CUARTO GRADO DE SECUNDARIA
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TEXTO 01
Vivían en un pueblo dos hermanos con sus respectivas familias. El mayor, llamado Rumi-Sonco
(Corazón de Piedra), tenía una gran chacra llena de plantas de papa, de olluco y de cuanto puede
haber y además cien gordos cuyes. Después de cada cosecha, iba a su pueblo a vender sus
productos, y volvía con diez llamas cargadas con talegas de plata.
En cambio, el menor, Cori-Sonco (Corazón de Oro), era muy pobre, y poseía apenas una humilde
choza y un terrenito pequeño que producía solo unos cuantos sacos de papas y de maíz.
Rumi-Sonco jamás se acordaba de regalarle a su hermano, ni siquiera una montada de papas ni un
cuye. Toda la papa que le sobraba, y que ya no podía comer, la hacía chuño o papaseca, para que no
se malograra.
Un día, el rico preparó una gran pachamanca en su chacra, y el pobre pasó frente a aquel lugar cuando
la esta estaba en su apogeo. Entonces uno de los invitados dijo a Rumi-Sonco:
—Oye, ¿ese no es tu hermano?
—¿Mi hermano ese zarrapastroso? ¡Qué ocurrencia; es un peón de mi chacra! —contestó él.
Al escuchar Cori-Sonco estas palabras, púsose muy triste y se dirigió al campo. Todo el día caminó
sin rumbo, y al llegar la noche entró en una cueva a descansar. A los pocos momentos dormía ya a
pierna suelta, y le pareció oír entre sueños que la Pampa, la Puna y el Cerro conversaban.
La Pampa decía con voz tranquila y clara que llegaba hasta el del valle:
—Yo le regalaré a Cori-Sonco una olla llena de maíz blanco para que no vuelva a faltarle comida.
Luego oyó al Cerro. Su voz era tan ronca como la de un anciano. Al hablar, tosía haciendo tal ruido
que parecía que grandes piedras rodaban por su garganta.
—Yo le obsequiaré a Cori-Sonco —dijo— una olla llena de maíz amarillo para que tome de él siempre
que tenga hambre.
Por último, escuchó unas palabras que venían desde muy lejos, y eran de la Puna, que hablaba así:
—Yo le daré una olla de maíz morado para que coma cuanto necesite.
A la mañana siguiente despertó el pobre muy temprano, y su asombro fue grande al contemplar ante
sí tres ollitas de barro. Destapolas y vio que en la primera había maíz blanco, en la segunda, maíz
amarillo y en la tercera, maíz morado.
Recordó entonces el sueño que había tenido, y después de agradecer a la Pampa, a la Puna y al
Cerro sus regalos comió un poco de cada ollita y guardó la mayor parte para su familia. Luego puso
todo en sus alforjas y regresó a su choza.
En cuanto llegó, contó a su mujer el sueño que había tenido y ella, llena de curiosidad, corrió a ver las
ollas. La buena señora levantó la tapa de la que había contenido maíz morado y gritó:
—¡Cori-Sonco, mira lo que hay aquí!
Acercose él, y asombrado contempló la olla repleta de monedas de cobre.
En seguida descubrió ella el depósito de maíz blanco, ¿y qué vio? Pues nada menos que monedas
de plata nuevecitas y brillantes.
Con gran ansiedad destapó la olla de maíz amarillo, y ya no tuvo palabras a causa de la gran impresión
que sufrió. Aproximose entonces el marido y exclamó:
—¡Oro, oro! ¡Ya somos ricos!
Luego se abrazaron llorando de felicidad. Inmediatamente compraron abundante comida, elegantes
vestidos y pagaron sus deudas, que eran muchas. Y, cosa extraña, por más que sacaban monedas
de las ollas, el dinero no se terminaba.
Enriqueta Herrera Gray. Corazón de Oro y Corazón de Piedra”. (1962: Perú -fragmento extraído de Leyendas
y fabulas peruanas).
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1. ¿Cuál es la moraleja de la historia?
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TEXTO 02
Las gaviotas andinas se encargaron de llevar la noticia a todos los rincones del altiplano, avisando
que cuando la luna estuviera brillante y redonda los animales estaban invitados a una gran está a
orillas del lago Titicaca.
El lago se alegraba cada vez que esto sucedía, pues sus riberas, a veces tristes, se llenaban de vida
por el entusiasmo con que sus vecinos celebraban la ocasión de verse y conversar de los últimos
acontecimientos.
Cada uno se arreglaba con esmero para esta oportunidad. Se limpiaban sus plumajes y pieles con los
mejores aceites, para que resplandecieran y todos los admiraran. Y entonces se escuchaban
murmullos de admiración cuando algún invitado aparecía ataviado con prendas majestuosas y
deslumbrantes.
Todo esto lo sabía Tatú el quirquincho, porque en años anteriores había asistido a algunas de estas
fastuosas estas que su querido amigo Titicaca gustaba de organizar.
Esta vez quería ir mejor que nunca, pues había sido nombrado integrante muy principal de la
comunidad. Y comprendía la responsabilidad que esto signicaba...
