada-
mente con el rectángulo que dibujan las calles Raiña, San Pedro,
Progreso y flanco superior meridional de la praza de Santo Domingo.
Los laterales este y oeste de este foro se encontrarían ocupados por taber-
nae. Algunos testimonios parecen avalar que durante el reinado de
Tiberio se produjo una aceleración de los trabajos urbanísticos y algunas
leves modificaciones en el plan previo.
A mediados de la centuria se aprecian los primeros indicios de cam-
bio, esto es, a un más profundo y acelerado proceso de romanización. La
maduración se producirá en torno al último cuarto del siglo. En este sen-

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tido, la ciudad sufre una importante transformación urbana en época


flavia. Las innovaciones se manifiestan en la plena asunción de las fór-
mulas constructivas romanas, en una reordenación espacial funcional.
De igual manera, en la vida material, se asumen plenamente los mode-
los romanos.
En el aspecto urbanístico se observa una mejora del trazado viario.
Esta reforma mantiene sustancialmente los ejes viarios precedentes. La
novedad consiste en la ampliación de las dimensiones de las vías y en la
disposición de sistemas laterales de drenaje. Las edificaciones que las fla-
quean se alinean con relación a estos ejes. Edificaciones plenamente
romanas, con dotaciones tendentes a proporcionar la mayor comodidad
a sus moradores, caso de los balnea.
La organización urbana general se estructura en dos grandes sectores.
El núcleo residencial se extendería desde la actual calle Bolaño
Ribadeneira hacia el sur y oeste. Por tanto, esta ciudad altoimperial
abierta se extendería por fuera del actual recinto intramuros. El eje ver-
tebrador del sistema lo constituye la citada área foral, que ocuparía la
cota más alta de la meseta urbana.
A partir de este punto, los lados norte y este constituirían un cinturón
periférico dedicado a necrópolis de incineración y talleres alfareros. De
las primeras se han localizado ejemplos en la praza do Ferrol, Campo da
Forca (en torno a la calle Montevideo) y los jardines de San Roque,
extramuros. De los segundos, se han descubierto parcialmente numero-
sos sectores. El esquema general de estos talleres parece atenerse a un
patio, térreo o empedrado, rodeado por las diferentes estancias de tra-
bajo, incluidas las que cobijan los hornos, de pequeño tamaño y dedica-
dos sobre todo a la producción de cerámica común. La abundancia de
talleres, localizados parcialmente en la praza do Ferrol, calle Bolaño
Ribadeneira, patio S. del Pazo de San Marcos, calle Anxel Fole y barrio
de El Carmen, parecen dar a entender que la actividad alfarera fue uno
de los principales puntales económicos de la ciudad, transformada así en
un importante centro productor de cerámicas comunes y de redistribu-
ción de piezas importadas finas a nivel regional hasta bien entrado el
Bajo Imperio.
Los lados sur y oeste, mejor orientados, estarían ocupados por el área
residencial. Empiezan a alzarse las grandes mansiones decoradas con
pavimentos musivarios, que se enriquecerán a partir del siglo III, sobre
todo. A estas ricas construcciones pertenecen, entre otros, los pavimen-
tos descubiertos en la calle Armanyá (actualmente en el Museo
Provincial) o en la calle Doutor Castro (conservados in situ).

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De igual manera se asiste a la proliferación de los conjuntos termales


públicos y privados con ejemplos en la praza de Santo Domingo y en las
calles Catedral, Ramón y Cajal y Armanyá.
Lucus Augusti disfrutará durante dos siglos de la pax romana. Pero, la
situación cambia a partir de finales de tercera centuria e inicio de la
cuarta. La ciudad entra primeramente en una fase de decadencia relativa
que se prolonga hasta el siglo V. A partir de esta fecha se perciben evi-
dencias de una crisis más profunda y acelerada.
El símbolo de la nueva situación es la construcción del complejo
defensivo en el que se incluye la muralla. Su alzado se iniciaría en torno
al último tercio de la tercera centuria y los trabajos se prolongarían hasta
los años iniciales de la cuarta. Esta moenia la conforman el foso, la mura-
lla y el intervallum, asociados probablemente a un área exterior despe-
jada. Estos elementos se diseñan y ejecutan sobre un entramado urbano
preexistente. Las necesidades defensivas tendrán prioridad sobre las
urbanísticas, de aquí que sea necesario sacrificar parte del tejido urbano
anterior.
La primera defensa la constituiría el foso externo, con perfil en V. Sus
medidas estimadas rondan en tono a los 25 m. de anchura por 4/5 m. de
profundidad. El foso no sería continuo sino que estaría organizado en
sectores adosados. Su organización incluye canales de evacuación, plata-
formas adelantadas y muretes perpendiculares. Estos elementos, conoci-
dos parcialmente, indican que el foso respondía a una compleja
organización constructiva. Aparte de su carácter defensivo, el foso servi-
ría también como mina de extracción de material pétreo de relleno. En
este sentido, la muralla y el foso se debieron construir simultáneamente.
La segunda y mayor defensa es la muralla, con un perímetro íntegra-
mente conservado de 2217 m. Las única interrupción de su trazado se
identifica con la zona del reducto Cristina, construido en 1837. La
planta de esta cerca es rectangular aproximadamente, con un eje mayor
en dirección norte-sur, de unos 700 m., y un eje menor en dirección este-
oeste, de 500 m. Los lados mayores se prolongan en recto en la línea de
inflexión entre las pendientes y la meseta. Por su parte los centros de los
lados norte y sur avanzan ligeramente de la línea formando una especie de
resalte triangular. La cerca es defendida por 85 cubos de planta semicir-
cular, quizá originariamente 83. Una obra tan monumental y compleja
sería diseñada probablemente por ingenieros militares (Fig. 94 & 95).
La cerca se sustenta sobre pequeñas banquetas de cimentación de ape-
nas un metro de profundidad por 20 cm. de resalte. Creemos que la
estructura no necesita mayor apoyo dado su enorme volumen y peso.
Los paramentos se organizan con muros exteriores trabados El elemento

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Fig. 94. Lugo durante el Alto Imperio romano y su relación con la muralla
bajoimperial (E. Alcorta).

constructivo más novedoso destaco se encontrarían coronados por ele-


mentos defensivos, se dice que coronados por sendas torres de dos pisos
con ventanales con arco de medio punto, a los que se accedida a través
de otras tantas escaleras de planta en T, insertas en el macizado, autén-
tica particularidad constructiva. El acceso quedaba garantizado
mediante 5 puertas de las 10 existentes en la actualidad: Miñá o del
Carmen, Postigo o de Santiago, Nova, San Pedro o Toledana y final-
mente, la Falsa (Fig. 96).
La fábrica general de la muralla es de mampostería de piezas de piza-
rra a excepción de las torres de flanqueo de las puertas, y ellas mismas, en
sillería de granito. De igual manera, la fábrica general estaría enfoscada
y, por tanto, de apariencia blanca, salvo los sectores de sillería granítica.
El empleo de este material serviría para diferenciar, monumentalizar y
reforzar estos sectores alzados con piezas de tamaño uniforme, salvo

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Fig. 95. Lugo. Casa del Mitreo (E. Alcorta).

excepciones, y con perceptibles hiladas de regularización, especialmente


en las zonas inferiores.
De igual manera, la estructura de los paramentos se encuentra
bien organizada. El esquema constructivo básico parte de unos para-
mentos exteriores cosidos mediante muros o tirantes interiores inter-
calados con rellenos. El paramento exterior es aplomado, mientras
que el intradós presenta un doble trazado: aplomado en sus dos ter-
ceras partes inferiores y en talud entrante en el tercio superior. Este
último sector se relaciona con la entrada de las escaleras reacceso. En
los entrepaños, estos muros enlazan en perpendicular; en los cubos
en radial. Desde esta perspectiva, la muralla se alza en bloques cons-

Fig. 96. Lugo. Planta de una puerta con torres de flanqueo y escaleras interiores
(E. Alcorta).

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tructivos diferenciados, sin llaves de engarce entre los diferentes ele-


mentos constitutivos.
Por su parte, los rellenos intercalados se disponen tongadas, sin mor-
tero aglutinante, de unos 30/40 cm. de espesor. Cada tongada se remata
mediante una “línea” de nivelación a base de pizarra dispuestas en hori-
zontal y aglutinadas con mortero blanco duro.
Entre otras cuestiones, este sistema constructivo permitiría el abarata-
miento de costes, una organización laboral no especializada y la parti-
ción de cuadrillas operarías trabajando en diferentes sectores. También se
obtendría una estructura mucho más flexible.
Cada cubo dispondría de un acceso independiente. Hasta el
momento se han limpiado y registrado un total de 24. El plano es siem-
pre el mismo: una entrada con acceso interno de planta en T. El vástago
vertical lo conforma una plataforma abocinada con suelo de placas de
pizarra dispuestas en “tejadillo”. Al fondo se sitúan dos ramales opuestos
con escaleras: 6 ó 7 por término medio. Estas escaleras dan acceso
directo al adarve. Desde la cara interna, el acceso se localiza a unos 4, 5
m. por encima del nivel del suelo original, por lo que se hacía necesario
un sistema de subida a estos accesos, probablemente mediante elementos
móviles de madera.
El suelo del adarve original de la muralla queda definido por una capa
de placas de pizarras en horizontal sobre la que se dispondría una capa
de arcilla mezclada con cal. Restos de este suelo se han localizado en los
cubos 13 y 43.
Finalmente, la estructura quedaría coronada por torres. Varios ele-
mentos permiten suponer que había elementos superiores. Sin embargo,
estos debían concentrarse únicamente en la parte semicircular corres-
pondiente al cubo; no atravesarían el adarve que de esta manera queda-
ría libre para el paso. Por lo demás, creemos que se trataría de defensas
almenadas, sin gran desarrollo en altura.
Finalmente, por el interior discurriría el intervallum, muy mal definido.
Esta obra supuso toda una revolución urbanística en cuanto atraviesa
una estructura urbana tres siglos anterior. Esta operación de limpiezas se
comprueba en la reciente intervención del Vicerrectorado (plaza de Pío
XII), adyacente a la puerta de Santiago. Los elementos derribados son
empleados como relleno; lajas de pizarra, restos de tégulas, fragmentos
de pintura mural, e incluso epígrafes pueden aparecer entre los materia-
les de relleno del macizado.
Por otra parte, implica pasar de una ciudad abierta a una cerrada. Una
reforma en el sistema viario se hace imprescindible. Algunas vías quedan
sin salida y son captadas por particulares para acrecentar sus casas. Otras

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deben modificar levemente su trazado, especialmente las que acceden a


las puertas. Y con las vías se hace necesario modificar el sistema de cloa-
cas y drenajes. Las mansiones se reforman con ampliación de espacios
que adquieren nuevos usos. Algunos alfares desaparecen otros siguen
funcionado al ralentí, con producciones mucho más limitadas tanto en
número de piezas como en variedad tipológica. Sin perder calidad dedi-
can una buena parte de sus esfuerzos a la imitación de grandes fuentes y
otras morfologías inspiradas en la TSHT, cuya comercialización resulta
deficitaria en estos momentos.
Finalmente, a medidos de la cuarta centuria se registran las primeras
manifestaciones de un cristianismo incipiente en forma de crismones y
cruces grafitados, en convivencia, al menos durante cierto tiempo, con
cultos orientales surgidos en torno al mithreum, y el magnífico epígrafe
en honor de Mitra, recientemente aparecido en las excavaciones del
Vicerrectorado (plaza de Pío XII), frente a la catedral.
Con la caída de la ciudad en manos bárbaras, el domingo de Pascua
del año 459, por utilizar una data, se da por concluida la etapa romana
de la ciudad, que se sumerge en un lento declive y abandono.
Ocupándose espacios marginales, el resto de la urbe quedaría abando-
nada, produciéndose un proceso de recrecimiento de cotas, natural o
artificial, ya que el urbanismo del alto medioevo no tendrá en cuenta la
traza anterior.
Enrique Alcorta Irastorza

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EL EJÉRCITO ROMANO EN HISPANIA. BIBLIOGRAFÍA


Esperanza Martín Hernández
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LAS INSCRIPCIONES MILITARES


Patrick Le Roux
Universidad de París 13

La historia militar de la península ibérica en época romana es la de unos


territorios provinciales, conquistados en su mayoría durante la
República. Los últimos pueblos libres no serían pacificados y sometidos
hasta el primer decenio del régimen imperial. Este, en el año 13 a. C., ins-
tituyó oficialmente los ejércitos provinciales permanentes. La época julio-
claudia puede entenderse como una etapa caracterizada por el paso de un
control estrecho y disuasorio de las poblaciones situadas en la amplia zona
del Noroeste, a una vigilancia regida por la única preocupación de asegu-
rar la autoridad del Estado y mantener el orden público. La lejanía de
Roma de unas regiones en gran parte montañosas y propicias para las
actividades mineras y el bandidaje, la dimensión de la Hispania citerior y
la diversidad de tareas que implicaba aconsejaron a Vespasiano mantener
una fuerza armada de entre 7500 y 8000 hombres, acantonados en
Asturia y Callaecia 1. Mientras fue reconocida la autoridad del poder
imperial, los espacios peninsulares permanecieron integrados en el dispo-
sitivo militar del Imperio: los reordenamientos de Diocleciano y, sobre
todo, Constantino, modificaron la organización tradicional y tuvieron
como resultado la introducción de unas nuevas unidades móviles (las uni-
dades comitatenses)2. Cuando, en una fecha indeterminada del siglo V, el
desvanecimiento del poder imperial puso fin al ejército tradicional de las
provincias peninsulares, éste ya no era más que una fuerza de carácter
regional en competencia con otros cuerpos de tropa, más aguerridos y sin
duda mejor entrenados, entre ellos el ejército móvil regional.
La prolongada ausencia de grandes acontecimientos militares en suelo
peninsular explica la frecuente indiferencia de los historiadores antiguos
hacia el exercitus Hispanicus de época imperial. La propia guerra civil de

1
La historia militar de la península ibérica en época romana no es ni la de un
“pequeño ejército”, ni la de un “gran ejército”, lo que desde el punto de vista romano no
tenía ningún sentido. Es la historia de la adaptación del uso de la fuerza militar a una rea-
lidad provincial más o menos controlable según las circunstancias. En el espíritu de la
autoridad administrativa, la “paz” no significó nunca el abandono de toda forma de pre-
sencia militar.
2
Le Roux, 2004: 176-177.