El Tatú era honrado y digno. Esas eran las cualidades tomadas en cuenta al investirlo de este título
que tanto lo enorgullecía. Ahora quería deslumbrar a todos para demostrarles que no se habían
equivocado al elegirlo.
Faltaban muchos días, pero apenas recibió la invitación se puso a tejer un manto nuevo, elegantísimo,
para que su presencia fuera espectacular. Era famoso como buen tejedor, y se concentró en hacer
una trama tan fina como esas maravillosas telarañas suspendidas entre rama y rama de los arbustos.
Ya llevaba bastante adelantado, cuando pasó cerca de su casa el zorro (achalari), que gustaba de
meter siempre su nariz en lo que no le importaba. Al verlo, le preguntó con curiosidad: “¿Qué haces?”.
“No me distraigas, que estoy muy ocupado”, le respondió el Tatú, pues el zorro le producía cierta
inquietud. “¿Estás enojado?”, insistió el visitante. “¿Por qué habría de estarlo?”, contestó el Tatú.
“Entonces dime, ¿qué estás haciendo con tanto afán...?”, replicó curioso el zorro. “¿No ves que tejo
una capa para ponérmela el día de la esta en el lago?”, insistió cansado el Tatú. “¿Cómo?”, sonrió el
zorro irónicamente: “¿Piensas ir esta noche con eso que todavía no terminas?”. El quirquincho levantó
sus ojos, algo miopes, de su trabajo, y con una mirada perdida y angustiosa exclamó: “¿Dijiste hoy en
la noche?”. “Por supuesto. En un rato más nos encontraremos todos bailando...”, dijo, disimulando la
risa, el zorro.
¡Qué fatalidad! ¿Cómo pudo haber pasado tan rápido el tiempo? Siempre le ocurría lo mismo...
Calculaba mal las horas. Al pobre Tatú se le fue el alma al suelo. Una lágrima rodó por sus mejillas.
¡Tanto prepararse para la ceremonia! Había imaginado tan distinta la fiesta de lo que sería ahora.
¿Tendría fuerzas y tiempo para terminar su manto tan prolijamente iniciado?
El zorro percibió su desesperación, y se alejó riendo entre dientes. Sin proponérselo había encontrado
la manera de inquietar a alguien. El Tatú tendría que apurarse mucho si quería ir con vestido nuevo a
la esta: ¡ji, ji, ji!
Y así fue. Sus manitos continuaron el trabajo moviéndose con rapidez y destreza, pero debió recurrir
a un truco para que le cundiera. Tomó hilos gruesos y toscos que le permitieron avanzar más rápido.
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Pero la belleza y finnura iniciales del tejido se fueron perdiendo a medida que avanzaba y quedaba al
descubierto una urdimbre más suelta.
Finalmente terminó su tejido, y Tatú se engalanó para asistir a su esta. Entonces respiró hondo, y con
un suspiro de alivio miró al cielo estirando sus extremidades para sacudirse el cansancio de tanto
trabajo.
En ese instante se dio cuenta del engaño: ¡La luna todavía no estaba llena! Y lo miraba curiosa desde
sus tres cuartos de creciente... Un primer pensamiento de furia contra el viejo zorro cruzó su cabecita.
Pero al mirar su manto bajo la luz brillante que caía de las estrellas, se dio cuenta de que, si bien no
había quedado como él lo imaginara, de todos modos, el resultado era de auténtica belleza y
esplendor.
No tendría para qué deshacerlo. Quizás así estaba mejor, más suelto y aireado en su parte final, lo
cual le otorgaba un toque exótico y atractivo. El zorro se asombraría cuando lo viera... Y, además, no
le guardaría rencor, porque había sido su propia culpa creerle a quien tenía fama de travieso y
juguetón.
Simplemente el zorro no resistía la tentación de andar burlándose de todos... Y siempre encontraba
alguna víctima.
Pero esta vez fue al revés: el zorro le había hecho un favor. Porque Tatú se lució causando gran
sensación con su manto nuevo cuando llegó el momento de su aparición triunfal en la fiesta de su
amigo Titicaca.
Leyenda aimara. “El Tatú y su capa de fiesta”. (2018: Perú – texto extraído de Antología literaria – relatos de
los Andes).
2. ¿Cuál es la idea central del texto anterior?
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TEXTO 03
El pequeño Tito Mamani nunca era llevado a la Misa de Gallo, porque su patrona decía: "No quiero
ver indios dormilones en la iglesia". Entonces Tito se dormía con su perro en un lecho de pieles de
carnero.
Con otros chicuelos, armaba livianas trampas de carrizo para cazar pájaros, nadaba en la retozana
quebrada, arrojaba piedras con su honda de colores, deambulaba por los campos recogiendo
agridulces moras o pulposas callampas. Así iba creciendo.
Cierta vez que llevó a la patrona una canasta repleta de grandes setas brotadas con las primeras
lluvias, ella le prometió, al fin, llevarlo a la Misa de Gallo.
Tarde ya, empezó a caminar la gente rumbo a la vieja iglesia. En uno de los grupos iban los
hacendados seguidos de Tito y su madre, sirvienta de la patrona. El nublado cielo dejaba ver las pocas
estrellas, pero se habían bajado a la iglesia formando un ancho titilar.
Junto a la puerta, un coro de indios tocaba arpas y violines.
Medio arrastrado por su madre, quien lo conducía de la mano, Tito miraba boquiabierto a los músicos.
Así no se dio cuenta de que ya estaban entrando a la iglesia y debía sacarse el sombrero. Su madre
se lo arrebató, dándoles además un coscorrón. "¡Zonzo!", le dijo. Adentro se apretaba un
conglomerado de caras bronceadas, de cabezas hirsutas o peinadas de trenzas, de falda y poncho de
colores.
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La masa humana se abrió lentamente para dar paso a los patrones.
El brillante altar crecía ante los ojos de Tito. Los hacendados ocuparon unos reclinatorios. Detrás, la
sirvienta se arrodilló sobre los ladrillos junto a su hijo.
Tito estaba absorto. Preguntaba en voz baja y le respondía su madre, señalando con el índice: "La
Virgen... San José... El Niño Dios... la mula... el buey. Tito dormía con su perro, pero nunca había visto
un lecho flanqueado por mula o buey. Como se asombrará su madre le dijo: El niño nació en un
pesebre. Tito aún preguntó: “¿Eran pobres como nosotros?”. Y su madre: “Sí, San José era
carpintero”. Tito recordó que su padre, ya difunto, fue herrero. “¿Y esa estrella?”. La patrona volvióse
y, con el índice sobre los labios, ordenó silencio.
La gente rezaba formando un rumor profundo. Unos muchachos provistos de silbatos de hojalata
llenos de agua, soplaron simulando una melodía de pájaros matinales. Unas muchachas llamadas
"pastoras" cantaron dulces canciones:
Gloria a Dios en las alturas
y en la tierra, paz y unión,
hoy los ángeles entonan
esta divina canción.
Gloria a Dios en las alturas
y en la tierra, paz y calma,
porque en Belén ha nacido
El Redentor de las almas.
Todo era hermoso y sorprendente, pero nada impresionaba tanto a Tito como el Niño, que era Dios y
era pobre, nacido en ese lecho de paja sobre el cual resplandecía una estrella.
En la casa hacienda, de regreso, la patrona dio a su sirvienta y a Tito una abundosa ración de
buñuelos. Después de comerlos, no tardaron en dormirse. Y de pronto el propio Niño Dios entró al
cuarto de Tito. Vestía túnica celeste y llevaba la argentada estrella en la mano. "¡Tito!", llamó el Niño
con voz cantarina. "¡Ven, Tito, aquí está la estrella! ¡Tómala!". Tito se incorporó para atraparla, pero
fue despertado por el frío viento andino que colaba las rendijas. "¡Mamá, mamá!", llamó Tito explicando
luego: "Vino el Niño Dios, pero ya no está". Su madre comprendió. "Ya regresará, hijito mío", le
aseguró. "El Niño Dios siempre vuelve".
Lleno de confianza, Tito Mamani tornó a dormirse.
Ciro Alegría. “Misa de gallo”. (2009: Perú – historia extraída de Fábulas y leyendas americanas)
3. De acuerdo a la lectura, ¿Qué significado adquiere la palabra ABSORTO?
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TEXTO 04
Un día al encontrarse el “waychaw” y el “killinchu” discutieron acaloradamente porque no le había
saludado el uno al otro.
El señor waychaw increpándole al señor killinchu, le decía: “¡Por qué no me saluda!”.
El señor killinchu muy cauto y sereno se sentó a su lado y mirándole jamente de pies a cabeza le dijo:
“Oiga usted, minucia, familia de los “tuna suwas” (ladrón de tunas), qué te has creído, para obligarme
a saludarte”.
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El waychaw colérico, silbando con su voz melancólica y característica, le gritó: “Oiga, idiotón, caza
ratas, come sabandijas. ¿Te has olvidado que soy el amo de este pueblo, que soy el mismísimo mago
que te puede convertir en gusano? Y luego te atreves a no saludarme. Aquí todos tienen que
respetarme, no solo saludarme sino también venerarme”.
El killinchu, en un tono burlón le dijo: “¿O sea que usted es el señor mago, el que pronostica las
desgracias, el que sabe de todo lo que va a suceder? ¿Puedes decirme qué sucederá dentro de poco?
Pero eso no
me obliga a que yo le reverencie a usted”.
—¡Claro, claro! —dijo el waychaw.
—¡Está usted equivocado! —dijo el killinchu.
Reprochando de este modo, el killinchu propone una apuesta en estos términos:
—Bueno, señor mago, te propongo una apuesta. Allá vienen muchos caminantes, vamos a
presentarnos, quién saluda a quién.
—¡Aceptado! —dijo el waychaw.
Creencia es de los campesinos que el killinchu es de buen augurio cuando se encuentra con los
campesinos; en cambio el waychaw es un pájaro malagüero, por lo que lo odian y detestan al
encontrarse en el camino.
Tan luego hacen la apuesta y en ese preciso momento aparecen unos arrieros por el camino, arreando
sus mulas, observando el largo camino que tienen que recorrer y las distancias tan largas que tienen
que cruzar hasta llegar a su destino.
Para cumplir con la apuesta, muy orgulloso y petulante, el waychaw alza el vuelo para presentarse
muy arrogante delante de los arrieros para anunciarle su presencia con su silbido característico de
“waychaw”, “way-chaw”.