481
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los años 68-69 d. C., cuyo premio era la conquista del poder en Roma,
apenas lo llevó a un primer plano. La documentación epigráfica permite
paliar, en cierta medida, las lagunas a veces inmensas de nuestro conoci-
miento; su importancia no ha variado en el estado actual de la investiga-
ción, caracterizada, sobre todo, por el desarrollo de una arqueología
militar en busca de campamentos permanentes, fuertes o instalaciones
provisionales e interesada en las ocupaciones sucesivas de los lugares, la
arquitectura y los planos de los edificios3. El término “inscripción mili-
tar” no se refiere a cualquier texto o monumento epigráfico en el que se
mencione al ejército romano y sus actividades, sino a aquellos documen-
tos que emanan directamente de sus protagonistas, individuales o colec-
tivos, o de los responsables militares de las unidades provinciales que no
fuesen oficiales superiores. El balance que proponemos se circunscribe
voluntariamente a las inscripciones peninsulares que atestiguan la pre-
sencia e intervención de elementos dependientes, en un momento u
otro, del ejército provincial y sus misiones. No hemos tenido directa-
mente en cuenta los documentos procedentes de fuera de la Península.
En la Península, los enclaves militares por excelencia eran los campa-
mentos de las legiones, las fortalezas de los cuerpos auxiliares y las dos
capitales provinciales, Tarragona y Mérida, sin olvidar, según los perío-
dos, Asturica Augusta (Astorga), Lucus Augusti (Lugo) y, en menor
medida, Bracara Augusta (Braga), los centros de explotación minera del
Noroeste y las estaciones viarias. Fuera de estos contextos rápidamente
identificables, se encuentran los documentos que nos informan sobre
desplazamientos individuales o colectivos de los soldados, la elección de
los veteranos para su retiro y las prácticas epigráficas de los militares y su
significado social. Al inventario sucinto y necesariamente incompleto de
los contenidos más explícitos de las series epigráficas existentes, añadire-
mos un balance crítico de las aportaciones de una documentación cada
vez mejor valorada para, en último lugar, resaltar las nuevas orientacio-
nes del análisis histórico basadas en los monumentos escritos.

TESTIMONIOS DIVERSOS Y DISPERSOS

Los estudios de epigrafía militar se han beneficiado ampliamente de la


actividad programada y dinámica de los investigadores universitarios
especialistas en Hispania, pero también de los descubrimientos fortuitos
durante las obras de urbanismo o los trabajos agrícolas. Desde la redac-

3
No siempre podemos distinguir en los planos, las partes que se observan en la
excavación (o que son visibles en las fotografías aéreas y, posteriormente, confirmados
sobre el terreno) y las que se reconstruyen a partir de esquemas conocidos.

482
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ción de mi libro, hace veintiséis años4, el corpus de las inscripciones mili-


tares no ha dejado de enriquecerse. G. Alföldy ofrece infra lo que son las
últimas novedades procedentes de Tarragona5. Más que intentar una cla-
sificación discutible sobre la importancia respectiva de los documentos
recientes, cuya aportación es variable y creciente, parece más útil seguir
cronológicamente la documentación concerniente al ejército provincial
y poner de relieve sus datos más característicos.
El período julioclaudio ofrece un corpus con lagunas sobre las legiones
y, aún más, sobre las unidades auxiliares. Llama la atención un soldado
de la VI legión originario de Dyrrachium y muerto en Tarragona en
época de Augusto (AE, 1995, 974 = HEp, 6, 900). Un epitafio de Norba
(Cáceres), cuyo dedicante es un soldado pretoriano, confirma que las
colonias de las provincias ibéricas participaron desde muy temprano en
el reclutamiento de las cohortes pretorianas de Roma6. Situada en su
contexto arqueológico y a pesar de la ausencia de cualquier indicación
relacionada con una unidad, la placa de los Voconii de Augusta Emerita,
única hasta ahora en su género en las provincias de Hispania (Fig. 1),
debe ser considerada por su bajorrelieve, en el que figuran las condeco-
raciones militares7. Como el documento de Tarraco, el epitafio de

Fig. 1. Mérida (MNAR): las condecoraciones militares de C. Voconius C. f. Pap


(Fotografía: MNAR).
4
Le Roux, 1982 (versión básicamente idéntica de la obra dactilografiada de
1979): véase la bibliografía infra.
5
Véase su contribución en este volumen.
6
Cerrillo et alii, 2004: 158-159.
7
Véase Le Roux, 2000: 274-275 (lamentablemente el editor ha olvidado incluir
la fotografía). Muy verosímilmente, el documento data de los años 40 ó 50 d. C., a pesar
de L. Keppie, quien mantiene sin justificación una fecha augustea: HAEp, 1634=AE,
2000: 691 (con criterios cronológicos). El alistamiento en una cohorte pretoriana no se
excluye, incluso, en una fecha tan temprana.

483
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Mérida sugiere que los hijos de soldados provinciales que poseían la ciu-
dadanía romana abrazaron en todos los períodos el oficio de su padre.
Del mismo modo, una inscripción funeraria de la capital de Lusitania
nos ha dado a conocer a un soldado de una unidad auxiliar desconocida
hasta el momento, la cohorte Antistiana praetoria 8, probablemente vin-
culada en su origen con C. Antistius Vetus, uno de los legados de Augusto
en la guerras cantabro-astures (Fig. 2). Y a pesar de P. Holder9, el ala
“fantasma” llamada Tautor(um), que no es en realidad sino el ala
Tau(riana) tor(quata), continúa siendo citada en los trabajos recientes.

Fig. 2. Mérida (MNAR): epitafio con la mención por primera vez de la cohors
Antistiana (Fotografía: MNAR).

El instrumentum inscriptum encontrado en el curso de las excavaciones ha


permitido precisar algunos puntos de la geografía militar, siempre muy
incompleta, del período que va de Augusto a Nerón. A falta de epitafios o
inscripciones explícitas10, la localización del campamento de la Legión IIII
Macedónica, descansa en las estampillas sobre cerámica itálica con el nombre

8
Ramírez & Le Roux, 1993: 85-86.
9
Holder, 1980: 275. Véase también Christol & Le Roux, 1985: 16-17.
10
Los aproximadamente veinte termini pratorum de época augustea definen un
perímetro y no el lugar mismo del campamento.

484
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de L. Terentius 11 aparecidas en gran número en La Chorquilla, en las proxi-


midades de la actual Herrera de Pisuerga, y no lejos del lugar donde se ubi-
caba el campamento legionario. En este mismo enclave, pero en época
claudia, es decir con posterioridad a la marcha definitiva de la legión a
Mogontiacum 12, las marcas de ladrillos y de tejas (Fig. 3) han revelado la pre-

Fig. 3. Herrera de Pisuerga: sellos del ala Parthorum.


(Según C. Pérez Gonzalez, 1996).
11
Véase Jones, 1976: 49-50. Conviene renunciar a Aguilar de Campo. En el
estado actual de las publicaciones, la relación entre el fuerte legionario y la Pisoraca de los
itinerarios todavía no está claramente establecida.
12
Pérez, 1998: 550. Con toda probabilidad se trata del ala I Augusta Parthorum,
desplazada posteriormente a Mauretania Cesariana. Se observa un cierto paralelismo con
el ala Tauriana transferida a Mauretania Tingitana por Vespasiano.

485
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sencia de un ala Parthorum. Enigmático


hasta el presente, parece que el epitafio
del eques duplicarius de Herrera, L.
Antonius Pudens de Lugdunum, fechado
entre los años 50-79 d. C. (Fig. 4), puede
relacionarse a partir de ahora con la
estancia del ala de los partos en
Cantabria13. El hospitium contraído por
un prefecto alae con la ciudad de Clunia
indica que hacia el 40 d. C. el ala I
Augusta estaba en guarnición en la pro-
vincia. Dos inscripciones votivas de
Añavieja (Soria), no lejos de
Augustobriga, invitan a situar su campa-
mento en este sector ocupado por la vía
Caesaraugusta-Asturica Augusta 14.
Los bloques de gran aparejo marca-
dos con siglas legionarias, que no siem-
pre se distinguen de las cifras
empleadas por los canteros, continúan
alimentando los debates sobre la locali-
zación permanente o temporal de las
guarniciones y la implicación de las
legiones en los trabajos viarios y urba-
nos. El puente de Martorell constituye
un buen ejemplo, como también el
bloque de granito inscrito de Lucus Fig. 4. Herrera de Pisuerga: estela
Augusti al que se ha propuesto conside- del caballero originario de
rar, creo que sin razón suficiente, como Lugdunum
la prueba de la existencia de un campa- (A. García y Bellido et alii, 1962).

13
Le Roux, 1982: 183, nº 45; Pérez González & Illarregui, 1992: 78-79 y 90. Un
eques duplicarius no puede ser más que un caballero auxiliar y no un soldado legionario,
a pesar de Pérez-Illarregui. Conviene recordar aquí el debate en torno a una inscripción
sobre un disco metálico procedente de Herrera (véase AE, 2003, en prensa = Journal of
Roman Military Equipment Studies 12/13, 2001/2002, 47-51): seguramente no se trata
de un umbo, sino de un aplique perteneciente a los arreos de un caballo. El texto pun-
tuado presenta una interpretación delicada y una datación insegura. Parece arriesgado
interpretar las letras C I, hipotéticas, como cohors I, más aún Coh. I Gallica. Dos nom-
bres, el de un caballo y el de un caballero, constituyen una posibilidad no considerada
hasta el presente.
14
Le Roux, 1992: 233.