Entonces uno de los arrieros, conocedor del mal designio de este pájaro, cogió con disimulo una piedra
y la lanzó acertadamente, destrozándole una de las uñas, por lo que pesadamente levantó el vuelo,
desfalleciente.
Pasados unos minutos aparecen otros caminantes, y tan luego estuvieron cerca, el killinchu voló por
delante de los caminantes, entonces estos se sacaron el sombrero y con las dos manos expresaron:
—¡Gracias a Dios! Tenemos buen camino. ¡Buenos días, papá killinchu!
—y diciendo esto siguieron su camino.
Mientras tanto, después de este suceso inesperado, el killinchu con mucha humildad se sentó al lado
de waychaw, quien ya estaba agonizando con la uña quebrada, que sangraba demasiado.
Luego dijo el waychaw. “Perdóname hermano killinchu, he cometido una imprudencia, sabiendo que
tú eres el más respetado de estos lugares, y mi broma pesada ha tenido graves consecuencias”.
El killinchu, muy sencillo y cariñoso como siempre, curó las heridas del waychaw y alzó vuelo para
cumplir con su quehacer diario, como lo manda su destino y la naturaleza. Desde entonces, el
waychaw aprendió una de otras tantas lecciones: ser humilde y sencillo, no ser petulante ni soberbio
con sus semejantes.
Luego empezó un viento fuerte, cayendo una lluvia torrencial, con que la naturaleza anuncia la paz y
la tranquilidad entre los dos personajes de este mundo andino.
Aquiles Hinostroza Ayala. El killinchu y el waychaw”. (2011: Peru – extraído de La luciérnaga y otros cuentos
V.3).
4. ¿De qué trata el texto?
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TEXTO 05
Estaban perdidas las cosechas aquel año seco. Los dioses no escucharon sus plegarias; y la
Saramama, a pesar de las ofrendas, esta vez no multiplicaría los frutos. El cielo que negaba sus aguas
tan fieramente, mostró su nítido azul, y en la noche brillaron las estrellas como gotas de cristal. En la
madrugada, todos los arroyos habíanse congelado y una blanquísima capa de hielo cubría como
manto la planicie.
Los ayllus del Kollau sentían ya, como un sordo peligro que se acerca pesada e inflexiblemente, la
prisión del temido fantasma del hambre. Con su rostro descarnado y sus manos atenaceantes llegaría,
una vez más, cumpliendo su palabra, el fatídico visitante. Lloraba la mujer estrechando entre sus
brazos a su pequeñuelo. El kolla taciturno, sentado a la puerta de sus chozas, contemplaba en silencio
el paisaje. No se había salvado ni su chacrita de la hoyada. Todo estaba amarillento, definitivamente
muerto. Nada producirá los tallos quemados por el frío que antes agotará la sequía.
Otra vez como hace apenas tres años. Y apareció ante sus ojos la vida de ese entonces reciente: su
pobrecito Pablucha pereció ¡de hambre! Recordábalo bien; había ido él a la hacienda y, con lágrimas
en los ojos, le pidió al patrón un poco de chuño.
Oh el malvado: nada pudo conmover. Su respuesta no lo olvidaba.
-A estos indios rebeldes ni takjia…
Cuando volvió a su casa, Pablucha gemía imperceptiblemente, iba apagándose como una vela que
se consume. Se murió en la noche de San Juan: su almita quebróla el frío. Ah, su Pablucha sería
ahora un pastorcito.
Otra vez el hambre. ¿Iría a exigirle el patrón un auxilio?
La hacienda tenía sus depósitos henchidos de chalonas, chuños y otros víveres. El amo vendió las
lanas a un alto precio. Todas las que produjo su rebaño se las había cedido muy baratas. Al patrón no
se le podía vender sino así.
¿No era un derecho reclamar ese auxilio? Esta vez no, nunca más sufriría el dolor de carecer de
alimentos para su familia. Todo, todo menos eso.
El crepúsculo apagaba en el horizonte su última lumbre, y la noche comenzó a derramarse por las
faldas de los cerros.
La mujer con el niño al pecho se sentó a la entrada de la choza. Gemía aún. El silencio del anochecer
fue interrumpido por el llanto del pequeño. Mucho frío traía el viento desde las cúspides nevadas.
Malísimo año: diezmábase el ganado por falta de pastos. El kolla sabía por repetidas experiencias que
ese era el peor síntoma. Viviendo su padre, fresco tenía el recuerdo, bajaron por ese tiempo malo a
los valles del Cuzco. Iban en pos de alimento, él, su madre, sus ocho hermanos. A cambio de una
fanega de maíz se quedaba con el amo desconocido, uno de estos. Después de este largo viaje, al
retornar a su choza, ¡lo recordaba bien!, solo habían vuelto tres de los hermanos. Los otros cinco,
¿qué suerte corrieron? No lo supo más. El padre, al pasar el último tramo, se echó en tierra con la
cara contra el suelo. Qué fieramente lloraba. Su pobre madre lloraba también, a gritos, llamando a sus
hijos. Él, muchachuelo de seis o siete años, no lloraba ni gritaba: tenía miedo. No se explicaba ese
dolor.
Ahora si se lo explicaba perfectamente. Pero él no vendería a sus hijos. No, qué diablos, por qué, si
la tierra no es de nadie, como no es de nadie el sol. ¡Quien guardaba para sí todos los frutos es un
ladrón!
En la mañana, el kolla se marchó a la hacienda.
Ya en las últimas horas del día, volvió a su casa.
La mujer no tuvo valor de interrogarlo; así era de temible su expresión.
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¿Qué había ocurrido? No habló. Cuando ella dormía al niño con su maternal cantinela, el kolla díjola
que emprendía un corto viaje y que no lo aguardase aquella noche.
La madre acurrucóse cerca al hogar con los dos niños que, presas de la pesadilla, lanzaban gritos.
Sería la medianoche cuando un rojizo fulgor iluminó los resquicios de la puerta. Era un fuego lejano
que rompía las tinieblas. La madre pensó en las fogatas de junio.
No, no eran las fogatas de junio. Ardía la hacienda.
Luis E. Valcárcel. “Hambre”. (1927: Perú - historia extraída de Tempestad en los Andes).
5. Si el patrón hubiese socorrido con alimento al kolla, posiblemente
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Texto 06
Esta romántica historia se sitúa en los tiempos incaicos, cuando los cusqueños expandían sus
dominios por el Callejón de Huaylas.
Cuenta que había una tribu laboriosa y pacíca que colindaba con otras similares a ella. Nada alteraba
el orden de la vida en aquel lugar armónico, hasta que un día llegó a la tribu un soldado muy malherido
con un encargo para el gran jefe. Se hizo la entrevista, y en ella el soldado manifestó que unos
guerreros de origen cusqueño habían saqueado su pueblo, matando y violando sin piedad. Decía
además que estos cusqueños andaban con dirección a esta tribu, y que era menester prepararse para
recibirlos.
El gran jefe había quedado anonadado. ¿Podían de verdad hacerle frente a un enemigo tan poderoso?
No lo sabía. El soldado le había contado cosas monstruosas sobre esos cusqueños que ahora iban
rumbo a su tribu. Bastaba ver el estado del soldado: había hecho su último esfuerzo para llegar hasta
él, y con ello había gastado el último aliento de vida que le quedaba.
Se debía tomar acción. Luego de meditarlo con cuidado, el gran jefe ordenó a sus mejores guerreros
ir en busca del jefe de los cusqueños y exponerle una política de paz. Así fue. Días después, los
soldados volvieron con Huáscar, el más reconocido guerrero de la tribu invasora, quien había sido
encargado por su líder para llevar un mensaje de no agresión. Aparte de ello, Huáscar debía quedarse
en la tribu del gran jefe hasta que la comitiva cusqueña llegara, de manera que con su presencia
garantizaba las relaciones de paz.
Al recibir la noticia del joven guerrero cusqueño, el gran jefe se alegró tanto que mandó le dieran al
huésped la mejor habitación, comida y vestimenta. Todo iba perfecto y la relación entre el gran jefe y
el joven era ideal, hasta que un día apareció, jugando en un pozo de agua, una bella muchacha de
quince años. El cusqueño quedó prendado: pronto averiguó su nombre, Huandy, y con ello supo
también que era la hija del mismísimo gran jefe. ¿El inicio de la desgracia? Probablemente sí.
Pero lo peor para Huáscar no fue que él la había mirado ni que era hija del jefe, sino que ella lo había
mirado también, ruborizándose y sonriendo al viento en su inocencia. ¿Era correcto un amor en
semejante contexto? Huáscar no lo sabía, y tal vez no le importaba saberlo. Y, según se daba cuenta,
a la muchacha tampoco.
Se conocieron por primera vez una tarde que ella le llevó los alimentos.
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Conversaron, se enamoraron y acordaron encontrarse en la orilla del río, cuando la noche estuviera
en su apogeo. Sucedió tal y como lo planearon. Aquella noche se entregaron su amor y se prometieron
el uno al otro no abandonarse jamás. Huandy entonces reaccionó: ¿su padre la dejaría quedarse con
un hombre que no era de su tribu? No, no lo haría nunca. Si de verdad querían que ese amor floreciera,
debían huir, y debían hacerlo cuanto antes. Y huyeron, pero no llegaron muy lejos. Por su parte, el
gran jefe ya estaba al tanto de los sucesos.
Decepcionado de la poca deferencia del invitado para con su cortesía y de la desobediencia extrema
de su hija, dejó que escaparan para luego atraparlos en el camino y mostrarles ahí su verdadera furia.
Y así los atrapó; los humilló y, ya satisfecho, los ató a palos colocados en lugares estratégicos, desde
donde uno podía ver al otro sufrir hasta la muerte. Huáscar, en su delirio, pensó que su gente, al llegar
y verlo así, lo salvaría. Era su única esperanza.
Pero su tribu no hizo nada, y por el contrario, alabó la determinación del gran jefe. Ya sin ilusiones,
viendo cómo su amada moría, viendo que solo un riachuelo lo separaba de ella, sintiendo la impotencia
de la resignación, juró entonces vengarse algún día de aquellos que no les permitieron ser felices.