486
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mento temprano de la Legión VI victrix en Lugo15. Y aunque no hay


duda de que las marcas legibles aparecidas en dos grandes bloques de
construcción, descubiertos en Astorga fuera de contexto, se relacionan
con la Legión X Gémina16, no prueban sin embargo que Asturica
Augusta haya servido de campamento estable, según lo cual su cronolo-
gía habría sido contemporánea de la de los castra permanentes de
Sansueña/Rosinos. El destino de soldados destacados al servicio de la
administración es suficiente para dar cuenta de ello.
La llamada fase “de la paz” corresponde en la Península a los años 68
a 260 d. C., fecha de la captura de Valeriano y de la llegada de Póstumo,
emperador de las Galias. Galba y Otón ejercían su gobierno en Hispania
citerior y en Lusitania en el momento de la caída de Nerón. La piedra
funeraria de un miles otonianus muerto en Clunia en los primeros meses
del año 69 atestigua, junto a otras inscripciones17, la implicación de los
ejércitos de la provincia en las luchas civiles del “año de los cuatro empe-
radores”18. La siguiente época, la de la redistribución progresiva de las
fuerzas bajo los flavios, no proporciona más que unos pocos indicios cro-
nológicos fiables sobre el paso a un ejército provincial estable, com-
puesto por la Legión VII Gémina Felix19, un ala —el ala II Flavia
Hispanorum c. R., instalada en el ex campamento de la X legión, que
parte hacia el Danubio bajo Nerón— y cuatro cohortes de las que sólo
se han localizado dos campamentos: el de la cohorte I Celtiberorum en
Cidadela (Sobrados dos Monxes, La Coruña), en concreto por las mar-
cas sobre ladrillo y teja20, y el del lugar llamado Porto Quintela (Baños
de Bande, Orense), para el que carecemos de datos epigráficos que nos
confirmen tanto el campamento como el nombre de la unidad21. No

15
Martorell: IRC, 1 a-c = AE, 1984: 607 (las inscripciones llevan solamente L. III,
L. VI y L. X sin el nombre de la unidad pero con una puntuación intermedia según los
editores); Le Roux, 1992: 248. Lucus Augusti: AE, 1998: 758; véase además Colmenero,
1996: 298 (según el autor, se leería L. VI F C, lo que no se confirma claramente en el
documento; por otra parte nada impide ver aquí el resto de una inscripción funeraria).
16
Morillo & García Marcos, 2000: 598-599 (marca L X G).
17
Por ejemplo, AE, 1969-1970: 274, igualmente de Clunia.
18
AE, 2000: 769 = Le Roux, 2000c: 511-520.
19
Véase en último lugar Le Roux, 2000b: 383-396.
20
Le Roux, 1992: 252. Según la estratigrafía, la fecha de llegada de la unidad no
habría sido anterior al siglo II, sin embargo esto no parece decisivo, ni excluye el final del
siglo I. El reinado de Adriano constituye el límite superior de la instalación (véase AE,
1972: 282).
21
Le Roux, 1992: 233; Colmenero et alii, 1998: 891-910; Vega Avelaira, 2002:
395-406: la hipótesis de que se trata del fuerte de la cohorte I Gallica se apoya en la ins-

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parece necesario ir más allá de finales del siglo I para concluir que existía
un dispositivo fijado de forma estable.
Fuera de los sectores mineros22, parece que los soldados auxiliares fue-
ron poco movilizados lejos de sus bases, a diferencia de lo que sucedía
con los legionarios, superiores en número y más solicitados.
Individualmente o en vexillatio, estos se desplazaban en su mayoría
desde Tarraco y Legio VII Gemina, o eran destinados a una estación o
puesto de control y vigilancia más o menos distante. El altar de Lugo,
descubierto en 2003 y dedicado a Mitra bajo Caracalla por un centurión
de la legión VII Gemina acompañado de dos de sus libertos (Fig. 5),
menciona por primera vez una statio Lucensis 23. Más que en un vínculo
con la reorganización provincial, conviene pensar en un sistema policial
de lucha contra el bandidaje. No mencionado expresamente como mili-
tar, el arquitecto Aeminiensis (de la ciudad de Aeminium, Coimbra) G.
Sevius Lupus, originario de la Lusitania (Lusitanus), señala mediante su
agradecimiento a Marte Augusto la intervención de mano de obra militar
en la construcción del faro de Brigantium, sin duda, de la época flavia24.
Como un eco, se registra la columna conmemorativa de la construcción

Fig. 5. Lugo: Altar a Mitra en honor de la statio Lucensis (según página web).

cripción AE, 1968: 237, encontrada a una veintena de kilómetros de Porto Quintela.
Para las cuestiones de método, Le Roux, 2002: 113-115.
22
Una cuestión mal resuelta y ausente de la documentación peninsular es la de los
singulares (equites y pedites) de los gobernadores, aquellos que aseguraban la guardia per-
sonal: nada indica que estos soldados formaran una unidad aparte (véase también Le
Roux, 1997-1998: 91). Sobre las minas: Le Roux, 1989: 76 y 180.
23
HEp, 9: 418.
24
Le Roux, 1990: 134-135. La hipótesis de un architectus navalis choca con el
argumento ex silentio (el calificativo debería haber sido grabado), con la formulación del
texto que evoca las legiones y con la dedicación, que no debería haber sido dirigida a
Marte, sino a Neptuno u otra divinidad. Debemos entender que era architectus de la ciu-
dad es decir se beneficiaba de un reconocimiento oficial por el ordo.

488
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del puente del municipio de Aquae Flaviae sobre el Tâmega con la par-
ticipación de la Legión VII Gémina25.
Las inscripciones militares de época tardía son muy escasas y el epita-
fio en verso de Abla (Guadix) es una excepción. En él se hace referencia
a un oficial anónimo, originario sin duda de la Península, procedente del
rango de suboficial y convertido en comes domesticorum tras iniciar su
carrera bajo Constantino y haber conseguido, varios años después, su
promoción definitiva bajo Juliano Augusto26. El documento nos
recuerda oportunamente que los valores militares no habían desapare-
cido de la Península en el siglo IV.

CUESTIONES DE MÉTODO

Las inscripciones militares de la Península están desigualmente repartidas


en el espacio y en el tiempo y son en conjunto bastante poco numerosas.
Excluyendo los fragmentos de diploma militar, reducidos a unas pocas uni-
dades y ajenos a los cuerpos de tropa peninsulares27, y el instrumentum ins-
criptum, el corpus disponible se cifra entre 290 y 300 documentos de desigual
importancia28 y de los que una pequeña parte no guarda relación directa con
los ejércitos provinciales de Hispania. Varias decenas de termini pratorum,
datados en el período julioclaudio, constituyen un dossier sin parangón
hasta ahora en el resto del Imperio29. Por otro lado, Tarraco y sus alrededores
concentran casi un veinticinco por ciento del total de las inscripciones y
Augusta Emerita, capital de una provincia imperial desprovista de unidades
propias permanentes, una décima parte. La mayoría proceden de los tres
conuentus del Noroeste, pero el sector de Cantabria y el valle medio del
Ebro representan un porcentaje nada despreciable y en aumento30.

25
CIL, II, 2477 = 5616; AE, 1983, 586.
26
Drew Bear & Zuckerman, 2004: 426-428 que revisan AE, 1992: 1074.
27
Posiblemente, salvo por el fragmento referido a los pretorianos del s. III: véase
AE, 2000: 739 = HEp., 9: 630. Por otra parte, la Península ha proporcionado tres diplo-
mas del siglo III relacionados con la classis praetoria presente en la Bética: CIL, II2, 7, 127
a = AE, 1999: 900.
28
Menos del 2% del conjunto de la epigrafía peninsular.
29
Pertenecen a la Legión IIII Macedonica (en Cantabria) y a la cohorte IIII
Gallorum (en el sector de La Bañeza, León): Le Roux, 1982: 109-114 (a completar con
los nuevos descubrimientos y las revisiones efectuadas desde entonces).
30
Según los documentos en curso de publicación (información amablemente
comunicada por A. Morillo), el campamento de Herrera habría perdurado así en el Alto
Imperio, a imagen del de Rosinos de Vidriales, pero la presencia de, al menos, dos uni-
dades auxiliares en un mismo sitio plantea cuestiones no resueltas de cronología, de iden-
tificación y sobre las circunstancias de su estancia.

489
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La práctica epigráfica de los soldados y veteranos comenzó a desarro-


llarse hacia el 50 a. C. en Italia y luego en el Imperio. Desde Augusto, las
colonias romanas marcaron la pauta en las provincias y, con la docu-
mentación actual, Augusta Emerita aparece en este sentido antes y mejor
representada que Tarraco 31. Fue, sobre todo, a partir de Tiberio cuando
los soldados comenzaron a erigir epitafios en las necrópolis próximas a
los fuertes y en sus lugares de origen o, caso de los veteranos, de retiro.
El período 70-235 d. C. se corresponde también con la mayor expansión
de la epigrafía militar funeraria en la península ibérica, principalmente
entre los legionarios, mucho más representados que los auxiliares. Hay
que esperar a la época claudia para contabilizar las inscripciones milita-
res votivas, cuya proporción respecto a las funerarias es, sin embargo,
menor que entre la población civil.
Sin tratar de formular leyes, se pueden observar algunas tendencias en
las prácticas epigráficas de los soldados. En la etapa de instalación del
ejército provincial permanente, el estatuto de miles (sin otra cualifica-
ción) era prestigioso y hacía referencia a un oficio en el que la guerra era
lo primordial y la movilización de las unidades, la regla. A partir de
Vespasiano, la estabilidad se impuso con bastante rapidez, incluso en las
unidades auxiliares, más estrechamente ligadas a las acciones bélicas y a
su preparación que las legionarias. En la imagen que se observa en otros
sectores más expuestos a los peligros, la carrera refleja los riesgos del ofi-
cio y el único título de miles es sustituido poco a poco por la enumera-
ción de los diferentes puestos y grados desempeñados por el soldado
como señal de su éxito. Los milites que aspiraban a la vitis y los que acce-
dían el rango de centurión continuaban acumulando, al cambiar varias
veces de unidad y de sector provincial, más experiencias incluso que pro-
mociones. Entre el 100 y el 235 d. C. el servicio militar, en especial en
una legión, confería orgullo al titular y merecía el reconocimiento social
a una actividad desarrollada íntegramente al servicio del emperador y de
la perpetuación del poder imperial de Roma. Podríamos hablar de indi-
cios de una nueva simbiosis entre el soldado y la sociedad provincial.
El material epigráfico militar no siempre tiene, ni mucho menos, la
transparencia que nos gustaría, incluso sin el problema, siempre frus-
trante, de unas dataciones amplias. El laconismo de los textos y su carác-

31
En Mérida las inscripciones militares augusteas y julioclaudias son las más
numerosas. La colonia de Augusto fue obra de legionarios licenciados tras los duros com-
bates contra Astures y Cántabros, ganados por el primer emperador, lo que, quizás,
explica en parte una impronta militar más marcada que en otras partes y, en concreto,
que en Tarragona.

490
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ter alusivo menoscaban la calidad de la interpretación, máxime si desco-


nocemos la fecha exacta y su contexto32. Como hemos visto, las conclu-
siones que permiten epitafios e inscripciones votivas, pero también una
pieza llamada instrumentum, se ven en gran parte lastradas por una cierta
dosis de inseguridad. En general, las piedras funerarias de soldados y
suboficiales plantean diversas cuestiones cuando no se encuentran en un
contexto claro y conocido. A veces nos topamos con un término de
dudoso contenido, cuya presencia dificulta la comprensión global del
documento33. Por el contrario, la inscripción rupestre del faro de La
Coruña, aunque no contenga ninguna mención directa de una unidad,
adquiere pleno significado, como se ha recordado, si la relacionamos con
la intervención del ejército. Por último, la inscripción funeraria de un
centurión de la legión VII gemina, erigida en Mérida por otro centurión
cuya unidad no se indica (Fig. 6)34, sugiere que en la capital de la
Lusitania el elemento militar era más importante de lo que se había pen-

Fig. 6. Mérida (MNAR): placa funeraria del centurión C. Valerius Flavus


(Fotografía: MNAR).

32
No es posible extenderse aquí sobre los criterios y los problemas creados por
algunas dataciones.
33
Pienso, por ejemplo, en los uenatores de la inscripción de S. Pedro de la Viña
(AE, 1998, 766), en el discens armat(urarum) de Tarragona (AE, 1989: 482) o en el cura-
tor ff ll de Legio VII Gemina (CIL, II, 5684).
34
AE, 1999: 872.

491
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sado para las épocas antonina y severa. Pero no aclara ni las circunstan-
cias del fallecimiento, ni las actividades de los dos suboficiales.
En ausencia de instrumentum inscriptum o de indicios externos que
nos permitan establecer la proximidad de un campamento, una sepul-
tura en la región de origen del soldado o una misión por cuenta del
legado provincial o de la propia unidad, un epitafio o una inscripción
votiva aisladas nos obligan a considerar diversas hipótesis alternativas
(misión, origen, licencia, estacionamiento temporal, etc.) y a manejar
con prudencia el argumento onomástico. Cuando aparece el registro
completo, hay muchas probabilidades de que el militar haya estado de
servicio. El análisis es complicado porque los hábitos epigráficos cam-
bian según los períodos y faltan algunas indicaciones que habrían figu-
rado en una fecha más temprana. Podemos añadir que la pertenencia a
una vexillatio identificada o el cumplimiento de una labor de policía sólo
pueden detectarse con seguridad si disponemos de otros indicios no tan
vagos y subjetivos35. Un último ejemplo, referido a un antiguo legiona-
rio, permite ejemplificar las dificultades (Fig. 7)36: el veterano, hoy anó-
nimo, de la legio VII se encuentra aparentemente retirado en el sector de
Borrenes, en el Bierzo, poco distante de las minas de oro de Las
Médulas. El texto corresponde a una sepultura familiar que incluía a los
parentes. Antes de apostar por una reconversión hacia actividades lucra-
tivas ligadas con la explotación minera, no debemos descartar la hipóte-
sis de un regreso a su tierra natal ni la compra, a título personal, de una
propiedad rural en una región cuyos recursos agrícolas, sin ser excepcio-
nales, no eran seguramente inexistentes37.
Desde un punto de vista formal, las estelas militares de la Península
parecen presentar menos ornamentos, decoraciones o relieves esculpidos
que los monumentos de los sectores limítrofes del Rin y del Danubio, lo

35
Un texto referido a una época diferente de la de la inscripción, la indicación
vaga de cualquier lugar antiguo en las cercanías o un pequeño número de monedas no
pueden sustituir nunca a una indicación precisa en una inscripción: así, el epitafio hono-
rífico AE, 1985: 622 de Liria, por la expresión bellum Mauricum que emplea, muestra
que la guerra en la que ha muerto el primipilo se ha desarrollado necesariamente en el
territorio de los Mauri, como el bellum Gallicum en el de los Galli.
36
AE, 1999: 916 = HEp, 9: 404.
37
Geográficamente, El Bierzo forma una depresión en el corazón de una región
montañosa que, en época romana, constituye una zona de cómodo paso entre la Meseta,
al este, y el oeste galaico. El lugar del descubrimiento, Voces, seguramente, se corres-
ponde con el “lugar central” de la ciuitas, quizás Interamnium Flavium, de la que el vete-
rano era ciudadano antiguo o reciente, o incola.

492
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Fig. 7. Borrenes (junto a Las Médulas): estela anónima de un veterano de la


Legio VII G. F. (Sánchez-Palencia, 1996).

que no es exacto si tenemos en cuenta los porcentajes. En consecuencia,


no se debería seguir afirmando que los soportes de los epitafios de los
soldados han adoptado fórmulas o modelos tomados de las poblaciones
locales. Como se ha demostrado38, fueron las piedras funerarias de ori-
gen militar las que influyeron en las llamadas producciones “indígenas”
y no al revés. Esto es particularmente cierto en el caso de las estelas de
cabecera semicircular y con decoración geométrica, pero también en
aquellas con motivos de pámpanos y hojas de viña con o sin ave o con
escena de banquete. En el siglo I de nuestra Era se elabora una tipología,
pero las estelas de los soldados evolucionaron luego en contacto con los
civiles, principalmente en las ciudades romanas, aunque sin llegar a rom-
per por completo con la tradición, como refleja el relieve de la estela de
Sulpicius Placidinus encontrada en Astorga y compuesta por una pano-
plia militar que recuerda los monumentos de Italia del Norte (Fig. 8)39.

38
Abásolo, 2002: 47-66.
39
Le Roux, 1982: 237, nº 228; EE, IX: 292; IRPLeón, 132. Para panoplias escul-
pidas del mismo tipo: Franzoni, 1987: láminas 1 a 28. Los criterios cronológicos incli-
nan a datar el monumento en el s. II, pero el soporte ofrece algunos ejemplos de
tipología local próxima (una placa en forma de altar cuyo frontón y volutas en gran parte

493
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Fig. 8. Astorga (museo de Los Caminos): estela de Sulpicius Placidinus con


panoplia esculpida (Mañanes, 1982).

Queda por mencionar un fragmento de relieve poco conocido que se


conserva en el museo de Astorga, lugar de donde procedería sin más pre-
cisión. Se trata de la parte superior o inferior de una placa funeraria o
(menos probablemente) votiva con las enseñas legionarias encuadrando
el águila, cabeza girada hacia la izquierda y alas desplegadas, adosada al
frontón de un edificio, pequeño templo o capilla (Fig. 9)40.

han desaparecido). La decoración vegetal, que sale de una jarra situada en cada uno de
los lados, evoca las estelas de pámpanos del conuentus de Clunia (aunque carece de raci-
mos de uvas, no se trata de hojas de yedra, a pesar de Le Roux, 1982: 237). Aunque la
representación de dos escudos (uno de tipo scutum y otro, aparentemente, oval) quizás
no es realista, el armamento parece indicar que se trata de un legionario o un pretoriano,
cuyo grado no se revela.
40
Mañanes, 1983: 124-125, nº 6. Las dimensiones conservadas son: 25 x 36,5 x
6/7 cm. (por lo que no puede ser, en consecuencia, una decoración lateral ni el zócalo de
un monumento cualquiera). A la izquierda se observa la presencia de una molduración.
Aunque el motivo está bien atestiguado (véase, por ejemplo, la columna trajana), sin
embargo no tiene paralelo en los monumentos funerarios o votivos de Italia o de las
zonas militares occidentales (se puede señalar, no obstante, el monumento del primipilo
y prefecto del campamento M. Pompeius Asper procedente de la ciudad de Tusculum
(CIL, XIV, 25230 = ILS, 2662). Es posible que se trate de una dedicación religiosa, pero
también se puede pensar en los restos de la estela de un aquilifer (las representaciones

494
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Fig. 9. Astorga (museo de Los Caminos): fragmento esculpido de una estela


militar (Fotografía: Imagen MAS).

La epigrafía militar y las formas monumentales asociadas a ella es,


cuantitativamente, bastante mediocre si la comparamos con el con-
junto de documentos epigráficos de la Península. El peso de los ejérci-
tos provinciales, incluso durante la época de Augusto a Galba, nunca
fue excesivo, pero el poder imperial jamás pensó en no mantener en la
Península una forma de control militar en beneficio del imperium.
Cuando el análisis de las inscripciones permite intuirlo, se observa que
el estado de ánimo de los soldados de Hispania no era ni diferente ni
especial, en lo que a sus tareas y a las relaciones con el resto de la pobla-
ción respecta, si lo comparamos con otros ejércitos provinciales más
expuestos a los peligros.

figuradas de soldados son raras en la Península: véase ERPSoria, 86), de un oficial subal-
terno o, incluso, de un antiguo pretoriano admitido en una legión. Por la factura, la
fecha se sitúa entre el 50 y el 150 d. C.

495
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EPIGRAFÍA MILITAR E HISTORIA PROVINCIAL

A pesar de sus deficiencias, la documentación de las unidades peninsula-


res contribuye a mejorar nuestro conocimiento sobre la organización y la
jerarquía militar de los ejércitos provinciales. Las legiones, y también las
unidades auxiliares, favorecieron por otro lado la cohesión entre solda-
dos de diferente origen, no sólo étnico sino también social. Todos trans-
mitieron los comportamientos dominantes, los valores y las prácticas de
los ciudadanos romanos. El exercitus Hispanicus fue, sobre todo, un
medio eficaz al servicio de la administración provincial y del imperio,
cuya perpetuación y poder garantizaba. Las inscripciones militares sólo
reflejan episódicamente los grandes acontecimientos de la historia impe-
rial, incluso cuando Hispania jugó en ellos un papel central.
Los epitafios son nuestra principal fuente para la historia del recluta-
miento de soldados y del papel social del ejército. No parece que, salvo
en circunstancias excepcionales, las legiones peninsulares hayan tenido
que recurrir habitualmente al alistamiento forzoso de reclutas que no
poseían la ciudadanía romana. El voluntariado, facilitado por la expan-
sión en las provincias de la ciudadanía –parece que menos por el derecho
latino que por otra vía–, ha sido a menudo la regla. La disminución de
los efectivos provinciales a partir de Vespasiano explica que la legión de
León haya podido contentarse en gran medida con un reclutamiento
regional e hispánico. No obstante, nunca se ha constatado un repliegue
sobre el Noroeste: el ejército de la Hispania citerior permanecerá abierto
al Imperio y los naturales de la provincia hicieron carrera fuera de
Hispania. Sería difícil establecer con claridad los principios adoptados
por las sucesivas administraciones romanas en el tema del reclutamiento,
más allá de un pragmatismo basado en criterios militares y culturales, lo
que no quiere decir étnicos. En general, los soldados de las unidades
auxiliares están poco representados y son muy mal conocidos. Tampoco
el período en el que los Hispani contribuyeron con mayor intensidad al
reclutamiento de las alas y cohortes asignadas a otras regiones del
Imperio, esencialmente el siglo I d. C., ha dejado tantos restos epigráfi-
cos como cabría esperar. Sin duda, la explicación reside en parte en la
pérdida y destrucción de monumentos escritos y en el hecho de que su
uso no hubiera penetrado totalmente en las costumbres. No obstante, se
han encontrado indicios de la temprana existencia de talleres militares
que producían inscripciones y estelas de diverso tipo41. Así pues, la solu-

41
Abásolo, 2002: 47-66.

496
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ción habría que buscarla también en la movilidad de los individuos y en


la lenta estabilización de los ejércitos permanentes.
Si bien los monumentos funerarios dejan entrever la impronta del
medio militar y una cierta influencia sobre las poblaciones civiles a escala
regional, siempre es difícil medir epigráficamente lo que podríamos lla-
mar el “impacto” del ejército y de sus valores sobre la sociedad civil, con
la que los soldados compartían cotidianamente un cierto número de ras-
gos culturales. En cuestiones de consumo, higiene o religión, legionarios
y auxiliares participaban de los hábitos urbanos y debían aprender la len-
gua latina escrita para progresar en la carrera. Desde César, el testamento
militar se había legitimidado y lentamente fue emergiendo de las normas
cívicas un derecho militar específico42. Las colonias de veteranos, cesa-
rianas y augusteas, contribuyeron seguramente a aclimatar los modos de
pensar y actuar que los colonos habían asimilado en el transcurso de su
servicio en el ejército. No podemos afirmar que esto sirviera para afian-
zar entre los habitantes y en la región donde estaban asentados una acti-
tud de especial afecto hacia lo militar y el oficio de legionario. En este
sentido, los voluntarios no tuvieron mucho más éxito que otras comuni-
dades de origen civil. En fin, las sociedades de las poblaciones conquis-
tadas situaban, tanto como Roma, la guerra en el centro de sus
preocupaciones.
La documentación peninsular no aclara más que de forma muy limi-
tada la cuestión de la promoción social de los soldados a título personal
o la de sus descendientes. La inserción social de los legionarios y auxilia-
res se aprecia, sobre todo, tras el servicio militar. Ahora bien, hay muy
pocos veteranos de las unidades acantonadas en Hispania que hayan
desempeñado después funciones municipales43. Sea como fuere, la mili-
tia in Hispania confería al ciudadano romano una dignidad equivalente
a la de un decurión de una ciudad modesta44. Sin entrar en detalles, en
la documentación epigráfica de las grandes capitales o de los lugares cen-
trales de los conuentus del Noroeste se observa que la preeminencia del
elemento militar no se traduce en una rápida promoción social. Lo que
más reflejan los monumentos funerarios es, sin duda, el mérito (la digni-
tas), expresado por los epitafios de los soldados. Próximos a los de los
libertos, estos testimonios evidencian una voluntad de encontrar tras la
muerte un reconocimiento social que en vida apenas les estuvo conce-

42
Vendrand-Voyer, 1983.
43
Por ejemplo, CIL, II, 2853 de S. Pedro de Arlanza junto a Lara de los Infantes,
Burgos.
44
Le Roux, 2000: 275.

497
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dido. Ofreciendo a los servidores de sus ejércitos los medios materiales


para aparecer como símbolos del triunfo, los emperadores conseguían
mantener un lazo estrecho entre la población civil y la institución mili-
tar, cuya renovación exigía el alistamiento de voluntarios que no fueran
los herederos de los militares. De cualquier modo, tenemos también la
impresión de que la presencia y, con ella, la influencia social de las fami-
lias de los militares responde a una geografía cada vez más precisa que
habría que estudiar mejor y analizar no sólo en función de un único afán
de lucro.
Seguramente, cualquier soldado, con tal de que respetara las reglas
básicas que regían el normal desarrollo de una carrera, obtenía su fuerza
y su prestigio de la protección imperial al regreso de las tareas consagra-
das al buen funcionamiento del poder. Además de cumplir con los ritos
de una vida militar basada en el entrenamiento regular, la disciplina, el
espíritu de cuerpo y la cultura de los propios valores militares expresados
por la virtus, los soldados participaban en el seno de sus unidades o en el
marco de destinos exteriores en la organización de la vida cotidiana,
incluyendo la alimentación, el alojamiento, el mantenimiento de los edi-
ficios colectivos y la higiene. Esto es lo primero que muestran los ladri-
llos y tejas marcados con el nombre de las unidades45. Debemos añadir
que en Hispania no existen más que unos pocos testimonios precisos
sobre la intervención de las unidades militares al servicio de las comuni-
dades civiles, lo que sugiere que para ello era necesario la conformidad
de la autoridad romana o de su representante. Las operaciones de man-
tenimiento del orden público, la escolta de los magistrados y de los res-
ponsables de la justicia y las finanzas y la vigilancia de los lugares
públicos conforman un abanico de actividades que reflejan lo disperso y
la variedad cualitativa de una documentación, pese a ello, bastante poco
surtida. Sorprende que, al leer la serie de altares de la región de Villalís y
de Luyego, la presencia de destacamentos militares en las minas esté rela-
tivamente delimitada en el tiempo46. Una hipótesis, basada en una com-
paración con lo que sucede en las canteras de pórfiro en Egipto, podría
ser que la política romana adaptaba la explotación a las circunstancias y
a las necesidades del momento. De ser así, la vigilancia y la asistencia téc-

45
Le Roux, 1999, en particular, 120-122. Hay que lamentar la escasez de la docu-
mentación anfórica en los campamentos, que dificulta nuestro conocimiento de los cir-
cuitos de abastecimiento.
46
Esencialmente una cincuentena de años entre el 140 y 191 d. C.