Empezó a llorar, y ella también lloró, y lo hizo hasta secarse por dentro; de las lágrimas de la doncella
se formó el lago Chinanchocha (laguna hembra) y de las de Huáscar, el lago Orconcocha (laguna
macho). Fue el último aliento.
Al ver tanto amor, el Dios Sol se compadeció de ellos y apoyó en la venganza de Huáscar. Lluvias,
truenos, rayos y granizo fue lo que envió a las tribus en cuestión, y fue tanta y por tanto tiempo que
cubrió a los cadáveres, convirtiéndolos así en los nevados Huascarán (por Huáscar) y Huandoy (por
Huandy). Pero la venganza no quedó ahí: en 1970, el Huascarán dejó caer 10 000 toneladas de hielo
sobre los pueblos de los descendientes de las tribus de antaño, cumpliendo con ello su promesa de
venganza.
Según dicen, se cree que en cien o doscientos años los nevados se quedarán sin nieve, y Huáscar y
Huandoy revivirán y se encontrarán nuevamente, pero esta vez ya para toda la eternidad.
Anónimo. “Leyenda de los nevados Huascarán y Huandoy”.
http://wiki.sumaqperu.com/es/Lagunas_de_Llanganuc
6. Realiza el resumen del texto anterior.
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Texto 07
Allá en los últimos años de la primera década del ochocientos, cuando efervescencia el anhelo
libertario y se pugnaba por romper la cadena esclavizante que ataba los pueblos indoamericanos a la
Corona de España, se llevaba a cabo en el Cuzco, reuniones secretas importantes presididas por el
brigadier don Mateo García Pumacahua, secundado por connotados patriotas a fin de estructurar un
minucioso plan de guerra contra el dominio peninsular.
Reunidos los rebeldes, en cierta ocasión, sin la presencia del brigadier, pusieron en tapete la cuestión
de “dinero para gastos de guerra”, toda vez que, hasta el momento, no se había contemplado tan vital
asunto y acordaron que este tópico fuera puesto a consideración del jefe.
Impuesto del razonable y acertado planteo de sus correligionarios, Pumacahua, manifestó estar de
acuerdo con sus pensamientos y acto seguido aclaró la incógnita de sus planes que, para llevarlos a
la práctica, disponía de “ingentes cantidades de oro” y, desde luego, solo requería la colaboración
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personal, decidida y leal de cada uno, aseverando estar presto a demostrarles la realidad y para cuyo
efecto, se designará por sorteo a la persona que comprobará la verdad de lo expuesto.
De conformidad de su ofrecimiento, Pumacahua se presentó a la noche siguiente en compañía de un
“aborigen de aspecto imponente” de quien dijo ser su compadre.
Previas las formalidades del caso, se procedió con el sorteo, saliendo designado don Pedro Astete,
en cuya casa sita en la esquina de Sappi y Amargura, se efectuaban las memoradas reuniones.
Terminado el acto de la elección don Pedro, prestó el juramento sagrado ante un Cristo, ser fiel a la
causa, procediendo a vendarle los ojos con un pañalón y con el encargo expreso de ser prudente,
pues, al contrario, sería fatal para él, toda vez que iría cargado por el compadre.
Don Pedro salió vendado y en la escalinata de la casa se acondicionó sobre la espalda del “compadre”,
hombre fornido y avezado en estos lances, quien tenía las instrucciones precisas de cómo debía
proceder y partieron.
Largo fue el recorrido. Ya fuera de casa, el hombre lo condujo por diversas calles con cuya acertada
medida, don Pedro, quedó completamente desorientado sin intuir, siquiera, a dónde lo llevaba. En esta
situación de incertidumbre, solamente atinó a percibir que estaban caminando por el lecho de un
riachuelo, el cual cruzaban una y otra vez sin precisar la zona. Sin embargo, en su mente bullía la
idea. Tal vez Tullumayo o Choquechaca, Sappi o Chunchulmayo. En este estado de ánimo, preso de
inquietud al fin llegaron a la meta.
El hombre le indicó que bajara y una vez en tierra, notó que habría, posiblemente, una parte tapiada
con piedras, colegible por el ruido que producían. Terminada la tarea le tomó de la mano y le urgió
para que le siguiese, indicando que bajara la cabeza para no sufrir daño, pues la entrada era baja y
estrecha.
Vencido por fin el pasadizo irregular, el guía le ordenó que se quitara la venda y recién pudo darse
cuenta de que se hallaba dentro de una enorme cueva o galería, iluminada un “hacho o tea” que su
misterioso conductor mantenía en alto. Cegado, momentáneamente, por la repentina luz, en principio
no alcanzó a ver nada, pero un instante después sus ojos desorbitaron de asombro al distinguir algo
increíble: “montículos de oro…”. Su estupor creció contemplaron de cerca tamaña riqueza y, por
indicación de su guía, tomó entre manos una porción que guardó en los bolsillos. Está probada su
existencia…
Momento después, abandonaba la cueva, pero no antes de ser puesta nuevamente la venda y así,
mientras el hombre procedía a cerrar la entrada, don Pedro concebía la peregrina idea de descubrir el
secreto, tratando de orientarse e intuir sobre su posición, porque lo único que percibía a su izquierda
era el pausado rumor de las aguas de un riachuelo.