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nica de los militares estarían evidenciando una intensificación de la pro-


ducción durante medio siglo.
En la península ibérica, como en Egipto o el Danubio, la vida militar
estaba llena de imprevistos y de contribuciones varias para la buena mar-
cha de las provincias. La institución militar tenía más peso por los
medios de que disponía y por los valores culturales de sus miembros que
por sus efectivos y por sus características identitarias, innegables frente a
los civiles. Debemos señalar la heterogeneidad social del reclutamiento al
igual que la diversidad de las trayectorias individuales. El servicio al
emperador y la participación en el mantenimiento del poder de Roma
fueron los fermentos de la cohesión de una sociedad militar todavía mal
conocida.
Hoy como ayer, y posiblemente más que ayer, las inscripciones milita-
res de la península ibérica revelan una historia de los ejércitos provincia-
les mejor integrada en el ejército romano imperial, en su organización y
sus prácticas culturales, gracias en particular al nuevo interés por la arque-
ología de los campamentos y lugares militares. Paralelamente, lejos de los
escenarios bélicos, las unidades en servicio en Hispania subrayan la
importancia de los aspectos políticos y administrativos de la actividad de
los ejércitos provinciales. La evolución de los estudios epigráficos, siem-
pre estrechamente asociados a los contextos arqueológicos locales y
regionales, abre, en lo sucesivo, la vía a una reflexión de conjunto sobre
el hecho militar romano y su influencia en el plano social y cultural de
las provincias.

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EL EJÉRCITO ROMANO EN TARRACO1


Géza Alföldy
Universidad de Heidelberg

Desde sus principios la historia de Tarraco, capital de la prouincia


Hispania citerior, está vinculada estrechamente con la historia del ejér-
cito romano2. La ciudad fue fundada en el 218 a. C. como base militar,
en el primer año de la presencia romana en Hispania. Manios Vibio(s),
el hombre que dedicó a Menvra (Minerva) la más antigua inscripción de
Tarraco durante la segunda guerra púnica, podría haber sido un soldado
romano, que hizo el servicio militar en la guarnición3. El asentamiento,
Scipionum opus4, mantenía su papel como base militar para mucho
tiempo durante la república romana. Era centro idóneo para las tareas
“dimittere veteranos, supplementaque distribuere et ordinare omnem
exercitum”, Livio nos cuenta respecto al 180 a. C.5 La muralla monu-
mental de Tarraco fue construida durante la primera mitad de siglo II a.
C. para proteger las tropas que llegaban de Italia para las campaña en el
interior de la península ibérica6.
La colonia romana, fundada en el año 49 o más probablemen en el
año 45 a. C. por César –o tal vez en el año siguiente, inmediatamente
después de su muerte por su heredero, el futuro Augusto, que habría
seguido los planes del dictador–7, reemplazó el antiguo oppidum
romano. La colonia cesariana recibió su nuevo estatus privilegiado con el
nombre de Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco, como una colonia de
veteranos, aparentemente constituida por P. Mucius Scaevola, segura-

1
Traducción al español de Norbert Hanel (Universität zu Köln).
2
Fundamentales sobre el ejército romano en Hispania son: Le Roux, 1982 (sobre ese libro,
cf. Alföldy, 1985 b); cf. id. 2000 y 2000b. Sobre los soldados en Tarraco cf. id. 1997/98; cf. Alföldy
1978: 614-616 (en castellano: id. 1991: 57-58); Haensch, 1997: 163-165, 480-482 y 484-485.
Sobre la historia y la arqueología de la ciudad cf. ahora especialmente Dupré, 2004, con bibliogra-
fía, entre otros con la introducción histórica de Alföldy, 2004 (cf. id. 2001a); cf. además Aquilué et
alii, 1999 y Panzram, 2002, con bibliografía exhaustiva.
3
Alföldy 1981; cf. Pina, 2003.
4
Plinio, Naturalis historia 3, 21; cf. Solino 23, 8.
5
Livio 40, 39, 3.
6
Sobre la muralla urbana de Tarraco vid. Hauschild, 1975; 1979; 1982/83; 1984/85;
1993.
7
Sobre la fecha de la fundación vid. especialmente Alföldy, 2000b; Ruiz de Arbulo prefiere
los años 49 hasta 45/44 a. C. (cf. también Alföldy, 2004: 8); no obstante la referencia a los triunfos
en la nomenclatura de la colonia (cf. nota 8) es un argumento contundente para la fecha posterior.

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mente uno de los generales de César, quien fue honrado en el forum de


la ciudad con una estatua y una inscripción8. Conocemos que la colonia
fue construida por el establecimiento de veteranos gracias a un pasaje de
Floro, quien nos cuenta que la colonia, fundada en memoria del triunfo
hispánico de César, tuvo las vexilla de sus tropas como sus símbolos9.
En los años 26-25 a. C., cuando Augusto pasó más de un año en
Tarraco, la colonia tenía con certeza una importante guarnición militar.
Como residencia permanente del gobernador de Hispania citerior10,
albergó continuamente un grupo de personal militar durante los
siguientes siglos: soldados elegidos para tareas administrativas en la
administración provincial, fuerzas de policía, también bajo el mando del
gobernador, así como la guardia personal de éste. En total tal vez unos
500 hombres11. Faltan casi completamente las fuentes literarias que
mencionan esas unidades, pero hay más de 60 inscripciones que nos
informan sobre la estructura y la composición, relaciones sociales, y la
mentalidad de ese personal militar12 (Fig. 1).
Desafortunadamente los documentos epigráficos no manifiestan casi
nada sobre la historia de la cohors I y la cohors II, mencionadas en ins-
cripciones de Tarraco. Tampoco nos cuentan mucho sobre una cohors
nova tironum, que parece ser la misma unidad como la cohors II. Esas
unidades están documentadas solamente por inscripciones honoríficas
de sus comandantes ecuestres, que muy a menudo eran simultanea-
mente prefectos de la ora maritima, es decir, supervisores de la ley y del
orden a lo largo de la costa mediterránea de la Hispania citerior 13. Todas

8
Ruiz de Arbulo, 2002, basado en CIL II2/14, 988 (RIT 2):
9
Floro, Vergilius orator an poeta 2, 8: civitas ipsa generosissimis auspiciis instituta: nam pra-
etor Caesaris vexilla, quae portat, triumphos, unde nomen accepit, adest etiam peregrina nobilitas. Sobre
el significado de los vexilla, vid. Ruiz de Arbulo, 2002.
10
Sobre el papel de Tarraco como capital de Hispania citerior ya durante la República tar-
día y el Alto Imperio hasta mediados del siglo I d. C. o la época de Vespasiano, vid. Haensch, 1997:
167-169 (república) y Alföldy, 2004: 8 (Alto Imperial). Sobre los gobernadores y la administración
de Hispania citerior cf. Alföldy, 2001b.
11
Le Roux, 1997/98: 92.
12
Las inscripciones de Tarraco que fueron saliendo a la luz hasta el año 1975 fueron publi-
cadas en el tomo RIT. Una edición completamente nueva de la ahora ampliada herencia epigráfica
de la ciudad y de su territorio será publicado como fascículo del Corpus Inscriptionum Latinarum.
CIL II2/14, Pars altera. En esta contribución las inscripciones son designadas tanto por el número
de RIT; documentos recientemente hallados son citados según su publicación en L’Année Épigrap-
hique [AE] (se presta atención que algunas inscripciones que se presentan en CIL II2/14 con un
texto corregido, son diferentes de aquel en publicaciones anteriores). Sobre la historia de la cultura
epigráfica de Tarraco cf. Alföldy, 2001b.
13
CIL II2/14, 1010-1013, 1016, 1019 (RIT 162, 164, 165, 166, 167, 171). Cf. especial-
mente, Barbieri 1941 y 1946; Devijver, 1972; Le Roux, 1982: 153-157.

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Fig. 1. La colonia romana de Tarraco durante época imperial.

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estas inscripciones parecen fechadas en la época de los emperadores fla-


vios o en los primeros años del siglo II. Solamente podemos conjetuar
que las dos cohortes servían de fuerzas de seguridad a lo largo de la costa
oriental de España y eran simultaneamente unidades para el entrena-
miento de futuros soldados auxiliares. Los acantonamientos estaban
situados probablemente cerca de Tarraco, aunque hasta el momento no
tenemos ninguna evidencia de esta hipótesis.
Los soldados auxiliares no formaban parte del estado mayor del
gobernador. Éste estaba constituido solamente por legionarios, que eran
destinados en Tarraco, algunas veces procedentes de las legiones de
Hispania citerior, aparentemente como candidatos para un centuriado de
la legio VII gemina en los servicios del gobernador, y también de otros
ejércitos, seguramente para tareas especiales. En época julioclaudia tene-
mos algunas inscripciones de soldados de las legiones VI y X en Tarraco,
que pertenecían, junto con la legio IV, al exercitus de Hispania citerior
durante el Principado temprano, y que abandonaron gradualmente la
provincia una tras otra14. En estas inscripciones no hay evidencia de un
rango especial que designara una función en el servicio del gobernador
provincial. Referencias de esa manera también faltan en las inscripciones
de los soldados de la época flavia. Desde entonces el estado mayor del
gobernador en Tarraco estaba formado por soldados de la legio VII
gemina, que fue la única legión destacada en la península ibérica durante
los siglos siguientes. Hasta el año 197 portaba el epíteto felix; y fue deno-
minada desde entonces también pia 15. Como en otras regiones del
Imperio, la mención explícita del rango de los immunes y principales en
sus inscripciones se convertía en una señal característica durante el siglo
II. Los primeros ejemplos de este nuevo hábito en Tarraco son la ins-
cripcion funeraria de un beneficiarius consularis, erigida por su esposa, y
otra de una estatua sepulcral, dedicada a un speculator por sus colegas,
ambas de finales del siglo I o de comienzos del siglo II16.

14
Legio VI: CIL II2/14, 1065 (RIT 215 y AE 1995, 284), 1066 (RIT 604); legio X: CIL
II2/14, 1076 (RIT 214). La inscripcion fragmentaria de un veterano, CIL II2/14, 1087 (RIT 226)
también parece pertenecer a la época julioclaudia. El padre es un soldado, mencionado en CIL
II2/14, 1065 (RIT 215 y AE 1995, 284), un hombre de Dyrrachium, parece ser un veterano, cf.
infra. Aparentemente esta inscripción, erigida bajo Augusto o Tiberio, es el más antiguo documento
epigráfico de soldados legionarios de la época imperial encontrado en Tarraco.
15
Sobre la historia de esa legión vid. ahora Le Roux 2000. Inscripciones de soldados activos
de la legio VII gemina en Tarraco desde el fin del siglo I o tal vez desde los comienzos del siglo II, que
solamente mencionan el título miles: CIL II2/14, 1067, 1068, 1072 y 1073 (RIT 208, AE 1987, 736,
RIT 212 y 213). Veteranos del mismo período: CIL II2/14, 1078, 1079, 1084 (RIT 216, 218, 223).
16
CIL II2/14, 1058 y 1043 (RIT 198 y 205).

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Algunas inscripciones informan sobre las estructuras del estado mayor


del gobernador en los siglos II y III; sin embargo, el estado mayor del
praeses de Hispania Tarraconensis en el siglo IV es absolutamente desco-
nocido17. Al frente del personal administrativo debía estar el princeps offi-
cii, casi seguro con el rango de un centurio. Fue apoyado por un adiutor
principis, cuyo cargo está documentado epigraficamente18. Altos cargos
de las oficinas y de los archivos eran los cornicularii19. Sus asistentes más
importantes eran los commentarienses, entre ellos el commentariensis ab
actis ciuilibus, título que parece indicar que también existía una oficina
especial para asuntos militares20.
La fuerzas policiales estaban compuestas de: speculatores (según una
inscripción,por lo menos diez hombres); beneficiarii21, que están repre-
sentados en Tarraco y sus alrededores con no menos de 17 inscripcio-
nes,22 y que son mencionados en la Passio del obispo San Fructuoso,
condenado a muerte por el gobernador Aemilianus aproximadamente en
el año 25923; questionarii 24 y frumentarii 25. La relación entre estos gru-
pos era estrecha, como se puede ver por ejemplo por una inscripción
sobre un pedestal de una estatua del gobernador Q. Hedius (Rufus)
Lollianus Gentianus, dedicada entre los años ca. 189 y 192 por dos cor-
nicularii, dos commentarienses y diez speculatores de su estado mayor, o
un monumento funerario de un beneficiarius erigido por un speculator 26.
Los 39 o 40 soldados, que honoraron el gobernador T. Falvius Titianus
bajo Septimio Severo con una estatua, tal vez fueran sus beneficiarii o su
guardia de corps27.

17
La inscripción de un soldado en Tarraco más moderna es CIL II2/14, 972 (RIT 128),
dedicado por un centurión en honor del gobernador Q. Atrius Clonius después del año 222; la
fecha más reciente para soldados en el estado mayor del gobernador tarraconensis es la referencia
literaria aproximadamente en el año 259 (véase nota 22).
18
CIL II2/14, 872 (RIT 62).
19
CIL II2/14, 985, 1039, 1040 (RIT 140, 201, 202)
20
CIL II2/14, 1041 (RIT 229), otros commentarienses: CIL II2/14, 836 (AE 1999, 967),
985 y 1042 (RIT 140 y 200).
21
CIL II2/14, 985 (RIT 140). Ocho speculatores son atestiguados en CIL II2/14, 1043 (RIT
205).
22
CIL II2/14, 1045-1059 (RIT 185-199), CIL II2/14, 1060, y RIT 905 (en algunos casos
la restauración del rango no es absolutamente segura).
23
El obispo fue detenido por seis beneficiarii: Passio Fructuosi 1, 2.
24
CIL II2/14, 1042 (RIT 200).
25
CIL II2/14, 1054, 1061 (RIT 193, 204) y RIT 903; centurio frumentarius: CIL II2/14,
1038 (RIT 203).
26
CIL II2/14, 984 y 1047 (RIT 139 y 187).
27
CIL II2/14, 1979 (RIT 135). Cf. Le Roux,.1997/98: 97-98.

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Los ayudantes personales del gobernador eran sus stratores, que for-
maron un collegium en Tarraco 28. Estuvieron bajo el mando de un centu-
rio. Conocemos a Silius Hospes, un centurio con el rango de un hastatus
de la legión de Vindobona en Pannonia superior. Hizo su servicio como
strator del legato senatorial Ti. Claudius Candidus, como un miembro
de su exercitus Illyricus seguramente en todas las guerras durante los años
193-197 y en la guerra civil en Hispania en el año 197, cuando este
general de Septimio Severo llegó a ser gobernador de Hispania citerior y
venció a los partidarios hispánicos de Clodio Albino29. Silius, sin duda
un hombre de confianza de Candidus, debía haber sido un superior de
los stratores.
La guardia personal del gobernador estaba compuesta por sus equites
singulares. Una inscripción votiva atestigua a T. Aurelius Decimus, cen-
turio de la legio VII gemina, que era praepositus de los equites singulares del
gobernador en el año 182 y al mismo tiempo campidoctor, que tenía bajo
su mando el entrenamiento de los soldados de esa unidad30. La inscrip-
ción funeraria de un discens armaturae muestra que naturalmente otros
grupos de soldados necesitaban ejercicio militar31.
Los stratores y los equites singulares no eran los únicos soldados man-
dados por centuriones. Los frumentarii parece haber tenido la misma
organización, considerando la presencia de centurio frumentarius en
Tarraco en el siglo III32. Tenemos que subrayar que conocemos a algunos
centuriones, que fueron enterrados en Tarraco, muchas veces por los
miembros de sus familias que allí vivian, o que los mismos erigieron
monumentos funerarios para sus miembros de la familia y libertos. La
mayoría de ellos eran miembros del estado mayor del gobernador de
Hispania citerior33, entre ellos también hombres que fueron calificados
por un largo servicio precedente como centuriones en diferentes legiones
de otras partes del Imperio. Uno de estos hombres podría haber sido
también L. Caecilius Optatus, centurio de la legio VII gemina, que como
veterano hizo una grandiosa carrera civil en Barcino, pero hizo también
un comentario en su testamento en favor de Tarraco 34, en que benefició

28
CIL II2/14, 842 (RIT 43).
29
CIL II2/14, 975 (RIT 130).
30
CIL II2/14, 839 (RIT 38).
31
CIL II2/14, 1062 (AE 1991, 1114). El estado mayor del gobernador necesitaba natural-
mente también por lo menos un armorum custos, cf. CIL II2/14, 1059 (RIT 199).
32
Véase nota 24.
33
CIL II2/14, 972, 1031, 1033, 1035-1037 (RIT 128, 178, 399, 181-183); véase también
CIL II2/14, 1038 (RIT 203). El centurión de la legio X gemina, mencionado en CIL II2/14, 1032
(RIT 179) del siglo II era un ciudadano de Tarraco.
34
IRCat IV 45; véase bajo. Sobre los centuriones de la legio VII gemina, cf. Le Roux, 1972.

508
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esta comunidad urbana,. Asimismo conocemos a algunos centuriones


enterrados aquí, que con certeza no eran ciudadanos de esa colonia y que
terminaron su carrera en una legión fuera de España35. Probablemente
fueron transferidos a Tarraco para ser miembros del estado mayor del
gobernador de la Hispania citerior. Sin embargo, en el momento de su
muerte estos hombres todavía no habían ascendido al rango de centurio
en la legio VII gemina, tal vez porque no existían puestos libres por el
momento. Probablemente el mismo destino tenía un evocatus, que
murió en Tarraco después de 15 años del servicio en la guardia de los pre-
torianos en Roma36.
El superior de todos los soldados que prestaban sus servicios tanto en
Tarraco como en el ejército de Hispania citerior en su conjunto, era el
gobernador provincial, muchas veces honrado con monumentos esta-
tuarios por sus subordinados37. Sin embargo, no se puede excluir la posi-
bilidad, de que algunas veces –por ejemplo, cuando el gobernador
empendría un viaje largo en su provincia inmensa, que era la más extensa
del Imperio Romano– el mando directo sobre todas las fuerzas militares,
que estaban en la capital provincial, fuera transferido a un tribuno ecues-
tre. Esta es tal vez la mejor manera para explicar el hecho que L. Alfidius
Urbanus, tribunus de la legio VII gemina bajo Caracalla y Heliogábalo, y
que venía de Augusta Emerita, viviera en Tarraco no sólo con su familia
propia, sino también aparentemente con los parientes de su mujer, que
también procedía probablemente de Emerita Augusta. Esto explicaría
que su suegro le enterrara en Tarraco 38. Alfidius podría estar bien cuali-
ficado para la tarea arriba mencionada, ya que el es el mismo L. Alfidius
Urbanus, que durante el reinado de Septimio Severo había sido specula-
tor en el estado mayor del gobernador en Tarraco 39. En cualquier caso
podría haber hecho su servicio militar en el rango de un tribuno en
Tarraco como un asistente del gobernador.
Desgraciadamente no hay evidencia arqueológica de los edificios
donde el personal militar de Tarraco desempeñaba sus cargos y donde los
soldados estaban acantonados. Se ha testimoniado que el gobernador
tenía un praetorium consular donde debieron estar concentrados los des-
pachos y oficinas de la administración provincial (salvo de la adminis-
tración financiera bajo la responsabilidad de procuratores)40. Este edificio

35
CIL II2/14, 1029, 1030, 1034 (RIT 176, 177, 180).
36
CIL II2/14, 1063 (RIT 184).
37
CIL II2/14, 972, 975, 979, 985 (RIT 128, 130, 135, 140).
38
CIL II2/14, 1009 (RIT 161).
39
CIL II2/14, 979, II,15 (RIT 135).
40
CIL II2/14, 837 (RIT 34).

509
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de oficinas, seguramente bajo la supervisión del principes officii, no ha


sido localizado. De ninguna manera puede identificarse con el así lla-
mado “Pretorio” (“Torre de Pilatos”), lo que algunos autores han
supuesto. Con certeza no había sitio en la parte superior de la colonia,
que estaba reservada para las construcciones monumentales del conci-
lium provinciae Hispaniae citerioris, al menos desde el reinado de
Vespasiano41. Tampoco hay una prueba fehaciente para la hipótesis que
estuviera situado cerca del pie del cerro donda fue construida la parte
superior de la ciudad, es decir, que el praetorium estuviera en el área
donde la via Augusta salía la colonia en dirección de Barcino, donde
podemos buscar tal vez la residencia del collegium stratorum42.
El campus para el entrenamiento militar tenía que estar situado al
oeste de la actual Plaça Imperial Tarraco43. Con respecto a los domicilios
de los soldados conocemos las inscripciones funerarias de dos beneficia-
rii, que no vivían en barracones, sino que estaban acantonados como
hospites –sea al mismo tiempo, sea uno después de la muerte del otro– en
la casa particular de una mujer llamada Aelia Parthenis44. Podemos supo-
ner que ella no era una “virgen”, como indicada por su cognomen, sino
una viuda que se ganaba su vida alquilando habitaciones en su casa y tal
vez incluso viviendo en concubinato con sus “huéspedes”.
Partiendo de la distribución de los monumentos funerarios tenemos
ciertas ideas sobre las últimas moradas de los soldados. En los primeros
tres siglos del Imperio Tarraco tenía dos áreas de enterramiento; una al
lado occidental de la colonia, entre la costa y la via Augusta a Valentia;
otra, más estrecho, en el lado oriental de la ciudad, a lo largo de la via
Augusta en dirección hacia Barcelona45. Numerosos monumentos fune-
rarios de beneficiarii fueron erigidos en la necrópolis precedente46.
Centuriones, soldados rasos y veteranos podrían tener sus tumbas apa-
rentemente en ambos cementerios; sin embargo, parece que los princi-

41
Para la topografía de Tarraco, cf. la bibliografía en nota 2. Haensch (1997: 166) supone
con razón que el praetorium del gobernador fue construido en la ciudad inferior.
42
Así Le Roux, 1997/98: 93, basandose en el altar CIL II2/14, 842 (RIT 43), encontrado a los
comienzos de la via Augusta moderna (carretera de Barcelona), fuera de las murallas de la ciudad.
43
Véase CIL II2/14, 839 (RIT 38), encontrado en el área mencionada.
44
CIL II2/14, 1051 y 1057 (RIT 190 y 197).
45
Remolà, 2004.
46
La única excepción es CIL II2/14, 1047 (RIT 200) sobre una base de una estatua funera-
ria, erigida para un beneficiarius por un speculator casi seguramente en la necrópolis oriental. En este
área también un speculator fue sepultado, véase CIL II2/14, 1043 (RIT 205). Cf. Le Roux (1997/98:
93), que localiza –sin prueba– el cementerio de los beneficiarii “al norte del arx”.

510
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pales con tarea especial fueron sepultados –salvo los beneficiarii– más fre-
cuentemente en la necrópolis oriental que en la occidental47.
El estado mayor del gobernador provincial estaba compuesto por gru-
pos profesionales de soldados con educación y experiencia, mucho más
en asuntos administrativos que en la manera de hacer la guerra. Durante
el Imperio, a lo largo de unos cuatro siglos después de las guerras cánta-
bras, solamente unos pocos soldados del exercitus Hispanicus vieron ene-
migos reales. Aparte de acciones militares limitadas contra ladrones en
las montañas septentrionales de la península ibérica, las ocasiones más
importantes debieron ser las guerras civiles en los años 68-69 y 193-197,
las luchas contra los invasores de Mauretania en el año 171, y alrededor
del 177, la invasión en Hispania de los francos bajo Galieno, así como
algunas guerras exteriores en las que vexillationes de la legio VII gemina
tomaron parte48. Al menos durante los primeros dos siglos del Imperio,
el ejército romano era más un “ejército de los tiempos de paz”, que un
“ejército de los tiempos de guerra”. El exercitus Hispanicus en general, y
las fuerzas militares en Tarraco en particular, representaban casi siempre
“ejército de los tiempos de paz”.
La educación creciente y la experiencia de un soldado en tareas burocrá-
ticas se fundamentaba en primer lugar en su largo servicio en un rango o en
diferentes rangos, vinculados con oficios de una manera administrativa.
Conocemos por ejemplo las inscripciones de Tarraco de beneficiarii que
habían desempeñado este rango en el estado mayor del gobernador durante
varios años, ya que todavía desempeñaban el cargo al final de su servicio
militar49. Uno de ellos permaneció en este cargo hasta su edad de 60 años50.
Sin embargo conocemos también promociones de rango de un sol-
dado raso en una legión de Iudaea a frumentarius de la legio VII gemina
y después a beneficiarius de la misma unidad51, de armorum custos a bene-
ficiarius52, o de frumentarius a speculator y después a commentariensis 53.