Encaramado otra vez en la espalda del hombre, ya en camino, incitado por la ambición, arrancó su
rosario, cuyas cuentas desparramadas en el recorrido, le servían de pauta para una futura exploración.
Mas no estaba en su caletre que el susodicho se diese maña y perfecta cuenta del ardid. De inmediato
desplegó su poncho hacia atrás, recibiendo los adminículos que, de cuando en cuando, caían. El
recorrido fue el mismo que el anterior y llegaron a la casa.
La relación que hiciera don Pedro a sus correligionarios de todo lo que había visto y la muestra del
oro, les llenó de jubiloso asombro. Pues era cierta la versión del brigadier, que existía oro en tal
cantidad, suficiente para sostener una guerra de veinte años con los españoles hasta arrojarlos al
suelo patrio… Luego que Pumacahua y su compadre, cambiaron unas palabras en quechua, este
último, depositó sobre la mesa un manojo de cuentas de rosario, ante la sarcástica sonrisa del
brigadier y la mirada maliciosa de los demás.
Fracasada la revolución y muerto Pumacahua, don Pedro, con la idea fija en los caudales, no tardó en
dedicarse al descubrimiento. Pero todo fue en vano… Sus intentos se frustraron al no poder ubicar el
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lugar exacto. ¿En cuál de las cuencas estaba ubicada el famoso tesoro? Pues es necesario tener
presente que son tres los riachuelos que discurren por el valle del Cuzco: Chunchulmayo, Sappi y
Tullmayo o Choquechaca.
Recorrió incesante en su afán codicioso por los lugares mencionados, durante muchos años, sin
ningún resultado.
Desde entonces los conocedores de la tradición, buscaron y buscaron, durante muchos, muchísimos
años. Empeño infructuoso. Nadie dio con el sitio ¿En dónde se halla el fantástico tesoro de
Pumacahua? ¡Secretos de Sotatierra!
Ovidio Duval. “El fabuloso tesoro de Pumacahua”. (1978: Perú - extraído de Figuras pintorescas del Cuzco
antiguo).
7. ¿Cuál es el tema del texto?
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8. ¿Qué se busca explicar en la lectura anterior?
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Texto 8
En su cara de indio, peluda e indiferente, relucían dos ojos como dos vidrios alelados. Su cabeza,
rapada y sucia, tenía las protuberancias de la genialidad o del crimen. Estaba en un sótano a donde
la luz se negaba a llegar. Fantásticamente, una cadena mascullaba su acero en uno de los tobillos del
hombre.
“Dos veces asesino” -dijo el alcalde a manera de dato y siguió.
Pero las lagunitas amarillas de sus ojos, pedazos diminutos de sol, estriadas de sangre, me miraron
con fijeza. Se arrastró hasta las rejas con esa indolencia del que no hace nada y, ya bañado en la
piedad de la luz, pareció más humano.
“Atrás” -ordenó el alcalde, con los látigos de sus mirada- el preso no se movió.
“Quiere dejarme unos minutos”.
El alcalde sonrió.
- ¿Porque le interesa? Es casi una bestia, aúlla, grita. Está medio loco. ¡Dos veces asesino! Pero si
usted lo quiere vuelvo dentro de diez minutos.
Yo era joven. Tenía 18 años -dijo la voz descalabrada- Era peón en una hacienda. Más lejos, en un
pueblo vivían mis padres y una mujer. No tenía nada, mi salario era mísero y todo se lo debía al
hacendado. No tenía ropa, pero que alegre y dulce era la vida. ¡Pensaba en tantas cosas bellas! Tenía
esperanzas. ¿No se llama así? “E s p e r a n z a s”. Los hierros de la reja crujían bajo el apretón de
sus manos de uñas engarfiadas, hechas de hierro también. Sus ojos, prendidos en el techo
ennegrecido de la prisión, parecían buscar un agujero para constatar la realidad de la luz.
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¡E S P E R A N Z A S!
Una noche se me perdieron dos corderos. Salí por el monte a buscarlos. No los halle y regrese
desalentado. Lloraba casí. Lo que me eran dos corderos. De repente sentí correr. Dos hombres
atravesaron la maleza y se hundieron en el monte. Más lejos, hacia la casa del patrón, los gendarmes
gritaban: “Alto o hago fuego”. Yo tuve miedo y me agaché. Ellos avanzaron y dieron conmigo.
- Ah, tú eres, tú.
- ¿Yo? Sí, yo soy yo, yo -les dije.
- Tú has asesinado al administrador para robar.
- ¿Yo? No. grité, pero fue inútil. Me amarran y me llevaron. El patrón no dijo nada. Era en vano que yo
dijese llorando que fui a buscar los corderos.
Me llevaron entre gendarme a esta cárcel. Yo esperaba. No dejaba de esperar. ¿Mis padres? ¿ella?
Pero todos habían muerto porque nadie me buscó.
Al principio contaban las horas, los días, los meses, luego me fue olvidando. Veía el sol sobre los
patios de la cárcel y me acordaba de mis campos. Yo volveré, decía.