47
Del cementerio occidental CIL II2/14, 1042 (RIT 200), probablemente o en parte seguro
del cementerio oriental: CIL II2/14, 1039, 1043, 1061-1063 (RIT 201, 205, AE 1991, 1114, RIT
184). Cf. Le Roux, 1997/98: 93, que supone que la necrópolis de los stratores no estaba lejos del
anfiteatro; no puedo ver cualquiera evidencia de esta opinión.
48
Cf. en particular Le Roux, 1982; sobre las guerras contra invasores de Mauretania bajo
Marco Aurelio véase Alföldy, 1985.
49
CIL II2/14, 1048 y 1050 (RIT 188 y 189), cf. también CIL II2/14, 1045, 1051, 1057
(RIT 185, 190, 197). Cf. también CIL II2/14, 1039 (RIT 201), un cornicularius murió con la edad
de 48 años.
50
CIL II2/14, 1059 (RIT 199).
51
CIL II2/14, 1054 (RIT 193).
52
CIL II2/14, 1059 (RIT 199).
53
Véase CIL II2/14, 1047 (RIT 187), AE 1989, 482 y CIL II2/14, 1041 (RIT 229).

511
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El soldado L. Caelius Felix transmite a la posteridad: aram quam spe-


cul(ator) voverat, accepta honesta missione ex comment(ariensi) praesidis
p(rovinciae) H(ispaniae) c(iterioris) l(ibens) p(osuit) 54.
Un experiencia extraordinaria tenían los centuriones que ascendieron a
este rango, siendo anterior por ejemplo eques singularis Augusti o fru-
mentarius55, y que desempeñaron su servicio algunas veces en provincias
diferentes como centurio, antes de ser transferidos con el mismo rango a
Tarraco para servicio en el estado mayor del gobernador56. Algunos de
ellos estaban activos todavía después de un servicio militar de 40 años57.
Sin embargo, conocemos también a un hombre nacido en Roma que
parece haber empezado su servicio militar directamente con el centu-
riado, ya que llegó a este rango poco antes de morir en Tarraco a la edad
de solo 28 años58. Probablemente descendiente de un liberto imperial,
tal vez tenía alguna experiencia en asuntos administrativos a pesar de su
juventud. Aquí debemos mencionar que el más joven soldado conocido
en Tarraco, que después fue ascendido a beneficiarius, había empezado su
servicio militar ya con la edad de 17 años59. Podría haber alcanzado algu-
nas habilitades antes que muchos de sus camaradas. Sin embargo, una
edad avanzada no era un obstáculo para un entrenamiento especial:
incluso un discens armaturae pudo empezar su servicio militar con una
edad de 33 años60.
Respecto a las tareas del personal militar, las tareas policiales no eran
agradables para la población civil. Por causa de la disciplina militaris, que
prescribía un modo especial del comportamiento frente a paisanos, la
integración de los soldados de servicio en Tarraco en la sociedad local,
revestía condiciones menos favorables. Otro obstáculo en su integración
podría haber sido su origen foráneo. Muy pocos soldados, estando de su
servicio en el estado mayor, procedían de la misma Tarraco61. Lo que no
parecer ser nada extraño, ya que, desde el punto de vista del gobierno,

54
CIL II2/14, 836 (AE 1999, 967).
55
CIL II2/14, 1031 (RIT 178), y CIL II2/14, 1037 (RIT 183), sobre el véase también AE
1905: 25.
56
CIL II2/14, 1031 y 1035 (RIT 178 y 181), cf. CIL II2/14, 1030 (RIT 177).
57
CIL II2/14, 1031 (RIT 178).
58
CIL II2/14, 1033 (RIT 399).
59
CIL II2/14, 1057 (RIT 197).
60
CIL II2/14, 1062 (AE 1991, 1114).
61
Posiblemente el hombre inscrito en la tribu Galeria mencionado en CIL II2/14, 1037
(RIT 183) que –habiendo llegado a ser frumentarius (AE 1905, 25), empezó su carrera como cen-
turión en la legio VII gemina en Tarraco, fue transferido después a otras legiones, pero fue sepultado
por su liberto en Tarraco. Si embargo, podría haber sido también, por causa de su tribu, un ciuda-
dano de otra ciudad hispánica, tal vez en las immediaciones de Tarraco.

512
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lazos estrechos con la sociedad local eran un problema para desempeñar


tareas administrativas, especialmente policiales. Entre los soldados ates-
tiguados en Tarraco todavía conocemos a algunos hombres procedentes
de la península ibérica, entre ellos reclutas de la región noroeste de
España (del conuentus de Bracara Augusta, de Asturica Augusta y Segisama
Brasasca)62, de Cascantum y Toletum en Hispania citerior 63, de Augusta
Emerita y Scallabis en Lusitania64, de Italica en Baetica 65. Italia estaba
representada por soldados de Roma, Auximum, Pisaurum, Meuania,
Albintimilium y Emona66; Narbonensis por soldados de Narbo, Nemausus
y Viena 67; las provincias danubianas estaban representados por hombres
de Dyrrachium o Poetovio 68; el Oriente griego por un centurio de
Nicomedia 69 y posiblemente por algunos soldados que usaban un cogno-
men griego70; en los siglos II y III se atestiguan diversos africanos, entre
ellos un soldado nacido en Sicca Veneria 71.
En su comunidad militar los compatriotas cultivaban relaciones estre-
chas, basandose en su origenes comunes. Este fenómeno está ilustrado
claramente por un monumento de un soldado de Africa dedicado por
sus compatriotas, que se llaman ciues y confratres de la misma ciudad72.
Otros grupos prestando servicios en el estado mayor del gobernador
provincial y aparentemente también el estado mayor en general, desa-
rrollaban un espíritu de cuerpo. Diferentes elementos demuestran esto:
las constituciones de collegia militares, como esta de los stratores73, los

62
RIT 905 y CIL II2/14, 1045, 1067, 1070 (RIT 185, 208, 210).
63
CIL II2/14, 978, I, 4 (RIT 135, probablemente de Cascantum) y 1056 (RIT 196).
64
Emerita: CIL II2/14, 1080 (RIT 219), muy probablemente también CIL II2/14, 985
(RIT 140, cf. sobre ese hombre también CIL II2/14, 1009 = RIT 161) y RIT 909. Scallabis: CIL
II2/14, 1068 (AE 1987, 736).
65
CIL II2/14, 1054 (RIT 193).
66
CIL II2/14, 1033, 1029, 1036, 1079, 1072, 1063 (RIT 399, 176, 182, 218, 212, 184).
67
CIL II2/14, 1083, 1084, 1073 (RIT 222, 223, 213), cf. también CIL II2/14, 1078 (RIT
216), un soldado de la Narbonensis o tal vez de Italia septentrional.
68
CIL II2/14, 1065 (RIT 215 y AE 1995, 284), 1031 (RIT 178).
69
CIL II2/14, 1030 (RIT 177).
70
P. e. el centurión C. Iulius Moschus, CIL II2/14, 1034 (RIT 180); otros soldados con
nombres griegos aparecen en CIL II2/14, 979 y 1040 (RIT 135 y 202).
71
CIL II2/14, 1050 (RIT 189); otros Africanos: CIL II2/14, 1041, 1042, 1047, 1062 (RIT
229, 200, 187, AE 1991: 1114) y más en CIL II2/14, 1979 (RIT 135).
72
Véase nota 59. La denominación confratres no está atestiguada en otras fuentes antiguas,
pero es bien conocida en fuentes del latín medieval de España, p. e. Historia Compostellana 2, 14
(confratrem et commilitonem). Debo esta información a J. Gómez Pallarès. Cf. también CIL II2/14,
1047 (RIT 187), monumento funerario de un beneficiarius erigido para su municeps por un specu-
lator.
73
Véase nota 27.

513
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monumentos funerarios erigidos para los soldados por sus collegae del
mismo grupo de rango74, o por uno o más de sus camaradas, que fre-
cuentemente destacan en las inscripciones que eran soldados de la
misma legión e incluso de la misma centuria como la del difunto, o que
eran sus contubernales75 y, naturalmente, la exacta indicación de la centu-
ria a la que un soldado pertenecía como unidad distintiva en inscripcio-
nes funerarias al menos durante el siglo I76. La dedicación de
monumentos de grupos, compuestos por soldados responsables para
tareas diferentes y desempeñando diferentes puestos en honor del gober-
nador provincial, sus superiores comunes77, y las inscripciones funerarias
de soldados erigidas por camaradas de posición y función diferentes,78
demuestran que la solidaridad no fue limitada a grupos pequeños de
hombres con el mismo rango; el estado militar de los gobernadores en
general podría ser entendido como una unidad cohesiva. Como repre-
sentantes del poder verdadero del Estado los soldados también podrían
tener el sentimiento de la superioridad. Este podría haber sido el caso del
estado mayor del gobernador, en vista de su privilegiada posición admi-
nistrativa, que desempeñaba sus tareas en la capital provincial. Estos sol-
dados podrían ser considerados como un grupo de élite en la sociedad.
También es significativo que algunos soldados después de una carrera
con éxito escribieran en sus monumentos funerarios inscripciones métri-
cas reflexionando sobre la vida y la muerte o textos largos, que alaban sus
virtudes, o las de miembros de su familia, como hacía por ejemplo el
hombre que ascendió de speculator en el estado mayor del gobernador a
tribuno de la legio VII gemina, o como hacía un beneficiarius79. Textos de
esa manera aparecen especialmente en monumentos funerarios de arri-
bistas sociales indicando su nivel cultural, que usualmente tenía como
consecuencia alguna presentación de capacidad intelectual80.
Parece que en el siglo I no existía casi ningun lazo privado –o al menos
oficialmente aprobado lazo privado– entre los soldados al servicio del

74
CIL II2/14, 1040 y especialmente 1043 (RIT 202 y 205).
75
CIL II2/14, 1067, 1068, 1072 (RIT 208, AE 1987, 736; RIT 212); contubernales: CIL
II2/14, 1074 y 1082 (RIT 746 y 221).
76
CIL II2/14, 1065-1067 (RIT 215 y AE 1995, 284, RIT 604, 208). CIL II2/14, 1068 (AE
1987, 730), 1071, 1073, 1075 (RIT 211, 213, AE 1997, 964).
77
Véase notas 25 y 26.
78
CIL II2/14, 1042 y 1047 (RIT 200 y 187).
79
CIL II2/14, 1009 (RIT 161), 1055 (RIT 195); véase también CIL II2/14, 1089 (RIT
228), la inscripción funeraria métrica de un soldado (probablemente de un veterano), erigida por su
esposa.
80
Cf. Alföldy, 2004b.

514
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gobernador y la sociedad civil de Tarraco81. Soldados que murieron en


Tarraco fueron sepultados por sus camaradas82. Las familias de soldados
activos no están atestiguadas en las inscripciones; incluso los veteranos,
instalados en Tarraco, no parecen siempre haberse casado; fueron sepul-
tados algunas veces por sus camaradas anteriores83. Naturalmente los sol-
dados tenían normalmente compañeras sexuales y también niños, pero
mencionarlos a ellos en inscripciones no formaba parte de las costrum-
bres de ese tiempo. La única excepción es, en cierto sentido, una ins-
cripcion funeraria del Principado temprano: el monumento fue erigido
por M. Coelius Sabinus, soldado de la legio VI y probablemente un
miembro del estado mayor del gobernador, para su padre M. Coelius y
para su hermano. El padre, que provenía de Dyrrachium, y murió a la
edad de 80 años, era aparentemente un veterano o legionario. El her-
mano, cuyo cognomen Bellicus no parece ser casualidad, murió a la edad
de 25 años84. Sin embargo, no hay ninguna palabra sobre la madre. Por
eso podemos razonablemente presumir que los hermanos eran ilegíti-
mos, que eran los hijos de un soldado romano y su concubina, que debía
pertenecer a la población local. También podríamos asumir que los
muchachos fueron destinados a una carrera militar, como muchos otros
hijos de soldados. Incluso en el siglo II, además de las inscripciones men-
cionando esposas de centuriones y de veteranos, algunas veces con la
denominación uxor (que indica explicítamente la esposa legalmente
casada)85, conocemos solamente una inscripción que atestigua la coniux
de un soldado activo86. Otros soldados, inclusive centuriones, fueron
sepultados igualmente durante ese período por sus camaradas y amigos
–que podrían haber sido soldados– o por sus libertos87. En el siglo III,

81
Sobre la estructura social de Tarraco, véase Alföldy 2003. Sobre el ejército y la sociedad en
España romana: cf. Le Roux, 2000b.
82
CIL II2/14, 1067, 1068, 1072 (RIT 208, AE 1987, 736; RIT 212), muy probablemente
también CIL II2/14, 1071 (RIT 211) y RIT 909. En el siglo I esto era por todas partes una carac-
terística común; también la evolución más tarde en Tarraco corresponde más o menos a una linea
general, cf. Alföldy 2000c. Cf. también Le Roux, 1997/98: 96-97.
83
Véase CIL II2/14, 1078 (RIT 216), un monumento funerario erigido por un amicus , que
probablemente también era un soldado, como el dedicante de RIT 909. En CIL II2/14, 1084 (RIT
223) no dedicante es mencionado; la lápida sepulcral fue probablemente erigida por los camaradas.
Uxor de un veterano: CIL II2/14, 1079 (RIT 218):
84
CIL II2/14, 1065 (RIT 215 y AE 1995, 284).
85
CIL II2/14, 1029, 1035 (RIT 176, 181) y respectivamente CIL II2/14, 1048, 1050, 1083
(RIT 188, 189, 222). CIL II2/14, 1086 (RIT 225) menciona el hijo de un veterano como dedi-
cante. Sobre los problemas de los soldados de casarse cf. ahora Phang, 2001.
86
CIL II2/14, 1058 (RIT 198), cerca 100 d. C.
87
CIL II2/14, 1032, 1037, 1039, 1042, 1043, 1047, 1074 (RIT 179, 183, 201, 200, 205,
187, 746).

515
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despues de que Septimio Severo concediera a los soldados el derecho


para casarse durante el servicio militar, los miembros del estado mayor
en Tarraco tuvieron monumentos funerarios dedicados muchas veces por
sus esposas o por otros miembros de su propria familia88. Sin embargo,
incluso durante este periodo varios soldados aparentemente no tenían
una familia , y fueron sepultados por camaradas, libertos, por su madre,
o por la hospita en cuya casa fueron acantonados89.
Las condiciones financieras de los soldados no les permitan fundar un
hogar incluso en esos tiempos, cuando no había un obstáculo legal para
casarse. Desde el punto de vista financiero los soldados debían haber
sido un buen partido, al menos para las mujeres de los estratos inferiores
de la sociedad de Tarraco, ya que estos hombres podrían contar con
pagas continuas, tenían algun prestigio, y expectativas de promoción y
de honesta missio. Los centuriones podrían ascender incluso al orden
ecuestre, como hicieron dos de estos, mencionados en las inscripciones
de Tarraco90. Hay varios indicios que muestran la posición financiera
relativamente buena de los soldados sirviendo en esa ciudad. Muy pocos
de sus monumentos funerarios dan una impresión pobre91. Al contrario,
después del uso de stelae algunas veces relativamente bastas en el siglo I92,
los soldados fueron muchas veces conmemorados durante los dos
seguientes siglos mediante inscripciones de altares funerarios bastante
elaborados93. Sobre todo centuriones, principales y veteranos, pero algu-
nas veces también soldados rasos, fueron honrados con una estatua eri-
gida en su tumba94. Algunos soldados como cornicularii o veteranos,
pero algunas veces también soldados comunes podían pagar largas y

88
Esposas y familias de centuriones: CIL II2/14, 1030, 1031, 1038 (RIT 177, 178, 203); de
soldados activos: CIL II2/14, 1046, 1049, 1052, 1053, 1055, 1069 (RIT 186, 194, 191, 192, 195,
209) y probablemente también CIL II2/14, 1060, véase también RIT 903 y 905; cf. CIL II2/14,
1063 (RIT 184).
89
CIL II2/14, 1040, 1045, 1051, 1054, 1056, 1057, 1061, 1062, 1064 (RIT 202, 185,
190, 193, 196, 197, 204, AE 1991, 1114, RIT 207).
90
CIL II2/14, 1009 y 1020 (RIT 161 y 172). Sobre el ejército y la movilidad social: cf.
ahora Alföldy, 2002.
91
CIL II2/14, 1053, 1069, 1074, 1081 (RIT 192, 209, 746, 220).
92
CIL II2/14, 1065, 1066, 1068, 1070, 1073, 1078, 1084 (RIT 215 y AE 1995, 284, RIT
604, AE 1987, 736; RIT 210, 213, 216, 223), RIT 909.
93
CIL II2/14, 1029, 1032, 1038, 1041, 1045, 1054, 1061, 1062 (RIT 176, 179, 203, 229,
185, 193, 204, AE 1991, 1114).
94
Centuriones: CIL II2/14, 1031, 1033, 1035, 1037 (RIT 178, 399, 181, 183); principales,
soldados comunes, y veteranos: CIL II2/14, 1042, 1043, 1046, 1047, 1050, 1056, 1063, 1064,
1086 (RIT 200, 205, 186, 187, 189, 196, 184, 207, 225), probablemente también CIL II2/14,
1060.

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caras construcciones funerarias95. También hay sarcófagos de beneficiarii


y de veteranos96. Varios soldados tenían esclavos y libertos97. Estos solda-
dos sepultados en la vecindad de Tarraco, un miles en La Canonja, un
miles frumentarius en La Pineda y un beneficiarius en Cambrils98, habían
posiblemente adquirido tierras en estos lugares. Los centuriones especial-
mente podían enriquecerse de forma considerable. L. Caecilius Optatus,
antiguo centurio de la legio VII gemina, era tres veces duovir y sacerdote
del culto imperial en Barcino, donde habia sido elegido por la comuni-
dad de ciudadanos, e hizo un legado a la ciudad de 7500 denarios para
la representación de combates anuales de boxeo. Evidencia de su posi-
ción económica es el hecho de que su liberto ascendiera al honor del
sevirado de Barcino 99.
No hay ninguna evidencia de una integración similar de cualquier
antiguo soldado en la alta sociedad de Tarraco. Es verdad que L.
Lucretius Peregrinus, que entró en la tribus Quirinia, en principio no era
un ciudadano de Tarraco, y que, habiendo servido como centurio en los
ejércitos de Germania inferior y de Arabia, llegó a ser decurio adlectus de
la capital provincial; sin embargo no tomó el camino de una carrera mili-
tar normal, porque ascendió a un rango ecuestre y empezó como prae-
fectus cohortis el cursus honorum de un oficial ecuestre100. En otras
palabras, no era simplemente un veterano como L. Caecilius Optatus,
sino un miembro de la aristocratia imperial. El prejuicio de las élites de
Tarraco hacia los antiguos soldados sin una distinción similar tal vez
parece ser sorprendente, a la vista del espíritu abierto de las élites tarra-
conenses para la integración de ‘arribistas’ sociales de la población infe-
rior de la colonia, así como inmigrantes ricos101. Sin embargo, los
veteranos, por no hablar de soldados activos, no eran desde su punto de
vista suficientemente ricos o suficientemente nobles, para ser compañe-
ros socialmente equivalentes. Entre el ejército y la sociedad civil existía
siempre un cierto abismo (a excepción de diferentes desarrollos en las
regiones fronterizas durante los siglos II y III), incluso aunque la estruc-
tura del ejército fuera en cierto sentido un reflejo de la sociedad en gene-

95
CIL II2/14, 1039, 1079 (RIT 201, 218), probablemente también CIL II2/14, 1089 (RIT
228).
96
CIL II2/14, 1049 y 1052 (RIT 194 y 191), tal vez también CIL II2/14, 1077 (RIT 217).
97
CIL II2/14, 1032, 1034, 1036, 1037, 1039, 1054, 1055, 1079 (RIT 179, 180, 182, 183,
201, 193, 195, 218).
98
RIT 903, 905, 909. V. Tb. CIL II2/14, 1062 (AE 1991, 114) para el área de La Pineda.
99
IRCat IV 45; cf. Le Roux, 1997/98: 101-102.
100
CIL II2/14, 1020 (RIT 172).
101
Alföldy, 1984.

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ral102. Es muy significativo que no podamos encontrar ningun contacto


social entre los soldados que desempeñaban su servicio en el estado
mayor del gobernador y varios oficiales que, empezando ya con un tri-
buno de la famosa legio Martia 103, ascendieron desde la clase alta de
Tarraco al ordo ecuestre.
Ni siquiera la religión, frecuentemente un factor de integración social,
pusó en contacto los soldados y la sociedad civil. Naturalmente había
cultos de divinidades que atraían ambos grupos , por ejemplo de Júpiter
Optimo Maximo, Minerva o Apolo, atestiguados en Tarraco por inscrip-
ciones votivas tanto de paisanos como de soldados104. Sin embargo, el
ejército o sus unidades especiales también tenían sus proprias divinida-
des, como el Genio de la legio VII gemina, el patrón divino de todos los
soldados de es unidad, Mars Campester, el protector del entrenamiento
militar y del campus, donde tenían lugar los ejercicios, o Fortuna Redux,
que ayudaba al soldado terminar su servicio militar con éxito y retomar
la vida civil105. Solamente las instrucciones generales del mos maiorum
romano eran realmente comúnes, como podemos ver mediante de las
virtudes adoradas en las inscripciones funerarias de los soldados y sus
parientes. Virtudes militares no aparecen en absoluto en estos textos epi-
gráficos. Las virtudes mencionadas en las inscripciones son pietas, indul-
gentia, honestas, praestantia, fides, aludiendo a su comportamiento frente
a la familia, los amigos y los libertos; la pudicitia de esposas militares
también es mencionada106. Esa manera de comportamiento manifestado
por esas denominaciones naturalmente gozaba de buena reputación en
general en la sociedad romana, y la acentuación de esas virtudes en las
inscripciones de varios grupos sociales –por ejemplo de los senadores,
soldados o artesanos– apenas podría producir una solidaridad particular
entre todos estos grupos.
Visto en conjunto, los soldados de servicio en el estado mayor en
Tarraco formaban, gracias a su función especial, un cierto “pequeño
grupo de clase media” dentro de la sociedad de la colonia. En vista de su

102
Cf. Alföldy, 1984.
103
CIL II2/14, 1023. Sobre caballeros hispánicos, véase ahora Caballos 1999, con la lista de
caballeros incluyendo los de Tarraco.
104
Dedicaciones hechas de soldados: CIL II2/14, 817, 836, 842 (RIT 20, AE 1999, 967,
RIT 43). Sobre inscripciones votivas de la populación civil y sobre cultos religiosos en Tarraco, véase
Alföldy, 1978: 634-636 (en castellano: id. 1991: 79-81) y id. 1992.
105
Véase CIL II2/14, 836 y 839 (AE 1999, 967 y RIT 38)
106
Cf. CIL II2/14, 1030, 1031, 1039, 1041, 1046, 1050, 1061, 1064, 1077, 1078, 1081,
1085, 1086, 1089 (RIT 177, 178, 201, 229, 186, 189, 204, 207, 217, 216, 230, 224, 225, 228),
probablemente también CIL II2/14, 1060.

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estatus privilegiado y su situación económica no pertenecían a la capa


inferior de la populación; pero incluso la élite dentro de ellos, es decir,
los centuriones, no estaban integrados en las élites locales107. Los soldados
de servicio en la capital provincial tenían más o menos la misma posi-
ción social que otro “pequeño grupo de clase media” al servicio del
Estado romano. Es decir, los miembros de la familia Caesaris hacían ser-
vicio en la capital provincial en los despachos y archivos de la adminis-
tración financiera108. Al igual que los soldados, libertos y esclavos del
emperador también tenían tareas muy especiales y un estatus muy espe-
cial, que les garantizaba una favorable posición económica y una cierta
reputación social; pero en el transcurso del tiempo fueron excluidos de la
“alta sociedad” por motivos sociales. No fueron integrados en absoluto
ni siquiera en el grupo de los seuiri Augustales, que estaba compuesto por
libertos especialmente ricos e influyentes. Los matrimonios entre los
miembros de la familia Caesaris y mujeres de la capa inferior de la popu-
lación urbana practicamente eran el único modelo de un cierto grado de
de integración en la sociedad de la colonia. En general los soldados y los
miembros de la familia Caesaris, separados estrictamente y aislados entre
sí, siempre eran grupos marginales en la sociedad de Tarraco. O tal vez
mejor: respecto a la organización interna de estos grupos, cada uno de
ellos formaba algo parecido a una propia pequeña sociedad, al igual que
el ejército romano dentro de la sociedad romana en general109.

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107
Cf. Alföldy, 2003: 170-171.
108
Véase Alföldy, 2003: 171-172.
109
Cf. Alföldy, 2000c.

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