Pero la cárcel es la cárcel. Allí donde todo es igual y no hay una sola mujer que nos alegre. Las
bayonetas de los gendarmes se cimbran tantas veces sobre nuestras espaldas y parece que siempre
fuera de noche. Todos relatan cien veces “su crimen” con angustiosa alegría y todos quieren volver a
matar … Allí me hice criminal.
Me faltaba muy poco para salir. ¿Cuántos años? No sé. Se me perdió el tiempo entre los dedos que
no alcanzaron a contarlo. Como el día era igual a la noche, llena de presentimientos y temores.
Tenía miedo y ansiedad. ¡Ser libre! ¿Cómo sería aquello? Lo había olvidado.
Cuando salí, el viento de la ciudad latigueó indiferente mi cara de penitenciario. Nadie me miraba y yo
en todas las caras buscaba los dos ojos del centinela. Tomé un tren y me marché a mi pueblo. Allí
estaría mejor y recordé su sol y sus campos. Ellos me quitarían este miedo, este miedo, señor, de ser
libre. Pero el sol cayó sobre mis espaldas como las bayonetas de los soldados. La cárcel era fría. Ya
no podía amar al sol. Vague todo el día buscando a mis padres, a mi mujer. No estaban. Realmente
todos habían muerto. Mi pueblo mismo había muerto. Sobre él se levantaba otro pueblo donde nadie
me conocía porque jamás había estado. Yo caminaba como un fantasma. Perseguido por los ojos
llenos de repulsión de las gentes. Como los perros perseguidos, pasé toda la tarde acurrucado en una
choza derruida. También me daban miedo las gentes y no podía soportarlas. Lanciando de angustias,
esperaba. ¿Qué? ¿Qué alguien me reconociera? ¿Quién era yo? Pensé con horror en los días que
vendrían, los días de libertad. Y todo el frío de la sierra que bramaba en el dolor del viento, se incrusto
en mis arterias. Así como los perros rabiosos, escondidos, debería existir porque no había nadie que
me conociera y me llevara a su hogar.
Oscureció profundamente y yo sentí un alivio, siquiera la noche no tenía la aplastante libertad del día.
Yo entraba en ella como en la celda de la cárcel. Me baje y bese la tierra como si fuera el suelo de la
celda. Musaraña de sus prendas infectadas, esa noche juré regresar a la cárcel. Allí donde me llevaron
llorando, debía regresar alegre.
Al amparo de la noche que me envolvía, caminé largo tiempo. Al alba me hallé en el campo. Los
trigales se mecían, como al compás del canto de los pájaros. Me estremeció una sensación extraña y
creí que ya me estaba tomando la alegría que brotaba en el campo. Más lejos, sentí una tonada de
mujer. Corrí, sigilosamente, como se corre en la cárcel. Cuando estuve cerca de ella, la miré con
curiosidad. Era bella, casi niña, parecía un tallito, erguida sobre sus pies desnudos. Tuve rabia. A su
lado, una canasta de panes y queso. Al mismo tiempo, de la cabeza a los pies, me sacudió un temblor.
Era una mujer ¿Qué importaba? Y recordé las charlas de la cárcel cuando llorábamos de angustia.
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Ella cantaba como burlándose de mí, mientras juntaba un hato de gavillas. Su casa estaba lejos, entre
eucaliptos que ennegrecía la claridad del alba. ¡U n a m u j e r! Estaba junto a ella, agazapado en los
trigales. De pronto, ladró un perrillo minúsculo que tenía a su lado. Di un salto y trituré los huesos. Ella
lanzó un chirrido y echó a correr, mientras yo la perseguía con toda mi rabia de mis veinte años sin
mujer.
HABÍA LLEGADO LA HORA DE SER CRIMINAL.
La alcance entre los eucaliptos, muy cerca de su casa. Pero gritaba mucho y yo no podía dominarla.
Antes que salieran en su auxilio, le golpee la cabeza contra unas piedras y, entonces, se calmó. Sus
grandes ojos azorados se cerraron llenos de lágrimas. Pero fue inútil ya. De su casa salieron gentes
y me la arrebataron. De la nariz y la boca le salía un hilillo de sangre. Estaba muerta y yo era el
asesino. Recién había muerto yo a alguien.
Con qué alegría me entregue a los gendarmes que fueron por mí. Todos creían que iba a resistirme y
a huir, pero no. Las gentes me miraban asustadas.
Solo tengo este recuerdo: los ojos de la niña, grandes como los de las llamas, que me miraron curiosos,
llenos de terror, como si hubiera sido un fantasma, en ellos pude ver mis ojos, cruzados de rayitas de
sangre…
Sí, dos veces criminal: el perro y ella…
Se apretó más a las rejas hasta hacerlas crujir como si sus dedos de hierro la estuvieran limando. Sus
dientes enfilaron sobre su cara de bestia con brillo de una hoja de acero y la sombra relampagueó en
sus ojos amarillos. Luego se arrastró al fondo de su celda de donde trashumaba un olor a miasmas y
a humedad. Sus cadenas crujieron un rato y después pareció como si hubiera oscurecido.
Magda Portal. “Noche”. (1926: Perú - texto extraído de El derecho de matar).
9. Realiza el resumen del texto anterior.
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10. ¿Qué hubiese pasado si el narrador no fuese discriminado por su condición de expresidiario?
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